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TEXTOS PARA EL TEMA 4

TEDIATO.- ¡Qué noche! La oscuridad, el silencio pavoroso, interrumpido por los lamentos que
se oyen en la vecina cárcel, completan la tristeza de mi corazón. El cielo también se conjura
contra mi quietud, si alguna me quedara. El nublado crece. La luz de esos relámpagos..., ¡qué
horrorosa! Ya truena. Cada trueno es mayor que el que le antecede, y parece producir otro
más cruel. El sueño, dulce intervalo en las fatigas de los hombres, se turba. El lecho conyugal,
teatro de delicias; la cuna en que se cría la esperanza de las casas; la descansada cama de los
ancianos venerables; todo se inunda en llanto..., todo tiembla. No hay hombre que no se crea
mortal en este instante... ¡Ay, si fuese el último de mi vida, cuán grato sería para mí! ¡Cuán
horrible ahora! ¡Cuán horrible! Más lo fue el día, el triste día que fue causa de la escena en que
ahora me hallo. Lorenzo no viene. ¿Vendrá, acaso? ¡Cobarde! ¿Le espantará este aparato que
Naturaleza le ofrece? No ve lo interior de mi corazón... ¡Cuánto más se horrorizaría! ¿Si la
esperanza del premio le traerá? Sin duda..., el dinero... ¡Ay, dinero, lo que puedes! Un pecho
sólo se te ha resistido... Ya no existe... Ya tu dominio es absoluto... Ya no existe el solo pecho
que se te ha resistido. Las dos están al caer... Ésta es la hora de cita para Lorenzo... ¡Memoria!
¡Triste memoria! ¡Cruel memoria! Más tempestades formas en mi alma que nubes en el aire.
También ésta es la hora en que yo solía pisar estas mismas calles en otros tiempos muy
diferentes de éstos. ¡Cuán diferentes! Desde aquélla a éstos todo ha mudado en el mundo;
todo, menos yo. ¿Si será de Lorenzo aquella luz trémula y triste que descubro? Suya será.
¿Quién sino él, y en este lance, y por tal premio, saldría de su casa? Él es. El rostro pálido, flaco,
sucio, barbado y temeroso; el azadón y pico que trae al hombro, el vestido lúgubre, las piernas
desnudas, los pies descalzos, que pisan con turbación; todo me indica ser Lorenzo, el
sepulturero del templo, aquel bulto, cuyo encuentro horrorizaría a quien le viese. Él es, sin
duda; se acerca; desembózome, y le enseño mi luz. Ya llega. ¡Lorenzo! ¡Lorenzo!

LORENZO.- Yo soy. Cumplí mi palabra. Cumple ahora tú la tuya: ¿el dinero que me prometiste?

TEDIATO.- Aquí está. ¿Tendrás valor para proseguir la empresa, como me lo has ofrecido?

LORENZO.- Sí; porque tú también pagas el trabajo.

TEDIATO.- ¡Interés, único móvil del corazón humano! Aquí tienes el dinero que te prometí.
Todo se hace fácil cuando el premio es seguro; pero el premio es justo una vez ofrecido

Noches Lúgubres (José Cadalso)

"Me parece como si hubiera dos caminos para llegar a la ciencia de la historia humana:
uno, penoso, interminable y lleno de rodeos, el camino de la experiencia; y otro, que es
casi un salto, el camino de la contemplación interior. El que recorre el primero tiene que
ir encontrando las cosas unas dentro de otras en un cálculo largo y tedioso; el que
recorre el segundo, en cambio, tiene una visión directa de la naturaleza de todos los
acontecimientos y de todas las realidades, es capaz de observarlas en sus vivas y
múltiples relaciones, y de compararlas con los demás objetos como si fueran figuras
pintadas en un cuadro." (Novalis, Enrique de Ofterdingen).
"Dos almas ¡ay de mí!, imperan en mi pecho y cada una de la otra anhela desprenderse.
Una, con apasionado amor que nunca se fatiga, como con garras de acero a lo terreno se
aferra; la otra a trascender las nieblas terrestres aspira, buscando reinos afines y de más
alta estirpe. (...) Devuélveme el impulso sin mesura, la dicha dolorosa en lo profundo, la
fuerza de odio y el poder de amor, ¡Devuélveme otra vez mi juventud." (Goethe,
Fausto).

"Cuando la vejez consuma esta generación,


tú permanecerás, en medio de la aflicción 
que no es la nuestra, amiga del hombre, para decir: 
La belleza es la verdad, esto es todo 
lo que sabes de la tierra, todo lo que necesitas saber."
(John Keats, “Oda a la urna griega).

CANCIÓN DEL CORSARIO


En su fondo mi alma lleva un tierno secreto
solitario y perdido, que yace reposado;
mas a veces, mi pecho al tuyo respondiendo,
como antes vibra y tiembla de amor, desesperado.
Ardiendo en lenta llama, eterna pero oculta,
hay en su centro a modo de fúnebre velón,
pero su luz parece no haber brillado nunca:
ni alumbra ni combate mi negra situación.
¡No me olvides!... Si un día pasaras por mi tumba,
tu pensamiento un punto reclina en mí, perdido...
La pena que mi pecho no arrostrara, la única,
es pensar que en el tuyo pudiera hallar olvido.
Escucha, locas, tímidas, mis últimas palabras
-la virtud a los muertos no niega ese favor-;
dame... cuanto pedí. Dedícame una lágrima,
¡la sola recompensa en pago de tu amor!...

Lord Byron
Se ha adueñado de todo mi ser una admirable serenidad parecida a esas dulces mañanas
de primavera que disfruto con toda mi alma. Estoy solo y me felicito de vivir en este
lugar creado expresamente para almas como la mía. Me siento tan dichoso, mi querido
amigo, tan sumido en el sentimiento de vida apacible, que mi arte se resiente de ello.
Ahora no podría trazar ni una línea, ni dar una pincelada; sin embargo, jamás me he
sentido más pintor que en estos instantes. — Cuando el ameno valle exhala a mi
alrededor una tenue neblina y el sol, en su cénit, descansa sobre la superficie de las
impenetrables tinieblas de mi bosque, logrando solamente algunos rayos filtrarse en el
íntimo santuario, y tendido sobre la alta hierba al borde del arroyo saltarín, descubro,
alfombrando la tierra, mil variedades de hierbecillas; cuando siento muy cerca de mi
corazón el zumbido de ese pequeño mundo entre los tallos, las incontables e
inenarrables formas de los gusanillos, de los mosquitos, y siento la presencia del
Todopoderoso que nos creó a su imagen, y el soplo del infinito Amador que nos
sostiene y mantiene flotando en eterna delicia; ¡amigo mío!, cuando empieza a
oscurecer en mis ojos y el mundo que me rodea y el cielo reposan en mi alma como la
imagen de la mujer amada — entonces, a menudo, me invade la nostalgia y pienso: ¡si
pudieras volver a expresarlo, insuflar en el papel lo que con tanta fuerza y ardor vive en
ti, hasta convertirlo en espejo del alma, como tu alma es el espejo del Dios infinito! —
¡Amigo mío! Pero desfallezco, me siento perdido ante el poder de la magnificencia de
estas imágenes.
(Penas del joven Werther. Goethe)

EL CANTO DEL COSACO

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!

La Europa os brinda espléndido botín:

sangrienta charca sus campiñas sean,

de los grajos su ejército festín.

¡Hurra! ¡a caballo, hijos de la niebla!

Suelta la rienda, a combatir volad:

¿veis esas tierras fértiles?, las puebla

gente opulenta, afeminada ya.

Casas, palacios, campos y jardines,

todo es hermoso y refulgente allí:

son sus hembras celestes serafines,

su sol alumbra un cielo de zafir.

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!

La Europa os brinda espléndido botín:

sangrienta charca sus campiñas sean,

de los grajos su ejército festín.

Nuestros sean su oro y sus placeres,

gocemos de ese campo y ese sol;

son sus soldados menos que mujeres,

sus reyes viles mercaderes son.

Vedlos huir para esconder su oro,

vedlos cobardes lágrimas verter...


¡Hurra! volad: sus cuerpos, su tesoro

huellen nuestros caballos con sus pies.

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!

La Europa os brinda espléndido botín:

sangrienta charca sus campiñas sean,

de los grajos su ejército festín.

Dictará allí nuestro capricho leyes,

nuestras casas alcázares serán,

los cetros y coronas de los reyes

cual juguetes de niños rodarán.

¡Hurra! ¡volad! a hartar nuestros deseos:

las más hermosas nos darán su amor,

y no hallarán nuestros semblantes feos,

que siempre brilla hermoso el vencedor.

[…]

José de Espronceda

La destrucción de Senaquerib
Bajaron los asirios como al redil el lobo :
brillaban sus cohortes con el oro y la púrpura ;
sus lanzas fulguraban como en el mar luceros,
como en tu onda azul, Galilea escondida.
Tal las ramas del bosque en el estío verde,
la hueste y sus banderas traspasó en el ocaso:
tal las ramas del bosque cuando sopla el otoño,
yacía marchitada la hueste, al otro día.
Pues voló entre las ráfagas el Ángel de la Muerte
y tocó con su aliento, pasando, al enemigo:
los ojos del durmiente fríos, yertos, quedaron,
palpitó el corazón, quedó inmóvil ya siempre.
Y allí estaba el corcel, la nariz muy abierta,
mas ya no respiraba con su aliento de orgullo:
al jadear, su espuma quedó en el césped, blanca,
fría como las gotas de las olas bravías.
Y allí estaba el jinete, contorsionado y pálido,
con rocío en la frente y herrumbre en la armadura,
y las tiendas calladas y solas las banderas,
levantadas las lanzas y el clarín silencioso.
Y las viudas de Asur con gran voz se lamentan
y el templo de Baal ve quebrarse sus ídolos,
y el poder del Gentil, que no abatió la espada,
al mirarle el Señor se fundió como nieve.
Lord Byron

INTERMEZZO LI
¡Que están emponzoñadas mis canciones...!
¿Y no han de estarlo, di?
Tú de veneno henchiste, de veneno,
Mi vida juvenil.
¡Que están emponzoñadas mis canciones...!
¿Y no han de estarlo, di?
Dentro del corazón llevo serpientes,
y a más, te llevo a ti.

RIMA LXXIX
Una mujer me ha envenenado el alma,
otra mujer me ha envenenado el cuerpo;
ninguna de las dos vino a buscarme,
yo de ninguna de las dos me quejo.
Como el mundo es redondo, el mundo rueda;
si mañana, rodando, este veneno
envenena a su vez ¿por qué acusarme?
¿Puedo dar más de lo que a mí me dieron?

INTERMEZZO LXII
Tienes diamantes y perlas,
y cuanto hay que apetecer;
y los más hermosos ojos...
¿Qué más anhelas, mi bien?
A tus ojos hechiceros
he dedicado un tropel
de canciones inmortales...
¿Qué más anhelas, mi bien?
¡Con tus hechiceros ojos,
cuán me has hecho padecer...!,
y me has arrojado a pique...
¿Qué más anhelas, mi bien?

RIMA XIII
Tu pupila es azul y, cuando ríes,
su claridad süave me recuerda
el trémulo fulgor de la mañana
que en el mar se refleja.
Tu pupila es azul y, cuando lloras,
las transparentes lágrimas en ella
se me figuran gotas de rocío
sobre una vïoleta.
Tu pupila es azul, y si en su fondo
como un punto de luz radia una idea,
me parece en el cielo de la tarde
una perdida estrella.
POEMA 5 (NUEVA PRIMAVERA)
Ya vino mayo; con mayo tornan
plantas y troncos a florecer,
y en la azulada region del cielo
nubes de rosa cruzar se ven.
Y entre el ramaje de la espesura
de ruiseñores canta el tropel;
y los corderos de albos vellones
por la verdura triscan también.
Y yo en la yerba, porque los males
mi voz ahogando, baldan mis pies.
Y oigo a distancia vagos rumores
y sueño a veces... yo no sé qué!...
Heine
RIMA XLIII
Dejé la luz a un lado, y en el borde
de la revuelta cama me senté,
mudo, sombrío, la pupila inmóvil
clavada en la pared.
¿Qué tiempo estuve así? No sé; al dejarme
la embriaguez horrible del dolor,
expiraba la luz y en mis balcones
reía al sol.
Ni sé tampoco en tan horribles horas
en qué pensaba o qué pasó por mí;
sólo recuerdo que lloré y maldije,
y que en aquella noche envejecí.

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