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Filosofía 5to año / Repartido 3

Unidad 2: Argumentación / Inferencia

Contenidos:
1. ¿Por qué argumentar?
2. Argumentación, lógica y retórica
3. ¿Qué es una argumentación?
4. Argumentación y demostración.
5. Las tres formas básicas de
inferencia: inducción, deducción e
hipótesis.

1. ¿POR QUÉ ARGUMENTAR? (Anthony Weston)

Algunas personas piensan que argumentar es, simplemente, exponer sus


prejuicios bajo una nueva forma. Por ello, muchas personas piensan también que los
argumentos son desagradables e inútiles. Una definición de argumento tomada de un
diccionario es disputa. En este sentido, a veces decimos que dos personas tienen un
argumento: una discusión verbal. Eso es algo muy común. Pero no representan lo que
realmente son los argumentos.
Aquí, dar un argumento significa ofrecer un conjunto de razones o de pruebas
en apoyo de una conclusión. Aquí un argumento no es simplemente la afirmación de
ciertas opiniones, ni se trata simplemente de una disputa. Los argumentos son intentos
de apoyar ciertas opiniones con razones. En este sentido, los argumentos no son
inútiles, son, en efecto, esenciales.
El argumento es esencial, en primer lugar, porque es una manera de tratar de
informarse acerca de qué opiniones son mejores que otras. No todos los puntos de
vista son iguales. Algunas conclusiones pueden apoyarse en buenas razones, otras
tienen un sustento mucho más débil. Pero a menudo, desconocemos cuál es cuál.
Tenemos que dar argumentos a favor de las diferentes conclusiones y luego valorarlos
para considerar cuán fuertes son realmente.
En este sentido, un argumento es un medio para indagar. Algunos filósofos y
activistas han sugerido por ejemplo que la “industria de la cría de animales” para
producir carne causa inmensos sufrimientos a los animales y por eso, es injustificada e
inmoral. ¿Tienen razón? Usted no puede decidirlo consultando sus prejuicios ya que
están involucradas varias cuestiones. ¿Tenemos obligaciones morales hacia otras
especies, por ejemplo, o sólo el sufrimiento humano es realmente malo? ¿En que
medida podemos vivir bien los seres humaos sin comer carne? Algunos vegetarianos
han vivido hasta edades muy avanzadas, ¿muestra esto que las dietas vegetarianas
son más saludables? ¿O es un dato irrelevante considerando que algunos no
vegetarianos también han vivido hasta edades muy avanzadas? (Usted puede realizar
algún progreso preguntando si algún porcentaje más alto de vegetarianos vive más
años) ¿O es que las personas más sanas tienden a ser vegetarianas, o a la inversa?
Todas estas preguntas necesitan ser consideradas cuidadosamente, y las respuestas
no son claras de antemano.
Argumentar es importante también por otra razón. Una vez que hemos llegado
a una conclusión bien sustentada en razones, la explicamos y la defendemos
mediante argumentos. Un buen argumento no es una mera reiteración de las
conclusiones. En su lugar, ofrece razones y pruebas, de tal manera que otras
personas puedan formarse sus opiniones por sí mismas. Si usted llega a la convicción

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de que está claro que debemos cambiar la manera de criar y de usar a los animales,
por ejemplo, debe usar argumentos para explicar cómo llegó a su conclusión, de ese
modo convencerá a otros. Ofrezca las razones y pruebas que a usted le convenzan.
No es un error tener opiniones. El error es no tener nada más. 1

2. ARGUMENTACIÓN, LÓGICA Y RETÓRICA (Pablo Da Silveira)

Las discusiones reales pueden volverse ásperas y desagradables porque los seres
humanos somos intelectual y moralmente imperfectos. Pero es justamente a causa de
esta imperfección que no podemos privarnos de discutir. Debatir es el mejor método
del que disponemos para aclararnos las ideas y para descubrir nuestros propios
errores. Es además una manera de incorporar puntos de vista diferentes, de
considerar posibilidades que no se nos habían ocurrido y de beneficiarnos de lo que
aprendieron otros. Por todo esto, lo máximo a lo que podemos aspirar es a tener las
mejores discusiones que seamos capaces de protagonizar.
La teoría de la argumentación es la disciplina que se ocupa de darnos armas para
mejorar la calidad de nuestras discusiones. Se trata de un área del conocimiento que
ha experimentado un desarrollo importante en las últimas décadas, aunque en esencia
es la prolongación de dos disciplinas que tienen miles de años: la lógica y la retórica.
El primero de esos vínculos es fácil de entender: un argumento consiste en un
encadenamiento de premisas que conduce a una conclusión, y la lógica se ocupa del
modo en que las premisas se encadenan con las conclusiones. En consecuencia, es
imposible hablar de argumentación sin hablar al mismo tiempo de lógica.
Sin embargo, la teoría de la argumentación no es pura lógica aplicada. A esta teoría
no sólo le interesa el modo en que están construidos nuestros argumentos, sino
también el impacto que puedan tener sobre un auditorio. Y este es un aspecto al que
los lógicos no atienden. Como dice un viejo manual de introducción a la disciplina, “la
lógica no se ocupa de la fuerza persuasiva de los argumentos. Argumentos
lógicamente incorrectos convencen a veces, en tanto que otros lógicamente
impecables a menudo no lo logran. La lógica se ocupa de la relación entre la
demostración y la conclusión. Un argumento puede ser lógicamente correcto aun si
nadie lo reconoce como tal, o puede ser incorrecto aunque todo el mundo lo acepte”.
(WESLEY 1965: 4-5).
La disciplina que se ocupa de la fuerza persuasiva de los argumentos es la retórica.
Desde que fue creada por los griegos hace miles de años, la retórica se encarga de
analizar el impacto que los argumentos tienen o pueden tener sobre un auditorio. Este
estudio vale tanto para los argumentos bien construidos como para aquellos mal
construidos desde el punto de vista lógico.
La teoría de la argumentación se nutre entonces de dos disciplinas tan antiguas
como la filosofía misma. Se interesa en la construcción de buenos razonamientos y en
la identificación de los defectuosos, pero también analiza las diferentes formas en que
nuestras palabras pueden impactar sobre quienes nos escuchan. Y coloca todos estos
aportes al servicio de un doble objetivo: ponernos en condiciones de construir mejores
argumentaciones y ayudarnos a evaluar mejor las argumentaciones de los demás.
Ahora bien, argumentar es una de las actividades más típicas de lo que solemos
denominar una sociedad democrática. Se argumenta en la política para justificar el
apoyo o el rechazo a diferentes medidas de gobierno. Se argumenta en los negocios
para explicar por qué un precio nos parece demasiado alto o por qué pensamos que
un servicio es de mala calidad. Se argumenta entre empleados y patrones cuando se
discute un acuerdo salarial. Se argumenta entre vecinos cuando la asamblea de
propietarios considera pintar la fachada de un edificio. Y también se argumenta
cuando se hace publicidad, o al menos cuando se opta por algunas de las maneras en
las que esta actividad puede realizarse.

1
Anthony Weston. Las claves de la argumentación.

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Esta presencia casi universal de la argumentación es una característica de nuestra
forma de vida pero no necesariamente se encuentra en todas partes. En una sociedad
donde se aplica la ley del más fuerte no hay necesidad de argumentar, o al menos
todo se reduce a un único y repetido argumento que consiste en decir “Esto se hace
así porque yo lo digo, y estoy en condiciones de imponer mi voluntad”.
Aún dentro de las sociedades democráticas hay ámbitos en los que no se
argumenta. Por ejemplo, en las fuerzas armadas sólo se lo hace entre pares: hacia
arriba y hacia abajo se reciben o se dan órdenes. Lo mismo ocurre en ciertas
organizaciones religiosas. Pero, salvo que decidamos hacernos militares o tomemos
alguna decisión comparable, el hecho de vivir en una sociedad democrática nos
asegura que permanentemente nos veremos envueltos en argumentaciones. No
tenemos a nuestro alcance la opción de mantenernos fuera de ellas. Lo único que
podemos decidir es si vamos a intentar o no convertirnos en buenos argumentadores.
Esta es una razón suficiente para que examinemos en qué consiste el arte de
argumentar y cuáles son las mejores y las peores maneras de hacerlo.

3. ¿QUÉ ES UNA ARGUMENTACIÓN?

Supongamos que digo que está lloviendo. Esta afirmación tiene dos características
importantes. En primer lugar, puede ser verdadera o falsa (lo que obviamente depende
de que esté lloviendo o no). En segundo lugar, no se trata de una afirmación
autoevidente. Dicho de otro modo: no alcanza con decirla para probar que es
verdadera. Ni siquiera importa el énfasis con el que se hable. Puedo levantar la voz y
afirmar rotundamente que está lloviendo pero, si no llueve, a afirmación seguirá siendo
falsa. Mi tono de voz y mi grado íntimo de convicción son irrelevantes a este respecto.
¿De qué manera puedo mostrar que la afirmación que estoy haciendo es verdadera
y no falsa? Sencillamente, tengo que mostrar que está lloviendo. Por ejemplo, puedo
invitar a quien me escucha a asomarse a la ventana y verlo por sí mismo. A esta
operación se la denomina aportar evidencia empírica en favor de una afirmación. Al
hablar de “evidencia” estamos diciendo que se trata de datos que cada uno puede
corroborar, en lugar de apelar a alguna fuente de certeza inaccesible. Decir que esta
evidencia es “empírica” significa que los datos que estamos aportando provienen de la
experiencia. No se trata de una demostración formal, como en el caso de un teorema,
sino de datos que nos proporciona el contacto con la realidad.
Pero consideremos ahora un ejemplo un poco menos sencillo. Algunas personas se
oponen al desarrollo de emprendimientos turísticos en zonas donde la naturaleza se
ha mantenido bien conservada porque piensan que esas actividades generarán daños
ecológicos graves. Quienes defienden esta posición no se limitan a decir que algo está
ocurriendo (“los emprendimientos turísticos en zonas bien conservadas producen
daños ecológicos”) sino que declaran inaceptable esa situación (“el desarrollo de la
industria turística no debe lograrse al costo de destruir el medio ambiente”).
Para defender esta segunda afirmación es necesario, al igual que en el caso
anterior, proporcionar alguna evidencia empírica. En particular, hace falta aportar datos
que confirmen que el desarrollo de la industria turística en zonas bien conservadas
tiende a generar daños ecológicos graves. Por ejemplo, se podría presentar
información histórica que muestre cómo la afluencia de público, el aumento de los
niveles de ruido y la generación de desperdicios han afectado en casos anteriores los
ciclos de reproducción de ciertas especies.
Pero supongamos que, luego de haber cumplido con éxito esta tarea, alguien
responde lo siguiente: “Concedo que el desarrollo de la industria turística puede
provocar daños ecológicos, pero considero que esto es irrelevante ante los beneficios
que produce. El desarrollo de la industria turística puede generar divisas y muchos
puestos de trabajo, y es más importante mejorar las condiciones de vida de amplias

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capas de la población que asegurar la supervivencia de algunas especies animales o
vegetales”.
Si quisiéramos neutralizar esta réplica, nuestra estrategia no podría consistir en
seguir agregando evidencia empírica. Nuestro interlocutor no pone en duda que el
desarrollo de la industria turística puede generar daños ecológicos. Lo que dice es que
ese dato no es demasiado relevante. En consecuencia, además de proporcionar
evidencia empírica, debemos aportar razones para sostener que la protección de
especies amenazadas es un buen motivo para impedir el desarrollo de ciertos
emprendimientos turísticos. Por ejemplo, podríamos argumentar que tenemos el deber
moral de entregar a las próximas generaciones un grado de biodiversidad no menor
que el que hemos recibido de las generaciones que nos precedieron, de lo que se
deduce que la construcción de mejores condiciones de vida para las generaciones
actuales no puede buscarse por cualquier medio.
La primera diferencia entre estos dos ejemplos es que la primera frase es una
simple afirmación de hecho (“está lloviendo”), mientras que la segunda encierra un
juicio de valor (“el desarrollo de la industria turística al costo de destruir el medio
ambiente es inaceptable”). En el primer caso nos limitamos a describir lo que ocurre.
En el segundo estamos diciendo que cierto estado de cosas es más o menos
preferible que otro. Para justificar las afirmaciones de hecho nos alcanza con aportar
evidencia empírica. Para fundar los juicios de valor también necesitamos evidencia,
pero además precisamos razones que expliquen por qué ciertos estados de cosas nos
resultan preferibles a otros.
Evidencia empírica y razones son los dos materiales de los que nos servimos para
justificar nuestras convicciones. A ellos debemos recurrir cada vez que los demás se
nieguen a aceptar que nuestras ideas son autoevidentes. Como dice un autor
contemporáneo, “la única manera en que los demás pueden evaluar la verdad de una
afirmación es examinar las razones y la evidencia que pueden proporcionarse en favor
de ella, o bien encontrar evidencia o razones para no creer en ella” (WARBURTON
1996: 19).
La argumentación es el procedimiento del que nos servimos para sostener las
afirmaciones que creemos defendibles y que los demás se niegan a tomar como
autoevidentes.

4. ARGUMENTACIÓN Y DEMOSTRACIÓN

La clase de adhesión que pretendemos alcanzar cuando argumentamos es distinta


de la clase de adhesión que buscamos cuando hacemos demostraciones
matemáticas. Pensemos en una demostración célebre, como el teorema de Pitágoras.
Esta demostración parte de premisas cuya verdad está garantizada por la propia teoría
y llega a una conclusión que debemos considerar forzosa y universalmente verdadera:
esa conclusión se aplica inevitablemente a toda figura que cumpla con las condiciones
establecidas en las premisas. No hay lugar para dudas ni discusiones.
Pero esta clase de certeza desaparece en cuanto abandonamos los límites del
razonamiento matemático. Incluso un razonamiento tan contundente como el que
afirma el carácter mortal de Sócrates se apoya en una premisa (“todos los hombres
son mortales”) que es tan sólida como puede serlo una afirmación de hecho, pero cuya
verdad no está asegurada por el propio razonamiento. Tal vez un día nazca una
persona inmortal, o tal vez ya exista una y no la sepamos. Lo único que asegura el
razonamiento es que si alguien acepta las premisas, entonces también debe aceptar la
conclusión.
Argumentar no es lo mismo que demostrar. De hecho, sólo argumentamos cuando
no es posible demostrar. Como dice Bernard Manin, “argumentamos para intentar
persuadir al otro. Pero sólo intentamos persuadir -es decir, reforzar la adhesión a una
proposición- allí donde ninguna proposición se impone con fuerza irrecusable y es
universalmente admitida” (MANIN 1985: 84-85).

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Esto no debe llevarnos a pensar, sin embargo, que una vez que hemos salido fuera
de los límites de las matemáticas todo se vuelve impreciso y subjetivo. Aunque no
alcancemos el grado de rigurosidad propio de una demostración, sigue habiendo
mejores y peores maneras de argumentar. A veces nos parece que para argumentar
alcanza con defender de manera entusiasta lo que pensamos, pero las cosas no son
tan simples como eso. Hay gente que sólo es capaz de expresar lo que prefiere, sin
poder agregar argumentos a su favor. Hay gente que sólo puede agregar argumentos
malos o insuficientes. Y hay gente que tiene la capacidad de presentar sus puntos de
vista con una claridad y contundencia tales que se hace difícil no prestarle nuestro
consentimiento.
En la gran mayoría de los casos, esto último no es un don gratuito sino el resultado
de un entrenamiento. A argumentar se aprende, como se aprende a calcular o a
preparar motores. Y tal como ocurre con los motores, una argumentación puede ser
desarmada y vuelta a armar para ver si funciona correctamente.2

5. LAS FORMAS BÁSICAS DE INFERENCIA:


INDUCCIÓN, DEDUCCIÓN E HIPÓTESIS

Discurrir consiste en establecer una relación de dependencia convincente


entre los datos disponibles y nuestra conclusión. A esta relación la llamamos
inferencia. No basta con acumular enunciados. Si no se siguen unos de otros, no
existe inferencia. Razonar es inferir y podemos hacerlo, siguiendo a los viejos
maestros, por tres caminos: inducción, deducción e hipótesis.

La inferencia inductiva parte de casos que nos parecen semejantes en algo


para alcanzar conclusiones que generalizan dicha semejanza. Si usted observa que
cada iglesia románica que visita está en el Norte de España, podrá generalizar
(inducir) que todas las iglesias románicas están en el Norte. Inducir es poner en el
campo de la atención cierto número de observaciones particulares, como
fundamento de una afirmación general.
Existen dos tipos de inducciones:
a. Completas, que nos permiten afirmar algo con precisión:
Todo S es P
Todo S menos S4 y S5 son P
Son concluyentes cuando carecen de excepciones. Lo que se afirma del grupo
vale para cada individuo.
b. Incompletas, en las que no podemos ser precisos, porque ignoramos cómo
se comportan las excepciones:
Todo S es probablemente P.
El 84,6% de todos los S es probablemente P.
No sabemos si lo que se afirma del grupo valdrá para un individuo
determinado. Cuando hablamos del conjunto hacemos un juicio probable. Al referirnos
a los individuos solamente cabe un juicio posible. Hemos distinguido en esta variedad
las generalidades que no precisan prueba porque se presumen ciertas.
La diferencia entre ambos tipos de inducción es muy clara pero en la vida
cotidiana pueden producirse equívocos por la forma de hablar. Quien dice: Las aves
vuelan, ¿se refiere a todas las aves o sólo a las típicas? Únicamente por el contexto
en que se produce la afirmación podemos adivinar si la inducción pretende ser
categórica o plausible. Para los casos de duda anotemos esta norma: antes de poner

2
Da Silveira, Pablo, “Cómo ganar Discusiones (o al menos evitar perderlas)”,
Buenos Aires: Aguilar, 2004 (págs. 11-32).

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objeciones, el prudente pide aclaraciones. No caigamos en el error del centinela que
primero dispara y luego pregunta.
¿Es posible inducir a partir de unos pocos casos, incluso a partir de uno
solo? Sí. Es posible si se trata de un caso típico o ejemplo representativo. Las
características que corresponden a un caso típico se pueden generalizar a todos los
de su clase. Por ejemplo: para concluir que los cuchillos de plástico (todos) se rompen
sin necesidad de violentarlos, no precisamos muchas pruebas. Basta con una o a lo
sumo dos experiencias para afirmar que lo observado puede aplicarse a todos los
miembros de la misma clase.
S es P por ser S
Luego, probablemente todo S será P
Quiere decir que mi cuchillo de plástico se rompe por el mero hecho de ser un
cuchillo de plástico, esto es, que su composición es razón suficiente de su fragilidad.
En consecuencia, puedo suponer que lo mismo ocurrirá con todos los de la misma
clase, porque todos comparten la misma razón suficiente.

La inferencia deductiva opera al revés. La deducción es una forma de


inferencia que de lo general conocido extrae consecuencias para lo particular
desconocido. Si lo que uno afirma como conclusión se refiere a un caso dudoso, por
ejemplo: Supongo que la iglesia de Villa Peperino está en el Norte, podrá sostenerlo
buscando amparo en una regla (generalización) conocida:
Todas las Iglesias románicas están en el Norte.
La iglesia de Villa Peperino es románica.
Luego la iglesia de Villa Peperino está en el Norte.
Del contenido de las premisas deducimos la consecuencia. Aquí no es
necesaria la observación. Nos apoyamos en lo conocido. Por eso, aunque no
conozcamos Villa Peperino ni de nombre, sabemos que si las premisas son ciertas la
conclusión ha de serlo también, porque deriva necesariamente de ellas (está
prefigurada en ellas).

Según me dicen, todos los diputados tienen al menos 35 años,


Y el señor Fernández, al parecer, es diputado,
Luego el señor Fernández tiene al menos 35 años.

Si uno logra que le acepten las premisas, todo el trabajo está hecho. El
argumento es tan fuerte que la conclusión no se puede rechazar.

Los entimemas
Es cierto que todo argumento consta de premisas y conclusión pero no siempre
aparecen de forma explícita. Es rarísimo que en las discusiones prácticas utilicemos
razonamientos completos. Lo habitual es amputarles alguna premisa o la conclusión por
considerarlas sobreentendidas. A un niño no se le ocurre argumentar:
Todos los domingos vamos al parque, hoy es domingo, entonces vamos al parque.
A continuación no malgasta saliva en probar la primera premisa (que los domingos
van al parque), ni la segunda (que es domingo). Más bien se come todo lo obvio y reduce
el argumento a: Vamos al parque que es domingo; o dice, sencillamente: Vamos al
parque.
Importa mucho la economía expresiva. Nos gusta decir las cosas con rapidez, aligerar el
discurso y que se nos capte al vuelo. Hablamos para círculos de iniciados (familia, trabajo,
política). Estamos habituados a suprimir todo lo que parece innecesario.
El entimema es un argumento truncado, al que le falta alguna de las piezas. Se
emplea cuando una proposición es tan obvia que se puede dar por sobreentendida.
Veamos el argumento: Todos los embusteros son cobardes. Juan es un embustero. Luego
Juan es un cobarde. Se puede prescindir de la primera premisa: Juan es un embustero,
luego es un cobarde. Puede faltar la segunda premisa: Todos los embusteros son

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cobardes, luego Juan es un cobarde. Podemos evitar la conclusión: Todos los embusteros
son cobardes y Juan es un embustero.
Es muy frecuente la supresión de la primera premisa, porque en la mayor parte de
los casos se trata de una verdad general que no precisa ser expuesta ni defendida: No
están en casa porque no veo que esté su automóvil. Se da por supuesto que la ausencia
del coche significa que no están en casa. Por lo general, no es preciso demostrar lo que se
considera como lugares comunes, cosas que se dan por sobreentendidos, con lo que la
argumentación se reduce a lo sustancial, por ej: Mi propuesta es más barata.
No se suprime la primera premisa sólo por ser obvia. En ocasiones se hace por
prudencia. Puede ser muy difícil concretar las verdades generales, dotarlas de un ropaje
formal. Requiere una capacidad de definir que no todos poseemos. Además puede ser
peligroso, como ocurre con toda definición en la que cualquier detalle, cualquier resquicio,
da pie a la réplica de nuestro interlocutor.
Faltan las dos premisas en muchos mensajes publicitarios reducidos a la
conclusión:
Tata te sirve. Se supone que nos sirven los productos de calidad y baratos, y que Tata los
vende. Con frecuencia el argumento se reduce a la segunda premisa: [El mejor detergente
es el que lava más blanco] Lavol lava más blanco. [Lavol es el mejor detergente].
Así ocurre en cualquier debate en que las posiciones de los contendientes y, por tanto, sus
conclusiones sobre el tema en cuestión, son conocidas (uno está a favor y el otro, en
contra).
Cuando la conclusión de cada parte se sobreentiende y los principios o reglas son obvios,
nos limitamos a intercambiar razones. Sería absurdo y engorroso repetir las conclusiones
a cada paso.
A veces preferimos no enunciar la conclusión. Este es el caso, por ejemplo, de
quien la insinúa para dejar que la audiencia saque sus conclusiones:
— Parece que Martínez se separó de la esposa.
— (entimema) Últimamente sale mucho a bailar.
— ¿Qué tal González? Es un buen candidato para la intendencia.
— (entimema) No lo conoce nadie.
Se dice sin decir. La conclusión presumible es que no se trata de un buen
candidato.
Conviene, por muy animada que sea la discusión, no pasar por alto las
argumentaciones entimemáticas del oponente, porque las premisas sobrentendidas
pudieran ser inaceptables. Con frecuencia, especialmente en los argumentos publicitarios
y en las cuestiones morales, se suprime una primera premisa que dista mucho de estar
admitida por todo el mundo: [Sólo las personas tienen derechos]. [El feto no es una
persona]. Una mujer que aborta no lesiona los derechos de nadie. No todo el mundo
comparte la primera premisa y muchos no están de acuerdo con la segunda. Con este
argumento no se les podrá convencer.
Lo más correcto en los casos de duda es preguntar al oponente por las premisas
silenciosas: ¿es esto lo que usted supone? No es razonable iniciar la crítica de un
argumento antes de comprenderlo bien.

La inferencia hipotética, trata de explicar los hechos. Por ejemplo: En pleno


invierno y tras un fin de semana largo aparece Marta en la oficina con un saludable
bronceado. No sabemos nada más, pero a partir de ese dato concluimos
instantáneamente que ha viajado a algún lugar veraniego. Tal vez nos equivoquemos,
pero amparados en lo que sabemos de Marta, hemos escogido la mejor explicación.
No es una inducción; tampoco se trata de una deducción. Da la impresión de que nos
inventamos las cosas, pero si tuviéramos que justificar la conclusión podríamos
razonarla: Se ha puesto morena en pocos días, estamos en invierno, le gusta la
playa... La explicación más probable para estos datos es que haya estado en el
extranjero. Por eso concluimos tentativa, hipotética, provisionalmente, mientras no
dispongamos de más información, que Marta ha pasado el fin de semana en la playa,
en otro lugar. Hemos realizado una hipótesis razonable. Los hechos podrán

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confirmarla o no pero, hasta entonces, es la mejor explicación disponible. La mayoría
de los argumentos que encontramos en el mundo de cada día son hipotéticos.
Hace un siglo que Pierce ideó, para estas tres formas de inferir, un ejemplo:
Si veo que de un saco extraen un puñado de alubias y todas son blancas, induzco
que todas las alubias del saco son blancas.
Si me dan un paquete cerrado con alubias que proceden del mismo saco, deduzco,
sin verlas, que son blancas.
Si me dan un puñado de alubias y son blancas, supongo que proceden del conocido
saco de las alubias blancas (digo supongo porque tal vez existan otros sacos aunque
yo no lo sepa).
Si escribimos lo mismo en forma esquemática quedaría como sigue:
Inducción: Cada alubia que sale del saco es blanca.
Luego todas las alubias del saco son blancas.
Deducción: Todas las alubias de ese saco son blancas.
Este paquete contiene alubias de dicho saco.
Luego las alubias de este paquete son blancas.
Hipótesis: Todas las alubias de ese saco son blancas.
Las alubias que me dan son blancas.
Luego puedo presumir que vienen de dicho saco.
En general, los argumentos basados en la experiencia u observación se
expresan mejor inductivamente y se sostienen mostrando los casos individuales:
Se matriculan más coches en Trinidad que en el resto de Flores: he aquí las cifras.
Los argumentos que se amparan en leyes, reglas, definiciones, u otros
principios ampliamente aceptados se expresan mejor deductivamente, mostrando que
se puede aplicar la ley, la regla o la definición, al caso de que se trate:
Pedro debe ir de uniforme al liceo, porque el reglamento del liceo exige que los
estudiantes concurran de uniforme.
Los argumentos que dan cuenta de informaciones fragmentarias o de signos,
no tienen mejor camino que la hipótesis, y se defienden aportando razones que hagan
plausibles nuestras conclusiones:
Supuse que había un incendio porque vi salir humo por la ventana.
Creí que no habías vuelto porque estaba la luz apagada.
Es obvio que muchas cosas se pueden argumentar tanto inductiva como
deductivamente. Un niño puede observar que cada vez que se mete en la bañera
asciende el nivel del líquido (¡incluso hasta derramarse fuera!). Quien conoce las leyes
de Arquímedes puede llegar a la misma conclusión sin recurrir a la experiencia. Claro
está que ello exige que alguien (tal vez Arquímedes) se haya metido varias veces en la
bañera para establecer la ley que los demás aplicamos, por ejemplo, en el baño de los
niños. Tanto la inducción como la deducción examinan el mismo fenómeno (alguien se
mete en la bañera) y la misma con-secuencia (asciende el nivel del agua). La hipótesis
recorre el camino al revés: si sube el nivel del líquido, tal vez sea que alguien se baña.

ACTIVIDADES

Actividad 1
Responde la siguiente guía de lectura:
1. ¿Qué razones ofrece Weston para convencernos del valor de argumentar?
2. ¿Qué es la teoría de la argumentación, de que se encarga?
3. ¿Qué es la retórica?
4. ¿Por qué Da Silveira sostiene que argumentar es esencial en una sociedad
democrática? ¿Hay excepciones dentro de la sociedad?
5. ¿Cómo apoyamos nuestras convicciones, con que medios?
6. ¿Qué definición de argumentación ofrece Da Silveira? Explicar sus términos.
7. ¿Es lo mismo argumentar que demostrar? ¿Cuál es la diferencia?

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Actividad 2
Lee el siguiente texto y contesta las preguntas:

La energía nuclear no puede desarrollarse a la escala requerida y en el


plazo limitado que resta para salvar nuestro clima. Los fondos dedicados a esta
forma de energía sólo quitarán dinero a opciones más eficaces y adecuadas a
nuestras necesidades.
Otros recursos, las energías renovables y, sobre todo, las medidas de
ahorro de energía constituyen en todos los casos inversiones de mucho menor
riesgo a escala mundial y, lo que es más importante, proporcionan una respuesta
más eficaz a la crisis que encara nuestro planeta. Por lo tanto, la humanidad no
podrá evitar el cambio climático optando por la vía nuclear.

1. ¿Cuál es el tema de la argumentación?


2. ¿Cuál es la tesis defendida por el autor del texto?
3. ¿En qué parte del texto de enuncia la tesis?
4. ¿Qué argumentos aporta el autor para justificar su propia tesis?
5. ¿Consideras aceptable la argumentación del autor?

Actividad 3
Responde la siguiente guía de lectura:
1. ¿Qué es “inferir”?
2. ¿Cuáles son los tipos básicos de inferencia?
3. ¿Qué es una inferencia inductiva? Ofrece un ejemplo personal.
4. ¿Cuál es la diferencia entre las dos clases de inferencia inductiva?
5. ¿Se puede inducir a partir de un solo caso? ¿Cómo tendría que ser ese
caso?
6. ¿Qué es una inferencia deductiva? Brinda un ejemplo personal.
7. ¿Qué es lo característico de un entimema?
8. ¿Qué razones llevan a que se supriman premisas en un razonamiento?
9. ¿Es importante prestar atención a las premisas implícitas? ¿Por qué?
10. ¿En qué consiste una inferencia hipotética?
11. ¿Puedes formular la hipótesis cartesiana del genio maligno en una forma
sencilla de inferencia?

Actividad 4
Formula dos argumentos de cada tipo de inferencias. No tienes limitaciones
temáticas. Han de ser creaciones personales.

Actividad 5
En parejas:
En tu cuaderno, formula cuatro ejemplos de argumentos en forma de
entimemas. Díctale dos a tu compañer@ y pídele que formule explícitamente los
elementos ocultos del razonamiento.

Actividad 6
1. Escribe tres afirmaciones que reflejen tres opiniones de las cuales estés
convencido. La condición es que esas opiniones estén referidas a algún
asunto de interés general, como por ejemplo: el amor, la magia, la astrología,
la ciencia, Dios, la religión, la muerte, la política, la justicia, la delincuencia, el
trabajo, la felicidad, las enfermedades, el liceo, la eutanasia, los amigos, etc.…
2. Ofrece argumentos a favor de las tres opiniones que diste. Cada
argumentación no debe ser menor a un párrafo ni mayor de dos.

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3. Examina cada argumentación ofrecida y evalúa que tipo de inferencias
contienen.

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