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La crisis subprime y el tintorero.

Luego de la amarga rendición del Japón en la segunda guerra mundial y la injusta


bomba sobre Hiroshima, el joven Hiro Nakamura, decidió emigrar. La guerra había
desbastado su país y el hambre asolaba la región. Aún le quedan fuerzas para compartir
toda una vida junto a su esposa, con quien se había comprometido recientemente.
Vendió su casa con vista al castillo de Nagoya y se preparó para marcharse. En esos
días, había llegado a los puertos del Japón, una serie de barcos argentinos trayendo
donaciones de trigo y alimentos para el desolado país. Esto le hizo pensar a Hiro en la
posibilidad de partir rumbo a esa nación, repleta de recursos naturales. Su hermano
Hikaru, se había desplazado hacia allí, instalando un vivero en la zona de Escobar. Pero
su esposa, se había deslumbrado con una película Norteamericana, en donde alcanzó a
ver el esplendor del imperio que renacía.
Entonces, queriendo darle el gusto a su querida esposa, se dirigió a la ciudad de
Nueva York. Allí estableció una tintorería en la Quinta Avenida, que adquirió con el
dinero que había obtenido con la venta de su casa en Nagoya. Al poco tiempo, su
pequeño local, rodeado de mansiones y pisos de lujo, llegó a ser el más prestigioso de
todo Manhattan. Con el tiempo, la familia Nakamura fue adquiriendo una buena
posición económica, como fruto de su infatigable trabajo. Esto le permitió darle una
educación de primer nivel a su hijo, en una de las mejores universidades de Boston.
Fue así que su hijo, John Nakamura, se graduó con honores, tanto en su carrera de
grado como en su doctorado. El sueño americano, parecía hacerse realidad en su hijo. El
próspero tintorero, fue creciendo tanto en edad como en prosperidad. Entonces, con la
llegada del milenio, el anciano Hiro abandonó su tintorería. Su aspiración de
prosperidad y felicidad, se hizo realidad, dando lugar a una nueva vida de retirado. La
holgada pensión que acumuló a lo largo de sus años de trabajo, le dio la posibilidad del
tan ansiado momento de descanso. Su hijo, heredó la tintorería y parte de su fortuna.
Había visto muy de cerca la caída de las Torres Gemelas, en su oficina del ground cero.
Su trabajo como agente de valores, le daba momentos de gloria, alternados con otros de
un fuerte estrés. Aunque su mayor alegría era administrar en sus tiempos libres; la
tintorería de su padre. Pero al poco tiempo, descubrió un negocio que podría brindarle
una fortuna.
Durante un viaje al Bronx con uno de sus mejores clientes, John entendió que la
fortuna estaba llamando a su puerta. Allí el dominicano Pedro Espósito, le aconsejó
acerca de las enormes oportunidades que podrían brindar las hipotecas. En la zona de
Morris Park, el negro Pedro, le mostró una serie de viviendas que se estaban
construyendo gracias a la ayuda de este sistema de préstamos bancarios. Las hipotecas
de alto riesgo o subprime, eran utilizadas para la adquisición de viviendas por parte de
personas humildes. Se orientaban a clientes de escasa solvencia y con un nivel de riesgo
superior a la media. Esto permitía cobrarles un mayor interés y una serie de comisiones
más gravosas. El negocio era brillante. Y más aún, cuando esa hipoteca riesgosa, se
podía vender a un banco serio, en cualquier lugar del mundo.
Las hipotecas subprime podían ser transferidas a fondos de inversión o planes de
pensión, en cualquier del globo. Mientras el inversor no sepa en qué está invirtiendo o
dónde está esa casa hipotecada, el negocio podría ser brillante. El inversor que vive a
cientos de kilómetro de los barrios humildes del Bronx, difícilmente pueda dirigirse allí
para averiguar acerca de esa inversión. La ignorancia del inversor acerca del riesgo y la
información asimétrica, podían ser una enorme fuente de riqueza. En una economía
global en la que los capitales circulan a gran velocidad y cambian de manos con
frecuencia, no todos los inversores conocen la naturaleza de la operación contratada.
Entonces, sólo se trata de ofrecer productos financieros altamente sofisticados, sin
importar si están en el Bronx, en Queens, en Harlem o en alguna zona pobre de
Tanzania. Una vez que estas hipotecas son compradas por un fondo de inversión, se
transforman rápidamente en una inversión estructurada de escaso riesgo. Cuantos más
paquetes de inversión se elaboren con estas hipotecas, más dinero podremos crear. La
idea está en hacer un paquete, mezclando tanto las hipotecas riesgosas como las que no
lo son y venderlas a quien las pueda pagar.
Ante semejante negocio, John vendió la tintorería de su familia y comenzó a invertir
su capital en hipotecas de riesgo. Comenzó a ofrecer sus fondos estructurados de alta
gama, que en el fondo no tenían más que una serie de hipotecas riesgosas, cuyos
clientes eran prácticamente incobrables.
En los Estados Unidos, tras la caída de la burbuja tecnológica, se produjo una huida
de capitales en dirección a los bienes inmuebles. Los atentados del 11 de septiembre a
las torres supusieron un clima de inestabilidad internacional que obligó a los principales
Bancos centrales a bajar los tipos de interés a niveles muy bajos, con objeto de reactivar
el consumo y la producción a través del crédito. La combinación de estos factores hizo
que John, al igual que muchos otros comiencen a dar préstamos más arriesgados a
cambio de intereses más elevados. Esto dio lugar a la aparición de una gran burbuja
inmobiliaria. Una enorme liquidez, comenzó a estimular de manera artificial el mercado
de hipotecas. En menos de diez años, el precio de las propiedades se duplicó. Y esto
permitió, que el sabio japonés, comenzara a aprovechar ese desmesurado crecimiento.
John desarrolló su próspero negocio, ofreciendo sus hipotecas a los reconocidos
ninja (no income, no job, no assets) es decir, aquellos que no tienen ingresos fijos,
empleo ni propiedades. El interés que les cobraba era altísimo, pero el negocio era
favorable para ambas partes. Gracias a estos préstamos lo pobres desocupados lograban
reformar su casa, comprarse un auto nuevo o irse de vacaciones con toda su familia. La
felicidad estaba al alcance de la mano. El dinero era escaso, pero las oportunidades eran
globales. Entonces, cuando el dinero de los bancos americanos se hizo escaso, comenzó
a buscar crédito en otras latitudes. La globalización le daba una oportunidad casi
ilimitada. Además se dedicó a vender a sus amigos ninja, una serie de condominios en
la Florida, cuyos precios aumentaban de manera exponencial.
Pero la bonanza le duró poco. Alguien descubrió que los bonos respaldados por
hipotecas eran un mal negocio. Nakamura y quienes lo imitaban, había llenado el
mercado de hipotecas tóxicas. Entonces, los inversores salieron a vender estos bonos en
masa, desatando una crisis. La crisis hipotecaria se desató en el momento en que los
inversores percibieron señales de alarma. La evidencia de que importantes entidades
bancarias y grandes fondos de inversión tenían comprometidos sus activos en hipotecas
de alto riesgo; provocó una repentina contracción del crédito y una enorme volatilidad
en la bolsa. El pánico y la desconfianza, hicieron caer su rentable negocio.
En el año 2007 el problema de la deuda subprime empezó a contaminar los mercados
financieros internacionales. La percepción de crisis aumentaba, a medida que entidades
de gran prestigio comenzaban a dar señales de desgaste financiero. En marzo de 2007 la
bolsa de Nueva York retira de sus índices la hipotecaria New Century, por insolvencia y
presunto delito contable. En el mes de abril el FMI alerta sobre la reducción del
mercado de las hipotecas prime en favor de las subprime. Pero en junio de 2008 se
conoce que varios fondos flexibles, que invertían en deuda hipotecaria tóxica, entran en
quiebra. Entonces, cuando el departamento del Tesoro dejó que Lehman Brothers se
derrumbara y diera el origen a muchas otras caídas en masa, Nakamura comenzó a
preocuparse. Al poco tiempo, comenzaron a ejecutar las cientos de hipotecas basura que
había otorgado y sus clientes se comenzaron a quedar sin sus casas y endeudados.
Gracias a un par de policías sensibles, que no ejecutaban los miles de órdenes de
desalojo que tenían, algunos de sus clientes se salvaron. Pero la mayoría de los nuevos
homeless, comenzaron a buscarlo para requerirle una solución. Ante los insistentes
llamados, que lo amenazaban de muerte, Nakamura sintió temor y decidió emigrar al
Japón de su padre tintorero. El sueño americano había quedado trunco. El gobierno
anunció que compraría los “valores incobrables” en los que el japonés era especialista.
Pero las presiones y la hostilidad de sus clientes le hicieron temer por su vida. Las
promesas del gobierno, no eran suficientes para calmar a sus enloquecidos clientes.
Nakamura, tomó lo que le quedaba de sus ahorros mal habidos y sin importarle lo
que adeudaba, escapó. Con su deseo desmesurado de ganancia, al igual que muchos
otros inversores, originaron una crisis global descomunal. Pero mientras el hijo del
tintorero, descorchaba champagne en su piso de Tokio. Cientos de ciudadanos del
primer mundo enloquecían, asesinaban o se inmolaban. Unos se tiraban por la ventana
de sus lujosos pisos, otros se suicidaban junto a su familia y otros preferían matar a sus
agentes de bolsa. La incertidumbre y miedo a perderlo todo, comenzó a generar graves
trastornos psicológicos en miles de ciudadanos del mundo desarrollado. La humillación,
la vergüenza y la degradación, colocó a los poderosos de rodillas. Sin embargo, en
medio de semejante locura, ningún sabio economista del primer mundo, fue capaz de
prever que la ambición y excesivo afán de lucro, pueden ser la causa de muchos males.
Y es que en un mundo global, donde el egoísmo es el único motor de la economía, las
crisis son siempre posibles.

Horacio Hernández.

http://www.horaciohernandez.blogspot.com