HÉCTOR JOSÉ CEPPI

YO NACÍ…
Cómo cambiaron las costumbres a través del tiempo

YO NACI… Cómo cambiaron las costumbres a través del tiempo

Yo recuerdo desde muy pequeño cuando existían estructuras políticas y sociales acordes a nuestras costumbres y tradiciones como argentino, distintas a las de hoy que se tenían que cumplir inexorablemente por la población; cuando desde muy jovencitos comenzábamos a estudiar y trabajar, y muchas veces antes de comenzar el colegio primario, a los 7 años, hoy existen jardines de 4 y desde muy pequeños se los deja en guardería como si fueran una mercancía, qué cambios ¿verdad?. Algunos o muchos de ellos alejados del cariño cotidiano de sus familiares porque están internados prácticamente como pupilos.

Yo no olvido cuando era un privilegio familiar poder entrar al secundario y ese privilegio se acentuaba, si se lograba mandar a uno de sus hijos a la Universidad; que por lo general era el más chico de la familia, es decir, vivíamos en los tiempos como puede ser esto de la vanagloria de poder decir “Mi hijo el doctor”, que eran sueños de muchos padres.

Recuerdo que todo era medido, desde las costumbres que sin faltar las buenas era lo mas sagrado para todo hogar, donde todo se repartía entre toda la familia. El cumplimiento al estudio y trabajo era una forma y manera de honrar la vida, me vienen a la memoria las casas sin rejas, las puertas abiertas para las amistades, vecinos y solidaridad, y en especial para la ayuda mutua. El respeto por la gente, las maestras, profesores, familiares, vecinos y prójimo eran principios sociales incólumes,

los mismos que a las instituciones como la Patria, sociedades intermedias, deportivas, centros vecinales, sociedades de

fomento, bibliotecas y tener el orgullo de llegar a ser directivos de las mismas, cómo cambiaron los tiempos. Los delitos más comentados era si alguien se enteraba si un vecino era alcohólico o un miembro de la familia no afecto al trabajo, o si faltó un día, o si se había apoderado algo de lo ajeno; y si alguno cometía un hecho aberrante se lo castigaba mandándolo a la cárcel de Tierra del Fuego, donde la vida era cruel y no placentera como en la actualidad, que es por eso justamente de los casos alarmantes de reincidentes y cada vez con hechos más aberrantes.

Cómo cambiaron los tiempos, hoy a los presos se los aloja cerca de sus familiares, en cárceles confortables, con comida, salud, vestimenta, custodias y estudio, todo sin pagar un solo peso, en vez de hacerlos trabajar como lo expreso en mi libro “La Crisis Argentina, Su salida en algunos estamentos sociales” (Ver Biblioteca Virtual de mi Blog), como pueden darse cuenta todo el confort a costa de los impuestos del pueblo, y si por todo fuera poco, algunos egresan de las cárceles con títulos profesionales, como el caso de Schoklender y muchos más, para dar un ejemplo, que después de su liberación cometen hechos mucho mas aberrantes que denigran la dignidad humana.

Cómo cambiaron los tiempos, los que delinquían iban presos cumpliendo efectivamente la totalidad de la pena, en vez hoy es

un porcentual de los doce meses por año que se le computan, sumado al 2 x 1, las conmutaciones de penas y las reducciones de los años; entran y al poco tiempo, salen, y a la mayoría de ellos no se los encarcela hasta la sanción de la pena, antes desde el momento de la presunción del hecho delictivo. Ejemplo, caso Falo, Jaime, Schoklender, Carbonetti, etc.

Cómo cambiaron los tiempos, el tango “Cambalache” pasó a cumplirse al pie de la letra, las profesiones médicas salieron de ser un medio de vida enmarcado en principios éticos morales, sociales y humanos incólumes, hoy se han transformado en un medio de lucro, dándole una bofetada al mismo pueblo quienes fueron a través de sus impuestos que los profesionales lograron obtener su título profesional, por ser la enseñanza gratuita. Cambalache

Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé. En el quinientos seis y en el dos mil, también. Que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos, contentos y amargaos, barones y dublés. Pero que el siglo veinte

es un despliegue de maldá insolente, ya no hay quien lo niegue. Vivimos revolcaos en un merengue y en el mismo lodo todos manoseados. Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador... ¡Todo es igual! ¡Nada es mejor! Lo mismo un burro que un gran profesor. No hay aplazaos ni escalafón, los ignorantes nos han igualao. Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición, da lo mismo que sea cura, colchonero, Rey de Bastos, caradura o polizón. ¡Qué falta de respeto, qué atropello a la razón! Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón... Mezclao con Stravisky

va Don Bosco y La Mignon, Don Chicho y Napoleón, Carnera y San Martín... Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches se ha mezclao la vida, y herida por un sable sin remache ves llorar la Biblia junto a un calefón. Siglo veinte, cambalache problemático y febril... El que no llora no mama y el que no afana es un gil. ¡Dale, nomás...! ¡Dale, que va...! ¡Que allá en el Horno nos vamo’a encontrar...! No pienses más; sentate a un lao, que ha nadie importa si naciste honrao... Es lo mismo el que labura noche y día como un buey, que el que vive de los otros, que el que mata, que el que cura, o está fuera de la ley... (Enrique Santos Discépolo)

Recuerdo cuando el Ser era una meta trascendente para alcanzar, todos tenían que forzarse para lograrlo, hoy sólo vale el Parecer, dándonos la sensación que la sociedad entró en una descomposición y no existe ninguna fuerza, ni familiar ni social que los contenga, ni estudio ni siquiera el Servicio Militar porque también pasaron a ser estructuras sociales del ayer. Que va chaché

Piantá de aquí, no vuelvas en tu vida. Ya me tenés bien requeteamurada. No puedo más pasarla sin comida ni oírte así, decir tanta pavada. ¿No te das cuenta que sos un engrupido? ¿Te creés que al mundo lo vas a arreglar vos? ¡Si aquí, ni Dios rescata lo perdido! ¿Qué querés vos? ¡Hacé el favor!.

Lo que hace falta es empacar mucha moneda, vender el alma, rifar el corazón, tirar la poca decencia que te queda... Plata, plata, plata y plata otra vez... Así es posible que morfés todos los días, tengas amigos, casa, nombre...y lo que quieras vos. El verdadero amor se ahogó en la sopa: la panza es reina y el dinero Dios.

¿Pero no ves, gilito embanderado, que la razón la tiene el de más guita? ¿Que la honradez la venden al contado y a la moral la dan por moneditas? ¿Que no hay ninguna verdad que se resista frente a dos pesos moneda nacional? Vos resultás, -haciendo el moralista-, un disfrazao...sin carnaval...

¡Tirate al río! ¡No embromés con tu conciencia! Sos un secante que no hace reír. Dame puchero, guardá la decencia... ¡Plata, plata y plata! ¡Yo quiero vivir! ¿Qué culpa tengo si has piyao la vida en serio? Pasás de otario, morfás aire y no tenés colchón... ¿Qué vachaché? Hoy ya murió el criterio! Vale Jesús lo mismo que el ladrón... (Enrique Santos Discépolo)

Las drogas fueron liberadas, ganándole a la vida y a la juventud, se perdió el ritual cotidiano de la mesa familiar, desaparecieron las recreaciones nocturnas que comenzaban a las 10 de la noche hasta las 2 de la mañana, porque al otro día se tenía que trabajar o estudiar, o hacer las dos cosas, total estos elementos no han pasado a ser parte fundamental de la evolución familiar y social, no olvidemos que lo único que dignifica al hombre

es el trabajo. Los concubinatos pasaron a ser cosa común, y los hijos que se arreglen, perdiéndose en la costumbre de formarlos con cariño, con amor, con respeto y con todos los principios humanos fundamentales para la formación de la persona, sólo el materialismo y ganarse la vida de un knock out parecería ser la meta.

Lo bueno, progresivo, duradero, que conduce a la familia y sociedad hacia la felicidad son cosas de lo no evolucionado, según algunos pensamientos, hoy el dinero y las ostentaciones de todo tipo, aún a costo de lo peor, pareciera ser la única meta trascendente. Sólo vivir el momento, total el futuro para qué!.

Se me viene al recuerdo que felices, virtuosos y maravilloso sería vivir hasta nuestro últimos días en felicidad, respeto, consideración, etc. en el ambiente donde nos desenvolvemos como un verdadero ejemplo y sostén de la familia, motor principal de toda sociedad propugnando así al verdadero progreso, el duradero, el perenne, hoy todo es flor de un día; seguro estoy que no todos cambiaron negativamente, los hay también quienes cumplen con sus verdaderas misiones en este fugaz paso por la tierra, desde sus puestos de trabajo, pero hoy las generalidades nos alarman y preocupan fundamentalmente; es por ello que me permito desarrollar a vuelo de pájaro algunos aspectos sobre mi vida que para hacer un parangón con los días de hoy a mis ocho décadas de vida, lo creo conveniente.

Yo nací un 23 de enero del año 1932, a las 18,30 horas en la calle San Jerónimo de la ciudad de Córdoba, Argentina, cuando las madres se atendían solas, cortaban el cordón umbilical, bañaban al recién nacido y cuando llegaba la partera ya todo estaba casi listo. Nací a metros de Plaza San Martín, a 144 metros de la misma, en planta alta porque en la baja estaba instalada la mueblería “Casella Hermanos”, donde mis padres eran empleados de la misma, mi madre como costurera y mi padre, tapicero que había aprendido el oficio de tapicería clásica de las que hoy hay muy pocas, en “Casa Maple” de Buenos Aires, cuando se hacían muebles que eran eternos, porque vivíamos en épocas de las artesanías, de los tallistas, ebanistas, lo que hacían marquetería, de los muebles de estilo francés, inglés, etc.; y mi madre se dedicaba a hacer los cubrecamas, las fundas para almohadas, visillos de cortinas hasta el telón del Teatro Rivera Indarte, hoy Gral. San Martín, que hasta eso se cambió, y las costureras trabajaban con máquinas de coser a pedal, y el telón del teatro tenía cinco tipos de telas superpuestas que había que coserlas igual que a las demás ornamentaciones del teatro. Luego, cuando fueron pasando los años y mis hermanos crecieron, tres de nosotros seguimos el oficio, porque así se acostumbraba a trabajar desde muy pequeña edad y dos de ellos, llegaron a trabajar también por varios años en “Casella Hermanos”.

Hubiéramos sido siete hermanos, cuatro varones y tres mujeres, la mayor falleció ahogada en una tina de agua a los dos

añitos aproximados de edad, al pretender lavar una ropita de su muñequita donde sus bracitos no le alcanzaron para sacar la cabeza del agua, en una triste siesta cuando mis padres descansaban.

Mi madre era italiana, veneciana, mi padre porteño de Villa

Crespo. Después de este haber infortunio perdido de la

primera hija, única en ese entonces, ellos

decidieron radicarse en el llamado Pueblo

Colón, donde tenia mi padre una pieza; yo como hijo menor era muy pequeño y así fueron pasando los

años, la casa se fue agrandando, donde hoy vive una hermano de 86 años, mi padre en sus horas libres tocaba el violín, también teníamos un piano, porque era una tradición en esos tiempos que se tocara algún instrumento musical y el que no, como en el caso de mi madre, tenía una voz de soprano que nos hacía escuchar cotidianamente

música lírica, canzonetas italianas, porque la música alimentaba los espíritus humanos de la familia, y por otro lado no dejaba de ser un orgullo y descanso espiritual en los momentos de las reuniones familiares.

Yo comencé el primario en aquellos entonces se comenzaba a los siete años con primer inferior, en la Escuela José Hernández a dos cuadras de mi casa, siguieron pasando los años y llegué al secundario, el nocturno José María Paz, donde los profesores trabajaban ad honorem, y seguí trabajando y estudiando. Cuando llegué con la ayuda de toda la familia entrar en la universidad, que no muchos podían hacerlo, acostumbrado al trabajo y al estudio, mi padre decidió después de cobrar su ganada jubilación, que sólo me dedicara a estudiar, lo que me permitió hacer la carrera en cuatro años, siendo de cinco en las épocas en las que a los profesionales se los formaba para las profesiones pero

fundamentalmente para la sociedad y la vida, las materias eran la mayoría iguales en los primeros años a las que estudiaban los médicos, como Anatomía, Fisiología, Patología, Histología, etc. hoy la mayoría de estas se estudian en un cuatrimestre cabeza y cuello para los odontólogos y como si todo fuera poco para la degradación académica, a través de apuntes y no de libros.

Luego de haber obtenido el título de Odontólogo, que para lograrlo deberíamos ser un científico en nuestros diagnósticos, un técnico en nuestras realizaciones, un humanista en nuestras

actuaciones y fundamentalmente, un conocedor profundo de las necesidades colectivas, es decir, cuando a los profesionales se los formaba para las profesiones pero fundamentalmente para la sociedad y la vida, para devolverle a la sociedad tal vez el privilegio de haber hecho el universitario gracias a los dineros del pueblo que aportaron a través de sus impuestos en la Universidad Nacional de Córdoba; cuando no existían materias por

cuatrimestre y mucho menos se estudiaba por apuntes, todo se aprendía gracias a las virtudes de los libros, es así como al profesional se lo preparaba para servir a la sociedad, hoy solo pueden acceder a la misma los más pudientes económicamente, y con el único objetivo fundamental del lucro, porque el único valor es hoy el Parecer y no el Ser.

Así fue como después de recibido de Odontólogo, tuve el privilegio de poder ingresar a la vieja Escuela de Odontología como Jefe de Trabajos Prácticos por Concurso en la cátedra de Odontología Legal, Historia de la Odontología y Economía Odontológica, para luego seguir con mi curriculum que ustedes podrán ver www.odontologíaforense-drceppi.blogspot.com. Todo era trabajo y estudio, el mejor remedio sin dudarlo para toda la sociedad, lo que me permite decir entre muchas otras cosas más que:

Yo nací pobre en la riqueza por la formación, cuando la manera y estilo de la enseñanza

tal vez a la altura del mismo suelo en aquellas épocas de la famosa clase media, pero henchido de principios y valores solidarios cuando se vivía feliz con lo que se tenía, que era la mejor tarjeta de presentación así nos criamos y formamos gracias a Dios, con humildad sublime, indispensable y fundamental en una noble clase media de trabajadores cuando la familia era un orgullo y una meta para alcanzar donde los tiempos eran distintos a los de hoy que con solo trabajar el padre se vivía dignamente, y si la madre trabajaba, se pasaba a ser de clase media alta. Yo nací en las décadas del bien y para el bien, los ideales, principios, valores y solidaridad eran metas indispensables de tener que alcanzar. Crecí y me desarrollé desde muy pequeño a pocas cuadras de un matadero municipal cerca del legendario Barrio Corral de Palos donde las indefensas vacas después de un trajinar porque las arriaban desde lejos

tenían que esperar el momento final, era para ellas sin dudarlo, el descanso de la muerte donde ni siquiera tenían agua para beber.

Nací en las épocas donde a las achuras las regalaban o por pocos centavos se las podían adquirir los riñones, las tripas gordas y chinchulines igual que el corazón, molleja, librillo e hígado todo estaban al alcance de los menos pudientes que vamos a hablar de las patas y pezuñas de vacas con estas eran las que mi madre hacía el queso de pata casi cotidianamente desde muy temprano a las primeras horas del comienzo del día prendiendo el fuego con carbón y leña porque era lo que se podía y había en esos tiempos no existían las cocinas a kerosene, ni a gas y menos eléctricas pero nunca faltaba lo indispensable y principal la leche al pie de la vaca que pasaba por la calle y las ordeñaban Don Nito en la puerta de las casas después de un tiempo lo reemplazó Don Liborio pero ya en jardinera y tachos de leche de acero que luego fueron cambiados por los tachos de aluminio.

Lo recuerdo siempre cantando canzonetas italianas era un verdadero tenor, igual que su hijo Plácido que luego sus dos hijos Plácido y Luis pusieron

la famosa Pizzería Don Luis, legendaria en Córdoba.

Una vez servida la leche se le agregaba la yerba, siempre cuidándola para que no se derramara, a la yerba la vendían suelta y por pocos centavos, y así se hacía el famoso y legendario Mate cocido igual al que nos servían en el Servicio Militar como desayuno al amanecer para los más aptos para servir a la Patria, porque en esos tiempos a la Patria no se la confundía con ninguna filosofía política ni teológica, era una realidad donde a los principios, ideales, valores y solidaridad se nos hacían acrecentar día a día, lo mismo que el respeto por los superiores y prójimo en general.

Yo nací en las épocas donde nuestras madres después de enviarnos al colegio en orden para luego reavivar el fuego para hacer otras comidas con la olla grande por ser familia numerosa

y hacer cocinar las patas de vacas varias horas para hacer el famoso Queso de pata al que luego se le agregaba zanahorias, huevos, que se cosechaban del gallinero en el fondo de la casa que nunca faltaba en cada familia, y luego se le agregaban otras verduras como apio, chauchas, que también se cosechaban en la quinta que en ninguna casa de familia por lo general faltaba, todo se dejaba enfriar hasta formarse una gelatina y así pasaba a formar parte de otro plato de comida.

También y por lo general, en otra hornalla la olla sopera, que era un plato infaltable en las comidas. Tampoco faltaban animales como cerdos, cabritos, etc. que se carneaban cuando las ocasiones lo requerían, o venían visitas de otras provincias.

Una vez terminada esta tarea diaria, mi madre se dirigía a la máquina de coser de tapicero para cumplir con los pedidos de la Casa Casella Hnos.

Yo nací en los tiempos de las cocinas a carbón, de los braceros de fierro a leña y a carbón, no existían las cocinas a kerosene ni a gas y mucho menos las modernas cocinas eléctricas porque a éstas las trajo el tiempo y el adelanto.

Nací en los tiempos que en las casas por lo general

no faltaban las huertas al fondo de las mismas igual que los gallineros con distintas aves me crié en las casas con jardines al frente, donde la adornaban los frutales de todo tipo en las calles con canales de riego y aljibes para guardar el agua de las lluvias de primavera,

donde tener pájaros, gato y perro era una disciplina porque aprendíamos a cuidarlos con cariño y amor.

Nací en las casas con frutales y viñedos, traídos de Villa de Quilino, igual que los naranjos mandarines, damascos, y diversos frutales que hacían de nuestro humilde hogar un verdadero vergel para el esparcimiento material y espiritual de toda la familia.

Yo nací en las décadas cuando el trabajo dignificaba por ser un dogma imposible de no ser cumplido cuando el matrimonio era un triunfo a la vida, y en las épocas de los muchos hermanos porque en donde comían dos podían comer más.

Nací cuando el sueldo del padre

era suficiente para vivir dignamente.

Cuando a las madres no le hacía falta trabajar afuera de las casas, las que trabajaban lo hacían en la misma casa, sólo las maestras porque también había maestros que pasaban a ser parte de la familia y el hogar por el respeto profundo que se les tenía a ellos.

Nací en las épocas donde a los menores no se les permitía compartir las conversaciones de los mayores, cuando las hermanas al menstruar acudían a trapos que eran por lo general de toallas que a escondidas las secaban con la plancha siendo de hierro fundido y se calentaban con carbón, nunca se veían estas tendidas en las sogas el pudor era algo nato de las juventudes.

Yo nací en las épocas donde todos nos conocíamos cuando las fiestas patrias eran sagradas que las festejábamos con todo el barrio juntos, colaborando todos para los eventos deportivos donde izar la bandera argentina al amanecer era un ritual que unía a todo el barrio, en las épocas de los almaceneros de barrio

que eran verdaderos almacenes de ramos generales,

cuando cumplir con la libreta a fin de mes era un auténtico honor sagrado el hacer su pago, donde había que hacerlo rigurosamente cuando nosotros estábamos expectantes para que nos mandaran a hacer las compras del día, para recibir la yapa que nos daba el almacenero porque nadie se volvía sin ella, y consistía siempre en llenar los bolsillos con mistol u otros obsequios tal vez, para que le preguntemos a nuestra madre no te hace falta nada del almacenero para ir a comprar?, recuerdo del almacén del famoso Victorio Stampella.

Nací en los tiempos del ahorro, porque gastar lo no ganado era un acto de indignidad, como vivir de prestado; en los colegios nos obsequiaban la libreta para el ahorro, que de centavos en centavos juntábamos para hacer regalos, dineros que venían de nuestros tíos generalmente como obsequio y servir para los cumpleaños de nuestros padres o hermanos, o para obsequiarnos nosotros mismos, porque la caridad indefectiblemente siempre comenzaba por casa.

Como podrán observar en la imagen siguiente, en las escuelas a más de una enseñanza integral, para entrar al secundario, se nos enseñaba manualidades, carpintería, tapicería, corte y confección, como también hacer quintas, huertas, cocinar, etc.

Me crié en las décadas donde cumplir con el sexto grado era una meta indispensable, fundamental y obligatoria como un compromiso familiar y social básico.

Yo nací en las épocas de cursar el secundario, teníamos que hacerlo de noche después del trabajo, que no dejaba de ser una distinción familiar y social, en las épocas donde llegar a la universidad era un triunfo un esfuerzo familiar que enorgullecía a la familia, un privilegio porque muchos no podían ingresar a la misma, porque hasta los más imposibilitados económicamente con esfuerzo familiar y propio se podría acceder.

Tener un hijo haciendo estudios superiores

era un verdadero orgullo.

Nací en los tiempos donde fumar delante del padre era una mala educación, e imposible en las mujeres, donde el pantalón largo en los varones era un verdadero símbolo de madurez y adultez, donde las polleras cortas en las mujeres, más arriba de las rodillas o los escotes exagerados eran una verdadera ofensa familiar y social, donde el cabello largo en los hombres y tatuajes pasaban a ser un verdadero desequilibrio mental, igual que los cabellos cortos en las mujeres.

Nací en las épocas donde los aritos, los piercing, y demás ornamentaciones actualmente muy usadas eran una verdadera ofensa a la familia y la sociedad.

Nací en los tiempos del Servicio Militar, que era indispensable cuando nadie perdía nada, todo era experiencia, corrección, solidaridad, respeto y amor a la Patria.

En las épocas donde las drogas solo eran para remedios y curaciones de los enfermos, manejadas sólo por farmacéuticos no para el servicio de la muerte y de la degradación social, cuando las recetas magistrales se podían comprar, por estar al alcance de cualquier habitante, sin esfuerzos.

Nací en los tiempos cuando nuestras madres, por enfermedad o trabajo no nos podían cuidar los hermanos mayores o vecinos nos atendían, sólo por el hecho del principio generalizado solidario, y así, poder cumplir con las exigencias del colegio, todo por el hecho del haber cumplido dignamente.

Me crié en los tiempos de la verdadera evolución, donde la familia y el hogar eran estamento sagrado, igual que la mesa familiar como ritual cotidiano, momentos de reproches, reflexiones y también orientaciones, donde nuestros padres y hermanos mayores nos hacían.

Yo nací donde el dar y compartir era un orgullo, y si existía algún vecino en mejores posiciones económicas eran respetados y elegidos para cargos en las cooperadoras, bibliotecas, sociedades de fomento, etc. y los más preparados para ocupar espacios jerárquicos políticos.

Cuando el cura párroco y el comisario eran consejeros, las iglesias construidas por el mismo vecindario, en las épocas de aprender música era otro objetivo, y el cantar un ritual cotidiano en esos tiempos, yo nací.

Nací en los tiempos que con centavos comprábamos azúcar, yerba, pan, y con diez centavos tres sandías,

cuando con poco comprábamos frutas varias que se vendían por unidades, no por kilo en los tiempos del amasar el pan casero, que se hacía dos veces por semana, donde todos teníamos la obligación de colaborar como traer ramas de los sitios vecinos o del campo.

En los tiempos donde los días domingos eran sagrados, para la reunión familiar de tíos y sobrinos, y también de los buenos amigos que los había, que hacían de la mesa grande un ritual dominguero para luego prender la radio y escuchar los partidos de fútbol que eran sagrados, y con radios a lamparitas.

Los domingos y feriados eran días para la amistad, para la reflexión de todo tipo, social, política y humanas. Yo nací cuando a las maestras y vecinos se los respetaba, y admiraban en la mayoría a muchos de ellos, por sus cualidades, desempeño y colaboración familiar porque la meta de superación era un objetivo para alcanzar, en donde ir a la biblioteca todas las tardes era una orden, una obligación cotidiana, igual que la misa los domingos porque en todos los barrios había una iglesia y biblioteca, igual que hacer el catecismo para la primera comunión nací en los tiempos del valor de la palabra, donde a la gente se la medía por su conducta ideales, valores, solidaridad y respeto al prójimo, pasando a ser estos conceptos el verdadero documento de identidad.

Nací cuando todas las tardes al anochecer nos sentábamos en la puerta de calle para matear, saludar a los vecinos y también invitarlos a compartir.

Yo nací y me crié en los mejores tiempos sociales, cuando no se conocía el concubinato como hoy y el no mentir, un contrato sagrado generalizado, donde el Parecer nunca le ocupó lugar al Ser, ¡qué tiempos aquellos cuando yo nací!, ¿verdad?.

De izquierda a derecha, Arriba: Mamá Ángela María, mi hermano Oscar Jorge, Papá Félix Roque José; Abajo: Mi hermanos Nélida Lidia, Alberto Silvio, Irma Ana, Armando Enrique y yo, Héctor José.

Familia Ceppi

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful