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24.08.2006 | Clarin.com | Espectáculos

MUSICA | ENTREVISTA CON EL BANDONEONISTA DE 94 AÑOS, UNA DE LAS GLORIAS


QUE TOCA HOY EN EL COLON
Gabriel "Chula" Clausi: un café con el
Maestro
Conoció a Gardel, tocó con Julio De Caro, brilló en Chile. En
su casa de siempre, habló de todo. Es una de las grandes
figuras de "Café de los Maestros", el proyecto de Santaolalla
que se presenta esta noche.
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Mariano del Mazo

Gardel y los diskettes, la nevada en Buenos Aires y el Racing de Merlo,


los gatos y Los Piojos. Gabriel Chula Clausi cumple la semana próxima
95 años y salta de los años 20 al siglo XXI con una memoria y una
agilidad mental prodigiosas. Va al pasado, sin nostalgia, como quien
busca sustento; piensa su presente brillante y... hace planes de cara al
futuro. "Estoy terminando mi libro de memorias. Lo que pasa que ahora
el tema de los diskettes me complica un poco. Me está ayu dando María
Susana Azzi. Ya va a salir".

Clausi tiene esa casa desde hace 73 años. Llena de gatos y partituras,
está ubicada en la calle Artigas, en un rincón bastante secreto de
Agronomía, frente a una plazoleta de impronta tanguera (Carlos De la
Púa) donde en los años 30 y 40 el vecino intelectual del barrio, Julio
Cortázar, solía "tirarle miga a los gorriones". "Antes había un zanjón
enorme, ahora se puso lindo el barrio", dice. En esa casa, de dos
plantas, un poco oscura, dominada por un espejo barroco, el Chula toca
el bandoneón todos los días un poco, conversa con su "pibe" (vive con su
hijo Ricardo, 48 años) y guarda más de 100 composiciones inéditas.
"¿Para qué las voy a editar. Hay ahí unas cositas con letra de Benarós y
de Héctor Negro, que más o menos funcionan. Pero es muy difícil".

Cuando esta noche en el Colón el Chula Clausi ponga el bandoneón sobre


sus piernas cerradas para interpretar De puro guapo, de Pedro Laurenz,
estará tocando un tango, sí; pero también estará dejando testimonio de
una relación de 90 años con el instrumento, de un estilo interpretativo
que atravesó todo el siglo pasado. "El primer recuerdo que tengo del
bandoneón es de cuando tenía 3 años. Vivíamos en Mataderos. Mi
hermano Pascual, dieciocho años mayor que yo, venía con una caja
negra, avanzando por la calle Cosquín. Se acercaba a mí, me acuerdo
que había caballos. Recién se había comprando el instrumento. Apoyó la
caja, la abrió, lo sacó y tocó Carasucia. No me lo olvido más".

El influjo de Pascual fue clave para el Chula. También el de otro


hermano bandoneonista, Luciano. "Yo me formé escuchando a los
músicos que venían a casa. Y a mis hermanos. Ellos tocaban muy bien,
con mucha expresión, pero de oído. Fue Luciano el que me agarró y me
aconsejó que estudiara música con Criscuolo". Su memoria es
extraordinaria. Da detalles, se preocupa por la descripción minuciosa de
cada historia, abunda en nombres y apellidos y hasta en recuerdos casi
sensoriales. "Me acuerdo perfectamente cuando tocaba, a los 8 años.

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Meter la mano entera por la correa... Me acuerdo de una chiva que


teníamos en Mataderos, que le pusimos Martín. Me acuerdo de mi viejo
herrando caballos, criando aves. Y de Gardel".

¿Qué se acuerda de Gardel?

Mire: Gardel era un niño grande. Bromista, sencillo, humilde, generoso.


Le grababa a todos. A mí hermano Pascual le grabó Echando mala. Si
algo no le gustaba de la obra, él mismo la cambiaba. Trabajé con él en
Radio Belgrano, en el 33. Estaban Gardel, Magaldi-Noda, Libertad
Lamarque y Pedro Maffia. Era una audición de Cafiaspirina. También
conocí a Ignacio Corsini, porque yo tocaba con Carlos Flores en el 28 y él
vivía cerca de Flores. Flores vivía en Rawson 94 y Corsini en la calle
Otamendi, a dos o tres cuadras. ¿Sabe lo que decía Corsini de Gardel?
"Yo tengo mejores guitarras, pero Gardel tiene mejor voz"

De muy jovencito tocó con el emblema de la Guardia Vieja, Juan Maglio


Pacho. No paró: actuó con Francisco Pracánico, Roberto Firpo, Julio De
Caro. Dirigió un Conservatorio que tenía docentes como Osvaldo
Pugliese, formó su propia orquesta que contó, por ejemplo, con un
precoz Astor Piazzolla, fue tentado por Radio El Mundo y, en una
compleja maniobra en la cual, dice, se combinó la astucia de Juan
D'Arienzo y errores propios, "me perdí de dar el gran salto".

Pasó la década de oro del tango tocando en Chile, desde 1943 a 1954.
"Tuve mucho trabajo. Pero mucho. Es cierto, me perdí los años 40.
Aunque, créame, para mí el mejor momento del tango fue entre el 20 y
el 40. Fue irrepetible: había un Arolas, un Bardi, un Delfino. Esa gente
no ha sido superada. Después sí, hubo un gran movimiento, más dinero y
muy buenos compositores. Pero para mí lo mejor fue entre los 20 y los
40".

En la tarde helada ofrece un café. Está impecable: traje a rayas,


pañuelo en el bolsillo superior del saco. Hay una escalera que da a los
dormitorios. "Me está costando un poco subir... Es que tengo dos by
pass", comenta, sin tono de queja. Evoca ciertos picados entre músicos
en los que él llevaba jugadores de la primera del Racing Club de
Avellaneda "y era afano". Se detiene en viejas glorias: los hermanos
Ochoa, el Chueco García...

¿Qué siente con todo lo que está ocurriendo alrededor de usted?

Una emoción indescriptible. Ya venía de antes. Mire: tengo un amigo,


Gustavo (Kupinski), que toca en el grupo de rock Los Piojos. Me
invitaba, me invitaba. Yo no quería. Pensaba: No me voy a meter con la
purretada del rock. Al final fui. Fue en la cancha de River. Salí, me puse
a frasear en el medio del escenario y todos los pibes gritando "¡Chula,
Chula!". Una locura. Después me escucharon con una atención... Como
en misa. Me sentí muy querido, muy respetado. Y ahora esto de
Santaolalla...

Está contento...

Un regalo de Dios. La verdad, me sentía un poco desahuciado. Yo

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siempre fui muy dejado. Nunca di un paso de más, nunca di un paso


para ser más que los otros. Ahora me siento feliz. Porque lo de Los
Piojos, bueno, fue hermoso. Pero esto es tango. Estoy con mis pares.

Muestra una foto que se lo ve con pantalones cortos, a los 12 años,


tocando. Busca el bandoneón que tiene inscripto un Gabriel Clausi en
letra cursiva y toca Mariposita. Es un instante extraño, mágico. Su
imagen se repite en el espejo, el gato se entrevera en las piernas de su
dueño como parte de una rutina y todo el tango parece caber en ese
músico antiguo, misterioso y esencial.

http://www.clarin.com/diario/2006/08/24/espectaculos/c-00801.htm

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