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El Siervo Sufriente

Isaías 52:13 – 53:9

Introducción

La muerte ha sido el gran misterio que ha preocupado


al hombre a través de toda su historia. Porque aunque éste
ha pretendido negar todas las verdades, sin embargo hay
una que siempre le persigue y nunca ha podido rechazar: la
realidad de la muerte. Ni siquiera los ateos más
recalcitrantes se han atrevido a negar que ellos también han
de morir.

Para el pagano la muerte es toda una tragedia; no


tienen ideas claras sobre el más allá, por eso aunque
algunos admiten una existencia más allá de la tumba, dicha
existencia está rodeada de oscuridad y enigmas. Además no
todos admiten una vida después de la muerte porque ésta es
un desaparecer total, el fin de todas las esperanzas, la
frustración de todos los anhelos. Esa es también la
discusión entre los fariseos y los saduceos.

Para nosotros los discípulos la situación es muy


desalentadora; esperábamos un Mesías terreno que iba a
revivir las glorias del reinado de David y Salomón y he aquí
que nuestras ilusiones se han desvanecido como la espuma.
Esa sensación de desaliento la hemos experimentado
camino de Emaús:
Nosotros esperábamos que sería él quien
rescataría a Israel; más con todo, van ya tres
días desde que sucedió esto. (Lc 24,21)

La muerte de Jesús ha sido un acontecimiento trágico;


sus enemigos han logrado lo que querían: quitarlo de en
medio; los fariseos, porque había desenmascarado su
hipocresía, los sacerdotes porque había denunciado la
vaciedad de un culto formalista; los saduceos porque había
refutado la negación de la resurrección; los ricos porque les
había echado en cara la injusticia de sus actuaciones; los
romanos porque pensaron que era un sedicioso. Y
nosotros... nosotros nos hemos quedado sin esperanza...

Sí, hace unas horas que Jesús ha muerto abandonado


por todos; nosotros hemos huido como cobardes, los judíos
lo desprecian; el Padre se hizo sordo a su clamor... Desde
hace unas horas en la cruz cuelga el cuerpo de un
ajusticiado, condenado por la justicia humana y rechazado
por su pueblo. Sí, parece que el odio ha vencido sobre el
amor; el poder sobre la debilidad de un hombre; la tinieblas
sobre la luz; la muerte sobre la vida. Cuando las tinieblas
han caído sobre el monte Calvario parecía que todo había
terminado y los enemigos de Jesús podían por fin descansar
tranquilos. Y nosotros... aquí estamos. Apesadumbrados,
tristes, de un luto tan fuerte que nos inunda el alma...

Pero no, no nos quedaremos aquí petrificados,


desolados... ¡¡No!! Vamos a recordar lo que Isaías escribió
acerca del Siervo Sufriente y así, por la gracia de Dios,
quizá descubramos el sentido de este sinsentido. Y no
vamos a mirar sólo el pasado o el presente, sino que
miraremos unos años más adelante en el futuro para ver lo
que otros discípulos piensan.

1. La exaltación del Siervo Sufriente (52:13-15)

13
"He aquí que mi siervo triunfará. Será
engrandecido y exaltado, y será muy enaltecido.
14
De la manera que muchos se asombraron de
él, así fue desfigurada su apariencia, más que la
de cualquier hombre; y su aspecto, más que el de
los seres humanos. 15 Así asombrará a muchas
naciones. Los reyes cerrarán la boca delante de
él, porque verán lo que nunca les había sido
contado, y comprenderán lo que nunca habían
oído." (Isa. 52:13-15)

Dios mismo proclama el triunfo de su siervo. Sin lugar a


duda, él “será prosperado” (v. 13a). La palabra significa
eficiente y eficaz. Cumpliría todo el ministerio que el Señor
tenía para él. La misma idea se halla en 53:10b, “y la
voluntad de Jehová será en su mano prosperada”. ¡Gracias
Isaías, ahora lo entiendo! Esa voluntad no termina con la
muerte, sino que abarca también a la exaltación. Por esta
razón, agregas tres verbos para que no quede duda acerca
de su triunfo: “…será engrandecido y exaltado, y será
puesto muy en alto” (v. l3b).

Pero Isaías, el verbo desfigurar es muy fuerte. Su


significado literal es “despedazar”, igual que hacen las
bestias feroces cuando depredan las piezas más débiles que
han cazado. Aunque ahora que lo pienso, por la tortura
física que le inflingieron esos bestias, su aspecto quedó
completamente irreconocible. Sí, tu dijiste que dejaría de
tener apariencia humana (v. 14). Isaías, parece como si tú
hubieses estado aquí con nosotros a pesar de que escribiste
esto hace muchos años...

Sí, y también puedo entender el v. 15: “así asombrará él a


muchas naciones”. El verbo asombrar puede ser traducido
“rociar”. Eso me recuerda nuestra práctica judía de rociar
sangre o agua como símbolo de la purificación. Sí, a través
de los sufrimientos del v. 14, el Mesías limpiará los pecados
de los habitantes de las naciones del mundo. Eso nos lo ha
repetido muchas veces Jesús, pero es tan difícil de creer...
Desde luego, jamás se ha visto nada igual. También en eso
tenías razón Isaías.

¡Ah! Si pudiese escuchar lo que otros discípulos pensarán


de esta historia...
5
Haya en vosotros esta manera de pensar
que hubo también en Cristo Jesús: 6 Existiendo
en forma de Dios, él no consideró el ser igual a
Dios como algo a qué aferrarse; (Fil 2:5-6)

Querido discípulo, el cinco, es el versículo clave de este


segundo capítulo porque inicia la porción sobre la humildad
de Cristo, que es el punto culminante o principal de toda mi
epístola: “Haya, pues, en vosotros este sentir” encierra la
lección que yo, Pablo, deseo imprimir en otros discípulos
para que ellos “imiten” la humildad, obediencia y
disposición del Señor.

Pues tienes razón Pablo. Desde su nacimiento hasta su


muerte, Jesucristo fue un ejemplo vivo de humildad. El
demostró esta virtud no sólo con sus palabras, sino con sus
hechos. Su enseñanza fue completa, pues los que
escuchamos sus parábolas y sermones pudimos también ver
en acción lo que él decía.

Con toda autoridad, nos dijo el Señor Jesús a sus


discípulos: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de
mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis
descanso para vuestras almas” (Mateo 11:29). Gracias por
tu explicación, Pablo.

Permíteme que te explique algo, querido discípulo: la


palabra “forma” define algo más que una semejanza. Se
refiere a lo interior; la forma exterioriza su esencia real o
ser. Simplificando esta enseñanza, lo que quiero decir es
que Jesús, antes de que se hiciera hombre, ya tenía la
forma, la esencia de Dios. El Jesús que tú has conocido no
es una simple “manifestación” de Dios. ¡El es Dios!

Como narrador de esta historia, me permito parafrasear


el versículo 6 así: “Quien, aunque era de la misma
naturaleza que Dios, no pensó que eso fuese algo digno de
ser explotado para su propia conveniencia”.

¿Cómo? Claro que puedes continuar con tu profecía


Isaías, ¡faltaría más!
2. La humillación del Siervo del Señor (53:1-9)

1 ¿Quién ha creído nuestro anuncio? ¿Sobre


quién se ha manifestado el brazo de Jehovah? 2
Subió como un retoño delante de él, y como una
raíz de tierra seca. No hay parecer en él, ni
hermosura; lo vimos, pero no tenía atractivo
3
como para que lo deseáramos. Fue
despreciado y desechado por los hombres, varón
de dolores y experimentado en el sufrimiento. Y
como escondimos de él el rostro, lo
menospreciamos y no lo estimamos. (Isa. 53:1-3)

Tienes razón otra vez, Isaías, Jesús sufrió el rechazo de


su persona mientras vivió (vv. 1–3). Venía del linaje de
David y era heredero de todas las promesas hechas a su
ancestro, pero no parecía rey. Era humilde y su apariencia
física no era tan atractiva. Por eso muchos lo han
despreciado, desechado, menospreciado y considerado
como nada. Mi compañero Juan expresa su reacción así, “A
lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Juan 1:11).

Yo mismo tengo que reconocer que no sé que creer...


estoy aturdido. ¿Cómo es posible que hasta nosotros, sus
discípulos más cercanos, lo hayamos abandonado hace sólo
unas horas? Pobre Pedro, cómo lloraba después de negarle
por tres veces...
4
Ciertamente él llevó nuestras enfermedades
y sufrió nuestros dolores. Nosotros le tuvimos
por azotado, como herido por Dios, y afligido. 5
Pero él fue herido por nuestras transgresiones,
molido por nuestros pecados. El castigo que nos
trajo paz fue sobre él, y por sus heridas fuimos
nosotros sanados. 6 Todos nosotros nos
descarriamos como ovejas; cada cual se apartó
por su camino. Pero Jehovah cargó en él el
pecado de todos nosotros.

¿Qué significó la muerte del Mesías? ¿Por qué murió?


La respuesta a estas preguntas es que él sufrió en lugar
nuestro como sustituto. Todo lo que hizo fue a favor
nuestro. No murió por sus propios pecados (porque no los
tenía, de eso doy fe) sino por los nuestros.

Tines razón otra vez Isaías; Dios puso nuestros pecados


sobre su Hijo. Él fue “herido de Dios” (v. 4b) y “Jehová
cargó en él el pecado de todos nosotros” (v. 6b). Isaías si
hubieses estado con nosotros hace unas horas y hubieses
escuchado cómo se le desgarraba el corazón al preguntar
con agónica tristeza: “¿Padre, padre, por qué me has
desamparado?” se te helaría la sangre en las venas y te
brotarían las lágrimas incontroladamente... Sí, Dios el Padre
adjudicó nuestros pecados a su Hijo. La iniciativa fue
divina y por pura gracia.
7
Él fue oprimido y afligido, pero no abrió
su boca. Como un cordero, fue llevado al
matadero; y como una oveja que enmudece
delante de sus esquiladores, tampoco él abrió su
boca. 8 Por medio de la opresión y del juicio fue
quitado. Y respecto a su generación, ¿quién la
contará? Porque él fue cortado de la tierra de
los vivientes, y por la transgresión de mi pueblo
fue herido. 9 Se dispuso con los impíos su
sepultura, y con los ricos estuvo en su muerte.
Aunque nunca hizo violencia, ni hubo engaño en
su boca,

Gracias Isaías por usar tres ilustraciones para describir


la muerte del Mesías. En primer lugar murió como cordero
(v. 7). Lo hizo silenciosamente, sin poner objeción alguna.
Aquí vemos al Cordero de Dios muriendo por las ovejas
que se habían descarriado (v. 6). Con razón, Juan el
Bautista señaló a Cristo como “el cordero de Dios, que
quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Al ser sacrificado
como cordero, el Mesías cumplió con todo el simbolismo
de los sacrificios levíticos, dejándolos obsoletos.

También murió como criminal (v. 8). Este texto enfoca


especialmente el aspecto judicial de su deceso. La
implicación es que en el proceso sumario se transgredieron
todas las leyes judías en relación con el juicio de un
criminal. Lo hizo todo “por la rebelión de mi pueblo”.

En tercer lugar, murió como impío (v. 9). Su suplicio


fue totalmente injusto. El justo fue sacrificado por los
injustos (1 Pedro 3:18). Por esto, “justificará mi siervo justo
a muchos” (v. 11b). La justicia de Cristo se le adjudica a
todo aquel que confía en él (Filipenses 3:9). El llevó mis
pecados y me concede su justicia. ¡Esto sí es gracia pura!
¿Cómo? Sí claro Pablo, por favor, ilústranos con tu
pensamiento

7
sino que se despojó a sí mismo, tomando
forma de siervo, haciéndose semejante a los
hombres; y hallándose en condición de hombre,
8
se humilló a sí mismo haciéndose obediente
hasta la muerte, ¡y muerte de cruz! (Fil 2:7-8)

Es imposible dejar a un lado los atributos de la deidad


y seguir siendo Dios. Lo que hizo el Señor Jesús fue
agregar algo en vez de quitar algo: añadió a su ser una
naturaleza humana con todas sus limitaciones; pero sin
despojarse de ningún aspecto de su deidad. Sin dejar de ser
como eres ponte las sandalias de un niño, o mejor, deja tu
casa y vive dentro de una tinaja de vino. Eso, salvando las
distancias, es lo que hizo el Señor Jesús. Al tomar la forma
de siervo, se hizo humano. El era completamente Dios y
hombre en una sola persona. No se despojó de su deidad,
sino de su gloria y privilegios celestiales, encarnándose
para poder tomar la forma de siervo y de hombre entre los
hombres. Para poder morir, tenía que hacerse hombre.

Querido discípulo, intenta imaginar cómo fue Jesús


descendiendo y saltando las otras “formas” de seres
posibles porque no podían satisfacer el plan divino. No se
hizo serafín, ni querubín, ni arcángel ni ángel, porque en
ninguna de estas formas podía en la cruz. Sólo tomando la
forma de “siervo” pudo cumplirse el plan diseñado desde la
fundación del mundo.
Y no, no quiero que me malinterpretes. La expresión
“semejante a los hombres” es distinta a “idéntico a los
hombres”. “Semejante” indica dos cosas: primero, que
Jesús en realidad era como los hombres (tenía un cuerpo
físico, y por tanto, necesidad de comer, dormir, descansar,
etc.) y segundo, que era diferente de los hombres. Pero a la
vez diferente, porque él jamás pecó (Romanos 8:3) sino
que, como te ha dicho antes Isaías, fue hecho pecado por
nosotros.

Jesús era verdadero hombre y como tal, se “humilló” a


sí mismo, permitiendo que los demás hombres se burlaran
de él y lo trataran con desprecio y soberbia. La verdadera
humildad se distingue de la forma falsa de humildad que
llega a la hipocresía. Jesús no sólo se ofreció a venir a ser
un hombre en la forma de siervo y en la semejanza de
hombre, sino que estuvo dispuesto a sufrir una completa
humillación al morir en la cruz.

Jesús fue obediente hasta el punto de someterse


voluntariamente a la muerte, muerte ignominiosa y
dolorosa. Fue obediente al plan divino de la redención. Fue
obediente al propósito de su venida a esta tierra. Fue
obediente al deseo del Padre de alcanzar y salvar a los
pecadores. Por lo tanto, él demanda obediencia, pues dejó
un ejemplo de obediencia. El marcó el camino de la
salvación y el hombre tiene que obedecer como él
obedeció. Su obediencia hace posible nuestra liberación.
Conclusión

Gracias Isaías. Gracias Pablo. Vuestras palabras me


han servido de ayuda en estos momentos de luto, de
sufrimiento. Todavía no entiendo muy bien lo que ha
pasado, pero si Dios reivindica a Jesús y cumple su
promesa de exaltarle, yo mantendré la esperanza... Sólo
tengo que esperar unos días más, con dolor, pero con
esperanza.

Y no, no me voy a quedar de brazos cruzados; voy a


decir a todos mis condiscípulos que mantengan la esperanza
a pesar del dolor, que confíen en las promesas del Señor,
que esperen confiadamente en el Señor a pesar de las duras
pruebas...

Y cuando Dios Padre levante a Jesús de los muertos


prorrumpiremos en cantos de alabanza porque tendremos la
seguridad de que la muerte ha sido vencida por la vida, el
odio por el amor, el pecado por el perdón... Y así la mera
subsistencia será transformada en una vida abundante como
Jesús prometió. Sí, la vida mediocre habrá pasado y la vida
eterna se abrirá al futuro. ¡¡Amén!!