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Salvador Garmendia

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Historia de Salvador Garmendia

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Primera lectura

Historia de Salvador Garmendia


Barquisimeto, la Ciudad de los Crepúsculos, vio nacer a Salvador
Garmendia un día 11 de Junio del año 1928 en una casa colonial del barrio
Altagracia.
En esa casa de amplios corredores, un jardín lleno de plantas y
un techo coronado con rolas y viejas tejas, también nacieron su
madre y su abuela. Era una casa que había visto jugar a tres
generaciones.
El pequeño Salvador era el menor de los ocho varones
Garmendia, a quienes llamaban en el barrio “Los Macabeos”. Él y sus
hermanos pasaban largas horas jugando: Corrían por los corredores y
se escondían detrás de
las plantas. Allí, convivían con los cuentos de los muertos y de los
fantasmas que salían de noche.
Cuando aún era un niño muy pequeño, Salvador se
enfermó de tuberculosis, enfermedad que le mantuvo confinado en
una cama por largo tiempo. Germann, su hermano mayor, estaba
preocupado por el más chiquito de los Garmendia. Como Salvador no
podía ir a la escuela, su hermano le acompañaba a sobrellevar ese
difícil momento. Su grata compañía hizo que Salvador no se sintiera
solo en aquella cama, porque además, Germann leía en voz alta
con su hermanito los clásicos de la literatura. En una
oportunidad, leyeron una novela del escritor alemán Thomas Mann
llamada La montaña mágica. Esa novela cuenta cómo un señor
llamado Hands Castorp aprende a vencer el bacilo de Koch, que es
el que transmite la tuberculosis. Inspirados en esa novela, Salvador
y su hermano jugaban a que él era el protagonista que finalmente
vencía a la tuberculosis. Así fue como aquello, que parecía un simple
juego, le comen-
zó a ayudar a sobreponerse de esa enfermedad.
Además de esa novela, Germann y Salvador leyeron algunos
cuen- tos del escritor E.T.A. Hoffmann. Esos cuentos captaron la
atención del pequeño. ¿Acaso podía haber sido de otra manera? Los
cuentos de Hoff- mann son relatos donde lo mágico y lo fantasmal
cobran vida. En ellos los espíritus hablan desde flores, jarros y teteras;
y las puertas siempre permiten
al lector acceder a un mundo fantástico lleno de sorpresas. Ese mundo 10
fantástico envolvió al pequeño Salvador, aunque no entendiese muy bien
los mensajes que Hoffmann trasmitía en ese río de palabras que
describían situaciones y personajes que atraían profundamente al
pequeño lector.
Fue así como Garmendia se inició en el vasto mundo de la
literatura. Fue así como desde la más tierna infancia se fue cultivando en
el lenguaje
el futuro escritor.
Además del mundo de la literatura, el pequeño Salvador aprendió a
leer e interpretar a la Madre Naturaleza de la mano de los curas del
Colegio
La Salle, quienes enseñaban a los niños el mundo natural en la
observación cotidiana de los fenómenos a través de los sentidos. En la
escuela, Salvador
se fue convirtiendo en un niño observador y atento a todo lo que le
enseña- ban sus maestros y a todo cuanto acontecía a su alrededor. Ya
no era aquel muchachito que se ponía bravo cuando le gritaban:
“barquisimetano, tira
la piedra y esconde la mano”. Ahora era un niño que respondía ¡Presente!
cada día en aquellos inmensos salones de clase.
La literatura y la naturaleza caminaban juntas en la vida de Salva
- dor. Cuando tenía 11 años escribió su primer cuento de ficción. El título
de aquel cuento es Aventuras de Tío Conejo y fue publicado en el año
1940 en una revista infantil caraqueña. Ese cuento fue el primero de
muchos otros cuentos y novelas que escribió durante su vida. Este
escritor venezolano hizo muchas cosas: Leyó todo cuanto le fue posible,
participó en la elaboración de revistas, escribió guiones para la radio, la
televisión y el cine; escribió novelas, cuentos cortos, cuentos para
niños; también escribió ensayos y
artículos para los periódicos, así como también dictó conferencias.
Todas esas actividades las desarrolló Salvador Garmendia en
Bar- quisimeto, en Caracas, en Maracaibo y en Mérida. En esas
ciudades de Venezuela compartió mutuas enseñanzas y afectos con
las personas que
le rodearon. Solía caminar y observar el diario trajinar de la gente del
pue- blo, sobre todo en Maracaibo, ciudad a la que llegó en el año
1951 con su esposa Amanda, y su hija Lolita. Allí aprendió la picardía y
esa manera de ser tan particular del venezolano que se nota
exagerada en los maracu-
chos.
A partir del año 1959, un año después de que el dictador
Marcos Pérez Jiménez fuera derrocado, Garmendia emprende su
fructífera labor literaria. Escribe varias novelas entre las que se
destacan: Los pequeños seres, Día de ceniza, Los habitantes, Doble
fondo y La mala vida. Después,
en el año 1972 viaja a España en misión diplomática, lugar donde florecen
los afectos y otras enseñanzas son compartidas con los nuevos amigos. Allá
en la Madre Patria, solía dedicar algún tiempo para conversar sobre una
diversidad de temas que hacían gala de la vasta cultura en la que se había
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formado.
Su conversación era extraordinaria. Quienes le conocían coinciden
en que Garmendia se preocupaba por hablar bien, de manera pulcra y
sin chabacanerías. Como había leído y escuchado tantas cosas
interesantes, siempre tenía algo que compartir con la gente que se
acercaba a él.
Uno de los sitios en los que la gente tenía la oportunidad de compar-
tir con este gran escritor venezolano, aunque fuese un cordial saludo, era
en el Parque del Este en Caracas. Allí, Salvador Garmendia solía
caminar por las mañanas con su larga barba, acompañado de otros
intelectuales venezolanos que eran sus amigos. Caminaban y
conversaban: su paso tranquilo y su amena conversación eran
acompañados por el canto de los pájaros y la frescura mañanera en
medio de esa Caracas llena de altos edificios y autopistas
abarrotadas de vehículos, que Salvador, quizás en ese momento,
dejaba de observar para reír. Sin embargo, nadie diría que detrás de
esa sonrisa, casi oculta por su barba, se escondía un hombre sabio.
Su sabiduría, que era compartida por los lectores a través de lo
que él escribía, fue reconocida tanto en Venezuela como en otros
países. A Garmendia le fue otorgado el Premio Nacional de Literatura
en Venezuela
en el año 1972, así como también el Premio Juan Rulfo en el año 1989, que
es un premio internacional. También recibió otros premios como
reconoci- miento a su excelente trabajo como escritor. Sin
embargo, nunca hizo alarde de esos premios, sino que continuó con
su compromiso de escribir mejor cada día. Su segunda esposa, Elisa
Maggi, dijo: “Escribía siempre, era disciplinado, riguroso, tenía un
horario establecido”.
Durante los últimos años de su vida, aquejado por la diabetes,
Gar- mendia escribió hasta el último momento. Para entonces estaba
trabajan- do como asesor editorial en un proyecto literario del
periódico capitalino El Nacional. Salvador Garmendia avalaba las
obras clásicas con sus "Pala- bras al lector", aparecidas en la
contraportada de cada volumen editado. Antes de culminar tan
delicada labor, su cuerpo enfermo no resistió, muriendo el día 13
de mayo del año 2001; pero tres días antes de su partida entregó el
último libro que le había sido encomendado con la puntualidad de
siempre.
A pesar de su inesperada partida, los lectores siempre tendrán
la oportunidad de compartir con Salvador Garmendia a través de su
obra, llegando a su pensamiento, a su imaginación, y quizás, a
muchos momen-
tos que él y otras personas vivieron intensamente.
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Ese hombre sabio, que se ocultaba detrás de esa barba
espesa, empezó a escribir cuentos para niños un día que se le murió
un gato. De allí nació su primer cuento: Galileo en su reino. Le gustó
tanto la experiencia, que ya no pudo dejar de hacerlo. Él decía que
“un lector niño vale por mil adultos”.
En este curso vamos a disfrutar la lectura de dos de sus cuentos.
Esos cuentos llevan por título El turpial que vivió dos veces y Un
pingüino en Maracaibo. ¿Cuál será ese mundo al que nos llevarán las
palabras esta vez? Ya lo veremos. Pareciera, por los títulos, que los
protagonistas de esos cuentos son animales. No es de extrañar que
así sea, porque los animales le gustaban a Garmendia tanto como el
mar y sembrar plantas; pero lo que
más le gustaba era escribir historias para compartirlas con sus lectores.

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Historia de Salvador Garmendia

Historia de Salvador Garmendia


Segunda lectura

Para realizar la segunda lectura se hará lo siguiente: el Docen-


te Guía comenzará a leer el texto, mientras todos los alumnos
lo siguen con la lectura silenciosa. Cuando se encuentre
con un recuadro azul, el Docente Guía le cederá el
turno a un alumno. Una vez leído el recuadro, el Docente
Guía continua-
rá con la lectura del texto y los alumnos lo seguirán con
la lectura silenciosa. Al encontrar otro recuadro, volverá a
ceder
la palabra a otro alumno, y así sucesivamente hasta
finalizar esta segunda lectura.

Comencemos a leer.

Historia de Salvador Garmendia

Barquisimeto, la Ciudad de los Crepúsculos, vio nacer a Salvador


Garmendia un día 11 de Junio del año 1928 en una casa colonial del barrio
Altagracia.

Barquisimeto es la capital del Estado Lara.


El crepúsculo es la claridad del sol al amanecer y al anochecer.
A Barquisimeto se le llama La Ciudad de los Crepúsculos por-
que, sobre todo en la tarde, el espectáculo solar deja ver toda
su maravilla: la claridad del sol en matices del amarillo, del
azul intenso, del lila y del rosa se mezclan entre grises,
embellecien- do el firmamento.

En esa casa de amplios corredores, un jardín lleno de plantas


y un techo coronado con rolas y viejas tejas, también nacieron su
madre y su abuela. Era una casa que había visto jugar a tres
generaciones.

En las casas coloniales se llaman corredores a los pasillos que


rodean el jardín central de la casa.
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Las rolas son los troncos que sostienen el techo de tejas.
Cuando en la historia de Salvador Garmendia se dice que
esa era una casa que había visto jugar tres
generaciones, se está haciendo referencia a la
generación de la abuela, que fue la primera generación; a
la de la madre, que fue la segunda generación; y a la
tercera que es la generación de Salvador y sus hermanos.

Continuemos con la lectura.

El pequeño Salvador era el menor de los ocho varones


Garmendia, a quienes llamaban en el barrio “Los Macabeos”. Él y sus
hermanos pasaban largas horas jugando: Corrían por los corredores y
se escondían detrás de
las plantas. Allí, convivían con los cuentos de los muertos y de los
fantasmas que salían de noche.
Cuando aún era un niño muy pequeño, Salvador se enfermó de
tuberculosis, enfermedad que le mantuvo confinado en una cama
por largo tiempo.

La tuberculosis es una enfermedad infecciosa que


puede afectar a cualquier tejido del organismo pero que
se suele localizar en los pulmones.
En el año 1924 dos científicos franceses desarrollaron
una vacuna para prevenir esta enfermedad. Esa vacuna se
cono- ce con el nombre de BCG.

Germann, su hermano mayor, estaba preocupado por el más chiqui-


to de los Garmendia. Como Salvador no podía ir a la escuela, su hermano
le acompañaba a sobrellevar ese difícil momento. Su grata compañía
hizo que Salvador no se sintiera solo en aquella cama, porque,
además, Ger- man leía en voz alta con su hermanito los clásicos de la
literatura. En una oportunidad leyeron una novela del escritor alemán
Thomas Mann, llama- da La montaña mágica.

Thomas Mann fue un escritor alemán que ha sido considerado


como una de las figuras literarias más destacadas del siglo
XX. De allí que fuera galardonado con el Premio Nóbel de
Litera-
tura en 1929. En su obra narrativa, casi siempre los personajes
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están sumidos en la tragedia. En su obra más conocida, La
montaña mágica (1924), analizó en detalle la Europa de
su época y criticó abiertamente las injusticias a las que
estaba sometiendo el gobierno alemán a su pueblo.

Continuemos con la lectura.

Esa novela cuenta cómo un señor llamado Hands Castorp aprende


a vencer el bacilo de Koch, que es el que transmite la tuberculosis.
Inspira- dos en esa novela, Salvador y su hermano jugaban a que él
era el protago- nista que finalmente vencía a la tuberculosis. Así fue
como aquello que parecía un simple juego, le comenzó a ayudar a
sobreponerse de esa enfermedad.
Además de esa novela, Germann y Salvador leyeron algunos cuen-
tos del escritor E.T.A. Hoffmann.

Antes de continuar con la lectura vas a hacer lo siguiente: escribe en


tu cuaderno las palabras y los signos de puntuación que aparecen en
el siguiente recuadro, comenzando por la palabra que aparece
identificada con el número 1, hasta llegar a la que aparece con el
número 21.

12 1 3 18 17 10 13
Hoffmann E.T.A. el nombres los universalmen Las
: te
4 19 11 14 5 15 2
nombre Ernst a iniciales con corresponden es
20 9 8 7 6 21 16
Theodor conoce se que el Amadeus. a

Ernst Theodor Amadeus Hoffmann nació en


Alemania en el año 1776 y murió en 1822.
¿Cuántos años tenía Hoffmann cuando murió?
Para realizar esta actividad tienes un tiempo de 10 minutos.

Tu respuesta la puedes comparar con la que aparece en la Sec-


ción 5 de Respuestas, página Nº 722, Ejercicio Nº 2.

Continuemos con la lectura. 16


Esos cuentos captaron la atención del pequeño. ¿Acaso
podía haber sido de otra manera? Los cuentos de Hoffmann son
relatos donde lo mágico y lo fantasmal cobran vida. En ellos, los
espíritus hablan desde flores, jarros y teteras; y las puertas siempre
permiten al lector acceder a un mundo fantástico lleno de
sorpresas. Ese mundo fantástico envolvió al pequeño Salvador,
aunque no entendiese muy bien los mensajes que Hoffmann
trasmitía en ese río de palabras que describían situaciones y
personajes que atraían profundamente al pequeño lector.
Fue así como Garmendia se inició en el vasto mundo de la
literatura. Fue así como desde la más tierna infancia se fue cultivando
en el lenguaje
el futuro escritor.

Cultivarse en algo es así como sembrarse y crecer como


las plantas que se alimentan de los nutrientes de la Madre
Tierra, pero que al mismo tiempo dan flores y frutos.

Además del mundo de la literatura, el pequeño Salvador


aprendió a leer e interpretar a la Madre Naturaleza, de la mano de los
curas del Cole- gio La Salle, quienes enseñaban a los niños el mundo
natural en la observa- ción cotidiana de los fenómenos a través de
los sentidos. En la escuela, Salvador se fue convirtiendo en un niño
observador y atento a todo lo que
le enseñaban sus maestros y a todo cuanto acontecía a su alrededor. Ya
no era aquel muchachito que se ponía bravo cuando le gritaban:
“barqui- simetano, tira la piedra y esconde la mano”.

A las personas que nacen en Barquisimeto se les llama


barqui- simetanos, como a los que nacen en Mérida
se les llama merideños, y a los que nacen en Cumaná se
les llama cuma- neses, por ejemplo. A esos nombres que
se le dan a las perso- nas, dependiendo de donde hayan
nacido, se les conoce con el nombre de gentilicios.

Ahora era un niño que respondía ¡Presente! cada día en aquellos


inmensos salones de clase.
La literatura y la naturaleza caminaban juntas en la vida de Salva
- dor. Cuando tenía 11 años escribió su primer cuento de ficción. El título
de
aquel cuento es Aventuras de Tío Conejo y fue publicado en el año 1940 en
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una revista infantil caraqueña. Ese cuento fue el primero de muchos otros
cuentos y novelas que escribió durante su vida. Este escritor venezolano
hizo muchas cosas: Leyó todo cuanto le fue posible, participó en la
elaboración de revistas, escribió guiones para la radio, la televisión y el
cine; escribió novelas, cuentos cortos, cuentos para niños; también
escribió ensayos y
artículos para los periódicos, así como también dictó conferencias.
Todas esas actividades las desarrolló Salvador Garmendia en
Bar- quisimeto, en Caracas, en Maracaibo y en Mérida. En esas
ciudades de Venezuela compartió mutuas enseñanzas y afectos con
las personas que
le rodearon. Solía caminar y observar el diario trajinar de la gente del
pue- blo, sobre todo en Maracaibo, ciudad a la que llegó en el año
1951 con su esposa Amanda, y su hija Lolita. Allí aprendió la picardía y
esa manera de ser tan particular del venezolano que se nota
exagerada en los maracu-
chos.
A partir del año 1959, un año después de que el dictador
Marcos Pérez Jiménez fuera derrocado, Garmendia emprende su
fructífera labor literaria. Escribe varias novelas, entre las que se
destacan: Los pequeños seres, Día de ceniza, Los habitantes, Doble
fondo y La mala vida.

Marcos Pérez Jiménez fue un militar y político


venezolano. Era ministro de Defensa cuando fue
designado presidente de la República en 1953 por la Junta
Militar que había derrocado al presidente Rómulo Gallegos
en 1948. Estableció una dictadu-
ra policial y su mandato se caracterizó por el crecimiento
de la producción petrolera, las concesiones a empresas
estadouni- denses, la realización de grandes obras
públicas y la corrup- ción. Fue derrocado por un
movimiento civil y militar en 1958 y
se exilió en Estados Unidos. Ese país lo entregó a la
justicia venezolana en 1963. Fue juzgado por no
administrar correcta- mente los fondos públicos y
permaneció en prisión hasta 1968, año en que fue
elegido senador. En 1973 intentó sin éxito presentar su
candidatura a la presidencia.

Continuemos con la lectura.

Después, en el año 1972, viaja a España en misión diplomática,


lugar donde florecen los afectos y otras enseñanzas son compartidas con
los nuevos amigos. Allá, en la Madre Patria, solía dedicar algún tiempo para
conversar sobre una diversidad de temas que hacía gala de la vasta cultu-
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ra en la que se había formado.
Su conversación era extraordinaria. Quienes le conocían coinciden
en que Garmendia se preocupaba por hablar bien, de manera pulcra y
sin chabacanerías. Como había leído y escuchado tantas cosas
interesantes, siempre tenía algo que compartir con la gente que se
acercaba a él.
Uno de los sitios en los que la gente tenía la oportunidad de compar-
tir con este gran escritor venezolano, aunque fuese un cordial saludo, era
en el Parque del Este en Caracas. Allí, Salvador Garmendia solía
caminar por las mañanas con su larga barba, acompañado de otros
intelectuales venezolanos que eran sus amigos. Caminaban y
conversaban: su paso tranquilo y su amena conversación eran
acompañados por el canto de los pájaros y la frescura mañanera en
medio de esa Caracas llena de altos edificios y autopistas
abarrotadas de vehículos, que Salvador, quizás en ese momento,
dejaba de observar para reír. Sin embargo, nadie diría que detrás de
esa sonrisa, casi oculta por su barba, se escondía un hombre sabio.
Su sabiduría, que era compartida por los lectores a través de lo
que él escribía, fue reconocida tanto en Venezuela como en otros
países. A Garmendia le fue otorgado el Premio Nacional de Literatura
en Venezuela
en el año 1972, así como también el Premio Juan Rulfo en el año 1989, que
es un premio internacional. También recibió otros premios como reconoci-
miento a su excelente trabajo como escritor. Sin embargo, nunca
hizo
alarde de esos premios, sino que continuó con su compromiso de escribir
mejor cada día. Su segunda esposa, Elisa Maggi, dijo: “Escribía siempre,
era disciplinado, riguroso, tenía un horario establecido”.

Generalmente, cuando se dice que alguien hace alarde


de algo, es que muestra a otros lo que posee, bien sea
una cuali- dad o una cosa. En el caso de Garmendia, él
nunca le decía a los demás que había ganado tales
premios o que él sabía escribir muy bien, porque él era
un hombre sencillo que veía en el trabajo de escribir un
compromiso.
En una oportunidad, refiriéndose a ese compromiso dijo:
“Uno escribe porque necesita responder a un impulso de
escribir, porque cree que está obligado a expresar
determinada
realidad, a indagar en la memoria...”

Durante los últimos años de su vida, aquejado por la diabetes, Gar-


mendia escribió hasta el último momento. Para entonces estaba trabajan-
19
do como asesor editorial en un proyecto literario del periódico capitalino El
Nacional. Salvador Garmendia avalaba las obras clásicas con sus "Pala-
bras al lector", aparecidas en la contraportada de cada volumen editado.
Antes de culminar tan delicada labor, su cuerpo enfermo no
resistió, muriendo el día 13 de mayo del año 2001; pero tres días
antes de su partida entregó el último libro que le había sido
encomendado con la puntualidad de siempre.
A pesar de su inesperada partida, los lectores siempre tendrán
la oportunidad de compartir con Salvador Garmendia a través de su
obra, llegando a su pensamiento, a su imaginación y, quizás, a
muchos momen- tos que él y otras personas vivieron intensamente.

Esta vez vas a pensar cómo explicar algo. Cuando calcularon


la edad que tenía Hoffmann cuando murió, realizaron una
resta..
Ahora te voy a pedir que intentes explicar la razón por la
cual realizas una resta y por qué no haces una suma. La
explicación de esta pregunta la escribes, por favor, en tu
cuaderno.
Tienes 20 minutos para realizar esta actividad.

Una vez que hayas escrito en tu cuaderno la explicación anterior,


voltea el libro y lee el texto que allí aparece.
En la siguiente página se presenta una ilustración realizada por
un alumno de sexto grado.
En ella, este alumno quiso representar a Salvador Garmendia y las
cosas que más le gustaban.

Garmendia sí pudo haber muerto a los 73 años


2001 – 1928 = 73
Ahora bien, si restamos obtendremos lo siguiente:
no pudo haber muerto a los 3929 años.
Es poco probable que una persona viva tantos años. Garmendia
2001 + 1928 = 3929
siguiente resultado:
cual murió más el año en el cual nació, obtendríamos el
Si en el caso de Garmendia, por ejemplo, sumamos el año en el

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Con base en la historia de ese gran escritor venezolano,
escribe en tu cuaderno un texto en el cual resaltes
cuáles cosas de las que a Garmendia le gustaban están
presentes en
la ilustración anterior.
Una vez que hayas escrito el texto, debes realizar un
dibujo creado por ti en el que también representes a
Salvador Garmendia y las cosas que más le gustaban.
Para realizar esta actividad tienes un tiempo de 20 minutos.

Ahora que terminaste la actividad anterior, vamos a comenzar a leer


el cuento El turpial que vivió dos veces que escribió Garmendia.
21
El turpial que vivió dos veces

El turpial que vivió dos veces


Primera lectura

Hubo una vez un turpial muy viejo. Esto se dice fácil; pero ¿cómo
podemos saber la edad de un pájaro? A ellos no se les ponen blancas
las plumas, no cargan bastón para andar, ni el canto se les vuelve
ronco en la garganta. Entonces, ¿cómo sabemos que está viejo?
Por ejemplo, el turpial del que hablamos vuela como
solamente pueden volar los pájaros, salta de una rama a otra como si no
tuviera peso,
y a la hora de cantar, su canto es como una flecha disparada por un
cam- peón olímpico. Sin embargo, sabemos que ese turpial tiene
más años- pájaro que cualquier otro, a pesar de que él mismo no
sabría decir hace cuánto tiempo exactamente, empezó a volar en las
sabanas de Barquisi- meto, su lugar de origen.
Cuando piensa en eso, lo primero que aparece en su memoria es
un cielo claro y azul y una luz muy brillante; pero, hay un recuerdo
más lejano, que él conserva como el más importante de su vida.
Veamos de qué se trata.
Acababa de abrir los ojos sin saber dónde estaba, pretendió estirar
su cuerpo y moverse, pero no lo logró. El lugar donde se encontraba
era casi de su mismo tamaño: un envoltorio que lo protegía, cerrado
por todas partes. Estaba oscuro y mojado y apenas tenía aire para
respirar.
¿Valía la pena vivir así? Ese fue el primer pensamiento de su
vida; pero, después sintió un fuerte cosquilleo en todo el cuerpo. Sus
alas húme- das se estremecieron, con un gran esfuerzo estiró el cuello
y su pico se elevó
y se clavó en el techo.
Algo se rompió allá arriba. Entonces, siguió dando picotazos en
el mismo lugar; dando y dando cada vez con más fuerza, hasta que
fue abriendo un boquete y tras un último empujón, su cabeza pelada
salió afuera.
¡Allí estaba la luz por primera vez! ¡Era un suceso!...
Lo primero que vio fue su nido. Una alfombra de ramitas secas,
sua- ves y perfumadas. No había duda de que era un lugar donde valía
la pena quedarse.
Trató de ponerse de pie, pero sus patas se doblaron y cayó boca
abajo. Dio una voltereta para enderezarse. Lo intentó una vez más y
volvió
a dar al suelo, patas arriba, esta vez.
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El bebé turpial vio los pedazos de cáscara donde había
estado metido... Y eso aclaró todo. Había salido por sus propios
medios de ese recipiente quebradizo y ahora su mundo era una gran
esfera que parecía
no tener fin.
Lo comprobó después cuando avanzó unos pasos, sacudiendo
con cierto temor sus pobres alas, sacó la cabeza por el borde del nido
y miró alrededor.
Bueno, si nuestro turpial hubiera sabido hablar, como buen
barquisi- metano que era, hubiera dicho ¡una guará! Pero él tuvo que
conformarse con lanzar un chillido.
¡Qué grande era todo, madre mía!
Desde lo alto de un gran cactus, pudo divisar una llanura silenciosa.
La sabana estaba toda cubierta de tunas, cardones y algunos
árboles pequeños y torcidos. Eran los guardianes de la tierra seca: los
cujíes.
Y más allá, mucho más allá, donde la tierra y el cielo se unían,
había una raya negra, desigual, como dibujada por la mano de un
niño; era la ciudad, Barquisimeto. Y a pesar de ser él tan pequeño, lo
tentaba. Pero seguramente nunca conseguiría llegar hasta ella.
¿Qué se podía hacer? Era otro mundo.
Y como todo ese paisaje estaba techado por la gran cúpula del
cielo, llegó a la conclusión de que había salido a picotazos de un
pequeño huevo y ahora se encontraba dentro de otro, muchísimo
mayor. Inmenso
en realidad. Gigantesco.
Esos fueron los primeros momentos del turpial.
En cuanto a su verdadera edad, poco o nada sabemos. Los pájaros
no cumplen año ni saben de meses, semanas y días.
A él, como a todos, cuando le llegó su hora, encontró
compañera. Era una linda turpiala, que puso unos cuantos huevos, de
donde salieron otros tantos pichones, que pronto comenzaron a
pintar el cielo con sus pinceladas amarillas y negras.
Se puede decir que levantó una familia, pero terminó
quedándose solo, porque el turpial no es de los que vuela en
bandadas, alborotando el aire con sus chillidos. Él prefiere volar sin
compañía, cantando para sí mismo
y para quien quiera escucharlo, pero de lejos y sin molestar.
Un tipo así, quizás, nos parezca un poco presumido; pero después
de todo, cada quien es como es y hay que respetar a los demás.
Ya el turpial andaba como por la mitad de su vida, cuando le
ocurrió algo terrible que iba a cambiar por completo su historia.
Un día, que estaba distraído comiéndose una tuna madura, descu-
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brió algo que le cortó el aliento.
Allí mismo, a sus pies, vio a uno de sus depredadores más
terribles. Había visto a otros como ése. Era un cachorro de hombre,
por eso le tenía miedo.
Y claro que venía con malas intenciones. Él lo sabía. “Tiene
una honda”, pensó.
No había terminado de pensarlo, cuando ya la horqueta se
elevaba, sostenida en la mano derecha del muchacho, y la izquierda,
donde iba la piedra, retrocedía poco a poco.
Pero el turpial tenía confianza en la velocidad de sus
movimientos, así que no se apresuró demasiado. “Mejor será que
evitemos problemas”, se dijo, sin olvidar hundir su pico por última vez
en la rica pulpa de la fruta.
Inmediatamente levantó vuelo y la piedra disparada se perdió por
entre los cardones.
Un rato después, se paró a descansar en la rama de un cují. No
deja- ba de pensar en su almuerzo, aquella hermosa tuna que había
tenido que abandonar cuando todavía conservaba la mitad de su
pulpa. “Y bueno”, decía: “si no encuentro nada mejor, volveré por allá
a terminarla”.
Estaba tranquilo, pensando que a esas alturas su enemigo debía
andar muy lejos; pero se equivocaba. El muchacho tenía buenas piernas
y
lo encontró enseguida. ¡Allí estaba otra vez, rodilla en tierra, con la
honda estirada a lo más, lista para el ataque!
Esta vez no tuvo tiempo de ponerse a salvo.
El zumbido de la piedra le cortó la respiración y al mismo tiempo
sintió un golpe terrible y todo desapareció en la oscuridad.
No supo cuando sus plumas chocaron contra el suelo.
Apenas cayó en tierra sin conocimiento, el muchacho voló a cobrar
su presa, pero cuando vio que el pájaro estaba vivo, algo le tocó el cora-
zón y decidió llevárselo a su casa.
“¡Un turpial! ¡Nada menos!” “Los turpiales cantan bien”, sentenció
la mamá. “Si se cura, lo vamos a poner en una jaula”.
Lo atendieron bien en esa casa: de eso no cabía duda y en el fondo,
les agradecía a todos el interés que se tomaron en salvarle la vida.
Sospe- chó que habían llamado al veterinario, porque le pusieron una
pomada que olía muy mal; pero él no había visto nada de eso. Gracias
a Dios.
El turpial permaneció mucho tiempo encerrado en una jaula.
Entonces, se dedicó a dormir lo más que pudo. Desde el principio
había descubierto que el que está dormido no está preso.
Los primeros días el muchacho venía a verlo cada rato. Pegaba la
cara a la jaula, le decía cosas cariñosas con una vocecita chillona, para no
24
asustarlo y hasta se ponía a silbar como pidiéndole que cantara para él.
“¡Qué mal me imita el pobre!”, decía el turpial; y de veras no le hubie-
ra costado nada complacerlo; pero era que no podía cantar. Se había
quedado seco por dentro.
También los grandes de la casa venían a verlo. Se paraban en
grupo delante de la jaula; le hablaban, le ponían sobrenombres
cómicos, se reían. En realidad, estaban esperando que cantara, pero
en vista de la terquedad del animal, se fueron retirando y no volvieron
más.
Él no lo sintió mucho; pero reconocía que al principio se
divertía bastante al ver tan cerca las caras del animal humano,
haciendo toda clase de morisquetas y los sonidos más raros del
mundo, con la boca.
En medio de tanta quietud y aburrimiento, era una distracción
obser- var a esos seres larguiruchos y torpes, con sus ridículas alas,
que ellos llama- ban brazos. Ahora, el único que se acercaba por su
prisión era el mucha-
cho.
¿Es que quería congraciarse con él y hacerse el simpático como si
nada hubiera pasado entre ellos?
La verdad sea dicha, no le gustaba el rencor. Él era simplemente
un depredador, como el gavilán que se lleva los pichones de los
nidos; sólo que el gavilán lo hace para comer y a él le gustaría poder
hablar y pregun- tarle a ese muchacho, y tú ¿por qué?
Al muchacho no se le había ocurrido hacerse esa pregunta. Él tenía
su honda, la había hecho él mismo. Tenía buena puntería y sentía el calorci-
to del orgullo cuando daba en el blanco con el primer disparo.
Pero, al mismo tiempo, cuando se alejaba de la jaula, sentía algo
extraño en su interior; algo que no sabía explicar con palabras.
Casi sin darse cuenta, salía a caminar solo por la sabana y la
honda seguía en el bolsillo de su camisa, pero a él no le provocaba
tocarla. A veces se tendía en el suelo bajo los cardones y se ponía a
mirar el cielo. De repente, oía cruzar un pájaro; se incorporaba y el
corazón empezaba a latirle con fuerza. Después, regresaba caminando
poco a poco; arrastraba
los pies, pateaba las piedritas, pero no sabía qué le pasaba.
Pasaron varios días, y ya no le provocaba acercarse a la jaula.
También para el pájaro, la época de su cautiverio fue la más triste
y gris de su vida y hubiera llegado a ser la más larga, si...
...una mañana, de repente, apenas salió el sol...
...el prisionero, casi sin darse cuenta de lo que hacía, sin pensarlo...
...¡arrancó a cantar!
Fue un impulso repentino y hasta se asustó al escucharse. ¡Hacía
tanto tiempo que su cuerpo no vibraba de esa manera! Su corazón latió
25
con fuerza, a cada segundo que pasaba, su canto se iba extendiendo por
toda la casa, y él iba ganando confianza. Pronto su temor se cambió en
alegría.
El sol brillaba como nunca.
Vio pasar una bandada de loros parloteando a gritos. Las
palomas aleteaban en círculo por encima de los árboles del
patio. Ladraba un perro. Un burro comenzó a rebuznar a lo lejos. Las
lagartijas corrían aloca- das por sobre las tejas y una gallina que había
puesto un huevo, parecía ir de puerta en puerta dándole la noticia a
todo el mundo...
...Y era como si el canto del turpial estuviera dirigiendo ese concierto.
En un momento, toda la gente de la casa se reunió en el patio,
en medio de un gran alboroto. Venían a presenciar un milagro que ya
nadie esperaba.
“¡El turpial! ¡El turpial está cantando!”
También el muchacho llegó corriendo y se abrazó a la jaula.
Estaba emocionado. No podía creerlo. Hubiera podido quedarse allí
todo el día, escuchándolo.
Fue entonces cuando el turpial lo vio, se le quedó mirando y dejó
de cantar.
¿Qué había pasado?
Todos se miraron a las caras, asombrados.
Por un momento, el muchacho y el pájaro se contemplaron fijamente.
El niño tenía un nudo en la garganta y el pájaro también.
Entonces, en medio del silencio, el muchacho hizo algo que nadie,
ni siquiera él mismo, esperaba.
¡Simplemente, abrió la puerta de la jaula y dio un paso atrás!
El pájaro se colocó en posición de despegue. Vaciló unos
segundos como si no estuviera seguro de lo que iba a hacer. Con tanto
tiempo fuera de uso, ¿tendrían sus alas las fuerzas suficientes para
volar?
¡Quién dijo miedo!
El pájaro salió despedido por la abertura, al torcer el rumbo
hacia arriba, sus alas se sacudieron con fuerza y casi golpearon la cara
del niño y fue como si le gritara, “¡Adiós! ¡Gracias! ¡Te espero en la
sabana!”
Y el pequeño se quedó mirando a las nubes, por encima de los
teja- dos, hasta que ya no hubo más pájaro en el aire.
Libre y satisfecho, el turpial voló a ras de los cardones por la
inmensa sabana. Ya no era un fugitivo. Nadie lo perseguía. Ahora se
deslizaba suave
y elegantemente en el aire, como jugando con el viento.
Sí. Seguro que su amigo volvería alguna vez por sus dominios... pensó,
agregando como quien guiña un ojo: “pero la honda me la dejas en la
26
casa; por si acaso”.
En ese momento el viejo turpial descubrió que volar era como can-
tar, una fuerza que duerme allí dentro y despierta cuando somos felices.

¿Qué te pareció el cuento?


En este cuento Garmendia nos muestra lo importante que es
respe- tar a los demás.
Respetar a los demás es tratarlos con
justicia. Tratarlos con justicia es no
hacerles daño.
En el cuento, el muchacho le hace daño al turpial cuando le
dispara una piedra con su honda. Sin embargo, el muchacho
reflexiona al ver al turpial herido de muerte, lo lleva a su casa y lo
cuida. Pero eso no era sufi- ciente, el muchacho tenía que ser justo,
por eso lo deja en libertad para que vuele y cante como lo hacen
todas las aves.

Ahora, para entender mejor el cuento vamos a comenzar la segun-


da lectura.

27
El turpial que vivió dos veces

El turpial que vivió dos veces


Segunda lectura

Para realizar la segunda lectura se hará lo siguiente: el


Docente Guía comenzará a leer el texto, mientras todos
los alumnos lo siguen con la lectura silenciosa.
Cuando se encuentre con un recuadro azul el Docente
Guía le cederá
el turno a un alumno. Una vez leído el recuadro, el
Docente Guía continuará con la lectura del texto y los
alumnos lo seguirán con la lectura silenciosa. Al
encontrar otro recua- dro, se volverá a ceder la
palabra a otro alumno, y así sucesivamente hasta
finalizar esta segunda lectura.

Comencemos a leer.

El turpial que vivió dos veces

Hubo una vez un turpial muy viejo. Esto se dice fácil; pero
¿cómo podemos saber la edad de un pájaro? A ellos no se les ponen
blancas las plumas, no cargan bastón para andar, ni el canto se les
vuelve ronco en la garganta. Entonces, ¿cómo sabemos que está
viejo?

El turpial es el nombre común de ciertas aves que


pertene- cen al grupo de aves de pequeño tamaño, que
tienen las alas bien desarrolladas y las patas provistas
de cuatro dedos: tres dirigidos hacia delante y uno hacía
atrás que es el pul- gar. Al grupo de aves que tienen en
común esas característi- cas se les conoce con el
nombre de paseriformes.
Los turpiales son aves ágiles, de colores vistosos, pico
puntia- gudo y fino y patas robustas. Se conocen varias
especies. Hay una especie de turpial que fue declarada
en 1958 ave nacional de Venezuela. Se reconoce por su
plumaje amari- llo-naranja en todo el cuerpo, salvo en la
cabeza y las alas, que son negras con zonas blancas.
Además presenta una mancha pequeña de azul intenso
en torno a los ojos. Vive
en parejas o en solitario, en los llanos, matorrales y bosques.

Veamos una ilustración del turpial del cuento de Garmendia que


dibujó Rosana Faría para una edición de ese cuento publicada por Playco
Editores.
28
Sigamos con la lectura.

Por ejemplo, el turpial del que hablamosvuela como sola-


mentepueden volar los pájaros, salta de una rama a otra como si no tuvie-
ra peso, y a la hora de cantar, su canto es como una fle
cha disparada por
un ca mpeón olímpico. Sin embargo, sabemos que eseturpial tiene
más años-p
ájaro que cualquier otro, a pesar de que él mismo no sabría
decir hace cuánto tiempo exactamente, empezó a volar en las
sabanas de
Barquisimeto, su lugar de origen.

Recuerda que en Barquisimeto nació Salvador


Garmendia. Barquisimeto es la capital del Estado Lara.
Recuerda que a Barquisimeto se le llama La Ciudad de los
Crepúsculos.

Cuando piensa en eso, lo primero que aparece en su memoria es


un cielo claro y azul y una luz muy brillante; pero, hay un recuerdo
más lejano, que él conserva como el más importante de su vida.
Veamos de qué se trata.

Acababa de abrir los ojos sin saber dónde estaba, pretendió estirar
su cuerpo y moverse, pero no lo logró. El lugar donde se encontraba
era casi de su mismo tamaño: un envoltorio que lo protegía, cerrado
por todas partes. Estaba oscuro y mojado y apenas tenía aire para
respirar.
¿Valía la pena vivir así? Ese fue el primer pensamiento de su vida;
29
pero, después sintió un fuerte cosquilleo en todo el cuerpo. Sus alas húme-
das se estremecieron, con un gran esfuerzo estiró el cuello y su pico se elevó
y se clavó en el techo.
Algo se rompió allá arriba. Entonces, siguió dando picotazos en
el mismo lugar; dando y dando cada vez con más fuerza, hasta
que fue abriendo un boquete y, tras un último empujón, su cabeza
pelada salió afuera.

En los dos párrafos anteriores Garmendia nos está hablando de


la vida del turpial cuando estaba dentro del huevo.

Vamos a aprender un poco más sobre ese período de tiempo en


el que el turpial y cualquier otra ave están dentro de un huevo.

El huevo de las aves es una célula producida por una


hem- bra con la capacidad de transformarse en un
nuevo indivi- duo. El desarrollo de ese embrión se da en
el interior de una cáscara.
Dentro de esa cáscara está el embrión, que puede
sobrevi- vir sin necesidad de agua, por cuanto la yema
y la albúmi- na, que forman parte del huevo,
proporcionan nutrientes y agua al embrión. Y, en
cuanto al oxígeno, éste se difunde fácilmente a través
de la cáscara externa del huevo.

Veamos una ilustración de un huevo de gallina cortado


transversal- mente.

30
Sigamos leyendo.

¡Allí estaba la luz por primera vez! ¡Era un suceso!...


Lo primero que vio fue su nido. Una alfombra de ramitas secas,
sua- ves y perfumadas. No había duda de que era un lugar donde valía
la pena quedarse.
Trató de ponerse de pie, pero sus patas se doblaron y cayó boca
abajo. Dio una voltereta para enderezarse. Lo intentó una vez más y
volvió
a dar al suelo, patas arriba, esta vez.
El bebé turpial vio los pedazos de cáscara donde había
estado metido... Y eso aclaró todo. Había salido por sus propios
medios de ese recipiente quebradizo y ahora su mundo era una gran
esfera que parecía
no tener fin.
Lo comprobó después cuando avanzó unos pasos, sacudiendo
con cierto temor sus pobres alas, sacó la cabeza por el borde del nido
y miró alrededor.
Bueno, si nuestro turpial hubiera sabido hablar, como buen barquisi-
metano que era, hubiera dicho ¡una Pero él tuvo que conformarse
guará!
con lanzar un chillido.

Recuerda que a las personas que nacen en Barquisimeto se


les llama barquisimetanos, el cual es un gentilicio.
Aunque los barquisimetanos, así como los maracuchos y
los andinos, hablan el español por ser este el idioma
oficial en Venezuela, cada uno tiene una manera
particular de hablar
el español. Unas personas usan unas palabras más que otras,
u organizan de manera diferente las oraciones. Y en
algunos casos, se usan palabras distintas para hacer
referencia a una misma cosa.
Los barquisimetanos, por ejemplo, incorporan a su
manera de hablar expresiones que son características de
su región, tal como ¡una guará!.
¡Una guará!: Esta es una expresión que ellos dicen
para mostrar sorpresa ante algo que están viendo o
algo que están escuchando.
Esas distintas maneras de expresarse en un mismo idioma
son derivaciones de la lengua que se conocen con el
nombre de
dialectos.
31
Para confirmar que has entendido lo que son dialectos,
te propongo que escribas en tu cuaderno tres
expresiones del dialecto de tu localidad.
Para realizar esta actividad tienes un tiempo de 15 minutos.

Continuemos con la lectura.

¡Qué grande era todo, madre mía!


Desde lo alto de un gran cactus, pudo divisar una llanura silenciosa.
La estaba toda cubierta detunas, y algunos árboles
sabana cardones

pequeños y torcidos. Eran los guardianes de la tierra seca: los cujíes.

Veamos algunos tipos de cactus que crecen en las sabanas de


Barquisimeto.

Las sabanas o también conocidas con el nombre de llanuras,


son terrenos sin altos ni bajos. En ellas también se
pueden localizar cardones y tunas. Existen alrededor de
150 especies americanas de cardones, propias de lugares
cálidos y semi- desérticos. Se caracterizan por los tallos
planos, o pencas, en forma de paletas, cubiertos de
pequeños agrupamientos de pelos rígidos y, por lo
general, también de espinas. Las flores amarillas y rojas,
de gran tamaño, dan lugar a un fruto verru- goso llamado
tuna. La tuna contiene diversas vitaminas y tiene
propiedades medicinales, es dulce, fresca, aromática.
Sirve para producir miel, vino, alcohol y dulces.
Por su parte, el cují pertenece a la familia de las leguminosas.
El cují es un arbusto pequeño que también se da en las
zonas áridas y semiáridas del trópico.
Los cactus son plantas que tienen espinas. Son propias de
América, pero han sido llevadas a otros continentes. La fami-
32
lia de los cactus se conoce con el nombre de cactáceas.
Estas plantas contienen alrededor de 1.650 especies, en
su mayor parte adaptadas a climas áridos. Los frutos
de los cactus son importantes fuentes de alimento y
bebida en muchas de las zonas donde crecen estas
plantas. Los cactus
se pueden localizar en extensas sabanas.
En Venezuela podemos encontrar extensas zonas
donde crecen cujíes, cardones y tunas en los estados
Zulia, Falcón y Lara. Sin embargo, en otros estados del
país también hay zonas poco extensas donde también
crecen ese tipo de vegetación que se conoce con el
nombre de vegetación xerófila. Tal es el caso del estado
Mérida.

Continuemos con la lectura del cuento El turpial que vivió dos


veces, escrito por Salvador Garmendia.

Y más allá, mucho más allá, donde la tierra y el cielo se unían, había
una raya negra, desigual, como dibujada por la mano de un niño; era
la ciudad, Barquisimeto. Y a pesar de ser él tan pequeño, lo tentaba.
Pero seguramente nunca conseguiría llegar hasta ella.
¿Qué se podía hacer? Era otro mundo.
Y como todo ese paisaje estaba techado por la gran cúpula del
cielo, llegó a la conclusión de que había salido a picotazos de un
pequeño huevo y ahora se encontraba dentro de otro, muchísimo
mayor. Inmenso
en realidad. Gigantesco.
Esos fueron los primeros momentos del turpial.
En cuanto a su verdadera edad, poco o nada sabemos. Los pájaros
no cumplen año ni saben de meses, semanas y días.
A él, como a todos, cuando le llegó su hora, encontró
compañera. Era una linda turpiala, que puso unos cuantos huevos, de
donde salieron otros tantos pichones, que pronto comenzaron a
pintar el cielo con sus pinceladas amarillas y negras.
Se puede decir que levantó una familia, pero terminó
quedándose solo, porque el turpial no es de los que vuela en
bandadas, alborotando el aire con sus chillidos. Él prefiere volar sin
compañía, cantando para sí mismo
y para quien quiera escucharlo, pero de lejos y sin molestar.
Un tipo así, quizás, nos parezca un poco presumido; pero después de
33
todo, cada quien es como es y hay que respetar a los demás.
Ya el turpial andaba como por la mitad de su vida, cuando le
ocurrió algo terrible que iba a cambiar por completo su historia.
Un día, que estaba distraído comiéndose una tuna madura, descu-
brió algo que le cortó el aliento.
Allí mismo, a sus pies, vio a uno de sus depredadores más terribles.
Había visto a otros como ése. Era un cachorro de hombre, por eso le
tenía miedo.

Un depredador es un animal que caza a otros animales


para subsistir.

Y claro que venía con malas intenciones. Él lo sabía. “Tiene una


honda”, pensó. No había terminado de pensarlo, cuando ya la
horqueta se elevaba, sostenida en la mano derecha del muchacho, y
la izquierda, donde iba la piedra, retrocedía poco a poco.

En algunas regiones de Venezuela se conoce con el


nombre de honda o china a una especie de horqueta
de palo en forma de Y , que lleva entre los dos extremos
de la Y una tira de caucho elástica que permite lanzar
una piedra.

Pero el turpial tenía confianza en la velocidad de sus movimientos, así


que no se apresuró demasiado. “Mejor será que evitemos problemas”, se
dijo, sin olvidar hundir su pico por última vez en la rica pulpa de la fruta.
Inmediatamente levantó vuelo y la piedra disparada se perdió por
entre los cardones.
Un rato después, se paró a descansar en la rama de un cují. No
deja- ba de pensar en su almuerzo, aquella hermosa tuna que había
tenido que abandonar cuando todavía conservaba la mitad de su
pulpa. “Y bueno”, decía: “si no encuentro nada mejor, volveré por allá
a terminarla”.
Estaba tranquilo, pensando que a esas alturas su enemigo debía
andar muy lejos; pero se equivocaba. El muchacho tenía buenas piernas
y
lo encontró enseguida. ¡Allí estaba otra vez, rodilla en tierra, con la
honda estirada a lo más, lista para el ataque!
Esta vez no tuvo tiempo de ponerse a salvo.
El zumbido de la piedra le cortó la respiración y al mismo tiempo sintió
un golpe terrible y todo desapareció en la oscuridad.
34
Un zumbido es un ruido continuo, así como el que hacen
los zancudos cuando se desplazan. Algo como un pzzzzzzz.

No supo cuando sus plumas chocaron contra el suelo.


Apenas cayó en tierra sin conocimiento, el muchacho voló a cobrar
su presa, pero cuando vio que el pájaro estaba vivo, algo le tocó el cora-
zón y decidió llevárselo a su casa.
“¡Un turpial! ¡Nada menos!” “Los turpiales cantan bien”, sentenció
la mamá. “Si se cura, lo vamos a poner en una jaula”.
Lo atendieron bien en esa casa: de eso no cabía duda y, en el fondo,
les agradecía a todos el interés que se tomaron en salvarle la vida.
Sospe- chó que habían llamado al veterinario, porque le pusieron una
pomada que olía muy mal; pero él no había visto nada de eso. Gracias
a Dios.
El turpial permaneció mucho tiempo encerrado en una jaula.
Entonces, se dedicó a dormir lo más que pudo. Desde el principio
había descubierto que el que está dormido no está preso.
Los primeros días el muchacho venía a verlo cada rato. Pegaba
la cara a la jaula, le decía cosas cariñosas con una vocecita chillona,
para no asustarlo y hasta se ponía a silbar, como pidiéndole que
cantara para él.
“¡Qué mal me imita el pobre!”, decía el turpial; y de veras no le hubie-
ra costado nada complacerlo; pero era que no podía cantar. Se había
quedado seco por dentro.
También los grandes de la casa venían a verlo. Se paraban en
grupo delante de la jaula; le hablaban, le ponían sobrenombres
cómicos, se reían. En realidad, estaban esperando que cantara, pero
en vista de la terquedad del animal, se fueron retirando y no volvieron
más.
Él no lo sintió mucho; pero reconocía que al principio se
divertía bastante al ver tan cerca las caras del animal humano,
haciendo toda clase de morisquetas y los sonidos más raros del
mundo con la boca.
En medio de tanta quietud y aburrimiento, era una distracción
obser- var a esos seres larguiruchos y torpes, con sus ridículas alas,
que ellos llama- ban brazos. Ahora, el único que se acercaba por su
prisión era el mucha-
cho.
¿Es que quería congraciarse con él y hacerse el simpático como si
nada hubiera pasado entre ellos?
La verdad sea dicha, no le gustaba el rencor. Él era simplemente
un depredador, como el gavilán que se lleva los pichones de los
nidos; sólo que el gavilán lo hace para comer y a él le gustaría poder
hablar y pregun-
tarle a ese muchacho, y tú ¿por qué?
35
Al muchacho no se le había ocurrido hacerse esa pregunta. Él tenía
su honda, la había hecho él mismo. Tenía buena puntería y sentía el calorci-
to del orgullo cuando daba en el blanco con el primer disparo. Pero,
al mismo tiempo, cuando se alejaba de la jaula, sentía algo extraño
en su interior; algo que no sabía explicar con palabras.
Casi sin darse cuenta, salía a caminar solo por la sabana y la
honda seguía en el bolsillo de su camisa, pero a él no le provocaba
tocarla. A veces se tendía en el suelo bajo los cardones y se ponía a
mirar el cielo. De repente, oía cruzar un pájaro; se incorporaba y el
corazón empezaba a latirle con fuerza. Después, regresaba caminando
poco a poco; arrastraba
los pies, pateaba las piedritas, pero no sabía qué le pasaba.
Pasaron varios días, y ya no le provocaba acercarse a la jaula.
También para el pájaro, la época de su cautiverio fue la más
triste y gris de su vida y hubiera llegado a ser la más larga, si...
...una mañana, de repente, apenas salió el sol...
...el prisionero, casi sin darse cuenta de lo que hacía, sin pensarlo...
...¡arrancó a cantar!

Cautiverio es la privación de la libertad de un


animal no doméstico, como es el caso del turpial del
cuento de Gar- mendia, o de un ser humano.

Fue un impulso repentino y hasta se asustó al escucharse.


¡Hacía tanto tiempo que su cuerpo no vibraba de esa manera! Su
corazón latió con fuerza, a cada segundo que pasaba, su canto se iba
extendiendo por toda la casa, y él iba ganando confianza. Pronto su
temor se cambió en alegría.
El sol brillaba como nunca.
Vio pasar una bandada de loros parloteando a gritos. Las
palomas aleteaban en círculo por encima de los árboles del
patio. Ladraba un perro. Un burro comenzó a rebuznar a lo lejos. Las
lagartijas corrían aloca- das por sobre las tejas y una gallina que había
puesto un huevo, parecía ir de puerta en puerta dándole la noticia a
todo el mundo...

Una bandada es un grupo numeroso de aves que vuelan


juntas.
Parlotear es como conversar unos con otros.
En el caso del cuento, cuando se dice que el turpial “Vio
36
pasar una bandada de loros parloteando a gritos”, se está
queriendo decir que el turpial vio un grupo numeroso de
loros que volaban juntos y a través de los ruidos que
emitían en diferentes tonos parecían conversar a gritos.

...Y era como si el canto del turpial estuviera dirigiendo ese concierto.
En un momento, toda la gente de la casa se reunió en el patio, en medio de
un gran alboroto. Venían a presenciar un milagro que ya nadie
esperaba. “¡El turpial! ¡El turpial está cantando!”
También el muchacho llegó corriendo y se abrazó a la jaula.
Estaba emocionado. No podía creerlo. Hubiera podido quedarse allí
todo el día, escuchándolo.
Fue entonces cuando el turpial lo vio, se le quedó mirando y dejó
de cantar.
¿Qué había pasado?
Todos se miraron a las caras, asombrados.
Por un momento, el muchacho y el pájaro se contemplaron fijamente.
El niño tenía un nudo en la garganta y el pájaro también.
Entonces, en medio del silencio, el muchacho hizo algo que nadie,
ni siquiera él mismo, esperaba.
¡Simplemente, abrió la puerta de la jaula y dio un paso atrás!
El pájaro se colocó en posición de despegue. Vaciló unos
segundos como si no estuviera seguro de lo que iba a hacer. Con tanto
tiempo fuera de uso, ¿tendrían sus alas las fuerzas suficientes para
volar?

Cuando en el cuento se dice que el turpial vaciló se


está haciendo referencia a que el turpial dudó en salir de
la jaula, precisamente porque no estaba seguro de lo
que iba a hacer.

¡Quién dijo miedo!


El pájaro salió despedido por la abertura, al torcer el rumbo
hacia arriba, sus alas se sacudieron con fuerza y casi golpearon la cara
del niño y fue como si le gritara, “¡Adiós! ¡Gracias! ¡Te espero en la
sabana!”
Y el pequeño se quedó mirando a las nubes, por encima de los
teja- dos, hasta que ya no hubo más pájaro en el aire.
Libre y satisfecho, el turpial voló a ras de los cardones por la inmensa
sabana. Ya no era un fugitivo. Nadie lo perseguía. Ahora se deslizaba suave
37
y elegantemente en el aire, como jugando con el viento.
Sí. Seguro que su amigo volvería alguna vez por sus dominios...
pensó, agregando como quien guiña un ojo: “pero la honda me la
dejas en la casa; por si acaso”.

Los dominios eran los territorios del turpial, es decir, las


saba- nas de Barquisimeto.

En ese momento el viejo turpial descubrió que volar era como can-
tar, una fuerza que duerme allí dentro y despierta cuando somos felices.

Ahora que hemos leído por segunda vez el cuento El


turpial que vivió dos veces, que escribió el escritor
venezolano Salva- dor Garmendia, ¿podrías decir por qué
crees tú que Garmen- dia le puso ese título a este
cuento? Escribe tu opinión en tu cuaderno y conversa
sobre ese asunto con tus compañeros de clase.
Para esta actividad tienes un tiempo de 5 minutos.

Cualquiera que sea tu respuesta y la de tus compañeros, ahora


te voy a plantear otra posibilidad que pudiera o no coincidir con la de
uste- des. Veamos.

Tal vez, Garmendia pensó en ese título porque además de que


el turpial sobrevivió a la herida mortal que le ocasionó el muchacho
con la honda, cuando tomó la decisión de salir de la jaula y descubrió
que volar era como cantar, como una fuerza que duerme allí dentro
y despierta cuando somos felices, el viejo turpial aprendió el
verdadero valor de la libertad. Recuerda que nunca antes en su vida
el turpial había estado en cautiverio. Él cantaba siempre y volaba de
aquí para allá. Quizás, él pensó que esa era la única manera en que un
turpial podía vivir. Sin embargo, al estar cautivo pudo experimentar lo
que se siente cuando a uno se le priva de la libertad. Además, esa no
era cualquier libertad, era la libertad de cantar y volar que toda ave
tiene. Él no estaba pensando en ser libre para hacer lo que se le
antojara, sino para hacer lo que las leyes de la naturaleza dictan a un
ave: cantar y volar.

Ahora te voy a proponer que intentes escribir un resumen del cuento


38
El turpial que vivió dos veces.
Una vez que hayas escrito tu resumen en el cuaderno, lo vas
a comparar con el resumen que aparece en la página Nº
722, Ejercicio Nº 3 de la Sección 5 de Respuestas. Para hacer
la comparación, obviamente tienes que leer el resumen
que aparece en Respuestas.
Finalmente, tienes que copiar el resumen que aparece en la
Sección 5 de Respuestas.
Para realizar esta actividad tienes un tiempo de 20 minutos.

39
A
A

El turpial que vivió dos veces


¿Recuerdas el paisaje en el que se desarrolla el cuento El turpial que
vivió dos veces? ¿Cómo era?
Ese cuento se desarrolla en las llanuras de Barquisimeto. A las
llanuras también se les llama sabanas.
Garmendia describe ese hermoso paisaje en una parte del cuento.
En esa descripción, el paisaje se presenta ante el bebé turpial como
un mundo distinto al que él estaba acostumbrado en la oscuridad del
huevo que le protegió por algún tiempo.
Volvamos a leer esa parte del cuento para disfrutar nuevamente de
la descripción que este excelente escritor hace de las sabanas de
Barquisi- meto.

El bebé turpial vio los pedazos de cáscara donde había


estado metido... Y eso aclaró todo. Había salido por
sus propios medios de ese recipiente quebradizo y ahora
su mundo era una gran esfera que parecía no tener fin.
Lo comprobó después, cuando avanzó unos pasos,
sacudien- do con cierto temor sus pobres alas, sacó la
cabeza por el borde del nido y miró alrededor.
Bueno, si nuestro turpial hubiera sabido hablar, como
buen barquisimetano que era, hubiera dicho ¡una
guará! Pero él tuvo que conformarse con lanzar un
chillido.
¡Qué grande era todo, madre mía!
Desde lo alto de un gran cactus, pudo divisar una llanura
silenciosa. La sabana estaba toda cubierta de tunas, cardones
y algunos árboles pequeños y torcidos. Eran los guardianes de
la tierra seca: los cujíes.

En esta parte del cuento, Salvador Garmendia describe el


paisaje como una llanura silenciosa. Una sabana cubierta de tunas,
cardones y cujíes.
La sabana barquisimetana que conoció el turpial de este cuento,
era, además, el refugio de loros y palomas. Quizás muchos perros también
40
ladraban por aquellos alrededores, donde los burros rebuznaban a lo lejos,
y las lagartijas corrían alocadas, mientras las gallinas iban de un lugar
a otro anunciando al mundo que habían puesto un huevo, como decía
Garmen- dia.
La sabana barquisimetana se extiende hasta tocar las últimas
mon- tañas de la Cordillera de los Andes. En el suelo llano prevalecen
los tonos ocres y las manchas blanquecinas que se destacan entre la
vegetación xerófila y las arenas oscuras por donde corren las aguas
del río Turbio. De allí
el nombre de ese río, que en lengua indígena quiere decir río color de la
ceniza. El río Turbio recorre la ciudad de Barquisimeto por un costado.
Allí, en la sabana de ocres y cenizas, conviven las plantas y los
anima- les con el río, las rocas y el suelo.

Como pudiste darte cuenta, la sabana de Barquisimeto


alberga muchos elementos.

Ahora, con base en la descripción anterior, te voy


a proponer que hagas un dibujo que ocupe la mitad de
una hoja carta. Esa va a ser la sabana del turpial del
cuento. En esa llanura solitaria el turpial será el rey. Su
plumaje negro y amarillo le dará el vivo colorido al
opaco paisaje y su pico puntiagudo destacará el rojo de
la rica pulpa de la fruta de la tuna.
Seguramente te estás preguntando si en esa
sabana tienes que dibujar el turpial ¿verdad? Pues sí
tienes que dibu- jarlo. Vuelve a leer en el párrafo
anterior la parte que está subrayada y verás que sí te lo
dije.
Para realizar esta actividad tienes 20 minutos.

Tu sabana barquisimetana te habrá quedado muy bonita.


Además, seguramente que están presentes todos los elementos que
se menciona- ron en la descripción.
Todos esos elementos que se encuentran en un paisaje, bien sea
una sabana como la de Barquisimeto, un valle, un paisaje
montañoso, un desierto, como cualquier otro tipo territorio, forman lo
que se conoce con el
nombre de ecosistema.

Escribe en tu cuaderno la información que a continuación se presen-


ta en el recuadro amarillo.
41
El ecosistema, como el de la sabana barquisimetana
Un ecosistema está formado por el conjunto de seres vivos
y seres no vivos de un determinado territorio.
A los seres vivos también se les conoce con el nombre de
factores bióticos del ecosistema.
Los factores bióticos suelen dividirse en tres grupos:
1) Las plantas, que se dan de ciertas clases de acuerdo
con las características del suelo, la humedad del aire,
la luz solar y otros factores del territorio. A ese
conjunto de plan- tas que se encuentran en un
ecosistema se le llama flora del ecosistema, como el
cardón, la tuna y los cujíes, en el caso de la sabana
barquisimetana.
2) Los animales, que constituyen la fauna del ecosistema,
como el turpial y las lagartijas.
3) Los elementos microscópicos, que son elementos
tan diminutos que sólo pueden ser visibles a través del
micros- copio.

Continúa escribiendo en tu cuaderno la información que a conti-


nuación se presenta en el recuadro amarillo.

En cuanto a los seres no vivos, o también llamados


inertes, se les conoce como factores abióticos del
ecosistema. Éstos, se puede decir que son muy
importantes, ya que de ellos dependen tanto el número
como la variedad de los animales que viven en un
ecosistema.
Son considerados factores abióticos de un ecosistema la
luz del sol, el viento, las características del suelo y los
cuerpos de agua, como los ríos, las lagunas, etc.
Ahora bien, entre los factores bióticos y los factores
abióticos de un ecosistema se da una relación muy
particular. En esa relación las plantas juegan un papel
fundamental, ya que ellas son los únicos seres vivos del
ecosistema que fabrican alimentos a partir de materia
inerte.
Las plantas toman del suelo agua y sales minerales, en
tanto que del aire toman dióxido de carbono. Estas
sustancias se convierten, por medio de la
fotosíntesis, en azúcares, que
servirán de alimento a los animales que se alimentan de 42
plantas, es decir a los herbívoros. Es por ello que a las
plantas se les denomina seres productores del
ecosistema.

¿Recuerdas qué es la fotosíntesis?

La fotosíntesis es una función fundamental que realizan las


plantas para el mantenimiento de la vida en la Tierra.
Antes de profundizar sobre este interesante tema te voy a
proponer que hagamos un experimento.
Para llevar a cabo esta actividad el Docente Guía sacará de la caja
Nº 1 los siguientes materiales:
l Un recipiente plano de aluminio.
l Tierra abonada.
l Semillas de maíz.
l Un pliego de cartulina doble faz.
l Un exacto.

Ahora lo que van a hacer es lo siguiente:


l Colocar la tierra abonada en el recipiente plano hasta cubrir
la mitad del recipiente.
l Rociar la tierra con agua.
l Esparcir las semillas de maíz sobre la tierra.
l Cortar la cartulina doble faz de un tamaño que sobresalga
del recipiente plano.
l Dibujar, en el centro de la cartulina, las letras iniciales
del nombre de la escuela. Después, con el exacto,
recortar las letras iniciales del nombre de la escuela.
l Colocar la cartulina sobre el sembrado de maíz que está en
el recipiente plano.
l Poner la bandeja en un lugar soleado y mantener
húmeda la tierra regándola todos los días(esto lo hará
uno de los alum- nos de la sección que será escogido por
el Docente Guía).
l Las semillas brotarán al cabo de dos semanas.
l Durante ese tiempo, únicamente quitar la cartulina
para regar el sembrado.
l Quitar el cartón cuando el sembrado haya crecido comple-
tamente. Podrán ver las iniciales del nombre de la escuela.
l ¿Qué observan? Las iniciales serán más oscuras que el resto

donde no llegó el sol.


43
Una vez realizados los pasos anteriores y habiéndote
dicho lo que debería ocurrir, quiero que intentes
responder por qué cuando el sembrado de maíz crece,
después de las dos sema- nas, las iniciales del nombre de
la escuela son más oscuras que
el resto del sembrado.
La respuesta al planteamiento que te estoy haciendo
tiene que ver con la fotosíntesis. En virtud de ello te
recomiendo que ante todo hagas una pequeña
investigación sobre la fotosínte- sis. Tu respuesta la
escribes en tu cuaderno.
Para realizar esta actividad tienes un tiempo de 15 minutos.

Tu respuesta la puedes comparar con la que aparece en la Sección


6 de Respuestas, Ejercicio Nº 1, página 725.

Escribe en tu cuaderno la información que se presenta en el


siguiente recuadro.

La fotosíntesis
La fotosíntesis es un proceso en virtud del cual los
organismos con clorofila, como las plantas verdes, las
algas y algunas bacterias, capturan energía en forma de
luz y la transforman en carbohidratos y azúcares.
Prácticamente toda la energía que consume la vida de la
biosfera terrestre, que es la zona del planeta en la cual
hay vida, procede de la fotosíntesis.

Como has podido darte cuenta, la fotosíntesis es muy


importante para la vida de nuestro planeta. Gracias a ella las plantas
almacenan la energía procedente de la luz del sol en forma de
sustancias de alto conteni- do energético. Las plantas serán comidas
luego por los animales herbívo- ros, que, a su vez, servirán de
alimento a los animales carnívoros. Por eso es que se dice que toda la
energía que mantiene al conjunto de seres vivos procede, en última
instancia, de la que es captada de la energía solar por
las plantas verdes. Por lo tanto, la evolución y la propia existencia de
los animales están directamente ligadas al buen funcionamiento de
las plan- tas verdes que, como ya dijimos, son los productores o
autótrofos del eco- sistema.

Ahora bien, ¿quiénes serán los consumidores del ecosistema?


Los consumidores del ecosistema son los animales.
44
Escribe en tu cuaderno la información que se presenta en el
siguiente recuadro amarillo.

Además de los productores del ecosistema, los


consumidores son aquellos que dependen directa o
indirectamente de las plantas para la obtención de su
alimento. Por eso son llama- dos consumidores o
heterótrofos.
Los consumidores se clasifican de acuerdo con la clase de
alimentos que consumen en:
l Primarios o de primer orden: son los que se alimentan
direc- tamente de las plantas. Por ello se les llama
herbívoros.
l Secundarios: son aquellos que se alimentan de otros
anima- les. Se les llama carnívoros o depredadores y a
los animales que ellos se comen se les llama presas.
Generalmente los herbívoros son presas de los
carnívoros.
l Terciarios o superdepredadores: son carnívoros
que se alimentan de otros carnívoros.
l Carroñeros: son consumidores que se alimentan de
animales que han muerto.
l Descomponedores: son aquellos que transforman las
plan- tas muertas, las hojas que caen de los árboles, los
excremen- tos y los cadáveres de los animales en formas
más pequeñas
o simples, que luego llegan a formar parte de los
factores abióticos del ecosistema.

Como ves, en un ecosistema todos los seres vivos tienen que alimen-
tarse
. En el cuento El turpial que vivió dos veces, el turpial se pregunta por

qué el muchacho quería hacerle daño. El turpial comprende que no hay


razón para que el muchacho quiera matarlo.

Volvamos a leer esa parte del cuento.

Ahora, el único que se acercaba por su prisión era el


muchacho.
¿Es que quería congraciarse con él y hacerse el
simpáti- co como si nada hubiera pasado entre ellos?
La verdad sea dicha, no le gustaba el rencor. Él
era simplemente un depredador, como el gavilán que se
lleva los pichones de los nidos; solo que el gavilán lo hace
para comer
y a él le gustaría poder hablar y preguntarle a ese muchacho,
45
y tú ¿por qué?
Ciertamente, el hombre no come turpiales. En cambio, el gavilán es
un depredador. Es un carnívoro que se come otro animal para
sobrevivir. Por eso se come los pichones del turpial. El turpial, por su
parte, se alimenta de la fruta de la tuna.
Veamos otros ejemplos.
El león se alimenta de la cebra y ésta a su vez, se alimenta de plantas.
El tigre se alimenta del antílope y éste come plantas también.
Cada una de esas relaciones alimenticias se conoce con el nombre
de cadenas alimentarias.

Para estar seguros de que has entendido lo que son las


cadenas alimentarias te propongo el siguiente juego que se llama
¿Cuántas cade- nas alimentarias logras ver?
Veamos en qué consiste el juego.
Se trata de una especie de laberinto. Lo que tú tienes que hacer
es unir con un creyón de color todos aquellos elementos que
pertenecen a una cadena alimentaria y colocar la punta de una
flecha para indicar quién se come a quién, como el ejemplo del
gavilán y el pollito que se indica en el laberinto. En algunos casos, un
elemento pertenece a más de una cadena. Eso no importa. Lo que
tienes que hacer es tener el cuidado de usar un color distinto para
cada cadena alimentaria y, finalmente, contar cuántas cadenas
lograste ver.

46
1

El burrito y la tuna

1
Primera lectura

El burrito y la tuna
Antes de comenzar a leer el cuento El burrito y la tuna, quiero hacer-
te una pregunta.
De acuerdo con el título, ¿en qué tipo de paisaje crees tú que se
desarrolla este cuento?

Ciertamente, el cuento seguramente se desarrolla en algún


lugar donde crecen las tunas. Quizás allí también crezcan los cardones y
los cujíes,
es decir que en el lugar donde se desarrolla el cuento la vegetación
es xerófila como en el cuento El turpial que vivió dos veces que
escribió Salva- dor Garmendia.
El cuento El burrito y la tuna se desarrolla en la Península de la Guajira.
La Península de la Guajira se puede describir como una
llanura desértica donde conviven tunas, cardones y cujíes; una llanura
desértica donde el sol hace brillar los parajes y donde las finas y
doradas arenas, junto
a una gran variedad de aves acuáticas, entre ellas gaviotas, garzas
blan- cas, arenarias, chorlitos, patos zambullidores, cormoranes,
mariamulatas, águilas pescadoras y el extraordinario flamenco,
conviven junto al viento del Mar Caribe. Ese mar en cuyo fondo las
algas, los moluscos, los crustá- ceos y los peces, también se
confunden con los corales.
El Mar Caribe baña la orilla de la Península de la Guajira y de
Rioha- cha, que es una ciudad colombiana muy cerca de la península.
Veamos
un mapa de esta zona.
47
¿Lograste localizar la Península de la Guajira y Riohacha en el mapa?
La Península de la Guajira tiene una forma muy
particular. Observa la línea azul que bordea toda la
península.

Como ves, la península esta rodeada de agua y en la parte más


estrecha se une al resto de la tierra. Eso es una península.

El cuento El burrito y la tuna es la versión de un cuento guajiro


que adaptó el profesor Ramón Paz Ipuana. Ese señor es un guajiro que
ha traba- jado toda su vida para defender los derechos y las
tradiciones del pueblo guajiro. Además, como profesor se ha
esmerado en rescatar las tradiciones orales de su pueblo. En este
sentido, llevó a cabo un trabajo de recopila- ción de muchas de esas
tradiciones orales en su libro Mitos, leyendas y cuentos guajiros. Se
dice que el cuento que vamos a leer es una versión, porque el
profesor Paz con sus propias palabras escribió un cuento que le había
contado Rafael Añez, un guajiro ciego que tiene una extraordinaria
memoria y un gran talento para echar cuentos breves y
cargados de mucho humor.
También, el profesor Paz se dedica a formar maestros que
hablen español y guajiro, es decir maestros bilingües para que
enseñen en las escuelas a los niños guajiros.

Comencemos a leer.

El burrito y la
tuna
Ramón Paz Ipuana

Una mañana un hombre ensilló su burro y salió de Ríohacha rumbo a


la Guajira adentro.
El camino era largo. Andando, andando, descansando un rato aquí
y otro allá, pasaron cuatro días.
A la cuarta noche el hombre se bajó de su burro y colgó su
chincho- rro para descansar.
De repente, en el fondo de la noche, se oyó el silbido espeluznante
de un Wanuluu que le seguía los pasos.
Lleno de miedo, el hombre brincó de su chinchorro y se escondió
48
detrás de un olivo.
El burrito no oyó al Wanuluu y siguió tranquilo masticando el fruto
de unos cujíes.
La segunda vez el silbido sonó más
cercano... El burrito paró las orejas.
El hombre se acurrucó lo más que pudo detrás del tronco del olivo
y... vio a la luz de la luna, un jinete sin cara.
Llevaba plumas blancas en la cabeza y cabalgaba sobre un caballo
de sombras.
El jinete desmontó y se acercó al burro.
—¿Dónde está tu compañero? – preguntó.
—No tengo compañero –dijo el burro–. Estoy solo.
—¿Y eso que parece una baticola?
—Es mi cinturón de borlas.
—¿Y eso que parecen frenos?
—Son collares de cascabeles.
El Wanuluu respiró profundo.
—¿Y eso que huele a sol y a sudor humano, qué es?
—Mi ración de fororo con panela.
Pero el Wanuluu no se convenció y volvió a insistir con una vocezota:
—¿Dónde está tu compañero?
—He dicho que no tengo compañero.
—¡Si no me dices la verdad te mataré! –dijo el Wanuluu.
Tomó su puñal de hueso y se acercó al olivo donde se escondía el
hombre.
El burrito, empeñado en salvar a su amo, se volteó y le dio una
tre- menda patada que lo lanzó contra unas piedras.
Pero el Wanuluu se levantó como si no hubiera sentido nada.
—¡Caramba! –dijo en un susurro–. ¿Por qué me pateas? No debiste
hacerlo.
Y lo amenazó con su puñal de hueso.
Comenzó entonces una lucha violenta entre Wanuluu y el
burrito. Wanuluu hacía silbar el puñal y el burrito saltaba y daba
patadas. Pero Wanuluu parecía no cansarse. Daba un golpe y otro
golpe.
El hombre miraba desde su escondite, callado, casi sin
respirar. No pensó salir a defender a su burro.
Cuando el burrito no podía más, Wanuluu lo dejó en el suelo, montó
su caballo y desapareció sin dejar huellas.
Entonces el hombre salió de su escondite.
—Mira pues –dijo al burrito–. Yo no sabía que hablabas como noso-
49
tros–. Y nada más. Ni siquiera le dio las gracias por haberle salvado la vida.
Trató de montarlo y seguir su camino. Pero el burro estaba tan
herido que ya no podía caminar.
Entonces el hombre se fue solo y dejó al burrito en el camino.
Cuando llegó a la casa de su familia contó su gran aventura. Pero
no habló del burrito.
—¡Fui yo! –dijo–. Fui yo quien venció al Wanuluu.
Y todos le creyeron que era un hombre de gran poder, que
era intocable.
Mientras tanto, atrás en el camino, el burrito herido murió.
Y en el lugar donde cayó, nació una mata de cardón.
En sus tallos las avispas matajey fabricaron un panal de rica miel.
El cardón se llenó de frutos rojos y maduros que los pájaros nunca
picotearon
y el sol nunca resecó.
Un día llegó para el hombre el momento de volver a Ríohacha.
Emprendió su camino y pasó por el mismo lugar donde antes había
abandonado al burrito.
Estaba cansado y sediento y se acordó de su burro.
Miró aquí y allá, buscó y no lo encontró. Pero sí vio un cardón lleno
de bellos frutos rojos.
—¡Mmmm! –dijo el hombre–. ¡Estos frutos se ven sabrosos!
Arrancó varios y se los comió. De pronto, entre los rojos frutos
descubrió un panal de matajey. Lo arrancó y comenzó a lamerlo.
La miel goteaba por sus manos.
Y así, lame que lame... su cara se fue poniendo verdosa. Sus
orejas crecieron y brotaron hermosos frutos. Se llenó de espinas y flores
amarillas...
El hombre se convirtió en una tuna silvestre, llamada Jumache'e.
Y allí se quedó para siempre, al lado del burrito a quien había
aban- donado.
Desde entonces en toda la Guajira, la tuna con sus espinas crece
al lado del cardón con sus dulces frutos.
Y en el tiempo de lluvia las flores amarillas de la tuna y los frutos
rojos del cardón alegran al viajero cansado.

¿Qué te pareció este cuento?

Este es un cuento un poco triste, pero que nos enseña lo importante


que es la verdadera amistad y cómo en algunas ocasiones la amistad no es
50
valorada.
El burrito intentó salvar a su amo y entregó su vida para
lograr tal propósito. El Wanuluu, que representa la maldad en el
cuento, no tuvo compasión con el burrito y le causó la muerte, porque
se dio cuenta que intentaba proteger a su amo. En cambió el
hombre, no supo valorar el gesto de su leal amigo, pero finalmente,
la vida lo unió con el burrito. En esa tierra desértica los dos vivirán
para siempre enraizados en la tierra.

Hemos dicho que el cuento El burrito y la tuna se desarrolla en la


Península de la Guajira.
Con ayuda de la plantilla del mapa de Venezuela vas a dibujar en
tu cuaderno el mapa de nuestro país. Luego buscas el Anexo Nº2.
En ese mapa se indica dónde se encuentra la Península de la
Guajira en nuestro territorio. ¿La ves? ... Está identificada con una tuna.
Dibuja la tuna en la Península de la Guajira en el mapa que dibujaste
en tu cuaderno. Colócale el nombre de Península de la Guajira a ese lugar.
Después, coloca los puntos cardinales en tu mapa, como está en
el mapa del libro.
Ahora, el Docente Guía les dará a cada uno de ustedes el acetato
de los puntos cardinales que está en la caja Nº 1.
Coloca el pequeño acetato de los puntos cardinales sobre la
Penín- sula de la Guajira, teniendo el cuidado de colocarlo con la
misma orienta- ción de los puntos cardinales señalados en el mapa. Es
decir, ubica el Norte del acetato hacia el Mar Caribe. ¿Lo ves? ¡Muy
bien!
Finalmente, ubica en el mapa el lugar donde se encuentra la ciudad
en la que está localizada nuestra escuela y también ubica la capital de
nuestro país, es decir Caracas, como aparece en el mapa.
Caracas está ubicada al Oeste de la Península de la Guajira.
¿Será esto cierto?
¿Dónde está ubicada Caracas? ¿Al Oeste?
Ahora, responde la siguiente pregunta:
De acuerdo con la ubicación de nuestra escuela, ¿En cuál punto
cardinal nos encontramos con respecto a la Península de la Guajira?
Coloca el pequeño acetato de los puntos cardinales sobre la Penín-
sula de la Guajira y podrás responder la pregunta.

Nos encontramos al de la Península de la


Guajira.

Pero si te pregunto por la ubicación cardinal de la Península de la


51
Guajira con respecto a nuestra escuela ¿qué tienes que hacer?
Lo que tienes que hacer es colocar el pequeño acetato de los pun-
tos cardinales sobre la ciudad en la que está localizada nuestra escuela,
y
así puedes responder la siguiente pregunta:

La Península de la Guajira está situada al de la


ciudad en la que está localizada nuestra escuela.

¡Muy bien!

Ahora, vamos a leer el cuento El burrito y la tuna por segunda


vez para aclarar el significado de algunas palabras.
El Docente Guía designará a varios alumnos para que lean algunos
párrafos u oraciones.
Recuerda que debes estar muy atento a lo que el compañero está
leyendo, porque puede tocarte el turno a ti y, si no estás atento, la
lectura
se interrumpirá y se perderá el ritmo de la actividad.

52
El burrito y la tuna
El burrito y la tuna
Segunda lectura

Para realizar la segunda lectura se hará lo siguiente: el Docen-


te Guía comenzará a leer el texto, mientras todos los alumnos
lo siguen con la lectura silenciosa. Cuando se encuentre
con un recuadro azul, el Docente Guía le cederá el
turno a un alumno. Una vez leído el recuadro, el Docente
Guía continua-
rá con la lectura del texto y los alumnos lo seguirán con
la lectura silenciosa. Al encontrar otro recuadro, volverá a
ceder
la palabra a otro alumno, y así sucesivamente hasta
finalizar esta segunda lectura.

Comencemos a leer.

El burrito y la
tuna
Ramón Paz Ipuana

Una mañana un hombre ensilló su burro y salió de Ríohacha rumbo a


la Guajira adentro.
El camino era largo. Andando, andando, descansando un rato aquí
y otro allá, pasaron cuatro días.
A la cuarta noche el hombre se bajó de su burro y colgó su
chincho- rro para descansar.

El Chinchorro es una especie de hamaca tejida con


cordeles que se utiliza para descansar o dormir.

De repente, en el fondo de la noche, se oyó el silbido espeluznante


de un Wanuluu que le seguía los pasos.

Espeluznante es algo que hace erizar el cabello, que da


mucho miedo.
Wanuluu es una especie de genio del mal. Representa la
53
maldad.
Lleno de miedo, el hombre brincó de su chinchorro y se escondió
detrás de un olivo.

Olivo es el nombre común de una variedad de


pequeños árboles. El olivo que crece en las zonas
desérticas, como la Guajira, es de color negruzco.

El burrito no oyó al Wanuluu y siguió tranquilo masticando el fruto


de unos cujíes.
La segunda vez el silbido sonó más
cercano... El burrito paró las orejas.
El hombre se acurrucó lo más que pudo detrás del tronco del olivo
y... vio a la luz de la luna, un jinete sin cara.
Llevaba plumas blancas en la cabeza y cabalgaba sobre un caballo
de sombras.
El jinete desmontó y se acercó al burro.
—¿Dónde está tu compañero? –preguntó.
—No tengo compañero –dijo el burro–. Estoy solo.
—¿Y eso que parece una baticola?

Baticola es una correa sujeta a la silla de montar donde entra


la cola del caballo o del burro.

—Es mi cinturón de borlas.

Borlas es el conjunto de hebras de lana reunidas por uno


de los cabos que se usa de adorno, en equinos como el
burro, el asno y el caballo.

Veamos un dibujo del burrito del cuento. Ese dibujo lo hizo Amelie
Areco.

54
—¿Y eso que parecen frenos?
—Son collares de cascabeles.
El Wanuluu respiró profundo.
—¿Y eso que huele a sol y a sudor humano, qué es?
—Mi ración de fororo con panela.

Fororo con panela es una harina tostada a la que se


agrega un tipo de azúcar de la caña de color oscuro y
agua o leche. Es como una especie de papilla o sopa
espesa, pero dulce.

Pero el Wanuluu no se convenció y volvió a insistir con una vocezota:


—¿Dónde está tu compañero?
—He dicho que no tengo compañero.
—¡Si no me dices la verdad te mataré! –dijo el Wanuluu.
Tomó su puñal de hueso y se acercó al olivo donde se escondía el
hombre.
El burrito empeñado en salvar a su amo, se volteó y le dio una
tre- menda patada que lo lanzó contra unas piedras.
Pero Wanuluu se levantó como si no hubiera sentido nada.
—¡Caramba! –dijo en un susurro–. ¿Por qué me pateas? No debiste
hacerlo.
Y lo amenazó con su puñal de hueso.
Comenzó entonces una lucha violenta entre Wanuluu y el burrito.
Wanuluu hacía silbar el puñal y el burrito saltaba y daba patadas. Pero
55
Wanuluu parecía no cansarse. Daba un golpe y otro golpe.
El hombre miraba desde su escondite, callado, casi sin
respirar. No pensó salir a defender a su burro.
Cuando el burrito no podía más, Wanuluu lo dejó en el suelo, montó
su caballo y desapareció sin dejar huellas.
Entonces el hombre salió de su escondite.
—Mira pues –dijo al burrito–. Yo no sabía que hablabas como noso-
tros. Y nada más. Ni siquiera le dio las gracias por haberle salvado la
vida.
Trató de montarlo y seguir su camino. Pero el burro estaba tan
herido que ya no podía caminar.
Entonces el hombre se fue solo y dejó al burrito en el camino.
Cuando llegó a la casa de su familia contó su gran aventura. Pero
no habló del burrito.
—¡Fui yo! –dijo–-. Fui yo quien venció al Wanuluu.
Y todos le creyeron que era un hombre de gran poder, que
era intocable.
Mientras tanto, atrás en el camino, el burrito herido murió.
Y en el lugar donde cayó, nació una mata de cardón.
En sus tallos las avispas matajey fabricaron un panal de rica miel.
El cardón se llenó de frutos rojos y maduros que los pájaros nunca
picotearon
y el sol nunca resecó.
Un día llegó para el hombre el momento de volver a Ríohacha.
Emprendió su camino y pasó por el mismo lugar donde antes había
abandonado al burrito.
Estaba cansado y sediento y se acordó de su burro.
Miró aquí y allá, buscó y no lo encontró. Pero sí vio un cardón lleno
de bellos frutos rojos.
—¡Mmmm! –dijo el hombre–. ¡Estos frutos se ven sabrosos!
Arrancó varios y se los comió. De pronto, entre los rojos frutos
descubrió un panal de matajey. Lo arrancó y comenzó a lamerlo.
La miel goteaba por sus manos.
Y así, lame que lame... su cara se fue poniendo verdosa. Sus
orejas crecieron y brotaron hermosos frutos. Se llenó de espinas y flores
amarillas...
El hombre se convirtió en una tuna silvestre, llamada Jumache'e.
Y allí se quedó para siempre, al lado del burrito a quien había
aban- donado.
Desde entonces en toda la Guajira, la tuna con sus espinas crece
al lado del cardón con sus dulces frutos.
Y en el tiempo de lluvia las flores amarillas de la tuna y los frutos rojos
del cardón alegran al viajero cansado.
56
Antes de que comenzaras a leer por primera vez el cuento El burrito y
la tuna, te dije lo siguiente: "Este es un cuento guajiro que adaptó el
profesor Ramón Paz Ipuana. El profesor Paz llevó a cabo un trabajo de
recopilación de muchas de las tradiciones orales guajiras en su libro
Mitos, leyendas y cuentos guajiros. Se dice que el cuento que leímos
es una versión, porque el profesor Paz con sus propias palabras
escribió un cuento que le había contado Rafael Añez, un guajiro
ciego que tiene una extraordinaria memo-
ria y un gran talento para echar cuentos breves y cargados de mucho
humor".
El guajiro Rafael Añez le contó esa historia al profesor Paz. Eso
quiere decir que el profesor Paz no conocía ese mito en el que se
explica cómo fue que surgieron el cardón y la tuna en la Península de
la Guajira.
Además, el profesor Paz ha trabajado por rescatar las
tradiciones orales del pueblo guajiro.
También te dije que el profesor Paz es un guajiro que ha trabajado
toda su vida para defender los derechos y las tradiciones de su pueblo.
Ahora te pregunto, ¿por qué personas como el profesor Paz,
intentan rescatar las tradiciones orales guajiras y, además, defienden los
derechos y
las tradiciones de esos indígenas venezolanos?

Para que respondas la pregunta anterior, te voy a contar una


breve historia acerca de un guajiro llamado Luis y su hermana Rosa.
Leamos esa historia.

Luis y Rosa, dos guajiros que vivieron con el hombre blanco

Eran como las tres de la tarde. Luis y Rosa venían en compañía de


otros guajiritos por las doradas arenas de la Península de la Guajira.
Jugar con las aguas del río había sido, como siempre, muy
divertido. Pero ya era hora de regresar para ayudar a organizar los
ovillos multicolores para tejer los chinchorros.
Sus lisas y oscuras cabelleras se batían al son del viento cálido
que soplaba aquella tarde. Parecían, desde lejos, unos peregrinos
caminando por el desierto.
Por fin, llegaron a la choza. Los chivos y las gallinas no
correteaban como era su costumbre. Mientras que los burritos
descansaban a la sombra de los grandes cujíes que cuidaban el lugar.
Esa tarde, los pájaros tampoco cantaron como siempre. María, la
57
mamá de los pequeños Luis y Rosa, tenía la tristeza dibujada en sus ojos.
Rafael, el padre, sentía orgullo porque sus hijos vivirían mejor en
Maracaibo. Allí, muy cerca de la entrada de la choza aguardaban las
coloridas mochi-
las con las pocas pertenencias que llevarían a la ciudad los dos guajiritos.
El jeep aguardaba. La mujer blanca estaba apurada. Su marido la
esperaba impaciente en el vehículo.
Ni Luis ni Rosa sabían qué estaba ocurriendo.
El papá los mandó a buscar las mochilas para que luego se
metieran en el jeep que esperaba por ellos.
Así comenzó ese largo viaje que los hermanitos guajiros no
termina- ban de entender, por más que la mujer blanca intentaba
explicarles que
en Maracaibo vivirían mejor que en la Península de la Guajira.
El viaje fue pesado. Hacía mucho calor y los dos guajiritos se
morían de sed.
Por fortuna, la mujer blanca le pidió a su esposo que se
detuviera en una choza donde un letrero desteñido anunciaba que allí
vendían agua de coco.
Los viajeros calmaron su sed y continuaron el recorrido.
El pavimento de la carretera parecía transmitir el calor del
incandes- cente sol. Después de un par de horas llegaron a aquella
casa. Era muy bonito el lugar. Los guajiritos estaban sorprendidos de
las cosas que veían a
su alrededor. Pero muy pronto esas mismas cosas dejaron de ser tan
bonitas para ellos.
Los días eran largos. Luis hacía los mandados: iba al
mercado a comprar cuanta cosa se necesitaba en el día. También iba a
la panadería
a comprar pan, y así pasaba el día de aquí para allá, haciendo lo que se
le pidiera.
Rosa, entre tanto, ayudaba en la cocina a Mercedes, una emplea-
da de la mujer blanca que cocinaba para todos en aquella casa.
Los días eran largos, sí es verdad, pero en el trabajo. En cambio,
los momentos de descanso se hacían cortos y alcanzaban apenas
para recuperar las fuerzas.
Un domingo, Rosa encontró a Luis llorando en la pequeña camita
que le servía de refugio. Esa camita sabía cuán triste se encontraba Luis.
Rosa le preguntó a su hermano por qué estaba llorando. Y él
incorpo- rándose comenzó a recordar su vida en la Guajira.
—Ya casi el sol se ha ocultado. Allá estaríamos esperando la noche
para escuchar a los mayores contar las historias.
Rosa lo interrumpió.
—Cuéntame una de esas historias, Luis.
58
—Está bien. Te voy a contar la historia de El keerraly.
—¿Aquel demonio que salía durante las noches oscuras? –preguntó
Rosa.
—Sí, sí. Ese mismo que sólo se podía enfrentar con un machete –con-
testó Luis. Y empezó a contarle a su hermana aquella historia.

“Ocurrió una vez que Takataka, joven inquieto y andariego, no


le daba mucha importancia a las cosas que le decía su abuelo. Él
pensaba que el anciano lo que quería era asustarlo para que no
saliera en las noches.
Takataka era un joven fuerte, trabajador y amante de los animales a
los que cuidaba con cariño. Su debilidad, como joven, eran las
mucha- chas. Además, tocaba el tambor y bailaba muy bien. Por eso,
le gustaba salir en las noches a tocar y bailar con los jóvenes”, –dijo
Luis con una pícara sonrisa.
—Un día...
—¡Luis, Rosa, es muy tarde para echar cuentos. A dormir. Mañana
es lunes y hay que trabajar temprano! –gritó la mujer blanca desde la
cocina.
—Nunca puedo contarte una historia completa. Y después no me
acuerdo dónde quedamos –dijo Luis en tono de disgusto.
—No importa, ya tenía sueño. Vamos a dormir –dijo Rosa.
Así fueron pasando los días de Luis y Rosa. Cada vez eran menos
los momentos que tenían para recordar su vida en la Guajira. En la
medida que iban creciendo de tamaño, en esa misma medida iban
creciendo sus responsabilidades en el trabajo en aquella casa.
Ahora Luis era chofer de los blancos y Rosa cocinaba ella sola, por-
que Mercedes un buen día se enamoró y se casó con un joven de su pue-
blo.
Nunca más los hermanos guajiros vieron a su familia. Ya casi ni
se acordaban del río ni de las gallinas, las vacas, los chivos y los
carneros. De
los perros sí se acordaban, porque en la casa de los blancos había uno
muy bravo, pero que era amigo de los muchachos. Y de los burros
también se acordaban, porque de vez en cuando veían en la calle a un
frutero que tenía una carreta tirada por un burrito para llevar sus
frutas al mercado.
Unos pocos años después, los muchachos conocieron a otros jóve-
nes blancos, que eran pobres como ellos.
Entonces, los domingos salían juntos a la iglesia y a la plaza.
Pasaban momentos muy gratos conversando.
Un día Rosa le dijo a Luis que Vicente quería que fuera su novia. Ella
aceptó al joven blanco y un tiempo después se casaron.
59
La boda se hizo como acostumbran los blancos. A la familia de
Vicente no le importaba que su hijo se casara con una guajira, porque ella
y su hermano no tenían la piel tan oscura como otros guajiros.
Años más tarde, Luis se casó con una muchacha cuyo padre era
guajiro, pero su madre era una mujer blanca.
Luis y Rosa vivieron cada uno con su pareja. Tuvieron hijos que
criaron como niños blancos, pero a pesar de ello eran vistos como
guajiros por la gente de la comunidad donde ellos vivían.
Por muchos años Luis y Rosa debieron luchar con sus familias
para que sus hijos estudiaran y compartieran la vida con los hijos de
los hombres blancos. Pero no faltaba alguien que molestara a los
pequeños con insultos
y comentarios que ellos no lograban entender.
Una mañana, la hija mayor de Rosa, que tenía doce años,
llegó desconsolada a su casa porque un niño blanco le dijo: —¿Por qué
no te vas con tu familia de aquí? Váyanse para donde pertenecen.
Ustedes son un estorbo para nosotros.
La niña le preguntó a su madre por qué ese niño le había dicho todo
eso.
—¿Adónde pertenecemos nosotros, mamá? ¿Por qué no somos
como los otros niños?
Rosa no sabía que responder. Sentía vergüenza, pero no sabía por
qué.
Afortunadamente, en ese momento llegó Vicente, y Rosa le dijo a su
hija que hablarían en otro momento porque tenía que servirle la cena a
su papá.
A la niña se le olvidó aquello, pero a Rosa no.
Al día siguiente, que era domingo, Rosa fue con su familia a visitar a
su hermano Luis.
Los niños jugaban en el pequeño patio de la casa. El sol se
estaba ocultando. Rosa miraba el cielo. De repente recordó algunos
momentos de su infancia. Eran como pedazos de una película que no
recordaba muy bien. Entonces, recordó una escena inconclusa y le
preguntó a Luis: —¿Có- mo finalizaba la historia de El Keerraly? Nunca
me la terminaste de contar. Cuéntamela, por favor.
Luis estaba un poco desconcertado ante la pregunta de su herma-
na. Después de pensarlo un poco le respondió: —No recuerdo ni siquiera
a
cuál historia te estás refiriendo.

Ahora que leíste la historia de Luis y Rosa, seguramente podrás con-


60
testar la pregunta que te hice.
Volvamos a leerla: ¿por qué personas como el profesor Paz,
intentan rescatar las tradiciones orales guajiras y, además, defienden los
derechos y
las tradiciones de esos indígenas venezolanos?
Ciertamente, él y seguramente otros guajiros, piensan que el
pueblo guajiro está olvidando sus tradiciones orales y sus
costumbres. Pero, ¿por qué está ocurriendo eso?
Quizás, los guajiros por vivir relativamente cerca de la ciudad
de Maracaibo, se han visto atraídos por las promesas de un mejor
vivir, como le ocurrió al padre de Rosa y Luis. ¿Recuerdas eso?
Seguramente, la mujer blanca le dijo al padre de los dos guajiritos que
en la ciudad podrían estu- diar, por ejemplo. Entonces, el padre
convencido de que eso sería bueno para sus hijos los dejó ir con los
blancos.
En el cuento vimos que lo que hicieron los dos guajiritos fue
trabajar muy duro desde que llegaron a aquella casa, y,
aparentemente no estu- diaron, no había tiempo sino para el trabajo
y el corto descanso de los domingos.
Así como les ocurrió eso a Luis y a Rosa, seguramente les ha ocurrido
a otros guajiros; así como también a otros indígenas de otras etnias
del país. Ellos dejan sus tierras para intentar conseguir una vida que
ellos creen que será mejor en la ciudad. Ellos piensan que eso es así,
porque los hombres blancos que se acercan a esas tribus, les hablan
de las comodidades que ofrece la ciudad, las diversiones y muchas
otras cosas. Los hombres blancos hacen eso para convencerlos para
que trabajen para ellos y así poder sacarles el mayor provecho en el
trabajo y pagarles por ello poco dinero.
En la vida que comienzan en la ciudad, no tienen contacto
directo con la naturaleza; no van a cazar o a pescar. Se visten como
los blancos y tienen que hacer las mismas cosas que hacen ellos. Sin
embargo, los vene- zolanos en general, no respetan a esos indígenas
que intentan convivir en
la ciudad. Los tratan como si no fuesen seres humanos; se les
considera inferiores por ser indígenas.
A esas personas que piensan así se les olvidó que los venezolanos son
el producto de la mezcla de tres razas: negra, española e indígena. Los
venezolanos son mestizos.
La población indígena actual conforma una minoría. Según el
censo de 1990, la población indígena era de 314.772 individuos
repartidos en 25 etnias, de las cuales la wayúu, como se les llama a
los guajiros, es la más numerosa.
Como te dije, los guajiros viven en la Península de la Guajira en el
extremo Noreste de Venezuela.
61
La frontera entre el vecino país de Colombia y Venezuela atraviesa
la Península de la Guajira de Norte a Sur, dividiendo el territorio guajiro
en dos sectores.
Veamos un mapa para entender este asunto.

La línea fronteriza es la que está coloreada con el color verde. La


Península de la Guajira está dividida en dos por esa línea. ¿La ves?
Una parte es de Venezuela y la otra parte es de
Colombia. Sin embargo, para los guajiros esa frontera es cosa del
hombre blanco. Para ellos no existe, pues todo es una misma tierra,
su tierra, la tierra donde vivie- ron sus antepasados y la tierra donde
aún vive su pueblo.
La Guajira es una zona desértica en donde crecen tunas, cardones
y cujíes, como lo describe el profesor Paz en su versión del cuento El
burrito y
la tuna. Esa es una zona xerófila. Allí, los guajiros pastorean ovejas y
chivos. Además, siembran maíz, yuca, plátanos y auyama.
Muchos de ellos comercian con telas y tejidos multicolores que ellos
mismos realizan, sobre todo chinchorros como los que tejía la familia
de los dos hermanos guajiros, Luis y Rosa.
Así como los dos guajiritos tenían un nombre, todos los guajiros
tienen uno. Pero cuando un guajiro encuentra a otro guajiro, no le
pregunta su nombre si no lo conoce. Lo que hace es preguntarle por
el clan al cual pertenece.
¿Qué crees tú que es un clan?
Un clan es una organización de personas parecida a la familia.
Cada clan tiene su antepasado o su ancestro totémico. Es decir, que
cada clan tiene un animal que representa a todos los miembros del
clan. De acuerdo con el antepasado o ancestro totémico, los guajiros
tienen la creencia de que los miembros del clan heredan de ese
antepasado alguna de sus
características. Por ejemplo la ferocidad del tigre.
62
Algunos clanes guajiros son los siguientes:
Uriana, cuyo ancestro totémico es el tigre.
Jurariyú, que tiene como ancestro totémico al
perro. Ipuana, cuyo ancestro totémico es el
caricari. Sapuana, cuyo ancestro totémico es el
alcaraván.

¿Recuerdas el nombre del escritor de la versión del cuento El burrito y


la tuna que leímos?
Su nombre es Ramón Paz Ipuana.
Ramón Paz Ipuana pertenece al clan Ipuana, es decir al del caricari.
El caricari, también llamado chiriguare, es un ave que pasa gran
parte del día sobre el suelo a campo abierto, donde vive. Aunque
pertene-
ce a la familia del halcón, no se asemeja a sus parientes. También
difiere en sus hábitos de anidamiento, ya que construye su propio
nido en vez de ocupar uno abandonado. Su variada dieta incluye
insectos y carroña.
Puede desafiar a otros carroñeros ante un cadáver, llegando incluso
a quitarles la comida, aun cuando ya se la estén comiendo. El caricari tiene
la curiosa costumbre de “bañarse en polvo”. Dicen los guajiros
que el caricari hace eso para matar los pequeños insectos que viven
en sus plu- mas.

Veamos una fotografía de un caricari.

Ya has conocido algo más sobre el caricari que es el ancestro


totémi- co del clan Ipuana.

Ahora te propongo que realices la siguiente actividad con los


compañeros de tu curso.
l El Docente Guía dividirá el curso en tres grupos.
l A cada grupo le asignará uno de los siguientes
clanes: Uriana, cuyo ancestro totémico es el tigre.
Jurariyú, que tiene como ancestro totémico al perro.
63
Sapuana, cuyo ancestro totémico es el alcaraván.
l Cada grupo realizará una breve investigación acerca
del ancestro totémico, es decir del animal que
representa a cada uno de esos clanes.
l La información que van a utilizar es la que aparece en
el Anexo Nº 1 que está en las páginas finales de este
libro, en la sección de Anexos.
l Luego, cada grupo formulará 6 preguntas, con sus
respecti- vas respuestas, acerca de su ancestro
totémico, con base en la información que aparece en
el Anexo Nº 1. Cada miembro del equipo deberá
escribir en su cuaderno las preguntas y las
respuestas.
l Después que hayan hecho lo anterior, el Docente
Guía iniciará un ejercicio entre los equipos.
l El ejercicio consistirá en que cada equipo leerá la
informa- ción que aparece en el Anexo Nº 1 acerca de
los ancestros totémicos. Luego, cada equipo formulará
preguntas a los dos equipos contrarios acerca del
ancestro totémico que le fue asignado.
l Responderá la pregunta el alumno que levante la mano
en señal de saber la respuesta. Si levantan la mano más
de un miembro del equipo al que se le esté formulando
la pregun- ta, el Docente Guía designará el alumno que
contestará.
l Ganará el equipo que responda acertadamente mayor
cantidad de preguntas.

Esta actividad tendrá una duración de 15


minutos una vez que se hayan preparado
las preguntas.

64
B
B

El burrito y la tuna
Además de los indígenas guajiros, en nuestro país existen otras tribus.
Estudiar las etnias indígenas de Venezuela es importante para
conocer más acerca de nuestras raíces.

Veamos el siguiente mapa de Venezuela donde están localizados


los grupos indígenas.

Ahora, localiza el territorio de los indios waraos.


Los waraos viven básicamente en el Delta del Orinoco, en el estado
Delta Amacuro.
¿Lo localizaste?

Muy bien. Ahora, lee la información que aparece en el siguiente


65
recuadro gris :
Los
waraos
Viven básicamente en el Delta del Orinoco, Estado
Delta Amacuro. Habitan en palafitos, que son casas
construidas sobre el agua. En alguno de los caños, de los
mil en que se divide el Orinoco en su desembocadura, se
agrupan un puña- do de familias cuyas casas se
comunican entre sí por una pasarela hecha de troncos.
El warao vive de la pesca, de la caza y de la agricultura.
El pescado, que se consigue abundante en los caños
donde vive, es elemento obligado de su alimentación
diaria. Utiliza también para alimentarse la palma de
moriche.
El warao nace sobre el agua y vive en torno a ella.
Todo su mundo está vinculado a ella de forma directa.
Como no se ha podido vincular a los waraos con ningu-
na de las etnias conocidas, se les considera un grupo
indepen-
diente. Se calcula su número en unos 24.005 individuos.

Ahora, te propongo que leas un mito warao que se llama El dueño de


la
luz.

El dueño de la
luz

Cuando los waraos bajaron de las nubes, vivían en la oscuridad y


buscaban su comida en las tinieblas; sólo se alumbraban con candela
que sacaban de la madera. En ese entonces no existía ni el día, ni la
noche.
Un hombre tenía dos hijas y se enteró que había un joven que
era dueño de la luz. Llamó a su hija mayor y le dijo:
—Anda donde está el dueño de la luz y me la traes.
Ella tomó su mapire, su bolsa, y se fue. Encontró muchos
caminos por donde iba, tomando fácilmente el que la llevó a la casa
del venado. Allí se quedó un buen rato jugando con él. Después
regresó con su padre, pero
no llevaba la luz.
El padre de las muchachas resolvió enviar a la otra, a la menor:
—Ve donde está el muchacho dueño de la luz y me la traes.
La muchacha tomó el buen camino y rápidamente llegó a la casa
66
del dueño de la luz.
—Vengo a conocerte, a ser tu amiga y a ver si me puedes dar la
luz para llevársela a mi padre.
—No te esperaba, pero ya que llegaste te quedarás a vivir conmigo.
El joven tomó una caja tejida, el torotoro, que tenía a su lado, y
con mucho cuidado, la abrió. La luz iluminó sus brazos, su pecho y sus
dientes blancos, también iluminó el pelo y los grandes ojos de la
muchacha. Allí vio ella por primera vez la luz. El joven después de
mostrársela, la guardó.
Cuentan que todos los días el muchacho sacaba la luz para
jugar con la muchacha, y así pasó el tiempo, jugaban con la luz y se
divertían, hasta que la muchacha recordó el recado de su padre: tenía
que llevarle
la luz, eso fue lo que vino a buscar.
El dueño de la luz, que era su amigo, se la regaló:
—Toma la luz, así podrás verlo todo.
La muchacha regresó con su padre y le entregó la luz que
estaba encerrada en un torotoro, en una cesta tejida. El padre tomó la
caja y la guindó en uno de los troncos del palafito. De inmediato los
rayos de luz iluminaron el agua del río y las ramas del mangle.
Todos los pueblos del Delta del Orinoco al enterarse de esa
noticia, se apresuraron para ver este fenómeno. Llegaron curiaras
(que son como pequeñas lanchas) repletas de gente.
Llegó un momento en que el palafito, no podía soportar el peso de
tanta gente curiosa y maravillada con la luz.
Tanta gente llegó a esa casa que el padre de las muchachas no
soportó más, y de un manotazo lanzó la cesta hacia el cielo.
Cuentan que la masa de luz voló hacia el Este y se convirtió en el sol,
pero en cambio la cesta tejida voló hacia el Oeste y surgió la luna.

Una vez finalizada la lectura del mito El dueño de la luz, vas a


escribir en tu cuaderno un texto cuyo título deberá ser
el siguiente: Los waraos.
El texto que vas a escribir debe contener los siguientes
aspec- tos:
l ¿Quiénes son los waraos?
l ¿Dónde y cómo viven?
l De acuerdo con el mito El dueño de la luz, ¿cómo crees tú
que ellos explican los fenómenos naturales?

Para realizar esta actividad tienes un tiempo de 15 minutos.


67
C
C

El dueño de la luz
Además de que el mito El dueño de la luz cuenta cómo surgieron
el sol y la luna, nos muestra cuán importante es la luz.
Los pintores, quienes realizan sus obras para mostrar cómo ven
ellos el mundo, le han prestado especial atención a la luz.
Por ejemplo, los llamados pintores impresionistas desarrollaron
un interés particular por estudiar los efectos de la luz sobre los objetos,
cómo la
luz da color a las sombras y disuelve los contornos de los objetos.
Veamos una pintura del pintor impresionista Eduard Manet.

Esta obra de Manet se llama La merienda campestre.


Manet pintó La merienda campestre en 1863. Cuando se expuso
el cuadro por primera vez provocó un escándalo por la aparición
de un desnudo femenino en una simple imagen cotidiana. El artista
argumentó que el auténtico protagonista del cuadro era la luz.
Otros pintores, como el pintor mexicano José María de
Velasco, también se interesaron por la luz natural.
Velasco pintaba paisajes, razón por la cual era muy importante
que comprendiera los efectos de la luz. Sus paisajes retratan los
ambientes naturales de su país, en particular del valle de México,
que pintó desde
puntos muy diversos. Se le considera un pintor naturalista. 68
Una de sus obras más importantes es Un pequeño volcán.
En ella se puede apreciar la luz natural que se destaca en el
verdor de la vegetación y en la nubosidad del cielo. Veamos una
fotografía de esa obra de Velasco.

Otro gran pintor paisajista fue el venezolano Martín Tovar y


Tovar. Veamos un detalle de una de sus obras.

Martín Tovar y Tovar terminó, en 1887, seis lienzos murales para la


cúpula del Salón Elíptico del Capitolio en Caracas, que es la sede del
Poder Legislativo de nuestro país. Entre esos seis murales, que se les
llama así por- que son cuadros muy grandes, destaca el dedicado a la
Batalla de Cara- bobo, uno de cuyos detalles pudiste observar en la
ilustración anterior.
Cuando se observan los murales de Martín Tovar y Tovar se pone
de manifiesto la importancia que tiene la luz en su obra. En este caso, se
trata
de murales pintados sobre concreto, específicamente en la cúpula del
69
Capitolio.
Otros pintores se han dedicado a pintar sus obras sobre vidrio.
Generalmente, a esas obras realizadas sobre vidrio se les llama
vitra-
les. Los vitrales son un conjunto de vidrios de colores transparentes que
se utiliza para componer diseños.
En ellos la luz es la que hace destacar su belleza. Sin la luz un
vitral no puede ser apreciado.
¿Has visto los vitrales de alguna iglesia?
Si los has visto, te habrás podido dar cuenta que ellos están
coloca- dos como ventanas con el propósito de que la luz los ilumine.
Tal vez has visto los hermosos reflejos de la luz al atravesar los vidrios
de colores, por lo que este arte también se conoce como 'pintura con
luz'.
En las iglesias católicas, se hacen grandes vitrales sobre
escenas religiosas. Sin embargo, los temas en los que se inspiran
los artistas para realizar vitrales son muy variados.
A continuación se muestra un vitral diseñado por William Morris,
que fue un artista inglés del siglo XIX.
En esta obra Morris muestra a dos personajes de una leyenda: la reina
Ginebra, a la izquierda, y la dama Isolda, a la derecha.

Ahora, te voy a proponer que hagas un vitral.


El Docente Guía sacará de la caja N° 2 los materiales necesarios para
que todos los alumnos de esta sección puedan realizar el vitral que se va a
70
proponer.
El diseño que todos llevarán a cabo es el siguiente:

Ese es el número 6 que identifica al sexto grado.

Los pasos que se van a seguir para realizar este vitral son
los siguientes:
lEl Docente Guía le dará a cada alumno:
Un formato de cartulina negra de 15x15
centímetros. Papel celofán de colores.
Pega.
Fotocopia del diseño.
lUna vez que cada alumno tenga los materiales, cada
uno hará lo siguiente: colocará la cartulina negra sobre el
pupitre sujetada con cinta plástica. Después, colocará
sobre la cartu- lina negra la fotocopia del diseño y la
sujetará también al pupitre con cinta plástica. Ahora,
procede a repasar el diseño con un lápiz, haciendo presión
para que se marque el diseño en la cartulina negra.
Una vez que el diseño esté marcado en la cartulina negra,
repasan con tiza blanca los contornos del diseño.
Una vez repasados todos los contornos, procede a cortar
los espacios que se encuentran en el diseño de color
morado y blanco. Se debe tener cuidado al hacer esto,
porque no se deben cortar las secciones que aparecen en
el dibujo en color
negro.
71
lCuando se tenga el diseño recortado, entonces se procede
a voltearlo, para ir pegando los papeles de colores por la
parte de atrás.
En el caso de este diseño, lo que en el dibujo aparece en color
blanco, ustedes lo van a hacer en color rosado.
2
Para realizar esta actividad tienen un tiempo de 45 minutos.

72
D
D

El dueño de la luz
Ahora que todos los alumnos de esta sección han terminado su vitral,
entonces los colocan uno al lado del otro en la ventana del salón de clases.
¿Ves el efecto que se produce cuando los rayos del sol atraviesan
los vitrales?
Detengámonos en este asunto.
La luz del sol contiene varios tipos de luces como los rayos
infrarrojos y los rayos ultravioleta. Estos son invisibles para nosotros.
La luz del sol es una fuente natural de luz. Así como también son fuen-
tes naturales de luz las estrellas. También unos insectos llamados
luciérna- gas emiten luz que resplandece en la oscuridad. Además de
esas fuentes naturales, el hombre ha creado lo que se conoce con el
nombre de fuentes artificiales de luz. Esas fuentes artificiales son
la luz eléctrica y el gas. Esas dos fuentes son la energía requerida
para iluminar lámparas y bombillos. Ade- más, el hombre ha creado
las velas de cera que pueden ser encendidas directamente con fuego.

Escribe en tu cuaderno la información que aparece en el recuadro


amarillo.

La luz
La luz en una forma de energía que nos permite ver los
objetos. La luz se produce de fuentes naturales y artificiales.
La luz del sol es una fuente natural de luz. Así como también son
fuentes naturales de luz las estrellas. También unos
insectos llamados luciérnagas emiten luz que resplandece
en la oscuri- dad.

La luz se propaga en línea recta. Pero si se encuentra con un objeto,


cambia su dirección. Es decir, cuando los rayos de luz chocan con
una superficie, éstos rebotan como una pelota cuando es lanzada
contra una pared.
Ese cambio de dirección que experimentan los rayos de luz cuando
chocan contra una superficie, es lo que los científicos llaman reflexión de la
73
luz.
El hombre ha creado algunos aparatos que se basan en el
principio de reflexión de la luz.
Uno de esos aparatos es el que se conoce con el nombre de
perisco- pio, que tienen los submarinos para ver objetos que se
encuentran en la superficie del agua cuando el submarino está
sumergido.
Hagamos un periscopio para entender cómo funciona el que
tienen los submarinos.
El Docente Guía sacará de la caja Nº 3 los materiales necesarios
para realizar esta experiencia.
Los alumnos de esta sección se dividirán en 4
equipos. Los pasos a seguir son los siguientes:

1. Se recorta el plano del periscopio que está copiado en la cartulina.


Luego, se cortan las ventanas y las cuatro hendiduras. Después,
se hacen los dobleces que indican las líneas punteadas.

74
2. Se coloca cinta pegante alrededor de los 2 espejos, de tal manera
que parezca una especie de marco.

3. Se arma el periscopio, pegando los lados doblados.

4. Una vez armado el periscopio, se fijan todos los bordes con


cinta pegante para evitar que se desarme. Luego, se colocan los
espejos en las hendiduras, de forma que queden cara contra
cara, bien fijos para que no se caigan. Los bordes de los
espejos deben sobresalir del armazón del periscopio.

75
5. Veamos si funciona este periscopio.
Se pueden colocar en una pared que tenga una ventana.
Se colocan de tal manera que donde comienza la ventana
sea como la superficie del agua.
Mirarán por el espejo inferior lo que está del otro lado de la ventana.
¿Qué pueden ver con el periscopio?
Cada uno de los miembros de cada equipo tendrá la oportunidad
de observar el exterior a través del periscopio que su equipo construyó.

¿Por qué funciona el periscopio?


El periscopio funciona porque se da la reflexión de la luz.
¿Qué ocurrió?
Lo que ocurrió fue que la luz que golpea en el primer espejo
rebota hacia el segundo espejo. Es decir, que el espejo que está en la
parte supe- rior refleja la luz de lo que se está viendo en el espejo de
la parte inferior y lo refleja hacia fuera del periscopio y dentro del ojo
de cada uno de ustedes.

Luz del objeto


Espejo

Espej
o Luz reflejada en el ojo

Has podido observar cómo con un espejo se puede reflejar la luz.

Ahora, hagamos un microscopio.


El Docente Guía sacará de la caja Nº 3 los materiales necesarios
para realizar esta experiencia.
Los alumnos seguirán divididos en los 4 equipos anteriores. Los pasos a

76
seguir son los siguientes:
1. Se le corta a la parte superior de una botella de refresco transparen-
te una tira de 3 centímetros de ancho por 10 centímetros de
longitud. Una tira se corta a lo largo de uno de los lados de la
botella. Una vez cortada esa tira, cortas del otro lado la segunda
tira, de manera que
el corte quede exactamente frente al que se hizo primero.

2. Se utiliza una de esas tiras para colocarla entre las dos ranuras
que quedaron cuando cortamos las tiras.

3. La otra tira se coloca en la parte superior de la botella, como


lo indica el dibujo 3. Luego, se echa delicadamente una gota de
agua sobre la tira que se acaba de colocar.

77
4. Ahora, se coloca el espejo con la cara que refleja hacia arriba en
la base del recipiente.
Encima de la tira de plástico que no tiene la gota de agua, se
coloca un pedacito de uña o un filamento de cabello, por ejemplo.
Finalmente, se mira a través de la gota de agua el objeto.

Como puedes ver el objeto visto a través de esa gota de agua se


ve agrandado.

Lo que ocurre es que el agua desvía la luz.


Las ondas de luz son desviadas cuando pasan a través de una
sus- tancia transparente. En el caso de esta experiencia se utilizó una
gota de agua para desviar la luz hacia el objeto que se colocó en la
otra platina.
Por eso, lo que observamos a través de la gota de agua se
engrande- ció. La gota de agua hizo las veces de lente.

Hay dos tipos de lentes: convexas y cóncavas.


La lente convexa se abomba en el centro. En ella los rayos
luminosos se acercan y por ello la imagen se agranda.

Lente convexa
78
En tanto que en la lente cóncava, que se adelgaza en el centro, los
rayos luminosos se separan y la imagen se ve más pequeña.

Lente
cóncava

De acuerdo con lo anterior, ¿cómo se comportó la gota de agua de


la experiencia anterior, como una lente cóncava o como una convexa?

Ciertamente se comportó como una lente convexa porque el


objeto se agrandó cuando se observó a través de ella.

Como has podido darte cuenta, la luz nos permite ver una serie
de objetos, así como también nos permite realizar muchas cosas en
nuestra vida cotidiana. Hemos visto cómo los pintores se han
interesado en los efectos de la luz sobre los objetos y cómo ellos han
logrado resaltar la luz en sus obras. De igual manera, hemos podido
aprender que la ciencia tam- bién se interesa por la luz. Sin
embargo, el interés científico es distinto al interés artístico de los
pintores. Los científicos utilizan la luz en aparatos científicos para
ver cosas que a simple vista el ojo humano no es capaz de ver. En
cambio, el jefe indio warao del mito El dueño de la luz que leímos
hace algún tiempo, envió a sus hijas a buscar la luz porque él sabía
que colocando la luz en un lugar especial ellos podrían ver todo. Ellos
no tenían que hacer nada más, sino dejar que ella les permitiese ver
las cosas.
Además, aprendiste que a través de ese mito se muestra cómo los
warao explicaban el origen del sol y la luna, que son dos fuentes de
luz
natural.

79
E
E

Acoitrapa y Chuquillanto
Hemos leído cuentos y mitos de indígenas venezolanos. Sin embargo,
aún no hemos tenido la oportunidad de leer alguna historia de indígenas
de otros países.
En toda América había grupos indígenas antes de que Cristóbal
Colón llegara a este continente.

Veamos un mapa de América del Sur para ubicar esos grupos indíge-
n
as.

De los indígenas venezolanos, en este mapa únicamente están


identificados los guajiros con el número 19. ¿Los ubicaste?
Con el número 39 están identificados los quechua, que eran
indíge- nas que conformaban el imperio Inca. Por eso, a ellos y a otros
grupos de ese imperio se les llamaba incas.
Los quechua aún viven en la Cordillera de los Andes
peruanos y ecuatorianos, principalmente.
En Perú, por ejemplo, algunas personas se han interesado por resca-
80
tar las narraciones incas.
Así como el profesor guajiro Ramón Paz Ipuana se dedica a rescatar
la tradición oral guajira, el señor Martín de Murúa se ha dedicado a rescatar
la tradición oral inca.
Una de esas narraciones es una leyenda que cuenta el amor entre
la hija del Sol y un cuidador de llamas.
Vamos a leer esta hermosa leyenda inca.

Acoitrapa y Chuquillanto
Leyenda
inca
(Adaptación)
En la cordillera de los Andes, allá en el valle de Yucay en el
Cusco, se escuchan muchos sonidos. El viento sopla; la mañana,
obligada siempre a levantarse antes que los demás, bosteza muerta
de sueño; los pájaros, sus eternos enamorados, despiertan cantando
al oírla desperezarse. De pron-
to, silencio: Ha llegado Acoitrapa, el cuidador de llamas. Es joven y
hermo- so. Toca la quena tan dulcemente, que hasta las flores
más tímidas se abren para asomar entre las ramas de los árboles y
escucharlo.
Un día, las dos hijas del Sol pasaron cerca de su rebaño.
Entretenidas por la música, se acercaron para averiguar quién tocaba
aquel instrumen-
to. El cuidador se deslumbró al verlas. Los tres conversaron y rieron
despreo- cupados sin pensar en el paso del tiempo. Cuando se
ocultó el Sol, las jóvenes, apenadas, tuvieron que despedirse: Su
padre, el Sol, les daba permiso para pasear por el valle, pero ¡ay de
ellas si no llegaban a casa antes del anochecer! Chuquillanto, la
mayor, se sintió más triste que su hermana; sin saber cómo, se había
enamorado de Acoitrapa.
Cuando las hermanas llegaron al palacio, Chuquillanto corrió a
su habitación para estar a solas. Se echó, cerró los ojos, y recordaba
a su dulce cuidador de llamas cuando se quedó dormida. En sueños,
vio un hermoso ruiseñor que cantaba suave y armoniosamente y ella
le habló de
su amor por aquel joven y del miedo que tenía de que su padre
pensara que un cuidador de llamas fuera poca cosa para una hija del
Sol. El ruise- ñor, conmovido por la pena de la joven, le recordó que en
el palacio había cuatro fuentes de agua cristalina: si se sentaba en
medio de ellas y canta- ba lo que sentía en su corazón y las fuentes
le respondían con la misma melodía, significaba que podría hacer su
voluntad y que sus deseos serían cumplidos.
Chuquillanto se despertó. Se acordaba perfectamente del sueño.
Rápidamente se vistió y fue a los jardines del palacio. Allí estaban las fuen-
81
tes. Entonces, Chuquillanto, siguiendo las instrucciones del ruiseñor, se
sentó y comenzó a cantar una triste melodía. Las fuentes entendieron
su pena y lo manifestaron cantando con ella. Luego, aceptaron
ayudarla. Llamaron a la lluvia y le ordenaron que le transmitiera al
cuidador de llamas
el amor que Chuquillanto sentía por él.
La lluvia salió del palacio hacia la choza de Acoitrapa. Al encontrar-
lo, le bañó el corazón con la imagen de la joven. El cuidador, con el
pecho atravesado por el recuerdo de la muchacha, se puso a tocar su
quena con tanta tristeza que hasta las frías piedras se
conmovieron. Desalentado, comprendió que el Sol nunca permitiría
que su hija se casara con un pobre cuidador de llamas. ¡Qué cansada
su alma de extrañar a Chuquillanto! Así,
se quedó dormido con la quena apretada entre los dedos.
Al anochecer, llegó su madre. Viendo las pestañas de su hijo
húme- das del llanto, presintió lo que sucedía. Como buena viejecita,
sabía que un hombre que duerme y llora al mismo tiempo lo hace
porque está lejos de la que ama. La anciana no soportaba ver sufrir a
su hijo. Pensando en la mane-
ra de aliviarlo, le vino a la memoria un antiguo bastón mágico que había
heredado de sus antepasados y que serviría para este propósito.
Entonces
se le ocurrió una idea. Le ordenó a su hijo que se alejara hacia la montaña y
se ocupara del rebaño.
Mientras tanto, Chuquillanto se había despertado con los
primeros rayos de sol. Ahora tenía el corazón optimista, los pies
ligeros, y un solo deseo: encontrar a su amado. Jugando a las carreras
con el viento, llegó a
la choza de Acoitrapa. Al ver que él no estaba, se le llenaron los ojos
de lágrimas. Trató de disimular su tristeza y se dirigió a la viejecita,
que la mira- ba atentamente:
—Buena anciana: ¡Todo en ti es hermoso! Jamás he visto un
bastón parecido al que llevas. Sus piedras preciosas nada tienen que
envidiar a los campos de flores; brillan como la luna llena.
—Hija mía le –contestó la anciana–: Tus ojos saben apreciar las
cosas lindas. Te regalo el bastón. Sé que lo dejo en buenas manos.
Chuquillanto le agradeció, y acariciándole las nevadas trenzas
recibió el bastón.
—Gracias, anciana señora.
—Adiós, Chuquillanto –se despidió la viejecita–. Que el amor
te acompañe.
Chuquillanto regresó al palacio. Cuando cruzó la puerta, los guar-
dias, notando la tristeza en sus ojos, se preguntaron en voz baja:
—¿Qué le sucede a la princesa, que a pesar de sus riquezas, tiene
tanta melancolía?
82
Cuando al fin estuvo sola en su cuarto, puso el bastón a un lado, se
desmoronó sobre su cama y rompió en un llanto desconsolado, pensando
en su cuidador de llamas. De pronto ¡qué susto! ¡qué sorpresa!:
alguien estaba llamándola por su nombre. Encendió una vela,
cuidadosa de no hacer el menor ruido y vio que el bastón cambiaba de
colores: del rosa al plateado, del verde al rojo, naranja, azul y mil
colores distintos. La voz que la llamaba provenía del bastón, no le
cabía duda. “No te asustes”, le dijo. “Soy el bastón mágico del amor.
Mi misión es unir y proteger a los que se aman y sufren por estar
separados.” Chuquillanto ya no tenía miedo. Por el contrario, ahora se
sentía maravillada. El bastón mágico se abrió como una flor, en el
centro de la cual se le apareció Acoitrapa. Luego, salieron al jardín y
se quedaron conversando hasta el amanecer.
Al rayar el alba, temerosos del castigo del Sol, los enamorados
esca- paron de su palacio. Pero un guardia, que los vio salir, avisó
inmediatamen-
te al padre de Chuquillanto. Furioso, el Sol se colocó a la cabeza de un
gran ejército y partió tras los jóvenes. Estos, desde lejos, lo escucharon
apurando
a los soldados. Después de distanciarse del Sol y sus tropas, agotados
por la larga carrera, se detuvieron a descansar: Sentados bajo el
follaje de un altísimo árbol de eucalipto, se miraron; y había amor en
sus ojos. Sabiéndo-
se perdidos, porque tarde o temprano el Sol los atraparía, le pidieron
un último deseo al bastón mágico:
Conviértenos en piedra. Así, nada ni nadie podrá separarnos.
El bastón, cuya misión era unir a los que se aman, realizó el
definitivo deseo de la pareja.
Y aún hoy, cerca del pueblo de Calca, se erigen dos estatuas
de piedra, que los lugareños llaman Pitu Sirai: son Chuquillanto y
Acoitrapa, amándose para siempre.

¿Qué te pareció esta hermosa leyenda inca?

Esta es una leyenda hermosa que nos enseña que para los incas el
amor era algo muy importante. Tal parece que para ellos el amor
estaba por encima de vivir una vida confortable. Quizás por ello
sacrifican en esta historia a los jóvenes enamorados, con el propósito
de mantenerlos juntos como dos estatuas de piedra.
En esta leyenda se cuenta que en el valle de Yucay se escuchaban
muchos sonidos: el viento que sopla, el bostezo de la mañana, el canto de
83
los pájaros y el sonido dulce de la quena que tocaba el cuidador de llamas.
La quena, también llamada flauta de los Andes, es un tipo de flauta
característica de la música popular de los Andes peruanos y
ecuatorianos.
En la actualidad se fabrica con una caña agujereada, pero antiguamente
se construía con otros materiales, como huesos, madera o barro cocido.

Veamos una fotografía de una quena hecha con caña agujereada.

Además de la quena, los incas utilizaban otras flautas como la


flauta de pan que, junto a otros instrumentos musicales de percusión,
conforma- ban un conjunto musical que interpretaba melodías
tradicionales, como por ejemplo la sicuriada.
Escuchemos una melodía tradicional quechua.

Como pudiste haber identificado, las flautas emiten


sonidos muy particulares que se destacan en el conjunto de
instrumentos que interpre- tan la melodía que acabamos de escuchar.

Ahora te propongo que construyas una flauta de pan.


Para realizar esa flauta el Docente Guía sacará de la caja Nº 4
los materiales que se requieren para que los alumnos de esta sección,
dividi- dos en cuatro grupos, construyan su flauta de pan.
84
Los materiales que cada grupo debe tener son los siguientes:
l Un trozo de cartón corrugado.
l 8 pitillos plásticos.
l Tijera.
l Cola plástica.
l Témperas de varios colores.

Una vez que cada grupo tenga los materiales, seguirá


los siguientesos:
pas

1. Se cortan los itillos


p en 8 distintas longitudes ayor a menor.
de m

2. Luego se cortan 2 triángulos idénticos cuyos lados tengan las


siguien- tes medidas: 2 lados de 20 centímetros y un lado de 7
centímetros.
Se cortan los dos extremos de los triángulos para obtener la siguiente
figura:

Después, se van pegando los pitillos que se cortaron sobre uno de los
triángulos, de manera que queden parejos por donde se va a
soplar. Una vez pegados al primer triángulo se pega el segundo
triángulo
sobre los pitillos. Es decir que los pitillos quedarían entre los dos trián-
85
gulos.
3. Finalmente, se pinta la flauta de pan con las pinturas de témpera.
Si es necesario se cortan los pitillos para que la flauta quede lo
más parecida a la del dibujo que aparece a continuación.
Cuando la vayas a tocar dejas la cabeza quieta, soplas y vas movien-
do la flauta.

Ahora, te propongo que escuchemos una parte de una melodía


compuesta por el gran compositor Wolfgang Amadeus Mozart. Aunque la
mayoría de los conciertos y sonatas de este compositor fueron escritos
para
el piano, algunas de sus obras de cámara cuentan con la flauta, el oboe y
el fagot. El Concierto para oboe y orquesta, de 1777, ha sido interpretado
86
por orquestas en todo el mundo.
Escuchemos.

En esta melodía también se puede identificar el sonido de la flauta.


En este caso, se trata de una flauta que los músicos llaman traversa-
da.
En una orquesta, además de la flauta, el oboe y el fagot se incorpo-
ran otros instrumentos de viento, así como también instrumentos de
cuer- da, tambores, xilófono y otros.
En la ilustración que a continuación se presenta se puede
apreciar el lugar que ocupan los instrumentos en una orquesta,
aunque esa disposi- ción varía de acuerdo con la melodía que se
vaya a interpretar, pero la que se presenta en esta ilustración es lo
que se llama la disposición estan-
darizada, es decir, la manera más general de colocar los instrumentos.

En general, se considera que los instrumentos musicales son objetos


utilizados para aumentar el limitado campo de los sonidos musicales,
tales como palmadas, patadas, silbidos, zumbidos y canto, que puede
producir
el cuerpo humano. En los distintos países del mundo los instrumentos
varían mucho en propósito y diseño, desde los objetos naturales no
elaborados,
como las caracolas, a los complicados productos de la tecnología indus-
87
trial, como los órganos.
Tanto el sonido de los instrumentos musicales como cualquier
otro sonido, se produce por una vibración transmitida hasta el
oído interno mediante el aire. Cuando las vibraciones son
violentas o irregulares se interpretan como ruidos, mientras que
las regulares producen notas que pueden ser agradables y que se les
llama sonidos.

Te propongo que hagas lo siguiente:

Coloca una regla en un extremo de tu pupitre y la sujetas con


una mano. Con la otra mano golpeas el extremo de la regla que
sobresale del pupitre.
También puedes golpear con la palma de la mano el pupitre
¿Qué ocurrió?
Al golpear la regla se produjo una vibración y escuchaste un sonido.
Al golpear el pupitre se produjo un ruido.

Escribe en tu cuaderno lo que aparece en el recuadro amarillo.

El sonido
El sonido es un fenómeno físico que estimula el sentido
del oído.
El sonido se produce por una vibración transmitida hasta
el oído interno mediante el aire.
La vibración en los cuerpos es el resultado de golpearlos
o rozarlos.
Esa vibración, que se trasmite a través del aire, se
propaga en forma de ondas sonoras y al llegar al oído
producen lo que se conoce como sensación sonora.
Cuando las vibraciones son violentas o irregulares se
interpre- tan como ruidos, mientras que las regulares
producen notas
que pueden ser agradables y que se les llama sonidos.

Ahora, te propongo que busques el Mensaje escondido.


Este juego consiste en ordenar las palabras y los puntos que
se encuentran en el recuadro para ver qué dice el mensaje.
El orden de las palabras comienza con la que está identifica-
da con el número 1 hasta llegar en forma consecutiva al punto
88
identificado con el número 36.
Cuando todos los alumnos de esta sección estén preparados
con su cuaderno y lápiz, el Docente Guía dirá: Tiempo.
Cada alumno comenzará a ordenar las palabras en su cua-
derno.
El primer alumno que termine lo anuncia y lee el mensaje
escondido.

pingüino historia Salvador Garmendia y escribió


1 3 2 2 3 3
2
prensa 5
la 7 8
saltarín cincuenta 2
un 3
Maracaibo
2 2 1 4 1 1
3
llegó 2
la 3
. costas 1
lo 0
extraña
5 s 3 8 s 1
aparición 7
a 6
recordó la 2
E 6
Tan
1 6 2 3 n 1
7
años lo 9
. 4
de 1
fue 5
después
3 3 1 9 1 2
en 0
comentada 4
. ocurrido 8
muy 6
Tiempo
2 2 2 3 1 2
1 0 4 1 9 5

89
1 2

Un pingüino en Maracaibo

2
Primera lectura

Un pingüino en Maracaibo
Vamos a comenzar a leer otro cuento del gran escritor venezolano
Salvador Garmendia.
Se trata del cuento Un pingüino en Maracaibo.
¿Te imaginas un pingüino en una ciudad calurosa como la capital
del Estado Zulia?
Un pingüino es un ave como la que se muestra en la siguiente ilustra-
ción:

Comencemos a leer este cuento.

Un pingüino en Maracaibo
Salvador Garmendia

Cuando Larry vio por primera vez al pingüino, pensó que éste se
había extraviado entre las rocas.
Larry era un marinero. Había recorrido mucho mundo, navegando
en barcos diferentes. Sin embargo, nunca había visto un pingüino de cer-
90
ca.
Algo conocía sobre este curioso animal de los hielos y sabía que era
un ave. Pero ahora que lo tenía delante, se preguntaba si había en
el mundo algo menos parecido a un pájaro, que ese señor gordo con
som- brero negro que lo miraba a sólo dos pasos de distancia, andaba
sobre sus dos pies y no tenía verdaderas plumas.
En ese momento, lo vio abrir el pico y el ruido más inesperado rompió
el silencio de aquella playa de la Patagonia donde se encontraban.
—Por Dios! ¡Es un rebuzno! –exclamó, levantando las cejas–
¿Tendrá también algo de burro este animalito o será una combinación
de diferen- tes seres vivos, incluido el hombre? Porque, viéndolo bien,
lo que más pare-
ce es un hombrecito.
Días atrás, recostado a la borda del tanquero, mientras se
aproxima- ban a una isla, le pareció ver algo semejante a una nube negra
que hubie-
ra caído desde arriba durante una tormenta, y estuviera pegada al
suelo cubriendo gran parte de la costa lejana. Pero apenas se
acercaron un poco, descubrió que se trataba de un verdadero pueblo
de pingüinos, una multitud de ejemplares adultos, todos de pie, uno al
lado del otro, sin hacer
el menor movimiento.
Ya la costa se iba dibujando con más precisión y pudo distinguir
los nidos de los bebés; unos agujeros abiertos en el suelo, y unos
barrigoncitos que sacudían las plumas y levantaban
desesperadamente los picos, pidiendo a gritos su comida.
—Cuando están pequeños todavía tienen plumas, pero no son más
que una bola de grasa. Feos y barrigones, pero simpáticos –pensó Larry,
mientras observaba al animal.
(1 El pingüino retrocedió cuatro pasos; pero no fueron
) cuatro pasos comunes y corrientes; primero por sus
grandes pies planos que golpeaban el suelo y
resonaban como unas chapaletas de nadador mojadas, y
luego por esa habilidad para caminar hacia atrás sin
volver la cabeza, balanceando a compás todo el cuerpo,
un cuerpo enterizo, sin resortes en la mitad.
—Éste nunca podrá aprender a bailar la rumba –pensó el marinero.
Larry sabía que si avanzaba un paso más, el gordo iba a dar vuelta
atrás y echaría a correr sin remedio. ¿De qué valdría correr tras él?
Si se reunía de nuevo con su pueblo, un poco más allá, seguro que
lo iba a perder para siempre, ya que no debe haber nada en el mundo
más pareci- do a un pingüino que otro pingüino, ni dos a otros dos, ni
cien a mil, ni mil a toda la raza pingüina del mundo.
Era inútil, pues, intentar algo que no fuera volver la espalda y regresar
a bordo del tanquero que estaba descargando petróleo en el puerto, a 91
unos pocos kilómetros de allí.
Al día siguiente, antes de la caída de la tarde, Larry aguardaba en
el mismo sitio, con sus lentes redondos y esa sonrisa suya que a cada
momen-
to parecía salirle por su cuenta a la cara, sin el menor motivo; cuando
de pronto, el gordo apareció por detrás de una roca y se plantó
delante. Tenía que ser el mismo del día anterior. Si no, ¿cómo sabía de
este lugar?
Un rato después, ya el recién llegado se había metido en el
buche, tomándolas de las propias manos del marinero, una media
docena de sardinas jugosas que Larry traía consigo, por si acaso.
Primero comer, había dicho. Lo demás se arregla poco a poco.
Y así fue, no cabía duda. A los pocos momentos, se vio que las
cosas habían cambiado para los dos. Larry se dio cuenta de eso, a pesar
de que
la negra cara de un pingüino, jamás altera su expresión. Entonces vino
lo mejor...
—Ese hombrecito –pensó de pronto el marinero– ¿será capaz
de entenderme si le hablo? Y si así fuera, ¿cómo voy a saber si me
entiende? Bueno, tal vez exista una manera. Probando no se pierde
nada. Comence- mos por lo más sencillo.
Acercó la cara lo más que pudo y le preguntó:
—¿Eres un pingüino?
Una pata se levantó sobre el talón como una boca que se abre.
Larry peló los ojos: esa era su expresión más corriente.
La pata cayó nuevamente e hizo ¡plock!, con su planta mojada.
—¡Diablos! ¿Estará diciendo que sí? Bueno... también pudo
ser casualidad.
Entonces, le clavó los ojos en la frente y le lanzó una segunda pregunta:
—¿Eres un pez?
La pata golpeó en la misma forma, ahora dos veces seguidas.
—¡Un golpe sí, dos golpes no! ¡Quiere decir que me ha entendido y
es capaz de responder correctamente a mis preguntas!
—¡O éste no es un pingüino corriente o es que todos los
pingüinos pueden entenderse con los hombres! ¡Yo soy el primero en
averiguarlo!
¡Este descubrimiento puede valer millones! ¡ Rayos y truenos! ¡Voy a ser
uno de los hombres más famosos del mundo!
Temblando de emoción le hizo otras diez preguntas más y todas
las veces las respuestas fueron rápidas y precisas. Pero Larry, humano
al fin, era inconforme ¿sí o no, nada más? poc, poc-poc ¡qué fastidio!
Tenía que averiguar si ese animal podía también formar palabras,
quizás frases com- pletas, oraciones, sostener una verdadera
conversación.
Tal vez, todo era una cuestión de paciencia y trabajo. Claro que no
iba a pasarse ahí toda la vida muriéndose de frío. Era necesario llevarse
92
consigo al animal.
Pero, ¿sería correcto separarlo tranquilamente de su manada, de
su familia? A lo mejor tenía mujer e hijos.
—Poc-poc, poc-poc... respondió el pingüino rápidamente.
No. No los tenía. Su pingüino estaba solo en el mundo,
por eso debía andar vagando por ahí, de su cuenta, porque
una esposa no se lo iba a permitir así nomás. Bueno. Esto
hacía más fáciles las cosas. Él lo había descubierto, era suyo
y no era justo que lo perdiera por una tontería. Claro, tampoco
iba a llevárselo debajo del brazo como un paraguas. Le hizo
una reverencia y dijo:
—Será, solamente, si el caballero está de acuerdo. Yo
nunca me lo llevaría contra su voluntad, señor...
Y para halagarlo más todavía le dirigió la mirada más afectuosa y
amigable del mundo.
Bueno, esta vez la respuesta no vino por palmadas en el suelo.
Sim- plemente, el pequeño se colocó a su lado y levantó un ala. Larry
la tomó por una punta y ambos comenzaron a andar, uno al lado del
otro. Y así se
alejaron por aquella extensión pedregosa, abierta al cielo.
(2 Días más tarde, el barco abandonaba el puerto y
) emprendía un nuevo rumbo, para dejar atrás las heladas
regiones del sur del Atlán- tico y dirigirse a un lugar
inimaginable para un pingüino. ¡Nada menos que el
trópico caliente y luminoso!
A lo largo de la travesía, siempre en la soledad del camarote, Larry y
su compañero fueron ampliando poco a poco su nuevo alfabeto. Pronto
el monótono poc, poc-poc empezó a sonar como un alegre zapateado.
Los amigos estaban ya en capacidad de sostener una conversación
entreteni- da. Pero Larry ya no quería seguir diciéndole oye, tú,
gordito, cabeza pela- da, barrigón. Ahora quería un nombre de verdad
para su amigo. Comenzó
a hablarle de cuando era un muchacho y anduvo viajando, como grume-
te, en un velero que navegaba por los mares del Sur.
—El cocinero era un malayo pequeñito, gordo y barrigón, que
conta-
ba los cuentos más divertidos del mundo, y yo me pasaba todo el día
muer-
to de risa con sus cuentos. Hasta su nombre me parecía cómico,
se llama- ba Policarpo ¿Te gustaría llamarte así?
Por primera vez el pingüino pareció cambiar de expresión.
Su cara se torció por un lado como si lo hubieran puyado con un
alfiler.
Dio dos pasos atrás. Y luego, tras un momento de meditación,
aga- chó el pico y aceptó resignado. Después de todo, pensó, los
nombres, hasta los más extraños, se van suavizando con el tiempo y
terminan siendo
naturales.
93
Policarpo pasaba todo el día en el camarote. Larry lo
sacaba a pasear por la cubierta solitaria y terminaban de noche,
antes de amane- cer, sentados en el puente de la popa: Larry con las
piernas encogidas y los brazos cruzados sobre sus rodillas, y el
pequeño de pie a su lado.
Los dos miraban en silencio la estela del barco, y veían cómo se iba
alejando de ellos el mar de los hielos y aquel reguero infinito
de islas, allí donde la cola del continente parecía
convertirse en boronas antes de desaparecer.
Así, tras varios días de navegación, el tanquero llegó al puerto
de Maracaibo, en el norte de Venezuela, el mismo de donde había
partido un día lejano, cargado de petróleo.
Larry salió volando hacia su camarote para dar la buena nueva a
su amigo.
Un momento después, los dos se hallaban recostados a la borda
contemplando el paisaje deslumbrador.
—Esto es el trópico, Policarpo: el cielo azul, las palmeras, las
arenas
doradas... aquellas casitas que parecen zancudos parados sobre
el agua son los palafitos...
Y el pingüino, completamente encandilado, lo veía todo con asom-
bro.
Al día siguiente, apenas Larry abrió los ojos, notó que su amigo no
estaba. Se levantó de un salto. La puerta del camarote estaba
entreabier- ta.
—¡Con mil demonios! ¡Se escapó...! ¡Policarpo! ¿Dónde
estás? Lo buscó desesperadamente por todo el barco, pero no estaba
en ninguna parte. Sin lugar a dudas, había desaparecido.
—Esto sí que es una novedad –pensaba Policarpo, mientras cami-
naba por las calles. Todo era sorprendente para él.
Claro que el clima de esta ciudad no era el más
adecuado para mantener en buen estado sus capas de grasa,
tan necesarias en los mares helados, pero ya veríamos qué
hacer más adelante. Por ahora, aunque un poco acalorado, se
sentía liviano y de excelente humor.
Sabía que había cometido una travesura escapando del barco,
y que su protector debía estar pasando un mal rato por su culpa,
pero la tentación había sido demasiado fuerte para él. Ahora, ya el
paso estaba dado. Nada lo detendría.
Al principio, casi nadie se dio cuenta del sorprendente personaje
que aparecía aquí y allá, entre el movimiento de la acera.
—¿A qué colegio pertenecerá ese uniforme tan raro? –preguntó
alguien que vio una cosa extraña moviéndose por entre las piernas de la 94
gente.
—No sabía que existieran mesoneros enanos –dijo otro más allá. Y
mientras tanto, Policarpo estaba cruzando la plaza Baralt. El ruido, el gentío
y los carros no se daban tregua ni un segundo.
De pronto, alguien dio el primer grito.
—¡Un pingüino!
Y enseguida se formó el alboroto.
—¿Cómo? ¿Qué bicho es ése?
—¡Cuidado que muerde!
—¡Es un peligro: seguro que tiene mal de rabia! Porque
nadie en Maracaibo había visto un pingüino y mucho menos
ahí, en la calle como si fuera un perro.
Policarpo se sintió temblar. La gente había empezado a rodearlo y
el círculo se iba estrechando más y más a su alrededor.
—¡Cuidado si te muerde!
—¡Qué va, ése es un bobo!
—¡Ráscale la barriga, a lo mejor tiene cosquillas!
El aire le faltaba. Apenas conseguía moverse entre montones
de brazos, que lo tocaban, lo empujaban, lo sacudían. Se oían rugidos,
gritos, carcajadas...
Pensó que estaba perdiendo el conocimiento; pero antes, sin que-
rerlo, abrió el pico y comenzó a chillar.
Él sólo lo hizo para desahogarse, claro, pero al escuchar aquel
chilli- do extraño, todos creyeron que el animalito se había
transformado de pronto en una fiera furiosa y echaron a correr.
Fue una desbandada, algo como un choque de cien carros, una
confusión general. Los primeros retrocedían y empujaban a los de
atrás. Todos querían ponerse a salvo sin importarles los demás...
Y Policarpo, sin saber hacer otra cosa, solo en medio de la
plaza, seguía lanzando ese grito, que en el fondo no era otra cosa sino
llanto, el llanto de un muchacho desamparado que tiene miedo.
Finalmente, Policarpo vio el espacio libre delante de él y escapó
en carrera. Ya no oía ni veía. El miedo no le cabía en el cuerpo. Ya sólo
pensa- ba en huir, huir...
En cuanto a Larry, lo encontramos al caer la tarde, vagando,
sin rumbo preciso, por las calles de Maracaibo. En realidad, no había
hecho otra cosa en todo el día. Había saltado del barco esa mañana
para lanzar-
se a la búsqueda de su compañero y ya sólo le quedaba el cansancio.
Cien veces oyó hablar de él. El suceso se comentaba a
gritos en las esquinas, en las plazas, a lo largo del malecón y en
las callecitas retorcidas
de El Saladillo. La radio sólo hablaba del pingüino, entre comentarios chis-
95
tosos y llamados de la Sociedad Protectora de Animales, pidiendo
compasión para el animalito. Un conjunto popular anunciaba el
éxito del día, la Gaita del Pingüino. En la televisión local,
aparecía a cada momento una fotografía del fugitivo, tomada
cuando estaba cruzando la calle. En fin,
la presencia del misterioso forastero parecía flotar en todas partes,
pero
Larry no había podido dar con él.
La tarde bajaba sobre el lago y Larry descansaba en un
pretil del malecón, cansado, lleno de tristeza. Ya no le
quedaba otra cosa que regre- sar al barco... Pero en eso,
volvió la cabeza y vio un letrero que decía: Fábrica de Hielo.
Decir hielo es como decir pingüino. ¡Ahí tenía que estar!
Sin pensarlo un momento, Larry se coló en el interior del
estableci- miento. Caminó un poco en la oscuridad y pronto se
encontró en el fondo de una cava donde el frío lo hizo tiritar.
—¡Policarpo!
Allí estaba él, acostado pacíficamente encima de un gran bloque
(3 de hielo. Pero qué mal estaba. Es doloroso ver a un
) amigo en ese estado. Las solapas deshilachadas, el
blanco pantalón tiznado de barro, los desnudos pies
magullados..., estaba convertido en un paria, un
pordiosero, un marginal. Algo terrible para quien
pertene- cía a la raza más acicalada y pulcra del reino
animal.
Aunque sus patas apenas tenían fuerza para levantarse un poquito,
golpeó y dijo:
—Supongo que tendré que pedirte perdón.
—Bueno. De todas maneras está hecho –dijo Larry–. Te
vendrás conmigo al barco, zarpamos hacia el Sur dentro de una
semana y allá podrás volver a reunirte con los tuyos. Ya todo pasó.
Con un buen baño de agua helada y una buena ración de sardinas
frescas quedarás como nuevo. Mañana vendrán otras cosas y la
gente te recordará como un sueño. Vamos.
Ya era noche completa cuando Larry y su amigo pasaron junto a
un grupo de marineros, reunidos alrededor de un pequeño aparato de
soni- do. En el aire vagaba una musiquita sabrosa.
—Es una rumba ¿sabes? La música del sol. Por aquí tocan una que
llaman gaita, pero viene siendo casi lo mismo.
Larry comenzó a moverse con estilo. Se veía que era un buen bailarín.
—En el viaje de regreso te voy a enseñar a bailar la rumba. Así
cuan- do estés otra vez en tu tierra, serás la sensación de los
pingüinos, siempre te acordarás del trópico y pensarás que después
de todo, no te fue tan mal...
Cuando llegaron a la escalerilla del barco, Policarpo empezaba a
dar sus primeros pasos de baile.
96
Un pingüino en Maracaibo

1
Segunda lectura

Un pingüino en Maracaibo
Para realizar la segunda lectura se hará lo siguiente: el Docen-
te Guía comenzará a leer el texto, mientras todos los alumnos
lo siguen con la lectura silenciosa. Cuando se encuentre
con un recuadro azul, el Docente Guía le cederá el
turno a un alumno. Una vez leído el recuadro, el Docente
Guía continua-
rá con la lectura del texto y los alumnos lo seguirán con
la lectura silenciosa. Al encontrar otro recuadro, volverá a
ceder
la palabra a otro alumno, y así sucesivamente hasta
finalizar esta segunda lectura.

Comencemos a leer.

Un pingüino en Maracaibo

Cuando Larry vio por primera vez al pingüino, pensó que éste
se había extraviado entre las rocas.

El pingüino es un ave acuática que no vuela. Ellos viven


en el hemisferio sur. A los pingüinos también se les
llama pájaros bobos. Anteriormente, se llamaba pingüino
a un ave conoci- do con el nombre de alca real que vivía
en el norte del Océa- no Atlántico. El alca real era un ave
grande no voladora, de color blanco y negro y posición
erguida. El alca real se extin- guió, es decir que su
especie desapareció. Más tarde se descubrieron aves
no voladoras similares en el hemisferio sur,
y también fueron llamadas pingüinos, pero hoy en día
única- mente se les llama pingüinos a los que viven en el
hemisferio sur. Al igual que los alcas, los pingüinos son
excelentes nada-
dores.

Larry era un marinero. Había recorrido mucho mundo, navegando


en barcos diferentes. Sin embargo, nunca había visto un pingüino de cer-
97
ca.
Algo conocía sobre este curioso animal de los hielos y sabía que era
un ave. Pero ahora que lo tenía delante, se preguntaba si había en el
mundo algo menos parecido a un pájaro que ese señor gordo con
sombre-
ro negro que lo miraba a sólo dos pasos de distancia, andaba sobre sus
dos pies y no tenía verdaderas plumas.

La mayoría de los pingüinos tienen el pecho blanco y el dorso y


la cabeza negros. Muchas especies exhiben manchas
rojas, naranjas o amarillas en la cabeza y el cuello.
Debido a que esas aves tienen cortas sus patas, asumen
una posición ergui- da cuando están en tierra.
Los pingüinos están muy especializados para el buceo: sus
alas rígidas se asemejan a las aletas de otros vertebrados
nadado- res. Los pingüinos no tienen tipos específicos de
plumas, como
la mayoría de las aves, sino que están cubiertos casi de
mane- ra uniforme de plumas pequeñas similares a escamas.

Continuemos con la lectura.

En ese momento, lo vio abrir el pico y el ruido más inesperado rompió


el silencio de aquella playa de la Patagonia donde se encontraban.

La Patagonia es una región de un país llamado Argentina que


se encuentra en el sur de América del Sur, muy cerca del Polo
Sur.

Veamos en la siguiente página un mapa donde se indica el lugar


donde se encuentra la Patagonia, resaltada con color amarillo.

98
Continuemos con la lectura.

—¡Por Dios! ¡Es un rebuzno! –exclamó, levantando las cejas– ¿Tendrá


también algo de burro este animalito o será una combinación de diferen-
tes seres vivos, incluido el hombre? Porque, viéndolo bien, lo que más
pare-
ce es un hombrecito.
Días atrás, recostado a la borda del tanquero, mientras se
aproxima- ban a una isla, le pareció ver algo semejante a una nube negra
que hubie-
ra caído desde arriba durante una tormenta, y estuviera pegada al
suelo cubriendo gran parte de la costa lejana. Pero apenas se
acercaron un poco, descubrió que se trataba de un verdadero pueblo
de pingüinos, una multitud de ejemplares adultos, todos de pie, uno al
lado del otro, sin hacer
el menor movimiento.
Ya la costa se iba dibujando con más precisión y pudo distinguir
los nidos de los bebés; unos agujeros abiertos en el suelo, y unos
barrigoncitos que sacudían las plumas y levantaban
desesperadamente los picos, pidiendo a gritos su comida.
—Cuando están pequeños todavía tienen plumas largas, pero
no son más que una bola de grasa. Feos y barrigones, pero simpáticos
–pensó Larry, mientras observaba al animal.
El pingüino retrocedió cuatro pasos; pero no fueron cuatro pasos
comunes y corrientes; primero por sus grandes pies planos que
golpeaban
el suelo y resonaban como unas chapaletas de nadador mojadas, y luego
por esa habilidad para caminar hacia atrás sin volver la cabeza, balan-
ceando a compás todo el cuerpo, un cuerpo enterizo, sin resortes en la
99
mitad.
—Éste nunca podrá aprender a bailar la rumba –pensó el marinero.

La rumba es una forma musical y baile de salón para


parejas que alcanzó popularidad internacional hacia 1930.
Sus oríge- nes se encuentran en el folclore afrocubano,
con su ritmo básico de rápido-rápido-despacio. Su
característica principal son los movimientos oscilantes de
cadera. En algunos lugares de Cuba su desarrollo se
acompaña, en numerosas ocasio- nes, con instrumentos
musicales caseros como sartenes, botellas y cucharas,
pero, por lo común, incluye güiros, claves
o tambores. A la familia de la rumba pertenecen la conga, el
danzón y el son.

Vamos a sacar de la caja Nº 1 el cassette 2, en el cual se


encuentra grabada parte de una rumba que lleva por título Meta
Rumba.
Ahora el Docente Guía va a colocar el cassette para que escuche-
mos esa melodía.
La Meta Rumba la compuso un señor llamado Mongo
Santamaría, que ha sido uno de los mejores percusionistas cubanos.
Se llama percusio- nistas a los músicos que ejecutan instrumentos
como el tambor, la marim- ba, las congas, bongos, palillos y otros
instrumentos.
Escucha con mucha atención la Meta Rumba de Mongo Santamaría.

Ciertamente tiene mucho ritmo.


Cuando se baila rumba, se tienen que hacer movimientos de
cadera. Podrías decirme ¿por qué Larry pensaba que el pingüino
no podría
bailar rumba?
Tal vez, el pingüino no podía bailar rumba porque él tiene un
cuerpo erguido que no posee cadera. Por lo tanto, es bastante difícil
que pueda hacer los movimientos que hacemos los seres humanos,
que sí tenemos cadera, cuando escuchamos el ritmo de la rumba.
Continuemos con la lectura.

Larry sabía que si avanzaba un paso más, el gordo iba a dar vuelta lo
atrás y echaría a correr sin remedio. ¿De qué valdría correr tras él? iba a
Si se reunía de nuevo con su pueblo, un poco más allá, seguro que perd
er para siempre, ya que no debe haber nada en el mundo más pareci-

100
do a un pingüino que otro pingüino, ni dos a otros dos, ni cien a mil, ni
mil a toda la raza pingüina del mundo.
Era inútil, pues, intentar algo que no fuera volver la espalda y regresar
a bordo del tanquero que estaba descargando petróleo en el
puerto, a unos pocos kilómetros de allí.

Un tanquero es un barco especialmente acondicionado


para transportar petróleo o sus derivados desde el lugar de
donde
se extrae o se procesa hacia otros países del mundo.

Veamos una fotografía de dos tanqueros petroleros.

Continuemos con la lectura.

Al día siguiente, antes de la caída de la tarde, Larry aguardaba en de


el sardi
mismo sitio, con sus lentes redondos y esa sonrisa suya que a cada nas
momen-
jugos
to parecía salirle por su cuenta a la cara, sin el menor motivo; cuando
as
de pronto, el gordo apareció por detrás de una roca y se plantó
que
delante. Tenía que ser el mismo del día anterior. Si no, ¿cómo sabía de
Larry
este lugar?
traía
Un rato después, ya el recién llegado se había metido en el
consi
buche,
go,
tomándolas de las propias manos del marinero, una media docena
por si
acaso. Primero comer, había dicho. Lo demás se arregla poco a poco.

101
Se llama buche al ensanchamiento que presenta el
esófago de las aves donde los alimentos son pasados
antes de llegar a otro órgano del sistema digestivo que se
llama molleja.

Continuemos con la lectura.

Y así fue, no cabía duda. A los pocos momentos, se vio que


las cosas habían cambiado para los dos. Larry se dio cuenta de eso, a
pesar de que la negra cara de un pingüino jamás altera su expresión.
Entonces vino lo mejor...
—Ese hombrecito –pensó de pronto el marinero– ¿será capaz
de entenderme si le hablo? Y si así fuera, ¿cómo voy a saber si me
entiende? Bueno, tal vez exista una manera. Probando no se pierde
nada. Comence- mos por lo más sencillo.
Acercó la cara lo más que pudo y le preguntó:
—¿Eres un pingüino?
Una pata se levantó sobre el talón como una boca que se abre.
Larry peló los ojos: esa era su expresión más corriente.
La pata cayó nuevamente e hizo ¡plock!, con su planta mojada.
—¡Diablos! ¿Estará diciendo que sí? Bueno... también pudo
ser casualidad.
Entonces, le clavó los ojos en la frente y le lanzó una segunda pregunta:
—¿Eres un pez?
La pata golpeó en la misma forma, ahora dos veces seguidas.
—¡Un golpe sí, dos golpes no! ¡Quiere decir que me ha entendido y
es capaz de responder correctamente a mis preguntas!
—¡O éste no es un pingüino corriente o es que todos los
pingüinos pueden entenderse con los hombres! ¡Yo soy el primero en
averiguarlo!
¡Este descubrimiento puede valer millones! ¡ Rayos y truenos! ¡Voy a ser
uno de los hombres más famosos del mundo!
Temblando de emoción le hizo otras diez preguntas más y todas
las veces las respuestas fueron rápidas y precisas. Pero Larry, humano
al fin, era inconforme ¿sí o no, nada más? poc, poc-poc ¡qué
fastidio! Tenía que averiguar si ese animal podía también formar
palabras, quizás frases com-
pletas, oraciones, sostener una verdadera conversación.

102
Antes de continuar con la lectura, te propongo que realices
la siguiente actividad.
En el siguiente recuadro se especifican dos expresiones que
apare- cen en el párrafo anterior que está subrayado.
Lee nuevamente con mucha atención el párrafo que está
subraya- do y escribe en tu cuaderno cada una de las expresiones
del recuadro. Luego, contesta las preguntas que se formulan con
respecto a cada una de esas expresiones.

1) Pero Larry, humano al fin, era inconforme.


l¿De quién se habla?
l¿Qué se dice acerca de Larry?
2) Un pingüino en Maracaibo.
l¿Se habla de alguien en especial en esta expresión?
Para realizar esta actividad tienes un tiempo de 10 minutos.

La respuesta la puedes verificar en el ejercicio 5 de la Sección


3, página 715 de Respuestas.

En ambas expresiones se hace referencia a alguien. En la primera


se habla de Larry. Y en la segunda se habla de un pingüino.
Ahora, te voy a presentar una serie de expresiones que
podemos inventar a partir de las ideas del párrafo subrayado. Veamos.
lLarry preguntaba muchas cosas al pingüino.
lEl pingüino contestaba con unos poc-poc-poc.
lEl pingüino contestaba las preguntas de Larry.

Lee nuevamente la siguiente expresión:


Larry preguntaba muchas cosas al pingüino.
Ahora, escribe en tu cuaderno la expresión anterior y la
explicación que aparece en el recuadro gris.

¿Quién preguntaba muchas cosas al pingüino?


Larry era quien preguntaba muchas cosas al pingüino.
¿Qué es preguntar?
Preguntar es interrogar. Preguntar es algo que hace Larry.
Él está haciendo la acción de preguntar.
¿A quién preguntaba muchas cosas Larry?
Él preguntaba muchas cosas al pingüino.
103
Como pudiste darte cuenta, en la expresión anterior se
está haciendo la acción de preguntar. Pero además, hay alguien que
pregun-
ta, que en este caso es Larry. Y también hay alguien a quien se
preguntan muchas cosas, que es el pingüino.

Veamos la siguiente expresión.


El pingüino contestaba con unos poc-poc-poc.

Ahora, escribe en tu cuaderno la expresión anterior y la


explicación que aparece en el recuadro gris.

¿Quién contestaba con unos poc-poc-poc?


El pingüino era quien contestaba con unos poc-poc-poc.
¿Qué es contestar?
Contestar es responder. Contestar es algo que hace
el pingüino. Él está haciendo la acción de contestar.
¿A quién contestaba el pingüino con unos poc-poc-poc?
Él contestaba con unos poc-poc-poc a Larry.

Esta vez, en la expresión anterior se está haciendo la


acción de contestar. Pero además, hay alguien que contesta, que en
este caso es el pingüino. Él contesta con unos poc-poc-poc.

En la expresión:
Larry preguntaba muchas cosas al pingüino.
Quien preguntaba recibe el nombre de sujeto.
En tanto que lo que él hacía, que era preguntar muchas cosas al
pingüino, recibe el nombre de predicado.
Y dentro de ese predicado la acción de preguntar se conoce con el
nombre de verbo.
Veamos

Verbo
Larry preguntaba muchas cosas al pingüino.
Sujeto Predicado

En la otra expresión:
El pingüino contestaba con unos poc-poc-poc. 104
Quien contestaba es el sujeto.
En tanto que lo que él hacía, que era contestar con unos poc-poc-
poc, es el predicado.
Y dentro de ese predicado la acción de contestar es el verbo.
Veamos.

Verbo
El pingüino contestaba con unos poc-poc-poc.
Sujet Predicado
o

Ahora volvamos a la expresión siguiente: Un pingüino en Maracaibo.


¿Cuál es el sujeto?
El sujeto es: Un pingüino.
¿Cuál es el predicado?
El predicado es: en Maracaibo.
¿Hay alguna palabra en la expresión anterior que indique
una acción como preguntar, contestar, saltar, comer, correr, estar, ir?
No hay una palabra en el predicado que indique una acción. No
hay verbo.

Escribe en tu cuaderno la información que aparece en el recuadro


amarillo.

Cuando una expresión no tiene verbo se le llama frase. En


tanto que, a una expresión sí tiene se le llama
que verbo
oración.

Ahora que conoces la diferencia entre la oración y la frase, te U


propongo que hagas la siguiente actividad con tus na vez
compañe- ros de clase. conclui
Cada alumno se agrupará en pareja con el estudiante da la
que esté a su lado. Después, cada pareja de alumnos activida
escogerá un párrafo del cuento y, de acuerdo con la d
información que el párrafo muestre, la pareja de alumnos anterior
realizará dos oraciones , cada
y dos frases. pareja
Para realizar esta actividad tienen un tiempo de 15 minutos. de
alumnos designará a un representante para que lea en voz alta las
cuatro expresio-

105
nes que esa pareja realizó, pero sin indicar cuáles son oraciones y
cuáles son frases.
Las otras parejas de alumnos estarán atentas a lo que lea el
repre- sentante de la pareja que tenga el turno para hablar, para
que digan cuáles expresiones son oraciones y cuáles son frases.
Una vez leídas las cuatro expresiones, el Docente Guía cederá
la palabra a la pareja de alumnos que levante primero la mano para
participar.
El Docente Guía tomará nota de las parejas que clasifiquen
correc- tamente las expresiones que se vayan leyendo.
Ganará la pareja que intervenga con mayor número de aciertos.

Continuemos con la lectura del cuento Un pingüino en Maracaibo


que escribió Salvador Garmendia.

Tal vez, todo era una cuestión de paciencia y trabajo. Claro que no
iba a pasarse ahí toda la vida muriéndose de frío. Era necesario
llevarse consigo al animal.
Pero, ¿sería correcto separarlo tranquilamente de su manada, de
su familia? A lo mejor tenía mujer e hijos.
—Poc-poc, poc-poc... –respondió el pingüino rápidamente.
No. No los tenía. Su pingüino estaba solo en el mundo, por eso
debía andar vagando por ahí, de su cuenta, porque una esposa no se
lo iba a permitir así nomás. Bueno. Esto hacía más fáciles las cosas. Él
lo había des- cubierto, era suyo y no era justo que lo perdiera por una
tontería. Claro, tampoco iba a llevárselo debajo del brazo como un
paraguas. Le hizo una reverencia y dijo:
—Será, solamente, si el caballero está de acuerdo. Yo nunca me lo
llevaría contra su voluntad, señor...
Y para halagarlo más todavía le dirigió la mirada más afectuosa y
amigable del mundo.
Bueno, esta vez la respuesta no vino por palmadas en el suelo.
Sim- plemente, el pequeño se colocó a su lado y levantó un ala. Larry
la tomó por una punta y ambos comenzaron a andar, uno al lado del
otro. Y así se alejaron por aquella extensión pedregosa, abierta al
cielo.
Días más tarde, el barco abandonaba el puerto y emprendía
un nuevo rumbo, para dejar atrás las heladas regiones del sur del
Atlántico y dirigirse a un lugar inimaginable para un pingüino. ¡Nada
menos que el trópico caliente y luminoso!
106
El trópico es una región de clima muy cálido y
húmedo. Venezuela se encuentra en la región tropical
de la Tierra.

A lo largo de la travesía, siempre en la soledad del camarote, Larry y


su compañero fueron ampliando poco a poco su nuevo alfabeto. Pronto
el monótono poc, poc-poc empezó a sonar como un alegre zapateado.
Los amigos estaban ya en capacidad de sostener una conversación
entreteni- da. Pero Larry ya no quería seguir diciéndole oye, tú,
gordito, cabeza pela- da, barrigón. Ahora quería un nombre de verdad
para su amigo. Comenzó
a hablarle de cuando era un muchacho y anduvo viajando, como grume-
te, en un velero que navegaba por los mares del Sur.

Un camarote es un compartimiento reducido donde se


colo- can las camas o literas en un barco. Allí duermen las
personas que viajan a bordo de un barco.
Un grumete es un marinero de rango inferior.

El cocinero era un malayo pequeñito, gordo y barrigón, que conta-


ba los cuentos más divertidos del mundo, y yo me pasaba todo el día
muer-
to de risa con sus cuentos. Hasta su nombre me parecía cómico, se llamaba
Policarpo ¿Te gustaría llamarte así?

Se llama malayo a una persona que ha nacido en un país


que se llama Malasia.
Malayo es un gentilicio, así como también lo son venezolano y
colombiano, por ejemplo.

Por primera vez el pingüino pareció cambiar de expresión. Su


cara se torció por un lado como si lo hubieran puyado con un alfiler.
Dio dos pasos atrás. Y luego, tras un momento de meditación, agachó
el pico y aceptó resignado. Después de todo, pensó, los nombres,
hasta los más extraños, se van suavizando con el tiempo y terminan
siendo naturales.

Antes de continuar con la lectura, te quiero proponer un sencillo llama


ejercicio en el que también van a trabajar en parejas. Ese ejercicio se Jugu
emos al Mimo.
107
En el párrafo anterior se describe cómo el pingüino cambió de
expre- sión cuando escuchó el nombre que Larry le había escogido.
Policarpo le parecía un nombre muy extraño.
Lo que va a hacer cada pareja es intentar imitar, sin decir palabra
alguna, lo que hizo Policarpo cuando escuchó por primera vez su
nombre.
Lo harán de la siguiente manera:
s Por orden de lista el Docente Guía irá nombrando las parejas de
alumnos.
s Una vez que tengas un compañero, leen el párrafo anterior que
está subrayado.
s Ahora, cada uno de ustedes tratará de imitar al pingüino
cuando escuchó por primera vez el nombre de Policarpo.
Recuerda que no debes decir ni una sola palabra.
s Después, cada pareja escogerá al alumno que actuará como el
pingüino.
s Y, finalmente, cada pareja imitará al pingüino de acuerdo con el
párrafo subrayado.
s Se escogerá el alumno que mejor imite al pingüino. Ese será el
mejor mimo.

De acuerdo con la actividad anterior, ¿podrías decir qué es el


mimo?
De acuerdo con la experiencia anterior, se podría decir que mimo es
un actor que representa a un personaje en una obra de teatro, por
medio de gestos faciales y movimientos corporales más que con
palabras.
El mimo surge en la Grecia Antigua. En aquella época los
griegos construyeron grandes teatros al aire libre, donde el público
podía ver pero apenas podía oír lo que los actores decían. Por tal
razón, hubo que buscar
la manera de que la gente entendiera lo que se estaba intentando
repre- sentar en las obras de teatro. De allí surgió la idea de que los
actores hicie- ran gestos faciales y movimientos corporales para que
los espectadores pudieran entender o interpretar la obra que se
estaba representando. De
allí que se diga que el Mimo era un elemento importante en la
interpreta- ción de las representaciones dramáticas griegas.
Continuemos con la lectura.

Policarpo pasaba todo el día en el camarote. Larry lo sacaba ama


a ne-
pasear por la cubierta solitaria y terminaban de noche, antes de cer,
sentados en el puente de la popa: Larry con las piernas encogidas y
los brazos cruzados sobre sus rodillas, y el pequeño de pie a su lado.
108
Los dos miraban en silencio la estela del barco, y veían cómo
se iba alejando de ellos el mar de los hielos y aquel reguero infinito
de islas, allí donde la cola del continente parecía convertirse en
boronas antes de desaparecer.

La estela es un rastro o huella que deja algo que ocurre o


pasa. La estela del barco es el rastro que deja tras de sí un
barco en
la superficie del agua.

Así, tras varios días de navegación, el tanquero llegó al Puerto


de Maracaibo, en el norte de Venezuela, el mismo de donde había
partido un día lejano, cargado de petróleo.

Veamos un mapa de Venezuela

Ubícate en el norte de Venezuela. Ahora, desplaza tu mirada hacia


el oeste. Allí te vas a conseguir con el Estado Zulia.
Cuando estés ubicado en el Estado Zulia, desplaza tu mirada hacia
el noreste de ese estado. Allí, en la costa de la capital del Zulia, que
es Maracaibo, se encuentra el Puerto de Maracaibo, señalado con un
punto de color azul.
Continuemos con la lectura.
109
Larry salió volando hacia su camarote para dar la buena nueva a
su amigo.
Un momento después, los dos se hallaban recostados a la borda
contemplando el paisaje deslumbrador.
—Esto es el trópico, Policarpo: el cielo azul, las palmeras, las
arenas doradas... aquellas casitas que parecen zancudos parados sobre
el agua
son los palafitos...

Los palafitos son casas o edificaciones construidas sobre


plataformas sostenidas por pilotes o postes de madera,
situa- das en aguas poco profundas de los lagos, ríos
y demás aguas. Por esta razón, se les llama viviendas
lacustres, porque son construidas suspendidas por pilotes
que se entierran en la orilla de extensiones de agua.
En la época del descubrimiento de América, el
navegante italiano Américo Vespucio asoció los palafitos
del Lago de Maracaibo con las viviendas sobre el agua de
Venecia, y por eso llamó a nuestro país 'Venezuela', que
quiere decir peque- ña Venecia.

Larry y Policarpo estaban observando la costa desde el barco.


Ellos veían los palafitos y las palmeras que unas al lado de las otras
parecían bailarinas que se movían al compás del soplo del viento.
Veamos una ilustración de esta escena.

Como pueden observar, Larry estaba señalando los palafitos que


nosotros no alcanzamos a ver porque estaban lejos y la ilustradora
Mariví
110
Frías solamente dibujó la costa con las palmeras.
Ahora vamos a hacer un ejercicio muy sencillo.
Cada uno de los alumnos de esta clase va a escoger una pareja.
Luego, los dos alumnos de cada pareja se colocarán frente a frente
y
se observarán.
Después, cada uno dirá qué vio del compañero.
Ahora, uno de los alumnos de la pareja se colocará frente al
otro, pero subido en el pupitre. Luego, observará a su compañero
desde lo alto y dirá qué logra ver de su compañero. Luego, el que
estaba siendo observa- do se sube al pupitre y mira a quien lo estaba
observando primero, y dirá qué puede ver del compañero.
¿Te diste cuenta que, dependiendo de donde estés parado,
puedes ver a tu compañero de una manera distinta? Lo que hiciste
fue ver a tu compañero desde dos ángulos distintos.
Larry y Policarpo vieron la costa del Lago de Maracaibo desde
el barco. Es decir, ellos estaban en el barco que, a su vez, se
encontraba en la superficie del agua. Ellos podían ver las palmeras y,
seguramente, pudieron ver las paredes y algo del techo de los
palafitos que a lo lejos se encontra- ban sobre el agua. Pero, ¿qué
hubieras visto tú, si te hubieras encontrado
en ese mismo instante sobrevolando el Lago de Maracaibo en un
helicóp- tero, muchos metros arriba del barco donde Larry y Policarpo
se encontra- ban? ¿Te imaginas cómo verías tú aquel paisaje?
Ahora que te has imaginado cómo se verían los palafitos y las
palme- ras desde el helicóptero, te voy a proponer que intentes dibujar
la fotogra-
fía que a continuación se presenta. Esta es una fotografía de la Laguna
de
Sinamaica, que es una laguna ubicada en el Municipio Páez del Estado
Zulia. Allí puedes observar los palafitos y las palmeras en una toma
aérea.

111
Continuemos con la lectura.

Y el pingüino, completamente encandilado, lo veía todo con


asombro.
Al día siguiente, apenas Larry abrió los ojos, notó que su amigo
no estaba. Se levantó de un salto. La puerta del camarote estaba
entreabierta.
—¡Con mil demonios! ¡Se escapó...! ¡Policarpo! ¿Dónde
estás? Lo buscó desesperadamente por todo el barco, pero no estaba
en ninguna parte. Sin lugar a dudas, había desaparecido.
—Esto sí que es una novedad –pensaba Policarpo, mientras
camina- ba por las calles. Todo era sorprendente para él.
Claro que el clima de esta ciudad no era el más adecuado para
mantener en buen estado sus capas de grasa, tan necesarias en los
mares helados, pero ya veríamos qué hacer más adelante. Por ahora,
aunque un poco acalorado, se sentía liviano y de excelente humor.
Sabía que había cometido una travesura escapando del barco, y
que su protector debía estar pasando un mal rato por su culpa, pero
la tentación había sido demasiado fuerte para él. Ahora, ya el paso
estaba dado. Nada lo detendría.
Al principio, casi nadie se dio cuenta del sorprendente personaje
que aparecía aquí y allá, entre el movimiento de la acera.
—¿A qué colegio pertenecerá ese uniforme tan raro? –
preguntó alguien que vio una cosa extraña moviéndose por entre las
piernas de la gente.
—No sabía que existieran mesoneros enanos –dijo otro más
allá. Y
mientras tanto, Policarpo estaba cruzando la plaza Baralt. El ruido, el
gentío
y los carros no se daban tregua ni un segundo.
De pronto, alguien dio el primer grito.
—¡Un pingüino!
Y enseguida se formó el alboroto.
—¿Cómo? ¿Qué bicho es ése?
—¡Cuidado que muerde!
—¡Es un peligro: seguro que tiene mal de rabia! Porque
nadie en Maracaibo había visto un pingüino y mucho menos ahí, en la
calle como si fuera un perro.
Policarpo se sintió temblar. La gente había empezado a rodearlo y
el círculo se iba estrechando más y más a su alrededor.
—¡Cuidado si te muerde! 112
—¡Qué va, ése es un bobo!
—¡Ráscale la barriga, a lo mejor tiene cosquillas!
Antes de continuar, quiero que leas nuevamente las expresiones
que están subrayadas a partir del momento en que la gente que
estaba en la Plaza Baralt advierte la presencia de Policarpo. Léelas,
por favor.
Recuerda que parte del cuento Un pingüino en Maracaibo se desa-
rrolla precisamente en la capital del estado Zulia, que es Maracaibo.
Si alguna vez has tenido contacto con maracuchos, es decir
con personas que nacieron en Maracaibo, habrás podido notar que los
mara- cuchos tienen una manera muy particular de hablar.
Como te dije hace algún tiempo, lo que ocurre es que no todas
las personas de un mismo país hablan igual, aunque hablemos el
mismo idioma. Algunos utilizamos unas palabras más que otras,
organizamos de manera diferente las oraciones o entonamos las
palabras de cierta manera.
A esas distintas formas de expresarse se les conoce con el
nombre de dialectos. En Venezuela tenemos diversos dialectos, de
acuerdo con la región en la que vivan las personas. Entre esos
dialectos venezolanos pode- mos mencionar el dialecto costeño, el
andino y el llanero.
Ahora, te voy a proponer que realices la siguiente actividad que
se presenta en el recuadro gris. Para llevarla a cabo el Docente Guía
le sumi- nistrará a cada alumno de tu sección la plantilla del mapa de
Venezuela.
2

l Traza el contorno del mapa de Venezuela con la plantilla. f


l Debajo del mapa escribe la siguiente lista de palabras: a
dinero, comida y niño. m
l Calca los estados de Venezuela que aparecen en la i
plantilla. l
l A cada uno de los estados le asignas un número del 1 al i
23. a
l Busca cómo le dicen al dinero, a la comida y a un niño en r
los distintos estados de Venezuela. En este momento e
escribe aquellos que tú conoces y los que conozca el s
Docente Guía y
el resto de tus compañeros. y
l No importa si no saben cómo se nombran esas mismas cosas a
u objetos en todos los estados del país. la
l Para realizar esta actividad en clase tienes un tiempo de 15 s
minutos. pe
l También puedes seguir completando el resto de los estados rs
preguntándole a otros maestros de la escuela, a tus on
as que viven en tu comunidad, sobre todo si nacie- ron en
otros estados del país.

113
El aire le faltaba. Apenas conseguía moverse entre montones
de brazos, que lo tocaban, lo empujaban, lo sacudían. Se oían rugidos,
gritos, carcajadas...
Pensó que estaba perdiendo el conocimiento; pero antes,
sin quererlo, abrió el pico y comenzó a chillar.
Él sólo lo hizo para desahogarse, claro, pero al escuchar
aquel chillido extraño, todos creyeron que el animalito se había
transformado de pronto en una fiera furiosa y echaron a correr.
Fue una desbandada, algo como un choque de cien carros, una confu-
sión general. Los primeros retrocedían y empujaban a los de atrás.
Todos querían ponerse a salvo sin importarles los demás...

Una desbandada es una dispersión en medio de una


confu- sión.
En el caso del cuento, la desbandada fue de personas que
se dispersaron cuando escucharon aquel chillido. Estaban
con- fundidos.

Y Policarpo, sin saber hacer otra cosa, solo en medio de la


plaza, seguía lanzando ese grito, que en el fondo no era otra cosa sino
llanto, el llanto de un muchacho desamparado que tiene miedo.
Finalmente, Policarpo vio el espacio libre delante de él y escapó
en carrera. Ya no oía ni veía. El miedo no le cabía en el cuerpo. Ya sólo
pensa- ba en huir, huir...
En cuanto a Larry, lo encontramos al caer la tarde, vagando,
sin rumbo preciso, por las calles de Maracaibo. En realidad, no había
hecho otra cosa en todo el día. Había saltado del barco esa mañana
para lanzar-
se a la búsqueda de su compañero y ya sólo le quedaba el cansancio.
Cien veces oyó hablar de él. El suceso se comentaba a gritos en
las esquinas, en las plazas, a lo largo del malecón y en las callecitas
retorcidas de El Saladillo.

Un malecón es una especie de muralla que se construye en


un puerto para que las olas no se desborden.

114
El Saladillo es una barriada muy antigua de Maracaibo.
Allí, las calles son estrechas y retorcidas, y las casas
están pegadas unas a las otras. Esas casas,
generalmente, las pintan en colo- res brillantes y fuertes
como el amarillo, el turquesa, el fucsia y
el verde. Son casas de teja y tienen ventanas de madera.

La radio sólo hablaba del pingüino, entre comentarios chistosos y


llamados de la Sociedad Protectora de Animales, pidiendo
compasión para el animalito. Un conjunto popular anunciaba el éxito del
día, la Gaita
del Pingüino. En la televisión local, aparecía a cada momento una fotogra-
fía del fugitivo, tomada cuando estaba cruzando la calle. En fin, la
presen- cia del misterioso forastero parecía flotar en todas partes,
pero Larry no había podido dar con él.

La gaita es una expresión musical que se cultiva


fundamental- mente en el estado Zulia, extendida en los
últimos 30 años al resto del país. Surge como una canción
de protesta, de religio- sidad o de simple ánimo festivo,
como verdadera manifesta- ción de los sentimientos
populares y es considerada la más auténtica expresión
del folclore zuliano.

Escuchemos en el cassette Nº 4, lado A. Allí está grabado un


popurrí de gaita. Un popurrí es una interpretación que está
conformada por varias canciones. Escuchemos este popurrí de gaita.

El conjunto que interpreta este popurrí que acabamos de escuchar


se llama Maracaibo 15. Éste y cualquier otro conjunto que interprete
gaita, está conformado, básicamente, por un solista que canta las
estrofas del tema y los demás cantantes que le acompañan. Los
instrumentos utilizados son el furro o furruco, de origen africano; el
cuatro, de procedencia europea; la charrasca
o güiro y la tambora o tambor, ambos de origen africano.
Sigamos con la lectura.

La tarde bajaba sobre el lago y Larry descansaba en un pretil que


del regre
malecón, cansado, lleno de tristeza. Ya no le quedaba otra cosa sar al
barco... Pero en eso, volvió la cabeza y vio un letrero que decía:
Fábrica de Hielo. Decir hielo es como decir pingüino. ¡Ahí tenía que
estar!
115
El pretil es una especie de muro de mediano tamaño que
se construye alrededor del malecón para evitar que
alguien que vaya caminando por la orilla de éste se caiga
al agua.

Sin pensarlo un momento, Larry se coló en el interior del


estableci- miento. Caminó un poco en la oscuridad y pronto se
encontró en el fondo de una cava donde el frío lo hizo tiritar.

En este caso, una cava es un lugar especialmente


acondicio- nado para conservar cubos o bloques de hielo.

—¡Policarpo!
—Allí estaba él, acostado pacíficamente encima de un gran bloque
de hielo. Pero qué mal estaba. Es doloroso ver a un amigo en ese estado.
Las solapas deshilachadas, el blanco pantalón tiznado de barro, los
desnu- dos pies magullados..., estaba convertido en un paria, un
pordiosero, un marginal. Algo terrible para quien pertenecía a la raza
más acicalada y
pulcra del reino animal.

La palabra acicalar, de donde viene acicalada, se


utiliza para indicar el cuidado por la apariencia. Una
persona aci- calada es una persona con su ropa y cabellos
bien presenta- dos.

Aunque sus patas apenas tenían fuerza para levantarse un


poqui- to, golpeó y dijo:
—Supongo que tendré que pedirte perdón.
—Bueno. De todas maneras está hecho –dijo Larry–. Te
vendrás conmigo al barco, zarpamos hacia el Sur dentro de una
semana y allá podrás volver a reunirte con los tuyos. Ya todo pasó.
Con un buen baño de agua helada y una buena ración de sardinas
frescas quedarás como nuevo. Mañana vendrán otras cosas y la
gente te recordará como un sueño. Vamos.

Zarpar es partir de un puerto. Por eso es que Larry le


dijo a
Policarpo que zarparían dentro de una semana hacia al 116
Sur.
Ya era noche completa cuando Larry y su amigo pasaron junto a
un grupo de marineros, reunidos alrededor de un pequeño aparato de
soni- do. En el aire vagaba una musiquita sabrosa.
—Es una rumba ¿sabes? La música del sol. Por aquí tocan una
que llaman gaita, pero viene siendo casi lo mismo.
Larry comenzó a moverse con estilo. Se veía que era un buen bailarín.
—En el viaje de regreso te voy a enseñar a bailar la rumba. Así
cuan- do estés otra vez en tu tierra, serás la sensación de los
pingüinos, siempre te acordarás del trópico y pensarás que después
de todo, no te fue tan mal...
Cuando llegaron a la escalerilla del barco, Policarpo empezaba a
dar sus primeros pasos de baile.

117
F
F

Un pingüino en Maracaibo
Ahora, te propongo que busques en la página Nº 90 la primera lectu-
ra del cuento Un pingüino en Maracaibo que escribió el gran escritor
vene- zolano Salvador Garmendia.

Una vez que lo hayas ubicado, vas a leer, en forma


silenciosa y prestando mucha atención, únicamente las
partes de ese cuento que aparecen en negrita.
Para realizar esa lectura tienes un tiempo aproximado de 10 minutos.

Veamos el párrafo que está identificado con el número

1. Ese párrafo dice lo siguiente:

El pingüino retrocedió cuatro pasos; pero no fueron cuatro pasos


comunes y corrientes; primero por sus grandes pies planos que
golpeaban
el suelo y resonaban como unas chapaletas de nadador
mojadas, y luego por esa habilidad para caminar hacia atrás
sin volver la cabeza, balan- ceando a compás todo el cuerpo,
un cuerpo enterizo, sin resortes en la mitad.

En el párrafo anterior podemos observar tres cosas importantes:


l La sangría, que es el espacio que hay entre el margen izquierdo y
el comienzo de cada párrafo. Ese espacio, generalmente, es de 4
ó 5 centímetros.
En el párrafo anterior la sangría está señalada con este símbolo:

l La primera letra de un párrafo debe ser mayúscula.


En el párrafo anterior la primera letra es: E.
l Al final de cada párrafo se escribe punto y aparte.
En el párrafo anterior se resaltó ese signo de puntuación .

Ahora, vamos a analizar el párrafo 118


anterior.
¿Cuál es la idea principal de ese
párrafo?
La idea principal es la siguiente: El pingüino retrocedió cuatro pasos.

¿Cuáles son las ideas secundarias?

Las ideas secundarias son las siguientes:


l Los pasos que el pingüino dio no eran comunes y corrientes.
l El pingüino tenía grandes pies planos que golpeaban el suelo y
resonaban como unas chapaletas de nadador mojadas.
l El pingüino caminaba hacia atrás sin volver la cabeza,
balan- ceando a compás todo el cuerpo.
l El pingüino tenía un cuerpo enterizo, sin resortes en la mitad.

Cuando se analiza un párrafo se lee con cuidado para poder extraer


la idea principal y las ideas secundarias.
No se trata de copiar las ideas tal cual aparecen en el párrafo, sino
redactarlas con nuestras propias palabras.
Como puedes observar en el párrafo que se está analizando, las
ideas son claras y están escritas con un cierto orden lógico.
Además, Garmendia cuidó mucho la ortografía y la redacción de
ese párrafo.

Veamos el párrafo que está identificado con el número 2.

Días más tarde, el barco abandonaba el puerto y


emprendía un nuevo rumbo, para dejar atrás las heladas
regiones del sur del Atlántico y dirigirse a un lugar
inimaginable para un pingüino. ¡Nada menos que el trópico
caliente y luminoso!

Ahora, vamos a analizar este párrafo de la misma manera como lo


hicimos con el número 1.

¿Cuál es la idea principal de ese párrafo?

La idea principal es la siguiente: El barco abandonó el puerto unos


días después.

¿Cuáles son las ideas secundarias?


Las ideas secundarias son las siguientes:
119
l El barco dejó las heladas aguas del sur del océano Atlántico.
l El barco se dirigió a un lugar que el pingüino no se podía imaginar.
l Ese lugar inimaginable era el trópico caliente y luminoso.

Como puedes observar en este párrafo que se está analizando,


las ideas son claras y están escritas con un cierto orden lógico, como
en el párrafo que se analizó primero.
Además, en este párrafo Garmendia también cuidó mucho la orto-
grafía y la redacción, así como lo hizo en todo cuanto él escribió.

Ahora, te propongo que localices en el cuento y escribas


en tu cuaderno el párrafo identificado con el número 3 y
lo analizas como se analizaron los párrafos 1 y 2.
Para realizar esta actividad tienes un tiempo de 10 minutos.

Ahora, compara tu análisis con el que se presenta en la Sec-


ción 9, Ejercicio Nº 1, página 741 de Respuestas.
Para realizar esta actividad tienes un tiempo de 3 minutos.

Hemos analizado tres párrafos del cuento Un pingüino en Maracai-


bo, que escribió Salvador Garmendia.

Lo que te voy a proponer es que escribas 2 párrafos


en los que des tu opinión acerca de los tres párrafos
analizados, siguiendo el orden lógico que a continuación
se presenta:

l A cuál cuento pertenecen esos párrafos.


l Quién escribió el cuento.
l Cosas principales que se destacan en esos párrafos para
que puedan ser considerados como tales.
l Cómo se presentan las ideas: en forma clara o poco
clara.
l Cómo se identificaron la idea principal y las ideas
secunda- rias
120
Es importante que entiendas que no tienes que
responder cada una de las preguntas anteriores.
Esas preguntas te servirán para organizar de manera
lógica tus ideas en los dos párrafos que tienes que redactar.

Para realizar esta actividad tienes un tiempo de 15 minutos.

Una vez que hayas finalizado la actividad anterior, vas


a copiar la información que aparece en el recuadro amarillo
de
la Sección 9, Ejercicio Nº 2, página 741 de Respuestas.
Para realizar esta actividad tienes un tiempo de 5 minutos.

Vamos a continuar trabajando con las partes resaltadas en


negrita de la primera lectura del cuento Un pingüino en Maracaibo
que escribió Salvador Garmendia. Pero ahora vamos a trabajar con
todas esas partes
sin diferenciar las que están identificadas con números y las que no lo están.

Veamos el primero otra vez.

El pingüino retrocedió cuatro pasos; pero no fueron


cuatro pasos comunes y corrientes; primero por sus grandes
pies planos que golpeaban
el suelo y resonaban como unas chapaletas de nadador
mojadas, y luego por esa habilidad para caminar hacia atrás
sin volver la cabeza, balan- ceando a compás todo el cuerpo,
un cuerpo enterizo, sin resortes en la mitad.

En el párrafo anterior, cuando se dice que los pies del pingüino eran
como unas chapaletas de nadador mojadas, se está comparando
los pies del pingüino con una chapaletas mojadas de un nadador.

Veamos otro párrafo.

No. No los tenía. Su pingüino estaba solo en el mundo,


por eso debía andar vagando por ahí, de su cuenta, porque una
esposa no se lo iba
a permitir así nomás. Bueno. Esto hacía más fáciles las cosas. Él
lo había descubierto, era suyo y no era justo que lo perdiera por
una tontería. Claro,
tampoco iba a llevárselo debajo del brazo como un paraguas. Le hizo una
reverencia y dijo:
121
En este párrafo cuando dice: tampoco iba a llevárselo debajo del
brazo como un paraguas, se está comparando al pingüino con un
para- guas que se lleva debajo del brazo.

Leamos otro párrafo.

Esto es el trópico, Policarpo: el cielo azul, las palmeras,


las arenas doradas... aquellas casitas que parecen zancudos
parados sobre el agua son los palafitos...

¿Con qué se están comparando las casitas del trópico?


Se está comparando con los zancudos cuando dice: aquellas
casi- tas que parecen zancudos parados sobre el agua.

¡Leamos un párrafo más!

¡Es un peligro: seguro que tiene mal de rabia! Porque nadie


en
Maracaibo había visto un pingüino y mucho menos ahí, en la calle como
si
fuera un perro.

¿Con qué se está comparando esta vez al pingüino?


Se está comparando con un perro cuando dice: un pingüino
y mucho menos ahí, en la calle como si fuera un perro.

Cuando los escritores, como Garmendia lo hizo en el cuento


Un pingüino en Maracaibo, comparan las características de personas,
objetos
o animales con otros objetos o cosas que indican características que
se pueden atribuir a aquello que se está comparando, se dice que
están haciendo un símil. Para ello, se utilizan las siguientes palabras:
como, pare- cido a, semejante a.
Un símil es un recurso literario.

Ahora veamos otro párrafo.

Tal vez, todo era una cuestión de paciencia y trabajo.


Claro que no iba a pasarse ahí toda la vida muriéndose de
frío. Era necesario llevarse consigo al animal.

En este párrafo se está exagerando al decir que Larry no iba a


pasar-
se ahí toda la vida muriéndose de frío.
122
Cuando los escritores escriben este tipo de exageraciones
en los cuentos, como hizo Garmendia en este párrafo se dice que
están desta- cando las características de las personas, de las cosas o
de los animales pero de una forma exagerada.
Eso es lo que se conoce con el nombre de hipérbole o exageración.
La hipérbole o exageración es un recurso literario que
consiste en hacer destacar las características de las personas, de las
cosas o de los animales pero de una forma exagerada.

Continuemos leyendo

párrafos. Leamos el siguiente:

Los dos miraban en silencio la estela del barco, y veían como se


iba
alejando de ellos el mar de los hielos y aquel reguero infinito
de islas, allí donde la cola del continente parecía
convertirse en boronas antes de desaparecer.

En este párrafo se está diciendo de una manera muy particular que


las islas vistas desde lejos son un reguero infinito. Pero, además, se dice que
el continente desde lejos también es una cola que parece convertirse
en boronas antes de desaparecer, porque se ven únicamente como
pedaci- tos de tierra.
En este caso, Garmendia le está atribuyendo cualidades a
las estrellas y al continente que no son propias de ellos, pero no se
les está comparando con nada.
Cuando los escritores escriben de esta manera, se dice que están
escribiendo en metáfora.
La metáfora es un recurso literario que consiste en atribuir a las perso-
nas, animales y cosas cualidades que no son propias de ellas, pero no se
les compara con nada.

Ahora leamos el siguiente párrafo:

Cuando llegaron a la escalerilla del barco, Policarpo


empezaba a dar sus primeros pasos de baile.

En este caso, se está atribuyendo a Policarpo una cualidad huma-


na: la cualidad de bailar.
123
Cuando los escritores escriben de esta forma, se dice que
están haciendo uso del recurso de la humanización.
La humanización es un recurso literario que se utiliza para atribuir a los
animales y a las cosas u objetos cualidades propias de los seres humanos.

Escribe en tu cuaderno la información que aparece en el siguiente


recuadro amarillo.

Recursos literarios,
como los que escribió Salvador Garmendia
en su cuento "Un pingüino en Maracaibo"
Los recursos literarios son una serie de elementos que utilizan los
escritores para hacer más agradable y comprensible la
lectura de un texto, así como también para embellecerlo.
Su finalidad es despertar el interés en el lector para lograr
cap- tar su atención.

Los recursos literarios más utilizados son:

· El símil, que es con el que se comparan las características


de personas, objetos o animales con otros objetos o
cosas que indican características que se pueden atribuir a
aquello que se está comparando. Para ello, se utilizan las
siguientes palabras: como, parecido a, semejante a.

· La hipérbole o exageración, que consiste en hacer


destacar las características de las personas, de las cosas o
de los anima- les pero de una forma exagerada.

· La metáfora, que consiste en atribuir a las personas,


animales y cosas cualidades que no son propias de ellas,
pero no se les compara con nada.

· La humanización, que se utiliza para atribuir a los animales y


a las cosas u objetos cualidades propias de los seres
humanos.

Ahora, te propongo que copies en tu cuaderno los siguientes


párrafos del cuento Un pingüino en Maracaibo e indiques
que tipo de recurso literario está allí presente, subrayando 124
la parte del párrafo donde se encuentra.
El cocinero era un malayo pequeñito, gordo y
barrigón, que contaba los cuentos más divertidos
del mundo, y yo me pasa- ba todo el día muerto de
risa con sus cuentos. Hasta su nombre me parecía
cómico, se llamaba Policarpo ¿Te gustaría llamar-
te así?

Esto sí que es una novedad pensaba Policarpo,


mientras cami- naba por las calles. Todo era
sorprendente para él.

Claro que el clima de esta ciudad no era el más


adecuado para mantener en buen estado sus capas
de grasa, tan nece- sarias en los mares helados,
pero ya veríamos qué hacer más adelante. Por
ahora, aunque un poco acalorado, se sentía
liviano y de excelente humor.

Cien veces oyó hablar de él. El suceso se comentaba


a gritos en las esquinas, en las plazas, a lo largo del
malecón y en las callecitas retorcidas de El Saladillo.

La tarde bajaba sobre el lago y Larry descansaba en


un pretil del malecón, cansado, lleno de tristeza. Ya
no le quedaba otra cosa que regresar al barco...
Pero en eso, volvió la cabeza y vio un letrero que
decía: Fábrica de Hielo. Decir hielo es como decir
pingüino. ¡Ahí tenía que estar!

Para realizar esta actividad tienes un tiempo de 20 minutos.

Tu respuesta la puedes verificar con la que aparece en la sección


9, ejercicio Nº 3, página 742 de Respuestas.

Ahora, te propongo que copies el siguiente recuadro para jugar:


Sirven para unir.

Sin embargo
Pero
Después
Así
Con
Para
Porque
Aunque
Y
125
Una vez copiado el cuadro anterior, buscas otra vez la primera lectu-
ra del cuento Un pingüino en Maracaibo en la página 90.
Luego, comienzas a leer en lectura silenciosa el cuento y en la
medi- da que vayas consiguiendo las palabras que aparecen en el
recuadro, vas colocando en los cuadritos el número de página donde
aparece la pala- bra en cuestión.
Ganará el alumno que haya conseguido más partículas durante el
tiempo establecido, el cual se estima en 20 minutos.

Seguramente, te faltaron cuadritos para escribir el número de pági-


na donde se encontraban otras Y. ¿No es cierto? Es muy frecuente que
en los textos consigamos la partícula Y para unir o relacionar palabras.
A todas esas partículas que sirven para unir o relacionar palabras
u oraciones entre sí, como los que aparecen en el cuento Un pingüino
en
Maracaibo, se les conoce con el nombre de conectivos.

126
G
G

Un pingüino en Maracaibo
Cuando leímos el cuento Un pingüino en Maracaibo, disfrutamos de
un episodio en el que el pingüino hace unos gestos con la cara que
deno- taban un cierto disgusto por el nombre que Larry le quería poner.
Volvamos a leer esa parte del cuento.

Por primera vez el pingüino pareció cambiar de


expre- sión. Su cara se torció por un lado como si lo
hubieran puyado con un alfiler. Dio dos pasos atrás. Y
luego, tras un momento de meditación, agachó el pico y
aceptó resignado. Después de todo, pensó, los nombres,
hasta los más extraños, se van suavizando con el tiempo
y terminan siendo naturales.

En aquella oportunidad se propuso un ejercicio sencillo que se religi


llama oso,
Juguemos al Mimo. ense
Cada miembro de la pareja imitó al pingüino cuando escuchó el ñanz
nombre de Policarpo. a
También se dijo en aquella oportunidad, a propósito de que mora
ninguno de ustedes podía decir ni una sola palabra, qué es un mimo. l y
El mimo surge en la Grecia Antigua. En aquella época los para
griegos construyeron grandes teatros al aire libre, donde el público form
podía ver, pero apenas podía oír lo que los actores decían. Por tal ar
razón, hubo que buscar opini
la manera de que la gente entendiera lo que se estaba intentando ón.
repre- sentar en las obras de teatro. De allí surgió la idea de que los
actores hicie- ran gestos faciales y movimientos corporales para que
los espectadores pudieran entender o interpretar la obra que se
estaba representando. De
allí que se diga que el mimo era un elemento importante en la
interpreta- ción en las representaciones dramáticas griegas. El mimo
es una forma de teatro.
Desde que el griego Aristóteles estudió el origen y la
función del teatro en su famosa obra Poética (c. 330 a.C.), el
propósito y las caracterís- ticas de éste han sido extensamente
discutidas. A lo largo de los siglos, el teatro ha sido utilizado, aparte
de como pura expresión artística, como entretenimiento, ritual
127
Abarca desde la presentación de cuentos hasta el mimo o también
llama- do pantomima.
El escritor brasileño Luiz Carlos Neves escribió un libro que se
llama En silencio. Cinco piezas para pantomima.
En este curso se va a representar una de esas piezas, la cual lleva
por título Calor.
Para representar esa pieza para pantomima se requieren 8
alumnos de esta sección: hombre, hombre dos, mujer, hombre,
policía, obrero, obrero dos y viejecita.
Para lograr hacer un buen trabajo en equipo se han organizado las
tareas de la siguiente manera:
l Los ocho alumnos que serán los actores, tendrá cada uno un
asis- tente que los ayudará a aprenderse el guión, y que, en
caso de algún problema pueda sustituir al actor principal.
l El Docente Guía será el director de este grupo de teatro.
l El resto de los alumnos se encargará de hacer la máquina de
refres- cos y de buscar los objetos que se requieren para la
puesta en escena.
l La máquina de refrescos se hará con una caja y los
objetos se pedirán prestados en los hogares de los alumnos.
l La máquina dispensadora de refrescos se hará intentando imitar la
que aparece en la siguiente ilustración:

128
Para ello, utilizarán una caja abierta por la parte de atrás.
Los detalles de la máquina los dibujarán y los pegarán a la
caja. Los objetos que se pedirán prestados son los
siguientes:
1) Billetera.
2) Cuatro monedas.
3) Cinco billetes.
4) Una gorra.
5) Diez latas de refresco.
6) Una papelera grande.
7) Una bolsa de botar basura.

Cuando los actores estén preparados y el resto de los


alumnos tenga todo listo, se fija el día en el que se pondrá
en escena la obra Calor.
El Docente Guía asignará 1 hora diaria de una semana que
se dedicará a los ensayos de los actores, quienes, hasta
tanto no
se tenga la máquina y los objetos, simularán tenerlos. Así
como también, en esas mismas horas el resto de los
alumnos llevarán
a cabo el trabajo asignado.

La preparación de esta actividad no debe exceder las 5 horas académicas.

A continuación encontrarán el guión de esta pieza para pantomi-


ma.

CALOR

1. Se ve una máquina dispensadora de refrescos enlatados.


Entra un hombre. Se abanica, mueve la ropa para que pase el aire.
Se seca la frente.

2. El hombre se sorprende al ver la máquina de refrescos. Se le acerca.


Se frota las manos de contento. Examina la máquina para ver cuánto
cuestan
las bebidas.

3. El hombre busca su billetera. La exhibe a un público abanica


imaginario. Se con
ella, caminando muy contento de un lado a otro. Abre la billetera. Finge
sacar una moneda y meterla en la máquina de refrescos.
129
4. Examina el contenido de la billetera, en busca de monedas. Saca
un billete, lo abre, lo examina a contraluz y lo guarda en un bolsillo.
Toma otro billete, lo examina de ambos lados y lo guarda en otro
bolsillo. Saca todos
los billetes y los cuenta. Los sacude, para ver si hay monedas entre
ellos. Nada. Los guarda en otro bolsillo. Abre la billetera, buscando
monedas en
su interior. Nada. La voltea. Nada. Furioso, la lanza al suelo.

5. Entra un segundo hombre. El primero recoge su billetera del suelo y


la guarda.

6. El hombre toma un billete, se acerca al segundo hombre y le pide que se


lo cambie por monedas.

7. El segundo hombre piensa que el primero es un pordiosero que le


está pidiendo dinero y le dice que no. Se muestra como una persona
bien vesti- da, que tiene trabajo y que el primero debe hacer igual:
trabajar. Sale el segundo hombre.

8. El hombre demuestra tristeza y sufrimiento. Sed, tiene mucha sed.

9. Entra una mujer. El hombre se le acerca y le muestra la máquina


de refrescos y la invita a tomarse un refresco. El hombre le muestra el
billete y la máquina.

10. Aparte, la mujer gesticula pensando que se trata de una


invitación amorosa. Regresa, se enfada con el hombre, se voltea y
protesta. Después golpea al hombre con su cartera. Sale la mujer.

11. Entra un tercer hombre. El primero le señala el billete y la


máquina de refrescos, indica que tiene mucho calor y mucha sed. Al
hacerle demostra- ción de sed hace como si fuese ahorcarse.

12. El tercer hombre imita el gesto de ahorcarse. El primero lo


confirma afirmando con la cabeza. El otro piensa que es un atraco y sale
corriendo.

13.El hombre se acerca a la máquina de refrescos, la abraza, se arrodilla,


le pide, le implora un refresco.

14.Entra un policía. El hombre se


esconde.
130
15. El policía camina por todo el escenario, procurando ver si hay alguien
en el vecindario y se tranquiliza. Se acerca a la máquina de
refrescos. Vuelve a observar el ambiente. Palpa la máquina.

16. El hombre lo atisba desde su escondite. El policía golpea la máquina en


un determinado punto: cinco golpes cortos y dos largos. Espera.
Otros cinco golpes cortos y dos largos. La máquina se estremece y
sale una lata refresco.

17. El policía, casi como en un ritual, observa la lata, se quita la gorra


y disfruta del frío de la lata en su frente y nuca.

18. Al ver aquella escena desde su escondite, el hombre se abanica,


deses- peradamente.

19. El policía abre la lata. El hombre saca la lengua.

20. El policía toma un enorme trago. El hombre casi se desmaya.

21. El policía vacía la lata y como un atleta la lanza en un pipote de basura,


al lado de la máquina. Encesta y se retira.

22. El hombre sale de su escondite, va hacia el pipote y recoge la


lata. Camina hacia el proscenio e imita al policía, restregando la lata
en su frente y nuca. Mira el interior de la lata, a ver si tiene algo de
líquido. No lo puede ver.

23. El hombre levanta la lata y la voltea. Un poco de líquido se cae al suelo.


Se acerca la boca al pequeño chorro y se da cuenta de que ya no hay
nada. Primero se vuelve triste, luego furioso.

24. Lanza la lata al suelo y zapatea sobre ella. La toma en sus manos,
corre como un basquebolista y la lanza al pipote de basura con ambas
manos.

25. El hombre tiene una idea. Se acerca a la máquina. Se aleja de ella y


observa el ambiente. Vuelve a acercarse a la máquina. Imita al
policía: cinco golpes cortos y dos largos. Nada. Otros cinco golpes
cortos y dos largos. Nada de nuevo.

26. El hombre toma un zapato y golpea escandalosamente la máquina:


131
cinco golpes cortos y dos largos. La máquina se estremece. El hombre
se frota las manos.

27. De la máquina sale una lata y el hombre la atrapa. Salen dos, tres,
cinco diez, incontables latas expulsadas con violencia de la máquina.

28. El hombre, perplejo, intenta guardar unas latas en los bolsillos,


después trata de hacer parar de funcionar la máquina. No lo consigue.
Desespera- do, mira en todas las direcciones y sale corriendo.

29.Entran dos obreros, recogen las latas en una bolsa. Enseguida se


acer- can a la máquina que expulsa una última lata.

30. Los dos obreros alzan la máquina para llevársela. La voltean hacia
el público. En su interior está una viejita, sentada en una silla,
contando mone- das.

132