Pipa y té, recuerdos de Bilbo Baggins

I

Pipa y té

Escribo desde el recuerdo, desde el lugar que estoy recordando. Todo lugar no es sólo uno, sino que encierra algo de todos los demás. Pero nunca estoy lejos de una pipa o un té, buenos compañeros para recordar. El silencio también tiene forma de pipa o guarda el aroma del té y es un buen guía. Hablo de pipa y té como estímulos y en realidad son símbolos. Símbolos del bienestar perdurable y éste se encuentra en tantas cosas, en tantos momentos; acaso en todos y no sabemos ver; nuestros ojos no los hemos abierto bien. Digo pipa y té, pero podría decir sendero y álamo, o playa y concha, o viento en mis cabellos y noche con estrellas; incluso quizá, quién sabe, como veréis, orco y luna podrían ser un símbolo de esa paz tan fácil y difícil de sentir y de ver. Pero también estoy en una habitación, ahora, y un té de hojas que yo mismo he recogido está empezando a hervir en el fuego. Tiene hojas de muchas plantas; tomillo, poleo, manzanilla, a veces jara, incluso té. No sé mucho de plantas. Quizá he cogido a veces sin saberlo dedos de gato, o valeriana, o guante de zorro, o cicuta. Quizá algún día caiga en la tetera alguna hoja venenosa de más y sea ella la encargada de poner punto final a mis memorias. Pero quiero aceptar todos los recuerdos, estoy abierto a ellos, a su voz profunda susurrando en el viento, enseñándome a ver, como si estuviera mirando en el espejo de Galadriel. Por eso cojo todas las

hojas, no desconfío de ninguna de ellas. Desde la paz en la que escribo, desde esta pipa y este té, sé que ninguna hoja me sentará nunca mal. Cualquier voluta de humo, cualquier aroma de planta, hace que me sumerja más hondamente en mis recuerdos y en mi ser verdadero. Por eso, aunque un día deje de escribir y recordar a causa de alguna azulada espiral de mi pipa o del líquido aromático que destila mi poción, sé y sabed que estaré tranquilo, tranquilo y callado, en lo más hondo de mí mismo, sin haber perdido nada. Estaré más cerca de vosotros de lo que podáis pensar, en una noche estrellada, en un camino concurrido y alegre, sentado en un banco antiguo y gastado, con vosotros sin que me veáis, a la orilla del tiempo y del mar, como ahora que empiezo a recordar.

II

Evermind

Frodo me habló de esta flor que crece en los campos de los Muertos. ‘Siempremente’. Aragorn, me dijo Frodo, la halló en Rohan y no recuerdo bien si fue al pie de las montañas Blancas, no lejos de Edoras, sobre un antiguo campo de batalla. ‘Mente eterna’, brotando de los cuerpos muertos y los huesos de hombres y de orcos, despojados ya de toda maldad, de toda invectiva. Huesos, cadáveres, yaciendo al sol y a la luna, vistiendo con un silencio sin odio a la Tierra acogedora. Hombres y orcos yaciendo juntos, más allá de sus aciertos y cegueras, más allá de sí mismos; alcanzando una paz quizá nunca tan hondamente sentida, tal vez nunca soñada, incluso acaso deseada nunca. Estos restos perdidos, sin eje, que sólo en los sueños de esposas o amigos aún se sostienen, ¿Qué hará la pobre Tierra, la mágica Tierra con ellos? Una flor, ‘Siempremente’, mente eterna, vibrante, irradiante, misteriosa. Latiendo humilde en los Campos de los Muertos junto a otras flores. Y ahora que lo pienso, ¿No está la Tierra cubierta de flores, linaje singular, inesperado, de guerras y batallas sin cuento; ejemplares herederas pacíficas de un pasado atroz?

III

La magia de Tom Bombadil

Bombadil se puso el Anillo y no desapareció. Eso fue todo, esa su magia: poseer un corazón puro. Allí en su Viejo Bosque, ese Bosque que casi fue mortal para Frodo, vivía en paz con su propio corazón, no diferente al corazón del bosque. En paz con Goldberry. En esa unión con todo lo que le rodeaba, ¿Qué deseo o temor podrían acosarle? Su pureza, su paz. Se encontró con ella un día inmemorial y simplemente la siguió, se hizo uno con ella, siempre habían sido uno. Para Tom, de todos los seres de la Tierra Media, no había otro camino que recorrer el camino de su propio corazón, un camino limpio que le podía llevar al mismo corazón de Mordor sin corromperse y con la posibilidad de purificar el suelo bajo sus pies. Si todos hubiéramos sido así, libres de codicia, libres de ambición, ¿Qué ejército podría haber reunido Sauron, qué poder habría conseguido? Todos los seres de la Tierra Media se habrían reído de él y de su Anillo, como sonrió Tom aquella noche en que ante Merry, Pippin, Sam y Frodo, lo deslizó en torno a su dedo. Todos se habrían compadecido de Sauron y esa indiferencia universal creo que habría bastado para purificarle, para librarle de sí mismo y de las esclavizadoras humaredas de los fantasmas de su mente, buscando siempre, dolorosamente anhelando siempre, convertirnos a todos en fantasmas llorando y danzando a su alrededor.

IV

Unas palabras de Elrond

¿Por qué vino el Anillo a mí? Todas las cosas tienen su voz; dentro de la corriente que fluye eterna, todos los seres, piedras, árboles, plantas, aportan una nota al gran Río Anduin que corre más allá del mar más lejano y más allá del tiempo. Sauron creó el Anillo para un perverso fin. Pero a pesar de que en el Consejo de Rivendell, Elrond nos confió que el Anillo era absolutamente malvado, también otras palabras suyas quedaron profundamente grabadas en mí: ‘Nada es malo en el principio. Incluso Sauron no era así’. Muchas veces sus palabras han resonado en el fondo de mi corazón. Muchas veces no he podido por menos de sentir que ni siquiera el forjador del Anillo único tuvo completo poder sobre su obra y ésta pudo seguir algún desconocido y remoto impulso, ajeno a la voluntad de su Señor, para llegar hasta mí, hasta nosotros, y tener así la posibilidad de destruirlo. ‘Nada es malo en el principio’. Esto me he inclinado a pensar referido también al Anillo mismo; he podido intuir al pervertido Creador y su obra cansados de contrariar su naturaleza original, cansados de ir contra ese ‘nada es malo en el comienzo’ que, al cabo, inconsciente, subterráneamente, minó su corrompido deseo y trajo a Él y a su Anillo hasta manos menos malvadas, más despiertas, más capaces de ver.

V

La mirada de Galadriel

Mi recuerdo de Galadriel se vuelve más nítido aunado al de Frodo, cuando estuvo en Lórien y la Dama Blanca les miró. No les aconsejó, sino que les vio. Y verles fue su consejo más útil. Su mirada, como un espejo, les revelaba, no a ellos menos que a ella, lo que de veras latía en el fondo de sus corazones. Tan sólo la mirada podía, si acaso, ayudar. ¿Qué palabras no fueron dichas en el Consejo de Elrond que pudieran haber hecho entender a Boromir el alcance de su ceguera? Si una creencia atrapa a un corazón, ¿qué palabra la desarraigará? Una que halle suelo fértil, o el error se enraizará más. Penetrar en lo que es, el poder de la mirada de Galadriel, revelar a férreos corazones todo su hierro. Qué encontró su mirar cuando no pudo ofrecer a Boromir sino su compasivo silencio. Qué remoto eco pudo resonar en su pecho al contemplar al Portador del Anillo. ¿Les llegaría a ambos, desde el pozo del tiempo, algún atisbo de las palabras de Frodo, oscuro y de piedra, renegando de Sam, al borde del abismo del Destino, cuando, con voz irreconocible, dijo: ‘El Anillo es mío’?

VI

Misericordia

Estuvo a mi merced y no le maté. Me libré de hacerlo. Y mi piedad, como una luz que surgiera de alguna esquina oculta en mí, al final nos ayudó. Pues fue Gollum el que arrancó a Frodo de su insopor table carga y entregó el Anillo a su origen y su destrucción. Del fuego del Anillo, del fuego que roe la cabeza y las entrañas, Gollum, a todos, incluso a Sauron, nos libró. ¿Para qué sirvió su miseria y su soledad, para qué su derrota y su pobre maldad impotente, inseparable de lástima al verle, sino para librarnos de un mal más grande? ¡Qué extraño que Gollum jugara ese misterioso papel! Como si una oscura Gracia más allá de nosotros nos salvara; como si la propia Gracia le salvara de su ciega ignorancia con su amargo fin. Pues fue Gollum, más allá de sí mismo, o en un azaroso encuentro con un desconocido sí mismo, el pobre ser que nos salvó.

VII

El fondo del pozo

Una vez el té estaba muy cargado, tan cargado y fuerte que puso a mi cabeza a dar vueltas y vueltas. Pensé que nunca dejaría de girar. Pero me senté en el suelo y empecé a intentar respirar tranquilo, como cuando paseo por el bosque y miro una nube o siento el viento en mis sienes. Y la respiración me fue calmando, calmando, hasta que llegué al fondo del torbellino y era paz. Desde entonces, pase lo que pase, sufra lo que sufra, goce lo que goce, sé que hay una corriente subterránea, más honda e íntima, inalterable, serena y dichosa, un agua siempre limpia y tranquila que ningún huracán de este mundo o de ningún otro pueden perturbar. Así fue la luz que alcanzó a Sam en Mordor y le hizo ver la soberanía de la belleza y el bien para siempre doblegando a la Sombra, revelando su irrealidad, su debilidad intrínseca revestida de ilusoria amenaza. Del mismo fondo de ese pozo en paz, vinieron las palabras que, aun sin entenderlas, dijeron a Sam quién era, y pudo así, ya sin miedo, hacer frente al horror de Shelob:

A Elbereth Gilthoniel o menel palan-diriel, le nallon sí di´nguruthos! A tiro nin, Fanuilos!

VIII

Colmillo de luna

A la vuelta del viaje a Esgaroth y la cueva de Smaug, de nuevo en la Comarca y en Bag End, una de las ocupaciones que reemprendí fue la de los largos paseos. Después de la comida y una taza de té, fuera en el jardín a la puerta de casa si hacía buen tiempo, dentro quizá junto al fuego en otoño e invierno, cogía mi bastón y mi pipa y salía a caminar. Una vez, ya bien entrado el otoño, un día frío en el que había llovido durante toda la noche, siguiendo el curso del Agua en dirección a la Cuaderna del Este, comencé a andar quizá con un pensamiento remoto de los árboles de Woody End. Poco a poco, me fui alejando de casa, a veces envuelto en una fría niebla; a veces, entre densas capas de nubes, salía el sol e iluminaba los campos solitarios con su delicado fulgor de principio del atardecer. Decidí aprovechar sus dulces rayos para fumar una pipa apoyado contra una piedra; el aire de la tarde era frío, maravilloso. Todo estaba en silencio, todo estaba limpio. El musgo en las rocas, el sendero de fina arena, la cristalina hierba, me envolvían, el cielo y las colinas, suaves, transparentes. Luego seguí. El día cambió. Las nubes ocultaron completamente el sol y pronto la lluvia empezó a convertir el camino en un lodazal. Todo se había vuelto oscuro, llovía cada vez más y la capa que había cogido apenas era protección para la tormenta. Dejé el camino e intenté encontrar un refugio entre unas lomas que antes de la oscuridad había vislumbrado un poco adelante, a mi izquierda. Empapado, resbalando, hundido en mi capa y capucha, ascendí por una colina con rocas y matorrales dispersos. Tras un saliente de roca me guarecí. La lluvia ahogaba todo sonido, la oscaridad negaba toda forma. En el mar de lluvia, todo era agua o pez. Y allí, como un pez demasiado tímido para el embate de las olas, fui viendo pasar la tormenta. La lluvia ya no era tan fuerte y entonces lo sentí. Entre vaharadas

de lluvia cada vez más débiles, vaho en el aire junto a mí. Toda la tormenta habíamos estado juntos, toda la tormenta habíamos sido uno, y ahora que una dorada luna se empezaba a abrir paso entre las nubes errantes, lo vi y él me vio a mí. Un colmillo de orco se destacó contra la luz de la luna y la misma luna iluminó mis pies. Colmillo de luna en una cara de orco tranquila, pies temerosos y valientes de hobbit en la misma luz. Tras un momento eterno al mirarnos, con piedad me dejó ir; con piedad asombrada me incliné ante él y me fui.

IX

Velours

Una vez tuve un sueño. Nunca antes, a excepción de Elrond, hablé a nadie de él. Ocurrió poco después de que Frodo, tras el Consejo de Elrond, se alejase de Rivendell. El sueño era así: Yo estaba en la Comarca, en mi casa, en Bag End. Hacía dentro de la casa un frío aterrador. Toda sensación de seguridad, de refugio caliente y acogedor, habían desaparecido. La casa, aun teniendo los mismos muebles y adornos, parecía vacía. Las paredes como papel. No veía el exterior de la casa, cuyo interior estaba en una penumbra gris y blanquecina, pero percibía que fuera hacía el mismo frío letal. Yo estaba con Frodo, y éramos los dos figuras sin sustancia, fantasmales siluetas que no hablaban y sentían todo el pavor y desprotección que flotaba en la casa. Estábamos allí, suspendidos en el aire helado, no nos mirábamos, sin poder recibir ningún consuelo el uno del otro. De pronto, yo supe que algo había detrás de la puerta principal. Supe lo que era y cómo era. Era un demonio que hacía ya mucho tiempo había visto en un dibujo en un libro. Un señor elfo sometía con su espada, pisando con un pie su cabeza, a un diablo. Pero aun derrotada en el suelo, la espantosa figura emanaba un terrible poder. Muchas veces la había contemplado con horror en el libro, su pérfida mueca oscura y penetrante. Y ahora, la tenía cerca de mí, separado de ella por sólo una fantasmal puerta de madera. Todo el mal de la casa, toda su desolación, provenían del rostro que detrás de la puerta me atraía hacia sí. Ya no veía a Frodo. Sólo sentía la irresistible llamada de la cara tras la puerta y yo sabía que abrir o mirarla serían mi fin. En la puerta había una pequeña ventana, como una mirilla, que podía ser descorrida para ver quién llamaba. Poco a poco me fui acercando, intuyendo la cara, intentando no abrir. Por fin abrí, descorrí la mirilla y al mismo tiempo que veía la sonrisa del

demonio, di un grito interminable y desperté empavorecido. Ya fuera del sueño, me oí aún gritar y por fin paré. El silencio era absoluto y me sorprendió que nadie acudiera a ver qué había pasado. Lleno de terror me levanté y en mi mente asustada había un extraño deseo. Yo quería saber el nombre de ese demonio que me había aterrorizado. Este deseo se apoderó completamente de mí, era esencial descubrir su nombre, no sé por qué pero era así. Recuerdo que ya de pie, me puse a andar por la cómoda habitación de Rivendell, a la que también había alcanzado el terror de mi sueño, intentando descubrir el nombre de la visión espantosa y de repente di con él: Velour. Se llamaba Velour. Y con el descubrimiento del nombre, increíblemente vino la calma, milagrosamente estaba en paz. Todo el horror del sueño se desvaneció como por arte de magia al hallar el nombre de lo horrendo. Ahora podía recordar cada detalle de la pesadilla, pero ya no estaba bajo su poder. Me tranquilicé, estaba ya bien. Una curiosa duda aún me embargaba, que todavía ahora me parece extraña o ridícula. No sabía si esa palabra llevaba al final una ‘s’. Recordé haberla visto en un libro de poemas antiguos y extendiendo mi mano ahora tranquila hacia un anaquel, lo cogí y lo consulté. Allí estaba la palabra, escrita con ‘s’, ese era el nombre de mi demonio, en un poema entre otras palabras cuyo significado preciso no sabía, pero que cuando las había leído pude darles cierto matiz. Satisfecha ya mi pequeña duda, puse el libro en su sitio, y absolutamente sereno y en paz supe que nada malo se escondía en mi ánimo. Nadie había venido. Quizá nadie me había oído. La noche era de nuevo pacífica, sabía que podía dormir y tranquilamente me dormí. Mi sueño fue reparador. Y a la mañana siguiente, a media mañana más bien, después de un buen desayuno, una buena pipa y un placentero paseo por el luminoso jardín, decidí indagar un poco más en aquella misteriosa palabra. Me dirigí a la sala de música y escuchando el dulce rumor de la fuente central, hojeé el volumen donde había visto el dibujo. Allí estaba mi terror dominado y hablaban de él. Era un Nazgûl, sicario de Sauron, sombra y manifestación del Anillo, bajo un Elfo sereno, y el libro daba dos de sus nombres, que no he de revelar aquí. A la tarde, ya a solas, en mi habitación, junto al feliz chisporroteo de un alegre fuego, leí de nuevo el poema donde venía el nombre de mi aparición;

el poema estaba escrito en la Lengua Común, pero había palabras en élfico que no entendía y otras que no sabía a qué lengua podían pertenecer. Aquí anoto los dos versos donde se hallaba mi palabra:

Esqueletos envueltos en velours quieren volver a la vida.

A ciencia cierta, nunca descubrí qué quería decir esa palabra en ese poema, aunque sí me formé una idea, quizá latiera en ella alguna suavidad pacificadora. En mi pesadilla encarnó a un espectro, y al hallarla reviví. Así me libré de Velours, Jinete Negro, Fantasma del Anillo, gracias a, felizmente, descubrir uno de sus nombres secretos acechando en un sueño dentro de mí.

X

El mar

Desde las Colinas de la Torre se ve el mar, una vez fui allí y no lo vi; en la juventud es más difícil verlo, la vejez es el mar, la respiración se deshace de nuestros ojos ciegos y nos deja en el mar, el mar cura y une a todos los seres, somos el mar, no hay otro hogar. El mar es esas tierras verdes tras unas orillas blancas bajo un rápido amanecer que Frodo vio desde el mar. El mar es esta tierra por la que paseo, todas las tierrras por las que he andado, los lugares que me han cobijado. Un amigo dibujó el mar. El amigo murió y no vi su dibujo. Un amigo vio un árbol. El árbol fue cortado y no vi el árbol. Un amigo tuvo una niña. Moriré sin conocerla. El mundo es así. Una mesa tenía cuatro patas, perdió una y se convirtió en un taburete. Yo tenía un jardín, llegó Gandalf y me quedé sin jardín. Al principio era un travieso hobbit. Ahora soy un viejo. Las cosas rotas a veces me visitan: el mar que no vi, la abuela que murió, el árbol que desapareció, la mesa que se transformó, la vela de la niña que no conocí, la nieve del jardín. Y todas las cosas rotas, en voz muy baja, muy suavemente, a lo largo de la tarde, me dicen: ‘recuérdame’. Ellas son el mar infinito, eterno, para mí.

XI

Invisible

Escribo con tinta de muchos colores, nunca sé qué color va a salir de mi pluma o mi lápiz. A veces es blanca, a veces azul, a veces gris o dorada, verde casi siempre, y de muchos colores a la vez. Este recuerdo lo escribo con tinta transparente. Y es un recuerdo de muchas cosas, muchos momentos, pero sobre todo de lo que ahora soy. Ya no me veréis, si no es en vuestra imaginación, bajo la forma que tenía. Quizá finalmente uno de mis tés me ha conducido a esta apariencia nueva y ciertamente muy antigua. Ya no veréis al hobbit que fui, pero si sabéis leer esta tinta transparente me sabréis ver en muchas más cosas. No me habré ido, no me iré nunca, ¿dónde podría ir que no sea aquí? Sin anillo alguno, mi invisibilidad me ha vuelto perfectamente visible. Estoy en la luz de los otoños solitarios y la lluvia silenciosa que cae en el jardín. Estoy en la noche fresca de la primavera con estrellas en el cielo. Estoy en el río que canta bajando por la colina y en el mar antiguo que baña con olas doradas las ciudades de los hombres. Estoy joven, inocente, ligero, en vosotros mismos, cuando limpiáis vuestros ojos de la ceguera que derrota a los pobres seres de la Tierra Entera. Entonces me veréis, seremos uno y todas las formas; en vuestras manos limpias el anillo sin límites de la realidad, el que no ata, el que a todos libera y a todos salva. Serena dicha sin límites, el mar tan lejano, infinito, llega hasta aquí. Al abrir vuestros ojos veréis lo que veis, montañas y ríos, lagos y luna, y sabréis que montañas y ríos somos nosotros, el viejo Bilbo y vosotros, montañas y ríos sin fin.

ÍNDICE

I II III IV V VI VII VIII IX X XI

Pipa y té Evermind La magia de Tom Bombadil Unas palabras de Elrond La mirada de Galadriel Misericordia El fondo del pozo Colmillo de luna Velours El mar Invisible

Miguel Ángel Bernat

15 de Noviembre de 2005

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