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Participando en el Cuerpo de Cristo

16 La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la


comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no
es la comunión del cuerpo de Cristo? 17 Puesto que el pan
es uno solo, nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo;
pues todos participamos de un solo pan. (1Co. 10:16-17)

Introducción

Pablo combate los problemas de la comunidad de Corinto, entre los cuales estaban
sus divisiones, normas de conducta en las familias, juntarse con los paganos y participar
en los ritos de sacrificios de animales. Todo eso es idolatría, como puede ser idolatría el
amor al dinero, el descanso dominical sin “guardar el día de reposo” o el encerrarse en
uno mismo.

Utilizando pedagógicamente el tema de los sacrificios, Pablo los exhorta


recordándoles que el único sacrificio que los salva es Cristo con su cuerpo y con su
sangre, representados en el pan y en el vino. Estar unidos a El, es compartir su vida, su
muerte y resurrección, es sentir la fuerza del Espíritu que invita a compartir la vida con
los demás, a ser Uno. "El cáliz de nuestra Acción de Gracias, ¿No nos une a todos en la
sangre de Cristo? ¿Y el pan que partimos no nos une a todos en el cuerpo de Cristo?
"(v.16). La Acción de Gracias representada en la comida del pan y del vino pasa a ser
presencia real de Jesús, con su cuerpo y con su sangre, que quiere ser uno para cada
creyente. Pero también invita a vivir en la unidad con los hermanos: "El pan es uno, así
nosotros aunque somos muchos formamos un solo cuerpo porque comemos todos del
mismo pan" (v.17).

I. Los banquetes

En la iglesia primitiva, como en el mundo antiguo, era normal participar en un


banquete como forma de participar en le culto a dios.

Cuando se ofrecía un sacrificio parte de la carne era entregada a los participantes


y con ésta se celebraba una fiesta. Se sostenía que el mismo dios era un invitado de esta
fiesta. Además, muchas veces se sostenía que después que la carne había sido
sacrificada, el dios mismo estaba en ella y que durante el banquete penetraba en los
cuerpos y los espíritus de aquellos que la comían. De esta forma, una comida después
del sacrificio conformaba una verdadera comunión entre el dios y su adorador. La
persona que sacrificaba tenía una relación mística con el dios.

Por eso para Pablo el punto central de su inquietud eran los banquetes sagrados
paganos de los que algunos cristianos participaban. Lo que él alega es que hay algo
inherente a la naturaleza del banquete cristiano que haced absolutamente incompatible
la participación en el otro banquete; esa naturaleza especial de ese banquete es la
koinonía. Para Pablo, en contra de lo que pensaba la gente de su tiempo, la koinonía
tenía que ver con los adoradores mismos, aunque el énfasis del culto era l deidad misma
a la que se consideraba presente.

La naturaleza distintivamente religiosa de estos festines indica que iba incluido el


culto a la divinidad. Eso sucede también en el judaísmo, en el cual a los israelitas se les
ordena expresamente comer “en presencia de Jehová”. Esto significa, cuando menos,
en su santuario; y como el sacrificio precedía la banquete, probablemente se entendía
que Dios estaba presente. Esto es especialmente así en el banquete cristiano. No sólo es
cierto que Jesús fue el anfitrión del primero de esos banquetes sino que la iglesia
primitiva entendía que Él estaba presente por el Espíritu en medio de ellos, “donde
estaban dos o tres congregados en su nombre”.

Por lo tanto, lo más probable es que la “comunión” fuese una celebración de la


vida que tenía en común en Cristo, basada en la nueva alianza en su sangre que
previamente los había vinculado, unos con otros, con Cristo por medio de su Espíritu.
Pero mientras la “comunión” era de “unos con otros”, la base de esa comunión y su
centro estaban en Cristo, en su muerte y resurrección. De modo que volvían a estar
juntos en su presencia donde Él, como anfitrión de su propia mesa, compartía con ellos
los beneficios de su obra redentora.

En este pasaje la copa parece centrarse en la dimensión vertical y el pan en la


horizontal.

II. “La copa de bendición”

El “dar gracias” o eucaristía llegó a ser la palabra más usada para la manera
cristiana de entender esta comida. Las “bendiciones” ofrecidas al Creador por sus
bondad eran parte común de las comidas judías. Así era l comida común judía:

La parte principal comienza con una bendición


pronunciada habitualmente por el jefe de la casa con un
pedazo de pan en su mano. Los otros lo confirman con un
“amén”. Después de esto el jefe de la casa rompe el pan y lo
reparte a los que están sentados con él a la mesa... No se
trata en absoluto de bendecir el alimento y transformarlo en
otra cosa. Lo que se hace más bien es alabar al Creador que
domina los frutos de la tierra. A la conclusión de la comida
hay una acción de gracias en común, o una alabanza por el
alimento. Generalmente le jefe de la casa pide al huésped
principal que pronuncie esta bendición. Después de decir:
“Pronunciemos la bendición”, el huésped toma la copa de
bendición y, con sus ojos fijos en ella, pronuncia una
bendición que consta de cuatro bendiciones específicas.

La “copa de bendición” era el término técnico para esta bendición final que se
ofrecía al terminar la comida. Esa fue la copa que bendijo nuestro Señor en la última
cena (“después de haber cenado”) y que interpretó como “el nuevo pacto en mi
sangre”. Por eso la iglesia primitiva asumió el lenguaje de esta bendición para referirse
a la copa de la Cena del Señor refiriéndose a que ellos participaban de las provisiones y
beneficios de ese pacto.

Esta era una comida común donde, en presencia del Espíritu y mediante la fe,
ellos miraban atrás hacia el sacrificio de Cristo que ya se había realizado, y en virtud de
ello estaban obteniendo de nuevo los beneficios de ese sacrificio en su vida. Así
participaban de la “sangre de Cristo”. Y por eso no podían participar de otros banquetes
paganos.

III. “El pan que partimos”

De modo parecido se refiere al “pan que partimos”. Esto recoge también el


leguaje de la comida judía, y era usado por los primeros cristianos para referirse a su
comida de compañerismo (compañero es el que “come el pan contigo”).

Pablo tampoco se propone aquí que los creyentes tengan una “participación
mística” en el “cuerpo partido” de Cristo, sino que comiendo el pan los creyentes
afirman que, mediante la muerte de Cristo, ellos son partícipes de la comunidad
redimida, el nuevo pueblo de Dios, su Reino.

¿Cómo hace Pablo esto? (v. 17). En la mesa todos comparte un pan común que el
mismo Señor ha identificado como su “cuerpo” (iglesia como cuerpo). Pablo afirma que
en esa identificación, ha de entenderse analógicamente con referencia a la iglesia la
cual, “a pesar de ser muchos” es “un solo cuerpo” porque hay un solo pan sobre la
mesa. Esto es sí porque todos participamos del único pan, Cristo mismo, y su cuerpo, la
iglesia.

En resumen, es participando de la iglesia y en la iglesia, es como participamos es


como participamos del cuerpo de Cristo y nos convertimos en el cuerpo de Cristo, y
sólo en esa medida.

Conclusión

Hoy la Iglesia celebra la fiesta de Corpus Christi, el cuerpo y la sangre de Cristo


representados en el pan y el vino, signos de su presencia en la Eucaristía. Acercarnos a
esta mesa común y recibirlo es estar en comunión con su proyecto de salvación. Al
partir y repartir el pan, nos comprometemos como Jesús a darlo todo, a ser comida para
los demás, especialmente para los más necesitados: los pobres y marginados de la
sociedad, ser comunión con su causa y su lucha por la reivindicación de sus derechos.

Aceptar a Jesús como pan de vida es aceptar y vivir su palabra, que transforma,
compromete, nos hace más espirituales, más solidarios, más fraternos. Aceptar a Jesús,
pan vivo bajado del cielo, es aceptar su amor que lo irradia y lo cambia todo, es vivir en
el perdón y la generosidad; romper las ataduras del egoísmo y la indiferencia para
desprenderse de todo. Beber la sangre de Jesús y comer su cuerpo es dejarnos llevar por
su Espíritu que nos fortalece, nos renueva y nos invita, como a la comunidad de los
corintios, a vivir en la unidad.