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  público   sábado, 8 de enero de 2011 45 www.publico.es Modos & modas Historia El

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8 de enero de 2011 45 www.publico.es Modos & modas Historia El secuestro delinconsciente en el

Historia

El secuestro delinconsciente en el ‘caso Moro’ la crónica de leonardo sciascia sobre el asesinato

El secuestro delinconsciente en el ‘caso Moro’

la crónica de leonardo sciascia sobre el asesinato del político italiano indaga en los motivos ocultos de la razón de estado

indaga en los motivos ocultos de la razón de estado Aldo Moro, durante el secuestro, con

Aldo Moro, durante el secuestro, con un periódico del 19 de abril de 1970. AP

braulio garcía jaén

madrid

del 19 de abril de 1970. AP braulio garcía jaén madrid Las Brigadas Rojas secuestraron y

Las Brigadas Rojas secuestraron y asesinaron al líder democristiano

Rojas secuestraron y asesinaron al líder democristiano El Ejecutivo descartó cualquier negociación con los

El Ejecutivo descartó cualquier negociación con los terroristas

descartó cualquier negociación con los terroristas Las circunstancias y los autores del crimen siguen siendo un

Las circunstancias

y los autores del

crimen siguen siendo un misterio

y los autores del crimen siguen siendo un misterio Sciascia pregunta si la negativa del Estado

Sciascia pregunta

si la negativa del

Estado a negociar le condenó a muerte

3 “La versión de las autori- dades italianas, agravada más que enmendada por cien re- toques sucesivos y que todos los comentaristas se creyeron obligados a aceptar pública- mente, no ha sido creíble ni un sólo instante. Su intención no era ser creída, sino ser la úni- ca en el escaparate, para lue- go ser olvidada, exactamente igual que un mal libro”. Este comentario de Guy Debord so- bre el secuestro y asesinato del político Aldo Moro, escrito en enero de 1979 y publicado en el prólogo a la cuarta edición italiana de La sociedad del es- pectáculo, debe corregirse en un punto: hubo un comenta- rista que no transigió con esa obligación; que esa negativa produjera un libro excelente, sin embargo, respalda el acier- to de la comparación de De- bord en todo lo demás. Leonardo Sciascia (Sicilia, 1929-Palermo 1989) no escri- bió El caso Moro pensando en el escaparate, sino en la ver- dad que ocultaba, y de ahí que siga siendo recordado: Tus- quets acaba de reeditarlo en español. Esa crónica, escrita “en caliente”, disecciona las pi- ruetas que esa versión oficial e

promiso histórico” con los co- munistas, rechazó todos los honores del Estado que había defendido durante décadas? Nadie ha podido verificar gran cosa sobre los hechos del caso. Sciascia tuvo al menos la intuición y la honestidad de poner a prueba el relato que el poder hizo de su declarada impotencia para salvar a Mo- ro, cuyo “compromiso históri- co” fue ratificado, para perple- jidad de muchos, el mismo día del secuestro: los comunistas apoyaron el gobierno del de- mocristiano Giulio Andreotti. El libro se pregunta si no fue el Estado también quien lo con- denó a muerte. Sciacia no responde, por- que sólo tuvo acceso a los tex- tos, y aunque los lee como re- flejo y síntoma de lo que es- taba pasando, nunca pierde de vista que no eran lo que, li- teralmente, pasaba. Mientras los terroristas exigían conce- siones a cambio de la vida del líder democristiano y el propio Moro argumentaba que la cle- mencia no es signo de debili- dad del Estado, los compañe- ros de partido, de gobierno, los grandes periódicos e incluso el papa Pablo VI optaron por dar- lo por hombre perdido de an- temano. Las cartas de Moro, perfec-

merministroypadredel“com- tamente razonables e inclu-

que Moro, presidente del Con- sejo Nacional de Democracia Cristiana, iba a ser asesinado y que el gobierno, presidido por el también democristiano Giu- lio Andreotti, no pensaba ce- der un ápice para evitarlo. Aldo Moro fue secuestrado el 16 de marzo de 1978 en Ro- ma por un comando terrorista de las Brigadas Rojas, que ase- sinó en el acto a sus cinco es- coltas. El cadáver de Moro fue hallado el 9 de mayo en el ma- letero de un Renault 4, en una calle de la misma capital. La fa- milia pidió ese mismo día que se respetara la voluntad expre- sada por el propio Moro al fi- nal de su cautiverio: no quería ni manifestaciones públicas, ni ceremonias, ni discursos, ni luto nacional, ni ceremonias de Estado, ni medallas póstu- mas. “La historia juzgará la vi- da y la muerte de Aldo Moro”, concluía. ¿Pero por qué Moro, ex pri-

increíble dio durante tres me- ses para justificar lo previsible:

so, según las lee Sciascia, con fórmulas encriptadas para informar a las autoridades sobre el lugar donde lo te- nían secuestrado, son des- cartadas sistemáticamente. Las autoridades no dan razo-

nespolíticas,sinoexcusasclí-

nicas: primero dicen que las escribe coaccionado, luego que enajenado y finalmente acaban lamentando que Mo- ro se haya convertido en otra persona. La firmeza inicial, engrasada por una repenti- na razón de Estado, deriva en una indiferencia de plo-

mo. ¿Por qué un Estado que ha abolido la pena de muerte se cree autorizado, legitima- do a dejar morir a un inocen- te?, se pregunta el autor de Todo modo. El informe de la comisión parlamentaria de investiga- ción, redactado por el mismo Sciascia, con datos y precisos interrogantes, describe en qué consiste también la po- lítica del espectáculo aplica- da al terrorismo. Y nada tie- ne ello que ver, como advier- te por lo demás Debord, con que los terroristas busquen salir en los titulares. Tiene que ver con un Estado que, a través de los servicios secre- tos, esconde más de lo que muestra, despliega miles de policías allí donde es mate- rialmente imposible que es- té en ese tiempo el secuestra- do y no controla en cambio el barrio donde se ha produci- do el asalto. Si tiene que ver también con la complicidad en el asesinato, es algo que Sciascia no afirma porque no tiene pruebas. La historia, en esa socie- dad que el caso Moro sancio- na, ni se la conoce ni se la es- pera que responda. Es, de he- cho, la misma sociedad del es- pectáculo que diseccionaba Debord en su libro de 1967:

un mundo en el que ya no hay lugar para ninguna verifica- ción. ¿Cómo, entonces, iba a haberlo para el periodismo? ¿Y para la justicia? ¿Y para la política? Todas esas insti- tuciones comparecen ante el tribunal del periodista –y di- putado del Partido Radical– Sciascia. Ya es célebre que el propio Sciacia había dicho de Italia que era “un país sin verdad”. D