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LA MESA DEL PERDÓN

Micaela y Lucía ni se miraban. Llevaban semanas en las que cada una, en el recreo, le
daba a la otra la espalda. Nadie sabía exactamente cuándo y por qué empezó el
problema, pero de pronto se convirtieron en dos enemigas y la pasaban todo el día una
hablando mal de la otra con el resto de sus amigas y con cara larga de rabia y de
bronca. Por eso a sus compañeras y compañeros no les sorprendió la pelea. A Lucia el
papá le había regalado una lapicera especial, de muchos colores. Micaela dice que
pasó por al lado del banco y, sin darse cuenta, rozó y arrastró la lapicera al piso. Y
claro, la lapicera se rompió. El hecho desató la batalla final de la guerra. La maestra
tuvo que intervenir para poner una tregua y, como había advertido varias semanas
atrás la situación que existía entre ellas, decidió enseñarles algo muy importante Era el
momento ideal. Y todos aprenderían...

- Micaela y Lucía. A partir de mañana van a traer al colegio, además de su mochila, una
bolsa con manzanas. ¡Sí! ¡Una bolsa con manzanas! Van a llegar a casa, van a pedirle
ayuda a algún familiar, consiguen una bolsa fuerte y piensan cuántas manzanas
indicarían la rabia que una siente por la otra o, si prefieren, ponen en la bolsa tantas
manzanas como cosas sienten que la otra les hizo mal. Una vez que la cargaron, la
dejan en la puerta de su casa y la traen al colegio por la mañana. Cada mañana así,
hasta que les indique lo contrario. Eso sí, ¡la tienen que cargar ustedes solas!

Todos se miraron con asombro y, por supuesto, Micaela y Lucía, además, con fastidio.
La idea no les gustaba para nada. Y encima pensaban de la otra: "Por tu culpa". ¡Pero la
maestra fue inflexible Envió una nota a las respectivas familias y pidió su colaboración
Y sucedió que Micaela y Lucía todas las mañanas, comenzaron a llegar a la escuela
cargadas y arrastrando sus respectivas bolsas de manzanas! (que, por supuesto,
estaban más bien llenas que vacías. Eran realmente pesadas.) A veces se les caían y
alguna rodaba por el suelo para alegría de los chicos. Además, como era lógico, la
condición de las manzanas se iba deteriorando. Cuando el agobio por tan pesada
carga fue suficiente, la maestra reunió al grupo, llamó a Micaela y a Lucía, las abrazo
con afecto y esto les dijo:

- ¿Molestas y pesadas las bolsas, ¿no? ¡Qué dura carga cada día ¡¿Vieron que todo el
tiempo que duró esta difícil tarea las bolsas de manzanas casi se convirtieron en el
centro de sus vidas y en su mayor preocupación? Seguramente, era tal el peso de este
asunto en sus vidas por estos días que dejaron de lado algunas otras cosas lindas e
importantes. Y la rabia se multiplicó, multiplicando la carga. Así es el resentimiento que
llevan encima. Es un peso espiritual que cargan a diario.

Todos muchas veces cargamos enojos. Y pagamos por cargarlos, por mantenernos en
el dolor que nos provocan, un precio muy aislamiento, la tristeza, el empobrecimiento.
¿No sería mejor saborear esas ricas manzanas entre todos, aprender a perdonarnos,
darnos mutuamente el perdón, como Jesús nos enseñó? ¿No sería más lindo que
aceptaran que se equivocaron todos nos equivocamos, y se dieran la oportunidad de
empezar de nuevo? El perdón no excluye la justicia, la complementa. Pero, ¿qué
pasaría si se equivocan y no tienen la oportunidad de cambiar?

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