13 – ME GUSTARÍA PEDIROS UN FAVOR…

Jim observó desde el único sillón de aquella habitación como su compañero se incorporaba en la cama y se giraba hacia él. El joven capitán corsario arqueó una ceja: ¿¡Otra vez!? – inquirió. El ex-librero asintió. Chasqueó la lengua con fastidio – ¡Ya fuiste a mear hace no más de una hora! ¿¡Y qué quieres que le haga!? – se quejó John – Si por mí fuera, no te lo pediría, pero… – movió levemente los brazos escayolados, que le colgaban en cabestrillo – ¡Tengo las manos atadas! – Jim se puso en pie con cansancio. Sus movimientos eran rígidos por culpa de los vendajes. ¡Yo no pienso volver a sujetártela! – le advirtió, y se dirigió a la puerta de la habitación – Le diré a Marguerite que venga. ¡Es una mujer! – le interrumpió el otro, mientras la mano del capitán se detenía frente al pomo. Jim se giró hacia él y le miró divertido. ¿Te incomoda? – preguntó. ¡Pues claro que me incomoda! – declaró – ¡Se trata de mi…! ¿…polla? – terminó él. Se alejó de la puerta, divertido – Vaya, vaya, no conocía esta faceta tuya. ¿¡Es que acaso no te la ha visto ninguna otra mujer!? Supongo que a tu edad, ya te habrás tirado a alguna que otra moza… – inquirió. John le miró fijamente, y luego apartó la mirada, avergonzado. Jim contuvo la risa – ¿¡No me jodas!? – y estalló en carcajadas. ¿¡Y tú qué!? – le increpó el otro airado y rojo de vergüenza – ¿¡Acaso te has tirado a alguna!? – Jim dejó de reír en el acto.

-

B-Bueno… – empezó – Una vez… Se llamaba Bethy… Y… Pero al final yo… – no supo qué más decir, y miró al suelo en silencio.

-

¡Ja! – soltó John, señalando su fallo – ¿¡Así que tú tampoco te has estrenado!? – Jim apretó los puños.

-

¡Yo soy más joven que tú! – le espetó. ¡¡E igual de virgen, por lo que parec…!!

La puerta de la habitación se abrió, dejando a John con la frase a medio terminar. El rostro de Dianne se asomó desde el pasillo, y les miró con curiosidad. Los dos piratas la observaron paralizados, sin saber qué decir: Sólo venía a por unas vendas, – dijo la joven – pero si interrumpo algo, ya me voy – abandonó la estancia con rapidez cerrando la puerta. Jim la oyó contenerse la risa en el pasillo, y luego miró a su compañero. El ex-librero le devolvió la mirada, y tras un breve silencio, estallaron en carcajadas: En fin… – comentó John después, y se balanceó brevemente en la cama – ¿Me acompañas o qué? No. Voy a por Kintama – su respuesta fue tan tajante como el portazo que pegó al salir al pasillo, sin pararse a oír nuevas réplicas de su compañero. Habían pasado ya dos días desde el ataque pirata. Después de la derrota de Smallest a manos de Dianne, la joven llevó a Jim al cabo donde se encontraba su compañero. El ex-librero tenía las mangas de la camisa destrozadas. Al parecer, como más tarde se enteraría el capitán pirata, había logrado generar una especie de escudo con ellas, y eso le había protegido de la mayor parte del daño. Aún así, el puñetazo de Smallest le había provocado fracturas en ambos antebrazos, así como

la perdida de gran parte de la masa ósea del codo izquierdo. No obstante, la Anciana Kintama parecía venir bien preparada. Tras ser tratada por el médico del pueblo, se había puesto a ayudar a este con el resto de heridos. Por fortuna, Yosaku, el alcalde de Amamorui, que era el nombre de aquel pueblo, no había sido el único que había logrado abrirse paso entre los piratas y escapar. Encontraron a cinco supervivientes más. Dos de ellos murieron más tarde debido a la gravedad de las heridas, pero el doctor Okur y la Anciana Kintama, consiguieron salvar al resto, además de tratar las heridas del alcalde. Marguerite no tenía tantos conocimientos de medicina como aquel doctor, pero si mejores materiales. A base de plantas curativas y ungüentos, había tratado las heridas de Jim y John, que ahora sanaban con gran rapidez. Jim se apartó a un lado mientras dos aldeanos corrían por el pasillo. Era algo que le había asombrado de aquel lugar. La gente se había volcado en cuerpo y alma a ayudar con el tratamiento de los heridos, el suministro de provisiones, y la reconstrucción de los hogares. Además, Amamorui disponía de una especie de complejo que habían habilitado para atender a los heridos. Era una gran construcción, con un gran número de habitaciones, que normalmente se reservaba para reuniones, festejos y demás tipos de acontecimientos importantes, aparte de funcionar como una especie de posada, hospedando a gente. “Y no les queda otra”, pensó el joven pirata. Aquellos indeseables habían quemado el muelle y todas las naves del embarcadero. Las únicas embarcaciones que no habían ardido, eran el propio bajel pirata de Smallest, y el balandro de Marguerite y Dianne, que permanecía oculto, amarrado junto a un pequeño muelle cercano al cabo en el que la joven había dejado al ex-librero al rescatarle de las aguas. Y el barco de los asaltantes

sólo estaba cargado de tesoros, algo que en aquel momento de necesidad, no servía de mucho. La única ayuda que podrían recibir del exterior sería la de la Marina, pero sólo había una casa con caracolófono en el pueblo, y desgraciadamente, había ardido hasta los cimientos durante el ataque pirata, así que los lugareños tendrían que esperar a la llegada del próximo News Ku con el reparto semanal, para hacerles llegar un mensaje de auxilio a los marines por medio del ave mensajera. De todas formas, Marguerite pareció alegrarse de que la Marina no fuera a meter sus narices en aquel asunto. Aquello le hizo pensar. Tal vez, ella y Dianne hubieran abandonado su hogar por culpa de los marines. A fin de cuentas, la anciana, según ella misma afirmaba, había sido pirata. Jim pasaba junto a una de las habitaciones, cuando oyó la voz de la mujer. Llamó a la puerta y entró. Marguerite se encontraba sentada junto a la cama en la que descansaba el alcalde, quién la miraba cansado, apoyando la espalda contra el cabecero de la cama. La mujer se giró al verle entrar: Buenos días, joven – saludó la anciana – ¿Querías algo? John quiere ir al servicio, – comentó señalando con un pulgar hacia el pasillo – otra vez – recalcó – Y me preguntaba si no os importaría… ayudarle – no encontró una palabra mejor. La mujer le miró extrañada y luego sonrió. Vaya con los “guerreros del mar” – comentó con cierto retintín. Se incorporó y dio un suspiro – Está bien, “señor delicado”. Le echaré una mano a tu amigo – “Nunca mejor dicho”, pensó Jim al verla levantarse – A cambio, échale un ojo a Yosaku, ¿quieres? – señaló al hombre con la cabeza – Acabo de cambiarle los vendajes, y me ha dicho que quería hablar con los jóvenes que han defendido la

isla – Jim asintió, y se sentó junto al hombre vendado de la cabeza a los pies, mientras Marguerite cerraba la puerta al salir. El alcalde, que había permanecido callado hasta entonces, se giró hacia él y habló: Marguerite me ha dicho que sois piratas – el rostro del hombre estaba hinchado y magullado por las heridas, pero al natural debía de ser un rostro bonachón. El rostro de una persona dada a la comida, a la bebida y a las risas. “Un buen hombre”, pensó Jim al ver aquellos ojos. Luego cayó en que había permanecido demasiado tiempo callado, y asintió con rapidez. El hombre sonrió – Resulta hasta irónico. Unos piratas que nos protegen del ataque de otros piratas. Yo no lo llamaría proteger – se apresuró a añadir Jim – Ya no había nada que proteger para aquel entonces – comentó apesadumbrado. Y era verdad. Barcos, campos, hogares y vidas. Todo había sido consumido por el fuego antes de su llegada. El alcalde, para su sorpresa, rió, aunque sin expresar nada en particular. Eres un joven modesto – dijo – O al menos pretendes ser un joven modesto. En cualquier caso, eso te honra – le sonrió – Pero te equivocas. Sí que había cosas que proteger, aún – le miró fijamente – Si vosotros no os hubierais enfrentado a esos piratas, la situación habría sido mucho peor. Probablemente, todo el pueblo habría sido saqueado, y sus gentes, masacradas – en los ojos de aquel hombre parecía reflejarse el funesto futuro del que hablaba. Jim asintió pausadamente. De todas formas, – dijo – el mérito no es sólo nuestro. Marguerite también combatió a nuestro lado. Y Dianne acabó con el capitán enemigo – aún seguía siendo incapaz de creer aquello. La escena de aquella muchacha derribando a aquel gigante se repetía en su cabeza una y otra vez. Yosaku asintió. Dos grandes guerreras, pero habitantes de esta isla, por poco que lleven en ella. No hubiera esperado menos de ellas – comentó. Se incorporó y acomodó bien la

espalda al cabecero – No obstante, vosotros sois piratas. Corsarios. Gente de mar ajena a esta isla. ¿Qué motivos tendrían un par de bucaneros para luchar por un simple pueblucho? – Jim le miró sin saber qué decir. Se llevó la mano derecha a la cabeza, y se la rascó, pensativo. Si le digo la verdad, no sabría muy bien decirle el porqué – sonrió avergonzado – Simplemente, creí que con aquello hacía lo correcto. Y supongo que mi compañero le diría lo mismo – el hombre le miró pensativo, y luego se echó a reír, esta vez con más sentimiento. No hay duda de que te pareces a él – comentó entre risas. ¿A él? – se extrañó Jim. Monkey D. Luffy – señaló. Querrá decir “Monkeyd Lu…” – empezó. ¡No! – le cortó el hombre – “Monkey D. Luffy”. Al menos yo le conocí por ese nombre, por mucho que el Gobierno Mundial se empeñe en cambiarlo – Jim abrió los ojos de par en par. ¿¡Usted conoció al Rey de los Piratas!? – preguntó asombrado. El hombre se echó hacia atrás, alarmado. ¡Baja la voz! – le instó en un susurro cortante. Perdón – se disculpó – ¿Usted conoció al Rey de los Piratas? – volvió a preguntar en un tono más bajo. El hombre asintió – ¿Y dice que me parezco a él? – el tal Yosaku sonrió. Es obvio que sois personas diferentes – dijo, y contempló el techo de la habitación – Quizás tan diferentes como el día y la noche. O tal vez no tanto – Jim arqueó una ceja, extrañado – Pero, por alguna razón, al oírte hablar, me has recordado a él.

-

Tal vez sea el acento – comentó el pirata sin saber, mientras se rascaba la cabeza – Al fin y al cabo, los dos nacimos en el mismo lugar – el hombre rió.

-

No, – comentó divertido – no es el acento. Pero sin duda, es lo que te ha llevado a arriesgar la vida por nuestro pueblo – el hombre se incorporó en la cama con lentitud, dobló las rodillas y se sentó sobre ellas – Y eso es algo, – para su sorpresa, Yosaku se inclinó en una reverencia – que te agradezco de todo corazón.

Jim contempló perplejo como aquel hombre se había arrodillado en señal de sumisión para darle las gracias, con la cabeza tocando el colchón. Darle las gracias a él, un pirata. Aquella situación le incomodaba un poco. Era algo de lo que no se creía merecedor: Oiga, levántese – le instó apoyando la mano en su hombro, avergonzado – Yo no merezco tal muestra de… Aquel hombre hizo algo similar – siguió el alcalde – Acabó con la tiranía con la que unos piratas habían sometido al pueblo de una amiga suya. Sin esperar nada a cambio. Sin pedir recompensa o agradecimiento alguno. Sólo por una miembro de su tripulación, que además acababa de traicionarle. Todo por el simple hecho de ser su… …nakama – terminó Jim por él. Ya conocía esa palabra, y el significado que albergaba. Yosaku se incorporó y le sonrió. ¿Tienes tú algo parecido a eso, joven? – preguntó. Viaje por estos mares con varios – señaló él – Algunos sólo eran meros compañeros de viaje. Otros fueron amigos fieles. Y otros, sucios traidores – comentó – Pero a todos los consideré nakamas. Aunque no sé si les di un trato en consecuencia – contempló al suelo apenado. La pérdida de Mediabarba y sus compañeros aún le era demasiado reciente.

-

¿Y ese joven que luchó a tu lado? – le preguntó – ¿También le consideras tu nakama?

-

¿A John? – inquirió él – Soy su capitán, y él mi segundo. Todo miembro de mi tripulación será considerado como un nakama – sonrió – Si bien no puedo negar que más de una vez me han dado ganas de partirle la cara a ese capullo – el hombre sonrió.

-

Todo el mundo tiene sus diferencias y sus roces – dijo – Lo que importa, es que a la hora de la verdad, sepas actuar como es debido – le miró fijamente – Tanto como capitán, como por nakama suyo. Eso era algo que Luffy tenía bien claro.

-

“Dar la cara por los tuyos”, ¿eh? – sonrió Jim. Al final, es lo único que importa – terminó Yosaku.

Jim se incorporó aún con la sonrisa en los labios, y se dirigió a la puerta de la habitación: Le transmitiré a John vuestro agradecimiento – indicó. El alcalde asintió y alzó la mano en señal de despedida. El pirata le devolvió el saludo y abandonó la estancia. De camino a la habitación que ocupaban John y él, empezó a darle vueltas a las palabras de Yosaku. “Lo que importa, es que a la hora de la verdad, sepas actuar como es debido”. Era más fácil decirlo, que hacerlo, pero comprendía a qué se refería el viejo con aquello. Gracias a que Mediabarba había puesto su bienestar por encima del suyo propio, él se encontraba ahora con vida. “A la hora de la verdad”, su capitán había decidido proteger a uno de los suyos, a riesgo de su vida. “Eso” era lo que definía a un auténtico capitán pirata. Jim tenía bien claro cómo debía actuar. Lo que verdaderamente le atormentaba, era el no saber si lo haría así una vez llegado el momento…

*** Marguerite volvió a pasarse por la habitación de Jim y John aquella tarde. Entró en la estancia con una leve sonrisa en los labios, pero el joven pirata intuía que la amazona parecía estar guardándose algo. Algo que quería decirles, y que no tardó en caer: Sé que igual resulta un tanto egoísta, después de que nos hayáis ayudado a defender el pueblo de esos piratas – empezó la anciana al poco de entrar, mirando a ambos – Pero… – miró al suelo dubitativa. Luego alzó la cabeza y volvió a observarles, con más decisión – Me gustaría pediros un favor… – Jim parpadeó. “Aquí viene”, pensó. ¿“Un favor”? – inquirió. La mujer le miró fijamente y asintió. ¿Y de qué se trata? – intervino John. Los ojos de la amazona se posaron en él, y luego volvió a dirigirse a ambos. Os pido que os llevéis a Dianne con vosotros cuando partáis de esta isla. ¿¡¡QUÉ!!? – se extrañó Jim. El ex-librero, no obstante, no pareció inmutarse ante la petición. No tenemos barco – se limitó a decir. Por eso no hay problema – indicó la mujer – Podéis llevaros nuestro balandro. Al fin y al cabo, es propiedad de Dianne, y yo he de quedarme a ayudar con la reconstrucción del pue… ¡Un momento, un momento! – la interrumpió Jim – ¿¡Cómo que “nos la llevemos con nosotros”!? ¿¡No se suponía que viajabais las dos juntas, y que tú, como su protectora, no podías separarte de ella!? – la mujer le miró paciente y luego sonrió.

-

Eso era antes de veros pelear – dijo – Tampoco os estoy pidiendo que la aceptéis en vuestra tripulación, pero estoy seguro de que viajando con vosotros, estará en buenas manos.

-

¿¡Qué estará en buenas manos!? – siguió Jim – ¿¡Tú la has visto bien!? ¡Esa chica necesita de todo menos mi protección! – recordó la paliza recibida a manos de Smallest y sintió rabia de su debilidad – ¡¡Qué diablos!! ¡Soy yo el que necesita de su protección! – la mujer abrió la boca extrañada, y luego la cerró y sonrió con todo el rostro.

-

No estoy hablando de que debáis de ser sus guardaespaldas – dijo. Se cruzó de brazos con suficiencia – Es evidente que Dianne puede apañárselas perfectamente sin vosotros dos – “Vaya una forma de menospreciar a aquellos a los que pides ayuda”, pensó Jim frunciendo el ceño con indignación. La mujer le volvió a mirar – Si os pido esto, es porque creo que sois personas de confianza. Y el bienestar de mi señora me importa más que mi propia vida – el joven capitán la miró sin saber que decir, así que John decidió hablar por los dos.

-

Está bien – dijo – La llevaremos con nosotros – Jim se giró rápidamente y le señaló con el dedo de forma acusatoria.

-

¡Tú no eres el capitán, así que no decidas quién viene o deja de venir con nosotros! – le replicó. Y luego se giró hacia Marguerite con el mismo gesto de reproche – ¿¡Y por qué debería llevarla conmigo!? ¡Esa chica estuvo a punto de matarme! – la mujer le miró sorprendida, y luego volvió a sonreír.

-

Pero también te salvó la vida, ¿no? – inquirió. Se giró hacia John – Y a ti también – el ex-librero asintió, mientras Jim le miraba, con el dedo aún apuntando tembloroso a la amazona. Al cabo de unos segundos lo bajó, y miró el colchón con cansancio. Suspiró abatido.

-

No me gusta – dijo – No me gusta nada la idea – siguió. Alzó el rostro y miró a Marguerite, que le observaba expectante. La volvió a señalar con el dedo – ¡Antes de darte una respuesta definitiva, quiero que nos expliques porqué motivo huisteis de Amazon Lily! – la mujer se sorprendió ante la pregunta. Luego le miró fijamente y sonrió.

-

Es justo – dijo, mientras rebuscaba en una bolsa de cuero que le colgaba del cinto.

Jim aguardó con impaciencia mientras cogía de la mesilla de noche el té de hierbas que había dejado de lado al ver entrar a la anciana antes. Empezó a beber el contenido del vaso, cuando la mujer pareció dar con lo que buscaba. Marguerite extendió ante ellos un cartel de “se busca”. Jim escupió lo que estaba bebiendo en el acto, mientras que John se echó hacia atrás para contener la impresión: ¿¡¡SESENTA Y TRES MILLONES DE BERRIES!!? – soltó el capitán pirata asombrado – ¿¡¡PERO QUIÉN COJONES ES ESA MUCHACHA!!? ¡Por favor, baja la voz! – le instó Marguerite.

El cartel era claro: “SE

BUSCA - VIVA O MUERTA - BOA DIANNE - 63.000.000

En la imagen, aparecía un primer plano de Dianne, quien sacaba la lengua a cámara y mostraba el dedo corazón de la mano derecha en un gesto obsceno, mientras sostenía un hacha en lo alto con la mano izquierda. Una mano ajena se apoyaba en su hombro derecho y parecía tirar de ella hacia atrás con insistencia:

-

¿¡Así que sois fugitivas!? – inquirió Jim – O al menos, Dianne lo es – puntualizó. “Sesenta y tres millones”. No había visto una recompensa tan alta en el East Blue desde la de Mediabarba.

-

¿La buscan por piratería? – preguntó John. Marguerite le miró y negó con la cabeza – Pero tú misma nos dijiste cuando te conocimos que fuiste pirata en el pasado. Además, tengo entendido que las Kuja, aparte de por ser mujeres guerreras, son conocidas por la existencia de una banda pirata formada sólo por mujeres, a las órdenes de la famosa Emperatriz Pirata.

-

Sí, de hecho, yo formé parte de esa tripulación – asintió Marguerite – Pero como bien sabrás, la Emperatriz Pirata, Boa Hancock, era un miembro reconocido del Ouka Shichibukai, y había recibido por tanto la patente de corso que el Gobierno Mundial concede a los piratas a su servicio. Y pese a su muerte, el Gobierno accedió a que las hermanas de la fallecida emperatriz conservaran este derecho – John calló sin saber que decir – No, la razón de esta recompensa no tiene nada que ver con la piratería.

-

¿Entonces…? – inquirió Jim. Marguerite le miró fijamente y se dispuso a narrar los hechos.

-

Todo sucedió hará unos tres meses – empezó – Un día, y sin saber muy bien el porqué, cinco navíos de la Marina se presentaron ante nuestras costas. Fue algo que nos sorprendió, ya que los hombres tienen prohibida la entrada a Amazon Lily, y el Gobierno había cumplido siempre con esta regla. >> El vicealmirante a cargo de aquella comitiva, exigía que “trajéramos ante él a una tal Boa Dianne”, pues le había sido ordenado llevarla consigo hasta el Cuartel General. Nosotras le dejamos claro que la palabra de un hombre no tenía ningún peso en aquel lugar, y el marine nos amenazó con encontrarla por su

propia cuenta si no colaborábamos, arrasando toda la isla durante el proceso si era necesario – se paró – Fue entonces cuando empezamos a olernos algo raro. Se nos informó de la situación en palacio, y se me encargó la tarea de partir de Amazon Lily junto a Dianne, mientras el resto de guerreras se encargaban de mantener ocupados a los marines – sus ojos parecían humedecerse cada vez más – La situación al final se volvió insostenible, y los marines desembarcaron en la isla dispuestos a lo que fuera necesario para dar con ella. Mientras huíamos, uno de los barcos se percató de nuestra presencia, pero conseguimos darle esquinazo y perderle en el Calm Belt. Unos días después, logramos entrar en el Grand Line, pero para entonces la cabeza de mi señora ya tenía puesta un elevado precio. Aquello no era un lugar seguro, no en aquel entonces. Así que decidimos seguir nuestro viaje hasta llegar al East Blue. Pensaba que al ser el mar más débil de todos, no les daría por buscarnos aquí – terminó. Jim la miró perplejo. Ha debido de ser un viaje muy duro – comentó asombrado. La mujer asintió con una sonrisa cansada. ¿Cómo fuisteis capaces de atravesar el Calm Belt? – preguntó John – He leído que es un enorme nido de Reyes del Mar, y que el viento no sopla y la mar es llana – la mujer le miró. Eso es porque una Yuda tiraba de nuestra embarcación – dijo. ¿Yuda? – se extrañó Jim. Es un tipo de serpiente marina gigante venenosa – explicó – Es un animal temido por los Reyes del Mar. Entiendo – dijo – Pero sigo sin saber porqué motivo la Marina iba detrás de tu amiguita.

-

Eso es algo que ni nosotras sabemos – comentó la amazona. Jim enarcó una ceja, extrañado, y se recostó contra el cabecero de la cama.

-

A ver si me ha quedado claro – dijo – ¿¡Pretendes que nos llevemos con nosotros a una chica buscada por la Marina, por la que pesa una recompensa de sesenta y tres millones de berries, por motivos hasta ahora desconocidos, pese al riesgo que eso podría suponer para nosotros en un futuro!? – la mujer le miró algo avergonzada, y luego asintió. El capitán pirata le dirigió una mirada pausada al ex-librero. Ambos se miraron durante unos segundos, y luego sonrieron a la vez – ¡Está bien! – comentó Jim con cansancio – Me llevaré a Dianne conmigo.

-

¿¡De verdad!? – preguntó esperanzada la amazona – ¿¡Pero no decías que no te gustaba nada la ide…!?

-

¡Y no me gusta! – la cortó él alzando una mano – Pero… – se rascó la cabeza dubitativo – Creo que no me sentiría bien conmigo mismo si te dijera que no después de todas las molestias que te has tomado por traerla hasta aquí a salvo. Además, como puedes ver, – señaló a John con el pulgar con cierta desgana – mi tripulación anda escasa de personal – la mujer le sonrió.

-

¡Os lo agradezco enormemente! – dijo con gratitud sincera – Si me permitís, iré a informar a mi señora inmediatamente – se despidió, y Jim le devolvió el saludo con la mano, mientras que John hacia lo propio con la cabeza.

Pasados unos minutos, el ex-librero se dirigió a él: ¿Estás seguro de lo que haces? – comentó. ¿¡Ahora eres tú el que duda!? – inquirió él decepcionado. No – replicó John – Sólo quiero saber si eres consciente de la situación.

-

Vamos a llevar con nosotros a una persona que tiene precio por su cabeza – recitó como si de una lección se tratara.

-

Lo cual implica que no tardarán en ponerle precio a la nuestra también – apuntó John como si se estuviera dirigiendo a un niño que no entiende la lección. Jim le miró divertido y luego se echó a reír con ganas – ¿¡Y ahora qué te ha dado!? – inquirió el ex-librero extrañado. El capitán corsario le dirigió una sonrisa.

-

Somos piratas, ¿no? – dijo – El ser perseguidos por la justicia es algo que viene con la profesión – John le miró sin saber qué decir y luego sonrió.

-

Supongo que tienes razón – dijo. Jim miró al techo sonriente. ¿La gloria o el patíbulo? – inquirió divertido – ¿Qué final nos tendrá reservado el destino?

-

¿La gloria en el cadalso? – aportó John. El capitán pirata sonrió ante aquello. No hay mejor final – terminó, y se recostó cómodamente en la cama. ***

Decidieron partir al cabo de cinco días. Para aquel entonces, Jim estaba completamente recuperado, mientras que el brazo derecho de John había sanado a una velocidad inusitada. Aquello fue algo que sorprendió tanto al paciente como al doctor. Marguerite afirmaba que si bien Amazon Lily no era muy famosa por su medicina, poseía un entorno que proveía a las Kuja de multitud de remedios naturales, a cual más eficaz. En la mañana del día de su partida, la anciana les acompañó a los tres hasta el pequeño muelle en el que había mantenido amarrado en secreto aquel balandro. La embarcación de vela única, disponía de una pequeña cocina, y pese al aspecto modesto, estaba muy bien equipada:

-

He subido a bordo provisiones suficientes para aguantar cerca de diez días – señaló Marguerite – Aunque llevando con vosotros a Dianne, – miró a la joven sonriente – probablemente os duren menos.

-

¡Sé administrar los víveres perfectamente! – se quejó la chica. Y aseguraos de que ella no administre los víveres – indicó la mujer ignorando a la muchacha y girándose hacia ellos dos – A menos que queráis pasar hambre, claro – la joven se cruzó de brazos ofendida. Jim sonrió y le tendió la mano a la anciana.

-

Agradecemos las molestias que te estás tomando – dijo. La amazona agitó las manos ante sí en señal de modestia.

-

No, no tiene importan… No sólo eso – John abría y cerraba la mano derecha sorprendido. Seguía llevando el brazo izquierdo en cabestrillo – Casi lo muevo tan bien como antes. Esa medicina tuya… – le miró sorprendido – ¡Pensaba que tardaría meses en curarse! – la mujer sonrió.

-

La fractura del brazo derecho era menos seria – dijo – Los huesos del brazo izquierdo tardarán varias semanas en soldarse del todo – el ex-librero asintió – Siento que no haya podido acudir más gente a despediros – siguió – Los aldeanos están muy ocupados con las reconstrucciones y…

-

No te preocupes, mujer – la cortó Jim – Es mejor si partimos sin armar demasiado alboroto – Dianne les miró con el ceño fruncido.

-

¿¡Estás segura de esto, Anciana Kintama!? – inquirió. Los tres se giraron hacia ella – ¿Está bien que me vaya con estos dos y te deje aquí sola? – la anciana la miró fijamente y luego sonrió. Se acercó hasta ella y le dio un fuerte abrazo. La chica se sonrojó ante aquello.

-

Os he criado como si fuerais mi hija – dijo mientras la miraba fijamente, apoyando las manos en sus hombros – No os pediría que fuerais con ellos si no confiase en su capacidad.

-

¡No me refiero a eso! – le reprochó – ¿Estarás tú bien? – la mujer la miró sorprendida y luego sonrió.

-

No es a mí a quién busca la Marina – indicó mostrándola el cartel de “se busca”. ¡Guarda eso, anciana! – se quejó la joven, y apartó la mirada – No me gusta como salgo en esa foto.

-

¿¡Y de quién fue la genial idea de amenazar a aquel buque de la Marina en plena huída!? – le reprochó ella.

-

¡Los habría echado a pique si me hubieras dejado! – le increpó – ¡Además…! – Marguerite se metió los dedos en los oídos.

-

¡¡Na na na na na na na…!! – empezó a repetir ignorando las protestas de la joven, lo cual exasperó aún más a Dianne, y la hizo dar un chillido de rabia. La joven avanzó cabreada hacia los dos piratas.

-

¡¡Venga, moved el culo!! – les indicó – ¡¡Tenéis una embarcación que tripular y una dama a la que llevar!! – les adelantó con decisión.

-

¿¡Perdón!? – inquirió Jim, mientras se giraba hacia ella y arqueaba un ceja sorprendido. La muchacha se volvió hacia él.

-

¿¡Es que tengo que golpearte en la oreja para que me oigas bien!? – le espetó – ¡Vamos, subid a bordo! – los dos piratas se miraron y sonrieron – ¿Qué os hace tanta gracia? – se extrañó la joven.

-

Creo que todavía no entiendes como funcionan las cosas aquí – le indicó Jim – ¡Aquí el que da los órdenes soy yo, tu capitán!

-

¿¡Mi qué!? – la chica le miró como si no creyera lo que oía.

-

¡Así que más te vale estarte calladita y obedecer en todo lo que se te diga! – señaló – O si no… – Dianne se plantó ante él con tres grandes zancadas y le alzó por el cuello de la camisa.

-

Ladras mucho para ser un perro tan pequeño, ¿¡lo sabías!? – indicó la joven. ¿¡Cómo osas tratar así a tu capitán!? – le reprendió él mirando hacia abajo ¿¡Es que acaso quieres que te flagele!? – la chica frunció el ceño, y se giró hacia Marguerite.

-

¡Anciana! – exclamó – ¿¡Qué significa todo esto!? Acordé con estos muchachos que viajaríais como un miembro más de su tripulación – comentó la amazona – ¿Acaso se me olvidó decíroslo? – la chica abrió los ojos de par en par. Jim sonrió.

-

Bienvenida a los “Piratas Una Oreja”, niñata – Dianne se giró hacia él y frunció el ceño. Sus ojos verdes le miraban con odio. Luego los cerró y sonrió para sí. La mano de la joven se aflojó y Jim cayó al suelo flexionando las rodillas.

-

Está bien – dijo la muchacha – Si es así como quieres que sean las cosas, ¡luego no te arrepientas! – alzó los puños y se puso en guardia. Jim se echó hacia atrás extrañado – ¡¡Te daré tal paliza que…!! ¡Que…! – la joven empezó a parpadear con cansancio, mientras se tambaleaba en el sitio – Te voy a partir la…

Dianne cayó hacia atrás de repente, pero Marguerite llegó a tiempo para sostenerla entre sus brazos. Los dos piratas miraron la escena extrañados, y entonces, la muchacha empezó a roncar: Bendita narcolepsia – suspiró aliviada la anciana. Miró a Jim con cierta prisa – Será mejor que aprovechéis ahora que se ha quedado frita y partáis cuanto antes – el joven la miró dubitativo y luego asintió con rapidez.

El capitán pirata tuvo que echarse el cuerpo de Dianne a las espaldas, el cual resultaba ser un peso muerto: Y yo que pensaba que iba a pesar menos – se quejó entre dientes. La anciana les sonrió. Ten – le indicó a John, tendiéndole un pequeño fardo anudado – Es un mapa en el que están registradas todas las islas del East Blue, así como las rutas a seguir. Me lo dio una vieja amiga de las Islas Konomi – explicó – Tal vez os gustaría pasaros por allí. He oído que en esta temporada, las mandarinas de Cocoyashi son un auténtico deleite para el paladar – Jim se acercó hacia ellos dos y agarró el fardo. Ya elegiremos qué ruta seguir – comentó – Pero gracias por la recomendación – añadió. La mujer le sonrió, y señaló el fardo. También he metido dentro una brújula – explicó, y luego le miró con curiosidad – ¿¡Y qué ruta pensabais tomar!? – Jim y John se miraron durante unos segundos. La más rápida hacia el Grand Line – dijeron al unísono. Aquello la pilló por sorpresa. ¿¡Al Grand Line!? – se extrañó – ¿¡Estáis seguros de lo que decís!? ¡Recordad que Dianne es una persona buscada allí! – los dos piratas volvieron a mirarse y sonrieron. Supongo que para entonces nuestra cabeza también tendrá un buen precio – comentó Jim. La mujer les miró sin saber qué decir, y luego sonrió. Está bien – dijo – Pero si vais a ir hasta el Grand Line, necesitaréis haceros con un Log Pose. Así que antes de coger la Reverse Mountain, deberíais pasaros por

Loguetown. Allí encontraréis todo lo necesario antes de adentraros en ese mar – aclaró. Gracias por la información – señaló Jim – Bueno, – se aseguró a Dianne a la espalda – nosotros ya nos vamos – miró a John. Sí – asintió el ex-librero – Gracias por el barco, anciana – ambos se despidieron con la mano. ¡No hay de qué! – señaló la mujer – ¡Ah, y una cosa más! – los dos piratas se giraron hacia ella. ¿Sí? – preguntaron al unísono. ¿Podríais prestarme vuestras kintamas?

“One Place”, una obra de Andrés Jesús Jiménez Atahonero. Fanfic original basado en la obra “One Piece” del mangaka Eiichiro Oda. Hecho por fan para fans.

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful