VIAJE A CABALLO POR LOS CUCHUMATANES SECRETOS

En Guatemala, las nubes acostumbran amanecer en el fondo de los valles o pegadas a media falda de las montañas antes de rebalsar en olas inmóviles el filo de la cordillera. Desde los 3 800 metros donde amaneció nuestro pequeño grupo, estamos claramente encima de ellas y adivinamos a lo lejos y más abajo, el techo de tejas de las casas y las caballerizas del Unicornio Azul que abandonamos ayer. Más allá, en la línea del horizonte, los guardianes Tajumulco, Santa María y sus tres comparsas de Antigua, no se han movido de sus puestos. Pero Kalhúa, Ushuaia, Gorrión, Huraño y Amaretto no pierden tiempo en estos milagros de la naturaleza; esparcidos entre los palos de juniperus retorcidos por el viento y todavía abrigados en sus elegantes cobijas, no sacan sus narices del forraje. Mientras, los jinetes, un poco tiesos por el frío tonificante y las seis horas de cabalgata de la víspera, se estiran desde sus carpas, deslumbrados por el espectáculo y empiezan a rondar alrededor del café. Pronto, el sol de altura no tendrá clemencia con nosotros. Vegas escondidas, llanos solitarios, cumbres vertiginosas abundan en los “Cuchumatanes” que bien merecen su nombre : “juntados por la fuerza”. El paso de nuestros caballos nos pone al unísono, no solo con el entorno natural sino con el ritmo de las mujeres que vuelven del pozo, de los hombres que sacan leña o alguna mercadería con sus muletos … Hay tiempo para saludarse y platicar de los rumbos de cada uno; “y sus caballos, que gordos ! que les da de comer ?”. Hay tiempo para muchas cosas de la vida que mucha gente ha olvidado hacer : observar, descansar, convivir … Cada tarde, reencontramos con gusto el campamento ya preparado por Fernando y después de los cuidados a su caballo, cada jinete viene a estirar las piernas cerca del fuego con un buen café o una cerveza. Las noches alrededor de la fogata después de un día de cabalgata son momentos para compartir historias, anécdotas y carcajadas. También para momentos de serenidad en el silencio de las estrellas y de estas montañas que han sido testigo de muchos capítulos de la historia de Guatemala. Contrasta con estos momentos la mera cabalgata : los caballos van a buen paso y afrontan con valentía las dificultades del camino. El Gorrión, en buen doble tracción, avanza paso a paso sin emociones inútiles, mientras la Ushuaia, siempre extravertida y exagerada, prefiere brincar en forma escandalosa un paso sospechoso. El tercer día, ni modo, pié a tierra, el terreno es difícil y bajo los árboles, algo lodoso; los jinetes regresados a caminantes, van en fila india, concentrados en cada paso, riendas en mano, halando sus caballos.

El lugar es tan poco frecuentado que incluso desaparece la vereda en la vegetación. Así eran los Cuchumatanes hace todavía no tanto tiempo. Un buen galope en el primer llano que se presenta es la recompensa para todos; los caballos se ponen inquietos y los jinetes impacientes de ir tragando el espacio. La Kalhúa se ofrece un brinquito de alegría mientras Amaretto aprovecha para lucir su galope aéreo y gracioso. Los pasos del Huraño martillan como buen caballo “cuarto de milla”, el pasto ralo y seco de la meseta. El caserío que nos acoge la última noche está acurrucado entre las rocas en una vega a 3 200 metros de altura, y es la puerta de entrada al área ixil, del departamento vecino del Quiché. Hoy, en ausencia de carretera, el equipo motorizado de logística está reemplazado por unos rústicos muletos que cargan lo mínimo : bolsas de dormir para los jinetes y concentrado para los caballos. Nos sentimos muy lejos de todo, excepto de la luna enorme que está surgiendo entre los árboles. El viento en los pinos, el canto de un gallo, que luego se traga la noche … En el fondo del desfiladero a donde llegamos para el picnic del día siguiente, los más valientes se tiran en las pozas heladas de agua transparente mientras los hambrientos sacan los sándwiches de las alforjas. Ushuaia es la primera también en el agua – no se lo perdería para nada – mientras Amaretto la mira con leve desdén. Caballos y jinetes van tranquilos en la vereda que faldea el desfiladero; la mente llena de recuerdos e imágenes y el cuerpo cansado pero disfrutando de antemano el descanso que los espera. La noche de despedida alrededor de una buena cena en el Unicornio Azul es rica de experiencias y vivencias compartidas, selladas por la complicidad y solidaridad que nacieron en estos cuatro días de cabalgata en las partes más remotas de la Sierra de los Cuchumatanes.

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