cubA no

Alen Lauzán

cubA no

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LAUZÁN: El tiempo es un mayordomo
Entre los años 1989-1994 en Cuba, como en otros países afines, el comunismo se fatigó como “realidad histórica sublime”. Aunque en la isla no cambiara el gobierno, casi todo lo demás mutó: “desmerengóse”. Fue un proceso que entendieron muy bien algunos personajes de Milán Kundera; artistas y científicos que tuvieron que reinventarse en el nuevo contexto que les trivializó en las expectativas de Occidente. En esas condiciones el propio Kundera, que además de novelista es un agudo teórico de sí mismo, estableció que la crítica al comunismo checoslovaco era apenas la piel (la “kácara”) que cubría sus temas verdaderos: los mismos temas que habían apasionado a la filosofía y la novela europea desde su origen, y que María Zambrano resumía en tres: el amor no correspondido, la amistad traicionada y la muerte. No es tampoco infrecuente encontrar, entre artistas cubanos que han centrado su trabajo y cosmovisión en la crítica al castrismo, la exigencia de que se les exima de esa marca y se les tome por gente motivada por lo humano mayor. Es una reacción extraña, porque ciertamente pasar a la historia como un objetor del totalitarismo no es poco mérito. Y además de extraño, en muchos casos es prohibitivo; porque lo cierto es que la polémica sobre la revolución, el castrismo o el comunismo en Cuba es lo que viene definiendo las filiaciones y las fugas estéticas en el último medio siglo. Trascender los límites históricos del (anti) comunismo es una condición que no toda obra consigue. La de Kundera, en lo fundamental, lo logra. Y desde hace tiempo intuyo que tras el vértigo político del trabajo artístico de Lauzán, también rige una marea diastólica que le catapulta en el tiempo. Si el perceptor se emancipa de su propia parcialidad política, le será dado apreciarla. No abundan en los dibujos de Lauzán los códigos referenciales del imaginario (anti) comunista. Pero existen. Algunos de ellos son obvios y llevan cifra: la bandera roja en el hoyo de una Cuba recreada como campo de golf; la pluma púrpura-escarlata del indio; los buques norcoreanos; el logo del Partido Comunista de Cuba; el emblema de la hoz y la mandarria… Pero el tema del comunismo actúa en los dibujos de Lauzán como comunismo (cuenta-apropiado) a la cubana. El tema sale del panfleto y se convierte en dinámica. La política no circula; más bien se dispara con trazas de identidad sin curva. Singulariza porque sospecha que una verdad repetida mil veces se convierte en mentira. Lauzán sube el listón de la irreverencia creativa desde José Martí y Antonio Maceo a la Virgen de la Caridad del Cobre. De ahí que “humorizar” sobre instituciones como el gobierno y la Iglesia le resulte un paseo. Lo mismo sucede con el tema ideológico: si puede traquetear la Patria, que trajine al castrismo ya se torna tolerable hasta para los castristas. Quizás porque es revolucionario. O rebelde. Hay una joya, si no más pensada por lo menos más constante, en el universo cubano de Lauzán: la geografía. La obra como reafirmación del mapa. Una propuesta cosmogónica para mantener la isla a flote sobre columnas de la fauna nacional. Y alrededor de ella, en el agua, otros segmentos de la historia reciente: el muro de Berlín, las rebeliones árabes, el fútbol, la maraña cibernética y la amenaza nuclear. Lauzán, como Kundera, tiene el tiempo a su servicio.

Emilio Ichikawa (septiembre 2011)

Dedicatoria de un libro de Langer (Argentina)

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