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LA CRUCIFIXIÓN

Alberto Hurtado SJ

El precio del vivir. El grano de trigo si muere da fruto en abundancia.

Actitud con que hemos de asistir al calvario

La vista de un moribundo es siempre impresionante: sea quien sea el que muere. Pero cuando se trata de
alguien a quien conocemos, resulta mucho más impresionante. Nos parece entonces que tomamos parte en su
propio dolor. Si el que muere nos toca de cerca: el sentido de separación nos desgarra, sentimos el vacío que nos
quedará. En tal caso el dedo de la muerte nos ha tocado.

Si la muerte es muy dolorosa, la fascinación aumenta. Nos hiere al verlo morir: una parte de nosotros
quiere alejarse para descansar, la otra nos clava en el sitio y por nada nos moveríamos.

Pero si el sufrimiento de muerte ha sido causado por nosotros, si el que muere perece por un descuido
nuestro, o porque él ha querido salvarnos de un desastre entonces el sufrimiento nos empapa como propio, tan
mío como del que muere. Sufrimos con él, cada gesto de dolor me duele a mí como a él: quisiéramos ayudarlo,
para darle alivio nos pondríamos en su sitio.

Así debemos acercarnos al lecho de muerte de Jesucristo. Conocemos a Cristo, nos toca de cerca como
nadie, sus sufrimientos no pueden ser descritos con palabras, no hay sentimiento bastante profundo para
penetrarlos.

Sabemos que somos causa de ellos; que los ha sufrido por mí, que con mis propias manos he
intensificado su dolor; que si la sola justicia interviniera, yo, no Él, debería estar en ese sitio de dolor.

Somos incapaces de abandonarlo, aunque mi naturaleza se enferme a la vista de su dolor, y yo lo resienta


a fondo... Tenemos un ansia ardiente de ayudarlo, de compartir su dolor, si no de otra manera, al menos
acompañándolo. Aunque la naturaleza lo rehuya quisiera sufrir más adentro su dolor, aunque la agonía sea
mortal, porque es su agonía, porque nos acerca más a Él, porque nos prueba que somos sinceros en nuestro amor
y compasión. Mientras más suframos más debemos alegrarnos. Es lo que han deseado los Santos: ¡o padecer o
morir!

Grandeza de la co-pasión: no del sólo sentimiento, si posible fuera, sino del dolor real. De aquí que los
que ahora sufren de cuerpo o de alma, de corazón, de afectos, desgarrados, en su honra... están más unidos a
Jesús, están más cerca de su corazón, pueden comprender mejor lo que significa “la Cruz de Jesús”.

Lo que debieron sentir los cuatro evangelistas... con terrible brevedad, como que no se puedan
resolver a permanecer en ese hecho horrendo... nos cuentan la crucifixión.

San Mateo apenas si la insinúa (“lo crucificaron”), permaneciendo más en los detalles de la crucifixión
de los ladrones: “Al mismo tiempo crucificaron a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda” (Mt
27,35-38). San Marcos: “Eran las nueve de la mañana cuando lo crucificaron” (Mc 15,25). San Lucas pasa todo
lo más aprisa que puede; se detiene en otras escenas de dolor, más que los otros evangelistas, pero para esto una
palabra le basta: “crucificaron allí a Jesús”... “y también a los malhechores, uno a la derecha y otro a la
izquierda” (Lc 23,33). San Juan agrega un poco más: “allí lo crucificaron junto con otros dos, uno a cada lado
de Jesús” (Jn 19,18).

Así como para los azotes en que no hay una sentencia completa, así ahora quieren pasar tan aprisa como
puedan y como distanciarse del crucificado narrando cosas menores (es algo así como cuando se tiene un gran
pecado: se va a prisa, y se detiene en otras cosas, para no permanecer en esa impresión de fealdad)... Pero
hablan de la posición de las cruces, de la carga que llevaban, del cumplimiento de la profecía, del título puesto

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sobre la cruz en tres lenguas, de la disputa de los sacerdotes con Pilatos; se detienen en los detalles, más que en
la crueldad de la crucifixión; ¡el mayor crimen que se ha cometido sobre la tierra! De eso no dicen más que una
palabra: “Allí lo crucificaron”.

Pero el amor ha sucedido al horror: lo que se silenció ha llegado a ser una memoria acariciada: la
humanidad recuerda esa acción de odio y crueldad como la obra del mayor amor, por el recuerdo de quien la
sufrió queriendo y amando.

“Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). “Cuando sea elevado
sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32). “Dios me libre gloriarme si no es en la cruz de nuestro
Señor Jesucristo” (Gal 6,14).

Aun si la Resurrección que ocurrió no hubiese ocurrido, y la historia de Cristo hubiese terminado con
estas solas palabras: “lo crucificaron”. Este hecho habría permanecido el más precioso de la humanidad...
Habría permanecido como el triunfo del amor humano, el supremo sacrificio que ha transformado el mundo,
dado nuevo sentido a la vida: “lo crucificaron”.

Presencia de la Cruz en la vida de Cristo

Desde el comienzo de su vida Jesús había mirado su Cruz y caminado hacia ella con paso firme: siempre
presente en su espíritu. Con frecuencia hablaba de ella a su Padre, a sí mismo, a sus enemigos, a sus discípulos,
aún en el éxtasis de la transfiguración: “Eran Moisés y Elías, que resplandecientes de gloria, hablaban del éxodo
que Jesús iba a cumplir en Jerusalén” (Lucas 9, 31).

En su predicación: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que… cargue con su cruz, y me siga” (Mt
16,24; Mc 8,34; Lc 9,23); para los que lo oían era una metáfora, sin mayor sentido, para Él era algo que se
levantaba en el Calvario y lo esperaba. A Nicodemo: “Así como Moisés levantó la serpiente de bronce en el
desierto, así ha de ser levantado el Hijo del Hombre” (Juan 3,14). Y así nos muestra que en cada escena del
Antiguo Testamento estaba previendo su muerte sangrienta.

Los nazarenos quisieron matarlo, pero no era así, ni allí que debía morir (Lc 4,28-30). Herodes
complotaba contra Él: pero sabía que no había de morir a sus manos (Lc 13,31). Jerusalén quiso apedrearlo:
¡pero no era esa su muerte! (Lc 13,33-34) Siempre la Cruz en el horizonte, mostrándole la meta a que debía
llegar: su derrota y su triunfo.

Esto se ve en todas las señales que da: “¡Destruyan este templo y en tres días yo lo levantaré de nuevo!”
(Juan 2,19). Habla del Buen Pastor, pero la característica es una que nadie habría esperado: “El buen pastor da
la vida por sus ovejas” (Juan 10,11). En medio de la persecución, como para alentarse a sí, dice: “Cuando sea
levantado de la tierra... todo lo atraeré a mí”. Y como agrega San Juan: “Lo dijo para dar a entender la forma en
que iba a morir” (Jn 12,32-33).

Para alentar a sus discípulos: “No teman a los que matan el cuerpo y no pueden hacer nada más” (Lc
12,4). “Si el mundo los odia, recuerden que primero me odió a mí” (Juan 15, 18). En otro sitio: “llegará un
momento en el que les quiten la vida pensando que así dan culto a Dios” (Jn 16, 2).

La Conducta de Jesús

Lo crucificaron. ¡La cruz en su cuerpo, en cada parte de su cuerpo y en su alma! Su conducta


exasperaba a sus enemigos y a los suyos, a sus amigos, los atraía íntimamente a Él. Sus verdugos declararon al
final: “En verdad este era Hijo de Dios” (Mt 27,54).

Si en su vida su carácter nos conquista, tan lleno está de cuanto es noble, en esta hora suprema nuestra
admiración no tiene límite.

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¿Quién podría describir su muerte? San Pablo lo intentó y comprendió al punto que lo que dice de su
Señor Crucificado va a parecer locura para muchos, pero no puede decir más: “Porque la palabra de la Cruz es
locura para los que perecen, pero para los que se salvan, esto es, para nosotros, es poder de Dios… Como el
mundo mediante su propia sabiduría no conoció a Dios en su divina sabiduría, quiso Dios salvar a los creyentes
mediante la necedad de la predicación. Así, mientras los judíos piden milagros y los griegos buscan sabiduría,
nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, locura para los gentiles; pero para los
llamados, sean judíos o griegos, se trata de Cristo que es fuerza y sabiduría de Dios” (1Cor 1,18-24). [Nota:
Piden milagros y Cristo, es el poder de Dios; piden sabiduría y Cristo es la sabiduría de Dios.]

Y aquí se detiene, apenas habiendo enunciado su tema, pero incapaz de poder decir más. Los santos lo
han imitado, pero no han podido ir más lejos. Han visto a Jesús crucificado ante ellos, su alegría y su agonía de
muerte. Han dicho una que otra palabra, pero mientras más han visto más han desesperado de poder hablar.
Contentos de ser llamados locos, si esta es locura, de ser llamados necios, si esta es necedad, pero sabiendo a
pesar de los ponderados juicios de los hombres: “Pues lo que en Dios parece locura, es más sabio que los
hombres, y lo que en Dios parece debilidad, es más fuerte que los hombres” (1 Cor 1, 25).

Si San Pablo, si los santos vieron tanto y pudieron decir tan poco ¿qué podremos hacer nosotros?

Esforcémonos por llegar hasta el grupito que, separado del resto, mira a Jesús... y mientras la turba grita
a su alrededor, ellos están sin palabras y tranquilos. Si podemos juntarnos a ellos veremos más en ese Cuerpo
sangriento, pero sin poderlo expresar. Podrá ver cómo vio Jesús: a través de la sangre un infinito más allá... a
través de la humillación una gloria infinita, en el sufrimiento una alegría indecible, que nadie sino Jesús puede
entender, pero que podemos discernir en sus ojos. Cruz y Trono se confunden; escupos y sangre sin piedras
preciosas; las espinas sin los rayos de su corona, la muerte se convierte en vida, la muerte ha sido absorbida por
la victoria, por el camino del amor.

No podemos maravillarnos, pues, que los Evangelistas cuando pasaron los años y la verdad había
arraigado en sus almas, y habían comprendido el triunfo de la Cruz, no podían más que describir la crucifixión
con esa frase sencilla y descolorida: “Lo crucificaron allí”.

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