14 – CUANDO LA BRUJA CONOCIÓ AL MAGO

Aquella era una noche oscura y fría, como tantas otras noches en la isla de Mizutoki. La niebla lo cubría casi todo, con un manto húmedo que se pegaba a la piel. Era una caricia un tanto desagradable, pero a Marianne no le molestaba aquel ambiente. No obstante, no se podía decir lo mismo del gondolero: ¡Condenada niebla de los cojones! – maldecía mientras remaba pausadamente en aquella embarcación – ¡¡Podría toparme con un puto monstruo marino y no verle las fauces hasta que me mordiera las pelo…!! – el hombre calló y se giró hacia ella nervioso – ¡Ah, discúlpeme, señorita Marie! ¿Dónde habré dejado mis modales? – la mujer le sonrió. No tiene porqué disculparse – dijo. Durante sus veintidós años de vida había escuchado, y vivido, cosas mucho peores – La niebla es una zorra taimada – comentó. “Precisamente por eso mantiene tan bien alejados a los curiosos”, pensó. Tras aquel “incidente”, y varios años de vagar por los mares, llevaba seis años viviendo oculta entre esas brumas. Su pasado no había llegado hasta Mizutoki. Y esperaba que así siguiera siendo hasta el fin de sus días. “No puedo olvidar”, se decía siempre. “Pero puedo intentar no recordar”. Cualquiera habría dicho que aquel era un pensamiento de cobardes. Ella misma lo consideraba así. Pero el mundo estaba lleno de cobardes llenos de vida. En cambio, todos los valientes a los que ella había conocido, habían muerto ya.

Marianne suspiró profundamente cuando una bofetada de aire frío le sobrevino, mientras la góndola giraba hacia la derecha, siguiendo el canal. Las casas flotantes de madera, bambú y cáñamo, se iban sucediendo unas detrás de otras, apareciendo en medio de la niebla como fantasmas inanimados. Aquel era un lugar silencioso, donde los únicos sonidos en la noche eran el ruido de los remos de las góndolas, el revoloteo de las libélulas sobre la superficie del agua, y el graznido de algún que otro cuervo. Ante aquella calma, uno podía llegar a temer que sus pensamientos fueran lo suficientemente altos como para despertar a los vecinos. No obstante, en aquel lugar, cada persona vivía su vida sin mirar demasiado por la de los demás. La isla de Mizutoki era uno de los lugares más apartados del West Blue. Y no era una isla, propiamente dicha. En aquella zona, la corteza terrestre presentaba elevaciones bajo el mar, de modo que no era difícil sumergirse bajo esas aguas y tocar el fondo, situado a no más de seis brazas. Así pues, en aquel lugar, los fundadores de Mizutoki decidieron establecer un hogar, y construyeron sus casas de madera sobre el mar, con pilares de bambú que se hundían en él y se asentaban en la corteza del fondo oceánico. Las calles estaban construidas con tablones de madera que conectaban las construcciones entre sí, y delimitaban varios recintos residenciales. Tras un viaje de quince minutos en góndola desde la zona comercial, Marianne llegó al recinto en el que se encontraba su hogar: Ya hemos llegado, señorita – la joven asintió con cansancio. Solía molestarle que aquel viejo siempre señalase lo evidente. Gracias por el viaje, Garel – se limitó a decir.

Pagó al gondolero con una moneda de cien berries y se dispuso a subir la escalerilla situada sobre la plataforma de madera que se elevaba a poco más de un metro del

nivel del mar. Una vez arriba, el anciano se despidió con la mano desde la embarcación, y Marianne hizo lo propio con un gesto de la cabeza. La joven avanzó con cierta prisa por el tablado. Había estado varias horas fuera y ya “tocaba regarlas”. Era en momentos como aquel cuando no podía evitar esbozar una sonrisa sarcástica. “La fuente de todos sus males”. “El porqué de su reclusión del resto del mundo”. Y ella se olvidaba de darles el cuidado que se merecían. “En buenas manos las habéis dejado”, pensaba con cierta ironía. “De todos nosotros, tuve que sobrevivir yo, la menos indicada para esta tarea”. Ensimismada en sus pensamientos, no pudo evitar sobresaltarse cuando al girar la esquina se topó con una figura varonil apoyada en las paredes de uno de los locales de la zona. Marianne miró nerviosa a aquel hombre con chistera, que la observaba con cierta diversión en el rostro. Algo en él le llamó la atención. Su cabello largo era de un blanco plateado, que parecía brillar con luz propia. Y sus ojos eran dorados como el ámbar, muy viejos y antiguos, pese a que el rostro era joven. Vestía de forma elegante, quizás demasiado llamativa, como esos trajes de gala que llevaban aquellos engañabobos de Mahōmēkā. Al ver que la mujer le miraba, el hombre se agarró la chistera y saludó esbozando una blanca sonrisa. Marianne ignoró el saludo y apretó el paso, en dirección a su casa. No tardó en oír unos pasos a sus espaldas, poco después de dar esquinazo a aquel extraño individuo. “¡Mierda!”, maldijo para sí. “Si ya voy mal de tiempo, ¡encima ahora esto!”. Palpó el saquito de cuero que le colgaba del cinto. “¿Tendré suficiente con esta cantidad?”. Mientras seguía caminando, mira hacia atrás de reojo. No había duda. El mismo hombre de antes la estaba siguiendo. “¡Maldito insensato!”, se lamentó. Los tacones de sus botas golpeaban rítmicamente el tablado, mientras metía su mano derecha en

aquel saquito y cogía una pizca de su contenido. “Más te vale que tu casa quede por aquí cerca”, pensó con algo de nerviosismo. El sonido de pasos del extraño se detuvo: No soy ningún violador, Marianne Dustwitch – oyó a sus espaldas – Así que no huyas de mí como si lo fuera. Aquello la hizo pararse en seco. Apretó los polvos que había cogido en su mano derecha, y se giró lentamente. “No, no, no, no”, pensó. “Otra vez no”: ¿¡Cómo conoces mi nombre!? – le increpó al desconocido, intentando resultar intimidante. El extraño albino sonrió. Había un cargado aire de seducción en todo lo que hacía. Así que no andaba errado, ¿eh? – comentó divertido. Se llevó una de sus manos engalanada con un guante blanco al bolsillo, mientras apoyaba la izquierda en un bastón de factura elaborada. Sacó aquello que tanto temía – Tú eres Marianne Dustwitch. “La Bruja del West Blue”. Con un precio de setenta y dos millones por su cabe… ¡¡Mera!! – la llama lanzada desde su mano derecha prendió fuego el cartel de “se busca” que sostenía aquel hombre. El desconocido lo soltó antes de que el fuego alcanzase su mano, y volvió a sonreír. Veo que eres una mujer de pocas palabras – señaló. El cartel terminó de arder y el fuego se disipó. ¿¡Quién demonios eres!? – inquirió ella – ¿¡Te envía el Gobierno!? ¡¡Responde!! Contén tu ardor, querida – indicó él – No he terminado de presentarme aún, así que no hay motivo para que alces la voz todavía – se quitó la chistera y le hizo una elegante reverencia – Mi nombre es Liegt Spiegel, y soy un pirata.

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¿¡Un pirata!? – se extrañó. El hombre asintió – ¿¡Y qué asuntos traen a un corsario hasta aquí!?

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¿“Qué asuntos”? – el individuo enarcó una ceja – ¿Qué asuntos van a ser? El oro. La fama. El poder… – sonrió – Aquello que mueve el mundo.

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Eso no tiene nada que ver conmigo – señaló ella – Ahora, si me disculpas… – le dio la espalda y reemprendió la marcha.

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Sé quién eres, Marianne Dustwitch – siguió aquel hombre – Lo que pasó en Akuharan fue…

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¡¡¡GORO!!! – la joven lanzó un potente relámpago contra el individuo trajeado, y este estalló en mil pedazos – ¡¡No te atrevas!! – gritó con lágrimas en los ojos – ¡¡¡NO TE ATREVAS A MENCIONARLO!!! – algo se apoyó en su hombro.

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Perdona mi falta de tacto – la joven se giró y contempló horrorizada a aquel hombre de nuevo, intacto – Pero debes escuchar lo que tengo que decirte.

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¿¡C-Cómo has…!? – la muchacha cayó hacia atrás sobresaltada. El tal Liegt le dirigió una sonrisa y apartó la mano.

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Querida… A ti te llamarán bruja. Pero yo, – se pasó una mano por la cara – soy un mago – terminó con una voz y rostro que conocía muy bien. Pertenecían a su difunto padre.

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¿¡Q-Quién demonios eres tú…!? – jamás se había sentido tan confundida – ¿¡Qué quieres de mí!? – su padre le sonrió, y volvió a pasarse una mano por el rostro, volviendo a ser aquel desconocido albino.

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¿Que quién soy? – dijo, con su seductora voz habitual – Un pirata, ya te lo he dicho – la miró fijamente con aquellos ojos dorados – ¿Que qué quiero de ti? – avanzó hacia ella pausadamente. Marianne se alejó arrastrándose de espaldas por el suelo – Tu poder. Tu compañía – el hombre la dio alcance y la joven

contempló asustada como aquel supuesto pirata se agachaba hasta ponerse a su altura. Liegt pasó una mano enguantada por su rostro. Mientras le apartaba uno de sus negros mechones, ella no pudo quitar la mirada de aquellos ojos dorados – Te quiero a ti, Marianne Dustwitch. ¿A-A mí? – se extrañó. El hombre sonrió y se apartó de ella. Llevo muy poco tiempo navegando – comentó – Y hasta ahora lo he hecho solo, por mi propia cuenta – la miró fijamente – Pero todo capitán pirata necesita de una tripulación que esté a la altura. Y yo carecía de tal cosa. Hasta hoy – le tendió una mano – ¿Quieres navegar a mi lado, Marianne Dustwitch? – la joven miró aquella mano enguantada, temerosa. ¿T-Tengo otra opción? – preguntó. Una a la que no me gustaría recurrir – comentó el hombre con cierta pena, que ella no encontró demasiado sincera – No obstante, – le dirigió una sonrisa – tampoco soy ningún secuestrador – miró hacia aquel mar cubierto de bruma – Si viajas a mi lado, no lo harás atada a ningún tipo de servidumbre. Lo harás como una aliada. Una amiga. Una… Sí, ¿por qué no? Como una nakama – sonrió para sí. ¿Una nakama? – repitió. Liegt se giró hacia ella – Aún así yo… – el hombre sonrió y se agachó de nuevo para ponerse a su altura. Antes me has atacado por mencionarlo. Pero querida, lo veo en tus ojos… – comentó – ¿De verdad piensas seguir huyendo de ello? ¿¡Acaso crees que intentar evitarlo te va a suponer algún bien!? – aún podía ver como su hogar era engullido de forma inexplicable ante sus ojos, por aquella especie de vórtice. Sintió como una lágrima le resbalaba por la mejilla – Te estás engañando a ti

misma – siguió el hombre mientras le limpiaba las lágrimas con un gesto no exento de cariño – Sabes lo que quieres. Venganza – dijo ella sosteniéndole la mano. El hombre sonrió. Únete a mí, y tendrás toda cuanto te merezcas.

Los ojos de Marianne permanecieron fijos en aquel desconocido. Seis años en el anonimato no habían servido de nada. Su pasado la había encontrado, aunque aún no sabía decir a ciencia cierta si para bien o para mal. ¿Quién era aquel hombre? ¿Por qué parecía conocerla tan bien? ¿Y qué quería de ella? En aquel momento de duda, sólo veía dos opciones bien claras: podía rendirse, y olvidarlo todo para siempre. Perecer a manos de aquel desconocido, que parecía superarla en poder sin demasiado esfuerzo… O podía tratar de luchar. Unirse a aquel hombre, quién quiera que fuera, y tratar de buscar esa venganza que parecía prometerle. Recordó con rabia como su isla natal había sido borrada del mapa, literalmente… La joven se intentó incorporar, y aquel hombre la ayudó a ponerse en pie. Marianne permaneció un largo rato contemplando el tablado, intentando dar aquel paso: ¿Y bien? – inquirió Liegt. Ella alzó el rostro y le miró. “Navegar contigo como tu nakama y conservar la vida”, ¿eh? – preguntó. El hombre asintió. La joven terminó de limpiarse las lágrimas avergonzada, y esbozó una sonrisa forzada, con cierta amargura – ¿Dónde tengo que firmar? – Liegt le dirigió una sonrisa de satisfacción. Gute mädchen*.

*Nota del autor: en alemán, ”buena chica”.

“One Place”, una obra de Andrés Jesús Jiménez Atahonero. Fanfic original basado en la obra “One Piece” del mangaka Eiichiro Oda. Hecho por fan para fans.

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