Escuela de jóvenes matemáticos en Siberia Mikhail Lavrentiev (URSS).Vicepresidente de la Academia de Ciencias de la URSS.

Presidente de la filial de la Academia de Ciencias de Siberia. Galardonado con el Premio Lenin.

El nacimiento y el potente impulso de la ciencia sobre la tierra siberiana, inmenso territorio que se extiende desde los Urales al litoral del Pacífico, han sido dictados por los imperativos vitales de nuestro tiempo. Abierta al mundo civilizado desde el siglo xvi, primero por viajeros rusos y luego por arrojados pioneros que entraron en la historia bajo el nombre de zemleprohodtsy (literalmente, «los que recorren la tierra»), Siberia, a causa de numerosos factores históricos, permaneció durante mucho tiempo sumergida en un ensueño, como el héroe de un cuento popular ruso. En algunas narraciones que, desgraciadamente, son todavía interpretadas al pie de la letra en Europa, Siberia es descrita, como en los buenos viejos tiempos, bajo el aspecto de un país salvaje y helado en el que, según los términos de un reportero occidental, «los lobos persiguen a los trineos que se deslizan sobre la nevada estepa infinita, donde las mujeres pasan su vida en las cabanas tapizadas con sangrantes pieles de animales». Ahora bien, Siberia ha dado al mundo un gran sabio, el químico Dimítri Mendeleiev, el gran pintor Vasily Surikov y un gran número de otros sabios, escritores y músicos notables. El gran académico ruso Mikhail Lomonosov había afirmado, como auténtico profeta, que «la potencia de Rusia se acrecentaría gracias a Siberia». Sería falso afirmar que Siberia no había producido hombres de ciencia antes de la Revolución socialista de octubre de 1917. A partir de 1888, en efecto, se creó la Universidad de Tomsk, seguida de otros establecimientos de enseñanza superior, aunque ciertamente poco numerosos. Pero cuando bajo el régimen soviético se emprendió de manera intensiva la revalorización de Siberia, la ciencia se desarrolló allí paralelamente a la industria. Poco después de la Revolución, Lenin creó por decreto la Universidad de Estado de Irkutsk. En 1943, en plena guerra mundial, durante un período particularmente penoso para la URSS, se creó la filial para Liberia Occidental de la Academia de Ciencias de la U R S S . Pero cuando, al final de los años cincuenta, la Unión Soviética se hubo restablecido de las consecuencias de la guerra, decidió invertir importantes recursos en el desarrollo de las regiones orientales del país, sobre todo de Siberia, ya que era evidente que la capacidad de los establecimientos científicos locales no correspondía en absoluto a la tarea que la ciencia se había propuesto, o sea, revalorizar y desarrollar de la manera más rápida posible las fuerzas productoras de un territorio de diez millones de kilómetros cuadrados. En aquella época Siberia carecía de concepción y orientación científicas que le fueran propias. Existían desde luego profesores que formaban licenciados en Ciencias, los cuales, diez años más tarde, se convertían en profesores. Pero el número de jóvenes que engrosaban «el ejército de científicos» era muy restringido.

Por otra parte, los cometidos de la ciencia en Siberia eran enormes. La revalorización de ese país era, pues, una empresa inmensa y difícil. Recuerdo todavía con placer mis contactos con Pierre Rondière, eminente periodista francés, que nos visitó en el momento en que construíamos nuestra ciudad académica, cerca de Novosibirsk. En su excelente obra Démesurée et Fabuleuse Sibérie decía: «Aquí todo se desplaza, se mueve, brota, surge. Cada rincón de la calle encierra un proyecto, cada palmo de tierra un futuro inmediato. Tierra vasta, infinita, rica, prometedora y en ebullición, que da a cada cual el deseo de emplearse en una conquista más grande que él. Siberia pesa ya con toda su producción de acero y carbón sobre los destinos del mundo . . . Dentro de treinta o cuarenta años, avanzando siempre hacia el Este, podría encontrarse, hacia principios del siglo xxi, en cabeza de los productores del mundo. Y aquel que nada conoce de ella, no conoce nada sobre el porvenir del planeta...» Una de las «tres ballenas» En Siberia ha encontrado derecho de ciudadanía una ciencia floreciente que contribuye activamente al desarrollo intensivo de las fuerzas productoras de esta riquísima región del planeta. Donde hace una quincena de años no había más que un solo miembro de la Academia de Ciencias de la URSS, hoy cerca de 5.000 científicos, guiados por 60 académicos o miembros correspondientes de la Academia, se dedican a la investigación en los importantes sectores de la ciencia contemporánea. Nuestro Centro Académico de Siberia reposa, como en la vieja leyenda, «sobre tres ballenas»: la investigación científica intensiva, la resuelta aplicación de los resultados de esta investigación a la producción, y la formación perseverante y funcional de jóvenes cuadros científicos. Los numerosos e importantes descubrimientos de los científicos siberianos han llenado ya la crónica mundial. En el presente artículo intentaré describir los esfuerzos que realizamos en Liberia para resolver un problema capital que, desbordando las fronteras nacionales, reviste dimensiones propiamente planetarias: el de la formación de la juventud científica. El hecho es que esta categoría profesional es hoy la más deficitaria en el mercado mundial del trabajo. Los conocimientos y el talento del científico se cotizan muy altos. ¿Por qué? Sencillamente porque en nuestra época de revolución científica y técnica la ciencia ha llegado a convertirse en una verdadera fuerza de producción. El sabio hoy ya no es el eremita de laboratorio, sino que participa también activamente en la producción, de la misma manera que el ingeniero, el obrero de fábrica o el campesino. E n Siberia surgen nuevos centros científicos (sólo Siberia cuenta ya con diez, y en Novosibirsk se están construyendo dos nuevos centros académicos, uno para la agricultura y otro para la medicina) y la informática encuentra una aplicación cada vez más amplia en la economía nacional. Las matemáticas se han hecho indispensables en la fábrica y en ella se instalan ordenadores y se introducen sistemas automatizados. Las matemáticas ayudan a los biólogos, a los historiadores y a los sociólogos; la ciencia es requerida por doquier, tanto para los centros científicos nuevos como para los antiguos. Se necesitan miles y miles de especialistas de niveles y cualificaciones diferentes. Por otra parte, y a medida que evoluciona, la ciencia exige una constante aportación de fuerzas vivas, de jóvenes a ritmo de su siglo, con una vasta cultura; también exige un continuo relevo. ¿Dónde encontrarlo? Sobre todo en Siberia, cuya población es todavía poco densa. Hace quince años, nosotros «los viejos», procedentes de Moscú, de Leningrado, de Kiev y de

otras grandes ciudades del centro de la URSS, llevamos allí a nuestros alumnos, fundamos escuelas científicas y establecimos las principales orientaciones de estudios. Pero ya en aquella época, nuestras miradas estaban fijas en el porvenir, ya que preveíamos la situación actual de los cuadros científicos. C o m prendíamos que el fantástico impulso de la ciencia iba inevitablemente a engendrar ese problema y que su agudeza se intensificaría si la formación de jóvenes científicos se realizaba por medio de los métodos tradicionales, o si se continuaba confiando en lo que se llama «la afluencia automática» de los jóvenes hacia la ciencia. Nuestras previsiones han resultado perfectamente exactas. Encontrar un especialista para un nuevo instituto o centro científico cualquiera es hoy algo bastante difícil. No porque los jóvenes no quieran consagrarse a la ciencia, siendo ésta una profesión que goza de gran respeto en nuestro país. Pero hoy día es más difícil hacer venir a un joven científico a Siberia que hace una quincena de años. ¿Por qué? Simplemente porque en los mismos alrededores de Moscú y de otras grandes ciudades de la Rusia europea han surgido nuevas ciudades académicas y porque se están creando constantemente nuevos centros de investigación en las diversas repúblicas, donde los jóvenes tienen las mismas oportunidades de progreso que en Siberia. H o y puede afirmarse que nuestra política de formación de trabajadores científicos entre los jóvenes «de cosecha propia», procedentes de Siberia, de los Urales, de Asia Central y de Extremo Oriente, no ha sido desmentida. Estudiaban construyendo Nuestro centro académico estaba todavía en construcción cuando la Universidad de Estado de Novosibirsk ya había sido inaugurada. Incidentalmente, entre los primeros estudiantes de la misma, figuraban no pocos constructores de sus instalaciones: si durante el día trabajaban en la construcción, por la noche asistían a las conferencias de nuestros profesores para prepararse y entrar en la Universidad. Se había decidido que en esta Universidad la enseñanza se dispensaría según un método nuevo desde su principio, concebido, sobre todo, para formar cuadros científicos destinados en especial a los establecimientos científicos de Siberia y de Extremo Oriente. Entre los educadores de la Universidad figuraban eminentes sabios —académicos y profesores— que trabajaban en sus institutos de investigación. Por otra parte, habíamos decidido que a partir del tercer año de estudios universitarios, los alumnos participarían en los trabajos de esos institutos, frecuentando sus laboratorios. Esta experiencia es m u y útil para el científico de mañana, puesto que le permite, siendo todavía estudiante, iniciarse en el trabajo científico y tomar contacto con los grandes problemas tratados por el instituto que frecuenta. El estudiante se integra en la colectividad del instituto y, con un equipo ultramoderno a su disposición, asimila los métodos de investigación más recientes y aprende a manejar los instrumentos más perfeccionados. Al ser los profesores de la Universidad notorios hombres de ciencia, el estudiante trabaja, tanto en las clases teóricas como en las prácticas, bajo la dirección del mismo eminente especialista. Tras decidir el establecimiento de contactos más estrechos entre la Universidad y los institutos, hemos obtenido que el estudiante llegue a ser de hecho un investigador en su disciplina, aun antes de haber terminado sus estudios; dicho de otro modo, hemos logrado que el futuro científico comience su especialización lo antes posible. E n cierto sentido, es el mismo proceso que el de la enseñanza de la música o de la coreografía. Los niños que se revelan con talento en esos campos, entran desde muy jóvenes en las escuelas de música y de ballet, lo que reduce el tiempo necesario para el desarrollo de

sus dotes. ¿Por qué no proceder de la misma manera con aquellos que deciden consagrarse al servicio de la ciencia? A la búsqueda de talentos La propia Universidad debe ser dirigida también hacia el futuro. ¿No les interesa al rector y a los profesores conocer a aquellos que mañana vendrán a escucharles en el anfiteatro? ¿No están acaso interesados en reclutar a sus estudiantes entre jóvenes brillantes y con talento que más tarde llegarán a ser verdaderos científicos? Por supuesto; pero, una vez más, ¿dónde encontrarlos? ¿Dónde buscar aquellos que, más adelante, serán los colaboradores de los nuevos centros científicos que se crean sin cesar en Siberia? Decidimos apuntar hacia la juventud siberiana. Pero el problema era de una extrema complejidad. Como en toda nueva empresa, existía un conflicto entre el entusiasmo de los optimistas y la eterna prudencia de los escépticos. Por ejemplo, se nos preguntaba, no sin ironía: « ¿Dónde van ustedes a buscar nuevos talentos? Son tan raros como el oro.» Nosotros respondíamos, poco más o menos: «¿Quién nos garantiza que las reservas de oro en las entrañas de la tierra están calculadas al miligramo? ¿Y quién puede determinar la cantidad de oro en suspensión en las aguas del océano?» Antes de dejar Moscú por Novosibirsk, yo conocía bastante bien Siberia, por haber vivido allá. Es un país de hombres impetuosos, dotados de gran fuerza moral. Mis colegas y yo estábamos formalmente convencidos de que en Siberia existían numerosos jóvenes de talento, sobre todo en la contemporánea, donde el nivel de la cultura popular es elevado. Por lo demás, el número de jóvenes de talento ha aumentado considerablemente dentro del conjunto del país. Esto es consecuencia del aumento general del nivel de vida, del progreso de la cultura, de la creación de gran número de bibliotecas, de escuelas y de clubes, así como del desarrollo de los medios de comunicación, elementos todos ellos que contribuyen a la realización de las dotes innatas. Se ha dicho que no existen hombres incapaces sobre la tierra. Todo consiste en ayudar a cada uno, en el momento oportuno, a desarrollar sus dotes. Nosotros comprendimos que en la época en que la ciencia ha llegado a ser una auténtica fuerza de producción, un intelecto desarrollado representa una riqueza nacional, como pueden representarla los minerales o los recursos energéticos. El socialismo, con su sistema de educación obligatoria y gratuita, ha creado todas las condiciones requeridas para que esa riqueza nacional pueda acrecentarse constantemente. Y aun así, ¿dónde y cómo buscar aquellos que lleguen a ser los trabajadores científicos del futuro? Sabíamos que Mikhail Lomonosov había nacido y pasado su infancia en una aldea perdida del austero litoral del Océano Ártico, que para hacer sus estudios en Moscú había venido en carreta, con un convoy de mercancías. Es muy posible que él no sea el único en su especie y que exista gran número de hombres dotados como él que viven en aldeas desconocidas en el corazón de la taiga siberiana, sin saber siquiera que tienen talento, y que un día puede ser que realicen descubrimientos científicos que maravillen al mundo. Nosotros, científicos, patriotas y ciudadanos, tenemos el sagrado deber de abrir a esos jóvenes la vía que conduce al saber, de no esperar que vengan por sí mismos a Moscú o a Novosibirsk, sino de salir en su busca, de reunir a los dotados bajo el mismo techo, en nuestro centro académico. Debemos reunir todas las condiciones requeridas para desarrollar su creatividad, para iniciarles en la ciencia desde su más temprana edad, y ponerles en contacto con los sabios eminentes — ¡la juventud necesita tanto del ejemplo

exaltador de sus mayores!—. Así nació la idea de organizar, cerca de la Universidad de Novosibirsk, una escuela especial de física y de matemáticas para adolescentes dotados. Y era una decisión bastante juiciosa desde todos los puntos de vista. Desde el nacional, se sabe que cada país produce todos los años cierto número de talentos y que cuanto antes son descubiertos y formados, pudiendo así cultivar sus dotes, antes pagarán de rechazo a la sociedad (recordemos que Newton hizo sus más grandes descubrimientos cuando apenas tenía cuarenta años), y desde el punto de vista científico, ya que desde su creación el centro académico tuvo como divisa: «no hay científicos sin estudiantes». Me interesa subrayar que es precisamente en una escuela de este género con lo que soñaba Mikhail Lomonosov hace dos siglos: «El reglamento académico debe ser concebido y redactado —escribía— de manera que la Academia no se contente con abastecerse de sabios, sino que los propague por todo el Estado. Cerca de toda Universidad debe existir un colegio, sin el cual aquélla sería como un laboreo sin semilla. La nodriza de la Universidad, su reserva y su proveedor es el colegio académico. Es ahí donde la infancia debe ser educada, y enseñadas las materias escolares de tal manera que los que salgan de él puedan afrontar estudios superiores en la Universidad...» En el bosque que rodea Novosibirsk, la ciudad académica estaba todavía en construcción, pero los estudiantes de la más joven Universidad de la URSS ya asistían entonces a las conferencias de una escuela próxima, y los domingos echaban una mano a los obreros del edificio. La prensa de los jóvenes de Siberia y de Extremo Oriente anunciaba: «La filial siberiana de la Academia de Ciencias de la URSS y la Universidad del Estado de Novosibirsk organizan la primera olimpíada de física y matemáticas para los escolares de toda Siberia. E n ella pueden participar cuantos lo deseen. El texto de las pruebas es publicado en los periódicos. Encontrad la solución y enviadla a Novosibirsk.» Poco después nos encontrábamos literalmente inundados de respuestas. Era evidente que existían no sólo en las grandes ciudades siberianas, sino en los rincones más apartados, en la taiga más desolada, en los pueblos de las estepas y en la montaña, numerosos escolares apasionados por las matemáticas y por la física. Nos encontrábamos ante un fenómeno asombroso que nos llenaba de júbilo: un muchacho de séptimo año que vivía en un pueblo de la estepa del Altai estudiaba solo las matemáticas superiores; en el distrito de Kurgan existía un club de jóvenes matemáticos; en un pueblo desconocido de la fría Yakutia, toda una clase de colegiales estudiaba con entusiasmo matemáticas y física; y en Irkutsk, por ejemplo, los alumnos deseosos de profundizar sus conocimientos en matemáticas habían sido agrupados en una clase especial. Siberia era rica en oro, ¡pero también rica —lo habíamos previsto— en talentos! Las olimpíadas Se trata, en suma, de un procedimiento muy simple. Se decidió que las olimpíadas se desarrollaran en tres fases o vueltas. La primera por correspondencia. El comité organizador de tales pruebas publica en la prensa destinada a la juventud siberiana los problemas que pueden tentar con su resolución a todos aquellos que deseen poner a prueba sus conocimientos. Al concebir los problemas, nos esforzamos en estructurarlos de tal manera que nos permitan luego destacar a los jóvenes cuyo razonamiento revele

cualidades personales, un espíritu vivo y original. D e esta manera, para ser admitido en la segunda vuelta, no es necesario en absoluto que se responda a todas las preguntas del problema propuesto. En algunos casos es suficiente con responder una sola, pero de manera personal y singular, ya que, como hemos dicho, lo que a fin de cuentas nos importa es la facultad de razonamiento. Los ganadores de la primera etapa son recompensados con diplomas y premios, siendo admitida su participación en la segunda vuelta, que es más difícil. Esta segunda prueba se desarrolla en las grandes ciudades siberianas, a las que acuden los colaboradores de la filial siberiana de la Academia de Ciencias. Los problemas propuestos son, naturalmente, más complejos. Los alumnos que despiertan el interés de los organizadores son entrevistados seriamente por estos últimos que tratan con ellos sobre su futura orientación. Los vencedores de la segunda vuelta van a pasar las vacaciones de verano a Novosibirsk, en el centro académico, donde descansan al mismo tiempo que se preparan para la tercera etapa en un campamento de vacaciones especial. Allí entran en contacto con matemáticos, físicos y químicos eminentes, asisten a sus conferencias, van al teatro, se inician en los trabajos de los institutos de investigación científica, frecuentando a todos aquellos que crean la ciencia moderna. E n una palabra, penetran en la atmósfera y en la vida de un importante centro científico. La tercera etapa es más difícil todavía. Los problemas que se exponen en ella, presentan mayores complejidades y están concebidos sobre todo con la intención de descubrir no sólo a los jóvenes con talento, sino también a aquellos que son capaces de razonar de manera independiente. Desde su creación —que va para más de quince años— estas olimpíadas han revelado bastantes casos, realmente sorprendentes, de adolescentes excepcionalmente dotados. Me han hablado, por ejemplo, de un alumno de quinto año, Boris Tsikanovsky, procedente de una pequeña ciudad de la parte sur de la isla Sakhalin. Sus padres son ingenieros. Ningún antecedente de talento particular, ni por parte de los padres ni en la familia más lejana. ¡Pero el chico era un fenómeno! Disputando la tercera etapa, la más difícil, él, alumno de principios de la secundaria, resolvía con la mayor facilidad problemas destinados a los alumnos de las clases terminales (9.° y 10.° año). Los problemas eran bastante difíciles. No obstante, mucho antes de la hora, el vigilante de las pruebas vio a un chavalín enclenque entregarle, el primero, una hoja llena de fórmulas. «¿Qué m e trae aquí?» —preguntó el profesor, muy sorprendido—. «Los problemas —contestó el chaval—; ya los he hecho...» «¿Ya?» «Pues sí —repitió el chico—; los he hecho todos...» «Bien, bien... Vuelva a su sitio.» Una media hora más tarde el chico vuelve hacia el profesor con otra hoja en la mano. « ¿Y ahora qué?» — pregunta el profesor, cada vez más sorprendido—. «Es una segunda variante de las cinco soluciones...» Y así, un muchachito de quinto año de una pequeña ciudad del fin del mundo había resuelto perfectamente los cinco problemas, habiendo recibido la nota 50 sobre un máximum posible de 25 . . . Enseguida ingresó como pensionado en nuestra escuela de física y matemáticas organizada en el centro académico, cerca de la Universidad de Novosibirsk. Puede uno preguntarse quién y cómo hubiera podido, sin nuestras olimpíadas, descubrir y revelar a ese chico lleno de talento de la isla Sakhalin. Podrían citarse numerosos descubrimientos análogos. ¡Realmente, nadie podrá jamás evaluar el oro en suspensión de las aguas del océano!

Nuestra escuela de física y matemáticas fue una de las primeras de la URSS y la primera en Siberia. La época bastante difícil de su creación está ya superada, pero hizo falta entonces, para esos adolescentes que daban pruebas de poseer dotes excepcionales para las ciencias exactas, elaborar programas especiales y, sobre todo, reclutar profesores de un temple podría decirse que excepcional a los que confiar lo que nuestra sociedad tiene como más precioso, jóvenes con talento. Hizo falta crear también para esos alumnos condiciones de vida agradables y una atmósfera amistosa —no es tan fácil para un muchacho arrancarse de su familia y de la escuela a la que está acostumbrado—. Hablamos y discutimos mucho sobre estudios acelerados, pero los chicos siguen siendo chicos: no es fácil vivir lejos de la fámula y de los brazos cariñosos de la madre o de la abuela. Hizo falta, pues, proceder de manera que los alumnos de esta escuela, distinta de las demás, pudieran crecer y desarrollarse de manera armoniosa, hacerles practicar deporte, iniciarles en el arte, en la literatura, en la música; sin ello se habría corrido el riesgo de hacer de ellos especialistas «estrechos», en la más triste acepción del término. La ciencia exige una facultad de trabajo frenética. Había que enseñar a nuestros pupilos a no retroceder ante los aspectos ingratos y a veces fastidiosos del trabajo científico, a realizarlo todo con terquedad y pasión. La ciencia requiere una enorme amplitud de miras, de audacia, la aptitud de anticipar y prever el porvenir. Teníamos, pues, que inculcar también esas cualidades a nuestros muchachos. Por último, el trabajador científico debe poseer una salud de hierro, y al establecer los programas especiales de nuestra escuela, teníamos que prever igualmente la educación física de los adolescentes. Todo eso se llevó a cabo mediante el trabajo colectivo de numerosos científicos, pedagogos, especialistas en letras y artes, así como de médicos. La elaboración de ese programa supuso ya en sí una actividad creadora apasionante, que nos ha dejado a todos un maravilloso recuerdo y el sentimiento de haber cumplido con nuestro deber ante la sociedad. ¿De qué forma trabajan? Partamos del programa de estudios. Todos los alumnos de esta escuela reciben una amplia instrucción general, pero los estudios, por supuesto, giran muy estrechamente en torno a las matemáticas. Dicho de otra manera, hemos querido deliberadamente desarrollar las dotes innatas de los muchachos y les damos, lo antes posible, la educación orientada de la que anteriormente hemos tratado. En el momento de la elaboración de nuevos métodos de enseñanza para esta escuela nos acechaban no pocos peligros. El hecho es que en los últimos tiempos se han multiplicado los planteamientos científicos en proporciones gigantescas; han surgido a la luz nuevas orientaciones y han sido puestos a punto multitud de nuevos métodos de investigación. ¿Cómo formar hoy a los jóvenes para que asimilen eficazmente la ciencia contemporánea y su inmenso campo de acción? Para ello parece ser que existe una sola solución, y es la de ensanchar los programas. Pero, como suele decirse, «nadie está obligado a lo imposible», y es imposible englobar en un programa de estudios todo el arsenal de conocimientos. El alumno podría ser aplastado y desbordado por el trabajo. Y un tiempo de ocio insuficiente puede conducir, en mi opinión, a lo que sería una catástrofe: su trabajo dejaría de ser creador. Decidimos que nuestros alumnos aprendieran, sobre todo, no a memorizar sino a pensar, a razonar. Los estudios obligatorios abarcan treinta horas repartidas en cinco días por semana. El sábado, libre, está consagrado a los trabajos

personales en un instituto de investigación, en un laboratorio, así como al estudio de temas facultativos y a los cursos especiales. ¿Quizá resulte pesada esta carga de trabajo? Es posible, pero contamos con el hecho de que se trata de individuos de alguna forma excepcionales y que, gracias a sus dotes innatas, asimilan más fácil y rápidamente. Por lo demás, hay que meterse en la piel del muchacho: ¿puede perder un solo instante, cuando tiene acceso a los laboratorios y el mismo día un científico da una conferencia o dirige las prácticas? «Nuestra suerte y nuestra particularidad, escribía un día el académico Spartak Belayev, rector de la Universidad, reside en que nuestra Universidad no existe sin el centro académico, sin la filial siberiana de la Academia, sin los institutos científicos. Todos los grandes científicos que han alcanzado las más altas cimas de conocimientos enseñan en nuestra Universidad; todos los más eminentes profesores trabajan en nuestros institutos, tienen en ellos sus departamentos, sus laboratorios, sus sectores. Después del tercer año, nuestros estudiantes enseñan en los institutos.» Puede decirse lo mismo de los alumnos de nuestra escuela. Por ejemplo, los cursos de matemáticas y de física son dos o tres veces más intensivos que en los establecimientos de estudios secundarios ordinarios. Pero hemos concebido nuestros programas de tal manera que la documentación puesta a disposición de los alumnos favorezca la actividad creadora y el deseo de aprender. Por otra parte, los profesores de esta escuela (de los que hablaré más adelante) siguen atentamente a cada alumno para determinar lo antes posible sus disposiciones. Según éstas, unos podrán llegar más tarde a ser científicos, pero altamente especializados; otros, sabios de amplio horizonte intelectual, capaces de orientarse con rapidez en diversas disciplinas; y otros, organizadores de la ciencia. Nos esforzamos por inculcarles, desde el principio, un vivo sentido de la novedad, puesto que la facultad de adaptación a la innovación es la cualidad más preciosa del científico. En fin, me interesa subrayar que la educación que practicamos queda más favorecida cuando «desde los primeros pasos», es decir, desde que entran en nuestra escuela de física y de matemáticas, nuestros alumnos viven, trabajan y estudian en la atmósfera de un gran centro científico en el que nacen y se elaboran nuevas ideas, en el que se crean nuevas técnicas y donde los temas científicos suscitan apasionados debates. Es así como los jóvenes, evidentemente en la medida de sus capacidades, participan en cierto sentido en la evolución de tal o cual idea científica o nueva técnica desde su gestación. Sin duda, se estará de acuerdo en admitir que en un clima parecido un joven dotado trabaja y se desarrolla más fácilmente que en las condiciones habituales. ¿Quiénes son? Como ya he indicado, las olimpíadas están abiertas a todos los jóvenes, muchachos y muchachas, desde los quince años de edad. Por lo general, en la primera vuelta por correspondencia participan de 10.000 a 12.000 escolares de Siberia y de Extremo Oriente. La segunda vuelta reúne a los más fuertes, y esta vez es obligatoria la presencia física de los candidatos. Durante las vacaciones escolares de primavera, los participantes acuden (bajo los auspicios de los organismos de enseñanza) a las cabezas de partido regionales más próximas a su residencia, donde nosotros destacamos alrededor de 150 profesores, colaboradores de la filial siberiana de la Academia de Ciencias o estudiantes de último año. Se entrevistan con los candidatos in situ y realizan

con ellos algunas pruebas experimentales. El número de candidatos que pasan a la tercera vuelta, o «final», llega a veces a los 600. Todos ellos son invitados, esta vez bajo los auspicios de la filial siberiana de la Academia de Ciencias de la URSS, a pasar el mes de agosto en el centro académico, cerca de Novosibirsk, en un «campamento de verano». Durante las clases, durante los paseos por el pintoresco bosque que rodea el centro académico, y en la playa del golfo del Ob, se organizan debates y se analizan problemas de matemáticas a veces muy complejos. D e esta manera, a lo largo del mes de estancia en el campamento de verano, podemos darnos cuenta de si los candidatos poseen el espíritu necesario para la investigación científica, un pensamiento original, sólidos conocimientos y, por supuesto, el sentido de la disciplina, sin el cual todo trabajo científico es imposible. Al final de la estancia en el campamento tienen lugar las pruebas de la tercera vuelta, cuyos vencedores entran automáticamente en nuestra escuela. Si doy todos estos detalles es, sobre todo, para hacer hincapié en que sólo cuentan las dotes personales para la admisión en la misma. N o son tomadas en consideración ni el origen social, ni la situación de los padres, ni la nacionalidad, ni la familia, ni el lugar donde el alumno cursaba sus estudios (localidad urbana o rural). Únicamente nos interesan las dotes personales, las cualidades del espíritu, el carácter, el sentido agudo del fin perseguido y la propensión a la innovación. Por ello, nuestra escuela de física y de matemáticas es en su composición extremadamente democrática. Allí se reúnen todos los «aristócratas del espíritu», los jóvenes trabajadores decididos a consagrar sus vidas a la ciencia, o sea a la lucha por el futuro mejor de sus países y de la Humanidad entera. Actualmente hay en la escuela representantes de veintiséis nacionalidades y etnias. Al lado de los rusos se encuentra, por ejemplo, Alexandre Eleskin, procedente de un pueblo del lejano norte y representante de la etnia menor de los janty; Jargal Taraskin, un buriato; Igor Suga, de Tuva; Sergey Sungachev, como representante de la etnia de Jakasia; Tolya Gromov, un yakuto; Djamila Azimova, de Uzbekistán; Jumbaek Assalaulov, de Kazakstán. Procedentes de ciudades, capitales de provincia y pueblos, grandes y pequeños, muy diferentes y a veces muy alejados, todos se han reunido bajo el techo de la Escuela de física y matemáticas, empujados por la sola pasión de las matemáticas. La selección de los alumnos descrita anteriormente y el hecho de que cada clase cuente con un número restringido de ellos permite a los profesores percatarse rápidamente de las dotes particulares de cada uno y tenerlas en cuenta para orientarles mejor. Se podrá preguntar: « ¿Y las tradiciones de la educación familiar?» « ¿Y los diferentes niveles culturales de los alumnos? Mientras unos han vivido en una gran ciudad como Novosibirsk, con sus teatros, sus bibliotecas y su intensa vida cultural, otros vienen de una aldea de la taiga o de un pueblo de la estepa...» Este problema es sólo aparente, o más bien, sólo se plantea m u y al principio. El desarrollo de la cultura y de los medios de comunicación, la rápida distribución de la prensa (los diarios de la capital llegan a un pueblo perdido de la taiga el mismo día de su aparición en Moscú), el satélite «Orbita» que permite recibir los programas de televisión en los lugares más apartados de Siberia (por ejemplo, la Monna Lisa del Museo del Louvre traída recientemente a Moscú, ha «visitado» al mismo tiempo los más pequeños villorrios siberianos), todo eso hace que las diferencias en materia de cultura general

debidas a la influencia familiar, a las distintas profesiones de los padres, etc., se esfumen con gran rapidez, mucho más cuando los muchachos no aprenden exclusivamente matemáticas, sino que siguen también cursos ampliados de ciencias humanas; se les habla de Beethoven y de la pintura francesa, instalan con entusiasmo una galería de pintura, organizan un equipo de espeleólogos, etc. Asimismo, practican asiduamente el boxeo, esgrima, gimnasia, balón-bolea, esquí, ajedrez, etc. E n una palabra, nos esforzamos en formar hombres con espíritu realmente amplio, dispuestos a afrontar mañana el duro trabajo que exige la ciencia, capaces de sueños audaces y de esfuerzos pertinaces y fructíferos. No hay duda de que se debe escoger este tipo de educación precoz y orientada. Para que un hombre dotado pueda lo antes posible, en la flor de la edad, rendir el máximo servicio a la sociedad. Vivir en comunidad y sentirse en casa El adolescente, ya relativamente «adulto» (tiene 15 años), es de todos modos un niño. Le hará falta algún tiempo para desprenderse de los hábitos de la vida familiar. Aquí, en la escuela de física y matemáticas, está lejos de su familia, de sus amigos y, sobre todo, de su modo de vida habitual. Nosotros nos esforzamos por facilitar a nuestros pupilos esta transición psicológicamente difícil. Todos ellos viven en un hermoso hogar situado en medio del centro académico y organizado como un hotel. Se trata de un gran edificio compuesto por apartamentos de dos o tres habitaciones, donde los muchachos se distribuyen dos por cada habitación. Cada apartamento tiene su cocina, su cuarto de baño y una entrada; ¡como en casa! Cerca, un comedor especial sirve tres comidas diarias. Otro detalle: en sus hogares es muy probable que ayudaran a sus padres en los quehaceres de la casa. ¿Iban a aceptar ahora realizar los trabajos domésticos una vez admitidos en un establecimiento de enseñanza tan excepcional? Lo esencial es dirigirlos bien psicológicamente. Nos hemos, pues, esforzado por nuestra parte, y con toda la delicadeza requerida, en despojar a ciertos niños de los primeros síntomas de esa fastidiosa enfermedad que es la presunción y, durante nuestros coloquios con ellos, hemos insistido cada vez sobre el hecho de que un científico es, ante todo, un trabajador que debe saber hacer de todo. Y hoy, hay que ver con qué entusiasmo, chicos y chicas, limpian sus apartamentos. El que el apartamento de los vecinos está más cuidado que el suyo, da pretexto a la rivalidad y a no ahorrar esfuerzo alguno para hacerlo aún mejor. Admirable rasgo de carácter de la infancia, cuando es guiada por pedagogos competentes; el niño forja en sí mismo la personalidad del trabajador científico de mañana, para quien el trabajo es sinónimo de alegría. Huelga decir que los muchachos limpian sólo sus propios apartamentos. El vestíbulo, las aulas y otras dependencias comunes son conservadas, como en cualquier otra escuela, por personal reclutado para ese fin. Pero el lavado (a excepción de la ropa de cama, por supuesto) lo realizan los alumnos. A su disposición tienen una lavandería equipada con máquinas automáticas, un cuarto de plancha, etc. Como he dicho, nos esforzamos por hacer de nuestros pupilos hombres fuertes y sanos. Pero puede ocurrir que hasta el mismo Hércules se ponga a toser. La escuela posee su propio servicio médico, con un doctor competente y varias enfermeras. En caso de

enfermedad seria, el niño es inmediatamente ingresado en uno de los hospitales del centro académico, donde recibe gratuitamente los cuidados necesarios. El horario es el siguiente: Clases de 9 a 14 horas; una hora de recreo después de la comida, seguida de tres horas de estudio en las que, bajo la vigilancia de los profesores, los niños preparan sus deberes; de las 19 a las 23, tiempo libre, en el que cada alumno puede entonces pasearse por el bosque, curiosear en la biblioteca, jugar con bolas de nieve, escuchar una conferencia sobre arte o practicar algún deporte. Con frecuencia, los muchachos van al teatro a Novosibirsk, acompañados por su maestro. En una palabra, todo está previsto para que los niños encuentren un ambiente acogedor en la escuela, en el hogar y, en general, en toda nuestra ciudad académica. Y no obstante... (¡Oh, dulce hogar familiar!), desde la primavera empiezan a hacerse proyectos para las vacaciones de verano, y sólo hay un itinerario posible, que es el que lleva directamente a casa, con los suyos... Dos palabras sobre la élite Nuestro centro académico de Siberia recibe anualmente cerca de 2.000 visitantes extranjeros. La mayoría se precipitan a ver la escuela de física y de matemáticas, sus aulas y su soberbio hogar. Algunos cuentan después que en la URSS, en Siberia, en una sociedad socialista, se está formando deliberadamente una élite intelectual. Me viene a la memoria, por ejemplo, un libro aparecido recientemente en la República Federal Alemana titulado Sowjet-Siberian und Zentralasien heute (La Siberia soviética y el Asia Central de hoy). U n o de los autores de esta obra, la condesa Marion von Dönhoff, que había visitado nuestra escuela, escribe: «Fuimos recibidos por el rector de la Universidad. Nos explicó cómo se prepara allí el relevo de científicos, experiencia que me pareció tanto más digna de atención cuando muestra que en un Estado sin clases no se tiene ningún escrúpulo en formar una élite intelectual.» La condesa estima que la creación de escuelas como la nuestra significa un «pecado» contra el espíritu democrático. Pero, ¿dónde está el pecado? La élite, como cada cual sabe, es una capa aparte de la sociedad. Y o estoy profundamente convencido de que toda sociedad, con clases o sin clases, tiene forzosamente su élite, no elegida, sino constituida por las personas más inteligentes, más dotadas, que asumen los asuntos, los problemas y las tareas más difíciles de esa sociedad. Cada profesión tiene su «élite». L o vemos en la vida práctica: muchas personas se ocupan, por ejemplo, de la construcción de aviones, pero en el mundo entero los constructores geniales casi pueden contarse con los dedos de una mano. Hay muchos que componen música, que actúan én espectáculos de ballet, o que interpretan comedias, pero bien pocos son aquellos o aquellas que pueden ser calificados, en vida, de gran bailarina como Galina Ulanova, o de gran compositor contemporáneo, como Dimitri Shostakovich. La élite, en la acepción que nosotros damos a este término en la Unión Soviética, es la flor de la sociedad, su orgullo, lo mejor que ella puede producir, y también su sostén y su elemento creador. Y es obvio admitir que necesita ser constantemente completada y renovada. En este sentido, nosotros educamos en efecto, y de una manera totalmente consciente, a una élite. N o se trata, lo repito, de una «aristocracia del espíritu», sino de personas mejor aptas para el

trabajo que otras, capaces, debido a sus dotes naturales, de un esfuerzo intenso, concentrado y continuo. Por cierto que el origen de nuestra «élite» no es en absoluto aristocrático. Por ejemplo, puede leerse en los archivos de la escuela: «Shvets, Vasily, ganador de la olimpíada de matemáticas de toda la URSS, hijo de un conserje; Bubas, Sergey, matemático de talento, hijo de una costurera; Chelepov, Sergey, hijo de un chófer y de una institutriz; Fedorov, Alexandre, matemático de talento, hijo de un mecánico...» Tal es el perfil social de la «élite» que cultivamos con amor y solicitud en nuestra escuela de física y de matemáticas para niños dotados. Los profesores Ninguna escuela ordinaria podría decir tanto: que ciertas clases de los tres últimos años son dadas por un académico, a veces por Spartak Belayev, rector de la Universidad de Estado de Novosibirsk, un hombre aún bastante joven. Otro ejemplo: en una «velada de matemáticas», quien ayuda a los niños a resolver problemas es un miembro correspondiente de la Academia de Ciencias, Aleksei Lyapunov, nuestro eminente matemático. Durante las horas de ocio, los niños le visitan con gusto en su pabellón, donde él y su mujer organizan «tés-seminarios». E n una atmósfera tranquila y familiar, el gran científico conversa con los adolescentes y, a veces, la discusión llega a ser enconada. E n esta escuela organizamos «veladas de defensa de proyectos fantásticos», donde los muchachos, en presencia de eminentes científicos, exponen sus designios locamente audaces, como por ejemplo: cómo hacer más lenta la rotación de la Tierra instalando en sus polos electroimanes de gigantescas dimensiones; cómo calentar Siberia, irrigar el Sahara, y otros proyectos de dimensiones planetarias que la Humanidad deberá abordar en el futuro. Hacemos todo por estimular esas veladas y esos debates, puesto que los que escogen la ciencia deben ser capaces de sueños atrevidos. N o obstante... deben ser buenos en la práctica. Todo el mundo comprenderá que responder a un ejercicio de álgebra cuando se es interrogado por un profesor de Universidad es mucho más difícil que cuando ese ejercicio es efectuado en una escuela ordinaria. Ahora bien, entre los educadores de nuestra escuela abundan los profesores de Universidad, encargados de curso o doctores en ciencias, y las prácticas son dirigidas por colaboradores científicos de la filial siberiana de la Academia de Ciencias de la URSS. Los resultados En el espacio de una quincena de años, nuestra escuela-internado ha formado a más de 2.000 jóvenes, chicos y chicas, que han demostrado poseer conocimientos de muy alto nivel. Sus exámenes de entrada en los establecimientos de estudios superiores han confirmado que esos alumnos eran capaces de superar las pruebas más difíciles. Muchos de ellos entraron en las universidades de Moscú y de Leningrado y en otros importantes centros de estudios superiores de la Unión Soviética. Pero, conforme a nuestras esperanzas, más del 80 por 100 de los que finalizan en nuestra escuela ingresan en la Universidad de Novosibirsk. Dentro de la misma representan una cuarta parte de los efectivos de las facultades de física y de matemáticas y son, invariablemente, los mejores elementos.

Uno de nuestros antiguos alumnos, Iván Shestakov, que había terminado la escuela con una medalla de oro, ha recibido la medalla de la Academia de Ciencias de la U R S S (una de las cinco que han sido otorgadas) por su excelente memoria de fin de estudios. Seguidamente, terminó de una manera brillante sus estudios en la Universidad de Novosibirsk y actualmente trabaja en el Instituto de Matemáticas de la filial siberiana de la Academia de Ciencias de la URSS. Mikhail Fokin, una vez terminados también sus estudios brillantemente en la escuela y en la Universidad, prepara en la actualidad una tesis doctoral en el Instituto de Matemáticas. Vladimir Balakin, ganador de una de las primeras olimpíadas, y procedente de un lejano pueblo del Altai, ha sido galardonado recientemente con el premio del Comité central del Konsomol, que recompensa a los jóvenes científicos más prometedores. Georgy Kukin, Yury Maltsev, Arkady Slinko y otros muchos antiguos alumnos de la escuela han defendido ya (¡todos son menores de 25 años!) sus tesis del doctorado en ciencias. Otros numerosos antiguos alumnos de la escuela, después de haber pasado por la Universidad, han ingresado en el regazo del alma mater, pero en calidad de profesores y de maestros de estudios de aquellos que les han reemplazado en los pupitres de esta excelente y exigente escuela. La búsqueda de nuevos talentos continúa Nuestras olimpíadas para jóvenes físicos, matemáticos, químicos y, desde hace poco, para jóvenes geólogos, han llegado a ser cosa normal. Todos los años participan en ellas una media de alrededor de 10.000 escolares, procedentes de centros urbanos y de las regiones rurales de Siberia, del Extremo Oriente y de Asia Central. Ni que decir tiene que todos no logran superar «la prueba del agua y del fuego» de las tres vueltas. Pero aquellos que han fracasado un año pueden muy bien figurar entre los vencedores uno o dos años más tarde. E n ningún caso perdemos contacto con esos adolescentes dotados y es la razón por la que hemos creado una especie de segunda escuela de física y de matemáticas, que funciona por correspondencia, que cuenta con 700 jóvenes. Se les hace llegar manuales, deberes y las correcciones detalladas de su trabajo. Disponemos asimismo de clases preparatorias de un género especial destinadas a los jóvenes matemáticos que todavía no han triunfado en las olimpíadas. Nuestros pedagogos visitan con frecuencia las escuelas, rurales en especial, y toman contacto con los niños dotados para poder vigilar sus progresos. También disponemos de «círculos de matemáticas» en las escuelas, tanto rurales como urbanas. Buscamos y buscamos constantemente jóvenes talentos, puesto que es una necesidad de Estado. Sin esta búsqueda, ¿cómo podríamos hacer progresar la ciencia? La sociedad no tiene que padecer las consecuencias de no haberse revelado a tiempo las capacidades de sus ciudadanos, precisamente en la época más propicia, la de la adolescencia. Y es así como, con una labor continua, divididos a veces entre la duda y la esperanza, hemos elaborado aquí, en Siberia, un sistema fundamentalmente nuevo de reclutamiento y de preparación de jóvenes cuadros científicos. Los primeros resultados son extremadamente alentadores. Ahora tenemos la prueba tangible, y hemos convencido de ello a los escépticos, de que las masas populares encierran en sus profundidades más oro que las entrañas de la tierra y las olas del océano. Últimamente me enteré de que la escuela acababa de admitir a un niño que, desde el tercer año de estudios, se apasionaba por las matemáticas superiores y que en octavo año ha escrito una memoria sobre el análisis funcional...

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