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Unidos al cielo… al formar un pueblo nuevo

Pero vosotros sois linaje


escogido, real sacerdocio, nación
santa, pueblo adquirido, para que
anunciéis las virtudes de aquel que
os ha llamado de las tinieblas a su
luz admirable. (1 Pe. 2:9)

Lo primero que quisiera es desterrar el


“síndrome del llanero solitario” por el que algunos
parecen que se sienten bien estando completamente
solos. Fijémonos que las palabras usadas por Pedro
siempre se refieren a una comunidad, no a un
individuo.

I. la realidad del pueblo que somos

El concepto de “adquisición” en el AT. Es muy


curioso notar que en hebreo, un lenguaje con pocas
palabras, la palabra “adquirir” es la misma que
“ganado”. Este texto nos dice que somos un pueblo
adquirido, “ganado” por Dios para sí. De hecho, esta
idea no es original del NT, ya que Pedro está citando
Éxodo 19:2-6:
2
2 Partieron de Refidim y
llegaron al desierto de Sinaí, e
Israel acampó allí en el desierto
frente al monte. 3 Entonces Moisés
subió para encontrarse con Dios, y
Jehová lo llamó desde el monte,
diciendo: --Así dirás a la casa de
Jacob y anunciarás a los hijos de
Israel: 4 "Vosotros habéis visto lo
que he hecho a los egipcios, y cómo
os he levantado a vosotros sobre
alas de águilas y os he traído a mí. 5
Ahora pues, si de veras escucháis mi
voz y guardáis mi pacto, seréis para
mí un pueblo especial entre todos
los pueblos. Porque mía es toda la
tierra, 6 y vosotros me seréis un
reino de sacerdotes y una nación
santa." Estas son las palabras que
dirás a los hijos de Israel.

El capítulo 19 del libro del Exodo nos presenta la


preparación a la primera gran alianza, establecida
por Dios con su pueblo en el Sinaí. En esta alianza,
Dios se auto presenta ante el pueblo que El se ha
escogido como heredad. Antes de plantearse los
términos de la alianza, Dios hace consciente a su
pueblo de su elección y le dice a Moisés que les
recuerde su acción liberadora: cómo los ha sacado
con mano fuerte y brazo extendido de la esclavitud
3
en Egipto (v.4). Esta acción liberadora es recibida no
por méritos propios, sino por el amor misericordioso
de Dios hacia su pueblo.

Y el Señor les recuerda que, si de veras escuchan


su voz, serán para Él “mi especial tesoro”. En el
original, otra vez debido a la parquedad del hebreo,
el Señor les llama su “especial ganado”. Para un
pueblo nómada como era entonces Israel el ganado
era una gran riqueza, una especial posesión (es
curioso recordar que los israelitas se marcharon de
Egipto con sus ganados). Eso es lo que les está
diciendo el Señor; son su ganado, su especial
posesión. Y ciertamente, en nuestro lenguaje, ellos
fueron ganados para el Señor, fueron arrebatados,
sacados de la esclavitud por el Señor. Y el pueblo de
Israel mantuvo este lenguaje ganadero:

Reconoced que Jehová es Dios;


Él nos hizo, y no nosotros a nosotros
mismos. Pueblo suyo somos, y
ovejas de su prado. (Sal. 100:3)

Y usa también la imagen del pastor que cuida de


su majada, de su ganado. ¡El Señor está cuidando,
protegiendo su tesoro, su inversión! Me encanta
pensar que el Señor invierte en mí y en ti, hermano.
Así demuestra que somos un especial tesoro para Él.
4
Ahora bien, el pacto establecido entre Dios y su
pueblo en la alianza sinaítica exige a Israel tres
compromisos o condiciones para mantener la
palabra dada.

• El pueblo debe ser consciente del sentido de su


pertenencia a Dios (v.5). Pertenencia que se
establece en una relación permanente con Dios.
Estar en su presencia significa dejarse llenar de su
amor que lo irradia todo, que lo cambia todo.
Sentir que su vida, sus acciones y todo su existir
no le pertenecen porque son propiedad total de
Dios; y de esta manera toda la orientación de la
vida se debe construir solamente en la única
perspectiva de agradar a Dios.

• La fidelidad del pueblo con Dios (v.6). El pueblo


debe tener una actitud de escucha, de entrega y
obediencia para estar en gracia con su Dios y ser
su propiedad personal. Ser fiel a la alianza es
obedecer las normas y mandatos que Dios ha
establecido a través de Moisés.

• El llamado a vivir en santidad. "Serán para mí un


pueblo de sacerdotes y una nación santa":
consagrarse a su Dios y ser testimonio de su
presencia el mundo. El Señor se ha revelado a
Israel, haciéndolo objeto de su especial
predilección, pero esta elección implica exigencia,
5
consagración: testificar de Dios y ser bendición
para todos los pueblos.

II. las relaciones externas

Vosotros que en otro tiempo no


erais pueblo, ahora sois pueblo de
Dios; en otro tiempo no habíais
alcanzado misericordia, ahora
habéis alcanzado misericordia.
(v.10)

Nosotros que hemos experimentado la


misericordia de Dios en nuestras propias vidas y que
somos conscientes de ello, ¡somos los primeros que
hemos de mostrar la misericordia hacia los demás!
Ya hemos explicado en otras ocasiones lo que
significa misericordia: sentir dolor en el corazón (en
las entrañas según el pensamiento judío) al ver la
miseria de los demás (misere, cardía). Así actuó
Dios en Cristo al ver la miseria de nuestra vida: le
dolió el corazón y se humanó para hacerse palpable
al hombre. Así actuó Jesús mientras estuvo en esta
tierra y así actúa Cristo ahora a través de nosotros. Y
esto no es una obligación. Es algo entrañable, que
sale de lo profundo de nuestro ser de una forma
natural, especialmente ahora que Cristo es nuestra
vida.
6
Aquí desearía hacer una distinción. No es lo
mismo sentir lástima que sentir compasión. El Señor
Jesús jamás sintió lástima al ver la necesidad de las
personas que lo rodeaban pero sí compasión.
Lástima es sentir pena, es ver al otro como un
desgraciado, como algo sin solución; compasión es
“ser movido en las entrañas” es que algo se mueve
en tu interior y que hace reaccionar “con pasión”, es
decir, con amor. Así es como actuó el Señor Jesús.
Por eso hablamos de identificarse con los problemas
de los demás, de compadecerse con (dicho de otro
modo, padecer, sufrir con) ellos y ayudarles en toda
forma posible.

III. Las relaciones internas

Las relaciones internas en este nuevo pueblo


también son diferentes, han de ser diferentes:

12 Vestíos, pues, como escogidos


de Dios, santos y amados, de
entrañable misericordia, de
benignidad, de humildad, de
mansedumbre, de paciencia; 13
soportándoos unos a otros, y
perdonándoos unos a otros si
alguno tuviere queja contra otro. De
la manera que Cristo os perdonó,
así también hacedlo vosotros. 14 Y
7
sobre todas estas cosas vestíos de
amor, que es el vínculo perfecto.
(Col. 3:12-14)

Es significativo darse cuenta de que Pablo está


hablando aquí de virtudes que tienen que ver con las
relaciones personales, especialmente dentro de la
iglesia. No se mencionan virtudes tales como la
eficacia, la inteligencia, la laboriosidad, etc. Y no es
que esto carezca de importancia, sino que son las
virtudes cristianas las que dominan las relaciones
humanas y les dan un nuevo sentido.

Podemos estar toda la vida intentando ser buenas


personas, mejorar nuestras relaciones, actuar como
debemos, para darnos cuenta de que por mucho que
nos esforcemos no podemos conseguirlo. Por eso es
tan interesante la imagen que usa aquí Pablo: habla
de despojarse, desvestirse de lo viejo, para vestirse
con lo nuevo. Otra vez aparece la imagen de la
palabra hebrea “labash” que ya comentamos hace
unas semanas. Y es muy interesante notar esta idea
de Pablo: no se trata de esforzarse, sino de dejar que
Cristo se revista de nosotros para mostrar así al
mundo sus virtudes y no las nuestras.

Pero por encima de todas estas cosas “vestíos del


amor que es el vínculo perfecto”. ¡Qué interesante lo
que afirma Pablo aquí! Cuando la situación se hace
casi insoportable, cuando la cerrazón de los demás
8
es demasiado grande como para soportarla, cuando
la ineptitud acampa a sus anchas, cuando cada uno
hace lo que le da la gana, entonces es cuando es
necesario con mayor motivo el amor. Sin el amor
nada somos (1Co. 13).

Esto se consigue en la iglesia por medio de la


unidad: “unidos en amor”. Literalmente quiere decir
que estamos entretejidos o bien compactados. ¿Cuál
es el elemento cohesionador en medio de las
diferencias que hay entre cada uno de los que
formamos la iglesia de Dios? El amor de Dios en
nosotros. Solo amándonos de una forma especial
podemos impactar al mundo de una forma especial.
Este amor es el ligamento que perfecciona, corona y
da valor al resto de virtudes cristianas. ¿Habéis
probado a hacer una tarta sin huevos? Podéis tener
todos los demás ingredientes (harina, sal, azúcar,
levadura, ralladura de limón, etc.) pero sin los
huevos que den cohesión, no se puede realizar la
tarta. Así pasa con el amor que hace posible que el
resto de ingredientes tengan valor.

• Agradezcamos al Señor la realidad presente:


somos Su pueblo.
• Confesemos que no siempre mostramos Sus
virtudes sino las nuestras y así nos va.
• Supliquemos al Señor que se “vista” de
nosotros para poder mostrar su misericordia
y amor en el mundo.