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Oraciones en la tempestad

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Duende Garnica

Oraciones en la tempestad / Duende Garnica. - 1a ed - Ciudad Autónoma


de Buenos Aires : Fundación CICCUS, 2022.

72 p. ; 23 x 16 cm.

ISBN 978-987-693-895-2

1. Poesía. 2. Poesía Argentina. I. Título.

CDD A861

Primera edición: mayo 2022

© Ediciones CICCUS - 2022


Moreno 2640 (1094) CABA
ciccus@ciccus.org.ar
www.ciccus.org.ar

Ilustraciones de tapa: Noemí Tobar


Diagramación y armado: Mariela Euredjian

Hecho el depósito que marca la ley 11.723.


Prohibida la reproducción total o parcial del contenido de este libro en cualquier
tipo de soporte o formato sin la autorización previa del editor.

Impreso en Argentina
Printed in Argentina

Ediciones CICCUS re- Ediciones CICCUS ha


cibió el Diploma de sido merecedora del re-
Honor Suramericano conocimiento Embajada
que otorga la Fundación de Paz, en el marco del
Democracia desde su Proyecto-Campaña “Des-
Programa de “Formación en Valores pertando Conciencia de Paz”, auspicia-
en el Mercosur y la Unasur”. do por la Organización de las Naciones
Círculo de Legisladores, Unidas para la Ciencia y la Cultura
Honorable Congreso de la Nación. (UNESCO).

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PRÓLOGO

Alumbra un poco más tu circunstancia,


acerca la linterna a los abismos
para buscar la llave entre las rocas.
Jorge Ortega, “Primera llamada”

Los naipes de colores. El carnaval de Niza. El circo: los


elefantes, el rugido de las panteras negras, las risas de los
niños. Ruge y exclama en el papel de fuego y sangre Leopoldo
María Panero. Lo mismo vale para el Duende Garnica, dueño
de una paleta plebeya y monumental, rabiosa, centelleante,
hambrienta, proletaria.
A veces, parece el hijo pródigo del Carnaval, un fantasma
de harina y plantaciones; a veces, un rugido yacaré que afina
a las guitarras, especie única de Robin Hood sembrando de
íntima justicia la calle interminable de la noche. Montonero
dulce, progenitor de vientos.
A este puñado de ojos de tigre venidos del pantano, a este
viento de zarpazos, a este desmoronamiento de cal de antiguas
lunas, a esta lucha grecorromana contra el mal gusto y la
agonía, él les llama oraciones. Debe andar repitiéndolo ahora
con los ojos abiertos, en una mesa cualquiera del Chango
Otto, a las tres de la mañana en Satanás Street, porque ruge
en los papeles un oscuro misticismo, una mitología de pueblo
religioso, las tetas de perfil de la difunta Correa, el revólver
tira flores del Gauchito Gil.

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Dice también que ese puñado de oraciones, esa profanación
de nidos, este espectáculo brillante, pertenecen al reino de
la tempestad. Debe ser cierto nomás, porque, ¿de qué otro
modo expresar el amor y el paisaje cotidiano, la sangre
inclaudicable del ancestro y de la descendencia, el fuego, la
inclemencia y el combate, si no es entre la oscura borrasca
de los tiempos, con el viento de lleno en plena cara, izando la
bandera, cosiendo las estrellas?
Con la luna pueblera, rabiosa, entabacada, haciendo
de ballesta, metida hasta los bronquios, con un extraño y
desafiante perfume de mujer, dañino o prepotente, como
si alguien oliera un tigre en medio de la lluvia, con un sol
Bukowski que se mete en las entrañas de la avenida Entre
Ríos para llenar de pájaros bandidos el sueño deslumbrante
del poeta insomne.
A veces, desnudo entre montones de fantasmas, escribe
de un tirón su divina comedia desdentada, sabe bien que la
ciudad celosa y malparida le paga un mal jornal a sus poetas:
insolaciones de wasap y de cosméticos, domingos con el asco
del daiquiri, estupideces de invocar los noticieros.
Con botas de piel de jabalíes, despellejando veranos por el
monte, mordiendo los breteles de los tangos más promiscuos,
compartiendo su trago con un Drácula cansado y sensiblero,
trepado a la estación Yrigoyen, se dispone a partir sin haber
llegado nunca, con un bolso de fuego y la birome maldita.
Salta a plena llama el rezador de soledades, el bandido, el
funebrero, el mordedor, el insolente.
Dicen que conoce demasiado bien el momento crucial
en que, día tras día, se abre la rosa negra al fondo del
boliche. El lugar elegido no tiene nombre a la vista, pero
los parroquianos lo llaman Salón melancolía, pieza que da
al infierno, microcosmos sensual, atorrante y pendenciero.
Queda en Satanás Street, esquina melancolía, casi llegando
al sol dañino y cuadrangular que decapita pajarracos en el
bulevar de los sueños rotos.

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Sobre sus mesas de tabla del naufragio se juntan los
dementes, las travestis y los chorros con Jaime Dávalos y
Homero Expósito, Henry Miller, Pedroni, Neruda, Armando
y Lima Quintana.
La birome del poeta, a las tres de la mañana, es el terror
de la ciudad narcotizada. Echa espinas por la tinta, suda
dinamita y rebeliones.
De esa melange de caña y gin fizz, como otro cross
fabricado para la mandíbula blandita de la pelotudez y de
la obsecuencia, nace este jazmín de plomo, este diamante
en bruto. Al menos por una ráfaga, por un instante, deja de
lado a la ciudad caliente, sus promesas de breteles oxidados
en el jardín dulcísimo del sueño de las dominicanas, noches
profundas de pena y de desidia, por las calles de Almagro y
de Constitución. Lo que llega es un altar para doncellas, un
paisaje de melaza, una ternura de rouge incandescente.
Materia viva de la otra parte del mismo poeta: el amor
exaltado en el combate, la voz del compromiso, el paso veloz
y fugitivo del potro que tomó la delantera.
Al fondo de su patio en llamas conviven por igual el monte
ultrajado y la fruta podrida, los mitos populares, la rosa y el
pantano, la cara travestida de Gardel, el fuego intransigente
de la chacarera.
Pero no quisiera yo hacer una mitología de redundante
wikipedia, insistiendo con aquello del Olvidado, de su paso
firme por la tierra pantanosa, de su cronología.
Con la voz de Jorge Teillier metida ya en mi voz, vaso de
bourbon en mano, le ruego, le pido, le exijo dulcemente:
“Salgamos a dar de comer a las ratas, / nuestras buenas
amigas. / Cae, lluvia pulverizada/ sobre huérfanos
extraviados de un paraíso”.
Vos, Duende Garnica, transeúnte privilegiado de mi
Satanás Street, que despertás a la hora en que sudan las
madamas una luna abrillantada en azul por los breteles, vos

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que amás a los borrachos con un ojo solo, al ruido del alcohol,
a las pensiones, siempre supiste que “de tu estrella derribada
brotaría una extraña sangre”.
Desde la última mesa del bar de esta locura, desde el
último recodo de mi ciudad devastada y pervertida, lo veo
venir, intercambiando máscaras, persistente con él mismo,
montado en su potro de escarcha, una y otra vez el poeta
viene del llano, de la cumbre, del estero o de la hambruna, y
entra a la ciudad como el héroe que endulza el sueño de los
niños, como un repartidor de flores del espanto, como un
donante de sangrías, como un licor que aturda, como una
pesadilla.
Como dice José Watanabe en su “Mantis Religiosa”: ante
el gesto de este alucinado en el papel, “nosotros no debemos
negar la posibilidad de una palabra de agradecimiento”.

Pini
Otoño, 2021

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