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¿SABEMOS REALMENTE QUÉ DESEAMOS?

¿POR QUÉ NOS SENTIMOS


DESDICHADOS CUANDO NUESTROS DESEOS SE CUMPLEN? EL
PENSAMIENTO DE JACQUES LACAN PUEDE DARNOS ALGUNAS
PISTAS --Y MUCHAS MÁS DUDAS PROVECHOSAS

Jacques Lacan es uno de los pensadores más difíciles de interpretar: su arduo y árido
sistema no siempre se atiene a la lógica del mundo ordinario. ¿Eso quiere decir que sólo
quienes ingresen en alguna de esas caricaturescas logias lacanianas pueden comprender
los secretos del maestro? En realidad Lacan es simple en cuanto a lo que trata de pensar
y analizar, pero difícil en cuanto a muchas otras cosas. Un chiste de psicoanalistas
encierra una gran especie de verdad mística: cuando crees que entiendes a Lacan, no lo
entiendes en absoluto; si crees que no lo entiendes, vas por buen camino.

Si nos acercamos al pensamiento y el estudio de Lacan con el crédito otorgado a cualquier


filósofo riguroso --uno que muestre y demuestre los conceptos que utiliza-- más que como
un psicólogo esotérico y algo chiflado, incluso podríamos aprender un par de cosas sobre
la naturaleza de nuestro deseo.

En principio, todos vivimos en el entendido de que somos seres racionales, más o menos
lógicos, o en términos más formales, "sujetos del conocimiento". Para Lacan, sin
embargo, somos "sujetos del deseo". Ahora bien, ¿a qué se refiere Lacan con deseo? ¿Se
trata solamente del deseo sexual? En absoluto: uno de los maestros de Lacan fue un
insigne estudioso de Hegel, Alexandre Kojève; a su seminario (que dedicó a comentar
frase por frase la Fenomenología del espíritu de Hegel) asistieron también personalidades
como Georges Bataille, André Breton, Maurice Merleau-Ponty y Raymond Queneau
(cuenta la leyenda que Sartre llegó a tomar también ideas de este seminario). Para Kojève,
estudioso de la filosofía oriental y a menudo llamado "marxista de derechas", la historia
humana es la historia del deseo. Mejor dicho, la historia de los deseos conforma lo que
conocemos como la Historia con mayúsculas. Existe una leyenda --contada en ocasiones
en forma de chiste-- que dice que, a la muerte de Kojève, vieron salir a un jovencísimo
Lacan del estudio de su maestro. Es una forma de describir, al menos, el impacto que la
dialéctica kojèviana tuvo en Lacan y sobre cómo el futuro psicoanalista llegaría a explicar
el deseo de forma dúctil y móvil --y ciertamente a menudo contradictoria-- como el deseo
mismo.

Tomando lo mejor del pensamiento de su época (el psicoanálisis freudiano y la lingüística


saussuriana), Lacan se propone leer la obra de Sigmund Freud con la misma paciencia y
dedicación que el viejo Kojève tuvo por Hegel. A través de este cruce de caminos llegó a
la proposición de que el inconsciente está estructurado como un lenguaje. Esto no quiere
decir que el inconsciente de cada uno --con sus similitudes sociales y sus diferencias
personalísimas-- funcione como la gramática de la lengua que habla ni que el inconsciente
sea una función completamente autónoma, un huésped extraño de la conciencia: quiere
decir que el inconsciente no deja de manifestarse, de "hablar" a través de nuestras
palabras, nuestros actos y gestos, así como de participar en la lógica de nuestras
aversiones y atracciones. El deseo no es un "objeto" del pensamiento ni una cosa que se
pueda conocer, sino que es una expresión del ser mismo: el hecho de ser tú --quien quiera
que seas-- te hace ser deseante.

¿Pero es posible conocer nuestro propio deseo? Para Lacan, en realidad, no hay forma de
no vivir sujetos a los movimientos de nuestro deseo. ¿Y cómo conocerlo, cómo
expresarlo? Otra respuesta rápida: nuestras palabras indican (a menudo a pesar de
nosotros o de nuestras intenciones) la dirección de nuestro deseo. Los "actos fallidos", las
homofonías, el creer oír una cosa cuando nos dicen otra, todos los gestos comunicativos
son interpretables en términos de deseo; pero para darle un marco (un templum, en el
sentido de un marco en el cual se da la interpretación de los designios celestes en las
religiones paganas) a la interpretación es necesario un ámbito clínico donde un sujeto dé
rienda suelta a su deseo en un territorio verbal: la "cura por la palabra" que revolucionó
la psicología a principios del siglo XX y la descripción del inconsciente freudiano se
nutrían del rigor --y también de algunos esquematismos-- estructuralista para desarrollar
una forma de escucha clínica en la cual los analizados (no pacientes) pueden conocer y
reconocer la dirección de su deseo. La experiencia analítica es la forma práctica y viva de
algo que puede leerse en Lacan, pero que sólo se completa al vivenciarlo: que aquello que
pensamos que es "real" en realidad nos aleja de nuestro deseo.

En una fórmula sucinta, podría decirse que el deseo es la causa y la solución de todos
nuestros problemas: cuando deseamos algo --una persona, un trabajo, etc.--, a grandes
rasgos estamos "extrayendo" un elemento muy particular del mundo y prestándole una
gran cantidad de atención. El desear supone una falta, la cual el elemento (objeto del
deseo), o su posesión, habrían de llenar. El problema es que apenas tenemos aquello que
deseamos, no lo deseamos más --o deseamos algo que nunca se nos hubiera ocurrido
desear. Sin entrar demasiado en la jerga lacaniana, esta falta constitutiva del deseo se
llama "objeto pequeña a" (objet petit a), y es un significante que puede tomar cualquier
forma en la ecuación del deseo. Por ejemplo, tal vez notemos que en nuestra vida amorosa
hay algún patrón: nos gusta siempre una mujer criada por mujeres (sin influencias
positivas paternas) o nos gustan los alcohólicos que se hacen daño y no nos prestan
atención. Lo que indaga la clínica analítica no es sobre la moralidad de nuestro deseo,
sino nuestra relación con él. ¿Por qué elegimos parejas dañinas? Tal vez porque tenemos
interiorizada la consigna de ayudar a los inocentes, lo que puede hablar de un superyó
sano, pero de una vida amorosa insatisfactoria. ¿Es que no podemos ser fieles a nuestros
deseos? ¿Nuestro inconsciente rige, como si se tratara de la fuerza del destino, todas
nuestras elecciones? No es eso, sino que la naturaleza misma del deseo es móvil y
cambiante: es lo vivo de nuestra vida.

Para Lacan, el problema es que la gente no sabe desear, sino que aprende a desear
aquello que cree que los otros desean. Queremos ser deseables para el otro: queremos ser
deseados y deseadas, pero en nuestras interacciones sociales es muy posible que estemos
siguiendo el guión que la moral y el supuesto "sentido común" nos da sobre el deseo.
Interpretamos papeles en una obra donde nadie sabe quién es el autor ni en qué consiste
el argumento, pero todos actuamos en alguna medida. El asunto complicado es saber
distinguir entre el deseo y la fantasía: tal vez nos criaron para ser padres ejemplares o
amas de casa perfectas, pero nosotros no deseamos eso: se trata del deseo del
otro deseando en lugar del nuestro. Y aquí la cosa se complica un poco más: Lacan
postula la existencia de un Gran Otro, una entidad sin ente que no es Dios, pero que guarda
no pocas semejanzas con uno --el único espectador a quien se dirigen con fidelidad
nuestros actos de lenguaje, en una palabra, para quien representamos el papel de nosotros
mismos. La libertad que muchas personas encuentran en el psicoanálisis es la de llegar a
un acuerdo entre su deseo y esa demanda incesante y dolorosa que nos impone el Gran
Otro.

¿Seríamos más felices si todas las personas dijeran exactamente lo que desean y, en el
acto, se les cumpliera? Probablemente no, porque la satisfacción en ocasiones proviene
no tanto de la realización del deseo sino de su fantasía, como en el perverso, o de su
aplazamiento, como en algunas histerias. En el caso de problemas de pareja, ¿no sería
más fácil que nuestra pareja nos dijera qué quiere de nosotros, y así poder dárselo? ¿Y
qué hacer si no estamos en posición de cumplir con sus deseos? En términos analíticos,
no podemos hacer realmente nada con el deseo del otro, pero podemos aprender a
movernos como peces en el agua de nuestro propio deseo, lo que ya es un gran paso para
aceptarnos a nosotros mismos y a los demás. Utilizando una metáfora comúnmente ligada
a la iniciación homosexual, nuestro deseo vive en un clóset (o en más de uno), y sólo
conocemos la libertad cuando le permitimos salir y tomar la forma que le es más adecuada
--probablemente no la que hubiéramos querido, pero sí la que está pidiendo a gritos, o a
través de patrones de conducta dañinos para nosotros y para los demás.

La experiencia de análisis es aquella donde el sujeto (del deseo) se atreve a poner en juego
o en entredicho lo que cree que constituye su deseo. Esto se realiza bajo la escucha
privilegiada de un analista que funciona simplemente como un espejo: no es alguien que
va a aconsejarnos qué hacer o no con nuestras vidas, sino alguien que tomará nuestras
palabras al pie de la letra y nos confrontará con sus significados, tanto los manifiestos
como los latentes, como si se tratara de interpretar un sueño. La función y la ética del
analista también ha sido motivo de amplios debates; si el psicoanálisis parece una ciencia
oculta es porque los modos cotidianos de emplear la palabra hablada son expuestos al
rigor de una suerte de cábala, una encrucijada verbal en la que cada sujeto aprende a
distinguir cómo construye su propia subjetividad, lo que le permite ulteriormente hacerse
cargo de ella. No es lo mismo decir "Nadie me ama" a "Esta persona no me ama" a "No
merezco ser amado": un sentimiento común de indefensión frente al amor puede
expresarse verbalmente de muy diversas maneras. Son las maneras específicas que cada
uno tenemos de relacionarnos con nuestro deseo lo que importa en la experiencia de
análisis, y no una supuesta "cura" para las enfermedades del alma.

Es necesario dejar de tocar, en favor de la brevedad, algunos suculentos temas en torno


al deseo en Lacan. ¿Por qué dice que las mujeres no existen, o que no existen en realidad
las relaciones sexuales (puesto que cuando nos acostamos con alguien en realidad nos
exponemos a vivir nuestra propia fantasía por intermedio del cuerpo del otro, etc.)? Lo
cierto es que el deseo forma el hilo conductor de las diferentes etapas del pensamiento de
Lacan: un saber vivo que se expresó de manera privilegiada en sus seminarios orales y en
su práctica clínica.

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