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                                                    “La vida mientras tanto”, por Alfonso Vila Francés ©2011 Alfonso Vila Francés Todos los derechos reservados. Editado digitalmente por Groenlandia con permiso de su autor. Directora: Ana Patricia Moya Rodríguez Corrección: María del Carmen Moreno \ Ana Patricia Moya Diseño: Rezgo Reis (Portada y Contraportada) \ Ana Patricia Moya Depósito legal: CO ‐ 979 ‐ 2011  Córdoba, 2011 2

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Como cada jueves, Sebastián contempló a su padre desde la vieja caseta del guardabarreras. Su mujer llevaba fuera varios meses y su ausencia se delataba en las arrugas de su uniforme, que habían proliferado en las perneras y las mangas con la misma impunidad con que sus cabellos se enredaban en su cabeza y su barba se espesaba en sus mejillas. Lo vio moverse por el andén con impaciencia. Lo vio parado frente a su oficina, con los ojos fijos en la vieja y sucia esfera del reloj de la estación. Lo vio acercarse al cambio de agujas, con su reloj de bolsillo en la mano, mirándolo detenidamente, guardándolo con gesto contrariado en el bolsillo de la chaqueta y sacándolo con violencia para mirarlo con mayor fijeza aún durante unos segundos para después, con una rabia apenas contenida, volver a hacerlo desparecer en su bolsillo. El reloj funcionaba correctamente. Y el reloj de la estación, a pesar del tiempo y la falta de cuidado, también funcionaba correctamente. Era lo único que funcionaba correctamente en aquella estación, tal y como pensó Sebastián mientras espiaba a su padre. Los relojes sirven para dar cuenta del naufragio, se dijo, para dejar constancia de cómo todo se hunde a su alrededor… Sebastián estaba impaciente. Y respiró tan aliviado como su padre, cuando desde el fondo del valle, rompiendo la paz de la tarde invernal, resonó un primer pitido.

El tren iba a llegar. Su padre se colocó la gorra y, con un gesto automático, se retocó los largos mechones, se palpó el uniforme y se miró los zapatos. Todavía faltaban unos minutos para que el mercancías de Federico, el último tren del día, asomara su negro hocico por la boca de un oscuro túnel y, resoplando como un caballo exhausto, cubriera los últimos metros de la larga rampa al final de la cual encontraría como única recompensa el desolado andén y los mustios álamos de la estación. Sebastián aún tenía tiempo. Podía, si quería, permanecer observando a su padre un rato más. Aquel día lo había visto en numerosos lugares y en las más diversas posturas, pero era allí, en el centro de un andén

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solitario, con la mirada fija en los montes cercanos, cuando más patente se hacía su abandono, su derrota, su soledad. Bastaba una simple mirada para ver que ese hombre ya no luchaba. Sebastián era joven, pero su juventud nunca había estado reñida con el don de la observación. Desde pequeño había sido un niño callado, pero no ausente. Él no hablaba ni se hacía notar, pero nada o casi nada se escapaba de su atención. Su padre podía conservar ciertos hábitos, podía mantener cierta dignidad en sus palabras, pero su aspecto no mentía. Todo él, desde sus pies hasta su cabello, trasmitía una sensación de dejadez, una dejadez evidente en el aseo y el vestuario que en otros tiempos le hubiera procurado una amonestación verbal, o quizá algo peor, por parte del inspector de zona, pero que en la actualidad, dado el abandono que sufría la estación entera, era improbable que le causara perjuicio alguno. ¿Quién iba a preocuparse – se preguntaba Sebastián con ironía – por unas cuantas arrugas, cuando las paredes del vestíbulo estaban llenas de desconchados y de manchas de humedad? ¿Quién se fijaría en un matojo de pelos hirsutos cuando una marea de hierbajos subía desde las traviesas hasta el andén amenazando con anegar los rieles, las traviesas, las palancas, las señales, todo ese montón de hierros medio inútiles y oxidados?

– Sabes… – murmuró sin volverse, por un instante había olvidado que no estaba solo –, a veces pienso que mi padre, en el fondo… Un segundo pitido le hizo desviar la mirada. La brusca irrupción de una locomotora, pitando, jadeando, lanzando gruesos jirones de humo negro, era algo que Sebastián nunca podía dejar de admirar. Ya podía estar estudiando o haciendo alguna tediosa tarea doméstica o paseando por la vereda o leyendo una novela de aventuras de Julio Verne o buscando algún desdichado insecto que acabaría sus días fosilizado en una oscura caja de zapatos: tan pronto como escuchaba el pitido de tren, giraba de inmediato la cabeza. Esas máquinas vetustas, grasientas, esos vagones austeros, incómodos, formaban parte de su vida. Había crecido con ellos y si un día desaparecían, si realmente desaparecían,

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seguirían estando atados a él a través del hilo de la memoria, tan tenue y resistente como la seda de la araña. Una de esas máquinas le había llevado a la ciudad un verano ya casi olvidado. Uno de esos trenes había traído a Miriam. Uno de esos vagones se había llevado a su madre. Sebastián tenía más recuerdos referidos a esos trenes que a cualquier otra cosa. Algunos niños juegan en las eras o en los pastizales. Otros juegan en los patios o en los talleres. Sebastián jugaba en la estación. Y respecto al futuro, a ese futuro brumoso y lejano que imaginan los niños, soñaba, como no podía de otro modo, con ser maquinista. Y su padre, que alentaba los sueños del niño, siempre aprovechaba cualquier oportunidad para subirlo a un tren (a pesar de las protestas de su madre), de manera que el tren era su manera natural de gastar el tiempo, de conocer los lugares que le rodeaban, de ver el mundo, el mundo que se extendía más allá de la sierra... El día que los perros no ladraran, el día que los pájaros no levantaran el vuelo de pronto, el día que los ojos de los hombres dejaran de escrutar la lejanía en busca de un furioso chorro de humo, el mundo, el mundo que él había conocido, habría dejado de existir. Y Sebastián lo sabía. Lo sabía como, quisiera o no, conocía qué preguntas, qué dudas, qué miedos le rondaban a su padre por la cabeza en cada instante. Lo sabía del mismo modo que sabía qué pensaba mientras esperaba con impaciencia la llegada del tren, y qué le diría a Federico una vez se encontraran el uno frente al otro. Lo sabía como sabía que una vez que el último vagón se perdiera entre los árboles, entre esa maraña espesa de troncos, ramas y hojas que cerraba el horizonte, su padre volvería a su triste despacho, a continuar con su informe, ese informe redentor y exacto que pensaba remitir al director de la compañía con la esperanza de que fuera leído por éste. Sebastián conocía ese informe de memoria. Su padre se lo había mostrado en muchas ocasiones. Además, cada vez que iba con él al pueblo y algún aldeano le insinuaba, con ese tono entre resignado y cínico de los que están acostumbrados a las desgracias, a perder lo poco que tienen, a que la Historia, la Historia con mayúscula, la de los libros, se escriba sin contar con ellos; que se fuera buscando otro

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trabajo, éste le respondía irritado que al ferrocarril le quedaba mucha vida por delante; y siempre, siempre, acababa mencionando alguno de los párrafos de su informe, unos párrafos densos y sucios, rebosantes de datos esclarecedores, precisos, irrefutables. Por eso le resultaba tan fácil, mientras lo observaba en silencio desde la pequeña ventana de la caseta del guardabarreras, imaginar hacia dónde desembocaban sus pensamientos: el estrecho y húmedo túnel de Los Huesos, o el esbelto y ya herrumbroso puente metálico que salva el río que da nombre al valle, o uno de los muchos desmontes que cortan temerariamente la recia piel de la sierra, allí había volado la imaginación de su padre; y allí permanecía, atrapada por el miedo, como cada día a estas horas. No siempre había sido así, desde luego. Cuando él era niño los trenes iban y venían a todas horas. Los pasajeros llenaban los andenes y vagones, y las vías y las locomotoras estaban en perfecto estado. Pero las cosas habían cambiado mucho desde entonces. Hoy casi todo el mundo tenía automóvil, y, por si esto no fuera suficientemente grave, las fuertes lluvias de hace dos años destruyeron la vía por varios puntos. Entonces se hicieron los arreglos indispensables, con la promesa de hacer una remodelación completa de la línea en los próximos meses. Pero era mentira. Los accionistas no querían saber nada de nuevos gastos, se decía incluso (Sebastián en persona se lo había escuchado decir a un compañero de escuela, hijo de un contable de la compañía) que estaban esperando que el puente o el túnel se vinieran abajo, para así tener una buena excusa para cerrar un ferrocarril que hacía una década que había dejado de ser rentable. ¿Era eso cierto? ¿Era un rumor infundado? Lo creyese o no, Sebastián estaba al tanto de todo. No confesaría sus temores por nada del mundo, pero no podía dejar de pensar en ellos. Todos los días lo hacía. Y aquel jueves no iba a ser una excepción…

Miriam estaba allí, como cada jueves. Había llegado puntual y tan callada como siempre. “Lo bueno de ella era que te puede

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entender con mirarte a los ojos y lo malo de ella es que parece que no tiene el menor interés en ti”, había escrito Sebastián una noche en su diario, en la época en la que pensó que escribir un diario secreto le ayudaría a entender mejor lo que pasaba. Ahora su diario estaba guardado en el fondo de un arcón y Sebastián ya no esperaba entender nada. Continuaba amándola. Sus citas eran monótonas e inevitables y Sebastián las aceptaba como aceptaba todo lo demás: la soledad, el silencio, el temor… ¿Por qué lo hacía? No lo sabía. Podía dar muchas razones, pero ninguna era buena. Tal vez aún esperaba que sucediera algo, algo… una especie de milagro… Tal vez…

Aquel jueves Sebastián estaba nervioso. Federico se había retrasado más de la cuenta. Y ahora tenían poco tiempo…. Pero Sebastián no se decidía a empezar. Miraba a su padre y permanecía inmóvil, olvidándose por completo de ella. Y Miriam acabó por impacientarse…

– Vamos, que no tenemos todo el tiempo del mundo… ¿A qué esperas? – le recriminó.

Miriam no solía exigir nada. Su trabajo consistía en dejar hacer y no protestar. Sebastián no era inocente. Sabía qué nombre recibían en el pueblo las mujeres como ella. Miriam era joven, era hermosa, pero entre ellos no podría existir otra cosa que eso, que lo que Sebastián obtenía cada jueves durante diez minutos. Y aunque lo obtenía gratis, sin pagar por ello, sin pagar en otra cosa que en reproches silenciosos y en breves arrebatos nocturnos, Sebastián no se consideraba mejor que los otros, los que sí pagaban, los que limpiaban su conciencia con unas sucias monedas… Hacía meses que aquello sucedía invariablemente, y en todo ese tiempo Sebastián nunca le había preguntado a Miriam por qué seguía visitándolo, ni se había confesado a sí mismo que tal vez él, en el fondo, en lo más hondo de su ser, esperaba otra cosa de ella. Y mejor que no lo hiciera… Porque si esperaba algo,

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estaba claro que aquello no iba a pasar… ¿O sí? ¿O Sebastián hacía mal permaneciendo en silencio? Los adultos actúan, los niños sueñan, pensaba Sebastián. Pero cada día la realidad le iba demostrando que aquello no era así, que la vida no era un tejido uniforme y monocromático, sino que tenía pliegues inesperados, que tenía manchas oscuras y extrañas, que tenía imprevistos abismos insalvables…

Como sus reproches. Como esas palabras que Sebastián acababa de escuchar y que, sin saber por qué le irritaron profundamente, como el peor de los insultos. Y pese a todo, a pesar de su sorpresa y su irritación, aquellas palabras, aquellas simples palabras triviales y sensatas no pudieron rescatarlo del pozo de sus pensamientos, de ese lugar hondo y lóbrego donde su mente lo había llevado en un momento y de donde tal vez pasarían horas antes de que pudiera salir…

Y horas era precisamente lo que no tenían. Porque mientras Sebastián estaba perdido en su inmenso espacio interior, ese espacio sin dolor ni deseo, y mientras Miriam esperaba en su pequeña y desapacible realidad, el mundo continuaba su curso, y el mundo, en aquella tarde de jueves, era ese tren, ese mercancías que había aparecido – una sombra alargada y fantasmal – por detrás de la caseta y que, tras un rugido agónico, se había detenido en la destartalada estación. Ese tren marcaba el comienzo y el final de todo su amor condensado. De su amor o su deseo o su angustia, que Sebastián ya no sabía qué era lo que sentía por ella, lo que sentía por ella cuando era capaz de sentir algo, pues aquella tarde, aquel jueves todo le parecía extrañamente irreal, como si lo que estaba viendo, como si lo que estaba oyendo, no fuera algo que llegaba a sus ojos y a sus oídos desde la realidad misma sino que proviniera de otro lugar, de un mundo dentro de este mundo, de una realidad oculta debajo de la realidad inmediata, del mismo modo que una casa puede tener un sótano y ese sótano puede esconder otro sótano, o tal vez de esa

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misma realidad pero de otro tiempo, de un tiempo pasado o de un tiempo futuro, de un tiempo que parecía el tiempo actual, que era en todo igual al tiempo actual, pero que Sebastián no percibía como el tiempo actual, sino como una imitación, como un simulacro, como una mentira.

¿Acaso era todo una mentira? ¿Una representación? ¿Una farsa? No. Sebastián sabía que no. El problema no era el mundo: el problema era él. Era él quien no era capaz de sumergirse en la realidad, era él quien estaba atrapado, inmovilizado por sus pensamientos. Y mientras el tiempo pasaba y Miriam se desnudaba lentamente, ofreciéndole la visión de sus pechos pequeños y redondos, sus pechos curtidos y aún esbeltos, con la leve esperanza de hacerle volver a la vida, como quien quiere despertar a un enfermo largo tiempo convaleciente…

¿Dónde estaba perdido Sebastián? ¿Hasta dónde había llegado para que los recursos de Miriam resultaran totalmente contraproducentes? Sebastián la miraba sin verla. O la miraba sin querer verla. Miriam ya no sabía qué pensar. Ella lo conocía bien. Sabía que debía concederle tiempo. Que debía esperar a que él se venciera a sí mismo. Que no debía por nada del mundo entrometerse en su combate a muerte. Aquello era una cosa entre él y su conciencia. Entre él y su rencor. Y ella no podía hacer otra cosa que esperar…

Sebastián volvería en sí. Despertaría de su letargo corporal y la amaría torpemente, dulcemente, tristemente…. Y entonces podría olvidar. Olvidar las maldiciones y los escupitajos de Federico. Tan pronto como la chimenea dejaba de soltar humo, el curtido maquinista sacaba de su ancho bolsillo su paquete de tabaco de mascar. Sebastián observaba su rito con una incierta nostalgia. Desde niño había visto escupir tabaco a ese hombre basto y cariñoso. Pero nunca se había atrevido a pedirle. Ahora le venía una idea siniestra a la cabeza: pronto nadie mascará tabaco en la

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estación. Y Sebastián deseaba pedirle tabaco. Tampoco nadie contará chistes malos, pensaba a continuación. Y Sebastián recordaba ahora a Tomás, el fogonero, que siempre contaba unos chistes malísimos, tan malos que antes le enfadaban porque pensaba que trataba de tomarle el pelo y ahora le hacían sonreír con ternura, y con dolor.... Y quería olvidar… Quería olvidar con todas sus fuerzas. Quería cerrar los ojos y que al abrirlos sus recuerdos hubiesen desaparecido. Quedarse con la mente vacía. Sin memoria. Olvidarlo todo. Olvidar los chistes sin gracia de Tomás. Olvidar las maldiciones y blasfemias de Federico. Olvidar que era jueves. Olvidar los delirios y el malhumor de su padre. Olvidar, sobretodo, aunque nunca hablara de ello, la huida de su madre. Porque Sebastián sabía, como todos en el pueblo, que su madre no iba a volver. Nadie decía nada delante de su padre, ni Sebastián tampoco, pero todos sabían que la señora Andrea se había ido para siempre. Y Sebastián, aunque odiaba a su madre por eso, sabía bien que no podía reprochárselo. ¿Acaso no haría él lo mismo en cuanto pudiera? Si su madre enviara una carta, un mensaje, una señal… ¿no se iría con ella sin pensarlo? Sebastián pensaba en eso muchas veces. Se imaginaba cómo sería vivir en la ciudad. Ya tenía edad suficiente para empezar a pensar qué quería hacer con su vida. Pero aquel era un trabajo que siempre dejaba para otro día.

Normalmente los jueves eran días extraños. Sebastián esperaba ansioso la llegada de Miriam. Luego, cuando se metía en la cama por la noche, pensaba en lo que había hecho y en lo que no había dicho, y se sentía alegre, aliviado, triste y agotado, todo a la vez, y era una sensación nueva, un indicio de que algo estaba cambiando en su vida, aunque realmente no sabía decir qué esperaba de aquellos cambios.

Aquel jueves era distinto. Sebastián no podía detener su mente. Sus pensamientos se sucedían sin control, como relámpagos simultáneos rasgando la noche, como figuras negras avanzando en

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una larga comitiva silenciosa… Miraba las paredes, el techo, el suelo… Todos los jueves se encontraban allí, a pocos metros de su padre, en la caseta abandonada y cochambrosa, llena de escombros y suciedad. Pero era como si nunca hasta ese día hubiera visto aquel sitio. Ese lugar que ahora le parecía tan desolado… ¡Vaya un sitio para un encuentro!, se decía para sus adentros, ¡vaya sitio para un beso, para una caricia!… Luego, al notar el frío contacto de los dedos de Miriam en su nuca, no se volvía para darle un pellizco, o para tocar su piel desnuda, indefensa, y fría, fría como la nieve, como el cristal en la noche del invierno, como el raíl blanquecino al amanecer. No se movía de su sitio, ni alargaba la mano, ni siquiera musitaba alguna excusa… Y Miriam estaba cada vez más confundida, pensando que tal vez lo mejor sería marcharse y volver otro jueves. O tal vez nunca…

Sin embargo, aunque Miriam no lo había advertido, algo había cambiado en él. Ella seguía insistiendo. Sus dedos fríos se hundían bajo su camisa, le estremecían con su contacto gélido, y Sebastián, aún perdido en sus pensamientos, pensaba ahora en ella. Pensaba en ella de otro modo, sin embargo. Pensaba en ella como nunca había pensado que se pudiera pensar en ella. Ya no era su piel, su cuerpo, sus ojos, su risa, lo que le llamaba la atención. Era lo que hacían, el hecho concreto, lo que ocurría entre él y ella, entre su cuerpo y el de ella, entre su corazón y el de ella, eso era lo que le interesaba ahora a Sebastián. Y lo demás le resultaba tan indiferente como el conocido paisaje del valle o como las palabras sin esperanza de sus compañeros de la escuela. “Eso es crecer”, se dijo de pronto. Eso es lo que se llama ser adulto. Quitar la máscara a la realidad, y ver las cosas como son, nos guste o no, sin poder remediarlo… Ahora miraba a su alrededor y todo eran preguntas, preguntas que nadie iba a pronunciar en voz alta, preguntas que se acabarían pudriendo como se pudren las hojas en el suelo, preguntas que se esconden como se esconde el anillo de aquélla a quien no pudimos amar.

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Y mientras tanto Miriam esperaba, paciente, inmóvil, hierática. Un nuevo pitido retumbó en el valle. El pitido asustó a Sebastián y lo hizo volver a la realidad. El tren estaba a punto de partir. Sebastián comprendió de pronto lo que eso significaba y en ese preciso momento, Miriam aprovechó para susurrarle al oído algo que Sebastián no quiso entender, pero que no pudo evitar oír. Era su consigna, la señal que sus manos estaban esperando. Se volvió lentamente hacia ella y la miró. Miriam se separó la camisa y le sonrió. Sebastián bajo sus ojos. Sus pechos desnudos comenzaban a adquirir una tonalidad levemente morada: era la mano voraz del invierno que se abalanzaba sobre ellos como el más impaciente de sus amantes. Sin pensárselo, poseído por un súbito furor, la arrinconó contra la pared, la rodeó entre sus brazos, la atrajo con fuerza contra su cuerpo y la besó con rabia, con dolor, con angustia… Y después, separándose de pronto de ella, violentamente, salió de la caseta y echó a correr hacia las vías.

– Sebastián. ¡Sebastián! – gritó Miriam. Y contempló horrorizada cómo su grito se perdía bajo las enormes ruedas de la máquina, cómo era ahogado por el estrépito del metal y el vapor, por la pesada respiración de la bestia, por su apetito insaciable…

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Cuando la cinta se rompió suavemente y los vecinos congregados empezaron a aplaudir, Alvarado Fernández pensó que le había ganado la partida al cura. El pueblo por fin disponía de un cementerio civil. Un cementerio construido por y para los vecinos, un cementerio donde las familias podían enterrar a sus difuntos sin el oprobio de tener que pagar de un modo abusivo por los nichos. Un cementerio donde… (Como buen orador, Alvarado Fernández preparó un gran discurso para aquella tarde, y los vecinos no dejaron de aplaudir y luego se marcharon tranquilamente a sus casas.) Al final en el cementerio sólo quedaron el alcalde y el nuevo enterrador. Se miraron un momento en silencio, y el alcalde, eufórico, exclamó: – ¡Tu primo se va a quedar sin trabajo! El alcalde se refería al viejo enterrador, el que continuaba trabajando en el cementerio parroquial, que curiosamente era primo del enterrador del nuevo cementerio. Al alcalde le hubiera gustado que su empleado le diera la razón, pero el enterrador no respondió nada. Se limitó a bajar al cabeza y encender un pitillo. Mientras volvía a su casa, Alvarado Fernández pensó en su padre. Además de su nombre y su apellido, Alvarado Fernández hijo había heredado de su padre su ideología política. Ahora podía por fin doblar los papeles del discurso y respirar satisfecho. Aquel cementerio había costado mucho. Para sus conciudadanos tal vez supusiera una sustancial mejora en su peculio, pero para él era mucho más: era una cuestión de honor. En su cementerio, el cementerio del pueblo, todo el mundo tendría cabida. Los pobres suicidas no serían enterrados fuera, junto al muro, sin nicho, sin lápida, sin flores, sólo con una sencilla cruz en el suelo, tal y

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como los sucesivos curas habían obligado a hacer hasta ahora. Y los fusilados en la guerra tendrían un sitio de honor. (El alcalde pensaba hablar con sus familias.  “Se  acabaron  las  humillaciones”, les iba a decir. “Mataron  a  vuestros  hijos  y  maridos,  y  vosotros  tuvisteis que suplicar para que os permitieran enterrarlos. Pero ahora se  hará  justicia…”, y al pensar esto el alcalde recordaba a su padre, que no murió en la guerra pero se pasó quince años en la cárcel.) – Le he ganado la partida – le dijo el alcalde a su mujer. No le he quemado su iglesia, pero se acabaron sus abusos… Y el alcalde pensó de nuevo en su padre, que había visto arder muchas iglesias y pese a todo era un hombre pacífico, que pensaba que con las palabras se conseguía más que con la violencia, y desde la cárcel había animado a su hijo a lo largo de toda su carrera política. “Mi  padre  estaría  orgulloso  de  mí”, pensó satisfecho. Aquel era un de los días más importantes de su vida. – Las cosas van a empezar a cambiar… – sentenció. Pasaron los años. El pueblo olvidó el nuevo cementerio. Las viudas continuaban visitando a sus difuntos como siempre. Y cuando les llegaba la hora, pedían ser enterradas en el antiguo cementerio, el de toda la vida, a poder ser al lado de sus esposos. Y continuaban pagando el precio que marcaba el cura. Alvarado Fernández estaba desesperado. – ¿Cómo pueden pagar tanto por algo que pueden tener gratis? – le preguntaba a su mujer. Lo cierto es que el cementerio civil estaba vacío. El alcalde había ofrecido trasladar sin coste alguno los restos de los difuntos de las familias que lo pidieran, pero nadie en el pueblo había formulado jamás petición alguna. Ni siquiera las familias de los fusilados, a las que tanto se las había humillado en el pasado,

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habían querido desenterrar a sus muertos para trasladarlos al vistoso mausoleo que el alcalde había construido para ellos. La situación era tan grave que el alcalde se vio obligado a despedir al enterrador. – El problema, señor alcalde, es que no está bendecido. Nadie vendrá a enterrarse hasta que el cura lo bendiga. De pronto, el nuevo enterrador, un hombre taciturno por lo general, había roto su silencio y le había dado la solución. Pero el alcalde no estaba dispuesto a hablar con el cura. El enterrador le dio las buenas tardes y se despidió. El alcalde sabía que aquel hombre taciturno pero valiente iba a ponerse a trabajar con su primo. Al final el cura le estaba ganando la partida. Las cosas siguieron como estaban. Hasta que ocurrió algo inesperado. El pobre alcalde se puso enfermo y se murió. Fue visto y no visto, una enfermedad muy rápida, casi ni se enteró de que se iba a morir. Pero no tan rápida como él quisiera. Aún le dio tiempo a ver entrar al cura por la puerta de la habitación. – ¿Pero qué…? Tenía la boca seca. Intentaba hablar y las palabras le abrasaban la lengua. El cura se dispuso a iniciar el rito de la extremaunción. El alcalde pidió un papel y logró garabatear una frase. Después, por señas, logró que el papel llegara a las manos del cura. En el papel ponía: “La religión es el opio del pueblo”. 

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El cura lo leyó y sonrió. El alcalde fue enterrado en el cementerio parroquial. Su mujer pagó religiosamente el nicho.

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La historia es cierta. Me la contó uno de los implicados. Me hizo jurar que guardaría silencio hasta su muerte y eso he hecho. Sucedió hace mucho. En un prado de las montañas. Un padre vivía con sus dos hijos. El padre era un buen padre, dentro de lo posible. Una vez al mes bajaba al mercado. A veces estaba toda la noche fuera. A veces no volvía en uno o dos días. Si volvía de mal humor, los niños sabían qué tenían qué hacer y que no. Si volvía contento, lo mismo. A veces se emborrachaba. Pero sólo lo justo. Una tarde apareció un cazador. La hija estaba sola. El hijo estaba en monte. El cazador sabía que el padre había ido al mercado. Violó a la niña. El hijo estaba volviendo de buscar leña. Llevaba un hacha. Al oír los gritos echó a correr. El cazador acababa de levantarse. Se volvió y se rió. El niño tenía miedo. El hacha le pesaba en la mano. El cazador pensó que lo mejor sería matarlos a los dos. El niño estaba inmóvil, frente a él. Tenía miedo. Pero la niña no. La niña sabía bien lo que tenía que hacer. Mientras el cazador se burlaba del niño, la niña corrió a la cuadra y cogió un cuchillo de esquilar. Sabía dónde lo guardaba su padre. Luego se abalanzó sobre el cazador por la espalda, con toda su rabia. Fue una acometida torpe. El cazador estaba malherido. La niña volvió a hundirle el cuchillo, pero el cazador aún trataba de escapar. Entonces el niño reaccionó. De una patada, alejó la escopeta de la mano del cazador. Luego cogió una piedra. Durante un buen rato estuvieron llorando. Luego pensaron hacer lo que hacían cuando se moría un perro. Cavar un hoyo y enterrarlo a la sombra de un árbol. Pero la niña pensó que el cazador no se merecía estar a la sombra de un árbol y lo enterraron detrás del secadero, a la solana. Por costumbre marcaron el lugar con una piedra.

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De madrugada el niño comprendió que lo de la piedra no era una buena idea. Se levantó y fue hasta el secadero. Entonces vio que había alguien allí. Era su padre. Aunque estaba clareando y su padre estaba inclinado, lo reconoció enseguida. También el padre, al oír crujir una rama, reconoció a su hijo de inmediato. – Coge una pala y ayúdame – fue todo lo que dijo. El padre y el niño llevaron el cuerpo del cazador a una cueva profunda y lo arrojaron al fondo. No se habló del asunto. Y la historia hubiera terminado ahí si la niña no hubiera descubierto poco después que estaba embarazada. El padre pensó que lo mejor sería que la hija no bajara al pueblo por un tiempo. Cuando llegó el momento del parto, ayudó en lo que pudo. No era un mal padre. Hizo lo que pudo, ya lo digo. También el hermano pequeño hizo lo que pudo, que no era mucho. De hecho, bastante tenía con aguantar el tipo. Había visto parir a los animales, pero aquello era otra cosa. Se quedó tan impresionado que se prometió a sí mismo que nunca se casaría para no hacer pasar a su mujer por semejante suplicio. El padre no perdió el tiempo, la niña (era una niña) nació sana. El padre la envolvió en unos trapos, la metió en un canasto y la llevó al pueblo. Allí la dejó a la puerta de un convento. Las monjas se hicieron cargo de la niña y luego, cuando creció, la enviaron a un orfanato en la ciudad. La niña tuvo suerte, fue pronto adoptada. La historia podría haber terminado allí, pero no fue así. Ocurrió algo increíble. Una de esas casualidades tan extraordinarias que tiene la vida. La familia de la capital decidió, muchos años después, pasar el verano en un pueblo de la sierra. La niña ya era una casi una señorita, pero estaba un poco malcriada. Salió a pasear por los

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campos, y pese a las advertencias de sus padres, se adentró en el bosque. Las tormentas de verano suelen ser repentinas. Y eso es precisamente lo que sucedió. El cielo se llenó de nubes amenazantes y, antes de que la niña pudiera reaccionar, cayó un chaparrón terrible. Entonces la niña echó a correr, pero desorientada como estaba, se alejó aún más del pueblo. La historia podía haber terminado ahí, pero la niña tuvo suerte. Sin saber cómo, fue a parar a un claro del bosque y al final del claro encontró unas ruinas. No era gran cosa, una antigua cabaña de pastores, pero era suficiente para resguardarse de la lluvia. La niña pensó que la tormenta pasaría pronto. Pero el tiempo, lejos de mejorar, empeoró. Primero cayó granizo (la niña miraba el granizo con una mezcla de terror y admiración) y luego cayó la noche. Y con la noche llegaron los ruidos del bosque y el frío. La niña estaba completamente horrorizada. Y más horrorizada se quedó al escuchar una voz tras ella. Era un hombre. Un hombre joven. Un cazador. La historia podía haber terminado ahí. Pero no era ese su destino. El cazador era un hombre apuesto, fornido. La niña ya era casi una mujer. Una mujer muy hermosa. Se enamoraron a primera vista. La niña no conocía esa clase de amor, pero se entregó sin reparos. No pudo explicar su conducta. Tampoco quiso atenerse a razones (¡y mira que lo intentaron!) Y el joven cazador, que ya era un hombre hecho y derecho, al ver la tozudez de la muchacha, se envalentonó aún más. Al final no quedó más remedio que casarlos. La historia podía haber acabado ahí, pero no lo hizo. Una noche el cazador le habló de su padre. Su padre también había sido cazador. Una tarde se fue al monte y nunca más se le volvió a ver. En el pueblo contaban historias, pero él nunca las había creído.

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Eso fue lo único que le dijo. Pero era suficiente. Poco después unos espeleólogos encontraron un cadáver en una sima. El cadáver no pudo ser identificado. La historia no acabó ahí. Podría haberlo hecho (hubiera sido mejor para todos), pero a la historia aún le faltaban varias líneas por escribir. Y se escribieron. Se escribieron años después, cuando la feliz pareja ya llevaba varios años juntos y la felicidad inicial se había convertido en rutina, gritos y llantos de niños, tal y como suele suceder en estos casos. Pese a todo, hubiera sido dejar las cosas como estaban. Ya digo. Pero por desgracia no pudo ser. El cadáver de la sima estaba ya olvidado. Ya nadie hablaba de él en el pueblo. Pero el pueblo era un pueblo pequeño, donde todos saben lo que nadie dice. Donde todos esperan que alguien se decida a romper el silencio, aunque sea en su lecho de muerte. Esta historia me la confesó un pastor. Parece increíble pero es cierta. El pastor sabía lo que iba a pasar después de su muerte, lo que iba a empezar ya en el mismo entierro.

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Se había quedado encerrado en su propio cuarto. Era evidente pero no acababa de creérselo. Y eso que no era la primera vez. Esa puerta tenía muy mala sombra. Varias veces habían hablado de cambiarla pero hasta ahora no lo habían hecho. A él no le gustaba nada quedarse atrapado. Odiaba los ascensores y los sitios estrechos y oscuros. Pero su dormitorio era espacioso y luminoso. De todas maneras la situación no era nada agradable. Encerrado en su propio dormitorio… ¡Qué absurdo! “Si  por  lo  menos  alguien  pudiera  abrirme…”, pensó, resignado. Pero estaba solo. Su mujer acababa de irse al trabajo. Ella había pasado por delante de esa puerta hacía menos de cinco minutos. Y él ya estaba despierto, pero no se había levantado para despedirla. Aquello había sido un error. Una persona que se levanta de madrugada para ir al trabajo se merece que, al menos, alguien le despida con un beso en la mejilla y un par de frases amables. Y él llevaba tiempo sin ser considerado con ella. Claro que ella también llevaba tiempo sin ser considerada con él… “Tengo  que  pensar  en  algo”, se dijo. No era momento de reproches. Su mujer tardaría diez horas en volver a casa. Tenía que pensar en algo… Y rápido… De pronto tuvo una intuición. O más que una intuición, una corazonada… Él solía dejar su teléfono en el despacho. Pero algunas noches lo olvidaba en el bolsillo de su pantalón. Fue corriendo a la silla, cogió el pantalón y palpó en el bolsillo… ¡Y bingo! ¡Ahí estaba! Nunca había pensado que su mala memoria iba a serle tan útil… El teléfono estaba apagado. Cuando lo encendió toda su alegría se esfumó casi por completo: el indicador de la batería parpadeaba peligrosamente. Mientras lo miraba fijamente, recordó que la tarde anterior había pensado que tenía que recargar la batería. Pero evidentemente no lo había hecho: su mala memoria había vuelto a hacer de las suyas… Su mala memoria y su costumbre, su mala costumbre, de dejarlo todo para luego. “Ya  te  lo  había  dicho”, diría su mujer cuando lo supiera. “Ya 

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te  lo  había  dicho”. Sí. Lo de siempre. Pero esta vez él estaba dispuesto a darle la razón. Pese a todo intentó hacer una llamada. Ella contestó al momento. – ¿Qué pasa? Estoy conduciendo. – Perdón – dijo él –. Pero es que estoy encerrado. ¿Puedes venir a abrirme? – Ahora voy. – respondió secamente su mujer. Y colgó. Un segundo después la pantalla se quedó en negro. Ya no podría hacer más llamadas. Ahora todo dependía de ella. Como no podía hacer otra cosa, volvió a meterse en la cama. No durmió. Al cabo de unos pocos minutos, oyó el ruido de la puerta principal. Su mujer entró en la casa y sus pasos se perdieron por el pasillo. Esperó junto a la puerta. La casa estaba en silencio. Pasó un minuto. Un minuto que a él le pareció un siglo. Volvió a escuchar sus pasos. Pero el sonido le llegó como un murmullo. Ella no había subido la escalera. Estaba en algún lugar de la planta baja. “¿Por  qué  no  viene  a  sacarme  de  aquí?”, se preguntó desconcertado. No quería gritar. No quería ponerse nervioso. Ella debía de estar de mal humor. Aquello le podía hacer llegar con retraso al trabajo. Si gritaba o se ponía nervioso ella se iba a enojar aún más. Intentaba buscar una respuesta a su tardanza, pero lo cierto es que no tenía ni idea de qué estaba haciendo su mujer. Entonces volvió a escuchar sus pasos por tercera vez. Pero tampoco esta vez ella subió la escalera. En lugar de eso, salió de casa. Se marchó. Él no podía creer que aquello fuera real, pero lo cierto es que había escuchado claramente cómo se cerraba la puerta de la calle. Se asomó a la ventana. Desde allí no podía ver su coche, pero sí escuchar el motor. Aquello no tenía ningún sentido. Si era una broma, había dejado de tener la menor gracia.

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El patio trasero estaba oscuro y silencioso. La casa de enfrente tenía todas las luces apagadas. Gritó el nombre de su mujer. Esperó unos segundos y volvió a gritar. “Si  no  me  escucha  mi  mujer,  tal  vez  lo  hagan  mis  vecinos”, pensó. Nunca había tenido mucha relación con sus vecinos, y ahora empezaba a lamentarlo. Entonces recordó que no había escuchado el ruido del motor del coche de su mujer. Pero era evidente que su mujer había venido en coche… No entendía nada. ¿Dónde estaba ella? Hacía varios minutos que había escuchado cerrarse la puerta. ¿Y a qué había venido? Él había dado por sentado que ella pensaba sacarlo de la habitación. No era la primera vez que lo hacía. Era fácil. Bastaba con introducir un gancho del pelo, o algo parecido. Sí. Era fácil, desde el lado de  fuera de la puerta… “Pero  y  si…”. Tenía que intentarlo. Si las patadas no funcionaban, tenía que probar otra solución, cualquier posible solución. Empezó a rebuscar por los cajones. Entonces escuchó el motor. El motor del coche de su mujer, no tuvo la menor duda. Se acercó corriendo a la ventana y gritó su nombre con todas sus fuerzas. Fue inútil: el coche se alejó velozmente sin cruzar su ángulo de visión. Lo escuchó pero no lo vio. “Tal  vez  no  era  ella”, se dijo. A fin de cuentas su mujer no era la única que trabajaba temprano. Pero sabía bien que era ella. Y si no era tampoco importaba mucho. Le hubiese gritado al conductor de todos modos. Estaba tan ansioso por salir de esa maldita habitación que gritaría a cualquiera que pasase por debajo de su ventana. Gritaría como un loco. Gritaría con todas su fuerzas. Para tranquilizarse, pensó que más pronto o más tarde alguien pasaría por allí. “La situación es ridícula, pero no grave”, se dijo. Sin saber qué hacer, se alejó de la ventana y se quedó parado junto a la cama deshecha. Miró su ropa esparcida por el suelo. Y empezó a recogerla. Estaba intentando mantener la calma cuando comprendió que algo sucedía. Algo terrible. Algo incomprensible. Primero fue el olor, un olor extraño, un olor como a quemado, como si algo se estuviera quemando cerca de él. Y casi enseguida, el ruido, un ruido muy suave, casi un rumor, un ruido como de ramas partiéndose, como un chasquido… Lo primero que se le pasó por la cabeza fue pensar en una hoguera. En la planta baja

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había una chimenea. “Si estuviéramos en invierno…” murmuró para sí. Pero estábamos en junio y ni él ni su mujer habían encendido un fuego aquella noche. Volvió a la ventana. Miró hacia delante. Luego hacia abajo. Instintivamente, dobló su cuerpo todo lo que pudo y trató de mirar hacia su propio salón. La ventana de su dormitorio no tenía rejas. No las necesitaba porque no daba al jardín sino al barranco. Tampoco el ventanal del salón tenía rejas. Mientras agachaba la cabeza y doblaba la espalda, tratando de ver qué pasaba en la planta baja, pensó en saltar desde su ventana, o en bajar desde ella hasta la ventana del salón. Era un pensamiento estúpido, pues sabía perfectamente que ninguna de las dos opciones eran factibles. De hecho, aunque tenía dos posibilidades, las dos se anulaban mutuamente. Podía fácilmente salir por su ventana porque ésta no tenía rejas, pero como el ventanal del salón tampoco tenía rejas, no disponía de ningún lugar donde agarrarse. Así que intentar bajar ordenadamente desde su ventana o saltar a lo loco desde ella equivalía a lo mismo: estrellarse contra una de las enormes piedras del fondo del barranco. Empezó a sentirse mareado. Se incorporó un momento y volvió a asomarse, sacando su cabeza y su pecho hasta muy cerca de la cintura y mirando fijamente hacia el fondo oscuro del barranco, donde un leve resplandor iluminaba tenuemente los cantos puntiagudos donde se haría trizas su cuerpo si continuaba arqueándose de ese modo. ¿Pero qué podía hacer? El resplandor era cada vez más visible. ¿De dónde salía? Y ese ruido insoportable, ese crepitar absurdo, ese chasquido constante viniendo no se sabía bien de dónde… Todo le llevaba otra vez a pensar en la chimenea. A imaginarse su mujer leyendo plácidamente un libro al lado de la chimenea encendida. “¿Me  estoy  volviendo  loco?”, se preguntaba. Y no era para menos. Llevaban dos meses viviendo en esa casa. Aún no habían encendido la chimenea ni una sola vez, ni siquiera para comprobar que el humo subía por donde debía. Las tuberías de los baños, la pintura de las paredes, los desagües del tejado, la puerta del dormitorio… Para ser una casa recién terminada,

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habían tenido un montón de problemas. Pero la chimenea no la habían probado, ni siquiera por curiosidad. La imagen de su mujer leyendo junto al fuego era totalmente inventada, un producto de su imaginación. Y sin embargo no podía quitársela de la cabeza. Habían hecho tantos planes… Habían hablado de tener un hijo, o dos, o tres. Y un perro, o dos, o tres. Y por supuesto que no sería todo fácil, que habría momentos malos, como también ahora los tenían, pero él estaba decidido a cambiar, y dejaría de beber y buscaría un buen trabajo. Y serían felices. Con sus hijos, su dinero, sus perros. Hasta ella lo decía:  “Seremos  felices,  muy  felices”, le murmuraba al oído cuando estaban en la cama, por la mañana o por la noche, y acababan de besarse o iban a empezar a hacerlo. Y él le contestaba que sí, que tenía razón. Aunque luego ella se iba a trabajar y él se quedaba solo. Se habían imaginado tantas veces cómo sería su vida dentro de diez, de veinte, de treinta años, que casi parecía que ya la hubiesen vivido. Y ahora estaba encerrado en su propio cuarto. Y había hablado con su mujer y ella se había dado media vuelta y había entrado en la casa. Y… Volvió a gritar desde la ventana. No esperaba ninguna respuesta y no repitió su grito. Su mujer estaba ya muy lejos, pero si alguien le oyó gritar su nombre, él nunca lo supo. Un crujido repentino le hizo bajar los ojos. No pudo averiguar de dónde provenía. Alzó la vista y dirigió su atención hacia la casa de enfrente. Por un momento le pareció distinguir una silueta oscura detrás de una ventana, pero de pronto recordó que hacía días que no descubría a los niños jugando en el barranco. Los vecinos tenían dos niños, que se entretenían tirando piedras a las pequeñas charcas del fondo, y bajaban por la estrecha senda a pesar de los gritos de su madre que no entendía por qué sus hijos tenían que ir a jugar precisamente ahí, con el espléndido prado que tenían en la parte delantera de su casa. Y si los niños no estaban, entonces sus padres tampoco debían de estar. Tal vez se habían marchado de vacaciones. O tal vez se habían mudado. Ahora era imposible saberlo. “Debí  haber  sido  más  amigable”, se dijo. Su mujer siempre

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quería invitarles a cenar y él se negaba. Lo recordó y se sintió solo y desdichado. Un penacho de humo ascendió hasta su altura. Subía muy despacio y era negro y espeso. Alargó la mano y la agitó torpemente. Empezaba a amanecer. En la negrura del firmamento brillaban débilmente las estrellas. Cerró la ventana y fue hasta la puerta. La tocó. Estaba caliente. Bajó la vista y sonrió tontamente al comprobar que el humo empezaba a colarse en la habitación. Aquel humo explicaba muchas cosas. Volvió a su cama. Cogió el cuaderno que había dejado en su mesita de noche. Lo abrió. Cogió su bolígrafo. Escribió una frase. Una simple frase. Pensó en su mujer. Pensó que él no tenía ninguna capacidad para odiar. Cerró el cuaderno. Lo depositó con cuidado en la mesita. Se metió en la cama. Alargó la mano hasta el interruptor y apagó la luz. Después se cubrió bien con la sábana.

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Por entonces yo vivía como un proscrito. Vivía en la ciudad pero nunca pasaba de la esquina de mi calle. Si salía de casa, era sólo para comprar lo indispensable. Procuraba hacerlo a primera hora de la mañana o de la tarde, justo cuando acababan de abrir las tiendas. Sólo necesitaba tres cosas: comida, bebida y películas. Tenía un videoclub y un supermercado a muy pocos metros. No era un gran videoclub. No era un lugar donde pudieras encontrar las películas que tú deseabas ver, sino un lugar donde tenías que ir sin ningún deseo en concreto, dispuesto a coger cualquier basura que estuviera disponible. Pero yo tampoco necesitaba otra cosa. Lo bueno de las películas malas es que entretienen tanto como las buenas. Incluso muchas veces son más adecuadas, pues no exigen ningún esfuerzo mental por tu parte. Respecto al supermercado no había nada que decir. Era un supermercado como todos. Un lugar siniestro, un lugar donde era extraño no sentir deseos de suicidarse. Yo intentaba apurar las botellas de cerveza y de Martini, y me servía unas minúsculas raciones de arroz precocinado sólo para no tener que volver allí hasta la semana siguiente. Comprar una vez por semana. Esa era mi meta. Pero si tenía que bajar, pese a todo, entonces procuraba aprovechar para pasar por el videoclub, de manera que pudiera hacerlo todo de una vez. Primero iba al videoclub, que estaba casi en la esquina, y luego volvía rápidamente sobre mis pasos y no me detenía en el supermercado más que lo indispensable. Siempre echaba un último vistazo a la calle. Y cuando mi vista se perdía en los últimos edificios, me repetía que no tenía ningún motivo para ir más lejos. Me lo repetía entonces y me lo repetía por las noches antes de dormir, que era sin duda el peor momento del día. Y entonces me permitía el lujo de mirar por la ventana, pero sólo para repetirme que ahí fuera no sólo me esperaban problemas. Cuando quería compañía llamaba a un amigo, y éste me enviaba a alguna mujer. Mi amigo, la única persona que conocía mi paradero, era muy discreto. Aunque le había preguntado varias veces por mí, jamás me había traicionado. Por lo demás, los que preguntaban por mí, no pensaban que yo pudiera estar allí, tan

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cerca de ellos, en su misma ciudad. Yo había dejado planeado meticulosamente mi fuga. Todo el mundo daba por hecho que yo estaría en algún país remoto. O estaría muerto y sepultado en alguna cueva profunda. En cualquier parte menos en esta maldita ciudad. Pero yo no había salido de la ciudad más que para coger un tren. Y ese tren me había traído de vuelta dos días después. Eso había ocurrido hacía cuatro meses. Desde entonces yo estaba muerto para todo el mundo. Y también estaba muerto para mí mismo. Tenía muchas ganas de sexo. Aunque me masturbaba constantemente, mi pene parecía nunca tener suficiente. Tenía algunas revistas pornográficas. Y había visto varias veces las pocas películas del videoclub. Muchas tardes me tumbaba en la cama y me ponía a recordar experiencias que había vivido. Otras veces dejaba que mi imaginación volara a su antojo. En aquel apartamento hacía calor. Yo tenía las persianas bajadas por el día, pero aquello no era suficiente para explicar el calor que hacía ahí dentro. Para soportar el calor, iba desnudo por la casa. Sólo me vestía para salir a la calle, pero eso no pasaba más que un día o dos a la semana, y durante muy poco tiempo. Cuando venía alguna puta yo la recibía desnudo. Y pasaba todo el rato desnudo. Al principio ellas se quedaban un poco sorprendidas. Como buenas putas no dejaban traslucir su sorpresa o su miedo. Mi amigo les había dado algunas instrucciones. Cómo tenían que llamar al timbre, cómo tenían que ir vestidas, qué debían decir y qué no podían mencionar bajo ningún concepto, cuestiones muy básicas y fáciles de entender. Supongo que todo aquello les preparaba para el espectáculo de encontrarse con un hombre desnudo, con barba, sucio, sudoroso, de aspecto en general muy descuidado y con una mirada muy tosca, muy poco amigable. Es decir: el típico tío que parece que tiene malas pulgas. Y aunque yo no tenía malas pulgas, aunque yo en el fondo era un idiota blandengue y cobarde, ésa era exactamente la impresión que quería dar.

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Cuando estaba solo siempre tenía la radio encendida. Y cuando venía la puta me olvidaba de apagarla. Escuchaba una emisora que únicamente programaba música clásica. Yo la ponía a un volumen alto porque sabía que por el día todos mis vecinos estaban trabajando. Algunas putas se asustaban al escuchar el réquiem de Mozart y yo me reía y subía el volumen. Pero eran muy profesionales y no estaban dispuestas a perder un cliente a la primera. Para eso, para salir corriendo, aún tenía que ser mucho más despiadado. Aún tenía que actuar de un modo más siniestro. Y yo nunca llegaba a tanto, yo me conformaba con algunos juegos perversos sin importancia, nada extraordinario. El problema de las putas es que tenían muy poca imaginación. Hacían lo que les pedía pero de un modo tan mecánico que lograban que yo perdiera todo el interés. Por eso había decidido prescindir de ellas. Por eso había llamado a mi amigo para buscar otra solución. El dinero no era problema y mi amigo lo sabía. Aún tenía mucho. Por lo menos para varios años. Pero tenía que confiar en él. Yo no quería salir de esta calle, o de este barrio en el peor de los casos. Así que todo el trabajo de búsqueda y de contacto lo tenía que hacer él. Me pidió una semana de tiempo. Discutimos sobre el dinero que iba a darle para posibles gastos y llegamos a un acuerdo. Luego me senté a esperar. Una semana y tres días después recibí un sobre con unas fotos. Debajo de las fotos venían algunas indicaciones. Estudié las fotos durante un rato. Después llamé a mi amigo. Empecé por pedirle que se pusiera en contacto con una chica que se llamaba o se hacía llamar “Jenny”. Mi amigo la había encontrado en una revista especializada de contactos íntimos. Yo recelaba de ese tipo de revistas, pero la foto tenía algo interesante, algo que me creaba curiosidad.

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Mi amigo la llamó y le explicó cómo debía encontrarme. Repentinamente tuve un temor inexplicable. Un sinfín de pensamientos absurdos asaltó mi mente y me paralizó por completo. Fue una momento horrible. Una inesperada reminiscencia, una inoportuna reflotación de mis viejos fantasmas. Como ya no podía anular la cita decidí que lo mejor sería esperar fuera, en la calle, o en el portal, oculto en el pequeño hueco de debajo de la escalera. No quería que ella descubriera cómo vivía. Yo nunca lavaba mi apartamento y aquello no me había provocado ninguna incomodidad hasta ahora que ya era tarde. Con las putas no me preocupaba nunca de cambiar las sábanas, o de quitar las manchas del suelo, ni por supuesto, de fregar los platos. Pero el apartamento no era lo único que necesitaba una limpieza profunda. Tampoco yo me había preparado especialmente para la ocasión. No me había duchado, no me había afeitado, no me había arreglado el pelo, no me había vestido… Había hecho lo que hacía siempre: despreocuparme por completo de mi aspecto. Y de pronto comprendí que no venía una puta, que aquella mujer no estaba obligada a callar y a obedecer. O por lo menos no estaba obligada a hacerlo de una manera tan descarnada como una puta. Fue como retroceder en el tiempo, ya lo he dicho, como si justo cuando fuera a saltar de un avión recordara que no llevaba el paracaídas puesto. Yo era muy torpe para las citas. Y llevaba mucho tiempo sin tratar con nadie. Sólo hablaba con las putas y muy esporádicamente con el encargado del videoclub o con la cajera del supermercado, y eran conversaciones muy breves, de una o dos frases. Aquellas conversaciones no servían. Desesperado, intenté llamar a mi amigo. Nadie contestó. Me vestí con lo primero que encontré y salí al rellano. Bajé en silencio y a oscuras la escalera y me acomodé en mi pequeño escondite. Eran las diez menos cinco de la noche, ella debía llegar a las diez en punto. Esperé y esperé. De pronto se encendió la luz. Un vecino bajaba a tirar la basura. Luego alguien entró. Llevaba llave así que evidentemente no podía ser ella. Sólo entonces, al escuchar cómo la cerradura cedía y la puerta se desplazaba

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ruidosamente, recordé un detalle crucial: ella no tenía llave del rellano, ni del rellano ni de mi apartamento. Así que yo no tenía nada que hacer allí. Aquello era una estupidez, una estupidez descomunal. ¿Qué hacía yo esperando a alguien que jamás iba a poder entrar por sus propios medios? Ella llamaría al timbre y esperaría en la calle. Y ahí terminaría la historia. ¿Cómo no había caído antes en la cuenta? Había estado tan preocupado que me había olvidado de lo más básico. Pero por suerte aún podía solucionar la situación. Y sin pensármelo salí a la calle y me resguardé en el portal contiguo. Desde allí tenía buena vista. Podía vigilar casi toda la calle. Podía verla acercarse y ver cómo reaccionaba cuando nadie respondiera a su llamada. ¿Insistiría? ¿Se cansaría pronto de esperar? Si ella se iba yo la dejaría marchar. Pero si se sentaba en el portal a esperar a que yo diera señales de vida, entonces yo aparecería de pronto, como surgido de entre las sombras, y la llevaría a mi cama. ¿Qué hace una mujer que llega más de media hora tarde a una cita? Para empezar debería llegar con prisa, corriendo o caminando rápido, con la respiración entrecortada, con una expresión de preocupación en el rostro… Sí. Eso es lo que debería hacer… ¿Verdad? Pues Jenny, la tal Jenny llego andando tranquilamente, tan tranquilamente que no reparé en ella hasta que se paró delante de mi portal. Yo sólo había visto una foto de ella. Una foto que no mostraba más que una pequeña parte de su cuerpo: su cara. Aquello me había proporcionado una serie de argumentos ciertamente muy ambiguos pero que a mí me habían sobrado. Uno suele fantasear con lo que no conoce. Jenny, si ese era su nombre, tenía un rostro muy agradable, un rostro armonioso, fino, con una piel sin manchas, supuestamente lisa y suave, una piel joven que enmarcaban unos ojos dóciles, alegres, cariñosos. Sí. Esas eran las cualidades que yo creí ver a la luz de su fotografía. No tenía realmente ningún argumento de peso, ya lo he dicho. Simplemente me estaba dejando llevar por mi deseo. Por ese

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deseo tan primitivo de los hombres necios: encontrar a una mujer que no sea una potencial enemiga. Pero tan pronto como la vi comprendí cuál equivocado estaba. Jenny, la tal Jenny, estaba lejos de ser una joven inocente, sumisa, inexperta, que aceptaba ese tipo de encuentros con la resignación de quien sabe que no puede aspirar a algo mejor. Su rostro no era un rostro duro, decidido, arrogante. En eso la foto no mentía. Tenía un rostro delicado, suave, un rostro sobre el que uno sentía deseos de posar la mano. Pero el resto… Su cuerpo, sus brazos, sus piernas, su espalda, sus hombros, su vientre, sus caderas… Todo lo que quedaba por debajo de su delicada barbilla era feo, burdo, grotesco, desgarbado, desproporcionado. Aquello era como una broma de la naturaleza. A esos ojos no podían corresponder esas piernas toscas y largas, o esos brazos gruesos y amenazantes, pensé, pero así era, no había la menor duda. Delante del portal había una farola y yo pude verla bien. Era descomunal. Ese es el primer adjetivo que me vino a la cabeza. No es que fuera gorda, o alta, o tuviera el culo grande. Toda ella era enorme, toda ella parecía salir de su vestido, escapar por las mangas de su vestido. Todo su cuerpo era una exageración. Hasta sus pechos eran descomunales. Y sí, ya sé que a algunos les gustan esa clase de mujeres. A algunos les van las mujeres gigantes y a otros les van las mujeres enanas, y me parece muy bien, pero a mí no me van ni las unas ni las otras. Mientras yo trataba de hacerme una idea exacta de sus proporciones, mientras yo trataba de imaginar lo que sería sentir sus pesados brazos rodeándome, ella sacó un pequeño papel de un bolsillo, comprobó que estaba en la dirección adecuada, volvió a llamar al timbre, esperó unos minutos mientras se retocaba los labios, esos labios tan delicados y tan tristes, con la ayuda de un espejo diminuto que había sacado parsimoniosamente de su bolso, llamó de nuevo al timbre y una vez más volvió a desplegar el papel para comprobar la dirección antes de darse por vencida. Entonces empezó a irse. Digo “empezó” porque de repente ocurrió algo imprevisto. Un vecino apareció por la puerta. Era el señor

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mayor del cuarto que iba a sacar a pasear a ese perro canijo y feo que siempre me despertaba con sus ladridos. El perro pasó por su lado sin molestarse en olfatearla, pero el vecino le lanzó una mirada inquisitiva. Yo lo vi todo muy bien. Jenny, la tal Jenny, aguantó su mirada y retuvo la puerta antes de que llegara a cerrarse. Entonces desapareció de mi vista. Aquello empezaba a no gustarme nada. ¿Qué iba a hacer ahora? Esperar un rato más. El vecino llevó al perro a unos árboles cercanos y volvió rápidamente a su casa. Mis vecinos eran, en el fondo, como yo: no les gustaba la calle. Pero mientras yo procuraba hacer el menor ruido posible ellos procuraban hacer todo lo contrario. Cuando estaban en sus casas, se gritaban todo lo que podían, con la intención de conseguir que todo el mundo estuviera al tanto de sus intimidades. Gracias a eso yo había logrado averiguar una ingente cantidad de detalles insignificantes que me mantenían distraído. Claro que también resultaba molesto algunas veces, como cuando escuchaba el llanto desconsolado de algún niño, pero eso se solucionaba subiendo el volumen de la música. Esperé unos diez minutos. Pensaba que Jenny, la tal Jenny, iba a volver a aparecer por el portal, pero eso no pasó. Al final decidí entrar como quien no quiere la cosa. A fin de cuentas ella sólo tenía de mí una foto antigua, una foto en la que mi aspecto era muy distinto al actual. Si pasaba por su lado sin ponerme nervioso ella no sospecharía nada. Entré al portal y me llevé una desagradable sorpresa: estaba oscuro y vacío. La gigantesca mujer no estaba allí. Y si no estaba allí entonces sólo podía estar en otro sitio: en mi rellano, frente a mi puerta. Aquello era peor de lo que esperaba. Como no podía hacer otra cosa, me armé de valor y me decidí a subir. No sabía bien lo que iba a pasar. Se me ocurrieron algunas excusas. Nada del otro mundo. También pensé que por probar no se perdía nada. Salí del ascensor conteniendo el aliento y me llevé otra desagradable sorpresa: el rellano estaba oscuro y vacío,

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exactamente tan vacío y oscuro como antes había estado el portal. La tal Jenny había desaparecido. Se la había tragado la tierra. Sin comprender lo que sucedía, fui a mi dormitorio y me desvestí. Entonces decidí que lo mejor sería ver la televisión un rato. Me senté en el sofá y entonces advertí algo extraño: el silencio. El comedor estaba en silencio. Eso era muy raro. No porque yo no tuviera ni la radio ni la televisión encendida sino porque el vecino tampoco tenía la televisión encendida, su televisión, esa televisión que yo escuchaba a través de la fina pared. El vecino siempre tenía encendida la televisión a estas horas. Y hoy estaba en casa. Yo mismo lo había escuchado entrar hacía un rato. ¿Entonces, por qué no estaba viendo la televisión? La respuesta llegó aproximadamente unos veinte minutos después. Llegó en forma de murmullo, de leve vaivén de olas, de progresiva cadencia corporal. Fue un gemido, un único gemido tenue, lo que me puso en guardia. Pero así como las gotas de lluvia se convierten en recia tormenta, ese sencillo y huérfano gemido se trasformó en unos pocos minutos en un concierto de ruidos, jadeos, chirridos, gruñidos, voces extrañas y hasta risas, algo absolutamente incomprensible, inexplicable, atroz, una pesadilla delirante que parecía provenir de algún lugar recóndito y misterioso, y que, ante mi estupor, fue ganando en intensidad y nitidez hasta cesar de pronto, inesperadamente. Aquello me desconcertó totalmente. Yo hubiera preferido pensar que estaba loco a aceptar lo que estaba sucediendo. Lo que estaba sucediendo a dos metros de mí, al otro lado del fino tabique que separaba nuestros dormitorios. Mi dormitorio y el de mi vecino, tan parecidos en todo, en sus dimensiones, en su decoración y en el carácter de sus inquilinos. Mi vecino, bien lo sabía yo, era un ser tan aburrido, soso y solitario como yo. En los cuatro meses que yo llevaba allí jamás le había visto u oído con ninguna mujer. Pero además, algo me decía, sin que pudiera comprobarlo de ningún modo, que esa mujer que ahora estaba en su cama, compartiendo sus sábanas y dejando en ellas su olor, su saliva,

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sus efluvios indecentes, no podía ser otra que Jenny, la misma Jenny que había desaparecido misteriosamente en el oscuro portal, la misma Jenny que había equivocado sus pasos y que, sin que yo supiera cómo, había acabado regalando o alquilando sus burdos encantos a un hombre que no era yo ni tenía el menor derecho a apoderarse o a tomar accidentalmente algo que no le pertenecía. Aquello no era lo previsto. El universo y todas sus leyes lógicas habían vuelto a fallarme. ¿Y qué podía hacer yo ahora? Lleno de curiosidad y de nerviosismo, salí al balcón e intenté ver a través de sus cortinas. No vi nada. Luego volví a la pared del comedor y pegué mi oreja, pero tampoco escuché nada. Intenté olvidarme del asunto y pensé que lo mejor sería ponerme a preparar la cena o encender la televisión. ¿Qué estarán haciendo ahora?, me preguntaba, ahora que ya no tienen nada que hacer… Entonces escuché un ruido muy familiar, era la puerta de mi vecino que se abría y se cerraba. Corrí hacía mi puerta, miré por la mirilla y, horrorizado, pude ver como una sombra gigante desaparecía por la escalera. Pese a todo no me desanimé. Tarde en recuperarme, eso sí. Durante un día no pude quitarme de la cabeza lo que había sucedido. Me preguntaba hasta dónde llegaba mi responsabilidad y hasta dónde podía llegar el azar cuando decidía intervenir en los asuntos humanos. Sólo había una manera de averiguarlo. Busqué el sobre. Saqué la foto de Jenny. Tiré las demás al suelo. Todas quedaron del revés, excepto una. Era una mujer de unos cuarenta años. Me pareció un ama de casa desesperada, la clase de cita que yo hubiera descartado a la primera… Llamé a mi amigo y le pedí que se pusiera en contacto con ella. – Pero no la envíes a la puerta ocho sino a la siete. Y no la envíes a las diez de la noche sino a las tres de la tarde – le dije. Luego me senté a esperar.

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Vendió todo lo que tenía y se marchó a Buenos Aires. Otro país y otro continente. Una ciudad inmensa y desconocida, con un nombre hermoso, sin recuerdos. No quería empezar una nueva vida. No quería empezar o terminar nada. Aquel era un lugar de paso. No quiso trabajar, porque trabajar suponía ver siempre las mismas caras. No quiso tener relaciones estables. Cada dos o tres meses salía de caza. No le resultaba difícil encontrar un hombre de su agrado. Era joven y hermosa y vestía con descaro. Solía operar siempre del mismo modo. Dejaba que fueran ellos quienes se le acercaran, se mostraba cariñosa y disponible. Conocía bien cuándo había llegado el momento de sugerirles que buscaran un taxi, y ellos, sus víctimas, se mostraban encantados de complacerla. Nunca los besaba hasta llegar a su apartamento. Entonces cerraba la puerta con llave y se quitaba la ropa. Pasaban un día, dos, tres… Hacían el amor a todas horas. No salían de la cama si no era absolutamente imprescindible. Al principio ellos estaban encantados. Ella satisfacía todos sus deseos, averiguaba cuáles eran sus fantasías más vergonzosas y se esmeraba en cumplirlas. Sabía ser sumisa y osada. Sabía cómo hacer que ellos olvidaran hasta su propio nombre. Dejaban de ir a trabajar. Dejaban de pensar en sus esposas e hijos. Se convertían en simples engranajes. Los reducía a un punto ubicado en el centro de su cuerpo. Los días pasaban y el sexo se volvía pétreo. A medida que sus fuerzas les fallaban, ellos empezaban a inquietarse. Entonces les hablaba. Les decía que esa era su casa, cuando en realidad era un apartamento recién alquilado. Les daba un nombre falso y un teléfono falso. Les contaba que estaba haciendo un estudio para la universidad, o que era la hija secreta de un millonario, o incluso que era una ladrona buscada por la policía de medio mundo. Les decía cualquier cosa que se le ocurriera en ese momento y ellos lo creían. Luego les permitía un leve descanso, antes de volver a la carga. Ella sabía dosificar su angustia. Para ella eran libros abiertos. Ellos mismos le habían abierto las puertas, le habían mostrado sus entradas secretas.

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Poco a poco iban agotando sus últimos cartuchos. La habitación olía a avalancha. El miedo levantaba su bandera de derrota sobre el marasmo de las sábanas y entonces ella, con un gesto perfectamente planificado, se mostraba ofendida y les arrojaba las llaves de la puerta. Aquel era el momento de la verdad. Durante unos segundos respiraba excitada, esperando algo que le sorprendiera, una señal que no llegaba porque indefectiblemente ellos, los hombres diferentes cuyas vidas había sorbido lentamente, se daban la vuelta y le pedían perdón. Y ella los consolaba, ella siempre los consolaba con hermosas palabras de amor. Desde luego que todo era mentira. Todo lo que salía de su boca era una gran mentira. Pero hasta la mentira más inverosímil necesita un pedazo de verdad para sustentarse. Por eso cerraba los ojos. Y se decía para sí misma: “inventario”, “serón”, “ganchillo”, “impuesto”, “apostólico”, “mecanografía” o cualquier palabra fea que se le ocurriera en ese momento. Todo para no pensar en ellos, todo para no pensar en sus caricias. Ni en el efecto de sus caricias sobre su piel. Entonces bebía. O fumaba. O se hacía la dormida. Cualquier cosa menos dejar que ellos pensaran que tenían algún poder sobre ella, aunque fuera un poder fugaz, momentáneo, como una gota de agua que golpea la tierra reseca, como las huellas de unos pies sobre la arena húmeda. Ellos podían estar ahí, podían ser masas pesadas de rocas que se desplazaban sobre su superficie, podían dejar un rastro leve, la presión de sus dedos cuando los tenía arriba o debajo, el rictus de dolor que precede al desplome, pero no podían penetrar más allá de su piel de hielo, de su caparazón frío y compacto. O eso pretendía. Porque siempre había que recurrir a métodos drásticos. Había que hablar con palabras sangrientas. Había que morder y arañar para escapar por una claraboya estrecha. Y había que tomar un tren o un autobús. El que fuera. El primer tren o el primer autobús que saliera de la estación. Y rápido. Había que hacerlo rápido. Sin palabras ni notas de despedida. Sin motivo aparente. Sin molestarse ni en hacer la maleta.

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Entonces ella miraba el paisaje y escuchaba las conversaciones de sus compañeros de viaje. Y sonreía si le decían algo. Y tal vez hasta pensaba en el cuerpo que aún debía esperarla en una cama fría, el cuerpo al que ella no había querido poner nombre y que ahora estaba destinado a confundirse en su memoria como se confunden las conchas que uno ha ido recogiendo en todas las playas en las que algunas vez estuvo, como se confunden los peces que una vez sacamos del agua para luego volver a soltar. Y cuando creía que estaba lo suficientemente lejos, bajaba del tren o del autobús y buscaba un hotel o un hostal o cualquier lugar donde nadie le hiciera demasiadas preguntas. Pero al final volvía a Buenos Aires. Siempre volvía a aquella ciudad. Después de un tiempo viajando sin dormir nunca más de dos noches en la misma cama, volvía a alquilar algún apartamento en un barrio tranquilo y discreto. Allí trataba de retrasar lo inevitable. Dejaba pasar algunos días actuando, vistiendo y hablando como una turista. Y por las noches frecuentaba prostitutas, buscando en cuerpos femeninos el sosiego que no encontraba en los cuerpos de los hombres con los que se acostaba, pero a los que siempre volvía, como volvía siempre a la misma ciudad. Estaba atrapada. Atrapada entre calles desconocidas y rostros desconocidos. Fuese a donde fuese, besase a quien besase, siempre regresaba a la misma ciudad, al mismo cuerpo.

Hasta que una noche se rindió. Por puro agotamiento, como bien había supuesto que acabaría pasando. Pero no se dejó caer en una sucia acera. No terminó sus días en un triste arrabal. Con su último aliento, consiguió llegar al aeropuerto y subirse a un avión. No supo de dónde había sacado fuerzas: estaba más muerta que viva. Y pese a todo tuvo ciertos momentos de lucidez a lo largo del vuelo. Ciertos momentos tan breves como oportunos. “Vamos  a  servir  la  cena”, escuchaba que le decían. Y ella intentaba sonreír y colaborar en la medida de lo posible, que no era mucho. “Abróchense  los  cinturones” ordenaban por megafonía. Y ella abría los ojos, movía dificultosamente las manos y lograba, cuando ya

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la azafata se acercaba a comprobar que todo estaba bien, abrocharse el cinturón por sí misma.

Una suave marea de cuerpos la empujó hacia la salida. Ella no hizo nada. Se dejó llevar y al momento estaba fuera del aeropuerto. El día era radiante. Miró al cielo y comprendió que había estado equivocada. Pero, ¿qué importaba eso ahora? Hizo un gesto ambiguo y un taxi se paró a su lado. Le pidió al taxista que la llevara al cementerio. El taxista se sorprendió pero no quiso preguntar nada. Por no preguntar, ni siquiera le preguntó si quería que le esperase. Se limitó a dejarla en la acera, cobrar la carrera y marcharse a toda velocidad.

A partir de ahí todo fue más fácil. Ni siquiera fue necesario esperar que la puerta se abriera. Estaba así bien. Cerrada era como tenía que estar. Empezó a andar lentamente hacia la ciudad. Cruzó los solares y las vías del tren y llegó a las primeras fincas. Desde allí la tapia del cementerio parecía el muro de una pequeña fábrica abandonada, y los cipreses se confundían con los chopos del río que estaban detrás. Continuó caminado. Pensaba en todo lo que había hecho en el último año. Pensaba en Buenos Aires. Y pensaba en su novio. Por primera vez desde hacía un año pensaba en él de un modo abierto, franco, sincero. Y era fácil, era tan fácil como seguir caminado mientras volvía la cabeza de tanto en tanto. Las primeras calles se extendían frente a ella. Se paró un momento. El cementerio ya era un simple borrón en el horizonte. Pensó en Buenos Aires, en las camas, los cuerpos, las palabras sucias como las sábanas que la envolvían en aquellos cuartos húmedos y oscuros en los que, ahora, bajo el sol radiante de su ciudad, no entendía cómo había podido vivir. Sí, tenía muchas cosas que explicarle. Y él tenía muchas cosas que perdonarle. Pero ya no importaba.

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Ibin Sarik Ifquat tenía veinte años, era musulmán y estaba en el paro. Aquel día había tomado un autobús en su desolado barrio natal del Este de Jerusalén para visitar a una tía que vivía en el otro extremo de la ciudad. La tía, casada con un rico comerciante, le había dado dos bolsas con ropa vieja, la ropa con la que él y sus hermanos iban a vestir durante todo el invierno. Después había vuelto a tomar el autobús, pero como el trayecto era largo tenía previsto bajar a mitad de camino para rezar la segunda de las oraciones diarias. Llevaba unos diez minutos en el autobús cuando subió un muchacho judío que, extrañamente, no tuvo ningún reparo en ocupar el asiento contiguo. Por eso, porque la mayoría de los otros pasajeros se habían sentado lo más lejos de él que podían, no pudo evitar sonreírle tímidamente. El muchacho, que no respondió a su sonrisa, se llamaba Aaron Goolman Fulmer, y aunque su familia procedía de Alemania, había nacido en Jerusalén hacia veintiún años. Hasta dos meses atrás había sido un estudiante de Derecho, uno de los mejores de su clase, pero la muerte de su padre, hacía exactamente dos meses, le había obligado a dejar sus estudios y ponerse a trabajar.

Aaron sabía bien cómo pensaban los judíos, para ellos cualquier musulmán que llevara un paquete, una mochila, una maleta o algo semejante era automáticamente visto como un posible terrorista. Antes de sentarse al lado del muchacho, había echado un rápido vistazo hacia el fondo del autobús y había podido ver las caras de sorpresa de los otros pasajeros. Todos estaban intranquilos y todos se esforzaban por disimular su miedo. Y él no era una excepción. No. Él también estaba nervioso, y mascaba chicle y ocultaba sus manos en los bolsillos mientras retenía entre sus piernas su pequeña mochila.

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El autobús se detuvo junto a una mezquita e Ibin se levantó precipitadamente. Aaron se sobresaltó cuando le pidió que le dejase pasar. Cogió con fuerza su mochila, la aferró a su pecho y dobló las piernas hacia el pasillo. Ibin avanzó con dificultad. Hubiese preferido que su compañero se levantara y le dejara pasar sin tanto esfuerzo, pero no protestó. Sabía que todo el autobús estaba pendiente de él, que todas las miradas se clavarían en su espalda al bajar las escaleras, que todos, hasta el muchacho judío que se había sentado a su lado, respirarían aliviados cuando él se marchara, así que era mejor no hacer ni decir nada que pudiera ser interpretado, aunque fuera vagamente, como una provocación o una amenaza. Estaban justo en el lugar donde hacía seis días un autobús había saltado por los aires. Y todos temían que no fuera el último. La puerta del autobús se cerró e Ibin y Aaron se observaron fijamente. Era la primera vez que lo hacían. En la casi media hora que habían estado uno al lado del otro únicamente se habían mirado de reojo. Aaron se bajó en la parada siguiente. Retrocedió andando hasta la anterior parada. Entró en la misma mezquita donde había entrado su compañero de viaje. No se vieron. La mezquita estaba llena de hombres musulmanes de todas las edades. Dejó su mochila entre la multitud y desapareció. Ibin acababa de terminar sus abluciones cuando estalló la bomba.

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La llamó por teléfono. Le dijo: ʺSoy  su  escritor  preferido,  voy  a  pasar  un  par  de  días  en  su  ciudad y me gustaría verlaʺ. Ella no podía creérselo, pero aún así se citó con el desconocido en su propia casa. Colgó y esperó, durante horas, durante días, cada vez más segura de que se trataba de una broma pesada de alguien que conocía sus gustos literarios. Hasta que un buen día sonó el timbre y ella comprendió de inmediato que era verdad, que no podía ser más que él, su escritor preferido, en persona, y abrió sin ni siquiera escrutar a través de la mirilla, olvidándose de su habitual prudencia. Lo encontró un poco más viejo que en las fotos, pero no menos atractivo. Se sonrieron instintivamente. Él la saludó cortésmente y ella le rogó que la siguiera al interior de la casa.

– ¿Se sorprende? – preguntó cuando se hubo sentado. Como ella no respondió nada (¿cómo iba a hacerlo, si todavía se creía soñando?), él, su escritor preferido, autor de cuatro novelas y un libro de relatos cortos (todos ellos colocados en un lugar bien visible, esperando la ocasión de ser tocados por sus manos y bautizados por su pluma), le explicó, lleno de humildad, que con los cientos de cartas que le había hecho llegar no podía sino sentir una más que razonable curiosidad por conocerla. – ¿Sorprendida? – balbuceó finalmente –. Lo que estoy es maravillada. – ¡Por favor, no diga eso! – exclamó él. ¿Y por qué no voy a decirlo, si es la pura verdad?, pensó ella. Pero calló. No quería incomodarle. Aunque era absolutamente cierto. Ninguna palabra llega a definir por completo un

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sentimiento. La palabra amor, por ejemplo, es una palabra grande, poderosa. Pero el sentimiento que nombra es mucho más grande y poderoso. Sin embargo, hay palabras que se acercan decididas a la nebulosa de sensaciones que nos invaden, que la traspasan con su bisturí certero y sin pudor alguno nos dan una idea bastante fidedigna de cuál es su composición, su grado de densidad, su fuerza. “Lo  que  estoy  es  maravillada”, había dicho. No sorprendida, ni asustada, ni perpleja: maravillada, esa era la palabra que más se ajustaba a lo que sentía, que mejor definía el estado de excitación en el que se encontraba. Por eso, como no podía ser de otro modo, se desvivió para que él se sintiera lo más cómodo posible durante aquella tarde excepcional. Al principio fue un poco violento. Ella no era mujer de muchas palabras, y tenía tanto miedo a comportarse de modo inadecuado que era incapaz de hacer nada. ¿Debo darle ahora sus libros para que me los firme, o mejor espero hasta el último momento?, ¿le ofrezco una cerveza, o mejor vino?, se preguntaba, y ninguna respuesta le parecía buena. Luego fueron cogiéndose confianza y la conversación se animó. Cuando se dieron cuenta ya era casi de noche. Entonces él se levantó, le devolvió los libros dedicados y dijo, con voz cordial pero firme: – Lo siento, me tengo que marchar. Ha sido un placer conocerla. – Lo entiendo. Usted debe de ser un hombre muy ocupado y no quiero retenerle por más tiempo – contestó ella, visiblemente resignada. Ya había abierto la puerta y había llamado al ascensor cuando se hizo evidente que, pese a sus palabras, ninguno de los dos tenía mucha prisa por despedirse. El ascensor llegó. Ella comprobó que él parecía reacio a meterse en esa caja de muertos chirriante y sombría e hizo un par de comentarios al respecto. Acababa de comprender que debía hacer cuanto fuera por retener a ese hombre que era lo mejor que le había pasado en su vida, que debía decir algo serio, algo sincero, algo que le obligara a comprometerse de algún modo. Le costó, por supuesto. Los

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segundos quemaban y él no colaboraba en absoluto. Su sentido de la caballerosidad o del decoro o lo que fuera le impedía tomar la iniciativa. Pero lo hizo. Sacó a la luz todo el atrevimiento que había guardado en su interior durante años y le preguntó si pensaba volver a verla. Fingiendo un cierto desconcierto, él accedió a un segundo encuentro. A fin de cuentas no conocía a nadie en la ciudad, le dijo, y quién mejor para servirle de guía que su mayor admiradora. De modo que, la tarde siguiente, quedaron citados en ese congreso de escritores al que él había sido invitado por las autoridades locales. Ella se mezcló entre el público vestida con un traje prestado (no es que no tuviera ropa elegante, no, ropa no era lo que le faltaba, pero después de rebuscar y rebuscar en sus armarios, no había encontrado nada adecuado para la ocasión, pues todos sus conjuntos le parecían o demasiado ostentosos o demasiado frívolos) y él salió a la tarima con actitud desenvuelta, aparentemente inmune a los aplausos y vestido con mayor esmero que de costumbre (aunque esto no se supo entonces). De tanto en tanto, mientras contestaba a las preguntas del público y a las afirmaciones de otros escritores presentes en la tertulia con naturalidad, dirigía la mirada hacia el semicírculo de butacas, como buscando a alguien que sin duda tenía que estar ahí, oyéndolo y prestando mucha atención – una atención desmesurada – a todo cuanto dijera. Y estaba. Avanzado ya el debate, por fin encontró sus ojos mezclados entre el público, mirándose durante unos segundos, los suficientes para reconocerse y saludarse por encima de las otras miradas. Poco después de la tertulia, él se las apañó para acercarse hasta ella y anunciarle que si tenía un poco de paciencia podría deshacerse de los periodistas e ir a cenar con ella. En aquel momento ella ya empezaba a albergar ciertas esperanzas. Aunque por supuesto, aún no era capaz de reconocerlo ni ante sí misma ni mucho menos ante él. Sin embargo aquella noche no

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pasó nada de eso que se supone que debe pasar cuando dos personas se atraen por el motivo que sea. Pese a todo fue una noche deliciosa, una noche sólo comparable con las noches de su lejana pubertad, cuando la vida le mostró por vez primera todo su esplendor y cualquier cosa – cualquier viaje, cualquier aventura – parecía posible. Estuvieron cenando en un restaurante elegido al azar. Y luego bajaron la calle que rodea la catedral y él se quedó muy sorprendido con las dos grandes columnas del pórtico y dijo que como mínimo tenían que medir dos metros de diámetro – y no exageraba – y digo que esto era mucho más bonito de lo que él imaginaba. Y así fue como acordaron que al día siguiente ella lo llevaría a la colina donde está la estatua que sale en todos los libros de viajes, porque desde allí se ve una vista muy completa de la ciudad. Era la tercera vez que se veían. Su participación en el congreso había concluido. Pronto tendría que marcharse. Ahora que ya se había acostumbrado a tenerlo cerca, a contarle todo eso que en las cartas sólo mencionaba, por pudor, de soslayo; la certeza de la pronta separación la hacía estremecerse de angustia y, como un resorte diabólico, la lanzaba hacia el pasado en un intento de vaciarse del todo, de confesarle lo que nadie sabía, de abrir los sótanos de la memoria y convocar a todos sus fantasmas para que él, su escritor preferido, una de las personas que más admiraba en el mundo, que tanto había, involuntariamente o no, ayudado a encauzar su vida, viera cómo los iba desenmascarando uno a uno, cómo los vencía de una vez por todas. Así fue como, en el parque, entre caminos de grava y árboles centenarios, le habló por primera vez de eso que la había atormentado durante tanto tiempo: su primera experiencia, brutal y dolorosa, cuando todavía era casi una niña. Le habló de cómo un aciago día de agosto su primo se las había ingeniado para hacer que se metiera en su cama, en lugar de pasar las sofocantes horas de la sobremesa no durmiendo porque hacía tiempo que no necesitaban dormir por las tardes, pero sí hablando, tendidos sobre la cama sin deshacer, cada uno en la suya. De cómo se las

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había ingeniado para bajar la persiana y hacer que se metiera con él bajo la sábana. De cómo sus palabras dulces y sus sutiles insinuaciones la llevaron a quedarse en paños menores, a sabiendas de que sus padres podían abrir en cualquier momento la puerta y descubrirlos. Y cómo ella, cándidamente, pensó que con eso tendría bastante, con manosearla un poco y poder mirar a sus compañeros a la cara, como un hombre que sabe lo que es seducir a una mujer y ha visto y tocado todo eso que vuelve locos a los chavales recién estrenados en las cosas de la vida. Pero no, él no iba a tener bastante con eso. Y ella también tenía parte de culpa. Había descubierto el poder que tenía sobre los hombres y había jugado con ellos. También, pensaba, había pagado por ello. Y había pagado su culpa con intereses… Sus padres nunca se enteraron del asunto. Su primo se vistió tranquilamente y se fue. Ni siquiera se molestó en amenazarla porque sabía que ella no iba a contar nada a nadie. Y si lo hacía tampoco había nada que temer, porque sería su palabra contra la suya. Ella sufrió lo indecible imaginándose que estaba embarazada, pero tuvo suerte, al menos en eso. Pero poco después empezó a temer a su primo. Le entró un miedo atroz, tan atroz como inútil, porque él no volvió a fijarse en ella desde aquel día. Y pese a todo cada vez que lo veía se quedaba paralizada, sin poder reaccionar. Y luego comenzó a actuar de manera extraña, cogiendo fuertes berrinches por ridiculeces, negándose a salir de casa durante semanas enteras, poniendo excusas inverosímiles para eludir sus obligaciones más elementales. Y acabó por llegar a eso: a las tijeras en las manos y el manicomio, a los pensamientos borrados a golpe de drogas y electricidad, a los días de sombra y tristeza, esa tristeza infinita de los que se extravían en sí mismos. Todo esto le contó ella de camino a la cima, mientras él escuchaba y asentía con la cabeza. ¿Por qué no la interrumpió ni una sola vez? ¿Por qué no le pidió que dejase de recordar sucesos tan dolorosos? Lo cierto es que él tenía mucho que decir. Podría haberle dicho que llevaba oídas muchas historias como la suya,

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muchas historias tristes y acaso lamentables, pero intensas y reales, sobretodo eso, reales; no como sus historias que por muy redondas que le salieran no dejaban de ser una mentira, una hermosa mentira. Podría añadir incluso que estaba harto, harto de todo, de lo que escribía, de su imagen de escritor de moda, de tener que inventarse un montón de mentiras para vivir... Y que empezaba a querer ser un don nadie, a disfrutar viendo programas estúpidos en la televisión y pasárselo bien bebiendo cerveza con los amigos sin tener que decir nada inteligente ni esforzarse por mantener una conversación elevada. Y, finalmente, podría concluir hablando de su soledad, de su matrimonio roto, de su incapacidad para retener a los seres que amaba. Pero, ¿cómo iba a decirle eso? No, no podía decirlo. No podía decirlo porque ahí estaba ella, para quien él era una especie de héroe, alguien fuera de lo común, que se sentiría terriblemente defraudada si conociera la clase de pensamientos que le pasaban por la cabeza. “Sin  duda  ella  espera  de  mí  algo  más  que  comprensión”, pensaba. “Espera  claridad  para  su  mente,  consejo  para  su  vida,  cosas  que  yo  no  sé si podré darle”.

Sin embargo estaba profundamente equivocado. Ella no quería más que su compañía. E incluso estaba dispuesta a darle una muestra de agradecimiento por haberse dignado a visitarla, por su deseo de conocerla. Una muestra de agradecimiento al tiempo que una petición de ternura, esa ternura hacia las mujeres que prodigaba en sus novelas.

Faltaban unos metros para terminar la ascensión. El camino se había vuelto estrecho y empinado. De pronto se puso a llover. Primero una gota gruesa y sucia, luego unas cuantas más, cada vez más juntas, hasta que por fin el cielo se abrió en un aguacero furioso. Inesperadamente, ella empezó a saltar y a reírse, alzando las manos y dejando que la lluvia empapara sus ropas. Y él se quedó desconcertado, sin saber qué hacer. Pero entonces ella empezó a gritar y a cantar, a tararear una canción extraña,

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incomprensible, y él lo vio claro, lo vio tan claro que no pudo entender cómo no lo había visto antes, desde el primer momento. Y sin poder evitarlo, sonrió y se puso a reír. Y se acercó a ella, sin importarle que la lluvia lo empapara a él también. Y pensó que en el fondo no eran tan distintitos, ni él ni ella ni nadie, que todos los hombres y las mujeres del mundo sienten alguna vez el deseo irrefrenable de ponerse a saltar bajo la lluvia. Y que no había nada de malo en eso. Como tampoco había nada malo en su súbito deseo de besarla, porque aquella mujer estaba dispuesta a dejarse amar ahí mismo, sobre la hierba mojada, porque aquella mujer había resuelto enamorarse de él desde la primera vez que lo vio, desde que supo que iba a visitarla, o incluso desde antes, desde que leyó la primera de sus novelas y pensó que aquel hombre era la única persona en el mundo que podía entenderla. Y eso era algo que nadie podría cambiar…

Ni siquiera él.

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“Todo esto podría no estar sucediendo”. Abrió los ojos. Seguía ahí. De pie, en la más completa oscuridad, agazapado en las entrañas del armario, entre la pared y los trajes de su padre. Las piernas le temblaban. Apenas podía moverse. ¿Cuánto tiempo tendría que permanecer allí? ¿Cuántos minutos? ¿Cuántas horas? Si aguzaba el oído, escuchaba lo que sucedía en el dormitorio. Aún estaban en la cama. Reían y gemían. Después el silencio imponía su ley. Al rato volvían las voces. Una, la de la mujer, sonaba alta y diáfana. Especialmente cuando reía. Esa risa era inconfundible. Esa risa era la risa de su madre. En cambio, la otra voz, la del hombre, le resultaba enigmática. Era una voz familiar. Tenía algo que le recordaba la voz de su padre. Pero no era su padre. No podía ser su padre. (Recordaba las nubes, densas, oscuras. Recordaba los árboles, altos, largos. Recordaba las preguntas, las doloras preguntas que nadie respondía, que se guardaba dentro porque el silencio se imponía como una soga, porque el silencio lo llenaba todo y no dejaba espacio para las palabras, el silencio que paraba en seco las nubes, el silencio que mantenía erguidos los escuálidos troncos de los árboles. No, realmente no podía ser su padre.) Intentó ponerse en cuclillas. Y sintió un dolor agudo en los muslos. Volvió a levantarse y sus rodillas le crujieron. La habitación continuaba en silencio. Pero él sabía que estaban ahí. En la cama. ¿Qué hacían ahí? ¿Lo mismo que en las películas? ¿Besarse y todo eso? Entonces escuchó el chirrido de unos muelles. Y la voz masculina dijo: – Es tarde. Me tengo que ir.

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Y su madre, la voz suave y acogedora de su madre, contestó: – Te acompaño a la puerta. Esperó unos minutos antes de salir del armario. Se asomó entonces por la ventana. Desde allí vio a su madre en la explanada. Estaba inmóvil, con una mano levantada. Llegó a distinguir la silueta del coche que despedía, mientras cruzaba la verja y doblaba hacia la carretera. Era un coche blanco y pequeño. Un coche que conocía bien. Bajó al vestíbulo y allí se encontró con su madre. – – – – Hijo, ¿dónde estabas? Tu tío ha venido a saludarnos. En el jardín. ¿Todo el rato? –preguntó su madre. Sí.

No dijo más. Su madre entró en la casa y él se quedó mirando hacia la verja.

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El autobús abandonó la carretera y enfiló el tortuoso camino de Valldenebro. Aquello era un hecho excepcional y las pocas personas que lo vieron pasar levantaron la cabeza intrigados. Cuando llegó a la plaza, se detuvo un par de minutos. Después dio dificultosamente la vuelta e inició el empinado descenso hasta la nacional. Los que paseaban, volvieron rápidamente a sus casas. Los que habían asomado la cabeza por la ventana, la escondieron, cerrando sus ventanas de un golpe seco. Del autobús habían bajado cinco personas. Una mujer de unos treinta y cinco años, rubia, elegante, que llevaba en brazos un niño de pocos meses. Otros dos niños, seguramente también hijos suyos, niño y niña, de entre ocho y diez años, ella rubia, él moreno, que miraron la plaza desierta como quien mira la horca donde va a ser pronto colgado; y una muchacha delgada y nerviosa, vestida con sencillez, que se encargó de sacar las maletas y se entretuvo en despedirse del conductor cuando la mujer del niño en brazos y los dos niños de mirada asustada ya habían empezado a andar, dejándole el grueso del equipaje para ella.

La casa donde los viajeros se dirigían estaba situada al final de la calle principal. Hacía esquina con la plaza mayor y tenía dos entradas. Era con diferencia la casa más grande de la aldea, pero llevaba más de veinte años cerrada. Por eso, nada más descargar sus maletas y bolsas, abrieron las ventanas de la planta baja y encendieron el fuego de varias de las chimeneas. Después, la mujer elegante autorizó a sus dos hijos mayores a salir a jugar al jardín y, con su hijo pequeño en brazos, procedió a mostrarle a la muchacha algunas partes de la casa. Visitaron toda la planta baja, que era la planta donde antiguamente vivía el personal de servicio y donde se habían instalado ellos porque, al ser las habitaciones más pequeñas y estar más resguardadas del viento, resultaban las más fáciles de caldear.

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Al llegar a la escalera principal, la señora dio muestras de no querer continuar con la visita. La criada, que era eficiente y gozaba de la confianza de su señora, le preguntó si podían subir.

– No hay mucho que ver – le respondió la señora.

Sin embargo, al ver el gesto de decepción de la muchacha, decidió continuar. Llamó a su hija. Ésta llegó corriendo, extendió los brazos y cogió con cuidado a su hermano pequeño, que dormía plácidamente y no se despertó. Después miró a la criada y le indicó con un ademán desenvuelto que empezara a subir. Ella la alcanzaría enseguida, en cuanto diera unas breves instrucciones a su hija.

La criada obedeció encantada. Pero su alegría se esfumó cuando llegó arriba. La mayoría de las habitaciones de la planta superior estaban llenas de cuadros, jarrones, libros, relojes, relicarios, joyeros, armaduras y otros objetos valiosos. Aquella había sido la vivienda de verano del último conde de Romanillos, uno de los hombres más ricos de la provincia. Los dueños actuales habían dejado la mayoría de sus pertenencias donde estaban, sólo se habían limitado a poner un doble cerrojo en las puertas. Al ver las puertas cerradas, la criada decidió esperar a la señora, pensando que eso era lo correcto. No imaginaba que las puertas pudieran estar cerradas con llave ni, mucho menos, que la señora careciera de estas llaves. Por otro lado, la señora no le reveló este detalle hasta que estuvieron frente a la primera puerta, que era la del primitivo dormitorio de los anteriores señores. Entonces, sólo entonces, le confesó que no tenía la llave. Ni la de esa puerta ni las de las restantes. Su marido se había ocupado de ponerlas en un lugar seguro – explicó –, de manera que lo más que podría mostrarle serían las puertas cerradas y los pocos cuadros que colgaban de las paredes del pasillo.

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Clara quiso comprobar que la puerta estaba en efecto cerrada.

Lo estaba.

Sandra pensó que ahí terminaba el corto recorrido por la planta superior.

– Bueno, creo que va siendo hora de pensar en la cena… – comentó.

Sus palabras pretendían ser una orden, pero, para su sorpresa, la muchacha insistió en continuar la visita. Era demasiado joven y llevaba muy poco tiempo trabajando de criada: no conocía bien sus límites, trataba a su señora con excesiva familiaridad y a veces, ante el estupor de ésta, se permitía ignorar sus palabras. Sandra pensó que debía recriminarla. Pero antes de que lograra encontrar las frases adecuadas (no quería ser brusca, pero tampoco quería que su sirvienta pensara que su falta era excusable), Clara se dirigió hacia la siguiente puerta, la del gran salón del baile, que se abrió suavemente cuando sus dedos hicieron girar el pomo dorado y polvoriento.

– ¡Está abierta! – gritó, sin molestarse en disimular su entusiasmo.

Un instante después había desaparecido de su vista.

De nada sirvió que la señora la llamara por su nombre. La muchacha no respondió y, maldiciendo su condescendencia, tuvo que entrar a buscarla.

De pronto se encontró sumida en la más completa oscuridad.

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– ¿Clara? ¿Dónde estás? – gritó de nuevo.

No estaba asustada. Le resultaba muy extraño que la puerta estuviera abierta pero, como era un mujer práctica, rápidamente buscó una explicación: “Mi  marido  la  debió  abrir  el  año  pasado,  cuando vino a mostrar la casa y las tierras a unos amigos”, se dijo. Era una explicación precaria, porque su marido era una persona muy meticulosa y responsable, que nunca olvidaba cerrar una puerta (y menos aún si esa puerta protegía objetos de valor), pero, a falta de otra mejor, decidió creérsela.

Se oyó un chirrido agudo. Clara había conseguido llegar hasta una de las ventanas, a tientas, sin romper ninguno de los muchos jarrones de porcelana que se amontonaban por los rincones, colocados sobre estrechos pedestales de madera, de tal manera que quedaban a la altura perfecta para que alguna mano inocente los derribara mientras trataba de encontrar una pared que le sirviera de referencia en la oscuridad. En cuanto la luz empezó a adueñarse de la estancia, la señora le ordenó que no siguiera subiendo la persiana.

El enorme salón de baile parecía un barco hundido en un mar de aguas quietas y trasparentes. Los muebles estaban tapados por sábanas blancas, las ventanas llevaban tanto tiempo cerradas, que un manto de suciedad cubría las bisagras y las repisas. Pero el suelo de la zona reservada al baile estaba extrañamente limpio y reluciente. Daban ganas de subir todas las persianas, de abrir las ventanas, desamortajar los sillones, encender las lámparas de araña y ponerse a bailar frenéticamente, bailar ahora mismo, la criada con la señora, la señora con la criada, dando vueltas y vueltas al son de una música imaginaria.

Sí. Era un hermoso salón de baile. Daba pena verlo así, sumido en el olvido, a merced del polvo y la carcoma, y sin embargo aún

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vivo, aún palpitante, como un gran animal moribundo que reclama, entre jadeos silenciosos, un último disparo, el modo honroso de acabar con su sufrimiento. La muchacha estaba consternada. Quería decir algo pero sus sentimientos, sencillos y tiernos, no encontraban palabras con que expresarse. Sandra estuvo tentada de sonreír. Pero no lo hizo. Podía llegar a entenderla bien, pero ella era una señora, y como señora tenía otras preocupaciones en la cabeza. El salón estaba tal y como lo dejó el anterior dueño. Si la criada empezaba a rebuscar por los cajones, rápidamente descubriría una colección de valiosísimos relojes, o una pitillera de oro, o una cajita de nácar con pulseras u otras joyas de un valor insospechado, o quién sabe qué otros tesoros minúsculos que poder robar más tarde, cuando los demás durmieran. No. No es que no se fiara de ella. Pero ser precavida costaba muy poco… Simplemente tenía que asegurarse de que la persiana continuara a esa altura, dejando entrar suficiente luz para no tropezar, pero demasiada poca para poder explorar el lugar a fondo.

– Bueno, ¿nos vamos?

Había llegado al otro extremo del salón. La obstinación de Clara empezaba a irritarle. Ella no era una mujer fuerte. Se lo decía su marido: “Tienes  que  ser  más  dura  con  el  personal.  Les  consientes  mucho”. Hasta su propia madre se lo había dicho más de una vez: “Una  señora  tiene  que  mandar.  Si  no  manda  no  es  una  señora”. Su madre, ella sí que sabía moverse por el mundo... Había criado a seis hijos, sobrevivido a una guerra, aguantado infidelidades sin perder nunca el aplomo, la elegancia, la sonrisa educada pero firme. No como ella, que no sabía ni imponerse ante una simple criada…

Se acercó a la persiana decidida a bajarla ella misma.

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Una sombra negra pasó veloz y silenciosamente sobre sus cabezas.

– ¡Ay! ¿Qué ha sido eso? – gritó asustada la criada. – Tranquila. Debe de haber sido un murciélago…

La criada se calmó. La señora aprovechó el incidente para volver a imponer su autoridad. Cuando cerraban la puerta escucharon un fuerte ruido. Con cierta aprensión mal disimulada, Clara volvió a abrir la puerta del salón. Aparentemente todo esta igual. En lugar de volver a atravesar toda la estancia optaron por abrir una ventana del pasillo. Era una ventana muy antigua, con postigos en lugar de persiana. La ventana quedaba a la derecha de la puerta, de manera que la luz sólo entraba en una parte del salón. Miraron detenidamente y descubrieron un cuadro en el suelo. Era un retrato fotográfico de gran tamaño, el retrato de un joven apuesto vestido con uniforme militar, con uniforme de gala, por lo que debía reflejar algún acontecimiento importante, el día de su graduación como oficial, tal vez una boda (“los militares se casan de  uniforme”, pensó la señora, pero no se preguntó quién podría ser el retratado, tampoco quiso que su criada se lo preguntara, y respiró aliviada al ver que ésta permanecía en silencio). Al caer, el cristal se había hecho añicos. La fotografía y el marco estaban intactos.

– Déjalo ahí. Ya le diré a mi marido que se ocupe de él.

La criada no rechistó. Empezaba a añorar el calor y la protección de la planta baja, donde las habitaciones no escondían murciélagos y los cuadros no se caían al cerrar las puertas.

Durante las horas siguientes no sucedió nada digno de mención. Clara se encargó, con su habitual buen humor, de preparar la cena. La señora salió al jardín con sus hijos. Estaba sentada al sol,

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leyendo, cuando la niña se le acercó. Tan pronto la vio venir supo que había discutido con su hermano.

– Juan es un mentiroso. ¡Dile algo! – gritó. – A ver… ¿Qué te ha dicho ahora? – preguntó su madre doblando el libro cuidadosamente y cogiéndole la mano en un gesto de cariño que pocas veces dedicaba a su hijo varón, tan parecido a su padre en todo lo malo, tan rebelde, tan poco agradecido.

La niña dudó un poco antes de hablar.

– Dice que ha hablado con un señor del siglo pasado. – Bueno, entonces seguro que es un señor muy mayor… – Dice que el señor le ha dicho que hacía mucho tiempo que no veía tanta gente aquí. Que esta noche habrá una fiesta estupenda.

Sandra no daba crédito a lo que acababa de escuchar. “¿Tanta  gente? ¿Una fiesta? ¿Cómo son en este pueblo? Si sólo somos cinco, y el  pobre Enrique casi ni cuenta… Desde luego, ¡qué exagerados! Claro que  son tan pocos vecinos, y reciben tan pocas visitas… Lo mismo hasta nos  montan  una  fiesta  en  nuestro  honor.  ¿Vendrán  a  avisarnos  o  será  una  fiesta  sorpresa?”. Sus pensamientos eran cada vez más inverosímiles. Se reprendió a ella misma por tenerlos. Y no dio más importancia a las palabras de su hijo.

Llegó la hora de cenar. Antes de salir de Madrid, su esposo, el señor Andrés Ortiz de Madariaga, le había prometido que intentaría reunirse con ellos esa misma noche. A estas alturas, su esposa ya había dejado de esperarlo. Su marido era un hombre muy ocupado. Tenía negocios en varios puntos de país y le gustaba controlarlo todo personalmente, de manera que siempre estaba de viaje. Con los años hasta los niños se habían

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acostumbrado a su ausencia. Aquel día tampoco preguntaron por él. Cenaron en silencio. Después, la señora mandó a Clara a por una vieja radio que recordaba haber visto en su anterior visita. Clara buscó y buscó pero la radio no apareció por ningún lado. La señora volvió a utilizar la misma excusa. “Este  marido  mío  cada  día  está  más  despistado.  Trabaja  demasiado”. Y no se habló más de asunto.

Frente al fuego, Juan quiso que Clara le contara alguna historia de miedo.

– No por favor, que luego no podré dormir –murmuró su hermana.

Temiendo ser motivo de discusión, la criada alegó que tenía que ir a preparar las bolsas de agua caliente para las camas y se marchó a la cocina. El pequeño Enrique se puso a llorar y su madre llamó a Clara para que preparara el biberón.

Llamaron a la puerta. Clara pasó el biberón a la señora y fue a abrir.

Ester, que se asustaba con facilidad, quiso quedarse con su madre. Juan acompañó a Clara.

La calle estaba completamente desierta cuando Clara abrió la puerta. Juan salió a dar una vuelta. Clara le pidió que volviera y, como no lo hacía, salió tras él. Al doblar una esquina, Clara descubrió a Juan de pie en el centro de la calle. Estaba temblando.

– Se ha ido por ahí. Por ahí…

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– ¿Quién? ¿Quién era?

Juan le contó a Clara que había llegado a ver a la persona que había llamado a la puerta. Le dijo que era un señor con una capa, que le había dado miedo. No podía explicar por qué. Pero le había dado miedo. Clara pensó que se trataba de algún vecino bromista. O de alguien que tenía mucha prisa, lo cual no era extraño con el frío que hacía en la calle. Atribuyó los temblores del niño al frío, se quitó la chaqueta de lana y se la colocó sobre los hombros. Después lo llevó de vuelta a la casa, hablándole de cosas agradables para quitarle los malos pensamientos de la cabeza.

Ester y la señora estaban en la puerta. Su tardanza las había impulsado a salir en su busca.

Clara las tranquilizó y todos volvieron a la cocina, que era la habitación más caliente de la casa. No había luna y la noche era muy fría. El pueblo parecía desierto. La criada pasó el candado y atrancó la puerta con un palo.

Antes de acostarse, la señora fue a la cocina. Allí, en la pared que daba al patio, al lado de un antiguo calendario, estaba colgado el único teléfono que funcionaba en toda la casa. Su situación, a varios metros de altura y en un lugar poco frecuentado por los niños, había resultado providencial. Descolgó el aparato y trató de hablar con su marido. Esta vez la reunión se llamaba Verónica. Su marido llevaba viéndola como mínimo desde antes de Navidad. Clara dormía con Juan y Ester. Ella y su hijo pequeño estaban solos. Por fin podría llorar sin temor a ser descubierta.

¿Llorar? ¿Había dicho llorar? No. Llorar era una debilidad que no podía permitirse. Ella era una señora, una auténtica señora. Su marido podía intentar engañarla con sucias telefonistas. Ella

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esperaría incólume, serena, hasta que él volviera a sus brazos. Ahí estaba su madre, su ejemplo. Llorar. No. Ella tenía que ser fuerte. Como su madre. Como sus hermanas.

Sí. ¿Pero cómo? Durante dos horas estuvo dando vueltas a la cama sin poder dormirse. Estaba cansada, pero no podía dejar de pensar en lo que su marido y esa mujerzuela estarían haciendo. Había sido muy ingenua al proponerle pasar unos días de vacaciones. Había hecho mal al marcharse sin él. ¿Pero qué podía hacer ahora? Estaba atrapada, atrapada en un pueblo perdido, en una casa tenebrosa, pasando frío y miedo, sintiéndose la mujer más desdichada del planeta. Llorar, llorar… eso es todo lo que deseaba. Llorar hasta no tener más lágrimas. Llorar hasta quedarse dormida.

Entonces ocurre algo… Suena un timbre. ¿Qué es? ¿La puerta? Alguien llama. Pero no. No son golpes. Es el teléfono. ¿El teléfono? ¿A media noche?

Al principio cree que es parte de la pesadilla. En algún momento ha debido dormirse pero ni siquiera dormida puede descansar. Ha tenido una pesadilla, una pesadilla horrible.

Se levanta corriendo y va a la cocina. En su pesadilla estaba en el salón de baile, no en un salón de baile desconocido sino en el salón de baile del primer piso, su salón de baile que nunca usó porque pertenece al fantasma del antiguo conde, al conde que mataron al terminar la guerra, justo el día de su boda, precisamente cuando se dirigía hacia la iglesia que hay al otro lado de la plaza. (Sólo tenía que cruzar una plaza, pero nunca llegó a hacerlo, no pudo hacerlo porque uno de sus invitados llevaba una pistola oculta en un bolsillo, un hombre que había venido de Francia con el encargo de matarlo, y lo mató, lo mató segundos antes de que un guardia civil lo matara a él. Sus cuerpos

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quedaron tendidos en la plaza, tan cerca el uno del otro que los riachuelos rojos que manaban de sus heridas se juntaron, se convirtieron en un único charco rojo.) Sí. La vieja historia… La leyenda… Lo que cuenta la gente del pueblo… Ella lo sabía todo. Le hubiera gustado no saberlo pero lo cierto es que lo sabía. Le habían contado esta historia hacía muchos años. Y desde entonces había estado tratando de olvidarla… Y ahora estaba soñando con ella… ¡Era eso! ¡Sólo un sueño inquietante! Camino de la cocina, Sandra se detuvo un momento y trató de tranquilizarse. No sabía por qué, pero lo cierto es que estaba aterrada. Era tan real… ¡La boda! ¡La boda del conde! Esa boda nunca había llegado a celebrarse… Y sin embargo, el sueño parecía ser la perfecta recreación de lo que sin duda debería haber sucedido aquel día, en el caso de que todo hubiera transcurrido como estaba previsto. El salón estaba lleno de invitados. Y todos bailaban, reían, se divertían. Pero eso no era todo. No. Lo más extraño, lo que no conseguía entender, es que ella misma también estaba allí, también formaba parte de los invitados, también era un personaje más de la gran ópera que su mente había concebido para ser proyectada únicamente en su propia cabeza, como una película hecha por nosotros y para nosotros, como una película cuyo director permanece oculto en las sombras y cuyo sentido es ajeno hasta para nosotros mismos. Pues, ¿qué hacía ella allí, entre gentes desconocidas, inventadas? Bailar. Así de simple… ¿Qué otra cosa se puede hacer en la celebración de una boda? Era absurdo, sí. Pero era un sueño. Y en los sueños todo es posible. Ella bailaba. Pero no era feliz. Nada de eso. Ella, en su sueño, deseaba estar en otra parte. Pero no podía. No podía porque nunca lograba soltarse de sus compañeros de baile. Y así, el sueño iba desenmascarando su verdadera naturaleza de pesadilla. La música, cada vez más estridente, su ritmo cada vez más rápido, y ella bailando y bailando, asustada, con el corazón oprimido por una angustia inexplicable, y muda, sin palabras, sin poder ni gritar, sin poder hacer otra cosa que dar vueltas y vueltas y sentir cómo su cuerpo era empujado por seres cuyo aspecto era cada vez más siniestro, por rostros marchitos, envejecidos, rostros borrosos, desdibujados, grotescos, que reían exageradamente y la

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zarandeaban de un lado a otro, que se disputaban sus manos y brazos como varios perros de presa se disputarían el cuerpo de un conejo recién cazado. ¡Dios mío! Era horrible. Y entonces el timbre, el teléfono, esa llamada salvadora en mitad de la noche, que la había hecho despertar de pronto, que la había arrojado de vuelta a la realidad justo cuando ella ya se veía perdida para siempre en su sueño.

Volvió a acelerar el paso y aún llegó a tiempo para contestar a la llamada antes de que el aparato dejara de sonar.

– ¿Sí? ¿Sí? ¿Andrés? ¿Eres tú?

Aferrada al teléfono como un náufrago a una tabla de madera, sintió una súbita alegría cuando finalmente escuchó la voz de su marido al otro lado de la línea.

– ¿Sandra? ¿Eres tú? Te oigo muy mal – dijo la voz. – ¿Sí? ¿Andrés? ¿Qué pasa? Yo te oigo bien. – No. La música. Quita la música. Está muy fuerte.

Sandra quiso decirle que no había ninguna música. ¿Cómo podía haber música si la radio no había aparecido? Pero de pronto, con un súbito espanto, recordó la pesadilla. Recordó todo lo soñado y de repente toda su alegría se derrumbó. No se disipó ni se desvaneció, sino que de derrumbó de golpe, violentamente, con una sacudida tal que ella misma hubiera jurado que el dolor que ahora recorría su cuerpo y atenazaba su garganta había causado un sonido real, un estrépito de cascotes y vigas que se hunden. Pero si el dolor tenía esa cualidad, si era tan perceptible fuera de su ser, en la propia cocina, entre los objetos y el silencio que la rodeaba, entonces todo lo demás también podía ser real. Entonces ¿qué era realmente real?, ¿qué era un sueño, qué era un recuerdo,

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qué era una sensación, qué era un acto cierto e inevitable y qué era sólo una imagen voluble, un reflejo de algo que no existía más que en su mente? Durante unos segundos todo se detuvo. Todo menos sus pensamientos, que se precipitan al abismo como caballos desbocados. Escuchó, muy lejana, como un eco que nos llega de no se sabe dónde, la voz de su marido. Pero ella no pudo responder. La voz parecía real. El teléfono, ese metal frío que tenía entre sus manos, parecía real… Pero ella ya no estaba segura de nada. ¿Qué hora era? ¿Dónde estaba? ¿Qué hacía ella ahí, de pie junto a un teléfono, tiritando de frío y miedo? Recordó que cuando oyó el teléfono pensó que estaba soñando. ¿Y si seguía soñando? ¿Y si la pesadilla seguía, con otros protagonistas, con otro escenario, pero la misma obra, el mismo argumento? Si creyó que estaba soñando cuando estaba despierta, entonces también pudiera suceder al revés…

¿El argumento? ¡Oh, Dios! ¡Cómo no lo había pensado! Ella llevaba horas luchando contra algo, un ser maligno, invisible, un ser escurridizo, invencible… que al final no era otra cosa que el mensajero… que el mensajero del verdadero peligro… No se trataba de ella, no se trataba de lo que aparecía en el sueño, era lo que no estaba, los que no estaban…

Soltó el aparato. Lo dejó caer sin darse cuenta, conmocionada. Su marido escuchó un golpe, el sonido del auricular al chocar contra la pared. Sandra no pudo decirle ni una palabra. Bien lo hubiese querido… Su terror era tal que no pudo ni gritar. En aquel momento ya sabía que no podría hacer nada. Que todos sus esfuerzos serían inútiles. Había llegado tarde. Ya no tenía sentido correr. Pero aún así, fue corriendo hacia su dormitorio. Y allí confirmó lo que ya sabía…

La cuna de Enrique estaba vacía. Instintivamente miró hacia la habitación donde Clara y sus otros hijos dormían. No entró. Se quedó donde estaba, escuchando la agradable melodía que una

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orquesta muy bien acompasada había empezado a tocar. Por debajo de la puerta cerrada se veía un hilo de luz. Y más arriba, al fondo de la escalera, alguien reía siniestramente. El baile acababa de empezar.

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                SOBRE EL AUTOR 

Alfonso Vila Francés (Valencia, España, 1970)

Ha vivido en Orihuela, Madrid, Debrecen (Hungría). Actualmente reside en su ciudad natal. Se ha dedicado a diversas profesiones: profesor, bibliotecario, etc. La

literatura es uno de sus vicios. Ha escrito para revistas literarias y ha obtenido diversos premios por sus textos. “La vida mientras tanto” es su primer libro.

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ÍNDICE 

Como cada jueves

7

Su mayor vergüenza

17

El bosque

21

Camino del trabajo

25

La cita

31

Novios

40

El terrorista

44

Su escritor preferido

46

El mudo

53

El baile

55

Sobre el autor 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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