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LA NUBE PURPÚREA

LA NUBE PURPÚREA M. P. Shiel

M. P. Shiel

M.P. Shiel Título Original: The purple cloud Traducción: Juan de Luzón © 1901 By M.P.

M.P. Shiel

Título Original: The purple cloud Traducción: Juan de Luzón

© 1901 By M.P. Shiel

© 1963 E.D.H.A.S.A.

Av. Infanta Carlota 129 - Barcelona Dep. Legal; B. 3.065-1963 Edición Electrónica: U.L.D.

R6 10/02

PROEMIO

En mayo de este año, el autor recibió como cosa notable un paquete de papeles con el fin de que procediera a su examen — de un amigo, el doctor Arthur Lister Browne, miembro del Real Colegio de Medicina — consistente en cuatro cuadernos de apuntes repletos de esos vertiginosos garabatos de «taquigrafía», cuyo conjunto semeja

revoloteantes enjambres

desciframiento no ha sido una diversión. La carta adjunta estaba también estenografiada y asimismo escrita a lápiz, incluido el cuaderno de apuntes marcado con el III, y que ahora publico. La carta decía así:

«Querido viejo camarada: He estado precisamente pensando en ti, deseando que

estuvieras aquí para darte un último apretón de manos antes de que

en efecto, me voy. Hace cuatro días sentí un dolor en la garganta, por lo que acudiendo al

consultorio del viejo Johnson, en Seltbridge, le pedí que me reconociera, y cuando murmuró algo sobre laringitis membranosa, me hizo sonreír, pero para cuando llegué a

casa estaba afónico y no sonreía ya; antes de la noche tuve disnea y estridor laríngeo. Así que telegrafié a Londres pidiendo por Morgan, y, entre él y Johnson, me han estado abriendo la traquea y chamuscándome el interior con ácido crómico y el cauterio; pero soy

demasiado

avanzado. Morgan se encuentra aún, creo, en confiada espera de añadirme a sus logradas estadísticas de traqueotomía, pero el diagnóstico fue siempre mi punto fuerte y la pequeña consolación de su muerte será la derrota de un especialista en su propia salsa. Así que ya veremos. »He estado disponiendo algunos de mis asuntos esta mañana y recordé estos cuadernos de apuntes que tenía intención hace unos meses de traspasártelos, pero ya conoces mi costumbre inveterada de dejar de un día para otro las cosas, y, además, vivía aún la dama de quien tomé el relato: ahora ya está muerta, y me ha parecido que como escritor y como hombre podría ello interesarte, caso de que consigas descifrarlo. »En los momentos presentes me encuentro bajo los efectos de la morfina, sumido en magnífico estado de languidez, y como estoy en disposición de escribir, quiero decirte algo sobre ella: su nombre, Mary Wilson; treinta años cuando la conocí y cuarenta y cinco cuando falleció; quince años de ella. ¿Conoces mucho sobro la filosofía del trance hipnótico? Esta fue la relación entre nosotros, hipnotizador y sujeto. Había sido tratada por otro antes de mí, sufría de un tic del quinto nervio y antes de que yo la asistiera la habían extraído la mayor parte de los dientes, e intentado también arrancarle el nervio de

demasiado gato viejo para no saber lo que es esto; los bronquios implicados

garrapateados en lápiz, y sin vocales; de manera que su

me «vaya»; pues,

la parte izquierda mediante una escisión externa. Pero ello no había supuesto diferencia alguna: el reloj del infierno daba su tic-tac en la mandíbula de esta pobre mujer y fue una misericordia que tropezara conmigo, pues mi organización era idónea a lograr un fácil control sobre ella, y con unas cuantas sugestiones pude expeler su legión. »Bien, creo que jamás habrás visto a nadie tan singular como a mi extinta amiga, miss Wilson; médico como soy, jamás podía contemplarla sin una especie de choque; ¡sugería

a tal punto lo que llamamos «el otro mundo», cierto tufo de carcoma, un fantasma más

que una mujer! Y sin embargo, apenas puedo transmitirte el por qué de ello, excepto por algunos secos detalles tales como los contornos de su espaciosa frente, labios delgados, mandíbula prominente y cenicientas mejillas. Era deplorablemente descarnada, siendo visible todo su esqueleto, excepto los fémures; sus ojos, de la azulenca tonalidad del humo del cigarrillo o de una solución de quinina tornada fluorescente por los rayos X; y

tenía la mirada más extraña, feble, ultraterrena, siendo a sus treinta y cinco años, blanca

la mata de su cabello.

»Era de posición acomodada, vivía sola en una antigua quinta de Wooding, a unas cinco millas de Ash Thomas; y yo «comenzando» en esas partes por la época, no tardé en residenciarme en la quinta, pues ella insistía en que debía consagrarme a ella sola. »Bien; hallé que en estado de trance, miss Wilson poseía notables poderes: no peculiares a ella misma en clase, sino fiables, exactos y de largo alcance, en grado. Cualquier bisoño se pone a discursear ahora sobre los poderes manifestantes de la mente en estado de trance, hecho que la Ciencia Física sólo tras interminables investigaciones admite ser cosa científica, pero conocida a cualquier vieja arrugada de la Edad Media;

pero yo digo que los poderes de miss Wilson eran «notables», debido a que creo, en general, que los poderes se manifiestan más particularmente con respecto al espacio, tan distinto del tiempo, errando el espíritu en el presente, viajando sobre un llano; pero el don de miss Wilson era especial en esto, en que viajaba por todos los caminos y fácilmente en todos, a este, a oeste, arriba, abajo, en el pasado, en el presente y en el futuro. »Lo descubrí gradualmente. Emitía un flujo de sonidos — apenas puedo denominarlo habla — murmurantes, guturales, mezclados con resoplidos de los mustios labios, acompañando ello de una intensa contracción rotuliana, rigidez y una expresión de consumado transporte; y yo tomé la costumbre de sentarme durante largo tiempo al lado de su cama, fascinado, intentando captar el significado de aquel lenguaje visionario que afluía como graznando de su garganta, exhalándole de sus labios, hasta que, en el decurso de los años mi oído comenzó a discernir las palabras; «el velo estaba rasgado» para mí también: y en cierto modo podía seguir las excursiones de su espíritu contemplativo y vagante. »La oí un día pronunciar algunas palabras que me fueron familiares: «Tales fueron las artes por las cuales extendieron sus conquistas los romanos y alcanzaron la palma de la

de la obra «Declinar y Caída» de Gibbon, que yo tenía razones para suponer

que no la había leído nunca. »—¿Dónde está usted? — le pregunté con voz seria, a lo que ella replicó:

»—Estamos a ochocientas millas arriba. Un hombre está escribiendo. Nosotros estamos leyendo. »Debo decirte dos cosas: la primera, que hallándose en trance no hablaba nunca en primera persona, sino, por lo que fuere, de esta manera objetiva plural de «nosotros», «estamos», «fuimos», aunque desde luego era instruida; y segunda, que cuando vagaba en el pasado, siempre se representaba como estando «arriba» (¿de la Tierra?), y a mucha mayor altitud cuanto más se retrotraía en el tiempo; al describir acontecimientos presentes siempre se sentía «en», mientras que respecto al futuro, invariablemente declaraba que «nosotros» estábamos a tantas millas «dentro de». »No obstante, para sus viajes en esta última dirección parecían existir límites fijos; digo parecía, para significar que, a pesar de mis esfuerzos, nunca fue de hecho realmente lejos en esa dirección. Tres, cuatro mil «millas» eran cifras corrientes en sus labios para describir su distancia «arriba»; pero su distancia «próxima» no llegó nunca a más de sesenta. Generalmente decía veinte o veinticinco, apareciendo en relación con el futuro como un buceador, quien, cuanto más profundamente se sumerge, halla una presión más resistente, hasta que no puede forzar más la profundidad. »Siento mucho no poder proseguir, aunque podría contarte muchas cosas sobre esta señora. Por espacio de quince años y de cuando en cuando, me sentaba escuchando junto a su opaco lecho, hasta que un día mi oído experimentado pudo detectar el sentido de la más débil exhalación. Oí el «Declinar y Caída» de cabo a rabo; y aunque algunos de sus rebatos eran de la más frívola materia, me prendí a otros con un horror de interés. Ciertamente, he oído algunas asombrosas palabras pronunciadas por aquellos labios fantasmales de Mary Wilson. A veces podía ceñirla repetidamente a cualquier escena o tema que yo había escogido por el mero empleo de mi voluntad; en otras ocasiones la huidiza indocilidad de su andar me eludía; se resistía, desobedecía; de no haber sido así,

victoria»

podía haberte enviado, no cuatro cuadernos de apuntes, sino veinte. Hacia el quinto año, se me ocurrió que podría tomar notas más coordinadas, puesto que conocía la estenografía, y así lo hice. El cuaderno de apuntes «III» pertenece al onceavo año, y su historia comienza así: La oí un atardecer murmurando con la entonación empleada para la lectura, le pregunté dónde se hallaba y replicó: «Estamos a cuarenta millas próximas; leemos; otro escribe » »Pero nada más ya sobre Mary Wilson; pensemos mejor un poco en A. L. Brovrae,

(La

quien con un tubo de respiración en su tráquea y la Eternidad bajo su almohada carta del doctor Browne prosigue sobre temas que no tienen mayor interés aquí.)

»

(Procedo ahora a dar mi traducción del cuaderno «III» estenografiado, recordando simplemente al lector que las palabras forman la substancia de un documento a ser escrito, o a ser motivado (según miss Wilson), en ese Futuro, que, no menos que el

Pasado, existe esencialmente en el Presente

veamos. Sólo me resta añadir que el título, la división en párrafos, etc., han sido ideados

arbitrariamente por mí, por pura conveniencia.)

aunque, al igual que al Pasado, no lo

(Aquí comienza el cuaderno de apuntes «III»)

Vaya, la memoria parece estar empeorando ya. ¿Cuál era, por ejemplo, el nombre de ese clérigo que predicó, justamente poco antes de que el Boreal zarpara, sobre el error de efectuar más intentos cualesquiera para alcanzar el Polo Norte? Las cosas que tuvieron lugar antes del viaje parecen hacerse un tanto nebulosas hoy en el recuerdo; me he sentado aquí, en la galería de esta villa de Cornualles, para escribir alguna especie de narración sobre lo que ocurrió — Dios sabe por qué, puesto que ojo alguno podrá jamás leerlo — y ya en el propio comienzo no puedo recordar el nombre del clérigo. Fue de seguro una rara especie de hombre, escocés del Ayrshire, grande, magro, de leonado cabello; acostumbrado a andorrear por las calles londinenses en burda ropa talar, con una clásica manta a cuadros de su país colgándole de un hombro; y una vez lo vi en Holborn, andando con su paso más bien zahareño, frunciendo el entrecejo y murmurando algo para sí mismo. No haría mucho que había llegado a Londres y abierto capilla (creo que en el Pasaje de la Cadena), y apenas lo hiciera que comenzó a atestarse la pequeña estancia religiosa; y cuando, unos años después, se trasladó a un establecimiento mayor en Kensington, toda clase de hombres, hasta de América y Australia, se congregaban para escuchar los retumbantes anatemas que lanzaba, aunque ciertamente no se hallaba ya en edad inclinada al arrebato del entusiasmo de profetas y profecías desde el púlpito. Pero este hombre singular despertaba indudablemente los oscuros e intensos sentimientos que dormitan en el corazón; sus ojos eran de lo más peregrino y penetrantemente poderosos; su voz, se alzaba desde el cuchicheo, tomando cuerpo, creciendo y aumentando como una bola de nieve para estallar de manera semejante a ella al llegar al fin de su rodar por la pendiente, o como un témpano en una marejada allá en el norte, al par que sus gestos y ademanes eran tan agrestres como cualquier hombre salvaje ríe las primitivas épocas.

me parece que

así se llamaba Mackay vio razón en considerar afrenta el intento de llegar al Polo en el Boreal; y durante tres domingos, mientras se estaban aproximando a su ultimación los preparativos, fulminó contra ellos en Kensington. La excitación en cuanto al Polo había alcanzado en la época un grado que solamente puede ser expresado como febril, si ello sirve para definir el singular éxtasis e inquietud que prevalecía; pues el interés científico que el hombre había sentido por esta región

Pues bien, ese hombre — ¿cuál es su nombre

McIntosh, Mackay?

desconocida se hallaba ahora, súbitamente, mil veces intensificado por uno nuevo tremendo interés de dinero.

Y el nuevo celo había cesado de ser saludable en su tono como el antiguo fervor lo

había sido; pues ahora, el demonio Mammon, representante del espíritu de la codicia y símbolo del afán de riquezas, estaba interviniendo en la cuestión. En el decurso de los diez años que precedieron a la expedición del Boreal, no menos de otras veintisiete se habían emprendido y fracasado.

El secreto del nuevo arrebato estaba contenido en la última voluntad de Mr. Charley P.

un

Stickney, de Chicago, aquel emperador de las extravagancias, que se suponía ser la persona más rica de cuantas jamás moraron sobre la Tierra, y que había dejado una manda de 175 millones de dólares al hombre, de la nacionalidad que fuese, que alcanzara primero el Polo. Sobre la expresión o cláusula de «el primero que alcanzara» y de su aplicación a una determinada persona, se había alzado seguidamente una creciente oleada de controversia, en Europa y América, en cuanto si el legatario había de ser el Jefe de la

primera expedición que lograra su objetivo, hasta que finalmente se decidió por autoridad legal que la verdadera interpretación era puramente individual, o sea que cualquier persona integrante de la expedición que primero pusiera la planta del pie en el grado 90 de latitud era a quien concernía la «palma». En todo caso, el frenesí había llegado al estado de fiebre, como ya he dicho; y en cuanto al Boreal en particular, el progresivo curso de sus preparativos era señalado al minuto en los periódicos, todo el mundo era una autoridad en su empresa, y en cada boca era una apuesta, una esperanza, una chanza o una mofa; pues ahora, por fin, se sentía que el éxito se hallaba próximo. Y así, Mackay tenía un auditorio interesado, si en cierto modo alarmado, de otro también en cierta manera cínico. ¡Un hombre valiente, de los llamados de corazón de león, habría de ser, después de todo, quien se atreviera a proclamar una opinión tan dispar con el sentir de su época! Uno contra cuatrocientos millones; ellos se inclinaban hacia un lado y él hacia el opuesto,

en un error todos! Las gentes dieron en llamarle

«Juan Bautista redivivo», y sin duda que sugería algo por el estilo. Supongo que en la

época en que tuvo la audacia de acusar a la Boreal no hubo soberano de trono alguno que, a no ser por la pérdida de su dignidad, no se habría sentido más que contento por ocupar un puesto de galeote a bordo.

El tercer domingo por la noche, de su diatriba, me encontraba yo en aquella capilla de

Kensington y le oí. Y la fiera perorata que pronunció me pareció la de un hombre delirante de inspiración. Todos escuchábamos mudos y encogidos la profética voz que se alzaba y descendía con todas las modulaciones del trueno, desde el rápido y sordo rumor hasta el reverberante estallido fragoroso; y quienes acudieron para tener ocasión de mofa, quedaron pasmados. Lo que dijo en substancia fue lo siguiente: que había alguna especie de sino o hado agorero conectado con el Polo, en relación con la raza humana; que el continuo fracaso del hombre, a pesar de sus constantes esfuerzos para llegar a él, lo demostraba; y que el tal fracaso constituía una lección — y una prevención — que la raza menospreciaba, incurriendo en el peligro. El Polo Norte — dijo — no se hallaba tan lejos, y las dificultades para alcanzarlo no eran demasiado grandes; el ingenio humano había realizado cosas mil veces más difíciles; sin embargo, a pesar de más de media docena de bien planeados esfuerzos en el siglo xix, y de treinta y uno en el xx, los hombres no llegaron a él nunca, aunque algunos lo pretendieron; siempre hemos sido frustrados, desbaratados, por algún aparente azar adverso — alguna Mano re-frenadora; y en ello reside la lección — y de ahí la prevención. Maravillosamente semejante al «árbol de la Ciencia» del «Edén» — dijo —

manifestando que estaban equivocados

era este Polo; el resto de la Tierra abierto y ofrecido al hombre, pero Ello persistentemente velado y «prohibido»; como cuando un padre posa una mano sobre su hijo diciéndole: «Aquí no, hijo mío; donde tú quieras, pero no aquí». Mas los seres, dijo, eran libres de tapiar sus oídos y presentar una conciencia insensible a los murmullos y sugerencias del Cielo; y él creía — afirmó — que se hallaba próximo el tiempo en que hallaríamos absolutamente en nuestro poder situados en aquel grado 90 de latitud y plantar un pie impío sobre la cabeza de este planeta — como fue dado a Adán tender una sacrílega mano al árbol de la Ciencia — dijo — elevándose ahora su voz a una prolongada proclama de espantoso augurio — pues el abuso de ese poder había sido seguido en un caso por el derrumbamiento pronto y cósmico, y así por otro impedía a toda la dotación humana que esperase en adelante de Dios nada más que un cielo murrioso y un tormentoso tiempo. La frenética sinceridad del hombre, voz autoritaria y salvajes gestos, no podían por menos de surtir efecto, sobre todo como para mí, lo confieso, que me parecía estar dirigiéndoseme un mensajero del Cielo; pero me parece que aún no había llegado a mi casa, cuando toda la impresión del discurso me pasó, algo así como el agua resbala por el lomo de un pato. No, el profeta en el siglo xx no era un éxito; el propio Juan Bautista, con su piel de camello y todo, habríase topado sólo con tolerantes encogimientos de hombros. Aparté de mi mente a Mackay con el pensamiento: «Me parece que está retrasado con respecto a su época.» Mas ¿no debiera haber opinado de manera muy diferente de Mackay, puesto que ¡santo Dios !?

Tres semanas aproximadamente antes de aquella disertación del domingo por la noche, me visitó Clark, el jefe de la expedición; simple visita de amistad. Llevaba yo para entonces establecido un año en el número 24 de la calle Barley, y aunque todavía por debajo de los veintisiete años, creo que en lo selecto tenía una experiencia como cualquier médico de Europa.

pero poco; era capaz de mantener mi estado y moverme entre lo grande;

pero de cuando experimentaba algún apuro, y fue, de hecho, precisamente por entonces

que fui sólo salvado de los engorros por el éxito de mi obra Aplicaciones de la Ciencia a las Artes. En el curso de la conversación que sostuvimos aquella tarde, Clark me dijo, a la manera casual que acostumbraba:

Pues que ibas con

—¿Sabes lo que soñé de ti la noche pasada, Adam Jeffson? nosotros en la expedición.

Me parece que debió haber reparado en mi sobresalto, pues la misma noche había soñado yo también lo mismo. Pero no dije media palabra sobre ello. Mi lengua se trabó al responder:

Selecto

—¿Quién? ¿Yo? ¿En la expedición

?

No iría si me lo pidieran.

—Oh, claro que irías. —Pues no iría. Te olvidas de que estoy a punto de casarme. —Bien, no lo discutamos, pues Peters no se va a morir. De todos modos, si le ocurriese algo, es a ti a quien vendría yo en derechura a decírtelo, Adam Jeffson. —Bromeas, Clark. Sé muy poco de fenómenos astronómicos o meteorológicos. Además, estoy a punto de casarme —¿Y que hay de tu botánica, amigo? Ahí es donde te necesitaríamos; y en cuanto a astronomía náutica, bah, un hombre de tus hábitos científicos la captaría en un abrir y cerrar de ojos. —Discutes el asunto gravemente, Clark — sonreí — tal suposición no se presentaría nunca. Por primera de todo se encuentra mi prometida.

—Ah, la importantísima doncella, ¿eh? Bien, pues ella, tanto como conozco a la dama, sería la primera que te obligaría a ir. No se le presenta a uno cada día la oportunidad de plantar un pie en el Polo, hijito. —Ofrécesela a otro cualquiera — repliqué —. Está Peters —Sí, desde luego, está Peters. Pero créeme, el sueño que tuve —¡Ah, tus sueños! — reí. Sí, lo recuerdo; pretendí reír; pero en lo íntimo de mi corazón, en su secreto fondo sabía aun entonces, que estaba ocurriendo en mi vida una de esas crisis que, desde mi

infancia, la convirtieran en la más extraordinaria que cualquier criatura de la tierra viviera jamás; y sabía que era así, primero debido a los dos sueños, y en segundo lugar debido a que una vez se hubo ido Clark y cuando me estaba poniendo los guantes para ir a ver a

mi prometida, oí distintamente las dos antiguas voces, diciendo una: «¡No vayas a verlas

ahora!», y la otra, «¡Sí, ve, ve!» ¡Las dos voces de mi vida! Quien esto lea podría pensar que se trata simplemente de dos impulsos contradictorios o bien que desvarío; ¿pues qué nombre moderno podría comprender la real apariencia de aquellas voces, cuan altas y al par prontas podía yo oírlas contender en mi interior, con una proximidad «más cercana que el aliento», «más estrecha que las manos y los pies»? Hacia la edad de siete años me aconteció por primera vez; hallábame jugando un atardecer de verano en un pinar de mi padre, a cosa de una milla de una cantera; y me pareció como si alguien en mi interior me dijera: «Ve. a dar un paseo a la cantera», y como si algún otro me previniera: «¡No vayas en absoluto por ese camino!», cuchicheos a

la sazón, que gradualmente, a medida que crecía, fueron ampliándose a gritos de rabiosa

y me caí. Algunas semanas después, al

pugna. Y fui a la cantera que estaba en el cerro

recuperar el habla, conté a mi madre que alguien «me había empujado» sobre el borde, y que algún otro «me había cogido» en el fondo Una noche, poco antes de mi treceavo cumpleaños, hallándome tendido en un sofá, se me acudió la idea de que mi vida debía de ser de grandísima importancia para alguna

cosa o cosas que no podía ver; que dos potencias que se odiaban mutuamente, debían

de hallarse continuamente tras de mí; una deseando matarme y la otra mantenerme vivo;

una queriendo que hiciera tal cosa y la otra la opuesta; que yo no era un muchacho como

algo. Ya entonces tenía

nociones, cambios de talante, instintos fugitivos, tan ocultos y primitivos, lo creo verdaderamente, como los del primer hombre que empezó a caminar; así que tales

jamás sugirieron en mi mente

expresiones como «El Señor habló así, diciendo

pregunta alguna en cuanto a cómo era oída la voz; no hallaba difícil comprender que los

hombres tuvieron originariamente más de dos oídos, tal como las bestias y los «médiums» los tienen, ni tampoco me habría sorprendido saber que yo, en estos tiempos posteriores, me parecería más o menos a aquellos primigenios. Pero ninguna criatura, excepto, acaso, mi padre, ha soñado nunca fuera lo que aquí manifiesto que era; yo parecía el muchacho corriente de mi época, destinado a alguna Universidad, empollando para los exámenes y haraganeando en los clubs. Y cuando tuve

que elegir una profesión, ¡quién pudo haber sospechado la batalla que se desarrollaba en

mi pecho, mientras mi cerebro se hallaba indiferente; aquel conflicto en el cual las voces

cualquier

los demás, sino un ser aparte, especial, señalado para

»,

camorristas vociferaban, una: «¡Sé médico!», y la otra: «¡Se abogado, artista cosa menos médico!»

Y médico me hice, y acudí a la que se había convertido en la más importante de las

Facultades

tenía una visión singular del mundo; que estaba siempre hablando de ciertas potencias «Negras» y «Blancas», hasta que se tornaba absurdo. Y le colgaron el apodo de «El hombre del misterio Blanco y Negro», debido a que cuando alguien dijo algo sobre «el negro misterio del universo», Scotland le corrigió diciendo «el misterio negro y blanco».

Cambridge; y allá fue que tropecé con un hombre llamado Scotland, quien

Bien recuerdo a Scotland — tenía sus habitaciones en el atrio nuevo del Trinity, y un grupo de nosotros nos reuníamos generalmente allí. Era una de las almas más nobles y apacibles que darse puedan, con una pasión por los gatos y por Safo y por la Antología, bajo de estatura y de nariz romana, haciendo siempre esfuerzos por mantener recto el cuello y meter el estómago hacia dentro. Acostumbraba a asegurar que el universo estaba siendo disputado furiosamente por dos poderes; que el Blanco era el más fuerte, pero no hallaba muy favorables para su éxito las particulares condiciones de nuestro planeta, y que había tenido la mejor parte en la contienda hasta la Edad Media en Europa, pero que desde entonces había estado cediendo, lenta y obstinadamente ante el Negro; y que finalmente el Negro ganaría — no en todas partes acaso, pero aquí sí — y se llevaría, si no otro planeta, cuando menos éste, por presea. Tal era la doctrina de Scotland, la cual no se cansaba nunca de repetir; y mientras los demás le escuchaban con simple tolerancia, poco podían adivinar cómo yo, ardiendo de hondo interés, aunque sonriendo cínicamente al exterior, absorbía sus palabras. Muy profunda, profundísima, era la impresión que en mí producían.

Pero estaba diciendo que cuando Clark me dejó, me estaba poniendo los guantes para

ir

a visitar a mi prometida, la condesa Clodagh, y oí las dos voces de la manera más clara;

y

así como a veces es tan predominante el apremio de uno u otro impulso que no hay

nada que lo resista, lo mismo me sucedió ahora con la voz que me incitaba a ir. Tenía que atravesar la distancia entre la calle Barley y la plaza Hannover, y durante

todo el tiempo que anduve, me pareció como si alguien me dijese al oído: «¡Ni media palabra sobre la visita de Clark!», y por otra parte algún otro: «¡Cuenta, no ocultes nada!» Me pareció que pasaba un mes, aunque en realidad no transcurrieron sino unos cuantos minutos para cuando me encontré en la plaza Hannover, y con Clodagh en mis brazos.

con aquella altanera

garganta que parecía estar despreciando siempre a alguien detrás de ella, justamente tras

su hombro izquierdo. ¡Soberbia, mas ay — ahora lo sé — una mujer despiadada, un corazón cruel! En cierta ocasión me confesó que su personaje favorito en la Historia era Lucrecia Borgia, y al ver mi expresión de horror, se apresuró a añadir:

—Bueno, no, ¡sólo estaba bromeando! Tal era su duplicidad; pues ahora veo que vivía esforzándose por mantener oculto de mí su nefando corazón. Sin embargo, ahora que pienso en ello, veo también cuan por entero me dominaba Clodagh. A nuestro proyectado matrimonio se oponían tanto mi familia como la suya: la mía, debido a que el padre y el abuelo de Clodagh habían muerto en clínicas mentales; y la de ella, debido a que yo no era desde luego un partido rico o noble. Una hermana de Clodagh, de mucha mayor edad, se había casado con un vulgar médico rural, Peters de Taunton, y la así denominada mésalliance hacía doblemente detestable a sus parientes la repetición conmigo. Pero la pasión de Clodagh por mí no era cosa que pudieran sofocar ni amenazas ni ruegos. ¡Qué llama tan ardiente era Clodagh, en medio de todo! A veces me espantaba. En aquel tiempo no era ya muy joven, llevándome cinco años, los mismos que a su sobrino, nacido del matrimonio de su hermana con Peters de Taunton, y siendo este sobrino Peter Peters, quien había de acompañar a la expedición del Boreal como médico, botánico y ayudante meteorólogo. Aquel día de la visita que me hiciera Clark, apenas hube estado cinco minutos sentado en compañía de Clodagh, cuando dije:

Clodagh era en mi opinión la más soberbia de las criaturas

dijo que si algo

ocurriese a Peters, yo sería el primer hombre al que acudiría para que ocupase su

puesto

Clodagh, en pie ahora ante la ventana, teniendo en su mano una rosa junto a su rostro, no replicó por espacio de un minuto; observé su rostro de agudo corte y sonrosado, de perfil, un tanto inclinado y oliendo la flor, hasta que dijo a su manera desalmada, fría y rápida:

—El hombre que primero ponga el pie en el Polo, de seguro que será ennoblecido. Y

no digo nada de los muchos millones

—Pues de mí no sé que tenga una especial ambición en ese sentido — repliqué —. Soy feliz en mi cálido Edén con mi Clodagh. —¡No hagas que piense mezquinamente de ti! — respondió con cierto enojo. —¿Y por qué habrías de hacerlo, Clodagh? No estoy ligado al deseo de ir al Polo Norte. —Pero supongo que irías, si pudieras.

—El doctor Clark

ja, ja

ha estado hablándome sobre la expedición

tuvo un sueño absurdo

¡Sólo desearía ser ese hombre!

—Pudiera

yo

lo dudo. Hay nuestra boda

—¡Eso es! Y ahí está la única cosa que transformaría nuestro matrimonio de una servil dificultad en un acontecimiento diez veces triunfal. —Si yo personalmente fuese el primero en plantar pie en el Polo; pero hay muchos en

—Por mí lo harás, Adam —¿«Harás», Clodagh? — exclamé —. ¿Dijiste «harás»? No hay ni la sombra de una

probabilidad —¿Por qué no? Aún quedan tres semanas para la partida. Dicen

—¿Qué es lo que dicen? La voz de ella bajó de tono al responder: —Que Peters toma atropina. El sobresalto me puso en pie, mientras ella se movía de la ventana para sentarse en una mecedora, donde se puso a hojear un libro, sin leerlo; quedamos ambos silenciosos, yo mirándola y ella pasando su pulgar por las páginas, y repitiéndolo contemplativamente,

hasta que rió con risita seca y nerviosa. —¿Por qué te sobresaltaste cuando dije eso? — preguntó, leyendo ahora al azar.

no me sobresalté, Clodagh. ¿Qué es lo que te hace suponer que me

sobresaltara?

un

Se detuvo.

—Yo

¿Y quién te dijo, Clodagh, que Peters toma atropina?

—Es mi sobrino, por lo que debo saberlo bien. Pero no me mires tan perplejo, de ese modo tan absurdo; no tengo intención de envenenarle para que puedas ser multimillonario

y par del reino

—Sin embargo podría hacerlo con la mayor facilidad. Va a venir aquí esta noche, en

compañía de Mr. Wilson. (Wilson iba a ser el electricista de la expedición.) —Clodagh — dije — bromeas de una manera que no encuentro gentil.

—¿Lo hago realmente? — respondió con el altanero ademán y volviendo a medias su cuello —. En ese caso debo ser más delicada. Pero de todos modos no es sino una broma. No se admira ya a las mujeres por hacer tales cosas.

—¡Mi querida Clodagh

!

—¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!

Pero ella no podía ya hablar de ninguna otra cosa más

no

¡no se las admira ya, Clodagh! Bueno, cambiemos de tema

e hizo que desplegara yo

aquella tarde la historia de las expediciones polares de los últimos años, hasta donde habían llegado, mediante qué ayudas y por qué habían fracasado. Sus ojos brillaban y escuchaba con avidez. Antes de ello, se había en realidad interesado por el Boreal, conocía los detalles de aparejamiento y conocía a varios miembros de la expedición; mas ahora, súbitamente, su interés parecía inflamado, pareciendo haberla puesto al rojo vivo, con la fiebre del Ártico, mi mención a la visita de Clark. Aún recuerdo el ardor de sus besos al liberarme de su abrazo aquel día al despedirme. Me fui a casa con el corazón más bien triste.

luego, de la casa del doctor Peter Peters, que estaba a tres puertas de la

mía, en la acera opuesta de la calle, vino corriendo su criado a despertarme a medianoche, con la noticia de que su amo estaba enfermo; y apresurándome a mi vez a

acudir a la cabecera de su cama, a la primera ojeada me percaté, por su delirante alegría y la fijeza de sus pupilas, que estaba intoxicado de atropina. Wilson, el electricista, que había pasado la velada con él en casa de los Clodagh, en la plaza Hannover, y se hallaba también presente, me preguntó:

Y bueno

—¿Qué es lo que le ocurre? —Intoxicado — respondí. —¡Santo Dios! Atropina, ¿no es así? —No se asuste; creo que se recobrará.

—¿Seguro?

—Sí

—¿Qué? ¿Es él mismo quien se ha intoxicado? Vacilé, pero luego dije:

bueno, quiero decir si deja de tomar la droga, Wilson.

—Tiene por costumbre tomar atropina. Permanecí tres horas allí, y Dios sabe que me afané por su vida; cuando lo dejé en la oscuridad del alba, mi espíritu estaba tranquilo. Dormí hasta las once, y volví nuevamente a su lado; en su habitación se encontraba una de mis dos enfermeras y Clodagh; al instante, mi amada se puso el dedo sobre el labio, cuchicheando:

— y luego vino a mí, para decirme al oído —: Supe la noticia

temprano

pero mis ojos fueron los primeros en

bajar. Tenía una palabra por decir en la punta de la lengua, pero no dije nada. La mejoría de Peters no fue tan estable como lo había yo esperado. Al final de la primera semana se encontraba aún postrado; y fue entonces cuando dije a Clodagh:

es tan

innecesaria —Ciertamente innecesaria — replicó —. Pero siempre tuve genio para la enfermería, y una pasión por observar las batalla del cuerpo. ¿Por qué pones reparos?

—Oh, no lo sé paseo. —Pues hazlo. —Y tú también

si una no perjudica?

Este es un caso que no me gusta; casi tengo deseos de mandarlo a

—¡Chist! Está dormido

y he venido a estar a su lado

Nos miramos durante unos instantes fijamente

—Clodagh, tu presencia a la cabecera de la cama me impacienta como sea

ve a casa, ¡a casa, Clodagh! —¿Pero por qué

En estos tiempos de «la corrupción de las clases superiores» y decadencia romana de todo, ¿no debe ser estimulado cada antojo inocente por los probos que se esfuerzan contra la marea? Siento un sensible placer en andar revolviendo con drogas y pócimas como Helena, por ejemplo, y Medea y Calipso, y las grandes mujeres de la Antigüedad,

que eran todas alquimistas. Para tudiar la nave humana en una tormenta y el lento drama

de su zozobrar

Y me pasó al mismo tiempo la mano por el cabello con tan altiva travesura, que me

ablandó; pero al mirar aún entonces al chafado lecho, vi que el hombre que en él estaba se encontraba muy enfermo. ¡Todavía siento náuseas al escribir sobre ello! Lucrecia Borgia pudo haber sido heroica

en su propia época; ¡pero Lucrecia en este siglo moderno! Era como para hacer vomitar al corazón

El hombre de aquel lecho empeoraba, digo. Pasó la segunda semana, y quedando sólo

diez días para que zarpara la expedición, Wilson, el electricista, se hallaba sentado un atardecer junto a la cama de Peters cuando entré yo en el momento en que Clodagh se disponía a administrar una dosis a Peters; pero al verme, dejó el vaso con la medicina sobre la mesita de noche, y vino hacia mí; y, al venir, vi algo que me hizo la impresión de una puñalada, pues Wilson tomó el vaso depositado por ella, lo miró, y lo olió,

Y deseo que adquieras la costumbre de dejarme un poco a mi albedrío

efectuándolo todo ello con un disimulo y una expresión que me parecieron significaban desconfianza En el ínterin, Clark venía a verme cada día. Tenía también él un grado médico, y por entonces le llamé profesionalmente, así como a Alleyne, de la plaza Cavendish, en consulta sobre Peters, que ahora yacía en un semicoma interrumpido por intensos vómitos, dejándonos a todos perplejos su estado. Diagnostiqué formalmente que había

tomado atropina

que sus actuales síntomas apenas eran los de la atropina, sino, casi lo parecía, de algún

otro tóxico, o tóxicos, vegetales, que no podíamos designar de manera definida. —Es cosa misteriosa — me dijo Clark al quedarnos solos. —No lo comprendo — dije por mi parte. —¿Quiénes son las dos enfermeras? —Oh, mías y muy recomendadas —De todos modos, mi sueño sobre ti se convierte en realidad, Jeffson. Resulta claro que Peters se encuentra ya fuera de causa.

Me encogí de hombros. —Y ahora te invito formalmente a unirte a la expedición — siguió Clark —. ¿Aceptas? Volví a encogerme de hombros. —Bien, si eso significa consentimiento, déjame recordarte que sólo dispones de ocho días, y todo lo del mundo para hacer en ellos. Esta conversación se desarrollaba en el comedor de la casa de Peters; y al pasar por la

puerta, vi a Clodagh que se deslizaba por la senda exterior, rápidamente

nosotros. Ni una palabra la dije aquel día sobre la invitación de Clark; y sin embargo me repetía insistentemente a mí mismo: «¿Lo sabrá ella? ¿No lo habrá escuchado, y oído?» Mas fuera como fuese, lo cierto es que, alrededor de la medianoche, y para mi gran sorpresa, Peters abrió sus ojos, sonrió, y para el mediodía del siguiente día, su magnífica vitalidad, que tan idóneo le hacía para una expedición al Ártico, se había vuelto a encajar;

hallábase ya incorporado en la cama, apoyado sobre un codo y hablando con Wilson; excepto por su palidez y fuerte dolor de estómago, apenas le quedaba nada de su reciente proximidad a la muerte. Para el dolor receté algunas pastillas de sulfato de morfina y me marché. Por lo demás, David Wilson y yo no nos habíamos apreciado nunca mucho, y aquel mismo día él creó una penosa situación entre Peters y yo, ni contarle que su puesto en la expedición había sido ocupado por mí. A lo cual Peters, persona muy susceptible, respondió dictando al instante una carta de protesta a Clark, carta que éste me la transmitió a mí, marcada con un gran signo de interrogación en lápiz rojo. Ahora bien, los preparativos de Peters estaban completamente hechos, y los míos no, y él disponía aún de cinco días para recobrarse del todo; por lo tanto escribí a Clark diciéndole que las cambiadas circunstancias anulaban mi aceptación a su propuesta, aunque yo había incurrido ya en la inconveniencia de negociar con un locum tenens. Así lo decidí: Peters había de ir, y yo me quedaría. El quinto día antes de la partida, amaneció un viernes, el 15 de junio. Peters, ya en un sillón, se hallaba animado, aunque todavía con pulso febril y dolor de estómago, por lo que le seguía dando tres cuartos de gramo de morfina por día. Aquel viernes, por la noche, le visité a las once, encontrando a Clodagh en su compañía, charlando, y fumando él un puro. —Te estaba esperando, Adam — me dijo Clodagh —. No sabía si debía inyectarle algo esta noche. ¿Es sí o no? —¿Qué es lo que opina usted, Peters? — pregunté. —Pues creo que acaso sería mejor tomar otro cuarto — respondió —. Todavía siento bastante molestia

alejándose de

pero veíamos

que originalmente había sido intoxicado por la atropina

—Un cuarto de gramo, pues, Clodagh — dije.

Al abrir ella la cajita de la jeringuilla, observó con un mohín:

—Nuestro paciente ha sido malo

¡Ha tomado un poco más de atropina!

Me enojé al punto. —Peters — dije — ya sabe usted que no tiene derecho a hacer una cosa así sin consultarme. ¡Repítalo y juro que no tendré más que ver con usted!

—Tonterías — dijo Peters — ¿a qué todo ese innecesario acaloramiento? Una pizquita

de nada

—-Se la inyectó por su propia mano — observó Clodagh. Se encontraba ella ahora en pie ante el aparador, donde tras haber tomado la cajita de la jeringuilla de la mesita de noche y sacado también la redoma que contenía las tabletas de morfina, se ocupaba además en desleír una de éstas en un poco de agua destilada, con la espalda vuelta a nosotros, y así pasó durante largo rato, hablando al par de un Bazar de Caridad que había visitado aquella tarde, mientras yo seguía en pie y Peters seguía fumando en su sillón. De pronto, un pensamiento extravagante me cruzó por el cerebro: «¿Por qué tarda tanto?»

y piensa en la

—¡Ah, qué dolor era éste! — dijo Peters —. Deja a lado el bazar, tía morfina.

de abalanzarme a ella, y de arrancar

estuve a punto

de obedecerlo

una voz en la puerta abierta tras mí, dijo:

mi cuerpo se inclinaba ya hacia adelante; pero en aquel mismo momento

de sus manos todo, jeringuilla, tableta y vaso. Debí haberlo obedecido

sentí que la necesitaba.

Súbitamente me invadió un irresistible impulso

—Bien, ¿cómo va todo?

Era Wilson, el electricista; y con centelleante celeridad recordé la expresión de

era mi

amor

Clodagh se dirigió a Wilson llevando en su mano el frágil vaso conteniendo la inyección; y mis ojos, prendidos en su rostro, lo vieron tan pleno de seguridad y de inocencia, que me dije mentalmente: «¡Debo estar loco!» Comenzó una charla corriente mientras Clodagh levantaba la manga de Peters y, arrodillándose, le inyectaba en el antebrazo; mas al levantarse, y riendo a alguna

desconfianza que viera una vez en sus ojos

Pero yo no podía, no quería

Me quedé como de piedra.

observación de Wilson, se le escapó de las manos el vaso y, como por accidente, lo pisó aún en el suelo. Luego, al poner la jeringuilla entre varias otras sobre el aparador, mencionó de nuevo con el mismo mohín que antes lo hiciera:

—El paciente ha sido malo, Mr. Wilson

ha estado tomando más atropina.

—¿No será verdad? — dijo Wilson. —Éa, dejadme solo todos — respondió Peters —. No soy ningún chiquillo. Fueron las últimas palabras inteligibles que pronunció: murió poco antes de la una de la madrugada, envenenado por atropina, a pesar del sulfato de morfina, el antídoto que se le había aplicado. Desde este, momento al que el Boreal me transportó Támesis abajo, todo fue un confuso sueño para mí, del cual apenas algún detalle me queda en la memoria: recuerdo cómo en la encuesta fui convocado para atestiguar que Peters se había inyectado él mismo atropina; lo cual, habiendo sido corroborado por Wilson y por Clodagh, dio un veredicto en consecuencia. Y, desde aquella prisa caótica de preparativos, otras dos cosas recuerdo, pero éstas con claridad. La primera — y principal — es el torbellino de palabras que oyera en Kensington de aquel bocazas de Mackay en la noche del domingo. ¿Qué señuelo me había atraído a aquel lugar aquella noche, con lo atareado que estaba? Pues acaso lo sé.

Allá estuve sentado, escuchándole: y de la manera más singular habían quedado impresas en mi cerebro aquellas palabras de su perorata, cuando lanzándose a un tono de profecía, Mackay proclamó: «Y así como en un caso el abuso de este poder fue

seguido por derrumbamiento pronto y cósmico, así, en el otro, prevengo a toda la dotación humana que no espere en adelante de Dios sino un cielo enfurruñado y un tiempo tormentoso.» Y la segunda cosa que recuerdo de toda aquella vorágine de dudas y agitaciones, es que cuando el Boreal iba moviéndose con la marea vespertina, me pusieron un telegrama

en la mano, unas palabras últimas de Clodagh, que decía sólo: «Sé el primero

Y yo me dije para mis adentros: «La mujer me dio del árbol, y yo comí.»

por mí.»

El Boreal desatracó del muelle de Santa Catalina con tiempo magnífico en la tarde del 19 de junio, pleno de gran esperanza y con destino al Polo. Todos los muelles eran una región de cabezas tendidas en innumerable vaguedad, y bajando el río a Woolwich, de ambas orillas provenía un zumbido y murmullo de abejas vitoreando nuestro viaje. La expedición era en parte un asunto nacional, subvencionado por el Gobierno, y si hubo jamás un barco bien construido, éste era el Boreal, que tenía un casco más sólido que el de cualquier buque de guerra, capaz de espolonear diez metros de hielo a la deriva, y abastecido con suficiente pemmican, bacalao, conservas y demás como para que pudiéramos mantenernos por espacio de no menos de seis años. Éramos diecisiete en total, los cinco grandes (por así decirlo) de la empresa: Clark (el jefe), John Mew (capitán), Aubrey Maitland (meteorólogo), Wilson (electricista), y yo (médico, botánico y ayudante meteorólogo). La idea era alcanzar tan lejos al Este como los 100º ó 120° de longitud; tomar allá la corriente norte, y abrirnos paso hacia el Norte; y cuando el buque no pudiera penetrar

más, abandonarlo (tres o cuatro de nosotros, con esquís), y con trineos tirados por perros

y renos, dar un asalto al Polo.

Este había sido también el plan de la última expedición — la del Nix — y asimismo de otras, difiriendo sólo la del Boreal de la del Nix, en que era de más acabada concepción y más ponderada previsión. Nuestro viaje transcurrió sin incidente digno de mención hasta finales de julio, en que encontramos unos témpanos a la deriva. El primero de agosto estábamos en Kabarova, donde nuestro barco carbonero nos aprovisionó para cualquier emergencia, siendo nuestros motores efectivos de aire comprimido, embarcamos también cuarenta y cuatro perros, cuatro renos, y cierta cantidad de líquenes para su alimentación; y dos días después enfilamos proa al Norte y al Este, pasando a través de densos hielos «sueltos»,

a vela y aire comprimido, y con tiempo fresco, hasta que el 27 de agosto anclamos

próximos a un campo de hielo flotante a la altura de la desolada isla de Taimur. La primera cosa que aquí vimos fue un oso en la orilla, al acecho de algún pez; y Clark, Mew y Lamburn (maquinista) se apresuraron a ir a la orilla en la lancha, siguiéndoles yo y Maitland, llevando cada partida tres perros. Mientras ascendíamos penetrando en la isla, Maitland me dijo:

—Cuando Clark abandone el buque para la incursión al Polo, serán tres y no dos de nosotros, los que llevará consigo, componiendo una partida de cuatro. Yo. —.¿Es así? ¿Quién lo sabe? Maitland. —Wilson. Clark lo dijo en conversación con él. Yo. —Bien, cuantos más mejor. ¿Y quién será el tercero? Maitland. —Wilson está seguro de ser incluido, y tal vez haga el tercero Mew. En cuanto al cuarto, supongo que quedaré eliminado. Yo. —Y también yo.

Maitland. —Bueno, la competición es entre nosotros cuatro: Wilson, Mew, usted y yo. Usted es un perro con demasiada suerte como para quedar eliminado, Jeffson. Yo. —Bueno, ¿y qué importa eso, siempre que la expedición sea un éxito? Eso es lo principal. Maitland. —Sí, claro, eso es hablar como se debe. ¿Pero no resulta más bien un alarde afectar el desprecio de 175.000.000 de dólares? Yo quisiera estar allá incluso muriéndome, y pretendo estarlo, si puedo. —Mire — cuchicheé —. Un oso. Era una madre con su cría, y que con obstinada

pesadez vino meneando su cabeza gacha, habiendo sin duda olido a los perros. Así nos separamos por el momento, doblando por diferentes caminos tras las lomas de hielo, queriendo que la osa se acercara más a la orilla antes de matarla; pero al pasar cerca, quedóse avizorante unos segundos, y luego se dirigió hacia mí a un trotecillo corto, por lo que me vi obligado a disparar, alcanzándola en el cuello; al instante, y lanzando un rugido, volvió grupas, encaminándose en derechura en dirección de Maitland. Vi correr a ésta durante unos cien metros, y apuntar su largo fusil, pero sin que siguiera detonación alguna; y medio minuto después se hallaba bajo las garras de la osa, las cuales se movían como aspas ante los ululantes perros. Maitland vociferó roncamente pidiéndome socorro, y en el mismo instante, yo, pobre desgraciado, me encontraba en mayor apuro que él, estremecido por escalofríos; pues una de aquellas porfías de las voces de mi destino, me conmocionaban hasta el fondo, una rogándome que acudiera sin pérdida de momento en ayuda de Maitland, y la otra ordenándome con vehemencia que me quedara quieto. Mas creo que pasaron sólo brevísimos segundos antes de que me abalanzara para colocar una bala en la cabeza de la osa, tras lo cual se puso en pie Maitland, con un desgarrón en su cara. ¡Mas, oh singular destino! Hiciera lo que yo hiciese — obrara bien, obrara mal — el resultado era el mismo: sombría y siniestra tragedia. El pobre Maitland estaba condenado en aquel viaje, y mi rescate sólo fue el medio empleado para hacer más segura su muerte. Creo que he hablado ya sobre un hombre llamado Scotland, a quien conocí en Cambridge, y que siempre estaba hablando de unos seres «blancos» y «negros», y de su contienda por la Tierra. Bien, pues con respecto a todo eso, se me ocurre algo, un antojo de la mente, que voy a transcribir ahora: y es que puede haber habido cierta especie de entendimiento entre Negro y Blanco, como en el caso de «Adán» y «el árbol», que impulsara a la humanidad a abrirse paso al Polo y al antiguo misterio oculto en él, pues no dejaban de alcanzar algunas desgracias a la raza. Que el Blanco, hallándose favorablemente dispuesto a la Humanidad, no quería que ello aconteciera, e intentaba, por mor de la raza, borrar nuestra entera expedición antes cíe que alcanzara la meta que se había propuesto; y que el Negro, sabiendo que el Blanco tenía tal propósito, y mediante qué medios iba a ejecutarlo, me empleaba — a mí — para desbaratar el plan, actuando antes de nada para que yo fuese uno de la partida de los cuatro que habían de

abandonar el buque con sus esquíes. Pero, ¡santo Dios!, el intento del niño por leer

Me

río del pobre Blanco y Negro Scotland; las cosas no son tan simples Bien, abandonamos Taimur el mismo día, y adiós ya a tierra y a mar abierto. Hasta que pasamos la latitud del cabo Chelyuskin (que no avistamos), fue una sucesión de cinturones de hielo, con Mew en la cofa de proa atormentando la campana eléctrica en contacto con la sala de máquinas, el ancla pendiente, lista a fondear, y Clark tomando sondeos. El progreso era lento, y la noche polar nos iba envolviendo paulatinamente a medida que avanzábamos en aquella región añil y destellante de hielo, y mientras dejábamos a un lado los cobertores de piel de reno para embutirnos en los sacos de dormir. Ocho de los perros murieron para el 25 de septiembre, fecha en que nos hallábamos a 19º bajo cero. En la parte más sombría de nuestra noche, la Aurora Boreal

blandió su solemne gonfalón sobre nosotros, ondeando por el firmamento en una miríada de abigarrados destellos. Entretanto, las relaciones entre los miembros de nuestra pequeña tripulación eran

excelentes

Hubo algo — cierto tono — en el testimonio que prestó en la encuesta sobre Peters, que me sacaba de mis casillas cada vez que lo recordaba. Él había oído admitir a Peters que se había administrado atropina, y tenía que prestar declaración de tal hecho; pero lo había hecho de una manera tan indiferente que el funcionario policiaco le había

preguntado: «¿Qué es lo que oculta usted, señor?» Desde aquel día, él y yo apenas intercambiamos diez palabras, a pesar de nuestra constante compañía en el barco; y cierto día en que estaba yo solo en un campo flotante de hielo, me hallé cuchicheando para mí: «Si se atreve a sospechar que Clodagh envenenó a Peters, podría matarle » Hasta los 78º de latitud el tiempo había sido espléndido, pero en la noche del 7 de octubre — bien que la recuerdo —, sufrimos una terrible tempestad. Nuestra cáscara de nuez se columpiaba como un tío-vivo, empapando a los gimientes perros a cada bandazo, y sembrando la confusión a bordo; la lancha de petróleo fue barrida de las serviolas; de repente, el termómetro descendió a 40º bajo cero, mientras que una alta aura era esparcida en un espachurramiento cromático, semejante a la paleta de algún rabioso Rafael o de confusa batalla de serafines, presentando el símbolo verdadero de la tribulación, la tempestad, la zozobra y el desordenado frenesí. Por primera vez me mareé. Con el cerebro lleno de vértigo fui, por tanto, de la guardia a mi catre, no obstante lo cual, a poco de tenderme, me quedé dormido; pero las sacudidas y bandazos del barco, combinados con el pesado anorak groenlandés que me abrigaba y el estado de mi cuerpo, todo ello produjo una espantosa pesadilla, en la cual tenía conciencia de un vano

forcejeo por moverme, y una pugna inútil por respirar, pues el saco de dormir se convirtió

en un iceberg en mi pecho. Soñé con Clodagh

que vertía un líquido, del color de los

granos de la granada, en un vaso con gachas, ofreciéndoselo a Peters. El brebaje, yo lo sabía, era venenoso como la muerte; y en un postrer esfuerzo por romper las ligaduras de

aquel sombrío dormitar, tuve conciencia de que al incorporarme me encontraba gritando:

«¡Clodagh! ¡Haz gracia del hombre !»

y allá

estaba David Wilson, mirándome. Wilson era un hombre corpulento, con una cara maciza y larga, que la alargaba aún más una barba, con contracciones nerviosas de la carne y los pómulos y rociada de pecas; lo veo como si estuviera presente, tal como estaba entonces, en postura flexible, agachándose y dando vaivenes al compás de los bandazos, con la boca contraída con una expresión de disgusto. No sé lo que estaba haciendo en mi camarote. ¡Y pensar, santo Dios, que hubiera ido a él precisamente entonces! Éste era uno de los de estribor, con cuatro literas; el suyo estaba a babor; sin embargo estaba aquí. Pero se explicó al instante:

—Siento haber interrumpido sus inocentes sueños — dijo —. El mercurio del termómetro de Mayland se ha helado, y me pidió le llevase su alcohol No respondí. Había odio en mi corazón contra aquel hombre. Al día siguiente cesó la tormenta, y tres o cuatro después heló definitivamente el aguanieve entre los campos flotantes. La ruta del Boreal quedaba, pues, bloqueada, por lo que lo fijamos con anclas de nieve y el cabrestante en la posición en que debía de quedar para su deriva de invierno. Era aproximadamente a 79º 20' N. El sol se había ya desvanecido de nuestra yerma residencia, para no reaparecer hasta el próximo año. Bien, había el ir en trineo con los perros, y la caza del oso entre los montículos de hielo, a medida que iban pasando uno por uno los meses; un día Wilson, con mucho, nuestro mejor tirador, cazó una foca; Clark seguía con las tradicionales preocupaciones de un jefe, examinando crustáceos; Maitland y yo estábamos en relación de íntima amistad, y

con una excepción: David Wilson y yo no hacíamos buenas migas.

Mis ojos se abrieron al despertar del todo. La luz eléctrica lucía en el camarote

asistía a sus observaciones meteorológicas en una cabaña de nieve construida cerca del barco; algunas veces, durante las veinticuatro horas del día, una luminosa luna azul, muy espectral y muy clara, teñía nuestro obscuro y lívido dominio. Fue cuatro días antes de Navidad cuando Clark hizo la gran revelación; había decidido, dijo, que si su correcta deriva hacia el norte proseguía, abandonarían el barco hacia la mitad de Marzo para arremeter contra el Polo, tomando consigo los cuatro renos, todos los perros, cuatro trineos, cuatro kayaks y tres compañeros; siendo los compañeros que él había decidido invitar, Wilson, Mew y Maitland. Dijo esto durante la comida; y cuando lo hubo dicho, David Wilson miró a mi cara con sonrisa de satisfecha malicia porque a mí se me dejaba. Recuerdo bien: la aurora, esa noche, estaba en el cielo, en su borde flotaba una luna rodeada por un anillo, con dos lunas ficticias; pero todas brillaban muy tenues y lejanas, y una neblina que permanecía ya algunos días hacía que no pudiera ver la proa del barco, pues estuve paseando por el puente, en mi guardia, durante tres horas, luego del anuncio hecho por Clark. Durante largo tiempo todo estuvo muy tranquilo; excepto cuando en algunas ocasiones se oía el ladrido de un perro, estaba yo completamente solo allí; y a medida que avanzaba hacia el final de mi guardia, en que Maitland me revelaría, mi lento paso golpeaba como ante la sepultura; el montañoso hielo yacía vago a mi alrededor con su mortaja y taciturnidad; nada extraño más espantoso que la propia eternidad. Mas, de pronto, varios perros empezaron a ladrar juntos, hacia la izquierda. Me dije:

«Hay un oso por los alrededores.» Y luego de algunos minutos lo vi — creo que lo vi —, puesto que la niebla se había hecho más densa estando ya muy próximo el final de mi vigilancia. Había entrado en el barco, conjeturé yo, por los tableros que descienden desde la pasarela de puerto hasta el hielo. Anteriormente, en Noviembre, una vez, un oso, habiendo olido a los perros, se había atrevido a subir a bordo a medianoche; pero entonces hubo el lógico alboroto entre los perros; ahora, aun en medio de mi excitación, pensé que me admiraba su silencio, si bien alguno lloriqueaba con miedo. Vi al animal escabullirse hacia delante de la escotilla que daba a la perrera, y corrí silenciosamente a coger el rifle de vigilancia que estaba siempre cargado. Ahora la forma había pasado las perreras y andado hacia la proa, estaba ahora viniendo hacia mí por el lado de estribor; y cuando hube apuntado, pensé que nunca había derribado un oso tan tremendo, aun cuando había tenido en consideración el efecto aumentativo de la niebla. Mi dedo estaba sobre el gatillo, y en ese momento se apoderó de mí un temblor de

debilidad; dos voces me gritaban: «Dispara», «No dispares», «Dispara». ¡Ah!, pero esta última fue irresistible. Apreté el gatillo. La detonación sonó por entre las nieblas polares. Tal como la bestia se desplomó, ambos, Wilson y Clark, subieron en seguida, y los tres corrimos al lugar. Pero el primer vistazo permitió reconocer un cierto tipo de oso; cuando Wilson puso su

mano sobre la cabeza, una piel laxa encontró a su tacto

Era Aubrey Maitland quien

estaba debajo de ella, y yo le había matado de un disparo. Durante algunos días habíamos estado limpiando pieles, entre ellas la del oso del cual le había yo salvado en Taimur, y como Maitland era un pantomimo nato, que continuamente inventaba chanzas, acaso para asustarme con una falsa alarma con la misma piel del animal que tan cerca se lo había hecho a él, se la habla arrollado a su alrededor al acabar de limpiarla; entonces, en broma desenfrenada, se había arrastrado hasta la cubierta a la hora de su vigilancia, y la cabeza de la piel de oso y la niebla, debieron impedirle ver cómo yo apuntaba.

Este hecho me hizo enfermar durante muchos días; vi que la mano del destino estaba sobre mí. Cuando abandoné la cama, el pobre Maitland yacía en el hielo detrás de las grandes lomas próximas a nosotros. Hacia finales de enero fue cuando llegamos a 80° 55', y fue entonces cuando Clark, en presencia de Wilson, me pidió si yo haría de cuarto hombre, en el lugar de Maitland, para la acometida de marzo. Cuando dije «Sí, lo estoy deseando», David Wilson replicó algo con aire de disgusto; luego, un minuto más tarde, suspiró con un «Ah, pobre Maitland», e inspiró con «¡tate, tate!» Sabe Dios que sentí un impulso de saltar a su garganta y estrangularle allí, pero me reprimí. Allí permanecimos entonces escasamente un mes antes de la empresa, y con todas las manos puestas en el trabajo con un deseo, midiendo los perros, haciendo guarniciones y zapatos de tiras de piel para ellos, revisando los trineos y kayaks, y eliminando cualquier onza de peso posible. Pero, pese a todo, no estábamos destinados a emprender la marcha este año; hacia el 20 de Febrero el hielo empezó a apretar, sometiendo el barco a

una terrible presión. Mientras tanto, encontrábamos necesario hacer trompetas de nuestras manos, chillarnos a las orejas, todo el continente de los hielos estallaba, soltaba chasquidos, se agrietaba por todas partes a modo de un cataclismo cósmico; y aguardando en todo momento ver el Boreal hecho pedazos, tuvimos que sentarnos cerca de las provisiones sin embalar y colocar los trineos, kayaks, perros y todas las cosas en posición para el instante de volver. Duró cinco días, acompañada de una tormenta del norte, la cual, al final de Febrero, nos había conducido hacia el sur, retrocediéndonos a 79° 40' de latitud. Clark, por supuesto, abandonó todo pensamiento de alcanzar el Polo aquel verano. E inmediatamente después hicimos un descubrimiento espantoso: nuestra provisión de musgo para los renos era ahora ridícula. Egan, nuestro segundo compañero, fue culpado; pero eso no ayudó en nada, el lamentable hecho persistía, y aunque Clark rehuyó tercamente cuando se le pidió matar a uno o dos de los renos, al comienzo del verano todos estaban muertos. Bien; nuestra marcha hacia el norte se reemprendió. A mediados de Febrero vimos un espejismo del sol naciente sobre el horizonte; hubieron vuelos de petreles árticos y calandrias de nieve; la primavera había llegado, y por un paraje de hielo de grandes lomas y estrechas sendas hicimos buen progreso todo el verano. Cuando murió el último de los renos, mi corazón se hundió, y cuando los perros mataron a dos de ellos y un oso estrujó a un tercero, esperaba qué iba a venir, Clark anunció que él ahora sólo podía llevar consigo a dos compañeros en la primavera: Wilson

y Mew. Por lo que una vez más presencié la complaciente y maliciosa sonrisa de David

Wilson. Entonces nos establecimos en nuestros segundos cuarteles de invierno; de nuevo diciembre y toda la melancolía y tristeza de nuestra penumbra sin sol, agraváronse por el hecho de que nuestro molino de viento no marchaba, dejándonos frecuentemente sin electricidad. Bien seguro que nadie, excepto los que lo han vivido, podría imaginar o soñar la mitad de la depresión mental que causa la obscuridad ártica; como el alma adquiere el color del

universo y dentro como fuera no hay otra cosa sino tristeza, tristeza y la ley del Poder de las Tinieblas. Ni siquiera uno de nosotros tenía otro estado de ánimo que melancolía, tristeza y espanto; el 19 de Diciembre, Lamburn, el maquinista, golpeó a Cartwright, el viejo arponero, en el brazo. Tres días antes de Navidad un oso se acercó al barco y huyó; tras él corrieron en persecución Mew, Wilson, yo y Meredith (un peón); pero le perdieron después de una afanosa persecución; entonces nos separamos por distintos caminos. Estaba muy oscuro

y luego de casi una hora de búsqueda, cansado y sin aliento llegaba yo al barco, cuando

vi

una sombra como un oso viniendo por mi izquierda, y al mismo tiempo aparecía un

hombre — no sé quién — corriendo como un fantasma, por la derecha. Es así que grité:

—¡Ahí está! ¡Vamos, por aquí!

El hombre pronto se juntó a mí, pero tan pronto como me reconoció se detuvo, desolado, y el demonio debió apoderarse súbitamente de él, puesto que dijo:

—No, gracias, Jeffson; solo contigo, tengo mi vida en peligro Era Wilson. Y yo también, olvidando por un momento todo lo referente al oso, me detuve y le miré. —Vaya — dije yo —. Mas, Wilson, usted va a explicarme ahora lo que

quiere decir con eso, ¿ha oído? ¿Qué quiere significar, Wilson? —Lo que dije — respondió deliberadamente, ojeándome de arriba abajo —. Solo con usted, tengo la vida en peligro. Justamente igual que la tenía el pobre Maitland, y como el pobre Peters. Ciertamente, usted es una bestia mortífera. ¡Dios mío!, lo locura brincó en mi corazón; negra, tan negra como la noche del Ártico, estaba mi mente. —Quiere usted decir — dije yo — que yo deseo quitarle de en medio del camino a fin de ir en su lugar al Polo. ¿Es eso lo que usted quiere decir, hombre? —Ese es, aproximadamente mi significado, Jeffson — dijo él —. Usted es una bestia fiera, ¿sabe usted? —Muy bien —grité yo, con los ojos inflamados—. Voy a matarle, Wilson, tan seguro como que Dios existe. Pero deseo oír primero, quién le dijo a usted que yo maté a Peters. —Su amante le mató, con su colusión. Porque, señor, yo le oí, durante su bestial sueño, revelarlo todo. Y estaba bien seguro de ello antes, sólo que no tenía pruebas. ¡Por Dios, que me alegraría metiéndole un balazo, Jeffson! —¡Usted me injuria, usted, usted me injuria! — rugí yo; mis globos oculares se fijaron en él con voraz codicia de su sangre — ¡y ahora voy a pagárselo bien! ¡Mírelo! Apunté el rifle a su barriga, puse el dedo en el gatillo; pero levantó su mano izquierda. —¡Alto! ¡Alto! — dijo. El era uno de los hombres más fríos —. No hay ninguna horca en

el Boreal, pero Clark podría fácilmente preparar una para usted. Yo también quisiera

matarle, puesto que no hay tribunales aquí, y ello sería hacer un bien a mi país; pero no

aquí, no ahora; óigame, no dispare. Más tarde podemos enfrentarnos, de tal modo que ninguno pueda ser el más astuto, cuando todo esté listo. Cuando hubo hablado, bajé el rifle; era mucho mejor hacerlo así. Yo sabía que él era, con mucho, el mejor tirador del barco, y yo uno cualquiera; pero no me importaba, no me importaba si moría yo. Dios sabe bien, es una tierra obscura, inclemente; y el espíritu de la obscuridad y la locura estaba allí Veinticuatro horas más tarde estábamos detrás de la gran loma en forma de silla de montar, unas seis millas al SO del barco; habíamos partido a horas distintas, de modo que nadie pudiese sospechar, y cada uno llevaba una linterna de barco. Wilson había cavado una sepultura en el hielo, cerca de la loma, dejando en su borde un montón de hielo y nieve para llenarla; esta se erigía entre nosotros; permanecíamos de pie, separados quizá por unas setenta yardas y cada uno con la linterna a sus pies. Realmente, no éramos el uno para el otro más que simples fantasmas o sombras; el aire soplaba muy fuertemente y un frío temblor existía en lo más íntimo de mi alma; una helada luna, una mera abstracción de resplandor parecía colgar muy lejos del universo; la temperatura a 54° bajo cero, de modo que llevábamos puestas las ropas para el viento encima de nuestros anoraks, y pesadas envolturas en los pies debajo de las botas taponas. Una morgue sobrenatural parecía el mundo, encantado con una locura desesperada, y exactamente igual que el mundo que nos rodeaba estaban nuestros corazones, dos pobres hombres, llenos de sentimientos macabros, fríos y funerarios. Entre nosotros se abría una anticipada fosa para uno u otro de nuestros cuerpos, y oí a Wilson gritar:

—¿Está usted listo, Jeffson?

—Sí, Wilson — grité yo. —Entonces, ahí va — gritó él. Y, al tiempo que gritaba, disparó; seguramente estaba ansioso de matarme. Pero su tiro pasó rozándome; ciertamente sólo aproximado, puesto que ambos éramos meras sombras. Yo disparé quizá quince segundos más tarde que él, pero en esos cinco segundos él permaneció claramente definido para mí en medio de una luz lila, mas una bala cruzó a través del cielo ártico, dejando a lo lejos una estela fosforescente sobre el paisaje nevado. Antes de que su momentánea claridad en el azul intenso hubiera pasado, vi a Wilson abalanzarse hacia delante y caer desplomado. Enterré a él y a su linterna allí, debajo del hielo hecho pedazos.

El trece de marzo, unos tres meses más tarde, Clark, Mew y yo abandonamos el Boreal

a una latitud de 88° 13'. Llevábamos treinta y dos perros, tres trineos, tres kayaks, provisiones humanas para

112 días y para 40 de provisiones de perro. Estando ahora a unas 340 millas del Polo, esperábamos alcanzarlo en 43 días, luego torcer hacia el sur y, alimentando a los perros vivos con los muertos, alcanzar la Tierra de Francisco José o la de Spitzberg; en la última de éstas embarcaríamos seguramente en un ballenero. Durante los primeros días el progresar era lento, el hielo era abrupto y agrietado y los perros iban siempre mal, parándose agotados ante las dificultades y resbalando por las pistas. Clark tuvo la idea de atar a cada trineo un globo de parche de tambor, que disminuía el peso de aquel en 35 libras, y además llevábamos un repuesto de zinc y ácido para renovar las pérdidas de hidrógeno; pero al tercer día, Mew rellenó demasiado su balón y lo reventó, por lo que Clark y yo tuvimos que reducir nuestro aligeramiento e igualar los pesos; de tal manera que al final del cuarto día habíamos hecho sólo 19 millas

y desde la cima de alguna loma alta aún se podían divisar los mástiles del Boreal. Clark

dirigía sobre esquíes capitaneando un trinco con 400 libras de instrumentos, municiones, tasajo de carne y pan aleuronado; Mew le seguía: su trineo contenía sólo provisiones, y finalmente iba yo con carga mixta. Pero al cuarto día, Clark sufrió un ataque de ceguera a causa de la nieve, y Mew tomó su puesto. Pronto comenzaron nuestros sufrimientos, que eran bastante amargos: el sol, aunque visible constantemente, día y noche, no daba calor alguno; nuestros sacos de dormir (Clark y Mew dormían juntos en uno, y yo en otro) estaban empapados de humedad toda la noche, siendo descongelados por nuestro calor, y nuestros dedos, envueltos en hojas de sen y piel de lobo, estaban siempre sangrando. Algunas veces, nuestros endebles kayaks de caña de bambú, situados a través de los trineos, se comprimían peligrosamente contra un escollo de hielo, nuestra única esperanza de alcanzar tierra; pero la gran dificultad eran los perros: perdíamos seis mortales horas diarias colocándoles los arneses y cuidándolos. A los doce días Clark tomó una sola observación de altura, y halló que estábamos solamente a 86° 45' de latitud; pero al día siguiente rebasamos el punto más lejano conseguido (auténticamente) hasta entonces por Nix.

No obstante, nuestro secreto ahora era la comida. La comida: nuestro anhelo durante todo el día era por la hora de comer. Mew sufría de sed ártica. Sometido a estas condiciones, el hombre, en pocos días se torna, no sólo un salvaje,

¡Ah, el

sino una bestia bruta, escasamente un grado por encima de un oso o una foca hielo! ¡Sabe Dios, qué sórdida pesadilla!

Aunque nos dábamos prisa, andábamos nuestro ínfimo pedacito de lo inmenso, sobre cuya soledad, desde antes del antiguo Silúrico hasta ahora, el Boyero había escudriñado

y cobijado.

Luego del día onceno, nuestra media de marcha mejoró, desaparecían todas las sendas, las grietas eran menos frecuentes. Por el día decimoquinto dejaba detrás de mí la sepultura de hielo de David Wilson a una media de 10 a 12 millas diarias. Sin embargo, hasta allí su brazo salía y me alcanzaba para tocarme. Su desaparición se había explicado en el barco de cien maneras diferentes, todas bastante plausibles; yo no tenía más ideas que aquellas que no me ligasen con su muerte. Pero en nuestro 32 día de marcha, a 140 millas de nuestra meta, él fue la causa de que una lucha de rabia y odio estallase entre nosotros tres. Era al final de una marcha, cuando nuestros estómagos estaban vacíos, nuestra disposición pronta a rebosar y nuestro ánimo voraz e inflamado. Uno de los perros de Mew estaba enfermo; era necesario matarle, y me pidió hacerlo. —Oh — dije yo —, por supuesto, eres tú quien mate a tu perro. —Bien, no sé — respondió él, abriendo fuego inmediatamente —. Usted debería estar acostumbrado a matar, Jeffson. —¿Qué significa eso, Mew? — pregunté con un arranque de loco, pues la locura y las luces del infierno estaban listas y prontas en todos nosotros —. ¿Quiere usted decir que a causa de mi profesión ? —Profesión no, condenado — gruñó como un perro —. Vaya y desentierre a David Wilson. Me atrevo a decir que usted sabe dónde encontrarle; él le explicará lo que quiero decir, en seguida. Apelé en seguida a Clark, quien estaba parado quitando los arneses a los perros, y empujando bárbaramente su hombro, exclamé:

—¡Ese bestia me acusa de haber matado a David Wilson! —¡Bien! —Le hubiese partido el cráneo tan —¡Váyase, Adam Jeffson, y déjeme estar! — añadió Clark. —¿Es eso todo lo que tiene usted que decirme sobre ello, entonces? — pregunté yo. —¡Lo que yo digo es que se vaya usted al diablo y que me deje estar! — gritó Clark —. Usted debe saber su propia conciencia de bestia, supongo. Ante este insulto permanecí de pie apretando los dientes, si bien en ese momento mi espíritu albergó un humor de malignidad más feroz aún; y, ciertamente, el estado de ánimo de cada uno de los tres estaba imbuido por una cierta rabia peligrosa y hasta criminal; pues en la región del frío nos habíamos asimilado a las bestias que agonizan.

El diez de Abril pasamos el paralelo 89, y aunque enfermos mortalmente, tanto de cuerpo como de alma, aún nos apresuramos más. Como los perros que aman, nos afanábamos en silencio, difícilmente cruzábamos unos con otros una sílaba al día; pero con la orgullosa bestialidad encima marchábamos a través de un infierno helado. En un territorio maldito, que no ha de ser penetrado por el hombre, pues, rápida y deplorable fue la degradación de nuestras almas. En cuanto a mí, nunca pude haber imaginado que el salvajismo de hiena pudiese albergarse en un pecho humano como ahora sentía el mío. Si los hombres entrasen en un país especialmente destinado a los demonios, serían poseídos por el demonio de igual manera que nosotros.

A medida que avanzábamos, el hielo era cada día más liso, de manera que nuestra marcha media pasó de cuatro millas al día a quince y hasta veinte, a medida que los trineos se aligeraban de carga. Fue entonces cuando empezamos a encontrar una sucesión de extraños objetos esparcidos por el hielo cuyo número aumentaba a medida que progresábamos; eran objetos con forma de rocas, o trozos de mineral de hierro, incrustados con fragmentos de cristales, que descubrimos se trataba de piedras preciosas. Al segundo día de veinte millas, Clark recogió un pedazo de diamante tan

grande como el pulgar de un niño, y tales objetos comenzaron a ser frecuentes. Es así que hallamos riqueza después del sueño; pero de manera semejante a como lo hallan el oso y la foca, y por todos esos millones no hubiésemos cambiado una onza de pescado. Clark gruñó algo sobre su origen como rocas meteoríticas, cuyas substancias ferruginosas las habían dirigido hacia allí por el magnetismo del Polo y manteniendo la ignición al frotar con su paso a través del aire con la frialdad de allí; pero como que el H del Polo no es denso, mi idea es que se deben a la mayor fuerza de la gravedad y la menor densidad de la atmósfera de allí; de todas maneras, pronto dejaron de interesarnos como rompecabezas, sino sólo por lo que obstaculizaban nuestra marcha.

Tuvimos un tiempo excelente durante todo el camino, hasta que la mañana del 12 de abril fuimos alcanzados por una tormenta del SW de tan monstruosa y solemne categoría que el corazón claudicó ante ella. La máxima intensidad duró como una hora, pero durante este tiempo hizo añicos dos de nuestros trineos y tuvimos que permanecer cuerpo a tierra. Como que anduvimos toda la noche de sol, suspirábamos con fatiga, que manera que tan pronto como el viento nos dejó juntar todas nuestras cosas, nos hundimos agotados en nuestro saco de dormir y nos dormimos instantáneamente. Sabíamos que el hielo estaba a nuestro alrededor en pavoroso cataclismo; oímos, a medida que los párpados se nos cerraban dulcemente, como un estampido de un cañón lejano y el crepitar de fusilería. Esto debió ser consecuencia de que la tempestad hacía golpear al mar bajo los hielos; no importa lo que fuera, no nos preocupó y nos dormimos.

Estábamos a menos de nueve millas del Polo.

En mi sueño hubo algo como cierto mensajero que golpeó mi hombro con un «¡Va!, ¡va!»; no debía ser sino Clark o Mew, si bien cuando me incorporé, éstos yacían allí, en su saco de dormir. Creo que esto debió de ser a eso del mediodía. Allí, mirando pasmado, estuve algunos minutos y mi atontada memoria me traía que la condesa de Clodagh me había rogado «ser el primero» para ella. Pequeña maravilla mimada por la condesa de Clodagh, lo sé, en su mundo irreal de celo, pequeña maravilla para el mundo que ella codiciaba; fortunas ignoradas pululaban sobre el suelo en mi derredor; sin embargo, ese urgente «sé el primero», debió sugestionar profundamente a mi espíritu, como si cuchichease dentro de mis entrañas, e instintivamente, brutalmente, como un jabalí baja embistiendo por, un lugar escarpado, frotándome mis atontados ojos. De lo primero que se apercibió mi mente es de que, mientras que la tempestad era menos fuerte, el hielo estaba ahora en extraordinaria agitación; miraba a lo lejos sobre una vasta planicie el ondulado horizonte, interrumpido por montecillos, peñas y centelleantes rocas meteóricas que por todas partes adornaban el deslumbrante blanco; algunas eran grandes como cañones metálicos y las más pequeñas como pedazos; y esta vasta llanura estaba ahora reordenándose en un largo drama de desolación, retirándose en encantadas reverencias, otras veces surgiendo para chocar conjuntamente en apasionados picachos, además empujando como olas, inconstantes como fuelles del mar, afinándose ellas mismas, apilándose, derramándose en cataratas de hielo pulverizado, mientras que aquí y allí veía las rocas meteóricas saltar espasmódicamente, en polvo y montones, como géiseres o espumas burbujeantes de la sirena de un vapor, todas las trompetas en tumulto hendían el aire, al mismo tiempo. Estando de pie, tropezaba y me tambaleaba y vi a todos los perros estremecerse con gañidos quejumbrosos. No presté atención. Instintivamente, brutalmente, puse los arneses a 10 de los perros de mi trineo; me calcé las botas canadienses y marché solo hacia el norte. El sol brillaba claro, benigno, pero sin calor, un fantasma remoto de límpida luz que parecía más bien destinado a iluminar otros planetas y sistemas y estar luciendo ahora

aquí por pura casualidad. Un viento salvaje del SW impelía pequeños copos de nieve hacia el norte y pasaban junto a mí. Aún no había andado cuatro millas cuando comencé a notar dos cosas; una que las

rocas meteóricas se acumulaban ahora, sin límites, llenando cuanto divisaba hacia el horizonte norte, con un resplandor cegador, reposando en pilas, parterres, como tendidas de hojas otoñales, de manera que tuve la necesidad de hacer equilibrios sobre ellas; también ahora noté que, exceptuando estas piedras, toda irregularidad del terreno había desaparecido, no había ni rastro del cataclismo que tenía lugar unas cuantas millas hacia

el sur, pues el hielo reposaba más llano que la mesa que tengo ahora ante mí y tengo el

pensamiento de que esta llanura de hielo regular nunca sintió sacudidas ni angustia sino que alcanza por abajo hasta la misma profundidad.

Y ahora con salvaje hilaridad volé, pues una locura me poseía, un desvarío, hasta que finalmente flotando en el aire, bailando locamente, salté, corrí, rechinando los dientes y con los ojos desorbitados; pues un espanto, muy frío, muy poderosamente alto, tenía su mano de hielo sobre mi alma, hallándose solo en aquel lugar, cara a cara con el inefable;

pero aún, con una ligereza burlona y un regocijo fatal y una ciega hilaridad, corrí y salté. Me hallaba a nueve millas del lugar de mi partida; me hallaba en la vecindad del Polo. No sé cuando empezó y menos decirlo, pero ahora estaba consciente de un sonido en mis oídos, cercano y próximo, un ruido constante de chapoteo parecido al de una cascada

o torrente; e iba en aumento. Anduve otros 40 pasos (no podía patinar a causa de los

meteoritos), quizá 80 o quizá 100; y ahora, me horroricé de pronto, estaba de pie y tenía a

la vista un gran lago.

Permanecí un minuto tambaleándome e inclinándome, hasta que me desplomé de plano sobre la nieve. En un centenar de años no acertaría a saber el porque me desmayé; pero mi conciencia aún retiene la impresión de aquel horrible temblor. No vi nada claramente, como si mi ser danzase y cayese borracho, como un títere en desesperada lucha a

muerte en el momento en que vacila y se tambalea para caer irremisiblemente; pero cuando mis ojos se abrieron y vieron lo que tenían ante sí, sentí, sondeé, que aquí estaba

el santuario, el eterno secreto de esta tierra, de su origen, el cual era una pira indigna de

ser vista por un gusano. El lago, creo que tendría como una milla de ancha y en su mitad había un pilar de hielo, bajo y grueso; y tuve la impresión, o ensueño, o ilusión de que hay un nombre inscrito alrededor del hielo del pilar, en caracteres que nunca pude leer; y debajo del nombre una larga fecha; el líquido del lago parecíame rodar en trémulo éxtasis, en el sentido de los planetas; y supuse que este líquido era la sustancia de un ser vivo; y tuve la impresión, a medida que mis sentidos fallaban, de que era un ser con muchos ojos, tristes, quejumbrosos y que corría para siempre en anhelante agitación, manteniendo sus muchos gases ribeteando el nombre y la fecha grabados en el pilar. Pero, mucho de esto debe ser fruto de mi locura

Debió transcurrir no menos de una hora antes de que cierta sensación de vida volviese de nuevo a mí; y cuando la idea de que había estado tendido allí un largo, largo tiempo, me asaltó, estando allí, en presencia de aquellos tristes ojos, mi espíritu gimió y murió dentro de mí. No obstante, en pocos minutos me enderecé sobre mis piernas, y cogido a los arneses de uno de mis perros y sin una sola mirada atrás escapé de aquel lugar. A la mitad del sitio de parada, muy cansado y enfermo e incapaz de proseguir, aguardé

a Clark y Mew. Pero éstos no vinieron. Más tarde, cuando adquirí fuerzas para ir más lejos, hallé que ellos habían perecido por el cataclismo del suelo. Sólo uno de los trineos, medio quemado, vi cerca del sitio de nuestro vivac.

Solo, ese mismo día, empecé mi ruta hacia el sur y durante cuatro días hice un buen progreso. Al séptimo día noté, extendida a lo largo del horizonte sur, una región de vapores que fantásticamente oscurecían la cara del sol; parecía de púrpura, y día tras día la vi permanecer quieta allí; pero de lo que podía tratarse no lo sabía.

Bien, prosiguiendo a través del desierto anduve mi solitario camino, con cobarde terror

en mí: ¡Ay! pues muy aniquiladora es la carga de la soledad polar sobre el alma de un

pobre hombre. Frecuentemente en los descansos me tendía y escuchaba el vacío silencio,

retrocediendo espantado de él, ansiando que al menos uno de los perros gimiese de vez

en cuando; hasta me he arrastrado tembloroso desde mi huméelo saco de dormir para

pegar a un perro, con el único fin de poder oír una voz.

Había partido del polo con un trineo bien cargado y con 16 perros que habían sobrevivido al cataclismo de hielo que había engullido a mis camaradas, habiendo salvado del naufragio de nuestros enseres, la mayor parte del suero en polvo, pemmican, etc., así como el teodolito, compás, cronómetro, la lámpara de aceite de esas de

ferrocarril útil para cocer, y otros instrumentos; por eso es que no tenía dudas referentes a

mi ruta y tenía provisiones para 80 días, pero a los 10 de mi partida la reserva de comida

para los perros se agotó; tuve que matar, uno por uno a mis compañeros; y a la tercera semana, cuando el hielo se hacía más irregular, horriblemente agreste, con el afán y esfuerzo suficientes para matar a un oso sólo era capaz de hacer 5 millas al día. Luego del trabajoso día me deslizaba en el saco de dormir con un suspiro moribundo, vestido aún con la carga de pieles que me convertía en una mera basura de grasa, para poder dormir el sueño de un cerdo, e indiferente si no me despertaba jamás. Una vez tuve un bello sueño, soñé que estaba en un jardín, un paraíso árabe, dulce para respirar; incluso inconscientemente me hacía eco de la tormenta que actualmente soplaba desde el SE sobre los campos de hielo y en el momento en que me desperté

estaba murmurándome medio ingeniosamente: «Es un jardín de melocotones, pero no me hallo realmente en un jardín; estoy ciertamente en el Ártico; sólo que las ráfagas del SE me traen el aroma de este jardín de melocotones». Abrí los ojos y procedí a enderezarme y saltar sobre mis pies. Para un loco, como era yo, no cabía la menor duda de que un aroma como el de la flor del melocotonero estaba

en

el frío aire que me rodeaba. Antes de que pudiera recuperar mi atónito sentido, empecé a vomitar violentamente, y

vi

al mismo tiempo que algunos de los perros, esqueléticos como eran, vomitaban

también; durante largo tiempo estuve tumbado, enfermo y con cierta ofuscación; y al levantarme hallé tres de los perros muertos y todos muy extraños. El viento había girado ahora hacia el norte. Bien, a medida que tropezaba y luchaba por cada pulgada de mi difícil y deplorable camino, este olor a flor de melocotonero, mi enfermedad y la muerte de mis tres perros, parecíanme una maravilla.

Dos días después hallé en el camino una osa y su cachorro, tendidos muertos al pie de una colina, y no podía dar crédito a mis ojos; allí estaba, una mancha de blanco sucio en

un sitio en que la nieve estaba alterada, con un ojo menudo abierto y mostrando su fiera

boca; y el cachorro yacía al través de su grupa, mordiendo su áspera piel. Es así que me

puse a descuartizarlos y ofrecí a los perros un manjar de gloria, a la vez que me daba un banquete de fresca carne; pero tuvimos que dejar allí gran parte de la pieza, y ahora sentí

de nuevo el ansia de proseguir con la cual avancé en el penoso camino. Una y otra vez

me pregunté: «¿Qué puede haber matado a aquellos osos?»

Con bruta estolidez me afané en proseguir adelante casi como una máquina andante, algunas veces balanceándome de sueño, mientras ayudaba a los perros o maniobraba el trineo sobre algún risco de hielo, empujando o tirando. El 3 de junio, al mes y medio de la salida, tomé mi posición con el teodolito y hallé que aún no estaba a 400 millas del Polo, a una latitud de 84° 50'. Era algo así como si algo me obstruyera. No obstante, el frío intolerable ya había quedado atrás y pronto dejaron de colgar las ropas, pesadas e incómodas, semejantes a una armadura; empezaron a aparecer charcos en el hielo y lo que era peor, Dios mío, grandes zanjas a través de las cuales tuve que acarrear el trineo. Mas, al mismo tiempo, todo miedo al hambre quedó atrás; el 6 de Junio hallé al paso otro oso, tres el siete y de aquí en adelante fueron en número creciente y no sólo esos, sino también: renos, nutrias, morsas, gaviotas, pingüinos, todos, todos yacían muertos sobre el hielo, en parte alguna halló nada vivió a excepción de mí y de los dos perros que sobrevivían. Y si alguna vez un hombre se enfrentó con un misterio, era yo. El 2 de Julio el hielo empezaba a fragmentarse peligrosamente y pronto se desató sobre mí otra tormenta del SW; tuve que abandonar mi carromato, planté la tienda de seda sobre un espacio de unos cuantos metros cuadrados, rodeado de zanjas; y ahí estaba de nuevo, por segunda vez, tal como estaba tumbado, percibí el delicioso aroma a flor de melocotonero de la que una sola bocanada me puso repentinamente enfermo. Pero esta vez en cosa de media hora. Ahora todo eran zanjas, ¡maldición!, aún no llegaba al mar abierto, y tal era la dificultad y tan afligida mi vida que algunas veces me habría postrado sobre el hielo, rogando: «Oh, Dios mío, no más, déjame morir». Cruzar una zanja podía ocuparme unas 12 horas y luego, al llegar al otro lado, otra grieta se abría ante mí. Mas, el 9 de Julio, luego de comer esperma de ballena, un perro murió súbitamente, dejándome solo «Reinhardt» un perro blanco siberiano, con pequeñas pero tiesas orejas, como de gato; y al que también tuve que matar al llegar a mar abierto. Esto no ocurrió hasta el 3 de agosto, casi a los cuatro meses de haber salido del Polo. No puedo imaginar, Dios mío, lo que es para el alma humana, siempre sometida a ese triste ambiente o a ese abismo de sensaciones en que estuve embarrado durante cuatro meces; puesto que fui como un bruto, teniendo sólo corazón para sufrir. Cuanto vi o soñé en el Polo, me seguía y si cerraba mis ojos para dormir, aquellos otros ojos de allá parecían vigilarme de nuevo con su perdida y triste mirada y en mis oscuros sueños aparecía el perenne éxtasis del lago. Sin embargo, el 28 de Julio, del aspecto del cielo y por la ausencia de charcos, comprendí que el mar no podía estar muy lejos; así pues, puse manos a la obra y pasé dos días arreglando el maltrecho «kayak». Hecho esto, no reemprendí la marcha hasta haber divisado en el horizonte una bruma festoneada, lo cual sólo podía ser los acantilados de la Tierra de Francisco José y loco de júbilo, permanecí allí ondeando mis esquís alrededor de mi cabeza, con el regocijo de un viejo. En tres días, esta tierra se avistaba ya próxima, escarpados acantilados de basalto se mezclaban con glaciares, formando una gran bahía, con tres islas a cierta distancia; y, al fin, el 5 de Agosto llegué al límite de los hielos firmes, con un tiempo moderado y temperatura próxima a cero. En seguida, pero con satisfacción, maté de un disparo a «Reinhardt» y luego coloqué las últimas provisiones que quedaban y la mayoría de los instrumentos, en el «kayak», dándome prisa para dar rienda suelta a las ansias de verme en el agua luego de tantas penalidades; en catorce horas ya estaba costeando, con mi pequeña vela desplegada, a lo largo de las playas de hielo que ribetean la tierra a la media noche de un sábado en calma; y muy bajo sobre el horizonte, humeaba el disco solar de intenso rojo que se acostaba a la vez que mi ligera embarcación bogaba por aquel silenciosa río. Silencio, silencio; pues ni un soplido de foca, ni un aullido de zorra, ni un maullido de gato marino,

podía oír; pero todo era aún como la negra sombra de los acantilados y glaciares sobre el mar; y muchos cuerpos de animales muertos flotaban la superficie de las aguas.

Cuando hallé un fiordo lo remonté hasta el final, en el que había un congosto de columnas basálticas, semejante a un destrozado templo de antediluvianos; y cuando finalmente mis pies tocaron tierra firme, me incliné largo rato sobre los pedazos de nieve y en silencio lloraron mis ojos, esa noche, un mar de lágrimas; pues la tierra firme es saludable y sana, y querida por la vida del hombre, pero el hielo es una blasfemia, una maldición y una locura, es la reencarnación del Poder de las Tinieblas.

Me percaté de que me hallaba en la Tierra de Francisco José, en algún sitio vecino a C. Fligely, (a unos 82º N), y aunque se hacía tarde y comenzaba a hacer frío, tenía la esperanza de llegar aún a Spitzberg aquel año, alternando la navegación, a mar abierto con arrastrar el «kayak» sobre el blando hielo. Como que todo el hielo que vi era liso hielo de fiordo, el plan parecía bastante factible; así pues, luego de costear por los alrededores un poco y de descansar tres días en la tienda, acampada en un barranco, al pie de columnas basálticas, que se abría al mar, embalé algo de carne de oso y de foca que junto con la comida artificial, fue colocado al fondo del «kayak» y partí al amanecer, costeando las heladas playas con vela y remo, hasta la caída de la tarde. Luego, procuré subir a cierta altura, trepando por un iceberg y me di cuenta de que éste se hallaba en una bahía cuyos brazos se perdían en el infinito horizonte, por lo que determiné cambiar de SW a W, a fin de cruzarla; pero me encontraba haciéndolo cuando encontrándome aún lejos de avistar la tierra, me sorprendió una tormenta del norte, a eso de la medianoche y antes de que pudiera pensarlo, la pequeña vela fue arrancada y el «kayak» salvado. Sólo lo logré salvar por una feliz casualidad, al tener en la vecindad una masa de hielo que flotando debajo de las olas me soportó a flote; y sobre él reposé en estado de atontamiento durante toda la noche, a través de la bulliciosa tempestad, pues estaba medio ahogado. Felizmente, comida, etc., se salvaron gracias a la cubierta del «kayak» cuando cabeceó; siendo entonces cuando alejé de mí toda idea de navegar a vela y de alcanzar Europa aquel año.

Un centenar de metros tierra adentro, en un sitio en que había musgo y hierba seca, me construí una choza esquimal semi-subterránea para pasar la noche polar; el paraje rodeado de altas paredes de basalto, excepto por el oeste en que se abría a la costa, el suelo estaba sembrado de losas y cantos rodados de granito y basalto; en tres lugares la nieve estaba teñida de rojo y sobre ella crecían líquenes, pareciéndome que se trataba de sangre; hallé muertos allí una osa, dos oseznos y una zorra, esta última había caído desde lo alto de los acantilados; pero aún no me encontraba suficientemente seguro y al amparo de los osos, y puse especial cuidado en hacer mi reducto bien cerrado, trabajo que me ocupó casi cuatro semanas, pues carecía de útiles, a excepción de un hacha, un cuchillo y las láminas metálicas de los esquíes. Cavé un pasadizo en la tierra de dos pies de ancho y dos de profundidad por 10 de largo, de paredes perpendiculares y en su extremo norte excavé un espacio circular de 10 pies de diámetro, también de paredes perpendiculares que limité con piedras; cubrí todo el foso con piel de morsa de una pulgada de grosor, lograda durante una dura semana en que despellejé cuatro que yacían sobre la playa y como poste central usé una roca larga, a pesar de la cual la techumbre era casi llana. Una vez acabado, guardé bien todas las cosas dentro, excepto el «kayak», sebo como combustible y para alumbrarme y alimentos de varias clases puestos al alcance de la mano. El techo de ambas partes, tanto la redonda como la larga del pasaje pronto fueron enterradas por la nieve y difícilmente se distinguían del suelo inmediato; pero por el pasaje, tanto para entrar como para salir, había de gatear; pero esto sólo era

de cuando en cuando; dentro del pequeño espacio circular, mayormente ocupado, cubierto, inverné, escuchando los rugidos de las oscuras tormentas que se desencadenaban alrededor de mi perdido rincón.

Todos aquellos meses el agobio de un pensamiento me inquietó, y una pregunta gravitaba sobre mi melancólico espíritu; por doquier, a mi alrededor, hay osos, focas, morsas, zorros, miles y miles de pingüinos, etc., que yacen muertos; casi que los únicos seres vivientes que vi son algunas morsas sobre los escollos, pero eran muy pocas y era claro que alguna catástrofe incomprensible había pasado sobre la isla durante el verano, destruyendo todo indicio de vida en ella, excepto algunos anfibios, cetáceos y crustáceos. Era el 7 de Diciembre cuando habiendo salido al aire libre durante una tempestad procedente del sur, volví a percibir una clara ráfaga de aquel mismo aroma a flor de melocotonero, pero a la sazón sin efecto alguno.

Nuevamente otras Navidades, otro Año Nuevo, Primavera, y el 22 de Mayo zarpé con

mi «kayak» bien pertrechado; el mar ya completamente abierto y el hielo en tan buenas

condiciones que pude en cierto lugar navegar con el «kayak» sobre él, pues el viento me hacía deslizar suavemente un buen trecho. Hallándome en la costa oeste de la Tierra de Francisco José, me hallaba en una situación inmejorable y torcí proa hacia el sur con gran esperanza, estando durante días avistando tierra; pero a la caída de la noche del cuarto día vi flotar un témpano que ofrecía un bello aspecto, se observaban en él una serie de rosas que lo salpicaban y que se reflejaban al través de su cristal; me acerqué a él y lo vi cubierto de millares de gaviotas muertas, cuyo rosado plumaje le daba aquella coloración. Hasta el 20 de Junio hice excelentes progresos en mi viaje hacia el sur y el oeste, el tiempo era generalmente excelente, algunas veces viendo sobre los témpanos algunos cadáveres de osos, otras veces hallaba manadas de morsas muertas y vivas, cuadrilla tras cuadrilla de pingüinos, etc., es decir, toda la gama de animales árticos, y fue hacia la medianoche del 29 de Junio, cuando hallándome sobre un témpano mirando hacia el sol

vieron mis ojos algo, allá en la lejanía, hacia el sur, al través del mar de témpanos, eran

los mástiles de un barco.

¿Era un barco real o una visión fantasmal? Ambos eran lo mismo para mí; que se tratase de realidad podía creerlo difícilmente, pero semejante visión hizo latir aceleradamente mi corazón como si fuera a morir y blandiendo suavemente los canaletes junto a mi cabeza, caí de rodillas y luego tan largo como soy. Tan fuerte fue la dulce ansia de proseguir a toda marcha, una vez más, semejante a un animal de circo, de una foca por ejemplo en un circo europeo; pero esta vez lloraba mi carne de oso como un propio oso, y lavé mis manos en sangre de morsa para darles un cierto brillo de roja limpieza en vez del tinte grasiento que crónicamente las embadurnaba. Y pese a lo agotado que estaba tardé poco tiempo en partir en pos de aquel barco; no había atravesado aún cuatro horas sobre el agua y el hielo, cuando mi alegría se hizo indescriptible al ver, desde lo alto de un témpano, que se trataba del Boreal. Me resultaba extrañísimo que pudiera hallarse en estas latitudes. Sólo se me ocurría el que hubiese, sido obligado a cambiar su rumbo hada el oeste, fuera del bloque de hielo compacto en que lo dejamos y quizá ahora estaba intentando salimos al encuentro en nuestro camino hacia Spitzberg. Sin duda, loca fue la lucha que tuve que librar para poder llegar hasta él, mis murmurantes labios prorrumpieron en crisis de risas, anticipándome a su dicha de verme, la admiración que tendrían al oír contar las grandes noticias referentes al Polo; ondeaba el remo en alto, aún cuando sabía que aún no podían verme y luego lo zambullí violentamente en el agua. Lo qué me sorprendía era ver tendidas las velas principales y la rectangular del mástil de proa, en una mañana tan tranquila, pues no se movía en absoluto bajo un sol lejano semejante a un espíritu de luz, acariciando el mar de

témpanos, con manchas centelleantes y un tinte rosado teñía todos los objetos ya que el suyo propio era de una novia recién muerta ataviada con sus brillantes y blancos brocados, el Boreal era lo único que rompía esta uniformidad a modo de mancha negra, y pensando que para mí se trataba de un paraíso recé y remé. Estaba algo misterioso, pero a las 9 de la mañana vi que faltaban dos alas del molino

de viento, los pescantes estaban medio derrumbados y que un bote le colgaba de un

costado; poco después de las 10 pude ver que la vela principal tenía un desgarro central

de arriba a abajo. Y no atinaba a comprender, no estaba encallado: y sin embargo, dos

pequeños témpanos, uno a cada lado, batían contra sus costados. Comencé a remar de nuevo, respirando profundamente, loco de alegría, impaciente, cada segundo me parecía un año y cuando pude distinguir a alguien sobre cubierta, doblándose sobre la barandilla, mirando en la dirección en que me aproximaba, no sé porqué; pero creí que se trataba de Sallit y me puse a gritar: «¡Eh! ¡Sallit!» «¡Hola! ¡Eh!» Pero no vi que se moviera aunque seguía inmóvil en el mismo sitio mirando en mi dirección; entre el barco y yo era todo mar navegable a través de algunos témpanos, y al avistarle tan claramente me infundió un temblor de ansiedad, que se diría que estaba demente, haciendo volar el «kayak» con remadas llenas de coraje, mezclándose con las remadas mis locas exclamaciones de júbilo: «¡Hola!» «¡Eh!» «¡Bravo!» «¡He estado en el Polo!» Oh, vanidad, vanidad. Ya me hallaba más cerca; era ya bien entrada la mañana y me acercaba ya al mediodía, cuando me hallaba a media milla de distancia, es decir 800 yardas; sin duda que a bordo del Boreal han tenido que verme, me habrán oído, mas no observaba movimiento alguno para darme la bienvenida; todo estaba como muerto, Dios mío, en esa mañana aún ártica; sólo las desgajadas lonas ondeaban lánguidamente, y los dos témpanos, uno a cada lado, golpeaban los costados con apagado retumbo. Ahora estaba seguro de que era Sallit el que miraba hacia el mar, pero cuando en cierto momento el barco giró un poco, noté que la dirección de su mirada había cambiado con su movimiento y que ya no miraba en mi dirección; y le grité con reproche: «¿Por qué, Sallit?» «Hombre, ¿por qué?», grité nuevamente. Mas pese a que gritaba y vociferaba, se apoderó de mí una certeza perfecta de que no habría respuesta, pues un perfume de melocotón me venía del barco y ahora comprendía claramente que pese a aquella posición de Sallit que parecía estar mirando, no veía nada y que a bordo del Boreal estaban todos muertos; ciertamente, pronto vi uno de sus ojos semejante a un ojo de cristal cuando mira oblicuamente y brilla distraído; y nuevamente

mi cuerpo se desvaneció y mi cabeza se desplomó hacia delante, sobre la cubierta del

«kayak».

Después de un largo rato, empecé a mirar de nuevo escrutando aquel barco perdido y desamparado: allí estaba, quieto, trágico, como si fuese culpable de un obscuro cargo de

fatalidad que le apesadumbrase; allí seguía Sallit, y yo sabía perfectamente el porqué se hallaba él allí; se había asomado para vomitar y desde entonces allí reposaba, sus antebrazos se apoyaban sobre la barandilla y su rodilla izquierda se apoyaba en la cubierta; su cara algo asustada parecía ser respuesta a los golpes que los témpanos propinaban en los costados; sorprendía un poco, no tenía nada que cubriera su cabeza; percibí los sones de los céfiros en sus largos cabellos. No me hubiese aproximado más, estaba asustado, no osaba, el silencio del barco parecía algo sagrado; y hasta bien adelantada la tarde estuvo allí mirando el negro casco, miraba que sobre la línea de flotación había una franja medio sumergida debida a la humedad marina que denotaba su prolongado sueño. Un intento de subir a él había sido hecho, al menos así parecía, pues

un largo tablón pendía del barco de un cable, algo sumergido en el agua; los dos únicos

brazos del molino de viento giraban tanto en un sentido como en el contrario sólo unos cuantos grados, crujiendo con un andante sing-song; algunas prendas colgaban de un

alambre del cual habían sido tendidas ropas para secar; los alambres que ceñían las altas cajas estaban ahora rojos, rugosos, llenos de orín; en algunos sitios los aparejos se amontonaban enredados; los botes se balanceaban de vez en cuando describiendo parte de un círculo con cadencia de tormento, y las velas, algo podridas, sin duda a causa de la exposición, pues no había habido ninguna tormenta importante, y el viento había desgarrado una de ellas por la mitad y de arriba abajo. Excepto Sallit, que se le veía desde fuera por estar en el sitio en donde él mismo se había situado, no vi a nadie más. De una remada me acerqué al barco, serían las cuatro de la tarde, aunque mi terror del barco era algo complicado por el perfume suyo, cuyos fatídicos efectos conocía bien. No obstante, mi tanteadora aproximación me demostró, cuando quedé tranquilo, que allá había desaparecido ya cualquier peligro que hubiese habido; y finalmente, con mi corazón batiendo desesperadamente, trepé por una cuerda que pendía del costado. Al parecer, todos habían muerto repentinamente, pues casi todos los doce estaban en actitudes de actividad: Egan, en el propio acto de subir la escalera de la cámara; Lamburn, sentado contra el camarín de derrota, ocupado al parecer en limpiar dos

carabinas; Odlind, en el fondo de la escalera del cuarto de máquinas, parecía estar llevando un par de trozos de reno, y Cartwright, que a menudo estaba bebido, tenía sus brazos rígidamente apretados en torno al cuello de Martín, a quien parecía estar besando, ambos tendidos al pie del palo mesana. Y sobre todo — sobre hombres, cubiertas y rollos de cuerda, en la cámara, en el cuarto de máquinas, entre hojas de claraboyas, en cada estantería y en cada grieta — había una ceniza o polvo impalpable, fino, purpúreo; y reinando constantemente a través de todo el barco, como el propio espíritu de la muerte, aquel perfume de melocotón. Aquí se había asentado ella, como pude verlo por la fecha del Diario de Navegación, por el orín de la maquinaria y por el aspecto de los cadáveres, por otras cien indicaciones, hacía cosa dé más de un año; por lo tanto, había sido principalmente debido a la voluntariosa tarea de vientos y corrientes que esta nave mortal había sido traída de nuevo a mí. Y ésta fue la primera indicación manifiesta que tuve de que el Poder (quién o quienes o lo que fuese que pudiera o pudieran ser), que a través de la Historia ha mostrado tanto cuidado en ocultar Su mano a los hombres, apenas intentaba ya tomarse la molestia de ocultarla de mí; pues era exactamente como si el Boreal me fuese abiertamente presentado por una Intervención, por un Medio u Órgano, que aun cuando no pudiese ver, podía muy bien captar. El polvo, aunque muy fino y volátil en las cubiertas, se había depositado espesamente

abajo, y tras un giro de inspección, lo primero que hice fue examinarlo

aunque no había

probado bocado en todo el día y me encontraba agotado hasta la inanición. Encontré mi propio microscopio donde lo había dejado, en la caja de mi litera a estribor, aunque tuve que apartar a Eagen para alcanzarlo y pasar sobre Lamburn para entrar en el cuarto de derrota; pero hacia el anochecer me senté a la mesa y me incliné para ver si podía hacer algo del polvo, pareciéndome como si miríadas de espíritus de hombres que habían morado en la Tierra, y ángeles y demonios, y el Tiempo y la Eternidad se hallasen suspendidos silenciosos en derredor en espera de mi veredicto; y me entró tan febril escalofrío, que durante largo rato las yemas de mis dedos, atáxicas por la agitación, se negaron a cualquier esfuerzo que intenté, y no pude hacer nada. Desde luego, yo sabía que un olor de flor de melocotonero, que resulta de la muerte, sólo puede ser asociado con algún efluvio de cianógeno, o de ácido de hidrocianuro («prúsico»), o de ambos; así que cuando por fin logré examinar algo del polvo, no me sorprendió hallar entre la masa de ceniza algunos cristales amarillos que solamente podían ser ferrocianuro potásico. Lo que éste estaba haciendo a bordo del Boreal, yo no lo sabía, ni tampoco tenía yo los medios ni la fuerza de espíritu para ahondar más en ello; comprendía tan sólo que por la razón que fuere, el aire de la región justamente al sur de

los alrededores del Polo, había sido impregnado con un gas que era, o bien cianógeno, o algún producto de cianógeno; o sea, que este gas, que es muy soluble, había para entonces o bien sido disuelto por el agua, o bien dispersado en el espacio, dejando su débil perfume; y viendo esto, dejé caer mi abandonada cabeza sobre la mesa, y durante largo rato me quedé con la mirada extraviada y fija al par, pues tenía una sospecha, ¡santo Dios!, y un temor en mí. Según hallé, el Boreal contenía suficientes provisiones no tocadas por el polvo, en cajas, latas, etc., para que me durasen unos cuarenta años; pues dos días después, luego de haber raspado y refregado bastante de la mugre acumulada en mi piel durante quince meses y solazándome con mejor alimento, hice una completa inspección y recorrido de él. Luego pasé tres días más en engrasar y limpiar la máquina, y, una vez todo listo, arrastré mis doce cadáveres y los puse en dos hileras en el cuarto de derrota. Realizado todo esto, icé por babor el pequeño «kayak» que tanto me había servido en tantas tribulaciones, y a las 9 de la mañana del 6 de Julio, una semana después de haber avistado el Boreal, descendí a la sala de máquinas, para ponerlas en marcha.

Las hélices, según el sistema moderno, estaban impulsadas por una corriente de aire líquido explotando a través de tubos capilares en receptáculos de válvulas de corredera; motor que a pesar de su hinchado bulto hacía dieciséis nudos; y es la cosa más sencilla llevar alrededor del globo uno de esos artefactos, pues su puesta en marcha depende sólo del bajar de una palanca, siempre que uno no vuele por los aires, pues el aire líquido, a pesar de sus maravillas, tiene también a veces esta ventolera si no se le manipula con cuidado. De cualquier modo, disponía yo de tanques de aire para que durasen lo menos doce años viajando, y además había una máquina para hacerlo en caso de necesidad, con cuarenta toneladas de carbón en los depósitos, y las dos calderas Belleville, por lo que respecto a motores estaba bien provisto. Asimismo el hielo era completamente flojo allí, y no recuerdo haber visto jamás el Ártico tan brillante y de alegre aspecto. La temperatura era de 41 grados bajo cero. Hallé que me encontraba a medio camino entre Francisco José y Spitzberg, en la latitud 79° 23', longitud 39°; la ruta aparecía despejada, y sentí como una melancólica esperanza cuando los motores comenzaron su rítmico girar de cilindros y las hélices a remolinear el Mar Ártico, mientras que iba a instalarme a la rueda del timón y ponía rumbo al sudoeste. Cuando necesitaba alimento o descanso, el barco descansaba también; luego volvía a proseguirse la marcha. Dieciséis horas al día permanecí a veces de centinela a la rueda del timón, contemplando la variada uniformidad del mar de hielo, hasta que mis rodillas cedían, pues frecuentemente se hacían necesarias delicadas maniobras entre banquisas e icebergs. No obstante, me encontraba menos embarazado por el apelotonamiento de vestiduras polares, casi ágil ahora con un indumento lapón y un gorro siberiano redondo de piel. A medianoche, cuando me deslizaba en mi vieja litera, parecía como si los motores reducidos ya al silencio, cosa muerta ya, poseyeran un espíritu que me rondara, pues los

no a ellos, sin embargo, sino al silencio de su espíritu; y a menudo me

seguía oyendo

despertaba incorporándome sobresaltado, con el corazón espantado en un puño, por la explosión de algún iceberg o banquisa en un choque, ruidos que rasgaban aquel blanco misterio de quietud, en el que ellos eran como tumbas flotantes y el mundo como un cementerio líquido; ni sabría expresar la extraña conmoción de Juicio Final que tales estampidos alzaban en mí de las profundidades del caos como un recordatorio del propio íntimo pensamiento y ser: pues a menudo, tanto en vela como en la pesadilla, no sabía en qué orbe me encontraba, ni en qué época, sino que me sentía al garete por el gran golfo del espacio, de la eternidad y de la circunstancia, sin fondo alguno para que mi conciencia pudiera asentarse, constituyendo el mundo todo un espejismo y un extraño espectáculo para mí, con las fronteras de la vela y el sueño borradas.

De todos modos, el tiempo seguía siendo excelente y el mar como un estanque. Durante la mañana del quinto día, el 11 de Julio, llegué, y fui descendiendo por ella, a una avenida extraordinariamente larga de iceberg y banquisas, dispuestas de forma muy regular, quizá de media milla transversal y varias de longitud, semejantes a una titánica doble procesión de estatuas, o las tumbas Ming, pero ascendiendo y descendiendo como compases musicales, atalayantes algunos, creando pasadizos en sombras entre ellos, otros de un resplandor traslúcido esmeraldino, tres o cuatro vertiendo cascadas que producían un como lejano canturreo; el mar de un singular espesor, casi de un blancor de merengue, y algunas nubes de nieve, algodonosas, flotando en el pálido firmamento, y abajo este pasillo que producía una impresión de catedrales ciclópeas y misteriosos claustros y mazmorras. Apenas hube pasado una milla, que avisté un negro objeto al final. Me abalancé a los obenques y no tardé en apreciar un ballenero; de nuevo me asedió la misma jadeante agitación y el arrebato por abordarlo mientras volaba a poner la palanca a toda marcha, volviendo luego a dar un giro a la rueda del timón; después al palo mayor, trepando y agitando al buen tuntún un trapo; y para cuando me hallé a unos quinientos metros del ballenero, me dejé invadir por tal oleada de pasión que me encontré

eh! ¡Bravo! ¡He estado en el Polo!»; y los doce

cadáveres que tenía yo allá en el cuarto de derrota debieron haberme oído, y también los hombres de la ballenera, y sonreído. En cuanto a ésta, de no haberme encontrado en aquel estado de ciega chochera, debiera haber visto desde el primer momento que tenía el aspecto de un barco de la

muerte, con su botavara porteando a estribor sobre la superficie del mar, y su trinquete rizado en aquella serena mañana; mas sólo cuando estuve casi encima de ella, y descendía apresuradamente a parar la máquina, penetró de súbito la verdad en mi calenturiento cerebro, y apenas pude creerla de tan aturdidamente pasmado que quedé. Luego arrié el kayak y me embarqué en él Esta embarcación había sido reducida al silencio en medio de la actividad, pues no vi a ninguno de los sesenta y dos que no habían estado ocupados, excepto a un muchacho Era de unas 600 toneladas, armada en barco, con motor auxiliar, blindada en las amuras de proa; apenas de dejé de recorrer una parte de ella. Había hecho buena captura de ballenas, hallándose una aún atada a un costado, en proceso de despedazamiento. Sobre la cubierta había dos montones de grasa de una tonelada de peso, rodeados de veintisiete hombres en diversas actitudes y expresiones, algunas terroríficas, otras desagradables y varias grotescas; la ballena muerta y los hombres muertos también, la muerte y los gérmenes de la nada floreciendo, y un hipnotismo y un mutismo cuyo reino estaba confirmado, y su gobierno haciéndose viejo. Cuatro de los que habían estado arrancando la gelatina de una masa de estratificados huesos de ballena al pie del mástil de mesana, estaban completamente encastrados en carne del animal; sobre un barril

vociferando esta fútil insania: «¡Hola

atado al palo mayor asomaba la cabeza de un hombre de larga barba en punta, que parecía inspeccionar el mar hacia el sudoeste, lo cual hizo que me fijara en que sólo cinco de las ocho o nueve probables lanchas se hallaban a bordo; y tras visitar los entrepuentes donde vi grandes cantidades de hacinadas placas de ballena, y cincuenta o sesenta tanques de aceite y grasa tajada; y tras recorrer la cámara, sala de máquinas y castillo de proa, donde vi un solitario muchachito de unos catorce años cuya mano estaba asiendo una botella de ron bajo la tapadera de una caja, habiendo sido en aquel intento

Después de dos horas de exploración por el barco volví al

sorprendido por la muerte

mío propio y proseguí mi ruta, llegando cosa de medio hora más tarde sobre las tres lanchas balleneras que faltaban, a una milla aproximadamente; maniobré en zig-zag cerca de ellas, hallando en cada una cinco hombres y el patrón, disparado además en una de ellas el cañoncito del arpón, con su cuerda enrollada varias veces en torno al pecho de su manipulador; y en las otras, cientos de brazas de cuerda enrollada, con hierros de cazonete, lanzas de ballena, arpones de mano, y cabezas sumidas y muecas y visajes y

desmadejado abandono, y ojos de un brillo vidrioso, y ojos adormilados y opacos, y ojos que parecían parpadear y guiñar.

Tras esto comencé a avistar barcos no infrecuentemente, y dejaba encendidas

regularmente las tres luces de posición por la noche. El 12 de Julio encontré uno, el 15

todos ellos groenlandeses, creo: pero de los nueve

sólo abordé tres, revelando el anteojo desde lejos que en los otros no había vida alguna; y en los tres me hallé con lo mismo: hombres muertos; de modo que la sospecha que yo

tenía, — el temor, aumentaron grandemente. Proseguí en dirección sur día tras día, centinela en la rueda del timón, brillando claro el sol y careciendo a veces el mar mezclado con partes de leche durante el día, y por la noche la inmensa desolación de un globo rielado por un sol muerto eras hacía, y por una luz funeral. Era como las Tinieblas con la muerte en ellas, y más lívido de lo que yo había supuesto el propio reino de la muerte y el Hades más terrorífico que el estado neutro y el limbo de la inanidad, cuando el mar irreal y la espectral bóveda, perdido todo confín, fundidos en un vacío fantasmagórico, en cuyo centro yo, como si estuviese aniquilado, parecía un satélite describiendo una desmayada órbita en la inmensidad del espacio, en cuyo mundo incorpóreo había de pronto vaharadas de aquel perfume de melocotón que yo conocía y cuya frecuencia crecía; pero como fuere, el Boreal seguía adelante, atravesando una que parecía insondable Eternidad, acercándose a la latitud 72°, no lejos ya del norte de Europa. Y ahora, en cuanto al olor de melocotón — aun cuando todavía había en torno mío algunos hielos flotantes, yo era exactamente como algún marino fantástico, que habiendo zarpado a la búsqueda del Edén y las Islas Afortunadas, las encuentra, proviniéndole ráfagas balsámicas de sus vergeles mientras se encuentra aún lejos, para recibirle con la fragancias de almendros y cornejos, y de jazmín y loto; pues habiendo yo alcanzado ya una zona en que el aroma de melocotón era constante, todo el mundo parecía embalsamado con su perfume, y podía imaginarme a mi embarcación rumbo al confín de la Tierra, hacia algún clima de eterna fragancia y deleite.

su brillante

aparición o reflexión en el firmamento cuando se le deja atrás o no se ha llegado aún a él, pues por entonces me encontraba en una región donde habían de verse muchas embarcaciones de varias clases; continuamente las estaba encontrando, y no dejé de investigar ninguna, abordando a varias con el kayak o la lancha de alerce. Justamente bajo la latitud 70° llegué sobre una flota de lo que creí ser pesqueros de bacalao o arenque de las islas Lofoden, que debían haber derivado como fuese a una corriente norte, todos ellos cargados con pescado puesto a curar, y cruce de uno a otro en curso de zig-zag, pues se hallaban ampliamente desperdigados, semejantes a simples granos de arena en el horizonte, en el atardecer sereno y claro con su luminosidad astral ártica, reclinándose el Sol a su sueño nocturno en las profundidades. Tres embarcaciones pálidas se balanceaban con ruidos crujientes, como de criaturas plañéndose entre sueños, completamente incólumes hasta el momento, en espera de las tormentas del drama invernal de cólera en aquel lúgubre mar, cuando no habría de faltarles un funeral tañido y una honda fosa. Los pescadores eran bravos patanes, con franjas de barba desde la punta de la barbilla y gorros colgantes de algodón; uno de ellos se encontraba arrodillado en una posición agazapada hacia delante, asiéndose al trinquete, con las piernas esparrancadas, la cabeza echada hacia atrás, y sus amarillos globos de los ojos con sus iris grises mirando fijamente arriba del mástil. Cada vez encontré frascos de whisky de cebada, dos de los cuales llevé a mi lancha; pero en una embarcación, en vez de abordarla con mi lancha, corté a tal punto el aire líquido del Boreal, que mediante una delicada maniobra se detuvo a una braza del pesquero, sobre cuya cubierta pude saltar; tras mirar en derredor, descendí las tres escaleras de popa, metiéndome en el oscuro y

dos, el 16 uno, el 17 tres y el 18 dos

Al fin vi lo que los balleneros acostumbran a llamar «el guiño del hielo

»

abuhardillado entrepaño inferior, llamando en una especia de cuchicheo: «¿Hay alguien? ¿Hay alguien?», sin que nadie contestara; pero cuando volví de nuevo a cubierta, el Boreal había derivado a tres metros más allá de mi alcance, de manera que como había calma chicha hube de echarme al agua; y en aquel medio minuto se apoderó de mí un cúmulo de terrores. Sí, sentí de nuevo aquella abismal desolación de soledad y la impresión de un universo hostil inclinado sobre mí para engullirme; el océano no me parecía sino un gran fantasma. Dos mañanas después llegué sobre otra flotilla, de embarcaciones mayores ésta, que descubrí ser pesqueros británicos de bacalao, y también en la mayoría de los que abordé; en cada gambuza de popa una imagen de la Virgen de madera o arcilla, de tonos policromos descoloridos y en una embarcación, un muchachito arrodillado ante ella, pero había caído a un lado, con las rodillas aún dobladas y la cruz de Cristo asida en su puño. Los hombres, con blusas de algodón azul y encerados, se hallaban en todas las posturas de la muerte, conservando aún perfectamente cada detalle de rasgo y expresión; las chalupas lo mismo, todo, todo; éstas se mecían ligeramente y como descuidadas, con una

especie de monótono sonsonete crujiente; parecía como si cada una tuviese una subconsciencia de su propia personalidad y una insensible inconsciencia de todo lo demás, aun cuando fuesen una reproducción; los mismos garfios y cordeles, cuchillos de corte y destripado, barriles de salmuera, pilas y cajas de bacalaos abiertos, cubetas de galleta y crujientes balanceos y un olor de sentina y hombres muertos. Al día siguiente, a unas ochenta millas al sur de la latitud de Monte Hekla, avistando una gran nave, que resultó ser el crucero francés Lazare Tréport, también subí a bordo y lo recorrí durante tres horas, su puente superior, principal y blindado, cubierta por cubierta, sus negras profundidades, hasta hurgué los tubos de los dos cañones roñosos de las tórrelas. Vi en

el cuarto de máquinas a tres hombres destrozados tras su muerte, supongo que por la

explosión de una caldera; y vi a unos 800 metros al nordeste una gran barca suya, atestada de marineros, con un remo aún empotrado entre su estacha y la mandíbula echada hacia atrás del remero; mientras que en la cubierta del buque, en el espacio entre

los dos mástiles, aparecían los chaquetones azules en una especie de apiñado

doscientos. Nada podía ser de más trágica sugerencia que la desvalida

desorden

potencia de aquella pobre embarcación errante, en torno a cuya estólida masa, activas como hojas de álamos murmuraban miríadas de olitas en continuo chapoteo que las hacía semejar pobladas de muchedumbres de parlanchines gorriones. Aquella tarde pasé largo rato en una de las casamatas de un cañón, con la cabeza sumida en el pecho, mirando furtivamente de soslayo los pies exangües y azulados de un marinero que yacía ante mí y cuyas plantas eran sólo visibles, pues se hallaba tendido cabeza abajo más allá del umbral de la portezuela; y anegado en mares de lúgubres ensueños permanecí hasta que con un último estremecimiento que fue como un resorte que me puso en pie, parecí

despertar y volví al Boreal y me quedé dormido. A las nueve de la mañana siguiente, al ir

a cubierta y descubrir hacia el oeste un grupo de embarcaciones, puse proa a ellas;

resultaron ser diez queches de las Zetlandia, que debían haber derivado del nordeste. Los exploré bien, pero no había otra cosa sino añadir a la larga lista de las otras embarcaciones anteriores; pues todos sus hombres y todos sus grumetes y todos sus perros habían muerto. Podría haber llegado a tierra antes de lo que lo hice; pero no quise. ¡Tenía tanto miedo! Estaba acostumbrado al silencio del hielo y al silencio del mar, ¡pero tenía miedo del silencio de Europa! En cierta ocasión, el 14 de julio, avisté una ballena o cuando menos así me lo pareció, lanzando un chorro allá por el remoto horizonte; y el 19 vi un enjambre de marsopas surcando el agua en su ruta hacia el norte; y al verlas me dije: «Bien, no estoy entonces solo en el mundo, Dios Santo».

Y aún más, algunos días después, el Boreal se encontró en medio de un banco de bacalaos en dirección norte, miles de peces, pues yo los vi y una tarda capturé tres simplemente con el garfio. Así, pues, cuando menos el mar tenía sus familias para ser mis camaradas.

Pero si la tierra se hallase tan silenciosa como el mar, sin ni siquiera la ballena con su surtidor, o la manada de bamboleantes marsopas, si París estuviese tan mudo con la

nieve perenne

Pudiera haberme decidido y recalado en las Zetlandia, pues me encontré tan lejos al oeste como en la longitud 11° 23', pero no lo quise; repito que tenía demasiado miedo. Me hallaba como encogido para enfrentarme con la sospecha que abrigaba para tomar una decisión. Finalmente, de todos modos, puse rumbo a Noruega, y en la segunda noche de esta

definitiva intención, hacia las nueve, con tiempo tormentoso, el cielo bajo, el aire sombrío

y el mar de aspecto duro, engrosado y esquivo. Me encontraba al gobernalle durante

largo tiempo ya, con mis pobres luces de proa y estribor encendidas, cuando, sin la menor prevención, experimenté el choque más rudo de mi vida, siendo despedido como por un cañón a la puerta de la cabina, a través del pasillo y más allá; había chocado con algún buque de gran tonelaje probablemente, aunque nunca lo vi, ni percibí la menor señal de él; y toda aquella noche y el día siguiente hasta las cuatro de la madrugada, el Boreal anduvo solo, a su antojo, pues yo yacía conmocionado. Finalmente vi que solamente había padecido lesiones insignificantes, pero aún permanecí una hora tendido en el suelo, con un humor negro, y al levantarme detuve las máquinas, viendo a mi docena de muertos todos ellos apiñados y desfigurados. Sentí ahora miedo de navegar de noche, y hasta de día no quise ir adelante por espacio de tres días; pues estaba colérico contra no sabía yo mismo qué, y dispuesto a pelearme con Aquellos a quienes no podía ver. Sin embargo, el cuarto día, un embravecimiento del mar que empezó a zarandear la embarcación, poniéndome muy incómodo, me impulsó al movimiento y puse proa al sur. Avisté la costa de Noruega cinco días después, en la latitud 63° 19'; al mediodía del 12 de agosto, y enmendé mi rumbo para seguirla; pero fue con perezosa renuencia que me arrastré a media velocidad. En unas ocho horas, como lo manifestaba la carta, debía de

avistar la luz del faro de la isla de Smoelen; y cuando llegó la queda noche, el agua negra

y tersa como un lago, centelleó con surcos de luz lunar, moviéndome junto a ellos entre

las diez y medianoche, casi en la sombra de las montañas; pero, ¡Tú, oh Dios, de Ti no había resplandor alguno allí!; y durante todo el recorrido, la escarpada orilla, próxima o lejana, siguió oscureciéndose, sin que nunca apareciera en ella una luz amiga. El 15 de agosto tuve otro de esos arrebatos que al pasar habrían dejado postrado a un elefante. Durante cuatro días no había notado señal alguna de vida en la costa noruega, sólo rocas y más rocas, muertas y sombrías y embarcaciones flotantes, todas ellas también muertas y sombrías; y mis ojos habían adquirido una demencial fijeza en su mirar

a los abismos de vacío, mientras permanecía inconsciente de ser, excepto en un punto,

de azul de arco iris, allá lejos en el infinito, que pasaba lentamente de izquierda a derecha ante mi consciencia durante un corto espacio y luego se desvanecía, para volver de nuevo a pasar lentamente, siempre en la misma dirección continua, hasta que algún espolique, o voz, me aguijoneaba la conciencia de que estaba mirando fijamente, murmurando confidencialmente la advertencia: ¡mira, y todo ha pasado contigo! Perdido así en un trance de tal género, me hallaba inclinado sobre la rueda durante la tarde del 15, cuando experimenté como una especie de aviso diciéndome: «Si miras más allá,

verás

y en un instante ascendí de toda aquella sima de ensueño a la realidad, lancé

una ojeada a la derecha, y por fin, ¡Dios santo!, vi algo humano que se movía y que venía hacia mí. Aquella sensación de rescate, de despertar, de nueva solidez, de lo acostumbradamente alentador, era un billón de veces demasiado intensa para expresarla;

¿qué era entonces — me preguntaba — lo que podría yo hacer?

de nuevo ahora puedo imaginarla y sentirla

pies y vivir; pues desde el día en que había estado en el Polo y visto allí la cosa vertiginosa que me hizo desfallecer, no había aparecido en mi camino señal alguna de otras que como yo mismo estuvieran con vida, hasta ahora, en que súbitamente tenía la prueba; pues en el mar, al sudoeste, a escasamente cuatro millas, vi un barco hendiendo las aguas y alzando profusas franjas de espuma que se expandían ondulantes a ambos lados, al surcar las aguas rápidamente y en derechura hacia el norte. En este momento me encontraba yo singlando hacia el SE por S, a catorce nudos, desde una serie de montañas noruegas de un oscuro azul y luego de dar a la rueda un franco giro a estribor para aproarme a la embarcación, me abalancé al puente, apoyé la espalda contra el palo mayor, puse un pie sobre la barandilla de hierro frente a mí y al instante sentí que me poseían todos los burlones diablos de perturbadora orgía, al quitarme el gorro de la cabeza y comenzar a agitarlo maniáticamente; pues a una segunda ojeada vi que aquella nave llevaba una insignia en el palo mayor y un largo gallardete en su cofa, no atinando a santo de qué llevaba aquellos dos estandartes; al instante se me cambió el humor y pasé a la amargura y al estado demencial. Claramente se imprimió en mi conciencia, en tres minutos de intervalo, su color amarillo apagado, como muchos barcos rusos, con una especie de marchito rosa en sus amuras, bajo el amarillo, su pabellón azul y blanco; un buque de pasaje, de dos palos, dos chimeneas, aun cuando de éstas no salía humo alguno. En todo su curso, el mar tenía vacilantes fulgores del sol que se ponía, chafarrinones aureolados se prendían a la vista, pero graduándose a formas más finas a la distancia, hasta convertirse en línea de lívida plata en el horizonte. La doble velocidad de aquella embarcación y del Boreal debía haber sido cuarenta nudos, y realizarse el encuentro en unos cinco minutos; sin embargo, en este breve espacio de tiempo amontoné años de mi vida, vociferando apasionadamente, con mi cara y ojos inflamados por la rabia más precipitada y alborotada, pues ni aminoró su marcha ni hizo ninguna señal, ni dio muestra alguna de haberme visto, pero se me venía encima en marcha constante, de manera que perdía la razón, pensamiento memoria y sentido de la relación en la oleada de histeria que me apresó; y solamente recuerdo ahora que, en medio de mis aullidos, mi garganta frenética decía: «¡Ohé! ¡Bravo!,¿Por qué no paran? ¡Locos! ¡Yo he estado en el Polo!» En aquel momento se alzó un olor execrable que me invadió el cerebro y en el lapso de tiempo en que se puede contar hasta diez, me di cuenta de sus máquinas sonando próximas y pasando la mole en su batir de agua a menos de veinte metros de mis narices. ¡Santo Dios, era algo ante lo que los cuervos habrían escapado con náuseas!, tuve un vislumbre de las cubiertas densamente arracimadas de cadáveres putrefactos En letras negras sobre su popa amarilla, el rabillo de mi ojo captó la inscripción Yaroslav al inclinarme sobre el cairel para vomitar. Sin duda alguna aquel buque había estado lejos en el sur con su hacinamiento de cadáveres, pues todos los que hasta entonces había visto, lejos de heder parecían, despedir cierto perfume de melocotón; y era además una embarcación de esas que han sustituido el vapor por aire líquido, aunque conservando todavía sus antiguas chimeneas, etc., para caso de necesidad, pues el aire era mirado aún con prevención por los constructores, debido a los accidentes que a veces provocaba. Así pues, este Yaroslav debió haber quedado con sus máquinas en marcha cuando la muerte sorprendió a su tripulación y al no hallarse aún vacíos sus tanques de aire, debió de haber estado también recorriendo el Océano impunemente desde entonces, durante no sé yo cuantos meses o años. Me arrimé a la costa noruega durante ciento cuarenta millas, sin pegarme a ella más que en dos o tres ocasiones, pues algo me retraía; pero al pasar ante la boca del fiordo

la ordinaria roca sobre la cual plantar los

donde yo sabía que estaba Aadheim, me sentí irresistiblemente acuciado a portear y antes de que supiera que estaba haciéndolo, aproé a tierra.

En media hora me estaba moviendo entre montañas a ambos lados, de veteadas rocas

en sus cumbres y umbrosos boscajes abajo, y todo ello suavizado por velos tejidos por el

arco iris. Es un estrecho serpenteante, de agudas aristas, de manera que cada pocos minutos se renovaba la escena, desapareciendo cuanto quedaba atrás; el agua era tersa y centelleante. Jamás la vi tan bruñida, plateada, semejante a pulido mármol, reflejándolo

todo en el seno de su translúcido abismo, sobre el cual apenas una vaharada soplaba en el ocaso. El Boreal parecía moverse como conteniéndose, formando sólo rizos y pliegues,

como de glicerina o de rocío de aceite de loto. Sin embargo era sólo el mar; y la grandeza más allá era únicamente riscos y follaje otoñales y declives montañeros. Sin embargo todo parecía prendido en el arrebato de

un trance de rosas y narcisos, ataviado por el tejido y la materia de sueños y burbujas y

murmullos y trinos, de polen de flores y de ruborosas pinceladas de melocotoneros. Lo contemplé no sólo con gozo, sino con asombro, habiendo olvidado ya, como era natural en aquella larga desolación de nieve y mar, que pudiera existir algo tan etéreamente bello y al par humano y familiar también, y consolador; el aire estaba impregnado de aquel olor a melocotón, y en aquel lugar había en aquellos instantes una magia y un nepente y un encanto tales que evocaban aquellos jardines del Héspero y los campos de asfódelos reservados a los espíritus de los justos. Mas, ¡ay!, yo tenía la copa y para mí el nepento estaba mezclado con una desesperación tan inmensa como el cielo, ¡Dios santo!, pues en cuanto me puse a la tarea de buscar alguna cabaña o aldea no vi ninguna; y hacia la izquierda, en el cuarto

recodo del fiordo, donde hay una de esas torres de vigilancia empleadas por estas gentes

en

inspeccionar los peces que entran, vi en un declive rocoso, precisamente ante la torre,

vi

un cuerpo tendido como si hubiese dado un traspiés cayendo cabeza abajo; y al

contemplarlo sentí definitivamente aquel infinito desespero que yo sólo entre los hombres

sintiera, inconmensurable como la distancia a las estrellas, tan sombrío como el averno; y de nuevo me abismé en aquella fija mirada de nirvana y de la insania de la Nada, donde

el Tiempo se sumerge en la Eternidad y todo ser, al igual que una gota de agua, vuela

disperso para llenar el vacío del espacio y se pierde. Me sacó de mi estado letárgico la proa del Boreal pasando sobre una lancha pesquera y un minuto después vi dos personas en la orilla, la cual, emergiendo en aquel lugar a un metro, está esquinada de cantos rodados y matojos, tras los cuales hay una vereda que asciende serpenteante a través de una garganta; en esta senda vi al conductor de uno de

esos calesines de un solo asiento llamados kerjolers, sentado él en su pescante, de lado y hacia atrás, descansando su cabeza sobre una de las ruedas; sobre un baúl atado a un bastidor del eje trasero se encontraba un muchachito, también con la cabeza a un lado reposando igualmente sobre la rueda, cerca de la del conductor; y el caballo apoyado sobre sus patas delanteras, inclinando la vara hacia abajo; a poca distancia, en el agua,

un esquife.

Después de la caleta del siguiente promontorio, comencé a ver embarcaciones, cuyo número aumentó a medida que avanzaba, lanchas pequeñas y algunas goletas y faluchos, la mayoría encallados en tierra; y de pronto tuve conciencia de que mezclado con aquel delicioso olor de flores de primavera — modificándolo profundamente, aunque

no destruyéndolo — había otro que me venía en alas de las ráfagas de aire de tierra. «El

Hombre, me dije, se está descomponiendo»; pues conocía bien el olor de la corrupción humana.

El fiordo se abría finalmente en una ensenada más ancha, rodeada de atalayantes montañas que se reflejaban en ella hasta su última escarpa nubosa, y al fondo de la cual había embarcaciones, un muelle y un antiguo poblado. Ni un sonido, ni uno sólo; únicamente el de los motores del Boreal a ritmo lento. Resultaba de toda evidencia que por allá había pasado con su letal segur el Ángel del Silencio. Corrí y detuve los motores, y sin anclar, bajé a una barca que se hallaba al costado, remando hacia el pequeño muelle, pasando bajo una goleta aparejada y con todas sus velas izadas, pero flojas y pendientes. Había también allí tres queches madereros, un barco de vapor de unas cuarenta toneladas, una barcaza, cinco pesqueros de arenque y diez o doce chalupas. Los veleros tenían aparejadas todas sus velas y al remar en su proximidad, de cada uno percibí un olor que era al par dulce y odioso, más sugeridor del genio de la inmortalidad — el significado esencial de Azrael — que cualquiera que jamás hubiera soñado, pues todos, como pude verlo, estaban arracimados de cadáveres. Subí las viejas escaleras musgosas en aquel estado de aturdimiento en el cual uno se

da cuenta de cosas triviales; consciente de la ligereza de mi nueva vestimenta, pues el día anterior me había cambiado, poniéndome prendas de verano, llevando sólo una camisa de lana, y pantalones de pana con un cinto y un gorro de paño sobre mi larga pelambrera y un par de botas amarillas, sin calcetines. Desde el rincón del muelle miré a una franja de tosco terreno que ante el poblado se hallaba. Lo que vi, no fue solamente angustioso sino sobrecogedor, angustioso, debido a que una gran multitud se había reunido y yacía muerta; y sobrecogedor porque algo en su conjunto me informó en un minuto del porque de hallarse congregada en tal número. Estaban allá con el motivo y la esperanza de huir embarcados hacia el oeste.

Y el algo que me informó de ello era un cierto aire extranjero en aquel cementerio, al

posarse mi vista sobre ello; algo que no pertenecía al norte, que era del sur, oriental.

A dos metros de mis pies se hallaba ahora un grupo de tres cadáveres; una muchacha

campesina noruega, de falda verde, justillo escarlata y bonete escocés; el segundo era un

viejo noruego de típicos calzones hasta la rodilla y gorro de visera; y el tercero un, al parecer, judío polaco, con gabardina y gorro de orejeras. Me acerqué más a donde los cadáveres yacían más apiñados entre el muelle y una fuente de piedra en medio de aquella especie de plaza, y vi entre gentes del norte dos mujeres elegantemente ataviadas, españolas o italianas, y la más amarilla mortalidad de un mogol, probablemente un magiar, un gran negro en indumentaria de zuavo, una

veintena de evidentes franceses, dos feces marroquíes, el turbante verde de un jerife y el blanco de un ulema. No pude por menos de hacerme la pregunta: «¿Cómo es que estos extranjeros llegaron hasta este poblado nórdico?»

Y mi corazón, que latía con inusitada violencia, respondió: «Ha habido una estampida

irrefrenable y loca hacia el norte, hacia el oeste, de todas las razas del Hombre; y lo que

aquí contemplo no es sino la espuma lejana de la furiosa ola».

Caminé a lo largo de una calle, con cautela en mis pasos, una estrella que no estaba exenta de ruido, pues enjambres de mosquitos zumbaban sus mensajes melódicos en los tímpanos, como el rasgueo de arcos de violín y prestos una y otra vez a volver a la carga para clavar sus aguijones después de haber sido ahuyentados repetidamente. Era una calle recta, pavimentada, empinada y lúgubre; y las sensaciones que me asaltaron y se acumularon sobre mí mientras me movía a través del poblado, me parece que únicamente debió conocerlas Atlante al haber de soportar, según el mito, el peso de la Tierra sobre sus hombros.

Y pensé para mí: «¿Y si una ola de las profundidades ha barrido sobre esta nave planetaria de Tierra, y soy yo el único que se encuentra en ella, el único superviviente de la tripulación? ¿Qué será entonces, Santo Dios, lo qué he de hacer?»

Sentía que en aquellos parajes, nada se movía, nada se hallaba con vida, excepto los zumbadores y agresivos mosquitos; que el susurro y el sabor de la Eternidad lo invadían todo, lo asfixiaban, lo momificaban.

Las casas eran en su mayoría de madera, algunas grandes, con porte-cochères conduciendo a patios semicirculares, en torno a los cuales se hallaban los edificios, de techumbres agudamente pendientes para escurrir las masas de nieve del invierno; y a través de la ventanilla de una de las puertas, vi a una robusta mujer inmóvil y rígida ante una estufa. Seguí sin detenerme a través de tres calles, llegando al oscurecer a una franja de terreno cultivado que conducía hacia abajo a una cañada montañera, a alguna distancia de la cual me encontré sentado a la mañana siguiente. De mi mente se ha borrado cómo y en qué trance pasé aquélla noche allí. Al mirar en derredor con la vuelta de la claridad, vi a cada lado montañas con abetos, casi uniéndose en algunos puntos y sombreando intensamente la musgosa cañada. Al levantarme seguí adelante sin rumbo, caminando durante horas y horas, sin sentir hambre, aunque había gran cantidad de fresas silvestres, de las cuales comí algunas. Había también gencianas azules, lirios del valle y un lujuriante boscaje; y constantemente un ruido de agua; vi pequeñas cataratas semejantes a guiñapos salvajes, pues se rompían a media caída y se perdían; y también franjas de cebada y heno segados, colgados de singular manera en estacas, supongo que para su secado; y cabañas encaramadas en las laderas y un castillo o burgo pigmeo, al parecer inaccesible; pero no entré en ninguna de las viviendas, no viendo sólo sino cinco cadáveres en la cañada, una mujer con un niño y un hombre con dos ternerillos. Hacia las tres de la tarde, alarmado por verme allí, comencé a desandar camino, siendo ya oscurecido cuando pasé de nuevo a través de aquellas lúgubres calles de Aadheim en dirección al muelle, sintiendo hora mi hambre y fatiga, sin intención alguna de entrar en ninguna casa; pero al pasar ante una porte-cochère, algo me impulsó, pues mi intelecto parecía haberse convertido en juguete de los vientos, no obrando por su propio albedrío sino a la manera de una veleta, por influjos externos; así es que, después de atravesar el patio, subí por una escalera espiral de madera, con un crepúsculo que escasamente me permitió seguir mi camino entre cinco o seis formas confusas allí caídas. Y en aquel lugar apartado, fantásticos terrores se apoderaron da mí. Subí al primer rellano, traté de abrir la puerta, pero estaba cerrada. Subí al segundo; aquí la puerta estaba abierta y, con renuencia y con un escalofrío di un paso adelante, donde todo estaba oscuro como la pez y cerrados los postigos de las ventanas. Vacilé en las sombras e intenté pronunciar una palabra, pero apenas me salió en un cuchicheo; la repetí y me oí decir: «¿Hay alguien?» Pero al aventurarme aún a dar un paso adelante pisé blandas tripas, dejándome el terror clavado, pues era como si los fantasmales ojos del infierno en un delirante girar y saliendo desmesuradamente de sus cuencas se posaran sobre mí entre la lobreguez. Y murmurando como un estertor de protesta, huí dando traspiés por las escaleras, caminando sobre la muerte a través del patio, en la calle, con pies ligeros, brazos abiertos y pecho jadeante, pues pensaba que todo Aadheim iba tras mí; y mi horrible apresuramiento no logró calmarse un tanto hasta que me encontré a bordo del Boreal y saliendo del fiordo. Sólo fuera, ya en mar abierto, me recuperé; y en el curso de los siguientes días visité Bergen y recalé en Stavanger. Tanto Bergen como Stavangcr estaban muertos. Fue entonces, el 20 de agosto, que puse proa hacia mi país natal.

Apenas había dejado tras de mí la costa escandinava cuando comencé a llegar entre embarcaciones, una tras otra; y para cuando entré en la zona de la acostumbrada alternancia de día solar y noche sin sol, me estaba moviendo a través de una mezcolanza de un increíble número de ellas, que componían toda una flota; pues en toda aquella extensión del Mar del Norte, en sus más intensos días de tráfico, el marino podía acaso avistar a una o dos, mientras que yo tenía a cada momento al alcance de mi anteojo una docena y a menudo hasta cuarenta. Y se encontraban sobre un mar quedo, él mismo muerto, lívido como los labios de la

muerte, con una rigidez de síncope en la calma, que resultaba de lo más extraordinario; pues el océano parecía aplastado por algún peso y el aire drogado. Mi progreso era extremadamente lento, pues al principio no quise dejar ir ninguna embarcación por pequeña que fuese, sin aproximarme lo suficiente a ella para investigarla, cuando menos con el anteojo. La diversidad de la mezcolanza era insólita; rastreros, navíos de guerra de todas las naciones, empleados al parecer como buques de pasaje, queches, faluchos, vapores de línea, grandes cuatro palos a vela, transportes del canal, lugres, un burchio veneciano, carboneros, yates, remolcadores, buques-escuela, dragadores, dos pontones con corvos picos de cangrejo, pesqueros marselleses, un speronare maltés, veleros de la costa americana, vapores del Mississipi, goletas de Sorrento, barcazas de fondo plano del Rin, balandras, viejas fragatas y tres puentes destinados a nuevo empleo, caiques del Stromboli, carracas de Yarmoth, jabeques,

, un cargamento humano sobre el agua estaba allá; y según aprecié, todo ello había llevado rumbo oeste o norte, o ambos a la vez, así como también que todo iba atestado y de que todo era igualmente una tumba ambulante tras otra, ¡santo Dios!, con sus cargamentos por el errante mar. ¡Y tan bello como era el mundo en derredor!, el más suave tiempo de otoño; toda la atmósfera aromática con la dulzura vernal de aquel perfume de melocotón, aunque, sin embargo, no totalmente en calma; pero si pasaba a sotavento, cerca de cualquiera de los objetos flotantes, las sutiles ráfagas de la mañana o el atardecer me traían vagas vaharadas del hedor de la carne ya pasada, dispuesta ya a la fosa. Por execrable y maldita que resultara aquella plaga para mí, y por silbante y vago que fuera el delito de que comenzara a esquivar más que a acercarme a las embarcaciones, lo rematé arrojando al agua uno por uno a los doce que había conservado como compañeros durante todo el trayecto desde el Extremo Norte, pues ahora había entrado definitivamente en una zona cálida. No obstante, estaba convencido de que el veneno, cualquiera que pudiese ser, tenía un efecto un tanto embalsamador o antiséptico sobre los cuerpos; en Aadheim, Bergen y Stavanger, por ejemplo, donde la temperatura me permitió andar sin chaqueta, sólo vagos tufos y bocanadas de proceso de disolución me habían molestado.

planos de Rotterdam, jangadas, simples balsas

todo en fin, de todo cuanto pueda llevar

Muy benignos y gozosos de ver fueron firmamento y mar durante todo aquel viaje; pero era a la puesta del sol que se despertaban y excitaban mis sentidos de la maravillosa belleza, a pesar de la carga aquella que llevaba sobre mí, pues ciertamente que jamás vi puestas de sol semejantes a aquellas, ni nunca pude soñar que pudieran ser tan llameantes, exorbitantes y perturbadoras, semejando toda la bóveda celeste transformada en un palenque de guerreros combatiendo por el Cosmos o bien como si hubiese sido derrotada la soberana contención de Dios y huyese confusa de sus enemigos a través de tormentosos golfos espaciales. Pero muchos anocheceres lo contemplaba con espanto ininteligible, creyéndolo sólo un portento de la espada desenvainada del Todopoderoso, hasta que una mañana un pensamiento me atravesó como una saeta, pues recordé las puestas violentas y extrañas del siglo xix contempladas en Europa, América y creo que en todas partes, tras la erupción del volcán de Krakatoa.

Y mientras que antes me había dicho a mí mismo: «Si una ola de las profundidades ha

barrido esta nave del Espacio

profundidades; una ola más bien con la que ella ha casado y se ha maculado, nacida de

ahora me decía: «Una ola, pero apenas de las

»,

sus propios ijares inmaternales »

Tenía yo algún conocimiento del código Morse, de la manipulación de sus aparatos, de la transmisión inalámbrica, así como de muchas otras cosas de esta especie que se encuentran en los arrabales del interés del hombre de ciencia; había colaborado con el profesor Stanisteet en la producción de un libro de texto titulado Aplicaciones de la Ciencia a las Artes, que nos había proporcionado algún dinero y, en su conjunto, las minutiae de las cosas modernas se hallaban aún frescas en mi memoria, de manera que pude haber telegrafiado o intentado hacerlo desde Bergen a donde fuese; pero no lo quise; tenía demasiado miedo; un miedo cerval de que nadie en absoluto contestara

Podría haberme decidido y desembarcado en Hull; pero no lo quise; tenia demasiado miedo. Pues estaba acostumbrado al silencio del hielo y estaba acostumbrado al silencio del mar, pero tenía miedo del silencio de Inglaterra.

Llegué a la vista de la costa en la mañana del 26 de agosto, por alguna parte hacia Hornsea, pero no vi ciudad alguna, por lo que puse popa a puerto y seguí más al sur, no preocupándome ya de los instrumentos sino costeando al azar, ora a la vista de tierra, ora en el centro de un círculo de agua, no admitiéndome el motivo de esta perezosa y remisa lentitud, tratando de no pensar en nada, sino ignorando la acechante amenaza del mañana que trataba de eludir deteniéndose furtivamente en el hoy; y así pasé el Wask, Yarmouth, Felixtowe, siendo ya incontables los objetos que flotaban inmóviles en el mar, pues apenas podía bajar los párpados diez minutos para alzarlos de nuevo que aparecían más y más; de manera que pronto, después de la oscurecida, yo también había de permanecer quieto entre ellos; hasta la mañana, para no chocar y ahogar a los propios muertos, yendo acaso también a hacerles compañía en el fondo del mar. Así llegué a la boca del Támesis, hallándome hacia las nueve de una tarde entre los arenales a no más de siete millas de Sheppey y la costa de Kent del Norte. No vi ninguno de los dos faros que por allí hay, así como tampoco había divisado luz alguna a lo largo

de la costa, aun cuando de ello no me dijera ni una sílaba a mí mismo, no admitiéndolo, ni dejando conocer a mi corazón lo que mi mente argüía, ni a mi mente conocer lo que mi corazón barruntaba, sino que con una mirada de burlona desconfianza, semidemencial, miraba a la tierra oscurecida, considerándola un ente sensible que preparaba una jugarreta a un pobre hombre como yo.

Y a la mañana siguiente, cuando seguí ociosamente más allá, mis furtivos rabillos de

los ojos se percataron bien del faro flotante del canal de la Princesa, pues allá estaban sus luces; pero no quise mirarlas, ni tampoco maniobrar en su proximidad, pues no quería tener nada que hacer con lo que pudiera haber acontecido más allá del alcance de mi vista, y era mejor mirar adelante, no observando nada y ocupándose de uno mismo. Al atardecer siguiente, tras haber vuelto al mar abierto, me encontraba de nuevo más al interior, un tanto al Este por Sur del Norte, no viendo luz alguna allá, pero sí muchas señales sobre el mar de naufragios y las costas sembradas de pecios viejos de flotas; hacia el Sudoeste y navegando a marcha muy lenta — pues por doquier había cientos de cascos muertos en una circunferencia de diez millas marinas — me dirigía a la costa francesa, pues el día anterior había asomado bien a la vista, por lo que me había dicho:

«Voy a ver el haz de luz de ese tambor giratorio del malecón de Calais, que de noche llega hasta la mitad del camino a Inglaterra». La luna relucía clara aquel amanecer en el firmamento sur, semejante a una vieja reina agónica, cuya Corte enjambrea a distancia en torno a ella, tímida, pálida, trémula; y contemplé las sombras de las montañas en su

tiznada cara llena y su nimbo neblinoso y sus destellos sobre el mar, como si fuesen besos a hurtadillas en el reino del sueño, y entre las blancas estelas y espolvoreos de luz de quedos buques, extraños surcos semejantes a pasillos palaciego en algún remoto país de hadas, colmado de desmayados cuchicheos, escándalos y carrerillas de uno a otro lado, con miradas de soslayo y últimos abrazos jadeantes, y la huida de la princesa y el lecho de muerte del rey; y en el horizonte NE una franja de niebla o nube que parecía flotar fuera del firmamento; y más allá, no lejos, las rocas de greda de la costa, no tan bajas como en la proximidad de Calais, sino dispuestas en masas con cañadas de césped intermedias, cada una con su pecio, pero no vi ningún haz de cualquier tambor giratorio.

No pude dormir aquella noche, pues todas las operaciones de mi mente y cuerpo parecían en suspenso, a la expectativa, por lo que mecánicamente me moví una vez más en dirección este al barco, hasta que salió el sol y apenas a dos millas de mí divisé los acantilados de Dover y sobre la cúspide almenada del castillo percibí la bandera de la Unión que pendía inmóvil. Oí sonar en el camarote las ocho, las nueve y las diez y aún me encontraba en el mar. Pero algún audaz cuchicheo zumbó en mi cerebro y a las 10:30 — era el 2 de septiembre — y frente al edificio de la Aduana de Cross Wall, tras un viaje de tres años, dos meses y cuatro días, descendió retumbante la cadena del ancla del Boreal a través del escobén de estribor. ¡Ah, cielos, pero debí de haber estado loco al echar el ancla! Pues el efecto que me produjo aquel chirriante estrépito rasgando súbitamente aquella quietud y silencio de cementerio, fue como un aullido aterrador que durase un año, dejándome todo tembloroso y con el corazón estrujado, pareciéndome como la trompeta del Juicio final que resonase estentórea e incesante y que a su llamada habrían de alzarse todos los ejércitos de la muerte para interrogarme con sus ojos fijos.

En la cima de la muralla vi arrastrarse un cangrejo y al final de la misma, donde comienza una calle, un farol de gas y a su pie un hombre negro de bruces, vestido con una camisa y calzado sólo con una bota. Vi el puerto atestado de toda clase de embarcaciones y sobre una de las que hacen la travesía Calais-Dover y que se hallaba a nueve metros de mi, a la muerte apilada, haciendo muecas continuas a un bergantín verde que más allá se encontraba. Y al ver aquello, bajé por el cabrestante y mi corazón sollozó y exclamé: «Dios santo, oh Señor, Tú has destruido la obra de Tus manos»

Al cabo de un rato me levanté, bajé en un estado de sonambulismo y tomando un paquete de tortas de carne curada, salté a tierra, siguiendo la vía del ferrocarril que va desde el malecón del Almirantazgo a un pasaje con garitas de mampostería en un lado, donde vi cinco muertos. No pude creer que me hallaba en Inglaterra, pues todos eran gente, tres vestidos llamativamente y dos con indumentos flotantes; y lo mismo cuando pasé por la calle que conducía hacia el Norte; pues allí había un centenar o más, y jamás vi, excepto en Constantinopla, donde había vivido por espacio de dieciocho meses, una tan variada mezcla de razas, negra, parda, amarilla, blanca, apareciendo algunos rostros chupados, como de personas que han muerto de hambre; y atalayándolos a todos, un colegial con el inmaculado cuello de Eton, sentado sobre una bicicleta y asiéndose a un farol, demostración de lo extraordinariamente repentina que había sido la sorpresa de la muerte que lo sobrecogió. No sé ni dónde ni por qué fui, ni tengo noción alguna de si en efecto yo contemplaba palpablemente todo aquello en el planeta que había conocido, o bien era en algún otro, o todo no era más que una fantasía de mi alma desencarnada, pues tuve el pensamiento de que acaso también yo pudiera estar muerto desde tiempos remotos, y era en efecto mi

alma la que erraba ahora en peregrinación a través del ilimitado y ancho espacio en el cual no hay ni norte ni sur, ni arriba ni abajo, ni medida ni relación, ni nada salvo una conciencia inquieta y desasosegada de un sueño insondable. Creo que no sentía nada de pena o tristeza, aunque tenga una especie de recuerdo de que a intervalos regulares brotaba de mi pecho durante tres o cuatro días una especie de sollozo o gemido, a intervalos regulares. En el ínterin, mi cerebro registró como una máquina calculadora los más triviales detalles; el nombre de una calle, Strand Street y el de otra, Snargate Street; el gorro de piel — forro negro en el lado y armiño arriba — de un rollizo rabino caraita tendido de espaldas, con su túnica subida hasta la rodilla; un arco de violín asido entre los dientes irregulares de un pequeño español de pelo peinado hacia atrás y ojos de delirante expresión demencial; raros zapatos en los pies de una muchacha francesa, uno negro y uno castaño. Cuerpos yacentes, tan numerosos como artilleros caídos en derredor de su armón, apartados a uno o dos metros la mayoría y al igual que en Noruega y en las embarcaciones, en posturas de extravío, con brazos extendidos y miembros distorsionados, como seres que instantes antes de la muerte corrieran a rocas y cerros para buscar protección.

Llegué a un claro denominado, creo, «La Saeta», al cual llegué subiendo un gran número de escalones, los cuales comencé a contar, abandonando luego, y luego los muertos, dejando también de contarlos, hasta que llegando por fin a la cima, que debía hallarse a mayor altura aún que el castillo, llegué a un gran espacio con senderos de grava y vi fortificaciones, cuarteles y una ciudadela. Me sorprendió la extensión de la vista. Entre mí y el castillo situado al este, se encontraba el caserío de ladrillo y piedra, mezclado a la distancia con una vaga calina azul; y a la derecha el puerto, el mar y los barcos; y en torno mío nueve o diez muertos mordiendo el polvo; el sol estaba ya alto, caliente, sin que apenas apareciera una nube en toda la bóveda celeste; la que allá a lo lejos se divisaba, era la costa normanda. Moviendo la cabeza me senté en un banco de maderos y tras haberlo visto todo, moví de nuevo la cabeza, sintiéndome abrumado, pues aquello era demasiado grande para mí; y al mover la cabeza mi frente se apoyó en mi mano izquierda, sintiendo en su interior el farfulleo de una vieja canción callejera que comencé a musitar adormiladamente, como una letanía funeral, alzando y bajando como al compás el paquete de carne ahumada que llevaba en mi mano derecha.

Y farfullando así caí de bruces; y por espacio de, veinticuatro horas dormí con sueño que no se diferenciaba de la muerte.

Me despertó una especie de llovizna, y mirando a mi reloj de plata que llevaba en el bolsillo del pantalón, sujeto por una correa a mi cinturón, vi que eran las nueve de la mañana. El cielo estaba ahora encapotado y se había alzado un viento plañidero, cuando menos, algo nuevo para mí. Comí un poco de carne curada, pues me repugnaba — sin necesidad, como se manifestó — comer cualquiera de los exquisitos bocados que habría en una ciudad de Dover y que podrían durarme cientos de años; y una vez hube comido, descendí de «La Saeta» para pasar el día andorreando, aunque llovía ya y el viento había aumentado en intensidad. Juzgando en mi entumecida mente por el número de embarcaciones en el mar, pensaba que la ciudad habría de hallarse repleta de cadáveres, mas no era así, pues aquel furor de la estampida hacia el oeste debió haberse producido también aquí, dejando la ciudad vacía, a disposición de los nuevos huéspedes. Mi primer movimiento fue entrar en una abacería que al par era despacho de correos y telégrafos, con la idea, supongo de enviar un mensaje adonde fuese. Una lámpara de gas daba sus últimas boqueadas; ésta y el farol que había visto cerca del malecón eran las

únicas encendidas, ardiendo como avergonzadas al ser sorprendidas por la claridad del día. Así habrían permanecido durante meses o años, aunque ahora aparecían disminuidas; y si ellas dos eran las únicas que ardieron, en efecto, habría sido necesario mucho tiempo para agotar el gasómetro; la luz del gas guiñaba sobre un negro con un buen número de paquetes desperdigados en su derredor; sobre el mostrador había una gaveta vacía, y tras él una mujercita, con la cabeza a un lado y sus dedos asidos al borde. ¡Cuan grande era su expresión de terror! Pasé por encima del mostrador a una mesa que estaba tras una red metálica, y repasé «in mente» el alfabeto Morse antes de manipular el aparato Wheastone, sin preguntarme quién había de ser el que contestara a mi mensaje, cerrado al razonamiento de lo que veía, obstinándome en hallar algo en lo que no veía. Pero al mover el conmutador y mirar a la aguja del cuadrante a mi derecha, al ver que no se movía, comprendí que no pasaba la corriente por haberse descargado la batería al haberse hallado al parecer, en contacto un par de clavijas del conmutador. Sintiendo una especie de espanto me levanté y salí, aunque había allá un buen número de telegramas que, de haber estado en mis cabales, no habría dejado de leer. En la siguiente esquina de la calle vi abierta la puerta de una casa grande y entré, pero desde la planta al tejado no había nadie en ella, excepto una muchachita inglesa, sentada en un sillón en una sala de cortinas de Valenciennes y tapizado de raso azul, una muchacha de la clase «inferior», en andrajos, echada hacia atrás con la mandíbula colgante, en una postura desmañada, con una palanqueta de ladrón a sus pies, en sus manos un fajo de billetes de Banco y en su regazo dos relojes. De hecho los cadáveres allí eran o bien de extranjeros, o de muy pobres, muy viejos o muy jóvenes. Pero lo que me hace recordar esta casa, es que en ella encontré sobre un sofá un periódico, The Kent Express, y sentándome sin parar mientes en mi vecina, escudriñé lentamente lo que en él estaba escrito. En un artículo que recorté y guardé luego, decía: «Durante la noche ha cesado la comunicación con Tilsit, Insterburg, Varsovia, Cracovia, Przemydl, Gross Wardein, Karlsburgo y muchas otras ciudades menores inmediatamente al este de los 21° de longitud, aún cuando por lo menos en algunas de ellas debe haber todavía operadores en sus puestos, no arrastrados al torrente que rueda en dirección oeste. Pero como todos los mensajes de la Europa occidental se han hallado sólo con esa misteriosa mudez que hace tres meses y dos días dejó atónita a la civilización en el caso de la Nueva Zelanda oriental, únicamente podemos suponer que esas ciudades se han añadido también al funesto catálogo; por cierto que según las últimas noticias de la tarde de París, podríamos prever con alguna seguridad no sólo su derrumbamiento, sino hasta el momento en que se produjo; pues el desplazamiento del vapor que rodea a nuestro globo no cabe ya duda que se ajusta al cálculo definitivamente fijado por el profesor Graven, de 100 millas y media por día, o sea 4 millas y 330 metros por hora. Su naturaleza y origen sigue siendo materia de conjetura. Parece no dejar ser viviente tras él; Dios sabe pues si tampoco quedará en algún momento alguien de nosotros. El rumor de que se halla asociado a un olor de almendras, según opinión de fuentes autorizadas es muy improbable; pero el púrpura acre de su letal amenaza ha sido testimoniado por fugitivos de última hora así como de su marcha humeante. »¿Es este el fin? No debemos ni queremos creerlo. ¿Habrá de ser invadido por esta niebla de la Nada en nueve días, o menos, el suave firmamento que cada día nos sonríe? A pesar de las declaraciones de los científicos, lo dudamos aún. Pues si así fuera ¿qué propósito tiene ese drama de la evolución en el cual parecemos ver el arte del dramaturgo? Seguramente que el final de un quinto acto debiera ser evidente, satisfactorio para el propio sentido de lo completo; pero la Historia, por blanca que haya sido, se asemeja más bien a un prólogo que a un quinto acto. ¿Puede ser que el director, de lo más insatisfecho, quisiera barrerlo todo y «colgar» la pieza para siempre? Ciertamente, el pecado de la Humanidad ha sido escarlata; y si esta tierra celestial que Él

ha convertido en infierno le suprime ahora bajo el cielo del mismo, no es cosa de extrañar mucho. Pero no lo queremos creer aún. Hay en la naturaleza un esfuerzo de reserva; a través del mundo, como una amenaza, se ha suspendido un silencio que sonríe; y al final de los acontecimientos hallamos proclamado en grandes palabras: «¿Por qué tenemos miedo?» Nos conviene pues una tranquila esperanza — aún cuando nos agazapemos bajo la sombra extendida por el mundo por las alas del ave de la muerte —: y ciertamente vemos tal actitud entre algunas de las más humildes de nuestras gentes, cuyo corazón exhalaba el suspiro: «Aunque me mates, sin embargo, quiero confiar en Ti». Escucha por

lo tanto, oh Señor; oh Señor, mira aquí abajo y presérvanos.

»Pero aún cuando hablamos así de esperanza, la razón, si quisiéramos oírla, nos llama en un cuchicheo «soñador» e inclemente es el firmamento de la Tierra. Ya no puede contener más embarcaciones el puerto de Nueva York, y donde entre nosotros mueren las personas de privaciones por centenares de miles, allende el Océano perecen por millones; pues donde los ricos son acosados, ¿cómo pueden vivir los indigentes? Ya han perecido 850 de los 1.500 millones de componentes de nuestra raza, y los imperios de la civilización se han derrumbado como castillos de arena en un montón de anarquías. Miles de muertos sin sepultura, anticipando la más premeditada condena que llega y humea y

cabalga incesante e incansable, atestan las calles de Londres y Manchester; los guías de

la nación han huido, el esposo apuñala a su mujer por un trozo de pan, los campos están

abandonados, las muchedumbres parrandean en nuestras iglesias, universidades, palacios, Bancos y hospitales; hemos sabido que la pasada noche, tres regimientos territoriales, el de Fusileros de Munster, el Loriano y el de Lancashire del Este se desbandaron amotinados, matando dos oficiales; como sabemos igualmente, el mal se ha asentado en el reino; en varias ciudades parece haber desaparecido la policía y, en casi

todas, cualquier vestigio de decencia, los resultados seguidos a la suelta de los delincuentes, parecen ser monstruosos en los respectivos distritos; y en el plazo de tres meses, el infierno parece haberse enseñoreado de este planeta, enviando al Horror, como

a un lobo, y a la Desesperación, como a un desastroso firmamento, para devorarlo y

confundirlo. Escucha, pues, oh, Señor y perdona nuestra iniquidad; ah, Señor, te imploramos; tiende tu vista aquí abajo, oh, Señor, y presérvanos.»

Una vez hube leído esto y el resto del periódico, espacio de una hora, viendo un parche de la ceniza púrpura sobre el suelo junto a donde se encontraba la muchacha con sus relojes sumida en la eternidad; y no había un sentimiento en mí, excepto una punzada de curiosidad que posteriormente se hizo morbosa, por saber más cosas de aquella nube de humo de la que hablaba el papel, de sus fechas, su fuente, su naturaleza; luego salí y entré en varias casas, buscando más periódicos, pero no vi ninguno; finalmente hallé una librería abierta, con carteles al exterior, pero o bien había sido abandonada o la impresión debió de haber cesado hasta la fecha del periódico que ya había leído, pues había otros tres ejemplares de fechas muy anteriores, que no los leí, por desgana. Llovía a la sazón, un día ventoso y desagradable de spahis y «bashibazouk», de griegos y catalanes, de continuamente vaharadas mezcladas de capullos y el hedor de la corrupción; pero no me importaba mucho, y caminé y caminé hasta que me encontré cansado de spahis y «bashibazouk», de griegos y catalanes, de «popes» rusos y abunas coptos, de dragomanes y calmucos, de maulawis egipcios y mullahs afganos, napolitanos y jeques, y de la pesadilla de posturas violentas, colores, telas y atavíos, caftanes verdi- amarillos de los beduinos, turbantes chales de Bagdad, feces rojos, los voluminosos atavíos de seda rosa de las mujeres, y su velo, la pana de los campesinos, y las contorsionadas desnudeces y los ceñidores de muselina. Hacia las cuatro me encontré sentado de puro cansancio en el umbral de una casa, inclinado bajo la lluvia, pero no tardé en levantarme, fascinado acaso por aquel cambiante bazar de igualdad, sus combinaciones y permutaciones fortuitas, su novedad en la monotonía, y hacia las cinco

me encontraba en una estación que llevaba el rótulo de Estación del Puerto, en cuyo interior y alrededores había una muchedumbre, pero ningún tren. Allí volví a sentarme, me levanté y erré de nuevo, hasta que después de las seis me encontré en otra estación con

el rótulo «Priorazgo», en la que vi dos largos trenes, ambos atestados, uno en la vía del

lado y otro ante el andén principal. Al examinar ambas locomotoras, vi que eran de las antiguas de vapor, no teniendo una

agua, pero marcando el manómetro alguna en la del andén, al repasar toda la maquinaria,

la hallé en buen estado, aunque herrumbrosa, con el pleno de combustible; y durante

noventa minutos mi cerebro y manos actuaron con una inteligencia automática, hasta que

vi arder el fuego y moverse la aguja del indicador de registro; y al alzar la palanca de la

válvula de escape, cuya presión aligeré en dos atmósferas, salté abajo para intentar desconectar los vagones, pero fracasé en mi empeño, pues la acopladura debía tener algún automatismo nuevo para mí, cosa que no importó mucho. Como era ya oscuro, encendí faros y linterna y luego, tirando al andén y a los raíles respectivamente a conductor y fogonero, a eso de las 8:30 salí de Dover, con un largo silbido de la válvula de

paso a través de la fría y desolada noche.

Mi objetivo era Londres, pero no conocía nada del trayecto, sus empalmes, cruces y demás complejidades, ni tampoco estaba seguro de si estaba en carrera hacia Londres o apartándome de ella; pero justamente a medida que mi timidez por la máquina se convertía en familiaridad y confianza propia, aumenté la velocidad, con una obstinación sorda e insensible, hasta que finalmente había pasado de un arrastrarme a una rapidez impresionante, mientras que algo invisible, con la boca pegada a mi oído, parecía cuchichearme «deben haber trenes bloqueando las vías, en estaciones en pasos, por

es una carrera maniática, una carrera de muerte, el frenesí del holandés

todas partes

errante; recuerda tu sombría brigada de pasajeros que rodarán y se precipitarán unos contra otros y sufrirán en un choque»; pero tercamente yo pensaba que «ellos querían ir a Londres» y en ello me empeñaba, creo que no locamente alborozado, sino sintiendo en

mi interior cómo las brasas incandescentes de una sinrazón perversa y morbosa, mientras

alimentaba el fogón o se posaba mi vista al paso en el cadáver de un caballo o un buey, o

a los árboles y campos deslizándose fantasmagóricamente ante mí. Ello no duró mucho tiempo, creo; no podía estar a más de veinte millas de Dover

cuando, en una recta, divisé una masa cubierta de lona frente a una garita de señales; y

al instante mi insensibilidad se convirtió en pánico. Pero a pesar de que apreté con toda

fuerza los frenos, comprendí que era demasiado tarde

a la zanja lateral, pero fui lanzado adelante por una serie de rudos topetazos motivados

Me abalancé al pasillo para saltar

por una docena de bueyes que estaban tendidos a través de los rieles; y al contraerme y brincar algunos segundos antes de la colisión, la velocidad debió haber aminorado, pues