La Panóplia Ibérica (IIª parte

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Sergi Segura Bueno, arqueólogo e ilustrador (http://ilustraciohistorica.blogspot.com/) José Miguel Gallego Cañamero, arqueólogo (http://artifexcrpa.blogspot.com/)

LA PANOPLIA DEFENSIVA
En esta segunda entrega, dedicada al armamento ibérico defensivo, continuaremos con la línea iniciada en el anterior artículo, haciendo un repaso general y ofreciendo una visión sencilla de una parte muy concreta del conjunto de armas que caracterizó a la cultura ibérica. Para ello, se ha optado por separar y diferenciar las defensas activas y las defensas pasivas, ambas con unas peculiaridades propias. Por otro lado, y como ya tuvimos oportunidad de conocer en el anterior artículo dedicado al armamento ofensivo, debe destacarse la existencia en la zona de la actual Catalunya y Aragón oriental de una tradición norpirenaica que afectan a determinados elementos del armamento defensivo que los hacen sustancialmente diferentes al resto de territorios puramente ibéricos que recibieron sus propias influencias a través de otras vías; Tampoco en esta ocasión se puede defender la existencia de un armamento defensivo netamente ibérico al norte del Ebro.

Defensas activas
Como defensas activas deben entenderse aquellos elementos que, manipulados voluntariamente por el guerrero, le sirven para cubrirse, detener o desviar los golpes y proyectiles enemigos. Este tipo de defensa es la más importante y una vez superada por el adversario, solamente quedan las defensas pasivas corporales como último recurso para evitar ser herido. Genéricamente son denominadas “escudos”, pero como veremos a continuación, no existe para ellos una única tipología concreta; en cambio, se aprecia una diversidad geo- cronológica muy similar a la que vimos con la panóplia ofensiva. Escudos El origen de la palabra “escudo” lo encontramos en el término latino Scutum. Esta palabra generalmente se utiliza para hacer referencia a un elemento defensivo que, normalmente empuñado o embrazado con la mano izquierda (con diferentes formas, como se verá), cubre uno de los flancos del guerrero mientras con la mano derecha empuña el arma ofensiva. Sin embargo, el Scutum era un tipo muy concreto de protección activa con unas características propias definidas. Su imagen (a grandes rasgos) nos vendrá rápidamente a la mente si imaginamos el escudo de un legionario romano. En efecto, se trata de una enorme pieza rectangular, con el cuerpo hecho con láminas de madera alargadas, reforzada en el exterior con cuero, convexa por los lados más largos, con un refuerzo metálico cuadrado en el medio (siempre lo miraremos desde el exterior).

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Los íberos usaban un tipo de escudo muy similar a los modelos más antiguos de Scutum: el Escudo Oval. Pero como veremos más adelante, también utilizaban otro tipo diferente, denominado por los romanos Caetra, con características propias. Como efectivamente se mencionaba en la introducción, podemos establecer una clara diferencia tipológica entre los escudos cuyos restos se documentan arqueológicamente en las zonas puramente ibéricas (es decir, Andalucía, Sudeste y Levante) y las que se documentan al norte del Ebro, bajo continuos flujos culturales célticos desde el Ibérico Antiguo. Por tanto, para comenzar se puede afirmar que los escudos propiamente ibéricos (los tipo caetra) no poseen las mismas características que los de tradición céltica (los tipo oval). En el área catalana se documentan exclusivamente piezas de escudos ovales célticos: Umbus rectangulares, moldeados, “de alas de mariposa” y refuerzos metálicos de los extremos del escudo. Así, ligado a lo que sucedía con otros elementos de la panóplia (ver espadas “de antenas” y espadas “La Tène” en el apartado anterior dedicado al armamento ofensivo), encontramos que en la zona de la actual Catalunya y Aragón Oriental se aprecia la existencia de una tradición diferente al resto de territorios ibéricos debida principalmente a las influencias que llegan desde el norte de los Pirineos. En el caso de las evidencias arqueológicas de los escudos, se puede afirmar que existe una serie de particularidades similares al mundo céltico. En este sentido, se cree que el origen primero del escudo oval documentado en estas zonas se encuentra en los territorios célticos del norte de Italia. Desde aquí, a partir del s. V a. C. se extendió hacia Grecia donde fue conocido como Thureos. Seguidamente fue adoptado por todos los pueblos celtas y hacia el s. IV a. C. llegó a la zona catalana; poco después, hacia finales del s. III a. C., quizás gracias a los soldados al servicio de Carthago, se extendió hacia el resto de territorios ibéricos. Los ovales son grandes escudos que miden entre 80 i 120 cm. de altura y entre 50 y 80 cm. de anchura, y no pesan más de 5 ó 6 kg. (los romanos rondaban 10 kg.). Como se ve, constituyen una excelente protección, apta para ser utilizada tanto en combate “uno contra uno” como en formaciones cerradas: se puede manipular muy rápidamente gracias a su sistema de sujeción empuñado y cubre una buena parte del cuerpo. Este modelo, como hemos mencionado, recuerda morfológica y funcionalmente a los usados por los legionarios romanos. No obstante, los escudos ovales de tradición céltica, como los que se documentan en Catalunya, tenían sección plana y no envolvente como los Scuta romanos contemporáneos, cosa que, al parecer, disminuía notablemente su capacidad de protección tal y como destacó Polibio al describir la Batalla de Telamón1. De todas formas, gracias a sus dimensiones este tipo de protección podía resultar muy efectiva tanto ante una lluvia de armas arrojadizas como para ofrecer al enemigo que carga al cuerpo a cuerpo una línea de frente firme y resistente. No olvidemos que en aquel tipo de combate se trataba fundamentalmente de mantener cohesionada la formación propia lo mejor posible, al tiempo que se intentaba romper la del adversario.
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Polibio: Historias, II, 30, 2-3.

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Pero además, existían otros componentes que complementaban la eficacia y la resistencia de este escudo. La Spina es un grueso refuerzo de madera que recorre longitudinalmente la cara exterior. En el centro, a la altura de la manilla, es más ancha y de sección cóncava para proteger la mano del guerrero. El Umbus de hierro servía tanto para mantener firme la estructura (los clavos que lo fijan a la madera atraviesan todos los componentes del escudo) como para evitar que la mano del guerrero que sujetaba el escudo recibiera directamente el impacto del golpe enemigo. Su forma experimentó una evolución tipológica entre los ss. IV y I a. C. En la Península Ibérica, los modelos más antiguos se caracterizan por estar elaborados a partir de dos piezas que se unen longitudinalmente en el medio. Son los denominados “bivalvos”. Los característicos del s. III a. C. están hechos de una sola pieza de hierro y tienen forma rectangular y bordes paralelos. Sincrónicamente a estos, encontramos los umbos con aletas moldeadas. Hacia finales del s. III a. C. encontramos los modelos con aletas trapezoidales que poco a poco evolucionan hacia los tipos “de alas de mariposa”, datables a caballo entre los s. II y I a. C. Finalmente, encontramos los umbos circulares, que aparecen en contextos del s. I a. C., con un diámetro mayor que los asociados a caetrae (estos nunca pasan de los 15 cm.), evidencias, quizá, de los escudos empleados por las tropas romanas auxiliares. En cambio, en el área ibérica se documentan una gran cantidad de manillas de hierro forjado y tachones de bronce (con algún ejemplar de hierro) totalmente diferentes morfológicamente de los anteriores, que formaban parte de la estructura de la otra variante de escudos, las Caetrae. A partir de la elaboración de un minucioso estudio de sus características físicas, de un detallado vaciado de las fuentes clásicas y de la vinculación con la iconografía ibérica (escultura y pintura vascular)2, se ha podido definir su estructura. Este tipo de escudo estaba hecho con tiras de madera fijadas con resinas, tenía forma circular y se empuñaba (no como el Aspis griego que se embrazaba). En la superficie exterior llevaba un Umbus cóncavo circular de hierro, cuya función era, de la misma manera que sucedía con los scuta, la de cohesionar toda la estructura mediante unos clavos que la atravesaban, y de protección para la mano del portador. Justo detrás de esta pieza encontraríamos las manillas, con o sin aletas, su sistema de sujeción. Para hacer más cómodo su transporte (colgado del cuello) y para evitar perderlo después de un fuerte golpe, llevaba un sistema de suspensión con una larga tira de cuero (Telamon) que pasaba a través de dos anillas fijadas a las aletas de las manillas. Además, era mayoritariamente de sección plana o cóncava, aunque en algún caso también se han documentado manillas con una cierta inclinación lo que indica la existencia de caetrae con secciones convexas. Las evidencias apuntan a que la génesis de las caetrae ibéricas se encuentra en los característicos modelos tradicionales del período Bronce Final.
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F. Quesada Sanz.: El armamento ibérico. Estudio tipológico, geográfico, funcional, social y simbólico de las armas en la Cultura Ibérica (ss. VI-I aC); Editions Monique Mergoil, Montagnac, 1997.

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Las caetrae ibéricas más antiguas, datables entre el s. VI y el s. V a. C., estaban fabricadas a partir de una pequeña base madera sobre la que se sobrepondrían capas circulares de cuero. En la cara exterior, encima del cuero se fijarían ocasionalmente grandes tachones de bronce decorados (de entre 20 y 40 cm. de diámetro) que, al mismo tiempo que cohesionan la estructura, suponen un notable elemento de ostentación. Las manillas de los escudos de esta primera fase son orgánicas con anillas de hierro para pasar el telamon; pero también pueden ser simples sólo de hierro, es decir, sin aletas ni pasador para el telamon. A partir del s. IV a. C. y hasta los ss. II - I a. C., aparece un nuevo tipo de caetra en la zona ibérica con alma de madera y probablemente recubierta en el exterior con cuero, con diámetros de entre 60 y 80cm. que pueden llegar a los 100 cm. Así lo testimonian las manillas de hierro documentadas, en algunas ocasiones con grandes aletas triangulares, mucho más resistentes; Estas estaban pensadas para soportar golpes más violentos, para luchar con grandes escudos tanto individualmente como en formaciones cerradas (recordemos que las medidas de un escudo pensado expresamente para combatir en falange, el Aspis griego, ronda también el metro). Por otro lado, se hace evidente la escasez arqueológica (que no iconográfica) de umbos metálicos en esta época, lo que significa que o bien estaban hechos con madera, o bien no se depositaron en el ajuar funerario.

Defensas pasivas
Cuando hablamos de defensas pasivas nos referimos a aquellas que no son manipuladas voluntariamente por el guerrero si no que protegen aquellas zonas del cuerpo donde las lleva colocadas. Dentro de este grupo encontramos los cascos, las corazas, los discos- coraza (Cardiophylax) y las grebas (Cnèmides). Cascos La cabeza es la parte más frágil y vulnerable del cuerpo, el lugar donde más fácilmente una pequeña herida puede llegar a ser muy incómoda, cuando no agravarse y causar la muerte. Además, algunos sentidos necesarios para atacar y defenderse eficazmente se encuentran aquí localizados (la vista, el oído y también la orientación y el equilibrio). Por ello, era muy importante una buena protección para la cabeza. Así, el casco es, sin lugar a dudas, el elemento más importante del conjunto que conforman las defensas pasivas ya desde el período del Bronce Final. Pero al mismo tiempo que protege la cabeza también puede constituir un claro elemento de ostentación puesto que es la zona más alta y la más visible del cuerpo humano. Para aparentar una presencia más impresionante, imponente y heroica se puede adornar fácilmente con diferentes elementos como metal, plumas, crines de caballo, etc. Los ejemplos de cascos ibéricos que han podido ser documentados son sólo aquellos que se elaboraron con metal porque, evidentemente, los que se crearon a partir de elementos orgánicos han desaparecido con el tiempo. No obstante, es obvio que estos materiales se emplearían mucho más a menudo de lo que se piensa habitualmente; de hecho, tanto en el mundo griego como en muchos otros lugares del Mediterráneo existen 4

bastantes referencias sobre su utilización desde épocas antiguas. Esta protección de tipo orgánico sería la más común hasta finales del s. III a. C. cuando se introduce masivamente en los territorios ibéricos un nuevo tipo de casco metálico, que trataremos más adelante. Sin embargo, esta afirmación debe ser matizada: si bien es cierto que no existen antiguos ejemplares de cascos metálicos propiamente ibéricos, al área tartéssica llegaron algunos cascos de tipo corintio que no alcanzaron demasiado éxito entre las aristocracias locales como lo demuestra el hecho que nunca fueron reproducidos ni copiados, contrariamente a lo que sucede con otros elementos, cuyo éxito entre la sociedad ibérica se puede deducir por su inmediata “adopción y modificación” local. Quizás la razón fuera el hecho de que los ejemplares corintios estaban pensados para proteger la cabeza lo máximo posible, resultando en una notable disminución de la capacidad sensorial. O quizás fuera el hecho de que su optimización táctica hay que buscarla en una forma de combatir en grandes formaciones a la manera hoplítica, algo que no se daba entonces en la Península Ibérica. Posteriormente, de contextos del s. V a. C., tampoco se conserva ningún ejemplar de casco metálico procedente del ámbito puramente ibérico. La tipología de los cascos de este período sólo se puede establecer apoyándonos en la iconografía, y principalmente en el conjunto escultórico de Cerrillo Blanco, Porcuna. Los cascos que aparecen representados cubren perfectamente toda la cabeza del guerrero excepto la cara; es posible que estos tipos fueran elaborados a partir de una superficie de cuero, que se reforzaría y se decoraría con piezas de bronce colocadas en el exterior. Esto se correspondería con algunos exvotos rituales en bronce cuyo ejemplo más claro es, sin duda, el jinete de Moixent, Alicante. Poco funcionales y más vinculables a la ostentación personal, la presencia de una gran crin de caballo y la posibilidad de acoplar plumas en cada lado reforzarían la idea que mediante estos elementos existe una clara intención por llamar la atención sobre la persona y, al mismo tiempo, reflejar y dejar claro un determinado status o prestigio social elevado. Podría resumirse con el siguiente planteamiento: “si tengo que ir a luchar, iré con mis mejores galas para demostrar lo imponente que estoy con ellas pero también para destacar mi posición social”. Esto es también aplicable al terreno militar: nada mejor que hacer pensar a tu enemigo que eres más grande y corpulento de lo que realmente eres. No olvidemos que nos encontramos en el momento de los combates entre “héroes” aristócratas. Más adelante en el tiempo, hacia finales del s. III a. C., incluso los pequeños elementos de metal desaparecieron prácticamente de los cascos ibéricos. Lo que se ha documentado arqueológicamente es un modelo de crin de hierro que iría fijada sobre una superficie orgánica (probablemente cuero, similar a los modelos de la fase anterior), como la encontrada en el Cigarralejo, Murcia.

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Como decíamos antes, no es hasta finales del s. III a. C. cuando llega a la Península Ibérica un nuevo tipo de casco metálico, principalmente bronce, de origen ítaloetrusco: el tipo Montefortino también conocido como “de gorra de jockey”. Fabricados mayoritariamente de una sola pieza, con bronce, tienen un pequeño guarda- nucas y están rematados por un apéndice que servía para colocar plumas o crines de caballo. Este casco se generalizó muy rápidamente, posiblemente como consecuencia de los acontecimientos del momento. Efectivamente, con el inicio de la Segunda Guerra Púnica, en el año 218 a. C., llegaron a la Península Ibérica una gran cantidad de soldados romanos y mercenarios cartagineses que utilizaban este casco. Los iberos lo adoptaron rápidamente y lo modificaron eliminando las grandes carrilleras en la mayoría de los casos. Este es también el casco que a partir del s. II a. C. se extenderá hacia el interior de la Península Ibérica con el avance de la ocupación romana y que dejaría como testimonios los ejemplares de Quintana Redondo en Soria y de Caminreal en Teruel. Con un origen geográfico muy próximo al tipo anterior tenemos algunos cascos de tipo céltico documentados en Catalunya (uno en La Pedrera de Vallfogona, Lleida y otro en Can Miralles de Cabrera de Mar, Barcelona, erróneamente confundidos a menudo con tipos montefortinos) y en Murcia (en el Cigarralejo) en contextos puramente ibéricos y fechados en el s. IV y a inicios del s. III a. C., respectivamente. Se trata de ejemplares de hierro (a diferencia de los montefortinos, hechos en bronce) que llevan el guarda- nuca independiente, un acabado del apéndice en pequeños discos superpuestos (en el caso del ejemplar de Lleida) y las carrilleras decoradas (en el caso del ejemplar de Barcelona). Corazas Una eficiente protección de la cabeza era muy importante; no en vano se encuentra allí el órgano más importante de todos: el cerebro. De la misma manera, era necesario proteger lo mejor posible la zona de los pulmones y del corazón, órganos complementarios al cerebro y totalmente fundamentales para la existencia de vida. Esta era la función que desarrollaban las corazas y los discoscoraza, metálicos u orgánicos. Tanto las corazas completas como los pectorales simples, documentados en tota Europa, tienen su antecedente más antiguo en la armadura micénica de bronce hallada en Dendra, Grecia, datada en el s. XIV a. C. Totalmente fabricadas en bronce, protegen el torso por completo, a pesar de que son más cercanamente vinculables a la ostentación individual de un personaje

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importante que a una funcionalidad bélica real. Y es que al tratarse de piezas rígidas, disminuirían notablemente la movilidad del guerrero y, por tanto, sus capacidades ofensiva y defensiva. En lo que respecta a las corazas metálicas documentadas en la zona ibérica (y en toda la Península Ibérica) únicamente se ha recuperado un ejemplar, que recuerda vagamente a los tipos de “coraza acampanada”. Se halló en la tumba de las Umbríes en Calaceit, Teruel, y se puede situar cronológicamente en torno al s. V a. C. Se trata de un pectoral de bronce que nunca fue asociado a ninguna pieza similar para la espalda, al menos metálica. Está profusamente decorada con motivos geométricos circulares sin paralelos conocidos en Europa que quizás simbolizaban algún tipo de referencia mitológica al Sol, a la manera de los grandes tachones de bronce para caetrae que le son contemporáneos. En lo que respecta a los discos- coraza, este tipo de protección podía ser metálica (solamente placas de metal), mixta (las plaques de metal se colocan sobre placas de cuero) y orgánica (solamente placas de cuero o tejidos). Fundamentalmente, estaba constituida por dos discos de metal de unos 20 cm. de diámetro y 1 mm. de grosor, generalmente de bronce, aunque también nos ha llegado algún ejemplar de hierro. De metal, mixtos u orgánicos, los discos debían ser fuertemente atados entre sí mediante cuatro series de cadenas o correas de cuero, dos de las cuales pasaban sobre los hombros mientras que las otras dos pasaban por los costados, bajo los brazos. Era indispensable que quedaran bien fijados al pecho y a la espalda para evitar que cualquier movimiento brusco del individuo durante la lucha dejara sin protección esta zona vital. Aunque que fuera solamente un instante, este descuido podía resultar fatal. Pero además del pecho y de la espalda se podían colocar adicionalmente sobre la cadera y sobre los hombros para ampliar la zona protegida, como se puede observar en uno de los guerreros del conjunto escultórico de Cerrillo Blanco, de Porcuna, que lleva otros discos más pequeños colgando sobre las piernas y sobre los hombros. Con una probable procedencia itálica, los discos coraza más antiguos documentados arqueológica e iconográficamente en el área ibérica son tipos metálicos que se datan en el s. V a. C. Su perduración más allá de este momento no ha podido ser contrastada arqueológicamente, aunque debemos pensar que el hecho de que no se haya hallado ninguna pieza metálica no significa que este tipo de protección no se continuara utilizando más allá del s. IV a. C; es posible que el metal fuese sustituido por material orgánico como el lino o el cuero, como demuestra el hecho que las estatuillas votivas en bronce más modernas sean representadas con ella. Por otro lado, ha de destacarse la existencia de una protección asociada a los discos- coraza pero que puede funcionar perfectamente sin ellos. Se trata de un acolchado de lana o cuero que se colocaría debajo de los discos. Con forma de 8 horizontal, iría cruzado en la espalda del guerrero y ofrecería una protección adicional contra los golpes enemigos y al mismo tiempo

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evitaría que las correas de cuero del propio guerrero le hiriera el cuerpo como resultado del rozamiento. Este tipo de acolchado puede también servir por sí mismo como protección ligera, sin los discos- coraza por encima, como se puede apreciar en uno de los guerreros del conjunto escultórico de Cerrillo Blanco; el individuo que porta la pieza en cuestión ha sido atravesado mortalmente por una punta de lanza que le sobresale por la espalda. Grebas (Cnèmides) Las grebas protegen la parte inferior de las piernas. Su finalidad era evitar las heridas secundarias por debajo del escudo que podían acabar siendo más peligrosas indirectamente si afectaban la capacidad de movimiento del herido. Por esta razón, con más o menos profundidad, han sido un elemento importante en las panóplias defensivas de las civilizaciones de la antigüedad. De hecho, dependiendo de sus características morfológicas son un componente complementario perfecto para dos tipos de situaciones bélicas. Por un lado, en aquellos casos donde son necesarias unas defensas corporales sólidas. En conjunto, éstas son idóneas para presentar una línea de frente a la manera hoplítica, mientras más infranqueable mejor. En este caso no se busca una gran movilidad, sino una frontalidad firme, porque cubierto con ellas, ser herido desde el frente se hace realmente difícil. Si nos fijamos, en este tipo de combate falangítico antiguo el armamento defensivo tiende a dejar pocas zonas al descubierto (Cascos corintios, grandes aspis y armaduras de torso completo). El papel de las grebas consistía en cubrir toda la zona de las piernas que el escudo no protegía. En cambio, tenemos otro tipo de situación donde prima la movilidad. Se trata de los combates de “uno contra uno” en los que no es efectiva la frontalidad anterior, porque ésta únicamente es efectiva con un número elevado de hombres y es siempre lenta en movimientos. Son los llamados “combates heroicos” entre miembros de las aristocracias dominantes. Este es el tipo de combate propio del período Ibérico Antiguo. Lo que realmente interesa es una rápida capacidad de movilidad. Por esta razón, toda la panóplia asociada a ellas as ligera (espadas de frontón, pequeñas caetrae, discos- coraza y cascos de cuero), y las grebas típicas de este tipo de combate no lo son menos. Todas las grebas ibéricas documentadas arqueológicamente pertenecen a la zona levantina y septentrional; iconográficamente, además de en levante, también se hallan representadas en el conjunto de Cerrillo Blanco. Cronológicamente, todas las grebas documentadas en el área ibérica pueden situarse en contextos datables entre los ss. VI y V a. C. asociadas, como decíamos antes, a la panóplia antigua. De nuevo en este caso, encontramos influencias llegadas a Iberia a partir de referentes de origen nor- pirenaicos. Se trata de piezas hechas con los mismos materiales empleados para el resto de protecciones pasivas, es decir, metal (bronce) o materia orgánica como el cuero, los tendones y los cabellos fuertemente trenzados aunque sólo se recuperan las hechas con láminas de bronce. Siempre son muy finas y raramente sobrepasan 1’5 mm. de grosor. Están pensadas para cubrir la zona de la espinilla de una manera envolvente (en realidad son muy similares a las espinilleras de los actuales jugadores de fútbol) y para ser cosidas en el interior, probablemente, bien a una pieza de cuero bien a un acolchado que además

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de reforzar la defensa, evitaría las heridas derivadas del contacto directo del metal con la piel de la pierna. En ocasiones, los bordes se decoraban con detallados repujados.

Bibliografia
- F. Gràcia Alonso: La Guerra en la Protohistoria. Héroes, nobles, mercenarios y campesinos; Ed. Ariel, Barcelona, 2002. - F. Quesada Sanz: El armamento ibérico. Estudio tipológico, geográfico, funcional, social y simbólico de las en la Cultura Ibérica (ss. VI – I a. C.); Monographies Instrumentum Èditions Monique Mergoil, Montagnac, 1997. - F. Quesada Sanz, P. Moret, (eds.): La Guerra en el mundo ibérico y celtibérico (ss. VI – II a. de C.); Colección de la Casa de Velázquez, vol. nº 78, Casa de Velázquez, Madrid, 2002. - F. X. Hernàndez: Història militar de Catalunya, vol. I: dels ibers als carolingis; ed. Dalmau, Barcelona, 2003. - W. S. Kurtz,: La coraza metálica en la Europa protohistórica; BAEAA 21, págs.1323. - P. Wilcox, R. Treviño: Barbarians against Rome. Rome’s celtic, germanic, spanish and gallic enemies; ed. Osprey History, 2000.

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