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UNIVERSIDAD DE LA SALLE
Educar para Pensar, Decidir y Servir
FACULTAD DE CIENCIAS DE LA EDUCACIÓN
MAESTRÍA EN DOCENCIA
BOGOTÁ, D.C.
2012
Capítulo 2
inTroDUCCiÓn
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Licenciada en Educación Preescolar de la Fundación Universitaria Los Libertadores. Magistra en Educación
de la Pontificia Universidad Javeriana. Actualmente es docente investigadora de la Maestría en Docencia y
Coordinadora del área de Lengua Castellana de la Licenciatura en Lengua Castellana, inglés y francés de
la Universidad de La Salle. Directora de la línea de investigación Representaciones y Prácticas de Lectura
y Escritura (Repralee) de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de La Salle. Miembro
activo del comité de Formación de la Red de Lectura y Escritura en la Educación Superior (Redlees), y
del comité de Referato Externo de la Revista Digital Entrelíneas de la Universidad de Buenos Aires. Correo
electrónico: agoyes@unisalle.edu.co, goyesitos@hotmail.com
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De ahí que innovar no es solamente crear, adoptar o imitar algo, ni mucho menos
se puede quedar en replicar una técnica o distribuir una receta. Más bien, se trata
de “buscar ideas que ayuden a desarrollar criterios propios” y que, convertidas
en acciones tal vez nuevas o significativas, vislumbren caminos o alternativas de
solución a problemas, irregularidades o fracturas presentes en la práctica.
Vistas así las cosas, es necesario que el papel del docente se centre en de-
velar los procesos que hacen parte del cambio, en diseñar e implementar las
estrategias más eficaces para que sea viable la transformación y en atender e
interactuar con el contexto y con los actores implicados en él (Tejada como
se cita en De la Herrán y Paredes, 2008). Del mismo modo, como agente in-
novador, quien hace posible y real el cambio educativo debe tener en cuenta
tres factores: lo practicable de la innovación, la congruencia con la filosofía
y las prácticas de la institución, y el costo de la implementación en tiempo y
esfuerzo (Randi y Corno como se citan en Biddle y Good, 2000). Cabe señalar
que, aun con esto, hoy se sigue creyendo que la función del profesor innova-
dor es técnica, solamente desempeña la tarea de implementar prácticas que
generan los llamados “expertos externos”.
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Y es aquí donde tiene sentido la segunda precisión que quiero hacer: las es-
trategias de enseñanza son la esencia de la innovación. Concibo estrategia de
enseñanza como aquellos modos de actuar del docente que generan aprendizaje
(Londoño et ál., 2010, p. 22); son modos de proceder pensados y construidos
a partir de la reflexión del propio ejercicio docente, para cumplir con metas
específicas o particulares, según las circunstancias y los momentos de la ac-
ción. En estas maneras de actuar es importante tener presentes los siguientes
componentes (De Miguel Díaz, 2009):
1) Organizativo, que tiene que ver con elegir los escenarios y recursos apro-
piados para el proceso de enseñanza, según el propósito o finalidad que
se plantee el maestro: hablarle a los estudiantes, interactuar para construir
conocimiento, mostrarle cómo se hace o se llega a algo, desarrollar la
capacidad de autoaprendizaje, entre otras. Este componente se refiere
a modalidades: seminarios, talleres, trabajo en grupo, prácticas laborales,
clases teóricas, tutorías.
2) Técnico procedimental, que hace referencia a la forma de desarrollar las acti-
vidades académicas, donde el papel del docente y el grado de participación
de los estudiantes son distintos. Me refiero a los métodos o las formas
de proceder para llevar a cabo actividades tales como clase expositiva,
estudio de caso, resolución de problemas, aprendizaje cooperativo basado
en problemas u orientado a proyectos.
3) Evaluativo, donde la reflexión frente a los efectos y resultados obtenidos
es la posibilidad de reconstruir y replantear las próximas actuaciones.Aquí
es importante pensar en las estrategias de enseñanza y de evaluación, las
cuales están enmarcadas en el clima, el ritmo y las actividades de clase que
favorecen y estimulan la producción de los estudiantes: pruebas, registros,
portafolios, diarios, relatos autobiográficos, informes, textos escritos, por
nombrar algunos.
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Por tanto, el rol del maestro sigue siendo el centro del proceso de enseñanza,
porque es él quien cumple con la tarea de ayudar, de suscitar actividades, de
ser guía directo y activo del estudiante, y de variar los procedimientos para
el aprendizaje; como dicen Eggen y Kauchak, “no hay una única manera de
enseñar que sea la mejor” (2001: 21), pero con seguridad las estrategias de
enseñanza que decida llevar al aula, serán sistemáticas y efectivas para cumplir
las metas propuestas.
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Entiéndase por aula no el espacio físico al interior de la institución, sino un “nicho ecológico en el que
interactúan distintos elementos integrados en un sistema abierto, que se caracteriza por el dinamismo
de sus relaciones” (Diccionario Enciclopédico de Didáctica, 2004).
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se derivan nuevas habilidades o destrezas sociales, con las que debe contar,
sin las cuales difícilmente pueden acometerse procesos de esta naturaleza”
(Tejada como se cita en De la Herrán y Paredes, 2008, p. 323).
Nuestras acciones hablan sobre nosotros tanto como nosotros sobre ellas.
(George Eliot)
Ahora bien, los mejores mecanismos para conseguir que la evaluación esté
ligada con la coherencia de la acción pedagógica innovadora son: uno, pro-
piciar acciones a corto plazo, porque a veces los procesos a largo plazo se
tornan aburridores y se pierde el interés; dos, realizar observaciones de los
efectos que producen dichas acciones a mediano y largo plazo, y tres, pasar
de justificar los resultados obtenidos durante el proceso a analizarlos para
desarrollar planes de actuación (Gather, 2004) que reconduzcan las acciones
hacia el trayecto que el proceso ha tomado.
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Por todo esto, la tercera referencia que hace alusión a evaluar de manera cons-
tante, permite fusionar la teoría, la práctica y el diálogo, porque solo pensar en
la teoría aburre, estar inmerso en la práctica cansa y lo que verdaderamente
anima es el diálogo entre ambas (De la Torre y Barrios, 2002).
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deben ser realistas y ejecutables en tiempos reales, donde los objetivos fijados
tengan directa relación con las preocupaciones, los desafíos, los medios y los
actores, si se quiere alcanzar resultados favorables y de impacto, aunque no
sean los esperados.
Esta cuarta referencia, dar tiempo al tiempo, nos hace reflexionar en cómo
se está asumiendo el tiempo para la innovación. Es el kairos y no el kronos el
que prima para innovar, es decir, el tiempo de la oportunidad, de la conciencia
de cuanto sucede.
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Esto nos lleva a caer en cuenta de que es mejor compartir el liderazgo, pues
distribuir las responsabilidades según las capacidades e intereses individuales
y crear las condiciones para generar oportunidades donde los maestros
pongan en práctica sus conocimientos y aprendan de otros, es apostarle a
formar un equipo que con el tiempo será efectivo, con mejores condicio-
nes y desarrollo profesional de la enseñanza. El liderazgo en los proyectos
educativos innovadores concierne a muchas personas y en todos los niveles
de la organización.
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Pareciera entonces por todo lo anterior que, según esta quinta referencia, para
innovar se necesita que el docente tenga la capacidad de iniciativa y toma de
decisiones, sea un ente protagonista en el proceso y, por supuesto, actúe “bajo
el presupuesto de la autonomía profesional y fundamentado en su capacidad
reflexiva, crítica, evaluadora, que son los facilitadores de su acción” (Tejada
como se cita en De la Herrán y Paredes, 2008, p. 323).
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Esta sexta referencia nos llama la atención frente a la necesidad de ajustar las
innovaciones que se promueven a la cultura de la institución, porque “cuando
ambas culturas discrepan la innovación es una utopía” (Fernández como se
cita en Del Moral y Rodríguez, 2008, p. 11).
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Todo esto parece confirmar que investigar para innovar no solo es cuestión
“de querer” sino también implica “el saber” y “el poder hacer”, es decir, el
docente investigador-innovador debe dominar los conocimientos propios del
ejercicio investigativo en los ámbitos disciplinar y metodológico; debe tener
las habilidades y destrezas para ejecutar planes de acción eficaces, afines con
las necesidades y problemas reales de la comunidad con la cual va a realizar
la intervención, y disponer de las condiciones, los recursos y herramientas
necesarias y suficientes para actuar. En esta medida, la investigación en el aula
cobra sentido y garantiza los procesos de transformación.
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Pero ¿qué implica llevar el uso de las TIC a las aulas para transformar el que-
hacer? En primer lugar, el maestro debe conocer lo suficiente estos recursos
para poder orientar al aprendiz en el manejo de estos. De nada sirve tener a
disposición una gran cantidad de información, si en últimas no podemos dispo-
ner de ella porque no sabemos qué es y cómo hacerlo. Orientar al estudiante
en el uso de las TIC es promover y guiar el manejo de las distintas fuentes,
para facilitar el aprendizaje. Y, en segundo lugar, es fundamental analizar qué
tanto aportan dichos medios al proceso de enseñanza y aprendizaje, porque
no solo se trata de introducir indiscriminadamente uno u otro para decir que
se está innovando, sino por el contrario es pensar en su utilidad y, por ende,
en su adaptación, para sacarle el mayor provecho posible y así dinamizar las
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Capítulo 2. Referencias para orientar una enseñanza innovadora
prácticas. Con el uso de las TIC en el aula se puede dar significado a lo que
ya existe e impulsar nuevas prácticas.
Así, esta octava referencia abre otra posibilidad para innovar en la enseñanza,
ya sea a través de la utilización del material educativo o de la vinculación a
redes de cooperación. En cualquier caso, lo importante es no desconocer el
gran valor y poder que en estos momentos tiene esta tecnología, y si sabemos
utilizarla estará a nuestro alcance y disposición permanente, pero si seguimos
cerrando los ojos y alejándonos de ella, es posible que desaprovechemos una
oportunidad real y viable para innovar.
Hasta aquí, como señalé al inicio, ocho referencias de igual importancia para
orientar la enseñanza innovadora del docente: cambiar el contexto, cooperar
permanentemente, evaluar de manera constante, dar tiempo al tiempo, asumir
un liderazgo, adaptar en lugar de adoptar, investigar en el aula y usar las TIC.
No son las únicas, pero sí creo que orientan el actuar del docente cuando
decide innovar.
Sea como fuere, estas referencias aluden a tres aspectos que deben estar
presentes en la docencia y más cuando se trata de sumergirse en la transfor-
mación. Uno, dialogar y contribuir más que controlar y exigir, pues la necesidad
del cambio implica una nueva actitud y el compromiso ético profesional del
maestro con la comunidad educativa más que el trabajo individual sin ningún
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norte; dos, aprender y comprometerse con la profesión antes que criticar y des-
calificar al otro, porque hoy se necesita, por un lado, que el docente adquiera
nuevas estrategias sociales para interactuar, intervenir, actuar y orientar los
procesos de cambio, y por otro, desarrollar capacidades, habilidades y destrezas,
que posibiliten la construcción y divulgación de conocimientos; tres, tomar la
iniciativa y asumir una responsabilidad en vez de justificarse y resignarse a lo
que hay, es decir, dejar de ser dependientes de otros para mostrarnos, como
dice Fullan (2007), con humildad personal y voluntad profesional para hacer
que el cambio sea sostenible.
reFerenCias
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