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Blackbird

El contenido de esta obra es ficción. Aunque contenga referencias a hechos


históricos y lugares existentes, los nombres, personajes, y situaciones
son ficticios. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas,
empresas existentes, eventos o locales, es coincidencia y fruto de la
imaginación de la autora.

©2022, Blackbird
©2022, Miriam Alonso
©2022, Diseño de portada: Celia Portillo (Representada por Ediciones
Babylon)

Colección Amare, nº 28
Ediciones Babylon
Calle Martínez Valls, 56
46870 Ontinyent (Valencia-España)
e-mail: publicaciones@edicionesbabylon.es
http://www.EdicionesBabylon.es

ISBN: 978-84-18612-29-9
Depósito legal: V-xxx-2022
Printed in Spain
Imprime: V-2043-2022

Todos los derechos reservados.


No está permitida la reproducción total o parcial de cualquier parte de
la obra, ni su transmisión de ninguna forma o medio, ya sea electrónico,
mecánico, fotocopia u otro medio, sin el permiso de los titulares de los
derechos.
Capítulo I

El pájaro negro canta al amanecer y al atardecer. Ella escucha


su voz, más de tenor que de soprano. Lo ve en la cumbre del
tendido eléctrico y piensa a qué especie pertenece.
Es más pequeño que un cuervo, más incluso que una paloma,
pero su plumaje invita a pensar que podría tratarse de un pariente
buscando redención. Sus primos de la familia de los córvidos
tienen mala fama, uno por agorero, otro, el grajo, por su estrecha
relación con climatologías poco amigables. De modo que él,
para compensar la oscuridad de sus plumas, podría cantar a fin
de obtener simpatía, admiración y aplausos. O podría ser que,
en su infinita sabiduría de animal salvaje, establece así algún
ritual todavía desconocido.
Quién sabe qué demanda, siempre cuando muere o despunta
el día.
Ari asiste al concierto desde su balconada que ejerce las veces
de palco.

Llegó solo tres semanas antes. Todavía muchos se sorprendían


al verla entrar al bar que también era kiosco, economato,
estanco y restaurante. Sucedería así durante mucho tiempo,
tanto que algunos ni se molestarían en descubrir su nombre
y origen real. En los planes de ella tampoco entraba entablar
cualquier tipo de conversación aclaratoria. Solo paseaba hasta
el establecimiento, una vez o dos por semana, para recoger la
prensa, el coleccionable de novelas al que estaba suscrita y
tomar una copa en la terraza más próxima al río.
Ni siquiera podía verlo desde allí, pero sí lo escuchaba falto
de caudal, dejándose chocar contra las rocas cubiertas de

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líquenes, navegado por truchas de carne blanca y piel oscura,
arropado por copas de añejos chopos y, en lo bajo, cubierto
de zarzales. Poco sol calentaba el agua. También suponía una
rareza contemplarlo desde la terraza, pero así funcionaban allí
las cosas. Sería absurdo sugerir que limpiaran el río, aportar
algún conocimiento o molestarse por su causa. Los chopos y
las zarzas llevaban en aquel pueblo mucho más tiempo que
ella: tenían absoluto derecho a monopolizar las lindes del río e
impedir que alguien, sin demasiado conocimiento del terreno,
se le acercara.
Tomó su copa. Cuando los escasos rayos de sol caían sobre
ella, emitía un destello purísimo que reflejaba en sus manos,
como un guiño escapado del cielo, entre las nubes previas a la
tormenta. Absorta, contemplativa, relajada por el efecto del vino
en su organismo, no se dio cuenta de que alguien la observaba.
La tenía a su espalda, seguía en silencio. Era un ser más pe-
ligroso de lo que parecía a simple vista, pero Ariadne —Ari—,
con el tintineo de la ciudad próximo en el recuerdo, y absorta
por la forma en que las copas de los árboles se mecían ante ella,
no se percataba de nada.
—Hola.
—Hola —dio un respingo, una cosa leve. Se esfumó el rayo
de sol que hasta entonces le calentaba las piernas.
La recién llegada se perdió en el interior del kiosco-bar-
estanco-restaurante por la misma puerta que ella había utilizado
para acceder a la terraza.

Ari saboreó su vino, luego dejó la copa sobre la mesa y volvió


a concentrarse en el río invisible que, no obstante, susurraba con
intensidad. En aquellas tierras de leyenda las aguas hablaban.
Solo había que esperar cerca para sacar algún sentido a las
palabras diluidas brotando de fuentes, manantiales y ríos. Estaba
relajada en su ensoñación cuando la puerta volvió a abrirse.
—Se está bien, aunque hace un poco de frío.

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—Sí, pero vale la pena.
—¿Tú quién eres? ¿La nieta de Robles? ¿La extranjera?
—Sí —sonrió. La mueca forzadísima, de esas que se muestran
a desconocidos poseedores de una curiosidad que roza la mala
educación.
—¿Y qué tal todo en la Casona?
—Bien. —Bebió dos largos sorbos más. Era momento de
marcharse.
La otra asintió, aunque por la extraña manera que tenía de
guiñar los ojos con cada pregunta, parecía cuestionar sus
respuestas.
—Si te aburres mucho, el viernes hay un filandón en la Bodega
Cuervo.
—No sé qué es.
—¿La bodega o el filandón? —rio la otra.
—Ninguna de las dos cosas.
—La bodega es el edificio grande que está a la entrada del
pueblo, a la izquierda, junto al molino. Casi lo puedes ver desde
aquí. Ven. —Caminó por el césped en dirección al río. Su mano
izquierda sujetaba la jarra de cerveza mientras la mujer, con la
otra, señalaba hacia unas ruinas—. Eso es el molino.
—Ya veo —asintió Ari.
—El filandón es una tradición de la zona, pero ya te adelanto
que no es nada malo: solo unos cuantos que se sientan y comen
castañas contándose historias de hace tiempo. Como sea, quedas
invitada.
—Gracias.
—Supongo que echarás en falta la ciudad, y tu vida.
Ari volvió a sonreír con aquel gesto medio tímido medio
torcido. Luego se llevó lo que quedaba de vino a la boca y
contempló a la mujer, que esperaba poner fin al silencio entre
las dos con información fresca, datos jugosos que Ari no estaba
dispuesta a revelar.
—En fin, ha sido una desgracia, desde luego, pero la vida

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sigue. —De nuevo, guiñaba los ojos como si fuese un águila
victoriosa que logró capturar su presa.
—Lo sé. Hasta luego.
Ari recogió el diario, la novela del coleccionable y dejó su
copa vacía sobre la mesa.
—Comienza a las diez. El filandón, digo.
—Gracias. Lo tendré en cuenta. —Le dio la espalda de camino
a la salida.
—Hasta el viernes.
Sola en la terraza, el águila también apuró su cerveza.

El viernes quedaba muy lejos y más en sus circunstancias.


Desde la inmediatez, desde el «pronto», Ari solo podía
considerar un puñado de cosas. Una de ellas era la novela que
todavía no había sacado de su envoltorio de papel kraft; otra, la
casa vacía que heredó y que era, principalmente, el motivo por
el que había viajado hasta allí.
En el pueblo la llamaban la Casona, pero en realidad no era
tan grande. Todavía podían verse, en la entrada, los escudos
tallados en piedra para despertar curiosidad y admiración entre
los forasteros. Un portón de madera noble separaba lo mundano
de lo divino, así le contó su padre. Gran cantidad de imágenes
religiosas decoraban las paredes del patio interior, donde se
accedía nada más separar las hojas del portón, pero esa era
solo la mínima expresión de todas las pinturas, figuras y demás
aperos que había en la casa, atesorados por alguien que para
ella no tenía rostro, pero que, sin duda, mientras estuvo en vida
ansió ganarse un acceso directo al cielo.
En las librerías no encontró más libros que los religiosos,
tampoco había una biblioteca con la que entretenerse dentro
de aquella casa donde, por primera vez en su vida, echaba en
falta un televisor. Según la creencia familiar, la inmoralidad y la
fatalidad eran hermanas de la tecnología. Así fue decretado hacía

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mucho, así lo pensaba el viejo Robles y así seguían las cosas
hasta que llegó Ari. Aunque a ella todo le pillaba de nuevas; a
fin de cuentas no era más que la nieta desconocida, criada en un
país extranjero, que había ido a introducir un teléfono móvil de
obsceno valor entre aquellas sacras paredes. No exageraba: la
casa tenía capilla propia.
Suspiró. Un leve efluvio a vino ascendió desde su esófago.
Se quitó el abrigo y el gran fular que la protegía de las bajas
temperaturas —por más que los lugareños las calificaran de
amables, a ella le parecían una tomadura de pelo—. Había un
perchero cerca de la entrada, también un espacio destinado a
dejar los zapatos, pero Ari los llevó consigo hasta la cocina en un
acto de rebeldía que pronto iba a criticar su única acompañante
en la casa, Camila.
—¿Ya le llegó su cosa?
—Sí. —Ari dejó la novela sobre la mesa. En el banco de
madera dejo el abrigo, los zapatos y el fular.
—Le va a oler la ropa a comida.
—No importa.
—Y a hoguera…
—Da igual. —Volvió a suspirar, esta vez resignada.
Desde su llegada no había tenido mañanas duras en exceso, de
hecho, ninguno de sus días destacó sobre otro por lo ajetreado
debido a que Camila, tan inquietante, se encargaba de hacer todas
las labores domésticas. Continuaba con una rutina adquirida
hacía más de veinte años, como si todo debiera estar perfecto
por si los anteriores amos fuesen a cruzar la puerta en cualquier
momento. Ari insistió con vehemencia en que se quitara el
ridículo uniforme blanco y negro, le dijo que no era necesario,
pero la mujer, de cabellos grises y ojos oscuros, seguía decidida
a desafiar constantemente los límites de su paciencia.
—Su abuela no lo consentiría. No había cosa que más fastidiase
al señor que notar olor a comida fuera de la cocina.
—Qué suerte que estén muertos.

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Camila se santiguó. Le dedicó una mirada mezcla de miedo y
rabia, una mirada de ofendida reverencia a la que Ari no sabía
cómo responder. Permaneció en silencio hasta la hora de comer.
—¿Pongo agua a la mesa?
—No, vino. Algo suave.
De nuevo pareció reprobadora.
—Ya he bebido antes, Camila. Las mujeres beben fuera de
este pueblo, aunque no te lo creas. Y fuman. Y follan.
—Vaya boca…
—Tengo más de treinta años.
—Yo el doble que usted, pero así y todo no la tuteo, y me
sigue pareciendo una maleducada. Claro, viendo dónde la
criaron, qué se podía esperar. No hay más que vicio allí, todo
son delincuentes y prostitutas.
—¿Te estás refiriendo a París, la ciudad de las letras, de la
enciclopedia y la Ilustración? Además —se sintió enfurecer—,
¿crees que alguien puede juzgar el sitio donde mi padre me
llevó para salvarme de este agujero?
Por primera vez desde que se conocieron, Camila pareció
reflexionar:
—Bueno, supongo que tenía pocas opciones.
—Muy pocas, en realidad.
Tomó la novela y, llena de cólera, Ari abandonó la cocina.
—¿Sirvo ya la comida?
—¡No! ¡Vete a tu casa!
—Aún me quedan cosas que hacer aquí. Además…
—¡Que te vayas, Camila!
—Sí, señora. —Tuvo que ceder, aunque de mala gana—.
Claro, estas niñas pijas que no han conocido más que la buena
vida, se creen que pueden venir aquí y dar órdenes a la gente. Si
su abuelo hubiera muerto el último, esta no tendría donde caerse
muerta, pero se tuvo que morir el primero, y como el padre era
un vándalo, pues todo para la nieta. Qué injusto es el mundo. Y
mientras, una sigue aquí, con dolor de riñones. Y ahora dice que

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no quiere la comida, la muy desgraciada…
Continuó el monólogo con tan buena fortuna que Ari no la
escuchó. Entonces se encontraba en el segundo piso, en la
habitación donde más luz entraba a esa hora, para empezar el
trabajo que daba sentido a aquel viaje: vaciar la casa.
Ari sentía repugnancia cada vez que contemplaba, en
fotografías y cuadros, el rostro antiguo de su abuelo: bastardo
barbudo con marcado perfil que pegó a su padre en incontables
ocasiones, por no ser más que el niño que era y rebelarse cuando
quiso casarlo, por dinero, con una sexagenaria. La abuela, que
también la miraba, acusadora, desde otra fotografía en color
sepia, no era menos culpable. Permitió todo aquel entramado
en tanto el padre de Ari solo soñaba con tener un nuevo tren de
juguete. De acuerdo, la abuela lo ayudó a escapar, pero eso no
enmendaba lo anterior.
«No lo pienses, no lo pienses. Respira…», se dijo. Pero sentía
la ansiedad crecer y el rencor hacerle nudo en la garganta.
La chimenea del dormitorio estaba encendida, Camila se
habría ocupado de ello. De una brazada, Ari agarró todos los
trapos que colgaban en el armario, perchas incluidas, y alimentó
el fuego. Con el atizador apuñaló las sedas y encajes, el lino y
algodón que compusieron el vestuario principal de sus abuelos,
cebándose hasta verlo pasto de las llamas.
Vendería la casa. Quemaría todo lo que en algún momento
hubiese pertenecido a aquella gente, cada prenda, cada
fotografía. Haría que desparecieran de la memoria colectiva y
se convirtieran en cenizas. Todos los olvidarían.
Camila abandonó la casa en el mismo instante en que una
columna de humo negro escalaba al cielo desde la chimenea.
Volvió a santiguarse. Rezaba para que aquella desequilibrada
no estuviese quemando las biblias y retablos que, con tanto
cariño, atesoraron sus señores. La hija de Camila le había dicho
que podían valer una fortuna. De hecho, la invitó a salvar un
par de piezas antes de que llegara la nueva dueña. Ella solo

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había guardado uno, pero entonces se arrepentía de no haberse
llevado una maleta llena.
Mientras Ari veía arder los encajes, pensó que su padre se
había equivocado: ni siquiera con la idea de ganar millones
estaba cómoda allí. Había crecido en pequeños apartamentos
salteados por todo París. Muchas veces sus vecinos tenían todos
los colores y nacionalidades que uno pudiera imaginar. Casi
no podía estornudar sin escuchar golpes en las paredes de al
lado. El último piso donde vivieron tenía treinta y dos metros
cuadrados, y en las proximidades había atracos a diario. Así y
todo, cuando lo recordaba, se sentía más segura que en aquella
casona llena de incontables espacios vacíos donde no había
libros, y si los hubiera, no estarían acumulados en columnas por
falta de espacio.
Durante una época, su padre sucumbió a la maldición del
recuerdo que siempre inspira el romanticismo francés. Le
contaba lo grande que fue su hogar en el pueblo, lo magnífico,
lo feliz que se sintió una vez junto a aquellas personas que a ella
le parecían tan extravagantes. Le contaba todo y se empapaba
de nostalgia…
Ari deseó que, dado el amor que le profesaba a aquel lugar y
al pasado, fuese él quien estuviera lejos de casa, sintiéndose tan
solo.

A la mañana siguiente, la tranca estaba echada y Camila no


pudo acceder a la casa. Por más que llamó, Ari no abrió la puerta.
Antes de irse a dormir, la nueva propietaria estaba decidida
a dejar de sentir al enemigo entre aquellas paredes. Dejar
campar a sus anchas a Camila, seguir cediendo a sus demandas,
era casi como aceptar que la pesadilla no había acabado: que
debían seguir huyendo de los hombres que el abuelo enviaba a
buscarlos, o maquillándose las heridas que sufrían por encargo
de aquel cabrón. Por eso la cerró. Después, con la certeza de que
ningún extraño la despertaría al día siguiente y mitigada su ira

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incendiaria, sintió el deseo irremediable de buscar calor frente
al fuego de la gran chimenea del salón, todavía encendida. Se
disponía a leer la novela pero no tardó en caer rendida. Su mano,
que colgaba hasta el suelo, aún sostenía el libro al amanecer.
Era un clásico del XIX que le había dormido los dedos.
Mientras Ari descansaba, fuera, en el pueblo, se había montado
un buen escándalo.
Era la primera vez en veinte años que Camila se encontraba
con una puerta cerrada. Como en su mente era impensable que,
a pesar de la malísima relación que tenían Ari y ella, la dueña
le hubiese negado el acceso de forma deliberada, corrió al bar-
kiosco-economato-restaurante pidiendo ayuda para entrar a la
casa por el balcón grande, no fuera que la señorita se hubiese
intoxicado con el gas o el tiro de la chimenea, que estuviera
muerta o cualquier otra cosa, mientras la gente seguía su vida
sin enterarse de nada.
Se puso en marcha un dispositivo rústico de rescate. Unos
trajeron la escalera para acceder al balcón, otros una manta
—¿para qué?, nadie lo sabe, pero en cualquier situación de
emergencia las mantas son indispensables—, y pronto un
hombre del pueblo se ofreció a trepar por los endebles peldaños
para rescatar a la muchacha.
Ari seguía soñando. Estaba dentro de una historia mucho más
amable que la que experimentaba en la vida real. Observaba
de cerca a sus protagonistas en Inglaterra, que entonces era un
lugar anegado de prímulas y nenúfares, máquinas de besos y
pobres chicas venidas a más. Soñaba, en total calma, cantidad
de cosas maravillosas, cuando un ruido la empujó a la realidad.
Procedía del pasillo y cada vez se escuchaba más próximo. Ari
estaba convencida de haber cerrado todas las puertas para evitar
una nueva visita de Camila, pero el crujir del suelo antiguo bajo
el peso de quien estuviera en la casa era evidente.
Buscó con la mirada el atizador de la chimenea, pero no le
daría tiempo a alcanzarlo. No, porque el ladrón, secuestrador, o

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lo que fuera entornaba la puerta en aquel preciso instante.
—¡¿Pero qué…?!
El ejemplar de Cumbres borrascosas, con su encuadernación
de pasta, cosido a mano y maravillosa cubierta, voló para
impactar directamente en la cabeza de un hombre al que no
había visto en su vida. Se incorporó y, esta vez sí, entre que el
intruso trataba de recomponerse y no, alcanzó el atizador y se
le encaró, sosteniendo el hierro como si esgrimiera un florete.
—¡¿Quién eres?! ¡¿Qué haces en mi casa?! —azuzó al extraño.
El hombre levantó las manos. Aunque todavía tenía la frente y
la nariz rojas del impacto, esbozó una sonrisa.
—Solo venía a asegurarme de que todo está bien.
—Explícame eso —azuzó de nuevo.
Él mostraba las palmas de las manos.
—Cálmate… Camila se asustó al ver que no podía abrir y nos
buscó a unos cuantos en el bar. Cree que te ha pasado algo. Yo
solo he venido a comprobar tu estado.
—¿Y cómo has entrado?
—Por la balconada, con una escalera muy vieja, a decir
verdad. La puedes ver desde aquí.
—Tienes que estar de broma, no pienso acercarme —increpó
Ari, aún con el hierro en la mano.
—Vale, vale. No te voy a obligar, pero al menos deja que me
marche sin una brecha en la cabeza. Me vuelvo por donde vine,
¿de acuerdo? Muy despacio.
Ari asintió. Acto seguido el intruso fue retrocediendo poco
a poco hasta alcanzar el dormitorio principal, donde todavía
quedaban restos de encaje en la chimenea. El hombre dirigió
una mirada ahí y luego a ella.
—No pienso juzgarte. No soy quien.
—¡Por supuesto que no! ¡Vete de mi casa ahora mismo!
—Voy. Mira, allí está la escalera.
Tenía razón. Ari pudo ver los extremos de madera apoyados
por fuera, en la balconada. También escuchó las voces de los

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vecinos que se congregaban en la placeta para saber si la historia
terminaba o no de forma trágica.
—¿Me crees ahora?
Ari echó un vistazo. Como poco había veinte personas en la
plaza. Ellos no podían verla. Bajó el atizador.
—Márchate.
—Ya me estoy yendo, descuida. No quiero volver a topar por
sorpresa contigo, con tu atizador, ¡o con tu libro! —Sonrió.
Se le marcaron los hoyuelos. Ari reparó en ellos en tanto su
indignación crecía.
—Mira, sé que es lo último que te apetece, pero he de darte
un consejo: esta gente no entiende de sutilezas. Si no quieres
que Camila vuelva por aquí, despídela, o esta escena volverá a
repetirse.
De nuevo sus hoyuelos se marcaron en una simpática sonrisa.
—¡Vete ahora mismo de mi casa!

El rumor corrió como la pólvora en tanto Camila descubrió


que la nueva señora de la casa estaba despierta, pero las puertas
seguían cerradas. Aunque solo fue tras charlar con el rescatador
cuando la mujer reparó en que, quizá, el ama no quería seguir
teniéndola en nómina.
Al contrario de lo que vaticinara el explorador de balcones,
Camila no tardó en hacerse eco de la grave ofensa de la que
era víctima, y pronto la mitad del pueblo conocía su versión de
la historia: cuánto había tenido que soportar, lo maleducada e
inestable que era la heredera de la Casona, la afrenta que había
sufrido al dejarle estropear el caldo varias noches seguidas, lo
deteriorada que debía de estar tanto física como mentalmente
para llegar del extranjero con esos aires y sin capacidad de ver
la suerte que tuvo.
Pronto, también, y para desdicha de Ari, fue ella la que sintió
cierto arrepentimiento por echar a Camila de tan malas maneras.

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No extrañaba su compañía —que no le parecía ni valiosa ni
reconfortante—. Lamentaba, en realidad, tener que ocuparse
ella sola de una casa tan grande; no conocer el uso de, por
ejemplo, los artilugios de cocina, desfasados y desconocidos,
que llenaban las alacenas; o soportar la frustración de no dar
siquiera con la escoba y el recogedor en aquellas condenadas
catacumbas que formaban la despensa.
Unas cuantas veces, contemplando los pasillos llenos de
conservas y cajas que parecían no acabar nunca, pensó en la
capacidad de las personas acostumbradas a la vida rural para
meter cosas en botes y reconocerlas sin etiquetas. Todavía no
había explorado un tercio del almacén y solo había identificado
un frasco con atún, tres de melocotón y algo que parecía tomate,
pero resultó ser una especie de pisto. Del resto de los cientos
de botes que había allí almacenados, solo podía adivinar que se
sellaron al baño maría.
Se dijo que debía buscar una nueva ayudante para hacer más
soportable la estancia en tanto se viera obligada a prolongarla.
Aunque no le apetecía salir de casa debido al jaleo de la
balconada, en algún momento tendría que enfrentar ser juzgada
y agradecer la heroica acción del tipo de los hoyuelos. Sí, debía
hacerlo, aunque si cambiaba de idea y decidía esconderse como
una rata, durante años, al menos tenía la seguridad de que no
moriría de hambre: había toneladas de comida embotada.

Era viernes. La mayor parte del día estuvo ocupada separando


la basura de lo vendible. Comenzó por el desván y luchó contra
la idea de lanzar las cosas al patio interior para quemarlo todo
a lo grande, como si fuese una personalísima celebración del
solsticio, pero no sería inteligente. Lo cabal era mercar la mayor
cantidad de objetos posible y entregar el dinero a su padre, para
que viviera el tiempo que le quedaba de la forma más digna. Eso
haría retorcerse al abuelo en su tumba.

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Todavía no había ido de visita al cementerio, pensaba de
cuando en cuando. En realidad, no había ido a prácticamente
ningún lugar exceptuando el bar-kiosco-restaurante-lo que sea.
Entonces recordó a la mujer con la que entabló conversación la
última vez, la del filandón y la cerveza…
¿Por qué no acercarse y socializar, aunque fuera pobremente?
Necesitaba ayuda; lo que dijera la gente al verla no debía
importarle demasiado y, por tanto, tenía poco que perder. Iría a
encontrar servicio mientras escuchaba las historias del filandón.
Cuando estaba en París le gustaba oír a la gente contando cosas
en las cafeterías, leyendo cuentos. Además, conocería por otros
cómo era todo antaño, las calles de la infancia de su padre, las
costumbres, las fiestas, los detalles, el folclore y más datos que,
dudaba, estuvieran recogidos en algún libro. A lo mejor, incluso,
podía descubrir cómo era el pueblo en las épocas de su padre,
o alguna historia que lo tuviese a él por protagonista… Pero,
sobre todo, estaba el tema de la ayuda. Por más romántica que
fuese la fantasía de un lugar que había cambiado con el tiempo,
con sus costumbres toscas pero atractivas, necesitaba, al menos,
otro par de manos para no quedar ahogada por fotos en sepia y
crucifijos mientras trataba de vaciar la casa.
Vistió un pantalón vaquero y un jersey oscuro. El abrigo era
demasiado elegante para una reunión informal, pero no tenía
otro salvo alguna reliquia superviviente, escondida en algún
armario inexplorado. Y esas no pensaba ponérselas.
El cabello, hasta media espalda, acariciaba la lana del abrigo.
La humedad que desprendía el río, tan ruidoso como envuelto
por el misterio, lo mantuvo liso en su lugar. No se preocupaba
mucho de esas cosas, pero iba a conocer a personas que la
tomaban por una demente a cuento de Camila, y quería dar buena
impresión. Podía ser que, además, coincidiera con el tipo de los
hoyuelos, aunque ese no era su objetivo principal, por supuesto.
Ayuda y saciar su curiosidad. Nada más. La pequeña cuestión
de curar la soledad que toleraba sin problema en circunstancias

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normales, pero se volvió peliaguda los últimos días, no tenía
nada que ver.

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