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El costo de seguir a Cristo

(Lc. 14:25-33)

Introducción

Jesús invita a la humanidad, por medio de su


sacrificio en la cruz y su resurrección, a recibir
salvación y vida eterna y a entrar en su reino y formar
parte de él, “todo aquel que en él cree”.

Únicamente porque Dios llama al hombre y a la


mujer, estos pueden responder, y sin embargo el
llamado del Señor no obliga, ambos pueden decidir por
sí mismos y pueden rehusar contestar, pueden resistir y
ciertamente resisten, la gracia de Dios, el regalo
supremo de la salvación.

Es curioso que Jesús hace esta aclaración en el


texto de hoy. Jesús está enseñando que esta salvación
“tan grande”, requiere compromiso, lealtad, entrega,
demanda un costo, un precio. Podríamos decir que
Jesús, no sólo está enseñando a la multitud que le
seguía, sino que también les estaba lanzando un gran
desafío.
Jesucristo tenía muchos seguidores. No hemos de
olvidar que él vivió haciendo mucho bien y sanando y
esto era muy atractivo para las gentes, y sigue siendo
así hoy en día. Nos gustan las cosas fáciles, buenas,
sobre todo no tener que sufrir. Pero Jesús no vino a
hacer adeptos, seguidores, simpatizantes o votantes.
Jesús no necesitaba ni necesita la gloria de los
hombres; él es quien él es, el Dios vivo, el
Todopoderoso, el Señor y Salvador, el Rey de la
Gloria. Jesús no necesita ni busca nuestro aplauso.

Jesús vino a darnos vida cuando estamos muertos


en nuestros pecados por puro amor y pura gracia, a
levantarnos del polvo y restaurarnos, a darnos nueva
vida, transformándonos de día en día a su imagen, a
hacernos brillar, a dar verdadero sentido a nuestras
vidas, a hacernos personas responsables, discípulos
verdaderos que le aman, que aman su palabra, la cual
produce en las vidas valores eternos y permanentes.
Sus motivos para nada tienen que ver con su ego, sino
más bien con el amor que el siente por cada uno de
nosotros. Jesús vino a instaurar su reino y a enseñarnos
una nueva forma de vida que no es temporal sino
eterna.

Jesús conoce nuestros corazones y nuestras


intenciones. Jesús pone a sus seguidores en la realidad
de su elección. De esta manera Jesús criba a la
multitud y separa a los verdaderos discípulos. Así
serán conocidas las verdaderas intenciones del
corazón.

I. Mira antes de saltar

Jesús narra la historia de un hombre que quiere


construir una torre, probablemente una atalaya para su
viña a fin de protegerse del pillaje. Pero antes de
ponerse a edificar, debe calcular el costo de tal
edificación.

En el caso de no actuar así, puede convertirse en el


hazmerreír de la gente, un objeto de burla. Una
edificación a medio construir habla mal de la persona
que empezó la construcción. ¿Qué pensamos cuando
vemos un edificio sin acabar?

• La persona se arruinó.
• Quizá murió.
• Cambió de opinión y está construyendo en otro
lugar.
• Han surgido problemas insalvables.

De la misma forma, antes de decidirse uno a seguir


a Cristo, tal persona debiera sentarse a considerar que
ser cristiano no es un camino de rosas. Jesús lo dejó
muy claro en multitud de ocasiones, especialmente en
este pasaje, tanto los versículos que lo preceden como
los que lo suceden.

¿Estamos dejando nuestra torre a medio construir?


¿Qué pueden pensar de nosotros las personas que
cuando miran la iglesia ven siempre a las mismas
personas haciendo las mismas cosas y haciéndose las
mismas preguntas? ¿Qué pueden pensar de nosotros si
ven que ponemos un ladrillo al año? ¿Pueden confiar
en que acabemos alguna vez la obra?

Es posible ser un seguidor de Jesús sin ser su


discípulo, seguir al campamento sin ser un soldado,
estar en una guerra sin entrar en combate. Alguien le
dijo una vez a un erudito: “Fulano me dijo que fue
alumno suyo”, a lo que el hombre respondió: “Puede
que haya asistido a mis clases, pero no fue uno de mis
alumnos”. Hay una gran diferencia entre un estudiante
y otro que sólo va a las clases. No es lo mismo seguir a
Jesús en la distancia que ser su discípulo.

“Bien”, puede pensar alguno, “quizá pueda


mantenerme en una posición neutra”. Sigamos leyendo
la enseñanza de Jesús.
II. Debes saltar

Este rey no está en la misma situación que el


constructor de la parábola precedente. Ese hombre
tenía libertad para actuar o no actuar, edificar o no
hacerlo. El rey, sin embargo, está siendo atacado.
Alguien viene en su contra con veinte mil soldados
cuando él sólo cuenta con diez mil. Luego debe tomar
una decisión. Y esa decisión probablemente sea enviar
una delegación para pactar la paz con su enemigo.

La ilustración es muy adecuada. El enemigo es


formidable. Y en cualquier batalla que no se gane
terreno, se está perdiendo. No hay posibilidad de una
posición neutra. Jesús dijo:

Porque el que no es contra nosotros,


por nosotros es. (Mr. 9:40)

Los cristianos hemos de actuar, no nos podemos


quedar con los brazos cruzados. Y si lo que hacemos
no tiene unos resultados satisfactorios, hemos de
probar otras estrategias. No se trata sólo de “estar”,
sino de “estar de la forma adecuada”. Un cristiano
que no crece es un enano. Es alguien en quien hay
una disfunción que debe ser tratada médicamente. Y
recordemos que sólo van al médico aquellos que
reconocen que están enfermos.
“Está bien”, puede pensar alguno, “ya sé que debo
saltar, pero ya lo haré otro día cuando tenga más ánimo
o cuando esté más seguro”.

III. Y debes hacerlo ya

La vida consiste en el pasado, el presente y el


futuro. La mayoría de la gente vive ya sea en el pasado
por medio de arrepentimiento, o en el futuro por medio
de ilusiones. Pero el único día que realmente puedes
vivir es el hoy, y es una lástima que el arrepentimiento
del pasado o los sueños del futuro nos impidan hacer
de hoy el mejor día de nuestras vidas.

Existen algunos malentendidos sobre el hoy:

• Hoy es el mañana por el que te preocupaste ayer.


• Hoy es el ayer que lamentarás mañana.
• No puedes cambiar el ayer.
• No puedes garantizar el mañana.

Hemos de aprender a usar correctamente el “hoy”:

• Aprende las lecciones del ayer y olvídate del


mañana.
• Planifica, pero no vivas para el mañana.
• Da gracias a Dios por el día de hoy.
• Haz con el “hoy” lo mejor que puedas.
• Asume todas sus responsabilidades.
• Aprovecha todas sus oportunidades.
• Vive como el que tendrá que dar cuentas de él.

Conclusión

Así, pues, cualquiera de vosotros que


no renuncia a todas las cosas que
posee, no puede ser mi discípulo. (Lc.
14:33)

Este sea probablemente el versículo más impopular


de la Biblia, y no hay forma de eludir, de evadir el
sentido de estas palabras. No dice que hemos de estar
dispuestos, sino que debemos abandonarlo todo.

Jesús sabía lo que decía. Si hemos creído en el,


confiemos también en él. El sabía que la obra jamás se
llevaría a cabo de ninguna otra manera. ¿Te imaginas
que los discípulos y todos los grandes siervos de Dios
que han cambiado la trayectoria del mundo hasta
nuestros días, hubiesen sido solamente cristianos de
etiqueta?
Dios busca hombres y mujeres verdaderamente
comprometidos con Él por encima de todo, que le
amen de verdad y sientan su misma carga amorosa por
el mundo que no le conoce. Que participen con Él en la
extensión de su Reino.

Quizá no todos tendremos la buena disposición para


escuchar al Señor y sus condiciones para ser buenos
discípulos, pero si tu estás dispuesto a seguir al Señor
Jesús, sea cual sea el coste, entonces debes oírle y
seguirle.

Hay una frase de Calvino que dice así: “lo he dado


todo por Cristo y ¿qué he encontrado? Lo he
encontrado todo en Cristo”. Medita esto en tu corazón.

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