La Panoplia Ibérica (Iª parte

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Sergi Segura Bueno, arqueólogo e ilustrador (http://ilustraciohistorica.blogspot.com/) José Miguel Gallego Cañamero, arqueólogo. (http://artifexcrpa.blogspot.com/)

INTRODUCCIÓN
A lo largo de prácticamente seis siglos, la panóplia ibérica (conjunto de armas de ataque y defensa) evolucionó para adaptarse a las influencias de tipo táctico que iban llegando a la Península Ibérica con el paso del tiempo. La concepción del combate elitista, entre guerreros aristócratas que rechazaban las armas de larga distancia, dio paso con los siglos a otro tipo de combate donde la panóplia ibérica, influida por aportaciones extranjeras en el contexto de la Segunda Guerra Púnica, se fue unificando y simplificando. Por otro lado, debido a la existencia de una amplia variedad de pueblos ibéricos a lo largo del litoral mediterráneo entre el sur de la actual Francia y Andalucía occidental se hace imposible concebir una cultura uniforme, a pesar de la homología entre algunos elementos. Por esta razón no podemos hablar de un armamento ibérico totalmente uniforme ni cronológica ni geográficamente, a pesar de que existen ejemplos similares entre territorios relativamente alejados, lo que debe ser interpretado como el resultado de las relaciones comerciales que tuvieron lugar y los vínculos socio- políticos que se establecieron a lo largo de los siglos. Por tanto, se acepta la existencia de un corpus armamentístico ibérico muy diverso y heterogéneo. De estudios que desarrollen de manera general el tema militar, deben destacarse necesariamente las contínuas aportaciones realizadas por el profesor Fernando Quesada Sanz1, autor del que es hasta el momento el más completo y exhaustivo análisis general de la panóplia ibérica que existe2 e innegable fuente de datos para este artículo. Otros autores han tratado el armamento ibérico, aunque en nuestra opinión, quizá no con tanto acierto arqueológicamente. Sin embargo son excelentes en la vertiente poliorcética. Destacan principalmente el profesor Francesc Gràcia Alonso3, gran especialista en referencias de autores clásicos y en sistemas defensivos, y el profesor Pierre Moret4, también gran especialista en sistemas defensivos. Teniendo en cuenta el excelente nivel de estas investigaciones y de toda una serie de pequeños análisis complementarios que otros autores aportan contínuamente, este artículo sólo pretende resumir y esquematizar brevemente los estudios más importantes sobre una parte de la tradición bélica de los pueblos ibéricos. La panóplia ibérica, harto extendida i diversificada, es mejor presentarla de una manera esquemática y didáctica para el público no erudito; por esta razón, para un conocimiento más profundo sobre el tema remitimos a dichos autores, haciendo especial hincapié en el caso del profesor Quesada.
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Catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid. F. Quesada Sanz: El armamento ibérico. Estudio tipológico, geográfico, funcional, social y simbólico de las armas en la Cultura

Ibérica (ss. VI- I a. C.); 2 vols. Ed. Monique Mergoil, Montagnac, 1997.
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Catedrático de la Universitat de Barcelona. Miembro del Centre Nationale du Recherche Scientifique (CNRS) francés.

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La panóplia ibérica estaba compuesta por armas de diferentes tipos. Para el ataque utilizaron desde pesadas armas de asta concebidas para luchar cuerpo a cuerpo, más ligeras para ser empleadas a distancia (a partir de ahora las llamaremos arrojadizas) hasta espadas y puñales de hierro. Por otro lado, para protegerse, los guerreros ibéricos utilizaron escudos, cascos de metal o de cuero, grebas y placas circulares frontales y posteriores también de metal o de cuero. Estos elementos representan la totalidad del armamento ibérico documentado arqueológica e iconográficamente, con sus variantes territoriales; No obstante, aún se encuentra en tela de juicio que los iberos utilizasen tanto el arco y las flechas como la honda para herir a distancia. Como veremos más adelante, existe un encarnizado debate abierto entre los autores que defienden la utilización de este último grupo de armas y los que se oponen, a partir fundamentalmente de la escasez de evidencias arqueológicas al respecto. Es necesario aclarar que el estudio de la panóplia ibérica siempre se ha de realizar teniendo en cuenta su contexto arqueológico. Es decir, que siempre se ha de considerar el conjunto cronológico en el que aparecen las piezas. De poco nos puede servir el estudio aislado de una punta de lanza, de una espada o de un casco si no conocemos el resto de la panóplia con la que va asociada. Es gracias a esto que podemos crear modelos de lucha y establecer unos parámetros de evolución táctica. Como se verá, se ha optado por dividir este artículo en dos partes bien diferenciadas para hacer su lectura más ligera y más fácil su comprensión: por un lado, en el primero de los artículos, se describe el armamento ofensivo, es decir, las armas para la lucha cuerpo a cuerpo y las armas para la lucha a distancia; en el segundo, el armamento defensivo, que incluye las defensas pasivas (colocadas sobre el cuerpo del guerrero, le protegen involuntariamente de los golpes) y las activas (dependen directamente de la manipulación voluntaria del guerrero). Estudios más detallados y desarrollados sobre tipologías territoriales y cronológicas irán apareciendo sucesivamente en esta página web.

LA PANOPLIA OFENSIVA

1 a 3: Moharras y Regatones de lanzas y jabalinas; 4: Manillas de “Caetra”; 5: “Soliferreum”; 6: Piezas de vaina de “Falcata” y espuela; 7: “Falcata”

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El armamento ibérico para el combate “cuerpo a cuerpo”
Lanzas Ya desde el período Ibérico Antiguo e incluso con anterioridad, las lanzas se empleaban para luchar en cuerpo a cuerpo y no a distancia; hablamos concretamente de un tipo de lanza con una punta5 muy larga, de hoja ancha; el arma completa podía llegar a alcanzar los 2’5m. de longitud total. La punta se fijaba al astil a través del cubo, de sección cónica. En el extremo opuesto a la punta encontramos el regatón, una punta cónica de hierro, más pequeña, que podía servir tanto para fijar el arma en el suelo como para herir a los enemigos abatidos sin tener que girar el arma. Estos dos elementos quedaban fijados al astil mediante un pequeño pasador metálico. Este tipo pesado de lanza no era especialmente apta para ser arrojada; el papel de armas arrojadizas lo desarrollaban sobradamente primero los “Soliferra”, los “Pila” y posteriormente las jabalinas, con características mucho más adecuadas para esta función que las lanzas, como veremos más adelante. Las lanzas de este momento destacan sobretodo por sus grandes dimensiones de hoja que pueden alcanzar los 40 cm. de longitud. Se trata de armas muy pesadas, ideales para herir de cerca aprovechando su peso, tanto en combates individuales como en combates de formaciones cerradas. Si contextualizamos estas lanzas con el resto de la panóplia defensiva que le va asociada, veremos en algunos casos que en esta época destacan principalmente por su opulencia: se trata de piezas metálicas en bronce y hierro, en ocasiones muy decoradas, probablemente propiedad de una minoría de guerreros aristócratas que fundamentaban su estatus social sobre el grupo étnico a partir de enfrentamientos contra otros guerreros de su misma condición social. Es lo que conocemos como “combates heroicos”. A lo largo del tiempo, las lanzas se hacen cada vez más ligeras y hacia el siglo III a. C. se hace muy difícil encontrar lanzas pesadas. Las tipologías de este período apuntan hacia una utilización diferente de las lanzas. A partir de este momento en que los combates han perdido su componente simbólico, debido a que ya no se trata de pequeños grupos encabezados por el líder aristocrático sino de contingentes de hombres más importantes que luchan en formaciones cerradas, habrían perdido su valor como arma de lucha cuerpo a cuerpo individual y pasarían a ser clasificadas en la categoría de arrojadizas. Son más ligeras y más pequeñas, tanto la pieza completa como sólo la punta. Se observa, sin embargo, que en ocasiones aparecen en contextos funerarios conjuntamente con un tipo de lanza muy parecida a la pesada típica de momentos anteriores, más apropiada para luchar cuerpo a cuerpo. Espadas Otra arma frecuentemente utilizada por los guerreros ibéricos en los combates a corta distancia son las espadas de hierro. Dependiendo del contexto geo- cronológico tendremos espadas de Antenas (llamadas así por que la forma de su empuñadura acaba en
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Técnicamente, las puntas de las lanzas se conocen con el nombre de “Moharra” que incluye la punta propiamente dicha y el “cubo”, la parte donde se encaja el ástil de madera.

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dos apéndices), de Frontón (por que el tipo de empuñadura recuerda a un frontón o arco) de tipo “Falcata” (que en latín significa “con forma de hoz”) o de tipo “La Tène” (topónimo francés del lugar donde se documentaron los primeros ejemplares). - Las espadas de antenas Son las más antiguas, desde inicios del s. VI a mediados del s. V a. C., y se documentan principalmente en el área ibérica catalana, el valle del Ebro y norte levantino, vinculadas a las tipologías de la zona sur de la actual Francia. Como norma general, se trata de espadas de influencia Hallstàtica, de hoja recta y dos filos prácticamente paralelos, aunque es ligeramente más ancha en el lado de la guarda. Su empuñadura es siempre de espiga acabada en dos tubos cilíndricos. Las antenas son bastante más pequeñas que las de sus referentes franceses, se doblan en ángulo recto y los extremos no se tocan entre ellos. Las dimensiones de la hoja oscilan entre los 27 cm. y los 40 cm., con una media de 31 cm. Incluyendo la empuñadura puede alcanzar los 55 cm. de longitud máxima y los 38 de mínima. - Las espadas de frontón Aparecen en contextos del s. V a. C. i son características de la zona ibérica del interior aunque probablemente, aparecieron por primera vez en la alta Andalucía y sudeste y desde aquí se extendieron hacia la zona de la Meseta. Morfológicamente, es un arma de doble filo y de hoja recta pistiliforme muy ancha. La empuñadura tiene lengüeta plana y forma romboide y el pomo de su cacha es semicircular, de ahí el nombre “frontón” que recibe. La hoja mide entre 24 cm. y 52 cm., con una media de casi 40 cm. La pieza completa hace una media de 48 cm. Como vemos, los dos modelos son armas muy adecuadas para luchar tanto en formaciones cerradas colectivas a la manera hoplítica como en combates individuales. Sus pequeñas dimensiones favorecen que pueda servir tanto para pinchar con la punta como su desvaine con rapidez. En este sentido debemos tener presente que en algunas ocasiones cuesta clasificarlas como puñales o como espadas, como veremos más adelante. De la misma manera, no parece que esta arma fuese utilizada para cortar. Los filos son demasiado pequeños para poder herir con efectividad a un enemigo protegido con armadura. La “Falcata” Sin ninguna duda, el arma ibérica más conocida, aunque su nombre no proviene de los autores clásicos si no que le fue adjudicado por los arqueólogos del s. XIX. Aparece hacia el siglo V a. C. en Levante y en Andalucía, sustituyendo a las espadas de frontón. En la zona de Catalunya, donde a partir de este momento se reciben influencias del sur de Francia, sólo se han documentado una decena de ejemplares. Morfológicamente rompe con los dos modelos anteriores: presenta una hoja curva con filo en la parte interior y una punta afilada también en su parte exterior. Las dimensiones de ésta se encuentran entre los poco más de 32 cm. y los poco más de 61 cm., siendo la media de prácticamente 50 cm. Con la empuñadura, el arma completa puede llegar a sobrepasar ligeramente los 60

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cm. de media. La empuñadura, sin guarda y en ocasiones con las cachas muy delicadamente decoradas con motivos geométricos en plata (“damasquinados”), estaba habitualmente rematada con una cabeza de animal (caballo o ave), lo que ha inducido a pensar que este arma, además de su funcionalidad poseería un fuerte componente simbólico-místico. Por sus características, algunos autores piensan que era un arma para ser utilizada exclusivamente como cortante, y no para punzar, mientras que otros piensan en su ambivalencia. Nosotros nos inclinamos hacia la segunda tendencia: la “Falcata” era un arma idónea para ser empleada tanto para cortar como para punzar, dado que presenta un filo en su lomo. La forma curva y las pequeñas dimensiones de su hoja hacen, por un lado, que en un combate cuerpo a cuerpo, entre filas de hombres muy cerradas y apretadas donde utilizar las armas cortantes de doble filo se hace difícil, la “Falcata” se presenta como una pequeña arma punzante, ideal para esta tipo de lucha, pero si se da el caso, también cortante, capaz de abrir grandes heridas en zonas desprotegidas; si nos detenemos un instante a observar su forma, apreciaremos en seguida que la punta es notablemente más ancha y delgada, al contrario que el cuerpo que es más grueso y delgado; la hoja está intencionadamente ensanchada e inclinada en la dirección desde donde ha de venir la fuerza del golpe tajante, para contrarrestarlo, y por eso, la distribución de la fuerza del golpe descarga sobre la empuñadura y no sobre la propia hoja, como ocurre con las armas rectas de doble filo. Esta característica la hace aún más resistente. Finalmente, tenemos las espadas del tipo “La Tène” Se trata de un tipo de arma documentado a partir del s. IV a. C. casi exclusivamente en la zona de la actual Catalunya, aunque puntualmente también se han encontrado algunos ejemplares en otras zonas de la Península Ibérica. Esta arma sustituye a las espadas de antenas debido principalmente a la entrada de nuevas influencias desde el sur de la actual Francia, de la misma manera que ocurrió anteriormente con aquellas. Se trata de espadas de doble filo, notablemente más largas que sus predecesoras, con unas dimensiones de hoja de entre 69 y 78 cm. Existe sin embargo una variación tipológica: mientras que los ejemplares más antiguos (“La Tène I”) tienen una hoja de entre 41 i 76 cm., las de los más tardíos (“La Tène III”) son sustancialmente más grandes, de entre 70 y 90 cm. Si tenemos en cuenta la empuñadura, nos encontramos ante armas que en alguno de los casos pueden llegar fácilmente al metro de longitud total. Aunque en un principio podían ser utilizadas tanto para cortar como para pinchar, los ejemplares más tardíos (“La Tène III”) presentan una punta notablemente redondeada lo que indica que entonces eran utilizadas exclusivamente para cortar, sistema de combate típico de los pueblos nórdicos, de complexión física más fuerte que los del entorno mediterráneo. Su gran peso la hacía idónea para golpear desde arriba, aprovechando la fuerza de la gravedad, aunque según Polibio sólo eran totalmente eficaces al primer golpe, después del cual sus hojas se doblaban dejando a su propietario momentáneamente indefenso6.

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Polibio, Historias, II, 33, 3-6.

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Puñales Además de las espadas, los iberos también utilizaban puñales de hierro. Debe decirse, no obstante, que los encontrados en los territorios ibéricos representan una ínfima parte de los hallados en toda la Península Ibérica. Aunque en los casos de frontón i de antenas existe una relativo conflicto para diferenciar entre puñales y espadas, debido en gran medida a la dificultad de establecer una frontera en lo que respecta a las dimensiones, se acepta que: para el caso de los puñales de frontón, versión reducida de las espadas, la diferencia se establece sobretodo a partir de les dimensiones de las hojas, algo más pequeñas que las espadas; para el caso de los puñales de antenas, se han empleado además criterios referentes a la tipología de sus empuñaduras y de las hojas. Los puñales de frontón Suelen tener una hoja triangular alargada no pistiliforme, sin filos paralelos, con dimensiones que oscilan entre los 20 y los 24 cm. La empuñadura presenta un ensanche en medio de la lengüeta y un frontón exento. Cronológicamente se enmarcan entre los siglos V y IV a. C., momento a partir del cual comienzan a desaparecer. Su distribución es paralela a la de las espadas de la misma tipología: Andalucía oriental, sudeste peninsular y Meseta. Los puñales de frontón aparecen ya representados iconográficamente en uno de los conjuntos escultóricos más importantes de la cultura ibérica: los guerreros de Cerrillo Blanco de Porcuna (Jaén). Por lo que respecta a los puñales de antenas, se trata de ejemplares donde predominan las hojas triangulares alargadas, en ocasiones muy anchas en la base y en ocasiones pistiliformes. Sus dimensiones son muy parecidas a las de frontón. La empuñadura, también como en el caso de las de frontón, se encuentra generalmente ensanchado en el centro y rematado por dos antenas lenticulares. Este tipo de puñal aparece por primera vez en contextos del s. IV a. C. en la alta Andalucía y es posible que no llegara más allá del siglo. III a. C. Debe destacarse que este tipo de arma pequeña tiene una presencia casi testimonial en la zona pirenaica, Catalunya, Levante y valle del Ebro, las zonas donde los influjos de tradición céltica provenientes del sur de la actual Francia tienen un peso más importante. Por tanto, hay que pensar que el puñal pertenece a una tradición puramente ibérica, en la que no prima su funcionalidad sino su ostentación como elemento ornamental de miembros de un elevado status social. Esta afirmación se apoya en el hecho que aparecen puñales ricamente decorados en tumbas también con ajuares muy ricos, como hemos mencionado antes, asociadas a sectores muy poderosos de la sociedad ibérica meridional.

El armamento ibérico para el combate a distancia
“Soliferrea” i “Pila” Normalmente, los guerreros ibéricos de épocas más antiguas usaban la lanza, para luchar cuerpo a cuerpo y un “Soliferreum” o un “Pilum”, elementos que ya se habían 6

mencionado anteriormente. Estos dos nuevos elementos no son comunes a todos los territorios ibéricos, al menos en lo que se refiere a su contexto cronológico de datación. Debe hacerse una clara distinción, no obstante, entre uno y otro debido a que es muy frecuente confundirlos. El “Soliferreum” es un arma forjada de una sola pieza de hierro con un cuerpo cilíndrico y con una punta que puede acabar de diferentes formas: con o sin aletas y nervio, y no suele sobrepasar los dos metros de longitud y los 1’5 cm. de diámetro en el cuerpo. Los ejemplares más antiguos documentados en la Península Ibérica se datan en torno al siglo V a. C. en la zona de Catalunya, aunque se conservan más antiguos al norte de los Pirineos. Desde aquí se extendió su conocimiento hacia el sur, dando origen a una amplia variedad tipológica peninsular que perduró durante todo el período ibérico. En cambio, el “Pilum” se compone de un ástil de madera más pequeña que las de las lanzas que en uno de los extremos posee una gran pieza cilíndrica de hierro forjado acabado en punta que oscila entre los 20 y los 108 cm. de longitud. En el lado opuesto también hay un regatón de hierro, más pequeña que la de las lanzas, entorno a los 20 cm. El “Pilum” aparece, con mucha menos frecuencia que las lanzas y los “Soliferrea”, ya en el siglo V a. C. y se han documentado ejemplares datables en el siglo III a. C. A pesar de que se han conservado piezas en todos los territorios ibéricos, adquieren especial relevancia en la zona de Catalunya y Levante, guardando un relativo paralelismo con la zona de distribución de los “Soliferrea”. Roma la adoptará como el arma arrojadiza por excelencia de sus legionarios. Estas dos armas se utilizaban de manera idéntica justo antes de entrar al cuerpo a cuerpo. A una distancia aproximada de 15 ó 20 metros, se arrojaban bien contra un único enemigo individualizado, bien masivamente contra la formación cerrada enemiga llegando a alcanzar un alto grado de efectividad. Imaginemos una descarga simultánea de un centenar de pilum y soliferreum contra una formación enemiga: las características morfológicas de estos dos elementos hacían que fueran terriblemente efectivos. Como tienen, en la mayoría de los casos, un cuerpo recto de sección cilíndrica, cuando la punta, un poco más gruesa, atravesaba el escudo, el cuerpo cilíndrico también podía deslizarse a través de él muy fácilmente. Y si se daba el caso que el enemigo se encontraba demasiado cerca del escudo podía ser herido, con la gravedad que supone tener un hierro enorme a la vez traspasando el escudo y clavado en el cuerpo. Pero pensemos también en otro factor: si sólo se clavaba en el escudo lo inutilizaba porque se hacía imposible luchar con un escudo empuñado lastrado con algunos kg. extra, sin tener en cuenta lo que llegaría a estorbar toda la pieza sobresaliendo del escudo. Por tanto, se obligaba al enemigo a abandonarlo, perdiendo su principal protección y dando además, un poco de ventaja al atacante que cargaba, él sí, cubierto con el suyo. La carga se llevaba a cabo cuando las dos formaciones rivales se encontraban a distancies muy cortas, entre estos 15 ó 20 m.

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Jabalinas A mediados del siglo VI a. C. comienza a documentarse otro tipo de arma muy parecida a las lanzas pero mucho más ligera, idóneas para ser arrojadas: las jabalinas. Estas armas tienen la misma composición estructural que las lanzas: regatón, cuerpo de madera y moharra, pero esta última con una hoja más pequeña y ligera, pensada para llegar lo más lejos posible. Iconográficamente, en ocasiones se documentan con elementos potenciadores de su alcance, como el “Amentum”, una pequeña correa atada a la pieza de madera que se cogía con los dedos índice y corazón para dar un último impulso adicional al arma. De hecho, este principio físico es el mismo que el de los propulsores prehistóricos. No obstante, hacer una clara distinción entre lanzas y jabalinas se hace muy difícil, si no imposible. Debido a que sólo disponemos de los elementos metálicos para elaborar las tipologías tanto de las lanzas como de las jabalinas, es decir, las moharras y los regatones (porque la parte de madera se pierde), no es fácil establecer unos parámetros claros y definitivos. Tampoco sirve el criterio de fijar unas dimensiones a partir de las cuales no hablemos de jabalinas sino de lanzas, porque puede ocurrir que se documente una punta de lanza tan ligera que nos induzca a pensar que estamos delante de una jabalina, cuando en realidad no es el caso. Por esto, en el mencionado estudio del profesor Quesada Sanz se opta por crear una tipología general de las moharras a partir de la cual se comentan funcionalmente los casos particulares. De todas maneras, se puede afirmar que, en general, las posibles puntas de jabalina se documentan en todos los territorios ibéricos a partir de los siglos VI – V a. C. perdurando hasta el siglo I a. C., en contextos donde se las asocia a lanzas pesadas. Por tanto, podemos establecer un modelo de lucha en el que los guerreros portaban una lanza pesada para combatir cuerpo a cuerpo y un arma arrojadiza que tanto podía ser un “Soliferreum”, un “Pilum” o una jabalina (entendida como lanza ligera para herir de lejos). Arco y flechas La utilización del arco y las flechas por parte de los iberos, como ya se decía en la introducción, ha generado un gran debate entre los estudiosos de la panóplia ibérica. Por un lado tenemos los autores que fundamentan sus hipótesis en las evidencias arqueológicas. Desde esta perspectiva, concluyen que hasta la Segunda Guerra Púnica (218- 205 a. C.), momento en que gran cantidad de tropas extranjeras llegan a la Península Ibérica, los iberos no empleaban esta arma para combatir, aunque quizás si la utilizasen tradicionalmente para la caza. Basándose en la escasez de puntas de flechas documentadas a lo largo de todo el territorio ibérico7, defienden un modelo de combate heroico. Este dato se hace más significativo aún si tenemos en cuenta que se han encontrado muchas puntas de flechas de cronología anterior al siglo IV a. C. y posteriores al siglo II a. C., así como representaciones escultóricas y pictóricas, lo que significa para ellos que este período ibérico que comprende casi tres siglos, supondría un paréntesis en la utilización
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Documentadas en contextos del s. VI a. C. en el yacimiento de “La Rápita” (Guardamar de Segura), en Empúries, y en contextos del s. IV a. C. en “L’Illa d’en Reixac” (Ullastret).

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en contextos bélicos de este tipo de arma a distancia. Las razones de estos historiadores se basan en la afirmación de que el arco y las flechas no formarían parte de la panóplia de los guerreros ibéricos por tratarse de armas opuestas al ideal aristocrático de combate heroico cuerpo a cuerpo con arma blanca empuñada. En este modelo, debemos pensar que debería ser harto humillante para los guerreros de la nobleza, entrenados duramente durante mucho tiempo en este tipo de lucha, que han llegado a concebir el combate como indesligable quizá del concepto del honor, engalanados para el momento en un contexto que les permite lucirse como parte de una élite guerrera y como miembros de una pequeña parte privilegiada de la sociedad, ser heridos a distancia, con un arma “indigna” para su estatus (recordemos que probablemente las clases sociales más bajas la utilizarían para la caza), que puede ser manipulada por cualquier hombre, por que no es necesario un entrenamiento específico para utilizarla. Esta razón es la misma que han defendido diferentes élites guerreras a lo largo de la Edad Media y Moderna: desde los caballeros feudales europeos hasta los guerreros samurai japoneses se oponían a la introducción de las armas de fuego porque consideraban que con ellas llegaría también la posibilidad de ser herido o muerto a distancia, a manos de un hombre socialmente inferior, sin la oportunidad de haber demostrado su valía. Por otro lado tenemos autores que defienden otra línea de interpretación. Piensan que el hecho de que no se hayan encontrado puntas de flechas en contextos propiamente ibéricos no debe ser un factor decisivo para negar su utilización. Leyendo las fuentes clásicas (principalmente autores griegos) han encontrado suficientes ejemplos significativos de la utilización del arco y las flechas por parte de ejércitos griegos, lo que podría ser exportable a la Península Ibérica, para la misma época8. De la misma manera defienden que los sectores de la sociedad más pobres, armados con elementos de fortuna, probablemente con sus herramientas de trabajo agrícola, porque son incapaces de pagarse un equipo como los de la aristocracia, y sin la concepción del combate heroico de ésta, incluirían el arco y las flechas en su panóplia por tratarse de un medio que protege su vida sin tener que llegar necesariamente a jugársela luchando cuerpo a cuerpo con su adversario con el riesgo que esto conllevaría. Quizás un campesino tenía más motivos para proteger su vida: su familia quedaría desvalida sin él, mientras la familia del guerrero aristócrata sólo habría perdido a uno de sus miembros; sin embargo, su posición, sus privilegios y por tanto, su pervivencia quedarían intactos.

Hondas La honda, al contrario de lo que se piensa generalmente, no era un utensilio o un arma utilizada por los íberos, sino por los baleares. En este sentido, debe hacerse una obligada distinción a priori entre íberos y baleares, de la misma manera que diferenciamos entre celtas e íberos. Los baleares no eran

Como ejemplo, véase F. Gràcia Alonso: La Guerra en la Protohistoria. Héroes, nobles, mercenarios y campesinos; ed. Ariel, 2003. También para F. Gràcia son significativas les puntas encontradas en Ullastret y en Empuries.

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étnicamente íberos, aunque en la actualidad se tiende a confundirlos debido a la situación geo- política. Arqueológicamente, debe destacarse que la aparición de proyectiles es mucho más común en la zona del litoral levantino y Catalunya que en el resto de territorios ibéricos, aunque no se han documentado muchos proyectiles de honda anteriores al siglo II a. C. en toda la Península Ibérica. Para explicar la escasez arqueológica de proyectiles de honda, podríamos recurrir a un argumento muy similar al que explicaba la ausencia de puntas de flechas: la reticencia por parte de las aristocracias locales a usar esta arma de distancia, que podía incluso llegar a provocar heridas mucho peores que las de las flechas. Por eso, algunos historiadores añaden que la utilización de la honda tuvo una relevancia mayor en aquellas sociedades donde la aristocracia no llegó a desarrollarse plenamente, como sería el caso de las islas baleares; por tanto, se cree que en la sociedad balear no había arraigado la concepción heroica de la lucha, tan común en las aristocracias ibéricas. La existencia de esta arma vendría asociada a la presencia en la Península Ibérica de tropas romanas y púnicas, que emplearon tropas auxiliares expertas en su empleo: los honderos de las Islas Baleares. No obstante, también puede deducirse en este sentido que aunque ciertamente los proyectiles de plomo no son utilizados hasta después de la Segunda Guerra Púnica, no se puede negar con rotundidad una utilización anterior de otro tipo de proyectiles no metálicos (piedras y piezas de arcilla cocida). Quizás, la manipulación y el empleo masivo de proyectiles metálicos vayan estrechamente vinculados a la nueva organización de las explotaciones mineras que implantan los nuevos administradores latinos.

Bibliografía
- AA. VV.: La Guerra en la Antigüedad. Una aproximación al origen de los ejércitos en Hispania; Ministerio de Defensa, Madrid, 1997. - Connolly, P.: Aníbal y los enemigos de Roma; ed. Espasa – Calpe, Madrid, 1981. - Gràcia Alonso, F.: La Guerra en la Protohistoria. Héroes, nobles, mercenarios y campesinos; ed. Ariel, Barcelona, 2002. - Quesada Sanz, F.: El armamento ibérico. Estudio tipológico, geográfico, funcional, social y simbólico de las en la Cultura Ibérica (ss. VI – I a. C.); Monographies Instrumentum Èditions Monique Mergoil, Montagnac, 1997. - Quesada Sanz, F., Moret, P. (eds.): La Guerra en el mundo ibérico y celtibérico (ss. VI – II a. de C.); Colección de la Casa de Velázquez, vol. nº 78, Casa de Velázquez, Madrid, 2002. - Hernàndez, F. X.: Història militar de Catalunya, vol. I: dels ibers als carolingis; ed. Dalmau, Barcelona, 2003. - Wilcox, P., Treviño, R.: Barbarians against Rome. Rome’s celtic, germanic, spanish and gallic enemies; ed. Osprey History, 2000.

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