O F I C I O >> El lugar de las viñetas

cómic
Excluidas por la legislación, las historietas colombianas van recobrando su naturaleza experimental para proponer soluciones y encontrar un espacio. Esta vez hablan editores y autores >> José Agustín Jaramillo
Hay un espacio donde con sólo un papel y un lápiz se pueden subvertir todos los códigos que propone la cultura”, afirma Pablo Guerra, guionista de historietas y fundador del Club de Cómic de la Biblioteca Luis Ángel Arango. “Y también se necesita una fotocopiadora” explica, “porque es ahí donde está la magia del cómic: cuando se burla de todo y finalmente logra madurar hasta el punto en el que estamos ahora”. Hoy, sin embargo, la situación del cómic en Colombia es ambigua: la falta de lectores contrasta con los logros de ciertos historietistas a nivel internacional, con los diálogos que se están generando a nivel local entre los creadores de cómic y con una tendencia reciente que deja pensar que es posible crear un mercado para las viñetas en Colombia.
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LO QUE LA LEY LE ROBÓ AL

II Parte

Pablo Guerra por Iván Benavides

Una breve historia Tras el éxito de autores nacionales como Adolfo Samper en la década de los 50, historietas argentinas y mexicanas entraron con fuerza al mercado colombiano. En la década de los 90 no sólo se había logrado consolidar un público masivo alrededor de estos títulos –como Calimán o Menin– sino que también había un germen de industria nacional con empresas colombianas de distribución, guionistas y creadores. Surgían proyectos de exportación como La Capitana revistas independientes como ACME, Sudaka o Agente Naranja, que se convertían en plataformas para experimentar con el lenguaje del cómic y sus autores. Allí se formaron creadores activos en el panorama actual de la historieta colombiana, como Álvaro Vélez (Truchafrita) y Johny Benjumea (Joni B), pero lo más importante es que estas revistas lograban mantener vivo un público lector de historietas. Sin embargo, el artículo 2 de la Ley 98 de 1993, o “Ley del Libro”, excluyó a los cómics y a otros productos editoriales –pornografía, horóscopos y juegos de azar– de los beneficios tributarios que les daba a los otros productos impresos de carácter científico y cultural, como ya lo tratamos en El Librero 6. Fue el fin de la distribución de los cómics y de su forma popular de circulación: los centros de alquiler y compraventa de historietas. “Es que en Colombia ha habido un montón de sucesos que no han dejado que el cómic arranque”, opina Bernardo Rincón, fundador de ACME, historietista y profesor de la Universidad Nacional. “Siempre ha sido un problema de controlar qué es lo que leen los niños”. Ocurrió los mismo con los fanzines y para el año 2000 el público lector de historietas en Colombia había desaparecido casi por completo, convirtiéndose en una minúscula subcultura relacionada con el manga japonés o el consumo de culto de cómic y novelas gráficas independientes de América del Norte y Europa. Pero contra todo pronóstico, la ley del libro no logró matar por completo este mundo. Algunas manifestaciones de vida se dieron en 2003, en Medellín, cuando a través de un formato barato, fácil de reproducir, visualmente atractivo y de distribución gratuita, la Editorial Robot volvió a poner a los paisas a hablar en viñetas a través de un fanzine mensual que ya va por el número 95. Según Álvaro Vélez, uno de sus creadores, Robot se convirtió en un ejemplo de difusión cultural: “Jugando entre una publicación barata y bien hecha, fuimos capaces de recuperar en Medellín un público.” Durante el último año la historieta colombiana mostró un crecimiento importante. Publicaciones como Virus Tropical (La Silueta y Común), de Paola Gaviria, Parque el poblado (Robot / Ministerio de Cultura) de Joni Benjumea, Cuatro Jinetes (Cultura(s)), de Jean Zapata, Bastonazos de ciego (Burlesque / Loco de Rabia) de Andrés Prieto y Cine

en viñetas (Centro Colombo Americano / Corporación de Cine de Santafé de Antioquia) de Álvaro Vélez, son algunos ejemplos de que a nivel de creadores el país se está fortaleciendo, aunque hay que señalar que dos de esos proyectos –la versión completa de Virus Tropical y Bastonazos de ciego– fueron publicados en editoriales argentinas y no tienen distribución en Colombia. Junto a otros autores, casi todos los mencionados publican periódicamente aprovechando las plataformas digitales, los convenios con colectivos de historietistas de otros lugares de Latinoamérica y la revista Larva, una publicación periódica que fue fundada hace cinco años en Armenia y se consolidó como un espacio abierto para la historieta colombiana.

Truchafrita por Iván Álvaro Velez

el caricaturista dibuja personajes y el humor gráfico crea estereotipos, pero el cómic o la historieta cuenta historias a través de secuencias”
Cómic: algo más que dibujitos Muchos coinciden en que el polémico parágrafo de la Ley del Libro es producto de un profundo desconocimiento sobre lo que es la historieta. El cómic aún se mueve entre lugares comunes que lo consideran lectura ligera y entretenimiento, mientras el habla cotidiana, entre el cariño y el desprecio, considera a Tintín y Mafalda como “monos” o “dibujitos”. Bernardo Rincón, por ejemplo, explica que la historieta se suele confundir con manifestaciones similares como la caricatura o el humor gráfico: “El caricaturista dibuja personajes y el humor gráfico crea estereotipos, pero el cómic o la historieta cuenta historias a través de secuencias”. En ese sentido Pablo Guerra afirma que ciertas instituciones culturales en Colombia no están siquiera entera-

Joni B por Johny Benjumea

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das de la marginación que la ley del libro hace hacia el cómic. Esto, según él, es preocupante porque la historieta es esencial en el ámbito de la formación de lectores: “Es el acercamiento a la imagen pero con un código donde el espectador es activo”, explica. “No es televisión porque las secuencias no pasan frente al lector, si él no las prende en su cabeza la historia simplemente no sucede.” Álvaro Vélez añade que “como lenguaje, el cómic es ilimitado”, y explica que la historieta va mucho más allá de un género infantil o de superhéroes. En este punto, el término “novela gráfica” –que ha ganado mucha popularidad últimamente– deja recordar que con la historieta es posible narrar temas mucho más amplios y cotidianos: “Es que los héroes están cayendo. Ahora en el cómic hay ciudadanos”, explica Jean Zapata, autor de Cuatro jinetes, una historia que ocurre entre las lomas de Ciudad Bolívar y los tomaderos de la Avenida Primero de Mayo, en Bogotá.

Daniel Jiménez por Henry Díaz

Paola Gaviria por Powerpaola - autoretrato

los héroes están cayendo. Ahora en el cómic hay ciudadanos”
Por último, Daniel Jiménez, director de Larva, señala que al relegar el cómic de las políticas culturales se está negando una base para el desarrollo de los medios impresos: “Una de las cosas que le pasa a la ley es que reduce todo a los libros y excluye formatos de autopublicación que son esenciales para el desarrollo editorial”, comenta. Johny Benjumea está de acuerdo: “El cómic tiene la capacidad de renovar el mismo formato del libro”, e indica que la historieta es un laboratorio capaz de experimentar no sólo con los lenguajes narrativos sino también con los soportes físicos y las plataformas de lectura”. Entre el arte y la industria Todos los historietistas coinciden en que es necesario replantear la ley. Sin embargo, a la hora de asomarse al futuro del cómic surgen grandes di-

ferencias: ¿es necesario generar una industria –siguiendo el modelo de otros países– con el fin de sacarlo adelante? Para Pablo Guerra es claro que el cómic colombiano sí quiere llegar a ser masivo, pero lo que ha enseñado la industria gráfica durante los últimos años es que a partir de experiencias pequeñas que buscan una distribución localizada se pueden lograr impactos grandes. Es lo que le sucedió, por ejemplo, a Paola Gaviria (PowerPaola) y a Joni B, quienes a partir de la publicación de sus historietas en blogs lograron ser conocidos a nivel latinoamericano. Bernardo Rincón señala, sin embargo, que mientras no haya una distribución seria y una buena estrategia de mercadeo el cómic no va a revivir en Colombia: “Si queremos volver a crear público necesitamos crear cosas fáciles y sencillas”. Él opina que parte de la crisis se dio porque las iniciativas de los 90 plantearon algo que iba más hacia lo independiente y lo artístico que hacia lo popular y lo masivo. En últimas, no se logró consolidar un superhéroe de historietas. “Hay que saber vender y lograr que la gente se identifique, como los de ZapePelele (un proyecto fundado en Medellín en los 90), que tenían programa de radio, iban de colegio en colegio y sacaban mercancías para promocionar sus historietas”, añade. Sin embargo no se puede negar que fue precisamente en el terreno de la experimentación artística donde el cómic logró resguardarse. Para Álvaro Vélez lo ideal es que todos los géneros tengan espacio: “Es necesario un cómic como Condorito, Batman o Supermán, pero también deben existir otras cosas. A veces el humor y los superhéroes se comen lo otro y en un mundo donde no existe lo más básico de distribución, no es bueno que se fortalezca lo masivo.” Lo cierto es que los creadores independientes están intentando crear gremio con el fin de fortalecerse e involucrar al público en sus proyectos. Así, eventos como el Club de Lectores de Cómic –en Bogotá, Medellín y Armenia–, el Salón Nacional de la Caricatura o el Festival Entreviñetas –que se realizará en septiembre con una programación en varias ciudades del país– intentan abrir la discusión sobre el tema. En este proceso, Daniel Jiménez le hace un llamado a instituciones como la Cámara del Libro y el Ministerio de Cultura para que se abran al debate, pero también empodera a los lectores: “Tenemos que exigirle a los libreros que tengan cómics.” A pesar de estar relegado de la industria editorial, el cómic parece entonces reivindicar una vez más su lugar como laboratorio renovador, pero ahora en el campo de la industria editorial: “Al fin y al cabo el cómic está llamado a eso”, recuerda Álvaro Vélez. “A ser irreverente, a decirle a los lectores que se pellizquen, pues tal como yo lo veo es un componente transgresor de la cultura.” EL

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