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Y el Verbo se hizo carne...

TEXTOS: ISAÍAS 55:10-11; S. JUAN 1:1, 14.

Hasta donde nosotros sabemos, los seres


humanos somos los dotados de un capacidad de
lenguaje más elaborada.

Podemos expresar con palabras las necesidades


más profundas de nuestro corazón.

El lenguaje nos permite comunicarnos...

Expresar audiblemente nuestros pensamientos y


emociones...

El lenguaje nos permite saltar del grito extático


al canto lírico...

El lenguaje nos permite hacer poesía con la


palabra.

Y es como si en cada palabra pronunciada


saliera algo de nosotros mismos...

Por eso es que podemos herir con las palabras,


pero también con ellas podemos curar.
Y Dios, que habla un lenguaje especial para
nosotros como seres humanos, habiendo dicho su
Palabra muchas veces, y de muchas maneras, cuando
se cumplió el tiempo, nos habló en Jesús.

La Palabra creadora, la que se oyó en Sinaí, la


que nos contó muchas veces acerca del amor de
Dios, esa Palabra se hizo carne, y habitó entre
nosotros.

Cada vez que Dios pronunció una Palabra,


inició un diálogo, una invitación para entrar en una
relación profunda, para comprometernos en su
misterio.

Y cuando la Palabra de Dios, que es Dios


llegando a nosotros, se hace carne, entonces Dios se
revela a nosotros como Palabra encarnada, como
expresión más plena de la cercanía de Dios al
hombre.

Eso es lo que celebramos los cristianos en


Navidad: La Encarnación de la Palabra.

El Dios que es amor, se encarna... El amor


siempre se encarna... Encarnar y amar son
sinónimos.

Y en Cristo Jesús, la Palabra que se encarna es


también llamada...
Toda palabra es siempre llamada... A veces voz,
a veces un pequeño susurro, a veces grito, a veces un
suave canto, pero siempre es llamada...

A veces en la noche, a veces en el clarear del


día; a veces en la luz más temprana, y a veces en la
más oscura tardanza...

La Palabra de Dios ha estado presente en la


creación de todas las cosas... Por eso cada cosa
creada lleva en sí una carga semántica que puede
llevarnos a la búsqueda del Creador.

La Palabra del Señor ha estado en el soplo que


dividió al Mar Rojo, y en el silbo apacible de la
historia de Elías, y en el viento recio de
Pentecostés... Pero nunca tan cerca de todos nosotros
como en Jesús de Nazaret.

En aquel Santo Niño de Belén se da la serena


aproximación de Dios hablándonos con una palabra
muy suave y apacible... Con un timbre y un tono de
ternura y de intimidad insospechadas.

Él quiere hacer de nosotros también Palabra...


Palabras encarnadas, pronunciadas para llenar
vacíos, sanar heridas, calmar inquietudes...
Palabras que acarician y besan, que acogen y
abrazan, que lloran y ríen, que aman, que encarnan.
En Cristo Jesús, la Palabra de Dios se muestra
también como encuentro de Dios con el hombre...
Hay un encuentro de Dios con toda la humanidad en
la carne de Jesucristo, en su aliento y en su ser... En
su sacrificio y en su entrega.

La Palabra que llama nos convoca... Nos ha


llamado la Palabra... Y nosotros hemos respondido
porque tenemos hambre y sed de la Palabra de amor.

En lo profundo de nuestro ser sabemos que


somos también parte de esa Palabra... Que somos
porque Él nos pronunció...

Somos un pensamiento del Señor; un


pensamiento verbalizado, pronunciado con la
firmeza y el amor de Aquel que nos conoce desde
antes de la fundación del mundo. Quizá por eso
cantaron los ángeles en la primera Navidad... Quizá
por eso nosotros también sentimos la necesidad de
elevar nuestra voz en cánticos al Señor amado...

Barruntamos que nuestras voces, por debilitadas


que pudieran llegar a estar --y lo estarán-- nunca se
perderán en la Palabra de quien nos pensó y nos
pronunció y nos llamó.

Él habla en todo lo que es, y sobre todo nos


habla en Cristo y por Cristo...
Y nosotros podemos escucharle y amarle porque
nosotros mismos somos palabras de Él.

Por eso en Él se borran las diferencias, se


desmoronan los prejuicios, se derrumban las
barreras, se allanan los montes y los collados, se
tornan fértiles los páramos, vuelven a discurrir las
aguas por sus antiguos cauces secos, brotan
manantiales en el desierto...

Y en este rincón de la gran urbe, donde terminan


las luces y las sombras, arde una pequeña hoguera a
la que acuden y acudirán muchos hombres y mujeres
y niños y viejos...

Una hoguera prendida por la Palabra de Dios


que un día se encarnó... Una Palabra que cayó
haciendo fértil el suelo de nuestros corazones.

Jesucristo, Palabra de Dios, Palabra encarnada,


Palabra creadora, es la expresión más plena de Dios
revelándose, dándose, ofreciéndose...

Hoy, como pequeñas palabras en diversos


acentos, hemos venido para decirle al Señor que
estamos agradecidos porque un día, antes de que los
días existieran, Él nos pensó y nos pronunció... Nos
rodeó con el calor de su Palabra... Nos envolvió en
los tiempos y modos de su Verbo... Nos dotó de la
sustancia del sustantivo, de la agilidad de la
preposición, del colorido añadido del adjetivo, de la
modalidad del adverbio y de la personalidad del
pronombre; nos multiplicó en la conjunción
copulativa, y nos llamó con su interjección sonora...

Jesucristo es la Palabra que convoca, que llama


al arrepentimiento, a darnos la vuelta, a venir a sus
pies, a ser un sonido alegre en el corazón del Dios
Eterno y Todopoderoso.

Ahí afuera hay un mundo oscurecido por la


noche y las distancias; pero todas nuestras
separaciones y lejanías desparecen en torno a Aquel
que nos ha convocado...

Ahí afuera reinan la oscuridad y el frío; pero


todas las sombras y frialdades se funden ante el
fuego de nuestra hoguera, las voces que nos rodean,
los cantos que hablan de su amor.

¿Cuál será nuestra palabra en respuesta a la


Palabra?

¿Cuál será nuestra respuesta a su llamada?

¿Cuál será nuestro cántico a Aquel que nos


rodea y alegra?

¿Aprenderemos a escuchar su voz también en


las voces de los que sufren?
¿Estaremos dispuestos a dejar que nuestras
manos sean sus manos y sus palabras nuestras
palabras?

¿Aprenderemos a ver las pequeñas manos y las


pequeñas palabras de Jesús en las manos y las
palabras de otros niños?

El Dios que nos perdona --que tiene palabras de


perdón y de vida eterna-- está empeñado en
enseñarnos palabras de amor y de perdón, palabras
de entrega y de servicio, palabras de sanidad y
alegría, de acogida y comprensión, palabras de
firmeza y gentiliza, palabras de colaboración con
todos cuantos buscan servir a Dios en el servicio al
prójimo.

Y nosotros terminaremos esta meditación


navideña de este año 2006, pidiéndole al Señor
bendito que su Palabra sea la voz que escuchemos en
la noche y en el temprano despertar, mientras nuestra
pequeña palabra proclama sus delicias.

Amén.

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