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Literatura Norteamericana
Teórico N° 1
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Literatura Norteamericana

Teórico N°: 1 – 21 de marzo de 2007


Docente: Rolando Costa Picazo
Tema: Presentación del Programa

Hola, buenas tardes.


Les doy la bienvenida a Literatura de los Estados Unidos. Mi nombre es Rolando
Costa Picazo y soy profesor titular de esta materia desde 1984. Ustedes tendrán que padecer
dos exámenes parciales, de los que ya les diré las fechas. Las mismas son inamovibles
porque se supone que esto es muy estructurado o, por lo menos, quiere serlo. El primero es
el 30 de abril y va a comprender todo lo que se haya dado hasta ese momento, básicamente
será todo Melville y la introducción sobre la novela que vamos a hacer hoy y la clase
próxima. El segundo parcial es el 11 de junio; ahí se incluirá todo James y las dos primeras
novelas de Faulkner. Los requisitos para aprobar el curso se completan con la entrega de
una monografía que se entregará, indefectiblemente, hasta el 25 de junio porque
inmediatamente después viene la finalización de las clases.
La monografía versará sobre cualquiera de los temas que se hayan cumplido en
clase. Este curso se centrará sobre tres figuras importantes de la literatura estadounidense:
Herman Melville, Henry James y William Faulkner. La monografía versará sobre alguno de
estos autores pero no sobre lo dado en clase, sino que pueden establecer comparaciones
entre esos autores, algunos de sus textos y otros de cualquier literatura o de la literatura
estadounidense o con relatos de estos autores que no se hayan estudiado en clase.
Se supone que ustedes van a hacer un trabajo original sobre las ideas que vamos a
discutir en clase. Van a tener muchas posibilidades de elección de temas; ya sea sobre estos
autores, comparaciones u otros relatos, etc. Esto se verá poco a poco y ustedes podrán
discutir con los profesores de trabajos prácticos las ideas que van teniendo. Deberán
consultar con ellos si los temas les parecen posibles, interesantes y si no les va a llevar todo
el tiempo hacerlo. Antes esta materia era una de las últimas, pero ahora la cosa ha cambiado

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y no sabemos en que momento de sus carreras la cursan. No dejen para último momento
eso porque es un poco abrumador y se produce una especie de psicosis y no se hace nada.
Insisto en que ésta es una monografía de grado y no debe extenderse más allá de ocho o
diez páginas. Luego deberán incluir la bibliografía y todo lo que ustedes digan, pero no es
para escribir un libro o algo así. El criterio con que abarquen ese tema va a ser de gran
ayuda para ustedes. Es decir, tener ideas claras y saber qué es una monografía, que tiene un
principio, un medio y un fin, con conclusiones. Ustedes se deben proponer algo que es
discutir un tema y lo van a ejemplificar o, en su defecto, lo van a comparar con otro tema o
con la aplicación de una teoría sobre algún tema específico, sobre una novela o el estudio
de una novela, caracterización, descripción, etc. Es decir, hay una cantidad de ángulos con
que ustedes pueden enfocar esta monografía. La pueden ir meditando desde el comienzo y
discutiéndola con sus profesores de Trabajos Prácticos. Con ellos harán la lectura y
discusión de un trasfondo sobre la novela.
Hay veintidós pequeños extractos y creo que ya están fotocopiados. Ese material
discute la novela en general y comprende autores que van desde el siglo XIX hasta bien
entrado el siglo XX. Van a empezar con la significación de la frontera en la historia y, por
ende, en la cultura de los Estados Unidos: la idea de que los Estados Unidos se fue
formando desde el este y avanzando hacia el oeste. Ésta fue una frontera que este autor que
ustedes van a leer, Frederick Jackson Turner, dice que es una línea de americanización que
se fue moviendo hacia el oeste. Van a discutir problemas de este carácter y luego el estudio
de los escritores. Tienen autores que van desde los primeros clásicos como Cooper y
Hawthorne hasta otros de mediados del siglo XX como Hemingway y algunos más
recientes como Mailer o Bellow.
Eso en cuanto a los requisitos. Les recomiendo que consigan el programa que
también está en las fotocopiadoras. Ahí tienen ustedes los objetivos, fundamentos del curso,
la bibliografía general y una especial que podemos ampliar o no en caso de que ustedes
crean que es necesario hacerlo. La idea es, en lo posible, no utilizar fotocopias. Los libros
que vamos a trabajar están y se encuentran. Lo que no se encuentra en librerías sí se
fotocopiara. Estos veintidós extractos que son fundamentos del curso, que van a estudiar y
discutir en prácticos, están todos en inglés con la excepción de uno y fueron fotocopiados.
Deben saber inglés para hacer este curso, por lo menos lo básico para poder leer textos.

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Esto quiere decir que pueden abordar la lectura de Melville, James y Faulkner directamente
en inglés, si pueden y quieren, pero hay traducciones a las que yo voy a hacer referencia. El
único texto difícil de conseguir es Las alas de la paloma, de Henry James, que fue
traducido hace treinta y cinco años. Es de muy difícil traducción y no se lo volvió a hacer,
ni siquiera en España. Ese texto, por lo tanto, va a ser fotocopiado. El libro se tradujo en los
setenta por Editorial Troquel, ya desaparecida, por obra de un escritor y traductor ya
fallecido que fue Alberto Vanasco. Él resolvió los problemas de la traducción de ese texto
muy denso y difícil de manera muy correcta y elegante. Es muy extenso el material de
lectura, sobre todo para las clases teóricas.
La primera novela que vamos a leer, Moby-Dick, tiene unas quinientas páginas; Las
alas de la paloma tiene tantas o más y los de Faulkner, si bien no son tan largos son muy
densos y complejos; hay que demorarse un rato en cada página. Lo que tienen que hacer
primero es leer y leer. Sin la aproximación al texto esto no sirve. Lo que hay que hacer acá
es enfrentarnos con el texto.
El primer texto que vamos a ver es Moby-Dick, del cual hay tres traducciones. La
primera es de Enrique Pezzoni, de los ’70, originariamente en Sudamericana pero luego se
editó en otra editorial. Otra traducción es española, de José María Valverde, que está en
Bruguera. Una última la sacó Alianza, en el 2005, y es una buena traducción. Ninguna de
estas tres traducciones es óptima, por distintas razones; a una le falla la terminología
náutica de los balleneros del siglo XIX pero esto se subsana. La de Valverde y la de
Alianza son muy españolas. Los traductores españoles creen que son el centro del mundo
hispánico. Hay muchos tipos de español y lo que se debe hacer en una traducción es buscar
un idioma que se comprenda aquí, en República Dominicana y en España. Estas ediciones
españolas están llenas de leísmos, de errores con leísmos como “le di” y “le conozco”, que
erizan y además errores de estructuras, etc. Pero son semánticamente correctas, el
significado está bien; puede haber problemas de léxico y de estilo o de terminología.
Luego vamos a ver un texto muy breve, una especie de desahogo, que es un cuento
de Melville: “Bartleby, el escribiente”, del cual hay una traducción de Borges que editó
Marymar en su momento, pero que fue reeditada. Hay otras traducciones; yo voy a
referirme a una edición de Pre-Textos que tiene a “Bartleby” y tres estudios críticos de los
que vamos a hablar. Luego veremos Benito Cereno. Yo recomiendo la edición de Cátedra,

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que trae una buena introducción, una buena bibliografía, y que viene con “Bartleby” y Billy
Budd. También hay una edición antigua de Benito Cereno, de Salvat, traducción de Nicanor
Ancochea, que es doblemente mala. Hay otra edición de Billy Budd que es más antigua, del
Centro Editor de América Latina, del año ’80, y tal vez se consiga.
Luego de eso pasaremos a Henry James. Si leen en español, para Las alas de la
paloma tendrán que acudir a la fotocopia. Luego haremos Una vuelta de tuerca, traducida
por quien les habla, y se consigue una edición de Colihue, 2005. Es reciente, muy completa
y bien traducida. Hay una anterior, de José Bianco, que no es mala pero se titula Otra
vuelta de tuerca y es una sola la vuelta. Tiene errores pero se entiende. Luego hay un grave
problema: es una nouvelle, que se titula “La bestia en la jungla”, pero no tiene una
traducción decente. Se encuentra en un libro de Cátedra que se llama La vida privada y
otros relatos, pero han asesinado el estilo de James. De última, tendremos que apelar a ésa,
pero yo sabía de una traducción anterior que trataré de localizar. Después viene William
Faulkner y yo he compilado una bibliografía de todo Faulkner, de todas sus novelas con
todas sus traducciones, así que esto se fotocopiará.
Este curso de 2007 trata sobre la novela de Estados Unidos. Tenemos dos
elementos estructurantes o ejes temáticos; la novela y lo estadounidense. Como supongo
que saben más del primer término que del segundo nos centraremos en lo estadounidense,
pero nos referiremos constantemente a lo narrativo que incluye, además de la novela, el
cuento o relato y la nouvelle que es una forma intermedia entre los anteriores. En realidad,
no hay estudios genéricos sobre la nouvelle, por la sencilla razón de que nació como
necesidad editorial. Los escritores que vivían de su pluma debían publicar novelas que eran
editadas en ocho o más números seriales. Esto era mucho y entonces optaron, sobre todo
Henry James, por una forma intermedia que se publicaría en cuatro números. Casi todas
estas nouvelles, sobre todo las de James, están estructuradas en cuatro partes. Tienen cuatro
capítulos, con un pico de intriga al final de cada uno de ellos para que el lector compre el
ejemplar de la próxima entrega. Quiero ingresar al tema con una suerte de epígrafe o
umbral y traer la protección de dos escritores que además de escribir nouvelles han escrito
sobre la novela, sobre lo que es y sobre su ingreso a la lectura de la novela.
El primero es inglés, E. M. Forster, que escribió novelas memorables, como Donde
los ángeles temen aventurarse, se tradujo en Sur, y Pasaje a la India, sobre la cual David

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Lean filmó una gran película. También escribió el argumento de una ópera de Benjamin
Britten, el músico inglés, sobre Billy Budd. Forster está, de alguna manera, relacionado, con
nuestro tema. Él enseñó algo a sus amigos escritores, eran muchos en esa época, que es
muy inglés. Su consejo a los escritores era que había que minimizar. No exagerar las cosas
sino reducir todo el interés novelístico a lo que él llamó “la técnica de la mesa del té”. Es
decir, la novela como algo que la gente va a discutir sentada en torno a la mesa del té.
Eso fue adoptado por muchos ingleses y caracteriza a la novela inglesa desde Jane
Austen, una gran novelista de lo que se llama “Novel of Manners”; género narrativo que
tiene que ver con los hechos que suceden en una pequeña sociedad. Los Manners son los
modales y al español, erróneamente, se lo tradujo como “novela de costumbres”. Lo que
Forster hacía era resumir lo que había pasado en gran parte de la novela inglesa.
Su libro sobre la novela se publicó en 1927 y se titula Aspects of the Novel
(Aspectos de la novela). Es una recopilación de todas sus conferencias en la Universidad de
Cambridge en ese año. Forster diferenció entre argumento e historia. La historia, dice, es
una narración de hechos o acontecimientos arreglados en una secuencia temporal. La
secuencia temporal no coincide necesariamente con el orden cronológico, pero hay una
secuencia que se ordena en el tiempo. No coincide necesariamente con el orden cronológico
porque sabemos que el narrador, al elegir un punto de vista, puede distorsionar a gusto el
arreglo secuencial de su asunto. Puede usar el recurso de “analepsis” que es una anacronía o
discordancia en la cronología llevando esto hacia atrás. De repente uno de los personajes
recuerda y entonces vamos hacia atrás. Es lo que en el lenguaje cinematográfico se llama
flash-back. La historia también puede empezar in media res, como sucede en la épica.
Empieza con un suceso o situación importante, que no es la primera en el tiempo, pero
empieza ahí para centrar el interés y luego se moverá hacia atrás y hacia delante según le
guste. Aunque el moverse hacia delante (o la anticipación que es otra forma de anacronía)
no es tan común en la novela. Se llama prolepsis, llevar las cosas hacia delante de repente,
o flash-foward, como se llama en el cine.
Dijimos que la diferencia entre la historia y el argumento. En la historia la secuencia
se enfoca desde el punto de vista temporal, en lo que él llama argumento lo que interesa es
la causalidad, no la cronología. Dice: El rey murió y luego murió la reina. Eso es una

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historia. Un argumento sería: El rey murió y luego la reina murió de pena. Ahí hay una
causa y eso sería un argumento. Es interesante para enfocar narraciones.
Otro elemento interesante que derivamos de Forster es su división de los personajes
en chatos y redondos. Los chatos eran los humores del siglo XVII, los tipos, personajes que
a veces bordeaban la caricatura; personajes construidos alrededor de una sola idea, de una
característica que los distingue. Por ejemplo, la avaricia. Un personaje es avaro y ésa es su
constante. Cada vez que sale a la escena, esto puede suceder en el teatro, o que abrimos el
libro y aparece este personaje sabemos hasta lo que va a decir, cómo va a actuar, cómo
reaccionará. Es un personaje construido a partir de una característica rectora que hace que
proceda casi siempre de la misma manera, es constante. Algo más: no se desarrolla. No es
un personaje que cambie.
El que cambia es el personaje redondo. El redondo es aquél que tiene muchas
facetas, que es complejo, que vemos desde distintos ángulos, que conocemos o tratamos de
conocer más a fondo y que va a cambiar o desarrollarse a medida que avanza la novela. El
primero es chato como una fotografía, es completamente bidimensional. El personaje
redondo nos sorprende de una manera incalculable o convincente, al menos, porque es
impredecible como la vida. El otro no. El personaje redondo cambia según los recursos
narrativos. Dickens, generalmente, trabaja con personajes chatos. Es decir, con un
personaje central (David Copperfield) que va creciendo, desarrollándose y aprendiendo
algo de la vida hasta que crece y llega a ser una persona completa. Ése es el personaje
central y redondo, los otros son personajes chatos.
El segundo novelista que escribió sobre la teoría de la novela (James y Melville
también escribieron sobre la novela y los vamos a estudiar) fue un ruso que se nacionalizó
estadounidense. Lo hemos estudiado en esta materia y es Vladimir Nabokov. Él fue
profesor de varias universidades estadounidenses, sobre todo de la de Cornell, que está en
el estado de Nueva York, y dictó cursos sobre la novela inglesa, francesa y rusa. Estos
cursos fueron recopilados. Fueron traducidas y originariamente se llaman Conferencias
sobre literatura. Acá lo tradujo Emecé en el año ’80 con el título de Lecciones de literatura
y lo tradujo Francisco Torres de Oliver. Ahí estudia a Kafka, a Tolstoi, a Flaubert, a
Stevenson, etc. Traigo dos pasajes que para mí son iluminadores. En el primero dice que el
asunto novelístico depende del punto de vista, depende de la manera en que se ven las

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cosas. Les da un ejemplo a estos estudiantes que, me parece, no eran demasiado inteligentes
porque Nabokov a veces impacienta por la simplicidad de lo que dice.
Dice: “A mi modo de ver cualquier obra de arte de calidad es una fantasía, en la
medida en que refleja el mundo único de un individuo único. Imaginemos a tres hombres
de distinto tipo paseando por un mismo paisaje. El primero es un hombre de ciudad que
disfruta de unas merecidas vacaciones, el segundo es un botánico profesional, el tercero es
un campesino del lugar. El primero encarna lo que llamaríamos el tipo realista, práctico y
con sentido común. Ve los árboles como árboles y sabe por su mapa que la carretera por
la que va es bastante nueva y conduce a Newton donde hay un estupendo restaurante que le
han recomendado unos compañeros de oficina. El botánico, por su parte, observa su
entorno estrictamente desde el punto de vista de la vida de las plantas, unidades
biológicamente precisas y clasificadas en árboles y hierbas, flores y helechos”.
El botánico ve todo como botánico, para él ésa es la realidad. “Para él el mundo del
turista imperturbable, que no distingue un olmo de una encina, parece un mundo
fantástico, vago, quimérico. Finalmente el del campesino local difiere del de los otros dos
por ser un mundo intensamente emocional y personal pues ha nacido y ha crecido en él y
conoce cada sendero, cada árbol, cada sombra de árbol que se cruza en cada sendero,
todo en cálida conexión con su trabajo diario y su niñez y un millar de detalles menudos
de ese lugar y de ese tiempo concretos que los otros dos, el turista vulgar y el botánico
taxonomista, sencillamente no pueden conocer”.
De modo que tenemos tres mundos diferentes, tres hombres corrientes que tienen
realidades distintas. La conclusión es que si la realidad es objetiva, sin embargo hay un
millón de realidades. Ha socavado, de hecho, la idea de Realismo. Volveremos sobre este
punto.
Lo segundo que dice es muy interesante y es una pequeña parábola. “La literatura
no nació el día en que un chico llegó corriendo del valle Neanderthal gritando ¡el lobo, el
lobo!, con un enorme lobo gris pisándole los talones. La literatura nació el día en que un
chico llegó gritando ¡El lobo, el lobo! sin que lo persiguiera ningún lobo. Que el pobre
chico acabará siendo devorado por un animal de verdad por haber mentido tantas veces es
un mero accidente. Entre el lobo de la espesura y el lobo de la historia increíble hay un
centelleante término medio. Ese término medio, ese prisma, es el arte de la literatura”.

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Creo que es muy interesante y nos dice mucho sobre lo que vamos a ver este año porque la
literatura estadounidense se aparta del eje de la realidad. Por supuesto, no todo el tiempo
porque hubo un momento histórico en que el Realismo estuvo en auge para luego dar paso
al Naturalismo. El Naturalismo es una forma de fantasía también porque se fija sólo en
ciertos detalles de la vida. Tanto el Realismo como el Naturalismo seleccionan, como dice
Nabokov; siempre van a elegir algunos momentos y escenas de la vida. Lo que los
estadounidenses llaman Romance es un género que se distingue y diferencia de la novela
por varias características sobre las cuales vamos a demorarnos.
Hay muchos escritores estadounidenses que han obtenido el Premio Nobel y es
importante porque saca a la literatura de su país. Este premio hace conocer a un país. Hay
muchos países que no conocemos y hay muchos que no nos conocen porque, salvo la
excepción de Borges (no hablo de los estudiosos que conocen nuestra literatura más que
nosotros mismos), no hemos salido y eso por distintas causas. Ocho escritores
estadounidenses ganaron el Premio Nobel. Sinclair Lewis, un escritor realista de los treinta.
En esos años el Realismo y el Naturalismo son importantes en Estados Unidos porque es un
momento en que la gente tiene hambre. Es un momento de pobreza porque la Bolsa ha
caído en el año ’29. Toda esa década abre las puertas a ideas proletarias y marxistas,
entonces la literatura necesariamente se hace realista. Al hacerse realista esa literatura
presta mayor atención a detalles que tienen que ver con la vida diaria y no se demora tanto
en la literaturiedad, en estudiar el estilo y en el uso del lenguaje.
El segundo es Eugene O’Neill, un dramaturgo cuyas obras hoy casi no se
representan. Luego tenemos a Pearl Buck, posiblemente uno de los muchos errores de la
Academia Sueca, una escritora hoy perfecta y justificadamente olvidada. En aquella época
escribió un libro llamado La buena tierra, que era sobre China y eso era exótico. El
siguiente fue Faulkner que sí lo merecía, después fue el turno de Hemingway que también
lo merecía. Después vino John Steinbeck que no lo merecía tanto pero, bueno, lo ganó.
Luego Bellow, que es muy importante, un novelista que incorporó o que llevó casi a la
perfección a la Novela Judía; Singer, un judío nacionalizado estadounidense que también
siguió esa huella y Toni Morrison que hizo conocer la Novela Negra en el mundo. También
hubo dos naturalizados que lo ganaron: Joseph Brodsky, un gran poeta, y Milocz.

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Cuando Borges empieza su Introducción a la literatura norteamericana, un texto


breve de 1967, que escribió en colaboración con Esther Zemboráin de Torres, hay algo
interesante por su poder de síntesis. No va en profundidad pero elige el detalle preciso que
caracteriza a un escritor. Es así como puede hablar de Melville en una página y media,
porque no quiere o no puede decir más. Recordemos que tenía problemas visuales y no
recordaba tanto las cosas. Por eso, al final de su vida, prefirió la poesía y ensayos breves.
Empieza ese libro con una referencia que tiene algo que ver con lo que decíamos.
“Es lícito declarar, a la manera bíblica, que Edgar Allan Poe engendró a Baudelaire, que
engendró a los simbolistas, que engendraron a Valéry y que toda la poesía civil o
comprometida de nuestro tiempo proviene de Walt Whitman que se prolonga en Sandburg
y en Neruda”. Su punto de vista para jerarquizar la literatura estadounidense parte del
problema de la influencia. Edgar Allan Poe, más conocido en el mundo entero que en su
propio país, es un escritor seminal por la importancia que tuvo su influencia. No sólo para
los simbolistas sino también, en forma quizás más pedestre, por ser el inventor de la ciencia
ficción, antes de Verne, y también del relato policial. Él escribió cosas que influyeron sobre
otros escritores que hicieron seguir la rueda de la literatura que, como sabemos, en gran
medida se hace con otra literatura.
Muchos de los primeros estudiosos de la cultura estadounidense, sobre todo en las
manifestaciones de lo literario, se preocupaban por diferenciarla de la inglesa. En su La
democracia en América, de 1835, escrito por Alexis de Tocqueville (un francés que visitó
Estados Unidos), dice que las obras literarias que encuentra en América son inglesas en su
sustancia y más aún en su forma. No había nacido una novela estadounidense así que toda
la novela, como la poesía, era totalmente imitativa e imitaba los modelos ingleses. Esto en
el capítulo XIII, tomo segundo, de Democracia en América. Dos años después un pensador
trascendentalista, bostoniano, Ralph Waldo Emerson, se queja del hecho de que Estados
Unidos está bajo el dominio cultural de Inglaterra. Su famosa frase es: “Hemos escuchado
demasiado tiempo a las cortesanas musas de Europa”. Fuera Europa. Fijémonos y
hablemos de una literatura nacional.
Los escritores mismos querían apartarse de la literatura inglesa, querían su propia
novela. El problema grave era el mismo idioma inglés que es una carga heredada, como a
nosotros nos sucedió con el español. Los escritores estadounidenses estaban condicionados

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por una lengua que no les era propia y toda la literatura importante estaba escrita en esa
lengua. Los Estados Unidos son una derivación de Inglaterra, con un bagaje de ideas y
costumbres que fueron importadas. Poco a poco fueron encontrando su propio medio
geográfico, político y social distinto del inglés y eso fue un punto de partida para la
diferenciación. Es decir, ambientar lo que escribían en un paisaje nuevo.
La incorporación del paisaje es una de las primeras manifestaciones de cualquier
literatura que lucha por ser autónoma. Se va produciendo, en Estados Unidos, una respuesta
imaginativa a América como escena, como marco histórico y, sobre todo, como racimo de
posibilidades. Es un nuevo país y hay nuevas cosas que se pueden hacer. Recordemos que
América nació en Europa, la promesa de América nació en Europa. Aquéllos que huyeron,
escaparon o, simplemente, buscaron nuevas tierras en América, ya traían una idea y una
gama de esperanzas, una expectativa para la nueva vida que buscaban encontrar. Ésta es la
idea de lo que se llama, en cultura estadounidense, The American Dream (El sueño
americano). Es decir, el sueño de una vida nueva que, muchas veces, es materialista, que
tiene que ver con la mejora del nivel de vida.
Esto no siempre se dio porque algunos llegaron a América por otras razones. Una de
ellas fue el éxodo de los puritanos. Fueron guiados por un fin mesiánico; buscaban fundar
una nueva Jerusalén porque eran perseguidos en su patria, Inglaterra, ya que no
comulgaban con las ideas de la religión anglicana. Sobre todo con el boato y la jerarquía
eclesiástica. Los puritanos cruzan el Atlántico y se encuentran con el enorme, vasto, paisaje
americano y una inmensa soledad. Vienen de Londres, han pasado por Holanda, vienen de
capitales populosas. De repente, le han dado la espalda a esto y literalmente han “quemado
las naves”. Atrás de ellos sólo está el océano, ya no pueden volver. Tienen que hacer una
nueva vida, necesariamente. Frente a ellos encuentran el bosque impenetrable que es la
morada del indio que ellos demonizan (el indio es el demonio). Habrá que exorcizar a ese
indio; habrá que destruirlo o evangelizarlo.
De cualquier manera, el problema para los primeros puritanos es terrible y lo
americano, lo autóctono, va entrando en su literatura y en los tratados puritanos con una
nueva flora y una nueva fauna, con los peligros que hay que enfrentar, con la mera
necesidad de subsistir, que engendra una nueva actitud hacia la naturaleza e inclusive hacia
los objetos y hacia el prójimo. Una actitud que era totalmente distinta de la que acababan de

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dejar en Europa. Va naciendo un vocabulario americano, una aprehensión diferente hacia el


paisaje y la necesidad de encontrar respuestas a muchas preguntas.
Tocqueville, este viajero estudioso de la nueva sociedad, observa que en las
democracias nuevas los hombres nunca se sientan a descansar porque hay mucho que hacer.
Esto no en el sentido de hacer con las manos, sino que su vida se caracteriza por algo que es
provisorio, algo que es inesperado y, más importante aún, el hombre se ve obligado a
replegarse sobre sí mismo, en soledad. Por el contrario, en las aristocracias se forman
sociedades jerárquicas con el rey a la cabeza, los nobles, hasta llegar a los plebeyos, y todo
es una larga cadena de eslabones que están fijos y todo el mundo conoce su lugar y sabe lo
que debe y tiene que hacer. Eso nunca terminó en Inglaterra; sobre todo porque la
diferenciación de las clases sociales sigue siendo fundamental. En Inglaterra hablamos de
una clase nobiliaria, de una clase alta, de una clase media alta, de clase media media, de
clase media baja, etc., y así llegamos hasta el campesino más pobre.
Los puritanos se asientan en Nueva Inglaterra y ese asentamiento responde a una
ambición de enriquecimiento. Por una parte, ellos van a ser libres y podrán profesar su
culto en libertad; por otra parte, también buscan lo segundo: el enriquecimiento, una nueva
oportunidad. Por un lado, tenemos libertad religiosa, fanatismo religioso, y por otra parte
afán de lucro y, por supuesto, una búsqueda de asilo. Todas estas características van a dejar
su huella en el carácter estadounidense: fanatismo religioso, afán de libertad, deseo de lucro
y enriquecimiento. Los puritanos eran un pueblo trabajador, rudo, no muy esclarecido. Eran
muy religiosos y toda forma de fanatismo no lleva necesariamente al esclarecimiento, pero
eran un pueblo activo, orgulloso, enérgico, individualista. La imagen que nos ha quedado es
la de un pueblo corto de miras, asceta, falto de sentido del humor, mojigato.
Todo eso es verdad, eran eso, pero también eran lo otro: eran trabajadores, tenían un
buen criterio, sabían lo que querían y trataban de conseguirlo. Tienen la mirada clavada en
el cielo y un sentido muy claro de la vida. Tienen muy claro cuál es el sentido de su vida en
este nuevo país. Tienen un sentido de misión. Lo interesante es que ellos, que han huido en
busca de libertad, una vez que están allá repiten la historia: persiguen a todos aquellos que
no creen lo mismo que ellos. Hay una cantidad de personas, dentro del grupo puritano, que
no están en los puestos importantes de la jerarquía eclesiástica y que tratan de conseguirlos
y que están en disenso. Esos son apartados y echados de la sociedad puritana. Lo

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interesante es que una de ellas fuera una mujer, Ann Hutchinson, que fue doblemente
perseguida porque se imaginaban que ella podía levantarse en contra de los dueños de la
iglesia.
Otra idea fundamental para los puritanos es calvinista. El Puritanismo es, en su
origen, calvinista y para ellos el hombre es por naturaleza malvado y pecaminoso. Dios es
todopoderoso y no hay nada que el hombre pueda hacer para cambiar su destino. Ya de
antemano Dios ha decidido quiénes son los elegidos que se salvarán y quiénes se perderán.
Es decir, las obras no importan demasiado, importa lo que se muestra; aquél que se muestra
recto, probo y lleva una buena vida probablemente sea un elegido. El que lleva una vida
confusa y desordenada desde ya ha sido elegido para la condena. Los que se salvan llegarán
al cielo y la vida es el proceso de descubrir quiénes son los elegidos y quiénes no.

Alumno: No entendí bien la diferencia entre las obras y el proceder recto.

Profesor: Para otras formas del Cristianismo lo que importa es la manera en que uno se
comporta y ello puede mejorar la naturaleza del hombre y el hombre así puede conseguir su
salvación (por las obras que hace en la tierra). Para los puritanos esto no es así; esto no los
llevaba a cometer malas obras necesariamente. Por el contrario, debían mostrar mediante
sus buenas obras que estaban dentro de los elegidos, pero en su religión las obras
únicamente no son capaces de llevar a la salvación. En muchas religiones un hombre o una
mujer pueden llevar una vida pecaminosa y en algún momento ver la luz y cambiar. Basta
ese cambio de consciencia para salvarse; esto no pasa entre los puritanos.
Recordemos que hay que ver una señal; los puritanos estaban listos para ver una
señal que les indicaba que ellos estaban o no dentro de los elegidos. Fíjense cómo ellos
habían arreglado las cosas a su manera: ser rico era una indicación de que habían sido
premiados y de que estaban dentro de los elegidos, la pobreza era una señal de
condenación. Había otros fenómenos que no necesariamente influían sobre la elección pero
que daban un mensaje de Dios; por ejemplo, un cometa, un fenómeno metereológico, era
una señal que daba Dios, generalmente una señal de la ira de Dios. Algo pasaba que estaba
yendo mal. Era un anuncio divino: podía ser una amenaza o un castigo o podía ser una
prevención. El granizo que destrozaba las cosechas era un signo de la ira de Dios.

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De esa mentalidad que veía correspondencias con las cosas nació una característica
de la literatura estadounidense que tiende hacia el simbolismo y la alegoría, no hacia el
realismo, posiblemente de esa relación entre los signos y la significación de los mismos.
Por ejemplo, Hawthorne tiene una novela llamada La letra escarlata y esa letra, una gran
“A”, es un símbolo del adulterio de la protagonista. En Moby-Dick la ballena no es sólo
eso; es mucho más. El barco es una madera que flota, pero también es un microcosmos
porque están todas las razas. Hasta cierto punto es un símbolo de la democracia. Ismael, el
narrador, es un marinero pero más que esto es un huérfano, el desheredado. Es el “isolato”,
palabra que usa Melville para hablar del aislado, del solitario, del que está absolutamente
solo. La travesía del barco es una caza y es una búsqueda, etc.
Hay una cita que hace Ahab en el centro del libro: “Todos los objetos visibles no
son más que máscaras de cartón”. La realidad está detrás. Esto es una cita de un escritor
que entonces estaba muy en boga, Thomas Carlyle, y la cita es de Sartor Resartus. Moby-
Dick es un libro hecho de otros libros, de literatura. Por eso vamos a ver una serie enorme
de intertextualidades. Lo que Carlyle y Ahab dicen es que el significado está detrás, no en
la apariencia de las cosas.
Los puritanos se oponen a la dimensión estética de la literatura. La literatura no
debe ser entretenimiento; no importa que sea bella porque eso puede ser gratuito y
pecaminoso. La literatura no es un adorno sino que tiene un propósito moral, aleccionador.
Para el Puritanismo las formas literarias son el sermón, la homilia, el diario en el que se
relata la historia de lo que está pasando, la alegoría, el poema devocional y también la
“Jeremiada”. Se llama así porque se origina en los lamentos de Jeremías del Antiguo
Testamento. Es un texto en prosa que relata una historia de sufrimiento y expresa una
lamentación por la condición humana. Quizás sea la forma más generalizada y propia de los
puritanos de Nueva Inglaterra.
En un artículo que apareció en Partisan Review, una revista entonces marxista, en
1952, el escritor de apellido F. G. Frittmann escribe un pequeño ensayo llamado “Estados
Unidos, un país sin prehistoria”. Ahí dice algo interesante. Los estadounidenses son un
pueblo (esto se puede extender a todos los americanos) que va a la deriva en la historia
porque no tiene amarras en la prehistoria. Los Estados Unidos nacen en un momento dado
pero no pueden mirar para atrás porque esa prehistoria no es de ellos sino de los indígenas

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que lo habitaban. Estos pueblos americanos surgen en un momento determinado de la


historia como resultado de un contrato, como un artefacto humano que se crea a sí mismo
sin historia y sin pasado, sin pre-historia. Las comunidades europeas tradicionales no tienen
un momento histórico preciso. Se remontan a las oscuras profundidades de la historia, no se
sabe cuándo nacieron. Si estudiamos los orígenes de Inglaterra hablan de los pictos y de
otras tribus antiguas que luego recibieron las invasiones anglosajonas, luego las de los
daneses y luego de los romanos y luego los normandos. Así se fueron formando esos
estratos históricos, pero nadie realmente puede remontarse a un momento determinado.
La idea de que se carece de prehistoria es interesante por la problemática de
identidad que sugiere y que incorpora, en el caso específico de la literatura estadounidense,
temas, leit-motivs. Desde ya el problema de la identidad, el de la paternidad. Es importante
la relación con el padre, la búsqueda de raíces, la nostalgia de un tiempo edénico que es
imaginario y que se trata de localizar pero esto tal vez no se puede. Éstas son ideas y temas
que aparecen en Poe, en Hawthorne, en Melville y en muchos otros escritores.
Vuelvo a Borges. Dice: “La independencia de América empezó en aquella mañana
de 1620 en que ciento dos puritanos del Mayflower desembarcaron”. Ellos trajeron la
semilla de la democracia. Ellos se supieron autogobernar, supieron armar sus propias
formas democráticas. Se reunían en las plazas y discutían; fueron formando los consejos
que son probablemente el origen del cabildeo, cuando todos los ciudadanos se reunían y
expresaban sus puntos de vista y discutían en el medio de la plaza.
A mí me interesó saber qué trajeron estos Padres Peregrinos que abordaron el
Mayflower en 1620. Trajeron material de lectura como quien se prepara para pasar un
tiempo en una isla desierta. Ellos no llevaban literatura pasatista y pecaminosa. Eligieron
libros que describían el paisaje o que eran religiosos o que tenían carácter práctico. Entre
los primeros libros que llevaron hay uno autobiográfico llamado Descripción de Nueva
Inglaterra. Tenían una descripción antes de haber llegado. Este libro es autobiográfico y lo
escribió el capitán John Smith que fue un aventurero que viajó y se estableció en Virginia,
más al sur, y ahí tuvo una serie de aventuras: fue capturado por los indios y lo rescató una
india llamada Pocahontas. De cualquier manera escribió ese texto en 1616, en Inglaterra, y
los puritanos que viajaron tuvieron contacto con él porque incluyó un mapa de la costa de

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Nueva Inglaterra y situaba el puerto de Plymouth, que es donde desembarcan con el


Mayflower (el Mayflower está allí actualmente).
Este Smith, creo que fue el primer guía turístico, se ofreció para viajar en el barco y
servirles de guía, pero los puritanos eran ahorrativos y prefirieron comprarle el libro y no
llevarlo. Éste es el primer libro que traen, de carácter práctico: algo que los ayude a conocer
el terreno. También llevaron otros libros sobre la región. Entre ellos la narración de
exploraciones de un tal Thomas Dermer que hablaba del suelo y decía que era bueno, que
se podía plantar ahí y que cualquier cosa iba a crecer. Recomendaba a Plymouth como el
ideal para desembarcar y establecerse, pero no menos de cincuenta personas debido a la
inclemencia del tiempo y a la hostilidad de los indios. Este libro no ha perdurado. William
Bradford, que llegó con el Mayflower, fue gobernador de la colonia de Plymouth en la
mejor tradición de los políticos argentinos: gobernó desde 1622 hasta 1656. Fue reelegido
continuamente. Escribió una historia y ahí cita a Dermer y lo resume.
El libro principal de los puritanos era La Biblia, por supuesto, pero en la edición de
Ginebra, La Biblia calvinista (aunque también entraron algunas ediciones de La Biblia del
rey Jaime de 1611 que era La Biblia anglicana, la cual todavía subsiste). Recordemos que
los peregrinos eran separatistas, se separaron de la iglesia anglicana. No le tenían mucha fe
a La Biblia del rey Jaime. Pasaron los años y vinieron nuevas olas de pobladores. Vinieron
sobre todo artesanos, albañiles, herreros, ebanistas, tejedores, etc., y también llegaron libros
pero del mismo tipo. Muchos de ellos estaban en latín, como muchos libros religiosos de la
época.
En 1644, murió el eclesiástico principal de la colonia de Plymouth, que era William
Brewster; él era el único universitario y, por supuesto, leía en latín, además imprimía libros.
Fue el primer impresor de la colonia y dejó una colección de 323 libros en inglés y 64 en
latín que era una inmensidad para entonces. Ésta es la primera biblioteca que habrá en la
colonia. El 75% de estos libros fue publicado antes de que el Mayflower zarpara y tenía
mucho que ver con la religión, les diría que las dos terceras partes. Pero sorpresivamente se
incluyeron libros increíbles, que cambiaron mentalidades. Entre ellos El príncipe, de
Maquiavelo y El progreso del saber, de Francis Bacon, que hablaba de lógica y filosofía.
También una antología de poesía lírica isabelina. Pronto se empieza a editar poesía y
surgirá la primera poeta, Anne Bradstreet, en esta colonia que, por supuesto, imitaba la

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lírica isabelina. En otras bibliotecas se encontró un ejemplar de La Ilíada y un libro con las
campañas de Julio César.
Otro documento interesante que indica el mundo literario de Nueva Inglaterra, es
una serie de facturas del librero principal de Boston que era John Usher, quien entre 1682 y
1685 importó 3421 libros. Estos libros estaban destinados a una población de setenta y
cinco mil habitantes; el 10% de esta población vivía en Boston. Esto nos dice algo de esa
región en donde surgirán las primeras universidades (Harvard ya existía). Esto nos dice que
Nueva Inglaterra va a dominar la literatura estadounidense por lo menos durante un siglo.
Todo lo literariamente importante, al principio, surge del área de Nueva Inglaterra.
Esto va a llevar a escritores como Poe a denostar la región, a odiarla, y a escribir todo lo
que puede en contra de los bostonianos. Del total de estos libros importados por Usher,
1096 eran religiosos (sermones, catecismos), 1004 eran textos escolares, 428 eran biblias y
libros de salmos y 262 eran novelas. Esto nos habla del espacio que ocupaba la narrativa:
un 7%. Es un principio.
Ya en el siglo XIX, los novelistas estadounidenses en general eran imitativos de la
producción inglesa y uno de ellos, James Fenimore Cooper, autor de tantas novelas sobre
los indios (entre ellas El último de los mohicanos, que no es la mejor sino la más conocida),
y otros como él se lamentan por la falta de una rica estructura social. Se pregunta cómo
escribir novelas si sólo tenemos puritanos, religiosos, bostonianos, indios, bosques y muy
pocas ciudades. Dónde está la rica y compleja estructura social que nos permitirá escribir
novelas (Novels of manners, esto es lo que quieren escribir). Él empieza imitando a Jane
Austen.
En un estudio de 1828 que ustedes leerán, Cooper protesta por la pobreza de
materiales: no es posible escribir novelas así. Y en sus prefacios, Hawthorne, a quien nos
vamos a referir muchas veces (sobre todo porque fue importante su relación con Melville)
dice que resulta difícil escribir Romances en un país sin sombras ni misterios, en un país
donde sólo hay una “vulgar prosperidad”. Ellos quieren escribir novelas góticas y para eso
necesitan ruinas cubiertas de musgo y llenas de fantasmas que arrastran cadenas como las
de Europa. Están equivocados pero, años después, Henry James justifica la postura de
oposición de Hawthorne porque dice que el novelista necesita una acumulación de historias
y de costumbres.

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Estos escritores se quejan de no poder escribir novelas europeas en suelo


estadounidense. La postura es equivocada e imposible. Emerson, en 1842, dice que el
novelista debe valerse de los materiales a su alcance, debe escribir con lo que tiene y está
cerca. Dice: “Los bancos y los impuestos, los diarios y las reuniones políticas, el
Metodismo y el Puritanismo son aburridos y chatos sólo para los que carecen de
posibilidad de tratarlos sin aburrimiento y sin chatura”. Ahí hay un comienzo, por qué no
escribir sobre eso. “Descansan sobre los mismos cimientos de asombro y maravilla que la
ciudad de Troya y el templo de Delfos. Los Estados Unidos son un poema para nuestros
ojos”. Quién le responde es un poeta, Walt Whitman, que unos años después dirá que los
Estados Unidos son en sí el poema más grande. Él escribirá gran poesía sobre lo que tiene
alrededor y los novelistas también lo harán.
Un siglo después de la llegada del Mayflower, los colonos se han establecido en
trece colonias sobre la franja del Atlántico. Han ido empujando a los indios, han cruzado el
bosque y las montañas y han avanzado hacia el oeste. Han fundado una gran colonia que es
Pennsylvannia, fundada gracias al avance de los colonos originales. Ya han empezado a
disfrutar; han superado las penurias y las dificultades y ahora están dispuestos a tener
cultura. Una vez resuelto lo fundamental se quiere llegar a cierto grado de refinamiento.
Se logra sobre todo en Boston que sigue siendo la ciudad más importante; a
mediados del siglo XVIII tenía 17000 habitantes y ya había otras ciudades importantes
como Filadelfia que ya es próspera. Nueva York no es tan importante en esa época,
Newport, en Rhode Island, es importante y Charlstone, en Carolina del sur. Ha mejorado la
educación pero todo sigue llegando de la madre patria; los textos escolares y todo el
sistema educativo es una imitación del inglés. Nueva York, originariamente holandesa,
tiene libros en inglés y Pennsylvannia, originariamente cuáquero, presenta inmigración
holandesa, alemana, suiza, escocesa e irlandesa y se compran textos en alemán.
En Harvard se consigue un nivel educativo excelente e incluso cierto grado de
sofisticación. Esto al punto de que no hubo ningún alboroto cuando en uno de los clubes de
la universidad se llevó a cabo un debate sobre si se consideraba fornicación, pecado capital,
acostarse con la novia antes del matrimonio. Este debate se hizo a mediados del siglo
XVIII, cuestión que no se había escuchado en Europa, pero en Estados Unidos van
cambiando las cosas.

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En Boston, por otra parte, había muchos irlandeses y ciento cincuenta tabernas con
licencia para servir alcohol y, en 1772, se importaron 6000 mazos de naipes. Los puritanos
van declinado y va entrando el pecado. Hay decenas de sastrerías, de casas de moda, de
fabricantes de pelucas y se siguen los consejos de Lord Chesterfield sobre los modales que
son importantes para la sociedad (la etiqueta), lo que es correcto e incorrecto. Aparte de
este avance de cierta sofisticación, para 1755 en esta región hay 24 imprentas lo que es
mucho. Ya se imprimen 1200 títulos por año sobre una variedad enorme de temas. En
Filadelfia, en 1742, había cinco librerías y treinta años después, treinta librerías. El avance
es increíble, pero la gente leía, sobre todo, historias sobre salteadores de caminos más que
literatura seria, pero lo mismo pasa hoy. Comenzaba el hábito de la lectura: como la gente
leía muchos escribían. Va apareciendo, poco a poco, la literatura autóctona. Aunque, de
hecho, lo que se venden son almanaques para granjeros con consejos sobre cómo y cuándo
sembrar y con algo del horóscopo; consejos para parturientas, historias de brujería. Todo
esto alimenta al imaginario colectivo.
Benjamin Franklyn, en Filadelfia, inventa la biblioteca circulante. Había que pagar
una cuota que se abonaba en cereales o manteca y se sacaban libros a cambio. Circulaban
poemas de Poe, El Paraíso perdido de Milton, la elegía de Gray y novelas sentimentales.
También había teatros e increíblemente se representó Othello en el siglo XVIII. Se leía a
Newton, a Locke, a Homero, a Swift y a Voltaire. Van entrando las novelas: Robinson
Crusoe y Moll Flanders de Defoe, Tom Jones de Fielding, las novelas de Richardson
(Pamela y Clarissa) y las novelas góticas (El castillo de Otranto de Horace Walpole, El
monje de Lewis y Los misterios de Udolfo de Radcliffe), las novelas históricas de Walter
Scott que inspirarán a Fenimore Cooper y también Jane Austen y la poesía de Lord Byron,
Shelley y otros románticos. Esto es así hasta que, poco a poco, explota la literatura
nacional. En la próxima vamos a referirnos a los primeros críticos de la novela.
Por hoy dejamos aquí. Hasta la próxima.

Versión CEfyL

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