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Brillantes para el Alfarero

1 Palabra de Jehová que vino a


Jeremías, diciendo: 2 Levántate y vete a casa
del alfarero, y allí te haré oír mis palabras. 3
Y descendí a casa del alfarero, y he aquí que
él trabajaba sobre la rueda. 4 Y la vasija de
barro que él hacía se echó a perder en su
mano; y volvió y la hizo otra vasija, según le
pareció mejor hacerla. 5 Entonces vino a mí
palabra de Jehová, diciendo: 6 ¿No podré yo
hacer de vosotros como este alfarero, oh
casa de Israel? dice Jehová. He aquí que
como el barro en la mano del alfarero, así
sois vosotros en mi mano, oh casa de Israel.
(Jer. 18:1-6)

La alfarería era una industria importante en Jerusalén


en aquellos tiempos. Entrando en la casa del alfarero,
Jeremías lo vería trabajando sobre su rueda, que realmente
consistía en dos ruedas de piedra paralelas y conectadas por
un eje: moviendo la de abajo con sus pies, la de arriba iría
girando en un ritmo regular y constante. Jeremías
observaría las manos mojadas y fangosas del alfarero que
rodeaban el trozo de arcilla con el fin de centrarlo sobre la
rueda. Y después metería el dedo pulgar de cada mano en
el centro del montón de arcilla para abrirla. Después de
abrirla en forma de un tazón, aplicó una ligera presión con
los dedos exteriores con los interiores para ir levantando la
arcilla y así darle forma.

Pero luego el alfarero nota un pequeño desperfecto en


la vasija que va haciendo, y sin parar la rueda, sus manos
aplastan la arcilla de nuevo en un montoncito sin forma.
Al estudiar más de cerca este proceso de la alfarería,
podemos llegar a entender mejor verdades importantes de
esta parábola y lo que nos enseña con respecto a nuestra
vida en manos del Gran Alfarero: nuestra formación y
transformación.

Lo que Jeremías observó fue sólo un paso en el proceso


de crear una vasija de cerámica. Antes de poder formarla,
el alfarero tuvo que buscar una arcilla adecuada, con la
consistencia correcta, con suficiente elasticidad. Ninguna
arcilla es perfecta en su estado natural: si es demasiado
blanda, se cae sobre la rueda y no puede ser formada - por
tanto, el alfarero le añade partículas molidas de vasijas rotas
para aumentar su fuerza. Y si la arcilla es demasiado seca,
el alfarero le añade agua. Pero en cualquiera de los casos,
es el alfarero quien provee o la fuerza o la flexibilidad que
pueda necesitar la arcilla para que soporte bien el proceso
de ser formada en una vasija - el proceso de nuestra
formación.

Así dijo Jehová: Ve y compra una vasija


de barro del alfarero, y lleva contigo de los
ancianos del pueblo, y de los ancianos de los
sacerdotes;
Luego en Jer. 19:1, el Señor le dice a Jeremías que
vuelva a la casa del alfarero, esta vez como cliente, y que
compre allí una vasija de barro y la lleve a la Puerta oriental
de la ciudad. Probablemente la que los arqueólogos han
identificado como la Puerta del Alfarero. Después de decir
al pueblo lo que Dios le reveló en la casa del alfarero, Dios
le dice, según los vv. 10-11b....

10 Entonces quebrarás la vasija ante los


ojos de los varones que van contigo, 11 y les
dirás: Así ha dicho Jehová de los ejércitos:
Así quebrantaré a este pueblo y a esta
ciudad, como quien quiebra una vasija de
barro, que no se puede restaurar más; y en
Tofet se enterrarán, porque no habrá otro
lugar para enterrar. (Jer 19:10-11)

Los arqueólogos nos dicen que la Puerta del Alfarero


estaba llena de trozos y fragmentos de vasijas rotas
(ostraca). Precisamente estos fragmentos usaban los
alfareros, moliéndolos y añadiéndolos a cualquier arcilla
que fuese demasiado blanda, para darle más fuerza y vigor
para el proceso de su formación. Y cuanto más grande sea
la vasija que se proyecta hacer, más ostracas necesita la
arcilla de la que se va a formar.

La vasija que Jeremías quebró delante de todos


estaba irreparable, al igual que la palabra que declaró era
irrevocable. Y de igual manera, porciones de nuestras
vidas pueden parecer quebrantadas más allá de toda
reparación. Todos hemos fracasado como vasijas en
alguna prueba o relación o cometido. Pero el reciclaje de
los fragmentos de vasijas rotas nos hace ver que lo que
nosotros considerábamos como roto y perdido, aún puede
ser redimido en el plan de Dios - quizás para formar parte
de una vasija mucho más grande y hermosa que lo que
hubiéramos imaginado. Porque el Alfarero por
excelencia también recicla las vasijas quebradas, usando
sus fracasos, quebrantos, desilusiones, sueños rotos, en la
vida de otros.

Cuando compartimos nuestro testimonio con


transparencia y honestidad, nuestros fragmentos rotos
sirven para fortalecer a los oyentes. Y como oyentes,
fragmentos de las vidas de otros también llegan a formar
parte de nuestra propia arcilla.

De vuelta en casa del alfarero, si pasase suficiente


tiempo allí, Jeremías también podía haberle observado
preparando la arcilla cruda, quitándole partículas
extrañas, gravilla o raíces, y luego añadiéndole bastante
agua para pasar esta mezcla por un filtro, y así quitarle las
últimas impurezas. Después, se deja todo a secar hasta
que adquiere la consistencia adecuada para ser moldeado.
Pero todavía antes de formar la arcilla en la rueda, el
alfarero arroja la arcilla una y otra vez sobre una piedra
para hacerla más plástica y moldeable. Así también se le
quita cualquier bolsa de aire, que además haría explotar a
la vasija cuando estuviese expuesta al intenso calor del
horno. Luego de maltratar la arcilla así (tirándola contra
la piedra), el alfarero usa las palmas de sus manos para
trabajarla un tiempo más como se amasa el pan.

Requiere paciencia someter la arcilla a este proceso


tan meticuloso. Y si la arcilla tuviese voluntad propia,
también requeriría paciencia de su parte - como es el caso
nuestro como barro en manos del Alfarero. Y muchas
veces quisiéramos meterle más prisa - queremos llegar al
producto final ya. Pero a menos que permitamos que el
Alfarero nos quite todo lo extraño, podríamos tener la
triste experiencia de explotar al ser expuestos al fuego.

Hacer una vasija no es trabajo de un amateur - la más


mínima variación en la presión de las manos puede hacer
que la vasija se descentre y deforme. Hacer una vasija
bien hecha requiere arcilla bien preparada, la rotación
regular de la rueda junto con la presión bien aplicada de
esas manos adiestradas del alfarero para producir una
forma simétrica.

Y la formación de nuestras vidas también requiere la


presión constante de las manos del Alfarero. ¡Cuántas
veces nos irritamos por esa presión que experimentamos,
cuántas veces nos quejamos y resistimos la presión de
esas manos amorosas y sufridas que quieren amoldarnos!
Pero sin esa presión nos quedaríamos como arcilla sin
forma ni utilidad. No serviríamos para nada.

La verdad es que el alfarero aplasta la arcilla


muchísimas veces mientras la va formando. Alguna vez
la vasija sube de la rueda unos cuantos centímetros antes
de desarrollar un desperfecto, y el alfarero vuelve a
amasarla en un montón. Otra vez la vasija estará
prácticamente formada cuando surge alguna
desproporción, y el alfarero no tiene ningún reparo en
volver a juntar la arcilla para empezar de nuevo. Cuántas
veces en el proceso de nuestra formación, sentimos como
subimos de la rueda y asumimos forma de utilidad, sólo
para encontrarnos devueltos de nuevo a la masa sin
forma. Y nos sentimos tontos, maltratados, indefensos,
angustiados. ¡Si tan sólo pudiéramos recordar que el
Alfarero siempre está en control, y que Sus manos,
cicatrizadas debido a Su amor por nosotros, nunca se
apartan de la vasija hasta que se haya perfeccionado!
Tierna y pacientemente nos va formando a lo largo de
todo el proceso.

Y si Jeremías se hubiera quedado en casa del alfarero


un poco más tiempo, hubiera visto que a esa vasija
formada a la perfección sobre la rueda, todavía le falta
mucho para llegar a ser útil. Después de formarla, el
alfarero la coloca sobre una estantería hasta que se seque
- lo cual también puede tener su paralelismo en nuestra
experiencia cristiana, ¿verdad? Esos tiempos de aridez
espiritual o emocional, cuando no conecto bien con otros
o con lo que está sucediendo puede ser simplemente un
tiempo de espera en el Señor preparándome para más
transformación.

Y cuando la vasija está completamente seca,


entonces el alfarero le da una capa de barniz hecho de
sílica. Antes de pasarlo por el horno, esta capa de barniz
es mate, pálida, descolorida, cualquiera se preguntaría por
qué el alfarero ha escogido un acabado tan
deslustrado.Pero es que todavía le falta ser pasado por el
fuego, porque la vasija tiene que ser vitrificada para que
llegue a ser útil. Si alguien cogiera esa vasija secada al
aire, aparentemente firme, y la llenase de agua, la vasija
se derretiría otra vez en arcilla.

Más de una vez yo he dicho, “Señor, ya estoy listo


para retener tu agua; lléname para ministrar.” Y sólo me
he quedado en un montón de barro, porque aún no había
pasado suficiente tiempo en el fuego. Para vitrificar la
cerámica, tiene que ser cocida a una temperatura de más
de 1000 º, lo cual es comparable al crisol para los
metales, donde todas sus impurezas son quemadas.

Cocer la vasija la transforma, produce un cambio en


las propiedades químicas de la arcilla. Ya no es porosa,
sino que retiene el agua indefinidamente. Ahora es más
como piedra que tierra. Sin embargo, cuando sale del
horno, la vasija es más pequeña, aunque su forma es
exactamente la misma, hasta en las huellas digitales del
alfarero que le hayan quedado - sólo en una escala un
poquito más reducida.

Como arcilla que somos, este proceso implica que


nosotros tenemos que menguar. Pero para llevar en
nosotros las huellas digitales del Alfarero y llegar a ser
vasos de agua viva, vale toda la pena pasar por el horno
de fuego.
Y allí bajo ese intenso calor del horno, sucede otro
milagro: ese barniz mate sufre una metamorfosis.
Donde antes no había ninguna indicación de color, ahora
la vasija está vestida de luz y brillantez, con un acabado
satinado. Experimentar esta transformación es como
participar de la naturaleza divina. Cuando pienso en esa
capa de barniz mate que me mira en el espejo cada
mañana, me resulta conmovedor pensar que algún día
saldré del fuego con un color lustroso, cristalino y
translúcido, de modo que allí estará perfectamente
reflejado el rostro del Alfarero.

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