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Antonio Huerta Lucia Fraga Ana Vega Pepe Pereza Carmen Luisa Contreras José Antonio Fernández Alfonso Ortega Borrego Sergio Sánchez Taboada Tomás Illescas Adriana Ventura JPG José Ángel Conde Bernardino Contreras Jorge Decarlini Ángel Muñoz Rodríguez Rafael Indi Ana Patricia Moya 2

(Jérez de la Frontera, Cádiz, 1984). Escritor y poeta. Sus poemas han aparecido en revistas de formato electrónico y papel tales como “Groenlandia”, “El Margen”, “Ohjas Sueltas”, etc. Autor de los poemarios “Mi último verso”, “Tuyo y mío” y “Dichosa tarde en escala de grises” (segunda edición en breve). Fundador de la Editorial Independiente Origami. Actualmente prepara su próximo poemario.

La vida se ha convertido en un sucio infierno donde mueren desesperados los ciudadanos de esta ciudad, fría, solitaria y latente. Los hombres y las mujeres salen a la calle vestidos de poetas, con sus zapatillas post-modernas, sus gafas de pasta dura, con sus chaquetas de cuero, con sus pantalones oscuros. Cogen un libro entre sus manos, recitan adoptando una postura

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que les permita vislumbrar el garito oscuro, cómo oscila el alcohol de las copas frías y cómo cruza sus piernas el pibón que está sentada al lado de los aseos. Ese mundo de poesía empapa la ciudad, hablan de utopías imposibles, amor... Y yo, acojonado, con mi pobre poesía entre las piernas, suspiro, doy una lenta calada a un cigarro que sostengo en mi mano derecha, lo tiro al suelo y lo apago con desprecio. Doy un sorbo a la cerveza que se calentó, por mi absurda manía de beber como un condenado a muerte, recreándome en el sabor de lo que nunca volveré a probar... Anuncian mi nombre y salgo al escenario, el puto foco de luz me ciega, las palabras empiezan a bailar al son de la música indie que inunda el bar y no consigo articular palabra. Al día siguiente, de camino al trabajo, solitario, taciturno, escucho a dos chicas que en voz baja se atreven a decir, ese hombre que va por allí es poeta... ¿Poeta? Pobres de ellas, no saben lo que dicen. de viajes que nunca harán, de pajilleros adolescentes, de traumas infantiles o de jodidas historias de

Antonio Huerta

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(A Coruña, 1979). Traductora y asesora lingüística. Actualmente, estudia psicología. Licenciada en Filología Hispánica por la Universidade da Coruña. Especialista en el área de Teoría de la Literatura; posee diploma de Estudios Avanzados y un curso de especialización en “Teatro, Cine y Audiovisuales”. Ha elaborado diversos trabajos sobre escritores de lengua gallega y cine. Coeditora del proyecto de investigación poética “Cien Años de Poesía”. Ha residido en Alemania, donde impartió clases de literatura contemporánea y literatura aurisecular. Miembro fundador del grupo poético “Los Vándalos”, y de su revista “Méster de Vandalía”. Sus textos han aparecido en diversas publicaciones: “Coolcultural Galicia, “La Bella Varsovia”, “Piedra de Molino”, “Al otro lado del espejo”, etc. Ha participado en antologías poéticas. Ha publicado el poemario “Nostalgia del acero”.

¿Adónde fueron promesas, buenas intenciones y amistad? Quizás se mezclaron con el agua sucia de algún vertedero. Yo tuve grandes amigos que se comportaron conmigo como héroes, Pero que me abandonaron en la carretera Dios sabe por qué. Me declaro inocente de toda culpa. Mis versos descarnados no eran de su gusto. Temían que les contagiara la tristeza de mi vida. Me estigmatizaron por mi educación, por mi fe, cuando aún no la había / perdido, Por pertenecer a una clase social que yo abominaba, que me hacían / aborrecer. Me hicieron culpable de delitos de antes de mi nacimiento.

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¿Pero qué fue lo que pasó? Nada. Absolutamente nada. Las mayores estupideces ocurren por nada. Me dejaron sola y lo acepté. Al fin y al cabo, yo no podía perder nada que no había tenido nunca. Rebotadas sociales incapaces de pronunciar nombres de pastel en francés. Perdí el tiempo. Era previsible que algún día me dejarían sola. La envidia corrompe, aunque se disfrace de desprecio. Me honra su desprecio, porque no es más que la constatación De la alta estima en que me tenían.

No sé cómo contártelo, madre. Aquella noche había bebido un par de copas. No pasó nada de importancia O que merezca la pena ser contado. A la mañana siguiente, Tenía el finiquito encima de mi mesa. Así que salí a celebrarlo entre lágrimas al mismo bar. Tenía tres mil dólares y una carrera en la media. Necesitaba que papá me abrazara.

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Pasé la tarde-noche bebiendo ginebra y escuchando discos. Una moneda, un disco. A las once de la noche apareció aquel hombre de zapatos brillantes. Yo ya estaba borracha y como en una feria, Vendía besos a dos dólares. No me dijo su nombre, a mí tampoco me importaba. Éramos dos extraños jugando a ser niños. Le dije que le vendería un beso por dos dólares Y me contestó que qué estaba dispuesta a dar por cien. No sé cómo contártelo, madre. El mármol está frío y las flores marchitas. Padre se marchó a un pueblo de Kansas y desapareció. Yo quise mantener limpio nuestro nombre Y me rompí el lomo trabajando como secretaria Y llevando una casa bonita con olor a narcisos. No sé qué fue de los tres mil dólares. Sólo sé que me desperté con sangre entre las piernas. Me arranqué de un tirón tus perlas y me eché a llorar. El tipo se había ido. Y yo estaba desnuda.

Lucia Fraga7

(Oviedo, Asturias, 1977). Escritora, crítica literaria. Miembro de la Asociación de Escritores de Asturias. Ha colaborado en diversas revistas literarias. Autora de los libros “El cuaderno griego”, “Realidad Paralela” y “Breve Testimonio de una mirada”. Obtuvo el accésit del XXVI Premio Nacional de Poesía Hernán Esquío (2008). Posee varias obras inéditas (de poesía y relatos). Ha participado en recitales y en distintas antologías (la última, editada por Bartebly, “La manera de recogerse el pelo: Generación Blogguer”). Ha sido traducida al inglés. Actualmente, organiza eventos culturales y coordina talleres literarios. Recientemente, ha publicado su nuevo poemario, “La edad de los Lagartos” (Editorial Origami, 2011) y, en breve, aparecerá su segunda obra en versión digital, “Herrumbre”.

La chica del puente busca desesperada bajo las aguas del Sena al lanzador de cuchillos que consiga coser sus grietas. Éste la observa desde lejos, adivinando en cada movimiento de su lucha constante por mantenerse firme frente a la muerte una señal que sólo él puede ver.

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Ella gira su cabeza hacia un lado y otro porque el reflejo del cuchillo le llega de todas partes: dentro, bajo el agua y en él. Cuestión de decidir el camino más suave hacia la muerte, gélidas aguas del Sena que te engullen sin saber tu nombre o los ojos que te observan en ese mismo instante, en ese puente que has elegido. Y entonces, él decide por ella. Se acerca y la deslumbra con la rotundidad con que afirma conocer sus gestos, su silueta y los secretos que la suerte le niega a aquellos que en noches frías buscan amparo

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en los puentes. Él le ofrece sus armas y ella elige. Chica del puente busca lanzador de cuchillos…

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Todavía estaba aturdida por el golpe. Giró la cabeza y vio que su hermano no se movía. Llamó a su madre. Ella no respondió. Mami, mami… Gemía, le dolía todo el cuerpo. Intentó desabrocharse el cinturón. Una vez libre, se acercó al asiento delantero. Mamá… Pero aquella no era su madre, apenas podía distinguir su cara entre el amasijo de hierros. Buscó su mano y la acercó a su rostro. Estaba fría, helada. Volvió a mirar a su hermano. Yacía en la sillita sin moverse, como dormido. Tenía la camiseta manchada de sangre. La niña volvió hacia atrás, empujó la puerta una y otra vez. No podía, no tenía fuerzas. La empujó con las piernas y la cabeza. Cayó en el asfalto. De repente se sintió mayor. La carretera estaba vacía. El coche ya no parecía azul. Su color preferido siempre había sido el azul. Comenzó a caminar. Cojeaba y sentía un dolor punzante en la cabeza. Hacía mucho calor. Siguió caminando durante un rato. Se paró en seco, algo se movía en el borde de la carretera. Fue hacia allí. Parecía una rata. Le dolía cada vez más la cabeza. El sol le impedía ver bien aquello que se retorcía. Una rata, pensó. Se acercó. De pronto recordó el bicho aquel que habían encontrado en el jardín la semana pasada. Su padre había dicho que eso no era una rata, eso era un topo. Aquella palabra le sonó rara, como inventada. Pero ahora sabía que era real: aquello que se retorcía en la cuneta era un topo. 11

A mil kilómetros de ti, de lo que quedaba entre nosotros dos, lo que fue, lo que ya no es, lo que nunca alcanzamos. Desierto dentro y fuera. Carretera ardiendo. Recuerdos que se balancean en mi memoria cuando cierro los ojos. Apretar los párpados para atrapar tu recuerdo dentro y no conseguir nada. Sólo hueco, dolor punzante en el pecho. Tú llorando en la puerta mientras me alejaba despacio de la casa, de nuestra cama, nuestra vida, la de antes. El sol quemando como nunca y yo con los ojos bien abiertos en un intento desesperado de que mi rutina se derritiese con tus lágrimas dentro. Demasiado lejos ya, a kilómetros de distancia y, sin embargo, tan cerca, en mí, que si extiendo la mano casi puedo alcanzarte. Pero no lo hago, ni lo intento, ni lo intentaré más. Elijo mi guitarra.

Ana Vega12

(Logroño). Ex – actor, guionista, poeta, escritor y director. Sus relatos han aparecido en diversas revistas y fanzines como “Narrativas”, “Lafanzine”, “Al otro lado del Espejo”, “Agitadoras”, “Cruce de Caminos”, “Deshonoris Causa”, “En sentido figurado”, así como en diversos blogs: “Crónicas para decorar un vacío” (de Xen Rabanal), “Hank Over \ Resaca” (Vicente Muñoz Álvarez y Patxi Irurzun), etc. Ha publicado los libros de relatos “Putas” (Ediciones Groenlandia; segunda edición, próximamente) y “Momentos Extraños”. Aparece en las antologías “Viscerales” (Ediciones del Viento), “Los rincones más oscuros: antología del miedo”, “Desamor”, (Groenlandia), “Beatitud: Visiones de la Beat Generation” (Ediciones Baladí), etc. Su blog: http://www.asperezas.blogspot.com.

Hacía ya ocho meses que empezaron las obras de la casa y tenían pinta de continuar por siempre. Se suponía que en tres semanas todo estaría listo, pero la cosa se fue complicando hasta llegar al caos absoluto. Ricardo compró la casa con la intención de arreglarla un poco y entrar de inmediato a vivir en ella. Quería ensanchar el sótano para hacer un garaje, así que contrató a unos operarios. Pero en cuanto éstos empezaron a cavar encontraron cientos de restos humanos en sótano y jardín. En un principio, se pensó que la casa había sido habitada por un asesino múltiple, pero más tarde se descubrió que aquel resultaba ser el mayor hallazgo arqueológico desde Atapuerca. Según el carbono catorce aquellos huesos eran los más antiguos encontrados hasta la fecha. Paralizaron las obras y los expertos comenzaron a desenterrar todas aquellas osamentas y cráneos. De la noche a la mañana, la propiedad de Ricardo se llenó de afamados arqueólogos, estudiantes de arqueología, especialistas, periodistas y curiosos que lo fueron desplazando de tal manera que

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finalmente se vio forzado a mudarse a un hotel cercano. Según pasaban las semanas Ricardo se iba ofuscando más y más con la situación. Los jodidos huesos de mierda, los estúpidos arqueólogos, los asquerosos de la prensa, los hijos de puta del ayuntamiento que ignoraban sus quejas… Estaba cabreado con todo hijo de vecino. Para rematarla, al poco le llegó una misiva estatal en la que le comunicaban la inminente expropiación. Aquellos ladrones le daban por su casa menos de lo que le había costado. Fue la gota que colmó el vaso. Ricardo fue siempre un hombre pacífico, pero no podía tolerar la injusticia que estaba sufriendo. Proteger sus pertenencias era una cuestión de principios. Aquel día, cuando se hizo de noche, cogió la escopeta de caza y unos cuantos cartuchos, lo metió todo en una bolsa de deportes y salió del hotel camino de su casa dispuesto a lo que hiciera falta para recuperar lo suyo. A medida que se iba acercando, su conciencia le iba diciendo que había mejores soluciones, que se parase a pensar, pero la rabia y la frustración le hacían seguir caminando. Cuando llegó a su casa se detuvo unos instantes, valorando si las consecuencias de lo que estaba a punto de hacer compensarían el valor de aquellas cuatro paredes. Por las ventanas se veía luz, y a través de los visillos se apreciaban siluetas que pasaban de un lado a otro en un ir y venir constante. Por un momento, pensó que no había traído suficientes cartuchos para tanto invasor. Tenía la boca seca y sudaba a chorros. Estaba en un momento crucial de su vida. Lo que pasase a partir de entonces marcaría para siempre su destino. Podía coger el dinero que le daba el gobierno y olvidarse del asunto, o empezar a tiros con todo Dios. La decisión era suya, sólo suya. Ahora que se fijaba bien, su casa no le parecía gran cosa. De hecho, ni siquiera le gustaba. Era igual que

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el resto de casas de la urbanización, todas cortadas con el mismo patrón, tan sólo distinguibles por el número de la entrada. Necesitaba beber un vaso de agua o la lengua se le pegaría para siempre al paladar. Estaba a unos metros de su cocina, pero había una frontera infranqueable que le impedía entrar y saciar su sed. De pronto la puerta principal se abrió. De ella salieron una jovencita y un chico delgado con gafas. Ricardo se quedó parado sin saber qué hacer. La pareja avanzó hacía él. Si iba a disparar aquel era el momento. La cremallera de la bolsa estaba medio abierta. Cuando estaban solo a medio metro, la joven se detuvo y reconoció a Ricardo. - ¿Usted es el dueño de la casa? – le preguntó emocionada. Ricardo guardó silencio sin saber que decir. - ¡Fue usted el que encontró los huesos! ¿Verdad?... Gracias a usted podremos saber mucho más de nuestros antepasados… - añadió mirándole con los ojos como platos. Ricardo intentó tragar saliva pero tenía la boca tan seca que se quedó atascado en el intento. - Usted pasará a los anales de la historia – dijo el joven con un tono muy serio. - Gra… Gracias – consiguió articular Ricardo. La pareja se despidió amablemente y continuó su camino. Ricardo

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estaba fuera de juego, tan confundido como nunca. Soltó la bolsa y se puso a llorar como un niño al que acaban de robar su juguete favorito. Aunque se sintió tremendamente ridículo, no pudo frenar el llanto. Necesitaba soltar lastre. Cada lágrima iba cargada de frustración, rabia y resignación. Estuvo así un rato, luego recogió los bártulos y regresó al hotel. Mientras se secaba las lágrimas se consoló pensando que, por lo menos, pasar a la historia por haber encontrado el mayor hallazgo arqueológico desde Atapuerca era mejor que hacerlo por asesinar a unos cuantos estudiantes de arqueología.

Pepe Pereza16

(Sevilla, 1976). Ama de casa, monitora de guardería, escritora (de poemas y relatos), a golpes de corazón. Junto a Andrés Ramón Pérez Blanco, el poemario “No hay prosa” (Groenlandia, 2011). Su blog: http://bicheja-pelleja.blogspot.com.

“No dejes de escribir”. No tiene sentido. Aunque estoy muy cansada, puedo seguir pensando. La mente... Esa nunca se cansa, es inagotable, infinita... La imperfecta máquina que nunca para y descansa. Pero no tengo nada importante que decir. Sólo son ideas sueltas, una mezcla de frases sin sentido que tengo que unir, aunque de alguna manera y forma compleja, para llegar a un fin común y coherente. Buscando la historia perfecta... Un principio, un nudo que embriague y te ate y te una al libro de una manera impensable e inexplicable. Y un final... El final temido de una historia que no quieres que acabe jamás. Mientras esté el personaje vivo no puede haber un final. ¿Los finales matan a los personajes o a las personas? ¿Dejan de existir por ser un personaje? ¿Dejan de existir por darse por acabada una historia? Si la historia es inventada todo sirve, todo es válido. Si la historia es tu historia, el libro lo terminas cuando tú lo decides o cuando te llega tu hora. En

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ese último momento coincide que el papel se está acabando y al lápiz apenas le queda punta. Pero, ¿qué sucedería si tuvieras un sacapuntas al lado y una caja de lapiceros sin empezar y papel de sobra?

Carmen Luisa Contreras

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(Terrassa, Barcelona, 1963). Su profesión siempre ha estado relacionada con el ferrocarril. Ha participado con sus poemas en diversos recitales y revistas literarias, digitales e impresas (“Manxa”, “Pliego de Murmurios”, “Palabras Diversas”, “El coloquio de los perros”, “Fábula”, “Ágora”, “En sentido figurado”, “Almiar”, “El laberinto de Ariadna”, etc). Ha obtenido diversos premios por sus poemas y relatos. Ha publicado el poemario “La profundidad del agua”. En breve, editará su próxima obra poética, “La eterna pubertad de Lino”. Tiene obras poéticas y narrativas inéditas. Su blog: http://joseantoniofs.blogspot.com.

A lo largo del viaje ves pasar postes acuchillando la mirada. A lo lejos, arriba en la meseta, donde llegar requiere disciplina para encontrar un punto de equilibrio, una cigüeña emprende el vuelo que empezó en otra primavera.

Necesario es parar ya pronto para apartar las piedras que molestan.

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Suelo sentarme en la estación en una de esas sillas enrejadas de metal frío, laminado. No miro nunca al que se va si no al que se ha quedado, como yo, con la maleta en una mano y en la otra, la reserva de un hotel donde debí de ir antes que ese tren, que me avisó insistentemente, cerrara la última oportunidad de trasladarme hacia lugar alguno. Insiste la megafonía que vigilemos nuestras pertenencias.

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Entre las dos orillas, apretando, como una cicatriz endurecida. Con forjado de hierro, el puente espera un día no nublado y que ningún suicida se le acerque con la costura del bolsillo rota del peso de unas tuercas oxidadas llevadas como un lastre, por si acaso. Arriba, en lo alto de una viga, justo en la cara del vacío, la que da a la intemperie, a la inclemencia, una hormiga retoma el viaje de vuelta, divisada al fin, la línea que le señala el fin de su aventura. El cielo sigue azul celeste a pesar de que una ola se hace grande y ya hace sombra oscura.

José Antonio Fernández21

(Jerez de la Frontera, Cádiz, 1974). Ha trabajado como educador social y profesor de español para extranjeros. Leer, escribir y traducir son tres de las patas donde se apoya para seguir caminando. Ha publicado relatos cortos y poemas en revistas digitales y antologías. Su primer libro de poemas es “Lluvia de manos” (Editorial Padilla, Sevilla, 2007). En la actualidad, prepara su segunda obra poética.

Hay que licenciarse en caminatas como lo hacen mis dedos correteando por tu espalda, y suspender en tu nuca el sueño para tener que recuperarlo luego. Liar promesas de belleza y que el champú del tiempo las arrastre, las gaste, resbale y caiga para tener que licenciarse de nuevo como lo hacen mis manos y mis dedos.

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Te quiero desde aquí hasta donde acaba el mar donde nacen las olas, las que llegan a la playa y viajan por los aires para colarse en mis entrañas. Hasta donde acaba el mar, el que me seca la boca cuando te acercas y moja la vida cuando te alejas. El que me inunda de vida cuando compartimos espacio. El que me inunda la vida cuando te vas despacio.

Alfonso Ortega Borrego

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(Avilés, 1974). Desde niño se recuerda escribiendo. Quizás escriba por la frustración de no poder cantar o tocar algún instrumento. En la poesía tiene su desahogo, le ayuda a estructurar el pensamiento de la mente. Sus versos tienen clara influencia musical y contienen mensajes de clara denuncia social. Comparte un blog con el ilustrador César Nevado Linos y ha autoeditado el poemario “Y la vida”. Comparte espectáculos poético-musicales con el D.J Antistailo, donde mezcla la poesía con estilos musicales tan dispares con el Ska, Reggae, Drum and Bass, Punk, etc. Entusiasta organizador de eventos culturales, gran defensor de cualquier expresión cultural alejada de dinámicas mercantilistas. Su segundo poemario, “Ana y la incertidumbre”, ha sido publicado digitalmente por Groenlandia.

Hay una puerta. Detrás un bar. Tan grande como fantasiosas son las percepciones espaciales del recuerdo infantil. A la derecha un hueco, entre la barra esquinada y los ventanales. La barra se alarga sin fin hacia el fondo. A la izquierda mesas, en las que se agolpan fichas de dominó percutiendo pitos dobles, alguna baraja envidando y no muchas menos que arrastran. Apoyada en una columna la máquina de petaco. Casi siempre una caja de cerveza elevando a un niño de unos siete años y una niña empeñada cada verano en ser dos mayor. Un accionador para cada uno. En la barra se arrima una fila ordenada de parroquianos. Parecen esperar algo. El más borracho de todos es, las más de las veces, un tal Carrinza (o Gaínza, vete a saber). Compartimos con él una norma de la casa, en dos vertientes adecuadas a la edad: "Carrinza (o Gaínza, vete a saber) deja de tocar los cojones a los niños que todavía te saco a hostias". O: "niños dejar de tocar los cojones a Carrinza (o Gaínza, vete a saber) que todavía las lleváis”. Como ya se había aplicado en alguna ocasión cumplimos sin rechistar. La puerta del bar se abre y se cierra. Insistentemente. La densidad de parroquianos crece, al igual que el

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fuerte olor a vino. Los camareros gritan casi al unísono: "¡Niños!". Otra norma. Bar lleno, niños a jugar al comedor del fondo, el que unas cortinillas separan de la sala. Al fondo del comedor unas escaleras. Arriba, la cocina. Baja el tío. La coral de la parroquia entona un estribillo: "¡Miserias, ¿viene o qué?", "Ya va, coño, que ya va", alcanza a balbucear. El tío es el segundo más borracho del lugar. Mejor callo quién completa el podio. Cansados de inventar juego subimos a la cocina. Allí se amontona una familia tan extensa que hay que poner números tras los "tía, prima, etc." Hay hasta amigos extensos. Y una caja en una esquina. Nos acercamos sin que nadie nos vea. Ventajas del tamaño. Dentro quince conejos hacinados. Agarramos uno y nos escondemos tras el ángulo muerto que forma el arcón. En menos de dos minutos ya hemos decidido su nombre. Y que a partir de ese mismo momento pasaría a ser nuestro mejor amigo. Comienza a contarnos su historia. Habla rápido. Parece nervioso. Una mano veloz aparece de la nada y se lleva a nuestro compañero. Le sigue una voz: "¡niños, cuántas veces hay que deciros que con las cosas de comer no se juega!" De pronto, otra mano, igual de veloz y certera, estampa un golpe seco en la nuca de nuestro amigo. Se queda tieso. Nos miramos horrorizados. “¡Se ha quedado como el abuelo!”, gritamos. Una tercera mano alcanza ahora nuestras nucas. Abierta por fortuna. Toda la extensión allí presente comienza a gritar lo mal educados que estamos, lo impertinentes que podemos llegar a ser. Mientras, comienzan a despellejar el cadáver aún caliente. El horror crece al acercarnos a la caja y comprobar que los otros catorce conejos no habían corrido mejor suerte. Continúan los improperios, "¡Salvajes!", nos llaman ahora. "No respetáis nada”, concluyen. Todos, todos, parecen disfrutar del genocidio

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conejil. Al lado del bañal donde despedazan los cuerpos, la gran olla humeante avisa que ya ha cumplido su misión. Aparece el Miserias seguido de su séquito de camareros. Portan decenas de cazuelitas de barro. Las llenan. Bajamos tras ellos. La impaciente hilera de borrachos, mueve ahora, satisfecha, las mandíbulas. Sus dientes roen pequeños huesos. Hilera de conejos borrachos practicando su diario ritual de canibalismo. Supongo que en ese instante comencé a decidir que había que combatir a los miserables y los regueros de sangre y miseria que van dejando a su paso. Y que nunca, de mayor, iba a ser familia. Ni a comerme a mis semejantes tras una borrachera. Mucho menos un conejo.

Sergio Sánchez Taboada26

(Córdoba, 1965). Escritor y poeta perteneciente a la generación X cordobesa. Comparte aficiones tan dispares y poco comunes como la poesía y la micología. Actualmente reside en Sevilla. Es miembro de la Asociación Cultural Soñando Caminos y ha participado en varios recitales colectivos de poesía, cuya labor divulgativa ha sido premiada. Obtuvo el V Premio Literario “Saigón de Poesía”. En breve publicará su primer poemario en versión digital, “Emisión Analógica”, de mano de Groenlandia Ediciones. Tiene otro poemario inédito: “El pueblo”.

El metro huele a sudor rancio, concentrado; a ganado humano con miedo a un probable mañana-matadero. Ganado de diversos colores y razas que se importa y exporta según conviene a la planificada, a la tecnificada industria cárnica. Ganado que, ajeno a su cruel destino, animadamente cacarea, rumia, se aparea o dormita, cumpliendo las sencillas

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órdenes recibidas (Consume. Engorda. Da leche. Pon huevos…) Todo esto transcurre bajo la omnipresente luz eléctrica de la granja que se mueve veloz sobre las vías - quiero decir, del vagón -. Y nosotros, con voluntaria inconsciencia de gallina o conejo, nos dejamos transportar no sabemos por quién, no sabemos a dónde.

Tomás Illescas28

(Chilpancingo, Guerrero, México, 1982). Estudió la Licenciatura en Literatura Hispanoamericana. Actualmente radica en México D.F y es becaria del Programa del Estímulo para la Creación Artística.

I Más de veinticuatro horas, me eriza el frío. Tengo la certeza de que llegarás en insectos grandes, de caparazón cromado. Alguna impresión discontinúa te sellará las manos. II De puntas paso la brisa de otoño. Labios bastardos arrebatan besos que preguntan por ti, las orillas de nuestra historia se empolvan, polillas habitan el exceso. No hay sombras que me acerquen.

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III Si alguien ha de seguirte en sueños, debe ir lento decorar gris tu cielo. La dimensión de presencia no intuye mis huecos, es agrio, cobalto, el cajón de los muertos. III Clavados en la calle, de gatos y basureros, atados fuimos, secuestrando insectos. Hoy reviento, en manos del tiempo. IV Porque es frío el susto y tartamudo el ardor de un beso.

Adriana Ventura30

(José Pastor González, 1967). Ha publicado en la colección “Literatura de Kiosko” (Ediciones RaRo), así como en varias revistas literarias con otros pseudónimos. Después de dar vueltas y vivir por media España, ha decidido asentarse por un tiempo en las Alpujarras granadinas. Escritos, aficiones, lecturas y viajes en el blog: http://librosyvanguardientes.blogspot.com.

Comen su hierba cagan copulan cuidan de su descendencia así pasan su vida nacen crecen se reproducen y mueren sin salir del redil protegidas del lobo feroz por el amo el pastor y el perro guardián Al matadero balando sin protestar una vida bucólica pastoril aburrida e insulsa entre bostezos y caminos marcados sin muchos problemas sin muchos agobios sin hacerse preguntas sin ilusiones sin sueños Ellas heredaran la tierra. *** Estoy fregando platos en un sótano sudando frente a una montaña de platos sucios

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el trabajo la humedad el cansancio el calor el agobio me tienen destrozado sucio derrotado triste Arriba las chicas hermosas se lo pasan bien ríen bailan y beben con chicos ricos guapos divertidos Subo a ver a una amiga evita encontrarse conmigo sólo me saluda de pasada esquiva mi presencia la suciedad la mala hostia no hay nada que hacer salvo volver abajo apretar los dientes y esperar que todo esto no sea más que una pesadilla. *** Como un animal herido se enrosca dentro de su dolor atrincherándose en un caparazón que parece erizado de púas y veneno sin ser más que un frágil mentira Cuando se acurruca entre mis brazos huelo el salvaje silencio de su derrota Si dejase escapar su rabia lo destruiría todo. *** Ven a través de los ojos, de los demás hablan a través de la boca, de los demás llevan el compás y el ritmo que marcan, los demás así que no les pidas una opinión, una reflexión, un compromiso o algo más, por que nada pueden dar. Son camaleónicos y sin ningún tipo de escrúpulos se agregan a cualquier grupo donde se amoldan con suma facilidad aunque nadie les haga el menor caso,

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no les importa, ni escrúpulos, ni coherencia, ni palabra, ni empatía, sólo una pizca de curiosidad infantil y pasajera despreocupada y vacía que no aporta nada, nada. Ni aprendices ni maestros ni cocineros ni frailes sólo espectadores que tras sus pasos dejan un rastro de camisas viejas, objetos inservibles, prestamos no devueltos y historias por terminar… la lucha más honesta es la de los que no tienen nada que ganar. *** Tu ropa tendida mi única bandera tus jadeos de placer mi único himno entre tus piernas mi única patria tú glorioso culo mi único dios. Estas son mis únicas concesiones. *** Cuando no tienes nada ni dinero ni mujer ni coche nunca pasa nada. *** Escribir poesía es de cobardes lo valiente es enfrentarse a la vida sin más. *** Hay que empezar de nuevo

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pero ¿por dónde? y ¿para qué? *** Los que nos criamos en este barrio sabemos de donde venimos así que es fácil saber a donde vamos. *** Prefiero caer que agarrarme a cualquier mentira. *** Mi compañero de trabajo tiene una hermosa mujer un todoterreno una hipoteca seguros de vida para toda su familia un iPhone 3G S amistades con contactos dotes de mando risa impertinente y la misma compasión que la embotelladora con la que trabajamos. Pero todavía no ha aprendido a levantarse. *** Ellos son mano y tienen todos los triunfos esas son nuestras bazas. *** Despierto y sigo en la pesadilla.

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(Madrid, 1976). Licenciado en Comunicación Audiovisual. Ha sido operador y auxiliar de cámara, eléctrico y técnico de vídeo freelance para varias televisiones y productoras. Es director, guionista e iluminador de varios cortometrajes en vídeo digital; también ejerce como ilustrador, diseñador freelance, articulista y comentarista de sitios Web. Autor del poemario “Fiebres Galantes” (publicada en la página de distribución libre Shiboleth) y “Feto Oscuro” (Groenlandia, 2011). Ha colaborado en distintas revistas literarias, digitales e impresas, tales como “Letras Anónimas”, “Groenlandia”, “Enfocarte”, “Gotas de Tinta”, “Shiboleth”, “El laberinto de Ariadna”, “Poesía+Letras”, “Divague”, “Narrador.es”, entre otras. Sus poemas han aparecido en las antologías “Des-amor”, “El tamaño del tiempo”, “Cuentos selectos, volumen IV”, etc.

Encuentros de atmósferas abrazándose inconscientemente entre sí, recorriendo sus esencias y sus laberintos de átomos como miembros y playas de cuerpos gaseosos, remolinos de piel inmaterial elevando y entrelazando tu melena castaña flotando amante alrededor de tus rostros, descomponiéndose y volviéndose a formar, sólo fijada en fuente y esencia invisible, cascada de agua inocente ocultándote y mostrándote alternamente en la burbuja que alimenta tu cuerpo y la aísla del resto de la niebla del mundo, girando lenta como una música que se escribe con tu tranquila ingravidez, metamorfoseando tu interior prístino y lavándolo con la sangre de medusas de agua que apartan lo indeseado acariciando tus glóbulos, dándote impresiones de gelatina y bondad, percepciones de los mundos que te gustan, lejos de gusanos que te acosen pasando por transparentes, 35

y en ese momento tu saliva sabe a placenta y cada vez que hablas estás naciendo y tu desnuda carne color tierra está deseando volver a nadar... Una vez tuve dos corazones, ahora tan sólo me dejo latir, casual y necesariamente, como la savia de esos árboles que no hablan más que con el aire que respiran. Así es como yo hablo contigo.

La terrible punzada de la no respuesta, el nomadeo sin rumbo, los muros gelatinosos de las relaciones y la escarcha pegada a las botellas no me llevan más que a ser un algodón, sentado y aislado para que no lo aprieten. Busco ese roce casi imposible, el beso de la física más quántica, creando un túnel a tu cuerpo. Mis sábanas son lijas y creo tu cara con mi almohada para iniciar el viaje. Eres un ángel bisexual, tierna amante de todas las cosas, y así arropas mi angustia con el vestido de tu piel, creando el calor amoroso que destruye las distancias.

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Tus brazos son el puente que no me dejará nunca marchar, congelando este sueño en mi mente. El sexo se convierte en un código hacia un significado inabarcable cuando esta nebulosa de deseo me lleva a tu rostro concreto. Entonces, en medio de esta pacífica llanura, tu sonrisa es el Sol de Medianoche, enorme y brillante, pero tu infinita bondad no me quema y puedo mirar tu ternura a través de un velo inmaculado...

José Ángel Conde37

(Córdoba, 1967). Escritor. Estudió Filología Hispánica. Ha trabajado como mozo de almacén, cocinero, socorrista, camarero, ferrallista, administrativo, comercial, chofer, etc. Ha vivido en Mallorca, Jaén, Cáceres y Málaga. Le obsesiona la difusión de contenidos culturales por Internet, pues para él, es lo único que puede salvarnos, sin filtros, sin desmayo, sin piedad.

La mujer que llevo dentro también te quiere a ti. Y no la siento como rival. Soy yo, a fin de cuentas, pero me da coraje. Ya sabes como sois las mujeres. A veces cuando quiero mirarte la pillo contemplándote, y cuando voy a tocarte la sorprendo acariciándote. Es cuando me distraigo, cuando estoy ocupado o preocupado por alguna cosa que ella aprovecha. No soy tonto, ¿sabes? Soy distraído, tengo la cabeza llena de máquinas imposibles que solucionan todos los problemas, pero aún no funcionan. Pero sabes que soy capaz de todo, incluso de arrancarme los pelos de la nariz a tirones sólo para que sepas que estoy aquí. Aun concentrado en lo mío puedo verla con el rabillo del ojo buscando el momento, esperando tu gesto para hacerte confidencias, contarte cosas que sólo ella puede contarte, insinuando, dando a entender. Pero yo estoy ahí siempre. Faltaría más. Se muere de ganas de cogerte aparte para contarte cosas de mí. Se nota que os entendéis bien. Ella te comprende mejor que yo, lo

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reconozco. Tiene tiempo y paciencia para hablar largamente de cosas aparentemente inocuas. Te llevará a su terreno sin que te des cuenta. Te conoce mejor que tú misma. Te diría que mi forma de poseerte es sólo una aproximación, que de ser posible te tendría entera, en cuerpo y alma, tu mente, tu aire y tu voluntad. Pero tú sabes que te quiero libre, lo sabes, ¿no? Te insinuaría que sería capaz de cortar tus alas, de atarte con soga corta, de cerrarte en una botella sólo para tenerte siempre. Pero está claro que sería la forma más rápida de perderte. No sé si la mujer que llevo dentro será capaz de cogerte a solas ni como lo haría, la conozco, es tenaz y si hay alguna oportunidad la aprovechará. No va a poder. Qué tontería, yo soy yo y estoy aquí. Pero si algún día lo consigue, no le hagas caso a esa loca envidiosa.

Bernardino Contreras39

(Puerto de Santa María, Cádiz, 1987). Poeta y escritor. Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Ha publicado en diversas revistas literarias, impresas y digitales, tales como “La Bolsa de Pipas” o “Cuadernos del matemático”, entre otras.

El tipo terminó la conferencia diciendo que todos los allí presentes éramos seres humanos y que sólo por eso teníamos la responsabilidad de cambiar las cosas y que él confiaba en nosotros y que éramos imprescindibles y que el futuro estaba en nuestras manos y que adiós muy buenas. La gente estalló en aplausos y lo miraba como si fuera el Mesías que nunca acabó de venir del todo. Yo únicamente moví mis manos para mirar el reloj

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y comprobar que todavía quedaba una hora y media para poder coger el autobús que me llevara a casa y allí comprobar que nadie me espera y allí abrir una lata de cerveza y allí olvidar todo lo escuchado y allí desaparecer.

Jorge Decarlini

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(Leganés, Madrid, 1977). Escritor, poeta, fotógrafo, editor. Licenciado en Historia del Arte. Autor de “Ya no leo tebeos de Wonderwoman” (Groenlandia, 2009) y “Como Ulises en una cacharrería” (Bohodón Ediciones, 2010). Sus textos han aparecido en diversas revistas literarias, así como en páginas Web, blogs y antologías literarias. Tiene su espacio en Las Afinidades Electivas y Narrativas. Ha participado en el proyecto poético “Poetrastros: por favor, tratad con cariño”. Ha participado en multitud de recitales y exposiciones (LaVidaRima Ediciones). En breve se publicará su próximo poemario, “Amor Manual” (Talentura Libros).

Oporto era nuestra parada de metro. Sus escaleras mecánicas escupían y engullían pasajeros cada minuto, y a las tres, de todas y cada una de las tardes, colabas pájaros de saliva en mi boca sin opción a réplica, desapareciendo al fondo de un autobús mientras los usuarios del metro subían y bajaban por las escaleras mecánicas, arrastrándome en su vaivén. Oporto era nuestra parada de metro.

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Analizadas todas las aristas con las que puedas herirte. Cotejados los charcos cuya profundidad no exceda de la cintura. Memorizadas las posibles salidas de emergencia con una barra antipánico, aún sin fracturar, en la puerta. Con tanta cautela, es mejor dejar la tentación para otros. Otros que, a diferencia tuya piensan, habitualmente, con la cabeza de abajo.

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El agua de la puñetera palangana estaba ardiendo. Todavía notaba, a punto de aterrizar, la piel abrasada de las nalgas y el ano. No iba a ser una entrega grande, además, la promesa de que sería la última y por fin podría jubilarse, sin miedo alguno, le daba alas. Tras la lavativa procedió a esperar, con paciencia, la dilatación del culo para ir introduciéndose, una a una, las dieciséis bellotas de hachís, amén de las cinco bolas de coca que reposaban en su estómago. Una vez pasados los controles, buscaría rápidamente un baño, daba igual, el del hotel o el de un bar, con tal de expulsar la droga de una santa vez. El piloto del avión avisó de la proximidad del aterrizaje. Nunca antes se había sentido tan tranquilo. Conocía al dedillo su cometido de "mula". Al ser extranjero le cachearían, le pedirían mil datos, abrirían y descolocarían su equipaje de mano. Y no encontrarían nada, como casi siempre. Con el dinero de la entrega y lo ahorrado en las anteriores, tenía de sobra para sobrevivir el resto de sus días, él y su hija. Eran los únicos miembros que quedaban en una familia que empezó siendo tres. Pero su mujer, atropellada como un pajarillo que a nadie le importa, sufrió las consecuencias de su deuda adquirida por

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las jodidas cartas. Deuda devuelta con creces tras diez años y más de veintitantos viajes. Con un estómago y un ojete a prueba de bombas. Una vez en tierra y camino de las cintas de equipaje, recordó a aquel muchacho. Un joven del pueblo. Quiso hacerse rico muy rápido y las putas rapaces no se lo impidieron. Ni siquiera la primera entrega pudo realizar. Más de cuarenta bolas en su cuerpo. No llegó a subir al avión. En el control del aeropuerto alguna bellota perdería su envoltorio, los nervios, mil factores. Reventó por dentro igual que una sandía. Las alimañas no tardaron en encontrar una nueva víctima. Él sabía de sobra, por experiencia, aceptar el número adecuado de paquetes, envolverlos con inteligencia e ir introduciéndoselos uno a uno. La vida te da caparazón. Tanto, que su hija se encontraba, en los últimos seis meses, en Europa. Bien alojada y escondida. El instinto es más fuerte si la necesidad te ahoga. Dinero, tras tantos portes, era lo que le sobraba. Con la maleta en la mano y la mochila en el hombro se sorprendió ante su determinación. Los dos guardias charlaban entre carcajada y carcajada. - Perdonen - dejando la maleta en el suelo -, llevo en mi cuerpo hachís y cocaína - en un mal castellano.

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Los agentes cortaron de raíz las risas. Había ganado su partida. Jaque mate. No le caería mucho por la confesión, después su hija le esperaba. De los que no podía encargarse era de los que viniesen tras él. Todos los muchachos del poblado con ansias de enriquecerse. Les darían el tablero y las piezas, como a él, las putas alimañas. Eso sí, el jaque mate no siempre llegaba.

Ángel Muñoz Rodríguez46

(Sevilla, 1988). Fundador y miembro del movimiento “El okapi fucsia”. Está preparando su primer poemario. Mantiene el blog personal: http://animalendisturbio.blogspot.com.

Basta de unirnos sólo en el dolor, basta de acompañarnos siempre en el mismo sentimiento. ¿Hace falta un minuto de silencio en nuestros labios? Dime que la paz no se compra con la muerte en este absurdo rito de revolución, en este tácito indulto y su bautismo homicida. Dime que no esperas la añeja pantomima para volver a titilar desde la demorada sima de mi lengua. Dime que no sólo un réquiem

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puede ya expurgar venéreas traiciones, porque entre nosotros jamás se alzará la indiferencia. Basta de comulgar con un cinismo de declarada patente, sin duda somos viejos desconocidos. Hagamos arder al amor petrificado, hagámoslo correr implacable, prometeico, como semen de lava percutiendo bajo el brocal abierto del diamante. Quiero converger allí, en tu rebosante epifanía, en el gaudeamus de tu sangre. Dímelo antes de que sea tarde, y haya inventado una guerra o una tragedia como inocente pretexto.

Rafael Indi48

(Córdoba, 1982). Estudió Relaciones Laborales y es Licenciada en Humanidades por la Universidad de Córdoba. Master en Textos, Documentación e Intervención Cultural (especialidad Edición). Directora de Groenlandia y cofundadora de la editorial Origami. Autora del poemario “Bocaditos de Realidad” (segunda edición en breve) y “Cuentos de la Carne” (de narrativa). Sus relatos y poemas aparecen en diversas publicaciones (fanzines, revistas, panfletos, etc), digitales e impresas, de España e Hispanoamérica, así como en blogs, páginas Webs, antologías y plaquettes. Tiene su espacio en Las Afinidades Electivas y Narrativas. Sus poemas han sido traducidos a seis idiomas. En breve, una editorial independiente publicará su próximo poemario, “Material de Desecho”, mientras escribe su quinta obra poética, “Hambre” y un nuevo libro de relatos. Misántropa, huraña, ermitaña: un personaje entrañable.

Cervezas, perfumes y puros de importación. Cenas en restaurantes decentes (con menús alejados de bocadillos baratos). Beber sin atender a precios de consumición. Discos originales de coleccionista. Invitar a los amigos a copas y tapas. Detalles, en condiciones, para mi amor (rehuir de novelas formato bolsillo, cd´s musicales antiguos en oferta y plata barata). Un seguro de pensiones privado. Cajas de libros sin desempaquetar sobre la mesa. Pagar facturas imprevistas en casa. Invertir, sin miedo, en proyectos.

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Y más días cotizados para la jubilación. Soy una puñetera y jodida reina que cruza las piernas sobre su improvisado trono, que no tiene prisa por arrancar las hojas del calendario. Porque ser feliz tiene fecha de caducidad: la expiración del contrato de trabajo.

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Para Antonio H .O

Los dedos de Paula jugueteaban con los cubos de hielo del vaso. Una leve nausea al aspirar el aroma del bourbon: tomó demasiado en los pubs. No sabía si accedió a tomar la última copa en el apartamento de Sandra por educación o por aburrimiento. La dueña de la casa regresó al salón, con una cerveza y una caja de cigarrillos; se sentó en el sofá, al lado de aquella mujer distraída; le ofreció tabaco pero Paula rechazó con un gesto negativo. Sandra prendió un cigarro, dio un trago largo a su botella. Silencio. Paula dejó el bourbon sobre la mesa: no hay más ganas de alcohol, indeseable una resaca de madrugada; y Sandra, concentrada en el vicio, parecía no prestar mucha atención a la seriedad de su acompañante; terminó su bebida, aplastó lo que quedaba del pitillo en el cenicero, y, lento, se levantó de su sitio; se colocó frente a Paula y, suavemente, se fue sentando sobre las rodillas de ésta. Sus manos tomaron su rostro, y aproximó sus labios a los suyos, casi rozándose; luego, susurró esas dos palabras: - Te quiero. La absorta Paula no reaccionó inmediatamente ante la demanda de cariño de su amiga. Transcurrió un minuto tenso. Sandra controló el nerviosismo y permaneció inmóvil, esperando una respuesta; al final, se esbozó una tímida sonrisa por parte de Paula que se separó de su boca ansiosa y se pegó al oído de Sandra, sentenciando: - Cobarde.

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Otra vez el silencio se estableció en aquel piso: ninguna de las dos se atrevía a reaccionar. Sandra notaba la frialdad recorriéndole la espalda, y la tristeza de Paula buscó refugio en aquel suave hombro; se muerde los labios, hasta que brota un hilillo de sangre, la rabia. - ¿Has roto con él, verdad? Sandra tembló al relucir la pura verdad, Paula encajó todas las piezas del puzzle con esa simple pregunta. Todo adquirió sentido. Paula se retiró de su cuello, sollozando, empezó a sentir incomodidad. El asco. Las manos en la cintura y una mirada cortante señalaban a Sandra que se levantase. Sin replicar, la enmudecida se incorporó, y Paula, brusca, se levantó del sillón, y fue directa a la puerta, para recoger la bufanda y el abrigo del perchero. Antes de salir del apartamento, se limpió la sangre de la comisura con la manga de la camisa y pronunció la despedida para aquella que observaba su espalda, con los ojos como platos y sorprendida, desde el pasillo: - Te he querido mucho. Pero mi dignidad no se vende por un polvo. Y el portazo: el adiós definitivo a la farsa. Salió de aquel portal. Se limpió con los dedos las lagrimillas. Se encendió un purito. La luna y las estrellas brillaban, hermosas. Suspiró: una derrota amarga asumida. Resulta complicado aceptar que el miedo a la soledad es un cáncer que corrompe corazones.

Ana Patricia Moya

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ÍNDICE
Antonio Huerta Hablan de poesía Lucia Fraga ¿Dónde están? Puta inocencia Ana Vega La chica del puente El topo Mil kilómetros Pepe Pereza Las obras Carmen Luisa Contreras Frustraciones de una no-escritora José Antonio Fernández KM 77 Pelham Bay Park Puente de Brooklyn Alfonso Ortega Borrego Caminatas Donde acaba el mar Sergio Sánchez Taboada Miserias, borrachos y conejos 24 22 23 19 20 21 17 13 8 11 12 5 6 3

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Tomás Illescas En el metro Adriana Ventura Caparazón Cromado JPG ¿Se aburren las ovejas? José Ángel Conde Belleza flotante El sol de medianoche Bernardino Contreras La loca Jorge Decarlini El vendeburras Ángel Muñoz Oporto Cabeza Jaque Mate Rafael Indi Gaudeamus Ana Patricia Moya Fucking bitch queen Luna 49 51 47 42 43 44 40 38 35 36 31 29 27

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SUPLEMENTO DE GROENLANDIA NÚMERO DOCE (Septiembre \ Diciembre 2011) Diseño: Ana Patricia Moya Rodríguez Directora: Ana Patricia Moya Rodríguez Corrección: Ana Patricia Moya Rodríguez Edita: Revista Groenlandia Han participado en este número: Ana Patricia Moya Rodríguez, Lucia Fraga, Pepe Pereza, Ana Vega, Carmen Luisa Contreras, Antonio Huerta, José Antonio Fernández, Alfonso Ortega Borrego, Sergio Sánchez Taboada, Tomás Illescas, Adriana Ventura, JPG, José Ángel Conde, Bernardino Contreras, Jorge Decarlini, Rafael Indi, Jesús Taguas (portada y contraportada), Ángel Muñoz Rodríguez (páginas 2, 7, 10, 16, 18, 20, 26, 27, 31, 39, 42, 48, 50 y 56) y Juan Carlos Cardesín (3, 23, 30, 37 y 41). Todas las obras – relatos, poemas y fotografías – pertenecen a sus respectivos autores. Todos los contenidos de esta publicación, desde el número cero, están protegidos. Este suplemento \ especial se presenta junto a la revista de número correspondiente. Groenlandia expresa que, para proteger nuestra cultura, es esencial proteger las ideas originales de sus autores porque las mismas son un trabajo de imaginación y esfuerzo únicos. Groenlandia aboga por la total libertad de expresión sin censuras. Groenlandia es una publicación gratuita que no busca lucro: defiende la cultura gratuita. Todas las publicaciones son de descarga gratuita desde las distintas plataformas disponibles (página Web, ISSUU, SCRIBD). ISSN: 1989-7405 DEPÓSITO LEGAL: CO-686-2008 56

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LIBROS DE GROENLANDIA Poesía La reconstrucción de la memoria (Adolfo Marchena) Bocaditos de Realidad, segunda edición (Ana Patricia Moya) El Gotero (Luis Amézaga) Las aguas y las horas (Saúl Ariza) Autorretrato sin óleo (Pablo Morales de los Ríos) La conspiración de la sirena (David Morán) Ya no leo tebeos de Wonderwoman (Ángel Muñoz) Cosas que nunca te diré (Eva Márquez) Te lo verso a la cara (Ada Menéndez) Transeúntes del olvido (Velpister) Apología de la muñeca de Bellmer (Jorge Heras García) Feto Oscuro (José Ángel Conde Blanco) No hay prosa (Andrés Pérez & Carmen Contreras) Urbe Desta Historia (Rubén Casado Murcia) Carne (Daniel Rojas Pachas) Escupí sangre (Isaac Contreras) El salto del cojo (Danilac) Ana y la incertidumbre (Sergio S. Taboada) Narrativa Putas (Pepe Pereza) Realidad Paralela (Ana Vega) Cuentos de la Carne (Ana Patricia Moya) Momentos Extraños (Pepe Pereza) La vida mientras tanto (Alfonso Vila) Antologías Los rincones más oscuros: antología del miedo Poetas Guerreros (antología jóvenes poetas mexicanos) Un poema siempre será nada más que un poema Lo que habita en el cristal (antología poetas españoles) Des-amor: antología literaria groenlandesa PRÓXIMAMENTE Poesía Emisión Analógica (Tomás Illescas) En el invierno de la lluvia (Helena Ortiz) Herrumbre (Ana Vega) No frenes la lengua de los pájaros (Begoña Leonardo) Poesía de Guerrilla (Eric Luna) Narrativa Contrafábulas (Franco Dimerda)

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