Está en la página 1de 220

NOSTALGIA PAGANA

Augusto Angel Maya

1

ÍNDICE

ÍNDICE

2

A N T I - P R O E M I O

4

  • 1. ZEUS: EL TRIUNFO DEL MACHISMO

7

  • 2. APOLO: EL RITMO DEL AMOR

16

  • 3. DIONISIOS: LA MUERTE DE ZEUS

24

  • 4. SIMPLEMENTE AFRODITA

30

  • 5. PROMETEO: EL SADISMO DEL PROGRESO

32

  • 6. SÍSIFO: EL ATEÍSMO COMO ARBITRARIEDAD

37

  • 7. PERSEO: LA LLUVIA DE ORO

42

  • 8. HERACLES: EL MANIQUÍ DE ZEUS

49

  • 9. ODISEO: LA MONÓTONA ETERNIDAD

56

  • 10. ARQUÍLOCO DE PAROS: EL NACIMIENTO DE LA LÍRICA

64

  • 11. SAFO: LAS CONTRADICCIONES DEL AMOR

69

  • 12. PITÁGORAS: LAS PATRAÑAS DEL CHAMÁN

75

  • 13. JENÓFANES: EL NACIMIENTO DEL DIOS UNO

84

  • 14. HERÁCLITO: EL CAMINO DE LA CONTRADICCIÓN

89

  • 15. EMPÉDOCLES: EL PERIPLO DE LA VERDAD

96

  • 16. ESQUILO: EL SEGUNDO DOMINIO DE ZEUS

101

  • 17. ANAXÁGORAS: LO SIMPLEMENTE HUMANO

109

  • 18. PERICLES: LOS LÍMITES DE LA DEMOCRACIA

115

  • 19. PROTÁGORAS: EL HOMBRE COMO MEDIDA

124

  • 20. EURÍPIDES: ENTRE LOS HOMBRES Y LOS DIOSES

133

  • 21. TUCÍDIDES: EL DEBER DE LA VERDAD

143

  • 22. ARISTÓFANES: LA COMEDIA COMO ANARQUÍA

153

  • 23. SÓCRATES: EL JUEGO DE LA DIALÉCTICA

163

  • 24. PLATÓN: LA PIRÁMIDE INVERTIDA

174

2

25.

ARISTÓTELES: UN PLATONISMO A MEDIAS

183

____________________________

  • 26. EPICURO: LA FILOSOFÍA COMO FELICIDAD

196

  • 27. ZENÓN de CITIUM: LA SUMISIÓN AL ORDEN UNIVERSAL

204

  • 28. LUCIANO DE SAMOSATA: EL REGRESO A LA TIERRA

213

3

A N T I - P R O E M I O

"I am not a prophet

and here is not great matter"

(T.S.Eliot)

Este libro no debería llevar introducción. No tengo ningún interés en explicar la

razón por la cual lo escribo y menos aún en resumir, en un manual escolar, el contenido

de cada uno de los diálogos. Son estas las razones que inducen a escribir prólogos. La

otra razón, un poco más añeja, es la necesidad de colocar el volumen bajo la

benevolencia de algún príncipe, pero la masificación del mercado ha barrido con príncipes

y dedicatorias. Ello me agrada y me libera de un enojoso compromiso.

Así, pues, no me queda ninguna razón para escribir este proemio. Lo incito más

bien a Usted a que entre directamente en la lectura y se pasee conmigo a lo largo de los

diálogos por tierra griega, conversando con algunos de los personajes que construyeron la

historia o que creyeron construirla. Es muy posible que usted no participe de mis

sentimientos o de mis apreciaciones. A veces le disgustarán, quizás, las intervenciones de

los personajes en escena. Tanto mejor. Este libro está hecho para aprobar o para

rechazar, para reír o para llorar.

Barajo, sin duda, algunas hipótesis, que tal vez no sean las suyas. Si usted es un

eminente helenista, especializado en Homero y la mitología griega, quizás le desagrade la

manera desenfadada con la que trato a los dioses. Por favor, no me afilie a ninguna de las

escuelas de interpretación ni me compare con Teagenes, Estesimbroto o Luciano. Si

usted tenía otra manera de acercarse a Afrodita, perdóneme que me haya dejado seducir

por sus encantos y lo reto a que mire sin estremecerse los resplandores de su piel

desnuda.

No creo que le incomode mucho el destino de Sísifo, pero si usted adoraba a

Hércules y le fascinaban las que yo he llamado "sus grotescas hazañas", siga fiel a sus

sentimientos y no se desafilie de la secta de ese dios bárbaro. Tal vez no esté de acuerdo

con las opiniones que Odiseo se ha formado sobre el Hades, pero le ruego que se ponga

en su lugar y por lo menos lo comprenda.

4

Si usted es filósofo, o mejor dicho, estudioso de la filosofía, aunque no se haya

atrevido a lanzar ninguna hipótesis, le ruego que se acerque con precaución a esa caldera

hirviente que es la filosofía griega. Usted podrá darse cuenta de que en ese terreno, yo

tengo mis amigos y mis enemigos. Es posible que usted no navegue conmigo en el eterno

devenir de Heráclito y siga aferrado a la lógica de la no contradicción. Se puede dar por

satisfecho porque desde la época de Platón y Aristóteles la mayoría está con usted y, por

lo tanto, tienen más votos. Falta preguntar si la democracia está en lo cierto.

Es posible que usted esté de acuerdo a medias con la ciencia moderna, pero

maldiga a los jonios, porque fueron demasiado radicales en sus puntos de vista. En tal

caso espero que por lo menos no vote a favor del destierro de Anaxágoras. Quizás usted

se indigne por la manera como describo las patrañas del chamán Pitágoras y se ofusque

por que culpe a Platón de haber invertido la Pirámide. Si es así, no le pido que me ayude a

colocarla de nuevo sobre su base. Siga pensando que vivimos en la caverna y que sólo

miramos el reflejos de la realidad.

Si usted se interesa por la política, no le pido que esté de acuerdo conmigo en el

juicio sobre la democracia ateniense o en mi descripción de Pericles o de Tucídides. Tal

vez se haya formado otra opinión. En tal caso, le ruego que me conteste con otro diálogo,

pero no cometa el error de escribir un tratado sobre el verdadero significado de la

democracia. Me niego a competir con tratados.

Si usted es literato, no tiene que estar de acuerdo necesariamente con mis

interpretaciones de la poesía. Puede que le parezca que he sido irrespetuoso con

Eurípides y quizás usted estime a Menandro por encima de Aristófanes. Tal vez hubiera

preferido dialogar con Mimnermo, en vez de Arquíloco. Le confieso que yo también,

porque sigo pensando con Propercio que "en cuestiones de amor, un verso de Mimnermo

vale toda la Ilíada". Le dejo el turno para que sea usted el que dialogue con él, con tal de

que me cuente lo que dijo.

Usted podrá comprender que colocar la pirámide sobre su base, ha sido el único

objetivo de este libro, si es que este libro tiene algún objetivo. De todas maneras, no

confunda esto con una clase de catequética. Como lo decía Eliot: "Yo no soy ningún

profeta y aquí no se esconde ninguna materia importante". ¿O quizás sí? Ello depende de

la manera como usted tome la lectura de estos diálogos. Ojalá lo haga con los nervios en

su sitio. Por lo tanto, con el mismo Eliot lo convido:

"Let us go, and make our visit"

(T.S.Eliot)

5

1. ZEUS: EL TRIUNFO DEL MACHISMO

"Deben gobernar los mejores"

Largo tiempo tuve que esperar, para poderme entrevistar con el Padre de los

dioses. Llegó, por fin, cabalgando en una blanca nube. Traía el rostro risueño, enmarcado

en su barba canosa y sus cejas espesas. Su gentileza transparentaba que le había ido

bien en su último aventura amorosa y que Hera no había iniciado aún su asedio paranoico.

La reina consorte se hallaba en efecto, ausente y ello me permitió dialogar con Zeus con

más tranquilidad.

No me alcanzaba a imaginar todavía por qué el padre de los dioses se había

sometido a una entrevista con un oscuro reportero de un oscuro país. Yo había logrado

alcanzar mi propósito, valiéndome de un intermediario divino, que se hallaba un poco más

cercano a las realidades terrenas. Había conocido por casualidad a Hermes, el Mensajero

de los dioses, cuando pasó circunstancialmente por Roma, en el camino errabundo de sus

aventuras eróticas. Estaba persiguiendo a una romana que vivía frente a mi apartamento y

mi invencible inclinación voyerista me impulsó a seguir de cerca sus pasos, hasta toparme

con él y entablar una relación superficialmente amistosa.

Hablamos mucho sobre sociología del sexo y quedó prendado con algunas de mis

percepciones. Algunas de ellas coincidían con las corrientes que recorrían los pasillos del

Olimpo y acabó por convidarme a que subiese a las elevadas moradas. Como el camino

era desconocido para los mortales, se ofreció a recogerme algún día, en otra de sus

pasadas. La única condición que puse fue que se me permitiese hacerle entrevistas

formales a algunos de los dioses, que no se les hacía, según mi información, desde la

época de Luciano de Samosata.

El se comprometió y, cuando regresó por mí, me comentó que efectivamente

algunos de los dioses estaban dispuestos a dialogar conmigo e incluso les parecía

divertido - ellos no hacían nada si no era por diversión -. Querían intercambiar ideas con

un habitante de un país subdesarrollado del siglo XX. No revelo cómo llegué a la altura del

Olimpo, para evitar la competencia de curiosos periodistas o de indiscretos sicólogos

interesados en estudiar la conducta divina.

Ya estaba yo desde hacía algunos días en el Olimpo, cuando Zeus llegó, en forma

7

apresurada. Se le notaba en su rostro todavía un cierto aire de pícara complicidad. Me

sorprendió mucho que no llegase rodeado de escoltas y de serviciales cortesanos. Él

mismo venía conduciendo su nube, según pude observar por la ventana del palacio. Al

llegar a la puerta, se la entregó a un sirviente y entró sin pompa, con paso seguro y lento.

No puedo negar que me encontraba nervioso y al mismo tiempo entusiasmado por

tener la oportunidad exclusiva de penetrar en la intimidad del padre de los dioses. Él, al

pasar, con una deferencia que no dejó de conmoverme, se disculpó de no poderme recibir

en audiencia ese día. Me dijo con un cierto aire de humildad que se hallaba cansado y que

deseaba estar en la plenitud de sus sentidos (no dijo "facultades").

A la mañana siguiente, Zeus apareció por fin, acicalado, y me invitó amablemente a

sentarme junto a su trono. Me impresionó favorablemente la sencillez de su

comportamiento. No estaba rodeado por el boato de los príncipes ni se refugiaba en la

solemnidad inaccesible de Jehová. A pesar de su aparente sencillez, yo no acertaba a

encontrar las palabras apropiadas para dirigirme a él. No sabía si tratarlo de "tú" o de "su

majestad" o de "su santidad" y por lo tanto, preferí romper el hielo, planteándole mi estado

de turbación.

  • - No te preocupes, me dijo, tratándome inmediatamente de "tu" -. Yo comprendo tu

turbación. Es un problema propio de tu cultura. En la nuestra no existen esas diferencias

en el trato. Por eso en nuestro lenguaje no existe otra posibilidad que el "tu". Si te

embaraza, sin embargo, un lenguaje que tal vez te parezca demasiado íntimo, inventa las

formas verbales para tratarme de Usted o de "su majestad". De todos modos no me trates

de "su santidad", porque yo no soy un santo ni pretendo serlo. Nada tengo que aprender

de los santos cristianos.

  • - Está bien, - le dije- creo que sus palabras me han situado en la distancia cultural

que nos separa, pero, al mismo tiempo, en la necesidad de establecer un contacto

personal más directo. Sin embargo, como los comportamientos culturales no se superan

fácilmente, lo voy a tratar de usted, aunque tenga que forzar un poco la delicada

contextura de la lengua griega. La primera preocupación que desearía comentar con

usted, es acerca de su origen celeste. No sé hasta que punto usted se sienta incómodo, al

penetrar conmigo en esos rincones familiares, que sin embargo, gracias a la chismografía

de los mitógrafos, se han hecho del dominio público. Tengo que confesarle con sinceridad

desde el principio, que los acontecimientos que lo hacen a usted jefe del Olimpo, aparecen

para mi cultura, francamente escandalosos. Según la información que hemos recibido,

usted se apoderó de las riendas del poder en una revolución palaciega, triunfando sobre

su padre Cronos a quien desterró al Tártaro. Todo ello, como usted puede comprender,

hiere nuestra sensibilidad. No aprobamos los golpes de Estado.

  • - Lo siento por la sensibilidad de ustedes, - respondió Zeus con mucha tranquilidad

-. En las democracias carecen del sentido del poder. Tienen una sensibilidad exacerbada

con relación a los derechos humanos. Es una desviación que viene de la filosofía.

8

  • - Creo sentir, en la manera como lo dice, que usted no está de acuerdo con la

filosofía y menos aún con los ideales de la democracia y con el valor otorgado al individuo

y segundo, que usted defiende los ideales guerreros de su generación.

  • - Vayamos por partes, - respondió -. En primer lugar, yo no pertenezco a ninguna

generación. Mi reino se ha extendido por dos mil años y creo que a ese lapso de tiempo

no se le puede llamar "generación". Y por supuesto que no estoy de acuerdo con el

individualismo. Yo tuve que luchar con mi padre y lo tuve que encerrar en el Tártaro. Lo

hice obedeciendo principios de Estado, que están por encima de la sensibilidad individual.

  • - Pero esa versión, - le repliqué - no parece coincidir con la de los mitógrafos. Ellos

atribuyen la lucha a simples intrigas familiares y por supuesto, a la conducta inexplicable

de Cronos, a quien le dio por frustrar la descendencia divina, comiéndose a sus propios

hijos.

  • - Me parece absurdo que un investigador como Usted le crea a los mitógrafos. Los

que narraron los mitos lo hicieron para racionalizar su significado y por lo tanto, los

deformaron. El mito no puede trasladarse al lenguaje de la filosofía.

  • - Me parece muy aguda su observación, aunque no estoy de acuerdo con ella, -

respondí con tranquilidad -. Más aun, usted mismo está filosofando al atribuir a razones de

Estado su actuación contra Cronos. Tengo que confesarle que me agrada que el padre de

los dioses reconozca que su situación en el Olimpo se debe a razones políticas, aunque

no me queda claro si se refiere a la política celeste o a la terrena.

-A ambas, por supuesto, - replicó en forma inmediata Zeus -. El Olimpo griego no se

parece en nada a la corte celestial de los cristianos. Nuestra patria es la tierra. Nuestros

intereses son terrenos y se asimilan a las preocupaciones inmediatas de los hombres. Si

quiere que le sea franco, no entiendo la trascendencia Creo que fue la filosofía la que se

fue deslizando hacia un dios trascendente, una vez que inventaron la democracia y nos

desterraron de su reino político. Yo comprendo que nosotros no cabíamos en el espacio

de la democracia y del culto al individuo. Somos dioses guerreros y aristocráticos.

Aceptamos esos denominativos. Deben gobernar los mejores y los mejores son los más

valientes.

  • - Por lo que veo, usted no está de acuerdo con el pacifismo.

  • - Por favor! El pacifismo es la moral de los débiles. Los conflictos se solucionan en

la lucha. Los políticos toman el pacifismo como una argucia para hacerse al poder en la

lucha democrática. Tuvieron que reemplazar la guerra por la dialéctica. Yo hablo del poder

guerrero, no de la lánguida dialéctica de los políticos.

  • - Su respuesta me lleva a una segunda cuestión que deseaba encarar. Usted no

sólo practica la guerra, sino que es un amante famoso. El rumor de sus aventuras eróticas

llena las páginas de la literatura. Según mis cálculos, a más de sus amores divinos, en los

9

que no me meto, usted estuvo durante cinco siglos enamorando mortales. ¿Será que esta

conducta se debe también a razones de Estado?

  • - Por supuesto que sí, - se apresuró a contestar -. Yo no actúo sino por razones de

Estado. Ello no significa que no me gusten las mujeres que llevo a mi lecho. Creo que mis

compañeras de aventura fueron las mujeres más hermosas y célebres de Grecia y de todo

el Medio Oriente.

  • - Sin duda, - le respondí - pero me parece un giro demasiado audaz llamarlas

"compañeras". Prácticamente ninguna de ellas se fue al lecho por amor, sino por violencia

y usted se tuvo que transformar en los más extraños seres para alcanzar sus propósitos.

  • - Así puede comprender usted mejor las razones de Estado que me llevaban a la

conquista amorosa, - respondió impertérrito -. Había que sembrar a Grecia con héroes de

estirpe divina, héroes que tuvieran la osadía de formar Estados fuertes, dentro de las

tradiciones forjadas por nosotros.

-¿O sea, que usted también sacrifica el amor a la razón de Estado? ¿Quiere Usted

decir que utilizó a las mujeres para formar Estados guerreros?

  • - Si lo quiere reducir a esa simplificada dimensión no tengo inconveniente en

aceptarlo, pero no me gusta de ninguna manera el término "utilizar". Las mujeres que llevé

a mi lecho divino fueron todas ellas escogidas cuidadosamente no solamente por razones

de Estado, sino también por su belleza y sus cualidades humanas. La belleza y la

prestancia de ánimo está íntimamente ligadas a las razones políticas. No veo por qué es

necesario divorciar la razón de Estado, de las circunstancias eróticas.

  • - Ahí está la diferencia fundamental entre las dos visiones, - le respondí -. Para mí

el amor debe ser necesariamente recíproco y creo que ello no se dio en ninguna de sus

aventuras humanas. Casi todas las mujeres escogidas tan selectivamente por usted

lucharon por no caer en las redes del amor divino, a no ser que usted las engañase, como

lo hizo con Alcmena. Usted tuvo que seguir a Io por todo el Egeo y tuvo que convertirse

en polvo de oro para yacer con Dánae. ¿Cree Usted sinceramente que a eso se le puede

llamar "amor"?

  • - No voy a discutir caso por caso. En el caso de Io, usted se atiene a la versión de

Esquilo. Supongamos que sea cierta. En tal caso, yo me tuve que convertir en toro, porque

Hera la convirtió en vaca. En el caso de Dánae, no había manera de penetrar en la celda

enrejada, sino convirtiéndose en polvo y un dios no se convierte sino en polvo de oro. ¿No

le parece que estas aventuras realzan el amor?

  • - De ninguna manera, - le respondí -. Creo que el amor no hay que realzarlo y

menos aún metamorfoseándose en toro. ¿No le parece vergonzoso que un dios tenga que

regresar en la escala de la evolución, para poder saciar sus apetitos eróticos o políticos?

10

  • - Le confieso que yo no he podido entender que es eso de la evolución, - me

respondió con un dejo de sapiente indiferencia -. En el fondo de su pregunta se esconde

un prejuicio detestable. Ustedes inventaron la evolución para colocarse en la cúspide.

Para nosotros, en cambio, todas las especies tienen su gracia. ¿Que problema tiene

convertirse en toro? No es más que adquirir una de la múltiples formas que tiene el

universo.

  • - Bueno, no entremos en esa discusión, que puede herir la sensibilidad de mi

cultura, - le dije -. Yo quería enfocar la discusión desde una perspectiva diferente. Me

interesa profundizar en la relación entre los sexos, hombre y mujer, por supuesto. Lo que

mortifica mi sensibilidad es el hecho de que su reinado significó una imposición violenta de

los ideales machistas y desde ese momento nuestra cultura se encuentra enferma.

  • - Me imagino que esa sea la tesis atrevida de alguna feminista de su generación,

pero explíqueme un poco más su pensamiento para no prejuzgarlo.

  • - Lo que importa, - le respondí - no es si uso o no la tesis de alguna feminista Lo

importante es lo que usted piensa sobre esa hipótesis. Antes de que ustedes entraran en

escena, la cultura se hallaba en manos de la mujer y ello desde la época neolítica. A ellas

pertenecía el culto y consecuentemente, la orientación política de la sociedad. Ustedes

construyen una sociedad guerrera, manejada exclusivamente por los hombres y se

apoderan incluso de los lugares de culto. Las antiguas diosas tienen que subordinarse a

sus caprichos. Hera, una de las diosas de la fertilidad, es convertida a regañadientes en

su esposa y Atenea, la diosa de la sabiduría, tiene que nacer de nuevo de su cabeza, para

significar que en adelante la inteligencia es una prerrogativa del hombre. La historia sexual

y política del nuevo reino, instaurado por ustedes no es más que una prolongada

humillación de los derechos femeninos. Ustedes atropellaron los santuarios de las

antiguas diosas y los sometieron a su dominio.

  • - Nosotros afortunadamente no tuvimos que padecer las extravagancias de los que

creen en la igualdad de los sexos respondió -. El dominio guerrero ha sido siempre un

privilegio de los hombres. Las mujeres tienen su función biológica en el seno del hogar.

Sólo a la generación de ustedes se les ha ocurrido sacarlas a competir en la plaza pública.

  • - Por lo visto, Padre Zeus, Usted olvida que las mujeres manejaron la sociedad

antes de que ustedes las relegaran a las cuatro paredes del hogar y si usted tuvo que

engendrar a Heracles, es porque sentía amenazado su poder por el auge que iban

tomando las guerreras amazonas. No sé si está esquivando mi pregunta.

  • - Bueno, sea como usted dice. ¿Qué tiene de malo el que hayamos colocado las

cosas donde siempre deberían haber estado?

  • - Perdone, pero Usted habla con el lenguaje de un político conservador.

Zeus empezó a fruncir el ceño. Enarcó ampliamente las espesas cejas y me miró

11

con un sentimiento que mezclaba la ira y el fastidio. Me di cuenta que no podía avanzar

mucho más en el diálogo. Se estaban cerrando los caminos de comprensión entre dos

culturas diferentes. Tenía, sin embargo, todavía mucho que inquirir y procuré darle un giro

diferente a la conversación.

  • - Veo que el tema es complejo, - dije, con un gesto de arrepentimiento - y no

quisiera insistir más en él, por encima de su divina repugnancia. Permítame, sin embargo,

introducirme en un tema demasiado íntimo, pero que de todas maneras ya es del dominio

público, desde que lo divulgó la chismografía de los poetas. Me refiero a sus relaciones

con Hera.

  • - Es un tema espinoso del que no me gustaría hablar - respondió -.

  • - Yo lo comprendo. Hera, según entiendo, no es una persona muy tratable. Además

entiendo que el matrimonio de ustedes se realizó por conveniencia. Ella accedió a

casarse, porque Ud. acabó violándola, después de que se disfrazó de inocente cuclillo,

para jugar en su seno. Me parece, sin embargo, que es la única persona a la que Usted

teme.

  • - Me da la impresión de que Usted. es un reportero atrevido y para venir a

entrevistarme se saturó la cabeza con los chismes de los mitógrafos. Le pido que sea mas

comedido en sus palabras, si quiere que este diálogo no termine en tragedia.

12

  • - Le pido mil disculpas, - le respondí temeroso -. La entrevista con Usted es

demasiado importante. Recuerde que soy el único lazo directo que une el Olimpo con el

mundo moderno. Los críticos se tienen que contentar con la interpretación de los viejos

relatos. Lo único que deseo es abrirle una ventana a través de la historia, para que usted

pueda explicar los aspectos que juzgue más importantes de su personalidad. Le pido me

excuse de antemano si me excedo en algunos términos o no guardo las circunspección

exigida en su corte. Soy un hombre de otra cultura y desconozco el lenguaje utilizado en el

Olimpo.

Zeus pareció calmarse y continuó.

  • - Mis relaciones con Hera nunca han sido fáciles y eso lo saben tanto los dioses

como los hombres. No represento, sin embargo, una excepción. La monogamia es dura,

pero es socialmente necesaria. Yo estoy interesado en conservar la fidelidad conyugal,

porque es la base de la cultura.

  • - Creo que eso es exactamente lo que venimos haciendo desde ese entonces, - le

respondí -. Ustedes impusieron el modelo. ¿Cree Ud. que vale la pena sacrificar la

felicidad personal, por una apariencia ficticia de amor?

-¿La felicidad personal? Qué es eso. Los hombres hablando de felicidad personal!

Lo que existe son las reglas sociales. Además todo depende de la manera como se defina

el amor. Por lo visto, Usted tiene una manera muy particular de entenderlo. Para nosotros

el amor está cifrado en la fidelidad de la mujer y esta fidelidad es la única que permite

mantener la decidida orientación del hombre sobre los asuntos políticos.

  • - Puedo decirle - le respondí - que la definición que Usted acaba de plasmar de

manera magistral, podría ser ratificada por la mayoría de mis contemporáneos. Sin

embargo es una concepción que va pasando de moda. Creo que con nosotros está

muriendo el mundo ambiguo que ustedes forjaron.

  • - No sé si esa dichosa concepción que, según usted empieza a nacer, es mejor o

peor que la nuestra, - me respondió con gesto reflexivo -. Lo que usted llama nuevas

ideas, no es más que el derrumbe de la moral. El triunfo del amor libre.

  • - Me parece extraño, de todos modos, que usted hable de amor libre. Creo que

debe llamarse amor libre lo que Usted ha venido practicando tanto con diosas como con

simples seres mortales.

  • - Usted se equivoca. Mi única esposa legítima es Hera y eso lo saben todas las

mujeres que comparten mi divino lecho.

  • - ¿Y por qué llama "fidelidad" a este juego de doble moral? La única diferencia entre

ustedes y mi generación es que ustedes se pueden vanagloriar abiertamente de sus

aventuras eróticas y los hijos ilegítimos fundan estirpes en Grecia. Pero el punto al que voy

13

es otro, y me da la impresión de que Usted está desviando la conversación. Lo que le

decía en un principio es que no vale la pena sacrificar la felicidad personal por las falsas

apariencias de la fidelidad conyugal. Esto lo digo desde mis convicciones y no desde la

moral de mi generación.

  • - Usted repite el disco, - me contestó con fastidio -. ¿Que entiende por felicidad? Me

da la impresión de que Usted no ha leído a Homero. La felicidad no es posible entre los

hombres. Es un atributo de los dioses.

  • - No le estoy hablando desde la perspectiva de Homero, - le respondí con firmeza -.

Aprecio enormemente su poesía, pero no me identifico con sus ideales de vida. Me

extraña igualmente que Usted cite a Homero, que fue el primer poeta que los caricaturizó.

Me imagino que Usted no esté de acuerdo con la pintura que hace de Ustedes. Otra cosa

sería si me citara al piadoso Esquilo. Pero vamos al punto. Esa especie de platonismo,

que atribuye solo a los dioses la felicidad, es el que ha invertido la pirámide de la cultura. Y

permítame dudar de la felicidad de los dioses. No me parece muy feliz su vida,

aguantando las iras menopáusicas de Hera.

-

Muy sutil,

contrariado.

muy sutil

su

análisis, me

dijo con un tono entre comprensivo

y

El clímax de la conversación estaba llegando a una situación peligrosa y yo no

podía olvidarme de todos modos que estaba frente al Padre de los Dioses. Necesitaba

llevar la conversación más adelante, hasta algunos de los aspectos más contradictorios de

la cultura del Olimpo. Yo estaba convencido que la generación de Zeus era responsable

de muchas de las desviaciones culturales que habían apartado al hombre y a la mujer del

camino de la felicidad. Volví, por lo tanto, al centro del argumento.

  • - El punto, - le dije con algo de rudeza - es que ustedes impusieron un modo de vida

que ha corroído la cultura. Subordinaron todos los valores a la violencia de la guerra y para

ello, no dudaron en sacrificar aspectos humanos que estamos intentando rescatar, como

es la libertad de comunicación, la igualdad del hombre y de la mujer en la iniciativa sexual

y política y simplemente, la satisfacción del goce, por encima del poder. Estoy convencido

de que la cultura no tiene ninguna salida por el camino que ustedes construyeron.

-Bueno, me parece que a usted no le interesa mi opinión. Parece que vino a hablar

conmigo, más para exponer sus opiniones que para darme la oportunidad de exponer las

mías. Usted llegó aquí con una idea preconcebida y la quiere imponer. Eso es lo que

ustedes llaman democracia, ¿no es cierto? Me da la impresión de que usted desprecia

nuestra cultura y ahora comprendo que pidió la entrevista para desahogar sus odios y las

frustraciones de su propia cultura.

  • - Perdone, pero creo que me he hecho comprender mal. No desprecio ni mucho

menos la cultura griega. Más aun, es quizás la que prefiero. Toda cultura tiene sin

embargo, sus lados positivos y negativos. Lo que estoy haciendo es explorar los límites de

14

la formaciones culturales. Intento señalar algunos de los aspectos que, a mi modo de ver,

influyeron perniciosamente en Occidente. Una de las cosas que yo admiro en la cultura de

ustedes es que está presidida por dioses carnales, capaces de sufrir y de gozar, de reír y

de llorar. Dioses apasionados y con fuerza sexual y ello sólo es posible dentro de una

cultura que acepte la contradicción. No crea que estoy haciendo la crítica desde el nicho

de la sensibilidad cristiana. Lo que rechazo es la utilización del sexo para cualquier tipo de

fines, sean económicos, políticos o religiosos. Para mí, el amor es un fin en sí mismo.

  • - Muy hermosa su teoría, pero muy utópica. Soñadora como cualquier poema, pero

falsa. La historia no la domina el amor sino el poder. Así de simple. Los hombres y los

dioses han sido creados con un corazón egoísta.

  • - Usted se puede lavar las manos, porque al fin y al cabo no intervino en la creación

del universo. Lo encontró ya hecho y se adaptó a él. Así es muy fácil tomar esa posición.

El dios judío o el cristiano no podrían evadirse tan fácilmente. Ellos están comprometidos

con toda la creación, incluido el hombre.

  • - Me dijo que no se agazapaba en la sensibilidad cristiana, - respondió con un

acento de ironía que no le había descubierto - y allí lo tiene defendiendo al dios cristiano.

  • - En absoluto. Estoy haciendo la referencia a los dioses de otras culturas, - le

respondí -. Eso no significa que los esté defendiendo, pero no estoy en diálogo con ellos

sino con usted. Ya les tocará a ellos su turno, si es que logro entrevistarlos. Creo que cada

dios se debe comprometer con los límites y posibilidades de su propia cultura.

  • - Admiro su capacidad dialéctica, aunque no esté de acuerdo con sus conclusiones.

¿Cómo quiere que me borre del mapa con mi propia mano?

  • - Es un bello final, pero igualmente falso, - respondí con sonrisa de triunfo -. Yo

comprendo que a Usted le queda difícil reconocerlo, pero Zeus fue sepultado hace

muchos siglos. No lo mató el dios cristiano, sino la misma cultura griega. Dionisios y

Heráclito le cavaron la tumba y Luciano lo enterró. Era solamente una idea, imaginada por

los hombres y murió con los que la crearon. Creo que la charla mía con usted ha sido la

conversación con un fantasma, pero de vez en cuando es agradable hablar con los

fantasmas. Al fin y al cabo son parte de nosotros mismos. Ciertamente es más fácil que

hablar con los hombres.

Salí apresuradamente del Palacio, antes de que Zeus alcanzase uno de sus rayos y

me fulminase como al viejo Isquias.

15

2. APOLO: EL RITMO DEL AMOR

"Somos engranajes dentro del orden"

A pesar del rudo final que tuvo mi entrevista con Zeus, tuve todavía oportunidad de

conversar con Apolo. Zeus tenía que salir de viaje, a uno de sus innumerables

compromisos políticos, en la cama de alguna de sus amantes y me dejó libre el terreno.

Fue Hermes, de nuevo, el que me presentó de manera bastante informal a Apolo. No se

trataba de una entrevista regular, porque eso con Apolo no era posible. Lo que hice fue

acompañarlo a una de sus correría y entre caza y caza o en los pocos momentos que le

dejaban sus coqueteos amorosos, procuré hilar algunos retazos de conversación, que

tengo que transcribir de manera desordenada, tal como se dio.

Quería entrevistarme con Apolo, ante todo, porque lo consideraba junto con Zeus,

uno de los principales responsables de la cultura machista, pero en segundo lugar

simplemente porque era bello. Conocía de sobra sus tendencias homosexuales, pero yo

por fortuna había superado la edad de mis emociones y no corría peligro de caer en sus

encantos. Lo podía contemplar con un cierto descaro, sin que ello significase complicidad.

Desde el primer momento me sedujo su mirada, enmarcada en un rostro perfecto.

Caminaba con la sinuosidad armoniosa de una serpiente y su palabra era un verdadero

caudal de armonía. Me cautivó, sobre todo, el timbre de su voz, más que la profundidad de

su pensamiento. Evidentemente era más sagaz que Zeus, sólo que más indolente.

Cuando pude entablar la conversación me referí ante todo a sus relaciones

familiares. Estaba intrigado en conocer algo de la rebelión que había acaudillado contra

Zeus. No quiso, sin embargo, conversar sobre ello y tuve que contentarme con

contemplar, extasiado, sus inquietantes ojos. En cambio abordó con absoluto desenfado y

encanto los más mínimos detalles de su vida amorosa. Pude conocer de primer mano su

dilatada voracidad sexual, que estaba teñida, sin embargo, de un cierto tinte moralista. A

pesar de su gracia corporal, e incluso espiritual, revelaba algunos rasgos de una

naturaleza contradictoria. La parte erótica de su personalidad estaba balanceada

oportunamente con algunos rasgos guerreros, que conformó desde pequeño a lo largo de

sus luchas con Ticio. A veces afloraban sobre su piel sedosa algunos brotes

momentáneos de crueldad, que recordaban sus impetuosas venganzas contra el pastor

Marcias.

Esa múltiple personalidad del dios me intrigaba y me seducía. Sin embargo, esa

16

personalidad contradictoria la trataban los mitógrafos de manera tan distinta, que me

sentía recompensado por la oportunidad de formarme una opinión de primera mano.

Insistí en el deseo de conocer su opinión sobre la rebelión contra Zeus y al cabo de

mi insistencia, me respondió:

  • - Fue una aventura estúpida y estoy arrepentido de ello y como no me gusta

sentirme arrepentido, prefiero no hablar sobre este tema.

  • - ¿No tenía Usted la intención de formar una nueva dinastía? - me aventuré a

insistir.

  • - No, en absoluto. Fue una simple pataleta de rabia, porque Zeus fulminó a mi hijo

Asclepios. Yo no sé porque ustedes los hombres se imaginan que los dioses pueden

reemplazarse en el poder al vaivén de sus rabietas pasajeras. El reino de los dioses es la

manifestación de ciclos cósmicos definidos por el destino. Zeus tenía todavía mucho

destino por delante.

Esta respuesta contundente me acercaba inesperadamente a uno de los aspectos

más inquietantes de la personalidad de Apolo, que estaba deseoso de explorar.

  • - ¿Quiere decir, - le pregunté - que ustedes no tienen el destino en sus manos o, en

otras palabras, que ustedes son manejados desde atrás como en un teatro de

marionetas?

  • - Sí. Así es, si así lo quiere expresar, - me respondió con absoluta calma -. No sé

qué significa eso para usted. Nosotros no tenemos la pretensión de omnipotencia. Somos

engranajes dentro de un todo ordenado y no somos ni creadores ni sustentadores

providenciales de nada.

  • - Pero eso es lo que no cabe en nuestra mentalidad ...

  • - Soy consciente, - me respondió antes de que yo alcanzara a terminar la frase - de

que ustedes tienen una mentalidad estrecha y les queda difícil entrar en otras lógicas.

Definitivamente me enfrentaba con un adversario más dialéctico que Zeus. Al

parecer, tenía un profundo conocimiento de nuestra civilización y estaba dispuesto, más

que ninguno, a defender la cultura griega.

  • - Discúlpeme, - le dije un poco molesto - pero quisiera explicarle la lógica de una

mentalidad que Usted desprecia.

  • - No! No la desprecio. Sólo le estoy señalando unos de los límites de su cultura, que

consiste en una cerrada incapacidad para comprender otras alternativas.

17

Me sentía de pronto atrapado por Apolo en la estrategia que yo había querido

manejar con los dioses.

  • - Sea!, - le dije, con la misma contundencia -. Ante todo quiero explicarle con mucha

claridad, para que no se lleve a engaño, que no vengo aquí como representante de la

cultura cristiana, sino como un simple estudioso. Le ruego, por lo tanto, no confundirme ni

confundirse. Desde Platón, el problema al que Usted hace alusión se plantea en estos

términos: "si existe un orden, tiene que existir un ordenador". Es una opinión que

predomina en Occidente, al menos desde el momento en que ustedes abandonaron la

escena. Espero que lo que ustedes llaman destino lo podamos llamar con los estoicos:

orden. En ese caso pregunto: ¿Hay algún dios, por encima de Zeus, responsable de ese

orden?

  • - Ya conocía suficientemente su explicación, pero gracias por haberla reducido a

esa sencilla caricatura. Un orden no es necesariamente el resultado de una inteligencia. Al

contrario, la inteligencia puede llegar a ser el resultado de un orden. Creo que esa

conclusión le resulte más fácil entenderla a un moderno como usted, que pretende

fundamentarse en los resultados de la ciencia.

  • - Con esa explicación, - le respondí con sorna - me parece que Usted le da la razón

a los filósofos, pero fueron ellos los que borraron de la escena a los dioses.

  • - Yo soy Apolo, - me dijo con una graciosa firmeza -. No está hablando Ud. con

Zeus o con Hera o con cualquiera de los dioses tradicionalistas. Como Usted dice,

nosotros ya estamos por fuera de la escena y ello no me pesa. Yo no soy el padre de los

dioses y me parece bien que hayamos pasado de moda. Pero le digo sinceramente que no

me gusta verme reemplazado por los dioses absolutistas que se subieron después al

tablado, llámense Jehová, Alá o el dios cristiano. Me da la impresión de que la Cultura

Occidental ha perdido una inmensa riqueza, desde que se encerró en un monoteísmo

estéril. La riqueza de la cultura griega se debe en gran medida, a que nosotros

representábamos diferentes puntos de vista. Por eso había intrigas y luchas entre

nosotros. Nunca pretendimos la ortodoxia para ninguna de las tendencias. Ni siquiera

Zeus intentó implantar sus puntos de vista. El hombre griego aprendió a orientarse dentro

de un mundo contradictorio y creo que esa es la base de la democracia. Si a ustedes les

ha costado tanto construir una democracia, es porque no han podido salirse del

absolutismo religioso.

Me sorprendió el fino y profundo discurso de Apolo y no sospechaba que su

sagacidad llegase hasta ese extremo. Al notar mi turbado silencio, prosiguió:

  • - Me da la impresión de que usted está algo sorprendido por mis planteamientos.

He tenido bastante tiempo de reflexión y de estudio, desde que los hombres me

abandonaron, pero tengo que decirle que soy más feliz ahora. Tengo más tiempo para

pensar y para amar y no tengo que inventar cada día una profecía.

18

  • - ¿Quiere eso decir que Usted inventaba los oráculos de Delfos?

  • - “Inventar” es quizás una palabra demasiado ruda. Yo me reducía simplemente al

papel de un intérprete y procuraba darle significado al qué-hacer humano, dentro de la

compleja red de acontecimientos cósmicos.

Estaba asombrado ante la plasticidad y la flexibilidad del pensamiento de Apolo,

pero quería averiguar si se movía con igual soltura en el terreno de la vida cotidiana. Por

ello lo trasladé bruscamente al tema de su práctica sexual.

  • - Tengo que confesarle, - le dije sin preámbulos - que una de las cosas que me

repugnan en los dioses griegos es el desenfreno de su lascivia machista. Vengo de una

larga conversación con Zeus y me da la impresión de que no se movió un ápice en sus

criterios eróticos. Cree que puede jugar con la sexualidad y con el amor, para el

cumplimiento de sus propósitos políticos.

  • - Bueno, creo que es mejor comprenderlo. Él es el guardián del orden y difícilmente

puede adaptarse a los cambios.

  • - Ya he intentado comprenderlo a él. Ahora quiero comprenderlo a Usted. Según

entiendo, Usted no ha dejado de enamorar a cuanta ninfa o pastor hermoso se encuentre

en su camino y no sé si juega con ellos con tanto descaro como lo hacía en sus tiempos

de dios.

  • - No me ofende su lenguaje desenfadado, - me respondió con gesto tranquilo -

aunque yo como entrevistador hubiese hecho la pregunta con más delicadeza. No voy a

negar que soy hijo de mi generación y que acompañé a Zeus en sus conquistas de los

templos neolíticos. Reconozco que hubo mucha violencia y me parece que de otra manera

hubiese sido muy difícil desarraigar las costumbres del matriarcado. Sin embargo, no me

ufano de ello. Me extraña que él haya reconocido ante Usted que lo hacía por razones de

Estado. Me da la impresión de que había en mas egoísmo espiritual y carnal que motivos

altruistas. Sin embargo, tampoco estoy dispuesto a hacer la palinodia cristiana.

  • - Creo entender que usted actuaría en este momento de manera distinta.

  • - Por supuesto. Hoy en día actúo de manera distinta, porque han cambiado las

circunstancias. Eso no significa que estuviese dispuesto a cambiar de actitud si se

presentasen las circunstancias de entonces. Yo no creo en el manejo almibarado de los

futuribles. Cada momentos histórico trae su propio "Moira" y mi filosofía ha sido siempre

adaptarse a las cambiantes modalidades del devenir.

  • - No sé si con ello quiere significar que es inútil cualquier esfuerzo por cambiar el

resultado fatídico del "Moira", - le respondí capcioso -. Tengo que confesarle que en

ocasiones me siento seducido por esa doctrina del pesimismo pasivo, pero acaba por

parecerme un comportamiento suicida. Todavía creo que podemos luchar contra las

19

situaciones adversas.

  • - Bueno, Usted sólo cuenta en su haber con unas cuantas décadas. Sin embargo,

no quiero que interprete mal mi pensamiento. El hombre no es una simple hoja al viento,

como tampoco lo éramos los dioses. Pero de nuevo tengo que recordarle que en nuestra

filosofía, por llamarla de alguna forma, el mundo no estaba sujeto a la rígida dirección de

un dios único. El concepto de libertad que ustedes se han formado, proviene de allí. Es

una defensa justificada, creo yo, contra un dios demasiado absorbente. A pesar de todo,

Occidente nunca ha podido creer firmemente en la libertad. Los deseos de independencia

acaban siendo sometido por el rigor monoteísta. Como ustedes eliminaron las

contradicciones en la esfera divina, tienen que someterse a la intemperancia de una

voluntad única. El concepto de libertad refleja simplemente el deseo de liberarse de este

absolutismo. Pero se han alejado demasiado en ese peligroso camino. Han acabado por

olvidar la manera como el hombre se inserta en el cosmos.

Me sentía seducido por el análisis. Lo encontraba al mismo tiempo contundente y

peligroso y el riesgo me atraía más que la contundencia. Al cabo de un rato de reflexión,

que esta vez él supo respetar, le contesté:

  • - Estoy de acuerdo con usted en que la libertad no es fácilmente conciliable con el

pensamiento cristiano, pero no había pensado en que pudiera ser un escape al dominio

despótico de dios. Déjeme reflexionar mas largamente sobre este tema. Por el momento,

quisiera regresar a mi inquietud inicial. Cómo concibe usted hoy en día la relación erótica.

  • - Tal vez tenga que corregir algunas de sus apreciaciones, me respondió sereno.

Ante todo, debo decirle que nunca he llevado a una mujer al lecho sin estar enamorado de

ella.

  • - Ese es el punto, - le respondí prestamente -. Usted estaba enamorado, pero no se

preguntó nunca si ellas estaban enamoradas. Esta es la sutil diferencia en la que quiero

insistir. Es muy posible que las diosas y las mortales que acabaron en su lecho le

atrajesen a Ud. de antemano. Yo no he acusado a los dioses griegos de estupro, aunque

ello pueda ser cierto en algunos comportamientos de Zeus. Los he acusado de no tener

en cuenta la iniciativa femenina. De creer que bastaba con que el corazón masculino

inclinase la balanza, sin tener en cuenta el sentimiento de la mujer. El sexo es legítimo

cuando se establece como relación mutua. De lo contrario no pasa de ser una violación.

  • - Me siento escuchando un sermón cristiano, - respondió Apolo con una casi

imperceptible señal de disgusto.

  • - No confunda mi posición con la moral cristiana, que se parece mucho más a la

conducta implantada por ustedes. El cristianismo ha predicado siempre la sumisión pasiva

de la mujer y el dominio patriarcal del hombre. Por esta razón le ha costado tanto penetrar

en la época moderna. La ética contemporánea del amor es una reacción contra la moral

de la sumisión.

20

  • - Pero no veo por qué me acusa de violación. Sobre qué hechos se basa.

  • - Bueno, quizás la palabra violación es demasiado severa. Usted lograba sus

objetivos de una manera mucho más sutil. Me imagino que recordará cómo pudo gozar de

la ninfa Dríope, convirtiéndose primero en tortuga, para que las mujeres pudiesen jugar

con usted y después en serpiente, para espantar a cualquier testigo.

  • - Sí, pero ello no prueba que Dríope no se hubiese querido acostar conmigo. La

prueba es que se dedicó a mi culto con el hijo de nuestra unión.

  • - Sin duda usted tiene la misma versión con relación a Talía, Corónide o Cirene,

pero es un argumento fácilmente refutable. Estoy de acuerdo en que las mortales

deseaban ansiosamente unirse a los dioses, para engendrar héroes. Ello significaba poder

político. Pero estas circunstancias las crearon ustedes. Ellas no era libres en su elección.

Permítame, por ejemplo, analizar el caso de Dafne.

  • - Ya sabía que iba sacar el caso de la ninfa Dafne. Me imagino que usted ha sido

seducido por la fábulas mentirosas de Higinio y por la charlatanería de Pausanias. Dafne

fue siempre una de mis favoritas y los mitógrafos no saben cuánto la amé.

  • - Por supuesto, - le respondí ofensivo -. La amó tanto que no dudó en sacrificar a su

rival Leucipo y, por otra parte, nunca se preocupó por preguntarle a Dafne si lo quería. La

impresión que tengo es que Dafne pertenecía al bando de la tradición matriarcal y no

estaba interesada en dejarse cortejar por los nuevos dueños del poder. La castidad de

muchas de las diosas como Diana o Atenea o de ninfas como Dafne no se debía a

indiferencia sexual ni mucho menos a un desprecio cristiano por el placer. Era una actitud

de rebeldía ante la imposición de una sexualidad machista, en la que sólo el hombre tiene

la iniciativa.

  • - Bueno, usted o quienquiera que haya fraguado esas ideas puede tener parte de

razón, - me respondió con gran aplomo -. La sexualidad se adapta en cada cultura a las

necesidades sociales. No voy a insistir en ese principio general que ustedes han estudiado

suficientemente. Lo único que deseo decirle es que no se aplica en el caso de Dafne. La

belleza y el temperamento de esa ninfa me sacaban de quicio. Trátelo, si quiere, como un

problema sicológico, pero no lo coloque en el terreno de la sociología. Fue la mujer a la

que perseguí con más pasión. Eso es cierto, como también es cierto que ella rechazó

siempre mi fervorosa insistencia. De ahí no se deduce que yo la buscase de manera

morbosa.

  • - Yo sospecho que Boticelli quiso retratarlo a Usted en esa figura verde y lasciva de

la Primavera, que se abalanza sobre el cuerpo indefenso de la ninfa. Si la versión del

asedio no fuese cierta, no entiendo por qué Dafne tuvo que invocar a su Padre, para que

la salvara de su furia persecutoria.

21

  • - Por supuesto que yo la perseguía. Todo amor es una persecución y nunca

sabemos si vamos a ser correspondidos.

  • - No! Definitivamente no estoy de acuerdo con esa definición del amor, -le respondí

en forma brusca-. Para mí el amor es un juego de correspondencias, no una persecución.

Esa es precisamente la consecuencia más nefasta de la cultura que ustedes sembraron.

Perdimos el ritmo del amor. Se interrumpió la danza del cortejo, que viene

complejizándose a lo largo de la evolución, como un rito amoroso. Solo quedó la

persecución, que no es más que fruición genital. Eso ya no se puede llamar amor.

  • - Bravo!, - respondió entre entusiasmado e irónico -. Hermoso discurso y estoy a

punto de subscribirlo. También yo he evolucionado después de contemplar a lo largo de

una vida milenaria, tantos atropellos cometidos en nombre del amor. Y si nosotros

pusimos las bases del machismo, y creo que usted no me lo ha demostrado todavía,

ustedes lo refinaron. No soporto el matrimonio cristiano. Me da náusea ese amor

escondido. No podrá comparar las rígidas costumbres sexuales de Occidente con la

libertad griega.

  • - De ninguna manera. A pesar de los aspectos negativos que he señalado, estoy

convencido de que la época griega ha sido una de las más decididamente libres.

  • - Me halaga ver reconocidos los aspectos positivos de mi cultura. Yo conocía por

Hermes su libertad de pensamiento y por eso acepté la entrevista.

  • - Permítame penetrar en un aspecto vedado, al menos dentro de la cultura de

Occidente. Según entiendo, Usted fue el primer dios en promover los amores

homosexuales.

  • - Sé que es un tema escabroso para ustedes, no para nosotros. Podemos hablar de

él con la tranquilidad con la que hablamos de los amores femeninos. Sin embargo, creo

que atribuirme la paternidad de esa conducta es ignorar la primacía de Zeus. Yo aprendí

a amar a los jóvenes en el seno del hogar. Zeus raptó a Ganimedes, cuando yo era joven

y me crié al lado de ese encantador mancebo. Creo que tuvo toda razón en raptarlo.

  • - ¿Usted aplicaría también a los muchachos, el mismo modelo de persecución? Me

da la impresión de que los amores homosexuales de los dioses no tienen ese aire de

frescura que se respira en los diálogos de Platón. Las relaciones de la época heroica son

algo turbulentas y me refiero no sólo al rapto de Ganimedes sino a sus propias relaciones

con Jacinto.

  • - No me responsabilizo por la acciones eróticas de Zeus. A él le han gustado

siempre las acciones bruscas y le cuesta mucho manifestar ternura. No es mi estilo. No

creo que haya nada que reprocharle a mi amor por Jacinto.

  • - Bueno, no creo que la escena sea totalmente limpia, - le respondí -. En primer

22

lugar no me agrada ese ambiente de competencia con el poeta Támaris. Usted lo acusó

ante las Musas, únicamente para quedarse con el amor de Jacinto y puesto que lo

conquistó con violencia, lo perdió también con violencia. Usted llama a eso un sano amor.

  • - Por lo visto Usted está saturado por la chismografía de Luciano.

  • - No interesa cuales son mis fuentes de información. Lo único que me importa es su

opinión.

  • - Los mitógrafos han deformado mucho la escena. No digo que mi amor por Jacinto

carezca de componentes violentos. Es muy difícil ejercer el amor en un ambiente tranquilo.

La competencia entra a romper muy fácilmente la tersura de la relación. Con ello quiero

decirle que la violencia no está muchas veces en el interior del deseo erótico, sino que

surge de sus circunstancias sociales.

  • - Pero eso es lo que me preocupa. ¿Porqué el amor no puede compartirse?

¿Porqué se tiene que convertir en ese juego de competencia y de muerte? ¿Porqué acaba

siendo un apetito egoísta y sin freno?

  • - Creo que no hemos podido superar todavía los instintos atávicos de competencia

erótica, - respondió con serenidad -. Es una empresa que queda para el futuro.

Me di cuenta de que el diálogo estaba llegando a su fin. No quería prolongarlo

arriesgando mi relación con Apolo. Esperaba ver de nuevo su cuerpo grácil y participar en

su agradable y profunda conversación. Me despedí con la mayor afabilidad posible. El

retomó su carcaj y se alejó por la llanura tesalia.

23

3. DIONISIOS: LA MUERTE DE ZEUS

"La inteligencia funciona sincronizada con

el sexo"

Había en el Olimpo una personalidad cuyos rasgos al mismo tiempo me fascinaban

y me intrigaban. Dionisos, a mi modo de ver, significaba la contradicción, introducida en el

reino de los dioses. Fue muy difícil lograr una entrevista con él, porque paraba muy poco

en el Olimpo. Su función era conquistar tierras que se subyugaran a sus desenfrenadas

orgías y a la pasión del vino. Seguía siendo un conquistador más que un pacato morador

del Olimpo, aunque últimamente encontraba cada vez más dificultades para sus faenas de

liberación erótica.

La personalidad de Dionisos me intrigaba por varios motivos. Ante todo, era

contradictorio y no le importaba serlo. Después de haber entrevistado a Apolo, tan

metódico y racional, me tentaba enfrentarme a ese dios báquico, que no le ponía límites a

su personalidad. En contraste con los dioses machistas, Dionisos había sido educado con

disfraz de mujer y conservaba deliciosos matices femeninos.

Por otra parte, su personalidad contrastaba con la de sus compañeros del Olimpo,

no porque fuese un hijo adulterino, característica que compartía con casi todos los dioses,

sino porque su destino terreno y su glorificación final habían marcado una etapa en la

sede celestial. Desde pequeño había sido perseguido por Hera con una saña patológica.

El se había forjado con ello una personalidad que contrastaba violentamente con la

conducta machista de sus compañeros de clase. Gracias a sus hazañas terrenas acabó

conquistándose un sitial en las restringidas sedes de los dioses mayores.

Me intrigaban igualmente sus relaciones con su familia terrena. Acabó mezclándose

con los hombres como uno más, sin pretensiones divinas, pero su pasión era una espada

que dividía los ambientes más íntimos. Había sido engendrado por Zeus en amores

secretos con Sémele, la hija del rey tebano Cadmo y como cualquier hijo adulterino del

Olimpo, tuvo que sufrir la implacable persecución de la celosa Hera. Su madre fue

consumida por el esplendor de la gloria de Zeus y el padre de los dioses tuvo que insertar

en su muslo a su nuevo hijo, para que no pereciese. Una vez nacido, los Titanes, por

orden de Hera, lo desmenuzaron e hirvieron su carne en un caldero, pero la abuela Rea lo

volvió a la vida y el nuevo héroe vivió su niñez junto al rey Atamante y su esposa Ino.

Luego se iniciaron sus conquistas que lo llevaron hasta el Ganges.

24

Eran, pues, muchos los aspectos que me seducían o me intrigaban en ese dios

tardío y no me explicaba porqué había sido aceptado en la corte celestial, siendo así que

su comportamiento contrastaba con la conducta machista e imperial que predominaba en

el Olimpo. Después de una prolongada persecución, en la que me colaboró mi fiel amigo

Hermes, pude por fin entablar un apasionado diálogo con el hijo de Sémele. Lo encontré

en Naxos, que había sido la isla de sus idilios con Ariadna y que solía visitar con

frecuencia, para recordar los años más felices de su tempestuosa historia.

Abordé la conversación por las relaciones con Hera. Le manifesté mi extrañeza por

la manera como la diosa había querido aniquilarlo, entregándolo a los Titanes, para que lo

destrozaran.

  • - Posiblemente sea extraño para la mentalidad de Ustedes, - me respondió en

forma inmediata - pero basta conocer un poco la violencia que se respira en el Olimpo,

para entender que éste es sólo un acontecimiento pasajero.

  • - Pero no creo que se pueda comparar tan fácilmente con otras formas de violencia,

- le insistí -. A ninguno de los hijos divinos de Zeus intentaron despedazarlo.

  • - Bueno, eso es verdad. Hera me trató con una particular saña, pero a la larga, creo

que en vez de perjudicarme, me fortaleció. La violencia que soporté durante la infancia,

me educó para mis futuras faenas.

-¿Eso quiere decir que la rudeza de sus hazañas se debe a la violencia que debió

padecer durante su infancia?

  • - Exactamente! Eso es lo que estoy intentando explicarle.

-¿O sea, que si usted no hubiese sido atormentado y esclavizado no hubieran

tenido lugar sus fabulosas conquistas?

  • - Posiblemente no.

-Tengo que manifestarle que esa confesión me decepciona. Tenía un gran aprecio

por su figura, pero posiblemente me he formado una idea equivocada de usted, inducido

por las fábulas novelescas de los mitógrafos. Yo creía que sus conquistas tenían un

objetivo y que, en ese sentido, eran revolucionarias. Pero por lo visto no fueron más que la

reacción a una niñez violenta y ofendida.

  • - Siento decepcionarlo, - me respondió con cortesía -. Pero de todo modos me

gustaría conocer cual es la imagen que usted se había formado de mí.

  • - Tenía la impresión de que sus hazañas habían significado una verdadera rebelión

contra el dominio machista de los dioses del Olimpo y contra su moral tartufa. Creía que

sus conquistas significaban una epopeya que liberaba a la mujer de su condición de

25

esclava sexual.

  • - Bueno, me sorprende su perspicacia, - respondió con tranquilidad -. Pero esos

ideales, que posiblemente son ciertos, pudieron haber nacido del trato afrentoso que tuve

que soportar durante la infancia. Al menos esa es mi interpretación. Yo me propuse liberar

las costumbres de Grecia y extendí esta liberación a Egipto y el medio Oriente hasta el

Ganges. Estaba convencido de que lo que me había pasado en mi infancia, no era más

que la consecuencia de una cultura desviada. Era necesario volver a las raíces terrenas

que se habían hundido en la tierra durante el Neolítico. El vino y el sexo eran no

solamente los símbolos de la nueva cultura, sino también sus instrumentos.

Me sentí emocionado. Los ideales dionisíacos no eran una simple interpretación

moderna. El mismo Dionisos era consciente de ellos y los había abrazado como arma de

lucha. Tuve deseo de abrazarlo, pero su personalidad era demasiado esquiva. No tenía

noción de ternura. El sexo se había convertido para él en un arma. Pude comprender que

la conquista del amor libre podía convertirse en un objetivo, sin alcanzar a ser una práctica

inmediata. Dionisos no sabía amar y ello lo comprendí desde el momento mismo en que lo

vi. Sólo entendía el sexo como orgía revolucionaria. En vez de expresar mi emoción en un

sentido abrazo, me tuve que contentar con manifestar mi sentimiento en un lenguaje

comedido.

  • - Me reconcilio con sus ideales, que habían sido de tiempo atrás los míos, -le

respondí con alborozo-. Pero entonces, no comprendo porque lo admitieron los dioses en

el Olimpo. Usted ciertamente representaba un ideal de vida diferente al que ellos estaban

propagando con violencia y cinismo.

  • - Bueno, me parece que habría que ser un poco más respetuoso con los ideales por

los que ellos nacieron y lucharon, - me dijo con firme cortesía -. Yo no los comparto y luché

contra ellos, pero no utilizo ese lenguaje para referirme a ellos.

  • - Esa parece ser una respuesta de Apolo y no cuadra bien con su personalidad, - le

respondí -. Me da la impresión de que una larga estadía en el Olimpo ha modificado

significativamente los rasgos de su personalidad. Pero regreso a mi pregunta: ¿porqué lo

aceptaron en el Olimpo?

  • - Es que también el Olimpo cambia. Es un escenario versátil. Mi consagración tuvo

que ver con las transformaciones que se estaban dando en Grecia.

  • - ¿Ello significa que los dioses nacen y mueren con las culturas y con los ideales

humanos?

  • - Por supuesto! Los únicos que niegan esa verdad de Perogrullo son los que se han

afiliado a las religiones absolutistas. Los dioses del Olimpo estamos abiertos a las más

distintas manifestaciones. Ninguno de nosotros pretende reinar solo. El hecho de que me

admitiesen en lo que usted llama "la corte olímpica" no significaba en absoluto que ellos

26

estuviesen dispuestos a cambiar su comportamiento. Yo represento una tendencia más

dentro de una sociedad heterogénea.

  • - Lo que pasa, - le repliqué, casi arrebatándole la palabra - es que no creo que

fuese una tendencia más y me extraña que Usted, que representa la dialéctica de la

contradicción dentro del pensamiento griego, lo plantee en esos términos. Estoy de

acuerdo en que la sociedad griega empezó a cambiar con la revolución dionisíaca o que

Dionisos es el resultado de esa revolución. Si Usted no hubiese entrado en el Olimpo,

sería muy difícil explicar, entre otras cosas, la filosofía de Heráclito.

  • - Eso me suena muy filosófico, pero en el fondo creo que estoy de acuerdo. Yo

represento quizás el principio de la muerte de Zeus y de los dioses del Olimpo, pero los

cambios no se dan de manera súbita. La dialéctica no se corta como el queso, si es que

he podido entender a Heráclito. Yo fui un germen de distorsión en el seno del Olimpo, pero

eso no significa que el orden creado por Zeus se desmorone de la noche a la mañana. Yo

represento una tendencia antagónica, pero conviví por mucho tiempo junto a las otras

tendencias.

  • - Esa interpretación me parece más correcta, - le respondí - y me confirma el

parentesco de su personalidad con ciertos rasgos de la cultura griega que aprecio en gran

manera. Sin embargo, esas características me parece que también tienen sus límites y

juzgo que usted los encarna mejor que ninguno. Con la filosofía de la contradicción se

puede llegar a la justificación de la violencia. Lo que me inquieta en la cultura que usted

empieza a presidir es que incluso el amor se piensa como violencia. Heráclito, el filósofo

de su tendencia, lo manifiesta con claridad: "La guerra es el padre de todas las cosas".

  • - Bueno, no había pensado que Heráclito podía ser considerado como mi vástago

ideológico, a pesar de que él no me trató con cortesía. Pero me interesaría conocer en que

se basa usted para caracterizarme en esa forma.

  • - Me parece que es obvio, le respondí. Toda su vida y no sólo su infancia, gira sobre

la violencia. Los amores mismos están teñidos por el uso de la fuerza. Comprendo que se

trata de un tinte diferente a la violencia de los otros dioses. No es una violencia egoísta ni

por razones de Estado. Usted es el que implanta en la historia la práctica de la violencia

revolucionaria. Usted impone la orgía como obligación, de la misma manera que Zeus

había impuesto por la violencia la monogamia machista. Los que se oponen a las prácticas

orgiásticas que Usted inauguró son despedazados, como Licurgo o Anteo. Lipsaso, el hijo

de Leucipe, es destrozado por su propia familia. En fin, se me hace extraño que usted me

pregunte en qué hechos me baso para comprobar que su conducta erótica se fundamenta

en la violencia. El único rincón romántico de sus amores es posiblemente el romance con

Ariadna y me da la impresión de que su predilección por este lugar está basado en un

cierto sentimiento de nostalgia, al mismo tiempo que de arrepentimiento por sus excesos

de violencia erótica.

  • - Nunca me había visto desnudado de una manera tan violenta, - respondió con un

27

sentido de ironía -. Tengo que confesarle, - prosiguió con voz tranquila - que coincido

bastante con su apreciación. Tengo la impresión de que las nuevas libertades sólo podían

ser implantadas por la violencia y que en el proceso mismo, la violencia se puede convertir

en el objetivo de la acción. No se trata de que uno apruebe o desapruebe esa

metamorfosis. Simplemente sucede.

La profunda reflexión de Dionisos me trajo súbitamente a la memoria los versos de

Catulo:

"Odi et amo. Cur hoc facis fortase requiris

Nescio. Sed video fieri et excrucior".

Le pregunte si conocía los versos y si estos estaban de acuerdo con su filosofía.

- Por su puesto que los conozco, me respondió emocionado y creo que expresa con

bastante exactitud mi sentimiento sobre la vida. El amor no puede entenderse ni existir

sino mezclado con el odio. No se trata de una convicción teórica, sino de un hecho que se

impone a la experiencia. Ante ese hecho contradictorio, lo único que queda es sentirlo y

estremecerse.

Estuve a punto de aplaudir. Dionisos cautivaba cada vez más mi entusiasmo. Con

tono pausado y tranquilo, que contrastaba con la fuerza de las ideas, prosiguió:

- A la cultura Occidental le queda difícil entender esto. Ustedes viven otra lógica. Me

parece que Aristóteles los metió en un callejón sin salida. Cimentó la comprensión del

mundo físico y de la cultura sobre el principio de no contradicción y ese principio no explica

nada. Creo que los únicos que han podido salvarse de ese principio nefasto son los poetas

y uno que otro filósofo, pero por eso mismo, han sido sepultados de inmediato. No puede

hacerse ni poesía ni ética, apoyándose en el principio de no contradicción. El fracaso de la

ética cristiana es el mejor ejemplo de que la vida no puede dividirse en blanco y negro. No

puede basarse en el sí. La vida es la combinación del sí y del no.

Estaba sorprendido por la agudeza filosófica de Dionisos. Siempre había pensado

que era solamente un dios sensorial y que la filosofía le correspondía a Apolo. Al

manifestarle mi sorpresa me respondió con una nueva dosis de profundas reflexiones.

- El esquema que ustedes se han formado de la cultura griega como un sistema

dividido entre Apolo y Dionisios corresponde a la mentalidad de ustedes, no a la nuestra.

Es consecuencia del principio de no contradicción, que cree que los contrarios no se

pueden dar en la misma persona. La literatura de ustedes está basada en esa división:

cielo o infierno; Quijote o Sancho; Iván o Mitia. Tienen que repartir los contrarios en

tajadas y hacerlos coincidir con distintos protagonistas. La realidad, le repito, no es así. La

reflexión intelectual, por ejemplo, que ustedes atribuyen exclusivamente a Apolo, solo

puede hundirse en el suelo de los sentimientos y de las emociones. Ustedes inventaron el

alma para poder dividir la sensación de la inteligencia. De hecho, una delicada sensibilidad

lleva a una aguda comprensión de los fenómenos. La inteligencia funciona sincronizada

28

con el sexo.

  • - Esa última expresión me recordó el verso de Darío que, por supuesto, Dionisos no

tenía porque conocer. "La floresta está en el polen y el pensamiento en el sagrado

semen". Pensé, siguiendo las reflexiones del dios, que la poesía solo ha podido surgir

cuando renace la carne. Es el fruto de Dionisos y que por ello, el cristianismo es infecundo

en poesía. Cuando ha logrado surgir, la poesía lírica sigue siendo pagana. Todos los

poetas son malditos. La poesía tiene poco que ver con el pecado original.

Cuando logré regresar de mis meditaciones, respondí con balbuceos:

  • - Estoy de acuerdo en general con sus planteamientos, pero tengo que decirle que

la culpa la tienen los griegos. No quiero defender la cultura cristiana, sino explicar sus

raíces. El cristianismo recoge y amplia el mito platónico de la caverna y con ello se invierte

la pirámide de la cultura. Es Platón el que relega al infierno la carne, la sensibilidad y la

materia. Creo que Platón representa la muerte de Dionisos.

  • - Creo que usted tiene razón respondió -. ¡Lástima! Platón fue un genio

malogrado. En último término representa la reacción aristocrática contra el movimiento de

liberación inaugurado por mí. Su filosofía significó un rechazo a la expansión de la

sensibilidad, pero él mismo se vio atrapado en sus propias contradicciones. El amor a los

tiernos mancebos contradecía los principios de su filosofía y no supo como manejar esa

sensibilidad, estropeada por el sentimiento de culpa. El sexo acaba triunfando en toda

cultura y se abre paso por las rendijas de la restricciones morales. Eso es exactamente lo

que significa Dionisios.

Con esta conclusión solemne juzgué que debía dar fin a mi entrevista. Se me

quedaban muchas inquietudes sin resolver, pero quizás podría volver al diálogo en otra

ocasión. Habíamos entablado una agradable amistad.

29

4. SIMPLEMENTE AFRODITA

"Escoger

debes entre

la

ciencia

y

el

amor"

Estuve dudando si debía entrevistar a la diosa Afrodita. Dialogar con ella era

posiblemente caer en las redes de sus encantos. Me daba temor encontrarme con una

diosa que posiblemente no tenía otra boca que el sexo y que, a diferencia de Dionisos,

debía tener toda su inteligencia escondida en la atrevida concha de la herida sexual.

¿Era posible, además, entrevistarla? ¿Tenía acaso algún mensaje para transmitir o

sentarme frente a ella significaba prestarme a ser triturado por su deliciosa lascivia? En

alguno de los encuentros pasajeros que había tenido con Marte en los fortuitos momentos

de descanso que me dejaban mis entrevistas olímpicas, yo le había consultado sobre esa

posibilidad y él sólo me respondió con una sonrisa maliciosa. Hermes era, sin embargo,

del parecer de que valía la pena y me dijo para animarme que la figura de la diosa había

sido deformada por los mitógrafos.

Hermes me llevó hasta su residencia, en la isla de Chipre, en donde se había

refugiado, después de que el cristianismo había barrido con sus últimos lugares de culto.

Chipre era su propia isla, pero incluso allí tuvo que buscar un refugio inaccesible cortado

por arrecifes infranqueables, para defenderse de las iras del dios cristiano. Ella era la

encarnación de la nostalgia pagana. Incluso Alá vino a perturbar pasajeramente su

descanso.

La encontré en el jardín, recostada sobre un muelle sofá y completamente desnuda.

Su piel luminosa casi me enceguece. No es que yo la hubiese sorprendido. Hermes le

había anunciado mi visita y ella me estaba esperando en su esplendorosa desnudez, con

una actitud que no tenía nada de artificioso engaño o de artera seducción. Para ella la

desnudez era el estado natural y no un estratagema de conquista. Le manifesté tanto mi

deseo de dialogar con ella, como la turbación que me causaba su desnudez. Ella se cubrió

con una gasa casi trasparente, que la hacía más atractiva, mientras me decía:

- No me explico porqué los hombres no resisten la desnudez, que es el estado

natural del hombre y, por supuesto, de los dioses.

30

  • - Sin duda, - le respondí -. Yo comprendo que usted tiene razón y tengo que pedirle

perdón por mi actitud. Por desdicha, estoy habituado a la mojigatería de mi cultura y no me

puedo concentrar mirando su belleza. Yo vine porque estoy interesado en conocer algunas

de su opiniones sobre la vida y no propiamente porque desee gozar de su encantos.

  • - Allí está el engaño, - me respondió -. Ustedes han acabado por dividir el erotismo

de la simple relación comunicativa. El sexo es sólo una etapa de la comunicación.

Me extrañaba el contorno filosófico que iba tomando la conversación y me daba

cuenta de que para mí era imposible filosofar mientras deleitaba mis ojos con el contorno

de esa formas perfectas. Las suaves colinas de sus muslos me atraían irresistiblemente,

así fuese solamente para recostarme en ellos o para penetrar en su gruta abierta, apenas

disimulada por la gasa trasparente.

  • - Comprendo su turbación, - me dijo de pronto, mientras se colocaba un deshabillé,

que ocultó sorpresivamente sus deleitosos encantos. Una cortina de tristeza me cubrió el

alma.

-

Yo

lo creía mas liberado,

-

me dijo, mientras un mohín decepcionado le

atravesaba el rostro -. Hermes me había hablado de usted y tenía un gran deseo de

conocerlo, pero la descripción que él me hizo no se ajusta a la realidad.

  • - Siento decepcionarla, - le dije mientras me atravesaba el alma un hilillo de

angustia -. Yo mismo me sentía decepcionado. No había sentido nunca más

patéticamente la contradicción expresada en el verso de Byron: "Escoger debes entre la

ciencia y el amor". La simple experiencia de haber visto por un momento a Afrodita

desnuda me había desnudado al mismo tiempo el alma y el sentido de la esquizofrenia

cultural. Me di cuenta de que la entrevista se había vaciado sorpresivamente de sentido y

de que quizás tenía razón la sonrisa maliciosa de Hermes. Decidí seguir el derrotero de la

carne y me dejé llevar hasta la gruta escondida de la diosa, mientras los trozos de mis

apuntes se los llevaba el viento.

31

5. PROMETEO: EL SADISMO DEL PROGRESO

"Yo seré Prometeo hasta el final de los tiempos"

Después de haber penetrado en la intimidad de los dioses, mi segundo reto

consistía en abordar las generaciones siguientes casi todas ellas engendradas por los

mismos dioses. Los hijos inmediatos y sus sucesores, no habían sido un modelo de

fidelidad. Por lo visto, los límites entre la estirpe divina y la humana no estaban todavía

bien definidos y los hijos de los dioses creían con facilidad que podían alzarse con las

coronas del Olimpo o raptar a las diosas. Era gente de rudas costumbres. Ixión, a pesar de

sus fechorías, había logrado hacerse amigo de Zeus y aprovechando su frecuentes visitas

al Olimpo, había intentado seducir a Hera, esperando que la diosa reina condescendiese

con sus deseos, tomando así venganza de las frecuentes infidelidades de su marido. Las

injurias podían ser más graves, como cuando Asopo sorprendió al mismo padre de los

dioses yaciendo con Egina y lo persiguió ignominiosamente por el bosque. A Zeus se le

había olvidado llevar sus rayos y sin ellos los hombre le ganaban con facilidad.

Si la primera generación permaneció fiel a los dioses, como en el caso de Eaco o

Eolo, la segunda generación resultó especialmente rebelde e irrespetuosa. Los hijos de

Eolo, por ejemplo, se distinguieron por sus travesuras. Basta con recordar el caso de

Sísifo, quien se complacía en burlarse de los dioses. Él fue el que le llevó el chisme a

Asopo sobre los amores que Zeus mantenía con su hija Egina. En represalia, el padre de

los dioses le envió al mensajero de la muerte, pero Sísifo tuvo la audacia de arrestarlo. La

muerte en Grecia no era un mujer, sino un varón encantador, llamado Thanatos. Después

de muchas estratagemas, los dioses lograron sepultar a Sísifo en el Hades, pero él se las

ingenió para escaparse.

Cómo no acordarse también de Salmoneo, el otro hijo de Eolo, que se forjó en la

Élide su pequeño Olimpo, desterrando el culto de Zeus y exigiendo que le dirigiesen a él

los sacrificios. Tuvo la audacia de robarle a Zeus el trueno para utilizarlo como arma

personal.

Me intrigaba enormemente esta generación, sobre todo por sus rebeldía y su falta

de prejuicios. Había, por supuesto, muchos entre quienes escoger, para entablar un

jugoso diálogo, pero me decidí por dos ejemplares de felonía y humanismo: Prometeo y

Sísifo.

32

No podía dejar de entrevistar a Prometeo, dada la importancia que había ido

adquiriendo su figura desde el Renacimiento. Prometeo se había convertido en el símbolo

del progreso técnico y de la libertad, al mismo tiempo que de la rebelión contra los dioses.

Era el prototipo del humanismo rebelde. Su personalidad se asimilaba, por lo tanto, al

talante de la segunda generación. A pesar de pertenecer a la raza de los Titanes, había

acabado rebelándose, para colocarse en el partido de los hombres.

Era sin embargo, una personalidad contradictoria. No quiso afiliarse como su

hermano Atlas, al bando de los Titanes, cuando estos se rebelaron contra Zeus y gracias a

esta traición se conquistó la benevolencia del Padre de los dioses y, por su puesto, de la

traidora Atenea. Sin embargo, acabó por traicionar también el bando de Zeus y enseñó a

los hombres todas las artes que había aprendido de Atenea. Las fechorías no pararon allí.

En una de sus frecuentes rachas de mal genio contra los hombres, Zeus había prohibido

entregarles el fuego, para que tuvieran que comer la carne cruda. Prometeo,

contraviniendo la orden, se robó la chispa sagrada y tuvo la audacia de llevarla a la tierra.

Me parecía que la humanidad tenía una deuda innegable con Prometeo, pero me

extrañaba al mismo tiempo que su benevolencia con los hombres tuviese que haber sido

al mismo tiempo una rebelión contra el Olimpo. Ese era el núcleo de mi inquietud y la

razón principal por la que deseaba entablar el diálogo. Prometeo además podía ser

considerado como un mártir de la humanidad. Zeus le infligió un horroroso castigo que

dura hasta el presente. Lo ató desnudo a las rocas del Cáucaso, para que un cuervo le

devorase las entrañas. Era un castigo salvaje. Sísifo al menos había sido sepultado en el

Hades, pero Prometeo se convertía en el hazmerreír de todas las generaciones. Además

no me explicaba porqué, habiendo sido el benefactor de los hombres, estos lo dejaban

clavado eternamente en su suplicio.

Me intrigaba igualmente la suerte de Epimeteo, el hermano de Prometeo. No había

podido averiguar con exactitud cuál de los dos había creado a los hombres, pero me

inclinaba a creer que había sido Epimeteo, que por una cierta malicia lo había dejado sin

herramientas naturales para defenderse. Lo echó desnudo al mundo y allí lo dejó para que

se lo comiesen las fieras. El hombre era un engendro extraño. Los animales, al igual que

los dioses, se burlaron de él. Parado en las dos extremidades traseras, agitaba inútilmente

sus manos. Se le había caído el pelo y las espinas le destrozaban la piel. Ya no tenía ni

siquiera cola para prenderse de los árboles. ¿Qué significado podía tenía un animal sin

garras para defenderse y sin fauces para devorar la comida? Si no fuese por las trampas

de Prometeo, habría sido devorado por las fieras.

Encontré a Prometeo amarrado todavía a las rocas del Cáucaso. Sentí una

profunda tristeza al contemplarlo, pero él inmediatamente me tranquilizó.

- No se aflija, - me dijo -. Ya estoy habituado al sufrimiento. Llevo más de treinta

siglos atado a la roca y devorado por los cuervos, pero mi cuerpo ya no siente el dolor.

Uno acaba familiarizándose con él, como si hiciera parte de la vida y del placer mismo.

33

  • - Lo que se me hace ignominioso, - le respondí - no es tanto el dolor físico, sino el

hecho mismo de ver a Prometeo sometido a la ignominia. No me explico el sadismo del

padre de los dioses, pero tampoco comprendo por qué razón los hombres no lo han

liberado en tres milenios de tormento. Ahora me doy cuenta de que la liberación que

imaginó Eurípides no fue más que una patraña para disculpar a los griegos.

  • - No es fácil, - me dijo con tranquilidad - traspasar el destino que nos han deparado

los dioses.

  • - Pero el reino de Zeus se extinguió hace ya casi dos milenios. ¿Por qué tiene que

seguir usted sometido a un tormento que decretó un dios extinto?

  • - Murió para ustedes, no para nosotros. Ustedes mataron a los dioses, pero ellos

siguen rigiendo nuestros destinos. No se cambia de cultura como de vestido. Yo seré

Prometeo hasta el final de los tiempos. ¿Qué puede significar un Prometeo liberado,

vagando por el mundo, con un disfraz que lo oculte a la mirada de los dioses? Si usted ha

venido hasta mí desde las calles de la ciudad moderna, es porque mi figura tiene todavía

un significado.

  • - Sin duda alguna que lo tiene, - le respondí presuroso -. Por eso estoy aquí. El

significado, sin embargo, no deja de ser ambiguo y he venido para que usted me ayude a

aclarar sus ambigüedades. Lo que el hombre moderno estima de su figura no es

precisamente este espectáculo de horror. Son más bien las hazañas que realizó para

colocar al hombre en el camino del progreso. Lo que me llena de inquietud, es que usted

esté pagando una deuda eterna por colaborar con el triunfo de los hombres.

  • - Así es, - me respondió todavía tranquilo. El dolor le había dado una inmensa

serenidad -. Si estoy aquí es por haber ayudado a los hombres. ¡Cómo no apiadarme de

un ser desnudo e indefenso! Además descubrí de pronto todas sus potencialidades. Intuí

cual podía ser su destino. Me maravillaba ante todo la agilidad de sus manos, al mismo

tiempo que la capacidad de su inteligencia. El hombre es ante todo mano. Eso no lo han

comprendido ustedes todavía. Cuando vi esos finos miembros agitarse en el aire,

comprendí que eran solamente el inicio de una maravillosa aventura.

  • - Estoy de acuerdo, - le respondí -. Yo también creo que nos hemos equivocado en

la definición del hombre. Es un animal maravilloso, que vale principalmente por sus

manos, pero con ellas puede acariciar y matar. Lo que usted llama "aventura humana” ha

sido un camino ambiguo. Sin ella no hubiésemos podido sobrevivir y progresar, pero nos

está llevando al borde de la destrucción.

  • - Todo camino y toda opción es ambigua. El hombre no tenía otro camino que el

que yo le indiqué. Es un ser maravilloso, porque es un animal tecnológico. No existe

ningún otro camino para él, aunque el final sea la destrucción.

  • - ¿Cree usted, - me atreví a preguntarle - que la venganza de Zeus se haya debido

34

a que intuyó el peligro de la tecnología?

  • - En absoluto, - me dijo sonriendo -. Lo que más le disgustó a Zeus no fue el que

hubiese robado el fuego, sino que le hubiese advertido a Epimeteo sobre las calamidades

que se encerraban en la caja de Pandora. Mi sentimiento de rebelión se afianzó cuando

Zeus envió a los hombres todas las calamidades, ocultas en una tramposa caja.

  • - Lo que se me hace inexplicable, - le respondí - es el hecho de que el bienestar

del hombre parezca oponerse al de los dioses. ¿Cómo explicar esa saña contra la raza

humana? Yo ya me entrevisté con Zeus, pero no me atreví a hacerle esa pregunta, porque

temí que me fulminase.

  • - No había por qué temer, - me respondió -. La tecnología le arrebató su única

arma. Zeus ya no puede matar con sus rayos sino a campesinos indefensos.

-¿Ello significa que el progreso de los hombres trae consigo necesariamente la

muerte de los dioses? ¿Es eso lo que quiere decirme?

  • - No tengo una respuesta categórica, - respondió pensativo- pero me parece que

ese es el fondo de la cuestión. Tal vez ese sea el símbolo de Prometeo y de su eterno

castigo.

  • - Pero lo que no me explico todavía, es por qué la humanidad no lo ha liberado.

  • - Me da la impresión a veces de que es el mismo hombre el que me tiene

crucificado contra esta roca respondió con reflexiva serenidad -. No sé de dónde

proviene esa necesidad humana de hurgar en el dolor y de crucificar a su héroes.

Sócrates, Jesús, Quijote o Prometeo siguen siendo símbolos de la humanidad y todo ellos

están crucificados de distintas maneras. Ninguno de ellos ha sido liberado y los extraño es

que los cristianos siguen adorando al crucificado. Hay una extraña patología en todo esto.

  • - Quisiera diferenciar entre los casos que usted aduce, - le respondí -. Sócrates y

Jesús fueron condenados por motivos muy distintos a los suyos. Ninguno de los dos es

propiamente un impulsor de la tecnología. Su interés se cifró en luchar por una sociedad

más igualitaria o más justa. Eso no podía gustarle a alguno de los bandos. Pero usted,

interesado solamente en el progreso material de la humanidad, no tiene porque recibir el

mismo trato. Más aun, creo que el hombre moderno ni siquiera se acuerda de que usted

pende ignominiosamente de estas rocas.

  • - Así lo creo, - me respondió con una sonrisa triste -. Creo que el hombre ha

acabado por olvidarme. De vez en cuando se acuerdan de mí los poetas, pero la

tecnología está demasiado segura de sí misma, para erigir héroes que la simbolicen. Voy

inclusive un poco más allá de sus reflexiones. Creo que la tecnología está en el origen de

la desigualdad. Por esa razón yo acabo por ser un antihéroe.

35

- Estoy de acuerdo, - le respondí pensativo -. Pero como usted mismo lo plantea, el

hombre no puede regresar en la evolución. Me alegra mucho que usted haya entendido la

fuerza del proceso evolutivo. Zeus me confesó abiertamente que no entendía nada de ese

zafarrancho. No le conviene tampoco entenderla. Es la evolución la que explica la

tecnología. Se suponía que Prometeo le había entregado a los hombres las herramientas,

pero la ciencia ha probado que la tecnología no es un don de los titanes, sino una herencia

evolutiva. Siento decirle, que desde el momento en que los hombres descubrieron esa

verdad, se olvidaron de usted y creo que ya nadie lo rescatará de su extraño suplicio.

Se quedó mirándome con un gesto de resignación y tuve que alejarme con su mirada

clavada en el alma.

36

6. SÍSIFO: EL ATEÍSMO COMO ARBITRARIEDAD

"No existe la meta"

El otro personaje de esa generación con el que me interesaba dialogar, era Sísifo.

Dado que pertenecía de lleno a la generación rebelde, esperaba encontrar en él una

posición todavía más abiertamente crítica contra los dioses que la de Prometeo. En

contraposición con el mártir del Cáucaso, Sísifo pertenecía ya a una generación

plenamente humana. Su abuelo paterno era Zeus, pero este no podía interesarse en el

destino de sus innumerables nietos. La segunda generación había quedado, pues,

abandonada a su destino humano y eran ya muy pocos los que podían aspirar a la

dignidad divina. Los dioses no estaban interesados en multiplicar la competencia en los

salones del Olimpo y empezaron a controlar la población. El compás sólo se abrirá de

nuevo en los tiempos de Heracles, cuando se vea amenazada la cultura implantada por

Zeus.

Esperaba, pues, que la segunda generación partiese de una perspectiva más

histórica que mítica para juzgar los hechos. Sísifo a mi modo de ver, era el personaje más

apropiado, sobre todo porque su hermano Salmoneo había quedado reducido a cenizas,

herido por el rayo de Zeus. Además Sísifo era una personaje fenomenal, aunque para mi

gusto demasiado violento. La impresión que yo tenía era que la violencia entre los

hombres había empezado justo con su generación y Sísifo había sido un adalid innegable.

Sus mismos contemporáneos lo consideraban un verdadero bribón, pero su fama como

hombre portentoso fue creciendo con las siguientes generaciones.

Fue el primer hombre que practicó el incesto, pero no como estrategia de

seducción, sino como herramienta de venganza política. Su hermano Salmoneo se había

apoderado del reino de Tesalia y Sísifo se desquitó, seduciendo a su hija, Tiro. La

hermosa adolescente se dejó sobornar fácilmente por la locuacidad mentirosa de su tío,

pero cuando se enteró del motivo que impulsaba a Sísifo, acabó matando a los dos hijos

que le habían resultado de la unión.

Pero lo que más me interesaba y seducía en la personalidad de este bribón eran su

ingeniosas tretas para burlarse de los dioses. Cuando Zeus estaba empecinado en sus

amores con Egina y ésta había desaparecido en forma extraña, Sísifo fue el único que se

enteró, quien sabe por qué medios, que el padre de los dioses era el que había raptado a

la hija del dios Asopo. En vez de guardarle fidelidad al viejo Zeus o de apresurarse a

37

comunicarle la noticia al dios burlado, Sísifo encontró allí un arma de chantaje y negoció, a

cambio de favores, el comprometedor secreto.

Zeus, por supuesto, se vengó de Sísifo. No lo fulminó, sin embargo, con el rayo,

como había hecho con Salmoneo, sino que le envió al caballero de la muerte para que lo

condujera al Hades. Ya conocemos la historia. Sísifo fue el primero, y por lo que estoy

enterado, el único, que secuestró a la muerte y el único que logró engañar a Hades, el

dios del infierno. Después de haber atado al dios, lo convenció de que su presencia en el

infierno era irregular, porque todavía no había sido enterrado. Él mismo le había exigido a

su esposa Mérope que lo dejase insepulto, porque ya tenía planeada la estratagema.

Hades lo dejó salir y Sísifo no volvió. Era el primer mortal que lograba evadirse al castigo

eterno. Definitivamente era un maravilloso bribón, cuyas proezas no me explico porque no

han sido más explotadas por la literatura de Occidente.

Por fin los dioses lograron ponerle coto a tanta fechoría. Estaba de por medio el

prestigio del Olimpo. Lo sepultaron en el Infierno y lo condenaron a un extraño suplicio.

Desde entonces, Sísifo tiene que empujar eternamente un gigantesco peñasco cuesta

arriba, sin que pueda alcanzar nunca la cima. Me habían comentado que el castigo era

una simple forma de evitar que Sísifo se escapase de nuevo, pero ello se me hacía

extraño. No me explicaba por qué razón el habilidoso Sísifo no lograba coronar nunca la

cima ni había podido encontrar nuevas estrategias para escapar al Infierno.

Lo encontré en uno de sus escasos momentos de descanso y me recibió con el

humor sardónico que siempre lo había caracterizado. El tormento no había acabado del

todo con su ironía. Le pregunté, ante todo, si estaba arrepentido de sus fechoría, después

de pasar varios milenios luchando inútilmente con un peñasco.

  • - Yo no lo tomo como castigo, sino como ejercicio. - me respondió -. En alguna

forma hay que gastar la eternidad y es peor aburrirse o quejarse de rabia. Eso es, sin

duda, lo que quisieran los dioses.

  • - Pero no entiendo cómo usted, que era el rey de las trampas, no ha encontrado

ninguna para colocar la piedra en la cima, - le respondí.

  • - Si lograra algún día coronar mi esfuerzo, se acabaría mi ejercicio, - me respondió

impertérrito.

  • - Esa no me parece razón de ninguna especie y me extraña que usted la aduzca, -

le dije -. Está bien que lo tome como ejercicio, pero podría cambiar de modalidad. Ese es

un ejercicio monótono y humillante. Usted se ha convertido en el símbolo de lo inacabado.

  • - Eso no me preocupa en lo más mínimo, - me respondió en tono picante -. Odio la

perfección, de la misma manera como odio a los dioses. Lo acabado es siempre

monótono. Cuando algo se acaba, se muere. La vida es continuo vaivén y, por lo tanto,

ustedes deberían ver en mi el símbolo de la vida.

38

  • - No, no! - Le respondí en forma inmediata -. Usted está equivocado. La vida no es

un vaivén monótono. No es el eterno retorno. La vida está cambiando siempre de

escenario. Es progreso y no repetición. Usted se convirtió desafortunadamente en el

símbolo de la monotonía, habiendo sido el prototipo de la picardía.

  • - No exagere, - respondió siempre ágil -. Por el momento quiero responderle la

primera parte. Usted dice que en este momento soy el símbolo de la monotonía, pero creo

que está engañado. Si quiere que se lo diga en otra forma, todos los ejercicios son

monótonos. Un boxeador se pasa la vida dando puñetazos.

  • - Pero por lo menos estos ejercicios tienen objetivos, - le repliqué -. El boxeador

acaba ganando la pelea.

Lo importante no es terminar las cosas, sino ejercitarse en ella,- me respondió -.

Ustedes han deformado el significado de la libertad humana, colocando el objetivo final en

el éxito. Lo importante no es meter el gol, sino hacer el ejercicio. ¿Qué importa que el

peñasco no llegue nunca a la meta? Mejor aún, no existe la meta. Como le digo, estoy en

el reino de la pura arbitrariedad. Odio cualquier tipo de meta. Lo más hermoso es la obra

inacabada.

Me extrañaba y me intrigaba la filosofía de Sísifo. En la entrevista iba descubriendo

facetas nuevas, que no había sospechado en la investigación anterior. Creía que era un

bribón sin propósitos y he aquí que me encuentro con presupuestos filosóficos que no

había imaginado. Acabó sacándome de mis carriles. No sabía como reaccionar. Muchas

de las tesis me llamaban la atención, pero otras me parecían absolutamente anárquicas.

Además en algunas de sus argumentaciones era un sofista redomado. Intenté atraparlo en

sus propias contradicciones.

  • - Tengo que confesarle, - le dije - que algunos de los criterios aducidos por usted

me seducen. Creo que una de las desviaciones de la cultura moderna son los goles.

Mucho más hermosa es la obra gratuita, el ejercicio por el ejercicio, el arte por el arte, el

deseo por el deseo. Pero en primer lugar, eso se contradice con la defensa que usted

hace del interés. En segundo lugar, la obra gratuita tiene belleza y significado cuando es

completamente espontánea y no cuando es un castigo impuesto. Yo de usted saldría

huyendo de este castigo infamante y me iría a vivir gratuitamente mis fechorías.

  • - Antes de responder a sus últimas inquietudes, - me respondió - quiero explicarle la

segunda parte de sus malentendidos. Ustedes han exagerado los dos rasgos de mi

personalidad. La fama de bribón la han propalado los dioses. Todo lo que no se les

acomoda a sus normas, lo tildan de fechoría. Lo que yo estaba haciendo no era más que

luchar contra ellos con sus mismas armas. Si yo soy bribón, ellos son más bribones aún.

¿Quién es el bribón, Zeus que rapta a Egina o yo que lo delato?

  • - Pero usted lo delató simplemente para negociar beneficios por parte de Asopo.

39

  • - Y que tiene eso de malo, me respondió. La vida es un negocio. Lo demás son

idealismos.

  • - Esa es exactamente la faceta que no me gusta de usted. Admiro su lucha contra

los dioses, pero no soporto esa falta de ética que somete todos los ideales al simple

interés.

  • - Usted está hablando a la manera de Sócrates y evidentemente yo no comparto

ese lenguaje o esa filosofía, si así la quiere llamar. Soy un hombre de mundo y lucho con

las mismas armas del enemigo.

  • - Pero entonces, ¿qué es lo que le reprocha usted a los dioses, si ellos son tan

facinerosos como usted? ¿O es que usted pretendía, a la manera de su hermano

Salmoneo, reemplazarlos en su dignidad divina?

  • - ¡Por favor! Como se le ocurre, -me respondió-. Salmoneo era un pobre iluso.

Luchaba de frente contra los dioses y acabó recibiendo su merecido. No se puede

despreciar el poder de los dioses y hay que luchar contra ellos con el engaño y no con

parodias teatrales. Además yo no tengo ningún interés por parecerme a los dioses. Me

parecen detestables. Si luché contra ellos fue simplemente para afirmar la absoluta

autonomía del hombre.

  • - Bueno, pero ¿qué es entonces lo que le reprocha a los dioses? ¿Porqué le

parecen detestables?

  • - Simplemente porque creen que pueden jugar con los hombres a su arbitrio. Lo

que odio es exactamente la arbitrariedad de los dioses. Zeus cree que puede componer el

mundo a cada rato como si fuese su propio juguete. Odio la arbitrariedad.

  • - ¿Pero, no le parece que usted es también un ejemplo de arbitrariedad? Todo su

discurso no ha hecho más que defender la arbitrariedad.

  • - ¡Sí! Pero la arbitrariedad del hombre. Mi vida no fue más que eso. Un ejercicio de

arbitrariedad continua. El hombre solamente lo es, si es arbitrario. El arbitrio es la libertad.

No reconozco ninguna ley y por eso no reconozco a los dioses. Los odio, porque ellos han

pretendido erigir su propia arbitrariedad como norma de los hombres.

  • - ¿No será lo contrario?, - le pregunté con suspicacia -. Si Zeus es arbitrario es

porque ustedes lo son. Además, me extraña mucho su apreciación. En una conversación

que tuve hace poco con Apolo, él me afirmaba que los dioses estaban sometidos al orden

cósmico y no eran más que sus manifestaciones.

  • - Eso lo dice Apolo, porque también es un idealista. Como él no tiene el poder

absoluto y su revuelta fracasó, tiene que girar al rededor de la voluntad de Zeus. Allí el que

40

no obedece el capricho de Zeus, tiene que desaparecer de la escena.

  • - Pero entonces, usted defiende el capricho de los hombres, pero no el de los

dioses. Eso me parece una contradicción.

  • - No lo es en absoluto. Me parece que usted no ha entendido mi argumento. La

única manera de defender la libertad del hombre es atacando la arbitrariedad de los

dioses. No hay otro camino. Si existen los dioses, el hombre es esclavo.

  • - Usted, por lo tanto, se declara ateo.

  • - Por supuesto. Pero además, quiero confesarle un secreto, - me dijo con su humor

chispeante y contradictorio -. Me gustaba enredar a los dioses con mis trampas, por pura

arbitrariedad. No hay nada mas divertido que ver a Zeus desarmado por el bosque,

huyendo de la ira de Asopo. Además mi abuelo, hablando en familia, no era una persona

de mis simpatías. Tomaba demasiado en serio la vida. Todos nosotros pertenecíamos a

una generación rebelde. Nuestra generación está mucho más cerca del nacimiento de los

dioses y para nosotros, ellos no tenían la solemnidad que adquirieron después. Nuestro

abuelo Zeus era un viejo gruñón e irascible y totalmente arbitrario. Los dioses sólo

lograron imponerse después, pero ya se podían sospechar sus intenciones. Por eso

luchamos contra ellos, pero nuestra lucha fue vana.

  • - ¿No teme Usted proferir esas blasfemias, estando todavía bajo el dominio de los

dioses?

  • - Los dioses ya nada me pueden hacer y por eso no me quiero escapar del Hades,

al menos por ahora. Aquí ellos pierden el dominio sobre nosotros. En ese sentido esto es

un paraíso en comparación con la tierra. Por otra parte, aquí gobierna la deliciosa

Proserpina. Si no me aburro por entero en este lugar, es porque de vez en cuando ella

pasa por aquí para deslumbrarme con sus encantos.

Estas fueron sus palabras maliciosas y llenas de agradable humor. Había pasado el

tiempo de descanso y tenía que volver a su inútil faena. Me miró entre pícaro y agradecido

y me susurro al oído mientras se alejaba.

  • - La próxima vez que venga, nos escapamos juntos.

41

7. PERSEO: LA LLUVIA DE ORO

"En la vida hay que tomar partido"

Ya había escarbado en la intimidad de los dioses. En los rincones de esa cultura

había encontrado una sociedad violenta, cubierta con el encanto de la espontaneidad y sin

más leyes que las que aseguran el poder personal. Quería trasladarme unos siglos más

tarde, a una época alimentada todavía por la savia heroica, pero sin el escepticismo

humorístico de la segunda generación. Estuve meditando mucho a cual de los múltiples

héroes entrevistar y me decidí por Perseo y Heracles, porque representaban algunas de

las facetas que yo quería explorar.

Ambos eran hijos de Zeus, prácticamente los últimos que engendró de mujer

mortal. Ambos eran, por supuesto, hijos adulterinos, vinculados profundamente a la

aventura humana y, al menos durante su estadía en la tierra, sin resabios divinos. Me

daba la impresión de que habían sido engendrados por Zeus, porque este se hallaba

temeroso por la inestabilidad de su reino. No había peligro de una revuelta celestial, pero

en la tierra, la segunda generación había demostrado un peligroso desenfado y sin el

tributo humano, los dioses no tenían sobre quién reinar. Engendrar a Perseo y Heracles

fue la última estrategia de Zeus, antes de retirarse definitivamente a su escondite olímpico.

Se me hacía extraño, sin embargo, que Zeus no hubiese alcanzado su objetivo y que su

reino se empezase a derrumbar, a pesar de la generación fiel que el mismo había

engendrado.

Inicié las entrevistas por Perseo, no sólo porque era una generación anterior a

Heracles, sino porque me ponía en la ruta para dialogar con el hijo de Alcmena. En Perseo

me intrigaba ante todo la historia de su nacimiento. La aventura de Zeus con Dánae se me

hacía una de las más poéticas de la mitología griega, pero me daba mucho temor de que

no fuese real. Dánae encerrada en la torre por un padre celoso y asediada por Zeus,

convertido en lluvia de oro, era una escena sorprendentemente hermosa para ser

histórica. Me recordaba la poesía de Rubén Darío sobre "El Reino Interior". Ambas se

prestaban mejor para un análisis psicoanalítico, que para una investigación histórica.

De esta unión poética y misteriosa había nacido, por voluntad expresa de Zeus, uno

de los héroes más atractivos de Grecia. Contrastaba con el temperamento revoltoso y

montaraz de Heracles y, sin embargo, a diferencia de este, Perseo se había tenido que

contentar con su destino mortal. Nunca aspiró a más y ese era uno de sus rasgos más

42

bellos, pero, sin embargo, permaneció fiel al culto y a la memoria de los dioses y rompió

con los devaneos de la segunda generación.

Tal vez por estas razones se vio mezclado en las contradicciones tormentosas de

los odios familiares, que eran el fiel reflejo de los comportamientos divinos. De hecho, el

ambiente histórico que corre desde la caída de Cnossos hasta después de la guerra de

Troya, está impregnado por la atmósfera cruel de la nueva ética. Los reyes se sentían en

su propio territorio, ungidos con los poderes omnímodos de Zeus, de tal manera que todos

ellos podían considerarse sus hijos.

La vida y las proezas de Perseo no dejaban, sin embargo de presentar

ambigüedades. Acrisio, su padre, sospechó siempre que la poética escena de la lluvia de

oro no era más que una patraña y que el verdadero padre de Perseo no era otro que su

propio mellizo Preto. En realidad Preto siempre había estado detrás de su Dánae y en una

ocasión anterior había logrado yacer con ella, nunca se supo si con consentimiento de la

princesa. De todos modos, ello había originado una cadena de rivalidades familiares.

Perseo tuvo que sufrir el destierro junto con su madre y empezó así ese eterno

errabundeo plagado de hazañas, digno de todos los héroes. Logra cortar, ayudado por los

dioses, la cabeza de Gorgona, no sin antes engañar con un truco digno de Odiseo, a las

tres Grayas, averiguando así el paradero de las ninfas del Estigia. De la sangre de

Gorgona surge el caballo alado Pegaso. Con Pegaso y la cabeza de la Gorgona, Perseo

será invencible. Sobre la costa de Fenicia logra rescatar a Andrómeda, expuesta, desnuda

y en forma ignominiosa, a la furia de un monstruo marino.

A pesar de todo, Perseo me parecía un héroe bastante anodino. Bello, sin duda y

atractivo, pero anodino. No cumplía una misión explícita como Heracles, ni tenía tampoco

la salvaje furia de los héroes de Troya. Tampoco estaba destinado a ser dios. Era

humano, pero en ese entonces ser humano no era más que ser anodino. ¿Qué

perseguían sus aventuras? ¿Cuál era el objetivo de buscar incansablemente la cabeza de

la Gorgona? ¿Por qué rescatar a Andrómeda de un castigo, sin duda cruel, pero, de todas

maneras, impuesto por los dioses?

Esta era, sin duda, la apariencia. Sin embargo, me daba la impresión de que por

debajo de estas aventuras sin sentido, se escondía, lo mismo que en Heracles, una

patraña de los dioses. Ante todo me preocupaba su amistad con Atenea. Fue la diosa la

que tramó la muerte de Medusa y la que anteriormente había deformado su rostro. ¿No

llamaba acaso Píndaro a Medusa, la mujer de "bellas mejillas?” Era la única mortal entre

las tres Gorgonas, aunque todas ellas fuesen hijas de Tierra y Océano. ¿Representaban

ellas quizás los restos de antiguas divinidades matriarcales? Además, esa hazaña, o ese

crimen, tenía mucha relación con algunas de las "faenas" de Heracles, quien también se

ensañará contra la descendencia de Medusa, asesinando a su nieto Gerión.

Sin embargo, Perseo no tiene la agresiva apariencia de Heracles. No es un héroe

desalmado. Su biografía está más bien salpicada de íntimos detalles, llenos de

43

humanidad. Ante todo, la relación con su madre Dánae, llena de ternura materna y de

afecto filial. ¿Cómo no recordar la canción de cuna que el poeta Simónides pone en boca

de Dánae, cuando navegan a la deriva en el cofre, arrojados al océano por un marido

celoso? ¿Cómo no hacer mención de la entereza de Perseo para defender a su madre

contra las repetidas asechanzas de Polidectes? Por otra parte, la liberación de Andrómeda

es un pasaje inolvidable de poesía y de ética humana, justamente resaltada por la pintura

renacentista.

La historia de los descendientes de Perseo no me interesaba mayormente. Es un

relato de odios mutuos e intrigas insidiosas, alrededor del trono de Micenas, que Perseo

mismo había fundado. Al final de este ensortijado de desmanes, aparece la figura de

Heracles, el hijo de Alcmena, la nieta de Perseo. Es a esta atmósfera, por tanto, a la que

yo me disponía a entrar, no sin cierto grado de atracción y repugnancia. Sentía tal rechazo

por Heracles, que preferí irme amoldando al ambiente a través de una personalidad que, a

pesar de la violencia reinante, no dejaba de tener sus encantos.

Encontré a Perseo en el Hades y allí deseaba entrevistarlo, porque quería conocer

tanto su parecer sobre la divinización de Heracles, su biznieto, como su sentimiento

general acerca de la época que le toco vivir. Se encontraba como siempre junto a su

madre, Dánae, cuya belleza me encegueció por un instante. Estuve a punto de

convertirme en lluvia de oro. Tuve que reprimir mis instintos para poder dialogar

discretamente con Perseo. Encontré en él un adicto fiel de Heracles y un defensor de su

divinidad.

  • - No me explico, - me dijo con firmeza- porqué hay algunos que niegan la divinidad

del gran Heracles. El hecho de que por aquí ande su envoltura mortal no es ninguna razón

para negar su divinidad. Fue el hijo predilecto de Zeus y su alma, limpia de toda

adherencia mortal, vive sempiternamente en el Olimpo.

  • - No quisiera entrar en esa discusión, - le respondí - y le agradezco que me haya

manifestado con toda claridad su sentimiento desde el principio. Eso me confirma la

sospecha que traía sobre su vinculación con la cultura que ha querido imponer Zeus.

  • - Creo que no le entiendo respondió -. ¿De qué cultura está hablando? Recuerde

que Zeus es mi padre, al igual que lo fue de Heracles.

  • - Eso no pasa de ser una simple posibilidad. - le respondí agresivo -. Por supuesto,

una posibilidad bastante poética. Acrisio pensó siempre que usted era hijo de Preto y no

sé a cuál de los dos creerle. De todos modos aquí está Dánae que nos puede confirmar el

asunto.

  • - Si usted vino a propalar las sospechas de mi padre putativo y de todos los

incrédulos posteriores, sería preferible que tomara el camino de regreso. Nada tengo que

hablar con usted.

44

  • - Perdone, - le dije -. Para mí, la entrevista con usted es demasiado importante. Lo

único que estoy aduciendo son argumentos que coseché en su propio ambiente. Tengo

que confesarle, ante todo, que siento por usted un profundo aprecio, aunque no estoy de

acuerdo con algunas de sus hazañas.

Perseo pareció tranquilizarse y me respondió con acento más conciliador.

  • - En la vida hay que tomar partido. Yo, por supuesto, pertenezco a lo que usted

llama la cultura de Zeus y no me arrepiento de ello. Toda cultura está construida sobre

mitos y es necesario respetarlos. Si usted viene de otra cultura, con la misma razón podría

yo irrespetar sus mitos.

  • - Eso ya coloca la discusión en otro terreno, - le respondí -. Estaba convencido de

que usted estaba identificado con su propia cultura y por ello me interesaba tanto

conversar con usted. Si se quiere, usted está en los antípodas de la generación de Sísifo y

Salmoneo, que, por supuesto, no estaban identificados con la cultura de Zeus y lucharon

contra ella. Como ve usted, se pueden tomar diversas posturas frente a la cultura que a

uno le toca vivir.

  • - Oh! No me hable de los eólidas y de la nefasta cultura de Tesalia - respondió con

ofuscación. - No es un problema de generaciones, como usted lo plantea. Todos los

tesalios están cortados sobre el mismo molde. Todos ellos son impíos.

  • - No veo, en realidad mucha diferencia entre la cultura tesalia y la micénica - le dije -

. La estirpe de Eolo es bastante parecida a la de Dánao y en ambas hay impíos y devotos.

También nos podemos topar a las danaides llenando de agua sin descanso sus tinajas

agujereadas. El problema no es de herencia biológica, ni ustedes, los de Argos y Micenas

tienen genes privilegiados. Es curioso que las culturas griegas no hayan llegado nunca a

entenderse, sino para competir en los juegos olímpicos. A usted le tocó vivir en una cultura

respetuosa de los dioses y de allí proviene su carácter sumiso. Eso es todo.

  • - Me imagino que usted no lo esté diciendo a la manera de un insulto - respondió

con rostro cada vez más destemplado -. Por su puesto la sumisión a los dioses y a las

tradiciones es el fundamento de toda sociedad.

  • - No lo digo como reproche continué -, sino como simple afirmación. Sin embargo,

la fidelidad lo puede llevar a uno a excesos y creo que ese es su caso.

  • - ¿De qué tipo de excesos me acusa?

  • - Del asesinato de Medusa.

  • - ¿Usted se atreve a llamar asesinato lo que ha sido una de las hazañas más

portentosas de la historia griega?

45

  • - Vamos al grano - le respondí en el mismo tono -. ¿Le parece a usted hazaña

matar a la hija de Ponto y Gea? Qué mal le había hecho. Además, usted se debería haber

dado cuenta que detrás de su acción se escondía la saña de Atenea.

-¿Por qué lo dice? Yo emprendí la hazaña por la promesa que le hice a Polidectes.

  • - Es posible le respondí -. Pero hizo usted esa promesa, porque sabía que Atenea

odiaba a Medusa y se quería vengar de ella. Usted fue solamente el instrumento del odio

de Atenea.

  • - No me arrepiento de ello. Atenea tenía razón en odiar a Medusa que había

profanado su templo.

  • - Un momento - lo interrumpí -. No creo que usted esté mal enterado de la manera

como sucedieron las cosas, sino que quiere defender de todas maneras a Atenea. Medusa

fue violada por Neptuno en el templo. ¿Por qué no fue Neptuno el que sufrió el castigo?

Eso es lo que detesto en la cultura que usted defiende. La mujer es la que tiene que pagar

siempre los platos rotos. Los dioses pueden violar a su antojo, al igual que los hombres y

nada les pasa. Además la reacción de Atenea no se justifica. Se horrorizó porque se había

cometido un acto sexual en su templo sagrado. ¿Acaso no era ella una de las diosas

promiscuas de la antigua cultura? ¿De cuándo acá se convirtió en virgen intocada?

Permítame dudar de semejantes vírgenes. Corren rumores de que ella es la madre de

Erictonio y de Apolo.

  • - No permito que en mi presencia se hable mal de Atenea.

  • - ¿Pero es acaso hablar mal de una persona decir que quizás fue madre de un dios

tan importante como Apolo?

  • - Además no comprendo porque se escandaliza usted de que yo hubiese cooperado

con Atenea en su obra divina. El deber de los hombres es cooperar con los dioses. Yo no

tengo porque ponerme a investigar cuales eran los propósitos de Atenea. Estoy seguro de

que los objetivos de los dioses son siempre buenos.

  • - Eso no lo puede decir un griego, - le respondí -. Está hablando como un cristiano

y eso es lo que me repugna de usted y de Heracles. Usted sabe perfectamente que sus

dioses eran contradictorios, apasionados, vengativos y eso es lo que tienen de bueno y de

malo. ¿Cómo puede hablar usted de la pureza de sus objetivos? ¿Cuál pureza? Eso es

posible decirlo de Alá o del dios cristiano, que acabaron acaparándose todo lo bueno y

dejándole al diablo el dominio de la maldad. Las otras generaciones griegas se chancean

con los dioses, como si fuesen compañeros de juego, pero la generación de ustedes

guarda una fidelidad rayana en la complicidad.

  • - Espero que los dioses lo castiguen, - me dijo solemnemente - y no lo hago yo,

porque en el Hades nos está prohibido ejercer la justicia.

46

La conversación estaba tomando un cariz peligroso y si seguía en esa tónica, no iba

a poder abordar el otro lado de la personalidad de Perseo.

  • - Olvidemos ese tema, - le dije, intentando dibujar una sonrisa -. Yo espero que los

dioses no hayan escuchado sus deseos. Quiero decirle que hay un aspecto de su

personalidad que me seduce y que lo encuentro muy alejado de las pautas de su cultura.

Es la caballerosidad de su trato con la mujer.

  • - ¿Qué tiene de extraño ese rasgo de mi personalidad?

  • - Me extraña que usted no se haya percatado del contrate, - le respondí -. Excepto

en los troyanos, es muy difícil encontrar un ejemplo de piedad filial como la suya. Heracles

creció sin el ejemplo materno y tal vez debido a ello formó un temperamento tan montaraz.

Me seduce el cariño que usted manifiesta por su madre y la manera valiente como siempre

la defendió.

  • - Bueno, el cariño

y

el

respeto

es recíproco. Lo

que yo

hice fue responder

simplemente a su cariño. Tengo que reconocer que tuve una madre ideal.

  • - ¿Y no le parece que ello se debió en parte a que usted hubiera tenido que crecer

sin padre y a que ambos hayan sido perseguidos por Acrisio?

  • - Mi madre era una persona buena por naturaleza.

  • - En realidad yo no sé qué significa "por naturaleza" - le respondí con decisión -. El

hombre es bueno o malo de acuerdo con la manera como lo moldean las circunstancias

favorables o adversas de su cultura.

  • - No entiendo a qué se refiere.

  • - Si a usted le hubiera tocado en suerte las circunstancias normales de su cultura, -

le expliqué- no hubiese podido tener con su madre una relación tan hermosa.

  • - Y ¿por qué fueron anormales mis circunstancias?

  • - En primer lugar, su abuelo Acrisio no tenía hijos varones. Eso lo colocaba en

condición desfavorable frente a su mellizo Preto. Dánae era, pues, hija única. Si Preto

lograba engendrar un hijo de Dánae, sus vástagos se quedaban con toda la herencia. Esa

fue, a mi modo de ver la razón, por la que sedujo a su sobrina. Acrisio optó por la peor

solución: Encerrar a Dánae. Usted nació de una madre martirizada y ambos sufrieron en

carne propia el odio de Acrisio.

  • - Efectivamente esas son las circunstancias de mi nacimiento, aunque olvidó usted

a propósito la intervención de Zeus. Pero no veo porqué de allí tiene que surgir la estrecha

47

relación que he tenido con mi madre.

  • - Sencillamente porque esa relación fue engendrada por una adversidad común - le

respondí -. Las circunstancias adversas los unió para siempre. Además no mencioné la

supuesta intervención de Zeus, porque usted ya conoce mi escepticismo al respecto. Los

dioses se convierten fácilmente en la solución de todas las contradicciones humanas.

¿Qué mejor que inventar la hermosa escena de la lluvia de oro, para tapar un incesto y

justificar la posteridad de un hijo adulterino?

  • - Ya que no me respeta a mí, respete por lo menos la presencia de mi madre.

Dánae se había quedado dormida. Por lo visto estaba muy poco interesada en

estas disquisiciones. Repentinamente me sedujo de nuevo su presencia, al verla tendida

muellemente en el sofá y de nuevo me sobrevino la tentación de convertirme en lluvia de

oro.

  • - No lo digo por irrespeto, - le respondí -. No creo en la fidelidad conyugal y estimo

que los hijos deben nacer como fruto de la pasión y del amor. Por ello me agrada tanto su

relación con su madre. Toda relación debe llevar en sí un grado de erotismo, aunque sea

sublimado.

Preferí no hablar de Andrómeda. Ella se acercaba en ese momento, cubierta con

una gasa blanca que apenas disimulaba sus encantos. Todavía tenía en sus manos la

marca de las cadenas que la amarraron al acantilado de Yope. Sentí que su belleza era

irresistible y preferí desvanecerme entre las sombras.

48

  • 8. HERACLES: EL MANIQUÍ DE ZEUS

"Los dioses tienen derecho a todo"

Heracles es posiblemente la personalidad que encarna mejor la cultura de Zeus. No

en vano el padre de los dioses lo consideró su hijo predilecto y lo elevó a la gloria de la

divinidad. Sus leyendas, sin embargo, son tan contradictorias, que una entrevista con él

significaba aventurarse en un laberinto de hipótesis.

Para algunos, Heracles fue el último héroe griego, destinado a conservar la tradición

y el culto de los dioses olímpicos. Según otra versión, Heracles es una persona

caballerosa y culta, que sólo llegaba a excesos, cuando se sentía obligado a castigar la

maldad, o cuando Hera lo sumergía en períodos pasajeros de locura. Era una especie de

Robin Hood de su tiempo. Para otros, fue una persona cruel y sangrienta, que impuso el

terror en todo el Medio Oriente y conquistó el respeto de los dioses por sus extravagantes

excesos.

Todas las leyendas benévolas han sido refutadas por algún mitógrafo. Si para unos

lo engendró directamente Zeus en una orgía engañosa con Alcmena, que duró tres noches

seguidas, para otros es simplemente el hermano de Ificles, hijo de Anfitrión, el rey

desterrado. Si para unos se sometió voluntariamente durante siete años al servicio de

Euristeo, para purgar los crímenes que había cometido involuntariamente durante el lapso

de su locura, para otros, ello no fue más que un período de amancebamiento culposo con

el rey.

La impresión que me dejaba a mí el estudio de los mitos de Heracles era que se

trataba de una reivindicación de las tradiciones machistas, después de la revolución

dionisíaca. Era necesario asentar de nuevo las costumbres sobre las bases firmes del

dominio del hombre y desarraigar las últimas veleidades feministas. Muchos de los

trabajos de Heracles están orientados en ese sentido. La cierva de Cerinia, que Heracles

debía llevar viva a Micenas, era el animal consagrado a Artemis y es muy posible que la

proeza de matar la hidra de Lerna no fuese más que la exigencia de suprimir los ritos

dionisíacos o neolíticos de la fertilidad. A Heracles le tocará igualmente capturar el jabalí

de Erimanto, un animal consagrado a la luna desde los tiempos neolíticos.

Pero tal vez el ejemplo más claro de los propósitos de Heracles son esas extrañas

aves del lago Estinfalo, dignas de una película de Hithcock, con sus alas y garras de

49

bronce. Posiblemente no eran más que las sacerdotisas arcadias, tributarias del culto

matriarcal, que se habían refugiado en los pantanos del lago, después de haber sido

expulsadas del Barranco de los Lobos, durante la primera invasión de los dioses

machistas.

La reacción matriarcal se había concentrado, con las amazonas, en las llanuras del

Mar Negro, a lo largo de los ríos Termodonte y Tanais. Allí habían impuesto su imperio, en

contra de las disposiciones de Zeus. Eran los hombres los que tenían que ejecutar las

labores domésticas, mientras ellas se dedicaban a la política y a la guerra. Desde allí se

lanzaron a la conquista de todo el Oriente. La civilización impuesta por Zeus se hallaba

amenazada.

Heracles, pues, tenía que continuar la obra empezada por Zeus. Es muy posible

que la oposición que lo enfrentó continuamente a Hera, no fuese más que el rechazo de la

diosa a la iniciativa machista de Zeus y que la glorificación de Heracles y su adopción

como hijo por Hera significase el doblegamiento definitivo de la diosa a la propuesta

cultural implantada violentamente por su marido.

La muerte y la apoteosis de Heracles no estaban, sin embargo, exentas de una

cierta ambigüedad. Heracles había sido toda su vida un don Juan, a la manera de Zeus y

acabó siendo consumido por la túnica que le envió Deyanira y que estaba empapada en la

sangre de Neso. Ella la había tomado, engañada por el propio Neso, como un talismán

amoroso, que retendría para sí el amor eterno de Heracles. Por otra parte, la manera

teatral como el héroe se hace quemar vivo por mano de Filoctetes, sobre la cumbre del

monte Eta, puede significar el inicio de su glorificación o un melodrama de mal gusto.

Según algunos mitógrafos, Zeus lo trasladó enseguida al Olimpo, le dio en matrimonio a

Heba, una de sus únicas hijas legítimas y lo colocó eternamente como portero del Olimpo.

Sin embargo, Luciano se lo encontró en el Hades, chamuscado todavía y cubierto de

cenizas.

No todos los hechos, sin embargo, apoyaban mis hipótesis. Se podía ver en

Heracles un dulcificador de las atroces costumbres primitivas. Quizás el dominio de las

yeguas de Diomedes significaba la anulación de la costumbre matriarcal, según la cual, las

mujeres, cubiertas con máscaras de caballo, devoraban al rey sagrado. Yo no estaba

dispuesto a defender todas las costumbres matriarcales y es posible que muchas de ellas,

demasiado primitivas, hubiesen sido anuladas por la cultura de Zeus.

Hay una escena, sobre todo, que podía echar a pique todas mis hipótesis. ¿Cómo

explicar el hecho de que Heracles se disfrazase de mujer y sirviese a Onfala como un

amante esclavo? ¿Serían solamente calumnias del dios Pan quien andaba propalando

que, mientras buscaba a Onfala en la oscuridad, se había encontrado con Heracles,

cubierto con ropas femeninas? El argumento sería deleznable y fácilmente atribuible a la

maledicencia de Pan, si esta hubiese sido la única vez que Heracles se vistió de mujer,

pero por lo visto había sucedido lo mismo, cuando tuvo que salir huyendo, derrotado por

los meropes. Esperaba, por tanto, encontrar salida a estos enigmas.

50

Estas eran, por tanto, mis hipótesis de trabajo antes de la entrevista. Para que no se

me acusara de parcialidad por alguna de las tendencias, no quise ir a buscar a Heracles ni

a la puerta del Olimpo ni al tenebroso Hades y preferí verlo todavía en vida mortal, una vez

que había regresado de su guerra troyana y había tomado venganza de todos sus

enemigos. Era ya un hombre adulto, un poco cansado de sus estériles trabajos, pero

todavía orgulloso y feroz.

Todas las hipótesis eran posibles. Se puede comprender, por tanto, mis temores

antes de afrontar la entrevista. Tengo que confesar, sin embargo, que yo iba bastante

seguro de mis planteamientos y no pensaba encontrar a un Heracles académico, que me

convenciese con argumentos lúcidos. Tengo que confesar también que iba con cierta

repugnancia al encuentro. Me imaginaba a Heracles tal como lo pintó el Renacimiento, con

aspecto primitivo, los ojos grandes y violentos, el pelo descuidadamente ensortijado,

cubierto rudamente con la piel del león y blandiendo su amenazante masa, que prefería a

las sofisticadas armas donadas por los dioses.

Inicié el diálogo en la forma más directa posible, mostrándole a Heracles, desde el

principio, mis cartas ocultas. Lo acusé de manera brusca de ser un simple instrumento de

la política de Zeus y procuré demostrarle cómo estaba echando a pique la obra de

Dionisos. Heracles era un poco tardo para comprender estos argumentos, pero al fin

respondió con lenguaje tosco:

  • - Yo soy el hijo de Zeus! Evidentemente que debo seguir su orientación. Además

respeto profundamente a mi padre y no estoy dispuesto a escuchar ningún insulto contra

él.

Yo no me atemoricé, porque sabía que Heracles no era capaz de reaccionar contra

argumentos racionales, utilizando su fuerza salvaje. Era demasiado primitivo para entender

la relación entre fuerza física e intelectual. Volví, por tanto, a la carga con más audacia.

  • - Supongamos que usted sea el hijo de Zeus, aunque no todas las versiones lo

confirman. Pero si lo es, me imagino que se considere como hijo adulterino de Alcmena.

¿Usted se precia de la manera como Zeus engañó a su madre y acabó devorándola con

su luz divina?

  • - Los dioses tiene derecho a todo! - me respondió visiblemente ofuscado.

  • - No creo que ese argumento sea la opinión unánime de los dioses - le respondí -.

Hace poco me decía Apolo, y creo que con razón, que los dioses no son más que

instrumentos de un orden superior, pero lo que estoy sacando en claro, es que el único

orden para Zeus, es el de su propio dominio político.

  • - Si fuera Zeus, ya lo habría herido de muerte, - me respondió indignado.

51

  • - Tomemos esta conversación con la mayor calma posible, - le dije -. Se trata de

enfrentar las opiniones de dos culturas distintas y ambos necesitamos de un alto grado de

tolerancia. No crea que para mí fue fácil venir a conversar con Usted. Yo también tengo

mis propias repugnancias. Guardémonos cada uno las propias.

Él pareció relajarse y yo continué:

  • - Usted me dice que los dioses tiene derecho a todo. ¿Cree Usted que eso significa

un buen ejemplo para los hombres? Zeus se hace pasar por Anfitrión para engañar a

Alcmena, hace el amor con ella y lo engendra a Usted. ¿Es esa una conducta ejemplar?

  • - No sé que es lo que llama usted ejemplar, - respondió con más calma -. Zeus

necesitaba engendrar al héroe más importante de la historia y escogió a mi madre. ¿Qué

tiene eso de reprochable?

  • - ¿Y por qué necesitaba engendrar a ese héroe portentoso?

  • - No sé. Es una pregunta que habría que hacérsela a Zeus.

  • - !De manera que usted es ignorante de los objetivos para los cuales se le usa! !Ya

me lo imaginaba!

  • - !Pero por favor! Qué idea se ha formado usted de los hombres, - me replicó con

extrañeza -. Los dioses pueden hacer con ellos lo que les plazca.

  • - Eso es exactamente lo que quería oír, - le respondí -. Yo no pretendo convencerlo

a usted de lo contrario. Es una tarea imposible. Usted no es solamente hijo de su cultura,

sino que fue manejado como instrumento para afianzarla.

  • - Me tiene usted verdaderamente intrigado. Cuáles fueron los fines para que los que

Zeus me utilizó.

  • - Eso lo puede deducir usted fácilmente del análisis de sus hazañas, - le respondí -.

Me da la impresión de que lo han tenido tan ocupado matando gente, que no le han dado

tiempo de reflexionar.

  • - Por eso se lo estoy preguntando a Usted, - me respondió con cierta dosis de

ironía, inexplicable en su primitiva contextura -. Por lo visto, continuó, Usted ha tenido

mucho tiempo para reflexionar sobre mí.

  • - Bueno, vistas sus hazañas desde fuera y con la distancia de los milenios que me

separan de su generación, pueden parecer en un principio, un fárrago de aventuras sin

sentido, útiles solamente para entretener a los niños, si no fuesen demasiado escabrosas.

Es poco lo que uno se puede explicar a primera vista. ¿Por qué lo enloqueció Hera? ¿Por

qué mató a sus hijos? ¿Por que lo entregaron en esclavitud a Euristeo? Los doce trabajos

52

que le manda Euristeo pueden parecer simplemente una sarta de atrocidades. Sin

embargo, creo que se puede encontrar un significado en ese desordenado laberinto.

  • - Me da la impresión de que Usted no aprecia mayormente mis faenas. ¿Cómo

puede encontrar en ellas un significado oculto?

  • - Le aseguro que no es fácil y han sido pocos los investigadores que han intentado

organizar ese desorden. Me parece que el hilo conductor puede ser el que le manifesté al

principio. El reinado de Zeus tenía muy pocas posibilidades del subsistir, después de la

revolución dionisíaca. Dionisos, ese dios tardío resucitó las fuerzas ocultas de

civilizaciones anteriores. Las mujeres estuvieron a punto de recuperar el poder y ello

hubiese significado el ocaso de los dioses olímpicos.

  • - No creo que ese peligro fuese tan grave como usted lo describe, - respondió

incrédulo -. Se trataba simplemente de algunos brotes de movimientos anárquicos que

querían regresar a costumbres primitivas. Zeus es ante todo un civilizador.

  • - !Un momento, un momento! No acumule los argumentos, sin permitirme

responder, porque eso no es dialéctica sino trampa. Ante todo, estoy convencido de que el

peligro era real. A Usted le queda fácil negarlo después de haber vencido a Hipólita, pero

el reino de las amazonas se estaba extendiendo por todo el Medio Oriente y tenía sus

simpatizantes en las ciudades griegas e incluso entre algunas de las diosas del Olimpo.

  • - No había oído mayor barbaridad, - respondió, haciendo resonar estrepitosamente

su risa -. Lo que Usted dice es absolutamente insólito y no creo que tenga argumentos

para probarlo. !Cómo es posible decir que en el Olimpo existía un partido favorable al

movimiento feminista de las amazonas!

  • - Yo no he hablado de partido, - le repliqué -. He hablado de simpatizantes más o

menos secretos. No tuvieron tiempo o posibilidad de constituirse en partido, pero estoy

seguro de que si las amazonas hubiesen triunfado, hubiera habido rebelión en el Olimpo y

hubiese caído la cabeza de Zeus. Si esa hipótesis realza su personalidad, sea. Tengo que

decirle que la figura de Heracles es mucho más importante quizás de lo que usted mismo

se imaginaba.

-¿Pero en que se basa usted para decir que en el Olimpo había simpatizantes por el

movimiento de las amazonas?

  • - Tengo que recordarle o ponerle en conocimiento, si no lo sabía, que la revolución

de Zeus nunca fue completa. Él tuvo que pactar con las antiguas diosas matriarcales. Hera

se sometió a su poder pero con reticencias y desde ese entonces hizo imposible la vida en

el Olimpo, hasta el momento en que lo aceptó a usted como hijo. Tal vez porque era una

quintacolumnista de las amazonas, se la ganó usted de enemiga.

  • - Pero su información es muy parcial. A mi no me ha apoyado solamente Zeus, sino

53

la mayor parte de los dioses del Olimpo, incluidas las diosas. Atenea ha sido siempre mi

escudo.

  • - Atenea representa un caso muy especial - le repliqué -. Fue simplemente una

tránsfuga de los antiguos bandos matriarcales, que se entregó de manera incondicional y

humillante al bando de los dioses machistas. Por esta razón aceptó nacer de nuevo de la

cabeza de Zeus. Usted y ella son los únicos que han nacido dos veces. Usted del muslo y

ella de la cabeza de Zeus. ¿Sabe Usted cuál es el significado de ese segundo nacimiento?

El padre de los dioses quería probar con ese acto humillante, que la inteligencia es

privilegio de los dioses varones. El caso de Atenea es más humillante que el suyo. Usted,

al fin y al cabo, nació como simple mortal, pero ella era diosa en cuerpo y alma y

representaba la fuerza de la inteligencia en la antigua cultura neolítica. Es evidente que la

traicionera tenía que apoyar el bando de Heracles. Si hubieran ganado las amazonas, no

le hubiesen perdonado su traición.

  • - Me parece que usted divide las cosas demasiado drásticamente. Supongamos que

el bando de las amazonas hubiese tenido la importancia que usted le atribuye. No me

explico porqué mezcla las cosas que suceden en la tierra, con las del Olimpo. ¿O es que

cree que la suerte de los dioses depende de los acontecimiento humanos?

  • - Es una verdad tan obvia, - le contesté - que incluso Zeus me la aceptó en la

entrevista que tuvimos hace algunos días.

  • - Su imaginación supera cualquier límite. No me crea tan torpe como para creerle

que se entrevistó con mi padre. Eso es el colmo del descaro. No se revela ni siquiera a mí,

que soy su hijo. Cuando pasé por Egipto intenté verlo y él solo se reveló bajo apariencia de

cordero. Zeus no se le aparece a los hombre en cada esquina.

  • - Pero por lo visto sí a las mujeres en cada lecho, - le respondí con sorna -.

  • - Siempre se revela bajo apariencias externas - respondió -. Se disfrazó de toro para

unirse con Europa o de lluvia de oro para penetrar en la prisión de Dánae. Mirarlo cara a

cara es peligroso. Alcmena lo intentó y cayó fulminada por el resplandor de su rostro.

-Me parece que estoy escuchando el relato de las teofanía de Jehová. Zeus

combatió en la guerra de Troya como cualquier soldado e incluso cuentan que en una

ocasión compitió con usted en los primeros juegos olímpicos. Además Zeus está ya

bastante medrado desde que lo abandonaron los hombres.

  • - Cómo así que los hombres abandonaron a Zeus. Lo que veo es que usted es un

vil mentiroso. Cómo se atreve a afirmar eso en el momento en que yo le he dado los

triunfos más esplendorosos.

  • - Perdone, - le repliqué -. Yo comprendo su confusión, pero es que yo vengo de

tiempos futuros. He tenido que regresar en la historia para poder conversar con usted,

54

pero tengo que decirle que los dioses griegos murieron hace siglos y usted con ellos. De

usted no queda más recuerdo que el de un aventurero, cuyos modales bruscos no gustan

mucho a mi generación. Ahora tenemos héroes más afines con nuestra sensibilidad. Sin

embargo, hay románticos que todavía lo estiman a usted e incluso sus hazañas pueden

servir como base para un guión de cine. Por mi parte, el único detalle que me cautiva en

su biografía es que haya pedido que lo quemasen en el monte Eta sin derramar una

lágrima. Así se debe tomar la muerte. Sin embargo, esta parte de su historia no ha llegado

todavía. Téngala, si quiere, por una profecía.

55

9. ODISEO: LA MONÓTONA ETERNIDAD

"Helena bien vale una guerra"

Tenía mucho interés en tomar contacto con alguno de los héroes de Grecia, que se

habían entregado sin escrúpulos a la inútil aventura de la guerra troyana. Ya Heracles, una

generación antes, había intentado domeñar esa puerta del Helesponto, pero ahora los

griegos regresaban por un motivo diferente. La leyenda que se había formado alrededor de

esta hazaña no dejaba de causarme perplejidad. No me explicaba como dos pueblos se

trenzan en lucha hasta su destrucción por la belleza y el amor de una mujer infiel. En la

historia no había constatado que las cosas sucediesen así. Las guerras se llevaban a cabo

para dilatar o consolidar imperios, para abrir rutas comerciales e incluso por intereses

dinásticos, que repercutían sobre la cohesión de un reino. Trasladar las causas a las

rabietas de un marido celoso, me había parecido siempre, con perdón de Homero, una

poética banalidad.

Ninguno de los raptos anteriores había en realidad provocado una guerra. Los

fenicios no vengaron el rapto de Europa, ni los habitantes de la Cólquide atacaron a los

atenienses por el rapto de Medea, ni los cretenses se vengaron del rapto de Ariadna. La

generación engendrada por Zeus y los dioses olímpicos se fijaba poco en esos melindres.

El motivo de la guerra de Troya no podía ser, por tanto, el rapto de Helena, sino razones

mucho más pedestres. Los griegos estaban interesados en colonizar el Mar Negro y

dominar sus riquezas y no era la primera vez que intentaban conquistar el paso del

Helesponto. El otro era un motivo demasiado banal y me daba pesar abandonar los mitos

homéricos por explicaciones más realistas.

Había otras razones para indagar en las entrañas de esa época. Sus protagonistas

pertenecían definitivamente a una generación trágica. Todos ellos fueron consumidos por

el destino cruel. La tragedia se cebó no sólo en el bando de los perdedores, con la

destrucción de Troya, sino por igual en el campo de los vencedores. Aquiles, herido por

Paris con una saeta que dirigió expresamente la mano de Apolo o quizás muerto en un

complot. Ayax, suicidándose estrepitosamente por no haber recibido en herencia las armas

de Aquiles. Filoctetes, expulsado de su ciudad por rebelde. Agamenón, asesinado por su

propia esposa y Ulises, arrojado de costa en costa en un viaje interminable. Me intrigaba

que sobre estas tragedias se construyese la gloria literaria de Grecia.

56

Me extrañaban, por otra parte, las diferencias con la generación de Heracles. Me

daba la impresión de que la división de los dioses entre los dos bandos de la guerra de

Troya y sus venganzas contra los combatientes del bando opuesto había eclipsado el

respeto a los dioses y la fidelidad que había manifestado la generación de Perseo y

Heracles. Los hombres empezaban a sentirse más distanciados de los dioses, aunque sin

llegar a la rebeldía abierta de la segunda generación.

Comparando a Aquiles con Heracles, encontraba en aquel un héroe más humano,

más alejado de la predestinación divina, más comprometido con el destino terreno. Su

rabieta, que había interrumpido la guerra de Troya, aunque me parecía totalmente

arbitraria, me daba la impresión de que obedecía a motivos estrictamente pasionales y ni

siquiera los dioses lograron controlarla. Su efusiva amistad por Patroclo y su regreso a la

guerra después de la muerte del amigo, eran rasgos de un claro humanismo, que no

podían compararse con la descarada manipulación por parte de Zeus sobre las hazañas

de Heracles.

Era por tanto, un espacio cultural provocativo, para comprobar cómo se iba

desprendiendo el hombre de sus fantasmas olímpicos. La expresión de Menelao, cuando

rechazó los sacrificios a Atenea antes del retorno, diciendo que los griegos no le debían

nada a una diosa que había defendido la ciudadela troyana, expresaba con claridad el

sentimiento de la nueva generación. El desencanto había empezado, sin embargo, antes

de la guerra. Había pues, un verdadero problema generacional de incredulidad naciente.

Cuando Telamón, el rey de Salamina, despidió a su hijo Ayax el Grande,

aconsejándole que se entregase a la protección de los dioses, este había respondido

desdeñosamente: "Con la protección de los dioses cualquier cobarde puede alcanzar la

gloria. Yo lo haré sin su ayuda". Con el mismo desprecio rechazó la protección que durante

la guerra estaba dispuesta a ofrecerle Atenea. Sólo Néstor, que era suficientemente viejo

para considerarse de la generación de Heracles, se mantuvo siempre respetuoso con los

dioses y pudo retornar a Pilos sano y salvo, para morir tranquilo en una ancianidad sin

contratiempos.

Mis hipótesis iban mas lejos aún. A pesar de que la saga griega representaba, de

hecho, un mundo violento, me daba la impresión de que, al menos la Ilíada, no era más

que una larga y deliciosa sátira contra los griegos. Esta hipótesis tenía algunos aspectos

verosímiles, pero se enfrentaba por igual a grandes dificultades.

Por una parte, me daba la impresión de que la Ilíada pintaba de muy distinta

manera a los griegos y a los troyanos. Estos eran gentiles, humanitarios, respetuosos de

las costumbres familiares y caballerosos con la mujer. Los griegos por el contrario, no

podían definirse sino como héroes desalmados, sin la menor traza de civilización o de

modales caballerescos. Al parecer, no en vano Homero era quizás un jonio de Quíos y no

un ciudadano ateniense. Tal vez acabó tomando una venganza exquisita contra las

tropelías griegas de la guerra de Troya.

57

Estuve pensando mucho a quién entrevistar entre los héroes que lucharon en

Troya, hubiesen o no retornado. Puede suponerse, después de lo que me pasó con

Afrodita, que no me atreví a abordar a Helena. Era demasiado seductora, demasiado

carnal, para que uno pudiese sentarse frente a ella en una tranquila entrevista. Además los

héroes revoloteaban como abejas a su alrededor y, por lo tanto, era una presa erótica más

peligrosa que la misma Afrodita.

Paris tampoco era fácil de abordar. Era tan hermoso como seductor y los bandos

estaban demasiado cargados a su favor o en su contra. No podía olvidar su historia entre

trágica y apasionada. Abandonado en el monte Ida, porque los oráculos predecían la

desgracia, fue sin embargo el preferido de los dioses. Zeus le confió la difícil tarea de

dirimir el pleito sobre la belleza de las tres diosas y él se había decidido sin vacilar por

Afrodita, con la simple promesa de que le ayudaría a conquistar a la bella y seductora

Helena. Su destino, por tanto, estaba ligado al de los dioses.

Menelao y Agamenón eran demasiado protagonistas y su visión de los hechos

podía estar prejuiciada. Con Aquiles definitivamente no tenía interés en entablar un

diálogo, no solamente por su carácter iracundo e incontrolado, sino porque no sabía dónde

lo podía encontrar, si en Leuca, compartiendo su vida de ultratumba al lado de Helena o

en los campos elíseos, viviendo con Medea o en el Hades, quejándose de su suerte.

Me decidí, por lo tanto, por Odiseo. Era tal vez la figura más atractiva y enigmática y

al mismo tiempo la de caracteres menos firmes o más contradictorios. Voluble y engañador

nato, pasaba por ser el hijo de Laertes, pero es posible que lo hubiese engendrado el

mismo Sísifo, en sus amores con Anticlea, la hija del ladrón Autólico. Ello explicaría mucho

mejor algunos de los rasgos de su temperamento. Si ello era verdad, se podía decir que la

trampa y la audacia le venían por herencia. Como sus antepasados, no encaraba nunca el

peligro de frente, sino que siempre se deslizaba por los atajos del engaño y esa estrategia

le resultaba muchos más provechosa que la pelea abierta de los otros héroes.

Me parecía que Odiseo estaba del bando de los dioses machistas, porque fue el

primero que rompió abiertamente con las normas de la cultura matrilocal exigiendo a

Penélope que lo siguiera a Ítaca. Pero este gesto se podía atribuir como todo lo suyo, a un

simple capricho personal y no propiamente a un apego a las tradiciones culturales.

Para estudiar la personalidad de Odiseo me encontraba con dos tradiciones muy

distintas. Por una parte la Ilíada y las sagas paralelas de la guerra de Troya, en donde

aparece como un personaje redomado y maquiavélico. Por otra parte, la Odisea, ese

hermoso cuento del eterno retorno, cuyo héroe es uno de los más maravillosos ejemplares

de la aventura humana. Llamemos a uno Odiseo y al otro Ulises.

El Odiseo de la Ilíada era el que había sugerido abandonar a Filoctetes herido en la

isla de Lemos, el que había acusado falsamente de traición a Palamedes. El nefasto

personaje que estuvo a punto de asesinar a Diomedes, para quedarse con la gloria de la

conquista del paladión y, por último, el que había impuesto la política de exterminación

58

contra los vencidos y que en consecuencia, había estrellado contra las rocas a Astianacte,

el pequeño hijo de Héctor.

En contraposición, Ulises es un personaje deliciosamente humano. Es ante todo, un

luchador contra la muerte, lo que lo aleja diametralmente de los héroes de la Ilíada que se

deleitan con ella. Ulises se va zigzagueando por las islas del mediterráneo, huyendo de la

muerte que lo acecha sin cesar. La mayor parte de sus aventuras no son más que una

danza para escapar al dominio empeñoso de la muerte. Huye siempre de ella, para

encontrarse de nuevo con el amor. Circe y Calipso son las etapas de toda vida humana.

Me inclinaba por la hipótesis de que la Odisea hubiese sido escrita por mano femenina. Tal

vez representa la visión de los acontecimientos que tenía Nausica.

Encontré a Odiseo en el Hades. Estaba recluido en un rincón del que salía en muy

pocas ocasiones. No sabía si lo había recluido allí su propia soledad o los múltiples odios

que se había conquistado durante su vida. Cuando le planteé mi duda, me respondió.

  • - Estoy cansado de viajar, pero sobre todo estoy cansado de los hombres. Vi

demasiada maldad y falsedad durante mi vida y hubiera deseado descansar por toda la

eternidad. Este último sueño no ha sido, sin embargo, un descanso. Aquí los hombres son

peores que arriba porque ya no hay posibilidad de cambio. Aquí Hades es impotente para

controlar el egoísmo.

Me estremeció esa primera confesión. La conversación tomaba un giro

insospechado. Me quedaba difícil descifrar la personalidad del Ulises de ultratumba. No

era ni el Odiseo de la Ilíada ni el Ulises de la Odisea. No encontraba en él la seductora

malicia del estratega ni la emocionada ternura del viajero. Cuando le manifesté mi

sorpresa, me respondió:

  • - Creo que las dos hipótesis que usted se ha forjado tienen algo de verdad, pero

una cosa es el tiempo y otra la eternidad. En el tiempo uno tiene posibilidades de salida.

Se puede escurrir por el laberinto de las opciones. Aquí no existen alternativas. No hay

manera de ser creativo. Es inútil cualquier opción. Se pierde definitivamente toda

esperanza. Uno tiene que acabar acomodándose en un nicho pegajoso. Yo preferí vivir o

morir en una soledad meditativa.

  • - La imagen que usted traza de la eternidad no es muy halagüeña, - le respondí con

gesto de extrañeza -. En realidad no he podido saber nunca como se imaginaban ustedes

esta etapa de ultratumba, pero por su descripción, la hallo muy parecida a la imagen

cristiana. Encuentro solamente una diferencia. Todos los griegos acababan por parar en el

Hades, a no ser algunos privilegiados, que conquistaban no sé porqué la divinidad o eran

enviados a los Campos Elíseos, como Aquiles.

  • - Los Campos Elíseos son una ingenua ilusión, - respondió con decisión -. Aquí

están todos, inclusive Aquiles. Y la divinización no es más que un cuento de los dioses.

Por allí anda Heracles chamuscado. La dura realidad es esa. Todos los hombres acaban

59

por pasar al dominio de la muerte.

  • - Pero entonces, - le respondí -, no encuentro cuál es la utilidad del más allá.

Pensaba que podía tener algún significado, para resarcir las injusticias de la vida terrena,

pero si todos tienen el mismo destino, creo que no vale la pena sacrificarse por ser justo.

Si el panorama es como usted lo describe, es preferible morir a secas y que los elementos

se reintegren a la tierra.

Odiseo se quedó un momento pensativo y luego respondió:

  • - Esa fue la solución que inventaron algunos filósofos y les dio resultado. Se

escaparon a este destino. Usted no encontrará aquí ni a Epicuro ni a ninguno de los

estoicos. En cambio el infierno se está llenando de cristianos. Cada uno se fabrica en vida

su futuro de ultratumba. A nosotros nos condenó nuestra cultura a vivir eternamente esta

vida tediosa. El mas allá no es otra cosa que el destino que se fabrica cada uno en el

recinto cerrado de su propia imaginación.

  • - Me parece detectar en sus palabras cierta contradicción, - le repliqué -. Usted se

siente condenado al Hades por su propia cultura y, por otra parte, dice que cada uno se

fabrica el destino de ultratumba con su propia imaginación.

  • - Bueno, me mete usted en un peligroso vericueto contestó -. Me inclino a pensar

que la libertad es un privilegio muy escaso. Ante todo, la imaginación de cada uno

depende de las pautas que le impone su propia cultura. Yo no podía pensar como un

filósofo del siglo V y, por lo tanto, no pude evadirme a mi destino. Nosotros no creíamos en

la libertad. La cultura había tejido un mundo imaginario de "daimones" que reemplazaban

el peso de la responsabilidad personal. La ira de Aquiles o el desespero de Medea no era

más que el resultado de los daimones que se habían apoderado de ellos. Aquí nos dimos

cuenta de que todo ello no era más que una poética mentira, inventada por nuestra

cultura. Por ninguna parte aparecieron los daimones. Pero ustedes cayeron en el otro

extremo. Cada uno se imagina ser un pequeño Zeus omnipotente, sin nexos con la cultura.

Eso también es una ficción cultural y ustedes se darán cuenta aquí de que la libertad, la

mayor parte de las veces, no es más que una engañosa ilusión. Es sólo un espejismo en el

desierto de la cultura.

  • - Entonces, existe o no existe la libertad, - le pregunté inquieto.

  • - La fuerza de la cultura es inmensa, - me respondió sin siquiera mirarme. Hablaba

solamente para sí -. La cultura forja a los individuos a su imagen y semejanza. Eso lo

podemos ver aquí con más facilidad, porque en esta inmensa olla se revuelven todas las

culturas. Usted no se imagina la confusión que es esto. Cada cultura debería tener su

propio infierno, pero si así fuera, sería más monótona la eternidad. Muy pocos son los que

pueden zafarse a su imperio y no se pueden escapar por cualquier sitio. Cada cultura deja

solamente algunas puertas entreabiertas y algunos logran escaparse por allí. En eso

consiste en último término la libertad.

60

  • - Entonces, - dije - no entiendo porque se está llenando el infierno de cristianos,

como usted dice. Al menos ellos creen en la posibilidad de la divinización. Tienen por tanto

dos opciones y es posible que muchos alcancen el cielo.

  • - No sé, en realidad, si han cambiado las reglas del Olimpo, - contestó con ironía -.

Los dioses nuestros eran muy egoístas y se volvieron cada vez más con el tiempo. Fueron

muy pocos los que lograron ser admitidos en su compañía. En realidad el último de los

dioses fue Dionisos. Dicen que el alma divina del Heracles está allá arriba, mientras aquí

está solamente su cascarón, pero eso son ilusas disquisiciones. ¿Qué es eso de un alma

independiente? Yo veo que el cuerpo de Heracles se mueve aquí con alma y todo. No he

podido entender nunca esa extraña dicotomía entre cuerpo y alma. Me parece que a

ustedes los metieron en un mal camino. Si uno se salva es con todo su peso corporal. Lo

único que tuvo que dejar en la tierra el divino Dionisos fue su túnica.

En medio de un fino lenguaje humorístico, Odiseo me estaba dando una lección de

eternidad. Me satisfacían profundamente sus reflexiones, pero nos alejábamos cada vez

más de los temas que había venido a tratar. El diálogo se estaba convirtiendo en una

perfecta odisea. Un vagar de idea en idea, sin rumbo fijo. Odiseo no podía evadirse a su

temperamento y arrastraba consigo a todos sus compañeros de viaje. Intenté forzar un

poco la conversación hacia su vida mortal. Le pregunté directamente si él estaba de

acuerdo con las dos hipótesis que la crítica se había forjado sobre su propia personalidad.

  • - En realidad, - me respondió - no creo que haya sido tan malo como me pinta

Homero. Hay que partir del presupuesto de que él es un poeta y los poetas tienden hacia

la caricatura. Además no sé por qué siendo griego, nos trató a todos de manera tan

descarnada y brutal. Pero conmigo se ensañó de manera especial. Todas las maldades

cayeron sobre mi fama. Yo no me creo ni mejor ni peor que los otros griegos que lucharon

en Troya.

  • - Pero entonces, porqué los griegos aceptaron a Homero como el verdadero

fundador de su cultura, - le pregunté -.

  • - Los griegos no tenían mucho de donde escoger. Además nuestra cultura fue una

obra hecha a cincel. Se inicia en la saga heroica de tiempos relativamente bárbaros, para

ir construyendo una cultura civilizada. En esa medida Homero le tuvo que dejar el paso a

los filósofos, aunque su obra sigue siendo un pilar indispensable. Los griegos se dieron

cuenta muy tarde de que Homero se estaba burlando de ellos. Se le puede criticar su

interpretación de los hechos, pero no se le puede negar ni disminuir su fuerza poética, el

nervio con el que trazó los caracteres y describió los acontecimientos. Le cuento que tanto

la Ilíada como la Odisea son aquí mis obras de cabecera y con ellas mato un poco la

insoportable monotonía del Hades. Uno no debe preocuparse si está o no de acuerdo con

la interpretación de una obra literaria, con tal de que esté escrita con nervio.

  • - Me da la impresión, de que si en el infierno se puede leer, deja de ser infierno -

61

dije con gesto que mezclaba la extrañeza con la admiración -. Por lo visto usted se ha

puesto al día también en la obra de los filósofos y ha hecho un cuadro magistral del

desarrollo de la cultura griega. ¿Pero cuales cree usted que fueron las razones que tenía

Homero para emprenderla contra los griegos?

  • - Bueno, le sugiero que le haga una entrevista al mismo Homero. Yo me sospecho

que el no estaba de acuerdo con las costumbres guerreras de la sociedad micénica. Quiso

reflejar en los troyanos sus ideales de vida, más apegados a la tranquilidad familiar que a

la dura vida de los campamentos. Esa es al menos la impresión que me han dejado las

conversaciones que he podido tener con él aquí, en el Hades. Yo le he reprochado

abiertamente la manera poco delicada como me trató en la Ilíada.

  • - ¿Y qué respondió?

  • - Defiende simplemente la libertad del poeta para imaginar a sus personajes. Según

él, la literatura no tiene porque ser un libro de historia. Cada época reconstruye el pasado

desde su propia sensibilidad. Insiste en la manera drástica como cambiaron las

costumbres desde la época de la colonización griega. Según él, la Ilíada intenta hacer un

ajuste de cuentas contra una civilización guerrera, con la que ellos ya no estaban

identificados, pero que, sin embargo, admiraban por sus hazañas.

  • - Pero, al parecer, no es la misma sociedad que describe en la Odisea.

  • - La Odisea es otro cuento, - afirmó -. El mismo Homero nos ha comentado que no

tuvo que ver nada en su redacción.

  • - ¿Y usted no sabe quién la redactó?

  • - Aquí tenemos la misma discusión de ustedes y no hemos podido tampoco

solucionar el enigma. Nausica pretende haberla redactado ella, pero no ha presentado

todavía pruebas. Además es muy difícil hacerlo. Si se duda de la existencia del mismo

Homero, cuánto más de la de Nausica.

Estaba sorprendido con el giro que había tomado la conversación y con la

descripción vívida que Odiseo hacía de la vida del Hades. Si este era así, pensaba yo, no

había porque temerlo. Al fin y al cabo uno podía leer y formar tertulias interminables. A

decir verdad, parecía más bien una academia que un lugar de castigo.

Cuando le plantee mis dudas, Odiseo respondió:

  • - Ante todo, quítese de la cabeza que el Hades es un castigo. Como le decía antes,

a este hueco cae todo mundo, excepto los que quieren desintegrarse en la tierra. Solo

existen algunos castigados por las eternas rabietas de Zeus, como es el caso de Sísifo o

Tántalo. Los demás estamos aquí, simplemente. Pero no crea, que las lecturas y las que

usted llama "tertulias" le quitan a este lugar su aspecto tedioso. Esas cosas son

62

interesantes en el tiempo, pero no en la eternidad. El tiempo es creativo porque cambia y

progresa. Se tiende hacia algo. Hay lucha. Se construye. Existe futuro. Aquí el tiempo de

pronto se detiene. Todo está hecho. No hay expectativas de cambio. Solo comentamos los

sucesos pasados, pero no construimos futuro. ¿Usted comprende lo terrible que es no

tener futuro?

- Estoy de acuerdo, - le respondí pensativo -. No había reflexionado en ello.

No lograba concretar el objetivo de mis pesquisas. Odiseo giraba siempre al rededor

de los temas que le preocupaban en la ultratumba y por alguna razón no quería vincularse

de nuevo con su propia historia terrena. El veía el Hades desde la ventanilla de sus

propias preocupaciones. En algún momento, mirándole fijamente a los ojos, me dio la

impresión de que había perdido la capacidad del recuerdo y de que la meditación eterna le

estaba secando la memoria. Igual que en su vida mortal, seguía siendo un hombre del

futuro, que continuamente rompía sus nexos con el pasado. Su tragedia era que ya no

existía el futuro y me daba la impresión de que esa realidad lo estaba enloqueciendo. El

Hades se había convertido para él en un instante eterno, sin pasado y sin futuro. El único

pasado que podía recordar era el de su propio infierno. Yo estaba a punto de romper el

diálogo, pero me lancé a una última pregunta. Tal vez la única manera de arrancarlo a su

ensimismamiento y hacerlo regresar a sus recuerdos terrenos, era colocándole delante la

imagen de Helena.

- Para nosotros, - le dije abruptamente - es difícil comprender que ustedes se hayan

agotado en diez años de guerra, únicamente por recuperar a una mujer raptada.

- !!!Oh! Helena, Helena. - Me dijo con los ojos iluminados -. No era una mujer

cualquiera. Estoy convencido de que los griegos fuimos a la guerra solamente por celos.

Todos estábamos enamorados de Helena y Helena bien valía una guerra.

La alegría volvió a su semblante gastado y se alejó con la vista levantada, como si

estuviera contemplando una visión. No quise interrumpir su delirio y me alejé presuroso.

63

10. ARQUÍLOCO DE PAROS: EL NACIMIENTO DE LA LÍRICA

"La vida acaba en un retozo sobre la piel"

Después de haberme adentrado en el tormentoso mar de las guerras micénicas,

deseaba acercarme a la Grecia aventurera de los colonos. Pero ¿donde encontrar a esos

errabundos, que habían fabricado ciudades a lo largo del Helesponto y de la Magna

Grecia? ¿Cómo identificar sus sentimientos, sus compromisos con la tierra, sus añoranzas

míticas? Deseaba conocer más de cerca a esos constructores de cultura, que con sus

costumbres habían transformado la manera de pensar y sentir. ¿Quién se acordaba, sin

embargo, ya, de los pioneros que se habían desgajado como racimos de su madre patria,

pero que seguían aferrados en sus venas a la cultura griega?

Había varias manera de llegar hasta ellos. No tuvieron ciertamente un Homero para

que cantara sus aventuras en estrofas épicas, pero es que la épica difícilmente podía

transparentar las nuevas emociones. Lo importante ya no eran las hazañas guerreras, sino

la exultante sensibilidad de todos los días. Los reyes habían pasado de moda y con ellos el

entusiasmo de unas guerras suscitadas por minúsculos episodios domésticos. Los nuevos

colonos abogaban por la paz, el trabajo y el ocio creativo. Estaban asentando las raíces

ideológicas de la democracia, contra los arrebatos momentáneos de los tiranos. En sus

luchas desconocidas, habían dejado dos monumentos: la legislación y la poesía lírica. A

veces, como en Solón, esos dos trazos se hallaban unidos en la misma personalidad. Esos

austeros legisladores eran capaces también de ser poetas.

Hubiera querido dialogar con muchos de ellos y no era fácil escoger aquellos que

pudieran ser más significativos para enfrentar los rasgos fundamentales de la nueva

generación. Ante todo escogí a Arquíloco de Paros. Era un poeta, casi perdido en la bruma

del tiempo, pero en el que podían destacarse algunas características inquietantes y

prometedoras para un diálogo intenso. Los avaros fragmentos que nos han llegado de su

poesía o los testimonios sobre su personalidad lo ubican claramente en el momento álgido

que rompe las dos culturas. Estaba suficientemente lejos de Homero y del mundo mítico

de los micenos, pero se hallaba todavía vinculado a la actividad guerrera, ya no como jefe

nobiliario, sino como simple soldado mercenario.

Algunos rasgos de su personalidad eran suficientemente indicativos de la nueva

64

época. Era hijo bastardo de una esclava y tuvo que subsistir del duro oficio de soldado. Su

mentalidad de poeta y quizás de demócrata, se rebelaba contra la sumisión militar y la

fidelidad a un escudo. Su poesía es por lo tanto, anti-militar y su personalidad la de un

anti-soldado. No temió cantar en uno de sus poemas, la manera como había abandonado

el escudo, para poder salvar su vida. Esparta siempre recordó con horror ese desacato a

la disciplina militar. En vez de las batallas, Arquíloco prefiere relatarnos con rasgos de una

deliciosa intimidad, los breves momentos de descanso en los que podía sorber un buen

vaso de vino o el encanto que sentía al tocar la mano de su amada Neóbule.

Sin embargo, Arquíloco conserva algo de la fiereza antigua. No era propiamente un

pacifista, a la manera de Aristófanes. Sentía hervir su sangre ante el enemigo. La cultura

griega no había caído todavía en la tibia moralidad de Sócrates. El enemigo era el

enemigo. Sin embargo, la nueva generación llevaba también el valor guerrero a un plano

estrictamente personal. El enemigo no es el de la patria, sino el que nos ha hecho una

ofensa. La patria solo vive en los individuos.

Otra de mis hipótesis se refería a la manera como la nueva generación enfrentaba

el destino del hombre. Cierto que estos bravos colonos todavía pensaban que el hombre

estaba sometido a la inflexible ley de los dioses, pero lo único que le pedían al Moira es

que les dejase unos cortos espacios para deleitarse en los pequeños goces de la vida. No

es de extrañar, por lo tanto, que pensamientos tan atrevidos hubiesen suscitado contra

Arquíloco las iras de los críticos aristócratas, como Píndaro y Gorgias y aún las del mismo

Heráclito. Se puede suponer que ese odio suscitaba aun más mi adhesión a ese extraño

personaje y mi deseo de entrevistarlo.

Lo encontré en el Hades. Según pude averiguar en mis andanzas por esos

prolongados recovecos, el poeta se dedicaba a los mismos menesteres que en su vida

mortal: beber vino, cuando podía conseguírselo, gozar del flirteo erótico, con la misma

melancolía con que lo había hecho siempre y denigrar a sus enemigos en poemas

hirientes. No podía guerrear contra ellos, porque la guerra estaba terminantemente

prohibida en el Hades. Empecé preguntándole si él era consciente de las novedades

culturales que había aportado su generación.

- Esa perspectiva, - me respondió - es fácil captarla después de una cuantas

décadas. En el momento inmediato sólo captamos la incidencia directa. Además yo no era

propiamente un filósofo o un historiador, sino un cantor lírico. Me interesaba la sensación

del momento y no la reflexión sobre el pasado. Las escenas anteriores las miré siempre

bajo la lupa del sentimiento presente. No me ponga, por lo tanto a divagar ahora en

complicadas filosofías. Si quiere, pídame un poema.

Comprendí, a la luz de esta respuesta, que el diálogo no podía llegar muy lejos.

Estaba sentado verdaderamente ante un poeta, incapaz de mirar más allá de su sensación

inmediata. Estuve a punto de desistir de la entrevista, pero el interés de conocer un poco

más sobre esa época, me llevó a plantear la entrevista sobre un nuevo escenario. Le

coloqué en el suelo la cáscara de sus recuerdo eróticos.

65

  • - Quisiera saber, por lo menos, si en el Hades ha podido recuperar su amor por

Neóbule.

  • - Usted es astuto, - me dijo con un guiño de complacencia -. Me ha tocado una de

las únicas fibras que todavía me conmueven. El resto de la eternidad sólo quiero vivir para

el amor y el vino. Nunca bebemos bastante y nunca damos suficientes besos. La vida no

tiene ningún otro significado. Toda ella acaba en un retozo sobre la piel.

  • - Los fragmentos que nos han llegado de usted, - le respondí en seguida - no

describen el amor propiamente como un deleite pacífico, sino como una lucha encarnizada

que acaba destruyendo el alma.

  • - Y es cierto. No he cambiado de opinión. El amor es una lucha cruenta. Nos

desbarata el alma. Nubla los sentidos y nos hace perder la razón. ¿Quién dijo que era fácil

amar? ¿Acaso la vida vale la pena por ser un camino plano? Ojalá pudiésemos morir

continuamente, con tal de que sea por amor. La vida erótica es lo más parecido a la

muerte y no entienden el amor, los que lo quieren vivir sin sufrimiento.

  • - Los griegos, varios siglos después de Usted, acabaron idealizando el amor y le

quitaron ese aspecto de lucha fiera, - le repliqué -.

  • - Son teorías fantasiosas. !No! La vida hay que aceptarla como se desarrolla, a flor

de piel. Allí solamente hay contradicción y muerte, donde hay amor y placer.

  • - Con esta definición que usted acaba de darme, - le dije - no entiendo porque

Heráclito acabó profesándole a usted un odio tan profundo. Me imagino que no haya

conocido su filosofía del amor.

  • - Por supuesto que sí, - respondió con decisión -. Él leyó toda mi obra. Estimo

mucho la filosofía de Heráclito, aunque el no estime mi sentimiento poético. La impresión

que tengo es que la mucha filosofía le secó el ceso. No hizo sino discutir sobre la

dialéctica, pero no la vivió. Por ello no pudo ser poeta. Aquí en el Hades nos hemos

reconciliado, pero él sigue siendo un extraño misántropo.

  • - Y con Critias, ¿ha podido reconciliarse?

  • - !No! Ese sigue siendo un aristócrata empedernido. A la aristocracia le cuesta

descender hasta la sensación por el camino directo del placer. Siempre tienen que

ocultarlo en algún disfraz que ellos consideran más noble. Yo sé que Critias me criticaba

por haberme descrito sumergido en "bajos placeres", pero es que yo no considero que los

placeres sean bajos. Mejor dicho, el placer representa la mayor altura del hombre. Creo

que el hombre piensa porque es capaz de sentir y no viceversa. No es que se ascienda al

pensamiento. La inteligencia no es ninguna altura. Está al mismo nivel de la sensibilidad.

66

  • - Ahora que hemos podido entrar al calor del diálogo, permítame preguntarle sobre

otro aspecto, que a mi modo de ver, contradice su sentimiento erótico. ¿Por qué ese placer

por la venganza, esa ansia de aplastar al enemigo? Me da la impresión de que son

sentimientos atávicos que proceden de sus antecesores micénicos y que ustedes no

pudieron superar.

  • - En absoluto! No lo creo - respondió seguro de sí mismo - El amor y la guerra van

de la mano. El odio es compañero del amor. Por eso Eros anda con el carcaj al hombro.

  • - Pero usted no conjuga en sus poemas los dos sentimientos - le dije -.

Usted

simplemente se venga de sus enemigos, adquiéralos o no en la arena del erotismo.

  • - !!Sí! Yo sigo siendo un soldado - dijo con orgullo ficticio -.

  • - A ese punto quería llegar, - le respondí -. Usted no es ni fue un soldado, sino un

anti-soldado. Es uno de los aspectos que me encantan de su personalidad y era uno de

los temas que quería conversar con usted. No sé si estoy equivocado, pero me da la

impresión de que usted se burló todo el tiempo de la milicia, sin renunciar a ella. Encuentro

en esa actitud una cierta contradicción, pero de todos modos considero que es una

deliciosa contradicción.

  • - Tiene razón. La milicia fue mi oficio. Con ella me gané la vida. Cuando me

trasladé de Paros a Tasos estaba en la mayor miseria. Tuve que meterme al ejército para

no morir de hambre. Era una situación bastante común. Sin embargo, mi sentimiento era

antagónico a la vida militar. Era indisciplinado, gozador y bebedor. No he podido dejar de

serlo.

  • - Entonces, ¿por qué no renunció a la milicia? No estoy de acuerdo en vivir una

vida, con cuyos ideales uno no está identificado.

  • - Por su puesto que renuncié, - dijo con una agradable y desenfadada sonrisa -. Tan

pronto como pude comer de otra manera, abandoné el escudo. No pude seguir luchando

por ideales que no me interesaban. Los reclutas tienen como misión defender la patria o la

riqueza ajena. Generalmente a los soldados los recogen entre los campesinos, para

defender los intereses de los aristócratas. Por eso los aristócratas como Critias no pueden

aceptar que yo haya abandonado el escudo. Tampoco Heráclito lo pudo soportar, hasta

que acabó desengañándose en el Hades sobre los ideales aristocráticos de la guerra.

  • - ¿Y por qué los mercenarios luchan por ideales que no son los propios?

  • - Eso pregúnteselo a un filósofo - dijo -. Lo que yo alcanzo a percibir, es que a los

pobres los embaucan con mitos o con ideas falsas. Para ello dicen, como Heráclito, que "a

los que mueren en combate los honran los dioses y los hombres". Yo creo que Heráclito

escribió esa frase para refutar el verso en el que expreso mis dudas sobre la gloria del más

allá. "Los muertos se llevan la peor parte". Aquí al Hades caen todos los soldados

67

heroicos, al igual que los que hemos abandonado el escudo. Por eso Heráclito ha acabado

reconciliándose conmigo. Es necesario ser tan ciego como Critias, para no darse cuenta

de esa evidencia.

  • - Pero de todos modos, ustedes creían que el destino venía repartido por los dioses

o por algo del más allá.

  • - Es verdad - dijo con serena sonrisa -. No logramos desterrar ese mito. Aquí nos

hemos dado cuenta de que no existe ninguna máquina oculta que fabrique el destino y

creo que Heráclito tuvo mucha razón al plantearlo con firmeza. Nosotros solamente

alcanzamos a desvanecer un poco la sombra del destino, pidiéndole que nos dejase gozar

un poco de la vida.

Era eso quizás lo que quería escuchar de boca de Arquíloco. Me agradaba su

manera abierta de enfrentar la realidad. Quizás esa cualidad la debía a su condición de

poeta. Lo dejé refrescándose con la botella de vino que le había llevado de regalo. Gracias

a ese detalle había podido penetrar en la intimidad del bardo.

68

11. SAFO: LAS CONTRADICCIONES DEL AMOR

"El amor no tiene filosofía"

En la entrevista con Safo, deseaba enfrentarme a una visión antagónica a la de

Arquíloco. Hubiera podido escoger al poeta Alceo. Safo y él eran aristócratas y ambos

habían vivido y luchado, por la misma época, en la isla de Lesbos. Pertenecían a una

estirpe que disfrutaba los fastos de la vida privilegiada. Mas, sin embargo, qué abismo

entre los dos! Qué pocas cosas me unían al sentimiento elitista de Alceo, siempre

preocupado por los banquetes o por las luchas políticas. A pesar de su lenguaje terso,

nada me decían sus versos. El sentimiento báquico lo había expresado mejor Anacreonte,

y sus rencores contra Pítalo me dejaban frío. Tenía razón Dionisios de Halicarnaso al decir

que bastaba quitarle a sus versos el ritmo prosódico, para hacer de ellos discursos

políticos.

En cambio, el sentimiento de Safo se cala en el alma. La fama, que la colocaba

cerca al trono de las nueve musas, la habían confirmado prácticamente todas las

generaciones griegas. Sus versos perduraron en la memoria de generación en generación

y fueron trasmitidos por la enseñanza escolar, hasta que el puritanismo cristiano los

sepultó en el olvido. Difícilmente un poeta había manejado o manejaría posteriormente el

lenguaje con tanta delicadeza, para expresar los sentimiento del amor o la simple

melancolía. En sus poemas no entra la guerra, sino para indicarnos que por causa de ella

no había podido conseguir la guirnalda para su hija. Su vida es una fuente de exquisito

sentimiento. El amor la conmueve como "el viento de las montañas agita las encinas".

Prefiere contemplar los suaves movimientos de Anactoria, antes que presenciar las

fatigosas cabalgatas. Se siente estremecer con solo mirar el vestido de su amada Gongila.

Como Propercio, ella siente que la amante, ante la belleza de la amada, fácilmente puede

convertirse en diosa.

Su sentimiento, sin embargo, no es un mar en calma. En ocasiones está azotado

por la infidelidad y la traición. A veces se siente morir cuando la abandona una de sus

amadas. En el momento de partir, solo recuerda las guirnaldas entretejidas de flores

primaverales que se colocaban mutuamente en el cuello delicado. La dura lucha contra

sus rivales Andrómeda y Gorgo, le arranca versos adoloridos.

Me maravillaba ver desnudados por primera vez los sentimiento del amor con esa

absoluta sinceridad. ¿De dónde había surgido esa vena sin titubeos? ¿Cómo podía

explicarse en la sociedad de Zeus la manifestación contundente del amor femenino, sin

69

tapujos ni cortapisas? Frente al ghetto cerrado de la aristocracia masculina, representada

por Alceo, ¿cómo podía explicarse al mismo tiempo y sobre la misma tierra, una sociedad

libre en la que las mujeres se acariciaban a pleno sol?

Era ese rincón luminoso de la historia de Grecia, al que quería penetrar en mi

diálogo con Safo. Quería rescatarla del olvido cristiano e introducirla en pleno siglo XX,

para contrastarla con la gazmoñería de una sociedad morbosa. ¿Cómo era posible que

Pierre Bayle, el ilustrado, hubiese descrito a la poetiza como la cabeza de un círculo

depravado o que Wilamowitz la hubiese imaginado como la directora poco recomendable

de un colegio de señoritas? Me parecía que el que no pudiese comprender esas escenas

de amor, abiertas al sol, no había entendido nada de Grecia.

La impresión que tenía, era que el amor de Safo por las doncellas de su entorno no

era en absoluto morboso. ¿Pero qué puede llamarse morboso en el amor? No era un amor

que le inspirase un rechazo visceral por los hombres. No. Los cantos a su esposo o a sus

amantes varones tienen los mismo rasgos de delicadeza y transparencia. No se trataba,

por tanto de amores enfermizos, sino de un alegre sentimiento que disfrutaba la vida al

vaivén de la emociones cotidianas, sin barreras de moralidad engañosa. Era esa luz

transparente la que quería ver de nuevo, por esa pequeña hendidura de la historia.

Difícilmente podía encontrar en toda la carrera tormentosa de la historia un rincón

iluminado con tan delicada claridad.

Seguramente a Safo la encontraría en el Hades. Ella misma había cantado su

deseo de descender a las moradas inferiores, pero las concebía con los colores radiantes

de su propio sentimiento. Para ella el Aqueronte debería estar surcado de fuentes y

florecido de tréboles. La encontré en efecto, en un paisaje parecido. Razón tenía Odiseo al

decir que cada uno se fabrica su suerte en el más allá. Tenía un rostro tranquilo, que

irradiaba plenitud. Ovidio tenía razón. No era una mujer bella, pero era en cambio,

enormemente atractiva. Su mirada irradiaba armonía y dulzura, al mismo tiempo que un

ambiguo sentimiento de amor y desencanto. Era exactamente el tipo de mirada que me

seducía. A lo lejos revoloteaban alegres doncellas, vestidas de túnicas translúcidas.

Empecé sin preámbulos preguntándole si todavía creía en el amor.

  • - En el amor no hay que creer, - me dijo con el entusiasmo que suscitaba en ella

esa palabra -. El amor se vive. Es la vida misma. ¿Usted cree, por casualidad en la vida?

Sinceramente no entiendo su pregunta. No tengo ni quiero tener ninguna otra

preocupación en la vida o en lo que ustedes llaman muerte. La vida o la muerte no se

justifican sino por el amor.