Licenciatura en Comunicación Social

Bernal, abril de 2011
Licenciatura en Comunicación Social
Departamento de Ciencias Sociales
Universidad Nacional de Quilmes
Licenciatura en Comunicación Social
Daniel Badenes
Luciano Grassi
(compiladores)
Universidad Nacional de Quilmes
Rector: Lic. Gustavo Lugones
Vicerrector: Dr. Mario Lozano
Departamento de Ciencias Sociales
Director: Mg. Jorge Flores
Vicedirectora: Dr. Claudio Amor
Coordinador de Gestión Académica: Dr. Germán Soprano
Diplomatura en Ciencias Sociales
Dirección: Mg. Nancy Calvo
Licenciatura en Ciencias Sociales:
Dirección: Mg. Javier Balsa
Licenciatura en Ciencias Sociales y Humanidades (UVQ):
Dirección: Lic. Roxana Ybañes
Licenciatura en Composición con medios electroacústicos:
Dirección: Lic. Mariano Cura
Licenciatura en Comunicación Social:
Dirección: Lic. Néstor Daniel González
Licenciatura en Educación:
Dirección: Lic. Javier Araujo
Licenciatura en Educación (UVQ):
Dirección: Mg. María Eugenia Collebechi
Licenciatura en Enfermería:
Dirección: Lic. Ana Heredia
Licenciatura en Terapia Ocupacional:
Dirección: Lic. Liliana Cristiani
Licenciatura en Terapia Ocupacional (UVQ):
Dirección: Lic. Milagros Demiryi
Profesorado en Ciencias Sociales, Profesorado en Comunicación Social, Profesorado en Educación
Dirección: Lic. María Mercedes López
Consejeros Departamentales:
Daniel Badenes / Bárbara Bilbao / Alejandro Blanco / Emanuel Bonnier / Roque Dabat / Raúl Di Tomaso / Diego
Dellagiovanna / Andrea Gaviglio / Osvaldo Graciano / Martín Liut / María de la Victoria Pardo / Margarita Pierini /
Pamela Ramírez / Rosa Silvia Rotine / Mayra Villani.
Edición:
Compiladores:
Daniel Badenes
Luciano Grassi
Diseño de colección:
Marcelo Cagna
Diagramación:
Leonardo Mora Doldán
Universidad Nacional de Quilmes
Roque Sáenz Peña 352
Bernal / Argentina
Historia, Memoria y Comunicación
compilado por Daniel Badenes, Luciano Grassi
1a ed. - Bernal: Universidad Nacional de Quilmes, 2011.
122 p.; 21x21 cm. (Documentos de trabajo del Departamento de Ciencias Sociales; 6)
ISBN 978-987-558-216-3
1. Medios de Comunicación. 2. Seguridad. I. Badenes, Daniel, comp. II. Grassi,
Luciano , comp. / CDD 302.23
Fecha de catalogación: 27/04/2011
Autores:
Martín Becerra
Ana Cacopardo
Emilio Crenzel
Claudia Feld
Emanuel Kahan
Alejandro Kaufman
Pablo Llonto
Daniel Lvovich
Carlos Mangone
Alejandra Oberti
Sandra Raggio
Samanta Salvatori
María Sondereguer
Horacio Verbitsky
Natalia Vinelli
Licenciatura en Comunicación Social
Daniel Badenes
Luciano Grassi
(compiladores)
Índice
Prólogo
por Daniel Badenes y Luciano Grassi 9
PARTE I. MEDIOS EN DICTADURA
1. Un proyecto de reconversión cultural y comunicacional
por Carlos Mangone 20
2. Hace falta un Nunca Más del periodismo
por Pablo Llonto 29
3. La transformación del sistema comunicacional de masas
por Martín Becerra 33
4. La misión de la Sociedad Interamericana de Prensa de 1978
por Horacio Verbitsky 39
5. El periódico Nueva Presencia: refexiones sobre cómo interpelar un
medio gráfco en el contexto dictatorial
por Emmanuel Kahan 45
6. El arma más adecuada. Rodolfo Walsh y ANCLA
por Natalia Vinelli 52
PARTE II. PROBLEMAS EN TORNO A VECTORES DE MEMORIA
1. El testimonio televisado
por Claudia Feld 60
2. Archivos orales: lo que dicen los testimonios
por Alejandra Oberti 69
3. La experiencia del programa Jóvenes y Memoria
por Sandra Raggio y Samanta Salvatori 75
PARTE III. REFLEXIONES SOBRE LA RESPONSABILIDAD
1. En torno a los problemas del consenso y la oposición
por Daniel Lvovich 87
2. La democracia restaurada y las responsabilidades por la violencia política
por Emilio Crenzel 94
3. La crítica de la violencia como inquietud por la responsabilidad
por Alejandro Kaufman 100
4. Hacia una mirada de género para pensar políticas de memoria, justicia y reparación
por María Sondereguer 107
5. El presente que convoca a la memoria
por Ana Cacopardo 112
Los autores 119
9
Este libro es producto es un espacio de intercam-
bio académico que iniciamos en 2008 con el trabajo
conjunto desde dos espacios curriculares de la Li-
cenciatura en Comunicación Social de la Universidad
Nacional de Quilmes (UNQ): Historia de los Medios
y Sistemas de Comunicación y el Seminario sobre
Medios de Comunicación y Memoria Social. Las Jor-
nadas de “Historia, Memoria y Comunicación”, que
ya tuvieron dos ediciones, constituyen un encuentro
de periodicidad anual que convoca a la refexión en
torno a la tríada de conceptos que lo identifcan.
Desde la comunicación, como lugar epistemológi-
co de nuestras preguntas y referencia de nuestras
prácticas de enseñanza, investigación y desarrollo
profesional, hemos propuesto algunas entradas
posibles a un campo de estudios sobre la memoria
social, que creció en las últimas décadas –recupe-
rando algunos antecedentes a principios del siglo
XX- y que en la actualidad argentina constituye
“un fructífero terreno de debates desde el que se
construyen categorías, se realizan innovaciones
metodológicas y se crean lazos entre las diversas
disciplinas” (Feld y Stites Mor, 2009: 30).
Impulsada por refexiones vinculadas al autori-
tarismo y el terrorismo de Estado, esta zona de
estudios ha ido más allá y más acá de esas expe-
riencias límite, dedicando sus análisis a las carac-
terísticas del testimonio, los vectores de memoria
y las disputas por las narrativas sociales. Las re-
conceptualización de los relatos históricos y de las
memorias sociales como construcciones de sen-
tido sobre el pasado, aproxima esos objetos a la
pregunta por la comunicación.
Recorridos y configuraciones
de una zona de estudios
En las últimas décadas, diversos movimientos
dentro y fuera de la academia, han colocado a la
memoria (como proceso, como objeto, como for-
ma de abordaje) en el centro de la escena, e hicie-
ron cobrar entidad a una suerte de “campo de es-
tudios sociales sobre la memoria”, que encuentra
antecedentes a principios del siglo XX.
Memoria es un término que alude a múltiples ob-
jetos de estudios, trabajados por diversas discipli-
nas entrecruzadamente. Aristóteles diferenciaba
mneme y anamnesis, es decir, la simple evocación
y el acto de rememoración que implica una bús-
queda, un ejercicio. Ambas quedan usualmente
incluidas en la polisémica memoria. A su vez, los
primeros abordajes científcos pueden rastrearse
entre la psicología, la neurofsiología, la biología,
la psiquiatría y la etnología (Cuesta, 1993: 48);
con una gran complejidad: probablemente, la acti-
Prólogo
Daniel Badenes / Luciano Grassi
10
vidad cerebral sea todavía hoy el objeto más opaco
e incógnito para las ciencias biológicas.
La cuestión de la memoria apareció en la agenda
de ciertas ciencias humanísticas y sociales casi al
fnal del siglo XIX, y se desarrolló recién en el si-
guiente. La obra de Bergson, Materia y memoria,
data de 1896. Freud publicó La interpretación de
los sueños en 1900. El surrealismo dio un lugar
específco a la teoría de la memoria educable en
su Manifesto de 1922. Durante esa misma déca-
da está fechado el origen de una “sociología de
la memoria”, fundada con Los cuadros sociales de
la memoria, obra que Maurice Halbwachs publicó
en 1925. También de esos años datan la obras de
Blondel (1928) y Bartlett (1932), próximas en su
objeto de estudio, que confgurarían una “psicolo-
gía social de la memoria”.
Emergió a partir de entonces una problemática de
la subjetividad y la pregunta por quién recuerda,
que no había preocupado a los pensadores anti-
guos (Ricœur, 2008: 126). Si Bergson representa
un enfoque abocado a la memoria individual, es la
sociología de la memoria de Halbwachs la que intro-
duce la pregunta por lo colectivo. La infuencia de
Durkheim y L´Ecole sociologique sobre este autor
le permitieron llevar sus esbozos flosófcos a una
aplicación empírica. Con una perspectiva socioló-
gica, sus textos concluyen postulando la existencia
de distintos “marcos sociales de la memoria”, ge-
nerales -el espacio, el tiempo y el lenguaje- y es-
pecífcos –anclados en grupos sociales: la familia,
la clase, la pertenencia religiosa-. Halbwachs no
sólo afrma la existencia de una memoria colectiva,
sino también su preeminencia (en otros momentos
plantea una relación recíproca, interactiva, entre
la memoria individual y la memoria colectiva).
Antes de seguir el repaso panorámico, rescatemos
su distinción de tres niveles: 1) los recuerdos in-
dividuales, vinculados a experiencias vividas, 2) la
memoria colectiva, de los que integran un grupo y
tienen cierta experiencia común, y 3) la tradición,
transmitida a través de ritos, mitos, conmemora-
ciones, relatos colectivos. Este último nivel había
comenzado a problematizarlo Durkheim, analizan-
do las representaciones, la transmisión y las re-
confguraciones de los relatos tradicionales e iden-
titarios de las tribus australianas.
En el mismo sentido, podríamos vincular esa no-
ción de tradición a la que planteó en 1977 Ray-
mond Williams para referir a un “pasado signifca-
tivo”, con una sensibilidad próxima a la del campo
de estudios que estamos caracterizando:
“…Lo que debemos comprender no es precisa-
mente ´una tradición´, sino una tradición se-
lectiva: una versión intencionalmente selec-
tiva de un pasado confgurativo y de un pre-
sente preconfgurado, que resulta entonces
poderosamente operativo dentro del proceso
de defnición e identifcación cultural y social
(...) El sentido hegemónico de la tradición es
siempre el más activo: un proceso delibera-
damente selectivo y conectivo que ofrece una
ratifcación cultural e histórica de un orden
contemporáneo” (Williams, 2000: 137-138)
11
Para Halbwachs, la distancia entre el segundo y
el tercer nivel sería la que separa a la memoria
colectiva -vivida, oral, normativa, corta y plural-
de la histórica -una memoria prestada, aprendida,
escrita, pragmática, larga y unifcada-. En estos
puntos residirían más tarde las críticas de otros
autores de postguerra, que señalaron la imposi-
bilidad de las construcciones armónicas de las
memorias colectivas, al reconocerlas como un te-
rreno atravesado por la hegemonía y los intereses
de sectores contrapuestos. Estas nuevas miradas,
entonces, plantean un enfoque sobre la memoria
atravesado por el conficto y las pugnas de poder
que se imbrican en las negociaciones de sentidos.
Otro aporte para pensar esa memoria compartida
–que transita de la memoria colectiva a las conme-
moraciones- es la noción de lugares de memoria,
consagrada en la monumental compilación dirigida
por Nora. Con esta referencia introducimos un salto
temporal que nos lleva hasta el movimiento intelec-
tual iniciado a mediados de los ´70 y especialmente
desarrollado en los ´80, en el que convergieron la
historia oral
1
, el interés por micro-historias y otros
“acercamientos” entre la historia y la antropología
(Augé, 2006: 23), un estudio de períodos recientes
que hizo usual la coexistencia entre historiadores y
protagonistas, entre otras cuestiones.
En ese proceso infuyeron discursos emergentes de
los procesos de descolonización (Huyssen, 2007:
14-15) y, sobre todo, la refexión pública sobre las
experiencias límite de los totalitarismos –en espe-
cial el exterminio nazi- que no ocurrió en el perío-
do inmediatamente posterior sino hacia la década
del ´60, después del juicio a Eichmann en Jerusalén
(1961). Según la perspectiva de Huyssen, el debate
se amplifcó en los ´80, desencadenado “por la serie
televisiva estadounidense ´Holocausto´ y sus múlti-
ples trasmisiones y repercusiones” (Huyssen, 2007:
15) y por la explosión de lo que Wieviorka (1998)
denomina “la era del testigo”: la apertura de los
relatos experienciales y biográfcos de las experien-
cias de los sobrevivientes de la Shoá que funciona-
ron como faro para otros procesos e incentivaron
gran cantidad de estudios que hoy son fuente de
herramientas teóricas y metodológicas. La denomi-
nada “querella de los historiadores” también marcó
un hito clave en los espacios académicos e incluso
fuera de ellos
2
; como así también el desafío de pro-
ducir representaciones en distintos formatos.
En suma, y si bien no se agota en esas refexio-
nes, en ambos continentes la cuestión de la me-
moria emergió muy asociada a esos “pasados que
no pasan” (Rousso, 2000): guerras, masacres, ge-
nocidios, dictaduras, transiciones post-coloniales,
1 También denominada, en términos más afnes a los profesionales europeos, como historia con fuentes orales. Pensemos
por ejemplo en el trabajo de Thompson (1978), traducido como La voz del pasado. Historia oral. En la década de 1980
aparecen textos fundamentales de Luisa Passerini, Ronald Fraser, Alessandro Portelli y otros. En cierto sentido, la recuperación
del testimonio oral no hace más que volver a los orígenes: Heródoto, Tucídides y, en general, los historiadores clásicos solían
valerse de las fuentes orales, despreciadas luego por la “historia positivista” del siglo XIX y la “historia científca” del XX.
2 Traverso señala “cuatro grandes debates” que marcaron a las décadas del ´80 y ´90: esa polémica –conocida como
Historikerstreit-, en 1986-1987; la correspondencia entre Martín Broszat y Saul Friedländer, en 1988; la querella en torno del
libro de Daniel J. Goldhagen sobre los “verdugos voluntarios de Hitler”, a partir de 1996, y las polémicas, “esta vez internas a
la disciplina histórica y puramente ´germano-alemanas´´, suscitadas por el Historikertag de 1998” (Traverso, 2003: 82).
12
crisis sociales y otras situaciones que tienden a ser
pensadas –trasponiendo un término de la psicolo-
gía- como procesos socialmente traumáticos.
El concepto de memoria se instaló en las ciencias
sociales en esos mismos años. Entre los historia-
dores, más allá de una atención inicial de Bloch ha-
cia la obra de Halbwachs, permaneció ignorado por
la Escuela de los Annales durante mucho tiempo
(pese a que el propio Halbwachs había integrado el
Consejo de Redacción de los primeros Annales). Ni
siquiera aparecía en Hacer la historia, la renovado-
ra revisión dirigida por Le Goff. Recién se incorporó
en ese campo académico con la tercera generación
de la Escuela, a la que pertenece Nora.
En un curso de Historia del presente realizado en
l´École des Hautes Études en Sciences Sociales de-
sarrollado en 1977-1978, y en su libro La Nouvelle
Histoire (1978), dicho autor se refrió a la memoria.
Su concepto clave –lugares de memoria- apuntó a
problematizar “puntos de cristalización” de la he-
rencia nacional francesa y practicar una “historia de
la memoria”. La idea no se reduce “a objetos pura-
mente materiales, físicos, palpables, visibles”, sino
que “es una noción abstracta, puramente simbólica,
destinada a desentrañar la dimensión rememorado-
ra de los objetos, que pueden ser materiales, pero
sobre todo inmateriales, como fórmulas, divisas,
palabras clave...” (Nora, en Cuesta 1998: 32-33).
Resulta acertada la afrmación de que la obra de
Nora es “más espectacular que fundamental, entre
otras razones porque carece de una base teórica
sólida” (Olábarri, 1996: 166). En la inmensa com-
pilación, el estudio de lugares de memoria abarca
“simples memoriales” (monumentos, panteones,
santuarios) pero también ceremonias conmemora-
tivas, discursos, emblemas, imágenes o conceptos,
instituciones y “hombres-memoria”.
La producción académica prosiguió y se consolidó
en los años ´90
3
. Podemos mencionar el trabajo de
Henry Rousso junto a Eric Connan, o el aporte de
Todorov para pensar “Los abusos de la memoria” y
distinguir el uso literal del ejemplar en los procesos
sociales. En tanto, interesado por desarrollar la idea
de “una política de la justa memoria” -como preocu-
pación cívica-, el trabajo flosófco de Ricœur, cono-
cido en 2000, propuso un acercamiento a las proble-
máticas de la memoria, la historia y el olvido desde
distintas perspectivas: intenta dar cuenta de los fe-
nómenos mnemónicos desde una fenomenología en
términos husserlianos, razona una epistemología de
las ciencias históricas y cierra su obra con “una me-
ditación sobre el olvido, [que] se enmarca en la her-
menéutica de la condición histórica de los hombres
que somos” (Ricœur, 2008: 13). El autor entiende
que “una problemática común recorre la fenomeno-
logía de la memoria, la epistemología de la historia
y la hermenéutica de la condición histórica: la de la
representación del pasado” (Ricœur, 2008: 14).
3 Un estado de la cuestión europeo y norteamericano muy completo –a su fecha de elaboración- puede hallarse en el
artículo del investigador de la Universidad de Navarra Ignacio Olábarri (1996). Abundantes citas dan cuenta de una serie de
producciones prácticamente desconocidas en nuestra región, por supuesto no traducidas y usualmente inaccesibles. También
amplía el panorama, sobre todo de la tradición intelectual francesa, la lectura de Ibarra (2007).
13
Hacia fnales de década, sumado a los aportes de
Yerushalmi, Bauman y otros intelectuales del he-
misferio norte, este campo de estudios y refexio-
nes comenzó a cobrar forma a nivel latinoamerica-
no, sobre todo a partir del programa dirigido por
Elizabeth Jelin, que congregó a decenas de investi-
gadores en el Cono Sur.
De esta manera, en las últimas tres décadas, me-
moria se tornó progresivamente una palabra clave,
cada vez más utilizada en la historia y otras ciencias
sociales. Adquirió también un uso bastante indiscri-
minado: muchos libros empezaron a utilizar el tér-
mino en sus títulos, pero “analizados más de cerca,
resultan engañosos y, en muchos casos, respon-
den más a una moda que a un contenido” (Cuesta,
1998: 205); lo cual no deja de ser signifcativo.
Y al tiempo en que la memoria como objeto de es-
tudio académico comenzó a ser trabajada por las
diferentes disciplinas entrecruzadamente, la comu-
nicación desbordaba sus refexiones sobre la parti-
cularidad de los medios masivos para disponer sus
estudios en las prácticas y sentidos sociales y la
herencia cultural. Las articulaciones posibles entre
historia, memoria y comunicación se multiplican.
Historia / Memoria / Comunicación
El texto de Jelin, fundante de esta línea de estudios
en nuestra región, tiene un capítulo cuyo título ad-
vierte la polisemia del término: “¿de qué hablamos
cuando hablamos de memorias?” (Jelin, 2002). No
es una pregunta menor. Usado y abusado, re-usa-
do y rehusado, es un vocablo del análisis y el de-
bate intelectual en las disciplinas socio-históricas,
pero también una bandera de movilización social y
política que en estas latitudes se organiza y ges-
tiona en la consigna “verdad, memoria y justicia”.
En nuestra perspectiva, cuando hablamos de me-
moria nos referimos a memorias socialmente cons-
truidas que desde un presente y con su comple-
jo cultural específco, recuperan sucesos pasados
y los reconstruyen en un nuevo relato, con omi-
siones necesarias y ciertos acentos semánticos.
Así descartamos –sin desconocerlas- las nociones
que referen a la memoria como entendida como la
capacidad personal de retener datos o ideas (“se
acuerda los teléfonos de memoria”), la memoria de
almacenamiento tecnológica (la de los chips de me-
moria), la reivindicación política o imperativo moral
(“recordar para que no se repita”), como también
los enfoques psicológicos estrictamente centrados
en el individuo (las formas subjetivas-privadas de
relacionarse con el pasado). Recurrimos al térmi-
no, entonces, para nombrar un proceso activo de
elaboración, reelaboración y circulación de sentidos
sobre el pasado, en una dimensión colectiva o pú-
blica, y por lo tanto socialmente condicionada.
Convertida esa memoria en objeto de estudio,
nuestras preguntas interrogan no sólo aquello que
es rememorado sino también “los agentes de ela-
boración, de transformación y de transmisión, los
autores y los transmisores de estos recuerdos” (Va-
lensi, en Cuesta 1998: 57). El abordaje tiene la com-
plejidad y la multiplicidad de texturas involucradas:
14
“...desde los procesos personales de sobre-
vivientes (el testimonio, los silencios) hasta
las representaciones y performances simbó-
licas y culturales, pasando por el lugar de las
prácticas institucionales estatales –juicios,
reparaciones económicas, monumentos,
conmemoraciones ofciales o nueva legisla-
ción-” (Jelin, en Franco y Levín, 2007: 307).
Se trata de pensar, centralmente, cómo se constru-
yen sentidos en torno a las experiencias del pasado:
en ese sentido, podrían ser objeto de análisis la pro-
pia disciplina histórica y sus operaciones, destitu-
yendo límites disciplinarios e incorporando miradas.
Trabajos como los de Ronald Barthes o Michel De
Certeau sobre la escritura histórica han conducido
a un análisis de los discursos de la historia como
disciplina científca. En tanto, autores como André
Leroi-Gourhan y Jacques Le Goff han tematizado
las relaciones entre la memoria y tecnologías de
la comunicación a lo largo de la historia humana,
llegando a distinguir períodos históricos según las
capacidades técnicas de almacenamiento y trans-
misión del legado.
Por otro lado, pensando en el objeto primigenio
de las investigaciones en comunicación, aportes
realizados en los últimos tiempos han señalado a
los media no sólo como “productores de actuali-
dad” sino también como gestores de sentidos so-
bre el pasado. Y si atendemos a la apertura que
los estudios comunicacionales en América Latina
tuvieron desde los años ochenta hacia un mirada
anclada en la cultura, la pregunta por los tiempos
históricos y las memorias colectivas se enlaza con
“nuevos” objetos de estudio del campo, como la
identidad, la formación de sujetos, las temporali-
dades o los movimientos sociales.
Un vector de memoria
desde la universidad pública
Este volumen, compuesto por catorce capítulos,
recupera miradas que refexionan sobre la memo-
ria como producción de sentido, la disputa de re-
presentaciones sobre el pasado en distintos vecto-
res, y los territorios de la cultura y la comunicación
mediática durante la última dictadura argentina.
Todos los aportes interpelan con interrogantes y
debates que son académicos pero también éticos
y políticos, como queda claro en la última parte
de este volumen. Hacerse cargo de esa condición
desafante de los problemas que nos convocan fue
una motivación central.
Así, podemos afrmar que tanto el libro como las
jornadas operan en sí mismos como vectores de
memoria -igual que un testimonio o un programa
escolar, una marca urbana o un documental-. Lle-
varlos adelante, en ese sentido, fue más allá de
nuestra función específca como docentes e impli-
ca una decisión de militancia. Expresa, fnalmen-
te, un modo de concebir el lugar de la Universidad
pública y su articulación con la comunidad a la que
pertenece, en este cargo asumiendo una respon-
sabilidad en la lucha por los derechos humanos y la
construcción de la memoria colectiva.
15
No podemos dejar de agradecer a quienes han
compartido estas ideas y han hecho posibles pri-
mero las jornadas y ahora el libro. En primer lugar
al director de la Licenciatura en Comunicación So-
cial de la UNQ, Néstor Daniel González, que apoyó
la iniciativa desde un principio y sin ningún con-
dicionamiento. También a Leonardo Mora Doldán,
que trabajó con rigurosa responsabilidad en cada
detalle que demandó la realización de las jorna-
das, organizó un equipo de colaboradores cuando
fue necesario, y asumió la tarea de diagramar este
cuaderno de trabajo. En segundo lugar a los colegas
que prestaron su apoyo formando el comité acadé-
mico de las jornadas: Martín Becerra, Néstor Da-
niel González, Javier Balsa, Alfredo Alfonso, Nancy
Díaz Larrañaga, Rodolfo Brardinelli, Alejandro Kau-
fman y Magalí Catino. En tercer lugar, a todos los
que participaron de las jornadas como expositores
y coordinadores: Federico Lorenz, Sandra Raggio,
Samanta Salvatori, Laura Lenci, Carmen Guarini,
Horacio Verbitsky, Pablo Llonto, Emmanuel Kahan,
Natalia Vinelli, María Sondereguer, Claudia Feld,
Alejandra Oberti, Daniel Lvovich, Emilio Crenzel,
Ana Carcopardo y los ya mencionados profesores e
investigadores de la casa, Martín Becerra, Alejan-
dro Kaufman y Alfredo Alfonso. La mayoría de ellos
son coautores de este libro, para el que revisaron
sus aportes originales o en algunos casos accedie-
ron a escribir nuevos textos, por lo que cabe un
doble agradecimiento. También estamos en deuda
con Carlos Mangone, quien permitió que reeditára-
mos un artículo publicado originalmente en la vieja
Causas y Azares, que sigue siendo un texto de re-
ferencia, usado en nuestras aulas para pensar la
producción mediática y las políticas culturales du-
rante el gobierno de facto –y hacerlo sin caer en la
simplifcación que piensa los términos “dictadura” y
“cultura” como opuestos-.
Por último, no queda más que desear a los lecto-
res que disfruten y aprovechen este fruto de la con-
fuencia de saberes, y reafrmar nuestro compromiso
para fortalecer estos espacios de encuentro e inter-
cambio académico sobre la tríada historia/memoria/
comunicación, concientes de que pensar colectiva-
mente los sentidos del pasado es también fortalecer
apuestas del presente y proyectos de futuro.
16
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19
Parte 1
Medios en dictadura
20
Estas notas señalan la necesidad de analizar en
perspectiva la reconversión cultural y comunicacio-
nal argentina iniciada en 1976 como un proceso
que, a pesar de sus variantes, ofrece una conti-
nuidad de factores que infuyeron en el diseño y
ejecución de políticas culturales y mediáticas rela-
cionadas estrechamente con las modifcaciones del
capitalismo argentino en las dos décadas posterio-
res al golpe. Otro propósito sería comenzar con la
tarea de desmontar algunos lugares comunes que
sirvieron de base a numerosos trabajos de releva-
miento cultural de la etapa dictatorial (que siguió
con los análisis culturales del período democrático),
los que opusieron dictadura a cultura, a jóvenes,
a intelectuales, etcétera. Lo decimos desde el co-
mienzo: la dictadura tuvo su política cultural y la
de su clase que la sustentó, tuvo sus jóvenes y sus
músicos (y su música), tuvo su teatro (que va más
allá de la tarea “laboral” de los actores), tuvo a
sus “miembros del espectáculo”, no se privó de sus
intelectuales, de sus periodistas (también más allá
de la necesidad del empleo).
Resulta por lo menos paradójico que los análisis cultu-
rales que “abandonaron” la noción de dominación de
los setenta y la reemplazaron por la más permeable y
justa de hegemonía, repongan aquella simplifcación,
quizás por el solo hecho de tratarse de una dictadu-
ra militar; sin embargo, a poco de andar se hablará
de una “revolución cultural” que produjo la dictadura
entendiéndose así que su política persiguió no sólo f-
nes de explotación clasista y reconversión económica
sino también de reconfguración simbólica.
El carácter de la caída dictatorial, la huida hacia
adelante malvinense y la negociación política (y
cultural) de la “transición” y sobre todo lo acelera-
do y traumático del proceso puede hacer perder de
vista el travestismo de los sujetos, de los medios
e incluso de algunas ideas que motorizan la vida
cultural y comunicacional de una sociedad.
La ausencia de estudios pormenorizados de la dic-
tadura en este renglón, alcanza a obviar el análisis
de sus diferentes estrategias de poder (forzadas
o no), como el violismo, la “vuelta” galtierista, la
opción siempre latente del masserismo, etapas o
movimientos internos que también dejaban sus
efectos en las políticas culturales, en los disposi-
tivos mediáticos y en las prácticas culturales de la
propia sociedad civil. Sin caer en los mecanicismos
tantas veces advertidos no debemos olvidar que
argumentos de teleteatros (un ejemplo resultó al
comienzo Los hijos de López, del siempre ubicuo
1. Un proyecto de reconversión cultural y comunicacional
*
Carlos Mangone
* Publicado originalmente como artículo en la revista Causas y Azares N° 6, Buenos Aires, invierno 1996, con el título
“Dictadura, cultura y medios. 1982-1983: Dime cómo fue la transición y te diré cómo será la dictadura”.
21
Hugo Móser), programas de variedades (Videos-
how a fnes del 76), se explican tanto en función del
videlismo como la reaparición de Gerardo Sofovich,
los almuerzos de Mirta Legrand y el retorno de las
frmas a los editoriales políticos de los diarios por el
violismo “neoparticipacionista”.
Los análisis no dan cuenta lo sufciente de algunos
funcionamientos mediáticos particulares. A modo
de ejemplo se podrían indicar ciertos programas te-
levisivos, que operaron a la manera de válvulas de
escape de la censura temática, como El Chavo (ri-
cos y pobres en la tradición del discurso más com-
prometido de Cantinfas), Family (y la canalización
de las problemáticas de la clase media negadas por
el tomismo cultural). Así como el verdadero lugar
de las revistas como Humor y sus aportes y lími-
tes a una cultura opositora. La mayor pero medida
audacia de las películas extranjeras y la presencia
del cine soviético como un efecto de la balanza co-
mercial completan un panorama no muy estudiado
por el riesgo de reencontrarse con algunos protago-
nistas de las políticas culturales de la transición de-
mocrática (un animador reconvertido, un periodis-
ta “democratizado”, un intelectual en la CONADEP,
actores “liberados” de la presión de los interven-
tores de los canales). La sublimación nacional de
la represión dictatorial descomprimida como “show
del horror” al principio y como “posibilismo” luego,
permitió que el colaboracionismo cultural y mediáti-
co atravesara la transición sin demasiados traumas.
Además, los balances se obturaron por proyeccio-
nes un tanto distorsionantes como el tema del exi-
lio y la estadía en el país; la necesidad de trabajo y
la realización profesional; la “culpa de la clase me-
dia” y el ocultamiento ofcial; una suerte de análisis
de psicología social que aunque siempre es bien
recibido muchas veces no permitió advertir carac-
terísticas propias del campo cultural (cuestiones
ideológicas y su fuerte dependencia del auspicio,
patrocinio, fnanciamiento estatal o corporativo).
No hubo en realidad un análisis jerárquico de las
posibilidades de “colaboracionismo”. La recoloca-
ción de algunos intelectuales en las políticas cul-
turales de la transición y el travestismo mediático
de los miembros más visibles del mundo del espec-
táculo, aceptado por el carácter de la negociación
política, alentó, por lo menos en la difusión masiva
de los medios, las teorías del “engaño”, de la “culpa
colectiva”, de la “inmadurez cívica”.
De esta manera se aplanaron las responsabilidades
de un maestro con un subsecretario de educación,
de un profesor de la enseñanza media con un rector
interventor de un colegio nacional, la necesidad de
trabajo de un actor con los diseñadores y ejecutores
de las políticas culturales de los teatros ofciales, el
plantel de locutores de una radio con los periodistas
que bajaban la “línea” desde la mañana temprano.
Un caso emblemático y actual es Kive Staiff, que es
funcionario con el dictador Lanusse, reaparece con Vi-
dela, continúa con Alfonsín, con Menem en Cancillería
y vuelve en la administración radical en Buenos Aires.
Avalado por una parte importante de la “comunidad
cultural” no podría explicar de su etapa procesista
más que una tarea defensiva de auspicio cultural pero
no haciéndose cargo de la censura y de la interven-
ción político cultural dictatorial. Si bien es cierto que la
22
ausencia de una resistencia política y social unifcada
a la dictadura (proceso en el cual la estrategia de apa-
ratos políticos de tradicional infuencia en el campo
cultural dejó su marca) impidió un mayor control po-
lítico e ideológico de los diversos “colaboracionismos”,
no resulta menos importante que la “lectura” de la
dictadura hecha por la transición tuvo y tiene, como
veremos, sus escamoteos hermenéuticos.
La otra Walsh: carta a los príncipes
En el ya célebre artículo de María Elena Walsh,
“Desventuras en el País-Jardín-de-Infantes” (Cla-
rín, agosto de 1979) se sintetizan algunos de los
núcleos de esta mirada parcial y fragmentada del
campo de la cultura, como representándose a sí
mismo con una autonomía tal que le permite cen-
tralizar la petición en el tema de la censura. Noble-
za obliga, primero los agradecimientos por haber
derrotado a la subversión: “Que las autoridades
hayan librado una dura guerra contra la subversión
y procuren mantener la paz social son hechos uná-
nimemente reconocidos. No sería justo erigirnos a
nuestra vez en censores de una tarea que sabemos
intrincada y de la que somos benefciarios.” Más
allá de que cualquier captación de la benevolencia
no necesitaba tal apoyo a un mes de la llegada de
la Comisión de la OEA, para la intelectual el fenó-
meno de la censura hasta podría entenderse como
una razón de fuerza mayor, un estado de emergen-
cia que ya habría pasado: “pero eso ya no justifca
que a los honrados sobrevivientes del caos se nos
encierre en una escuela de monjas preconciliares,
amenazados de caer en penitencia en cualquier
momento y sin saber bien por qué”.
La queja se integra a la crítica de costumbres que
entre otros realiza la revista Humor: observacio-
nes sobre el plan económico, comparación con el
franquismo cultural (aunque la escritora avanza un
poco más y asimila en un momento las políticas de
censura con mentalidades fascistas), alguna men-
ción a las autopistas y rasgos de ironía bien propios
de la década del sesenta acerca de nuestra clase
dirigente. Sin embargo, el reclamo sectorial, que
nunca integra la correlación social de la censura de
las ideas con la eliminación de los cuerpos, deja fo-
tando en el aire una fuerte duda acerca del carácter
de la petición al poder, lugar que se advierte más
como espacio burocrático y mediocre que como
máquina de dominio y de muerte:
“Es verdad que no toda censura procede
‘desde arriba’ sino que insisto es un antiguo
deporte de amanuenses intermedios…
”Quienes desempeñan la peliaguda tarea mi-
sión de gobernarnos, así como desterraron
—y agradecemos aquellas metralletas que
nos apuntaban por doquier en razón de bien
atendibles medidas de seguridad—, deberían
aliviar ya la cuarentena que siguen aplicando
sobre la madurez de un pueblo (¿se acuer-
dan del Mundial?) con el pretexto de que la
libertad lo sumiría en el libertinaje, la insu-
rrección armada o el marxismo frenético”.
La reivindicación de Walsh, si bien no es una “carta
23
a los comandantes”, aparece como una suerte de
ruego al poder que sobredimensiona y subestima
al mismo tiempo el rol de los artistas: son muy
importantes como catarsis y remanso del pueblo
pero nunca harán una revolución, son inofensivos:
“Esta no es una bravuconada, es el anhelo, la sú-
plica de una ciudadana productora-consumidora de
cultura. Es un ruego a quienes tienen el honor de
gobernarnos (y a sus esposas, que quizás infuyen
en alguna decisión así como contribuyen al bienes-
tar público con sus admirables tareas benéfcas):
déjennos crecer. Es la primera condición para pre-
servar la paz, para no fundar otra vez un futuro de
adolescentes dementes o estériles”
La gravedad del escamoteo de la situación que
realiza la Walsh no radica obviamente en su
“aporte” a contrarrestar la censura cultural sino
en el lugar emblemático que la transición le dio a
su texto para lo cual la autora también colaboró
en su reedición sin ninguna aclaración autocrítica
que se hiciera cargo de su propia experiencia en
la CONADEP, descubriendo la verdadera cara de
la censura. La acusación al régimen de “excesi-
vo paternalismo” y la negación de ser una revo-
lucionaria muestra a las claras una táctica muy
cercana a una cierta caracterización política de la
dictadura que sectores ideológicos hacían por en-
tonces. El lugar que le damos al ejemplo, como a
los señalados en otros lugares, habla tanto de la
responsabilidad de los sujetos como del funciona-
miento de un campo.
Televisión
Durante la dictadura se consolidó una tendencia de
la estructura del campo mediático que predispondrá
favorablemente a la concentración empresarial mul-
timediática y que se presenta como una homología
funcional a la propiedad de los medios masivos. Nos
referimos al particular funcionamiento artístico del
conocido “mundo del espectáculo”, aspecto que tie-
ne una gran importancia para connotar el imagina-
rio de “trabajo” que circula en ese ámbito.
Cuando se desarrolla la televisión en la década del
cincuenta a pesar de que en los comienzos su nivel
de producción alcanzaba a una suerte de radio con
imagen, muchos protagonistas del fenómeno radial
se vieron impedidos de actuar en el estudio tele-
visivo por no poseer una imagen adecuada. Esta
situación unida a la tradición del mundo gráfco que
tenía sus propias condiciones de competencias y
su respectivo cursus honorum, volvía el campo del
espectáculo y de la información mediática lo suf-
cientemente diversifcado como para que la socie-
dad pudiera aspirar, por lo menos en los papeles, a
un cierto pluralismo y a un control mutuo entre los
“canales” artísticos e informativos.
Al producirse el boom de la televisión en los años se-
senta y decantarse aquellas fguras se consolida el
medio, ahora privatizado y articulado con las cadenas
norteamericanas. El impacto del encendido invierte no
sólo la correlación de infuencias entre los medios sino
que avanza hacia una hegemonía televisiva que hacia
fnes de los sesenta y comienzos de los setenta infuirá
para que la “gente” reclame escuchar por radio a los
24
favoritos que ve en televisión. Se produce un cambio
laboral acentuado durante la dictadura y la transición
democrática. Por ejemplo, de una radio de locutores
y presentadores, además de los humoristas tradicio-
nales y el desarrollo de móviles periodísticos no con-
dicionados por su “imagen” se pasa a una radio con
periodistas estrellas de la televisión, actrices y acto-
res-animadores, modelos, etcétera. La concentración
laboral se refuerza con el hecho de que se agrandan
las bandas horarias y progresivamente en los diales
anchos (Continental, Rivadavia, Mitre, Argentina) los
programas diarios no pasan de cinco o seis.
Este funcionamiento también explica la traumática
relación entre cine y teatro y ejemplifca bien otro
condicionamiento laboral bastante específco de
nuestro ámbito que es el efecto televisivo sobre la
actividad cinematográfca y teatral. Si bien existía
el antecedente de las “salidas” de las compañías de
radioteatro por ciudades y pueblos, ahora parte de
la agenda teatral la va a dictar la televisión tanto en
argumentos como en condicionamientos de los elen-
cos. La traslación de éxitos al cine, la escenifcación
veraniega de programas televisivos acompaña esta
verdadera concentración artística, estética y empre-
sarial que deja poco margen para la experimenta-
ción y para una cierta democratización del acceso
al trabajo y al conocimiento de otras perspectivas.
Al no existir un lugar de formación específcamente
televisiva en lo actoral, producción y dirección (al
estilo de la educación privada el sistema televisi-
vo argentino no gastó mucho que digamos en las
formación de sus cuadros), los perfles televisivos
se sobreimponían a las tradiciones de los restan-
tes medios. Si reconocemos la creciente infuencia
del paradigma publicitario en la propia televisión
tendremos un panorama más exacto de cuál es el
carácter de la hegemonía televisiva y sus restriccio-
nes de acceso y permanencia en el campo laboral.
Durante la dictadura y a pesar de que los canales
estuvieron en manos de las fuerzas armadas, su
articulación con ciertas productoras independientes
buscaron un proceso de identifcación de fguras,
temas y tratamientos afnes con el momento que
vivíamos. Estas mismas productoras son las que en
su seno articularon el proceso de concentración la-
boral al disponer el correlato radial del programa
televisivo y su vinculación con algún medio gráf-
co que difunde disimuladamente sus productos. Un
ejemplo puntual y digno de ser analizado es Videos-
how y la productora Marín, de Lorenzo y Asociados,
un nuevo tipo de relación estrecha entre la tradición
publicitaria y el imaginario de “Chicago Boys” en los
medios masivos, imaginario hoy predominante.
El programa símbolo: Videoshow
Aunque pueda resultar arbitrario elegir un progra-
ma de televisión para simbolizar la actividad y los
objetivos de este medio durante la dictadura el caso
de Videoshow es el mejor ejemplo de la trama ideo-
lógica, artística y empresarial que antecedió a la
movida tecnológica del Mundial y fue un hito en el
diseño de imagen de la televisión de fnes de los se-
tenta y principios de los ochenta. Ejemplo, por otra
parte, poco estudiado. “Quedáte aquí, no te vayas
25
de allí, y verás miles de cosas, la historia real, el
héroe casual...”, la cámara portátil y el periodista
corresponsal nos llevaban a todos los países del
mundo menos al nuestro. El correlato del dólar ba-
rato y de los viajes continentales y transcontinen-
tales de la pequeña burguesía funcionaba como la
vidriera mediática, como el servicio adecuado para
la explosión del turismo cultural de los años de la
dictadura. Videoshow fue el mejor antecedente del
magazine actual, del bloque corto, de la mezcla de
notas y de un juego de imágenes que a pesar de no
contar con la tecnología actual, en cierta manera vi-
deoclipizaba, con sus límites, la imagen televisiva.
Videoshow también representó la legitimación de
una televisión de “zona norte” en acentos, en vo-
ces, agendas temáticas y en ideólogos de los estilos
de vida que la propia dictadura difundía a través de
sus Chicago Boys (que también se simbolizaban en
los vigentes discjockeys con apellidos patricios). Un
aire de familia los reunía a todos.
La importancia del programa, como formato tipo de
producción, radica en el hecho de que la ideología
cruda del Proceso no tenía efcacia en los editorialis-
tas de los noticieros ni siquiera en sus voceros más
autorizados o en las películas que se hacían para
legitimar a cada fuerza de seguridad sino en aque-
llos programas que disimuladamente entretenían o
hablaban de “otra cosa”. De allí el desfle de Neus-
tadt, Llamas de Madariaga, Grondona entre otros,
pero también de Magdalena Ruiz Guiñazú, Maidana,
Hanglin, etcétera. También en este aspecto la tran-
sición reubicó las trayectorias periodísticas informa-
tivas sin muchos actos de contricción que digamos.
Bastaría con repasar algunos servicios periodísticos
como reportajes “arreglados” a los miembros del
gobierno para mejorar su imagen pública para ad-
vertir que no es la misma responsabilidad civil y
política la de un redactor que la de un/a periodista
estrella. El programa símbolo de una reconversión
tecnológica-cultural del medio terminó conducido
por extremistas de derecha, como Palacios Hardy,
entre otros y recluido en ATC, en plena transición
posmalvinense. Su función en la política cultural te-
levisiva de la dictadura señala la necesidad de re-
tomarlo como objeto de investigación y memoria.
Radio: los toques de Diana
Resulta lógico que el objetivo de la cobertura in-
formativa radial durante la dictadura no podía ser
la “actualidad” en términos de “estar allí donde se
produce el acontecimiento”. En realidad predomi-
naba el estar allí en donde se construye el acon-
tecimiento: temática militarizada y lecturas de ca-
bles. Los móviles eran corresponsalías castrenses o
gubernamentales. Sin embargo, durante el período
se produce un cambio cualitativo que se ajustará
funcionalmente con la etapa de fuerte control ideo-
lógico y social: el editorialismo periodístico matu-
tino. La canalización informativa desde la maña-
na temprano había tenido pocos antecedentes en
nuestra radio y se consolidará como segmento an-
terior al programa de variedades, que, contamina-
do de esta característica, seguirá “opinando” hasta
el mediodía como nunca antes había ocurrido. Las
fuerzas armadas ponían los columnistas, como en
los noticieros televisivos, y organizaban la agenda
26
del día. Se vivía, paradójicamente, un proceso de
fuerte politización radial en términos temáticos que
la radio no abandonará nunca más (lo que habla
de una crisis persistente). Los magazines radiales
conjugaban la presencia de ecónomas y astrólogos,
actores y actrices en función de un acompañamien-
to al régimen. No es casual tampoco que se hubiera
“institucionalizado” el asesoramiento psicológico,
en donde prevalecían las posturas regresivas de
Arnaldo Rascovsky y compañía acerca de los roles
femeninos y los cuidados de los hijos, pátina cien-
tifcista del “¿usted sabe dónde están sus hijos?”,
que Neustadt acercaba cada momento.
Como ocurre cuando está aceptada la imposibilidad
de referirse a lo macro, la ciudad, los problemas
psicologistas, la guerra de los sexos, el tránsito (el
enfrentamiento taxis/colectivos fue un clásico de la
agenda de la dictadura) volvió mucho más colo-
quial la radio y, como se mencionó, más opinadora.
Ya que no se podía describir o informar sobre el
gran desastre social y político, se analizaba minu-
ciosamente el detalle microfísico o, lo que resulta
un antecedente importante, la minucia deportiva.
El sistema de “estrellas” radial que heredó la dicta-
dura mantuvo sus lugares de privilegio que sumó a
sus posiciones establecidas en la televisión. Recien-
tes análisis de la historia radial o de la cultura del
período suelen ser demasiado benévolos con estas
fguras centrales, disimulando su función de correas
de trasmisión de la ideología dictatorial. Su partici-
pación en la gran tradición radial argentina no pue-
de ocultar el grado de compromiso con los objetivos
del régimen. Creemos que el paroxismo de la fgura
del relator deportivo José María Muñoz, en cierta
manera, alienó las culpas de muchos y operó como
el mejor emblema para sintetizar el período.
Esto impide un verdadero análisis político-cultural de
la etapa y permitió al mismo tiempo la incorporación
poco traumática de los protagonistas a la transición
democrática y a los tres períodos constitucionales.
Cualquier rastreo ejemplifcativo de la radio de la
dictadura podría tomar de sorpresa a los actuales
públicos radiales acerca del lugar ideológico y moral
de aquellos que todavía hegemonizan el medio.
Vale como ejemplo puntual de la radio de la dic-
tadura la célebre llamada al Paraguay desde el
programa Belgrano Show, correlato del Videoshow
televisivo, en el cual Enrique Llamas de Madariaga
le pregunta a un colega de Asunción si ya estaban
enterados de la adjudicación del Premio Nobel de la
Paz 1980 a “su connacional” Adolfo Pérez Esquivel.
Conclusiones
No diremos nada nuevo si afrmamos que el análisis
de la cultura y de los medios durante la dictadura
llevará la marca del período que lo intente. La dic-
tadura siempre fue “leída” desde la táctica política,
la estrategia mercantil empresarial o la ubicuidad
corporativa. La transición democrática “negoció” en
el nivel superestructural el pasaje a los períodos
constitucionales no sólo del blanqueo de la deuda
externa y de un compromiso más o menos explícito
a no profundizar la investigación y el castigo del
27
terrorismo de Estado (y de clase) sino también la
reconversión de muchas fguras de la cultura, del
espectáculo y de la información que habían desem-
peñado un papel destacado como sostenedores del
régimen. Creer, como se afrmó en su momento,
que la caracterización político-cultural-mediática de
la dictadura se agotaba con denunciar los rostros
de los conductores símbolos (Gómez Fuentes en el
célebre Noticiero 60 minutos de Canal 7/ATC), o en
publicar las groserías verbales de los columnistas-
servicios de las fuerzas armadas, o en analizar las
publicidades con las cuales la dictadura nos infor-
maba del crecimiento económico, de la paz social y
del reconocimiento internacional de sus logros, es
escamotear las conductas de fguras que mantu-
vieron con sus públicos altos niveles de credibilidad
y afecto, capital simbólico que pusieron en juego
para su apuesta dictatorial.
El primer período democrático eligió una serie de
tópicas culturales y sociales con las cuales dicoto-
mizó dictadura/ democracia, mistifcando de algún
modo lo que había ocurrido en la etapa. Un ejem-
plo puntual es el rock, que fue observado como un
movimiento social, con la sufciente autonomía de
la industria cultural como para convertirse en un
foco de resistencia política al régimen. La falta de
una investigación seria acerca de la actividad del
rock en el período permite la vigencia de estas con-
clusiones
*
. Si se profundizaran las modifcaciones,
por ejemplo, del violismo en las políticas culturales
y mediáticas nos encontraríamos con un lugar dis-
tinto del rock, con la presencia de muchos artistas
de la “progresiva nacional” en las pantallas y recla-
mando su lugar en el “juego”.
Todas las reconversiones democratizantes se ins-
criben en la continuidad de la clase dominante y
del estadío del capitalismo argentino, de la mis-
ma manera que la burguesía va acomodando su
“universidad”, decidió “sus medios”, también “ins-
trumentó” la democracia formal para integrar a
todos aquellos personajes con infuencia social o
mediática para que el trago amargo y trágico de la
dictadura pudiera sobrellevarse. En este juego de
reacomodamientos, incluso se puede llegar al ab-
surdo de resignifcaciones muy graves. Un ejemplo
podría ser la elección de gobernador de Tucumán
de 1991, cuando para impedir el triunfo de un ge-
nocida como Bussi, se “democratizó” a un cantan-
te popular que había sido un colaboracionista de
la primera hora de la dictadura (actitud de la cual
nunca se autocriticó).
Los propios medios gráfcos que prácticamente ha-
bían acompañado sin fsuras al Proceso disolvieron
su responsabilidad en toda la sociedad y cuando
realizaron sus balances conmemorativos dejaron
de lado los altos servicios a la patria que realizaron
con sus editoriales. Y en este caso no hay deslum-
bramiento tecnológico o CD Rom que impida adver-
tir la operación ideológica.
* Nota de los editores: Cabe recordar que el presente texto fue elaborado en 1996. Aunque sigue siendo un tema a explorar, en
los quince años que nos separan de esa fecha ha habido investigaciones sobre el tema, entre las que podemos destacar el trabajo
de Sergio Pujol, Rock y dictadura (Buenos Aires, Emecé, 2005).
28
Finalmente, habría que señalar que tanto para el
análisis de la dictadura y de las responsabilidades po-
líticas, sociales y éticas frente a los militares como la
actitud adoptada en relación con las claudicaciones
políticas y económicas de los gobiernos constitucio-
nales, la reacción de algunas formaciones culturales
o del espacio mediático fue adoptar posturas secto-
riales que le permitían seguir apoyando los procesos,
aunque estuvieran en desacuerdo con la obediencia
debida, el punto fnal o el indulto. Incluso se podría
dar el camino inverso, como lo reconoce Juan Rajne-
ri, ex secretario de Difusión de Alfonsín, con respecto
a la actitud de los diarios frente a la dictadura (Página
12, 7/6/96), al manifestar que bien se podría haber
aplicado el plan económico de Martínez de Hoz (como
se estaba haciendo el de Cavallo, planes que apoya)
sin desapariciones ni violaciones a los derechos hu-
manos. Con respecto a Martínez de Hoz está claro
que no fue así, lo que hizo Cavallo en democracia
se lo debe a la dictadura. La continuidad política de
la dictadura es la ecuación entre ajuste económico,
represión social y burocratización política.
De allí que resulte necesario en todo intento de re-
construcción y memoria del período dictatorial la
consideración de todas las correlaciones sociales,
políticas, económicas, culturales y mediáticas; se
evitaría de ese modo realizar conclusiones sobre
la etapa a partir de la conducta de un sector (por
ejemplo, los que hablaron por un tiempo del “partido
militar”), la realidad de un grupo (“la juventud agre-
dida”), la situación de un área (“la cultura atacada”).
La falta de articulación de las series mencionadas no
deja de ser la intención de la ideología de la clase
dominante, en defnitiva, su afán despolitizador.
29
2. Hace falta un Nunca Más del periodismo
Pablo Llonto
El incesante ejercicio de la justicia mantiene una
deuda con los argentinos. A 27 años de recuperada
la democracia no hay condena alguna contra los
dueños de los medios y los principales periodistas
que gozaron con el agrio benefcio de fogonear a
los dictadores y de sembrar silencio.
No alcanzan wikipedias, ni bibliotecas de Alejandría
para depositar allí las porfadas vergüenzas que desde
un diario, una revista o un programa nos atormenta-
ron. Fue la prensa argentina, tal vez, de las peores en
la historia universal. Durante siete años y siete meses
utilizó una regla de comportamiento: no apartarse del
aliento a la represión, la sumisión y la mentira.
Enorme flósofo de la comunicación, desconocido
en las universidades o en los tratados sobre De-
recho a la Información, ha sido el futbolista uru-
guayo Obdulio Varela. El “Jefe negro”, dueño de la
camiseta más gloriosa del Maracanazo, harto de los
reportajes y el periodismo dijo alguna vez en los
cincuenta: “los diarios traen sólo dos verdades: la
fecha, y el precio”. Y quizás ni el precio ni la fecha
de los principales diarios a partir de marzo de 1976
sean ciertos. Por entonces, La Prensa, de la familia
Gainza Paz; La Nación, de la familia Mitre, y Clarín,
de la viuda de Noble, encabezaban las ventas. Más
atrás, como diarios nacionales, se desparramaban
La Razón, Crónica, Buenos Aires Herald, La Opi-
nión, Diario Popular, La Tarde.
Se mintió en presentar al golpe como un cambio de
gobierno. Se ocultó desde el inicio la cacería genoci-
da desatada desde cuarteles, comisarías, escuelas de
mecánica, bases aéreas y tantas otras reparticiones
del horror. Se robaron bebés en San Isidro, papeles
prensa en San Pedro, y miles de verdades sobre fábri-
cas cerradas, industrias destruidas, miserias y deudas
externas. Se predispuso al pueblo para una guerra
planifcada por chacales embriagados de alcohol y lo-
cura. Luego, se mintió sobre victorias militares en las
islas mientras miles de pibes eran sometidos a una
crueldad cuyos hechos aún no conocemos del todo.
Para quienes gustan analizar el comportamiento
de los medios y los periodistas desde el punto de
vista de la teoría comunicacional, se trató de un
refejo de la sociedad. Para quienes diferenciamos
los efectos ideológicos del periodismo preferimos
observar en tales acciones, la actitud destructiva
contra todo humanismo y contra toda conducta re-
belde frente al poder.
Los diarios y sus periodistas más famosos preten-
dían lo mismo que Videla. Veamos las palabras del
asesino mayor: “es un delito grave atentar contra
el estilo de vida occidental y cristiano queriéndolo
cambiar por otro que nos es ajeno, y en este tipo
de lucha no solamente es considerado como agre-
sor el que agrede a través de la bomba, del disparo
o del secuestro, sino también aquél que en el plano
30
de la ideas quiera cambiar nuestro sistema de vida
a través de ideas que son justamente subversivas;
es decir subvierten valores, cambian, trastocan
valores... El terrorista no sólo es considerado tal
por matar con un arma o colocar una bomba, sino
también por activar a través de ideas contrarias a
nuestra civilización...” (diciembre de 1977 ante pe-
riodistas extranjeros).
Veamos las palabras del diario de la viuda el 12 de
abril de 1976: “La opinión internacional ha recibido
con marcado beneplácito la actitud de las nuevas
autoridades en lo tocante a Derechos Humanos.
Ello granjea sin duda una corriente de simpatía y
estimula el apoyo. Pero aunque no fuera ése el re-
sultado, nada puede ser más acertado que la adop-
ción por parte del gobierno de una postura que
conforma a nuestra ciudadanía y se inserta en las
mejores tradiciones argentinas y cristianas.”
Cuando me invitaron a participar de las Segundas
Jornadas de “Historia, Memoria y Comunicación”
en la Universidad Nacional de Quilmes la prepara-
ción de los temas giró alrededor del comportamien-
to (1976-1983) de los medios, los dueños de los
medios y los periodistas de mayor incidencia en la
formación de conciencia de los argentinos. Entre
recortes, revistas, notas y algunas apelaciones a la
memoria radial y televisiva, pudimos compartir el
irracional sistema que nos dominó en la dictadura.
El procedimiento era el mismo en las tres ramas
-gráfca, radial o televisiva-: la publicación de to-
dos los comunicados que emitían los militares sin
permitirse una duda sobre ellos. Todo lo contrario:
muchos de los textos eran acompañados por su-
puestas “investigaciones” propias que avalaban lo
dicho por los militares. Así pueden citarse en todo
el país los centenares de casos de enfrentamientos
truchos que las ofcinas de prensa de los represores
distribuían casi diariamente. La noticia era publica-
da textualmente. En algunos casos se acompaña-
ban fotografías repartidas por los servicios de In-
teligencia y luego los periodistas editaban reseñas
históricas no muy extensas, del “subversivo abati-
do”. Abatir era el verbo. Tan marcial y verde oliva
como otros verbos de la época. La prensa en ge-
neral, salvo excepciones, aborrecía en cambio del
verbo corroborar o su hermano, comprobar.
¿Por qué la palabra de los militares era palabra san-
ta para nuestros periodistas? ¿Por qué nadie se ani-
mó a poner en duda las noticias que más o menos
hablaban siempre de lo mismo: ‘una patrulla militar
interceptó a un automóvil donde viajaban cuatro
jóvenes quienes al no responder a la voz de alto
desataron un intento tiroteo. Los cuatro extremis-
tas fueron abatidos’? No había heridos ni víctimas
del lado de las fuerzas “conjuntas”.
¿Por qué se tardó hasta 1983 para conocer la pri-
mera nota de investigación (breve) sobre la ESMA?
¿Por qué se ignoró a los colegas extranjeros que
abarrotaban sus diarios y canales de TV con denun-
cias sobre la Argentina de sangre y cárceles colma-
das? ¿Por qué ni siquiera realizaron una autocrítica
quienes fueron capaces de poner en las tapas de
las revistas y en los noticieros de TV que “estamos
ganando la guerra de Malvinas”?
31
En cambio, la señalización y marcación de los “terro-
ristas” argentinos era incesante. Con la liviandad que
otorga la impunidad, el lenguaje frecuente en cada
renglón era individualizar activistas comunistas, libros
comunistas, propaganda comunista, sindicalistas co-
munistas, películas comunistas, música comunista.
De aquellas barbaridades reincidentes año tras año,
los ejemplos sobran. La nota realizada en 1979 en la
revista Para Ti de la Editorial Atlántida (propiedad de
la familia Vigil) es uno de tantos dolores que persis-
ten. El 10 de septiembre de aquel año Thelma Jara
de Cabezas (madre de Gustavo, quien se encontra-
ba desaparecido) fue sacada unos minutos de su
cautiverio en la Escuela de Mecánica de la Armada,
llevada a la conftería Selquet en el barrio de Nuñez
y allí, con la participación de la Editorial, los tortu-
radores la obligaron a simular un reportaje que en
realidad era una de las tantas operaciones de pren-
sa de la propaganda golpista. “Habla la madre de
un subversivo muerto”, decía el titular. Editada por
los actuales periodistas Lucrecia Gordillo y Agustín
Botinelli (directores de Para Ti). El ardid consistía en
obligarla a “confesar” que había sido “usada” para
campañas de denuncia contra la dictadura y ahora
estaba amenazada por los Montoneros.
Que Atlántida apadrinó a la dictadura, no hay du-
das. De sus revistas, de ventas millonarias en aque-
llos años (Gente, Para Ti, Somos, El Gráfco, La
Chacra, Billiken), se desprende el empeño puesto
para alentar crímenes, censuras, robos, saqueos.
Desde allí la prensa de la dictadura se “armó” para
desmoronar aquello que llamaban la campaña an-
tiargentina.
Tan lastimero como los editoriales y los recursos
engañosos de los principales diarios. Para diciem-
bre de 1977 Clarín acordó con los servicios de In-
teligencia militar dedicarle una página a la falsa
noticia de que existía un “centro de rehabilitación
para extremistas”. Se hablaba de “presentación es-
pontánea de subversivos” y se llegaron a publicar
fotografías de hombre sy mujeres jóvenes, de es-
paldas, quienes “revelaban sus arrepentimientos”.
Fue también el semanario GENTE que comanda-
ba Samuel Chiche Gelblung el que dedicaba buena
parte de su papel a una agachada tras otra. Gel-
blung viajó a Francia para denunciar personalmen-
te a quienes trabajaban para mostrar al mundo la
barbarie argentina. Ni a los niños dejó tranquilos
y, en diciembre de 1977 se fraguó en la editorial
la noticia del asesinato del matrimonio Barry en
Uruguay. Alejandrina, la hija de tres años y sobre-
viviente de la masacre, fue exhibida en una foto-
grafía cuyo encabezado era “Los hijos del terror”.
Otros personajes, merecen otras notas, como Mag-
dalena Ruiz Guiñazú y la apología de Videla, Joa-
quín Morales Solá y sus alabanzas a Bussi y Viola,
los ya fallecidos e impunes Ramón Andino, José
Gómez Fuentes, José María Muñoz, y tantos otros
que fueron rostro en TV, voz en AM y presencia co-
tidiana en cuanto acto y viaje protocolar abundaba.
En otra clasifcación ingresa la investigación sobre
Papel Prensa ya que allí se trata de comprobar que
Magnetto (Clarín) y La Nación sabían de la existen-
cia de secuestros, torturas y amenazas contra la
familia Graiver mientras se realizaba la venta coac-
cionada de las acciones de la fábrica de papel.
32
A la numerosa fauna cómplice los futuros periodis-
tas tendrán que recordarla. Con amargura. Pero
distrayendo momentos de evocaciones más feli-
ces para quienes conformaron el breve, muy breve
aposento en el que se refugió la dignidad. No dejar
de mencionar a Robert Cox y Andrew Graham-Yooll
del Buenos Aires Herald, desviviéndose por publi-
car una noticia sobre desaparecidos o inventando
protocolos para recibir los Habeas Corpus, las notas
de Oscar Cardoso en Clarín, la carta de María Elena
Walsh sobre el País Jardín de Infantes, la aparición
de la revista Humor, el ejemplo de Herman Schiller
en Nueva Presencia, los esfuerzos militantes del
único medio militante que hacía política y periodis-
mo al mismo tiempo: la agencia ANCLA de Rodolfo
Walsh y sus compañeros Montoneros.
Para los esperpentos, en cambio, ya hay denuncias
formuladas. El caso Thelma Jara de Cabezas aguar-
da que el juez Sergio Torres del juzgado Federal 12
de Capital llame a indagatorias a responsables edi-
toriales e integrantes del directorio. El caso de “la
recuperación de subversivos” fue denunciado en el
juzgado Federal 3 de Daniel Rafecas. El caso Barry
se encontraba en preparación a la fecha de cierre
de este artículo.
La idea es que la Argentina no quede atrás en la ju-
risprudencia internacional que empieza a ocuparse
de estos casos. En junio de 2000 la Sala I del Tribunal
Penal Internacional condenó a Georges Henry Joseph
Ruggiu, ex periodista y locutor de Radio Televisión
Libre des Mille Collines (RTLM) en Ruanda, a 12 años
de cárcel por incitación pública y directa a la comisión
de genocidio y de crímenes contra la humanidad.
Sabemos que en cada rincón de la Argentina suce-
dió lo mismo. Que, por dar un caso, los ejemplares
de La Nueva Provincia en Bahía Blanca destilan fra-
gancias a favor del “aniquilamiento” de los marxis-
tas y que centenares de publicaciones aguardan la
paciencia de nuestros estudiantes de periodismo y
los jóvenes abogados que renueven investigaciones.
No se trata de hacerlo para colmar los archivos,
las apiladas tesis de fn de curso o los expedien-
tes judiciales. Debe impulsarnos el enorme deseo
de no retornar a un país cuya prensa ya no señale
“marxistas” y justifque su eliminación, pero sí se
la agarre con “villeros”, “piqueteros”, bolivianos o
paraguayos o peruanos, o simplemente pobres a
quienes tenderá las mismas redes que permitan
el retorno del lenguaje genocida. Por supuesto,
nuestra esperanza no tiene tamaño. Es tan enorme
como la certeza de saber que muy pronto, la pren-
sa nueva, comprometida con la vida, la verdad y la
justicia, verá famear otra bandera del Nunca Más.
33
3. La transformación del sistema comunicacional de masas
Martín Becerra
A fnes de la década del 60 del siglo XX el sistema de
medios de la Argentina se correspondía, a juicio de
Muraro (1973), con un vínculo de dependencia con
la programación y los modelos de gerenciamiento
estadounidenses. La lógica comercial de funciona-
miento de la televisión, presente desde su origen en
1951 con Canal 7, se había profundizado a partir de
la creación de los canales “privados” en 1960, liga-
dos éstos de forma orgánica a las cadenas de broad-
casting estadounidenses. La televisión, escaparate
de bienes de consumo masivo a través de la publi-
cidad, expandió desde entonces las fronteras de fa-
bricación del mercado y de la sociedad de consumo.
Sin embargo, el vínculo estudiado por Muraro se al-
teraría con el cambio de década, que acusa también
en la prensa escrita un encumbrado protagonismo de
actores nacionales, al calor de un cambio en la corre-
lación de fuerzas de la propiedad de los medios de
producción en la Argentina y su consecuente repercu-
sión en los agrupamientos empresariales. Ese cambio
inaugura un ciclo novedoso en la historia argentina,
que combinará el protagonismo de las políticas ejer-
cidas desde el Estado interviniendo protagónicamen-
te en el sistema de medios, la censura explícita y la
represión, la reformulación del rol desempeñado por
los actores privados, y un discurso de promoción del
miedo y de la desagregación social. Estos caracteres
sobrevivieron al período dictatorial y algunos de ellos
fueron incubados antes de 1976.
La década del setenta se inicia con la herencia de
un potente mercado cultural en la Argentina. El lla-
mado boom de la literatura latinoamericana de los
años previos, además de la consolidación de un es-
pacio autóctono de circulación de distintos géneros
musicales, acompaña una tendencia de ensancha-
miento de las fronteras de las industrias culturales
en el país. En el caso de la televisión y radio, tam-
bién ellas son robustecidas gracias a la expansión
del universo de lectores y a la generalización del
acceso a los receptores del audiovisual.
Los dueños de los medios eran empresarios nacio-
nales en su mayoría (o radicados en el país, como
Goar Mestre en el caso de Canal 13) que ofrecían
contenidos producidos en el país con búsquedas
narrativas y estéticas propias. La gestión de estos
empresarios nacionales tuvo una impronta ligada
al forecimiento del mercado interno y, sobre esta
fortaleza, en algunos casos se logró consolidar la
exportación de productos, fundamentalmente en
el mercado editorial, discográfco y cinematográf-
co. Su orientación política era diversa: programas
audiovisuales, diarios y revistas daban testimonio
de un abanico amplio de opciones a disposición de
lectores y audiencias. La vitalidad de las industrias
culturales al iniciarse la década del 70 era tributaria
de las condiciones de vida que experimentaban en
términos económicos varios ciclos de crecimiento,
de la universalización de la escolaridad, de la mo-
34
vilidad social ascendente basada en la construcción
de capital cultural y de la alta capacidad adquisitiva
que en términos relativos con el resto de América
Latina tenían los argentinos.
Si a fnes del siglo XIX y durante la primera mitad
del siglo XX fue la escuela la que ejerció el lideraz-
go como dispositivo de asimilación, alfabetización
ciudadana, inclusión social y construcción de una
determinada concepción del mundo, y los medios
de comunicación acompañaban y reforzaban esa
labor, en las últimas décadas del siglo pasado se in-
vierten los roles con los medios como principal ope-
rador y difusor ideológico y el curriculum escolar in-
tentando “actualizarse” y acomodarse, con grandes
tensiones internas, a la “sociedad mediatizada”. El
cambio de roles en curso reconoce causas y efec-
tos múltiples. Uno de ellos es que, al no existir un
ethos alfabetizador en los medios de comunicación
argentinos (a diferencia de los europeos, tanto del
oeste como del este, que durante décadas consoli-
daron como funciones centrales de los medios “in-
formar, educar y entretener”) y al sostener como
meta principal la obtención de benefcios que pro-
voca un funcionamiento marcadamente comercial,
el tipo de inclusión que realizan es radicalmente
distinto al que pretendía la escuela: en los medios,
la inclusión es al mercado, y el consumo reemplaza
a la ideología del ciudadano.
Como se señaló, a comienzos de la década del 70, y
“a diferencia de la actualidad, existían una veintena
de revistas que superaban la tirada de cincuenta
mil ejemplares. Época de gran politización y clases
medias con poder adquisitivo y hábitos de lectu-
ra, donde en cada casa se leía el diario y una o
dos revistas semanales”. Y el mercado de revistas
era liderado por “Gente, Así, Siete Días, La Sema-
na, Semana Gráfca, Radiolandia, Antena, TV Guía,
Vosotras, Labores, Para Ti y Claudia. Entre las in-
fantiles Anteojito, Billiken y Las locuras de Isidoro
se leían en 200.000 hogares” (Dosa y otros, 2003:
37). El sector de las revistas (entre las políticas
cabe destacar a Panorama, Somos, Confrmado,
Primera Plana y Crisis) iba a ser uno de los más
afectados por el ciclo de censura que se reinstau-
ra a partir de la ley 20.840 de 1974, que preveía
penas de dos a seis años de prisión “a quien di-
vulgara, propagandizara o difundiera noticias que
alteren o supriman el orden institucional y la paz
social de la Nación”. La censura explícita volvió a
intervenir en los medios de comunicación masiva
después de una apertura que comenzó antes de
las elecciones de 1973 y que se ensanchó durante
la breve presidencia de Héctor Cámpora (que duró
desde el 25/5/1973 hasta el 13/7/1973).
La represión a distintas manifestaciones políticas
y culturales de la vida pública que se desplegó con
fuerza inusitada desde el aparato del Estado a par-
tir de 1974 marca una bisagra para el diagnóstico
sobre la evolución de los medios del resto de las
industrias culturales en el país.
Un cambio de etapa
El cambio de ciclo económico a partir del “Rodriga-
zo” de 1975, que arremete económicamente contra
35
los asalariados y dinamita el modelo del “empate
hegemónico” (Portantiero, 1977) entre capital y
trabajo instituido en las relaciones sociales y pro-
ductivas durante tres décadas, inicia una nueva
etapa. Eduardo Basualdo señala el violento reem-
plazo del viejo patrón de acumulación que basado
en aquel pacto entre capital y trabajo, y en una
industrialización sustitutiva de importaciones, por
un nuevo patrón de acumulación basado en la valo-
rización fnanciera (Basualdo, 2001).
La combinación entre represión en el plano político,
cultural e intelectual por un lado, y retracción signi-
fcativa de la capacidad adquisitiva de los trabajado-
res -que constituyen el mercado de las audiencias
de las industrias culturales- por el otro lado, rees-
tructuraron radicalmente el sistema de medios y de
actividades colindantes vigente hasta ese momento.
Al proponer la desarticulación drástica de las po-
líticas compensatorias de desigualdades sociales,
económicas y culturales, políticas que gozaban de
consenso y sobre las que se dirimía el conficto por
la dirección política y cultural de la sociedad, el
proyecto que se impuso en las vísperas del golpe
de estado de 1976 precisó de la represión directa,
tanto masiva como capilar, y de la generación del
terror como estrategia de disciplinamiento social.
Entre las decenas de miles de personas apresadas,
secuestradas, torturadas y desaparecidas por la
dictadura se contaron periodistas, escritores, acto-
res y trabajadores de la cultura. En algunos casos,
la represión se desató sobre quienes ejercían la co-
municación como parte integral de una militancia
política, como sucedió con Rodolfo Walsh, Haroldo
Conti o Raymundo Gleyzer y en muchos otros como
parte del silenciamiento sistemático de voces críti-
cas. Tales los casos de las desapariciones de Rafael
Perrota y Julián Delgado, y el secuestro de Jacobo
Timerman.
Si bien “el papel de los medios y el periodismo ha
sido escasamente abordado en la discusión sobre la
dictadura, o fue analizado de manera fragmentaria,
convulsiva, a menudo subordinada a las urgencias
de lo político” (Blaustein y Zubieta, 1998: 7), hay
trabajos que emprendieron el arduo cometido de
explicar y comprender las condiciones de produc-
ción y circulación de la cultura industrializada en
el proceso conducido por las Juntas militares entre
1976 y 1983 (ver los trabajos de Gociol e Inverni-
zzi, 2003 y 2006)
La retracción del consumo editorial (libros, diarios
y revistas periódicas) fue paulatinamente compen-
sado por el aumento del consumo de radio y televi-
sión, dos medios que se presumen de acceso gra-
tuito
1
. Entre 1970 y 1980, dejaron de editarse más
de 250 diarios, con la consecuente horadación de
la diversidad de versiones sobre la realidad que ello
representa. El desplazamiento del consumo de in-
formación y entretenimientos masivos de la gráfca
1 No obstante, el pago se realiza por vías indirectas, ya que los servicios audiovisuales son fnanciados por un conjunto de
opciones como la publicidad (que implica entonces que los consumidores de productos de consumo masivo participan de la cadena
que indirectamente sostiene parte de los costos de producción audiovisual), eximición de impuestos, regímenes de promoción y
ayudas estatales (es decir, impuestos generales solventados con el aporte de los ciudadanos) (Becerra y Mastrini, 2009)
36
al audiovisual facilitó el control de los mensajes, al
estar los medios audiovisuales gestionados por un
Estado tomado por asalto por las fuerzas militares,
que se repartieron la administración de los canales
capitalinos entre Ejército, Armada y Aeronáutica
(reservándole el Canal 7 al Poder Ejecutivo).
Los principales periódicos que habían estimulado la
atmósfera social pro-golpe fueron recompensados
a partir de 1976 por el gobierno militar con las ac-
ciones de la única fábrica de papel de diarios del
país, Papel Prensa
2
. El gobierno de Videla forzó a
los deudos de su accionista David Graiver (muerto
en un confuso accidente aéreo) para que traspasa-
ran la sociedad a manos de un consorcio formado
por los diarios Clarín, La Prensa, La Nación y el pro-
pio Estado Nacional. Esta maniobra fue califcada
como “uno de los casos de corrupción más graves
de la historia argentina” ya que “pone de manifes-
to las relaciones y procedimientos empleados por
los grandes grupos de poder” según el ex Fiscal
Nacional de Investigaciones Administrativas, Ricar-
do Molinas (1993).
La extraordinaria asociación entre Estado dictato-
rial y medios privados en la planta de producción
del insumo crítico del mercado de diarios ilustra el
cambio del modelo de intervención estatal que ins-
tituyó el último gobierno militar. Los ecos del caso
Papel Prensa resuenan en el presente, dado que
la transferencia de activos generados con aportes
colectivos en benefcio de muy pocos actores puede
concebirse como un proceso de acumulación origi-
naria por parte de los capitales nucleados en una
peculiar sociedad con el Estado.
En los primeros años de la dictadura, los principa-
les medios privados no se distinguían en su línea
editorial de los mensajes ofcialistas propalados por
radio y televisión. Festejando el primer aniversario
del golpe de estado, el editorial de La Nación inti-
tulaba “Una paz que merece ser vivida” y realizaba
una apología del discurso del dictador Jorge Videla.
A partir de 1983 la teoría de los dos demonios, que
reservaba para la sociedad civil el cómodo rol de
espectadora de fuerzas maléfcas en pugna (la re-
presión estatal y las organizaciones guerrilleras),
tuvo su correlato en comunicación social vindican-
do a esa misma sociedad civil embaucada por una
maquinaria ajena a su lógica de organización, re-
presentada por los medios y por las instituciones
2 El origen de Papel Prensa se remonta a la dictadura de Juan Carlos Onganía mediante la disposición del Fondo para
el Desarrollo de la Producción de Papel y Celulosa (1969), fnanciado con el 10% de impuestos a la importación de papel.
“Todos los diarios del país pagaron, durante diez años, el 10% de sus importaciones para montar una planta que, fnalmente,
sólo se adjudicó a algunos de ellos”, escribió Jorge Lanata (2008). Lanata señaló que “en 1976, a través de testaferros,
Graiver controlaba la totalidad de Papel Prensa” Sus herederos fueron obligados a traspasar las acciones en benefcio de La
Nación, La Razón y Clarín. “El traspaso a los tres diarios se frmó el 18 de enero de 1977. Después de ceder las acciones
los miembros del Grupo Graiver fueron detenidos e intervenidos en todos sus bienes para evitar que algún reclamo de
heredederos afectara la tenencia de Clarín y sus socios (...) Los Graiver ni siquiera cobraron la cesión de las acciones. Gracias
a gestiones de la dictadura, los diarios lograron dos créditos: del Banco Español del Río de la Plata y del Banco Holandés
Unido sucursal Ginebra, por 7.200.000 dólares, a sola frma y sin avales” (Lanata, 2008). Entre 1975 y 1976 el Estado facilitó
además con créditos del BANADE que jamás fueron cobrados, la construcción de Papel de Tucumán SA, que permitiría la
producción de papel de diario (objetivo tampoco alcanzado) a medios más pequeños, como el grupo Kraiselburd.
37
represivas. Sin embargo, así como la teoría de los
dos demonios ha sido jurídicamente desmantelada
por el avance de las causas por las violaciones a
los derechos humanos y políticamente rechazada
con la anulación de las leyes que garantizaban la
impunidad de quienes participaron de secuestros y
desapariciones, la falacia de la manipulación de los
medios en la dictadura no se condice con las estra-
tegias discursivas enlazadas casi en cadena por los
medios de comunicación que, como se advierte de
la lectura de esos mismos testimonios documenta-
les (seleccionados en Blaustein y Zubieta, 1998 y
en una gran cantidad de material videográfco) no
exhibía una sutileza hipnótica capaz de sostener un
engaño durante más de un lustro.
La teoría de la manipulación pretendió explicar el
consenso alcanzado por la dictadura en términos
de “invasión cultural”. Sin embargo, resulta contra-
dictorio que la misma sociedad que supo desconfar
de los medios durante 18 años en que uno de sus
referentes políticos estuvo proscripto, catapultán-
dolo a su tercera presidencia a pesar de la constan-
te campaña en sentido contrario durante casi dos
décadas, argumente tres años después que ha sido
engañada y que ha cedido su consenso mayoritario
para la matanza de varios de sus integrantes sin
saber qué ocurría. La gramática de producción nun-
ca coincide con la del reconocimiento de los conte-
nidos, pero para que la circulación de sentido sea
efcaz, es necesario que exista complementariedad
entre ambos momentos del circuito productivo de
los mensajes. Los medios actuaron, pues, como
esos artefactos de articulación de sentido. Esa ar-
ticulación fue efcaz -y sigue siéndolo- en la medi-
da en que existe el reconocimiento por parte de la
sociedad. Cuando los medios eran censurados, la
verosimilitud que exige el pacto de lectura entre
usuarios de los medios y el mensaje se desplazó
progresivamente desde el noticiero (espacio que
expresaba lo más explícito de la ideología dicta-
torial) hacia la fcción, hacia el documental, hacia
los magazines y programas de variedades, como
observa Mangone en el primer capítulo de este libro
en relación al ambiente cultural de la dictadura.
Advertir que ese ambiente tuvo antecedentes en el
período constitucional anterior (por ejemplo entre
los equipos de producción televisiva desde princi-
pios de los setenta, cuando los canales de televisión
estaban gestionados por empresarios nacionales, y
los contenidos televisivos de la dictadura) y que tra-
zó grandes líneas de continuidad a partir de 1983,
convierte a la relación entre el gobierno militar, la
sociedad civil y el funcionamiento de las industrias
culturales en un problema complejo e incómodo.
En efecto, la mención -ya realizada en capítulos an-
teriores- del trabajo editorial y televisivo de Maria-
no Grondona, Joaquín Morales Solá, Samuel “Chi-
che” Gelblung o Bernardo Neustadt como pequeñas
muestras de la coherencia con la que se sostenía
el régimen militar desde los principales medios,
no debe omitir que esa labor era compaginada en
el imaginario colectivo por las representaciones
y los silencios también funcionales a la dictadura
modulados desde las zonas menos explícitamente
políticas de las industrias culturales: las películas
producidas por Palito Ortega, los cándidos medio-
días de Mirta Legrand o las masivas transmisiones
38
deportivas del “relator de América”, José María Mu-
ñoz, quien agredía desde su micrófono a las Madres
de Plaza de Mayo y arengaba a la audiencia para
demostrar que “los argentinos somos derechos y
humanos” ante la misión de la Comisión Interame-
ricana de Derechos Humanos (CIDH) que en 1979
visitó el país para investigar las denuncias por las
violaciones del gobierno.
A raíz de la organización del campeonato mundial de
fútbol en la Argentina en 1978, la dictadura reconvir-
tió el viejo Canal 7 en “Argentina Televisora Color”,
introduciendo la tecnología de imágenes en color en
la pantalla chica (que los argentinos recién pudieron
recibir a partir de 1980 en el mercado doméstico).
La construcción de ATC implicó un gasto denunciado
como uno de los hechos de corrupción más graves de
la historia del canal ofcial (Postolski y Marino, 2005).
Hacia el fn de la dictadura comenzó a generalizarse
el uso de la frecuencia modulada en radio que sería
a partir de los 80 el refugio de nuevas estéticas y
narrativas, fuertemente juveniles; se consolidó la
estructura magazine para la programación radial –
con conductores que siguen liderando, hoy en día,
los ratings de audiencia en amplitud modulada-; se
estructuró el mercado de la prensa escrita median-
te el affaire Papel Prensa; y se decretó la tercera
Ley de Radiodifusión (N° 22.285) en 1980. Calif-
cada como centralista, autoritaria y discriminatoria
(Loreti, 1995), este decreto ley impedía el acceso
de los ciudadanos y organizaciones sin fnes de lu-
cro a la titularidad de las licencias audiovisuales, se
enmarcaba en la Doctrina de la Seguridad Nacional,
establecía un órgano de control (el COMFER) inte-
grado por las Fuerzas Armadas y estipulaba que
el servicio ofcial de radiodifusión dependiera del
Poder Ejecutivo. Esa ley se complementaría al año
siguiente con un plan, el PlanARA, que postulaba la
privatización de los canales y radios.
La agenda de la democracia y de los derechos hu-
manos, potenciada con la recuperación del régimen
constitucional a partir de 1983, y por el Juicio a las
Juntas Militares en 1985, constituyó un aprendizaje
para el sistema de medios que, al igual que para
buena parte del estamento político y de la sociedad
a la que tanto los políticos como los medios repre-
sentan. La vigencia de leyes de impunidad duran-
te algo más de una década, derogadas a partir de
2003, no logró modifcar el estatuto de patrimonio
común que posee la valoración acerca de la últi-
ma dictadura militar, a pesar de los muy diferentes
posicionamientos sobre el período anterior (Perón-
Isabel Martínez de Perón) que circulan en las in-
dustrias culturales a partir del 30º aniversario del
golpe de 1976 (en forma de libros, fascículos, su-
plementos, programas televisivos, documentales)
y hasta el presente.
El resto de los procesos anudados durante la dic-
tadura replican constantemente en el presente, ac-
tualizando aquel pasado como sustrato fundante de
las condiciones de funcionamiento del sistema de
medios de comunicación de la Argentina en la pri-
mera década del siglo XXI.
39
4. La misión de la Sociedad Interamericana de Prensa de 1978
Horacio Verbitsky
En nuestro pasado reciente podemos encontrar
momentos clave que brindan elementos para com-
prender un presente en el que los debates sobre las
relaciones entre historia, memoria y comunicación
revisten una enorme repercusión social. Uno de es-
tos acontecimientos signifcativos fue la visita de la
Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) a Argen-
tina en el año 1978.
Esa sociedad está conformada por propietarios de
medios gráfcos de todo el continente americano. La
misión que visitó nuestro país durante la semana del
18 al 25 de agosto de ese año, en plena dictadura
militar, tuvo su origen en las denuncias que se reci-
bían en el organismo sobre la situación de la prensa
y de los periodistas en Argentina. Estuvo compuesta
por Edward Seaton del San José Mercury de Kansas
e Ignacio Lozano de La Opinión de Los Ángeles. La
visión que transmiten es muy interesante porque no
corresponde a un militante revolucionario, ni a un
periodista, sindicalista, o a un dirigente político, sino
a dueños de medios de Estados Unidos, que lejos
estaban de ser acusados de “subversivos”. El informe
nunca ha sido publicado completo en castellano. La
versión en inglés que se comentará a continuación
es una fotocopia del original, donde hay tachaduras y
agregados hechos a mano por los enviados de la SIP.
La misión entrevistó a aproximadamente sesenta
personas, pero la única mencionada en el informe
es el entonces Ministro del Interior Albano Harguin-
deguy. La mayoría de los entrevistados (editores,
directores, propietarios, periodistas, accionistas)
son referidos sin nombrarlos. Sin embargo, en más
de un tramo del reporte son claramente recono-
cibles para quienes conocen la época y el mapa
periodístico de ese momento. Por ejemplo, en La
Nación obviamente entrevistaron a Claudio Escri-
bano, editor de política y miembro del directorio.
En el caso de Clarín, puede haber sido Marcos Ci-
trimblum. Para comenzar a grafcar las posiciones
de los principales editores periodísticos del país,
puede leerse ya en el segundo párrafo una afrma-
ción notable:
“El aspecto más sorprendente del perfl que
vamos a trazar es que en su mayoría la pren-
sa argentina acepta las reglas de la censura
impuestas en forma directa o indirecta por el
gobierno militar. Nuestra misión fue, en for-
ma rutinaria, confrontada con la opinión de
que Argentina, para citar a un director, ‘goza
de completa libertad de prensa dadas las cir-
cunstancias’. Los directores tienen libertad
para informar y expresar opiniones sin limi-
taciones sobre muchos temas, pero en algu-
nos, aquellos de mayor importancia para el
gobierno militar, hay límites. (…) Entre esos
temas sensitivos, los más abarcadores están
vinculados con (informar) las actividades de
40
terroristas y subversivos o los métodos uti-
lizados para enfrentarlos, lo cual cubre des-
apariciones, divisiones dentro de las Fuerzas
Armadas o del Gobierno, y asuntos de se-
guridad nacional, especialmente si se rela-
cionan con las tensiones con Chile. Todo eso
parece caer dentro de este área de seguri-
dad y la cautela es la voz de orden” (Seaton
y Lozano, 1978. Todas las citas posteriores
pertenecen al mismo informe)
Guerra y desaparecidos
Todos los consultados caracterizan la experiencia de
los cinco años anteriores como condiciones de gue-
rra. Cabe recordar que el tramo 1973-1976 corres-
pondió a un gobierno elegido por el voto popular, con
funcionamiento del Congreso y la Justicia. Si bien
las circunstancias en las que se desarrolló distaron
de ser ideales, caracterizar el período en términos
de “guerra” denota una toma de posición muy clara
sobre cómo veían a Argentina las máximas conduc-
ciones de los medios de aquella época, que además
consideraban que “el país hubiera sucumbido a la
guerrilla si los militares no hubieran intervenido”.
En referencia a los desaparecidos, Harguindeguy ad-
mite ante la SIP mil quinientos casos, mientras que
fuentes extraofciales contabilizan cerca de nueve
mil detenidos sin acusaciones y un veinte por cien-
to de “errores” (confusiones o identidad cambiada,
entre otros) que eran estimados en forma privada
por el gobierno. Estas cifras, que deben tomarse
con resguardos, pueden tomarse como parámetro
de comparación con la situación actual en la Provin-
cia de Buenos Aires, donde el treinta por ciento de
las personas privadas de su libertad llegarán a jui-
cio luego de estar detenidos cuatro o cinco años en
condiciones inhumanas, según demuestran las esta-
dísticas, para quedar absueltos. En este sentido, los
detenidos políticos de ayer podrían asimilarse a las
víctimas de la obsesión actual con la inseguridad.
Otra información que recogió la misión de la SIP
demuestra los engaños que se ejercían sobre los
familiares de los detenidos, quienes, según el in-
forme, no deseaban presentar recursos de habeas
corpus porque autoridades militares les habían
dado seguridades en privado sobre la vida y con-
diciones de sus allegados. Si bien hubo muchas
familias que resistieron ese chantaje e hicieron la
denuncia –lo que permitió documentar los casos y
sirvió para los procesamientos posteriores a la f-
nalización de la dictadura- hubo, sin duda, mucha
gente que lo aceptó. Esto permite pensar que si
la SIP sabía esto tras una misión de una semana,
obviamente todos los grandes medios de la época,
como La Nación, Clarín y La Razón, también com-
partían este conocimiento.
Correr riesgos
Más adelante el informe se refere a la situación
de periodistas y medios de prensa, tomando datos
documentados por Amnesty Internacional: trein-
ta y nueve casos entre el golpe y enero de 1978;
41
cuarenta periodistas detenidos durante el mismo
período en manos de las autoridades; veintidós pe-
riodistas asesinados; clausura o suspensión tem-
poraria de más de sesenta publicaciones desde el
24 de marzo de 1976, entre ellas, tres docenas
de publicaciones mayormente de izquierda, cerra-
das en forma permanente; cuatro diarios interve-
nidos (La Opinión de Buenos Aires, La Opinión de
Trenque Lauquen, El Independiente de la Rioja y
El Norte de Resistencia). Con este contexto, el in-
forme afrma, en referencia al bando inicial de la
Junta Militar donde se explicitan las restricciones a
la prensa, que “Harguindeguy confrmó a la misión
que, aunque esta orden ya no estaba ofcialmente
en práctica, seguía refejando la actitud del gobier-
no”. Es decir, el doble rostro que se aplicó perma-
nentemente, como la negación por un lado de las
desapariciones y, por el otro, el jactarse de ellas
para infundir terror en el conjunto de la sociedad.
Agrega la misión un dato interesante:
“Sin embargo, la censura en Argentina no
es tanto resultado de este decreto, como del
creciente temor al daño personal. Temor a la
clausura o a otras penas ofciales, temor de so-
cavar a los elementos moderados del gobierno
que quieren el retorno de la democracia”.
Esto remite a una versión de los hechos muy di-
fundida que abarcaba desde la Iglesia Católica al
Partido Comunista, pasando por el radicalismo,
el peronismo y sectores de prestigiosos intelec-
tuales, que consideraba que el gobierno de Jorge
Rafael Videla era “moderado” y que el riesgo, si
se lo presionaba demasiado, era que vinieran los
“duros”. Esa hipotética división interna fue una de
las astucias más grandes de la dictadura, porque
paralizó muchas resistencias. Por ejemplo, un año
antes, cuando la Secretaria de Derechos Humanos
del presidente norteamericano Jimmy Carter llega
en visita a Argentina, se entrevista con el nuncio
apostólico Pío Laghi, quien le dice que no presio-
nen porque si lo hacen, los “duros” van a derrocar
al gobierno de Videla y va a haber fascismo en el
país. Esto se vincula con el rol de persuasión que la
Iglesia Católica tuvo sobre los militares argentinos
para que ejercieran la represión en forma sigilosa,
clandestina, sin Estadio Nacional, ni asesinatos a la
luz del día, como sus pares chilenos.
Por otro lado, en un párrafo categórico los propios
editores reconocen que podrían haber publicado
ciertas informaciones si hubiesen estado dispues-
tos a correr riesgos:
“Cada una de estas fuentes de temor, de
miedo, contribuye a la difundida autocensura
de la prensa en el país. La increíble inseguri-
dad que los directores, editores y escritores
se enfrentan ha inducido a la gran mayoría
de ellos a la posición de no asumir riesgos.
Muchos reconocen que buena parte de lo que
no publican probablemente podría publicar-
se sin enfurecer al gobierno, pero no quieren
problemas. Y los que aceptan asumir riesgos
son muy pocos”.
Sin minimizar el miedo vivido en el sector en la épo-
ca de la dictadura, cuando muchas medidas fueron
dirigidas contra medios, directivos y periodistas, es
42
necesario destacar que ésta es en sí misma una pro-
fesión de riesgo. La visión de los propietarios de los
diarios norteamericanos es muy poco complaciente
con los directores de medios argentinos. Sin minimi-
zar los elementos de la represión y los riesgos que
se corrían, permanentemente señalan que había es-
pacios para otras acciones que no eran desarrolladas
por decisión propia. En relación con las represalias
ofciales, que iban desde advertencias telefónicas
hasta confscación de ediciones, expropiación, inter-
vención o cierre de publicaciones, el informe aclara
que “se hacen en forma abierta con los directores y
los editores dándoles la posibilidad de reaccionar y
aun de buscar remedios legales si fuera apropiado.”
La seguridad nacional sobre
la libertad de expresión
Sobre las represalias extraofciales, Seaton y Lozano
ubican a las desapariciones, mencionando los casos
de Julián Delgado, editor de El Cronista Comercial y
de Rodolfo Walsh. A su vez, explicitan las distorsiones
en cuanto a las responsabilidades por estos actos:
“Varios periodistas conocidos dijeron a nues-
tra misión que creen que el gobierno mismo
no está tratando de perseguir a los perio-
distas. Su sospecha es que ofciales de bajo
rango pueden estar actuando por su cuenta
en esos casos. Nuestras fuentes dijeron que
los máximos líderes militares no pueden con-
trolar a sus subordinados en un número de
casos y que, en verdad, Argentina está go-
bernada por el equivalente a seis u ocho go-
biernos más bien que uno. Además, algunos
asesinatos y secuestros pueden ser todavía
responsabilidad de terroristas de izquierda”.
Esta era la justifcación permanente de la dictadu-
ra que la prensa cómplice reproducía en sus pági-
nas, donde desapariciones como la del periodista
del diario Clarín Edgardo Esteban y del grupo de
madres de la iglesia de Santa Cruz en diciembre de
1977 prácticamente no fueron informadas. Pero no
eran los únicos motivos que explicaban la ausencia
de noticias sobre los crímenes de la dictadura:
“La mayoría de los editores y directores entre-
vistados por nuestra misión se excusaron de
la necesidad de publicar historias de personas
desaparecidas con declaraciones como esta:
‘es tan común que ya no es noticia’. El director
que dijo esto publicó el mismo día en su dia-
rio noticias sobre asesinatos y secuestros en
el exterior. Otros editores y directores dijeron
que no publican sobre la violencia porque es-
tán de acuerdo con la campaña del gobierno
contra el terrorismo y dispuestos a colaborar”.
Con respecto a la implicación de militares en las des-
apariciones, en el informe se considera que la mayo-
ría de los diarios, “acepta las reglas del gobierno sin
quejarse y en las áreas grises son muy prudentes”,
mencionando como notable excepción al diario Bue-
nos Aires Herald, que “lleva la cobertura más com-
pleta sobre violaciones a los derechos humanos”,
aún cuando su director, Robert Cox, había sido arres-
tado por publicar una noticia sobre una conferencia
43
de prensa de Montoneros en Roma. Tal vez, ningún
otro párrafo sintetice la posición de los principales
directores de diarios argentinos como el siguiente:
“Los observadores internacionales no pueden
encontrar aliento en comentarios de edito-
res y directores de que han vivido bajo la ley
marcial la mayoría de sus vidas y, en conse-
cuencia, la situación presente no les parece
necesariamente anormal. Ni pueden sentirse
bien los observadores extranjeros en un país
donde los principales directores de periódicos
dicen que la seguridad nacional tiene priori-
dad sobre la libertad de expresión. Y muchos
directores aplican ese concepto.”
El caso Papel Prensa
Por último, en el informe, que fnaliza con un apar-
tado específco sobre el caso de Jacobo Timerman,
quien “sigue bajo arresto a pesar de que la Corte
Suprema había ordenado su libertad en el momen-
to en que la misión hizo aquí su informe”, mencio-
nan “otro aspecto de la situación que perturbó a la
misión”. Se referen a un episodio de gran actua-
lidad en nuestro tiempo presente: el otorgamiento
de un crédito de largo plazo a varios diarios para
construir una planta de papel, Papel Prensa. Al res-
pecto, los enviados de la SIP manifestan que si
bien pueden comprender la necesidad de los diarios
de no someterse a los “caprichos de la importación
controlada por el Estado, como ocurrió en el go-
bierno de Perón”, aún así tienen “graves reservas
sobre el proyecto que tres grandes diarios de Bue-
nos Aires han emprendido.” La principal objeción
se refere a que la parte mayoritaria de la inversión
corresponde a este crédito emitido por la dictadu-
ra. Los diarios participantes –Clarín, La Nación y
La Razón- aportaron sólo 25 millones de un monto
total de 180 millones, y esto entraña sus riesgos:
“Tal situación importa muchos peligros. No
es el menor de ellos que esto casi exige no
antagonizar con el gobierno durante el perío-
do de vigencia de la deuda. Otro peligro es la
posibilidad que si otros diarios rehúsan com-
prar papel prensa de esta fábrica el gobierno
puede obligarlos a hacerlo para obtener el
reembolso del crédito que concedió”.
Esto permite explicar situaciones que llegan hasta el
presente, como la denuncia penal presentada por Cla-
rín y La Nación contra el Secretario de Comercio Inte-
rior, Guillermo Moreno, en junio de 2010, donde afr-
man, sin tapujos, que la posesión de la planta de Papel
Prensa permite controlar a la prensa en la Argentina.
Un premio “antiargentino”
Como consecuencia de esta misión, al volver a Es-
tados Unidos, la SIP presentó el informe en la 34°
Asamblea Anual que se realizó en Miami entre el 9 y
el 13 de octubre de 1978. Según un cable de Associa-
ted Press del 10 octubre de 1978, la representación
de la prensa argentina, es decir, la Asociación de En-
tidades Periodísticas de Argentina (ADEPA), coinci-
44
dió en rechazar el informe preparado por la comisión
de la SIP por considerar que estaba en desacuerdo
con la realidad argentina: “Parecería que la comisión
de la SIP en vez de ir a la Argentina a cerciorarse
si existe libertad de prensa se ocupó esencialmente
del caso de Jacobo Timerman, quien se encuentra a
disposición de la justicia por hallarse supuestamente
en el ‘affair Graiver’”, reprodujo La Nación, en una
nota titulada “Firme posición de la Argentina ante la
asamblea de la SIP”
3
. Pero no era la postura de Ar-
gentina, sino de los dueños de los diarios.
Además, la SIP decidió dar un premio a los periodis-
tas argentinos. Según publicó Clarín, en su artículo
“Declaración argentina en la SIP”
4
, los representan-
tes de ADEPA difundieron en Miami una declaración
en la que rechazaron el premio SIP Mergenthaler.
Sin aclarar a qué tergiversaciones se refería, el dia-
rio reprodujo el comunicado de la entidad argentina:
“Los abajo frmantes, periodistas miembros
de la SIP, desean aclarar que la versión pe-
riodística del informe presentado respecto a la
libertad de prensa en la Argentina no fue exac-
ta, ya que hubo errores de interpretación por
parte de algunas agencias noticiosas interna-
cionales y medios de comunicación locales que
tergiversaron el verdadero espíritu del infor-
me. (El premio fue entregado) a los periodistas
argentinos por continuar cumpliendo su labor
a pesar de los asesinatos, encarcelamientos e
inexplicables desapariciones denunciados en
este país. La delegación argentina rechazó el
premio e indicaron que la aceptación sólo ser-
viría para contribuir a la campaña lanzada por
ciertos elementos de la prensa internacional
para denigrar el buen nombre del país al que
representan en la asamblea anual de la SIP”.
La SIP decidió conservar el premio en sus ofcinas de
Miami porque ningún medio argentino quiso retirarlo.
Las conducciones de los diarios nacionales no sólo no
hicieron nada por los periodistas detenidos desapa-
recidos de sus propias redacciones o de otras sino
que, además, se negaron a recibir un premio otorga-
do por gente tan poco sospechosa como propietarios
de medios de Estados Unidos. Los fundamentos de
la SIP simplemente dejaban constancia de que había
desapariciones, asesinatos y de que los periodistas
continuaban trabajando en esas condiciones. Pero los
dueños de diarios argentinos prefrieron replicar los
argumentos militares y denunciar la distinción como
parte de la “campaña antiargentina” en el exterior.
Por todo lo expuesto, el episodio de la visita de la SIP
en 1978 resulta paradigmático para comprender el
comportamiento de la gran prensa argentina durante
la dictadura militar, desde una postura cómplice no
sólo en lo ideológico sino también motivada por inte-
reses económicos. Estas responsabilidades, aunque
no han sido contempladas en la esfera penal, en los
últimos tiempos han quedado visualizadas en el deba-
te público, motivando en forma creciente las debidas
condenas políticas, sociales y morales que merecen.
3 “Firme posición de la Argentina ante la Asamblea de la SIP”, La Nación, 13 de octubre de 1978.
4 “Declaración argentina en la SIP”, Clarín, 12 de octubre de 1978.
45
5. El periódico Nueva Presencia: refexiones sobre
cómo interpelar un medio gráfco en el contexto dictatorial
Emmanuel Kahan
El 15 de noviembre de 2007, la Legislatura de la
Ciudad Autónoma de Buenos Aires resolvió, tras
un proyecto presentado por el Diputado Miguel
Talento, brindar un homenaje al semanario Nueva
Presencia “por su compromiso con los derechos hu-
manos y su lucha contra la última dictadura mili-
tar”
5
. El homenaje se concretaría con la colocación
de una placa recordatoria en el frente de la calle
Castelli N° 330 de la Capital Federal, lugar donde
funcionó la redacción del semanario.
Poco más de un año después, el 9 de diciembre del
2008, tuvo lugar el acto y colocación de la placa
recordatoria
6
. En su alocución Schiller tendía un
puente identifcatorio entre las políticas represivas
del pasado -la desaparición forzada de personas- y
las del presente -criminalización de la pobreza y “ga-
tillo fácil”-. “¿Qué tiene que ver esto con el homenaje
a Nueva Presencia?, se preguntaba a poco de iniciar
su discurso; para, inmediatamente responder:
“Y, mucho, porque éste sería hoy uno de los
temas básicos de este semanario si pudiera
salir de nuevo. […] Nueva Presencia fue una
publicación que, en medio de terribles hos-
tilidades externas e internas, trató, desde la
identidad judía, de identifcarse directamente
con los sectores más oprimidos, con los sec-
tores más explotados y con los sectores,
como se denomina hoy, más excluidos. […]
Entonces era una lucha contra el régimen mil-
itar fascista que hacía desaparecer a quienes
se le oponían. Para eso puso el cuerpo y el
alma para denunciar a los masacradores y a
sus cómplices cercanos y lejanos. […]” (Des-
grabación personal. Las cursivas son mías)
Schiller sostendría, treinta años después del inicio
de aquella experiencia editorial, que Nueva Presen-
cia había sido un medio gráfco que “decidió asumir
papeles de vanguardia” en el contexto dictatorial.
Ese camino, reconocerá, no constituyó un sendero
sin obstáculos. No obstante, los mismos fueron
sorteados en pos de insertarse en una genealogía
revolucionaria de la que participarían algunas corri-
entes del judaísmo. En esta abrevarían aquellos que
formaron parte de los movimientos revolucionarios
que protagonizó el siglo XX- desde la Revolución
Rusa hasta las organizaciones político-militares que
actuaron en Argentina desde fnes de la década del
sesenta hasta la dictadura militar.
5 Resolución 416/2007 de la Honorable Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
6 Para una crónica de la jornada ver: Dandan, Alejandra, “Más que presencia, resistencia”, en Página/12, 9 de diciembre
de 2008; “La letra de la resistencia”, en Página/12, 10 de diciembre de 2008.
46
El propio Schiller adscribía a una tradición que,
habiendo sido celebratoria de Nueva Presencia,
no era de su autoría. El semanario fue valorado,
dentro y fuera de los marcos institucionales de
la colectividad judía en Argentina, por sus posi-
cionamientos combativos contra el régimen mili-
tar que asoló a la Argentina durante el período
1976-1983 y la denuncia de las violaciones a los
derechos humanos que el régimen estaba llevan-
do adelante. Estas apreciaciones tuvieron sus
registros desde una fecha temprana. A principios
de 1984, por ejemplo, la Revista Humor presentó
una serie de notas sobre la “Miseria de la Prensa
del Proceso”, rubricada por los periodistas Carlos
Alberto Gabetta y Sergio Joselovsky, dedicada a
consagrar las distintas actitudes de los medios
de comunicación durante la dictadura militar. En
aquellos dossier Nueva Presencia sería reivindi-
cada por la difusión de las denuncias acerca de las
violaciones a los derechos humanos perpetrados
por las fuerzas represivas.
No obstante, la relevancia del periódico y la
fortaleza del imaginario en torno a su faceta
combativa no se tradujeron en la realización de
trabajos de investigación académica acerca del
semanario Nueva Presencia. Los pocos abordajes
realizados abrevan en la perspectiva “heroica”
de sus redactores (Dobry, 2004; Medina, 2007;
Herbert, 2007). Sin embargo, un análisis de Nueva
Presencia, y de su carácter combativo, requiere un
abordaje sistemático de su línea editorial, su agenda
de discusión y propuestas y, fnalmente, de poder
comprender la particularidad que caracterizaba
a una publicación semanal que se distribuía, en
sus inicios, en el marco de una red relativamente
pequeña de lectores: algunos miembros de la
comunidad judía-argentina.
La presente refexión es producto del trabajo de
análisis, indización y sistematización de la línea
editorial del semanario a través de la construcción de
una serie que tipifcó todos los artículos publicados
entre 1977-1983. La misma permitió observar
cuál fue el peso específco de las problemáticas
abordadas por Nueva Presencia e, incluso, reconocer
la marginalidad de la temática de los Derechos
Humanos (DDHH) en las páginas del semanario
hasta 1983. Sin embargo, lejos se encuentra el
trabajo de deconstruir el mito de Nueva Presencia
para condenarlo al ostracismo o la igualación con el
resto de los medios gráfcos durante la dictadura.
Antes bien, la tarea de indización permitió reconocer
diversos aspectos destacados del semanario en el
contexto dictatorial: la temprana crítica al modelo
económico, el registro de huelgas y confictos
gremiales, el lugar brindado a las entrevistas a
dirigentes políticos, sindicales y sociales, así como
la aventurada crítica cultural y la ponderación del
debate acerca del lugar de la mujer en la sociedad
en general y en el judaísmo en particular.
El primer número de Nueva Presencia salió a luz el
9 de julio de 1977. Con un editorial titulado “Ser
argentinos, ser judíos” se presentó al público como
un seminario cuya característica sería su línea de
avanzada, su inquietud por la problemática de
nuestro país y América Latina, su enfoque de la co-
yuntura judía e israelí sin preconceptos y su aper-
tura al plano cultural, artístico, sexual y cotidiano.
47
“Salimos, es cierto, a la búsqueda de otro
mercado- las nuevas generaciones judías que
no se han sentido interpretadas por las hojas
tradicionales-, pero no es la desguetización
lo que buscamos (ni siquiera el fenómeno
de la desguetización impulsada por los que
trocan Corrientes y Pasteur por la avenida
Libertador), sino la recreación actualizada de
los grandes valores judíos de siempre, prin-
cipalmente la lucha por la justicia (propia y
ajena), que las principales expresiones de la
prensa idish supieron, en su época de auge,
enarbolar con gran efciencia”
7
.
Profundizando su programa editorial, el semanario
se proponía dos objetivos. El primero, “armonizar
dos concepciones (argentinidad y judaísmo) que,
unilateralmente, distintas áreas consideran con-
trapuestos”. En segundo término, “dar cabida, sin
ningún tipo de limitación, a todas las corrientes el
pensamiento judío”.
De acuerdo a la bibliografía abordada, Nueva
Presencia salió ininterrumpidamente hasta julio
de 1987. En su primer año, se trato de un dossier
en castellano del periódico idishista Di Presse. Los
años posteriores, lo haría como el semanario en
lengua castellana de la misma empresa. Durante
el período de su publicación, según señala Dobry,
el semanario llegaría a editar 20.000 ejemplares
(Dobry, 2004: 45). Luego del cierre de Nueva
Presencia, la iniciativa de su director, Herman
Schiller, se sostendría un año más: Nuestra
Presencia -el nombre del emprendimiento posterior-
lograría subsistir hasta 1987
8
.
No obstante, la cronología es imprecisa e incom-
pleta. Atenta a la trayectoria del semanario que
brindó la gestión de Herman Schiller, los trabajos
sobre Nueva Presencia concluyen su existencia
contemporáneamente a la retirada de su primer di-
rector. Sin embargo, Nueva Presencia continuó bajo
la égida de Di Presse hasta que este dejó de existir,
en abril de 1995. A Herman Schiller lo sucedió en
la dirección del semanario un viejo columnista del
mismo, Sergio Leonardo. Sus gestiones duraron, al
menos, hasta 1989. Su nuevo director será, hasta
1994, Yaco Nowens. Finalmente, quien gestionó el
seminario hasta su cierre, el 11 de abril de 1995,
fue David Berezavsky.
Entre el 9 de julio de 1977 y el 9 de diciembre
de 1983, Nueva Presencia editó 338 números. Si
bien no existe en Argentina una serie documental
completa del semanario, los ejemplares conservados
en diversos Archivos y Centros de Documentación,
permitieron analizar gran parte del material: 230
ejemplares referidos al período, que signifcan el
68% de la totalidad de números publicados. El
relevamiento realizado constó de dos etapas. En
primer lugar, el fchaje de los artículos referidos
a los acontecimientos acaecidos en Argentina
durante la dictadura militar y los posicionamientos
suscitados en diversos ámbitos de la comunidad
7 “Ser argentinos, ser judíos”, Nueva Presencia, Nº 1, 9 de julio de 1977, pág.: 1.
8 De acuerdo al testimonio de Herman Schiller registrado en la investigación de Hernán Dobry (2004: 81), el cierre de Nueva
Presencia se motivo en las desaveniencias producidas entre el director del semanario y los dueños de la editorial Di Presse.
48
judía-argentina. Durante el desarrollo de esta
primera etapa, similar a la desarrollada por autores
que han abordado la trayectoria del semanario el
investigador comprendió que la perspectiva con la
cual observaba los documentos resultaba parcial.
¿La centralidad otorgada a los acontecimientos
que ocurrían en Argentina se trataba de una preo-
cupación de los actores o era, acaso, un interro-
gante del investigador que se trasladaba a los ac-
tores? El problema se materializó a través de dos
experiencias. La primera: el relevamiento sobre la
cuestión de los derechos humanos y las posiciones
críticas frente a la dictadura militar resultaba muy
escaso en los años formativos de la publicación. Y,
en segundo lugar, el investigador no podía dejar de
prestar atención a las importantes defniciones que
los actores brindaban respecto de lo que acontecía
en otros campos y horizontes que no se trataban
de la política argentina y la violación a los dere-
chos humanos la situación política israelí, el con-
ficto en Medio Oriente, las defniciones acerca de la
dinámica interna de las instituciones de la comuni-
dad judía-argentina, las consecuencias del modelo
económico, etcétera.
La segunda etapa se originó tras la revisión de la
parcialidad del enfoque utilizado en la primera. Esta
última se caracterizó por la realización de un mi-
nucioso trabajo de indización de todos los ejem-
plares existentes en los diversos repositorios. La
constitución de esta serie documental permitió
brindar nuevas luces al trabajo de interpretación y
caracterización de la línea editorial y periodización
de Nueva Presencia.
Durante el proceso de indización de los ejemplares,
el investigador produjo una serie de categorías
operacionales que fueron utilizadas para la clasif-
cación de los artículos relevados. En este sentido,
el trabajo intentó ser lo más riguroso posible, aten-
diendo a la clasifcación de todas las notas y artícu-
los aparecidos en el semanario. La aproximación
permitió identifcar el peso específco y/o relativo
que adquirieron en diversos momentos los abor-
dajes editoriales acerca de las diversas problemáti-
cas atendidas por los redactores del semanario.
Como advertimos en el desarrollo del trabajo, el
recorrido realizado por Nueva Presencia desde sus
orígenes, en los inicios de la dictadura militar, hasta
el inicio de la etapa democrática, se caracterizó
por los desplazamientos en el otorgamiento del
carácter relevante a diversas problemáticas. Como
sostiene Hernán Dobry, una de las perspectivas
posibles a considerar ha sido cómo fue creciendo
en importancia el tema de los derechos humanos y
los reclamos contra el gobierno.
Sin menospreciar el trabajo pionero realizado por Dobry,
se puede formular, tras el relevamiento sistemático e
indización de todos los ejemplares existentes en los
repositorios argentinos, que la relevancia brindada
a las denuncias sobre la violación a los derechos
humanos no permite reconocer la singularidad del
emprendimiento editorial de Herman Schiller.
En este sentido, el trabajo permitió construir una
nueva caracterización que resultará ilustrativa de
las particularidades de Nueva Presencia. A través
del reconocimiento del peso específco brindado a
49
diversas problemáticas en las páginas del sema-
nario, la presente investigación reconoció tres
períodos: 1) el fundacional, 2) el de apertura y 3)
el de la agenda de los derechos humanos.
La primera de las etapas, ubicada entre julio de
1977 y fnes de 1979, se caracterizó por su ape-
go al abordaje de las problemáticas afnes de la
agenda comunitaria judía: la situación política en
Israel, el conficto en Medio Oriente, la dinámica
y tensiones de la organización comunitaria judeo-
argentina, etc. Incluso, las notas y preocupaciones
en torno al antisemitismo en Argentina no harán
alusión a la “detención-desaparición de individuos
de origen judío”, sino a la publicación de folletos
o amenazas de carácter antijudío similares a las
que pueden rastrearse en publicación del espectro
comunitario en épocas anteriores y posteriores a la
dictadura militar.
Entre el ingreso de Daniel Muchnick (1979) y
Gerardo Yomal (1980) se gestará la segunda
etapa que concluirá a fnes de 1983 con el inicio
del período democrático. El rasgo más relevante
durante estos años consistió en la “apertura” del
periódico hacia el tratamiento de aspectos de la
“política y economía en Argentina”. Esta “apertura”,
a su vez, pudo comprobarse en el registro de
autoría de los artículos relevados. No obstante, es
posible identifcar al interior de esta etapa, dos sub-
períodos: a) el de la crítica económica y b) el de la
demanda de la apertura política. El primero de ellos
reconocible con el ingreso de Muchnik, mientras que
el segundo se inicia con la incorporación de Yomal
y la celebración de la reunión de la Multipartidaria.
Finalmente, el período que se caracterizará, desde
1984, por la centralidad brindada a la agenda de
las organizaciones defensoras de los derechos hu-
manos. La incorporación de reconocidas personali-
dades como columnistas del semanario -René Epel-
baum, Adolfo Pérez Esquivel y Emilio Mignone, por
ejemplo-, la convocatoria a actos del Movimiento
Judío por los Derechos Humanos, las crónicas so-
bre las movilizaciones y el “festejo” de la presen-
cia “judía” en la calle, serán características de esta
etapa. Asimismo, una de las particularidades será
la confrontación con la dirigencia judía en términos
de denuncia por lo actuado durante la dictadura
militar y la invención de una narrativa tendiente a
establecer quiénes fueron “colaborados” y “héroes”.
Pero, cuál sería la relevancia de grafcar minucio-
samente el recorrido editorial del semanario.
Una pregunta guiaba el sentido analítico de
la investigación: ¿Es posible comprender la
particularidad de un semanario a través del análisis
focalizado de los artículos y/o solicitadas publicadas
en torno de las violaciones de los derechos humanos?
En primer lugar, la pertinencia de observar cómo
se construye la línea editorial de la publicación,
identifcando sus cambios y continuidades y el peso
específco o relativo de las temáticas abordadas,
permite poner en suspenso algunas nociones
construidas acerca de la “heroicidad” de Nueva
Presencia. Si bien el semanario se constituyó en
una “tribuna abierta” para la publicación de cartas
y solicitadas de organismos de defensores de los
derechos humanos, esto tuvo lugar después de 1980.
Cuando, tras la visita de la Comisión Interamericana
50
de Derechos Humanos (CIDH), el tema de los
“desaparecidos” cobrará una presencia pública
mayor que la que había tenido hasta entonces.
Incluso, a diferencia de lo que señala Dobry, la in-
formación y abordaje del “caso Timerman” remiten
a artículos y notas que fueran editadas en otras
publicaciones: Buenos Aires Herlad, La Nación, La
Prensa, etc.. Y, cuando los artículos eran de autoría
de Nueva Presencia, remitían a problemas y de-
bates tendientes a destacar la problemática “judía”
del caso y no la condición de detenido-desapareci-
do del director de La Opinión.
Incluso, la condena al uso de la violencia política,
sostenida por el editor del semanario, fue una
constante de las refexiones en torno al período.
La refexión sobre el tema, en la editorial del 21 de
septiembre de 1979- cuando, con motivo de celebrar
el año nuevo del calendario judío- se expresa la
preocupación por el restablecimiento del respeto a
los derechos humanos, puede resultar ilustrativa.
“Hoy, evidentemente, el meridiano de la nue-
va dicotomía pasa por esas dos palabras que-
mantes (derechos humanos), cuya discusión
pública ya resulta insoslayable. Quizás el sím-
bolo de esta tragedia nacional- en la que no
existe ningún sector del país que no haya sido
agredido por los subversivos izquierdistas o
por los secuestradores derechistas- esta dibu-
jada por la fotografía que el General Alejan-
dro Agustín Lanusse le mostrara a la CIDH. En
esa fotografía, junto al ex presidente, pueden
observarse a quienes fueron su Ministro del
Interior, su edecán militar y su Secretario de
Prensa. Los dos primeros fueron muertos por
la subversión terrorista y el tercero, cuya úl-
tima ocupación era un cargo de ejecutivo en
“La Opinión” de Timerman, fue secuestrado,
probablemente por alguna de las bandas de
extrema derecha que pululan en los últimos
tiempos. De esa fotografía pueden deducirse
las aspiraciones de la inmensa mayoría de
los argentinos: ni subversión terrorista ni de-
saparecidos. Que vuelvan la cordura y la ar-
monía perdidos durante esta terrible década
de sangre y dolor
9
”.
Si bien, la perspectiva editorial de Nueva Presencia
pondera como uno de los problemas acuciantes de
fnes de 1979 la violación de los derechos humanos-
consagrados en la fgura del Secretario de Prensa
de Alejandro Agustín Lanusse, quien se encontrará
desaparecido-, el redactor del artículo señala que
el problema se inscribe dentro de dos polos que
deben ser rechazados: la subversión terrorista
y las grupos de tareas. En este sentido, resulta
relevante destacar cómo la lectura acerca de los
acontecimientos de la década del setenta, son
considerados desde la óptica de lo que, a posteriori,
será conceptualizado como la teoría de “los dos
demonios”: dos grupos que se combaten frente a
una sociedad civil que es víctima de la contienda.
9 “Comienza el Año Nuevo judío bajo dos invocaciones: la lucha por la paz y los derechos humanos”, Nueva Presencia,
N° 116, 21 de septiembre de 1979, pág.: 1.
51
¿Fue, efectivamente, Nueva Presencia un medio
gráfco que dijo más que otros? El presente trabajo
sugiere que deben ser matizadas la originalidad de
algunas de las perspectivas planteadas en las pá-
ginas del semanario, si observamos qué ocurría en
otras publicaciones de características informativas.
Por ejemplo, como señala Borrelli sobre el periódi-
co Clarin, desde una época temprana podían ob-
servarse fuertes críticas al modelo económico de
la dictadura militar (Borrelli, 2008). Sin embargo,
se podría objetar que, a diferencia de Clarin, la re-
levancia de estas referencias aparecidas en Nueva
Presencia radicaron en su ámbito de infuencia: los
lectores de la comunidad judía argentina. No obs-
tante, otras publicaciones del espectro comunitario,
como el mensuario Tiempo, publicaron desde una
fecha temprana sendas notas críticas al programa
económico del período y un pedido sobre la desapa-
rición de Haroldo Conti, en la editorial de mayo de
1976, lo queresulta un gesto pionero (Kahan, 2009).
Sin embargo, el emprendimiento de Schiller es
considerado, desde una época temprana, como
uno de los medios de comunicación que “resistió”
a la dictadura. Si bien, como se observó anterior-
mente, las cartas y comunicados de los organismos
defensores de los derechos humanos comenzaron
a publicarse desde 1980, es posible proponer que
la representación “heroica” se construyó de manera
contemporánea al vuelco dado hacia 1984, cuando
Nueva Presencia hace suya la agenda y demandas
de esas organizaciones.
Sin menospreciar las narrativas que han destacado
la relevancia brindada a las denuncias sobre la viola-
ción a los derechos humanos, proponemos que cen-
trar la mirada en esta sola consideración no permite
reconocer la singularidad del emprendimiento edito-
rial de Herman Schiller. Es decir, apelando a la cono-
cida parábola, el árbol ha impedido ver el bosque.
¿El árbol no deja ver el bosque? Efectivamente,
la centralidad otorgada a la cuestión de los
derechos humanos en Nueva Presencia no
permitió observar otras características relevantes
del semanario. La noción de que la resistencia a
la dictadura se circunscribió a la denuncia de la
detención-desaparición de individuos -un a priori
de los investigadores- no reconoció qué otros
tópicos pudieron haber constituido grietas en el
discurso ofcial del régimen. Dos de las categorías
operacionales construidas por el investigador a
través de las referencias nativas pueden resultar
ilustrativas de este último punto. Dentro de las
categorías Vida Cultural y Otros se encuentran
agrupadas originales, punzantes e irritativas
refexiones frente a un régimen conservador y
dictatorial, en torno del sexo, el lugar de la mujer
-en el trabajo, en la familia, en la pareja y en la
cama- y la cuestión del psicoanálisis. Graciela
Safranchick, Manuela Fingueret y Abraham
Sokolowicz, entre otros, abordan problemáticas
que, a priori, se podría proponer que no confrontan
abiertamente con el régimen. Sin embargo, sus
aportes pusieron en cuestión los valores culturales
que la dictadura intentó sostener.
52
6. El arma más adecuada. Rodolgo Walsh y ANCLA
Natalia Vinelli
La Agencia de Noticias Clandestina ANCLA es una
de las experiencias más interesantes de comuni-
cación alternativa y popular desde una perspectiva
de transformación. Enseña que aún en los momen-
tos de mayor represión el campo popular puede
darse herramientas de expresión y organización
políticas, y que la comunicación, también como
categoría militar, tiene un rol destacado que cum-
plir. Las raíces de esta mirada hay que buscarlas
en la conceptualización de la prensa como arma
de combate presente en las luchas independen-
tistas latinoamericanas. Pero antes de adentrar-
me en los objetivos de esta agencia y su carácter
instrumental y de inteligencia contra la dictadura
militar, me parece importante destacar la inclusión
de esta mesa, denominada “Medios en dictadura”,
en el contexto más amplio de las jornadas sobre
“Historia, memoria y comunicación”.
Precisamente uno de los puntos a los que presté
particular atención en la investigación sobre ANCLA
está relacionado con esa tríada, es decir, con las
maneras de pensar las intervenciones en la política,
la comunicación y la cultura hoy teniendo como ex-
periencia acumulada las luchas y prácticas que los
sectores populares se dieron en el pasado. Nunca
se comienza de cero, aunque en la Argentina del
eterno presente se intente imponer lo contrario y
aparezcan como novedosas propuestas que ya lle-
van años de ensayo. En este sentido el abordaje de
la agencia tiene en cuenta el contexto histórico, po-
lítico y social en el cual ésta se insertó, de manera
de evaluar las posibilidades que dicha experiencia
ofrece en un contexto como el actual. Se trata en
defnitiva de recuperar la historicidad, de preservar
los aciertos y los errores del pasado para lograr un
futuro que los supere.
Cuando comencé la investigación se cumplían
20 años del golpe de estado de 1976. Este no
es un dato menor porque esos 20 años marca-
ron el inicio de un abordaje distinto, más jugado
en términos políticos que lo que la lectura de
la transición democrática había permitido. Me
refiero a una “teoría de los dos demonios” que
equiparaba el terrorismo de Estado con la lu-
cha y la resistencia de las fuerzas populares que
habían optado por la vía armada para la toma
del poder, y que se continuaba con las leyes de
la impunidad: punto final, obediencia debida y,
finalmente, indulto.
Tal vez sea paradójico, pero es en el contexto de la
Argentina neoliberal (producto sin lugar a dudas de
aquella dictadura militar) que la Plaza de Mayo se
vio colmada de gente, sobre todo joven, en repudio
del golpe (recordemos que aquella concentración
fue reprimida por la policía, durante el gobierno de
Carlos Menem). También en ese contexto los hijos
de los desaparecidos comenzaron a reunirse y es-
53
crachar las guaridas de los genocidas, bajo la con-
signa “como a los nazis les va a pasar, a donde
vayan los iremos a buscar”, poniendo de manifesto
la fuerza de una generación que no estaba dispues-
ta a ceder ante la injusticia y el olvido, y que se
hacía cargo de las elecciones políticas de sus pa-
dres. Además, aunque de manera contradictoria y
muchas veces estereotipada, el discurso mediático
terminó por hacerse eco de esa sensibilidad reem-
plazando el hasta entonces “presidente de facto”
por la fgura “ex dictador” para referirse a los mili-
tares que usurparon el poder en 1976.
En este marco muchos de los involucrados en las
luchas del pasado reciente, y en este caso concre-
to, de aquellos y aquellas que montaron sobre su
voluntad militante la construcción de la agencia
ANCLA, decidieron brindar su testimonio (y ésta
es toda una decisión de intervención política sobre
la memoria, sobre todo pos indulto). Con lo cual
el proceso de la investigación tampoco puede se-
pararse de lo hasta ahora descrito, y es en reali-
dad una expresión más del movimiento que desde
abajo comenzaba a cuestionar la lectura maniquea,
aséptica o novelesca (por lo rosa) de lo que había
signifcado la resistencia a la dictadura, y dentro de
ésta, la presencia de Rodolfo Walsh.
En el prólogo a Los que luchan y los que lloran, de
Jorge Ricardo Masetti, Walsh escribe palabras que
bien podían pensarse para él: “Periodista, sabía
cómo se construyen renombres y se tejen olvidos.
Guerrillero, pudo presumir que si era derrotado el
enemigo sería el dueño momentáneo de su his-
toria”. En efecto, cuando comenzó a reeditarse la
obra de Walsh en los años de la primavera de-
mocrática, éste aparecía como un escritor y pe-
riodista comprometido con las causas populares,
como un intelectual comprometido, etiqueta que
evitaba incursionar en los terrenos más disrupti-
vos de su acción política, vinculados con su par-
ticipación en la organización Montoneros, donde
tenía el grado de ofcial 2º y el alias de “Esteban”.
Sin embargo basta con leer sus papeles perso-
nales para advertir su enorme lucha por llegar a
ser ese militante revolucionario
10
, y los efectos
inmediatos que esta opción, madura y razonada,
tuvo sobre su producción literaria, cuando el pe-
riodismo comenzó a aparecer como “el arma más
adecuada” para la etapa. “Todo lo que escribiera
–señala- debía sumergirse en el nuevo proceso,
y serle útil, contribuir a su avance” (cf. Rodolfo
Walsh compilado por Link, 1996).
ANCLA se inscribe en esta perspectiva, y a su
vez, abreva de las experiencias anteriores donde
Walsh participó: desde su intervención en la
agencia Prensa Latina en los primeros años de la
Revolución Cubana hasta su militancia en la CGT
de los Argentinos y en el Peronismo de Base /
Fuerzas Armadas Peronistas. ANCLA, construida en
el contexto del Departamento de Informaciones e
10 Escribe Walsh el 31 de diciembre de 1968: “Es posible que, al fn, me convierta en un revolucionario. Pero eso tiene
un comienzo muy poco noble, casi grosero. Es fácil trazar el proyecto de un arte agitativo, virulento, sin concesiones. Pero
es duro llevarlo a cabo. Exige una capacidad de trabajo que todavía no poseo” (Link, 1996)
54
Inteligencia de la Secretaría Militar de Montoneros,
es uno de los emergentes de toda esa acumulación
previa
11
. Concebida como una herramienta política
ofensiva en el marco de la resistencia a la dictadura
militar, la agencia se propuso tres objetivos que
respondían a esa coyuntura altamente represiva:
“informar a los que informan”, denunciar las
violaciones a los derechos humanos y el vaciamiento
económico del país y, fnalmente pero central en
la defnición política de la agencia, funcionar como
herramienta de acción psicológica contra el poder
económico y militar.
Por eso ANCLA se vistió con una aparente auto-
nomía respecto de Montoneros, construyendo una
identidad difusa y encuadrándose en un criterio de
autonomía táctica y subordinación estratégica que
le brindó un importante marco de acción para ac-
tuar frente a la coyuntura, pero que a su vez ex-
presaba una decisión orgánica de Montoneros so-
bre el rol que la misma debía cumplir: difcultar el
despliegue inicial de la embestida militar, teniendo
en cuenta el feroz bloqueo informativo que se iba a
producir. La agencia venía a representar entonces
la necesidad de un medio efcaz no sólo en cuanto
a la circulación de información, sino sobre todo en
tanto instrumento de contrainteligencia: ANCLA te-
nía que ser un espacio disimulado en términos de
pertenencia política que, a la vez de informar, diri-
giera buena parte de sus esfuerzos a actuar dentro
del corazón mismo del poder.
En otras palabras, la agencia debía funcionar como
una estructura comunicacional que involucrara tan-
to la representación como la acción, tomando par-
te activa en las luchas de resistencia. Respondía a
una línea, pero no se presentaba como un órgano
ofcialmente partidario ni se circunscribía al éxito
de una operación. Esa tarea le correspondía a las
revistas Evita Montonera y El Montonero, órganos
de prensa responsables de propagandizar la línea
de Montoneros, al decir de Lenin, “la única empre-
sa regular que haga el balance de toda la actividad
en sus aspectos más variados”. ANCLA, más bien,
daba batalla en el terreno de las apariencias.
A partir del mes de junio de 1976 empezaron a
llegar por correo postal cables informativos a los
periodistas de los principales diarios del país, a los
corresponsales extranjeros, a los miembros de la
Iglesia, de las Fuerzas Armadas y de los grupos
del poder económico cómplices de la dictadura
12
.
Cubierta con la identidad difusa que le daba la sigla
ANCLA y con una redacción despojada (me refero
a la redacción periodística tradicional para los ca-
bles de agencia de noticias, de estilo desprovisto de
11 Rodolfo Walsh concibió la agencia clandestina y participó directamente de su organización. Mantuvo una orientación
general sobre la misma. Con él militaron Lila Pastoriza, responsable de ANCLA; Eduardo Suárez (desaparecido en agosto
de 1976), Carlos Aznárez y Lucila Pagliai. Walsh fue quien hizo el planteo formal sobre la propuesta de la agencia en la
estructura superior de la que dependía su ámbito
12 Entre junio de 1976 y junio de 1977 se enviaron cerca de 200 cables con el sello de ANCLA. En esa última fecha
culminó su etapa orgánica. Sin contar el período julio-agosto de 1977, durante el cual no funcionó por las caídas y las
salidas al exterior, los partes se mandaron con una regularidad estimada de uno día por medio. En agosto del ‘77, un
grupo de periodistas encabezados por Horacio Verbitsky reanudó los servicios informativos. Esta segunda etapa, alejada de
Montoneros, funcionó hasta fnales de 1978.
55
adjetivos y valoraciones para dar la sensación de
objetividad defendida por la concepción periodísti-
ca liberal, que se pretende neutral e “independien-
te”); los cables se proponían acelerar las contradic-
ciones entre los diferentes sectores de las clases
dominantes, generarles fsuras, romper su unidad.
La concepción que acompañaba esta práctica hay
que buscarla en la tradición latinoamericana sobre
la prensa como herramienta de combate, presente
por ejemplo en el Plan de operaciones de 1810 es-
crito por Mariano Moreno (aquello de escribir car-
tas suplantando nombres y frmas, “sembrando la
semilla de la discordia y la desconfanza”); en el
llamado “pasquinismo sedicioso” que acompañó las
primeras gestas independentistas o en las funcio-
nes otorgadas a la prensa por el libertador Simón
Bolívar, quien entendía a la prensa como artillería
del pensamiento.
Por supuesto, para cumplir esta función de “sem-
brar la discordia” entre las distintas fracciones de
las fuerzas armadas, los grupos económicos be-
nefciados con el plan de Martínez de Hoz y los
jerarcas de la Iglesia que bendecían el genocidio,
ANCLA contaba con un importante bagaje infor-
mativo. Por un lado manejaba el archivo periodís-
tico del diario Noticias, y recopilaba y analizaba
los informes publicados por la prensa legal; por el
otro, cada frente de Montoneros hacía llegar las
novedades a través de los canales orgánicos. La
información se completaba con los datos arrojados
por las interceptaciones a la red de comunicacio-
nes de las fuerzas represivas. Esta actividad se
denominaba “escucha”, ya que implicaba escuchar
cotidianamente las transmisiones de las redes re-
presivas y desentrañar sus códigos para adelan-
tarse a operativos y secuestros.
Pero esta información sistematizada, como seña-
laba más arriba, era también insumo para la con-
creción de los otros dos objetivos de la agencia:
informar a los informadores prestando un análisis
y un contexto de situación que sirviera, por un
lado, para colar datos y por otro, para actuar como
back up para el trabajo periodístico. Y denunciar
las violaciones a los derechos humanos y el vacia-
miento económico del país, poniendo de manifes-
to las aristas de un modelo económico regresivo,
desindustrializador y antipopular. Esto se expre-
sa profundamente en los contenidos de la Carta
Abierta a la Junta Militar, una pieza periodística
magistral que sigue enseñando en la actualidad
qué es el periodismo, qué es el rigor por la verdad
y de qué maneras se podría estructurar en un pro-
yecto político más amplio.
En este sentido cabe decir que la agencia ANCLA
ponía de manifesto toda la información que en
aquellos años era negada sistemáticamente por el
discurso cívico militar y sus voceros mediáticos:
las diferencias entre la Junta Militar encaramada
en el poder, los objetivos del nefasto plan econó-
mico, las expresiones de la resistencia popular y
las tremendas violaciones a los derechos humanos.
Lo cual lleva a concluir esta ponencia recuperan-
do nuevamente la articulación “historia, memoria y
comunicación” que proponen las jornadas. ANCLA
señala que aún en las peores condiciones es posible
informar y ser informado; intervenir políticamente
56
desde una conceptualización de la prensa y la co-
municación como herramienta para la construcción
de poder popular
13
. Y esto, pienso, es lo acumula-
ble de aquella experiencia en estos días.
ANCLA y su voluntad política ofensiva marca una
ruta, de la misma manera que experiencias como
las que impulsaron los diarios Noticias y El Mundo.
En estos casos, aún con sus diferencias y sus reso-
luciones, se traza una mirada hacia la comunica-
ción alternativa y popular de masas, diferenciando
claramente -dentro de una política comunicacional
más amplia-, los roles a cumplir por la prensa par-
tidaria y por la prensa popular. Ambas son parte
de una estrategia general, pero mientras la pri-
mera se dirige hacia la militancia con el objetivo
de unifcar la mirada de la organización respecto
de la realidad, la segunda requiere de una apertu-
ra mayor, necesaria para llegar a los más amplios
sectores populares. Esta “necesidad de llegar” hay
que leerla en clave de masividad, elemento fun-
damental para tener en cuenta si lo que se busca
es aportar a la construcción de una nueva subje-
tividad que enfrente y supere al sentido común
dominante. Para lo cual, es evidente, poco aporta
hablar sólo a los convencidos.
La experiencia de ANCLA, el trabajo desarrollado
por Rodolfo Walsh y por tantos hombres y mujeres
es una vía de abordaje hoy para impulsar medios
de comunicación populares desde una perspectiva
de transformación, recuperando la historicidad y
colocando los problemas en el marco de la dinámi-
ca de sus causas y consecuencias, no de manera
aislada como si se tratara de expresiones sin pasa-
do y sin futuro. Esta es, desde este punto de vista,
parafraseando a Walsh y para terminar, “el arma
más adecuada” a la luz de la etapa actual.
13 Entiendo como poder popular a la capacidad de los trabajadores y el pueblo de darse sus propias herramientas, creándolas
o arrebatándolas (y resignifcándolas) a la hegemonía, hasta llegar a construir un nuevo Estado y una nueva sociedad.
57
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59
Parte 2
Problemas en torno a
vectores de memoria
60
1. El testimonio televisado
1
Claudia Feld
1 El presente texto sintetiza algunas de las ideas desarrolladas en el artículo “‘Aquellos ojos que contemplaron el límite’:
la puesta en escena televisiva de los testimonios sobre la desaparición”, publicado en Feld y Stites Mor (comps.), El pasado
que miramos. Memoria e imagen ante la historia reciente (Paidós, Buenos Aires, 2009). Agradecemos a Editorial Paidós el
permiso para publicarlo en este volumen.
2 Las maneras en que la desaparición se relató y representó en televisión no estuvieron aisladas de las iniciativas
provenientes del campo de los derechos humanos. No sólo hay lazos tejidos entre los diferentes “emprendedores” y
escenarios de la memoria, sino que además lo que se representa en televisión se vincula con los distintos espacios de
decibilidad, visibilidad y rememoración que se fueron abriendo (y cerrando) a lo largo de los años. Por supuesto, también
intervienen en estos discursos televisivos las dinámicas propias del medio.
El testimonio audiovisual sobre la desaparición de
personas desafía la carencia de imágenes que pro-
vocó el sistema represivo de la última dictadura
militar en la Argentina: no solamente porque las
acciones represivas más sangrientas se realizaron
fuera de la visibilidad pública, sino porque, además,
salvo rarísimas excepciones, no existen imágenes
documentales que den cuenta de las condiciones de
cautiverio y de los asesinatos clandestinos.
Teniendo en cuenta que la televisión argentina
tuvo muy tempranamente un rol importante en la
representación y el relato de los crímenes dicta-
toriales, me interesa indagar aquí las maneras en
que se presentaron, desde 1984 hasta 2006, los
testimonios sobre la desaparición de personas en
el espacio televisivo argentino. Me refero a aque-
llos testimonios que se produjeron frente a la cá-
mara de televisión, con la fnalidad explícita de ser
difundidos, a través de este medio y por canales
de aire, a un público masivo. No hablo, por ejem-
plo, de testimonios producidos ante un tribunal o
en otro espacio extratelevisivo y luego difundidos
por televisión (Feld, 2002). Asimismo, el presente
análisis se refere exclusivamente a testimonios de
sobrevivientes y familiares de desaparecidos, y ex-
cluye otras categorías de testimonios, como los de
represores, aunque también algunos de ellos hayan
hecho declaraciones para la televisión (Feld, 2001).
¿A través de qué imágenes se hicieron visibles es-
tos testimonios?, ¿cuál fue la función de esas imá-
genes en la tarea de legitimarlos?, ¿qué sentidos
generaron acerca del pasado?, ¿de qué modo la te-
levisión creó un espacio de visibilidad para los tes-
tigos de la desaparición?
Voy a analizar, en tres momentos puntuales de la
postdictadura, las maneras en que diversos pro-
gramas televisivos no fccionales (principalmente,
“programas especiales”, “informes especiales” y
documentales) pusieron en escena los testimonios
sobre la desaparición
2
.
61
Primer momento: 1984
El primer momento se distingue, desde el punto
de vista institucional, por la actuación de la Comi-
sión Nacional sobre la Desaparición de Personas
(CONADEP) y la difusión pública de los resultados
de su investigación sobre las desapariciones perpe-
tradas por la dictadura. Esta fue la primera investi-
gación sistemática sobre esta cuestión emprendida
desde el Estado (Crenzel, 2008).
En 1984 muchos sobrevivientes y familiares de
desaparecidos lograron enfrentar lo traumático de sus
experiencias y el miedo a hablar –en un contexto en
el que las fuerzas represivas no habían sido del todo
desactivadas–, para testimoniar ante la CONADEP. Dar
testimonio, en tal contexto, signifcaba tornar creíbles
las palabras de quienes habían sido considerados
-durante la dictadura- como enemigos y, sobre todo,
“mostrar” lo que nadie –más allá de las víctimas
directas y de los perpetradores– había visto. En ese
marco, el relato de los testigos debió desplegarse
en espacios institucionales, como el que proveía la
CONADEP, que garantizaran la veracidad de lo dicho.
Ahora bien, ¿cómo participó la televisión en ese pro-
ceso de construcción de legitimidades y en esa pro-
ducción de un espacio de escucha? El 4 de julio de
1984 se emitió por canal 13 un programa televisivo
titulado Nunca Más, realizado especialmente por la
CONADEP para dar difusión pública a los primeros
resultados de su investigación
3
. En esta emisión
se presentaron ocho testigos a contar su historia:
Enrique Fernández Meijide (padre de un desapa-
recido), Jorge Federico Watts (sobreviviente de un
centro clandestino de detención), Estela Berastegui
(hermana de un desaparecido, ella misma secues-
trada por las Fuerzas Armadas), Otilia de Renou y
Lola Weischelbaum de Rubino (madres de jóvenes
desaparecidas), Adriana Calvo de Laborde (sobre-
viviente de un centro clandestino, que dio a luz en
cautiverio), Estela Carlotto (abuela de un niño apro-
piado, nacido en cautiverio) y María Isabel de Maria-
ni (abuela de una niña apropiada, secuestrada en un
operativo en el que su madre fue asesinada)
Cada relato tenía sus propias características, pero
todos brindaban, organizados en una línea cronoló-
gica, las informaciones que permitían reconstruir el
sistema de desaparición de personas: una secuencia
de acciones que comenzaba con el secuestro, seguía
con el cautiverio clandestino y la tortura, y termina-
ba en el asesinato y la ocultación de los cuerpos. Si
bien los testimonios se centraban en experiencias
límite, lo más terrible se decía en una frase, en unas
pocas palabras al interior de un relato más amplio.
En el mismo sentido, los testigos no subrayaban el
horror ni adjetivaban sus descripciones.
3 El programa se hizo con el guión de la periodista y miembro de la CONADEP Magdalena Ruiz Guiñazú y el dramaturgo
y autor de ciclos televisivos Gerardo Taratuto. Se grabó el 30 de junio de 1984 en un estudio de canal 13, con el acuerdo
de Emilio Gibaja, Secretario de Información Pública, y los medios técnicos facilitados por ese canal. Una vez producido el
programa, la CONADEP anunció públicamente que se emitiría en la apertura del ciclo Televisión Abierta. Una introducción
y un cierre del ministro del Interior, Antonio Troccoli, fueron agregados después por decisión del presidente Alfonsín. Por
último, aunque el programa fue grabado con pausas, fnalmente se emitió sin cortes publicitarios.
62
Según algunos observadores, los hechos se narra-
ban con un “medio tono” que posibilitó que los re-
latos atravesaran el horror sin reproducir sus lógi-
cas, sin causar espanto (Sarlo, 1984). Este “medio
tono” permitió hacer audibles los testimonios en un
contexto en el que se combinaban el miedo, la sor-
presa, la incredulidad y la sospecha acerca del rol
que tenían los testimoniantes y la misma CONADEP.
En este sentido, la austeridad de la puesta en esce-
na fue percibida por la Comisión como un elemen-
to fundamental para generar credibilidad y evitar
que los espectadores se sintieran tan horrorizados
como para dejar de escuchar lo que allí se contaba.
Frente a la falta de imágenes documentales que
dieran cuenta de la desaparición, el foco de credibi-
lidad se desplazó hacia las imágenes de los testigos
mismos: sus rostros, ante las cámaras de televi-
sión. Se trataba de un rostro puesto al servicio de
la palabra: el fondo negro, la mirada a cámara, el
encuadre que recortaba solamente la cara del tes-
tigo, la sincronía entre imagen y sonido, parecían
crear un tipo de representación visual que no inten-
taba agregar información a lo que se verbalizaba.
Esos rostros no expresaban emociones ni mostra-
ban las huellas de lo vivido. Convocaban también
a ese medio tono que se escuchaba en los relatos.
Las tomas largas, reforzadas por códigos teatrales
como el que consistía en mostrar a los testigos sen-
tados en sillas sobre un escenario en penumbras,
se alejaban de los códigos usuales de la televisión
de ese momento.
Algo similar ocurrió con la imagen de los centros
clandestinos de detención. El programa los muestra
desde afuera, sin gente, mientras una voz en off da
una lista con los nombres de esos sitios. Se intenta,
de ese modo, informar en qué lugares físicos los
desaparecidos padecieron el cautiverio y la tortura.
Estas imágenes no se proponen mostrar la violen-
cia, ni las huellas de esa violencia sobre los cuerpos
de las víctimas, sino demostrar la extensión y siste-
maticidad de las desapariciones.
Ahora bien, las imágenes de los testigos y las de los
centros clandestinos se presentan en segmentos
nítidamente separados. Al alternar estos dos ele-
mentos, la voz en off con imágenes de los centros
clandestinos y los testimonios ante las cámaras, la
CONADEP construyó un relato en el que la narra-
ción “impersonal” del off organizaba la información
y daba un contexto para presentar la desaparición
como sistema, en tanto las historias de los testi-
gos le otorgaban “carnadura” a las cifras ofciales,
expresando el drama de la desaparición en tanto
experiencias concretas.
En este marco, las imágenes televisivas cumplieron
una función demostrativa: no se intentó mostrar
todo, sino sólo aquello que pudiera tener valor de
“prueba”; no se expuso cualquier imagen, sino
sólo las que pudieran estar acompañadas de un
relato y una explicación. Se buscó, de esa manera,
desactivar la incertidumbre propia del sistema
desaparecedor, y crear un entorno para que cada
testigo pudiera contar su historia y ser escuchado,
sin que los relatos fueran en su versión audiovisual-
interrumpidos, fragmentados ni distorsionados.
63
Segundo momento: 1998-1999
El segundo momento se ubica en los años 1998 y
1999, en el marco de una etapa de gran presencia
del tema de la desaparición en el espacio público
que había empezado en 1995, a través de todo tipo
de producciones culturales y de fuertes iniciativas
de conmemoración y rememoración generadas tan-
to por los organismos de derechos humanos como
por otros actores de la sociedad. Esta etapa, puede
caracterizarse por la tensión entre la gran visibili-
dad que adquiere el tema en el espacio público y
las trabas que, desde el punto de vista institucio-
nal, generan una situación de impunidad para los
crímenes de la dictadura
4
.
La preocupación por la transmisión intergeneracio-
nal se expresa fuertemente, a través de iniciativas
diversas provenientes tanto de los organismos de
derechos humanos como del Estado. El terreno cul-
tural, el espacio urbano, la escuela, son algunos de
los ámbitos privilegiados para dichas acciones. Pero
también, en la segunda mitad de los noventa, los
programas televisivos adoptan nuevas estrategias
destinadas a mostrar aquel pasado a los jóvenes.
Para los productores de televisión, no se trata so-
lamente de aportar a la transmisión intergenera-
cional sino también de dirigirse a un público más
amplio y de lograr así una mayor audiencia.
En este contexto, se producen dos cambios
importantes en los testimonios televisivos sobre la
desaparición
5
. Primero, en la elección de los testigos:
en los programas analizados, ya no son sólo las madres
o los padres de los desaparecidos ni los sobrevivientes
de centros clandestinos los que dan visibilidad a
la desaparición, simbolizando al mismo tiempo
el universo de “afectados”, sino que por diversas
razones ese peso simbólico se traslada a la siguiente
generación, la de los hijos de desaparecidos quizás por
razones vinculadas a la edad adulta que alcanzaron
muchos hijos en ese momento y la acción novedosa
y muy visible de la asociación H.I.J.O.S. (Hijos por la
Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio).
La fgura de los “hijos”, además, es incluida en
muchos programas de televisión como elemento de
identifcación para los espectadores jóvenes.
La segunda transformación que se produce en esta
etapa tiene que ver con la puesta en escena de los
testimonios. Si en el momento anterior se cuidaba
especialmente la austeridad, en este período la ma-
4 Estas trabas radican, fundamentalmente, en las leyes denominadas de “Punto Final” (1986) y “Obediencia Debida”
(1987), y en los indultos (1989 y 1990) otorgados por el Presidente Carlos Menem a los comandantes condenados y a otros
responsables que se hallaban en proceso de juzgamiento.
5 Las observaciones que se exponen a continuación se basa en el análisis de dos series de documentales producidas entre
1998 y 1999 por dos productoras independientes, para canales de aire privados y comerciales. La primera consta de dos
documentales producidos por la periodista Magdalena Ruiz Guiñazú para canal 13: ESMA: El día del juicio (24 de agosto de
1998) y El día después (15 de diciembre 1999), emitidos ambos a las 23 horas. La segunda serie, titulada “Punto Doc”, que fue
producida por “Cuatro Cabezas” y presentada por el periodista Rolando Graña, consta de 11 programas emitidos entre octubre
y diciembre de 1999, por canal 9, en la franja horaria de las 23 horas. Tres de ellos, que componen nuestro corpus, tuvieron
como tema central la cuestión de la represión dictatorial: Cóndor.Doc, emitido el 20 de octubre de 1999, Hijos.Doc, emitido el 3
de noviembre de 1999, Generales.Doc, emitido el 15 de diciembre de 1999 (en coincidencia con la difusión de El día después).
64
nera fundamental de representar la desaparición en
la televisión es a través de las lógicas espectaculares
propias de este medio. Al respecto, pueden obser-
varse las siguientes tres características en la puesta
en escena de los testimonios:
1. El montaje busca un ritmo ágil y un relato “ef-
ciente”, que ofrece el máximo de información y de
emoción en el mínimo de tiempo. Las imágenes de los
testigos se editan con otras –a veces documentales, a
veces recreadas– que añaden informaciones y com-
plejizan la textura visual. Cada toma dura unos pocos
segundos y los relatos de los testigos son constan-
temente interrumpidos por distintas imágenes o por
las palabras de otros. Se produce así un quiebre tem-
poral en los relatos: más allá de la línea seguida por
cada testimonio, hay una temporalidad dada por el
montaje que no siempre sigue un orden cronológico.
2. En esta puesta en escena, la intensifcación de
las emociones no es un obstáculo para la credibili-
dad del testimonio, como sucedió en el programa
Nunca Más, sino un vehículo para la narración. En
general, en estos programas se acentúa el drama-
tismo a través de mecanismos como la cámara len-
ta o la inclusión de trozos musicales para ligar los
diversos testimonios. La imagen del rostro de los
testigos ya no opera como soporte de la palabra,
sino como refejo de las emociones.
3. Para evitar la repetición de información de los
diferentes relatos personales que se referen a ex-
periencias similares, la puesta en escena televisiva
produce una fragmentación y una recomposición de
los testimonios. Con todos esos fragmentos se con-
fgura una nueva voz guionada que aglutina los dis-
tintos relatos, como si las diversas personas contaran
una historia única. Por ejemplo, el documental El día
después (1999) presenta los testimonios de Claudio
Tamburrini y Guillermo Fernández, dos sobrevivien-
tes del centro clandestino Mansión Seré que fueron
testigos en el juicio a los ex comandantes. En 1999
se los vuelve a entrevistar y entonces el documental
empalma esas cuatro deposiciones diferentes en un
solo relato, como si se tratara de un único testimonio.
Esta unifcación de voces genera un ritmo más fuido
en la narración, pero –con respecto al testimonio–
produce una pérdida en la diversidad de puntos de
vista y, por lo tanto, en la posibilidad de cotejar los
relatos y transformarlos en “prueba” de los hechos.
Otra característica del momento que estamos ana-
lizando es que, en estos documentales, la desapa-
rición suele evocarse como “dato”, sin explicarla ni
desarrollarla en tanto proceso histórico. Estos docu-
mentales recurren a símbolos, a emblemas fácilmen-
te reconocibles y a frases “cliché”. Por ejemplo, entre
los cientos de centros clandestinos emplazados en
todo el país, unos pocos se erigen en símbolos de la
represión o íconos emblemáticos. Uno de ellos es la
ESMA. En muchos programas televisivos, se utiliza la
imagen del frente de la ESMA como telón de fondo
para situar al presentador o a los testigos. Por otra
parte, la fgura de algunos militares muy conocidos
(como Massera o Astiz) se utiliza en estos programas
para condensar la categoría general de “represores”.
En defnitiva, estas imágenes condensan la desapari-
ción y la violencia en unos pocos rasgos, como algo
que impacta en los sentidos y recurre a las emociones.
65
Y parecen obliterar los aspectos no espectaculares de
los hechos narrados, privilegiar la dramatización por
sobre la comprensión histórica y buscar un impacto
emocional más que una toma de conciencia política so-
bre el pasado. El testimonio no intenta demostrar sino
mostrar algo que parece darse por sabido y aceptado.
Tercer momento: 2006
El tercer momento comprendido en el análisis
corresponde a la conmemoración del trigésimo
aniversario del golpe de estado, en el marco
de una etapa iniciada tres años antes, con la
asunción de Néstor Kirchner, y caracterizada
por una gran presencia del tema no sólo en los
medios y en la sociedad, sino también (como en
los inicios de la transición democrática) en la
agenda de gobierno
6
.
El 30º aniversario del golpe fue acompañado por
un boom mediático que incluyó programas de dis-
tintos géneros, en todos los horarios y canales te-
levisivos. En la mayoría de esas emisiones, a los
testimonios de los “hijos” se agregaron aquellos
de compañeros de generación y de militancia de
los desaparecidos. Muchos de estos ex militantes
eran asimismo sobrevivientes de los centros clan-
destinos de detención.
En el marco de un proceso de recuperación de los
edifcios donde funcionaron estos centros, que es-
tán siendo transformados en sitios de conmemo-
ración, las cámaras de televisión lograron introdu-
cirse en ellos y, por primera vez, mostrarlos desde
adentro. En muchos de los programas emitidos se
efectuó una suerte de “recorrido del horror” en el
que los sobrevivientes señalaban lugares y relata-
ban acciones. Las cámaras escrutaban las paredes,
el piso, los pasillos de los ex centros clandestinos,
mostrando detalles, como si buscaran huellas de
lo que allí ocurrió. El centro clandestino de deten-
ción empieza a utilizarse como escenografía y los
procedimientos de la puesta en escena se hacen
evidentes: se recurre a una iluminación que, o bien
exalta lo tétrico de ese espacio, o bien lo produce
como set televisivo, como sucedió en El Diario del
Golpe
7
que, a las 0 horas del 24 de marzo, transmi-
tió “por primera vez en la televisión argentina, en
directo desde la ESMA”, ante la entrada de la ESMA
iluminada a giorno. Así, el lugar no se muestra sólo
como el escenario de los hechos trágicos que ocu-
rrieron en el pasado, sino también como la escena
de una acción que parece desarrollarse, en el pre-
sente, ante la audiencia.
En muchos programas, los sobrevivientes hablan
de sus experiencias, dan detalles de los tormentos
que han sufrido, se emocionan, lloran. En algunos
casos, estos testigos muestran ante las cámaras
6 En mayo de 2003, Néstor Kirchner asumió la presidencia en Argentina y habilitó los recursos institucionales para
que se reabrieran las causas de juzgamiento a militares por violación a los derechos humanos. El 24 de marzo de 2004,
organizó un importante acto en la ESMA para conmemorar un nuevo aniversario del golpe de estado y anunciar la creación
del “Museo de la Memoria” en ese lugar.
7 Programa especial de Telefé emitido en la noche del 23 de marzo de 2006.
66
sus heridas y mutilaciones, y estas imágenes sirven
para darle a la historia contada una impresión más
vívida y una mayor carga emocional. Esta pues-
ta en escena del espanto y de las marcas en los
cuerpos de las víctimas se genera en un espacio
televisivo en el que la “maximización de la visibili-
dad” (Carlón, 2004: 74) y cierto “voyeursimo” que
recurre a lo morboso recorren toda la programa-
ción, independientemente del tema tratado. Pero
es también una puesta en escena que, al enfatizar
especialmente en las huellas de la violencia, recu-
pera acríticamente ciertos rasgos característicos
del denominado “show del horror”
8
.
Otro ejemplo: algunos meses después del aniver-
sario del golpe de estado, el 16 de septiembre de
2006, una “investigación especial” del noticiero Te-
lenoche, titulada “Regreso al inferno”, conmemoró
el trigésimo aniversario del operativo “La noche de
los lápices”. Para ello, el programa recurrió al tes-
timonio de Pablo Díaz, que fue flmado en el centro
clandestino Pozo de Banfeld donde había padecido
el cautiverio junto con otros seis adolescentes. En
la presentación del programa se anunciaba que Pa-
blo Díaz iba a volver “por primera vez” al lugar de
los hechos y fue allí donde se ubicó el comienzo de
la acción. Con una iluminación lúgubre que tornaba
el espacio más siniestro y una música de película de
suspenso, Pablo Díaz recorre los pasillos mientras
la cámara lo seguía desde atrás deteniéndose en
detalles: la mano de Pablo Díaz sobre una pared,
sus pies que avanzaban por el pasillo, las paredes
descascaradas del sitio. Cuando Díaz llega a una
celda, entra y declara: “Acá estaba Claudia”, ref-
riéndose a su compañera de cautiverio Claudia Fal-
cone, y rompe a llorar. El testimonio continúa con el
recorrido del ex centro clandestino, hasta que Díaz
llega a otra celda y, con el mismo tono angustiado,
dice: “Acá estaba yo”. El título del programa da la
pauta de lo que se intenta hacer: volver, retornar a
un lugar de sufrimiento. El énfasis está puesto en
hacer “revivir” al testigo, y junto con él al espec-
tador, los horrores padecidos durante el cautiverio.
Lo que prima es la inmediatez de la experiencia.
A treinta años del golpe, no se pone el acento en
la elaboración de lo vivido ni en la distancia que
separa a este presente de aquel pasado sino en las
sensaciones experimentadas y, ahora, revividas.
Se trata, para usar una categoría de Jelin (2002:
14), de una “repetición ritualizada” de lo ocurrido.
En esta nueva puesta en escena del testimonio, el
pasado irrumpe en el presente. La fgura del testigo
es invadida por ese pasado y su imagen está allí no
sólo para mostrar lo que sucedió sino para dotar a
esos acontecimientos de una nueva realidad que su-
cede ante los ojos de los espectadores. Todo ocurre
como si, a medida que la experiencia se alejara en
el tiempo, se precisara un plus de “realidad” para
hacer memoria, como si una expectativa de verdad
se colmara al volver a vivir y a sentir el horror.
8 La noción de “show del horror” remite a la cobertura mediática de exhumaciones de cadáveres enterrados como
NN durante la dictadura y que, en su mayoría, correspondían a restos de desaparecidos. Dicha presentación mediática
se produjo en los primeros meses de 1984, y –según muchos observadores del momento– se caracterizó por un tono
marcadamente morboso y sensacionalista (Landi y González Bombal, 1995; Feld, 2010)
67
Refexiones fnales
En los tres momentos pueden observarse tres tipos
de imágenes que se suceden en el relato televi-
sivo sobre la desaparición y que demuestran que
el vínculo entre memoria, testimonio e imagen, no
se mantuvo estable a lo largo del período exami-
nado. Aunque el análisis exhaustivo de la articula-
ción entre estos elementos excede los alcances de
esta presentación, podría caracterizar del siguiente
modo los tres momentos estudiados.
En el primer momento, en 1984, se difunden imá-
genes demostrativas que favorecerían una memo-
ria de la desaparición en tanto crimen, o suma de
crímenes, demostrados y certifcados a través del
testimonio. La puesta en imagen de los testimonios
busca quebrar la incertidumbre de los familiares
de los desaparecidos, al mismo tiempo que intenta
romper la desconfanza de la sociedad frente a esos
testimonios de crímenes invisibilizados y negados
por el régimen dictatorial.
En el segundo momento, en 1998 y 1999, se mues-
tran imágenes emblemáticas que sirven para evocar
la desaparición como algo que se da por sabido, sin
cuestionarlo ni negarlo, pero sin desarrollarlo tam-
poco como proceso histórico. Estas imágenes que se
combinan, se mezclan y se intercambian adquieren
una gran potencia de evocación al mismo tiempo
que pierden su carga referencial y, por eso mismo,
su poder de certifcación de lo ocurrido. Son imá-
genes que se proponen fjar una memoria, volverla
de algún modo “estable”, y hacerla accesible a un
público masivo. Los testimonios adquieren, por eso
mismo, una carga simbólica: no se intenta generar
un relato personalizado de lo que aconteció a cada
testigo sino producir, mediante palabras e imágenes
“cliché”, un entendimiento súbito y –por esa razón,
tal vez fugaz– de lo sucedido en el pasado.
En el tercer momento, en 2006, se ponen en panta-
lla imágenes literales, que favorecerían una aproxi-
mación ritualizada al pasado. Todorov (1995) se
refere a una “memoria literal”, en dos sentidos:
cuando el pasado no puede ser superado y cuando
el acontecimiento rememorado no puede ser com-
parado con otros y se percibe como único e intrans-
ferible. Las imágenes, en este caso, refuerzan la
memoria literal en su primer sentido: articulan la
insistencia de ese pasado ominoso con la fuerza de
un show televisivo en el que los acontecimientos
pasados parecieran desarrollarse “en directo” ante
los ojos de los espectadores.
En parte, estos cambios se explican por las trans-
formaciones en las condiciones de producción de
las emisiones televisivas: el programa Nunca Más
fue emitido por un canal estatal y presentaba un
enunciador (la CONADEP) que también formaba
parte del Estado. Los programas de los siguien-
tes períodos, por el contrario, se realizaron en el
marco de canales privados y comerciales. De tal
modo, esta transformación es deudora de una pro-
gresiva espectacularización y mercantilización de
la televisión argentina en términos generales. Sin
embargo, lo que hay que analizar puntualmente
aquí son los rasgos particulares que adquieren esa
espectacularización y esa mercantilización en rela-
ción con la producción testimonial y, más amplia-
68
mente, con la memoria de la desaparición en el
espacio televisivo.
Andreas Huyssen afrma:
“Aun cuando el Holocausto ha sido mercan-
tilizado interminablemente, no signifca que
toda mercantilización lo trivialice indefecti-
blemente como hecho histórico. No existe un
espacio puro, exterior a la cultura de la mer-
cancía, por mucho que deseemos que exista.
Por lo tanto, es mucho lo que depende de
las estrategias específcas de representación
y mercantilización y del contexto en que am-
bas son puestas en escena.” (2002: 25)
Se trata, en última instancia, de señalar las moda-
lidades y recursos específcos en la construcción de
estos programas y los diversos vínculos que pue-
den establecer con un trabajo de la memoria en
la sociedad. En ese sentido, las transformaciones
que acabo de enunciar se vinculan, también, a los
cambios producidos en las confguraciones de la
memoria, a la aparición de nuevos actores, a las
transformaciones políticas ocurridas a lo largo de
esos años, a la distancia temporal con los hechos
evocados, a los cambios en las condiciones de la
escucha y de la demanda de testimonios, y a la
sucesión de diversas etapas memoriales.
Pero más allá de la manera compleja en que se pro-
dujeron estas transformaciones, es necesario se-
ñalar que estos tres momentos nos hablan de una
participación específca de las imágenes televisivas
en la confguración de los relatos sobre el pasado
reciente. Según Wieviorka nos hallamos inmersos
en la “era del testigo”: “El testimonio se dirige al
corazón y no a la razón. Suscita la compasión, la
piedad, la indignación, e incluso a veces la conmo-
ción” (1998: 179). Este momento global de la me-
moria humana difícilmente podría entenderse sin
la participación continua, y a veces paradójica, de
la televisión, en la que el deber de memoria y las
difcultades para narrar una experiencia límite se
combinan de maneras diversas con la intención de
vender un producto y de entretener al espectador.
69
2. Archivos orales: lo que dicen los testimonios
Alejandra Oberti
Historia, memoria, comunicación. Memoria, testimo-
nio. El archivo y el testimonio: los términos se articu-
lan y sugieren un universo de conceptos sumamente
familiares en la actualidad para muchos de nosotros.
La memoria social es parte de nuestra experiencia
cotidiana, pero en las sociedades que atravesaron
pasados traumáticos esa memoria tiene un matiz
eminentemente político. La memoria, en estos ca-
sos ha tenido un rol fundamental en la denuncia y
el combate contra las estrategias desaparecedoras
que, en el caso argentino, fueron parte fundamen-
tal de la política dictatorial.
De esta manera, en nuestro país, la memoria ha
sido una forma de resistencia a los sucesivos inten-
tos de clausurar el pasado, y se ha desplegado con
distintas prácticas: conmemoraciones, monumentos
o sitios de memoria, expresiones artísticas, testimo-
nios, construcción de archivos y, más recientemen-
te, relatos históricos. Estas prácticas memorialistas
han estado siempre acompañadas de discusiones en
torno a sus posibilidades y limitaciones. El ámbito
académico en particular se ha interrogado sobre la
confabilidad relativa de la memoria en comparación
con la historia, y centró parte de su desconfanza
en la fuerte relación que guarda la memoria con el
testimonio, asumiendo al documento, y por ende al
archivo, como fuentes irrefutables mientras que los
testigos parecieran estar siempre puestos en duda.
Sin embargo, muchas de las prácticas testimonia-
les de la actualidad plantean la relación entre do-
cumentos y testimonios de modos no dicotómicos.
Testimonio y archivo, el archivo y el testigo según
la fórmula de Giorgio Agamben (1998), o la misma
existencia del Archivo Oral de Memoria Abierta que,
como dice Pilar Calveiro:
“…al armarse con material testimonial, es
un interesantísimo híbrido entre archivo y
memoria. El archivo [en este caso] guarda
otras cosas y tiene una fnalidad inversa a la
del [típico y conocido] archivo estatal, lo que
también delimita su contenido y su validez.
Es ahora un insumo para construir otro rela-
to, éste también estructurado, sistemático,
explicativo, de carácter general, otra histo-
ria, de valencia política diferente [se refere
a la historia ofcial o estatal para usar el tér-
mino que ella elige]” (Calveiro, 2009).
El valor del testimonio
Retomando los debates actuales acerca de la legitimi-
dad del uso de relatos personales para el análisis de
fenómenos sociales y políticos, es posible reconocer
que no se trata de un asunto nuevo: la historia y las
ciencias sociales lo han abordado largamente. Sin em-
70
bargo, y a pesar de la abundancia de posicionamientos,
todavía no ha sido posible cerrar la cuestión, que en
los últimos tiempos volvió a expresarse polémicamente
con la preocupación manifestada por Beatriz Sarlo so-
bre la extensión del uso de los testimonios a la hora de
tomar referencia específcamente al pasado reciente.
Esa argumentación no es más que otra expresión
de preocupaciones antiguas. Los académicos siem-
pre desconfaron del uso de narraciones orales y
basta con recordar la polémica que se generó en
torno al testimonio emblemático de Rigoberta Men-
chú o el rechazo de la historia académica a este
tipo de materiales.
Este desaire de la academia se basa en una serie de
problemas que tendrían los relatos personales y que,
más allá de que quienes objetan el uso de este tipo de
documentos asuman diferentes argumentos y formas,
pueden resumirse en las siguientes formulaciones:
- Se desconfía de la primera persona como produc-
tor directo de un relato; de la cercanía con el obje-
to como fuente de legitimidad: el “yo estuve allí”.
Además, se señala que es problemática una em-
piria que no haya sido construida como problema.
- Preocupa porque las narraciones testimoniales se
multiplican y comienzan a ser más numerosas y
extendidas que otras formas textuales como la in-
vestigación, el ensayo, etcétera.
- Se señala como un problema la falta de contem-
poraneidad entre “el hecho” que se narra y el mo-
mento de la narración.
- En el caso de Beatriz Sarlo, su preocupación está
centrada en los testimonios acerca de la militancia
social y política de los años sesenta y setenta, por-
que encuentra que estos relatos presentan una vi-
sión cerrada, heroica y poco crítica y refexiva acer-
ca de las prácticas de militantes y organizaciones.
- En este sentido, se insiste -tanto Sarlo como otros
académicos- en que hay una diferencia entre los
relatos acerca de la militancia social y política, y los
que podríamos denominar “relatos del horror”. Los
segundos tendrían una prerrogativa especial.
Las reservas consignadas son atendibles en la me-
dida en que con ellas se reivindica la tarea crítica.
Sin embargo, es posible recuperar argumentacio-
nes en un sentido contrario. En tal sentido, a dife-
rencia de quienes temen que los relatos en prime-
ra persona obstaculicen la comprensión del pasado
reciente, se estima que la multiplicación de narra-
ciones testimoniales sobre los años setenta puede
ser un elemento indispensable en la reconstruc-
ción crítica de la experiencia de ese pasado. Dicho
de otro modo, constituye un basamento desde el
cual partir, propiciando la aparición de otras voces
que las tengan como interlocutoras y enriquezcan
el campo de memorias en conficto. En todo caso,
que un tipo de relato -por caso, el testimonial- se
convierta en el hegemónico no depende sólo de él,
sino de la presencia o ausencia de otros modos de
acercarse al pasado.
Es necesario insistir en la relevancia de lo testi-
monial para la comprensión de un fenómeno so-
cial particularmente delicado como lo es la violen-
71
cia política. En primer lugar, porque el testimonio
es más que el relato de la vivencia que realiza
un sujeto que “ha sido protagonista” y que por
el simple hecho de haber “estado allí” transmite
sus recuerdos íntimos y personales, adheridos a
la percepción sensible. En lo que se transmite al
narrar lo vivido hay siempre una interpretación,
en donde el pasado que se recuerda aparece de
otros modos: lo que se denomina transmisión de
la experiencia y se adjudica sólo a quienes estu-
vieron presentes, es una elaboración retrospecti-
va de la misma presencialidad.
Segundo, y estrechamente vinculado con lo an-
terior, porque en el testimonio nunca hay un solo
sujeto (un sujeto en soledad). Se narra para al-
guien, se narra con alguien. En otros términos,
toda narración, por más personal que sea, contiene
diferentes destinaciones, interlocuciones y fuentes:
el recuerdo no es “propio” sino construido entre
muchos, como el discurso. Por último, porque la
distancia temporal entre los hechos relatados y el
momento en el que se los relata suma experiencias
e interpretaciones propias de otras temporalidades.
Los límites que presentan los relatos testimonia-
les no están en la aparición de un yo subjetivo,
de una primera persona que se pondría al des-
nudo mientras se desliza por los detalles exis-
tenciales a la hora de contar la historia, sino en
la lectura, la interpretación que se hace de ellos,
el uso del propio relator, el que hacen otros. En
todo caso, es un problema epistemológico y no
ontológico; la tarea fundamental consiste, por lo
tanto, en la escucha.
Además es necesario decir que quienes asocian la
memoria a la idea de una repetición mecánica de
un relato ingenuo que no hace más que acumular
detalles, tal vez olviden que nada indica que los
modos de escritura propios de las ciencias socia-
les y las reglas de los saberes disciplinarios sean,
en sí mismos, garantía de mayor criticidad. ¿Aca-
so la academia -en particular el caso argentino-
se ha destacado por abordar temas candentes de
manera crítica?
En los testimonios siempre hay más de lo que se
dice; incluso es posible encontrar refexiones y au-
tocríticas de las propias prácticas. Se trata sobre
todo de saber escuchar, de dar tiempo y luego de
saber leer. Esto es así porque en tanto está desfasa-
do temporalmente de los sucesos a los que refere,
incorpora elementos de la experiencia de los años
posteriores. Y sobre todo, se basa en los relatos
de otros. Citando libremente a Agamben (1998),
se puede decir que es un testimonio que refere a
la vitalidad de aquello que no puede ser archivado,
que habla en nombre propio y también en nombre
de quienes no lo hacen o no pueden hacerlo. En
este sentido, es clave su elección: decide leer, a
través de los relatos de lo que sucedió en los cen-
tros clandestinos de detención, la “realidad propia”.
Un testimonio ejemplar
Es relevante recuperar un fragmento del testimo-
nio de Alicia Sanguinetti. Se trata de una militante
del Partido Revolucionario de los Trabajadores que
72
integró el Ejército Revolucionario del Pueblo. En su
testimonio relata pacientemente las formas que
asumió el compromiso militante, los ideales que la
animaban y el modo en que la organización indi-
caba cómo proceder en la vida personal. La noción
de sacrifcio, la imagen de una maternidad que se
fusionaba con la militancia y el poner todo al servi-
cio de la revolución son algunos de los tópicos que
recorre. El compromiso con la revolución es excesi-
vo, aparece como un abuso, en relación a cualquier
idea de cuidado de sí. El borramiento del sujeto en
el grupo, y la supervivencia en el colectivo, en el
caso de que sobrevenga la muerte, aparecen como
un mandato, el único posible si se quiere, el de ser
fel al ideario revolucionario:
“Evidentemente la pareja, era un compañe-
ro militante. O sea, no había posibilidad de
otro tipo de pareja. Porque si empezabas a
hacer una pareja con una persona que no
era militante, o él se integraba a la organi-
zación o vos tenías que irte, porque no ha-
bía posibilidad. No había términos medios.
- ¿Conociste casos así?
- Mirá, yo los casos que conocí, se inte-
graban a la organización. No sé de com-
pañeras que… o de compañeros que hayan
dejado de militar, porque tu vida de rela-
ciones era, era prácticamente el partido, no
tenías mucha posibilidad de hacer otro tipo
de vida afuera.
Mi pareja era con un compañero que era
militante. En ese momento nosotros es-
tábamos con la flosofía de crear la pareja
militante, la familia militante, lo que sig-
nifcaba juntarse o casarse, tener chicos y
criar a los hijos dentro de la militancia. En
ese momento, por ahí no tomando mucha
noción de lo que venía… de la posible re-
presión, la posible pérdida de los padres,
ese tipo de cosas.
- Criar a un hijo en la militancia supone en
que uno está pensando en la militancia a
largo plazo…
- Sí
- Quince años, veinte años…
- Y sí, lo que te lleve la vida o lo que el
enemigo te permita mantenerte con vida.
Porque ya estaba en ese momento el cri-
terio de formar el hombre nuevo y dentro
del hombre nuevo nuestros hijos iban a
ser los hombres nuevos del mañana. Pero,
bueno, también dentro de eso nos hemos
mandado muchas cagadas. Especialmen-
te en muchos casos, posponer, priorizar la
militancia al chico, hacerles vivir, a veces,
grandes inseguridades. O sea, la inseguri-
dad existía, pero, además, dentro de esa
inseguridad hacer cosas más inseguras to-
davía. Estarlos cambiando de casa en casa
y una cantidad de cosas con el criterio de
que vamos a hacer la revolución, vamos a
tomar el poder y los chicos que lo banca-
73
ran. Y no es tan así. Uno a la distancia ve
hoy que ha hecho grandes macanas con el
tema de los chicos.”
9
El pasado y el presente
El fnal crítico del fragmento de Sanguinetti es un
ejemplo, no más que un ejemplo, de algo que se
repite en muchos testimonios, tal vez en la ma-
yoría. Constituye una escena donde los discursos
sobre el pasado se tensan. Se trata de formas de
aparición de relatos testimoniales, de primeras per-
sonas desobedientes a los mandatos instituidos. En
tanto desfasado temporalmente de los sucesos a
los que refere, incorpora elementos de la expe-
riencia de los años posteriores. Como éste, muchos
testimonios, hablan desde sus presentes, asumien-
do el pasado de manera descentrada.
No propongo una polarización binaria entre do-
cumento y testimonio, para el caso, a favor del
segundo. Sólo quiero señalar que en muchas
ocasiones los documentos permiten una lectura
ordenada pero a la vez limitada de la producción
de estas organizaciones, un análisis sociopolítico
que delinea los aspectos centrales del programa
y de las acciones.
Sospecho que las escenas producidas por las narra-
ciones personales abren fsuras, en algunas ocasio-
nes porque contrastan con lo que dice la letra impre-
sa, en otras porque permiten que la memoria se em-
barulle con culpas y deseos. En todo caso producen
una apertura hacia el presente y el futuro porque
habilitan los canales para discutir otras cuestiones
que se vinculan con la pervivencia del pasado en el
presente, como por ejemplo, la cuestión clave de
la responsabilidad (véase la Parte III de este libro).
Ciertamente, el tipo de testimonio al que me refero
puede ser encontrado en diferentes tipos de pro-
ducciones. En ocasiones se trata de escuchar con
atención a los actores
10
. Pero cuando el tiempo es
más lejano o éstos no están disponibles, se puede
apelar a otras formas del testimonio, que sostienen
de modo diferente la potencia de la primera per-
sona. Después de todo, el hablar en nombre pro-
pio tiene muchas formas y que el archivo nunca
es sufciente es algo que saben los investigadores
que hacen del pasado su teatro de operaciones. No
se trata de confanza ni de desconfanza en la pri-
mera persona, se trata simplemente de una cierta
convicción de considerar que en la repetición está
la diferencia y, en consecuencia, que al relatar, al
argumentar sobre los hechos vividos, el yo que na-
rra en tanto sujeto de la enunciación no repite me-
cánicamente una y otra vez lo mismo, sino que se
9 Memoria Abierta, Testimonio de Alicia Sanguinetti, Buenos Aires, 2002. Alicia nació en 1945. Integró el PRT–ERP.
Estuvo presa desde 1970 y hasta el 25 de mayo de 1973. Tras su liberación continuó militando clandestinamente hasta
1977. Su compañero y padre de su hijo, también miembro del ERP, fue secuestrado en noviembre de 1974 y permanece
desaparecido. Alicia es fotógrafa y militante del movimiento de derechos humanos.
10 La imagen predominante del testimonio como esa producción en la que los actores relatan sus experiencias no nos
debe hacer olvidar, como dice Paul Ricœur, el comienzo testimonial de todo documento y la reserva de testimonialidad que
en éste se conserva.
74
desplaza, está cada vez en otro lugar. En tal senti-
do, es importante señalar que ese nuevo ángulo se
presenta más allá de la voluntad del testigo en lo
que dice sin querer decir y también en lo que cier-
tas palabras nos traen de lo indecible.
Cito nuevamente a Calveiro: “la conexión del
testimonio con la memoria es poderosísima.
Sin embargo, no podemos entender la memoria
social como una suerte de ´banco´ de recuerdos,
testimoniales o de otro tipo. La memoria social
es algo vivo que se transforma y se practica
colectivamente, en susurros o a los gritos.
Comprende los testimonios pero los rebasa con
mucho” (Calveiro, 2009).
Nietszche decía: “Sólo lo que no deja de herir
permanece en la memoria”. Y en este sentido, no
se puede dejar de señalar que las memorias de los
proyectos de cambio que muchos quisieron construir
en los ‘60 y ‘70, el testimonio de esas expectativas
de futuro, de los anhelos, reclaman una deuda que
no es con el pasado sino con el futuro de nuestras
sociedades, con las luchas políticas actuales.
Las voces presentes en el Archivo Oral de Memoria
Abierta componen un conjunto heterogéneo y
fragmentario que da lugar a distintas formas de
montaje y desmontaje del pasado. Pero a la vez, nos
recuerdan que testimonio y memoria no son sólo
objetos del pasado. Nos permiten leer el presente,
con su realidad dolorosa, en nuestro propio país sin
ir más lejos, el caso Jorge Julio López, la situación
en las cárceles, las deudas interminables con los
más postergados.
75
3. La experiencia del programa Jóvenes y Memoria
Sandra Raggio y Samanta Salvatori
En una ya célebre conferencia en París, Yerushal-
mi (1989) distinguía, citando a los griegos, entre
mnemne y anamnesis. Mientras que la primera, de-
cía, refere al relato transmitido sin interrupciones
entre las distintas generaciones, como parte del
continuum identitario y por tanto inmune al olvido;
la segunda se vincula con el trabajo de recuperar
del olvido lo no trasmitido en la cadena intergene-
racional; se trata de la reminiscencia.
Una de las consignas que unifcan a las políticas
de la memoria, ese conjunto de iniciativas que dis-
tintos agentes proponen en torno a la elaboración
social de las experiencias pasadas, es sin duda el
mandato de lucha contra el olvido. Recordar es el
sinónimo de no olvidar. La escuela es llamada una
y otra vez para cumplir con el mandato. Siendo un
espacio público donde acuden las nuevas genera-
ciones a recibir los saberes acumulados por sus an-
tecesores, parece ser el lugar más propicio para la
transmisión del pasado.
Sin embargo esto no es nuevo para la escuela. La
incorporación de la enseñanza de la historia tuvo
el propósito de dar a conocer un relato del pasa-
do a los nuevos miembros de la “comunidad na-
cional”, precisamente en el momento en que se
“imaginaban”, en términos de Benedict Anderson,
o “inventaban” en los de Eric Hobsbwam, las nacio-
nalidades. Desde distintos espacios curriculares –la
lengua, la geografía, la historia, el civismo- y dife-
rentes rituales escolares, la escuela estuvo ligada
a la transmisión de la mnemne -diría Yerushalmi- y
así, a la preservación de la identidad nacional.
Las efemérides han sido esa forma de gestión del
pasado por parte del estado. Allí el poder político ha
defnido qué es lo que se debe recordar y transmitir
a las nuevas generaciones desde el mismo momen-
to en que ingresan al sistema escolar. Los actos
patrios, que año a año se realizan en las escuelas,
junto con los símbolos nacionales que se aprenden
a respetar, fortalecen la noción de continuidad de
la comunidad a lo largo del tiempo. Durante mucho
tiempo, la idea de nación se fraguó en el mito de
una argentinidad defnida en términos esencialistas
e inmutables.
La última dictadura militar llevó al extremo esta
apelación identitaria. En nombre de la nación fun-
damentó el aniquilamiento de miles de personas
consideradas “apátridas” y “elementos disolventes
de la identidad nacional”. Así, sin quererlo, produjo
una ruptura en esta idea de continuidad. Por otro
lado, impuso el silenciamiento de las violaciones a
los derechos humanos que el régimen militar come-
tía en el accionar cotidiano, y estableció mediante
la censura y el control aquello que no se podía decir
o contar.
76
La resistencia que emergió en aquel contexto, prin-
cipalmente del movimiento de derechos humanos,
generó un campo de disputa en torno a aquella
apelación identitaria -en tanto instrumento de le-
gitimación de la represión- como así también a la
política de silenciamiento y olvido.
La memoria fue así un espacio de oposición al ré-
gimen. Las denuncias de lo oculto, la puesta en
evidencia de lo clandestino, el testimonio sobre lo
silenciado fueron prácticas esenciales de la resis-
tencia. Enunciada en términos de búsqueda de la
verdad y luego en el reclamo de justicia, la memo-
ria se hizo presente en aquellos estandartes donde
las Madres presentifcaban a sus hijos ausentes a
través de sus fotografías.
Desde aquellos tiempos hasta el presente la me-
moria se ha convertido en un espacio de elabora-
ción social de las experiencias del pasado reciente
y un espacio de resistencia al borramiento de las
violaciones a los derechos humanos. En este senti-
do, fue un trabajo de reminiscencia, de anámnesis.
Los distintos gobiernos democráticos que siguieron
a la dictadura impulsaron políticas para redefnir
ciertos contenidos curriculares y también rituales
escolares de cara a los nuevos imperativos de la
democracia. Los derechos humanos fueron defni-
dos como contenidos transversales de la educación
e incluso también se generaron espacios curricula-
res específcos, como es en la provincia de Buenos
Aires la materia de derechos humanos en el nivel
secundario. La historia reciente es parte de la cu-
rrícula de las ciencias sociales y en los manuales
escolares la temática es abordada con recurrencia.
Las efemérides han cambiado. El 16 de septiembre
(que recuerda la “Noche de los lápices”), el 2 de
abril (que conmemora la Guerra de Malvinas) y el
24 de marzo son parte, desde diferentes momen-
tos, de la secuencia de actos escolares. La situa-
ción difere en cada jurisdicción aunque en ningún
caso el tratamiento de estos temas está proscrito ni
mucho menos. El contexto actual sin dudas se ca-
racteriza por una fuerte impronta del Estado en la
defnición de las políticas de la memoria. Tal como
lo indica la nueva ley de educación, forman parte
de los contenidos curriculares:
“El ejercicio y construcción de la memoria co-
lectiva sobre los procesos históricos y polí-
ticos que quebraron el orden constitucional
y terminaron instaurando el terrorismo de
Estado, con el objeto de generar en los/as
alumnos/as refexiones y sentimientos demo-
cráticos y de defensa del Estado de Derecho y
la plena vigencia de los Derechos Humanos”.
¿Cómo ha abordado la escuela estos desafíos? A
pesar del quiebre en la transmisión que ha signi-
fcado la dictadura y los nuevos imperativos de la
educación, la escuela aún hoy se sigue debatiendo
entre este reconocimiento de la ruptura y las formas
más tradicionales de gestión del pasado, donde aún
susbsisten, sobre todo en los rituales, imágenes de
una identidad nacional esencialista, ligada al afrma-
ción de un territorio, al relato de un pasado épico y a
símbolos inmutables. ¿Cómo se transmite entonces
una experiencia que no está compuesta por gestas
heroicas triunfantes ni recuerda hechos gloriosos?
77
La transmisión del pasado reciente a las nuevas
generaciones convoca a revisar ciertas prácticas y
tradiciones y enunciar nuevas preguntas: ¿Cómo se
cuenta un pasado que pone en cuestión a la propia
comunidad nacional? ¿Cómo se narra el extermi-
nio de un grupo nacional por parte del estado y en
nombre de la Patria sin poner en cuestión a la mis-
ma identidad? ¿De qué manera se responde ante la
inquietante pregunta sobre “cómo pudo suceder”
que ya formulara Hannah Arendt refriéndose a la
Shoá? (Arendt, 1999).
Los hiatos y silencios que muchas veces se perci-
ben en las instituciones escolares en torno al tra-
tamiento del pasado reciente remiten a estas pre-
guntas. Pues la escuela no habla en nombre de las
víctimas sino del estado y de la propia comunidad,
que aún se debate sobre los signifcados de aquella
experiencia. Son preguntas que vuelven sobre no-
sotros mismos como sociedad, que nos interpelan.
En la escena escolar los maestros y profesores son
los portavoces de la transmisión hacia los jóvenes.
Deben contar lo que en la casa no se cuenta, lo que
en el barrio no se habla, en tanto son quienes han
sido delegados por el estado democrático para cum-
plir esta función. Aunque haya numerosos agentes
estatales o sociales que desarrollan esta tarea, ellos
son los que universalizan este deber de memoria o
-dicho en otros términos- este derecho a la memoria.
Aún así, lejos estamos de formular como sociedad
un relato consensuado sobre el pasado, lo cual no
es una mala noticia sino una evidencia clara de que
somos parte de una comunidad heterogénea, con-
fictiva y plural, donde conviven y disputan diferen-
tes identidades sociales y políticas. Sólo un estado
totalitario transmite un discurso monolítico sobre la
historia. Por tanto, más allá de un piso común de
acuerdo que se base en el reconocimiento de la ocu-
rrencia de ciertos hechos, como la desaparición for-
zada de personas, la existencia de un sistema clan-
destino de represión, entre tantos otros; la interpre-
tación, valoración y signifcación de los hechos será
plural e incluso contradictoria. Salvo que se abogue
por un uso instrumental del pasado por parte del
estado, se debería propiciar que así sea. Ya se ha
dicho más de una vez que la memoria es un cam-
po confictivo donde se expresan diferentes senti-
dos con respecto al pasado, posicionamientos sobre
el presente y distintas expectativas de futuro. Sin
embargo, el pasado es irreparable y esto es lo que
constituye a la memoria en algo inconcluso, provi-
sorio, que fuga de los intentos de poner punto fnal.
La transmisión del pasado reciente responde a una
demanda de justicia más allá de la adjudicación de
responsabilidades penales y las condenas a los cri-
minales. Requiere de algo más que saber lo que
pasó. Supone un espacio de habla y escucha que
no se reduce a la transferencia de un relato. He
aquí entonces la relevancia de pensar la transmi-
sión como anamnesis, al permanente trabajo de
rescate de lo que no ha sido narrado y corre el ries-
go de ser destruido. La interrogación es la clave de
esta transmisión donde las nuevas generaciones,
en el ejercicio de su derecho a la memoria, pre-
guntan con libertad acerca de lo acontecido y lo
vuelven actual.
78
La escuela en sí debería ser el lugar de esta inda-
gación profunda, más que del despliegue de ritua-
les y relatos que intentaran suturar las heridas.
El daño es irreparable. La memoria, como remi-
niscencia, será aquel espacio donde el reclamo de
justicia por los ausentes siga vigente.
El Programa Jóvenes y Memoria para escuelas se-
cundarias que impulsa desde el año 2002 la Comi-
sión Provincial por la Memoria de Buenos Aires
11
,
persigue el objetivo de una transmisión abierta a la
pregunta y a la resignifcación, donde se genere un
espacio en que los nuevos miembros de la sociedad
puedan apropiarse de la experiencia heredada de sus
mayores, como legado y como deuda pendiente. Así
grupos de estudiantes proponen un tema de inves-
tigación sobre la historia de su comunidad. A partir
de sus interrogantes, entrevistan a los protagonis-
tas, escrutan archivos, relevan información y fnal-
mente expresan sus conclusiones a través un relato
que toma distintas formas: una película, una obra
de teatro, un mural, un sitio web, entre otros. En el
trabajo de los jóvenes emerge el conficto, el hiato, lo
silenciado, así como también la voluntad de transmi-
tir. El pasado recrea al presente, lo sitúa en la larga
duración, hacia atrás y hacia el porvenir. Al mismo
tiempo, la historia se reelabora a partir de la mirada
retrospectiva anclada en la experiencia del hoy. En
cada proceso de investigación los grupos recorren el
tiempo, de adelante hacia atrás y viceversa. Vuelven
las preguntas que las generaciones anteriores for-
mularon: qué pasó, por qué pasó. El relato vuelve
a empezar. Pero las respuestas pueden ser otras, o
recrear las que han sido dadas o descubrir el olvido.
Algunas refexiones sobre la experiencia
en el programa Jóvenes y memoria
12
La fgura del desaparecido fue desde un principio la
que se constituyó como exponente de la dictadura
en Argentina, la evidencia más clara de la implan-
tación del terrorismo de Estado. Ahora bien, como
toda categoría social, no hay una sola defnición
sobre la desaparición, sino varias, y esto tiene rela-
ción con las representaciones que se han construi-
do desde los familiares y organismos de derechos
humanos, como las elaboradas por el Estado a par-
tir de las normativas y leyes sobre el tema (Da Sil-
va Catela, 2001: 154). Estas diversas maneras de
pensar, crear y reelaborar el sentido de la desapa-
rición entran en juego en el proceso de transmisión
de la memoria a las nuevas generaciones.
En el marco del programa Jóvenes y Memoria, las pre-
guntas que se hacen los jóvenes sobre cómo fue vivi-
da la dictadura militar en sus localidades, qué sucedió,
cómo era la cotidianeidad en esos años, se transforma
de inmediato en la interpelación por los desapareci-
dos: ¿Hubo desaparecidos? ¿Quiénes eran? Y junto a
estas preguntas, hay otra: “¿La gente habla de ellos?”.
11 El Programa se realiza en toda la provincia de Buenos Aires y está destinado a escuelas secundarias. Para más
información consultar www.comisionporlamemoria.org/investigacionyenseñanza.
12 Este apartado forma parte de un trabajo presentado, junto con Macarena Ordenavía, en el congreso de la Latin
American Studies Association (LASA) realizado en 2009.
79
En el año 2003 presentaron un proyecto los alum-
nos y docentes de la EEMNº 1 de Los Cardales,
una pequeña localidad de la provincia de Buenos
Aires. En el pueblo había un relato sobre la dictadu-
ra: ‘Acá no pasó nada; en este pueblo la dictadura
pasó de largo, esas cosas pasaban en Buenos Ai-
res, en La Plata”. Los chicos decían ante este relato
“En Los Cardales, la dictadura es como un agujero
negro, no existió, no existe. En la escuela, pasamos
del peronismo a la actualidad, y si le preguntás a
la gente del pueblo, te dice siempre: ´¿Acá? Acá
no pasó nada´”. En los inicios de la investigación
los jóvenes salieron con la cámara en mano, reco-
rrieron el pueblo y preguntaron a sus vecinos qué
sucedió en Los Cardales. En todos los casos la res-
puesta era el silencio: señoras que se escondían,
puertas que se cerraban, comerciantes que se que-
daban callados. Insatisfechos con las respuestas de
los adultos, una tarde de domingo armaron en la
única plaza del pueblo “el stand de la memoria” y
pusieron una urna con papelitos para que la gente
que pasaba escribiera algo. Esta iniciativa ayudó a
hablar al padre de uno de los chicos: él había visto,
escondido en una zanja, el secuestro de Norberto,
un joven que en el año 76 tenía 16 años.
Al relato existente del “acá no pasó nada”, los
alumnos no sólo incorporaron a Los Cardales como
parte de la Historia, -“la dictadura había pasado
también por allí, en el pueblo también tenían un
desaparecido”- sino que a su vez se enfrentaron al
silencio de los adultos que durante más de veinte
años había “olvidado” a Norberto. Allí presentaron
a dos protagonistas principales de esta historia:
Norberto y el silencio.
El olvido y el silencio son parte constitutiva de la
memoria, pero cuando la impronta del lenguaje se
pone en acto por sobre lo no dicho, lo que fue ocul-
tado, el relato anterior se desarticula y aquí, en
este caso, la fgura de Norberto se confgura como
dispositivo cuestionador de lo que fue callado. La
dictadura militar pasó por Los Cardales y siguió
estando presente en la propia oclusión del hecho.
A partir de la investigación realizada, se presenta
un nuevo relato en el pueblo y es la fgura de un
desaparecido la que se erige para pensar la dicta-
dura. Sin familiares que hablen de él, la dimensión
de lo privado se desvanece y los chicos encuentran
apenas algunos indicios y pistas. Un vacío que se
llena con nuevas preguntas que necesariamente se
articula con la dimensión fccional de la memoria;
se compone la identidad de Norberto en el mismo
proceso de apropiación de la misma. El documen-
tal realizado por los alumnos representa a Norberto
como un joven más de Los Cardales, que había ido
a la misma escuela que ellos, había recorrido las
mismas calles. La reinvención del desaparecido se
establece desde lo propio, desde el presente de los
jóvenes de Los Cardales. Un presente que cuestio-
na el silencio, sin lograr quizás comprender las dife-
rentes dimensiones del mismo, y cómo las huellas
de los miedos pueden sentirse aún hoy en los actos
de la vida cotidiana.
Elegir investigar sobre la vida del desaparecido o
desaparecidos de la localidad, construir una bio-
grafía sobre ellos para hablar del pasado, no sólo
tiene que ver con cómo ha sido abordado el tema
durante muchos años en la Argentina, sino tam-
bién se relaciona con la búsqueda de los chicos de
80
una empatía: el ser joven, el ser estudiante, el ser
alumno de la misma escuela, el haber transitado
las mismas calles de su pueblo. El ser casi como
ellos. En este sentido, una de las búsquedas más
fuertes sobre “el desaparecido que investigan”, se
refere a la dimensión privada. Es decir, a partir de
los testimonios de sus amigos y anécdotas familia-
res, indagan en los recuerdos sobre la vida cotidia-
na, los gustos, las costumbres; en esos relatos que
lo describen como “joven o adolescente común”. Y
es en estos lugares donde encuentran elementos
para acercarlos, para construirlos como “jóvenes
como ellos”, en donde el proceso de apropiación e
identifcación con esos otros se produce de manera
más fuerte y directa.
Pero también este proceso implica pensar en todo
lo que ellos -los adolescentes- no son, o creen no
ser. Los jóvenes se defnen a ellos mismos como
generación despreocupada, individualista, sin pro-
yectos, opuesta a aquellos militantes con ideales,
a quienes consideran comprometidos con una so-
ciedad que querían transformar. En este sentido,
la fgura del “joven desaparecido” permite un do-
ble juego: el de identifcación/igualación y diferen-
ciación (Hall, 2003: 18). En el vínculo –inheren-
te- entre identidad y memoria, los jóvenes deben
posicionarse ante los otros –adultos o pares-, def-
niéndose, estableciendo un discurso, y la fgura del
desaparecido emerge como nexo entre ese pasado
–confictivo y doloroso- y el presente. En los relatos
sobre la dictadura –en los heredados y en el intento
de realizar los propios- es que surgen las preguntas
sobre cómo han sido representados los jóvenes en
nuestra sociedad y cómo éstas construcciones re-
percuten en el interrogante sobre cómo nos repre-
sentamos a nosotros mismos, en un proceso que se
vincula más con el devenir que con el ser.
La “víctima inocente” y el héroe
Como se planteó anteriormente, la fgura del des-
aparecido es construida a partir de modalidades
narrativas que se han moldeando socialmente jun-
to con las nuevas formas que los jóvenes encuen-
tran para poner en juego. Una construcción que los
jóvenes utilizan para pensar la dimensión política
de los desaparecidos es la fgura del héroe. En una
entrevista realizadas en 2006, algunos alumnos del
programa ante la pregunta por quiénes son los des-
aparecidos, decían:
“Básicamente los desaparecidos militantes
en mi vida son muy importantes. Yo milito en
un partido político y son referentes claves,
para mí hoy en día”.
“El hecho de defender un ideal hasta las úl-
timas consecuencias, hasta la muerte inclu-
sive, creo que es un ejemplo tengas el ideal
que tengas, defenderlo a ultranza. Y jugarte
todo por eso. Y desde ese punto de vista, son
un ejemplo para cualquiera”.
“Si tenían que dar la vida para… no sé. Si
venían y les decían ‘si vos te morís la revo-
lución se concreta’, bueno a los chabones no
les importaba”.
81
Volviendo a la idea de construcción identitaria, la
fgura del héroe se vuelve necesaria en tanto cons-
tituye también ese espacio de diferenciación: “como
joven de hoy, no doy la vida por un ideal, tengo mie-
dos, no soy un ejemplo”. Y a la vez, el héroe plan-
tea un “querer ser”: ser un militante comprometido,
tener ideales, ser valiente, ser parte de la Historia.
Cuando los jóvenes piensan en sus héroes -en “sus
desaparecidos”, en este caso-, muchas veces se les
difculta pensarlos como pertenecientes a una or-
ganización armada. En las entrevistas expresaron:
“Yo hice una entrevista a mi tía que estu-
vo con los Montoneros cuando tenía 17 años
más o menos. Empezó a ir a charlas con ami-
gas… pero no, no se metía mucho, simple-
mente escuchaba, iba a recitales”
“En el caso de nuestros desaparecidos mili-
taban en asociaciones, pero nunca hubieran
llegado a tomar las armas. Desaparecieron
por el sólo hecho de simpatizar con esa ideo-
logía. Ellos en lo único que se interesaban
era en sus familias, por el bienestar de sus
seres queridos, por lo que creían que era me-
jor para la sociedad”
“Algunos llegaron a tomar las armas, pero… bue-
no, eso era otro tipo de militancia”
Aquí emerge un relato casi hegemónico, sobre todo
en los primeros años de la democracia, que excluye
la dimensión política de los desaparecidos: la na-
rrativa de víctima inocente. El joven desaparecido
es representado como un adolescente abocado a
las reivindicaciones estudiantiles o que simplemen-
te colaboraba con programas sociales, pero muy
alejado de las organizaciones que proyectaban un
cambio social bajo los ideales revolucionarios de la
época. Sin embargo, algunas investigaciones rea-
lizadas en el Programa rompen con esta lectura;
establecen una forma de pensar ese pasado que
no desconoce la acción militante de los jóvenes de
los 70, ni utilizan la condición de inocente asociada
a la desaparición. Ya no sólo intentan la necesaria
construcción de un relato biográfco familiar, sino
que la búsqueda se dirige hacia el testimonio de los
compañeros de militancia y sobrevivientes. Estos
comienzan a tener voz y posibilidad de escucha.
En una producción audiovisual realizada por alum-
nos del Liceo “Víctor Mercante” de la UNLP presen-
tado en 2006, es fccionalizada la vida cotidiana de
un grupo de militantes de la organización Montone-
ros. Las armas están presentes en diferentes mo-
mentos -arriba de la mesa, junto al mate, entre las
charlas, los papeles- y se componen de una forma
naturalizada en el día a día de la convivencia de
este grupo. Los alumnos representan en este relato
un operativo de las Fuerzas Armadas llevado ade-
lante en esa casa (sobre el conocido caso Mariani-
Teruggi), recreando el acontecimiento en donde los
habitantes del lugar resistieron con el uso de armas
de fuego. Son los chicos quienes actúan en esta
fcción, quienes a partir del “poner el cuerpo” se
involucran y sostienen otras preguntas: ¿Quiénes
eran? ¿Por qué las armas? ¿Mataron? ¿Por qué lo
hacían? Interrogantes que imponen, tanto a nivel
generacional como para el espectador, el debate
necesario sobre la violencia política.
82
La denuncia del horror
En estas nuevas construcciones sobre héroes y víc-
timas presentadas en los trabajos realizados en las
escuelas, no sólo se visualizan nuevos modos de
contar a los desaparecidos, sino también aquellas
formas residuales que continúan perpetuándose
sobre estas representaciones. Lo heroico connota
una fuerza moral, de justicia, que resulta inalcan-
zable; y la “víctima inocente” nos iguala como ciu-
dadanos y nos deja tranquilos. “Somos inocentes
como las víctimas, y los héroes son aquellos que
defendieron los ideales con la vida”. Enaltecer la
fgura del héroe o de la “víctima inocente”, oculta
la discusión sobre los principios defendidos por el
héroe, los debates y compromisos políticos y socia-
les; y desdibuja las responsabilidades tanto de la
sociedad de aquel momento como del Estado.
Entonces, ¿qué es lo que queda por fuera de estas
memorias? ¿Para qué nos sirven estos relatos en
las apuestas por un futuro? ¿Qué es lo que no de-
bemos olvidar?
Un grupo de alumnos de Bahía Blanca, intenta una
respuesta a estas preguntas. Ponen en el eje de
la discusión que no solamente no hay que olvidar
a quienes fueron secuestrados, torturados y asesi-
nados, sino el acto de la desaparición como crimen
y al Estado como ejecutor. En 2008, estos jóvenes
realizaron un documental sobre un episodio que es
llamado “La noche de los lápices en Bahía”. Allí se
sucedió el secuestro de 16 alumnos de la Escuela
Técnica Nº 4. En un principio de la investigación se
planteó el por qué de los secuestros y se estable-
cieron hipótesis en búsqueda de respuestas. Una
cámara en mano, en permanente movimiento que
sólo establece un campo visual de los pies de un
joven, realiza el recorrido de un estudiante que sale
de la escuela, es secuestrado y llevado a un centro
clandestino. En tanto, se escuchan fragmentos de
testimonios de quienes vivieron la experiencia; los
sobrevivientes se preguntan y repreguntan el por
qué de los hechos. Pero el recorrido llega a un pun-
to, hasta donde no hay más respuestas. Todo re-
trocede: la investigación, las voces, las imágenes.
Y deciden empezar otra vez. La cámara enfoca pri-
meros planos de los alumnos con los ojos vendados
-esa imagen tan vista y reproducida de diferentes
maneras- y mientras se corren las vendas, una voz
en off interpela al espectador:
Sacarnos las vendas
Mirar, pero mirar bien
Preguntarse no es tan fácil como parece
Sacarse las vendas y preguntarnos, pero mi-
rando hacia donde están las buenas respues-
tas, “la que no nos autoengañan”.
Dejar de taparnos los ojos,
De decir “algo habrán hecho”
De preguntarnos “por qué les pasó a tales o
a cuales, si no estaban en nada”.
Dejar de cuestionar a las víctimas
83
No hay justifcaciones para el horror
Nadie se merecía más o menos la violencia
de la dictadura.
Simplemente nadie se la merecía
Sacarnos las vendas que nos pusieron hace
más de treinta años para hacernos creer que
participar, preguntar y expresar son verbos
peligrosos
Sacarnos las vendas de una vez por todas.
84
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87
Parte 3
Refexiones sobre
la responsabilidad
88
1. En torno a los problemas del consenso y la oposición
Daniel Lvovich
Desde hace años me preocupa el problema de la
aceptación, de la legitimación, del consenso a la dic-
tadura militar. En general, la pregunta por la acep-
tación es un interrogante que llega tarde respecto a
este tipo de regímenes; llega cuando una generación
nueva alcanza la vida adulta o madura intelectual,
cuando se modifca una serie de contextos políticos,
culturales e intelectuales que permiten interrogarse
sobre las cuestiones más incómodas.
Si en algo se está de acuerdo en el mundo acadé-
mico e intelectual es que la dictadura militar del
‘76 no es un paréntesis en la historia argentina,
sino que se vincula de múltiples maneras con la ex-
periencia histórica precedente. Tradiciones políticas
autoritarias, negación de los derechos del adversa-
rio, violencia política, parecen ser denominadores
comúnmente aceptados que desembocarían, de al-
gún modo, en la dictadura; aunque al momento de
pensar los orígenes y características de la violencia
no habría consenso de ninguna manera.
Los golpistas fueron criaturas de nuestra sociedad.
Pilar Calveiro señaló que sólo pueden existir cam-
pos de concentración en sociedades que eligen no
ver, afrmando, por ejemplo, que en Argentina la
previa admisión de la tortura como práctica habi-
tual fue una de las condiciones de posibilidad de la
tortura contra los presos políticos y de la política de
exterminio en su amplia difusión (Calveiro, 1998).
A la vez, se ha destacado que durante el tercer
gobierno peronista la ley fue progresivamente de-
jada de lado por el Estado, que desplegó distintas
formas de represión clandestina. La “masacre de
Ezeiza”, la acción terrorista de la Triple A, la exis-
tencia ya desde 1974/75 de campos de detención
clandestinos, casos de desaparición y el desarrollo
del golpe de Estado en dos provincias, fueron algu-
nos de los ejemplos más notorios.
Desde esta perspectiva, se aprecia cómo se agrava
el carácter represivo del Estado y también resulta
claro, como señaló entre otros Roberto Pittaluga,
que la ininterrumpida sucesión de hechos excepcio-
nales provoca que la excepción se haya convertido
velozmente en la condición normal en la Argentina
de los ‘70. Por eso queda claro que la dicotomía
democracia/dictadura, necesaria para dar cuenta
de otros aspectos de la historia de Argentina, se
revela impotente para brindar un marco conceptual
adecuado para la comprensión del proceso histórico
que estamos considerando (Pittaluga, 2008).
Es sabido que la dictadura desarrolló entre sus pri-
meras prácticas una verdadera caza al hombre vic-
timizando una parte de la población; pero sabemos
que, a la vez, recibió el callado o abierto respaldo de
distintos sectores. Mientras los grupos dominantes
buscaron en el ‘76 dar prioridad al restablecimiento
del monopolio de la coerción en los sectores medios,
89
en particular existió -como planteó Corradi- una de-
manda primitiva de orden y una disposición gene-
ralizada a suscribir un pacto hobbesiano o, por lo
menos, a respaldar la adquisición enérgica de poder
soberano por parte de la dictadura (Corradi, 1996).
Y, evidentemente, fue el contraste con los últimos
años del gobierno del tercer peronismo el que permi-
tió a la dictadura construir cierta legitimidad gracias
al apoyo de la sociedad o de parte de una sociedad
que suponía que ningún gobierno podía ser peor que
el derrocado, el de Isabel, y otorgó al recién instala-
do un consenso, caracterizado por Palermo y Novaro
como “difuso y reactivo” (Novaro y Palermo, 2003).
En este sentido resulta comprensible que amplios
contingentes sociales depositaran su esperanza en
un gobierno del que esperaban que instaurara el
orden y solucionara la crisis económica. El gobier-
no militar había desalojado a un régimen que ex-
tremaba algunos de los peores rasgos atribuidos
al peronismo: desorden administrativo, inefcacia,
discrecionalidad y autoritarismo. De tal modo, ante
el golpe del ‘76 una parte considerable de la pobla-
ción manifestó pasiva y silenciosamente su creencia
en que la recuperación del orden social dañado sólo
se podía dar en el marco de la dominación militar.
Sin embargo, el régimen militar de 1976 no logró
una nueva forma de legitimación, sino que se apo-
yó básicamente en la crisis de legitimidad del ré-
gimen civil precedente. Aunque eran reducidos los
grupos políticos y sociales dispuestos a un acom-
pañamiento activo del gobierno militar, un núcleo
social reducido pero infuyente (y que conoció des-
de el comienzo los métodos represivos empleados)
dio su pleno apoyo al régimen de facto. Entre ellos,
podemos enumerar a buena parte de la jerarquía
de la Iglesia Católica argentina en cuya cúpula con-
fuyeron la voluntad de eliminar la amenaza política
del nivel nacional con la de retomar el control inter-
no de una institución cuestionada por múltiples sig-
nos de disidencia desplegados en los años previos.
También tenemos que sumar en esta enumeración
a las principales organizaciones que nucleaban a los
grandes empresarios de la Argentina. Estos pueden
ser catalogados, sin duda, como sostenedores; en
muchos casos, cómplices del terrorismo de estado
dictatorial. Son conocidos los casos extremos de em-
presas que convocaron a las Fuerzas Armadas a sus
sedes y entregaron listas de los trabajadores que fue-
ron secuestrados y en cuyas sedes se establecieron
centros clandestinos de detención y tortura. Aún en
los últimos días de la dictadura las organizaciones que
ligaban al gran capital demostraron su lealtad a los mi-
litares entonces en desgracia. Tras la Guerra de Malvi-
nas, así lo manifestaron en una solicitada publicada el
21 de septiembre de 1983 y frmada, entre otros, por
la Sociedad Rural, la Bolsa de Comercio y el Consejo
Empresario Argentino. Como es sabido, buena parte
de la gran prensa de todo el país dio su apoyo casi
unánime al nuevo régimen; apoyo que sostuvo a lo
largo del gobierno militar. Y en el seno del movimien-
to obrero no dejó de emerger una línea dialoguista
que se ofreció para asesorar la intervención de la CGT.
Dentro de ellos, una minoría de los dirigentes sindica-
les fue abiertamente cómplice de los crímenes de las
fuerzas represivas; mientras, una mayoría, cayó ante
las persecuciones sufridas por los trabajadores.
90
Otros sectores consintieron la represión ilegal enten-
diendo que era típica de las dictaduras militares mos-
trándose dispuestos a aceptar restricciones pasajeras
a la libertad de acción. La modalidad de la represión,
a la vez visible e invisible, ofcial y clandestina, deter-
minó que las personas pudieran dar cuenta de la si-
tuación con un amplio margen para construir su inter-
pretación y para decidir ver o no ver, saber o no saber,
entender o no entender. Aunque resulte imposible dar
cuenta acabadamente de tal disposición, algunos tes-
timonios de la época permiten documentarlo.
En mayo de 1976 el periodista James Nielson afr-
maba en Buenos Aires Herald que “…muchas per-
sonas, por lo demás respetables, creen que los iz-
quierdistas, sean activistas tirabombas o idealistas
transmundanos, merecen la pena de muerte. No
exigen que eso se inscriba en el código penal pero
sí aceptan la muerte violenta de izquierdistas con
total ecuanimidad…” (Neilson, 2001: 15).
A su vez, las mismas características de la represión
difcultaban las posibilidades de comprender su ex-
tensión y profundidad. Resulta muy signifcativo al
respecto que hasta una organización de izquierda
y decididamente hostil al régimen como el Partido
Socialista de los Trabajadores, del que al menos un
centenar de sus militantes fueron asesinados por la
acción de la Alianza Anticomunista primero y luego
por el régimen militar, consideraba que los secues-
tros y las desapariciones eran atribuibles a bandas
de extrema derecha y no al gobierno del que se
esperaba que desenmascarara esos grupos sin au-
tor esclarecido. En 1977 este partido como otros
entiende el tipo de régimen que está enfrentando.
Mirando en particular el régimen político y los par-
tidos políticos, una forma de legitimación que ha
destacado Hugo Quiroga ha sido la existencia de un
sistema político que él llama “pretoriano”, es decir,
una normalización de la intervención militar cons-
truida a lo largo de cuarenta/cincuenta años pre-
vios de historia argentina. Dada esta normalización
y legitimación de la dominación militar, no resulta
sorprendente que, mientras los partidos políticos
conservadores otorgaran su total y abierto apoyo
al régimen militar, la UCR y el PJ se mostraran en
principio dispuestos a abrir un compás de espe-
ra que permitiera al nuevo régimen estabilizarse.
Quiroga es terminante al momento de señalar que
desde 1976 la intervención militar fue legitimada
por la casi totalidad de las formaciones políticas
mediante el reconocimiento del papel de las Fuer-
zas Armadas en la “lucha contra la subversión”, ya
que “esa fue la legitimidad de origen permanen-
temente invocada por la administración de facto”
(Quiroga, 1994: 492).
Una mirada desde abajo
Pero más allá de lo que conocemos sobre distin-
tas organizaciones políticas y sociales que dieron
su apoyo a la dictadura, me interesa pensar en lo
que los medios llaman la “gente”; y la historiografía
ha denominado en ocasiones “la gente corriente”.
No las grandes estructuras, sino las personas sin
responsabilidades institucionales y políticas. Si mi-
rado desde los partidos políticos u organizaciones
sociales es posible concluir que una parte de la so-
91
ciedad dio su respaldo con distintos matices a las
premisas fundamentales en las que se sustentaba
la dictadura –insisto: el punto nodal del régimen
político de legitimación de los militares en el poder
estaba dado por el apoyo del conjunto de buena
parte de los partidos políticos a la batalla ganada
por las Fuerzas Armadas en combate contra la sub-
versión- el desarrollo de una mirada desde abajo
resulta mucho más difcultoso. No se puede olvidar
al momento de intentar trazar un cuadro al respec-
to, la existencia de censura ni las orientaciones que
se hurgaban desde los partidos políticos, Iglesia y
organizaciones sociales, ni la amenaza del terror
estatal. También se debe tener presente que, como
ha sostenido Vezzetti, toda pregunta por la respon-
sabilidad de la gente corriente en situaciones extre-
mas implica referirse, en primer lugar, a aquellos
que los pusieron en esta situación (Vezzetti, 2002).
Una mirada impresionista podría optar por detenerse
en algunas imágenes que den cuenta de estas acti-
tudes sociales tan difíciles de captar y reducir a una
fórmula sencilla. Se podría hacer valer un impacto
de las interpelaciones gubernamentales denunciando
la campaña antiargentina, considerando la extraor-
dinaria aceptación del lema “los argentinos somos
derechos y humanos” adheridos en calcomanías en
parabrisas y ventanas; pero también se podría, en
contraste, apelar a las movilizaciones sindicales que
desde 1981 ocuparon las calles de las ciudades, o a la
gran cantidad de lectores de la revista Humor que a
partir del lenguaje satírico se constituyó desde el ‘78
en un referente de la oposición al régimen, primero
cultural y luego política. También sería posible inten-
tar descifrar los sentidos de las masivas movilizacio-
nes callejeras en las que no faltaron las expresio-
nes de respaldo al régimen militar desarrolladas en
ocasión del mismo mundial de fútbol de 1978 o por
la Guerra de Malvinas, o el signifcado que para sus
protagonistas tuvieron las multitudinarias peregrina-
ciones católicas que se multiplicaron desde 1976.
Sin embargo, estos recursos serían necesariamente
insufcientes dadas las difcultades para interpretar
las motivaciones de los actores en cada una de estas
situaciones. Las vías elegidas para intentar explicar
las actitudes de la población fueron otras. Algunos
estudios enfatizaron en la capacidad del terror es-
tatal para eliminar cualquier forma de resistencia,
oposición o disidencia. En particular, son los estu-
dios de los años de la primera transición. Otros tra-
bajos, como el de Corradi, canalizaron la lógica del
terror y no dejaron de señalar su carácter productor
de sujetos políticos que obedecen absoluta, pero vo-
luntariamente. Una tercera mirada, la de Calveiro,
señala que el temor o la complicidad no aparecen
como actitudes unívocas al explicar las conductas
como extrañas combinaciones de formas de obe-
diencia o formas de rebelión. Esta perspectiva per-
mite dar cuenta de la complejidad del fenómeno, y
se puede vincular a las observaciones que señalan
las difcultades para llegar a la noción de consenso
en situaciones de dictadura, por considerar que el
mismo difere en la relación existente entre gober-
nantes y gobernados en regímenes que permiten la
libre expresión de la voluntad individual y social.
En tal sentido, resulta altamente improbable o impo-
sible que el historiador logre diferenciar el consenso
tácito que supone aprobación de las prácticas esta-
92
tales de la aceptación de sus políticas desde el terror
o la resignación fundada en la falta de expectativas.
Difcultades similares pueden ocurrir con el análisis
de determinadas formas de disenso, oposición o re-
sistencia a las dictaduras de las que rara vez queda
registro y de las que la sutileza de sus señales e
indicios se tornan casi inaprensibles, ya que estas
prácticas rara vez producen acciones colectivas pero
pueden minar el consenso o la legitimidad de un ré-
gimen de un modo difícil de reprimir (Tarrow, 2004).
Los modos más activos de consenso y las formas
que sumió la complicidad resultan claramente iden-
tifcables, sobre todo en los casos de personas con
una activa participación pública y en instituciones.
Sabemos que el presidente de la Sociedad Rural,
el presidente del comité de algún partido o el obis-
po de tal diócesis resultaba más fácil considerarlo
cómplice, favorable u opositor.
En cambio, en relación a las percepciones y prác-
ticas de los actores individuales, Phillippe Burrin,
ha sostenido que el término de consenso simpli-
fca la complejidad de las actitudes hacia el poder
que habría que situarlo en una escala en torno a
dos nociones: la aceptación y el distanciamiento.
La primera comprende la resignación, el apoyo, la
adhesión; la segunda, la desviación, la disidencia,
la oposición (Burrin, 1988: 625). Lo más común y
frecuente en la realidad es encontrar en un mismo
individuo una mezcla de varias de estas actitudes.
Muchos trabajos académicos se concentraron en
las actitudes de oposición y disidencia. Hay toda
una amplia y muy rica gama de trabajos, por ejem-
plo, sobre resistencias obreras. Otros, por ejemplo
los dedicados a la historia de la Iglesia en este pe-
ríodo, dieron cuenta del apoyo y la adhesión a las
prácticas dictatoriales; pero pensando en los su-
jetos encuadrados o sin responsabilidades institu-
cionales, me parecen particularmente relevantes el
aporte de dos investigadores muy reconocidos que
suman a su prestigio la condición de haber sido ob-
servadores contemporáneos a la dictadura. Uno de
ellos es Guillermo O’Donnell (1997), que sostiene
que el control dictatorial sólo se pudo desarrollar
por la existencia de una sociedad que se patrulló a
sí misma, refriéndose a un grupo amplio de perso-
nas que voluntariamente se ocuparon activa y celo-
samente de ejercer sus propias pautas autoritarias.
El segundo es Hugo Vezzetti que dirigió su mirada a
la conducta de la gente corriente durante la dicta-
dura señalando que la Argentina fue una sociedad
más prudente que aterrorizada con una disposición
fexible hacia el régimen militar presente tanto en los
sectores empresarios, eclesiásticos y políticos que
obtenían benefcios tangibles de la dictadura como
las extensas capas medias que disfrutaban de la so-
brevaluación del peso. Se trata en su óptica de una
sociedad que en su amplia mayoría compartía, aun-
que fuera por una relación delegativa con los gue-
rreros, la visión básica de un antagonismo que sólo
podría resolverse por la aniquilación del enemigo. En
tal sentido, Vezzetti sostiene que la imagen de una
sociedad mayoritaria y permanentemente aterrori-
zada frente a la violencia extendida en la vida coti-
diana es el resultado de la construcción retrospectiva
alimentada por el viraje a un ánimo opositor cuando
la dictadura ya estaba derrotada (Vezzetti , 2002).
93
Ambas miradas abordan aspectos sombríos de la
vida social; aunque el tipo de perspectiva asumi-
da, si bien sugerente, no permite dar cuenta de
algunas preguntas centrales. ¿Quiénes formaban
estos grupos? ¿Cuáles eran sus adscripciones de
clase, sus identidades políticas, su distribución re-
gional? ¿Cuál era su proporción a la población? In-
vestigaciones recientes intentan dar cuenta de es-
tas preguntas desde perspectivas microanalíticas o
de historia local. El trabajo de Gabriela Águila, por
ejemplo, concentrado en el caso de Rosario analiza
desde distintos mecanismos las conductas, prácti-
cas y actitudes sociales de gente corriente (Águila,
2004). Otros son trabajos de microanálisis del es-
tado, a niveles municipales y provinciales, que con-
cluyen que si en ocasiones en el apoyo o adhesión
al régimen surgieron de entusiasmos militantes con
sus políticas, también se ha constatado que buena
parte de los cargos directivos fueron ocupados por
personas que, sin adscribir al régimen, encontra-
ron en el contexto dictatorial una oportunidad de
ascenso laboral. En tal sentido, las regularidades
de la vida burocrática y las pequeñas ambiciones
personales incidieron sobre la decisión de asumir
cargos públicos en un contexto de dictadura posibi-
litando el funcionamiento efectivo de las institucio-
nes estatales de distinta importancia y nivel.
Aunque la historiografía de la dictadura está toda-
vía en un estado inicial, y sólo muy recientemente
alcanzó plena legitimidad académica en la Argenti-
na, la evidencia acumulada permite sostener que la
dictadura militar instaurada en el ‘76 dista tanto de
resultar un paréntesis inexplicable que no se articu-
la con el desarrollo histórico nacional -lo que cho-
caría con la interpretación del segundo prólogo del
“Nunca Más” (CONADEP, 1986): un pueblo siempre
en lucha contra una minoría de opresores, en una
especie de paréntesis en la historia que poco tiene
que ver con el pasado y con el futuro-, y tampoco
fue este un régimen carente por completo de apoyo
social y político. Entre el terror y el consentimiento
buena parte de la sociedad argentina desplegó acti-
tudes sociales que no se diferenciaron de las de sus
dirigentes políticos, sociales y religiosos, generando
así las condiciones para que la dictadura se desarro-
llara. Esto no implica, por supuesto, que el régimen
militar hubiera contado con apoyos masivos y entu-
siastas de manera permanente, pero la imagen del
período que se comienza a delinear permite pensar
en paisajes mucho más matizados en los que las
actitudes de aceptación y distanciamiento se combi-
nan para dar una idea más acabada y compleja de
la sociedad en el período dictatorial.
94
2. La democracia restaurada y las responsabilidades
por la violencia política
Emilio Crenzel
Sesenta y cinco años atrás, en la primavera de 1945,
las fuerzas aliadas liberaban a Europa de la ocupación
nazi. En ese contexto, decidieron que debían elaborar
un flm para documentar las evidencias de las atro-
cidades cometidas en los campos de concentración,
cuya calidad y envergadura eran inéditas y que, desde
entonces, formarían parte de la conciencia universal.
El proyecto se denominó F3080 y fue ideado por la
División de Psicología de Guerra de los aliados y es-
tuvo a cargo de Sidney Bernstein, jefe de la sección
fílmica de la división, y supervisado por el Ministerio
Británico de Información y la Ofcina Americana de
Información de Guerra. El documental, además de
películas de archivo, incluyó escenas flmadas en Da-
chau, Buchenwald, Bergen-Belsen y otros campos de
concentración nazi menos conocidos. Ellas retratan
el momento en el cual arriban las tropas aliadas a
los campos. Según Didi Huberman, para la realiza-
ción del flm, Bernstein convocó a su amigo director
de cine Alfred Hitchcock a participar como su asesor
(Didi-Huberman, 2004). Hitchcock, el maestro del
suspenso, quedó conmovido ante las escenas retra-
tadas y entendió en ese momento que se encontraba
ante un género de imágenes completamente nuevo.
La conmoción que experimentó Hitchcock puede
inscribirse en la que experimentó el mundo occi-
dental tras el genocidio nazi. Sus dimensiones y
características develaron la insufciencia de las ca-
tegorías existentes en el pensamiento político y ju-
rídico, desafaron los marcos de la ética y pusieron
en entredicho los recursos de la representación. La
refexión se situó entonces en el hiato creado por la
tensión entre los imperativos del conocimiento, la
justicia, la ética y la memoria, y las capacidades de
responder al reto que planteó el exterminio.
Estos dilemas se vieron refejados en la flosofía del
derecho. Antes de repensar la categoría de crimen
contra la humanidad, a la luz del juicio a Eichmann en
Jerusalém, Hannah Arendt postuló la imposibilidad de
castigar lo imperdonable y de perdonar lo incastiga-
ble (Arendt, 1974). Esta fórmula evidenciaba el reco-
nocimiento de que los crímenes nazis habían compor-
tado el ejercicio de un mal radical que desafaba los
límites de la justicia, de la moral y de la racionalidad
al punto de constituir actos incapaces de ser medidos
por los patrones establecidos de culpabilidad.
En segundo lugar tomaron cuerpo en el campo de la
estética y el arte cuando Theodor Adorno señaló que
escribir poesía tras Auschwitz era un acto de barba-
rie. Aunque Adorno no postulaba la imposibilidad de
la representación sino reconocer el profundo giro de
su sentido tras el extermino, su proposición fue leída
de hecho como un dictado moral que taxativamente
establecía que el arte debía inclinarse ante el horror.
95
En tercer lugar, la propia posibilidad de comprender
el genocidio fue puesta en cuestión. En el apéndice
agregado en 1976 a su libro Si esto es un hombre
Primo Levi postuló que el intento mismo de com-
prensión signifcaba justifcar el horror al sostener
que, epistemológicamente y etimológicamente, la
comprensión de una proposición o de un compor-
tamiento humano signifca contener a su autor, po-
nerse en su lugar, identifcarse con él.
Por último, esta tensión se reprodujo en el plano de
la memoria. Levi propuso a las voces de los hundi-
dos e incapaces de tomar la palabra como las únicas
que podían dar cuenta hasta sus últimas consecuen-
cias de la “Solución Final”. Sólo el musulmán, aquél
prisionero cuya condición humana fue aniquilada,
era su testigo integral. Los sobrevivientes, entonces,
testimoniaban por el musulmán investidos de un de-
ber de memoria, pero situados en la incapacidad de
dar cuenta y representar en su totalidad el crimen.
Entre estos retos se inscribe, también, la refexión
de Karl Jaspers (1998) sobre la culpabilidad alema-
na. Jaspers distingue cuatro tipos de culpabilidad: la
culpabilidad criminal, derivada de la participación en
la perpetración del exterminio; la culpabilidad moral,
de aquellos que callaron lo que sabían; la culpabilidad
política, derivada de la pertenencia a un estado crimi-
nal; y una culpa metafísica, derivada de la responsa-
bilidad humana ante y por el sufrimiento de un otro.
Más allá de la distinción de Jaspers, es posible his-
torizar las respuestas que la academia formuló a
la pregunta sobre las responsabilidades por el ge-
nocidio nazi. Este interrogante primero fue contes-
tado derivando la responsabilidad en un puñado
de jerarcas nazis, Hitler y sus colaboradores más
próximos. Luego, esta idea fue suplantada por otra.
El exterminio fue explicado como el resultado de
la puesta en acto de una maquinaria burocrática
impersonal y moderna, estructurada en base a las
jerarquías, la obediencia a órdenes superiores, y
compuesta de hombres banales. Desde los años
ochenta del siglo pasado, estas proposiciones co-
menzaron a ser cuestionadas y substituidas por la
idea de que el exterminio comprometió responsabi-
lidades de amplios grupos de la sociedad alemana y
de los países ocupados por los nazis.
En función de estos antecedentes, quisiera pensar
el tratamiento que la democracia argentina a partir
de las claves que fueron tomadas en cuenta para
pensar las responsabilidades por la violencia polí-
tica y el terrorismo de estado. Voy a recurrir para
ello a la refexión de Alejandro Kaufman (1997:
29–34) quien propuso que, tras la recuperación de
la democracia, predominó el “paradigma punitivo”.
Es decir, procesar y pensar el pasado de violencia
política con el prisma judicial e instalar, así, a los
tribunales como escenario de tramitación de este
pasado. Ello se reveló inmediatamente tras la re-
cuperación de la democracia cuando el 13 de di-
ciembre de 1983, tres días después de asumir el
gobierno constitucional de Raúl Alfonsín, el presi-
dente dispuso los decretos de enjuiciamiento de las
Juntas militares y las cúpulas guerrilleras.
En este sentido, Kaufman señala que el “paradig-
ma punitivo” supuso la inclusión de determinadas
preguntas con relación al pasado reciente y la ex-
96
clusión de otras. Este juego de inclusiones y de
exclusiones también ha sido señalado por Jaime
Malamud Goti (2000), quien fuera uno de los arqui-
tectos de los juicios impulsados por el gobierno de
Alfonsín. Malamud Goti revisó críticamente el papel
de los juicios en la conformación de una cultura de
los derechos humanos y propuso que en los es-
trados judiciales se excluyen dimensiones centrales
sobre la historia y las causas de la violencia, que-
dan fuera del debate las historias políticas de las
víctimas y los motivos ideológicos y políticos de los
perpetradores y se reducen los confictos políticos
a una oposición binaria entre culpables e inocentes.
De hecho, en el período que transcurre desde la
asunción de Alfonsín en diciembre de 1983 hasta
los indultos dictados en diciembre de 1990 por el
presidente Carlos Menem, las confrontaciones en
torno al pasado de violencia y dictadura se desa-
rrollaron en torno al alcance que debería tener el
debate jurídico sobre las violaciones a los dere-
chos humanos. Ello supuso una puja de fuerzas
entre tres grandes actores. Por un lado, el gobier-
no de Alfonsín buscaba, basado en una perspecti-
va utilitarista del castigo, restringir el juzgamiento
a las cúpulas militares y guerrilleras. Esa sanción,
imaginaba, iba a prevenir que se hiciera uso en
el futuro del recurso a la violencia y se violaran
los derechos humanos. Por otro lado, las Fuerzas
Armadas demandaban que la lucha contra la sub-
versión fuera reconocida como un logro que per-
mitió la restauración de la democracia. Por último,
con una perspectiva retribucionista de la pena, los
organismos de derechos humanos demandaban el
“Juicio y castigo a todos los culpables”.
Esta consigna supone una serie de problemas y entra-
ña una serie de desafíos. Se debería juzgar no sola-
mente a quienes ordenaron, planifcaron, ejecutaron
y cometieron los crímenes, sino también a aquellos
que auxiliaron, consintieron, aprobaron, o le otorga-
ron determinados consensos a su perpetración. Im-
plicaría, por ende, desencadenar el juzgamiento y el
castigo de amplios sectores de la sociedad argentina.
Más allá de los dilemas que supone tanto una po-
lítica de justicia limitada o extendida; me interesa
pensar cómo el “paradigma punitivo” tuvo otras
consecuencias. Supuso que se modelara un deter-
minado tipo de verdad pública sobre el pasado de
violencia política que comprometió, pero también
trascendió, el escenario judicial. Su vehículo princi-
pal, fuera de los tribunales, fue el relato que propu-
so el informe de la CONADEP, el Nunca Más.
El Nunca Más y el juicio a las Juntas deben ser com-
prendidos como parte de una misma intervención
que propuso un conglomerado compartido de ideas y
representaciones sobre este pasado. En primer lugar,
dejaron de lado la pregunta sobre cómo fue posible el
horror. El Nunca Más propone una pregunta prospec-
tiva: ¿cómo evitar que pueda repetirse lo sucedido?;
mientras el juicio se enfocó a determinar su existen-
cia real mediante el examen de diversas pruebas.
Esta ausencia se complementó, en ambos casos,
con la inexistencia de referencias a algún tipo de
continuidad del horror juzgado o relatado con prác-
ticas desarrolladas por sucesivos gobiernos o acto-
res políticos en Argentina durante el siglo XX que
pudieran permitir explicarlo y de menciones a va-
97
lores humanistas previos en la historia política del
país para explicar en qué tradiciones asentar la es-
peranza de construir un nuevo horizonte político.
Tanto el juicio a las Juntas como el Nunca Más pos-
tularon, sin mayor examen, a la democracia restau-
rada como la garantía de que el horror no se repita.
Ello fue posible, y esta es la segunda clave compar-
tida por ambos, porque tanto el debate en el juicio a
las Juntas como el relato del Nunca Más propusieron
una periodización institucional de la violencia, que
instauró al 24 de marzo como su fecha emblemática
eclipsando el proceso de violencia política que tuvo
al Estado como protagonista entre 1973-1976. Sal-
vo una breve mención en su prólogo, el Nunca Más
se concentra en describir las desapariciones tras el
golpe de Estado, mientras que en el juicio a las Jun-
tas el fscal Strassera apenas inquirió al ex presi-
dente provisional Ítalo Luder sobre los decretos que
frmó en 1975 autorizando a las Fuerzas Armadas
a aniquilar a la subversión, primero en la provincia
de Tucumán y luego en todo el país. En tercer lu-
gar, tanto el Nunca Más como el juicio ocluyeron y
silenciaron las responsabilidades de la sociedad po-
lítica en la violencia y propusieron a la sociedad civil
como su espectadora o víctima del terror.
La sociedad civil fue postulada como un colectivo
no diferenciado situado más allá de sus divisiones
y parcialidades como si la dictadura no se hubiera
ensañado con ninguna identidad política en parti-
cular. Ocultaron, así, tanto el apoyo político y el
consenso social que tuvo el golpe de 1976 y aun la
guerra antisubversiva y, también, las resistencias,
si bien escasas, que se les enfrentaron.
De este modo, estos dos grandes relatos, conforma-
ron un “nosotros”, una comunidad imaginada, hacia
el pasado y hacia el futuro. La sociedad fue propues-
ta como ajena y exterior a todo tipo de violencia o,
desde el anverso de esta mirada, como su víctima. Es
decir, no como una polis sino como una comunidad
sin pasado político ni confictos a su interior. Es pre-
cisamente la sociedad inocente de la violencia, ajena
por igual a los “dos terrorismos”, la que personifca,
en la escena del juicio y en el Nunca Más, la esperan-
za de la construcción de ese futuro a compartir.
Ello instaló una imagen vertical y militarizada de la
violencia. Desde esta perspectiva, por un lado, se
modeló la imagen del “terrorismo de Estado” orde-
nado y planifcado por las Juntas militares dirigien-
do una represión indiscriminada contra el conjunto
de la sociedad civil y, por otro, la fgura de las cú-
pulas guerrilleras como las únicas responsables de
la violencia antes del golpe de Estado. En cuarto
lugar, tanto el Nunca Más como el juicio a las Jun-
tas presentaron la identidad de los desaparecidos,
despojados de todo compromiso político, y exclusi-
vamente a partir de sus datos identitarios básicos.
Sus humanidades concretas, aquellas que precisa-
mente evocaban los confictos políticos al interior
de la sociedad argentina, fueron desplazadas por la
presentación de sus humanidades abstractas.
Regreso al proyecto F3080, desarrollado por los alia-
dos, que tenía por meta producir un flm para ser
proyectado ante distintos escenarios: la población
alemana, los propios perpetradores de las violacio-
nes y el mundo occidental. El proyecto quedó in-
concluso por diversas razones: discusiones entre los
98
realizadores, razones políticas, la búsqueda por re-
constituir la identidad alemana después de la guerra,
entre otras. Sucedió entonces que los fragmentos de
película flmados quedaron guardados durante cua-
renta años hasta que en 1985 una empresa cinema-
tográfca logró, misteriosamente, rescatarlos de un
baúl del Museo Imperial de Guerra Británico. El mu-
seo lo había recibido en 1952 de manos de las cen-
trales de inteligencia de los aliados y lo había titulado
al ingresarlos a su archivo “Memory of the Camps”.
Las flmaciones realizadas ofrecen, sin embargo,
una puerta para entender la forma en que sus rea-
lizadores entendían y querían presentar el horror
nazi. Al parecer, Hitchcock sostuvo que debía
presentárselo de manera articulada. Las imágenes
debían evitar separar a las víctimas y a los verdu-
gos y al crimen, del contexto social en el cual se
perpetró. Es interesante destacar que las prime-
ras escenas de “Memory of the Camps” muestran
el amplio consenso que obtuvo Hitler y el nazismo
en la sociedad alemana, a través de escenas docu-
mentales flmadas en actos y paradas militares na-
zis con miles de personas vivando a los personajes
del régimen en escenarios y calles. Las siguientes
imágenes introducen al espectador en otro univer-
so. Se trata de escenas bucólicas, en las cuales se
ven, en medio de un paisaje rural, casas, vacas,
madres jugando con sus hijos. Estas escenas van
dando paso, casi inmediatamente a otras, las del
contiguo campo de Bergen-Belsen y sus horrores.
Hitchcock y Bernstein, el director del proyecto, se
negaron a construir un montaje de imágenes o de
palabras a partir de escenas fragmentadas en las que
por un lado las víctimas, por otro los perpetradores
y por último los “testigos” vertebraran monólogos
disociados sólo enhebrados por los realizadores del
flm para estructurar un relato común. En cambio,
entendieron que se encontraban frente a un género
de hechos, pero también de imágenes y de palabras,
completamente nuevo que requería un montaje en
el que nada quedara separado. Un montaje que ante
todo no separase a las víctimas de los victimarios,
que mostrase los esqueletos bajo la mirada de los
alemanes responsables de su muerte, por acción o
por indiferencia, y, en segundo lugar, que no separa-
se los campos de su entorno social, de su contexto
más próximo, en este caso la bucólica campiña rural.
Como se dijo, “Memory of the Camps” no fue, fnal-
mente, proyectada. Otras imágenes y palabras, otros
relatos, ocuparon su lugar para dar cuenta del geno-
cidio nazi. Relatos que, como se dijo, primero escin-
dieron a la sociedad alemana de los jerarcas nazis
postulando a estos últimos como responsables exclu-
sivos del horror; luego, propusieron la imagen de una
maquina industrial de exterminio compuesta de hom-
bres exentos de convicciones para, cincuenta años
después, habilitar la pregunta por las responsabili-
dades amplias de la sociedad civil; casi en paralelo al
“descubrimiento” en el Museo de Guerra de “Memory
of the Camps”. El retrato de Rousso sobre la presen-
cia del síndrome de Vichy en Francia, muestra que
los tiempos sociales de la elaboración de la memoria
de procesos de violencia extrema, no son lineales y
que están atravesados por las difcultades que supo-
ne elaborar las responsabilidades colectivas tras ex-
periencias límite que desgarraron las subjetividades,
las identidades y las comunidades (Rousso, 1991).
99
Un flm como “Memory of the Camps” parece, hoy,
imposible de realizar en la Argentina. No hay dis-
ponibles, como señala Claudia Feld (ver Parte II de
este libro), imágenes que den cuenta de manera in-
tegral del proceso de desaparición, y tampoco imá-
genes de época que muestren escenas del interior
de los centros clandestinos y, a la vez, de la vida
cotidiana de los habitantes de sus calles o zonas
adyacentes.
Sin embargo, desde mediados de los años noventa
del siglo XX, al compás de la emergencia de la me-
moria en la agenda de los organismos de derechos
humanos y en la investigación académica, la ima-
gen sobre la sociedad argentina que proyectaron
el Nunca Más y el juicio a las Juntas en la demo-
cracia temprana fue cuestionada. Surgieron, desde
entonces, numerosas iniciativas por estudiar los
comportamientos de diversos grupos de la socie-
dad civil y política durante los tiempos de violencia
y dictadura. En este contexto, la estrategia episte-
mológica que guió la realización de “Memory of the
Camps” podría servir como estímulo para imaginar
vehículos y herramientas que permitan producir
conocimiento para interrogar de manera crítica las
responsabilidades individuales y colectivas en la
violencia política y el horror.
100
3. La crítica de la violencia como inquietud por la responsabilidad
Alejandro Kaufman
I.
La lectura de la “Crítica de la violencia” de Walter
Benjamin en el Río de la Plata, temprana localización
de las primeras traducciones de sus obras al caste-
llano, puede aportar hipótesis esclarecedoras de los
acontecimientos que el mal radical produjo en estas
tierras. Si una primera mirada apurada se preguntará
por la tenacidad con que el lector rioplatense recurrió
y recurre una y otra vez a las fuentes europeas, lec-
turas como las del exiliado berlinés nos permitirán in-
tuir cierta singularidad, después de un largo trayecto
surcado por distracciones y desvíos. Lo que nos per-
mitirán comprender es que la cultura derivativa que
nuestros lectores rioplatenses cultivaron y cultivan
también encuentra su réplica mimética y especular
en el acontecer del mal: los perpetradores se inspi-
raron asimismo en los paradigmas nacionalsocialistas
europeos en el tortuoso designio con que practicaron
el exterminio desde 1976 en adelante, el exterminio
de los “desaparecidos”.
Si la primera generación pretérita de traductores
y lectores de Benjamin formó parte ostensible de
una matriz de crítica cultural y estética, la genera-
ción de lectores que lo relee desde la ESMA lo hace
después del horror de la dictadura, después del ho-
rror de la desaparición y el exilio exterior e interior,
después de la cárcel y la tortura, cuando se impone
la pregunta de Teodoro Adorno sobre cómo es po-
sible vivir después del horror, sobre todo quien ca-
sualmente escapó con vida, y a quien normalmente
tendrían que haber matado. Sin el recurso a este
problema, la lectura y relectura de Walter Benjamin
desde la ESMA no sería más que un gesto integrado
al mercado y al intercambio de bienes culturales.
Algo que no puede dejar de ocurrir en el mundo
capitalista, en que la relación social ineludible y
esencial es la del intercambio de bienes. Adorno
refería a la frialdad como principio fundamental de
la subjetividad burguesa sin el que Auschwitz no
habría sido posible. Quien lee y relee a Benjamin
después del horror lo hace imbuido de la subjeti-
vidad del sobreviviente, dispuesto a oponer la me-
moria frente a la frialdad burguesa que promete un
transcurrir indoloro en una época sin horizontes. Se
trata del sobreviviente que se niega a medrar en
el olvido que toda época, pero con mayor razón la
nuestra, dispone como camino trazado a la manera
de una segunda naturaleza.
Se plantea la pregunta por la memoria en el sentido
benjaminiano de la razón anamnética. Es una pre-
gunta que se interroga sobre el pasado como trán-
sito para el interrogante radical sobre el presente
como acontecer y sobre la condición de la justicia en
la actualidad. Es entonces la pregunta que se com-
promete como una inclinación ética y política tan-
to con la actualidad como con el futuro del “nunca
más” respecto del advenimiento del horror.
101
La flosofía de la historia de Benjamin no se lee
entonces como una reivindicación de la memoria
en tanto instancia reconstructiva del pasado
sino como razón anamnética -sustento de la
sensibilidad redencional hacia el pasado-, por un
modo subjetivo que establecería una correlación
con el pasado como referente. Como tanto ha
explicado Yerushalmi, no se trata de un modo
distinto (instancia reconstructiva) de recuperar el
pasado, sino de establecer una relación con el
presente a través de un proceso de elaboración
cuya orientación temporal apunta al pasado,
pero sin establecer con él un vínculo referencial
en cualquier sentido factual que pueda resultar
familiar al fondo -objetivista- que recorre alguna
bibliografía sociológica o flosófca. La percepción
benjaminiana no opta entre “no reconstruir los
hechos del pasado” y “recordarlos”, porque no los
“recuerda” sino que experimenta su signifcado
a través de confguraciones narrativas. Esas
confguraciones narrativas, las alegorías, las
formas del ensayo, no dan cuenta de un recuerdo
del pasado, sino de lo que los muertos nos dicen
sobre el presente sin palabras ni representaciones.
El “pasado presente” se manifesta como
inquietud y comprensión del presente, como
relación con un aquí y ahora en deuda con el
pasado, pero sin satisfacciones referenciales. Por
eso no es un “recuerdo”, sino “razón anamnética”
(rememorativa). Lo redencional benjaminiano,
cifra de la operación anamnética, no es “mandato
de un acto mesiánico de redención” como a veces
se ha leído, ni es una subjetividad inscripta en el
régimen de la norma, ni de la obediencia, ni de la
legislación, ni de la culpa, ni del castigo.
¿Qué consecuencias, qué huellas, qué registros
podemos identifcar en la actualidad político cul-
tural en relación con la violencia revolucionaria de
los 70? La pregunta no concierne solamente a la
memoria y a la historia, sino a las condiciones en
que se produce, inhibe o elabora la violencia social
inmanente a la vida contemporánea en común. Si
consideramos la polémica sobre la carta de Oscar
del Barco y la sometemos a la consecutiva y tal
vez ineludible gravitación benjaminiana con que se
desenvolvieron aspectos del debate de la revista La
intemperie, podremos considerar la propia carta de
del Barco antes que como manifestación de un pa-
cifsmo abstracto, como la expresión de la violen-
cia implicada por toda provocación ética en la que
el enunciador se interrogue en forma incondicio-
nal por su propia responsabilidad, y al interrogarse
por su propia responsabilidad instale el horizonte
de una interrogación general. La pregunta por la
responsabilidad frente a la violencia no reproduce
el ciclo del acto y su retribución, ni del olvido y
el resentimiento, ni de la negación y el reproche,
sino que inquiere sobre la forma en que la violencia
atraviesa los intersticios del lenguaje.
II.
El carácter de dispositivo en el que nos sumerge la
condición contemporánea, el sistema, nos inspira la
caracterización de un estado de pasividad e impo-
tencia, de anulación de la competencia política que
nos concierne. No nos encontramos en condiciones
de ser responsables de lo que ocurre, o no lo po-
102
dremos ser en relación con las tradiciones morales
en que nos hemos formado, ni con las convenciones
normativas explícitamente vigentes. La responsa-
bilidad es regulada por el corpus doctrinario de los
derechos humanos, no necesariamente por la juri-
dicidad ni por lo que se suele llamar democracia. Lo
atinente a los derechos humanos, en la medida en
que se han alcanzado acuerdos universales estables,
determina el único plexo normativo transcultural po-
sitivo apelable en la actualidad, aparte de las tran-
sacciones comerciales y fnancieras. Si se verifcan
diferencias, habrán de discutirse en el alcance de las
concepciones relacionadas con los derechos huma-
nos, como en efecto sucede en un amplio espectro
de comportamientos, costumbres y prácticas socia-
les. Sin embargo, ninguna confguración normativa
autoriza la medida y la consistencia con que ciertos
comportamientos o prácticas se encuentran en con-
diciones de ser rechazados con el alcance de los se-
ñalados como violatorios de los derechos humanos.
La responsabilidad regulada por el plexo de los de-
rechos humanos ejerce una débil infuencia sobre
el dispositivo, por lo general de tipo postfactual.
Primero tienen lugar iniciativas, creaciones colec-
tivas de distinta índole y después se visualizan en
relación con sus consecuencias morales. Es lo que
tienen en común las prácticas genocidas con la
emergencia de nuevas tecnologías.
Junto al plexo de los derechos humanos, y en forma
creciente, dada su menor antigüedad, adviene una
moral vinculada con las consecuencias civilizatorias
sobre el ambiente, consecuencias que resultan de
acciones humanas. Respecto de ese conjunto de
comportamientos emerge una visualización de los
límites susceptibles de asignarse al despliegue del
dispositivo. En otras palabras, los derechos huma-
nos y las relaciones con el ambiente son aquello
que vuelve inteligible el problema de la responsabi-
lidad en el mundo contemporáneo.
En tanto que habíamos desarrollado una intelección
limitativa de la agencia, de la competencia subjeti-
va para intervenir en el mundo, es por la vía de las
responsabilidades mencionadas que adquiere hoy
en día posibilidades de enunciación la propia com-
petencia, la disposición para la acción. Buena parte
de las descripciones y denominaciones de que dis-
ponemos desvían los debates hacia vías muertas, o
estériles luchas entre identidades no verifcables en
el orden de las prácticas efectivas.
Solemos entender aún la política de una manera
que obtura la comprensión del conficto entre hu-
manidad y mundo, donde la humanidad remite a la
agencia, al despliegue de la acción, al desenvolvi-
miento de la razón práctica, y mundo remite a la
estructura, tanto en el sentido social como de la
naturaleza. Sabemos ya que no hay algo así como
una naturaleza que constituya algo separado res-
pecto de lo social, como aún se podía pensar hasta
hace relativamente pocos años.
“Mundo” y “dispositivo” son conjuntos tendientes a
superponerse, en tanto la acción civilizatoria, en el
mismo acto por el que mediante la construcción de
un entorno complejo minimizó la competencia sub-
jetiva, la está volviendo a establecer en la medida
en que advertimos que la construcción de un en-
103
torno complejo -indistinguible crecientemente del
dominio humano- es resultado de nuestras propias
acciones como colectivo, como humanidad. Sucede
entonces que es la política entendida como institu-
ción del estado y la sociedad aquello que ha deli-
mitado de modo declinante su radio de acción. A la
vez, una entidad que aun no acertamos a defnir,
dependiente de un “nosotros” existencial e histó-
rico, habrá de ser aquello a lo que habremos de
atribuir la agencia, responsable de lo que acontece.
Se suscita una referencia a las instituciones del es-
tado y del gobierno, desde hace tiempo deslegiti-
madas. En particular en nuestra región rioplatense,
donde cualquier esfuerzo colectivo de convivencia
requiere una actitud conservadora, no solamente
consensual: conservadora por la necesidad de res-
taurar condiciones alegadamente existentes “desde
siempre” pero cuyas inscripciones en las prácticas
efectivas son recientes. Ello redunda en un nivel de
discrepancia entre enunciados y prácticas que os-
curece muchos esfuerzos, tanto conversacionales
como polémicos. En la Argentina resulta difculto-
so establecer acuerdos –no ya sobre la acción sino
descriptivos- de gran alcance casi sobre cualquier
asunto de interés común. A esta difcultad concu-
rren las repercusiones locales de las grandes trans-
formaciones globales, en las modalidades en que se
inscriben en nuestro ámbito específco. La nuestra
es una sociedad que discrepa radicalmente sobre
un mínimo convivencial respecto de la distribución
de la riqueza. Un mínimo convivencial es aquella
distribución de la riqueza que la mayoría del co-
lectivo social está dispuesta a aceptar sin recurrir
a un nivel de violencia destructiva de la misma ri-
queza en disputa. Este conficto vulnera nuestro úl-
timo siglo, sin que hayamos arribado a un mínimo
acuerdo de coherencia entre el imaginario colectivo
enunciable y la disposición efectiva de los principa-
les poderes intervinientes en el juego político de la
sociedad. Oscilamos entre imaginarias concordan-
cias enunciadas en forma voluntarista o impreci-
sa, y estallidos de violencia criminal y destructiva
cuando se verifcan en las prácticas las exacciones
brutales a las que han sido sometidas reiteradas
veces las mayorías argentinas. Acontecimientos de
extrema violencia que en otras sociedades son di-
rigidos en forma hétero-identitaria, en la nuestra
estallan en forma disgregatoria del colectivo social,
con consecuencias que en otras sociedades requie-
ren guerras con colectivos sociales extraños para
verifcar grados similares de destructividad. Estas
discrepancias pueden manifestarse también como
una destructividad indirecta, como estancamiento,
que relega a sectores muy amplios de la sociedad a
situaciones de empobrecimiento e impotencia.
La discrepancia más general entre condición exis-
tencial y dispositivo atraviesa los acontecimientos
sociopolíticos contemporáneos en múltiples direc-
ciones. Induce en particular a la paradoja de que
las acciones que el dispositivo requiere son inocuas
desde el punto de vista de la transformación de las
condiciones éticas de la vida en común, a la vez
que las orientan: votar, separar el papel del vidrio,
emplear nafta menos contaminante, usar bicicle-
tas, vigilar a las ballenas, ser donante o receptor
de órganos, leer diarios. Ejemplos múltiples cuya
enunciación podría ser meramente anecdótica, y
que suelen remitir a la problemática de la ciudada-
104
nía, nos aportan sin embargo un relato en términos
de la banalidad del bien en la vida cotidiana con-
temporánea. El seguimiento de una corriente obe-
diente de las nuevas modalidades normativas que
se han alcanzado como suelo moral es congruente
con la mayor restricción de las expectativas. A la
vez, los relatos heredados sobre la historia y la ac-
ción colectiva no inciden en el devenir de los acon-
tecimientos porque los núcleos que describen se
han sustraído a la acción colectiva, se han disipado,
han cambiado de forma e identidad o han adquirido
características de complejidad inabordable. Y, por
otra parte, lo que suceda en el plano convencional
de la política, tal como había dejado de interesar-
nos, ejerce consecuencias cuyo alcance en particu-
lar es limitado, pero al tener lugar sobre un fondo
invariante, se constituyen en aquello que adquiere
una relevancia que pasa a estar en el centro de
nuestro campo perceptivo, porque dichas conse-
cuencias determinan la vida y la muerte, la paz y
la violencia, el empobrecimiento o la subsistencia.
Eventualmente lo hacen de maneras dramáticas y
hasta trágicas, que nos imponen una consideración
cuidadosa de esos acontecimientos, y una necesi-
dad de intervenir en el terreno de lo que en otras
épocas podríamos dejar a un lado como irrelevante
e indigno de consideración.
Deviene un problema analítico el hecho de que la
institución política mantiene una relación parcial con
el acontecer social. El dispositivo se le sustrae y a
la vez la atraviesa. Si ignoramos a la institución po-
lítica recaemos en el silencio y la pasividad, si sólo
la consideramos a ella, incurrimos en ingenuidad e
incompetencia refexiva. Entre institución política y
dispositivo identifcamos una intermediación, una
interfase, una entrelínea. Allí -pero no es un “lugar”-
es donde se verifcaría el despliegue de la acción crí-
tica. En la mediación entre institución y dispositivo
se localiza conceptualmente aquello que podemos
determinar como cohesión social. Si la institución es
herencia del poder entendido como verticalidad edi-
fcante, susceptible de demolición y caída, el dispo-
sitivo instaura la condición del poder como red, in-
terrelaciones sin puntos de referencia altos o bajos,
izquierda o derecha, molecularidad difusa inmune a
las acciones puntuales, inabordable para un curso
propositivo o deliberado. Entre ambos, la cohesión
establece fases de intercambio de fujos que siguen
las reglas de una economía simbólica, libidinal, de
masa y poder, sobre la cual sabemos muy poco.
El paradigma de la revolución nos proporcionaba
un punto arquimédico, susceptible de mostrarnos
el umbral de la mutación sociopolítica. La institu-
ción podía ser transformada por la acción colectiva.
Mantenemos un eco de aquel lenguaje, pero frente
a una institución por cuyos puntos de acceso ya no
obtenemos un reconocimiento del punto arquimédi-
co anunciado. Nos dan acceso a una condición des-
afectada, pero no por ello negligible ni prescindible.
La institución persiste, su papel ha cambiado, pero
no la habremos de ignorar. El tardocapitalismo sus-
tituye al socialismo por la institucionalidad demo-
crática, pero mantiene la “electricidad”, aún más:
recordando a Lenin diríamos que el capitalismo tar-
dío es la electricidad sin el socialismo. La regulación
de la electricidad nos reenvía a lo que llamamos
dispositivo, una “electricidad” que tampoco es ya
creación humana sino interacción con lo viviente.
105
El dispositivo es relativamente autónomo, en el
sentido que concierne a la autonomía de lo vivien-
te. En conjunto con el mundo físico y biológico,
la humanidad constituye algo para lo cual aún no
disponemos de una denominación defnitiva y que
a falta de un consenso llamamos dispositivo. La
agencia no se localiza en la institución política sino
en la intermediación con el dispositivo. Donde se
puede verifcar esta aserción es en las formas en
que se desenvuelve el conficto y la violencia en
nuestra época. La violencia sociopolítica no actúa
por contrariedad entre fuerzas distinguibles y de-
limitadas, dado que lo que se confronta no es la
verticalidad edifcante del poder, cimentada sobre
un fundamento. La confrontación opera sobre la
cohesión. La acción destructiva disuelve, disgrega,
desvanece aquello que en forma contraria prevale-
ce como cohesión, unión, vínculo y lazo. La violen-
cia desune, desenlaza, desvincula, dispersa.
La fgura que se nos representa de la violencia en
nuestra época es el estallido. El estallido, la explo-
sión, signan las acciones violentas que producen
nuestros aparatos de destrucción. Abarcan un ran-
go de magnitudes que van desde las dimensiones
nanotecnológicas y químicas hasta el holocausto
nuclear. El estallido es la forma paradigmática de
ejercer la fuerza bruta en nuestra época, destinado
a vencer la cohesión que se nos opone según el
blanco que defnamos, blanco cuya principal carac-
terística es la magnitud de la defagración, aplicada
sobre algún punto de referencia. La magnitud de
las defagraciones es producto de un cálculo esta-
dístico. Es rasgo del estallido la articulación entre
azar y necesidad, caos y orden. Sólo se puede de-
fnir el centro de la defagración y su potencia, el
resto depende del caos que se desencadene con el
estallido, localizado en el círculo defnido por la po-
tencia aplicada en un punto. Cuál sea el instrumen-
to técnico es indiferente. Puede ser un explosivo
procedente de las fabricaciones militares, dotado
o exento de “inteligencia” respecto de la precisión
con que alcance un punto seleccionado como cen-
tro, o puede estar constituido por cualquier enti-
dad viviente, material o inmaterial susceptible de
desencadenar una confagración. Puede ser un in-
dividuo armado con un cinturón de explosivos, un
avión de pasajeros desviado o un virus informático.
Aquello que defne al estallido no es solamente el
arma que ocasiona la defagración, sino el resulta-
do producido en los destinatarios de la destrucción,
encarnados en el dispositivo. El desorden introdu-
cido en el dispositivo sigue leyes propias, de tipo
termodinámico y estadístico. El estallido establece
el momento inicial de una cadena de acontecimien-
tos sin sujeto. En el acto de la defagración hay
presente una deliberación inteligible como voluntad
político militar, pero en las sucesivas y consecuen-
tes derivaciones de la acción inicial la autonomía
del dispositivo es la que se ve afectada y sus pro-
yecciones no son más que calculables en términos
ininteligibles para la subjetividad.
En defnitiva, no hay interrogante sobre la respon-
sabilidad en relación con la violencia sociopolítica
que pueda prescindir de una indagación radical so-
bre la sociedad misma, en tanto no disponemos de
una perspectiva exterior a la propia sociedad. Es
como subjetividad producida por la historia social
que nos vemos inquietados por las preguntas ético-
106
políticas, sin que el resguardo –necesario pero no
sufciente- de la institución jurídica pueda eximir-
nos ni aliviarnos de la pesada carga de la interro-
gación. Podremos elaborar las demandas de la me-
moria y la responsabilidad mientras preservemos
a la vez nuestra hospitalidad hacia las preguntas
radicales sobre la política y la sociedad.
Lo que sabemos y pensamos acerca del aconteci-
miento forma parte de las relaciones entre institu-
ción, dispositivo y mediaciones. No estamos some-
tidos a una mera mistifcación que nos exima –al
develarla- de albergarnos en un exilio susceptible
de amparar el pensamiento, ni tenemos compe-
tencia para enunciar el pensamiento más allá del
ostracismo que acertemos a habitar. Como con-
currentes de las mediaciones podremos ejercer
intervenciones expropiadas de dominio sobre las
signifcaciones. Nuestros enunciados serán objeto
de apropiaciones heterogéneas e incontrolables,
a las que podremos asignar algunas orientaciones
respecto de metas limitadas. Mantener la refexión
amparada en el secreto relativo de una lateralidad
impolítica supone un resguardo necesario del patri-
monio cultural de la humanidad. No nos referimos
aquí a una actitud de élite frente a barbarie, esque-
ma procedente de la tradición edifcante, de la ins-
titución vertical y cimentada, sino a nuevas formas
y signifcaciones implicadas en las mediaciones vi-
gentes, delgado hilo por donde aún imaginamos el
despliegue posible de la acción colectiva.
107
4. Hacia una mirada de género para pensar políticas de
memoria, justicia y reparación
María Sondereguer
Este capítulo presenta algunas inquietudes respec-
to de las condiciones de producción, circulación y
escucha de testimonios de víctimas de la represión
de la dictadura, con las que trabajamos en una in-
vestigación sobre Violencia sexual y violencia de
género en el terrorismo de Estado un equipo de in-
vestigadores de los Centros de Derechos Humanos
de la Universidad Nacional de Quilmes y la Univer-
sidad Nacional de Lanús
1
.
En estos últimos años, con la reapertura de los jui-
cios y a partir de la declaración de inconstituciona-
lidad de las llamadas leyes de impunidad (la ley de
Punto Final y la ley de Obediencia Debida), ha co-
menzado a contarse una historia que hasta hoy ha-
bía permanecido obturada y que refere a una cues-
tión específca: las diversas situaciones de violencia
sexual sufridas por las mujeres en las cárceles y en
los campos clandestinos de detención. Algunas mu-
jeres han comenzado a relatar distintas formas de
violencia sexual, no sólo violaciones sino también
diversas circunstancias de violencia: desnudez for-
zada, manoseos, penetración con objetos; es decir,
una serie de vejaciones que por primera vez son
visibilizadas en el escenario de los juicios
2
.
A partir de considerar que esta situación de violencia
hacia las mujeres fue sistemática durante la dicta-
dura en los centros clandestinos de detención y que,
por ende, se la puede considerar una forma de tor-
tura, nuestra propuesta fue, en principio, reunir, sis-
tematizar y volver a mirar los testimonios existentes.
El testimonio aparece como uno de los ejes claves
en el debate. ¿Qué posibilidades tuvieron de ser
construidos y de ser escuchados? Para poder pen-
sar la problemática de la violencia sexual sistemáti-
ca durante la dictadura en los centros clandestinos
de detención, tenemos que tener en cuenta qué po-
sibilidades de circulación hubo en relación a estos
discursos que la denunciaban.
Un eje de entrada para la investigación fue cons-
truir una periodización sobre la memoria del terro-
rismo de Estado y cómo circularon los discursos y
los signifcados en relación a la represión. Un pri-
1 Proyecto dirigido por María Sonderéguer y Violeta Correa, con fnanciamiento de la Comisión de Investigaciones
Científcas de la Provincia de Buenos Aires (Proyecto I+D CIC 2006-2010). Esta indagación tiene muchos puntos de
contacto con las refexiones propuestas en el proyecto Proyecto Memoria, Violencia y Género: articulaciones conceptuales
y encrucijadas teóricas (Universidad Nacional de Quilmes, dirigido por Alejandro Kaufman y María Sondereguer).
2 En el marco de la reapertura de procesos penales por crímenes cometidos durante la dictadura militar, algunas
mujeres han denunciado violaciones sexuales (testimonios presentados ante el Juzgado Federal Criminal y Correccional de
la Capital Federal N° 12, 2007). En junio de 2010, el Tribunal Oral Federal 1 de Mar del Plata condenó al subofcial Gregorio
Rafael Molina, ex jefe del centro Clandestino La Cueva, que funcionó en el viejo radar de la Base Aérea de Mar del Plata,
por “cinco violaciones y una tentativa” entre otros delitos de lesa humanidad.
108
mer momento de emergencia de los testimonios
en relación al proceso represivo se confgura en
los primeros años de la postdictadura, y tiene al
escenario del juicio a la Juntas como un escena-
rio privilegiado de escucha y circulación de esos
discursos. El testimonio de las víctimas, pautado
por el interrogatorio de los jueces, se convertía en
prueba de las violaciones a los derechos humanos
cometidos. Por ende, el interrogatorio de los jueces
apuntaba a identifcar una serie de violaciones que
se correspondían a una noción de ciudadano y de
sujeto de derechos que es el sujeto de derechos
universal, abstracto; un sujeto neutro que no per-
mite la emergencia de las distintas subjetividades.
Incluso podemos afrmar que se trabajaba desde
un imaginario masculino acerca de la tortura.
En consecuencia, si bien cuando se vuelven a leer los
testimonios que están en el “Nunca Más” (CONADEP,
1984) y los que fueron emitidos en el Juicio a las Jun-
tas se puede ver, escuchar y leer que se denuncia-
ron distintas formas de violencia sexual, nos encon-
tramos con que estas violencias fueron subsumidas
bajo las fguras de los tormentos y quedaron oscure-
cidas frente al crimen de la desaparición forzada, que
se consideró el elemento central respecto de la me-
todología del terrorismo de estado. Pero no es que
no fueron dichas. Así, un dato interesante para la
refexión que aparece cuando releemos los testimo-
nios no es exactamente que las violencias sexuales
no fueron dichas, sino que no hubo condiciones de
escucha de estas violencias sexuales, que no fueron
tomadas por el interrogatorio de los jueces y fueron
luego invisibilizadas, obturadas, en la memoria de
los acontecimientos del terrorismo de estado.
Esta era una primera cuestión a pensar en relación
a la posibilidad de circulación de ciertos discursos y
a la constitución de los testimonios. Luego, siguien-
do con esta periodización, si consideramos que son
necesarios determinados marcos de memoria para
que puedan circular ciertos discursos, se produce
otra fexión muy fuerte en Argentina alrededor de
los años 90 que tiene que ver, en primer lugar, con
las declaraciones de Scilingo y el reconocimiento
de los “vuelos de la muerte” (Verbitsky, 1995). En
segundo lugar, con la conformación de la organiza-
ción H.I.J.O.S., de hijos de desaparecidos, lo cual
implicaba que otra generación emergía en el uni-
verso de los derechos humanos. Y en tercer lugar,
con el acontecimiento en torno a lo que fue la “pla-
za de 1996” en repudio al golpe, cuando después
de un período de debilitamiento de las movilizacio-
nes de derechos humanos se encontraron nueva-
mente con una plaza llena, con “cien mil personas
que llenan la Plaza de Mayo” y ese número es un
número mítico en Argentina para pensar una fuerte
movilización en la Plaza de Mayo que es, además,
un espacio con un alto contenido simbólico.
En torno a 1996 puede hablarse entonces de una
nueva fexión en relación a las signifcaciones res-
pecto del Terrorismo de Estado y en ese momento
vemos cómo emergen determinados testimonios,
determinadas historias de vida que comienzan a
tener circulación pública y construyen diversos co-
lectivos. Se publican textos como “La voluntad”,
de Eduardo Anguita y Martín Caparrós, que narra
historias de vida de militantes de los años 70, o
el flm “Cazadores de utopías” (dirigido por David
Blaustein, 1995) o, pocos años después, el libro
109
“Nosotras, presas políticas” (Becher, 2006). En es-
tos textos, en estas historias de vida, en estos tes-
timonios emergen las diversas subjetividades tanto
por el reconocimiento de la condición de militan-
tes políticos como por la identifcación con ciertos
colectivos específcos. Los testimonios dan cuenta
de las subjetividades de estas víctimas del terroris-
mo de estado, inscriben sus historias personales,
sociales y políticas, y no están anclados ya en el
reconocimiento de su condición de víctima o en su
construcción como ciudadano, como sujeto de de-
rechos neutro y abstracto.
Esta es una fexión fuerte en la que concurren tam-
bién ciertas circulaciones discursivas que impactan
en el modo en que pueden volver a pensarse los
testimonios de víctimas del terrorismo de estado en
Argentina, debido a los avances en la jurispruden-
cia internacional. Estos avances se plasman clara-
mente en el Estatuto de Roma de la Corte Penal
Internacional, en 1998, que reconoce como crimen
de lesa humanidad la violencia sexual sistemática
en situaciones de conficto armado
3
. Desde este
punto de vista, cuando se vuelven a leer estos tes-
timonios las condiciones de enunciación inciden en
aquello que podemos empezar a visibilizar y que
había quedado obturado hasta el momento.
Y una última fexión respecto de los acontecimien-
tos y signifcados de la represión, es la que se insta-
la a partir del año 2003, con la política de derechos
humanos del gobierno nacional que no solamente
plantea la anulación y la declaración de inconsti-
tucionalidad de las leyes de impunidad, sino que
también produce algunos gestos específcos con la
instauración de lugares, de sitios y fechas de me-
moria que proponen una nueva perspectiva de sen-
tido respecto del pasado reciente.
Junto a estas iniciativas, centradas en la resolución
jurídica y simbólica de los crímenes del terrorismo
de Estado, concurren los avances de los movimien-
tos sociales feministas y la emergencia en la agen-
da pública de problemáticas de género y violaciones
a los derechos humanos como la trata de personas
para la explotación sexual. Estas “ofertas” de sen-
tido producen una apertura en el debate y en la cir-
culación de determinados discursos que permiten
volver a los testimonios con una nueva escucha. Al
escucharlos o leerlos hoy, aquellos elementos que
ya estaban presentes en los testimonios del Jui-
cio a las Juntas Militares pueden ser caracterizados
como violencia sexual, mientras que en el momen-
to de su enunciación no fueron visibilizados como
una violación de derechos humanos específca.
La violencia sexual se puede diferenciar de la fgura
global de tormentos o vejaciones si se intenta re-
fexionar sobre cuál es el impacto diferenciado que
tiene la violencia política sobre mujeres y varones.
Este es un elemento central para poder repensar
los testimonios: es necesario estudiar con mirada
3 El Estatuto de la Corte Penal Internacional (Estatuto de Roma), aprobado en 1998, estipula que es un crimen de lesa
humanidad la “Violación, esclavitud sexual, prostitución forzada, embarazo forzado, esterilización forzada u otros abusos
sexuales de gravedad comparable” (artículo 7, 1-g), cuando se comete como parte de un ataque sistemático o generalizado
contra una población civil.
110
de género las consecuencias del terrorismo de es-
tado y sus acciones para poder reconocer ese im-
pacto diferenciado. Y esa mirada es válida también
para diversas circunstancias de represión que im-
pactan aún en el presente. Es necesario observar
con mirada de género las distintas situaciones de
encierro, en cárceles, comisarías, hospitales psi-
quiátricos, etcétera, que viven las mujeres.
“Mirar” con mirada de género, y poder repensar
entonces el impacto diferencial del proceso repre-
sivo sobre mujeres y varones infuye en las po-
líticas de memoria, justicia y reparación. Todas
esas políticas quedan atravesadas por la mirada de
género. Las determinaciones de género son sus-
tanciales al proceso represivo y, sin embargo, han
sido denegadas en los estudios y las refexiones
sobre el terrorismo de estado en Argentina. Una
cuestión que aparece fuertemente ligada a volver a
“mirar” con mirada de género los testimonios exis-
tentes o el proceso represivo en general y, por lo
tanto, a poder proponer otros modos de interroga-
ción para crear las condiciones de emergencia de
nuevos testimonios en los nuevos juicios, es que la
violencia sexual, de género, a diferencia de lo que
podemos pensar respecto de otras vejaciones o de
la tortura, es una situación que aparece naturaliza-
da para las mujeres. Es decir, esta violencia no es
una situación de excepcionalidad sino un continuo
en la vida de las mujeres. En este sentido, asisti-
mos a un debate en relación a la especifcidad de
la violencia sexual hacia las mujeres.
Esta naturalización problemática de la violencia
abre una serie de preguntas para la agenda de hoy.
En la investigación, nos focalizamos específcamen-
te en los testimonios de las mujeres pero si habla-
mos de violencia de género es porque sabemos que
también hubo una violencia sexual sistemática que
afectó a los varones. Pero la estructura que sostiene
ambas violencias es la misma: la estructura patriar-
cal. Las relaciones de poder entre mujeres y varo-
nes están en el fundamento de la violación a ambos
géneros: en el caso de los varones las violaciones
sexuales los destituyen de sus masculinidades; en
el caso de las mujeres se inscriben en una suer-
te de disputa por el territorio. Si las mujeres “son”
de los varones, el cuerpo de la mujer es percibido
como territorio de los varones. Rita Segato afrma
que en la violación sexual, el disciplinamiento del
cuerpo de la mujer pertenece a un escenario en el
que existe un eje vertical que conforman el agresor
con la agredida y un eje horizontal formado por los
pares, los otros varones para los cuales la violación
es una demostración de virilidad. Estamos siempre
ante una escena triangular (Segato, 2003).
Algunas de las preguntas que se abren a futuro
para poder pensar la problemática de la violencia
sexual y su incidencia en las políticas de memoria,
justicia y reparación son: ¿por qué se privatiza la
violencia sexual? ¿Por qué se considera privada la
problemática de la violencia sexual hacia mujeres
en confictos políticos y contextos represivos? ¿Por
qué no es de incumbencia pública?
¿A qué nos referimos cuando digo que se privatiza
esta problemática? Efectivamente hay una cuestión
en nuestra jurisprudencia dado que en Argentina
recién a partir de 1999 los delitos de violación han
111
dejado de ser delitos contra la honestidad
4
(que se
inscribía en el paradigma del honor masculino) para
convertirse en delitos contra la integridad sexual. Y
aun cuando actualmente son tipifcados como de-
litos contra la integridad son delitos de instancia
privada y, por ende, depende de la denuncia de las
propias víctimas la posibilidad de reconocerlo como
tal. Entonces, una primera pregunta es ¿por qué no
colocar la violencia sexual sistemática en el esce-
nario de lo público?
Una segunda pregunta vinculada a la construcción
de nuevos testimonios es la necesidad de diseñar
protocolos de interrogación o modos de registro
de estas violencias. Dado que están naturalizadas
(para las mujeres que en la dictadura sufrieron dis-
tintas formas de violencia sexual esta violencia es-
taba dentro del horizonte esperable) ¿cuáles son
los registros que deberíamos construir para que las
mujeres que vivieron esas situaciones reconozcan
las violencias sexuales como una violación a los de-
rechos humanos específca?
Y una tercera pregunta fuerte en relación a una
agenda a futuro respecto del reconocimiento de
la violencia sexual como un delito específco es:
¿cómo pensar las políticas de reparación? La noción
de reparación tal como se la conoce en términos de
restitución o compensación es insufciente respecto
de la violencia sexual. Una reparación económica,
por ejemplo, no es una reparación para un caso de
violencia sexual. Entonces, se debe pensar no sólo
la cuestión de la confguración del delito específco o
cómo registrar y desnaturalizar esta violencia para
que pueda ser identifcada como tal, sino que, una
vez identifcada, es necesario repensar la problemá-
tica de la reparación. Esta refexión tiene que ver
con la posibilidad de construir otros relatos, con es-
tablecer un nuevo horizonte o piso cultural respecto
de las relaciones de igualdad (o desigualdad) entre
varones y mujeres. Es necesario, entonces, pensar
tanto el impacto diferenciado de la violencia política
como también el impacto diferenciado de las políti-
cas de reparación sobre varones y mujeres.
4 La Ley Nacional Nº 25087, sancionada el 7 de mayo de 1999, modifca el Codigo Penal: “1.- Sustitúyese la rúbrica del Título
III del Libro Segundo del Código Penal “Delitos contra la honestidad” por el de “Delitos contra la integridad sexual”. Además, las
penas son más severas y son más los hechos tenidos en cuenta para califcar la fgura de delito
112
5. El presente que convoca a la memoria
Ana Cacopardo
Me propongo dar cuenta de algunos datos, interro-
gantes y refexiones sobre el sentido que pueden ad-
quirir las políticas y los trabajos de la memoria en
sociedades como las nuestras, signadas por la exclu-
sión; y desde allí cuestionar la idea de experiencia ex-
trema como única, excepcional y por ende irrepetible.
Para eso compartiré algunas refexiones que nacen
del recorrido institucional y político realizado en estos
años desde la Comisión Provincial por la Memoria.
La realidad carcelaria, los casos de abuso policial y
la vulneración masiva de derechos en los lugares
de detención de la provincia de Buenos Aires, son
parte de la agenda cotidiana de la Comisión desde
que 2003 se creó como área de trabajo el Comité
contra la Tortura. Desde allí se reciben denuncias y
realizan tareas de control e inspección en cárceles,
comisarías e institutos de menores.
Para mí, y permítanme que hable en primera per-
sona, la experiencia de ingresar a las cárceles con
la Comisión por la Memoria, fue conmocionante
5
.
Se trataban de visitas sorpresivas que el Servicio
Penitenciario no podía controlar ni regular. Así in-
gresamos a los peores lugares de la cárcel: a los
pabellones de población; a los buzones -como son
conocidas las celdas de aislamiento-. Quiero subra-
yar la palabra conmoción, porque eso fue lo que
me sucedió. Una suerte de aturdimiento, no podía
elaborar lo que había visto. Lo humano se opacaba,
se desdibujaba.
En las “miras”, esos pequeños espejos que asoma-
ban desde los pasaplatos de las celdas, nuestra mi-
rada se cruzaba con la de los detenidos. Y en esas
miradas que devolvían los espejos quebrados. Y en
los relatos que comenzamos a escuchar, se adivina-
ba la experiencia límite y eran evocados los rasgos
de otros mundos concentracionarios.
No fue casual que en esos días volviera a leer
Primo Levi (1946):
“Vosotros que vivís tranquilos
En vuestras cálidas casas
Vosotros, que al entrar la noche
Encontráis humeante alimento y rostros
amigos
Considerad que esto es un hombre.
5 Cabe tomar como referencia al documental “Ojos que no ven”, que realizamos junto a Andrés Irigoyen. Sus imágenes
fueron registradas en cárceles de la provincia de Buenos Aires entre los años 2005 y 2009.
113
Quien trabaja en el fango
Quien no tiene quietud
Quien lucha por un pedazo de pan
Quien muere por un ´si´ o por un ´no´
Considerad que esto no es un hombre”
Podemos detenernos en una historia. Y ponerle
nombre, la historia de Miguel, por ejemplo. Se trata
de un detenido de la Unidad 9 que tomó la palabra
durante un acto realizado en el patio de la Unidad
por la Comisión por la Memoria. Fue un 24 de mar-
zo, allí entre los muros de la cárcel. La misma que
había albergado el mayor numero de presos polí-
ticos durante la dictadura. El premio Nobel Adolfo
Pérez Esquivel ofrecía entonces una clase pública
sobre derechos humanos ante más de un centenar
de internos e invitados. Uno de ellos era Miguel,
que tomó luego la palabra:
“aunque no esté implementada la pena de
muerte, en las cárceles de la provincia se
producen más muertes que en los países que
sí ejecutan a los delincuentes. La enferme-
dad de esta sociedad se refeja en nosotros.
No necesitamos pastillas. No necesitamos re-
presión. Lo que necesitamos son herramien-
tas para una vida distinta”.
Al día siguiente de este acto, Miguel fue golpeado,
amenazado y trasladado como una forma de repre-
salia del Servicio Penitenciario. En apenas un mes
recorrió seis penales. Semanas enteras arriba de
un camión. Lejos de su familia. Sin sus pocas per-
tenencias. En celdas de aislamiento. El traslado y la
golpiza como forma de disciplinamiento. Una prác-
tica rutinaria, normalizada, aplicada con racionali-
dad e inscripta en un espacio donde el ordenamien-
to jurídico se suspende y en su lugar se despliegan
prácticas regidas por la lógica del sometimiento
absoluto y la anulación de la persona. Un campo
que como señala Giorgio Agamben no se defne por
estar ubicado fuera de la ley, sino como una zona
donde se está abandonado por ella. Allí nadie pue-
de garantizar la vida de una persona detenida. Allí
los detenidos se convierten en cochebomba -como
se los conoce en la jerga carcelaria- y por encargo
del servicio penitenciario, estallan a puñaladas so-
bre los presos que hay que callar o disciplinar.
Se puede, también, apelar a las cifras y estadísti-
cas. De acuerdo a la última información ofcial dis-
ponible, en la provincia hay 26.600 personas en 54
unidades carcelarias, 4200 en 400 dependencias
policiales y 470 jóvenes en 14 centros de detención
de jóvenes. Es decir, un total de 31.270 personas
privadas de libertad. La tasa de encarcelamiento
continúa creciendo. La provincia de Buenos Aires
no es la excepción: en gran parte de los países del
mundo se están propiciando reformas judiciales
que reducen la edad penal, incrementan las penas
y aumentan las causales de encierro preventivo. En
la provincia de Buenos Aires, el 85% de las mu-
jeres presas están procesadas y 77% en el caso
de los hombres. Es decir aumenta la proporción de
gente encarcelada por simple sospecha, estigmati-
zación o comisión de delitos menores. Para ilustrar
114
lo dicho es muy signifcativo un dato del Informe
Anual 2010 de la Comisión Provincial por la Memo-
ria: el impacto de la desfederalización del comercio
de estupefacientes sobre la criminalización de las
mujeres. El 40% de la población de mujeres en-
carceladas en la provincia, se encuentra detenida
por tenencia de estupefacientes con fnes de co-
mercialización. Afrontan condenas superiores a los
6 años a pesar de tratarse en general de casos de
comercio menor. En una investigación realizada en
el departamento judicial de La Plata es elocuen-
te que estas mujeres en general no se encuentran
vinculadas al funcionamiento de organizaciones de-
lictivas, el comercio de estupefacientes forma parte
de estrategias individuales de supervivencia frente
a la creciente pauperización y exclusión económica.
Los relevamientos realizados por el Comité contra
la Tortura de la Comisión Provincial por la Memo-
ria, constatan que las victimas del endurecimiento
del sistema penal son principalmente jóvenes y po-
bres, que en muchos casos se convierten en mano
de obra barata de las redes delictivas. La trama del
reclutamiento de menores para el delito con parti-
cipación de la policía está detrás de la desaparición
de Luciano Arruga, el joven de 16 años que per-
manece en condición de desaparecido luego de ser
detenido por personal policial de Lomas del Mirador
en enero de 2009.
Como lo describe una vez más el Informe Anual
del Comité, la violencia y la corrupción carcelaria
son estructurales. Las torturas y los tratos crueles
y degradantes, son prácticas vigentes, generaliza-
das y extendidas en prácticamente todos los luga-
res de detención en la Provincia de Buenos Aires,
incluyendo por supuesto, los institutos de menores.
La tortura adopta diferentes formas: el submarino
seco o húmedo, el pasaje de corriente, los palazos
con bastones de madera o goma maciza, las golpi-
zas reiteradas, las duchas o manguerazos de agua
helada, los “pata-pata” (modalidad que implica gol-
pes en la planta de los pies), el aislamiento como
castigo y los traslados constantes. Los detenidos
que se animaron a denunciar penalmente estas si-
tuaciones padecieron graves represalias. Existen
muy pocas condenas por estas prácticas. La tortura
inscribe en el cuerpo de las víctimas la impunidad
del poder policiaco o penitenciario.
La presión política y mediática que colocó a los me-
nores de edad en el centro del debate sobre la in-
seguridad y en el corazón de aquello que defne lo
peligroso jugó como una suerte de orden no escrita
para los jueces que en general toman medidas de
privación de libertad en institutos que reproducen
las condiciones de las cárceles de adultos. Podríamos
decir que en estos centros cerrados, se los prepa-
ra para amoldarse a un sistema cruel e ilegal que
luego reencontrarán en la cárcel. Estamos hablando
de 470 jóvenes alojados en 14 institutos cerrados,
Centros de Recepción o Alcaidías. Allí los jóvenes
permanecen aislados en celdas-buzones de 24 a 36
horas, saliendo apenas 3, 4 ó 6 horas a un lugar un
poco más grande donde sólo pueden ver televisión.
Apenas concurren a la educación primaria un prome-
dio de 1 hora y media a 3 por semana. Este régimen
de vida genera una alarmante cantidad de tentativas
de suicidio y autoagresiones. Una pericia psicológica
de la Asesoría Pericial del Poder Judicial, consigna
115
que de los 100 jóvenes evaluados en el Centro de
Recepción de Malvinas Argentina, el 70% de ellos
habían tenido intentos de suicidios, y un 100% se
autolesionaron en algún momento de su detención.
Todos los hechos descritos hasta aquí son conoci-
dos públicamente. En muchos casos han sido de-
nunciados y han sido objeto de debates públicos y
mediáticos. Están detallados en los informes anua-
les no sólo de la Comisión sino de numerosos orga-
nismos de derechos humanos. Sin embargo se los
considera una especie de fatalidad y por lo tanto,
se los normaliza. En esta naturalización se ocluye
que estamos ante una cuestión eminentemente po-
lítica que atañe a las responsabilidades del Estado
y más aún: nos habla de qué sociedad y qué demo-
cracia es la estamos construyendo.
Nuestra cotidianeidad más o menos confortable,
convive con estos espacios del horror y eventual-
mente puede alimentarlos. En ese sentido, es pre-
ciso referir a cierto clima de ideas, cierto discur-
so de limpieza social imperante en los medios de
comunicación y la sociedad argentina. Los niveles
de exclusión y fragmentación social, alimentan en
nuestro país –al igual que en el resto de Améri-
ca Latina- discursos autoritarios que estigmatizan
y criminalizan a los sectores más postergados. Un
discurso social que entroniza la seguridad como va-
lor supremo y que propone en dosis similares, más
miedo y más cárceles. Desde el paradigma de la
seguridad ciudadana emergen discursos y prácticas
autoritarias de un Estado que ya no busca incluir,
sino administrar las poblaciones sobrantes a través
de políticas de represión penal.
Estamos ante un discurso social que llega a justif-
car la muerte ciudadana y la anulación como perso-
nas de esos nuevos “otros”. Los que son distintos a
nosotros. Los que nos ponen en peligro. Los delin-
cuentes; los inmigrantes que vienen a quitarnos los
puestos de trabajo; los piqueteros, que cortan las
rutas y nos impiden circular. Esos “otros” que pue-
blan las cárceles en nuestro país y en nuestro con-
tinente: fundamentalmente las franjas marginales
de jóvenes de sectores populares. En ese discurso
social y mediático, esos “otros” comienzan a encar-
nar una peligrosa idea: son los que “contaminan” la
sociedad. Comienzan a constituirse en una suerte
de “virus” que es preciso eliminar. De allí a anular-
los como personas, hay un paso.
Cuando revisamos la historia reciente de nuestro
país, constatamos que la última dictadura militar
y el terrorismo de estado no pueden ser pensa-
dos como un rayo inesperado que cayó sobre un
inmaculado cielo azul. Fue un camino que se reco-
rrió de a poco. En el caso argentino una pista muy
elocuente de cómo se fue sembrando ese camino
la encontramos en la frondosa legislación de ex-
cepción dictada entre el 55 y el 76. Fueron 35 leyes
y decretos de excepción que fueron defniendo un
enemigo del estado y recortando garantías y liber-
tades. Fueron corriendo los umbrales, hasta llegar
al horror del exterminio y la desaparición.
Hoy la política de derechos humanos en la Argen-
tina está fuertemente atada y ligada a la revisión
de lo sucedido en la última dictadura. Pero es la
memoria de los 70, y aún antes, es la memoria de
ese camino que se recorrió de a poco, la que debe
116
iluminar el presente. Es el presente el único tiempo
que permite la acción. Pilar Calveiro dice: “es el
presente o más bien son los peligros del presente
de nuestra sociedades actuales las que convocan la
memoria. En este sentido se podría decir que ella,
no viene de lo ocurrido en los años 70, sino que
arranca de esta realidad nuestra y se lanza al pasa-
do para traerlo, como iluminación fugaz, al instante
de peligro actual” (Calveiro, 1998).
¿Seremos capaces de “iluminar ese instante de pe-
ligro actual”? En los discursos de limpieza social,
en las prácticas y en los umbrales de legalidad que
se corren poco a poco justifcados por nuevas gue-
rras justas y nuevos enemigos, es allí, quizá, donde
está el instante de peligro actual.
En el nombre de la guerra contra el terrorismo glo-
bal, hay cárceles clandestinas, tortura, personas
desaparecidas y encarcelamientos sin juicio. En
el nombre de la guerra contra la delincuencia y el
crimen, o como ocurre en otros países de nues-
tro continente, en el nombre de la guerra contra el
narcotráfco, hay encierro masivo y porciones de
población que quedan al margen del derecho, sin
garantías, sin siquiera la garantía de su vida.
Ojalá seamos capaces de advertir cuáles son es-
tos umbrales, estos límites que se van corriendo
de a poco, sin que siquiera seamos capaces de
percibirlo. Y entonces vuelvo a las imágenes del
mundo carcelario con las que comenzamos estas
refexiones, porque ellas nos recuerdan que las
experiencias extremas no están únicamente alo-
jadas en el pasado y porque deberían ayudarnos a
pensar lo extremo de una experiencia en relación
con lo que se nos vuelve normal, aquello que nos
resulta tan cotidiano que ni siquiera lo percibimos
para detenerlo.
117
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119
Daniel Badenes es docente, investigador y exten-
sionista de las universidades nacionales de La Plata
y Quilmes. En la UNQ está a cargo de Historia de los
Medios y Sistemas de Comunicación y se desempe-
ña como Consejero Departamental por el claustro de
profesores. Recientemente ha publicado Lápices. Los
días y las noches (Ediciones del Liceo-UNLP, 2010,
ilustrado por Juan Bertola). Es subdirector de la revis-
ta La Pulseada y colaborador de otras publicaciones,
como Puentes. Integra el grupo cultural La Grieta.
Martín Becerra es Doctor en Ciencias de la Comu-
nicación por la Universidad Autónoma de Barcelona,
investigador del CONICET y profesor titular en las
universidades nacionales de Buenos Aires y Quilmes.
También dicta clases de posgrado en la Universidad de
La Plata, FLACSO (Argentina) y en la Universidad Die-
go Portales, de Chile. Fue director del Departamento
de Ciencias Sociales en la UNQ. Es autor de Sociedad
de la Información: proyecto, convergencia, divergen-
cia (Norma, 2003) y, con Guillermo Mastrini, de Los
monopolios de la verdad (Prometeo, 2009) entre otros.
Ana Cacopardo, periodista y documentalista,
coordinadora del área Comunicación y Cultura de
la Comisión por la Memoria de la Provincia de Bue-
nos Aires. Filmó Cartoneros de Villa Itatí, junto con
Eduardo Mignona y otros, premiada en el X Festi-
val Latinoamericano de Video (Rosario 2003) y el V
Festival Nacional de Cine y Video Documental (Bue-
nos Aires 2003). Con Un claro día de justicia (2007)
y Ojos que no ven (2009) obtuvo premiaciones en
festivales de Cine de Derechos Humanos. Conduce
el ciclo televisivo de biografías Historias debidas.
Emilio Crenzel es sociólogo y doctor en Ciencias So-
ciales por la Universidad de Buenos Aires. Se desem-
peña como investigador del CONICET y del Instituto
de Investigaciones Gino Germani de la UBA. Integra
el Núcleo Memoria del Instituto de Desarrollo Econó-
mico y Social (IDES). Es autor de La historia política
del Nunca Más: la memoria de las desapariciones en
Argentina (Siglo XXI, 2008) y ha publicado artículos
sobre el tema en Argentina y en el extranjero.
Claudia Feld es doctora en Ciencias de la
Comunicación y la Información por la Universidad
de París VIII. Se desempeña como investigadora del
CONICET en el Instituto de Desarrollo Económico
y Social (IDES). Es docente del Doctorado en
Ciencias Sociales de la UBA. Es autora de Del
estado a la pantalla: las imágenes del juicio a los
Los autores
120
ex comandantes en Argentina (Siglo XXI, 2002) y
compiladora El pasado que miramos. Memoria e
imagen ante la historia reciente (Paidós, 2009).
Luciano Grassi es docente-investigador de las
universidades nacionales de La Plata y Quilmes,
donde dicta un curso sobre Medios de Comunica-
ción y Memoria Social. Es socio fundador de la Coo-
perativa de Profesionales Terratorium, desde donde
desarrolla trabajos de consultoría desde una pers-
pectiva transdisciplinar, especializándose en la di-
rección de procesos de comunicación y educación.
Emanuel Kahan es profesor y licenciado en His-
toria. Obtuvo los títulos de magíster en Historia y
Memoria (UNLP, 2007) y doctor en Historia (UNLP,
2011), este último con una tesis sobre “La acep-
tación y el distanciamiento: actitudes sociales, po-
sicionamientos y memoria de la experiencia judía
durante la última dictadura militar”. Es profesor de
Teoría Política de la UNLP y becario del CONICET.
Coordina el Grupo de Estudios Judaicos Koshmar en
el Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES).
Alejandro Kaufman es profesor-investigador de
las universidades nacionales de Quilmes y Buenos
Aires. En la UNQ dirige el proyecto “Violencia, me-
moria y género en la historia reciente argentina: ar-
ticulaciones conceptuales y encrucijadas teóricas”.
Fue profesor visitante en las universidades de Biele-
feld y San Diego y en la École des Hautes Études en
Sciences Sociales. Es miembro del consejo editorial
de la revista “Pensamiento de los confnes”.
Pablo Llonto es abogado y periodista. Representa
a familiares de desaparecidos en diferentes causas
judiciales. Entre 1978 y 1997 fue redactor del dia-
rio Clarín. De 1984 a 1999 fue representante sin-
dical de los trabajadores del diario, hasta que fue
despedido. Cubrió el llamado “Juicio a las Juntas”.
Se desempeñó como redactor en diferentes medios
gráfcos. Participa del periódico y la radio de las
Madres de Plaza de Mayo. Es autor de La Noble
Ernestina (2002) y La Vergüenza de Todos (2005).
Daniel Lvovich es doctor en Historia (UNLP) y
profesor de la Universidad Nacional de General Sar-
miento (UNGS), donde dirige el Instituto de Desa-
rrollo Humano. Se especializa en historia política y
social del siglo XX. Es autor de Nacionalismo y anti-
semitismo en la Argentina (Ediciones B, 2003) y de
numerosos artículos publicados en libros y revistas
argentinas y latinoamericanas.
Carlos Mangone es ensayista y uno de los funda-
dores de la carrera de Comunicación de la Universi-
dad Nacional de Buenos Aires (UBA), donde se des-
empeña como profesor titular de Teoría y Prácticas
de la Comunicación. Actualmente dirige el proyecto
de investigación “La comunicación alternativa en
121
la Argentina 2001-2007”. Fue miembro editor de
la Revisa Causas y Azares, publicada entre 1994 y
1998. Actualmente es editor de Cuadernos Críticos
de la Comunicación y la Cultura.
Alejandra Oberti es coordinadora del Archivo
Oral de Memoria Abierta y profesora de la Carrera
de Sociología de la Universidad Nacional de Bue-
nos Aires. Integra el Proyecto “Democracia, Co-
municación y sujetos de la política en América
Latina Contemporánea”. Es coautora, con Roberto
Pittaluga, de Memorias en montaje. Escrituras de
la militancia y pensamientos sobre la historia (El
cielo por asalto, 2006).
Sandra Raggio es magíster en Ciencias Sociales y
profesora de Historia Social Contemporánea en la
UNLP. Coordina el Área de Investigación y Enseñan-
za de la Comisión Provincial por la Memoria, donde
se desarrolla –entre otros- el Programa “Jóvenes y
Memoria”. Compiló el libro “La última dictadura mi-
litar en la Argentina: entre el pasado y el presente”.
Samanta Salvatori es licenciada en sociología,
maestranda en Historia y Memoria, y docente de
la Universidad Nacional de La Plata. Trabaja en el
Área de Investigación y Enseñanza de la Comisión
Provincial por la Memoria. Compiló junto a Sandra
Raggio el libro “La última dictadura militar en la
Argentina: entre el pasado y el presente”.
María Sonderéguer es licenciada en Letras (UBA)
y obtuvo su DEA en Estudios de Sociedades La-
tinoamericanas en la Universidad de la Soborna.
Es profesora-investigadora de la UBA y la UNQ. En
esta última dirige el Centro de Derechos Humanos
y co-dirige la colección de Derechos Humanos de la
Editorial. Fue redactora del Plan Nacional contra la
Discriminación en Argentina y es Directora Nacional
de Formación en Derechos Humanos de la Secreta-
ría de Derechos Humanos de la Nación.
Horacio Verbitsky es periodista y escritor, autor
de Ezeiza (1985), Civiles y militares: memoria se-
creta de la transición (1987), El Vuelo (1995) y cua-
tro tomos de historia política de la Iglesia católica
argentina, entre muchos otros libros. En dictadura
participó junto a Rodolfo Walsh de la Agencia de
Noticias Clandestinas. Desde su fundación en 1987
participa de la redacción de Página/12. Es profesor
de la Fundación del Nuevo Periodismo Iberoameri-
cano. Además preside el Centro de Estudios Lega-
les y Sociales (CELS) e integra la Junta Directiva de
Human Rights Watch/Americas.
Natalia Vinelli es licenciada en Ciencias de la Co-
municación Social, maestranda en Periodismo y
docente en la UBA. Es autora de ANCLA. Una expe-
riencia de comunicación clandestina orientada por
Rodolfo Walsh y compiladora -con Carlos Rodríguez
Esperón- de Contrainformación. Medios alternati-
vos para la acción política. Actualmente participa
de la experiencia de Barricada TV.
Esta edición se terminó de imprimir en mayo de 2011,
en Multigraphic, Av. Belgrano 520, Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

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