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Parábola de la moneda perdida

Hoy quiero poner yo un cero patatero a quien puso un titulo acomodado al


fragmento de la “Parábola de la moneda perdida” (Lucas 15:8-10) pues una moneda no se
pierde sola. No se decide marchar para esconderse entre la rendija de un suelo de madera o
bajo un armario, en lugar inaccesible. Más bien es que alguno la pierde. Así que hoy me
toca corregir a mí: la mujer perdió la moneda.

Y esta simple reflexión me lleva a pensar en cuántas cosas podemos perder en la


confusión de nuestras jornadas ocupadísimas, muchas veces en intrascendentes actividades:
la paz, la confianza, los propósitos de meditación, la paciencia, las ganas de luchar, la
alegría de vivir. Y si al caer la tarde, hiciéramos un serio inventario de nuestras posesiones,
nos encontraríamos empobrecidos. Cada pérdida es un empobrecimiento de nuestro ser. La
mujer de la parábola era pobre, y al perder la dracma, aún era más pobre. Era lógico pues,
que se empeñara en encontrar con interés la moneda. La pregunta que muy a menudo
debemos hacernos es: ¿dónde vamos a buscar lo que hemos perdido, lo que hemos dejado
perder, durante el día o días de mil ocupaciones sin sentido?

Pues aunque parezca una respuesta tonta, donde haya más luz. Arranquémonos el
polvo oscuro y opaco de nuestra soberbia. Separémonos del ruido y placer egoísta que nos
embota la visión. Intentemos sustraernos de las preocupaciones mezquinas. Rebelémonos
contra la pereza que nos impide el estudio de la Palabra y la oración. Alejémonos de
compañías que no tienen ninguna sensibilidad espiritual. Solamente alejándonos de los
lugares de tinieblas, tendremos la posibilidad de encontrar algo.

Con amor,

Jesús Polaino