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DESCONOCIDO

de

Javier de Santaella
– ¡Cariño, nos vamos ya! Si necesitas algo nos llamas, ¿vale? Tienes comida en la
nevera y...
– Que sí mamá, iros ya o llegaréis tarde.
– Hijo se te va a pudrir el cerebro por pasar tantísimo tiempo delante de la
pantalla del ordenador. Te va a pasar como a aquel chico que desperdiciaba
todo el día jugando por Internet y un día, de buenas a primeras, se volvió loco.
– Sí claro papá, me voy a volver loco. Por cierto, ¿os he dicho ya que quiero una
ballesta por mi cumpleaños? – replicó Sergio con cierto aire de sorna.
– Anda que pareces tonto. Ahí te quedas, no sabemos cuando volveremos.
¡Adiós! – y la última palabra de su padre quedó ahogada por el fuerte portazo.

Tras la marcha de sus padres, Sergio se sintió libre y relajado. No es que con su
presencia se sintiera cautivo, nervioso o molesto, pues al fin y al cabo eran sus
padres y los quería (a su manera); simplemente disfrutaba de los momentos de
soledad por ser éstos poco frecuentes. Sergio no podía ser descrito como un
chico huraño y/o antisocial, ni mucho menos. Tenía muchos amigos y otros
tantos conocidos, y era querido por todos ellos. Sin embargo, cada cierto tiempo
gustaba de olvidarse de todos y de todo y encerrarse en su pequeña habitación
a escribir, leer o navegar por Internet. Necesitaba reencontrarse a sí mismo y
aquel momento era el ideal. Sus padres cenarían fuera y tardarían en llegar. Sus
amigos estaban en un concierto de música indie y no tenía una novia a la que
prestarle atención. Con 20 años se consideraba muy joven para un compromiso
de tal magnitud, ¡con lo feliz que era con su ordenador!

La noche había llegado casi sin avisar, y la habitación de Sergio cayó en


penumbra. La casa estaba en silencio. El joven fue a la cocina a por algo de
comer. Se agenció una bandeja y puso sobre ella la cena, para luego volver a su
dormitorio y comer mientras veía una película. Se extrañó por el silencio que lo
envolvía todo: de naturaleza casi sepulcral, era algo también muy poco común.
Los vecinos de abajo siempre andaban haciendo ruido y los de la azotea tenían
un bebé que amenizaba las mañanas, las tardes y las noches a todos los
habitantes del inmueble con un llanto estridente y descompasado.

La casa de Sergio poseía una anatomía singular, más propia quizás de viviendas
de hace unos siglos. Los techos eran altos y oscuros, y todas las habitaciones de
la casa estaban conectadas entre sí por un largo y estrecho pasillo. El dormitorio
de Sergio estaba al final de éste, al lado del de sus padres. Justo después,
siguiendo el orden, se encontraba el trastero y al otro extremo, el cuarto de
baño, la cocina y la despensa. Anteriormente, la habitación de Sergio había
pertenecido a su hermano mayor, que desgraciadamente había muerto un año
antes de haber nacido él. Sucumbió a un extraño mal, que de la misma forma
tan repentina en que llegó a su vida, se fue llevándose ésta con la misma
prontitud. No se supo qué había consumido sus fuerzas y agotado su corazón;
quizás fuera una extraña enfermedad. Fuera lo que fuese, su pérdida llenaba de
dolor aún a sus padres pero, qué remedio, la vida debía seguir su curso natural.

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Puso la bandeja sobre el escritorio e introdujo el DVD en el reproductor. Cerró
la puerta del dormitorio a cal y canto. No le gustaba estar sólo en casa en una
noche tan oscura, pues se sentía desprotegido. Cuando era más pequeño, le
aterraba permanecer sólo en la oscuridad y en lugares cerrados, pero a esas
alturas de su vida ya lo tenía superado. O eso creía.

Afuera hacía frío, y tímidamente comenzaba a llover. No hacia viento, pero una
leve brisa congelaba con su aliento todo lo que tocaba. No apetecía estar en la
calle con un tiempo como ese. Sergio, en su habitación, estaba en el mejor sitio
posible en una noche como esa. Tranquilo, veía una película en su ordenador,
ajeno a todos los problemas del exterior. No tendría que correr si la lluvia le
sorprendía, ni tenía que llevar un pesado abrigo para resguardarse del frío
invernal. Todo lo que en ese momento necesitaba lo tenía allí mismo.

Devoró la cena con fruición, y continuó viendo el largometraje. A causa de los


gritos típicos que se pueden oír en una película de terror, Sergio se puso unos
cascos, pues recibir una regañina por parte de sus vecinos por el nivel del
sonido no estaba entre sus planes. Conectó los cascos a la base del altavoz y
siguió disfrutando del espectáculo.

Sergio era un apasionado de la ciencia ficción y de las películas de terror. Pese a


que alguna vez no había conseguido conciliar el sueño por culpa de ellas,
gustaba de pasar miedo alguna que otra vez en lo que se daría a llamar un acto
de “masoquismo”. El marco para pasar un rato de terror era el adecuado: su
casa vacía, noche de mal tiempo... La película lo tenía absorbido totalmente,
enganchado. Suspense, escenarios oscuros, una chica desprevenida, un susto,
de nuevo silencio, y un ruido de arañazos en la puerta de su habitación.

Sergio dudó por un momento y miró a su espalda desconcertado. ¿Qué había


sido ese ruido? Había sonado muy cerca, justo detrás suyo. Quizás pertenecía a
la película y no se había dado cuenta o algún sonido extraviado del patio
interior había penetrado en su dormitorio de manera furtiva. Alargó la mano
hacia la puerta lentamente sin levantarse de la silla. Despacio, sus dedos
sintieron el contacto con la madera de la puerta hasta posar la mano
completamente en su superficie. Empujó suavemente hacia delante hasta oír
“clic”. No estaba cerrada del todo, aunque el creía que así era. Quizás un golpe
de aire había hecho temblar la puerta produciendo ese sonido extraño que había
percibido momentos antes. Pronto olvidó lo ocurrido y continuó con la película
donde la había dejado.

Unas cuantas horas después, el sueño se apoderó de él y el cansancio fue


haciendo mella. Decidió irse a dormir, a pesar de que la idea de acostarse sin
que hubieran llegado sus padres no le resultaba nada atractiva. Cuando era más
pequeño, había padecido terrores nocturnos. No conciliaba el sueño y gritaba
sin parar. Tras largos días sin dormir, confundía vigilia con sueño y creía ver
monstruos y cosas extrañas. La hora de acostarse era más una tortura que un

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placer, pues pasaba la noche aterrorizado. Un ser de extraño aspecto lo acosaba
desde debajo de su cama, intentando tocarlo con un dedo putrefacto, y cuando
el muchacho gritaba desesperado éste corría presto a esconderse en el armario.
Luego de que sus padres intentaran convencerlo de que nada ocurría y de que
estaba a salvo, ya acostado cada uno en su respectiva cama, el ser lo miraba con
desdén desde el armario entreabierto. Con la adolescencia el monstruo se
marchó de su vida y los diferentes terrores que padecía abandonaron su mente.
Desde entonces dormía a pierna suelta.

A pesar de eso, el muchacho no tuvo un sueño tranquilo. Su cabeza se llenó de


imágenes espeluznantes y gritos ahogados. Había personas y otras cosas que
buscaban dañarlo, destruirlo, atacar todo aquello que le importaba. Quería huir
y no podía, pues sus piernas no daban de sí. Sentía que algo le oprimía el pecho,
lo que hacía que inspirara con dificultad. Pronto esa sensación se extendió a sus
piernas. La pesadilla no lo dejaba despertar, pues parecía disfrutar torturándolo
sabiendo la frustración del muchacho por no poder hacer nada para evitarlo. De
repente, de la nada, apareció una extraña figura que tras una mirada
amenazante con ojos sangrientos rebosantes de odio, se lanzó a por él.
Nuevamente intentó escapar, pero esta vez sus piernas tampoco respondían. La
figura de ojos rojos lo alcanzó al instante, golpeándolo. El chico cayó hacía atrás
a causa del impacto y, en un abrir y cerrar de ojos, tenía al ser encima. La
opresión volvió a sus piernas, tan real que no parecía un sueño. El ser y Sergio
cruzaron una mirada que llenó a éste de terror. Antes de que se diera cuenta, el
monstruo le lanzó un mordisco en el tobillo derecho que lo hizo despertar
sobresaltado.

Sergio encontraba sumos problemas para respirar. Tenía un poco de frío; no


obstante la ventana del dormitorio se había quedado abierta y la puerta estaba a
medio cerrar. Aún acostado, miró a los pies de su cama y creyó ver un destello
escarlata. Tras incorporarse del todo, escudriñó la habitación, como esperando
encontrar al ser que lo había mordido en su pesadilla. El dormitorio permanecía
oscuro y aunque la vista del muchacho se acostumbraba pronto a la oscuridad,
era difícil ver más lejos de un palmo. Llamó a sus padres a gritos, no recibiendo
respuesta. Todavía se encontraban fuera. Sentía molestias en las piernas y se las
frotó con fuerza por si estaban entumecidas a causa del frío. Repitió el
movimiento varias veces, notando en una de las ocasiones dolor. Se tocó el
tobillo con cuidado e inexplicablemente notó unas marcas. Giró el brazo hacia
la pared tentando hasta encontrar el interruptor de la luz. Pronto lo miró más
de cerca y aparte de unas pequeñas marcas la zona estaba inflamada. El miedo
se apoderó de Sergio. Instintivamente comenzó a temblar. Se asustó. No era un
chico miedoso, al menos ya no, pero el sentirse vulnerable lo atormentaba. ¿Qué
había pasado? ¿Algo había entrado en su cuarto y lo había atacado mientras
dormía? Era absurdo pensar en ciertas cosas, como que la pesadilla había sido
real. Inevitable reacción la suya en un momento como aquel de pánico. Sin
embargo, halló la manera de poner un poco de orden en sus pensamientos
intentando casi en vano dar una explicación coherente a lo que había ocurrido.

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Sólo fue una pesadilla, se dijo a sí mismo, buscando auto convencerse. Y la herida,
bueno la herida podía haber sido causada por su propio cuerpo sin haber
necesitado ningún estímulo externo. Una vez vio por televisión un documental
acerca de gente que, sugestionada por causas religiosas, sangraba sin recibir
heridas o padecía dolores completamente inventados. Quizás la pesadilla fue
tan real que se había sugestionado a sí mismo hasta el punto de pensar que el
mordisco fue real...

Realidad o ficción, le dolía bastante. Tardó un tiempo en asimilar lo que había


pasado, sin querer pensar en ningún momento que lo ocurrido podía ser de
naturaleza desconocida. Cuando se dio cuenta, llevaba casi dos minutos
sentado en su cama mirando al vacío, anonadado. Aún preocupado y medio
tembloroso, se levantó de la cama de un salto y se resintió un poco al apoyar el
pie en el suelo. Miró a su alrededor buscando el teléfono móvil para llamar a
sus padres. No era común en ellos volver tan tarde, pues no salían demasiado y
cuando lo hacían estaban en casa a medianoche. Si les contaba a sus padres lo
ocurrido, lo despacharían pronto diciéndole que todo había sido un sueño y que
la herida se la habría hecho de una manera que no recordaba. No le ayudaría en
nada sus palabras, pero al menos se tranquilizaría sabiendo que estaban al
llegar. De todas formas, aunque se sintiera temeroso, necesitaba ir al cuarto de
baño a lavarse un poco el “mordisco” y curárselo como mejor pudiera. Si
empeoraba al día siguiente iría al médico para un exámen detallado.

Se dirigió a la puerta con paso firme, a pesar de todo, haciendo un alarde de


determinación. Cierto era que estaba pasando un mal momento, pero no podía
dejarse dominar como antaño por terrores nocturnos o monstruos inventados.
Poderosa era su mente si podía crear una pesadilla capaz de dañarlo
físicamente, pero al fin y al cabo, sólo habría sido producto de su imaginación.
Tras esta reflexión, se sintió ligero, como si hubiera acarreado un gran peso
durante toda la noche del que por fin prescindía. Definitivamente, nada de lo
vivido había sido real y la herida del tobillo tendría una explicación de lo más
lógica. Creer en monstruos, con la edad que tengo, pensó, y mientras jugueteaba con
el teléfono con una mano, puso la otra sobre el frío pomo de la puerta.

Lo giró despacio y tiró hacia sí. La puerta se abrió sin articular ningún sonido,
mientras un manto de oscuridad se cernía sobre el chico. Buscó a tientas el
interruptor de la luz del pasillo, y cuando lo pulsó no pasó nada. El pasillo
permanecía oscuro, amenazante. Sergio recordó que ese interruptor no
funcionaba, por lo que tendría que pulsar el de al lado de la cocina, que se
encontraba en la otra punta de la casa. No le gustaba la oscuridad demasiado,
aunque no la temía como en el pasado. Se le ocurrió una idea sobre la marcha:
mantendría encendida la luz de la pantalla del móvil todo el tiempo que le
fuera posible pulsando la teclas repetidamente, para así mantener una
iluminación que le mantendría más o menos relajado durante el trayecto a la
cocina, que no era trivial. Decidido, abrió la tapa del teléfono y se internó en la
noche.

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Sus pasos eran cuidadosos, mientras la iluminación que le proporcionaba el
móvil dejaba mucho que desear. El pasillo parecía infinito e inhóspito, y a la vez
peligroso, pues parecía que en lo más oscuro de éste se ocultaba algo
agazapado, esperando con paciencia atacarlo sin piedad. La respiración de
Sergio era entrecortada, sentía frío. Era seguramente una de las situaciones que
menos hubiera deseado vivir en su vida. Creía que podía soportarlo, pero se
engañaba a sí mismo. Quería terminar con aquello, no podía aguantar ni un
minuto más aquella ansiedad. Comenzó a sudar mientras el trayecto se le hacía
eterno. El pasillo era bastante largo, lo cual no ayudaba mucho en un momento
como ese. Por ende, el suelo de madera crujía bajo sus pies y las vigas parecían
achacosas, ya que cualquier brisa o golpe de viento las hacía chirriar con
violencia. A mitad de camino, todo quedó de nuevo en silencio. Sergio dejó de
oír el crujido del parquet, sin percatarse de que se había parado en seco. Algo
estaba allí con él.

No hay nada Sergio, te lo estás imaginando, se dijo a sí mismo, para tranquilizarse.


No surtía efecto. Algo se movía cerca suyo, pues agitaba el aire a su alrededor.
Pronto paró. De repente, lo sintió más cerca aún. ¿Qué era aquello que lo
acompañaba? Tenía ganas de gritar y salir corriendo, por simple instinto, pero
tenía un nudo en la garganta y molestias en el pie como para pretender salir
disparado como una flecha, que es lo que le hubiera gustado. El sudor era
incontrolable y el pánico lo tenía dominado. Silencio absoluto roto de repente
por un sonido gutural. La pantalla del teléfono hacía tiempo que estaba
apagada. El ruido que emitía aquella cosa, fuera lo que fuese, lo mantenía
clavado en el suelo. Tenía al ser delante. Estaban cerca del cuarto de baño.
Minutos que parecían horas. ¿Pensaría en atacarlo? Por favor que volvieran ya
sus padres...

No volvieron, pero pareció que lo escuchaban. En ese mismo instante sonó el


teléfono móvil. La melodía invadió todo el largo del pasillo. Sergio se sobresaltó
y en un acto reflejo lo dejó caer al suelo, rompiéndose en pedazos. Adiós a la
única fuente de luz que tenía y a la única vía de contacto posible con sus padres
en ese momento. Le iba a estallar el corazón de lo rápido que le latía. No podía
más, iba a caer allí mismo fulminado. El silencio se adueñó de nuevo del pasillo.
No se oía a lo que fuera que fuese que tenía delante de él, lo que le extrañó.
Parecía haber desaparecido. Sin embargo, en ese mismo instante sus esperanzas
se desvanecieron. Delante de sus ojos el suelo tembló con gran fuerza, como si
algo se dirigiera corriendo hacia él. Se dirigía hacia Sergio incansable esperando
asestarle un ataque que acabara con él. Para el chico nada de lo que estaba
ocurriendo tenía sentido. En un alarde de valentía, se tiró contra la pared en el
momento justo para evitar el contacto con la “criatura”. Ajustó tanto que notó el
roce con su atacante. Desprendía un calor nauseabundo que lo asfixiaba.
Instantáneamente, el muchacho salió corriendo como podía hacia las sombras
que tenía delante, a ciegas, confiando en conocer su casa tan bien como para no
necesitar luz al moverse por sus estancias. La ansiedad se lo comía, más aún al
presentir que lo que quería acabar con él lo perseguía, pues parecía notar su

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sucio hálito en la nuca. Corría más y más con las manos extendidas para no
chocar contra nada que se interpusiera entre él y un refugio seguro. Tenía al ser
cada vez más cerca, no podía más. Buscando entrar en el cuarto de baño, no
giró en el momento adecuado. Su única esperanza era llegar a la cocina, que
estaba justo delante de sus narices. Estaba prácticamente a su alcance, casi
podía tocarla con la yema de sus dedos. Por fin entró en la cocina y sin dudarlo
encendió la luz de golpe y cerró con un portazo. Ésta tembló tras una embestida
del ser. Iba a por él. Ni sugestión ni nada; aquello era lo que seguro le había
mordido en su habitación. Haciendo un ejercicio de sentido común, podía haber
llegado a pensar que era un gato que se había colado en su casa y al sentirse
acorralado o amenazado había tenido la tentativa de atacarlo. Pero la criatura
que lo perseguía era bastante más grande que cualquier animal que merodeara
por la ciudad, y se movía con enorme destreza. Según notó al rozarlo, su cuerpo
era rugoso, sin pelo; además, articulaba sonidos harto extraños impropios de
cualquier animal que pudiera existir. Definitivamente, era algo desconocido.
Como Sergio no tenía el mínimo interés en descubrir qué era y lo de hacerse el
héroe era algo que ni se planteaba de manera remota, prefería mantenerse
guarecido en la cocina mientras los golpes en la puerta amenazaban su
estabilidad. El muchacho sintió el impulso de llorar de miedo, pero tenía que
mantenerse entero. Lavó la herida del tobillo como pudo hasta que la puerta,
tras un golpe seco, se entreabrió.

A Sergio le dio tiempo para encerrarse en la despensa con un movimiento hábil


sin llegar a ver a su potencial verdugo. La sala estaba más fría que el resto de la
casa, lo cual era normal por los alimentos que allí se almacenaban. Podía ver la
luz por debajo de la puerta de su encierro. Con la oreja apoyada en ésta,
buscaba captar cualquier ruido proveniente de fuera. De tanto terror que tenía,
no podía respirar y aún menos moverse. Necesitaba ayuda de quien fuera, pues
no podría salir de ésa sólo. No entendía por qué sus padres no habían llegado
ya, con lo tarde que era. Quizás ellos podrían salvarlo de la criatura, o quizás
también serían víctimas de la malicia de ella. No quería exponerlos a ese
peligro, porque aunque deseaba que llegaran, también esperaba que su regreso
se demorara lo suficiente para no verse amenazados por lo que a él le torturaba.
Sergio abandonó sus pensamientos de repente. El ser estaba junto a la puerta,
intentando al igual que el chico oír algún rumor que delatara la presencia del
otro. Empezó arañando la puerta suavemente hasta que terminó haciéndola
temblar con movimientos más enérgicos. El muchacho no pudo más y el miedo
le ganó la partida. Comenzó a llorar tenuemente, como sin querer. La emoción
del instante lo dominaba de pies a cabeza. Si algo tenía que pasar, que fuera
rápido.

Mientras sus lágrimas resbalaban por las mejillas, no podía sino sentirse triste y
abandonado. Su suerte estaba echada. Desde que se convirtió en un hombre
hecho y derecho, siempre había rechazado todo aquello que no tuviera una
explicación racional, tachando las expresiones sobrenaturales de mera
invención de gente “ávida de llamar la atención”. Todo lo que le había ocurrido

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esa noche carecía de sentido, y menos para una persona tan escéptica como lo
era él. La situación le retrotraía a su niñez, cuando la magia existía y los
monstruos perturbaban su sueño. Eso fue hace mucho tiempo pero la raíz de
sus temores parecía estar plantada muy honda en su interior. Podía ser que
todo fuera un sueño, ojalá. Sería grato despertar y darse cuenta de que lo vivido
sólo fue una ilusión. El silencio se hizo dueño y señor de la cocina de nuevo,
sólo amenazado por los silenciosos lamentos del chico.

Otra vez pareció quedar sólo en la cocina. Era la segunda vez que la criatura
desaparecía de golpe, y no podía fiarse del todo. Estaría preparada para
abalanzarse sobre él como antes, en el pasillo. Sergio estaba tentado a abrir la
puerta, por simple curiosidad, pero eso lo haría vulnerable. Había dejado de
lagrimear por fin, tras un rato de desconsuelo. Había incluso olvidado el dolor
del tobillo que tanto le molestaba en su habitación. Por otra parte, pensó que no
podía quedarse en la despensa toda la noche, ya que la temperatura era muy
baja y sin abrigo podía enfermar gravemente. Del dicho al hecho: se aventuró a
abrir un poco la puerta y asomar la nariz para escudriñar el lugar. En un vistazo
rápido descubrió marcas en el suelo y el olor putrefacto que había dejado la
criatura en el lugar le produjo mareo y náuseas. Sólo quedaban tales vestigios
de la presencia malvada. Era su oportunidad para intentar una huída de la casa.
Le amedrentaba demasiado la oscuridad del largo pasillo y que el ser planeara
emboscarlo en plena carrera. Sergio salió disparado hacia la puerta de la cocina
y la atrancó, dejando por fin la despensa atrás.

Y pasó lo que más le preocupaba: sus padres estaban subiendo por las escaleras.
Por eso el ser lo había dejado de lado. Ya no podía huir y dejar a su familia en el
camino. Metió la mano en un cajón y tentando encontró un gran cuchillo que
asió con fuerza. Esto tenía que acabar de una vez.

Y con decisión, el muchacho abrió la puerta de la cocina y se lanzó a la


oscuridad repleto de ira y miedo.

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