Universidad del Valle

Vicerrectoría de Extensión
Sistema Institucional de Educación Desescolarizada

CURSO

COMPORTAMIENTO HUMANO
AUTORES:

ELSA MARIA CANDAMIL PINEDA
Psicóloga

GLORIA MARITZA GRAJALES S.
Psicóloga

Santiago de Cali , 1998

Los programas y cursos del Sistema Institucional de Educación Desescolarizada están dirigidos a todas las personas que deseen o requieran adquirir y desarrollar conceptos y métodos de estudio independiente y de autoaprendizaje apoyados por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación interactiva, principalmente a las personas que laboran o atienden núcleos familiares o comunitarios y tienen dificultades de tiempo, horario de trabajo o lugar de vivienda para realizar sus estudios universitarios en forma presencial, como también a funcionarios y empleados de entidades oficiales y privadas que requieran capacitación y actualización en su área de desempeño y en su sitio de trabajo.

CONDUCTA ANIMAL Y CONDUCTA HUMANA

CONTENIDO

TEMA 1 : Conducta instintiva y conducta aprendida TEMA 2 : Conducta agresiva en el hombre y en los animales TEMA 3 : Sociedades animales y Sociedades humanas

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COMPORTAMIENTO HUMANO

Organización social 1. Comportamiento territorial 2. Cortejo y apareamiento 3. El cuidado de la prole

OBJETIVO

Inducir al alumno al estudio del comportamiento de la especie humana desde una comparación que aporta nuevos e interesantes conocimientos y que muestra mayor complejidad al relacionarla de una manera reflexiva con el comportamiento animal.

TEMA 1: CONDUCTA INSTINTIVA Y CONDUCTA APRENDIDA

Podemos definir la conducta simplemente como la respuesta de un organismo al medio ambiente. Toda forma de conducta , sea simple o compleja, es una

reacción a los estímulos.

La conducta de muchos animales es muy compleja y a menudo difícil de interpretar. La respuesta de un animal a una situación dada está limitada por su

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estructura física y por el grado de desarrollo de su sistema nervioso. Su conducta está regida en gran parte por los procesos evolutivos que ha formado la especie a la cual pertenece. El hombre, en comparación con ellos, es en extremo adaptable y puede variar sus respuestas para entrar en relación con una variedad de estímulos mucho mayor. (Carthy, 1970, págs. 17-18)

Tinbergen (citado por Cruells, 1985, pág. 22) define instinto como un mecanismo nervioso, jerárquicamente organizado, sensible a determinados estímulos -tanto externos como internos- que lo cargan, desencadenan y dirigen, y que responde a tales estímulos con movimientos coordinados que contribuyen a la eficacia biológica del individuo y de su prole.

MÜller (citado por Katz, 1961, pág. 253) lo define como la disposición psicofísica basada en la herencia, con mucha frecuencia completamente formada inmediatamente después del nacimiento y otras veces solamente después de cierto período de desarrollo, disposición que lleva al animal a prestar una atención particular a cierta clase de objetos o en ciertas situaciones, y, después de haberlos percibido, a sentir una incitación hacia una actividad definida en relación con ellos.

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Podemos definir el INSTINTO entonces, como una disposición natural, interior, determinada y automática, común a todos los individuos de una misma especie, independientemente de la educación, de la reflexión y de la imitación.

En esencia, el comportamiento instintivo no debe nada a la experiencia aunque a veces puede modificarse por el aprendizaje en alguna medida. El comportamiento instintivo es innato, es decir, está ya presente al nacer el individuo.

En muchos aspectos, el instinto es la característica mas importante de la conducta animal. Esto lo podemos entender si reflexionamos acerca de la clase de vida que muchos animales llevan.

Por ejemplo, muchos de ellos emergen a partir de unos huevos que los padres abandonaron tiempo antes y, sin ayuda ni protección de nadie, ya desde el comienzo de su vida, deben comportarse de la forma adecuada si quieren tener alguna posibilidad de sobrevivir. El comportamiento adecuado debe haberse

elaborado en sus propios cuerpos desde el principio, es decir, debe ser instintivo.

Una oruga debe ser capaz de responder de la forma adecuada ante una planta alimenticia, ante una amenaza de peligro y ante las señales internas que le indican que se acerca el momento de transformarse en crisálida. Cuando emerge de la

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crisálida en forma de mariposa debe ser capaz instintivamente de volar, de localizar fuentes de alimento completamente distintos y de ingerir gracias a una trompa completamente distinta a las mandíbulas que poseía en la fase de oruga. Debe ser capaz de identificar los miembros del sexo opuesto de su propia especie y de aparejarse con ellos. Todo esto y más lo realiza por instinto.

Para la gran mayoría de animales, el instinto es el único componente importante de su conducta. En cuanto a los demás, si bien el instinto no es el único

componente, es con mucho el de mayor importancia.

Sin embargo, incluso en animales relativamente inferiores, el instinto puede ser a veces modificado por la experiencia.

Un ejemplo de esto lo constituyen algunos pájaros cantores que se alimentan instintivamente de insectos. Cuando aquellos encuentran por primera vez insectos que disponen de mecanismos defensivos eficientes, como aguijones o sabores desagradables, y que presentan a la vez una coloración de aviso, estos insectos son tratados al principio como alimento. Sin embargo, una vez que el pájaro ha experimentado el mecanismo de defensa de los insectos no se alimentará mas de éstos.

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En conclusión, el instinto de alimentación desencadenado por la vista de un insecto se ha inhibido en ciertos aspectos gracias a la experiencia : el pájaro ha aprendido.

El instinto es irrazonable e inflexible, y en ocasiones puede llevar a un animal por mal camino. desarrollado Probablemente esta es la razón de que los animales hayan la capacidad de aprender. Un animal capaz de aprender tiene

mayores posibilidades de supervivencia que otro animal gobernado solamente por su instinto.

Entre aquellos animales cuyos padres - por lo menos uno de ellos - toman el cuidado de la prole durante la primera parte de sus vidas, el aprendizaje puede representar un papel todavía mas importante.

Konrad Lorenz ha mostrado que los ansarinos atraviesan una fase crítica durante las primeras horas de su vida en las cuales aprenden, observando a la madre, la especie a la cual pertenecen y con la cual deben asociarse y eventualmente alimentarse en el futuro.

En este caso se da claramente una tendencia hereditaria a aprender una cierta lección en un cierto período de la vida. Ello indica las dificultades que se dan

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continuamente cuando se intenta distinguir entre pautas de conductas instintivas y aprendidas.

Algunas formas de conducta que aparecen súbitamente en animales muy jóvenes son, a pesar de todo, aprendidas, y otras formas de conducta que aparecen mas lentamente en la vida posterior pueden ser instintivas. Un ejemplo de esto último puede encontrarse en las ceremonias de cortejo que son completamente instintivas pero que solo aparecen en su total intensidad en individuos maduros.

La distinción entre comportamiento aprendido e instintivo es a menudo imposible y, de hecho, es dudoso que pueda hacerse una distinción completamente rígida entre ambos.

La conducta está estrechamente vinculada al sistema nervioso central.

Las

especies superiores cuentan con sistemas nerviosos mas complejos que las especies inferiores. orgánico heredado, Sin embargo, aun siendo el sistema nervioso un ente esencialmente determinado en sus características

constitutivas por la herencia biológica, una mayor complejidad cerebral no implica mas cantidad de comportamientos instintivos, por el contrario, son muchos los casos en que sucede exactamente lo contrario.

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La hormiga y la abeja protagonizan ejemplos de comportamientos sumamente complejos. Las conductas de los individuos en esos casos dan lugar incluso a organizaciones sociales sumamente estructuradas. Es frecuente oír hablar de la “inteligencia” de estos animales, los cuales se comportan así desde el mismo instante de su nacimiento.

¡Cuanta diferencia con el hombre ! Especialmente cuando nace. Entonces su torpeza es infinita. Sabe hacer tan pocas cosas, cuenta con tan escasos

comportamientos instintivos, que durante muchísimo tiempo mas que cualquier otro animal, precisa de ayuda y protección continua incluso para sobrevivir. En cambio, su sistema nervioso central es infinitamente mas complejo que el de la hormiga o la abeja , qué sucede pues ?

Sucede que las especies que cuentan con un cerebro muy desarrollado se diferencian de los dotados de un sistema nervioso mas simple no tanto en las conductas instintivas que heredan, sino en los comportamientos que pueden adquirir.

SON LOS APRENDIZAJES POSIBLES LOS QUE HACEN DISTINTAS A LAS ESPECIES

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La abeja ostenta unos comportamientos complejísimos pero son los únicos que puede realizar. Prácticamente su conducta está determinada genéticamente.

Esta sometida al determinismo biológico.

En consecuencia, el desvalimiento del animal superior, el hombre, en el momento de su nacimiento es un signo patente de lo mucho que puede aprender y también de lo mucho que puede crear.

Así pues, el hombre hereda -eso sí- un cerebro que le permite realizar multitud de aprendizajes y, gracias a ellos, convertirse efectivamente en el ser superior que sin duda es.

REVISE Y DISCUTA SUS INQUIETUDES CON SU GAES !

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VEA LECTURAS OBLIGATORIAS : No. 1 El instinto, concepto clave de la Etología Lo que se sabe y lo que se aprende Innato, aprendido, congénito o adquirido ?
Eduardo Cruells

No. 2 Conductas Innatas Conductas Innatas y Aprendidas Josep Toro Trallero

No. 3 Conducta instintiva en el hombre y en el animal
David Katz

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TEMA 2 : CONDUCTA AGRESIVA EN EL HOMBRE Y EN LOS ANIMALES

No es nueva la idea de que el comportamiento humano agresivo puede ser interpretado útilmente a la luz de los estudios animales.

Preguntémonos entonces, ¿ por qué luchan o por qué se agreden los seres vivos unos contra otros ? Para partir, tomemos la definición que da Lorenz sobre

agresión : instinto que lleva al hombre como al animal a combatir contra los miembros de su misma especie. (Lorenz, 1984).

Lorenz nos introduce dentro de dos aspectos ; la agresión como un instinto y la agresión como un combate contra miembros de la misma especie. Entonces tenemos que el comportamiento agresivo es aquel mediante el cual un animal causa daño a otro o bien intenta o amenaza con causarlo.

¿Este combate qué puede implicar ? ¿Qué querrá decir ? Podemos entender por combate la lucha o enfrentamiento que se da entre individuos por diversos aspectos o diferentes motivos. Esta lucha o enfrentamiento es posible verla desde las especies de animales mas inferiores hasta la especie de animal mas superior que es el hombre.

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Pero, ¿es esta lucha igual para todas las especies ?

Podemos dar como

respuesta un rotundo no. Estas luchas dentro de las especies dependen de la organización que tengan pre-establecida dentro de cada una de ellas. Sin

embargo, es sorprendente encontrar que la especie en la cual la agresión se maneja en el nivel mas alto, es en la especie humana.

Este nivel mas alto de lucha lo podemos entender como la agresión hasta tal punto que conlleva la muerte del agredido. Muy por el contrario, encontramos que en los animales las conductas agresivas tienden, más que a propinarle la muerte a su contendor, a dejar claramente establecido quién es el mas poderoso, quién es el dueño del territorio, etc. Sus conductas agresivas no pretenden, en la mayoría de los casos, aniquilar por completo sino establecer el poder.

Es por esto, que en sus combates se han observado conductas que muestran la amenaza, la exhibición, la sumisión y la pacificación. medio de estas conductas, quien ha ganado la pelea. Se dan a entender por

El comportamiento agresivo en los animales es pues, una consecuencia de la competencia que existe entre ellos por los diversos recursos del ambiente : comida, pareja sexual, territorio, etc.

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En la especie humana podemos encontrar afinidades con estos comportamientos animales. Sin embargo, la agresión en los humanos tiene también otros componentes que la hacen más compleja. Uno de estos componentes es el de la tecnología de las armas. La posibilidad que tiene la especie humana para construir y utilizar instrumentos que sirven de armas para atacar, agredir o derribar al contendor, es exclusiva de ella y marca una diferencia inmensa de la lucha agresiva entre animales y hombres.

También es importante diferenciar entre agresión, lucha, guerra y muerte, que, aunque se encuentren estrechamente ligadas o relacionadas, tienen sus diferencias y nos introducen en otros campos distintos a los de los animales.

De cierta manera pareciera que el comportamiento agresivo en las especies animales se encuentra regulado por diversos mecanismos ; pues ellos han logrado convivir pese a todo. Es importante entonces preguntarnos si a pesar de nuestras diferencias con los animales, tenemos también aquel mecanismo regulador de la agresividad o si debemos empezar a construir o a reconstruir alguno para no terminar con la humanidad ni con la vida entera en el mundo.

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En el hombre, que ha modificado por sí mismo y con demasiada rapidez sus propias condiciones de vida, el impulso agresivo produce a menudo resultados desastrosos, pero otro tanto hacen otros instintos, aunque de forma menos impresionante (Lorenz, 1984)

VEA LECTURAS OBLIGATORIAS :

No. 4 La agresividad en el hombre.
Hillary Callan.

No. 5 Donde la maldad sirve para algo bueno. La espontaneidad de la agresión Predicando la humildad Ecce Homo Confesión de esperanza
Konrad Lorenz

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¡ REFLEXIONE SOBRE ESTA GUIA Y DISCUTALA CON SU GRUPO GAES !

TEMA 3 : SOCIEDADES ANIMALES Y SOCIEDADES HUMANAS

Así, mismo como se ha incrementado el interés por la sociología humana, ha tenido gran auge la sociología animal. Podemos afirmar que esto es debido en gran parte al descubrimiento de que el comportamiento humano y el animal tienen facetas comunes, posibles de investigar científicamente.

Se puede definir sociedad como la unión de dos o más individuos para alcanzar un fin determinado. La sociedad solo existe cuando un grupo está integrado o coordinado en alguna medida.

Las sociedades humanas se integran y evolucionan en gran parte por el aprendizaje, mientras que las sociedades animales lo hacen por instinto. Dentro de esta diferencia hay reacciones humanas muy similares a reacciones animales.

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El llanto de un niño pequeño se puede comparar al piar de los polluelos en el nido. La sonrisa es una señal humana compleja, pero a veces sirve para aplacar la agresividad, como ocurre con la señal de sumisión de los lobos.

1. ORGANIZACIÓN SOCIAL

En ocasiones los animales se agrupan sólo porque coinciden en lugares de condiciones ambientales especialmente favorables, como cuando un tropel de moscas se aglomera sobre un trozo de carne dañada. Estas agrupaciones de animales por simple concurrencia, no merecen el calificativo de sociedades, se denominan agregaciones.

Para que una agrupación de animales pueda considerarse como social es necesario que exista una atracción mutua entre los individuos que la componen.

Llama especial atención el alto grado de organización de ciertas hormigas (Pheidole y Messor), quienes sorprenden con la forma de procesar su alimento para luego almacenarlo. Igualmente se admira las sociedades formadas por las abejas, de las cuales somos en cierta forma parásitos al recoger el fruto de su paciente labor y gran organización : la miel.

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La especialización y división de funciones son características comunes en las sociedades formadas por los insectos.

Las sociedades de insectos son, después de la humana, las más complejas del mundo animal. Entre ellas se destacan por su complejidad las de las hormigas y las abejas.

La comunicación constituye parte importante dentro de la organización de las sociedades animales. Esta actividad se había considerado exclusiva del hombre, pero en éste siglo se ha podido constatar que también existe entre los animales.

Una importante forma de comunicación social nos la muestran las abejas comunes ; cuando una obrera vuelve a la colmena cargada de néctar y polen ejecuta una danza especial en la entrada. Con dicha danza comunica a las demás obreras la distancia y dirección a seguir para encontrar el sitio donde localizó su carga.

Es muy difícil comparar el complejo sistema de comunicación de los animales dictado por el instinto- con la comunicación del ser humano, pues el hombre es un ser que piensa, que habla y que tiene una inteligencia que lo ha llevado a crear

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numerosos sistemas simbólicos como el lenguaje y la escritura, además de sofisticados medios de comunicación, que le han permitido transmitir su pensamiento y sus intenciones.

Dentro de su organización social las especies animales también desarrollan una especie de sentido comunitario. Entre las aves, se distingue la organización de los pingüinos, quienes reúnen a sus crías en una especie de guardería infantil, así las crías pierden menos calor que si estuvieran dispersas. Todos los adultos de la comunidad contribuyen indistintamente a la alimentación de los jóvenes, los cuales pasan así a depender de la comunidad y no sólo de sus padres.

A diferencia del animal que se organiza por instinto, el hombre ha construido a través de su historia múltiples formas de organización social y cada uno de nosotros ha aprendido a comportarse o a reaccionar ante determinados eventos de acuerdo a los modelos de la cultura, la sociedad y la familia a la cual hemos pertenecido.

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VEA LECTURA OBLIGATORIA No. 6 :
SOCIEDADES HUMANAS John Bonner

2. COMPORTAMIENTO TERRITORIAL

El territorio puede definirse como el área exclusiva de espacio que un individuo o un grupo defiende contra la intrusión de otros miembros de su misma especie. Puede ser defendido por un individuo, por una pareja, por una familia o por un grupo que actúa de común acuerdo.

La forma de delimitar la posesión varía mucho según la especie. Algunas aves cantan para proclamar su territorio ; ciertos insectos patrullan sus terrenos y

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expulsan a los intrusos ; los mamíferos recurren a bramidos o a señales olfativas y visuales para enterar a los extraños de que el terreno ya está ocupado.

En cada encuentro entre el propietario del territorio y un intruso, el propietario vence casi siempre. En el comportamiento animal los conflictos territoriales

terminan muy raramente con la muerte ; aunque pueda haber muchas confrontaciones, casi nunca tienen consecuencias mas serias que la huida del intruso.

El hombre también es una especie territorial. Nuestras leyes, nuestras tradiciones culturales, hacen cumplir un principio de profunda herencia biológica. Así, de

recibir algún castigo por dar muerte a un hombre que se ha introducido en nuestra casa, aquel será muy pequeño. En cambio, si le matamos en el territorio neutral de la calle, se nos considerará asesinos.

3. CORTEJO Y APAREAMIENTO

Para toda especie es esencial que la reproducción pueda ser llevada a cabo con éxito. Desde un punto de vista biológico, una especie es tanto mas “fuerte” o eficaz, no cuanto más potente resulte físicamente, sino cuantos mas hijos fértiles pueda tener. La mayor parte de los animales necesitan una pareja para poder criar, y esta pareja ha de ser de su misma especie.

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Aunque no haya contacto físico entre los dos sexos, como en el caso de la fecundación externa que realizan algunos animales en el agua, es necesaria una sincronización máxima de las épocas de celo de los dos sexos para asegurar que halla espermatozoides cuando existan óvulos en condiciones de ser fecundados.

Cuando la fecundación es interna, como ocurre en la mayoría de animales terrestres, es necesario que puedan reconocerse entre sí los machos y hembras de la misma especie para asegurar que la unión pueda dar hijos fértiles.

Por ello, gran parte del galanteo está relacionado con el reconocimiento específico mutuo ; cuando falta este reconocimiento, no se da el apareamiento. El ritual del cortejo varía mucho según las especies ; algunas utilizan sonidos, movimientos, colores, etc., para atraer al individuo del sexo opuesto.

El galanteo tiene como consecuencia además, el aislamiento reproductivo de las especies. Los mecanismos de reconocimiento y galanteo aíslan las especies

debido a que tanto los estímulos como las respuestas que determinan este reconocimiento son estrictamente específicos, es decir, son exclusivos de cada especie.

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COMPORTAMIENTO HUMANO

VEA LECTURA OBLIGATORIA No. 7 :
EL ARBOL DEL CONOCIMIENTO Herbert Wendt

4. EL CUIDADO DE LA PROLE

Desde el punto de vista de un biólogo, las especies vivientes existen fundamentalmente para sobrevivir. Para que las especies sobrevivan es

necesario que cumplan muy bien las siguientes funciones : ser muy eficientes en la obtención de alimentos, en la huida del peligro y, sobre todo, en la reproducción.

Así mismo, la supervivencia de las especies depende fundamentalmente de una reproducción eficaz . Muchos animales logran mantener su número a base de dejar gran cantidad de descendientes de los cuales unos pocos sobrevivirán. Otros animales, tienen solo un reducido número de hijos, pero éstos sobreviven en su mayor parte gracias al cuidado y protección que les dedican sus padres.

En cuanto al cuidado de los hijos, mientras que hay especies que desde que nacen tienen que sobrevivir por sí solas (guiadas por el instinto), hay otras donde los progenitores se turnan para cuidarlos, asearlos y alimentarlos.

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Es frecuente entre los mamíferos la constitución de grupos similares, en cierto modo, a las familias humanas. En aquellos, como en éstas, la asociación cumple, en especial, la finalidad de proteger y adiestrar a la prole. Así ocurre en el caso del león quien durante bastante tiempo alimenta a sus crías y las inicia en el complicado arte de la caza.

Los jóvenes mamíferos tienen una marcada capacidad para aprender, por lo que pueden adquirir una gran cantidad de experiencia que, en su vida futura, les permitirá dirigir algunas de sus acciones mediante la inteligencia.

Cuantas mas cosas deba aprender una especie, tanto mas prolongado será el período en que los jóvenes dependerán del cuidado paterno.

El máximo período se alcanza en el caso de nuestra propia especie, el hombre, y no es ninguna coincidencia que seamos los animales con mayor capacidad de inteligencia.

¡RECUERDE QUE LA ORGANIZACIÓN DE SU TIEMPO ES FUNDAMENTAL PARA LOGRAR UN BUEN DESEMPEÑO EN EL CURSO!

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VEA LECTURA OBLIGATORIA No. 8 :
CONDUCTA ANIMAL Y CONDUCTA HUMANA Michael Boorer

VEA LECTURAS COMPLEMENTARIAS :
No. 1 Monos Aulladores Sociedades y Evolución Focas Ciervos Castores Insectos Sociales Hormigas Soldado Termes John Bonner El lenguaje de los animales Juan P. Martínez. El comportamiento territorial Juan P. Martínez

No. 2

No. 3

No. 4 En qué se reconocen El cortejo entre los animales El apareamiento de los animales ¿Cómo saben ellos cuando es época de apareamiento ? Eberhard Weismann

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COMPORTAMIENTO HUMANO

Por medio de un escrito elabore una comparación entre el comportamiento animal y el comportamiento humano. Para ello, debe basarse en la

información contenida en ésta unidad, en las lecturas obligatorias y en otras fuentes que usted considere convenientes.

Recuerde que lo importante es que usted asuma una posición propia frente a dicha temática.

Si su posición es similar a la de algún autor consultado, es pertinente que sus argumentos sean bien justificados.

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UNIVERSIDAD DEL VALLE
Sistema Institucional de Educación Desescolarizada
CURSO: VICERRECTORÍA DE EXTENSIÓN

COMPORTAMIENTO HUMANO
LECTURAS RECOMENDADAS

Santiago de Cali, 1998.
Los programas o cursos del Sistema de Institución de Educación Desescolarizada están dirigidos a todas las personas que deseen o requieran adquirir y desarrollar conceptos y métodos de estudio independiente y de autoaprendizaje apoyados por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación interactiva, principalmente a las personas que laboran o atienden núcleos familiares o comunitarios y tienen dificultades de tiempo, horario de trabajo o lugar de vivienda para realizar sus estudios Universitarios en forma presencial, como también a funcionarios y empleados de entidades oficiales y privadas que requieran capacitación y actualización en su área de desempeño y en su sitio de trabajo.

LECTURA RECOMENDADA No. 1

MONOS AULLADORES
Sociedades y Evolución Focas Ciervos Castores Insectos Sociales Hormigas soldado Termes
Por: Jhon Borner

MONOS AULLADORES

El aire tiene una serena frescura (con un aroma ligeramente antiséptico a tizón) y entre los cerros la bruma gris se posa densa y baja sobre la selva gris y verde a la luz del alba. El lago Gatún, parte central del Canal de Panamá, se extiende allá abajo con su agua gris y un tanto rizada, y detrás de los edificios está la densa selva de la isla Barro Colorado, cuyo silencio sólo interrumpe el goteo del rocío y la humedad de los árboles.

Entonces hiende, de pronto, la empapada quietud del aire un ronco, rugiente y prolongado aullido gutural a lo lejos en la espesura. Sigue a éste otro, y después otro más en distinta dirección, y esto significa que dentro de poco la niebla y la quietud habrán de disolverse y se levantará el tórrido sol, porque los monos aulladores hacen sus llamados y han iniciado su día.

En la selva, los corpulentos árboles abrazan sus ramas en un espacioso techo a modo de una gigantesca pajarera y el sol se filtra en pequeños haces hasta el suelo, demasiado escaso para que los pastos y los arbustos crezcan mayormente, y el suelo aparece prácticamente desnudo, a parte de las hojas secas y el humus.

A lo largo del sendero, toda suerte de animales

Entonces se inicia el festín vespertino, que puede continuar hasta las seis de la tarde, cuando busca un “alojamiento” conveniente o un árbol donde pasar la noche.

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Todo el proceso de alimentación, si bien se realiza sin prisa y de manera deliberada, depende por completo de la locomoción de los monos. El mono aullador se desplaza por las ramas con las cuatro extremidades, tomándola con las manos de manera que el pulgar y el índice quedan separados de los tres dedos restantes, pero en los pies el pulgar se opone a los otros cuatro dedos en forma muy semejante de nuestras manos. La cola es prensil y curva siempre lista para asirse, y la utilizan activamente en los ascensos más difíciles, como también para espantar las moscas y durante el cortejo.

El movimiento de cada mono suele ser bastante tranquilo comparado con los monos capuchinos. Los aulladores no saltan locamente por el aire ni se lanzan desde gran altura, sino que avanzan con mucha prudencia. Esto se pone especialmente en evidencia cuando los aulladores pasan de un árbol a otro, porque buscan las dos ramas más próximas para hacer un puente. Si la distancia es grande, el adulto agita una de las ramas para acercarla periódicamente y saltar en el momento preciso. Más interesante todavía, es ver el mono adulto cuando ayuda a un mono joven a saltar de una rama a otra. El adulto se toma de un árbol con las manos y de otro con los pies, formando así un puente para que el joven cruce fácilmente sobre su espalda.

Los monos aulladores pasan casi la vida entera sobre los árboles y durante todo el tiempo que Carpenter estuvo con ellos, en una ocasión los vio saltar desde tierra cerca de un arroyo, y hay algunas otras versiones ocasionales. También se sabe que nadan si es necesario, pero tales observaciones fueron igualmente raras.

El hecho de que los aulladores siempre se trasladan de un árbol a otro por la vía más segura es muy valioso para el observador, porque ocultándose cerca de uno de estos puentes es posible ver llegar los animales uno por uno, lo que facilita
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mucho el redescuento de cualquier grupo en particular. Una cuestión que Carpenter estudió cuidadosamente fue si existe una secuencia definida en la cadena de individuos que pasan de un árbol a otro. Mirando numerosos grupos y observando muchas veces al mismo grupo, halló que existen grandes variantes, pero por lo común los machos tienden a ser los primeros (aunque ninguna secuencia de machos fue constante) y las hembras con sus hijos los siguen al final de la procesión. Sin embargo no es raro hallar a una hembra, inclusive con su hijo, al frente de la tropa.

Barro Colorado es una isla que tiene unos 5 kilómetros de diámetro, aunque quizás, debido a su costa irregular y a su terreno montañoso, sea más exacto decir que su superficie es algo menor de 1.600 hectáreas. En esta pequeña superficie, Carpenter consiguió estudiar no solo uno o varios grupossino todos los clanes de aulladores de la isla. En contró que el tamaño de los clanes varía de 4 a 35 monos, siendo el promedio de 17. Cada uno de estos clanes tiene un territorio que defiende y mantiene libre de los clanes vecinos. El primer reflejo de estos agrupamientos se puso en evidencia en los aullidos del alba, porque con sus aullidos cada grupo probablemente establezca su posición en reñación con los grupos vecinos. Los “países” o territorios mismos de los monos solo tienen límites aproximados y se superponen siempre que dos grupos estén a suficiente distancia. Si, como sucede en ocasiones, los clanes se acercan, se produce un enorme baraúnda de ambas partes y los machos de ambos clanes se muestran muy excitados y furiosos. Hasta las hembras ladran y los pequeños chillan. Pero los clanes rivales nunca llegan realmente a pelearse. Es una batalla vocal, y en seguida los grupos se separan y se tranquilizan. Los animales recurren con frecuencia a las baladronadas en actividades bélicas, como defender territorios, lo cual tiene la ventaja evidente de evitar derramamientos de sangre y pérdidas de vida. Los rugidos de los monos aulladores, aunque ruidosos y desagradables en último análisis son inofensivos y sirven para mantener distanciados a los clanes.
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Al defender un territorio, los machos no solamente preservan su alimento sino sus hembras de las incursiones de los merodeadores. La reproducción (en el sentido de la producción de nuevos monos individuales y no la formación de nuevos clanes, que será tratada mas adelante) es una importante fuerza unificadora en la estructura del clan.

Las hembras no son receptivas en todo momento sino solo durante breves períodos recurrentes de celo que pueden durar dos o tres días. Cuando una hembra del clan inicia uno de estos períodos, uno de los machos se muestra muy interesado por ella. Los dos monos se colocan frente a frente y extraen e introducen rápida y rítmicamente la lengua, con movimientos hacia arriba y hacia abajo. La hembra se agacha entonces sobre la cuatro extremidades con el anca en alto y accesible, y el macho monta rápidamente da una serie de rápidas embestidas, durando todo el proceso de la copulación apenas treinta segundos. A los diez minutos vuelven a copular, aunque al poco tiempo el intervalo entre las copulaciones se prolonga, y al suceder esto los machos se tornan agresivos e interesados, mientras que el interés de la hembra se mantiene invariable. Al poco tiempo se la ve iniciando los movimientos de lengua y colocándose ante él, hasta que éste muestra señales de estar completamente saciado y se aleja o gruñe ante las provocaciones de la hembra. Entonces busca otro macho en el clan y éste permanece como un consorte mientras pueda. No aparece haber un original sentido de propiedad en lo tocante a ninguna hembra dada con ningun macho en particular, sino que el intercambio es muy completo dentro del clan. Si embargo, una vez que la hembra se aparea con un macho, sigue con él hasta agotarlo. Carpenter observó que en una ocasión dos machos abordaron simultáneamente a la misma hembra, y el macho que fue mas rápido y copuló primero que ella, siguió siendo su compañero por muchas horas. Además es interesante destacar que a

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menudo, cuando hay mucha conmoción y gritos entre dos clanes que tienen un conflicto territorial, en la excitación algunos monos copulan.

A diferencia de muchos animales sociales, el macho no es un autócrata dominante, porque el clan se basa en un sistema de participación e intercambio en términos de igualdad. En ocasiones, algunos machos viejos exhiben cierta dominación pero no en una medida comparable con otros monos. En la versión de Zuckerman sobre el antropoide de Hamadryas, mencionado en el primer capítulo los machos tienen harenes y según su supremacía en la colonia poseen una o muchas esposas. Además se ven muchos machos solteros que se vínculan al harén, pero no se les permite tocar las hembras y el fiero amo vigila para que no lo hagan. En el cautiverio la lucha por el poder, o sea por las esposas es tan violenta que se producen muchas muertes, y la mayoría de las veces la víctima es la pobre hembra subyugada por la cual pelean. Además, si se arroja alimento a una familia de antropoides de Hamadryas, solo el amo come mientras sus esposas, hijos y solteros asociados ni siquiera se atreven a acercarse a la comida. Los otros solo comen si hay alimento en abundancia y siempre que el amo haya terminado. En comparación, el mono aullador es modesto y amable ; hay alimentos de sobra para todos y no se lucha por ellos; hay suficientes hembras para satisfacer la sexualidad de todos los machos, y aunque no fuese así, su generosidad para compartir bien podría compensar la deficiencia.

Cuando nace un cachorro, la madre lo cuida asiduamente durante prolongados períodos. Carpenter describe un alumbramiento en momentos en que un clan se traslada de un árbol a otro. De pronto se produjo un ruido extraño a retaguardia de la tropa ; que terminó con un semigruñido y semigemido. Los machos que encabezaban el grupo se detuvieron inmediatamente y regresaron. Entonces se vio a la madre con un cachorro amarillo grisáceo, pequeño y muy mojado. Durante una hora, hasta que llego la noche, se vio a la madre lamiendo y acariciando a su
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recien nacido, y levantándolo de vez en cuando por la cola para limpiarle las regiones traseras. Otras hembras rodearon a la madre y quisieron examinar y tocar al bebé, pero ella les volvió la espalda y calladamente trató de disuadirlas. El recien nacido se aferra inmediatamente a su madre, primero del vientre, tomándose de los largos pelos de los costados de su cuerpo, pero después de un mes adquiere cierta agilidad y viaja montando sobre la zona inferior de la espalda, lo cual facilita mucho la libertad de movimientos de la madre. El pequeño empieza a hacer cortas excursiones por las cercanías, pero al principio las mismas son muy breves y ella siempre lo vigila cuidadosamente, a veces tomándolo de la mano. Solo a los seis meses el cachorro camina solo, pero aun así nunca se aleja de su madre. El destete se produce recién a los dieciocho meses del nacimiento, y el joven aullador no puede considerarse independiente por completo hasta que tiene unos tres años de edad.

Lamentablemente la manera como se forman nuevos clanes es menos conocida. El tamaño de los grupos varía considerablemente - de 4 a 35 individuos - y es posible que cuando un clan alcance cierto tamaño se divida en dos. Carpenter ha visto con frecuencia un clan grande dividirse temporalmente, y es probable que esas escisiones temporales reiteradas conduzcan finalmente a una división permanente. En dos años sucesivos (1932 - 1933) Carpenter hizo un censo de la isla y halló que hubo un aumento de 23 a 28 grupos en un año, lo cual habría ocurrido mediante escisión. Es interesante, aunque también desconcertante, que hace poco los zoólogos Collias y Southwick hicieron otro censo en Barro Colorado y hallaron 29 grupos, pero en vez de 17 como número medio de individuos por clan, como había hallado Carpenter, solo había 8. Se sabe que las poblaciones de monos aulladores pueden ser diezmadas por la fiebre amarilla selvátca, y los autores sugieren que esta gran merma enfermedad reciente, pero los elementos de juicio son bastante inciertos.

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Un hecho curioso que revelan estos recuentos de la población es que el número de hembras adultas es mayor del doble que el de machos adultos. No se conoce la causa de esto : podría suceder que haya una mayor incidencia de nacimientos de hembras debido a factores como una mayor mortalidad intrauterina de machos, o podría ser que por algún motivo la mortalidad infantil de los machos sea mayor. Otro factor que explicaría en parte la disparidad, es que muchas veces los machos se aíslan de los grupos y deambulan como solteros, solos, en la selva. A veces estos solteros tratan de ingresar en un clan y son vigorosamente rechazados por los machos, pero se presume que si pueden seguir a un clan durante largos períodos, a cierta distancia, esa distancia puede ir acortándose hasta que finalmente son aceptados por el grupo. Las andanzas y reagrupamientos en estos machos solitarios, indudablemente serviría de excelente mecanismo para evitar la excesiva y continua reproducción dentro del mismo clan, o sea que haría las veces de puentes genéticos entre los clanes.

De particular interés son los diversos medios por los cuales los animales se comunican entre sí, o sean los medios de coordinación e integración del clan. Los más ostensibles son los aullidos y los diversos tipos de gruñidos y ladridos que hacen : ¿Sirven realmente estos sonidos como lenguaje primitivo ? Si

consideramos como lenguaje el parloteo que simplemente trasmite una docena de informaciones distintas, entonces se trata de un lenguaje real, aunque sumamente limitado comparado con las vastas y sutiles expresiones del hombre.

Dado que, según Carpenter, por el momento sólo se conocen nueve símbolos en el lenguaje del mono aullador, sería fácil y provechoso aprender su lenguaje y, en especial, observar de qué manera integra al grupo. En primer lugar, toda perturbación de cualquier tipo, como el hombre, un aeroplano o hasta la lluvia o el viento, provocan el bajo y resonante aullido entre los machos adultos, sobre lo cual hemos hablado con frecuencia. Cuando esto sucede, las hembras emiten un
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ladrido perruno que sólo se escucha a corta distancia, y este concierto inmediatamente sume a todos los miembros del clan en un estado de ansiedad y anticipación, y los prepara para la defensa o el ataque. Además, como dijeramos previamente, sirve para delimitar el territorio de cada clan y permite reemplazar la lucha sangrienta propiamente dicha. Otro sonido, hallado entre los machos adultos, casi se lo podría considerar como el preludio de los rugidos completos, se trata de “gruñidos gorgoteantes o ruidos crepitantes” e indican ligera aprensión o alerta ante el peligro. Los otros machos del grupo repitn inmediatamente los gruñidos y parecen coordinarse para entrar en acción. También hay un tercer tipo de sonido que emiten en situaciones extrañas y nuevas y que consiste en un gruñido que suena a “ju, ju, ju”. Pero estos gruñidos son mas suaves y todo el clan exhibe curiosa atención pero no temor ni agresividad. Es importante comprender que todos estos sonidos de defensa son muy valiosos para el grupo. Cada individuo, especialmente las cansadas hembras con sus hijitos, es, por así decirlo, un centínela, de manera que los ojos y oídos del grupo se multiplican proporcionando así mayor seguridad. Se trata de un esfuerzo cooperativo que obviamente tiene un valiente protector.

Una integración similar se expresa en un cuarto tipo de lenguaje que sirve para dirigir al grupo por el sendero más favorable y para mantenerlo unidos en sus andanzas. Cuando las rutas arbóreas posibles son numerosas o están mal definidas, todos los monos van, al parecer, de un lado a otro explorando el mejor itinerario. Si un macho en particular halla una vía conveniente, emite un repetido cloqueo metálico, y, casi inmediatamente, todo el clan avanzado en su dirección. El mismo sonido se utiliza para iniciar la progresión si los animales se alimentan en un árbol, y sigue empleándose para dirigir y coordinar los movimientos de la tropa. Dos o más sonidos guardan relación especificas con el mono joven que cae en tierra, hecho que ha sido observado varias veces. El joven emite una serie de ruidos agudos, que por lo general consisten en tres notas sucesivas, y todo el clan
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recorre las ramas buscando el cachorro perdido. La madre tiene un grito especial, un “gemido que termina que un gruñido” mientras busca desesperadamente. Como dijimos antes, los monos aulladores tienen mucha aversión por el descenso, pero, finalmente, la madre baja, sube rápidamente a su hijo a la espalda y trepa del mismo modo a las copas de los árboles con el resto del grupo. En una ocasión Carpenter baleó a una hembra y su pequeño cayó ileso. Uno de los machos descendió, puso al cachorro sobre su espalda y volvió a trepar.

Los tres sonidos restantes (para completar los nueve) guardan relación con la infancia. El mono muy pequeño, en ocasiones ronronea como un gato durante varios segundos y su madre responde inmediatamente acariciándolo. Los animales jóvenes que juegan activamente, muchas veces emiten un pequeño “chillido” que aparece expresión de exuberancia juvenil, mientras saltan de un lado a otro. A menudo, se cuelgan de la cola dos o tres al mismo tiempo, luchando con las cuatro extremidades y mordisqueándose. A veces este juego se torna un poco agresivo, y al enardecer los pequeños, producen toda una conmoción. Pero, esto cesa de pronto al escucharse el gruñido de un macho adulto. Esta tajante señal de autoridad detiene toda actividad de los jóvenes castigados, o éstos siguen jugando con mayor delicadeza.

La voz no es el único medio de comunicación entre los monos aulladores, porque también revisten igual importancia los movimientos y actitudes. Por ejemplo, como hemos visto, los movimientos de la lengua y la adopción de posiciones provocativas comunican el deseo sexual. Otro ejemplo se aprecia en la furia agresiva, pues a menudo, el macho adulto no solamente ruge, sino que agita violentamente las ramas o rompe las más pequeñas, y a veces corre de un lado a otro, todo ello para acentuar la ferocidad del rugido.

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Además pueden observarse pequeñas escenas domésticas que no son raras para nosotros, los seres humanos. Por ejemplo, a aveces una hembra tiene un segundo hijo antes de que el mayor haya llegado a ser independiente. Este tiene el eterno problema del niño mayor y se resiente al ver al pequeño aferrado al vientre de su madre. Se lo ve tratando de arrancar al bebé y en otros momentos, cuando se acerca la noche y los monos aulladores se acurrucan para dormir en el árbol, quiere interponerse entre el pequeño y su madre para recuperar el codiciado lugar tibio donde abrigarse de la larga y fría noche, cuando la bruma vuelve a cubrir la negra floresta.

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SOCIEDADES Y EVOLUCION

Si reflexionamos un instante, veremos que el clan de monos aulladores no solamente se alimenta, se reproduce y exhibe cierta coordinación, sino que no podría existir si no hiciese estas cosas ; la vida la misma del clan depende de estas actividades.

La necesidad de comer es especialmente obvia ; el mono aullador convierte la energía de los hidratos de carbono, grasas y proteínas de las hojas y frutos en sus múltiples actividades. Gran parte de la energía sirve para realizar los movimientos musculares, y una pequeña porción de la misma se destina a los nervios que coordinan estos movimientos musculares, y una pequeña porción de la misma se destina a los nervios que coordinan estos movimientos. Pero la alimentación entraña algo más que la simple conversación final de energía en actividad corporal, porque existe todo un complejo de acontecimientos interrelacionados, como la masticación, la digestión, el trepado a los árboles y la recolección de los frutos. Para completar el círculo, todas estas actividades, a su vez, dependen de la energía proveniente de los alimentos.

A medida que los monos mueren por la vejez, los accidentes o las enfermedades, deben ser sustituidos mediante la reproducción para que la colonia no se extinga. El hecho de que la reproducción de los individuos es sexual, o sea que entraña la fusión de la conformación hereditaria de un macho y una hembra, en vez de hacerse mediante brotación asexual puede comprenderse en términos del mecanismo de la evolución. Cada vez que se produce un vástago a partir de dos progenitores, ese vástago posee un nuevo juego de caracteres hereditarios, o sea una recombinación de genes que no existía en ninguno de los progenitores por

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separado. Y dado que el progreso de la evolución depende de la selección natural de las variantes, el proceso sexual incrementa considerablemente el número de variantes y mantiene las pautas hereditarias en un estado de fluidez. La sexualidad es un gran medio favorecedor de la evolución. Esto se explica con mayor sencillez diciendo que en su adaptación a una nueva situación ambiental, la especie progresa con mucha mayor eficacia y rapidez, mediante la reproducción sexual que por cualquier proceso asexual.

La sexualidad misma posee ciertos efectos muy definidos sobre nuestra sociedad de monos. En primer lugar, está la segregación física de los dos sexos, y esta diferenciación sexual se asocia con ciertas divisiones del trabajo : los machos asumen un papel protector aullando y agitando los árboles, como también buscando las rutas de traslado y encabezando la tropa, mientras las hembras desempeñan un papel más pasivo y centralizan la mayor parte de sus actividades en la crianza de los cachorros. El proceso de la unión sexual, la crianza de los vástagos y la defensa del clan son pautas de comportamiento que sirven para integrar la sociedad y todas ellas guardan relación con la sexualidad.

En el pasado se discutió mucho la relación que existe entre la crianza de los hijos y la existencia social de los animales. Muchas veces los cachorros, el animal social son relativamente impotentes y necesitan considerable cuidado durante períodos largos, pero esto no significa , como se ha pretendido a veces que el agrupamiento social tiene por finalidad proteger a los jóvenes. Es concebible que, en algunos casos, esto tenga su influencia, pero es igualmente probable que al integrarse una sociedad haya desaparecido la urgente necesidad de que los jóvenes sean independientes y, en consecuencia, los cambios evolutivos conducentes a la impotencia de los cachorros, no fueron eliminados mediante selección natural. Hasta entre los animales relativamente asociales y solitarios puede haber una amplia divergencia de impotencia en los pequeños ; los pihones
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desnudos y ciegos del petirrojo requieren largos períodos de solícitos cuidados antes de estar en condiciones de afrontar el mundo, mientras que el mismo día de nacer el patito sale del nido, se lanza al agua y nada como un maestro experto.

La necesidad de coordinación en la sociedad, no es exactamente lo mismo que la necesidad de reproducirse o alimentarse. Si por un accidente de la naturaleza, como un vendaval o el cautiverio en una jaula por el hombre, muchos animales, relativamente solitarios, se agrupan artificialmente, no significa que por esta razón, solamente, se conviertan en una sociedad. La sociedad solo existe cuando el grupo está integrado o coordinado en alguna medida.

La coordinación se manifiesta de muchas maneras. En los monos aulladores vemos que, mediante una combinación de llamados y acciones los individuos del clan se comunican y responden los unos con los otros. Además, esta

comunicación no solo se extiende dentro del grupo, sino entre los diversos clanes. En estos monos, al parecer, la coordinación se hace íntegramente a través del sistema nervioso de los individuos que están conectados mediante una vasta red de signos y contrasignos.

Difícilmente la alimentación, la actividad sexual y la comunicación son las únicas ocupaciones una sociedad, porque hay muchas potras actividades menores que al principio no aparecen indispensable pero que consideradas a la luz de la evolución visten mayor importancia. Por ejemplo, veamos actividad observada especialmente en las madres de los monos aulladores, que consiste en ayudar a sus cachorros a salvar los pasos difíciles de un árbol otro sosteniendo las ramas y permitiendo que los pequeños crucen sobre sus cuerpos. Cuando por alguna mutación extraña este instinto es eliminar súbitamente de un clan, éste tiene que sobrevivir de alguna manera. Es probable que la mortalidad infantil aumente, pero supongamos que su aumento no alcance para acabar con el clan inmediatamente.
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Ahora este clan, y los clanes descendientes surgidos de él, entrarán a través del tiempo en competencia con otros clanes que todavía conservan este instinto de ayudar a los cachorros. Con el tiempo, estando en igualdad de condiciones los demás factores, los clanes que posee este instinto de ayudar a los pequeños podrán mantener su población con mayor facilidad. Esto significa que a través de un gran período de años habrá un mayor número de descendientes entre los que poseen, debido a que en este último grupo la mortalidad infantil es ligeramente mayor. La selección natural, por lo tanto, tiende a favorecer la reproducción de los monos que poseen este instinto con preferencia de los que no lo tienes y, en consecuencia, esta ayuda a los cachorros es esencial en términos de supervivencia evolutiva, pero no para la existencia inmediata del clan. Se fomentan muchas acciones favorables y, en caso de que aparezcan nuevos rasgos en los monos, éstos, según su naturaleza, serán seleccionados en favor o en contra. Esta es la teoría darwiniana de la selección natural.

Como vemos por este ejemplo, la selección actúa al mismo tiempo sobre los monos individuales y sobre el clan en conjunto. Esto da lugar a la siguiente pregunta : ¿cómo es posible que animales como los monos aulladores encuentren ventajosa y próspera la existencia social en la competencia por ocupar un puesto en la naturaleza ? No cabe duda de que las sociedades animales han tenido buen éxito, pues han surgido independientemente muchas veces en el curso de la evolución, y se sabe que en algunos casos han permanecido estables y abundantes a través de millones de años. La interrogante, entonces, es : ¿qué ventajas se derivan para los animales agrupados en una sociedad ? En el curso de muchos años W.C. Allee, zoólogo de la Universidad de Chicago, ha descubierto y reunido casos en que el simple agrupamiento de animales puede ser mutuamente beneficioso. En algunos casos, debido a la elaboración de alguna sustancia química, algunos animales unicelulares (y otras formas, entre ellas, los peces) crecen con mayor rapidez en condiciones de hacinamiento. En otro caso
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demostró que las planarias agrupadas resistían mejor el efecto letal de la luz ultravioleta que los vermes aislados, y consiguió demostrar que esta protección era mayor de la que podía esperarse de las sombras proyectadas por unos vermes sobre otros. Pero raras veces es verdad que los grupos cada vez mayores resultan más y más beneficiosos porque por lo general, hay un tamaño crítico último y en algunos casos esto puede corresponder un grupo bastante pequeño.

Un buen ejemplo de las ventajas del agrupamiento se observa, según señala Allee, en el trabajo de naturalista británico F.F. Darling, quien demuestra que en la nidada de las colonias de gaviotas arequeras de las afueras de la costa de Escocia, cuando más grande es el tamaño de la colonia, mayores posibilidades existen de criar un gran porcentaje de gaviotas hijas, en relación con la población total. El argumento hipotético es bastante sencillo e ingenioso. Cuando se concentran muchas gaviotas, su mismo número estimula mutuamente el apareamiento precoz. Los pichones recién nacidos cubiertos de vello son muy vulnerables, especialmente la las zorras y otros animales de rapiña, y atravesando este período a tiempo, todos crecen juntos antes de que los animales rapaces puedan hacer mucho daño. Las colonias pequeñas, por el contrario, siguen produciendo pichones durante toda la temporada y proveen una constante fuente de alimento a los animales de rapiña.

Otra forma en que los agrupamientos son claramente útiles, es que contribuyen a reunir los sexos para la reproducción. Esto resulta particularmente obvio en los animales que únicamente viven juntos durante breves períodos del año, en la época de apareamiento.

Otro ejemplo más lo ofrecen los monos aulladores en el hecho de que el grupo tiene muchos ojos que realizan funciones de vigilancia. Si uno de los monos ve un presunto enemigo, da la alarma todos los demás se preparan instantáneamente
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para entrar en acción. También en la búsqueda de rutas quizás esto tenga menor importancia) cada macho busca un buen itinerario y el que lo encuentra llama a los demás para que lo sigan.

En todos estos casos, y existen muchos otros, el número parece tener alguna importancia, pero más importante aún, es el hecho de que a menudo la ventaja radica en la integración del grupo y no en el agrupamiento en sí. Entre los monos aulladores lo importante es que la información se trasmite inmediatamente a todo el grupo, y todos responden instantáneamente.

Debido a que la integración es conveniente y útil para la sociedad, en el transcurso de la evolución las variaciones o adaptaciones que tienden a dar unidad al grupo se hallarán en ventaja, y los vástagos de estos grupos tenderían a hacerse más numerosos que los grupos menos organizados. La integración que caracteriza las sociedades, es algo que la selección natural tenderá a mantener y fomentar, pero ninguna ley nos dice cómo tiene lugar esta integración. Entre los aulladores se hacía principalmente mediante pautas de conducta integradas, como sucede en la mayoría de las sociedades de animales superiores, pero todavía existen grandes variaciones, como veremos más adelante.

En las formas inferiores, a medida que descendemos hacia los primitivos agrupamientos de células, aparece un hecho nuevo y sorprendente. La integración ya no depende del instinto y de la conducta, sino de otros interesantes mecanismos, y se pone en evidencia que estas colonias de células no producen una sociedad de células sino un organismo multicelular.

Hallamos, por lo tanto, que no solamente producen y exhiben cierto grado de coordinación sino que lo hacen los organismos coloniales, los organismos unicelulares y hasta los animales y las plantas unicelulares individuales. Las
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unidades vivas, sean sociedades o individuos, tienen las mismas funciones básicas para su existencia y son afectadas por las mismas leyes de selección natural. Esta opera en términos de unidades, que pueden ser individuos, colonias o sociedades. La selección actúa de esta manera, porque las unidades desempeñan ciertas funciones que favorecen la supervivencia, y por lo tanto, podemos considerar como totalidad funcional a una sociedad o a un organismo por separado.

Pero estas totalidades funcionales alcanzan su totalidad mecánicamente de una amplia variedad de maneras, y ahora nos interesa esa variedad. Los monos aulladores obtienen su energía de manera distinta que las hormigas soldado, que a su vez difieren de los protozoarios o las plantas verdes, pero todos necesitan energía, todos deben reproducirse y todos deben coordinarse.

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CAPITULO IV FOCAS
Las frías, desiertas y escabrosas islas Pribilof están situadas alnorte de las Aleutianas, entre Alaska y Siberia, en elmar de Bering. Estas islas son cinco en total, siendo las más grandes Saint Paul y Saint George, cada una de las cuales mide unos 11 kilómetros de longitud. Estas islas fueron descubiertas -desoladas y deshabitadas- por Grerassim Pribilof, navegante de una compañía comercial rusa en 1786. Su compañía, como muchas otras, buscaba pieles, y en estas pequeñas islas, Pribilof encontró un fabuloso número de focas peleteras. Pero al poco tiempo la nobleza y la familia imperial de Rusia se enteraron del valor de estas focas y asumieron los derechos exclusivos de faenamiento de focas en las islas. Al venderse Alaska a los Estados Unidos en 1867, las Pribilof entraron en la negociación e inmediatamente varias compañías norteamericanas comenzaron a explotar vigorosamente las focas. A pesar de sus métodos deficientes, tras algún tiempo los rusos habían conseguido mantener elevada la población de focas, a pesar de que cazaban hasta 70.000 por año. Pero, en el primer año, los norteamericanos mataron alrededor de 239.000 focas. Esta caza irrestricta y la matanza indiscriminada en alta mar por pequeñas goletas equipadas para ese fin (esta era la profesión del Sea Wolf de Jack London) no tardaron en hacer peligrar la existencia de las focas. Entonces el gobierno norteamericano tuvo el acierto de estudiar la situación en 1896-1897, haciendo un cuidadoso análisis de los hábitos y costumbres de las focas, y mediante una combinación de tratados con otros países para que se suspendiese la caza en aguas abiertas y encargándose el gobierno mismo de ello en las islas, la población ha aumentado constantemente y florece en la actualidad. Según un cálculo reciente, la población consiste en cerca de un millón y medio de focas (más o menos la misma que Washington, D.C.), de

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las cuales se faenan aproximadamente 65.000 por año, pero la colonia, bajo una cuidadosa supervisión, se mantiene constante.

En invierno las focas emigran a grandes distancias, pero todos los veranos regresan a las Pribilof. Allí encuentran playas rocosas y arenosas que descienden suavemente al mar, lo que les permite salir del agua caminando torpemente. En verano la temperatura es de 5º a 9º C, con humedad, niebla y lluvias casi constantes. El sol aparece raras veces y solo momentáneamente, y cuando lo hace las focas quedan tendidas, como postradas por el calor, y se divisan millares y millares de aletas agitándose al aire como si se abanicaran para refrescarse. En las islas no hay ningún árbol, ni aun cerca de las pulcras casitas blancas de las villas aleutianas, aunque la tierra del interior está cubierta por una alfombra de pasto verde. Para el hombre éste es un lugar solitario y olvidado, pero para las focas es un acogedor sitio de reunión donde muchas experimentan la calidez de la compañía que parecen anhelar. Todo a lo largo de la playa y hasta bastante lejos de la costa hay grupos acurrucados, a veces los harenes son de machos viejos, otras una comunidad de cachorros jóvenes, o bien un grupo de divertidos y jóvenes solteros. El ruido es ensordecedor, porque al rumor de las olas se agregan los rugidos, ladridos y chillidos constantes, que ni siquiera se interrumpen durante la noche. Para el ser humano el hedor es insoportable porque en su laboriosa locomoción terrestre arrastran la resaca de la playa, excrementos y hasta cachorros muertos, sin fijarse en el ambiente, sino exclusivamente en las demás focas.

Uno de los aspectos más llamativos del físico de las focas es la gran disparidad del tamaño entre los sexos. La hembra mide alrededor de un metro veinte centímetros de longitud y pesa unos 32 kilos (Lámina II). El macho, en cambio, mide por lo menos un metro ochenta de longitud y pesa unos 270 kilos, y han habido casos de machos que se acercaban a los 300 kilos (Lámina III). La hembra
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alcanza su tamaño completo en tres años, mientras que el macho tarda siete años en hacerlo. En los tres primeros años de vida se parece mucho a la hembra, pero después, en su cuarto y último año como “soltero”, comienza a desarrollar “peluca”, que consiste en largos pelos que descienden desde la nuca, lo cual, dicho sea de paso, hace que las pieles de él y de los de mayor edad pierdan su valor. En el quinto y sexto año es “macho semiadulto”, hasta que finalmente madura en el séptimo año. Entonces quizá recoja algunas hembras y se convierta en “macho de harén”, y si no tiene audacia suficiente se convierte en “macho inactivo”.

En cuanto a la cuestión de su alimentación, o sea su ingreso de energías, las focas son ictiófagas y se alimentan exclusivamente en el mar. Comen pesca focas son ágiles nadadoras, y zambulléndose, desvían su curso y con grandes arranques de velocidad atrapan elegantemente sus pequeños manjares a pesar de que hay muchas focas, el océano es virtualmente un inacabable cuerno de la abundancia repleto de peces y, tal como sucede con el mar aullador, es imposible que escasee el alimento. No hay competencia ; simplemente se trata de hacer un pequeño esfuerzo para localizar y perseguir la presa.

Cuando las focas no se han congregado en las Pribilof para pasar el verano, viven constantemente en alta mar, trasladándose a veces en pequeños grupos de cinco o seis, pero a menudo separadas y aisladas. Exploran y juegan, pero principalmente siguen los cardúmenes de peces y se alimentan de ellos, engordando y formando una gruesa capa de panículo adiposo. Si bien no se sabe con exactitud el motivo por el cual emigran a grandes distancias es posible que se deba a los peces que buscan con mayor probabilidad, a la aproximación del invierno, y procuran aguas más tibias. Cuando abandonan las islas a fines del otoño, nadan rápidamente hacia el sur a lo largo de la costa norteamericana y se les encuentran en todas las partes del Vancouver hasta cerca de Los Angeles. En
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abril y mayo vuelven a subir hasta las costas de Alaska ; en junio están a lo largo de las Aleutianas, y por último llegan a las islas Pribilof durante el verano. Estos datos han sido obtenidos por el oceanógrafo C.H. Townsend quien examinó las bitácoras de la llamada flota pesquera pelágica y determinó la caza, la fecha y la posición de acuerdo con las anotaciones de 125 barcos. Cuando se permitía la caza de la foca en alta mar, estas embarcaciones mataban hasta tres, favorable de cazarlas era cuando dormían arrolladas en la superficie del agua con el hocico y la cola asomados, y ésta curvada hacia el hocico. A menudo jugaban o radaban de un lado a otro en grandes asas de algas flotantes y mostraban poca alarma al acercarse la gran canoa del cazador con su arpón y arma de fuego.

Cuando los hielos sueltos que abundan en torno a las islas se alejan hacia fines de abril o mayo, los machos viejos llegan primero y buscan algún lugar favorable entre las rocas. Permanecen en su territorio durante la temporada del celo, a veces hasta dos meses, y durante todo ese tiempo no comen y difícilmente duermen, a pesar de que realizan el violento ejercicio de servir el harén. Los machos viejos llegan ágiles y gordos, pero después el panículo adiposo desaparece y la piel les cuelga en amplios pliegues, porque llegan a perder hasta 180 kilos. Han logrado comer suficiente durante el prolongado invierno como para sobrevivir durante la época del apareamiento : gozan sus placeres de uno por vez. Las hembras pueden permanecer sin comer una semana o dos, pero nunca más tiempo, porque se introducen periódicamente en el mar y regresan para amamantar a sus cachorros. Toda la sociedad de focas peleteras se centraliza principalmente en la reproducción. Las hembras deben dar a luz sus hijos y criarlos en tierra, pero al mismo tiempo, en esta grande y conveniente aglomeración de focas, son fecundadas para que puedan traer un cachorro la próxima temporada, porque el período de gestación es de alrededor de un año. En las Pribilof la actividad

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consiste en hacer y criar nuevas focas ; es una actividad intensa y violenta que se realiza íntegramente en los pocos meses cálidos del verano.

Los machos viejos que llegan primero, ocupan a menudo en la playa el mismo territorio que habían ocupado el año anterior. Puede que peleen por un territorio y no cabe duda de que ocurren frecuentes cambios de posición. Los machos inactivos o los machos semiadultos pueden permanecer en las aguas de las cercanías, pero no salen hasta la llegada de las hembras en junio. Al principio se quedan cerca del borde del agua y tratan de interceptar a las hembras a medida que llegan, pero posteriormente se los encuentra, en número bastante considerable detrás de las rocas, siempre acechando para secuestrar una hembra.

Los machos solteros más jóvenes también llegan temprano, pero se mantienen completamente separados de los machos del harén en la “zona de crianza”, y van a su propio lugar privado, la “Zona de entrenamiento”. Puede que estén en las playas arenosas cerca de las rocas, o bien en las regiones planas por encima y detrás de la zona de crianza. A veces, para permitir que los solteros lleguen a sus posiciones de retaguardia, hay una franja o sendero neutral por la que pueden ir y venir sin ser molestados. En la actualidad las focas que se faenan son arreadas hacia el interior desde la zona de entrenamiento, y de esta manera es fácil separar a los machos jóvenes que se utilizan para aprovechar sus pieles. Posteriormente, en julio, aparecen las focas de dos años y poco después lo hacen las de un año.

Las hembras llegan en forma muy gradual durante el mes de junio, y las primeras tratan de pasar inadvertidas junto a un macho. Si éste la ve, tratará de tomarla, pero ella se aleja y vuelve a introducirse en el mar. Puede que la tome con la boca y la arrastre a su lado, pero si ella escapa, volverá a su lado por su propia cuenta
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más tarde. Las siguientes hembras que llegan, al parecer tienen muchos deseos de unirse a la primera ; la necesidad de compañía es muy apremiante. Esto significa que el harén de un macho afortunado crece rápidamente, mientras que los machos de las cercanías se quedan solos. A veces el tamaño de estos harenes iniciales alcanza más de un centenar de hembras, y el macho, arreándolas constantemente, consigue mantenerlas en un grupo apretado. Algunas horas después de su llegada las hembras paren sus cachorros y cinco o seis días más tarde entran en estado de celo.

Pueden ocurrir peleas entre los machos de los harenes o entre un macho de harén y un macho inactivo que trata de arrebatarle una de sus esposas. Si se hace esta tentativa, el macho viejo brama y ruge, y en vez de rodear con cuidado su harén, lo atraviesa directamente, a veces pisoteando los cachorros recién nacidos y hasta aplastándolos con su enorme peso. Los dos machos, ahora enfrentados, braman y se hacen gestos agresivos, y si ninguno de los dos se deja intimidar, embisten reiteradamente, desgarrándose la carne en grandes heridas rojas en torno del cuello.

A veces el macho inactivo puede ser sorprendido con una hembra en la boca y en ese caso termina arrastrándola y destrozándola. A veces elmacho inactivo logra escapar con una hembra, pero el macho del harén no lo persigue lejos, porque si lo hace los machos del otro lado no perderán tiempo en caer sobre su surtido de hembras. Esta lucha sigue un curso completamente distinto de la inofensiva mímica de los monos aulladores.

Estos animales están protegidos por una gruesa capa de panículo adiposo yno parecen notar ni aun las heridas graves ; nunca gritan de dolor ni se lamen las heridas. La sangre no parece provocar ninguna reacción en ellos, porque caminan

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a través de ella, nadan en agua teñida de carmín o los cubre la sangre que mana de una profunda herida y no muestran ningún interés en ella.

Cuando una hembra llega para parir, al principio exhibe la dificultad característica de la preñez avanzada. No importa cómo se coloque, cualquier posición es incómoda, y esta intranquilidad persiste hasta que nace el cachorro. La foca solo pare un cachorro. De esta manera la fecundación puede realizarse rápidamente después del parto y entonces el nuevo embrión permanece inactivo durante un tiempo considerable, lo cual al parecer es un mecanismo para prolongar el período de gestación. Evidentemente estos dos mecanismos son muy ventajosos en una temporada social tan breve.

El cachorro puede nacer entre las grandes rocas, en la arena o en una hendidura entre dos rocas. Las focas, con su panículo adiposo blando, no parecen sentirse molestas por estar tendidas sobre las piedras, y lo mismo sucede durante el parto. Cuando nace el cachorro, la hembra se vuelve rápidamente para liberarlo de la membrana placentaria y muerde el cordón y lo secciona. A menudo el cachorro resbala sobre la roca resbaladiza, y en ese caso la madre vuelve a traerlo, o bien lo toma con la boca a igual que un perro, y busca un lugar más adecuado para ambos. Entonces empuja reiteradamente al cachorro hacia su teta, tratando de hacerlo mamar, pero se requiere cierto tiempo y perseverancia para lograrlo. A veces la hembra no presta la debida atención y deja adherida la placenta. Aunque ésta eventualmente se desprende, se han observado casos en que la placenta se atasca en una hendidura entre las rocas y el infortunado cachorro queda atado por su propio cordón umbilical.

Los cachorros viven en tierra algunas semanas, engordando con la leche de la madre, y después se encaminan lentamente y poco a poco hacia el mar. Durante los primeros días de su existencia están expuestos a muchos peligros.
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Las madres vuelven al mar y regresan cada cinco o diez días para amamantar a los cachorros. A veces las madres no regresan o no pueden hallar a sus cachorros en medio de la gran multitud. El aplastamiento, especialmente por los machos, es una causa de muerte muy frecuente. Si un macho pasa directamente sobre un cachorro de pocos días casi con seguridad lo mata, pero la resistencia al aplastamiento es notable, pues aunque parezca imposible que puedan sobrevivir después de haberles pasado un macho encima, a menudo salen ilesos. Se ha visto un caso en que mientras un macho copulaba con una hembra, un cachorro se debatía abajo tratando de salir. El cachorro esperó hasta que hubieran terminado y se alejó sin presentar por lo menos signos externos de traumatismo.

Es muy difícil hallar una versión del cortejo real de las focas, pues las publicaciones del gobiernos, si bien son muy detalladas en cuanto a todos los demás hábitos y pautas de conducta, son extraordinariamente circunspectas y victorianas en lo referente a la cuestión sexual. Lo que más se revela en estas páginas oficiales es que “se observó copulación a las 8,47 y 9,31 p.m.”, y a continuación el informe pasa rápidamente a otro tema. En cambio debemos remontarnos a la primitiva versión de George William Steller, publicada en 1715. Steller fue el famoso naturalista que acompañó a Bering en sus primitivas expediciones por los mares del norte, explorando primero para Pedro el Grande y después para Catalina de Rusia. Steller dice : “Copulan de la misma manera que la especie humana”.

El la estrecha en sus brazos y ventila su pasión con el mayor acaloramiento. Durante el coito presiona a la hembra y la entierra en la arena con su peso, de manera que sólo asoma su cabeza, y él mismo escarba la arena con las patas anteriores, presionando y tocando a la hembra con todo su vientre... Tan absortos están y tanto se olvidan de sí mismos, que pude estar junto a ellos más de un
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cuarto de hora sin ser observado. Y no me habrían visto ni aun entonces, si no hubiese golpeado al macho, quien con un gran rugido me atacó con tanta ira que a duras penas pude escapar. Pero, no obstante, cuando llegué a una eminencia para observarlos, siguieron otro cuarto de hora en lo que habían empezado”.

En diversos momentos, después de haber dado a luz a su cachorro, la hembra trata de regresar al mar, pero su macho le gruñe rápidamente, y si ella insiste, se le acerca, la inspecciona yla arrastra de nuevo a su rebaño. Si ha sido servida, o sea que si ya no está en celo, la deja ir. Entonces se introduce en el agua, se queda un tiempo en la orilla sacudiendo la suciedad y la resaca de la playa con las aletas, y luego se aleja ágilmente para internarse en el mar en busca de peces.

En la foca peletera no hay nada que equivalga a la formación de nuevos grupos, como viéramos entre los monos aulladores. Si se considera como grupo al harén, entonces este grupo es relativamente fluido, porque las hembras cambian con frecuencia de manos en la playa, y las servidas se marchan, mientras que las grávidas siguen llegando en pleno verano. Si consideramos como grupo a todo el conjunto de focas en las islas Pribilof, las mismas no se separan ni buscan nuevas islas -éste es el tema de la deliciosa narración de Kipling sobre ellas- sino que su instinto hogareño las lleva de nuevo a las Pribilof, y por lo general a las mismas rocas, al mismo territorio entre esas rocas. Originariamente las focas de las islas Commander y de la isla Robben tienen que haber pertenecido a la misma especie que las de las islas Pribilof, per todas han frecuentado los mismos lugares durante tantos años que ahora tienen características físicas distintas que permiten clasificarlas como especies distintas.

En las relaciones entre las focas y en su coordinación como grupo, los llamados de tipo limitado desempeñan una parte importante. Los machos rugen y braman como preludio de todas sus actividades masculinas y ello es signo de autoridad,
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desafío y exigencia de sumisión. A menudo las hembras riñen entre ellas en el harén, pero esto nunca agrada al macho. Este es el único que tiene derecho a pelear y para demostrarlo gruñe, ruge, silba o cloquea y las hembras interrumpen instantáneamente su ruidoso parloteo.

Los llamados son más importantes todavía entre los jóvenes cachorros y sus madres, porque no solamente se encuentran los unos a los otros por este medio, sino que hasta cierto punto reconocen a su verdadero pariente (aunque se admite que el signo de identificación final y más importante es el olfato). El llamado de la hembra semeja el balido de la oveja, aunque más intenso, y los cachorros balan como los corderos. Después de alimentarse cinco o diez días en el mar, la hembra empieza a llamar en el preciso momento en que llega a tierra. A veces varios cachorros balan y acuden a ella, pero si no son suyos los muerde y los aleja. A menudo solo responde su cachorro, que acude a aliviar la presión de sus ubres. Pero si por casualidad el cachorro no puede ellagar a ella debido a su posición, lo deja que siga balando mientras ella duerme la siesta. Eventualmente el cachorro llega, pero si no lo hace se le acerca ella. A veces los cachorros de muy corta edad se separan de sus madres debido a que éstas han sido llevadas por un macho inactivo o por el macho de un harén vecino. Como ella no puede trasladarse porque todavía está en celo y, por lo tanto, es muy codiciada, el cachorro debe acudir a ella para alimentarse. Así se intercambian llamados durante largos períodos, mientras el cachorro se afana por recorrer el difícil terreno hasta que finalmente madre e hijo se reúnen.

En el informe de 1898 hay una interesante descripción de un cachorro que nació muerto. La madre mostró mucho mayor interés de lo común por este lactante muerto y trató con mucha insistencia de darle de mamar. Su excitación llegó a ser tan grande que se lanzó a morder a otras hembras y produjo gran conmoción en el harén. Pero lo curioso es que, como el recién nacido no baló, la madre tampoco
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lo llamó en ningún momento. Creo que esto ilustra un importante punto concerniente a todas las interacciones de los individuos en las sociedades animales, o sea que entre los individuos existe una compleja red de estímulos y respuestas, y aquí faltaba el estímulo para el balido de la madre, si bien la atención hacia el cachorro fue más grande que nunca. Pero a las pocas horas la hembra perdió interés y dejó que el cachorro se pudriera a su lado y que las graznantes gaviotas Burgomaster lo devorasen.

Un hecho extraño es que no hay ningún llamado complicado que guarde relación con el peligro. Se produce realmente una conmoción si se les acerca un hombre, pero el aviso propiamente dicho suele provenir de los gritos de alarma de las gaviotas, de las cuales parecen depender. No montan guardia ni apostan centinelas, sino que simplemente desconocen el mundo exterior hasta que los pájaros dan la señal. Las focas tienen algunos enemigos naturales en el mar, particularmente la ballena, que a veces se divisa navegando cómodamente en las caletas de las Pribilof. Pero las focas no emiten señales de alarma y no acuden fuera del agua ni tratan de escapar. Este es uno de los principales motivos por los cuales los cazadores dicen que las focas son estúpidas, porque no solamente no temen a la ballena, sino que permiten las llegada del hombre quien año tras año se lleva veintenas y veintenas de machos solteros de las zonas de entrenamiento, y nunca aprenden, a pesar de que muchas presencian el faenamiento. La constante insistencia en esta cuestión de la estupidez de las focas en la literatura primitiva quizá justifique en parte su faenamiento, porque para el público seguirán siendo hermosos animales de pelaje suave y de grandes ojos castaños, pero sucede principalmente que esta existencia social de las focas es tan compleja y tan humana que resulta difícil acostumbrarse a que difieren de nosotros en otros sentidos. Hemos aceptado plenamente que las ovejas son estúpidas, pero esperamos que las focas piensen de la misma manera que nosotros.

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Cuando los cachorros son muy jóvenes, hay dos instintos que se ponen en evidencia en cuestión de pocos días, instintos que desembocan luego en la eventual necesidad de vida social de las focas. Uno de ellos es el instinto de retozar y jugar, y el otro el de formar grupos que consisten exclusivamente en cachorros ; a estas aglomeraciones infantiles se las denomina “manada”. No cabe duda de que esta necesidad de agruparse con animales de la misma edad es muy ventajosa para los cachorros pequeños, porque lo hacen a los pocos días de nacer y sirve para mantener a los jóvenes a distancia de los dinámicos machos, con su intempestiva torpeza. Al principio, en tierra, estas pandillas se muerden y se abrazan, contorneándose y esquivándose en forma mu6y parecida a los cachorros del perro. Solo se les molesta cuando una hembra viene pisoteándolos para amamantar a su pequeño, ahuyenta a todos los demás, se tiende en el suelo y deja amamantar a su cachorro hasta que queda harto.

Después de unas dos semanas en tierra las “manadas” de cachorros comienzan a avanzar hacia el mar y al poco tiempo se los ve dándose la primera zambullida. Al principio la cabeza parece demasiado grande y pesada, porque se hunde y los cachorros se asustan, pero vuelven a intentarlo, y algunos son más valientes que otros. Al poco tiempo se los ve hacer excursiones de tres metros más o menos, y luego regresan a tierra. Después de un día o dos todos han aprendido a nadar y entonces comienza la verdadera diversión. Se vuelven, dan rodeos y se hunden los unos a los otros, tratan de alcanzar al que tiene el alga para arrebatársela, así como los perritos se persiguen, tiran y aflojan disputándose un palito. Han hallado un mundo libre y fluido para el que parecen maravillosamente adaptados y esto evidentemente les agrada mucho. Para la época en que llega el final de la estación están en perfectas condiciones para la emigración de otoño.

Esta tendencia a agruparse con tipos específicos de focas se extiende más allá de los cachorros como hemos visto. Los solteros se mantienen reunidos en la región
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de entrenamiento y las jóvenes hembras vírgenes buscan la compañía de otras hembras en los harenes. Los machos buscan específicamente a las hembras, y como no hay suficientes como para que todos los machos tengan su harén, únicamente los machos inactivos quedan solos y aislados. Siempre esperan raptar alguna hembra, pero muchas veces se ven frustrados y pasan gran parte de la temporada (hasta el final mismo) en las orillas de la gran multitud, pero sin las compañeras que anhelan.

Como dijimos previamente, todo este conglomerado de focas guarda relación primordial con la reproducción. Aquí esto es mucho más evidente que en el caso de los monos aulladores, porque las focas e alimentan estrictamente lejos del grupo. Además, al examinar el grupo mismo, es evidente que los territorios, los harenes, son el centro de la actividad del grupo, y de éstos se irradian todos los grupos menores. No solamente esto, sino que cuando muchas hembras entran en celo al mismo tiempo, y los harenes artificialmente grandes se disgregan dando una conformación más pequeña y más estable, y cuando los gritos y rugidos entre las rocas culminan noche y día, éste es el pináculo de la temporada social. A medida que avanza el verano las playas van entrando en progresiva quietud, las hembras entran en celo cada vez menos, y por último los machos hambrientos y extenuados van olvidando sus esposas y sus territorios, se vuelven dóciles y regresan al agua para alimentarse. Se produce entonces una disgregación general de las barreras ; los machos inactivos y los semiadultos pueden aparearse con algunas hembras tardías y se produce un gran entremezclamiento de solteros, hembras, machos y cachorros. Con la desaparición de la urgencia sexual, ha desaparecido también el agrupamiento estricto, hasta que, por último, a medida que los días se hacen más fríos, poco a poco se van separando y emprenden la jornada hacia el sur para iniciar el largo y solitario invierno.

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CAPITULO V CIERVOS
Es indudable que las sociedades de los distintos mamíferos se formaron separada e independientemente muchas veces en la evolución, y hay abundantes motivos para presumir que las sociedades de monos aulladores, focas y ahora ciervos, tienen un origen muy distinto. No debe sorprender que hallemos diferencias en su vida social, pero más difíciles de explicar son las muchas y notables semejanzas. No cabe duda de que algunas semejanzas se explican por las pautas básicas de comportamiento que todos los mamíferos poseen, como la atención de la madre hacia su hijo y el juego entre los cachorros, y hemos de obtener un conocimiento más adecuado de estas semejanzas inherentes a los mamíferos cuando comparemos las sociedades de mamíferos con las sociedades de insectos. Además algunas semejanzas, como también muchas diferencias, se deben a las condiciones del ambiente : el clima, el terreno, los demás animales y todos los múltiples aspectos de los elementos circundantes. Por ejemplo, una notable diferencia se aprecia en la época de la actividad reproductora en los aulladores y en la foca. La foca pare los cachorros y se aparea en un lapso sumamente breve, lo cual al parecer guarda relación con la breve temporada veraniega, con el escaso tiempo que puede permanecer en tierra debido al clima adverso del invierno. En cambio entre los aulladores la parición y el coito ocurren en cualquier época del año en el clima casi uniforme de los trópicos. Además existen otras importantes diferencias que tienen su efecto sobre la existencia social : el aullador vive casi exclusivamente en los árboles, mientras que la foca pasa la mayor parte del año en el mar. Estudiaremos ahora una forma estrictamente terrestre.

El motivo especial para haber elegido el ciervo es que, como Carpenter con los monos aulladores, el naturalista británico F. Fraser Darling vivió dos años entre los
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ciervos cerca de la costa noroeste de Escocia, frente a las Hébridas. Viajó allí especialmente para estudiar la conducta social y si bien su libro es un cuidadoso análisis científico, también es fascinante su lectura, porque en cada página revela su ardiente amor por las tierras altas y su orgullo en el conocimiento, como también su maestría en el difícil arte de observar los ciervos.

Lo que Darling llama su distrito, es una región de unos 200 kilómetros cuadrados bordeada al norte por el Mar del Norte. Es una comarca salvaje donde las montañas Torridonian se elevan a unos 900 metros, con lagos y profundas gargantas recorridas por primitivos glaciares. La vegetación es muy escasa en las cumbres, pero en los valles y otras regiones inferiores hay pastos, brezos y muchos otros arbustos. En algunas zonas hay bosques, a veces de pino y abedules y alisos en otras. Evitaré al lector los nombres de todos los diversos lugares, cada uno con su belleza especial, porque todos los nombres son gaélicos y se requiere un poco de práctica para distinguirlos.

El tiempo es muy variable y casi siempre húmedo. Soplan vientos con frecuencia y el aire tiene una pureza y una delicadeza familiar para todo lo que haya trepado a una montaña o acampado en las regiones septentrionales. La temperatura media es 3ºC en enero y 13,3ºC en julio, pero en los días calurosos de verano la máxima puede llegar en invierno. Llueve mucho con intensos chaparrones, y luego se despeja rápidamente. En invierno nieva con frecuencia, pero por lo general la nieve no permanece mucho tiempo.

La observación de los ciervos requiere mucha habilidad porque los venados tienen una audición, visión y olfato sumamente agudos. Con vientos favorables, el ciervo huele al hombre a ochocientos metros de distancia. Su audición tiene casi una misma acuidad ; los días de calma oyen el más ligero sonido a grandes distancias. Dado que la observación se hace en gran parte arrastrándose boca abajo, es muy
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importante usar ropa adecuada con preferencia de paño tweed Harris, porque cualquier material más duro hace demasiado ruido al rozar con la roca y el brezo. Los ojos del ciervo son especialmente rápidos para captar los movimientos a distancia. Si el observador permanece completamente inmóvil y el venado se acerca, y a los sesenta metros lo alarmará el movimiento de los ojos del observador. La acuidad visual es más notable todavía si se la compara con la del hombre. Sentado cerca de la cresta de una colina mirando abajo a través del valle con un catalejo de veinte aumentos, un observador experimentado descubrirá los venados y podrá contarlos y determinar si hay alguna pieza útil, pero el novicio que empuñe el catalejo, quizá no vea nada por mucho tiempo porque su color se confunde con mucha facilidad con el de la vegetación. Todo movimiento importante que haga el observador perturbará a los venados, a pesar de que él a duras penas llegue a divisarlos.

Los ciervos son grandes, aunque no tanto como el alce, pero sí bastante más que el venado de Virginia (Lámina IV). Necesitan mucha nutrición y las pasturas de Escocia occidental a duras penas parecerían suficientes para sostenerlos. Pero la competencia por el alimento no es el único factor que limita su población, porque parecen existir ciertos factores psicológicos que impiden las grandes

aglomeraciones. Por ejemplo, si se introducen bovinos en cierta región, esto solo consumirán una pequeña parte del alimento de los ciervos, pero éstos se tornarán excepcionalmente escasos en esa región, tanto que los pastos quedarán sin aprovechar. Es probable que la continua presencia del hombre y su perro hayan hecho mucho más para ralear los ciervos de la región que las ovejas mismas. Pero, aunque se los deje solos en zonas de abundante alimento, los ciervos pueden llevar a un equilibrio que dista de consumir la producción máxima de pastos. Darling encuentra alrededor de 1.300 venados en su censo de los 200 kilómetros cuadrados, o sea más o menos un ciervo por cada 16 hectáreas. En las regiones más adecuadas puede ser que haya un ciervo cada 10 ó 12
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hectáreas, mientras que en otras la densidad es menor. No obstante, este promedio se mantiene y lo curioso es que se asemeja al equilibrio de densidad de muchos otros ciervos en regiones y países completamente distintos.

La pérdida real de la población en el distrito de Darling se explica en parte por la acción del hombre, que por lo general mata unas cincuenta y cinco piezas por año, pero la mortalidad de los cachorros también es considerable y solo el cincuenta por ciento de las hembras llegan a tener más de un año de edad. Las zorras, las águilas y los gatos monteses matan algunos, y el mal tiempo de octubre elimina a otros. Además en octubre las ciervas tienen dificultad en encontrar buenas pasturas, y a menudo la lactancia, que debe mantenerse durante todo el invierno y la primavera, se agota, o la leche pierde sustancia y el ternero y no puede soportar el tiempo ni los estragos de los parásitos.

En las tierras altas del oeste el calcio y el fósforo escasean mucho para el ciervo. Esta necesidad es muy aguda porque los ciervos requieren mucho estos elementos para el crecimiento anual de las nuevas astas, mientras las ciervas los requieren para la leche. Debido a esto son ávidos por la tierra quemada y mascan los restos chamuscados de las plantas, que son ricos en sales. Más notable todavía es el hecho de que se comen las astas desprendidas, comenzando por las puntas y siguiendo hacia abajo, y en una ocasión Darling vio una cierva que comía las astas de un ciervo antes de desprenderse. Si muere un venado, las gaviotas, los buitres, los cuervos y las águilas devoran su cadáver, y después las larvas de los insectos terminando la labor, de manera que no queda otra cosa que los huesos desnudos. Entonces viene el ciervo y come los huesos, porque necesita urgentemente el fosfato de calcio. Existen territorios definidos relacionados con la alimentación, y cada ciervo pertenece a una región específica y claramente definida. Estas regiones difieren en verano e invierno, porque en verano van a la parte alta de las laderas, mientras que en invierno o cuando hace
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mal tiempo descienden a los valles. Las tierras bajas donde invernan forman una zona bastante circunscrita que se halla nítidamente limitada en sus tres lados inferiores, y el cuarto límite es el sendero que conduce al territorio veraniego y las cumbres de las montañas. En verano puede haber un entrecruzamiento de los grupos, pero esto solo es temporario y eventualmente cada cual regresa al territorio que le corresponde. Dentro de estos territorios principales las ciervas y los ciervos se mantienen separados, excepto durante el breve período de celo en el otorño. Por lo tanto, hay grupos de ciervas y grupos de ciervos, como también harenes durante el celo, y, según veremos un poco más adelante, cada grupo tiene sus características especiales, su tipo especial de integración. Los únicos animales que nunca se agrupan en ninguna época son los venados heridos y algunos ciervos viejos que han perdido su vitalidad.

Es indudable que la extensión de las regiones veraniega e invernal es regida principalmente por el alimento. Cada rebaño tiene sus tierras de pastoreo. No hay lucha ni defensa violenta ni siquiera dentro de los rígidos confines de los territorios invernales ; en cambio los animales simplemente parecen mantenerse dentro de los límites. Darling hizo un experimento que demuestra este particular con toda claridad : colocó maíz todas las noches en un lugar y, finalmente, después de esperar un mes, algunos venados comenzaron a comerlo.

Una vez desprendidas las astas y durante el crecimiento de las nuevas, los ciervos machos forman grupos que perduran hasta la llegada del celo. En ocasiones, durante este período, y especialmente en la época del celo, algunos machos se alejan mucho y penetran en otros territorios, a veces hasta 120 kilómetros de distancia. Los machos son muy dóciles y mansos cuando tienen las astas cubiertas de terciopelo y parecen aceptar con facilidad la compañía de los demás. Cuando se desprende el terciopelo, los rebaños parecen hacerse más
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grandes todavía y pueden atacarse de vez en cuando, pero esto solo parece ser una ligera irritación de ensayo de prueba.

Cuando finalmente empieza el celo, hacia fines de setiembre, los ciervos se separan y marchan constantemente en un trote corto y decidido. El factor que desencadena su actividad es que las hembras han entrado en la época del celo. Los machos más viejos y agresivos arrean literalmente muchas hembras, todas las que puedan conseguir y mantener juntas ; a veces más de cincuenta, y con frecuencia apenas media docena. Las ciervas tienen consigo su prole, cervatillos inmaduros de años anteriores, y parecen someterse pasiva y

despreocupadamente a los irritados y nerviosos esfuerzos del ciervo. Este trota alrededor de ellas casi constantemente, primero en un sentido y después en otro, tendiéndose medio minuto de vez en cuando para luego volver a levantarse ; a veces ruge mientras corre con el hocico extendido. Una de las observaciones más curiosas de Darling es que muchas veces los ciervos se masturban varias veces por hora mientras cuidan su harén. Al parecer las astas son una zona erótica, porque frotándolas suavemente en el pasto, el ciervo sufre una rápida erección y eyaculación, todo lo cual dura de diez a quince segundos.

Darling solo observó dos copulaciones en dos años de observación ; al parecer deben ocurrir principalmente de noche. En una ocasión el ciervo trató de montar a una hembra doce veces, y solo en la última tentativa, cuando las patas posteriores perdieron contacto con el suelo, fue indudable que habían copulado. En el otro caso la hembra mostró mucho más interés y lamió y frotó al ciervo antes de que éste le sirviese, y una vez servida volvió a provocarlo. Después de la segunda copulación el ciervo se posó a descansar por un tiempo desusadamente prolongado.

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Si otro ciervo se aproxima al harén y considera que no es rival para el amo del mismo, se aleja galopando en cuanto éste acude para ofrecer batalla con la cabeza baja y bramando, pero si sus fuerzas son iguales, pueden luchar. Primero van al encuentro entre sí corriendo con la cabeza gacha, pero se detienen al chocar las astas y empujan poco. Esto lo hacen simplemente para tomar posiciones. Entonces de pronto uno de ellos trata de colocarse al costado del otro queriendo alcanzarlo desde abajo en el vientre. Si el adversario es rápido, salta al otro lado y enfrenta las astas con las suyas. En cambio si tiene mala suerte sufre heridas y contusiones en el vientre y al rato se retira derrotado. El macho no come durante el período en que mantiene el harén, y así en dos semanas queda lo suficientemente agotado como para ser rechazado y derrotado con facilidad por otro ciervo más fresco y a menudo más joven. El ciervo agotado se aleja entonces hacia tierras más altas para alimentarse y reponerse, y hasta puede regresar cuando ha recobrado sus fuerzas para probar su suerte una vez más.

En junio o julio siguiente, antes de la parición de ciervas se separan de los grupos de hembras seguidas por los ciervos de los dos o tres años precedentes. Su ansia de soledad es tan grande que tratan de espantar a sus propios hijos. Los de dos y tres años de edad se mantienen a cierta distancia, pero los de un año consideran la actitud agresiva de la madre como parte de un juego y no hacen más que alejarse un poco y regresar. Momentos antes del parto la cierva se muestra sumamente inquieta, y alternadamente se echa, se levanta y camina de un lado a otro. Finalmente en posición de pie, deja caer el feto, y en un caso observado por Darling, la cierva prestó muy poca atención al recién nacido durante un rato y se limitó a mirarlo. Por último lo lamió un poco, pero luego se alejó un centenar de metros y se puso a pastar. El cachorro no podía ponerse en pie todavía y la madre regresó un par de veces durante el día para darle de mamar, pero pareció hacerlo con mucho desapego.

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A los pocos días, cuando el cervatillo ya se sostiene con los pies, la cierva florece de pronto como madre. Ahora el cervatillo se amamanta casi constantemente y la cierva lo acaricia y lo lame, especialmente en las orejas. Darling dice al respecto “Si empieza a hacerlo una cierva, las otras siguen su ejemplo al poco tiempo, y es muy divertido ver varios cervatillos de pie como chiquillos que se dejan lavar las orejas por sus madres.” Es probable que en los tres primeros días la cierva tenga poca leche y que el cambio de actitud de la madre sea influido por la llegada de la leche. Pero se trata de algo más que de la presión de las ubres, porque ahora se sabe perfectamente que las hormonas circulantes en la sangre que estimulan la producción de leche, también estimulan la conducta maternal.

Darling comunicó un caso sobre la reacción frente a un cervatillo nacido muerte, que es interesante comparado con el caso del cachorro muerto de la foca, que creaba tanta conmoción. Halló un grupo de tres ciervas en torno al cervatillo y al poco tiempo todo el rebaño de sesenta o setenta ciervas se centralizó alrededor del muerto. No se acercaron mucho a él, pero al poco tiempo perdieron interés y se marcharon. Al principio hacen muy poco caso cuando ven el recién nacido vivo, pero si está muerto se muestran muy perturbadas.

El aspecto más interesante del ciervo, desde nuestro punto de vista, es la coordinación del grupo, especialmente los grupos de hembras. Existe una pauta integrada rígida que parece ayudarlos a protegerse de los enemigos. Todo el rebaño de cuarenta a cincuenta ciervas, por ejemplo, puede separarse en familias durante la época de la parición, según acabamos de ver, de manera que cada familia tiene un jefe, que es la cierva madre. Esta siempre está alerta tratando de captar un objeto, un olor o un ruido sospechoso, con la cabeza en alto, y en caso de alarma emite una señal que consiste en un grito de advertencia. Pero sus seguidores no escapan ante el aviso, como cabría esperar, sino que fina la mirada en el observador o cualquiera sea la causa de la perturbación, y luego se alejan
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en orden, siempre manteniendo el enemigo a la vista. Solo sobreviene la confusión cuando la cierva huele al observador pero no lo molesta.

Después de la parición, las hembras vuelven a reunirse formando un gran rebaño, y entonces todas las jefas menores asumen un papel pasivo y todo el grupo tiene una sola conductora. Esta centinela principal suele ser una cierva más vieja, y casi invariablemente tiene un cervatillo consigo. Conserva esta posición de conductora mientras sea fértil, pero en caso de que vuelva estéril pasa a ser una más en el rebaño. Al parecer, este instinto de preservar a los demás guarda relación con el instinto materno de vigilar a los jóvenes. Como hemos visto, hay instintos que son estimulados o acentuados por las hormonas que se incorporan en el torrente circulatorio cuando la cierva está en el período de la lactancia. Por tanto, en este caso la integración está íntimamente emparentada con la reproducción, como lo corrobora el hecho de que los grupos de machos no están tan bien integrados. Por este motivo Darling dice que la sociedad de ciervos es más matriarcal que patriarcal. Solo en la época de celo dominan los machos, pero entonces lo hacen exclusivamente con el objeto de satisfacer sus deseos sexuales egocentristas. Aun durante el celo la cierva jefa sigue desempeñando su papel de centinela y no solamente protege a las demás ciervas y cervatillos, sino al bramante ciervo que está demasiado ocupado con sus apetitos como para fijarse en cualquier otro peligro que no sea el secuestro de una esposa.

Además de la jefa hay una lugarteniente que ocupa el extremo opuesto del rebaño, la retaguardia.

Dado que continuamente tienen miedo de perder de vista al enemigo, el rebaño fusiforme (puesto que siempre se trasladan formando un huso perfecto, con la conductora en un extremo y la subconductora en el otro) desciende al arroyo, pero la jefa de retaguardia se detiene y se queda inmóvil mirando al observador,
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mientras los demás se marchan y desaparecen de la vista del observador. La cierva se queda allí con los ojos fijos hasta que la jefa de vanguardia se encuentra del otro lado del arroyo y se detiene para fijar la mirada en el hombre ; solo entonces la jefa de retaguardia acude trotando a ocupar la posición que le corresponde. Esta retirada ordenada solo puede fallar en momentos de pánico, que pueden ser provocados por la llegada de moscas, particularmente irritantes, que producen una picadura dolorosa. Las ciervas se alborotan mucho y se desbandan en abanico sin la menor previsión, en su frenética prisa por huir de los insectos.

Entre los cervatillos ya se pone en evidencia la distinción entre los jóvenes machos y hembras en cuanto a la labor de centinela. Desde el principio la cervatilla aprende a cuidarse a sí misma, pero el cervatillo no presta ninguna atención y depende íntegramente de las señales de alarma de las hembras. Esto sucede hasta que abandona a las hembras a los tres años de edad y comienza a cuidarse solo. Pero los grupos de machos no tienen ningún conductor y carecen por completo de organización. Cualquier animal puede dar la alarma, y entonces se marchan sin agrupamiento constante, a veces en fila india y otras separados en distintas direcciones.

Como en las focas, entre los venados hay cierta tendencia a la agrupación por edades, y no es infrecuente hallar grupos de machos o hembras de tres años, o de ciervas sin hijos. Sin embargo, esto solo es una tendencia y no existe una regla invariable, porque a menudo se encuentra, por ejemplo, un cervatillo con un ciervo viejo con astas de diez o doce puntas.

Otro aspecto más de este agrupamiento es interesante : cuando un grupo de ciervas o ciervos se echan para descansar, se agrupan de manera que todos
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miran en distintas direcciones para aumentar la posibilidad de captar a un posible enemigo que se acerca. Si se echa un solo venado, lo hace de espaldas al viento para olfatear lo que hay atrás y para mirar lo que tiene adelante.

Ya hemos ilustrado lo suficiente la importancia de la voz del venado como medio de comunicación. Está el rugido del apareamiento, que el ciervo solo puede producir durante el celo, cuando su laringe se agranda temporalmente ; está el grito de alarma de la hembra en presencia del peligro, y están los gruñidos y los gemidos que unen la madre y el hijo durante la lactancia.

Por último querría decir que los cervatillos, como la mayoría de los mamíferos, son muy activos en los juegos y no cabe duda de que esto guarda relación con su existencia social futura. Darling ha estudiado cuidadosamente sus juegos y encuentra que tienen cuatro entretenimientos : carreras, peleas, jugar a la “mancha” y subir a las lomas. La carrera consiste en galopar juntos animadamente. En las peleas fingen estar enfurecidos y se paran sobre las patas traseras como queriendo agredir a alguien con las patas anteriores, pero nunca llegan a hacerlo. La “mancha” no es muy sistemática y ningún cervatillo es “mancha” en particular, pero todos corren en distintas direcciones tratando de tocar a otro con las patas delanteras. A veces juegan a la mancha alrededor de una loma y dan vueltas y vueltas, solo para ser sorprendidos por uno de ellos, que vira en redondo para enfrentarse con los demás. Ciertas colinas parecen señaladas especialmente para jugar a la ascensión. Un cervatillo corre hasta la cima, y al verlo los demás cervatillos se separan de sus madres y tratan de llegar también. Cuando todos han jugado hasta perder el aliento, suspenden el juego con la misma rapidez con que lo iniciaron y trotan de regreso junto a sus madres.

En su libro, Darling hace una interesante comparación entre los instintos sociales de la oveja doméstica y del ciervo. Ciertas razas de ovejas, como la Mountain
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Blackface, tan común en Escocia, no tienen instinto de rebaño y tienden a separarse y a dispersarse, de manera que cubren grandes regiones montañosas de escasa vegetación. Es posible que esta tendencia a vagar haya sido introducida en los bovinos a través de años de selección de parte de los pastores escoceses, así como los pastores españoles han seleccionado las ovejas merino para que formen rebaños. En España las ovejas deben hacer una larga migración desde las pasturas veraniegas a las invernales y regreso, y es muy ventajoso que los animales se mantengan juntos y puedan ser arreados fácilmente por un perro. Por tanto, la cruza bajo domesticación permite acentuar o suprimir ciertos instintos sociales, lo cual nos enseña que los instintos son fiscalizados o afectados en gran medida por la herencia del animal. La tendencia a formar rebaños o grupos rígidos, como en los grupos de hembras de los ciervos, no es solamente un hábito adquirido mediante aprendizaje entre los cervatillos, como sucede con tantas costumbres humanas, sino que es innato en cada individuo. No cabe duda de que existe cierto aprendizaje, así como en nuestras propias existencias sociales existen algunos factores hereditarios, pero en el ciervo la importancia de la acción instintiva innata es relativamente mayor y es indudable que éste es uno de los motivos por los cuales la sociedad de ciervos es tan rígida e inflexible comparada con la nuestra.

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CAPITULO VI CASTORES
Al comentar las sociedades de mamíferos no parecería del todo correcto omitir al famoso castor. Los castores difieren de nuestros ejemplos previos en que sus grupos consisten en agrupamientos familiares relativamente pequeños, y además en que, a pesar de su fama, lo que se sabe sobre el castor es sorprendentemente poco. Conocemos sus obras, que son realmente notables, pero la parte de su ciclo vital que ocurre en el interior de su madriguera, especialmente el apareamiento y la crianza de los cachorros, es tan grande que no se les puede observar de manera detallada. Por otra parte, el hecho de que unidad social consiste en la familia y de que produce obras de ingeniería tan extraordinarias, anticipa condiciones que hallaremos entre los insectos sociales. Por este motivo el castor nos servirá de excelente puente para nuestra exposición sobre los organismos más primitivos.

El castor, al comprender las especies existentes en la actualidad y las formas prehistóricas, algunas de las cuales fueron mucho más grandes, prácticamente ha cambiado la faz de la tierra.

La producción de yacimientos de turba y helechos características todas estas que existen en la actualidad en la mayor parte de América del Norte, Europa y Asia. Los animales de este país viven en regiones un tanto restringidas en comparación con su amplia distribución en otros tiempos, pues se los encuentra principalmente en la mitad septentrional del continente norteamericano y en las regiones muy altas. En Europa, la especie prácticamente ha desaparecido, aunque existió en el

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valle del Po, Italia, a fines del siglo XVI, y hay referencias sobre la existencia de castores en Gales, en el siglo XX. El castor es más feliz en el agua, bajo el techo de la tierra o en la gruesa y sólida estructura de su madriguera. Suele ser tímido y, si bien sale a comer (por lo general de noche) a lo largo de las riberas e inclusive a cierta distancia en el bosque, ante la menor perturbación regresa al agua, se introduce en los túneles subacuáticos de su madriguera y por último llega a la cámara interior, donde se encuentra a salvo. La madriguera suele consistir en un gran montículo cónico formado por palos, ramitas y barro. Todas las entradas desembocan debajo del agua y en el centro hay una cámara bastante grande tapizada con pasto y astillas de madera. Para que esta madriguera no sea accesible para los intrusos, el nivel del agua de la charca tiene que estar por encima de las desembocaduras, y además hasta requieren aguas de cierta profundidad para nadar sin peligro. Estos problemas los resuelven con su instinto de construir represas, porque así logran mantener elevado el nivel del agua e inclusive tornar habitable un lugar que antes no lo era.

La mayoría de los seres vivos aceptan el ambiente tal como lo encuentran y a través de la evolución sus hábitos y su estructura corporal se han modificado permitiendo su adaptación. Pero los castores, como los hombres, modifican el ambiente de acuerdo con su manera de vivir, e instintivamente lo modelan a su agrado.

El castor, como la foca peletera, tiene una cubierta de pelo muy valiosa y además presenta algunas características corporales específicas que lo convierten en un ágil nadador (Lámina V). Con sus extremidades posteriores palmípedas propulsa su cuerpo en el agua y utiliza su cola aplanada, ancha y lisa, a modo de timón, y raras veces como medio de propulsión adicional. Esta cola singular y muy musculosa también sirve para otros fines : a veces como asiento, otras para
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transportar lodo apretándolo contra el cuerpo, y en ocasiones para golpear el agua como señal de alarma. Las extremidades anteriores no son palmípedas y presentan zarpas para excavar que semejan mucho una mano. Una de las características más notables del castor son sus poderosos dientes incisivos, con los cuales aserra árboles de más de treinta centímetros de espesor.

El primer impulso del castor cuando entra en una nueva región, consiste en cortar palos y hasta secciones de arbustos e introducirlos de punta en el fondo de arroyo. Continuando este proceso con una perseverancia que ha convertido al castor en símbolo de industria, logra formar una red de ramitas a través del arroyo. Hecho esto, corriente arriba comienza a añadir barro escarbándolo del fondo y adosándolo a lo largo de la red de ramita.

Al poco tiempo trae más ramas y agrega más barro hasta que finalmente el limo y los residuos del arroyo comienzan a colaborar con él y taponan los intersticios, de manera que finalmente la represa ofrece un cierre perfecto, y así, a medida que sube el nivel del agua, el castor sigue trabajando en los bordes y quizás a lo alto de la represa. La construcción de represas es una actividad que nunca termina porque la represa requiere constante atención, sea porque se deteriora o porque el limo a acumularse en el fondo de la charca sube, y para obtener la profundidad deseada la represa debe ser más alta. La construcción de la represa y de la madriguera, tarea que se realiza principalmente de noche, es más activa a medida que se aproxima el invierno ; poco trabajo puede hacerse cuando la charca se congela en la superficie, con lo cual la represa se repara sola y hasta la madriguera recibe una capa adicional de lodo.

Es improbable que la represa construida en una sola temporada sea muy grande, pero en las charcas extensas donde han vivido numerosas familias durante algún tiempo, la represa puede alcanzar considerable tamaño al acumularse años de
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actividad. La represa de los castores puede llegar a tener hasta ciento cincuenta metros de longitud y más de tres metros de profundidad en algunos lugares, si bien la represa corriente raras veces tiene más de un metro y medio de profundidad. Existen muchas leyendas vinculadas con las represas del castor y se nos quiere hacer creer que sus represas son una perfecta obra de ingeniería, pero los naturalistas nos aseguran que si en ocasiones construyen una represa que tiene una científica curvatura aguas arriba como las represas humanas, esto es pura casualidad, porque muchas presentan la curvatura hacia abajo o son serpenteadas. Al parecer, el castor sigue un trozo de construcción con otro, y el resultado es por sí mismo lo suficiente notable sin necesidad de atribuirle un profundo conocimiento de ingeniería hidráulica.

Algunas represas forman charcas completamente deshabitadas y parece que las mismas han sido construidas para proveer un medio de transporte. Al castor le resulta mucho más fácil remolcar sus ramas y troncos en el agua que llevarlos por tierra firme. No obstante, a menudo hay senderos que descienden en la charca, en los cuales los castores han desnudado el suelo arrastrando troncos. Pero al castor le agrada tanto el transporte acuático que si no construye una represa y forma una charca para ese fin, llega a excavar un canal en tierra firme con sus zarpas anteriores. A veces estos canales son notablemente grandes ; un caso comprobado es el de uno de los Adirondacks, que mide 196 metros de longitud y solo de 37 y 45 centímetros de ancho, aunque generalmente no llegan a 30 metros. Cuando construyen canales en los declives, los mismos tienen la característica de presentar compuertas (pequeñas represas) para mantener el nivel del agua en todas sus partes, lo cual sustancia el punto de vista de Lewis H. Morgan (primer naturalista que hizo un estudio realmente completo del castor), que creía que los canales hasta superan las represas como obras de ingeniería.

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Durante el verano el castor come rosas silvestres o frambuesas, distintas raíces y pastos, cardos y una variedad de otras plantas, pero en invierno su dieta se limita principalmente a la corteza de los árboles, principalmente álamo y sauce. Aunque puede comer toda la corteza de tallos jóvenes, si los tallos son viejos deja la capa externa dura y come el tierno musgo verde que cubre la madera.

A fines del verano o en otoño el castor elige un árbol y le roe la base con sus grandes incisivos. Sus dientes son muy eficientes, porque con dos mordiscos corta un arbusto de un centímetro de espesor ; el álamo de diez centímetros le insume cerca de una hora y para talar un árbol de cincuenta a sesenta centímetros de diámetro tarda una noche. A veces, si los árboles son más grandes trabajan intermitentemente uno o más castores. Estos animales no dirigen la orientación de la caída del árbol, como suele afirmarse, pero una vez derribado a veces lo siguen cortando en partes fáciles de transportar. Arrastran estos trozos por los senderos hasta los canales, de allí a la charca y por último introducen los palos y ramas en el lodo del fondo, de manera que a medida que se aproxima el invierno acumulan una gran cantidad de madera embebida por el agua en el fondo de la charca. Esta es la reserva invernal. Cuando se congela la superficie de la charca, salen de las bocas subacuáticas de las madrigueras y, nadando debajo del hielo, llegan fácilmente a su reserva de alimentos.

Cada madriguera es habitada por una sola familia pero ésta puede ser muy numerosa y a menudo consta de unos ocho individuos, entre ellos el padre que es un macho maduro, su hembra (son monógamos) y cachorros de diverso tamaño. Estos últimos permanecen en la madriguera de los padres durante un para de años y después son desalojados por la fuerza ; los echan para que se defiendan solos, busquen compañeros del sexo opuesto e inicien la construcción de sus propias madrigueras. Estas pueden hacerlas en la misma charca o se trasladan a otra parte si la población ya es grande para el tamaño de la misma. En algunas
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charcas grandes pueden haber hasta ocho madrigueras, aunque la cifra más usual es de tres.

Nada se sabe acerca del celo, que probablemente ocurre en pleno invierno, porque todo sucede dentro de la madriguera, oculto de nosotros por la nieve y el hielo, los palos y el barro. Los cachorros (por lo general en número de dos a seis) nacen tras un embarazo de unos tres meses a principios de la primavera, el destete se produce entre las seis semanas y los dos meses, y a veces se los ve corriendo sobre el techo de la madriguera. Igual que los cachorros de todos los mamíferos, son muy juguetones y retozan en el agua y en tierra,

mordisqueándose, tironeándose y rodando por el suelo.

Durante el período de la parición y principios de la lactancia, el macho, al parecer, abandona la madriguera y vive en cuevas a orilla de la charca, que son otras tantas hazañas de ingeniería del castor. Estas cuevas a veces son muy largas y penetran profundamente en la ribera, en algunos casos de nueve a doce metros. En ocasiones toda la familia prefiere vivir en la cueva a construir una madriguera.

La sociedad de los castores está coordinada de diversas maneras. El famoso naturalista norteamericano Ernest Thompson Seton nos ha dado una brillante descripción del lenguaje que emplean : “Siendo esencialmente social, el castor tiene muchos métodos para comunicar sus ideas.

Los mayores sisean como amenaza o emiten un belicoso ronroneo. Varias veces he visto que cuando dos de ellos se encuentran en la charca, se mordisquean las mejillas y al mismo tiempo emiten un ruido conversador ; supongo que se trata de un saludo amistoso.

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“Otro medio importante es la señal del chapoteo. Observando los castores en Yancey’s (Parque de Yellowstone), comprobé que en cuanto descubren el peligro los castores dan un poderoso golpe en el agua con la cola y se sumergen ; esto es entendido por todos, y al hacerlo uno lo hacen todos los demás... En noches serenas este ruido se escucha a gran distancia, pero en realidad se trata de dos sonidos : uno intenso, como el chapoteo de un remo, seguido inmediatamente por una caída hueca y profunda en el agua, como si se arrojase a la charca una piedra de diez toneladas.

“Pero hay otra forma que podría denominarse el teléfono del pastel de barro”. A continuación Seton describe la secreción de las glándulas próximas al ano, denominada castoreum. Esta secreción se deposita en la superficie de un pequeño trozo de barro y es en todo sentido una verdadera tarjeta de visita. Todo castor que pase por allí reconocerá el sexo y posiblemente otros detalles personales del visitante con sólo oler el castoreum, así como los perros emplean la orina como fuente de información. Se presume que este recurso lo emplean los machos para intimidar y asustar a otros machos que incursionan en su territorio, y que también lo emplean los machos maduros para atraer las hembras a sus dominios ; el macho coloca este aviso en todos los sitios prominentes en kilómetros a la redonda.

El mayor grado de cooperación se aprecia de muchas maneras en las estructuras físicas que construyen : represas, canales, cuevas y madrigueras. Todas estas empresas son cooperativas y mutuamente beneficiosas. Podríamos decir que los castores están unidos por sus obras ; ésta es una actividad comunal que facilita su alimentación y reproducción, y hasta los protege de sus enemigos.

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CAPITULO VII INSECTOS SOCIALES
Antes de entrar en los detalles de cualquier sociedad de insectos en particular, convendrá decir algo sobre las sociedades de insectos en general. En última instancia existe una gran diferencia entre insectos y mamíferos y, por tanto, no debe sorprender que sus sociedades difieran en muchos sentidos respecto de las de los mamíferos. No obstante, en las sociedades de insectos no solamente se aprecian las tres funciones que hemos seguido a través de todo el mundo orgánico -asimilación de energía, reproducción y coordinación- sino que, entre los insectos, se destacan con mayor claridad y audacia. Esto se debe principalmente a que las sociedades de insectos tienen una integración en gran medida fija e inflexible, sus pautas de acción son rígidas y esto hace que sus actividades sociales sean mucho más nítidamente definidas.

Igual que los mamíferos, los insectos han formado sociedades en muchas épocas distintas de su evolución. William Morton Wheeler, el gran entomólogo y autoridad en sociedades de insectos, calcula que lo han hecho no menos de veinticuatro veces. Además, por el estudio de insectos fósiles, hermosamente incluidos en ámbar (la resina fósil de los primitivos árboles coníferos). Esto, por supuesto, también rige para las muchas formas solitarias, pero demuestra que su existencia social estable data desde mucho tiempo.

En general, los insectos son mucho más pequeños que los mamíferos y sus sistemas nerviosos también son más rudimentarios. No parecen capaces de
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efectuar grandes deducciones mentales, pero en cambio, responden de manera específica frente a un gran número de estímulos externos. Además sus sentidos tienen una extraordinaria agudeza. En algunos los ojos están bien desarrollados tienen importancia, por ejemplo, en la vida social de la abeja- pero en otros, como las hormigas soldado, los ojos prácticamente han desaparecido y son ciegos. Algunos insectos tienen audición ; el grillo no solamente canta para solaz o molestia de los seres humanos, sino principalmente para llamar a su compañera, para quien su canto es irresistible. Pero lo más notable para nosotros, puesto que somos comparativamente insensibles, es su sentido del olfato, o lo que podríamos llamar con mayor propiedad, su sentido químico, porque a veces comprende el contacto real con el producto químico y no el simple registro de sus vapores. Un pequeño trocito de cucaracha hembra produce en un grupo de machos un desenfrenado éxtasis de anticipación, mientras que el olor de una flor determinada, en una obrera contribuye a guiar a las demás abejas hacia la fuente del néctar. En efecto, es probable que toda la galaxia de aromas que tienen las flores, haya surgido en el transcurso de la evolución como mecanismo para atraer a los insectos que sirven para la polinización. Todos estos sentidos, como veremos, desempeñan un papel decisivo en la integración de la sociedad de insectos.

Según Wheeler, el paso social de los insectos es la prolongación de la vida del adulto, y esto, conjetura este autor, se debe a los hábitos especializados de alimentación que ciertos insectos han adquirido para evitar la competencia con otros. Esto se pone especialmente de manifiesto en el caso de los vegetarianos, en los que la alimentación quizá no sea muy nutritiva, como sucede entre los termes, que comen madera, o no muy abundante, como entre los escarabajos estercoleros y en ambos casos la alimentación requiere tiempo y perseverancia. Como resultado inmediato de esta prolongada vida adulta, los insectos jóvenes permanecen en contacto con sus padres durante períodos más prolongados, lo
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que conduce finalmente a que los jóvenes dependan de los padres, quizá mediante la pérdida de alguna capacidad de autosostenimiento entre las larvas en crecimiento. La condición más primitiva de una auténtica existencia social ocurre cuando los adultos atienden a su prole dándole alimentos, y quizá hasta construyéndole un nido, pero hasta este cuidado puede ser variable. Por ejemplo, entre algunas avispas sociales la madre deja suficiente alimento para todo el desarrollo de la prole, mientras que en otros casos les lleva alimento a medida que crecen, prolongando así su período de atención. El siguiente paso hacia una sociedad más complicada (como entre las abejas, por ejemplo) es la producción de vástagos asexuados que se denominan “obreras” (en realidad son hembras estériles), y en tales casos estos miembros contribuyen a obtener alimentos y nutrir a las larvas. Son eficientes niñeras y ayudan a la madre a dedicarse, exclusivamente, a la postura de huevos. Los machos fértiles de muchos insectos sociales, especialmente abejas, resultan perfectamente inútiles para todo lo que no sea fecundar a la hembra, acto que se realiza rápidamente y por lo general una sola vez durante toda la vida de la hembra. Esta almacena el esperma en un saco especial y lo va depositando, poco a poco, en los huevos, a medida que va saliendo de su cuerpo. El macho, por tanto, no tiene ninguna participación en la colonia bien desarrollada una vez fecundada la reina. Wheeler dice que el macho “...ni siquiera tiene la jerarquía de un policía holgazán, y todas las actividades de la comunidad son desarrolladas por las hembras, y principalmente por las viudas, debutantes y solteronas. Es indudable que estos hechos obligan a quienes, como yo mismo, no somos feministas ni vegetarianos, a confesar que, en los insectos sociales más interesantes la evolución tiende decididamente a un siempre creciente matriarcado o ginarquía y vegetarianismo”.

Los tipos de alimentos por los cuales han adquirido preferencias, son variados, y algunos insectos, como las avispas sociales más primitivas y ciertas hormigas (como la hormiga soldado), son carnívoros y devoran otros insectos y, a menudo,
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la carne de otros animales. Otros, como la abeja, se alimentan del néctar de las flores, mientras que algunos más, como numerosas hormigas, viven de los jugos de las plantas. A menudo, estos jugos han sido chupados por los pulgones de las plantas, que las hormigas mantienen como animales domésticos, y haciéndoles un masaje los pulgones regurgitan parte del jugo, que las hormigas absorben ávidamente. Las hormigas melíferas toman los jugos de las plantas y los almacenan bajo tierra ; algunas obreras cuelgan del techo de pequeñas cámaras y se convierten en cubas vivientes. Sus abdómenes son como bolas distendidas de miel que regurgitan cuando se las ordena (Fig. 1). Las hormigas cosecheras comen cereales que almacenan en graneros subterráneos ; las hormigas carpinteras y los termes comen madera y obtienen su energía de la celulosa, pero las más notables de todas son las hormigas que mantienen huertos de hongos y son verdaderas horticultoras.

Fig. 1. Obrera de depósito de la hormiga melífera. (DE W. M. Wheeler).

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Uno de los aspectos más interesantes de la alimentación de los insectos sociales es la tendencia a compartir o intercambiar alimentos o secreciones salivares. Esto puede suceder entre los adultos mismos o entre los adultos y las larvas, y es un proceso que parece servir a una variedad de funciones : una es la de unir y coordinar los individuos, y la otra consiste en alimentar los miembros de la colonia que no salen o no pueden salir para procurarse alimento por su cuenta.

Para ilustrar la extensión de esta alimentación compartida, hace poco algunos biólogos ingleses realizaron un interesante experimento con las abejas comunes. En una colmena de 24.500 miembros, alimentaron seis obreras con una sustancia que contenía fósforo radiactivo, elemento cuya presencia puede reconocerse en cantidades muy pequeñas debido a su radiactividad. A continuación se dejó regresar estas seis abejas a su colmena, y 27 horas después se estudió a todas las abejas de la colmena para ver si alguna poseía parte del fósforo. Se comprobó que el 76 por ciento de las obreras activamente forrajeras tenían un poco, y además se reconoció este elemento entre el 43 y el 60 por ciento de todas las abejas. A los dos días todas las larvas mayores que estaban en celdas abiertas eran radiactivas. Mediante esta ingeniosa prueba se consiguió demostrar que el intercambio de alimentos es una actividad rápida y dinámica en la colmena. Además los autores establecieron que no se trata simplemente de una distribución del alimento, sino de un medio de comunicación. Solía creerse que la actividad de las diversas obreras en sus actividades especializadas (cuidado de las larvas, forraje, etc.), estaba en función de la edad de la abeja, pero ahora se demostró que está en función de la abundancia y tipo de alimento, y que posiblemente la aprenden mediante este sistema telefónico de compartir los alimentos.

Yendo ahora a la cuestión de la reproducción, hallamos que (salvo un número de notables excepciones) las colonias de los insectos superiores no solamente son matriarcales sino monógamas. Esto no siempre es así, porque entre los termes el
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macho o rey sigue viviendo con la reina y la fecunda reiteradamente, y también hay algunos casos de poligamia en que en una colonia viven varias reinas. Pero de todos modos sería justo decir que aunque las colonias alcancen un tamaño enorme y consistan en millares de individuos, en la mayoría de los casos no son más que una familia, con una madre y su numerosísima prole. Esta prole puede ser de tipos muy distintos : puede tratarse de nuevos machos y hembras que se dirigen a otra parte para fundar nuevas colonias, o bien de hembras que no reproducen. Además entre estas hembras estériles existen gradaciones en una serie casi continua de tamaño en algunos casos, mientras que en otros establecen distintos grupos, a menudo soldados u obreras, o bien soldados y obreras grandes y pequeñas (Fig. 2). Cada una de estas castas divide el trabajo, en cierta medida, y lo más curioso es que existen en proporciones bastante fijas, a pesar de que mueren constantemente para ser remplazadas por nuevas, todo a partir de la reina fértil.

El problema de la forma en que se producen estas castas ha interesado a los biólogos desde muchos años, y en la actualidad se conoce el asunto en buena parte. La diferencia entre machos y hembras es genética (como sucede con la mayoría de los animales y plantas), pero en este caso los machos nacen a partir de los huevos no fecundados, mientras que las hembras provienen de los huevos fecundados. Las hembras, en consecuencia, tienen doble número de

cromosomas (que son los cuerpos de los núcleos celulares encargados de transmitir los factores hereditarios o genes). Un juego de cromosomas proviene del padre y otro de la madre. Los machos, en cambio sólo reciben los cromosomas maternos y esto crea de alguna manera todas las diferencias estructurales tan evidentes entre los sexos. Las castas neutras también provienen de huevos fértiles y, por ello, son fundamentalmente hembras, ¿pero, por qué difieren entre sí o difieren de la reina ? Es probable que la situación sea mejor

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conocida en la abeja común, donde existen ciertas evidencias de que la gran celda del huevo de la presunta reina no de la celda de una obrera, sino que la reina recibe un alimento más rico, secretado por las glándulas faríngeas de la obrera y que se denomina “jalea real”. Se cree, por tanto, que las diferencias son de nutrición, porque los huevos son los mismos, pero lo que determina el destino de la reina es la calidad y/o la calidad de la dieta de ésta. Las obreras no pueden reproducirse porque han sido sometidas a lo que Wheeler denomina castración nutricia. Ahora se cree que existe la misma situación en otras formas de insectos como las hormigas y los termes, si bien todavía no se dispone de datos tan claros como en el caso anterior. Se supone que de esta misma manera se producen las obreras de distinto tamaño aunque de proporciones radicalmente distintas. Esto se aprecia especialmente en los soldados de las hormigas y termes, donde las mandíbulas de estas formas más grandes parecen desproporcionadamente grandes y poderosas.

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Fig. 2. Distintos tamaños de obreras de una especie de hormiga : a, soldado ; b, cabeza del mismo vista desde arriba ; c, obrera de tamaño mediano ; d, cabeza de la misma ; e, obrera chica ; f, extremo de una pata que muestra las garras. (De W.M. Wheeler).

En su Origen de las Especies, Darwin se ocupa específicamente del problema de la evolución de los insectos sociales porque parecía haber tantos individuos estériles y, dado que todo su plan dependía de la propagación sexual, dijo que por momentos le pareció que ello plantearía serias dudas sobre su teoría de la selección natural. Finalmente, ¿cómo es posible que estos miembros neutros trasmitan sus variantes selectas si son estériles ? Pero, señala que la selección no puede actuar aquí solamente sobre el individuo, sino que tiene que actuar sobre toda la sociedad, sobre toda la familia, si la reina produce retoños que instintivamente desempeñan ciertas tareas con eficacia, y si produce varias colonias en competencia, las reinas hijas y sus nuevas colonias.

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Pero aquí la unidad de selección es principalmente una sola unidad social, y uno de los medios, por los cuales la sociedad de insectos mantiene su cohesión, consiste en limitar los reproductores a un solo par (o por lo menos a un pequeño número), porque debido a esto todas las facetas existentes y todos los futuros cambios de su intrincada sociedad tienen que canalizarse a través de la conformación hereditaria, que está dada por el plasma germinativo de esa pareja.

Fig. 3. La hormiga reina inicia una nueva colonia. (De T.C. Schneirla.)

Considerando todo esto, no debe extrañar que una reina, por ejemplo, una hormiga reina, posea todos los instintos de la colonia. Esto se pone de manifiesto cuando después del vuelo nupcial (y menos del macho en lo tocante al destino de la colonia) la reina fecundada se entrega a fundar una nueva colonia. Primero se quita las alas y después excava un pequeño orificio en la tierra, donde se encierra en una cámara (Fig. 3). Allí, después de un tiempo, deposita sus huevos y, a media que éstos se abren, comienza a alimentar las larvas con su propia saliva. Las larvas metamorfosean en pupas y emergen como obreras muy pequeñas, que entonces salen en busca de alimento para la reina y se encargan de alimentar y cuidar a la progenie subsiguiente. Puede que aparezca que la reina pierde su
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instinto apenas recibe ayuda y que de entonces en adelante se concentre en la elaboración y postura de huevos.

La coordinación de una colonia de insectos sociales se logra de muchas maneras. Ya hemos mencionado el intercambio de materiales alimenticios que hacen las veces de vínculos entre los individuos pero además de esto el tacto y la palpación de un insecto a otro transmiten información, o sea información química. Como las comunicaciones de todos los tipos se conocen mejor en las abejas, tomaremos nuestros ejemplos de ellas. Sin embargo no dedicaré una parte muy extensa a las abejas porque el famoso descubridor de su lenguaje, Karl von Frisch ya trató el asunto en su admirable librito1. Aquí simplemente señalaré algunos de los hechos más destacados.

Como hemos mencionado, al regresar de un cantero de flores la abeja indica el tipo de flor a las demás mediante señales químicas, pues éstas huelen el aroma que tiene su cuerpo. Entonces la abeja se deja tocar y palpar para que todas las que están a punto de salir en busca de néctar y polen conozcan el olor de una buena fuente de alimento. Pero lo notable es que la abeja que llega puede decir a las demás la dirección y la distancia. La dirección se comunica mediante una danza que realiza la abeja, pues la danza está orientada respecto de la dirección del sol. El sol puede usarse directamente como brújula, pero también puede servir cualquier porción del cielo azul, puesto que la luz del cielo es polarizada, fenómeno al cual el ojo de la abeja es especialmente sensible. Así, a partir de una pequeña porción de azul que la abeja se ve desde el interior de la colmena, determina con precisión la posición del sol y hace su danza de conformidad con ella. La distancia se indica de dos maneras distintas : si la fuente de alimento está en las cercanías, la abeja que llega realiza una danza especial en torbellino ; si la distancia es mayor de doscientos metros, la rapidez de la danza de orientación es
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Karl Von Frisch : Bibliografía. 563

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proporcional a la distancia. Conociendo estas cosas, von Frisch consiguió predecir la dirección y distancia exactas de una fuente alimenticia en particular, con la misma precisión que las abejas. No cabe duda de que esta comunicación es sumamente compleja, mucho más de lo que se sospechaba anteriormente de los insectos.

Hasta hay casos de comunicación auditiva entre los insectos adultos y los jóvenes, que se observa especialmente en ciertas avispas sociales. Aquí las larvas que están en las celdas tienen un líquido salival que los adultos buscan ávidamente y que absorben a cambio del bolo alimenticio que entregan a las larvas. Las vibraciones de las alas de la avispa adulta sirven de estímulo para las larvas, que asoman de sus celdas y al mismo tiempo empiezan a salivar de una manera que recuerda los famosos perros de Pavlov. Que la pulsación de las alas constituye el estímulo, se aprecia produciendo un silbido intenso (o una vibración similar) y esto también provoca la respuesta. Esto recuerda sin duda un grupo de pichones del petirrojo en el nido, todos con el pico abierto responden a la presencia de la madre, pero los pichones del petirrojo no ofrecen nada material a cambio y al parecer también responden a estímulos distintos.

Para terminar, quisiera mencionar los nidos de los insectos sociales, porque éstos, como las estructuras del castor, se convierten en una parte central de su historia vital y actividades. Los nidos varían desde pequeños grupos de celdas hasta estructuras muy grandes y complejas.

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Fig. 4. Hormigas sastre que hacen su nido uniendo las hojas y adhiriéndolas con seda hilada por sus larvas. (De O. W. Richards, según Doflein)

Todos conocemos los panales de la colmena y los grandes nidos en forma de mazorca que hacen las avispas. Los termes no solamente viven en los huecos de la madera que han excavado, sino que construyen, como en el Congo belga, por ejemplo, grandes estalagmitas altas e irregulares que tienen una altura doble de la estatura de un hombre. Muchas hormigas horadan el suelo y hacen túneles a grandes distancias, mientras otras anidan en los árboles, en ramas huecas o en bolas de hojas cementadas por ellas mismas. Las hormigas sastre hacen esto con equipos de obreras, algunas de las cuales juntan las hojas, mientras otras exprimen sus larvas como pomos, que emiten un cemento adhesivo que pega las hojas (Fig. 4). La variedad de la arquitectura es grande y a menudo ingeniosa, y en todos los casos les sirve para favorecer su alimentación y su reproducción, y para protegerse de los enemigos. Sus nidos son fortalezas que presentan muchas ventajas. Existen, sin embargo, algunas hormigas que no se detienen en ningún sitio el tiempo suficiente como para construir un nido. Examinémoslas ahora con mayor detalle.

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CAPITULO VIII HORMIGAS SOLDADO
Las hormigas soldado, que también se llaman hormigas legionarias, se encuentran en muchas regiones tropicales del mundo. Estas hormigas son estrictamente carnívoras y sus hábitos e historia vital se centralizan en la ingestión de carne. Atacan en grandes hordas y saquean la comarca buscando otros insectos y hasta pequeños mamíferos, si tienen la suerte de atraparlos, y luego destrozan salvajemente su presa y se llevan la carne en pequeños pedazos mientras prosiguen la marcha en busca de nuevas víctimas. Según Wheeler, son “los hunos y los tártaros del mundo de los insectos”.

Cuando visitan una casa en los trópicos se las considera deseables porque limpian la casa de toda alimaña, si bien yo experimentaría emociones encontradas si esto me sucediese. Algunas especies atacan de noche y su llegada es anunciada por la fuga de las cucarachas, lauchas, lagartijas y ratas de la casa, conmoción que no puede dejar de despertar a las personas de sueño más profundo. Entonces conviene recoger la ropa de cama y marcharse de la casa (cuidando donde se pisa) porque las hormigas soldado sientan sus reales y no queda otro remedio que esperar que limpien la casa.

Las hormigas soldado de América Central, hacen sus incursiones de caza durante el día. La luz en sí no tiene ninguna utilidad a los efectos de ver los objetos, porque los ojos de estas hormigas (con excepción del macho y la hembra fértiles), son tan rudimentarios y atróficos, que a duras penas distinguen la diferencia entre luz y tiniebla. Pasan la noche en un campamento, que consiste en una bola péndula formada por hormigas como un enjambre de abejas, adherida a alguna

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FIG. 5. Serie de obreras de hormigas soldado de distintos tamaños. (De. T.C, Schneirla.).

rama caída a baja altura, y al llegar la luz del alba esta masa de 100.000 a 150.000 hormigas comienza a bullir de actividad cuando ellas descienden a tierra e inician la marcha una tras otra en torbellinos y remolinos. Entonces, de pronto, la bola entra en ebullición y una columna de dos centímetros y medio de ancho y de seis a doce hormigas en fondo, avanza hacia el bosque, siguiéndola todas las demás en una larga fila (Lámina VI). Las obreras, estériles hembras, son de cuatro tamaños o castas, desde los soldados grandes hasta las obreras mínimas, muy pequeñas consiguen mantenerse en el centro de la columna, mientras las grandes se aglotinan en el borde externo, y así la columna misma adquiere el aspecto de un orden militar. Se observa algunas hormigas que llevan larvas (que mantienen en las tenazas, con las larvas que cuelgan debajo, entre las patas) porque deben transportar consigo toda la familia. Lo más importante es que cerca del final de la columna se suele observar a la reina que marcha rodeada pro un grupo de obreras especialmente atentas y excitadas, que muestran el debido respeto por su monarca y madre. Entonces el frente de la columna se ensancha y se convierte en fuerza de asalto. Este frente puede asumir diversas formas, como una saliente elíptica, o bien extendida en abanico, pero en ambos casos debe avanzar forzosamente debido a la presión de la columna que marcha detrás. El avance del borde anterior, muchas
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veces no es uniforme, sino irregular y sus saliencias alternan de un lado a otro, movimiento que les sirve para flanquear cualquier presa que trate de escapar. Cuando atrapan algún saltamontes aterrorizado, las más próximas acuden y lo destrozan con sus tenazas, y al poco tiempo no queda otra cosa que pequeños fragmentos entre las tenazas de muchas hormigas que siguen avanzando. El enjambre que avanza puede tener hasta catorce metros de ancho, y ante él se observan las víctimas que escapan. En ocasiones se ve evolucionar pequeños pájaros que comen los insectos que las hormigas han abandonado. Otras veces, aniquilan el nido de otra especie de hormiga o el de una avispa, o bien, encuentran una pila de hojas y humus y lo limpian de escarabajos. A medida que el día avanza, se congregan nuevamente en una columna ordenada, y al anochecer han hallado otro sitio para acampar, quizás a unos trescientos metros del lugar donde habían pasado la noche anterior.

Si bien se sabía que, en ciertos períodos las hormigas se trasladaban para acampar en distinto sitio cada noche, mientras que en otros se introducían en el hueco de algún árbol para pasar varias noches consecutivas, hace poco se ha comprendido el motivo de este fenómeno. T.C. Schneirla, psicólogo de animales del Museo Norteamericano de Historia Natural, ha pasado muchos años haciendo detalladas y cuidadosas observaciones sobre los hábitos de las hormigas soldado, especialmente las de la isla de Barro Colorado, donde Carpenter estudió los monos aulladores, y Schneirla ha escrito algunos estudios excelentes y minuciosos sobre sus hábitos sociales.

Ante todo, encontró que los períodos nómadas, que comprenden el cambio diario de campamento, y los períodos relativamente estacionarios, en que utilizan todas las noches el hueco de algún árbol para acampar, alternan en forma muy regular. La especie (Eciton hamatum) sobre la cual hizo la mayoría de sus observaciones, deambula por un período de diecisiete días y después permanece en un sitio
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durante diecinueve o veinte días, lo que sucede durante todo el año, tanto en la época de las lluvias como durante la sequía. Por lo tanto, ninguna influencia de los períodos estacionales o lunares parece ocasionar este ciclo, pero en cambio, como demostrara Schneirla, la causa radica en el ciclo reproductivo. En el campamento estacionario, las larvas grandes y maduras, que han sido llevadas de un lado a otro en las incursiones anteriores y fueron engordadas con el botín de guerra, hacen sus capullos y entran en relativo letargo al metamorfosearse en hormigas maduras dentro de sus cápsulas de seda. La iniciación de la elaboración del capullo coincide con la iniciación de la fase sedentaria, y no solamente se quedan en el mismo campamento todas las noches, sino que hasta las incursiones son menores y menos eficaces. En este período ocurre otro acontecimiento : el abdomen de la reina se hincha considerablemente y a la semana ya no es posible dejar de advertir que está embarazada, porque ha aumentado hasta cinco veces de tamaño (Lámina VI). A partir de entonces, durante un intervalo de cinco a siete días pone de veinte a treinta mil huevos. Las obreras ayudan en la postura y alimentan a la reina, siempre corriendo frenéticamente a su alrededor. Al poco tiempo los huevos terminan de incubarse y salen las diminutas larvas, que también son atendidas por las obreras ; hacia los veinte días las larvas son grandes y lo suficientemente resistentes como para ser transportadas de un campamento a otro al entrar en la fase nómade.

Parece que el estímulo de viajar es producido en parte por las contorsiones de las larvas, que excitan a las obreras, pero también al final de la fase estacional comienzan a abrirse las pupas (ayudadas por el excitado manipuleo de las obreras) y aparece una nueva tanda de obreras. Esto incrementa todavía más la frenética actividad de la colonia, las hormigas ya no pueden contenerse y salen en reguero al exterior para iniciar la incursión y la cacería.

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Las crías de que hemos hablado corresponden todas a las obreras, pero existe la cuestión de la producción de nuevas colonias, problema que entraña la formación de nuevos machos y nuevas reinas. Periódicamente, en una fase que no parece ser afectada por el tiempo, la reina deposita huevos que producen machos y hembras, por lo general a principios de la época de la sequía. Los machos que salen pueden ser muy numerosos, de dos a tres centenares, pero sólo hay una media docena de hembras, que son las futuras reinas. Puede que hayan habido más reinas larvales que no llegaron a sobrevivir, porque existe competencia aún entre las pocas que quedan y sólo una de ellas llegará a formar una nueva colonia.

Cuando las nuevas reinas salen de los capullos se produce, según Schneirla, una gran conmoción entre las obreras, porque su lealtad en realidad se ha dividido. Cada reina, inclusive la reina madre, estará rodeada por obreras, algunas de las cuales le demuestran solícita atención, pero otras, al parecer, manifiestan irritación y petulancia. Esta excesiva atención significa la muerte de las más débiles hasta que finalmente sólo quedan dos, por lo general la reina vieja y una reina nueva. Entonces ambas se separan, y esta separación produce una gran escisión entre las obreras, pues cada una sigue a su reina favorita. La colonia entonces se divide en dos y se forman dos colonias. Schneirla sugiere que este reconocimiento de las diversas reinas comienza cuando las nuevas reinas todavía son larvas y sólo culmina cuando emergen de los capullos.

A los machos no se les presta ninguna atención en particular. Estos insectos grandes y alados van de un lado a otro y son aceptados en las nuevas colonias de reinas vírgenes, de manera que se consigue cierto grado de fecundación cruzada entre las colonias. Solamente un macho tiene acceso a cada reina virgen y, por supuesto, la fecunda. Para él, esto señala el fin de su existencia y al poco tiempo es desconocido y relegado por el gran matriarcado.
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Un problema particularmente interesante se plantea si por casualidad una reina se pierde y la colonia carece de su medio de perpetuación. Parece que en este caso las hormigas están dispuestas a prestar su atención a la reina de cualquier otra colonia que las acepte como obreras ; en consecuencia, los grupos sin reina no tardan en fusionarse con una colonia normal.

Creo que ya se habrá puesto ampliamente en evidencia que la cohesión del grupo depende en medida muy considerable de la coordinación entre los individuos. Ante todo, entraña el reconocimiento de las reinas en particular. Esto se alcanza a través de los sentidos químicos, porque en estas hormigas esencialmente ciegas, es indudable que el olfato y la discriminación gustativa son muy agudos. Lo curioso es que el olor de una masa de obreras y el olor de una reina ofrece una diferencia para el olfato, relativamente insensible, del hombre. Las obreras tienen un olor que recuerda “las flores de patata” (si bien a menudo lo disimula la fetidez del alimento), mientras que la reina tiene un “olor delicado e indefinible”. Por supuesto, además de esto, las hormigas distinguen entre las diversas reinas en particular, como su reacción frente a la reina nueva lo indica sin lugar a dudas. Por lo tanto, el reconocimiento de un individuo, la reina, parece hacer las veces de un fuerte mecanismo de cohesión, y en caso en que la reina muera, centralizan rápidamente su atención en otra. La reina no simplemente simboliza el centro de la organización, sino que debido a la respuesta de las obreras a su olor coordina físicamente la colonia formando una unidad.

El sentido químico tiene un efecto adicional en la coordinación de la marcha y las incursiones de las hormigas.

Al frente de la columna no hay exploradoras ni conductoras, sino simplemente una masa de hormigas que tratan de seguirse las unas a las otras. Esto significa que
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cuando participan más de un millar de hormigas, la presión de las que avanzan detrás llega a ser tan grande que literalmente empuja a las filas indecisas de vanguardia. En efecto, las conductoras continuamente son reemplazadas por otras a medida que éstas pasan al frente desde retaguardia, y apenas las nuevas conductoras flaquean son aventajadas por otras nuevas. Wheeler y Schneirla han demostrado que este instinto servil de seguir a las demás, puede provocar su destrucción en el laboratorio o, en ocasiones, por algún accidente natural. Si comienzan a seguirse las unas a las otras alrededor de un plato de agua, por ejemplo, siempre estarán en posición ideal para seguir un aroma nuevo y jamás pasarán al frente, pero no pueden seguir marchando indefinidamente y por último mueren de agotamiento. No hay capacidad para razonar y quedan atrapadas en su propio y elemental juego de estímulos y respuestas.

También ejemplifica la intercomunicación su intercambio de alimentos. Existe, en cierta medida, una división del trabajo entre las distintas castas de obreras. Las grandes son las más activas en el pillaje, mientras las pequeñas participan con preferencia en el cuidado de la reina y las larvas. Como la reina misma no ataca, ésta, las larvas y en cierta medida las obreras pequeñas, tienen que vivir con el alimento que las obreras grandes comparten. La alimentación entraña distribución, o sea la consideración de la colonia como un todo. Desde el punto de vista de la selección natural, éste es un mecanismo especialmente obvio y necesario porque para dividir el trabajo de obtener alimento es menester compartir, pues de lo contrario sólo subsistirían las obreras estériles y éstas no podrían perpetuarse a sí mismas. Si bien admitimos que este punto es bastante obvio, ilustra con claridad que, cuanto más grande sea la división de trabajo de una unidad dada, más grande será su cohesión.

Las hormigas soldado presentan respecto de las demás, la particularidad de que no hacen hormiguero. Si bien es cierto que durante la fase estacionaria viven en
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algún hueco, esto tiene poca importancia, porque lo principal es que, no importa dónde acampen, todas las noches hacen su propio nido construido por las mismas obreras (Lámina VII). Hay capas y capas de obreras que cuelgan unas de otras, y en el centro de este nido de hormigas se halla la reina con su prole y sus pequeñas azafatas. Hasta puede ocurrir que hayan corredores temporarios y variables en el interior que facilitan los movimientos y contribuyen a ventilar la masa, pero toda la estructura, que tiene su forma y distribución, como también su diferenciación en capas, está compuesta por muchos millares de hormigas. En

este caso el nido es una prueba palpable de cohesión y afinidad mutua.

Lámina i. Dos jóvenes monos aulladores en cautiverio. (Fotografía de C.R. Carpenter.)

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Lámina II. Focas hembras. (Fotografía de karl W. Kenyon.)

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Lámina III. Foca macho con su harén. (Fotografçía de Karl W. Kenyon.)

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Lámina IV. Ciervos en cautiverio. Un macho, tres hembras y dos cervatillos. (New York Zoological Society.)

Lámina V. Un castor sentado sobre la cola. (Copy-right de Walt Disney Productions.)

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Lámina VI. Arriba : Reina de las hormigas soldados hinchada y cargada de huevos. Está realizando la postura, y las obreras circundantes se llevan los huevos. Abajo : Columna de hormigas soldados en marcha. Esta columna puede tener más de 270 metros de longitud. La reina está un poco arriba del centro de la fotografía, rodeada por algunas obreras excitadas. (Fot. T.C. Schneirla.)

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Lámina Vii. Campamento de hormigas soldados. Las hormigas se amontonan y se enganchan entre sí en festones para pasar la noche durante la fase nómade. (Fotografía de T.C. Schneirla.)

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Nido de termes en la comarca de Suk, Africa. (American Museum of Natural History.)

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CAPITULO IX TERMES
Los termes o comejenes pertenecen a un grupo de insectos totalmente distintos de las abejas, las hormigas y las avispas, y guardan un parentesco más íntimo con las cucarachas. Esto es importante para comprender las diferencias entre sus sociedades y las que ya hemos considerado, y para destacar que las sociedades han surgido independientemente muchas veces en el transcurso de la evolución. La diferencia más notable hallada en los termes, es que no siguen la secuencia de huevo, larva, pupa y adulto, sino que tienen una llamada metamorfosis incompleta, sin verdadera larva semiforme, sino una sucesión de ninfas (formas diminutas cuyo aspecto es ligeramente distinto de la de los adultos) que atraviesan una serie de mudas y cambian gradualmente hasta que en la última muda se convierten en adultos (Fig. 6). Esto significa que, excepto cuando son muy jóvenes, las ninfas no son impotentes como las larvas, sino que pueden actuar como obreras. Otra peculiaridad importante de los termes es que no están compuestos simplemente por hembras, sino que los obreros estériles son de ambos sexos y la reina siempre está acompañada por su rey.

Los termes habitan principalmente en los trópicos, pero hay muchas especies en diversas regiones de los Estados Unidos. Como es bien sabido, tienen particular propensión a devorar la madera. Consumen vorazmente edificios, libros, postes telefónicos y todo lo que consista en celulosa no tratada con algún producto químico resistente. Son especialmente peligrosos porque sienten aversión por salir al descubierto -la luz o, con mayor probabilidad, la humedad del medio ambiente les resulta desagradable- y, por tanto, horadan los tirantes y zócalos, dejando una fina capa de madera intacta. Una casa de aspecto fuerte y robusto
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puede derrumbarse de pronto, cuando los gruesos pilares de madera han sido corroídos poco a poco y no tienen mayor resistencia que una caja de cartón vacía. El deseo de mantenerse cubiertos y a resguardo del aire fresco se manifiesta de

Fig. 6. Algunas de las distintas etapas en el desarrollo de una especie de termes. De izquierda a derecha : dos ninfas de distintas edades, un soldado y una reina.

Muchas maneras. Si la casa ha sido montada sobre una base alta de cemento, los termes hacen pequeños túneles con saliva y pasta de madera a partir del suelo, suben por estos túneles a lo largo de los muros de cemento y penetran en la madera de la casa. Esto les proporciona un puente cubierto que les permite atravesar las zonas hostiles y no comestibles. Debemos señalar que, especialmente en los trópicos, los termes no viven exclusivamente en las obras del hombre, y el hecho de que en cualquier selva tropical prácticamente no haya
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troncos caídos puede atribuirse directamente a la actividad de los termes. La celulosa no es una sustancia de fácil digestión. Si bien es cierto que está formada por moléculas de azúcar unidas entre sí por los extremos, estas uniones son tan resistentes que las enzimas digestivas del ser humano, por ejemplo, no pueden separar las moléculas para obtener la energía del azúcar. Ciertos

microorganismos, protozoarios y bacterias tienen jugos digestivos especiales capaces de realizar esta difícil proeza, y los vacunos y conejos, que en cierta medida dependen de la celulosa, poseen en el intestino una cavidad especial donde las bacterias escinden la celulosa y permiten a los animales el aprovechamiento del azúcar. Las bacterias que habitan en estos animales, les resultan útiles a éstos porque son esenciales para la digestión, y los termes tienen en su intestino un surtido especial de complejos protozoarios queles permiten nutrirse de la madera. Cada vez que las ninfas hacen una muda, pierden la parte del intestino que contiene los protozoarios y deben recibir protozoarios nuevos de otro terme, cosa que hacen fácilmente lamiéndose entre sí. Hasta el rey y la reina deben ingerir sus protozoarios domésticos cuando fundan una nueva colonia, porque de los contrario no pueden hacerlo. Este proceso viene desarrollándose desde tantos años que las especies de protozoarios son características para cada especie de terme en particular.

Si bien es cierto que existen muchos tipos distintos de termes y gran variedad en los tipos de sociedades que producen, invariablemente la colonia se centraliza en torno del rey y de la reina. Para el vuelo nupcial los presuntos monarcas alados (o, mejor dicho, los futuros padres de una familia muy numerosa) vuelan juntos cuando se presentan ciertas condiciones atmosféricas muy específicas, hasta que por último descienden a tierra y se desprenden rápidamente de sus alas, que se separan en puntos especiales. La hembra toma la iniciativa seguida de cerca por el macho, y entre ambos excavan un orificio en el que se aíslan del exterior. En esta cámara nupcial se aparean y después de un tiempo producen algunos
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huevos. Muchas veces este proceso inicial insume mucho tiempo y la formación de una colonia numerosa llega a tardar años.

En algunas formas tropicales el abdomen de la hembra se agranda enormemente y el insecto yace en una cámara real en forma de disco, como gigantesco gorgojo incapaz de moverse, con el relativamente diminuto rey siempre atento a su lado. Entorno a ella también hay muchos obreros de distinto tamaño e, inclusive, algunos soldados siempre listos para protegerla en caso de peligro. Las azafatas la alimentan y le retiran los huevos, y la lamen y la limpian constantemente. La reina en realidad no es otra cosa que una gran fábrica de huevos ; una vez que la colonia está bien establecida puede producir más de diez mil huevos por día.

Mientras el rey y la reina funcionen, todos los obreros y soldados permanecen estériles, pero si uno de los miembros de la pareja real muere, rápidamente los reemplazan reproductores secundarios, que son obreros que al hacer la muda tienen un aspecto ligeramente modificado y más oscuro, y son capaces de elaborar esperma fértil y huevos. A veces hay más de un par de reproductores secundarios para reemplazar la pérdida de los progenitores originales. En algunas colonias extremadamente grandes que llegan a tener centenares de miles de individuos, ocurre una situación interesante en la que los únicos individuos fértiles de la parte central del nido son el rey y la reina viejos, pero en numerosas regiones de la periferia de la colonia no se hace sentir el dominio de los padres y aparecen reyes y reinas secundarios. Al parecer la presencia de los reproductores tiene algo que impide que la metamorfosis de las ninfas produzca individuos reproductores.

El problema del equilibrio de las castas, el equilibrio de la división del trabajo dentro de la colonia, ha fascinado a los biólogos desde muchos años. En la actualidad se acepta en general que los huevos fecundados son genéticamente
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iguales entre sí (salvo que algunos contienen machos potenciales y otros hembras potenciales) y que las diferencias entre las castas se producen por alimentación diferencial de las ninfas o quizás mediante sustancias inhibidoras o estimuladoras específicas que se trasmiten de un individuo a otro. Como en otros insectos sociales, existe un constante intercambio de saliva entre los termes, que también se lamen los cuerpos, así como el ano de sus compañeros de colonia ; en consecuencia, existe un sinnúmero de posibilidades de trasmitir sustancias específicas u “hormonas sociales”, según se las ha denominado, de un individuo a otro. Cabría postular, por ejemplo, que el rey y la reina de la colonia grande, mencionada previamente, desprenden una sustancia que inhibe a las ninfas, impidiéndoles convertirse en reproductoras secundarias fértiles, pero si la colonia adquiere un tamaño demasiado grande, la pareja real no desprende suficiente hormona inhibidora como para que acción se propague hasta la periferia de la creciente colonia, y en esas regiones periféricas surgen reproductores secundarios.

Lamentablemente los datos experimentales reales para estas situaciones son escasos e inconcluyentes. Sin embargo, están los recientes experimentos, sumamente interesantes, del zoólogo suizo Martín Lüscher, que demuestran que no solamente existen mecanismos reguladores para la producción de

reproductores secundarios sino para el mantenimiento de los mismos, una vez producidos. Lüscher dividió una pequeña colonia de cuarenta termes en dos jaulas adyacentes, pero separadas por una pantalla que permitía que los termes tocasen sus antenas. En uno de los grupos de veinte había un rey y una reina, y en el otro no. Sin embargo, después de un tiempo, aparecieron un rey y una reina en el lado estéril, lo cual demostró que el factor que impide la producción de formas fértiles no puede trasmitir mediante el contacto de las antenas. No obstante los obreros quedaron muy desconformes con los nuevos monarcas, porque de alguna manera captaron la pantalla, posiblemente merced al tacto de
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las antenas, y dieron muerte y devoraron a la nueva pareja. De los dieciocho termes restantes, posteriormente otros dos desarrollaron en forma fértiles nuevamente fueron devorados, y el proceso continuo hasta que quedaron muy pocos termes en la jaula. Para demostrar que el contacto de las antenas es necesario, Lüscher colocó una doble pantalla entre ambos grupos que impedía que las puntas de las antenas pasaran de un lado a otro, y entonces los nuevos monarcas no fueron atacados y ambas colonias vivieron estables, cada cual con su propia pareja real, por mucho tiempo. Esto demuestra la existencia de mecanismos aparte, para la producción de los reyes y para su mantenimiento, y, además, que el mantenimiento depende de la comunicación entre las antenas. No se conoce con claridad la forma en que se trasmite la señal de una antena a otra, y es muy razonable suponer que por estos apéndices químicamente sensibles pasa alguna sustancia.

Aparte de los reproductores, existen varias castas entre los obreros y soldados. Algunas especies de termes tienen dos clases de obreros y dos clases de soldados. Muchas veces, como en el caso de las hormigas soldado, los soldados poseen mandíbulas grandes y fuertes, pero en numerosas especies hay soldados cuya región cefálica se ha modificado y presentan una trompa en forma de pequeña jeringa. Estos soldados, llamados “nasudos”, producen un líquido paralizante que eyectan de la trompa en pico, lo cual la convierte en una eficaz arma de tierra (Fig. 7).

Los nidos de los termes o comejenes tienen un tamaño y una complejidad muy variables, pero los más interesantes son los grandes montículos tropicales (Lámina VIII). En el centro de estas ciudades las termes puede hallarse la cámara real con la reina hinchada, y desde este centro se irradia una red de cámaras y

túneles unidos de una manera complicada e irregular. El material de construcción del termitario es madera elaborada y tierra cementadas con saliva y excreciones
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para formar una pared rígida. Estos insectos dependen de la fortaleza del nido para mantenerse a salvo de sus enemigos y en el interior de esos oscuros y húmedos pasajes aislados del mundo hostil, desarrollan su completa e integrada vida social. En la lucha por la existencia se han aislado en oscuras fortalezas ; se han anidado en un ambiente donde ellos son los amos en el cual la competencia es insignificante.

Fig. 7. Un terme soldado nasudo. (De N. Banks.)

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LECTURA RECOMENDADA No. 2

EL LENGUAJE DE LOS ANIMALES

Por: Juan P. Martínez

EL LENGUAJE DE LOS ANIMALES
He aquí el discurso de un lobo :" !pueblo libre, y vosotros también, chacales de Shere Khan ! Durante doce estaciones os he llevado a la caza, y de ella os he vuelto sin que ninguno de vosotros cayera en trampa alguna o quedara inutilizado. Ahora he errado el golpe.... Tenéis derecho a matarme aquí mismo, en el Consejo de la Peña.....”.

Kipling, con una imaginación bastante romántica, coloca estas frases en boca de Akela, un lobo viejo, jefe de manada, personaje importante del famoso Libro de la Selva. De las palabras de Akela se desprende que los lobos tienen un lenguaje, una organización social compleja, con jefes y súbditos, una ley que se transmite por tradición oral, e incluso un embrión de parlamento o de tribunal, para dirimir los problemas de la comunidad.

De las muchas novelas, leyendas y narraciones populares que atribuyen a los animales un lenguaje similar al humano, la obra de Kipling es probablemente la menos disparatada, al menos por lo que respecta a los lobos. Porque los lobos tienen un lenguaje , aunque no tan complejo como el de Akela, y tienen también una organización social, constituida por manadas dirigidas por un jefe.

Pero debemos precisar lo que decimos. Las ideas expuestas por Kipling, o por algunos escritores científicos sobre el lenguaje de los animales, nos sirven para analizar uno de los errores en que el hombre cae con más frecuencia al estudiar el comportamiento de cualquier especie que no sea la suya. Este error consiste en el antropocentrismo : la idea de que en el mundo animal rigen las mismas leyes y
Pueblo libre, y vosotros también, chacales de Shere Khan !...”. Así comienza el discurso que Rudyard Kipling pone en boca de un lobo. Hoy, la fantasía ha dejado paso a la ciencia : los animales se comunican, pero no por los sistemas humanos.
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relaciones que son válidas en el mundo humano. Así, un lobo hablaría de manera semejante al hombre pero, simplemente, en un idioma distinto. Este idioma

sonaría a nuestros oídos como una sucesión de gruñidos o ladridos. Por otra parte, el reconocer una “ley” animal sería tanto como admitir la existencia de una “conciencia” en los animales, los cuales ajustarían voluntariamente sus actos a la “ética social”. Pero no sucede así. Cuando un animal comunica algo a otro, no suele hacerlo de manera voluntaria, sino mediante un mecanismo automático, del que el animal no tiene conciencia ( si es que podemos hablar de conciencia en los animales). Así, por ejemplo, si un gato abate sus orejas, arquea el lomo y eriza su pelo en una típica actitud de miedo y de agresividad, ¿quiere esto decir que siente miedo ? En modo alguno ; se trata de una respuesta automática que prepara a su organismo para la huída, y que puede tener algún efecto si consigue asustar a un enemigo(del mismo modo hay que vaciar la palabra “ asustar “ del significado que para nosotros tiene). Si el gato actúa de esta manera y no de otra, es porque tal respuesta se ha revelado útil para los gatos durante los millones de años que ha durado su evolución, y la naturaleza ha eliminado a los individuos que no la presentaban.

Por tanto, cuando nos refiramos a actitudes de “cólera”, “miedo” , “alegría” u otras vivencias humanas semejantes en los animales, deberemos entender que éstos no ejecutan las acciones correspondientes para comunicar su estado a otro animal. Una determinada actitud sería, en este caso, simple consecuencia de los cambios internos del organismo, pero no serviría para expresar estos cambios.

Los etólogos, especialistas en el estudio de la conducta animal, definen el lenguaje de los animales como un intercambio de señales diversas entre dos individuos de la misma especie, que determina cambios de comportamiento en el animal que las recibe. Además , tales señales no deben ser aisladas, sino formar parte de un conjunto relativamente complejo. El balido de un cabrito que busca a
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su madre es, pues, una señal de comunicación, pero no constituye un lenguaje porque es siempre idéntico a sí mismo.

Las señales en que se basa un lenguaje pueden ser captadas por receptores diversos. Cuando las capta la vista constituyen un lenguaje visual, y si las capta el oído, un lenguaje sonoro. Éstos son los lenguajes más frecuentes en el mundo animal, pero también existen comunicaciones registradas por el olfato, por el tacto, o por los sentidos especiales.

Cuando dos animales se comunican, rara vez lo hacen mediante señales de un solo tipo. Lo normal es que exista un lenguaje básicamente visual o sonoro, complementando por señales olfativas, táctiles, etc.

Como hemos dicho antes, este lenguaje no puede ser comparado al humano, pero está profundamente relacionado con un sistema adicional de comunicación que también los hombres usan : nos referimos al lenguaje emocional - llanto, risa, gestos espontáneos, exclamaciones, etc.-, gran parte del cual es empleado por el hombre, de manera relativamente espontánea, desde su nacimiento.

El lenguaje visual
Volvamos al discurso de Akela. Aunque sus palabras sean imaginarias, lo cierto es que un lobo puede comunicarse claramente con sus compañeros. Un jefe de manada exhibe una actitud característica : la cabeza levantada, las orejas verticales, la cola caída oblicuamente. Sus súbditos comprenden esta actitud y reaccionan en consecuencia ; un lobo de rango inferior levanta el hocico, abate las orejas, deja caer vertical su cola, expresando así su situación de vasallo. Mediante las diversas posiciones de las orejas, la cabeza, la cola y los ojos, los lobos pueden comunicarse entre sí su limitado universo emocional ; de esta forma
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indican su jerarquía, su temor, actitudes de amenaza, su sumisión a otro lobo, su inquietud, etc. estas expresiones no son muchas, quizá unas ocho o diez, de manera que el lenguaje del lobo es más bien pobre. El vocabulario de dicho lenguaje sería aproximadamente el siguiente :

Orejas Verticales : Tranquilidad o amenaza

Cabeza Levantada y horizontal : Normalidad

Cola Oblicua hacia abajo : Normalidad

Inclinadas hacia atrás : Sumisión

Baja, con hocico levantado : Sumisión

Vertical hacia abajo : Sumisión

Inclinadas hacia adelante : Intenta imponerse

Levantada con hocico abajo : Intenta imponerse

Vertical hacia arriba : Intenta imponerse

Horizontales : Ataque inminente

Baja y horizontal : Amenaza

Pegada al lado del cuerpo : Autodominio

Cuanto se ha dicho sobre el lenguaje de los lobos es, desde luego, esquemático, pues la naturaleza rara vez se nos ofrece según un modelo simple. Pese a ello, no cabe duda de que los lobos tienen un lenguaje visual rudimentario. Algo

parecido ocurre con muchos otros animales, como, por ejemplo, los gatos, que también emiten señales de miedo y agresividad.

Muchos otros mamíferos comparten con el gato

y el lobo la posibilidad de

comunicar visualmente su estado emocional. Así, el elefante africano utiliza para ello los movimientos de las orejas y de la trompa, y los ratones, las patas anteriores y la cola. Pero, en estos casos, rara vez la variedad de las señales es
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suficiente para que podamos hablar del lenguaje ; en general se trata de simples señales aisladas.

EL LENGUAJE SONORO
Los estímulos sonoros presentan, respecto a los visuales, numerosas ventajas para la comunicación. Los estímulos sonoros pueden transmitirse a través de medios sólidos, líquidos y gaseosos, aunque el animal receptor y el emisor estén separados por obstáculos. Por ello no es extraño que el lenguaje sonoro haya alcanzado en los animales un desarrollo y una complejidad mayores que los del lenguaje visual.

Así, el repertorio de sonidos distintos que emplean los animales es relativamente amplio, al menos en las especies superiores. Por ejemplo, entre los insectos, la langosta común produce 5 sonidos diferentes, y las abejas, de 10 a 12. Los vertebrados inferiores tienen capacidades vocales muy limitadas, pero no así las aves y los mamíferos. Entre las aves, la grajilla produce 9 sonidos diferentes, el canario 12, el pinzón común 20, y una especie de curruca 25. Entre los

mamíferos destacan el cerdo, con 23 sonidos, el chimpancé, con 32, y la zorra común, con 36.

Naturalmente, no corresponde una significación a cada uno de estos sonidos. Es más, un animal puede introducir en su repertorio sonidos que haya aprendido, pero que carezcan de significación para la especie. Así, muchas aves son en este

capaces de imitar la voz humana, los ruidos de una máquina, etc. ;

aspecto son famosos los loros y demás psitácidos, pero existen otras aves, por ejemplo, los arrendajos, los burlones y los minás, en que también se presenta este fenómeno. Incluso puede ocurrir que un individuo, de manera natural,

adquiera un repertorio de sonidos mucho más amplio que el correspondiente a su
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especie : se conoce el caso de un petirrojo que podía emitir 57 sonidos distintos, capacidad que no debía a la intervención humana, mientras los petirrojos no emiten normalmente más de 15 sonidos diferentes.

Si nos limitamos a los sonidos ligados a un significado, encontraremos que las capacidades de lenguaje sonoro de los animales son reducidas. De hecho, este tipo de lenguaje no se ha registrado hasta ahora más que en los mamíferos y en las aves. En estas últimas hallamos sucesiones de sonidos, a veces muy

variados, pero a las que corresponden unos pocos significados ; así, se han registrado gritos de alarma, de ataque a un enemigo, o de llamada a la hembra, y apenas ninguno más. Las aves de canto melodioso y variado ( por lo general los machos de paseriformes ), utilizan los sonidos para señalar su presencia my su dominio sobre su territorio, y, simultáneamente, para alejar a los machos rivales y atraer a las hembras. Ésta es la explicación de que en numerosas especies de aves las hembras tengan un canto menos complejo que los machos. Incluso cuando los pájaros cantan diferentes melodías sucesivamente, tienen muchas de ellas un significado territorial ; es decir, el lenguaje de las aves suele tener más variedad que significados : es en lenguaje redundante.

Más interés ofrece el lenguaje sonoro de los mamíferos. En este grupo se han registrado sonidos con significados muy diversos, de los que señalaremos solamente los principales, que son las de alarma, excitación defensa, contacto con otro individuo, alimentación, juego, llamada al sexo opuesto, lucha, desafío, proclamación de territorio, comportamiento maternal, celo, petición de alimento, etc. Por lo que respecta a los grupos de mamíferos que presentan lenguaje sonoro más o menos diversificado, el fenómeno se ha estudiado en más de 300 especies pertenecientes a todos los órdenes. Nosotros nos limitaremos a aludir al caso de las zorras y de los monos superiores.

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Los pájaros en general poseen quizás una de las gamas de sonidos más variadas del mundo animal. Cada especie posee un tipo de canto característico, lo cual se visualiza en los sonogramas adjuntos, que corresponden a los sonidos emitidos por Pipilo erythrophthalmus (arriba) y por Calcarius ornatus (abajo).

El lenguaje sonoro de la zorra europea recuerda al que hemos estudiado antes en el lobo. De hecho, la zorra exhibe también un conjunto de actitudes que se

corresponden con las de aquél, y que son subrayadas por sonidos de distinto tipo. El ladrido, por ejemplo, señala excitación, y las diferentes clases de chillidos pueden corresponder a saludos, confesiones de inferioridad o desafíos. Los

ladridos cortos y agudos indican disposición a la defensa, y los gruñidos se emplean para establecer contacto con otro individuo.

Los primates han sido muy estudiados desde el punto de vista del lenguaje sonoro, que en este grupo alcanza gran variedad. Los que viven en comunidades sociales han adquirido un sistema de comunicación relativamente complejo. En los primates antropomorfos la variedad de sonidos es mayor que en los primates inferiores. En el chimpancé se han registrado hasta 32, ligados a unas pocas
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EL LENGUAJE DE LOS ANIMALES

situaciones afectivas ; sin embargo, se trata en este caso de animales criados en cautividad, por lo que se ignora la significación de tales sonidos en la naturaleza. El lenguaje de los primates, aun el de los antropomorfos, no deja de ser

rudimentario. Pero un chimpancé criado en compañía del hombre llegó a imitar groseramente la voz humana y a pronunciar palabras como cup (copa) y papa (papá) ; en este caso no se trata de un simple proceso de mutación, como ocurre en los loros, pues el animal aprendió a asociar la palabra “copa” con el acto de beber, de manera que la pronunciaba para pedir agua.

EL LENGUAJE DE LAS ABEJAS
Un caso muy notable de lenguaje animal es el de las abejas. Aquí no cabe hablar de lenguaje visual o sonoro, aunque sin duda intervienen también sonidos y estímulos visuales en la transmisión de la información ; se trata de un lenguaje mixto, en el que predominan las señales táctiles, olfativas y, en menor grado, las sonoras. Mediante estas señales, las abejas que llegan a la colmena habiendo descubierto una fuente de néctar y polen comunican a las otras obreras la

situación de dicha fuente. Las abejas que reciben el mensaje son capaces de convertir las señales recibidas en imágenes visuales que les sirven para orientarse y localizar el depósito de alimento. Este lenguaje, al que se ha llamado “danza de las abejas”, fue descubierto por K. Von Frisch hace 50 años. En 1953 publicó nuevas y más precisas observaciones sobre el tema.

Cuando una abeja exploradora regresa a la colmena suele colocarse en la superficie vertical de uno de los panales. Allí es rodeada inmediatamente por otras obreras, que no cesan de tocarla con sus antenas. Dado que las antenas de las abejas son a la vez, órganos táctiles y olfativos, las obreras receptoras perciben simultáneamente los movimientos de la recién llegada y el olor que desprende.
EL LENGUAJE DE LOS ANIMALES

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Mediante el olor del polen que transporta, la abeja exploradora comunica a sus vecinas el tipo de flor que visita. Entonces comienza a moverse entre ellas de una manera compleja, mientras su abdomen oscila de un lado a otro de manera incesante. En su movimiento, describe una figura semejante a un 8, o bien una especie de círculo incompleto. El que elija uno u otro de los movimientos

depende de que la fuente de alimento se halle respectivamente a más o a menos de 50 metros de la colmena. Pero las obreras receptoras pueden conocer la distancia con mucha más precisión, ya que la oscilación del abdomen de la exploradora es tanto más rápida cuanto más próxima se halle la fuente. La abeja exploradora puede comunicar también la distancia de la flor visitada mediante el sonido que producen sus alas.

La danza informa además acerca de dos extremos fundamentales : en primer lugar, de la importancia de la fuente, cuyo valor es proporcional a la duración de la danza ; así cuando el valor de la fuente es reducido, apenas llega a iniciarse la danza. En segundo lugar, informa de la dirección de la fuente, al indicar el ángulo que forman el sol, la colmena y la flor visitada. Este ángulo resulta ser igual al que forma el tramo rectilíneo de la danza con la vertical. La abeja puede conocer la posición del sol aunque éste se halle cubierto por las nubes, con tal de que quede un pedazo de cielo descubierto ; ello se debe a que el insecto es capaz de percibir el grado de polarización de la luz, debido a su dispersión por la atmósfera.

CONCLUSIÓN
Muchas señales de tipo químico, luminoso o sonoro se utilizan también para desencadenar distintas reacciones entre individuos de la misma o de diferente especie. Como ya se ha dicho anteriormente, estas señales no constituyen

lenguaje a causa de su reducida variedad. Claro que también parece rudimentario
EL LENGUAJE DE LOS ANIMALES

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el más complejo de los lenguajes animales si lo comparamos con la riqueza del lenguaje verbal humano, que reposa sobre bases de abstracción y asociación de conceptos.

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Leonardo

da

Vinci

enjuiciaba

esta

cuestión de un modo excesivamente personal cuando decía : “ El hombre tiene una gran capacidad para el lenguaje, que es, en gran medida, vano y falso. Los animales la tienen muy escasa, pero su reducido lenguaje es útil y verdadero y una cosa pequeña y cierta es mejor que una inmensa mentira”.

Las abejas son capaces de comunicar la localización de una fuente de alimento mediante una danza especial en forma de 8. El ángulo formado por la dirección de los rayos solares y la trayectoria que une al panal con el alimento, es traducida al llegar al panal, al determinar el tramo recto de la danza un ángulo equivalente con la dirección de la gravedad. Este procedimiento se conserva aun cuando el camino seguido por la abeja no haya sido rectilíneo (esquema inferior).

EL LENGUAJE DE LOS ANIMALES

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LECTURA RECOMENDADA No. 3

EL COMPORTAMIENTO TERRITORIAL

Por: Juan P. Martínez

EL COMPORTAMIENTO TERRITORIAL

Es interesante observar la peculiar distribución de los viajeros en un transporte público semivacío, como un metro, o un vagón de ferrocarril cuyos departamentos no estén separados por tabiques. A medida que van entrando en el vagón, los primeros en llegar escogen asientos separados entre sí. Y, a medida que los asientos van ocupándose, los nuevos viajeros buscan, antes de sentarse, un lugar lo más alejado posible de cualquier otro ocupante. Así mismo, cuando se trata de elegir lugar en un departamento parcialmente ocupado, el recién llegado intenta también mantener la distancia entre él y los compañeros de departamento. Este comportamiento resulta frecuente, no sólo en los transportes públicos, sino en los espectáculos y, en general, en aquellos lugares en que deban congregarse personas que no tengan nada que ver entre sí.

Pero no es el hombre el único animal que busca el aislamiento, sino que existen numerosas especies que se distribuyen de acuerdo con una norma de sobredispersión, es decir, situándose en los puntos más alejados de los demás miembros de la población a que pertenezcan. En cambio, otros animales tienden a reunirse formados agregados, en una distribución que se ha dado en llamar contagiosa. Menos frecuente es encontrar animales cuya distribución en una área se realice totalmente al azar.

La explicación de estos fenómenos reside en la predominancia de una u otra necesidad en las especies de que se trate. Aquellos animales que tienen

dificultades para la reproducción, tienden a formar grupos en los que sea más fácil el hallazgo de un individuo del sexo opuesto ; entonces el tipo de distribución será, probablemente, contagiosa. Pero si el problema predominante es la búsqueda de
EL COMPORTAMIENTO TERRITORIAL

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alimento, la formación de tales conjuntos sería claramente contraproducente, pues entrañaría un aumento de la competencia entre los individuos ; en este caso los animales tienden a adoptar una distribución sobredispersa, como la del ejemplo de los viajeros en el vagón.

El instinto territorial es un mecanismo innato que impulsa a los animales a disponer de un área propia, y que, por lo tanto, conduce a una distribución sobredispersa : el propietario de un territorio no permite a sus congéneres el acceso a éste, exceptuando a una o más hembras - el detentador de un territorio suele ser un macho -, que serán fecundados por él.

En la especies dotadas de una compleja organización social, el instinto territorial puede combinarse con las tendencias gregarias, en tal forma que los territorios no pertenezcan a un individuo determinado, sino a una manada. En este caso no se trata de áreas destinadas a la reproducción, sino al desarrollo de la totalidad del comportamiento.

EL TERRITORIALISMO EN LAS AVES

Aunque el comportamiento territorial de muchas aves se conoce desde antiguo, su descubrimiento como mecanismo general y su exposición en términos científicos no se realizó hasta 1920, por parte del ornitólogo inglés Eliot Howard. Los etólogos están hoy de acuerdo en aceptar que este acontecimiento señaló el nacimiento de la etología como ciencia.

Desde entonces son numerosos los estudios efectuados sobre territorialismo, tanto en las aves, como en los mamíferos, reptiles, peces, insectos y crustáceos. Las especies de aves más estudiadas en este aspecto han sido los escribanos (Emberiza) y el chingolito melodio (Melospiza melodia).
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EL COMPORTAMIENTO TERRITORIAL

Cuando llega la primavera, los machos de dichas especies se sitúan en un punto, generalmente una rama alta, y reclaman un territorio mediante el canto. Este comportamiento, esporádico al principio, va aumentando progresivamente en constancia e intensidad. En plena época reproductora el territorio está

completamente delimitado, y el macho lo defiende de eventuales intrusos.

El territorio puede tener extensión variable, que depende de la especie considerada, de la densidad de población de dicha especie, de las condiciones ambientales del lugar, de la época del año y de la agresividad de los propietarios de los territorios circundantes.

Las aves rapaces poseen un territorio de caza propio. Los límites de éste se reconocen mediante detalles visuales que estas aves observan desde las grandes alturas a las que vuelan. En la fotografía, una majestuosa águila planea, ojo avizor, sobre su propiedad, atenta a la presencia de alguna presa y de la posible intrusa que intente entrar en su coto.

El territorio puede tener extensión variable, que depende de la especie considerada, de la densidad de población de dicha especie, de las condiciones ambientales del lugar, de la época del año y de la agresividad de los propietarios de los territorios circundantes.

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El territorio puede servir a las aves para diversos fines, como son el galanteo, la cópula, la nidificación, la recolección de alimento, etc. En los pingüinos antártidos, el territorio, destinado únicamente a la nidificación, se reduce a los inmediatos alrededores del nido, ocupando con frecuencia menos de 2 m2 de extensión, mientras que en las aves que dedican el territorio a la búsqueda de alimento, alcanza considerable amplitud. Así, para el águila real, se han registrado en Europa territorios de 45 km2 de extensión.

Otra importante característica de los territorios de las aves se refiere a la más o menos precisa delimitación de sus fronteras. Existen especies cuyos territorios se hallan claramente separados a lo largo de una línea fronteriza. El propietario ataca a cualquier macho congénere que cruce dicha línea, y éste es el caso en la mayoría de los pájaros durante la época de cría. Pero en otras especies, o en las mismas durante otras épocas del año, las fronteras no están bien definidas y los territorios se superponen ampliamente. En estos casos los animales vecinos no

luchan cuando se encuentran en las zonas limítrofes, e incluso, cuando uno de ellos penetra claramente en territorio del otro. El propietario no muestra un

comportamiento agresivo muy pronunciado. La actitud defensiva del propietario se torna más intensa a medida que el invasor se acerca al centro del territorio de su rival (lugar en el que generalmente, en las épocas de cría, está situado el nido). El centro o base del territorio suele ser defendido en todo caso.

Parece ser que el comportamiento de defensa del territorio no sólo se ve afectado por la época del año y por la distancia del lugar de la lucha al nido, sino también por otros factores. Así, por ejemplo, la presencia de una hembra en el territorio estimula al macho a defenderlo con más intensidad.

El reconocimiento del propio territorio y de sus límites por parte de un ave se basa en criterios sensoriales. Las especies que poseen territorios de caza
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EL COMPORTAMIENTO TERRITORIAL

(generalmente rapaces, que vuelan a gran altura) reconocen las fronteras de éstos mediante detalles visuales. En cambio, los pequeños pájaros de bosque reconocen los límites de los territorios que circundan al propio (y, por tanto, los de éste mismo) al calibrar la intensidad del canto de los machos que los poseen.

EL TERRITORIALISMO EN OTROS GRUPOS DE ANIMALES

Se han encontrado formas claras de territorialismo en los demás grupos de vertebrados y entre algunos invertebrados. Entre los invertebrados marinos, es notable el caso de la almeja Tellina, que no tolera la presencia de individuos de su propia especie en el radio que puede alcanzar con su sifón exhalante. Más interesante es el caso del cangrejo violinista (Uca sp.), cuyos machos poseen una de las dos pinzas extraordinariamente desarrollada. Estos animales excavan

agujeros en la playa, de los que rara vez se alejan más de un par de metros. En las proximidades de su galería proclaman su presencia mediante movimientos rítmicos de su gran pinza, brillantemente coloreada. Si otro macho se acerca, la lucha es inmediata.

Entre los insectos hay ejemplos de territorialismo estrictamente paralelos a los citados en las aves. Las hormigas atacan a cualquier individuo de su misma especie, pero que no pertenezcan al propio hormiguero. Las libélulas machos patrullan a lo largo de las orillas de los ríos o charcas sobre un territorio de algunos metros de largo, del que expulsan a los intrusos. Cuando éstos son machos de la misma especie, tiene lugar una violenta lucha. En los grillos la semejanza con las aves todavía es mayor, pues los machos proclaman también su propiedad mediante el canto.

En los demás grupos de vertebrados, el territorialismo no se manifiesta de una manera tan compleja y acabada como en las aves. Anfibios y reptiles lo muestran
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EL COMPORTAMIENTO TERRITORIAL

todavía de una manera rudimentaria. En los peces de agua dulce presenta mayor complicación ; por último, en los mamíferos constituye una de las características básicas del comportamiento.

El grillo, que, al igual que las aves, proclama su territorio mediante su canto : el sonido producido al frotar sus élitros.

En los reptiles, cuando se presenta territorialismo, éste suele limitarse a la época de reproducción. Va acompañado de un cierto instinto gregario, que mueva a machos y hembras en celo a concentrarse en un área determinada. Dentro de dicha área los machos establecen sus territorios y los defienden, por lo general con simulacros de agresión (hinchado el cuello, mostrando expansiones coloreadas de su cuerpo, abriendo las fauces, etc.), pero a veces mediante combates. Una lagartija mediterránea, Lacerta melisellensis, constituye uno de los raros ejemplos de animales cuyas luchas llegan a menudo a la muerte de uno de los contendientes. En otras especies(p.ej. Agama agama) el territorio perdura a lo largo de toda la vida de un macho : en este caso, los propietarios exhiben brillantes colores en su territorio, colores que palidecen cuando el animal se traslada al dominio de un rival.
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El territorialismo en los peces revela rasgos muy parecidos al del reptil que acabamos de citar. En ellos, el instinto territorial está limitado a las especies de agua dulce, especialmente cíclidos, ciprínidos y otras familias menores, como los gasterosteidos o la subfamilia de los macropodinos. En el espinoso, un

gasterosteido, dicho instinto se ha estudiado de manera bastante completa. Se sabe que un macho que se ha fijado en un territorio intenta expulsar a los demás machos que penetran en él. En tal caso, los machos así expulsados no adquieren la coloración de celo ni construyen nidos, rasgo éste que recuerda al que se presenta en numerosos machos reptiles, cuyos colores se tornan desvaídos cuando el animal es vencido.

EL TERRITORIALISMO EN LOS MAMÍFEROS

Todos los mamíferos terrestres pasan su vida en un área determinada, cuya extensión puede variar ampliamente pero que siempre es lo suficientemente grande como para proporcionar al animal los recursos necesarios. El tamaño de esta área varía según la especie de que se trate ; en el caso de una pareja de
2 leones alcanzan más de 100 km , mientras que para algunos topillos apenas llega

a los 40 km2. El territorio sirve a estos animales principalmente como cazadero, por lo que no puede identificarse con las demarcaciones de las aves y de otros animales, ligadas especialmente a la función reproductora.

Ello no significa que los mamíferos carezcan de un territorio propiamente dicho. En realidad, el territorialismo, por lo general asociado también con la reproducción, se da en la gran mayoría de ellos. La importancia del

comportamiento territorial en los mamíferos varía mucho : los machos de la vicuña, por ejemplo, no toleran en absoluto la entrada de otros machos en su territorio y expulsan a los que se aventuran en él bastante afuera de sus límites ; el gorila, en cambio, tiene una enorme tolerancia a la presencia de individuos de
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EL COMPORTAMIENTO TERRITORIAL

otras tribus, y sus territorios se superponen ampliamente. extremos se dan todos los casos intermedios.

Entre estos dos

El comportamiento territorial es particularmente parecido al de las aves en las focas y otros pinnípedos que crían en islas remotas. Estos animales vuelven todos los años, invariablemente, a la misma zona de cría, en la que unos cuantos machos dominantes se reparten los territorios y se rodean de hembras, que defienden ante la intrusión de otros machos. Este comportamiento, característico de los elefantes marinos, foca gris, osos marinos y ontarios, pero no de las focas comunes y morsas, no da oportunidad alguna de reproducción a los machos no dominantes.

Estos pinnípedos, al igual que los ciervos y que otros mamíferos, anuncian durante la época de celo la posesión de su harén, mediante bramidos. Este

método es, pues, muy similar al que emplean los machos de las aves ; pero otras especies de mamíferos, con menores capacidades vocales, deben recurrir a distintos sistemas para señalar los límites de su territorio.

Los carnívoros utilizan señales olfativas y visuales, sobre todo olfativas. Depositan sustancias olorosas en determinados puntos de su territorio, generalmente en los límites y en los caminos interiores más usados ; así, los posibles intrusos se enteran de que el territorio ya está ocupado. Estas

sustancias suelen ser orina o excrementos, pero en ocasiones consisten en almizcle, u otras sustancias más o menos fétidas, segregadas por glándulas especiales. Es característico, en este aspecto, el comportamiento de diversos antílopes -kob de Uganda, gerenuk, etc.-, que poseen unas glándulas odoríferas en el hocico, y a los que es frecuente ver frotando su nariz, para depositar el olor, en los troncos de los árboles de su territorio.

EL COMPORTAMIENTO TERRITORIAL

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En cuanto a las señales de tipo visual, los carnívoros marcan determinados troncos que crecen en su zona, arañándolos profundamente y descortezándolos. Tradicionalmente se venía suponiendo que este último método no servía para indicar la propiedad del territorio, sino simplemente para afilar las uñas, del mismo modo que el frotamiento de los cuernos de los ciervos contra los árboles, antes de la época de celo, sirve para ayudar a la caída de la piel que los recubre. Pero observaciones recientes han demostrado que se trata, en realidad, de las dos cosas, puesto que muchos felinos salvajes utilizan siempre los mismos árboles para afilar sus uñas, despreciando otros, quizá más adecuados, pero que crecen lejos de los caminos frecuentados del territorio.

Estos dos tipos de marcado territorial nos son bien conocidos gracias a los carnívoros domésticos : el marcado territorial mediante señales visuales, gracias al gato ; el marcado mediante señales olfativas, gracias al perro. Si bien es poco probable que la acción de un gato que afila sus uñas contra los muebles

conserve una parte del significado territorial que tenía para sus antepasados, en cambio los perros exhiben un comportamiento territorial atenuado, pero característico, cuando orinan en los faroles, árboles, etc.

Para terminar, una breve alusión al territorialismo en la especie de mamífero que más nos importa, el hombre. Muchos biólogos han sucumbido a la tentación de afirmar que diversos comportamientos humanos, principalmente de tipo agresivo, tienen sus raíces en un instinto territorial subyacente. Dicha hipótesis es un tanto simplista, por cuanto ignora el escaso desarrollo del territorialismo en los primates superiores en general, pero no puede ser tampoco descartada.

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Otro mamífero netamente territorial, el ciervo, proclama con fuertes bramidos la posesión de un suelo y un harén propios.

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Los hipopótamos ocupan un territorio en las márgenes de los ríos. El fuerte instinto territorial de estos animales puede adquirir formas agresivas cuando, como en las fotografías de la izquierda, el intruso no hace caso de las primeras advertencias (arriba) ; entonces (abajo), el propietario acentúa sus actitudes de agresión.

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Un esquema que representa la forma y disposición de varios territorios contiguos de los hipopótamos. Este esquema se debe a Hediger y se basa en sus observaciones en el río Rutshuru (Congo).

EL INSTINTO DE PROPIEDAD ENTRE LOS ANIMALES

Lo que se ha dado en llamar instinto de propiedad aparece claramente relacionado con el instinto territorial, puesto que el animal se liga también de algún modo a la cosa poseída y la defiende ante otros posibles usuarios. Este instinto está altamente desarrollado en algunos mamíferos y, todavía más, en ciertas aves. En su forma rudimentaria, la recolección y almacenamiento de alimento, lo practican, por ejemplo, las hormigas, las ardillas y otros roedores, así como numerosas aves, etc. ; sin embargo, esta conducta parece ligada más bien al comportamiento ingestivo (captura y prensión del alimento) que al territorial. Por este motivo hablaremos aquí sólo de la posesión de objetos sin utilidad alimenticia, aunque cabe hacer notar que, a menudo, las reservas y almacenes de alimento son defendidos encarnizadamente por el animal, de una manera absolutamente similar a como son defendidos los territorios. Los objetos recogidos y almacenados por los animales, cuando no tienen valor alimenticio, suelen tenerlo ornamental, presentando colores o brillos llamativos. En este aspecto son conocidos los hábitos de la urraca - hábitos que comparten otros córvidos-, o de la rata comerciante (Neotoma cinerea) de Norteamérica, de recoger objetos brillantes o de vivos colores para depositarlos en sus nidos.

El tilonorrinco es un pájaro propio de Nueva Guinea y de Australia. Estos pájaros no poseen plumajes vistosos con que atraer a la hembra, por lo que, para seducir a ésta forman pequeños “jardines” con objetos brillantes y flores. La hembra es

EL COMPORTAMIENTO TERRITORIAL

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atraída hacia estos lugares mediante el canto, y en ellos se realiza la cópula. Esto constituye un caso insólito de posesión de objetos ornamentales por un animal.

La interpretación de este comportamiento es sumamente difícil.

En diversas

ocasiones, se ha intentado relacionarlo con el comportamiento territorial y, además, con curioso hábito de muchas especies de aves, consiste en la presentación de regalos (palitos, hojas, flores, piedras, etc.) a la pareja durante el galanteo. En realidad, la apropiación de un objeto por parte de una animal dista mucho de ser un proceso simple ; en algunos casos, como el de la rata comerciante antes aludida, no se trata de simple apropiación, sino de intercambio : el animal se lleva un objeto tras haberlo sustituido por otro diferente.

El caso más notable de posesión de objetos ornamentales por parte de un animal lo ofrecen los jardineros o tilonorrincos. Son éstos unos pájaros propios de

Australia y Nueva Guinea, emparentados con las aves del paraíso, aunque su plumaje no es tan vistoso como el de ellas. Los machos de los jardineros

construyen unos “jardines”, que son áreas ornamentadas desde las que llaman a las hembras mediante el canto y en las que se realiza la cópula. Cada especie construye un tipo peculiar de jardín ; en el caso más sencillo, es una simple plataforma de hojas apiladas ; en el más complejo, consiste en una plataforma herbosa, adornada con flores, conchitas, vidrios, etc., de colores vistosos en cuya parte posterior se eleva una bóveda, a manera de techo de choza, hecha con ramitas y sostenida por el tronco del arbusto.

Parece posible que el extraño comportamiento de los jardineros se explique por la escasa notoriedad de su plumaje ; precisamente la especie menos adornada, Amblyornis inornatus, es la que edifica una construcción más notable y colorida. A falta de atractivos propios, el macho recurre a los que puede obtener recogiendo objetos diversos. Es un caso paralelo al del galanteador humano que suple, o intenta suplir, su falta de atractivo con dinero y objetos suntuarios.

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Como hemos indicado, la interpretación del comportamiento de apropiación es difícil. Pero la anterior referencia al “ritual del regalo” en el galanteo de las aves, y el ejemplo de los jardineros que acabamos de señalar, hacen pensar que dicho comportamiento pudiera tener un significado sexual más o menos remoto.

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LECTURA RECOMENDADA No. 4

EN QUE SE RECONOCEN. El cortejo entre los animales El Apareamiento de los animales ¿Cómo saben ellos que es época de apareamiento?
Por: Eberhard Weismann.

EN QUÉ SE RECONOCEN
Durante la búsqueda de su pareja los animales se encuentran con muchas otras especies animales parecidas o cercanamente emparentadas con la suya. El

observador no puede por menos que quedar admirado y fascinado ante la increíble seguridad, semejante a la de un sonámbulo, con que no sólo se encuentran los animales de la misma especie sino que, incluso entre congéneres reconocen a la pareja distinguiéndola del rival. Esta seguridad en el

reconocimiento es una condición esencial para que el apareamiento tenga lugar sólo entre animales de la misma especie y no se produzcan mezclas y cruces entre las especies animales más distintas.

Según la estimación de los especialistas, los insectos producen más de medio millón de olores diferentes, cuya función principal es la de atraer a la pareja. La mayoría de estos olores nosotros no los olemos en absoluto : nuestra nariz no lo percibe. Del enorme números de feromonas sexuales existentes sólo unas pocas alcanzan también nuestro umbral olfativo y nos huelen, por ejemplo, a vainilla, caramelo, almizcle, frutas, flores y hierbas. Si uno considera a qué enormes

distancias los machos de algunas mariposas nocturnas encuentran y reconocen a su hembra por el olor, debe no preguntarse : ¿cómo es que estas mariposas macho no se vuelven totalmente locas cuando en un a tibia noche de verano caen sobre su órgano olfativo, las antenas, miles de olores diferentes ?

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OLORES SIN EFECTO
Junto a la abeja, productora de miel, el gusano de seda es el único insecto que el ser humano ha domesticado1. Y así como en la abeja es preponderantemente la miel lo que interesa al hombre, en el gusano de seda es el capullo de su crisálida : de él se obtiene la seda natural. Al cabo de miles de años de cría continua, esta mariposa asiática ha perdido su capacidad de vuelo casi por completo. Sólo lo quedan, en lugar de las alas grandes muñones. Por lo tanto, los machos ya no pueden reaccionar ante el olor de la hembra con un vuelo precisamente dirigido, sino sólo con un excitado zumbido dirigido hacia la hembra y producido por estos muñones de ala.

Pongamos ahora en el laboratorio, sobre una mesa, a una hembra de mariposa de la seda recién salida del capullo y con los saquitos olorosos desplegados ; después, esparzamos por la habitación varios perfumes, esencias de frutas, y, finalmente, adornemos el conjunto con el olor a huevos podridos del sulfuro de carbono, consiguiendo así flujos de aromas y hedores que para nosotros constituyen una mezcolanza indescriptible. Si traemos a esta ensaladera de

olores varias mariposas de la seda machos y soltamos, veremos cómo al poco tiempo producen el típico zumbido con las alas. Lentamente, pero con

determinación, se abren camino hacia la hembra que está en la mesa. Ni siquiera los flujos de olores más intensos logran desviarlos de su camino. Es evidente que, de los mucho olores diferentes, su olfato selecciona el olor producido por la hembra. ¿O acaso tiene también importancia en esta especie de mariposa el sentido de la vista ?

1

El gusano de seda (originario del sur y el este de Asia) fabrica para su metamorfosis un capullo que consta de un solo hilo de seda cuya longitud varía entre mil y cuatro mil metros. 614

EN QUE SE RECONOCEN

Si amputamos a la hembra los saquitos olorosos y los sujetamos al abdomen de una enorme hembra de Atlas, los machos pasan zumbando junto a la mariposa hembra operada sin percibir su presencia y se acercan al Atlas hembra. ¡ E incluso intentan el apareamiento con esta hembra de especie distinta, que es casi veinte veces mayor que ellos !.

Por lo tanto, en el apareamiento de la mariposa de la seda no desempeñan ningún papel ni el tamaño ni la forma ni los colores ni los dibujos de las alas. Las señales ópticas no tienen ningún significado para el macho aunque podemos estar casi seguros de que sus ojos son perfectamente capaces de percibirlas. El olor es lo único importante. Para el macho es el único indicador del camino y la única contraseña en el reconocimiento. Pero, ¿cómo puede el macho distinguir los diferentes olores ? ¿cómo reconoce el de su propia especie ?.

ESCUCHAS EN LA RADIOCOMUNICACIÓN ENTRE EL RECEPTOR Y LA CENTRAL

Todo órgano sensorial− ya sea el de la vista, el del oído, el del olfato o el del tacto− está conectado con el cerebro mediante fibras nerviosas. Los estímulos que el órgano sensorial capta se hacen notar en el cerebro en forma de impulsos eléctricos transmitidos por las fibras nerviosas. Si se lograse poner al descubierto una de estas fibras nerviosas y derivar de ella un hilo de escucha, entonces también debería ser posible, en principio, espiar las comunicaciones que van del receptor a la central. Lo necesario para montar una instalación de este tipo son unos finísimos microelectrodos, un amplificador adecuado y un oscilógrafo2 que
2

Oscilógrafo : aparato que registra los procesos vibratorios mecánicos o eléctricos que se producen a gran velocidad. De forma parecida a como las vibraciones sonoras se transforman en el micrófono, el oscilógrafo transforma las vibraciones mecánicas en variaciones de la tensión eléctrica y las registra sobre el papel. Los oscilogramas de los cantos de saltamontes se pueden ver en la figura 3-3. 615

EN QUE SE RECONOCEN

registre los impulsos. Todo esto parece relativamente fácil, pero oculta tras de sí varias dificultades técnicas. La delgada antena de la mariposa sólo tiene 0.25 milímetros de diámetro. Sin embargo, treinta y cinco mil fibras nerviosas unen las células olfativas de la antena con el cerebro, recorriendo toda la antena. Alrededor de cinco mil fibras transmiten otros mensajes, por ejemplo, estímulos táctiles. Por lo tanto, hay que poner al descubierto y derivar una de las treinta y cinco mil fibras arriba citadas si queremos oír lo que una antena estimulada con olores transmite al cerebro.

Volvamos de nuevo al experimento con las mariposas machos de antes. Nos habíamos admirado de que pusiese rumbo a su hembra con tanto tino a pesar de la multitud de aromas y olores desorientadores. Ahora derivemos una fibra

nerviosa olfativa y estimulemos la antena con cualquier olor imaginable, por ejemplo con gipluro la sustancia de atracción sexual producida por la lagarta peluda hembra ; el resultado es siempre el mismo : transmisor. silencio absoluto en el

Pero, tan pronto como cae bombicol− la sustancia de atracción de la mariposa hembra- sobre la antena, empiezan a recorrer la línea grandes descargas de impulsos. Sólo cuando el bombicol estimula el órgano olfativo chisporrotean las andanadas de impulsos hacia el cerebro. Lo que significa que el gipluro y otros olores no suponen ningún estímulo para la mariposa macho ; que ni siquiera son percibidos por él. La mariposa macho sólo puede oler el bombicol. Por eso, los demás olores no le desorientan ni le desvían. Esta limitación del sentido del olfato a un único estímulo olfativo es muy radical y también poco frecuente en las mariposas. Pero si uno se familiariza con los hábitos vitales de la mariposa de la seda, comprende fácilmente el motivo de esta especialización. Después de salir del capullo de la crisálida el macho sólo vive para llevar a cabo una única tarea : encontrar una hembra y aparearse con ella. En su corta vida como mariposa no
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EN QUE SE RECONOCEN

come nada y lo único que hace es esperar la señal, la sustancia atractiva del bombicol. Poco después de la cópula, muere. Por lo tanto, no se puede

desorientar a la mariposa macho con otros olores porque no puede percibirlos y no puede percibirlos porque no necesita hacerlo.

Fig. 3-1. A) Mariposa de la seda macho. B) Detalle ampliado de la antena. C) Ampliándolo aún más podemos ver cada una de las células sensoriales. D) Junto a las células sensoriales hay unos largos filamentos sensoriales. E) Detalle del filamento sensorial. Por los minúsculos poros asoman al exterior terminaciones nerviosas. Ellas son la parte sensible al estímulo de la feromona sexual.

EN QUE SE RECONOCEN

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El bombicol actúa sobre la mariposa macho como una llave que abre el cerrojo de una puerta cerrada y origina en este animal toda una cadena de comportamiento : zumbido de las alas, orientación hacia la hembra, acercamiento y cópula. Un único olor, un sólo estímulo da la voz de alarma, indica el camino y provoca el apareamiento. Nuestros experimentos ya han demostrado hasta que punto las mariposas de la seda machos reaccionan “a ciegas” ante el olor del bombicol. El apareamiento se intentaba con todo aquello que oliese a bombicol ; lo mismo daba que se tratase de gigantescas hembras atlas o de simples hojas de papel secante que de mariposas de la seda hembra. El “reconocimiento” de la hembra, por lo tanto, está ligado a un único distintivo químico, a lo que se denomina un único estímulo-clave3. Sólo el estímulo-clave del bombicol desencadena en el macho conductas de orientación y apareamiento.

La búsqueda y el reconocimiento de la pareja es en el caso de la mariposa de la seda y de otras muchas mariposas nocturnas una tarea exclusiva del macho. El comportamiento de las hembras es, dejando aparte la emisión de la feromona sexual, totalmente pasivo. Esto nos explica por qué los machos de muchas

mariposas nocturnas tienen esas grandes antenas peludas con un gran número de células olfativas mientras que las hembras, por el contrario, disponen de unas antenas comparativamente raquíticas con muchas menos células olfativas. Pero ya en el próximo ejemplo hemos de ver que la pasividad de la hembra no es, en modo alguno, la norma general por la que se rigen los insectos y que de ninguna forma el proceso es siempre tan sencillo como el de llegar al apareamiento, incluyendo la cópula, mediante un único estímulo-clave.

3

Definición del concepto en la página 86. 618

EN QUE SE RECONOCEN

EL DISEÑO LUMINOSO DE LAS LUCIÉRNAGAS
La luciérnaga macho de la especie Photinus pyralis emite durante su vuelo nocturno (en principio, sin dirección fija) señales, centelleos, que son, a su vez, contestados por la hembra con otros centelleos. El estímulo-clave para la hembra es la secuencia típica de centelleo emitida por el macho en intervalos de 5.7
4 segundos . Esta secuencia provoca en ella centelleos de respuesta, los cuales

son, también, un estímulo-clave para el macho que desencadena en él vuelo dirigido y el apareamiento. Según esto, en esta especie de luciérnaga el

reconocimiento es recíproco. La hembra reconoce a su congénere macho por el intervalo temporal entre los centelleos. El macho reconoce a la hembra de su especie en el preciso centelleo de respuesta.

En América ocurre a veces que muchas especies diferentes de luciérnagas conviven en la misma región. Y como todas ellas están en celo en la misma estación del año, uno puede observar en las cálidas noches veraniegas hasta nueve tipos diferentes de luciérnagas en busca de pareja. En un terrible caos se suceden los destellos y centelleos en los arbustos, los árboles y el césped. Para el espectador es un misterio que no se produzcan, constantemente, confusiones entre luciérnagas de distinta especie y que, en la práctica, nunca se apareen y crucen especies distintas entre sí. ¿Cómo es posible ? Muy sencillo, mediante los distintos modelos o patrones luminosos de su centelleante diálogo. Una de las especies de luciérnaga, por ejemplo, emite sus rayitos de luz a grandes intervalos temporales uno de otro y manteniéndolos durante algunos instantes. produce un rápido parpadeo intermitente. Otra,

Una tercera, enciende una luz

oscilante, la apaga por un breve instante, vuelve a oscilar y la vuelve a apagar. Y también entre las hembras hay muchas especies que contestan al patrón

4

Véase el aparato “El faro intermitente de la luciérnaga” en la página 28. 619

EN QUE SE RECONOCEN

luminoso de sus congéneres machos de forma totalmente típica y característica de su especie. Que este sistema funciona tan seguro como la muerte -en el sentido real de la palabra- nos lo demuestran las hembras de una especie pirata de luciérnagas del género Photuris. Éstas imitan la secuencia de centelleos de la hembra Photinus y así atraen a machos Photinus. Los machos engañados vuelan hacia la hembra Photuris, enmascarada por el centelleo de la Photinus, para aparearse con ella. Tan pronto como aterrizan sobre el punto luminoso, les es tributado un digno recibimiento por parte de la hembra Photuris, que los devora inmediatamente sin más ceremonias.

Pero, dejando aparte esta refinada maniobra de diversión, los diferentes códigos de señales sirven, como hemos visto, a las diferentes especies de luciérnaga para reconocer a sus congéneres y parejas. Son la garantía de que no haya

equivocaciones, mezclas y cruces entre distintas especies.

LOS SALTAMONTES BURLADOS

Hay dos clases de saltamontes, el Chorthippus biguttulus y el Chorthippus brunneus, que tienen un aspecto exterior muy parecido y además viven en el mismo biotopo5. Tan sólo el canto de ambos es claramente distinto y puede

indicar al experto incluso a gran distancia, cuál de las especies está dando su concierto al aire libre en el césped. A pesar del gran parecido, esta diferencia en el canto es suficiente para evitar un cruce, a no ser que un científico colabore en su laboratorio a que tal cosa ocurra. Detrás de una hembra biguttulus, que canta como corresponde a su especie, se coloca un pequeño altavoz que emite el canto de una hembra brunneus y, paralelamente, detrás del macho brunneus, que

EN QUE SE RECONOCEN

620

también se dedica a su labor específica de canto, ponemos un altavoz del que brota el canto de un macho biguttulus. O sea, cada uno de los saltamontes tiene ante sí una pareja cuyo canto es de otra especie, pero detrás del cual suena música de la especie propia. La reacción ante esta situación es inequívoca. Los dos saltamontes saltan el uno sobre el otro y llevan a cabo el apareamiento a pesar de la diferencia de especies.

Este experimento demuestra hasta qué punto es poroso el estímulo-clave “canto de la misma especie”.

Pero, ¿qué aspecto tienen los descendientes de este “matrimonio de laboratorio” ? ¿Cómo se comportan y, ante todo, cómo cantan ?.

los mestizos (híbridos) emiten un canto que representa con bastante exactitud una posición a medio camino entre los de sus progenitores. Es, como se diría en genética científica, intermedio. Pero veamos ahora lo que sucede si juntamos estos mestizos, tan pronto como estén en edad y época de reproducirse, con ejemplares en celo de biguttulus y brunneus pura raza. El comportamiento de los animales es el siguiente : los mestizos reaccionan positivamente ante el canto de los biguttulus y ante el de los brunneus. Sin embargo, su mezcla de cantos no es comprendida ni por los biguttulus ni por los brunneus. Es decir, los cantos intermedios de los mestizos no son estímulos-clave para las especies puras, de forma que no se llega a dar nunca el apreamiento entre un mestizo y un pura raza.

Experiencias muy parecidas a éstas se pueden realizar en el laboratorio con grillos, sapos e incluso patos. Pero, ¿qué es lo que hay detrás de todo esto ?.
5

Biotopo : medio ambiente, natural de determinadas especies vegetales y animales que se encuentran ligadas unas a otras mediante una interacción e independencia recíprocas. 621

EN QUE SE RECONOCEN

cada especie animal o vegetal existente hoy día sobre la tierra es el producto de un desarrollo que ha tenido lugar a lo largo de millones y millones de años (evolución6), un desarrollo mediante el cual una especie determinada se adapta a un espacio vital también totalmente determinado. Así por ejemplo, la ranita de San Antón vive en las hojas de árboles y arbustos, cuyos colores la camuflan admirablemente. Sus dedos adherentes y su vientre rugoso le ayudan a

sostenerse sobre hojas y ramas. Sus territorios de caza están constituidos por setos, zarzamoras y avellanos. La capacidad de salto de sus ancas traseras le permite cazar moscas dando unos brincos enormes. Totalmente distinta es la rana común. Cromáticamente hablando se ha adaptado a los charcos, pantanos y ciénagas. Dentro del agua son sus largas patas traseras las que la impulsan hacia delante. En tierra firme brinca o anda a pasitos cuando va de caza,

acercándose lentamente a caracoles y saltamontes. No podría sostenerse sobre el ramaje de un árbol. Ambos animales están admirablemente adaptados a sus espacios vitales específicos. La especialización en determinados biotopos o en un determinado tipo de alimentación permite que la competencia por el alimento y el espacio vital no sea tan grande ni tan opresiva. Si se apareasen entre sí dos especies como éstas, ciertamente emparentadas pero adaptadas a distintos ambientes, las ventajas de la especialización se perderían parcialmente en la descendencia. Los mestizos estarían peor adaptados que sus padres pura raza. Lo que posibilita las ventajas de la especialización son los mecanismos de aislamiento, es decir, dispositivos que impiden el mestizaje de una especie animal.

6

Teoría de la evolución (también llamada teoría del origen de las especies) : proporciona la explicación histórica del desarrollo y de las causas de la evolución de los organismos en el transcurso de la historia de la Tierra, desde los inanimados hasta las formas actuales, incluso el ser humano. 622

EN QUE SE RECONOCEN

El mecanismo de aislamiento más sencillo es la separación especial de especies animales estrechamente emparentadas7. El hecho de vivir en zonas distintas, separadas por montes, ríos e incluso mares, excluye un encuentro y, por lo tanto, un cruce de especies animales emparentadas. Cuando dos especies de estrecho parentesco entre sí ocupan el mismo espacio vital8 es frecuente que sus épocas de reproducción estén tan separadas temporalmente que apenas exista el peligro de un cruce. Así pues, la separación temporal de las épocas de reproducción funciona como un segundo mecanismo de aislamiento.

Pero, como acabamos de ver en el caso de nuestros saltamontes, allí donde especies emparentadas de cerca viven en el mismo biotopo y se ponen en celo en la misma época, el diferente comportamiento de reproducción (en este caso, los distintos tipos de canto) impide que se produzca el mestizaje.

Así pues, los estímulos-clave han resultado por simples distintivos para el reconocimiento de los congéneres ; es decir, mecanismos de aislamiento que evitan la reproducción entre animales de distintas especies.

Y si, por los motivos que fuese, llevan a aparearse alguna vez dos especies diferentes, los descendientes mestizos son casi siempre infecundos, cuando no totalmente incapaces de aparease.

LOS JUEGOS AÉREOS DEL ARGINIS

7

Las especies estrechamente emparentadas que habitan diferentes se denominan especies alopátricas. 8 Las especies estrechamente emparentadas que habitan en un lugar común se denominan especies simpáticas.
EN QUE SE RECONOCEN

623

Los ejemplos que hemos presentado hasta ahora pueden despertar la impresión de que el reconocimiento de la propia especie se produce siempre mediante distintivos tan simples como un olor, una serie de centelleos o una determinada secuencia de cantos. Pero nuestro próximo ejemplo demostrará que la formación de un pareja animal puede ser mucho más complicada.

El arginis es una mariposa diurna que habita con carácter fijo en los claros o en los márgenes de los bosques.

Muy rara vez emprende migraciones a gran distancia. Al ir en busca de alimento prefiere las flores amarillas, verdes y azules. En julio y agosto, hacia la hora del mediodía, los macho se vuelven particularmente activos y revolotean sin descanso por su región. Sólo un agudo observador es capaz de notar que su forma habitual de volar, balanceándose, se ha convertido en un vuelo zigzagueante y sólo el experto sabe lo que ese vuelo zigzagueante significa : el macho está a la busca de la hembra.
9 El Científico D. Magnus ha estudiado durante años los hábitos y costumbres de

estas mariposas. Descubrió que los arginis machos en época de celo no vuelan sólo hacia las hembras de su especie. También persiguen otras mariposas, como los pequeños hespéridos amarillos. A veces, incluso las hojas amarillas que

revolotean por el aire tras haberse desprendido de un árbol son tomadas como objetivo de su vuelo ; sin embargo, tardan poco tiempo en darse cuenta de su error y abandonar estos objetos equivocados. De estas observaciones surgieron para Magnus las siguientes preguntas : ¿Cómo atraen los arginis hembra a los machos en celo ? ¿Por qué, a veces, los machos se equivocan ? ¿Y qué es lo que les hace reconocer con tanta rapidez su error ?.

9

Dietrich Magnus, es catedrático de Zoología en la Universidad de Darmstadt. 624

EN QUE SE RECONOCEN

En un claro de bosque poblado de cardos y valeriana patrulla un arginis macho volando en zigzag. Entonces aparece al borde del bosque un segundo arginis. Tranquila y regularmente, revolotea hacia el claro ; o sea, según su conducta de vuelo, es una hembra. Justamente cuando atraviesa el claro aparece el

propietario del territorio. Con determinación y rapidez recorre los pocos metros que le separan de la hembra, la alcanza y la cerca en vuelos circulares muy cerrados. La hembra se queda como suspendida en el aire, zumbando con las alas. A continuación, vuela él alrededor de ella, pero ahora describiendo sólo semicircunferencias y no círculos enteros. Como respuesta, la hembra prosigue su vuelo lentamente y en línea recta. Él vuelve a perseguirla. Pero lo que hace esta vez es volar por debajo de ella para elevarse nada más sobrepasarla.

Fig. 3-4. Vuelo de persecución del arginis macho durante el cortejo.

Al elevarse sobre ella, el macho pierde claramente velocidad, de modo que la hembra le adelanta, volando por debajo de él. Y, de nuevo, persecución, vuelo bajo y elevación. Esta maniobra de persecución se repite a lo largo y ancho de todo el claro. Más de cien veces asistimos al continuo arriba y abajo, al vuelo bajo y a la elevación. De repente, la hembra interrumpe este juego aéreo y, zumbando con las alas, aterriza sobre una flor. A continuación, aterriza él también y se posa
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625

formando un ángulo recto respecto a la hembra, de tal forma que su cabeza esté dirigida hacia el flanco derecho del cuerpo de ella. En este momento cesa el zumbido de las alas, que ya sólo se mueven lentamente arriba y abajo.

Entonces, el macho hace una especie de reverencia y abraza el cuerpo de la hembra con las puntas de las alas anteriores. Segundos después redoblan sus antenas sobre las alas posteriores de la hembra. Es cuando el macho se da la vuelta, se coloca en posición paralela a su pareja y golpea el orificio anal de ésta con el extremo de su abdomen. En esta fase del apareamiento ella despliega sus saquitos olorosos en el abdomen. Poco después, tiene lugar la cópula. Este proceso de apareamiento, también llamado cortejo10 se repite exactamente igual en todos los arginis de la especie Argynnis pahpia. No se omite ni un solo eslabón en la cadena de movimientos y contactos. La cópula no se lleva a cabo hasta que se han recorrido todas las estaciones, desde el vuelo en círculos, pasando por el vuelo de persecución, hasta la reverencia y el contacto abdominal.

En cientos de experimentos con señuelos o modelos de cartón pintado, Magnus averiguó que para el macho la primera señal significativa de la hembra es el color. Los arginis machos se dirigen volando desde grandes distancias hacia los señuelos de color amarillo dorado, sobre todo si les hace oscilar. El color amarillo oscilante es el primer estímulo clave, sin importar para nada la forma del señuelo. Incluso señuelos cuadrados provocan el vuelo del macho, siempre que estén pintados de amarillo dorado. A una cierta distancia de la hembra 8unos veinte centímetros), todos los machos cesan en su interés por ella si no emite el olor adecuado. El segundo estímulo-clave no es, por lo tanto, de carácter óptico, sino

Cortejo : comportamiento entre dos congéneres de distinto sexo que conduce a la formación de una pareja y al contacto sexual.
EN QUE SE RECONOCEN

10

626

químico.

Si la hembra huele “correctamente”, el macho empieza a rodearla

volando en círculo. Y sólo en el caso de que la hembra esté dispuesta para el apareamiento, el estímulo-clave “vuelo en círculo” provoca la reacción “zumbido de alas”.

Siguiendo el proceso restante del cortejo vemos que existe un constante toma y daca entre macho y hembra. Es una cadena de señalescromáticas, cinéticas, químicas y táctiles, intercambiadas entre los dos miembros de la pareja y que son, a la vez, respuesta y estímulo.

Color amarillo dorado, aleteando

Acercamiento en vuelo hasta 10 cm

Olor a hembra Vuelo en circulos Vuelo lento en linea recta Vuelo de persecución con vuelo bajo y elevación Vuelo lento en línea recta

Se repite muchas veces

Se posa junto a la hembra en posición típica

Se posa sobre una flor con zumbido de alas

Inclinación, contacto con la antenas, posición paralela, golpeo del orificio sexual

Lento movimiento y plegando las alas

Expulsión de las glándulas olorosas

EN QUE SE RECONOCEN

627

Cópula

Fig. 3-5. Cadena de estímulos-clave en el cortejo del arginis (esquema).

Aunque conocemos un gran número de los estímulos del arginis, no puede excluirse la posibilidad de que haya otros de importancia. Por eso, el esquema de la página 67 debe ser considerado sólo como una representación simplificada de procesos quizá más complejos.

Ahora comprendemos por qué el arginis dirige su vuelo a objetos equivocados, pero sólo por poco tiempo. Los hespéridos y las hojas amarillas desprendidas del árbol reúnen la combinación correcta de estímulos-clave “color amarillo dorado” y “movimiento oscilante”. El macho vuela hacia ellas pero el proceso se interrumpe al llegar a una cierta distancia porque no se da el segundo estímulo-clave : “típico olor a hembra”.

¿MACHO O HEMBRA ?
Hasta ahora hemos silenciado la posibilidad de que un arginis en celo se encontrase con un congénere de su mismo sexo, o sea, con un macho de la misma especie. Porque evidentemente, también los machos tienen un color

amarillo dorado y revolotean de forma sencilla. ¿En qué nota un macho en celo si está persiguiendo a una hembra o a un macho ?.

Los arginis machos en celo no contestan al estímulo-clave “vuelo de aproximación” de otro macho con olor a hembra ni zumbido de alas, como las hembras, sino con vuelos en círculo. Por lo tanto, el macho perseguidor no recibe la respuesta correcta a su señal “vuelo de aproximación” e interrumpe el cortejo
EN QUE SE RECONOCEN

628

en seguida. Los dos machos se alejan volando el uno del otro. De acuerdo con estas reglas de diferenciación de sexos es muy simple, pero suficientemente clara. Si el estímulo-clave “vuelo de aproximación” no provoca un típico

comportamiento de hembra, eso quiere decir que el objeto que ha llamado la atención del macho no es una hembra y, por lo tanto, carece de interés.

Los batracios machos son mucho más rigurosos en el examen de congéneres y no congéneres en lo relativo al sexo.

Anualmente, en primavera, se puede asistir en charcos y lagunas s un espectáculo que siempre se desarrolla igual. aguas para aparearse en ellas11. Procedentes de todas las

direcciones, los batracios de las más diversas especies reptan y brincan hacia las En todas las especies son los machos los

primeros en llegar a las agua de freza e inmediatamente después de su llegada empiezan con las llamadas. Unos días después, aparecen las primeras hembras. A menudo ocurre que, aun antes de haber alanzado el agua, son cortésmente recibidas por sus congéneres machos (bastante más pequeños que ellas), lo que en el caso de los batracios significa que saltan sobre ellas y las abrazan por la espalda. Durante días y semanas la -parejita él a horcajadas sobre ella- recorre a nado el estanque, antes de que tenga lugar la respuesta e inseminación de los huevos.

La pregunta de cómo las ranas y los sapos encuentran las agua de freza y está sin resolver. No sabemos si el sentido del olfato desempeña algún papel en ello o si se orientan por el Sol, la Luna y las Estrellas. Lo único seguro es que muchas ranas y sapos vuelan para reproducirse a sus agua natales, allí donde, tras salir del huevo, se convirtieron primero en renacuajos y luego en ranas. Esto se ha

11

Más datos sobre las épocas de apareamiento de los batracios en la página 155 629

EN QUE SE RECONOCEN

demostrado de forma inequívoca mediante experimentos en que se marcaron los animales.

A orillas de las aguas de freza las especies se separan unas de otras y establecen en distintos puntos de la charca sus puestos de llamada. Las llamadas de

apareamiento de los machos son para las hembras, que llegan más tarde, una importancia ayuda a la hora de orientarse, al menos en las cercanías del estanque. Sin duda alguna, las hembras reconocen las llamadas de los machos de su especie. En un experimento se colocaron ranas hembra, dispuestas para el desove, en el centro de un estanque de agua de dos metros de largo. En cada uno de los lados más cortos del tanque se había instalado un altavoz con el que se reproducían, según se desease, llamadas de apareamiento de la misma especie o de otras especies emparentadas. Las hembras examinadas eligieron en todos los casos el altavoz correcto y se movieron hacia el lugar de donde procedía la voz de su congénere macho. Esto quiere decir que, en el caso de las ranas y los sapos, son las hembras las que preponderantemente llevan a cabo la tarea de buscar su pareja. Se orientan por las distintas llamadas de los machos, cada una típica de una especie, y se cuidan así de que no se produzcan cruces entre diferentes tipos de ranas. Pero el auténtico reconocimiento del sexo se produce en el intento de abrazo. Los sapos y las ranas macho, en época de apareamiento, saltan sin excepción, sobre todo lo que se mueve, e intentan abrazar todo lo que sea. La lámina 3-4 es un claro ejemplo de cómo esta actitud puede conducir a corto plazo a equivocaciones grotescas.

¿Cómo reaccionan los machos cuando otro macho salta sobre ellos y cómo lo hacen las hembras ? Los machos, al ser abrazados por otros machos, profieren el llamado “grito de repulsa” y efectúan movimientos de rechazo.

Inmediatamente, el macho que está sobre su espalda se suelta y se aleja nadando. Las hembras dispuestas para la cópula, por el contrario, se comportan
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EN QUE SE RECONOCEN

frente a este abrazo de forma totalmente pasiva. Pero las hembras que aún no están dispuestas para el desove o que ya han desovado se rebelan activamente contra el abrazo. En algunas especies, también ellas emiten en estas

circunstancias el “grito de repulsa”.

Así pues, los batracios también se sirven de mecanismos relativamente simples para encontrar y reconocer a sus congéneres y, entre ellos, a su pareja. Las hembras de las cercanías son atraídas por llamadas de apareamiento, distintas y características de cada especie, a menudo interpretadas en un impresionante canto coral por una masiva aglomeración de machos en celo. Las hembras

reaccionan sólo a la llamada de apareamiento de su propia especie. Para ellas el estímulo-clave y el desencadenante de su movimiento orientado hacia el macho cantor. Para los machos, sin embargo, el estímulo-clave parte de cualquier objeto que se mueva y tenga aproximadamente el tamaño de una rana ; un objeto de estas características desencadena en él el mecanismo del salto y del abrazo. El abrazo, a su vez, es un estímulo-clave ante el que los dos sexos reaccionan de forma diferente : las hembras dispuestas para el desove, con pasividad, y los machos, con un grito de repulsa y un rechazo activo.

Según nuestras observaciones e investigaciones, las mariposas nocturnas, las luciérnagas, los saltamontes, las mariposas diurnas, las ranas y los sapos se “reconocen” mediante distintivos muy concretos, ya sean químicos, ópticos, acústicos e incluso táctiles ; éstos actúan como estímulos-clave o

desencadenantes porque provocan en la pareja un comportamiento de respuesta igualmente prefijado. ¿Hasta qué punto tienen estas constataciones un carácter general ? ¿Se pueden aplicar también a especies animales superiores, cómo

aves y mamíferos ? Estudiaremos estas cuestiones primero en el petirrojo, un viejo conocido nuestro ya desde el primer capítulo.

EN QUE SE RECONOCEN

631

ALARMA ROJA : ORDEN DE ATAQUE

En el centro de un territorio de petirrojo colocamos al descubierto, sin camuflaje, una grabadora sobre la que previamente hemos montado un petirrojo disecado. Una ligera presión sobre el botón adecuado y empieza a salir del altavoz el canto de un petirrojo12. Comienza con dos tonos agudos, cortantes y bastantes largos ; a ellos se añade después un grupo de trinos que casi suena como si se tratase de tres voces, hasta tal punto están los sonidos cercanos unos a otros. Luego

vienen unos silbidos suaves, ya un poco decaídos, después un intermedio y se vuelve a empezar.

Cuando han pasado en la cinta exactamente dos estrofas de 7.5 segundos cada una responde desde muy cerca el propietario del territorio. Y ahí está : vuela tres o cuatro metros hacia arriba en el ramaje de un plátano y canta excitadamente. Ahora se acerca, se posa a sólo cinco metros del altavoz sobre la rama de un abedul y sigue cantando con la cabeza inclinada hacia abajo en dirección al petirrojo disecado. Segundos después vuela sobre su difunto congénere, se deja caer al suelo como una piedra, se impone de abajo arriba, revolotea en lo alto, se vuelve a dejar caer, se impone y canta. A todo esto, la hembra ya se ha acercado también a ver qué pasa. El cantante se dirige apresuradamente hacia ella, vuelve de nuevo y ataca violentamente al pájaro disecado, revolotea en torno a él, profiere sonidos inarticulados, se impone desde el suelo, vuelve a levantar el vuelo e incluso se posa brevemente sobre su contrario y lo picotea con su pequeño y gracioso pico ; en definitiva, está totalmente fuera de sus casillas, hasta tal punto que permite al observador acercarse hasta casi poder tocarlo.

existe en el mercado una serie de discos con cantos de diferentes aves. De ellos se puede grabar fácilmente en una cinta (casette) el canto del petirrojo.
EN QUE SE RECONOCEN

12

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En este momento es posible, e incluso fácil, separar al enfurecido y belicoso petirrojo del señuelo medio desgarrado y anillarlo sin que haga el más mínimo intento por huir.

Un día después se repite el mismo experimento con una sola pero esencial diferencia : sobre el aparato no hemos puesto esta vez un petirrojo sino una burda reproducción suya, un armazón relleno, sin cabeza y sin cola, con dos alambres en lugar de patas ; en realidad, tan sólo el tronco de un petirrojo. De nuevo suena el canto por el altavoz. Otra vez, contesta el petirrojo propietario del territorio. De nuevo asistimos al acercamiento, al ataque, al excitado canto y a la imposición.

El día del tercer experimento ponemos el altavoz en la horquilla de la rama de abedul. Nada de petirrojos disecados en todo el terreno. Sólo un manojo de plumas rojas, arrancadas del plumaje del pecho al señuelo del primer día, cuelgan de la rama bamboleándose, atadas por una hebra de hilo. Y otra vez sucede lo mismo de los días anteriores : violento acercamiento del propietario del territorio, picotazos a las inofensivas plumitas rojas, canto e imposición.
13

Si en esta fase del experimento se desconecta el altavoz, la agresividad atacante cede claramente y por último se disipa por completo.

del

Si tan sólo se hace sonar el magnetófono sin señuelo, el propietario del territorio se acerca volando, canta desde muy cerca y se impone hacia el lugar de donde procede el canto, pero permanece siempre a distancia. Así pues, en el petirrojo los estímulos-clave “canto de especie” y “plumas rojas” se refuerzan

recíprocamente de una forma parecida a la que ocurría con el baile en zigzag y el

13

Agresividad : instinto de lucha. 633

EN QUE SE RECONOCEN

vientre rojo en el caso del espinoso. Los dos estímulos juntos provocan una rabia agresiva, violenta y casi ciega.

Estos

experimentos del

con

señuelos

nos

aclaran

algunos ya

aspectos

del

comportamiento

petirrojo,

comportamiento

que

hemos

descrito

detalladamente en el primer capítulo. Los petirrojo macho ocupan durante todo el año un determinado territorio y lo defienden también durante todo el año, excepto
14 en la época de muda . Para señalar las fronteras de su territorio se sirven del

canto y en el caso de que algún congénere se acerque demasiado se imponen y atacan abiertamente. Al imponerse muestran a su contrario el significativo color rojo del pecho y del vientre en toda su extensión (fig. 1-2). El extraño reacciona o bien huyendo -si el canto y el pecho rojo lo han acobardado- o bien imponiéndose, cantando y atacando a su vez. El pecho rojo y el canto son para el petirrojo macho, durante todo el año, estímulos-clave que provocan ataque o huida.

Pero ¿qué ocurre con la hembra ?. Durante el otoño ella también es propietaria de un territorio y, por lo tanto, canta y se impone como un macho con el pecho rojo y el canto agresivo. Se comporta, pues, como un macho y detiene a todo congénere en las fronteras de su territorio, lo rechaza y lo expulsa.

Sin embargo, a lo largo del invierno va variando su actitud hacia los estímulosclave “rojo” y “canto”. Siempre que una hembra se encuentre a un macho Se acercará y éste en una postura

cantando se sentirá atraída hacia él.

ligeramente encogida, evitando así mostrarle su pecho rojo, apenas cantará y esquivará, pero sin huir, al agresivo macho, que intentará imponerse. Así pues, tanto el canto como el pecho rojo han adquirido para la hembra un significado positivo y atrayente. Al mismo tiempo se esfuerza por ocultar las señales que
14

Muda : cambio del plumaje que tiene lugar una o dos veces por año. 634

EN QUE SE RECONOCEN

podrían provocar la agresión del macho. En esto es en lo que el macho parece reconocer a su pareja, la hembra. Este claro ejemplo del petirrojo nos muestra, pues, que también los animales superiores pueden reconocer con facilidad a sus congéneres mediante señales simples como el pecho rojo y el canto de la propia especie.

LOS ESTÍMULOS-CLAVE PIERDEN SU PODER

Los periquitos hembra y macho se diferencian exteriormente sólo en el color de la membrana situada sobre el pico. Los machos la tienen azul y las hembras marrón apagado, como se puede ver en la página 3-6.

Si ponemos junto a un macho una hembra desconocida para él, cuya membrana marrón haya sido pintada artificialmente de azul -el color que corresponde a un macho-, el macho tratará a esta hembra como a una rival de su mismo sexo y la combatirá. Por lo tanto, la membrana azul es el estímulo-clave y desencadena una lucha de rivalidad. El mismo macho se comporta de forma totalmente

opuesta cuando se le pone en compañía de otro macho desconocido cuya membrana azul esté pintada de marrón, como correspondía a una hembra. Entonces, el primer macho empieza en seguida a cortejar al extraño. También en este experimento, pues, el color de la membrana demuestra ser el estímulo clave. Pero, ¿cómo se desarrolla el mismo experimento cuando se trata de dos animales que viven juntos desde hace tiempo ?.

EN QUE SE RECONOCEN

635

Fig. 3-6. El sexo de los periquitos sólo se puede distinguir por el color de la membrana situada encima del pico. Los machos la tienen azul y las hembras marrón.

Primero, separaremos por un breve espacio de tiempo una pareja de periquitos que desde hace meses conviven en la misma jaula y desde hace semanas se aparean entre sí. Luego, pintaremos la membrana de la hembra de color azul y la volveremos a juntar con el macho en la jaula de antes. El macho, ahora tendría que atacar, combatir a su supuesto rival. Pero no ocurre nada de eso. Apenas está la hembra de vuelta, el macho empieza a cortejarla y a solicitarla. ¡Nada de ataques !. El periquito macho ha reconocido a su pareja inmediatamente. La membrana azul, que antes provocaba el ataque, ha perdido todo su significado, ha dejado de ser afectiva como estímulo-clave. Y esto significa que los estímulosclave pueden perder su función desencadenante cuando los dos animales se conocen individualmente15.

Esta constatación que hemos llevado a cabo con la pareja de periquitos es válida para muchas especies de animales y, sobre todo, de animales superiores, como aves y mamíferos.

La condición necesaria para que los animales se conozcan personalmente es que existe en ellos una cierta capacidad de aprender.
EN QUE SE RECONOCEN

15

636

También en el petirrojo se puede observar que aquellos catalizadores todopoderosos, que eran el pecho rojo el canto, ha perdido su significado tan pronto como la pareja está ya consolidada. Durante todo el período de

incubación, tanto macho como hembra vuelan por todo el territorio con su señal roja, sin amenazarse mutuamente, mucho menos, pelearse. El resto de los

petirrojos sí siguen siendo amenazados y expulsados tan pronto como aparecen en el territorio. Así pues, el conocimiento individual de la pareja es también, en este caso, más fuerte que el provocativo pecho rojo. Sin embargo, lo que no sabemos con seguridad es en qué se reconoce la pareja a una distancia de veinte o incluso treinta metros. Es muy probable que las aves y también los mamíferos se reconozcan individualmente por la cara, la voz y la forma de moverse. A favor de esta teoría están muchas observaciones ocasionales ; por ejemplo, la llevada a cabo por Heinroth16, quien observó que un cisne vulgar atacó a su cónyuge, que tenía la cabeza metida en el agua para buscar alimento, porque, no podía ver la cabeza, pensó que era un extraño. Pero la agresividad cesó tan pronto como la cabeza emergió sobre la superficie del agua. Lorenz
17

nos informa de

demostraciones inequívocas según las cuales las grajillas se reconocen por la voz, aun cuando no se pueden ver. Heinroth opina que también los patos

hembra reconocen a su pareja, de entre una bandada de machos, por la voz.

¿INNATO O ADQUIRIDO ?

Un Atlas macho, que acaba de salir del capullo, se escapa volando en la noche nada más desplegar las alas ; al poco tiempo, encuentran a su hembra, se acerca a ella y se aparean.
16

Este macho llega al mundo sin ningún tipo de ayuda,

Oscar Heinroth (1871-1945), eminente omitólogo alemán y director del Acuario de Berlín, adquirió un gran renombre por sus concienzudos estudios del comportamiento de las aves. 17 Konrad Lorenz fue el iniciador de la ciencia del comportamiento comparado, la etología. Sus obras principales son Sonsideraciones sobre las conductas animal y humana. Plaza y Janés, Barcelona. 1976, y El pretendido mal, Siglo XXI, 2ª. ed., Madrid, 1982.
EN QUE SE RECONOCEN

637

extiende sus alas y ya puede volar, sin tener que pasar por un aprendizaje ; ya sabe cómo huele una hembra, la encuentra sin que nadie le indique el camino y tiene una “idea” muy exacta de cómo ha de llevarse a cabo la cópula.

Un comportamiento como éste, que se desarrolla sin ninguna posibilidad de aprendizaje previo, sólo puede ser innato, tiene que estar ya predeterminado en el animal. Todas las especies animales que vienen al mundo sin ayuda y no tienen el cuidado de nadie después de nacer- es decir, que no son criados en ningún aspecto por los padres- tienen que estar provistas ya en el momento de nacer de un vasto programa18 de comportamiento que les permite reconocer y reaccionar correctamente ante enemigos, alimento, congéneres y ante su propia pareja. La gran mayoría de los animales -por ejemplo, gusanos, muchos insectos y caracoles, los más de los peces, anfibios y reptiles- vienen al mundo solos, no son criados por nadie, y posteriormente, viven sin tener ningún tipo de contacto con sus congéneres. Todos ellos dependen para sobrevivir de sus facultades innatas. Tienen que reconocer lo que nunca han conocido y poder hacer lo que nunca han practicado.

Pero, ¿qué ocurre con animales como, por ejemplo, las aves y los mamíferos, que después de nacer son cuidados al menos, por uno de los padres y que crecen lentamente entre mimos y cuidados ? ¿Qué ocurre con los animales que viven toda su vida asociados en bancos, manadas, rebaños o bandadas ? Desde muy jóvenes están rodeados por sus congéneres y pueden aprender de ellos cuál es el comportamiento propio de la especie.

Un objeto muy apreciado a la hora de investigar sobre características y conocimientos innatos o adquiridos lo constituyen nuestras aves canoras cuyo
18

Programa : la reacción ante un suceso determinado está ya prefijada de antemano y cuando este suceso se presenta la reacción tiene lugar “automáticamente”.
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canto, típico de toda especie, y muchas de sus llamadas desempeñan un importante papel en la época de reproducción. Por medio del canto limitan sus territorios y se imponen a sus rivales. Con llamadas y canto atraen a la hembra. De todas estas polifacéticas emisiones sonoras, ¿cuáles son innatas y cuáles han de ser aprendidas ?.

Una detallada y exhaustiva investigación sobre la evolución del canto del camachuelo ha sido llevada a cabo por el zoólogo Jürgen Nicolai19. Durante años observó esta especie, sobre todo el crecimiento de Wiesbaden y crió varias generaciones en jaulas. De su amplio informe hemos extraído nosotros la historia del camachuelo macho “Azul-Amarillo”, porque es quizá la que más puede responder a nuestra pregunta : <<¿Es innato o adquirido el canto típico de cada especie ?>> Pero, primero, digamos algunas palabras de carácter general sobre el camachuelo. El camachuelo es un habitante declarado del bosque mixto y prefiere justo el tipo de bosque que cada vez se va haciendo menos frecuente entre nosotros : el formado por los árboles altos y añosos salpicando con

pequeños reductos de coníferas. Machos y hembras se diferencian claramente por los distintos colores de su emplumado traje. Los camachuelos cantan poco y bajito y además no son aves territoriales, por lo que resulta difícil observarlos en primavera y verano durante el cortejo y posterior cría de sus polluelos. Con más comodidad, pero naturalmente bajo condiciones artificiales, se puede estudiar el comportamiento del camachuelo en cautiverio.

EL CAMACHUELO “AZUL-AMARILLO” Y EL CANARIO MACHO

El camachuelo macho “Azul-Amarillo”, objeto de nuestra investigación, es el único superviviente de un nido saqueado por los arrendajos. Tiene ezactamente ocho
Jürgen Nicolai (nace en 1925 en Neidenburg) es colaborar de Konrad Lorenz : El tembeziehung und Partnerwahl mi Leben der Vögel.
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días de vida cuando Nicolai sse lo lleva a su casa, lo marca con un anillo amarillo y azul y lo confía a un canario hembra. Después de tres semanas de crianza, “Azul-Amarillo” es trasladado a una gran jaula donde viven varios camachuelos jóvenes y un único canario adulto macho. Aunque este canario macho no

participó ni estuvo presente en la crianza de “Azul-Amarillo”, el joven camachuelo se asocia en seguida a él, busca su compañía y le escucha cantar con gran atención. Hacia finales del otoño, “Azul-Amarillo” deja oír por primera vez su

canto de juventud, aún poco diferenciado. Pero muy pronto se puede reconocer en él el modelo sonoro del canario macho. A finales de año, “Azul-Amarillo”

interpreta el canto completo del canario en toda su perfección, hasta tal punto que resulta difícil distinguir el original de la copia.

A finales del invierno, “Azul-Amarillo” se aparea con un camachuelo hembra y en la primavera siguiente cría cuatro polluelos. “Azul-Amarillo” sigue obsequiándonos con sus arias de canario. Y aunque los hijos de “Azul-Amarillo” tuvieron desde pequeños, camachuelos macho como profesores de canto, ellos interpretan el canto del canario que han oído a su padre.

Aún cinco años después, los nietos y biznietos de “Azul-Amarillo” siguen cantando las estrofas de aquel canario macho que “Azul-Amarillo”eligió entonces com padre adoptivo y al que había dedicado toda su capacidad de aprendizaje.

¿Qué conclusiones podemos extraer a partir de este resumen de la historia de “Azul-Amarillo” y su descendencia ?.

Los polluelos de camachuelo en edad de crecimiento reciben en el nido una serie de impresiones por parte de los padres que luego determinan su desarrollo sonoro de forma decisiva. Esto se ve claramente cuando un pajarillo de nidada es criado por padres adoptivos, como, por ejemplo, un canario hembra. La inclinación del
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joven camachuelo “Azul-Amarillo” hacia el canario macho parece haber sido creada por impresiones que recibió de su madre adoptiva, el canario hembra, en las tres primeras semanas. De la mano de esta acuñación20, con canarios como modelo, tiene lugar en “Azul-Amarillo” otro proceso : en una época de su vida en la que él mismo aún no sabe cantar, graba en su memoria el canto del canario macho. Y este aprendizaje, realizado en la más tierna juventud, no se exterioriza hasta varios meses después en una perfecta imitación del modelo.

Muchos informes- entre ellos el de Brehm, quien enseñó a un joven camachuelo la canción “Guardia en el Rin”- confirman las investigaciones de Nicolai de que los camachuelos macho aprenden del padre o, mejor dicho, del ser vivo que los cría, el “canto de su especie”. Camachuelos criados por seres humanos

concentran sus deseos de aprender, durante este período sensible de su evolución sonora, en las manifestaciones acústicas de su cuidador y aprenden fácilmente dos o tres breves melodías populares, que luego recuerdan durante toda su vida. Este período sensible21 de la capacidad de aprender corresponde, en el caso de los camachuelos, a los primeros meses de vida.

Si recordamos la gran mayoría del canto del petirrojo para atraer a su pareja, no podremos por menos que sorprendernos ante el apreamiento del camachuelo “Azul-Amarillo”, que canta como un canario macho, con un camachuelo hembra. La explicación nos viene dada por un estudio de los hábitos del camachuelo. Como ya hemos dicho, los camachuelos no son aves terriotoriales y, por lo tanto, su canto tampoco tiene significado alguno como señal de demarcación territorial. En el apareamiento, el canto tampoco tiene función alguna o, en todo caso, se
Acuñación : bajo este concepto entiende el biólogo un aprendizaje, que se mantiene de por vida, de determinados estímulos que desencandenan una reacción no menos determinada. Este aprendizaje tiene lugar, la mayoría de las veces, en una fase sensible de la época de juventud. 21 Período sensible : determinado espacio de tiempo en la vida de un animal en que éste está especialmente capacitado para aprender y en el que las experiencias y conocimintos quedan acuñados en el animal con un carácter muy duradero.
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trata de una función totalmente secundaria. Los camachuelos machos en libertad sólo cantan cuando se sienten solos y cuando la hembra empolla. Fuera de la época de incubación también se puede oír cantar al camchuelo ocasionalmente dentro de su bandada. Lo que esto significa es que el canto del camachuelo no sirve ni para la demarcación de su territorio ni para atraer a su pareja y, por lo tanto, no es un distintivo específico para el reconocimiento de la especie. Por eso examinaremos, para elucidar la pregunta “innato o adquirido”, una ave distinta, de la que sepamos que vive en territorios y que atrae a su pareja mediante el canto.

UN AVE QUE NO PUEDE APRENDER

En abril vuelve a su patria natal una modesta ave de color gris pardusco ; es la curruca zarcera, que se puede encontrar allí donde haya arbustos de poca altura ; o sea, en los márgenes de soto, bosques y sitios similares. Los machos, tras su regreso, vagabundean cantando por la maleza y fundan sus territorios. Eligen un lugar que aún esté libre y desde allí emiten su canto territorial, un áspero gorjeo. Y si se acerca una hembra también cantan volando.

El zoólogo F. Sauer ha sido, seguramente, el primero en catalogar con gran exactitud las veinticinco llamadas y los tres cantos diferentes de esta ave. Así como Nicolai estudió el desarrollo del canto en el camachuelo. Sauer estudió también el desarrollo del canto en la curruca zarcera.

Hizo que algunos huevos de curruca zarcera fuesen empollados por una incubadora y crió luego a los polluelos por separado, totalmente aislados en cámaras insonorizadas. Así pues, desde su nacimiento estos animales no vieron ni oyeron nada que no fuese a sí mismos.

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Ya a principios del otoño del mismo año dominaban las veinticinco llamadas y los tres cantos sin haber tenido nunca ningún modelo acústico, ningún maestro de canto. Por lo tanto, todo el repertorio de sonidos de la curruca zarcera es innato.

Además, al comparar los polluelos del experimento con animales criados normalmente por currucas padres, resultó que los ejemplares que habían crecido prisioneros y los criados en libertad iban madurando los sonidos

consecutivamente por el mismo orden y con la misma distancia temporal. Según esto, el desarrollo del canto es un proceso que transcurre de acuerdo con un plan rigurosamente fijo.

Pero esto no quiere decir en absoluto que las currucas zarceras sean incapaces de aprender. También esta especie ornítica durante su desarrollo fases abiertas al aprendizaje, en las que pueden ser asumidos e imitados -esto es, aprendidosmotivos de un modelo. Hay bastantes grabaciones con cantos de curruca zarcera que demuestran esta afirmación. La mayoría de las veces es al final del canto típico e innato cuando, ocasionalmente, entonan como apéndice el trino del pinzón vulgar, un breve tema musical del herrerillo, gritos de alarma del mirlo y algunas cosas más. La curruca zarcera es, pues, un ave que posee su canto de especie preprogramado en el material genético y que, sin embargo, es capaz de aprender, hasta el punto de poder incluir motivos ajenos en su repertorio.

Al elegir estos dos ejemplos hemos presentado dos casos extremos :

el

camachuelo, que en determinadas fases de su desarrollo está totalmente abierto al aprendizaje, y la curruca zarcera, que está determinada hereditariamente. Entre las dos formas de comportamiento hay zonas de transición muy extensas. Los polluelos machos del pinzón vulgar, si son criados desde pequeños en un ambiente insonorizado, entonan al año siguiente un “canto” que en la duración y el ritmo responde más o menos a los patrones del pinzón vulgar. Todos los demás
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refinamientos del canto los tienen que aprender, así como el tema final de la canción. Sin embargo, éste no lo aprenden hasta la primavera siguiente a su nacimiento, cuando el ave intenta cantar por primera vez en compañía de sus congéneres. En ello se puede ver que tan sólo los rudimentos del canto están prefijados hereditariamente, pero no el virtuosismo.

Con la mayoría de las aves canoras ocurre que las emisiones sonoras más simples, especialmente las llamadas, son innatas, mientras que la mayor parte del canto tiene que ser aprendida. Es comprensible que sea así. Sonidos de

atracción, aviso o amenazas son señales precisas que a menudo tienen un valor informativo decisivo. El joven animal tiene que poder disponer de ellos muy

pronto. Un lento aprendizaje de su significado podría ser mortal.

En el caso del canto, suponiendo que tenga algún significado para el congénere o la pareja y que no sea emitido por puro placer22, basta un número determinado de rasgos característicos para que sea reconocido por el interesado. Los adornos, con los que cada pájaro se diferencia de los demás, pueden ser útiles sólo para reconocer a la pareja individualmente de entre una bandada de congéneres.

Las investigaciones de Nicolai y Sauer con el camachuelo y la curruca zarcera nos han servido al mismo tiempo para conocer dos métodos con los que se puede examinar la cuestión de las formas de comportamiento innatas y adquiridas en los animales.

En el primero de los métodos se separa de la cría de sus congéneres desde el nacimiento y se le asocia a padres adoptivos de otra especie. Cuando el animal
Los estríldidos, una familia aves que habitan subdivididas en muchas especies en África, Asia y Australia, se reúnen a últimas horas de la tarde para una especie de concierto. A menudo, se posan por miles en las ramas de los árboles y escuchan a uno de ellos, que canta su aria en
22

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ya es un adulto se puede deducir de su comportamiento cuáles son los elementos innatos y cuáles los adquiridos. En el segundo método, el llamado “método Kaspar-Hauser”23, el animal es criado desde su nacimiento totalmente aislado en cámaras insonorizadas, sin tener contacto con ningún otro ser vivo. Por lo tanto, no puede aprender de nadie más que de sí mismo. En animales adultos que hayan sido sometidos al método

Kaspar-Hauser se puede ver y oír qué formas de comportamiento son innatas y cuáles deben ser aprendidas. Las formas de comportamiento innatas se

desarrollan sin un modelo, las adquiridas no.

por último, un tercer método de trabajo ya lo vimos en el apartado “Los saltamontes burlados”. El principio fundamental de este método es cruzar dos especies animales cercanamente emparentadas y averiguar por las desviaciones observadas en el comportamiento de la descendencia qué distintivos físicos y de conducta son heredados.

Para no perder la visión de conjunto, haremos al final de este capítulo, una especie de balance.

Del surtido de estímulos producidos por un petirrojo rival que ha invadido un territorio, sólo hay dos señales que tienen efecto sobre el propietario del territorio, desencadenando una reacción por parte de éste : el pecho rojo y el canto típico
solitario hasta que es relevado por otro después de algún tiempo. La función de este solo operístico es hasta ahora desconocida. Quizás se deba al simple placer de cantar. 23 Llamado así según un niño expósito de origen enigmático que, supuestamente, había crecido en una habitación oscura, totalmente solo, sin posibilidad alguna de aprender algo de otro ser humano. No ocultaremos que el método Kaspar-Hauser como método de investigación presenta, además de grandes ventajas, también grandes inconvenientes. Todo animal que viva en sociedad, aunque sea de forma transitoria, y sea criado en el más absoluto aislamiento presenta la mayoría de las veces trastornos de conducta y se comporta de forma atípica. Por eso, hay que tratar siempre con precaución los resultados obtenidos en investigaciones en que se haya empleado el método Kaspar-Houser con animales.
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de la especie.

Estas dos señales, llamadas estímulos-clave, provocan en el

propietario del territorio, como lo demostró el experimento de los señuelos, un comportamiento de respuesta fijado con toda precisión y que se desarrolla casi mecánica y obligatoriamente. En el sistema nervioso central del petirrojo todos los estímulos son filtrados. Sólo determinados estímulos-clave, “conocidos” de forma innata, pueden provocar una reacción. Así pues, en el fondo, no se puede decir que el petirrojo “reconozca” a sus congéneres y a su pareja, sino que lo que reconoce son los estímulos-clave, los desencadenantes de su propio

comportamiento. Dicho de una forma más general, lo que esto significa es lo siguiente : los estímulos-clave -en forma de señales químicas, ópticas, acústicas o táctiles- levantan una barrera en el sistema nervioso del animal y liberan el comportamiento de respuesta que se encuentra allí ya prefijado y almacenado. Este comportamiento de respuesta puede significar en una misma especie animal ya sea “acercamiento y apareamiento”, ya sea “lucha de rivalidades”, según de quien provenga el estímulo-clave.

En toda especie animal hay un determinado estímulo-clave, o una cadena de estímulos-clave, típicos de la especie, que desencadenan, como respuesta, las formas de comportamiento innatas y típicas de la especie. La emisión de señales y la reacción ante las mismas son innatas. Aunque hemos podido observar que en los casos en que los animales se conocen personalmente los estímulos-clave pueden perder su poder casi por completo.

El “reconocimiento” de congéneres y pareja no está predeterminado en todas las especies animales. En especies que viven socialmente (o sea, especies en las que el individuo convive con sus congéneres en grupos más o menos grandes), los procesos de aprendizaje desempeñan un importante papel. El animal sólo es capaz de aprender en determinados estadios de su evolución, llamados períodos sensibles. Esto significa que en estos períodos es capaz de reunir rápidamente
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impresiones indelebles, que ya no olvida mientras viva.

Este proceso de

acuñación puede tener lugar en un brevísimo intervalo de tiempo. Por ejemplo, para el polluelo, ganso recién salido del huevo el primer objeto que se mueve libremente y emite señales sonoras se convierte “automáticamente” en su madre y la sigue a todas partes. Sobre estos procesos de acuñación se sabe hasta ahora muy poco24.

EL CORTEJO ENTRE LOS ANIMALES
En el apartado del arginis, que trataba d ella búsqueda y el reconocimiento de la pareja, utilizamos por primera vez el concepto de “cortejo” para significar “ceremonial de apareamiento”. Igualmente, hubiéramos podido hablar de cortejo ya en el ejemplo del petirrojo, el espinoso, el grillo... ; en definitiva, en la mayoría de los otros ejemplos, pues, se denomina cortejo el comportamiento entre dos miembros de una ulterior pareja que conduce a la formación de la misma. Por lo tanto, en todos los ejemplos que explicaban cómo se reconoce y se conquista a la pareja nos hallábamos ante animales cortejando. preguntarse aún para qué cortejan los animales. Parece, pues, ocioso

Mediante el cortejo se encuentran y se ponen en contacto animales de la misma especie y diferente sexo. Como ya hemos visto, es un importante sistema para controlar el reconocimiento y evitar la confusión de especies, conjurando así el peligro de que se produzca un cruce entre animales de distintas especies.

Podríamos, pues, decir que los animales se cortejan para encontrarse y reconocerse.

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El zoólogo Desmond Morris estudia el tema de la acuñación en su obra El zoo humano, Plaza y Janés, Barcelona, 1985. 647

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Con toda seguridad, esta explicación es correcta. Pero, ¿es también completa, es suficiente ? Las parejas de petirrojos se forman meses antes del apareamiento. Los machos cortejan durante semanas y después de un prolongado período de cortejo es cuando se llega al objetivo final, la cópula. La pareja se ha formado rápidamente. Ya unos días después del primer encuentro vuelan por el territorio los dos juntos. meses ? ¿Por qué, entonces, ese “noviazgo” de semanas e incluso

Lo mejor es que investiguemos concienzudamente algunos ejemplos en otros animales. Quizás al final sepamos más y con mayor exactitud sobre el cortejo de éstos.

EL CORTEJO DE LOS CABALLITOS DEL DIABLO

En los arroyos y en los ríos pequeños son las orillas cubiertas de abundante vegetación se pueden observar en los cálidos días de verano dos especies de libélulas que, llevan el nombre de caballitos del diablo. Su abdomen alargado lanza destellos metálicos gris-azulados ; los pares de alas, recorridos por nerviaciones longitudinales y transversales, reverberan “suntuosamente”.

Por la noche, estas libélulas duermen, con las alas plegadas, reunidas en grupos, posadas o colgadas en sus dormitorios : lugares donde hay espesa maleza con follaje de zarzamora, helechos u otras plantas. No abandonan estos lugares de reunión ni siquiera cuando el tiempo es fresco, el cielo está nublado o incluso llueve. Pero si se preveé una mañana cálida y soleada, entonces los animales que aún no están en edad de aparearse se trasladan, en la misma planta que le sirve de dormitorio, uno o dos pisos más arriba y se calientan allí al sol. A

menudo están allí sentados en orden casi militar, uniformemente orientados hacia

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el sol, guardando entre ellos una distancia muy determinada (distancia individual25).

Fig. 4-1. Territorio de una libélula mucho con su zona neutral (franja de la orilla al fondo) y región para la puesta de los huevos (en primer plano a la derecha).

Distancia individual : distancia mínima entre dos individuos de la misma especie. Adolf Remane trata el tema en su libro Das soziale Leben der Tiere (de. Rowohlt) explicando cómo todo animal necesita y exige en torno a sí mismo un espacio libre exactamente determinado y que puede ser medido con toda precisión. Por regla general, los animales con un colorido más llamativo pretenden una distancia individual mayor que los menos vistosos.
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Desde estos puestos practican la caza con los insectos que pasan por allí volando.

Estos jóvenes libélulas necesitan diez días hasta que han mudado el color y están preparadas para la reproducción. Entonces abandonan el grupo y se

convierten, durante el día en animales solitarios.

Los machos sexualmente capaces vuelan arriba y abajo por el arroyo, al principio sin ningún objetivo aparente y con frecuencia a sólo unos cuantos centímetros de la superficie del agua. Una y otra vez se posan sobre los juncos, vuelven a volar, rodean de nuevo la misma zona y finalmente se quedan, con un sedentarismo bastante acusado, en una pequeña franja de la ribera. El objetivo final de estos vuelos de exploración es la fundación de un territorio cuyo tamaño y fronteras varían. La mayoría de las veces sólo tiene de dos a tres metros de largo y

contiene distintas especies de plantas acuáticas y ribereñas.

En el transcurso del día los machos patrullan su territorio muchas veces. En este revoloteo, que se diferencia del vuelo normal por un batir de alas

considerablemente más rápido, inspeccionan las fronteras de su territorio. Vez en cuando se posan sobre plantas que están a una cierta altura -lo que se llama atalaya de observación- desde las cuales pueden controlar casi todo el territorio. Aparte de estos vuelos de demarcación territorial, que siempre transcurren sobre puntos significativos del terreno, cada macho visita en especial una pequeña región dentro del territorio y también la rodea revoloteando de la misma manera. Ya veremos que a esta región selecta, que posee plantas acuáticas y subacuáticas, le está asignada una función especial. Los grandes ojos esféricos de esta libélula, la falta del sentido auditivo y las pequeñas e insignificantes antenas nos indican que las libélulas son, por así decir, animales ópticos y ópticamente demarcan su territorio para las hembra, pero
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también para los posibles rivales. Lo que para el petirrojo eran las atalayas de canto y el propio canto lo son para las libélulas las atalayas de observación y el revoloteo en torno a ellas.

Fig. 4-2. La libélula macho muestra a la hembra el lugar indicado para la puesta de los huevos balanceando su colorada “luz trasera”.

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Si un macho en busca de territorio invade un territorio ya ocupado, el propietario de éste reacciona, primero, extendiendo las alas y curvando hacia delante la punta del abdomen. Esta es, probablemente, una reacción de rechazo.

Inmediatamente después vuela al encuentro del intruso e intenta expulsarlo. En un combate aéreo muy emocionante para el observador, pero en el que no se llega a actos de violencia o a influir heridas al contrario, los dos rivales vuelan el uno hacia el otro y “atornillan el aire verticalmente mediante una maniobra que
26 consiste en volar constantemente el uno del otro” . Este juego aéreo se repite

durante horas, siempre igual, y termina con el agotamiento y la consiguiente rendición del más débil. En contraposición al petirrojo, en cuyo caso es casi

siempre el propietario del territorio el que resulta vencedor en la lucha territorial, entre las libélulas ocurre con frecuencia que después de una de estas peleas el territorio cambie de propietario. Quien tiene la mayor resistencia y obliga a huir al vencido, se queda en el territorio y es su propietario oficial. El derrotado huye a una zona neutral, una estrecha franja de la ribera que se extiende tierra adentro, y se recupera de la agotadora lucha con su rival.

En esta misma época también las hembras en celo abandonan la vida social y vuelan en solitario a lo largo del arroyo o del río. Tan pronto como entran en el territorio de un macho, su propietario despliega ostensiblemente las alas y sse dirige volando hacia la hembra. Es decir, el macho propietario del territorio

muestra, al principio del cortejo, el mismo comportamiento frente a la hembra que si se tratase de un macho.

Cuando el macho ha alcanzado a la hembra, se da la vuelta y revolotea ante ella. El extremo de su abdomen está curvado hacia arriba, de forma que sea bien visible la coloreada parte inferior del mismo. El caballito del diablo del género

La mayoría de los datos sobre el cortejo de los caballitos del diablo están tomados del trabajo de Armin Heymer Verhaltensstudien an Prachtlibellen.
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Calopteryx splendens tiene esta “luz trasera” de color blanco, la Calopteryx virgo, rosa. brillante. Otras libélulas lucen manchas traseras de color amarillo o rojo

De este comportamiento podemos deducir que el macho propietario del territorioal acercarse al intruso reconoce en él a un congénere hembra. Armin Heymer, al que debemos un concienzudo estudio sobre el comportamiento de las libélulas, demostró con señuelos que en el reconocimiento de la hembra desempeñan un importante papel su tamaño, su forma y el color de las alas. La hembra reconoce al congénere macho por su “luz trasera” con los colores típicos de la especie. El color del abdomen es, pues, el estímulo-clave para la hembra y desencadena en ella una reacción. Los diferentes colores de estas luces º ºtraseras actúan,

también como barreras entre las especies e impiden el apareamiento entre parejas de distinta especie.

En un vuelo lento, y señalizando con el abdomen, el macho conduce a la hembra a la pequeña región delimitada dentro del territorio ; al llegar allí se posa sobre una planta acuática o directamente sobre el agua, y con un zumbido de alas empieza a deslizarse delante de ella. Esta parte del cortejo es una fase breve, pero de gran importancia, que sirve para mostrar a la hembra el lugar elegido para la puesta de los huevos.

El vuelo de cortejo propiamente dicho empieza cuando el macho, con las alas ampliamente desplegadas, emprende un vuelo pendular, formando semicírculos, hacia el lugar donde está posada la hembra. Lentamente vuela por encima de ella, la rodea y aterriza con las patas estiradas sobre los extremos de las alas de la hembra. Rápidamente, el macho se apresura a deslizarse por el borde de las alas hacia el tórax de la hembra, curva su abdomen hacia delante y con las

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tenazas del abdomen27 la agarra en la parte anterior del tórax. Entonces levanta el vuelo arrastrando tras de sí a la pasiva hembra.

Lo que ocurre a continuación sólo se puede comprender si antes estudiamos brevemente el cuerpo de las libélulas y hacemos un resumen de los distintos órganos de importancia en el apareamiento. Como todos los insectos, la libélulas tienen un cuerpo compuesto por tres miembros (cabeza, tórax y abdomen) y tres pares de patas. El tórax, rígido, está dividido a su vez en tres partes, de las que salen los tres pares de patas. En la segunda y tercera secciones del tórax están las grandes alas, no plegable. El abdomen, muy largo, consta de diez segmentos claramente diferenciados, los llamados anillos abdominales. En el décimo anillo del macho se encuentran dos apéndices abdominales con los que agarra a la hembra. El orificio sexual del macho desemboca en la parte inferior del noveno anillo abdominal. Más o menos en el mismo lugar del cuerpo de la hembra está la llamada vagina de puesta.

Aunque el orificio sexual del macho esté tan atrás, el aparato copulador se encuentra delante, en el segundo anillo abdominal. Este aparato copulador es muy complicado y no será descrito aquí.

Antes de la cópula, los machos tienen que trasladar sus células de semen (esperma) del orificio sexual del noveno anillo abdominal al aparato copulador del segundo anillo y llenar este último con ellas. Para ello, se posa sobre una hoja o un tallo de una planta, tira de la hembra, que está debajo suyo, hacia delante, suelta la pinza con que la tenía cogida y la sujeta con las patas ; curva el abdomen hacia delante y llena con su propio orificio sexual el aparato copulador (lámina 4-3). Unos segundos después ya ha finalizado el traslado de esperma y a
27

Compárense las dos tomas electromicrocópicas de la fig. 4-4. 654

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continuación sigue el coito con la hembra. De nuevo, el macho vuelve a agarrar a la hembra con las “tenazas” y al hacerlo estira el abdomen. Entonces, la hembra curva su abdomen hacia delante bajo el del macho y acerca su orificio sexual al aparto copulador del macho. Después de ochenta o noventa segundos el coito ya ha finalizado y la “rueda de apareamiento” (lámina 4-1) se rompe. El macho y la hembra se separan. El macho levanta el vuelo, pero se vuelve a posar en las cercanías de la hembra. Ésta, tras un breve descanso, vuela hacia el lugar de puesta, que ya le había sido indicado al principio del cortejo. Allí empieza a poner los huevos sobre los tallos de algunas plantas subacuáticas. Al hacerlo, puede ocurrir ocasionalmente que desaparezca por completo bajo el agua. Durante la puesta, el macho vigila a la hembra atentamente y, en el caso de que tras apareamiento levante el vuelo, en seguida va a buscarla y la conduce de vuelta al lugar de puesta de los huevos. Después de la puesta la pareja se separa, y aproximadamente un cuarto de hora después ya está el macho dispuesto a un nuevo apareamiento con otra hembra. el ceremonial se repite de la misma forma : indicación de dónde está el lugar de puesta, vuelo de cortejo, traslado del semen, cópula y puesta.

Al caer la tarde el macho abandona su territorio y se dirige al dormitorio común. Al día siguiente, si el viento es favorable, vuelve a su territorio, lo defiende contra sus rivales y se aparea con otras hembras.

El cortejo de las libélulas muestra, como hemos visto, diferentes fases o estaciones. Al llegar a la edad de madurez sexual, tanto machos como hembras se separan del grupo común, la bandada, y durante el día se convierten en solitarios. Ambos sexos emprenden vuelos de exploración. Los machos fundan un territorio, que delimitan con señales ópticas. Sólo los machos en posesión de un territorio y que pueden acreditar sus posesiones ante la hembra llegan a aparearse. Los machos sin territorio no tienen ninguna oportunidad. Así pues, en
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el caso del caballito del diablo, la fundación del territorio puede ser considerada la primera parte del cortejo, puesto que es una condición necesaria para conquistar a la hembra28.

Para congéneres del mismo sexo− es decir, rivales− los vuelos demarcativos son una especie de declaración de guerra, para las hembra, son un medio de atraerlas al territorio. En el transcurso del cortejo, el macho muestra a la hembra el lugar de puesta. El cortejo en unión de la posesión de un territorio, se convierte en una especie de presentación cuyo fin es guiar al lugar elegido y especialmente adecuado para la puesta. Las luchas incruentas entre los rivales, por la posesión de un territorio, conducen
29 a la selección de los más resistentes . Sin embargo, estos torneos incruentos,

regidos por estrictas normas de caballerosidad, impiden que haya pérdidas.

Sin duda alguna, los vuelos del cortejo del macho también sirven para darse a conocer como congénere. El cortejo es, pues, también entre las libélulas, un sistema de control que impide los cruces de distintas especies.

En el llamado poscortejo, después de la cópula, el macho vigila a la hembra durante la puesta y evita que sea molestada. Esto garantiza que los huevos

lleguen al agua en condiciones favorable. Con esto, hemos descubierto ya en el primer ejemplo otras funciones del cortejo :

- La fundación del territorio es un papel del cortejo.

Esta constatación es válida para muchas especies animales, incluso el petirrojo. Sólo los machos que pueden presentar un territorio de su posesión tienen una oportunidad de conquistar a una hembra. 29 Charles Darwin (1809-1882), biólogo inglés, creador de la teoría de la evolución (darwinismo), fue el primero en llamar la atención sobre la importancia del cortejo como mecanismo de selección.
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- El cortejo es un medio para atraer a la pareja ; hay que considerar las partes del cortejo como una guía de la pareja hacia el lugar elegido para la reproducción.

- El cortejo es un proceso de selección entre los machos.

- El cortejo es un medio de reconocimiento de la especie y, por lo tanto, un mecanismo de aislamiento.

De paso nos enteramos también, con este ejemplo del mundo de los insectos, de que las libélulas no forman una pareja estable, que el cortejo es impersonal y que puede dirigirse a varias posibles parejas, aunque naturalmente con una distancia temporal.

EL MORDISCO GALANTE DEL COTO, O CAVALAT (COTTUS GOBIO)

Por toda Europa central, Inglaterra y el oeste de Francia está extendido un pez que gusta especialmente de los ríos rápidos y los terrenos montañosos y que la gente lo llama coto. Este pez predador, cuyos ojos están situados en la parte superior de la cabeza y que tiene en el tórax unas enormes y llamativas aletas en forma de abanico, habita en el fondo del agua y puede criarse muy bien en un acuario de agua dulce. Lo único importante es que el acuario sea lo

suficientemente grande aproximadamente 60 x 35 x 35 cm) y que esté bien ventilado. Las plantas no son necesarias ni deseables ; por el contrario, arena, grava y piedras.

Fuera de la época de reproducción, los cotos se esconden bajo las piedras, adaptándose cromáticamente al color del suelo con gran habilidad. Sólo salen de
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sus escondrijos para capturar presas.

Pero si se quiere observar el extraño

comportamiento de este animal durante el cortejo, habrá que poner a su disposición una cueva dentro del acuario ; lo mejor en estos casos es una maceta rota en posición horizontal y enterrada más o menos hasta la mitad en la arena. Si la cueva resulta demasiado espaciosa o demasiado alta, el cortejo sólo se lleva a cabo de mala gana, si es que se lleva a cabo.

En la segunda mitad del mes de marzo fundan los cotos macho sus territorios y empiezan a excavar una cueva para el cortejo y la puesta de los huevos. Con su ancho hocico y las fuertes aletas pectorales dragan sistemáticamente la cueva, demasiado llana para su gusto. Ocasionalmente, sacan arena de la cueva a

coletazos. Cuando ya es suficientemente amplia -el macho comprueba su labor constructora pro dentro y por fuera-, el coto macho se tumba en el nido con la cabeza hacia fuera. Desde esta posición caza sus presas, expulsa a los posibles rivales y solicita a la hembra. también utiliza la cueva para huir de sus enemigos.

Si sea cerca un rival, el propietario de la cueva levanta los opérculos, baja la cabeza, abre amenazadoramente la boca, cabecea y despliega las aletas. El cuerpo es sacudido por movimientos ondulantes y, al mismo tiempo, cambia el color de la cabeza, que se vuelve muy oscura. Si el rival se sigue acercando, el propietario del territorio ataca rápido como un rayo, agarra con la boca la aleta de su contrario, lo arrastra fuera del territorio y lo escupe a la esquina más alejada del acuario. Lo normal es que los intrusos no ofrezcan ningún tipo de resistencia. En algunos casos, poco frecuentes, es que un rival insiste en la provocación, se produce una breve lucha donde las armas son las bocas de los combatientes. Curiosamente, siempre resulta vencedor aquel que primero logra agarrar la mandíbula superior de su contrario.

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También la hembra -algo más pequeña de tamaño-, que se introduce en el territorio dispuesta para el desove, es recibida en parte con el mismo repertorio de señales amenazadoras. También a ella le hace el macho señales con la cabeza, en movimientos cortos y rápidos de arriba abajo. macho y le muerde la cabeza. También a ella la ataca el

Si la hembra está dispuesta para el desove

responde positivamente a esta agresiva señal : entra nadando en la cueva, si el propio macho no la ha “escupido” ya, directamente, dentro de ella. Tan pronto como la hembra está en la cueva, cesan las agresiones. Por el contrario, el

macho se hace a un lado, le deja sitio y se pone delante de la entrada, en una actitud no pocas veces protectora.

Mientras tanto, la hembra, puesta de espaldas, examina el techo de la cueva en la que más tarde pondrá sus huevos.

La preparación para el desove dura muchas horas.

El macho, a todo esto,

prosigue con el cortejo extendiendo las aletas, cabeceando y produciendo ondas. Y se acerca otra hembra, acaba dentro de la cueva por el mismo procedimiento que la primera, de forma que no es raro ver a dos e incluso tres hembras diferentes haciendo sus preparativos para el desove en la cueva de un mismo macho. Tan pronto como la hembra o hembras han depositado los huevos en la parte inferior del techo de la cueva y el macho los ha inseminado, ellas abandonan la cueva y al macho. El cuidado de los huevos y de las crías es tarea exclusiva de éste.

También en el caso del coto el territorio -o sea, la cueva- es de gran importancia durante el cortejo. También los cotos machos defienden su territorio contra los rivales, pero de una forma considerablemente más agresiva que las libélulas macho. Esta fuerte agresividad se manifiesta durante el período de celo frente a todos los intrusos, incluidas las hembras. Sólo empieza a ceder algo cuando una
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hembra entra obedientemente al nido. Durante toda la cría se mantiene esta agresividad, lo cual es comprensible ; e incluso es una condición necesaria para que los hijos puedan crecer sin ser molestados.

En todas las especies animales imaginables se pueden encontrar ejemplos de este comportamiento agresivo en los juegos de cortejo, a menudo sólo por parte del macho pero, ocasionalmente, también en las hembras. Esta agresividad, Las especies

dirigida hacia los congéneres, puede tener distintos orígenes.

animales rapaces, que habitualmente viven en solitario, lo primero que ven en un ser vivo que se mueve en libertad es una presa. Esto es especialmente cierto en el caso de las arañas30. Por eso, el apareamiento es para la araña macho una empresa extremadamente peligrosa. Para desviar la atención de la hembra de sí mismo y apaciguar al mismo tiempo su rapacidad, es costumbre de algunas arañas macho, y también de las asilus macho, llevar a la novia un “regalo de bodas” (lámina 4-5.). mientras la hembra se distrae con el “regalo”, chupándole el jugo, el macho lleva a buen término la cópula.

30

El apartado que lleva el título “inseminación ‘manual’ ”, en la página 135, estudia el cortejo y el apareamiento de las arañas. 660

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Fig. 4-5. Coto macho en la entrada de su cueva artificial.

Fig. 4-6. Mordisco del coto. El macho agarra a la hembra por la cabeza.

Fig. 4-7. El coto hembra se ha puesto de espaldas y examina el techo de la cueva en el que depositará todos los huevos.

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En otros animales -normalmente de especies superiores- que conquistan y defienden territorios y lugares de puesta, la agresividad es una expresión de su comportamiento general, en el que se mantiene estrictamente una distancia entre el individuo y sus congéneres. Sobre todo si durante todo el año mantienen un terreno ocupado, y por lo tanto rechazan durante todo el año a sus congéneres, esta postura de rechazo natural tiene que ser eliminada frente a la pareja antes de proceder al apareamiento, pues la reproducción sexual exigen en la mayoría de los casos un contacto físico. Ocurre pues, que, en muchos casos, el cortejo está dedicado a desmontar el armazón que sostiene el comportamiento agresivo y distanciador de la pareja. Esto se realiza con movimientos apaciguadores. Por ejemplo, antes de la cópula uno de los miembros de la pareja proporciona alimento al otro a aporta material para la construcción del nido. Otra forma de que uno de los cónyuges tranquilice al otro, si este último reacciona con agresividad ante el acercamiento de un congénere, la constituyen los infantilismos31 : el

miembro apaciguador de la pareja llama y mendiga como un cachorro. Esto lo hemos podido observar en el ejemplo, especialmente bello, del petirrojo. La

hembra encogiendo las alas y la cola, mendiga alimento como un polluelo y atrae así al macho que se acerque a ella a darle comida. Otros machos animales que están provistos de armas peligrosas o señales amenazadoras las esconden o las desvían de su pareja, para mostrar así sus intensiones pacíficas. Un típico

ejemplo de esta actitud de desviar las armas es el pico de las cigüeñas dirigido hacia atrás y plegado sobre el dorso. Finalmente, hay especies animales que intentan desviar la agresividad de su pareja hacia congéneres o rivales. Muchos ánsares y patos se asocian mediante un ataque en común contra los congéneres.

31

Infantilismos : comportamiento infantil de un individuo adulto. 662

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JUEGOS DE SOCIEDAD Y CORTEJO DEL ÁNADE REAL

Los ánades reales habitan, preferentemente, en aguas tranquilas y quietas, siempre que sus orillas no sean escarpadas. También se les puede encontrar en charcas y, ocasionalmente, incluso en ríos, si las riberas están cubiertas por juncos o césped alto.

A principios de otoño -es decir, medio año antes de que empiece la puesta propiamente dicha- se reúne un número a veces muy considerable de ánades macho rodeados por un anillo gris y marrón de hembras para representar una función que vamos a investigar más detenidamente en las páginas siguientes. Desde la orilla de un lago observaremos con unos prismáticos qué es lo que ocurre allí, en la escena acuática.

Una docena larga de machos, con sus cabezas verdes, nadan muy cerca los unos de los otros. Un poco más allá nadan algunas hembras. Para el observador no iniciado no es más que un eterno ir de aquí para allá, arriba y abajo, gritos de “rebreb”, sin orden ni sentido alguno. Mientras los machos están en constante

movimiento, las hembras reposan en el agua como si con ellas no fuera la cosa. Pero, de repente, una hembra con el cuello estirado se lanza a través de la manada de patos. Éstos se enderezan en el agua a empujones, levantan la cola y echan la cabeza hacia atrás. Hay chapoteos en el agua y se oyen silbidos.

¿Qué se oculta tras este espectáculo, tras estos movimientos y formas de conducta ?

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Un gran número de ornitólogos y etólogos -a la cabeza de todos ellos konrad Lorenz32- ha estudiado durante decenios intensiva y minuciosamente, este cortejo en sociedad de los ánades reales y otras veces acuáticas. Y han

descubierto que este aparente desorden responde a un proceso muy complicado, pero seguido con gran precisión. Vamos a intentar ahora describirlo y explicarlo paso a paso.

El comienzo del juego de sociedad de los ánades reales es anunciado por una especie de ceremonia de saludo : los machos esconden el pico tras una de las alas, un poco levantada, y frotan la parte inferior del pico contra el cañón de las plumas, lo que produce un “rrr.rrr” audible desde lejos.

Al principio, parece como si el ánade estuviese acicalándose. Pero en realidad, este movimiento tiene una función totalmente distinta. Es una primera señal para el cortejo, mediante la cual expone el vistoso colorido del plumaje, sobre todo del espejuelo. Este “acicalamiento aparente” del macho es considerado como un comportamiento de desviación33.

Tras el acicalamiento aparente, los machos beben, es decir, toman agua de la superficie. “Beber” es, entre los patos, un extendido gesto de saludo y de paz que también se puede observar fuera del cortejo.

Konrad Lorenz ha publicado los resultados de sus investigaciones sobre el ánade real en el segundo tomo de Consideraciones sobre las conductas animal y humano, Plaza y Janés. Barcelona, 1976. 33 Actividades de desviación : son formas de comportamiento que, en su sentido más estricto, no están de acuerdo con la situación en que se encuadran. Aparecen en algunos animales que se encuentran en una situación conflictiva. Dan siempre la impresión de encontrarse desconcertados y se salen del marco de la acción que en ese momento está teniendo lugar. Esto constituye una posibilidad para eliminar el exceso de excitación. Para el resto de los ánades reales el acicalamiento aparente de un macho en celo es una indicación del estado de ánimo en que se encuentra.
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Después de estos gestos introductorios, los machos adoptan la posición de salida para el cortejo en sociedad propiamente dicho. Nadan en la superficie del agua con la cabeza y el plumaje del dorso aislado. Lorenz opina que esta postura inicial es una especie de imposición. A continuación, hay un “estiramiento

convulsivo” más o menos violento según el grado de excitación. Todavía sigue nadando sobre la superficie del agua cuando, de repente, estiran, por este orden, la cabeza, el cuello y la parte anterior del cuerpo hacia delante y hacia arriba. Este estiramiento convulsivo, al principio algo cohibido, se va haciendo más intenso cada vez que se repite.

Fig. 4-8. Movimientos realizados por el ánade real macho durante el cortejo. 1) Acicalamiento aparente. 2) Posición de salida. 3) Estiramiento convulsivo. 4)Silbido gruñón. 5) Breve elevación. 6) Señalización de la hembra con el pico. 7) Movimiento de arriba abajo. 8) Giro de la nuca hacia la hembra. 9) Natación cabeceante.

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También este movimiento es interpretado por Lorenz como comportamiento de desviación. Luego siguen tres tipos de movimiento que cada pato en particular realiza en series muy distintas : abajo”. “silbido gruñón”, “breve elevación” y “arriba-

El silbido gruñón es en el fondo otro estiramiento convulsivo, pero con la cabeza hacia abajo. El pico se hunde tanto que, al ser sacudido, lanza hacia arriba un pequeño surtidor de gotitas. Entonces, el macho se eleva sobre el agua

curiosamente curvado, silba y deja oír en seguida un profundo gruñido.

En lugar de este silbido gruñón puede ser adoptada una postura que, como mucho, tiene un segundo de duración, y en la que el macho se eleva brevemente. También durante este complicado movimiento, que pone de manifiesto todo el lujo cromático del plumaje del macho, se puede oír un corto silbido. Justo después, el ánade macho gira por primera vez el pico hacia una hembra determinada y, evidentemente, ya elegida.

En el “arriba-abajo”, los machos mueven vertiginosamente el pico, metiéndolo en el agua y sacándolo en el instante siguiente, manteniendo inmóvil, al hacerlo, la parte anterior del cuerpo. Con frecuencia brotan del pico chorros de agua como si se tratase de una fuente.

Después de este movimiento, los machos, con la cabeza levantada, empiezan a gritar “reb-reb”, generalizado que interrumpe transitoriamente el cortejo en sociedad.

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El “arriba-abajo” puede ser interpretado, quizá, como una acción ritualizada de beber34. A estas tres formas simultáneas de comportamiento se suma con frecuencia, lo que se ha dado en llamar “natación cabeceante” de los machos. Éstos, estirados a lo largo sobre la superficie del agua, chapotean alrededor de la hembra cortejada. Después, el macho se endereza y muestra la nuca a la hembra, en torno a la cual había estado nadando antes y a la que, previamente, señalado con el pico.

La primera parte del cortejo en sociedad transcurre, pues, como hemos visto, casi sin participación de la pareja. Hasta la segunda parte no parece que los machos hagan caso alguno de las hembras -que están por allí nadando tranquilamente en el agua- ni se especialicen en una hembra determinada. Por eso no parece injustificado preguntarse de qué sirve todo el espectáculo. Seguramente, no nos equivocaremos al suponer que este cortejo en sociedad, este exponerse públicamente los machos, es un medio de reunir a los patos de la misma especie, puesto que cada especie ejecuta el cortejo de forma distinta. En esto, el cortejo en sociedad demuestra ser un mecanismo de aislamiento, que evita el apareamiento entre animales de distinta especie. Además, en la segunda parte del cortejo en sociedad se hace ya visibles ciertas predilecciones por determinadas hembras y, muy a menudo, también las hembras dirigen su atención hacia un pato en concreto haciéndoselo saber, ocasionalmente mediante la natación cabeceante en torno a él ; por todo esto, es totalmente seguro que el cortejo en sociedad también tiene como función la elección de pareja.

Por “acción ritualizada de beber” se entiende una acción de beber simbólica, un “hacer como si se estuviese bebiendo”.
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Al mismo tiempo, a lo largo de las semanas e incluso meses que dura, el cortejo en sociedad tiene como objeto una estimulación sexual de cada uno de los animales en particular, una especie de “ponerse de acuerdo” (sincronización35).

Si, durante el largo período de tiempo que dura el cortejo en sociedad, una pareja se ha encontrado, se ha unido y, como decimos en las relaciones humanas, se ha “prometido”, entonces, a finales de marzo y principios de abril tiene lugar fuera del grupo un breve cortejo privado ya totalmente dirigido a la pareja. Este cortejo está caracterizado por el acicalamiento aparente, la bebida y el giro de nuca hacia la pareja. Al final, los dos miembros de la pareja se indican mutuamente su

disposición a la cópula. Por último, la hembra se estira a lo largo sobre el agua y el pato la “monta”, es decir, lleva a cabo el coito.

No hablaremos aquí del breve poscortejo del macho.

Así pues, el cortejo individual entre macho y hembra es relativamente simple. Es muy parecido o incluso igual en todas las especies de patos, o sea, que no es en absoluto típico de cada especie y, por lo tanto, tampoco es útil como mecanismo de aislamiento. El cortejo en pareja es una acción totalmente dirigida al

compañero. Su función principal es, con seguridad, lograr un acuerdo total entre los dos miembros de la pareja, una concordancia en la disposición para el apareamiento. Además, mediante la constancia repetición de las sencillas

señales y frecuentes coitos, se afirma la consistencia de la pareja.

LA MARCHA NUPCIAL DE LAS GACELAS THOMSON

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El capítulo 6 se ocupa del cortejo como medio para conseguir la sincronización. 668

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Hasta ahora nos hemos esforzado por observar y explicar los fenómenos de la búsqueda y conquista de pareja en animales que viven en nuestro mismo entorno. En nuestro próximo ejemplo, sin embargo, nos dirigiremos hacia el este de África para estudiar el comportamiento de las gacelas Thomson durante el

apareamiento. Esto no excluye que el visitante de un zoológico pueda observar las gacelas Thomson durante el apareamiento, aunque, naturalmente, en cautiverio.

Las gacelas Thomson viven en grandes manadas en las tierras altas del este de África. Ya en el aspecto exterior se puede reconocer a los machos por sus

cuernos largos y poderosos y a las hembras por los suyos, comparativamente delgados y cortos. Durante una parte del año las gacelas Thommy, como también se las llama, vagabundean en manadas abiertas, lo que quiere decir que los miembros de la manada van y vienen y tiene lugar un constante intercambio de miembros (“socios”) entre los distintos grupos.

Cuando el instinto de emigración se apacigua, las manadas mixtas se dividen en manadas de machos y de hembras. Poco después se separan de las manadas de machos algunos ejemplares. Su instinto social se debilita cada vez más y en su lugar aparece un comportamiento distanciador. Cada uno de los machos se deshace de los demás agresivamente y permanece en medio de un territorio que rara vez supera un área de trescientos metros de largo por cien de ancho. Este territorio, un trozo de estepa, es exactamente delimitado en los días siguientes. El macho demarca su campo y da a conocer sus pretenciones territoriales a todos sus congéneres, en parte, con señales de orina y heces, y, en parte, rociando varios cientos de arbustos con las glándulas que tiene situadas delante de los ojos36. A estas señales olorosas se añade también una señal óptica. El macho

Véase también la observación sobre las sustancias de atracción sexual de los ungulados que se encuentra en la página 27.
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recorre una y otra vez los limites de su territorio moviendo la cola, con lo cual podemos estar seguros de que la cola negra también tiene una función señalizadora. Los rivales que invaden el pequeño territorio son retados a duelo de inmediato. Mediante un feroz, pero incruento, intercambio de golpes con la

cornamenta se decide quien es el más fuerte y, por lo tanto, el propietario del terreno.

Durante este tiempo ya se ha tendido sobre la estepa una red invisible de territorios individuales. Por todas partes se pueden ver machos Thomson en sus territorios.

Fig. 4-9. Una gacela Thomson macho señala un arbusto con la glándula que tiene situada delante del ojo.

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Entre estos hay estrechas franjas de tierra de nadie por los que se mueven las hembras con crías.

Mientras, las demás hembras, sin crías, recorren paciendo la estepa. Tan pronto como atraviesan un territorio, el macho que lo ocupa intenta retener, al menos a alguna de las hembras. Con el cuello y la cabeza estirados horizontalmente rodea a alguna de las gacelas e intenta empujarlas hacia el centro de su campo. Si las hembras huyen y al hacerlo pasan a un territorio vecino, el propietario de éste reta inmediatamente a luchar al perseguidor.

Fig. 4-10. Los machos, frente con frente, con los cuerno entrecruzados, intentan hacer retroceder el uno al otro.

Al principio, las hembras cambian con frecuencia de territorio hasta que -quizá por un cierto cansancio- se quedan con un macho determinado y orinan en su campo. Inmediatamente, el macho examina la orina. Es probable que la índole olorosa de ésta le permita saber cuál es el estado receptivo de la hembra, es decir, hasta donde ha progresado su disposición para el apareamiento. Poco después, el macho examina olfativamente a la hembra por detrás (control anal). Ocasionalmente, la hembra olfatea también el pene del macho. El examen de los olores parece tener, en su conjunto, una gran importancia. El interés del macho se va centrando cada vez más obre una sola hembra, mientras las demás permanecen tranquilamente en el centro del territorio.
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En la siguiente fase del proceso, el macho se comporta frente a la gacela como antes, cuando intentaba retenerla en su territorio. Finalmente levanta la cabeza empinada hacia arriba y con su pata delantera golpea a la hembra en una especie de redoble. Todo esto sucede en marcha, mientras van a paso ligero o, en Este redoble parece ser un elemento esencial del

ocasiones, al trote.

comportamiento nupcial como expresión de una fuerte agresividad.

Fig. 4-11. Marcha nupcial (A), golpe en marcha (B) y salto (C) de la gacela Thomson.

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Muy a menudo ocurre que, al llegar a este punto, la hembra no está tan dispuesta para el apareamiento como el macho y rehusa el resto del cortejo, ya sea aumentando la velocidad de la marcha, ya sea retirándose. Al hacerlo, a veces golpea el aire con las patas tras un salto en ángulo.

A esa fase sigue la marcha nupcial, notablemente más tranquila. El macho sigue a la hembra muy de cerca con la nariz muy pegada al arranque de la cola de ella. De repente el macho levanta la cabeza, se impone con la cornamenta y alza una pata delantera para golpear a la hembra en marcha. Pero esta vez la pata

solamente acaricia la parte superior del anca de la hembra ; con ello, el gesto sigue teniendo un cariz agresivo, pero ya totalmente ritualizado37. Por último, el macho salta en marcha sobre la hembra, con la cabeza y el cuello muy estirados hacia arriba y el cuerpo muy erguido. La mayoría de la veces la cópula fracasa en el primer intento. La hembra, como señal de su disposición al apareamiento, adapta la cola horizontalmente hacia un lado. La cópula en marcha sólo se

realiza con éxito tras numerosos intentos, en que el macho salta una y otra vez sobre la hembra (lámina 4-7).

Después del coito, el macho se aparta y se acicala o pace. Y al cabo de media hora empieza de nuevo el proceso con otra o con la misma hembra.

Reconsideraremos una vez más las diferentes fases del cortejo resumiéndolas e intentando explicarlas : en una fase previa, el macho prepara el cortejo de la hembra en una zona adecuada (territorio) y expulsa de ella a todo el que moleste.

Golpe en marcha ritualizado : también aquí -como en la acción ritualizada de beber del ánade real- se trata de un golpe simbólico, de un “hacere como si”.
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En una fase de contacto y control, el macho reúne algunas hembras en su territorio y se informa de su disposición al apareamiento. Quizás esta fase sirve también para que los dos miembros de la pareja se vayan acostumbrando el uno al otro.

En una fase de lucha o imposición, el macho rompe la distancia individual entre la hembra y él, cede en su propia agresividad y hace que la hembra se canse para que consienta el contacto en la zona anal. En la fase de la marcha nupcial se anula la agresividad de los dos miembros de la pareja casi por completo.

En la fase de copulación es el instinto sexual el que definitivamente se hace con el poder y se llega por fin al coito.

En la fase final, la excitación sexual disminuye. descarga en actividades de desviación .
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La excitación restante se

Los cortejos de las libélulas, de los cotos, de los ánades reales y de las gacetas Thomson nos han proporcionado una panorámica en los procesos y formas de comportamiento de los animales durante el cortejo. El hecho de que los intentos de explicación y de interpretación hayan de ser con toda precaución, y suenen, además, poco probatorios, se debe a que es extraordinariamente difícil descifrar cada uno de los acontecimientos del cortejo. Por eso, resumiremos ahora las funciones principales de éste :

Mediante el cortejo se atrae a los congéneres.

La explicación del concepto “actividades de desviación” se encuentra en la nota al pie de la página 106.
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Gracias a las señales empleadas, siempre típicas de cada especie, el cortejo se convierte en una forma de reconocer a los congéneres. Esto es especialmente importante para las especies animales que viven en solitario, sin tener contacto con los demás miembros de su especie. El cortejo del arginis y del espinos

demostró ser, en su conjunto, algo así como un control de identidad. El cortejo como control de identidad, impide, pues, el cruce entre distintas especies animales.

Y como los animales de diferente sexo reaccionan de forma también diferente ante el cortejo de su congénere, el cortejo se convierte, asimismo, en un medio para averiguar el sexo del congénere. Esto es especialmente importante para los animales suyo sexo no se diferencia en el aspecto exterior o se diferencia de forma insignificante, como, por ejemplo, en el petirrojo.

Frecuentemente uno de los miembros de la pareja es conducido por el otro, durante el cortejo, al lugar donde se producirán el apareamiento y la cría de la descendencia. Nos pueden servir de ejemplo el cortejo del petirrojo, y del En especies animales no

caballito del diablo, el del coto y el del espinoso.

territoriales, la fase final del cortejo está unida al lugar de puesta o desove, o al nido si se trata de aves. El vínculo entre el cortejo y el territorio -un territorio es, en la mayoría de los casos, una zona delimitada que asegura la protección y el alimento de la pareja y de su descendencia- se convierte, al mismo tiempo, en un mecanismo de reparto de tierras y en una institución que evita una densidad demasiado elevada y un exceso de población.

La posesión de un territorio, sobre todo si su propietario lo defiende durante el año frente a sus congéneres, lleva consigo una serie de dificultades para el cortejo. La posesión de un territorio exige que este territorio sea defendido, y esta defensa implica agresividad frente a los congéneres. Pero esta agresividad natural frente
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a los congéneres es una barrera con efectos negativos para la formación de una pareja. Ciertamente, en la lucha con los rivales se consume o se anula parte de esta agresividad, pero rara vez es esto suficiente para ir al encuentro de la hembra pacíficamente. Por eso, muchas de las acciones del macho para solicitar a la hembra son procesos que aún tienen una inequívoca coloración de agresividad y ésta ha de desaparecer de modo paulatino para permitir, finalmente, la cópula. Se podría decir un poco jocosamente que el cortejo es una forma de soltar el vapor. En un gran número de animales de animales, sobre todo de especies superiores, el cortejo, llevado a cabo siempre dentro del tipismo de la especie, pero con pequeñas desviaciones individuales en el detalle, es una forma de conocerse personalmente. Esto se ha demostrado con toda seguridad en el caso de las aves, al utilizar el canto como parte del cortejo.

No es de esperar que la disposición al apareamiento de dos animales que se encuentran sea la misma. A menudo, las hembras no están aún dispuestas al apareamiento porque sus óvulos todavía no están maduros, también no pueden ser fecundados. Durante el cortejo, los dos miembros de la pareja se estimulan recíprocamente y logran un acuerdo para una simultánea disposición al apareamiento. En el capítulo sexto nos ocuparemos de ello más detalladamente.

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Atracción de la pareja

Visita guiada al lugar de reproducción

Reconocimiento de la especie Reconocimiento del sexo Cortejo El territorio es la base para ganar a la pareja

Anulación de la agresividad entre la pareja Consolidación de la pareja

Sincronización (acuerdo entre los dos miembros de la pareja sobre la recíproca disposición al apareamiento Proceso de selección (lucha con los rivales del mismo sexo)

Fig. 4-12. Cortejo (visión de conjunto)

La luna entre rivales para conseguir y mantener un territorio y una hembra es un proceso selectivo. Los animales existentes y belicosos tienen más probabilidades de conquistar una hembra que los débiles. Ya las señales amenazadoras tienen, como efecto, la retirada del contrario, sin haberlo herido. Así, una amenaza

pronunciada evita la lucha y ello excluye la posibilidad de que se inflijan en ambos bandos. Las amenazas y las luchas entre machos pueden aumentar la excitación de las hembras presentes durante el espectáculo y provocar más rápidamente su disposición al apareamiento. Por lo tanto, se podría considerar que las amenazas

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y las luchas entre machos, formas de comportamiento que, en sí mismas, están fuera del cortejo, se convierten también en partes del mismo.

AL APAREAMIENTO DE LOS ANIMALES
Al final del cortejo tiene un acontecimiento que hasta ahora hemos designado simplemente como apareamiento y, ocasionalmente, como cópula o coito. La mayoría de los animales que hemos investigado -como la mariposa de la seda, el espinoso, el sapo común, el caballito del diablo, el coto y la gacela Thomsonrompe las relaciones entre la pareja tras el apareamiento y los dos compañeros se separan. Por eso parece asumible que el apareamiento sea el auténtico objetivo final de la búsqueda de pareja, y del cortejo.

Antes de examinar en el capítulo 7 si esta sospecha es cierta, nos ocuparemos aquí, más detenidamente, de la cópula para ver qué se oculta detrás de ese proceso hacia el cual se orientan los actos de los animales durante el cortejo.

LOS DISTINTIVOS SEXUALES DE LOS ANIMALES

Volvamos de nuevo al principio del libro, a aquel momento en que nuestro estudiante Michael observaba el apareamiento de los petirrojos “Anilla Azul” y “Anilla Balnca” sobre un arriate sepulcral. Como se recordará, fue aquello lo que dio al estudiante completa seguridad acerca de los petirrojos, cuyo aspecto exterior era totalmente idéntico. Cuando vio que “Anilla Blanca” saltaba sobre la espalda de “Anillas Azul” y observó que durante unos instantes se comprimían sus abdómenes el uno contra el otro, entonces llegó a la conclusión definitiva de que “Anilla Blanca” era un macho y “Anilla Azul” una hembra. reconoció el sexo de los dos petirrojos por su diferente forma de comportarse.
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Muchas especies animales se lo ponen al observador bastante más fácil. Los machos se diferencian claramente de las hembras. La araña de jardín o de cruz humana, por ejemplo, es considerablemente mayor en tamaño que el macho. El sexo de los ánades reales se distingue por el diferente colorido del plumaje. El macho de la gacela Thomson tiene los cuernos más largos y más fuertes que su compañera. En la mariposa de la seda es también la hembra la que tiene las antenas más pequeñas. Estos animales nos indican, pues, su sexo mediante diferentes tamaños, diferentes adornos o diferencias en el tamaño de los órganos sensoriales39. Tales distintivos sexuales la mayoría de las veces no tienen nada

que ver con el apareamiento propiamente dicho, sino más bien con el juego previo a éste. Son órganos de imposición, órganos auxiliares para encontrar a la pareja y armas para rechazar a los rivales. distintivos sexuales secundarios. Por eso, el biólogo los designa como

Por el contrario, los órganos que participan

inmediata y directamente en el apareamiento -los llamados distintivos sexuales primarios, por oposición a los anteriores- a menudo están ocultos para el observador porque, en su mayor parte, se esconden en la protección que les ofrece el interior del cuerpo.

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La distinta configuración de macho y hembra de una especie se denomina “dismorfismo sexual”. 679

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Lámina 1. Pareja de camachuelos. Al contrario que son los petirrojos, en los camachuelos es fácil distinguir a los dos sexos. Los machos tienen el plumaje del vientre y del pecho de color rojo y las hembras de color gris pardusco.

Lámina 2. La jirafa macho salta sobre la hembra para aparearse con ella.

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Lámina 3. Pareja de canarios. El macho provoca el estado receptivo de la hembra cantando y cortejándola.

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4. Pareja de pinzones cebra (el macho a la izquierda y la hembra a la derecha). Los pinzones cebra viven en Australia. Están admirablemente adaptados a la vida en las regiones secas.

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Lámina 5. Una gaceta Thomson macho monta a la hembra. La cópula tiene lugar en marcha.

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Es diferente que uno diseccione el cuerpo de un petirrojo hembra o de una gacela Thomson hembra o el de la hembra del espinoso o el abdomen de un caballito del diablo hembra ; en todos ellos encontrará lo mismo : ovarios, unos grandes

órganos, que llaman la atención del observador, sobre todo en época de apareamiento, por su tamaño. De ellos salen unos canales, más o menos

complicados en su construcción, que reciben el nombre de oviductos y desembocan en el orificio sexual, a menudo después de haber experimentado algunos ensanchamientos.

En todos los animales machos hay unos órganos glandulares llamados testículos que están en contacto con el orificio sexual mediante el conducto deferente. En muchas especies animales los orificios sexuales del macho y de la hembra han sido transformados en órganos específicos de apareamiento y reciben el nombre de aparato copulador.

SOBRE ESPERMA, ÓVULOS Y CROMOSOMAS
Los ovarios y los testículos fabrican, en la época de apareamiento, células sexuales o gametos.

En los múltiples y delgados canalillos de los testículos se producen los espermatozoides masculinos. Son tan pequeños que no pueden ser percibidos a simple vista. Sólo bajo el microscopio, ampliados mediante muchos cientos de aumentos, se ven estas células con su curiosa forma, que varía, como el tamaño, en cada especie animal.

En los mataderos se sacrifican toros todas las semanas. Por medio del carnicero o del veterinario del matadero se puede obtener sin grandes dificultades esperma
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de los toros sacrificados. Pongamos una gota de este semen sobre el portaobjetos, cubrámoslo con un cubre-objetos e introduzcámoslo bajo el objetivo del microscopio : veremos que en el turbio líquido de la gota de semen nadan Cada una de las células consta de tres partes

multitud de espermatozoides. diferenciales :

la cabeza en forma de espátula, una parte intermedia no tan

claramente reconocible y una cola móvil en forma de látigo.

Los espermatozoides del toro son muy sensibles a los cambios de temperatura. Si aumenta el calor, aumenta también su movilidad. A 37 ºC la cola da nueve latigazos por segundo e impulsa al espermatozoide a recorrer una distancia que equivale aproximadamente al total de su longitud. La energía necesaria para el movimiento proviene de la parte central de la célula. Tiene un depósito de

energía para recorrer un camino de cuarenta metros. En la cabeza reside el núcleo de la célula, la parte que desempeña el papel principal en la fecundación del óvulo. Los óvulos formados en el ovario de un animal hembra son mucho, muchísimo mayores que los espermatozoides y totalmente inmovibles. Se

distinguen cuatro tipos de óvulos según la riqueza en material del citoplasma y la posición del núcleo de la célula (fig. 5-1 y 5-2). También la membrana celular puede ser muy distinta : los huevos de rana la tienen de mucosa ; los del lagarto, de una especie de pergamino, y los huevos de las aves tienen una cáscara de cal.

Aunque los espermatozoides y los óvulos se distinguen entre sí en tamaño, forma y movilidad, hay un punto en que coinciden : ambos gametos tienen un núcleo celular en cuyo interior se encuentran unas estructuras en forma de cintas rizadas, los llamados cromosomas40. Si los contamos, veremos que el núcleo del

espermatozoide de toro y el núcleo del óvulo de vaca tienen siempre el mismo número : treinta. Si ahora examinamos los gametos de la abeja, macho y

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hembra, nos encontraremos que el número de cromosomas asciende siempre a dieciséis, el de los perros a treinta y nueve y el del ser humano a veintitrés.

Las estructuras filamentosas del núcleo (los cromosomas) sólo pueden ser vistas ampliadas muchos cientos de veces, tras haber sido coloreadas con un colorante especial y durante el proceso de la división celular.
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40

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Fig. 5-1. Diferentes tipos de espermatozoides animales. A) Representación esquemática de un espermatozoide maduro. B) Humano. C) De la rana. D) Del ratón. E) De la termita. F) De la lombriz. G) Del bogavante.

Así pues, el número de cromosomas en el núcleo de los gametos de una especie animal es siempre constante.

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Fig. 5-2. Los cuatro tipos principales de óvulos : A) Óvulos oligolecitos de los equinodermos (estrella de mar, erizo de mar). El núcleo de la célula no está exactamente en el centro ; hay poco material en el citoplasma. B) Óvulos

heterolecitos de gusanos, caracoles y ranas. El núcleo celular está desviado hacia el borde. El citoplasma es rico en material. C) Óvulos telolecitos de los calamares, reptiles y aves. El núcleo se encuentra totalmente desplazado al borde de la célula. Hay grandes cantidades de citoplasma. D) Óvulos centrolecitos de los cangrejos e insectos. El núcleo se encuentra en el centro de una gran cantidad de citoplasma.

Se pude decir, por lo tanto, que es una característica propia de todo ser vivo el disponer en su dotación genética de un número constante de cromosomas en los núcleos de sus gametos.

Pero los cromosomas no se encuentran sólo en los gametos, si no también en los núcleos de todas las demás células del cuerpo. Si a un toro muerto le

arrancamos algunas fibras del riñón y algo del músculo del corazón o de la piel y se ponen las pruebas bajo el microscopio, se pueden observar, en condiciones favorables, que las células del resto del cuerpo tienen mucho más cromosomas que los gametos. El recuento da como resultado sesenta en el toro, treinta y dos en la abeja obrera, setenta y ocho en el perro y cuarenta y seis en el ser humano. la células del cuerpo tienen el doble de cromosomas que los gametos.

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Si clasificamos los sesenta cromosomas de una célula del cuerpo de un toro según su tamaño y su forma y se comparan unos con otros, el resultado es inequívoco : siempre hay dos que son iguales en forma y tamaño. Así pues, la célula del cuerpo de un toro es portadora de treinta cromosomas diferentes más sus dobles. Tiene un doble juego de cromosomas, o sea, es diploide, mientras que los gametos disponen sólo de un juego simple de cromosomas, son haploides41.

En esta constelación reside, como vamos a ver en seguida, el quid de todo el sistema de reproducción sexual.

Volvamos, sin embargo, a nuestros ágiles espermatozoides y a los inmóviles óvulos.

LA FUSIÓN DEL ÓVULO Y EL ESPERMATOZOIDE
En el año 1875, un joven zoólogo llamado Oskar Hertwig42 se sentó ante un microscopio y preparó un experimento que, curiosamente, todavía no había sido llevado a cabo por ningún científico. Hertwing quería saber qué función tenían los espermatozoides, esas células minúsculas e inquietas que había encontrado, aunque con diferencias de tamaño y forma, en los testículos de los animales machos.
41

Había una cosa que estaba clara, que tenían algo que ver con el

42

En la literatura se denomina diploide a la célula que contiene un juego doble de cromosomas y haploide a la que lo tiene simple. Oskar Hertwig (1849-1922), catedrático en Berlín, estudió principalmente las cuestiones con la evolución histórica.

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desarrollo de los óvulos.

Sólo los óvulos que entraban en contacto con los

espermatozoides se desarrollaban en contacto con los espermatozoides se desarrollaban hasta convertirse en seres vivos. Así pues, de alguna manera, los espermatozoides incitaban a los óvulos a desarrollarse. Pero, ¿qué significaba exactamente “incitar” ? ¿De qué se sirve el espermatozoide para “iniciar” al

óvulo ? hasta entonces ningún ser humano ser humano había observado este proceso conscientemente. Hertwing quería ver por sí mismo ese fenómeno

sobre el que tanto se había hablado, escrito y conjeturado durante decenios.

Había estado reflexionando durante mucho tiempo sobre su experimento, y mucho más tiempo había necesitado hasta que dio con el animal para sus fines. Al final se decidió por el erizo de mar, ese espinoso habitante de las profundidades marinas que vive sólo en algunos lugares del mar y que no delata su sexo hasta que no se le abre la coraza de púas. Las hembras tienen en la cavidad abdominal los ovarios, de color amarillo anaranjado, y los machos los testículos, de color amarillo claro. En la época de reproducción, los dos sexos expulsan sin más al agua sus productos sexuales, óvulos y semen.

Hertwing llenó una fuentecilla de vidrio con agua de mar y depositó en ella algunos de los huevecillos transparentes. Puso la fuentecilla bajo el microscopio y añadió a los huevos una gota de semen. Atentamente, observó la multitud de muchos miles de espermatozoides. inmóviles. Los óvulos, redondos, permanecían

Después de algún tiempo le llamó la atención el hecho de que cada vez se encontraban más espermatozoides alrededor de los óvulos, como atraídos por un
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imán. Y, tras pocos segundos se convertía en el primer ser humano en observar la fecundación. En cada óvulo se introduce un espermatozoide tras haberse

deshecho de su cola móvil.

Hertwing repitió su experimento varias veces y en cada una de ellas observó lo mismo : sólo un espermatozoide se introduce en el óvulo. Cuando esto ha

ocurrido, el óvulo fabrica en seguida una envoltura impermeable (membrana externa) que sirve para evitar la entrada de otros espermatozoides en el óvulo.

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Fig. 5-3.

Representación esquemática de algunas fases en la fecundación del óvulo de erizo de mar.

A)

Los

espermatozoides caen prisioneros en la capa de mucosa que rodea al óvulo. B) Un espermatozoide se introduce en el óvulo. C) El núcleo celular del espermatozoide se mueve hacia el núcleo del óvulo. D) los dos núcleos celulares se adosan el uno al otro. E) Los núcleos del espermatozoide y del óvulo se han fundido en un solo núcleo fecundado. El cigoto tiene ahora doble de cromosomas. Los cromosomas se han escindido longitudinalmente. F) los cromosomas se

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ordenan en la placa ecuatorial del uso acromático. Las fibras del huso atraen las cromáticas hacia los polos. G) La primera división celular (mitosis) ya está casi terminada. Han surgido las dos primeras células del futuro embrión

Este nuevo núcleo tiene, por lo tanto, un juego doble de cromosomas. Mediante muchas, muchas mitosis se desarrolla a partir del cigoto un nuevo ser vivo. Así pues, la unión del espermatozoide con el óvulo tiene consecuencias muy importantes : el óvulo -hasta entonces tranquilo, inactivo, sin fecundar- es

activado por el espermatozoide. El espermatozoide desencadena la fecundación. El número de cromosomas se multiplica por dos. Los factores hereditarios

paternos son transmitidos al óvulo. La consecuencia es un descendiente que presenta una recombinación de las características paternas y las maternas.

Sin embargo, una condición necesaria para toda fecundación es que el espermatozoide y el óvulo acerquen el uno al otro tanto como sea posible. Sólo estando muy cerca tienen las minúsculas células masculinas la posibilidad de dar con el óvulo y fecundarlo. Pero como el espermatozoide y el óvulo maduran en animales distintos, machos y hembras respectivamente, esto quiere decir que el macho y la hembra han de acercarse el uno al otro lo más posible. En los

capítulos precedentes ya hemos descrito y explicado el camino que conduce al contacto físico de los dos sexos : búsqueda, reconocimiento y conquista de la pareja. En las páginas que vienen a continuación analizaremos los diferentes tipos de apareamiento, todos los cuales sirven a un mismo fin : facilitar tanto como sea posible el acercamiento de los gametos.

INSEMINACIÓN EXTERIOR CON Y SIN CÓPULA

El sapo común macho en época de apareamiento salta sobre cualquier objeto que se mueva y que tenga el tamaño aproximado de una hembra y lo abraza por detrás. A menudo, la postura del macho no es correcta y entonces la hembra se lo hace saber al “linete” indicándole, mediante silenciosos movimientos, que debe
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adoptar la postura adecuada para el apareamiento. El macho, palpando con la mano derecha o la izquierda, se agarra a su “montura” y la oprime. Durante la época de apareamiento el macho tiene en los dedos unas callosidades que le facilitan la sujeción. La hembra dirige una y otra vez, con sacudidas laterales, la corrección de la postura hasta que, finalmente, es la adecuada para la cópula. Es entonces cuando la hembra, buscando apoyo, agarra tallos de plantas, ramas o piedras. Su vientre se contrae convulsivamente. A la altura de la cavidad

abdominal arquea la espalda y estira las ancas paralelamente la una a la otra. Cuando ya ha tomado esta postura, que parece construir una señal, el macho estira las ancas en medio de espasmos hasta que las plantas de los pies se encuentran dirigidas hacia atrás y entre los muslos de la hembra surja una especie de cestillo. Entonces, la hembra va expulsando por etapas los huevos en dos sartas que son depositadas en esta artesa. Y, simultáneamente, el macho, como bombeando con su abdomen, riega las sartas de huevos con semen líquido y turbio. Este proceso de apareamiento se alarga durante muchas horas.

Fig. 5-4. Maduración del espermatozoide (meiosis). Célula corporal con doble juego de cromosomas (diploide). Primera partición : división celular. Las existencias de cromosomas se dividen por la mitad. Los cromosomas se escinden

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longitudinalmente. Segunda partición : división celular, proceso que tiene como resultado espermatozoides con un solo juego de cromosomas (haploides). De forma parecida tiene lugar la maduración del óvulo en el ovario. El producto final es, en ese caso, un óvulo con un solo juego de cromosomas (haploide).

A estas alturas ya no nos extrañamos de que también en este último acto del cortejo los estímulos-clave tengan una función desencadenante. Sólo cuando la hembra ha adoptado la postura que sirve de señal -el vientre hueco y las ancas estiradas- puede el macho expulsar el esperma. Y, a su vez, lo que provoca el desove de la hembra es la presión bajo las axilas. Eibil-Eibesfeldt y también Heusser han demostrado que se puede provocar el desove de la hembra ejerciendo esta presión con los dedos o con pequeñas pesas de metal colocadas bajo las axilas.

Después del desove y de la inseminación, la fecundación propiamente dicha tiene lugar en el agua. Los espermatozoides, probablemente atraídos por estímulos químicos, se abre paso hacia los óvulos y se fusionan con ellos.

También los huevos del espinoso son inseminados fuera del cuerpo de la hembra, es decir, en el agua. Con sus conocidos movimientos en zigzag, el macho

conduce a la hembra lista para el desove hacia el nido y, como para mostrarle el camino, golpea su boca contra la entrada del nido. La hembra le sigue y se introduce en el interior de esta construcción vegetal. Entonces el macho golpea rápida y repetidamente con la boca el arranque de la cola de la hembra, la cual expulsa, inmediatamente, de ocho a quince huevos por su orificio sexual. En seguida, la hembra abandona el nido por la parte opuesta a la entrada. El macho, por su parte, se introduce en el nido y riega los huevos con semen. Sólo

transcurren unos instantes desde que la hembra entra en el nido hasta que los huevos son inseminados. Después, el macho repara el nido, expulsa del territorio a la hembra, que ya “carece totalmente de interés” y vuelve a atraer son su vientre rojo y sus saltos en zigzag a otras hembras para que entren en el nido. Hasta que no ha reunido e inseminado un buen número de huevos no empieza, él solo, con
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la incubación de los mismos. Durante horas permanece ante la entrada del nido y la abanica con las aletas para que les llegue a los huevos agua fresca y abundante en oxígeno.

El proceso de inseminación del espinoso se diferencia del sapo común en que tiene lugar sin contacto físico directo ; vamos ahora a examinar también, aunque brevemente, cuáles son los estímulos-clave decisivos. Tanto el “mostrar la

entrada del nido” como el “golpeteo con la boca” son necesarios para la puesta de la hembra. si, por ejemplo, se impide al macho golpetear con la boca el arranque de la cola de la hembra, ésta, tras algún tiempo, abandona el nido sin haber puesto un solo huevo. Si se imita el golpeteo con un palillito, la hembra desova en el nido como de costumbre. En estos dos ejemplos, el del sapo común y el del espinoso, los animales de distinto sexo se acercan lo más posible el uno al otro y vierten sus productos sexuales, óvulos y espermatozoides, en el agua. Así pues, en estas dos especies animales los huevos son inseminados por el macho después de haber salido del orificio sexual de la hembra. según esto, la

inseminación, en el caso del sapo común y del espinoso, tiene lugar fuera del cuerpo de la madre. externa. Este tipo de fecundación es denominado fecundación

Sólo en un punto se diferencian la inseminación del sapo y la del espinoso. El sapo común macho abraza a su hembra, se aparea con ella e insemina los huevos pegado al cuerpo de su pareja. La hembra del espinoso deposita sus huevos en el nido sin haber tenido contacto con el macho. Y allí, sin cópula propiamente dicha43, son inseminados por el macho.

Cópula : unión sexual de dos individuos de distinto sexo. Sirve para introducir los espermatozoides en los conductos femeninos. Por regla general, el animal macho dispone de un aparato copulador destinado especialmente a este efecto.
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43

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Cuando la fecundación de los óvulos tiene lugar en el agua, fuera del cuerpo de la madre, se trata casi siempre, con muy pocas excepciones, de animales acuáticos. Sólo en el agua encuentran los delicados espermatozoides el medio adecuado para poderse mover y trasladar activamente. Sobre tierra firme, tanto ellos como los óvulos se desecarían en seguida. Por otra parte, los huevos nadando

libremente por el agua son también presas mucho más fáciles para los enemigos. Es por eso que todos los animales acuáticos son fecundación exterior producen unas cantidades inmensas de huevos. Por ejemplo, las hembras de los erizos de mar expulsan de su cavidad abdominal cientos de miles de huevos al agua marina. La hembra de la carpa a menudo pone, en primavera, más de un millón de huevos. En el caso de los moluscos, que normalmente viven pegados en masa a rocas, piedras o palos, la fecundación de los óvulos es un puro juego de azar. Para que pueda existir siquiera una sola posibilidad de que espermatozoide y óvulo se encuentren la ostra americana vierta más de cien millones de óvulos en el agua. Y como si se tratase de una orden del estado mayor, las ostras vecinas, todo el banco de ostras, expulsan sus gametos, produciéndose una especie de explosión. Las nubes de esperma pura cubren de niebla los miles e billones de óvulos. La probabilidad de fecundación crece enormemente por la simultaneidad en la expulsión de óvulos y espermatozoides y por el gran número de gametos.

Para los animales terrestres, cuyo medio natural -el aire- es “hostil a los gametos”, la inseminación de ha de ser, por fuerza, problemática. En los

apartados siguientes estudiaremos los tipos de apareamiento que han desarrollado los animales terrestres para obviar esta dificultad.

INSEMINACIÓN “MANUAL”

La araña de jardín o de cruz es un animal solitario. Hasta bien entrado el verano cada ejemplar vive en el borde de su tela, finísima red de caza, sin tener contacto
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con sus congéneres y preocupándose tan sólo de conseguir presas para su propio alimento. En los calurosos días de verano los machos, considerablemente más pequeña “red de esperma” sobre la que depositan una gotita de semen. Después llena con esta gota de semen. extremos de sus quelíceros hembra.
44

Después llenan con esta gota de semen los

y se ponen en camino a la búsqueda de una

Si en una de sus correrías se encuentran con tela de una hembra, se acercan a ella con toda precaución. Sujetan un hilito al borde de la telaraña y lo tienden hasta una rama o un tallo cercano. Entonces el macho empieza a pulsar el hilo rítmicamente, poniendo así toda la tela de la hembra en ligera vibración. Esta pulsación rítmica -tan distinta de los desesperados intentos por liberarse que llevan a cabo los insectos caídos en la red- atrae pronto a la hembra hacia aquel hilo que, poéticamente, es designado por muchos autores como “puente de amor”. El macho, con precaución, se desliza suspendido del hilo hacia su pareja, se detiene a una distancia respetuosa y vuelve a pulsar el hilo. Si la hembra se le acerca con violencia, el macho se da la vuelta y huye. Durante horas tiene un continuo ir y venir por el hilo, hasta que la hembra se comporta con toda tranquilidad sobre el “puente de amor” y, como signo de su disposición al apareamiento, se cuelga cabeza abajo. Al adoptar esta postura presenta al

macho, más pequeño que ella, su orificio sexual, situado en la parte inferior del voluminoso abdomen. Ahora es cuando el macho atreve a acercarse, establece contacto físico y palpa el cuerpo de su pareja con las patas y los quelíceros. Sujeta con fuerza a la “novia” para que no pueda morderlo ni enredarlo con sus hilos y, entonces, conduce los quelíceros hacia los dos saquitos situados junto al orificio sexual y vierte allí el semen. El apareamiento en su totalidad apenas dura veinte segundos. Después de este coito “manual”, durante el que, con mucha
Los quelíceros o pedipalpos son unos apéndices en forma de patas situados a ambos lados de la cabeza. En el macho de la araña de cruz están provistos de un ensanchamiento bulbiforme. Este 698
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frecuencia, se rompe uno de los pedipalpos y se queda metido en el orificio sexual de la hembra como señal de apareamiento, el macho se apresura a escapar del peligroso campo de acción de las venenosas garras femeninas. Pero no rara vez tarda demasiado en soltarse de la hembra cortejada. Ésta despierta de la rígida postura en que había permanecido como en un éxtasis, colgada del hilo, agarra al macho, lo mata y, a continuación lo succiona.

Los espermatozoides son almacenados por la hembra durante semanas e incluso mese en los dos saquitos en que los depositara el macho, hasta que en septiembre pone los huevos y, poco antes, los fecunda ella misma.

El apareamiento de la araña de jardín o de cruz presenta toda una serie de curiosidades : un órgano táctil, situado bastante lejos del orificio sexual del

macho, se ha convertido en parte del aparato copulador. El apareamiento supone para el macho un peligro mortal. La fecundación no sigue inmediatamente al apareamiento, sino que lo único que ocurre es que se llenan los depósitos destinados a este efecto en el abdomen de la hembra. la inseminación

propiamente dicha es llevada a cabo por la hembra misma mucho después.

¿Hemos elegido, pues, al fijarnos en la araña de cruz, un ejemplo poco habitual ? De ninguna forma.

Los calamares macho emplean uno de sus brazos para transportar el paquete de semen al orificio sexual de la hembra. las carpas dentadas vivíperas, los

tiburones y las rayas han convertido las aletas en órganos genitales. Y en lo que se refiere a la “boda con consecuencias mortales”, la mantis religiosa la lleva a abo de forma bastante más brutal.

bulbo está construido como si se tratase de una jeringa, con la que se absorbe el semen.
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La hembra de este insecto depredador45 cae sobre el pequeño macho y, ya antes del apareamiento, empieza a devorarlo por la cabeza. Es un espectáculo casi macabro ver cómo, luego el macho decapitado monta a la hembra y realiza un apareamiento que puede durar horas. El americano Roeder demostró que un macho decapitado está en mejores condiciones para llevar a cabo el apareamiento que otro cuya cabeza aún permanezca en su sitio. En efecto,

debajo del cerebro de la mantis religiosa se encuentra un centro nervioso del que parten impulsos que cohiben la actividad sexual. Expresándolo de una forma algo exagerada, se podría pues, decir que al perder la cabeza antes del apareamiento el macho se libera de este centro inhibidor y entonces la cópula transcurre sin ningún tipo de freno.

También la cuestión de los receptáculos para el semen se da en algunas especies de insectos en variantes mucho más radicales. La abeja reina hace que, durante el vuelo nupcial, los zánganos le llenen hasta reventar los receptáculos seminales. Los espermatozoides permanecen vivos durante meses e incluso años. También las reinas de las termitas y de las hormigas inseminan ellas mismas los huevos con las provisiones de semen que tienen almacenadas.

Con seguridad, resulta apasionante incluir en nuestra investigación estos ejemplos de apareamientos exóticos, pero no debemos perder el hilo conductor. Habíamos elegido a la araña de cruz como ejemplo de inseminación en la que se produce con una parte del cuerpo y cuya función primaria no estaba, en principio, destinada a ser la reproductora46. En el próximo apartado estudiaremos, en el ejemplo del escorpión, otro tipo totalmente diferente de transportar el semen.

La matis religiosa debe este nombre a la peculiar postura que adopta cuando está acechando a una presa. 46 Estas partes del cuerpo, transformadas para servir a los intereses del apareamiento, reciben el nombre de “falsos órganos de apareamiento”.
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EL BAILE ALREDEDOR DEL ESPERMATÓFORO

Los escorpiones sólo se encuentran en los países cálidos. Durante el día se esconden bajo las piedras, bajo árboles caídos, en cuevas bajas y sitios similares. Es por la noche cuando desarrollan su actividad y salen a cazar.

A primera vista, los escorpiones dan la impresión de ser “cangrejos de tierra”. Al tórax, compuesto por placas dorsales soldadas entre sí, le sigue el abdomen, móvil, que en sus cinco últimas partes se estrecha considerablemente y al final acaba en un apéndice vesicular terminado en punta, el aguijón venenoso. Como las arañas, también los escorpiones tienen cuatro pares de patas. Sus

quelícereos (pendipalpos) se han desarrollado y fortalecido hasta convertirse en pinzas prensoras. Los orificios sexuales tanto del macho como de la hembra se encuentran en la parte inferior delantera del abdomen.

Si se encuentran dos escorpiones de diferente sexo dispuestos al apareamiento, el macho agarra de frente las pinzas de la hembra con las suyas y la arrastra lentamente de aquí para allá. Después de este abrazo introductor, curva

repentinamente su abdomen, armado con el aguijón venenoso, hacia delante, y pica a la hembra en la pinza. El aguijón permanece durante varios minutos dentro de la herida antes de que le macho lo retire. Una y otra vez se arquea el

abdomen del macho hacia delante y el aguijón venenoso va a parar a los predipalpos de la hembra. y es entonces cuando comienza ese espectáculo que, en tantos y tantos informes, ha sido descrito como “el baile de los escorpiones” y que el conocido experto en escorpiones Angermann, de una forma más prosaica, llama “marcha nupcial”. Primero el macho, andando hacia atrás, arrastra a la hembra tras de sí hasta que esta empieza a oponer resistencia. Durante más de noventa minutos el macho
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oprime a la hembra, tira de ella, la empuja y la hace girar mientras una y otra vez vuelve a arquear su aguijón hacia delante. Finalmente levanta a su pareja y le golpea el cuerpo rítmicamente con las patas delanteras. De nuevo, vuelve a
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picarla y entonces se levanta él mismo del suelo y por su orificio sexual deja caer un paquete de semen. Tan pronto como este paquete de semen (fig. 5-5) está También el

adherido al suelo, el macho dirige a la hembra sobre el mismo.

cuerpo de ella está ahora claramente levantado sobre el suelo y se desliza por encima del paquete de semen. Entonces, la llamada válvula genital -situada junta al orificio sexual- agarra el repliegue del espermatóforo. Con un breve

movimiento hacia atrás la hembra arranca el paquete de semen del pendúnculo y lo introduce en el orificio sexual. Al hacer esto las pinzas de los dos animales

dejan de estar en contacto.

Fig. 5-5. Espermatóforo del escorpión.
47

Los paquetes de semen (espermatóforo) del escorpión son unas rampas de complicada 702

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El epílogo de esta transmisión seminal- es tarea exclusiva de la hembra. devora el resto del espermotóforo y se separa del macho.

La inseminación indirecta mediante espermatóforos se encuentra en muchos grupos animales. los colémbolos machos, unos pequeños y primitivos insectos, depositan en cualquier parte de la región paquetes de semen pedunculados y dejan a las hembras la tarea de encontrarlos. Los esmintúridos cercan a la

hembra con gotas de esperma, también pedunculadas. Otros animales tienden largos hilos hacia el espermatóforo. Las hembras no necesitan más que seguir estos “hilos conductores” para llegar a ella. Los machos de una especie de

sanguijuela, que vive como parásito de los perros, adhieren sus paquetes de semen, llenos de espermatozoides, a cualquier parte del cuerpo de la hembra. un líquido especial procedente del espermatóforo va abriendo camino a través de la piel y de los músculos hacia el interior del cuerpo. Recorriendo este agujero

llegan los espermatozoides a la cavidad abdominal. La sangre transporta algunos de ellos hasta los óvulos, pero la mayoría son devorados por los leucocitos como si fuesen gérmenes patógenos. Las hembras de una especie de miriápodos

muerden las gotas de esperma del pedúnculo y las conservan en un abazón. Después de la puesta de los huevos sin fecundar, la hembra se los mete en la boca de uno en uno y los reboza con una ración de espermatozoides. entonces cuando tiene lugar la fecundación propiamente dicha. Es

En todos estos casos de inseminación indirecta, el macho depone sus espermatozoides en una gota, la mayoría de las veces sobre un pedúnculo, y la hembra “recolecta” activamente las gotas del esperma. No sería difícil aducir

otros ejemplos. Sin embargo, lo daremos ya por terminado y nos ocuparemos de

construcción sobre las que están las gotas de semen.
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la inseminación directa e interna, aquélla en la que los espermatozoides pasan directamente del orificio sexual masculino al femenino.

UN COITO DE EXTREMADA SENCILLEZ

El apareamiento de los dos petirrojos de nuestro capítulo inicial transcurría en tan sólo algunos segundos. Para el observador, es imposible saber cómo sse lleva a cabo la cópula. Sólo hemos podido ver que el macho salta sobre el dorso de la hembra y que los abdómenes de ambos se oprimen mutuamente por unos instantes. Para comprender cómo tiene lugar el traslado del semen del macho a la hembra tendríamos que poder ver el interior de los animales implicados en esta acción.

Los dos testículos del macho están situados en la cavidad abdominal y unidos por medio de los conductos deferentes a la cloaca, esa parte final del intestino en que también desemboca el uréter. La hembra tan sólo tiene un ovario. Está situado en la parte anterior de la cavidad abdominal y en el período de puesta presenta un aspecto parecido al de un racimo con óvulos de distinto tamaño (fig. 5-6 y 5-7).

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Fig. 5-5. Tipos de inseminación en el reino animal. Arriba : inseminación externa (peces). En medio : inseminación interna (aves). Abajo : inseminación interna (mamíferos).

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Fig. 5-7. Esquemas de los órganos sexuales. Arriba : peces. En medio : aves. Abajo : mamíferos.

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En los períodos de maduración, cada óvulo aumenta de tamaño constantemente gracias a la consumición de tejidos de reserva. Al fina, el óvulo presenta la forma de una enorme yema de huevo, en uno de cuyos lados se encuentra el núcleo de la célula. Cuando un óvulo maduro explota48 y su contenido de yemas, es

absorbido por el embudo del oviducto. Mediante los movimientos del oviducto es empujado hacia delante y al mismo tiempo, recubierto de capas de clara. En un estrecha miento el óvulo, rodeado ya de la clara, es envuelto ya por la fárfara, una delicada membrana. En el útero, un enganche del oviducto, el huevo es revestido por la cáscara que forman unas glándulas secretadoras de cal. De veinte a

veinticuatro horas después de la eclosión folicular, el huevo, ya completamente formado, alcanza la vagina, un órgano musculo-membranoso que secreta mucosidad. Allí puede ser retenido un cierto tiempo, luego resbala hacia la cloaca y desde aquí abandona el cuerpo del ave.

¿Cómo puede ser fecundado este huevo, ya envasado en el material de construcción y los alimentos necesarios y rodeado, además, de una dura cáscara ?.

Los espermatozoides tienen que haber alcanzado y fecundado el óvulo mucho antes de que éste se rodee de todo tipo de sustancias, membranas y cáscaras. La fecundación sólo es posible arriba, en el oviducto ensanchado en forma de trompeta, ese embudo que acoge al óvulo tras la eclosión del folículo. Pero esto significa que los espermatozoides tienen que dejar tras de sí un largo camino desde los testículos del macho, pasando por el conducto deferente y la cloaca, hasta llegar a la cloaca de la hembra, el útero y el oviducto.

La mayoría de las aves macho no poseen ningún aparato copulador con el que puedan penetrar en profundidad en el cuerpo de la hembra. el macho y la hembra
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La explosión de este óvulo maduro se denomina eclosión folicular u ovulación. 708

EN QUE SE RECONOCEN

acoplan la parte exterior de la cloaca formando un conducto tubular. Los bordes de las dos cloacas se oprimen uno contra otro, de forma que el semen del macho pueda ser inyectado inmediatamente desde el cuerpo de éste al cuerpo de la hembra. Pero, entonces, los ágiles espermatozoides tienen que caminar

activamente hacia arriba a través del útero y del conducto hasta alcanzar la rugosa parte superior de este último, que es una especie de contenedor de esperma y conserva los espermatozoides vivos y capaces de fecundar hasta un máximo de cuatro semanas.

EL PENE COMO APARATO COPULADOR FUE “INVENTADO” MUCHAS VECES

La cópula de los mamíferos se realiza, en principio, de forma muy parecida, con la única diferencia de que los machos mamíferos han desarrollado un órgano especial para esta función, el llamado pene. El pene es un tubo flexible y

musculoso, rodeado por tejidos eréctiles en el que desemboca el conducto por donde se transportan el semen y la orina (fig. 5-6 y 5-7).

El miembro erecto es introducido en la vagina de la hembra mediante varias sacudidas de la pelvis, gracias a las cuales el pene es impulsado hacia delante en la vagina y, por último, se desencadena la eyaculación . El semen pasa a la vagina de la hembra. de allí, los espermatozoides avanzan por el útero y el
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oviducto hasta las trompas. Y en ese momento ha tenido lugar una ovulación, eñ óvulo es fecundado allí mismo.

En algunos mamíferos, como los ungulados, todo el proceso, desde la introducción del pene en la vagina hasta la eyaculación, dura apenas unos

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Por cada eyaculación se expulsan entre mil setecientos y tres mil millones de espermatozoides. 709

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instantes. En el caso de los perros, zorros y lobos, el coito, que también se llama la cópula, exige más tiempo. Tan pronto como el pene está dentro de la vagina, se hincha un órgano bulbiforme en la raíz del miembro masculino. En estado de erección alcanza un tamaño tal que llena por completo la vagina de la hembra. a causa de esto, los dos miembros de la pareja que llevan a cabo la cópula quedan encadenados el uno al otro por algunos minutos, eventualmente, e incluso horas. El macho ya no puede sacar su miembro de la vagina, y si intenta separarlos en este estado de encadenamiento se ocasiona a los animales dolores, y, frecuentemente, también heridas.

Aparte de los mamíferos, también otros grupos animales desarrollan aparatos copuladores que permitan una inseminación interna. Las tenias y las

sanguijuelas, los caracoles y, sobre todo, los insectos disponen de órganos genitales en forma de pene. También las tortugas y los cocodrilos, los lagartos y las serpientes disponen de aparatos copuladores, a veces por parejas, es decir, dotados de un doble pene.

Entre los insectos, especialmente, es corriente que los órganos genitales estén construidos según el principio de la llave y la cerradura. Por ejemplo, el miembro de la mariposa Zygaena filipendula sólo puede entrar en la vagina de la hembra de su especie. Y si alguna vez llega a producirse una confusión y tiene lugar la cópula entre dos especies de Zygaena (lámina 5-9), esto puede tener consecuencias mortales para los implicados. El macho no puede sacar su pene, en forma de llave, de la vagina y sucumbe apareado pero condenado a muerte in copula.

Con esta breve observación sobre el variado desarrollo de los aparatos copuladores en todos los grupos animales posibles cerramos el tema dedicado a las prácticas de inseminación. En las ilustraciones de las páginas 142 y 143 están
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representadas, nuevamente, tres de las más frecuentes posibilidades de reproducción sexual.

ACERCA DE HERMAFRODITAS Y MADRES SOLTERAS

El caracol común es un hermafrodita, macho y hembra en el mismo animal. Cada animal sexualmente maduro produce en una sola glándula hermafrodita tanto espermatozoide como óvulos.

Se podría pensar que en esta especie animal, y en general en todos lo hermafroditas, la fecundación no presenta ningún problema. Los óvulos y los espermatozoides están situados uno al lado del otro y no necesitan abandonar el cuerpo para la fecundación. Se pueden suprimir la búsqueda de pareja, los

fatigosos juegos del cortejo y también la complicada acción de lo cópula. Estos animales pueden fecundar sus óvulos por sí mismos y esto los hace totalmente independientes.

Pero si uno observa a los caracoles durante un período de tiempo prolongado, se encontrará con que siempre hay “parejas de caracoles”. Los dos animales

permanecen en la postura captada por el fotógrafo, unidos por la superficie que habitualmente emplean para arrastrase por el suelo. ¿Qué es lo que hacen los dos en esa postura ? pues bien, se inseminan recíprocamente. Cada uno de los dos caracoles ejerce para el otro el papel del macho. La inseminación se realiza, pues, a dos bandas. Una autofecundación no se da prácticamente nunca. En casi todos los casos conocidos de hermafroditas, el animal en cuestión se toma la molestia de que sus óvulos sean fecundados por los espermatozoides de otro individuo de la especie ; y, por lo tanto, la fecundación no tiene lugar dentro del mismo cuerpo sino entre dos extraños.

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Después de haber estudiado al inicio del quinto capítulo el proceso de la fecundación, tendría que estar claro para nosotros el sentido biológico de esta forma de llevar a cabo la inseminación entre los hermafroditas.

Al ser llevada a cabo la fecundación por animal distinto, se mezclan y se confunden los factores hereditarios de dos animales. Los descendientes nacen con nuevas combinaciones de rasgos hereditarios. Surgen nuevas variaciones dentro de la misma especie animal. Y estas variaciones proporcionan, a su vez, un punto de partida para la ulterior evolución de la especie50.

El sentido más profundo de la fecundación mediante individuos distintos -y de la reproducción sexual en general- reside en esta mezcla de factores hereditarios, que es posible por la fusión de cromosomas paternos y maternos durante la fecundación. La reproducción sexual sirve, en primer lugar, para aumentar las riqueza de variación dentro de una especie. Cada descendiente de dos padres con diferente material genético es una novedad que debe hacerse valer por sí misma. Si es aceptable, ventajosa o perjudicial es algo que sólo se decide en la práctica de la vida diaria, en el enfrentamiento con el medio ambiente. El clima, los enemigos y algunos otros factores más se encargan de eliminar los ejemplares no adaptados (selección). imponerse. Sólo las variaciones ventajosas acabarían por

En la autofecundación, por ejemplo, de la tenia, que también es hermafrodita, se unen gametos masculinos y femeninos de un sólo y único animal. Convergen los mismos factores hereditarios, de forma que la descendencia tiene los mismos rasgos definitivos que el que la engendró. Muchos animales, especialmente los más sencillos, se reproducen de dos formas diferentes. La ameba, que sólo

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consta de una célula, en condiciones de temperatura y alimentación favorables se divide pro simple bipartición (mitosis). De una sola ameba surgen dos amebas hijas. Éste es un simple procedimiento de multiplicación, que aumenta la especie animal cuantitativamente y es importante para su propagación. Mediante esta reproducción asexuada por bipartición nacen dos animales hijos de anterior, pero exactamente con los mismos factores hereditarios.

No obstante, de vez en cuando, también entre las amebas tienen lugar “actos sexuales”. Dos ejemplares se ponen el uno junto al otro y funden en un todo su cuerpo celular51 (lámina 5-11). De dos amebas ha resultado una sola : ha tenido un a disminución numérica. Pero, en compensación, el nuevo ser, engendrado sexualmente, presenta una nueva combinación de factores genéticos.

En algunas especies de insectos, como los pulgones y los insectos palo, conviven los dos tipos de reproducción, la sexual y la axesuada.

Los pulgones hembra ponen en otoño huevos fecundados que reciben el nombre de “huevos hibernantes” por pasar en este estado todo el invierno. De estos huevos, tan resistentes al frío invernal, nacen en primavera las crías y todas ellas son de sexo femenino. Estas hembras, y también la generación siguiente, traen al
52 mundo crías vivas sin haberse parecido . Hasta que llegue otra vez el otoño se

suceden una tras otra nuevas generaciones de hembras nacidas por partenogénesis. Al final de la estación cálida, quizá a consecuencia del

enfriamiento general, la última generación de hembras produce crías machos y hembras. Los machos realizan la cópula con las hembras. Y éstas vuelven a
Esta constatación es válida, en la misma medida, para el punto de las plantas. En otras especies de amebas, los dos animales llevan a cabo este acto sexual adosándose el uno al otro e intercambiando material del núcleo. Después de esta conjunción se vuelven a separar los dos individuos. 52 El desarrollo de un ser vivo a partir de óvulos no fecundados se conoce en la literatura científica con el nombre de partenogénesis.
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poner huevos fecundados protegidos por una envoltura que les permite sobrevivir al invierno.

Como se puede ver, la reproducción asexuada y también la unisexual mediante partenogénesis demuestran ser un procedimiento orientado exclusivamente a la multiplicación de la especie. La reproducción sexual, por el contrario, es un acto que tiene como objetivo el cambio, la recreación de novedades. Sólo este tipo de reproducción puede explicarnos la necesidad de que haya en la naturaleza animales de distinto sexo, de que haya machos y hembras. El objetivo, la unión de los gametos, la fecundación, se consigue en la naturaleza por diferentes caminos.

La fecundación exterior, sólo posible en el agua, es, ciertamente, menos complicada en su procesos, pero también, en cambio, más insegura en lo que se refiere a las posibilidades reales de fecundación y supervivencia de los descendientes. Por eso, los animales acuáticos con fecundación exterior El método, en sí mismo

producen unas cantidades enormes de gametos.

inseguro, es compensado por el gran número de gametos.

La fecundación interna, practicada tanto en el agua como en la tierra, exige un número considerablemente menor de descendientes. Depende menos de la

casualidad y del azar, protege los huevos o las crías durante más tiempo y mejor y, por lo tanto, es más segura. En compensación, la fecundación interna exige el contacto físico entre la pareja y éste sólo es posible si primero se anula el recelo natural ante el congénere. Esta anulación del miedo recíproco hace necesarias acciones de cortejo, que, en parte, resultan ser largas y tremendamente complicadas.

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Hemos visto también -en los ejemplos de la araña, el escorpión, las aves y los mamíferos-los diferentes métodos que la naturaleza ha desarrollado para hacer posible el traspaso de los espermatozoides. Cada uno de estos métodos conduce por caminos diferentes al mismo fin.

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¿CÓMO SABEN ELLOS CUÁNDO ES ÉPOCA DE APAREAMIENTO ?
La condición necesaria para que haya entre dos animales contacto físico, cortejo y apareamiento es que estos animales se pongan en movimiento, salgan el uno al encuentro del otro, se busquen. Recordemos que en el caso de la lagarta peluda macho eran algunas moléculas olorosas de la hembra las que provocaban en él una cierta intranquilidad, la necesidad de volar, y finalmente, el vuelo de búsqueda. Este comportamiento de búsqueda es desencadenado

inequívocamente por un estímulo exterior : el olor. En cambio, en el caso del petirrojo hembra, que en diciembre abandona su territorio y sale a la búsqueda de un macho, no podemos hacer una declaración tan concluyente. Sin embargo, también las hembras enjauladas, que no puede ni ver ni oír a sus congéneres, también su comportamiento en invierno, cesan de cantar y andan a saltitios recorriendo intranquilas la jaula ; así pues, parece seguro que este comportamiento de apetencia53 no es desencadenado en ellas por estímulos procedentes de la pareja, sino que ellos produce espontáneamente, dirigido y controlado desde dentro.

En los dos casos, la lagarta peluda y petirrojo, debe de existir un impulso interno que obliga a los animales a salir a la busca de su pareja. El principio es posible que esta búsqueda carezca de dirección determinada, pero tan pronto como el sujeto de la misma se encuentra en una determinada situación desencadenante, es decir, en cuanto tropieza con los estímulos clave de su pareja, esa búsqueda al

Comportamiento de apetencia : búsqueda de un estímulo desencadenante, por ejemplo, una pareja, una presa, agua, etc.
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azar se convierte en un movimiento claramente dirigido y orientado hacia el otro. Se establece contacto entre los dos interesados.

En el caso de la lagarta peluda, peluda, todo transcurre muy rápidamente, sin ningún tipo de cortejo. El macho se aparea con la hembra tan pronto como la encuentra. En el caso del petirrojo y otras muchas especies animales, hace falta un cierto tiempo hasta que la pareja se ha acostumbrado el uno al otro y llegan tras una fase más o menos larga de cortejo, al apareamiento.

Ya sabemos cómo transcurre temporalmente el comportamiento del petirrojo en lo que afecta a la reproducción. En el primer capítulo habíamos construido una especie de reloj anual donde veíamos que la búsqueda de pareja, el cortejo y el apareamiento parecen ser un problema no sólo especial, sino también temporal. ¿Qué ocurre con otros animales ?

EL HORARIO DEL VENCEJO
El vencejo se cuenta entre las últimas aves migratorias que anualmente regresan al lugar en que nacieron. Es un pájaro de color negro sucio, línea elegante y muy rápido que anida en las grietas de los muros, bajo los aleros de los tejados o en las hendiduras de las rocas. Aparece de repente en los primeros días de mayo y se precipita sobre los tejados de la ciudad con un sonoro y agudo “srrrih”.

Tarda aproximadamente diez días en construir su nido con pajitas y plumas que atrapa al vuelo y recubre con salida para dar solidez a la construcción. Si al volver se encuentra su solar ancestral
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ocupado por gorriones domésticos, los expulsa

tras un breve pero violento combate. Luego tapia con todo rigor el nido de los
los vencejos no sólo permanecen fieles a la región en nacieron y vuelven cada año a ella, sino que también en gran medida tienen una fuerte vinculación con el nido.
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gorriones sin importarle los más mínimo si los polluelos pían pidiendo comida o si hay huevos dentro. miramientos. Simplemente, “empareda” la nidada ajena sin más

A mediados de mayo ya hay en esa resistente artesa que es el nido de los vencejos dos o tres huevos blancos, alargados y sin brillo. Los dos padres

empollas los huevos alternativamente durante dieciocho o veinte días, hasta que los polluelos, desprovistos de plumaje, rompen la cáscara. Desde principios de junio hasta mediados de julio -lo que se supone una prolongada estancia55 en el nido paterno-, los hambrientos polluelos son alimentados constantemente, sin interrupción, con albóndigas de insectos, es decir, unas bolitas de alimento elaborado en el esófago de los pájaros más viejos. En la segunda mitad de julio, lo jóvenes vencejos ya son capaces de volar. Se empujan hacia fuera del nido situado en el muro, se dejan caer y se alejan volando como si en toda su vida no hubieran hecho otra cosa.

Durante pocos días más se pueden ver en el cielo las escalonadas bandadas de vencejos precipitándose por la estrechuras de las calles y persiguiéndose alrededor de los frontipicios de las casas. A principio de agosto ya no se oye su griterío. Durante la noche han levantado el vuelo y se han puesto en ruta para recorrer un largo camino hasta Sudáfrica.

Así pues, el vencejo no tiene prácticamente tiempo para una segunda nidada. Si los pájaros adultos pierden sus crías -por ejemplo, a causa de repentinas rachas de frío en mayo o junio-, construyen un nuevo nido en sustitución del anterior y también empollan la nueva puesta, pero los polluelos no tienen posibilidad alguna
La larga duración de la estancia en el nido se debe a que el vencejo tiene que desarrollar unas alas más largas (en términos relativos) que el resto de las aves y además tiene que saber volar inmediatamente después de haber abandonado el nido por primera vez. Un aterrizaje sobre el
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de sobrevivir, porque a principio de agosto los padres levantan el vuelo irremisiblemente y se van. Se ponen en camino hacia lejanos cuarteles de

hibernación sin importarles si las crías son ya capaces de volar o si todavía pían en el nido reclamando alimento. Para los profanos, este comportamiento resulta incomprensible. Para el biólogo, es simplemente una indicación de que la época de reproducción del vencejo transcurre de acuerdo con un horario

extremadamente precioso y rígido que apenas deja libertad de movimiento para quebrantarlo a cada individuo de la especie.

LAS ÉPOCAS DE APAREAMIENTO ENTRE LOS ANIMALES
También otras aves migratorias56 -ya se trate de currucas, colirrojos o zorzales, cigüeñas o golondrinas-vuelven anualmente en primavera, más o menos al mismo tiempo, a su patria natal desde sus cuarteles de invierno y cumplen un horario parecido al del vencejo en lo que se refiere a la búsqueda de pareja, el cortejo, la incubación y la cría de los polluelos. La única diferencia es que

disponen de más tiempo para la reproducción, pues llegan antes y se marchan más tarde.

Y lo que es válido para el sedentario petirrojo es válido también para otras aves sedentarias57. Cada año en primavera -para nosotros la cosa más natural del mundo- podemos observar las luchas territoriales, el canto, la construcción del nido y la cría de los polluelos de mirlos, pinzones y páridos más o menos dentro del mismo ámbito.
suelo sería mortal para él, pues con sus patas, extraordinariamente cortas, nunca lograría volver a remontar el vuelo. 56 Aves migratorias : aves que llevan a cabo movimientos migratorios todos los años, con regularidad y según las estaciones. 57 Aves sedentarias : aves que nunca salen de un estrecho ámbito, en el que pasan toda su vida. En el sur de Alemania, el petirrojo es un ave sedentaria, pero en otras partes de Europa es un ave migratoria.
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Pero tan pronto como abandonamos nuestra región climática y las latitudes medias58 y nos dirigimos hacia aves que viven en zonas secas, al margen del desierto o en la estepa, descubrimos algunas irregularidades. Las épocas de apareamiento del Quelea de piso rojo (Quelea quelea), que viven en África, y de algunos pinzones cebra de Australia tienen lugar sin ninguna relación con la estación del año. Sólo se reproducen después de un fuerte aguacero. Y como en zonas secas de África y Australia la lluvia no es anual ni, mucho menos, previsible, ocurre algunos años que hay especies de aves, como las antes citadas, que no se producen. Pero también se dan de vez en cuando años con dos y hasta tres épocas de apareamiento, a saber, cuando llueve repentinamente en la región. Así pues, estas aves de las regiones secas no siguen ningún horario fijado de acuerdo con las estaciones del año.

Hay otra clase de animal, los anfibios, en que encontramos fenómenos parecidos a los que hemos observado en las aves. Las ranas, sapos, tritones y salamandras de nuestras regiones se dedican en primavera o principios del verano a los “asuntos” de la reproducción. Apenas se funde la nieve, la rana bermeja empieza el apareamiento en el agua baja. A finales de abril comienza el pequeño tritón crestado a cortejar a una hembra. algunas semanas después le sigue el gran tritón crestado, cuya hembra deposita en mayo sus numerosos huevos en las plantas acuáticas. Más o menos en la misma época desova la rana acuática en charcas y lagunas. A ella se añaden en junio el aunque de vientre amarillo y la ranita de S. Antón.

Algunos anfibios de las zonas secas desconocen -como ocurría entre las aves con el tejedor y el pinzón cebra- esta dependencia de las estaciones. W. F. Blair

Latitudes medias : zonas climáticas con veranos cálidos, inviernos fríos e importantes lluvias veraniegas.
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ha investigado siete especies de ranas en el sur de Estados Unidos y comprobó que los machos de seis de estas especies empiezan a croar y se aparean con las hembras siempre, invariablemente, después de llover. Tan sólo una especie

demostró ser independiente de la lluvia y poner sus huevos cada año, regularmente en el mes de mayo.

Mucho más de ellos desova en primavera o en verano ; otros, como los salmónidos (trucha, salmón), desovan en invierno. Entre las especies tropicales muchas desovan durante todo el año, otras sólo cuando el agua del río alcanza un determinado nivel y unas terceras sólo en época de lluvias. El chuleto, que habita en California, se deja arrojar por la marea alta a la parte de la playa más alejada del agua para enterrar el producto de su desove en la arena, pues los huevos en el agua morirían en seguida. Estas zonas sólo están al alcance de las olas cuando hay luna nueva o luna llena. Esta misma dependencia de las fases lunares se puede observar en el gusano palolo del Atlántico y del Pacífico. Estos gusanos viven en las grietas profundas de los corales. Una o dos veces al año abandonan su asentamiento de arrecife y nadan libremente por la superficie el agua para expulsar sus gametos. La gran masa de gusanos palolo del Pacífico aparece, anualmente, entre el siete de noviembre y el veintidós de diciembre ; la del Atlántico, en julio.

El caso de los mamíferos vuelve a presentarnos nuevas modalidades. Se regulan por ciclos sexuales periódicamente y severamente fijados. Un gran número de mamíferos tiene sólo una época de celo59 al año.

Las

hembras del zorro plateado sólo pueden concebir en febrero, en un período que
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Celo : estado de excitación sexual que se repite regularmente a intervalos temporales determinados. En la época de celo, machos y hembras se reúnen en parejas. El celo suele estar acompañado por profundos cambios en la anatomía del animal que, en parte, están destinados al rechazo de los competidores del mismo sexo y, en parte también, a aumentar la excitación sexual de la pareja (cornamenta, trajes nupciales,
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dura de uno a seis días ; las hembras del puerco espín sólo durante unas horas del mes de noviembre. Nuestras especies de caza -el corzo, el vanado, el gamo e incluso el zorro y el tejón- también tienen una única época de celo al año.

Otras especies animales -muchos de los mamíferos tropicales y nuestros animales domésticos- están en celo varias o muchas veces al año. Los perros caseros encuentran en celo dos veces al año, en primavera y en otoño ; los gatos, independientemente de la estación, cada cuatro meses. El caballo, el cerdo

doméstico y el buey tienen ciclos cuya duración va de diecinueve hasta veintidós días, la cerda dos días, la vaca sólo durante trece o catorce horas. Esto quiere decir que sólo en estas horas y en estos días las hembras permiten a los machos realizar la cópula. En ratas de laboratorio los ciclos se suceden cada cuatro días y en los antropoides -más o menos como en el ser humano- duran de tres a cinco semanas.

Después de esta breve e incompleta panorámica sobre las épocas de apareamiento de los animales, podemos deducir que el apareamiento del reino animal se da durante todo el año y que los acontecimientos relacionados con la reproducción pueden configurarse entre el macho y la hembra de acuerdo con distintos patrones.

Hay un gran número de animales -por ejemplo, los peces, anfibios y aves de nuestra zona climática- que se aparean anualmente en determinadas estaciones del año.

Estos animales están sometidos a un ciclo reproductor de larga duración que transcurre regularmente y está en inequívoca relación con la estación del año.
producción de sustancias con un intenso olor). En mucho mamíferos, además, los testículos cambian en esta época su emplazamiento, pasando de la cavidad abdominal el escroto.
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Algunas especies animales, como el chucleto y el gusano palolo, también tienen ciclos reproductores regulares y largos, pero esta vez dependiendo de las fases lunares.

Un tercer tipo de especies animales, especialmente los animales de las zonas secas, depende en su actividad reductora de las precipitaciones lluviosas, temperaturas, niveles de agua de los ríos y algunos otros factores ; son ritmos irregulares de larga duración sin relación con la estación del año. Una serie de mamíferos -como las ratas, los gatos y los monos-parece funcionar independientemente de los factores externos. Su disposición al apareamiento se presenta regularmente a determinados intervalos : ciclos reproductores de breve duración.

Fig. 6-1. Testículos del estornino en noviembre (izquierda) y en abril (derecha).

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Con esto hemos logrado un primer punto de apoyo para nuestra investigación : sabemos que los animales están sometidos a ciertos ritmos. Pero ¿qué o quién ejerce la función del reloj ? ¿Quién dirige los procesos, a veces realmente

complicados, entre machos y hembras, entre los padres y su descendencia ? ¿Quién les dice o les hace señales de que, se pongan en camino para buscar un territorio o el lugar indicado para el nido ? ¿Quién da lugar a que busquen a su pareja, a que cortejen a una hembra y se apareen con ella ?

sabemos realmente muy poco acerca de por qué medio se pone en marcha, en el momento adecuado, el comportamiento reproductor de los animales ; como se produce la sincronización entre macho y hembra, por qué el “interés” por la pareja y las crías declina después de un determinado tiempo y, finalmente, se extingue por completo. Sólo en algunas especies animales se ha conseguido,

paulatinamente y mediante largos experimentos, comprender algo de estos mecanismos rectores.

MADURACIÓN

DE

LAS

GLÁNDULAS

GENITALES

Y

COMPORTAMIENTO REPRODUCTOR

Se ha observado en los machos de los estorninos ingleses que sus testículos empiezan a crecer anualmente ya en septiembre u octubre, aunque es en primavera cuando, tras un impresionante crecimiento repentino, alcanzan el tamaño suficiente para producir espermatozoides maduros. Con este crecimiento de los testículos
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se produce también un cambio en el comportamiento del

estornino macho. Mientras que en otoño e invierno buscan la compañía de sus congéneres y forman gigantescas bandadas, en primavera se separan de la
En invierno, cuando no pasan más que unas pocas horas desde el comienzo del día hasta la penumbra del atardecer, los testículos son realmente minúsculos. Tan sólo pesan cinco
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bandada. Los machos buscan cuevas o huecos donde poder construir el nido y empiezan a cantar. Con ello atraen hacia sí a las hembras ; cuando lo han

conseguido, las cortejan durante semanas en medio de gran excitación y, finalmente, se aparean con ellas. Este paralelismo cronológico entre el tamaño de los testículos y el comportamiento sexual -paralelismo que también se puede observar en otras especies animales- hace sospechar que existe una relación entre el tamaño de las glándulas genitales y la conducta de apareamiento.

Si antes de la madurez sexual extirpamos, experimentalmente, los testículos de algunos estorninos macho mediante la operación conocida con el nombre de “castración”, los animales operados no muestran, en circunstancias por lo demás normales, ningún comportamiento sexual. Si castramos las hembras, igualmente antes de la madurez sexual, mediante una intervención en que son extirpados los ovarios, el resultado obtenido es muy similar. Las hembras o no reaccionan en absoluto o incluso reaccionan negativamente ante las proporciones de cortejo de los machos en celo y no permiten el apareamiento.

Esta experiencia es ya antigua e incluso es utilizada por el hombre para su propio beneficio desde hace mucho tiempo. Para evitar apareamientos no deseados entre machos y hembras de los animales domésticos y, al mismo tiempo, para amansar a los machos -que en época de apareamiento se vuelven rebeldes y, a menudo, salvajes- se castra a los caballos capones ; e igualmente, los toros, tras la castración, se vuelven bueyes mansos. Por diferentes motivos se castra hoy en día a los perros, los gatos y los gallos.

Así pues, con ayuda de castración se puede demostrar que la existencia o el defecto de glándulas genitales activas tiene una influencia decisiva en el

miligramos. Pero al ir aumentando en primavera la duración de los días, los testículos crecen también hasta llegar a pesar hasta doscientas veces más que en invierno.
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comportamiento sexual.

Pero, ¿cómo pueden influenciar los gametos, tanto en el comportamiento de un animal que es

óvulos como espermatozoides, gobernado por el cerebro ?

Los cambios de conducta en un animal castrado no empiezan a observarse hasta unas horas o días después de la operación, mientras que los procesos nerviosos son casi instantáneos. Si fuesen los nervios los intermediarios entre los testículos y el cerebro, el cambio de comportamiento tendría que ser perceptible inmediatamente después de la castración. Pero como los animales disponen de un segundo sistema rector aparte del nervioso, el sistema hormonal, parece más bien que, de acuerdo con lo observado, nos hallamos aquí entre una hormona. Las hormonas son unos agentes químicos, producidos por glándulas61, que llegan a todas las zonas del cuerpo a través de la sangre ; por eso su influencia en los órganos es más lenta que la de los impulsos nerviosos.

Tanto en los testículos como en los ovarios existen unas asociaciones celulares especiales que producen hormonas. Estas glándulas hormonales se activan al mismo tiempo que el crecimiento de los testículos y de los ovarios, realizado con anterioridad a la época de reproducción, secretando entonces, en abundancia, andrógenos
62 63

y estrógenos .

¿Son quizás estos emisores químicos los que La

provocan en el animal ese comportamiento que hemos llamado “celo” ? respuesta nos vendrá dada por experimento.

Si a un gallo castrado le inyectamos andrógenos en un vaso sanguíneo o le injertamos tejido en los testículos, despierta de nuevo su actitud sexual. Empieza
La mayoría de las hormonas son producidas en glándulas de secreción interna y vertidas directamente a la sangre en cantidades muy pequeñas, apenas mensurables. 62 Andrógenos : hormonas masculinas producidas en las glándulas genitales. Sus principales representantes son la testosterona y la androsterona. 63 Estrógenos : denominación de conjunto para las hormonas de las glándulas genitales femeninas producidas en el folículo ovárico (estrona, estriol, estradiol).
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a cantar, reta a sus rivales a luchar e intenta aparearse con las gallinas. Si se pone a hembras castradas un tratamiento de estrógenos o se les vuelven a implantar los ovarios, estas intervenciones desencadenan, tras algún tiempo, la típica conducta de hembra dispuesta al apareamiento.

Estos experimentos hormonales resultan especialmente impresionantes cuando son realizados con animales aún no desarrollados sexualmente, como, por ejemplo, con pollitos. Se logra de ellos que canten, luchen e intenten aparearse de forma totalmente agresiva y precoz. Las gallinas jóvenes se encogen e invitan a los gallos a la cópula.

Los resultados de los experimentos se pueden observar en cualquier época del año y se pueden obtener también con otras especies de aves e incluso con mamíferos castrados. Si, por ejemplo, sometemos a un tratamiento con

andrógenos en mitad del invierno a faisanes macho, que normalmente no se ponen en celo hasta la primavera, tres o cuatro días después empiezan los animales tratados con hormonas a cortejar a las hembras e intentan montarlas sin
64 importarles que haga frío y que haya varios palmos de nieve . Este experimento

nos muestra que las hormonas sexuales pueden ejercer sus efectos durante todo el año. Pero al mismo tiempo, podemos deducir de él que el sistema nervioso central tiene que conservar su capacidad de reacción también durante todo el año. En la aparición de la hormona sexual, transportada desde las glándulas genitales por la corriente sanguínea, la que provoca un estado que repercute en el comportamiento del animal. Por ejemplo, es bloqueado el comportamiento social que mantiene a los estorninos unidos en la bandada, mientras que se activan otras formas de conducta, como el instinto de lucha contra los rivales, el cortejo de la hembra, etc. las hormonas crean, pues, estados de ánimo.

Este experimento tuvo consecuencias de mayor alcance aún, a las que hemos de volver en la página 177.
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727

De modo que podemos afirmar lo siguiente : No son las glándulas genitales en sí mismas, sino los andrógenos y estrógenos, producidos en glándulas hormonales específicas, los que despiertan en el animal el instinto de reproducción y desencadenan en él, por medio del sistema nervioso central (cerebro), un comportamiento sexual65.

UNA GLÁNDULA PEQUEÑA PERO DECISIVA

Naturalmente esta constatación no es ni mucho menos suficiente para explicar qué o quién pone en marcha las glándulas genitales con las glándulas hormonales.

Del mismo modo que el cerebro ejerce en el ámbito del sistema nervioso las funciones de una central superior donde se controlan las conexiones y se toman las decisiones que afectan al conjunto, las así también las glándulas hormonales de un cuerpo animal66 están subordinadas a una central que las influye y dirige. Bajo el cerebro, en la base de lo que se llama hipotálamo, se encuentra una pequeña glándula hormonal, la hipótesis. Ella es el regulador central de muchos procesos hormonales. También en nuestro caso es ella la primera sospechosa de influir en la producción hormonal de las glándulas genitales, sobre todo teniendo en cuenta que hay una parte de la hipótesis, concretamente su lóbulo anterior, que sufre un sensible cambio poco antes de empezar el crecimiento de las glándulas genitales. El lóbulo posterior de la hipófisis crece también y secreta hormonales.

El comportamiento sexual de los insectos no parece estar por las hormonas de las glándulas genitales, pues la extirpación quirúrgica de los ovarios o de los testículos no produce ningún cambio en el comportamiento de estos animales. 66 Las glándulas hormonales más importantes son : las glándulas tiroides y paratiroides, las cápsulas suprarenales, las glándulas genitales y la hipótesis.
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Pero, ¿son realmente estas hormonas de la hipófisis las que originan la maduración de las glándulas genitales ? De nuevo, tenemos que recurrir para comprobarlo a un experimento.

Si a un animal fuera de la época de reproducción, cuando las glándulas genitales descansan en total ausencia de actividad, le inyectamos hormonas producidas por la hipófisis, comenzarán a crecerle algunos días después de las glándulas genitales. Al poco tiempo, se pondrá en celo e iniciará el cortejo. Las glándulas gonadotropas67 de la hipófisis son, pues, las que dan la señal para que empiece el crecimiento de las glándulas genitales y las que ponen en marcha los procesos de maduración en los testículos de los machos y en los ovarios de las hembras. También en efecto suyo la secreción de andrógenos y estrógenos. Pero si inyectamos hormonas gonadotropas de la hipófisis en los vasos sanguíneos de un animal castrado, no obtendremos ningún tipo de reacción.

Mediante estos resultados experimentales con hormonas gonadotropas no es posible ahora establecer una segunda posición : la hipófisis actúa indirectamente sobre el comportamiento sexual. Con sus hormonas gonadotropas es ella la que da la señal para el crecimiento de las glándulas genitales y para que éstas, a su vez, formen sus propias hormonas. Estas hormonas sexuales actúan luego sobre el cerebro, que dirige el comportamiento sexual.

Con esto, ya hemos progresado un paso más, pero nuestro problema aún no está resuelto. Ahora nos tenemos que preguntar qué es lo que incita a la hipótesis a crecer y a secretar hormonas gonadotropas.

Gonadotropas : son dos hormonas, la folicoestimulina y las luteinoestimulina, dirigidas hacia las glándulas genitales.
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La hipófisis está unida por un pedúnculo a la base del hipotálamo.

Este

pedúnculo es atravesado por vasos sanguíneos y fibras nerviosas. Por lo tanto, la hipótesis está en conexión directa con el cerebro. Si se estimula el hipotálamo de un animal con impulsos eléctricos, la hipófisis empieza a secretar hormonas gonadotropas. Podemos deducir de este hecho que la hipófisis recibe señales del hipotálamo. Pero como el hipotálamo, a su vez, está en conexión directa con el resto del cerebro, surge la pregunta de si son estímulos exteriores, captados por los órganos sensoriales y transmitidos a través del cerebro, los que impulsan la hipófisis68 o si existe acaso dentro del propio cerebro un mecanismo independiente, una especie de reloj interno que estimula la hipófisis en el momento preciso.

CUANDO LOS DÍAS SE ALARGAN
De todos lo influjos externos a los que está sometido un animal en el transcurso del año, el que varía de una forma más constante es la relación entre luz y oscuridad, es decir, la duración de los días. Todos los demás factores -como, por ejemplo, la temperatura, la humedad del aire y la presión atmosférica- están sometidos a desviaciones considerablemente mayores. Ahora bien, hemos

observado que también el desarrollo de las glándulas genitales empieza cada año con regularidad, se intensifica luego y, tras un determinado tiempo vuelve a disminuir ; comparemos, pues, la evolución que tiene lugar en el desarrollo de los testículos del gorrión común y el cambio en la duración de los días durante el año.

Las dos curvas muestran el mismo perfil, aunque con un desplazamiento temporal. Cuando, a finales de diciembre, empieza a alargarse la duración del
En la página 169 se seguirá examinando la cuestión de hasta qué punto es correcto decir que los órganos sensoriales registran o miden los estímulos exteriores.
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día, comienza de forma paralela el crecimiento progresivo de los testículos. A finales de abril, con aproximadamente trece horas y media de luz diurna, los testículos alcanzan el mayor grado de su desarrollo y también de su actividad. Mientras que la curva de la luz diurna aún sube hasta finales de junio, el engrosamiento de los testículos y su actividad disminuyen claramente en ese mismo período. A finales de julio, con más de catorce horas de luz diurna, están ya muy empequeñecidos y, consecuentemente, tampoco se observa ya ninguna actividad reproductora en el gorrión.

También otras aves canoras de nuestra zona climática muestran este paralelismo entre los dos perfiles, el de la curva que representa el engrosamiento de los testículos y el de la curva que representa la duración de la luz diurna. ¿Qué podemos deducir del recorrido de estas dos gráficas ? Parece existir una

dependencia entre el engrasamiento de los testículos y la duración del día, dependencia que, sin embargo, sólo es válida para el período de crecimiento de los testículos. Lo que no está claro es por qué el testículo se sigue desarrollando en marzo, con trece horas de luz al día, mientras que en junio, con la misma duración del día, sufre una involución.

Ahora vamos a comprobar estos resultados, experimentalmente, en las aves que anidan en primavera. Nada más obvio para contestar a nuestras preguntas que someter a algunas de estas aves a condiciones luminosas variadas artificialmente.

Si obligamos a algunos estorninos a vivir con luz artificial y esta luz artificial va aumentando en duración desde enero, de acuerdo con la duración de la luz diurna, día a día hasta llegar a doce horas y media y luego se detiene, entonces los testículos no se activan. Los animales sometidos al experimento no cortejan y permanecen sexualmente inactivos. Pero si se realiza el mismo experimento

continuado con el progresivo aumento de la luz diurna artificial hasta llegar a
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dieciséis hora por día, entonces comienza la maduración del esperma, y esta maduración es tanto más rápida cuanto más tiempo de luz se ofrece al animal. Al llegar, sin embargo, a las dieciséis horas parece haberse alcanzado un cierto limite. Duraciones superiores a las dieciséis horas no siguen acelerando la

maduración.

Fig. 6-2. Relación de dependencia entre la longitud de los testículos del gorrión común y la duración de los días.

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Y si prolongamos estos días tan largos y estas noches tan cortas durante semanas, ello conduce a la inactivación de los testículos y, con ello, a la extinción de la conducta de cortejo. Estos experimentos se pueden hacer también en

invierno y provocar así un comportamiento de reproducción en la estación del año menos propicia para ello.

En principio, estos resultados pudieron ser confirmados, con desviaciones mínimas, en veintisiete especies de aves, aunque sólo con animales machos. Eberhard Gwinner69, que ha estudiado los períodos anuales de las aves canoras, se ha preguntado qué órgano de la ave mide la duración de la luz diurna y cuál es el transmisor de la información conseguida. Lo más lógico sería suponer que el transmisor de la información es el ojo, que, a fin de cuentas, es el órgano sensorial de la vista. Veamos ahora lo que aportó a estas cuestiones la serie de experimentos llevada a cabo por Gwinner.

Gwinner proveyó a un grupo de los animales (pinzones) que utilizaba en su experimento con unas caperuzas especiales, opacas en toda su superficie y que sólo dejaban al descubierto los ojos. A un segundo grupo de control le puso los mismos sombreritos, pero esta vez de un material transparente. También estos tenían los ojos al descubierto, sometió los dos grupos de animales a una iluminación diaria de dieciséis horas. El resultado fue sorprendente. Las boinas negras no se estimularon sexualmente a pesar de las dieciséis horas de luz. No hubo ningún crecimiento de los testículos y, por consiguiente, tampoco se puso en marcha comportamiento alguna de cortejo. Por el contrario, el grupo de control con las caperuzas transparentes reaccionó a los pocos días con el crecimiento de las glándulas genitales y el inicio del cortejo.

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Los resultados de este experimento demuestran que los ojos de os pinzones no son el transmisor de la información sobre la duración de la luz. Todavía no

sabemos en qué parte de la cabeza está situada esta zona sensible a las radiaciones luminosas, este sector de las aves. Gwinner, sospecha que se

encuentra en el hipotálamo. Si esta suposición es correcta o no, habrá de ser demostrado con más experimentos.

Pero, ¿qué ocurre con las hembras ?

En estos experimentos luminosos no

muestran ninguna reacción o, si lo hacen, ésta es muy débil y no alcanzan el estado receptivo. Parece, pues, que son otros los factores que estimulas de

forma decisiva el comportamiento sexual de las hembras.

SIN PAREJA NO ES POSIBLE
Al alargarse los días en primavera, la cantidad creciente de luz actúa, por medio del cerebro, el hipotálamo y la hipófisis, sobre las glándulas genitales del canario macho y provoca la secreción de hormonas sexuales masculinas. hormonas ponen al macho en celo. Empieza a cantar y a cortejar. Estas

Sin embargo, para poner a la hembra en celo no es suficiente el mero aumento de la luz diurna. La hembra no empieza a construir su nido de hierbas hasta que no se encuentra en compañía de un macho que la corteje. Entonces, también

empiezan a madurar los óvulos en sus ovarios. Finalmente, se aparea con el macho. Así pues, los estímulos exteriores que ponen en marcha el proceso

interno (hormonal) de la hembra son el aumento progresivo de la duración del día y al ver al macho en actitud de plumas, al igual que la conducta de apareamiento,
Eberhard Gwinner, zoólogo en el Instituto Max Planck para la fisiología del comportamiento en Erling-Andechs (Oberbayem) ; ha publicado en el Journal für Ornithologie la mayor parte de sus 734
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EN QUE SE RECONOCEN

es gobernada por la hormona sexual, el estrógeno, e influida por un estímulo exterior, el nido. Esta pequeña calva, desprovista de plumas y recorrida por

numerosos vasos sanguíneos, es muy sensible al material áspero con que está construidos el nido. El estímulo “táctil áspero” incita a la hembra a revestir y acolchar su obra. Hasta que no ha sido llevado a cabo no puede poner su primer huevo. El contacto entre la mancha de incubación, los huevos y el nido estimula a la hembra a permanecer sobre los huevos y a empollarlos.

Fueron necesarios largos años de complicados experimentos hasta que el biólogo inglés Hinde70 pudo presentar los resultados que aquí hemos resumido brevemente. En nuestro esquema sobre los estímulos internos y externos que ejercen su influencia en el comportamiento reproductor del canario sólo hemos representado, para simplificar, el mecanismo rector hasta la cópula. Como se puede ver, son factores internos y externos, fuerzas endógenas y exógenas, las que, en complicada conjunción, sincronizan el comportamiento reproductor y lo sujetan a una severa secuencia de acontecimientos.

El cumplimiento exacto de un horario determinado es especialmente importante para las aves, pues hay un gran número de acciones de machos y hembras que están condicionadas las unas por las otras con toda precisión.

A menudo, los machos llegan semanas antes que las hembras al lugar donde se llevará a cabo la nidada y fundan un territorio cuya función principal será, precisamente, defender esa nidada. En cierta forma, preparan la llegada de las hembras. Cuando éstas aparecen, ellos están ya dispuestos al apareamiento, estimulados por la creciente luz diurna. Mediante el cortejo se ofrecen a sí

mismos, junto con su territorio a la recién llegada hembra. es comprensible, en

voluminosas investigaciones sobre los períodos anuales de la curruca y el mosquitero. 70 Robert A. Hinde, es catedrático en la Universidad de Cambridge (Inglaterra).
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estas circunstancias, que la maduración de las glándulas sexuales masculinas se inicie independientemente de la presencia femenina.

El caso de las hembras es más complicado. La creciente luz diurna también resulta estimulante para los ovarios pero tienen que darse, además, los estímulos del cortejo de un macho para desencadenar, en una primera fase, la conducta de construcción del nido. Y ya que el nido -como cuartel general para la puesta e introducción de los huevos y para criar la nidada- es imprescindible si la reproducción ha de tener éxito, la disposición para la cópula depende también de los estímulos procedentes del nido. Sólo cuando el nido ya está casi terminado es secretado el primer óvulo por el ovario (ovulación). Con ello, el óvulo, listo para ser fecundado, no sólo tiene muchas probabilidades de serlo efectivamente, sino también de ser depuesto veinticuatro horas después en un lugar seguro.

¿CÓMO SABEN CUÁNDO HA TERMINADO LA ÉPOCA DE APAREAMIENTO ?

En la mayoría de las especies animales es muy breve la disposición de la hembra al apareamiento. Después de algunos días, en que tienen lugar numerosos

coitos, la hembra rechaza los intentos de cópula del macho y se dedica por completo a la incubación de sus descendientes. En las hembras de las aves, el estado receptivo se extingue, por regla general, en el momento en que se asientan sobre los huevos y empiezan a incubarlos. Entonces, entran en la fase de incubación. Este cambio de estado, en el que se desconecta el patrón “estado receptivo” y se conecta, en cambio, el de la “disposición a la incubación”, necesita un estímulo desencadenante y una reacción.

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Hay muchas especies de aves de las que sabemos que el número de huevos de la puesta es el factor decisivo que determina cuándo la hembra debe empezar a empollar. Si a esos “ponedores indeterminados” se les sustrae uno o varios

huevos de la puesta, la hembra intenta completar de nuevo el número inicial. Sólo a partir de un cierto número de huevos en la puesta es posible la incubación. Nuestras gallinas domésticas se cuentan entre estos “ponedores indeterminados”. El avicultor diariamente los huevos puestos por las gallinas -que son, cada vez, un nuevo intento de conseguir la puesta- y logra así que sigan poniendo, día tras día, durante meses y años. Este seguir poniendo a lo largo de un período de tiempo prolongado no sólo es propio de las gallinas domésticas. Etólogos

americanos estuvieron sustrayendo constantemente de la puesta de un pájaro carpintero hembra un huevo cada vez que el número de huevos en el nido llegaba a tres. Diariamente, la hembra volvía a poner. En setenta y tres días llegó a poner setenta y un huevos. Así pues, el tamaño de la puesta es un estímulo que desencadena la desconexión de la conducta reproductora y la conexión del

comportamiento de incubación. Podemos suponer que también en este caso el camino pasa por el cerebro, la hipófisis, las glándulas genitales y vuelve de nuevo al cerebro.

LUZ

Cortejo

Construcción de nido

LUZ

CEREBRO

CEREBRO

Hipófisis

Hipófisis

Glándulas genitales

Cópula

Glándulas genitales

Fig.

6-3.

Las fuerzas que controlan y dirigen la conducta de apareamiento en las parejas de canarios (esquema

simplificado).

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737

Otras especies de aves ponen en el nido un número de huevos fijado con toda exactitud y después empiezan a incubar. Estos “ponedores determinados” se

instalan sobre los huevos para empollarlos aunque se les quite la mitad de ellos. Esta reacción indica que la desconexión de la disposición al apareamiento y la conexión de la disposición a la incubación son endógenas, son gobernadas desde adentro, y apenas están sometidas a la influencia de estímulos externos.

En un tercer grupo, al que pertenece, por ejemplo, la abubilla, la hembra empieza a empollar tras la puesta del primer huevo. Y como cada día se añade un huevo más al conjunto, el primer huevo de una puesta de seis tiene respecto al último una ventaja en su desarrollo de seis días. Aquí, el final de la puesta parece estar regulado por una especie de reloj interno. Después de seis días de incubación, en los que diariamente la puesta se aumenta con un huevo más, la disposición para el apareamiento se convierte, por completo, en disposición a la incubación.

Este tipo de “relojes internos” parecen desempeñar también un papel en la conexión y desconexión de todo el período reproductor. Bien es cierto, sin

embargo, que hasta ahora sólo se han conseguido pruebas concluyentes de este último en algunas pocas especies de aves (pato mandarín, mosquitero y curruca). Estas aves fueron sometidas a un experimento en el que se las mantuvo durante años siempre en las mismas condiciones71, de forma que no pudiesen percibir el cambio de las estaciones del año, y, a pesar de ello, mostraron un comportamiento que periódicamente variaba de forma evidente. En el transcurso de un año, se alternaron épocas en que se observaba en los animales una actividad reproductora, con otras épocas en que, en absoluto, estaban dispuestas al apareamiento. Esto indica que esos animales disponen de un ritmo innato e

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738

interno, aunque groseramente fijado, que es independiente de los factores externos. Este ritmo, regido de forma endógena, proporciona una orientación general a lo largo del transcurso del año72, es como una especie de calendario anual dentro de un animal.

Si un animal se encuentra en el inicio de una fase actividad regida de forma endógena, la luz, el calor, y otros influjos externos puede acelerar o frenar la disposición al apareamiento. Esto se puede experimentar de nuevo todos los años. Es frecuente, por ejemplo, que en años con un crudo invierno y una

primavera fría el comienzo de la actividad reproductora se tratase varias semanas. Pero si el invierno es suave y la primavera empieza con días cálidos y soleados ya en el mes de marzo (como ocurrió en 1974), entonces las aves empiezan precozmente el cortejo e incuban ya en una época en la que, normalmente, la actividad reproductora aún no habría comenzado. Pero si el animal, de acuerdo con el calendario, está en fase de descanso73 -los testículos y los ovarios han vuelto a tener un tamaño reducido -, entonces el aumento de luz diurna y de calor no ejerce ningún efecto estimulante. Esto nos explica quizás el curioso dato de que los gorriones y los estorninos (fig. 6-2) sean sexualmente inactivos en pleno verano a pesar de los días largos y el gran calor. Un nuevo período de actividad no comienza hasta el otoño, después de un tiempo de reposo en el que muchas aves mudan -o sea, cambian el plumaje -o se encuentran en camino hacia sus cuarteles de invierno. Pero en otoño los

testículos y los ovarios empiezan a crecer de nuevo. Sin embargo, como en esta época del año la duración de los días disminuye y también las temperaturas
Los animales sometidos al experimento permanecieron en una jaula iluminada con luz artificial en la que durante todo el año se mantuvo el mismo ritmo día-noche. También se mantuvieron constantes otros factores como, por ejemplo, la temperatura. 72 Comparando los resultados con el calendario astronómico, podemos ver que las variaciones rítmicas que aparecen en el experimento (ya se trate de abreviaciones o alargamientos del período) resultan insignificantes. 739
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descienden, el crecimiento de las glándulas genitales se ve refrenado. El ave permanece en una silenciosa disposición al apareamiento hasta entrada la primavera. Cuando los días vuelven a ser más largos, se reactivan las glándulas genitales. Entonces, llega finalmente el nuevo período de reproducción. No es raro ver estorninos en pleno cortejo y mirlos cantando en las semanas otoñales especialmente cálidas y soleadas. Las favorables condiciones externas han

activado demasiado pronto las glándulas genitales.

Frente a estas veces que incuban en primavera hay muchos otros animales, sobre todo mamíferos, que desarrollan su actividad reproductora a finales de verano, otoño e incluso invierno. Para ellos, el estímulo es el aumento de la oscuridad. Sus glándulas genitales se activan con los días y las noches largas.

73

Fase de descanso : período refractario. 740

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LLUVIA, PRESAS Y CONGÉNERES COMO INDICADORES DEL TIEMPO

Junto a estos animales con un comportamiento reproductor periódico, hay especies animales que dependen de los estímulos externos en mucha mayor medida.

Ya al principio de este capítulo llamábamos la atención sobre la influencia de las lluvias. El pinzón cebra australiano, que procede de las zonas secas en el interior del continente, incuba en los períodos de lluvia e inmediatamente después de ellos. La razón es que sólo en una época puede encontrar el alimento necesario para sacar adelante a sus crías. Sin embargo, las épocas de lluvia en Australia Central hacen gala de una gran irregularidad en sus apariciones, cuando no brillan por su ausencia durante años ; por eso, los pinzones cebra, a causa de su estrecha dependencia de las lluvias, ven su existencia muy seriamente amenazada. Para conjurar este peligro, las crías de los pinzones cebra se

desarrollan muy rápidamente y pronto se convierten en adultos, capaces ya de reproducirse. Ya a las diez semanas de su nacimiento, las glándulas genitales de estas crías precoces han alcanzado el tamaño necesario. Dentro de la misma época de lluvias en que han nacido, desarrollan su actividad reproductora, se aparean y crían una nidada. Naturalmente, en el pinzón cebra australiano no existe un período refractario, como es lo habitual en los animales jóvenes de nuestras latitudes.

Otro ejemplo son las rapaces nocturnas. Al estudiar el comportamiento de la lechuza, una de nuestras rapaces nocturnas más bellas, se ha comprobado que su reproducción está en relación estrecha y directa con la oferta de alimento existente. Hay años en que las lechuzas incuban dos y hasta tres veces. La incubación puede prolongarse entonces hasta entrado el otoño. En otros años, no
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incuban en absoluto. También el tamaño de la puesta está sometida a fuertes variaciones. Oscila entre tres y, en casos extremos, doce huevos. U. Sauter, que ha estudiado intensivamente a la lechuza, ha podido demostrar que la abundancia o escasez de ratones de campo ejerce una influencia decisiva en el proceso de
74 incubación. En los llamados “años cumbe” de los ratones de campo , es decir,

años en que el ratón de campo se multiplica enormemente, se pueden observar en la lechuza y también en otras especies de la misma familia no sólo un número elevado de huevos por puesta, sino también dos o tres puestas por año. En años con escasez de alimentos, o bien se renuncia ocasionalmente a todo intento de sacar adelante una descendencia, o bien se lleva a cabo una sola puesta con pocas crías.

Además de la lluvia y el alimento como factores externos, también puede ocurrir, según consta, que el grupo estimule al individuo o, viceversa, el individuo al grupo. Volvamos de nuevo a aquel faisán tratado con hormonas sexuales masculinas75 que empezó a cortejar en mitad del invierno. Sus representaciones de cortejo, al principio en solitario y produciendo un curioso efecto en mitad de la nieve, tuvieron, tras catorce días consecuencias evidentes. Otros faisanes macho de la colonia
76

se unieron al cortejo.

Las hembras también se volvieron activas y

adoptaron posturas de apareamiento. A mediados de enero, varios meses antes de lo normal, pusieron los huevos y empezaron a empollarlos.

Este ejemplo nos demuestra que, en animales sociales, el individuo ejerce una gran fuerza de atracción sobre el conjunto. Los demás miembros del grupo se
Los ratones de campo -y también otros pequeños roedores- están sometidos a períodos en que la multiplicación de la especie aumenta progresivamente. Los ratones de campo llegan cada tres o cuatro años a la cima de uno de estos períodos (años cumbre de los ratones de campo). 75 A continuación del experimento descrito en la página 162.
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sienten impulsados a imitar su comportamiento77.

En este caso, un animal

precozmente activo en materia de reproducción puso en movimiento un pequeño alud con su conducta. Estimuló a todo el grupo a la actividad reproductora y desencadenó un cortejo en masa en mitad del invierno.

EL CICLO DE MENSTRUACIÓN DEL CHIMPANCÉ HEMBRA
Si un chimpancé hembra en libertad se pone en celo, prácticamente todos los machos de su manada hacen aparición con intención de aparearse y caen sobre el asustado animal, que no deja de vociferar. Sin ningún tipo de consideración, la hembra es “violada” repetidas veces a lo largo de muchos días. Por regla general, este tipo de apareamiento en masa conduce a la concepción, es decir, a la fecundación de un óvalo maduro. Después de nueve meses escasos de

embarazo, la hembra pare una cría a la que conduce y cuida durante más de siete años. Sólo entonces, o sea, después de casi ocho años, vuelve a ponerse en celo por pocos días y es sometida de nuevo a la cópula.

Esta descripción podría producir la impresión de que los chimpancés hembra sólo pueden ponerse en celo tras grandes intervalos de tiempo. Pero si observamos en un zoológico una hembra aislada o en compañía de otras hembras, podremos constatar que el chimpancé tiene, como la mujer, un ciclo de menstruación aproximadamente, veintiocho días. fenómenos.
78

de

Este ciclo se refleja exteriormente en dos

Cada cuatro semanas, la llamada parte genital, o sea, los

alrededores de los órganos sexuales exteriores sufre un cambio visible y se

Colonia : todos los animales o plantas de la misma especie que habitan en una región determinada y forma una comunidad de reproducción. Las ranas comunes de una charca son una colonia, e igualmente todos los faisanes de la vega de un río. 77 Imitación social : una exposición detallada del tema se puede encontrar en la obra de A. Remane, Das sozide Leben der Tiere. 78 Ciclo de menstruación : espacio de tiempo que transcurre desde el comienzo de una hemorragia mensual hasta el comienzo de la siguiente.
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hincha llamativamente. Es este período de tiempo los machos alojados en las jaulas se revuelven inquietos. Toda su atención es para estas “excitantes”

hembras. Si se permite a los machos acercarse a ellas, en seguida tiene lugar la cópula. Tan pronto como disminuye la hinchazón alrededor de la vagina, se

extingue también el esencial atractivo de la hembra en cuestión. La fase de celo se ha acabado, pues ; lo que no quiere decir que los chimpancés se aparean sólo en época de celo79.

Las hembras que en este período de disposición al apareamiento no han sido apareadas o, a pesar de haberlo sido, no han quedado fecundadas, tienen, aproximadamente catorce días después, una hemorragia menstrual. Dentro de la matriz se desprenden sangre y jirones de la membrana mucosa, que son secretados por la vagina. Otros catorce días después de esta menstruación Si se calcula el ciclo de hemorragia a

empieza la siguiente fase de celo.

hemorragia, se puede comprobar que la época en que la hembra está dispuesta al apareamiento y tienen hinchada la parte genital está situada, con bastante exactitud, a mitad de camino entre dos menstruaciones. Mes a mes se repite el proceso : menstruación, celo, menstruación, celo..., así hasta que, finalmente, se produce el apareamiento, la fecundación y el embarazo. produce un descanso de siete u ocho años. Sólo entonces se

Hasta aquí hemos descrito los procesos externos del ciclo, pero ahora, como en los apartados precedentes, nos dedicaremos al mecanismo regulador de estos ciclos. Para ello tendremos que concentrar nuestra atención en dos órganos.

Primero, en los ovarios que, como ya sabemos, no sólo es el lugar donde todos los animales hembras producen sus óvulos maduros, sino también el taller donde se fabrica la hormona de los ovarios, el estrógeno. En segundo lugar, es

La figura 6-4 no muestra como entre los chimpancés también pueden darse apareamientos aislados de la época de celo
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necesario que nos ocupemos del útero. Es el órgano, dentro del organismo de las hembras de los mamíferos, en que tiene lugar todo el desarrollo del embrión80. Para el pequeño chimpancé esto significa casi nueve meses de protección y alimento.

Empecemos con los ovarios. Cada cuatro semanas se hincha en uno de los dos ovarios un folículo, que contienen su borde exterior un óvulo maduro. Este folículo estalla y expulsa el óvulo, que es recogido pro las trompas del oviducto. El óvulo tiene vida sólo por unas pocas horas. Sólo en este corto intervalo de tiempo después de la eclosión del folículo es el óvulo susceptible de ser fecundado. El folículo vacío, que permanece en el ovario, produce una sustancia amarilla, el llamado cuerpo amarillo, que, como hemos de ver más tarde, tiene una importante función hormonal. Si el óvulo no es fecundado en las trompas, entonces este cuerpo amarillo se arruga y se contraen en el transcurso de los doce días siguientes y sufre un proceso de total involución. En el ovario no queda más que un pequeño cuerpo a modo de cicatriz. Pero si el óvulo es fecundado, entonces el cuerpo amarillo se hincha enormemente y llega a ocupar durante el embarazo casi un cuarto del volumen del ovario.

Simultáneamente al desarrollo del folículo maduro en el ovario, la pared del útero va produciendo una gruesa mucosa que alcanza su mayor espesor en el tiempo en que se abre el folículo. Si no tiene lugar en la parte superior del oviducto la fecundación del óvulo maduro por el espermatozoide masculino, entonces esta mucosa involuciona también y al cabo de pocas horas se desgarra en jirones, unos más grandes y otros más pequeños, que se desprenden y que mezclados con la sangre, son expulsados del útero, donde queda una herida que necesita algunos días para cicatrizar. Inmediatamente después de esta hemorragia,

Embrión : organismo que se desarrolla a partir de una sola célula dentro de la envoltura del huevo o en el cuerpo de la madre.
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empieza de nuevo un nuevo ciclo con la construcción de una nueva mucosa en el útero y la maduración de un nuevo folículo en el ovario.

En la figura 6-4 hemos representado, aunque de forma simplificada, los procesos que tienen lugar en el ovario y el útero a lo largo de un ciclo. Podemos ver que la eclosión folicular está situada, con bastante exactitud, a medio camino entre las hemorragias y que también en este mismo tiempo la formación de la mucosa en el útero ya casi está completada.

Pero, ¿qué es lo que ocurre cuando se produce la fecundación en las trompas ?

Inmediatamente después de la fusión de óvulo y espermatozoide, empiezan a producirse las primeras divisiones celulares. El embrión se desarrolla. En un período que puede variar entre cuatro y cinco días, el oviducto lo transporta hacia abajo hasta llegar al útero. Cuando llega allí, consta ya de muchas células y s encuentran en el útero con una mucosa bien acondicionada en la que él anida confortablemente. Durante los nueve meses que dura el embarazo, esta mucosa permanece en su sitio y no se desprende. expulsada. Sólo después del nacimiento es

Éstas son, pues, los procesos que tiene lugar durante el ciclo y al comienzo del embarazo. También nos damos cuenta ahora de que la hinchazón en la parte genital está, temporalmente, en estrecha conexión con la eclosión del folículo (fig. 6-4). Así pues, la señal de disposición al apareamiento es tanto más notoria

cuanto mayor es también la posibilidad de que el óvulo sea fecundado.

Los ciclos de menstruación y el embarazo del chimpancé hembra son regidos por hormonas. Los hormonas gonadotropas del lóbulo anterior de la hipófisis son las que incitan a los ovarios a hacer madurar mensualmente un folículo con su óvulo.
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Durante esta maduración se produce, dentro del óvulo, una hormona llamada foliculina. ¿Cómo saben ellos cuándo es época de apareamiento?

Fig. 6.4. Ciclo de menstruación y disposición al apareamiento del chimpacé hembra.

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Por su composición química, pertenece a los estrógenos. Sus efectos son varios ; por ejemplo, la hinchazón de la parte genital pero, sobre todo, es la causa de que el útero desarrolle una mucosa de cinco milímetros de espesor. Por lo tanto, la foliculina dirige y ordena el crecimiento de la mucosa. Cuando, aproximadamente catorce días después de la última menstruación, tiene lugar la eclosión del folículo, las células situadas al borde del folículo vacío empiezan a convertirse en
81 el cuerpo amarillo. Éste produce una segunda hormona, la progesterona . Esta

hormona del cuerpo amarillo, la progesterona, estimula la mucosa del útero a prepararse por completo para acoger el óvulo fecundado. Si el óvulo no es

fecundado, el cuerpo amarillo degenera y la consecuencia es la expulsión de la mucosa acompañada de una hemorragia. Pero si un óvulo fecundado se ha

implantado en el útero, la progesterona -producida por el cuerpo amarillo, que cada vez se va haciendo mayor- se ocupa de que la mucosa se mantenga en su sitio y no tenga lugar ninguna menstruación, en la que, naturalmente, también el óvulo, ya instalado en el útero, sería expulsado con todo lo demás. Al mismo tiempo, la hormona del cuerpo amarillo bloquea la maduración en el ovario de más folículos. La progesterona es, pues, la hormona del embarazo.

El ciclo de menstruación del chimpancé hembra demuestra estar influenciado y regido por la secreción, rítmicamente alternada, de varias hormonas. Por un lado, se trata de hormonas gonadotropas de la hipófisis ; por el otro, de la foliculina y la progesterona, producidas en el ovario. Este esquema es válido para todas las especies de mamíferos, aunque los distintos procesos transcurren en períodos de tiempo variables según la especie y las hemorragias mensuales sólo son

Progesterona : la luteinoestimulina, producida en la hipófisis, tiene como efecto la formación en el folículo vacío de una sustancia de color amarillo : el cuerpo amarillo. Este cuerpo amarillo secreta un grupo de hormonas que en conjunto reciben el nombre de gestágenos. El representante más importante de estos gestágenos es la porgesterona.
EN QUE SE RECONOCEN

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748

conocidas en los primates superiores82.

Hay, sin embargo, algunas especies,

como el conejo doméstico y los gatos, en que la eclosión del folículo está condicionada por el acto sexual y, por lo tanto, no tiene lugar por sí misma. Sólo si la época de ovulación coincide con la cópula entre macho y hembra, se produce la eclosión del folículo. Si esto no ocurre, los óvulos maduros degeneran o, por decirlo de otra forma, involucionan.

Acerca de los machos de todas las especies de mamíferos podemos decir, generalizando, lo siguiente : los macho de las especies animales que tienen una época de celo al año y cuyo ciclo reproductor está fijado de acuerdo con las estaciones, ejercen su actividad reproductora sólo una vez al año y durante un breve período de tiempo. Entre los animales que tienen varias o muchas épocas de celo a lo largo del año, lo regular es que los machos estén siempre dispuestos al apareamiento, o sea, que sean sexualmente activos todo el año. Su

disposición al apareamiento se ve aumentada por feromonas sexuales u otras señales procedentes de las hembras. En los unglados y animales predadores, es el llamado control anal83 el que indica al macho el grado alcanzado por la hembra en el estado receptivo.

Después de esta ilustrativa panorámica sobre los mecanismos rectores del comportamiento reproductor, ya estamos en condiciones de resumir : los

animales, machos y hembras, son denominados en determinadas épocas por una intranquilidad interior que los mueve a ponerse en camino, a buscar una pareja de su misma especie (comportamiento de apetencia), a enfrentarse a los posibles rivales, a solicitar los favores de la pareja (cortejo) y, finalmente, a aparearse con ésta.

Primates : orden del reino animal perteneciente a la clase de los mamíferos y en el que están clasificados los monos y el hombre. 749

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EN QUE SE RECONOCEN

La simultaneidad con que estos hechos se producen en los animales de una misma especie, el que se pongan intranquilos a la vez y estén dispuestos al apareamiento al mismo tiempo, es un presupuesto necesario para la reproducción sexual. Primero tienen que encontrarse, en un determinado lugar (lugar de

incubación, territorio) y al mismo tiempo, un macho y una hembra de la misma especie con gametos susceptibles de se fecundados en las glándulas genitales y, entonces, tiene que darse una coordinación especial y temporal, una sincronización de la pareja. Si no, la reproducción animal se convertiría en un juego de lotería, en un suceso puramente casual.

83

El examen olfativo al que era sometida la gacela Thomson hembra fue descrito en el capítulo 4. 750

EN QUE SE RECONOCEN

LAS DEMENCIAS DE LAS EDADES AVANZADAS
POR EL DOCTOR

RAFAEL J. LARRAGOITI ALONSO
RESUMEN. Tomando como base los trabajos modernos, se analizan brevemente las

características de las demencias más frecuentes en las edades avanzadas, estableciendo la distinción entre las demencias degenerativas primarias y las demencias multinfarto. Se hace una somera revisión de los principales métodos de tratamiento que se han empleado en el empeño de detener o de hacer más lenta la evolución de estos trastornos, expresándose los modestos beneficios que algunos de ellos puedan ofrecer en los casos comenzantes.

En nuestro trabajo sobre el envejecimiento del cerebro dejamos para una ocasión posterior el tema de las demencias que puede aparecer con la edad. Hoy nos ocuparemos de ellas.

Debido al aumento del promedio de vida, este tema, al igual que el del envejecimiento, ha adquirido cada vez mayor importancia. Naturalmente, no

trataremos de todas las formas de demencia, sino que nos limitaremos a las que constituyen la mayor proporción de las que ocurren en la vejez o si se prefiere, para atenuar el impacto del término, en la “tercera edad”. Ellas son : la demencia tipo Alzheimer, que se encuentra en alrededor del 50% de los casos, la demencia multinfarto (un 20%) y las demencias mixtas (Alzheimer y multinfarto) que forman un 15%. En total, pues, alrededor de un 85% de los casos. El 15% restante está formado por otros demencias, como la de la corea de Huntington, la enfermedad de Pick, la enfermedad de Wilson, las demencias asociadas al Parkinson, la enfermedad de Jakob-Creutzfeldt, la producida por el síndrome de hidrocefalia normotensa y algunas otras.
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EN QUE SE RECONOCEN

En consecuencia, nos concentraremos en la enfermedad de Alzheimer (presenil y senil) y en la demencia multinfarto. Debe recordarse que actualmente se incluyen en la demencia de Alzheimer casos que hasta hace 15 años se clasificaban como demencia senil. Los clásicos trabajo de Tomlinson y sus colaboradores,

confirmando los hallazgos de Corsellis y Vans fueron los que provocaron un cambio en el enjuiciamiento de esos enfermos.

Tomlinson y sus asociados, estudiando 50 dementes seniles 28 ancianos no dementes, encontraron que la mitad de los dementes seniles tenían las características histopatológicas de enfermedad de Alzheimer, sin ningún signo de lesión isquémica. Un 12% de los dementes, tenían lesiones de reblandecimiento por isquemia, con un 5% más de alteraciones de probable origen cardiovascular. Además un 18% de los dementes tenía combinación de ambos tipos de lesión (Alzheimer e isquemia). Un 10% de los dementes no pudo clasificarse y un 5% mostró trastornos e otra índole (infecciones, tumores, etc.). en trabajo posterior de Jellinger, realizado en 1976 y con mayor número de autopsias, dio resultados semejantes.

Actualmente, pues, se considera que la enfermedad de Alzheimer (una forma de las llamadas demencias degenerativas ojo ) tendría dos tipos de comienzo presenil (antes a los 65 años) y otro, de comienzo senil (después de los 65 años). El primer tipo correspondería a la clásica enfermedad de Alzheimer (demencia presenil de Alzheimer, conocida de todos).

Este criterio prevalece en la siquiatría norteamericana, pero no es íntegramente aceptado por la siquiatría europea, se estima que existe cierta diferencia entre las dos formas, parte de la distinta edad de comienzo. Así, en Europa suelen

considerar como demencia de Alzheimer (DA) a la forma presenil y como
EN QUE SE RECONOCEN

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demencia senil tipo Alzheimer (DSTA) a la forma que comienza después de los 65 años. Para esta escuela la DA pondría mayor incidencia en el sexo femenino, existiendo en la ojo además, un factor genético, que no estaría presente en la misma forma en la DSTA. Estos son los términos que utilizamos en este trabajo.

En favor de la distinción de las formas se señala otro hecho : las personas con anomalías del cromosoma 21 (síndrome de Down), si llegan a vivir más de 35 años, presentan alteraciones neuropatológicas iguales a las de la DA y desarrollan un cuadro demencial en el 60% de los casos.

Tanto en la DA como en la DSTA existen modificaciones hispatológicas muy semejantes, pero desde el punto de vista cuantitativo, son mucho más marcadas en la DA. No vamos a hacer una descripción de ellas, porque están en todos los textos ; sólo las mencionaremos, a título de recordatorio : ovillos neurofibrilares de Alzheime, placas seniles, degeneración granulovacuolar, cuerpos de Hirano y presencia de lipofucsina en el citoplasma celular.

De todos modos, debe recordarse que estas alteraciones, en bastante menor proporción, es cierto, se encuentran también presentes en el envejecimiento normal del cerebro. Por ejemplo, es estudios hechos en Japón, los ovillos

neurofibrilares se observaron en el 50% de los individuos sanos de 50 a 59 años, en alrededor del 80% de los que tenían entre 60 y 69 al llegar a la autopsia y en todos los de más de 70. Ocurre lo mismo con las otras anormalidades, al extremo de que hay autores que han llegado a decir que si cualquier individuo normal viviera lo suficiente y no le fallara otro órgano antes que el cerebro, llegaría a ser un caso de DSTA, o dicho en otras palabras, que para no llegar a serlo hay que morirse antes de que el cerebro llegue al envejecimiento máximo. Esta opinión, sin embargo, no está plenamente sustentada por los estudios hechos en

EN QUE SE RECONOCEN

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centenarios, que pueden sólo tener lo que Kral ha llamado “trastornos benignos de la memoria”, para oponerlos a los malignos, es decir, los de las demencias. Continuando con las diferencias entre la DA y la DSTA, desde el punto de vista neuroquímico, la colina-acetil-transferasa estaría más disminuida en la primera que en la segunda. Esta reducción se debe a la disminución de neuronas

colinérgicas del núcleo basal de Meynert, que envía proyecciones a la corteza, existiendo relación entre el grado de disminución, y la severidad de la demencia y el número de placas seniles. También hay disminución grande en el locus Además, hay

cerúleo, que envía terminaciones noradrenérgicas a la corteza.

menor proporción del GABA en las regiones frontales. En conjunto, no existe diferencia cualitativa, pero sí cuantitativa entre la DSTA y el envejecimiento normal, pero no ocurre lo mismo con la DA, en que los trastornos son mucho más severos y de evolución mucho más rápida. De todos modos, debe señalarse que la significación práctica de la disminución de la colino-acetil-transferasa y de la actividad colinérgica cortical, todavía se discute.

Los aspectos clínicos de la clásica enfermedad de Alzheimer (DA) y de la demencia senil (DSTA) son bien conocidos y se encuentran en todos los textos : comienzo lento, progresión gradual y trastorno global de la esfera cognoscitiva. No es necesario que entremos en detalles ; por supuesto, el diagnóstico OJO FALTA

Otro punto importante que debe ser tenido en cuenta a la hora de fijar el calendario, es la descendencia. Si las crías han de tener una posibilidad real de sobrevivir, deben venir al mundo cuando se den las condiciones de vida más favorables para ellas, o sea, cuando las temperaturas sean agradables y haya alimento suficiente. Los padres, pues, tienen que encontrarse y aparearse con bastante antelación, según el tiempo que necesiten las crías para desarrollarse en el huevo o en el vientre de la madre. Según esto, la época de apareamiento
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EN QUE SE RECONOCEN

también depende directamente de la duración necesaria para el desarrollo de las crías. El corzo, el ciervo y el gamo se aparean a finales del verano. Las crías nacen en la primavera siguiente, en una estación en que encuentran condiciones de vida propicias para ellas. Para los animales que habitan en los trópicos todo esto no es tan importante, puesto que allí las condiciones climáticas y alimenticias son favorables prácticamente, durante todo el año. Por eso, su dependencia de las estaciones del año es mucho menos rígida.

La sincronización entre la disposición al apareamiento de machos y hembras se realiza en el mundo animal de distintas maneras.

El comportamiento de los animales que habitan en zonas climáticas templadas, entre ellos, por supuesto, nuestro petirrojo, está sometido a un ritmo anual endógeno. Una especie de reloj interno se ocupa de que los animales de la Se vuelven intranquilos y

misma especie estén en la misma época del año. muestran un comportamiento de apetencia.

En este proceso, hay factores

externos que pueden tener efectos retardantes, como el frío y la escasez de luz, o aceleradores, como el calor y la abundancia de sol. Así, los reguladores del

tiempo externo adaptan los animales a las condiciones atmosféricas del momento. La armonización precisa y definitiva de la disposición al apareamiento es alcanzada por los dos miembros de la pareja mediante el cortejo. Aquél de los dos que ya esté dispuesto al apareamiento anima, mediante un incesante cortejo, al otro, más atrasado en la maduración de las glándulas genitales y, por lo tanto, aún no dispuesto para la cópula. A causa de esta conducta de la pareja, las glándulas genitales maduran más rápidamente y se produce, finalmente, la consonancia entre los dos individuos. Esta sincronización, con sus diferentes grados sucesivos de precisión, es influenciada, pues, por fuerzas exógenas, pero, al final, son las hormonas de la hipófisis y las glándulas genitales las que la dirigen.
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EN QUE SE RECONOCEN

En aquellos animales que viven en climas sin estaciones o lluvias claramente delimitadas y, sobre todo, en los mamíferos, la actividad reproductora puede estar regulada también por ciclos internos, casi independientemente de los factores externos.

Esto es exactamente, lo contrario de lo que ocurre con animales que habitan en regiones donde los distintos indicadores temporales hacen su aparición con la más absoluta irregularidad. Los animales de las zonas secas sin una época

periódica de lluvias son estimulados por los factores externos pero, justamente por ello, están también regidos, de forma endógena, por hormonas.

EN QUE SE RECONOCEN

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UNIVERSIDAD DEL VALLE
Sistema Institucional de Educación Desescolarizada
CURSO: VICERRECTORÍA DE EXTENSIÓN

COMPORTAMIENTO HUMANO
LECTURAS OBLIGATORIAS

Santiago de Cali, 1998.
Los programas o cursos del Sistema de Institución de Educación Desescolarizada están dirigidos a todas las personas que deseen o requieran adquirir y desarrollar conceptos y métodos de estudio independiente y de autoaprendizaje apoyados por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación interactiva, principalmente a las personas que laboran o atienden núcleos familiares o comunitarios y tienen dificultades de tiempo, horario de trabajo o lugar de vivienda para realizar sus estudios Universitarios en forma presencial, como también a funcionarios y empleados de entidades oficiales y privadas que requieran capacitación y actualización en su área de desempeño y en su sitio de trabajo.

LECTURA OBLIGATORIA No. 1

EL INSTINTO, CONCEPTO CLAVE DE LA ETOLOGÍA. LO QUE SE SABE Y LO QUE SE APRENDE INNATO, APRENDIO, CONGÉNITO O ADQUIRIDO?

Por: Eduardo Cruells.

EL INSTINTO, CONCEPTO CLAVE DE LA ETOLOGÍA

En el módulo anterior se ha descrito sucintamente el funcionamiento y organización jerárquica de los centros nerviosos funcionales, tal como lo supone Tinbergen. En este módulo profundizaremos en sus hipótesis sobre las relaciones entre dichos centros, hipótesis que le llevaron a una nueva y científica definición del concepto de <<instinto>>, de gran importancia en Etología y objeto de apasionadas discusiones.

Según Tinbergen, los centros nerviosos funcionales se organizan en estructuras piramidales, en cuyo vértice se encuentra un centro superior y cuya base está formada por centros más inferiores. Tinbergen llamó instintos a estas <<un instinto es un mecanismo

estructuras piramidales, definiéndolos así :

nervioso jerárquicamente organizado, sensible a determinados estímulos –tanto externos como internos– que lo cargan, desencadenan y dirigen, y que responde a tales estímulos con movimientos coordinados que contribuyen a la eficacia biológica del individuo y su prole>>. Seguidamente expondremos con cierto el instinto

detalle un ejemplo de instinto tal como lo concibe Tinbergen : reproductor de los machos de espinoso.

En primavera, la mayor duración de la luz diurna provoca en los espinosos macho la secreción de testosterona –la hormona sexual masculina–. La testosterona estimula el centro reproductor que podríamos llamar de migración. Este centro envía impulsos a un centro inferior, que bautizaremos con el nombre de centro territorial. Mientras este centro inferior permanece bloqueado, el centro de

migración estimula un comportamiento apetitivo de tipo migratorio, que consiste
EL INSTINTO, CONCEPTO CLAVE DE LA ETOLOGIA

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en el viaje del espinoso desde el mar hacia los ríos, en busca de aguas dulces tranquilas. Una vez en ellas, el animal busca una parcela de fondo arenoso y plantas acuáticas en la que establecerá su territorio. Precisamente estos son los estímulos que desbloquean el mecanismo desencadenador innato del centro

territorial, cesando así el comportamiento apetitivo del centro migrador.

A la izquierda : espinoso construyendo su nido. A la derecha : dos espinosos macho en época de reproducción, dispuestos a competir por una parcela de territorio. El espinoso es un animal estrella entre los etólogos. Tinbergen se basó en sus estudios sobre este pequeño pez para elaborar sus teorías sobre el instinto.

El centro territorial envía impulsos a varios centros de nivel inferior, entre los que destacaremos el centro de cortejo, el de construcción del nido y el de lucha. Mientras permanezca bloqueado el mecanismo desencadenador de todos estos centros, los impulsos procedentes del centro territorial producen comportamientos apetitivos : el pez busca material para construir el nido, una hembra a la que cortejar o un macho con el que luchar.

Por debajo de los centros citados se sitúan todavía otros centros de nivel más inferior. Por ejemplo, si aparece un macho rival, queda desbloqueado el centro de lucha del propietario del territorio, que se acerca al oponente, y se cargan en él el centro de intimidación, el de estremecimiento, el de persecución y el del
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EL INSTINTO, CONCEPTO CLAVE DE LA ETOLOGIA

mordisqueo. Estos centros inferiores se denominan consumadores o ejecutores, porque una vez desbloqueados provocan acciones motoras, que en general son simples y estereotipadas 8como por ejemplo la conducta de intimidación, la de estremecimiento o la de mordisqueo).

Las

acciones

motoras

también

están

dirigidas

por centros

funcionales

organizados jerárquicamente.

Pero tales centros no están bloqueados por

mecanismos desencadenadores, de modo que, una vez excitados, se produce inevitablemente la acción motora.

LO QUE SE SABE Y LO QUE SE APRENDE
El repertorio de las pautas de conducta de un animal suele cambiar considerablemente a lo largo de su vida : unas pautas aparecen, otras se

pierden, y otras se modifican. Unas surgen de modo gradual, como sucede con los movimientos ondulatorios de natación de los renacuajos, que van precedidos de culebreos espasmódicos cuando todavía la larva está encerrada en el huevo ; otras aparecen de modo brusco y espectacular, como ocurre con el primer vuelo de las mariposas tras salir del capullo ; hay pautas que surgen en la primera época de la vida, como los primeros movimientos de succión en las crías de los mamíferos ; y otras, en cambio, que surgen mucho después, como las conductas de cortejo y apareamiento.

¿Cómo analizar esta enorme variedad en el modo de manifestarse las pautas de comportamiento ? Un paso importante consiste en distinguir entre aquellas

modificaciones del comportamiento que se deben en gran medida a los estímulos
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EL INSTINTO, CONCEPTO CLAVE DE LA ETOLOGIA

que recibe el sistema nervioso y aquellas modificaciones determinadas principalmente por la propia constitución del organismo.
Hormonas sexuales CENTRO DE MIGRACION

Migración y búsqueda de un terriotorio CENTRO TERRITORIAL

E.S.: aguas dulces reposadas, suelo arenoso con plantas

Búsqueda de material para construír el nido de hembras grávidas y de machos adultos

Centro de anidamiento Centro de lucha Centro de cortejo E.S.:vientre rojo y pez boca abajo

Acercamient o al pez rival

Centro de intimidades

Centro de estremeci miento

Centro de persecución

Centro de mordisqueo

A LOS CENTROS MOTORES

EL INSTINTO, CONCEPTO CLAVE DE LA ETOLOGIA

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Esquema funcional del instinto reproductor del espinoso, según Tinbergen.

Los carboneros pertenecen a la familia de los Páridos, pájaros pequeños pero de considerable inteligencia. La costumbre de abrir botellas de leche es una muestra de su capacidad de aprendizaje.

Un irresistible impulso, evidentemente innato, mueve el cuco recién nacido a levantar con sus alas y su espalda tras otro, los huevos o los pollitos que comparten con él su nido para expulsarlos del mismo.

Cuando un polluelo de cuco nace en el nido de otra ave de especie distinta, su primera tarea consistirá en echar de su legítimo hogar a los demás huevos mediante complejos movimientos de su espalda y de sus alas. El polluelo

parásito actúa de este modo con los huevos desde el primer momento en que los percibe, y por tanto, no necesita de ninguna información del ambiente exterior para programar su conducta. Este tipo de comportamiento se denomina innato. (Algunos etólogos lo llaman también instintivo, pero otros muchos creemos que debe reservarse este término sólo para aquellos comportamientos en los que la actividad espontánea del sistema nervioso desempeña un papel primordial).

Los carboneros son unos pequeños pájaros muy comunes en toda Europa, que se alimentan principalmente de insectos.
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Hace unos años, en una zona muy

EL INSTINTO, CONCEPTO CLAVE DE LA ETOLOGIA

localizada de Inglaterra, se empezó a observar entre los carboneros un comportamiento alimentario muy peculiar : los pájaros perforaban el tapón de las botellas de leche que se repartían a la puerta de las casas de campo, y se bebían su nutritivo contenido. Poco a poco esta costumbre se fue extendiendo a las comarcas vecinas, de modo que hoy en día la leche forma parte del desayuno de muchos carboneros en gran parte de Europa.

Los renacuajos de pocos días, criados en un medio con anestésico desde su fase de huevo, nadan tan bien como sus congéneres no tratados en cuanto se les suprime el anestésico.

El alimoche es un pequeño buitre capaz de romper los huevos de avestruz empleando piedras que maneja diestramente con el pico. pero lo más sorprendente de esta conducta es que es innata, como se ha demostrado criando en cautividad alimoches que, como el de la fotografía, fueron privados de toda experiencia con huevos.

EL INSTINTO, CONCEPTO CLAVE DE LA ETOLOGIA

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Está claro pues que, en este caso, la programación nerviosa del comportamiento alimentario no está fijada de antemano, sino que es el ambiente externo quien determina en gran medida su manifestación final. Este tipo de comportamiento se denomina aprendido. Decimos que un comportamiento frente a unos estímulos determinados es aprendido cuando ha aparecido como consecuencia de una o varias exposiciones anteriores a dichos estímulos (o a otros parecidos).

La atribución de un comportamiento concreto a la programación genética o al aprendizaje es a veces difícil, y para dilucidarlo hay que recurrir con frecuencia al estudio del desarrollo de dicho comportamiento en diversas condiciones ambientales, y comparar los resultados obtenidos. Así, por ejemplo, el hecho de que un comportamiento no se ejecute desde el principio de una forma correcta y definitiva no autoriza a concluir directamente que es aprendido, pues también puede ser consecuencia de un proceso de maduración de las estructuras corporales implicadas. Observemos, por ejemplo, el desarrollo de los movimientos natatorios de un renacuajo a medida que crece.

Cuando es una simple larva que todavía se halla inmersa en la masa gelatinosa del huevo, ya realiza algunos movimientos espasmódicos ondulantes. A medida que pasan los días, estos movimientos son cada vez más perfectos y coordinados, de modo que al cabo de un tiempo de salir del huevo culebrea con asombrosa eficacia. Pero aunque parezca que este comportamiento es fruto de la experiencia, se demostró que era simplemente producto del desarrollo neuromuscular. Se criaron huevos en agua con una ligera proporción de

anestésicos hasta que llegaron al estado de renacuajo ; el anestésico inhibía los movimientos del embrión primero y del renacuajo después, pero permitía el perfecto desarrollo de su organismo. Cuando los renacuajos alcanzaron la edad
EL INSTINTO, CONCEPTO CLAVE DE LA ETOLOGIA

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en la que sus congéneres no tratados sabían nadar, se les suprimió el anestésico : nadaban exactamente igual que los demás.

¿INNATO, APRENDIDO, CONGÉNITO O ADQUIRIDO ?

Hasta hace muy poco tiempo, los debates sobre que comportamientos eran innatos y cuáles aprendidos se veían dificultados por la polémica sobre el papel que hay que atribuir a los genes y el atribuible al ambiente en el desarrollo del comportamiento. Hoy día esa controversia está totalmente superada, pues se ha comprendido que todas las pautas de conducta (y en general, todas las características de un animal) son el resultado de la interacción de su programa genético –grabado en sus cromosomas celulares– con el ambiente exterior. El programa genético y el medio ambiente pueden compararse a un tambor y su tamborilero : nos parecerá absurdo que alguien trate de atribuir el sonido

producido al instrumento musical o al ejecutante, pues los dos son necesarios para que se produzca.

Por tanto, cuando se dice que un comportamiento es innato, no se implica con ello que no recibe influencias del ambiente exterior, sino que no necesita de experiencia previa para manifestarse. Así, por ejemplo, el vuelo de las moscas, como el de los demás insectos, es innato ; pero si criamos moscas a temperaturas inferiores a la normal, cuando llegan a adultas se muestran incapaces de volar o lo hacen mal aunque tienen las alas bien desarrolladas para hacerlo. Así como las conductas innatas no están libres de la influencia del ambiente, tampoco las conductas aprendidas están libres de la influencia de los genes. Tomemos como ejemplo algunos procesos de aprendizaje de las gaviotas argénteas en la época de reproducción.
EL INSTINTO, CONCEPTO CLAVE DE LA ETOLOGIA

Las gaviotas adultas aprenden a

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reconocer a sus polluelos cuando éstos tienen cinco días de edad, de modo que si se les acerca un polluelo distinto lo rechazan a picotazos. En cambio no

aprenden a distinguir sus huevos de los de las demás gaviotas, a pesar de que la variabilidad de colores y manchas es muy superior que en el caso de los polluelos. Veamos por tanto que el animal está predestinado genéticamente a escoger determinados detalles muy concretos a los que responder en sus procesos de aprendizaje.

Charrán en su nido empollando un huevo ; a su lado se encuentra un polluelo recién nacido. Los charranes pertenecen a la misma familia que las gaviotas, y, como ellas, reconocen a sus propios polluelos, pero no a sus huevos.

Las

directrices

que

impone

el

programa genético se ponen de manifiesto incluso en aquellos

procesos de aprendizaje en los que la variabilidad del resultado es mucho más amplia. Así, por ejemplo, según cual sea el ambiente en el que crezca un niño, aprenderá idiomas tan diferentes como el castellano o el javanés ; pero ambos idiomas comparten una serie de rasgos comunes que el niño conoce sin necesidad de aprenderlos, y que facilitan extraordinariamente su aprendizaje.

Vemos por tanto que lo que un animal puede aprender queda establecido por su programa genético. Los animales heredan predisposiciones a aprender un tipo determinado de cosas, en determinados momentos y determinada manera.

Los pioneros de la Teología solían hacer una distinción tajante entre el comportamiento innato y el aprendizaje, pero hoy se sabe que la mayoría de las
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EL INSTINTO, CONCEPTO CLAVE DE LA ETOLOGIA

pautas de conducta contienen a la vez componentes innatos y componentes aprendidos. Este es el caso del comportamiento de abrir semillas con cáscara dura (nueces, avellanas)por parte de las ardillas. Las ardillas inexpertas no

necesitan aprender a manipular este tipo de semillas ni a roerlas, pero en cambio desconocen cómo realizar estas operaciones con eficacia. Solo después de

varias experiencias aprenden a roer la cáscara por su punto de más débil resistencia, provocando así la rotura neta y rápida de la misma.
El etólogo austríaco I. Eibl-Eibesfeldt ha estudiado minuciosamente el desarrollo del comportamiento de abrir avellanas en las ardillas. Eibl-Eibesfelft comprobó que, a pesar de que las ardillas jóvenes ya sabían de un modo innato cómo manipular las nueces y cómo roerlas, no sabían cómo emplear dicha técnica con eficacia. Para abrir sus primeras avellanas, las ardillas inexpertas las roían por los más diversos puntos (arriba). Pero con el tiempo aprendían a roer en el punto apropiado y las partían limpiamente en un santiamén (abajo)

EL INSTINTO, CONCEPTO CLAVE DE LA ETOLOGIA

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La capacidad congénita de aprender un lenguaje El simple hecho de que un niño de corta edad sea capaz de aprender a usar y comprender un lenguaje sin necesidad de un esfuerzo titánico por parte de sus instructores, es prueba suficiente de que posee una predisposición innata para aprender un lenguaje. El desarrollo del vocabulario en el niño es extraordinariamente rápido una vez iniciado. Al año y medio, el vocabulario de un niño consta de unas cincuenta palabras por término medio ; a los tres años usa ya cerca de mil palabras y comprende casi todo lo que se le dice – aunque a veces se a veces se haga el ignorante–. Los estudios realizados durante la fase de desarrollo del lenguaje demuestran que el niño deduce fácilmente las reglas del lenguaje a partir de los sonidos escuchados, sin recibir instrucciones lingüísticas formales. El siguiente diálogo puede ilustrar este punto. Niño : Mamá me daó unos juguetes. Padre : ¿Dices que mamá de dio unos juguetes ? Niño : Sí, mamá de dao unos juguetes pero se han rompido. Al escuchar el lenguaje utilizado por los adultos, el niño deduce sin que nadie se lo explique que para formar el pretérito indefinido hay que añadir el sufijo –ó al radical invariable del verbo, y que para formar el participio pasado hay que añadir el sufijo –ido.
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El hecho de que el niño del ejemplo cometa tales errores, aunque nunca haya oído a nadie pronunciar esas palabras de modo incorrecto, demuestra que el proceso de deducción de la regla incluye algo más que la simple limitación del habla del adulto.

EL INSTINTO, CONCEPTO CLAVE DE LA ETOLOGIA

EL INSTINTO, CONCEPTO CLAVE DE LA ETOLOGIA

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LECTURA OBLIGATORIA No. 2

CONDUCTAS INNATAS

CONDUCTAS INNATAS Y APRENDIDAS

Por: Josep Toro Trallero

CONDUCTAS INNATAS

Hemos visto que el ser humano, cuando nace, cuenta ya con una serie de comportamientos, reflejos todos ellos, que componen su bagaje para iniciar su interacción con el mundo físico y social que le está aguardando. Es su repertorio de comportamientos incondicionados. Los posee sin precisar experiencia previa. Suelen ser muy simples, ciertamente primitivos. Pero tienen que ver, a primera vista, con eso tan complejo, enmarañado y denso que es el comportamiento de un hombre o de una mujer adultos, plenamente socializados. Su importancia radica en constituir el primer eslabón de la cadena conductual que vincula al recién nacido con el adulto ; son los cimientos del edificio y, por consiguiente, de algún modo lo determinan.

El número de conductas innatas es bastante elevado, pero a efectos del comportamiento posterior sólo algunas tienen trascendencia significativa. Se trata de aquellas que facilitan la puesta en marcha de los procesos de interacción del niño con su entorno social. Son comportamientos que funcionan como señales para los responsables inmediatos del bebé, habitualmente sus padres. Son

reclamos, señuelos. Veamos los principales.

Es sin duda el llanto el primer comportamiento infantil que resulta significativo a sus padres. Se reconocen tres tipos de llanto en el bebé : el llanto <<básico>>, también llamado <<de hambre>>, dadas las circunstancias que suelen provocarlo ; el llanto <<colérico>>, que acostumbra a ser desencadenado por contrariedades o frustraciones ; y el llanto <<de dolor>>, suscitado por los dolores y malestares de orden físico. Este repertorio sonoro, funcionando desde el que buscan la

nacimiento, constituye un conjunto de potentes señales

CONDUCTAS INNATAS

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intervención de los progenitores y, si la hallan, consiguen su influencia, su estimulación.

La sonrisa es otra importante señal. No está presente en el mismo instante del nacimiento, puesto que requiere una cierta maduración neuromuscular. Suele hacer su aparición inicial hacia el primer mes de vida, siendo entonces

desencadenada por cambios en las sensaciones : oír ciertos sonidos, ver unos destellos luminosos, percibir movimiento, etc. Se inicia así un área bastante

concreta de interacción con el medio, ampliándose poco a poco el tipo de estímulos susceptibles de provocar la sonrisa. A los siete meses

aproximadamente aparece la sonrisa social : la provocada por el rostro humano, primordialmente el materno. La succión es un complejo mecanismo muscular, coordinadamente encadenado, que abarca desde los movimientos de los labios hasta la deglución. El reflejo se pone en marcha por el contacto de cualquier objeto con los labios del niño . por supuesto, está al servicio directo e inmediato de su subsistencia. La alimentación infantil, mediada por la succión del bebé, asegura sistemáticamente la presencia del adulto, su interacción con él.
No es innata la sonrisa del niño ante el biberón, pero si lo es el llanto por hambre o por dolor. Para que el niño sonría ante el biberón ha tenido que pasar por experiencias previas, pero no es así cuando el niño llora al sentir hambre.

CONDUCTAS INNATAS

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La respuesta sensorial es un tipo de comportamiento fundamental que

suele

pasar inadvertido incluso para muchos tratadistas. Implica el funcionamiento de los órganos de los sentidos. La virtualidad de ver, oír, tocar, etc. supone que, ante la estimulación de cualquiera de los órganos sensoriales, el niño responde atendiendo, es decir, <<buscando>> el origen de la estimulación, y, en caso de <<hallarlo>>, manteniéndolo en su campo perceptivo. Toda modificación

ambiental, todo cambio, especialmente si es brusco, provoca en el ser humano, prácticamente desde su nacimiento, la reacción que Pavlov denominó gráficamente << ¿qué es esto ?>>. Así queda asegurada desde un principio la relación con el medio físico (inicialmente, todo el medio es físico), la recepción de informaciones, la captación de estímulos.

Y, por último, entre muchas otras conductas posibles, la actividad general. Todo niño, desde el mismo instante de su nacimiento, se muestra más bien <<movido>> o más bien <<tranquilo>>. Este nivel de movimiento supone una reactividad congénita a la estimulación general, tanto la que procede del exterior como la proveniente de su propio organismo.

La curiosidad -el << ? qué es esto ?>>constituye un conjunto de comportamientos innatos. Gracias a ellos, el niño va conociendo su medio ambiente y actúa ante él de manera que recibe sus influencias. En la imagen, las conductas son táctiles y visuales.

CONDUCTAS INNATAS

99

La succión, por ser un comportamiento innato, es universal y se da en todas las culturas.

La actividad general del niño implica todo un conjunto de conductas posibles. Hay niños que se muestran más bien movidos o, en general tranquilos. Esto influye en la mayor o menor precocidad en la coordinación motora que implica andar.

CONDUCTAS INNATAS

100

CONDUCTAS INNATAS Y APRENDIDAS
El repertorio conductual innato, ese conjunto de respuestas reflejas presentes en el recién nacido, es fruto fundamental de la herencia biológica, aunque tamizada por la interacción intrauterina* . Con ese pequeño tesoro conductual -auténticas semillas de comportamiento- el ser humano inicia sus derroteros entre un mundo físico y social aparentemente caótico pero ciertamente organizado. Su interacción continua con lo complejo y organizado permite la progresiva complejización y organización del comportamiento humano. Éste, paso a paso, va dejando de ser simplemente reflejo ; poco a poco, va haciéndose instrumental, voluntario.

Esta transición de lo reflejo a lo instrumental puede contemplarse en cada uno de los comportamientos innatos que resultan significativos socialmente. ?Como se produce ?

Imaginemos una joven pareja reunida junto a su bebé. Supongamos que éste comienza a llorar al experimentar ciertas leves molestias producidas por un incipiente apetito, o por estar en fase de somnolencia, o por sufrir una temperatura excesiva. Es un llanto reflejo. Este llanto, especialmente si se prolonga o En

intensifica, suele inquietar y angustiar a los padres protagonistas.

consecuencia, propenderán a <<hacer algo>> para suprimir el llanto (para suprimir su propia ansiedad). Pueden adelantarle el biberón, o tomarlo en brazos, o mecerlo, o.... Este género de intervención suele ser altamente gratificante para el niño. Así, pues, el llanto en cuestión, al ir seguido de gratificación

(reforzamiento), puede aumentar de frecuencia, especialmente en presencia de los padres. Cuando tal cosa ocurre, ese llanto ya no es reflejo. Deja de depender de los estímulos que le precedían -hambre, dolor, etc.-, para hacerlo de los que le siguen : comida, movimiento, sonido... Se trata de un comportamiento

CONDUCTAS INNATAS

101

<<finalista>>, es decir, instrumental.

El niño

así aprende a

llorar en

determinadas circunstancias (por ejemplo, al percibir la presencia de sus padres), puesto que tal hecho es la ocasión para experimentar la gratificación consiguiente.

Cualquier situación social implica para el bebé algún tipo de aprendizaje. No hay ninguna situación social neutra, totalmente intrascendente. Los padres, en su comportamiento diario, en sus más mínimas actividades están siendo auténticos enseñantes de sus hijos.

Estas situaciones, por supuesto, conllevan un proceso interactivo.

No sólo

aprende el niño a llorar ante sus padres ; éstos también aprenden a comportarse de ciertas formas ante el llanto del niño. Los padres descritos aprenden un

comportamiento de evitación del llanto, la de su propia ansiedad.

Mediante hechos semejantes podemos explicarnos también el incremento y mantenimiento de la sonrisa social. La sonrisa del niño es gratificante para el adulto. Así lo ha aprendido a lo largo de su vida. Los padres del bebé harán cuanto puedan para conseguir la sonrisa del pequeño. Ello supone que cuando
CONDUCTAS INNATAS

102

éste empiece a sonreír -quizás debido a estimulaciones procedentes de su organismo interno-, sus padres se acercarán a él, sonreirán a su vez, hablarán, le tocarán, en fin, le someterán a toda una serie de estimulaciones sensoriales de distinto orden que resultan reforzadoras. consecuencias de sonreír. Han sido, para el bebé, las

Así pues, este comportamiento se producirá más

frecuentemente, de modo especial cuando <<haya ocasión>> para ello : es decir, ante sus padres, ante otras personas, puesto que cuando otros seres humanos no están presentes no es posible la gratificación de la sonrisa. Pero ya no es ésta una sonrisa refleja. Se trata ya de la sonrisa aprendida, instrumental, determinada por la experiencia, germinada en la relación personal. Una sonrisa, un

comportamiento, que interviene sobre el medio ambiente, lo cambia, modifica la conducta de los padres. Estos incrementan sus gestos, palabras y piruetas,

<<para que el bebé sonría>>, demostrando así, sin que sean conscientes de ello, que la sonrisa del niño ha reforzado esos comportamientos gestuales, verbales y acrobáticos que tan jubilosamente ostentan.

Por senderos semejantes el niño va aprendiendo a atender los elementos significativos de su entorno. Lo hará ya no por obra del << ? qué es esto ?>>, sino porque atender ciertos estímulos -desde el rostro de la madre al sonido del sonajero- suele acompañarse de otras tantas gratificaciones. Así aumentan poco a poco todas sus actividades. humana. Así se inicia la socialización de la conducta

CONDUCTAS INNATAS

103

Así como el niño aprende que su sonrisa es gratificante para los adultos, también aprende pronto que el llanto produce aversión, aunque en ocasiones sea eficaz instrumento para la consecución de gratificaciones. Por ello, y porque se suele identificar no llanto con <<hacerse mayor>>, este comportamiento se hace cada vez más infrecuente, hasta prácticamente desaparecer.

Interacción intrauterina : relación estrecha que existe entre la madre y el feto, de forma que cualquier situación que afecte a aquella repercute de alguna manera en éste.

CONDUCTAS INNATAS

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LECTURA OBLIGATORIA No. 3

CONDUCTA INSTINTIVA EN EL HOMBRE Y EN EL ANIMAL

Por: David Katz

CONDUCTA INSTINTIVA EN EL HOMBRE Y EN EL ANIMAL
Ya se demostró en el capítulo VI que un animal es siempre incitado a la acción por la apremiante urgencia de buscar los medios de satisfacer sus necesidades. La técnica para encontrar esos medios implica escuetamente dos tipos de proceder. Uno, el instintivo, está caracterizado por su falta de elasticidad ; el otro, el inteligente, es más o menos plástico. El estadio más elevado del último tipo que puede alcanzar un animal es el intuitivo (insight). Trateremos primero la técnica menos elástica para satisfacer las necesidades, es decir, de la conducta instintiva.

De las numerosas definiciones del instinto nos contentaremos con mencionar la de G.E. Müller. Según él, un instinto es “una disposición psicofísica basada en la herencia, con mucha frecuencia completamente formada inmediatamente después del nacimiento, y otras veces solamente después de cierto período de desarrollo, disposición que lleva al animal a prestar una atención particular a cierta clase de objetos o en ciertas situaciones y, después de haberlos recibido, a sentir
1 una incitación hacia una actividad definida en relación con ellos” . Los mejores de

conducta instintiva nos lo ofrecen los insectos. Vamos a tomar algunos de Von Uexküll2. La polilla enrolladora de hojas se precipita sobre una hoja de abedul y comienza a cortarla siguiendo una línea matemática característica, de manera que la punta de la hoja puede enrollarse sobre sí misma para formar un saco de figura cónica con la abertura hacia abajo. En este saco deposita sus huevos. La larva del gorgojo del guisante, desde que es bastante grande, se previene para el futuro abriéndose camino de salida por la piel del guisante, alrededor del cual hace un
1 2

CONDUCTA INSTINTIVA EN EL HOMBRE Y EN EL ANIMAL

G.E. Müller : “Abriss der Psychologie”. Göttingen, 1924. Cf. Von Uexküll : “Lebenslehre”. Berlín, 1932. 106

surco, precaución necesaria porque la piel se endurece más tarde. En ninguna forma de vida podría existir una conducta instintiva pura en absoluto, pero es cierto que hay seres, particularmente insectos, en los que todos los actos decisivos son controlados por el instinto.

El proceso instintivo de satisfacer las necesidades ha sido descrito anteriormente como falto de elasticidad, pero esto no quiere decir que sea completamente rígido, como antes se suponía. Así, tomando de nuevo como ejemplo la polilla enrolladora de hojas, vemos que este insecto tiene que adaptar sus métodos conforme a la diferente anchura, forma, tamaño y estructura interna de las hojas de abedul, es decir, que su acción es elástica en cuanto lo requiere la materia natural con la que su instinto ha de tratar3. Y sin embargo, lo que llama más la atención en la conducta instintiva es su gran tendencia a la rigidez, más que su poder de adaptación. No obstante, la conducta instintiva se adapta primero a la situación normal, pero fracase en su propósito si esta situación, por la intervención del hombre o por un accidente natural extraordinario, se altera, aunque sea ligeramente, lo bastante, sin embargo, para que resulte fútil toda acción instintiva4. Donde el instinto domina desde el nacimiento a la muerte, no hay destino personal. La conducta de todos los animales en todas las generaciones está establecida según el mismo modelo. No pueden escapar al impulso que actúa sobre ellos. Mientras más profundamente investigamos los actos instintivos en casos aislados, más sorprendentes nos parece la perfección con que muchos seres resuelven el problema de la existencia sin poseer la menor inteligencia. Los juicios que hemos hecho sobre la rigidez del instinto no contradicen de ninguna manera las observaciones citadas en la página 188, en las que parece indicarse como si existiera algo semejante a mutaciones del instinto. Los intentos hechos
3

Por ejemplo, Reuter, en su importante obra, llamó la atención sobre la plasticidad del instinto de construir nidos en los insectos. O. M. Reuter : “Lebensgewohheiten und Instinkte der Insekten”. Berlín, 1913. 107

CONDUCTA INSTINTIVA EN EL HOMBRE Y EN EL ANIMAL

anteriormente para explicar la incidencia de tipos de conducta instintiva, según los principios de Darwin y Lamarck, ya no nos inspiran mucha confianza ; hoy los instintos son considerados, no sin un cierto grado de resignación, como un fenómeno primario sin explicación5.

El que pueda haber dudas sobre la existencia de una conducta instintiva en el hombre nos demuestra inmediatamente que no es tan pronunciada como en los animales. Y sin embargo, hoy día la mayoría de los psicólogos suponen que el hombre no carece de instinto. “Si fuera posible de alguna manera establecer comparaciones cuantitativas en este terreno, podríamos difícilmente decir que los instintos son menos intensos o menos numerosos en el hombre que en los animales” (Stern, Allgemeine Psichologie). La actividad de mamar, específica del recién nacido, es de naturaleza instintiva. El andar, hablar y jugar en los niños pequeños se desarrolla por cauces instintivos. Lo que ha hecho siempre difícil reconocer los instintivos en el hombre es la falta de forma de los mismos. Mientras que en el animal la melodía o conjunto instintivo se reconoce fácilmente, en el hombre se hace difícil por las variaciones introducidas por la inteligencia y la experiencia. En el animal el instinto es todo inflexibilidad y fijeza, no sólo en cuanto a la cantidad de energía útil y al modo de emplearla en el tiempo y el espacio, sino también a su objetivo, tanto parcial como final. En el hombre el instinto determina solamente la cantidad de energía que encierra o sustenta la acción y un mal definido esquema de tiempo - espacio, que varía

considerablemente según el individuo. Por ejemplo, todos los niños normales aprenden a hablar instintivamente, pero cada niño que nace está en disposición de aprender cualquiera de los lenguajes que se hablan en el mundo.

4

Ejemplos de esta clase han sido reunidos por Bierens de Haan : “Probleme des tierischen Instinkts”. Naturwissenschaften, 1935. 5 Por Lorenz, Stern, Bierens de Haan y otros. 108
CONDUCTA INSTINTIVA EN EL HOMBRE Y EN EL ANIMAL

En la humanidad es la niñez la que está más sujeta a los impulsos instintivos ; en la vida posterior la conducta se halla tan controlada por factores externos que difícilmente puede apreciarse todo lo que debe al instinto. Aquí también podemos decir que el hombre abandona su base natural. No está, como el animal, protegido por el instinto, que le lleva hasta el final de su vida sin caer en el peligro ; por consiguiente, su vida adquiere la forma de un destino personal, y por ello también tiene el encanto de una gran aventura.

No nos equivocaremos, probablemente, al suponer que todos los actos instintivos en aquellos animales a los que podemos atribuir algo de vida consciente tienen lugar como resultado de un fuerte trastorno emocional. En el animal salvaje el goce y satisfacción de las necesidades están en completa armonía, y, por consiguiente, el animal se halla protegido contra los excesos. En el hombre ocurre de otro modo. La naturaleza ha ligado el placer con los impulsos instintivos para asegurar el cumplimiento de sus fines - particularmente la conservación del individuo y la reproducción -. El hombre, sin embargo, tiene el poder de separar el placer de su base natural y hacer de él un fin en sí mismo. El hombre moderno ha establecido el control de la natalidad en su vida sexual. El hombre civilizado no come simplemente porque tiene hambre, sino porque el apetito de las cosas buenas han sido ideadas por el gran desarrollo del arte culinario. Para aumentar su goce de vida, el hombre ha descubierto numerosas voluptuosidades y drogas ; la misma universidad de su uso por todas las naciones a través de la historia habla por sí misma. Todas las voluptuosidades llevan latente el peligro del abuso. El que se acostumbra a ciertas drogas, como el opio, la morfina y la cocaína, se crea para sí mismo una necesidad artificial invencible, cuya satisfacción desenfrenada le amenaza con la ruina física y mental. La libertad que la naturaleza permite al hombre, dejándole separar el goce de la satisfacción de las necesidades, puede, por medio del abuso, llevarle a una peor esclavitud.

CONDUCTA INSTINTIVA EN EL HOMBRE Y EN EL ANIMAL

109

Ciertamente, el hombre es también libre de decir “NO” al placer. Más aún ; puede por sí mismo reprimir ciertas necesidades vitales temporal o permanentemente. El monje se impone a sí mismo la vida de celibato. El prisionero político practica la huelga de hambre hasta el colapso. Muchas personas sufren privaciones por motivo de un ideal y otras sufren de un ostracismo social. Los objetos a los cuales son sacrificadas las necesidades vitales pueden ser de varias clases ; pero lo que aquí nos concierne es mostrar simplemente que el hombre puede, por su propia voluntad, escapar de la tiranía de las necesidades vitales. Por consiguiente, lo que se dijo en la página 155 sobre la jerarquía de las necesidades sólo es aplicable al hombre con ciertas modificaciones. En él todo es más complicado, porque entran otros valores en competencia con las necesidades vitales. Mientras más joven, más primitivo y más reducido en circunstancias es el hombre, más sujeto se halla al dominio de las necesidades vitales.

CONDUCTA INSTINTIVA EN EL HOMBRE Y EN EL ANIMAL

110

LECTURA OBLIGATORIA No. 4

LA AGRESIVIDAD EN EL HOMBRE.

Por: Hillary Callan.

LA AGRESIVIDAD EN EL HOMBRE
¿Es el hombre agresivo en el mismo sentido que muchos animales ?. En otras palabras, ¿es el Homo Sapiens una de las especies cuya organización social básica descansa en parte sobre tendencia agresiva innata de los individuos ?. Una pregunta más interesante es : ¿puede la agresividad humana ser “dada por descontada” por el científico social, del mismo modo como, en cierto nivel, las acciones que intervienen en el comer se dan por hechas ? O, ¿Es tan compleja como he tratado de demostrar que lo es la agresividad animal que requiera un análisis completo antes de que podamos entender las instituciones humanas que la rodean ?

Las preguntas acerca de la agresión humana se prestan para ser planteadas equivocadamente. Creo que Lorenz se desvía al tomar una visión inicial del problema de manera muy simplista, como cuando sostiene que “el

comportamiento humano y en particular la conducta social humana, lejos de estar determinados solamente por la razón y la tradición cultural, todavía están sujetos a todas las leyes prevalecientes
1

en

todo

comportamiento

instintivo,

filogenéticamente adaptado”. ¿Todo ?, se antoja preguntar. Lorenz sostiene que un impulso agresivo probablemente desarrollado en el hombre por presiones de selección intraespecífica, presiones que crearon las “virtudes guerreras” como valores culturales, de algún modo es, en su forma “original”, un móvil principal de la acción humana en la sociedad contemporánea.

Esto puede ser así, pero demostrar la verdad de la hipótesis no es, por cierto, una cuestión tan simple como parece creer Lorenz. Es difícil encontrar en los animales casos de agresión “primitiva” que se den independientemente de los procesos
1

Lorenz, 1966, p. 264 112

LA AGRESIVIDAD EN EL HOMBRE

sociales que la canalizan, y es todavía más dudoso buscar ejemplos de agresividad humana divorciados (excepto, quizá, en niños pequeños) de sus realizaciones societarias. Este es un subaspecto del problema que he planteado en el capítulo IV, a saber, si sería posible escribir un etógrama de la especie humana sin convertirlo en un catálogo de todas las acciones y experiencias humanas.

En el caso humano, mucho más que en el animal, existe una clara necesidad de analizar los varios conceptos con el comportamiento violento. Debemos hacer una distinción inicial entre “agresión”, “lucha”, “matar” y “guerra”, aunque estos términos estén interrelacionados. Desde este punto de vista, la agresión en los seres humanos es una especie de construcción teórica, mucho más que en la agresión de los animales. La conexión con la lucha no es tan obvia, debido a las sutiles formas en que la agresión humana puede ser expresada ; por ejemplo, en comportamiento verbal y simbólico. Tampoco podemos estar muy seguros de una clara fase fisiológica de la agresión humana, debido a las dificultades que se presentan para reunir pruebas.

Así, debemos ser un poco cautelosos antes de asegurar que los seres humanos son innatamente agresivos a la manera de los lobos o los babuinos - o aun de los gasterosteos machos cuando están incubando - y esto, si Lorenz tiene razón, a pesar de la poderosa prueba circunstancial brindada por las grandes uniformidades funcionales del sistema nervioso central de los mamíferos, por las luchas aparentemente espontáneas de los niños y por la historia de la evolución humana.

De este modo, el hecho de que las normas para reconocer la agresión humana sean diferentes de las del caso animal, y un muchos aspectos únicos, nos presenta una seria dificultad para aislar el problema. Esta discusión requiere de
113

LA AGRESIVIDAD EN EL HOMBRE

algún concepto de la lucha “agresiva” entre los hombres (o más exactamente, de violencia “agresiva”, puesto que podemos pensar que la lucha presupone la agresión) a la que puedan aplicarse las interpretaciones etológicas. No toda la violencia, ni siquiera toda la violencia intraespecífica de los seres humanos, es directamente agresiva. Por ejemplo, el término mismo “cazadores de cabezas” sugiere que el acto violento implicado es más parecido a la predacción que a la agresión de los animales, a pesar de que, desde luego, pueda servir a fines agresivos más generales :

Un aspecto de la mentalidad de la gente adicta a tales formas institucionalizadas de la violencia como el cazar cabezas o el sacrificio humano, es la ausencia de cualquier participación profunda de tipo emocional en los actos de herir o matar ... El cazador de cabezas ... que busca una víctima porque quiere obtener el rango y los privilegios de un guerrero, o porque su pueblo o la casa de los hombre requiere de una cabeza para fines rituales, puede no tener ninguna animadversión personal contra la víctima... ciertamente los konyac nagas no abrigaban ningunos malos sentimientos hacia los esclavos que compraron para obtener cabezas sin correr los riesgos de los ataques, y recuerdo muy bien como un anciano konyac expresó lástima por un chico que él y sus compañeros de clan habían comprado con el propósito expreso de cortarle la cabeza... En estos casos, el matar es una acción que se lleva a cabo para lograr resultados específicos, y no está motivado por la furia o por sentimientos personales de odio2.

Quizá lo mejor que podamos hacer sea estipular de manera imprecisa que estamos hablando de la violencia, o de sus sustitutos, violencia motivada por sentimientos de agresión que un psiquiatra o una persona común y corriente reconocería. No queremos sumergirnos en un conductismo mental. A pesar de la dificultad de tipo filosófico que se presenta al comparar la agresión humana y la
2

Von Fürer - Haimendorf, 1967, pp. 113 - 4 114

LA AGRESIVIDAD EN EL HOMBRE

animal, puesto que los criterios de identificación son diferentes, la justificación más poderosa para aceptar un concepto de agresión humana en la sociología, ya que no en la biología, es el modo natural en que la “agresión” encaja en las interpretaciones que hacen las personas de sus mutuas acciones.

Entonces, la idea de la agresión en los seres humanos es, en este contexto, diferente de la idea de lucha, matar y guerra (a pesar del frecuente uso de “agresión” en el vocabulario de la política internacional, en que se usa como equivalente de “ataque armado”). Esto es importante, porque puede argumentarse que, mientras la “agresión” y sus vínculos en la etología probablemente pueden explicar la lucha de una persona con otra, factores muy diferentes entran en juego en una matanza común intraespecífica y en la guerra, casos ambos que parecen ser casi exclusivamente humanos. En lo que se refiere al primero, muchos escritores han asegurado que los seres humanos son únicos, entre los animales, en lo que se refiere a conducta mortífera en contra de sus congéneres3. El hecho de que las peleas humanas ; mucho más que las animales, terminen frecuentemente en heridas graves o en la muerte del vencido, a menudo se considera como simple resultado del uso de las ramas, por parte de los humanos. Comúnmente se señala4 que la mayoría de las armas que se usan actúan a distancia y de manera más fortuita y letal que un asalto con dientes y garras. Cada uno de estos factores, dice la teoría, tendería a sabotear cualquier inhibición a matar, “destinada” a ser evocada por el adversario vencido. Lorenz tiene una opinión ligeramente diferente y sostiene que :

En realidad debemos deplorar, más que otra cosa, que el hombre no tenga esa “mentalidad de carnívoro”. Buena parte de los peligros que le amenazan viene del hecho de que el hombre es por naturaleza un omnívoro relativamente inofensivo,

3 4

Véase por ejemplo, Andreski, 1964 ; Durbin & Bowlby, 1939 ; Freeman, 1964. Véase, por ejemplo, Rifkin, 1963 115

LA AGRESIVIDAD EN EL HOMBRE

cuyo cuerpo no posee armas naturales para matar grandes animales y que por ello no tiene tampoco aquellos mecanismos de seguridad creados por la filogénesis que impiden a todos los carnívoros “profesionales” aplicar indebidamente su poder para matar a los grandes animales de su propia especie5. Sin embargo, Lorenz no es enteramente consecuente en este punto, pues en la misma página asegura que :

En la evolución humana, no necesitó mecanismos muy desarrollados que le impidieran aplicar súbitamente golpes mortales, que de todos modos no estaban en su poder... La presunta víctima tenía tiempo suficiente de aplacar al atacante
6 con ademanes de humildad .

Todo esto es cierto y se aplica a las luchas humanas motivadas agresivamente. Pero como ya dije antes, no toda la violencia humana es agresiva de manera directa. Es posible que el papel de las armas no sea el de liberar el impulso agresivo de los controles internos, sino más bien, el de divorciar la agresión, en toda su controlada complejidad, de la lucha. Esto es más probable que suceda en combates en grande escala, y adquiere gran importancia, como lo demostraré, si se ve la conexión que existe entre la agresión y la guerra. Además, debemos reconocer la diferencia que las armas dan a la estrategia pura de la lucha. Dicho de manera muy simple, esta estrategia se convierte en la mejor política para matar al enemigo, a pesar de cualquier renuncia interna a hacerlo. Este punto está bien expresado por Andreski :

Las luchas a puñetazos generalmente terminan en palizas o en la huida del vencido ; matar no es necesariamente un subproducto de la lucha, aunque puede ser su continuación, e incluso puede ser hecho a propósito. Más aún, en tal

5 6

Lorenz, 1966, p. 267 Ibid 116

LA AGRESIVIDAD EN EL HOMBRE

situación el vencedor no necesita temer la venganza del oponente más débil. Pero esto no es así cuando se usan armas, porque en ese caso, el que apuñala o dispara primero gana, y en tales circunstancias es más seguro matar al enemigo 7.

Así, a pesar del hecho único de la violencia humana que obliga a dar muerte, vale la pena comparar la lucha agresiva de los animales y de los hombres, aunque sólo sea para descubrir en qué puntos la agresión y el control social adoptan la violencia letal entre los hombres, en el sentido etológico, y cuáles son las diferencias que aporta la tecnología de las armas. Andreski asegura que “las propensiones naturales del hombre no son responsables de las matanzas sistemáticas que se permite la humanidad, porque esta práctica está en desacuerdo con lo que sucede entre otros mamíferos”. Esto es en sí una afirmación de los fuertes vínculos entre el comportamiento humano y el animal y una negación de su capacidad para explicar la violencia humana.

Paradójicamente, la opinión que yo propongo no acepta estas “propensiones naturales del hombre”, debido a los claros indicios de que la programación genética del mismo lo hace inseparable de una cultura y de una tecnología8.

Por otra parte, sostengo que, a pesar de que tanto el matar en las luchas como el valerse de armas puede ser exclusivamente humano (o casi), un recuento completo de las conexiones que existen entre ellas exige un estudio comparativo de lucha agresiva en diferentes especies y, más específicamente, de sus componentes controlados y “ritualizados”. Con esto no niego que el hecho de matar a menudo sea dictado por otros varios motivos específicamente humanos (tales como políticos y económicos). (En estos casos, es interesante notar que cualquier tipo de control incorporado o interno que “normalmente” evitaría tal acción, se encuentra característicamente bloqueado, a menudo de manera ritual ;

7 8

Andreski, 1964 Véase Geertz, 1964 117

LA AGRESIVIDAD EN EL HOMBRE

cf. el capuchón de los condenados. Se dice que una gran cantidad de alcohol era dada de antemano a los hombres de la SS alemana a quienes se había ordenado llevar a cabo matanzas de civiles en los países ocupados ; se tienen pruebas de que el alcohol desinhibe la violencia de manera efectiva).

Un problema todavía más obvio que la cuestión de matar es la relación de la agresividad humana con la guerra organizada a nivel de sociedades, tema que, correspondientemente, ha recibido más atención en la literatura. La mayoría de los escritores reconocen que el tema es complejo, aunque ocasionalmente se encuentren puntos de vista ingenuos como lo de Durbin y Bowlby : “... las causas más simples y más generales de la guerra se pueden encontrar solamente en las causas de las luchas, así como las causas más simples y más generales de caerse escaleras abajo se encuentran en las causas del caer.”9

Pero las cuestiones que preocupan a los escritores actuales sobre el tema de la agresión y de la guerra y la falta de una respuesta a ellas han sido resumidas acertadamente por Carthy y Ebling :

¿Es innata la agresión humana ? La actual evidencia psiquiátrica parece casi inequívoca ; la agresión no es meramente una respuesta a la frustración ; es un impulso universal, profundamente arraigado. Pero, ¿es esto parte de la etiología de la guerra y puede la agresión de los estados ser equiparada, en algún sentido, a la agresión de los individuos ?. No se ha llegado a ningún acuerdo acerca de la respuesta a este problema ; en realidad, la pregunta misma parece desafiar las fronteras disciplinarias de sociólogos e historiadores.
10

9

10

Durbin y Bowlby, 1939, p.3 Carthy y Ebling, en Carthy & Ebling (eds.), 1964, p.3 118

LA AGRESIVIDAD EN EL HOMBRE

Benedict cree que la guerra y la agresión no se pueden identificar la una con la otra en ningún sentido. “La guerra no es la expresión del instinto de belicosidad. La belicosidad del hombre es una insinuación tan pequeña del equipo humano que acaso no reciba expresión en las relaciones intertribales”.11 Burton niega toda fuerte conexión entre la agresión por parte de los individuos y la de las naciones estados y fustiga “lo intelectual de la sociedad” por “estimular a cada estado a esperar la agresión, aunque no haya ningún enemigo discernible”12 Kalmus escribe “que las guerras entre estados no se pueden explicar simplemente como consecuencia del comportamiento agresivo ... aunque sí puede admitirse fácilmente que los actos agresivos de individuos o de grupos pequeños, tales como asesinatos políticos, han precipitado, en varias ocasiones, terribles guerras y también que la hostilidad de grupo parece ser un concominante regular de la guerra”13.

La opinión de Lorenz acerca de la conexión entre la agresión en cuanto dote humana innata y la guerra en escala organizada, no es del todo clara. En Sobre la Agresión, parece considerar lo que él llama el “entusiasmo militante” (que puede ser “conectado” a todas las formas de objetivos políticos) como una especie de factor mediador que une a las dos, pero por toda exposición clara sobre el tema dice que “... el entusiasmo militante es una forma especializada de agresión comunal, claramente distinta, pero relacionada funcionalmente con las formas
14 más primitivas de la mezquina agresión individual” . Sin embargo, es

precisamente este vínculo el más necesario para el argumento total de Lorenz acerca de los problemas que afrontan las civilizaciones hoy día. Lorenz menosprecia las dificultades que surgen de relacionar la agresividad humana con la guerra en sus formas modernas. Esto se hace evidente, creo yo, en su fórmula
11 12

Benedict, 1934, p. 32 Burton 1964 13 Kalmus, 1965 14 Lorenz, 1966, p. 281
LA AGRESIVIDAD EN EL HOMBRE

119

para evitar la desintegración social y la guerra. El camino al conocimiento propio, según Lorenz, pasa a través de a) el entendimiento etológico de cómo se puede redirigir la agresión ; b) el estudio psicoanalítico de la “sublimación” ; c) la promoción de la amistad entre miembros de ideologías opuestas ; d) la
15 “canalización responsable del entusiasmo militante” . En relación con los puntos

a), b) y d), se puede mencionar la sugerencia de Storr16 de que la carrera espacial es esencialmente una ritualización de la guerra fría.

Como ya discutí arriba, la opinión de Lorenz sobre la agresión ciertamente explica en pequeña parte la prevalencia del asesinato en la lucha humana, por la anulación de una “inhibición innata” del asesinato. Sus sugerencias sobre cómo podemos disminuir nuestra disposición a luchar son sin duda de gran utilidad. Pero su argumento también nos lleva a suponer que una gran parte de las guerras modernas es controlada y ejecutada sobre una base totalmente no - agresiva, dado, por ejemplo, el uso de armas de control remoto y la necesidad de que los comandantes estén retirados del campo de batalla. Mucho del peligro de la guerra moderna surge no porque se lance al enemigo una “agresión burda”, sino porque el impulso agresivo humano y los controles que éste lleva frecuentemente no entran al entablar la guerra en los puntos en que la moderación sería posible. En el estado en que se encuentra el conocimiento, es difícil decir quién estaría calificado para decidir precisamente cómo encaja la agresión, en un sentido etológico, en la guerra. Pero en Sobre la Agresión, Lorenz ha equivocado el problema completamente. Es cierto que en otra parte repudia el punto de vista simplista de que la agresión y la guerra deben ser identificadas de manera general : “No niego que los gobiernos puedan causar guerras sin haber sido motivados por nada comparable al impulso instintivo de la agresión

intraespecifica... Pero el punto es que ningún político podría nunca hacer que los

15 16

Ibid, p. 239 Storr, 1964 120

LA AGRESIVIDAD EN EL HOMBRE

hombres realmente lucharan, si no fuera por la existencia de reacciones instintivas arcaicas de la muchedumbre, sobre las que pueden jugar o influir”17.

Esto puede ser contrastado con el punto de vista de Andreski, que no hace distinción entre motivaciones para hacer la guerra y motivaciones para pelear : “Si los seres humanos estuvieran ... dotados de una propensión innata a la guerra, no sería necesario adoctrinarlos en las virtudes de la guerra...”.18

El problema de relacionar la agresión humana a la guerra humana se reduce a una confusión acerca del “nivel” de organización individual o social en que se puede aplicar propiamente el concepto de “agresión”. No puedo ofrecer ninguna solución, pero creo que se puede buscar una a lo largo de los siguientes lineamientos : He tratado de sugerir que la “agresión” en los animales es un concepto tan estructural como funcional. La tendencia agresiva está, en sí misma, estructurada ; esto es parte de lo que se quiere decir al afirmar que la lucha está llena de elementos “ritualizados”. Contribuye a una estructura motivacional interna del animal y a una estructura social externa. En muchos animales es, en efecto, un “hecho social”, o parte de uno.

No hay razón para negar que mucho de esto también se aplica a la agresividad humana. Pero puesto que las sociedades humanas están conspicuamente construidas alrededor de acciones verbales y simbólicas, en el sentido más

amplio posible de estos términos, es de esperar que los procesos que tienen sus raíces en la biología del homo sapiens, se repetirán una y otra vez en un número de “meta - niveles” de la vida social humana. Estos procesos no solamente “actúan” como en los animales no humanos, sino que son “usados” y “mencionados” (en algo parecido al sentido lógico) una y otra vez. Se puede decir

17 18

Lorenz, 1964 (en la “discusión”), pp. 155-9. Andreski, 1964 121

LA AGRESIVIDAD EN EL HOMBRE

vagamente que mucha de la acción social humana utiliza extensas metáforas para sistemas que, en su forma básica, son de la incumbencia de la etología (lo que no las hace menos “sociales”). Este también puede ser el caso de otros sistemas de comportamiento, lo mismo que de los que rodean la agresión ; puede estar, por ejemplo, en la raíz de la relación entre ritualización y ritual (pero véase el capítulo IV, p. 91). Por lo tanto, no sería correcto separar un grupo de actividades humanas y decir : “Todo esto lo heredamos biológicamente ; el resto es cultura”. Y si esto es a lo que Hampshire se refiere con el siguiente comentario, entonces su punto debe ser rechazado : “En general, aceptaríamos que el comportamiento humano debe ser una herencia genética con una capa cultural encima, lo que también sucede con comportamientos rituales de varias clases”.19

Tenemos aquí una indicación de una manera en que se puede esperar que el contenido de la etología sea de utilidad para el entendimiento de las sociedades humanas, y un rechazo de la acusación de que se está “reduciendo” la sociedad humana a la biología. En lo que respecta al problema inmediato, la moraleja es que para explicar los combates colectivos en el contexto humano, no sólo necesitamos una respuesta a la pregunta “¿es agresivo el hombre ?” (signifique esto lo que signifique) ; y no sólo una explicación de los factores políticos, económicos y de otro tipo, relacionados con la guerra organizada, sino también un entendimiento de cómo la agresión, la idea de agresión y el lenguaje de la agresión son percibidos y manipulados socialmente en cada punto.

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Hampsihire, 1968 122

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LECTURA OBLIGATORIA No. 5 DONDE LA MALDAD SIRVE PARA ALGO BUENO LA ESPONTANEIDAD DE LA AGRESIÓN. PREDICANDO LA HUMILDAD. ECCE HOMO CONFESIÓN DE ESPERANZA
Por: Konrad Lorenz

DONDE LA MALDAD SIRVE PARA ALGO BUENO

Ein Teil von jener Kraft, Die stets das Böse will und stets das Gute schaff

GOET

¿Por qué luchan los seres vivos unos contra otros?

La lucha es un proceso

sempiterno en la naturaleza, y las pautas de comportamiento, así como las armas ofensivas y defensivas que les sirven, están perfeccionadas y se han formado tan claramente obligadas por la presión selectiva de su función conservadora de la especie que sin duda tenemos la obligación de plantear la cuestión darwiniana.

El profano se deja impresionar fácilmente por el cine y la prensa, ambos ávidos de sensaciones, y se suele imaginar la vida de las “bestias salvajes” en el “infierno verde” de la selva, en forma de sangriento combate de todo contra todos. No hace mucho pudo verse en la pantalla por ejemplo, cómo combatía un tigre de Bengala contra una serpiente pitón, e inmediatamente después contra un cocodrilo. Yo puedo afirmar con la conciencia tranquila que en condiciones normales semejante cosa nunca ocurre. ¿ Qué necesidad tendría uno de esos animales de aniquilar al otro, si ninguno de ellos tiene nada que ver con los intereses vitales de los otros?.

También se imaginan los que no conocen estas cuestiones que la expresión darwiniana de “lucha por la vida” eslogan a menudo mal interpretado, se refiere a la lucha entre especies diferentes. Pero en verdad, la lucha a que Darwin se refería y que hace progresar la evolución es en primer lugar la competencia entre
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parientes cercanos. Lo que hace desaparecer una especie en su forma actual o la transforma en otra es la “ invención” ventajosa que favorece por casualidad a uno o varios individuos en el juego eterno de las modificaciones hereditarias. Los descendientes de esos afortunados aprovechan inmediatamente la ventaja para vencer a sus congéneres, como ya vimos en la página 20, hasta que la especie en cuestión se compone solamente de individuos en posesión de la nueva “invención”.

Cierto es que se producen también encuentros belicosos entre especies diferentes. El búho mata u aun devora de noche aves rapaces bien armadas, a pesar de su resistencia, seguramente enérgica. Y cuando esas aves encuentran de día al gran pájaro nocturno, lo atacan por su parte con gran furia. Casi todo animal capaz de defenderse, desde el más pequeño roedor en adelante, lucha desesperadamente cuando no le queda otra salida. Aparte de estos tres tipos de luchas interespecíficas hay otros casos menos específicos. Dos aves trogloditas de diferentes especies pueden disputarse una cavidad para anidar, dos animales de la misma fuerza pelearse por el alimento, etc. De los tres casos arriba citados de combate entre especies distintas debemos dar alguna aclaración para señalar sus particularidades y distinguirlos de la agresión dentro de la especie, que es la que nos ocupa propiamente en este libro.

La función conservadora de la especie es mucho más evidente en los combates entre especies diferentes que en la agresión intraespecífica. La influencia recíproca de la evolución del depredador y de su presa nos da precisamente los mejores ejemplos de adaptación lograda por la presión selectiva de determinada función. La rapidez de los ungulados, por ejemplo, promueve en los grandes felinos que les dan caza una gran fuerza para saltar y patas armadas de poderosas garras. A su vez, estas adquisiciones producen en sus presas mayor agudeza de los sentidos y mayor agilidad en las patas. Otro ejemplo
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impresionante de competencia evolutiva entre armas ofensivas y defensivas nos proporciona la paleontología o la bien documentada diferenciación entre los dientes de los herbívoros, que cada vez se vuelven más duros y apropiados para triturar, y las plantas que les sirven de alimento, que evolucionan paralelamente incorporándose y tomando otras medidas de posible protección, la resistencia a la trituración. Pero esta suerte de “combate entre devorador y devorado, entre cazador y cazado, no termina jamás con la extinción de este último, ya que siempre se establece una manera de equilibrio soportaban para ambos en tanto que especies. Sin ello, los últimos leones hubieran muerto de hambre mucho antes de matar la última pareja de antílopes o cebras capaces de procrear. O para expresarlo en lenguaje comercial de los humanos, las compañías balleneras hubieran quebrado antes de acabar con la última ballena. Lo que amenaza directamente a la existencia de una especie animal no a el enemigo que con ella se alimenta, sino siempre, como hemos visto, el competidor. En los tiempos prehistóricos llevó el hombre un perro doméstico primitivo, a Australia, donde volvió al estado salvaje, y no aniquiló ninguna de las especies que cazaba, pero sí a los grandes marsupiales carnívoros que consumían los mismos animales que él. Estos marsupiales aborígenes, como el lobo marsupial (Thylacinus) y el diablo de Tasmania (San cophilus), eran mucho más fuertes que el dingo en el combate, pero eran relativamente lentos y torpes y netamente inferiores a los mamíferos que podemos llamar modernos en su modo de cazar. El dingo redujo, pues la población de los marsupiales que constituían su presa a tal punto que los métodos de esos competidores no eran “redituables”, no servían . Por eso viven hoy solamente en Tasmania, donde el dingo nunca llegó.

Hay también otro aspecto en que realmente no puede considerarse propiamente combate la contienda entre el depredador y su víctima. El zarpazo que da el león para asir su presa es comparable en su movimiento al que emplea para
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deshacerse de su rival de caza a la de guerra en su funcionamiento. Pero los motivos que determinan el comportamiento de un cazador en su interior son fundamentalmente diferentes de los del combatiente. El búfalo que el león derriba no ha hecho nada para provocar la agresión de éste, como tampoco ha hecho nada para provocar la mía la hermosa oca que vi gustoso en la despensa. En los mismos movimientos de intención puede verse claramente la diferencia de las motivaciones internas. El perro que se echa lleno de pasión cinegética contra la liebre tiene la misma expresión alegre y atenta que cuando saluda a su amo o espera algo agradable. En la cara del león puede verse, como lo muestran

muchas y excelentes fotografías, que en el momento del salto no está enojado. En el acto de cazar solamente gruñen o agachan las orejas, o hacen otros movimientos expresivos que se les conocen en el comportamiento agonístico, los animales carniceros ante una presa que les infunde bastante temor por su capacidad de defenderse... y aun entonces se conforman con embozar esos movimientos.

Más parecido a la verdadera agresión es el cambio del proceso opuesto: el de la interesante “contraofensiva” del animal que no quiere dejarse comer. Son sobre todo los animales que viven en sociedad los que doquiera lo encuentren atacan al animal de presa que los amenaza. Los ingleses llaman a eso mobbing, que se puede traducir por hostigamiento o, mejor, acosamiento. Así se agrupan las cornejas y otras aves para acosar al buho, el gato o cualquier otro carnicero nocturno cuando lo ven de día. Y aunque a algunos jóvenes cazadores les

sorprenda podríamos decir que los rebaños de bovinos también se amontonan para “acosar” a un perro pachón, aunque en realidad se trata de otro proceso, como no tardaremos en ver.

Es evidente el valor de conservación de la especie que tiene esta guerra movida al enemigo voraz. Aun cuando el agresor sea pequeño e inerme, puede causar
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muy sensibles perjuicios al animal a quien así ataca. Los cazadores solitarios sólo tienen perspectivas de éxito si sorprenden a su víctima. La caza se le estropea al zorro acosado en el bosque por un grajo escandaloso o al halcón seguido por una banda de aguzanieves (Motacilla alba) que avisan con sus gritos a todo el mundo. Hostigando de día al buho en bandadas, los pájaros intentan claramente hacer que a la noche siguiente el depredador nocturno se busque otro terreno de caza. Es especialmente interesante la función del acosamiento en muchas aves sociales, como las chovas y muchas especies de gansos. En las primeras sirve para que los jóvenes aprendan a conocer a su enemigo, que su instinto no les da a conocer de modo innato. Tal es su principal valor de conservación de la especie. Es éste además un caso excepcional entre las aves de conocimiento trasmitido por tradición de una generación a otra.

Los gansos “saben”, por el mecanismo innato de desencadenamiento, debido a la selección, que algo que tiene pelos, es de color pardo rojizo, y se arrastra alargado es altamente peligroso. Pero la guerra de acoso, o mobbing, tan emocionante, en compañía de una enorme conjunción de gansos venidos de todos los rumbos, es esencialmente instructiva para estas aves. La que no lo sabía, ahora se entera: ¡Ahí viene el zorro! Solamente habíamos rodeado de alambrado una parte de las orillas de nuestro lago. Por allí no podían pasar los zorros. En la parte protegida, los gansos se aventuraban sin temor por un bosquecillo de pinos, pero en la parte descubierta, no se acercaban a menos de 15 m de cualquier cubierto que hubiera podido albergar un zorro. Aparte de esta acción didáctica, el mobbing conserva naturalmente su función primitiva de hacer la vida imposible a los carniceros entre chovas y gansos. Las chovas los atacan activa y firmemente y los gansos parecen intimidarlos con sus gritos, su multitud y su intrépido avance. <las grandes ocas del Canadá siguen al zorro hasta las tierras en falange cerrada y jamás vi que tratara de volverse contra ninguno de

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sus persecutores, sino que baja las orejas, les lanza una mirada de asco por encima del hombro y se va despacito para salvar las apariencias.

Claro está que el mobbing es más impresionante y efectivo cuando se trata de grandes herbívoros bien armados, que cuando son muchos arremeten incluso contra grandes depredadores . De buena tinta sabemos que las cebas se atreven incluso con el leopardo cuando lo agarran en una sabana que no le ofrecen mucha protección. Y nuestro bovinos y puercos domésticos llevan tan dentro de la sangre el ataque social contra el lobo que uno puede correr grave peligro al pasar por un pastizal poblado por un gran rebaño en compañía de un perrito miedoso que en lugar de ladrar a los atacantes o correr por su cuenta se acoge a las piernas de su amo. Yo mismo tuve una vez que saltar al lago con mi perra Stasi y escapar nadando porque un rebaño de terneras se había formado en semicírculo en torno a nosotros y avanzaba amenazador. En la primera guerra mundial, mi hermano pasó en el sur de Hungría una amena tarde encima de un sauce, con su perro de busca escosés en los brazos. Los habían acorralado unos puercos que por allí vienen en estado semisalvaje, y cada vez estrechaban más el cerco, enseñando los colmillos de un modo que no dejaba lugar a dudas de sus intenciones.

Mucho podría decirse todavía acerca de estos eficaces ataques contra el enemigo, real o supuesto. Algunas aves y algunos peces tienen hoy, al servicio de este fenómeno particular, colores chillones o “aposemáticos” que sirven de advertencia para que el animal carnicero los vean bien y los pueda asociar con la desagradable experiencia que tenga de la especie en cuestión. Los animales venenosos, de mal sabor o protegidos de algún otro modo “escogen” para estas señales combinaciones muy visibles, como rojo, blanco y negro. Y un hecho muy sorprendente es que dos especies que no tienen nada que ver con esas criaturas (aparte de su ”venenosa” agresividad), ni entre ellas tampoco, han hecho
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exactamente lo mismo. Se trata del pato tadorna y el barbo de Sumatra. Del primero hace mucho tiempo que se sabe cual intensamente persigue los animales de presa; y nada más ver su plumaje chillón se siente el zorro tan disgustado que abandona su zorrera y deja anidar en ella a su hostigador. En cuanto a los barbos de Sumatra, una vez me compré unos porque me interesaba su inequívoco aspecto de venenosos. No tardaron en satisfacer su curiosidad, porque apenas estuvieron en comunidad con otros peces en un acuario se pusieron hostigar tan diligentemente a los grandes cíclidos que hubo de proteger a estos gigantes depredadores contra el mobbing de aquellos aparentemente inofensivos enanos.

Hay una tercera categoría de comportamiento combativo, que nominaremos con H. Hediguer reacción crítica, cuyo valor de supervivencia es tan fácil de demostrar como en el ataque del cazador al cazado o en el mobbing de los cazados al cazador. Es sabido que la expresión inglesa fighting like acorneret rat equivalente aproximado de nuestro luchar como un gato panza arriba, se refiere a la pelea desesperada en el que el combatiente echa el resto, porque ni tiene escapatoria ni puede esperar gracia. Esta forma de comportamiento combativo, la más violenta de todas, está motivada por el miedo, ya que el deseo natural de huir no puede realizarse corriendo, porque el adversario está demasiado cerca. Puede decirse que el animal no se atreve a volverle la espalda, y entonces pelea, como suele decirse, “ con el valor que le presta la desesperación”. Así puede suceder con la rata acorralada, que no tiene espacio para huir ; o cuando la mueve el afán de defender a su familia o sus pequeñuelos. Debe considerarse también reacción crítica el comportamiento de la gallina o el ánsar de atacar a todo objeto que se acerque demasiado a sus polluelos. Muchos son los animales que huyen ante un terrible enemigo si tienen tiempo de verlo de lejos, pero lo atacan furiosamente cuando los sorprende a un distancia crítica. Por eso los domadores manejan a sus fieras en determinado lugares de la pista del circo, en un juego peligroso sobre el umbral que separa la distancia crítica de la distancia de fuga; Hedigger lo ha
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descrito con mucho realismo. En miles de relatos de cazas se lee que donde más peligrosa es un fiera es en terreno cubierto, porque como la distancia de fuga es ahí particularmente reducida, el animal se siente protegido y calcula que con la espesura el hombre no lo verá aunque pase muy cerca. Pero si este sobrepasa la distancia crítica, rápidamente se produce un trágico accidente de caza.

Los casos especiales de que hablabamos más arriba, en que combaten entre sí animales de distintas especies, tienen en común el hecho de que cada uno de los contendientes lleva la ventaja de su comportamiento, o por lo menos “debe llevarla”, en interés de la conservación de la especie. Ahora bien, la agresión dentro de la especie, que es la agresión propiamente dicha, en sentido estricto, realiza así mismo una función de conservación de la especie, y su caso también está justificado plantearse el “para qué” darwiniano. Muchos de nosotros no

admitirán esto fácilmente, y para quien esté acostumbrado al pensamiento psicoanalítico quizá resulte sencillamente un pérfido intento de apología del principio destructor, del mal. El hombre normal, civilizado, en general sólo tiene contacto con la agresión cuando dos conciudadanos o dos animales domésticos se pelean, y claro está que sólo ve los malos efectos de la agarrada; añádase a esto la alarmante progresión que va desde dos gallos que disputan en un montón de estiércol, pasando por dos perros rivales que se muerden, dos chiquillos que se dan una buena tunda, dos mocetones que se tiran a la cabeza las jarras de cerveza, para llegar a las reyertas ya un poco políticas en un café o una taberna, y después a la guerra y las bombas atómicas.

Tenemos buenas razones de pensar que la agresión dentro de la especie, en la situación cultural, histórica y tecnológica de la humanidad, es el más grave de todos los peligros. Pero nuestras perspectivas de hacerle frente no demoran si la aceptamos como algo metafísico e ineluctable, y tal vez sería mejor buscar el encadenamiento de sus causas naturales. Siempre que el hombre ha conseguido
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domar los fenómenos de la naturaleza ha sido gracias al conocimiento de las causas que los determinan. La fisiología, ciencia de los procesos biológicos normales y del cumplimiento de su misión conservadora de la especie, es la base indispensable de la patología, ciencia de sus trastornos. Olvidemos de momento el hecho de que el instinto de agresión, en las condiciones de nuestra vida civilizada, ha “descarrilado” y dediquémonos a averiguar sus causas naturales sin ninguna preocupación. Como buenos darwinistas, y en vista de las positivas razones ya abundantemente expuestas, empezaremos por preguntarnos cómo contribuyen a la conservación de la especie la lucha contra los congéneres en las condiciones naturales o, mejor dicho, preculturales, y cómo ejerce esa presión selectiva a que se debe su evolución en tantas criaturas superiores. Porque no son sólo los peces, de ningún modo, los que se pelean entre congéneres del modo que hemos descrito. La mayoría de los vertebrados hace otro tanto.

Sabido es que Darwin también se había planteado el problema del valor que tiene para la supervivencia de la especie la agresividad, y había hallado una respuesta satisfactoria: siempre es ventajoso para el futuro de la especie la agresividad, y había hallado una respuesta satisfactoria: siempre es ventajoso para el futuro de la especie que sea el más fuerte de dos rivales quien se quede con el territorio o la hembra deseadas. Como suele suceder, esta verdad de ayer no ha dejado de serlo hoy. Solamente es un caso especial, y los ecólogos demostraron hace poco otra función aún más esencial que tiene la agresión en la conservación de la especie. Ecología viene del griego oikos (la casa), y es la ciencia que trata de las múltiples relaciones recíprocas que hay entre el organismo y el medio natural (“su casa”), en que también hay, como es natural, otros animales y plantas indígenas. Si no hay intereses especiales de una organización social que exijan una estrecha cohabitación, es más favorable –por razones fáciles de ver- que los individuos de una especie animal estén repartidos lo más regularmente posible en el espacio vital a utilizar. Expresémoslo con una analogía de la vida profesional humana: si
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en determinada región de un país cierto número de médicos, comerciantes o mecánicos de bicicletas desean ganarse la vida, harán bien en establecerse cada uno lo más lejos que le sea posible de sus colegas. El peligro de que en una parte del biotopo disponible se instale una población demasiado densa, que agote todos los recursos alimenticios y padezca hambre mientras otra parte queda sin utilizar, se elimina del modo más sencillo si los animales de una misma especie sienten aversión unos por otros. Esta es la más importante misión, dicha sin adornos ni rodeos, que cumple la agresión para la conservación de la especie. Y ahora estamos ya en condiciones de ver el por qué de los colores tan exagerados que tienen los peces sedentarios del coral. Pocos biotopos hay en la tierra que ofrezcan tanto y sobre todo tan variado alimento como un banco de coral. En él, las diferentes especies de peces pueden escoger cada cual “su profesión”, hablando el lenguaje de la evolución. Unos peces podrán ganarse la vida de peones, con lo que más o menos sabe hacer un pez común y corriente, o sea dar caza a seres más pequeños, no venenosos ni blindados, ni armados de púas, ni capaces de defenderse de otro modo y que llegan en gran número del ancho mar a los arrecifes, ya sea dejándose llevar pasivamente por el viento y las olas, como el plancton, ya sea nadando activamente con la intención de establecerse también en las rocas, como por ejemplo los millones y millones de larvas autónomas de todos los organismos habitantes de los arrecifes.

Una especie de peces puede especializarse también en comerse los animales que tienen alguna protección y viven en la misma roca, haciendo ineficaces de alguna manera sus defensas. Los mismos corales proporcionan alimentación muy variada a toda una serie de especies de peces. Las mariposas marinas de puntiagudo hocico se alimentan casi exclusivamente, como parásitos, a costa del coral y de otros animales urticantes. Continuamente están explorando las ramas de coral en busca de víctimas, pequeñas presas, en los tentáculos venenosos de los pólipos. En cuanto descubren una producen un remolino agitando el agua con
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sus aletas pectorales, dirigido de tal modo que se forma una “raya” o separación entre los pólipos, que se aplastan con todos sus tentáculos urticantes, y así puede el pez coger bonitamente la presa casi sin que le pique la nariz. Siempre le arde un poco, pero entonces “estornuda” y sacude el morro; de todos modos, esto parece gustarle tanto como a nosotros la pimienta o el chile. En todo caso, mis bonitas mariposas amarillas y pardas prefieren ir a sacar un trocito de pescado de los tentáculos de un animal urticante en lugar de tomar los que pasan nadando libremente. Otras especies afines han logrado una inmunidad aún mayor contra el veneno urticante y devoran, además de la presa, el pólipo que la tenía sujeta. Otras más ni siquiera se preocupan por la cápsula venenosa de los celentereos y tragan corales, pólipos hidrocoraliarios y hasta grandes e irritantes actinias como una vaca come yerba. Los peces papagayos (Scaridae) tienen, además de esta inmunidad, gracias a la selección natural, dentaduras como robustas cizallas que les permiten comerse incluso el esqueleto calcáreo de los pólipos sin dejar nada. Si uno bucea cerca de un banco de estos magníficos peces cuando están pastando así, se oyen ruidos como si estuviera funcionando una pequeña trituradora de grava. Cuando este pez suelta el vientre se ve manar como arenilla blanca, y el observador comprende maravillado que la arenilla de coral, blanca como la nieve, que cubre todos los claros del bosque de coral ha pasado con toda seguridad por el cuerpo de uno de estos peces.

Otros, los plectognatos, a los que pertenecen el orbe, el cofre y el puerco espín, tan divertidos, tienen la especialidad de comerse los moluscos, cangrejos y erizos de mar, así como los emperadores (Pomacanthus imperator), se especializan en llevarse de sopetón las hermosas coronas de plumas que algunas terebelas asoman fuera de su tubo de dura calcárea, coronas que se pueden contraer rápidamente ante el ataque de depredadores más lentos. Pero los emperadores tienen un procedimiento que anula la velocidad de reacción del anélido: se deslizan lateralmente junto al cuerpo de su víctima y le agarran la cabeza con un
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brusco movimiento de lado de la boca. E incluso cuando en el acuario se hallan con otras presas incapaces de tan rápida retracción, los emperadores no saben agarrarlos sino del modo descrito. Los arrecifes ofrecen otras muchas posibilidades “profesionales” a los peces especializados. Los hay limpiadores, que se dedican a quitar los parásitos a otros. Los peces más feroces los dejan hacer, aunque penetren en su cavidad bucal o branquial para realizar un benéfico trabajo. Los hay, caso aún más extraño, que viven como parásitos de los grandes y se alimentan de trocitos de su piel. Y algunos de ellos –cosa que es ya el colmo- se disfrazan de limpiadores y con ese pretexto se acercan hipócritamente a sus víctimas, imitando incluso los movimientos del servidor. ¿Cómo contar tantos pueblos y decir tantos nombres?.

Lo esencial para nuestro estudio es que todas estas oportunidades de ejercicio de una u otra profesión, que se denominan “nichos ecológicos”, se hallan juntas en el mismo metro cúbico de agua de mar. A causa de la abundancia de alimento que ofrece un banco de coral, cada individuo, sea cualquiera su especialidad, sólo necesita unos cuantos metros cuadrados de superficie del fondo para su mantenimiento. Por lo tanto, en ese pequeño trozo de territorio pueden, y “quieren”, convivir tantos peces como nichos ecológicos hay. Y no faltan de éstos... como le consta a quienquiera contempló alguna vez la maravilla del hormiguear de la vida en un arrecife. Pero cada uno de estos peces tiene empeño en que no se establezca allí nadie más de su especialidad. Ahora bien, los especialistas de otras “profesiones” no les perjudican en nada, como en nada perjudican, en el ejemplo que antes dábamos, los negocios del médico a los del mecánico de bicicletas.

En los biotopos de población menos densa, donde la misma unidad de espacio solamente ofrece posibilidad de vida a tres o cuatro especies, un pez o un pájaro sedentario pueden darse el lujo de tener alejados a seres de otras especies que
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en realidad no influyen para nada en su subsistencia. Pero si un pez del coral quisiera hacer otro tanto, no tardaría en agotarse y de todos modos no podría impedir que el territorio se llenara de profesionales no competidores. Es del interés ecológico de todas las especies sedentarias que cada una de ellas proceda a la distribución especial de sus individuos sin tener en cuenta para nada las demás especies. Los colores “de cartel” de que hablábamos en el primer capítulo y las reacciones combativas desencadenadas de modo selectivo tienen por objeto precisamente hacer que cada quien tenga a raya a los competidores de su propia especie, que consumen el mismo alimento. Esta es la sencilla respuesta que podemos dar en la discutida cuestión acerca de la función que tienen los colores en los peces del coral.

Como ya dijimos, el canto que caracteriza a la especie en el ave canora tiene una función de conservación de la especie análoga a las señales ópticas de los peces descritos. Es seguro que indica a otras aves que todavía no poseen territorio que en tal o cual lugar hay un macho de determinada especie y nombre, que reivindica una propiedad. Tal vez tenga importancia, aparte de esto, el hecho de que en muchas especies indique también el canto claramente la fuerza y aun la edad del ave que lo emite, o sea que precise hasta qué punto debe temerlo el intruso que lo oye. Sorprende notablemente en muchas aves de las que demarcan acústicamente su territorio la gran diversidad de sonidos logrados, que difieren grandemente de un individuo a otro. Algunos observadores opinan que en esas especies sirven también de tarjetas de visita, que debe tener cierta importancia entre sus miembros: según Heinroth, cuando el gallo canta dice: “Aquí hay un gallo”. Pero Bäumer, que es la mayor autoridad en materia de aves de corral, oye un mensaje especial: “Aquí está el gallo Baltasar”.

Entre los mamíferos, que suelen “pensar con la nariz”, no es maravilla que desempeñe un gran papel la demarcación territorial olfativa. Se han creado los
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procedimientos más variados, han aparecido multitud de glándulas que segregan olores especiales, y extrañas ceremonias para orinar y defecar. Todo el mundo conoce la costumbre que tiene el perro de levantar la pata. Pero algunos especialistas de los mamíferos opinan que esas señales olfativas no tienen nada que ver con la propiedad de un territorio, ya que se hallan lo mismo en los animales sociales, que no tienen ningún territorio particular que defender, que en los que andan errantes como gitanos de acá para allá por vastas extensiones. Tal objeción no es válida sino parcialmente. En primer lugar, los perros, y seguramente los demás animales que viven en manadas o bandadas, se reconocen individualmente por el olor de sus señales, y a los miembros de la manada sin duda los sorprendería inmediatamente la audacia de un miembro de otra manada que iría a levantar la pata en su territorio de caza. En segundo lugar está la interesantísima probabilidad, cuya existencia han demostrado Leyhausen y Wolff, de que la repartición de los individuos de una misma especie por el biotopo disponible se realice no sólo en espacial sino también en lo temporal. Los gatos domésticos que viven en libertad en el campo podrían así utilizar un mismo cazadero sin tener jamás motivos de pelea, mediante un horario fijo, a la manera de las amas de casa de nuestro instituto de Seewiesen que utilizan en común la lavadora. Una seguridad más de no tener encuentros desagradables la constituyen las señales olorosas que van dejando a trechos regulares esos animales –los gatos, no las amas de casa- Por donde pasan o se detienen. Estas señales hacen entonces el efecto de las que en los ferrocarriles sirven para impedir, con análogo objeto, la colisión entre dos trenes. Los gatos que hallan en el sendero de caza la señal de otro, cuya edad pueden calcular muy bien, dudan o cambian de itinerario si la señal es reciente, pero prosiguen tranquilamente su camino si ya tiene dos o más horas.

Incluso en los animales cuyo territorio no se determina temporalmente de este modo, y tan sólo espacialmente, no debemos representárnoslo como una
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propiedad raíz delimitada por fronteras geográficas claramente determinadas y como quien dice inscritas en catastro. Lo determina más bien la circunstancia de que la combatividad del animal es máxima en el lugar que le es más familiar, en el centro de sus tierras. O sea que el valor liminal de los estímulos que desencadenan el combate son más bajos allí donde el animal se siente “más seguro”, o sea donde su agresividad se ve menos contrariada por la tendencia a la fuga. A mayor alejamiento de este “cuartel general”, menor disposición combativa, y mayor efecto de desconocimiento e inquietud. Por lo tanto, la curva de esa disminución no acusa por todas partes la misma pendiente. En los peces, que casi siempre tienen el centro de su territorio en el fondo del mar, la agresividad disminuye con rapidez mucho mayor en dirección vertical, sin duda porque es de arriba de donde suele venirles el peligro.

El territorio de un animal parece, pues, ser función de la mayor o menor combatividad local, y ésta depende de diversos factores ligados al lugar, que pueden inhibirla. Al acercarse al centro del territorio, la agresividad aumenta en progresión geométrica a medida que disminuye la distancia. El incremento es tal que compensa todas las diferencias de fuerza y tamaño entre los animales adultos y sexualmente maduros de una especie. Si se conoce, por ejemplo, el centro territorial de cada uno de dos animales propietarios que empiezan a querellarse, como dos gasterósteos en acuario o dos colirrojos de frente blanca en nuestro jardín, será fácil predecir con toda seguridad cuál de ellos será el vencedor, ya que coeteris paribus, siempre triunfará el que en ese momento esté más cerca de su casa.

Y cuando huya el vencido, la inercia de las reacciones en ambos contendientes hará que se produzca un fenómeno característico de todos los procesos de autorregulación de desarrollo retrasado: una oscilación. Al acercarse a su residencia o cuartel general, al perseguido le vuelve el ánimo, mientras el del
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perseguidor disminuye en la misma medida, porque se está adentrando en territorio enemigo. Al cabo, el que estaba huyendo se vuelve y ataca con tanta rapidez como energía al antes vencedor, y puede predecirse que ahora lo derrotará o expulsará de sus tierras. Y todo esto se repite una y otra vez, hasta que el vaivén cesa en un punto preciso donde, establecido el equilibrio, se conformarán uno y otro con amenazar sin agredir.

Ese punto, que es la “frontera” del territorio, no está trazado en el suelo de ningún modo sino que lo determina, como hemos visto, el equilibrio de las fuerzas y puede cambiar por poco que se modifique alguna circunstancia. Por ejemplo, si uno de los peces ha comido hace poco hasta hartarse y eso le da “flojera”, la frontera se desplaza hacia un lugar más cercano al cuartel general del pez

inhibido. Hay una comunicación, ya vieja, acerca del cíclico Cichlasoma nigrofasciatum, que puede servir para ilustrar esta oscilación de la frontera entre dos territorios. Había cuatro peces de esta especie en un gran recipiente; el más fuerte de ellos, el macho A, ocupó inmediatamente el rincón inferior de la izquierda, al fondo, y se puso a dar caza implacablemente a los otros tres por todo el acuario. Es decir, reclamaba todo el territorio como suyo. Pero al cabo de pocos días, el mach o B se apropió un lugarcito inmediatamente debajo de la superficie, diagonalmente opuesto al del otro (arriba, a la derecha y delante) y allí resistió valientemente a los ataques del primero. Ocupar un lugar cerca de la superficie es un cierto modo un acto de desesperación para un pez, que queda así expuesto a graves peligros, pero los acepta con tal de protegerse contra su congénere, que por las razones arriba expuestas ataca con menos vigor en ese lugar. El propietario de una zona tan amenazada tiene en su favor el miedo que la superficie inspira a su mal vecino. En los días siguientes, el espacio defendido por B aumentó a ojos vistas y se fue extendiendo hacia abajo cada vez más, hasta que tuvo su cuartel general abajo y adelante, en el rincón de la derecha. Era ya un territorio que valía la pena, con un cuartel general comparable al del otro en valor
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posicional. Las fuerzas se habían equilibrado, y pronto quedó el acuario dividido en dos territorios aproximadamente iguales. Era cosa digna de ver: los dos peces patrullando sin cesar a lo largo de la frontera y amenazándose mutuamente. Y aun mañana hubo un nuevo enfrentamiento, pero totalmente a la derecha, otra vez donde B se había establecido al principio. Ahora ya no le quedaban a éste más que unos centímetros cuadrados de espacio. Pronto comprendí lo que había ocurrido. A se había buscado pareja, y como entre todos los grandes cíclicos, los cónyuges se habían repartido la tarea de defender el territorio, y B se encontraba ahora con una presión doble a que resistir. Había tenido que reducir su territorio. Al día siguiente, los dos peces estaban otra vez afrontándose en el medio del recipiente, pero esta vez a B lo acompañaba también una esposa, que había restablecido el equilibrio con la familia de A. Una semana después volvía a hallar la frontera cambiada, esta vez hacia la izquierda y al fondo, en pleno territorio de A, y la razón de esto era que la familia de éste acababa de poner huevos, y por eso sólo uno de los miembros de la pareja se podía dedicar a defender la frontera, mientras el otro cuidaba los huevos. Poco después, la familia de B también tuvo huevos, y volvió a restablecerse el equilibrio. Julian Huxley ilustró una vez muy bien este comportamiento con una metáfora de física, en que comparaba los territorios con dos globos que en un recipiente cerrado se aplastan uno contra el otro y se agrandan o reducen según aumenta o disminuye la presión dentro de cada uno de ellos.

Este mecanismo tan sencillo de la filosofía del comportamiento resuelve de modo casi ideal el problema de repartir equitativamente en un territorio determinado los animales de la misma especie, de modo que la totalidad de la especie se beneficia. Así, el más débil podrá, siquiera en un espacio de proporciones modestas, vivir y reproducirse. Esto tiene su importancia principalmente en los animales que, como muchos peces y reptiles, alcanzan su madurez sexual mucho

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antes de llegar a adquirir su talla definitiva. Tenemos así una consecuencia pacífica del “principio del mal”.

Otro tanto puede lograrse con muchos animales sin intervención de la agresividad. Basta en teoría que dos animales de la misma especie no puedan “ni olerse” para que se eviten. Hasta cierto punto tal es el caso con las marcas olfativas puestas por los gatos (pp. 44-5), aunque detrás de ese efecto se perfila la amenaza tácita de una agresión real. Hay también vertebrados exentos de toda agresividad intraespecífica pero que de todos modos evitan sistemáticamente a sus congéneres. Muchas ranas, y sobre todo las arborícolas, son solitarias inveteradas, salvo en la época de la procreación, y se advierte claramente su distribución regular por todo el espacio vital disponible. Como unos investigadores norteamericanos han descubierto poco ha, ello se debe sencillamente al hecho de que cada uno de estos animales huye del croar de sus congéneres. Esto no explica cómo las hembras, que en la mayoría de las especies no croan, están repartidas con igual regularidad.

Podemos dar por cierto que la función más importante de la agresión intraespecífica es la distribución regular de los animales de la misma especie por un territorio; ¡pero no es la única! Ya Darwin vio justamente cómo los combates entre rivales, por lo general machos, sirven para seleccionar los mejores y más fuertes a favor de la selección natural. La fuerza del padre presenta una ventaja inmediata para la progenitura en aquellas especies en que el progenitor macho participa activamente en la defensa y el cuidado de los hijos. Es evidente la relación entre el cuidado de los pequeñuelos por parte del padre y las luchas entre rivales, sobre todo entre los animales no “territoriales” en sentido estricto, sino de costumbres más o menos nómadas, como por ejemplo los grandes ungulados, los monos terrícolas y otros muchos. En esos animales no desempeña la agresividad intraespecífica ningún papel esencial en el reparto del espacio o spacing out de la
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especie de que se trata. Tenemos por ejemplo los bisontes, los antílopes, los caballos, etc., que forman grandes unidades, y como tienen a su disposición cantidades inmensas de alimento, no saben nada de delimitación de territorios ni de celos por el espacio vital. No obstante, los machos de estas especies luchan ardiente y dramáticamente entre ellos, y no cabe dudar de que la selección resultante de ese comportamiento agonístico produce grandes y firmes defensores de las familias y los rebaños. Pero tampoco puede dudarse de que la función conservadora de la especie que cumple la defensa del rebaño ha contribuido bastante a favorecer los combates despiadados entre rivales por selección. Así han aparecido campeones tan imponentes como los enormes bisontes machos, o los grandes babuinos de algunas especies, que cada vez que la comunidad está en peligro forman una valiente muralla defensiva en torno a los miembros más débiles.

En relación con los duelos entre rivales mencionemos un hecho que siempre hemos visto sorprender y aun parecer paradójico a los no biólogos, y que tiene mucha importancia para lo que más adelante veremos. Se trata de que la selección puramente intraespecífica puede a las veces conducir a la aparición de formas y pautas de comportamiento que no solamente no tienen ningún valor adaptativo, sino que pueden incluso perjudicar a la conservación de la especie.

Cuando es la rivalidad sexual la única que realiza la selección, con una orientación determinada, sin relación funcional con una función conservadora de la especie dirigida hacia el mundo exterior, en ciertas circunstancias pueden aparecer formaciones extrañas, totalmente inútiles para la especie como tal. La cornamenta del ciervo, por ejemplo, se desarrolló exclusivamente en servicio de los combates entre rivales, y el individuo que no la tiene carece de la menor posibilidad de procrear descendientes. Pero aparte de eso, los cuernos no le sirven de nada al ciervo, como es bien sabido. Para defenderse de los
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depredadores utilizan solamente los cascos delanteros, y nunca la cornamenta. Parece un cuento eso de que el reno utilice sus ensanchados mogotes para palear la nieve. Más bien le servirían para proteger los ojos en determinada pauta de movimientos ritualizada, en que el reno macho cornea vigorosamente los arbustos.

La selección sexual de la hembra puede tener exactamente el mismo efecto que las luchas entre rivales. Cada vez que vemos formas extrañas, profusión de plumas multicolores, etcétera, en los machos podemos sospechar que no hay duelos entre ellos y que la última palabra en la selección de pareja la dice la hembra. Al varón no le queda ningún recurso “legal” contra esa decisión. Aves del paraíso, gallinetas de collar (Philomachus pugnax), patos mandarines (Aix galericulata) y faisán Argos son ejemplos de ello. La faisana Argos reacciona ante las grandes alas remeras del macho, adornadas con maravillosos ocelos, cuando éste las despliega ante su vista en el cortejo. Con esas alas tan enormes el faisán casi no puede volar, pero cuanto más grandes más excitan a la faisana. El número de descendientes que puede engendrar el faisán en determinado espacio de tiempo está en proporción directa a la longitud de esas grandes remeras.

Y así se conserva la predisposición a tener enormes plumas, en contra del interés de la especie. Imaginémonos lo que sería si la faisana reaccionara a una pequeña mancha roja situada en las alas del macho, mancha que desaparecería al recoger las alas y que en nada estorbara su capacidad de vuelo o camuflaje. Pero la evolución del Argos se equivocó de camino y entró en el callejón sin salida que consiste en competencia por tener las alas más grandes y vistosas; los animales de esta especie ya no hallarán la solución que sería razonable y “deciden” seguir con el disparate adelante.

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Por primera vez nos topamos aquí con un aspecto filogenético que nos parece extraño y, pensándolo bien, bastante inquietante. Sabemos ciertamente que el método de tanteo experimental de los “grandes constructores” tiene que conducir a planes que no siempre son los más adecuados. En el reino vegetal y el animal hay, claro está, adaptaciones perfectamente apropiadas, y también casos inapropiados, aunque no tanto que la selección se encargue de borrarlos. Pero aquí la situación es muy diferente. No se trata de que el juez severo de la propiedad eficiente haya “cerrado un poco los ojos” para dejar pasar una construcción de segunda, sino que es la misma selección la que ha ido a parar a un callejón sin salida. Y siempre sucede así cuando es únicamente la competencia entre congéneres la que opera la selección, sin tomar en cuenta el medio extraespecífico.

Solía decir en broma mi maestro, Oskar Heinroth, que: “Después de las alas del faisán, el producto más idiota de la selección intraespecífica es el ritmo de trabajo del hombre civilizado occidental”. La vida apresurada que nos ha hecho nuestra civilización industrializada y comercializada es efectivamente un buen ejemplo de evolución impropia, debida exclusivamente a la competencia entre congéneres. El hombre contemporáneo padece de la enfermedad de los gerentes, hipertensión arterial, atrofia renal, úlcera de estómago y neurosis, ve a la barbarie porque ya no tiene tiempo que dedicar a empeños culturales. Y todo ello sin necesidad, ya que nada le impide entenderse con sus congéneres para trabajar con más calma, sin dejar por eso de ganarse la vida. Nada se lo impide en teoría, porque en la práctica le es tan imposible renunciar a esa vida como al faisán a sus plumas.

Por razones fáciles de comprender, el hombre está particularmente expuesto a los nefastos efectos de la selección intraespecífica. Como ningún otro ser antes de él, ha sabido domeñar a todas las potencias hostiles del medio extraespecífico. Ha erradicado al lobo y el oso, y ahora es él su propio enemigo, de acuerdo con el
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dicho romano: homo homini lupus. Algunos sociólogos contemporáneos norteamericanos han sabido aprehender perfectamente este fenómeno en el campo de su actividad profesional. En The Hidden Persuaders hace Vance Packard una descripción impresionante de la gravísima situación a que esto puede conducir si continúa la escalada de la competencia comercial. Leyendo este libro tiene uno tendencia a creer que la competencia intraespecífica es “la raíz de todo mal” en un sentido más inmediato de lo que podría serlo la agresión. Voy a decir por qué insisto tanto en este capítulo, dedicado a la función de la agresión como conservadora de la especie, acerca de los peligros que presenta la selección intraespecífica. Más que otras propiedades y funciones puede el comportamiento agresivo conducirnos a lo grotesco e impropio al exagerar sus malos efectos. En otros capítulos hablaremos todavía de consecuencias nocivas que ha tenido, como por ejemplo en el ganso del Nilo (Alopochen aegyptiacus) o el turón. Pero ante todo, lo más probable es que esta nefasta dosis de agresividad que llevamos en los huesos como una herencia malsana se deba a un proceso de selección intraespecífica que operó en nuestros antepasados durante decenas de miles de años, durante el neolítico. Apenas llegó el hombre a dominar en cierto modo, gracias a sus armas, sus vestimentas y su organización social los peligros externos del hambre, el frío y las fieras devoradoras, que ya no fueron factores esenciales en la selección, intervino sin duda una selección intraespecífica perjudicial. El factor selectivo fue a partir de entonces la guerra que se hacían entre sí las hordas vecinas de gentes hostiles. Sin duda se produjo una selección muy rigurosa de todas las llamadas “virtudes guerreras”, que por desgracia todavía son para muchos un ideal merecedor de esfuerzos. Ya volveremos a hablar de estos en los últimos capítulos.

En cuanto a la acción conservadora de la especie que tienen los duelos entre rivales, declaremos que sólo realizan una selección útil si producen luchadores no solamente aptos para la pelea con sus congéneres, sino también capaces de
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vérselas con enemigos de otras especies. Su función más importante es, pues, la selección de un campeón que defienda efectivamente a las familias, y esto presupone otra función de la agresión intraespecífica: la defensa de los pequeñuelos, tan evidentemente necesaria que no insistiremos en ella. Si cupiera alguna duda al respecto bastaría a probar su existencia el hecho de que en muchos animales en que sólo uno de los sexos cuida la progenitura, sólo éste es virtualmente agresivo contra los congéneres, o por lo menos lo es mucho más que el otro. En el gasterósteo es el macho, en muchos cíclidos enanos, la hembra. En las gallináceas y los patos, cuyas hembras son las únicas que cuidan de la prole, son ellas mucho más intolerantes que los machos... aparte de las peleas entre rivales, naturalmente. Con los hombres sucede algo parecido.

Sería un error creer que las únicas funciones importantes para la conservación de la especie sean las tres del comportamiento agresivo que llevamos tratadas: distribución de los animales de la misma especie por el espacio vital disponible, selección efectuada por los combates entre rivales y defensa de los hijos. Después veremos el indispensable papel que tiene además la agresión en el gran concierto de las pulsiones y cómo hace de motor y “motivación” en modos de comportamiento que a primera vista nada tienen que ver con la agresión y aun parecen ser lo contrario de ella. No se sabe si considerar paradoja o lugar común el hecho de que en los lazos personales más íntimos que unen a los seres entre mucho de agresivo. Pero antes de llegar a esos problemas centrales de nuestra historia natural de la agresión tenemos muchas otras cosas que decir. No es fácil comprender, y menos explicar, que el importante papel que tiene la agresividad en la democrática acción recíproca de los impulsos se desarrolla dentro del todo de un organismo.

Pero lo que si podemos decir ya es el papel que le corresponde a la agresión en ese sistema altamente organizado, y sin embargo fácil de entender, que es la
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organización de muchos animales. En elle es necesario un principio de orden, sin el cual no podría desarrollarse una vida organizada en común de animales superiores. Este principio es la llamada jerarquía social.

Se trata de los siguiente: cada uno de los individuos que viven en una sociedad se sabe quién es más fuerte y quién más débil que él, y así puede retirarse sin presentar combate delante del más fuerte y esperar que a su vez el más débil se retire ante él si se lo topa en su camino. Fue Schjelderup-Ebbe el primero en estudiar el fenómeno de la jerarquía social en las aves de corral, y lo llamo

pecking order ( orden de picoteo), expresión que se ha conservado , sobretodo en literatura técnica anglosajona. A mí siempre me parece un poco cómico hablar de orden de picoteo a propósito de los grandes mamíferos, que no picotean, sino muerden o topan. La gran difusión de la jerarquía social dice claramente su enorme valor de conservación de la especie; debemos, pues, preguntarnos en qué consiste exactamente.

Lo primero que se le ocurre a uno es, naturalmente, que sirva para impedir los combates entre miembros de la sociedad, lo cual suscita de inmediato la objeción de que tal vez fuera mejor inhibir por completo la agresividad entre dichos miembros. A esto pueden darse una serie de respuestas. Como después veremos detalladamente en el capítulo X, en primer lugar puede suceder que una sociedad como una manada de lobos o una banda de monos tenga urgente necesidad de agredir a otras sociedades semejantes, y que la agresividad deba por lo tanto evitarse solamente dentro de la horda. En segundo lugar, una sociedad puede, gracias al equilibrio de las tensiones establecido por la agresividad y por la consecuencia, la jerarquía social, lograr una estructuración y una estabilidad ventajosas en muchos aspectos. Entre las chovas, y ciertamente también entre otras muchas aves, la jerarquía social conduce directamente a la protección de los más débiles. Como cada individua se afana siempre por mejorar su posición
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dentro de la jerarquía, entre los individuos situados inmediatamente encima o debajo unos de otros siempre hay bastante tensión, y aun hostilidad; en cambio la tensión se va reduciendo a medida que dos animales están más alejados socialmente uno del otro. Pero las chovas de alta categoría, sobre todo los machos, intervienen en cada disputa entre dos inferiores; esta gradación de la tensión social logra el efecto deseado, y la chova de elevada jerarquía siempre apoya al menos potente, de acuerdo al parecer con la divisa caballeresca de “ponerse departe del más débil si hay uno más fuerte”.

Entre las chovas se advierte ya, ligada a la posición conquistada en los combates de agresión, otra forma de autoridad: los miembros de la colonia hacen más caso de los movimientos expresivos de un individuo de elevada posición, sobre todo de un macho de ya bastante edad, que de un animal joven que todavía ocupa una posición inferior. Si por ejemplo un joven se espanta a consecuencia de cualquier estímulo sin importancia, los demás, sobre todo los mayores, no presentan atención a las manifestaciones de su miedo. Pero si un viejo el que se alarma, todas las chovas que lo alcanzan a ver huyen precipitadamente.

Por eso debe tener mucha importancia el que se respete la “opinión ” de las aves mayores, veteranas y de elevada categoría.

Cuanto más evoluciona una especie animal, más importancia tiene en general el papel que en ella desempeña la experiencia individual y el aprendizaje, aunque el comportamiento innato no pierde su valor, pero sí se reduce a elementos más simples. Esta tendencia de la evolución hace que cada vez sea mayor el prestigio de los animales mayores en edad y experiencia; y hasta puede decirse que así aparece una nueva función conservadora entre los mamíferos más inteligentes y que la vida en sociedad facilita la transmisión por tradición de las informaciones adquiridas de modo individual. Naturalmente, la inversa también tiene algo de
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cierto, ya que la convivencia social ejerce sin duda una presión selectiva en el sentido del mejor desarrollo de la capacidad de aprender, porque ésta, en los animales sociales, no sólo se aprovecha al individuo, sino también a la

comunidad. Al mismo tiempo, la longevidad que dura mucho más allá del período de reproducción adquiere también un valor de conservación de la especie. Como nos enseña Fraser Darling y Margaret Altmann, en muchos cérvidos es una matrona ya anciana, y libre desde mucho antes de las cargas de la maternidad y de dedicarse a sus deberes sociales, quien dirige el rebaño.

Suponiendo iguales las demás condiciones, la edad de un animal está en relación directa, por lo general, con su posición dentro de la jerarquía social. Por eso no es inadecuado que la “construcción” del comportamiento se base en esa ley y que los miembros de la comunidad, que no puede ver la edad de sus líderes en el registro de bautismo, midan por la posición jerárquica que ocupan la confianza que pueden concederles. Los colaboradores de Yerkes hicieron mucho tiempo atrás la interesante y excitante observación de que los chimpancés, que es sabido son capaces de aprender imitando, sólo imitan por grupo de estos monos apartaron un miembro de posición inferior y le hicieron aprender a procurarse plátanos manejando un mecanismo bastante complicado que con tal fin habían montado. Devolvieron después el mono al grupo, junto con su aparato, y los jerarcas trataron de quitarle los plátanos que se procuraba con su industria, pero a ninguno de ellos se le ocurrió observar lo que hacía el despreciado inferior para ver si podían aprender algo de él. Después se hizo aprender lo mismo y de la misma manera al jefe; al volver éste a la comunidad lo observaron llenos de interés los demás miembros y pronto aprendieron a hacer como él.

S. L. Washburn e Irven de Vore observaron que los babuinos en libertad no tienen un jefe solo, sino que los manda un colegio de ancianos que conservan su autoridad sobre los demás , más jóvenes y más fuertes, mediante una unión
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estricta que los hace juntos más fuertes que cualquier macho joven por separado. En un caso estudiado con particular detenimiento, uno de los tres “senadores” era un viejo casi desdentado, y los otros dos hacía mucho tiempo habían pasado de sus mocedades. Un día estuvo la horda en peligro de caer en la boca del león, en un terreno descubierto: se detuvieron todos, y los jóvenes y fuertes formaron una valla defensiva en torno a los más débiles. Fue el macho de mayor edad el que avanzó solo, para encargarse de la peligrosa misión de averiguar exactamente dónde estaba el felino sin que éste lo viera. Después volvió a la horda y la condujo, dando un gran rodeo para evitar al león, hasta los árboles donde solían dormir en seguridad. Todos le siguieron con obediencia ciega, y nadie puso en duda su autoridad.

Lancemos ahora una mirada hacia atrás y examinemos todo cuanto hemos aprendido en este capítulo gracias a la observación atenta del os animales y de cómo sirve la agresión intraespecífica para la conservación de la especie. El espacio vital está repartido entre los congéneres de modo tal que cada quien puede vivir dentro de las posibilidades existentes. Por el bien de la prole se seleccionan el mejor padre y la mejor madre. Se protege a los hijos. Y la

comunidad se organiza de modo tal que algunos machos prudentes, “sabidores”, que forman el senado, logran la autoridad necesaria para tomar decisiones en beneficio de la comunidad, e imponerlas. Nunca hemos observado que el objetivo de la agresión sea el aniquilamiento de los congéneres, aunque una que otra vez se produzca algún accidente desdichado y un cuerno entre por un ojo o un diente corte una arteria. Esto no impide , claro está, que en las luchas territoriales o en los duelos que se desarrollan en circunstancias excepcionales, no naturales ni previstas por el mecanismo de la evolución ( por ejemplo en cautividad), el comportamiento agresivo pueda tener consecuencias destructoras.

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Observémonos ahora un poco nosotros mismos y tratemos, sin presunción, y sin considerarnos de antemano malvados y pecadores, de descubrir sin prejuicios lo que nos gustaría hacer a nuestro prójimo cuando nos hallamos en el colmo de la excitación agresiva. No creo hacerme pasar por mejor de lo que soy al afirmar que la acción definitiva que me calmaría, el acto consumatorio, no sería la muerte del enemigo. La experiencia que me ha satisfecho en tales casos es si acaso un par de bofetones, lo más sonoros posible, o bien un silencioso puñetazo en la mandíbula, que haga crujir bien los huesos, pero de ningún modo matarlo a tiros ni destriparlo. Y la situación final deseada no es tampoco que el contrario quede muerto, nada de eso: lo quiero bien aporreado, que reconozca humildemente mi superioridad física y, si es un babuino, la mental también. Y como en principio yo no desearía dar tal lección sino a individuos que merecerían verse así humillados, no puedo condenar totalmente los instintos que me moverían. Naturalmente, debemos confesarnos que alguna circunstancia podría transformar fácilmente la paliza en muerte, por ejemplo cuando de pronto aparece un arma en la mano.

En resumen, podemos decir que la agresión interespecífica no es nada grave ni diabólico como el principal tanático, aniquilador, ni siquiera una “parte de esa fuente que siempre quiere el mal y siempre hace el bien”. A ------- dudar, es parte esencial en la organización conservadora de la vida de todos los seres. Naturalmente, como todo lo terrenal, a veces puede funcionar indebidamente y destruir alguna vida, aunque esté destinada a favorecer gran suceso de la vida orgánica. Además, nos falta todavía por examinar algo que queda para el capítulo XI: ------- que los dos grandes artífices, mutación y selección, que permiten crecer toda clase de árboles y estirpes, han escogido precisamente la tosca rama de la agresión intraespecífica para hacer florecer en ella la amistad personal y amor.

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CAPITULO IV

LA ESPONTANEIDAD DE LA AGRESION
Du siehst, mit diesem Trank mi Leibe Bald Helenen in jedem Weibe.* GOETHE

En el capítulo anterior creo haber demostrado suficientemente que la agresividad de muchos animales respecto de sus propios congéneres no es nada perjudicial a la especie en cuestión, antes bien, es un instinto indispensable para su conservación. Pero esto no debe inducir al optimismo acerca de la actual situación de la humanidad, sino todo lo contrario. Las pautas innatas de comportamiento pueden ser trastornadas por cualquier cambio, insignificante en sí, de las condiciones del medio. Tan incapaces son de acomodamiento rápido que en circunstancias desfavorables la especie puede desaparecer. Y los cambios que el hombre ha hecho en su propio medio están lejos de ser insignificantes. Si uno pudiera ver sin prejuicios al hombre contemporáneo, en una mano la bomba de hidrógeno y en el corazón el instinto de agresión heredado de sus antepasados los antropoides, producto aquélla de su inteligencia e incontrolable éste por su razón, no le auguraría larga vida. Y si se considera esta situación como ser humano personalmente interesado, parece una pesadilla y resulta difícil creer que la agresividad sea otra cosa que un síntoma patológico de la decadencia de nuestra cultura contemporánea.

¡Y si esto fuera todo! El conocimiento de que la tendencia agresiva es un verdadero instinto, destinado primordialmente a conservar la especie, nos hace comprender la magnitud del peligro: es lo espontáneo de ese instinto lo que lo
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hace tan temible. Si se tratara solamente de una reacción a determinadas condiciones exteriores, como quieren muchos sociólogos y psicólogos, la situación de la humanidad no sería tan peligrosa como es en realidad, porque entonces podrían estudiarse a fondo y eliminarse los factores causantes de esas reacciones. Freud podría enorgullecerse de haber sido el primero en señalar lo autónomo de la agresión, y también en demostrar que la falta de contacto social, sobre todo cuando llega al punto de Liebesverlust (pérdida de amor) eran factores que la favorecían mucho. De esta idea, justa en sí, han sacado muchos maestros norteamericanos la falsa consecuencia de que bastaría evitarles todas las frustraciones o decepciones y darles gusto en todo para que los hijos fueran menos neuróticos, mejor adaptados al medio y, sobre todo, menos agresivos. Pero un método norteamericano de educación basado en una de tales hipótesis sirvió únicamente para demostrar que la pulsión agresiva, como tantos instintos, surge “espontáneamente” en el corazón del hombre. Así se formaron innumerables niños desvergonzados y cabalmente insoportables; cualquier cosa menos no agresivos. El aspecto trágico de esta tragicomedia apareció cuando los muchachos salieron del seno de su familia y en lugar de la tolerancia de sus padres se hallaron frente a la dura opinión pública, por ejemplo a su entrada en una universidad. Bajo la presión de una integración social aplicada rudamente, como me han asegurado algunos psicoanalistas norteamericanos, muchos de los jóvenes así educados se convierten en neurópatas. Y según parece, el método todavía no ha sido abandonado totalmente, ya que hace unos años, un colega norteamericano muy considerado que laboraba como huésped en nuestro instituto, quiso quedarse tres semanas más, no por razones científicas, sino sencillamente, y sin comentarios, porque su mujer había invitado a su cuñada a la casa, y los tres hijos de la cuñada eran del tipo "sin frustraciones"

La opinión, completamente errónea, que se enseña de que tanto el comportamiento humano como el animal son de tipo predominantemente reactivo
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y que aun conteniendo elementos innatos puede modificarse por el aprendizaje, todavía tiene profundas raíces, y difíciles de extirpar por nuestro erróneo entendimiento de principios en sí verdaderamente democráticos, a los que en cierto modo se opone el hecho de que ya desde la cuna no somos todos tan iguales y que no todos tenemos por derecho propio las mismas perspectivas de llegar a ser ciudadanos ideales. Añádase a esto que durante varios decenios fue la reacción, el "reflejo"” el único factor del comportamiento a que dedicaron su atención los psicólogos dignos de ser tomados en serio, que abandonaban a los vitalistas, siempre algo místicos y contempladores de la naturaleza, todo lo “espontáneo” del comportamiento animal.

En el estudio de la conducta, en sentido estricto (etología), fue Wallace Craig el primero en hacer objeto de investigación científica el fenómeno de la espontaneidad. Antes de él había ya William McDougall opuesto al Animal non agit, agitur, de Descartes (inscrito en su estandarte por los psicólogos norteamericanos llamados behavioristas), la divisa suya, mucho más acertada, de The healthy animal is up and doing (El animal sano es activo y hace algo). Pero él mismo tomaba esta espontaneidad como una consecuencia de la fuerza vital mística, cosa que nadie sabía exactamente lo que era. Por lo tanto, no se le ocurrió observar con detenimiento la repetición rítmica de las pautas de comportamiento espontáneas, y menos aún medir los valores liminales de los estímulos desencadenadores de un modo continuo, como lo hizo después su alumno Craig.

Con series de machos de palomas Streptopelia risoria realizó éste experiencias. A los pocos días de desaparecer la hembra de su especie estaba el macho dispuesto a cortejar a una paloma blanca de que antes no hiciera ningún caso. Pocos días después consintió en hacer sus caravanas, inclinaciones y arrullos ante una paloma disecada, después ante un trozo de tela enrollada y, finalmente,
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tras varias semanas de soledad, tomó por objeto de sus movimientos de cortejo un rincón vacío de su jaula, donde por lo menos la convergencia de las aristas ofrecía un punto de fijación óptica. Traduciéndolo al lenguaje de la fisiología puede decirse que en estas observaciones se advierte cómo un comportamiento instintivo no ejecutado durante mucho tiempo –en este caso la danza amorosahace bajar el valor liminal de los estímulos que lo desencadenan. Este es un hecho generalmente conocido, y se produce con tanta regularidad que ha pasado al acervo de la sabiduría popular en el dicho “A falta de pan, buenas son tortas”, o en este otro, aún más certero: “-¡Quieres a Juan por esposa? –Si no hay otra cosa...” Otro tanto observa Goethe cuando pone en boca de Mefistófeles: “Con este filtro en el cuerpo, pronto verás una Helena en cada mujer”... y si se trata de un Streptopelia risoria, aunque sea en un trapo viejo o un rincón vacío.

El descenso del umbral de los estímulos desencadenadores puede, en casos especiales, llegar incluso al cero, en que el movimiento instintivo de que se trate se “dispara” sin estímulo externo comprobable. Tuve muchos años un estornino, criado en cautividad, que nunca había cazado moscas ni se lo había visto hacer a ninguna otra ave. Durante toda su vida había recibido el alimento en su jaula, en una escudilla que yo mismo le llenaba a diario. Y un día lo vi encima de la cabeza de una estatua broncínea que mis padres tenían en el comedor de su departamento, en Viena. Su conducta era muy extraña. Con la cabeza inclinada, parecía examinar el blanco cielo, me parecieron denotar inconfundiblemente que seguía con atención un objeto móvil. Finalmente voló varias veces hasta el techo y se apoderó de algo que yo no podía ver, volvió a su puesto de observación, realizó todos los gestos que hacen las aves cuando matan una presa y pareció deglutir algo. Después se sacudió, como hacen tantas aves en señal de tranquilización, y volvió a su posición de descanso. Infinidad de veces me subí a una silla o trepé por una escalera –porque los techos eran altos en la Viena de

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entonces- para ver las presas que agarraba mi estornino, y nunca vi que hubiera el menor insecto. La “acumulación” o represamiento de un movimiento instintivo, que se produce al eliminar durante mucho tiempo los estímulos que lo desencadenan, no tiene solamente por consecuencia el incremento de la disposición reactiva, sino que provoca además procesos más profundos, que afectan al organismo entero. En principio, todo verdadero movimiento instintivo al que se niega del modo dicho la posibilidad de una abreacción o descarga tiene la propiedad de inquietar todo el animal y hacerlo buscar los estímulos que la desencadenan. Esta búsqueda, que en el caso más sencillo consiste en correr, volar o nadar de acá para allá desordenadamente, pero en los más complicados puede comprender todos los modos de comportamiento del aprendizaje y el insight o discernimiento inteligente de la situación, es lo que Wallace Craig ha denominado comportamiento de apetencia. Fausto no espera tranquilamente sentado que las mujeres corran hacia él y, como es bien sabido, se arriesga a tomar el temible camino de las Madres para conquistar a Helena.

Siento tener que decir que en pocas pautas del comportamiento instintivo están tan claramente marcados el descenso liminal y el comportamiento de apetencia como precisamente en la agresión intraespecífica. Ya en el primer capítulo vimos ejemplos del primero, como el de la mariposa marina, que a falta de congéneres toma las especies más cercanamente emparentadas por objeto sustitutivo, o como el del ballestero azul, que en la misma situación no solamente ataca a otras especies de Balistidae, sino también a peces de especies muy distintas, que nada más tienen en común con la suya el estímulo desencadenador del color azul. En cuanto a los cíclidos en cautividad, de cuya interesantísima vida familiar hemos de volver a ocuparnos con más detalle, una “acumulación” de la agresividad, que normalmente descargaría en los enemigos del territorio vecino, puede fácilmente tener por consecuencia la muerte del cónyuge. Casi todos los acuariófilos que
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tienen pececillos de éstos cometen un error que es casi inevitable: poner en un gran recipiente cierto número de jóvenes de la misma especie para darles la posibilidad de acoplarse en forma natural y sin inhibiciones. Y lo consiguen, y llegan a tener en el acuario, de por sí demasiado reducido para tantos peces ya adultos, una pareja de enamorados que relucen con sus galas nupciales y que se dedican afanosa y acordemente a expulsar a sus hermanos y hermanas del territorio. Pero como los desdichados no pueden irse, se ponen acobardados y con las aletas hechas tiras junto a la superficie, por los rincones, cuando no nadan como locos a toda velocidad, expulsados de su escondite. Su dueño, humanamente, siente compasión por los perseguidos, pero también por la pareja que acaba de poner huevos y que se preocupa por su progenitura. Entonces saca rápidamente los peces que están de más y deja a la parejita propietaria exclusiva de todo el acuario. Cree haber hecho lo que debía... y en los días no presta mucha atención al recipiente ni a sus habitantes. Cuando, al cabo de unos días, va a visitarlos ve sorprendido y horrorizado que la hembra está muerta y flota hecha pedazos en el agua; y de los huevecillos o los pequeñuelos no se ve ni rastro.

Este triste suceso, que se repite con regularidad cabalmente predecible del modo arriba dicho, sobre todo con el cíclido amarillo de las Indias Orientales y con el pez madreperla del Brasil (Geophagus Brasiliensis), puede evitarse fácilmente dejando en el acuario una víctima propiciatoria (o sea otro pez de la misma especie), o bien, cosa más humana, escogiendo desde el principio un acuario bastante grande para dos parejas, separadas por un vidrio. Entonces cada pez puede desahogar su cólera con el otro del mismo sexo –casi siempre se ve arremeter hembra contra hembra y macho contra macho- y a ninguno de los esposos se le ocurre descargar con la esposa. Tal vez parezca chiste pero es un hecho que cuando veíamos que un macho empezaba a ponerse brusco con su compañera era un indicio casi seguro de que la separación así instalada estaba cubierta por
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las algas o había perdido su visibilidad de algún otro modo. Entonces bastaba con limpiar la división entre los dos “apartamientos” para que inmediatamente se produjera un terrible altercado, necesariamente sin consecuencias, entre los vecinos y que al mismo tiempo la calma volviese dentro de cada hogar.

Cosa semejante puede observarse entre los humanos. En el buen tiempo pasado del Imperio austriaco, en que todavía había criadas, vi en casa de una tía mía que había enviudado el siguiente comportamiento, regular y predecible: nunca le duraba una criada más de 8 a 10 meses. Cuando llegaba una nueva, por lo general mi tía estaba encantada, contaba a quien quería oírla las excelencias de la “perla” que había encontrado al fin. Al mes, su entusiasmo había decrecido y descubría en la pobre muchacha imperfecciones mínimas; posteriormente se transformaban éstas, en grandes defectos, que hacia el final del período mencionado eran ya odiosos; y finalmente, con toda regularidad, acababa por despedirla con un gran escándalo y sin previo aviso. Después de lo cual estaba la anciana lista para encontrar un ángel de bondad en la nueva criada que se presentase.

No tengo la menor intención de burlarme de mi anciana tía, que ya murió hace mucho y era por lo demás una excelente persona. He tenido ocasión de observar exactamente el mismo comportamiento en hombres muy serios y perfectamente capaces de dominarse, y claro está que en mí también, forzosamente, en cautividad. La llamada enfermedad polar, cólera de las expediciones o locura del desierto suele apoderarse de preferencia de grupos pequeños de hombres que se hallan aislados y dependen enteramente unos de otros, sin posibilidad de reñir con personas extrañas a su pequeño círculo de amigos, como por ejemplo entre prisioneros de guerra. Por lo dicho se comprenderá que la acumulación de la agresividad reprimida resulta tanto más peligrosa cuanto más íntimamente se conocen, entienden y aprecian los miembros del grupo unos a otros. Puedo por
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experiencia afirmar que, en tal situación todos los estímulos desencadenadores de la agresión y del comportamiento combativo intraespecífico sufren una fuerte depresión de sus valores liminales. Subjetivamente se expresa esto por el hecho de que cualquier movimiento expresivo del mejor amigo, como carraspear o sonarse la nariz, provoca reacciones que sería comprensibles si un animalón tabernario le hubiera propinado una bofetada descomunal al ofendido. El conocimiento de la ley fisiológica a que obedece ese fenómeno tan doloroso nos impide ciertamente asesinar al amigo, pero no aminora nuestro sentimiento. Al que es comprensivo no le queda otro remedio que salir de la barraca, la carpa, el iglú o lo que sea donde estén concentrados y dar una patada demoledora a cualquier objeto no muy caro pero que haga mucho ruido. Esto siempre sirve de algo, y es lo que en fisiología del comportamiento se llama movimiento reorientado o desviado, o como dice Tinbergen, una actividad redirected. Más adelante veremos que esta clase de reacción es muy corriente en la naturaleza para evitar los perniciosos efectos de la agresión. Pero el que no sabe o no es comprensivo, mata al amigo. Son cosas que pasan.

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CAPITULO XII

PREDICANDO LA HUMILDAD
Das ist der Ast in deinem Holz An dem der Hobel bängt und bängt: Das ist dein Stolz, Der immer wieder dich In seinen steifen Stiefel zwängt.*

CHRISTIAN MORGENSTERN

Los once capítulos que anteceden pueden considerarse ciencia natural. Los hechos que en ellos se exponen son más o menos seguros, en lo que cabe dentro de un campo de investigación tan recientemente abierto como la etología comparada. Pero ahora vamos a dejar la descripción del comportamiento agresivo de los animales, tal y como nos lo revelan la observación y los experimentos, y vamos a preguntarnos si de todo eso no podría sacarse algo aplicable al hombre y a la evitación de los peligros que sus propias pulsiones agresivas le crean.

Habrá personas que en el mero hecho del planteamiento de esta cuestión verán un menoscabo de la dignidad humana. El hombre se complace en considerarse el centro del universo, distinto de todo lo demás que hay en la naturaleza, algo esencial y superior. Para muchos humanos es una necesidad persistir en ese error, y así desoyen el más sabio consejo que jamás un sabio diera, el famoso “Conócete a ti mismo” , que dijo Quilón pero se atribuye a Sócrates. ¿Qué impide al hombre seguirlo? Tres obstáculos, todos con grave carga emotiva. El primero puede eliminarlo fácilmente cualquier persona inteligente y sensata. El segundo, a

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pesar de sus nocivos efectos, siempre es honroso. Y el tercero, se explica por la evolución de la cultura y por ello perdonable, pero también es el más fácil de eliminar. Los tres están íntimamente ligados y entretejidos con una propiedad humana nada buena, el orgullo, de que dice el sabio que precede a la caída. Vamos a examinar uno por uno estos tres obstáculos con el fin de descubrir en qué son dañinos. A continuación, veremos el modo de contribuir lo mejor posible a su eliminación.

El primer obstáculo es el más primitivo. Impide que el hombre se conozca a sí mismo, porque no le deja ver que le resultado de una evolución histórica. El gran parecido del hombre con sus parientes más próximos es, paradójicamente, el que da a este obstáculo su tenacidad y su carga afectiva. Si el hombre no conociera al chimpancé le costaría menos convencerse de su origen. Algunas leyes inexorables de la percepción de las formas nos impiden ver al mono, y particularmente en el chimpancé, un animal como los demás y nos obligan a ver en su cara un rostro humano. Medido de este modo con la vara antropomórfica, el chimpancé resulta bastante feo, como es fácil de comprender, y parece una caricatura diabólica de nuestro propio ser. El gorila, algo más alejado de nosotros, y más el orangután, presentan ya menos dificultades. Tomando las caras de los machos viejos por extrañas máscaras de demonios podemos considerarlas con seriedad y aun hallarlas bellas. Con el chimpancé esto resulta imposible. Es tan definitivamente ridículo, tan vulgar y repugnante que sólo parece un hombre degenerado. Esta subjetiva opinión no es tan injusta como parece y hay razones para suponer que el antepasado común del hombre y el chimpancé no estaba menos evolucionado que este último, sino todo lo contrario. Por risible que sea en sí la reacción defensiva del hombre frente al chimpancé, su fuerte contenido emocional ha inducido a muchos pensadores a construir teorías totalmente

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La garlopa que pule tu madera / insiste siempre en los nudos. / Es siempre tu orgullo / el que te hace sufrir / en el potro de tormento. 161

indefendibles acerca del origen del hombre. En ellas no se niega la procedencia animal, pero se escamotea su cercano parentesco con el repulsivo chimpancé mediante acrobacia de lógica o se disimula con embrollos de sofista.

Pero el chimpancé es irresistiblemente cómico precisamente por que se nos parece. Es más: en las estrecheces de un zoológico, los chimpancés adultos se degeneran de un modo bastante parecido al de los humanos en circunstancias análogas y dan la impresión de estar totalmente depravados y pervertidos. Y el chimpancé perfectamente normal y sano, más parece un ser humano degenerado que un animal superior.

El segundo obstáculo que se opone al conocimiento de nosotros mismos es la emocional aversión a reconocer que nuestras obras están sometidas a las leyes naturales. Bernhard Hassenstein ha denominado a esto “ juicio axiológico anticausal”. El confuso sentimiento de frustración, que recuerda la claustrofobia de muchos individuos, ante el espectáculo de la universal determinación casual de todos los fenómenos naturales se debe sin duda a la necesidad, y el deseo no menos justo de que nuestras acciones no se obedezcan a causas accidentales, sino a fines superiores.

El tercero y magno obstáculo al conocimiento de sí mismo es -por lo menos en nuestras culturas occidentales- la herencia de la filosofía idealista. Procede de la división del mundo en dos: el mundo externo de las cosas, por principio desprovisto de valor para el pensamiento idealista, y el mundo inteligible, del pensamiento y la razón humanos, que es el único al cual se atribuyen valores. Esta dicotomía place al egocentrismo del hombre y satisface a maravilla su deseo de no sentirse prisionero de las leyes de la naturaleza. Por eso no es de extrañar que haya penetrado tan profundamente en nuestros acostumbrados modos de pensar, como se echa de ver en el cambio de significación que han sufrido las
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palabras "idealista" y “realista”, que primeramente designaban dos actitudes filosóficas y hoy implican juicios de valor morales. En muchas partes del mundo occidental, lo que es “científicamente explorable” carece automáticamente de valores superiores. Como quien dice, explicar es devaluar.

Tengo que precaverme aquí contra el posible reproche de que predico contra los tres obstáculos que se oponen orgullosamente al conocimiento de sí mismo tan sólo porque se oponen a mis propias opiniones científicas y filosóficas. Pero yo no soy un darwinista empedernido que protesta contra la repulsa a la teoría de la evolución, ni un profesional dedicado a estudiar las causas y que por eso lucha contra la idea de que los verdaderos valores son necesariamente anticausales, ni un realista hipotético que sus convicciones enfrentan al idealismo. Tengo otras razones. Hoy suele reprocharse a los científicos el haber conjurado terribles peligros sobre la humanidad al dotarla de un poder demasiado grande sobre la naturaleza. Este reproche solamente estaría justificado si al mismo tiempo se pudiera acusar a los hombres de ciencia de haber pecado por omisión, de no haber hecho al mismo tiempo objeto de su estudio al hombre. Porque el peligro que actualmente corre la humanidad no se debe a su capacidad de dominar los fenómenos físicos, sino a su incapacidad de dirigir racionalmente los fenómenos sociales. Y yo quisiera demostrar cómo la ausencia de visión causal en materia de comportamiento humano, a que se debe atribuir la culpa de esa incapacidad, es consecuencia inmediata de los tres pecados de orgullo que se oponen al conocimiento de sí mismo.

Se oponen a la investigación de procesos de la vida humana a los que atribuimos un gran valor y de los cuales nos sentimos orgullosos. Nunca se dirá bastante: las funciones de nuestro aparato digestivo están hoy perfectamente conocidas, y este conocimiento permite a la medicina, y en particular a la cirugía intestinal, salvar año con año miles de vidas humanas, pero ello se debe exclusivamente a la
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favorable circunstancia de que las funciones de los órganos que forman dicho aparato no inspiran respeto ni estimación particular.

Y si, por otra parte, la humanidad no puede hacer nada contra la patológica disolución de su estructura social y si, con las atómicas en la mano, no sabe comportarse con más inteligencia, en materia social, que cualquier especie zoológica, se debe en buena parte al hecho de la orgullosa sobreestimación de su propio comportamiento y a su deseo de considerar que ese comportamiento no está sometido a las leyes que rigen los fenómenos naturales y por lo tanto no es investigable.

Ciertamente, los sabios investigadores no tienen la culpa de que los hombres en general no sean capaces de conocerse a sí mismos. Quemaron a Giordano Bruno porque decía que la humanidad entera en unión de su planeta no era más que una mota de polvo en una nube numerosísima de otras motas iguales. Y cuando Charles Darwin descubrió que el hombre tenía el mismo origen que los animales, con gusto lo hubieran matado también, y no faltaron los intentos de reducirlo al silencio por lo menos. Y a Sigmund Freud, que estudiaba los motivos del comportamiento social de los humanos, y lo analizaba y trataba de hacer comprensibles sus causas (ciertamente por el lado de lo subjetivo y psicológico, pero con método y planteamiento de los problemas auténticamente científicos) se le acusó de falta de respeto, de materialismo ciego a los valores y aun de tendencias pornográficas. La humanidad se ha atrincherado en la estima de sí misma y la defiende con todos los medios a su alcance. Es hora, pues, ya de predicar la humildad y de tratar en serio de volar esos obstáculos que el orgullo opone al conocimiento de sí mismo.

Empezaré combatiendo la resistencia a los descubrimientos de Darwin y considerando signo alentador del adelanto de la cultura científica el hecho de no
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tener que ocuparme en la resistencia que hallaron los descubrimientos de Giordano Bruno. Creo conocer un medio sencillo para hacer que el hombre se avenga a aceptar el hecho de que forma parte de la naturaleza y que ha evolucionado por un proceso natural, sin infringir las leyes. Bastaría con enseñarle cuán grande y bello es el universo y cuán respetables son las leyes que lo rigen. Sobre todo, creo firmemente que nadie que conozca suficientemente la evolución filogenética del mundo de los organismos vivos debería abrigar resistencias internas contra la idea de que él también debe su existencia al más estupendo de todos los fenómenos naturales. No voy a discutir aquí acerca de la plausibilidad, mejor dicho de la certidumbre que es la teoría de la evolución, mil veces mayor que la certidumbre que tenemos de nuestro pasado histórico entero. Todo cuanto sabemos concuerda a maravilla y sin violencia. Nada habla en su contra y contiene todos los valores propios de una teoría de la creación: fuerza explicativa, belleza poética y grandeza imponente.

El que ha captado bien esto no puede sentir aversión por el descubrimiento darwiniano de que tenemos el mismo origen que los animales ni por el freudiano de que nos mueven los mismos instintos que a nuestros antecesores prehumanos. Al contrario, el conocedor de esos hechos habrá de sentir un respeto de otro género por las creaciones de la razón y de la moral responsable que aparecen en el mundo con el hombre, y que bien pueden otorgarle el poder de dominarlo, con tal que en su ciego orgullo no niegue su herencia animal.

Otra causa de rechazo de la evolución suele ser la estimación que los hombres sentimos por nuestros antepasados. “Descender” significa bajar o venir de lo alto (descendere), y ya en el derecho romano era costumbre que el antepasado figurara en lo alto del cuadro genealógico, que formaba así un árbol con las ramas para abajo. En un cuadro genealógico no se especifica si un hombre sólo tuvo dos progenitores o bien doscientos cincuenta y seis tataratataratatarabuelos, aunque
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abarque muchas generaciones. Y no se usa porque sería difícil hallar, en un gran número de antepasados, muchos de que poderse enorgullecer. Según algunos autores, la palabra descendencia tal vez esté relacionada también con el hecho de que en los tiempos antiguos la gente gustaba de atribuirse un origen divino. Hasta los tiempos de Darwin nadie se había percatado de que el árbol genealógico de la vida no crece hacia abajo, sino hacia arriba y de que la palabra descendencia en realidad significa lo contrario de lo que pretende significar. Y si quisiéramos aquilatar, diríamos que nuestros antepasados habían descendido de los árboles, como en realidad lo hicieron (hoy nos consta)... pero antes de ser hombres.

No son mucho más adecuadas las palabras desarrollo y evolución. También vienen de una época en que se ignoraba totalmente el proceso creador de la filogenia y sólo se sabía que el individuo procedía de la simiente o del huevo. Y efectivamente, el pollo se desarrolla a partir del huevo y el girasol de la semilla, de modo que nada sale del germen que no estuviera ya preformado e incluido en él.

En cuanto al crecimiento del gran árbol genealógico de la vida, la cosa es muy distinta. La forma ancestral es premisa indispensable para la aparición de sus descendientes más evolucionados, pero esto no significa que éstos se deriven de aquéllos, ni que sus propiedades puedan predecirse por las que caracterizaron al antecesor. El hecho de que los dinosauros se hayan transformado en aves o los monos en hombres es un resultado único en la historia de los logros filogenéticos. Orientan ese resultado, en un sentido general, hacia realizaciones más altas unas leyes que dominan todo lo que es vida. Pero en los detalles, interviene lo que llaman casualidad, o sea una serie interminable de causas secundarias que por principio son difíciles de aprehender del todo. A una “casualidad” de éstas se debe que de primitivos antecesores hayan salido eucaliptos y canguros en Australia, encinas y hombres en Europa y Asia.
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La nueva conquista es en la inmensa mayoría de los casos algo superior a la forma anterior que le dio origen, y no puede deducirse de ella. El ingenuo juicio axiológico que se expresa en nuestro antiguo y caro Tierleben, de Brehm, con letras doradas, en el primer tomo: Animales inferiores, es una necesidad ineludible de pensamiento y sentimiento para toda persona no prevenida. El científico que quiera ser solamente “objetivo” a toda costa y escapar a la imposición de lo “puramente “subjetivo, que intente siquiera por una vez –experimento e

imaginario, claro está- hacer pasar de la vida a la muerte sucesivamente a una lechuga, una mosca, una rana, un perro y finalmente un chimpancé; y verá que esos asesinatos, graduados según los distintos niveles de organización, le resultan cada vez más difíciles. Las inhibiciones que se oponen a cada una de estas muertes le darán la medida exacta de los valores, muy distintos, que atribuimos, queramos o no, a esas formas de vida, de nivel más o menos elevado. A quienquiera sintiese o pensase igualmente fácil cortar en pedazos un perro vivo o una lechuga viva yo le recomendaría el suicidio a la mayor brevedad posible.

El precepto de que la ciencia debe ser indiferente a los valores no debe inducirnos a creer que la evolución de las formas, la más estupenda cadena de procesos explicables por las causas naturales, no pueda crear nuevos valores. Es una verdad tan innegable como nuestra propia existencia el que el nacimiento de una forma superior de vida a partir de un antepasado más simple significa para nosotros un incremento de valor.

Ninguna de nuestras lenguas occidentales tiene un verbo intransitivo capaz de expresar debidamente el aumento de valor que se produce con la evolución filogenética. Es imposible llamar desarrollo a algo nuevo y superior que se produce a partir de una fase anterior en que precisamente no está contenido y de donde no se pueden deducir las propiedades que hacen del nuevo ser algo inédito
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y superior. Esto se aplica fundamentalmente a todo paso importante de la génesis en el mundo de los organismos, entre ellos el primero, el del origen de la vida, y el último (por el momento), el de la hominización del antropoide.

A pesar de todos los éxitos, verdaderamente extraordinarios e impresionantes de la bioquímica y del estudio de los virus, el origen de la vida sigue siendo –de momento- el más misterioso de todos los fenómenos. La diferencia entre los procesos orgánicos y los inorgánicos sólo puede definirse “preceptivamente”,

como dice Barnhard Hassenstein, o sea que es necesario enumerar los diversos caracteres constitutivos que solamente en su conjunto y su interacción, representan la esencia de la vida. Para cada uno de ellos (metabolismo, crecimiento, asimilación, etc.) hay también ejemplos inorgánicos. Sin duda tenemos el derecho de decir que los procesos vitales son naturales, en principio. No es necesario recurrir a los milagros para hacer comprender sus peculiaridades, pues para ello bastan ampliamente la complejidad de sus estructuras, moleculares o de otro tipo.

En cambio es errónea la afirmación, muy común, de que los procesos vitales no son realmente otra cosa que procesos físicos y químicos. En ella se oculta también un falso y muy discutido juicio axiológico que depende del modo de ver. Porque precisamente los propio y constitutivo de la vida es esa combinación de caracteres que constituye su “definición preceptiva” o “injuntiva” y que hace que los procesos vitales sean algo muy distinto de lo que suele entenderse por procesos físicos y químicos. Los procesos vitales, en virtud de la estructura molecular de la materia viva en que se desarrollan, realizan un gran número de funciones especiales, como la autorregulación, la autoconservación, la

recopilación y acumulación de datos y sobre todo la reproducción de las estructuras esenciales para realizar tales funciones. En principio, estas funciones

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son susceptibles de explicación causal, pero no pueden darse en una materia diferente o estructurada de modo menos complejo.

Fundamentalmente en la misma forma que los procesos y las estructuras de la vida están relacionados con los de la materia no viva lo está dentro del mundo de los organismos vivos cada forma superior de vida con la que le es inferior, y de que proviene. Del mismo modo que no puede decirse que el ala del águila, que para nosotros se ha convertido en símbolo del esfuerzo hacia lo alto, “no es más que” un miembro anterior de reptil, tampoco puede decirse que el hombre “no sea más que” un mono. Porque es mucho más esencialmente más.

Un misántropo sentimental acuñó esta frase, que muchos repiten mecánicamente: “Desde que conozco a los hombres amo a los animales”. Yo sostengo lo contrario: que quien conoce bien a los animales, sobre todo a los superiores, y los que más cercanos parientes nuestros son, y tiene además una idea de la filogenia es el único que está en condiciones de comprender la índole única del hombre. Somos lo más grande que los artífices de la evolución han hecho hasta ahora en la tierra. Somos su “último grito” de momento; pero eso no significa que hayan dicho su última palabra. Nada debe tener el científico por absoluto –ni siquiera en el campo de la epistemología- y debe considerar que eso sería pecar contra el espíritu divino, el gran descubrimiento de Heráclito, de que nada es, sino que todo está cambiando o fluyendo continuamente, en perpetuo devenir. Para el sabio, tomar por algo absoluto al hombre actual, que se halla en una etapa, esperamos que particularmente breve, de su marcha a través del tiempo, y declararlo el non plus ultra de la creación, es el más arrogante y peligroso de todos los dogmas indefendibles. Si yo creyera que el hombre era la imagen definitiva de Dios, no tendría mucha confianza en éste. Mas si considero, por el contrario, que nuestros antepasados estaban todavía en una época geológicamente reciente, muy cerca de unos monos que eran parientes cercanos del chimpancé, me queda una ligera
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esperanza. No se necesita un gran optimismo para aceptar que de nosotros, los humanos pueda salir algo superior y mejor. Muy lejos de ver en el hombre la imagen irrevocable e insuperable de Dios, yo afirmo humildemente /y creo que con más respeto por la creación y sus inagotables posibilidades) que el eslabón por tanto tiempo buscado entre el animal y el hombre verdaderamente humano... somos nosotros.

El primer gran obstáculo que se opone al conocimiento del hombre por el hombre, o sea la repugnancia a aceptar nuestro origen animal, es como creo haber mostrado en esta obra, el hecho de nuestro desconocimiento o nuestro mal entendimiento de la esencia de los seres vivos. Pero esto puede eliminarse, por lo menos en principio, gracias al estudio y la enseñanza. Otro tanto puede decirse del segundo obstáculo, que es la aversión a la determinación causal de los fenómenos del mundo. Sólo que en este caso es más difícil evitar el mal entendimiento.

Radica en el error básico de creer que un proceso causalmente determinado no puede al mismo tiempo estar orientado hacia un fin. Hay en el universo innumerables procesos que no tienen objetivo y en su caso, la pregunta “¿para qué?” no tiene respuesta: a menos que se quiera a toda costa, sobreestimando la importancia del hombre, hallar una diciendo, por ejemplo, que la salida de la luna tiene por fin prender la iluminación nocturna para beneficio del hombre. Pero no hay ningún proceso al cual no pueda aplicarse la pregunta relativa a las causas.

Como quedó dicho en el capítulo III, la pregunta “¿para qué?” solamente tiene sentido allí donde laboraron los grandes artífices –o un artífice vivo hecho por ellos-. Solamente allí donde las partes componentes de un sistema se han especializado y repartido las tareas para realizar funciones diferentes y complementarias puede uno razonablemente preguntarse para qué lo hicieron;
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esto es válido tanto de los procesos vitales como de las estructuras y funciones inanimadas que la vida utiliza para sus fines, como por ejemplo cuando el hombre utiliza las máquinas por él creadas. En estos casos, la pregunta “¿para qué?” no solamente tiene sentido, sino que es absolutamente necesaria. No se podrían comprender las causas que hicieron que el gato tenga uñas afiladas sin averiguar primero que la función particular que deben realizar es cazar ratones, o sea que están hechas para eso.

Al comenzar el capítulo VI, dedicado al gran parlamento de los instintos, decíamos ya que le responder a la pregunta “¿con qué fin?” no vuelve innecesaria la cuestión relativa a las causas. Veamos ahora mediante una sencilla analogía cuán poco se excluyen mutuamente estas dos cuestiones. Voy por la carretera en mi viejo auto para dar una conferencia en una ciudad lejana; tal es el objetivo de mi viaje. En el camino me pregunto si mi vehículo será propio para tal fin, o sea me planteo la cuestión de la “finalidad” de mi coche y de su construcción, y me regocijo pensando que es muy apropiado para los fines de mi viaje. De pronto, el motor tose un par de veces y se para. En este momento comprendo tristemente que el objetivo de mi viaje no hace avanzar el vehículo. Su indudable finalidad no hace que uno lo pueda utilizar a voluntad, y así aprendo a mis costillas que un objetivo no es igual que una causa. Haré, pues, bien en concentrarme exclusivamente en las causas naturales de su funcionamiento y averiguar en qué lugar se ha interrumpido tan desagradablemente el encadenamiento causal.

La medicina, “reina de las ciencias aplicadas”, nos da un ejemplo mejor de cuán errada es la opinión de que causalidad y finalidad se excluyen mutuamente. No hay “sentido de la vida”, ni “factor totalizante” ni obligación de seguir viviendo, por imperativa que sea, que ayuden al pobre enfermo en cuyo apéndice se ha producido una inflamación. En cambio, el interno menos avezado de la clínica sí puede ayudarle, a condición de haber diagnosticado bien la causa de la
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enfermedad. Así, pues, el enfoque causal y el final de un proceso vital no se excluyen uno al otro, sino que tienen sentido el uno por el otro. Si para el hombre no hubiera objetivos en que empeñarse, no tendría sentido que buscara las causas; y si no comprendiera las relaciones causales, no podría dirigir los efectos hacia determinados fines, por muy bien que hubiera entendido éstos.

Esta relación entre los aspectos finales y causales de los procesos vitales me parece evidente, pero según parece, la ilusión de su incompatibilidad sugestiona a muchas personas. Un ejemplo clásico de hasta qué punto puede una mente, incluso privilegiada, sucumbir a esa ilusión nos lo proporciona en sus obras W. McDougall, fundador de la purposive psychology, o sea la psicología de los objetivos. En Outline of Psychology rechaza toda explicación fisiológica causal del comportamiento animal, con una sola excepción: el funcionamiento fallo de la orientación respecto de la luz, o del compás lumínico, que hace volar a los insectos hacia las llamas y que él explica por los tropismos, o sea mecanismos de orientación causalmente analizados.

Es probable que si muchas personas temen tanto el enfoque causal se deba a que les angustia el tonto temor de que si se ahonda en las causas de los fenómenos naturales resulte que el libre arbitrio del hombre es una ilusión. En realidad, el hecho de que yo tengo una voluntad es tan innegable como el hecho de mi existencia. Y el comprender mejor el encadenamiento de las causas fisiológicas no puede modificar en nada el hecho de que yo quiera algo, aunque pueda cambiar lo querido por mí.

Solamente con un examen superficial puede parecer que la libertad de volición consiste en que uno “tenga libertad de querer lo que se le antoje”, sin sometimiento a ninguna ley. Todo aquel que huye como un claustrófobo ante la causalidad desearía sin duda una libertad así. Recuérdese cómo la teoría del
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indeterminismo de los fenómenos microfísicos, de los saltos cuánticos “acusables”, fue acogida con verdadera avidez por algunos, y cómo, basándose en ella, se montaron hipótesis que tendían a servir de puente entre el determinismo físico y la creencia en el libre arbitrio, aunque la única libertad que así quedara a nuestra voluntad fuera la que puede tener el dado lanzado al acaso. Pero nadie puede creer seriamente que libre arbitrio signifique libertad de decisión arbitraria del individuo, cual déspota totalmente irresponsable, para hacer lo que se le antoje. Nuestra más libre volición está sometida a las severas leyes de la moral y nuestra ansia de libertad está destinada, entre otras cosas, a impedirnos obedecer a otras leyes distintas. Es significativo que este temor de no ser libre jamás sea provocado por la idea de que nuestras acciones están tan estrictamente sometidas a las leyes de los moral como los procesos fisiológicos a las de la física. Todos estamos de acuerdo en que la mayor y mejor libertad del hombre se identifica con la ley moral que lleva dentro. El mayor conocimiento de las causas naturales de nuestro comportamiento bien puede aumentar nuestras facultades y hacer que podamos transformar nuestra voluntad en actos. Jamás podrá empero disminuir este conocimiento nuestra voluntad. Supongamos un (utópico) éxito definitivo en el análisis de las causas. Naturalmente, y por razones de principio, ningún hombre lo lograría. Pero supongamos que alguien lo lograra y que comprendiera perfectamente el encadenamiento causal de los fenómenos del universo, incluso los que se desarrollan dentro de su propio organismo: pues de todos modos no dejaría de tener una voluntad, que se hallaría enteramente de acuerdo con las incontrovertibles leyes de la Weltvernunft (razón cósmica) del logos. Esta idea, bastante alejada de nuestro pensamiento occidental

contemporáneo, era muy común en la filosofía de la India antigua y la mística de la Edad Media.

Llegamos ahora al tercer gran obstáculo que se opone al conocimiento del hombre, que es la idea, muy arraigada en nuestras culturas occidentales, de que
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lo que es susceptible de explicación natural no tiene valor. Esta opinión halla su origen en una exageración de la filosofía kantiana de los valores, que es por su parte consecuencia de la dicotomía idealista del mundo. Como ya dijimos, el temor a la causalidad es una de las razones motivantes de orden afectivo que hacen valorar tan altamente lo insondable; pero también entran en juego otros factores inconscientes. Es difícil de predecir el comportamiento del gobernante, figura paternal, porque en sus rasgos esenciales entra algo de arbitrariedad y de injusticia. Los designios de Dios son inescrutables. Lo explicable por naturales puede dominarse y con su oscuridad pierde una parte del espanto que inspira. Benjamin Franklin hizo del rayo que Júpiter lanzaba arbitrariamente una chispa eléctrica, contra la cual protege nuestras casas el pararrayos. La infundada preocupación de que la naturaleza pierda su carácter divino por el conocimiento de las causas es el segundo motivo, por orden de importancia, del miedo a la causalidad. De ahí resulta una nueva traba a la investigación, tanto más fuerte cuanto mayor es en el hombre el sentido de la belleza estética y la magnificencia del universo y cuanto más bello y estupendo le parece el fenómeno en que se ocupa.

El

obstáculo

que

estas

desdichadas

asociaciones

constituyen

para

la

investigación es tanto más grave porque jamás supera el umbral de la conciencia. Si se les interrogara, las personas que así piensan dirían con la conciencia tranquila que son amigas de la investigación científica. Es más: dentro de los límites de determinado campo de investigación pueden incluso ser grandes científicos. Pero inconscientemente están bien decididas a jamás traspasar, en su intento de explicación natural, los límites de los que les parece merecedor de respeto. El error no está en suponer que hay algo inaccesible a la investigación, puesto que nadie mejor que el hombre de ciencia sabe que el conocimiento humano tiene sus límites pero en cambio sabe perfectamente que ignoramos dónde están esos límites. Dice Kant que “la observación y el análisis de los
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fenómenos nos hacen penetrar en la naturaleza. Y nadie sabe hasta dónde nos puede llevar eso con el tiempo”.

Muchos agudos observadores de la naturaleza sienten tanto respeto por la vida, con sus peculiaridades, que colocan esta frontera en sus orígenes. Postulan una fuerza vital especial, un factor totalizante y orientador que, según ellos, no necesita ni admite explicación natural. Otros trazan la frontera allí donde les parece que su dignidad humana les veda proseguir los intentos de explicación.

En mi juventud comprendí claramente de un modo inolvidable la actitud que el hombre de ciencia verdadero toma o debe tomar en relación con los límites reales del conocimiento humano. Había Alfred Kühn dictado una conferencia ante la Academia Austriaca de Ciencias y terminó citando a Goethe: “La mayor dicha del hombre que piensa es haber explorado lo explorable y haber reverenciado tranquilamente lo inexp´lorable”. Pero apenas había pronunciado la última palabra dudó un instante, alzó la mano como para manifestar repulsa y dominando con fuerte tono de voz los aplausos que ya empezaban a sonar: “No, señores. Tranquilamente no. Nunca tranquilamente”. Podría incluso definirse el verdadero científico por su capacidad de seguir venerando, sin ninguna disminución, lo explorable por él explorado; esa misma facultad le permitiría querer explorar lo que parece inexplorable, ya que no temería despojar su carácter divino a la naturaleza por la averiguación de sus causas. Porque nunca ha sucedido que la naturaleza, después de la explicación natural de uno de sus maravillosos fenómenos, hay quedado como un charlatán desenmascarado que hubiera perdido su fama de mago. Las relaciones causales naturales siempre resultaron más grandiosas y respetables que la más hermosa interpretación mística. El sabio conocedor de la naturaleza no necesita lo inexplorable ni lo sobrenatural para sentirse penetrado de respeto. Para él, sólo hay un milagro, y es que todo cuanto existe en el universo, hasta la flor y nata de los seres vivos, se ha producido sin
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necesidad de milagro en el sentido tradicional. Antes bien, perdería para él su carácter maravilloso y noble el mundo si se viera obligado a reconocer que algún fenómeno o suceso, siquiera el comportamiento de un noble ser humano guiado por la razón y la moral, solamente había podido producirse gracias a una transgresión a las leyes todopoderosas y ubicuas del único universo existente. Nada expresa mejor lo que siente el investigador ante la gran unidad de las leyes naturales que estas palabras: “Dos cosas llenan el alma de una admiración cada vez nueva y creciente: el cielo estrellado que tengo encima y la ley moral que llevo dentro”. Pero la admiración y el respeto jamás impidieron al gran filósofo que fue Immanuel Kant hallar una explicación natural de las leyes que rigen el cielo estrellado, y una en particular que procede de su devenir. ¿Acaso se hubiera espantado él, que todavía no conocía la evolución del mundo de los eres vivos, de ver que considerábamos la ley moral que llevamos dentro no como algo dado a priori, sino como un efecto de la evolución natural, como lo eran para él las leyes del universo?.

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CAPITULO XIII*

ECCE HOMO
Ich darauf, mir meine schwarzen Stiefel von den Zehen ziehend, Sprach: “Dies, Dämon, ist des Menschen Schauerlich Symbol; ein Fuss aus Grobem Leder, nicht Natur mehr, Doch auch noch nicht Geist geworden; Eine Wanderform vom Tierfuss Zu Merkurs geflügelter Sohle.”
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CHRISTIAN MORGENSTERN

Supongamos que un observador objetivo de otro planeta, Marte por ejemplo, estudiara el comportamiento social del hombre con ayuda de un telescopio cuyo aumento fuera insuficiente para alcanzar a reconocer los individuos y seguir su comportamiento individual pero que sí le permitiera ver grandes acontecimientos, como migraciones de pueblos, batallas, etc. Pues bien: nunca se le ocurriría pensar que el comportamiento humano estaba regido por la razón, ni siquiera por una moral responsable.

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En este y el siguiente capítulo el lector encontrará algunas repeticiones. La razón es que, basándose estos dos capítulos en la edición inglesa, hemos tenido en cuenta constantemente, sin embargo, el original alemán, en el que se encuentran matices, precisiones e incluso ideas que han desaparecido o se han diluido en la versión inglesa. Hemos decidido, pues, conservar en esta edición española esas precisiones y matices de la edición alemana, lo que ha impuesto algunos ligeros cambios en la ordenación del material. [T.] A lo cual yo repuse, / descalzándome las negras botas: / “Este es, oh espíritu, el símbolo espantoso / de lo humano; un pie de tosco cuero, / ya no naturaleza, mas tampoco / todavía hecho espíritu, / una forma de transición entre la pata animal / y las aladas plantas de Mercurio”. 177

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DONDE LA MALDAD SIRVE PARA ALGO BUENO

Suponiendo que nuestro observador extraterrestre fuera un ser puramente razonable, que no supiera nada del funcionamiento de los instintos en general y el de agresión en particular, ni de cómo su funcionamiento puede ser erróneo, se varía bien apurado para hallar una explicación a nuestra historia. No puede, en efecto, decirse que los fenómenos históricos, que siempre se repiten, sean explicables por la razón ni el entendimiento humanos. Es un lugar común atribuirlos a lo que suele llamarse “la naturaleza humana”. La ilógica e insensata naturaleza humana hace que dos naciones compitan y luchen aun cuando no les obligue a ello ninguna razón de índole económica; y que dos partidos políticos o dos religiones cuyos programas son sorprendentemente parecidos se combatan con terrible encarnizamiento; y que un Alejandro o un Napoleón sacrifiquen a millones de sus súbditos en el intento de unir a todo el mundo bajo su cetro. Es curioso que en la escuela nos enseñen a respetar a algunos personajes de esos que han cometido tamaños absurdos y a honrarlos como a “grandes” hombres. Estamos acostumbrados a someternos a lo que llaman la sabiduría política de quienes llevan la dirección del Estado, y todos los fenómenos de que aquí estamos tratando nos parecen tan habituales que la mayoría de nosotros no nos damos cuenta de hasta qué punto es estúpido y perjudicial para la humanidad el comportamiento histórico de los pueblos.

Pero una vez reconocido el hecho, no nos queda más remedio que plantearnos la cuestión de por qué unos seres en apariencia razonables han de conducirse de modo tan insensato. Es evidente que debe haber factores potísimos capaces de quitar el timón a la razón humana y de hacernos totalmente incapaces de aprender por la experiencia. Como dice Hegel, la historia nos enseña que los hombres y los gobiernos jamás aprenden nada de la historia ni sacan consecuencias de ella.

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Todas estas sorprendentes contradicciones tienen una explicación nada difícil y pueden ordenarse y organizarse correctamente en cuanto se llega al conocimiento de que el comportamiento social del hombre, lejos de estar dictado únicamente por la razón y las tradiciones de su cultura, ha de someterse a todas las leyes que rigen el comportamiento instintivo de origen filogenético; y esas leyes las conocemos muy bien por el estudio del comportamiento animal.

Pero supongamos ahora que nuestro observador extraterrestre fuera un etólogo consumado y que supiera a fondo todo cuanto hemos expuesto brevemente en los capítulos que anteceden. Inevitablemente, llegaría a la conclusión de que la sociedad humana está constituida de modo muy semejante a la de las ratas, porque de igual modo son sus componentes sociables y apacibles dentro de su propia tribu pero se conducen como unos verdaderos demonios con los congéneres que no pertenecen a su bando. Si además de eso nuestro marciano advirtiera el explosivo aumento de la población, la creciente peligrosidad de las armas y la división de los humanos en unos pocos campos políticos... no auguraría a la humanidad un futuro mejor que el previsible para unas cuantas sociedades de ratas en un barco donde casi no quedara nada por devorar. Y aún sería optimista el pronóstico, porque de las ratas se sabe que la reproducción se detiene automáticamente cuando el apiñamiento de la población alcanza cierto grado, mientras que en el hombre hasta ahora no hay un sistema eficaz que impida la llamada explosión demográfica. Por otra parte, es probable que después de la matanza quedaran todavía suficientes ratas para conservar la especie, mientras que del hombre sería difícil predecir otro tanto para después de emplearse la bomba de hidrógeno.

Hay una gran verdad en el símbolo relativo a los frutos del árbol de la ciencia del bien y del mal. El conocimiento debido al pensamiento conceptual expulsó al hombre del Paraíso, donde podía abandonarse tranquilamente a sus instintos y
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hacer lo que quería cuando se le antojaba. Pero la parábola del árbol del conocimiento sería más certera si le añadiéramos algo que la haría coincidir con mi idea de Adán: la manzana que le dieron no estaba madura. El conocimiento nacido del pensamiento conceptual le quitó al hombre la seguridad que sus bien adaptados instintos le proporcionaban, mucho antes de procurarle otra adaptación que le garantizara la misma seguridad. Como dice Arnold Geblen, el hombre es por naturaleza una criatura en peligro.

El pensamiento conceptual y la palabra modificaron toda la evolución del hombre al lograr algo que es equivalente a la herencia de los caracteres adquiridos. Hemos olvidado un poco que el verbo “heredar”, mucho antes de su significado biológico, tenía uno jurídico. Cuando un hombre inventa las flechas, por ejemplo, y el arco, no sólo su progenie, sino toda la comunidad hereda el conocimiento y el empleo de esas armas, y dominan su empleo como si se tratara de un órgano de su cuerpo. Su pérdida es en todo como la regresión de un órgano con el mismo valor de supervivencia. Así puede efectuarse en el curso de una o dos generaciones un proceso de adaptación ecológica que en la evolución normal, sin el concurso del pensamiento conceptual, hubiera requerido un período de tiempo de escala muy diferente y mucho mayor. Nada tiene, pues, de sorprendente que la evolución de los instintos sociales y, cosa aún más importante las inhibiciones sociales, no hayan podido avanzar a la par del rápido desarrollo que el acrecentamiento de la cultura trasmitida por tradición, principalmente del adelanto material, ha impuesto a la sociedad humana.

Los mecanismos del comportamiento instintivo sin duda no estaban en condiciones de afrontar las nuevas condiciones creadas inevitablemente por la cultura desde sus albores.

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La Experimentación y el diálogo con el medio ambiente debidos al pensamiento conceptual le procuraron sus primeros instrumentos o medios: el hacha de piedra y el fuego. Pero no tardó en aplicarlos a asesinar a sus hermanos y a asarlos, como lo demuestran los hallazgos efectuados en los enterramientos del hombre de Pekín: junto a las primeras huellas del uso del fuego yacen huesos humanos mutilados y visiblemente tostados. El Prometeo pekinés que aprendió a conservar el fuego, lo utilizó, entre otras cosas, para asar a sus hermanos. El pensamiento conceptual dio al hombre el dominio del medio extraespecífico y le dejó sueltas las riendas de la selección intraespecífica, con las malas consecuencias que ya sabemos (p. 50); y seguramente habrá que cargarle también en el debe la exagerada agresividad que todavía padecemos. El pensamiento conceptual dio al hombre la palabra y, con ella, la posibilidad de trasmitir el conocimiento por él adquirido a otros hombres y de hacer adelantar la cultura; pero todo esto produjo en sus condiciones de vida cambios tan rápidos y radicales que le falló la capacidad de acomodación de sus instintos.

Casi casi creería uno que cada don que el pensamiento conceptual hace al hombre se paga con un mal que es su peligrosa e inevitable consecuencia. Pero, afortunadamente para nosotros, no es así, porque aparte del pensamiento conceptual tiene el hombre otra facultad característica que le ayuda a conocer mejor su medio ambiente, y ésta es la curiosidad, la curiosidad insaciable, base de toda exploración y experimentación, actividades que aun en su forma más primitiva implican una función semejante a la de plantearse cuestiones. La experimentación exploratoria es como un diálogo con la naturaleza ambiente. Plantearse una cuestión y tomar nota de la respuesta conducen a anticiparse a la naturaleza y a ligar, gracias al pensamiento conceptual, las causas con los efectos. De ahí a prever conscientemente las consecuencias de sus actos no hay más que un paso. Las mismas facultades, poder peligroso en sí le daban el medio de impedir su mala aplicación: la responsabilidad razonable.
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Voy a proceder ahora a examinar uno tras otro los diferentes peligros que corre la humanidad al elevarse, gracias a sus grandes dotes particulares, sobre los demás animales. A continuación trataré de mostrar cómo procede el mayor de todos esos dones, que es la moral razonable y responsable, para conjurar todos esos peligros. Y después, me dedicaré a la más importante de todas estan tareas, que es la de exponer los límites de funcionamiento de la moral.

En el capitulo dedicado al comportamiento análogo a la moral vimos las inhibiciones que controlan la agresión en los animales sociales e impiden la muerte o el menoscabo de los congéneres. Decíamos allí que esas inhibiciones son de la mayor importancia, y por ende muy perfeccionadas o diferenciadas en los animales capaces de matar seres vivos más o menos de su tamaño. Un cuervo puede sacarle un ojo a otro cuervo de un picotazo, y un lobo puede abrirle la yugular a otro de un solo mordisco. Hace tiempo que habrían desaparecido los lobos y los cuervos si no hubiera inhibiciones bien firmes para impedirlo. La paloma, la liebre y aun el chimpancé no pueden matar a uno de sus congéneres de un solo golpe o mordisco. Además, los animales que no tienen armas muy fuertes pueden confiar en su gran capacidad de huida, que les permite escapar incluso a los depredadores “profesionales”, mucho más eficientes en la persecución, la captura y el degüello que cualquiera de sus congéneres, por fuerte que sea. En la vida libre en la naturaleza es, pues, raramente posible que uno de esos animales cause graves daños a otro de su misma especie. Por eso no hay presión selectiva que produzca inhibiciones para impedir que se mate a los congéneres. Así lo comprende –a costa suya y de los animales que cría- el zoocult0or cuando no toma en serio los combates intraespecíficos entre animales completamente “inofensivos”. En las condiciones antinaturales de la cautividad, en que el vencido no puede huir rápidamente del vencedor, este siempre acaba por matar a aquel lenta, penosa y cruelmente. En el capítulo dedicado a la moral y a
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las armas de El anillo del rey Salomón he descrito cómo la paloma, símbolo de todo lo que es pacífico, es capaz de torturar a sus hermanas hasta matarlas sin que se lo impida ninguna inhibición. Uno puede imaginarse como si lo estuviera viendo lo que sucedería si, por un fenómeno natural que nunca se ha dado, la paloma adquiriera de repente el pico de un cuervo. Parecida es la situación del hombre al descubrir que una piedra afilada puede servirle de arma cortante o contundente. Nos llena de horror pensar en una criatura tan excitable y colérica como el chimpancé con un hacha de piedra en la mano.

La opinión general y aun la de muchos expertos en las ciencias del espíritu es que todas las pautas de comportamiento humanas que sirven al bien de la comunidad y no del individuo están dictadas por la responsabilidad razonable. Esta opinión es errónea, como está comprobado y como demostraremos una vez más con ejemplos concretos al final de este capítulo. El antepasado que tenemos en común con el chimpancé era con seguridad, para sus amigos, por lo menos tan leal como una chova, un océfalo y aun un lobo con los suyos; con toda seguridad saldría en defensa de su sociedad con el mismo arrojo y desprecio de la muerte; y sería tan tierno y cuidadoso como todos esos animales para con los pequeñuelos de su especie, cuya muerte le prohibirían las mismas inhibiciones. Por dicha nuestra, nosotros también tenemos enteros los correspondientes instintos “animales”.

Los antropólogos que estudian los australopitecos, precursores animales del hombre y cazadores de grandes animales salvajes, afirman que nos dejaron la peligrosa herencia de una “mentalidad de carnívoro”. Hay aquí una peligrosa confusión entre el concepto de carnívoro y el de caníbal, que se excluyen mutuamente. El canibalismo es una excepción en los animales carniceros o de predadores. En realidad, debemos deplorar, más que otra cosa, que el hombre ya
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no tenga esa “mentalidad de carnívoro”. Buena parte de los peligros que le amenazan viene del hecho de que el hombre es por naturaleza un omnívoro relativamente inofensivo, cuyo cuerpo no posee armas naturales para matar grandes animales y que por ello no tiene tampoco aquellos mecanismos de seguridad creados por la filogénesis que impiden a todos los carnívoros “profesionales” aplicar indebidamente su poder para matar a los grandes animales de su propia especie. Sucede a veces que un león o un lobo mate a algún congénere extranjero que penetra en el territorio de su manada, y que incluso, en un arrebato de cólera, quite a algún compañero la vida de un zarpazo o un mal mordisco. En cautividad esto se da con harta frecuencia. Pero tales excepciones no deben hacernos olvidar que, como ya dijimos en el capítulo dedicado a las pautas de comportamiento análogas a la moral, en todos los carnívoros fuertemente armados hay mecanismos de inhibición superdesarrollados

destinados a asegurar la conservación de la especie y a impedir que se destruya a sí misma.

En la prehistoria, el hombre no necesitaba mecanismos muy desarrollados que le impidieran aplicar súbitamente golpes mortales, que de todos modos no estaban en su poder. Sólo podía utilizar para ello las uñas, los dientes o las manos, para ahogar, morder o rasguñar. Pero la presunta víctima tenía tiempo suficiente de aplacar al atacante con ademanes de humildad y gritos de miedo. Siendo el hombre un animal débilmente armado, no había presión selectiva que funcionara y creara las fuertes y seguras inhibiciones que impiden el empleo de las pesadas armas de algunos animales y aseguran la supervivencia de su especie. Pero la invención de armas artificiales abrió nuevas posibilidades de matar de un golpe y trastornó gravemente el equilibrio existente entre unas inhibiciones relativamente débiles y la capacidad de matar a sus congéneres. El hombre se hallaba entonces en la situación de la paloma que por un cruel juego de la naturaleza se viera dotada de un pico de cuervo.
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Es como para llenarse de espanto la idea de que un ser tan irascible como lo son todos los primates prehumanos pudiera presentarse esgrimiendo un hacha de piedra bien afilada. La humanidad se hubiera efectivamente destruido a sí misma con sus primeros grandes inventos a no haber sido por el hecho estupendo de que la capacidad de inventar y el don de la responsabilidad son consecuencia una y otro de una misma facultad, específicamente humana: la de hacerse preguntas. Y si el hombre, por lo menos hasta ahora, no se ha suicidado con sus inventos, lo debe a esa facultad que tiene de preguntarse de antemano cuáles serán las consecuencias de su acción, y de contestar a su pregunta. No es que nuestro antepasado humano fuera, aun en un estado desprovisto de responsabilidad moral, una encarnación del mal. No tenía menos inhibiciones e instintos sociales que un chimpancé, que no deja de ser –a pesar de su irascibilidad- un ser social y amable. Pero cualesquiera que fueran sus normas innatas de comportamiento social, nuestro antepasado humano hubo de presenciar su quebrantamiento con la invención de las armas. Si la humanidad ha sobrevivido, nunca ha logrado precaverse contra el peligro de su autodestrucción. La responsabilidad moral y la repugnancia por el acto de matar que de ella se deriva han aumentado ciertamente desde la invención del hacha de piedra, pero por desgracia, también ha aumentado, y en la misma medida, la facilidad de matar, y sobre todo la impunidad emocional, ya que el perfeccionamiento en la técnica del acto de

matar ha hecho que el agente no sienta directamente en el corazón las consecuencias de lo que hace. La distancia a que son eficaces todas las armas de fuego protege al matador de las situaciones estimulantes que sin eso le harían sentir físicamente el horror de las consecuencias. Las profundas capas emocionales de nuestro ser, sencillamente, ya no registran el hecho de que apretar el gatillo significa destrozar con el tiro las entrañas de otro individuo. Ningún hombre mentalmente normal iría jamás a cazar conejos si hubiera de

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matarlos con los dientes y las uñas, o sea sintiendo plenamente, emocionalmente, lo que hacía.

El mismo principio se aplica, en medida aun mayor, al empleo de las armas modernas a control remoto. El que pulsa el botón está perfectamente protegido contra las consecuencias de su acto, y no puede verlas ni oírlas por más imaginación que tenga. Por eso es capaz de cometerlo impunemente. Sólo así puede explicarse que hombres cabalmente buenos e incapaces apenas de dar una bofetada a un chiquillo malcriado que se la merece, hayan sido capaces de pulsar el botón que lanzaba bombas volantes sobre ciudades donde centenares de amables niños iban a recibir una horrible muerte entre llamas. El hecho de que fueran buenos y normales padres de familia quienes tal hicieron es tan atrozmente inexplicable como cualquier otra barbaridad bélica. Es notorio que los demagogos tienen un excelente conocimiento, siquiera sólo práctico, del comportamiento instintivo del hombre y aprovechan conscientemente, como un instrumento útil en extremo, la protección de la parte a enardecer contra situaciones estimulantes inhibidoras de la agresión.

Consecuencia indirecta de la invención de las armas fue el predominio de una selección intraespecífica muy poco deseable, y de todas sus fatales

consecuencias. En el tercer capítulo, en que trato del papel de la agresión en la supervivencia, así como en el décimo, donde trato de la organización social de las ratas, expuse ya con bastante detenimiento que la competencia entre congéneres puede conducir a curiosísimos resultados sin ningún fin biológico, no adaptivos, al ejercer una presión selectiva sin relación con el medio ambiente extraespecífico. Las alas del faisán Argos y el ritmo de trabajo de la civilización occidental eran ejemplos que citaba mi maestro Heinroth para ilustrar esos indeseables efectos. También he dicho ya cómo creo yo que la hipertrofia del instinto de agresión en el hombre se debe a la misma causa.
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Después de haber la humanidad, gracias a sus armas y sus instrumentos, sus prendas de vestir y su fuego, dominado más o menos las fuerzas hostiles de su ambiente extraespecífico, se produjo sin duda un estado de cosas en que las contrapresiones de las hordas enemigas vecinas fueron el principal factor selectivo, que determinó los siguientes pasos de la evolución humana. Nada tiene de sorprendente el que ese factor produjera un peligroso exceso de lo que se dio en llamar “virtudes guerreras” del hombre.

En 1955 escribí un artículo: Über das töten von Artgenossen (De la occisión de los congéneres). Decía en él que “yo creo –y toca estudiar esto a los psicólogos, y principalmente a los dedicados a la psicología profunda y el psicoanálisis- que el hombre civilizado actual padece una incapacidad de abreacción en sus impulsos agresivos. Es más que probable que los efectos nocivos de los impulsos de agresión del hombre, que Freud explicaba postulando un impulso tanático especial, se deban sencillamente a que la selección intraespecífica hizo aparecer por evolución en el hombre en épocas primigenias cierta cantidad de pulsiones agresivas para las cuales no hay válvula de seguridad en la sociedad tal y como hoy está organizada”. Si estas palabras contienen algo de reproche, quiero repetirlas aquí, porque en la época en que las escribí había ya algunos psicoanalistas que no creían en el impulso de muerte y explicaban justamente los autodestructores efectos de la agresión como perversiones de un instinto normalmente conservador de la vida. Después conocí a un psiquiatra y psicoanalista que ya entonces se ocupaba en el problema de la hipertrofia de la agresividad debida a la selección intraespecífica.

Sydney Margolin, de Denver, Colorado, ha realizado esturdios muy precisos de psicoanálisis y psicología social entre los indios de la Pradera, sobre todo los utos, y demostrado que esos hombres sufrente de un grave exceso de pulsiones
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agresivas que no son susceptibles de abreacción en las condiciones de vida que privan en las re-reservas de indios de los Estados Unidos. Cree Margolin que en siglos, relativamente pocos, en que esos indios podían vivir salvajemente

dedicados casi nada más a la guerra y la rapiña, se produjo una presión selectiva muy fuerte, cuya consecuencia fue una extremada agresividad. Es bien posible que en tiempo tan relativamente breve se haya modificado el tipo hereditario; de igual modo y con la misma rapidez se modifican las razas de animales domésticos mediante una selección intensiva. Además apoya la hipótesis de Margolin el hecho de que los utos, que ahora se crían con influencias educativas completamente diferentes, sufren exactamente lo mismo que los ancianos de la tribu, educados según el sistema de su propia cultura. Añádase a esto que los síntomas patológicos de que hablamos, solamente se aprecian en los indios cuyas tribus fueron sometidas a eses proceso selectivo.

Los utos padecen de neurosis con mayor frecuencia que ningún otro grupo humano jamás padeció, y Margolin ha podido comprobar que la causa común de ese padecimiento era siempre una agresividad sin descargar. Muchos de esos indios se sienten enfermos y así lo declaran, mas cuando se les pregunta dónde sienten la enfermedad, responden tan sólo: “Es que soy un uto”. La violencia y el asesinato de personas ajenas a la tribu son cosa de todos los días, pero no sucede otro tanto con los miembros de la propia tribu, porque normalmente se lo impiden unos fuertes tabúes, cuyo despiadado rigor también es fácil de comprender teniendo en cuenta los antecedentes de ese pueblo: la tribu se hallaba siempre envuelta en luchas contra los indios vecinos y con los blancos y debía evitar a toda costa las disenciones entre los suyos. El que mataba a un contribeño estaba obligado por el rigor de la tradición a suicidarse. Hubo un uto que era policía y mató en defensa propia a un miembro de su tribu cuando iba a arrestarlo; pues bien, hubo de obedecer al mandamiento. El delincuente se había emborrachado y había asestado a su propio padre una cuchillada que le había
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abierto la arteria femoral y le había hecho desangrarse. El policía recibió la orden de detener al parricida –y es evidente que no se trataba de matarlo- pero se quejó a su superior blanco. Según él, el delincuente desearía morir, puesto que tenía la obligación de suicidarse, y lo más probable era que hiciera frente al arresto para obligar a matarlo al policía. Y a su vez, éste tendría que suicidarse. Sin duda, el sargento era de muy pocos alcances, y mantuvo su orden. Entonces, la tragedia se desarrolló del modo predicho. Este y otros documentos de Margolin se leen como si fueran tragedias griegas, en que el destino inexorable obliga al hombre a cometer una falta y a expiar voluntariamente el delito involuntario.

Es objetivamente convincente y aun probatorio de la justeza de la interpretación que Margolin da de ese comportamiento el hecho de que los utos son muy propensos a los accidentes. Se ha demostrado que esa tendencia o predisposición a los accidentes (accident-proneness) es consecuencia de la agresión no descargada y que, en los utos, la frecuencia de los accidentes automovilísticos es muy superior a la de cualquier otro grupo humano que utilice vehículos automóviles. Todo aquel que haya manejado alguna vez lleno de cólera un coche rápido sabe –si su estado le permitía observarse- que en esa situación se siente uno muy inclinado a un comportamiento autodestructor. Precisamente a estos casos particulares podría aplicarse la expresión “impulso de muerte”.

Naturalmente, la selección intraespecífica opera todavía, y en un sentido nada deseable, pero el estudio de todos esos fenómenos nos alejaría bastante del tema de la agresión. La selección premia fuertemente las bases instintivas que conducen a la acumulación de propiedad, la afirmación de la propia personalidad, etc., en la misma medida que casi castiga la sencilla honestidad y decencia. La competencia comercial, por ejemplo, es muy capaz de producir hipertrofias tan espantosas de las pulsiones mencionadas como las que produjo y fijó evolutivamente antes la competencia bélica entre las tribus del paleolítico.
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Tenemos suerte de que la adquisición de riquezas y poderío no aumente el número de hijos (más bien lo contrario) porque si no fuera así, aún estaría la humanidad en peores condiciones.

El vertiginoso ritmo del desarrollo es la tercera fuente de males que el hombre se ve obligado a aceptar junto con los dones que le procura su pensamiento conceptual. De éste y de todo cuanto le acompaña, y principalmente de la simbología del lenguaje, recibe el hombre una facultad que ningún otro ser vivo tiene. Cuando el biólogo habla de herencia de propiedades adquiridas piensa solamente en las modificaciones adquiridas por la masa hereditaria y genoma. Ya no tiene presente que muchos siglos antes de Mendel, la “herencia” tenía un significado jurídico y que se empleó para los fenómenos biológicos casi metafóricamente. Esta segunda acepción se ha hecho tan corriente que sin duda me habrían entendido mal si hubiera escrito sencillamente: sólo el hombre tiene la facultad de heredar las propiedades adquiridas. Quería decir con ello que cuando un hombre inventa el arco y las flechas o las toma de un pueblo culturalmente más adelantado, no sólo su descendencia sino toda la sociedad de que forma parte poseerá tan firmemente esos instrumentos como si se tratase de órganos que le hubieran crecido en el cuerpo por mutación y selección. Y el modo de usarlos no se olvidará ya, del mismo modo que no puede volverse rudimentario un órgano de importancia vital.

Incluso cuando es un solo individuo el que adquiere esa propiedad o facultad importante para la conservación de la vida, ésta es un bien común de toda la población, y eso también produce la mencionada aceleración de la evolución histórica que aparece en el mundo con el pensamiento conceptual del hombre. Los fenómenos de adaptación que hasta entonces requerían épocas geológicas queden ahora efectuarse en un breve período de tiempo y en unas cuantas generaciones. Por encima de la lenta y, en comparación con el nuevo proceso,
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casi imperceptible filogénesis se superpone a partir de ese momento la historia, y sobre el acervo del genoma formado filogenéticamente se injerta la cultura, adquirida históricamente y trasmitida por las tradición.

Así como el uso de las armas y las herramientas y el dominio del mundo que al hombre procuran, el tercero y hermosísimo don del pensamiento conceptual acarrea peligros. Todas las conquistas culturales del hombre tienen un defecto mayúsculo, y es que solamente se refieren a propiedades y funciones modificables individualmente, por el aprendizaje. Ahora bien: muchas pautas innatas propias de nuestra especie no son de ese tipo; el ritmo de su mutabilidad en la evolución específica sigue siendo el mismo que el de cualquier otro carácter corporal, el mismo de todo devenir antes de que hiciera su aparición el pensamiento conceptual.

El comportamiento agresivo y la inhibición que impide matar no representan más que un caso particular entre tantos otros en que la rápida transformación de la ecología y la sociología humanas por el desarrollo cultural desequilibran mecanismos de comportamiento otrora filogenéticamente adaptados. Para explicar la función de la moral, que consiste en restablecer un equilibrio aceptable entre los instintos del hombre y las necesidades de un orden social que la cultura hizo evolucionar, digamos primero unas palabras de los instintos sociales en general. Es opinión muy común, y la comparten algunos filósofos

contemporáneos, que todas las formas de comportamiento humano que sirven para el beneficio de la comunidad y no para el individual, están dictadas por un pensamiento racional, específicamente humano. Y no solamente esta opinión es falsa, sino que sucede exactamente lo contrario. Si el hombre no tuviera tan abundante dotación de instintos sociales, jamás hubiera podido elevarse por encima del mundo animal. Todas las facultades específicamente humanas, como el don del habla, la tradición, la responsabilidad moral, no han podido
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desarrollarse sino en un ser vivo y en sociedades bien organizadas, antes de los albores del pensamiento conceptual. Nuestro antepasado prehumano era ciertamente para su amigo tan leal como un chimpancé y aun un perro lo son para los suyos, era tierno con los pequeñuelos y les prodigaba cuidados; defendía su comunidad con peligro de su vida. Todo esto, millones de años antes de que tuviera un pensamiento conceptual y pudiera darse cuenta de lo que hacía. Según nos enseña Kant a propósito de la moral, es la razón humana (Vernunft) la única que tiene el imperativo categórico (“debes hacer”) como respuesta a la pregunta que el ser razonable se plantea a sí mismo a propósito de las posibles consecuencias de tal o cual acción. Pero es dudoso que sea “razón” la traducción acertada del Vernunft usado por Kant, porque esa palabra también tiene la acepción de sentido común y de capacidad de entender y apreciar a otro ser “razonable”. Para Kant es evidente que un ser razonable no puede desear un daño a otro ser razonable. Esta aceptación inconsciente de lo que él considera sin duda axiomático es el punto flaco de la brilante armadura de pura racionalidad de este gran filósofo. Por esa fisura se cuela en sus consideraciones la afectividad o emoción, que siempre implica una necesidad instintiva, y las hace más aceptables de lo que de otro modo serían para una mente orientada hacia la biología. Parece difícil de creer que un hombre se abstendría de realizar tal o cual acción a que una inclinación natural le empuja tan sólo porque se diera cuenta de que su realización implicaría una contradicción lógica. Para ello habría que ser un profesor alemán más inefable y más celoso amigo de la razón que el mismísimo Kant.

En realidad, la comprensión racional completa de las consecuencias de un acto y de la firmeza lógica de sus premisas jamás tendría por resultado un imperativo ni una prohibición si no le proporcionara motivación alguna fuente de energía emocional, o sea instintiva. Como la dirección de un vehículo moderno, la moral responsable recibe la energía que necesita para controlar el comportamiento de las mismas fuerzas primarias que debe regular. Si el hombre fuera un ser
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puramente racional y no tuviera su herencia animal de instintos, sin duda no sería un ángel, sino todo lo contrario.

Postulemos un ser totalmente indiferente a los valores, incapaz de considerar nada digno de conservarse en la humanidad, en la cultura humana o en la vida misma y supongamos que está estudiando el principio de la acción de hidrógeno y acabará con todo cuanto es vida en nuestro planeta. Pues bien, en ese monstruo, aunque comprendiese perfectamente todas las consecuencias de su gesto, jamás aparecería un imperativo que se lo prohibiera, sino una reacción que vendría siendo algo así como: “¿Y qué?”. Ni siquiera es necesario suponer que tal creatura sería activamente malvada y compartiría el punto de vista de Mefisto de Goethe de que todo lo creado merece la destrucción, porque la mera ausencia de apreciación axiológica afectiva le haría reaccionar del modo dicho.

Siempre y en todo, la apreciación emocional e irrazonable de los valores pone un signo de más o menos a la respuesta que se da a la autointerrogación categórica de Kant y hace de ella en definitiva un imperativo o un veto. Por sí sola, la razón puede a lo sumo inventar medios para realizar objetivos determinados de otro modo, y no puede darnos fines ni órdenes. Abandonada a sí misma, la razón sería como una computadora a la que no se hubiera dado ninguna información relevante para obtener una respuesta importante. Aunque todas sus operaciones fueran lógicamente válidas, no tendríamos más que un maravillosos sistema de rodajes y rodajes, sin motor que lo hiciera funcionar. La fuerza motriz que lo pondría en marcha procede de mecanismos de comportamiento instintivo mucho más antiguos que la razón y no directamente accesibles a la autoobservación racional. Son ellos la fuente del amor y de la amistad, de todo calor afectivo, de la apreciación de lo bello, de la urgencia de creación artística y de la insaciable curiosidad que ansía el conocimiento científico. En su dinámica, estos estratos del fondo de la personalidad humana no difieren esencialmente de los instintos de los
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animales; pero sobre esa base ha edificado la cultura humana la ingente superestructura de las normas y los ritos sociales cuya función es tan análoga a la de la ritualización filogenética. Las normas de comportamiento, ya sean producto de la evolución fitogenética o de la cultura, representan para cada ser humano normal motivaciones que siente como valores. Unas y otras están entretejidas en un sistema universal inmensamente complicado de acciones recíprocas, cuyo análisis es tanto más difícil cuanto que la mayoría de sus procesos se efectúan en el subconsciente y no son de ningún modo accesibles a la autoobservación. Sin embargo, es imperativo que comprendamos la dinámica de ese sistema, porque sólo el conocimiento de la índole de los valores nos permite esperar algún día aparezcan los nuevos valores y los ideales que tan necesarios son en nuestra actual situación.

¿Qué pudo suceder cuando por primera vez se halló el hombre con un hacha de piedra en la mano ? Es muy probable que fuera algo semejante a lo que se observa en niños de dos y aun de tres y más años, a los que ninguna inhibición moral ni instintiva impide tirar fuertemente a la cabeza de otro un objeto pesado que apenas pueden levantar. Es muy probable que el inventor de la primera hacha de piedra durara tan poco como estos niños en herir con ella a un semejante que provocaba su enojo. Afectivamente, él no sabía nada del terrible efecto que produciría su invención, porque las inhibiciones contra el acto de matar entonces como hoy se limitaban al armamento natural. ¿Quedó confuso al ver al hermano de tribu muerto ? Seguramente así sería. La primera función

compensadora de la moral responsable, que impidió a los australopitecos destruirse a sí mismos con sus primeros instrumentos de piedra, no hubiera sido posible sin la apreciación instintiva de la vida y de la muerte.

Los animales sociales superiores suelen reaccionar de modo muy dramático a la muerte súbita de un congénere. Los gansos silvestres se quedan con las alas
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extendidas y silbando en actitud claramente defensiva junto al amigo muerto o moribundo, y así lo observó Heinroth una vez que mató de un tiro a un ganso en presencia de su familia. Yo también presencié el mismo comportamiento en

ocasión de haber propinado una oca del Nilo a un ansarón silvestre un golpe en la cabeza : el animalito corrió tambaleándose hacia sus padres y a poco murió de hemorragia cerebral ; y aunque los padres no habían podido ver el golpe mortal, reaccionaron del modo que describe Heinroth ante el desplome y la muerte de su hijo. Hace algunos años, un elefante particularmente amable del zoológico de Munich, que se llamaba Wastl, hirió gravemente, jugando y sin la menor intención ofensiva, a su guardián. Al comprender lo que había hecho, se emocionó mucho y se puso a proteger al herido con la mejor intención posible, pero con el peor resultado, porque impidió que le auxiliaran a tiempo. El profesor Bernhard

Grzimek me contó una vez que un macho adulto de chimpancé que le había mordido y causado una herida profunda en un acceso de cólera, al pasársele ésta quiso comprimir los bordes de la herida. Y el intrépido científico le dejó hacer.

Es casi seguro que el primer Caín reconoció enseguida cuán espantoso era lo que había hecho. Sin duda golpeó sin mucha malicia, como el niño de dos años que da un palo a otro sin prever el efecto que producirá. Y le sorprendería desagradablemente el hecho de que su amigo no pudiera levantarse, e intentaría incluso ayudarle, como el elefante hizo. Al punto comprendería, sin necesidad de esperar a que el caso se fuera dando a conocer poco a poco entre los miembros de la horda, que si morían así muchos de sus compañeros, el potencial bélico bajaría gravemente. Pero cualquiera que fuera la pena aplicada para quitarles la costumbre e impedir el uso controlado de la nueva arma, ello es que se creó una forma, siquiera primitiva, de responsabilidad que ya en aquella época impidió que la humanidad se autoaniquilara.

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La primera función que realizó la moral responsable en la historia de la humanidad consistió, pues, en restablecer el equilibrio perdido entre el armamento y la inhibición innata contra el acto de matar. En todo lo demás eran todavía muy sencillas y fáciles de cumplir por los primeros hombres las obligaciones morales que se imponía a la responsabilidad razonable del individuo.

Sin duda no es una audaz especulación suponer que los primeros hombres verdaderamente dignos de ese nombre que aparecen en la prehistoria, como por ejemplo los Cromagnon, tuvieran aproximadamente los mismos instintos y las mismas inclinaciones naturales que nosotros e incluso que la estructuración de sus sociedades y las disensiones que entre ellas surgían se diferenciaban muy poco de las de algunos pueblos todavía vivos, como por ejemplo los papúes del interior de Nueva Guinea, cada uno de los cuyos minúsculos poblamientos está en continua guerra con los vecinos. Dice Margaret Mead que las relaciones entre ellos son de “leve” y recíproca caza de cabezas. Y dice “leve” para dar a entender que no se trata de incursiones organizadas con el fin de capturar las codiciadas testas de varón, sino que allá de vez en cuando se agarra una cabeza de anciana o de algún niño con que se topan por casualidad en los bosques limítrofes de su territorio.

Supongamos ahora que nuestra hipótesis sea correcta y que aquellos hombres vivieran en grupos de hasta diez o quince amigos con sus mujeres e hijos en una sociedad de ese tipo. Unos cuantos hombres tenían necesariamente que formar una sólida comunidad, unidos por juramento, eran amigos en el sentido verdadero de la palabra. Cada uno había salvado al otro la vida varias veces y si entre ellos surgía, más o menos como entre escolares, alguna rivalidad por cuestiones de preeminencia o por alguna muchacha, ciertamente pasaba al segundo plano ante consideraciones más apremiantes, como la continua necesidad de estar contra los vecinos hostiles. Tantas veces era necesario combatir por la existencia de la
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propia comunidad que todas las pulsiones de agresión intraespecífica hallaban ampliamente ocasión de satisfacerse en los de fuera. La situación social sería en todo comparable a la de una pequeña unidad de combatientes que se hallara en un fortín aislado y particularmente expuesto. Sabemos a qué altura pueden llegar en circunstancias parecidas el heroísmo y la abnegación de hombres comunes y corrientes, por lo demás nada románticos. Es por cierto típico del hombre el

revelar sus más nobles y admirables cualidades en las situaciones en que se trata de matar a otros hombres no menos nobles y admirables.

Creo que en las circunstancias expuestas en esa sociedad de quince varones cada uno de nosotros por su propia inclinación natural obedecería los diez mandamientos de la ley mosaica, salvo quizá el tercero ; que no mataría ni robaría las provisiones ni las armas, ni la mujer, a quien le hubiera salvado la vida ; y honraría no solamente padre y madre sino también a los ancianos y sabios o experimentados, como ha observado Fraser Darling que hacen los ciervos y Washburn, de Vore y Kortlandt han visto hacer a los primates.

Quiero decir con esto que el hombre no es por naturaleza tan malo como afirma el Génesis. Lo que pasa es que no es tan bueno como exige nuestra vida social moderna.

El hombre es capaz de comportarse debidamente en situaciones peligrosas, a condición de que otras situaciones semejantes se hayan presentado con frecuencia en el paleolítico para haber engendrado normas sociales,

filogenéticamente adaptadas, que respondan a esa situación. Amar al prójimo como a sí mismo y arriesgar la vida propia por salvar la de él es cosa natural si se trata de nuestro mejor amigos y nos ha salvado la nuestra muchas veces. Uno lo hace sin pensar. Pero cuando el hombre por el cual debemos sacrificar nuestra vida u otras cosas es un contemporáneo anónimo que jamás vimos cara a cara ni
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de lejos, la situación cambia. No es el amor por nuestro semejante el que activa, si se da el caso, nuestro comportamiento abnegado, sino el amor por una norma tradicional de comportamiento social que ha evolucionado por la cultura. El amor por eso o aquello es en muchos casos la motivación que sustenta el poder del imperativo categórico....tesis que sin ninguna duda Kant hubiera rechazado. Nuestro guerrero de Cromagnon tenía muchos vecinos hostiles para descargar sus pulsiones agresivas y el número estrictamente suficiente de amigos a quienes amar. Su responsabilidad moral no estaba así sometida a una excesiva carga por el ejercicio de una función que le impedía herir en un acceso de cólera a sus compañeros con un hacha de buen filo.

Al aumentar el número de los individuos que pertenecen a una sociedad se producen dos efectos que trastornan el equilibrio entre los más importantes instintos de la atracción y repulsión mutuas, o sea entre el vínculo personal y la agresión intraespecífica. Es perjudicial para las relaciones de amistad el tener muchos amigos. Dice un proverbio que sólo pueden tenerse unos cuantos amigos verdaderos. El tener muchos “conocidos”, como sucede en las comunidades grandes, necesariamente reduce la firmeza de las relaciones. La acumulación de individuos en un espacio provoca la fatiga de todas las reacciones sociales. Los habitantes de las grandes poblaciones están recargados de relaciones y obligaciones sociales y conocen la penosa sensación de recibir la visita de un amigo y no sentir con ella el debido gusto, aunque el amigo sea muy querido y haga tiempo que no lo veían. También hay cierta inclinación a rezongar cuando el teléfono suena después de cenar. Hace tiempo que los sociólogos expertos

saben que el hacinamiento aumenta la tendencia a la agresión.

A estas indeseables consecuencias del crecimiento de nuestra sociedad se suman las de la imposibilidad de descargar las pulsiones agresivas en la medida para la especie. No hay salida
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legítima al comportamiento agresivo en una
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comunidad moderna. La paz es la primera obligación del ciudadano, y el poblado enemigo vecino, que antes ofrecía un objeto a propósito para satisfacer la agresión intraespecífica, está ahora muy lejos, lo más posible, a veces incluso aislado por una cortina de hierro. Con el superior desarrollo de la civilización, todas las premisas para el debido funcionamiento de nuestras inclinaciones naturales al comportamiento social cada vez son menos favorables ; al mismo tiempo, cada vez son mayores las exigencias en ese sentido. Debemos tratar al “prójimo” como si fuera nuestro mejor amigo, aunque nunca lo hayamos visto ; y con el auxilio de nuestra razón podemos comprender claramente que tenemos la obligación de amar incluso a nuestros enemigos, cosa que no se nos habría ocurrido jamás por inclinación natural. Entre los diversos comportamientos sociales del hombre debidos a la filogénesis, prácticamente ninguno hay que no tenga necesidad de ser controlado y domeñado por una moral responsable. Todos los sermones ascéticos que nos previenen contra los impulsos instintivos y la doctrina del pecado original, que nos dice que el hombre es malo desde niño, tienen el mismo contenido cierto : la idea de que el hombre no puede seguir ciegamente las inclinaciones herederas y que debe aprender a dominarlas y a comprobar de antemano sus efectos mediante la autointegración responsable.

La mayoría de los vicios y de los pecados mortales hoy condenados corresponden a inclinaciones que en el hombre primitivo eran simplemente adaptivas o por lo menos no presentaban ningún peligro. Los hombres del paleolítico en general tenían poco que comer ; y cuando por casualidad lograban cazar un mamut, era biológicamente acertado y moral que cada miembro de la horda comiera hasta hartarse. La glotonería no era un vicio. Una vez < harto, el primitivo descansaba de su agotadora vida y se entregaba a la pereza el mayor tiempo posible. En esa pereza no había nada reprensible. Era tan dura su vida que la sana sensualidad no podía degenerar en desenfreno. Cada quien tenía la imperiosa necesidad de
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conservar sus escasos bienes, que consistían en unas cuantas armas y herramientas y en algunas nueces para la comida del día siguiente. Con tan pocas pertenencias no había peligro de que se volvieran avaros. El alcohol era desconocido, y no hay ningún indicio de que se hubieran descubierto las propiedades reconfortantes de los alcaloides ; son éstos los únicos vicios que se les conocen a las tribus primitivas de la actualidad. O sea que el número de tipos de comportamiento filogenéticamente adaptado correspondía bastante bien a los requisitos, y la tarea de la moral responsable era relativamente fácil. El único mandamiento que había entonces era : no hieras a tu prójimo con el hacha, aunque te irrite.

Es de esperar que la civilización -sin dejar atrás la cultura, esperemos- siga desarrollándose a un ritmo continuamente acelerado. La tarea que toca a la moral responsable aumentará al mismo tiempo y se hará más difícil. La discrepancia entre lo que el hombre está dispuesto por inclinación natural a hacer por los demás y lo que de él se requiere será cada vez mayor y la responsabilidad tendrá cada vez más dificultad en remediarla. Esto es muy inquietante porque con la mejor voluntad del mundo es imposible ver la acción de ventajas selectivas que pueden nacer actualmente del sentido de responsabilidad del hombre o de la bondad especial de sus tendencias naturales. Más bien debe temerse seriamente que la actual sociedad comercial, bajo la influencia verdaderamente diabólica de la competencia entre personas ejerza una selección en dirección exactamente opuesta. La responsabilidad recibe así en esa dirección tareas cada vez más serias. O sea que la tarea compensadora que incumbe a la moral responsable se hace más grande a medida que las condiciones ecológicas y sociológicas se apartan de aquellas a las que la filogénesis adaptó el comportamiento instintivo del hombre. Y tal desviación aumenta sin cesar ; aumenta incluso a un ritmo que la hace verdaderamente temible.

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La suerte de la humanidad depende de saber si la moral responsable podrá o no con esa carga, que cada vez se hace más pesada. Y no le facilitaremos el

problema sobrestimado de su poder. Más probabilidades hay de ayudarle reconociendo humildemente que es “tan sólo” un mecanismo de compensación de eficacia muy limitada ; y que su fuerza procede, como ya expliqué, de fuentes de motivación de la misma índole que aquellas que está llamada a controlar. La dinámica de las pulsiones, de las pautas de comportamiento filética y culturalmente ritualizadas, y la capacidad de control de la moral responsable forman un todo organizado muy complejo y no muy fácil de analizar. El haber comprendido la interdependencia funcional de sus partes nos ayuda empero -aún dado el incompleto estado de nuestros conocimientos a entender ciertos fenómenos que sin ello seguirían siendo incomprensibles.

Todos padecemos de la necesidad de dominar nuestros instintos, unos más y otros menos, según la mayor o menor abundancia de inclinaciones sociales. Los que tienen muchas inclinaciones sociales casi no sufren ; pero otros, menos afortunados, necesitan recurrir a toda la fuerza de su sentido de responsabilidad para no tener problemas con las estrictas exigencias de la sociedad moderna. Según una antigua definición de psiquiatría, el psicópata es aquel que o bien sufre por lo que le exige la sociedad, o hace sufrir a la sociedad. En cierto modo, todos somos, pues, psicópatas, ya que cada uno de nosotros padece por la necesidad que el bien común le impone de domeñar sus pulsiones. Pero la definición

mencionada se refiere en especial a aquellos que no pueden aguantar y se vuelven neuróticos, enfermos o delincuentes. Según esta definición más estricta, que se establece entre “normal” y psicópata, entre buen ciudadano y criminal, es menos precisa que entre a la que existe entre el que tiene una deficiencia valvular compensada y el que tiene una enfermedad cardiaca no compensada, o sea que su corazón ya no está en condiciones, como el primero, de compensar el defecto mecánico de una válvula mediante un mayor trabajo de los músculos cardiacos.
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Cuando el músculo se debilita por el exceso de tensión, el corazón queda “descompensado”. Esta analogía nos muestra también que la función

compensadora cuesta energía. Nuestra interpretación de la función esencial de la moral kantiana, contradicción que ya había observado Friedrich Schiller, a quien llama Herder “el más inspirado de todos los kantianos”. Schiller se oponía a la desvalorización de todas las tendencias naturales por la doctrina moral de Kant y se burló de ella en magnífica sátira : Gerne dien’ ich dem Freund, doch leider tu’ ich’s aus Neigung, darum wurmt es mich oft, dass ich nicht tugendhaft bin ! (ayudo con gusto al amigo, pero desgraciadamente lo hago por inclinación natural. Por eso temo a veces no ser virtuoso.)

Pero no solamente servimos al amigo por inclinación natural.

También lo

juzgamos por el mismo rasero y nos preguntamos si sus acciones amistosas se debían a una inclinación natural que les movía a ellos. Si fuéramos kantianos lógicos hasta las consecuencias externas, deberíamos hacer lo contrario, y apreciáramos sobre todo a aquel que por su naturaleza no pudiera soportarnos, pero que por la autointegración responsable se viera obligado a obrar contra su corazón y a tratarnos debidamente. En la realidad, frente a semejante benefactor sentimos si acaso un tibio respeto, muy distinto del caluroso afecto que nos inspira el que así obra por amistad hacia nosotros, porque le da gusto, y que no piensa estar mereciendo nuestro agradecimiento.

Cuando mi inolvidable maestro Ferdinand hochstetter tenía setenta y un años pronunció su discurso de calurosamente su larga y excelente labor. Hochstetter respondió concentrándose en la paradoja de l valor y el no valor de las inclinaciones naturales, y dijo : <<Me da usted las gracias por algo que en mí no las merece. Delas más bien a mis padres, a mis antepasados, que me

transmitieron esas inclinaciones y no otras. Pues si me pregunta qué he hecho
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durante toda mi vida en el campo de la investigación y la enseñanza le diré sinceramente que en realidad hice siempre lo que más gusto me daba.>>

¡Qué notable contradicción ! Este gran científico, que me consta jamás leyó a Kant, toma aquí exactamente la posición del gran filósofo, que no atribuía ningún valor a la inclinación natural. Pero al mismo tiempo, el elevado valor de su vida y su actividad reduce al absurdo la teoría kantiana de los valores con mayor eficacia que los versos de Schiller. No obstante, esta aparente contradicción se resuelve fácilmente –no necesariamente desprovista de valor –es parte indispensable.

Si se trata de juzgar las acciones de determinada persona

–por ejemplo las

nuestras– claro está que estimaremos más cada una de ellas cuando menos haya obedecido a una tendencia natural. Por otra parte, si se trata de calibrar a una persona a la que pensamos conceder nuestra amistad preferiremos sin duda su comportamiento amistoso si no se debe a consideraciones racionales, aunque sean morales, sino tan sólo al caluroso sentimiento de simpatía natural. No es ninguna paradoja, sólo cosa de sentido común, tener dos escalas de valores, una para juzgar las personas y otra para las acciones.

Quien por inclinación natural se comporta socialmente no suele necesitar en circunstancias normales el mecanismo de compensación de su responsabilidad, y cuando llega el momento, tiene grandes reservas de energía moral. Más quien cotidianamente ha de recurrir a la fuerza moderadora de la responsabilidad moral para responder derrumbe antes en caso de aumentar las exigencias

desacostumbradamente. El aspecto energético de nuestra comparación con las compensaciones y descomposiciones cardiacas se aplica muy bien aquí. La

insólita presión que “descompensa” el comportamiento social del hombre puede ser de naturaleza varia, si bien siempre consume “fuerzas”. No es la gran

atención única y súbita la que hace fallar más fácilmente la moral humana ; es la
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acción prolongada, que a la larga acaba por fatigar los nervios.

Las

preocupaciones, las necesidades, el hambre, el miedo, el exceso de trabajo, la desesperanza, etc., todo produce el mismo efecto. El que haya tenido ocasión de observar a mucha gente en la guerra o en cautividad sabe cuan súbita e inesperadamente se produce la descomposición moral en situaciones de ese tipo. Personas que parecían fuertes como castillos se derrumban de golpe, mientras otras que no aparentaban gran cosa, resultaban fuente de inagotable energía y con su solo ejemplo ayudan a recuperar la voluntad moral. El que ha vivido esas cosas sabe también que la intensidad y la duración de la buena voluntad son dos variables independientes. Después de comprender esto es fácil dejar de sentirse superior al que cede un poco antes que nosotros. Los mayores y mejores llegan también al momento en que no puede más : Eli, Eli, lama asabthani ?

Según la doctrina moral de Kant, es la ley interior de la razón humana por sí sola la que da como respuesta a la autointerrogación responsable el imperativo categórico. El concepto de razón y el de entendimiento no son idénticos en kant. Para él es evidente que un ser dotado de razón no puede querer hacer daño a otro ser de la misma especie. En la palabra razón (Vernunft) está ya

etimológicamente la facultad de entenderse con su semejante, o sea la existencia de relaciones sociales, a las que no concede un gran valor afectivo, entre todos los seres de razón. Para kant resulta así evidente e incontrovertible lo que para el etólogo necesita explicación, o sea el hecho de que una persona no pueda hacer daño a otra. El que el gran filósofo tome aquí por axiomático lo que necesita aclaración no es por cierto una pequeña inconsecuencia en el majestuoso desenvolvimiento de sus ideas, pero así su doctrina resulta más aceptable para el que piensa como biólogo. Es una pequeña fisura por la cual se infiltra el

sentimiento, o sea la motivación instintiva, en las conclusiones por lo demás puramente racionales de su maravilla estructura conceptual. El mismo kant no cree que una persona se abstendría de hacer algo a que su naturaleza le
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impulsara por el solo hecho de advertir con su pura razón una contradicción lógica en la norma a se ajusta su acción. Naturalmente, es necesario un factor afectivo para transformar un conocimiento puramente racional en un imperativo o una prohibición. Si rechazamos de nuestra experiencia los valores afectivos, como los de algunas etapas de la evolución, y si para nosotros no tiene ningún valor el hombre, la vida del hombre ni lo humano en general, el aparato de nuestra razón, por lo demás perfectamente congruente en sí, sería como una serie de engranajes sin motor que funcionara en el vacío. Por sí solo nada más puede proporcionarnos medios para lograr algún fin determinado, pero no puede determinar los fines ni darnos órdenes. Si fuéramos nihilistas como Mefistófeles y opináramos que “valdría más que nada naciera”, nada habría en el principio de nuestra acción que convirtiera una contradicción lógica si apretábamos el botón para lanzar la bomba de hidrógeno.

Es sólo la aparición de los valores, sólo el sentimiento, lo que puede dar la respuesta a la autointerrogación categórica y ponerle el signo positivo o negativo, o sea convertir esa respuesta en imperativo o prohibición. Y eso no nace de la razón, sino del oscuro impulso procedente de lo desconocido, a donde no baja nuestra conciencia. En la conciencia, o sea las capas intermedias indirectamente accesibles a la razón humana, lo instintivo y lo aprendido forman una organización muy compleja, no sólo semejante como un hermano a otro, a la de los animales superiores, sino en gran parte idéntica. Sólo se diferencia de aquéllos

fundamentalmente en que, el hombre, la tradición cultural está incorporada en lo aprendido. Del sistema de estas acciones recíprocas que se desarrollan casi

exclusivamente en el subconsciente surge el impulso para todas nuestras acciones, aun aquellas que están más fuertemente sometidas a la dirección de nuestra razón más fuertemente. De ese sistema nacen el amor y la amistad, los sentimientos cordiales, el sentido de lo bello, la apremiante necesidad de creación artística y de conocimiento científico.
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El hombre despojado de todo lo que
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llamamos animal, privado de los impulsos misteriosos y convertido en un ser puramente de razón, no sería ningún ángel, sino todo lo contrario.

No es difícil imaginar cómo pudo imponerse la opinión de que todo lo bueno, y solamente lo bueno, lo útil para la comunidad humana, se debía a la moral y que todo lo “egoísta”, las motivaciones humanas incompatibles con las necesidades de la sociedad, procedían de instintos “animales”. Si uno se pregunta con kant si la norma de sus acciones puede elevarse a ley natural o si en ese intento se produciría algo contrario a la razón todas las pauta de comportamiento, incluso puramente instintivas, resultan perfectamente razonables, dando por supuesto que realizan la función conservadora de la especie que les asignaron los grandes artífices de la evolución de las especies. Solamente se produce algo contrario a la razón cuando un instinto funciona defectuosamente, cuando hay una perversión en su funcionamiento. Es obligación de la interrogación categórica descubrir esa perversión, y la del imperativo categórico compensarla. Los instintos que

funcionan debidamente “como lo quisieron los grandes artífices” no pueden distinguirse de lo razonable por la autointegración. En un caso así recibe uno una respuesta afirmativa si se pregunta : “¿Puedo elevar la norma de mis acciones a la ley natural ?” Y es que, efectivamente, así es.

Cae un niño al agua, se tira un hombre a salvarlo, lo saca, examina el principio de su acción, y resulta que elevándolo a la ley natural daría algo así : cuando un macho de Homo sapiens L. ve en peligro de muerte a un pequeñuelo de su especie, y está en condiciones de salvarlo, lo hace. ¿Contiene esta abstracción contraindicaciones racionales ? ¡Claro que no ! Entonces, el salvador se siente orgulloso de haber obrado tan moral y racionalmente. Pero si antes se tirase al agua se hubiera hecho la pregunta, el niño hubiera tenido tiempo de ahogarse. No obstante, esa persona oye, por lo menos en el ámbito de nuestra cultura

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occidental, que obró pura y simplemente por instinto y que cualquier mono en situación semejante hubiera hecho otro tanto, con toda seguridad.

La antigua sabiduría china, que pone todo animal en el hombre pero no todo lo humano en el animal. No dice de ningún modo que ese “animal en el hombre” sea a priori malo, despreciable y dentro de lo posible, extirpable. Hay una reacción humana que más que ninguna otra nos puede demostrar cuan imprescindible puede ser una pauta de comportamiento inequívocamente “animal”, heredada de nuestros antepasados los antropoides, precisamente para acciones que no solamente se consideran específicamente humanas y muy morales, sino que efectivamente lo son. Es la reacción llamada entusiasmo o inspiración. Esta palabra ya por sí expresa el alto origen, específicamente humano, que tiene : el espíritu que domina al hombre. En cuanto a “entusiasmo”, que procede del

griego, indica que un dios se ha posesionado del hombre. Pero en realidad es nuestra antigua amiga y novísima enemiga, la agresión intraespecífica, quien domina al inspirado, y en la forma de una primigenia y nada sublimada reacción de defensa social.

Esta reacción se desencadena, pues, en forma refleja perfectamente predecible, por situaciones externas que exigen combatir por algo de interés social, en especial si la tradición cultural lo ha consagrado. Puede estar representado esto por la familia, la nación, la universidad o el club deportivo, o bien por conceptos abstractos, como los buenos tiempos de estudiante, la probidad de la creación artística o la ética de la investigación inductiva. Menciona así a vuelapluma cosas que a mí me parecen valores y otras que lo son para algunos, con el designio de ilustrar la ausencia de selectividad que hace a veces tan peligroso el entusiasmo.

Como ya dijimos, las normas del comportamiento social creadas por la ritualización cultural desempeñan en la sociedad humana un papel tan importante
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como la motivación instintiva y el control que ejerce la moral responsable. Cuando alboreaba la cultura y la invención de las herramientas o útiles empezaba apenas a trastornar el equilibrio de los comportamientos sociales filogenéticamente evolucionados, la nueva responsabilidad del hombre sin duda halló una aliada excelente en la ritualización cultural. Está demostrado que la existencia de ritos culturales se remonta casi hasta la época del empleo de instrumentos y del fuego. Naturalmente, no podemos esperar el hallazgo de vestigios prehistóricos de comportamiento culturalmente ritualizados sino allí donde la ritualización alcanzó un nivel relativamente elevado de diferenciación, o sea en las ceremonias fúnebres y en las artes de la pintura y la escultura, que hicieron su aparición al mismo tiempo que nuestra especie. La admirable habilidad de los primeros

pintores y escultores cuyas obras contemplamos nos hace pensar que, incluso en aquella su remota época, el arte tenía ya una larga historia detrás de sí. En vista de todo esto podemos considerar posible que la tradición cultural de las normas de comportamiento naciera antes del empleo de los primeros instrumentos, y aun mucho antes. El comienzo de ambos se ha hallado en el chimpancé.

Gracias a los pocos descritos en el capítulo V, las costumbres y los tabúes pueden llegar a ser lo suficientemente poderosos como para motivar el comportamiento de un modo comparable al de los instintos autónomos. Después de cierto número de generaciones, no solamente los ritos y las ceremonias altamente desarrollados, sino también las normas más sencillas y menos llamativas de comportamiento social pueden adquirir el carácter de costumbres sagradas, amadas y consideradas como valores y cuya transgresión es severamente condenada por la opinión pública. Decíamos en el capítulo V que la costumbre sagrada debe su poder motivante a tipos de comportamiento de origen filogenético, de dos de los cuales revisten particular importancia. El primero es la reacción de entusiasmo militante, gracias a la cual defiende un grupo sus normas y sus ritos sociales propios frente a otro grupo que no tiene los mismos.
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El

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segundo es la cruel sevicia con que trata el grupo a aquel de sus miembros que no obedece a las “buenas” normas de comportamiento aceptadas por los demás. Sin ese amor a las costumbres tradicionales programada por la filogénesis, la sociedad humana no tendría el apoyo en que se basa su indispensable estructura. Mas, como cualquier otro mecanismo de comportamiento de programación filogenética, éste de que estamos tratando puede fallar. Una clase de escolares o una compañía de soldados (ambas pueden considerarse modelos de estructura grupal primitiva) son perfectamente capaces de crueldad colectiva contra alguien extraño al grupo. Las reacciones puramente instintivas ante un individuo

físicamente anormal –pro ejemplo, la burla ante el muchacho obeso– son totalmente idénticas, contra una persona cuyas normas sociales de origen cultural difieren de las del grupo. dialecto diferente. Por ejemplo, en el caso de un niño que habla un

La presión colectiva contra un individuo que se aparta de las normas sociales propias del grupo y la entusiasta disposición de éste a defender sus normas y ritos sociales, son buenos estimulantes de origen y determinación cultural activadas esencialmente instintivas. Son también ejemplos de complejos típicos de comportamiento cuyo primordial valor de supervivencia para la especie es tan claro como el peligro de que en las condiciones del orden social moderno no acierten en el blanco. Más adelante volveremos a insistir en los diferentes modos en que la función del entusiasmo militante puede sufrir una perversión y en los posibles medios de impedir es eventualidad.

Antes de ahondar en este tema debo empero decir algo acerca de la función de las normas y los ritos sociales en general. Recordemos primeramente el hecho harto sorprendente, ya mencionado en el capitulo V, de que no tenemos conocimiento inmediato de la función o del valor de supervivencia (o de ambos) en el caso de la mayoría de nuestras propias costumbres bien establecidas, a
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pesar de nuestra convicción emocional de que constituyen realmente valores elevados. Este paradójico estado de cosas se explica sencillamente por el hecho de que tales costumbres no han sido hechas por el hombre en el mismo sentido que invenciones como el hacha de piedra o el avión de propulsión a chorro. Puede haber casos excepcionales en que la profunda comprensión de las causas hace que un gran legislador cree una norma social. Se dice que Moisés sabía que el puerco puede ocasionar la triquinosis. Aunque así fuera, prefirió confiar en la devota observancia religiosa de su pueblo y no en su inteligencia, y afirmó que era el mismo Jehová quién había declarado que el cerdo era un animal impuro. Pero en general es seguro que casi nunca fue la comprensión de una función válida la que dio origen a las normas y los ritos tradicionales, sino que fue el proceso secular de la selección secular natural. Los historiadores habrán de hacerse a la idea de que la selección natural determina la evolución de las culturas lo mismo que la de las especies.

En ambos casos, los grandes artífices obtuvieron resultados que quizá no constituyan la mejor de todas las soluciones posibles pero que por el mero hecho de su existencia demuestran ser por lo menos viables. El biólogo que conoce el funcionamiento de la selección y que tampoco ignora sus límites, no se sorprende al hallar en esas construcciones ciertos detalles superfluos y aun nocivos para la supervivencia de las especies. Con frecuencia, la mente humana dotada de

facultad deductiva puede hallar solución a problemas que la selección natural no ha conseguido resolver. Aun sirviéndose de los materiales proporcionados por la mutación y disponiendo de enormes períodos de tiempo, sucede a veces que la selección produzca adaptaciones incompletas. Más probabilidades aún de este tipo de error hay cuando debe determinar en un espacio de tiempo mucho menor cuál de las costumbres nacidas por casualidad en una cultura hace más apta a ésta para la supervivencia. Nada tiene entonces de sorprender hallar en toda cultura un gran número de normas y ritos sociales innecesarios y aun
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patentemente inconvenientes, que de todos modos la selección no ha logrado eliminar. Muchas supersticiones comparables a la del rodeo que daba mi oca silvestre en dirección de la ventana pueden institucionalizarse y conservarse durante generaciones enteras. La selección intraespecífica desempeña con

frecuencia un papel peligroso, tanto para la ritualización cultural como para la filogénesis. El proceso que se llama labrarse una posición produce, por ejemplo, los extraños fenómenos de normas y ritos tan característicos de la selección intraespecífica. No obstante, aunque algunos ritos y normas sociales sean

evidentemente maladaptivos, eso no significa que deban ser eliminados sin más forma de proceso. La organización social de toda cultura es un sistema

complicado de interacción universal entre un gran número de normas tradicionales de comportamiento divergentes. Sin un análisis profundo es imposible predecir qué repercusiones tendrá el simple hecho de quitarles una piececilla en el funcionamiento del conjunto. Todo el mundo comprende fácilmente, por ejemplo, que la costumbre de cazar cabezas, muy común entre las tribus tropicales, no deja de tener un aspecto desagradable y que los pueblos que todavía la practican se encontrarían mejor sin ella. El psicoanalista Derek Freeman hace ver sin

embargo en sus trabajos que esa costumbre está tan entretejida en todo el sistema social de ciertas tribus de Borneo que la abolición de esa costumbre podría desintegrar totalmente su cultura y poner en grave peligro la supervivencia de aquel pueblo.

La interacción equilibrada entre todas las normas particulares de comportamiento social que caracterizan a un pueblo explica por qué en general resulta muy peligroso mezclar culturas diferentes. Para matar una cultura basta a veces

ponerla en contacto con otra, sobre todo si ésta está más adelantada, o por lo menos así se considera, como es el caso cuando se trata de la cultura de un país conquistador. El pueblo sometido tiene entonces tendencia a considerar con

desdén todo cuanto antes le parecía sagrado y a imitar las costumbres que cree
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superiores. Y como el sistema de normas y ritos sociales propios de una cultura está siempre adaptado en muchos respectos a las condiciones particulares del medio, la aceptación incondicional de costumbres extranjeras casi siempre acarrea una mala adaptación. La historia colonial ofrece muchos ejemplos de que ello no solamente destruye las culturas, sino también los pueblos y las razas. Aun en el caso menos trágico en que se mezclan culturas de parentesco cercano y más o menos equivocadamente, suele haber algunos resultados indeseables, porque es más fácil imitar las costumbres menos valiosas de la otra. Los primeros ejemplos de cultura norteamericana que imitaron los jóvenes alemanes inmediatamente después de la última guerra mundial fueron la Cocacola, el chicle, el pelo cortado en forma de cepillo y las tiras cómicas o historietas. Las normas sociales de mayor valor características de la cultura norteamericana sin duda eran menos fáciles de imitar.

Aparte del peligro que corre una cultura en contacto con otra, todos los sistemas de normas y ritos sociales son vulnerables, del mismo que los sistemas de normas de comportamiento social producidas por la evolución filogenética. Como no

están hechos por el hombre sino por la selección natural, su función es una incógnita para aquél si no la hace objeto de una investigación científica especial ; por eso es su equilibrio tan fácil de trastornar por los efectos del pensamiento conceptual como el de cualquier sistema de comportamiento instintivo. Como en éste, puede frustrarse por cualquier cambio ambiental no previsto en su programación. Pero a diferencia de los instintos, que perduran contra y viento y marea, los sistemas tradicionales de comportamiento social pueden desaparecer por completo en el curso de una continuidad, que es la vida de un organismo, lo que constituye una cultura no soporta interrupciones de su continuidad.

En la actualidad, son varios los factores que coinciden para amenazar la continuidad de nuestra cultura occidental. Se ha producido una alarmante ruptura
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de la continuidad tradicional entre la generación nacida allá por 1900, más o menos, y la siguiente. El hecho es innegable, pero sus causas todavía son muy discutidas. Son factores importantes sin duda la menor cohesión de los grupos familiares y la disminución de los contactos personales entre maestros y alumnos. Muy pocas son las personas de la generación actual que han visto jamás a sus padres en acción ; y muy pocos son los alumnos que aprenden de sus maestros colaborando con ellos, como se hacía antes por lo general entre campesinos, artesanos y aun hombres de ciencia, sobre todo si enseñaban en universidades pequeñas. La industrialización que prevalece en todos los sectores de la vida actual separa las generaciones por una distancia que no aminoran ni la mayor familiaridad, ni la tolerancia más democrática ni la licencia de que hoy nos enorgullecemos tanto. Los jóvenes parecen incapaces de aceptar los valores que reverenciaba la generación de sus padres cuando no están en contacto por lo menos con uno de sus representantes, irrestrictos. que les merezca respeto y amor

Otro factor, probablemente importante, que contribuye al mismo efecto es el hecho de que buen número de normas y ritos sociales aún muy apreciados por la generación anterior están decididamente anticuados. Las condiciones ecológicas y sociales cambian con la misma rapidez que la tecnología, y así muchas costumbres resultan mal adaptadas en el transcurso de una generación tan sólo. La veneración romántica de los valores racionales que comunican de tan impresionante y patético modo las obras de Rudyard Kipling o de C.S. Forrester son un anacronismo patente que ya no puede hacer sino daño en nuestros días.

El predominio del pensamiento científico y la inexorable exigencia de explicaciones causales -uno y otra las virtudes más características, si no las únicas, de nuestra época- acentúan ese espíritu crítico. Pero la ilustración tiende a hacer dudar del valor de las creencias tradicionales mucho antes de
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proporcionar un entendimiento de las causas que permita decidir si tal o cual costumbre aceptada es una superstición del pasado o un elemento todavía indispensable en un sistema de normas sociales. En esto también, el fruto verde del árbol de la ciencia (del bien y del mal) resulta peligroso. Y sospecho incluso que toda esa leyenda pública estaba destinada a defender las tradiciones sagradas frente a las incursiones prematuras de una racionalización incompleta.

En la actualidad todavía no sabemos lo suficiente acerca de la función de tal o cual sistema de normas de comportamiento ritualizadas por la cultura para dar una respuesta racional a la pregunta, perfectamente racional, de “para qué sirve” determinada costumbre, o sea cuál es su valor de supervivencia. Cuando un innovador se rebela contra las normas establecidas del comportamiento social y pregunta por qué hay que someterse a ellas, por lo general no sabemos qué responder. Solamente a veces, y en casos muy raros, como en el ejemplo que di de la ley de Moisés que prohibe el consumo de carne de puerco, podemos dar al aspirante a reformador una respuesta tan concisa como esta : “si uno no obedece, agarra una triquinosis”. Lo más frecuentes es que el defensor de la tradición se vea obligado a recurrir a respuestas harto torpes, como diciendo por ejemplo que algunas cosas “no se hacen”, o que no son decentes, o que son antipatrióticas, o pecaminosas, o bien a apelar a la autoridad de alguna venerable figura paternal que también consideraba inquebrantable la norma de que se trate.

Para la persona que todavía ve en esa norma el valor emotivo de un rito sagrado, tal respuesta será justa y satisfactoria ; mas para quien ya no crea en ella, la misma respuesta resultará vana y pacata. Aunque no se pueda perdonar

totalmente, se comprende que esta persona tenga tendencia a creer que esa norma no es más que superstición, y tal vez llegue a considerar a su defensor un tipo falso. Digamos de paso que éste es el principal punto en que disienten las personas de generaciones diferentes.
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Para apreciar debidamente cuán indispensables son en realidad los ritos culturales y las normas sociales debemos recordar que el hombre es por naturaleza, como dijo Arnold Gehlen, un ser de cultura. Es decir, que todo su sistema de actividades y reacciones innatas fue construido filogenéticamente y “calculado” de tal modo por la evolución que necesitara el complemento de la tradición cultural. Por ejemplo : todo el enorme aparato neurosensorial del

lenguaje humano de debe a una evolución filogenética, pero está hecho de modo que su funcionamiento tiene por premisa la existencia de un idioma desarrollado culturalmente y que el niño ha de aprender. La mayor parte de todas las normas de comportamiento social debidas a la filogénesis están interrelacionadas con la tradición cultural de un modo análogo. La imperiosa necesidad que uno siente de pertenecer a un grupo, por ejemplo, fue sin duda programada en la filogénesis prehumana, pero las propiedades que distinguen al grupo y lo hacen coherente y exclusivo son normas de comportamiento ritualizadas en el curso de la evolución cultural. Como vimos en el capítulo V, sin ritos ni costumbres tradicionales que representen un acervo común estimado y defendido por todos los miembros del grupo, los seres humanos serían incapaces de formar unidades sociales mayores que el grupo familiar primitivo, consolidado por el vínculo instintivo de la amistad personal examinado en el capítulo XI.

El bagaje del hombre en normas de comportamiento filogenéticamente programadas depende tanto de la tradición cultural y la responsabilidad racional como la función de estas dos depende de la motivación instintiva. Si fuera posible criar un ser humano, de constitución genética normal, en condiciones en que quedara privado de toda tradición cultural -cosa imposible no sólo por razones éticas sino también biológicas- el objeto de esa crudelísima experiencia estaría muy lejos de corresponder a la reconstrucción de un antepasado prehumano todavía sin cultura. Sería un pobre inválido con una deficiencia de las funciones
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superiores, comparable a algunos idiotas en los que una encefalitis sufrida durante la infancia o la vida intrauterina suprime las funciones superiores del córtex cerebral. Ningún ser humano, ni el mayor de los genios, podría inventar por sí solo todo un sistema de normas y ritos sociales capaces de remplazar la tradición cultural.

Nuestra época ofrece muchas y desagradables ocasiones de observar las consecuencias que para el comportamiento social tiene la ausencia, siquiera parcial, de tradición cultural. Los seres humanos así afectados forman una

juventud que pide la abolición necesaria, aunque peligrosa, de costumbres ya arcaicas, o bien forman grupos de “jóvenes encolerizados” o pandillas de rebeldes, o bien, finalmente, un cierto tipo de delincuente juvenil bien definido que es el mismo en todas partes del mundo. Ciegos a todo valor, estos desdichados son víctimas de un tedio infinito.

Unas leyes biológicas aplicables en amplísima escala nos proporcionan sin embargo los medios de hallar el terreno de entendimiento entre la rigidez de las normas sociales y la necesidad de ciertos cambios adaptivos. Ningún sistema orgánico puede alcanzar un grado más alto de diferenciación sin estar sustentando y consolidado por estructuras firmes y coherentes. Estas estructuras de apoyo no pueden, en principio, obtenerse sino mediante el sacrificio de ciertos grados de libertad hasta entonces existentes. Un gusano puede retorcerse como se le antoje, y los artrópodos tan sólo según tienen hechas las articulaciones de su esqueleto cutáneo. Las modificaciones del medio externo o interno pueden exigir grados de libertad que la estructura existente no admite ; y así será necesaria su desintegración parcial y temporal, del mismo modo que el crecimiento requiere el cambio periódico de caparazón en los crustáceos y otros artrópodos. A esta destrucción de estructuras cuidadosamente formadas

(indispensables para que surjan otras mejor adaptadas) sigue siempre un período
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de peligrosa vulnerabilidad. Es un impresionante ejemplo de ello la indefensa situación del cangrejo que acaba de mudar de caparazón y todavía lo tiene blando.

Todo esto se aplica sin restricciones a los sistemas “solidificados” o sea institucionalizados, de normas y ritos sociales que en las culturas humanas hacen un papel muy parecido al de un esqueleto sustentador. En el crecimiento de las culturas humanas como en el de los artrópodos, hay un mecanismo integrado para los cambios graduales necesarios. Los seres humanos, durante la pubertad e inmediatamente después, tienen una indudable tendencia a desprenderse de su fidelidad a todos los ritos y normas sociales de su cultura, a permitir que el pensamiento conceptual los ponga en duda y a buscar ideales menos y tal vez mejores. En esa época de la vida hay probablemente un período sensible

determinado para elegir un nuevo objeto de fijación, como (más o menos) en el caso de la fijación llamada troquelado que se halla en los animales. Si en ese momento crítico de la vida resultan caducos los ideales sometidos a examen crítico y no aparecen otros nuevos, la consecuencia es esa ausencia total de objetivos y ese profundo aburrimiento que caracterizan al delincuente joven. Si, por otra parte, un hábil demagogo, experto en el arte peligroso de crear situaciones anormalmente estimulantes, logra influir en los jóvenes en esa edad sensible, no le será difícil guiar la elección de su fijación (mediante algo semejante a un troquelado) en una dirección que sirva a sus fines políticos. En la

pospubertad, algunos seres humanos parecen impulsados por una fuerza irresistible a abrazar una causa, y si no hallan ninguna que les parezca digna, puede fijarse en causas sustitutivas notoriamente inferiores. La necesidad

instintiva de ser miembro de un grupo bien unido y que luche por ideales comunes es tan fuerte que tiene importancia secundaria saber cuáles sean esos ideales y cuál su valor intrínseco. Esto explica, creo yo, la formación de pandillas juveniles

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cuya estructura social es, con toda probabilidad, una reconstrucción bastante semejante de las que se dan en las sociedades primitivas.

Según parece, ese proceso de fijación (por cuasi troquelado) sólo puede efectuarse debidamente una vez en la vida del individuo. Ya bien establecida la valorización de ciertas normas sociales o la lealtad a una causa, no puede borrarse, por lo menos lo bastante para dejar lugar a una valorización de igual fuerza. Pasado este período sensible, la capacidad de abrazar nuevos ideales parece muy reducida en el hombre. Todo esto nos ayuda a comprender la verdad nada nueva de que los seres humanos atraviesan por un período bastante peligroso durante la pubertad e inmediatamente después. La trágica paradoja es que el peligro resulta mayor para quienes son por naturaleza más capaces de servir a la noble causa de la humanidad.

El proceso de fijación a un objeto (por cuasi troquelado) tiene consecuencias cuya importancia sería difícil exagerar. Determina nada menos que aquello por lo que un hombre vivirá, luchará ; y, en ciertos casos, guerreará ciegamente, así como la situación estimulante condicionada que desencadena ese comportamiento de evolución filogenética que he propuesto denominar entusiasmo militante.

Para el que busca modestamente la verdad biológica, no puede haber ninguna duda de que el entusiasmo militante dl hombre evolucionó a partir de una reacción colectiva de defensa de nuestros antepasados prehumanos. Esa reacción

irreflexiva hacia un solo fin debe haber tenido un gran valor de supervivencia incluso en una tribu de humanos ya plenamente caracterizados. Era necesario que el macho olvidara sus otros compromisos para poder consagrarse en cuerpo y alma a la causa de la batalla común. Was schert Weib, was schert mich Kind (Qué me importa la mujer, qué me importa el hijo), dice el granadero de Napoleón en un célebre poema de Heinrich Heine.
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Y el dicho es perfectamente

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característico de la reacción del poeta, que siendo por lo general un cáustico escarnecedor del romanticismo y lo sentimental se deja aquí llevar sin reservas por el entusiasmo que en él despierta el “gran” conquistador, y halla así esta magnífica expresión.

El objeto que el entusiasmo militante está dispuesto a defender ha cambiado con el adelanto cultural. Primitivamente se trataba sin duda de defender la comunidad concreta de los miembros conocidos individualmente, unidos por el vínculo de la amistad y el amor personales. Al ir aumentando la unidad social, los ritos y las normas sociales observados en común por todos los miembros se convierten en el factor principal de cohesión y automáticamente se transformaron en símbolo de la unidad. Mediante un proceso de auténtico condicionamiento pavloviano, y

además cierta cantidad de troquelado irreversible, estos valores harto abstractos han ocupado en todas las culturas humanas el lugar del objeto concreto, primario, de la reacción común.

Este cambio de objeto, determinado por la cultura, tiene consecuencias importantes para la función del entusiasmo militante. Por una parte, el carácter abstracto de su objeto puede darle un aspecto claramente inhumano y hacerlo francamente peligroso ( Qué me importa la mujer ; qué me importa el hijo). Por otra parte, eso facilita el reclutamiento de voluntades entusiastas al servicio de valores realmente éticos. Sin la abnegada consagración del entusiasmo militante no habría arte, ni ciencia, ni ninguna de las demás grandes empresas de la humanidad. El que el entusiasmo sirva para estos altos empeños o que el instinto motivador más poderoso del hombre le haga ir al guerra por cualquier causa estúpida y abyecta depende casi por completo del condicionamiento o del troquelado ( o ambos) sufrido en ciertos períodos sensibles de su vida. Hay una esperanza razonable de que nuestra responsabilidad moral llegue a dominar la pulsión primitiva, pero para ello es necesario reconocer humildemente el hecho de
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que el entusiasmo militante es una reacción instintiva, con un mecanismo de desencadenamiento determinado filogenéticamente, y que el único punto donde puede ejercer su control la vigilancia inteligente y responsable es en el condicionamiento de dicha reacción a un objeto cuyo genuino valor haya revelado la interrogación categórica. La primera condición para el control racional de un tipo de comportamiento es conocer la situación estimulante que lo desencadena. Se puede provocar el

entusiasmo militante con la predecible seguridad de un reflejo en cuanto aparecen en un medio ambiental las situaciones siguientes : Primeramente, la unidad social con la que se identifica el sujeto ha de aparecer amenazada por algún peligro externo. La unidad amenazada puede ser un grupo concreto de personas como la familia o una pequeña comunidad de amigos íntimos, pero también puede ser un grupo mayor, vinculado y simbolizado por sus propios ritos y normas específicos. Y como éstos asumen el carácter de valores autónomos, según

vimos en el capítulo V, pueden representar por sí mismos el objeto en cuya defensa se moviliza el entusiasmo militante. De todo esto se deduce que tal reacción puede ponerse al servicio de objetos muy distintos, desde el club deportivo hasta la nación, desde las particularidades y las ceremonias más anticuadas, hasta el ideal de la verdad científica o la incorruptibilidad de la justicia. Los demagogos pueden y saben muy bien crear simulacros de situaciones amenazantes para el grupo social, fabricando enemigos o exagerando su disposición inamistosa y su peligro. En segundo lugar pertenece a la situación estimulante de que hablamos la figura, lo más arrebatadora posible, de un jefe, figura a la que ni los más demagogos antifascistas pueden renunciar. También los métodos son iguales, independientemente de la tendencia política que los emplee y a la que responda la reacción de entusiasmo, de naturaleza instintiva, que el líder o demagogo utilice para sus fines. Las fotos gigantescas que todos los partidos políticos ostentan gustosamente de sus jefes lo de muestra suficientemente. Aquí también el carácter no selectivo de la reacción programada
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por la filogénesis permite el condicionamiento a figuras de jefe de muy distintos tipos. Por ejemplo, Napoleón, que inspiró tanto entusiasmo a un crítico tan agudo como Heine y que a mí no me inspira nada. En cambio sí me inspira Charles Darwin. Una cuarta condición necesaria para que el entusiasmo militante se desencadene plenamente y tal vez la más importante de todas, es la presencia de muchos individuos afectados por la misma emoción. Su número absoluto tiene una influencia segura en la cualidad de la reacción. Las minorías relativamente pequeñas, enfrentadas a una gran mayoría, tienen tendencia a empeñarse en una actitud defensiva, a la que dan el valor emocional de una “resistencia a ultranza”. En cambio, las grandes multitudes que inspira un mismo entusiasmo, sienten la imperiosa necesidad de conquistar el mundo entero para su sagrada causa. Las leyes que rigen el entusiasmo son, en esto, las mismas que vimos en el capítulo VIII, cuando tratábamos de la formación de manadas anónimas, donde el efecto de comunicación del entusiasmo aumenta asimismo en progresión geométrica, probablemente, con el número de individuos.

Cualquier persona capaz de sentir emociones más o menos fuertes conoce por experiencia la reacción de que estamos tratando. En primer lugar se produce esa cualidad emocional que llamamos entusiasmo : un estremecimiento “sagrado” recorre la espalda y, como se ha comprobado mediante observaciones precisas, la parte externa de los brazos. Uno se siente por encima de todas las

obligaciones cotidianas y está dispuesto a dejarlo todo para acudir al llamado del sagrado deber. Todos los obstáculos que se atraviesen en el camino de su

cumplimiento carecen de importancia y sentido, y las inhibiciones instintivas que impedían dañar y matar a sus semejantes pierden desgraciadamente buena parte de su fuerza. Las consideraciones de índole racional, el sentido crítico y las

razones que hablan en contra del comportamiento dictado por el entusiasmo colectivo han de callar, porque una notable inversión de valores las hace aparecer no solamente indefendibles sino totalmente despreciables y deshonrosas. Total :
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como dice un proverbio ucraniano, “cuando ondea la bandera, la razón está en la trompeta”.

Esta vivencia está en correlación con el siguiente comportamiento, objetivamente observable : el tono de todos los músculos estriados se eleva, el cuerpo se pone tenso, los brazos se apartan un poco del cuerpo, lateralmente, y giran algo hacia el interior, de modo que los codos apuntan hacia fuera. La cabeza se alza

orgullosamente, la barbilla hacia delante, y los músculos faciales efectúan la mímica de poner “cara de héroe”, esa cara que todos conocemos por el cine. En la espalda y la parte exterior se erizan los vellos ; y esto es incluso lo que objetivamente se puede observar del “estremecimiento sagrado”.

En cuanto al carácter sagrado de ese estremecimiento y lo espiritual de ese entusiasmo, cualquiera que haya visto la pauta de comportamiento

correspondiente en el chimpancé macho cuando se lanza con bizarría sin igual a defender su horda o su familia, lo pondrá en duda. Porque el chimpancé también adelanta la barbilla, tensa el cuerpo y alza los codos ; también a él se le erizan los pelos del cuerpo, cosa que hace parecer más grande éste visto por delante, con un imponente efecto de intimidación. La rotación hacia dentro de los brazos está visiblemente destinada a volver hacia el exterior la parte más peluda, para contribuir a ese efecto. Toda esta combinación de actitud del cuerpo y

erizamiento de los pelos es, como el enarcamiento del lomo en el gato, un “bluff” para que el animal parezca más grande y peligroso de lo que en realidad es. En cuanto a nuestro “estremecimiento sagrado”, no es otra cosa que el erizarse de la piel natural que ya sólo nos queda en forma de vellosidad.

No sabemos qué sentirá el mono en su reacción social de defensa, pero nos consta que es tan abnegado y heroico como el hombre inflamado por un ardor que lo llena de entusiasmo, y lo mismo se juega la vida. No cabe dudar de la
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homología puramente filogenética en la reacción de defensa de la horda en el chimpancé y en el entusiasmo humano. Y aun es posible imaginarse cómo nacería el uno de la otra. También para nosotros son primariamente los valores, que defendemos con tan entusiasta ahínco, de naturaleza social. Si recordamos lo que vimos al tratar del hábito, el ceremonial y la magia, nos parecerá casi absolutamente necesario que una reacción que en su origen servía para la defensa de los miembros de una sociedad individual y concretamente conocidos pasara al servicio de los valores culturales, trasmitidos por unos cuantos individuos.

A mí no me parece decepcionante, sino una seria advertencia para que nos conozcamos a nosotros mismos, el que nuestra valiente defensa de lo que creemos supremo corra por vías nerviosas homólogas a las que trasmiten las reacciones sociales de defensa de nuestros antecesores los antropoides. Una persona que no tenga esas reacciones es para mí un lisiado en materia de instintos, y no lo quisiera por amigo. Pero uno que se deje llevar ciegamente por sus reflejos es un peligro para la humanidad y una víctima fácil para cualquier demagogo de esos que saben desencadenar situaciones estimulantes en los hombres, para hacerlos combatir a su antojo, con la misma seguridad con que nosotros los etólogos lo hacemos en los animales con que experimentamos. Cuando al oír viejas canciones o música militar siento que un estremecimiento sagrado me recorre la espina dorsal, me defiendo del halago diciéndome que también los chimpancés, cuando quiere incitarse al combate social, emiten sonidos rítmicos. Y en este caso, cantar a coro significa prestar oído al diablo.

He tratado de describir, con la menor deformación emocional posible, la reacción entusiasta de los humanos, su origen filogenético, sus componentes y premisas, instintivos y trasmitidos por la tradición. Espero haber logrado que el lector comprenda por sí solo, sin decírselo yo explícitamente, el enredo que es nuestra
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filosofía de los valores. ¿ Qué es cultura ? Un sistema de ritos y normas sociales de formación histórica y trasmitidos de generación en generación porque

emocionalmente vemos en ellos valores. ¿ Y qué es valor ? Es evidente que las personas sanas y normales pueden sentir que algo tiene un valor tan grande que merece se viva, y si es necesario se muera, por ello, sin haber otra razón que la ritualización cultural que lo produjo y su transmisión por un antiguo y venerado personaje. ¿Se define entonces el valor solamente como el objeto en que está fijada nuestra necesidad instintiva de preservar y defender unas normas sociales tradicionales ? Tal fue sin duda el caso en los orígenes y en las primeras etapas del desarrollo cultural. Las evidentes ventajas de una adhesión fiel a la tradición deben haber ejercido una presión selectiva considerable. Sin embargo, ni siquiera la mayor lealtad y obediencia a las normas de comportamiento ritualizadas por la cultura puede confundirse con la responsabilidad moral. En el mejor de los casos, sólo funcionalmente son análogos al comportamiento controlado por la responsabilidad racional. En este respecto, no hay ninguna diferencia entre esas normas sociales y las formas instintivas de comportamiento social de que hablamos en el capítulo VII. Y, como estas últimas, las normas y los ritos

culturales corren peligro de fracasar en circunstancias para las cuales no fueron “programadas” por el gran artífice de la selección natural.

Quiere decirse que es necesario controlar con una prudente responsabilidad moral todos nuestros compromisos sentimentales en materia de valores culturales, tanto o más que los demás instintos. Ninguno de éstos podrá jamás producir efectos tan devastadores como el entusiasmo militante a rienda suelta cuando ha contaminado a masas enormes y atropella las demás consideraciones con su monomaniaca concentración en una idea y su supuesta nobleza. Porque no es el entusiasmo en sí lo que es noble, sino los grandes objetivos de la humanidad, para cuya defensa podrían solicitarlo.

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El entusiasmo es un verdadero instinto autónomo, como el grito de triunfo lo es del ganso silvestre, en el hombre por ejemplo. Tiene su propio comportamiento apetitivo, sus propios mecanismos desencadenadores y, como todo el mundo sabe por experiencia propia, es una vivencia tan intensamente satisfactoria que resulta casi imposible resistir a sus seductores efectos. Así como el grito de

triunfo influye hondamente en la estructura social de los gansos silvestres, y aun la domina, así también la pulsión que incita a combatir con entusiasmo militante ejerce una acción determinante en la sociedad y la política de los hombres. La humanidad no es belicosa y agresiva por estar dividida en grupitos, políticos o de otra índole, enemigos unos de otros, sino que está dividida de ese modo porque así se halla preparada la situación estimulante necesaria para la abreacción de la agresividad social y el entusiasmo militante. “Si una vez llegara a haber una sola doctrina salvadora para toda la tierra -escribe Erich von Holst-, al momento sus partidarios se dividirían por lo menos en dos interpretaciones fuertemente antagónicas (una, la verdadera, otra, la herética), y el odio y la guerra prosperarían como antes..... porque por desgracia, el hombre es como es”.

Tal es el Jano bifronte de la humanidad. El hombre es el único ser capaz de consagrarse lleno de entusiasmo al servicio de los valores supremos. Pero para ello necesita una organización filosófica comportamental cuyas propiedades animales llevan en sí el peligro de muerte para los hermanos. Y el hombre

comete el fratricidio convencido de haberse visto obligado a hacerlo en servicio de esos mismos valores supremos. Ecce homo !

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CAPÍTULO XIV

CONFESIÓN DE ESPERANZA
Bilde mir nicht ein, ich könnte was lehren, die Menschen zu bessern und zu bekehren.* GOETHE

Al contrario de Fausto, yo sí me hago la ilusión de poder enseñar a los humanos a mejorarse algo y de convertirlos. Esta idea no me parece presuntuosa ; por lo menos, no lo es tanto como la contraria, que no procede del convencimiento de la propia incapacidad para enseñar sino de la suposición de que “los hombres” no están en condiciones de aprender la nueva doctrina. Y esto no es así sino en el caso especial de un intelecto poderosísimo que se adelanta siglos a su época. Entonces no lo comprenden y él corre peligro de muerte. De muerte física en el potro del tormento o muerte social, por el silencio que se hace en torno suyo. Cuando los contemporáneos escuchan a alguien y leen sus libros, se puede postular con toda seguridad que no se trata de un intelecto titánico. En el mejor de los casos podrá alabarse de haber tenido que decir algo en el preciso momento en que “era necesario” decirlo. Entonces se produce más efecto,

esperando a que el auditorio haya llegado casi a las ideas que el maestro les expone, que estaban por decirlo así en el aire. Algunos sienten que les ganaron por la mano y exclaman, como Thomas Huxley, según dicen, cuando leyó el Origen de la especies, de Darwin : “En realidad, a mi también podía habérseme ocurrido”.

No es, pues, en mí una presunción exagerada creer honradamente que en un futuro cercano muchas personas, y tal vez la mayoría, tengan por verdades
*

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No me hago la ilusión de poder enseñar a los hombres / a ser mejores, ni a convertirse. 226

axiomáticas y cosas de cajón lo que en este libro se dice de la agresión intraespecífica y de los peligros que corre la humanidad cuando aquella funciona indebidamente.

Si saco aquí las conclusiones que se imponen de cuanto llevo dicho y, a la manera de los sabios griegos, formulo unas cuantas reglas prácticas de conducta a modo de medidas preventivas, más temo que se me moteje de banal o adocenado, y no que se me refute. Después de lo que escribí en el último

capítulo acerca de la actual situación de la humanidad, parecerán mis proposiciones de medidas a tomar contra los peligros que se ciernen sobre nosotros algo más bien insuficiente. Pero ciertamente, esto no quiere decir nada contra lo acertado de las conclusiones. En medicina también, parecen todas las medidas terapéuticas débiles e insignificantes en comparación con la enorme cantidad de conocimientos de fisiología y patología que fue necesario adquirir antes de poder formular siquiera una terapia razonable. La investigación

raramente provoca cambios de importancia en el curso de la historia, como no sea para destruir, porque es fácil emplear indebidamente la fuerza. Mas para emplear de un modo positivo y benéfico los resultados de la investigación se necesita no menos perspicacia y aplicación a los detalles que para obtenerlos.

Mi primera recomendación, la más obvia, está ya expresada en el conocimiento de las concatenaciones causales que determinan nuestro propio comportamiento. Ya empiezan a apuntar varias líneas de orientación según las cuales podría desarrollarse una ciencia aplicada del comportamiento humano. Una de ellas es el estudio fisiológico objetivo de las posibilidades de abreacción de la agresividad en su forma original sobre objetos sustitutivos, y ya sabemos que hay métodos mejores que las patadas a latas vacías. La segunda es el estudio, mediante el psicoanálisis, de lo que se llama sublimación. Es de esperar que esta forma específicamente humana de catarsis contribuya mucho a calmar la tensión
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producida por la inhibición de las pulsiones agresivas. Debemos también mencionar, por más que sea evidente, que el tercer medio de evitar la agresión es fomentar el conocimiento personal y, si es posible, la amistad entre individuos miembros de familias o grupos de ideología diferentes. Pero la cuarta y más importante medida, que debe ser tomada inmediatamente, es canalizar el entusiasmo militante de un modo inteligente y responsable, o sea ayudar a las generaciones más recientes - que por una parte son de tendencias muy crítica y aun suspicaces y por otra parte están ansiosas de emociones - a hallar en nuestro mundo moderno causas verdaderamente dignas de ser servidas con entusiasmo. Veremos estos preceptos en detalle uno tras otro.

Aun en su modesto estado actual no deja de se aplicable algo de nuestro conocimiento acerca de la naturaleza de la agresión. El hecho de poder decir con seguridad qué es lo que ya no sirve es de por sí apreciable.

Dos procedimientos que de inmediato parecen ofrecerse para controlar la agresión están condenados al fracaso, como puede verse teniendo en cuenta lo que dijimos sobre los instintos en general y la agresión en particular. Unicamente quien ignore la espontaneidad esencial de las pulsiones instintivas y esté acostumbrado a representarse el comportamiento tan sólo en términos de respuestas condicionadas o incondicionadas podría abrigar la esperanza de disminuir y aun eliminar la agresión poniendo al hombre lejos de toda situación estimulante capaz de desencadenar un comportamiento agresivo. En el capítulo IV vimos ya los resultados probables de tal empresa. El otro intento que también fracasaría con toda seguridad sería el de controlar la agresión oponiéndole un veto moral. La aplicación de uno u otro de estos dos métodos sería tan acertada como querer reducir la creciente presión de una caldera apretando con más fuerza la válvula de seguridad.

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Otra medida, que considero teóricamente posible pero muy poco aconsejable, sería el intento de eliminar por selección eugenética las pulsiones agresivas. Por el capítulo anterior sabemos que en el entusiasmo humano hay agresión intraespecífica que, si bien es peligrosa, parece sin embargo indispensable para lograr los fines más altos de la humanidad. Por el capítulo dedicado a la vinculación sabemos que en muchos animales y seguramente también en el hombre es el vínculo componente indispensable de la amistad personal. Finalmente, en el capítulo que trata del gran parlamento de los instintos se expone detalladamente cuán compleja es la interacción de las diferentes pulsiones. Las consecuencias serían imprevisibles si una de ellas, y precisamente la más fuerte, faltara por completo. No sabemos en cuántos y hasta qué punto importantes modos de comportamiento humano entra la agresión como factor motivante, pero opino que deben ser muchos. El aggredi en su sentido original y lato (el afrontar las situaciones o abordar los problemas, el amor propio o el respeto por sí mismo, sin el cual no se haría casi nada, desde la rasurada diaria hasta las más sublimes creaciones científicas o artísticas), y es probable que todo cuanto está relacionado con la ambición, el afán de escalar puestos o subir de categoría y otras muchas actividades indispensables, desaparecerían de la vida humana si se suprimieran las pulsiones agresivas. Del mismo modo desaparecería también con toda seguridad algo importante que es propio y exclusivo del hombre : la risa.

A mi enumeración de lo que con toda seguridad está funcionando indebidamente sólo puedo oponer, por desgracia, algunas medidas cuyo éxito me parece probable. Y las más prometedoras parecen ser las que ya hicieron sus pruebas ampliamente en el curso de la filogenia y la evolución cultural.

Debe esperarse el éxito principalmente de aquella catarsis que obra por abreacción de la agresión sobre el objetivo sustitutivo. Como ya vimos en el capítulo dedicado al vínculo, también los dos grandes artífices tomaron ese
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camino cuando se trataba de impedir los combates entre determinados individuos. Hay además razones por ser optimistas en el hecho de que el hombre es capaz, por poco que se observe a sí mismo, de reorientar voluntariamente la agresión que surge contra cualquier objeto sustitutivo apropiado. La elección de los objetos sustitutivos suele efectuarse de acuerdo con consideraciones de índole racional, aun cuando no siempre tengamos sentido exacto de lo que serían los efectos posibles de las pulsiones contenidas. Siempre he visto que personas incluso muy irascibles, de aquellas que encolerizadas pierden al parecer todo control de sus actos, se abstienen en realidad de romper objetivos valiosos, y prefieren emprenderla con las chucherías. Pero sería un error profundo creer que, intentándolo empeñosamente, podrían abstenerse de romper nada. Cierto es que el hecho de comprender a fondo la fisiología de las pulsiones contenidas ayuda bastante a dominar la agresión. Aquella vez que cuento en el capítulo dedicado a la espontaneidad de la agresión, en que a pesar del ataque de enfermedad de los campos de concentración yo no pegué a mi amigo sino que propiné un puntapié a una lata de petróleo vacía, sin duda se debió a mi conocimiento de los síntomas de la acumulación de energía instintiva. Y cuando aquella tía de que hablo en el mismo capítulo estaba tan convencida de la infernal maldad de sus sirvientes, su error era debido a su ignorancia de los procesos fisiológicos en cuestión.

Y ciertamente, no me era inferior mi tía en el dominio moral sobre sí misma. Estas diferencias de comportamiento dan así un claro ejemplo de cómo la comprensión del encadenamiento causal de nuestras acciones puede proporcionar a nuestra responsabilidad moral la fuerza necesaria para intervenir y dirigir allí donde el imperativo categórico por sí solo fracasa irremediablemente.

La reorientación de la agresión es el camino más prometedor y el que primero se le ofrece a uno para hacerla inofensiva. Con mayor facilidad que los demás instintos se conforma con objetos sustitutivos y queda plenamente satisfecha. Los
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Griegos de la Antigüedad estaban familiarizados con el concepto de catarsis, o descarga purificante y los psicoanalistas saben muy bien cuántas acciones perfectamente loables derivan su impulsión y su adicional utilidad de la agresión “sublimada” y aminorada. Pero naturalmente, no debe confundirse la sublimación con una sencilla reorientación. Hay considerable diferencia entre el hombre que golpea la mesa con el puño en lugar de golpear el rostro del adversario en la conversación aquel que irritado por una cólera sin salida ni desahogo escribe un ardiente panfleto contra sus superiores, animado por nobles ideales que nada tienen que ver con la causa de su cólera.

Uno de los muchos casos en que la ritualización filogenética y la cultural han dado con soluciones muy parecidas del mismo problema es el método con que ambas han realizado la difícil misión de evitar la muerte del antagonista sin acabar al mismo tiempo con la combatividad, tan importante para la conservación de la especie. Todas las normas de “lucha limpia” de origen cultural, desde la

caballería andante hasta los acuerdos de Ginebra, han tenido una función análoga a la de los combates filogenéticamente ritualizados de los animales.

Es el deporte una forma de lucha ritualizada especial, producto de la vida cultural humana. Procede de luchas serias pero fuertemente ritualizadas. A la manera de los combates codificados, de los “duelos por el honor”, de origen filogenético, impide los efectos de la agresión perjudiciales para la sociedad y al mismo tiempo mantiene incólumes las funciones conservadoras de la especie. Pero además, esta forma culturalmente ritualizada de combate cumple la tarea

incomparablemente importante de enseñar al hombre de modo consciente y responsable sus reacciones instintivas en el combate. La caballerosidad o

“limpieza” del juego deportivo, que se ha de conservar en los momentos más excitantes y desencadenadores de agresión, es una importante conquista cultural de la humanidad.
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Además, el deporte tiene un efecto benéfico porque hace
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posible la competencia verdaderamente entusiasta entre dos comunidades supraindividuales. No obstante abre una oportuna válvula de seguridad a la

agresión acumulada en la forma de sus pautas de comportamiento más toscas, individuales y egoístas, sino que permite el desahogo cumplido de su forma especial colectiva más altamente diferenciada. La lucha por la jerarquía superior dentro del grupo, la ruda acometida común por un objetivo apasionante, el arrostrar animosamente grandes peligros, el socorro mutuo con olvido de la vida propia, etc., son pautas de comportamiento que en la prehistoria de la humanidad tenían un gran valor selectivo. Por la acción ya señalada de la selección

intraespecífica y, hasta los últimos tiempos, todas estas cualidades juntas eran peligrosamente apropiadas para presentar a los hombres llenos de virilidad e ingenuidad la guerra como algo de ningún modo aborrecible por completo. Por eso es una verdadera suerte que se puedan cultivar esas virtudes en las formas más duras del deporte, como el alpinismo, el buceo o las explicaciones. Cree Erich von Holst que la búsqueda de nuevas competencias internacionales, y bastante peligrosas, es el motivo más importante de los vuelos espaciales, que precisamente por eso despiertan tanto interés en el público. La gente comprende que ayudan a conservar la paz. ¡Ojalá sea cierto todavía pro mucho tiempo !

Las competencias entre naciones no solamente son benéficas porque facilitan la abreacción del entusiasmo nacional sino también porque producen otros dos efectos contrarios a la guerra : en primer lugar procuran un conocimiento personal a hombres y mujeres de diferentes naciones y partidos y en un segundo lugar hacen que se unan para una causa común personas que de otro modo pocas cosas podrían unir. Son dos fuerzas poderosas opuestas a la agresión, y

debemos examinar brevemente de qué modo pueden desplegar su benéfica acción y qué otros medios podrían emplearse para aplicarlas a nuestro objetivo.

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En el capítulo dedicado al vínculo vimos que el conocimiento personal no solamente es condición indispensable para la formación de mecanismos más complejos inhibidores de la agresión, sino que contribuyen a embotar la pulsión agresiva. La anonimidad contribuye mucho al desencadenamiento del

comportamiento agresivo. El ingenuo siente verdaderamente cólera y rabia contra los “judas”, los “gabachos”, los “macarrón” y los “cochinos extranjeros” en general. Es probable que eche rayos y centellas contra ellos en la mesa del café, pero nunca se le ocurrirá la menor descortesía si se reuniera con uno de los nacionales del país odiado cara a cara. El demagogo conoce bien la acción inhibidora de la agresión que produce el contacto personal, y como es natural, trata de impedir que se encuentren en sociedad aquellos a quienes quiere mantener enemigos. Estratega también sabe cómo puede disminuir la agresividad de los soldados atricherados si los deja “fraternizar” con los que están enfrente.

Ya he dicho cuánto aprecio el conocimiento práctico que del comportamiento instintivo de los seres humanos tienen los demagogos, y no sabría recomendar nada mejor que la aplicación al logro de nuestros fines pacificadores de los métodos que a ellos les dan tan buenos resultados. Si la amistad entre individuos de naciones enemigas es tan contraria al odio nacional como los demagogos suponen –al aparecer con mucha razón–, debemos hacer todo cuanto podamos para favorecer las amistades individuales internacionales. No hay persona capaz de odiar a un pueblo en el que tenga varios amigos. Unas cuantas “pruebas” de ese tipo bastan para despertar una sana desconfianza respecto de todas esas abstracciones que atribuyen a “los” alemanes, “los” ingleses propiedades o cualidades nacionales típicas... por lo general desfavorables, claro está. Que yo sepa, fue mi amigo Walter Robert Corti el primero que realizó un intento serio de oponerse a la agresión entre naciones fomentando las amistades internacionales. En su célebre aldea para niños de Trogen, Suiza, viven juntos muchachos de

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todas las nacionalidades posible, en amistosa convivencia. ¡Ojalá este intento halle imitaciones en gran escala !

Lo que necesita es movilizar el entusiasmo por causas generalmente reconocidas por todos los seres humanos como valores de orden supremo,

independientemente de toda lealtad nacional, cultural o política.

Ya llamé la

atención hacia el peligro de definir un valor mediante una petición de principio. Un valor no es ningún modo cualquier objeto al cual pueda adherirse por troquelado y condicionalmente precoz la reacción instintiva del entusiasmo militante. E inversamente, el entusiasmo militante puede adherirse a prácticamente cualquier rito o norma social institucionalizada y hacerlos parecer valores. La lealtad

sentimental a una norma institucionalizada no la convierte en valor, porque, si así fuera, aún la guerra técnica moderna sería un valor. Recientemente, J. Marmor ha subrayado el hecho de que, incluso en la actualidad, “los libros de historia de todas las naciones justifican sus guerras por valientes, justas y honradas.” Esta glorificación lleva dejos de patriotismo y de amor a la patria. Las virtudes como el heroísmo y el valor militar se consideran “viriles” y se asocian tradicionalmente a las acciones guerreras. En cambio, la evitación de la guerra y la búsqueda de la paz suelen considerarse acciones propias de afeminados, cobardes y débiles, deshonrosas y subversivas. Se glorifican y disimulan las realidades brutales de la guerra mediante innumerables relatos de heroísmo y gloria y nadie toma en cuenta las raras advertencias de algún general como Sherman : “La guerra es un infierno y su gloria, tonterías”. Estoy enteramente de acuerdo con el doctor

Marmor cuando habla de los obstáculos psíquicos que se oponen a la eliminación de la guerra en tanto que institución social y cuenta entre ellos el insidioso efecto de los juguetes y los juegos guerreros.

No obstante, pienso que debemos tomar en cuenta el hecho de que el entusiasmo militante tuvo su origen en un instinto defensivo que hizo a nuestro ancestro
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prehumano sacar la mandíbula al mismo tiempo que se le erizaban los pelos, y que las situaciones clave estimulantes que todavía lo desencadenan llevan la marca de su origen. Una de las más eficaces de esas situaciones es la existencia de un enemigo contra la cual se hayan de defender los valores culturales. El entusiasmo militante se parece peligrosamente en un aspecto al grito de triunfo de los gansos y a normas de comportamiento instintivo análogas en otros animales. El lazo social que une el grupo está en relación estrecha con la agresión dirigida contra los extremos. En los humanos también, el sentimiento de ser todos uno (tan importante para servir una causa común) se refuerza considerablemente en presencia de un enemigo determinado y amenazador que es posible odiar. También es mucho más fácil lograr que la gente se identifique con una causa común, sencilla y concreta, que con una idea abstracta. Por todas estas razones, la tarea de los jefes que convencen a los jóvenes y los transforman en militantes es envidiablemente fácil. Debemos aceptar el hecho de que en la URSS como en China, la joven generación sabe muy bien por qué lucha, mientras que en nuestra cultura se buscan en vano causas dignas de entusiasmo. El que muchos jóvenes norteamericanos se hayan identificado recientemente con los derechos de los negros norteamericanos es una excepción digna de nota, aunque el fervor con que lo hicieron tiende a acentuar la habitual falta de entusiasmo por otras causas, no menos justas e importantes, como la prevención de la guerra en general.

Véase como se vea, el defensor de la paz lleva la peor parte. Todo aquello por lo que vive y elabora, todos los objetivos superiores que persigue, son o deberían ser determinados por su responsabilidad moral, y eso presupone una gran cantidad de conocimientos y de comprensión verdadera. Nadie puede, pues,

sentir entusiasmo por ellos si no posee cierta cultura. El único valor que no puede ponerse en duda y que puede ser apreciado independientemente de toda moral racional o toda educación es el vínculo de amor y amistad humanos, fuente de toda bondad y caridad y que presenta la gran antítesis de la agresión.
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Verdaderamente, el amor y la amistad caracterizan mucho mejor todo lo que es bondad que la agresión todo lo que es maldad, ya que sólo por error se la considera una pulsión destructora y mortífera. La tercera medida que puede y debe tomarse inmediatamente para evitar los destructores efectos de uno de los más nobles instintos del hombre consiste en le dominio inteligente y con sentido crítico de la reacción tratada en el capítulo anterior con el nombre de “entusiasmo militante”. Tampoco en esto debemos avergonzarnos de aprovechar las experiencias de la demagogia habitual y aplicar al bien y a la paz lo que a ellos les sirve para incitar a la guerra. Como sabemos, a la situación estimulante que desencadena el entusiasmo pertenecen tres condiciones, variables independientemente unas de otras. La primera es tener algo que defender, que para el hombre sea un valor ; en segundo lugar, un enemigo que ponga en peligro ese valor ; y en tercer lugar, compañeros sociales que piensen igual que uno que y también estén dispuestos a defender el valor amenazado. Un factor menos necesario puede ser también el jefe o caudillo que llame a la lid “sagrada”.

Ya dijimos también cómo esos papeles del drama pueden ser representados por figuras muy diversas, concretas o abstractas, animadas o inanimadas. El del

entusiasmo, como el desencadenamiento de muchas reacciones instintivas, obedece a la regla llamada de la suma de estímulos, según la cual los diversos estímulos desencadenadores se suman en su efecto, de modo que la debilidad e incluso la ausencia de uno puede ser compensada por la mayor efectividad de otro. Por eso es posible provocar el entusiasmo verdadero por algo valioso sin despertar necesariamente la enemistad contra un antagonista, real o fingido. La función del entusiasmo se asemeja en varios respectos a la del grito de triunfo en los gansos silvestres y a comportamientos instintivos análogos de otros animales, que se componen de la fuerte acción del vínculo social entre los vinculados o colgados y de agresión contra el enemigo. En el capítulo XI expliqué
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cómo mientras es indispensable la figura hostil con la menor diferenciación de aquellas acciones instintivas, como en los cíclidos y los patos tadornas, en estados de mayor evolución, como en los gansos silvestres, ya no es necesaria aquella figura para mantener la cohesión del grupo y su acción conjunta. Yo quisiera creer y esperar que la reacción de entusiasmo de los hombres hubiera alcanzado la misma independencia respecto de la agresión primitiva, o que estuviera a punto de alcanzarla.

De todos modos el simulacro de enemigo, el espantajo, es todavía un medio muy eficaz empleado por los demagogos para fomentar la unidad y el sentimiento entusiasta de cohesión, y las religiones militantes han sido siempre las que más éxitos políticos han tenido. No es, pues, nada fácil fomentar el entusiasmo de muchas personas por los ideales de paz sin servirse de un simulacro de enemigo con no menor que los factores de guerra.

El pensamiento que primero podía ocurrírsele a uno, que es el de utilizar al diablo como espantajo y azuzar a los hombres contra el “Malo”, fue considerado de plano peligroso incluso por hombres de mente muy elevada. Malo es por definición todo aquello que pone en peligro lo bueno, o sea lo que sentimos como valor. Y como para el científico los valores supremos son los descubrimientos, el peor no valor ea para él todo cuanto se oponga al conocimiento y a su difusión. Yo mismo tal vez me dejaría inducir por las peligrosas insinuaciones de mi agresividad a ver la personificación del mal en ciertos filósofos que desprecian las ciencias naturales, y en particular a los que niegan la evolución. Si no supiera nada de la fisiología de la reacción entusiasta y del automatismo (de índole semejante a la de los reflejos) de sus manifestaciones, quizá estaría en peligro de dejarme arrastrar a una guerra de religión contra los científicos que opinan de modo contrario al mío. Para eso, más valdría renunciar a toda personificación del mal. Pero aún sin eso, la acción unificadora del entusiasmo podría conducir a la enemistad entre dos grupos
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cuando cada uno de ellos es partidario declarado de un ideal bien definido y circunscrito y solamente con él se “identificaba”, y empleo aquí la palabra en su sentido tradicional, no en el psicoanalítico. Con razón ha dicho J. Hollo que en nuestros tiempos son peligrosas las identificaciones nacionales, porque sus fronteras están demasiado marcadas y hacen sentir frente a los “rusos” de un modo “enteramente norteamericano” y viceversa. Si uno conoce muchos valores y en virtud de su entusiasmo por ellos se siente de acuerdo con todos los hombres que al igual que él aman la música, la poesía, las bellezas de la naturaleza, la ciencia, etc., etc., sólo puede dirigirse con reacciones combativas sin inhibiciones a las personas que no entran en ninguno de esos grupos. Es necesario, pues, aumentar el número de tales identificaciones, y eso solamente puede hacerse mejorando la cultura general de la juventud. El amor por los valores humanos se aprende en la escuela y en el hogar. Sólo esos valores hacen un hombre del hombre y no sin razón se llama humanidades o estudios humanísticos a cierto género de formación. Y así, los valores que parecen a millones de años luz de la lucha por la vida y de la política pueden ser salvadores. Para ello no es necesario, ni siquiera deseable tal vez, que las personas de las diversas sociedades, naciones y partidos sean educadas para aspirar a los mismos ideales. El modesto traslape de los modos de ver los valores exaltantes y que merecen ser defendidos puede aminorar los odios entre pueblos o bandos y fomentar la paz y la felicidad.

Estos valores pueden, según los casos, ser de índole muy especial. Yo estoy convencido, por ejemplo, de que los hombres que desde cada lado de la gran cortina se juegan la vida por la gran aventura de la conquista del espacio cósmico se respetan mucho unos a otros. Con toda seguridad se conceden que cada quien lucha por valores reales. Y con toda seguridad, los vuelos espaciales son muy benéficos en este sentido.

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Hay sin embargo dos empresas más altas y colectivas de la humanidad en el sentido más verdadero de la palabra, a las que toca dentro de un marco más amplio la tarea de poner de acuerdo a partidos o naciones sin relaciones unos con otros, y aun enemigos en lo tocante a los mismos valores, y unificarlos en un mismo entusiasmo. Se trata del arte y de la ciencia. El valor de uno y otra es aceptado por todos, y ni siquiera a los demagogos más audaces se les ha ocurrido hasta ahora calificar de despreciable o “degenerado” todo el arte de un partido o de una cultura atacados por ellos. La música y las artes plásticas obran además libres de las barreras lingüísticas y eso les permite decir a las personas que se hallan a un lado del telón que al otro lado hay también gente que ama el bien y la belleza. Más para eso el arte debe seguir siendo apolítico. Bien sabidas son las terribles consecuencias que tiene el arte dirigido por una tendencia política. La apreciación general de la música negra es quizás un paso importante hacia una solución de los candentes problemas raciales de los Estados Unidos. Desposeídos éstos de su libertad y consumada la destrucción de sus tradiciones culturales propias, el orgullo y los prejuicios raciales han hecho todo lo posible para no permitirles el acceso a las culturas occidentales ni a las normas sociales fundamentales. El único valor cultural de que no fue posible despojarlos por entero fue la música. La incontestable capacidad creadora de los músicos y compositores negros, pone fuertemente en duda - por no decir otra cosa - la falta de capacidad creadora que algunos atribuyen a esa raza.

El arte está llamado a crear valores supranacionales y suprapolíticos que ningún grupo mezquinamente nacional o político pueda negar. Y si se deja uncir a un objetivo político cualquiera incumple su misión. Para cualquier clase de arte, sea ésta poesía o pintura u otra, ponerse al servicio de una propaganda significa un grave error y en definitiva, el autoaniquilamiento. Por fortuna la música, que si bien es perfectamente capaz de excitar el entusiasmo militar no puede especificar la tarea merecedora de apasionamiento, escapa a ese sino. Y el más chapado a la
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antigua de todos los feudales aristócratas puede apreciar la arrebatadora belleza de la Marsellesa, por más que la letra de ese himno pida que se emplee la sangre de los nobles como fertilizantes de los campos franceses (qu`un sang impur abreuve nos sillons). La ciencia tiene en común con el arte el crear un valor indiscutido que tiene su fundamento en sí mismo, intrínseco, independiente de la militancia o de las ideas personales. Al contrario que el arte, no es directamente comprensible y por eso casi sólo puede tender un puente entre unos cuantos individuos que tienen un entusiasmo común, pero que así resulta tanto más firme. Sobre el valor relativo de las obras de arte se pueden tener distintas opiniones, aunque también se puedan distinguir en ellas lo verdadero y lo falso. Pero en la ciencia, estas palabras tienen un sentido más estricto. No son las opiniones de las personas, sino los resultados de posteriores investigaciones los que dicen sin una afirmación corresponde o no a la realidad.

A primera vista parece imposible entusiasmar a mucha gente en la actualidad por los valores abstractos de la verdad científica, que parece un concepto demasiado ajeno a las cosas de este mundo, mezquino y poco práctico, para competir con los señuelos que, como lo ficción de la amenaza a nuestra sociedad y del enemigo amenazante, en manos de expertos demagogos hasta ahora siempre fueron infalibles para provocar el entusiasmo colectivo. Pero un examen más acucioso hará dudar de este modo de ver tan pesimista. La verdad no es ficción, al contrario que los señuelos mencionados. La ciencia no es otra cosa que la aplicación del entendimiento humano normal, y para todo lo demás puede considerarse ajena a las cosas de este mundo. Es mucho más fácil decir la verdad que tejer una serie de mentiras que no se delaten por contradicciones internas. “La razón y el buen sentido no necesitan mucho arte”.

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Más que ningún otro bien cultural, la verdad científica es propiedad colectiva de toda la humanidad. Y lo es porque no la hace la mente humana, como el arte o la filosofía (porque ésta también es poesía, en el sentido más alto y noble del vocablo griego pOLEIV, hacer, crear).La verdad científica es algo no creado por el cerebro humano y conquistado, arrancando por la fuerza, a la realidad externa, ajena a lo subjetivo. Como esta realidad es la misma para todas las personas, los resultados de la investigación científica siempre concuerdan, cuando son correctos, a un lado y otro de la cortina de hierro o de otras cortinas. Cuando un científico (a veces inconscientemente y de buena fe) falsea por poco que sea los resultados de la investigación para hacerlos concordar con sus ideas políticas, la realidad le opone un no rotundo, por que los resultados fallarán a la hora de aplicarlos en la práctica. Hubo por ejemplo en el Esta hace unos años una escuela de genetistas que por motivos visiblemente políticos, esperamos que

inconscientes, afirmaba haber demostrado la transmisión por herencia de los caracteres adquiridos. Para todos los que creen en la unidad de la verdad científica esto era profundamente inquietante. Hoy ya todos los genetistas el mundo son de la misma opinión y aquella teoría está olvidada. Solamente es ésta una victoria parcial, sin duda ; pero es una victoria de la verdad y que autoriza un mayor entusiasmo.

Es innecesario hablar del valor de la medicina y de su estimación general. La inviolabilidad de la Cruz Roja es quizá la única ley más o menos respetada por todas las naciones.

La educación en el sentido de una simple transmisión de conocimientos no es sino una de las condiciones necesarias para la apreciación real de estos y otros valores éticos. Otra condición no menos importante es que ese conocimiento, con sus consecuencias éticas, se trasmita a la joven generación de modo que ésta pueda identificarse con tales valores. Ya he mencionado (los psicoanalistas lo
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saben desde hace mucho tiempo) que, para hacer posible la transmisión de los valores, debe haber relaciones de confianza y respeto entre las generaciones. He dicho asimismo que la cultura occidental, aun sin el peligro de la guerra atómica, está más inmediatamente amenazada por el peligro de la descomposición, porque no consigue trasmitir a los jóvenes sus valores culturales, ni siquiera los éticos. A muchas personas - y probablemente a todas las que se dedican a la política - mi esperanza de aumentar las probabilidades de paz eterna suscitando en los jóvenes un entusiasmo militante por los ideales de la ciencia, el arte, la medicina, etc., les parecerá muy poco realista y aun ilusoria. Ellos dirán que los jóvenes son hoy muy materialistas y están llenos de escepticismo por todos los ideales en general y por los que provocaron el entusiasmo de sus mayores en particular. Y yo responderé a esto que efectivamente así es, pero que los jóvenes tienen muy buenas razones para tomar tal actitud, por que las ideas culturales y políticas caducan hoy con pasmosa rapidez, y a ambos lados de la cortina separatoria pocas son las que todavía se mantienen vigentes. Para un observador

extraterrestre, la cuestión de saber si será el capitalismo o el comunismo quien venza en la tierra resultaría secundaria. De cualquier modo, las diferencias entre estas dos ideologías están desapareciendo a gran velocidad. Para semejante observador, lo que importaría más que nada a la humanidad sería impedir que su planeta se hiciera demasiado radioactivo para los seres vivos, y a continuación, evitar que la “explosión” demográfica resulte aún más perjudicial que la explosión de “la Bomba”. Aparte del evidente arcaísmo de la mayor parte de lo que se siente por ideales, hay otras causas que justifican la negativa de la juventud a aceptar las costumbres y normas sociales que se les entregan. Estoy perfectamente convencido de que los “jóvenes coléricos” de nuestra civilización occidental tienen el derecho de enojarse con la generación anterior, y no me extraña que sean escépticos hasta el punto de volverse nihilistas.

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Nos quejamos del prosaísmo y la materialidad de nuestra época y del hondo escepticismo de nuestra juventud. Yo creo y espero que uno y otro se deben a la sana defensa contra los ideales fabricados, contra los simulacros para desencadenar el entusiasmo, en cuya trampa tantas personas, y sobre todo jóvenes, cayeron últimamente. Yo creo que debería utilizarse precisamente este prosaísmo para predicar las verdades que se pueden demostrar con cifras, aunque tropiecen con un duro escepticismo, porque ante ellas todo el mundo está obligado a ceder. La ciencia no es ningún misterio ni ninguna magia negra, sino que se puede aprender con métodos simples. Yo creo que son precisamente los prosaicos y escépticos los susceptibles de entusiasmarse por la verdad demostrable y todo lo que entraña.

Yo no estoy, ciertamente, proponiendo que toda la población de la tierra se dedique a los estudios científicos. Pero la educación científica bien podría generalizarse lo suficiente para que ejerciera una influencia decisiva en las normas sociales aprobadas por la opinión pública. No hablo aquí de la influencia que podría ejercer el mejor conocimiento de las leyes biológicas que rigen nuestro propio comportamiento - no tardaré en hablar de ello - sino solamente el benéfico efecto que tendría en general una educación científica. Es raro que la disciplina propia del pensamiento científico no infunda al hombre bueno, aparte de su inveterada costumbre de honestidad, la estimación por el valor que la verdad científica tiene en sí. La verdad científica es una de las mejores causas a defenderse. Y aunque por fundarse en hechos irrebatibles pueda parecer menos exaltante que la belleza artística o que tantos otros ideales antiguos rodeados por el prestigio de lo místico y romántico, no deja de ser superior a todos los demás por su incuestionabilidad y su absoluta independencia respecto de todo compromiso cultural, nacional o político.

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Si un valor es ético en el sentido de que su contenido puede pasar la prueba de la interrogación categórica de Kant, la identificación entusiasta con ese valor hará de antídoto contra la agresión de índole nacional o política.

Pero prosigamos con las ideas que suscita el doctor Hollo. Supongamos que un hombre, sean cualesquiera sus obligaciones o compromisos nacionales o políticos, se identifique además con otros ideales que no sean nacionales ni políticos. Aunque patriota (como lo soy), y aun sintiendo una rotunda hostilidad contra otro país (que no es mi caso), de todos modos no podría desear de todo corazón la destrucción de tal país si comprendiera que vivían en él personas que como yo laboraban con entusiasmo en el campo de las ciencias inductivas, veneradores de Charles Darwin y celosos propagandistas de la verdad de sus descubrimientos ; y que también había allí gente que compartía mi admiración por Miguel Angel, por el Fausto de Goethe, o por la belleza de los bancos de coral, o por la protección de los animales silvestres, y así sucesivamente, por toda una serie de entusiasmos secundarios. Me resultaría imposible odiar sin reservas a un enemigo que compartiera siquiera una de mis identificaciones con valores culturales y éticos.

El número de ideales culturales y éticos con los cuales se puede sentir identificada la gente a pesar de su pertenencia a una nación o un partido está naturalmente en proporción directa con su repugnancia a obedecer al llamado de cualquier mezquino entusiasmo nacional o político. Unicamente la educación de toda la humanidad podría aumentar el número de los ideales con los cuales puede identificarse el individuo. La educación sería así más “humanista”, dando a esta palabra un sentido nuevo y más amplio.

Es preciso que los ideales humanistas de este tipo sean cada vez más reales y vivos para poder rivalizar en la estima de los jóvenes con todas las situaciones
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estimulantes románticas y prestigiosas que son primordialmente más eficaces en el desencantamiento de la antigua reacción del entusiasmo militante que hace alzar la mandíbula y erizarse el vello. Mucha inteligencia y mucha comprensión serán necesarias, tanto por parte del educador como del educando, antes de que se logre ese fin. Claro está que algo de la aridez académica inevitablemente inherente a los ideales humanistas podría impedir para siempre que el común de los mortales reconociera su valor, si no fuera por un aliado nada árido que el cielo ha dado al hombre : el humor, facultad tan específicamente humana como el lenguaje o la responsabilidad moral y que en su forma más evolucionada parece hecha a propósito para permitirnos discernir lo verdadero de lo falso.

Ciertamente, uno puede entusiasmarse por la verdad abstracta, aunque no deje de ser un ideal arduo y nada ameno a veces y es bueno apelar para su defensa a otro modo más ameno de comportamiento humano : la risa. La risa se asemeja en muchos aspectos al entusiasmo, en su carácter de comportamiento instintivo, así como en su procedencia filogenética de la agresión, y sobre todo, en su función social. Así como el entusiasmo compartido por un mismo valor, la risa en común a propósito de cualquier cosa crea un sentimiento de compañerismo fraternal. La risa franca en compañía es premisa a veces de verdadera amistad y aun primer paso hacia ella.

La risa no es solamente una franca expresión de humor, sino que con toda probabilidad proporciona también la base filogenética sobre la cual ha evolucionado éste. En tres cosas se parecen, pues, la risa, el entusiasmo militante y el ceremonial del grito de triunfo de los gansos : los tres son pautas del comportamiento instintivo, los tres derivan del comportamiento agresivo y contienen todavía algo de su primitiva motivación y los tres cumplen una función social semejante. Como decíamos en el capítulo V dedicado a la costumbre, la ceremonia y la magia, la risa nació probablemente por ritualización de un ademán
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de amenaza reorientando, al igual que el grito de triunfo de los gansos. Como éste y como el entusiasmo, la risa crea, además de la unidad entre los participantes, un poco de agresividad contra los excluidos. Si uno no puede reír con los que ríen, se siente extraño, fuera del grupo, aunque la risa no vaya dirigida contra él y aun contra nada en particular. Pero cuando no es así y la risa va contra uno, cuando se ríen de él, el elemento agresivo y al mismo tiempo la analogía con ciertas formas del ceremonial de grito de triunfo aún resultan más claros.

Pero en un sentido más elevado, la risa es más específicamente humana que el entusiasmo. Formal y funcionalmente ha llegado en su evolución más alto que el ademán de amenaza, que todavía está contenido en ambos modos de comportamiento. Pero al contrario del entusiasmo, en los grados más intensos de la risa no hay el peligro de que aparezca la agresión original y que se convierta en ataque efectivo. Los perros que ladran a veces muerden, pero los hombres que ríen nunca disparan. Y si las coordinaciones motrices son más espontáneas e instintivas que las del entusiasmo, por otra parte sus mecanismos

desencadenadores son más selectivos y controlables por la razón humana. La risa jamás quita el sentido crítico ; en cambio, el entusiasmo hace perder al hombre el dominio de sí mismo.

Más la risa puede transformarse en un arma crudelísima y muy dañina cuando hiere injustamente a un ser humano indefenso : reírse de un niño es criminal. El dominio infalible que la razón tiene sobre la risa nos permite aplicarla de un modo que haría el entusiasmo muy peligroso, dada su ausencia de sentido crítico y su seriedad animal : azuzarla a conciencia y con toda intención contra un enemigo. La risa y el entusiasmo son como los perros bravos, que uno puede lanzar contra quien se le antoje. Pero mientras la risa siempre está sometida a la razón, por bárbara y dolorosa que sea, el entusiasmo siempre amenaza con soltarse y volverse contra su amo.
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El enemigo contra el cual conviene azuzar a la risa es una forma concreta de mentira. Pocas cosas hay en el mundo que tanto merezcan ser consideradas decididamente malas y merecedoras del aniquilamiento como la invención de una causa, artificialmente fabricada, para provocar el entusiasmo militante y la adoración, y pocas cosas hay en el mundo tan endemoniadamente cómicas como su desenmascaramiento súbito. Cuando el patetismo fingido da un tropezón y pierde los coturnos, y cuando el hinchado pretencioso revienta estruendosamente, como un globo pinchado por un espíritu festivo, debemos soltar libremente la carcajada que tan a maravilla desencadena este género de súbita baja de tensión. Es una de las pocas acciones instintivas del hombre que la autointerrogación categórica aprueba por completo.

El filósofo y escritor católico G.K. Chesterton formuló una vez la sorprendente opinión de que la religión del porvenir se basará en buena parte sobre una forma superior y más sutil de humorismo. Tal vez esto sea un poquito excesivo, pero para no ser menos paradójicos podemos decir nosotros que en la actualidad no se toma el humor suficientemente en serio. Yo creo que es una potencia benéfica que en los tiempos actuales está de parte de la moral responsable tan recargada de trabajo. Y creo que esta potencia no sólo está en evolución cultural, sino también en desarrollo filogenético.

La responsabilidad no solamente aprueba los efectos del humor, sino que hallan en él un firme apoyo. Según la definición del Concise Oxford Dictionary la sátira es un poema dirigido contra los vicios y las locuras reinantes. Su fuerza persuasiva estriba en su atractivo y en que puede hacerse escuchar por oídos que el escepticismo y la experiencia de la vida hacen sordos a todo sermón declaradamente moralizante. Es decir : la sátira es la forma de predicar apropiada para nuestra época.
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Si, al ridiculizar los ideales insinceros, el humor es un aliado poderoso de la moral racional, todavía lo es más cuando opera en el sentido de la autorridiculización. Hoy ya no podemos tolerar a los pedantes e hipócritas porque esperamos que cualquier humano inteligente tenga sentido del humor y de ser él mismo ridículo en algunas cosas.

Un hombre que se toma absolutamente en serio no nos parece cabalmente humano, y este sentimiento tiene un fondo muy sano. Lo que los alemanes llaman tan acertadamente tierischer Ernst (seriedad animal) es siempre un síntoma de megalomanía, y aun sospechoso de una de sus causas. La mejor definición del hombre es que es el único ser capaz de reflexionar, o sea capaz de verse dentro del marco del universo que lo rodea. El orgullo es uno de los principales obstáculos que nos impiden vernos tales y como somos en realidad, y el fiel servidor del orgullo es la falsa idea que uno se hace de sí mismo, o sea el no verse como uno es. Estoy convencido de que un hombre con suficiente sentido del humor no corre peligro de sucumbir a ilusiones demasiado halagadoras acerca de sí mismo. Es imposible que no vea cuán necio y vanidoso sería si lo hiciera. Creo que una percepción realmente sutil y aguda de los aspectos risibles de nuestra propia persona es el mejor aliciente del mundo para que seamos sinceros con nosotros mismos, y éste es uno de los primeros postulados de la moral razonante. Hay entre el humor y la interrogación categórica un asombroso paralelismo, ya que ambos tropiezan con incompatibilidades e incongruencias lógicas. Obrar contra la razón no sólo es inmoral sino a veces también divertido... y esto es bastante divertido. El primero de todos los mandamientos debería ser “No engañarse a sí mismo”. Y la capacidad de obedecerle está en proporción directa de la capacidad de ser sincero y leal con los demás.

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... Importa poco saber si esta mayor eficacia del humor se debe a que la tradición cultural lo haga respetar cada vez más o a que, gracias a la filogénesis, la pulsión instintiva de la risa tenga pujanza. Es probable que ambos procesos operen al mismo tiempo. De todos modos, no cabe dudar de que el humor se está haciendo rápidamente más eficaz, más penetrante y más sutil en el desenmascaramiento del engaño y la insinceridad. Tal es por lo menos mi opinión. Para mí, el humor antiguo era menos eficaz, menos penetrante y menos sutil. Charles Dickens es el escritor satírico más antiguo cuya pintura de la naturaleza humana me haga todavía reír de verdad. Yo entiendo perfectamente contra qué “vicios y locuras reinantes” van dirigidas las sátiras de los romanos de la Antigüedad o de Abraham a Santa Clara, pero no me hacen reír. Sería en extremo revelador un estudio histórico sistemático de las situaciones estimulantes que hicieron reír a la gente en las distintas épocas.

Creo que el humor ejerce en el comportamiento social del hombre una influencia en cierto modo análoga a la de la responsabilidad moral, porque tiende a hacer de nuestro mundo un lugar más sincero, y por lo tanto mejor. Creo que esta influencia aumenta rápidamente y que, entrando cada vez más sutilmente en nuestros razonamientos, se mezcla más íntimamente a ellos, y con efectos todavía más cercanos de los de la moral. En este sentido, estoy absolutamente de acuerdo con la sorprendente declaración de Cheterton.

De la exposición de lo que sabía he ido pasando gradualmente a la descripción de lo que me parece muy verosímil y, finalmente, en las últimas páginas, a la confesión de lo que creo. Esto también le está permitido al que estudia la naturaleza con ánimo científico.

Yo creo, para decirlo de una vez, en la victoria final de la verdad. Esto seguramente parecerá un poco pretencioso, pero pienso de verdad que esta
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victoria es muy probable. Y diría que es inevitable, a menos que la humanidad se suicide en un futuro próximo, cosa que también es posible. Más de no ser así, bien puede predecirse que las verdades sencillas relativas a la biología humana y las leyes que rigen su comportamiento se convertirán a la corta o a la larga en bien común, aceptado por todos como lo fueron en otro tiempo las verdades científicas más antiguas de que hablamos en el capítulo XII. Al principio, también ellas parecían inaceptables a una humanidad que estaba demasiado pagada de sí misma y cuyo exagerado orgullo herían . ¿Es mucho esperar que el temor de una inminente autodestrucción pueda producir un efecto moderador y enseñarnos a conocernos mejor ?.

No me parece de ninguna manera utópica la posibilidad de proporcionar a todo ser humano sensato un conocimiento suficiente de los hechos esenciales de la biología, que son efectivamente mucho más fáciles de comprende que el cálculo integral, por ejemplo, o el cálculo del interés compuesto. Además, la biología es una ciencia fascinante, con tal de enseñarla de un modo inteligente, a fin de que el alumno no se dé cuenta de que siendo él mismo un ser vivo, lo que le dicen le concierne directamente. Tua res agitur. La enseñanza hábil de la biología es la única base sobre la cual se pueden edificar opiniones sanas sobre la humanidad y sus relaciones con el universo. Porque hay una antropología filosófica que descuida los hechos biológicos y que ha hecho mucho daño inculcando a la humanidad ese orgullo que no sólo precede a la caída sino que es su causa. Lo que debe considerarse la verdadera “big science” es la simple biología del Homo sapiens.

El conocimiento suficiente del hombre y de su posición dentro del universo determinaría, como ya he dicho, automáticamente los ideales que debemos empeñarnos en implantar. Una dosis suficiente de humor inmunizaría al hombre

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contra los ideales fingidos y fraudulentos. El humor y el conocimiento son las dos grandes esperanzas de la civilización.

Creo que el mayor saber dará al hombre ideales puros y buenos y que el poderío igualmente creciente del humor le ayudará a burlarse de lo falso. Creo que ambos juntos bastan para dar a la selección un sentido más deseable. Muchas propiedades del hombre que desde el paleolítico hasta un pasado reciente eran consideradas virtudes supremas, así como muchos dichos (“right or wrong, my country”, con razón o sin ella, mi país es lo primero) que todavía hoy son capaces de provocar el entusiasmo militante, parecen ya, al que piensa, un poco peligrosos, y al que tiene vis cómica, para morirse de risa. El efecto habrá de ser favorable. Si en los utos, el más desdichado de los pueblos, la selección pudo en unos cuantos siglos provocar una nefasta hipertrofia del instinto de agresión, bien puede esperarse, sin pecar de optimismo exagerado, que un nuevo género de selección produzca en los pueblos civilizados su reducción a un grado considerable.

Yo no creo que los grandes artífices de la evolución vayan a resolver este problema de la humanidad acabando del todo con la agresión intraespecífica. Esto no correspondería a los métodos que tienen ya probados. Cuando una pulsión comienza a hacerse peligrosa en una situación biológica nueva y a causar daños, no por ello es eliminada totalmente, porque eso significaría renunciar a sus indispensables funciones. Lo que suele suceder es que se crea un mecanismo inhibidor especial acomodado a la nueva situación para impedir los efectos nocivos de la pulsión. En la filogénesis de muchos seres, la agresión fue inhibida para hacer posible la cooperación pacífica de dos o más individuos, y así surgió el vínculo del amor y la amistad personales, sobre el cual está edificada también nuestra organización social. La nueva situación biológica de la humanidad hace indiscutiblemente necesario un mecanismo inhibitorio que impida la agresión
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efectiva no sólo contra nuestros amigos personales sino también contra todos los humanos, de todos los países e ideologías.

De ahí se deduce la obligación incontrovertible, que es un secreto descubierto observando a la naturaleza, de amar a todos nuestros hermanos humanos, sin distinción de persona. Este mandamiento no es nuevo, nuestra razón comprende bien cuán necesario es y nuestra sensibilidad nos hace apreciar debidamente su hermosura. Pero tal y como estamos hechos, no podemos obedecerlo. Sólo podemos sentir la plena y cálida emoción del amor y la amistad por algunos individuos, y con la mejor voluntad del mundo, y la más fuerte, nos es imposible hacer otra cosa. Pero los grandes artífices sí pueden. Y yo creo que lo harán, como creo en el poder de la razón humana, y en el de la selección. Y creo que la razón empujará a la selección por un camino razonable. Creo asimismo que dará a nuestros descendientes en un futuro no demasiado lejano la facultad de obedecer al más grande y bello de todos los mandamientos verdaderamente humanos.

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LECTURA OBLIGATORIA No. 6

SOCIEDADES HUMANAS

Por: John Bonner

SOCIEDADES HUMANAS
Comenzamos este libro con las sociedades de mamíferos y después descendimos la escala hasta las células únicas, para pasar de allí a los organismos multicelulares. A cada paso hicimos un análisis cada vez más profundo e intensivo, y ahora que llegamos al final del camino convendrá volver a reunir todos los elementos, y en especial volver a fijarnos en el lugar de partida y echar otra mirada a la sociedad de mamíferos para contemplarla en conjunto una vez más. La sociedad de mamíferos que tengo presente en particular es la humana, porque inevitablemente comparamos cada animal social y su método para desempeñar las funciones vitales con nosotros mismos y con nuestras propias actividades.

El hombre es un mamífero muy especial y, por lo tanto, igual que el mono aullador o el ciervo, necesita alimentarse, reproducirse y coordinarse. Las actividades que hemos observado entre los mamíferos inferiores se desarrollan de conformidad con ciertas normas fijas y prescriptas : los hábitos del ciervo escocés, por ejemplo, no difieren de los hábitos del ciervo de otras regiones, como tampoco existe mucha diferencia entre estos ciervos y los venados norteamericanos. Sin embargo el hombre, que pertenece a una sola especie, muestra increíbles variantes en su manera de alimentarse, de reproducirse y de coordinarse sobre la faz de la tierra. Entre los pueblos remotos pueden hallarse todos los extremos de conducta, y éste es, básicamente, el motivo por el cual toda comparación entre las sociedades de los animales inferiores y las sociedades humanas está erizada de traspiés.

El motivo de esta profunda diferencia es obvio, por supuesto. El hombre ha adquirido un cerebro relativamente más grande, lo cual ha dado por resultado un lenguaje más complicado y capacidad para un pensamiento de

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tipo relativamente más abstracto. Estas diferencias han hecho que las sociedades humanas cambiasen radicalmente respecto de las sociedades de los demás animales, y el hombre haya pasado a depender en gran medida de las costumbres y los hábitos. Mediante el empleo del lenguaje hablado y escrito es posible acumular conocimientos y trasmitir de generación en generación toda suerte de hechos, sentimientos,

supersticiones y caprichos. Este cúmulo de factores se trasmite de padre a hijo, pero no mediante genes - no se hereda ni se trasmite a la descendencia a través de los instintos -, sino que se perpetúa principalmente con la ayuda de algún medio de comunicación hablada.

La historia humana es muy breve comparada con el lento proceso de la evolución del hombre que la precediera, debido a que la evolución mediante la herencia de variantes y la selección de esas variantes, insume millones e años, mientras que los cambios y acontecimientos comunicados por el lenguaje llegan y se van con asombrosa rapidez.

Hay buenos motivos para creer que las pautas innatas de conducta desempeñan un papel mucho más importante en los animales inferiores que en el hombre. Por ejemplo, algunos pájaros tejedores que construyen nidos hermosamente complicados, han sido mantenidos alejados de los materiales para construir sus nidos durante cuatro generaciones. Después a los pájaros de la quinta generación se les volvió a suministrar material, y sin ninguna excepción volvieron a construir sus hermosos nidos. Es indudable que esta complicada pauta de conducta es heredada. En cambio puede demostrarse que los animales aprenden muchas cosas ; el gato joven, criado en aislamiento, no mata un ratón colocado en la jaula junto con él, sino que se limita a jugar mansamente con el mismo. Pero si se coloca en la jaula un gato viejo y experimentado, éste no tardará en enseñar al joven a matar. En el hombre hay muchos actos, como el de matar ratones con el gato, que no

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se heredan, sino que se aprenden. El hombre es relativamente más eficiente en el aprendizaje, con la ayuda del lenguaje tiene más cosas que aprender y de esto surge la importante consecuencia de que las cosas que aprende cambian rápidamente con el correr del tiempo.

Por ejemplo, un dramático cambio de este tipo se aprecia en la invasión de la cultura occidental a las islas de los mares del sur o al Japón. Durante muchos siglos esas regiones habían alcanzado una estabilidad cultural autóctona ; en pocos años, en cambio, y no siempre para el beneficio propio, aprendieron nuestros hábitos. En Tahití la antigua religión local fue abandonada en favor del cristianismo, se enseñó a las mujeres la importancia de vestir ropas (importancia a los ojos de los misioneros) y todos aprendieron los placeres y los males del alcohol.

Las costumbres no solamente afectan las dietas de los pueblos de distintas regiones del mundo, sino también la manera de preparar los alimentos, de servirlos y de comerlos. El único factor parece el biológico, que entraña la cantidad de alimento necesaria para mantener en funcionamiento un cuerpo humano o, dicho de manera más específica, las sales, grasas, hidratos de carbono, proteínas y vitaminas necesarios para lograr este fin.

Del mismo modo, las costumbres y las leyes que regulan la conducta productiva varían increíblemente en distintos lugares y también aquí el más importante denominador común es principalmente el biológico de concebir, dar a luz y atender a los hijos. Respecto de este último punto, un aspecto de las actividades reproductoras del hombre es que sus hijos necesitan la atención y la protección de los padres durante un período tan prolongado.

El niño depende por completo del cuidado del adulto. Parte de este cuidado es cultural, pero en medida sorprendentemente pequeña. En muchos países,

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inclusive los distritos rurales de los Estados Unidos (y en todo el país cuando no existían las leyes de trabajo infantil) los niños pueden realizar tareas de adultos o por lo menos colaborar en ellas desde temprana edad, pero a pesar de todo, dependen de la familia. La dependencia tampoco es del todo económica, porque los niños necesitan amor, el cuidado y la autoridad de los adultos. Esto ha sido demostrado muchas veces en los orfanatos y hospitales de niños, donde, a pesar de la gran limpieza y eficiencia, los niños enferman y un porcentaje importante muere si las enfermeras no los acunan o les prestan un poco de cariño maternal.

La necesidad de este prolongado período de atención está relacionada con el hecho de que el cuerpo crece con lentitud, pero más lento todavía es el crecimiento de la mente. Si comparamos el hombre con los monos antropoides y otros animales inferiores, comprobaremos que, en general, cuanto más grande es el cerebro, más prolongado es el período de aprendizaje, y no cabe duda de que existe vinculación entre ambas cosas. El cerebro humano es por mucho el más complejo, pues presenta muchas más células y muchas más interconexiones ; no debe extrañar, por lo tanto, que esta gran estructura necesite mucho tiempo para aprender y llegar a la madurez.

La mente humana también es responsable de nuestros complicados medios de comunicación y coordinación. La mera rapidez del intercambio verbal, sumada a la gran capacidad para aprender, ha sido en gran medida la causante de las rápidas divergencias en las modalidades culturales. En la civilización occidental esta rápida comunicación ha sido favorecida por muchos medios mecánicos : la imprenta, el servicio postal, el telégrafo y el teléfono, la radio y la televisión, y éstos, a su vez, han modificado progresivamente nuestra manera de vivir.

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Al hablar sobre coordinación, en los capítulos anteriores, nos referimos al problema de la división del trabajo, que en los seres humanos tiene aspectos especialmente interesantes. Es usual que toda sociedad humana tenga una complicada división del trabajo. No solamente están divididas las tareas familiares o domésticas, sino que también lo están todas las actividades de la comunidad, como reparación de calzado, elaboración del pan, confección de ropa y venta de la misma, reparación de relojes, atención de los enfermos, y así sucesivamente.

Todo esto lo realizan personas específicas que se concentran actividades como profesionales.

en estas

Pero ningún tipo físico específico

comprende solo una profesión. Pueda que los herreros tiendan a ser más robustos que los sastres, pero un hombre por ser robusto, no se convertirá automáticamente en herrero. Ni siquiera la diferencia física entre los sexos ha canalizado rígidamente las actividades generales de ninguno de ellos.

El hombre suele ser más fuerte que la mujer, y esto tiende a colocarlo en la posición de protector o defensor de la familia. Los papeles de los sexos son afectados en gran parte por la costumbre. Presenciamos el rápido ascendiente de las mujeres en el último centenar de años frente a su posición como bienes poseibles, como simples esclavas domésticas cuya única razón de ser era cocinar y fregar para sus hombres y mantenerse a su lado siempre dispuestas a inflar su ego ampuloso, pero la mujer moderna no puede dejar de dar a luz sus hijos y de ser la principal encargada de su crianza. Los respectivos papeles podrán cambiar según la moda de la civilización, pero las diferencias biológicas básicas prevalecerán siempre.

El tema de este capítulo es interminable y fascinador, pero solo me he propuesto poner en perspectiva lo que ha ocurrido antes, para demostrar la forma en que el hombre, con su especial manera y con el agregado de los

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refinamientos de la cultura, hace básicamente lo mismo que los demás animales y las plantas. También él está hecho de protoplasma, y no importa lo complicados que sean su cerebro y su estructura social, nunca podrá escapar a las normas trazadas por su sustancia corporal.

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LECTURA OBLIGATORIA No. 7

EL ARBOL DEL CONOCIMIENTO

Por: Herbart Wendt

EL ARBOL DEL CONOCIMIENTO
Una historia de la reproducción es una historia de la vida en general, la novela del acontecimiento más enorme y trascendental que jamás se haya desarrollado y aún continúa desarrollándose en nuestro pequeño planeta. Sesudos biólogos quizá dirán que el proceso vital más importante no es la reproducción, sino el metabolismo ; por lo tanto desde el punto de vista teórico, sería completamente concebible una vida sin procreación, sin sexualidad y cambios de generación. Pero esta vida estéril carecería de futuro, de posibilidades de desarrollo ; no sería más que un monstruoso crecimiento, un cáncer, que desarrollándose de un modo parasitario en nuestra tierra, estaría destinado a la muerte y constituiría algo completamente antinatural.

Es verdad que los filósofos desde hace milenios han estado soñando en una vida perpetua, sin muerte ni renacimiento, una vida estática que no estuviera vinculada al proceso de las generaciones ; sin embargo, los naturalistas se sonríen ante este anhelo y consideran que en la tierra jamás, llegará a realizarse, puesto que, por más que el individuo desee la inmortalidad, no le es posible rejuvenecerse.

Por consiguiente, toda la vida se halla regida por dos poderosos e irresistibles instintos. El hambre obliga a tomar alimentos y a sustentarse ; la sexualidad obliga a los individuos a aparearse y multiplicarse. Esto ha venido observándose desde los más remotos tiempos.

Schiller trató de reducirlo a una fórmula que se ha hecho clásica. “Entretanto, hasta que la filosofía no domine el proceso del mundo éste conserva sus impulsos mediante el hambre y el amor”. Palabras que suenan muy bien, pero, con todo respeto para Schiller, diremos que únicamente puede afirmarse la segunda parte

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de su sentencia. La filosofía suprema sería aquella que reconociera que el hambre y el amor serán siempre las grandes fuerzas motrices que conservarán la vida y la harán desarrollarse, difundirse y progresar. Hasta el momento actual no se ha encontrado ningún sistema filosófico más sencillo, claro y sabio que estas dos leyes de la naturaleza.

Desde que el hombre comenzó a pensar y a elevarse por encima de loas otras criaturas, se ha esforzado - generalmente en vano - por liberarse de los dictados de la naturaleza. Rebajó el hambre y la sexualidad al nivel de los más bajos instintos animales y les contrapuso los más diversos valores y máximas morales, fruto de su imaginación a lo largo de los tiempos. Reglamentó su vida sexual, trató, mediante numerosos tabús y preceptos morales, de restringir esta vida sexual, llevado del deseo de dominar esta omnipotente energía natural y quizá al fin llegar a vencerla. Deseo muy comprensible, pues, después de todo, es propio de la mente humana pensar someter a su voluntad las fuerzas de la naturaleza. No obstante, precisamente fue esta fuerza la que el hombre civilizado no logró dominar.

Al contrario, precisamente aquí fue donde se reveló su impotencia, precisamente aquí fue donde se manifestó que el hombre no es la medida ni el medidor de todas las cosas, sino únicamente un fragmento de la naturaleza, que se halla en servil relación de dependencia con respecto a su vida instintiva, siendo, a pesar de toda su razón, “ más bestial que cualquier bestia “, como leemos en el Fausto de Goethe.

Es verdad que la milenaria historia de la civilización y de la moral de la humanidad tuvo como resultado que las normas y reglas de conducta animales fueran sustituidas por otras normas y otras reglas de conducta ; el hombre descubrió el eros, el amor, la fidelidad conyugal, el sentido de la familia. Y por ello llegó a creer
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EL ARBOL DEL CONOCIMIENTO

que había desarrollado también una forma de sexualidad superior, más noble, menos atada a los instintos. Sin embargo, esta hermosa creencia se ha visto socavada en su cimientos por las revelaciones de dos generaciones de investigadores : la generación de Freud y la generación de Kinsey. El hombre civilizado es (usando una expresión predilecta de los sectores biológicos) un ser que se ha domesticado a sí mismo. Con ello se ha separado de las rigurosas reglas de juego de la lucha por la existencia ; se ha hecho más libre e independiente, pero también se ha hecho al mismo tiempo más antinatural. Y este carácter antinatural se refleja especialmente en el terreno de la vida sexual.

Las descripciones de las costumbres, las obras literarias y de arte de todos los pueblos y de todas las épocas nos convencen de ello. Resultaría absurdo que ello suscitara indignación en el ánimo de cronista desapasionado y libre de prejuicios. Pues la domesticada humanidad, en su vuelo hacia las alturas, desarrolló extraordinariamente sus cualidades y posibilidades, y resultó probablemente

inevitable que produjeran no sólo filósofos, poetas y fundadores de religiones, estructuras morales y diversas creencias, creaciones artísticas y hazañas científicas y técnicas, sino también tiranos y Heróstratos, genocidas y criminales, psicosis sexuales, anomalías y perversiones. El modo de resolver estos extremos constituye un problema con el que la humanidad se ve obligada a enfrentarse en cada generación.

Por consiguiente, si designamos a la sexualidad cono lo hacen y han venido haciéndolo los moralistas, como “ el más bestial de los instintos “, con ello no hacemos en realidad más que conferirle un título honorífico. Puesto que constituye una moraleja el hecho de que la vida amorosa de los animales sea una vida repleta de extraños y desenfrenados excesos. Los animales de hallan sujetos a los instintos ; con ello les fue impuesta una norma de conducta que les prescribe sus acciones , de un modo más riguroso e inexorable de lo que pudiera hacer
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EL ARBOL DEL CONOCIMIENTO

cualquier código de moralidad. Es verdad que ya en los vertebrados superiores aparece tal o cual desviación de la norma, una perversión, como diríamos (de ello volveremos a hablar más adelante) ; pero se trata siempre tan sólo de casos excepcionales, a menudo provocados por condiciones de vida antinaturales, que influyen en la vida total de la especie de un modo no muy importante. El animal vive todavía en la fase de la inocencia sexual. Quizá - por lo menos en opinión de algunos modernos especialistas de psicología animal - no conozcan el amor psíquico, pero tampoco conocen los lados más sombríos de la vida sexual cuyos problemas tienen ocupados a nuestros sexólogos y psicoanalistas.

En aquellos tiempos incipientes de la investigación zoopsicológica, cuando aún había la costumbre de humanizar los animales, vida moral y sexual de los animales constituía a los ojos de los moralistas un gran espejo de virtudes para la humanidad. Algunas especies animales ofrecían modelos dignos de imitar modelos de una forma graciosa de cortejo amoroso, de la caballeresca lucha entre los rivales, de tierno amor hacia los hijos y de abnegación por parte de los progenitores -, así como ejemplos de voluptuosidad, lascivia, poligamia, falta de sentido familiar. Hoy día hace ya mucho tiempo que el primer grupo de animales noes, por ejemplo, más moral que el segundo grupo ; sabemos que nuestras medidas y valoraciones no pueden aplicarse a los animales. Sería igualmente tan absurdo comparar una persona estúpida, ruda y violenta con un animal, como comparar la vida sexual brutal, excesiva o desviada con la sexualidad de los animales. Los animales no son buenos ni malos, no son morales ni inmorales ; cada especie sigue la norma que le ha sido señalada de antemano. Del hombre, desde que ha probado el fruto del árbol del conocimiento, ya no puede afirmarse lo mismo.

Ahora bien, la reproducción de la vida no está en modo alguno vinculada siempre al impulso sexual. Las plantas inferiores y los animales unicelulares se multiplican
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EL ARBOL DEL CONOCIMIENTO

asexualmente, mediante partición o gemiparidad. También en algunos animales superiores, pluricelulares aparece esta reproducción asexual ; pero

probablemente se trata de propiedad adquirida posteriormente, una adaptación a ciertas condiciones especiales de vida. Normalmente, un ser vegetal o animal pluricelular consta de un cuerpo mortal y de cierto número de células de reproducción que al llegar al período de la madurez se desprenden y dan lugar a nuevos organismos. En una fase superior de la vida se añade aquel proceso que llamamos fecundación.

Dos células sexuales, una femenina y otra masculina se funden para formar una célula fecundada, que, dentro o fuera del cuerpo de la madre, se desarrolla dando lugar a un nuevo ser viviente.

La sexualidad no inicia son dominio hasta que se llega a este superior estadio de la vida. Un impulso irresistible, al que organismo alguno puede substraerse, obliga a ambos sexos a expulsar las células germinativas, a la unión sexual. Se trata de un proceso que el hombre observa con cierto placer estético cuando se desarrolla en el mundo vegetal, pero que mira con ciertos reparos cuando se trata del mundo animal. Hasta fines del siglo XVIII, las plantas con flores eran consideradas como símbolo de castidad, mientras que los animales en su apareamiento

representaban la lascivia.

Cuando Conrad Sprengel, vice-rector en Spandau, acabó con esta bella ilusión en el año 1787 en un escrito intitulado algo pomposamente El desvelado misterio de la naturaleza en la estructura y la fecundación de las flores, ello le costó su puesto de profesor. El vicerector Sprengel había tenido la osadía de comparar las flores de las plantas con los órganos sexuales de los animales ; también había descrito en forma exacta cómo se realiza el comercio sexual de las plantas con la ayuda de los medios más diversos, tales como los insectos y el viento, o sea, nociones
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EL ARBOL DEL CONOCIMIENTO

que hoy día son familiares a cualquier escolar. Pero tales nociones causaron un impacto tremendo en la mentalidad de los contemporáneos de Sprengel. Las autoridades superiores docentes de Sprengel expulsaron a éste de su cargo de vicerrector, su obra fue retirada de las librerías, y el descubridor de la fecundación de las plantas se habría muerto miserablemente de hambre si algunos compasivos spandauenses no le hubieran proporcionado algunas lecciones particulares para sus hijos.

Ciento diez años después del fiasco de Sprengel, el escritor de obras de divulgación científica Wihelm Bölsche, en Berlín-Friedrichshagen, empezó a escribir una obra en tres tomos sobre la vida amorosa en la naturaleza, producto típico de los esfuerzos en pro de la ilustración y la cultura que se realizaron en la época de las ciencias naturales. El calidoscopio de Bölsche sobre el amor abarcaba todos los procesos naturales de la reproducción y de la actividad sexual entonces conocidos, desde los seres unicelulares hasta el ser humano, desde la procreación hasta los hechos absurdos del acto sexual, hasta los hechizos amorosos y las enfermedades venéreas, la “danza macabra del amor”, como decía él. La obra estaba redactada en un estilo actualmente del todo pasado de moda y ridículo, con ribetes de romanticismo, pero el sentido del humor y la ironía que campeaban en ese mismo estilo le permitió a Bölsche hacer accesible a vastos sectores de lectores algunos misterios de la naturaleza que hasta entonces habían inspirado repulsión. El propio Bölsche confesó lo siguiente : “He cedido la palabra al humor precisamente en aquellos momentos en que se trataba de cosas que a los espíritus timoratos se les antojan escabrosas, porque el humor es como un niño eternamente ingenuo al que se le toleran todas las cosas”.

La historia de la evolución del amor, expuesta por Bölsche constituyó un betseller, una de las obras de divulgación que tuvo más éxito en aquella nueva época de la evolución biológica, que se distingue por los nombres de Darwin, Huxley y
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Haecke. Dio al trato con innumerables tabús y prejuicios, publicóse en todas las lenguas cultas ; durante decenios fue un auténtico libro hogareño y popular, que poseía todo burgués ilustrado, el cual comprobaba con asombro que los procesos sexuales - tanto si se trata de medusas, gusanos, peces, aves, monos o seres humanos - nada tienen en sí de escandaloso, sino que constituyen maravillas de la naturaleza, “eternas maravillas de la procreación, eternas maravillas del amor..., manifestaciones de una palabra creadora que ha construido mundos y que de unos mundos construye otros mundos mejores...”.

Actualmente, en nuestra época sobria, hambrienta de hechos concretos, la gente se sonríe con indulgencia al leer estas palabras románticas y sentimentales. Nuevos tabús se han venido al suelo, debido a la obra de Sigmund Freud y Alfred C. Kinsey, debido a generaciones de médicos y, psicólogos y biólogos, que en sus fríos análisis, estadísticas y tablas han efectuado comparaciones entre el comportamiento sexual de los animales y el del hombre. La biología de la reproducción, la genética y la sexología se han convertido en ramas de la ciencia que poseen una importancia trascendental. El hombre se esfuerza en utilizar los procesos de la procreación, de la fecundación y de la herencia, de influir en ellos y de dirigirlos conforme a su voluntad, con objeto de contribuir al progreso evolutivo de sus animales domésticos y de sus vegetales útiles y también de su propia evolución.

Por consiguiente, los tiempos están en sazón para una nueva historia evolutiva de la reproducción, para que una nueva crónica de la vida amorosa en la naturaleza. Por ello se escribió la presente obra.

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FIG. 1. Portada de la proscrita obra de Cristhian Conrad Sprengel

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En el centro de la misma ha de hallarse el científico, el investigador que observa el reino animal y de ello deduce, a su modo, sus conclusiones acerca de los misterios de la reproducción. Filósofos, exploradores y científicos, a lo largo de los siglos y milenios, se han entregado a las más diversas especulaciones e investigaciones en esta materia, desarrollando teorías interesantes y audaces, pero también teorías ridículas y erróneas ; la historia de los descubrimientos en el terreno de la reproducción convirtiose por ello, a mi modo de ver, en una novela científica sumamente dramática, llena de destellos geniales, conclusiones falsas, errores y confusiones. De todo ello hablaremos a lo largo de este libro.

Al tratar de los procesos que se desarrollan en la vida de los animales, el autor no se ve cohibido en modo alguno, al contrario, opina que la vida instintiva de los animales constituye la verdadera base naturalista de nuestra propia vida sexual y que sólo podemos interpretar y explicar correctamente casi todas las formas y fenómenos del sexo humano cuando ponemos al descubierto sus raíces prehumanas, sus raíces animales. “Ir hacia los animales significa ir hacia nuestro propio hogar”, dijo una vez el escritor danés Johannes V. Jensen, palabras que, de ello estoy convencido, pueden aplicarse de un modo especial al tema de esta obra.

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LECTURA OBLIGATORIA No. 8

CONDUCTA ANIMAL Y CONDUCTA HUMANA

Por: Michael Boorer

CONDUCTA ANIMAL Y CONDUCTA HUMANA
Michael Boorer Durante la mayor parte de la historia humana, el hombre se ha considerado a sí mismo como un ser aparte, completamente distinto de los restantes animales. Para ilustrar este hecho basta considerar el alboroto producido cuando Charles Darwin sugirió que, en la larga perspectiva de las edades geológica, teníamos lazos de sangre con otras especies. En la actualidad, un siglo después, esta relación es admitida por muchos pensadores; sin embargo, la humanidad es muy lenta en la aceptación de todas sus implicaciones. Hay todavía una fuerte

tendencia a creer que el comportamiento animal es invariablemente bruto e irracional, que el comportamiento humano es invariablemente inteligente e instruido, y que entre los dos se extiende un abismo infranqueable. Al hombre le cuesta aceptar que es un animal, distinto de los demás animales sólo en cuestiones de grado y no de una manera absoluta, y que esto es tan cierto en lo que respecta a la conducta como en todo lo demás.

Instinto e inteligencia

Todo cuanto concierne a la conducta de la mayoría de los animales está regido por el instinto, modificado sólo en un grado limitado, si es que lo está, por la inteligencia. pequeña Los mamíferos no constituyen más que una parte relativamente En este grupo, y especialmente en los primates

del reino animal.

superiores, la capacidad de aprender está mucho más desarrollada que en los restantes animales.

En el estudio comparativo de las conductas animal y humana resulta a menudo difícil conocer el límite entre instinto e inteligencia, y qué es lo que diferencia en realidad al animal del hombre. En un intento de vencer el tradicional
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CONDUCTA ANIMAL Y CONDUCTA HUMANA

antropocentrismo, los investigadores actuales tiende a considerar la inteligencia más como una diferencia de cantidad que de calidad. En la conducta del hombre se hallan presentes, por otra parte, muchos rasgos del resto de los animales; así, las expresiones faciales de comunicación instintiva, como la mostrada por el papión de la foto.

A veces la información aprendida se emplea para modificar la conducta instintiva, pero otras veces también puede ser la base de un tipo distinto de conducta, la inteligencia. En esencia, la inteligencia entraña la asociación de varios hechos

previamente aprendidos con el fin de conseguir la solución de un problema. En su forma más nítida, este hecho puede apreciarse en la actividad de un niño que se sirve de teoremas para resolver un problema de geometría. Un mono que une

varios palos de un modo que ya aprendió previamente con el fin de obtener un palo más largo con el que podrá alcanzar el alimento, de otra forma inalcanzable, está exhibiendo una capacidad del mismo tipo, aunque no del mismo orden. Nosotros no somos en modo alguno los únicos animales inteligentes, simplemente somos los más inteligentes entre todos los animales.

Sólo hasta cierto punto, por lo demás limitado y no completamente comprendido, la inteligencia es un sustituto del instinto. Más bien aumenta del instinto y se mezcla inextricablemente con él, de forma que a menudo es imposible determinar cuál es una y cuál es otro. Sin embargo, y a pesar de tal incertidumbre, no puede haber ninguna duda de que el hombre está, en grado muy considerable, gobernado por instintos semejantes a los de otros animales. A menudo, el papel de la inteligencia en nuestras acciones es mucho menor de lo que la mayoría de nosotros estaríamos dispuestos a creer.

Como ejemplo, consideremos una forma muy común de comunicación humana: la sonrisa. Consiste en la elevación de las comisuras de los labios, mostrando, a
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CONDUCTA ANIMAL Y CONDUCTA HUMANA

veces, los dientes.

La sonrisa es internacional. Las distintas razas humanas

aprenden a hablar lenguajes muy diferentes, pero todas ellas comprenden el significado de una sonrisa. También lo comprenden los niños que todavía no han aprendido a hablar. Los experimentos con niños pequeños son particularmente reveladores, y en ellos se pone de manifiesto que un niño de pocas semanas de edad sonreirá ante la presencia de un modelo muy burdo del rostro humano: un círculo en cuyo interior se ha pintado una línea curvada hacia arriba.

La sonrisa constituye una expresión comunicativa de carácter instintivo.

Desde las primeras

semanas de desarrollo el niño aprende a distinguir este gesto amistoso en quienes le rodean, y a repetirlo. La sonrisa, señal de apaciguamiento, cambia por sí sola el carácter de las situaciones. Por ella sabemos que los niños de la foto no luchan, sino que juegan.

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CONDUCTA ANIMAL Y CONDUCTA HUMANA

Sólo más tarde se hará más exigente, sonriendo únicamente como respuesta a otras sonrisas reales. Posteriormente aprenderá más todavía, y sólo devolverá su sonrisa a un rostro conocido. El hecho de que una sonrisa pueda ser inicialmente estimulada por un modelo prueba que se trata de una pauta instintiva de conducta, comparable a las muchas que se han encontrado en animales sometidos a experimentos semejantes. De hecho, la sonrisa es una señal visual instintiva

completamente común, que sirve para el tan importante propósito del apaciguamiento. Cuando se encuentran dos animales de la misma especie,

ambos presentan sentimientos instintivos de agresividad hacia otros de la misma clase. A veces es deseable que estos sentimientos se supriman, y para satisfacer esta necesidad han evolucionado las señales de apaciguamiento. Se ha

comprobado que existen en otras especies distintas de la nuestra, pero si bien se usan naturalmente entre los miembros de la misma especie, no son idénticas de una especie a otra.

La sonrisa no es más que una de las expresiones que aparecen en el curso de la comunicación instintiva. Disponemos de toda una gama de expresiones faciales útiles, y, desde luego, no somos los únicos en este aspecto. El etólogo holandés Jan Van Hooff ha estudiado las expresiones faciales de los monos, en los que descubrió una gama de expresiones comparables a las nuestras. Ente lso monos del viejo Mundo que constituyen la familia Cercopithecidae, las señales de apaciguamiento consisten en un repetido chasquear de labios. Encontró

pequeñas variaciones entre una especie y otra. Por ejemplo, los monos rhesus (Macaca mulatta) presentan los dientes al mismo tiempo, mientras que los geladas (Theropithecus gelada) sacan la lengua intermitentemente. Esto es más o menos lo que debíamos esperar: los animales emparentados entre sí tienden a

parecerse unos a otros. Los monos del Viejo Mundo están más emparentados ente sí de lo que lo están respecto nosotros, y este parentesco se muestra no sólo en su anatomía sino también en su comportamiento.
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CONDUCTA ANIMAL Y CONDUCTA HUMANA

Una vez que el

observador humano ha aprendido el lenguaje de los monos, él mismo puede, imitándolo, provocar la respuesta en el primate.

CONDUCTA Y COMUNICACIÓN

Ciertas señales pueden ser comprendidas con mucha claridad por miembros de otras especies, y entre ellas la amenaza es el ejemplo principal. En posición de amenaza, un mono mira fijamente con las cejas levantadas y los músculos de la cara tensos. Su mensaje es muy claro, y es deseable que sea así. Mientras que los animales normalmente sólo responden de manera amistosa a los de su misma especie, a veces necesitan amenazar a miembros de otras especies. Es

instructivo realizar la expresión de amenaza recién descrita ante cualquier persona: es casi seguro que entenderá su significado.

La comunicación social instintiva entre los monos y los hombres es sobre todo cuestión de expresiones faciales, y e comprensible que sea así. En nuestro grupo, la vista es el sentido dominante y, lo que es más importante, nuestros ojos son capaces de ver pequeñas áreas con gran detalle. Somos mamíferos y por tanto tenemos complejos músculos faciales, útiles para la succión. Tenemos también

algunos múscu los que en mamíferos de otros grupos sirven para mover los bigotes. Dado que nosotros no usamos estos músculos para tal fin, podemos disponer de ellos para aumentar la complejidad de los movimientos faciales. En los primates superiores de hecho, el rostro es muy importante para la comunicación, de lo cual nos da idea el cuidado con que la hembra humana adulta maquilla su cara acentuando los ojos y los labios, partes éstas importantes en la señalización. Los animales cuyos ojos ven un área mayor pero con menos detalle, no se sirven tanto de señales faciales. Por ejemplo, el perro usa simultáneamente las posiciones de las orejas y de la cola para indicar sus estados de ánimo. Cuando los ojos son menos eficientes, tomarán su lugar otros órganos
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sensoriales; así, algunos animales confían principalmente en sonidos o en señales olfativas.

En el hombre, la comunicación instintiva no consiste sólo en expresiones faciales. A menudo, al igual que en los monos, se usa el cuerpo entero. Visto con los ojos de un etólogo, un partido de fútbol puede ser fascinante. No precisamente porque el equipo local tiene más probabilidades de ganar – según sucede también en los conflictos entre animales salvajes- sino a causa de lo reveladoras que pueden resultar las acciones de los deportistas. Cuando el guardameta tiene el balón, el jugador que está frente a él adopta una postura que consiste en plantar los pies firmemente en el suelo, a la vez que mantiene el cuerpo rígido y los hombros levantados. La señal de amenaza es inconfundible. Cuando el guardameta pasa o dispara el balón, el jugador parece encogerse, y cuando se aleja tiene un aspecto muy distinto. Además, cuando un jugador ha cometido una falta y está impaciente por apaciguar al agraviado oponente o al árbitro, deja caer los hombres, extiende la mano y les toca suavemente. En otro aspecto, y como muy bien saben los padres, el contacto puede ser muy tranquilizador para los hijos.

Además de la vista y el tacto, nos servimos también del olor y los sonidos para la comunicación instintiva. Aunque los fabricantes de jabón y de desodorantes

gasten muchos millones con el fin de convencernos de que los olores humanos son repelentes, esto no es verdad en toda circunstancia. No es por azar que los productos de atracción sexual obtenidos de las glándulas parineales de mamíferos como la civeta africana (Viverra zibetha) jueguen un papel importante en la elaboración de perfumen con los que las hembras humanas se untan a sí mismas. La risa es un ejemplo de una señal sonora humana instintiva. No es muy distinta del llamado “ruido de juego” producido por los monos del Viejo Mundo, y parece cumplir un fin muy semejante. En efecto, significaría más o menos: “Lo que estoy haciendo puede parecer peculiar y por tanto amenazador, pero no pretende
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CONDUCTA ANIMAL Y CONDUCTA HUMANA

constituir una amenaza”.

Es una segunda y más potente forma de

apaciguamiento, que viene a reforzar la acción de la sonrisa.

Aunque la comunicación humana se basa esencialmente en el lenguaje,

disponemos de un Por ello, las

arsenal de expresiones faciales que matizan a aquél de forma muy importante.

hembras humanas ponen especial cuidado en realzar mediante cosméticos sus ojos y labios, las partes sin duda más expresivas en el conjunto de señalizaciones faciales.

LA CONDUCTA AGRESIVA EN EL HOMBRE Y LOS ANIMALES

Resulta significativo el hecho de que nuestra propia especie necesite dos señales de apaciguamiento mientas que muchas clases de animales no disponen más que de una. Tal vez suceda que nosotros tenemos más necesidad de apaciguamiento porque somos más agresivos que la mayoría de los restantes animales. Konrad Lorenz ha sugerido que es así. Ha señalado que nuestro cuerpo es relativamente débil.

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Nuestros dientes son pequeños y no poseemos garras afiladas dignas de tal nombre. Podría ser que para compensar esta debilidad nuestros antecesores

hayan tenido una mayor necesidad de ser más agresivos que otros animales. Desde esta perspectiva, la invención del hacha de piedra fue un desastre, ya que un animal tan agresivo disponía así del medio de hacer un uso devastador de su instinto. Cada nueva mejora que desde entonces se ha hecho en el armamento humano ha puesto peor las cosas. En la actualidad poseemos armas capaces de destruir toda la vida de la tierra y un temperamento que nos podría conducir a hacer uso de ellas. Es ésta una opinión pesimista con la que no todos los biólogos estarían de acuerdo, pero es completamente cierto que no hay ningún animal que mate regularmente a miembros de su propia especie de forma que lo hacemos nosotros en la guerra. Los animales salvajes demuestran tener en mayor grado aquella cualidad que en los hombres llamamos clemencia.

Biológicamente hablando, una especie que da muerte a sus propios miembros es una especie ineficaz. Una especie tal tiene menos posibilidades de sobrevivir. Por esta razón, las especies bien adaptadas desarrollan mecanismo que les evitan una muerte innecesaria. Es cierto que se dan conflictos entre los individuos,

puesto que todas las especies bien adatadas necesitan disponer de instintos agresivos. Un animal sin agresividad sería incapaz de competir para conseguir alimento, refugio o pareja, y no podría sobrevivir. Sin embargo, cuando dos

animales rivales se encuentran en conflicto, todo se resuelve por lo general en un simple alarde de fuerzas. Un animal se vuelve atrás ante la exhibición más

amenazadora del otro, pero incluso si esto no sucede y tiene lugar la lucha, cuando ésta ha durado ya lo suficiente, el perdedor hace instintivamente una señal de sumisión que tiene por efecto la inhibición del ataque por parte del animal victorioso. Por ejemplo, tal como describió Schenkel, si los lobos (Canis lupus) luchan entre sí, el perdedor se tumba sobre su espalda, extendiendo sus patas en

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señal de sumisión. Entonces la lucha se detiene instantáneamente, y el perdedor puede retirarse sin ser nuevamente molestado.

La mayoría de las especies evitan un desenlace fatal en sus luchas, utilizando señales instintivas de sumisión. La gaviota reidora (Larus ridibundus) detiene s agresión cuando su contrincante, encogido, abate la cabeza (arriba). El animal más poderoso, el hombre, no posee, en cambio, signos eficaces de apaciguamiento. maniatado es un triste ejemplo. 279
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El general sudvietnamita que ejecuta a un prisionero

El hombre no parece disponer de ninguna señal instintiva de sumisión, lo que puede ser uno de los casos en que el comportamiento aprendido sustituye al instinto. En vez de heredar de nuestros antecesores el conocimiento de señales de sumisión, hemos de adquirirlas culturalmente, copiando las señales que los demás miembros de la sociedad en que vivimos emplean para este fin. Por

ejemplo, desde la invención de las armas de fuego, el hecho de levantar las manos por encima de la cabeza para indicar que están vacías es una señal de sumisión adquirida culturalmente que ha tenido gran aceptación. De hecho de que los buenos soldados no disparen contra un enemigo que ha levantado las manos prueba que, al igual que los demás animales, no nos falta nada en relación con los instintos. Sin embargo, en la actualidad han surgido serios problemas a causa, entre otras cosas, de que la guerra se hace a una distancia tal que no resultan eficaces las señales de sumisión.

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CONDUCTA CONTAGIOSA

Otro aspecto importante de la conducta que juega un papel considerable en la vida de todos los animales gregarios, incluido el hombre, puede verse cuando un miembro se asusta. Inmediatamente echa a correr; entonces, sin detenerse a determinar la fuente del peligro, los demás miembros del rebaño también emprenden la carrera. Un solo miembro asustado puede dar lugar a una estampida. Sucede como si el miedo fuera infeccioso. Otros estados de ánimo pueden transmitirse del mismo modo. Este fenómeno se describe como «inducción simpatética» y es importante darse cuenta de que es completamente diferente de la imitación consciente. Si vemos bostezar a alguien, es muy probable que nosotros bostecemos también de resultas de la inducción simpatética, si bien la intención de imitar está completamente ausente. El panico puede transmitirse de un hombre a otro de una manera completamente idéntica, y lo mismo puede decirse de los otros estados de ánimo.

La inducción simpatética es muy valiosa para un grupo social normal de animales salvajes. Gracias a ellas, las acciones de los individuos se coordinan de forma tal que todo el grupo funciona como una unidad. Sus miembros se alimentan, descansan, y se mueven a la vez. Un animal que corre cuando ha sido inconscientemente alarmado por otro, sin detenerse a descubrir por que es necesario corres, tiene menos probabilidades de que sus predadores de len muerte.

En efecto, los miembros de un rebaño aúnan sus órganos sensoriales para descubrir la menor señal de peligro. No hay duda de que en las tribus de hombres primitivos la inducción simpatética servía para los mismos fines.

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Numerosos estados de ánimo son “contagiosos”; entre ellos destaca, sin duda, el miedo. Un solo animal asustado en una manada puede sembrar el terror en toda ella, provocando la estampida, como ocurre en el rebaño de ñúes que muestra la fotografía superior. En el caso del hombre, son frecuentes las situaciones de pánico colectivo, como refleja el fotograma de la película La guerra de los mundos.

Sin embargo, es posible que en la actualidad presente un nuevo aspecto. Gran parte de la violencia que se manifiesta en los puntos agitados del mundo puede ser debida a la inducción simpatética más que, por ejemplo, una rebelión consciente y, quizás, inteligente. Podría ser, incluso, que los noticiarios cinematográficos y las pantallas de televisión, los sofisticados productos de una tecnología dirigida por una inteligencia considerable, esparcieran intranquilidad por inducción simpatética. Esto no es lo mismo que la sugestión de que la violencia en la televisión desencadena violencia real. Los jóvenes y, a veces, los adultos
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inteligentes a menudo se complacen en el juego por razones que todavía comprendemos muy imperfectamente. La diferencia entre la lucha fingida y la lucha real puede ser pequeña, pero nos damos cuenta de ella. Si el juego causa alguna reacción en cadena en al conducta, el resultado será más juego. La acción de una película del oeste desarrollada en el televisor puede ser considerada como una ficción por el telespectador, pero el noticiario nuestra algo que es, inequívocamente, violencia real.

CONDUCTA JERARQUICA

En el interior de un grupo social de animales razonablemente inteligentes, como aves o mamíferos, no todos los individuos son iguales. Este hecho fue establecido científicamente como resultado de los estudios de Sjelderup-Ebbe en un grupo de gallinas.

Descubrió que había un individuo especialmente superior donde quisiera, mientras que los demás se apartaban de su camino. Una segunda ave se comportaba respetuosamente sólo respecto a la primera y ninguna más; una tercera mostraba sumisión ante las dos primeras, y así sucesivamente. El grupo entero podía alinearse en un “orden de picoteo” ( Peck- order ), que indicaba la posición social de cada ave. Más tarde se descubrió la misma distribución en los rebaños de vacas y en los distintos grupos de otros animales sociales.

La posición que a un animal le corresponde en el orden de picotazos se determina en gran medida por alardes de fuerza, y una vez establecida se mantiene con poca dificultad. De vez en cuando, un individuo cualquiera retará a su inmediato superior, en un intento de categoría, y periódicamente, también deberá defenderse de intentos similares de su inmediato inferior. una vez el problema solucionado, puede dedicar el resto de su tiempo a los asuntos importantes de la vida. Los
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individuos que ocupan posiciones elevadas en el orden de picotazos tienen una mayor probabilidad de larga vida, y biológicamente hablando es beneficioso que así sea. Serán los más fuertes o los más audaces los que sobrevivan para transferir sus buenas cualidades a su descendencia. En la dirección de la vida del grupo, los individuos de mayor categoría son también los de mayor influencia. Por ejemplo, es más probable que la inducción simpatética tenga efecto si ellos empiezan a comer que si lo hace cualquier individuo que ocupa un lugar inferior.

Está claro que pueden encontrarse paralelismos entre esta forma de conducta y el comportamiento de la humanidad. No hay duda de que algunas jerarquías

humanas establecidas son culturales, y por lo tanto, en algún sentido son artificiales. sin embargo, las jerarquías humanas con base cultural son tan comunes que no sería raro que estuvieran enraizadas en un contexto instintivo. Además, es un hecho observable que en el interior de un grupo de personas en el que no existe ninguna indicación formal de jerarquía se da algo muy semejante al orden de picotazos. Muy pronto aprendemos a distinguir a quién debemos respetar y a quien no, y nos comportamos de acuerdo con ello.

EL HOMBRE, ANIMAL CON VOCABULARIO

Cuanto más reflexionamos sobre ello, más nos damos cuenta de que el hombre es superior a los restantes animales sólo en lo que respecta a su capacidad de aprender y al grado de su inteligencia. Se trata ciertamente de ventajas formidables con efectos de largo alcance. Los animales de otras especies pueden aprender a imitar sonidos hasta cierto punto los papagayos son un ejemplo inmediato, pero están desprovistos de la inteligencia necesaria para dar significado a los sonidos y de la capacidad de recordar un gran número de ellos. El hombre es capaz de aprender y de usar el lenguaje además de las señales instintivas con las que ha nacido. El lenguaje permite tanto la formulación como la
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expresión de pensamiento complejos, y aumenta en gran medida el poder del pensamiento. Es una marca distintiva.

En el pasado se hicieron tentativas para distinguir entre el hombre y los restantes animales en base al hecho de que nosotros fabricamos y usamos herramientas y los otros animales no. pero los estudios que Jane Goodall realizó en chimpancés salvajes muestran que los chimpancés también se sirven de herramientas. Se ha visto a un chimpancé arrancando las hojas de una ramita antes de introducirla en la abertura de un nido de termitas. Las termitas se asían a la rama y el chimpancé las recogía y devoraba. Según cualquier definición razonable, la ramita es una herramienta y el chimpancé puede ser un constructor de herramientas. Si merecemos un atributo único, es mejor describir a nuestra especie como “ hombre animal con un vocabulario”

El hombre es el único animal que posee un lenguaje de gran complicación, capaz de expresar complejos conceptos. La articulación de palabras por otros animales, como los guacamayos, son producto del aprendizaje, y de ningún modo las utiliza para expresar pensamiento alguno.

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