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Protección e irradiación espiritual.

El fenómeno físico de la radiación, consiste en la propagación de energía en forma


de ondas electromagnéticas o partículas subatómicas, a través del vacío o del medio
ambiente. Todos los elementos de la naturaleza tienen esta capacidad en mayor o menor
medida. Pero en el caso de las personas o seres espirituales, también existe una cierta
capacidad de trasmitir energía. Aunque en verdad, no es fácil establecer una forma de
medir esta capacidad. No hay duda que quienes trasmiten entusiasmo, alegría o pasión
nos manifiestan algo de su energía que contagia. Pero no tenemos forma alguna de
medir cuantitativamente, su efecto en nosotros.
A este tipo de energía espiritual, que los seres humanos nos trasmiten, se la denomina
irradiación. Fue la santa carmelita del siglo XX, Edith Stein, quien acuñó este principio.
Cada ser humano influye de acuerdo a lo que es; irradiando su energía de manera
espontánea. Al igual que el sol, en cuya naturaleza está iluminar y brindarnos su luz, las
personas influyentes viven de su interioridad. Y esta vida profunda, tiene la capacidad
de expandirse y generar efectos positivos en quienes nos rodean.
El origen de esta idea, proviene de la antigüedad clásica, en donde ya se manifestaba
que el bien tenía capacidad de expandirse y difundirse (bonum est difusivum sui). De
este modo, el Pseudo Dionisio, haciendo referencia a la Bondad de Dios, expresaba lo
siguiente: “Sucede lo que en el sol. Sin pensarlo, sin quererlo, por el mero hecho de ser
lo que es, ilumina todo lo que de alguna manera puede recibir su luz. Así ocurre con el
Bien. Muy superior al Sol, como el arquetipo es superior a la imagen borrosa, extiende
los rayos de su plena Bondad a todos los seres que, según su capacidad la reciben…
Todos son y viven gracias a la misma Bondad”1.
El término griego (exousía) que significa autoridad, manifiesta que esa energía brota
de nuestra interioridad. Quien tiene autoridad, es capaz de irradiar esa energía espiritual
que posee. Por ello, se decía de Cristo que hablaba como quien tenía autoridad (Mc 5,
30; Lc 6, 19). Quien busca ir a lo profundo y crecer desde su intimidad, es capaz de
emanar esa bondad y atraer a los demás hacia sí. Por ello, un verdadero maestro, como
lo era Cristo, no necesitaba de la coacción.
Una persona que busca la excelencia, un maestro que vive lo que predica o un artista
comprometido con plasmar la belleza, arrastran por lo que encarnan. Un profesor
apasionado por lo que enseña, irradia su saber. Es por ello, que todos tenemos ejemplos
de docentes, que han despertado en nosotros admiración y entusiasmo.
Edith Stein, explica este principio de la siguiente manera: “Desde la más profunda
interioridad se origina también la irradiación de la esencia propia, el crecimiento
espiritual de ella misma, que es involuntario. Cuanto más recogido vive el hombre en la
interioridad profunda de su alma, tanto más poderosa resulta esta irradiación que sale de
él y atrae a los demás en su seguimiento… Además el cuerpo está más fuertemente
impregnado de ella y se vuelve así espiritualizado. Allí se encuentra el verdadero centro
del ser corporal-psíquico-espiritual”2.
Pero a diferencia de lo que sucede con el bien. El mal también existe y tiene
capacidad de generar ciertos efectos. De alguna manera, sus energías negativas,
producen cierto tipo de radiación. En la doctrina cristiana, el representante típico de este
mal, es el demonio. En su absoluta soberbia se reveló contra su Creador y se hizo
incapaz de cumplir el bien para el cual fue creado. Por lo tanto, en su caso, el mal no es
más que una ausencia del bien para el cual había sido llamado. En sentido estricto, el
1
Pseudo Dionisio Areopagita, Obras completas, BAC, Madrid, 1996, pág 296.
2
Edith Stein, Ser finito y ser eterno, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pág
454.

1
mal no existe más que como privación, ausencia, defecto, error o debilidad. A este error
o deficiencia en nuestra voluntad, que se cierra en su egoísmo y se olvida tanto de la ley
natural como de la divina, lo denominamos pecado. El pecado es siempre la elección de
un bien menor al que podríamos haber elegido y un olvido de los bienes más elevados a
los que Dios nos llama. Es un desmesurado amor a uno mismo, que no tiene en cuenta
al otro. Es así que santo Tomás dice: “La voluntad que no considera la regla de la razón
o la ley divina, es causa de pecado. Pero no considerar la regla de la razón o la ley
divina, en sí mismo no tiene razón de mal, ni de pena ni de culpa, antes de aplicarse al
acto. De donde, según esto, ningún mal es causa de un primer pecado, sino un bien
como ausencia de algún otro bien”3.
De alguna manera, esta deficiencia en la consecución del bien, nos quita algo de la
luz divina que merecemos. Por ello al demonio se lo asocia con el reino de las tinieblas.
Es decir que perdió algo de la luz y la gracia en la que fue creado. En su excesivo
egoísmo, se olvidó de abrirse a la misión para la que fue creado y se cerró en su
absoluto egoísmo. Este desordenado afecto propio lo movió a envidiar y codiciar otros
dones que no tenía, generando un odio profundo al Dios que no se los había dado.
Como fruto de este odio, brotan de él la desobediencia, la injusticia, la mentira y la
blasfemia. Esta actitud lo hizo creerse merecedor de la gloria y adoración debida a Dios,
generando una idolatría de sí mismo.
En alguna medida, su cerrazón es equivalente a lo que sucede en la física con un
cuerpo negro. Este cuerpo es un objeto teórico que absorbe toda la luz y toda la energía
radiante que incide sobre él. Nada de la radiación incidente se refleja o pasa a través del
cuerpo negro. Pero a pesar de su nombre, el cuerpo negro emite algo de luz y radiación.
La luz emitida por un cuerpo negro se denomina radiación de cuerpo negro. Al igual
que lo que sucede con un cuerpo negro, el demonio en su férreo egoísmo, busca
absorber todas las energías que puede y es incapaz de expandir su bien. Sólo emite
ciertas radiaciones negativas, que buscan hacer mal o desequilibrar el orden que Dios ha
creado.
Al mismo tiempo, se denomina materia oscura, a la materia que no emite o refleja
suficiente radiación electromagnética para ser observada directamente con los medios
técnicos actuales. Pero su existencia puede inferirse a partir de los efectos
gravitacionales que causa en la materia visible, tales como las estrellas o las galaxias.
De acuerdo con las observaciones actuales, la materia oscura constituye la mayoría de la
masa en el universo observable. El componente de materia oscura tiene bastante más
masa que el componente visible del universo. Al igual que lo que sucede en el cosmos,
el demonio al absorber todo lo que puede, queda repleto de energía y escaso de bien. Su
pecado primordial es la soberbia, que no es más que “hinchazón”. Y tal como lo dice
san Agustín: “La soberbia no es grandeza sino hinchazón, y lo que está hinchado parece
grande; pero no está sano”.
El demonio, puede por lo tanto, emitir su radiación oscura y generar cierto tipo de
mal. Pero esta radiación tiene un contenido espiritual, que actúa al igual que el principio
de irradiación que sostiene Edith Stein. El demonio puede tentarnos de manera continua
e intensa, tal como lo hizo con Cristo antes del comienzo de su vida pública. En el caso
de algunas personas, puede provocar obsesiones, fobias, depresiones o locuras, como lo
muestran los innumerables casos de poseídos que se mencionan en el evangelio. Y
aunque en la actualidad, algunas de estas locuras podrían ser explicadas por la
psicología, no todas tienen una explicación racional.
Sin embargo, Dios limita su actuación sobre nosotros. El demonio puede provocar
enfermedades tanto mentales como físicas, en lo seres humanos que se dejan afectar por
3
Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-II, 75, 1, ad 3.

2
su energía o en aquellos casos que Dios permite, tal como es el caso del Job.
Así como Dios, en algunos casos no impide la actuación de las causas naturales que
provocan una enfermedad, tampoco impide siempre la actuación del demonio. Pero la
actuación del demonio, no es la norma común en las enfermedades o patologías, sino
que su actuación es excepcional. En general, toda enfermedad mental se debe a causas
naturales, mientras no se demuestre lo contrario. Pero sin duda, su radiación negativa se
da en el mundo, por más que no lo queramos aceptar.
Por suerte, los seres humanos tenemos la capacidad de rechazar estas energías
negativas que nos afectan. Así como existe el principio de irradiación, también
podemos hablar de un principio espiritual de refracción o dispersión de las energía
negativas que buscan perjudicarnos. La refracción es el cambio de dirección que
experimenta una onda al pasar de un medio a otro. Sólo se produce si la onda incide
oblicuamente sobre la superficie de separación de los dos medios y si estos tienen
índices de refracción distintos. Es así que los espejismos son producidos por un caso
extremo de refracción, denominado refracción total. La dispersión, en cambio, se
produce cuando la onda se decompone o se diluye, quedando sus componentes
fragmentados. En la vida espiritual es posible desviar o descomponer las fuerzas
malignas que buscan dañarnos; si nos comprometemos con el desarrollo de una
espiritualidad sana.
Según los maestros de espiritualidad, el mal puede afectarnos, ya que el demonio
puede de algún modo tentarnos o atacarnos. Para ello san Pablo nos invita a rechazar
estas asechanzas haciendo uso de la armadura del cristiano. De este modo nos dice:
“Fortalézcanse en el Señor con la fuerza de su poder. Revístanse con la armadura de
Dios, para que puedan resistir las artimañas del demonio. Porque nuestra lucha no es
contra seres humanos, sino contra los Principados y Potestades, contra los Soberanos de
este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que habitan en el espacio. Por lo
tanto, tomen la armadura de Dios, para que puedan resistir en el día malo y mantenerse
firmes después de haber superado todos los obstáculos. Permanezcan de pie, ceñidos
con el cinturón de la verdad y vistiendo la justicia como coraza… Tengan siempre en la
mano el escudo de la fe, con el que podrán apagar todas las flechas encendidas del
Maligno. Tomen el caco de la salvación y la espada del Espíritu, que es la palabra de
Dios” (Efesios 6, 10-17). Una vida espiritual profunda, la oración constante y la
asiduidad a los sacramentos, pueden ser un armadura valiosa, que evite las radiaciones
oscuras.
El cinturón de la verdad, implica respeto a la realidad y al ser de lo existente. Implica
aceptar la claridad y luz de lo real, que es una manifestación del poder creador de Dios.
La verdad no es más que una adecuación entre lo que la realidad nos manifiesta y
nuestro intelecto. Quien no es capaz de adecuarse a la realidad, termina cayendo en el
error o en la ignorancia. Quien no se adecua a lo real, termina cayendo en la fantasía y
la ilusión. Pero implica sobre todo una vida ética, que se centra en nuestra conciencia.
En ella encontramos el principio básico de la razón ética que nos encamina hacia el
bien. Su precepto básico nos manifiesta que debemos hacer el bien y evitar el mal.
Respetar las leyes y el orden que Dios ha colocado en el universo, tiene que ver con la
vida ética. Es decir que nuestras actitudes, costumbres y actos, siempre deben estar
regidos por el bien.
Por ello, agrega san Pablo, que el cristiano necesita de la coraza de la justicia. Esta
coraza manifiesta el culmen de la vida ética, cuyo fin primordial es la justicia en sentido
pleno. El hombre justo en sentido bíblico, no es más que el hombre santo. Esta justicia
implica llevar una vida devota, dar testimonio, tratar de evitar el pecado, ser caritativo y
evitar los ataques del demonio. Pero por sobre todo, su protección está colocada en el

3
Señor. “Él es mi bienhechor y mi fortaleza, mi baluarte mi liberador, él es el escudo con
que me resguardo, y el que somete los pueblos a mis pies”4.
Por lo tanto, quien tiene a Dios como escudo, difícilmente pueda caer en las garras
del adversario. Tal como lo dice el salmo 2: “Señor, que numerosos son mis adversarios,
cuantos los que se levantan contra mí… Pero tú eres mi escudo protector y mi gloria”.
Para los cristianos, el escudo, significa que tenemos plena confianza en el poder
salvífico de Dios. Entonces, quien se encuentra bajo su protección no puede ser tocado
por la flechas del enemigo, es decir por los ataques del demonio. Este escudo espiritual
tiene su fundamento en la fe en Dios, que nos protege y defiende. No hay posibilidad
alguna de ser afectados por estas emisiones oscuras, a menos que Dios lo permita para
probarnos.

Horacio Hernández.

http://www.horaciohernandez.blogspot.com

4
Sl 144, 2.