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Yo Soy Artigas

Lisi Rodenas
Rachid, Jorge
El mundo
Rodenas, del día después / Jorge Rachid. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos
Lisi
Aires : Fundación
Yo soy Artigas / CICCUS, 2021.- 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires :
Lisi Rodenas.
176 p. ; 23CICCUS,
Fundación x 16 cm. 2022.
240 p. ; 23 x 16 cm.
ISBN 978-987-693-839-6
ISBN 978-987-693-898-3
1. Ideologías Políticas. 2. Capitalismo. 3. Pandemias. I. Título.
CDD
1. 320.5 2. Biografías. I. Título.
Historia.
CDD 920.71

Primera edición: febrero 2021


Primera edición: Junio 2022

© Ediciones
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Prohibida la reproducción total o parcial del contenido de este libro en
cualquier tipo de soporte o formato sin la autorización previa del editor.
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Impreso en Argentina
Printed in Argentina

Ediciones CICCUS re- Ediciones CICCUS ha


cibió el Diploma de sido merecedora del re-
Honor Suramericano conocimiento Embajada
que otorga la Fundación de Paz, en el marco del
Democracia desde su Proyecto-Campaña “Des-
Programa de “Formación en Valores pertando Conciencia de Paz”, auspicia-
en el Mercosur y la Unasur”. do por la Organización de las Nacio-
Círculo de Legisladores, nes Unidas para la Ciencia y la Cultura
Honorable Congreso de la Nación. (UNESCO).
Dedicatoria

A mi padre y su biblioteca, la primera fuente cristalina en la que bebí.


A todos los caídos en las luchas populares.

Agradecimientos

A mi maestra y amiga, Inés Santa Cruz; a mi inolvidable amigo,


Jorge Brisaboa, quien me sugirió la estructura de esta novela;
y a la familia que he formado, por tanto amor y paciencia.
Se amañó el pasado... No había tierra ni tradiciones, nada de eclosión
turbulenta y magnífica de un pueblo que brega por su independencia,
todo pasaba en una sola clase social, todo ocurría por móviles
extranacionales... Se llamó anarquistas a los conductores de ese
pueblo con Artigas a la cabeza, y se calificó de próceres a quienes
buscaban por Europa el dominio extranjero que asegurase el dominio
de su clase. San Martín y Belgrano no fueron descriptos como
hombres de pensamiento político definido, ni expuestas sus opiniones
sobre las cosas y la gente de la tierra, sino como héroes de alto, pero
único, valor militar.

José María Rosa, Historia argentina, tomo VIII (1977)


Índice
Capítulo 1
En el Convento de la Merced
(Asunción, Paraguay. Septiembre, 1820) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9

Capítulo 2
En el Convento de la Merced II
(Octubre-diciembre, 1820) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 13

Capítulo 3
San Isidro Labrador, Curuguaty
(1821-1824) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 19

Capítulo 4
“Yo fui contrabandista”
Confesión de José Artigas a Aimé Bonpland, que lo visitó en 1831 . . . 29

Capítulo 5
¡Guerra al Godo!
(1811) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 39

Capítulo 6
El pueblo en armas. La Batalla de Las Piedras y el Primer Sitio
de Montevideo
(Mayo-octubre, 1811) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 53

Capítulo 7
Ha muerto el Supremo
“...pongan la persona del bandido Artigas en seguras prisiones”. . . . . 65

Capítulo 8
Ibiray (1845) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 83

Capítulo 9
Don Carlos Antonio López, presidente del Paraguay
(1845) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 87
Capítulo 10
Mi hijo José María
(1846) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 111

Capítulo 11
“Buenas tardes, general Artigas. Soy el general José María Paz”
(Ibiray, abril de 1846) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 123

Capítulo 12
El enviado de Rosas
(Ibiray, 1847) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 139

Capítulo 13
“Yo fundé la Liga Federal en 1815 con la Banda Oriental, Entre Ríos,
Corrientes, Misiones, Córdoba y Santa Fe”
José Artigas a Eduviges Gutiérrez
(1847) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 151

Capítulo 14
“Juan Martín de Pueyrredón, mi mejor enemigo”
José Artigas a Carlos Antonio López
(Ibiray, 1848) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 171

Capítulo 15
Nuevas conversaciones entre Artigas y López
(Ibiray, 1848) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 187

Capítulo 16
Rómulo José Yegros, el hijo de mi amigo Fulgencio
(14 de mayo de 1850) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 203

Capítulo 17
La muerte. El final
(23 de septiembre de 1850) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 213

Epílogo
Por qué Artigas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 225

Bibliografía . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 235
Capítulo 1
En el Convento de la Merced
(Asunción, Paraguay. Septiembre, 1820)

Retrato de Artigas realizado por Juan Manuel Blanes (ca. 1880).

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Capítulo 1 - En el Convento de la Merced

—Aquí estamos, Ansina, en un convento. ¡Qué diría mi madre! Pensar


que alguna vez quiso verme convertido en fraile. A pesar del cansancio,
están como atropellándome los recuerdos...
Ansina lo miró extrañado, interrogándolo con la mirada.
—Recuerdo aquella discusión con la Melchora hace casi un año. ¡Ca-
ray que son difíciles de convencer las hembras con carácter!
—La Melchora ha peleado al lado suyo, mi General, nacida en este
suelo que estamos pisando...
—Pero los dos críos necesitan a su madre, no a un soldado.
Ansina se dio cuenta de que era un tema cerrado, pero que lo seguía
perturbando, y prefirió callar. Ambos consumieron esos primeros mo-
mentos en acomodar las escasas pertenencias que traían; podían des-
cansar, tal vez, o pensar cuál sería la nueva situación a la que deberían
enfrentarse. Los unía una década consagrada al fuego de la revolución,
pero sobre todo una confianza expresada en los hechos e imposible de ser
definida por alguna palabra; la traición era inimaginable entre el general
Artigas y este africano acriollado y valiente que padeció los rigores de la
esclavitud.

La tarde languidecía suavemente. Por la ventana entraba un aire pe-


sado y dulzón. La vegetación que rodeaba el Convento de la Merced se-
mejaba un abigarrado cinturón verde, en el que la variedad de plantas se
confundía en un todo esponjoso y compacto.
El patio interno estaba bordeado por una prolija hilera de naranjos,
intercalada por enormes bancos de piedra. La brisa, los pájaros aquí y
allá, y los brotes en las cuidadas macetas presagiaban una lujuriosa pri-
mavera. Por los pasillos llegaban las voces secas de los frailes, y más a lo
lejos los aprestos para la cena. La vida vaciada de vida en un convento.
¡Qué lugar tan extraño para un combatiente! Hasta hace unas horas, el
fragor del combate, y ahora este silencio pegajoso; sin embargo, él sabía
cuántas veces en estos ambientes recoletos había discutido las cuestiones
de la patria.
¡Aquel año 1811! Esos curitas de la campaña oriental, cada uno desde
su pequeña capilla-rancho arengando a los paisanos. “Los patriotas con
sotana... ellos y mis hermanos, los indios charrúas, qué hubiese sido de
mí sin esa ayuda”, pensó Artigas. “La justicia de la guerra abreva en el
Evangelio”, le repetía a menudo el padre De la Peña. “Dejando satisfecha
la conciencia de muchos”, le contestaba Artigas. Y en cuanto a los aborí-
genes, los admiró hasta copiarles sin pudor sus tácticas militares.

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Yo Soy Artigas - Lisi Rodenas

El cuarto asignado era en realidad la Celda de Visitadores de la Or-


den, amplia y aireada: solo dos camas, una mesa cuadrada con varias si-
llas alrededor, un mueble de madera rústica y oscura que hacía las veces
de ropero, y al lado de un reclinatorio, la imagen de San Francisco. Sobre
la pared más grande, un gran crucifijo preside la habitación.
—¡Ave María Purísima!
—Sin pecado concebida. ¡Adelante!
—Manda decir Fray Bernardino, general Artigas, que es usted bienve-
nido a esta casa; no tiene más que pedir lo que necesite.
—Se agradece, Fray.
—Fray Joaquín.
—Dígale a su merced, Fray Joaquín, que cuando disponga quisiera
poder conversar con él.
—Será transmitido su pedido, General, pero ahora descanse; supongo
que debe estar muy fatigado luego de tanto recorrido. En un rato le trae-
rán a usted y a su ayudante la bandeja con la cena.
La puerta se cerró tras la pesada figura del fraile y el silencio se tornó
cada vez más opresivo a medida que la tarde se apagaba. Ansina devoró
las dos raciones de comida. Pepe Artigas no tenía hambre. Entre otras
cosas, había aprendido a doblegar esa sensación; con solo acordarse del
Éxodo y de aquel interminable Sitio de Montevideo, el espectáculo de su
gente hambrienta y sin abrigo le había reducido al mínimo sus propias
necesidades.
—El hambre se me transformó en bronca y el frío que mató al hijo de
la Jacinta me calentó la sangre.
—¿Quién era la Jacinta, mi General? —preguntó Ansina.
—¿Cómo todavía no te has dormido?
—Lo estoy escuchando.
—La Jacinta era la mujer de Pedro, un paisano de ley que estuvo con-
migo desde el Regimiento de Blandengues. ¡Qué jinete! Nadie manejaba
el cuchillo como él. Fue de él la idea de usar las ramas de los sauces con
cuchillos atados en las puntas; con esas armas vencimos a los godos en la
Batalla de Las Piedras en aquel mayo de 1811... Peleamos casi en pelotas,
¿recuerdas, Ansina? Ahí nos metimos en la Historia —le dijo mirándolo
con intensidad—, a empujones para cambiarla.
—Sí, mi General.
—Casi diez años de todo aquello. En muchos de estos años me he pre-
guntado siempre lo mismo: ¿qué fue peor, enfrentar a los godos o la so-
berbia de los doctorcitos de Buenos Aires?

11
Capítulo 1 - En el Convento de la Merced

La pregunta se deshilachó en un larguísimo silencio sin respuesta.


Ansina bajó la cabeza y su jefe caminó hacia una de las ventanas, respi-
ró con fuerza el aire tropical, casi acaramelado, y con un gesto habitual
cruzó los brazos sobre el pecho, como queriendo perforar con su mirada
aquella espesura.
Esto no es la pampa, pensó. Aquí la vegetación tapa el horizonte, y
como siempre le decía la Melchora, el sol aparece como si nunca se hu-
biese escondido.
Volvió sobre sus pasos, casi sonriendo, envuelto en el recuerdo de su
mujer. Se sentó en el borde de una de las camas, y mirando a Ansina, le
dijo:
—Bueno, ahora mejor durmamos, mañana será otro día y quizás no
esté todo tan perdido.

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