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JOSÉ MARÍA MÍNGUEZ

Las Claves

del

Período Carolingio

[Reproducción privada, realizada por el autor, del texto original Las claves del período carolingio, Planeta, colección ‘Las Claves de la Historia’, Barcelona 1991]

I. LOS PRECEDENTES

1. Introducción

El año 751 era coronado como rey de los francos Pipino III, posteriormente llamado el Breve; con él se iniciaba la dinastía de los carolingios que recibe su nombre del hijo y sucesor de Pipino, Carlomagno. La dinastía se mantendrá, en medio de avatares y dificultades cada vez más graves, hasta el año 887 en que es depuesto Carlos el Gordo, el último emperador carolingio que ejercería el gobierno efectivo sobre los territorios orientales y occidentales del antiguo Imperio. El acceso de la dinastía carolingia al trono y la configuración del Imperio carolingio son el resultado de un complejo proceso de transformaciones producidas en el antiguo espacio de la Galia romana donde se habían ido asentando, al lado de la antigua población galo-romana, los francos procedentes de la zona renana septentrional. Estas transformaciones no afectan por igual ni se producen de una forma similar en todos los ámbitos de la Galia. En parte porque la presencia y la consiguiente influencia de la antigua población galorromana no se ejerce de manera uniforme. Al norte del Loira la presencia romana había sido siempre menos efectiva; aparte de ello parece constatarse la emigración de un número elevado de grandes propietarios del norte hacia el sur a medida que se produce el avance de los francos. Por otra parte, aunque en el momento de la penetración en la Galia ya aparecen unificados bajo la jefatura de Clodoveo, todavía no se han superado las viejas divisiones entre distintos grupos tribales; lo que va a provocar diferencias internas que se concretarán poco después en la configuración de distintos reinos. No es este el momento de estudiar con detenimiento los procesos de fragmentación política, como tampoco las luchas, a veces de una violencia inusitada, entre los distintos reinos. Simplemente quiero hacer referencia a algunas tendencias y a algunos hechos de carácter social y económico de interés especial para la comprensión del período siguiente.

2. Guerras internas, debilitamiento de la monarquía y fortalecimiento de la

aristocracia El año 511 muere Clodoveo, un jefe que había unificado a los distintos grupos o fracciones de los francos salios y que había llegado a dominar prácticamente toda la antigua Galia romana. La fragilidad de esta unificación y del poder centralizado que Clodoveo había encarnado quedó patente a su muerte en la división del

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territorio de la Galia entre sus cuatro hijos y en las violentas luchas que se van a producir entre ellos y entre sus sucesores. División y guerras internas no pueden ocultar la presencia subyacente de una tendencia cada vez más vigorosa hacia la reunificación. Reunificación que no se consumará hasta la llegada de los carolingios; pero ya sobre presupuestos estructurales distintos a los que habían constituido el soporte de la sociedad merovingia y que se fraguan en medio de los conflictos internos que la han sacudido durante más de dos siglos. La división que se había producido a la muerte de Clodoveo el año 511 se mantendrá durante casi cincuenta años hasta que la muerte de los otros hermanos deja como único rey de los francos a Clotario I que había instalado su capital en Soissons. Pero la muerte de éste último en el año 561 propicia la reproducción de las divisiones; aunque ahora ya se observan nuevas estructuras políticas y algunos hechos de gran significación. En primer lugar el mapa político tiende a estabilizarse sobre tres grandes unidades políticas que, a pesar de unificaciones episódicas, mantendrán una serie de caracteres específicos. Son Austrasia, situada al noroeste de la antigua Galia y que comprende los territorios de procedencia de los francos ripuarios al este del Rin; Neustria, al sur y oeste de Austrasia hasta el curso del Loira cuyo centro es París; y Borgoña situada al sureste que incluye todo el territorio del primer asentamiento de los burgundios, es decir, las cuencas del Ródano y Saona. Aquitania, arrebatada a los visigodos tras la batalla de Vouillé se mantendrá en una situación de semiindependencia hasta la plena integración en el reino franco unificado en tiempos de Pipino III. Al mismo tiempo que se configura este mapa político comienza a perfilarse la hegemonía de Austrasia, la zona menos romanizada de las tres y donde el equilibrio entre las tradiciones romanas y germánicas es más acusado. Será esta formación política la llamada a dirigir el proceso de unificación. Las guerras entre estas tres formaciones políticas van a constituir el medio más idóneo para la consumación de un proceso intersecular de ruralización que conlleva la expansión de las formas de existencia vinculadas a la gran propiedad. Asimismo la necesidad de los reyes de asegurarse el apoyo de los más poderosos les obligará a concesiones constantes de tierras, lo que va a propiciar el progresivo fortalecimiento de la nobleza que será correlativo al debilitamiento de la monarquía. Un hito importante en este proceso lo constituye el Edictum Clotharii del año 614. El año anterior se había producido un hecho de particular significación política y social. El asesinato de Sigeberto de Austrasia por influencia de Fredegunda, esposa de su hermano Chilperico de Neustria, había dejado en manos de la viuda del rey asesinado, Brunilda, hija del rey visigodo Sisenando, los resortes del poder;

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primero en Austrasia; posteriormente también en Neustria y Borgoña. Resortes que manipuló durante casi cincuenta años con el objetivo de unificar los tres rei-nos francos que indirectamente quedarían bajo su control personal a través de la influencia que ejercía sobre sus hijos y nietos y al margen de la nobleza. Así se explica el levantamiento generalizado de ésta bajo el liderazgo de Arnulfo, obispo de Metz, y de Pipino I, mayordomo de palacio de Austrasia. Expulsada y muerta Brunilda, los nobles austrasianos proclamaron rey de Austrasia a Clotario de Neustria y Borgoña. Pero a cambio le exigen una serie de concesiones. Una de las más importantes es que la autoridad condal en las distintas demarcaciones recaiga en los grandes propietarios de la región. De esta forma se vincula el poder político al poder territorial de los grandes propietarios regionales en detrimento de los funcionarios cortesanos y se abre la vía hacia una autonomía progresiva de los poderes locales en detrimento del poder de la monarquía. Este engrandecimiento de la nobleza explica la aparición y ascenso de los mayordomos de palacio, auténticos depositarios del poder efectivo en cada uno de los reinos. De esta forma queda institucionalizada una figura que se ha ido configurando como la máxima encarnación del poder nobiliario cada vez más acrecentado, de forma similar a como los reyes holgazanes encarnan, a partir de la década de los cuarenta del siglo VII, la total postración del poder de la monarquía. A partir de esta situación concreta se ponen en marcha dos procesos estrechamente relacionados. Por una parte los mayordomos de palacio comienzan a plantearse la posibilidad de destronar a unos monarcas caídos en un estado de completa degradación. Tanto más cuanto que las funciones de la mayordomía y el poder inherente a estas funciones comienzan a hacerse hereditarias originando auténticas dinastías de mayordomos. Asimismo son estos mayordomos los que en adelante van a potenciar y canalizar la vieja tendencia hacia la unificación que seguía latente entre los francos. Pero la potenciación de este proceso conduce a duros enfrentamientos entre los distintos reinos a través de los cuales lo que realmente se va a plantear es la capacidad de cada uno de los reinos o regiones para conducir el proceso de unificación y, consiguientemente, cuál de ellos se va a alzar con la hegemonía sobre el conjunto de la nueva formación política en gestación.

3. Unidad interior y ascenso de los "Pipínidas" Indirectamente, y en estrecha relación con los procesos anteriores, se plantea también el fortalecimiento de las dinastías de mayordomos entre las cuales se irá perfilando la dinastía llamada a suceder a la ya completamente degradada dinastía

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merovingia. Lo que a su vez va a provocar la formación de facciones nobiliarias opuestas a un desmesurado engrandecimiento de los mayordomos y de su familia. El primer intento de destronamiento se produce en Austrasia que ya comienza

a aparecer como el más dinámico de los reinos francos. Hacia el 660 Grimoaldo,

hijo del Pipino que ya se había rebelado cincuenta años antes contra la reina Brunilda, proclama rey de Austrasia a su propio hijo. Pero la nobleza austrasiana no podía ver con buenos ojos el excesivo engrandecimiento de una familia no

vinculada por relación de parentesco a la dinastía reinante. El año 662 Grimoaldo es entregado al rey de Neustria para ser ejecutado. Acción muy peligrosa por lo que supone de reconocimiento por parte de la nobleza austrasiana de una cierta preeminencia de la monarquía de Neustria sobre Austrasia. La coyuntura de debilidad por la que atraviesa Austrasia permitirá a Ebroino, mayordomo de Neustria, tomar el relevo en la dirección del proceso unificador. Y de hecho va a conseguir la unidad de Neustria y Borgoña; aunque ello sea al precio de una violen- ta oposición de la nobleza y a costa de su propia vida. Su sucesor, Bertario, intentará mantener las directrices políticas de Ebroino. Pero la nobleza de Neustria

y Borgoña recurrirán al nuevo mayordomo de Austrasia, Pipino II de Heristal, nieto

de Arnulfo de Metz y de Pipino I y sobrino de Grimoaldo; es decir, vinculado por parentesco a la más alta nobleza laica y eclesiástica y a la familia que había patrimonializado la mayordomía austrasiana. La intervención militar de Pipino de Heristal contra los partidarios de Bertario conduce a la decisiva batalla de Tertry del año 687; batalla que abre el camino hacia la consumación definitiva de tendencias que han ido germinando y desarrollándose a lo largo de la etapa anterior. Así mismo la victoria de Pipino II posibilita que estos desarrollos sigan una trayectoria precisa bajo la hegemonía de Austrasia, de la nobleza austrasiana y, en definitiva, de los mayordomos austrasianos. Esta trayectoria va a desembocar en los acontecimientos del año 751:

golpe de estado de Pipino III y coronación del mismo como rey de todos los francos. Acontecimientos que suponen, por una parte, la configuración de una monarquía unitaria superadora de las divisiones políticas de la época merovingia; por otra, el triunfo de la nobleza, concretado en la persona de un antiguo mayordomo de palacio, sobre una dinastía que ha tocado fondo en el proceso de decadencia y degradación. No obstante, el ascenso de los Pipínidas pasará por fases de crisis que harán peligrar momentáneamente los resultados alcanzados. La muerte de Pipino II en el año 714 propicia el levantamiento de la nobleza de Neustria que derrota a los austrasianos y eligen un mayordomo independiente de Austrasia. La unidad entre

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los reinos se había quebrado. Pero la intervención decidida de Carlos Martel, hijo

natural de Pipino de Heristal, le permitió hacerse con el poder en Austrasia, derrotar repetida y definitivamente a los nobles de Neustria y rehacer la unidad. Una unidad

que ya comienza a sentirse como una conquista irrenunciable. Efecto de esta unidad, pero también elemento potenciador de ella, es la nueva dimensión que va a adquirir la política exterior. Carlos Martel va a proyectar gran parte de la energía social que antes se consumía en luchas internas hacia objetivos externos. Tras la decisiva victoria de Poitiers sobre los musulmanes el año 732, los territorios de Frisia, Aquitania, Alamania y Baviera van a entrar en el punto de mira de los francos. Con lo que se está potenciando una dinámica expansiva que constituirá uno de los componentes fundamentales de la política de los carolingios en las décadas siguientes.

Unidad interior y expansión exterior definen el sentido del tremendo dinamismo de la sociedad franca y condicionan las directrices de la acción política posterior. Pero también materializan el éxito y el poder de una familia nobiliaria que

ha sido la que ha gestionado las potencialidades ocultas en la propia sociedad.

Desde esta perspectiva el acceso al trono se presenta como un hecho político

absolutamente coherente con la situación de dominio político y social que la familia

ha venido acumulando y que ejerce cada vez con mayor firmeza. Grimoaldo intentó

suplantar al monarca merovingio el año 662. La acción evidentemente fue prematura. Pero casi ochenta años después, en el año 741, Pipino III, hijo de Carlos Martel, accede a la mayordomía. Las circunstancias económicas, sociales y políticas han experimentado cambios significativos y las transformaciones han operado a favor del cambio dinástico. Desde su acceso a la mayordomía en el año 741 Pipino

III madurará el proyecto y preparará cuidadosamente el golpe de Estado que se

consumará diez años más tarde, en el 751. En todo este proceso existe un hecho que no por evidente deja de ser un tanto sorprendente. Y es el protagonismo y la hegemonía alcanzada por las regiones más septentrionales frente a las más meridionales, algunas de las cuales todavía en los siglos V y VI se contaban entre las más desarrolladas del mundo romano en contraposición a lo que sucedía en las zonas más septentrionales donde los francos habían iniciado desde siglos antes un lento movimiento expansivo y colonizador. Fenómeno de suficiente entidad como para preguntarse cuáles son los factores que han condicionado la hegemonía y el protagonismo de Austrasia frente a Neustria, Borgoña y Aquitania. Tanto más cuanto que Austrasia se va a convertir en el corazón del sistema político implantado por los carolingios.

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Aunque parezca paradójico, la explicación del desarrollo de las zonas septentrionales quizás haya que buscarla en lo que desde la perspectiva romana era una situación de subdesarrollo, pero que en realidad era una forma distinta de desarrollo. Evidentemente las zonas de la futura Austrasia eran zonas mucho menos urbanizadas que las más meridionales y, consiguientemente, menos romanizadas. Una más débil romanización equivale a un menor grado de implantación del esclavismo como sistema productivo y como forma de organización social. En este contexto la crisis de la sociedad romana, que era esencialmente una crisis del sistema esclavista, debió tener una incidencia tanto menor cuanto más débil había sido la implantación de ese sistema. Así pues, ¿subdesarrollo? Sí, desde la mentalidad romana demasiado posesionada de los valores de la humanitas y la civilitas como valores específicos del sistema implantado por Roma. Lo que no quiere decir que no puedan existir formas distintas de desarrollo. Y aquí está otra de las claves explicativas del éxito del sistema carolingio. Dentro de una dinámica general de ruralización que va quebrando el papel de la ciudad y de sistemas socioeconómicos, políticos y culturales que tienen a la ciudad como eje esencial las regiones de la futura Austrasia mostraban de antiguo una fisonomía exclusivamente agraria. Los sistemas productivos, la organización social, las manifestaciones culturales, todo tenía un carácter marcadamente rural y agrario. Y dentro de este carácter, estas regiones eran potencialmente y ya comenzaban a mostrar de hecho un dinamismo muy superior al de las regiones meridionales. Las condiciones climáticas y edáficas eran más favorables para la práctica de la agricultura que las de las regiones mediterráneas. El sistema de asociación agricultura-ganadería ofrecía posibilidades productivas muy superiores a las del sistema basado en una drástica separación entre el ager y el saltus a la que el mundo romano se mantenía aferrado. Coherente con este dinamismo el equipamiento técnico de estas regiones es también superior al de las explotaciones romanas donde el peso de las relaciones sociales esclavistas venía imponiendo todavía serias limitaciones al desarrollo de nuevas técnicas productivas.

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II. BASES DEL IMPERIO: LA NUEVA DINASTÍA Y LA HEGEMONÍA FRANCA EN EUROPA OCCIDENTAL

1. El contexto interno político y social del cambio dinástico El profundo debilitamiento de la dinastía merovingia y el fortalecimiento de una nueva nobleza que basa su poder en la posesión de la tierra y que tiene su cabeza más visible en los mayordomos de palacio son los componentes fundamentales de una dinámica que conduce a una modificación de las bases estructurales de la sociedad franca. Y tal modificación condiciona cambios profundos en las formas de organización política de esa sociedad. Es en este contexto donde se comprende el "golpe de Estado" de Pipino del año 751. Pipino III pertenecía a la familia de los Pipínidas que, como ya sabemos, venía controlando y transmitiendo hereditariamente la mayordomía de Austrasia desde comienzos del siglo VII. Hijo de Carlos Martel, recibió en el año 741 el gobierno de Neustria, Borgoña y de los territorios occidentales, mientras que su hermano mayor, Carlomán, se hacía cargo de Austrasia y de la zona oriental. Semejante división constituía una grave amenaza para la unidad tan costosamente alcanzada a lo largo de décadas de luchas internas. Aunque inicialmente paliada por el acuerdo que reinó entre los dos hermanos, quedó definitivamente superada por la renuncia de Carlomán el año 747. Pipino no desaprovechó la oportunidad de restaurar el gobierno único aunque ello tuviese que hacerlo ignorando los derechos de los hijos de Carlomán. La acción de Pipino constituía el primer paso en su política de acceso al trono. Política que debía realizarse, y de hecho así lo hizo Pipino, con una extremada discreción. En el horizonte lejano debía aún pervivir el recuerdo del fracaso de Grimoaldo. Ciertamente la situación había experimentado cambios significativos. Ahora ya nadie objetaba la unidad de los reinos francos bajo el gobierno efectivo de los Pipínidas como mayordomos de todos los reinos francos. La dinastía de los reyes merovingios, por su parte, se arrastraba en el más completo desprestigio y la consciencia de su inutilidad se había difundido hasta el punto de que Carlos Martel había podido gobernar durante años como mayordomo de palacio sin la cobertura de un monarca aunque éste no fuera más que un mero figurón. En este sentido las transformaciones de la sociedad merovingia operaban a favor del cambio dinástico. Pero era preciso contar también con elementos no tan positivos y que de hecho a largo plazo van a tener una influencia determinante en el fracaso de la construcción política y social de los carolingios. Ante todo, la propia nobleza. Si es cierto que el fortalecimiento de la nueva nobleza surgida a lo largo de la época

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merovingia debe relacionarse directamente con el debilitamiento de la monarquía, también lo es que la pervivencia de la dinastía en la última etapa de reinado de los "reyes holgazanes" solamente se explica porque su existencia constituye la garantía más sólida para el engrandecimiento nobiliario. Era, por tanto, previsible que esta nobleza no toleraría la existencia de ningún poder que pudiera hacer peligrar o que frenase el desarrollo del proceso de engrandecimiento. La nobleza sólo aceptará la elevación al trono de la poderosa familia de los Pipínidas a cambio de concesiones significativas que los últimos monarcas merovingios eran ya incapaces de otorgar. Es decir que es la nobleza la que con su apoyo va a respaldar el cambio dinástico y va a garantizar la solidez del sistema político que acompaña a la renovación dinástica. Pero este apoyo está supeditado al mantenimiento de unas condiciones objetivas favorables a la reproducción de las relaciones de poder, es decir a la continuidad del proceso de fortalecimiento de la nobleza; lo que en realidad constituye uno de los gérmenes potencialmente más poderosos de transformación del nuevo sistema político y social -lo que vulgarmente viene denominándose como disgregación del Imperio Carolingio- como vía hacia el feudalismo. La profundidad de las transformaciones que se están operando se vislumbra en el papel que asume la nobleza en el fortalecimiento de Austrasia y en el ascenso de la dinastía de los Pipínidas llamados a sustituir a los merovingios en el trono de los francos. La crisis de la fiscalidad pública, la degradación de la moneda y la creciente importancia de la tierra en una sociedad cada vez más ruralizada son factores que explican la necesidad de los poderes públicos de recurrir a las concesiones territoriales como único medio para asegurarse los apoyos de orden militar y político que necesitan para el funcionamiento de las instituciones y del sistema en general. Estos apoyos se hacen particularmente urgentes en la situación de guerra permanente generada por la división política del espacio en reinos diferenciados. Hasta el punto de que si en un primer momento la ayuda militar era la materialización de la fidelidad a la persona del monarca y la concesión de tierras por parte del monarca era una forma de compensar económicamente los gastos derivados de la ayuda militar, con el tiempo la actividad militar se disocia de la fidelidad y se va convirtiendo pura y simplemente en el sistema más eficaz de acumulación de tierras que pasan del control de la monarquía al control de la nobleza. Esto es lo que explica el progresivo debilitamiento de la monarquía y el engrandecimiento de determinados sectores nobiliarios. Ahora bien, el mecanismo se va a reproducir cuando sean estos -en concreto los mayordomos de palacio- los necesitados de apoyos militares para la consecución

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de sus objetivos militares y políticos. Significativo de la implantación de estos mecanismos es el hecho de que Carlos Martel, que ya comenzaba a sentir una necesidad perentoria de tierras para equipar a una caballería cada vez más costosamente armada, tenga que recurrir a la confiscación y reparto de bienes eclesiásticos; práctica a la que tendrá que recurrir en alguna ocasión su hijo y sucesor Pipino. Años más tarde Pipino y su hermano Carlomán tendrán que realizar una de las más finas operaciones políticas con el fin de solucionar el contencioso con la Iglesia que las confiscaciones de su padre y de ellos mismos habían generado. Era preciso devolver la propiedad de las tierras a la Iglesia respetando la posesión efectiva que ostentaban sobre ellas los beneficiarios de concesiones anteriores. Es claro que ni Pipino ni Carlomán podían despojarles de las tierras sin provocar serios conflictos que habrían puesto en peligro la estabilidad de la propia dinastía de los Pipínidas e incluso del reino. De ahí que estas tierras se considerasen otorgadas por los mayordomos a sus vasallos en concepto de beneficio, con lo que aquellos se aseguraban los servicios militares de sus vasallos como contraprestación a estos beneficios. Pero al mismo tiempo los beneficiarios de estas concesiones tendrían que entregar un censo a la Iglesia en reconocimiento de la propiedad eminente que ésta seguía ostentando sobre las tierras objeto de concesión. Acuerdos de gran interés porque a través de ellos se pueden detectar una serie elementos que van a adquirir posteriormente enorme relevancia. En el orden institucional algunos autores han visto en estos acuerdos el inicio de un proceso de unión institucional entre beneficio y vasallaje; unión que constituye una pieza clave en el proceso de consolidación de las instituciones políticas del feudalismo. El acuerdo pone de manifiesto también la apremiante necesidad que padece el poder político, en este caso los mayordomos de palacio, para el mantenimiento de la solidez del sistema. Hasta el punto de que esta necesidad de tierras puede constituir una de las claves explicativas de la potentísima expansión territorial de los carolingios que inicia su eclosión precisamente en los años finales de Pipino II de Heristal y, sobre todo, en el período de gobierno de su sucesor, Carlos Martel, el mismo que había recurrido a la confiscación masiva de tierras de la Iglesia.

2. Las relaciones con la Iglesia y la intervención franca en Italia Este acuerdo, cuya complejidad requirió una ardua negociación a lo largo de tres concilios celebrados entre los años 742 y 744, y que fue sistematizado por Pipino en el año 751 -fecha sumamente significativa- pone de relieve también otro aspecto fundamental: la necesidad de los mayordomos de contar con el apoyo de la

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Iglesia. Apoyo de orden económico ya que ésta se había convertido en la mayor propietaria de tierras y en la mayor perceptora de rentas del reino. Apoyo también de orden político y de opinión que se va a mostrar particularmente eficaz en los acontecimientos de los años 751 y 754 y, posteriormente, en la institucionalización del Imperio. Conscientes de la necesidad de este apoyo, tanto Pipino como Carlomán, éste último en el corto período en que estuvo al frente de los asuntos de Austrasia, potenciaron activamente la reforma de la Iglesia que, también ella, estaba gravemente afectada por la decadencia general y por la degradación de las formas de comportamiento. Es en este contexto de reforma, abordada con decisión en los concilios de los años 742-744 donde se plantea la devolución de las tierras eclesiásticas, a la que ya me he referido anteriormente, aparte de un apoyo incondicional a San Bonifacio, gestor principal del movimiento reformista. Quizás sea un tanto ingenuo pensar que el apoyo a la reforma está motivado únicamente por intereses de carácter espiritual. De hecho este apoyo permitía a los mayordomos -concretamente a Pipino a partir del momento en que su hermano Carlomán se retira al monasterio de San Silvestre, cerca de Roma- intervenir activamente en los asuntos eclesiásticos: convoca concilios, promulga disposiciones obligando al cumplimiento de los decretos conciliares y sinodales, nombra obispos de su confianza. Lo que le permite ejercer un pleno control sobre la Iglesia, que en ese momento es la mayor potencia económica e ideológica de la sociedad, y contar con el apoyo incondicional no sólo de la alta jerarquía franca, sino incluso del Papado. Lo que reafirma la tendencia, ya insinuada con Pipino II y con Carlos Martel, de proyectar un dinamismo expansivo cada vez más potente fuera de las fronteras tradicionales del reino. La situación política por la que atraviesa en ese momento Italia y, más concretamente, el Papado va a favorecer esta expansión. En la segunda mitad del siglo VI, hacia el 570 concretamente, se había producido la penetración de los lombardos en la península italiana. Pero la constitución de un auténtico reino lombardo no se produce hasta el 626, año en que, tras superarse una serie de crisis internas y de conflictos con la población italorromana y con los bizantinos y tras su conversión del arrianismo al catolicismo, se fija finalmente la corte en Pavía y se establece un gobierno que pretende extender su autoridad sobre toda la península. Pero para ello debe expulsar a los bizantinos todavía asentados en la zona de Ravena, Venecia, Mantua y Cremona y afirmar su autoridad sobre el ducado de Roma que se mantiene aún bajo la soberanía teórica de Bizancio pero bajo el gobierno efectivo de los Papas. Particularmente dramática es la situación del

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ducado de Roma presionado desde el sur y este por los ducados lombardos de Benevento y Spoleto, mientras que al norte el rey Astolfo amenaza las posesiones bizantinas de Ravenna proyectando la amenaza al propio ducado de Roma cuya anexión sería simple consecuencia de la caída del exarcado. Los emperadores bizantinos carecían en ese momento de capacidad para intervenir con efectividad en Italia. Aparte del peligro que acosaba al Imperio prácticamente en todas las fronteras, las relaciones de los emperadores iconoclastas con el Papa eran tensas en extremo. En consecuencia el Papa sólo podía confiar en la ayuda militar de los mayordomos francos. Ya el año 739 había pedido ayuda a Carlos Martel. Pero en vano. Ahora la situación del Papado se había agravado y las circunstancias en el reino franco habían cambiado. El año 751, Astolfo había ocupado el Exarcado de Ravenna e intensificaba la presión sobre el ducado de Roma. Pipino, por su parte, consideraba que la situación estaba suficientemente madura como para dar por terminada la ficción política que suponía la presencia en el trono franco de un rey despojado del poder efectivo. No se puede descartar que Pipino aprovechase conscientemente la oportunidad que le brindaba la precaria situación del Papado para obtener del Pontífice un respaldo decisivo a la operación política de derrocamiento de la dinastía merovingia que venía planteándose como una exigencia generada por la propia dinámica política y social del reino franco. Ese mismo año el Papa Zacarías sancionaba con el peso de su autoridad moral los propósitos de Pipino, quien inmediatamente, en una Asamblea extraordinaria celebrada en Soissons deponía a Childerico III, era proclamado rey y, siguiendo la tradición iniciada un siglo antes por los monarcas visigodos, era ungido por San Bonifacio. En adelante Pipino sería rey "por la gracia de Dios". El prestigio del que gozaban antaño los monarcas merovingios, a quienes en el fondo de la mentalidad popular se les seguía atribuyendo una cierta vinculación con las divinidades ancestrales paganas, trataba ahora de suplirse con la unción regia que convertía a los monarcas de la nueva dinastía en los "ungidos del Señor"; con lo que venían a asumir los planteamientos teóricos e ideológicos con los que la Iglesia trataba de dar contenido político a las nuevas monarquías surgidas del asentamiento de los pueblos germánicos en el antiguo territorio del Imperio Romano y de reconducir las formas de gobierno y los objetivos de los nuevos poderes hacia la construcción de una sociedad cristocéntrica que fuese el vehículo en la tierra hacia la Ciudad Eterna. Aspectos en los que hay que insistir para comprender la estrechísima vinculación que en adelante mantendrá la nueva dinastía con el Papado y su temprana trans- formación en un Imperio Cristiano que sobre un esquema político-religioso

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pretendidamente romano tratará de materializar físicamente en la tierra la unidad espiritual y mística de la comunidad eclesial de los creyentes. Estos planteamientos llamados a tener una influencia decisiva en la historia

política y religiosa del occidente no están exentos de profundas ambigüedades que afectan a la relación entre los poderes temporal y espiritual en la medida en que ambos se ejercen sobre las mismas personas y sobre un mismo conjunto social en el que no es posible separar lo temporal y lo espiritual. Pero en este momento Pipino necesitaba del Papa de la misma manera que éste necesitaba del rey franco. En enero del año 754 el propio Papa Esteban acude

a

la corte de Pipino para solicitar la ayuda del ejército franco contra los lombardos.

Y

en el "Campo de Mayo" -asamblea de la nobleza franca y lugar de concentración

del ejército en vísperas de las expediciones militares que se inician en primavera- Pipino obtiene, no sin cierta frialdad por parte de la nobleza franca, la aprobación de una gran expedición a Italia. Qué intereses movían a Pipino en esta decisión queda patente en los acontecimientos que siguieron. Ahora el propia Papa Esteban es el que unge no sólo a Pipino, sino a sus hijos Carlos -el futuro Carlomagno- y Carlomán. Tal acto suponía una sanción formal de la dinastía; sanción que será reafirmada con penas canónicas -excomunión y entredicho- a aquellos que osasen elegir rey a alguna persona ajena a su descendencia. Así mismo el Papa nombra a Pipino y a sus hijos Patricius Romanorum. Posiblemente el Pontífice no buscaba con ello otra cosa que comprometer a Pipino en la defensa del ducado de Roma frente a los lombardos. Pero, intencionalidad del Pontífice aparte, el título venía envenena- do. En primer lugar, porque su aceptación plantea un grave contencioso político con el emperador bizantino en quien teóricamente reside todavía la soberanía sobre el ducado de Roma. En segundo lugar, porque el título conlleva una objetiva supeditación a la autoridad que los Papas venían ejerciendo de una manera efectiva en estos territorios. Los conflictos de los reyes francos con Bizancio, así como los de los emperadores con el Papado están ya embrionariamente latentes en los acontecimientos del 751. Porque la unción regia de Pipino a manos del Pontífice constituye objetivamente un claro antecedente de la coronación imperial de Carlomagno en Roma en la de Navidad del año 800. Y por ello contiene todos los problemas que aquella va a plantear. Reafirmado en el trono tras la unción Papal, Pipino tuvo que hacer frente a sus compromisos militares en Italia. Aunque lo cierto es que las campañas italianas no pueden considerarse a parte de la política expansiva general que ya venían realizando los francos y que a partir de Pipino se va a intensificar espectacularmente. Tras una primera campaña de tanteo, el año 755 Pipino sitia a

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Pavía y obtiene la rendición de Astolfo que debe entregar a Pipino el Exarcado de Ravenna y la Pentápolis, territorios que Pipino, desoyendo las reclamaciones de los embajadores bizantinos, va a otorgar a los Papas. Si en otros aspectos, incluso en la renovación dinástica, Pipino no fue más un continuador de las directrices planteadas en el período anterior, en lo que se refiere a las relaciones con el Papado que es el punto donde enraíza la política imperial de su sucesor Carlomagno, Pipino es un auténtico innovador. La consulta al Papa previa al golpe de Estado; la unción: primero la propia a manos de San Bonifacio, después la unción de él y de sus herederos por el propio Pontífice; su intervención militar en Italia en apoyo del Papado contra las pretensiones del rey lombardo; la donación de los territorios ocupados al Papado ignorando los derechos del emperador bizantino; todos estos son actos que introducen una dinámica nueva que transciende absolutamente los planteamientos políticos que hasta ese momento habían dictado las líneas de actuación de los mayordomos de palacio austrasianos y que abren el camino para la actuación, magnificada en exceso, de Carlomagno.

3. Intervención en otros frentes y hegemonía política franca En otros frentes Pipino será un continuador. En primer lugar las campañas contra la antigua Septimania visigoda, ahora ocupada por los musulmanes de la Península Ibérica que no dejaban de constituir un serio peligro para los territorios del sur de la Galia. Un segundo frente se situaba en Aquitania. Este amplio territorio que comprendía todo el suroeste de la Galia había sido asiento de una floreciente civilización romana hasta finales del siglo IV; después, tras el pacto del visigodo Valia con Constancio en el 418, se convirtió en el lugar de asentamiento de los visigodos y en la base territorial del reino visigodo de Tolosa, fiel continuador de la romanidad. De esta forma se había producido en estos territorios una perfecta síntesis entre la vieja aristocracia senatorial galorromana y la aristocracia terrate- niente visigoda, lo que había planteado serios obstáculos para el asentamiento de población franca que, por otra parte, tampoco debió mostrar especial interés en establecer sus bases de poder en lugares alejados de los nuevos centros políticos de decisión que ahora se situaban en Austrasia, Neustria y Borgoña. Como consecuencia de estos procesos el territorio aquitano, dirigido por miembros de la vieja aristocracia galorromana y visigoda, mantuvo su propia entidad, sin ningún tipo de afinidad con los territorios al norte y al este del Loira y en una independencia casi completa de los francos. El peligro de esta independencia se agravaba sobre todo en la zona más inmediata a los Pirineos y en los valles pirenaicos habitados por los vascones con un fuerte sentimiento independentista. El

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completo sometimiento de la aristocracia aquitana exigió una serie de enérgicas campañas por parte de Pipino desde el 760 hasta el 768. Posteriormente Carlomagno, siguiendo una política que empleará en otras regiones del Imperio, encomendará la administración de estos territorios a condes francos e incluso creará el reino de Aquitania en favor de su hijo Luis con objeto de conseguir una integración al resto del Imperio que nunca llegará a ser perfecta. El fracaso de Carlomagno y, posteriormente, de Luis el Piadoso, en el intento de someter el territorio pamplonés e integrarlo en la Marca Hispanica debe ser explicado en parte como efecto de las dificultades de orden militar y político que Carlomagno y sus sucesores encontraron siempre en Aquitania. Sin llegar a la completa dominación, los francos mantenían una clara preeminencia política sobre el ducado de Baviera cuyo jefe Tasilón presta vasallaje a Pipino el año 756. Una cierta hegemonía también ejercen sobre los sajones; aunque en este caso su sometimiento completo sólo podrá realizarse en el reinado de Carlomagno mediante una serie de violentas campañas que ocuparán gran parte de la actividad militar del emperador. El año 768 moría Pipino: el fundador de una dinastía impropiamente denominada carolingia por una historiografía demasiado sensibilizada ante los acontecimientos espectaculares del reinado de su hijo y sucesor. Sin embargo, olvidando a los propios personajes y atendiendo a la dinámica social que es la que condiciona el comportamiento de esos personajes, es preciso reconocer la decisiva

importancia del período de gobierno de Pipino como continuador de las líneas maestras que ya se insinúan en la sociedad de los francos desde los inicios del siglo

VII y que se van perfilando cada vez con más nitidez a lo largo de este siglo y

durante la primera mitad del siglo VIII. Estas son: fragmentación política en coherencia con la destrucción de los intercambios de amplio radio y con la compartimentación de las grandes propiedades aristocráticas y de las comunidades

campesinas; intensificación del proceso de ruralización que se inicia en el siglo III y que conlleva un progresivo basculamiento del centro de gravedad económico y político desde el Mediterráneo hacia el noroeste continental; basculamiento que se va concretando en el ascenso de Austrasia como potencia capaz de aglutinar un nuevo proceso unificador y expansivo que se inscribe en la dinámica generada por

las modificaciones de la estructura económica perceptibles concretamente en la

racionalización de las grandes propiedades eclesiásticas de la zona austrasiana; ascenso de una nueva aristocracia terrateniente y militar representada en grado eminente por los mayordomos de palacio que van desplazando de las funciones de gobierno a los representantes de la dinastía merovingia cada vez más debilitada;

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expansión territorial consecuencia de una actividad económica en expansión y de una estructura social y política que exige grandes extensiones de tierra como fundamento del poder. En este sentido el derrocamiento de la dinastía merovingia y el ascenso al trono de los Pipínidas así como la afirmación de la hegemonía franca en el exterior bajo el liderazgo de Austrasia representa la culminación de tendencias seculares. Pero algunos de los caracteres específicos que adopta la realización práctica de estas tendencias, particularmente la estrecha vinculación con la Iglesia franca y con el Papado, implican la asunción de los planteamientos políticos que ha elaborado y continúa elaborando la intelectualidad eclesial y abren una vía de desarrollo original que condicionará en adelante la política de su sucesor. Son estos planteamientos radicalmente originales los que van a propiciar los grandes desarrollos políticos del reinado de Carlomagno.

III. CARLOMAGNO: EXPANSIÓN MILITAR, POLÍTICA DE UNIFICACIÓN

1. La consolidación de Carlomagno en el trono El año 768 muere Pipino. Su testamento divide el reino entre sus dos hijos: el mayor, Carlos, recibe los territorios de las antiguas Austrasia y Neustria, más la Aquitania Atlántica; el segundo de ellos, Carlomán, recibe los territorios del sur y sureste del reino paterno, es decir, Aquitania oriental, Septimania, Borgoña, Alamania y Suabia. La división efectuada por Pipino, lo mismo que la que décadas antes había realizado Carlos Martel, es indicativa de la inmadurez de las concepciones políticas, hasta el punto que la patrimonialidad que conlleva la equiparación de los hijos en la herencia, se sitúa por encima de la unidad del Estado. No obstante, y esto también es revelador, en todos los procesos de división y a pesar de ellos, se ha mantenido la unidad de las zonas más dinámicas del reino, de aquellas que han dirigido con su peso político y económico el proceso de unifi- cación. Con lo que la unidad del conjunto queda de alguna forma garantizada y con grandes posibilidades de reconstrucción. Así se explica la reunificación casi inmediata que se produce tras la división entre los herederos de Carlos Martel - Pipino y Carlomán- y del propio Pipino -Carlos ["Carlomagno"] y Carlomán-, a pesar de una oposición, a veces encarnizada, de los sobrinos de Pipino y, posteriormente, de los de Carlomagno que quedaron despojados de los derechos que la propia tradición patrimonial les reconocía.

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Inmediatamente van a surgir graves conflictos tanto de orden interior como de orden exterior. En el interior, el desacuerdo entre Carlos y Carlomán va a llevar en poco tiempo a los hermanos al borde de la guerra. Primero fue la negativa de Carlomán a ayudar a su hermano a sofocar una sublevación en la Aquitania occidental. Después, la falta de acuerdo en el tratamiento de problemas exteriores, particularmente relacionados con Baviera e Italia, regiones que limitaban con el territorio gobernado por Carlomán. Pero la muerte de éste en 771 ofreció a Carlos la ocasión para proceder a la anexión pura y simple de los territorios de su hermano ignorando absolutamente los derechos de los hijos de Carlomán, de forma similar a como había procedido en su día Pipino también con sus sobrinos. De esta forma las tendencias unificadoras volvían a ganar la batalla sobre la vieja concepción patrimonial del Estado y su tendencia a la disgregación.

2. La expansión militar 2.1. Prosecución de la política intervencionista en Italia El otro foco de conflictos se hallaba en Italia. Básicamente eran los mismos problemas a los que había tenido que enfrentarse Pipino unas décadas antes, porque antes y ahora respondían a tendencias unificadoras protagonizadas por los lombardos que encontraban en el ducado de Roma y en el poder temporal que se atribuían los Papas el obstáculo más serio para la realización de esa unidad. Muerto Astolfo el año 756, había accedido al trono de Pavía el duque de Toscana, Desiderio. El nuevo rey estaba plenamente identificado con los objetivos de su antecesor, aunque inicialmente prefirió plantear la realización de estos objetivos más desde la acción política que desde la militar. El primer éxito de esta política fue el matrimonio de una de sus hijas con Carlos, con lo que trataba de aislar al Papa privándole del único apoyo con que éste contaba. Pero poco después, una serie de hechos anecdóticos van a frustrar los planes de Desiderio. Repudio por parte de Carlos de su esposa lombarda; muerte de Carlos y reivindicación por parte de sus hijos de los derechos sobre los territorios paternos anexionados por Carlos; exilio de la viuda y de los hijos de Carlomán a la corte de Pavía donde son acogidos por Desiderio en una acto de clara hostilidad hacia Carlos. Ese mismo año Desiderio invadía los estados Papales. La réplica de Carlos fue inmediata. El año 774 penetra en Italia, sitia a Pavía, obliga a Desiderio a rendirse y se proclama él mismo rey de los lombardos. Por lo que respecta al Papado, Carlos ratifica la anterior donación de Pipino ahora ampliada con nuevas concesiones territoriales. Era una forma de contentar al Papa y de apaciguar el recelo con que éste contemplaba las acciones de Carlos que anexionaba el reino

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lombardo a sus estados patrimoniales francos y comenzaba a titularse "rey de los francos y de los lombardos y patricio de los romanos". Los recelos del Papa estaban justificados. De hecho Carlomagno no se limitó a hacer ostentación de títulos, sino que inició una intensa actividad destinada a reafirmar el dominio franco sobre el antiguo reino lombardo y a organizar el complicado y anárquico mapa político de Italia prescindiendo por completo del Papa, cuando no ignorando sus protestas, interviniendo cada vez más activamente en los asuntos propiamente eclesiásticos -en la elección del obispo de Ravena, por ejemplo- e incluso ejerciendo su autoridad directamente sobre el mismo Papa. Resultado de la actividad de Carlomagno en Italia va a ser una cierta asimilación de la estructura política del antiguo reino lombardo a la del reino franco mediante la creación, sobre la base de los antiguos ducados lombardos, de condados que encomendó a la administración de nobles francos. Es esta preocupación de Carlomagno por los asuntos italianos la que le va a llevar a intervenir directamente en Roma, hasta confirmar en la sede pontificia a León III que será quien le corone Emperador en la noche de Navidad del año 800.

2.2. Sometimiento de los sajones

Los asuntos italianos, por complicados que resultasen, no impidieron que la actividad de Carlomagno se desplegase en múltiples frentes, a veces tan complejos o difíciles como el propio frente italiano. Las acciones más vigorosas de Carlomagno son las que emprende contra los sajones, asentados junto a la frontera nororiental del reino franco, al norte de la actual Alemania, en el espacio comprendido entre el río Ems, el mar del Norte, el Elba y el Saale. Parece ser que estos pueblos estaban todavía organizados como una confederación de tribus. A veces se convertían en vecinos incómodos, incluso peligrosos, debido a las campañas depredatorias que realizaban sobre el territorio fronterizo de los francos provocadas, muy probablemente, por la ineficacia, en orden a la supervivencia biológica y a la reproducción del sistema social, de unos sistemas productivos poco desarrollados. Se trataría de una situación bastante similar a la que habían conocido romanos y, posteriormente, visigodos respecto a los pueblos cántabros y vascones de la Cordillera Cantábrica en la Península Ibérica. Estas correrías habrían dado pie a los francos para iniciar una serie de acciones encaminadas a establecer algún tipo de control sobre los sajones e, incluso, como en el caso de Pipino, a convertirlos en tributarios. Pero un factor más decisivo que la necesidad de atajar las acciones depredatorias de las tribus sajonas debió ser la necesidad cada vez más apremiante de tierras que comenzó a padecer

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la nueva dinastía para premiar los servicios de la aristocracia y asegurarse su fidelidad de la que dependía la eficacia militar de los francos así como el funcionamiento de la organización político-administrativa del Imperio. Existe una coincidencia entre hechos de signo distinto que no puede ser meramente casual. Por una parte la degradación acelerada de las vinculaciones de carácter público que habían sido dominantes en el Estado romano e incluso en la etapa merovingia. Por otra, la fusión de derecho entre vasallaje -compromiso entre

miembros de la nobleza de distinto rango de prestación de servicios eminentemente militares y políticos- y feudo -generalmente una extensión de tierra con las rentas correspondientes que el señor concede al nuevo vasallo como compensación a las cargas inherentes a los compromisos contraídos. Esta fusión implica la institucionalización de las relaciones feudo-vasalláticas; es decir, de unas relaciones

de

carácter privado que pasan a constituir el fundamento de la estructura política

de

un Estado cuya estabilidad y funcionamiento dependen cada vez en mayor

medida de las disponibilidades de tierra con que cuenta el poder político puede

recompensar los servicios de la aristocracia y garantizar su fidelidad. Si en un primer momento esta necesidad de tierras había inducido a Carlos Martel y a Pipino

III a confiscar masivamente tierras de la Iglesia, ahora que el prestigio de la

dinastía está vinculado al respaldo de la Iglesia la solución que se impone es la

conquista de nuevas tierras cuya anexión no implique ningún tipo de contencioso con ella. Y es en este momento cuando se produce un salto cualitativo en las

acciones contra las tribus sajonas: de acciones esporádicas de castigo se pasa a la conquista sistemática de las tierras sajonas y al dominio de sus habitantes. Carlomagno inicia sus acciones en Sajonia ya desde el año 772. Las operaciones de castigo se completan con la construcción de una cadena de fortalezas que llega hasta el río Lippe. De esta forma se configura una marca fronteriza que sirve de contención a las acciones depredatorias sajonas y base de acciones militares y de evangelización. Pero las frecuentes expediciones a Italia impiden a Carlomagno emplearse a fondo, lo que propicia continuas sublevaciones

de las tribus sometidas que cuentan siempre con el apoyo de sus vecinas más

orientales. El año 778, el mismo año de la expedición de Carlomagno a Zaragoza y del desastre de Roncesvalles, aparece en el escenario sajón el caudillo Widukind. La importancia de este caudillo ha venido relacionándose con la amplitud de la rebelión que logró poner en pie frente a Carlomagno. Lo que no debe subestimarse de ninguna manera. Pero por debajo de estos acontecimientos espectaculares existen indicios de desarrollos sociales sumamente dinámicos que es donde debemos

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buscar la última explicación. Widukind posiblemente representa en el contexto de las estructuras tribales la transición de una fase en que las jefaturas tienen un carácter estacional y una fase en que estas jefaturas comienzan a tener una mayor permanencia y que constituyen los primeros balbuceos de la institución monárquica. A esta mayor estabilidad de las jefaturas militares correspondería una cohesión más consistente entre distintas tribus, quizás por la acción protagonista de los westfalianos, grupo tribal al que pertenece Widukind. Es decir, salvadas las distancias, estaríamos ante un proceso bastante similar al que experimentan los cántabros peninsulares a finales del siglo VII y principios del siglo VIII y que ha sido estudiado por mí mismo muy recientemente: un proceso de integración de las distintas tribus cántabras y astures y de consolidación de Pelayo en la jefatura mili- tar, lo que explicaría el éxito de las acciones de resistencia frente al Islam. Entre el 778 y el 782 y como réplica a la rebelión de Widukind Carlomagno inicia una integración sistemática de las tribus sajonas en la estructura social y política del reino franco. Carlomagno recorrió con su ejército todo el territorio sajón penetrando hasta el Elba. Al mismo tiempo imponía la conversión forzosa al cristianismo e intentaba trasplantar al espacio sajón la organización administrativa del reino franco dividiendo el territorio en condados y colocando al frente de los mismos a miembros de la aristocracia tribal dispuestos a colaborar; con lo que trataba de atraerse a los sectores más influyentes de la sociedad sajona. Actuación política similar a la que practicará años después en los valles pamploneses, en los del alto Aragón y en los territorios de la Marca Hispanica. La organización estrictamente laica irá acompañada de medidas religiosas, como es la conversión forzosa al cristianismo y la organización eclesiástica. Ambas medidas están destinadas a servir de apoyatura y a completar la organización política y el dominio franco sobre las tribus sajonas. El fracaso es completo. El año 782 estalla una rebelión general de los sajones que aniquila al ejército franco. La réplica de Carlomagno se resume en una serie de campañas que constituyen por derecho propio una de las cimas de la brutalidad y de la barbarie humana. Asesinato de 4.500 rehenes; conversión al cristianismo bajo pena de muerte; prohibición de ritos paganos bajo pena de muerte; castigo de las ofensas a la Iglesia o al clero con la muerte; violación del ayuno, pena de muerte. A ello se añade un extremado rigor en la percepción de los diezmos eclesiásticos impuestos por Carlomagno en favor de la Iglesia -¿bajo pena de muerte?. El propio Widukind se convierte o, quizás con más propiedad, es obligado a convertirse. El resultado de estas medidas queda patente pocos años después. En el año 792 se produce una nueva rebelión que obliga a Carlomagno a una especie de huída

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hacia adelante. Carlomagno necesitó otras cuatro campañas para sofocar de nuevo la rebelión y para ocupar los territorios limítrofes con la península de Jutlandia -el actual Schleswig-Holstein- de población sajona al este del Elba y que venían ofreciendo refugio seguro a los sajones de la ribera izquierda del río. Pero esta última rebelión parece que le hizo comprender a Carlomagno lo inadecuadas que eran las medidas de terror practicadas hasta el momento. A partir del año 797 se inician nuevas formas de represión. Quizás por primera vez en la historia del Occidente se practican sistemáticamente deportaciones en masa. Numerosos contingentes de población sajona son trasladados a territorios en el interior del reino franco, donde resultan más fácilmente controlables, mientras que en el espacio sajón se asientan campesinos francos y eslavos obodritas, viejos aliados de los francos que habitaban la ribera derecha del Elba. También se intensifica la cristianización a partir de los nuevos obispados de Bremen, Minden, Verden, Münster, Osnabrück que eran sufragáneos de las diócesis recién creadas por Carlomagno de Maguncia y de Colonia. Con todas estas medidas parece que el año 804 Sajonia estaba ya pacificada e integrada en el reino franco. Aunque esta integración se hubiese realizado con costes demasiado elevados.

2.3. La integración de Baviera y la anexión de los ávaros Al sureste se hallaba la región de Baviera que de antiguo mantenía una dependencia formal de los reyes francos bajo el gobierno de Tasilón, un duque autóctono. Aunque había prestado vasallaje a Pipino ya en el año 757, eso no le impedía gobernar el territorio con una total independencia práctica que seguramente planeaba elevar a independencia formal. El problema que planteaba una Baviera fuera de control era la vecindad con los lombardos italianos con los que mantenía una excelente relación que llegó a materializarse en el matrimonio de Tasilón con una hija del rey lombardo Desiderio -con lo que llegó a ser cuñado de Carlos hasta que éste último repudió a su esposa lombarda. Pero más peligrosa que la alianza con los lombardos resultaba la política de amistad que Tasilón venía practicando con los pueblos limítrofes del Este. Primero había prestado su apoyo a los eslovenos contra los ávaros, lo que le había permitido extender su influencia por la región de Carintia que pasó a convertirse en una especie de estado satélite de Baviera. Después fue la amistad con los propios ávaros que habían construido un imperio en las llanuras del curso medio del Danubio desde donde amenazaban las fronteras orientales del reino franco. Llegó a aliarse también con los bizantinos cuyas relaciones con los francos se hacían cada vez más difíciles a causa de la intervención de éstos en los antiguos dominios imperiales de Italia -exarcado de

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Ravena, ducado de Peruggia y ducado de Roma. Carlomagno, que había exigido con anterioridad al duque de Baviera la renovación del vasallaje prestado a Pipino, no podía cerrar los ojos ante esta actitud. Cuando consiguió apresar a Tasilón le condenó a muerte. Y aunque posteriormente le indultó, le impuso la tonsura y le recluyó en un convento. De esta forma Baviera quedó plenamente integrada en el reino franco. Dos años después, en el 796, atacaba a los ávaros, sometía y obligaba a la conversión a su jefe y anexionaba los territorios entre el Danubio y el Drave que quedaban configurados como una marca fronteriza donde se inició inmediatamente la colonización y evangelización.

2.4. La frontera pirenaica: éxitos y fracasos En el extremo occidental, en los Pirineos, se situaba un peligro más serio que el de los ávaros. Aunque la victoria de Carlos Martel el año 732 en Poitiers parece que había abortado una invasión decisiva de los musulmanes de la Península Ibérica, estos reiteraban sus amenazas que ahora tenían como objetivo prioritario el dominio de las antiguas posesiones visigodas de la Septimania anexionadas al reino franco por Pipino pocas décadas antes. El peligro que esta amenaza suponía para la integridad del reino franco justifica la preocupación de Carlomagno por crear una marca fronteriza que amortiguase la presión islámica y que englobaría los territorios entre el río Ebro y el macizo Pirenaico. En los territorios del Pirineo occidental y central esta política fracasó. Al parecer, tanto en el territorio pamplonés como en el del alto Aragón se estaba imponiendo una dinámica de unificación que tendía a superar la atomización de las divisiones tribales y de las demarcaciones territoriales de valle que se identificaban con el espacio de cada grupo tribal. En este contexto de unificación se habían ido afirmando una serie de familias de la aristocracia tribal autóctona que luchaban entre sí por afirmar su hegemonía y por controlar los procesos de unificación. A estos procesos internos corresponde la lucha entre los Arista, originarios del territorio pamplonés, y los Velasco que posiblemente proceden de los valles de Salazar y del Roncal. Una y otra familia intentará obtener los apoyos exteriores para afirmar su hegemonía interior. Mientras que los Arista buscan el apoyo de los Banu-Qasi del valle del Ebro, los Velasco recibirán ayuda de los francos interesados en el control de los pasos montañosos del Pirineo occidental, particularmente desde el desastre sufrido por Carlomagno en Roncesvalles el año 778 y en el que, a parte de los vascones de Arista, posiblemente intervinieron tropas de los Banu-Qasi. De hecho once años después, en el 789, aparece como gobernador de Pamplona el Banu-Qasi Mutarrif ibn Musa ibn Fortun. Presencia que

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debe corresponder a un período de preeminencia de la familia de los Arista para quienes los Banu-Qasi representaba la mejor garantía frente a los Velasco, apoyados por los francos. Pero el año 799 es asesinado el gobernador de Pamplona

y el poder es ocupado por un Velasco, lo que hace pensar en un incremento de la presión de los francos que tratan de utilizar a elementos de la aristocracia local para afianzar su dominio sobre el territorio de forma similar a como lo intentaron en Sajonia o en el Pirineo oriental. En realidad el golpe de fuerza de del año 799 en Pamplona es uno más en una cadena de hechos que ilustran la gran ofensiva franca al sur de los Pirineos. El año

801 se produce la ocupación de Barcelona. Pocos años después, hacia el 806, los

condes de Tolosa, vasallos de Carlomagno, ocupan Pallars y Ribagorza. Y en el año

812 el conde autóctono Aznar Galindo gobierna el territorio del alto Aragón en

nombre del monarca franco. Pero la situación en el Pirineo occidental y central va a sufrir, a comienzos del siglo IX, un nuevo giro. El año 816 una rebelión expulsa a Velasco de Pamplona y eleva al poder a Iñigo Arista que con la ayuda de los Banu-Qasi se sacude la tutela de los francos. Al mismo tiempo un yerno de Iñigo Arista, García el Malo, desplaza a Aznar Galindo del poder en el alto Aragón desvinculando definitivamente la región de la influencia franca. De nada servirá la expedición de los condes Eblo y Aznar enviados el año 824 por Luis el Piadoso para recuperar el control sobre el territorio. El fracaso de la expedición consuma el fracaso del dominio carolingio en la zona. En el Pirineo oriental no se puede hablar de fracaso, pero el éxito fue matizado puesto que la frontera de los territorios bajo control de los francos nunca llegó al Ebro. Ahora bien, en esta zona restringida la dominación se hizo verdaderamente efectiva tras la conquista de Gerona el año 785, la de la zona montañosa al norte de Ausona y Cardona el año 798 y, finalmente, la de Barcelona en el año 8O1. Las campañas posteriores de Luis el Piadoso contra Tarragona, Tortosa y Huesca realizadas entre el 8O6 y el 811 van a fracasar, quedando estabilizada la frontera en los ríos LLobregat y Cardoner y en la sierra del Cadí. Aquí la administración carolingia, lo mismo que había hecho en Italia, en Sajonia y en Baviera reorganizó el territorio en condados cuya estructura básica se mantendrá incluso a lo largo del proceso de independencia en los siglos siguientes. Es el territorio de la Marca Hispanica que, a diferencia de la zona occidental del Pirineo, quedará plenamente integrada en el reino franco. Así pues, en torno al año 800 y como resultado de un proceso expansivo iniciado durante el período de la dinastía merovingia pero acelerado con los últimos mayordomos de palacio austrasianos y, particularmente, desde el acceso de los

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Pipínidas al trono, Carlomagno ha llegado a extender su dominio sobre toda la zona continental del Occidente europeo y sobre el norte de la península italiana. Ello explica en parte la coronación imperial que tendrá lugar en Roma la noche de Navidad del año 800.

IV. LA INSTAURACIÓN DEL IMPERIO

1. Los antecedentes inmediatos En el año 800 Carlomagno era sin duda el monarca más poderoso del Occidente. Aparte del poderío militar Carlomagno se había convertido en el garante de la independencia del Papado tanto respecto del Emperador bizantino como de los poderes italianos. Es cierto que el reino lombardo con la anexión al reino de los francos había dejado de ser una amenaza para el Papado. Pero el rey franco no había podido impedir la proliferación a lo largo y ancho de la Península de una infinidad de pequeños poderes en lucha permanente entre ellos que sembraban intranquilidad y generaban continuos disturbios en todo el territorio. El Papado no estaba al margen de los disturbios que cobraban especial intensidad en la propia Roma donde las familias de la nobleza no reparaban en medios para controlar el poder. Los Papas solían estar estrechamente relacionados con alguna de las facciones nobiliarias en lucha. Este tipo de relación, unido al hecho de que la dignidad pontificia estaba vinculada al gobierno de los extensos territorios pontificios otorgados por Pipino y por el propio Carlomagno convertía al Papa, y consiguientemente a la familia a la que éste pertenecía, en uno de los más poderosos príncipes italianos. Es decir que el acceso al trono pontificio y su permanencia en él se había convertido en un factor generador de disturbios y de guerras intestinas. En este contexto se explican los acontecimientos previos a la intervención de Carlomagno en Roma y a su coronación imperial. El año 795 accede al trono pontificio León III miembro de una familia patricia enemiga de la familia de su antecesor Adriano I y que conservaba un gran poder en la Curia pontificia. Quizás esta circunstancia agravó las tensiones hasta que en abril del 799 el Papa es capturado y maltratado. Carlomagno acude a Roma para liberar al Papa. Pero lejos de restaurarle inmediatamente, exige a León III, como condición para su reposición, un juramento expurgatorio de los crímenes que se le imputaban. Poco después, en la noche del de Navidad de ese mismo año, León III coloca la corona imperial en la

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cabeza de Carlomagno. Con ello se consumaba un proceso complejo de orden

político e ideológico.

En el orden político el antecedente inmediato de la coronación imperial se

sitúa en la unción de Pipino como rey de los francos y como Patricius Romanorum

en el año 756. Dicha unción otorgaba estabilidad a la nueva dinastía -tanto mayor

cuanto que en el mismo acto fueron ungidos los hijos de Pipino. Pero también

suponía la aceptación de graves responsabilidades por parte de los monarcas

francos. Responsabilidades de orden político que obligan a Pipino, después a Carlos,

a intervenir en Italia en ayuda del Papa frente a las amenazas de los reyes

lombardos. Pero esto no deja de ser el aspecto más anecdótico. Subyacentes a

estas responsabilidades aparecen otras más complejas en vías de definición por una

tradición política eclesial que desde San Agustín pasa por Gelasio, Gregorio Magno e

Isidoro de Sevilla, hasta la época carolingia. Aun sin entrar en una excesiva

profundización conceptual es necesario remontarse a esta tradición para poder com-

prender lo que representa la coronación de Carlomagno y su actuación como

Emperador.

2. La justificación teórico-política del Imperio

La coronación de Carlomagno no es un acto improvisado. No sólo porque

consta que hubo negociaciones previas en las que participó activamente el propio

Alcuino, uno de los hombres más próximos a Carlomagno. Pero sobre todo porque

la coronación imperial entronca en una corriente ideológica que venía

desarrollándose a partir de la tesis agustiniana de las dos ciudades y que planteaba

la relación entre poder temporal y poder espiritual. En el proceso de elaboración

doctrinal una figura clave la constituye Gregorio Magno quien había afirmado

expresamente en una carta dirigida al emperador bizantino Mauricio que

“el poder ha sido dado de lo alto a mis señores (el emperador y su

hijo) sobre todos los hombres para guiar a los que quieran hacer el

bien

,

para que el reino terrestre esté al servicio del reino de los

cielos".

Para comprender correctamente el sentido de estas líneas escritas en torno al

año 600, es preciso tener en cuenta no sólo el substrato ideológico agustiniano de

“las dos ciudades” sino también las realidades políticas ante las que se encontraba

Gregorio Magno: por una parte Bizancio cuyos emperadores tendían a practicar un

cesaropapismo descarado; por otra los reinos germánicos desprovistos de un

contenido capaz de dar cuerpo a una idea firme del Estado. En estas circunstancias

lo que pretende el gran Papa no es subordinar el poder temporal al espiritual, sino

limitar las tendencias cesaropapistas de los emperadores bizantinos así como

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ofrecer a los nuevos reinos occidentales un objetivo capaz de dinamizar la idea del

Estado. Y en todo caso, vaciar la concepción del Estado de un contenido

eminentemente temporal.

Ahora bien, dos siglos después, aunque permanezca el substrato ideológico de

“las dos ciudades”, la realidad política se ha modificado sustancialmente. Por una

parte, Carlomagno ha consumado el proceso de unificación política casi de la

totalidad del Occidente; unificación política que ha ido unida a la difusión del

cristianismo, a la Reforma eclesiástica, a la protección del Papado frente a sus

enemigos; todo lo cual revierte en un prestigio político y en una autoridad moral

que le sitúan por encima de cualquier otro dirigente. En contraposición al prestigio

de la monarquía franca, el Imperio Bizantino está totalmente desprestigiado en

Occidente. Desde comienzos del siglo VIII hasta mediados del siglo IX ocupan el

trono emperadores iconoclastas que al ejercer un control completo sobre la Iglesia

imperial imponen la herejía a toda la sociedad. Y la efímera restauración de la

ortodoxia iconódula va unida a la figura de Irene, una usurpadora que en el año

797 había hecho cegar a su hijo Constantino VI para poder acceder ella al trono.

Finalmente el Papado aparte de las amenazas lejanas del Emperador bizantino y de

las inmediatas y más graves de los reyes lombardos y de las familias de la nobleza

romana, padece tal crisis moral que no se puede descartar -de hecho Carlomagno

no lo descartó a priori- que las acusaciones de crímenes horrendos lanzadas por las

facciones hostiles de Roma contra León III tuviesen bastantes visos de verdad.

A partir de estas realidades y sobre la base ideológica de una sociedad

cristocéntrica no es de extrañar que se abran paso formulaciones que implican un

cierto deslizamiento a posiciones que defienden, a veces veladamente, otras con

claridad, el sometimiento de un poder espiritual en crisis a un poder temporal

triunfante en la doble vertiente político-militar y religioso-moral.

Extraordinariamente significativo a este respecto el texto de Alcuino escrito un

año antes de la coronación imperial. Tras constatar la postración en que se halla el

Imperio bizantino y el Papado concluye que

“la dignidad real

Nuestro Señor Jesucristo os [la] ha reservado

para que gobernéis al pueblo cristiano. Esta dignidad es superior a las otras dos y las eclipsa y sobrepasa en sabiduría. Sólo en ti se apoyan ahora las iglesias de Cristo, de ti sólo esperan la salvación; de ti, vengador de los crímenes, guía de los descarriados, consolador de los afligidos, sostén de los buenos”.

Por supuesto no sería correcto sacar de contexto estas expresiones y atribuir a

Alcuino la afirmación abstracta de la superioridad del poder temporal sobre el

espiritual. Lo único que hace Alcuino es constatar el sentido religioso y moral de la

realeza y la superioridad de hecho que en ese momento ostenta el rey Carlos sobre

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los otros poderes de la cristiandad. Superioridad que, en el contexto de una

sociedad cristocéntrica, obliga a asumir la responsabilidad de cuidar la pureza del

cuerpo de la iglesia, de vigilar por la moral, el dogma y por el cumplimiento de los

preceptos eclesiásticos, así como garantizar la justicia. Es decir, se llega a

conclusiones similares a las que había formulado dos siglos antes Gregorio Magno.

Pero ahora, por el peso de la realidad, es el poder temporal el que aparece como

dinamizador de la sociedad y del poder espiritual.

Carlos era consciente, no hay duda, de las responsabilidades que había

contraído. Sin ningún tipo de reservas escribe a su legado a Roma:

“Advierte bien al Papa que debe honestamente

cánones. Decidle que debe gobernar piadosamente la Santa Iglesia

de Dios según los acuerdos que llevareis

con la mayor diligencia en desarraigar la herejía simoníaca que

mancilla

observar los santos

Persuadidle que se ocupe

el sagrado cuerpo de la Iglesia”.

3. La actuación "imperial" de Carlomagno

Pero esta consciencia se muestra sobre todo en el orden de la actuación

práctica. En la década de los setenta del siglo VIII un monje de la comarca

urgelitana, en ese momento todavía bajo dominio teórico islámico, comienza a

propagar la doctrina del adopcionismo según la cual Cristo sería hijo de Dios por su

naturaleza divina, pero por su naturaleza humana solamente sería hijo adoptivo. La

doctrina facilitaba la comprensión del dogma de la Trinidad a los musulmanes y a

los cristianos islamizados. Por esta razón se extendió rápidamente entre los

mozárabes, particularmente desde que fue adoptada y defendida por el obispo

Elipando de Toledo y desde que Félix fue exaltado, hacia el 782, a la dignidad

episcopal en la diócesis de Urgel. En el orden estrictamente dogmático esta doctrina

encontró duras réplicas por parte de Beato de Liébana y Eterio de Osma que

residían en Asturias cerca de la corte de Alfonso II. Pero el adopcionismo tenía

importantes repercusiones políticas ya que tanto los monarcas asturianos como el

propio Carlomagno, una vez que había iniciado la ocupación de los territorios

pirenaicos, estaban interesados en una Iglesia independiente de la Iglesia

mozárabe, concretamente de Toledo y Sevilla, que escapaba a su control. Pero

sobre todo fue Carlomagno que hacia el 780 había iniciado la ocupación de la zona

el que actuó con más energía. En el concilio de Ratisbona del año 792 obliga a Félix

a retractarse. Ante las protestas de los obispos mozárabes de la Península Ibérica,

Carlomagno condena a Félix en el concilio de Frankfurt el año 794. Cinco años

después Félix es detenido y recluido en Lyon hasta su muerte.

Más reveladora de la actitud intervencionista de Carlomagno en cuestiones

dogmáticas es su actuación en relación con la doctrina iconoclasta cuyas

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implicaciones políticas podían ser más graves que las del adopcionismo. El año 787 la emperatriz regente Irene había convocado un concilio en Nicea que restableció el culto de las imágenes proscrito por los emperadores iconoclastas, pero sin adoptar las medidas más drásticas exigidas por el partido monástico fanáticamente antiherético. El Papa Adriano I, a pesar de las peticiones de Carlomagno, tampoco se mostraba partidario de medidas excesivamente rigurosas, quizás por motivos políticos ya que el concilio de Nicea representaba un serio intento por parte de Irene de acercamiento a Occidente o quizás también porque la sutileza de los planteamientos iconoclastas aconsejaba la prudencia. Ante esta situación Carlomagno en el concilio de Frankfurt del año 794 condena los cánones del Concilio de Nicea que sólo conocía a través de una inexacta traducción. A la luz de estas actuaciones, todas ellas anteriores a la coronación imperial, es evidente que Carlomagno había asumido plenamente una responsabilidad que derivaba no de la dignidad imperial, sino del propio carácter de la dignidad real y de su condición de "ungido del Señor". Lo que sucede es que en un contexto en que la correlación de fuerzas se inclina a favor del poder temporal se está produciendo una paulatina transformación de las tesis centrales agustinianas en una teoría política nueva -el Agustinismo político- donde poder temporal y poder espiritual tienden a confundirse de la misma forma que tienden a confundirse la Ciudad Celeste y la Ciudad Terrestre. En este contexto la dignidad imperial no añade nada esencialmente nuevo, pero institucionaliza la unidad material del mundo cristiano realizada por Carlomagno. Se trata de una reconstrucción de la unidad del antiguo Imperio Romano, pero ahora bajo el signo del cristianismo y por la acción política y militar de un rey franco. Ahora bien, la coronación imperial plantea problemas políticos y jurídicos formales que Carlomagno tratará de solucionar. Dentro de la coherencia política que ha impulsado la reconstrucción del Imperio, Carlomagno se siente un usurpador mientras no sea reconocido por el emperador bizantino, heredero legal del viejo Imperio Romano. La solución pasará por dos vías. Una, la negociación con el emperador Nicéforo, que fracasa. La segunda, más adecuada a los planteamientos expeditivos de la sociedad franca, es la guerra. Las tropas francas atacan Venecia y la costa dálmata el año 809. Tres años después se llega a un acuerdo con el emperador Miguel I: éste recupera Istria, Venecia y Dalmacia; como contrapartida reconoce oficialmente el título imperial de Carlomagno. Con ello se resolvía el contencioso político con Bizancio y sedaba vía libre al desarrollo de una institución llamada a pervivir prácticamente hasta el siglo XX.

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V. LA FRAGMENTACIÓN TERRITORIAL DEL IMPERIO

1. El conflictivo reinado de Luis "el Piadoso" El año 814 moría Carlomagno, un monarca cuya labor ha sido sobrevalorada por una historiografía que sólo ha tenido ojos para lo espectacular de ciertos acontecimientos; una historiografía que, atenta únicamente a lo espectacular de ciertos acontecimientos, ha subestimado -cuando no olvidado- sistemáticamente las fundamentales transformaciones que se han venido operando en la sociedad franca antes de Carlomagno y la acción decisiva de sus antecesores. Por pesada que sea la tradición historiográfica, difícilmente se le puede asignar a Carlomagno otro calificativo que el de un excelente continuador de la obra emprendida por Carlos Martel y por Pipino el Breve. Continuador incluso en aquello que la historiografía tradicional ha considerado como negativo. Porque tampoco se puede pasar por alto que a pesar del aparente esplendor del Imperio, Carlomagno legó una estructura cargada de gravísimas contradicciones que ya se detectan en el último período de su vida y que van a manifestarse cada vez con mayor nitidez en el reinado de sus sucesores. Por debajo de las intrigas palaciegas, de las sublevaciones que protagonizan los hijos de Luis el Piadoso, sucesor de Carlomagno, y de las luchas fratricidas, son estas contradicciones las responsables de un desmoronamiento fulgurante de la imponente estructura levantada por Pipino y por Carlomagno. Contradicciones que, también es cierto, tienen muy poco que ver con la persona- lidad de los dirigentes y mucho que ver con la dinámica generada por las tensiones de una sociedad en transformación y en crecimiento. La vieja idea patrimonial del Estado de la que se derivaba la exigencia heredar a todos los descendientes había provocado constantes fragmentaciones realizadas tanto por los monarcas merovingios como por los mayordomos de palacio desde el momento en que estos abordaron la empresa de la unificación política. Parece ser que Carlomagno había proyectado la división de los territorios que configuraban el Imperio entre sus hijos Carlos, Pipino y Luis. La muerte de los dos primeros dejó a Luis como único heredero. Muy poco después de su acceso al trono se plantea al nuevo emperador el problema sucesorio. Sin embargo ahora con dificultades añadidas. La división del territorio podía generar graves disturbios internos, y de hecho ya los había generado en otros períodos sucesorios -recuérdense los conflictos de Pipino con los hijos de su hermano Carlomán, o los de Carlos con los hijos de su hermano del mismo nombre. Pero ahora estaba por medio la dignidad

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imperial. El Imperio se concebía como la unidad de la cristiandad bajo un único poder temporal y, por tanto, la división introducía un elemento de contradicción. Esta contradicción sólo podía superarse de una forma: otorgando la dignidad imperial a uno de los herederos; pero al apoyarse esta dignidad sobre la concepción de una cristiandad unificada bajo un solo poder, la dignidad imperial se contradecía con la división territorial o, al menos, exigía la hegemonía del emperador sobre el resto de los herederos. Lo que estos no aceptarían de buen grado. Tres años después de su acceso al trono, Luis, llamado el Piadoso, es coronado y ungido en Reims por el Papa Esteban IV. E inmediatamente después promulga la Ordinatio Imperii por la que el nuevo emperador trata de regular la sucesión. Lotario, el primogénito, recibe el núcleo territorial más importante - Austrasia, Neustria, Borgoña, Sajonia y Suabia- junto con la dignidad imperial. Pipino y Luis, recibían Aquitania y Baviera; mientras que Bernardo, un sobrino del emperador, retendría el reino de Italia. Los tres reconocerían la preeminencia, nunca bien definida, de Lotario. La oposición de Bernardo a las disposiciones de su tío será castigada con la ceguera y con la muerte. La reacción de Bernardo no había sido más que la primera manifestación de un proceso de deterioro interno. El año 823 Luis el Piadoso, que había casado en segundas nupcias con Judit, tiene un nuevo hijo, Carlos, el futuro Carlos el Calvo. Pronto comienzan las intrigas de un sector palaciego para dotar territorialmente a Carlos. El resultado es la revisión de la Ordinatio Imperii del año 817 en favor de Carlos. Este recibiría un extenso territorio situado en el corazón del reino franco - Alamania, Recia, Alsacia y la parte nororiental de Borgoña. El principal perjudicado era Lotario que veía sensiblemente disminuidos sus territorios y, además, era apartado de la corte y enviado a Italia. Paralelamente a estas disposiciones se producía una completa renovación de los consejeros de palacio; señal de que el nuevo reparto respondía a un giro completo en la línea política seguida hasta ese momento por Luis el Piadoso. Es este giro el que explica la insurrección de los hijos del primer matrimonio del emperador; insurrección iniciada precisamente por los dos hermanos, Pipino y Luis, que no habían sufrido ningún recorte en los territorios que se les había asignado en la Ordinatio del 817 y apoyados por los antiguos consejeros de su padre. El año 830 Luis el Piadoso es apresado. Inmediatamente Lotario se une a sus hermanos tratando de arrancar la abdicación de su padre y asegurase así el imperio. Pero sus hermanos ven con recelo las pretensiones de Lotario. A partir de aquí la situación evolucionará hacia una aparente anarquía en medio de la cual se va a producir un progresivo e irrefrenable deterioro de la autori- dad regia.

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El año 831 los nuevos consejeros de Luis el Piadoso, defensores de los derechos de Carlos, forzaron un nuevo reparto que suponía un notable incremento de los territorios adjudicados a éste último a costa otra vez de los territorios de Lotario. La reacción de éste, apoyado por Pipino y Luis fue apoderarse del emperador junto con su esposa y con su hijo Carlos en Compiègne. Luis el Piadoso fue obligado por el propio Lotario a abdicar y a hacer penitencia pública por el mal gobierno. Las consecuencias inmediatas de la llamada "penitencia de Compiègne" fueron, ante todo, ahondar más aún el desprestigio de la dignidad imperial. Pero con este acto Lotario había hecho renacer las suspicacias de Pipino y de Luis. Estos se volvieron contra él, le expulsaron a Italia y repusieron a su padre en el trono. La muerte en el 838 de Pipino parece simplificar el panorama político. Pero el nuevo reparto de Worms realizado por el emperador el año 839 supone un agravio comparativo para Luis. Lotario quedaría con Italia y con los territorios al este de la línea Ródano, Saona, Mosa; Carlos con los territorios situados al oeste de esta línea; mientras que Luis se mantenía con sus posesiones de Baviera sin beneficiarse de incremento alguno.

2. Repartos y nuevas formaciones políticas. De Verdun a Meersen Poco después de éste último reparto, el año 840, muere Luis el Piadoso dejando como herencia una situación cargada de conflictividad. Inmediatamente después de la muerte del padre, es Lotario, heredero de la dignidad imperial, el que intenta restablecer la unidad. Pero las tendencias disgregacionistas eran demasiado fuertes como para que este intento fuese realizable. Luis y Carlos, enemigos hasta la víspera, unen sus fuerzas contra Lotario. La lucha conduce a unos resultados básicamente similares a la situación de partida; es decir, a la sanción definitiva de una fragmentación territorial que nunca había dejado de proyectar una amenaza inmediata sobre una unidad que no por espectacular dejaba de ser ficticia. El año 843 se llega al reparto de Verdun por el que Lotario mantiene la dignidad imperial sin que eso implique soberanía sobre sus hermanos; además obtiene el reino de Italia y toda una franja territorial que comprendía Provenza, Borgoña y la Lotaringia, es decir, los territorios actuales de Alsacia y Lorena, hasta Frisia en el mar del Norte. Luis, retiene Baviera además de Suabia, Sajonia, Turingia y Franconia; es decir todos los territorios del antiguo Imperio situados al norte y este de una frontera que seguiría los Alpes, el río Aar, el Rin medio y la antigua frontera sajona. Finalmente las posesiones de Carlos abarcarían los territorios del antiguo Imperio situados al oeste y sur de la línea Ródano-Saona-Escalda; es decir, la Francia occidental.

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Los procesos de fragmentación no van a terminar aquí. El año 855 muere Lotario dejando sus estados a sus hijos Luis II, Lotario II y Carlos. El primero, que ya había sido coronado emperador el año 850 en Roma, retiene la dignidad imperial y el reino de Italia. Lotario II hereda los territorios de la Lotaringia y gran parte de Borgoña, quedando la Provenza para Carlos. Pero la muerte de Lotario II en el 869 provoca la invasión de la Lotaringia por Luis el Germánica y Carlos el Calvo. Al año siguiente ambos hermanos llegan a un acuerdo en Meersen por el que se reparten la Lotaringia ignorando las reivindicaciones de Luis II de Italia, hermano de Lotario II. Con ello quedaban delineadas básicamente las fronteras actuales entre Francia y Alemania siguiendo la frontera lingüística, excepto en el caso del territorio de Lorena que se va a convertir en un motivo de fricciones constantes. El reparto de Meersen de 870 constituye la culminación de un proceso de fragmentación territorial que conlleva el debilitamiento de la dignidad imperial e incluso amenaza de muerte al propio Imperio en cuanto que éste reposaba sobre la idea de una unidad política de todo el mundo cristiano occidental que materializase la unidad de fe de todos los habitantes del Imperio. A partir de ahora el Imperio, que va a conocer un estado de postración gravísimo hasta que el sajón Otón I asuma la dignidad imperial a mediados del siglo X, no pasará de ser un mero título honorífico con una escasa capacidad operativa. A la muerte de Luis II el año 875 es coronado emperador Carlos el Calvo que morirá dos años más tarde en una situación política extremadamente grave provocada por la rebelión de la nobleza de la Francia occidentalis. Un año antes había muerto también Luis el Germánico que había repartido sus estados entre sus tres hijos. Uno de ellos, Carlos el Gordo, que había recibido Suabia en el reparto y que terminará por reconstruir la unidad de Germania en el año 880 tras la muerte de sus hermanos, tratará también de ampliar su ámbito de influencia a Italia y a Francia. En Italia asumirá la protección del Papado lo que le abrirá el camino a la corona de Italia y más tarde a la dignidad imperial. Así mismo intentará proteger a Luis II el Tartamudo que había sucedido a Carlos el Calvo en el trono de Francia y que se mostraba incapaz de imponerse a una nobleza extremadamente fortalecida en el período de guerras intestinas. Al mismo tiempo se enfrentaba con cierto éxito a los invasores daneses que por esta época atacaban con éxito las costas del mar del Norte y del Atlántico y penetraban por los cursos fluviales sembrando el terror. Ello le valió la elección al trono de Francia por la nobleza del país. Con esta elección se reunificaban de nuevo los territorios del antiguo imperio carolingio. Pero por poco tiempo. El prestigio del monarca se deterioró rápidamente hasta que, tras un fracaso frente a los daneses en París, fue depuesto en el 887 por la misma nobleza que le había elegido muy

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pocos años antes y que ahora elige como rey a Eudo, conde de Neustria, que había dirigido con éxito la defensa de París frente a los normandos hasta que Carlos el Gordo decidió comprar la retirada de los invasores mediante el pago de una suma elevada. Los alemanes por su parte eligieron como rey a Arnulfo, hijo bastardo de Carlomán y nieto de Luis el Germánico y, por tanto, descendiente de la rama germana de la dinastía carolingia. Poco después de su deposición, ya entrado el año 888, murió Carlos el Gordo. Con la deposición y muerte de Carlos quedó rota definitivamente la unidad del Imperio construido por Pipino y Carlomagno y, salvo el breve período de tres años (896-899) en que Arnulfo ciñó la corona del Imperio, la dinastía carolingia va a quedar definitivamente desplazada de la dignidad imperial.

VI. LAS CONTRADICCIONES INTERNAS Y EL NACIMIENTO DE UNA NUEVA SOCIEDAD

1. La fragmentación interna de la sociedad: la gran propiedad La deposición de Carlos el Gordo se producía setenta y tres años después de la muerte de Carlomagno. Pero ya en el 840, a la muerte del hijo y sucesor del propio Carlomagno, la unidad política del antiguo Imperio se fragmentaba definitivamente y la dignidad imperial, ya severamente castigada en vida de Luis el Piadoso, se sumía en un proceso irreversible de deterioro y decadencia. Veintiséis años habían bastado para dañar irreversiblemente la trama político-institucional elaborada durante cuatro generaciones de gobernantes, desde Pipino II de Heristal hasta Carlomagno. Hasta ahora he expuesto someramente el proceso de fragmentación de la antigua unidad del Imperio en la medida en que esta fragmentación conlleva la configuración de grandes unidades políticas independientes: la Francia occidental y la Francia oriental o Germania. Pero el mayor interés de estas grandes fracturas reside en que constituyen el reflejo y la consecuencia inmediata de un proceso de atomización y fragmentación interna que a largo plazo anula las tendencias de superficie hacia la unidad política. Este proceso no es específico de la época carolingia sino que arranca de etapas anteriores y responden a las transformaciones que están experimentando las estructuras económica y social en el largo período que va del siglo VI al X. Transformaciones que se resumen en la categoría de ruralización utilizada ampliamente por los historiadores en un sentido muy genérico pero suficientemente

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preciso. Ruralización que significa declive de la ciudad prácticamente en todas las vertientes de su antigua actividad. Declive de la ciudad como centro de producción artesanal y como núcleo articulador de los circuitos comerciales, tanto del comercio de larga distancia como del comercio interregional y local. En el orden político la ciudad está también sometida a un proceso de deterioro creciente al perder paulatinamente las funciones que había venido desarrollando en el sistema político imperial romano. Y con el declive político y económico, la recesión demográfica, debida a un imparable éxodo de su población al campo, y la pérdida de sus funciones de articulación social del entorno urbano al perder el control sobre el territorio rural circundante. El gran beneficiado de estos procesos es el latifundio. Pero un latifundio sometido también a profundas transformaciones. El antiguo latifundio esclavista, que en su época de esplendor se había caracterizado por la práctica del monocultivo realizado mediante la explotación del esclavo organizado en equipos compactos de trabajo, ha dado paso a la gran propiedad integrada por un número cada vez mayor de pequeñas explotaciones bajo el control directo de familias de esclavos asentadas en ellas o de colonos; en ambos casos estas explotaciones tienden a producir lo que necesita cada unidad familiar para su subsistencia. El resultado es la configuración de grandes propiedades caracterizadas por el policultivo, básicamente autosuficientes y que consiguientemente se constituyen como núcleos de producción y de organización social con escasa proyección hacia el exterior. En coherencia con esta autonomía económica y con el declive de la estructura política-administrativa del Estado centralizado estas grandes propiedades van arrebatando a las ciudades sus antiguas funciones de administración y organización del territorio hasta configurarse como centros de organización social y polos de atracción del campesinado; centros dotados de una casi completa autonomía que hace superfluo en cierta manera cualquier sistema de articulación con el exterior. Es evidente que todo intento de construir una gran unidad política sobre una base social fragmentada en multitud de células sin una articulación interna estructural sólida conlleva contradicciones insalvables que a medio plazo deben provocar el derrumbamiento de todo el aparato superestructural. La contradicción se agrava por las transformaciones que se están operando en el propio sistema político en el sentido que marca la dinámica económica y social:

hacia la desarticulación de los vestigios de un poder centralizado, herencia del sistema político imperial romano, y hacia la consumación y reforzamiento de la autonomía económica y social de las grandes propiedades con el acceso a la autonomía política. Para lo cual se precisa la completa transformación de la

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organización productiva y de la estructura político-administrativa del conjunto de la formación política. Lo esencial de esta transformación secular de la organización productiva es la extinción del sistema esclavista en la medida en que la fuerza de trabajo del esclavo que cualitativamente -quizás también cuantitativamente en cuanto al volumen de la producción global y, sobre todo, de los productos agrarios con destino al mercado- constituía la base de la producción está siendo sustituida por otro tipo cualitativamente distinto de fuerza de trabajo y, por tanto, por un tipo de explotación también cualitativamente distinto. Por una parte se asiste al protagonismo creciente en la producción de un campesinado independiente que habita en las comunidades que se han ido generando a medida que se ha ido produciendo el asentamiento de los pueblos germánicos en los antiguos territorios imperiales. Por otra parte, en la organización productiva de las grandes propiedades tiende a sustituirse los equipos compactos de esclavos a las órdenes de un capataz por las pequeñas explotaciones familiares ya sea de esclavos asentados en pequeñas parcelas o de campesinos que han entrado en dependencia económica y social, es decir de aquellos a quienes los inventarios de algunas grandes abadías de la época carolingia denominan colonos, sin que por el mero hecho de esta denominación los colonos de época carolingia puedan equipararse sin más a los colonos de la época tardorromana. Aun admitiendo ciertas características comunes en el tipo de dependencia -y esto siempre que nos refiramos al colono de la última etapa romana- el colono de época carolingia tiene un origen y se mueve en un contexto económico-social radicalmente distintos.

2. La crisis de las vinculaciones públicas y el nacimiento de los principados territoriales Pero la evolución de la gran propiedad está estrechamente vinculada a la transformación que se está operando en los grandes propietarios. La vieja aristocracia senatorial romana lo mismo que la aristocracia tribal de los pueblos germánicos está en vías de extinción. Y no porque la nueva aristocracia no mantenga la continuidad biológica con aquella, sino porque sus características estructurales se han transformado sustancialmente. En este orden de cosas es fundamental la creciente y cada vez más perfecta asociación entre poder económico, materializado en la apropiación de grandes extensiones de tierra, y poder político; asociación que entra en vías de institucionalización a comienzos del siglo VII con el Edictum Clotharii. El hecho de que las funciones administrativas -la dignidad y las funciones condales- en una

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determinada demarcación tengan que recaer institucionalmente en los grandes propietarios de la región implica no sólo el declive del funcionario sobre el que había venido recayendo hasta el momento la responsabilidad de la administración, sino el hecho de que en adelante aquellos que ostentan funciones de gobierno teóricamente por delegación del poder central, al estar fuertemente incardinados en el territorio por el poder económico que ostentan en él, tienden a identificar el poder económico de carácter privado que ostentan en la región con el poder político delegado del monarca y a utilizar éste para incrementar aquel. Con lo que el ejercicio del poder político comienza a configurarse como un instrumento privado al servicio de los intereses privados de la nueva aristocracia. No sólo eso, sino que al producirse tal identificación entre territorio, poder económico y poder político, el gran propietario sobre el que han recaído funciones políticas tiende a considerar el gobierno del ese territorio no como una delegación del poder central sino como un derecho propio inherente al poder económico que ostenta en la región. De ahí que vaya surgiendo y consolidándose en los condados una situación de auténtica autonomía política lo que afianza las tendencias centrífugas de la aristocracia. Estos procesos ya se habían desarrollado en la época merovingia. Hasta el punto de que son los que explican el debilitamiento de la monarquía y, correlativamente a él, el fortalecimiento de los mayordomos de palacio que se presenta como la manifestación más ostensible de un proceso general de engrandecimiento aristocrático. El hecho de que los últimos mayordomos austrasianos y primeros reyes carolingios fuesen los constructores de un imponente edificio político ha hecho olvidar con frecuencia las graves contradicciones que afectan a su estructura. Es efectivamente paradigmático y al mismo tiempo paradójico que si el declive de la dinastía merovingia se debe fundamentalmente al agotamiento de tierras con las que se asegurase el apoyo militar y político que necesitaba para una acción eficaz de gobierno y para mantenerse en el trono, los principales beneficiarios de esta decadencia, los mayordomos de palacio, se sintiesen igualmente acuciados por la necesidad de tierras cuando no habían hecho más comenzar la obra de reconstrucción de una monarquía fuerte. Necesidad extrema que había obligado primero a Carlos Martel y después a Pipino III a confiscar grandes extensiones de tierras eclesiásticas para distribuirlas entre sus fieles, es decir, entre la aristocracia sobre la que se sustentaba el poder de los mayordomos. Y es en este punto donde se sitúa la vulnerabilidad del Imperio carolingio. La gran expansión territorial que se activa sobre todo con Pipino III el Breve y que culmina con Carlomagno no responde a una dinámica unificadora generada en el

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seno de la sociedad, sino a esa necesidad acuciante de incorporar nuevas tierras en las que se basa la fortaleza de la monarquía en la medida en que garantizan el apoyo de la aristocracia y su fidelidad a la dinastía. Así pues, a pesar de la espectacularidad de las apariencias, a pesar de la institucionalización del Imperio Cristiano, la nueva estructura política está gravada de profundas contradicciones. Contradicciones que inducen a pensar que a un nivel más profundo que el de la consciencia y que el de las formulaciones teóricas el objetivo prioritario y profundo de la formidable expansión territorial de la primera etapa carolingia no es otro que anular los efectos de las contradicciones latentes. Pero se trata simplemente de una especie de huída hacia adelante con lo que solamente se consigue a corto plazo paliar o retrasar la acción corrosiva de las contradicciones de base; de ninguna forma superarlas. Aquellos historiadores que han venido planteando el feudalismo como un sistema eminentemente político-institucional que tiene como soporte principal las relaciones feudo-vasalláticas, han prestado particular atención al reinado de Carlomagno porque es en este período cuando se produce la difusión de este sistema. Durante su largo reinado se habría producido la unión institucional del vasallaje y del feudo que con anterioridad constituían instituciones perfectamente diferenciadas y separadas en su materialización concreta. Este sistema de relaciones se basa en el compromiso contraído por el vasallo de prestar al señor una serie de servicios, eminentemente militares. A cambio de este compromiso, y como contraprestación, el señor entrega al vasallo un feudo que suele consistir en una extensión de tierra con las rentas de los campesinos asentados en ella y que se entrega no en concepto de propiedad, sino condicionado teóricamente a la prestación de los servicios específicos del vasallo. Este sistema va unido a una nueva organización administrativa del Imperio cuya responsabilidad recae de manera especial sobre los condes, situados al frente de los condados, y en los missi dominici que recorren el territorio para dar a conocer las decisiones del emperador y para controlar la acción de gobierno de los condes. Estos dos tipos de funcionarios proceden en su mayoría de la nobleza austrasiana que es la más adicta a la dinastía. En principio estos condes son los continuadores de los antiguos funcionarios romanos y merovingios vinculados al monarca por una relación de carácter público. La novedad carolingia radica en que además de la vinculación pública, y para reforzar su fidelidad, se va a exigir a estos funcionarios la prestación de vasallaje al monarca, lo que supone un mutuo compromiso de fidelidad con prestaciones y contraprestaciones que se van institu- cionalizando pero que tienen un claro carácter privado y pactista.

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El resultado es absolutamente revolucionario. La antigua fidelidad basada en una relación de carácter público es sustituida por una fidelidad basada en el compromiso y en el pacto privados. Y se inicia a partir de aquí un proceso de

transformación del carácter del vasallaje a través del cual éste se va a convertir en un instrumento de acumulación de poder político y económico por parte de la aristocracia en la medida en que se presta vasallaje no tanto para anudar relaciones de fidelidad con el monarca o con algún miembro de la alta nobleza, sino para obtener la concesión de determinadas funciones políticas y de feudos territoriales. Si en un principio estas concesiones eran revocables, pronto se convertirán en vitalicias, como paso intermedio hacia la plena patrimonialización. Es decir, que en

la etapa carolingia asistimos a un proceso básicamente similar al que provocó la

decadencia de la dinastía merovingia y el ascenso de la nobleza y, como representación eminente de ella, de la dinastía de los Pipínidas -más tarde carolingios-, aunque ahora bajo formas parcial e institucionalmente diferentes:

antes la mayoría de las concesiones se realizaban en propiedad; ahora en concepto de feudo; pero a medio plazo van a quedar de hecho asimiladas. El proceso se completa al extenderse el sistema más allá de la directa fidelidad al emperador a través de las vinculaciones de la nobleza de rango medio e inferior con la más alta nobleza constituida por unas doscientas o trescientas familias. Lo que quiere decir que con la desarticulación del sistema esclavista se ha desencadenado una dinámica que permanece como constante intersecular hasta el completo debilitamiento de un poder centralizado, lo que conlleva la fragmentación de la soberanía; fragmentación que restablece la coherencia entre estructura política y estructura económico-social. Dinámica que conduce a la implantación del feudalismo. Aunque la difusión de las relaciones feudo-vasalláticas es una manifestación evidente de la actividad que sigue manteniendo esta dinámica, sus efectos más demoledores no se van a manifestar hasta el período inmediatamente posterior a Carlomagno. ¿Cuál puede ser la razón de esta amortiguación? ¿La personalidad del Emperador? Esta personalidad no sólo no ha conseguido frenar la difusión de las relaciones privadas, sino que las ha potenciado. Hay que pensar más bien que la vigorización de esta dinámica disgregadora viene condicionada sobre todo por el fin

de las conquistas y, consiguientemente, el fin de la incorporación de nuevas tierras.

A partir de este momento la expansión del poderío nobiliario tendrá que efectuarse

en el interior del espacio político del Imperio en una doble vertiente. Por una parte cada una de las familias condales tratará de consolidarse en el poder adquirido; lo que conduce a la patrimonialización tanto de la función política -

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la dignidad condal- como del territorio al que se extiende esa función y de los feudos que ha ido acumulando. Particularmente significativa de este proceso de patrimonialización es la Capitular de Quierzy del año 877 promulgada por Carlos el Calvo en vísperas de una expedición a Italia. En ella el rey promete que, en caso de fallecimiento de un conde en el curso de la expedición, entregarían al hijo los honores paternos -la dignidad y los beneficios o feudos-. Pero estas disposiciones no son de aplicación exclusiva para los condados y para los feudos otorgados por el rey, sino que en la Capitular se establece de forma expresa que los vasallos reales las apliquen en provecho de sus propios vasallos. Evidentemente con estas medidas Carlos el Calvo no pretende introducir innovaciones especiales regulando un sistema hereditario. Más bien hay que pensar que la Capitular regia obedece a las presiones de la nobleza para obtener la sanción de una práctica que ya estaba a punto de instaurarse como costumbre. Pretensiones de este tipo implican y sólo son explicables en un contexto de debilitamiento y de positiva confrontación con la monarquía. Confrontación a veces enmascarada, siempre facilitada, por las luchas intestinas entre distintos miembros o facciones de la dinastía que necesitan el apoyo de las familias condales y de sus séquitos armados para hacer valer sus reivindicaciones. Pero este fortalecimiento nobiliario conoce una segunda faceta complementaria de la patrimonialización. Casi desde la muerte de Carlomagno, pero sobre todo a partir de la última etapa del reinado de Luis el Piadoso y en el período de luchas entre sus sucesores, se abre un proceso que podríamos denominar de selección interna en el que la confrontación y la lucha, a veces de una inusitada violencia, entre las distintas familias condales va a provocar fenómenos de concentración territorial de donde van a emerger los grandes principados feuda- les como réplicas enormemente efectivas de un poder monárquico profundamente debilitado. A este proceso responde la unificación y progresiva independencia de los condados de Barcelona, Gerona y Vich-Ausona bajo la autoridad de los condes de Barcelona; la afirmación de los condados de Tolosa, de Flandes; la constitución de los ducados de Normandía, de Borgoña, de Aquitania; incluso la formación de nuevos reinos efímeros, pero no por eso menos significativos, como la Provenza de Boson o la Borgoña de Rodolfo. Todavía más anárquico es el panorama en Italia quizás porque en la península la autoridad real nunca había tenido la misma fortaleza que en la zona continental. Aquí proliferan principados eclesiásticos - Bérgamo, Módena, Parma, etc.- al lado de los grandes principados laicos -Friul, Toscana, Spoleto, Benevento- y, sobre todo, el ducado de Roma sometido a terribles enfrentamientos entre las familias de la nobleza romana y de los ducados

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próximos. En Alemania, donde pervivían vestigios muy activos de antiguas cohesiones tribales, la fragmentación que va a dar origen a los grandes ducados de Sajonia, Franconia, Suabia, Baviera, respeta la coherencia que han mantenido las antiguas cohesiones. La visión que la historiografía tradicional ha venido dando de estos procesos es generalmente negativa. Este período sería sinónimo de anarquía, de guerras intestinas, de desintegración de la unidad, de debilitamiento del poder real. Rara

vez se plantea el estudio de este período en términos positivos. Es decir, como un período donde se culmina un proceso de radical transformación estructural tanto en la estructura política de la antigua Europa carolingia, como en la estructura económica y social. No cabe duda que desde la segunda mitad del siglo IX y durante todo el siglo

X se asiste en amplios espacios de la Europa occidental a un fuerte debilitamiento

del poder de la monarquía. Tal es el caso de la monarquía carolingia y del Regnum Italicum, estrechamente vinculado a la dinastía desde la segunda mitad del siglo VIII. Pero ello no es sinónimo de debilitamiento del poder público. Primero, porque en esta misma época se consolidan monarquías vigorosas, como la de los Otónidas

en Alemania. Segundo, porque el poder de las monarquías decadentes va a ser recogido por los jefes de los grandes principados que se están configurando en esta misma época y que ejercen este poder en toda su plenitud; así sucede, por ejemplo, en los condados de Flandes y de Barcelona o en los ducados de Aquitania

y Normandía. Incluso, en ocasiones -éste es el caso de los condes de Barcelona- se

trata de una auténtica potestas pública que ejercen a través de delegados, funcionarios en su pleno sentido, remunerados mediante la concesión de tierras fiscales -el fevum catalán- adscritas no a la persona sino a la función administrativa. Es cierto que el fortalecimiento del poder en manos de los príncipes territoriales conlleva el debilitamiento de la autoridad monárquica. Es cierto que este fortalecimiento presupone el afianzamiento de la hereditariedad de los cargos públicos y la consumación de una política de anexiones, frecuentemente militares, realizada por determinados miembros de la aristocracia condal al margen de la monarquía. Pero ello sólo afecta a un ficticio centralismo intentado por la dinastía carolingia y no al poder en general ejercido a partir de ahora con plena autoridad por los príncipes territoriales. En realidad, como ya he puesto anteriormente de relieve, esta fragmentación del poder monárquico no puede considerarse como algo negativo, sino como un reajuste positivo de las estructuras políticas a las estructu-

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ras básicas de una sociedad fragmentada con las que un poder centralizado resulta incompatible. Más arriba me he referido a la contradicción entre una superestructura política centralizada y una estructura de base fragmentada en múltiples unidades autónomas. Esta contradicción ya había comenzado a manifestarse durante el reinado del propio Carlomagno. Pero durante este reinado también se habían planteado las bases para superar esta contradicción. Porque, al establecer una relación dual -pública y personal- entre el monarca y los condes que se pretende sean al mismo tiempo funcionarios y vasallos del emperador, Carlomagno introduce un principio de coherencia político-social que, al desarrollarse mediante la extensión de las relaciones feudo-vasalláticas a todo el grupo aristocrático, tendrá un efecto de reajuste de la soberanía a los marcos naturales de cada uno de los territorios integrados en el Imperio. El posterior desarrollo de los vínculos personales, unido a una verdadera atomización de la soberanía, y el anquilosamiento de las vinculaciones de carácter público muestran hasta qué punto era ficticia la unidad imperial y cómo la dinámica de la sociedad condiciona las soluciones políticas más coherentes que implican la adaptación del poder político a las dimensiones óptimas exigidas por la estructura económico-social.

3. Sometimiento campesino y resistencias al poder Contradicciones en el orden político que remiten inevitablemente a transformaciones profundas de la propia estructura social. El fortalecimiento de la nobleza es, como ya hemos visto, uno de los factores claves para explicar la disolución de un poder centralizado a nivel del Imperio e incluso de los grandes reinos nacidos de fragmentación de éste. Ahora bien, este fortalecimiento no comporta únicamente la patrimonialización de las funciones estrictamente políticas y su adecuación al espacio social. En la base del engrandecimiento nobiliario está el control de la producción. Pero un control que no se va a ejercer de manera directa sobre el propio proceso productivo, sino indirectamente a través de tres vías. Una consiste en la apropiación o en el control completo sobre el principal medio de producción que es la tierra. Otra será el sometimiento de la fuerza de trabajo que debe cultivar esa tierra. Y la tercera, complementaria de las anteriores, la apropiación de una parte variable de los excedentes obtenidos por el campesino. En otras palabras, el fortalecimiento de la nobleza que se inicia en la etapa merovingia y que continúa y se consolida bajo los carolingios y los primeros capetos, no es más que uno de los aspectos de un proceso complejísimo de transformación estructural que pasa por la completa desarticulación del esclavismo,

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por la configuración de comunidades campesinas que pasan a constituir el marco donde se consuman las transformaciones de las sociedades germánicas y, finalmente, por el sometimiento de este campesinado al dominio social y económico de la nobleza que se va configurando como tal a medida que va incrementando el control sobre la tierra y sobre el propio campesinado durante el largo período de transición que conduce desde el esclavismo al feudalismo. Este proceso de sometimiento presupone la conformación de dos polos de tensión social. De un lado, la aristocracia, dotada de una dinámica expansiva cada vez más vigorosa; de otro, el campesinado, cuya resistencia a la expansión aristocrática depende ante todo de factores internos y enraizados en la propia estructura de la sociedad carolingia. Por una parte de la intensidad de la presión aristocrática sobre las comunidades campesinas. Por otra, del vigor de las solidari- dades internas de la propia comunidad. Pero tampoco se pueden olvidar otros factores como son las ofensivas que sufre la sociedad occidental de agentes provenientes del exterior -normandos, magiares, musulmanes- en la medida que contribuyen a incrementar las necesidades sociales de defensa militar y, por tanto, a revalorizar la función de la aristocracia cada vez más especializada en la actividad militar y a justificar práctica y teóricamente la dominación social que está implantando sobre los grupos sociales más débiles. El proceso de sometimiento campesino viene caracterizado por un progresivo deterioro de la libertad originaria de los habitantes de las comunidades campesinas que se habían constituido en la fase originaria de asentamiento y colonización. La polarización inicial entre libres y no libres o esclavos comienza a difuminarse en un glacis amorfo en el que ambas situaciones se van identificando. El hecho más destacado es la difusión de las dependencias campesinas que inicialmente respetan la condición jurídica de libertad del campesinado, pero que sitúan a éste en una rampa de degradación hacia la servidumbre feudal. Relegado el esclavo al grado de vestigio residual en la organización productiva de la época, es posible, no obstante, distinguir aún al libre del semilibre. Y no por el grado de dependencia, puesto que los libres, sobre todo los libres más pobres, pueden verse sujetos a limitaciones tan severas como los semilibres, sino por su derecho y su obligación originaria de participar en las asambleas populares, tomando parte en las deliberaciones, y por su derecho y obligación de acudir al servicio militar. Ambos derechos se ven fuertemente restringidos ya en la época de Carlomagno; quizás incluso antes. Las asambleas populares en la época carolingia suelen tener lugar con ocasión de las concentraciones del ejército en vísperas del inicio de las campañas militares de primavera. En ellas se delibera sobre los asuntos de especial trascendencia y se

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promulgan las Capitulares. Los orígenes de estas asambleas se remontan a las asambleas de hombres libres de época tribal a las que asistía el conjunto de los miembros de la tribu. Por eso el funcionamiento de estas asambleas constituye un baremo fiel de las transformaciones de orden social que se han venido operando en la sociedad franca de época carolingia. Y por eso es sumamente significativa la exclusión de la mayor parte del ejército de las deliberaciones de la asamblea. A estas sólo asisten los miembros de la aristocracia laica y eclesiástica. El resto del ejército, es decir, todos aquellos que no tiene medios económicos para acudir con el armamento pesado propio de la aristocracia militar y terrateniente, queda excluido. Lo que resulta tanto más significativo cuanto que el ejército carolingio está constituido todavía básicamente por personas jurídicamente libres. Es decir, que se está produciendo una grave fractura a nivel económico que debe repercutir inmediatamente en el orden jurídico y social. Efectivamente, no solo se trata del derecho a participar en las asambleas, sino que incluso el derecho a combatir se ve restringido. Una serie de Capitulares carolingias eximen de las obligaciones militares directas a todos aquellos cuya propiedad no alcance los tres mansos. Semejantes disposiciones, al mismo tiempo que revelan la existencia de drásticas diferencias económicas en el seno de la socie- dad y del propio campesinado libre, están ilustrando implícitamente un proceso de diferenciación jurídica que se manifiesta en la exclusión de una obligación, pero también de un derecho, inherente a la condición de plena libertad. En definitiva, se puede afirmar que en la época carolingia ya se insinúa una oleada de sometimiento que, partiendo de los sectores más empobrecidos, va a ir inundando al mundo campesino hasta quebrar el conjunto social en dos bloques claramente diferenciados: por una parte una aristocracia que ha acumulado grandes extensiones de tierra, que puede costearse el armamento pesado y que, al especializarse en la guerra, se aleja paulatinamente de la producción directa; por otra, una masa de campesinos cuyas propiedades han sido absorbidas por la aristocracia o se hallan en inminente peligro, que han ido perdiendo la libertad jurídica, pero que siguen controlando la producción directa de bienes en las tierras de la aristocracia. No obstante, el esquematismo con que se presenta el proceso no debe encubrir la complejidad real del mismo, particularmente en un período de transición y de inicial configuración de la sociedad feudal; complejidad que posibilita la existencia de una gama casi indefinida de situaciones que van de la plena libertad, de la que siguen y seguirán disfrutando ciertos elementos campesinos, hasta la plena servidumbre en la que comienzan a caer la mayoría del campesinado.

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En medio de este proceso de sometimiento y de pérdida de las libertades y derechos que con anterioridad habían venido identificando a los individuos jurídicamente libres, tiene que surgir, y de hecho surge, en las capas más humildes de la sociedad un poderoso movimiento de resistencia que se articula a través de las propias comunidades. Resistencia frente al sometimiento señorial; resistencia al alistamiento militar; resistencia, en definitiva, a la propia dinastía que va a ir perdiendo la base social de apoyo que había tenido en otro tiempo. Las noticias que tenemos acerca de actos concretos de resistencia son escasas; pero son muy significativas porque proceden de Capitulares regias, es decir, de documentos oficiales; lo que da idea de la trascendencia que debieron alcanzar y, en todo caso, de la importancia que la propia monarquía les concedía. De la última etapa del reinado de Carlomagno proceden algunas Capitulares en las

que se establece la pena de muerte para los promotores de conjuras; también se establecen otros tipos de penas corporales, como el azotarse mutuamente o cortarse la nariz, para el resto de los participantes en ellas. En el año 821, Luis el Piadoso se refiere, para condenarlos, a los grupos dedicados al asesinato, al saqueo

y al incendio. Grupos que posiblemente hay que relacionar con las coniurationes o

con las trustes a las que se refieren otras Capitulares de los años 857 y 884; es decir, asociaciones de campesinos o de villani que tratan de organizar un movimiento de resistencia contra aquellos que han despojado a otros villani de sus propiedades. No es difícil pensar que en el punto de mira de estas asociaciones campesinas está la aristocracia que aprovecha la turbulencia de toda la segunda mitad del siglo IX para apropiarse de las pequeñas explotaciones campesinas y someter a su dominio a sus antiguos propietarios. Resistencia que en muchas ocasiones implica el ataque directo a la nobleza -posiblemente es el grupo social

más afectado por los robos e incendios que realizan estas asociaciones campesinas-

, pero que en otras adopta formas que no por ser más pacíficas alcanzan una menor

eficacia. Entre estas medidas se hace referencia a la introducción de los ganados en campos cercados que sólo pueden ser de la aristocracia ya que los espacios de pasto de las comunidades campesinas están abiertos al disfrute de todos los miembros de la comunidad. Otra forma de resistencia pacífica es la huída de los lugares de trabajo que sólo puede referirse a esclavos o campesinos sometidos a prestaciones personales en forma de trabajo en las reservas de la aristocracia. En todo caso se trata de formas de lucha campesina contra un enemigo más poderoso.

Y la preocupación de la monarquía por estas manifestaciones es indicativa del punto

de gravedad que habían alcanzado y del peligro que representaban.

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Otra forma de oposición es la resistencia del campesinado a la prestación del servicio militar; ésta si cabe más grave que la primera porque ya se trata de una resistencia no a la aristocracia, sino directamente a la monarquía porque a parte de entrañar una desobediencia directa a las disposiciones regias contenidas en la convocatoria oficial de la hueste constituían una forma de boicoteo a la expansión territorial que, como ya sabemos, era el principal soporte de la monarquía para el mantenimiento de su autoridad y de su prestigio frente a una nobleza en proceso de fortalecimiento. El coste económico y social que tenía que pagar el campesinado, víctima principal del sistema militar carolingio, era demasiado elevado. Y ello explica que se fuese organizando una oposición cada vez más sistemática al alista- miento en el ejército; oposición que va trasladándose a la política expansiva de la monarquía y a la propia monarquía. Oposición que sintetiza todo el abanico de resistencias sociales por cuanto si la aristocracia es la principal beneficiaria de la expansión territorial, la monarquía es la responsable última de esta expansión y, en definitiva, la encarnación al máximo nivel de unos intereses en nombre de los cuales se está oprimiendo al campesinado. Me he referido a costes económicos y sociales de la expansión. Efectivamente, las campañas militares se organizaban prácticamente todos los años; se iniciaban en el mes de abril o mayo para terminar en septiembre u octubre. Los perjuicios son de tres tipos y acumulativos. En primer lugar el campesino tiene que ausentarse todos los años de su explotación y precisamente en los períodos punta del año agrícola. Aparte de los perjuicios directos para la explotación agraria, el soldado del ejército carolingio tiene que proveerse por su cuenta de todo lo necesario para la campaña: armamento, sustento, vestido apropiado, etc. Ante esta situación nada tienen de extraño los brotes de resistencia que se manifiestan en abundantes deserciones. También de este aspecto se hacen eco las Capitulares que llegan a establecer penas gravísimas de confiscación de bienes e incluso la pena capital para los desertores. Pero la ineficacia de estas medidas y las graves consecuencias del sistema obligan a suavizarlo en beneficio de los más pobres limitando la obligación de acudir al ejército a aquellos que posean cuatro o más mansos; los que no llegasen a esta extensión de tierra se unirían hasta alcanzar el mínimo y entre todos costearían el equipamiento de un soldado elegido entre ellos. No obstante, estas medidas apenas pueden compensar los daños causados por la obligación de acudir periódicamente al ejército. Daños que trascienden el aspecto meramente económico y que alcanzan una enorme dimensión social. Muchas pequeñas explotaciones se arruinarán y sus propietarios, obligados a entregarlas a la aristocracia, quedarán sometidos para siempre a su dominio. Con lo

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que la política militar de los carolingios será uno de los agentes más activos en la expansión del dominio señorial, del sometimiento campesino y, en definitiva, del avance de las relaciones sociales del feudalismo.

4. La escasa integración étnica

Dentro del capítulo de las contradicciones sociales hay que considerar el fracaso de la política carolingia en la integración de las distintas regiones del Imperio dotadas todas ellas de fuertes cohesiones internas de orden étnico y social y con vigorosas tradiciones jurídicas y culturales que establecen radicales diferencias con las regiones vecinas y que hacen prematuro todo intento de establecer una sólida articulación interregional. Se puede decir que el Imperio sólo tiene coherencia étnica y social en su núcleo originario y más activo: Austrasia y, en menor medida, Neustria. Pero en cuanto nos alejamos de este núcleo las diversidades son cada vez más ostensibles. Al sur Aquitania, los territorios de la Marca Hispanica, más la Septimania, y el conglomerado de Italia son espacios que mantienen todavía vigorosa la impronta romana y una tradición cultural radicalmente distinta de la de los francos. Al este la población germana mantiene todavía el soporte estructural de la organización tribal. La estructura administrativa y el cristianismo, productos de una conquista militar, se superponen a la estructura social autóctona y a la civilización de estos pueblos sin llegar a modificarla. Posteriormente, la formación de los grandes ducados alemanes que reproducen el mapa de las diversidades estructurales en el ámbito social y cultural revelará el escaso arraigo de la obra de Carlomagno.

5. Los ataques del exterior

Aparte de las contradicciones inherentes a la propia estructura de la sociedad carolingia existen factores externos cuya incidencia no se puede ignorar, pero tampoco sobrevalorar. Incidencia en los procesos de desintegración de la unidad imperial; incidencia también en las transformaciones que se van a operar en el seno de la sociedad. Desde comienzos del siglo IX comienzan los ataques del exterior sobre diversos territorios del Imperio. Primero serán los escandinavos, en particular los daneses, que desde los inicios del siglo IX inician los ataques a las costas del Imperio. No es el momento de intentar una explicación de esta repentina irrupción cuyos factores explicativos habrá que buscarlos en las transformaciones que se están produciendo en el seno de la sociedad danesa. Pero no hay motivo para negar la relación que tienen los primeros ataques daneses a las costas frisias con el ataque de Carlomagno a los sajones de Nordalbingia y con la expansión carolingia

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en la zona meridional de la península de Jutlandia, justo en las fronteras de los daneses. También es preciso considerar la estrecha relación que los daneses han venido manteniendo con los frisones, principales intermediarios comerciales entre Inglaterra y los territorios noroccidentales del Imperio por una parte, y, por otra, los mercaderes suecos que controlaban el comercio en el Báltico y en la Europa oriental a través de las rutas del Ladoga y Dnieper hacia el mar Negro y Bizancio y del Volga hacia el mar Caspio y los musulmanes iraníes. En una época en que aún no es navegable la peligrosa ruta que bordea la costa septentrional de Jutlandia, los contactos entre frisones y suecos se realizan a través del istmo de la península donde está enclavado el centro comercial de Hedeby. Esto explica que los daneses conozcan perfectamente las rutas hacia el Occidente e incluso los centros más importantes de acumulación de riqueza que son los primeros en sufrir los ataques daneses: ciudades, monasterios, castillos señoriales, etc. Tras los primeros tanteos en las costas frisias, amplían el radio de sus acciones hacia el mar del Norte y costa atlántica. Desde mediados del siglo IX comienzan a instalar bases permanentes en la desembocadura de los grandes ríos para alcanzar desde ellas los centros vitales del Imperio: Lieja a través del Mosa; Estrasburgo, Colonia y Tréveris remontando el Rin; Nantes y Orleans siguiendo el Loira; Tolosa por el Garona; pero la más castigada fue la cuenca del Sena y, sobre todo, París que fue pillado e incendiado en varias ocasiones. El segundo peligro procede del oriente. El año 900 los húngaros penetran en Italia hasta Pavía. Y en los años siguientes avanzan sobre Alemania, de nuevo sobre Italia y finalmente penetran en Francia: en año 911 atacan la región de Borgoña; seis años después es Lorena la que sufre los ataques magiares; y desde el año 919 alcanzan periódicamente el centro de Francia. Si a los escandinavos les había doblegado un carolingio, aunque fuese bastardo -el rey Arnulfo de Alemania- a los magiares los frenará la nueva monarquía sajona en ascenso. Con Enrique I se plantearán las bases del definitivo debilitamiento húngaro. La erección sistemática de fortificaciones en Turingia y en la Sajonia meridional contra las que la caballería magiar es absolutamente impotente, unido a los progresos de la sedentarización en una sociedad, como la magiar, que hasta ese momento era nómada constituyen los factores más importantes -sobre todo, el segundo- del debilitamiento de los invasores orientales. El golpe de gracia se lo propina Otón I de Alemania el año 955 en la batalla de Lechfeld. También por el sur los musulmanes atacan las costas mediterráneas e incluso llegan a controlar, desde su base de Fraxinetum, los pasos alpinos accidentales.

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Es cierto que los ataques del exterior pueden constituir un factor de debilitamiento de las estructuras y de las instituciones del Imperio. Pero hay un hecho sumamente significativo y de especial relevancia para ponderar el alcance de estas ataques. En la época anterior, es decir durante el reinado de Pipino y de Carlomagno, el Imperio no sufría los ataques, sino que era él el que asumía la iniciativa, como ocurrió con los lombardos, los sajones o los ávaros. Y tanto Pipino como Carlomagno realizaron con éxito estas ofensivas que obedecían a un vigoroso dinamismo interno. Pero ahora la situación se invierte. Son los enemigos exteriores los que toman la iniciativa y, además, con un cierto éxito. En definitiva, parece razonable pensar que estos ataques son ante todo efecto del proceso de disgregación interior, sin que ello suponga negar absolutamente la repercusión de estos ataques en la evolución interior en la medida en que han contribuido a agudizar las contradicciones interiores y, consiguientemente, a una mayor profundización en las transformaciones que la sociedad carolingia estaba experimentando en ese momento. En este esquema interpretativo encajan acontecimientos bien significativos como la deposición de Carlos el Gordo en el año 888 y la elección por los magnates franceses del conde Eudo de París. Aquí se observan hechos de trascendental significación. Primero, la defensa de París en el año 885 la dirige, y además con éxito, el conde de París, Eudo. No es éste el único caso. Hechos semejantes se producen a lo largo y ancho del territorio francés en el que son los príncipes territoriales y los señores locales los que asumen la defensa al margen de la intervención del monarca. Lo que pone de manifiesto el grado de desarrollo que ha alcanzado el proceso de disgregación de la autoridad central y la eficacia de los nuevos poderes que están surgiendo de esa disgregación. Pero al mismo tiempo es evidente que las responsabilidades de defensa que asumen estos poderes les permite la construcción y proliferación de fortalezas que se construyen al margen de la voluntad regia y que van a constituir pivotes esenciales del poder político y social que ejercen cada vez con mayor efectividad sobre las demarcaciones a las que se extiende su dominio. Un segundo hecho de particular significación. En contraposición al éxito militar obtenido por el conde Eudo de París, Carlos el Gordo decide pagar a los daneses un elevado danegeld -tributo pagado a los daneses en libras de plata- para alejarlos del territorio: hecho humillante para la nobleza franca que había combatido en torno a Eudo, pero también significativo de la debilidad del representante de la monarquía. Este hecho desencadenó la deposición de Carlos el Gordo y la elevación

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al trono de Francia, por primera vez en casi siglo y medio, de un noble ajeno a la dinastía carolingia. De hecho el proceso interno de disgregación de la antigua autoridad central, de atomización de los marcos de integración social y de las células productivas está en la base de las múltiples tesis de carácter más episódico con las que se ha pretendido explicar el éxito de los daneses en los territorios del Imperio. Las dificultades de concentración del ejército, la regionalización del sistema defensivo, La lentitud en la movilización y en los desplazamientos del ejército carolingio, la ausencia de una marina de guerra, la inexistencia de ciudades fortificadas explican algunas derrotas carolingias. Pero la debilidad endémica ante los daneses y la regionalización del sistema defensivo -ésta última característica se va a convertir en un elemento positivo de gran eficacia- sólo se explican por las características estructurales que están conformando a la sociedad carolingia a través de transformaciones profundas de donde emerge una sociedad reorganizada en lo económico, en lo social y en lo político y, por ello, cargada de dinamismo. Es este dinamismo el que posibilita no una victoria decisiva sobre los daneses, sino la completa integración de los antiguos depredadores en los esquemas organizativos que se están imponiendo en la parte occidental del antiguo Imperio carolingio. El año 911 el jefe danés Rollón llega a un acuerdo con Carlos el Simple por el que Rollón reconoce la soberanía del rey de Francia de quien acepta en concepto de feudo el territorio de Normandía. Estamos asistiendo al nacimiento del ducado de Normandía: uno de los principados territoriales más dinámicos de Francia de donde va a partir ciento cincuenta años después el duque Guillermo a la conquista de Inglaterra y algo más tarde Roberto Guiscardo a la de Sicilia y Nápoles.

VII. NUEVA ORGANIZACIÓN PRODUCTIVA Y CRECIMIENTO ECONÓMICO

1. Comunidades campesinas y grandes dominios: nuevos sistemas productivos y nuevas relaciones sociales de producción Elemento fundamental de este dinamismo es la reestructuración profunda del sistema productivo que se está operando en este período. Este proceso de reestructuración puede resumirse en dos hechos que ilustran una ruptura respecto de la organización productiva esclavista y que por sus características y dimensiones constituye una réplica de la ruptura que se produce también en la estructura social. En primer lugar, el fortalecimiento de la pequeña propiedad en las comunidades campesinas de origen germánico que se han ido constituyendo a

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medida que avanzaba el asentamiento y la colonización de los pueblos germánicos sobre el espacio del antiguo Imperio romano. La implantación de estas comunidades constituidas por campesinos independientes viene a quebrar el

proceso de expropiación campesina que venía realizando el sistema esclavista con particular intensidad desde que se agudizan los síntomas de su propia desarticulación. El sometimiento campesino que implica la difusión de formas como el colonato o el patronato romano constituyen en realidad una alternativa generada por el sistema esclavista a su propia desarticulación y, al mismo tiempo, una manifestación de la crisis del sistema. Mientras que el proceso de expropiación campesina que se intensifica en el período carolingio y que es un hecho social y económico inherente a la implantación del feudalismo, aunque institucionalmente presenta analogías, aunque a veces se mantengan denominaciones idénticas -caso

de los colonos de algunos polípticos carolingios- se realiza sobre una base social

distintas y en un contexto estructural también radicalmente distinto. En segundo lugar, la configuración de un nuevo tipo de gran propiedad como

resultado de concesiones regias o aristocráticas y en medio de las luchas intestinas que dominan la mayor parte del período que se extiende desde comienzos del siglo

VI hasta finales del siglo IX. Lo más característico y lo que da originalidad a estas

grandes propiedades es la desaparición progresiva, como sistema generalizado y

básico, de la mano de obra esclava y su sustitución por mano de obra de campesinos en su mayoría procedentes de las comunidades aldeanas y que, aunque

no sean propietarios de la tierra, ejercen un control directo sobre la producción y se

benefician en mayor o menor grado de una parte de los excedentes obtenidos en las explotaciones que les han sido encomendadas por los grandes propietarios. Ello supone el hundimiento total del latifundio esclavista como marco productivo básico y la aparición de grandes propiedades donde lentamente se va ampliando el espacio cultivado a expensas de los baldíos y sobre la base de la fuerza de trabajo de campesinos dependientes. La producción en el ámbito de las comunidades de aldea se realiza sobre tres tipos de paisajes nítidamente diferenciados, donde los derechos de propiedad se ejercen con desigual intensidad. En primer lugar, los espacios cercados en las proximidades de la casa campesina. Constituyen el elemento más importante de radicación del campesino a la aldea ya que en ellos se practican cultivos permanentes y porque es en ellos donde los derechos de propiedad se ejercen de una manera absoluta. Símbolo de estos derechos es la propia cerca alzada no tanto como defensa de los cultivos frente al ganado cuanto como símbolo material de este derecho de apropiación. Más alejados de la casa están los campos de cultivo,

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campos abiertos o con cercas estacionales, dedicados al cultivo de los cereales, viñedo, lino, etc.; campos de apropiación familiar, pero con un derecho limitado por cuanto, recogidos los primeros frutos, pasan a ser objeto de disfrute comunitario, como es el caso de los rastrojos cerealísticos, aprovechados por los rebaños de la comunidad hasta las primeras labores preparatorias de la sementera. Finalmente, en una aureola exterior, rodeando prácticamente los campos de cultivo y limitando los espacios de las distintas comunidades aldeanas, se extienden los bosques y baldíos sobre los que no existen derechos de apropiación vidual sino que quedan como zonas de disfrute comunitario. Intercalándose en estas estructuras, hacen sentir su peso económico y social las grandes propiedades aristocráticas en proceso de organización y de expansión a expensas, en muchas ocasiones, de las pequeñas parcelas campesinas. Dada la diversidad que adopta su organización en las distintas áreas geográficas de la Europa occidental es inútil pretender dar una visión de conjunto excesivamente uniforme. No obstante, hay una serie de elementos comunes que dan a estas grandes propiedades un marcado carácter de originalidad respecto del latifundio esclavista. El más importante de estos elementos es la dicotomía entre reserva y mansos. La reserva es el espacio de la gran propiedad en el que la producción se realiza bajo el control directo del gran propietario o de alguno de sus intendentes o villicus. Los mansos son explotaciones más reducidas en las que se asientan una o varias familias campesinas. El manso viene a constituir una unidad de producción, pero no se identifica siempre con la explotación familiar que puede constar de uno o de varios mansos, o incluso de fracciones de manso. Dicotomía, pero también articulación orgánica por cuanto los mansos sólo pueden existir en función de la reserva de la que en muchas ocasiones han sido desmembrados; y la reserva sólo puede existir como unidad productiva por la existencia de los mansos que es de donde se extrae gran parte de la fuerza de trabajo requerida para el cultivo de aquella; para ello el gran propietario debe tener suficiente poder no sólo económico sino social e incluso político y militar para poder exigir a los campesinos de los mansos un número mayor o menor de servicios en trabajo que deben prestar en la reserva. La radicación de los campesinos en la gran propiedad mediante su asentamiento en los mansos, en los que el campesino accede al control de la producción, es la solución original para suplir la deficiencia de esclavos y para asegurarse la fuerza de trabajo permanente y estable requerida para mantener y ampliar la producción en el conjunto de la gran propiedad. Aunque este modelo no es trasplantable mecánicamente al conjunto del Occidente tiene la ventaja de que ilustra, a través de las diferencias que presenta

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con las grandes propiedades merovingias, la radicalidad de las transformaciones que se están operando. El número de mansos se ha incrementado enormemente; sobre todo a costa de los espacios baldíos. Esto quiere decir que se ha producido un movimiento de roturaciones en el interior de la gran propiedad hasta el punto de que se ha invertido completamente la proporción entre reserva y mansos en cuanto a la extensión territorial respectiva en el conjunto de la gran propiedad. Aunque ya en esta época parece que existe un crecimiento demográfico generalizado, el mero crecimiento vegetativo en el seno de las grandes propiedades no parece ser suficiente como para explicar este incremento en el número de las pequeñas explotaciones. Hay que admitir, por tanto, la existencia de un movimiento de inmigración campesina y, por tanto, de sometimiento de los habitantes de las comunidades campesinas libres. Por otra parte el incremento de las tierras de cultivo debe repercutir en un incremento de la producción global y de los excedentes. Antes decía que el modelo no es mecánicamente trasplantable al conjunto del Occidente. Efectivamente en otras regiones hallamos formas organizativas diferentes que hay que interpretar, no como estadios menos desarrollados o como soluciones más imperfectas, sino como modalidades diferentes de implantación del feudalismo y como soluciones diversificadas ante condicionamientos específicos para cada una de las regiones. En la Alemania carolingia, aun existiendo grandes propiedades, éstas presentan una mayor dispersión, lo que impide una verdadera articulación entre mansos y reserva. Quizás por esta razón, y como una de las consecuencias de las guerras sajonas, los esclavos tienen una presencia mayor en la reserva. No es que los esclavos sean mucho más numerosos que en las zonas más occidentales del Imperio, sino que, al parecer, sí que tienen un peso mayor en el cultivo de la reserva del que tienen en las regiones del noroeste francés. Este hecho se explica también en gran parte por la fuerza de las comunidades campesinas donde los vínculos de parentesco tienen un enorme vigor y donde, una vez finalizadas las operaciones militares, el poder de la aristocracia carolingia se mantiene muy matizado. Los jefes tribales, por su parte, se mantienen fieles a las tradiciones comunitarias, lo que confiere una enorme lentitud a la aristocratización de estas jefaturas. Tampoco en Italia se conoce una organización de la gran propiedad exactamente igual a la de los territorios entre Loira y Rin. Aquí las mesnadas de esclavos, dedicadas al cultivo de la reserva, heredadas de la fuerte tradición esclavista, tienen una importancia incomparablemente mayor que en el resto de las

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regiones europeas. Existen parcelas desmembradas de la reserva, pero cultivadas por campesinos libellarii, es decir, que cultivan los campos de un gran propietario sobre la base de contratos escritos de arrendamiento o aparcería y que, por consiguiente, no han entrado todavía en una relación de sometimiento personal al gran propietario o, en caso de que exista, ésta se mantiene en unos límites mucho más mitigados. Por lo que a la Península Ibérica se refiere, no se detecta a través de la documentación en una primera etapa nada que se asemeje a la articulación entre mansos y reserva. Los sistemas empleados para la puesta en cultivo de las grandes propiedades no aparecen con una cierta articulación en la zona leonesa hasta principios del siglo XI -Leyes Leonesas de 1020-; y las primeras menciones de sernas como prestaciones de trabajos realizadas por campesinos dependientes no afloran a la documentación antes de las últimas décadas del siglo X. Por lo que se refiere a los territorios de la antigua Marca Hispanica, habrá que esperar a las décadas centrales del siglo XI para encontrar algo similar. A pesar de las diferencias ostensibles que presenta el modelo de la gran propiedad en las distintas regiones el hecho decisivo que estos modelos permiten detectar es una completa reorganización del sistema productivo. Reorganización que implica, como ya se ha hecho observar, una notoria expansión de los espacios cultivados en el seno de las grandes propiedades y la puesta en marcha de nuevas formas de explotación de la fuerza de trabajo en función del cultivo de esos espacios. La difusión de este nuevo sistema con todas sus variantes implica por una parte el fracaso definitivo de la utilización del trabajo del esclavo en las condiciones específicas que adoptaba esta utilización en el sistema esclavista. Por otra, la incorporación del campesino jurídicamente libre de las comunidades aldeanas a las actividades productivas de la gran propiedad; incorporación que supone de hecho la pérdida de su independencia económica y, a la larga, también de la libertad jurídica que venía disfrutando para caer en una situación de sometimiento personal al gran propietario. En definitiva, tras la desarticulación de los sistemas esclavista y tribal propios de las sociedades romana y germánica respectivamente, se está produciendo la implantación de unas nuevas relaciones sociales de producción que son las relaciones sociales específicas del sistema feudal.

2. Efectos económicos de la reestructuración productiva

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Y es a partir de estas nuevas relaciones sociales de producción como se explica un proceso de crecimiento económico que comienza a manifestarse con claridad a través de distintos indicadores. En primer lugar las referencias al incremento de los mercados locales; incremento que sólo puede relacionarse con el aumento de la producción, con la consiguiente generación de excedentes y con la necesidad de redistribuir y comercializar esos excedentes. Algunos ejemplos. Ya en el 794, en el Sínodo de Frankfurt, se fija el precio máximo de los cereales vendidos al pormenor así como el precio del pan; lo que hace pensar que la proliferación de puestos de venta de excedentes cerealistas -en definitiva, de mercados- ha propiciado movimientos especulativos y ha hecho necesaria una regulación de los precios. Más reveladora aún es la Capitular de Pîtres del año 864 en la que Carlos el Calvo ordena a los condes informar acerca del estado de los mercados en sus condados haciendo constar los que existían en tiempos de su abuelo -Carlomagno- y los que se han ido estableciendo durante el reinado de su padre -Luis el Piadoso- y el suyo propio. Disposición que prueba no sólo cómo se han ido constituyendo nuevos mercados durante las décadas anteriores, sino que el establecimiento de estos mercados se realizaba sin autorización regia. O lo que es lo mismo, que la proliferación de mercados debe explicarse a partir de la propia dinámica económica de la sociedad y no como resultado de una política dirigista del poder político. Pero desde una perspectiva económica un hecho más significativo si cabe que la proliferación de mercados locales es el crecimiento de viejos núcleos urbanos y la aparición de otros nuevos que la mayoría de las veces mantienen una estrecha relación con la intensificación de los intercambios a nivel interregional y de larga distancia y, consiguientemente, con el incremento de la producción. A veces se ha intentado relacionar la intensificación del comercio en la Europa occidental de los siglos IX y X con el comercio de larga distancia practicado por mercaderes sirios, judíos o frisones y que se basaba casi exclusivamente en productos importados de lujo y de demanda muy restringida. Pero precisamente por la debilidad de la demanda es impensable que este comercio fuese capaz de movilizar capitales de relativa entidad y de dinamizar las vías comerciales del sur y oeste europeo. El elemento más representativo de las nuevas condiciones económicas del período carolingio puede ser el portus, nombre dado por el gran historiador belga Henri Pirenne a los nuevos centros de almacenamiento y de comercialización de productos que comienzan a proliferar a lo largo de las rutas fluviales del noroeste europeo, particularmente a lo largo del Escalda, del Mosa y del Rin durante este período. La distancia existente entre muchos de ellos -unos 30 Km.- se intentó

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relacionar exclusivamente con las etapas de navegación fluvial y, por tanto, con los transportes de productos que alimentaban el comercio de larga distancia. Estos eran básicamente productos textiles de lujo y especias que procedían del Mediterráneo oriental y que eran importados por las ciudades italianas de Amalfi, Nápoles, Comachio y, algo más tarde, Venecia a través de las rutas del Mediterráneo y del sur de Europa. Asimismo por las rutas septentrionales llegaban a Europa pieles de gran calidad y, también, productos de Oriente que los mercaderes suecos trasladan por el Volga y del Dnieper hacia el Báltico hasta el istmo de Jutlandia. Aquí estaba situado un importante centro comercial, Hedeby, donde los suecos intercambiaban sus productos con los mercaderes frisones que eran los que trasladaban los productos importados por los suecos más otros procedentes de Inglaterra, sobre todo de Mercia, hasta los puertos del mar del Norte y del Atlántico -Dorestad, Rouen y Quentovic-, y de aquí, a través de las rutas fluviales, hasta el corazón del continente. El punto débil de estos análisis es que partían de una apreciación incorrecta:

los productos agrarios obtenidos en las grandes y en las pequeñas explotaciones de la Europa del período carolingio estaban ausentes de los circuitos comerciales; lo que sólo podía interpretarse como un indicio del carácter totalmente cerrado de esas explotaciones. Tesis que se vino a bajo cuando se comprobó que la localización de esos portus no solamente respondía a las etapas de navegación fluvial, sino que se situaban también en la confluencia de vías fluviales y terrestres. Es decir que la estructura básica de las rutas comerciales estaba en función no sólo del comercio de larga distancia basado en productos de lujo, sino también, y de manera especial, en función de la exportación de los excedentes agrarios producidos sobre todo en los grandes dominios así como de los productos del artesanado rural que comenzaba a despegarse de las actividades productivas estrictamente agrarias a medida que se incrementaban los excedentes. A la luz de estos datos es difícil no relacionar ese primer crecimiento económico que comienza a detectarse en Europa desde principios del siglo IX con la radical transformación que se ha operado y se sigue operando en las grandes propiedades y en las comunidades campesinas de época carolingia. Particularmente significativo el protagonismo que va adquiriendo la pequeña explotación campesina dentro del marco jurídico de la gran propiedad. Lo cual implica, por una parte, el sometimiento progresivo del campesinado al gran propietario. Pero este sometimiento y la consiguiente incorporación de fuerza de trabajo campesina a la gran propiedad conlleva una progresiva inhibición del gran propietario del control

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directo sobre la producción, control que va siendo asumido por la propia familia campesina en el seno de la pequeña explotación. Es esta radical reestructuración de la organización productiva y de las relaciones sociales de producción la que explica el incremento de los excedentes y la consiguiente necesidad de una redistribución de los mismos a través de intercambios de carácter local, regional o interregional. Y es en función de esta necesidad de redistribución por lo que en este período proliferan los mercados locales, por lo que se amplía el volumen de mercancías, por lo que se intensifican los intercambios comerciales y se activan viejas rutas comerciales o se crean otras nuevas. En definitiva, la consumación del proceso de desarticulación de los sistemas esclavista y tribal va estrechamente relacionada a la implantación de una nueva organización productiva y de unas nuevas relaciones sociales de producción que constituyen el soporte del espectacular crecimiento económico y de la nueva estructura política de una Europa que ya comienza a definirse en todos los niveles de análisis como la Europa feudal.

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Í N D I C E

I. LOS PRECEDENTES

2

1.

Introducción

2

Guerras internas, debilitamiento de la monarquía y fortalecimiento de la aristocracia

2.

5

3.

Unidad interior y ascenso de los "Pipínidas"

II. LAS BASES DEL IMPERIO: LA NUEVA DINASTÍA Y LA HEGEMONÍA FRANCA

 

1. El contexto interno político y social del cambio dinástico

8

2. Las relaciones con la Iglesia y la intervención franca en Italia

11

3. Intervención en otros frentes y hegemonía política franca

15

III. CARLOMAGNO: EXPANSIÓN MILITAR, UNIFICACIÓN POLITICA

1. La consolidación de Carlomagno en el trono

17

2. La expansión militar:

18

 

2.1 Prosecución de la política intervencionista en Italia

18

2.2 Sometimiento de los sajones

19

2.3 La integración de Baviera y la anexión de los ávaros

22

2.4 La frontera pirenaica: éxitos y fracasos

23

IV. LA INSTAURACIÓN DEL IMPERIO

1. Los antecedentes inmediatos

25

2. La justificación teórico-política del Imperio

26

3. La actuación "imperial" de Carlomagno

28

V. LA FRAGMENTACIÓN TERRITORIAL DEL IMPERIO

1. El conflictivo reinado de Luis el Piadoso

30

2. Repartos y nuevas formaciones políticas: de Verdun a Meersen

32

VI.

LAS CONTRADICCIONES INTERNAS Y EL NACIMIENTO

DE UNA NUEVA SOCIEDAD

1.

La fragmentación interna de la sociedad: la gran propiedad

34

La crisis de las vinculaciones públicas y el nacimiento de los principados territoriales

2.

37

3. Sometimiento campesino y resistencias al poder

43

4. La escasa integración étnica

48

5. Los ataques del exterior

48

VII. NUEVA ORGANIZACIÓN PRODUCTIVA Y CRECIMIENTO ECONÓMICO

1.

Comunidades campesinas y grandes dominios: nuevos sistemas

productivos y nuevas relaciones sociales de producción

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2.

Efectos económicos de la reestructuración productiva

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