24 | tiempo argentino | investigación | año 2 | n·445 | domingo 7 de agosto de 2011

Investigación
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La maternidad de Campo de mayo
El Hospital Militar de Campo de Mayo fue uno de los sitios donde operó una maternidad clandestina. Allí se asistieron partos y se entregaron niños a familias apropiadoras. Por un tiempo, el Servicio de Ginecología y Obstetricia estuvo a cargo de Julio César Caserotto. Dos de sus empleados fueron Eduardo Julio Poisson y Carlos Raffinetti, que hace poco declararon en la causa Plan Sistemático y se mostraron faltos de memoria.

Sólo 25 fueron procesados y apenas 16 recibieron condenas

La participación de los médicos durante el terrorismo de Estado
En La Pampa, el caso de tres profesionales de la salud puso en discusión el plan sanitario montado por la dictadura. Hoy atienden en sus consultorios, pero testigos aseguran que asistieron a los militares y presenciaron torturas.
gentileza fototeca bernardo graff

D. E. investigación@tiempoargentino.com.ar

L

os médicos Miguel Antonio Aragón, Máximo Pérez Oneto y Atilio Cornachione, que en la actualidad ejercen su profesión en La Pampa, se desempeñaron activamente durante las acciones represivas desatadas por la última dictadura militar en la llamada Subzona 14, correspondiente a esa provincia, de acuerdo con las denuncias de varios ex detenidos desaparecidos, quienes señalan que los tres médicos presenciaron sesiones de tortura, asistieron a secuestrados en cárceles clandestinas y aconsejaron a los guardias que manejaban la picana eléctrica para que af lojaran con las descargas, haciendo indicaciones tales como “paren que se nos va”, frente a personas al borde de la muerte. Aragón es hoy jefe de la División Sanidad Policial del Servicio Penitenciario Federal pampeano.

Aragón es hoy jefe de la División Sanidad Policial del Servicio Penitenciario Federal pampeano.
Visita - En 1977, el dictador Jorge Rafael Videla llegó al aeropuerto de Santa Rosa. Durante la dictadura, la provincia estuvo comprendida en la llamada Subzona 14.

Es decir, se encarga de velar por las buenas condiciones físicas de los reclusos. Toda una paradoja. Su nombre, dirección, número telefónico y correo electrónico de contacto, figuran en un listado oficial como parte del Departamento Personal de la Jefatura de Policía provincial. Lo de Pérez Oneto y Cornachione es menos rimbombante. El primero es un especialista en enfermedades de piel, mientras que el segundo se ocupa de hacer tratamientos clínicos en su consultorio de la pequeña localidad de Toay, cercana a la capital Santa Rosa. Este presente de tranquilidad contrasta con la mano dura de aquellos años, que tuvo a este grupo de médicos en plena actividad como uniformados, de acuerdo con los relatos precisos de ex detenidos desaparecidos. De los tres, Pérez Oneto aparece como el más

implicado, a partir de la existencia de cientos de fojas con su firma en el libro de entradas y salidas de “pacientes” que agonizaban en los centros clandestinos asentados en La Pampa. Pero el trío era, en realidad, un cuarteto. El otro integrante era Juan Héctor Savioli, también visto en aquellos operativos durante los años de plomo. Sin embargo, a diferencia del resto del grupo, está confirmado que a Savioli la justicia ya nunca lo va a molestar por su pasado. Murió hace pocas semanas. La denuncia contra Aragón, Pérez Oneto y Cornachione fue realizada por los mismos sobrevivientes de esa época: Nery Greta Sander de Trucchi (ex empleada del gobierno provincial), Raquel Barabaschi (entonces estudiante de la UTN de General Pico), Mireya Regazzoli (hija del gobernador

Patrocinio - Carina Salvay, abogada de la Liga por los Derechos del Hombre.

destituido con el golpe de Estado de 1976), Luis Barotto (esposo de Barabaschi), Hermelinda Gánda-

ra (un agente de policía) y las celadoras Nilda Stork y Norma Trohil. Varios de ellos reconocen a los tres

profesionales como las personas que los visitaron mientras permanecieron en cautiverio. En estos momentos, la investigación conjunta para llevar a los médicos a juicio es realizada por un grupo de pampeanos integrado por Juan Carlos Pumilla, Norberto Asquini, Daniel Bilbao y Laura Cristina Rodríguez Kessy, entre otros. El trabajo se basa en la pesquisa y seguimiento que, sin ningún apoyo, llevó a cabo en la década de 1980 el fallecido periodista Marcelino Acosta; esfuerzo que hoy retoma su nieto Claudio. A eso se le suma el aporte de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, a través de la abogada que el organismo tiene en la provincia, Carina Mercedes Salvay. Mientras tanto, los acusados realizan sus tareas con total normalidad. Tienen vigentes sus matrículas de habilitación, ya que

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el Círculo Médico de La Pampa, entidad encargada de avalar las colegiaturas, siempre se negó a expedirse sobre el tema. El año pasado, Aragón, Pérez Oneto y Cornachione pudieron zafar de la justicia. Fue en noviembre, cuando el Tribunal Oral Federal pampeano, integrado por José Mario Tripputi, Armando Márquez y Eugenio Krom, tras el primer juicio desarrollado en la provincia contra responsables de delitos de lesa humanidad, condenó a penas de entre ocho y 12 años de prisión en cárcel común a genocidas de la Subzona 14. Después del veredicto, los acusados Roberto Constantino, Omar Aguilera, Roberto Fiorucci y Carlos Reinhart (comisarios), sumados a Néstor Greppi (edecán del ex presidente Raúl Alfonsín) y a Néstor Cenizo, Athos Reta, Oscar Yorio y Hugo Marenchino, tuvieron que mudarse a la Colonia Penal de Santa Rosa, conocida como Unidad 4. José Schulman, secretario de la Liga y detenido-desaparecido en la cárcel de Coronda durante siete meses, recordó que es determinante hablar de “Estado terrorista, es decir, de un conjunto de instituciones que componían un sistema represivo estudiado y organizado”. La importancia de esta mirada radica en que “en ese marco, una de las patas en las que se basó la política de genocidio fue la llamada fuerza sanitaria, con profesionales militares, policiales y penitenciarios, y un sistema hospitalario que manejaba desde maternidades clandestinas hasta servicios de rutina para el control de los secuestrados”. Schulman considera que “el caso de La Pampa es un ejemplo de ese entramado”, algo que fue quedando en evidencia a partir de un minucioso trabajo de investigación y una serie de informaciones cruzadas por el periodista Marcelino Acosta, que tuvieron que esperar mucho tiempo para ver la luz.

En 2010, en un juicio por delitos de lesa humanidad, los tres médicos fueron mencionados varias veces.
Durante ese proceso, los apellidos de los tres médicos fueron mencionados en varias oportunidades como parte del engranaje sanitario de las fuerzas de seguridad, pero recién ahora las pruebas y testimonios que se están acumulando pueden lograr que finalmente sean sentados en el banquillo como principales acusados. La causa, que actualmente se encuentra en los Tribunales Federales de La Pampa, está en la etapa de instrucción, reuniendo información para formalizar la acusación penal contra los médicos. Los querellantes esperan que la elevación a juicio oral llegue antes de fin de año. “Se juntaron indicios cada vez más firmes con el objetivo de demostrar el papel directo e indirecto que el personal de la salud ocupó durante la represión en nuestra provincia, tanto en fuerzas policiales como militares”, explicó la abogada Salvay a Tiempo Argentino. También recordó que “en aquellas audiencias, la exposición de Pérez Oneto fue entrecortada, soberbia y confusa, y estuvo al borde de la detención por falso testimonio”. La integrante de la Liga agregó que “las palabras de las víctimas son incontrastables, porque dejan en claro que los médicos se encontraban presentes dentro de las salas de tortura, les efectuaban controles de pulso y presión, y hasta se animaban a dar instrucciones a los carceleros, como por ejemplo atenuar la tortura para que la persona no muriera”. De acuerdo a la acusación de Salvay, “ellos eran los que asistían diariamente a los detenidos en los centros clandestinos, y revisaban tanto a los secuestrados como a los reclusos comunes”. Hasta ahora, todo ese material recopilado viene chocando con una estrategia ensayada por la defensa de los médicos: invo-

Los acusados realizan con total normalidad sus tareas. Tienen vigentes sus matrículas de habilitación.
“Aragón, por ejemplo –sostuvo Schulman–, siempre ocupó funciones públicas, y a pesar de que existen testimonios que lo inculpan, ni la provincia ni el Colegio Médico hicieron absolutamente nada al respecto. En otras palabras: la corporación médica se calló la boca.” Esto a pesar de los reclamos de la liga, que exigió que de inmediato fuera separado de su cargo. “Más allá de cualquier supuesta documentación que presente para limpiar su pasado, los juicios y la memoria se construyen sobre la base de la palabra de los sobrevivientes, y son los
(sigue en página 26)

Al banquillo - Miguel Aragón, Máximo Pérez Oneto y Atilio Cornachione podrían ir a juicio oral antes de fin de año.

can supuestos documentos con los que “prueban” que ellos no estuv ieron en La Pampa en el momento de las torturas, a pesar de la palabra de los mismos torturados, que los señalan por haber formado parte de las sesiones de picana. “Cornachione –que por

entonces reportaba en el Batallón 101 de Toay– dice que permaneció en La Pampa entre junio de 1977 y la navidad de 1978, hasta que le dieron de baja. En el caso de Aragón, argumenta que llegó a la provincia recién en marzo de 1979”, relató Salvay. La abogada

señaló que este tipo de maniobras “es algo repetido en los juicios a los genocidas: informes que las mismas Fuerzas se encargan de producir, que distorsionan las fechas de estadía de los acusados en los lugares donde se les imputan delitos de lesa humanidad”.

Cómo era el operativo sanitario ideado por las Juntas
Claudio Capuano es máster en Bioética y Derecho, y jefe de la cátedra de Salud y Derechos Humanos en la Facultad de Medicina de la UBA. Dirige el Centro de Documentación Pedro de Sarasqueta, donde recopila casos de trabajadores de la salud secuestrados y asesinados por la dictadura militar. “En el 2004 comenzamos una campaña llamada ‘De la condena social a la condena real’, que investiga a profesionales violadores de los Derechos Humanos y, por ende, de la ética médica. Uno de los objetivos es lograr que los Colegios, encargados de dictar la matrícula, inhabiliten a esas personas de por vida”, sostuvo Capuano. También explicó que “dentro del sistema represivo, lo ‘sanitario’ no se limitó a cuestiones aisladas, como la atención a un secuestrado o la asistencia a determinadas mujeres embarazadas. La dictadura impuso un plan de sanidad basado en la infraestructura de hospitales y centros más pequeños.” El especialista señaló que en ese plan “también cumplieron un papel destacado los médicos que presenciaban torturas, los que advertían sobre los límites físicos del castigo, los que inyectaban calmantes a las víctimas de los vuelos de la muerte, los que firmaban certificados truchos de defunción, o los que revisaban a secuestrados golpeados salvajemente en centros clandestinos”. El marco legal para este sistema sanitario de plomo estuvo basado en los decretos 2770, 2771 y 2772, todos ellos dictados en 1975. Ese fue el momento en que las Juntas bajaron instrucciones de qué hacer con las embarazadas y los detenidos torturados y enfermos. “Agatino Di Benedetto y Julio César Caserotto reconocieron la existencia de esas directivas”, recordó Capuano. Alcira Ríos, querellante en varias causas referidas a sustracción de menores, coincidió: “El sistema de partos clandestinos y entrega de bebés es un ejemplo de esa organización. En el Hospital de Campo de Mayo, la maternidad estaba montada en el sector de Epidemiología, que internaba a la embarazada, la hacía parir, separaba al chico de su madre inmediatamente, derivaba a la mujer y confeccionaba registros de posibles parejas apropiadoras.” Ríos también agregó que “como los nacimientos se superponían, decidieron perfeccionar aun más la cuestión, atendiendo todos los casos por cesárea. Eso les permitía armar grillas de turnos prefijados, controlar los tiempos y optimizar el trabajo del personal médico.” En la actualidad, Ríos es quien impulsa una causa contra el capitán de fragata Carlos Antonio Capdevila, médico de la ESMA que revisaba el estado físico de los secuestrados. “No vi torturar a nadie ni oí gritos, porque tenía la enfermería en el sótano”, sostuvo Capdevila durante el juicio que lo tiene sentado en el banquillo. En cuanto al diseño de la estructura sanitaria del terrorismo de Estado, Capuano detalló que “los que asistían a los secuestrados dependían del Instituto de Comandos Militares, y de los insumos se encargaba el Comando de Sanidad Militar”. En la cátedra de la UBA donde trabaja, Capuano tiene archivada una lista con los nombres de los 160 profesionales que hasta hoy fueron mencionados en las distintas causas abiertas desde el retorno de la democracia, con algún grado de responsabilidad por lo hecho en los años de plomo. De ese total, sólo 25 fueron procesados y apenas 16 recibieron condena. “Antes de que los oficiales tiraran a los prisioneros vivos desde aviones, los médicos les inyectaban succinilcolina, droga anestésica que actúa como relajante muscular”, relató Capuano y agregó: “Pero ellos no se quedaban en el momento del empujón. Es increíble: se retiraban a la cabina, porque el juramento hipocrático les impedía matar gente.”

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(viene de página 25)

sobrevivientes los que lo vieron mientras los picaneaban”, remarcó Schulman. El otro punto que obstaculiza el avance de los procesos es que en muchos casos estos médicos incluso hicieron brillantes carreras y hasta son “respetados” por la comunidad científica y por sus pacientes. “Obviamente, no saben lo que esta gente hacía durante la represión, como pasó con Carlos Jurio, Enrique Corsi y Luis Favole, que atendían a detenidos en la Unidad 9 de La Plata”, explicó Schulman. Otros testimonios que incriminan a Aragón, Pérez Oneto y Cornachione son los de los doctores Jorge Irazusta, Américo Taborda y Stella Truol, perseguidos y amenazados por la dictadura. El primero debió exiliarse junto a su esposa y compañera de militancia en Canadá, donde reside actualmente, mientras que Taborda y Truol salvaron milagrosamente sus vidas después que los grupos de tareas pampeanos intentaran asesinarlos por sus trabajos dentro del Plan Provincial de Salud, proyecto que entre 1975 y 1977 trató de poner en pie al Hospital Municipal Lucio Molas y reivindicar el papel de la atención pública en esa región. “Mirá que hay que aguantar entrar a una sala de tortura, bancar-

Los parteros de la dictadura
El 15 de noviembre de 1978, el médico represor de la ESMA Jorge Luis Magnacco atendió personalmente el parto de Patricia Roisinblit, hija de Rosa, vicepresidenta de Abuelas de Plaza de Mayo. Patricia, de 26 años, había sido secuestrada junto con su compañero José Manuel Pérez Rojo y llevada embarazada a la Regional de Inteligencia de Buenos Aires, centro clandestino ubicado en Morón y controlado por la Fuerza Aérea. Magnacco reportaba al doctor Héctor Ricciardi, capitán de fragata y jefe del Departamento de Sanidad de la ESMA. También condujo el parto de Silvina Labayrú y su tarea le significó, en 2005, una condena a diez años de prisión. Héctor Bergés atendió los partos de Stella Maris Montesano de Ogando y Cristina Navajas de Santucho en el Pozo de Banfield, y revisó a detenidos en salas de tortura. En diciembre de 1976, le ordenó a Pablo Díaz, secuestrado durante la Noche de los Lápices, que lo asista en el parto de Gabriela Carriquiriborde. Allí también nació María Victoria, hija de María Asunción Artigas Milo, cuya entrega a sus apropiadores fue avalada por una partida ilegal firmada por uno de los jefes médicos de Ramón Camps, Héctor Vidal. Otro lugar fue La Cacha, un centro contiguo al penal de Olmos. En su declaración, Patricia Pérez Catán, en ese momento estudiante de Medicina, contó que fue puesta a calcular las contracciones de la madre de los mellizos Reggiardo Tolosa. Dos de las embarazadas tratadas allí fueron Laura Carlotto y María Elena Corvalán. En la cárcel de Olmos también funcionó una dependencia sanitaria, a cargo de Fernando Guillén, jefe del Servicio Penitenciario bonaerense. La maternidad clandestina del Hospital Militar de Campo de Mayo, tierra del médico genocida Agatino Di Benedetto –también inter ventor en el Hospital Posadas– y del traumatólogo Atilio Bianco, contó con equipamiento donado a los represores por empresas como Mercedes Benz.
gentileza fototeca bernardo graff

Testimonio - En 2006, pidió que se investigara a Pérez Oneto y Savioli. Más tarde, sumó a Cornachione y Aragón.

raquel barabaschi

“Mirá que hay que aguantar entrar a una sala de tortura, bancarse los gritos de dolor”, sostuvo Schulman.
se los gritos de dolor, la sangre, el olor a piel quemada. Algo terrible, no es para cualquiera”, sostuvo Schulman, y recordó que “la tradición represiva que tiene este país hizo que la policía y los militares fueran preparados para eso. Pero lo increíble es que los médicos se hayan plegado. Justo ellos, formados en una profesión que debería salvar vidas.” Por todos estos elementos, para la abogada Salvay aquellos médicos que formaron parte del engranaje represivo local “no fueron un eslabón más, sino una pieza especialmente necesaria dentro del sistema genocida, porque con sus conocimientos sabían manejar los límites del dolor y el sufrimiento de cada víctima. Hasta su muerte quedarán convertidos en médicos torturadores, por acción u omisión.” <

“El desprecio y la ironía de su mirada lo convertían en un torturador más”
Sobreviviente de los años de plomo en La Pampa, denunció a los responsables de la represión, incluidos los médicos colaboradores.
D. E.

R

Rol - En el plan represivo de Videla, los médicos tuvieron un papel importante.

aquel Barabaschi sobrevivió a la represión ocurrida en La Pampa durante la dictadura militar. Su primera denuncia contra los responsables del genocidio en la provincia, presentada en 2006, apuntó al ex diputado y ex presidente del PJ local, Carlos Aragonés, y al ex gobernador Rubén Marín, considerados “partícipes necesarios” en distintos operativos vinculados a persecuciones y secuestros de militantes políticos. “Pero también nombré a los médicos colaboradores que nos asistían en los calabozos –declaró a Tiempo Argentino–, como Pérez Oneto y Savioli”. Según su relato, los dos la atendieron cuando estuvo detenida en la Seccional 1º de Santa Rosa. “El primero lo hizo después de sesiones de tortura con picana. El desprecio y la ironía de su mirada lo convertían en un torturador más. Y el segundo vino a verme por una tremenda reacción alérgica en todo el cuerpo, producida por las chinches del colchón de goma espuma que me ponían para dormir”, denunció Barabaschi. También agregó que “durante mucho tiempo en La Pampa no se pudo hablar de lo que había

pasado en esos años, pero el tema cambió a partir de 2003, y sobre todo con la derogación de las leyes de impunidad.” Su presentación judicial, ingresada en la Fiscalía Federal a cargo de Marta Odasso, originó la causa 246, recibida primero por el juez Pedro Zavala y luego tomada por Daniel Rafecas. “Pedimos que también se investigara a los médicos militares Cornachione y Aragón –contó Barabaschi–, pero la causa se interrumpió, porque cuando fuimos al hospital público a buscar las historias clínicas de los detenidos que habían sido llevados ahí, nos dijeron que el material estaba destruido por una inundación en el archivo.” El reclamo permaneció congelado por años, mientras los profesionales seguían atendiendo a sus pacientes como si nada. La reactivación llegó el año pasado, cuando la actuación de los médicos fue denunciada en el proceso referido a la Subzona 14. “Todo lo que se escuchó en esa oportunidad nos va a servir para encarar la segunda parte del juicio, basado en la palabra de muchos testigos que señalan a estos personajes como los que los revisaban en las horas de castigo”, explicó Barabaschi. Entre otras víctimas, se trabaja sobre los testimonios de Nelson

Nicoletti, Daniel Ayet, Alberto Larrañaga, Hilda Pérez, Patricia y Claudia Solecio, Norberto Flores, Hilda de Gil, Santiago Covella, Graciela Espósito, Mirta Alzamendi, Nilda Store y José Quintero. Cuando en medio de las descargas de picana el aturdimiento hacía que los secuestrados ni siquiera se conocieran a sí mismos y no supieran responder a la pregunta de cómo se llamaban, los médicos les inventaban apodos para volcar los datos en fichas. “En una oportunidad –finaliza Barabaschi–, un compañero no podía ni hablar. Entonces, escuchamos que uno le decía al otro: ‘Anotalo como petiso, morrudo y con cara de boliviano.’” <

La cifra

son los profesionales de la salud que tuvieron condenas por haber participado en los crímenes cometidos tras el golpe de Estado de 1976.

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