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La encrucijada

Julio C. Páez
Formas de la vigilia ediciones.
Copyright Julio César Páez 2008. Todos los derechos reservados.

Ezpeleta, Argentina, Abril del 2008.


"¿Qué es cada hombre sino un espíritu que ha tomado una breve

forma corporal y que luego desaparece? ¿Qué son los hombres sino

fantasmas?"

Thomas Carlyle.

"La tradición de todas las generaciones muertas oprime como

una pesadilla el cerebro de los vivos."

Karl Marx.

"(...)... en algunos pueblos del interior, hasta principios del siglo

XX, la pequeña burguesía solía ocultar a los parientes que se

consideraban impresentables, ya fuera por disfunciones físicas o

psíquicas que los pudiera hacer pasibles del rechazo social, en una

construcción que se anexaba en los fondos de la vivienda familiar...".

Fragmento de "Un estudio sobre los criterios de integración social

y patrones de normalidad en las provincias durante el último

siglo.(...)", Departamento de Estudios Latinoamericanos,

Universidad de Magdeburgo, Alemania Federal, 1953.

1.

El avión salió de entre las nubes y Tomás se inclinó

sobre la ventanilla, comenzaban a descender: el sol del atardecer

doraba las aguas del Atlántico, hacia el Oeste distinguió la silueta de

la ciudad de la que había partido cuando tenía tres años. Y en forma


abrupta experimentó una caída lateral y vertiginosa, la ciudad se

transformó en una garra acerada que lo buscaba con avidez. Se apartó

de la ventanilla y cerró los ojos, la intensidad y frecuencia de las

palpitaciones lo hicieron temer un infarto y se obligó a respirar con

lentitud y profundidad.

Al cabo de unos minutos consiguió distenderse, al menos todo lo

que se lo permitía la consciencia de estar suspendido en el aire. Una

sensación, o más bien el recuerdo de una sensación lo dominó:

inminencia; la percepción de que algo importante está por venir. Un

sentimiento adolescente se dijo con escepticismo, de una época donde

el deseo tiende a mostrar toda aventura como posible. De todos modos

no le fue muy fácil desprenderse de la reminiscencia.

La azafata caminó por el pasillo anunciando a los pasajeros que

estaban a pocos minutos de aterrizar y pidiéndoles que se abrocharan

los cinturones; Tomás la siguió con la mirada mientras caminaba hacia

la parte posterior de la cabina y pensó en invitarla a tomar un café no

bien aterrizaran, aunque dudó de que se atreviera a hacerlo. Se sabía

tímido hasta la exageración a pesar de la imagen de periodista

desenvuelto y desenfadado que daba en sus entrevistas televisivas.

Durante el tiempo que había durado su casamiento se podría haber

atribuido su ausencia de aventuras extramaritales a la fidelidad;

pasados seis meses desde su separación y ante la inexistencia de

nuevas relaciones no tenía la menor duda de que rumores sobre su

ambigüedad sexual ya estaban circulando por el ambiente. Una

molestia menor, en todo caso, su preocupación fundamental era la


crianza de Alicia y tratar de mantener una relación más o menos

racional con una ex que comenzaba a evidenciar con mayor

notoriedad su desequilibrio psíquico.

El avión se sacudió apenas cuando las ruedas tocaron la

pista y a poco se fue desacelerando hasta detenerse, los pasajeros se

libraron de la sujeción de los cinturones, recogieron sus bolsos de

mano y abrigos y se pusieron de pie; Tomás recogió su campera y el

bolso de la computadora portátil y esperó a que todos se bajaran. Se

paró y caminó hasta la puerta, saludó a la azafata que estaba de pie

junto a la puerta y (como había previsto) no se animó a invitarla, bajó

la escalerilla y a través de una manga de plástico amarillo llegó hasta

donde debía esperar por su equipaje.

El edificio estaba construido en vidrio y concreto, luminoso y

limpio; la primera luz de la mañana penetraba a través de una cúpula

de vidrio desde un cielo despejado.

Los empleados encargados de manipular el equipaje estaban

vestidos con impecables monos grises con la identificación personal

bordada en el costado izquierdo del pecho, atildados y con los zapatos

de seguridad raramente inmaculados.

Tomás recuperó su equipaje y se dirigió hacia el mostrador de la

aduana; sacó el pasaporte del bolsillo interior de la campera y se

integró en la cola. Pronto estuvo frente a un empleado joven que lucía

un bigote recortado con tanta prolijidad que daba la impresión de estar

dibujado; el pelo, con evidente coherencia, aparecía engominado y

corto. Completaban esa imagen de respetabilidad exuberante unos


anteojos circulares de marco de acero.

Tomás lo saludó y le alcanzó el pasaporte, el empleado lo abrió,

recorrió algunas páginas y afirmó-Usted es nativo...

-Aquí nací pero soy ciudadano de...

El empleado lo observó por unos segundos con una expresión que a

Tomás le pareció demasiado cercana a la desaprobación y preguntó-

¿Negocios o turismo?

-Negocios.

-¿Tiene algo que declarar?

Que sos un pelotudo, pensó Tomás pero se abstuvo de explicitarlo-

No, nada.

-Muy bien. -el empleado selló el pasaporte y se lo devolvió-Espero

que tenga una grata estadía.

-Yo también, muchas gracias.

Se alejó del mostrador y caminó hacia la salida. Se acercó a un

quiosco de diarios y compró tres periódicos y algunas revistas de esa

mezcla difusa de información política, espectáculos y negocios que se

denominan de actualidad (bueno, el trabajaba en una); el vendedor le

dio el vuelto y le sonrió deseándole una grata estadía (todos parecían

bien adiestrados en la amabilidad aunque el guión se mostrara un tanto

pobre). Siguió caminando hasta las puertas de vidrio que daban acceso

al exterior y se detuvo junto a la salida. Había algo distintivo en los

objetos y personas que se desplazaban afuera y no pudo definir qué;

de nuevo la sensación de inminencia que había experimentado en el

avión, pero más difusa y extendida, como si emanara del ambiente.


Sintió que alguien lo golpeaba en el hombro y oyó una voz femenina

que enunciaba una disculpa, entonces se dio cuenta de que se había

detenido en un lugar de paso y salió y se dirigió a la fila de taxis.

El conductor bajó del auto, lo saludó sonriente y puso el equipaje

en el baúl; era un hombre bajo, excedido de peso, con una calvicie

incipiente que trataba de disimular peinando el cabello rojizo, fino y

ralo hacia adelante. Tomás pensó que podía ser una buena fuente para

ponerse al día con los usos y costumbres del país en el que había

nacido; entonces ocurrió algo notable: el conductor tuvo la habilidad

de limitar su conversación a un marco de agradables lugares comunes

y a Tomás le resulto insuficiente su experiencia como entrevistador

profesional para quebrar ese esquema. Fastidiado, dejo de preguntar y

se dedicó al paisaje.

La autopista era una cinta ondulada de cuatro carriles por mano

dividida por un muro bajo de concreto, la circulación era ordenada y

prudente: todos los conductores se mostraban atentos a señalizar sus

maniobras para adelantar a otro vehículo o para tomar una salida.

Accedieron a la ciudad por un boulevard con álamos, cipreses y tilos;

y a pesar del tamaño de los edificios y la cantidad notable de

vehículos y personas que llenaban las calles, Tomás siguió

impresionado por una sensación de orden.

El taxi estacionó frente a la puerta del hotel y Tomás bajó para

tomar el equipaje, mientras esperaba que el conductor abriera el baúl

oyó el golpe; se dio vuelta y vio el cuerpo pendiente de una cuerda

balanceándose hasta casi tocar los cristales; las piernas contrayéndose


por la convulsión producían un efecto extraño delante del cartel que

ofrecía una liquidación de temporada. Corrió hacia el cuerpo y

escuchó claramente al taxista comentar-Qué pendejos de mierda.

Extendió los brazos tratando de aliviar el peso del cuerpo sobre el

extremo de la cuerda y casi en forma inmediata un agente de policía se

acercó y lo ayudó a mantener la carga, explicó-Ya subió un

compañero a cortar la soga.

Permanecieron sosteniendo el cuerpo unos segundos hasta que una

voz desde arriba anunció-¡Atentos que cae!-hicieron un esfuerzo

mayor y consiguieron depositar el cuerpo con suavidad sobre la

vereda.

Tomás vio que era una mujer joven, poco más que una adolescente

y sintió que perdía el equilibrio ante la visión del rostro deforme; el

agente lo tomó de un brazo y lo hizo girar para que quedara de

espaldas al cuerpo, preguntó-¿Se siente bien?

-Sí, fue la impresión nomás.

-Es lógico, respire profundo y trata de relajarse; ya no hay nada que

hacer, tiene el cuello roto.

-Pero algo se puede intentar... masajes cardíacos, respiración

artificial, yo qué sé.

-Créame que no hay nada que nosotros podamos hacer...

Entonces se acercó otro agente y preguntó-¿Hay algún problema

con el caballero?

-No, sólo está impresionado.

-Retírelo del lugar entonces.


-Sí, señor.

El primer agente condujo a Tomás hasta la vereda del hotel,

mientras caminaba aturdido oyó la sirena de una ambulancia que

parecía aproximarse.

La ambulancia frenó y bajaron dos hombres vestidos con ambos

blancos; uno corrió hasta el cuerpo y el otro comenzó a bajar una

camilla. El hombre inclinado sobre el cuerpo palpó el cuello de la

chica e hizo un gesto negativo con la cabeza.

-¿Ve? Es como le dije, ya no hay nada que hacer. -explicó el agente.

-Parece que no. -respondió Tomás resistiéndose a la resignación por

una muerte joven.

-¿Usted es extranjero, no?-preguntó el agente recobrando su función

policial.

-Sí, acabo de llegar.

-¿Me permite su pasaporte?

Tomás le entregó el pasaporte, y mientras el agente lo leía vio

como los dos hombres de ambos blancos subían el cuerpo en la

camilla y lo cargaban en la ambulancia.

-¿Dónde se alojará mientras permanezca en nuestro país?

-Aquí, en el hotel Excelsior.

-Ah, uno de los mejores, bueno, espero que este incidente no

perjudique su estadía.

-Eso espero.

-Otra cosa, señor..., puede ser que la justicia lo convoque como

testigo, no es muy probable pero tal vez ocurra. De todos modos


trataré de evitarle la molestia, tengo su nombre y el lugar de su

alojamiento así que creo que podré abreviar el procedimiento.

-Le agradezco mucho -dijo Tomás porque le pareció lo más

correcto en una situación que no terminaba de comprender.

-Que tenga usted buenos días -lo saludó el agente mientras se

tocaba el borde de la visera de la gorra en algo parecido a un saludo

militar, luego dio media vuelta y se alejó caminando hacia la esquina

más lejana.

Tomás caminó hasta el taxi y el conductor dijo-Lamento que haya

presenciado algo tan desagradable...

-Yo también.

El taxista lo miró aprensivo durante unos segundos y luego sonrió y

le alcanzó el bolso y el notebook, se despidieron con una educación

algo forzada.

El agente de viajes tal vez hubiera exagerado en las bondades del

servicio del hotel pero no en la excelente visión del Océano. Tomás se

sentó en una silla plegable en el balcón y se dedicó a la contemplación

del paisaje. La chica era joven, no más de veinte años, fue previsible y

fatal preguntarse por qué lo había hecho. Podía consolarse pensando

que era un suceso que sucedía con cierta frecuencia en cualquier lugar

del mundo, la única diferencia era que esta vez lo había presenciado y

eso, de ninguna forma, lo hacía especial o distinto. Era una idea

tranquilizadora que no terminó de cumplir su función. Los policías y

la ambulancia habían acudido con una presteza llamativa, como si

hubieran aguardado el hecho.


Sonó el teléfono y sonrió resignado. Atendió y mantuvo una

conversación con su madre que le informó sobre Alicia, lo consultó

sobre el viaje y aspecto actual de Malabrigo y le dio numerosas

recomendaciones sobre la variabilidad climática del lugar y la

necesidad de abrigarse en forma oportuna y adecuada; finalmente le

dio una recomendación disfrazada de sugerencia sobre la necesidad de

no permanecer más tiempo del necesario en el lugar. Se despidió un

tanto agobiado y permaneció pensativo un instante: su madre ya había

demostrado una vaga aprensión sobre Malabrigo cuando le había

anunciado el viaje y acababa de reiterarla.

Llamó al restaurant y ordenó una picada de mariscos, papas fritas y

una botella de vino tinto; mientras disfrutaba de la comida y bebía de

a poco, se dijo que no estaba tan mal el viaje. Cuando terminó de

comer, fumó un cigarrillo, se recostó en la cama y vio como la tarde

cambiaba su luz sobre el Océano hasta que se quedó dormido.

2.
Cuando despertó se incorporó, caminó hasta el baño, se lavó la cara

y se peinó con esmero tratando de ocultar los claros que comenzaban a

insinuarse. Sonrió frente al espejo y salió de la habitación.

En la calle le llamó la atención el exceso de prolijidad en la

diversidad móvil que pudo percibir: una elegancia definida en la ropa

de los transeúntes, en su porte (nadie parecía excedido de peso o

despeinado), una limpieza exhaustiva en la acera y en la calzada, un

brillo notable en la pintura y en el cromado de los vehículos. Como si

lo real fuera una cuidada puesta en escena. Algo de mugre en las

baldosas, un poco de óxido en los autos, unos zapatos sin brillo, un

pedazo de papel arrastrado por el viento eran necesarios para deshacer

la impresión de irrealidad.

Marchó una decena de cuadras, atravesó una plaza tapizada con

gramilla, bancos de plástico ocre y pequeños arbustos torneados con

pulcritud por un sendero diagonal y la vio. Un poco más deteriorada

que en la fotografía, con algunas grietas y formaciones de moho en la

fachada; pensó que seguramente ese era el motivo que había decidido

a los funcionarios a enviar la notificación intimando a la refacción o a

la venta. La casa destacaba con fuerza sobre el resto de las

construcciones, como si tuviera mayor peso y opacidad.

La cerradura de la reja perimetral no estaba oxidada del todo y

luego de algunos intentos pudo acceder al sendero de lajas que aún se

distinguía entre la maleza y que conducía hasta la puerta de entrada.

La segunda llave funcionó de inmediato, empujó la puerta y entró, en

forma automática buscó el interruptor de luz a la derecha y acertó. La


luz de una lámpara solitaria y polvorienta iluminó la sala: los muebles

aparecían cubiertos de trozos de lienzo que alguna vez habían sido

blancos y ahora estaban grises de polvo. No había nada más que lo

que se podía percibir, pero aún así, experimentaba una ansiedad que

no podía explicarse o fundamentar de forma alguna.

Recorrió lentamente los ambientes de la planta baja, subió al

primer piso por la crujiente escalera y entró en la primera habitación a

la izquierda del pasillo; en el piso encontró una máscara blanca, la

recogió y lo sorprendió la suavidad de la textura y lo ligero del peso.

La inspeccionó de los dos lados y notó que no tenía soporte ni marca

que mostrara que hubiera tenido alguno, lo que llevó a concluir que no

había sido utilizada para fines decorativos, pero ¿para qué entonces?

Bajó y en uno de los armarios de la cocina encontró una bolsa de

plástico, guardó la máscara en la bolsa y decidió que ya era hora de

acudir a la cita; salió de la casa y se demoró unos segundos en la

vereda contemplándola. No pudo invocar ningún recuerdo que le

indicara que treinta años atrás había vivido ahí.

Ya en el taxi y después de indicarle la dirección al conductor se dio

cuenta de que la ansiedad que había experimentado en la casa se

había desvanecido no bien tuvo la máscara en sus manos.

Diez minutos demoró el trayecto hasta la inmobiliaria. Lo recibió

una muchacha delgada y rubia que llevaba un vestido apropiadamente

ajustado, lo saludó con una simpatía sin estridencias y lo condujo

hasta el despacho del martillero.


El hombre calvo y obeso sonrió, se puso de pie, se presentó y

estrechó la diestra de Tomás. Luego lo invitó a que tomara asiento.

-Espero que haya tenido un buen viaje.

-Así fue, gracias.

-¿Qué le pareció Malabrigo después de tanto tiempo?

-No puedo hacer ninguna comparación, me fui cuando tenía tres

años, de todos modos me pareció un lugar muy agradable, muy prolijo

y ordenado…

-Nos ha costado pero lo estamos consiguiendo. –dijo el martillero

con una sonrisa leve, hizo una pausa y continuó-¿Ha visto la casa?

-Sí, vengo de allí, quería darle una última mirada.

-No es fácil abandonar definitivamente la vieja casa familiar…

-No, no lo es. –mintió Tomás.

-Pero aún así supongo que estará dispuesto a concluir la

operación… -dijo el martillero mostrando la comprensión necesaria

pero sin perder de vista el objetivo de la reunión.

-Claro que sí, he traído las autorización pertinente del propietario

certificada por la autoridad nacional de … y refrendada por el

Ministerio de Relaciones Exteriores de Malabrigo. –dijo Tomás, sacó

un sobre doblado en dos del bolsillo interior de la campera y se lo

alcanzó al martillero.

-Perfecto. –aseveró el martillero luego de examinar la

documentación.

-Entonces, si sus condiciones siguen siendo las mismas…


-Tal cual hemos hablado… modestamente, creo que nuestra

empresa se destaca por su seriedad y eficiencia y procuramos que lo

siga haciendo…

-Respeto al pago…

-Como le dije, el dinero será girado al banco que usted designe,

aquí o en … la suma será acreditada en dólares o en la moneda que

usted prefiera…

-Dejémoslo en dólares, tal como la tasación…

De nuevo en la calle Tomás se sintió aliviado, como si se hubiera

sacado de encima un peso del cual no había sido consciente hasta ese

momento; una sensación que no pudo definir ni explicarse. Decidió

caminar hasta el hotel: la tarde se extinguía demorando su luz en las

alturas y soplaba una fría brisa desde el mar; el movimiento en las

calles había aumentado (terminaba la jornada laboral), y se mantenía

un orden sutil pero evidente.

La chica pendiendo de la soga producía una disonancia

evidente en la corrección de la partitura.

Entró en el hotel y se dirigió al bar, saludó a dos bebedores

solitarios: un hombre y una mujer abstraídos frente a sus bebidas y se

sentó a la barra junto al teléfono.

El barman, un muchacho delgado de mirada atenta que vestía

una impecable camisa blanca y un diminuto moño negro, lo saludó

con una sonrisa y le preguntó que deseaba beber. Pidió un Martini y

observó como el barman preparaba la bebida con destreza y rapidez,


cuando se la alcanzó bebió un trago y dijo-Muy bueno, tiene la

cantidad justa de gin.

-Gracias, señor, cuando quiera cualquier otro trago sólo

pídamelo.

-Lo tendré bien en cuenta.

La mujer llamó al barman y Tomás bebió otro sorbo; se estaba

bien allí con un fondo de música de sintetizadores que eludía con

habilidad cualquier acentuación o apasionamiento y la noche

iniciándose en la calle. Abrió la bolsa de papel que había dejado sobre

la barra y sacó la máscara. La tomó con la mano derecha y la sopesó,

era de una liviandad asombrosa. Se preguntó por qué un objeto tan

bello había sido olvidado, pero, ¿había sido realmente olvidado?; la

puso sobre su rostro y ,con una desilusión que no supo a qué atribuir,

comprobó que nada ocurría. Sonrió burlándose de sí mismo, guardó la

máscara en la bolsa y terminó el Martini.


Documento I.

“(…) Demás está decir que atravesamos una crisis gravísima;

recordarlo fundamentará nuestra persistencia en la finalidad de

determinar con la más rigurosa exactitud la índole de la problemática

que nos involucra en tanto ciudadanos y dirigentes de la comunidad. A

tal fin expondré los resultados del equipo interdisciplinario que, como

ustedes saben, ha dedicado los dos últimos meses a la investigación

exhaustiva de las anomalías que se han venido registrando desde el

último verano. Trataré de exponer las conclusiones a la que ha

arribado en forma sucinta a fin de no prolongar en demasía mi

exposición ni de alejar el foco de los puntos fundamentales de la

cuestión.

Ante todo debemos distinguir los hechos que objetivamente

han ocurrido de la interpretación que estos han originado en cada

individuo. Los hechos son: un aumento notable en el índice de

suicidios, en el consumo de bebidas alcohólicas, en el inicio de

trámites de divorcio y en la producción de abortos espontáneos e

inducidos (…)”

Fragmento de la presentación inicial en la Sesión del

Consejo de Emergencia, Malabrigo, 1961.

Documento II.
“(…)… el dicente afirma que la cuestión de los espectros es

una cuestión banal y que no ve por qué se le da tanta relevancia.

Interrogado sobre la angustia y la desesperación que generan afirma

que ello se debe a una percepción enfermiza generalizada, de fácil

resolución a través de una terapéutica tradicional que lleve a la natural

comprensión de la abolición de la muerte. Que todo espectro deja de

tener sentido cuando la muerte ha dejado de ser, cuando

evidentemente sólo es un portal a través del cual se accede a otro

plano, tal cual lo afirmaran oportunamente todas las religiones.

Ante el ofrecimiento de un revólver Smith and Wesson calibre

38 con un solo cartucho, bajo la guarda de dos agentes de la Policía

Estatal armados con fusiles Máuser, para que ponga en práctica su

tesis, el dicente afirma que es incapaz de alterar con un acto voluntario

el curso natural del devenir cósmico. Por lo que la autoridad procede

según la legislación de Emergencia Institucional; los costos de la

munición utilizada son enviados mediante formulario A-517 B a sus

parientes consanguíneos… (…)”

Fragmento de un acta del Departamento de Justicia,

Malabrigo, 1961.
3.

Subía por la escalera de la casa, había oído ruidos en la planta

alta, ominosos sonidos de destrucción, de rotura salvaje; sus piernas

estaban lastradas con un peso que hacía sus pasos lentos,

angustiosamente ralentados.

Consiguió llegar al piso superior y avanzó por el pasillo hacia la

habitación de donde venía el estruendo. Algo lo golpeó en la espalda,

extendió los brazos hacia adelante para atenuar la caída, cuando sus

manos tocaron la alfombra la puerta de la habitación se abrió con

violencia y vio una bota pisoteando la máscara: los fragmentos

volaban en direcciones divergentes. La imagen cambió y se encontró

frente al cuerpo de un hombre que pendía de una viga del techo, no

tenía rostro pero supo que estaba ligado con fuerza a él.

Se despertó angustiado, aún no había amanecido, apenas se

insinuaba una leve luminosidad desde el este; salió de la cama y se

asomó a la puerta del balcón. Nunca había intentado asignarle valor

cognitivo a sus sueños, los consideraba nada más que como un

procedimiento higiénico para deshacerse de información inútil o

redundante. No podía explicarse entonces por qué se sentía tan

conmovido. Podía simplificar la cuestión y decir que el sueño había

sido una combinación aleatoria de los sucesos que había vivido

durante las últimas horas, pero eso no disolvió la angustia. Además la

casa de sus abuelos nunca había significado nada para él, y sin

embargo, ante la venta, experimentaba una vaga sensación de pérdida.


Y también estaba la máscara. Bufó fastidiado, acercó la silla plegable

hasta la ventana y se sentó, trató de distenderse mientras contemplaba

como el día llegaba desde el mar.

Cuando amaneció decidió hacer lo único que consideró podría

aclarar el asunto, llamar a su madre. Le preguntó por Alicia y le

informó sobre la venta de la casa, cuando ella le preguntó si

permanecería un tiempo más en Malabrigo no le respondió y le

preguntó sobre la máscara; entonces fue el turno de su madre para

permanecer callada.

-Mamá, ¿qué sabés de la máscara?-insistió.

-Nada, la usaba tu abuelo, decía que lo ayudaba en su trabajo…

-¿Qué trabajo?

-Escribía.

-¿Qué?

-Obras de teatro…

-¿Cómo yo nunca lo supe?

-Nunca preguntaste…

-Vamos, mamá…

-Es un tema del que prefiero no hablar por teléfono, ¿cuándo

volvés?

-En cuanto conozca un poquito más el lugar…

-Te vas a aburrir pronto…

La conocía lo suficiente como para saber que nada conseguiría

interrogándola mientras estuviera molesta.

Se despidieron con los besos y abrazos de costumbre.


El cementerio estaba rodeado de un muro blanco de pocos

menos de tres metros de altura, los portones de hierro de la entrada

principal eran la muestra de un diseñador de gusto barroco: ángeles de

tamaños diversos se mezclaban en formas casi orgiásticas. Más allá se

elevaba un monumento conmemorativo; sobre una plataforma cúbica

de piedra gris se situaba un grupo escultórico de bronce: un soldado se

esforzaba por arrastrar el cuerpo de dos compañeros heridos o

muertos; el rostro del héroe estaba dominado por una expresión de

angustia y determinación, como si toda su voluntad estuviera

empeñada en vencer a la muerte y continuar el combate. En un nivel

inferior y en cada uno de los puntos cardinales, ninfas desnudas

(bastante voluptuosas) ofrendaban coronas de laureles.

Tomás leyó la placa dorada: “A sus gloriosos combatientes, el

pueblo de Malabrigo. MCMLIII” ; la guerra, de la que sólo tenía un

vago recuerdo de sus clases de secundaria, parecía haber causado una

marca profunda en el país.

Dejó el monumento atrás y caminó hacia el edificio de la

administración; un cubo gris y alargado rodeado de un jardín con

jazmines y rosales. Avanzó por un sendero de grava, entró y se

dirigió a un escritorio identificado como el de INFORMES, la mujer

que estaba sentada frente a la computadora respondió el saludo y le

preguntó en qué podía ayudarlo, explicó que buscaba la tumba de su

abuelo y le dio el nombre. La mujer lo marcó en el teclado y luego

movió el mouse durante unos segundos, dijo-No entiendo.

-¿Qué pasa?
-Encontré la fecha de su fallecimiento pero no la ubicación de

su sepultura.

-Puede ser un error del archivo…

-En otra circunstancia podría ser posible pero todo nuestro

sistema fue revisado y corregido la semana posible, ¿puedo hacerle

una pregunta?

-Sí, cómo no.

-Es una pregunta delicada… pero puede evitarle una pérdida

de tiempo…

-Adelante.

-¿Cómo falleció su abuelo?

-No lo sé, ¿qué importancia tiene?

-Discúlpeme, debiera haberme dado cuenta antes de que usted

es extranjero, le explico: es una cuestión dolorosa para todos nosotros,

digo, los ciudadanos de Malabrigo, que tal vez le incumba, las

personas que se suicidan en nuestro país no son enterradas en tierra

consagrada…

Tomás se quedó mirándola aturdido, la mujer prosiguió-… las

reglas al respecto son muy estrictas…

-¿Dónde son enterrados entonces?

-En la encrucijada.

Era el cruce de una de las rutas que salía de la ciudad con un

camino vecinal que no estaba pavimentado, apenas mejorado con

ripio. Había añosos eucaliptos y tilos, había muchas tumbas sencillas y


unas pocas personas caminaban entre las sepulturas, dejaban flores en

diminutos floreros o limpiaban lápidas.

Tomás se sorprendió por la extensión del lugar; caminó a la sombra

de los árboles oyendo el viento en las hojas y se dirigió a una anciana

delgada, vestida de gris, que con un trapo húmedo se dedicaba a

desempolvar una placa de mármol. –Buenos días, señora,

discúlpeme…

La anciana se volvió hacia él y lo miró con ojos de un celeste

transparente en un rostro pálido y huesudo-¿Sí, hijo?

-Estoy buscando una tumba, ¿sabe cómo puedo encontrarla?

-¿A quién busca? –pregunto la mujer haciendo una asociación que

a Tomás le pareció impropia y siniestra.

-Pablo Arregoitía, digo, la tumba de Pablo Arregoitía.

La mujer permaneció en silencio con expresión de asombro.

Tomás tuvo que preguntar-¿Lo conoció?

-Sí, claro que lo conocí… actué en varias de sus obras y usted, ¿por

qué lo busca?

-Soy su nieto, después de su muerte mi familia dejó el país…

La mujer se demoró unos segundos observándolo, al cabo comentó-

Te parecés bastante a él…

-Yo era un muy chico cuando murió, no tengo recuerdos de él.

-Creéme que era un hombre bueno y talentoso. Acompañame que

te indico el lugar.

La siguió en silencio caminando entre las tumbas, salieron de la

protección de los árboles y avanzaron una veintena de metros hasta


que la vio detenerse frente a una lápida de piedra negra grabada con el

nombre de su abuelo, la fecha de nacimiento y muerte.

-Es aquí.

-Muchas gracias.

-No, de nada, si me necesitas llamame, voy a estar un rato más por

acá.

Así que el viejo se suicidó, parece que no fue muy original; claro,

por eso nunca hablaron de él, por eso se rajaron de Malabrigo. Vio

que una sombra se plantó junto a la suya sobre la superficie de la

tumba. Se volvió hacia la derecha y vio a un viejo alto y delgado

vestido con un gastado traje gris. –Buen día. –saludó.

Respondió el saludo y se mantuvo expectante; el viejo sacó un

atado de cigarrillos del bolsillo del saco, extrajo un cigarrillo, la

encendió y luego de exhalar la primera pitada, con la vista en la tumba

dijo con voz soñadora-Yo lo conocí… vi muchas de sus obras, era

muy bueno… realmente bueno…

-Me lleva bastante ventaja, yo no lo recuerdo y recién hoy me

enteré que era autor dramático…

El viejo sonrió con tristeza y sentenció-Soportó bastante de este

lugar e intentó cambiarlo…

-¿Qué pasa en Malabrigo?

-Si se queda el tiempo suficiente lo averiguará. Ahora sólo puedo

decirle que la mujer que lo condujo hasta aquí reza todos los días por

las almas equivocadas… debería leer con más atención.


El viejo se fue y Tomás se quedó parado frente a la tumba

preguntándose qué hacer. Sintió un escalofrío y decidió quedarse un

tiempo en el país y saber más, no pensaba huir, no hasta que el peligro

que se insinuaba se hiciera más tangible.

Se despidió de la mujer que seguía con la limpieza y se dirigió a

una hilera de taxis, subió al primero y le indicó que lo llevara hasta la

biblioteca nacional. El taxista, un hombre delgado, de pelo corto,

cincuentón, dijo-¿Algún pariente?

-¿Perdón?

-Si vino a visitar la tumba de algún pariente.

-Ah, sí, de un abuelo.

-Es bueno que los jóvenes recuerden a sus mayores.

Tomás tuvo que esforzarse para no sonreír y dijo-Es lo que

corresponde…

-Aún cuando se hayan matado. –comentó el taxista con dureza.

Tomás se irritó sin saber bien por qué. –Aún cuando no hayan sido

demasiado originales…

-No entiendo.

-La encrucijada ocupa casi un cuarto de la superficie del

cementerio.

-Ah, claro, claro; matarse ha sido muy común por aquí,

desgraciadamente, pero lo estamos superando –explicó el taxista como

si se refiriera a una epidemia que gracias a los avances de la ciencia

médica se estuviera dejando atrás.

-Espero que tengan éxito.


El conductor le dirigió una mirada por el espejo retrovisor, tal vez

intentando encontrar una expresión irónica, pero Tomás se limitaba a

observar la monotonía del paisaje.

Viajaron en silencio hasta que el auto se detuvo frente al edificio de

la biblioteca, Tomás pagó, esperó por su vuelto y se limitó a saludar;

nunca había sido un tipo pendenciero y consideró que no era el

momento adecuado para modificar su costumbre.

Subió por las escaleras hasta la doble puerta de cristal; harto de la

similitud de los edificios y su limpieza y brillantez. Las puertas se

abrieron antes de que las empujara, estuvo a punto de caer pero

consiguió equilibrarse y entrar a un gran vestíbulo. A la derecha

aparecía una línea de terminales de computadoras frente a la que

estaban sentados jóvenes y adolescentes; al frente un escritorio de

madera oscura equipado con computadoras al que estaban sentadas

dos mujeres; a la izquierda cuatro ascensores y una escalera.

Se dirigió a una de las mujeres y le explicó que quería hacer una

consulta sobre un escritor nacional, la mujer le preguntó el nombre y

su rostro mostró una expresión de sorpresa y aprensión cuando Tomás

nombró a su abuelo.

-¿Hay algún problema?

-Discúlpeme, señor, pero entiendo que es usted extranjero.

-Sí, pero no entiendo qué tiene que ver eso con mi consulta.

-Le explico entonces que toda información sobre el autor referido

está limitada a personas autorizadas…

-¿No hay forma de que pueda consultar sus obras?


-No a menos que consiga una autorización de la Dirección de

Cultura.

-¿Y no sabe a qué se debe esa restricción?

-Espere un momento, por favor. –la mujer tecleó unas instrucciones

en la computadora y luego se oyó el zumbido de la impresora, le

entregó el papel impreso y le explicó-Esta es una copia de la

resolución oficial, tal vez le sea de utilidad.

Tomás tomó el papel, agradeció y caminó hacia la salida leyendo.

“Dirección Nacional de Cultura, Malabrigo, 7 de Septiembre de

1964.

El titular de esta repartición, Doctor Manuel Corzuelo Real,

notifica a todos los integrantes de esta dirección y a sus dependencias

que, a partir de las 00.00 horas del día 8 de Septiembre del presente

año se ponen en vigencia las siguientes disposiciones en relación a la

obra de Arregoitía, Pablo; CIN 2323567.

Artículo Primero: Prohibición de la representación de todas sus

obras de teatro en el territorio nacional.

Artículo Segundo: Supresión de la circulación de todos los

textos de su autoría, tanto de ficción como periodísticos. Los

ejemplares que se encontraren en bibliotecas públicas deberán ser

remitidos con urgencia a esta dirección.


Artículo Tercero: Exclusión del mencionado autor, así como

de su obra de toda bibliografía utilizada en los diferentes niveles de

educación tanto estatales como privados.

(…)”

Se detuvo aturdido: saber que su abuelo había sido un autor

dramático era sorprendente, descubrir que había sido perseguido por la

justicia era algo excesivo. ¿Qué era lo que había expuesto en su obra

para ser objeto de una persecución tan exhaustiva y notoria? Salió del

edificio y volvió a instalarse en una mañana que se le hacía ambigua e

interminable; consultó el reloj y notó que faltaban veinte minutos para

el mediodía. Admitió que tenía miedo y que la mejor forma de

disiparlo era salir cuanto antes de Malabrigo; pero algo lo retenía, irse

era asumir con plenitud una cobardía que no era menor si recordaba

con alguna claridad la relación que había mantenido con su ex esposa.

No estaba dispuesto a reincidir en la misma actitud, no al menos en

forma inmediata.

Caminó hasta el hotel y cuando pidió la llave de su habitación

el recepcionista le informó que le habían enviado correspondencia.

Era un sobre tamaño carta de papel ocre dirigido con claridad a él (su

nombre aparecía correctamente escrito así como su número de

habitación), no tenía remitente y había sido entregado por el correo

oficial.

Fue al bar y se sentó en una mesa junto a una de las ventanas,

dejó el sobre encima de la mesa pero no lo abrió. Pidió un Martini y


mientras lo esperaba se dedicó a observar a los parroquianos: había

cuatro hombres que no llegaban a los cuarenta que discutían y se

mostraban mutuamente planillas y gráficos mientras bebían whisky,

llevaban trajes oscuros y el pelo engominado y corto. A Tomás le

llamó la atención que dos de ellos utilizaran audífonos, y más aún

cuando percibió que la mujer de la pareja situada más allá también

utilizaba uno. ¿Epidemia de suicidios y sordera?, se preguntó irónico

tratando de infundirse valor.

El mozo trajo la bebida, agradeció y tomó un trago luego abrió

el sobre: encontró una nota y un cuaderno negro de tapas de hule. La

nota estaba escrita en tinta negra con caracteres grandes y pulso no

demasiado firme: “Bienvenido a Malabrigo, el lugar prolijo de las

tumbas tempranas. Todo conocimiento tiene su precio pero dudo que

te imaginés el que tendrás que pagar para conocer la verdad sobre tu

abuelo. Te envío una herramienta que te puede ser útil si te animás a

iniciar el camino.” No había firma. Abrió el cuaderno, la primera

página estaba en blanco y el papel amarillento, pasó a la siguiente y

leyó.

“Destruí los apuntes anteriores, pensé que no eran más que

muestras de mi particular neurosis, únicamente útiles para librarme de

la eventualidad de un brote psicótico (pavada de utilidad, ¿eh?). La

sensibilidad del artista es un evidente lugar común. El problema es lo

que hago yo con la mía. Me dije que mi sensibilidad enfermiza había

generado una recurrente (aunque no crónica) percepción errónea de


fenómenos físicos y no se había limitado a crear esas falsas

percepciones ya que también las había ordenado en un discurso

causal. Más o menos el procedimiento que utilizo para escribir, con la

salvedad evidente de que cuando me dedico a la tarea literaria no

adjudico una realidad objetiva al resultado de dicha tarea más allá de

su validez simbólica, claro.

La racionalización anterior me sirvió por un tiempo hasta que la

anomalía, alucinación o lo que sea reapareció con una potencia que

me animaría a calificar de fundacional si no temiera al dramatismo un

tanto cursi de la épica. Aunque sé que la anomalía, si es tal, tiene un

carácter colectivo y se filtra como entre grietas a través de toda la

historia de Malabrigo.

Mi primer contacto fue a los diecisiete años; pensaba entonces

escribir una obra que tomara elementos de la historia de Malabrigo y

planteara una reflexión sobre el poder. Comencé a investigar sobre la

historia del país y me sorprendió encontrar episodios que se trataban

en forma oblicua o eran dejados de lado luego de una explicación

insuficiente; consulté con profesores de Historia e investigadores y

todos me dijeron más o menos lo mismo, que eso ocurría con la

Historia de todos los países del mundo y que dependía de la extracción

social, cultural e ideológica de los que la habían escrito. Uno de ellos

me recomendó especialmente que tratara de evitar el prejuicio de la

excepcionalidad nacional si quería escribir una obra consistente.

Un poco decepcionado tracé un esquema de acción y comencé a

esbozar el carácter de los personajes; una mañana, aburrido del


encierro, decidí visitar uno de los lugares donde tenía pensado

desarrollar la acción dramática y fui a los restos de la antigua torre de

guardia.

En los primeros minutos la visita fue más bien decepcionante;

caminé entre rocas pintadas con leyendas tan interesantes como

“Pedro y Ana se aman”, “Cacho estuvo aquí”, dificultosos dibujos de

corazones flechados y algo de pornografía. Entre los fragmentos de

roca crecían yuyos y flores silvestres, también había pedazos de

madera quemados o podridos.

Me senté en una roca de frente al mar; el lugar estaba sobre un

promontorio y dominaba toda la bahía, la fortaleza había sido

emplazada allí como punto de observación y de última resistencia ante

los ataques piratas. Pude ver los barcos amarrados, los que navegaban

desde o hacia el Océano, el puente ferroviario que atraviesa en arco

los dos ríos que desembocan en la bahía y la cinta gris de la avenida

costanera que se extiende hasta el borde de los acantilados, pasa

perpendicular al puerto y se bifurca y desciende con suavidad hasta la

playa. Me pregunté por qué el gobierno, siempre tan interesado en

engrosar sus arcas, no había desarrollado ese lugar como punto

panorámico para atraer turistas. Encendí un cigarrillo y entonces

ocurrió.

Mi conciencia se fragmentó en percepciones múltiples sin

orden inteligible, fui un caos de voces e imágenes; el temor que sentí

fue superado por la pena. Fui un dolor punzante que me impedía

respirar y aceleraba mi ritmo cardíaco, una pérdida sin nombre, como


la que se siente cuando se emerge de un sueño con lágrimas en los

ojos; el reclamo desesperado de un alivio inalcanzable.

Me encontré en un sendero de grava al pie de la torre; oí el

sonido de lo que creía distinguir como un cuerno de guerra y vi un

objeto que se destacaba entre los arbustos que rodeaban la base de la

fortificación; caminé hasta el lugar y lo tomé. Era una máscara blanca,

con una expresión difusa hecha en un material que no pude definir; no

bien la tuve entre mis manos volví a estar sentado en la roca frente al

mar, entre las ruinas. (…)”

-Señor Durrell, ¿Tomás Durrell?

Interrumpió la lectura y vio a dos hombres parados junto a su mesa.

-Soy yo.

Uno de los hombres sacó un porta documentos del bolsillo interior

del saco, lo abrió y lo extendió para que lo viera: Agente Humberto

Gnecco, Departamento de Rentas del Estado, República de Malabrigo.

Una foto complementaba la información. Tomás le devolvió el porta

documentos y Gnecco dijo-El es el agente Tozzi..

-Y bien…

-Sabemos que ayer hizo una operación inmobiliaria… -dijo

Gnecco.

-Así es, vendí una casa que mi madre heredó de sus padres.

- En ese caso deberá acompañarnos hasta nuestra oficina.

-¿Por qué motivo?

-Sospechamos que ha evadido aportes fiscales.

Tomás trató de conservar la calma y comenzó-Vea agente…


-Gnecco.

-Vea, agente Gnecco, como usted ya sabrá, soy extranjero, esto no

es excusa para desconocer la legislación de Malabrigo, claro, pero

confié en el que el titular de la inmobiliaria completara todos los

procedimientos que la legislación de este país exige.

-Parece que no ha sido así, por esa razón y para que el asunto quede

completamente esclarecido le sugerimos que nos acompañe.

-Los sigo entonces. –dijo luego de considerar que la situación no

era propicia para ejercer una resistencia ostensible.

-Lamentamos haber interrumpido su lectura. –dijo Gnecco

señalando con la vista el cuaderno abierto sobre la mesa.

-Continuaré en otro momento, no tengo apuro. –respondió Tomás,

guardó el cuaderno en el sobre, tomó el sobre y se puso de pie.

Caminaron hasta la calle y se detuvieron frente a un auto azul

estacionado frente a la entrada; Gnecco abrió la puerta trasera derecha

y lo invitó a subir como un chofer solícito.

El agente Tozzi manejó con eficiencia y seguridad, a Tomás no le

sorprendió descubrir que utilizaba un audífono o un artefacto que se le

parecía sobremanera.

Se detuvieron frente a un edificio de dos plantas que en su

frontis tenía un gran escudo nacional y se anunciaba con letras en

relieve pintadas en negro: Ministerio de Economía de la Nación.

Gnecco lo guió al interior del edificio, Tozzi permaneció en el auto.

Entraron en una oficina iluminada con tubos fluorescentes,

había un escritorio de madera oscura al que estaban sentados un


hombre obeso, de pelo cortado al rape y rostro rojizo, vestido con un

traje gris; y un hombre delgado y pequeño, con el aspecto de un

gorrión desnutrido, que vestía un traje ocre.

El agente Gnecco hizo las presentaciones y, casi de inmediato,

el hombre pequeño que se llamaba Iriarte y era un empleado de la

inmobiliaria, comenzó a disculparse con entusiasmo por el

imperdonable error administrativo que se había deslizado. Su actitud

compungida era tan intensa que a Tomás le pareció sobreactuada; la

falta era meramente burocrática: el martillero había hecho los aportes

fiscales y había omitido hacerle firmar los documentos

correspondientes.

El hombre gordo, que se llamaba Gálvez, y era el jefe de la

repartición, explicó-Sólo necesitamos que firme estas planillas. –y le

extendió a Tomás una carpeta.

Tomás se demoró un momento en la lectura, firmó y devolvió

los documentos.

-Muchas gracias. –dijo Gálvez y prosiguió-Discúlpenos la

molestia, pero la política fiscal de nuestro país es muy severa y

forzosamente necesaria, es la única forma en que podemos financiar

nuestra infraestructura. Desde ya muchas gracias y tenga una

agradable estadía en nuestro país y espero que no lo hayamos

demorado demasiado en su trabajo. –concluyó mirando el sobre que

Tomás tenía bajo el antebrazo.

-No, para nada.


-De nuevo muchas gracias y si así lo dispone podemos llevarlo

de vuelta a su hotel o al lugar que usted nos indique.

-Le agradezco pero prefiero caminar, necesito hacer un poco

de ejercicio –respondió tratando de ocultar la inquietud que lo

dominaba. El argumento para trasladarlo hasta allí había sido endeble,

la demostración de poder demasiado ostensible.

Se despidió y salió a la calle, caminó unas cuadras, atravesó

una plaza y entró en un café. Se sentó en una mesa junto a la ventana

y casi de inmediato acudió una camarera; poco más que una

adolescente, vestida con una camisa blanca y una breve pollera azul

que sonrió con simpatía y le preguntó qué iba a tomar. Pidió un

cortado, la chica le preguntó si quería leer los diarios y aceptó.

Mientras esperaba el café hojeó un diario y notó que estaba

incompleto, repitió el procedimiento con los otros dos y obtuvo el

mismo resultado; cuando la chica volvió le preguntó si en alguno de

los diarios de Malabrigo había una sección de noticias policiales.

-No sé, nunca los leo. –respondió la chica con una sonrisa, entonces

Tomás notó el fino cable en el cuello de la camisa. La llamaron desde

otra mesa, pidió disculpas y se alejó.


Documento III

“(…) Cuando se planteó la cuestión de fondo hubo en el

Concejo una discusión que se extendió durante semanas, y en alguna

de esas agotadoras sesiones, alguien (no se ha registrado su nombre)

propuso la confección de máscaras. Citó a Hesíodo, a Coleridge, y de

alguna forma llegó a los hititas; habló de Hatti, la capital erigida en un

promontorio como nido de águilas, de sus feroces reyes guerreros

Mursil y Hattusil y de su habilidad inaudita para la literatura y para la

guerra, y también habló, claro, de las máscaras. Las máscaras como

contención y como norma, como exhibición y ocultamiento, como

forjadoras de la humanidad plena.

En ese momento, por primera vez, logró captar con plenitud la

atención de los asistentes y prosiguió con tono didáctico que las

máscaras nos harían ser los que quisiéramos ser con la consiguiente

anulación efectiva de la anormalidad(…)”

Fragmento apócrifo del Acta de Refundación, Malabrigo,

1962.
4.

El viejo que había conocido en la encrucijada lo encaró a una cuadra

del hotel, -¿Ha tenido una lectura interesante?-le preguntó señalando

el sobre.

-Sospeché que había sido usted.

-Por ahí es verdad que se parece a su abuelo entonces.

-No sé de qué habla…

-La intuición, la capacidad de inferencia…

-Puede ser, lamentablemente no puedo hacer comparaciones.

-¿Está seguro?

Tomás lo observó con atención durante unos segundos, luego

preguntó-¿Qué busca?

-Nada, pensé que por ahí estaba interesado en conocer la historia de

su familia.

-Debo confesarle que sí, pero más me interesa no meterme en

problemas.

-Ah, veo que ya tiene las cosas más claras… -dijo el viejo mientras

encendía un cigarrillo.

-Sí.

-Y no quiere correr riesgos…

-Así es.

-En ese caso…, discúlpeme entonces, tenga usted un buen regreso

–el viejo dio media vuelta y se alejó caminando despacio.


Tomás tuvo la fugaz imagen de un hombre delgado colgado de una

viga en la habitación donde había encontrado la máscara.

-Espere.

-¿Si?

-¿Cómo sigue esto?

-Podríamos empezar presentándonos, me llamó Eduardo –dijo el

viejo extendiendo la mano derecha.

Mientras se ocultaban del auto patrulla entre las sombras de un

paraíso y observaban la ambulancia estacionada frente al edificio a

Tomás le resultó difícil no cuestionar la cordura de Eduardo y, por

extensión, la propia.

Vieron como se abría la puerta posterior de la ambulancia y dos

hombres vestidos con ambos blancos bajaban una camilla y la

entraban por la puerta principal; al cabo de unos minutos salieron,

subieron a la ambulancia y se alejaron, el auto policial partió tras

ellos.

-Listo –dijo Eduardo mientras veía como el patrullero se alejaba

con rapidez.

Salieron de las sombras y caminaron hacia la parte posterior del

edificio; se detuvieron frente a una puerta de hierro; Eduardo sacó un

juego de llaves de uno de los bolsillos del saco y comenzó a probarlas

en la cerradura, al tercer intento consiguió abrirla y empujó la puerta.

Entonces encendió una linterna y explicó-No podemos arriesgarnos a

encender la luz.
-¿Está seguro de lo que hace?

-Absolutamente, ¿y usted?

-No sé.

-¿Quiere renunciar?

-No, claro que no.

-Vamos entonces.

Tomás lo siguió por un pasillo estrecho apenas iluminado por el

haz de luz de la linterna hasta que Eduardo se detuvo frente a una

puerta pintada de blanco y esperó.

-¿Y ahora qué?

-Nada, pensé que tal vez no esté seguro…

-Ya le dije que no pienso renunciar.

-Bien, sígame –Eduardo abrió la puerta e iluminó el interior del

cuarto; sólo había una camilla similar a la que los hombres de la

ambulancia habían traído.

-Acérquese.

Tomás se paró a uno de los costados de la camilla, que,

inconfundiblemente, debajo del lienzo, portaba un cuerpo humano;

Eduardo pasó la linterna a la mano izquierda y con la derecha

descorrió la sábana e hizo visible el rostro del cadáver-¿La reconoce?

A pesar de la conmoción y la poca luz, Tomás la reconoció de

inmediato-Sí, claro, es la chica que se suicidó cuando llegué, pero no

veo qué tiene de raro que su cuerpo esté en la morgue…

-Tiene razón, nada tiene de raro que un cadáver esté en la morgue,

pero, ¿qué opina de esto? –preguntó Eduardo, levantó el otro extremo


de la sábana y descubrió el cuerpo hasta la cintura: en los muslos se

habían practicado cortes de forma oval que habían permitido retirar

prolijos trozos de carne, en el muslo derecho el corte había llegado

hasta el hueso.

Tomás apartó la mirada y Eduardo cubrió el cuerpo mientras decía-

Creo que fue suficiente.

-¿Qué es esto? –preguntó Tomás con voz poco firme.

-Esto es Malabrigo, pero vamos, no quiero que se desmaye aquí.

Salieron por la puerta por la que habían entrado y Eduardo la cerró

con llave, Tomás respiraba con profundidad tratando de controlar la

náusea.

-Vamos, vamos –alentó Eduardo caminando con rapidez, Tomás

tuvo que apurar el paso para ponerse a la par.

-Discúlpeme, muchacho –pidió Eduardo deteniéndose-no tuve en

cuenta su impresión, pero vamos, no tienen que vernos por acá…

-Estoy bien, estoy bien, pero tiene que explicarme…

-Claro, tendrá todas las explicaciones que quiera… pero creo que

antes necesita tomarse algo fuerte, hay un boliche cerca…

Caminaban por las calles de un barrio de casas bajas, los únicos

sonidos audibles eran sus pasos y los autos que circulaban por la

avenida próxima. Eduardo se detuvo y señaló el portón metálico de un

comercio, aparecía una pintada hecha en letras rojas: “La traición

devuelta

en sombras

de presencia afilada
habita cada esquina

y es una luz negada”.

-Los muchachos se esfuerzan pero no son muy hábiles con la

métrica y la rima…

Otra peculiaridad del país, se dijo Tomás tratando de calmarse con

la ironía, sospechaba que la noche acechaba con más novedosos

horrores.

Eduardo encendió un cigarrillo y señaló-Vamos, ahí está.

El bar estaba en una esquina y era pequeño, mugriento y ruinoso.

Un lugar real, pensó Tomás con alivio. Entraron y Eduardo saludó al

hombre gordo que estaba tras el mostrador de madera oscura y pidió

una botella de ginebra, se sentaron a una mesa en un rincón.

Las paredes de pintura descascaradas, la luz pobre y el aspecto

desgastado que exhibían los parroquianos (hombres y mujeres que

hablaban en voz baja) desmentían la brillantez que lo había molestado

desde su llegada pensó Tomás.

-¿No parece Malabrigo, no? –preguntó Eduardo como si le

estuviera leyendo la mente mientras llenaba las copas con la botella

que le había alcanzado el patrón.

-No sé qué es Malabrigo pero debo admitir que este no es el

aspecto más publicitado…

Eduardo rió con ganas y dijo-Cada vez se parece más a su abuelo.

Tomás vació de un trago la copa y dijo-Espero no parecerme en el

final…
-Todo empezó con una traición, eso es seguro, pero no sé cuando…

es más bien una serie de traiciones que cruza toda la historia de

Malabrigo… por ahí este lugar estuvo condenado desde siempre,

¿conoce el origen del nombre?

-No, como sabe, sólo soy un turista desinformado.

-Jum… no es bueno abusar de la ironía, muchacho, hay cosas que

se resisten a ser domesticadas por ella…

-Cuénteme sobre el origen del nombre.

-Esta región fue marginal durante la primera etapa de la conquista,

no tenía oro ni plata así que no era muy interesante para los españoles,

hasta que comenzaron a buscar un puerto sobre el Atlántico para sacar

la plata del Altiplano, entonces encontraron la bahía sobre la que se

ubica esta ciudad y pensaron que habían encontrado el puerto

adecuado. No pasó mucho tiempo hasta que se dieron cuenta del error;

la bahía estaba infectada de trozos de roca que rasgaban los cascos de

los barcos, según la combinación del viento y la marea, se resignaron

a temerle mientras la iban conociendo pero se vengaron maldiciéndola

con el nombre…

-¿Qué hay respecto a la traición?

-La última fue no hace mucho tiempo… después comenzó a

mostrarse con fuerza la anomalía… a inicios de la década del ¨50

Malabrigo libró una guerra, a la que se le prestó poca atención, tal vez

porque fue contemporánea a la guerra de Corea o porque se desarrollo

entre dos menores países sudamericanos… Esto no tiene sentido, esto

no tiene sentido pensaba el capitán Bracco mientras recorría las


trincheras quitando las chapas de identificación a los cadáveres. El

fuego enemigo había cesado con la misma celeridad con la que se

había iniciado y el cielo de mediodía se veía límpido, sin una nube,

con un sol poderoso que aplastaba contra el suelo polvoriento a los

sobrevivientes.

El sargento Ojeda comentó-Esto es una locura, una completa

locura, sólo estamos vivos por la ineptitud de los azurios, si lanzaran

un ataque aéreo ahora se terminaría la historia.

-No estamos aquí para juzgar la decisión del comando –respondió

Bracco con severidad, pero luego agregó- aunque estemos en lo cierto.

-Capitán, estamos aquí por un capricho y usted lo sabe, esta

posición es completamente irrelevante para el desarrollo de la

batalla…

-No sabía que había estado releyendo manuales de estrategia…

El sargento sonrió con tristeza.

-Vea, sargento, esto me gusta tanto como a usted y lo sabe… -

Bracco guardó las placas en el bolsillo superior de la chaqueta y dijo-

Vamos, tómese un descanso.

Caminaron en silencio por la trinchera hasta el puesto de comando:

un cuadrado excavado en el cauce de un riacho seco y techado con

paños de carpa; había allí una mesa, sillas, un episcopio y una radio.

El radio operador, con los auriculares colgando del cuello giraba el

dial del aparato recorriendo las frecuencias.

-¿Alguna novedad? –preguntó Bracco mientras tomaba una

caramañola y se la ofrecía a Ojeda.


-No, capitán, mantienen un silencio de radio absoluto.

-Ojalá eso fuera bueno. –dijo Ojeda y se secó los labios con el

dorso de la mano.

Un soldado entró, saludó, se sentó a la mesa y desplegó un

cuaderno.

-¿Cuántos tiene registrados? –le preguntó Bracco.

-Veinticuatro hasta ahora, señor.

Bracco sacó las placas del bolsillo de la chaqueta y las dejó sobre la

mesa-Tendrá que actualizar su registro.

-Muy bien –aceptó el soldado con resignación.

-No es su culpa, usted sólo tiene que informar.

-Lo sé, pero no es un trabajo agradable…

-No lo es estar acá, soldado.

La línea de trincheras dominaba una hondonada por donde corría lo

que había sido una ruta de pavimento y ahora aparecía como el esbozo

de una línea gris que alguien hubiera trazado con mano inexperta y

titubeante, interrumpida por hoyos y cráteres como borrones. Más allá

se elevaba una colina que había estado cubierta de pinos y cipreses y

era ahora una fortaleza guardada por un terraplén protegido por sacos

terreros; allí estaba el enemigo con sus morteros y cañones.

-¿Cuántos heridos? –preguntó Bracco.

-Cincuenta, señor, todos fueron trasladados.

-¿Qué hay de los cuerpos?

-Dijeron que no tenían suficientes vehículos para trasladarlos.


Bracco se dirigió al radio operador-Comuníqueme con el mando de

brigada.

El soldado giró el dial hasta la frecuencia asignada, presionó dos

veces un pulsador rojo y alcanzó el tubo al capitán.

-Mando de brigada, coronel Fuentes.

-Aquí, líder Bracco.

-Adelante.

-Tenemos casi ochenta bajas de combate, evalúo que no podremos

resistir otro ataque de artillería, solicito autorización para iniciar el

repliegue.

-Autorización denegada, en veinte minutos iniciaremos un ataque

aéreo, deberá aguantar hasta entonces.

-Insisto, no podremos resistir ese tiempo si reinician el fuego de

artillería.

-No tiene otra opción, capitán, no podemos ceder ese punto

mientras tengamos alguna posibilidad de retenerlo.

-¿Y qué hay de nuestra artillería, por qué no contra atacó, dónde

esta el fuego de apoyo?

-Limítese a cumplir con su deber, capitán, sepa que tampoco es

fácil mi posición.

-Lo haré como siempre lo he hecho. –respondió Bracco y cortó la

comunicación. Se quedó pensativo unos segundos y se volvió hacia

Ojeda que lo observaba atento.


-Sargento, recorra la línea y ordene a los soldados que

permanezcan en silencio y que no se dejen ver; por ahí conseguimos

hacerle creer que abandonamos la posición…

-Pero entonces intentarán tomarla.

-Les tomará un tiempo organizarse y empezar la carrera, el tiempo

que necesitamos para que la aviación o la artillería haga algo por

nosotros…

-No resistiremos un ataque masivo de infantería…

-No, pero tampoco una nueva batida de artillería.

Ojeda sonrió con amargura-La sartén o el fuego…

-Espero que no se les ocurra mandar una patrulla de

reconocimiento…

-Capitán, usted sí que sabe cómo levantarme el ánimo.

Ojeda se retiró para recorrer la posición y Bracco se dedicó a

observar al enemigo a través del episcopio: nada, ningún movimiento,

como si ellos también intentaran demostrar que se habían retirado.

El soldado que llevaba los registros preguntó-¿Capitán, tenemos

alguna oportunidad?

-Alguna, soldado, alguna. Deje esa lapicera y venga aquí, será

nuestro observador, cualquier movimiento, por mínimo que sea

infórmelo. Radio operador, esté atento, si su compañero informa de

alguna novedad comuníquela de inmediato a la brigada. Yo voy a

recorrer la posición.

Bracco salió del refugio y caminó hacia la izquierda. Los soldados

estaban sentados en el piso con los fusiles sobre las piernas; hablaban
en voz baja, leían cartas ajadas y mugrientas y los que podían

dormitaban. Saludaban con respeto al capitán y corrían las piernas

para permitirle el paso, se veían más resignados que nerviosos.

Una vez que recorrió la primera línea de defensa Bracco se agachó

y se metió en un túnel que permitía el acceso a la segunda. Vio

entonces que los cadáveres se habían dispuesto en una hilera contra la

pared posterior y estaban cubiertos con mantas; siguió caminando y

se encontró con Ojeda y otros dos suboficiales que conversaban

formando un grupo apartado de la tropa.

-¿Todo bien, señores?

-Sí, señor. Los hombres están ansiosos pero son disciplinados-

respondió uno de los suboficiales.

-Somos buenos, somos demasiados buenos y el comando lo sabe. –

comentó Ojeda con bronca.

-¿Por qué lo dice, Ojeda? –preguntó Bracco interesado.

-Hace una semana nos enviaron marchar sobre esta posición, no

pensaron que lo conseguiríamos tan pronto, no les dimos tiempo para

organizar el apoyo… nos hubiéramos demorado un poco y habríamos

contado con la artillería y la aviación a tiempo…

-Puede ser. –admitió Bracco-Aunque no es bueno pensar en lo que

podría haber sido… sólo sirve para amargarse…

-Ese soy yo. –dijo Ojeda sonriendo.

-No, Ojeda, créame, lo suyo no es amargura.

Un soldado salió del túnel y se acercó a ellos-Capitán, el

observador informa de movimientos.


-Venga conmigo, Ojeda; cabos, la orden sigue siendo la misma.

Los dos caminaron hasta el puesto de mando y encontraron al

observador girando el cilindro del episcopio.

-¿Qué ve, soldado?

-Tres exploradores con prismáticos.

-Habían resultado desconfiados los muchachos. –comentó Ojeda.

-Ojalá lo sigan siendo, necesitamos más tiempo; soldado, ¿podrán

ver el episcopio?

-No creo, señor, está bien enmascarado.

Ojeda escuchó con una sonrisa irónica la nueva conversación de

Bracco con el comando de brigada y su reclamo del prometido ataque

aéreo previendo el resultado, al terminar el capitán preguntó-¿Y Ojeda

qué piensa, cómo podría empeorar nuestra situación?

-La verdad que no sé, voy a pensar algo…

El observador dijo-Vea esto, señor.

Bracco se inclinó sobre el episcopio: Cinco tanques descendían el

terraplén y se dirigían en formación de cuña hacia ellos. Le hizo una

seña a Ojeda para que se acercara y observara, luego preguntó-¿Qué

ve?

-Un escuadrón de Charb 5, con grupos de tiradores de apoyo.

-¿En cuánto tiempo estarán aquí?

-Unos diez minutos, más o menos.

-Entonces fuego a mayor alcance.


Ojeda movió la cabeza en un gesto que era a la vez de resignación

y acuerdo y marchó a transmitir la orden a los soldados, Bracco se

dedicó a observar el avance enemigo.

El fragor de los antitanques y el tableteo de las ametralladoras

pesadas quebró el aire de la tarde; dos tanques estallaron casi al

unísono, algunos tiradores de apoyo fueron despedazados por las

explosiones.

-Alto el fuego, alto el fuego-la voz de mando recorrió la posición,

se instaló un silencio expectante mientras se disipaba el humo del

ataque. A través del humo los tanques indemnes forzaron los motores

pugnando por alcanzar su objetivo, un poco más atrás asomaban las

torretas de otros que comenzaban a trepar el terraplén.

-Fuego-ordenó Bracco. Sabía que eran incapaces de detener el

avance de un escuadrón completo de tanques pero tenían alguna

oportunidad si los mandaban por secciones de cinco. Entonces vio

como uno giraba su torreta y apuntaba su cañón hacia él, y por unos

segundos el tiempo pareció suspenderse-Abajo –gritó.

La explosión se produjo un par de metros delante del puesto de

mando arrojando tierra y fragmentos de pavimento hacia la posición;

los defensores dispararon un proyectil que cortó la oruga del tanque,

este giro a la izquierda y expuso su flanco derecho. Otro proyectil

impactó contra la base del cañón y lo despegó de la torreta.

-Capitán, sólo quedan diez proyectiles antitanques.

-No los desperdicien. –Bracco abandonó el puesto de mando y

comenzó a recorrer la posición, pasó detrás de los hombres que


disparaban las ametralladoras asistidos por los servidores que

alineaban la cinta y vio a los fusileros que esperaban la orden para

comenzar a disparar, entonces algo lo arrojó con violencia al piso y lo

dejó aturdido durante unos segundos. Cuando pudo ponerse de pie

ayudado por un soldado vio que el puesto de mando había

desaparecido y no pudo evitar imaginar que quedaba de los soldados

que habían estado ahí.

-Los tanques siguen avanzando, capitán. –dijo con desesperación el

soldado que lo había ayudado a incorporarse.

Los obuses silbaron por encima de la posición y el campo adelante

estalló en rojo, negro y ocre; los tanques y soldados enemigos

desaparecieron en fuego y humo.

-Parece que se acordaron de nosotros, capitán. –dijo el soldado con

alivio.

-Eso parece. –dijo Bracco pensativo, pendiente de la respuesta de la

artillería enemiga; entonces con alivio oyó el zumbido de aviones que

se acercaban desde atrás; pronto superaron la posición y comenzaron a

bombardear al enemigo.

Un silencio inaudito aturdió a Bracco, los aviones habían

desaparecido y columnas de humo se elevaban desde la posición

enemiga, Ojeda dijo-Estuvimos cerca.

-Algunos mucho más… -respondió Bracco recorriendo con la

mirada lo que quedaba de la posición.

Un soldado anunció-Se acercan vehículos desde la retaguardia.


Bracco y Ojeda caminaron hacia la segunda línea de la posición y

vieron que se acercaba una columna de vehículos: al frente venían dos

tanques pesados, detrás ambulancias y camiones de transporte de

tropa.

-Ellos sí que saben protegerse –comentó Ojeda.

-Seguramente viene algún oficial del comando.

La formación se detuvo y Bracco y Ojeda salieron de la trinchera y

caminaron hacia los vehículos. En el tanque más próximo se abrió la

escotilla de la torreta y un hombre delgado y canoso salió y salto a

tierra: el coronel Fuentes.

Los tres hombres se saludaron militarmente y permanecieron en

silencio observándose; el coronel dijo-Ha hecho un buen trabajo,

capitán.

-No ha sido fácil.

El coronel sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo superior de la

chaquetilla y se los ofreció, Bracco tomó uno y Ojeda rechazó y

agradeció la invitación. El coronel encendió el cigarrillo de Bracco y

luego el suyo, aspiró la primera pita, la exhaló y dijo-Vea, capitán, no

crea que no comprendo su situación; pero considero que tanto usted

como el sargento tienen que saber algo más para evaluarla en forma

adecuada… -hizo una pausa, aspiró otra pitada, y sin mirarlos dijo-Se

abrió otro frente en el Oeste.

Bracco y Ojeda se miraron confundidos.

-Sí, señores, hubo un ataque sorpresivo anteanoche, la división tuvo

que ser reasignada. Sólo después de asegurarnos la contención allá


pudimos apoyarlos, los recursos, bien lo saben, son limitados y aquí

tuvimos que cambiar vidas por tiempo…

-¿Qué ocurrirá ahora entonces? –preguntó Bracco

-Deben avanzar hacia el Norte en veinticuatro horas, esta fuerza

funcionará como una espina en el flanco del enemigo, tienen ese

tiempo para descansar y reacondicionar el armamento.

-Señor, no creo que queden cincuenta hombres en condiciones de

combatir.

-Serán reforzados con una compañía de infantería y dos secciones

de morteros.

-¿Cuál será el objetivo?

-Por ahora la colina donde se asentaba el enemigo.

-No comprendo lo de por ahora.

-Ustedes combatirán por tiempo no por territorio.

-Ya entiendo. –dijo Bracco agitando la cabeza como si no pudiera

creer lo que se le ordenaba, luego preguntó-¿Puedo saber entonces,

por cuánto tiempo debo combatir por tiempo?

-No me gusta la ironía de su planteo, capitán.

-Arrésteme entonces.

-Vamos, Bracco, no es la forma y usted lo sabe…

-¿Cómo podría no saberlo?, he tenido calificaciones brillantes en la

escuela de oficiales… pero no soy como usted, coronel, y espero no

serlo nunca…

-Lo sé, capitán, pero también sé que no dejará a sus hombres…


Oyeron el motor de un avión sobre ellos y vieron su destello

plateado en el aire claro de la mañana.

-Parece que ahora están apurados –dijo Ojeda.

-Por ahí tiene que ver con cómo van las cosas en el Oeste.

Vieron como el pequeño aparato volaba sobre la posición que

debían tomar, giraba y volvía a sobrevolarla.

-Al menos el piloto parece un tipo responsable –dijo Bracco.

Observaron el avión evolucionar hasta que volvió a pasar sobre

ellos y se alejó hacia la retaguardia; un soldado se acercó, los saludó y

dijo-El observador aéreo informa que no hay presencia enemiga en la

posición pero que hay movimiento de vehículos enemigos hacia aquí

a aproximadamente veinte kilómetros.

-Ya me imaginaba yo que no podía ser tan sencillo.

-Vamos, Ojeda, tomemos esa colina y después veremos.

La mañana era fresca, y a pesar de la batalla del día anterior,

podían verse matas de flores silvestres, tréboles y cardos mojados por

el rocío entre los desniveles producidos por las explosiones y de vez

en cuando el canto de un jilguero se colaba entre el sonido de la

máquina de guerra que avanzaba; percepciones que contrastaban con

la imagen y el hedor de los tanques calcinados y los cadáveres

abundantes y no siempre enteros.

Al cabo de media hora de marcha el jefe del primer pelotón alzó su

mano derecha para indicar que el lugar estaba libre de enemigos,

entonces el resto de la tropa inició el ascenso.


Bracco le pidió al radio operador que lo comunicara con el coronel

Fuentes y le informó que el objetivo había sido tomado y que el

enemigo avanzaba hacia allí. Hubo un silencio en la línea y Fuentes

dijo-Capitán, tendrá que mantenerse en la posición hasta que reciba

refuerzos.

-¿Cuánto tiempo?

-Ya se lo dije, el que sea necesario.

-Comprendido.

Bracco cortó la comunicación y se quedó inmóvil, luego ordenó a

un soldado que convocara a los oficiales y suboficiales, cuando

estuvieron reunidos les contó la orden recibida y continuó-Mantener la

defensa en un solo punto sin saber cuándo recibiremos refuerzos es

para mí una táctica suicida.

-¿Qué propone entonces, capitán? –preguntó un joven teniente que

había llegado después de la batalla.

Bracco lo miró con atención preguntándose cuánto tiempo de vida

le quedaba al entusiasta muchacho y explicó-Organizaremos una

defensa escalonada a lo largo de la ruta que tenga como punto final

esta colina, intercalaremos pelotones con fusiles, ametralladoras y

antitanques que puedan generar fuegos cruzados y que, a medida que

sean superados puedan replegarse hasta aquí.

Asignó la ubicación de los pelotones, de los refugios en la colina y

caminó con los soldados a cargo de los morteros hasta encontrar el

lugar más adecuado para ubicarlos. Desde allí dominaban visualmente

el camino, una cinta de pavimento que se extendía en forma más o


menos rectilínea por unos ciento cincuenta metros hasta desaparecer

en una brusca curva a la derecha, a los costados aparecían pinos y

eucaliptos que llegaban muy cerca del pavimento y daban la sensación

de invadirlo unos metros antes de la curva.

Le preguntó al suboficial a cargo de la sección de morteros si podía

hacer blanco en el punto en el que los árboles avanzaban; el hombre

observó el lugar, resopló y dijo-Claro que podemos, pero esa zona

está muy cerca del primer pelotón.

-Tendremos que correr el riesgo, el primer pelotón es el que mejor

cubierta tiene, si ellos son sobrepasados no aguantaremos

demasiado…

Luego la espera, recorrió la posición, habló con los soldados,

ironizó con Ojeda sobre la situación ante la mirada sorprendida de los

oficiales más jóvenes y cuando ascendía hacia los morteros oyó el

tableteo de las ametralladoras pesadas del primer pelotón; corrió hasta

el puesto y se volvió hacia el camino. Un grupo de tanques apoyado

por tiradores había tomado la recta y el puesto más adelantado de la

defensa hacia fuego sobre ellos.

Un mortero disparó y la granada cayó entre los atacantes y los

defensores, Bracco gritó-Mayor distancia, mayor distancia, carajo!

Los servidores ajustaron el ángulo de tiro y esta vez batieron el

terreno donde avanzaba el enemigo; dos tanques se detuvieron

obstruyendo el paso y el tercero giró su torreta tratando de hacer

puntería sobre el primer pelotón. La explosión levantó una nube de

humo y polvo y un gran eucalipto cayó incendiándose sobre el


camino, un grupo de hombres salió de entre la vegetación y corrió

retrocediendo, el cañón volvió a girar buscándolos.

Un poco más de una hora después había tres tanques destrozados

en el camino pero los primeros pelotones de defensa se habían

replegado a la posición del tercero y recibían fuego intenso de

ametralladoras; Bracco reservaba la munición de los morteros ante la

posibilidad de un nuevo avance de blindados.

Graduó los prismáticos para intentar ubicar con exactitud la

posición enemiga, pero fue inútil, estaban más allá de la curva y sólo

podía especular sobre su ubicación siguiendo el recorrido rojizo de las

trazadoras que eran disparadas sobre sus hombres. Observó a un

suboficial que estaba fumando en silencio sentado sobre una caja de

municiones con expresión pensativa y se preguntó en qué podía estar

pensando y se le ocurrió que la vida de todos ellos estaba entre

paréntesis, suspendida en tanto el mecanismo en el que estaban

insertos no se moviera.

-Capitán.

Se volvió y vio a Ojeda juntó a él -¿Cómo está, sargento?

-Bien teniendo en cuentas las circunstancias.

-¿Novedades de la brigada?

-Exigieron silencio de radio por las próximas dos horas.

-Ah, bien. –Bracco sacó un cigarrillo del bolsillo de la chaquetilla y

lo encendió, exhaló el humo de la primera pitada y dijo-Dos horas…

-No es mucho tiempo.

-O es demasiado.
-¿Usted cree que para los ciegos el tiempo transcurre igual que para

nosotros?

Bracco rió durante unos segundos y dijo-Ojeda, a veces exagera la

sutileza…

-Pocos de esos infelices sobrevivieron –explicó Eduardo con

amargura- fueron ofrecidos como prenda de paz por Malabrigo.

-¿Por qué?

-Hubo presiones internacionales, dos compañías petroleras

amenazaron con retirar sus inversiones y Azuria exigió una reparación

para restablecer el equilibrio bélico…

-¿Qué pasó entonces?

-El gobierno dio la posición exacta de ese destacamento, su

logística y poder de fuego… después, claro, los declararon héroes

nacionales e instauraron un fecha oficial para conmemorarlos. El

coronel Fuentes se suicidó casi de inmediato, no supo que estaba

iniciando una tendencia…

-Y usted cree que así comenzó todo…

-No, creo que lo que te conté fue solo el rebrote de algo que estuvo

presente desde los inicios…

-¿Qué es Malabrigo?

Eduardo volvió a llenar las copas y pareció tomar valor para iniciar

una explicación que no quería dar, entonces vio las luces rojas de un

patrullero a través de los vidrios mugrientos del bar, se puso de pie


con violencia y desplazó un poco la mesa, dijo-Vamos, tenemos que

irnos.

Tomás vio como el porrón se tambaleaba buscando restablecer su

equilibrio variando entre varias tonalidades y formas hasta recuperar

su definición primitiva, entonces comenzó a empequeñecerse,

manoteó el sobre que guardaba el cuaderno. Eduardo lo había tomado

del antebrazo y lo arrastraba con insólita fuerza hacia la barra; el

encargado levantó un extremo y Eduardo lo condujo hasta una cocina

diminuta. Entonces puso preguntar-¿Qué pasa?

-No es casualidad que la policía esté aquí, seguime.

Eduardo tomó una llave que pendía de un gancho en la pared y la

introdujo en la cerradura, la giró y abrió la puerta; salieron a un jardín

delimitado por paredes bajas. La luz del alumbrado público destacaba

la silueta de los árboles y plantas; la noche era húmeda y una niebla

liviana flotaba en el aire, de fondo se escuchaban los motores de los

vehículos que circulaban por la avenida. Tomás se sintió mareado por

el frío y trastabilló.

-Vamos, muchacho, no se me caiga ahora, por allá –dijo Eduardo

señalando la pared de la izquierda- tenemos que saltar –se aferró del

borde superior de la pared y con un solo impulso consiguió montar la

pierna derecha sobre el borde; paso las dos piernas del otro lado y

saltó.

Tomás plegó el sobre, se lo puso en el bolsillo de la campera e

intentó repetir el procedimiento de Eduardo, notó avergonzado que su

estado físico no era tan bueno como el del viejo (o al menos su


habilidad para saltar paredes). De todos modos al cabo de tres intentos

consiguió elevarse y saltar del otro lado. –¿Y ahora? –preguntó

frotándose las manos raspadas.

-Ahora intentaremos alejarnos escondiéndonos en la sombra de los

árboles.

Caminaron hacia la esquina en silencio, Tomás notó que la marcha

y el miedo disipaban rápidamente los efectos del alcohol. Antes de

llegar a la bocacalle Eduardo le hizo una seña para que se detuviera,

avanzó solo, se asomó y dijo-Parece despejado, vamos por acá –y se

dirigió hacia la izquierda.

-¿Por qué le preocupa tanto la policía?

-Pueden habernos visto juntos y ya saben que no volvió al hotel.

-Nadie me hablo de limitaciones para circular…

-Vamos, muchacho, ahora no se haga el ingenuo.

Tomás debió admitir que Eduardo tenía razón aún cuando sólo la

mitad de lo que él creía saber del lugar fuera cierto.

-Tendré que refugiarme en la embajada entonces.

-No creo que tenga que ponerse drástico tan rápidamente.

-Usted sabe que no lo sé.

-Lo sé, y de eso se trata, de lo que usted esté dispuesto a

arriesgar para saber Más; ¿usted es periodista, no?

-No arriesgo demasiado en mi profesión, soy periodista de

espectáculos…

-Es cierto, no arriesga mucho, ¿cuál es su especialidad?

-Cine y teatro.
-Y nunca había leído una obra de su abuelo…

-No.

-Esta noche puedo hacer que sepa más de su abuelo y de

Malabrigo si se anima a correr el riesgo…

Antes de que Tomás pudiera decidir sobre la propuesta oyeron

una sirena que se acercaba y el haz de un reflector barrió la calle

buscándolos.

-Atrás del árbol, atrás del árbol! –gritó Eduardo y Tomás vio

aturdido cómo se abría el saco y sacaba un revolver, oyó el sonido de

un motor que se acercaba y vio que un patrullero se detenía, dos

agentes bajaban del auto y los apuntaban. Pensó en Alicia y en la

posibilidad de no verla de nuevo y el miedo fue reemplazado por una

indignación rotunda. Estaba harto de ese lugar maldito. Comenzó a

caminar decidido hacia el auto.

-¿Qué hace, está loco?, Cúbrase, no sea idiota, ¡cúbrase! –gritó

Eduardo con desesperación.

Vio como un agente fijaba su mira en él y se aprestaba a

disparar, luego fue arrojado con violencia hacia la derecha, oyó el

silbido del proyectil y el estruendo de la explosión. Luego dos

relámpagos y dos explosiones a la izquierda; uno de los agentes cayó

tomándose el pecho y el otro corrió para refugiarse en el auto.

Eduardo volvió a disparar y los cristales del lado del conductor

estallaron, el auto avanzó apenas y se detuvo con el motor aún en

marcha.

-¿Qué hizo? –preguntó Tomás con voz débil.


-Terminé con dos asesinos –explicó con tranquilidad Eduardo

al tiempo que recargaba el tambor del arma con municiones que había

sacado del bolsillo del saco -Mejor que salgamos de aquí rápido.

-¿A dónde?

-Si llegamos a la avenida y conseguimos un taxi podremos

evadir a la policía. La conmoción cuando encuentren a estos dos los

va a tener paralizados un buen rato.


Documento IV

“(…) lo planteado es sólo una radicalización de la metodología

aplicada en la confección de las máscaras; no se aprecia una

diferenciación cualitativa sino la profundización de un procedimiento

que tiende a la prevención de la psicosis generada por la persistencia

de la anomalía. En tanto esta se presenta como una manifestación de

entidades relacionadas directamente con la extinción física y la

negación a aceptarla como un hecho propio de la experiencia humana,

el mencionado procedimiento se propone como una forma de reforzar

la consciencia del sujeto en la mera constitución física-y por tanto

extinguible-de todo individuo. (…)”

Fragmento del acta de la sesión del Consejo de Crisis,

Malabrigo, 21 de Septiembre de 1962.

Documento V

“(…)En la mayoría de las culturas primitivas se considera a la

antropofagia ritual como una forma de adquirir las propiedades

morales o espirituales del enemigo sacrificado; no es ese el propósito

que justifica u origina esa práctica en Malabrigo sino lo contrario. La

motivación malabriguense es el desprecio por el suicida; el que come

se satisface en el cuerpo pero también en la derrota de la víctima,

satisfaciendo así su innata tendencia predatoria. (…)”


Fragmento de Malabrigo Socialista, panfleto sin fecha.
5.

Vida cotidiana

La despertó Francisco con un beso suave-Arriba, dormilona,

que ya te preparé el desayuno.

Abrió los ojos y vio la luz dorada que atravesaba las cortinas y

caía sobre el cobertor, movió un pie y se demoró observando como la

luz variaba sutilmente sobre la cama. Experimentaba una languidez a

la que estaba segura no era ajeno el ritual que se celebraría al

atardecer; siempre y cuando ella mantuviera la voluntad de llevarlo a

cabo.

Las máscaras ya se habían agotado para ella y el psiquiatra

había aconsejado el paso definitivo; ya había pasado la edad mínima

requerida (treinta años), Francisco estaba de acuerdo y ella sabía que

era lo indicado, pero aún así no había podido vencer del todo el temor

y la repugnancia.

-Vamos, nena, que se enfría el café.

Se levantó, se puso una bata, pasó por el baño y fue a la

cocina; Francisco se había esmerado y había dispuesto una prolija

mesa con café, leche, jugo de naranjas, manteca, mermelada,

medialunas y pan tostado.

-¿Es por lo de la tarde, no?

-Sí, pero también por lo mucho que te debo…


Se acercó a Francisco, tomó su mentón con la mano derecha y

lo besó largamente. Los interrumpió el pequeño Fernando que

reclamaba su yogurt.

-Ya va, ya va, pero también vas a tener que tomar la leche y

comer algo antes de ir a la escuela.

Mientras observaba desayunar a su hijo que charlaba

animadamente con Francisco pensó que ese momento y sus

perspectivas justificaban lo que ocurriría cuando llegara la noche;

tenía un matrimonio que si bien ya había dejado atrás la pasión de los

primeros años se mantenía firme, un hijo saludable e inteligente y una

posición económica que mejoraba año a año. Nada podía poner en

peligro esos logros.

Luego de desayunar, despidió a Francisco que marchó a su

estudio, llevó a Fernando a la escuela, entró con él, lo despidió en la

puerta del aula y caminó hasta la sala donde se realizaba la asamblea

mensual de la Asociación de Padres. Luego de una discusión que le

pareció interminable consiguió que se aprobaran dos de sus propuestas

y que se asignaran los fondos para ponerlas en práctica. Se despidió

de todos y en un café se encontró con una amiga a la que había

prometido acompañar para recorrer casas de moda a fin de ver

diferentes diseños de vestidos de novia. Pasaron lo que quedaba de la

mañana abocadas a esta tarea, almorzaron y continuaron la recorrida;

se despidió a las cinco arguyendo que tenía que volver a casa para

recibir a Fernando aunque habían acordado con Francisco que él lo

pasaría a buscar por la escuela y lo llevaría al cine.


Sentada a la mesa de la cocina bebió un té amargo y repitió

mentalmente la oración prescrita, sonó el teléfono, atendió y una voz

masculina anunció-Ya es tiempo.

Se dijo que ya no podía echarse atrás sin convencerse del todo.

Condujo hasta las afueras de la ciudad y detuvo el auto frente a

un chalet de dos plantas con techo de pizarra negra y paredes cubiertas

por una enredadera lozana. Caminó hasta la puerta y llamó, la recibió

un hombre alto y delgado vestido con un traje gris que sin decir una

palabra la condujo hasta un pequeño cuarto de paredes blancas

amoblado sólo con una mesa y tres sillas; el hombre dijo-Espere aquí.

–y salió de la habitación por una puerta ubicada en el extremo opuesto

de la habitación. Esperó unos segundos inmovilizada por la ansiedad y

el temor, entonces por donde había salido el hombre entró una anciana

delgada y vestida con una toga púrpura que le ordenó con voz firme

que se desnudara. Dudó y la mujer pareció comprenderla porque se

volvió hacia la mesa donde ahora había un porrón de cerámica y una

copa de cristal, llenó la copa con un líquido oscuro y brillante y se la

ofreció-Esto te ayudará.

Tomó la copa y notó que su pulso no era firme, bebió el

contenido de un trago y sintió que un fuego amargo la recorría y

llegaba velozmente a su consciencia.

Comenzó a desvestirse, se quitó las botas, las medias, la

camisa y la pollera y las dejó sobre una silla.

-Todo –ordenó la mujer impasible.


Desprendió los broches del corpiño, se lo quitó y lo dejó sobre

la mesa; los pezones se le endurecieron en el frío de la habitación y

cruzó los brazos sobre el pecho.

-Todo –insistió la otra.

Llevó los dedos hasta el borde del elástico de la bombacha y

allí los detuvo.

-Nadie te obliga, pero no estás dispuesta deberás retirarte ahora

y para siempre.

El terror y la desesperación la marearon, trastabilló por unos

segundos y se apoyó en la mesa, cuando consiguió recuperar el

equilibrio se desnudó.

La mujer se acercó y la contempló admirativamente, tomó las

ropas y dijo-Seguime.

Pasaron a otra habitación iluminada por una lámpara de pie,

sobre una pared había un sofá de terciopelo negro; la anfitriona

indicó-Recostate en el sofá y sé receptiva.

Se recostó, apoyó la cabeza en el respaldo, cerró los ojos y

trató de relajarse mientras repetía el mantra que le había sido

asignado. Sintió unas manos cálidas que le separaban los muslos, ante

ella un hombre encapuchado y desnudo se disponía a penetrarla.

-No.

-Es la única forma. –dijo el hombre.

-No.
-Es la única forma –repitió el hombre moviéndose con lentitud;

comenzó a llorar en silencio y trató de olvidarse, intentando descartar

los destellos de placer que se iniciaban.

El hombre se retiró satisfecho, se puso de pie y le alcanzó una

copa del mismo licor que había bebido en la antesala-Esto te ayudará.

Se sentó en el sofá, tomó la copa y la vació de un trago. Un

deseo como nunca había experimentado la encendió entera, suspiró y

el hombre sonrió-Veo que vas comprendiendo –se volvió hacia la

puerta y anunció-Señores, pueden entrar.

Tres hombres desnudos y encapuchados ingresaron en la

habitación y copuló con cada uno de ellos, luego el primer hombre la

ayudó a ponerse de pie y dijo-Has dado el primer paso para volver a

nacer y ser toda de Malabrigo; ahora acompañanos –la tomó del

antebrazo derecho y la condujo hacia una habitación contigua: un

cubo iluminado por tubos fluorescentes que iluminaban una cama alta

cubierta por un lienzo púrpura. El hombre la ubicó a un lado del lecho,

los otros se situaron alrededor.

-Es tiempo de que seas una con Malabrigo, ¿Estás dispuesta a

dar el paso?

-Sí, estoy dispuesta

-Procedan.

Un hombre quitó el lienzo y descubrió el cuerpo desnudo de un

hombre joven, un oficiante deslizó la hoja de un cuchillo de acero

sobre el muslo izquierdo del cadáver y cortó una tira de carne, luego

se la ofreció al hombre que estaba parado junto a ella.


-Sea esta comunión el pacto que selle tu alianza definitiva con

Malabrigo –dijo el hombre llevando la carne a la boca de la novicia.

Mordió la carne y tuvo que hacer un esfuerzo para reprimir la

náusea; masticó, trago y casi de inmediato experimento un hambre

feroz que la impulsaba a devorar cada milímetro de ese cuerpo

vencido.

A la mañana siguiente se despertó renovada, con una alegría y

un entusiasmo que no experimentaba desde la infancia. No pudo oír a

Francisco caminando por la casa y recordó que había ido más

temprano a la oficina porque tenía que preparar los documentos

contables para una inspección fiscal.

Mientras tomaba un café sentada a la mesa de la cocina pensó

que había que mandar las cortinas al lavadero, era impresionante lo

rápido que juntaban polvo; el gobierno decía que la polución

ambiental había disminuido pero sus cortinas decían otra cosa.

Fernando entró en la cocina y en lugar de reclamar por el

yogur se quedó mirándola extrañado, como si no la reconociera. Pensó

que ya era tiempo de que su hijo se iniciara en el uso de una máscara

infantil.
Documento VI.

“(…) La incapacidad de adaptación al medio es un síntoma

típicamente adolescente, la comisión de evaluaciones fue contundente

en demostrar ese aspecto de mi conducta. Las frecuencias de onda de

mi cerebro son demasiado irregulares como para ser orientadas por los

parámetros de los forjadores de máscaras diseñados hasta el presente y

me niego a la antropofagia; tal vez mi destino sea ya la muerte

voluntaria y la conversión en ofrenda ritual. Sólo pueden salvarme los

espectros y el caos final… “

Nota encontrada en un alcantarillado público, Malabrigo, 1986.


6.

Vida cotidiana 2.

Irma encendió la luz y cerró la puerta, se quitó el auricular del

oído derecho y el cinturón del que pendía la pequeña caja plateada.

Recordó al tipo que en el bar le había preguntado sobre los problemas

de audición; seguramente un extranjero, alguien incapaz de imaginar

lo que se estaba jugando en el país. Pero, ¿qué se estaba jugando?,

fuera lo que fuera ella no lo sabía. Tenía apenas veintidós años pero

desde que tenía memoria escuchaba decir que las máscaras eran sólo

una solución temporal al problema de fondo y cuando cumpliera los

treinta podría acceder a una solución definitiva.

.Caminó hasta la cocina, llenó la pava con agua, la dejó sobre

la hornalla y encendió el fuego con un fósforo. ¿Cómo sería vivir en

un lugar donde las máscaras no fueran necesarias? De vez en cuando

se hacía esa pregunta, a pesar de que no ignoraba que era el síntoma

de un pensamiento muy próximo a la traición, y nunca había podido

imaginar con claridad una situación alternativa.

Encendió el televisor: un auto policial detenido en una calle

arbolada, una ambulancia, hombres con ambos blancos del sistema de

Sanidad manipulando una camilla que cargaba un cuerpo cubierto por

una sábana blanca, policías caminando en torno de la escena, primer

plano de un cronista que micrófono en mano explicó: “Escasos

minutos atrás una comisión policial concurrió hasta aquí por denuncia

de vecinos y descubrieron un terrible hecho que enluta a toda la


nación, algo que no ocurría desde los años de la Refundación: el

asesinato a sangre fría de dos servidores del Orden.”

Apagó el televisor fastidiada, la pava comenzó a silbar, apagó

la hornalla, sacó un taza del armario, la apoyó sobre la mesada y le

puso un saquito de té; vertió el agua hirviente y se demoró unos

segundos viendo como el líquido adquiría una tonalidad violácea

apenas desvaída por el vapor emergente.

Sonó el teléfono, lo descolgó del soporte en la pared y atendió:

Mario. Sabía que era peligroso mantener una conversación con él sin

la máscara; pidió que la disculpara un momento, caminó hasta el

living, se puso la máscara y tomó el teléfono inalámbrico.

Mantuvo una actitud interesada y afectuosa durante toda la

conversación aunque con la habilidad necesaria para evadir los

intentos de Mario por comprometerla a fijar una fecha para el

matrimonio. Argumentó que pasaba por una situación laboral tensa y

estaba preocupada por la inestabilidad psíquica que había demostrado

su madre en las últimas semanas.

Cortó la comunicación con una despedida cariñosa, se quitó el

auricular, volvió a la cocina y bebió un sorbo del té que ya estaba

tibio. Era cierta la preocupación por su madre y específicamente por el

alcoholismo que profesaba con devoción, y tenía bien claro que el

whisky no era más que una máscara química. La entendía, claro que la

entendía pero no podía soportar su proximidad por mucho tiempo.

Sospechaba que la pena que experimentaba su madre por el hijo


suicidado no era más que una excusa para evadir toda responsabilidad

hacia otros. Y entre esos otros estaba ella, claro.

Lavó la taza y la puso a escurrir a un lado de la pileta, se puso

una campera y salió. Apretó el botón del ascensor, la abrumó el

silencio que dominaba el edificio, como si sus habitantes hubieran

coincidido en la quietud, o en la muerte pensó estremeciéndose. Subió

al ascensor y marcó la planta baja; cuando salió la alivió un poco oír

los motores de los autos en la avenida.

El aire marino le trajo nostalgia de un lugar que había

entrevisto en sueños y se reconvino diciéndose que era una sensación

peligrosa; la indisciplina mental sólo podía traerle dificultades.

Caminó una cuadra hacia el océano y se detuvo frente a un local que

se anunciaba como “Taller-Mecánica General-“, golpeó tres veces con

los nudillos de la mano derecha en la cortina metálica. Al cabo de

unos minutos se abrió una pequeña puerta metálica en la cortina y

asomó la cabeza una mujer rubia-Ah, sos vos, pasá, hace un rato

estábamos hablando de vos.

-Disculpame, sé que es un poco tarde.

-No, para nada, pasá.

Irma entró por la pequeña abertura y siguió a Marta al interior

del local; caminaron entre dos hileras de autos parcialmente

desarmados a través del olor a nafta, grasa y aceite. Salieron del taller

y siguieron por un corto pasillo hasta una cocina amplia y bien

iluminada, sentado a la mesa estaba un hombre de largo cabello negro


veteado de canas, ante él había una pava y un mate; sonrió y saludó a

Irma-Qué bueno que viniste, hace un ratito hablábamos de vos…

-Ya le dije.

-Me siento importante –dijo Irma, se sentó y agarró el mate

que le había alcanzado Cacho.

-Sos importante –aseguró Marta.

Irma sintió la mirada atenta de Cacho sobre ella y permaneció

en silencio.

-¿Estás bien? –le preguntó Marta.

-No –se animó a decir.

-No es raro –dijo Cacho-no tenés la máscara puesta.

Lo miró molesta-Sé que ustedes nunca las necesitaron.

Marta y Cacho se miraron fugazmente, Marta preguntó-¿Cómo

lo sabés?

-Vi que las usaban pero nunca estuvieron activas, no me

pregunten cómo lo sé pero lo sé, cuando estoy en contacto con los que

las usan percibo la vibración y nunca me pasó con ustedes. Hoy en el

bar atendí a un extranjero que creyó que el auricular era un audífono;

era un tipo raro, me dio la impresión de que algo o alguien estaba con

él, como me pasa algunas veces cuando me quito la máscara,

entonces pensé en ustedes.

Cacho chupó con fuerza el mate y volvió a buscar la mirada

de su compañera, luego dijo-Tal vez te subestimamos.

-No, no creo; sé que ustedes saben cosas que desconozco y ese

conocimiento no es gratuito…
Cacho y Marta la miraron expectantes.

-No tuvieron hijos… creo que es parte del precio que están

pagando… mi madre, a su manera, también lo está pagando… no sé

más que eso pero también sé que ya no soporto seguir así…

Cacho dijo-Es tiempo de que sepas más entonces… -e Irma no

supo si el tono fue de resignación o de esperanza.


7.

Este viejo está loco y yo también, claro. Y cada cosa que se

agrega no hace más que aumentar el delirio:¿Qué es eso de que hubo

conflictos porque el consumo de carne humana hizo descender el

consumo de carne vacuna y los productores agropecuarios iniciaron

un lockout que fue solucionado cuando el gobierno anunció una baja

en las retenciones a la exportación?

-Sugiero que entremos–dijo el viejo-¿Tiene plata para la

entrada?

-¿Tenemos que entrar?

-Es un lugar al que la policía no acude, puede considerarla una

zona liberada…

Tomás se acercó a la ventanilla; una chica delgada con pelo

teñido de verde, delgada y de ojos saltones, le sonrió seductora, tomó

los billetes y le entregó dos entradas.

Se acercaron a la entrada y un hombre pálido, calvo y

gigantesco tomó los boletos, los partió, les entregó la mitad y explicó-

Consérvelos, con estos tiene una consumición acreditada.

-Gracias.

-Por aquí.

Descendieron por una escalera de caracol apenas iluminada por

apliques que simulaban antorchas y difundían una luminosidad

anaranjada; a medida que avanzaban el volumen de la música, un

techno frenético aumentaba. El corredor se convirtió en una habitación


ancha recorrida velozmente por potentes reflectores que iluminaban a

los asistentes y sus actividades diversas: chicas desnudas bailando

sobre los parlantes, parejas copulando, travestis jugando al poker, un

grupo de enmascarados que parecían jugar a la ruleta rusa, etc.

-Un lugar divertido. –comentó Tomás esforzándose por

hacerse oír.

-Este es el lugar de la falsa libertad, muchacho, pero vamos,

tratemos de encontrar algún rincón apartado de los parlantes.

Atravesaron el centro del lugar y encontraron una mesa libre

detrás de una columna de parlantes, cuando los ojos de Tomás se

acostumbraron a la luz del lugar notó que detrás de la mesa yacían

algunos parroquianos.

-Acá podremos estar tranquilos un rato –dijo Eduardo mientras

encendía un cigarrillo.

-¿No les parece que es el lugar más evidente para buscarnos?

-No lo harán, muchacho, créame.

-¿Puedo pedirle algo?

-Sí, claro.

-No me llame muchacho, soy una persona mayor, tengo una

hija…

-Perdóneme, no tuve intención de ser condescendiente.

-Está bien.

-Ahora tenemos que pensar qué hacemos para hacerlo llegar

hasta su embajada… no será fácil… todo el sistema de seguridad está

tras usted…
-Usted no hizo las cosas más fáciles…

-¿Hubiera preferido morir?

Tomás suspiró fastidiado, luego admitió-No, claro que no.

-¿Quiere tomar algo?, tenemos la consumición de la entrada…

-Un whisky.

-Bien, lo acompañaré entonces, ya vengo. –Eduardo se puso de

pie y caminó hacia la barra, varias personas lo saludaron al

reconocerlo, Tomás infirió que era un cliente habitual. Un personaje

con una intencionalidad que no terminaba de exponerse. Una

sensación de inminencia lo invadió con ferocidad, la sensación de que

algo terrible estaba por ocurrir. Pensar en una catástrofe era

redundante, el lugar todo era catastrófico. Tenía que salir de allí y

rápido, nada bueno lo esperaba en esa tierra de desquiciados.

Eduardo dejó los vasos sobre la mesa y dijo-Es irlandés, del

bueno.

Tomás tomó un trago y asintió en silencio.

Un poco más tarde, fuera de la disco, Tomás creyó recordar

que Eduardo había hecho un gesto con la mano derecha y dos travestis

se habían abalanzado sobre él, lo habían abrazado con fuerza y le

habían tapado la boca; luego lo levantaron y lo obligaron a caminar

hacia la salida. Eduardo caminaba adelante para evitar que cualquiera

se interpusiera en la marcha.

Fuera del boliche Tomás notó que el frío era más intenso y

desde el mar llegaba un viento húmedo, lo condujeron con firmeza

hasta un taxi estacionado junto a la vereda y lo hicieron sentar en el


asiento trasero entre los dos travestidos; adelante, junto al conductor

se ubicó Eduardo y cuando el automóvil se puso en marcha se volvió

hacia él y explicó-Tendrá que disculparme, muchacho, pero el irlandés

tenía hierbas relajantes…

-La puta que lo parió. –consiguió decir Tomás y se inclinó

hacia delante, pero sus guardias estaban atentos y lo inmovilizaron de

inmediato, el que viajaba a la derecha le dio un beso en la mejilla y le

pidió que se calmara. No fue el contacto con ese rostro que necesitaba

urgentemente una afeitada lo que lo tranquilizó sino la percepción

distorsionada de las calles: los objetos se transparentaban y perdían los

contornos, adquiriendo formas difusas y erráticas.

-Ay, pobre, chico, parece que le pegó fuerte la datura.

Tomás se encontró en un rincón de un cuarto en penumbras y

vio como dos hombres y dos mujeres desnudas con las cabezas

cubiertas por capuchas carmesíes se acercaban a una mesa cubierta

con un lienzo de terciopelo rojo bajo el que se adivinaba un cuerpo

humano pequeño. El cuerpo de un niño, sin duda el cuerpo de Alicia

supo con horrorizada certeza; intentó gritar pero no pudo, intentó

correr pero sus pies estaban adheridos al piso. Una de las mujeres

comenzó a descubrir el cuerpo yaciente corriendo el lienzo desde los

pies hacia arriba y un hombre se acercó con una cuchilla dispuesto a

hacer el primer corte; los pies de la niña se movieron, su hija aún

estaba viva. Y por un instante que le pareció eterno el universo fue

angustia y dolor.
Una sombra extinguió a los comensales y aniquiló la escena;

se encontró en el taxi consciente de una presencia que no pudo poner

en palabras, que lo confortaba y le daba seguridad.

-Hola. –lo saludó el travesti que lo había besado.

-Parece que no era tan fuerte el irlandés. –dijo Tomás.

-Parece que no para usted. –admitió Eduardo observándolo con

atención.

-Creo que me ha subestimado.

-No exactamente, sólo lo estaba probando y me da gusta saber

que no he perdido el tiempo…


Documento VII

“(…)¿Cómo se construye el futuro? No puedo olvidar el texto

de Arregoitía, su densidad dramática pero fundamentalmente su

clarividencia. ¿Cómo se enteró de las cuestiones que han comenzado

a discutirse en las sesiones secretas del Consejo? Sé que no tuvo

ningún contacto con los agentes del estado; no puedo ignorarlo porque

desde hace más de tres años monitoreo su vigilancia. La cuestión que

me atormenta es no poder recordar si la idea del canibalismo ritual

apareció en el Consejo antes o después del estreno de “La herencia de

Saturno”. Sería paradójico que Arregoitía, en su afán por construir una

moral opuesta a la que rige en Malabrigo, haya planteado una opción

para que nuestro poder se reproduzca y perdure. (…)

Del diario de Eduardo Metco, 20 de Noviembre de 1962.


8.

Eduardo sabe que la traición es intrínseca a su vida, el doble

juego está en sus genes y recuerda, con retorcido deleite, el papel que

su padre jugó en el exterminio de las tropas de Malabrigo para

terminar con la guerra. Baja el vidrio de la ventanilla apretando la

tecla junto a la palanca de cambio, necesita aspirar con fuerza el aire

de la tardía noche, no se niega a admitir que tiene miedo y que parte

de ese miedo lo genera el hombre que viaja en el asiento trasero

custodiado por los travestis que también han comenzado a temerle.

Sonríe para sí y vuelve a preguntarse con sorpresa cómo pueden

confiar en él los idiotas del Consejo y los infelices a los que ha

prometido la liberación definitiva. Fe, necesidad de creer es la única

explicación posible; conoce el sentimiento, lo tuvo alguna vez y tal

vez lo siga experimentando, no es tan ciego como para no admitir que

sus acciones están orientadas por el logro de una finalidad, aún cuando

no en claro cual.

El sonido de las cubiertas rodando, la respiración ruidosa del

chofer, el silencio ostensible de Tomás. Eduardo se vuelve y lo

observa: el muchacho esta ensimismado e inmóvil, como si escuchara

una voz interior. Lo mira y sonríe en silencio, Eduardo siente que un

escalofrío le recorre la espina dorsal y el vello de la nuca se le eriza;

se odia por sentir ese miedo que es tan cercano al pánico. Hace un

esfuerzo, consigue sonreír y vuelve la vista hacia delante. Se dice que

el miedo es perfectamente lógico, al fin y al cabo está a punto de

cambiar drásticamente la historia de Malabrigo. Recuerda un atardecer


de invierno: la reunión en el estudio de su padre se ha demorado más

de lo habitual y él, apenas un chico de once años, recorre en silencio el

largo pasillo que ya ha comenzado a oscurecerse por las sombras

crepusculares y se acerca a la puerta entornada. Jamás ha intentado

escuchar las conversaciones de los mayores (es demasiado educado

para eso) pero está ansioso por concluir la partida de ajedrez con su

padre y quiere saber si la reunión está por terminar. Se detiene a dos

pasos de la puerta y escucha: su padre dice exasperado, como si no

fuera la primera vez que hace el planteo, que hay que terminar de

inmediato con la guerra y eso sólo logrará compensando a Azuria por

sus bajas, es la condición dolorosa pero imprescindible, la única forma

de que las potencias centrales reanuden las inversiones y el

financiamiento. Una voz exaltada le responde que eso es lisa y

llanamente traición, una condena a muerte para hombres que han dado

todo por el triunfo de la patria. Hay un silencio que sólo es perturbado

por carraspeos, pasos y movimientos de sillas; luego su padre con voz

grave y firme dice que ,efectivamente, su proposición puede verse

como una traición y una condena a muerte pero sólo si permanecen

sujetos a una visión estrecha y coyuntural que como dirigentes del

país no pueden mantener si tienen algún respeto por los deberes que

hacia la nación han contraído. Eduardo se siente orgulloso y

avergonzado y, confundido, decide alejarse del estudio; a la mañana

siguiente se entera de que el ejército de Malabrigo ha sufrido una

derrota aplastante en su avance hacia la capital azuria y las

conversaciones de paz son inminentes, un sentimiento de amor y


orgullo lo invaden con plenitud. Y decide entonces que él también, a

su tiempo, asumirá la responsabilidad de dirigir los destinos de

Malabrigo para conducirla a su destino de grandeza. Decisión que

mantendrá sin fisuras durante los próximos cincuenta años y que,

entre otras cosas, lo llevará a enfrentar dolorosamente a su mentor en

una discusión violenta y amarga que precedió apenas en unos días a su

muerte y de la que probablemente haya sido causa inmediata. Eduardo

había visto a su padre como un ser gastado y enclenque, un despojo

miserable del gran dirigente que había enviado cientos de hombres a

la muerte con la convicción profunda de estar haciendo lo que la patria

exigía.

El arrepentimiento y la desesperación de su padre le habían

parecido canallescos, muy probablemente (y ,ahora, viajando en un

taxi que podía estar llevándolo a su destino final) porque cuestionaban

en profundidad los valores que había hecho suyos. El viejo se había

negado enfáticamente a la instauración de la antropofagia selectiva

como instrumento para la construcción de máscaras definitivas

alegando que no era nada más que un episodio de la continua fuga

hacia el futuro que se ejercía desde los orígenes en Malabrigo.

De esta forma, su padre había traicionado de nuevo, lo

doloroso fue que esta última defección había sido dirigida a él.

El taxi se detuvo en un callejón detrás de un edificio moderno

de gran tamaño, el lugar estaba desierto y había una puerta

entreabierta de la que salía una luz mortecina que la niebla

estrangulaba; antes de ordenar a los travestis que bajaran a Tomás, se


volvió hacia él y lo observo en silencio. Tomás le sostuvo la mirada

imperturbable, con una calma que era difícil de comprender dada la

situación en la que se encontraba; claro, siempre y cuando uno no

estuviera atento a la presencia de la anormalidad. Y entonces se

produjo una ruptura y Eduardo ya no tuvo frente a sí a Tomás sino a

su abuelo Pablo Arregoitía y mantenían una conversación que había

tenido lugar treinta años antes.

Pablo se acomodó en el sillón de cuero y observó con atención

los detalles decorativos de la sala, el Kandinsky, el Pollok y una

diminuta escultura que supuso de Picasso sobre una mesita de ébano e

hizo un gesto de exagerada admiración. Luego se inclinó sobre la

mesa ratona, abrió la caja de puros, tomó uno y lo olió-Hmm, cubanos

y de los buenos, pensé que Malabrigo adhería con entusiasmo al

bloqueo.

-Formalmente, con entusiasmo formal.

-Supongo que el Departamento de Estado no desconoce estas

negociaciones…

-Claro que no, pero sabe que nuestra lealtad es firme.

-¿Nuestra?

-La de Malabrigo.

-Ah, claro –admitió Pablo mientras encendía el cigarro con

breves chupadas.

-Podés servirte si querés.

-Pensé que eran bienes del estado y en un país tan pujante.

-No, no son del estado, pero adelante, puedo darme el gusto…


-Siempre supe que ibas a hacer una carrera brillante…

Eduardo sabía que Pablo lo detestaba con frialdad, sin

molestarse demasiado en exhibirlo ni ocultarlo, como si no tuviera

mayor relevancia.

-¿Y qué te llevó a pensar eso?

-Tu inclinación temprana a acatar las normas y a mejorarlas…

-Puede ser que tu percepción haya estado agudizada por el

contraste…

-¿Te das cuenta de que como confirmás mi percepción?

Eduardo sintió que había caído como un imbécil de nuevo en

la trampa y tuvo que esforzarse para no mostrarse agresivo.

Pablo chupó el cigarro, saboreó con deleite el humo y lo liberó

despacio viendo como se elevaba en el aire quieto del estudio, luego

dijo-No es difícil imaginar tus acciones, siempre fuiste una persona

clara, diría previsible si no lo tomaras como algo insultante.

-No, de ninguna manera, ¿podrías decirme cómo es la imagen

que tengo de vos?

-Un tipo indisciplinado, con hábitos perjudiciales, incapaz de

entender el concepto de disciplina.

-Bien, bien, estuviste bastante acertado, ¿puedo conocer los

fundamentos de tu inferencia?

-Es fácil, vos estás regido obsesivamente por un principio

básico, tendrías que hacer alguna consulta alguna vez…

-¿Y cuál ese principio?-preguntó Eduardo intentando parecer

irónico y superado.
-Control, te aterroriza todo lo que no podés encuadrar en un

marco bien definido.

-¿No exagerás un poco?

-¿Para qué me convocaste, entonces?

-La convocatoria no ha sido personal pero pensé que este

ámbito era el más apropiado…

-Te escucho.

Eduardo se sentó frente a Pablo, tomo un cigarro de la caja y lo

retuvo entre los dedos índice y medio de la mano derecha, y lo apuntó

hacia Pablo.-El asunto es tu obra…

-Por ay cantaba Garay.

-La cuestión es grave, a pesar de tu incapacidad infantil para

admitirlo; no podemos admitir que continúen las representaciones…

-Ah, ¿no?, ¿y se puede saber por qué?

-Si no lo sabés es mejor que no enteres. –explicó Eduardo

disfrutando el momento, tanto que hasta se atrevió a encender el puro.

-Así será, entonces… ya encontrarán otra forma –aceptó con

tranquilidad Pablo y se puso de pie dispuesto a dejar el lugar.

-¿Quiénes encontrarán?

-Te cito: “Si no lo sabés es mejor que no te enteres”, aunque es

una cita falsa, sé muy bien en qué estás metido.

-Podría obligarte.

-Estoy seguro, podés intentarlo…


Eduardo se encontró de nuevo frente a Tomás, treinta años

después y oye-La herencia de Saturno, claro, mi abuelo sabía hacia

donde se dirigía Malabrigo y no lo calló.

-De una forma muy vaga…

-Lo suficientemente clara como para que fuera prohibida la

obra…

Eduardo se esforzó por sonreír y ordenó a los travestis que

bajaran a Tomás del auto.


Documento VIII.

“(…) Una presencia que es toda ausencia; una vacuidad que

reclama con fuerza un contenido, y que exhibe con crueldad inaudita

la vaciedad del otro y lo sume en una angustia tal que lo obliga a

buscar una clausura definitiva de la percepción de la vacuidad

mediante la aniquilación de la conciencia; lo que, de no mediar algún

procedimiento intrusivo, lleva al sujeto al suicidio inexorablemente.

(…)”

Fragmento de “Una aproximación fenomenológica a la

anomalía” Departamento de Filosofía Aplicada de la Universidad

Nacional de Malabrigo, 1961.


9.

Eduardo dio dos golpes leves en la puerta entornada y al cabo

de unos segundos la puerta se abrió y apareció un hombre delgado,

cincuentón, vestido con un traje gris y evidente aspecto de

funcionario. Saludó y les indicó que podían pasar.

Eduardo siguió al hombre y detrás avanzó Tomás escoltado

por los travestis que, por seguridad o por gusto, lo llevaban tomado de

los brazos. Caminaron por un pasillo iluminado por tubos

fluorescentes una decena de metros hasta llegar a una bifurcación,

tomaron por la derecha e ingresaron a un corredor más amplio con

puertas a los lados, el silencio era casi total, el sonido de sus pasos era

atenuado por una alfombra espesa.

El guía se detuvo frente a una de las puertas y sacó un llavero

del bolsillo del pantalón, eligió una llave y la introdujo en la

cerradura, giró el picaporte y abrió; Tomás leyó “Acceso restringido”

y se dejó conducir al interior.

Eduardo dijo-Supongo que ya se habrá dado cuenta de donde

estamos…

Tomás observó los aparatos de audio, las computadores en

línea, la larga mesa sobre la que estaban dispuestas las consolas de

sonido, los micrófonos y las butacas ergonómicas tapizadas en pana

negra, y dijo-Sí, claro pero ¿no era el plan pasar desapercibidos?

Eduardo sonrió divertido y dijo-Ya no –y dirigiéndose a los

travestis indicó-pueden dejarlo, chicas.


-Por favor, siéntense. –invitó el funcionario.

-Sí, claro, sentémonos, ah, discúlpenme, no los presenté. –dijo

Eduardo e hizo la presentación; así Tomás se enteró que el hombre

con aspecto de funcionario era efectivamente un funcionario:

Fernando Avila, director general de Radio Nacional de Malabrigo.

-¿No tiene nada que preguntar, muchacho?

-No, sé lo suficiente.

Eduardo lo miro pensativo y no agregó palabra, se volvió hacia

Avila-¿Todo dispuesto?

-Tal cual lo indicó.

-Sabía que no podía esperar menos de usted. –dijo Eduardo y

le anunció a Tomás-Está a punto de presenciar un hecho histórico,

algo que le hubiera gustado ver a su abuelo.

-Preferiría que no le mencionara…

-No fue mi intención molestarlo…

-No quiero parecer ansioso, señor Metco –dijo Avila- pero en

diez minutos se produce el relevo de la guardia y no podemos confiar

plenamente en el relevo.

-Tiene razón, Avila, procede cuando lo considere apropiado.

Avila desplazó la silla hasta situarla frente a una de las

computadoras y tecleó velozmente una instrucción, en la pantalla

apareció un eje cartesiano sobre el que se dibujaba una curva.

-¿Le resultó difícil encontrar el parámetro efectivo de las

frecuencias?

-No mucho, los datos que me dio eran muy acertados.


Eduardo le preguntó a Tomás-¿Sabe lo que nos proponemos?

Tomás se reclinó en el respaldo de la silla y dijo-Supongo que

intentarán la anulación de la acción de las máscaras con una

interferencia masiva en sus frecuencias de programación.

Avila se volvió sorprendido, Eduardo sonrió complacido y

explicó-El muchacho no está solo.

Avila asintió en silencio y volvió su atención a la

computadora, tomó el mouse e indicó cuatro puntos en el diagrama,

apretó la tecla de intro y activó la zona indicada. En el ángulo inferior

izquierdo de la pantalla apareció un contador en números rojos que

inició una cuenta regresiva a partir de 30, cuando la secuencia finalizó

apareció una leyenda que anunció “Operación Activada”. Avila

explicó-El emisor tardará diez minutos en barrer todas las frecuencias

y anular las máscaras.

-¿Qué espera de esto? –preguntó Tomás.

-Podría decirte que me guía la intención de reparar un daño o

que me propongo la liberación definitiva de Malabrigo, y ambas

explicaciones son ciertas pero no suficientes, tal vez todo se reduzca a

promover un cambio que desbloqueé la historia… supongo que ya

sabés quien soy…

Tomás respondió con seguridad, aún cuando segundos antes de

enunciarlo era inconsciente del conocimiento-Eduardo Metco,

miembro del Consejo Central del Partido de la Reconstrucción,

número tres en la jerarquía estatal. –La atención de todos los presentes

se situó sobre él, Eduardo asintió en silencio y dijo-Algo ha


permanecido demasiado tiempo estancado en Malabrigo y el absceso

debe ser destruido…

Avila sonrió complacido y Tomás pensó que el tipo era

inconsciente del papel secundario que Metco le había asignado en su

dispositivo, o lo tenía bien claro y había asumido su posición con una

resignación entusiasta.

-De todos modos no sé para qué me necesita. –dijo Tomás.

-Necesito un testigo, un observador atento.

-Proceso concluido –anunció Avila.

Los travestis se abrazaron, Avila se incorporó y estrechó la

mano de Eduardo; se veían satisfechos y distendidos. Tomás

preguntó-¿Qué pasará con la gente que necesita las máscaras para

sobrevivir?

Eduardo lo miró sorprendido como si no hubiera tenido en

cuenta esa circunstancia o como si la hubiera descartado, dijo-Veo que

es usted un humanista.

-Soy parecido a mi abuelo.

-Certero, muchacho, certero, se pone usted más agudo con

cada segundo que pasa… respecto a su pregunta, supongo que algunos

se suicidarán… otros recurrirán al canibalismo… en fin, es como

barajar y dar de nuevo…

Entonces ocurrieron muchas cosas al mismo tiempo o los

instantes que las separaron fueron tan fugaces que Tomás fue incapaz

de percibirlas con características bien diferenciadas, de todos modos

percibió que: la puerta de la sala se abrió con violencia y aparecieron


dos individuos vestidos con trajes oscuros empuñando pistolas

automáticas; los travestis se pusieron de pie con una velocidad

admirable teniendo en cuenta su robustez y vestimenta y se arrojaron

sobre ellos. El estruendo de los disparos fueron casi previsibles pero

los fogonazos lo deslumbraron por unos segundos, se arrojó de la silla

y trató de ponerse a cubierto. Oyó más disparos, el aire se impregnó

de un olor acre y luego una voz segura que le sonó desconocida dijo-

Ya terminó, Durrell, puede levantarse.

Tomás se levantó despacio. Los cadáveres de los travestis

estaban caídos junto a la puerta, uno de los hombres de traje estaba

apoyado contra el marco tomándose el vientre con las manos, la

sangre que manaba de la herida le teñía las manos de un rojo irreal; el

otro trataba de contenerlo mientras hablaba por un teléfono celular.

Junto a la mesa se había ubicado un tercer hombre que ahora parecía

dominar la escena; era un tipo delgado, de rasgos duros y ojos

achinados, pelo largo negro y entrecano atado en la nuca, llevaba un

traje gris y una corbata azul prolijamente anudada. Fumaba un

cigarrillo con indolencia un tanto forzada. Tomás lo reconoció de

inmediato como un dirigente de Malabrigo.

-Lopresti. –dijo Eduardo.

-Suponía que iba a ser más discreto, señor Metco.

-Pensé que ya habría inferido que hay momentos en que la

discreción es un lujo y este es uno de esos momentos…

Lopresti dio una pitada al cigarrillo, exhaló el humo y se

demoró unos segundos viendo como el cielo gris se elevaba hacia el


cielorraso, comentó-Tal vez no haya sido un alumno tan aplicado o tal

vez haya desarrollado un criterio propio.

-Todo es posible en Malabrigo, ¿a usted que le parece, Tomás?

-No todo, Metco, no todo.

Lopresti le dijo a Tomás-Así que usted es el nieto de

Arregoitía.

La aseveración hacia vana cualquier respuesta, de todos

modos, con un orgullo que podía fundamentar vagamente, Tomás

dijo-Así es.

-¿Es su testigo, no? –preguntó Lopresti volviéndose hacia

Eduardo.

-Veo que no está tan desorientado, Lopresti.

-Le agradezco que lo haya traído hasta aquí.

Por primera vez, desde que se había producido la irrupción,

Eduardo pareció desconcertado y permaneció en silencio pesando las

palabras del otro. Tomás desvió su atención de los rivales que ya lo

estaban hartando con su juego de sobreentendidos y vio como dos

hombres vestidos con ambos blancos subían en una camilla al herido y

el otro se paraba ante la puerta, luego de apartar los cadáveres con el

pie, en actitud de centinela.

Metco dijo-Vamos, Lopresti, se le nota mucho que está ansioso

por enunciar una verdad indubitable…

-Señor Metco, nuestra relación ha sido siempre respetuosa y no

creo que las actuales circunstancias impliquen una modificación…

Tomás anunció-Me dan asco.


El silencio dominó unos segundos el recinto hasta que una tos

nerviosa de Avila lo interrumpió, luego Lopresti dijo-Usted es sólo la

encarnación momentánea de tiempos muertos y creo que es tiempo

despejar un poco el ambiente-, sacó una pistola automática del bolsillo

interior del saco, la cargó y la apuntó al pecho de Tomás; se regodeó

apretando de a poco la cola del disparador.

Tomás preguntó con tranquilidad-¿No se cansan nunca de

hacerlo?

La mano de Lopresti comenzó a temblar con violencia, se

tomó el antebrazo con la otra mano y trató de contener el temblor pero

no lo consiguió, dejó caer los brazos al costado del cuerpo; tenía el

rostro pálido y el pelo entrecano se había aclarado más.

-¿Está bien, señor? -.preguntó el centinela alarmado.

-Quédese tranquilo, Enriquez, no es nada.

Avila sonrió con desprecio y fue la última acción consciente de

su vida: el disparo le dio en la frente y lo arrojó hacia atrás; rebotó

contra el respaldo de la silla y cayó sobre el teclado de la

computadora. Todavía conservaba la sonrisa.

Metco preguntó-¿Era necesario?

Lopresti guardó la pistola en el bolsillo interior del saco y

explicó-Tal vez me excedí en la forma, pero el correctivo era

absolutamente necesario… de todos modos, ya esta condenado -. Se

volvió hacia el centinela y le indicó-Enriquez, llame para que vengan

a retirar los cuerpos.


La celda tenía unos pocos metros cuadrados, a Tomás le

recordaba todas las celdas que había visto en películas: había una

pequeña ventana cerrada con barrotes por la que se filtraba un halo de

luz, dos cuchetas metálicas con colchones flacos empotradas en la

pared, un inodoro en un ángulo y una lámpara que pendía del centro

del rectángulo, cubierta por una red metálica cagada por las moscas,

que derramaba una luz mortecina.

Metco estaba sentado en una cucheta con la espalda apoyada

contra la pared y fumaba un cigarrillo.

Tomás estaba de pie aferrado a la reja, mirando el pasillo que

se extendía hasta un portal de acero; el silencio era casi total, sólo

reverberaciones lejanas que no podía adjudicar a causa alguna:

persona, animal o artefacto. -¿Había previsto esto?-.preguntó.

-Sí, pero no tan pronto, supongo que me dejé llevar por el

entusiasmo…

-Los hijos de puta me sacaron el cuaderno.

-No creo que lo necesite más, ya sabe lo suficiente.

-Ahora se hace el gracioso… nunca tuvo la menor intención de

ayudarme a llegar a la Embajada…

-No.

-Mire, Metco, no soy un tipo violento, nunca lo he sido, pero la

posibilidad de no poder volver a ver a mi hija…

-Lo entiendo, pero, ¿no se puso a pensar que su viaje a

Malabrigo no fue solo motivado por una cuestión comercial?


-Lo único que falta es que me venga a hablar del destino o de

la voluntad divina…

-Está bien, puede ponerse escéptico, está en su derecho, es una

forma de defensa como cualquier otra… sólo le pido que piense y

permanezca atento…

-Es lo que he hecho desde que llegué a este lugar de mierda y

cada vez entiendo menos.

-¿Está seguro?, ¿ya pensó por qué no pudo dispararle Lopresti?

-Sí, claro que lo pensé y me asusta bastante la respuesta…

-Usted tiene poder y no se atreve a asumirlo…

-No lo pedí y no lo quiero.

-Lo lamento, Tomás, pero está usted en Malabrigo y no es un

lugar que dé demasiada importancia a los deseos personales…

Tomás asintió en silencio y dijo-No entiendo para qué me

necesita.

-Ya se lo dije, necesito un testigo.

-¿Para qué?

-Para que vea que no me suicido.

-¿Podrá no hacerlo?

Metco sonrió con tristeza y explicó-Tengo que intentarlo…

-Supongo que entonces Lopresti me quiere aquí por el motivo

inverso.

-Exactamente, no pueden dejarme vivo pero quieren que muera

según las normas, bah, que me cocine en mi propia salsa…

-¿Podrá resistir?
-¿Usted que cree?

Tomás lo observó con atención: el viejo se veía cansado, tenía

ojeras profundas y las arrugas se habían acentuado, los ojos estaban

enrojecidos pero conservaban un brillo vivaz. –No lo sé y no me

interesa demasiado-.respondió. Se recostó en el catre con las manos

entrelazados tras la nuca; pensó en Alicia y sintió alivio de que

estuviera lejos de aquella tierra infernal y comprendió la aprensión de

su madre respecto al viaje y se preguntó cuánto sabría de lo que

ocurría en Malabrigo.

El horror se había hecho presente desde el momento en que

había abordado el taxi en la salida del aeropuerto, antes de ver a la

chica colgando de la ventana; era algo en la luz o en el aire, algo que

parecía acechar detrás de cada manifestación sensible. Y luego todo

había sido seguir un curso que parecía, como había insinuado Metco,

prefijado. Aunque tal vez sólo esté intentando racionalizar de alguna

forma el caos, lo importante ahora es encontrar una forma de salir lo

más rápidamente de aquí, este lugar morirá muy pronto. “No!” La voz

apareció con fuerza en su mente y lo estremeció como un choque

eléctrico, el aturdimiento lo hizo incapaz de articular un enunciado del

que pudiera ser consciente por unos segundos.

Si fuera capaz de invocar voluntariamente el poder que le

impidió a Lopresti dispararme, si pudiera hacer que Pablo hablara con

más claridad; bueno, siempre y cuando fuera Pablo. Lopresti, qué hijo

de puta, crímenes y más crímenes, la inexorable matriz que recorre el

pensamiento de los dirigentes de este lugar de mierda para superar


cualquier conflicto. Una salida siempre impensable en términos

humanos, pensó Tomás y luego se dijo que eso era inexacto, pobre,

una exagerada simplificación y golpeó la reja con el puño derecho.

Tendido en el camastro Metco tenía los ojos cerrados y

respiraba profundamente pero no dormía; aunque hubiera deseado

estar dormido y experimentando una pesadilla si hubiera tenido esa

posibilidad. Debía controlarse porque la inquietud ante la inexorable

aparición del horror sólo serviría para acercarla, y era eso,

precisamente, lo que se proponían Lopresti y sus jefes, que se

aterrorizara hasta que la desesperación lo llevara al suicidio. Disfrutó

el pensamiento de saber algo que ellos ignoraban: pronto la

antropofagia ritual demostraría su completa ineficacia para evitar la

aparición de la anormalidad. Lo sabía porque lo había experimentado

en forma creciente durante los últimos años y cada vez era menos

capaz de librar esas batallas y mantener algún tipo de cordura; lo sabía

también porque manejaba la información estadística sobre suicidios

del grupo de población que había accedido al último procedimiento a

nivel nacional.

Alguna vez había pensado que la muerte podía ser el final de

todo pero hacía casi cuarenta años que no podía recurrir a esa idea

para encontrar algún alivio, exactamente desde que había visto lo que

se negaba a morir y aún reclamaba su lugar; a partir de entonces su

consciencia había transcurrido en dos niveles diferenciados e

inconciliables, el que seguía con fidelidad la línea trazada por su padre

y las autoridades precedentes, el que le aseguraba los honores y


privilegios que Malabrigo otorgaba a aquellos de sus hijos que le

ofrendaban un compromiso pleno; el otro era el que acechaba en los

momentos en que, sin quererlo, veía las evidentes grietas en toda la

estructura. Había estado atento a esa creciente disolución y la había

combatido con los medios disponibles, él había formado parte de la

comisión que propuso la construcción de las máscaras y luego, cuando

estas mostraron sus limitaciones, uno de los principales impulsores de

la antropofagia ritual.

El final es el inicio pensó sorprendido y comenzó a reír con

una risa que se transformó en una tos seca.


10.

Diana vio como el guardia en su pequeña cabina iluminada con

una fantasmal luz azulada apretaba la tecla que accionaba el portón

eléctrico, que comenzó a moverse con una lentitud exasperante. El

aire estaba frío pero percibió que unas gotas de sudor se le escurrían

por la frente, cuando el acceso estuvo libre atravesó el umbral con

paso decidido; su voluntad era fuerte y se había acrecentado a partir de

la iniciación como si desde entonces fuera con plenitud una con

Malabrigo. Se pasó la mano derecha por la frente y la secó en el

pantalón.

La ejecución del extranjero le permitiría acceder a instancias

superiores; Lopresti le había dicho que su designación había sido el

resultado de una exhaustiva selección entre más de cuatrocientos

aspirantes y esa información aún no dejaba de sorprenderla. No podía

convencerse del todo de su propia importancia.

El pasillo estaba iluminado apenas con lámparas que

desparramaban una luz mortecina sin disolver por completo la

oscuridad; sus pasos, a pesar de estar calzadas con zapatillas de suela

de goma, producían un sonido perceptible. Se detuvo e hizo una

inspiración profunda tratando de encontrar el equilibrio profundo,

consiguió relajarse y reemprendió la marcha.

Cuando distinguió los barrotes que limitaban la celda de

aislamiento desplazó la corredera de la sub-ametralladora hacía atrás y


puso el índice de la mano derecha sobre la cola del disparador.

Entonces comenzó a recitar el mantra necesario para motivarse.

-Alguien viene -. dijo Metco.

-Cambio de planes, supongo -comentó Tomás que había oído

el desplazamiento del portón y luego los pasos livianos sobre el

cemento del corredor –Es una mujer.

-No sabía que tenía un oído tan agudo.

-Últimamente parece tener dificultades para prever…

Tomás se puso de pie y caminó hasta la reja: la mujer era

delgada y menuda, estaba vestida con una especie de uniforme militar

negro y llevaba un arma entre sus manos; se detuvo y lo apuntó.

Tomás movió la cabeza de un lado al otro y suspiró fastidiado.

Diana apuntó y se dispuso a disparar.

Tomás supo que, de nuevo, el poder próximo a él se

manifestaba, la mujer bajó su arma y luego la dejó caer; quedó

inmóvil con los brazos a los costados y la mirada perdida.

Diana estuvo desnuda e inerme frente a una luz tan intensa que

anulaba toda percepción de color, pero no había sido cegada, por el

contrario, su visión se había agudizado a tal punto que había hecho

innecesarios los ojos. Podía (estaba obligada a) ver lo que había

emprendido a negar desde la infancia y no solo a ver sino también a

tocar, oír, oler y gustar. La saturación perceptiva presionaba su

consciencia buscando su aniquilación, pensó hijo, pensó muerte y se

extinguió.
La mujer se tambaleó, despidió un chorro de sangre por la

nariz y cayó. Tomás se miró las manos.

Metco, que estaba parado junto a él y observaba el cuerpo

exánime, dijo-No, no cargue con esa culpa.

-Vino a matarme.

-Creo que sí.

-¿Lopresti?

-Puede ser, pero no es el único idiota.


11.

Lopresti estaba sentado a su escritorio, había olvidado el

cigarrillo en el cenicero y una columna de humo gris se elevaba con

morosidad hacia el cielo raso en el aire inmóvil del despacho. La luz

sin demasiada energía de una mañana nublada y ventosa atravesaba

los cristales y se derramaba sobre las planillas que había estado

consultando obstruida en parte por su sombra. Se había sentado de

espaldas a la ventana contrariamente a lo que era su costumbre, sentía

un raro rechazo por la mañana que había amanecido en Malabrigo.

Temprano, luego de salir de su casa para caminar los dos kilómetros

entre su casa y el despacho (como lo hacía habitualmente), había

percibido una desolación agobiante: las calles estaban desiertas bajo la

luz gris, hojas y trozos de papel giraban en remolinos provocados por

el viento sudoeste. Y aún más inquietante había sido ver que nadie

parecía interesado en hacer recuperar a Malabrigo la pulcritud que le

era característica. Luego, un setter irlandés de pelaje rojizo había

aparecido abruptamente en una bocacalle arrastrando una correa de

cuero y se había alejado de la misma forma; después la aparición de

un hombre robusto y de cabello largo y entrecano que caminaba junto

a una mujer joven, delgada y rubia. El tipo se le parecía con levedad

inapelable, como si fueran parientes lejanos pero la vestimenta (los

vaqueros raídos, la campera de corderoy que alguna vez había sido

ocre) indicaba con claridad que el individuo no estaba a su nivel.


Había escuchado con claridad cuando la mujer pregunto al

hombre: “Es uno de ellos,¿no?” y al hombre responder

afirmativamente.

El miedo, que se redujo un poco cuando avistó al guardia en su

caseta de vigilancia, había vuelto luego de revisar las planillas. Ahora

sabía que había sido ese miedo el que lo había impulsado a manipular

a Diana y asignarle un blanco. Sabía también que al dar esa orden

estaba desobedeciendo una orden expresa pero no ignoraba que su

vertiginoso ascenso en la estructura gubernamental se debía en gran

parte a su capacidad de tomar iniciativas propias.

Volvió su atención hacia las planillas que había elaborado el

Departamento de Sociología Aplicada, el resultado era alarmante,

claro, siempre y cuando se lo ubicara fuera de contexto; los de Prensa

y Difusión tenían un lindo trabajo por delante, pero ya encontrarían la

forma.

Sonó el teléfono, el guardia le informó que el señor Alsinoff

había entrado al edificio (la voz expresaba temor y respeto, un efecto

que Alsinoff despertaba conscientemente en sus subordinados),

agradeció el aviso y cortó la comunicación; luego dispuso con cuidada

desprolijidad las planillas sobre el escritorio e hizo algunas

anotaciones ininteligibles en un block de notas.

La puerta se abrió silenciosamente y Alsinoff entró; y si bien

era de estatura mediana y no precisamente atlético, su presencia

pareció cubrir cada centímetro del despacho. Estaba, como era su

costumbre, vestido con una traje azul oscuro y llevaba el pelo


renegrido (artificialmente) peinado con prolijidad y fijador; los bigotes

oscuros y tupidos estaban delineados con exactitud. Antes de hablar le

dirigió una sostenida mirada reprobatoria, y Lopresti supo que Diana

había fallado en su misión.

-Buenos días, señor Alsinoff –dijo poniéndose de pie.

Alsinoff le indicó que volviera a sentarse, se sentó en el sillón

del otro lado del escritorio y habló con voz grave y profunda,

enunciando con claridad las palabras, disfrutando del sonido de cada

una de las sílabas. –Vea, Lopresti, siempre lo consideré un funcionario

hábil, un tipo de mente ágil, rápido… y usted sabe que algunas veces,

por esa razón, le dejé pasar faltas que hubiera considerado graves en

otro… -se detuvo, creando el suspenso que consideraba necesario con

éxito: Lopresti carraspeó y se movió nervioso en el sillón.

-¿Ya sabe por qué estoy aquí, no?

-Diana.

-Exactamente.

-¿Qué pasó?

-Vamos, Lopresti, no se haga el tonto.

-No, señor.

-¿Por qué lo hizo?

-Pensé que era necesaria la eliminación del extranjero.

-No le pagan para pensar, Lopresti, y ,espero que ahora se de

cuenta.
-Creí que era urgente instrumentar las medidas necesarias para

terminar urgentemente con la amenaza grave que constituía el

extranjero.

Alsinoff sonrió con ironía-Instrumentar las medidas necesarias

para etcétera, etcétera, Lopresti, ¿nunca pensó en leer en serio?

-No comprendo, señor.

-Está bien, no importa… dígame la verdad, Lopresti, ¿no fue

su decisión por el enfrentamiento que tuvo con el extranjero, una

cuestión meramente personal?

Lopresti bajó la mirada y dudo, si mentía su intento de engaño

sería evidente ante la desarrollada perspicacia de Alsinoff pero si

decía la verdad admitía la comisión de una indisciplina grave, dijo-No

soporté la demostración de poder que ese tipo hizo ante mí.

-¿Pensó tal vez que su juicio era más apropiado para juzgar lo

que correspondía hacer que el de su inmediato superior?

-No, señor, me dejé llevar por un impulso.

-¿Faltó a la disciplina?

Lopresti sabía que Alsinoff estaba disfrutando la situación, que

no desperdiciaba la más mínima oportunidad de degustar cada

fracción de poder que detentaba y eso lo hacía tan admirable y odioso.

-Sí, señor, falté a mi disciplina.

-¿No quiere saber qué pasó con la mujer?

-No, señor.

-Hace muy bien, no tiene derecho a saberlo.

-Sí, señor.
-Será castigado severamente.

-Lo merezco, señor.

-Muy bien, Lopresti, esa es la única actitud posible si aún

quiere tener un futuro en la nueva Malabrigo . ¿Tenía alguna relación

con la agente?

-Sólo sexuales, señor.

-Bien, esté atento y tenga cuidado. Lo veo más tarde.

Alsinoff se puso de pie y caminó hacia la puerta, lo hizo con

lentitud, como si intentara dejar su presencia impregnada en el lugar;

atravesó el umbral y marchó por el corredor hasta la salida. Saludó al

guardia y ya en la calle se levantó el cuello del saco para protegerse

del viento que soplaba desde el mar e hizo un gesto de desagrado al

ver los papeles y hojas junto al cordón. Se dijo que no debía ponerse

ansioso justo ahora cuando las cosas empezaban a resultar tal cual

había sido previsto, salvo la demora en el suicidio de Metco, claro.

Agitó la cabeza para desechar el pensamiento y le hizo una seña al

chofer para que acercara el auto.

Lopresti se asomó a la ventana y vio como el auto negro se

alejaba hacia la avenida costanera; Alsinoff se había ido pero su

amenaza continuaba presente y la ambigüedad la hacía más

atemorizante. Se dijo que no tenía excusas, había cometido un error

grosero pero no podía encontrar la culpa necesaria para auto

disciplinarse; tuvo que admitir que comenzaba a temerse.


12.

La mujer quedó inmóvil, un charco de sangre se extendió bajo el

cuerpo. Tomás no podía ver el rostro pero de alguna forma sabía que

los ojos estaban abiertos y las pupilas dilatadas; así continuarían hasta

que la muerte avanzara en su trabajo.

Pasados unos minutos se abrió el portón al otro extremo del pasillo

y dos hombres uniformados caminaron hacia la celda con una lentitud

próxima a la resignación; cuando estuvieron próximos a Tomás

evitaron mirarlo, tomaron el cuerpo por las extremidades y se lo

llevaron. Luego otro hombre trajo un balde y un trapo y limpió la

sangre del piso.

Tomás desprendió las manos de los barrotes y sintió un repentino

dolor en los dedos: estaban pálidos y marcados por la forma de los

barrotes, comenzó a frotarse las manos, caminó hasta su litera y se

sentó.

Metco carraspeó como si se dispusiera a hablar, pero se limitó a

sacar un cigarrillo del bolsillo de la camisa. Lo observó con atención,

como si se tratara de un artefacto propio de una cultura apenas

conocida, lo hizo un bollo y lo arrojó al inodoro. Tomás notó que el

rostro del viejo exhibía una palidez poco habitual.

-¿Es evidente, no? –preguntó Metco con voz cansada.

-No sé de qué habla.

-Supongo que está en su derecho.


-No se ponga melodramático… ¿por qué no hizo que lo mataran

antes de que lo detuvieran?

-Nunca dije que fuera valiente, además es muy difícil desprenderse

de la soberbia, ahora mismo creo que seré capaz de resistirlo…

-Me alegra que siga firme en su propósito.

-Es lo que me mantiene cuerdo…

-Bueno, es un modo de decirlo…

-Tampoco tiene que ser tan astuto todo el tiempo.

-Es el lugar, casi siempre soy un buen muchacho…

-¿Cree que nunca existió un lugar como Malabrigo?

-La verdad es que no sé pero como excusa me suena bastante

primaria…

-Tal vez lo sea, pero incapaces de comprender la naturaleza

profunda de este lugar tampoco podemos establecer una relación

causal entre nuestras acciones y los hechos que devienen

posteriormente…

-¿La mala fe lo hace ponerse pomposo?

Metco sonrió con tristeza y esta vez consiguió identificar un

cigarrillo y su función específica, lo encendió y le dio una pitada,

luego dijo-La mala fe es imprescindible para el ejercicio del poder…

el poder, lo único real en Malabrigo, hasta su abuelo participó de la

contienda.

-Parece que él tuvo algún éxito

-Tiene usted un fino sentido del humor, no me cansaré de

decírselo y una agudeza contundente, claro... pero continúo, me es


necesario... el poder es la droga más adictiva yo comencé a degustarla

de niño, mi padre me legó su adicción con habilidad... siempre ha sido

así y siempre lo será....

-¿Y entonces para qué ha desactivado las máscaras?

-Pensé que era necesaria una renovación.

-Supongo que no estará arrepentido...

-No, en absoluto, el poder es la droga más adictiva.

-Por eso las desactivó...

-Claro.

Tomás se puso de pie y caminó hasta las rejas, preguntó--¿Qué

le parecería si lo liberara rápidamente de todo sufrimiento?

Metco bajó la vista, Tomás continuó-Ha sido hábil para

retenerme aquí, pero ya está, se acabó, fue suficiente.

-Usted tiene que quedarse, tiene que permanecer aquí. -gritó

Metco y se levantó.

-No sea patético, Metco.

-No puede irse, esta es también su historia.

-Su problema es la incapacidad para pensar fuera del esquema

en que se ha encerrado...

-Tendrá que matar para salir de aquí, ¿no recuerdo lo que le

pasó a la mujer?

-¿Ahora se pone humanitario?, vamos, no sea payaso.

-Usted no puede irse. -gritó Metco y se arrojó sobre Tomás,

antes de tocarlo fue arrojado con violencia hacia atrás y cayó


pesadamente sobre el camastro. Tosió y empezó a respirar con

dificultad.

-Ya está, Metco, lo que temió ya ha ocurrido, aunque no quiera

verlo, su ceguera ya no funciona.

El viejo lo miró aterrorizado, las pupilas dilatadas, la boca

entreabierta, su tórax sacudido por convulsiones.

-Eso sí, no intente matarse, sería redundante.

Tomás empujó la reja que se abrió con facilidad y caminó

hacia el extremo del corredor. Se sentía afilado y poderoso, como un

cuchillo recién forjado.

Las cosas cambian de lugar o adquieren, sencillamente, el

lugar que les corresponde. La vibración se multiplica en láminas

longitudinales de ozono, el sabor férreo de la sangre joven vuelve en

oleadas ahora nauseabundas. El dolor es una corriente eléctrica

habitando cada centímetro de su cuerpo de setenta años, cada tejido es

tensado por arcos de acero que actúan como verdugos de pedernal,

seculares y sabios. No, yo, no, Eduardo Metco se disuelve en dos

vocablos sin peso, y cuando cree (o ansía) estar a punto de apagarse,

vuelve a la conciencia de su dolor innominado.

Tomás vagaba por las calles desoladas intentando acomodar

sus pensamientos a la acción que había presenciado, a la que sabía que

se estaba desarrollando y a la que sospechaba. No le había resultado

difícil salir de la prisión, y aquella facilidad le había hecho sospechar

que todo el orden del poder que, en teoría, sojuzgaba Malabrigo

mostraba hilachas notables. Metco había mostrado un juego sutil y


elaborado pero sus reemplazantes parecían carecer de sus capacidades.

O tal vez la cuestión en que los había aventajado Metco era

simplemente su aparición. En cierta forma, yo soy una aparición

espectral de una consistencia imprevista. Aquella inferencia le pareció

dudosa, como si la aparición de la mujer frente a su celda, su muerte,

la huida fácil hasta lo absurdo, no fueran más que otra puesta en

escena.

Tropezó con el cordón de la vereda y tomo conciencia de que

había cruzado la calle sin mirar a los lados, precaución inútil ante la

desolación imperante. Tengo que salir de aquí de alguna forma, si

consigo llegar al hotel podría llegar a conseguir un auto para llegar

hasta el aeropuerto, pero:¿habrá alguien capaz de operarlo? Paso a

paso, se dijo, y caminó hasta un teléfono público, levantó el tubo y

comprobó que la línea estaba muerta. Golpeó el tubo contra el tablero

hasta que consiguió quebrar la cubierta plástica y quedó en sus manos

la estructura metálica, lo arrancó y lo arrojó al medio de la calle.

Se sentó en el cordón de la vereda y se agarró la cabeza con las

manos. Tiene que haber una forma de salir, tiene que haber una forma

de salir, repitió como una oración intentando evocar al poder que lo

había mantenido con vida en ese lugar repugnante. Al cabo de unos

minutos se puso de pie y siguió caminando, accedió a una plaza y a

una veintena de metros vio a una mujer y un hombre sentados en un

banco. Eran los primeros seres vivos que encontraba desde la salida de

la cárcel, exceptuando, claro, a un setter irlandés rojo que había

cruzado como un fuego fugaz ante él. Se acercó a la pareja y ellos lo


observaron con atención mientras se acercaba a la distancia suficiente

como para poder comunicarse sin necesidad de gritar.

-Buen día.

El hombre robusto de barba y largo pelo entrecano lo saludó-

Buen día, sentate.

Tomás se sentó en un extremo del banco, junto al hombre,

consciente de la mirada interesada que le dirigía la mujer desde el otro

extremo.

-Son las primeras personas que veo en varias cuadras...

-Sí, es un día raro... ¿estabas paseando?

-No, no al menos voluntariamente, estoy intentando salir de la

ciudad...

-Me pareció que no eras de aquí...

Tomás no supo si lo que había dicho el hombre era cierto, pero

no tuvo ánimo como para poner en palabras su duda.

-El aire está cambiando... -comentó el hombre.

-No sólo el aire... -respondió Tomás.

El hombre lo miró en silencio, la mujer se movió

nerviosamente en el asiento.

-Puedo ayudarte a salir...

-¿Cómo?

-En el puerto podemos encontrar algún pesquero que te lleve

hasta Azuria.

-¿Encontraremos gente dispuesta a tripularlo?


-Podemos, a unas cuadras tengo el taller, me dejaron

una pickup de clavo, puedo alcanzarte hasta el puerto...

-No tengo mucho dinero.

-No te preocupés, si encontramos alguien capaz de sacarte de

Malabrigo no va a ser necesario...

-Gracias, soy Pablo Durrell. -dijo Tomás extendiendo su

diestra.

-Oscar Ojeda. -se presentó el hombre mientras estrechaba la

mano de Tomás-pero todos me dicen Cacho.

El apellido de Oscar produjo una resonancia persistente en la

conciencia de Tomás hasta que se liberó de aquel ruido diciendo-

Ojeda es el apellido del sargento, del único sobreviviente de la batalla

contra Azuria en el frente norte.

Cacho sonrió satisfecho y replicó-Y Durrell era el apellido del

gringo que se casó con la hija de Pablo Arregotiía y se la llevó de

Malabrigo...

Irma los miró a los dos, y notó que entre ellos se había

originado una energía tensa. Permanecieron en silencio, como si

midieran la fuerza que podrían cargar las palabras que siguieran a

partir de entonces.

Irma explicó-Cacho nunca tuvo que usar máscaras.

-Lo sé. -respondió Tomás.

-Estoy rodeada. -dijo Irma.

-¿Así que vos sos el nieto de Pablo? -preguntó Oscar.

-Ese soy yo, y vos sos el hijo de Ojeda...


-Ese soy yo.

-Ustedes también tienen que irse

-Podríamos, claro, pero si aguantamos hasta ahora... -dijo

Cacho, y Tomás comprendió.


13.

Alsinoff encendió un cigarrillo y permaneció de pie en el

centro de la celda, pensativo, la vista fija en el bulto cubierto por la

manta de lana ocre sobre el camastro. Por un momento creyó percibir

que ningún movimiento lo animaba y la alegría comenzó a abrirse

paso como una sensación de distensión en el pecho. La frustración la

reemplazó de forma abrupta: el bulto se movió, la manta fue

desplazada por unas manos temblorosas y sintió los ojos del hombre

recostado sobre él. Alsinoff sonrió con fastidio y permaneció en

silencio.

-Gracias por la visita... querías saber si todavía estaba vivo...

-Exactamente, un gesto de educación.-respondió Alsinoff y

comenzó a caminar por la celda-¿Qué pasó con el joven?

-Supongo que se aburrió.

-¿Sabías que esto pasaría?

-Para serte franco, no, tuve alguna sospecha pero no pensé que

sería capaz de abandonarme...

-¿Abandonarte?-preguntó Alsinoff .

-Era mi testigo.

-Fallaste en su manipulación entonces...

-¿Dónde está?

-Lo perdimos. -respondió Alsinoff y arrojó lo que restaba del

cigarrillo al inodoro.

-Demasiadas variables... -comentó Metco pensativo.


-No entiendo.

-Malabrigo se ha convertido en un juego de demasiadas

variables.

Alsinoff sospechó que si seguía esa línea de pensamiento no

tardaría en caer en la inseguridad y la duda. Encendió otro cigarrillo y

aspiró la primera pitada con fuerza.

-Supongo que no confiás en mi diagnóstico.

-¿Por qué debiera creerte? Estás acabado y tratás de negociar la

forma de tu muerte...

-Ah, la eterna sospecha, hacés bien en desconfiar pero harías

bien en mantener una actitud más abierta...

-Desconocía tus dotes proféticas...

-No las tengo, sólo puedo hacer una proyección sobre las

variables que conozco.

-¿Qué buscabas entonces con la destrucción de las máscaras?

-El caos que origine la aparición de un orden nuevo...

-¿Qué tiene de malo el actual?-pregunto Alsinoff y se sentó en

el catre frente a su rival.

-No entiendo la pregunta, ¿acaso no conocía el Consejo mi

proyecto de destrucción de las máscaras y de todos modos me

permitió actuar?

-Eso es un sofisma, Metco y bien lo sabés, permitimos la

destrucción de las máscaras para acceder a un nivel superior; para

nosotros es meramente un sinceramiento necesario.

-Lo siento pero fracasarán...


-¿Cómo podés saberlo?

-El ritual máximo ya no servirá para alejar la anomalía; de

hecho he documentado suicidios entre miembros del Círculo Interior...

Alsinoff se puso de pie con violencia-Estás mintiendo...

-¿Qué interés tendría en hacerlo?

-¿Cómo no llegó esa información al Consejo?

-No son los únicos en saber trabajar en secreto.

Alsinoff sonrió con escepticismo-Fue un buen intento.

-Puedo darte la ubicación de los archivos.

-¿Por qué lo harías?

-Para tener una ejecución pública, limpia y notoria.

-Estás loco. -dijo Alsinoff con repugnancia.

-Puede ser, pero tengo la información...

-¿Qué te hace pensar que me interese?

-Nada, en verdad, tengo una oportunidad y trato de

aprovecharla.

Alsinoff salió de la celda, caminó por el pasillo, saludó al

guardia que controlaba el portón de acceso y llegó a la calle. Caminó

hacia un auto negro y contundente en su esfuerzo por exhibirse como

símbolo de poder estatal (dimensiones, brillo de cromados y pintura),

el chofer lo esperaba junto a la puerta trasera-¿A dónde lo llevo,

señor?-preguntó mientras abría la puerta.

-Dé una vuelta por la ciudad, necesito pensar.

-Como usted diga, señor.


Recorrieron las calles desiertas y ventosas, pasaron frente a la

Casa del Concejo, el Parque Central, el centro comercial y siguieron

por la ondulante avenida costanera. Perdida la vista en el gris pizarra

del mar, Alsinoff ordenó al chofer que condujera hasta la encrucijada.

-¿La encrucijada, señor?

-¿Qué, le llama la atención, Verduk?

-No, sólo que nunca lo llevé allí, señor.

Alsinoff se preguntó si el chofer, uno de las más disciplinados

cuadros del círculo interior temía visitar el cementerio de los suicidas-

La encrucijada forma parte de Malabrigo. -dijo.

-Claro, señor, una parte lamentable que pronto será superada.

Alsinoff intentó sin éxito (parecía ser un día apropiado para el

fracaso) determinar si lo dicho por el chofer había sido la enunciación

de una convicción sincera o de la lealtad preestablecida que debía

frente a un superior.

El auto ascendió por el extremo norte de la costanera, con el

mar a su derecha y el viento que soplaba con fuerza desde el sudoeste

haciendo vibrar apenas la pesada carrocería.

Alsinoff bajó del auto y comenzó a caminar entre las tumbas

en el sector que se destinaba a las más recientes; se había puesto sus

anteojos de marco de oro y leía las lápidas con avidez, tratando de

contener la angustia que asumía la forma de un intenso ardor

estomacal. No encontró ningún nombre que pudiera identificar como

integrante del círculo interior. Claro que los nombres podían haber

sido modificados para ocultar la novedosa anomalía. Sólo quedaba


volver a su despacho y rastrear algún registro en los archivos. Lo

dicho por Metco podía ser un intento desesperado por creer que aún

conservaba algo de poder pero también podía ser cierto. Alsinoff se

estremeció y supo que el estremecimiento nada tenía que ver con las

condiciones climáticas.

Subió al auto y ordenó. -A casa, Verduk.

-¿Al palacio Zorroquín?-preguntó el chofer sorprendido por la

directiva

-No, a mi casa.

-Claro, señor.

Es un suboficial de los mejores, se dijo Alsinoff, está

sorprendido y quizás atemorizado pero mantiene las formas con

eficiencia; sintió un afecto sin dobleces hacia aquel hombre y un

orgullo carente de modestia por la eficiente labor que había

desarrollado en su formación. Claro, pero tenés que ver a Amelia. Ella

había sido su esposa durante casi treinta años y si bien no podía

precisar con exactitud qué era lo que había llevado a ambos a la unión

marital; estaba convencido de que, de algún modo, ambos habían

salido ganando. Sonrió; Amelia, la que a medida que envejecía iba

definiendo con más exactitud su aspecto de bruja a pesar de los

obsesivos cuidados que llevaba respecto a la estética de su cuerpo y

ropas. Alguna vez, una noche de copas seguramente (el recuerdo era

difuso) había pensado en ella como Lady Macbeth; con el tiempo sólo

podía imaginarla como una de las brujas propiciatorias. La odiaba,

cierto, y ella le correspondía, pero al mismo tiempo la necesitaba y esa


necesidad y su conciencia no eran más que un alimento del odio. Un

círculo vicioso que no tenía voluntad de romper; lo había intentado

pero ya no. Lo aceptaba como una fatalidad, como una condena

inapelable y perversamente placentera.

El auto se detuvo, a través de la verja pudo verla vestida con

ropa de trabajo dándole indicaciones al viejo jardinero. Y una vez

más, Alsinoff percibió uno de los motivos, tal vez no el menos

importante, del odio que sentía respecto a Amelia: la familiaridad

respecto a los subordinados.

Bajó del auto, le indicó a Verduk que lo esperara y se acercó a

la verja; Amelia le sonrió divertida y se acercó a la verja para abrir el

portón.

-Hacía rato que no aparecías por aquí, algo grave debe estar

pasando -saludó Amelia con una voz clara que los años no habían

conseguido desgastar.

-No esperaba un recibimiento tan acusador, veo que no

cambiaste.

-No siempre se recibe lo que se espera, estás grande y ya

debieras saberlo.-respondió Amelia mientras abría el portón.

-Por favor, no hablemos de esta forma en presencia de

extraños. -pidió Alsinoff con un susurro exasperado.

-Está bien, ¿ querés tomar un café?

-Sí, claro.
Amelia caminó por el sendero de lajas hasta la puerta frontal

de la casa y Alsinoff viéndola caminar delante confirmó que sus

poderes brujeriles continuaban intactos.

Se sentó en un sillón junto a la ventana, y le desagradó

recordar que era su sillón preferido cuando se habían mudado a esa

casa y los dos eran jóvenes, creían que estaban enamorados y su

ascenso en el escalafón parecía no tener límites. La amargura se

acentuó cuando supo por qué estaba ahí, con el pocillo de café entre

las manos (su pulso había perdido firmeza en los últimos años);

necesitaba hablar con Amelia, comentar lo que lo preocupaba. Y en

cierta manera, esa necesidad la volvía a poner en el papel de Lady

Macbeth.

-Si lo que te dijo Metco es cierto desordenará toda tu

proyección. -dijo Amelia luego de escucharlo con atención mientras

dejaba el pocillo sobre la mesa ratona.

-Estuve en la encrucijada.

-¿Y confirmaste lo que te dijo?

-No.

-Tal vez Metco mintió.

-Quisiera creerlo.

Amelia lo observó en silencio: está viejo, viejo y vencido.

Siempre me necesitó aunque nunca se atrevió a admitirlo. Y ahora

tengo la oportunidad de demostrar mi poder sin límites, entonces ¿por

qué me siento tan vacía?-¿Qué vas a hacer entonces?

-Intentaré ubicar la información en los archivos...


-¿Y si no la encontrás pero es cierta? Tendrás que pactar con

Metco...

-Ese hijo de puta va a salir ganando de nuevo...

-Bueno, al menos podés pensar que tal vez sea su último

triunfo...

Alsinoff sonrió abatido-Tal vez, sí, tal vez... bueno, gracias

por escucharme, chau-se puso de pie y caminó hacia la puerta.

-Victor.

-¿Qué?

-Cuidate.

-Gracias, lo haré.

Mientras el auto dejaba la casa atrás, Alsinoff notó que era

la primera vez que Amelia daba muestras de cierta preocupación

afectiva por él desde el suicidio de su hijo único, quince años atrás.

La forma en que Gonzalo había decidido matarse había

impedido que su cadáver pudiera ser utilizado para el ritual: se había

arrojado con su auto deportivo siguiendo derecho en una de las curvas

más cerradas de la costanera sobre el acantilado. La caída de setenta

metros había transformado a conductor y vehículo en una masa

indiferenciada de metal, cristal y carne; Alsinoff había dirigido

personalmente las operaciones de los bomberos para que rescataran la

mayor parte de lo que había sido su hijo. El dolor casi lo había

enloquecido, aunque nadie lo supo o apenas lo sospechó; al cabo, se

sintió fortalecido en su voluntad de poder.

-El teléfono de emergencias, señor.


-¿Qué?

-Está llamando el teléfono de emergencias


14.

Lopresti se sabía un tipo disciplinado, por eso le resultaba

exasperante la obsesión que experimentaba respecto al extranjero, y la

muerte de Diana no había hecho más que acentuarla. Se levantó, se

puso un sobretodo gris y salió.

En la recepción de la morgue había un niño de no más de diez

años, delgado y rubio sentado en un sillón de espaldas a la ventana,

frente al escritorio había un hombre alto y delgado hablando

nerviosamente con el encargado-Quiero que me entienda, póngase en

mi lugar, hace poco mi mujer comenzó a trabajar para la

administración, ayer a la noche a la noche la llamaron para que

cumpliera una tarea, y hace dos horas me llamaron y me dijeron que

había sufrido un accidente y que tenía que venir aquí a reconocer su

cuerpo, ahora usted me dice que no puede autorizarme a verla. ¿Por

qué no se ponen de acuerdo con la policía? Llame a quien tenga que

llamar pero resuelva esto...

-Vea, señor, lo entiendo perfectamente pero no puedo hacer

nada sin autorización superior por escrito.

-¿Pero no entiende que no sé si mi hijo tiene que seguir

esperando o llorar a su madre?

Lopresti intervino-Perdón.

El empleado lo saludó con respeto-Señor Lopresti.

-Señor...

-Arrieta. -dijo el hombre reclamante extendiendo la diestra

para estrechar la mano de Lopresti.


-Lopresti, mucho gusto. Escuché su problema y creo que

podemos encontrar la solución...

-Tendrá que firmar usted el formulario. -dijo el empleado

confuso ante el cambio de la situación.

-Claro, claro, démelo y usted acompañara al señor a reconocer

el cuerpo.

-Sí, señor. -asintió el empleado y le entregó un tablero de

cartón sobre el que estaba prendida una hoja de papel impreso; luego

le indicó a Arrieta que lo siguiera por un estrecho pasillo hasta una

puerta posterior.

Lopresti firmó la planilla, dejó la carpeta sobre la mesa de la

recepción y se volvió hacia el niño sentado junto a la ventana. Era

sorprendente el parecido; tal vez con el tiempo se fuera diluyendo,

pero esos ojos jamás dejarían de parecerse a los de la madre. O tal vez

no eran los ojos sino la expresión.

Apartó la vista del niño, no quería molestarlo ni aproximarse a

él sabiendo lo que debería enfrentar y encendió un cigarrillo.

El tiempo se deslizó con lentitud en un espacio mudo; luego

oyó la puerta del extremo del corredor y vio a Arrieta caminar con

lentitud secándose las lágrimas con un pañuelo blanco, tratando de

recomponerse.

Cuando estuvo próximo a él, Lopresti dijo-Lo siento.

-No puedo creerlo, no puedo creerlo. -aseveró Arrieta y

comenzó a sollozar.

-Vamos, hombre, tiene que ser fuerte por su hijo.


-Sí, sí, tengo que pensar en él, claro.

-Ahora lo va a necesitar más que nunca.-dijo Lopresti mientras

estrechaba de nuevo la mano de Arrieta y sentía una poderosa

necesidad de reírse a carcajadas que consiguió contener a duras penas

hundiéndose las uñas en la palma de la mano izquierda, acción con la

que también consiguió componer una modesta expresión de congoja.

-Gracias. -dijo Arrieta y caminó hacia el chico, se agachó

frente a él y lo abrazó con fuerza. Lopresti, incapaz de contener la risa

si dejaba que aquella tierna escena familiar siguiera captando su

atención, se dirigió al empleado-Necesito ver el cadáver.

-Pensé que usted no necesitaba comprobación, ¿o que es que

esta va para el consumo?

Lopresti, que siempre iba armado con una pistola automática

con balas explosivas, se demoró unos segundos pensando qué efecto

producirían en la cabeza de aquel miserable empleaducho, luego se

acercó a él, como si fuera a besarlo y le dijo, en voz baja pero con una

dicción exacta y precisa-La mujer que está ahí dentro ha sido una

eficiente agente del Consejo Ejecutivo y ha muerto con valentía

actuando bajo mis órdenes, de modo que no se le ocurra insinuar de

ella el menor rasgo de cobardía, ¿comprende?

El empleado, que comprendió con rapidez lo cerca que estaba

de convertirse en uno de los próximos habitantes de la habitación

refrigerada de atrás, empalideció y por unos segundos no pudo

articular sonido.

-¿Comprende?
-Comprendo, comprendo, señor.

-Así me gusta, ¿ve como hablando se entiende la gente? -

aprobó Lopresti, pasó al lado de la mesa y caminó por el pasillo hacia

la puerta posterior.

El cuerpo estaba en la tercera bandeja a la izquierda, el rostro

se veía apacible y distendido, la palidez mortuoria era apenas un tono

menor que el color habitual de la piel de Diana. Loprestí corrió la

sábana y expuso a la luz de los tubos fluorescentes el cuello y los

pechos. Perfectos, pensó con entusiasmo, siguen siendo perfectos.

Arrojó la sábana al piso y dejo el cuerpo desnudo por completo, sus

ojos buscaron con ansiedad la línea rosada de la entrepierna y los

mantuvo fijos allí durante un instante. Luego caminó hasta el extremo

anterior de la camilla, se inclinó sobre el cadáver, apoyó las manos

sobre la cara interna de los muslos y separó las piernas. Se quitó el

sobretodo, el saco; se aflojó el cinturón y comenzó a bajarse los

pantalones.

Cuando terminó, se vistió y llamó por teléfono celular a un

empleado que se encargaba de la preparación de los cuerpos para el

ritual y le ordenó que acondicionara el cuerpo para que fuera

entregado a la familia en una hora. Se sentía distendido y energizado,

dispuesto para la caza del extranjero.


15.

Tomás bajó de la camioneta y se quedó pensativo observando

el puerto. Tuvo la impresión de estar contemplando un gran

cementerio náutico: los barcos se balanceaban sujetos a sus amarras

sin presencia humana alguna.

-Vamos. -alentó Cacho-Por ahí tiene que estar el "Pamperito"...

Los tres caminaron por el espigón de cemento hacia al mar, al

cabo de unos minutos Tomás notó que, al sonido del viento en los

mástiles y aparejos, la queja de los cables y el chapoteo del agua

contra las paredes del muelle, se agregaba la vibración de un motor;

un poco después vio una columna de humo.

-Te están esperando. -anunció Cacho.

-Eso parece. -aceptó Tomás, se detuvo y preguntó-¿Qué van a

hacer?

-¿De verdad te interesa?

-Sí, claro pero... -Tomás se interrumpió y bajó la mirada.

Irma dijo-Querés quedarte...

-Sí y no. No sé si lo que he vivido aquí ha sido real o no, pero

sé que no podré dejar atrás sólo yéndome.

Cacho explicó-Fueron reales, Tomás, no te engañes...

-No contestaste mi pregunta.

-No creo que sea bueno que sepas más...

-Supongo que tenés razón...


Siguieron caminando y se detuvieron ante una lancha pequeña

con dos grúas para redes, cajones de madera dispuestos en torno al

único mástil y manchas de óxido en el casco y la cubierta. Un hombre

delgado vestido con camisa y pantalones grises, tocado con una gorra

de lana roja estaba parado junto a la cabina.

-¿Cómo va, Cacho?

-¿Qué hacés, Luisito, podés llevar al amigo hasta algún puerto

en Azuria?

-Claro, un amigo tuyo es amigo mío, ya te lo dije por teléfono,

es sencillo, con Pedro hicimos unos cuantos viajecitos hasta allá

cuando escaseaba la pesca....

Tomás supo que el contrabando era el motivo de aquellas

excursiones.

-Listo entonces, te presento a Tomás.

-¿Qué tal, Tomás? Cuando quiera, compañero, la máquina está

lista.

-Vamos, entonces. -Tomás se volvió hacia Irma para

despedirse y recién entonces la reconoció-Vos sos la chica que me

atendió en el bar, a vos te pregunté sobre los audífonos.

Irma sonrió-Pensé que me había hecho alguien perfectamente

olvidable.

-Disculpame.

-No te preocupes, espero volver a verte. -respondió Irma y lo

besó en la mejilla.
-Yo también, bueno, Cacho, muchas gracias, espero que

consigan cambiar las cosas...

-Lo intentaremos, por ahi podés volver a un lugar diferente.

-Eso espero.

Se estrecharon las manos y Tomás con un salto abordó la

lancha, el balanceo lo hizo trastabillar y consiguió recuperar el

equilibrio tomándose del mástil.

Luis liberó las amarras, saludó a Tomás e Irma y entró a la

cabina, hizo retroceder la lancha con lentitud y luego la hizo girar y

puso proa hacia la salida. Tomás permaneció en silencio mirando los

rostros preocupados de Cacho e Irma, sintiendo que aquella partida no

era correcta.

-Véngase acá, que va estar más cómodo. -lo llamó Luis.

La cabina era un sitio pequeño pero limpio y ordenado: al

frente, debajo del parabrisas, había un tablero donde estaba el timón,

un par de palancas corredizas, medidores de temperatura, presión y

velocidad, en el extremo derecho un estante donde había una botella

de ginebra, un manojo de llaves, un trapo y un ejemplar ajado y

grasiento de cuentos de Hemingway. En la parte posterior había una

mesa adosada al piso, dos butacas, un anafe de dos hornallas, un

aparador y una heladera pequeña.

-Está linda la lanchita.

-Gracias, necesita una manito de pintura, pero ya se verá.


Luis se concentró en la maniobra, la lancha comenzó a dejar

atrás la defensa del espigón y empezó a ser sacudida por la marejada,

Tomás se tomó del tablero.

-Tranquilo, compañero. Esta borrasca es sólo una cosquilla

para el "Pamperito"...

-Eso espero.

-Juá, había tenido sentido del humor el compañero.

-¿Qué es eso?

-El apostadero militar de la región central, parte de la flota

debe estar de maniobra porque no se ven muchos de sus juguetes

anclados.

-¿Juguetes?

-Son pibes grandes los milicos, desde la guerra contra Azuria

se la pasan jugando con sus barquitos... aunque, quién sabe...

Tomás se preguntó qué sospechaba Juan pero se dijo que ya no

quería saber más de Malabrigo y permaneció en silencio.

La lancha avanzó mar adentro cortando las olas que golpeaban

el casco en forma sesgada.

-Tenemos que alejarnos unas millas de la costa para que el

viento cruzado no nos tire contra la rompiente.-explicó Luis y luego

alcanzó la botella de ginebra a Tomás-Si gusta...

-No, le agradezco.

-A veces es buena para el balanceo.

-Voy a ver si lo soporto sin ayuda.


-Como guste, cómo vamos no vamos a tardar ni tres horas en

llegar a aguas de Azuria.

-¿Llegaremos antes de que anochezca?

-No, y eso va a ser lo bueno.

-¿Prevé problemas?

-Digamos que estoy atento, usted sabe cómo andan las cosas

en Malabrigo, o cómo no andan, y no estoy seguro de que los del

Consejo permanezcan inmóviles y le permitan a la prefectura

descuidar las aguas territoriales...

-Espero que tengamos suerte.

El mar se veía de un gris pizarra interrumpido por la espuma

que producía el viento al azotar y quebrar la superficie, la costa

aparecía apenas como una línea ocre y verde a la izquierda.

Luis sostuvo el timón con la mano izquierda y con la derecha

destapó el porrón y lo llevó a su labios, tomó un largo trago, carraspeó

y lo volvió a dejar en el estante.

-¿Por que corre este riesgo? -preguntó Tomás.

-Es algo que tiene que hacerse, y cuando algo debe hacerse

siempre se corren riesgos, supongo...

-No entiendo...

-Cacho me dijo, cuando llamó desde el taller, quién era usted y

por qué tenía que dejar Malabrigo . Pensamos que debe hacerse y lo

hacemos, así de simple.

-Le agradezco, pero no me parece justo.


-Justicia es una palabra que admite muchas interpretaciones y

más que en ningún otro lugar en Malabrigo, de todos modos, no se

preocupe, de un modo u otro todos nosotros corremos riesgo acá y eso

es algo sobre lo que usted no puede hacer nada...

Tomás se preguntó si la incapacidad señalada por Luis era

cierta, pero se dijo que ya había decidido alejarse del juego y no había

vuelta atrás.

El tiempo transcurrió acompasado por el ritmo del motor, el

embate irregular de las olas contra el casco y la disminución paulatina

de la luz.

-En un viaje de rutina sería el momento de encender las luces

de posición. -explicó Luis-Pero hoy nos arriesgaremos un poquito.

-¿Son aguas muy transitadas?

-Estamos fuera de temporada y a esta hora los pesqueros de

Azuria ya han vuelto a sus amarraderos, por ahí nos cruzamos con

algún velerito rezagado, pero si se atrevieron a salir con esta borrasca

seguro que va a vernos antes de que choquemos, juá.

Tomás sonrió divertido ante la perspectiva ridícula de terminar

ese viaje en el fondo del Atlántico y Luis rió con él.

-Epa.

-¿Qué pasa?

-Allí, a estribor. -señaló Luis extendiendo su mano derecha.

Tomás miró hacia el punto señalado y vio apenas una mancha

oscura sobre el gris. -¿Qué es?

-Una lancha patrullera de la prefectura.


-¿Qué va a hacer?

-Intentaré acercarme a la costa, el viento amainó un poco, y

por acá hay unas vueltas que por ahí nos tapan, espero recordarlas

bien porque si no vamos a terminar encallando o rompiendo el casco

contra las salientes.

La lancha giró hacia la izquierda y de a poco la costa se fue

acercando; el viento había disminuido y eso parecía hacer más audible

el sonido del motor. Tomás se preguntó cuánto tardarían los de la

lancha patrullera en oírlo.

-Esperemos que el que esté a cargo de la lancha no conozca la

costa como yo o no tenga demasiado interés en encontrarnos...

Tomás agarró la botella y dio un largo trago, luego se la

alcanzó a Luis que no despreció el convite y luego le pidió-No me la

pase por un rato, compañero. -y aferró el timón con las dos manos.

La costa avanzaba o retrocedía con lo que a Tomás le parecía

una vertiginosidad mareante, la lancha giraba con docilidad, más de

una vez pasó a pocos metros de peligrosas salientes de roca.

-¿Cree que los perdimos?

-No escucho el motor pero tienen reflectores y pueden

encontrarnos antes de que lo escuchemos.

-Oscurece rápido.

-Sí, en unos minutos tendremos que decidir si anclamos o

encendemos el reflector, no me animo a navegar por acá a ciegas.

Siguieron navegando por unos minutos sin escuchar otra cosa

que el motor ni ver más que el perfil desdibujado de la costa.


La luz cayó sobre ellos con brillo enceguecedor, luego se oyó

una voz de timbre metálico deformada por la amplificación del

megáfono- No tienen autorización para navegar en estas aguas,

aléjense de la costa, echen el ancla y prepárense para ser abordados.

-La reputa madre o estuvieron utilizando un motor eléctrico o

yo soy un sordo de mierda.

-Cálmese, no tiene sentido que se preocupe, hagamos lo que

nos dicen.

Luis tomó un trago de ginebra, giró el timón, sonrió con

amargura y dijo-Ya está, compañero, seguramente pusieron la

ametralladora del puente en línea con el reflector, a usted,

seguramente lo mandarán en cana pero a mí me conocen bien y no se

van a tomar demasiadas molestias. Usted haga lo que quiera, pero yo

haré lo mío, tome el timón. -Tomás tomó el timón y vio que Luis

caminó hacia la parte posterior de la cabina, abrió el aparador y sacó

una ametralladora de cañón corto, tomó un cargador, lo colocó en el

arma y la cargó. Tomó otros dos y los guardó en el bolsillo. Volvió al

timón. Tomás lo observó un instante en silencio-No.

-¿No qué? -preguntó Luis con furia contenida.

-No, Luis, usted no sabe algo que ahora no le puedo explicar.

-Ah,¿si?

-Es natural que desconfíe de mí, no soy de Malabrigo y no me

conoce pero le aseguro que no es necesario que usted muera...

-¿Qué propone entonces?-preguntó Luis escéptico.

-Yo me aseguraré que no aborden.


-Compañero, me parece que a usted le pego mal la ginebra, sin

ánimo de ofenderlo...

-No me ofende, ¿de todos modos qué tiene que perder?, le daré

tiempo para que los apunte mejor y pueda sorprenderlos.

-Como quiera...

El haz del luz del reflector los seguía y se acercaba, Luis

detuvo el motor y dijo-Habría que echar el ancla.

-Déjeme a mí, usted quédese aquí, yo lo hago. -dijo Tomás y

salió a cubierta.

-¿Está seguro de lo que hace?

-No.

Tomás liberó la traba de la cadena y el ancla cayó al agua con

un sonido apagado. Permaneció parado junto al mástil mientras veía

como la lancha patrullera se acercaba protegiéndose los ojos con la

mano izquierda de la potencia del reflector. Aquí vamos de nuevo,

espero que esta vez nadie resulte muerto. La imagen de la mujer

desangrándose sobre el piso del pasillo de la prisión lo asaltó y le

produjo náuseas, eructó y el sabor de la ginebra volvió en una

percepción demorada. Sintió un escalofrío y tuvo que hacer un

esfuerzo para que el temblor no se extendiera.

-Prepárense para ser abordados.

Luis salió agachado de la cabina y trató de cubrirse detrás de

un cajón, echado sobre la cubierta apuntó al reflector. Tomás estaba

parado junto al mástil, su silueta quedaba claramente recortada por la


luz blanca y en cuanto comenzaran los disparos no tendría la menor

oportunidad de sobrevivir, pensó el marino.

-Repito, prepárense para ser abordados.

Tomás gritó-No pueden subir. -y su voz le sonó con un poder

que se le antojó extraño.

El sonido del motor de la lancha patrullera se hizo más

intenso, como si hubiera acelerado su marcha.

-No se resistan o dispararemos.

-Ya les dije, no pueden subir.

Luis se dispuso a disparar, la luz se extinguió y el motor de la

lancha se detuvo, sintió que una corriente eléctrica lo recorría, quitó el

índice de la cola del disparador y apoyó el arma en la cubierta. Se

puso de pie y preguntó-¿Qué pasó?

Tomás se volvió hacia él y dijo-No quisieron escuchar...

-¿Pero qué les pasó?

-No sé, ni quiero saberlo, pero ya no nos perseguirán... de eso

esté seguro

Luis se quedó mirándolo pensativo y preguntó-¿Qué va a hacer

ahora?

-Creo que tengo que volver a Malabrigo, necesito hablar con

Cacho.

Luis le palmeó afectuosamente el hombro-Usted es de los

nuestros. -prendió el motor eléctrico para levantar el ancla y los dos

entraron en la cabina.
Al cabo de diez minutos de navegación comenzaron a ver lo

que en un primer momento consideraron relámpagos sobre la costa

malabriguense, luego el estruendo de detonaciones que estremecían el

aire, más tarde líneas luminosas que cruzaban el aire de la noche y

concluían en estallidos rojizos.

-¿Qué carajo es eso? -preguntó Tomás.

-Se están sacudiendo en la zona del fondeadero militar.

-¿Pero quienes?

-Supongo que las fracciones que responden a Metco y a

Alsinoff...

-¿Una guerra civil?

-Hace rato que la prevemos...

-Por eso me ayudaron a salir de Malabrigo...

-Vea, compañero, usted ya había hecho lo suyo y tenía derecho

a volver con su familia...

-Y ahora, ¿cómo sigue esto?

-Trataremos de permanecer al margen, va a ser difícil pero no

hay cambio sin riesgo según dicen... ahora vamos a ver si

conseguimos dejar al "Pamperito" cerca de la costa, vamos a tener que

nadar unos metros, le anticipo...

-No va a ser peor que lo de lancha patrullera...

-Usté no pareció muy asustado.

-Lo estuve pero tuve que confiar...

-¿Está con usté, no?

Tomás se sorprendió por la perspicacia del marinero-¿Quién?


-Alguien, una presencia...

-Sí. Aunque no termino de entenderlo.

-Alguno de nosotros también lo tienen, pero no les gusta

mucho hablar de eso...

-No es algo fácil.

-Entiendo, bueno, lo hecho hecho está. Ahora hágame un favor

mientras acerco el "Pamperito" a la costa, agarre los dos chalecos

salvavidas que están en aquel armario. Ese, sí, están un poco viejitos

pero nos ayudarán a flotar hasta la costa.

Tomás le alcanzó un chaleco a Luis y comenzó a ponerse el

otro, mientras lo ajustaba, preguntó-¿Hay algún punto de reunión

fijado?

-Claro, la encrucijada, los que ven más lejos piensan que allí

podremos refugiarnos de la guerra.

-Espero que tengan razón.

-Yo también, compañero, yo también, bueno, creo que esto es

lo más cerca que podemos llegar.

-¿Bajo el ancla?

-Sí, el Pamperito ya hizo lo suyo.

Tomás salió de la cabina y volvió a liberar el ancla, miró hacia

la costa y vio que no estaban demasiado lejos, apenas unos cuarenta o

cincuenta metros. Luis salió de la cabina y le alcanzó una linterna-

Tómela, la necesitaremos cuando lleguemos a la playa, yo voy a tener

que cargar con esta-dijo, llevaba en su mano derecha un envoltorio de

plástico negro atado con bandas elásticas.


-¿Y eso?

-Pensé que podríamos sernos útiles si tenemos algún encuentro

desagradable. Espero que no, ¿listo?

-Listo.

-Trate de no alejarse demasiado de mí.

Luis se arrojó por la borda derecha y Tomás lo siguió. El agua

estaba fría pero casi no había oleaje y la suerte los había hecho

coincidir con la pleamar, consiguieron hacer pie en menos de diez

minutos.

-¿Y ahora? -preguntó Tomás.

-Y ahora a seguir caminando porque si no nos vamos a

congelar.

-¿Por dónde?

-A la izquierda, a un par de kilómetros tiene que haber un

sendero que nos va a sacar de la playa, por suerte la luna está casi

llena y va a ser más fácil ubicarlo.-Luis deshizo el paquete y se guardó

dos cargadores en el bolsillo de la campera, el cañón de la

ametralladora reflejaba apenas el resplandor lunar.

Caminaron por la playa y pronto entraron en calor; tal como

había dicho Luis había un sendero que atravesaba el bloque de rocas y

con un poco de esfuerzo pudieron acceder a la planicie. Mientras

subían vieron el resplandor de las explosiones en las cercanías del

puerto pero también hacia el centro de la ciudad. -La puta madre. -dijo

Luis.
Siguieron la marcha por la banquina de la costanera y

cuando ya comenzaba a clarear giraron a la derecha por el camino

vecinal que llevaba a la encrucijada desde el Este. Estaban cansados y

hambrientos; ansiosos por llegar para saber que era lo que estaba

pasando en Malabrigo, ninguno de los dos lo dijo pero temían que la

encrucijada no hubiera sido un refugio suficiente.


16.

-Guerra civil es el término, claro -admitió Metco conteniendo

la carcajada.

-Y usted será nuestro guía en esta instancia histórica -dijo el

hombre delgado, de ojos entusiastas,chupando con fuerza su cigarrillo.

-Vea, Coretti, yo soy un cuadro político, no tengo formación

militar.

-Usted encontrará la forma de guiarnos como ha hecho hasta

ahora.

-Lo intentaré, sólo puedo decirles que lo intentaré. -aceptó

Metco resignado preguntándose en qué terminaría todo ese caos.

Desde la explosión que lo había librado de la tortura de la presencia

espectral toda la acción había adquirido una velocidad insana: un

grupo de hombres, mujeres y travestis (alguno de ellos uniformados)

habían llegado hasta la celda y volado con una carga explosiva la

cerradura. Estaban imbuidos de una violencia que les había impedido

retirar las llaves de la sala de guardia, donde habían dejado los

cuerpos sangrantes y decapitados de los centinelas. Luego abrazos,

exclamaciones y la salida en andas del edificio.

En la calle una multitud que lo aclamó y lo vitoreó como a su

líder y ahora la explicación del delirante comandante metcoíta que

detallaba la situación en Malabrigo en el living de una casa tomada

por el movimiento a diez cuadras del frente de batalla. Las


detonaciones y el fuego de fusiles y ametralladoras se oían con una

claridad que a Metco le resultaba excesiva.

-Hasta ahora hemos encontrado apoyo en la policía, y las

fuerzas armadas, es como si se hubieran partido al medio, la mitad lo

sigue a Alsinoff y la otra mitad es nuestra...

-¿Y usted cómo ha llegado al mando? No lo he conocido hasta

hoy...

-No, jamás tuve la oportunidad de conocerlo, señor, yo era

suboficial de la armada, encargado de la guardia del comando central

y tuve que ajusticiar a todo el comando superior para plegar las tropas

al movimiento, claro que no estuve solo... pero era la única posibilidad

para que el cambio se impusiera de una vez por todas en Malabrigo.

Metco trataba de pensar con rapidez para poder hacerse una

imagen completa de la situación pero su poder de concentración se

escurría al tiempo que oía una carcajada, como un bajo continuo en su

cabeza. Aquellos infelices estaban convencidos de que lo que él había

dicho era cierto y no un argumento para destruir las máscaras y

provocar el caos. Lo paradójico era que el desorden generado se había

vuelto contra él en forma de halago, lo consideraban un prócer o ,peor

aún, un guía espiritual. La jugada prevista, su negociación con

Alsinoff y la entrega de los informes por una muerte indolora y

pública se había hecho imposible.¿Qué podía importar su muerte o la

confirmación de que miembros del Círculo Interior habían cometido

suicidio? La guerra no resolvería nada porque se luchaba por nada,

precisamente; el poder que Malabrigo había tratado de evitar durante


toda su historia era lo único que se mantenía firme, el lo podía sentir

con todo su peso y contundencia. Lo que volvía la cuestión al

principio:¿qué era lo que buscaba ese poder? Si se había propuesto la

destrucción del país estaba cerca de conseguirlo.

Coretti carraspeó con timidez sin atreverse a perturbar a su

líder en su meditación.

-¿Si, Coretti?

-Perdón, señor, pero creo que necesitará conocer la disposición

de nuestras tropas y las del enemigo.

-Veamos entonces.

Coretti desplegó un mapa sobre la mesa y comenzó a explicar-

Nuestras tropas están sobre el lado oeste de la ciudad, controlamos el

centro comercial, pero ellos han conseguido retener la mayor parte de

los edificios gubernamentales...

-¿Y el puerto?

-Se combate allí, señor, controlamos los barcos anclados en el

fondeadero militar pero estamos recibiendo fuego de algunos buques

que estaban en alta mar cuando se inició el movimiento...

-Si conseguimos derrotarlos podremos bombardear sus

posiciones desde el mar, claro, ¿y qué hay de la zona de la antigua

fortaleza?

Coretti se sorprendió y adoptó la expresión de un alumno

dedicado a quien se le marca un error grave.

-No sé, señor.

-¿No hay tropas enemigas allí?


-No lo sé, señor.

-Se nota, Coretti, que ha estado mucho tiempo encargado del

trabajo de custodia, la antigua fortaleza es un punto estratégico, desde

allí se controla visualmente toda la ciudad, además es un puesto

excelente para emplazar un puesto de artillería. ¿Qué hay del interior?

-El Noroeste hasta la frontera con Azuria es nuestro, el

enemigo controla el sur.

-¿Qué pasa con la fuerza aérea?

-Hasta ahora se han declarado neutrales y se han acuartelado

en sus bases.

-Bien, envíe destacamentos a las bases que estén dentro de

nuestro territorio. Tienen la opción de plegarse a nosotros o ser

fusilados sumariamente...

-Pueden intentar destruir los aviones, señor.

-Sí o volar al extranjero, infórmeles entonces que las

represalias las recibirán sus familiares.

-Brillante, señor, nada ni nadie pueden interponerse en el

triunfo de nuestra causa. ¿Algo más, señor?

-No por ahora.

-Notificaré sus instrucciones, señor, permiso.

Coretti se puso de pie y salió de la sala, y a pesar de que había

cerrado la puerta se escuchó su voz potente dando órdenes e

instrucciones con entusiasmo desesperado. ¿Qué otra cosa puede

hacer?, se preguntó Metco. Todos vamos a terminar de la misma

manera: desnudos, ignorantes y rotos. La risa que lo corroía se hizo


más intensa. Así que de nuevo jugando... una adicción francamente

irresistible, el material miserable de tu vida, el vacío que busca formas

que siempre se le escurren.


17.

Cacho se despidió y colgó, Marta lo miraba en silencio,

expectante. Cacho asintió con expresión apesadumbrada.

-Así que empezó...

-El problema no es como empieza sino cómo va a terminar...

-¿Vamos a la encrucijada?

-Sí, esperá que hago algunas llamadas.

-Mientras, me voy a hablar con Irma, no quiero que se

desespere. -Marta se puso una campera y salió.

Cacho permaneció inmóvil parado junto al teléfono sin

decidirse a llamar, suspiró, levantó el tubo e hizo la primera llamada.

Cuando concluyó, se sentó a la mesa y se tomó la cabeza entre las

manos. ¿Cuándo terminaría esa locura y tal vez, no menos importante,

¿cómo terminaría? Había elegido permanecer en Malabrigo a pesar

que desde su infancia era consciente de la monstruosidad que era su

núcleo, esperanzado en la posibilidad de que la perversidad en algún

momento pudiera revertirse. Su padre con una fe humilde pero

persistente había alimentado esa esperanza con una bondad que él no

creía haber heredado. El sargento Ojeda había sido un hombre bueno y

sencillo, que en la desolación de la posguerra había persistido en la

memoria. Un sabio de conocimiento ambiguo que creía con firmeza

en la redención del mal que dominaba Malabrigo, Cacho había

tomado ese legado pero ahora se le hacía pesado en su inconsistencia.

El mal y la muerte formaban un círculo inquebrantable que no podían


ser redimidos. Malabrigo era un aquelarre donde el ritual de la

destrucción continua sólo se ocultaba por un tiempo para tomar fuerza

y aparecer con mayor violencia y ferocidad. La encrucijada era un

refugio, pero,¿por cuánto tiempo? ,¿y después qué?, ¿no sería mejor

partir al exilio de una buena vez?

Se puso de pie y comenzó a caminar de un lado al otro de la

cocina, se dijo que era mejor pensar en dar una paso a la vez. Ahora

tenía la obligación de poner a salvo a todos los que no quisieran

inmiscuirse en la guerra, ya bastantes problemas habría para superar

los bloqueos que los bandos en pugna habrían establecido en las calles

de la ciudad.

Pensó en Tomás, que a esa hora ya debería estar a salvo en

Azuria, y por unos segundos lo envidió.

-Hola. -saludó Irma con voz tímida.

Cacho se volvió hacia la chica y por unos segundos no la

reconoció.

-Disculpame, no quise interrumpirte.

-No, no es nada, ¿cómo estás?

-Preocupada por mamá.

-No te preocupes, va a estar allí cuando lleguemos...

-¿Cuánto va a durar?

-No sé, pero tenemos que apurarnos no van a tardar en

militarizar la ciudad, ¿trajiste algún abrigo?

-Sí, claro.
Marta informó-Estaba bien preparada, se trajo un bolso lleno

de comida.

-Hiciste muy bien, Irma. Bueno, chicas, vamos.

Salieron de la casa, el sol temprano entibiaba el mundo y

apenas soplaba una brisa desde el mar que traía el sonido de

detonaciones.

-Están combatiendo en el puerto. -explicó Cacho.

Subieron a la camioneta y Cacho puso en marcha el viejo

motor diesel y esperó que tomara la temperatura adecuada, Marta e

Irma permanecieron en silencio.

Cacho condujo por calles secundarias tratando de evitar una

aproximación directa a la costanera; Irma dijo-No entiendo esta

guerra.

Marta explicó-No hay demasiado que entender, son sólo dos

fracciones que luchan por el poder....

-Precisamente es eso lo que no entiendo.

-El poder de Malabrigo se dividió en dos fracciones, los que

siguen a Alsinoff estan convencidos de que la imposición general del

canibalismo ritual conseguirá terminar con la anomalía, los que siguen

a Metco están convencidos de que la destrucción del gobierno es lo

que asegurará la desaparición de la anomalía.

-¿Pero entonces no tendríamos que estar con Metco?

-De ninguna manera -explicó Marta-Implicarnos en la guerra

nos igualaría a ellos, además Metco sólo busca generar caos; él

destruyó las máscaras para llevar a Malabrigo a una crisis terminal,


buscaba la muerte y necesitaba a Tomás como testigo de que no se

había suicidado...

-Podemos decir que tuvo algún éxito, aunque no previó la

reacción de Tomás ni su poder. -agregó Cacho.

-¿Poder? -preguntó Irma.

-Alsinoff o alguno de sus agentes intentó asesinarlo cuando

estaba en prisión pero Tomás no solamente zafó de ser asesinado sino

que también pudo salir de la prisión sin sufrir daño alguno, fue

entonces cuando lo encontramos en la plaza,¿te acordás?

-Sí, claro, pero no entiendo como puede tener algún tipo de

poder si no pertenece a Malabrigo.

-El nació aquí, y además es el nieto de Pablo Arregoitía a

quien no creo que conozcas.

-Nunca lo oí nombrar.

-Es lógico, la mención a su nombre y obras esta prohibida

desde hace más de treinta años.

-¿Por qué?

-Tenía un raro don, más allá de la capacidad literaria, claro,

todas sus obras mostraban la degeneración creciente de Malabrigo aún

cuando él no supiera conscientemente qué era lo que realmente

escribía, él escribió Los hijos de Saturno un año antes de que se

propusiera el canibalismo ritual en el Consejo, sólo estuvo quince días

en cartel...

-Lo de siempre. -admitió Irma con resignación-Y usted piensan

que de alguna forma Arregoitía ha vuelto para defender a su nieto...


-Algo así...

Habían llegado al fin de la calle y para acceder a la encrucijada

debían circular por un tramo de la costanera, Cacho detuvo la

camioneta y explicó-Podemos tener alguna dificultad un poco

adelante, Irma, estate atenta pero no te asustes.

La camioneta giró a la derecha, continuó por dos cuadras y

llegó a la costanera. Abajo, hacia la derecha se veían explosiones de

un naranja intenso y columnas de humo que la brisa dispersaba de a

poco.

Cuando tomaron la avenida, vieron que a un par de cuadras

aparecía un bloqueo: una barricada hecha con tambores de

combustibles y maderas arrancadas de una obra en

construcción,;estaba custodiada por dos hombres, uno llevaba el

uniforme de la policía urbana y el otro era un civil, los dos cargaban

ametralladoras. El uniformado hizo una seña para que se detuvieran

cuando estuvieron a unos veinte metros, el otro apuntaba a la

camioneta.

-No se puede seguir por acá. -observó el uniformado.

-¿Por qué? -preguntó con tranquilidad Cacho.

-Ordenes del Comando Central, nadie puede salir de la ciudad

sin autorización superior.

-¿Por qué no llama a su compañero?

-Señor, tengo órdenes de disparar a cualquiera que

desobedezca la normativa.

-Usted no disparará.
El guardia quedó inmóvil en su lugar, con la mirada vacía, el

otro hombre alarmado, se acercó corriendo a la camioneta. -¿Qué pasa

aquí?-preguntó con una voz autoritaria que intentaba alejar la

inseguridad que experimentaba.

-Nada, solamente estaba hablando con su compañero y

comentando cómo van a liberar la avenida para que podamos pasar. -

explicó Cacho persistiendo en su tranquilidad.

-Sí, claro, señor, vamos Felipe, tenemos que sacar las tablas.

-¿Hipnosis?-preguntó Irma maravillada.

-No lo sé con exactitud, es un procedimiento que le vi realizar

por primera vez a mi padre, entonces me dijo que sólo era una ayudita

de los invisibles.

Los guardias, entretanto, estaban quitando las tablas que

obstruían el paso.

-¿Invisibles? Para mí eran bien reales y aterrorizantes.

Marta le pasó la mano sobre el hombro y la atrajo hacía sí-Era

el lugar desde donde veías, Irma, ahora ya no tenés que temer más,

vos decidiste voluntariamente dejar la máscara....

El paso había quedado liberado, Cacho puso primera y pisó el

acelerador, los guardias se quedaron en posición de firmes parados

junto a los tambores. Cuando los dejaron atrás, Irma preguntó-¿Qué

les va a pasar ahora?

-Nada, solamente se olvidarán de que nos han visto y se

sorprenderán de que la avenida no esté bloqueada.


-Están acostumbrados a no ver lo que no quieren. -comentó

Marta.

Siguieron por la costanera y pudieron ver la batalla que se

libraba en las proximidades del puerto: el fuego de los cañones, los

estallidos sobre las estructuras, los restos de los barcos que no habían

terminado de hundirse y pequeñas formas blancas flotando a la deriva.

Irma señaló hacia el lugar y antes de que pudiera preguntar,

Marta dijo-Sí, son cuerpos.

Cacho hizo girar la camioneta a la izquierda, dejaron atrás la

costanera y se internaron en un barrio de casas bajas y pobres; a

medida que avanzaron hacia el oeste las casas fueron desapareciendo

hasta que transitaron por una colina cubierta por pastizales con

algunos árboles dispersos. El camino descendió con rapidez y al frente

apareció un grupo de árboles que señalaba la encrucijada, a su sombra

había camiones, autos, camionetas y personas que armaban carpas,

juntaban leña o charlaban en grupos.

Algunos empezaron a saludar a los gritos cuando reconocieron

la camioneta, Cacho estacionó y bajaron, un grupo de hombres y

mujeres se acercó a él y Cacho les indicó que se apartaran un poco del

resto.

Una mujer pelirroja, cincuentona, vestida con un buzo celeste

que daba profundas y frecuentes pitadas a su cigarrillo fue la primera

en hablar-Cacho, muchos no van a poder llegar hasta aquí si no

hacemos algo, completamos la cadena de llamados pero los bloqueos


fueron muy rápidos en la zona controlada por los metcoítas y muchos

fueron retenidos.

Un joven delgado, de anteojos dijo-Yo vi como retenían a una

familia completa a cuatro cuadras de la Casa del Consejo.

-¿ Y por qué no interviniste?

El joven bajó la vista y no respondió.

-Todos tenemos miedo, Eduardo, pero tenemos que combatirlo

si queremos resistir hasta que la guerra acabe. -dijo un viejo delgado y

calvo, que jugaba con un llavero.

-Javier tiene razón, Eduardo. -agregó Cacho-Vos tenés un don

que pocos tenemos y debiste usarlo para ayudar a esa familia.

-No pude, no soporté los tiros ni las explosiones.

-Déjenlo tranquilo-pidió una mujer rubia y regordeta que había

escuchado impaciente la conversación descargando el peso de su

cuerpo sobre una y otra pierna.-Tenemos que decidir de qué forma

vamos a ayudar a la gente que ha quedado retenida.

-Es que la actitud de Eduardo es parte de la cuestión. -explicó

Cacho con paciencia-Somos apenas diez o doce los que manejamos el

don y todos somos necesarios...

Javier dijo-Podemos relevar de la obligación a aquellos que no

se sientan capaces.

-Nadie está obligado a hacer nada. -aclaró la pelirroja-Eso es lo

que nos diferencia de los que se están matando allá...


Cacho dijo-No te confundas, Delia, por el contrario, todos

tenemos aquí una obligación, que no tengamos un código de disciplina

explícito no quiere decir que no tengamos que tener una disciplina.

Irma no podía prestar atención al diálogo que mantenía Marta

con el grupo de personas en torno al fuego que habían encendido a un

lado de los árboles, sabía que el diálogo importante se desarrollaba en

el grupo en que estaba Cacho. Se sentía rara, con un mareo que de

ninguna forma era físico, en unos pocos días todo lo que había

designado como su vida, se había disuelto. Y entonces, con culpa,

recordó a su madre; Cacho le había dicho que iba a estar allí, pero

hasta entonces no la había visto, se separó del grupo y comenzó a

caminar bajo los árboles y entre los vehículos, y vio que un grupo de

adolescentes y chicos estaban levantando carpas y cavando zanjas

dirigidos por un hombre alto y delgado vestido con ropas deportivas,

junto él estaba parada un mujer pequeña y delgada cubierta con un

abrigo marrón.

-Mamá.

-Irma, hijita, pudiste salir!

Se abrazaron y luego su madre le presentó al hombre que

dirigía las obras, se llamaba Ricardo y era profesor de Educación

Física.

-No sabemos cuánto tiempo durará la guerra y tenemos que

disponer de la mejor forma nuestra estadía aquí. -explicó Fernando


-Claro, claro. -aceptó Irma. Su madre la miró pensativa durante

unos segundos y luego, con lágrimas en los ojos, la tomó de la mano y

le dijo-Estoy tan contenta de que estés aquí, él nos protege.

Fernando se disculpó y se acercó a los chicos que estaban

trabajando para darles indicaciones. Irma tardó en comprender que

con ese "él", su madre se estaba refiriendo a su hermano que estaba

enterrado a pocos metros.

-Tuve tanto miedo de que decidieras quedarte allá, con ellos.

-Mamá.

-Sí, tal vez fue injusto, pero pediste la máscara, la usabas todos

los días, ¿qué podía pensar yo entonces?

-¿Por qué no me dijiste, mamá, por qué no me dijiste?

-No pude, después de la muerte de tu hermano, intenté

negarme a saber, a asumir todo hasta el final y sólo me quedó el

alcohol...

-Pero estaba yo.

-Claro que estabas vos, nunca dejé de tenerte en cuenta, y eso

me daba más miedo...

-No entiendo.

-Habíamos criado a tu hermano para que nunca tuviera que

usar máscaras, para que siempre fuera consciente de lo real detrás de

la impostura; pero Esteban no lo soportó, tal vez lo presioné

demasiado, tal vez estaba en su naturaleza, pero no lo soportó y pensé

que quizá me había equivocado y que hubiera sido mejor que se


hubiera adaptado al rostro de Malabrigo, por eso cuando vos pediste la

máscara pensé que eso era lo adecuado... al menos seguirías viva...

Irma la abrazó.

18.

Después de llamar a Alsinoff, Lopresti se quedó parado junto

al escritorio, su jefe le había asignado la misión de relevar los sectores

que aún permanecían fieles a la autoridad estatal y la inspección no

había sido demasiado halagüeña. Contaban con menos de la mitad de

los efectivos de la ciudad, y la marina de guerra se había partido y

combatía en las proximidades del puerto. Lopresti comenzó a pensar

en cuál sería la mejor forma de abandonar Malabrigo; unos golpes

violentos en la puerta lo sacaron de su meditación, un teniente de la

guardia entró y dijo-Perdón, señor, pero los rebeldes han tomado

posición a una cuadra, si no intentamos salir ahora, tal vez mas tarde

no lo consigamos.

-Está bien, lo sigo.

El teniente preguntó-¿Tiene arma?

Lopresti sacó orgulloso la pistola automática de la sobaquera.

-No creo que sea suficiente, señor.

-¿Tan mal están las cosas? -preguntó Lopresti tratando de que

su creciente miedo no se hiciera evidente.

-Bajemos, le daré una ametralladora.

Salieron de la oficina y cuando habían llegado al descanso del

primer piso una ruidosa explosión se produjo por encima de ellos.


-Morteros. -explicó el oficial mientras trotaban escaleras abajo,

cuando llegaron al vestíbulo del edificio, la imagen paralizó a

Lopresti; los vidrios frontales estaban rotos y esparcidos por el suelo,

la recepcionista yacía sobre el mostrador con el cráneo ensangrentado

y roto descansando sobre el brazo izquierdo. Los sillones y los dos

sofás estaban ocupados por policías muertos y heridos; algunos, por

sus posturas, parecían estar durmiendo una siesta o descansando las

piernas al cabo de una guardia prolongada. Frente a la entrada había

cuerpos de hombres y mujeres, el teniente explicó-Son los empleados,

entraron en pánico, les pedimos que aguantaran hasta que acabáramos

con la ametralladora pero no quisieron oír.

El sonido de los disparos era ensordecedor, había policías

disparando con regularidad apostados entre los cadáveres; el teniente

sacó a Lopresti de su inmovilidad alcanzándole una ametralladora que

había quitado de las manos de un policía muerto-Tome, ¿sabe cómo

utilizarla?

-Sí, claro. -respondió Lopresti recordando fugazmente el

período de su instrucción militar, aunque, claro, esta no había incluido

cadáveres, o la posibilidad de llegar a ser uno de ellos al momento

siguiente.

Otra explosión sacudió el edificio.

-Vamos, señor, tenemos que salir de aquí pronto.

Los dos se acercaron a la entrada tratando de no pisar los

cuerpos, los policías seguían disparando hacia la bocacalle de la

izquierda.
-¿Cómo están las cosas?

-Estos turros tiran con fusiles automáticos, pero desde hace

rato intentan desplazar una ametralladora para reventarnos del todo,

hasta ahora lo evitamos pero nos estamos quedando sin munición.

-Tenemos que llegar hasta la Casa del Consejo, allí estaremos

seguros. -dijo Lopresti.

-Va a ser difícil, pero lo intentaremos, Peretti y Gómez se

quedaran aquí cubriéndonos, el resto saldremos a un mismo tiempo

hacia la derecha, cuando encontremos reparo los cubriremos desde

allí, allá a la derecha hay una camioneta y un par de autos, allí

buscaremos cubierta. ¿Entendido?

-Entendido, señor.

-A la cuenta de tres. ¿Está listo, señor?-preguntó el oficial a

Lopresti.

-Sí, claro.

-La ametralladora.

-¿Qué?

-No la cargó, señor.

-Ah, sí, claro. -admitió Lopresti y desplazó la corredera hacia

atrás.-Listo

-Atentos, uno, dos, tres.

Peretti y Gómez comenzaron a disparar breves y continuas

ráfagas, el resto saltó sobre los cadáveres y restos de mampostería y

comenzó a correr con desesperación buscando la protección de los

vehículos; cada tanto giraban y disparaban hacia los enemigos que


estaban detrás de ellos, a excepción de Lopresti que corría a toda

velocidad para encontrar refugio detrás de la camioneta, con violentas

palpitaciones en las sienes, sospechando que la muerte lo sorprendería

antes de poder llegar a su meta. Cuando se arrojó detrás de la

camioneta y se atrevió a mirar hacia atrás vio que todos los hombres

que habían salido con él habían caído y estaban dispersos por la calle

muertos o moribundos, tiñendo el pavimento con su sangre y sus

vísceras. Los dos policías que se habían quedado en el edificio,

seguían disparando. Pensó que debía disparar para cubrirlos pero se

dijo que era inútil, sólo serviría para delatar su posición. Una ráfaga de

ametralladora acribilló la camioneta, perforando la chapa y

destrozando los vidrios. Ahora o nunca, ahora o nunca, se dijo y corrió

desesperado hacia la esquina oyendo como las balas picaban detrás

buscándolo. Dobló la esquina y se encontró frente a un grupo de

civiles armados, reconoció a una de las mujeres. -Hola, Silvia. -dijo

sonriendo.

-Es uno de ellos, responsable de las ejecuciones en la radio, la

mano derecha de Alsinoff.

-Pero, Silvita,¿qué decís?

-Matémoslo ya. -alentó otra mujer.

Tres o cuatro se acercaron apuntándolo.

-No. -dijo una voz clara y enérgica, del grupo se desprendió

una mujer joven y delgada vestida con un mono gris que cargaba sin

dificultad un fusil pesado-Tenemos órdenes precisas de llevar a todos

los cuadros capturados ante Metco.


-Pero merece morir. -reclamó Silvia.

-Seguramente. -aceptó la muchacha del fusil-pero debemos

cumplir lo que nos ha sido ordenado, la disciplina es fundamental

para ganar esta guerra.

Lopresti aún tenía la ametralladora en sus manos como un

objeto extraño e inútil, se la quitaron, le ordenaron llevar las manos a

la espalda y lo esposaron.
19.

Amelia estaba tomando té sentada a la mesa de la cocina

cuando Sarita le dijo que el chofer del señor Alsinoff la estaba

esperando en el living, el señor lo había enviado para comunicarle

algo muy importante.

Amelia suspiró, se levantó y caminó hasta el living.

-Discúlpeme, señora, por no haberme anunciado

telefónicamente, pero las líneas no son seguras.

-Me alarma, Verduk, ¿qué pasó?

-La situación es grave, señora, hubo una sublevación y hay

enfrentamientos en el centro y en la zona del puerto, el señor quiere

que usted se ponga a salvo hasta que terminen los incidentes, lo más

adecuado es que se traslade hasta un lugar controlado por las fuerzas

leales.

-Entiendo, ¿quienes son los sublevados?

-Los seguidores del traidor Metco, asaltaron la cárcel y lo

liberaron.

-¿Y cuáles son sus órdenes, Verduk?

-Llevarla hasta la casa del Consejo.

-¿Esa es la idea que tiene mi esposo de la seguridad? No, no

estoy de acuerdo.

-Señora...

-Nada, Verduk, voy a hacer una rectificación de sus órdenes.


Verduk intento iniciar una discusión, pero la mirada de Amelia

lo desalentó.

-¿Tiene suficiente combustible como para llegar hasta Azuria?

-Si, señora. -admitió Verduk resignado.

Amelia llamó a Sarita y le ordenó que le preparara un bolso

con ropa para una semana; encendió un cigarrillo y comenzó a

pasearse por la habitación, Verduk permanecía de pie, inmóvil, con

una expresión de preocupación en su rostro.

-Siéntese, Verduk, Sarita demorará un rato.

-Gracias, señora.

-¿Qué piensa, Verduk?

El chofer suspiró, cruzó las piernas y sacó un atado de

cigarrillos-¿Puedo?

-Claro, ¿tiene fuego?

-Sí, gracias. -Verduk encendió el cigarrillo, exhaló la primera

pitada y dijo-Pienso muchas cosas, señora, aunque esa no sea mi

función, precisamente y rara vez alguien me pregunte que es lo que

pienso.

-Perdóneme, no quise ser indiscreta.

-No, no es eso; usted me preguntó que pensaba y se lo diré: lo

que está pasando no es bueno y cuando concluya Malabrigo no

volverá a ser la misma.

-Coincido con usted.

-Por eso se va.

-Nada me ata a este lugar.


-¿Está segura?

-Absolutamente, Verduk, absolutamente... ah, Sarita, ya

terminaste, muchas gracias.

-Señora...

-¿Qué, Sarita?

-¿Cuando va a volver?

-No lo sé.

La mujer la miró compungida y Amelia comprendió que su

decisión había desordenado por completo la vida de Sarita, se sintió

egoísta y miserable y tuvo que decir-Podés venir conmigo.

Los ojos de Sarita se iluminaron durante unos segundos pero

al cabo recuperaron la expresión de resignación que los caracterizaba-

Me encantaría, señor, jamás salí de Malabrigo, pero mis padres están

grandes y me necesitan, soy la única hija que les queda...

-Podrías quedarte aquí cuidando la casa, pero mi marido dice

que este lugar no será seguro...

-Está bien, señora, ya me arreglaré de alguna forma. Cuídese.

Amelia la abrazó y cuando se separaron había lágrimas en los

ojos de las dos.

-Vos también cuidate.

Salieron y caminaron hacia el auto, Amelia volvió a abrazar a

Sarita, le dio el dinero de dos meses de sueldo, se separó de ella en

silencio, acomodó el bolso y subió al auto. Su decisión era firme pero

le dolía esa forma de partir.


Dejaron atrás la casa y circularon por las calles del barrio

residencial hasta acceder a una avenida que seguía hacia el Oeste, las

calles estaban desoladas a pesar de ser un día laborable. No había

camiones de reparto, ni omnibus ni transporte de escolares y los autos

que se veían estaban inmóviles. Amelia bajó la ventanilla, quería

escuchar algún sonido que desmintiera su impresión de estar

circulando por un inmenso cementerio urbano, pero no lo consiguió:

sólo pudo oír el sonido que producía el auto al rodar, las hojas de los

árboles al mecerse ante la brisa y un lejano sonido sordo e irregular.

-Esto me da miedo.

-A mí también, señora. -admitió Verduk-Muchos han

marchado hacia la guerra y otros están expectantes dudando por quién

tomar partido, haciendo sus cálculos miserables... pronto se verán

obligados a decidirse.

-¿Y usted, Verduk?

-Yo no hago cálculos, señora, yo soy un soldado.

-Pero puede revisar sus decisiones...

-No decido, señora, obedezco órdenes...

-No esperaba otra cosa de usted.

Dos náufragos a la deriva por la planicie, no somos más que

eso. ¿Será Verduk consciente de su desamparo?,¿Qué cosas lo

impulsarán a aferrarse a los restos de lo que fue?. Un cigarrillo,

necesito un cigarrillo. Las cartas están echadas, hace tiempo que el

curso es irreversible, sólo que ahora se está jugando la última mano.

Sarita, tendría que haberla traído conmigo,¿quién sabe que puede


pasar con la casa? Tengo que llamar a Victor y decirle que la ponga

bajo custodia, pero ahora no, no soy capaz de mantener una

conversación con él ahora, ya tendré tiempo cuando llegue a Azuria.

Sí, la tendría que haber traído a Sarita. Es una sobreviviente nata pero

no sé si encontrará alguna forma de no ser arrastrada a la guerra. ¿Y

yo? Yo no tengo salida, desde que murió Gonzalo no tengo salida,

quiero un final tranquilo, quiero morir atenta a su recuerdo.


20.

Alsinoff seguía con la vista las indicaciones del general sobre

el mapa pero pensaba en Amelia, no podía entender por qué se había

ido y esa incomprensión lo atormentaba; lo más grave era saber que

era sólo la conclusión de un proceso iniciado mucho tiempo atrás.

Además, la necesitaba aunque odiara admitirlo, tal vez más que nunca

antes, quizá ella había previsto esa necesidad y precisamente por eso

se había marchado.

-Y esa es, señor, la situación actual...

-¿Se sabe qué pasó con el edificio de Inteligencia Interna?

-Hace dos horas que perdimos todo contacto, debe haber caído

en manos de los metcoítas. -informó el general, un hombre delgado,

canoso, con el rostro surcado por diminutas arrugas, apesadumbrado.

-¿Cuánto tiempo tardará la flota en tomar posición?

-Unos veinte minutos. -respondió el hombre obeso, vestido con

uniforme azul de la marina e insignias doradas de almirante.

-Bien. -dijo Alsinoff.

-¿Está seguro de esa decisión? -preguntó el almirante.

Alsinoff lo miró con una expresión que consideraba

intimidante-¿Y a usted qué le parece, almirante?

-No estoy seguro, señor.

-Le explico, almirante, nuestro objetivo es ganar la guerra.

-Lo comparto plenamente, señor, pero en toda acción de guerra

hay que hacer una relación costo-beneficio, usted plantea el


bombardeo del sector controlado por los metcoítas, pero ese

bombardeo implica la destrucción de la mitad de la ciudad y no

estamos seguro de que sea efectivo.

-¿Qué propone entonces?,¿De qué forma podemos vencer su

resistencia si nos superan en número?

-Un ultimátum, señor.

-¿Cree que no le he pensado? Sería inútil, Metco obtendría

tiempo para seguir presionando con sus fuerzas terrestres y no cedería;

el busca el caos completo y sus seguidores lo apoyan con fanatismo,

pero si lo consideran adecuado hagan el intento...

Un silencio notable se instaló en la habitación, un silencio que

se limitaba a lo discursivo ya que el ámbito estaba dominado por el

sonido de las respiraciones, el jugueteo de dedos sobre llaves,

lapiceras, anteojos y el desplazamiento de borceguíes y zapatos sobre

el piso de madera.

-¿Y bien, caballeros?-preguntó Alsinoff con gentileza taimada.

Sabía que los asistentes estaban evaluando las ventajas y costos del

bombardeo-¿Qué dice usted, almirante?

-Debe ordenarse el bombardeo.

-Que sean precisos, almirante, queremos ganar la guerra, no

morir bajo fuego propio.

-Sí, señor. -admitió el almirante resignado, y salió de la

habitación para dar las instrucciones necesarias.

Entonces sonó el teléfono, el general atendió la llamada,

mantuvo una breve conversación y palideció.


-¿Y ahora?

-La fuerza aérea responde a los metcoítas, señor.

Metco se enteró de la rendición de la parte de la flota que le

respondía temprano en la mañana, una hora después del amanecer,

enseguida le informaron de la subordinación de la fuerza aérea.

Ambos bandos parecían tener asegurada la destrucción. Un buen final

para toda la historia.

Coretti entró a la habitación, saludó con respeto y pidió

permiso para sentarse. Se lo veía cansado, los ojos aparecían rodeadas

por marcadas ojeras que le daban el aspecto de un mapache pecoso, y

la mirada exaltada y entusiasta del primer día parecía cubierta por un

velo translúcido que le restaba entusiasmo y potencia. La concreción

de la guerra ha apagado bastante su ardor guerrero y fundamentalista,

pensó Metco.

-Tendría que dormir un poco, Coretti.

-Tendría, pero hay demasiado que hacer, cuando ganemos la

guerra ya tendré tiempo de descansar...

-¿Cómo están las cosas?

-Estamos avanzando en el centro, de a poco vamos venciendo

la resistencia, pero es cuestión de tiempo que empiecen con el

bombardeo naval...

-Me pregunto si Alsinoff se atreverá a dar ese paso.

-Yo creo que sí, señor, sus tropas están cediendo en toda la

ciudad, es su única opción, debilitarnos con el bombardeo.


-Lo que todavía no sabe es que nosotros también podemos

bombardearlos, ¿qué porcentaje de subordinación tenemos en la

fuerza aérea?

-Yo diría que un poco más del ochenta por ciento.

-¿Puede hacer que esa información llegue sutilmente al

enemigo?

Coretti se quedó mirándolo sorprendido, hasta que comprendió

la intención, entonces sonrió deslumbrado y comentó-Eso lo hará

reflexionar sobre la posibilidad de bombardearnos... señor, la cuestión

está resuelta, no dependemos de la decisión del enemigo...

-Prosiga, Coretti, prosiga.

-Podemos ordenar a la fuerza aérea que bombardeé la flota.

-Bingo, Coretti.

-Con eso ganaremos la guerra, señor. -exclamó Coretti

recuperando su entusiasmo primigenio.

-Bueno, Coretti, bueno. Aumentamos nuestras posibilidades

pero en la guerra nunca hay seguridades absolutas... hagamos esto en

dos fases: haga llegar la información al enemigo y observemos el

comportamiento de la flota, si está continua su progresión hostil o

inicia el cañoneo, la atacaremos.

-Perfecto, señor, voy a transmitir sus órdenes, permiso. -dijo

Coretti entusiasmado, se puso de pie y salió de la habitación.

Metco caminó hasta la ventana, desde ahí podía ver el mar y el

sol recortando la silueta de los barcos enemigos que se acercaban

desde el norte, un poco más acá podía distinguir los vehículos: jeeps,
tanques y acorazados de transporte de personal. Seguramente

constituían la reserva porque permanecían inmóviles y sin abrir fuego.

Había decidido dar la orden de no atacarlos para no delatar su

posición, estaba cómodo en ese edificio y no tenía voluntad de

trasladarse.

Hubo un golpe en la puerta, Metco autorizó el ingreso y entró

una mujer delgada vestida con el uniforme de la policía urbana-Señor,

hemos capturado a un cuadro alsinoffista, y como usted ha dicho que

quería verlos personalmente...

-Sí, claro, ¿Cuál es su nombre?

-Lopresti, Italo, oficial de inteligencia interna.

Metco sonrió divertido disfrutando de la situación-Condúzcalo

hasta aquí.

-Si, señor. -dijo la mujer, salió del salón y al cabo de unos

segundos volvió a entrar con un hombre que traía esposado a Lopresti.

-Benditos los ojos que lo ven, Lopresti. Siéntelo ahí-ordenó al

guardia.

El hombre arrojó a Lopresti en un sillón y se paró en posición

de firme junto a él.

-¿Qué se siente haber elegido el bando incorrecto?

-No tengo porque responder más de lo que enuncia la

convención de Ginebra.

-Vamos, Lopresti, no sea payaso, esto es una guerra civil y

bien sabe usted donde se encuentra, ¿o acaso se ha privado de

disfrutar sabrosos manjares en exclusiva? Usted no es nada, sólo


respira porque yo he decidido tener el placer de hablar con todos los

cuadros leales que mis tropas puedan capturar... si ahora decidiera

descuartizarlo, nada me lo impediría... así que, por favor, responda mi

pregunta.

Lopresti permaneció en silencio.

Metco dijo-Señorita, sáquele las esposas, soldado, usted

siéntelo en ese sillón e impida que se mueva

El soldado tomó a Lopresti por los hombros y lo obligó a

apoyar la espalda contra el respaldo del sillón.

La mujer esperaba órdenes parada junto a Lopresti, Metco

dijo-Quiero el dedo meñique izquierdo.

-No. -gritó con desesperación Lopresti intentando liberarse.

-No grite, Lopresti, agrega un patetismo innecesario a la

escena.

La mujer tomó un cortapapeles que había sobre el escritorio y

apoyó la mano izquierda de Lopresti sobre el apoyabrazos del sillón

mientras el soldado lo mantenía sujeto. El corte fue rápido y prolijo,

la mujer tomó el dedo y se lo alcanzó a Metco.

Lopresti lloraba y se convulsionaba, su rostro había adquirido

una tonalidad rojiza, emitía un sonido difuso a mitad de camino entre

el aullido y el sollozo a pesar de que el soldado le había liberado la

boca.

-Esto es poder, Lopresti. -dijo Metco mientras le mostraba el

dedo balanceándolo.-No la pasión enfermiza que usted experimentaba

cuando ejercía de mandadero de Alsinoff...


-Necesito un médico... me estoy desangrando...

-No sea exagerado; Metco, nadie se desangra tan rápido...

además disfrútelo, mientras sufra y sienta miedo sabrá que está vivo...

-¿Por qué este sadismo?, yo sólo obedecía órdenes

Metco rió divertido-Y justamente usted se queja por el

sadismo, qué gracioso.

-¿Qué es lo quiere?

-Pasar el tiempo de la mejor forma posible, a propósito, ¿qué

sabe de la guerra?

-Poco, su flota ha sido vencida, ustedes controlan la mayor

parte del centro, nada más.

-¿Cree que Alsinoff puede ordenar un bombardeo naval?

-Sí, no tiene otra opción para recuperar el territorio perdido.

¿Podría hacer que me atiendan la herida?

-Todavía no sé si vale la pena, ¿conoce las claves de

transmisión?

-Sí, pero ya las habrán cambiado.

-No si piensan que usted fue muerto en el ataque al

departamento de inteligencia interna.

-Mi vida no valdrá nada si le digo las claves.

-Ya no vale nada, Lopresti, haga lo que quiera, me está

empezando a aburrir, pensé que me iba a sorprender mostrando algún

tipo de valentía.

-Colaboraré, le diré las claves. quiero estar de su lado...


-¿Y por qué traicionaría a su guía y mentor?,¿sólo por

cobardía?

-Tengo miedo, pero no es eso, yo también he hecho mi

evaluación...

-¿Y cuál sido el resultado de su evaluación?

-Usted ganará la guerra.

-¿Y en que fundamenta esa conclusión?

-He visto combatir a sus tropas, y he visto combatir a los

leales, los suyos tienen una convicción completa en su causa, desde

que se inició el levantamiento los leales no hacen otra cosa que

retroceder...

-Podría equivocarse.

-Lo dudo.

-De modo que lo suyo no es cobardía sino...

-Conveniencia y voluntad de poder... usted reconstruirá

Malabrigo.

Metco le envidió a Lopresti su creencia de que aún era posible

un futuro y dijo-Está bien, ordenaré que lo atiendan.

-El dedo, señor, pueden reimplantármelo.

-No joda, Lopresti, es bueno que tenga un recordatorio

permanente- dijo Metco, y le ordenó a la mujer que se llevara a

Lopresti, lo hiciera atender y le asignaran un alojamiento y un lugar

para trabajar en el edificio.

Otro payaso más en el circo, otro imbécil alucinado con la

posibilidad de tener un futuro aquí, se dijo, y por primera vez pensó


con seriedad en la posibilidad del suicidio. Ya no lo atormentaban las

imágenes y sonidos, ahora sólo había silencio y una sensación de

cansancio agobiante.

Se sentó en el sillón y contempló el dedo de Lopresti que había

olvidado sobre el escritorio, el despojo había manchado de sangre la

superficie laqueada, se pasó la lengua por los labios, experimentaba un

apetito voraz, trató de resistir el impulso pero la lucha fue breve, tomó

el meñique y mordisqueó la carne desgarrada.

21.
Tomás estaba sentado con la espalda apoyada en un árbol,

apartado de las personas sentadas junto al fuego que comían, bebían y

charlaban; no notó que Cacho se acercaba hasta que estuvo junto a él

.-¿Pensativo?

-Un poco.

Cacho se sentó y dijo-No te vi cuando volviste del centro y

quería saber cómo estabas...

-Fue un viaje tranquilo, hasta divertido, Eusebio es un

personaje...

-Sí, es un tipo macanudo, ¿y vos, cómo te manejaste?

-Bien, fueron buenas tus instrucciones, por lo menos esta vez

no maté a nadie.

-Me alegro, no quiero que eso te pese...

-¿Sólo por eso me diste las instrucciones?, ¿no te importa que

la gente muera?

-La verdad que esa gente no, están muertos desde que

decidieron participar en la guerra, sólo que aún no se han dado

cuenta...

-No estoy de acuerdo pero por ahi es porque no estuve aquí el

tiempo suficiente...

-No es sólo una cuestión de tiempo, Tomás, no es una cuestión

de tiempo...

-Tal vez no, estoy harto de tanta muerte, no soy un soldado,

jamás lo seré.
-¿Por qué volviste?

-Tenía que hacerlo, no podía volver a casa y pretender que

nada había visto... no sé, no puedo explicarlo... hace una semana era

un mediocre periodista de espectáculos que sólo intentaba sacarse de

encima a la ex-esposa y criar de la mejor manera a su hija y hoy he

caminado entre los cadáveres y las ruinas de una ciudad que me había

parecido deslumbrante...

-¿Estás arrepentido?

-No, para nada...

-Me decirte que todo esto terminará pronto...

-¿Cómo va la cosa?

-A últimas horas de la tarde la fuerza aérea controlada por

Metco destruyó a la flota leal y el combate en el centro ha

recrudecido...

-Está más cerca de concluir entonces...

-Eso parecía pero hay rumores de que tropas del interior leales

avanzan sobre la zona controlada por Metco...

-Más muerte entonces.

-Eso parece...

-¿Qué es lo que te preocupa?

-Gane quien gane la guerra el siguiente paso será intentar

aniquilarnos...

-Pero aquí estamos protegidos.


-Sí, pero sólo por un tiempo. Los alimentos, los combustibles y

la provisión de agua potable no durarán más de quince días, luego

tendremos que salir...

-Podremos salir los mismos que fuimos a buscar a los que

habían quedado bloqueados...

-Sí, claro, pero no podemos mantener esa situación

indefinidamente, si sólo fuéramos capaces de ganar al menos una

vez...

-Vos decís ganar la guerra sin participar...

-Sí, claro, me molesta pensar que lo único que podemos hacer

es esperar que las cosas no terminen mal del todo...

-También lo pensé y creí que vos tendrías alguna idea.

-Ideas, ideas tengo muchas, siempre tuve ideas, pero no sé

demasiado, tengo intuiciones fugaces, pero nunca alcancé a tener una

visión completa. -explicó Cacho, sacó un cigarrillo del bolsillo de la

camisa, lo encendió, dio un par de pitadas y preguntó-¿Y vos?

-Yo sólo sé que hay un poder que actúa a través de mí, quiero

creer que es mi abuelo, que de alguna forma vuelve, pero es más un

deseo que un certidumbre. Lo que no comprendo es por qué ellos

hablan de espectros, por qué experimentan tal grado de terror...

-Yo tampoco termino de entenderlo... sólo sé que les

demostramos que podemos utilizar ese poder…

-¿Y entonces?

-No sé, sólo es cuestión de tiempo que se den cuenta de que

somos el verdadero enemigo…


Pañuelos, rectángulos de tela plegados que guardan

porciones de tierra extraídas de las tumbas de la encrucijada llevan en

los bolsillos los que marchan por la avenida costanera iluminados por

el sol que emerge del océano, sus sombras largas se desplazan por la

hierba de la banquina.

Tomás sintió que lo sacudían y llamaban, tardó en despertar,

como si le costara desprenderse de un sueño agradable. Abrió los ojos

y vio a Cacho iluminado por la cambiante luz del fuego.

-¿Qué pasa?

-Levantate y mirá.

Tomás salió de la bolsa de dormir, se incorporó y miró hacia

donde señalaba Cacho: los habitantes del campamento caminaban

hacia las tumbas o formaban grupos en el camino.

-¿Qué hacen?

-Están preparándose para la marcha.

-¿Marcha, qué marcha?

Cacho sonrió y dijo-Me despertó Marta diciendo que debíamos

marchar hacia Malabrigo. Le pregunté por qué y se me quedó

mirando, después se rió como si la estuviera jodiendo, se levantó y

caminó hasta la tumba del hermano, juntó un montoncito de tierra y lo

guardó en el pañuelo, cuando le dije que no entendía nada, me

preguntó si yo no había tenido el sueño... un sueño que han tenido

todos o casi todos.


-Yo no recuerdo ningún sueño.

-No me siento tan solo.

-¿Y por qué es tan importante el sueño?

-Porque les ha dado la respuesta, tienen que marchar hasta el

promontorio de la antigua torre llevando algo de la encrucijada con

ellos...

-Va a ser una masacre.

-¿Quién sabe? Vos y yo manejamos un poder que no

terminamos de comprender, discutimos cuál era el paso para terminar

con el círculo vicioso y no llegamos a ninguna conclusión, y ahora ese

poder nos pone a prueba...

-Una cuestión de fe.

-Eso parece.

-¿Qué vas a hacer?

-No puedo dejar sola a Marta.

Tomás se rascó la cabeza y permaneció en silencio mirando las

columnas que comenzaban a formarse en el camino, pensó en Alicia,

y recordó la máscara que había perdido, el cuaderno que le habían

robado y el abuelo que no había tenido; entonces tomó una decisión.