Sophie Kinsella

UNA CHICA AÑOS VEINTE

A Susan Kamil, que me dio hace años la inspiración para esta novela al decirme: «Deberías escribir una historia de fantasmas.»

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ÍNDICE
Agradecimientos Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo Capítulo 1Error: 2Error: 3Error: 4Error: 5Error: 6Error: 7Error: 8Error: 9Error: 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 Error: Reference source not found Reference source not found Reference source not found Reference source not found Reference source not found Reference source not found Reference source not found Reference source not found Reference source not found Reference source not found Error: Reference source not Error: Reference source not Error: Reference source not Error: Reference source not Error: Reference source not Error: Reference source not Error: Reference source not Error: Reference source not Error: Reference source not Error: Reference source not Error: Reference source not Error: Reference source not Error: Reference source not Error: Reference source not Error: Reference source not Error: Reference source not Error: Reference source not Error: Reference source not

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RESEÑA BIBLIOGRÁFICA Error: Reference source not found

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SOPHIE KINSELLA

UNA CHICA AÑOS VEINTE

Agradecimientos
Me gustaría dar las gracias a quienes con tanta gentileza me han ayudado a documentarme para este libro: Olivia y Julián Pinkney, Robert Beck y Tim Moreton. Mi inmenso agradecimiento, como siempre, a Linda Evans, Laura Sherlock y todo el maravilloso equipo de Transworld. Y, naturalmente, a Araminta Whitley, Harry Man, Nicki Kennedy, Sam Edenborough, Valerie Hoskins y Rebecca Watson, así como a mis chicos y al clan familiar al completo.

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SOPHIE KINSELLA

UNA CHICA AÑOS VEINTE

Capítulo 1
Lo de mentirles a tus padres es muy sencillo: debes hacerlo para protegerlos. Es por su propio bien. Pongamos a mis padres como ejemplo. Si supieran la verdad lisa y llana sobre: a) mis finanzas, b) mi vida amorosa, c) las cañerías de casa y d) el impuesto municipal, les daría un ataque cardíaco y el médico diría: «¿Habían sufrido alguna conmoción últimamente?», y la culpa sería mía. Así pues, en los diez minutos que llevan en mi apartamento les he contado las siguientes mentiras: 1. L&N Selección de Ejecutivos empezará pronto a obtener beneficios, estoy segurísima. 2. Natalie es una socia fantástica y fue una idea genial dejar mi trabajo para convertirnos las dos en cazatalentos. 3. Por supuesto que no sólo vivo a base de pizza, yogures de cereza y vodka. 4. Sí, ya sabía que a las multas de aparcamiento les suman intereses. Claro que lo sabía. 5. Sí, miré el DVD de Charles Dickens que me regalaron en Navidad: era una pasada, sobre todo aquella dama con sombrero. Eso, Peggotty. No recordaba el nombre. 6. Precisamente tenía intención de comprar un detector de humos este fin de semana. Qué coincidencia que también ellos lo hayan pensado. 7. Sí, será estupendo ver otra vez a toda la familia. Siete mentiras. Sin incluir las que he dicho sobre el conjuntito que lleva mamá. Y ni siquiera hemos mencionado el Tema. Mientras salgo de mi habitación con un vestido negro y me pongo rímel a toda prisa, veo que mamá está mirando la factura atrasada del teléfono que reposaba en la repisa de la chimenea. —No te preocupes —me apresuro a decirle—, la pagaré enseguida. —Es que si no lo haces te cortarán la línea y luego tardarán siglos en volver a instalártela. Y la cobertura del móvil es muy irregular en esta zona. ¿Y si hubiese una emergencia? ¿Qué harías entonces? Se le ha arrugado la frente de pura angustia. Es como si todas esas desgracias fuesen inminentes; como si una mujer se hubiera puesto de parto en la habitación y las aguas de la riada estuvieran ya a la altura de la ventana… ¿Cómo vamos a contactar con el helicóptero? ¿Cómo?

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que.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Pues no lo había pensado. y le echa una mirada a papá buscando su apoyo—. en la desvencijada embarcación de papá. Ninguno de nosotros la conoció. Nadie mencionará siquiera… esas cosas. Me siento como una cría enfurruñada de tres años. A los dos se los ve estupendos cuando están relajados y en su territorio. sin familia ni historia: simplemente flotando por el mundo. por suerte. mamá. pero sigo descalza—. ya sabes que en su cabeza se está desplegando un escenario apocalíptico. por ejemplo. Y todos me preguntarán… cosas. que lleva hombreras y unos extraños botones metálicos y parece agobiarla un poco. —El tío Bill y los demás asistirán —tercia papá—. mirándome de arriba abajo. ¿sabes? Me ha dicho que mi tía abuela tenía ciento cinco años unas ciento cinco veces. cuando estamos todos en Cornualles. haciéndose añicos. A veces pienso que nos iría todo mejor si fuésemos semillas de diente de león. y luego me confesó que había reparado de repente en la araña que colgaba del techo con una raquítica cadena y se había obsesionado pensando en lo que pasaría si se caía en la cabeza de las chicas. Pero pagaré la factura. —Sí que lo será. —Miro la alfombra fijamente—. Acabó trabajando en una organización benéfica infantil. por ejemplo. ¿Por qué hemos de arrastrarnos hasta Potters Bar por una vieja decrépita que ni siquiera llegamos a conocer? —replico. Es absurdo. —No será muy largo —insiste mamá para engatusarme. El Tema se cierne amenazador en el aire. —No. Las reuniones familiares me provocan alergia. cuando le dio por presentarse a entrevistas de trabajo y tuve que enseñarle los rudimentos de informática: por ejemplo. Recuerdo que lo llevaba hace unos diez años. es bastante guapo en su estilo delgado y discreto. cariño? Me desplomo en el sofá. Y si ellos pueden hacer ese esfuerzo… —¡Es una reunión familiar! —añade mamá en tono animoso. Lo hace porque es lo único que sabe de ella. hundiendo la cabeza entre los hombros. —¿Y qué? Yo no la conocía. Papá lleva un traje de una tela negra sosísima que le desdibuja las facciones. Tenía esa cara todo el tiempo durante mi discurso de despedida en el colegio. Mi madre siempre ha sido aprensiva. como el mío. O cuando ambos tocan en la orquesta de aficionados local. Hay un silencio. cada uno encerrado en su pelusilla. no como una mujer hecha y derecha de veintisiete que ya posee su propia empresa. Tiene el pelo castaño y ralo. —¿De veras tengo que ir? —¡Lara! ¡Era tu tía abuela! Tenía ciento cinco años. te lo prometo. cómo se usa un ratón. no requiere un atuendo formal. Me he puesto medias. A nadie de mi familia le sienta bien el negro. Es como si -6- . abrigados con forros polares y comiendo empanadas. Cuando le sale esa sonrisa tensa y una mirada ausente y aterrorizada. Hundo aún más la cabeza. seguro. Ahora se estira su traje chaqueta negro. mientras que el de mamá es rubio y ralo. —¿Lista? —me pregunta mamá. ¿Y los zapatos. Pero hoy nadie está relajado. qué va —salta ella. que es donde se conocieron. No obstante.

O sea. aliviada—. así en general… estás bien? Mamá. poquísimos. ya sé que estabas dolida en lo más hondo y que lo has pasado muy mal. Conocer a otros jóvenes. Tres al día. simplemente porque la otra persona lo haya hecho. Tengo la cara en forma de corazón. —Bueno. cariño. ¡Qué idea más guay. papá se lanza. Mis padres ya nunca dicen «Josh» en voz alta. aunque esa historia ya esté muy -7- . Lo que quiere decir en realidad es: «¿Le has mandado más mensajes obsesivos?» —No —respondo. Pero. sencillamente porque quieres compartirlos y. ¿vale? Es muy injusto por su parte sacarlo a colación. Al final. Estoy bien. vamos. Durante un tiempo. tampoco cabe esperar que me recupere sin más… —¡No. Sólo le envié a Josh algunos mensajes de texto. no estoy preparada para otra de sus charlas sobre la cantidad de hombres que caerán rendidos a los pies de una belleza como yo. Y no eran obsesivos. aunque simula repasarse el peinado. —Titubea—. Otro eufemismo. mamá se refería a él como «el que no debe ser nombrado». Aunque todavía hace otro intento—. vale! O sea. Y para acabar de rematarlo. ¿no? No puedes decir: «¡Ah. todo se ha exagerado mucho. salir y divertirte… Ay. claro! —dice él. Pero… ¿estás animada? Asiento. sí. Josh! ¿Cómo no se me había ocurrido antes?» Y lo que pasa entonces es que tú pones por escrito tus sentimientos. —¿No has estado… en contacto con él? —pregunta papá. tu ex novio ha cambiado de número y ha ido a contárselo a tus padres. en fin. sino sinceros y espontáneos. que es como se supone que has de actuar en una relación. —¡Bueno! Y hablando de… cosas. —Papá se aclara la garganta—. Tienes que mirar hacia delante. porque yo me deshacía en sollozos e hipidos en cuanto oía su nombre. No lo he hecho. Ahora sólo dice «esas cosas». mirando a cualquier lado menos a mí. al cabo de medio minuto. sonrojándome—. Ya sabía yo que acabarías superando… esas cosas. ya sé que doy el pego a veces. Quiero decir: no puedes desconectar así como así tus sentimientos. O sea. batiéndose en retirada. En realidad. que el plan es que no nos veamos nunca más. Vale. Dios. —¡Estupendo! —exclama mamá. para empezar no hay hombres de verdad. unos labios llenos y sensuales que no tiene nadie más en la familia.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE todos evitáramos mirarlo. ¿Tú. unos ojos verdes bien separados y algunas pecas alrededor de la nariz. —¿Eso fue lo que hiciste cuando mamá y tú rompisteis aquella vez en Polzeath? ¿Salir y conocer a otra gente? No he podido resistir la tentación. eso lo sabe todo el mundo. ¡Menudo chivato! —Lara. que no volvamos a hacer el amor ni nos comuniquemos de ninguna manera. Y una chica de metro cincuenta y pico con la nariz chata y paliducha tampoco es lo que se dice una belleza irresistible. no soy una supermodelo. escucha con todas las alarmas puestas. ya sabes —respondo tras una pausa—. Pero han pasado casi dos meses. mientras mamá bucea en su bolso.

Ahora lo entenderán de una vez.) —Lara. Nunca me respondió. de cómo encajábamos a la perfección. Así debió de sentirse Einstein cuando sus amigos no dejaban de -8- . restregándose la frente—. porque había ido en bicicleta. Lara… —empieza papá. —Procuro decirlo como si eso fuera ridículo—. Como leer una novela de Agatha Christie y quedarse sin saber quién era el asesino. —Bueno —dice él—. Hablar las cosas. cariño —suspira mamá—. y que si yo consiguiera hablar con él podría arreglar las cosas y acabaríamos otra vez juntos. Rápido. pero siempre salen en el relato. pero consigo adoptar mi tono más sereno—. «Y volver con él —añade mi mente. papá. Papá suspira y le lanza una mirada a mamá. —No deberíamos habérselo contado nunca —murmura ella. (No sé por qué los mantecados son tan importantes. Miro fijamente la alfombra y restriego el pelo con las puntas de los pies. —Escucha. Pero… Ahora va a decirme que la vida es como una escalera mecánica. Lo único que digo es que la gente a veces se reconcilia. —¡No soy una romántica! —exclamo como si fuera el peor insulto del mundo. He de cortarlo. —Porque si lo hubierais hecho —continúo. como una flecha silenciosa y certera—. Papá llegó a casa de mamá todo sudado. — Bingo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE trillada. Eso fue muy distinto. ¿Cómo podrían entenderlo? Ellos no se hacen una idea de cómo éramos Josh y yo como pareja. implacable—. A veces pasa. pero simuló que era un resfriado. Esa frase del arco y el violín se ha convertido en un clásico del folclore familiar. Ni siquiera mencionárselo. Nunca lo comprenderían. Se hace un silencio. Llevábamos juntos tres años. Lo que pretendo no es volver con Josh. Lo que yo quería era un final. No comprenden hasta qué punto es evidente que él tomó una decisión precipitada. Quiero decir: él cortó sin previo aviso.» Pero no tiene sentido decírselo a mis padres. no os habríais reconciliado. Porque sé que sigue queriéndome. ¿cierto? Papá jamás te habría dicho que él era el arco de tu violín y no os habríais casado. No has entendido nada. Entender qué pensaba Josh. Mamá niega con la cabeza y lo apunta con un dedo. que emprendió la típica huida masculina basada en algún motivo imaginario. estábamos prometidos… —¡Claro! Ya sé que era distinto. Comunicarnos como dos seres civilizados. Es como… un trato que no llegas a cerrar. ella había estado llorando. —Siempre has sido una romántica. es fácil mirar atrás y creer que la vida sería perfecta si volvieras con esa persona. cada uno diciéndole al otro con los labios que intervenga y diga algo. —No sé cómo. Aunque nadie más me crea. He oído la historia un millón de veces. entiendo tu frustración… —Era lo único que quería —replico del modo más convincente—. La abuela les preparó un té con mantecados. sin hablar. sin discutir. En ocasiones tengo la sensación de que les llevo kilómetros de ventaja. como diciendo: «¡Habla tú!» —Cuando rompes con alguien —empieza él otra vez—. pero los veo de reojo.

aliviado—. ¿no? ¡Ja. Muy bien. —No debéis preocuparos —les digo—. Me pongo de pie dando un suspiro y me arrastro hasta mi habitación. Por su libro. He aprendido mucho sobre mí misma y… ahora estoy en un buen momento. salió el mes pasado y se ha convertido en un best seller. ¿Tendrá que ver con el tío Bill? —Seguramente —asiente papá. no he pasado del todo —me corrijo al ver su expresión escéptica—. Y ahora puedes centrarte en la empresa que has montado con Natalie. Y también a que. una cadena de cafés que se ha convertido en un imperio internacional. Porque yo ya he pasado a otra cosa. Hace un día precioso y soleado y yo he de pasármelo en una espantosa ceremonia familiar provocada por la muerte de una desconocida de ciento cinco años. Y ahora está todavía más en el candelero porque su autobiografía. —«Hare hare… mi negocio va de perlas… Hare hare… no es ningún desastre aunque lo parezca…» —Me alegra tanto que lo hayas superado… —Mamá se acerca y me besa en la cabeza—. ja!» Se quedan de una pieza cuando respondes que sí. Esto es lo que pasa cuando hay una celebridad en la familia. vale. Cuando nos detenemos en el lúgubre aparcamiento del tanatorio de Potters Bar. Puede que Pierce Brosnan interprete su papel en la película.» Otra vez están hablando con los labios. anda. Distingo el destello de una cámara de televisión y veo un micrófono sobrevolando las cabezas.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE repetirle: «El universo es recto. De veras. «Hare hare… ya he pasado a otra cosa… Hare hare… estoy en un buen momento…» Ambos se miran. Busca unos zapatos negros. cuando te presentas. He asumido que eso no va a suceder. —¡Así me gusta! —dice papá. Que obviamente va de maravilla… Mi sonrisa se vuelve aún más beatífica. haznos caso». Bueno. la gente te pregunte: «¿Lington? No tendrás alguna relación con Lingtons Café. Te acostumbras a estar rodeada de cámaras. Lara. Su rostro aparece impreso en todas las tazas. lo cual lo ha vuelto más famoso que los Beatles. pero sí he aceptado que Josh no quiere hablar. —¿Qué pasa? —Me asomo por la ventanilla—. Debo tranquilizarlos. mientras él decía para sus adentros: «Yo sé que es curvo y un día os lo demostraré. A veces la vida es un asco. Lo reconocerías en el acto si lo vieras. —Por supuesto. sabía que lo lograrías. Dos pequeñas monedas. Me pego una sonrisa postiza en la cara. Debería llevar túnica y tocar la pandereta. Me da la sensación de estar cantando el mantra de un disparatado culto religioso. Y ahora será mejor que nos pongamos en marcha. me fijo en un corrillo agolpado junto a una puerta lateral. Me lo comentó Trudy. pero al menos he encontrado un modo de que dejemos de una vez esta conversación peliaguda. —Creo que están haciendo un documental sobre él —interviene mamá—. No sé si me creen. -9- . Albert. Mi tío Bill es el Bill Lington que creó de la nada Lingtons Café a los veintiséis años.

no es que mamá se mostrara muy animosa al principio. Añadí que ya teníamos varios contratos en ciernes y que pagaríamos el crédito del banco en un abrir y cerrar de ojos. a ella se le fundieron de golpe todos los circuitos.10 - . De hecho. Lo han apodado «el Alquimista» y. que ella era una alta ejecutiva de cazatalentos. pero que todos los asuntos pendientes estaban en el ordenador y que no tendría problemas en coger las riendas. Sólo faltaría que se pusiera a sonar durante el servicio. y todavía no entiendo cómo lo consiguió. se enamoró de un ligón playero de Goa y una semana después me envió un mensaje para anunciarme que no sabía exactamente cuándo volvería. Por si podía pillar alguna pista para dirigir una nueva empresa. podría afirmarse sin faltar a la verdad que cuando anuncié que dejaba mi trabajo de marketing y que iba a invertir todos mis ahorros en abrir una empresa de cazatalentos (aunque en mi vida había hecho nada parecido ni sabía nada al respecto).» Una situación completamente falsa y más bien embarazosa. ¡Uff! —¿Este trasto está apagado? —pregunta mamá. ¡Veintiséis! Abrió un negocio y se convirtió en un triunfador en el acto. —¡Quizá Natalie y tú también escribáis un día un libro sobre vuestro negocio! —dice mamá. Hace unos meses. aunque la gente que me rodeaba parecía en estado de trance. toda la gente del mundo de los negocios querría conocer el secreto de su éxito. una ardilla! —Me apresuro a señalarla por la ventanilla. según aseguraba un artículo el año pasado. apretando botones en su móvil sin saber muy bien lo que hace—. mientras aprendía a cazar talentos por mí misma.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Desde luego. . Parecía un plan genial. Mientras que yo abrí mi empresa hace seis meses y sólo me he convertido en una chiflada en el acto. luego fundó una cadena y ahora es prácticamente el amo del mundo. Por eso empezó sus seminarios Dos Pequeñas Monedas. Natalie. muchos besos. para ser exactos. Había doscientas personas. todas absorbiendo cada una de sus palabras. Abrió una. —¡Mirad. —El éxito está a la vuelta de la esquina —añade papá con buena fe. —Papá se detiene en una plaza de aparcamiento. Natalie. Mis padres se han mostrado tan animosos con mi nuevo trabajo que no puedo contarles la verdad. Pero se calmó cuando le expliqué que iba a asociarme con mi mejor amiga. Prefiero cambiar de tema cada vez que lo sacan a relucir. Quiero decir: tenía veintiséis años cuando ganó su primer millón. que yo también debería hacer una escapada. —Déjame ver. Yo escuché con mucha atención y sin perderme un ripio. Era un plan genial. Nunca volveré a meterme en negocios con Natalie. la he leído de cabo a rabo. que se pondría al frente del negocio al principio y que yo me ocuparía de la parte administrativa y el marketing. Bueno. y al final teníamos que lanzar dos monedas al aire y decir: «Éste es el comienzo. Es la historia de cuando estaba sin blanca y se gastó sus últimos peniques en una taza de café: tenía un sabor tan asqueroso que se le ocurrió montar una cafetería. que el surf allá en Goa era fabuloso. como si pudiera leerme el pensamiento. yo misma asistí en secreto a uno de ellos. Hasta que Natalie se fue de vacaciones hace un mes.

Quiero apagarlo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE apaga el motor y coge el teléfono—. Lo tiene espeso. Sí. —Hola. Ahora es cuando mi hermana Tonya perdería la paciencia y le soltaría: «¡No seas idiota. Le pasó a Mary. Me alegro de verte. recibí tu correo. Todo el mundo sabe que tío Bill está obsesionado con su pelo. —Se lo devuelve a mamá. Lo dejaré en la guantera. Bill tiene que entrar en el tanatorio. Una chica que sujeta un vaso de plástico de Lingtons parece fuera de sí y le susurra a su amiga: «¡Es él. —Papá siempre lo trata con toda cortesía—. —Le estrecha la mano a papá. Apagado. El modo silencioso podría fallar. y si algún periódico se atreve a insinuar que se lo tiñe. cuando todos se alejan. —¿Y si se enciende solo dentro del bolso? —Nos mira con aprensión—. Percibo la oleada de admiración que sacude a todos los presentes. o que lo tocó sin querer… Ha empezado a alzar la voz. —Parece relajarse un poco—. Michael. La cámara no deja de filmar. . es él!» —Si pudiéramos dejarlo aquí… —Es uno de sus ayudantes. ¿Cómo te va todo? Felicidades por tu libro. Esperamos en un lado con paciencia hasta que todos consiguen que el tío Bill les firme con un rotulador sus vasos de café y sus recordatorios del funeral. Sólo unos cuantos autógrafos —añade mirando a los curiosos. casi le falta el aliento. Gracias. Debes ponerlo en modo silencioso. mamá! ¡No va a encenderse solo!» —Mami. con todas esas ideas absurdas circulando en la cabeza… Necesita con urgencia ver las cosas en su justa proporción. pero de inmediato se vuelve hacia su asistente—. Al fin. ¿Tienes a Steve al teléfono? El ayudante se apresura a tenderle un móvil. —¡Gracias por el ejemplar dedicado! —añade mamá. Al acercarnos al tanatorio oigo el peculiar acento del tío Bill. La familia es la roca en que todos nos apoyamos. Pobre mamá. —¡No! —exclama mamá. —Bueno. buena idea. —Qué tal. él se acerca a nosotros. que me devuelve una sonrisa de complicidad. la del club náutico. que lo examina con inquietud. exuberante y negro azabache. ¿Qué tal si lo dejamos en el coche? —Tienes razón. Bill nos hace un gesto rápido y dice por el móvil: —Steve. dirigiéndose al periodista—. Nos abrimos paso entre la pequeña aglomeración y ahí está. —Papá pulsa el botón lateral—. Miro a papá. —Se lo quito de las manos con delicadeza—. con su chaqueta de cuero. su bronceado permanente y su pelo esponjoso. ya está. ¿no lo sabíais? El cacharro cobró vida en su bolso y empezó a sonar justo cuando estaba de jurado en un tribunal. alarmada—. Dicen que debió de darle un golpe. chicos.11 - . amenaza con ponerle una demanda. Ha pasado bastante tiempo desde la última vez. —La familia es lo primero —está diciéndole a un entrevistador con tejanos—. Bill. lo hago sin vacilar. Si he de modificar mi agenda por un funeral familiar.

Sentirás que te lo has ganado. como dándome la entrada. tratando de no aturullarme—. Quiero trabajar duro. O sea. yo quiero ganármelo. Sólo pensaba que tal vez… —Si yo he podido con un par de monedas. procurando mantener el tipo—. —Levanta la mano—. —Entremos a averiguar dónde es exactamente —susurra mamá—. Lara. Qué tal. . Lara? —Me quedo aquí un segundo —respondo en un impulso—. —Espera un momento. Lo haría lo mejor posible. —Me dirige una mirada penetrante y positiva. tío Bill. Se me acaba de ocurrir un plan diabólico. Cree en tu sueño. dale una oportunidad»? Siento una descarga de placer. Si lo logras por tus propios medios. Lara.12 - . también podrás tú. Lo que pasaría es que te perderías el respeto a ti misma. Bueno. En su seminario. pues yo soy una empresaria. ceñudo. —Diría que muchísimas gracias. —Éstas son tus dos pequeñas monedas. ¿Podría hablar contigo un momento? —Espera —dice alzando una mano y poniéndose su BlackBerry en el oído—. ¡Hala! ¡Ha dejado la llamada en espera! ¡Por mí! —Estamos especializadas en buscar personas motivadas y altamente cualificadas para ocupar cargos directivos de primera línea —le comento. ¿Qué pasa? —Se vuelve hacia mí y me hace una seña. No. Nos vemos dentro. ¿Puedo hablarte un momento de nuestra empresa? Él me examina. Se ha llevado la mano al bolsillo y ahora me tiende dos monedas de diez peniques. —Vale. ¿Qué dirías si te pusiera en contacto con mi jefa de recursos humanos y le dijera: «Es mi sobrina. trabajaría las veinticuatro horas. él aseguraba que la clave del éxito para un empresario consiste en pillar las oportunidades al vuelo. la cara me arde de humillación—. —¿Có… cómo? —farfullo desconcertada. la misma que exhibe en el anuncio de la tele—. Evidentemente. Cree en ti misma. —Trago saliva. Y estoy haciéndote un favor. —Me lanza una sonrisa deslumbrante—. ¿no? Y esto es una oportunidad. por favor. ¿Vienes. Nos llamamos L&N Selección de Ejecutivos. te sentirás mucho mejor. la plática familiar ha concluido. ¿verdad? Espero hasta que parece terminar su conversación y le digo con voz titubeante: —Hola. Paulo. Quiero cantar el Aleluya. tío Bill —respondo. Toma. incluidos sábados y domingos.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Mis padres se miran. y te estaría inmensamente… —No —me corta—. Me he asociado con una amiga. —Te digo que no. La apuesta ha valido la pena. Paulo —dice. ¿Sería posible que hablara con alguien de tu departamento de recursos humanos para explicarle cuáles son nuestros servicios y quizá encontrar alguna forma de colaborar…? —Lara. —¿Sabías que ahora soy cazatalentos? —digo con una sonrisa nerviosa—. Aguardo a que desaparezcan y me acerco al tío Bill. — Me sostiene la mirada—.

—Me estrecha la mano—. Toda esta gente ha venido por mi tía abuela y yo ni siquiera llegué a conocerla. Me quedo en un discreto rincón. —¿No tienes pañuelo. espero que mis padres se hayan encargado de todo. Muy amable. Me alejo. Y por las flores. todavía abochornada. pastillas de menta. —Así es. como si le hubiera dicho algo muy profundo y no una frase sacada de una postal de Hallmark—. Rodeo el edificio. Me encantaría charlar contigo. Oigo un cántico detrás de una puerta de madera clara. me siento abrumada por la cantidad de gente que hay. Joder. muerta de vergüenza—. el tío Bill sigue ahí fuera con su BlackBerry»—. —Gracias… —empiezo. —La anciana asiente con seriedad. Gracias. Me llega un inesperado olor a alcanfor y atisbo dentro varios pares de gafas. en efecto. ¿Cómo lo lleva la familia? —Eh… bueno… —Doblo el pañuelito sin saber qué decir. Lo único que deseo ahora es que este absurdo funeral acabe cuanto antes y volver a casa. Créelo. ¿Debería haber mandado una tarjeta o algo así? Dios. de hecho. —Paulo. pero la gente que tengo delante me impide ver nada. cuando te venga bien. menuda vergüenza. cruzo las puertas de cristal del tanatorio y entro en un vestíbulo con sillas tapizadas. ahora caigo en la cuenta. No puedo soltarle: «A nadie le importa mucho. Él asiente y luego retoma su llamada. La música es tan sugerente y la atmósfera tan emotiva que no puedo impedir que los ojos se me humedezcan. ¿Bert? Mi tía no se llamaba . ya han empezado. Oigo una voz femenina cantando Pie Jesu. Para esto sirve pillar la ocasión al vuelo. —No.13 - . Abre su enorme y anticuado bolso de charol. Lara. Hemos de apoyarnos unos a otros. horquillas para el pelo. una caja etiquetada como «Cordel» y medio paquete de galletas digestivas. No hay nadie a la vista. ni siquiera en el mostrador de recepción. Muy cerca. A mi lado. —Siempre hay que llevar pañuelos en un funeral. perdona la interrupción. En momentos así hemos de apoyarnos mutuamente —improviso por fin. La sala está tan abarrotada que los de detrás han de hacerse a un lado para dejarme pasar. —Me trago las lágrimas y cojo uno—. Di: «Éste es el comienzo. querida.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Cierra los ojos. Soy la sobrina nieta. Siéntelo. Me siento un poco culpable. hay hileras de bancos llenos de gente. pero me detengo. Tampoco envié flores. Mientras miro alrededor tratando de localizar a mis padres.» —Éste es el comienzo —musito. Para esto sirve buscar contactos. Ella asiente con aire compasivo. —Me ofrece uno. —Gracias. Los laterales están ocupados de arriba abajo por preciosos arreglos florales de color blanco y crema. —Qué momento terrible. una anciana con un sombrero negro de terciopelo me mira y chasquea la lengua con simpatía. una pareja gimotea y a una niña le resbalan lágrimas por las mejillas. Voy a perdérmelo. fotografías de aves y ambiente reposado. Es un honor para mí conocer a cualquier pariente de Bert. Abro la puerta a toda prisa y. querida? —me susurra.

30. te pareces mucho a él. donde mamá y papá están en compañía de una mujer de pelo gris y con un montón de recordatorios en la mano. Está muy afectada. 13. —La mujer me examina con atención. Mierda. —Es la sobrina nieta de Bert —oigo que informa la ancianita a mi espalda—. Ella alza una mano y señala un rótulo de plástico que hay justo encima del dintel: «Bertram Cox. Me he equivocado de funeral. me consta: se llamaba Sadie. Pero ahora tengo que… Gracias por el pañuelo… —Y empiezo a abrirme paso otra vez hacia la puerta. —¿Sabes?.14 - . No sabía adónde tenía que ir.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Bert.» Maldición. ¿Qué hacías ahí dentro? —¿Estaba en el funeral del señor Cox? —pregunta la mujer de cabello gris. —Me he perdido. —Yo diría que la frente… Y tienes su nariz. ¿Cómo no lo he visto? —Bueno… —Procuro recobrar la compostura—. querida? —Sí. pobrecilla. ¿Nunca te lo han dicho. . Me abalanzo sobre la puerta y salgo al vestíbulo. —¡Lara! ¿Dónde te habías metido? —Mamá mira la puerta. Mejor dicho. perpleja—. estoy segura. a veces —respondo a tontas y a locas—. Vamos. Deberían poner un cartel en cada puerta. Tenemos que conseguir asiento.

Vale. flores y música y un ambiente apropiado. Al menos en aquella sala sentías que pasaba algo. Deslizo subrepticiamente la mirada hacia la otra rama de la familia. con un rótulo de plástico bastante cutre que pone «Sadie Lancaster». El tío Bill está repantigado en su silla de plástico como si fuera el dueño del tanatorio y sigue manipulando su BlackBerry. ya sé que lo hablamos. En ésta no hay nada. pero con vestidos. —Quiero decir.) —Oye. pero juro sobre la Biblia que parece más joven ahora que en las fotos de la boda. siguen pareciéndome como salidos de una revista de famosos. no muy convencida. el escote se le ve más bronceado e impresionante que la última vez. papá y yo a un lado. se llama—. que obviamente le ha montado tío Bill. y el tío Bill. mamá —susurro—. ya sé que es un funeral. Sólo mamá. Muy apropiado para un funeral. sólo un espacio desnudo y gélido. En toda mi vida he asistido a algo más deprimente. Lleva un ceñido vestido negro y el pelo rubio enmarcándole elaboradamente la cara. ¿veinte minutos? Hay que ser realistas. Es como Facebook. ¿Qué ha pasado con las flores? —Bueno —Trudy cierra el Hello! y se vuelve hacia nosotras. está enviando un mensaje con el móvil y no para de mirar el reloj con aire enfurruñado. Y la sala está prácticamente vacía. —Supongo que sí —dice mamá. Y vamos a estar aquí sentados… ¿cuánto?. mi prima tiene dos coches y una marca de moda propia — Tutús y Perlas. Pero ¿sabes el precio de todo esto? —Hace un gesto alrededor—. como con ganas de charlar—. seguramente para enterarse de qué hacen sus amigas. Pero al menos en el funeral de Bert había mucho público.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 2 Conseguir asiento… Menudo chiste. ¿Trudy? —cuchichea a través del pasillo—. Pippa. (Miré su página web y los vestidos cuestan cuatrocientas libras. Es increíble: tía Trudy se casó con el tío Bill hace veinte años. Aunque estamos emparentados. No tiene por qué tener aire festivo. A sus diecisiete años. —Parece preocuparse de golpe—. ni fragancia agradable ni cánticos: únicamente el triste hilo musical de los altavoces. con un ataúd cerrado delante y un panel sobre un caballete. la tía Trudy y mi prima Diamanté al otro. Ni flores. A Diamanté el pelo rubio platino le llega hasta el trasero y lleva un minúsculo vestido estampado con la imagen de una calavera. Comprar flores habría sido un desperdicio. Tiene puesto el iPod. el nombre de todos los que compran uno aparece en la lista «Los mejores amigos de Diamanté». La tía Trudy hojea el Hello!. ¿cómo es que no hay flores? —Ya. Trudy dijo que ella se encargaría. La mitad son hijos de celebridades. no pretendo escatimarle a la anciana un funeral — .15 - .

más o menos. —¡Es verdad! Es el mayor hipócrita del mundo. bajando la voz—. incómodos. encorvada en una silla. —Echa un vistazo al féretro desnudo. Tiene el corazón más blando de lo que le convendría. no era fácil. Confío en que no hayan tenido que esperar mucho. hasta que la tía Trudy chasquea la lengua. Hurga en el bolso. Lo de las tetas es con fines caritativos. Fue tu padre quien os pagó a ti y Hannah el viaje a Barbados. Tuvo el derrame y la cabeza se le iba la mayor parte del tiempo… —Exacto —asiente Trudy—. Se ha quedado tan patidifusa que estoy a punto de estallar en carcajadas. ¿Para qué molestarse? En realidad. y tú igual. —Mamá parece apenada—. Él ni siquiera pensaba venir hasta que el productor le dijo que un funeral «incrementaría espectacularmente su coeficiente de simpatía». como si ya no pudiesen ver el mundo . —Yo tengo una. —Mil perdones —dice al tiempo que abre las manos—. sin flores ni nada—. Su padre ha montado una fiesta monstruosa para celebrar su nueva película y yo voy a perdérmela. Sus ojos parecen opacos. Le echo un vistazo cuando la hace circular. Sólo para que papá pueda hacer su numerito de hombre familiar y cariñoso. con una chaqueta de punto de color malva pálido. La mitad de los beneficios. —Hola.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Trudy se inclina hacia nosotras. Es superinjusto. estamos aquí por Bill —añade lanzándole una mirada cariñosa a su marido—. saca un sobre de papel marrón y extrae una instantánea deslucida. eh? Diamanté inspira hondo. No puedo contenerme y me inclino hacia ella. Nos volvemos y por el pasillo vemos acercarse a una mujer con pantalones grises. No sé si les han informado. Mi pésame por su pérdida. mortalmente ofendida. —Tiene el pelo canoso y muy corto y una voz grave. Y yo tendría que estar ahora en casa de Hannah —dice inflando los carrillos con aire enfurruñado—. ¿no? Vamos. No entendía nada. Echo un vistazo a mamá. En ella aparece una viejecita diminuta y arrugada. ¿recuerdas? Y ese arreglito en las tetas con el que no paras de dar la lata. Me la enviaron de la residencia de ancianos. Sólo estamos aquí para que papá alardee en público. ¿Y tú? —Bueno. pero también cabe preguntarse qué hizo ella por nosotros. alzacuellos y gafas de montura oscura. hasta el punto de que resulta casi masculina—. Los oí hablar. yo ni siquiera la conocía. —¡Diamanté! —la amonesta Trudy con aspereza—. ¿quién crees que va a pagarlo. Tiene un millón de arrugas en la cara y su pelo blanco semeja una borla translúcida de algodón de azúcar. —¿Cómo va a ser caritativa una operación de tetas? —Después concederé una entrevista sobre el tema a un semanario y donaré los beneficios a una institución de caridad —explica con orgullo—. —¡Diamanté! —se escandaliza su madre.16 - . —Eso es superinjusto. pero es normal colocar fotos del ser querido… Nos miramos unos a otros. A menudo le digo a la gente… —¡Chorradas! —Diamanté se ha arrancado los auriculares y mira a su madre con desdén—.

—Claro que sí —dice mamá a la defensiva—. —¿Estuvo casada? —Eh… —Papá arruga la frente—. En tal caso. —No la conocíamos mucho —murmura papá en tono de disculpa—.17 - . Si sólo vinieran seis personas a mi funeral me pegaría un tiro. ¿No ve que sólo estamos aquí porque toca? Ella no hizo nada en especial. —Sí. Diamanté —interviene el tío Bill alzando una mano—. Lara era bebé todavía. ¿Algún logro en particular? ¿Alguna historia de su juventud? —Jolín. Puesta allí en medio. Los hechos más importantes de su vida. No estaba bien de la cabeza. abochornada—. —La sonrisa compasiva de la pastora se ha congelado bruscamente—. —¿A alguien le gustaría hablar de la difunta? Negamos con la cabeza. hablaré con mucho gusto en vuestro nombre si me dais algunos detalles. . —¡Diamanté! —la reprende tía Trudy sin demasiada convicción—. Silencio. ¿no? O sea. —En la foto lleva una chaqueta de punto —sugiere mamá por fin—. sin otra compañía que el rótulo del nombre.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE real. Sólo una mujer insignificante de mil años. ¿Podemos seguir ya? —Claro. Aunque no sé el nombre —dice sin levantar la vista de la BlackBerry—. A menudo resulta demasiado doloroso para los familiares más cercanos. produce una sensación triste y hasta embarazosa. No era nadie. abarcando con un gesto desdeñoso la sala vacía—. —Ella no nos reconocía —se apresura a explicar papá—. ¿Había un marido. —Jovencita. Así que ésta era mi tía abuela Sadie. quizá una pequeña anécdota de la última vez que la visitaron… alguna afición suya… Otro silencio culpable. No es nada bonito lo que has dicho. —La pastora saca un lápiz y una libreta del bolsillo—. Bueno. Bill? —No lo sé… Creo que sí. —Ciento cinco —precisa mamá—. —Pero es la verdad. Pasamos un momento a verla en… —Hace memoria—. —¿Y cuando era más joven? —insiste la mujer—. Y ni siquiera la conocí. lo que valga la pena recordar de Sadie. y la otra se dispone a replicarle a su vez. —¿Mil novecientos ochenta y dos? —La mujer parece francamente escandalizada. echa una ojeada —dice. —Basta. La pastora examina la foto con ceño y la fija en el panel. A los ojos de Dios nadie es insignificante. Quizá la había tejido ella… Quizá le gustaba hacer punto… —¿Nunca la visitaron? —La mujer se esfuerza por no perder los modales. Era muy mayor. vale —replica ella con grosería. no se da por vencida. —La pastora se adelanta. No consiguió nada. En el ochenta y dos. Tenía ciento cinco años. —Comprendo. ¿eh? —Diamanté se arranca los auriculares del iPod—.

Pero lo que quisiéramos ahora es despedirla dignamente. Lara? Apenas te he visto últimamente. Supongo que usted tendrá un programa muy apretado. Ay. La tía Trudy se remueve en su asiento. apaguen por favor sus móviles. lo lleva recogido en una cola. yo también lamento no haber visitado a Sadie. —Sus ojos se concentran en mí y yo retrocedo instintivamente. 2. endilgándole su habitual sonrisa de sí-yasé-que-soy-un-crack. Ahora la cosa se pone más fea. ay. porque ninguno de los dos responde. Mi hermana Tonya tiene básicamente tres expresiones: 1. así que ella gira sobre los talones de mala gana. No sabía que pensara venir. en plan: «¡Tío Bill. La verdad. y se pasa el día mangoneando a las pobres au pair.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Obviamente. Bovina y cien por cien inexpresiva. Conozco esa mirada. Está totalmente fascinada con el tío Bill. aunque no te hace justicia del todo. ¿A que tío Bill es un genio? ¡Empezar de la nada. —Es tan encantador que consigue apaciguar el orgullo ofendido de la pastora—. Antes era directora de una delegación de la Shell y se pasaba el día mangoneando y repartiendo órdenes. sale de la sala. sino Tonya. Parece que te hayas escondido. era una persona muy especial. El pelo. —¡Tío. leí tu libro! ¡Es alucinante! Me ha cambiado la vida. He conseguido escabullirme del gimnasio de bebés antes de que les diera el berrinche a los gemelos.18 - . espeso y con reflejos. es evidente. Con una última mirada de reproche que nos incluye a todos. —¿Qué tal. Mamá y papá piensan lo mismo. cielo —dice Bill. Escandalosa y con una risa estridente. Lorcan y Declan. Ahora se ha convertido a tiempo completo en mamá de dos gemelos. Mil veces más fea. esta au pair es peor que la anterior. pero Tonya no la oye. pero no es la pastora. que. Entretanto. —¿No os parece un libro fantástico? —nos pregunta—. estoy seguro. —¿Cómo están los niños? —le pregunta mamá. De falso aire compasivo mientras se regodea de placer hurgando . igual que nosotros —dice dando unos golpecitos a su reloj. —¡Qué cara más dura! ¡Encima quiere hacernos sentir culpables! ¡Nosotros no teníamos la obligación de venir! La puerta vuelve a abrirse de golpe y todos miramos. y creo hablar en nombre de todos. me alucinas!» 3. lo cual ya es decir… Lleva pantalones negros y una chaqueta de punto negra ribeteada con un estampado de leopardo. —En efecto —responde la mujer tras una pausa—. Voy a prepararme. —¿Me lo he perdido? —Su voz de taladradora reverbera por el recinto mientras recorre el pasillo central—. El tío Bill tampoco le presta atención. con sólo dos monedas y un gran sueño! ¡Es un ejemplo tremendamente inspirador para la humanidad! Es tan pelota que me dan ganas de vomitar. —Gracias. Se lo he contado a todo el mundo. Y la fotografía es fantástica. ay.

Qué pena. ¿No crees. ¿No crees que me lo he preguntado un trillón de veces?» —Son cosas que pasan —repito con una sonrisa forzada—. pero que muy feliz! —Dios mío. —Ya. —Entonces ¿por qué? —Se cruza de brazos con aire perplejo. abrazados. me ordeno con firmeza. No parece muy feliz.» —No nos vemos desde que rompiste con Josh. medio ocultas entre mechones de pelo rubio. ¡Estas cosas es mejor hablarlas! Dime… ¿había otra persona? —No lo creo. mamá? Su madre me examina unos instantes. bajando la voz—. antes de que pueda contenerme. Es una compulsión abrumadora. No mires. No mires. —Tonya. que llevan títulos como: «Por favor. casi acusador. Me sonríe con ese hoyuelo perfecto que tiene en la mejilla. mi dedo desciende por el menú hasta «fotos». ¡Soy muy. siéntate —dice mamá con tacto—. Soy feliz de nuevo. ¿Verdad. ambos con la piel bronceada de tanto esquiar. He comprendido que no podía ser y he seguido adelante. ¿No te dijo nada? —Tonya —interviene papá. que parecían hechos el uno para el otro? —Bueno. de pie en la ladera de una montaña. —Ladea la cabeza. —Me encojo de hombros. —Intento adoptar un tono práctico—. Aunque no lo demuestre. Qué se le va a hacer… —Pero ¿por qué se torció? —Me lanza esa mirada de falsa inocencia y preocupación teatral que le sale siempre que le pasa algo malo a alguien y ella está disfrutando a tope. «¡No sé por qué! —me gustaría gritar—. ofendida—. mamá.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE en las desgracias ajenas. tajante—. —No lo pareces —observa Diamanté desde el otro lado del pasillo—. saco el móvil y finjo revisar mis mensajes para aislarme. Pero ya estoy bien. no funcionó. Josh y yo. no me arrees más con el escurridor. —Es implacable —. —Son cosas que pasan. odio a todos mis familiares. querida. —¡Pues lo soy! —Noto la inminencia de las lágrimas—. Entonces. ¿Cómo fue la visita al colegio? Pestañeando una y otra vez. Es una adicta a los seriales basados en hechos reales y a esos libros con niños de aire trágico en la portada. —¿Estabais bien? —Sí. ¿Te parece el momento adecuado? —Pero papá… Sólo estoy tratando de ayudarla —dice.19 - . apenada—. Siempre hay un motivo. ese hoyuelo donde yo hundía el dedo como un bebé jugando . pero no así como así. Él lleva las gafas en la cabeza. —No —dice. abuelita. Y ahora estoy en un buen momento. Pero el dedo no obedece. He de echar una miradita rápida para darme ánimos… Mis dedos se mueven a toda velocidad hasta que aparece mi fotografía preferida. Parecíais la pareja perfecta.

Casi puedo leerle el pensamiento. mi hija oye voces!»—. igual que antes. —¿Dónde está mi collar? —Ahora me suena prácticamente en el oído. pero no veo a nadie. Nada. y cierro el móvil de golpe antes de que vea la pantalla. pero esta mujer tiene la voz más monótona del mundo. en el jardín de una amiga de la universidad. No. Sencillamente no puedo… —¿Va todo bien. por supuesto! —respondo alegremente. No soporto a mi familia y no soporto los funerales. como en los bocadillos de los tebeos: «¡Dios mío. de niña bien. Echo la cabeza atrás. Debo de haber oído mal —me apresuro a rectificar. Nunca había conocido a alguien tan relajado y de trato tan fácil. —Mamá —le susurro—. Señor. Qué raro. —¿Dónde está mi collar? Esta vez doy un brinco del susto. ¿Qué me pasa? —¡Lara! —susurra mamá—. cariño. Lara? —Papá está ojo avizor. por favor —salmodia—. Empieza a sonar el órgano del hilo musical y me desplomo en mi silla. Nos conocimos en una fiesta en Clapham. te quedas adormilada. Los párpados se me están cerrando cuando oigo de nuevo la voz. Yo me eché a reír y le pregunté su nombre. me preguntó cómo me llamaba y escribió «Lara» en la oscuridad con su bengala. e inclinemos todos la cabeza. ¿Quién habrá sido? —¿Dónde está mi collar? Es una voz aguda e imperiosa. justo en el oído. Tendría que haberme inventado una excusa. desconcertada. ¿has oído algo? Una voz… —¿Una voz? No. hundida en la miseria. Me encendió una a mí. hace sólo un momento… —Me detengo al ver la expresión de inquietud que se dibuja en su rostro. pero la pantalla está apagada. —¡Sí. No debería haber venido. Era la noche de las hogueras y Josh iba pasando bengalas a todos. —De pie. Giro la cabeza a derecha e izquierda. luego nos acercamos a la hoguera y bebimos ponche caliente y empezamos a recordar las fiestas con fuegos artificiales de nuestra infancia. Es como una asamblea del colegio. ¿Qué voz? —Parecía una chica. ¿No será el teléfono? Quizá lo he apagado mal. ni con una sonrisa tan mona. Lo más raro es que nadie parece notarlo. Me estremezco y vuelvo a mirar alrededor. ¿Te encuentras bien? . Sólo llevamos cinco minutos y ya me he cansado de prestarle atención. Seguimos escribiendo nuestros nombres en el aire hasta que se apagaron las bengalas. y guardo otra vez el móvil justo cuando vuelve a entrar la pastora. Miro alrededor.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE con plastilina. Vuelvo a sacarlo del bolso. no puedo imaginármelo con otra. Ni siquiera he podido tomarme un buen café… —¿Dónde está mi collar? La voz amortiguada de una chica interrumpe mis pensamientos.20 - . miro el techo y desconecto. te encomendamos el alma de nuestra hermana Sadie… No es que yo esté mal predispuesta.

me levanto. Veo con el rabillo del ojo a mamá. ¿Qué demonios es esto? Mientras sigo mirando. La pastora apenas se da cuenta. Ahora viene hacia mí por el pasillo central. mirando a la pastora. absorta en su sermón. O sea. Estoy sufriendo una alucinación. Todos siguen sentados en silencio. con manicura impecable. no puedo. Me vuelvo bruscamente a uno y otro lado. —¡Y me oyes! —No. sólo eso.21 - . como si percibiera mi mirada. Una alucinación en toda regla: andante y parlante. ella se levanta de golpe como si no pudiera estar quieta y empieza a caminar de aquí para allá. tamborileando en el respaldo con los dedos. Y entonces la veo. —Lo necesito —murmura—. que se vuelve para mirarme con ceño desde la otra punta del recinto. —El fin de la vida es el principio de la vida. Vale. La recorro con la vista. Con un gesto de disculpa. buscando sorprender a la persona que habla. cruzo el pasillo y me acerco a una de las sillas del fondo. La mano pertenece a un largo y pálido brazo de formas sinuosas. pero sufrir una visión… —¿Quién eres? Doy un respingo. con un pequeño plisado que se agita graciosamente cuando se mueve. la chica ha desaparecido. Y se acerca a mí. Una mano esbelta. Voy a sentarme al lado de la ventana… A ver si me da un poco el aire. —Puedes verme. Gracias a Dios. la chica gira en redondo y clava los ojos en los míos: unos ojos tan oscuros y relucientes que no consigo identificar de qué color son. Que pertenece a una chica de mi edad. —Me apunta con un dedo blanquísimo y yo me encojo en la silla—. Una mano. Súbitamente. ¿Dónde estará? ¿Dónde? Habla con un acento nasal y entrecortado. que reposa en el respaldo de al lado.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Me duele un poco la cabeza. pues así como venimos de la tierra. Lo único seguro es que los abre con incredulidad al verme. Cuando miro de nuevo. Que se reclina en una silla de atrás. volvemos a la tierra… —¿Dónde está mi collar? Lo necesito. . con un vestido sin mangas verde pálido. Me pongo a toser y me palmeo el pecho para disimular. —No. incrédula. ¡Puedes verme! Me apresuro a negar con la cabeza. pero nadie ha reparado en su presencia ni en su voz. Creía que estaba volviéndome loca. como en las viejas películas en blanco y negro. Echo un vistazo al resto de mi familia. Con una melena corta y oscura. ya sé que he estado un poco estresada últimamente. Estoy demasiado pasmada para hacer otra cosa que no sea mirar boquiabierta. con una barbilla afilada y blanquísima. Se ha esfumado. no puedo. El vestido le llega hasta las rodillas.

pero la mano se desliza a través de mi cuerpo y sale por el otro lado. prácticamente la roza con la nariz. y de ésta otra vez a la chica. mira a la oficiante. inspeccionando cada rincón y cada ventana. ¿Qué es aquello? Ay. Ella se examina la mano. —Yo soy Sadie. Me encerrarían en un manicomio mañana mismo. Ni hablar. que sigue perorando con voz monótona: —Sadie disfrutó de un matrimonio feliz. ¿Sadie…? No. La chica alza la barbilla. Lee el rótulo en que figura su nombre. —Idiota —dice. lo cual nos debe servir de ejemplo… La chica se acerca a ella. Giro la cabeza y trato de prestarle atención a la pastora. —¿Qué eres? —dice—. —¿Qué lugar es éste? —Ahora la tengo prácticamente encima. —También ella parece indignada. porque mis padres se vuelven hacia mí. Tras unos instantes. Durante unos segundos mareantes. fliparían. entornando los ojos con suspicacia.22 - . Se da la vuelta y empieza a examinar la sala como si la viese por primera vez. Yo nunca he tenido un amigo imaginario. quitármela de la cabeza. Dios.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¿Quién eres? —insiste—. ¿Un sueño? —¿Yo? —me indigno—. nada. Pero no sirve de nada: no puedo evitar seguirla en su ronda febril. ¿Dónde estamos? ¿Quién es toda esta gente? No respondas a una alucinación. ¿Tengo una alucinación con mi difunta tía abuela de ciento cinco años? Ella también parece alucinar bastante. aparece y reaparece aquí y allá. y luego me mira. Percibo en su expresión el sobresalto que se lleva. Sólo servirá para darle alas. Si les dijera que estoy hablando con una alucinación. alzando una mano como para darme un pellizco en el hombro. Mis ojos pasan enloquecidos de la chica que tengo delante a la ancianita arrugada y con el pelo de algodón de azúcar de la foto. ¿quién eres? —le espeto. concentrarme en las palabras de la pastora. Ni he tomado drogas. Ya ha reaparecido junto al ataúd y lo observa atentamente desde arriba. ¡Nada de nada! Es sólo… O sea… Yo en tu lugar no lo miraría muy de cerca… Demasiado tarde. . —¿Quién eres? —La chica ha aparecido sin más delante de mí—. Y acaba de fijarse en el féretro—. ¿Eres real? —dice. como un insecto revoloteando por una botella. sorprendida. me digo. ¡Claro que no soy un sueño! ¡El sueño lo serás tú! —Yo no soy ningún sueño. y le dedica una mirada desdeñosa. Me arrepiento en el acto. —No. ¿Qué me pasa? Me ordeno no hacerle caso. Sadie Lancaster. Sofoco un grito. Me encojo de miedo. —Entonces.

casi llego a ver a través de ella. ¡Páralo! ¡Páralo! ¡Tienes que pararlo! —¡Vale. No puede ser. pese a su dolencia. ¿entiendes? Lo cual significa… —Muevo las manos vagamente. En las labores de punto. Lo necesito. —Sí —acierto a decir. —Niega con la cabeza—. adquiriendo una pálida y translúcida consistencia. ¿Cómo decirlo con tacto?—. sin embargo. ¿te encuentras bien? —Mamá me mira alarmada. —Bien. Yo no puedo hacer nada. pero cierra el pico! —Me pongo de pie. —¡Detén el funeral! ¡Detenlo! He de recuperar mi collar. pero no sirve—. prestando atención. tratando de evitarla. —Bueno. —Lara. No lo soporto más. la observo embobada mientras empieza a desvanecerse. tratando de cerrarle el paso. —Levanta la vista y me clava los ojos oscuros y relucientes.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Fue una mujer que vivió una gran época —prosigue la pastora. vale.23 - . ¡Un momento! —grito—. desquiciada—. —No. señalando la polaroid con su sonrisa comprensiva— y veo a una mujer que. La tengo a dos centímetros y me golpea el pecho con los puños. Necesito mi collar. Y entonces… eh… —Es demasiado embarazoso. No hay modo de evitarla. Que halló consuelo en las cosas pequeñas. regresa otra vez. por ejemplo. ¡Ponte de pie! ¡Di algo! Su tono es tan insistente y desgarrador como el de un crío. se llevarán el ataúd detrás de esa cortina —murmuro—. pero más fuerte. Muevo la cabeza en todas direcciones. dime. —La mujer concluye su panegírico—. a ver si se interrumpe la conexión. —Debes parar el funeral. sin percatarse—. como si hubiera tomado una decisión. Estamos en un crematorio. Me estoy volviendo esquizofrénica. pero aun así me echo atrás. En un abrir y cerrar de ojos está a mi lado—. Inclinemos la cabeza y guardemos silencio unos momentos antes de despedirnos. —¿Qué? ¡No puedo! —¡Sí puedes! ¡Diles que paren! —Desvío la mirada. derribando una silla con estrépito. —¿En las labores de punto? —repite la chica. —¿Qué pasa ahora? —La chica mira alrededor. No los siento. así por las buenas. pero ella se planta delante de mí—. mientras procuro abstraerme de los alaridos que resuenan en mis oídos y me siento en otra silla. Por un instante. Ella palidece de consternación. —Voy a llamar al chófer —le está diciendo el tío Bill a su mujer—. —¡Páralo! ¡Páralo-páralo-páralo! —Sus gritos se elevan hasta convertirse en un chillido penetrante. Es como si se estuviera desmayando. ¿Qué sucede? Dime. Me sujeto la cabeza. Miro su fotografía… —dice. llevó una vida hermosa. Desesperada. incrédula. Esto debería terminar en cinco minutos. Es como un alma en pena. —Se aparta del atril y vuelve a resonar el órgano del hilo musical. como si se hubiese acoplado un altavoz a mi oído. ¡Paradlo todo! ¡Hay que parar el funeral! ¡¡¡Parad el funeral!!! . Luego. me pongo de pie y retrocedo una fila. —Lo siento. Ahora entiendo por qué la gente va y asesina a un presidente.

Lara. ¿Qué te parece? Pulsa el botón otra vez y vuelve sonar el órgano enlatado. —¡Hablo en serio! Hay una causa justa. Afirmo con la cabeza. —¿Parar el funeral? —farfulla mamá. Un momento más tarde. —Tal vez deberías esperar fuera. —La mujer asiente. la pastora obedece y el féretro se detiene. —Pero ¿por qué? —Yo… eh… —Carraspeo—. ahora vamos a terminar el funeral —dice como si yo tuviera tres años—. ya entiendo. el ataúd se mueve rechinando sobre su plataforma y empieza a desaparecer tras la cortina. Dios. un impedimento por el cual no pueden… freír ese ataúd. un impedimento…» Venga ya. la chica deja de chillar.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Para mi alivio. Mi hija últimamente no es la de siempre… —«Problemas con el novio». añade moviendo los labios. —¡Por favor! —Me mira desesperada—. querida —musita. ¡qué impedimento ni qué ocho cuartos! Usted continúe —le ordena a la oficiante. ¿Qué digo? ¿Porque me lo ha pedido una alucinación? —Pues porque… —¡Di que me asesinaron! ¡Dilo! Tendrán que postergar el funeral. No me siento del todo dueña de mis facultades. Ay. Su tormento parece real.24 - . —Lara —papá suelta un suspiro—. como siempre —salta Tonya—. Disculpe. ¡Parad! —Lara… —empieza mamá. Oigo a mi espalda un grito agudo. La pastora aprieta un botón de un panel en la pared y el hilo musical se corta bruscamente. pero la verdad… —Se vuelve hacia la pastora—. ¡Apriete el botón o lo haré yo misma! Atónita. . la mujer se vuelve resueltamente hacia mí—. compasiva—. Y luego quizá tú y yo podríamos tomar una taza de té y charlar un poco. Lo malo es que todos se han vuelto y me miran boquiabiertos. sé que has estado sometida a una gran tensión. Pero sus brazos no funcionan: se hunden en la madera y la atraviesan. pero parece muy real. No puedo quedarme sentada de brazos cruzados. que parece ofenderse. —¡Noooo! —Es un auténtico alarido de angustia—. —¡Eso no tiene nada que ver! —protesto. para ser sincera. No sé por qué sufro esta alucinación ni qué significa. —Está haciéndose la interesante. ¡Noooo! ¡Parad! ¡Tenéis que parar! Para mi espanto. la chica corre hasta la plataforma y trata de retener el féretro. como si estuviera loca. —¡Alto! —vuelvo a gritar—. «Una causa justa. —Ah. ¡No dejes que lo hagan! Empiezo a sentir auténtico pánico. —Sin mirarla siquiera. No creo que sea el momento adecuado… para que ella se vaya. ¡Detenedlo! ¡Ahora mismo! —Cruzo el pasillo corriendo—. ¿Tienes un motivo justificado para querer detener el funeral de tu tía abuela? —¡Sí! —¿Y ese motivo es…? —Me mira inquisitiva. —Lara.

—El tío Bill mira a papá con ceño al pasar por su lado—. —Adopto una expresión inescrutable—. Menuda lunática. —Tonterías. He visto a mi familia mirándome pasmada más de una vez. —Sí —respondo con firmeza—. como en una especie de bodegón. No me estarás acusando a mí. —¡Pero bueno! —Mi hermana enrojece de indignación—. Dios. Ya me entiende. desesperada. sea como sea. ¿Acabamos. no sé a qué demonios estás jugando. Ay. Están todos vueltos en sus asientos. a ver quién aguantaba más. Casi me dan ganas de reír.» —¿Quieres que llame a la policía? —Ahora sí está conmocionada de verdad. recoge todas sus revistas de famosos. Creo que sería lo mejor. como tratando de calibrar con exactitud hasta qué punto vale la pena perder el tiempo conmigo. sí o no? Porque.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE ¡Dilo! —Se pone a mi lado y me grita al oído—: ¡Dilo! ¡Dilo-dilo-dilo! —¡Creo que mi tía fue asesinada! —suelto. Lentamente. Lo que ella no sabe es que Tonya y yo solíamos competir a mirarnos fijamente. —El tío Bill se guarda la BlackBerry—. Es un asunto complicado. En efecto. ¡Sólo quiere llamar la atención! Veo que la pastora empieza a hartarse de Tonya. —Asesinada… ¿cómo? —Eso prefiero hablarlo con las autoridades —replico. Tengo motivos para creer que ha sido un crimen. —¿Asesinada? —balbucea la pastora. Me parece que la mujer le está tomando el gusto a la situación.25 - . se me acerca aún más y susurra: —¿Quién crees que asesinó a tu tía abuela? —Prefiero no explicarlo en este momento —le digo en plan misterioso —. Vamos. como si estuviera en un episodio de CSI: «El tanatorio. —Sí —digo tras una pausa—. He de resultar convincente. y siempre ganaba yo. . —Querida —le dice secamente—. Claro que no quiero que llame a policía. con la mandíbula floja y aire de no entender nada: totalmente inmóviles. ¡Esto es una farsa! —Con aspavientos de enojo e impaciencia. Así que debemos conservar el cuerpo para que no se pierda ninguna prueba. Sólo a la policía. —¡No me diga que va a tomarla en serio! —estalla Tonya—. imitando fielmente su grave expresión de esto-no-es-un-asunto-para-tomárselo-a-broma. —¡Más que suficiente! —coincide la tía Trudy—. Hay que preservar el cuerpo para los análisis forenses. Y tu hermana tiene toda la razón. mi coche está ahí fuera y ya le hemos dedicado bastante tiempo a la anciana. Así que le devuelvo la mirada. —Echo una mirada significativa hacia Tonya —. Seguramente ve las series de misterio de la tele todos los domingos. la pastora se acerca a mí con los ojos entornados. Tu hija necesita ayuda. pero nunca como ahora. esa decisión no te compete. Pero no puedo echarme atrás. —Lara. Una acusación tan grave debe ser investigada. lo cual me viene muy bien. ¿eh? —No pienso decir nada. Diamanté.

Pero si ni siquiera la conocías… —Tal vez no o tal vez sí. Me quedo sola. Las flores… eh. Muchos querían. —Papá me toma del brazo—. como si las cosas se le estuvieran yendo de las manos. ¿Dónde está todo el mundo? —Algunos no han podido venir. La chica ha vuelto a aparecer enfrente del panel y observa fijamente la fotografía de la anciana encorvada. «¿Qué demonios acabo de hacer? ¿Me estoy volviendo loca?» La verdad es que eso explicaría muchas cosas. Cariño. Madre mía. —Lara. No es real. —Apenas ha reparado en mí y menos aún se ha molestado en darme las gracias. —Siento una punzada de culpa—. me digo con vehemencia. —Cruzo los dedos por detrás y confío en sonar convincente—. Ahora juguetea con un brazalete de serpiente que lleva en la muñeca. ¿eh? —refunfuño—. de veras. Ya sabes. Algo impresionante. pero… Me interrumpo al verla desaparecer como por ensalmo. ni en tu ex novio ni en las multas de aparcamiento. Lara. —Vale. —De nada. Había montones. ¡Me estás sacando de quicio! ¿Eres consciente de que nunca me perdonarán esta locura? ¡Y ni siquiera me has dado las gracias! Se hace un silencio y ella ladea la cabeza. Ella no parece oírme. la sala se sume en el silencio. Con miradas de alarma. ¿te asesinaron? —le pregunto. Por error. —Gracias —dice. —Entonces. me desplomo en una silla. espera aquí… Creo que todos los demás deberían salir.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Lara. Hay muchas cosas que no te cuento. —¡No sé dónde está tu maldito collar! —exclamo—. de indignación o compasión. todos desfilan por el pasillo y salen. mis visiones ni siquiera tienen modales. seguidos por la pastora. A mandar. Debo cumplir con mi deber. Es sólo un producto de mi conciencia culpable. —Cruzo los brazos—. —Papá… sal con los demás. —Casi empiezo a creerme lo del asesinato. —Mamá se acerca con expresión de angustia—. cariño. —¿Dónde están todas las flores? Si esto es mi funeral. —¿Y la gente? —Parece perpleja—.26 - . Todo saldrá bien. ¿dónde están las flores? —Ah. las han puesto en otro sitio. Quizá debería ingresar en uno de esos apacibles sanatorios donde te hacen dibujar en chándal y no tienes que pensar en tu empresa fallida. —¿Dónde está mi collar? —Pego un brinco del susto: ahora su voz suena otra vez ansiosamente en mi oído. Suspirando. —Será mejor que llame a la policía. . Escruta el recinto de arriba abajo como si hubiese algo que no entendiera. —No creo. La pastora parece aturdida. —Ahora adopto un aire noble e incomprendido—. Y es como si se hubiera roto bruscamente el hechizo. como una niña pillada en falta.

Se abre la puerta y me llevo un sobresalto. Esto es una locura. sin dejar de retorcerse el brazalete—. —Tío Bill —dice finalmente. Lleva unos zapatos de color crema minúsculos —un treinta y cinco. Uno de los hijos de Virginia. —Yo no creo en fantasmas —dice despectivamente. La chica mira para otro lado. —Ni yo. con botoncitos y tacones cubanos. Quizá algo más joven. Quieren que vayas a la comisaría. —La pastora entra en la sala. ¡estás muerta! ¿Qué eres entonces? ¿Un fantasma? Se hace un extraño silencio. le enmarca la cara cuando se echa hacia delante. Diría que es de mi edad más o menos. y ahora advierto que sus ojos grandes y luminosos son verdes. . quizá —. He hablado con la policía. William. Mi padre es Michael. Lo cual te convierte en mi tía abuela… —Me interrumpo y me llevo las manos a la cabeza—.27 - . oscuro y lustroso. ¡Soy real! —No puedes serlo —replico con impaciencia—. —Sí. sofocada y nerviosa—. Tiene un cuello largo y blanco. Virginia era mi abuela.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE y yo aprovecho para examinarla más de cerca. —Lara. ¿Cómo es posible que sepa el aspecto que tienes? ¿Cómo es posible que tenga una alucinación contigo? —¡No tienes ninguna alucinación! —Alza la barbilla—. El pelo.

envalentonándome—.28 - . veo que no está realmente en el alféizar. —Se sienta con formalidad y saca un bolígrafo—. sino flotando un par de centímetros por encima. —¿Y qué? —replico. —Lara. ve el hueco y se remueve.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 3 Resulta que la policía se toma un asesinato bastante en serio. por los nervios—. —Asiento con toda la seguridad de la que soy capaz—. aprieto los puños. Aunque. lo cual resulta casi más terrorífico que si llevara uniforme. Él me mira con una expresión indescifrable. ¡No sé nada de ti! ¿Cómo explico que te asesinaron? ¿Con un candelabro en el salón? Sadie no parece oírme. ha interrumpido el funeral de su tía abuela. —Me sale voz de pito. En menudo lío me he metido. «Vete». balanceando las piernas. pienso. supongo. Ay. Si mi cerebro la ha hecho aparecer. vete…» Sadie me echa un vistazo y suelta una risita. Me concentro al máximo. ajustando su posición para dar el pego. —Bueno… ¿usted no lo encuentra sospechoso? —improviso—. —Creo que tenía ciento cinco años. ¿Que se muriera así? Quiero decir. me repito con firmeza. Está sentada en el alféizar de la ventana. Ella sigue mi mirada. Seamos racionales. Inspector James. —Hola. Es alto y fornido. ¿Es que la gente de ciento cinco años no puede ser asesinada? No creía que la policía tuviera tantos . Me han metido en un cuartito donde hay una mesa. al fijarme mejor. Encantada. vete. tres sillas de plástico y varios carteles sobre cómo prevenir el robo de coches. también podrá librarse de ella. y una agente me ha dicho que enseguida vendrá un inspector. Es un producto de mi mente. —Exacto. Tendría que haber preparado una historia. «Vete. —¿Por qué? Lo miro impertérrita con el corazón a cien. Me han dado una taza de té y un impreso. ¿Es que te duele el estómago? En ese momento se abre la puerta… Y entonces sí siento una punzada en el estómago. Creo que hubo algo sospechoso en su muerte. —Me tiende la mano. Es un policía de paisano. Por lo que me dicen. —¿Qué voy a decirle al inspector? —exploto en cuanto se cierra la puerta—. O de escaparme por la ventana. contengo el aliento. Me dan ganas de reír histéricamente. la gente no se muere por las buenas. Soy una idiota. irritada. y vuelve a balancear las piernas con despreocupación. de pelo oscuro y actitud enérgica—. —Menudo aspecto tienes —dice—. debería haber previsto. —Bien. Dios. Cosa que. El inspector toma nota y levanta la vista.

En Potters Bar —repito. Como «punción lumbar» o «inspección de Hacienda». Algo sobre venenos y sobre un seguro. En Potters Bar. ¿Veneno? ¿Cuchicheos en el pub? —¡Intenta tú inventarte algo sobre la marcha! —le digo a la defensiva —. —¿No sabes hacer nada mejor? ¡No van a creerte! Se suponía que ibas a ayudarme. —¿Quién cree que asesinó a su tía abuela? —Fue… —Me froto la nariz para ganar tiempo—. ¡Dilo! ¡Dilo! ¡¡¡Dilo!!! —Ha sido el personal de la residencia —suelto por pura desesperación —. —Voy a consultar con un colega. Creo. —¡Eres un desastre! —chilla—. —Fairside. —Yo… eh… los oí cuchichear en el pub. además… . Cruzo los dedos bajo la mesa y trago saliva. El inspector me mira extrañado y carraspea. —¿Acusando de asesinato al primero que pasa? —No seas boba. En cuanto sale. ¿tiene algún motivo fundado para creer que ha habido algo fuera de lo normal en la muerte de su tía abuela? —¡Di que ha sido el personal de la residencia! —La voz de Sadie resuena como un chirrido de frenos—. «Prestar declaración» es una de esas expresiones que imponen. —Lara. Pero tu historia ha resultado patética. —Se pone en pie—. ¡Sin una buena historia no te creerán! ¡Y no aplazarán el funeral ni un minuto más! ¡Di que fue el personal de la residencia! ¡Que oíste cómo lo planeaban! —¡No! —exclamo sin poder contenerme. pero sus ojos ahora parecen alerta. Dios. me mira ceñuda y mueve las manos como si girase una manivela para arrancarme cada palabra. —¿Estaría dispuesta a prestar declaración ante un juez? Ay. El inspector James parpadea. No has dado ningún nombre. —S… sí. No tengo ni idea. El inspector me lanza una mirada penetrante. Me está poniendo de los nervios. Y ésa no es la cuestión. Pero a continuación apareció muerta mi tía abuela. no sé si divertido o irritado. Se hace un silencio. —De pronto reparo en que he tomado la idea de un serial que vi el mes pasado cuando estaba enferma. Sadie planea delante de él. El inspector termina de escribir y da unos golpecitos en la página con el bolígrafo. Sadie me lanza una mirada desdeñosa. —¿En qué se basa para afirmar algo así? El inspector sigue hablando con calma. En ese momento no le di importancia. Es… un poco… complicado… —Le echo un vistazo desesperado a Sadie.29 - . Desvío la vista hacia Sadie. —Trago saliva—. que tiene los ojos cerrados como si rememorase algo muy lejano. —Fairside —dice lentamente—. —¿Vio a esas personas? —No.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE prejuicios. Vuelvo en un minuto. —¿Cómo se llama la residencia? ¿Dónde está? Lo miro fijamente.

—Pero… —Parpadeo. O sea. Él se encargará de ordenar las pesquisas oportunas en caso de que las pruebas sean creíbles. Tendré que improvisar sobre la marcha. Ni siquiera he almorzado. Los he seguido. que estamos a salvo. Pero es demasiado surrealista. No pueden hacerlo. Dios. inventándome un asesinato y dejándome mangonear por una chica fantasma que en realidad no existe. Es lo peor que he hecho en mi vida. Luego veremos cómo continuamos. y parpadeo varias veces tratando de procesarlo todo. Quizá soy diabética y éste es el primer síntoma. —El inspector ha ido a hablar con otro polizonte —me explica entrecortadamente—. Incluso peor que la vez que me comí medio paquete de galletas. No debes permitirlo. Le ha mostrado sus notas y ha dicho: «¡Menuda pánfila nos ha tocado!» —¿Cómo que «pánfila»? —salto. me derrumbo en mi asiento. pero van a investigar por si acaso… —¿De veras? —digo. detrás de las rocas. y. mirándome con ojos suplicantes—. voy a pedirle a un agente que le tome declaración. temblando de pies a cabeza. Es inútil tratar de comprenderlo. recuerdo de pronto. A lo mejor todo se debe a un nivel de glucosa demasiado bajo. Todo esto no tiene sentido. Pregúntale. Todavía no. Estoy en una comisaría. en lugar de confesárselo a mamá. escondí el resto en el jardín. ¿Y qué pasará…? —Titubeo—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —La cuestión es que hemos de aplazar mi funeral. pero me callo de súbito al ver al inspector James. —¡Van a investigar! —Sadie ha reaparecido de sopetón y habla tan deprisa que apenas logro seguirla—. y ella se desvanece ante mis ojos. seguirá allí hasta que enviemos un informe al juez de instrucción. esto es desquiciante. gritando: «¡Que le corten la cabeza!» Me reclino con cautela en la silla. Algo espantoso. y el otro le ha dado la razón. Me siento como Alicia en el País de las Maravillas. casi temiendo que se volatilice también. Creen que seguramente te equivocas. Me he inventado un asesinato ante un policía de verdad. Y uno de ellos ha dicho que quizá deberían hacer un par de llamadas por si acaso. —Lara. —De pronto la tengo a dos centímetros. —Pues… gracias. Hace una leve inclinación y vuelve a salir.30 - . ¡Pregúntale! —Ése no es mi pro… —empiezo. incrédula. Sadie no hace caso. pero yo no! La puerta se abre y Sadie añade a toda prisa: —Pregúntale qué va a pasar con el funeral. En cuanto se cierra la puerta. ¿A salvo? —¡Tú estarás a salvo. y la observé sin decir ni pío mientras ella buscaba por toda la cocina. intimidada. Noto un embrollo tremendo en la mente. ¿Qué se hace… con el cuerpo? —Por ahora se quedará en el depósito. —Noto la mirada feroz de Sadie—. a los ocho años. Si decidimos abrir una investigación. En cualquier momento aparecerá con un flamenco bajo el brazo. —Pero luego se han puesto a hablar de otra residencia de ancianos donde sí hubo un asesinato. .

31 - . Me sentía feliz cuando lo llevaba. prefiero no ir a la cárcel y pescar alguna enfermedad espantosa. La primera por bailar una noche en la fuente del pueblo. qué irritante. —No te atreverías. —Le lanzo una mirada hosca—. Siento una punzada de compasión y estoy a punto de decir «Tranquila. cuando bosteza con afectación y. Lo llevé toda mi vida. estirando los esbeltos brazos por encima de la cabeza. Se retuerce las manos y mantiene la cabeza gacha. ¡Se puso hecho un basilisco! Y ríe convulsivamente. No nos dará tiempo. —Seguro que fue graciosísimo. claro. —No tendrías por qué si hubieras inventado algo mejor. muy bonito. dice: —Esto es un aburrimiento. con la mirada perdida. Nos interrumpe un golpe en la puerta y enseguida se asoma una mujer uniformada de aire jovial. Es el objeto más importante que he poseído. —Escucha —le digo por fin. Lo necesito. salvo sus pies. Teníamos unas esposas falsas. —Quizá sí. Dejo caer la cabeza sobre la mesa con un golpe sordo. No se mueve ni una mosca en la habitación. Por favor. —De repente se agita—. Está tan pálida y delgada que parece una flor marchita. —Empieza a reírse—. y mientras un policía me sacaba del estanque. Nunca había visto a una chica tan boba. No has resultado creíble ni coherente. —Vale. podemos ir a terminar tu funeral. —Deja de reírse de golpe—. ¡Pero bueno…! La miro ceñuda. muchas gracias. ¿Sabes que podrían detenerme? —¡«Podrían detenerme»! —se burla ella. —¿Tiempo para qué? —Para encontrar mi collar. otra vez subida al alféizar—. ¿para qué necesitas ese collar con tanta urgencia? ¿Y por qué ese collar en particular? ¿Era un regalo o algo así? Se queda en silencio. Fue divertidísimo. Perdí otras cosas. encontraré tu collar». parte de un disfraz. Personalmente. esta chica es inasequible al desaliento. mi amiga Bunty lo esposó para tomarle el pelo. —¿Lara Lington? . Bueno. ¿no te parece? Se tapa la boca para sofocar un grito. A este paso ni siquiera abrirán una investigación. ¿A ti sí? —¡Muchas veces! —responde a la ligera—. Por lo visto. que no para de balancear rítmicamente.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¿Sabes que he cometido perjurio? —le digo a Sadie—. levantando un poco la cabeza—. ¿Es que nunca te han detenido? —Pues claro que no —digo con ojos desorbitados—. ¿Así me demuestra su gratitud? —Si tan aburrida estás —le suelto—. Ojalá pudiera ir a un cabaret. —Me lo regalaron mis padres al cumplir veintiún años —dice al fin—. Pero… —Lo conservé toda mi vida. pero el collar lo conservé.

Nadie más puede ayudarme. salgo al vestíbulo de la comisaría y saco el móvil.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Una hora después. Saco el número del radio taxi que me ha dado la agente Davies y empiezo a marcarlo. —Sólo puedes verme tú. Debo decir en su honor que ni siquiera parpadeó. Es imposible que me haya creído.32 - . Ni siquiera qué aspecto tiene… —Es de cuentas de vidrio con diamantes de imitación —explica ilusionada—. me hace gestos . —No te olvidarás de mi collar. Comprendí demasiado tarde que era su nombre. ¿Acaso tengo yo pinta de corredora de marcha? Luego dije que había estado en casa de mi amiga Linda antes de ir al pub. Pues no lo he visto. Lara! ¿Eres tú? Un tipo rubio. así como recordando una ocasión en que dos policías trataron de detenerla a ella y a Bunty: «Aceleramos a campo traviesa y no consiguieron pillarnos con su automóvil: fue desternillante. Es un vestíbulo profusamente iluminado. Luego le explico mal la secuencia y me veo obligada a convencer a la mujer policía de que recorrí un kilómetro a pie en cinco minutos. Seguramente iré a la cárcel. —¡Oye!. Sadie se sienta de golpe. Menudo desastre. de nada —le digo—. Al menos. Dos tipos corpulentos con anoraks discuten acaloradamente y un policía trata de calmarlos. —Vale. —Gracias —murmura distraídamente. No ha sido de gran ayuda tenerla todo el rato hablándome al oído. con un jersey de cuello alto y vaqueros. no quería nombrar a ninguna amiga de verdad. pero no hago caso. En mi vida había pasado un trago parecido. Por favor. Ya te avisaré si aparece. Observo enfurruñada a Sadie. Ella me preguntó el apellido de Linda y yo solté «Davies» sin pensarlo siquiera. ¿verdad? —Dudo que lo olvide en toda mi vida —replico poniendo los ojos en blanco—. De pronto la tengo delante. Una vez más. Primero me olvido del nombre de la residencia. cerrándome el paso. Por mucho que me esfuerce.» —Bueno. Tengo unos veinte mensajes de voz. Acabo diciéndole que me estaba entrenando para convertirme en corredora de marcha atlética. —Cojo mi bolso—. —Vale. Retrocedo a un rincón que parece tranquilo. Me largo. Serán mamá y papá dando la lata… —¡Eh. Sólo de pensarlo me muero de vergüenza. El cierre es una madreperla incrustada. no dije «Kaiser Soze». Paso por su lado. Lo leí en el encabezamiento del impreso: agente Davies. con un linóleo mugriento en el suelo y un mostrador que ahora mismo está vacío. Lo que me faltaba. Tampoco dijo si investigarán. he terminado de prestar «declaración». Genial. Ni siquiera hay una Linda entre mis amigas. ¡no basta con decirme: «Encuentra mi collar»! —exploto—. muy bien. Yo no sé nada de ese collar. Me llega hasta aquí… —Se señala la cintura—. corrigiéndome y añadiendo sugerencias. Se limitó a darme las gracias y me anotó el número de un radio taxi. que se ha tendido en la mesa y contempla el techo.

—¡Bien! ¡Perfecto! —Se acerca—. . Lara… nos vemos —dice alzando la mano—. bueno. —Lo vi en una feria de anticuarios —improviso— y me encantaría encargar uno igual. Ha sido un placer verte de nuevo.33 - . Así pago el alquiler… ¿Y tú? ¿Estás casada? ¿Sales con alguien? Lo miro con una sonrisa forzada. ¿la recuerdas? —Me muestra un anillo de boda plateado—. nada del otro mundo. La gente describe a los maleantes. Aunque ya estoy bien. Acercamos un par de sillas y Mark saca una hoja de papel y varios lápices. —¡Soy yo! ¡Mark Phillipson! ¡Del instituto! —¡Mark! —exclamo—. entramos en una salita con sendos vasos de té de la máquina. Gracias. Poco después. —Dibujante de la policía. ¿Sabes cómo llegar a casa desde aquí? —Pediré un taxi. ¿tú qué tal? —Estupendamente. Es sólo… en fin… —Agito la mano. ¿Podrías hacerme un pequeño favor? —Claro —dice encogiéndose de hombros. Vamos allá. ¡Podría sernos de ayuda! —Cierra el pico y déjame en paz —mascullo mientras le dirijo a Mark una sonrisa radiante—. hago esto. sí. Me casé con Anna. —Bueno. como quitándole importancia—. todo bien. No deja de ser una novedad. ¿cómo estás? —Lo único que recuerdo de él es que tocaba el bajo en el grupo del colegio. Mark parece algo desconcertado. ¡Pídeselo! ¡Rápido! —¡No! —¡Pídeselo! —Le sale ese chillido de alma en pena que me taladra el tímpano—. Un asesinato. Ahora atravieso un buen momento. Es decir. —¡No dejes que se marche! —Es la voz de Sadie en mi oído. que me da otro susto de muerte—. ¿Y qué haces tú en comisaría? ¿Va todo bien? —Sí. Aparte. —¿Eres policía? Se echa a reír. Y trato de tener éxito como pintor. Dios mío. tiene su importancia… — me corrijo al ver su expresión—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE con la mano. Un beso a Anna. yo los dibujo. —Sí. lápiz en ristre. —Alza las cejas—. por Dios! —¡Mark! —He gritado tanto que los hombretones de los anoraks dejan de pelearse y se vuelven para mirarme—. Pero soy un desastre dibujando… Y de repente se me ha ocurrido que quizá tú… —No hay problema. —Bebe un sorbo de té. —Tuve un novio —digo al fin—. —¿Un asesinato? —Me mira atónito. ¡Pídeselo-pídeselo-pídeselo! ¡Aggg! ¡Va a volverme loca. He apretado con tal fuerza el vaso de plástico que se ha rajado. Aunque será mejor que no hable demasiado… En fin. Un collar. y yo miro a Sadie con el rabillo del ojo. —¡Él podría dibujar el collar! ¡Así sabrías lo que estamos buscando! — Se pone otra vez delante de mí—. Mark. —Bueno. Pero no funcionó. Adiós.

—Consulta su reloj—. —¡Taxi! ¿Puede llevarme a Kilburn? Mientras el coche arranca. Poco corriente. No te olvides de la libélula. Me apresuro a cruzar la puerta. Pero la cordura se impone. Me recuerda algo. Exacto. —Y la libélula —murmura—. Ése es mi collar. No: entre mil millones. —¡A mí qué me cuentas! Salgo al vestíbulo. Comida moderna —le explico al ver su perplejidad—. la guardo en el bolso y me arrellano en el asiento. Se me ha ido. —Perfecto —le digo a Mark—. alzando las manos como si pudiera tocarlo—. Muchas gracias. Fuera. ¿Ahora sí? Miro a Sadie. Y si existe. Largas hileras de cuentas de cristal. Poco a poco. Con diamantes de imitación entre medias. No. Casi translúcidas. asintiendo con la cabeza—. Los ojos le brillan—. Durante cinco minutos Mark dibuja. despliego la hoja en mi regazo y contemplo el collar una vez más. —Eso es —suspira Sadie al fin. Lo observamos en silencio. Y luego un curry de pollo con chapati. —¿Y yo qué hago? —dice desanimada. siento un atisbo de excitación ante la idea de encontrarlo. —Así que esto es lo que buscamos. —Ajá. —Dos hileras de cuentas de cristal —digo—. —Mira otra vez el dibujo con el entrecejo fruncido y sacude la cabeza—. mirando por encima de su hombro—. las posibilidades de encontrar el collar de una difunta anciana que debió de perderlo o romperlo hace muchos años son aproximadamente de… una entre un millón. Y de bastante valor.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Es de cuentas de cristal —dice. el collar cobra vida sobre el papel. tratando de imaginármelo en la vida real. he de reconocerlo. —Es bonito —dice él al fin. casi disculpándome—. borra y vuelve a dibujar. —Borra y luego dibuja unas cuentas más alargadas—. ¡Ahora no pienso buscar nada! Me voy a casa a tomarme una buena copa de vino. Es muy bonito.34 - . Una vez a solas. Una doble hilera de cuentas de cristal casi translúcidas. —Asiente y empieza a dibujar unas cuentas circulares—. Probablemente ni siquiera existe ya. —Las cuentas eran más ovaladas —repito. Y con diamantes de imitación entre medias. Doblo la hoja. —No hay problema. Tengo que largarme pitando… —Está bien. Los diamantes de imitación parecen centellear incluso en el dibujo. —¡Sí! —Sadie me mira con entusiasmo—. Sadie ha dicho que las cuentas son de un cristal iridiscente amarillo pálido. que lo observa hipnotizada. un taxi está dejando a una pareja de ancianos. Y después me meteré en la cama. diamantes de imitación centelleantes y un enorme colgante en forma de libélula con más diamantes incrustados. a medida que yo le transmito los comentarios de Sadie. ¿Por dónde empezamos? —¿Estás de broma? —Cojo mi chaqueta y me pongo en pie—. Debe de ser un collar asombroso. Por un instante. cojo el dibujo del collar. ¿Así? —Más ovaladas —dice Sadie. Lo has conseguido. No .

Cierro los ojos sin hacer caso de la vibración incesante de mi móvil y me entrego a una ligera somnolencia.35 - . .SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE sé dónde está Sadie ni me importa. Menudo día.

sus gritos de alma en pena… sin duda creaciones de mi propia imaginación. Yo también estoy preocupada por mí. De hecho. Seguramente llama para darnos las gracias. —¡Hola! —Suena un brusco estrépito cuando Kate. Doblo rápidamente el dibujo. de Leonidas Sports. —En fin —replico en tono enérgico—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 4 Al día siguiente. sí —añade deprisa—. Me parece que empiezo a comprender a mis padres por primera vez. —Hace una pausa mientras recoge su pelo rubio con una goma—. y en ese momento suena el teléfono. Ahora estoy bien. lo meto en el bolso y cierro la cremallera.36 - . nuestra secretaria. —Kate toma su bloc con el estilo eficiente que la caracteriza—. ¿Te encuentras bien? —Sí. —Observa mi expresión de pánico—. El collar. —No muy bien. Sadie. ¿Hay algún mensaje? —Sí. No tenemos una oficina muy espaciosa. abre la puerta y derriba una pila de archivos que he dejado en el suelo mientras sacaba la leche de la nevera. Shireen no paró de llamar en todo el día. La miro alarmada. ¿Qué me pasó ayer? Seguramente se me fundieron los plomos a causa de la tensión. —¡Genial! Shireen es uno de los pocos tantos a nuestro favor en L&N Selección de Ejecutivos. Me dijo que volvería a llamar hoy a las nueve. lo único que me queda de mi alucinante experiencia es el dibujo del collar. —Ya suponía que había pasado algo. Empieza la semana que viene. Bueno. Kate echa un vistazo al identificador de llamada y abre unos ojos como platos. —¿No le habrás dicho que Natalie se ha largado? —¡No! ¡Claro que no! —La tengo bien adoctrinada sobre lo que puede contarles a mis padres. una empresa de software. es bastante atlética. inclinándose sobre la fotocopiadora para llegar al perchero. tomando un café y ojeando el dibujo. eso creo… —Tengo que controlarme. o sea: nada. ¿Quieres que conteste? . La colocamos hace poco como directora de operaciones en Macrosant. Debe de ser ella. —¡Dios mío! —se horroriza—. Sadie ha desaparecido y todo se asemeja a un sueño. Por suerte. que digamos. ¿qué tal el funeral? Cuelga su abrigo. Te llamará hoy. —Ah. para que la pongas al día. no importa. —¿Algo más? —le pregunto. Tu padre llamó por la tarde y me preguntó si has estado muy estresada últimamente. —Bueno. Perdí un poco la chaveta. A las ocho y media me encuentro ante mi escritorio. Llamó Jane. acabé en comisaría.

Solíamos quedar de vez en cuando para tomar una copa y me contaba . y en el acto suena el aparato de mi escritorio. Algo espectacular. «desarrollo profesional» y «palmaditas en la espalda». Confiaba en hablar con Natalie. La primera vez que hablamos me dijo que los miembros del equipo de Leonidas Sports eran «tipos expeditivos». pero se encoge de hombros. ¿qué candidatos tenemos para Leonidas Sports? —Hummm… El tipo con un vacío de tres años en su currículo. de «estrategias de contratación». no imaginaba que el trabajo de cazatalentos fuera tan duro. —Le paso ahora mismo la llamada —dice Kate con su tono más melifluo. como disculpándose. todo el mundo se pone a recordar su propia historia de una espantosa-enfermedad-sufrida-duranteun-viaje y ya no te hacen más preguntas. Recuerdos a Natalie. Pero te informaré en un plazo muy breve. —Hola. «jugadores curtidos» que manejaban el mercado con «mano de hierro». Espero a que prosiga. Bueno. Natalie siempre lograba que me pareciera apasionante. Le han ofrecido un puesto en una compañía americana. Antes de abrir la empresa. ya. Me alegro de oírte. Todos tipos expeditivos. Por suerte. y la cleptómana. Rectifico: Natalie prometió encontrarles un director de marketing. Hablaba de la emoción del rastreo. Ése es el cuento que he hecho circular desde que decidió no volver de Goa. Llamaba para ver si hay noticias. Y ese bicho raro con caspa. y les hemos prometido encontrarles un director de marketing. Aquí está la lista. Me entrega una hoja y repaso los tres nombres. Me basta con saber que estás en ello. Son verdaderas nulidades. —¿Nadie más? —Paul Richards se retiró ayer. desesperada. —Janet es de esas mujeres que no malgastan el tiempo en charlas intrascendentes—. Pronto contarás con una selección definitiva de primera categoría. por desgracia Natalie aún… sigue pachucha. —Dime. Adiós. El estómago se me encoge de los nervios. —Eh… sí. Lara —dice con su voz ronca—. Lara. —¿Puedes adelantarme algún nombre? —Ahora mismo no —respondo con un sobresalto—. —¡Janet! —exclamo fingiendo aplomo—. El corazón me va a cien. Vas a quedarte impresionada. quiero esconderme debajo de la mesa. Ah. Estaba a punto de llamarte. Leonidas Sports es nuestro principal cliente. si dices «Ha estado en la India». —Ah. pero me la imagino de metro noventa y con bigote. será lo mejor. —Retuerzo el cable del teléfono—. Hay una lista preliminar y tengo encima de mi mesa la ficha de algunos candidatos muy sólidos. Dios mío. Nunca me he encontrado cara a cara con Janet Grady. Es una cadena de material deportivo con tiendas por todo el país. Cuelgo y miro a Kate. —Pero estamos haciendo progresos —continúo—. No podemos enviar esta lista. Le hago una mueca a Kate y descuelgo. —Muy bien. Sonaba terrorífico.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE No. te lo aseguro.37 - .

cuando mencionas el descuento del cincuenta por ciento a los empleados en raquetas de tenis. Se la ve tan brillante y segura de sí misma… Incluso cuando íbamos al colegio. Hago un esfuerzo tremendo para mantener el optimismo. todo funcionaba de fábula. Natalie consiguió este cliente. corrían rumores de que iban a hacer drásticos recortes de plantilla. Natalie sabe cómo se hace. Los nombres brillan sobre el papel como caramelos relucientes. Pero ¿cómo? ¿Y si ni siquiera se dignan hablar conmigo? Después de hacer este trabajo por mi cuenta unas cuantas semanas. Lo que tienes que hacer es buscar auténticos directores de marketing. cuando fundamos la empresa. aunque dejes tres mensajes a su secretaria». Hasta que desapareció y caí en la cuenta de que no había aprendido ningún truco.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE unas historias tan increíbles de su trabajo que me daba envidia. —Doy una palmada en la mesa—. Yo no. Además. No todos pueden estar contentos con su puesto. Talentos genuinos y con trabajo. —Kate se pone las pilas—. encima del ordenador hay uno que reza: «Los mejores talentos ya están en el mercado. .» Saco por millonésima vez nuestra lista original. Enseguida consiguió algunos contactos importantes y se pasaba la mayor parte del tiempo fuera. El director de marketing de Woodhouse Retail. ya tengo varios mantras de mi propia cosecha: «Los mejores talentos no se ponen al teléfono». Pero no tiene sentido seguir pensándolo. Me mira preocupada. Levanto la vista y veo a Kate. Voy a hacer unas llamadas. —Te traeré un café recién hecho. ¿no? Tiene que haber alguno que estaría encantado de trabajar en Leonidas Sports. uno a uno. y no he llegado a ninguna parte. Yo no dejo de estudiarlos como si fueran signos rúnicos de una antiquísima religión. —En fin. Nos quedaremos aquí toda la noche si hace falta. «Los mejores talentos. arrugada y manchada de café.» Al menos éste lo entiendo: significa que no has de revisar el currículo de todos los ejecutivos despedidos la semana pasada de algún banco de inversiones y tratar de presentarlos como si fueran directores de marketing. «Los mejores talentos no quieren dedicarse a la venta de material deportivo». Natalie iba a ganarse a todos los candidatos de categoría.38 - . Al principio. A Natalie le pirran los mantras de negocios y los tiene pegados en post-its por todo su escritorio. se ríen en tus narices. Yo me dedicaba a montar la página web y a aprender (eso se suponía) los trucos del oficio. de pie sobre una pierna y rascándose la pantorrilla con la otra. La verdad es que Natalie siempre me ha tenido un poco deslumbrada. El jefe de marketing para Europa de Dartmouth Plastics. «Los mejores talentos no devuelven las llamadas. me lancé sin dudarlo. Así que. y la hojeo con pesimismo. con la esperanza de averiguar qué se supone que debo hacer. Aunque la verdad es que ya he probado con todos. —Tenemos tres semanas para encontrar un director de marketing expeditivo e implacable para Leonidas Sports. ella siempre sabía la jerga de moda y se las arreglaba para colarnos en los pubs. Redactar textos publicitarios en la página web de un fabricante de coches me parecía aburridísimo en comparación. haciendo relaciones públicas. Todo iba viento en popa. cuando me propuso crear una empresa juntas. Por ejemplo.

39 - . A Kate también le ha dado por leer los mantras de Natalie. Lo que necesito es un mantra que me explique cómo ir más allá de la pregunta con que siempre te salen al paso: «¿Para qué tema es?» Me deslizo con mi silla hasta el escritorio de Natalie para sacar todos los documentos de Leonidas Sports. No lo había visto antes. —James Yates. pero aun así lo oigo. —¿L&N? —Parece receloso—. —Hola —digo. —Somos una empresa relativamente nueva. ¿Puede hablar? —Es lo que siempre dice Natalie cuando está al teléfono: la he oído un montón de veces. pierdes»—contesto. mascullando maldiciones. Me detengo de pronto al notar un viejo post-it que se me ha pegado no sé cómo en la mano. si le apeteciera hablarlo. la fábrica de cerveza! Figura en la lista original. móvil. —La línea crepita un poco. Adiós. —«El sueldo. al frente del departamento de marketing de una empresa dinámica y pujante dedicada a la venta al por menor. deslizo la silla hasta mi escritorio y marco el número. quizá durante un almuerzo discreto en un restaurante de su elección… —Voy a desmayarme si no respiro un poco. así que me detengo para tomar aire. Se comporta como si actuara en una película sobre multinacionales agresivas. ¡Es el director de marketing de Feltons Breweries. así que empiezo a recoger todos los papeles del fondo. Es una oportunidad apasionante. ¡El móvil de James Yates! No puedo creerlo. y lo llamo para ver si estaría interesado en un nuevo puesto. el sueldo. hay un enorme potencial en Europa… —Lo siento. Tendrá la oportunidad de expandir sus horizontes. el sueldo» —dice. yo misma y Natalie Masser… —No me interesa.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Adoro a Kate. dice: «James Yates. aunque ya un poco borrosa.» Y luego un número. Soy Lara Lington. soy de L&N Selección de Ejecutivos. —¿Quién es? —responde con tono suspicaz—. El problema es que no te enseñan cómo se hace el trabajo. —Ha colgado. —Me desplomo en mi silla mientras ella me deja . —Es una oportunidad maravillosa —me apresuro a replicar—. Ni siquiera me ha dado una oportunidad. procurando aparentar aplomo—. —«Si te duermes. —¿Qué ha dicho? —Kate se acerca con una taza de café en la mano y una expresión esperanzada en la cara. Pero allí donde esté. en lugar de trabajar para dos personas en un despacho de tres metros cuadrados y con una moqueta medio mohosa. ¿Dice que llama de Lingtons? Doy un suspiro mental. llevará el móvil encima. El clasificador de cartón se ha caído de las varillas dentro del cajón. ¡Sería perfecto! Siempre que llamo a su oficina me dicen que ha salido «de viaje». ¿no? Temblando de excitación. No los conozco. —No. —¡Y el diez por ciento de descuento en ropa de deporte! —grito al tono de marcar. escrita con rotulador morado. La nota. y ahora solemos citárnoslos mutuamente.

No vamos a conseguirlo. ¿Qué clase de problema? —Mi perro. y luego varias veces más. ¿Cómo ha aparecido de repente un perro en esta historia? —¿Lara. Bueno. Que la política de la empresa no contempla la entrada de animales en la oficina. Hay un problema. Voy a llamarlos ahora mismo. Lara. Pero no es algo habitual llevar perros al lugar de trabajo… —Claro que sí. Aquí no hay perros. —¿Y no podríais hacer una excepción con Shireen? —Me temo que no.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE delante la taza—. Ya te lo he dicho. —¿Un problema? —Intento sonar relajada—. sigues ahí? —¡Sí! —digo. Pero acabo de hablar con recursos humanos para ver dónde podría colocar una cesta para él y me han dicho que es imposible. Shireen! ¡Un placer oírla de nuevo! Le paso con Lara. Lo siento. Estoy segura de que no te discriminan. Shireen. es un éxito de la empresa. es una política que afecta a todo el edificio. ¿Puedes creerlo? Obviamente. ¿Todo listo para tu nuevo trabajo? Sé que es un puesto muy importante para ti… —Lara —me interrumpe con voz tensa—. lo entiendo. Me están discriminando. —¿Ninguno? ¿Ni un cachorro? —Esa vacilación me ha puesto la mosca detrás de la oreja. ha sido un éxito de Natalie.40 - . ¿Shireen Moore puede llevar su perro al trabajo? —No está permitida la entrada de perros en el edificio —responde con amabilidad—. de L&N Selección de Ejecutivos. estrictamente hablando. nunca habría aceptado el puesto. . No. —Ni un cachorro. ¡Por eso di por supuesto que no habría problemas! De no ser así. Varias veces. —¿Tu perro? —Tengo la intención de llevarme cada día a Flash al trabajo. no me cabe duda de que le tienes mucho cariño a Flash. —¡Hola. pero yo he hecho todo el trabajo de seguimiento. Se me cae el alma a los pies. — Va a su mesa y atiende con su mejor estilo—. —Cuelgo y marco el número de recursos humanos de Macrosant—. Está bien. Lo oí la primera vez que fui allí. —Sí. Shireen! —digo jovialmente—. —Claro. —Tranquila. Más problemas no. por favor. ¿Jean? Soy Lara Lington. A lo mejor es un brillante ejecutivo deseoso de encontrar un nuevo trabajo. En todo caso. —Se equivoca —responde Jean tras una fracción de segundo—. L&N Selección de Ejecutivos… ¡Ah. Miro perpleja el auricular. —Hago una pausa—. espera que me sienta tan indignada como ella. —Ha recobrado la calma—. La cuestión es que Shireen cree haber oído un perro allí. — Me dedica una sonrisa radiante y yo se la devuelvo. Al menos hemos tenido un éxito. —Es educada pero inflexible. Hay otro perro en el edificio. y el teléfono empieza a sonar—. saliendo de mi estupor—. es una de las condiciones del seguro. Sólo quería aclarar una cosita. claro que sí —dice Kate. Escucha. porque fue ella quien la colocó.

—Shireen… —Me dan ganas de aporrearme la cabeza contra la mesa —.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Bueno. Una vez oí a Natalie echándole la bronca a un tipo que dudaba si aceptar un puesto en Dubái. gracias por atenderme. Hay un perro allí. Cuelgo y comienzo a dar golpecitos con el lápiz en mi bloc de notas. nos volvemos hacia su escritorio. Quiero decir… no tomes una decisión precipitada. ¡Mierda! —¿Qué piensas hacer? —pregunta Kate. como si hubiera estado esperando junto al teléfono.» Tras un suspiro. Yo me encargo de arreglarlo. He llamado a Jean y dice que nadie tiene un perro en el edificio. ya sé que soy una novata. Es muy probable que necesite un perro para conservar la cordura. Cuando salíamos a tomar una copa y Natalie me contaba anécdotas de cómo había cazado a un talento fuera de serie. sí. reluciente y vacío. Pero ¿qué puedo hacer? No voy a llamar otra vez a Jean para decirle: «No te creo. Shireen es una chica muy brillante y apasionada. Pero ese aspecto de la cuestión no parece ocupar un lugar muy destacado en su agenda. la cantidad de decibelios en este despacho ha disminuido un ochenta por ciento. la verdad es que no me identifico demasiado con su estilo. Aquí hay gato encerrado… bueno. Desde que se fue. Seguro que hay uno en el edificio. Creía que ayudar a la gente en su carrera daba más satisfacción que vender coches. ¡yo oí ladrar a ese perro! Cuando hay un perro en un sitio lo percibes… Bueno. Shireen. Lo que a mí me atraía de este oficio era la idea de trabajar con gente. desde luego. por favor. Me la imagino ahora mismo dibujando esa interminable rejilla geométrica que garabatea obsesivamente allí donde esté. voy a tener que renunciar al puesto. Oye. ¿No podrías haber comentado antes lo del perro? ¿En alguna de las entrevistas. cosa bastante probable. ¿eres tú? Ha descolgado en el acto. Tengo una repentina visión de Natalie sentada allí: tamborileando sobre la mesa con las uñas pintadas y levantando la voz mientras hace una llamada de alto nivel. soy yo. Dice que es una cláusula del seguro. yo no pienso trabajar sin Flash. ahora que conozco las ideas y la manera de hacer negocios de Natalie. seguro. —¡Noooo! —salto consternada—. Un silencio mientras Shireen digiere la información. te lo prometo. de cambiar sus vidas. Quiero decir. Pero el trabajo es una de las cosas . Y a lo mejor un poquito idealista. ¿Qué haría Natalie? Instintivamente. Lara. como siempre me dice papá. yo me interesaba tanto en la historia que había detrás como en la operación misma. Te llamaré muy pronto. No fue agradable. Por mucho que me niegue a admitirlo. —Lara. Lo lamento. —Le habría dicho que se dejara de pamplinas.41 - . La habría tachado de excéntrica y poco profesional. vuelvo a marcar el número de Shireen. por ejemplo? —Di por sentado que no habría problema. —Mienten —dice al fin—. perro. —Cuelgo jadeando y hundo la cabeza entre los brazos—. —Sí. —Tal vez le habría dicho a Shireen que debía ocupar el puesto y que la demandaría si no lo hacía —aventura Kate. —No lo sé.

Y lo que yo digo es… que primero voy a pensármelo. Kate parece tan afligida como yo. Consiste básicamente en una página tras otra de fotos de tipos dinámicos vestidos a la última. Business People es una lectura esencial para un cazatalentos. y no de escabullirse. —Déjeme ver… —dice al auricular—. ¿Quiere indicarme un restaurante? . ¿Qué me pasa? Que sólo hablo un idioma. es deprimente. —¡Exacto! —exclamo aliviada—. debería llamar a Shireen otra vez y hacerle pasar un mal rato —admito a regañadientes. el Business People. Procurando que parezca una manera firme de actuar. Estoy segura de que Lara podría hacerle un hueco en su agenda. La veo roja de excitación mientras habla por teléfono—. Y en la base del montón. Es cierto. Veamos… Ah. echo la cabeza atrás y contemplo el techo mugriento. y yo no. Y la verdad es que ahora mismo necesitamos comisiones como sea. aguarde un momento… Pulsa el botón de espera y suelta un chillido: —¡Es Clive Hoxton! El que dijo que no estaba interesado en Leonidas Sports —añade al ver que no reacciono—. El sueldo no lo es todo. Y mientras ella no esté. y debería satisfacer a las personas. Kate asiente.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE más importantes de la vida. Pero. El tipo del rugby. claro. Me pongo a hojearla. por Dios. Quiere concertar un almuerzo para hablarlo. ¿Cómo lo consiguen? Mi tío Bill y toda esa gente que sale en la revista… Deciden abrir una empresa y se convierte en un éxito instantáneo. que tienen despachos inmensos y espacio de sobra para colgar el abrigo. Que no tengo un guardarropa de trabajo con trajes chaqueta de Dolce&Gabbana y camisas estrafalarias de Paul Smith. Parece tan fácil… —Sí… sí… —Kate está haciéndome señales desde su mesa. No podría ser más perfecto para el puesto de Leonidas Sports. Mientras voy pasando de un personaje de altos vuelos a otro. mi ánimo decae progresivamente. Se hace un silencio. la jefa eres tú. Clive Hoxton es el director de marketing de Arberry Stores y fue jugador de rugby del Doncaster. por favor.42 - . Que nunca me han propuesto presidir un comité internacional. Le ha quedado un hueco imprevisto. a ver si encuentro a alguien que pueda convertirse en director de marketing de Leonidas Sports. Un oferta para enviar a todo mi personal a un viaje a Aspen destinado a «crear equipo». Pues quizá sí lo esté. Pero. una revista de famosos del mundo de los negocios. —O sea. —La cuestión es… —titubea— que tú no eres Natalie. Finge que estoy ocupadísima entrevistando a otros candidatos. Soy la jefa. Así que deberías hacer las cosas a tu manera. Cierro tristemente la revista. —Dios mío… ¡Él! —La moral me sube de golpe. Una factura de papel de oficina. por eso Natalie es una cazatalentos de éxito y ha cobrado comisiones espectaculares. qué suerte. después de todo. aparto el teléfono y empiezo a echar un vistazo al correo. pero cuando hablé con él me dijo que no quería cambiar. ¡No puedo creer que haya llamado! —¡Aguantemos el tipo! —digo—. Lara tiene hoy una agenda muy apretada.

que está a la vuelta de la esquina y tiene un menú a mediodía de 12. ¿no? Quizá han bajado los precios. Lyle Place. Y el bicho raro tampoco es tan desastroso si encontramos un modo de librarlo de la caspa… —¡Todo arreglado! —dice Kate tras colgar—. Si quiere un almuerzo en Lyle Place. ¡Clive Hoxton es un nombre de primera! Es expeditivo y un jugador curtido. —Ha dicho que puede conseguir una reserva. un poquito de sashimi y un vaso de . Tendría que haberlo hecho yo. Habría escogido el Pasta Pot. Tiene una fuente en medio del local y un enorme acuario de langostas. Le he pedido que escogiera un restaurante y ha dicho… —¿Qué? —El corazón me palpita—. —Bromeas. es deportista. —¡No habrá sitio! —digo repentinamente aliviada—. decido sobre la marcha. Lyle Place abrió hace unos dos años y fue bautizado de inmediato como «el restaurante más caro de Europa». yo nunca he estado. Se me encoge el estómago. todos pensarán: «¡Vaya. ésa es la única pega. me quitaré de encima a la cleptómana. valdrá la pena. —Quizá no sea tan caro como creemos —dice Kate. —Titubea—. No me atrevo siquiera a pensar lo que me costará un almuerzo para dos en Lyle Place.95. me doy cuenta de lo patético que quedaría. —Peor. si podemos meterlo en la selección final. Al fin y al cabo. —Maldita sea. Es una inversión. Estará lleno. los periódicos no paran de hablar de lo mal que va la economía. Equilibrará la balanza junto al bicho raro y la cleptómana.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Me sonríe de oreja a oreja y yo le choco esos cinco en el aire. esperanzada—. ¿no? Has de dar la imagen de una ejecutiva de tomo y lomo. —Cierto. —Claro que no. Estamos sin blanca. Tomará. Kate se mordisquea el pulgar. No puede ser un tragaldabas. —¡Magnífico! ¿Dónde? —Bueno. A ver. Obviamente. Cuando te vean almorzando en Lyle Place. Y la va a poner a tu nombre. Conoce a alguien. no sé. y lo frecuentan muchos famosos. Y a lo mejor él no pide gran cosa —añado con repentina inspiración—. tendrá un almuerzo en Lyle Place. copa de vino incluida. Tendré que usar mi tarjeta de crédito. O tienen una oferta especial. Nunca deberíamos haber permitido que él eligiese el restaurante. tiene que irle de fábula si puede permitirse traer a sus clientes aquí!» —Pero ¡es que no puedo permitírmelo! ¿No podemos llamarle y cambiarlo por un café? Incluso antes de terminar de decirlo. ¿No será en Gordon Ramsay? ¿O en ese tan pijo de Claridge? Kate hace una mueca. Todo lo que sé lo he leído en el Evening Standard. —Bueno. Almuerzas con él a la una en punto. De hecho. —¿Cuánto queda en el fondo de gastos? —Unos cincuenta peniques —suspiro—.43 - .

A la izquierda hay una jaula de pájaros exóticos. No paro de hacer cuentas y el resultado nunca baja de las trescientas libras. la gente come y bebe despreocupada. Se filtra entre rocas volcánicas y tiene un sutil regusto alcalino. ¡Un entrante! «Media docena de ostras: 46 libras. mis ojos recorren la carta impresa en plexiglás. —Mi voz suena apagada—. como si todo esto fuera completamente normal.» El estómago se me encoge otra vez. Tiene cuarenta y pico años. Seguro que. ojos de rana y bigote. Si les gusta con gas. ¿desataría una desbandada en masa? —Naturalmente. el consejo de administración quiere un director de marketing capaz de supervisar esta nueva expansión… Ni siquiera yo entiendo las tonterías que digo. en cuanto regresan a la cocina. Hoy en día nadie bebe alcohol en las comidas de negocios. Ésta es nuestra carta de aguas. siento un escalofrío. —Bueno. ¿Qué tiene de malo? Y en todo caso. el pelo grisáceo. tampoco puede costar tanto. «Ceviche de salmón al estilo origami: 34 libras. Y podemos limitarnos a tomar un plato y el postre. la Chetwyn Glen es una auténtica delicia —añade—. —Me obligo a asentir en plan inteligente y el camarero me mira sin parpadear. encogiéndose de hombros. de vez en cuando. —¿Agua mineral? —Ha aparecido un camarero y nos ofrece a cada uno un recuadro de plexiglás azulado—. Kate tiene razón.» Y es un entrante. A mi derecha está el famoso acuario de langostas. Estoy sentada en una silla transparente ante una mesa cubierta con un mantel impecable. Y segurísimo que no bebe.44 - . ha pagado! ¡Por una botella de agua!» —Prefiero Pellegrino —dice Clive. Ni el menor indicio de estos tiempos difíciles. comamos lo que comamos. ¿Fanfarronean? ¿Están todos temblando por dentro? Si me subiera a una silla y gritara: «¡Es demasiado caro! ¡No estoy dispuesta a pasar por el aro!». A lo largo del salón. Leonidas Sports acaba de comprar una cadena holandesa… Mientras voy hablando en piloto automático. Cada vez que veo un precio. ¿no? Ay. Un entrante y una buena taza de café. —Ah. lleno de crustáceos de todas clases que se arrastran entre rocas y que.» No hay ninguna oferta especial. cuyos trinos se mezclan con el murmullo de fondo de la fuente que ocupa el centro del salón. O sin postre. «Filete de pato con tres combinaciones de naranja: 59 libras. porque Clive Hoxton acaba de pedirme que le repita las condiciones del puesto. Salvo que no puedo. Dios mío. lo cual empieza a provocarme náuseas. No ha . Me estoy armando de valor para echar un vistazo a los platos principales. acaban en la red de un tipo que ha de subirse a una escalera para pescarlos. Ya nadie bebe en el almuerzo. se mondan de risa: «¡Quince pavos. Empiezo a sentirme más optimista. creo que voy a desmayarme. Como bien sabes.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE agua.

Pero habrá valido la pena. Ha de ser «champagne gran reserva»… Grrrr. podemos pasar directamente al plato principal… —No tengo prisa. ¡Por el puesto! Estoy muy contenta de que hayas cambiado de opinión. Tiene que valerla. con una lúgubre risita. —El camarero asiente.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE sonreído ni una vez desde que nos hemos sentado. pues? —sugiere el camarero. El muy sádico no puede sugerir simplemente champán. El camarero se aleja finalmente. —Me encanta la comida italiana —digo con una risita relajada—. Así que tomaré solamente una ensalada César. Pasaré el resto de mi vida pagando este almuerzo. el risotto. Si tienes prisa. alzando mi copa—. —Echemos un vistazo a la carta. Y luego estoy dudando entre la langosta y el risotto con setas. Recorro discretamente la carta con la vista. 90 libras. y yo me obligo a sumarme a la propuesta. Y seguro que las setas están deliciosas. Lo miro desconcertada. Elige lo que te apetezca. —¿Una botella de cada. Pero tú decides. —¿Y tal vez una copa de champagne gran reserva para empezar? — sugiere el camarero con una sonrisa afable. —No he cambiado —dice. Clive. — Pero no las ostras. —Una ensalada César. ¿Y tú? —Ninguna —me apresuro a responder—. para empezar —dice. —¿Te apetece seguir con agua. ¿O quieres vino? —Sólo de pensar en la carta de vinos me recorre un temblor. sin entrante. —La verdad es que… he asistido a un desayuno de trabajo bastante copioso esta mañana. después de servirnos sendas copas de un champán que debe de costar una millonada. —Me mira suspicaz—. —Si no se decide —propone el camarero. —¿Y para la señora? Recorro con un dedo la carta arrugando el ceño. bebiéndose media copa de un trago. Las ostras no… —Las ostras. ¿Que puede qué…? ¿Quién le ha pedido que se meta? —¡Excelente idea! —Me sale una voz más aguda de lo que quisiera—. Clive? —Procuro eliminar de mi voz cualquier matiz esperanzado—. —Bueno —digo con vivacidad. puedo traerle ambas cosas: la langosta y un risotto más reducido.45 - . ¿Sabes?. Sabe que estoy sin blanca. por favor. el risotto es siempre mi favorito. Sin entrante. ¿Me estoy volviendo loca? ¿Habrá entendido mal Kate? . Se hace un silencio mientras Clive examina la carta con ceño. Me siento un poco mareada. ¡Dos segundos platos! ¿Por qué no? El camarero me mira con ojos sardónicos y deduzco que me lee el pensamiento. Clive? —digo con una sonrisa—. La langosta. —Intento adoptar un tono informal—. —Difícil elección. pensativo—. Clive. ¡Nooo! ¡Ni hablar de dos botellas de agua carísima! —¿Y qué te apetece comer. —¡Creo que me dejaré convencer! —dice Clive. impertérrito. —A Clive se le ilumina la expresión. solícito—. 45.

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—Pero yo creía… —Es una posibilidad. —Parte un panecillo—. No estoy satisfecho con mi trabajo ahora mismo y empiezo a considerar la posibilidad de un cambio. Pero veo algunos inconvenientes en Leonidas Sports. Adelante, véndeme el puesto. Por un momento, me quedo sin habla de pura consternación. ¿Me estoy gastando con este tipo el equivalente de lo que costaría un coche sencillito y al final quizá ni siquiera le interese el trabajo? Bebo un sorbo de agua y levanto la vista, adoptando con esfuerzo mi sonrisa más profesional. Puedo ser como Natalie. Sí, soy capaz de venderle este puesto. —Clive, tú no estás satisfecho con tu puesto actual. Y para un hombre de tu talento eso es un crimen. ¡Mírate! Deberías estar en un sitio que te revalorizara como profesional. Hago una pausa con el corazón palpitante. Me escucha atentamente. Ni siquiera ha untado el panecillo con mantequilla. Por ahora vamos bien. —En mi opinión, el puesto en Leonidas Sports sería el movimiento ideal para tu carrera. Eres un ex deportista… y estamos hablando de una empresa de material deportivo. Te encanta jugar al golf… ¡y Leonidas Sports tiene un catálogo entero de ropa y accesorios de golf! Clive alza las cejas. —Veo que te has documentado sobre mí. —Me interesan las personas —digo con sinceridad—. Y conociendo tu perfil, me parece que Leonidas Sports es justo lo que te hace falta en esta etapa de tu trayectoria. Es una oportunidad única, fantástica… —¿Este hombre es tu amante? —me interrumpe una voz nasal, que me hace dar un respingo. Parecía… No. No seas absurda. Inspiro hondo y prosigo. —Como iba diciendo, ésta es una oportunidad fantástica para pasar al nivel siguiente en tu andadura profesional. Estoy segura de que podríamos conseguir un generoso acuerdo… —Te he preguntado si este hombre es tu amante. —Esta vez suena más insistente, así que vuelvo la cabeza. No, no puede ser. Es Sadie. Ha vuelto. Está encaramada en el carrito de los quesos, a dos pasos apenas. Ya no va con el vestido verde, sino con uno rosa pálido de talle bajo y con un abrigo corto a juego. Lleva una cinta negra alrededor de la frente y un bolsito gris de seda, con una cadenita de cuentas, colgado de la muñeca. La otra mano reposa en la campana de cristal para el queso… Bueno, salvo las puntas de los dedos, que atraviesan el cristal y se hunden en un trozo de camembert. Se da cuenta y los saca bruscamente para situarlos con cuidado sobre el cristal. —No es que sea muy guapo, ¿no? Quiero champán —añade en tono imperioso. Los ojos se le iluminan mirando mi copa. No le hagas caso. Es una alucinación. Sólo existe en tu mente. —¿Lara? ¿Te encuentras bien? —Perdona, Clive. —Me vuelvo precipitadamente—. Es que me he distraído con… el carrito de los quesos. ¡Parecen tan deliciosos! Ay, Dios, no le ha hecho gracia. Tengo que encarrilar las cosas,

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deprisa. —La pregunta que debes hacerte, Clive —me inclino hacia delante con decisión—, es ésta: «¿Volverá a presentarse una oportunidad semejante?» Es una ocasión única para trabajar con una gran marca, para utilizar tu probado talento y tus envidiables dotes de liderazgo… —¡Quiero champán! Para mi horror, Sadie se ha plantado a mi lado y hace ademán de coger mi copa, aunque su mano la atraviesa sin moverla siquiera. —¡Córcholis! ¡No consigo cogerla! —Hace un nuevo intento, y otro más, y luego me mira enfurruñada—. ¡Qué fastidio! —¡Basta! —siseo. —¿Cómo? —Clive arquea sus espesas cejas. —¡No es a ti, Clive! Es que se me ha atascado algo en la garganta… —Cojo mi copa y bebo un trago de agua. —¿Has encontrado ya mi collar? —pregunta Sadie con tono acusador. —No —murmuro detrás de la copa—. ¡Lárgate! —¿Y qué haces aquí sentada? ¿Por qué no estás buscándolo? —¡Clive! —Intento concentrarme otra vez en él—. Perdona. ¿Qué estaba diciendo? —Mis envidiables dotes de liderazgo —repite sin esbozar siquiera una sonrisa. —¡Exacto! ¡Tus envidiables dotes de liderazgo! Eh… Así que la cuestión es… —¿No has buscado por ninguna parte? —Sadie acerca la cabeza a la mía—. ¿Te tiene sin cuidado encontrarlo? —Así que… lo que trato de decir es… —Reúno toda mi fuerza de voluntad para no ahuyentarla de un manotazo—. En mi opinión, este trabajo sería un magnífico paso estratégico, un trampolín perfecto para tu futuro profesional, y además… —¡Debes encontrar mi collar! ¡Es importante! ¡Muy, muy…! —Además, sé que los beneficios del generoso acuerdo… —¡Para de desdeñarme! —Sadie ha pegado prácticamente la cara a la mía—. ¡Para de hablar! ¡Para de…! —¡¡¡Cierra el pico y déjame en paz!!! Mierda. ¿Eso ha salido de mi boca? Por la expresión anonadada con que Clive abre sus ojos de rana, deduzco que sí. En dos mesas cercanas la conversación se ha interrumpido en seco, y nuestro engreído camarero también ha hecho una pausa para mirar. El murmullo de cubiertos parece haberse extinguido. Hasta las langostas se han apostado en un extremo del acuario para no perderse el espectáculo. —¡Clive! —Suelto una risa estrangulada—. No pretendía… obviamente, no hablaba contigo… —Lara. —Me lanza una mirada hostil—. Ten por favor la cortesía de decirme la verdad. Las mejillas me arden del sofoco. —Sólo estaba… —Me aclaro la garganta. ¿Qué puedo decir? «Estaba hablando conmigo misma.» No. «Estaba hablando con una visión.» No.

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—No soy idiota —me corta, desdeñoso—. No es la primera vez que me pasa. —Ah, ¿no? —Lo miro, perpleja. —He tenido que soportarlo en reuniones de alto nivel, en almuerzos con directores… Pasa en todas partes. Las BlackBerry ya eran una lata, pero estos aparatos de manos libres son una auténtica amenaza. ¿Sabes cuántos accidentes de tráfico provoca la gente como tú? Manos libres… ¿Se refiere a…? ¡Cree que estaba al teléfono! —Yo no… —empiezo por inercia, pero me detengo. Estar hablando por teléfono es la opción menos demencial. Será mejor que me aferré a ella. —Pero esto ya es lo último —dice amenazador y resoplando de furia —. Atender una llamada durante un almuerzo personalizado. Confiando en que no me daría cuenta. ¡Es una falta de respeto inaudita, joder! —Perdona —digo humildemente—. Lo… lo voy a apagar. —Me llevo una mano a la oreja y simulo desconectar el auricular. —Pero… ¿dónde lo tienes? —Arruga el ceño—. No veo nada. —Es diminuto. Muy discreto. —¿El nuevo Nokia? Me mira la oreja más de cerca. Mierda. —Eh, bueno, de hecho… lo llevo incrustado en los pendientes. — Espero sonar convincente—. Tecnología punta. Escucha, Clive, lamentó mucho haberme distraído. Yo… no he valorado la situación como correspondía. Pero soy totalmente sincera en lo que se refiere al puesto en Leonidas Sports. O sea, que si me permites resumir lo que estaba diciendo… —Debes de estar de broma. —Pero… —¿Crees que voy a hacer negocios contigo después de esto? —Deja escapar una risa breve y nada divertida—. Eres tan poco profesional como tu socia, que ya es decir. —Para mi horror, echa la silla hacia atrás y se pone en pie—. Pensaba darte una oportunidad, pero olvídalo. —¡No, espera! ¡Por favor! —suplico presa del pánico. Pero él ya se aleja con paso raudo entre las mesas, cuyos ocupantes lo miran boquiabiertos. Siento frío y calor al mismo tiempo mientras contemplo la silla vacía. Tomo la copa de champán con mano temblorosa y bebo tres largos tragos. No hay más que hablar. La he cagado. Mi gran esperanza, malograda. De todos modos, ¿qué pretendía decir con eso de que soy «tan poco profesional como mi socia»? ¿Habrá oído algo de la espantada de Natalie? ¿Lo sabrá ya todo el mundo? —¿Va a volver el caballero? —El camarero me saca de mi trance acercándose con una fuente de madera donde hay un plato cubierto con una campana plateada. —No lo creo —digo, roja de humillación y con la vista clavada en el mantel. —¿Me llevo su comida a la cocina? —¿He de pagarla, de todos modos? —Lamentablemente, sí, señora. —Me dedica una sonrisa

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condescendiente—. Puesto que ya se ha hecho el pedido y todo se cocina con ingredientes frescos… —Entonces lo tomaré yo. —¿Todo? —se asombra. —Sí. —Alzo la barbilla, desafiante—. ¿Por qué no? Ya que voy a pagarlo, primero me lo comeré. —Muy bien. —Baja la cabeza, deposita ante mí la fuente y saca el cubreplato—. Media docena de ostras frescas en hielo picado. No he comido ostras en mi vida. Siempre he encontrado repulsivo su aspecto. Vistas de cerca, todavía parecen más asquerosas. Pero no voy a reconocerlo. —Gracias —digo secamente. El camarero se retira y me quedo mirando las seis ostras. Estoy decidida a soportar este absurdo almuerzo hasta el final. Pero noto una tensión peculiar en los pómulos; si no me contuviera, el labio inferior me temblaría. —¡Ostras! ¡Adoro las ostras! —Para mi incredulidad, Sadie aparece otra vez ante mí, se desploma lánguidamente en la silla vacía de Clive y dice, mirando alrededor—: Este sitio es divertido. ¿Tiene cabaret? —No te oigo —murmuro, feroz—. No te veo. No existes. Voy a ir al médico para conseguir una medicina y librarme de ti. —¿Adónde ha ido tu amante? —No era mi amante —le espeto bajando la voz—. Estaba intentando hacer negocios con él y la cosa se ha estropeado por tu culpa. Lo has echado todo a perder. Todo. —Ah. —Arquea las cejas sin el menor arrepentimiento—. No veo cómo puedo haberlo hecho si no existo. —Pues lo has hecho. Y ahora estoy aquí acorralada, ante estas absurdas ostras que ni me gustan ni puedo permitirme, y ni siquiera sé cómo se comen… —¡Es muy fácil comerse una ostra! —Qué va. En la mesa contigua, una rubia con un vestido estampado le da un codazo a una de sus emperifolladas acompañantes mientras me señala con disimulo. Estoy hablando sola. Debo de parecer una chiflada. Cojo un panecillo y empiezo a untarlo de mantequilla sin mirar a Sadie. —Disculpe. —La rubia se inclina hacia mí con una sonrisa—. No he podido evitar oírla. No quisiera interrumpir, pero… ¿ha dicho que lleva un teléfono incrustado en un pendiente? Le sostengo la mirada mientras me devano los sesos para encontrar otra respuesta que no sea «sí». —Sí —digo por fin. La mujer se tapa la boca con una mano. —Increíble. ¿Cómo funciona? —Tiene un… chip especial. De última generación. Japonés. —He de conseguir uno. —Observa maravillada mis pendientes de Claire’s Accessories (5,99 libras)—. ¿Dónde los venden? —Éste es un prototipo. Estarán a la venta en un año. —Bueno, ¿y usted cómo lo ha conseguido? —Me lanza una mirada agresiva.

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—Bueno… es que conozco a unos japoneses. Lo siento. —¿Puedo verlo? —Extiende la mano—. ¿Le importaría quitárselo un momento para mostrármelo? —Es que… ahora mismo me está entrando una llamada. Noto la vibración. —Yo no veo nada. —Escruta mi oreja con aire incrédulo. —Es muy sutil —digo a la desesperada—. Microvibraciones. Eh… ¿qué tal, Matt? Sí, puedo hablar. Le hago gestos de disculpa a la mujer, que vuelve a su comida de mala gana. Veo que me señala y les habla de mí a sus amigas. —Pero ¿qué dices? —Sadie me mira con desdén—. ¿Cómo va a haber un teléfono en un pendiente? Parece un acertijo. —No lo sé. No empieces a darme la lata tú también. —Pincho una ostra sin ningún entusiasmo. —¿De veras no sabes cómo se comen las ostras? —Nunca las he comido. Sadie menea la cabeza. —Coge el tenedor. El de marisco. ¡Venga! —Le lanzo una mirada suspicaz, pero obedezco—. Has de desprenderla por todos lados, asegurarte de que está despegada del caparazón… Ahora échale un chorrito de limón y tómala. Así. —Hace el gesto para mostrármelo y yo la imito—. Echa la cabeza atrás y trágatela. Toda. ¡Como vaciando la copa de un trago! Es como tragarse un trozo gelatinoso de mar. Me las arreglo para sorberlo todo ruidosamente, tomo la copa y bebo un buen trago de champán. —¿Has visto? —Sadie me mira con gula—. ¿A que es deliciosa? —Pse, está bien —digo a regañadientes. Dejo la copa y la observo en silencio. Está repantigada en la silla como si fuera la dueña del local: con un brazo extendido a un lado y el bolsito colgado de la muñeca con su cadenita de cuentas. Es un producto de mi fantasía, me digo. Una invención de mi subconsciente. Aunque… mi subconsciente no sabe cómo se come una ostra, ¿no? —¿Qué pasa? —dice, adelantando la barbilla—. ¿Por qué me miras así? Mi cerebro se aproxima muy lentamente a una conclusión. A la única posible. —Eres un fantasma, ¿no? —digo por fin—. No eres una alucinación, sino un fantasma de verdad, vivito y coleando. Ella se encoge de hombros, como si no le interesara el tema. —¿No es cierto? Tampoco ahora responde. Tiene la cabeza ladeada y se mira las uñas. Quizá no quiera ser un fantasma. Bueno, pues mala suerte. Porque lo es. —Eres un fantasma. Estoy segura. ¿Y yo qué soy, entonces? ¿Una médium? Un hormigueo me recorre la cabeza mientras digiero esta revelación. Siento escalofríos. Puedo hablar con los muertos. Yo, Lara Lington. Siempre he sabido que era distinta. Imagínate todas las implicaciones. ¡Piensa en lo que significa! Quizá

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—No sabía que era tu candidato. Todos sus ánimos parecen haberse evaporado. Contarme cómo son las cosas… ahí. Con montones de ellos. Ahora se abraza las rodillas con ese aire alicaído de flor marchita. Cojo otra ostra. —Sadie me mira con sus ojos oscuros y aterciopelados y con un triste mohín en los labios—. —Me mira con ceño—. Pensaba que era tu amante. Y yo no puedo permitirme esta comida absurda. Pero estoy demasiado intrigada para dejarlo pasar. Dios mío. Le echo un vistazo a Sadie. Un sueño espantoso. —Mira —le digo—. No puedo… Se interrumpe y mira para otro lado. pues ahora mi empresa está hundida. No quiero nada más. Es mi único deseo. Y todo por tu culpa. Ahora soy yo la que se siente mal. Pisamos un terreno delicado. me inclino sobre la mesa. —Sadie se cruza de brazos y pone morritos—. No he conocido a nadie. —Bueno. pero ¡la única persona que me entiende se niega a ayudarme! —Me lanza una mirada tan acusadora que consigue indignarme. no es que no quiera ayudarte… —Es mi último deseo. Te pido perdón por haberte causado tantos problemas. Es alucinante. te aseguro que lo haría. —¿Has conocido a Marilyn? ¿Y a Elvis? ¿O… a la princesa Diana? ¿Es simpática? ¿Y a Mozart? —Casi me marean las posibilidades que se despliegan en mi imaginación—. ¿No se te ha ocurrido pensarlo? —¡Yo no he estropeado nada! —¡Cómo que no! —Te he enseñado a comer ostras. no te pediré ninguna otra cosa. claro. esa persona tal vez tendría ganas de ayudarte. Me mira a los ojos y baja otra vez la cabeza. Me despierto y es como si estuviera en un sueño. —Lo siento mucho —susurra—. —¿Conoces a otras personas muertas? ¿Puedes presentármelas? —No.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE empiece a hablar con otros fantasmas. Sin él no puedo descansar. Si pudiera comunicarme con otra persona. —¿Dónde? —Ahí… Ya me entiendes. parece acorralada. Porque yo sólo quiero mi collar. Por un instante. Tienes que describírmelo. ¡podría tener mi propio programa en la tele! ¡Hacer giras por todo el mundo! ¡Ser famosa! Tengo una repentina visión de mí misma en un plato. o como si no quisiera terminarla. si no te hubieras presentado y lo hubieras estropeado todo. A ninguna. Pero enseguida alza la barbilla otra vez. —Bueno. y empiezo a sacarla con el tenedor. Con un arranque de excitación. atrayendo espíritus y almas en pena mientras el público observa con ojos desorbitados. ¿no? —¡No necesitaba aprender a comerme una ostra asquerosa! Lo que quería era que mi candidato no se retirara. Un desastre completo. Sólo mi collar.51 - . como incapaz de terminar la frase. . —No he ido a ninguna parte. malhumorada.

Porque yo no pienso pasarme todo el verano embarcada en una absurda búsqueda del tesoro… Me mira ceñuda. de pasar a mejor… de alcanzar la otra… —Me restriego la nariz. Me trago otra ostra. en el restaurante. sofocada. Sólo eso. ¿te irás igualmente? Se produce una pausa. —De acuerdo. Por el éxito de nuestra búsqueda. Se hace un silencio. la cabeza llena de pensamientos incómodos. ¿Cuándo fue la última vez que lo llevaste? . Sadie parece enfurruñada. —Sus ojos han empezado a brillar de nuevo. pero detecto un destello de inseguridad en sus ojos—. Y lo único que sé es que he de recuperar mi collar. ¿sabes? —dice en tono cáustico. esto es un campo minado. —Muy bien —acepta al fin. Aunque parezca absurdo e imposible. —Alzo mi copa—. Es mi tía abuela. Y es su último deseo. Trato hecho. ¿cómo funciona exactamente? —¡No sé cómo funciona! No me han dado un folleto de instrucciones. Por Dios. si encuentro tu collar. —¿Para siempre? —Sí. ¿te irás y me dejarás en paz? —Sí. —Existió —dice. —Si busco tu collar con todas mis fuerzas. pero no puedo encontrarlo porque se perdió hace tropecientos años o porque (más probable aún) nunca existió. — Hurgo en el bolso. O sea. saco el dibujo y lo despliego sobre la mesa—. Debería esforzarme en satisfacerla. sin duda pensando en una réplica para desarmarme. ¿Cómo debería decirlo? ¿Cuál es la expresión políticamente correcta? —O sea —intento una aproximación distinta—.52 - .SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Cuando dices que «no puedes descansar» sin tu collar —intento aventurarme con delicadeza—. Cruzo los brazos con severidad. como si fuéramos a empezar aquí mismo. Pero no la encuentra. —Sadie —digo suspirando—. —¡Venga! ¡Empieza a buscar! —Vuelve la cabeza a ambos lados con impaciencia. Me he encontrado aquí. Muy bien. Y que necesito tu ayuda. ¿te refieres a sentarte y relajarte? ¿O a «descansar» en el sentido de irte…? —Veo su expresión glacial y me corrijo—. al otro mun… quiero decir. —¡No podemos buscar al tuntún! Debemos actuar metódicamente. Haz memoria. —¿Te irás igualmente? —insisto—. Yo no quiero estar aquí.

—Le echo un vistazo a Sadie. —Veintitrés —dice al fin—. Una enfermera de uniforme azul me recibe con una ancha sonrisa. verá. surgiendo del suelo de repente para enseguida desaparecer de nuevo. pero apenas la he visto. ¿Vosotras también os pasáis toda la noche de juerga? Me pregunto si un ligue de una noche entrará en la misma categoría de juerga… —No sé si es exactamente lo mismo… —Me interrumpo al ver la cara de una mujer que me observa desde la ventana más alta—. que me ha seguido en silencio desde la estación de Potters Bar. Sí. La observo y percibo una sombra de tensión en su pálido rostro. pensativa. creo que veintitrés.53 - . Lo examino desde la acera de enfrente y miro a Sadie. todo de ladrillo rojo. la tela. —¿Hola? —digo—. subo por el sendero hasta la enorme puerta principal y pulso el botón del interfono. Es una mujer de treinta y pocos años. Se oye girar la llave en la cerradura y se abre la puerta. Bebimos gin fizz toda la noche y bailamos hasta el alba… ¡Ay. lo cual significa que… —Tenías veintitrés en mil novecientos veintisiete. Tal como eres… en este momento. vamos allá. con visillos en las ventanas. Anda. Me pregunto hasta qué punto recuerda el lugar. porque se ha pasado todo el rato revoloteando por el vagón. Es un edificio de doble fachada. Hago un rápido cálculo mental.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 5 El hogar de ancianos Fairside está en una calle arbolada de aspecto residencial. Sadie no contesta. Murió a los ciento cinco. examina su vestido y palpa. Debe de resultarle extraño volver aquí. —Oye. Sadie parece desconcertada. me llamo Lara y he venido a causa de una… antigua residente. Cruzo deprisa la calle. . Bueno. —Así que es aquí donde vivías —digo con una vivacidad que suena algo falsa—. Ha venido conmigo en tren. —¿Qué desea? —Bueno. El día de mi cumpleaños mis amigas se quedaron a dormir en casa. no tenía cita. ¡Es muy bonito! Y con un jardín encantador —añado. mirando a la gente. con el pelo recogido y una cara rolliza y lechosa. No. Pero quiero decir ahora. —¡Exacto! —Su expresión se anima—. ya sé que tienes ciento cinco. Se mira los brazos. señalando un par de arbustos birriosos. cómo añoro esas fiestas! —Se abraza a sí misma—. ¿cuántos años tienes? —le digo con curiosidad—.

me ha dejado en la estacada. —Los abogados nos dijeron que sus parientes más cercanos no tenían interés en recoger sus efectos personales. —¡Vaya! —Trago saliva. quiero decir. Sé que no es fácil y supongo que usted ni siquiera… —Ya sé a cuál se refiere.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Ha desaparecido. ¿no? Nunca los vimos por aquí. —¿Es usted de la familia? —me pregunta. —¡Estupendo! —exclama. —Le entrego la hoja a Ginny—. encendiendo el calentador de agua—. —Los hemos conservado por si cambiaban de opinión. No puedo creer que haya sido tan fácil. Maldita sea. ¿Podría verlo? —Estará en la caja —dice—. Por una puerta vislumbro a dos ancianas sentadas. Debo pedirle que rellene primero un impreso… ¿Lleva algún documento que la identifique? —Claro. ¿Dónde se ha metido? ¡Se está perdiendo el gran momento! —Aquí está. A decir verdad. la enfermera jefe. Entonces. aparte del chirrido de las suelas de goma de la enfermera y el sonido lejano de un televisor. Mi padre y mi tío. Su rostro se contrae en una mueca de angustia. La sigo por un vestíbulo cubierto de linóleo. No ha venido nadie a recoger sus cosas. —Me sonrojo—. La he pifiado—. Pero ésa era su preferida. —Ah. Sus sobrinos. —¿Qué? —La miro como una tonta—. Huele a cera de abeja y desinfectante. muy mayor. ¡Pase! Yo soy Ginny. Muy. Estoy buscando un collar que creo que perteneció a Sadie. —¡Sadie! —Su expresión se ablanda en el acto—. Mientras relleno los datos del formulario. —Sí… Sadie Lancaster. —¡Hola! —Saludo nerviosamente con la mano a una señora de pelo blanco cuando pasamos por su lado. sigo echando vistazos alrededor. —Sonríe—. ¿Una taza de té? Estábamos esperando que llamase alguien. ¿puedo llevarme la caja? Soy prácticamente el pariente más cercano.54 - . —Ginny abre una puerta batiente—. Pero no veo impedimento para que se los lleve . Escruto el jardín de una ojeada. Todo está en silencio. sin perder la compostura—. Perdone —le digo en voz baja—. —¿Una antigua residente? —apunta la enfermera. con una libélula montada sobre diamantes de imitación. nunca he conocido a una persona mayor. —Hurgo en el bolso con el corazón a cien. —Titubeo y decido lanzarme—. Espero que no se haya dado cuenta. —Para eso venía. haciéndome pasar a una salita. —Sonrío como disculpándome—. Un collar de cuentas de cristal. ¿Quiere decir que… existe? —Sadie tenía algunas cosas preciosas. —Soy la sobrina nieta. pero Sadie no aparece por ningún lado. pero se ha esfumado del todo. Siempre se ponía ese collar. con mantitas de ganchillo en las rodillas. No pretendía… Enseguida se le acerca otra enfermera y yo me apresuro a seguir a Ginny.

—Ésta es de cuando cumplió los ciento cinco —dice Ginny. —Ginny suspira mientras avanzamos por el pasillo—. Noto un pequeño nudo en la garganta mientras examino la foto. ¿Cómo no estábamos allí? ¿Por qué no la rodeábamos nosotros: mamá. por ejemplo. Sadie está detrás de un pastel de cumpleaños y las enfermeras se apiñan alrededor con tazas de té. destacado sobre los pliegues del chal de mi tía abuela. Ahí están las cuentas de cristal. papá y yo. Me acuerdo del miserable funeral en aquella sala vacía y me siento peor todavía. No eran suyas realmente. Perfectamente a la vista. o los objetos de recuerdo… Se encoge de hombros. Y estoy segura de que le habrán dado una magnífica despedida. Mientras las contemplo. —¿Nada más? —Estoy desconcertada. La saco del tablón. más o menos… ¡Eh! —Un detalle de la fotografía me ha llamado la atención—. —No hemos guardado sus ropas —dice Ginny con un gesto de disculpa—. Imagino que las cosas se fueron estropeando o perdiendo. y que no fueron reemplazadas… —Ya. siento cada vez más vergüenza. Hemos tenido muchos problemas de personal esta semana. —Tratando de ocultar mi consternación. Vislumbro el brillo de un montón de cuentas de cristal arrolladas en el fondo de la caja. No es gran cosa. —Se encoge de hombros—. el collar de la libélula —asiente Ginny—. Contiene un antiguo cepillo para el pelo con mango de metal y un par de periódicos viejos. —Lo lamento.55 - . No se preocupe.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE usted. la verdad. ¡Aquí está! ¡Ésta es nuestra Sadie! Es la misma anciana arrugadita de la otra foto. Y ahí la libélula con diamantes de imitación incrustados. y todos los demás? —Ojalá hubiese asistido. por así decirlo. —Ginny me sonríe sin ningún reproche. mareada de incredulidad. ¡Un momento! ¿Es ése? —Sí. ¡Es real! —Lamento que ninguna de nosotras pudiese asistir al funeral. ¿sabe? Recibió un telegrama de la reina. Me refiero a que no las eligió ella. cosa que me hace sentir peor—. —¿Y qué hay de las cosas de su vida anterior? Los muebles. Sólo llevo aquí cinco años y Sadie era residente desde hacía mucho tiempo. empiezo a sacar las . Puede quedarse la foto si quiere. Ella era bastante feliz. señalando otra fotografía—. Pero hicimos un brindis por ella durante la cena… ¡Aquí las tenemos! Las cosas de Sadie. En la foto. amplias sonrisas y sombreritos de fiesta. Aparte de esas pocas alhajas… —Se detiene ante un tablón de anuncios y señala una foto con gesto cariñoso—. No consigo relacionar esa cara diminuta y cubierta de arrugas con el perfil elegante y orgulloso de Sadie. Quiero decir… yo no sabía… —No es fácil. Aquí está. Ha sido nuestra residente más longeva. —Sí. Hemos llegado a un reducido almacén lleno de estantes polvorientos y me entrega una caja de zapatos. Aparece envuelta en un chal rosa de encaje y lleva una cinta en su pelo de algodón de azúcar. —Me muerdo el labio—. Tal como lo describió.

Hay tres enfermeras sentadas en unos sillones floreados del año de Maricastaña. una caja de zapatos? Al hundir la mano en el amasijo de collares y broches del fondo. Pero fueron pasando de habitación en habitación y había cajas por todas partes. Desenredo con cuidado las sartas de cuentas. —No es para mí —digo—. Lo dice con tanta indiferencia que me enfurezco en nombre de Sadie. Sadie nunca habría donado su collar. Quizá se vendió en el mercadillo por error. y sonríe con cariño—. tomando una taza de té. La sigo por el pasillo y cruzamos una puerta marcada con el rótulo «Personal». hecho de diminutas cuentas moradas. Era demasiado especial para ella. Ahora que lo dices. —Harriet —le dice Ginny a una chica con gafas y mofletes rosados—. ¿Podría estar en otro sitio? Ginny me mira perpleja. no encuentro el collar de la libélula. que da a una salita muy acogedora. —La enfermera se encoge de hombros—. Hay trece en total. —¡Ay. Quizá lo cogieron por error. ¿Tú lo has visto? Ay. Hemos estado muy agobiadas… —¿Se les ocurre adónde puede haber ido a parar? —Las miro con impotencia—. —Ya. —¡Qué raro! Vamos a hablar con Harriet.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE escasas pertenencias que han sobrevivido. . Dios! —Se asoma por encima de mi hombro—. —¿Qué mercadillo? —Una recolecta de fondos que organizamos hace dos semanas. la sobrina nieta de Sadie. Pero esa habitación la limpiamos muy deprisa —se justifica—. Lo siento. siento una creciente excitación. Ella se encargó de limpiarlo todo. no recuerdo haberlo visto.56 - . —No está en la caja de Sadie —le explica Ginny—. —Levanta otro collar. Dios. —Ginny. Ésta es Lara. Todos los residentes y sus familias donaron cosas. Pero ninguno es el que busco. sacudo el enredo de collares y los extiendo ante mí. Tendría que estar ahí. Había un puesto de curiosidades con un montón de baratijas. ¿Una persona vive ciento cinco años y sólo queda esto. y el destello de los diamantes y el fulgor de la libélula… No está aquí. ya sé que debería haber hecho un inventario. —Meneo la cabeza—. Es… por una buena causa. tal vez no estaba en la habitación. ¿Por qué habrá tenido que explicarlo así? Parezco una persona horrible y avariciosa. Bueno. —No puedo ocultar mi agitación—. buscando unas de cristal amarillo. Sin hacer caso de mi repentino presentimiento. ¿Tienes idea de dónde podría estar? —¿Que no está? —Harriet parece sorprendida—. Quiere recuperar aquel collar precioso de la libélula que llevaba siempre. —No. Éste era otro de sus favoritos… —Yo buscaba el de la libélula. ¿No podrían haberlo guardado en alguna parte? ¿O habérselo dado a otro residente? —¡El mercadillo benéfico! —dice de pronto una enfermera morena y delgada sentada en el rincón—.

—Ah —vacilo torpemente—. ¿Le parece una tontería? —No. aunque ella ya no esté… —Se sonroja levemente—. eso es mucho decir. Me dejaron sus nombres y direcciones por si ganaban. ¿verdad. Siempre pedimos a los residentes que guarden allí cualquier objeto de valor. no lo creo. Quizá fuera un amigo de la infancia. Sesenta y siete posibilidades. Cuando ya estamos cerca de la puerta. —Me siento. No sé si tal vez le gustaría firmar. intrigada. —Bueno. debería haber estado bajo llave… —No es que fuese tan valioso. Si era tan valioso. —Sonrío. no. chicas? —dice Ginny. Las tres asienten. para compensar la falta de más firmas—. —Charles Reece —leo. tengo en las manos una lista fotocopiada de cuatro páginas con nombres y direcciones.57 - . animándose—. No tienen ni idea. Contemplo la firma. y trato de poner en orden las ideas—. Sesenta y siete remotas posibilidades. Es muy delicado por su parte. —Se encoge de hombros. Hablaré con toda esta gente. ¿Tenemos aún la lista de la rifa? —¡La lista de la rifa! —exclama Ginny. Bueno… sí. Yo estaba de vacaciones. ¡Dios mío. Pero. Pero era… importante. El primer premio era una botella de Baileys —añade con orgullo—. —Todos los residentes cuentan con su propia página. ¿Quién es? —No lo sé. sería bonito que firmase. que vino a acariciarle la mano una vez más a su . Y si por casualidad llegaran a encontrarlo… —¡Desde luego! Nos mantendremos alerta. Sadie nunca tuvo muchas firmas. ¡Ah. mire! ¡Sí tuvo un visitante este año! Hace pocas semanas. se detiene.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Pero ¡un error así no debería producirse! Las pertenencias personales tendrían que estar a salvo. mirando a las demás. claro! Quizá se trate de un viejecito encantador con bastón. no me había enterado. No me lo digan. ¿por qué no? Ginny saca un libro enorme encuadernado en rojo y empieza a pasar páginas. ¡Un collar no puede desaparecer sin más! —Tenemos una caja fuerte en la bodega —interviene Ginny. No. Y también teníamos un juego de jabones y perfumes de Yardley… —¿Todavía tiene la lista? —la interrumpo—. mientras estampo un «Lara Lington» bien grande en mitad de la página. —Es por aquí… —Va pasando páginas de color crema—. tenemos un libro de visitas. muchas gracias. Anillos de diamantes y cosas así. Sesenta y siete en total. decidida a no desmoralizarme—. Tendríamos que haberla visitado más. —Lara. inquieta —. rascándome la frente. Charles Reece. ya que ha venido. —Siento un remordimiento renovado—. —¡Claro que sí! —La enfermera morena deja de golpe su taza de té—. la verdad. ¿Podría dármela? Cinco minutos después. La sigo otra vez por el pasillo. ¡Claro! Todos los que vinieron compraron un número de la rifa —me explica—. ¿Sería posible encontrarlo? ¿Saben quién participó en el mercadillo? —Se miran con aire dubitativo—. O su amante.

levantando la vista—. pero no cuando tengo un capuchino en la mano y me cuesta alcanzar el monedero… —Ginny. Es decir. Les dije que Sadie había sido asesinada por el personal de la residencia: estas enfermeras encantadoras e intachables. Es sólo una coincidencia. —Oficina del inspector James. Lara? Me parece ver en ti algo de ella. Voy a arruinar sus carreras. No participo en carreras benéficas en bicicleta. ¿Sabes. alarmada—. Nunca vine a visitar a mi tía abuela. La policía. Todo por mi culpa. ¿Te encuentras bien? Van a acusarla de homicidio y no tiene ni idea. De buena no tengo nada. —¿Lara? —Ginny me escruta. Dios. —Sonrío débilmente—. Pero debo marcharme. ha sido un placer conocer a la sobrina nieta de Sadie. peor me siento. Debería haber mantenido la boca cerrada. —Empiezo a alejarme con piernas temblorosas—. No. Vale. ¿Podemos hablar un momento? —Se la lleva aparte. jadeando de pánico. ¡Lington! ¿Alguna relación con Lingtons Café? Ay. Nunca volveré a hacerlo. Compartís el mismo brío. Voy a confesarlo todo y a desdecirme de mi declaración… Una seca voz femenina interrumpe mis pensamientos. Y que ni siquiera sabe que ha muerto porque nadie lo invitó al funeral… Somos una familia de pena. Muchas gracias. —Una enfermera pelirroja le hace señas—. ¿Por qué dije una cosa así? ¿En qué estaría pensando? Toda la culpa la tiene Sadie. . Lo había olvidado.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE querida Sadie. La tengo yo. Perfectamente. — Llegamos a la puerta principal y me da un caluroso abrazo—. ¿Era muy viejo? —Podría preguntar a las chicas… —Coge otra vez el libro y su rostro se ilumina al leer mi apellido—. —… no sé… número… Ginny coge un pequeño papel y se da la vuelta sonriendo hacia mí. Cuando he cruzado el sendero y salgo a la acera. Me las arreglo para esbozar una sonrisa. —Bueno. —¿Policía? —Ginny abre unos ojos como platos. Sólo oigo alguna que otra palabra. No debería haber acusado a nadie de asesinato. —… extraño… policía. saco el móvil y marco el número del inspector James. Hoy no me veo capaz de soportarlo. Adiós. sí. Cuanto más amable se muestra. —¿No dejó ningún dato para contactar con él? —pregunto. —No. aunque estoy paralizada de miedo. compro el periódico de los pobres de vez en cuando.58 - . basta con mirarme. la residencia será clausurada y los ancianos no tendrán adonde ir… —¿Lara? —Estoy bien —logro decir al fin. Y diría que también la misma bondad. con voz ronca—. la verdad.

Soy Lara Lington. —¿Podría repetirme su nombre? —Lara Lington. Pero yo no quiero hablar con él. cuando una idea espantosa me detiene en seco. son maravillosas. ¿Quiere dejarme un mensaje? Si es urgente… —Sí.» —Las enfermeras no fueron —repite con desconfianza. —Exacto. Llevaba una perilla trenzada —improviso—. O sea. Una iluminación crucial. Ellas no han hecho nada. —Sí. No puedo confesarlo todo. No puedo reconocer que me lo inventé porque acabarán de inmediato el funeral. La mujer hace otra pausa. Todo fue un terrible error y… la cuestión es… Me dispongo a confesar que me lo inventé todo. Recuerdo el grito angustiado de Sadie durante el oficio y siento un escalofrío. no hay problema. Tiene que ver con un caso de asesinato. —No lo dudo. en tono paciente. Un hombre. Mientras encuentro el collar. es muy urgente. Obviamente. Y tenía una cicatriz en la mejilla. —Un hombre con una perilla trenzada… —Parece esforzarse en seguirme. —Eh… ah… la cuestión es… Mi mente se lanza a una serie de dobles saltos mortales en busca de una solución que me permita a la vez ser honrada y ganar un poco de tiempo. Pero que le quede claro que no fueron las enfermeras. No puedo permitirlo. —De acuerdo. Y esta mujer se va a hartar de esperar y va a colgar… Debo decir algo… Necesito una pista falsa. pero era la voz de ese hombre la que oí en el pub. Dios. ¿No podría dejarle un post-it o algo así? «Las enfermeras no fueron. —Procuro aparentar tranquilidad—. Él sabe quién soy. Me equivoqué el otro día. anotándolo. aquí no anulamos ninguna declaración. En ese sentido no hay problema. señorita Lington. —Fue otra persona —le suelto—. todavía más prolongada. En mayúsculas. Ay. ¿Podría decirle al inspector que he tenido una… iluminación repentina? —Una iluminación —repite. Bien. pero me equivoqué. Ahora lo recuerdo con toda claridad. —Tal vez debería hablar personalmente con él… —¡No! ¡Esto no puede esperar! Tiene que decirle que no fueron las enfermeras las que mataron a mi tía abuela. —Y una cicatriz. —¿Sí? —dice la mujer. Y déjelo en su mesa. ¿Podría hablar con el inspector James o la agente Davies? —Me temo que están los dos de servicio. Sobre mi declaración. —Perdón.59 - . Creo que el inspector James querrá hablar con usted personalmente. ¿qué se supone que ha hecho ese hombre? —¡Asesinar a mi tía abuela! Firmé una declaración.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Hola. Sólo para distraerlos un poco. que si pudiera anularla… La mujer hace una pausa y dice: —Señorita. Pero no encuentro ninguna. No la hay. estoy segura de que el inspector . Nunca encontrarán a un hombre con una perilla trenzada y una cicatriz en la mejilla.

Esto ha sido una ocurrencia absurda. Está lleno de viejos. Cuelgo y echo a andar calle abajo. Si te interesas entonces por lo que compraron en el mercadillo. estoy de los nervios. Tengo la sensación de que podría escribir un libro sobre la naturaleza humana. Y de todas formas. Dos horas después. Me froto la oreja. «¿Cómo quieres que sea un timo por Internet. Todavía me flaquean las piernas. quieren saber cómo has conseguido su nombre y su número de teléfono. He tenido que irme. se ponen suspicaces. hay una tienda maravillosa de cuentas de cristal en Bromley… Arggg. Quizá. Tina. Pero. o robarles por telepatía el número de su tarjeta de crédito. en cuanto sacas a relucir la palabra «rifa». Me quedan cuarenta y cuatro. —¡Avisa cuando vayas a aparecer! —exclamo—. Estoy metiendo una lasaña en el horno cuando oigo su voz detrás: —¿Has encontrado mi collar? Del sobresalto. Doblo la lista y la guardo en el bolso. se oía al fondo la voz de un tipo diciendo: —Ya me lo habían advertido. Pesadísima. La más vieja del lugar. Mañana llamaré al resto. —Saco del bolsillo de la chaqueta la foto en que aparece arrugadita . En la tercera llamada. Voy a la cocina y me sirvo una copa de vino. porque me ha tenido al teléfono diez minutos contándome todo lo que compró en el mercadillo y diciéndome que vaya lástima lo del collar. Habla a la ligera. —Tú eras vieja —le recuerdo—. Por eso ha desaparecido tanto rato. hemos ganado la rifa!» Y cuando te apresuras a decir que no han ganado nada. ¿no he pensado en encargar uno igual?. quieren saber qué han ganado y llaman a gritos a su marido: «¡Darren. me golpeo la frente contra la puerta del horno. la verdad. roja de tanto apretarla contra el auricular. Te llaman y te mantienen un rato al teléfono. He empezado a adquirir una nueva visión (por no decir que he empezado a hartarme) del pueblo británico. pero me doy cuenta de que no soportaba volver allí. Se convencen de que quieres venderles algo. Cuelga. Se titularía: «La gente no tiene nada de servicial. Luego. Mira.60 - . Nunca encontraré ese collar. Levanto la vista. más o menos. y cuento los nombres que he ido tachando en la lista. estoy exhausta. Puede parecerlo hasta que lo intentas. Sadie está en el alféizar de la ventana abierta. Es una estafa por Internet.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE James se pondrá en contacto con usted. aquí estás. francamente. Me parece que lo he conseguido.» Para empezar. Puede parecer muy sencillo llamar a unas cuantas personas y preguntarles si han comprado un collar. más que de los nervios. ¡No estamos en Internet!» Hasta ahora sólo he encontrado a una mujer dispuesta a ayudar: Eileen Roberts. todavía se muestran más recelosos. ¿dónde te habías metido? ¿Por qué me has dejado sola? —Aquel sitio huele a muerto —replica alzando la barbilla—. so idiota? —quise gritar —. Veintitrés.

—Estira los brazos —. —Bueno.61 - . —Le lanzo una mirada hostil y me siento. por favor! Las ancas son… —Me levanto y me doy una palmada en el trasero—. pero el collar de la libélula no estaba dentro. —Hago unos movimientos de street dance y ella se desternilla. Lo siento mucho.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE y con el pelo blanco. —Bebo otro trago. Me he pasado la tarde al teléfono. —¡Parece que tengas convulsiones! ¡Eso no es bailar! —Es baile moderno. —¡Ésa no soy yo! —¡Ya lo creo! Me la ha dado una enfermera de la residencia. ¡Me has dejado sola! —¿Has conseguido el collar? ¿Lo tienes? —Se le ilumina la cara de esperanza y yo no puedo evitar una mueca. —¿Qué es esto? —EastEnders. Estoy llamando a todas las personas que fueron al mercadillo. con los ojos muy abiertos. ¡Deberías sentirte orgullosa! ¡Recibiste un telegrama de la reina! —Quiero decir que no soy yo. digo con los labios. La veo estremecerse. Tenían una caja con tus cosas. Así es como me sentía. «De nada». —Pero sigo intentándolo —añado—. agotador. alucinada—. Ahora se ha puesto a ver la tele. Así: una veinteañera. Nadie se siente de ese modo por dentro. que nunca me he sentido así. —Quiere decir… baila. para el grito del alma en pena… pero no llega. Vuelvo a la sala. pero enseguida le echa un vistazo despectivo. Ahora de excelente humor. un episodio de EastEnders. Se limita a parpadear suavemente. —¡Vives con una gente rarísima! Arriba hay un hombre tumbado sobre una máquina. Nadie sabe adónde ha ido a parar. Sadie. Me preparo para el berrinche. y estoy haciendo zapping cuando se materializa de nuevo. Unas frasecitas sobre lo lista que soy y lo agradecida que está por mis esfuerzos. Y ha sido bastante pesado. Soy un poquito susceptible con mi manera de bailar. Pero ella suspira con impaciencia y atraviesa flotando la pared. no puedes espiar a mis vecinos! —¿Qué significa «menea las ancas»? —dice. por si alguna lo compró. —¿Cómo? —La miro. ¡Sadie. Siempre están igual. en cualquier caso podrías haberme advertido que te ibas. Un serial de televisión. como si le hubiesen quitado las pilas. soltando gruñidos. Lo cantaba la chica de la radio. Bebo un sorbo de vino y la observo con aire crítico. De hecho. Me ha dicho que la tomaron cuando cumpliste los ciento cinco. Me ha sonado a chino. A estas alturas espero un poco de gratitud de su parte. No puedo creer que esté hablando de EastEnders y de «menear las ancas» con mi difunta . Suéltate. sin hacerme caso—. Toda mi vida. —Pero ¿por qué «las ancas»? ¿Quiere decir que agites un zapato? —¡No. —Lo lamento. El exterior es… un simple revestimiento. Has de bailar así. —¿Por qué parecen tan enfadados? —No lo sé.

Recuerdo lo que me hace falta recordar —dice al fin. Se coloca frente a la repisa de la chimenea y examina una foto mía. Era todo triste y frío. —Ni los fantasmas —replico—. —Ha respondido secamente. No se limitan a sentarse a mirar la tele. Cosas así. ¡porque formas parte de la historia! ¿Cómo eran las cosas durante la Segunda Guerra Mundial? —Para mi sorpresa. como un superhéroe? ¿Puedes sacar fuego por los dedos? ¿O estirarte como un chicle hasta hacerte delgadísima? —No.62 - . Algunas partes son muy borrosas. Quizá pueda aprender algo de ella. o para guiar hacia la luz a la gente. Igual que tú. aunque la gravedad no exista para ella. —¿Cómo que qué soy? —Parece ofenderse—. Sale en la tele. —¿No tendrás algún poder especial. Tal vez venga a arrojar alguna luz sobre la situación de la humanidad o el sentido de la vida. . me mira con cara inexpresiva—. —Eliges qué recordar. La observo mientras se coloca en el borde del sofá. —Se retuerce la falda. —¿Cómo voy a saberlo? —Pues muy sencillo. Sadie se encoge de hombros. Evidentemente. —¿Tienes un enemigo mortal? ¿Como Buffy? —¿Quién es Buffy? —La cazavampiros —le explico—. no está aquí para salvar al mundo de las fuerzas oscuras. ¿No deberíamos hablar de algo más trascendente? —Escucha. —¿Te acuerdas de toda tu vida? —le pregunto con cautela. y mataban a mis amigos. —No hace falta que me lo recuerdes —replica. que no exactamente igual que yo. Una chica. Debe de tener recuerdos que abarcan más de un siglo. Lucha contra demonios y vampiros… —No seas absurda —me corta—. O sea.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE tía abuela. como diciendo: «¿Y a mí qué?» Bebo un sorbo de vino y reflexiono. pero su vacilación inicial me ha picado la curiosidad. Hacen algo positivo. —Así que viviste durante todo el siglo veinte —le digo—. —Sus ojos destellan con una emoción insondable y enseguida elude mi mirada. —Una chica muerta. tratando de parecer natural. Es la típica foto para turistas del museo de Madame Tussauds y yo aparezco sonriendo junto a la figura de cera de Brad Pitt. glacial. ya estoy delgada. recobrando la compostura—. ¿Cómo demonios se las arregla para manejarlos? —Me parece todo como… como un sueño —murmura casi para sí—. abstraída—. ¿Qué tal era… eh… Winston Churchill? ¿Y JFK? ¿Tú crees que de verdad lo mató Lee Harvey Oswald? Sadie me mira como si fuese idiota. ¿Es que no lo recuerdas? —Claro que lo recuerdo —dice. Prefiero no pensar en ello. —Yo no he dicho eso. Y además. dando por terminada la conversación. Es asombroso. y apago la tele. ¡Y no es absurdo! ¿Es que no te enteras de nada? La mayoría de los fantasmas regresan para combatir a las fuerzas oscuras del mal. Los vampiros no existen. Sadie… ¿qué eres exactamente? —le pregunto.

63 - . Aún me resulta doloroso hablar de Josh. La cuestión es que formábamos la pareja ideal. busco la foto en que sale más favorecido y se la enseño—. no deja de ser un alivio disponer de una persona nueva con la que desahogarse—. Así que… ahora mismo estoy soltera. —Nos conocimos en una fiesta al aire libre. —Tenía un novio llamado Josh hasta hace unas semanas. Yo. Cierro los ojos a medida que los recuerdos empiezan a aflorar. Fue como si la onda expansiva afectara a todo el grupo. me siento con las piernas cruzadas en el sofá y me inclino hacia ella—. —Me muerdo el labio—. Es . —Me descalzo. entonces? —No lo sé. ¿sabes? Nos pasábamos la noche hablando. la verdad. —¿Salíais a bailar? —A veces. Estábamos juntos y todo iba de maravilla… —¿Es guapo? —¡Claro que es guapo! —Saco el móvil.» O sea. Me plantó por e-mail. cuando… cometí una equivocación. creía que era el hombre de mi vida. —¿Y por qué no buscas otro amante? —¡Porque no me da la gana! ¡Todavía no estoy preparada! —¿Por qué? —Parece perpleja. así que salieron todos corriendo. La cuestión del compromiso los golpeó en la cara y ninguno supo cómo hacerle frente. —¡Qué aburrimiento! —Arruga la nariz—. Hablábamos de todo. por otra parte. —Voy pasando fotos en la pantalla. Entonces Josh empezó a… echarse atrás. Y de repente rompió conmigo y se negó a hablar del asunto siquiera. Luego. Aquí lo tienes. para que se empape bien—. así». La primera fue un día. —Hummm. Fue un golpe tremendo. congeniábamos a la perfección! —¿Y por qué decidió romper. ¡Por e-mail! —La cuestión es que todavía le importo. se mire como se mire. Pero ésa no era la cuestión. Bueno. Vale. está bien. Como todo el mundo en una relación. Pero entonces… —Hago una pausa al recorrer otra vez mentalmente ese camino doloroso—. un par de semanas más tarde. Pero creo que se asustó. Pero. y no porque lo diga yo. —Estábamos conociéndonos —le digo—. Pasamos por una joyería y le dije: «Ése es el anillo que podrías comprarme. Prefiero pasármela jugando a la ruleta. —¿No tienes amante? —Lo dice con tal compasión que me enfado un poco. pasaron dos cosas. —¡Porque estaba enamorada de él! ¡Y ha sido todo muy traumático! ¡Era mi alma gemela. ¡No lo sé y punto! Aunque tengo una teoría… —Se me quiebra la voz. era broma. junto a una hoguera. Pero se ha terminado. Es publicista de una empresa informática.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¿Éste es tu amante? —Ojalá —replico con sorna. —Mueve la cabeza. uno de sus amigos rompió una relación de muchos años. Conectamos en el acto. Me mira con expectación. ¿Hummm? ¿Es lo único que se le ocurre? Josh está buenísimo. A ver qué opinas tú. en plan «así. Estábamos totalmente entregados el uno al otro.

se empolvó la nariz y… ¡al ataque! Antes de Pascua ya estaba prometida. ¡el hecho de que se niegue a hablar lo demuestra! Está muerto de miedo. Discutíamos demasiado. y una empieza a preguntarse qué habrá visto en ese tipo al principio. ¡Te estaba hablando de mi relación! Me observa. Suena el timbre del horno en la cocina. si un chico se portaba mal. —A mi mejor amiga. Sadie se divorció. Se dedicó a divertirse. —Parpadea—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE decir. —¿Al ataque? —No puedo reprimir un tonillo despectivo—.64 - . —¿De qué compromiso hablas? Para mí verse en un compromiso es otra cosa. ¿Cómo se supone que voy a arreglarlo si ni siquiera quiere hablar? ¿Cómo voy a mejorar las cosas entre nosotros si no sé lo que piensa? Bueno. Nosotros hacíamos algo más que bailar. Me acusó de adulterio —añade como si tal cosa—. por cierto. un chico que se llamaba Christopher la trató de mala manera una noche de Fin de Año. Hago un esfuerzo para no perder la paciencia. Me levanto medio atontada. Él pidió el divorcio durante la guerra. A Oriente. arrugando la nariz—. —Procuro no sonar muy condescendiente—. ¿Ésa es tu actitud ante los hombres? ¿Al ataque y ya está? —¿Qué tiene de malo? —¿Y qué me dices de una relación armónica y equilibrada? ¿Qué me dices del compromiso? Sadie me mira sin entender. o hay otro motivo que desconozco… Pero me siento muy impotente. Pero ella lloró un ratito. —Eres terriblemente seria. nosotros trabajamos nuestras relaciones. —Escucha. tarareando en voz baja. ¿Por qué lo dices? —Cuando yo tenía tu edad. por cierto. No suena nada divertido. avisando de que la lasaña está lista. Pero todo el mundo estaba entonces demasiado ocupado para pensar en un escándalo. Levanto la vista y la veo con los ojos cerrados. Me hierve en la cabeza todo lo que acabo de descubrir. o huyendo. Así que lo dejé. —Estuve casada una temporada. Bunty. ¿no? —Qué va. Fue en mil novecientos treinta y tres. ¿Una monserga? —¡No estaba soltando ninguna monserga! —exclamo—. —Los ojos se me humedecen—. Me marché de viaje. Perdona. ¿sabes? —Abre mucho los ojos—. ya. —Sí. En un taxi. lo que hacías era simplemente borrar su nombre de tu carnet de baile. Porque es así como lo decimos ahora. Era agotador. ¿tú qué crees? Se hace un silencio. —¿Sadie? ¡Sadie! —Ay. ¿tú nunca te casaste? Se encoge de hombros. . Nada agradable. Esto es un poco más serio que un carnet de baile. Quizá por eso acabasteis rompiendo. —¿Trabajáis? —Sadie aparece a mi lado. tengo tendencia a sumirme en un trance cuando la gente se pone a soltar una monserga. Y. Se fue a «Oriente» (a saber qué es eso). —¿Te refieres a Asia? —Saco la lasaña del horno y me sirvo un poco de ensalada en el plato—.

despliegas tu sonrisa más encantadora. no entiende nada. medio asqueada. café y un huevo duro al día. a ver qué hace exactamente… Un momento. —No es tan sencillo —replico con fastidio—. lo que has de hacer es esto —me explica con aire de entendida—: levantas la barbilla. esperando el consabido discursito que mamá suele soltarme sobre las comidas de régimen: que si estoy perfecta. —Se le ilumina la expresión—. Me chilla al oído. Oh. Sadie podría espiar a Josh. Deberías hacer la dieta Hollywood. Me siento molesta y frustrada. —¡Sadie! —Me pongo de pie de un salto.65 - . Si pudiera meterme en su cabeza. Quizá podría pedirle que espiara al tipo de arriba cuando se pone a armar follón. te preparas un cóctel y sales a divertirte. Por eso me ha sido enviada. Eso es. sigues una dieta. pero he perdido el apetito. Una chica de mi pueblo juraba que tomaba píldoras de la solitaria —añade con aire evocador—. ¿comprendes? Un método fantástico. impulsada por una descarga de adrenalina—. Una nueva idea destella de pronto en mi mente. Pero se negaba a decirnos de dónde las sacaba. ¿Qué significa? —Que tiene bajo contenido en grasas —explico malhumorada. me hace comentarios indignantes. Y muchos cigarrillos. Y en parte porque hacía mucho que no hablaba tan abiertamente de Josh. Algunas tenemos corazón. Me gustaría saber qué más habrá visto en los apartamentos de mis vecinos. Me siento y miro la lasaña. ¿Cómo vas a olvidarlo si no paras de hablar de él? Querida. En parte por esa visión de gusanos que se me acaba de alojar en la cabeza. Podría entrar en su apartamento. El plan que lo resolverá todo. Pero él no se pone al teléfono. —Si pudiera hablar con él… —Pincho un trozo de pepino y lo miro tristemente—. Algunas… Ha cerrado los ojos y tararea otra vez en voz baja. espía a mis vecinos… Tomo un bocado de lasaña y mastico con enojo. Y yo lograría comprender cuál es el problema entre nosotros y le pondría solución… Ésta es la respuesta. ¡Ya lo entiendo! ¡Ya sé por qué estás aquí! ¡Es para que . averiguar todo lo que piensa y luego contármelo. Un plan absolutamente genial. —«Cuenta con nosotros» —lee en el envase de la lasaña—. escuchar sus conversaciones. La miro. Yo la hice un mes y perdí un montón de kilos. Dios mío. que si las chicas de hoy estamos demasiado obsesionadas con el peso… —Ah. se niega a verme… —¿Todavía quieres hablar más? —se asombra—. —¿Del gusano de la solitaria? —Se traga toda la comida que tienes dentro. Y no quiero olvidarlo. Es insoportable. Por lo visto. cuando las cosas salen mal.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¡Qué va! —Me entran ganas de darle una bofetada. tenía que tocarme a mí el fantasma más estrafalario del mundo. ¿sabes? Algunas no renunciamos al amor verdadero. Sólo comes pomelo. Casi me atraganto con la comida.

así que mando yo. —Muy bien —cede por fin. enfurecida. Si no. quizá no tenga tiempo de buscar tu collar. Qué caradura. en realidad. pero sabe que no tiene alternativa.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Josh y yo volvamos a unirnos! —Qué va —replica—. ¿Qué quieres que haga? . Me parece más bien gris. Sus ojos centellean de rabia. ¡Quizá la verdadera razón es que debes ayudarme! ¡Por eso has sido enviada! —¡Yo no he sido enviada! —Parece ofendida—. —No creo que tu vida sea maravillosa —dice—. Es para recuperar mi collar. Como en aquella película. es maravillosa. Debería querer ayudar a su sobrina nieta. Y digo que debes ayudarme. Apuesto a que has sido enviada a la tierra para demostrarme que la vida. Los espíritus me lo dicen. —No es posible que estés aquí por un collar de pacotilla. —Pues yo tengo la poderosa sensación de que no he venido a arreglar tu asunto con Josh.66 - . pero me ha obligado con su actitud egoísta. ¡Y mi collar no es de pacotilla! ¡Y no quiero ayudarte! ¡Eres tú la que tiene que ayudarme a mí! —¿Eso quién lo ha dicho? Apuesto a que eres mi ángel de la guarda. Tengo una poderosa intuición sobrenatural de que estás aquí para ayudarme a volver con Josh. Los espíritus me lo dicen. pero me temo que no tengo elección. La miro. —¡Y tú eres un ángel de la guarda de pacotilla! —¡No soy tu ángel de la guarda! —¿Cómo lo sabes? —Me llevo una mano al pecho—. Me observa un instante y luego echa un vistazo a la cocina. Es una idea repulsiva. Sus esbeltos hombros se agitan con un suspiro de resignación—. —Voy entusiasmándome a medida que lo digo—. Y tu corte de pelo es espantoso. No pretendía exponerlo tan brutalmente. ¿Qué sabrá ella de espíritus? ¿Acaso es ella la que puede ver fantasmas? —Yo estoy viva —le espeto—.

ya lo tengo! Sólo tienes que imaginarte el collar. aparezco vestida con él. un top nuevecito a rayas y… lista para afrontar el nuevo día: para espiar a Josh y recuperarlo.Y es muy fácil. Lo meto en la nevera y tiro la cucharilla en el . Visualízalo en tu mente y lo recuperarás. —¿Cómo puedes saberlo? —No puedo resistir la tentación de seguir provocándola—. pero no hubo manera… No sé por qué. Éste es malva. Si vamos temprano podremos pillar a Josh antes de que vaya al trabajo. con piezas de tul y los hombros un poco caídos. en el acto. —Se alisa un poco la falda—. o lo que sea. vale. —¿Cómo sabes qué funciona y qué…? —Se me ocurre una idea genial —. —Saco de la nevera un yogur y lo engullo con rápidas cucharadas. —¿Éste era uno de tus preferidos? —No. Pero en fin. Siempre se lo envidié. De hecho. —Bueno. Venga. Incluso he pedido un taxi por teléfono para agilizar la cosa. ¿sabes? Me imagino con un vestido determinado y. Renovada. —¿Le has birlado el conjunto a otra chica? —Se me escapa una risita —. ¡Oye. cierra los ojos. una botella de vodka en el suelo y un disco de Alanis Morrisette sonando una y otra vez… Bueno. ¿lista? —cambio de tema—. Entro en la cocina y me encuentro a Sadie sentada en la mesa con un vestido nuevo. no seas absurda. Son las ocho de la mañana. ni siquiera puedo terminarme el yogur. Intenté imaginarme con mi capa de piel de conejo y mis zapatos de baile. ¡no hay más que verme! Llena de energía. Un poco de lápiz de ojos. Eso fue una sola vez. —Quizá sólo puedas llevar ropa fantasma —digo tras una breve reflexión—. concéntrate… —¿Siempre eres tan lerda? Ya lo he probado.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 6 No me sentía tan animada desde hace semanas. ¿Se lo has robado? —No lo he robado —replica fríamente—. Ropas que también estén muertas. tan excitada estoy. este vestido era de una chica que se llamaba Cecily. Sólo la idea de estar cerca de Josh me pone de un humor efervescente. chica! ¿Cómo es que tienes tantos conjuntos? —¿No es espléndido? —se ufana—. que han quedado hechas trizas o destruidas. ¿Y si ella también es un fantasma y quería ponérselo hoy? ¿Cómo sabes que no está sentada en un rincón llorando a lágrima viva? —No es así como funciona. Qué digo.67 - . Resulta triste imaginárselo convertido en jirones. Miramos el vestido malva. Preferiría no haberlo dicho. meses. ¡y me siento como una persona nueva! En vez de despertarme deprimida con una foto de Josh manchada de lágrimas en la mano. —¡Vaya.

—Ay. —Todo bien. He estado un poco liada. Mamá intenta serenarse. —Aquí hay vitaminas —dice.68 - . vamos. Cuchichean. cariño. Le he preguntado a la dependienta sobre problemas de comporta… —Se interrumpe—. —Ya. tratando de aparentar tranquilidad. como si yo fuese una enferma mental. ya. ¡Enseguida bajo! Salgo del edificio y me los encuentro en la acera. —Lara. papá. Pero es evidente que has pasado una gran tensión entre tu nueva empresa y lo de Josh… Ya cambiarán de estribillo. —Mamá se lleva las manos a la boca. No has respondido a mis llamadas ni a los mensajes de texto. —Pero entonces… ¿crees de verdad que tu tía abuela fue asesinada? —Mira. . ¿Mis padres? ¡Justamente ahora! ¿Y qué es eso de «pasarse un momento»? Ellos nunca se pasan un momento. echándole una mirada a mamá—. pero lo rechazo con impaciencia. —Tenso el bíceps y ella retrocede con una mueca. Y aceite de lavanda… y una planta que también ayuda a rebajar la tensión… Podrías hablar con ella. Cojo el cepillo del pelo. bajo ahora mismo… —¿Lara? —Una voz conocida y amortiguada—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE fregadero. y empieza a hurgar en la bolsa de Holland & Barrett—. bueno. incrédula. En cuanto me ven. Hoy en día valoramos un poquito de definición —la informo—. ¿Estás preparada? El taxi debe de estar a punto de llegar. que está examinándome. —Tampoco es imprescindible —dice papá con calma. ¿sabes? — Intenta entregarme el tiesto. Yo era famosa por mis brazos. —¡Qué dices! Son puro músculo. que está siempre en el cuenco de la fruta. cariño? —pregunta mamá. tampoco es para tanto —intento tranquilizarlo—. tienes los brazos rechonchos —dice—. Hola. naturalmente. Cariño. —Suena el interfono y respondo—. Hemos pensado que te pillaríamos antes de salir. —Observa con complacencia los suyos. —¡No quiero una planta! Se me olvidará regarla y se marchitará. —Ah. Ya te lo dije: ni siquiera me acuerdo de Josh. y me doy un par de toques. —¿Qué ocurrió en la comisaría. Nos hemos pasado un momento para ver si estabas bien. Luego recojo las llaves y me vuelvo hacia Sadie. papá. Mamá lleva una maceta con una planta. Y mamá. Empezábamos a preocuparnos. —Papá —le digo con una sonrisa paciente—. Perdonad. Yo he seguido adelante. No me había fijado. Acudimos al gimnasio. Miro el telefonillo. Presté declaración. una bolsa de productos dietéticos Holland & Barrett. Eres tú el que siempre saca el tema. —Anda. —¡Ah… estupendo! —Procuro sonar alegre—. —Peor aún. No os preocupéis por mí. tan pálidos y delgados—. —Papá parece preocupado—. Michael. Sólo que ahora no puedo decírselo. ya descubrirán quién tenía razón cuando Josh y yo volvamos a estar juntos y nos casemos. —¡Cielos!. se acercan con una sonrisa forzada. soy papá.

Ha sido genial veros. ¿Lara Lington? ¿No ha pedido un taxi? Cabrón. —Le sonrío—. ¡No os preocupéis! . —Lo abrazo también—. Por… la tía Sadie. —Nada. Papá tiene una expresión tan diáfana que resulta entrañable: quiere creerme. Y me obliga a hacerle el trabajo sucio. —Carraspeo—. ya está bien! ¡Llega con seis meses de retraso! ¡Lárguese! El conductor me mira pasmado y acaba arrancando entre maldiciones. —Bueno. —¡Cierra el pico. Hasta pronto. Bueno. ¡Oiga. —¡Al menos yo no voy apareciéndome a la gente! —¿Quién se aparece? —Papá se esfuerza en seguirme—.69 - . pensaba en la pobre tía Sadie. ¿qué demonios…? —Perdona. ¿me juras que ese taxi no era para ti? —Te lo juro. Estoy a punto de añadir que quizá sea él quien está obsesionado con Josh. —Suelto un suspiro compasivo—. —¡Sois unos idiotas! —lo increpa—. Nada. papá. Quiere espiarlo. Todo bien. —Lara. Aún está colada por Josh. De hecho. ¿A quién podrían gustarle semejantes escobillas? —¿Y a quien le gustan esas morcillas? —¡No son morcillas! —Lara… —balbucea papá—. —No me acuerdo —replico sin darle importancia—. cuando se detiene un taxi a nuestro lado y el conductor se asoma por la ventanilla. Todavía sostiene el tiesto. chivata! —¿Cómo? —Papá se queda patitieso. Estaba pensando en voz alta. —¡No son esqueléticos! —Seguramente creía que resultaban atractivos.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE ¡Ja! Buena jugada. treinta y dos? Maldita sea. Mamá y papá se miran. la aludida me mira ceñuda. Me leeré este libro y tomaré vitaminas. Pero debe de ser para otra persona… —¿Taxi para Bickenhall Mansions? —El hombre se asoma aún más y levanta la voz—. —Estás loca. la pobre! —Suelto una risita—. simularé que no lo he oído. —¿No es ahí donde vive Josh? —dice ella con cautela. Y un libro titulado: Vida sin estrés: tú puedes. —¿Para qué quieres ir a casa de Josh? —Mamá se angustia. Oigo un gritito sofocado y. Tenía unos bracitos esqueléticos. Lara. —¡No se me ha ocurrido otra cosa! —digo a la defensiva. en efecto. —Sadie me da la espalda. Sadie no me hace caso y se pone delante de papá. ¡Qué engañada estaba. ¿De qué morcillas hablas? Mamá parece a punto de llorar. —¿Taxi para Bickenhall Mansions. debo irme al trabajo. —Pero ¡si es un error! ¡Debe de ser un taxi que pedí hace meses! Siempre tardan un montón. —Le doy un abrazo—. Se hace un espeso silencio. y sin embargo las pruebas me incriminan.

70 - . la verdad. Busca en su escritorio. —Hundo la cabeza entre los hombros. Procuro aplacar mi agitación y aguardar con paciencia. reapareciendo de golpe. Veinte minutos después me encuentro frente al edificio de Josh. Ni una. atraviesa las paredes. —¿Cómo que no? ¿Y dónde está. Y buena suerte. pero… en fin. Y en la cocina hay un montón de fruta —añade —.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Me alejo presurosa. Y Sadie puede espiarlo a sus anchas. ya me entiendes. Doy un respingo. ¡Esto es una pasada! —No me hace falta atravesar paredes —refunfuña—. Ya he tenido suficiente. Recabará toda la información y entonces… —El señorito no se encuentra en sus aposentos —me informa. Intenta averiguar todo lo que puedas. Sería halagador. Esto es lo más cerca que he estado de Josh en muchas semanas. La impaciencia me marea. ahora mismo. pues? Él no se marcha a trabajar hasta las nueve. —¡No hagas eso! —¿Te he hecho daño? —Me miro las manos. un poco desanimada. Siguen allí. Si fuese yo la . Ninguna foto. pero mis manos se hunden en su cuerpo como si nada—. —Ah. Ahora es cosa suya. Me he fijado en eso. ¡Agg! —Retrocedo con aprensión. enviándoles un beso sobre la marcha. —No exactamente —refunfuña—. adelante. pero no veo nada. y suelta un bostezo—. Está ahí. Todo va según el plan. Quizá tenga una carta a medio a escribir para mí o algo así. Tendría que comprarles una caja de bombones. —Y a mí qué me cuentas… —¿Qué aspecto tiene el apartamento? —Me muero por conocer cualquier detalle—. ¿con cajas de pizza y latas de cerveza tiradas por todas partes? ¿Como si se hubiera abandonado? ¿Como si ya no le importase nada? —Está muy ordenado. He localizado su ventana y le he explicado a Sadie la distribución del piso. —Venga —le digo—. Pero me resulta insoportable estar aquí plantada. Hiervo de excitación. ¡Y ve con cuidado! Sadie desaparece y yo estiro el cuello para escrutar la ventana. ¡Venga! —Trato de empujarla hacia el edificio. y al llegar a la esquina les digo adiós con la mano. como si realmente las hubiera hundido en sus entrañas. Así que se está cuidando. —¡Ni hablar! ¡Entra otra vez! ¡Busca alguna pista! Por ejemplo… ¿Hay alguna fotografía mía? —No. plantados como figuras de cera. Me dan pena. No es que desee que Josh esté hecho una piltrafa y al borde del colapso. Me basta con imaginarme dentro del apartamento. Pero no es agradable notar que alguien anda hurgándome por dentro. —Vale. ¿Está hecho un desbarajuste? O sea. —Vámonos —dice Sadie. —Ni siquiera has mirado —replico—. Se esfuma otra vez.

—¿Su nueva novia. . En su e-mail de ruptura me decía que no iba a apresurarse a meterse en nada nuevo. Pensar y practicar el sexo viene a ser lo mismo para los chicos. Necesitaría… un año. Es algo inconcebible. O tres. Por ejemplo. ¡Busca por todas partes! ¡Tienes que encontrar más datos! —No pienso volver. señalando el edificio —. —¿Qué? —Todas mis fantasías se disuelven en el acto. No tienen ni idea. ¿no? Si yo tuviera que replantearme toda mi vida. no hace falta hablar más. seguro. Hasta una poesía. —¿Quién es Marie? ¿Quién? Se encoge de hombros. me entrego a la fantasía y veo a Sadie encontrando un poema escrito en un papel arrugado. Y luego ya está. Algo simple y directo.» No conozco a ninguna Marie. O tal vez dos. un diario con todos sus pensamientos. O un correo no enviado. Imagínate. No se me había ocurrido que Josh pudiera estar saliendo con otra chica. Sin poder evitarlo. —¿Bistro Martin? —Me va a dar algo—. no es que haya pensado mucho. tengo palpitaciones. Pero ¡allí tuvimos nuestra primera cita! ¡Siempre íbamos! —Piensa llevar a una chica al Bistro Martin. necesitaría mucho más que seis semanas. Entra otra vez —ordeno. Dios. quizá? —¡Qué tontería! ¡Él no tiene novia! ¡No podría! ¡Me dijo que no había nadie más! Me dijo… —Me callo de repente. —¿Has visto algo? —Pues esta vez sí —dice en tono triunfal—. —En Bistro Martin. —¡Despierta! Abro los ojos. como el propio Josh. ¿Cómo que ha quedado con…? —Hay una nota en la cocina. Ya he averiguado lo que querías saber.30: almuerzo con Marie. Todo fue un error Dios mío. «12. A una chica llamada Marie—. Una cosa interesante y muy significativa. Lara.71 - . te echo de menos. —¿Ponía dónde van a comer? Sadie asiente. Adoro tu… No se me ocurre nada que rime con Lara. ¿Qué? —Apenas puedo respirar mientras las posibilidades más tentadoras desfilan por mi cabeza: una foto mía debajo de la almohada. Al menos. La miro acongojada—. —Ay. sobresaltada. Josh tampoco. que necesitaba tiempo «para pensar y replanteárselo todo». Bueno. encontraría algo. una entrada de su diario donde se muestra decidido a ponerse en contacto conmigo… —Ha quedado para comer con una chica el sábado. Creen que basta con veinte minutos.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE que buscara.

la anécdota despierta mi interés. Yo continúo andando con paso ligero y sonoro taconeo. —No quiero amantes —me obstino—. —Me vuelvo bruscamente y me alejo del edificio presa de tal agitación que casi me llevo por delante a un anciano—. Natalie. Has de decir: «¡Adiós muy buenas!». ¿cómo voy a averiguar si Marie es su novia? —Pero es que nadie se pone a averiguar cosas así. Mis padres. Quiero a Josh. Sí. Entonces mi . Se negó a rendirse. —Pues no puede ser. —Es cierto. hay otros desiertos nevados por ahí. pero Sadie me mira como si fuese una cretina. Murió congelado. uno de los chicos empezó a leer una carta de amor que habíamos escrito. ¡Ríndete a la evidencia! Estoy harta de que la gente me diga lo mismo. —Pero ¿la voz del otro chico no sonaba distinta? —Él le dijo que la tenía agarrotada por los nervios. Estaba convencida de que un tal Desmond seguía enamorado de ella y lo perseguía por todas partes. oculto tras unos arbustos porque le daba vergüenza hablar con ella. ¿verdad? ¡Tampoco le dijeron a Scott que se olvidara del Polo Sur! No le dijeron: «No importa. Algunas personas son tan negativas… —Bueno. —No hay nada peor que irle detrás a un chico cuando el affaire ha terminado —dice con desdén. —Giro sobre los talones y echo a andar con aire desafiante—. a pesar de lo duras que se pusieron las cosas. Si no. —Le entra la risa tonta—. ¡No era eso lo que quería decir! No pretenderás ir a espiarlos… —No me queda otro remedio. ¡Y lo consiguió! Me siento conmovida cuando termino. pero ella no tiene ningún problema para seguir mi ritmo —. ¿entiendes? Todo el mundo estaba detrás los arbustos. Pienso ir a ese almuerzo. En mi pueblo había una chica llamada Polly que era una pegajosa horrible. Polly respondió que lo comprendía porque a ella las piernas le flaqueaban como si fueran de gelatina. la llamamos Gelatina durante años. aquella ancianita con la que hablé una vez en el autobús… —¿Por qué debería rendirme? —Las palabras me salen a borbotones —. ¡Incluso se recompensa! Vamos. —¡Qué malas! ¿Y ella no descubrió que era una broma? —Sólo cuando todos los arbustos empezaron a moverse. Le dijimos que Desmond estaba en el jardín. Iré allí y lo veré con mis propios ojos… —¡No! —Sadie se planta delante de mí—. mondándose. aun así. tienes razón. Scotty. —¡Scott no lo consiguió! —me dice—.» Y él siguió intentándolo. Cuando Polly salió. O varios. tiene razón. comprarte un vestido y buscarte otro amante. ¿Por qué todo el mundo se empeña en decirme lo mismo? ¿Qué hay de malo en mantener un único objetivo? En cualquier otro terreno se estimula la perseverancia. Ahora sé en qué restaurante estarán y a qué hora.72 - . Después de aquello.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE En realidad. Que ante su sola presencia se ponía a temblar como una hoja. Aunque me resisto un poco. nadie le dijo a Edison que dejara por imposibles las bombillas y se rindiera. La miro con ceño. Así que le gastamos una broma.

Y piensas: «Quiero bailar con él. —Como se llame. —Suelta una risotada—. tú dirás lo que quieras. ¡No lo niegues! ¡Te he visto mirándolo! Necesito unos segundos para deducir a qué se refiere. Todavía sigues mirándolo y poniendo ojitos de cordero degollado. me paro en seco y la observo con curiosidad. como para ajustar un auricular. Esperaba que se sonrojara o soltara un gritito. Se llama teléfono móvil. . y luego sacas tus sales de esa botellita… —Son Flores de Bach —le espeto.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE amiga Bunty se tiró al césped. —Yo me lo pasé bien. Y luego él te mira a los ojos y el escalofrío te recorre la espalda y se convierte en un chisporroteo en el estómago. —El brillo de sus ojos parece apagarse cuando añade—: No recuerdo gran cosa de ese lugar. —¡Amor verdadero! —se mofa—. Así que no crees en el amor. Incluso llevas en el bolso un retrato en miniatura de tu amado. Por Dios que está sacándome de mis casillas—. Estaba rabiosa. —¿De veras nunca te enamoraste? Un breve silencio. Era lo que me importaba. Entonces me acuerdo de la visita que tuvo en la residencia—. Ella abre los brazos con un tintineo de pulseras y echa la cabeza atrás. Empieza como un escalofrío cuando ves a cierto hombre por primera vez. ¡Qué anticuada! —¿Anticuada? —Te pareces a mi abuela. pero no estoy segura de que sea la pregunta adecuada para tu tía abuela de ciento cinco años. las aventurillas. —No es un retrato en miniatura. con sus canciones de amor y aquellos suspiros. quiero preguntarle. Pobre Polly. el chisporroteo… —¿Qué chisporroteo? —Así lo llamábamos Bunty y yo. y la diversión se acabó. —Sus labios se curvan en una sonrisa evocadora—. La diversión. —¡No me extraña! Fuisteis muy crueles. Así que cuando llegamos a la estación del metro. —No lo recuerdo. te tomas unos cócteles. Además. muerta de risa. flirteas… —Los ojos le brillan. —¿Qué quieres decir? ¿De qué me estás hablando? —De un caballero llamado… Charles Reece. —¡Sí. Sadie menea la cabeza. Debería empezar a llevar uno para disimular. —¿Y? —«¿Te lo tiras?». mujer! ¡Charles Reece! Fue a verte a la residencia. pero me mira con aire inexpresivo. ¿es eso? ¿Nunca estuviste enamorada? ¿Ni siquiera cuando te casaste? Un cartero que pasa por mi lado me mira extrañado y yo me apresuro a llevarme la mano a la oreja. No nos habló en todo el verano. Hace pocas semanas. —No sé quién es.» —¿Y después? —Bailas. Ya —alzo las cejas—.73 - . ¿y si su affaire no estaba muerto del todo? Quizá arruinasteis un amor verdadero. Sadie no ha respondido a mi pregunta. pero yo sé que sí hubo alguien especial en tu vida.

SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Ya… Habías sufrido un derrame años atrás. Estaba haciendo… ya sabes. —Bajo deprisa las escaleras—. Pero ella cree que hay un chucho en el edificio. —Voy de camino. que tendrá noticias mías muy pronto? Gracias. —Hola. Dios mío. —Eso ya lo sé —replica airada. —Hemos de irnos. espiando a mi ex y olvidándome de mi empresa en crisis. ¿Alguna llamada? —Sólo Shireen. Quería saber qué ha pasado con el asunto de su perro. ¿por qué es tan susceptible? Yo no tengo la culpa. De repente. un poco de investigación desde casa. Quiere llevarse el perro al trabajo y le han dicho que no está permitido. con un perro. Pero yo sí. . Sadie se ha plantado delante de mí. —Quizá tú no —dice con ojos chispeantes—. —No. quería saber si piensas venir hoy al despacho. Tengo un problema. incluso ha hablado de renunciar al puesto. —¿Un perro? —Bueno. Aquí estoy. Lo saco del bolsillo. Y tampoco puedo ir al edificio y registrar cada despacho… Me paro en seco. Pero bueno. añade—: Vamos. Estaba tan absorta con lo de Josh que se me ha ido el santo al cielo. Cuelgo y me masajeo las sienes un momento. Darme cuenta de lo que es importante de verdad. —¿Podrías llamarla y decirle que estoy en ello. —Y como si temiera molestarme con la pregunta. flotando a mi lado. Dejaré lo de Josh para el fin de semana. Kate. en la calle. —Me apresuro hacia el metro—. Estoy en un atolladero. Es Kate. —¿Con otro hombre? —dice Sadie. es mi cliente. Joder. ¿qué puedo hacer yo? —Ahora casi hablo conmigo misma—. Los de recursos humanos niegan que haya algún perro y no hay manera de demostrar que mienten. He de replantearme mis prioridades. que no hay problema. Qué desastre. mi móvil vibra. todo va bien… Vaya por Dios. —¿Lara? Oye. —¿Por qué? —Porque lo ha oído ladrar más de una vez. No me acordaba del maldito chucho. Kate. Parecía muy contrariada.74 - .

Voy a exigirle una disculpa en toda regla y derecho de entrada para Flash sin restricciones. ¡No me lo digas! ¿Has conocido a otro fantasma? —No es un fantasma. apuesto. Sí. hay un perro. Tú no puedes conocer a un hombre. A menos que… — Levanto la vista—. la verdad. ¿Dónde está el perro? —Arriba. un globo terráqueo de acero y grandes ventanales de cristal. una cesta debajo de una mesa. como si lo hubiera olvidado—. ¿No se da cuenta de lo importante que es esto? Ya tengo preparado el móvil cuando entra. ¿Has vuelto a encontrar el perro? —Sí. debajo de una mesa. parapetada tras el Evening Standard—. moreno. despacho catorce dieciséis. Y tal vez incluso una cesta de regalo. —Menea la cabeza con impaciencia—. En una cesta. Igualito que Rodolfo Valentino. excitada—. Saco el móvil. ¿Has encontrado el perro? —Ah. Es el pekinés más gracioso… —¿Puedes conseguirme un nombre? ¿Y el número de la oficina o algo así? ¡Gracias! Se volatiliza otra vez y yo sigo bebiendo mi capuchino. —¿Qué tal? —le digo—.75 - . Acabo de pedir otro capuchino cuando Sadie se materializa a mi lado con las mejillas encendidas y los ojos brillantes. Pero es divino. —¿Y bien? —digo al teléfono—. que se acerca por la acera con indolencia. estás muerta. El edificio es tan grande que tal vez me pase esperando un buen rato. Yo espero aquí. —¿Cómo que has…? —replico mientras lo anoto todo en un papel—. eso —dice. pero adivina lo que… —¿Dónde? —la corto. Y yo acabo de conocer —añade. . Me da un poco de rabia. Un chisporroteo instantáneo. Parece radiante de felicidad. la dueña se llama Jane Frenshew. algún juguete para perros… —Bebo un sorbo de mi capuchino—. Está en la planta catorce. —¿Quién? —¡El actor de cine! Alto. como reparación simbólica… Miro por la ventana y diviso a Sadie. Un ladrido. No parece tener ninguna prisa. soñadora— a un hombre delicioso.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 7 Macrosant se encuentra en un enorme edificio de Kingsway que cuenta con una gran escalinata. Desde el Costa Coffee de enfrente tengo una visión estupenda. Hojeo el periódico y mordisqueo un brownie de chocolate. ¡Shireen tenía razón! ¡Jean me ha mentido! Que se prepare cuando hable con ella. —Cualquier cosa perruna —le digo a Sadie. Estaba hablando en una de las salas que he cruzado. le sonrío a la chica de la mesa vecina y finjo marcar un número.

—Pídeselo tú. pero ella interpone un brazo. —Fantástico. —Tiene que ser mío. Así son las cosas. —¡Ya! —se irrita—. ¿Me está tomando el pelo? —Sería bonito —intento aplacarla—. balanceando las piernas en un taburete—. Pondremos música. yo también podré salir con él. Necesito una celestina. liso como una tabla—. —¿Qué? —No puedo hacerlo sola. —Vale —le digo—. —Cierro el móvil. Podría apoyar la cabeza en su hombro si bailáramos juntos. pero Sadie me cierra el paso. cojo el bolso y me levanto—. Pero yo debo ir al despacho… — Hago ademán de moverme. Bueno. ¿Cuánto hace que no… muevo las ancas. para que puedas bailar con él? —Sólo quiero una última dosis de diversión con un hombre atractivo. Lo he notado aquí… El chisporroteo. atrapada en el cuerpo de una anciana! En un sitio sin música y sin vida… Siento un espasmo de culpa al recordar su fotografía. Poco me falta para estallar en carcajadas. —Y tiene la estatura perfecta —prosigue. Una última vuelta por la pista de baile —añade con voz lastimera—. ahora que aún puedo. —¡Exacto! Una cita. De acuerdo. señalando el edificio. No hace falta que me lo recuerdes a cada momento. Habla en serio. —¿Quieres que tenga una cita con un tipo al que no conozco.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Suena prometedor. se pone otra vez delante con la mandíbula apretada. ¡Quiero salir con un hombre y divertirme! —¿Qué pretendes? ¿Tener una cita? —digo incrédula. Si consigues la cita y salís juntos. también yo bailaré con él. debo volver al despacho y arreglar este asunto. lo siento. —Me encojo de hombros y echo a andar. como tú dices? ¡Todos estos años. Es mi último deseo. —¿El qué? —Ese hombre que acabo de conocer. una Sadie arrugada y viejecita. —Se toca el estómago. Bailaremos en casa. con su chal rosado. —Baja la cabeza y esboza un triste mohín—. —No puedes tener una cita. Mis últimas voluntades. —¡De eso nada! ¡Tú ya expresaste tu último deseo! Era buscar el .76 - . Me he puesto a su lado para comparar nuestras estaturas. Con él —añade. ¿Es que no ha entendido aún qué significa ser un fantasma? —Sadie… tú estás muerta. —¿Sabes cuánto hace que no bailo? —me suelta en un repentino arrebato—. Dos segundos después. Salgo de la cafetería y me dirijo hacia la estación de metro. y su mirada se ilumina. atenuaremos las luces y montaremos una fiestecita… —¡Yo no quiero bailar en casa con música de la radio! —me espeta—. Tengo que bailar con él. Y si vais a bailar.

Te enseñaré dónde está. sola. Tendrás que olvidarte de este capricho. —No hay problema. Veo en una esquina un panel con el rótulo: «Seminario de Estrategia Global. parece atrapada. Una petición insignificante. —¿En qué planta está el tipo? —le susurro a Sadie. . mi propia sobrina nieta. a mi padre le encantará la idea. le muestro al guardia la placa sin detenerme y enfilo un amplio corredor con las paredes cubiertas de cuadros de aspecto carísimo. rascándome la frente—. —Cada Navidad. pero ella no parece escucharme. —Me acerco con paso enérgico—. antes de que me arrepienta. Sadie. Creo que servirá. sin vida de ninguna clase. Será mejor que me apresure… Me dirijo deprisa al mostrador de seguridad. De hecho. Necesito un plan. Se pone a dar vueltas en la acera y los tules de su vestido ondean—. ¿recuerdas? Por un instante. Pedirle una cita a un desconocido no cambiará las cosas. —¡No puedo entrar así como así en un edificio de oficinas! —susurro —. Lo lamento. —Una de las chicas se pone en pie con la lista en la mano. sin un regalo… —No fue culpa mía —aduzco débilmente. Llego tarde. —Y ahora que vislumbro una rodajita de felicidad. sin diversiones. —Hola. Me mira con una expresión tan herida y temblorosa que me pregunto si la he ofendido. No tengo ni idea de dónde estoy.» Dos chicas de aire aburrido se hallan tras una mesa con las placas de identificación. Sin visitas. ¿dónde está? —Abarco con la mirada el vestíbulo cubierto de mármol.77 - . que ocupa de la planta 11 a la 17. Perdón. insensible y egoísta… —¡Vale! —exclamo. No es justo. Si voy a hacerlo. —¡Eres un ángel! —dice con súbito entusiasmo. será mejor que sea enseguida. —Bueno. Gracias. ¡Vale! ¡Lo que tú digas! ¡Está bien! Lo haré.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE collar. El edificio alberga veinte empresas distintas y la única que he visitado es Macrosant. una excusa… Ajá. Dios. ¿Tu nombre es…? —Sarah Connoy —digo. tomando una placa al azar—. un bocado de placer. Me estás rechazando… Un último deseo inocente. No puedo pedirle una cita por las buenas a un desconocido. Al fin y al cabo. todos los que me conocen ya están convencidos de que estoy como una cabra. Sólo vejez. —¡Arriba! ¡Vamos! —Es como un cachorro tirando de la correa. —Procuro mostrarme razonable—. Acaban de empezar. No puede hacerme esto. —Me estás diciendo que no —balbucea—. ¡Vamos! La sigo por la escalinata y entro en un amplio vestíbulo de dos niveles. —Pues éste es mi otro último deseo —dice por fin. la otra se dedica a mirar las musarañas—. —Escucha. soledad y tristeza… Ay. Sin recibir ninguna visita. —Escucha… —Me he pasado años en la residencia.

He de preparar un plan. Me apresuro a entrar y me encierro en un cubículo de mármol. —¡Vamos! —Sadie se acerca bailoteando alegremente a una puerta con panel de seguridad. Ahora tengo que dejarte. —Le hago un gesto muy serio y entro tras ellos—. sonrojada de emoción—. Hay un servicio de señoras a mano izquierda. Los dos tipos ya no están. —Gracias. colándome en unas oficinas en busca de un desconocido? —Sí. Gavin —digo—. Cuando me bajo en la planta 20. No puedo entrar a lo loco. «Oficina 2012». He de analizar… los porcentajes. —Tengo una reunión en dos minutos. —Bueno. Necesito pensar. como si fuera a darme el alto. De puro escalofrío. paso por su lado y los dejo atrás. Es un largo trecho de moqueta gris con algún que otro dispensador de agua y puertas a cada lado. —¿Estás segura? —¡Acabo de entrar! ¡Está ahí! ¡Pídeselo! —Trata de empujarme con las manos. me lo pongo en la oreja para evitar cualquier conversación y los sigo. . —¡Espera! —digo. —Sadie mira indecisa alrededor—. pero debe de ser un pez muy gordo. ¡Aquí! —Sadie reaparece a mi lado. Hay que esperar un poco. así que no veo el interior. ¿dónde es? —Humm. Gavin. Un par de hombres trajeados pasan por mi lado y uno de ellos me mira con curiosidad. pone el rótulo. —¿Qué haces? —dice Sadie. Llamar y entrar en el despacho de un desconocido. Aguanto sentada tres minutos y luego salgo. El tipo más alto vacila. Mierda. ¿es que no sabe respetar la intimidad más elemental? —¿Qué crees que hago? —susurro—. Esto es surrealista. me encuentro en otra zona de recepción grandiosa. ¿Se puede saber qué hago. Llego a los ascensores y saludo con toda seriedad a las personas que aguardan. uno de ellos introduce un código en el panel. —Me señala una puerta de madera maciza. El pasillo permanece vacío y silencioso. materializándose a mi lado. Al llegar a la puerta. Acelero. Tiene los ojos más penetrantes que he visto. Una placa en la pared reza: «Turner Murray Consulting. 1. retrocediendo unos pasos. No hay ventanas ni paneles de cristal. Saco el móvil.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —En la veinte. No conozco al jefe.78 - . Una de estas puertas… Avanza por el pasillo y la sigo con cautela. ya te dije que las cifras de Europa que me habías pasado no cuadran — digo al teléfono. Quiero ya esas cifras revisadas en mi BlackBerry. A cinco metros hay un mostrador de granito atendido por una mujer de traje chaqueta gris y aire intimidante. Oigo un murmullo amortiguado de conversaciones y algún que otro sonido de ordenadores. Dios.» ¡Vaya! Estos tipos de Turner Murray son los genios que se dedican a asesorar a las grandes empresas.

—Perdón —balbuceo—. pero no hago caso. Todo el proceso durará treinta segundos como máximo y luego Sadie dejará de darme la lata. Al otro lado de la mesa hay uno de pelo rubio rojizo bastante mono. Nosotros no nos basamos en los índices de satisfacción del cliente. —… y el índice de satisfacción de los clientes ha subido de año en año… —Un momento —dice un hombre que está junto a la ventana y que bruscamente se ha dado la vuelta. Morirme de vergüenza mientras él llama a Seguridad. Vale. Decirle hola de un modo natural y agradable. Así podré huir y borrarlo todo de mi mente y nadie se enterará nunca de que era yo. 6. en una reunión de alto nivel a la que no estoy invitada. ¡Llama más fuerte! Y entra sin más. ¿No saben que soy una intrusa? El tipo en la cabecera de la mesa reanuda su discurso y algunos se ponen a tomar notas. Inspiro hondo. 5. Largarme a toda prisa. —¡No se ha oído! —exclama Sadie a mi espalda—. —Gracias —murmuro. Yo no quiero hacer un trabajo que el cliente valore con una A. giro el pomo y entro. Quiero hacer un trabajo que yo valore con una A. Continúen. sino una sala de juntas. Está ahí. Se le dibuja un surco profundo entre las cejas y mira al tipo del pelo ondulado como si encarnara para él una enorme decepción personal—. No quería interrumpir.79 - . Me he colado en una empresa desconocida. cojo una y me siento. y lleva la misma corbata que le compré a Josh por su cumpleaños. Hay veinte personas trajeadas sentadas en torno a una larga mesa y todas se vuelven a la vez. El hombre que está al fondo interrumpe su presentación en PowerPoint. Tiene el pelo ondulado y ojos azul pálido. Nadie me ha dicho que me largue. Con el rabillo del ojo veo un par de sillas vacías. Habla con acento americano y lleva un traje oscuro y el pelo castaño peinado hacia atrás. vamos allá. Echo una ojeada furtiva alrededor. El que está haciendo la presentación tampoco está mal. El de Sadie podría ser cualquiera. No puedo creerlo. Los miro. 4. y todos aguardan a que diga algo. No es un despacho. Quizá él mismo llegue a creer que ha sido una alucinación transitoria. Ahora muestra un gráfico y habla con animación. petrificada. La mujer de al lado me echa un vistazo titubeante y luego me pasa un bloc y un bolígrafo. alzo la mano y llamo suavemente. ¡Vamos! Cierro los ojos. 3.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE 2. Hay unos quince hombres. Sin saber muy bien lo que hago. . Mi corazón se ha puesto al galope. Pedirle una cita. No dar mi nombre en ninguna circunstancia. doy un golpe seco. Me acerco a la puerta.

«¿Cómo voy a saber la pinta que tiene ese Rodolfo Valentino del demonio? —garabateo—. escribo en el bloc y lo ladeo para que pueda leerlo. ¿Puedo… utilizarlo? —Bien. Tiene la frente amplia y cuadrada y un leve bronceado. ¿Cuál es?» Yo apuesto por el del pelo ondulado. —¡No. A menos que sea el rubio que tengo delante… no está nada mal. —El que parece Rodolfo Valentino —dice. tratando de ser justa. y el vello oscuro de las muñecas le asoma por los puños inmaculados. la verdad… no es mi tipo. ¿O quizá el tipo de la perilla? —¡Ése! —dice señalando hacia el fondo. Un modo enérgico de hablar que cautiva a todos los presentes. Todos parecen tenerle miedo. «¿El que está haciendo la presentación?». —¿Cuándo ha tenido tiempo para hacer esto? —le susurra a su vecino. que se ha apresurado a levantar la mano—. Innovar. Lo compadezco. Por el amor de Dios. Al contrario. Bueno… gracias. «¿Cuál es?». Es verdad que sus ojos son penetrantes. emocionado. Quizá sirva de algo. —Todas las prioridades están mal definidas. ejem… «¿Él? ¿En serio?». deberíamos marcar la estrategia. ¿A que es un bombón? —¿Él? —¡Ostras! He alzado la voz. Repaso escépticamente al americano. Demasiado intenso.80 - . tonta! ¡Éste! —dice riendo. Continúa. Ejem. En cuanto al último punto… El tipo de la perilla sigue pasando las páginas mecanografiadas. que se encoge de hombros. Nuestra misión no es poner parches con fines tácticos. —Y con referencia a ese punto —coge una carpeta de plástico y la desliza por encima de la mesa hacia el tipo de la perilla—. —El de la perilla se ha quedado pasmado—. Mis disculpas por acaparar la reunión. y en un abrir y cerrar de ojos se planta delante del americano ceñudo y lo mira con anhelo—. Manos y ademanes vigorosos. Sólo un memorando.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE El del pelo ondulado parece haber quedado en una posición precaria. anoche redacté algunas indicaciones sobre la negociación con Morris Farquhar. Supongo que puede decirse que es atractivo en un estilo típicamente pijo. —Yo tengo una pregunta. —Es el tipo rubio de enfrente. escribo para que me lo confirme. ésa era la idea —responde el americano con una fugaz sonrisa irónica—. mirando su reloj—. Demasiado ceñudo. —¡Es delicioso! —me dice al oído. —Debo marcharme —dice el americano. — Hojea las páginas—. Todo el mundo me mira. —Ah. Desde que he llegado… Desconecto al ver que Sadie se desliza en la silla de al lado. Cuando habla de innovar los . escribo cuando regresa a mi lado. Para nada. Simon. como sorprendida de que necesite preguntarlo. Simulo aclararme la garganta—. —El americano mira ceñudo alrededor de la mesa—. Y posee el magnetismo de los líderes. —Claro —musita. Pero.

me obligo a levantar la mano. —Bueno… tener una cita. De pronto. Es increíble. Es ridículo. Habrá de perdonarme. ¿Le gustaría salir conmigo? Se hace un silencio anonadado (salvo por la tos de alguien que se ha atragantado con el café). ¡Pídeselo! Noto un latido en las sienes. que se marcha! ¡Me lo has prometido! ¡Hazlo! ¡Hazlohazlo-hazlo! «¡Está bien! ¡Dame un segundo!» Sadie camina airada hasta el fondo de la sala y me mira con expectación. El ceñudo americano ha terminado de responder a la pregunta y guarda unos papeles en su maletín. Una pregunta más.81 - . La que sea. Ladea la cabeza como si le llegase una remota señal de radio. El americano oye algo. ¡Ahora mismo! ¡Di que sí! ¡¡¡Di que sí!!! Casi resulta cómico verla chillar con todas sus fuerzas para obtener apenas una ligera reacción. No puedo hacerlo. Uno le susurra a su vecino: «¿Quién es ésa?» —Muy bien —suspira—. Las piernas me tiemblan bajo la mesa. —¡Vamos!. desconcertado. pero aguanto el tipo. pero Sadie lo sigue sin dejar de gritar. ¿Le gustaría tener una cita conmigo? —¡Di que sí! ¡Di que sí! —Los gritos de Sadie empiezan a alcanzar un nivel insoportable. ¿Podrá oírla? —Jovencita —me dice un hombre de pelo gris con tono cortante—. pero se me ha hecho tarde… —Tengo una pregunta. El ceñudo americano se vuelve y me mira. Se . Sadie está a su lado. Al pobre hombre se le han puesto los ojos vidriosos hasta el extremo de que parece haber caído en trance. No les robaré mucho tiempo. La cara me arde. —¡Di que sí! —le chilla al oído—. Nadie se mueve ni se atreve a hablar. ¡Di que sí! ¡Di que sí! Para mi asombro. Algunos se miran. Pero es más bien compasión lo que siento. el americano reacciona. Sacude la cabeza y se aparta un par de pasos. —¿Disculpe? —digo con un gallo. creo que no nos han presentado —dice—. ¡vamos! —me empuja Sadie—. ¡Pídele una cita. atónitos. —Me vuelvo hacia el americano—. seguro. Sólo necesito una respuesta.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE procedimientos… —¡Rápido! —La voz de Sadie resuena en mi oído y doy un respingo—. Éste no es momento ni lugar… —No pretendo interrumpir —digo con humildad—. «¡Vamos!». Enseguida se impacienta. —Esbozo una leve sonrisa. una mujer se tapa la boca con las manos. —¿Perdón? —dice el americano. Están todos paralizados. —Yo… eh… Quería preguntarle… —La voz me tiembla de lo asustada que estoy y he de aclararme la garganta—. Todo el mundo se vuelve para mirarme. Adelante. como si estuviera presenciando un choque de trenes. me dice con aspavientos. —¡Di que sí! —Sadie empieza a quedarse ronca—. —Lo siento. No sé cómo.

No puede tocar nada ni comunicarse con nadie. Alguien dice: «¿Quién demonios era ésa?». El mundo de Sadie es tremendamente frustrante. . Ed. y es evidente que nunca va a conseguir que ese tipo… —Sí —asiente el americano. Basta de juegos. las cartas sobre la mesa. —Se lleva la mano al bolsillo y saca su tarjeta. —Cojo el bolso y emprendo la retirada. aturdido. Ed. Ed Harrison.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE la ve tan impotente… Es como si estuviera gritando detrás de un cristal y la única persona que la oyese fuera yo. ¿Sí? Se oye una exclamación unánime en torno a la mesa. —Bueno… eh… pues adiós. ¿de acuerdo? Me llamo Lara Lington. y una mujer cuchichea: «¿Has visto? Sólo hacen falta agallas. —Yo. Aquí está mi tarjeta… —Me pongo a hurgar en el bolso. pero yo estoy demasiado anonadada para responder. Entonces… Le enviaré un correo.82 - . Ha dicho que sí. —El hombre sigue aturdido—. Todos me miran boquiabiertos. Lo cual significa… ¿que he de salir con él? —¡Genial! —Procuro recobrarla calma—. Mi compasión se evapora. dejando a mi espalda un murmullo cada vez más fuerte. Hay que ser directa con los hombres. salvo que tengo que largarme de aquí. Si hubiera sabido a su edad lo que sabe esa chica…» ¿Qué es lo que sé? Nada. y enseguida varias risitas contenidas.

soñadora—. y no volveré a verlo en mi vida. Entiendo que deseéis mantener libre de animales vuestro espacio de trabajo. ¿Al Savoy? Adoro el Savoy. pero sí lo suficiente. Sabía que diría que sí. Romperá mi tarjeta. Sadie es mi fantasma. que personalmente comprendo y aplaudo. me arrellano en mi silla giratoria y me dispongo a disfrutar del momento. Tengo cosas que hacer. ¿De verdad se imagina que vamos a salir los tres juntos? ¿Una cita estrafalaria en plan trío-con-fantasma? Vale. Él la ha oído. Me consideraba especial. No sé hasta qué punto. Pero he notado que cuando suelto un grito tremendo al oído. Sólo tengo que pensar en ti y ya estoy a tu lado. Jean —digo amablemente—. a su adicción a las drogas o al estrés. Soy Lara Lington. El tipo no va a proponerme una cita. Te llamaba para comentar otra vez vuestra política respecto a los perros. aunque suene infantil—. Lara. Sigo repasando la escena en mi mente con absoluta incredulidad. —¿No es una monada? —dice. —Hola. Me cuesta horrores. —Tose y se frota el cuello. —Creía que yo era la única a la que te aparecías —replico. —¿Así que ya lo habías hecho antes? ¿Has hablado con alguien más? —Ya sé que es ridículo. la mayoría parece oírme de un modo amortiguado. —Bueno.83 - . —¿En serio? —Quizá —replica con una sonrisita traviesa—. —Hablar no sirve. —Jean Savill. pero me da un poquito de celos que pueda comunicarse con otros. Les va muy mal a mis viejas cuerdas vocales. ¿A qué venían esos gritos? Creía que no podías hablar con nadie. Sólo para divertirme. En cuanto llego al despacho. No pierdas la chaveta. me dirijo hacia la salida. Ya más tranquila. Basta de locuras por hoy. secretamente complacida. —Pero ¿qué ha ocurrido? —musito—. —Bueno. hablé un momento con la reina —dice—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 8 Aún sigo conmocionada cuando Sadie me alcanza en el vestíbulo de la planta baja. ¿y adónde crees que nos llevará? —dice con ojos chispeantes—. Sadie ha logrado comunicarse con ese hombre. llamo a Jean. salvo conmigo. —Eres la única con la que puedo aparecerme en el acto —precisa tras un instante de reflexión—. —Ah —murmuro. Al cabo de un rato debo desistir. Pero me estaba preguntando . atribuirá el incidente a la resaca.

—Bueno. ¡Shireen puede llevar a Flash al trabajo! La autorización figurará en el contrato que firmarán mañana. mirándome con expectación. y coge su bolso. ¡Anda! ¡Vete a almorzar! ¡Vas a morirte de hambre! Kate se levanta de golpe. sólo pretendía resolver la situación. que se ha pasado el rato dando vueltas por el despacho—. ¡Y le regalarán una cesta! Cuelgo y marco el número de Shireen. —No me imagino a nadie de Sturgis Curtis tomándose tantas molestias —me dice una y otra vez—. Ni en un millón de años. —Me encojo de hombros. Lo decía en el buen sentido. Ayer no paré ni para almorzar.84 - . Ésta es la gran diferencia cuando trabajas con una empresa más pequeña. . Dios —me horrorizo—. Luego intenta argumentar que se debe a circunstancias especiales que no sientan precedente. Sadie se acerca a mi escritorio. —Ah. y advierto que Kate me observa con curiosidad. —Contactos.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE por qué no se hace extensiva esa norma a Jane Frenshew. Quizá haya sido un poco absurdo perder tanto tiempo en este asunto—. Nunca me habían comparado favorablemente con Natalie.» —Natalie nunca se habría molestado en investigar lo de ese perro — dice Kate—. Pero me basta una alusión a los abogados y a los derechos europeos para que se venga abajo. —¡Voy a buscar un café para celebrarlo! —dice Kate jovialmente—. ¡No tienes el menor instinto! ¡Ha sido gracias a mí! Deberías decir: «Mi maravillosa tía abuela Sadie me ha ayudado y le estoy infinitamente agradecida. chocando con un archivador. —¿Cómo has sabido lo del otro perro? —Instinto. por cierto? Vacilo un instante. —¿Instinto? —se mofa Sadie. radiante de satisfacción. no me has entendido —me interrumpe. sonrojándose—. Y todavía me resulta más divertido cuando Shireen suelta un grito de incredulidad por teléfono. —Es que… estoy algo hambrienta. Nosotras tenemos un toque personal. —Se sienta en el borde. —¡Eres genial! Cuelgo por fin. —Ay. En cuanto ha cerrado la puerta. —Toda mi satisfacción se evapora. del despacho catorce dieciséis. Parecía la mejor manera… —No. no hace falta. lo niega todo. Al principio. ¡Cuéntaselo a tus amigos! —¡Tenlo por seguro! ¡Estoy impresionada! ¿Cómo averiguaste lo del otro perro. Bueno. Nunca. ¿Quieres algo? —No. Mirando las cosas con los ojos de Natalie. —Como una boutique —puntualizo—. ¡Se va a poner tan contenta! Por fin empiezo a encontrar divertido este trabajo. ¡Ja! No creo que Jean haya pasado en su vida un bochorno semejante. —Sonrío. no me siento muy profesional. Me sonrojo.

o pasarte por Harrods… —Ya estuve en Harrods. se aparta de mala gana. no suena. —Sí. ¿Usted compró uno? —Compré dos. Puede ser cualquiera.85 - . Podrías visitar el edificio Gherkin. —¿Estás loca? ¡No pienso decirle eso! —La cita es mía y quiero ir al Savoy —insiste tercamente. —¿Sí? —¿Hablo con Lara? —Es una mujer que no conozco. Gracias de todos modos. añado para mis adentros. Sadie se coloca a mi lado y me mira ansiosa. —¿Por qué no vas a hacer un poco de turismo? —le propongo—. soy Lara. —Si miras un teléfono.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¿Qué pasa? —¿Vas a llamarlo? —¿A quién? —¿A quién va a ser? —Se inclina sobre mi ordenador—. se sobresalta y vuelve la cabeza para otro lado. desilusionada—. Puedo venderle los dos. ¡A él! —¿Te refieres a Ed Comosellame? ¿Pretendes que lo llame yo? —le lanzo una mirada compasiva—. Sadie se ha sentado encima de un archivador y no aparta los ojos del teléfono. ¿verdad? Del mercadillo de la residencia de ancianos… —Ah. sí. si quiere. —Me encojo de hombros—. La ahuyento con un gesto y me concentro en el teléfono. Al notar que la miro. Se desliza flotando hacia la ventana opuesta… y vuelve a mirar el teléfono. —¿Es él? —No conozco el número. Dile que queremos ir al Savoy a tomar un cóctel. La verdad es que un fantasma con mal de amores dando vueltas por mi despacho es una lata. En buen estado. A la velocidad del rayo. —Vaya. finalmente. ¿Es que no sabes cómo funcionan estas cosas? Si quiere llamar. ¿quién está obsesionada con un hombre? —No estoy obsesionada —replica con altivez. ¿Quién es? —Nina Martin. . —¡Es él! —dice abrazándose—. Estaba pensando en ponerlos en eBay… —No —digo. —Arruga la nariz—. Tiene un aspecto muy extraño hoy en día. ya llamará. —«Pero no lo hará ni en mil años». —No es él. Dejaste un mensaje sobre un collar. Estoy a punto de sugerirle un paseo por Hyde Park cuando suena mi móvil. Saco la lista y tacho a Nina Martin. Uno de perlas negras y otro rojo. ¿No lo sabías? Sus ojos destellan de rabia. Sadie me observa ceñuda. —¡Cierra la boca o no contesto! Nos miramos echando chispas mientras el móvil suena de nuevo y. ¿vale? —le siseo a Sadie. No son los que estoy buscando. Tiro a la papelera unos cuantos mensajes y escribo una respuesta. vaya. Se da la vuelta y empieza a examinar el cordón de la persiana.

Qué alivio. Has sido tú. Me mira resentida. Tirará mi tarjeta y se olvidará del asunto. Suelta un largo suspiro. —Una voz masculina titubeante—. Lo que tú digas. —Sadie. has de saber la verdad: no llamará. —¡No es culpa mía! —le recuerdo—. pero así es. Me propone una copa porque viene a ser la cita más breve posible. ¡Sadie! ¿Me oyes? ¡No vas a creerlo! ¡Ha llamado! —Ya lo sé —dice a mi espalda. ¿Tomamos una copa allí? Le leo el pensamiento. Lo lamento. Sólo intento suavizarte el golpe. —Miro alrededor—. —Me vuelvo hacia la pantalla y empiezo a teclear. vuelve a sonar el teléfono. como si me hubiera propuesto amargarle el día. Me quedo en blanco. tan terriblemente educado que no le ha parecido bien darme plantón. vuelve de nuevo… Es imposible aguantar toda la tarde con esta pesada deambulando entre suspiros. Lo siento. —Meneo la cabeza—. —¿Cómo que no? Claro que llamará. imperturbable. En cuanto a Ed. —Toda esta espera es insoportable. ¿Ed Harrison? —Ah… hola. ¿verdad? Has ido a buscarlo y te has puesto a gritarle. Mientras le escribo a Jean un mensaje de confirmación sobre Flash. —Busco a Sadie con la mirada. Christopher’s Place —dice—. Me giro en redondo y la veo en el alféizar de la ventana. Va hasta la ventana. —No. —Sí… eso creo. Pero ¿por qué llama entonces? Es tan anticuado. ha desaparecido. —Oye. Voy a tener que sincerarme. a las siete y media? —Perfecto. Parecemos dos personas que han ganado una excursión en un sorteo y no saben cómo zafarse del compromiso. —Buena idea —digo con vivacidad.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¿Por qué no has probado ya con todos? —Esta noche llamaré a unos cuantos más. Al fin un poco de tranquilidad y silencio. pero no la veo. Y saldremos con él. Soy Ed Harrison. —Bueno. El Crowe.86 - . aunque no me conozca y aunque yo podría ser una asesina en serie. Descuelgo distraídamente. —¡Te lo has perdido! ¡Tu chico ha llamado! ¡Vamos a…! —Me detengo en seco al comprenderlo—. Sadie. —¿El sábado. —Perfecto. . ¡Voy a salir con el americano ceñudo! Y Sadie no lo sabe. Ahora debo trabajar — añado al ver su expresión—. Cuelgo. —Aguardo a que se vuelva—. Es imposible que llame a una chiflada que se coló en su reunión. Se desliza hasta mi escritorio y mira el teléfono. —Hola. Cuando levanto la vista. Dios. —Aquí Lara. Oh. alucinada. En realidad no quiere salir. —Hay un bar en St. —Llamará —se obstina—. creo que tenemos una cita —dice con rigidez.

disgustada—. . Entonces me fijé en su máquina de escribir… —¿Su ordenador? —Como se llame. por cierto. —Esboza una sonrisa evocadora—. —Bienvenida a las citas del siglo veintiuno. Había tirado la tarjeta. —Parece muy satisfecha de sí misma—. Se ha introducido en su mente. eres genial. con aire triunfal—. Aunque. pero no me hizo caso.87 - . Así que me puse a su lado y le dije que si no te llamaba enseguida y te pedía una cita. muda de asombro. pero lo ha conseguido. La única. Se apartaba y continuaba tecleando furiosamente. Lo ha obligado a meterse en una aventura que él no quiere. ¿No estás impresionada? Le devuelvo la mirada. ¿Cómo te las has arreglado para que cambiara de idea? —¡Ha sido extenuante! Primero le dije simplemente que te llamara. caería sobre él la maldición del dios Ahab. sí. ¡No tenía la menor intención de llamarte! La veo tan indignada que he de contener la risa. Y te ha llamado. Le dije que se le estropearía y que perdería su trabajo si no te llamaba. así que decidí darle un empujoncito. Tenías razón. Estaba en su papelera. —Frunce el ceño. Empezó a flaquear. pero aun así seguía tratando de eludirme. ¿sabes?. Es la única mujer que he conocido capaz de obligar a un hombre a llamar. incluso cuando recogió la tarjeta. Vale. Le advertí que se le paralizarían los miembros y quedaría cubierto de unas verrugas asquerosas. Era demasiado deprimente estar esperando su llamada. ha sido gracias a sus poderes sobrenaturales. Entonces sí que reaccionó. —Tía Sadie —le digo lentamente—. Ha chantajeado a ese pobre tipo. no paraba de agarrarse la cabeza y mascullar: «¿Por qué demonios tengo que llamar a esta chica? ¿Por qué?» Así que le grité al oído: «¡Porque deseas llamarla! ¡Es muy mona!» —Se echa el pelo atrás. —¿Quién es el dios Ahab? —Salía en una novelita que leí una vez.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¡Pues claro! —se ufana—. toda arrugada.

Es más: podré escuchar la conversación porque he puesto un micrófono en la mesa. así que no me ha resultado difícil camuflarme. Se lo habría dicho si me hubiese preguntado. No es broma: un micrófono de verdad. Tuvimos allí nuestra primera cita. Me conozco tan bien este restaurante que he podido planear la cosa a la perfección.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 9 A veces. ya sé que no debería andar espiando a la gente. Y sí. Está traicionando nuestros recuerdos. Cuando me llegó por correo. seguramente sólo le servirá para sentirse más infeliz. dejé caer una cosa adrede y. me imagino las normas que inventaría si llegara a gobernar el mundo. y no para ex novias hechas y derechas. dijo que si tan desesperada estaba. Luego. me di cuenta de que está pensado más bien para niños de diez años. Es como si nuestra relación fuera una de esas pizarras mágicas de juguete y él se dedicara a sacudirla brutalmente para hacer otro dibujo. Primero me dijo que ni siquiera debía presentarme aquí. ¡Lo he probado y funciona! Tiene sólo un alcance de siete metros. ¿Cómo puede salir con otra cuando sólo han pasado seis semanas? ¿Es que no se entera de nada? Meterse a ciegas en una nueva relación nunca es la respuesta. pero me basta con eso.88 - . acabamos de romper. Estoy oculta en un rincón y me he puesto una gorra de béisbol. al agacharme. Sólo resta encenderlo cuando llegue el momento. cuando ya era evidente que no iba a convencerme. De hecho. borrando el cuadro precioso que habíamos pintado juntos. Son la doce y media del sábado y llevo sentada aquí veinte minutos. El auricular lo tengo escondido bajo la gorra. Busqué hace tres días en Internet y compré un minúsculo micrófono de control remoto incluido en un pack llamado «Mi primer equipo de espía». ¿Cómo se atreve? Es nuestro restaurante. y plantas y percheros por todas partes. lo que debía hacer era sentarme cerca y . Tengo una perspectiva de ella bastante buena desde mi rincón. por el amor de Dios. he tenido una tremenda discusión con Sadie al respecto. El local tiene mucho ajetreo. hay unas cuantas que tienen que ver con ex novios. porque venía con un «Libro de bitácora del espía» y un «Decodificador de claves secretas». y ahora se me ha ocurrido una nueva: «Los ex novios tienen terminantemente prohibido llevar a otra chica al restaurante que frecuentaban con su novia anterior. Además. Hace diez minutos me acerqué casualmente a la mesa. Qué más da. pegué debajo la minúscula placa adhesiva del micrófono.» Aún no puedo creer que Josh vaya a llevar a esa intrusa al Bistro Martin. Josh ha reservado una mesa junto a la ventana (he mirado a hurtadillas la lista de reservas). con un montón de mesas. así que podré examinar a conciencia a la tal Marie y estudiar el lenguaje corporal de ambos. cuando no puedo dormir. De hecho. Sé que moralmente no está bien. Casualmente.

Echo un vistazo a la puerta y siento una sacudida tan violenta como en una montaña rusa. El tipo de top que sólo puedes ponerte si sabes planchar muy bien. que llevan las chicas en los anuncios de yogures bajos en calorías o de dentífricos. ¿no?. Bueno. Es rubia. El maître los acompaña a la mesa de la ventana. Y ella. los mismos tejanos descoloridos. Bebo un trago de vino y levanto la vista otra vez. La cuestión es que. que descifraba los códigos alemanes durante la guerra. las mismas zapatillas de lona (de una marca japonesa de moda que nunca he logrado pronunciar). la misma sonrisa torcida y algo boba mientras saluda al maître. Tiene los brazos bronceados y mechas claras en el pelo. como si acabase de volver de vacaciones. ¿verdad? Tengo una imagen de mí misma. Es él. Bastante flacucha. ¿Por qué juntos? Vale. de un blanco impecable. estás espiando. y da lo mismo que estés apostada a medio metro o a seis. Pero no por eso dejaron de hacerlo. en la que les digo a mis hijos: «¿Sabéis?. aunque de momento no ha hecho más que deambular entre las mesas y criticar la indumentaria de la gente. Ay Dios. El mismo pelo lacio y rubio. No te los imagines despertando en la cama. Es la camisa que le regalé por su cumpleaños. soñolientos y satisfechos después de una sesión de sexo. ay Dios. Estate calladita. las normas morales cambian por completo. Y ahora ninguno de vosotros estaríais aquí. Quizá se han encontrado en el metro o algo así. no te dejes llevar por el pánico. ¿A Josh o a ella? A ella. meto la mano en el bolsillo y enciendo el control remoto del micrófono. En el amor y en la guerra todo vale. felizmente casada con Josh y sentada a la mesa un domingo. Y sonríe a esa chica como si sólo ella existiera. pero alcanzo a oír la voz de Josh. Al detener mi mirada en Josh se me encoge el estómago. ¿cuál es la diferencia? Si escuchas a hurtadillas. tratándose de amor. estuve a punto de no poner aquel micrófono en la mesa de papá. Hay un montón de explicaciones alternativas. la misma camisa… Un momento. . Los dos juntos. También se trataba de una invasión de la intimidad. cosa que demuestra lo aburrida que ha de ser. Es por una buena causa. Con la cabeza gacha. Ahora la coge del brazo y le susurra un chiste que debe de ser graciosísimo.» —¡Creo que ya viene! —dice Sadie. No sé a cuál de los dos repasar primero. Lo miro con incredulidad. Es… Josh. —Qué va —mascullo—.89 - . Al final la convencí para que viniera a ayudarme. con unos pantalones pirata y uno de esos tops sin mangas. El sonido me llega amortiguado y plagado de zumbidos. ¿Cómo es capaz? ¿Es que no tiene corazón? Lleva mi camisa. En nuestro restaurante. apareciendo de pronto a mi lado. porque ella echa la cabeza atrás y suelta una carcajada con su inmaculada dentadura de anuncio. si te paras a pensarlo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE escuchar la conversación. Sadie tiene razón. —Hacen muy buena pareja —me dice Sadie al oído. Como aquella gente de Bletchley Park.

Está haciendo una negación brutal. Fue exactamente igual: todo sonrisas y anécdotas divertidas y copas de vino. No me dio la oportunidad.90 - . ¿no crees? —observa Sadie. Podría estar contemplando nuestra primera cita. advierto. Y claro. ¿Se le ha olvidado que iba conmigo? ¿Me está borrando de su biografía? —A él se lo ve muy feliz. ¿entiendes? Quería hablarlo todo. —Por lo que veo —le dice—. ¿Qué fue lo que falló? ¿Cómo es que he terminado en un rincón. Tienes que contarme más cosas. Oblígalo a hablar. Observo con el corazón desbocado. —Por favor. Echo otro vistazo y veo que Josh le llena la copa. pasaste una infancia increíble. Gracias. partiendo un trozo de pan. Se volatiliza y una fracción de segundo más tarde reaparece junto a la mesa de Josh. Me pongo hecha una furia. ¡Terminamos demasiado abruptamente! Me sacó sin más de su vida. Me inclino hacia Sadie. Ahora tendré que mirar cómo se ponen piripis. —Le dedica una sonrisa encantadora y ella suelta una risita. Mientras la chica se aleja. —Ve y pregúntale. Tomo unas aceitunas y mastico desconsolada. —Todo. he hecho todo el esfuerzo… Se hace un silencio y pone los ojos en blanco. de acuerdo. —Hola. Sadie se ha deslizado en la silla de enfrente y me observa con una pizca de compasión. Así me enteraré. —¿Qué quieres saber? —responde ella con sus risitas. —Te lo advertí: nunca te pongas pegajosa. Acaban de pedir una botella de vino. espiándolo con un micrófono? Y entonces se me ocurre la solución. resulta que el maldito GPS me había enviado a una Notre Dame distinta. —¿Preguntarle qué? —Qué fue lo que falló. que le sonríe a Marie mientras el camarero descorcha la botella. Le echo una ojeada a Josh. Me ajusto el auricular sin hacer caso del zumbido de fondo y oigo el vaivén de las risas de Marie. Yo quería luchar por nuestra relación. ¡Esa anécdota es nuestra! ¡Nos pasó a nosotros! Fuimos a parar a otra Notre Dame en París y no vimos la auténtica. como hiciste con Ed Harrison. ¿Se trataba del tema del compromiso? ¿O había otra cosa? Pero él se negó. —¡No soy una pegajosa! Sólo trato de… de comprenderlo. miro suplicante a Sadie. Me gustaría tomar… eh… una sopa. He llegado hasta aquí. —Hago girar la copa de vino—. que acaba de contarle una anécdota muy graciosa. —¡No puedo hacerlo! —¡Claro que puedes! ¡Métete en su mente! ¡Oblígalo a hablar! Es la única manera que tengo de… —Me interrumpo porque se acerca la camarera para tomar nota.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —… no prestaba ninguna atención. Tiene un leve acento irlandés. Fantástico. —Podría resultar muy largo. por lo visto. —¡En absoluto! —La taladro con una mirada venenosa—. Pregúntale qué tengo yo de malo. —Vaaaale. . Pero sin metérselo en la boca.

nada —responde ella encogiéndose de hombros—. Aquella de la que te hablé. ¿Y tú? ¿Tienes hermanos? —¡Di por qué rompiste con Lara! ¿Qué tenía ella de malo? A Josh se le ponen otra vez los ojos vidriosos. como si tratara de captar el eco de un ruiseñor a través de un valle. ¡Josh! —¡Perdona! —dice él. —Josh arruga la cara. sí. sin advertir nada—. nací en Dublín —arranca ella. Josh aún tiene un brillo lejano en los ojos. Lara. —¡Ah. —¡Di por qué se estropeó! ¡Dilo! —Bueno. ¿Así que se ponen muy protectores con su hermanita? —¡Será mejor que te andes con cuidado! —Marie le devuelve la sonrisa y bebe un sorbo de vino—. se lo noto en la cara. ¿recuerdas? —Supongo que era demasiado intensa —suelta Josh. dilo! —¿Josh? —Marie agita una mano ante sus ojos—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —No tengo prisa —responde Josh con voz un poco ronca. pero incluso desde aquí veo que se le tensa la mandíbula—. Pero él se ha quedado como una estatua. Su mano se ha detenido en el aire mientras servía el agua con gas. Josh la ha oído. ¿Qué tal te ha ido la semana? Yo he tenido un follón espantoso con una clienta. —Ah. y bebe más vino—. Me ha pillado desprevenida. —¡¿Por qué rompiste con Lara?! El chillido de Sadie en el auricular casi me hace dar un bote. sonríe y vuelve a centrar su atención en ella—. ¿Estás aquí? —¡Perdona! —Se frota la cara—. —Marie cambia de tema—. Son cosas que pasan. perplejo—.91 - . Eran tan malvados… —¿Por qué rompiste con Lara? ¿Qué fue lo que falló? ¡Cuéntaselo a Marie! ¡Habla! —… que me metían ranas en la cama y en la mochila… y una vez incluso en el cuenco de los cereales. Quién puede saber los motivos. Ahora él le cogerá la mano. ¡Perdona! Qué raro. esperando que Josh diga algo. tus hermanos! —Con visible esfuerzo. No es de extrañar. Sadie continúa chillándole al oído: —¡Dilo. ¿Qué decías? —No. sacudiendo la cabeza—. —Ya. ¿Qué pasa con ella? —No lo sé. La tercera de tres hermanos. o algo peor. Estaba preguntándome qué fue lo que falló entre nosotros. porque Sadie sigue aullándole como una sirena al oído. cuando se encuentran las miradas. Miro horrorizada. —Mis dos hermanos me atormentaron durante toda mi infancia — prosigue Marie. —¿Josh? —Marie se inclina hacia delante—. sin dejar de sonreír—. No sé qué me ha pasado. Te estaba hablando de mis hermanos. —Las relaciones se acaban —observa Marie con aire relajado. Marie ríe. —Marie mantiene la sonrisa. Estaba pensando en mi ex. ¿A qué espera Sadie? —Bueno. . Están justo en ese escalofrío total.

¡yo creía que lo había comprado para él! ¡No para mí! ¿Cómo se suponía que iba a saber que le daba tanta importancia? —¡Bueno! —Sadie vuelve a mi mesa y se sienta delante—. pero no puedo comer. Estoy de acuerdo en lo del canto —añade—. Estoy demasiado pasmada por las revelaciones de Josh. ¿Sabes qué es lo peor? Que nunca me dijo nada de todo eso. Marie! —Se restriega la cara con las manos—. Como su manera de cantar en la ducha.92 - . ¿Ha pedido sopa? ¿Perdone? Me vuelvo y veo a un camarero que sostiene una bandeja con la sopa y una cesta de pan. ¿te acuerdas? —¡Claro que me acuerdo! —Alarga la mano hacia la copa de vino. Yo lo miro desde mi mesa. que tiene la cara casi agarrotada por el esfuerzo de escucharlo educadamente. —Marie esboza una sonrisa forzada—. Desafinas mucho. Cada vez que quería afeitarme tenía que abrirme paso entre un montón de botes. —¿Sopa? Disculpe. compasiva—. Me coloca el plato delante y yo cojo la cuchara de modo maquinal. señorita. ¿Por qué tenía que analizarlo todo? ¿Para qué desmenuzar cada pelea y cada conversación? Apura su copa de un trago. Iba a hablarte de mi clienta. —¡Vaya lata! —dice Marie con una sonrisa forzada—. parece acordarse de Marie. Era un fastidio. En fin. ¡Nada! ¡Yo podría . ¿de veras? —Marie finge interés. A saber cuánto tiempo lleva ahí tratando de llamar mi atención. —Josh frunce el entrecejo con aire evocador—. —Joder. esa tan exigente de Seattle. Vamos.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¿Quién? —Lara. No le interesaban los viajes ni las mismas cosas que a mí… Una vez me compré un libro de fotografía de William Eggleston. ¿Es que no conoce la compasión? —Muchas gracias. No entiendo por qué sigue viniéndome a la cabeza. —Ah. gracias. Pensé que tal vez podríamos comentarlo. ¿por qué no lo decía? Y en cuanto al libro de fotografía. herida en lo más hondo. pero ¿la misma canción cada día del año? Y además no estaba dispuesta a ensanchar sus horizontes. ¿Cómo es posible que se sintiera así y nunca me lo dijese? Si le molestaba mi modo de cantar. Ha sido interesante. Así durante horas. —Sí. —Suena irritante —asiente Marie. —Contemplo malhumorada la sopa—. eso. —Solía leerme en voz alta los «temas de pareja» de alguna revista cursi y luego se empeñaba en hablar sobre lo mucho que nos parecíamos a tal o cual pareja. —Sí. Ahora ya sabes por qué se estropeó la cosa. ¡Perdona. Pero ella se limitó a hojearlo sin interés… De repente. ¿qué tal te fue en esa reunión? Me dijiste que tu jefe iba a hacer un anuncio importante… —¿Qué más? —Sadie chilla tanto que no oigo a Marie—. No tenía ni idea de que se sintiera así. Por cierto… —Y fueron sobre todo las cosas pequeñas. ¿Qué más? ¡Dilo! —Tenía la costumbre de llenar el cuarto de baño con cremas y chorradas. Hablemos de otra cosa. pero parece arrepentirse y toma la de agua con gas. Me sacaba de quicio. a mí que alguien cante no me molesta.

pero no la escucha. ¡Normalmente no! ¡No había hablado ni pensado en ella desde hace semanas! ¡No sé qué cono me pasa hoy! —Necesitas aclararte —replica Marie. Y sí. pero no fue fantástica. ¿por qué me cuentas lo maravillosa que era? —Miro absorta a Marie. —Se incorpora también. pero luego se encoge de hombros y cruza otra vez el restaurante.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE haberlo arreglado! Lo habría arreglado. Tiene una expresión aturdida y no para de apartar la cabeza de Sadie. Es una chica muy dulce. aún sigues obsesionado —le dice Marie secamente. echa la silla atrás y se pone en pie —. cuando tienes un detalle con ellas. —¿Otra vez tu antigua novia? —Hay un tonillo acerado en la voz de Marie que incluso a mí me sobresalta. fue duro terminar. —Y por eso la sacas cada cinco minutos en la conversación. —¡No es verdad! —casi grita de frustración y la gente de las mesas vecinas lo mira—. —Empiezo a desmenuzar el pan—. Y también su lado estrafalario. Josh parece volver en sí. Está tomando vino y picando aceitunas con un pincho metálico. se lo toman como si tuvieras la obligación de hacerlo. —¿Qué le gustaba de ti? ¿Estás segura de que le gustaba algo? —¡Sí! —siseo indignada—. Ella menea la cabeza. Me ajusto el auricular y miro a Josh. Y luego se acabó. —Inspiro hondo—. cosas así… Y realmente era agradecida. Lara y yo tuvimos una relación. Escúchame. Marie. —¡Mierda! No sé qué me pasa. tratando de retener a Marie —. Punto. que arroja la servilleta. —Su voz cantarina me llega a pesar de los zumbidos e interferencias—. o un lápiz metido en el pelo. Refrescante. —… tres años es mucho tiempo.93 - . Josh. Lo que quiero decirte es que las relaciones se acaban y que uno tiene que seguir adelante. ¿Entiendes lo que digo? Josh asiente de un modo maquinal. —Si quieres mi opinión. Siempre llevaba algún collar curioso. tenlo por seguro. Nunca lo he lamentado ni he mirado atrás. joder! No había pensado en ella hasta hoy mismo. Si me hubiera dado una oportunidad… —¿Podemos irnos ya? —¡No! Aún no hemos terminado. Josh vuelve a desplomarse en . Otras chicas. ¡Llámame cuando la hayas olvidado! —¡Ya la he olvidado! ¡Esto es absurdo. y coge su bolso—. ¡Claro que sí! ¡Venga! Abre la boca como para replicar. no sin cierta amabilidad. ¿Obsesionado yo? ¡Si ni siquiera siento interés por ella! —Entonces. Nos vemos. que le grita al oído: —¿Qué te gustaba de Lara? ¡Dilo! ¡Dilo! —Me encantaba la energía que irradiaba —dice de pronto—. Ve y pregúntale qué le gustaba de mí. No comprendo por qué estoy pensando en ella. —Se frota la frente con un aire tan flipado que casi lo compadezco. Ella no. —Bebe vino—. mientras Marie habla muy concentrada. Mientras ella se aleja entre las mesas. pero él no era la persona adecuada. Estuvo bien. —¿Cómo? —Josh suelta una carcajada—.

llena de optimismo. —¿Cómo lo sabes? —Porque lo sé. . Y sólo vamos a tomar una copa.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE su silla. Tiene la mandíbula apretada y su aire despreocupado se ha desvanecido. Durante todo el trayecto a casa. —¡Faltan seis horas! —protesto—. Has arruinado lo que podría haber sido un gran amor. Siento una punzada de culpa. ¡Todos! He ideado un plan de acción y lo primero que voy a hacer es ordenar el baño. ya se ha enfriado—. De todos modos. Observamos en silencio cómo Josh paga la cuenta y recoge su chaqueta. —Da saltitos de impaciencia—. de todos modos. hecho polvo. Debes empezar a prepararte. —Eso no era amor verdadero —respondo. Pero Sadie se interpone en mi camino. —Estaré lo más divina que pueda. No me dijo nada de esas irritantes menudencias. Estoy segura. —A mí me llevaba todo el día prepararme para una fiesta. ¡Y ya son las dos! Debemos irnos. permanezco sumida en mis pensamientos. Cada vez que me tropiezo con una frase en particular. Josh es vulnerable. Dios. sino por él. Nuestra relación no fue fantástica porque él no fue sincero. ¡Ahora! Por Dios. —¿Satisfecha? —dice Sadie. pero no fue fantástico. —Pero si ni siquiera has escogido un vestido. Continúo repasando obsesivamente lo que ha dicho y procurando recordar cada detalle.94 - . —¿Para qué? —¡Para nuestra cita! Ay. me dispongo a poner manos a la obra. No importa. No sólo por mí. podré resolverlos. Hemos de volver a casa. Estoy segura de que hago lo correcto. me sonrojo y hago una mueca. Así que tienes que estar divina. Me las arreglo para reprimir el impulso de correr a su lado para abrazarlo y decirle que. Ahora que sé cuáles son los problemas. Está confuso. La cita. En cuanto llegamos a mi apartamento. Vamos. «Estuvo bien. contrariado. —Me lanza una mirada acusadora—. pero me obligo a dominarme. Y tú me vas a representar. no le convenía salir con una chica tan rígida y estereotipada. —Aparto la sopa. Yo puedo lograr que las cosas funcionen entre nosotros. Pero tengo que utilizar lo que he descubierto. Lo que tú digas. Calla. ¿vale? —Tomo una cucharada de sopa. —Vale. que cuando se encuentra de buen humor. volviendo a mi lado—. Por eso me dio calabazas. Esta cita es mía. He de cambiarme a mí misma. Es el momento ideal para reavivar nuestro amor. Pensaba que eso iba contra tu credo. tan de anuncio de dentífrico. Y todas sumadas se le hicieron una montaña.» Ahora está todo clarísimo. No hay prisa. —¡Termina de comer! ¡Rápido! —Sadie me arranca de mi ensueño—. Es curioso: está más bueno así.

La casa entera era como un museo. Ese nombre me suena. Se lo ceñía ella misma. Archbury House. ni el charlestón ni los cócteles… Nada de nada. —Trato de esquivarla. Como mi hermana Virginia. por ejemplo? —Saco al azar una falda larga y un top de estilo corsé (una edición limitada de Topshop) —. a mi pesar—. Incluso cuando todo el mundo había dejado de llevarlo. Ella sí llevaba corsé. se arreglaba el pelo sin ayuda y cada semana decoraba con flores el altar de la iglesia. Archbury. Pero. ¿Qué opinas? ¿Esto. qué pesada. se vendió el solar y se construyeron nuevas viviendas. Cuéntame. Es la casa que se quemó en los años sesenta. ¿Ésa era tu casa? Ahora lo recuerdo todo. Pensaba que las chicas tenían que pasarse la vida haciendo arreglos florales y labores de punto. tras el incendio. No soy capaz de imaginarla joven—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¿Qué piensas ponerte esta noche? —me dice—. ¿Siempre hacías cosas así? —Fui más bien una tortura para mis padres. Y se casó con el hombre más aburrido de Archbury. e incluso me enseñó una vieja foto en blanco y negro. ¿Y una falda larga? —Es el rollo maxi. . Yo lo tiré a la chimenea y ella me encerró en mi habitación y les dijo a los criados que no me dejasen salir. Era un sitio fantástico. Sólo tengo recuerdos borrosos de mi abuela. —Se estremece—. Era la chica más aburrida de Archbury. —¡De acuerdo! —Voy al dormitorio y abro de un tirón la cortina que oculta mi guardarropa—. —¡Vaya! —Dejo la ropa encima de la colcha y la observo mejor—. una anciana de pelo gris aficionada a la jardinería. —¡Ahora! Por favor. y con una escalinata majestuosa. —Luego. Eras una auténtica rebelde. ¿Te perdiste la boda? —Salí por la ventana. Mis padres no cabían en sí de contento. es un top de estilo corsé. —¿De veras? —Siento interés. habían pasado algunos veranos en esa casa y que se instalaron allí al morir sus abuelos. —¿Te refieres… a la abuela? —Me entran ganas de saber más. Enséñamelo. Y tal vez unos zapatos con suela de cuña… —¿Un corsé? —Me mira como si le hubiese mostrado las tripas de un cerdo—. ¿Cómo era? —Horriblemente virtuosa —dice con una mueca—. Muy Victorianos.95 - . Un pueblo de Hertfordshire. Mi padre no aprobaba el fonógrafo. —Mi madre quería que me pusiera un corsé en la boda de mi tía — dice—. se pasó dos días en cama. Me dijo que él y tío Bill. —¿Qué es Archbury? —El sitio donde vivíamos. ¿vale? Está muy de moda ahora. Y esto no es ningún corsé. Cuando mi madre lo vio. Lo he oído antes… —¡Un momento! Archbury House. Hace años papá me habló de la vieja casa familiar. Pero es que ellos eran agobiantes. Sadie lo toca con un escalofrío. lleno de viejos pasillos y de sótanos inmensos. me fui a Londres y me corté el pelo al estilo garçon —dice orgullosa—. de pequeños.

—Lo perdí todo —murmura—. No hay hombres solteros en Londres. ¿Cómo pudiste casarte con un hombre que no amabas? —Porque era el único modo de escapar —responde. Y en esa época tampoco es que hubiera una multitud haciendo cola. ¿Cómo era? Reflexiona un instante. —Ah. ¿A quién le importa? —Se vuelve hacia el guardarropa y lo señala con aire imperioso—. como si no quisiera permitirse una sonrisa—. —Y los que sobrevivieron ya no eran los mismos. Me hacía reír. Claro. fue ella la que provocó el incendio. De hecho. Háblame de tu marido. Que todo pareciese más soportable. Desvía la mirada y se vuelve hacia la ventana—. horrorizada. Tenía diecinueve años. La guerra. ¿Te habían metido en la cárcel otra vez? —Eso… no importa —responde tras una pausa. —Arrojo sobre la cama otro montón de perchas—. Lograba que mis padres resultaran más soportables. —¿Nada más? ¿Sólo un chaleco? —Y tenía bigote —añade. Aparte de eso. Mis padres nunca lo superaron. —Una vez pasamos en coche por el pueblo. —Cojo un montón de perchas y las lanzo sobre la cama —. —No te entiendo. —Nosotros perdimos a los nuestros en la guerra —dice. —Bien que lo sé —digo. Quiero verlos uno a uno. —Qué espanto. A mi hermano mayor lo mataron.96 - . Todo destruido. —De acuerdo. ¿sabes? Edwin. al fin y al cabo. Tuve una riña tremenda con mis padres.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Sí. poniendo los ojos en blanco—. Sadie no parece oírme. —Pues… divertido. Virginia vivía allí con su familia en esa época. O llenos de culpa por haber sobrevivido… —Una sombra cruza su rostro—. —Trago saliva—. no recuerdo gran cosa de él. créeme. . La Primera Guerra Mundial. Estaban malheridos. Vimos las casas nuevas. Es un hecho ampliamente conocido. —Tuerce la boca. Todo lo que había dejado allí guardado mientras vivía en el extranjero. —¿Qué más da? —Parece volver en sí y esboza una frágil sonrisa—. como si fuera obvio—. Sadie me mira sin comprender. Mi padre dejó de pasarme mi asignación. Ni uno solo. el párroco llamaba todos los días y me encerraban por las noches en mi habitación… —¿Qué habías hecho? —pregunto. intrigada—. —Hace una breve pausa antes de añadir en tono cáustico—: No era tan perfecta. Sácalos todos. Tenía que salir de allí y el matrimonio no me parecía un recurso peor que otros. La miro. Destruidos. —Llevaba un chaleco escarlata el día de nuestra boda. Tenían buena pinta. No la había entendido bien. Mis padres habían encontrado ya a un joven adecuado. Se dejó una vela encendida. ¿Yo tenía un tío abuelo llamado Edwin que murió en la Primera Guerra Mundial? ¿Por qué no me han contado estas cosas? —¿Cómo era? —pregunto.

El rostro de Sadie permanece inmóvil. pero no veo a Sadie por ningún lado. paralizado por los recuerdos o los pensamientos.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Se hace un silencio y sólo se oye el sonido apagado del televisor del vecino. surgida como de la nada. ¡Mi plan de acción ya está en marcha! ¡Si Josh viera ahora este baño se quedaría impresionado! Casi me dan ganas de sacarle una foto y mandársela con el móvil. Quizá debajo del sofá… —¡Lo he encontrado! —La voz de Sadie. —Le dedico una mirada comprensiva—. que te casaras con un tipo cualquiera? ¿Por qué no esperar a que apareciera el hombre adecuado? ¿Y qué me dices del amor? —«¿Qué me dices del amor?» —repite con sorna. Hummm. Por Dios. ¿no? Media hora después. pareces un disco rayado. —Vale. —No me refería a la ropa.97 - . —Examina el montón de ropa que hay sobre la colcha—. Hablo de sentimientos. Cosa que a él le encantaría. Espero que esté bien. Has pasado muchas cosas y deben de haberte . La sesión de recuerdos ha concluido. Voy a escoger tu vestido para esta noche. Tu guardarropa es un desastre. Debe de estar en alguna parte. El siguiente punto de la lista es encontrar el libro de fotografías del que hablaba Josh. —Pero. Cierro la puerta y examino todos los frascos de cremas y cosméticos. la de harina de avena y la de sales marinas… O sea. saliendo de su ensueño—. bastaría con una. me da tal susto que estoy a punto de darme un coscorrón con la mesita de café. ¿era necesario que dieras ese paso. Dejo la bolsa de cosméticos junto a la puerta para tirarla más tarde y me preparo una taza de té. Sadie… ¿te sientes bien? ¿Quieres que hablemos? Comprendo que las cosas no habrán sido fáciles para ti… —Nada fáciles. Parece en trance. tienes razón —dice secamente—. Tiene que haber sido duro para ella recordar a su hermano. Quizá necesitaba pasar un rato a solas. —¿Sadie? —No responde. chica. las historias de Sadie siguen dándome vueltas. pero todo esto me resulta fascinante. —Perfecto —digo con paciencia. Y no será una horrenda falda hasta el suelo. Encantada conmigo misma. Vuelvo a coger mi taza de té—. Quizá le pida a papá que busque alguna foto de la vieja casa familiar. Quizá no necesite la crema limpiadora de albaricoque. —¡No me hagas esto! —resoplo mientras me incorporo. —Y también me encargaré de tu peinado y maquillaje —añade con firmeza—. Me encargo de todo. Quizá Josh tenga razón. Extiéndelos para que los vea bien. aunque no hubiera hombres disponibles —le digo—. ¿Quieres matarme de un susto? Oye. —Empiezo a extender los vestidos—. me asomo a la puerta del dormitorio. colocados en equilibrio alrededor del lavamanos. Mientras me dirijo al baño. Nunca he tenido demasiada afición a los árboles genealógicos ni a la historia. lo tengo todo ordenado en hileras y he llenado una bolsa de botes antiquísimos o medio vacíos que voy a tirar a la basura. Elige.

O finge no hacerlo. Por aquí no hay nada que se parezca ni remotamente a una tienda de ropa. ¿Qué has elegido? —Me pongo de pie y voy hacia el dormitorio. ¡Hemos de salir! ¡Está en una tienda! —¿En una tienda? ¿Qué quieres decir? —No he tenido más remedio que salir. no puedo evitarlo. una lavandería y. ¿Has estado en el centro? —Te lo enseñaré. .98 - . con guantes hasta el codo. Tiene el pelo desaliñado y teñido de un rubio intenso. ¡Vamos! Antes de que pueda protestar. —¡No son birriosos! —Así que he ido a dar una vuelta. Pero no: dobla la esquina y se mete por una serie de callejones que no conozco. ¿Ya habías venido por aquí? —No. —¿Seguro que es por aquí? —¡Sí! ¡Vamos. —¡Aquí es! Hay dos o tres tiendas en ese tramo: un quiosco. es la primera vez. —Se me pone delante—. muy convencida—. Nunca había visto unos vestidos tan birriosos. un local minúsculo con un rótulo de madera: «Moda y Accesorios de Época. Suena la campanilla de la puerta y una mujer de mediana edad me sonríe desde un mostrador minúsculo. —Recojo el bolso y compruebo que llevo las llaves—. un sombrerito con velo y prendedores por todas partes. —¡He encontrado un vestido para ti! —anuncia—. date prisa! Pasamos varias hileras de viviendas. desafiante—. con un estampado alucinante de círculos verdes. A su lado hay una pila de sombrereras antiguas y un tocador con una amplia selección de cepillos para el pelo de esmalte. y lleva un caftán que parece de los años setenta. —Genial. ya ha desaparecido en el interior.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE afectado… Ella ni siquiera me oye. No me queda más remedio que seguirla. Creí que me llevaría a la estación de metro y me arrastraría hasta alguna boutique de Oxford Circus. imaginarla flotando por H&M o un lugar parecido para buscarme un vestido. ¡y he encontrado un vestido que es un verdadero sueño! ¡Tienes que comprarlo! —¿En qué tienda? —Trato de imaginarme adonde puede haber ido—. no quiere hablar. ¡Ven! ¡Rápido! Bueno. Bienvenida. Siempre que no cueste un riñón. Estoy a punto de decirle que se ha orientado mal cuando dobla otra esquina y me hace un gesto victorioso. Tampoco puedo obligarla. He encontrado todo lo que necesitamos. Me llamo Norah. —Ahí no. Vamos. ¡Vamos! ¡Coge el bolso! Me conmueve un poco. —Vale —cedo al fin—. al final. —Ésta es la mejor tienda de tu barrio —dice. si no quiere hablar. No hay nada aprovechable en tu guardarropa. Enséñamelo. —Alza la barbilla. —¡Hola! —me saluda con una sonrisa amable—. además de varios collares de ámbar. un parque y un colegio.» En el escaparate hay un maniquí con un vestido largo de satén.

En una vitrina. con ojos chispeantes—. Un vestido psicodélico rosa de los sesenta expuesto junto a una peluca «afro» típica de aquellos años. Ya te enseñaré a ponértelo como es debido.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¿Te interesa alguna prenda o algún período en especial? —Eh… voy a echar un vistazo. gracias. Hay varias planchas en venta. pero aun así compruebo que aquí hay cosas increíbles. Y maquillaje adecuado. Una pieza muy singular. así que empiezo a deambular por el local. En un maniquí de confección. ¡Debes de estar loca! No pienso comprar ninguno de estos… . —¡Sadie! —exclamo tras recuperar el habla—. Pero yo sólo he quedado para tomar una copa.» —Yo tenía uno igual —me dice. estuches de maquillaje… —¿Dónde te has metido? —La voz de Sadie me taladra el tímpano—. Mi amiga Bunty tenía uno muy parecido. ¿sabes?. sólo que el suyo era plateado. no te digo que no. —Sadie —susurro—. todo esto es guay. mirándolo enternecida—. bolsos. —Ya sé pintarme los labios. confeccionado en París. ¡Y no voy a probarme ese vestido! —He encontrado también unos zapatos a juego. Pero yo te enseñaré. Y colecciones de abanicos. En la etiqueta pone: «Original de los años veinte. con velo y todo. Nunca más permitiré que un fantasma me lleve de compras. —Mira a su alrededor—. Ése es el mejor pintalabios que se ha fabricado nunca. un vestido nupcial con encaje de color crema. Y también te ondularemos el pelo. Es perfecto. Nunca me ha interesado la ropa de época. Se vuelve hacia un mostrador de cristal y me muestra una caja de baquelita con una etiqueta que pone: «Estuche de maquillaje original de los años veinte. desde luego… —¡Qué dices! —Retrocedo horrorizada—. Me señala un vestido típico de los años veinte: un modelito de seda color bronce. Tendrás mucho mejor aspecto si haces un esfuerzo. No creerás… —¡Mira! —dice con aire triunfal—. muchas gracias. —Revolotea entusiasmada hasta una estantería y señala unas zapatillas de baile también de color bronce—. incluso un ramito de flores secas. No veo a Sadie. varias botas de patinaje de cuero blanco. —No tienes ni idea —me corta secamente—. Un perchero lleno de corsés de ballena y enaguas. La sigo no sin cierto recelo. ¡Ven aquí! Me hace señas hacia un perchero del fondo.99 - . y una capa a juego.» —¿No es encantador? —Junta las manos y gira sobre sí misma. Sadie! —susurro—. Tendrás que cortarte el pelo. —Señala una vieja caja de cartón en cuyo interior distingo un chisme metálico antiquísimo—. con el talle bajo y las mangas cortas cubiertas de cuentas diminutas. haciendo aspavientos con sus brazos blancos y esbeltos—. Por el amor de Dios. cuarteadas y muy gastadas. Debo encontrarte unas medias decentes… —¡Ya basta. ¡No puedo ponerme eso para una cita! ¡No seas absurda! —¡Claro que puedes! ¡Pruébatelo! —insiste.

no esto! —Cojo el vestido y lo agito ante sus narices—. —Sadie pone los ojos en blanco—. Olor a pintalabios y pelo chamuscado… —¿Chamuscado? ¡No vas a chamuscarme el pelo ni en broma! —¡No exageres! Sólo se nos chamuscaba a veces. ¡No quiero probármelo! Me mira con desconcierto. —Disculpa. —Norah me sonríe—. Te dejo para que sigas mirando. ¡Vuelve a la realidad! ¡Estamos en el siglo veintiuno! ¡No pienso usar un pintalabios del año de Maricastaña ni una plancha para el pelo a vapor! ¡No voy a ponerme un vestido de los alegres años veinte! ¡Olvídalo! Se queda demasiado estupefacta para responder. —Es fácil —me dice Sadie al oído—. ¡Venga! —¡Para ya! —murmuro cuando la mujer desaparece—. ¿no? ¿Un guardapelo tal vez? —Un anillo de colorete. entonces da lo mismo que sea mía la cita. si no llevas el vestido que yo elija. dímelo. extasiada—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Todavía recuerdo ese olor delicioso típico de los preparativos de una fiesta. —Este sitio es una pasada —dice una de ellas. —¿Te interesan los años veinte? —Se acerca a la vitrina—. Qué cosita tan extraña. ¡Ropa de ahora. —¡Creí que hablabas de ropa normal! —replico exasperada—. a punto de ponerse a chillar—. —¡Ah. —Sí —digo educadamente—. —¡Dile que vas a probarte el vestido de color bronce! —me azuza Sadie—. ¿Es que ya nadie entiende nada? —Me parece que es un anillo de colorete —digo como quien no quiere la cosa. —¿Va todo bien? —Norah aparece de pronto. porque no pienso llevarlo! —Ya me he hartado—. ¡Podría ser tuya igualmente! —Empieza a alzar la voz. — Saca uno de los chismes metálicos y lo sopesa con una mano—. ¡Para eso me quedo en casa y dejo que salgas con él por tu cuenta! . —Pero lo has prometido —musita al fin. Si quieres probarte algo. con expresión herida—. con un tintineo de collares. Doy un respingo. Me has prometido que yo elegiría el vestido. Estaba mirándolas. Recién adquiridas en una subasta. Creo que había toda una técnica para usarlas. gracias. claro! —Norah parece impresionada—. —Sí. —Pero ¿por qué no? ¿Y si no te queda bien? —¡No me hace falta.100 - . ¡Eres una experta! Quizá tú sepas cómo se usan esas viejas planchas para ondular el pelo. ¡Es absurdo! ¡Es un disfraz! —Pero. —No sé bien para qué servía esto… —Toma un potecito con pedrería montado en un anillo—. Gracias. —Sí. Tenemos algunas piezas maravillosas. —Cierra los ojos. Se oye la campanilla y entran dos chicas que se ponen a dar grititos mientras husmean por todas partes. me temo. Yo te enseñaré. Antes de mi época.

entre sus gritos—. Voy a probármelo. ¿por qué no hacerlo a su manera? —¡Está bien! —cedo. ¿Quieres probártelo? Es maravilloso. ¡Mío! ¡Con mis propias reglas! ¡Es mi última oportunidad de divertirme con un hombre y tú quieres estropeármela poniéndote algún conjunto espantoso! —No pretendo eso… —¡Me prometiste hacer las cosas a mi manera! ¡Lo prometiste! —¡Deja de chillar! —Me aparto. No podré resistir sus chillidos toda la tarde. . —Se le dulcifica la expresión y señala el vestido de color bronce. Echo la cabeza atrás para tratar de pensar. Así pues. Me estallará la cabeza.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Doy un suspiro. —Escucha. Confeccionado en París. —¡Sí! —Intento calmarme—. Es que estaba… eh… hablando por el móvil. Sadie… —¡Es mío! ¡Y es mi cita! —se enfada—. ¿Te has fijado en los botones de madreperla? Son exquisitos. —Ah. Es su noche. Y admitamos la realidad: Ed Harrison cree que soy una chiflada. Me has convencido. que todavía tengo en las manos—. ¿Qué más da que me presente con un vestidito de los años veinte? Sadie tiene razón. apenas a cinco centímetros. ¡Me lo prometiste! ¡Es mi cita! ¡Mía! ¡Mía! Es como una implacable alarma de bomberos. —Eh… —¡Lo prometiste! —Sadie. me clava unos ojos feroces—. ¡Por el amor de Dios! —¿Va todo bien por aquí? —Norah reaparece y me observa con suspicacia. tapándome los oídos—.101 - .

creen que voy a una fiesta de disfraces y que aspiro a ganar el premio al conjunto más osado. Impermeable. una tortura que ha durado dos interminables horas de plancha. No vale la pena sugerir en lugar de eso un toquecito de brillo de labios Mac. y de esa cinta sobresale una pluma. Esto es lo que pasa cuando le permites supervisar tu aspecto al fantasma de tu tía abuela. Sadie se empeñó en aplicarle una extraña pomada que encontró también en la tienda de época. Con un suspiro. aunque apenas he logrado subirme la cremallera. ¡Una pluma! Llevo el pelo modelado con ondas y rizos de aire anticuado. Dos chicas que pasan por mi lado se dan codazos y me miran con sonrisa intrigada. Pero a Sadie la tenía sin cuidado. deberíamos haberte comprado una preciosa boquilla… . Los ojos perfilados con gruesos trazos negros. echo una mirada rápida a ambos lados de la calle. Los párpados embadurnados con una pasta verde chillona que venía en el estuche de baquelita. Seis largos collares de cuentas tintinean alrededor de mi cuello. contándome que ella y Bunty se arreglaban juntas cuando había una fiesta. Lleva un vestido dorado y guantes hasta el codo—. gracias a Dios. y ahora me noto el pelo duro como una piedra. Obviamente. En cuanto a mi maquillaje… ¿De veras creían en los años veinte que esto era un look guay? Tengo la cara cubierta de polvos claros. con fibras flexibles. Mis pies están embutidos en las zapatillas de baile. —¡Estás divina! —dice Sadie abrazándose—. con un punto de colorete en cada mejilla. —Se pone a mirar a ambos lados de la calle—. Llevo puesto el vestidito de la tienda. etc.102 - . Me muero de verdad. busco en el bolso el frasco de pringue rojo y me aplico aún más color en el exagerado arco de Cupido que llevo pintado. Y eso que tengo en casa un rímel de Lancôme nuevo. Nadie a la vista. Sólo necesitas un pitillo. Al terminar. examinándome de arriba abajo. Tienes que repasarte los labios. me muero.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 10 Si me ve alguien. Ha hecho que lo hirviera en un cazo y luego he tenido que untármelo. ¿Dónde hay un estanco? Ay. que se depilaban las cejas mutuamente y daban de vez en cuando un traguito a su petaca. En mi vida he tenido una pinta más ridícula. Una cinta negra con cuentas de azabache me ciñe la cabeza. Todavía no sé qué llevo exactamente en las pestañas: un pegajoso mejunje negro que Sadie llama Cosmetique. Estaba demasiado emocionada jugando con estos maquillajes prehistóricos. —Déjame verte —me dice en la acera. Está claro que en los años veinte no tenían mucho interés en las tetas. Al bajar del taxi.

con un traje convencional. Por algún motivo. Una bomba sexual. bebiendo lo que tiene toda la pinta de ser un gin-tonic. vamos. Si me ha dejado en la estacada. pues. Y me encuentro en un bar minimalista lleno de gente guay con ropa discreta de Helmut Lang. está prohibido fumar en lugares públicos. recuérdalo: ésta es mi cita. pensaría que eres una bomba. Parezco una ilustración de los años veinte. Aún tenía la esperanza de que me diera plantón. muy bien. triunfal—. —Mira nerviosamente la puerta y luego a mí—. ¿Dónde se ha metido? —¿Sadie? —Escudriño toda la calle. La pluma se balancea sobre mi tocado. —Ah. Si él pudiera verte. Es lo que decimos ahora. —Me mira fijamente—. ¿Entiendes? —¡No te preocupes! Lo he captado. —¡Fantástica! —la tranquilizo—. Es la ley. echa una ojeada distraída y vuelve a mirarme. —Vamos. aunque apenas puedo moverme con mis zapatillas de época. Con la boca abierta y la cara pálida. aquí me siento mil veces más ridícula que en casa. más ansiosa que antes—. —¿Qué quieres decir? —Que eres muy sexy. Avanzo envarada y muerta de timidez hasta que de pronto veo a Ed. di lo que yo te diga.103 - . Se ha quedado hipnotizado sólo de verte. —Quiero decir que seas… yo. —¿Qué tal estoy? —Se alisa el pelo y siento una punzada de compasión por ella. Al llegar a la puerta. . Está de muerte. No puede ser muy divertido acudir a una cita siendo invisible. la asesino… —¡Ya ha llegado! —Reaparece de golpe. Camino hacia el cartel del Crowe Bar. —Ya —le digo con paciencia—. Me lo has repetido toda la tarde. Levanta la vista. —¡Qué ley más ridícula! ¿Y si quieres montar una fiesta de fumadores? —¡No montamos fiestas de fumadores! ¡Fumar provoca cáncer! ¡Es perjudicial! Sadie chasquea la lengua. Tú me apuntas el texto y yo lo recito. Así me sentiré como si realmente fuera yo la que habla con él. —Está bien. Hipnotizado. ya lo creo. Y además. Muy guapa. me veo reflejada en un espejo tintado y noto un espasmo de consternación. Prometido. Antes de entrar. Empujo las pesadas puertas de vidrio esmerilado y entro en un vestíbulo muy chic con paneles de ante y una tenue iluminación. Al cruzarla. Se me encoge el corazón. Mis collares tintinean a cada paso como un sonajero.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Yo no fumo —la interrumpo—. Hay otra doble puerta a través de la cual veo el bar. sentado a diez metros. advierto que ha desaparecido. Haz lo que yo te diga. —¿Has visto? —clama Sadie.

Todas las conversaciones se han interrumpido. La imito lo mejor que puedo—. Los murmullos se han reanudado y se oye una suave melodía de fondo. papaíto! —digo en tono jovial. Pregúntaselo a ése —digo. ¿Para qué? ¿Quién coño sabe para qué? Le echo una mirada a Sadie. Ay. Camina hacia él moviendo los hombros y dile: «Hola. —¿Por qué no te sientas? —musita con voz estrangulada—. muy lentamente. Estás… —Mueve las manos impotente. Genial. Ed pone cara de tierra-trágame. adoptando una pose afectada. sarcástica. Yo sólo interpreto un papel. —Lo miro con un rictus forzado.» ¿Papaíto? Esta cita no es mía. —¡Hola. ¡Y sonríe! ¡No te has reído ni una vez! —¿Qué tal una cucharilla de cóctel? —Suelto una aguda risita—. ¡Pero si hay que bailar! ¡Es lo más importante! ¿No tienen música más movida? ¿Algo más animado? —No lo sé. sin advertir nuestra incomodidad—. como abriéndose paso por un cenagal tóxico. examinando a la gente que hay en las mesas y la barra. señalándole al barman. Me acerco a su mesa y cojo por el respaldo una silla tapizada de ante. con las manos en una rodilla. —Siéntate así —me ordena Sadie. Ed aparece justo entonces con una copa de champán y otro gin-tonic. ¿Te apetece… tomar algo? ¿Una copa de champán? —Pide una cucharilla de cóctel —me apunta Sadie—. me recuerdo febrilmente. —¡Di algo! —Sadie da saltitos excitada. sin encontrar las palabras. —Bueno. querido!» —¡Para sacar las burbujas.» Y juguetea con el collar.104 - . —¡Sonríele! —me grita Sadie al oído—. Di: «Tú también estás hecho un galán. se pone de pie y se acerca. Me he hecho daño. amiguito.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Lenta. No hay baile. —Tú también estás hecho un galán. papaíto. —Di: «¡Para sacar las burbujas. ¡Abre más los ojos! Luego mira alrededor. ¡Adoro las varillas de cóctel! —¿Una cucharilla de cóctel? —Ed frunce el entrecejo—. querido! —Suelto mi risita de nuevo y por si acaso le doy otro meneo a los collares. Veo a los camareros dándose codazos mientras paso por delante de la barra y oigo en una mesa vecina una risa ahogada. —Ed apenas puede hablar del sofoco—. . sacudiendo los collares con tanto brío que me doy con las cuentas en un ojo. El bar entero nos observa. —Hola —responde débilmente—. —¿No ha llegado la banda? ¿Cuándo empieza el baile? —No hay ninguna banda —cuchicheo—. No me extraña. Yo traeré las bebidas. amiguito. —¿Que no hay baile? —replica ansiosa—. Este bar no es de ese estilo.

Voy a tener que darle conversación. Vivo en Kilburn. buscando la aprobación de Sadie. Acaba de hacerme una pregunta. y se le adivina un torso más firme bajo la camisa de marca. Mientras me devano los sesos buscando algo que decir. —¿Te gusta Londres? —No he visto gran cosa. —Soy cazatalentos. Una sombra de barba. enfurruñada y de brazos cruzados. —Y tú. Se pone en guardia en el acto. lo reconozco. Fantástico. L&N Selección de Ejecutivos. Al menos podría simular que se lo está pasando bien. pues deberías! Deberías ir al London Eye. Ay. Estoy muy ocupado con mi trabajo. Una chaqueta gris marengo muy chula. —Salud. no tanto. —¡Ah.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Juraría que triple. Dios. Ve y dile que cambie la música. gritándole al oído al barman. Siento una oleada de irritación. tengo mi propia empresa. pero no añade nada más. a Covent Garden. como si le hubiese dicho algo muy profundo. Y Sadie no está aquí para apuntarme. En Kilburn. —Me dirige una tensa sonrisa y echa un trago—. Es lo más patético que he oído en mi vida. —Eh… no. —Asiente. —Ah. Ed! —Hago un esfuerzo heroico y le sonrío—. —¡Bueno. Por tu acento deduzco que eres estadounidense. ¿a qué te dedicas? —Parece que ha comprendido por fin que debe participar en la conversación. Levanto la vista. ¿Cómo puedes instalarte en una ciudad y no molestarte en conocerla? Ya sabía yo que no me gustaba este tipo. —¡Chin chin! —Le dedico una sonrisa deslumbrante. me tiende la copa y levanta su vaso. . —¿Cuánto llevas aquí? —Cinco meses. —El barman es muy testarudo —masculla—. Se sienta al otro lado de la mesa. ¿no? —No. lo repaso de arriba abajo. Lara. pero se lo ve tan serio como si estuviera en una reunión en la que todo el mundo va a ser despedido. es sábado y tiene una cita. y luego tomar una embarcación hasta Greenwich… —Quizá. La busco disimuladamente con el rabillo del ojo y la veo detrás de la barra. remuevo el champán con una varilla de plástico y doy un sorbo. —Exacto. ¿Está chalada? Le lanzo con disimulo una mirada asesina y me vuelvo hacia Ed con una sonrisa. pero ha desaparecido. la misma V en el entrecejo que me llamó la atención en las oficinas… Por el amor de Dios. —Asiente varias veces. ¿Qué desastre va a provocar ahora? —Hummm… ¿este sitio te quedaba muy lejos? La voz de Ed me arranca de mi estupor. Es más alto de lo que recordaba. —No serás de Sturgis Curtis.105 - . Veo a Sadie a mi lado.

Sadie se ensañará conmigo. No la escuches. ¿Piensas ir? —He de hablar en la ceremonia. pero no sirve de nada. —Ah —murmura. pero no tiene otro remedio que hacerlo. en unos instantes. seguramente debatiéndose entre sus propios deseos y los chillidos con que Sadie le taladra el tímpano. una música chirriante y anticuada. A medida que Sadie le aúlla al oído. —Aunque el año que viene sí.106 - . Dios. lo introduce en el aparato y. ¿Quiero tal puesto? ¿Me interesa tal trabajo? Utilizan un montón de trucos para saltarse a mi secretaria… O sea. Saca un disco. Y ahora. caigo en la cuenta de que la música ha parado. —Lara. —Vale. ¡sácala a bailar! —le ordena a Ed—. que de veras no quiere. y en L&N Selección de Ejecutivos somos sólo dos y debemos de tener esas cinco mil libras… en números rojos. inunda el local. —Pone tal expresión de horror que me entran ganas de reírme—. Nunca he asistido a la cena de Business People.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Ah. «Resiste —le digo mentalmente—. ya me entiendes. —Se estremece—. Probablemente reservaremos dos mesas. —¡Al fin! Sabía que ese hombre tendría por ahí algo adecuado. Son mesas para doce personas y cuestan cinco mil libras. Me vuelvo hacia el barman y lo veo junto al reproductor de CD. —Se aclara la garganta y se pasa las manos por la cara—. —¿Qué tiene de malo Sturgis Curtis? —Son unos buitres del demonio. Ya nos habremos expandido para entonces… —Decido callarme. Se celebra siempre en un gran hotel de Londres y es un verdadero despliegue de glamur—. Sadie se desliza por detrás de Ed con una sonrisa satisfecha. Es obvio que mi cháchara no le interesa. lo sé. seguro —me apresuro a añadir—. Incluso me han invitado a su mesa en la cena de Business People. Sé fuerte. Bueno. Me atosigan todos los días. claro. bien. Espero no haberte ofendido. —¿Y tú? ¿Vas a ir? —Eh… este año no —digo. son buenos. dando a entender que es sólo algo circunstancial—. No tenía ni idea. ¡Sácala a bailar! ¡Vamos. estilo Cole Porter. pero he visto reportajes en la revista. bajando la cabeza. No sé por qué me esfuerzo en impresionar a este tipo. Para hacerlo como es debido. es lo que ella quería. . Para que pudiera bailar con Ed.» Le estoy enviando mi señal telepática más intensa. pero ha vuelto a desaparecer. vamos! Oh. en la cara del pobre hombre se va dibujando una expresión confusa. Mientras remuevo el champán otra vez. Mi empresa no ha podido reservar mesa este año. ¿Qué se propone esta demente? El barman acaba rindiéndose. Tiene toda la pinta de una persona que no quiere vomitar. para eso hemos venido. intento echarle una mirada significativa a Sadie. ¡Dios mío! Este tipo debe de ser importante de verdad. —¡Hala! —No puedo disimularlo: estoy impresionada. ¿Te gustaría… bailar? Si lo rechazo.

¿qué decías? —Con visible esfuerzo. que nos marquemos un vals? —¡Parece que os estéis moviendo por un barrizal! ¡Así es como se baila! Se arranca a bailar en plan charlestón. Parece tan desdichado que me pongo a imitar sus movimientos. No sólo no estamos en una pista de baile. —Disculpen —dice un camarero. Cualquier cosa le vale. tratando de seguir la música. —¿Ed? ¿Ed Harrison? —Una mujer rubia se interpone en nuestro camino. Ed me presta atención. que está tratando de mordisquearle la oreja. Todo el mundo se vuelve para mirarnos. Aquí nadie baila. ignorando que una chica de los años veinte está pasándole las manos vorazmente por todo el cuerpo. La chirriante música de jazz sigue sonando en los altavoces y un tipo canturrea sobre su increíble felicidad. No tiene ritmo ni nada. Pero ¿tiene que hacerlo en mi presencia? —¡Sadie! —la advierto cuando sus manos descienden un poco más. —¡Bailad! —Sadie revolotea alrededor de nosotros. —¡No! —protesta ella—. Es imposible que bailemos esto. Se da media vuelta y nos miramos a los ojos. me pongo de pie y sigo a Ed hasta un trecho minúsculo de espacio libre junto a la barra. De ninguna manera. —Perdona. es un bar. —¿No es maravilloso? Le pasa las manos por el pecho. dejo la copa. ambos paralizados por la enormidad de lo que vamos a hacer. Mientras la contemplo. agitando manos. Sadie retrocede. Todavía sigue moviéndose a izquierda y derecha. como si estuviera sufriendo una experiencia extracorpórea. ¡Bailad juntos! ¡Bailad! Con una expresión desesperada. se aproxima contoneándose a Ed y le pone una mano en cada hombro. y tiene una expresión . sólo para que se sienta mejor.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Sin creer lo que estoy haciendo. rodeándole la cintura y rozándole la espalda. años veinte. —He dicho… que paremos. alguien se divierte. mientras pasa entre los dos con una bandeja de aperitivos chinos. Tiene una expresión beatífica y la oigo tararear la melodía. No es un club. sino que ésta es una zona de paso y estorbamos a todo el mundo. —Pero ¿es que puedes sentirlo? —murmuro incrédula. —Procuro no mirar a Sadie. Ni es cosa tuya. No estamos en una pista. me imagino. Ya. Luego le acaricia una mejilla con adoración. como un torbellino de impaciencia—. rodillas y codos. Ed tiene la vista perdida. ¡Más! —Excelente idea —dice Ed en el acto. Ed empieza a moverse torpemente a izquierda y derecha. Lleva pantalones beige y una blusa blanca. Al menos. En mi vida he visto un modo de bailar menos convincente. Creo que es la experiencia más atroz de mi vida. O sea. —Ésa no es la cuestión —replica—.107 - . como si la hubiera pillado in fraganti. ¡Eso no es bailar! ¿Qué espera. Éste no es un sitio para bailar. y se dirige hacia la mesa. Mi vestido se agita grotescamente y mis collares tintinean a locas. —¡Baila bien! —Sadie me observa con horror—. que no puede.

Veo que te va el look de los veinte. ¡Parecía que querías echarle un polvo ahí en medio! —¿Echarle un polvo? —repite—. Pero sin pijama. como quieras. picada—. —Eh… sí. pero me ha tocado en lo más vivo. —Me siento incómoda. echándome una ojeada condescendiente—. ¿Darle de comer al ganso? ¿Y tiene el valor de decirme que «echar un polvo» es raro? —Bueno. —Pero ese colorete no se va. Sobre todo. Vuelvo en un minuto. Sadie suelta una risita y se arregla la cinta de la cabeza al tiempo que se mira en el espejo. sino de pillar la onda. Lara. ¿Indeleble? —¿Dónde aprendiste a bailar? —Se coloca ante mí. ¡Ya me parecía que eras tú! ¿Estabas… bailando? Ed repasa las caras de la mesa y salta a la vista que su pesadilla acaba de quintuplicarse. humedezco un pañuelo de papel y me froto la cara frenéticamente. ¿Qué quieres decir? —Bueno… ya me entiendes. Lara. Es indeleble. ¿Qué significa? —Pues… es como cuando alguien se queda a dormir en tu casa. ¿A eso lo llamas «echar un polvo»? —A veces. —Ah. Detrás de ella. Nosotros también… —O darle de comer al ganso. delante de una colección de ejecutivos de alto nivel. —Enseguida parece volver en sí—. Dura días. —Me encojo de hombros. y tú estás pasada de vueltas —replico. No se trata de aprender. —¿Qué haces? —Sadie aparece a mi espalda—. ¿Qué tal. —Lo ha entendido—. como si tampoco él pudiera creérselo—. No estoy segura de que me apetezca hablar del tema con mi tía abuela. —¡Qué expresión tan rara! Nosotros lo llamábamos sexo. —En ninguna parte. en efecto —musita. En el baño. hay una mesa con varios ejecutivos trajeados que nos escrutan con avidez—. ¡Vas a arruinar el maquillaje! —Sólo intento rebajar un poco el color—replico sin dejar de frotarme. ¿conoces a Genevieve Bailey. Bailando. Sarah…? —saluda a los de la mesa. Casi lo compadezco. Mike.108 - . —Pues bailas fatal. —Debes reconocer que es guapo. —Bueno —digo. —Voy a repasarme el maquillaje —digo con una sonrisa forzada—. desconcertada—. —¡No lo dudo! Le devuelvo la sonrisa. —Me quito un zapato y me masajeo los dedos doloridos—. —Un vestido adorable —comenta ella. . ya. Lo último que quiero es dejarme ver como parte de una colección de «muñequitas» de época del Daily Mail.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE de incrédulo regocijo. —Ya. Y el pintalabios también. —¿Qué? —se impacienta—. Bill. Parecías querer montártelo en medio del bar. —Es una pieza original. Pero no hay manera de que salga nada. de DFT? Genevieve.

—Mírate. Como londinense que soy. Si pudiese verme y bailar conmigo… Veo un brillo tan esperanzado en su rostro que mi indignación se evapora.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —En apariencia. Pero no tiene personalidad. ¿No te parece que se ha ser muy estrecho de miras? ¿Qué clase de persona no mostraría interés en una de las ciudades más importantes del mundo? — Me indigno—. Podrías haber hecho películas. —¡Ya lo creo que la tiene! ¿Cómo va a saberlo ella? ¡Soy yo la que ha tenido que darle conversación. Ni me escucha. señor. veo que Ed continúa charlando con Genevieve. atada a la vía de un tren mientras suena un piano amenazador. Ésta ha sido la cita más estúpida y estrafalaria de mi vida. —Estás divina. En mi época. De hecho. No se merece vivir aquí. Me mira a los ojos y le sonrío sin poder evitarlo. ¡No pretendía interrumpir tu velada íntima con Ed! . Aparte de mí — añade tan fresca. que está elegantemente apoyada en una silla. Debe de estar hecha de un material muy duro. —Te diré una cosa —murmura. Me lo arreglo un poco y examino mi reflejo. observándome en el espejo—: tienes labios de estrella de cine. —Lara —me dice con una sonrisa falsa—. tiene razón. —Qué pinta más ridícula —resoplo. A ti sólo te importa tu cita. —¿Crees que yo le gustaría? —Ahora sí abre los ojos—. —Claro —digo—. Eres la chica más mona del local. poniendo los ojos en blanco. ¿Qué más da cómo sea el tipo? No tiene nada que ver conmigo. cosa que me inspira cierta simpatía hacia él. —¡Se lo ruego. pero su buen humor resulta contagioso. me lo he tomado de un modo personal. ¡Pareces una heroína de película! Me echo otro vistazo de mala gana. Lleva meses en Londres y ni siquiera se ha molestado en darse una vuelta. quizá —admito de mala gana—. vale —digo. pero Genevieve no hace caso. claro. Perdona. —Sí. Tienes el tocado torcido. Pero compruebo a simple vista que Ed ni siquiera se ha dado cuenta. todas las chicas se morían por tener unos labios así. pero Sadie está tarareando con los ojos cerrados. Levanto la vista para ver qué piensa.109 - . tratando de imaginarme en blanco y negro. Soy una idiota. No. joder! —Qué va. Cuando volvemos al bar. —Yo también lo creo. Intenta quitarla de en medio a codazos y le grita «¡Largo de aquí!». Sadie también los ha visto. Le encantarías. malhumorada. Ésta es la noche de Sadie. perdóneme la vida! —declamo. —¿Adivinas lo estúpida que me siento? —Me froto otra vez las mejillas —. en una pose «informal» pensada sin duda para exhibir su esbelta figura. —¡Sí! Habrías sido una diosa de la gran pantalla. boba. adoptando una pose desamparada y pestañeando ante el espejo. —Vuelvo a ponerme el zapato con una mueca—. Podría dar el pego.

Me doy la vuelta y la veo pegada a Ed otra vez. Se lo ve tan incómodo que me entran ganas de reírme. Le está chillando al oído. —¿Qué quieres decir? —chilla Sadie. ¡Eres una caja de sorpresas. No hay nada como saber que sólo estarás diez minutos más con alguien que no te apetece para que te inspire una generosidad repentina. lo cual seguramente augura un numerito de alma en pena. Pero. por favor —le digo al camarero. —No es mi novia —dice—. y al volverme veo que se acerca hecha un basilisco—. cuando levanto la vista. —Fue en la oficina. —Genevieve se ha quedado pasmada. Me dijiste que querías una cita. —Ya veo. me parece que estamos en sintonía por primera vez. Punto y final. ¡He cumplido mi parte del trato! —¡No. Ed parece ido. —¿Os conocéis desde hace mucho? —pregunta. Sólo somos… Es una simple coincidencia… —Sólo estábamos tomando una copa —aclara Ed. —No. aliviado. —No. ni hablar! ¡Ni siquiera has bailado con él como es debido! ¡Te has limitado a arrastrarte de aquí para allá de un modo penoso! —Mala suerte. Lara. Los dos asentimos. ¿no? —digo para echarle una mano. —Probablemente no volveremos a vernos. —Saco el móvil y simulo contestar a una llamada—. Genevieve está contándole una anécdota de un viaje a Antigua y ni siquiera parece haber advertido su expresión ausente. De hecho. Ed me dedica la sonrisa más cálida de la noche. ya voy yo —respondo con otra sonrisa radiante. ¡En el mar! ¡Nunca he pasado un bochorno igual! . Ya te la he conseguido. Por Dios. —Voy a traerte otra copa. —Probablemente —asevera él—. Ed! ¡No sabía que tuvieras novia! Él y yo nos miramos una fracción de segundo. —Le devuelvo la sonrisa postiza. O sea. En la oficina —asiente. Seguro que no. —¡Y entonces vi el sujetador de mi biquini! —estalla con su gorjeo estridente—. no hace mucho. Busco el monedero en el bolso mientras Sadie permanece en silencio.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Tranquila. —¡Bueno! —Genevieve se ríe con esa clase de gorjeo estridente que se te escapa cuando estás mosqueada—. Veo que la idea le hace tanta ilusión como a mí. —Sí. O quizá cree que lo tiene extasiado. totalmente de acuerdo. gesticulando con su elegante manga de seda. —¿Y cómo os conocisteis? Le echo una mirada a Ed. no… —No soy su novia —me apresuro a confirmar—. ¡Nada de coincidencias! ¡Es una cita! ¡Me hiciste una promesa! ¡Qué cara más dura! ¿No podría decir: «Gracias por disfrazarte y ponerte en ridículo»? —¡He mantenido mi promesa! —mascullo entre dientes mientras voy hacia la barra—.110 - . se ha ido. Una copa de champán y un gin-tonic. Tiene otra vez esa mirada vidriosa. ¿qué demonios hace? Pago las copas y me apresuro a volver.

¡Cielos. Ni hablar. —¡No! —respondemos al unísono. Podré charlar con mucha gente. Ed. vamos. . Gracias. —No tienes que aceptar por mí —se ufana—. Te enviaré los detalles. Perfecto. —Sí.111 - . —Hago la pantomima de mirar el reloj—. que no cesa de alardear de todos los viajes que ha hecho en su vida. Planes para cenar. —Seguro que tienes planes para cenar —añade educadamente. ¿Son imaginaciones mías o parece un poquito molesto? Aguanto otros veinte minutos escuchando a Genevieve. con champagne gran reserva. Ya lo creo. —¡Hazlo! —Sadie se abalanza sobre él y le chilla al oído—: ¡Pídeselo! ¡¡¡Ahora!!! ¿Pedirme? ¿El qué? Espero que no sea otra cita. yo también tengo planes. hacer contactos… Es una oportunidad única. «No quisiera entretenerte…» Menos mal que no me va este tipo. es tardísimo! He de irme ya mismo. Resulta que sí. —Sí —respondo rígidamente—. —Ni hablar —añado para recalcarlo—. Ed mira por fin mi copa vacía y me dice: —No quisiera entretenerte. Ni en un millón de años. Genevieve nos mira a uno y otro. —Magnífico. No puede ser. Ed —digo. Tú decides. —Entonces… sí sois pareja —dice. —Ed me mira con un esfuerzo brutal y con la frente más arrugada que nunca—. Es más lista de lo que creía. La muy descarada. Ha sido… divertido. estupefacta. no sé qué demonios será. —Pues sí —me apresuro a responder—. Si eso no es una manera cifrada de decir: «No te aguanto ni un minuto más». ¿Te gustaría acompañarme a la cena de Business People? No. No puedo decir que no. —Parece que vuelve en sí. tendiéndole el gin-tonic. —Bebo un sorbito de champán y le echo un vistazo a Ed. Seguro que tiene en su agenda un montón de citas de mucha más categoría. Mis amigos me estarán esperando. sabe que no puedo rechazar una invitación a esa cena. por mucho que Sadie insista… —Lara. Con toda libertad. Quizá deberíamos… Ha hecho planes para cenar. Me encantaría. Claro. Hablamos como si estuviéramos leyendo un guión. Ni hablar. Eres muy amable. Pues claro. Es una velada importantísima a la que asisten grandes personajes del mundo de los negocios. O sea… nunca. Ajá. — Resisto la tentación de añadir: «En Lyle Place. Miro a Sadie con ojos desorbitados.» —Bueno. Ella me observa con los brazos cruzados y expresión triunfal. —Ah. Gracias.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Toma. Ni siquiera había reparado en que escuchaba nuestra conversación.

Menudo fiasco. ¡Deberías haberle propuesto ir a un club! —He hecho planes para cenar.112 - . —Yo. es lo que es. . Le enviaré un correo más tarde. —Ya. pero se arrepiente y me tiende la mano —. Entro en un Pret A Manger y examino las hileras de sándwiches. ¿Ed? Retrocedo instintivamente para ocultarme detrás de un expositor de patatas dietéticas. por allá —respondo—. Bueno. buscando una ruta de huida. Tendré que esperar hasta que se haya ido. ¿Cómo te va? Sadie y yo nos miramos. nos despedimos de la gente de la mesa con un gesto general y salimos del bar.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Nos ponemos de pie. Su expresión es tan transparente que casi resulta conmovedor. Vamos a tirar la casa por la ventana. por Dios. claro. Qué tal. —Bueno… Yo me voy por allí —añade. no hay duda. ¿Éstos eran sus planes para cenar? —No tenía ningún plan —murmuro—. A estas alturas de la noche. —Bueno… —titubea—. esta vez más largo—. Pero. Debe de haber salido corriendo tan rápido como yo. No creo que tengan argumentos suficientes. Tendría que haber hecho de verdad planes para cenar. me ha invitado delante de un montón de gente y no puede echarse atrás. —Escucha un momento y luego añade—: No es ninguna molestia. —Me paro en seco. Pero aquí hay espejos enormes por todas partes. Y hoy he pasado una velada más bien rara. Me doy media vuelta y oteo la calle. Es… —Suspira. —Me vuelvo y echo a caminar calle abajo. Echo un vistazo alrededor. Tenía tantas ganas de perderlo de vista que voy en una dirección equivocada. alucinadas. es él. estoy muerta de hambre y empiezo a compadecerme un poco. pero… —Me siento un poco indignada. aunque no sé por qué. Estoy a punto de coger también un zumo de frutas cuando oigo una voz familiar entre el murmullo de la clientela. ¡Ha sido estupendo! Te llamaré para lo de la cena. ¡Ha mentido! —Tú también. al volver a hablar suena algo cansado—. lo hago en cinco minutos… —Otro silencio. ¿recuerdas? Y él también. ni rastro de Ed. —Pete. Gracias por… —Hace ademán de inclinarse para darme un beso en la mejilla. —¿Por qué te vas a casa tan temprano? —protesta Sadie—. Sí. Me decido por una empanada de pollo. —Qué bien. Es muy probable que me vea. Pete. un zumo y un brownie de chocolate. Recorro con la mirada las colas que hay frente al mostrador y me detengo en un abrigo de aspecto caro. Es fantástico. Comprando un sándwich y hablando por el móvil. Aprieto con fuerza la botella de zumo. Adiós. Gracias otra vez. Me lo estoy pasando bien. Ya se está preguntando por qué demonios se habrá metido en semejante berenjenal. ¿Va a hablar de mí? —Acabo de perder un buen rato de mi vida con la mujer más odiosa del mundo. —Dile que leí la carta del abogado. ya sabes. tío. ¿Cómo está mamá? —Es su voz.

luego me hace un gesto educado. Como si captase mis pensamientos. —Intento aparentar indiferencia. Aquí las empanadas son buenísimas… Hago un esfuerzo para dejar de farfullar. pero no avergonzado. Es que… mis planes para cenar se han torcido. y cierra el móvil—. Comprar algo de comida y terminar un trabajo. sí.113 - . Parece sorprendido. por favor… Maldición. Josh nunca me habría hecho sentir así. Va sin afeitar y lleva una gorra de lana y la identificación oficial de vendedor de La Farola. —Me quedo cinco —digo. —Ah —musito. En el último momento. Le doy el dinero. —Ya —digo—. apenas a unos centímetros… No mires. No. no era una cita. voy vestida de un modo algo peculiar. —Éste era mi plan. Sale de Pret A Manger y lo observo alejarse. Aún estoy dándole vueltas a la frase ingeniosa y cortante que debería haberle soltado a Ed. Él sigue imperturbable. Dios. va a pasar por mi lado. Voy a dar una conferencia. Bonito vestido. con una empanada y un zumo en la mano—. tío —dice. no. Salgo mañana a primera hora para Ámsterdam. hola. Ay. —Carraspeo—. Genevieve Bailey. Bueno… Hay una pausa incómoda. Qué tal. Estoy tan ocupada tratando de fundirme con el expositor de patatas dietéticas que he dejado de observarlo. mejor: «La .SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE ¡¿Qué?! ¡Yo no soy odiosa! Vale. Ya sabía que no me gustaba este tipo. —Ah. Una voz interrumpe mis pensamientos: —¿La Farola? Miro al hombre flacucho que tengo delante. echa un vistazo a la derecha y tropieza con mi mirada. —Gracias. Para compensar todas las veces que no he colaborado. Maldita sea. preciosa. —El hombre señala mi conjunto de época—. como si fuera de lo más normal que me sorprenda agazapada aquí. Qué curioso… eh… verte por aquí. decido tener un gesto. cojo las cinco revistas y me acerco a la caja. Tendría que haberle dicho con una risa jovial: «La próxima vez que hagas planes para cenar. De la DFT. con la sensación de haber quedado fatal. ¿Qué ha pasado? ¿También te los han anulado? ¿O es una cena tan sofisticada que te da miedo acabar con hambre? —Echo un vistazo a su bolsa con una sonrisita y aguardo a que se sonroje. al fin y al cabo? ¿Por qué no se siente incómodo él? ¿Acaso no lo he pillado también? —Pensaba que tenías planes —le digo arqueando las cejas—. Ha sido… —titubea— una situación extraña. ¿Por qué tengo que sentirme incómoda. pero… —Quizá la conozcas. así que he entrado a comprar algo. Y de golpe advierto que acaba de pagar y sale del local con una bolsa. —Hasta luego. recuérdame…» No. Ni siquiera parpadea. —Buenas noches. Me temo que dice la verdad. Mis amigos me han llamado para anularlo.

—Me encojo de hombros y le doy un mordisco a la empanada de pollo—. ¿qué pasa? De repente todas las cajeras se ponen a soltar exclamaciones de asombro. porque entonces no parará de pavonearse y se pondrá insoportable. Los miramos un momento y luego caminamos calle abajo. cuando hablabas de cenar…» —¿Qué es La Farola? —Sadie me saca de mi ensimismamiento. Sadie asimila la información. con un silencio apacible entre ambas. perpleja. Algunos ya tienen varios ejemplares en las manos. —Tú también lo eres —dice ella al cabo. Los beneficios se destinan a la gente sin hogar. Ahora los transeúntes. No puedo creerlo. Sadie lo mira con los brazos cruzados. —Pero ¿qué…? —Joder. —Eres una tía enrollada.114 - . se pone a ofrecer la revista a los transeúntes. sacando la cartera. —¿Por qué? —Has tenido un gesto muy bonito también. . se unen al corro y el hombre parece abrumado. —¿Que soy qué? Cojo el bolso y echo a andar. pero aquí no se puede vender. Valoramos el trabajo que hace. Sadie —le digo con los labios. satisfecha. Sé que no querías ponerte el vestido esta noche. —Una chica de uniforme se lleva al de La Farola fuera del local—. otros le tienden el dinero. con aire reconcentrado. Sólo ha quedado un cliente dentro. yo le sonrío. Así que gracias. Sadie flota junto a él. Es una buena causa. Me vuelvo y descubro el motivo. No pienso reconocerlo ante ella. Hay un auténtico éxodo de clientes hacia la calle. irritada conmigo misma.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE verdad. al cabo de un momento. Enseguida aparece a mi lado. Pero la verdad es que todo este rollo de los años veinte casi empieza a gustarme. —Significa que… eres fantástica. así que tardo un rato en pagar y pierdo de vista a Sadie. ¿Por qué malgasto mis neuronas con él? ¿Qué más da lo que piense? —Es una revista que venden por la calle —le digo—. La tarjeta de crédito está en el fondo del bolso. Me echa un vistazo. el tipo deja la caja de sushi que sostenía. —De nada. —¿Siguiente? La cajera se dirige a mí y me acerco al mostrador. Al cabo de un momento. Todos se agolpan en la acera en torno al vendedor de La Farola. sale a la calle con cara de susto y se suma a la multitud. Miro al hombre a través de la puerta de cristal. Por mí —dice sin mirarme—. —Después de la guerra había mucha gente viviendo en la calle —dice —. Tampoco ha sido para tanto. y le habla al oído. curiosos. Daba la impresión de que el país nunca volvería a recuperarse… —Lo siento. Parece resignado a que lo echen y. señor. aguardando su turno. pero son normas de la casa. Parpadeo varias veces. pero te lo has puesto. Todos pasan de largo. Has tenido un gesto muy bonito — añado. señalando a la gente apiñada alrededor del tipo de La Farola. Ed.

.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Casi.115 - .

quizá haya ido allí. Y de eso se trata en este caso. —¡Kate! —digo nada más entrar en el despacho el lunes por la mañana—. tendría que comprarme uno de esos tarjeteros… Y pásame los números atrasados de Busin… —Ella tiene el teléfono en una mano y con la otra me hace aspavientos alarmados—. ¿por qué no? —Finjo seguridad. ¡Me encantará! Nos vemos aquí. gracias. vale. como decía tío Bill. Dios. ¿Está libre ahora mismo? Ay. Estoy por la zona y me gustaría pasarme por su oficina para hablar un momento. sofocada.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 11 ¡Las cosas van mejorando! Es una corazonada. —Sí. estoy libre —digo con voz chillona—. ¿Hablar con una poli? No me apetece nada. Conoceré una cohorte de profesionales de alto nivel y podré repartir mi tarjeta e impresionar a la gente. ¿Por qué se empeña en investigar? ¿No dicen que la policía sólo se dedica a poner multas de tráfico y pasa olímpicamente de los asesinatos? ¿Por qué no pasan también de este caso? Kate me mira con unos ojos como platos. Siento como si un trozo de hielo me bajara hasta el estómago. ¿Qué pasa? —¡La policía! —dice tapando el auricular—. pero no. Cuelgo. Necesito mis tarjetas. como si la cosa no fuera conmigo y estuviera acostumbrada a tratar todos los días con la policía. ¿En qué estaría yo pensando? —Hola. Lara Lington al aparato. Quieren venir a verte. Las ocasiones hay que pillarlas al vuelo. Incluso esa segunda cita con Ed será algo positivo. Maldición. Tenía la esperanza de que se olvidasen de mí. Asistir a la cena de Business People será una oportunidad única para mí.116 - . —Hola. —Ah. —¿Te paso la llamada? —Kate está al borde del soponcio. soy la detective Davies. Los tengo al teléfono. En cuanto oigo su voz me veo a mí misma en aquel cuartito. —Sí. —Lara. diciéndole que me estoy entrenando para las Olimpiadas en la modalidad de marcha atlética. pues ahora la que va a destacar soy yo. Muy bien. ¿Qué tal? —Bien. Durante el desayuno me habló de una tienda de objetos de época que hay en Chelsea. —Amable pero enérgica—. No hay por qué preocuparse. —¿Nos hemos metido en un lío? —Descuida —la tranquilizo—. Natalie siempre andaba diciendo que tenía que «destacar por ahí» y mantener un «perfil alto». Miro alrededor para ver si Sadie anda por aquí. Es sólo . mientras ella tomaba notas con aire impasible.

Se pasan la vida poniéndote multas de aparcamiento. Tampoco hay que exagerar. Ay. ya verás. Pero es superior a mí. ¿Cómo la mataron? Ay. puedes irte. —¿Preparo un poco de té? —pregunta tras pulsar el botón—. Todo saldrá bien. Incluso antes de terminar la frase. es posible que hayan detenido al culpable. ¿Qué habré desencadenado? Suena el interfono y Kate se levanta de un brinco. ¿Cómo te ha ido el fin de semana? La artimaña no funciona. —Eh… sí. todo saldrá bien. —¡No sabía que a tu tía abuela la habían asesinado! ¿Era la del funeral al que asististe hace poco? —Hummm. aunque al punto reparo en lo mal que debe de haber sonado—. de verdad que no. —Veneno —murmuro. se ocurre una idea espantosa: ¿y si es cierto? ¿Y si la detective Davies viene a contarme que han encontrado al tipo de la cicatriz y la perilla trenzada? ¿Qué voy a hacer entonces? Me viene la imagen de un hombre demacrado de ojos enloquecidos (con perilla y cicatriz). ¿Me voy o me quedo? ¿Te hace falta apoyo moral? —No. me repito febrilmente. Lara. toda mi calma se convierte en pavor infantil. Quiero decir… ¿cómo que no? ¿Qué hacen . Se me olvida una y otra vez cómo suena la palabra «asesinato» si la dejas caer sin previo aviso en una conversación. Pero no veo otra manera de salir del aprieto. Se agrava un poquito. Sí. En cuanto veo aparecer a la detective Davies con sus recios zapatos. No quiero entrar en detalles. qué horror.117 - . —Gracias a Dios —suspiro aliviada. encerrado en una celda y gritando: «¡Han cometido un error! ¡Ni siquiera conocía a esa vieja!». mientras un joven agente lo observa de brazos cruzados por la mirilla y comenta: «¡Pronto se desmoronará!» Siento un acceso de culpa. Pero ¿están investigando? ¿Encontraron huellas dactilares? Dios mío. pero al echar la silla atrás derribo con el codo un montón de cartas—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE por el asesinato de mi tía abuela. De hecho. la policía no sirve para nada. No hemos encerrado a nadie. —No me extraña que estuvieras tan disgustada. sus pantalones holgados y su aire de autoridad. Dios. y cuando resulta que asesinan a alguien ni siquiera les importa… —Creo que se están esmerando —me apresuro a tranquilizarla—. Bueno. ¿Han encerrado a alguien? —No —responde con una mirada extraña—. El aire patidifuso de Kate no varía. —¿Han encontrado al asesino? —le suelto. —Pero ¿quién? —Pues… —carraspeo— de momento no han encontrado al culpable. —Procuro no perder la calma. —¿Asesinato? —Se tapa la boca con una mano. ansiosa—. —¿Que no…? —se indigna—. Supongo que vienen para ponerme al día. de hecho.

—Toso—. la abajo firmante. ¿Y qué pasará ahora con el…? —No consigo decirlo—. No lo que usted llamaría una prueba. he recibido una reprimenda y he aprendido la lección y no volveré a molestar a la policía. No pretendía hacerles perder el tiempo. Si ha hecho una acusación con malas intenciones… —¡No eran malas intenciones! —salto. retirándose y diciéndome «¡inútiles!» con los labios a espaldas de la detective. ¿Usted tiene alguna prueba? —Hummm… —Hago una pequeña pausa. No me va a dejar escapar así como así. no me procesen —farfullo. —Alza las cejas—. No en ese sentido. como sopesando la cuestión desde todos los ángulos—. Sí. —De acuerdo. —¿A su avanzada edad? —repito. —¿Qué me dice del mensaje que dejó por teléfono? —Saca un trocito de papel—. —Le indico una silla y me atrinchero detrás de mi escritorio. no hay duda.» —Ah. consternada—. procurando recobrar mi pose profesional—. Eso es ridículo. Pero quizá. lo siento. murió por causas naturales. y estampo mi firma—. Recordé que lo había visto en el pub y que su aspecto me resultó sospechoso… — Se me apaga la voz y la cara me arde. sumisa. pensándolo bien y ya más en frío… quizá estuviera equivocada. pero hacer perder el tiempo a la policía es un delito que puede acarrear penas de cárcel. —Trago saliva—. —Asiento varias veces. Hemos llevado a cabo unas pesquisas preliminares y no hemos encontrado el menor indicio de que su tía abuela fuese asesinada. confirmando que hemos mantenido esta conversación… —Me tiende un papel con un párrafo que viene a decir: «Yo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE todo el día? —Las dejo a solas —susurra Kate. —Tome asiento. —¿Y ese «hombre con perilla»? Un hombre que ni siquiera figuraba en su primera declaración. Según el informe médico. horrorizada—. Quizá murió a causa de su avanzada edad. Ahora sí que estoy asustada de verdad. Bueno.118 - . —Me mira con severidad—. —Lara. no sé si lo sabrá —dice con calma—. —Asiento. Gracias. tenía la poderosa impresión de que mi tía abuela había sido asesinada. para ganar tiempo—. eso. —A menos que podamos encontrar pruebas que sugieran otra cosa. ¿cómo va la investigación? —Lara. Por favor. Sólo quería aclarar las cosas. El caso es que lo recordé de repente. Yo sólo… —¿Qué? —Clava los ojos en los míos. —En efecto. ¿Qué pasará con mi tía . debido a su avanzada edad. «Las enfermeras no fueron. Sencillamente. —De acuerdo. Ella me mira como la maestra que te pilla copiando en pleno examen de Geografía. —No vamos a acusarla por esta vez. Necesito que firme este impreso. el caso será archivado. Pero considérelo una advertencia. —El caso queda cerrado. —Oiga. Es un sarcasmo.» Aunque no exactamente así. Básicamente. Me di cuenta de que había un pequeño error en mi declaración.

No puedo decirle que le quedan dos semanas antes de que… —Nada. ¿Dos semanas? Qué horror. también crema. con plumas negro azuladas alrededor. Sólo una visita de rutina. Tienes que comprártelo. Me gusta tu sombrero —añado para distraerla—. supongo. Ella se ha ido. —Entorna los párpados. —Me mira ceñuda y suelta un suspiro—. —¿No podría… postergarse un poco? —Lara. Pero postergar un funeral y hacerle perder el tiempo a todo el mundo no es la solución.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE abuela? —El cuerpo será devuelto a los parientes más cercanos a su debido tiempo —dice en tono práctico—. guardando el impreso—. Bueno. con un vestido crema de talle bajo y un sombrero a juego. —¡He salido de compras! Te he encontrado el chal más divino que puedas imaginar. A ver si me encuentras uno parecido. Querían comprobar unos detalles. —Bueno. Quizá un par de semanas. y añade en tono más suave—: Debería aceptarlo. tal vez un poco más. ¿Por qué estaba aquí la policía? —¿Has oído la conversación? —No. Todo lo que diga resultará inútil —. Saco la lista de nombres . Y ellos organizarán otro funeral. Abre los ojos de par en par. Una vez que se ha ido. Ya te lo dicho. abro el cajón de mi escritorio. ¿Y si para entonces todavía no he encontrado el collar? Dos semanas pasan volando. suspicaz—. Necesito más tiempo. Sé que le tenía mucho cariño a su tía abuela. —¿Cuánto tiempo calcula usted. ¿Pasa algo? No puedo contarle la verdad. gracias por su ayuda. ¿no cree? —Pero es que… —Suspiro frustrada. estaba de compras. —Tú no podrías llevar un sombrero como éste —replica con suficiencia—. He de encontrar el collar de Sadie. No tienes los pómulos adecuados. me quedo mirando embobada la pantalla del ordenador hasta que oigo a Sadie a mi espalda. Sadie necesita más tiempo. —Tenía ciento cinco años. —Se arregla la estola de piel y parpadea—. más o menos? —El papeleo podría prolongarse un poco —responde. Yo perdí a mi abuela el año pasado y sé cómo es.119 - . —Me sonríe con amabilidad—. Quiero decir… necesita más tiempo. —¡Qué va! —digo impulsivamente—. pues un sombrero que me siente bien. —¿A qué ha venido la policía? Me vuelvo y la veo sentada sobre un archivador. No puedo perder más tiempo. —Hace una pausa. Tuvo tiempo de sobra. —¿Me prometes que comprarás el que yo te elija? ¿Y que te lo pondrás? —¡Claro! ¡Vamos! ¡A ver qué encuentras! En cuanto desaparece.

—No hay de qué. El collar estaba allí. coge la lista y asiente sin hacer preguntas. Ya me veo volviendo a la residencia para hacer más preguntas. Mientras espero. Una de estas personas podría haberlo comprado en un mercadillo de la residencia de ancianos Fairside. Recorro con el dedo los nombres tachados y marco el número siguiente. Lo he mirado tantas veces que casi podría dibujar cada cuenta de memoria. Atiende una mujer. Me llamo Lara Lington. —Se muerde el labio. —Residencia Fairside —responde una voz femenina. busco el número de la residencia y marco con cansancio. —¿Sí? —Hola. Un tal Charles Reece. Tiene que haber una respuesta. —Esbozo una sonrisa—. Charles Reece. pero… Han pasado dos horas cuando cuelgo finalmente y miro a Kate con desánimo. Encárgate de llamar a los de esta página. de cuentas de vidrio. No nos conocemos. apoyo la cabeza en la mesa y me masajeo la nuca. Saco el móvil.120 - . Quizá debería encargar una copia en secreto. ¿Y tú? —Nada. Gracias. preocupada—. —Kate —le digo cuando vuelve al despacho—. No soporto la idea de que Sadie lo pierda. ¿Qué voy a hacer ahora? —¿Voy a buscar unos sándwiches? —sugiere Kate tímidamente. Y cuanto más lo conozco. Una tarea nueva. Hay algo que no encaja. No le he seguido la pista. para dar paso a una desilusión creciente a medida que me acercaba al final de la lista. —¡Hola! —Me gustaría saber si alguna enfermera podría darme más datos sobre la visita que mi tía recibió justo antes de morir. saco el dibujo del collar y lo estudio una vez más. por favor. —Por supuesto. ¿vale? Tras un ligero parpadeo de sorpresa. En cuanto sale. la sobrina nieta de Sadie Lancaster. buscando alguna pista. como un soldado leal. —¿Has tenido suerte? —No —suspira—. claro. Espero que lo encuentres. con un colgante en forma de libélula. Hemos descartado todos los números y no sé por dónde seguir. Podría pedir que le dieran una pátina antigua y decirle a Sadie que es el original. Largo. —Soy Lara Lington. Me arrellano en la silla y me froto la cara. Sadie lo llevaba puesto… Súbitamente se me ilumina la cabeza. Quizá se lo tragaría… . Una réplica exacta. No estaría de más probar por ese lado. más hermoso me parece. Toda mi adrenalina se ha evaporado hace cosa de una hora. Hemos de encontrar un collar. pienso. Esa visita que tuvo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE y arranco la última hoja. Pollo con aguacate. —Aguarda un momento. Tiene que haber otros caminos que explorar. —Sí.

Estuvo sentado a su lado un rato y luego se fue. ¿No recuerda nada más de él? —añado—. Esto se vuelve cada más intrigante. claro.» —Bueno. Nada más. —Suspiro desanimada. posible es. quien lo hizo firmar en el registro. ¿no? —Eh… ¿por qué lo dice? —respondo. ¿serían tan amables de avisarme? —Anoto en un papel: «Charles Reece. desde luego —dice dubitativa. En las últimas semanas apenas salía de allí. Es curioso que usted se llame Lington. ¿Cómo voy a localizar a este tipo? —. súbitamente alerta.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¿Lara? —Una voz jovial interrumpe mis pensamientos—. Se lo comenté entonces a las chicas. ese tipo millonario. una de las enfermeras. —Gracias. o si telefonease. —Porque el señor Reece era igualito que él. Aunque llevaba gafas oscuras y una bufanda. Es posible. diría yo. Fui yo. ¿Qué quiere saber de él? «Sólo si birló el collar. Era la viva imagen de Bill Lington. Yo estaba con Sadie cuando Charles Reece la visitó. ¿Quién demonios será? ¿El joven amante de Sadie? —Si apareciese de nuevo. ¿Y pedirle su dirección? —Lo intentaremos. Soy Sharon. Ya es algo. de hecho. Un comienzo. Un tipo apuesto. ¿cómo fue la visita? —Normal. —¿Podría decirme cómo era? ¿Qué edad tenía? —Unos cincuenta. cincuentón apuesto»—. . —Ya. —¿Por qué? —Ginny me dijo que usted no tiene nada que ver con el Lington de los cafés. y emite una risita—. ¿Algún rasgo peculiar? ¿Alguna cosa en que se haya fijado? —Bueno —dice.121 - . se veía claramente. Entonces… ¿él podría haberle quitado el collar? —Bueno. —¿En la habitación de Sadie? —Sí.

Debía de haber una cantidad considerable. Me sentiría aún más agradecida. En mi vida había llamado al tío Bill. pero una vez le oí decir a papá que tío Bill siempre manda un coche a la gente para poder despacharla en cuanto se cansa. y de qué demonios estaba hablando. satisfecha. convencí a la operadora de que hablaba en serio. de qué collar. me pasó con una secretaria y pedí una cita. todo se fue en los gastos de la residencia. y por qué había metido mis narices en la residencia de la tía Sadie. he de reconocerlo. (Obviamente no podía preguntárselo a mis padres. Se lo dejé todo a esos chicos en mi testamento. Ya me lo han dicho. ¿«Charles Reece» era el tío Bill? Pero ¿por qué habría visitado a Sadie con un nombre falso? ¿Y por qué no contó que le había hecho una visita? En cuanto a que pudiera estar relacionado con la desaparición del collar… ¡anda ya! Es multimillonario. así que al principio no sabía cómo ponerme en contacto con él. Tiene dos filas de asientos encaradas y una televisión. proporcionada por el propio tío Bill. para mandarme un coche. Al parecer. creo que no voy a hacerlo. con chófer incluido. etcétera. Llegar hasta aquí ha supuesto un jaleo considerable. para cambiar el sitio. Es una locura. —Se arrellana en el asiento. No quiero arriesgarlo todo tontamente. ¿Para qué iba a querer un collar del año de Maricastaña? Me entran ganas de golpearme la cabeza contra la ventanilla para ver si todas las piezas se ordenan en su sitio. Fue como si hubiese solicitado una audiencia con el primer ministro. —No es para menos. Ningún sentido.122 - . Estaban muy emocionados.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 12 No tiene sentido. Pero como en este momento voy sentada en una lujosa limusina. . primero para acordar una hora. luego para reprogramarla. —¡Por supuesto! —me apresuro a mentir. para preguntarme qué bebida Lingtons prefería tomar en el coche… Todo eso para una entrevista de diez minutos. para pedirme que llevara un documento de identificación. —William y Michael —me suelta Sadie desde el asiento de enfrente—.) De modo que llamé a la central de Lingtons. lo mires como lo mires. tal como había pedido. para advertirme que no podía rebasar mi tiempo. —Sí. Inmediatamente empezaron a enviarme mensajes seis secretarias distintas. recordando una conversación de mamá y papá. porque se habrían empeñado en saber para qué quería verlo. La limusina es digna de una estrella de rock. —Espero que se sintieran agradecidos. Pero no es necesario que ella lo sepa—. y al subir me aguardaba un batido de fresa helado.

baja los inmaculados escalones para recibirme. Es sólo una casa. —A mí me habría gustado ser famosa —murmura. pero la cierro de golpe. El edificio anexo es tan impresionante como la casa. mientras le doy mi pasaporte al chófer. reunir la documentación necesaria… En fin.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Al cabo de un momento. quien se lo entrega a su vez al guardia de seguridad. Pero. —Cielos. La limusina empieza a subir ronroneando por el sendero y yo miro por la ventanilla como una cría deslumbrada. arrugando la nariz. Dos. me digo con firmeza. Hay un matiz de melancolía en su voz y abro la boca para decirle: «¡Quizá lo seas algún día!». Soy Sarah. —Hola. Perdona. arte moderno y cascadas de acero inoxidable. Es una casa enorme. el coche deja la carretera y se detiene ante una verja enorme. Lara. Es una casa enorme de estilo georgiano con quince habitaciones y dos piscinas en el sótano. —Me estrecha la mano como si fuésemos viejos amigos—. pero nos gustaría saber de qué temas quieres tratar con Bill. Como en un mecanismo de relojería. Tiene muchas ganas de verte. Para ella ya no hay «algún día» que valga. Me llamo Damian. —Sí. oh Dios. Trabajo para Bill. gafas de sol y un discreto auricular en el oído. —Te dejo aquí. Para poder prepararlo. —Hummm… es un tema privado.123 - . —No sé si ya te habrá dicho algo Damian —me indica un asiento y se sienta enfrente—. y cuando nos acercamos a la entrada. Por todo el mundo. He estado sólo unas pocas veces en la mansión del tío Bill y siempre se me olvida lo impresionante que es. Sarah —dice por el micrófono. también de impecable traje oscuro. Ya casi estamos. un tipo alto con traje oscuro. —Lara. Bienvenida. al recordar la cruda realidad. —Me sonríe—. facilita mucho las cosas. No me dejaré intimidar. Sadie contempla la mansión a lo lejos. —Echamos a andar por la gravilla crujiente y añade en plan informal—: ¿De qué querías hablar exactamente con él? Nadie parece tenerlo muy claro. —Gracias. y surtidores. —¡Es todo un honor conocer a la sobrina de Bill! —dice Sarah mientras me hace pasar. Se hace un silencio. una persona como cualquier otra. como si nos estuvieran gastando una broma—. resulta todo tan imponente… Hay césped por todas partes. Y él. Ni que fuese una terrorista… —Me dijiste que tenía una cadena de cafés —dice Sadie. Mientras sale el guardia de la garita y habla con el conductor. Siempre se lo preguntamos a las visitas. —Me mira vacilante. Los dos deliberan un rato. . y jardineros recortando los setos. —Damian me muestra otra vez su dentadura y se aleja por el sendero. Lara. Voy a acompañarte al ala de oficinas. —No te preocupes. Miles de locales. Estupendo. Es muy famoso. aunque de un estilo distinto: cristal. ¿Cómo se ha hecho tan rico? —Ya te lo dije —musito. sale a recibirnos una chica. apenada.

—Bueno. pero sus ojos no cesan de volverse hacia la puerta. Pero es un asunto privado. se ajusta el auricular como para tranquilizarse. Me temo que .SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Ya me lo ha comentado Damian. No hace falta que nadie tome notas. Para mi sorpresa. Disculpa un momento. Lara —dice al fin—. ¿Qué más ha dicho? —le cuchicheo a Sadie. Sólo quiero mantener una charla con mi tío. Si es que anda por aquí… —Voy a llamar a su secretaria. sólo para tomar notas. Al sentarse. Lo siento. Claro. ¿Qué decía? —Que no le pareces violenta. Sadie planea junto a ella uno o dos minutos y luego reaparece a mi lado. —¿Cómo? —exclamo. Lo siento. Sólo… un estornudo rebelde. corre al rincón y cuchichea por el auricular. Cinco minutos. ¿Te importa? —Escucha. —No es que me apetezca tomar un café con ella. Sarah —replico con tono sosegado—. hasta que caigo en la cuenta. Sarah todavía tiene la sonrisa pegada a la cara. ¿Está en casa? —Trudy se ha ido unos días a la casa de Francia. Otro silencio. Es una especie de… asunto familiar. Regresa enseguida—. —¿Y Diamanté? Quizá podríamos tomar un café o algo así. Lo haremos a tu manera. Algo de un trabajo que no te dio o algo así… ¿Resentida? La miro pasmada. ¿Ahora? —Sólo un café. —Claro.124 - . —Noto que estoy sonrojándome—. —Se levanta de un brinco. El funeral. —La última vez que me vio tío Bill fue cuando anuncié en medio del funeral que se había cometido un asesinato. —¡No tiene ninguna gracia! Seguramente temen que haya venido a asesinarlo o algo así. ni estoy resentida con nadie. Nada más. —Que por lo visto estás resentida con Bill. se está mondando de risa. Una persona del equipo de Bill se sentará con vosotros durante el encuentro. pero que de todos modos quizá habría que pedir refuerzos de seguridad. ¿Eres consciente de que todo es por tu culpa? —Me callo bruscamente cuando Sarah se acerca otra vez. Su sonrisa afable no flaquea. sólo quiero demostrarle lo simpática y normal que soy. —Muy bien. —¿Qué pasa? —susurro—. Sarah se gira sobre los talones—. —Pero si pudieras indicarnos aproximadamente la temática… darnos una idea… —Prefiero no entrar en ello. —¿Quieres ver a Diamanté? —Sus ojos parecen enloquecer todavía más—. ¡Debe de haberle dicho a todo el mundo que soy una psicópata! —¡Es tronchante! —Sadie suelta una carcajada. ¿y cómo está la tía Trudy? —le digo para darle palique—. Se aleja hacia un rincón del vestíbulo y la veo murmurar en su micrófono. —Bueno. Perdón. Perfecto. Lara. No soy una chiflada. —Le hago un gesto jovial—. —Detecto cierta tensión en su voz—. A solas.

Nos detenemos en otro vestíbulo más reducido. —Se encoge de hombros y sacude la pulsera—. .125 - . ¿cómo podríamos aplicar tu secreto a nuestro país? —Baja la voz con aire reverente—. señalando la puerta. muy seria—. —El antedespacho. —Y por supuesto el reality show también será una cosa sonada. Es absurdo ponerse nerviosa. Bill ya puede recibirte. Lara. Cualquiera puede coger dos monedas y decidir cambiar su futuro. No debería sentirme rara. ¿sabes? En plan: Oye. Quiero decir… todo el mundo puede seguir el ejemplo de Bill. sólo relajada… Pero no puedo evitarlo. —Dos Pequeñas Monedas es un proyecto espectacular —asegura. es mi tío. Ni siquiera le han pasado la llamada. —Su gente. según me han dicho. —Los ojos le brillan y ya parece haber olvidado los motivos para temerme—. —¿El presidente llamó a mi tío? —Estoy impresionada. Te reunirás con él en su despacho personal. Tengo derecho a verlo. Con Pierce Brosnan en el papel del tío Bill. —¿Ése es el despacho de mi tío? —digo. y se aleja sin más. a los negocios. si te parece. —Me encanta tu pulsera —le digo en cambio—. —Sarah habla por el micro—. —Sarah sonríe—. Será un éxito. mal que me pese. Creo que es porque las puertas son demasiado grandes. Sí. Bill. Está totalmente entregada al culto. —Ya. Será una marca de tanta envergadura como Lingtons. Es muy original. No parecen puertas normales. ¿No los habías visto? Son de la nueva línea Dos Pequeñas Monedas. como si fuese la encargada de cambiarle los pañales a un león. la verdad. Está histérica. Me estiro la falda y respiro hondo varias veces. que no para de bostezar. Tiene tanto que ofrecer al mundo… Es un privilegio trabajar con él. —De acuerdo. Es un mensaje muy potente. ya. Vamos allá. y camisetas. —Presta atención al auricular y luego murmura—. —Voy a explorar un poco —me anuncia. Empieza a darme pena esta pobre Sarah. Y eso puedes aplicarlo a la familia. Le echo un vistazo a Sadie.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Diamanté está haciéndose la manicura ahora mismo. Vamos. Habrá un expositor en cada café Lingtons a partir de enero. Dice que quizá la próxima vez. Cruzamos un pasillo engalanado con cuadros que tienen todo el aire de auténticos Picasso. muchos políticos de alto nivel han llamado a Bill. Seguro que Bill te regala una. a la economía… Desde que salió el libro. —Extiende el brazo con cautela y sacude los dos pequeños discos plateados que cuelgan de la cadenita—. y estuches de regalo con dos pequeñas monedas en un cofre… —Fantástico —digo con educación—. ¿Sabes que va a convertirse en una película de Hollywood? —Ajá —asiento—. Incluido el presidente de Estados Unidos. Me tiemblan las piernas. Se levanta y me indica que la siga. Todos creemos que Bill debería meterse en política. Me dan ganas de gritar «¡Manos arriba!» para ver cómo se echa a temblar. Hay un colgante también. Son bloques de madera clara y pulida que se elevan hasta el techo y se abren de vez en cuando con sorprendente sigilo.

como si estuviera todo cronometrado al segundo. Tápate la nariz. mueren todas en mis labios antes de ser pronunciadas. Y por lo visto. —La semana pasada fui a la residencia de la tía Sadie —digo atropelladamente—. Lara. Me siento paralizada. Dios. Sarah me acompaña hasta el escritorio. mejor que lo haga ya. Para pasar el rato. Mientras me acomodo. Estaba… Tenía preparadas un montón de frases incisivas para empezar. veo de soslayo a Sarah alejándose y oigo el sonido amortiguado de la puerta al cerrarse. La selección de fútbol inglesa al completo. Damian ha decidido darle cinco minutos. ¿Qué puedo hacer por ti? —Hummm… —Carraspeo—. no hay problema —dice Bill. —Bueno. —Muchas gracias por tu tiempo. Es como saltar de un trampolín. Madonna. De repente. Mi tío teclea algo en su BlackBerry. Se hace un silencio. veo al tío Bill con un jersey gris de cuello alto y unos tejanos que le dan aire deportivo. hace unas semanas tuvo un visitante llamado Charles Reece que era exactamente igual que tú. en el sanctasanctórum. aunque sin dejar de teclear. Mientras los ejecutivos desfilan. Si he de hacerlo. Sarah consulta su reloj y sólo entonces. con una escultura de cristal en un podio y una zona para sentarse situada en un nivel inferior. Lara. se limita a alzar una mano como si fuese el Papa. pero no tenemos notas preparatorias. Bill —le dice uno de los tipos—. como explicarle al presidente norteamericano cómo debe dirigir su país. Está más bronceado que en el funeral. así que quería preguntarte… . —Levanta la vista—. Puedo pedir refuerzos de seguridad… —Gracias. Siéntate. nada menos. Seis tipos trajeados se levantan de las sillas. Sarah.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Entrando con ella. Ted está listo para intervenir. Un famosísimo magnate con un millón de asuntos importantes entre manos. da un golpecito y abre la puerta. Es una vasta y luminosa estancia de techo abovedado. y sostiene en la mano una taza de Lingtons. miro las fotografías en que aparece con gente famosa. tras un escritorio descomunal. Nelson Mandela. uno de los cuales lleva una camiseta Dos Pequeñas Monedas. Ay. cortándola y volviéndose hacia mí—. tres chicas de uniforme oscuro aparecen como de la nada y retiran las tazas de la mesa en sólo treinta segundos.126 - . inquisitivo. ¿Por qué habría de ir semejante personaje a una residencia de ancianos a birlarle un collar a una viejecita? ¿Cómo se me ha ocurrido algo así? —¿Lara? —Frunce el entrecejo. como si acabaran de concluir una reunión. Empuja una hoja de la enorme puerta y me conduce a través de una espaciosa oficina con paredes de cristal y un par de tipos de aspecto guay sentados ante ordenadores. Quiere un encuentro a solas. Y allí. pero ahora que estoy aquí. inspira hondo y lánzate. cosa que no tiene sentido. Estamos hablando de Bill Lington. con el pelo de un negro lustroso. El tío Bill ni siquiera responde. Nos detenemos ante otra doble puerta gigantesca. Te lo agradecemos mucho. Ambos levantan la vista y sonríen con educación. —Su sobrina Lara —le susurra a su jefe—. —Baja un poco más la voz—. también ella parece nerviosa.

es un tipo estupendo. Dos chicos. Sólo intrigada. Tiene sentido. Parece sopesar lo que va a decir con exactitud. No es fácil ser el hermano mayor de Bill Lington porque Bill Lington es un gilipollas engreído. —Papá es un trozo de pan —digo con cierta tensión. Y resulta que había otro nombre en el libro de visitas. En realidad. Y me he quedado… intrigada. yo empecé utilizando a tu padre como ejemplo en mis seminarios. no es eso! —Me arde la cara del bochorno.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Me interrumpo. Abro la boca. quiero decir. Él me mira con el mismo entusiasmo que si me hubiera arrancado de un tirón una falda hawaiana y me hubiera lanzado a bailar. —Sí. Tengo un montón de fans. Soy una celebridad. Con la misma educación. —Oigo las palpitaciones de mi corazón. no creo que la asesinaran. Mientras vivía. Fui a ver a Sadie. Él no se compadece de sí mismo. Utilizar un pseudónimo es lógico en su caso. —Bueno. repantigándose en su sillón—.127 - . —¡No. Obras benéficas. visitas a hospitales… —Extiende las manos—. ¡Bingo! ¡Un bingo total e instantáneo! Debería reciclarme en detective privada. —Pero ¿por qué usaste el nombre de Charles Reece? —Lara. A veces es un poco… quisquilloso. —No tienes por qué compadecer a papá —digo—. Le ha ido muy bien en la vida. Hay muchas cosas que hago sin necesidad de andar pregonándolas. Siento una oleada de indignación. Tienes razón. Especialmente. —¿Sabes?. y me dijeron que el tipo se parecía mucho a ti. Me da un poco de pena. La única diferencia entre ambos era . Charles Reece es el nombre que adopto cuando quiero permanecer en el anonimato. por lo visto. los dos sentimos el mismo impulso —dice por fin. Ya me entiendes. No debería haberle sonreído. Lentamente. ¿Aún sigues creyendo que Sadie fue asesinada? ¿De eso quieres hablarme? Porque francamente no tengo tiempo… —Alarga la mano hacia el teléfono. No quería que el resto de la familia se sintiera culpable o se pusiera a la defensiva por no haberla visitado. —Por todos los santos. Fui allí porque… porque me sentía fatal pensando que nadie había mostrado el menor interés por ella. tu padre. Lara —masculla—. ¿Te imaginas el jaleo que se organizaría si llegara a saberse que Bill Lington en persona ha ido a visitar a una anciana? —Me mira con un brillo afable en los ojos y no puedo evitar devolverle la sonrisa. ¿Quisquilloso? No lo es en absoluto. Con los mismos orígenes. Pero no ha de resultar fácil ser el hermano mayor de Bill Lington. El tío Bill es como una estrella de rock. Pero tenía mis motivos. —Ya lo sé —asiente—. tío Bill vuelve a colocar el auricular en su sitio y permanece en silencio. —Adopta un tono reflexivo—. atónita. Es verdad. pero me obligo a perseverar—. —Suelta un paciente suspiro—. —Pero ¿por qué no lo contaste a nadie de la familia? En el funeral dijiste que nunca habías visitado a la tía Sadie. Ojalá hubiese un modo de retirar las sonrisas.

Él sabe algo. Pero al punto el recelo desaparece de sus ojos y recobra la actitud educada. —Hace una pausa—. Ay. sin querer… un collar? Un collar largo con cuentas de cristal y un colgante en forma de libélula. ¿Puedo ver la foto? —No la llevo encima. Sabe de qué estoy hablando. una mirada perpleja. Ha sido un placer volver a verte. así que… Echa su silla atrás. Habla como si estuviera ensayando una charla para un DVD promocional. —Hay algo más —me apresuro a decir. ¿viste… o quizá te llevaste. —Interesante. ¿Qué sucede? Acabo de ver una expresión inequívoca en sus ojos. Voy muy justo de tiempo. Echa un vistazo a su reloj y juguetea con su llavero. estoy segura. Lara… —dice. Dios. esperando una reacción. ¿Por qué finge no saber de qué le hablo? —Sí. —Bueno.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE que uno de ellos quería llegar. o sea que… —Lo miro. Pero ¿de dónde saca que todo el mundo quiere ser como Bill Lington? El sueño de algunas personas más bien sería no ver su cara estampada en las tazas de café de todo el planeta. —¿Un collar? —Bebe un sorbo de café y teclea algo en el ordenador—. Lo sabe. Pero no que se quedase helado con una expresión repentinamente alerta y recelosa. Por Dios. casi sin aliento de pura consternación. Sarah te mostrará… ¿Ya está? ¿Se ha acabado la audiencia? Ni siquiera he llegado al asunto del collar. Le sostengo la mirada. —El instinto me indica que actúe con calma e indiferencia—. Me preguntaba también si cuando visitaste a la tía Sadie… —¿Sí? —Está perdiendo la paciencia. —Bueno. —Deja la taza en el escritorio como dando por terminada la entrevista—. Sólo que lo llevaba puesto en una foto que le sacaron cuando cumplió los ciento cinco y pensé que sería bonito conservarlo. —Por ningún motivo especial. . pero yo no me muevo. Me esperaba otro suspiro condescendiente.128 - . está que se sale. me temo que no sé de qué me hablas. —Interesante. Las enfermeras de la residencia me dijeron que había desaparecido. Como un partido de tenis en el que los dos fuéramos resistiendo la tentación de dar un golpe ganador. Casi podría creer que la otra expresión la he imaginado. Tenía un sueño. fijando otra vez la vista en mí—. es una pieza antigua que estoy intentando localizar. Esta conversación es rarísima. pero ahora tiene perfectamente colocada su máscara inexpresiva. —Lara… —Sólo un momento. ¿Te refieres a alguna pertenencia de Sadie? Siento un hormigueo en la nuca. estoy segura. un comentario desdeñoso. ¿Cómo decirlo? —¿Sabes algo de…? O sea. ¿Para qué lo buscas? —pregunta como quien no quiere la cosa.

Muy típico. ¿Qué crees que habrá pasado? —Yo me olvidaría de ese collar —responde suavemente—. vale.» El chófer de la limusina me abre la puerta. por favor. Éste se apresura a pasar por mi lado y los dos vuelven al interior del despacho. la verdad. Es demasiado nerviosa. —Es una pena lo del collar. capto el mensaje: «No vuelvas a pisar este lugar en tu vida. Estará persiguiendo a algún jardinero macizo. No voy a montar una sentada de protesta. Reprimo el impulso de decir: «Sí. —Ya está. gracias. —Lara —dice Sarah con una sonrisa tirante—. cerrándome el paso. —Su falso entusiasmo me arranca una mueca—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Pero ¿qué puedo hacer? ¿Qué opción me queda? —¿Lara? —me apremia. Lara? —Sarah baja otra vez la escalinata a . que permanece algo más retrasado manipulando su BlackBerry. un Starbucks. Me levanto de mala gana. La puerta se está cerrando. —¡Lo he encontrado! —exclama. lo sabía. ¿podrías soltar el marco de la puerta? Si no. me aferró al marco de la puerta.129 - .» —No. presa de la frustración. pero disimula con otra sonrisa. Lo sabía. Debería dejar de trabajar con el tío Bill. alelada. Ahora. escoltada por Damian. ni fisgonear por los cajones ni nada. —¿Un café para el trayecto de vuelta? —me ofrece mientras cruzamos el vestíbulo. Adiós. no podemos cerrar. tratando de provocar una respuesta—. ¿Qué está ocurriendo? ¿Qué tiene de especial ese collar? He de hablar con Sadie. —¡Lo he visto en una habitación del piso de arriba. Lo más probable es que se perdiera hace mucho. Observo al tío Bill. frustrada. —¿Estás segura de que es el tuyo? —¡Claro que sí! —Se agita mientras gesticula hacia la casa—. en un tocador! ¡Mi collar está aquí! La miro. La busco con la mirada. Damian. Adelante. Dale recuerdos a tu padre. —¿El qué? —Me detengo. —Bill asiente—. Si me escolta hasta la salida no podré explorar a hurtadillas. Te acompaño. Aparece Sarah. pero ni rastro de ella. Voy a subir cuando Sadie se planta delante de mí. Se está agotando mi oportunidad. Lara. ya con un pie dentro del coche. ¿no te parece? —Lo miro directamente. Cruzamos el despacho y la puerta se abre como por arte de magia. —¡Vale. —¿Ya está? —dice éste. Sarah me pone la mano en el codo para acompañarme fuera de la estancia. Espero que vuelvas pronto. —¿Hay algún problema. Se sobresalta al oír la palabra «protesta». Maldita sea. vale! No te alarmes. Viene un poco despeinada y jadea. —El coche te espera frente a la entrada principal. Lara. claro… —Chasquea. ¡Podría haberlo cogido! ¡Lo he intentado! Pero no he podido. Ya a la desesperada. —Bueno. ha sido una placer conocerte. Sí.

Aquí no puedo hablar. —Es… una llamada. —¿Y qué? —Entorna los párpados—. Tiene que haber una razón para que se lo haya llevado y esté mintiendo. ¿Te vas a dejar intimidar por unas alarmas de pacotilla? —¡No! ¡Claro que no! —Córcholis. y me señala con un gesto—. gracias —digo—. Sólo que se ha puesto a hablar sola. —Me froto la frente—. Te pones un cinturón en el coche porque es peligroso. —Se encoge de hombros—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE toda prisa—. —Vale. me desplomo en el asiento y miro a Sadie. y también en la caja fuerte. no creo estar del todo preparada. —¡Es increíble! ¿Cómo lo has encontrado? —Buscando. Completamente a la vista. —No he dicho que la mantequilla sea peligrosa —replico—. —¿Te has metido en la caja fuerte del tío Bill? —Me deja alucinada—. Incluso puedes contar con su servicio el resto del día. ¡Hala! ¿Qué contiene? —Papeles. Tengo un auricular diminuto. Pero ¿cuál? ¿Por qué es tan importante para él? ¿Tú sabes algo? ¿Acaso tiene una historia especial… o un valor de coleccionista? —¿Esto es lo que piensas hacer? —explota Sadie—. y alarmas. —Aquí hay gato encerrado —le digo. sin parpadear ni una vez. Mi tío acaba de decirme que no sabía nada del collar. ¿Algún inconveniente con el coche? Neville. —Me doy unos golpecitos en la oreja y subo por fin. —Será fácil. Y joyas espantosas. —¿Perdón? —Sarah frunce el entrecejo. ¿O tal vez deseas ir a otro sitio? Neville puede llevarte a donde quieras.130 - . a decir verdad. —Este coche está bien. ¡estás muerta de miedo! ¡En mi vida había visto a una chica tan boba! No fumas porque es peligroso. Busco el bloc y un bolígrafo en el bolso. mientras anoto «Plan de acción»—. ¿Hablar. hablar y hablar? ¡Hemos de recuperarlo! ¡Tienes que trepar por la ventana y cogerlo! ¡Ahora! —Pero… —Levanto la vista del bloc. Compruebo que el panel que nos separa del chófer está cerrado. No puedo creerlo. Sube —le murmuro a Sadie entre dientes—. Se cierra la puerta y enseguida avanzamos hacia la verja. Y supongo que tampoco comes mantequilla porque puede ser peligroso. Es un mentiroso de tomo y lomo… Hemos de diseñar un plan. —¿Preferirías otro coche. ¿Entrar ahora mismo a hurtadillas en la mansión del tío Bill? ¿Sin un plan de acción? —El único problema —le digo tras una pausa— es que tiene un montón de guardias de seguridad. Puedes quitarte los zapatos. Asiento repetidas veces. Sólo que . aunque. ¿va todo bien? —Todo bien —replica el tipo. Estaba a punto de darme por vencida cuando me fijé en un tocador… Y allí estaba. He mirado en todos los armarios y cajones. Está claro que quiere librarse de mí a cualquier precio. Lara? —Hace un esfuerzo supremo por conservar la amabilidad—.

En menos de un minuto empezarán a rastrearme con perros rottweiler. hace una maniobra para dar media vuelta y regresa a la mansión. ¡Ja! Pero no puedo cantar victoria.» —¡Ahora! Salgo del sendero. el guardia me abre la puerta para peatones y se asoma por la ventanilla de la garita. Avísame en cuanto deje de mirar —le murmuro a Sadie—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE el aceite de oliva tiene grasas más sanas… —Me interrumpo al ver su expresión despectiva. —Se supone que tengo que dejarla en la puerta de su casa. Inspiro hondo y me acerco a las verjas con aire inocente. veo a Sarah bajando por el sendero con expresión inquieta. apeándome—. muchas gracias… Ya estoy en la acera. empiezo a desandar el camino. —¿Dónde está? —Su voz me llega desde la entrada. Perdone. estoy mareada. Me he dejado el paraguas. Al poco. —… hace sólo un momento. Dice que no sabe nada de ningún paraguas. Déjeme bajar. —¡No se apure! —digo. —¿Dónde es? —le susurro a Sadie—. —¡Allí! . No tengo ninguna queja sobre su manera de conducir —añado. —Voy a su encuentro. por favor. —¡Pues venga! ¡Para el coche! —¡Deja de mangonearme! Ya iba a hacerlo. me lanzo al suelo y ruedo hasta detrás de un seto. Vale. Es usted estupendo. —Me inclino hacia delante y abro la ventanita del panel—. Di: «Ahora. tonta de mí. Doblo una curva y me detengo al ver la entrada. indeciso. El coche se detiene y el chófer se vuelve. —Acabo de hablar con Sarah. sorteando primero el seto y luego una fuente y una estatua. pero nadie me descubre. Sólo necesito un poco de aire fresco. pero que ahora viene. pero bueno. avanzando discretamente por la cuneta. Hace falta una estrategia.131 - . —¿Vas a trepar por la ventana y coger mi collar? ¿Sí o no? —De acuerdo —cedo tras una pausa. superado el primer obstáculo—. No se puede entrar así como así en casa del tío Bill. qué más da. De veras… eh… una conducción impecable. doy unos pasos por el césped. Me quedo paralizada cada vez que veo a alguien en el sendero. Y mantén los ojos bien abiertos. Avanzamos por el césped. Guíame. como en una película de acción. En cuanto se pierde de vista. El corazón me palpita. —El guardia parece perplejo. para ahorrarle molestias —replico. Las verjas están cerradas y son enormes. Lara Lington —digo por el interfono—. al verlo fruncir el entrecejo en el retrovisor —. y me apresuro por el sendero antes de que pueda protestar. A través del seto. —¡Hola! Soy yo otra vez. Hay un guardia en una garita de cristal y cámaras de seguridad por todas partes. Cierro de un portazo y le digo adiós con la mano. El hombre me lanza una mirada suspicaz. Iré a casa en metro. Me he hecho una carrera en las medias.

pero es inútil. la verdad. ¡Maldita estúpida! ¿Por qué no lo has cogido sin más? —¡Estaba a punto! ¡Tendrías que haber vigilado si venía alguien! —¿Y ahora qué hacemos? —¡No lo sé! ¡No lo sé! —Tengo que ponerme los zapatos —digo por fin. Ya continuación oigo girar la llave en la cerradura. se cierran con un firme chasquido. justo en este lado de la habitación. —Es asombroso —digo volviéndome hacia Sadie—.132 - . Ahí está. de tanto buscar y hacerse ilusiones. mientras Sadie entra y sale de la habitación. Deberías haberlo cogido. Me inunda la emoción. ¡Oh.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Doblamos una esquina y Sadie señala las puertas acristaladas del primer piso. Encima del tocador. como si no pudiera resignarse a dejar . —¡Tú vigila! —le susurro. y busco frenéticamente alguna excusa por si acaso. me deslizo hasta los escalones y subo a toda prisa. no. Y de golpe el corazón me da un brinco: las puertas acaban de moverse… Pero en lugar de abrirse. Maldición. Es el collar de Sadie. Retrocedo y me agazapo a un lado del balcón. ¡Coge el collar! —¡Hay alguien dentro! ¡Esperaré a que se vaya! En un santiamén. Y la puerta se abre. Después de todo este tiempo. ansiosa—. después de preguntarme si seguiría existiendo aún… aquí está. Apenas a dos pasos. Están entreabiertas y dan a una terraza a la que se accede desde el jardín por unas escaleras. exasperada. no! —¡Ha cerrado! —Sadie entra a toda prisa en la habitación y vuelve a salir—. —¡Idiota! —Sadie está fuera de sí—. vale. Me quito los zapatos. —¿Qué haces? —dice Sadie desde abajo—. —Es una doncella. ¡Ahora sí que la has fastidiado! Forcejeo con las puertas. Camino de puntillas hacia las puertas acristaladas y contengo el aliento. Casi una decepción. Oh. Es la cosa más preciosa que he visto en toda… —¡Cógelo! —Agítalos brazos. rogando que la doncella o quienquiera que sea no tenga la ocurrencia de salir a tomar el aire. Mágico e iridiscente. con una libélula exquisitamente tallada e incrustaciones de madreperla y diamantes de imitación. ¡Deja ya de hablar y cógelo! —Vale. no tendré que trepar por la enredadera. Sigue vigilando. Podría inclinarme y cogerlo casi sin entrar. Bajo las escaleras y me los calzo de nuevo. aunque más largo de lo que imaginaba y con algunas cuentas abolladas. Una larga y doble hilera de cuentas de vidrio amarillo. —¡Lo haré en cuanto se vaya! No te apures. Así pues. tal como ella lo describió. Empujo las puertas. doy un paso y estoy a punto de cogerlo cuando oigo pisadas acercándose a la habitación. —Me fulmina con la mirada—. Y se ha ido. Me pego a la pared. Sadie aparece en la terraza y se asoma por las puertas acristaladas.

Tal vez la habitación donde estaba el collar era la suya. qué susto! —digo llevándome la mano al pecho—. ¿A que no lo adivinas? —¡Uf. —La miro. al llegar al vestíbulo. —… caja fuerte privada… seguridad personal… cómo te atreves… el código era sólo para emergencias… —¡… no es justo. ¿Qué? —¡Es tu tío! ¡He estado observándolo! Abrió la caja fuerte de su habitación pero no encontró lo que buscaba. —Dios mío. Pero él no la creyó. sarcástico—. Voy muy despacio porque en cada ventana tengo que agacharme y moverme a rastras. alucinada—. antes de que él averigüe dónde está y vuelva a guardarlo en la caja fuerte. Dime lo que necesitas y Damian se ocupará… —¡Siempre dices lo mismo! —grita ella—. Mientras ella desaparece. —¡Exacto! O sea. cielo —replica él.133 - . —Bueno —dice a regañadientes—. —Ella estaba en la cocina. —Te compraré un collar. me deslizo con cautela por el césped y avanzo pegada al muro de la casa. Me indica unas puertas batientes. Tu tío le dijo que tenían que hablar a solas y ordenó a los criados que salieran. joder! ¡Nunca me has dado nada! Es la voz de Diamanté. —Rodeemos la casa. Soy una persona creativa. Con el corazón desbocado. Quizá podamos colarnos por otro lado. Un segundo después la veo cruzar el vestíbulo con una minifalda asimétrica de color rosa y una camiseta diminuta. Podemos movernos por la casa sin problemas. —Tal vez esté mintiendo. ¿Qué contestó ella? —Que no. No hay nadie a la vista. Instintivamente. ¡Nunca escuchas a nadie! ¡Ese collar es perfecto! ¡Lo necesito para mi próximo desfile de Tutús y Perlas! Toda mi nueva colección se basa en mariposas y otros insectos. —Su padre la sigue a paso rápido—. Durante unos instantes no nos miramos.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE su collar. ¿por qué has . la sigo por una puerta lateral y por un lavadero tan grande como mi apartamento. Oigo gritar al tío Bill cada vez con más fuerza. luego un corredor y. alza la mano y abre mucho los ojos. —Siento no haber sido más rápida —musito. No me da tiempo de pensar si es una buena idea o no. —Mi prima. —Mi mente trabaja a marchas forzadas—. finalmente. Al final. Eso no es problema. Y añadió que faltaba un viejo collar y le preguntó si sabía dónde estaba. por si no te has enterado… —Si tan creativa eres. y parece acercarse. Cosa que no me serviría de mucho si apareciese un guardia… —¡Aquí estás! —Sadie sale directamente de la pared—. Otra de tus sobrinas nietas. Supongo que no toda la culpa es tuya. Los criados están en el jardín. con las rodillas temblorosas. se da por vencida y baja al jardín conmigo. Arruga la nariz. Cerró de golpe y llamó a gritos a Diamanté. Entra y mira a ver si hay alguien. La chica. me agazapo detrás de una silla. que hemos de cogerlo ahora. Entonces le preguntó si había cogido algo de su caja fuerte. Qué nombre más raro.

¿Diamanté utiliza a otros diseñadores? Pero es sólo un instante. Cuando reduce la velocidad para cruzar la verja. Diamanté. No voy a permitir… —¡Lo tiene ella! —me dice de pronto Sadie al oído—. hace el signo de la victoria hacia la casa. Jadea ruidosamente y. ¡Vuelve aquí! —¡Vete a la mierda! —se oye a lo lejos. mesándose el pelo. Al siguiente no comprendo cómo no lo había deducido antes. El tío Bill está furioso. enredado entre sus dedos. ¡Es mi propia visión! ¡Y necesito ese collar! —No creas que vas a usarlo. rodeo la casa a la carrera… hasta que me paro en seco. . —¡Noooo! —aúllo sin poder contenerme. En la otra mano. luego acelera y se aleja calle abajo. se detiene al pie de la majestuosa escalinata. Ni vas abrirme la caja fuerte nunca más. —¡Diamanté! —Empieza a subir las escaleras—. al volante de un Porsche negro descapotable. Jadeando y ya sin preocuparme de si me ven o no. recorre derrapando el sendero de grava. ¡Tenemos que atraparla! ¡Ve por la parte trasera! Yo vigilo la escalera. —El tono del tío Bill resulta inquietante—. Se lo ve tan frenético y descontrolado que me entran ganas de reírme.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE contratado a tres diseñadores para que trabajen en tus vestidos? Me quedo pasmada. Mierda. vislumbro el collar de Sadie destellando a la luz del sol. consternada. Me incorporo con las piernas temblorosas. cruzo el corredor y el lavadero y salgo al jardín. Se lo ha llevado. Diamanté. —¡Son… sólo ayudantes! —grita ella—. —¡Diamanté! —grita—. ¡Y vas a devolvérmelo ahora mismo! —¡Ni hablar! ¡Y ya puedes decirle a Damian que se vaya al infierno! ¡Es un cretino! —Echa a correr escaleras arriba y Sadie la sigue de cerca.134 - . Ya basta.

¡Mañana. Aproximadamente. ya verás. dado que no soy fotógrafa del Hello! ni una de sus amigas famosas. Ha de ser eso. Y. El collar está tachonado de diamantes de singular antigüedad y vale millones de libras. hablar con Diamanté y convencerla para que me entregue el collar en cuanto termine el desfile. —¡No lo soy. pero que hablaría con la secretaria personal de Diamanté. He empleado todas mis facultades detectivescas desde nuestra visita al tío Bill.135 - . unas cuantas caritas sonrientes en el mensaje.5 quilates extraído en los años veinte. sin duda la más crucial. Sarah me contestó que Bill estaba muy ocupado y que no me pasara al día siguiente de ninguna manera. —¿Qué diferencia hay. y es increíble lo que la gente está dispuesta a pagar por un diamante de 10. joder! ¡Sólo pretendo comprender por qué el tío Bill quiere quedárselo! Él no perdería un minuto de su tiempo si no fuese muy valioso. Ella suelta un gran suspiro. Para empezar. Será el próximo jueves en el hotel Sanderstead. con rigurosa invitación. —Un centímetro quizá. El único problema era que no me imaginaba a Diamanté incluyéndome en la lista de invitados ni en un millón de años. por ejemplo! Y añadí. No se me ocurre otro motivo para que el tío Bill esté tan interesado.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 13 Sólo hay una posibilidad: que no sean diamantes de imitación. insinuaba. El único problema es que la segunda parte de mi plan. o sea. Tengo un plan. Tampoco me sobran cuatrocientas libras para gastármelas en un vestido. me enviaron dos entradas con un mensajero. si no podemos recuperarlo? —Lo recuperaremos. a las seis y media de la tarde. resulta muy fácil sacarle a la gente lo que quieres cuando te consideran una psicópata. No creía que fueras tan interesada. La verdad. sino auténticos. —¿Era muy brillante? ¿Sin imperfecciones? Eso podría afectar a su valor. y bastante bueno. —¿Qué tamaño tenía la piedra más grande del collar? —le pregunto una vez más a Sadie—. hice averiguaciones sobre el desfile de Tutús y Perlas que está organizando Diamanté. por ahora no ha . para rematar la jugada. —Te veo muy preocupada por el valor de mi collar —me dice—. Pero entonces se me ocurrió una idea genial: le envié a Sarah un correo en tono simpático y le dije que me gustaría apoyar a Diamanté en su aventura en el mundo de la moda… ¿Podría ver al tío Bill para hablar del tema? Tal vez me pasaría un momento. a una velocidad supersónica. He consultado en Google toda clase de páginas sobre diamantes y joyería.

bueno… se lo birlaré. Su secretaria se niega en redondo a decirme dónde está y a darme su número de móvil. También debe de haber algo en tu guardarropa que te haga sentir así. Quizá me vaya yo también. pero que su madre se negaba a comprarle. Tejanos y zapatillas de ballet. Cuando lo llevo. —¡Estos tejanos son bonitos! —Les doy una palmadita. pero por lo visto nunca aparece por allí. —Ya te lo dije —responde al fin—. Quizá no sean hermosos. no puedo decir que me haya sentido nunca como una diosa. —Cuéntamelo de nuevo. Como una diosa. La verdad. Me ajusto el broche en el pelo. Sólo había secretarias y ayudantes. Está sentada en el alféizar de la ventana y balancea los pies sobre la calle.136 - . Una original camiseta estampada de Urban Outfitters. Un colgante muy mono de una rana. ¡Azul! El color más feo del arco iris. Salgo de las páginas de joyería y giro la silla para echarle un vistazo a Sadie. para ver si la localizaba. inquieta. —Parece haberse animado y me lanza una mirada mordaz—. pero quizá se sentiría mejor si hablara. pero aun así todo el mundo anda con esos espantosos pantalones azules. como tú dices… —Son azules. Ni especialmente radiante. Miro el reloj y noto una punzada de impaciencia. por detrás. —Se recuesta en el marco de la ventana—. ¿por qué iba a molestarse Diamanté en llamar a la nulidad de su prima? Sadie se dio una vuelta por sus oficinas en el Soho. Así que nada de nada. —El collar te quedaría impresionante con ese vestido —le digo. a ella y al collar. —Eh… —titubeo. Deberías intentarlo y probarte algo hermoso. ¿Por qué es tan importante para ti ese collar? Pero permanece callada y empiezo a preguntarme si me ha oído. ¿Por qué azules? —Porque… —Me encojo de hombros—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE funcionado. para variar. ya puestos. No lo sé. me siento bella. Es un vestido de espalda escotada y. al menos. Hace un día . No es de extrañar. la ropa se confecciona en unos talleres de Shoreditch. me levanto y me echo una ojeada en el espejo. Ya casi es la hora. Perfecto. Supuestamente le ha pasado un mensaje. para convencerme—. —Quizá a ti no te suceda. Ella asiente. Ya sé que no soporta los lamentos. pero permanece callada. —He pensado que podríamos dar un paseo —le digo—. Cuando termine. Un poco mejor. éste es sin duda mi preferido. Hoy lleva un vestido plateado que al parecer deseaba a los veintiún años con desesperación. pero no he tenido más noticias. Como si me leyese el pensamiento. se vuelve y examina mis tejanos con aire dubitativo. Vamos. con los hombros ligeramente abatidos. De todos los modelos fantasmales que ha lucido. Kate ha salido temprano para ir al ortodoncista y todos los teléfonos permanecen en silencio. La miro. Sólo me queda una opción: asistir al desfile. O si no. Radiante. No mucho maquillaje. de todos modos. hablaré en privado con Diamanté y la convenceré de algún modo para que me dé el collar. sólo lleva dos finos tirantes que le ciñen sus hombros esbeltos y un lacito en la cintura. Lo teníamos tan cerca… y se nos escapó.

él me ha rehuido. No espero a nadie. Con los ojos fijos en la entrada. me sitúo en el hueco que hay junto a una tienda. Pronto estará aquí. otra colección de fotografías suyas. no lo niegues! —Estoy volviendo a tomar las riendas de mi vida —replico. —¿Se puede saber qué estamos haciendo? —Sadie me sigue de cerca —. Pero ¡ahora por fin sé lo que quiere! ¡Sé cómo lograr que funcionen las cosas! Desde aquel almuerzo me he transformado totalmente. aunque sería demasiada coincidencia llevarlo encima. Tú espera y verás. . cuando salga de la oficina. el estómago se me encoge de los nervios. Viendo pasar el mundo. suelta un resoplido al ver que llevo el libro en la mano. —Me apoyo en un buzón para demostrarlo. pero me conviene mantenerla en reserva por si las cosas se complican. Cuando me vea. apago el ordenador. —Pues eso. ¿Qué clase de paseo? —¡Pues un simple paseo! —Antes de que pueda añadir algo más. He dejado de cantar en la ducha. ¡Se va a quedar boquiabierto! Ahora solamente tengo que tropezarme con él. He mantenido el baño en orden. Un par de colegas de Josh pasan a toda prisa. Sólo estoy… matando el tiempo. He tomado la firme decisión de no hablar de las relaciones de los demás.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE muy bonito. —Tú cierra el pico. por casualidad. Quizá podrías ayudarme un poco. —Es una pésima idea. —¡Ya lo sé! ¡Estás persiguiéndolo! ¡Esperas a Josh. conecto el contestador automático y cojo mi bolso. No pienso escucharla. Ahora sí me siento capacitada. Me echo un vistazo en un escaparate. Que queda a unos cien metros. siento una emoción desbordante. evitando su mirada—. Creía que íbamos a dar un paseo. Josh notará el cambio. Pésima de verdad. Sadie se planta delante de mí y me escruta. desde donde disfruto de una perspectiva perfecta de los transeúntes que van hacia la estación de metro. —Oye. comprenderá su error. me aplico más brillo de labios y enseguida me lo quito. vuelvo a consultar el reloj. Sadie. siempre que he tratado de preguntarle qué esperaba de nuestra relación. Incluso he estado hojeando ese libro de fotografía de William Eggleston. al subir las escaleras del metro. aunque enseguida tengo que apartarme porque se acerca una mujer con una carta. Por eso tengo en las manos uno titulado Los Alamos. Le demostraré que he cambiado. —¿A quién esperas? —A nadie. Las seis menos cuarto. Una especie de paseo. Sólo hay veinte minutos hasta Farringdon y. —¿Un paseo? —Me mira fijamente—. Siempre que he intentado meterme en la mente de Josh. Llego a la esquina de la avenida principal y me detengo. Perfecto. Ahora que mi plan está a punto de realizarse.137 - . Casi desearía habérmela quitado de encima. Ya estoy mentalizada y lista para entrar en acción.

tan sorprendida como puedo—. Camina tranquilamente. Hola. —Está desconcertado. Yo también me acordé de eso el otro día. con una botella de agua en una mano y el estuche de un portátil nuevo de aspecto guay en la otra. Ay. —Con los coches —dice—. —Precisamente pensaba en ti el otro día —le digo—. Dios.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¿Qué quieres decir? —pregunta con aire altivo. —Le doy unas palmaditas y levanto la vista—. Lo he pillado desprevenido. En aquella vez en París. El otro día miré ese otro libro fantástico. con los auriculares del iPod puestos. Oye… ¿a ti no te gustaba también William Eggleston? —Arrugo la frente—. —Se quita el iPod—. no con los hombres. —¿Me dejas que te invite a una copa rápida? Para hacer las paces sin rencores. Quizá le haga falta un empujoncito. no hace falta que me mire con tanta suspicacia. Fui yo quien te regaló Democratic Camera. Ese libro… ¿es Los Alamos? —Sí —respondo sin darle importancia—. ¿recuerdas? Le dabas a la manivela y de pronto el motor arrancaba. No sé qué me entró… —Bueno… —Carraspea. Una copa gratis. —Se quita los auriculares y me mira con cautela. Lo había olvidado.» —De acuerdo. ¡Qué coincidencia! —Pues sí… La verdad. Bueno. tal vez para darme ánimos. Josh. —Ah. Debes de haberlo hecho miles de veces. —¡Qué curioso! —dice tras una pausa—. —Lara. —Y así será. que niega con la cabeza y se pasa el dedo por la garganta. —¿Por qué va a necesitar que se lo digan? Tú dijiste que se daría cuenta de su error en cuanto te viera. —Darle un empujoncito a Josh. Las fotos son tan alucinantes que me compré éste.138 - . cuando acabamos en la otra Notre Dame. Sólo por si acaso. —¡Es lo mismo! Una vez en marcha. —Me doy una palmada en la frente—. cierto. súbitamente inspirada—. estoy segura… —Contengo el aliento—. Es el momento de aprovechar mi ventaja—. tenía ganas de decirte… —le dirijo una sonrisa contrita— que siento haberte enviado todos aquellos mensajes. Como en tus tiempos. «Es una propuesta razonable. Josh. —¡Ah! —digo. Democratic Camera. —¡Se me había olvidado que trabajas por aquí! —exclamo con una sonrisa radiante—. claro. ¿de acuerdo? Se hace un silencio. —La mirada se le ilumina al ver el libro que llevo—. Ahí viene. Como los coches antiguos —añado. porque el GPS iba mal. todo irá como la seda. ¿O era otro? —Adoro a Eggleston —dice lentamente—. Calma. me da . ¿A que fue divertido? —Estoy hablando a trompicones. Decirle que yo le gusto. ¿te acuerdas?. Pero quizá no sé dé cuenta en el acto. Se la ve bastante equilibrada. ¿Por qué no? Le lanzo una mirada triunfal a Sadie. Casi puedo seguir el hilo de sus pensamientos. Salgo de mi escondite y echo a andar hasta cruzarme en su camino.

—Gracias por la copa. Ha sido estupendo volver a verte. ¿Cómo van las cosas? —Josh. —¡Ya lo creo que me ama! Sólo que le da pánico reconocerlo. sorprendida—. incluso ante sí mismo. Parecemos una pareja feliz. y el tiempo pasa volando. He cambiado en muchos sentidos. pido un vino blanco para mí y una cerveza para él y localizo una mesa en un rincón. ¿Por qué seré tan poco aventurera? Hay tantas cosas que ver. le hago señas a Sadie para que deje el taburete que ha ocupado entre dos tipos con tripa cervecera y se acerque. Tengo un partido de squash. ¿Sabes?. Lo mismo digo. a Nepal quizá. Increíble. Tengo el baño libre de mejunjes. ¡Una rapidita! Josh lo piensa un momento y mira el reloj otra vez. —He cambiado. —Me encojo de hombros—. —Apoyo los codos en la mesa y lo miro seriamente—. bien pasmado. Análisis o como se llame. —¿De veras? —Le dedico una sonrisa deslumbrante—. Josh. Josh habla de Nepal y yo coincido en todo lo que dice. —Me encantaría conocer Katmandú. estaba pensando en ir el año que viene. como si estuviera explicándole algo muy sencillo a alguien muy idiota. Lara. Disfrutemos de la vida. ¿Que sigamos en contacto? —¡Tomemos otra copa! —Procuro no sonar desesperada—. visiblemente incómodo—. Lo sé porque no paro de mirar nuestro reflejo en el espejo. Estaba pensando en hacer un viaje. ¿Lo mismo? En cuanto se aleja hacia la barra. Pero ya nos has visto. bebemos un sorbo y abrimos una bolsa de patatas. Miro alarmada cómo recoge el estuche del portátil. Sin rencores. Durante los diez minutos siguientes hablamos de Nepal. —¡Dile que me ama! —Pero él no te ama —responde. —Ha sido una buena idea. —Se aclara un poco la voz. Montañas… ciudades… los templos de Katmandú. —Está bien. —En fin. una rápida. —¿Quieres hacer un viaje? —Ahora está flipando—. —He de irme —dice—. —Sonríe y se inclina para darme un beso en la mejilla—. O sea. Lara. Estoy harta de la gente que analiza las cosas interminablemente. Alzamos las copas. Vivamos. —En fin. No es así como había planeado las cosas.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE igual lo que piense. Gasto menos en maquillaje. Nos estábamos entendiendo de . Me llevo a Josh al pub más cercano. —Ah. —Le ofrezco el paquete con una sonrisa. Estoy harta de conversaciones profundas.139 - . Pero si nunca lo dijiste… —Se me ocurrió hace poco. Los dos tenemos las mejillas encendidas y estamos riendo cuando él finalmente consulta su reloj. —Estoy segura de que lo oí hablar varias veces de Nepal. bueno —respondo. Sigamos en contacto. Incluso leías esa revista. ¿Sabes qué? No lo analicemos todo. —Pero si a ti te encantaba analizarlo todo. ¡Sin darle tantas vueltas! Me mira por encima de su cerveza.

Siempre te he querido. Soy una vieja amiga. Pero él se limita a quedarse todo rígido. En mí puedes confiar. por favor. —La miro suplicante—. —¿Sí. si no estuviese muerta de ansiedad. Te envío mi nuevo número. para animarlo—. Está a punto de caramelo. Abre su teléfono. No hay prisa. Se hurga la oreja varias veces.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE fábula. Debería… —No te preocupes —digo. Josh —le digo con voz temblorosa—. Aunque sabía que acabaría diciéndolo. con la mirada perdida. Después de todo lo que he hecho por ti. Al fin. —Lara… —musita. Josh! ¡La amas! Él distiende la frente. Inspira hondo. Ya hablaremos luego. Josh? —Apenas me salen las palabras. Sólo falta un empujoncito en la dirección correcta… Por favor. Porque si es así ya sabes que a mí puedes contármelo. —Traga saliva—. Un segundo más tarde reaparece junto a Josh. él parece más alucinado que al principio. —Bien —dice tras un silencio. generosa—. vamos! —Creo que quizá cometí un error. No voy a sacar a colación ahora que fue una reacción muy exagerada de su parte cambiar de número sólo por los cuatro mensajitos que le mandé. —Perfecto. creo que lo he besado yo. vamos. el corazón se me ensancha en una oleada romántica y los ojos se me humedecen. —Oye. Creo que aún te amo. Menuda sorpresa. está a punto… —¡Amas a Lara! ¡No te resistas. —Bueno… yo todavía te quiero. (Vale. —¡Todavía amas a Lara! ¡Todavía la amas! Mientras se acerca con las bebidas y se sienta a mi lado. se pega a su oído y empieza a chillar: —¡Todavía amas a Lara! ¡Te equivocaste! ¡Todavía la amas! Él se pone rígido y sacude la cabeza. Le lanzo una mirada agradecida a Sadie y bebo un sorbo de vino. Miro a Sadie. —Muy bien. Se lo ve tan aturdido que. tengo ese partido de squash… —Mira el reloj—. me echaría a reír. ¡Vamos. Por favor… Suelta un suspiro exasperado.) Cuando finalmente nos separamos. respira hondo y se frota la cara con las manos. aguardando a que Josh se me declare. —Bien. Creo que ya… —Lara. —Entrelazo amorosamente los dedos con los suyos—. pero de pronto estamos abrazados y nos devoramos el uno al otro. Ya hablaremos de eso en otro momento. atisbo por encima de su hombro y me quedo . buscando su ayuda. No estoy segura de si me besa él o lo beso yo. Ve. se vuelve hacia mí desde la barra y me examina. —De acuerdo. parece en trance. como tratando de librarse de algún ruido.140 - . —¿Te preocupa algo? —le digo en voz baja.

antes de subir. pero la nueva Lara me detiene: «No te entusiasmes demasiado. Sólo se distingue nuestra silueta. —Voy a coger un taxi —dice—.141 - . una voz interior que lo animara a decirlo. Lo sabía. Lo sabía. uno a uno. Suelto un imperceptible suspiro de satisfacción. un plus de confianza.» Meneo la cabeza. Un taxi para y. gracias. ¡Estamos otra vez juntos! ¡Vuelvo a salir con Josh! . Sólo necesitaba un empujoncito. Habíamos esquiado todo el día y el crepúsculo resultó espectacular. De pie en una montaña. Josh se inclina para besarme otra vez. ¿Quieres que…? Voy a decir: «¡Genial! ¡Lo compartimos!».SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE boquiabierta… ¡Todavía tiene una foto nuestra en la pantalla! Él y yo. Me ama. Suena un pitido en mi móvil con el mensaje de Josh y aparece su número en mi pantalla. Le pedimos a un alemán que nos sacara una foto y el tipo se pasó media hora explicándole a Josh cómo funcionaban los mandos de su móvil. pero recuerdo ese momento con toda claridad. a la puesta de sol. Te quiero. —No. Me hace sentir bien siempre que la miro. Déjalo respirar. —Te quiero —responde. mientras suelto un silbido triunfal—. con el equipo de esquí. ¡Es mío! Salimos del pub con las manos entrelazadas y nos paramos en la esquina. como quien no quiere la cosa. ¡Y ha conservado aquella fotografía! ¡Todo este tiempo! —Bonita foto —le digo. Luego me vuelvo y me abrazo a mí misma. —Le beso los dedos. Voy en la dirección contraria. —A mí también —digo ahogadamente. —Sí. Ya lo tengo otra vez. —Su rostro parece ablandarse al contemplarla—. —¡Adiós! —Agito la mano cuando arranca.

porque aún me queda por hacer la llamada más importante. ¿no? —¡Es alucinante! O sea… ¡increíble! Tampoco hace falta que se muestre tan sorprendida. se limitaba a resoplar. —Lara… —No parece tan contento como esperaba. Sadie se ha comportado como una auténtica aguafiestas. Marco el número. por lo visto. Soy Lara —le digo con el tono despreocupado que llevo ensayando toda la mañana—. Después de tantas semanas soportando que todo el mundo me dijera que me olvidara y pasara a otra cosa. (A mamá la pone nerviosa atender el teléfono porque podrían ser secuestradores… No me preguntes por qué. Pero me da igual. qué guay. Ya te dije que estábamos hechos el uno para el otro. Y me dijo que todavía me quería y que había cometido un gran error. —¿Cómo? —dice tras una pausa. He pensado que igual te gustaría saberlo. Por error. — Le lanzo una mirada a Sadie. papá. —¡Llámalo si quieres! ¡Pregúntaselo! Nos encontramos por la calle. por la sencilla razón de que tenía sus números grabados en el móvil. tomamos una copa. pero resulta agradable que se alegre. Así que volvemos a estar juntos. Vamos. aunque el tipo se alegró por mí. Como tú y mamá. cada vez que recibía anoche una respuesta de mis amigos. Lara! —estalla Kate nada más entrar—. Sí. resulta que todos se equivocaban. ¿has recibido mi mensaje? —respondo como si tal cosa—. para acabar de recibir la noticia de que su hija acaba de reencontrar la felicidad con su amado. —Hola. De hecho. —Sí. cree que me lo he inventado.) —Michael Lington. claro.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 14 Nunca he sabido resistir la tentación de propalar las buenas noticias a los cuatro vientos. tenía yo razón. ¿por qué no alegrarles la vida a los demás? Así que envío mensajes a todos mis amigos contándoles que Josh y yo volvemos a estar juntos. nos encontramos ayer por casualidad. hablamos y me dijo que aún me quiere. —O sea que. suena un poco estresado—. Josh y yo estamos otra vez juntos. para regodearme. Y también a algunos de sus amigos. (Y al tipo del Telepizza.) —¡Dios mío. ¿Te has reconciliado con Josh? —Ah. Debe de estar demasiado alucinado para responder. ¿Estás segura de que tú y Josh…? Jo.142 - . ¡Ja! ¡Qué gran placer! Quiero disfrutarlo a fondo. No se ha dignado felicitarme y. ¿no? —añado impulsivamente—. . Incluso ahora me mira muy seria desde su puesto habitual en lo alto del archivador. Un nuevo silencio. me arrellano en mi silla y aguardo ilusionada a que descuelgue papá.

—Me encanta. — Suelta una risita y oigo que bebe un sorbo de café—. Le hago señas para que mire la pantalla. Tu madre y yo nos casamos aquel mismo año. dices? Creía que se había perdido todo en el incendio. ¿no? Y ahora sí estoy interesada. Y demuestra que las relaciones son muy complicadas. ¿Cuesta imaginárselo. —Oye —cambio de tema para animarlo—. Las guardaron en un almacén y allí quedaron durante años. —Cierto —admite débilmente. el otro día estaba pensando en la historia de nuestra familia. Es una pieza modernista maravillosa.) —Sí. Sólo que… me sorprende. Y me preguntaba si tienes fotografías de la casa de tía Sadie. bueno.143 - . Creí que te gustaría. No puedo mandarla a buscar otro café. no del todo —dice—. —La vieja casa familiar que se incendió.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Vaya —suspira—. Una vez me enseñaste una foto. Pobre papá. —¡Vaya! Me fascina esta historia. en esa época Bill era el holgazán. Creo que casi le he provocado un infarto. pero nunca me había preguntado por su procedencia. Es bastante… increíble. soplando para quitarle el polvo. ¡No todo se perdió en el incendio! ¡Había algunas cosas en un almacén! A ver si lo adivinas… ¡Tenemos un escritorio de tu antigua casa!» Quizá haya un cajón secreto con todos sus tesoros perdidos. —Se salvaron algunas cosas. Por entonces no tenía nada que hacer y yo estaba con los exámenes de contabilidad. y dentro habrá… algo realmente espectacular. Y el escritorio de roble fue nuestro primer mueble. (Añado en mi descargo que había comido varios bombones de licor. Esa foto es lo único que nos ha quedado de la casa. Nunca te habías interesado por la historia familiar. Y a lo mejor sólo ella sabe abrirlo. «¡Oye. Tiene razón. Sadie! —tecleo en el ordenador—. cariño? —Le cuesta seguirme. Ahora me dará el código cifrado y entonces yo tiraré del cajón. ¿Todavía la conservas? —Eso creo. Lara. Una noticia fantástica. . En Archbury. —Ya sé que se salvó ese escritorio —me dice tras leer el mensaje. la gente cambia. pero me muero de ganas de hablar con Sadie. —¿Cómo. Nadie decidía hacerse cargo de ellas. —No puedo reprimir una sonrisa satisfecha—. Kate está muy atareada. ¿no estás demasiado obsesionada con tu tía abuela? —En absoluto. —Suena receloso—. y que la gente no debería inmiscuirse y creer que lo sabe todo. no? Pero así es. pienso excitada. —Ya. —Ya se ha relajado—. Simplemente. ¡Quizá era el escritorio de la propia Sadie! ¡Quizá tenía allí sus papeles secretos! Cuando cuelgo. ¿no? —Bueno. Fue Bill quien se ocupó de todo al morir tu abuelo. He visto mil veces ese escritorio. —¿El del vestíbulo. El escritorio de roble del vestíbulo también procede de aquella casa. por supuesto. En Navidad sacó un viejo álbum de fotos y yo me quedé dormida mientras me lo enseñaba. me intereso por mis antepasados.

Es una maravillosa pieza modernista. como si acabara de tomarme una taza de chocolate caliente. —Clive es un ejecutivo brillante. y se me escapa la risa. Muy bien. se quedó de piedra al saber que figuraba en la lista. Me importa un bledo lo que piense. Me enviaron una lista por si quería reclamar algo. Tiene experiencia en marketing. Qué tipo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE nada impresionada—. es dinámico. —Sí. ¿Te la paso? El chocolate caliente se evapora de mi estómago. añadiendo «provisional» entre paréntesis. «Bueno. Una vajilla horrible. Como quiera. Hay una cosa que no entiendo. Qué raro. —¿De veras? —pregunto con tono de sorpresa—. —Un momento. Y pasar todo el día fuera o simular que me había quedado sin voz—. Pero me lo encontré en una recepción anoche. ya me pongo. mejor no agobiarlo. —Carraspeo—. la cosa es así. De Leonidas Sports. Los dos nos marchamos. escribo. sí. Tendría que haber previsto que iba a llamarme. A mi modo de ver. No es ésa la impresión que yo saqué. tuvimos una charla fantástica y él se mostró entusiasmado… —Me dijo que abandonó vuestra entrevista —me interrumpe. escribo. Qué tal. —Empiezo a soltarle el rollo de carrerilla—. Me dijo que había dejado bien claro que no está interesado. Janet. no lo estoy —me dice con su voz más ronca e imperiosa—. Joder. Quizá le envíe un mensajito para contarle cuánto se alegra la gente por nosotros. Pero ella pone los ojos en blanco y desaparece. «¿Dónde has aprendido esa palabra?». Y quizá sea capaz de convencerlo antes de la entrevista. Así que podría decirse que ambos la abandonamos… —Me dijo que estuviste hablando todo el tiempo por el móvil con otro . Me repantigo en mi asiento. también le he contado a papá lo de Josh». Ya sé que mi almuerzo con Clive no terminó muy bien. Clive —finjo aplomo—. como si quisiera vomitar. Esperaré media hora o así. y miro a ver cómo reacciona. —Es muy cutre —dice. Janet. vale. Suena el teléfono y me pregunto si será él. Muebles espantosos. No. es Janet. De hecho. tajante. Pero es que sería perfecto para el puesto. Me siento contenta y reconfortada. —Cierro los ojos. ¡Espero que estés tan entusiasmada como yo! —añado. —No.» Ella se mete un dedo en la garganta. Rarísimo. Lara. —Bueno… se marchó. Bueno. No me interesaba nada. Dame unos segundos.144 - . por favor —responde Kate y me mira. —La he oído por ahí —dice encogiéndose de hombros. medio enojada—. Lara. está en el momento ideal para hacer un cambio… —Todo eso ya lo sé —me corta en seco—. me mentalizo y luego respondo con mi tono más dinámico y ejecutivo—. «No es un mueble espantoso —escribo. Así que lo he puesto igualmente en la lista. inquieta—. ¿Cómo estás? ¿Has recibido la selección final? —Kate se la envió anoche por correo electrónico. ¿Por qué está Clive Hoxton en la lista? —Ah. Objetos sosísimos de peltre. Qué gran talento. saco el móvil y abro uno de los mensajes de Josh. que digamos. Estoy otra vez con Josh y me he reconciliado con el mundo.

quieres decir? —Sí. No puedo permitirlo. Lara. —¿Otro? ¿Que no está en la lista. Y sólo te digo que vas a quedarte patidifusa cuando veas el nivel de este candidato. —Me aclaro la garganta—. . ¡Hemos de encontrarlo! —Vale. ¡Sabía que lo conseguirías! ¿Quién es ese candidato tan espectacular? —¡No existe! —digo desesperada—. suspicaz—. Lo anoto. Me quedo rígida. Te lo prometo. No hay ninguno. Su tono es inconfundible. Lo único que puedo decirte es que debemos de haber entendido las cosas de una manera distinta… —¿Qué me dices de este Nigel Rivers? —Janet prosigue sin más—. eres un auténtico crack. he de irme corriendo. Tendrás toda la información el jueves. Janet. —Cruzo los dedos con tal fuerza que me hacen daño—. —Kate recorre con la vista el despacho. ¡Su currículo! Todo esto es muy poco profesional. Un tipo creativo y con talento que ha pasado injustamente desapercibido. estoy entusiasmada. A mi móvil llega un mensaje y lo cojo con la loca esperanza de que sea un ejecutivo de primera interesado en algún puesto libre en el sector de material deportivo. pidiéndome que me case con él. Su currículo no refleja… la riqueza de su experiencia… Janet suspira. ¿Cómo es que no me has enviado su currículo? —Porque… he de cerrar el acuerdo primero. como si pudiera haber un alto ejecutivo de marketing escondido en un archivador—. —¿Y qué hay de Gavin Mynard? —Tiene grandes dotes —miento—. De hecho.145 - . Eh… ¿dónde? —¡No lo sé! —Me meso el pelo—. —Lara. Mierda. mucho mejor que los demás. no puedo. ¿y quién es? —dice. ¿Puedo hablar con Natalie. Créeme. Es superconfidencial. Me sonrojo hasta la raíz del cabello. Janet. —Bueno. Lara. temiéndome lo peor. ¡Mierda! ¿Qué voy a hacer ahora? —¡Hala! —Kate me mira con ojos brillantes—. ha sido un placer… —Y cuelgo con el corazón desbocado. O papá. Nuestra reunión interna es el jueves. Ahora usa Head & Shoulders. Va a despedirme ahora mismo. Estaríamos perdidas… —¡También tengo otro candidato! —me sorprendo a mí misma. ¿Es el tipo con caspa? ¿No se había presentado ya otra vez? —Ha mejorado mucho. —Bien. Estamos hablando de un ejecutivo de alto nivel. —¿Sabes que nuestro servicio médico tiene principios muy estrictos respecto a la higiene personal? —Eh… no lo sabía.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE cliente y que no pensaba volver a hacer negocios contigo. O Josh. Clive Hoxton es un soplón repulsivo. Eh… el jueves sin falta. por favor? —¡No! —exclamo aterrorizada—. —¡Necesito su nombre! —ladra—. Me dejas perpleja. Janet. yo diría que es la persona idónea. Con muchísima experiencia.

¿sabes? Estás tan obsesionada con tu trabajo… Ella también estaría obsesionada si tuviese detrás a Janet. Cuando dan las siete. —Ah.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE diciéndome que se da cuenta de que tenía razón y excusándose por haber dudado de mí. —Bueno. Tendré que inventarme un director de marketing. Natalie. Alucinante. —Me lanza una mirada acusadora—. la habitación se mece y mis problemas parecen alejarse agradablemente.D. O hacerme pasarme por uno. Internet y un ejemplar de Marketing Week que Kate ha ido a comprar. Es Natalie. P. anunciándome que ella no necesita para nada ese viejo collar de la libélula y me lo mandará con un mensajero. con un vestido de gasa gris claro. No el trabajo. y menos aún querrá hablar de un trabajo o aceptará que lo incluya precipitadamente en la selección final. Lamento no ser una dama ociosa y no poder ver ni una sola película en todo el día… —¿Has encontrado el collar? —me corta—. En cuanto llego a casa. ¡Lo cual significa que se muere de ganas de verme! Estoy sopesando si mandarle otro mensajito simpático para preguntarle qué hace. Me he tragado dos películas. Me quedan cuarenta y ocho horas. He elaborado una nueva lista de emergencia valiéndome de números atrasados de Business People. Al fin y al cabo. pero aun así… Está en una aburrida convención de trabajo en Milton Keynes y me ha dicho que se muere de ganas de volver a casa. O incluso Diamanté. La única noticia positiva es que en el súper tenían un Pinot Grigio a mitad de precio. El amor es lo esencial. ¿Has hecho algo más al . me duele el cuello y tengo los ojos enrojecidos. Hace un tiempo divino aquí. Mientras me aferré a esta idea. Ni los directores de marketing. Te he mandado una foto. cuando levanto la vista y veo a Sadie en la repisa de la chimenea. ¡Hola. qué quieres que te diga: lo único que importa es el amor.146 - . Al comenzar el capítulo de EastEnders me he tomado la mitad. hola —le digo—. mira qué vista. Ni las terroríficas conversaciones con Janet Grady. todo irá bien. ¿no? Hay que poner las cosas en perspectiva. cielo! Estoy haciendo yoga en la playa. Situarlas en su debida dimensión. pongo la tele y empiezo a beber la botella a buen ritmo. ¡Y él me ha respondido dos veces! Textos breves. A lo largo del día le he mandado varios a Josh para mantener la moral alta. Me quedo muy sola durante el día. ¿Dónde estabas? —En el cinematógrafo.: ¿Todo bien en la oficina? Me dan ganas de tirar el móvil por la ventana. lamento tener que ganarme la vida —replico con sarcasmo —. Pero ninguno de estos candidatos se pondrá al teléfono. Tengo el móvil en el regazo y de vez en cuando releo los mensajes de texto. ¿no? Besos. Pero no es ninguno de ellos.

pero ella se limita a encogerse de hombros. Me he quedado boquiabierta y estoy a punto de derramar el vino en el sofá. Vale. Aguardo a que me pregunte cuáles. ya sé que le diste un empujoncito. Y no puedes vivir toda tu vida esperando una respuesta. pero lograré que las cosas funcionen. las aventurillas. no una respuesta. Podría haberle dicho que se declarase a un árbol y lo habría hecho. sólo interrumpido por el barullo de fondo de dos personajes de EastEnders que se están atizando de lo lindo. Es evidente que expresó lo que siente. —No tiene nada de maravilloso —dice con expresión hosca—. Es evidente que ninguna de las dos está de humor esta noche. querida. Joder.147 - . y de eso tú no tienes ni idea. Pero ahora me ha parecido que… —¿Eso te ocurrió. —No seas absurda. ¡Nunca había conocido a nadie tan débil! Apenas tuve que susurrarle y ya se lanzó. Se hace un silencio. ¿no? La ha llevado encima todo este tiempo. Eso es amor. ¿a qué ha venido este estallido? Creía que el amor la traía sin cuidado. Josh alberga sentimientos muy profundos hacia mí. —No es más que una marioneta —refunfuña—. No he hecho nada. Sadie? —indago con cautela. Dijo lo que yo le ordené que dijera. Ella deja de tararear en seco. ¿Es que ni siquiera va a interesarse por lo que ha pasado? ¿No va a compadecerme? Pues vaya un ángel de la guarda… —Josh me ha enviado varios mensajes. Qué arrogancia… ¿Quién se ha creído que es? —Tonterías —replico en tono glacial—. Nos miramos ceñudas. Pero él nunca me habría dicho que me ama si no hubiese existido un fondo de verdad. Es todo completamente falso. —¡Sus sentimientos profundos! Eres tronchante. que sólo le importaba la diversión. Sadie suelta una risita.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE respecto? —No. aunque ella sigue dándome la espalda—. ¿Es que no lo entiendes. niña estúpida? ¡Podrías pasarte la vida creyendo y acariciando esperanzas! Si una historia de amor sólo funciona por un lado. ¿Te pasaste la vida esperando una respuesta? . Resulta que hoy he tenido que resolver otros problemillas. ¡Él no alberga ningún sentimiento por ti! —¡Ya lo creo! ¡Claro que sí! Tenía mi foto en el móvil. ya oíste lo que me dijo. Lo creo de verdad. —No es falso. —¡No basta con creerlo! —chilla con súbita vehemencia—. Es real. con un amor verdadero. entonces será siempre una pregunta. —¡Tú nunca has estado enamorada! ¿Qué puedes saber al respecto? Josh es un hombre de verdad: con auténticos sentimientos. Puedes pensar lo que quieras. Sadie. sus sentimientos más profundos. Enderezo la mano y doy un trago. Sadie parece tan segura de sí misma que me entra un verdadero ataque de furia. Se ruboriza y desvía la mirada. ¿no es maravilloso? —añado para picarla. el mariposeo. Ya viste cómo me besaba.

Es simplemente que sé muy bien lo que es creer que estás enamorada. —Pero ¿qué tenía de malo que te retratara? ¡Deberían haberse sentido halagados! No deja de ser un cumplido que un artista quiera pintarte… —Desnuda. Pero luego suspira. quizá con un canotier. Antes de irme al extranjero. Tengo que saber más. ¿Fue por culpa de él? Inclina la cabeza levemente. Vamos. Había un hombre. no seas tozuda. todas tus lágrimas y todo tu corazón en algo que finalmente no es nada. confía en mí. ¡Ni en mil años! Bueno. —No hay nada que contar —musita al fin—. Nada. —Encontraron unos dibujos. pero me dirige miradas de soslayo. Apago la tele y la llamo. Sólo puedo darte ese consejo. sin un «hasta luego». Intento imaginármela con un novio. Era pintor. Debe de haber toda una historia detrás. ¿Sólo eso? ¿Está de broma? ¡No puede dejarme así! Hubo algo. —¿Os pillaron juntos tus padres? ¿Estabais… dándole de comer al ganso? —¡No! —Suelta una carcajada. Sin una palabra de advertencia. rabiosa. y me cruzo de brazos. No desperdicies tu vida. Un chico atildado de los años veinte. No se lo diré a nadie. Guarda silencio. Pensaba que tenías más agallas. Yo en mi vida posaría desnuda. —Fue hace mucho. salvo que saliera muy favorecida… Unos retoques de . venga! Por un momento parece que no va a responder. —Su risa se apaga y se abraza el cuerpo —. —¡Aquella bronca con tus padres! —Ahora empiezo a atar cabos—. —¡Tengo agallas de sobra! —Aparece de repente. Y con uno de esos mostachos anticuados. o que va a esfumarse de nuevo. Esto no puede hacérmelo a mí. se esfuma. Simplemente. Mis padres se quedaron escandalizados. —¡Sadie. —Como quieras. ¿Tuviste una aventura? ¿Hubo un hombre cuando vivías en el extranjero? ¡Desembucha. Debería haberlo adivinado. Mi enfado se ha trocado en curiosidad. —Me encojo de hombros—. sí.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Y entonces desaparece.148 - . Sé lo que es malgastar todo tu tiempo. cuéntamelo! ¡Es bueno hablar las cosas! —La sala permanece en silencio. Soy tu sobrina nieta. —¿Cómo? —Me quedo de piedra. —¡Pues cuéntame! —digo. Después de darme tanto la paliza sobre Josh. Le gustaba pintarme. Yo te he contado todas mis cosas. pero intuyo que sigue ahí—. asintiendo. —¿Pues qué pasó? ¡Cuenta! Todavía no acabo de asimilar que haya estado enamorada. Antes de casarme. Después de fingir que todo le importaba un pimiento. se da la vuelta y se acomoda otra vez en la repisa de la chimenea. pero ¿qué? —Cuéntame qué pasó.

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artista. —Con una sábana encima. Pero mis padres… —Aprieta los labios—. Fue todo un drama el día que encontraron los dibujos. Me tapo la boca con la mano. Ya sé que no debo reírme, ya sé que no tiene gracia, pero no puedo evitarlo. —Así que vieron… —Se pusieron histéricos. —Suelta un resoplido, casi una risa—. Fue gracioso, pero también horrible. Sus padres estaban tan furiosos como los míos. Se suponía que iba a estudiar Derecho. —Menea la cabeza—. Pero él nunca se habría convertido en abogado. Era un auténtico desastre. Se pasaba la noche pintando, bebiendo vino y fumando un pitillo tras otro. Los apagaba en la paleta… Bueno, los dos lo hacíamos, porque yo me quedaba en el estudio toda la noche. En el cobertizo de la casa de sus padres. Lo llamaba Vincent. Por Van Gogh. Y él me llamaba Mabel. Deja escapar otra risita. —¿Mabel? —Arrugo la nariz. —En su casa había una doncella llamada así. Yo le dije que era el nombre más feo que había oído en mi vida, que deberían cambiárselo. Y desde entonces él empezó a llamarme Mabel. Un bruto cruel… eso es lo que era. Habla en un tono medio jocoso, pero detecto un temblor extraño en sus párpados. No sé si le apetece recordar todo esto. —¿Y tú…? —empiezo, pero me callo. Iba a preguntarle si lo amaba de verdad. Ella está absorta en sus pensamientos. —Salía de allí a hurtadillas, cuando todavía estaban todos durmiendo, y me deslizaba por la enredadera… —Se interrumpe, con la mirada perdida. De pronto, parece muy triste—. Todo cambió bruscamente cuando nos descubrieron. A él lo enviaron a Francia, a casa de un tío, para que se enderezase. Como si fuera posible conseguir que dejara de pintar. —¿Cómo se llamaba? —Stephen Nettleton. —Suspira—. No había pronunciado su nombre desde hace… setenta años. Por lo menos. ¿Setenta años? —Bueno, ¿y qué pasó después? —No volvimos a ponernos en contacto. Nunca más —dice con tono inexpresivo. —¿Por qué? ¿No le escribiste? —Sí, le escribí. —Me dirige una frágil sonrisa que me estremece—. Le envié a Francia una carta tras otra. Pero nunca tuve noticias suyas. Mis padres me decían que era una boba y una ingenua. Decían que me había utilizado. Al principio no les creía, los odiaba por decírmelo. Pero luego… —Alza la barbilla, como desafiándome a que la compadezca—. Yo era como tú. «¡Él me ama, me ama de verdad!» —se mofa con una vocecita aguda—. «¡Me escribirá! ¡Volverá a buscarme! ¡Me ama!» ¿Te imaginas cómo me sentí cuando finalmente recobré el juicio? Un silencio tenso. —¿Y qué hiciste? —¡Casarme, claro! —responde con un brillo retador en los ojos—. El padre de Stephen ofició la ceremonia. Era nuestro párroco. Stephen debió

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de enterarse, pero ni siquiera mandó una postal. Enmudece y yo permanezco sentada. De modo que se casó con el tipo del chaleco escarlata por despecho. Qué espantoso. Con razón no duró. Estoy hecha polvo. Ojalá no hubiera insistido en que me lo contara. No pretendía remover recuerdos tan dolorosos. Creía que me contaría algo divertido, alguna anécdota sabrosa, y que me enteraría de cómo funcionaba el sexo en los años veinte. —¿Nunca pensaste en largarte a Francia con Stephen? —pregunto. —Tenía mi orgullo. —Me mira con expresión mordaz. Me entran ganas de espetarle: «Al menos, yo he recuperado a mi chico.» —¿Conservaste algún dibujo? —Me empeño en encontrar algo positivo en toda esta historia. —Los escondí. Y también un cuadro grande. Me lo trajo de tapadillo antes de marcharse a Francia y lo escondí en la bodega. Mis padres no tenían ni idea. Pero luego se quemó la casa y lo perdí todo. —Vaya por Dios. Qué pena. —No tanto. A mí me daba igual. ¿Por qué tendría que haberme importado? La observo mientras se retuerce la falda obsesivamente, con los ojos preñados de recuerdos. —Quizá nunca recibió tus cartas —aventuro. —Seguro que las recibió. Yo misma las sacaba a escondidas y las echaba en el buzón. Qué espanto. ¡Tener que echar cartas a escondidas, por el amor de Dios! ¿Por qué no habría teléfono móvil en los años veinte? ¡Cuántos malentendidos se habrían evitado en el mundo! El archiduque de Austria podría haber enviado un mensaje de texto a su gente: «Creo que me está siguiendo un tipo muy raro», y no habría sido asesinado. La Gran Guerra no habría estallado. Y Sadie podría haber llamado a Stephen para hablarlo todo… —¿Todavía vive? —Me aferró a una esperanza irracional—. ¡Quizá podamos localizarlo! ¡Buscarlo en Google o ir a Francia! ¡Apuesto a que lo encontramos…! —Murió joven —dice con voz distante—. Doce años después de salir de Inglaterra. Trajeron sus restos y celebraron el funeral en el pueblo. Yo ya estaba viviendo fuera, y tampoco me invitaron. En cualquier caso, no habría asistido. Estoy tan horrorizada que no respondo. No sólo la abandonó: encima se murió. Esta historia es nefasta y tiene un final horrible. Ojalá no hubiese preguntado. Sadie mira por la ventana con aire desencajado. Tiene el semblante más pálido que nunca y una sombra oscura bajo los ojos. Con su vestidito plateado parece una chica desvalida y vulnerable. Noto lágrimas en los ojos. Amaba a su pintor. Más allá de sus bravatas y su insolencia, lo amó de verdad. Toda su vida, seguramente. ¿Cómo es posible que él no la amara a su vez? Menudo cabrón. Si viviera aún, iría a buscarlo y le daría una buena tunda. Aunque fuera un anciano tembloroso con más de veinte nietos.

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—Es triste. —Me froto la nariz—. Muy triste. —No es para tanto —contesta, recuperando su ligereza habitual—. Así son las cosas. Hay otros hombres, otros países, otras vidas que vivir. Por eso sé lo que sé. —Se vuelve bruscamente hacia mí—. Sé de qué hablo, y debes creerme. —¿Qué sabes? —Ahora no la sigo—. ¿Qué debo creer? —Nunca lograrás arreglar las cosas con ese chico. —¿Por qué? —Era de esperar que volviera a sacar el tema. —Porque tú puedes querer y querer —se vuelve otra vez, abrazándose las rodillas; a través del vestido, distingo la silueta huesuda de su columna—, pero, si él no te ama, ya puedes olvidarte. Será lo mismo que si quisieras la luna.

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Capítulo 15
No siento pánico. Aunque sea miércoles y no tenga ninguna solución y Janet Grady esté en pie de guerra. Estoy más allá del pánico, en un estado de conciencia alterado, como un yogui. He rehuido las llamadas de Janet todo el día. Kate le ha dicho que estaba en el lavabo, que estaba almorzando, que me había quedado encerrada en el lavabo… Al final, desesperada, le dijo: «No puedo molestarla, de veras que no puedo… Janet, no sé quién es el candidato. Janet, no me amenaces, por favor…» Ha colgado temblando. Por lo visto, Janet está hecha una fiera. Creo que ha acabado obsesionándose con la lista definitiva. A mí me pasa igual. Los currículos desfilan ante mis ojos como en una pesadilla, y me parece tener el teléfono pegado a la oreja. Ayer me vino una súbita inspiración, al menos eso me pareció. Quizá era desesperación. ¡Tonya! Ella sí que es dura, y tiene mano de hierro y todas esas cualidades terroríficas. Se entendería a la perfección con Janet Grady. Así que la llamé y le pregunté si había pensado en volver a trabajar, ahora que los gemelos ya han cumplido dos años. ¿No le apetecía probar en marketing, por ejemplo? Tonya tenía un puesto de bastante categoría en la Shell antes de que nacieran los niños. Estoy segura de que su currículo es impresionante. —Pero ahora estoy en un paréntesis de mi carrera —objetó de entrada—, ¡Magda! ¡Esos palitos de pescado no! Busca en el fondo del congelador… —Ya has descansado bastante. Una mujer con tu talento… Debes de estar loca por volver. —No tanto. —Pero ¡se te va a reblandecer el cerebro! —Nada de eso. —Pareció ofenderse—. Los niños y yo estudiamos música con el método Suzuki todas las semanas, ¿sabes? Es estimulante tanto para los niños como para los padres, y allí he conocido a otras mamás fantásticas. —¿Me estás diciendo que prefieres la música y tomar capuchinos con las mamás que ser directora de marketing de alto nivel? —Procuré introducir un matiz de incredulidad, aunque yo misma preferiría mil veces la música y los capuchinos antes que lidiar con todo esto. —Pues sí —afirmó con rotundidad—. Lo prefiero. Pero ¿por qué me haces propuestas a mí, Lara? ¿Qué pasa? ¿Tienes algún problema? A mí puedes contármelo, ya lo sabes… Ay, Dios. Esa compasión fingida no, por favor. —No hay ningún problema. Sólo trataba de hacerle un favor a mi

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hermanita mayor. —Hice una pausa antes de preguntarle en plan informal —. Y entre esas mamás de las clases de música, ¿no habrá ninguna ex directora de marketing? Tampoco habría sido tan raro que en un grupo de mamás ex ejecutivas y profesionales hubiera alguna directora de marketing con experiencia en ventas ansiosa por reincorporarse de inmediato. En fin, ya se ve de qué me sirvió mi gran idea. Todas mis ideas, para ser exactos. La única posibilidad que he encontrado es un tipo de Birmingham que quizá estaría dispuesto a cambiar de empresa si Leonidas Sports le pagara un helicóptero para trasladarse cada semana. Estoy perdida, he de admitirlo. Bien mirado, éste no sería el mejor momento para acicalarse y salir de fiesta. Sin embargo, aquí estoy: metida en un taxi, acicalada y camino de una fiesta. —¡Ya hemos llegado! ¡Park Lane! —anuncia Sadie, mirando por la ventanilla—. ¡Paga al taxista y vamos! Los flashes de las cámaras iluminan el interior del taxi y ya oigo el alboroto de los invitados, que van llegando y se saludan efusivamente. Veo a un grupo con traje de noche que cruza la alfombra roja y se dirige a la entrada del hotel Spencer, donde tiene lugar la cena de Business People. Según el Financial Times, esta noche se reúnen aquí cuatrocientas personalidades del mundo de los negocios. Aunque yo sea una de esas personalidades, estaba casi decidida a no acudir por múltiples razones: 1. Ahora que he vuelto con Josh, no debería asistir a una cena con otro hombre. 2. Estoy demasiado estresada. 3. Estresada de verdad. 4. Janet Grady podría estar aquí y montarme el numerito. 5. Clive Hoxton, ídem. Eso sin contar con que: 6. Tendré que hablar toda la noche con el americano ceñudo. En ésas estaba. Pero entonces pensé: cuatrocientos personajes del mundo de los negocios reunidos en el mismo sitio. Algunos tendrán que ser ejecutivos de marketing de alto nivel, ¿no? Y algunos querrán cambiar de trabajo. Sin duda. Así que éste es mi último recurso. Estoy dispuesta a encontrar un candidato para Leonidas Sports durante la cena. Compruebo que llevo en el bolso un montón de tarjetas y me echo un vistazo en el reflejo de la ventanilla. Ni que decir tiene: Sadie se ha encargado otra vez de mi conjunto. Luzco un vestido años veinte negro: un modelo de lentejuelas, con flecos en las mangas y medallones estilo egipcio en los hombros. Y encima una capa. Tengo los ojos perfilados con

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Para empezar. por ejemplo. He intentado sonsacarle un poco más. Por Dios. pero se aleja por el aire. Y también un gorro de malla de strass que encontró en un mercadillo. por lo visto. desafiante. en realidad. Como quiera. Pero. de todos modos. Soy socia de mi propia empresa (aunque sólo consista en dos personas y una cafetera más bien chunga). El esmoquin le sienta perfecto y lleva su pelo oscuro pulcramente peinado hacia atrás. le rodea el pecho con los brazos y le frota la nuca con la nariz. Sadie también se ha emperifollado: un vestido de flecos turquesa y verde y un chal de plumas de pavo real. —¡Vamos! —No cesa de mover nerviosamente las piernas—. tan impecable y atractivo como cabía esperar. Einstein. está muy equivocada. aunque no creo que lo hiciera. No habrá baile. Lleva unos diez collares y el tocado más ridículo que he visto en mi vida. Lara. A muchos los reconozco de los reportajes de Business People. —Ya encontraremos algo —responde. creo secretamente que tengo una pinta guay. Los nervios intentan jugarme una mala pasada. me siento más segura. Me gusta la ropa de esa época.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE gruesos trazos negros. o se esfuma o cambia de tema. veo gente engalanada por todas partes. Se abalanza sobre él por detrás. Esta noche. Es una cena de negocios. —¡Tú estás delicioso! —le dice Sadie alegremente. saludándose. Me doy la vuelta y ahí está. como hace ella. claro. Siempre hay baile en algún lado. confiada—. Es la voz de Ed. pero entonces miro a Sadie y alzo la barbilla. llevo un brazalete de serpiente dorado e incluso un par de medias como las que Sadie solía ponerse. Y aunque protesté un poco por el gorro. si son importantes? Yo no soy menos que ellos. —Tienes un aspecto totalmente… años veinte. —Hola. Josh nunca se pone esmoquin. Está así. como una chaqueta Nehru con tejanos. Glamurosa y retro a la vez. ¡Ardo en deseos de bailar! Madre mía. Siempre lleva algo inusual. ¿Y qué. Está examinando mi conjunto con aire perplejo. —Le tiendo la mano antes de que se le ocurra darme un beso. a mi espalda. desde que me contó su triste historia de amor. bueno. Yo he venido a trabajar. Menuda puntería. Pero si cree que voy a bailar otra vez con Ed. —Sí. está lanzada. —¡Escucha. todo el mundo irá de punta en blanco. riendo y posando para las cámaras. Josh es superguay. Vale. ¿es que piensa comportarse así toda la noche? Nos acercamos a un grupo de fotógrafos. Así que lo he dejado estar. —Me encojo de hombros—. —No me digas… —murmura socarrón. Sadie! —le digo con firmeza—. Al bajarme del taxi. —Hola.154 - . No para de abrir y cerrar su bolsito y parece poseída por un frenesí. con una cascada de strass que le cae por encima de la oreja. Una mujer con un auricular .

—¡Joder! —exclamo mientras me ciegan los flashes—. —Ya sé lo que estás pensando —dice mientras siguen destellando los flashes—. Cuando hacemos un alto frente a la mesa de recepción. ¿Qué haces? —Echar un vistazo a sus cosas —responde. que se detiene y pone los ojos en blanco. —Le doy la mano con mi estilo más profesional—. veo que por lo menos te interesa alguna cosa de la cultura británica. De hecho. me temo que me han pillado. ¿En qué sector debo ubicarla? ¡Hala! La jefa de relaciones públicas de Dewhurst Publishing. —Me ofrece una cálida sonrisa—. Permítame que le deje mi tarjeta… ¡No! —se me escapa un grito de horror. por si descubro a algún candidato adecuado para Leonidas Sports. Estoy en selección de ejecutivos. —¡Sadie! —mascullo a espaldas de Ed—. —Y yo lady Penelope. —Perdona. pero entonces aparece la mujer del auricular para escoltarnos. Bueno. Tengo que aceptarlo. la agente secreta —admito. sólo unos papeles y tarjetas. Se me escapa una sonrisa. Sonia. se desmelena todavía más y mete la cabeza en la chaqueta del esmoquin.155 - . Esperamos con mucha ilusión su discurso. Lara. —Me alegro de estar aquí —dice él—. Me gustaría saber qué lleva en los bolsillos del pantalón… Hummm… —Observa su entrepierna y casi veo cómo le salen chiribitas por los ojos. Avanzamos hacia otro grupo de fotógrafos. —¡Qué va! —replico. Soy Sonia Taylor. Sadie se ha pegado a Ed y no deja de acariciarle el pelo. He de moverme deprisa. frotarse la mejilla contra la suya y pasarle la mano por el pecho. pero en fin. directora de relaciones públicas de Dewhurst Publishing. La primera vez estaba tan rígido como una marioneta de Guardianes del Espacio. —¿Y cómo es que ves Guardianes del Espacio? —¿Bromeas? Lo veía de niño. Entretanto. Ed parece sorprendido y toma aliento para replicar. incorporándose—. antes de que la gente se siente a cenar. ¿Qué hago? —Ponte un poquito de lado —murmura tranquilizador—. —Hola. mi… —me mira indeciso— acompañante. Que parezco una marioneta de todos modos. Yo quería ser Scott Tracy.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE en el oído le hace una seña a Ed. ¿Te acuerdas? Aquel programa de naves espaciales hecho con muñecos. sí se parece a una de aquellas marionetas con esas cejas oscuras y ese maxilar tan cuadrado. —¡Sadie!—siseo—. Me quedo tan desconcertada que casi doy un salto. Yo hice un curso especial para enfrentarme a los medios. mirándolo a los ojos —. No estoy muy segura de que un programa infantil cuente como «cultura». es normal alucinar. pero no cuela. el piloto de la nave. No te preocupes. miro alrededor para ver a todo el mundo. Mientras nos dirigimos hacia las puertas del hotel. Sadie acaba de meter la cabeza en el . No hay nada interesante. ¡No! —¡Señor Harrison! —Una mujer de vestido azul marino se ha lanzado en picado sobre Ed—. Está bien. Permítame que le presente a Lara Lington. Levanta la barbilla y sonríe. —Encantada.

Es una tos rebelde. ¡Ha sido espantoso! ¡No sabía adónde mirar! Ella arquea una ceja con aire travieso. Pero sal de mi vista. Me llevo una mano a la boca. Ed. abarcando el vestíbulo abarrotado—. Perfectamente. —¿Y qué? —Se encoge de hombros—. —¡Hola! —me lanzo—. —Estupendo. ¡Permitidme que os deje mi tarjeta! —Hola —responde un pelirrojo de aspecto simpático. veo que Ed y Sonia han subido al podio y que ella está explicándole cómo funciona el micrófono. —Me echa una mirada extraña—. Vamos. Ni siquiera te has dado cuenta. —Eh… no. —Lara… —empieza. —¡Cielos! —Es Sadie. Pero la dejo plantada y me dirijo a las puertas dobles del salón principal del banquete.156 - . —La voz empieza temblarme. Las mesas van llenándose de hombres y mujeres de aspecto dinámico. Me presenta a . —Pues para ya. —Perdón —digo—. quizá por todos los cafés que he tomado hoy—. áreas comerciales y campañas de televisión. No pienso preguntarle a qué se refiere. ¿no sabe lo desesperada que estoy? ¿Acaso no nos ha visto a Kate y a mí trabajando catorce horas diarias? —¡A mí sí me importa! —le suelto. y ella retrocede—. de L&N Selección de Ejecutivos. —Sólo quería satisfacer mi curiosidad. que sale a la superficie por fin—. Haz lo que quieras.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE bolsillo de los pantalones de Ed. —¡No vuelvas a hacer eso! —le digo a Sadie—. ¿pasa algo? —Ed me observa con ceño. Todo bien. tomo la copa de champán que me ofrece un camarero y me acerco a un grupo de ejecutivos que están riendo jovialmente. ¿para qué crees que he venido? ¡Intento salvar mi empresa! ¡Trato de conocer a gente importante! —Hago un gesto. Saco el móvil para camuflarme y me giro en redondo. ¿Qué importa lo que ella piense? Pero bueno. no importa. Sadie asoma la cabeza un instante y vuelve a sumergirse de nuevo. Al entrar. Soy Lara Lington. ¡He de encontrar esta noche un candidato para Leonidas Sports! O eso o nos vamos a la ruina. Oigo retazos de conversación sobre la situación de los mercados. ¿podemos hablar un minuto para repasar el orden de intervenciones? —Me sonríe rígidamente y se lo lleva aparte. Hay buenas vistas ahí abajo. Esa mujer habrá pensado que soy un bicho raro. Prácticamente ya lo estamos. Voy a buscar sus placas de identificación. Ni siquiera se ha quedado mi tarjeta. Ésta es mi ocasión. gracias. Armándome de valor. Sadie. —¡Aquí están! —Sonia vuelve y nos entrega una placa a cada uno—. En fin. Ed sigue mirándome suspicaz. Lara. Llevo días enloquecida y a ti parece que te dé igual. —¿Se encuentra bien? —¡Muy bien! —Procuro mirar a cualquier lado para no ver lo que sucede ante mis narices—. ¿Qué está haciendo ahí abajo? —Lara.

pero me siento como una idiota.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE los demás y doy una tarjeta a cada uno. Se hace un silencio. Pero. He aprovechado para hacer contactos. —Si lo estuviera no te lo diría. no la interpretes mal. Contengo el aliento. ¿verdad? —Verdad. —Amigos —repite. —Me guía hacia el estrado y yo no puedo evitar una punzada de orgullo. . parece que todos pertenecen al sector informático. —No te preocupes. Vuelvo el programa y experimento un ligero sobresalto al ver mi nombre en la lista. Tú no quieres ser mi novia. Me sostiene la silla y tomo asiento. Una oportunidad fabulosa. Ya hemos llegado a la mesa. —No me pareces la típica cazatalentos —dice Ed. quiero hacerte una pregunta —me dice—. siguiendo mi mirada. —No —confirma. —¿Qué tal? Perdona que te haya abandonado. Supongo que sí. La verdad es que no hay un motivo racional—. Al pie del programa que han dejado junto a cada cubierto puede leerse: «Ponente invitado: Ed Harrison. ¿qué hacemos aquí juntos? —Buena pregunta… —No sé qué decir. —¿Alguno trabaja en marketing? —añado en plan informal. Mucho más. Ni tú quieres ser mi novio. Y de pronto. Lara Lington. no pareces obsesionada con el dinero. Ha sido una idea absurda. y bebo un sorbo de vino. ¿Es un comentario positivo o negativo? —Para empezar. ¿Amigos? —sugiero al fin. —Culpable —sonríe. Pero supongo que eso no es lo esencial para mí. Ed se acerca entre las mesas. y los demás ríen a carcajadas. ¡La mesa 1 en la cena de Business People! —Lara. Dejo pasar unos minutos y luego me excuso. Todos se vuelven hacia un tipo rubio. L&N Selección de Ejecutivos. —Claro que no.157 - . —Es que me interesa dejar una cosa clara. Entonces. a pesar de mi desánimo. avergonzada. —¿De veras? —No sé cómo reaccionar. Por sus placas. ¿No te interesaría una subsidiaria informática asiática? —En perfectas condiciones —bromea otro. —Me gusta tu estilo —dice el pelirrojo y se vuelve hacia su vecino—.» —¿Estás nervioso? Él parpadea y sonríe levemente. con grandes incentivos. por favor. —¿Te apetecería un nuevo trabajo? —le suelto sin anestesia—. dubitativo—. todos estallan en carcajadas. Siempre he visto la selección de ejecutivos como… —Me callo. Me sumo a las risas. En una empresa de material deportivo. Ed se cruza de brazos y me mira—. Adelante. —Me gustaría ganar más —admito con franqueza—. No voy a encontrar un candidato ni por casualidad. negando con la cabeza. —Estamos en la mesa uno.

Pero no estoy muy seguro de que la mayoría de los aquí presentes considere que tiene una aventura romántica con su trabajo. —Es una manera de verlo. ¿sabes? Es una empresa importantísima. Un poco como el trabajo de una casamentera. Si pudieras ofrecerle a la gente lo que desea exactamente… —Y tú actuarías de Cupido. Ahora sí que tengo un mal presentimiento. ¿sí? Claro. Porque es mi mejor amiga. —Trabajas con otra socia.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Una vez le expliqué mi teoría a Natalie y ella me dijo que estaba loca y que no se me ocurriese contarla por ahí. Por favor. —Dejo la copa. —No. Interesante. —Te burlas de mí. —Bebo otro sorbo de vino y él me mira con aire socarrón. —¿Tan mal? —Peor incluso. porque la conozco de toda la vida.158 - . —Genial. —Lo sé. —Bebo un trago de vino. —Nadie tenía que decírmelo. porque perderla debió de cabrearlos. —Se encoge de hombros—. Lo es y ya está. Me gusta como teoría. —Hace un gesto abarcando el salón. Y nadie había oído hablar de vosotras. —Reflexiona un momento—. Así que lo que te haya dicho ese contacto… Ed alza las manos. —Tranquila. porque es una cazatalentos de primera. ¿Qué pasa? —No es asunto mío. —¿Como qué? —Bueno. Ed parece divertido. de pena. ¿Qué tal resulta en la práctica? Suspiro. O sea… —Veo su expresión escéptica—. Encontrar a la persona ideal para el puesto ideal. Hay algo en Ed que me hace bajar la guardia. ¿quién te dijo que era una profesional de primera? Lo miro. Y por curiosidad. —Pero un contacto que tengo en Price Bedford me contó alguna que otra cosa de Natalie. Ahora mismo. Pero cuando tú y yo… —titubea de nuevo. tu elección. Es tu socia. cada vez más atestado de gente. —Ah. ya sin ganas de bravatas—. Antes trabajaba para Price Bedford Associates. convenció con . Quizá porque me da igual lo que pueda pensar de mí. ¿Qué te dijo? —Bueno. —Menea la cabeza—. —No muy bien. —¿Y cómo decidiste con quién asociarte? ¿Cómo fue la historia? —¿Por qué Natalie? —Me encojo de hombros—. —Cuéntame. Vale. buscando la palabra— quedamos para salir… —¿Sí…? —Pregunté un poco por ahí. Cuéntamelo. tu amiga. Según parece. Su expresión me da mala espina. —Quizá lo considerarían si tuviesen el puesto adecuado —replico con convicción—. ¿no? —Sí. Me ha pillado desprevenida.

pero que se lo había pensado y que prefería hacerlo con alguien en quien pudiera confiar de verdad. ¿A que soy lista? —¿De qué estás hablando? —He escuchado las conversaciones de todo el mundo —explica. ¿Voy a conocerla esta noche? —No —consigo decir por fin—. Lo he pensado y tienes razón. No me apetece hablar con ella. pero no es así. Me dijo que todo el mundo en el sector se moría por asociarse con ella. Cruzo el enorme salón sin hacerle ningún caso a Sadie. Ya empezaba a creer que sería inútil. No está nada contenta.159 - . Me temo que se ha dado cuenta de que me he quedado anonadada. Estoy al borde de las lágrimas y me apresuro a tomar otro trago. pero tampoco puedo seguir aquí mientras Ed sigue observándome. —¿Está aquí? —pregunta mirando alrededor—. —¡Vuelvo en un minuto! —le digo con exagerado entusiasmo y me pongo en pie. Todavía recuerdo cómo me propuso montar la empresa mientras tomábamos champán en un bar de moda. Luego le presentó la lista a un cliente de segunda fila y alegó que ése era el puesto al que se había referido desde el principio. Pero tú ya lo sabías. Se organizó un escándalo tremendo. Lo que te hace falta es un trofeo y yo te he encontrado uno. Tuvo que intervenir el director de la empresa para calmar los ánimos. muy ufana—. La sangre me sube a la cara mientras trato de procesarlo todo. —¿Cómo? ¿Qué has dicho? —Tal vez creas que no me intereso por tu trabajo. en realidad. Por eso la despidieron. —Lo siento mucho —me está diciendo—. Así que he decidido ayudarte… ¡y lo he conseguido! ¡Te he encontrado un candidato! ¡Uno maravilloso. ya me entiendes. Dejé mi trabajo a la semana siguiente y saqué todos mis ahorros. además. ¿Despidieron a Natalie? ¿La despidieron? Ella me dijo que había decidido dejar Price Bedford porque no la valoraban y creía que podía ganar mucho más por su cuenta. —Titubea—. soy una boba de remate. ¡Ven. No puedo contarle que me dejó en la estacada y que he tenido que arreglármelas sola. . preocupado. he sido una egoísta y una desconsiderada. Ni reconocer que la cosa es mucho peor de lo que piensa.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE falsas promesas a una serie de ejecutivos de renombre para incluirlos en una lista destinada a un puesto de primera no identificado que. —¿Lara? —La voz estridente de Sadie resuena en mi oído—. Una amiga de toda la vida. —Abre mucho los ojos —. perfecto! Sus palabras interrumpen el tiovivo de pensamientos que giran en mi cabeza. Nunca. deprisa! Tengo que hablar contigo. que me persigue y farfulla al oído. Por lo visto. Luchas de poder. Alguien con quien pasárselo bien. Las cosas se están poniendo feas en su empresa y quiere largarse. ¿no? Me quedo muda. no existía. pero entonces oí a una mujer llamada Clare cuchicheando con una amiga en un rincón. No está aquí… ahora mismo. Me lo pintó tan atractivo y dejó caer tantos nombres imponentes que me quedé cautivada. Nunca me dijo que la habían despedido.

tiene un notable potencial y creo que serías la persona perfecta. Quería ponerme en contacto contigo hace días. Pero su nuevo director ejecutivo ni siquiera la felicitó.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Vale. Me las arreglo para no dar un grito de alegría. ¿Y qué? —¡Que es directora de marketing! —exclama triunfalmente—. un director de marketing. —De hecho. directora de marketing de Shepherd Homes». pero tendría que ser una oferta seria. ¿no?. Naturalmente. ¿hablas en serio? —¡Claro! ¡Está allí! —Señala al otro lado del salón. O si ahora . No voy a comprometerme a la ligera. estaba pensando en hacer un cambio —dice al fin. un lunar en la nariz y estatura normal. Podría interesarme. ¡Está interesada! ¡Y es dura! —¡Fantástico! Podría llamarte mañana por la mañana. Una directora de marketing laureada… ¡Oh. Trago saliva. —Estoy haciendo la selección para un puesto de director de marketing —le digo bajando la voz— y quería comentarlo contigo. —¡Por supuesto! De hecho. —Me llamo Lara —le digo con una sonrisa nerviosa—. —¡Hola! ¿Clare Fortescue? —¿Sí? —¿Podrías concederme un minuto? —Bueno… —Un poco perpleja. Vamos. Tiene el pelo corto y oscuro. Clare… Clare… «Clare Fortescue. Tu prestigio da que hablar. Es una empresa realmente interesante de material deportivo. Muchas gracias. Es lo que querías. Inspiro hondo y me acerco.160 - . ¡La tenía en la primera lista! ¡Quería hablar con ella. —Me lanza una mirada de advertencia—. leo excitada. —Hago una pausa y añado—: Aunque. me permite que la lleve a un aparte. Lo pone en esa plaquita. el muy cerdo. ¿sabes? —¿De veras? —recela. Soy consultora de selección de personal. El mes pasado ganó un premio. Por eso quiere irse. Tengo mis principios. —¿Le gustan los deportes? ¿Hace ejercicio? —Pantorrillas musculosas. casi inaudiblemente—. Avanzo entre las mesas con el corazón palpitante. te diré quién es. pero no conseguí que me pasaran la llamada! —Bueno. ahí está. mirando a todo el mundo y buscando a una mujer con cara de Clare. claro. puede que ya estés satisfecha con tu puesto actual… Un silencio. —Un tinte rosado le colorea las orejas—. Ni siquiera habría reparado en ella de no ser por mi tía abuela. Me acerco al panel más cercano y repaso la lista de invitados. serías mi candidata número uno. Dios! —Sadie. —Ah. No me cuesta adivinar lo que ocurre detrás de las gafas de Clare Fortescue. tengo que felicitarte por el premio que acabas de recibir. Una directora de marketing que quiere cambiar de empresa. Estoy tan tensa que casi no puedo respirar. —¡Ahí! —Sadie señala una con gafas y vestido azul marino. procurando mantenerla calma.

Una mujer de vestido rojo ha creído que iba a darle un tortazo. Cojo mi copa de champán. le dedico a Ed una sonrisa radiante. Ahora sí estoy de humor para fiestas. Mañana sin falta me enviará su currículo. Acelero para dejarla atrás. ¿No sabes lo que es? Levanta la mano… Bueno. —¡De perlas! —repite Sadie y se sienta en su regazo. ¡Choca esos cinco! —¿Que choque qué? —Esos cinco. —¡Lo sabía! —no deja de repetir—. . —Por favor por favor por favor… Diez minutos después. ya que lo preguntas.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE tienes unos minutos… —procuro no parecer muy desesperada— tal vez podría informarte con más detalle. ¿Qué tal te va? —De perlas. —Me mira con aire inquisitivo—. Aunque sea brevemente.161 - . lo de chocar esos cinco con un fantasma resulta un error. —¡Ya estoy aquí! —Ya veo. Al llegar a nuestra mesa. camino entre las mesas casi mareada de alegría. ¡Sabía que serviría! —Eres una joya —le digo—. Jugaba a hockey en su día… ¡Es la candidata ideal! Sadie parece más emocionada que yo mientras regresamos a nuestro sitio. Formamos un gran equipo.

Había de escoger entre un garabato.162 - . Deje que El Gran Firenzo utilice sus misteriosos poderes y lea su mente. La cena es deliciosa. Estoy eufórica. algo increíble. El discurso de Ed ha tenido pleno éxito y. aquí al lado hay un pequeño club que es perfecto. —Es el poder de la mente —salmodia el mago. El poder del… Gran Firenzo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 16 Esta noche está resultando una de las mejores de mi vida. para examinarla bien —. una vez terminado. Se hace llamar El Gran Firenzo. No es posible que haya visto cuál elegía. mostrando la tarjeta para que la vea todo el mundo. Lo ha repetido ya unas noventa veces. —Muy bien —dice Ed. —¡Increíble! —exclama una rubia sentada enfrente. —Concéntrese en la forma y en nada más. El mensaje empieza a llegarme. —Ed le da vueltas a la tarjeta. —Me estoy comunicando con su mente —dice con voz grave y misteriosa—. ¡Y calla! ¡Déjame escuchar al mago! Mientras tomamos café. —El mago. Ahora le ha pedido a Ed que escoja una tarjeta de entre cinco y afirma que lo adivinará leyéndole el pensamiento. con chaqueta de pedrería. ha empezado a dar la lata para que nos vayamos a bailar. Usted ha escogido… ¡el garabato! —Correcto —asiente él. según ella. falso bronceado y ojos perfilados de negro. Miro por encima de su hombro y veo que es un garabato. La única pega es que Sadie. —Impresionante. lo mira fijamente —. incluso los más oscuros y . como si estuviese en trance. Creo que por fin he empezado a situarme en el mapa de este mundillo. sí. la gente no para de acercarse a felicitarlo y él me presenta a todo el mundo. El Gran Firenzo se lleva las manos a la cabeza. un triángulo. y una amiga de Clare Fortescue acaba de pasarse para preguntarme discretamente si no tendría algo para ella. Acaba de hacer desaparecer una botella ante nuestros propios ojos. excitada—. eligiendo una. Se oye un siseo alrededor de la mesa. —¡Hágamelo a mí! —suplica la rubia. un cuadrado. un mago se ha ido paseando por las mesas. —Se vuelve hacia ella—. ¡Léame la mente! —Muy bien. He repartido tarjetas y concertado dos entrevistas para la semana que viene. un círculo y una flor. y además todos sus accesorios llevan el rótulo «El Gran Firenzo» en letras rojas muy relamidas. recuperando la tarjeta —. —¡No! —mascullo cuando me atosiga por enésima vez—. Ha salido a explorar y. aburrida de tanta charla de negocios. Pero atención: cuando usted me abra su mente. podré leer todos sus secretos.

Todos observamos mientras la rubia elige una tarjeta y la estudia un instante. —Le sonríe con toda la dentadura. —El mago se concentra—. —Ha acertado. —Sólo decía —me encojo de hombros— que sé cuál es. Está estropeándole el espectáculo a todo el mundo. ¿Cómo lo ha hecho? —Ya se lo he dicho. Son más débiles. Y un machista. Mis largos años de estudio en Oriente me han vuelto sensible a las ondas de la mente humana. Me mira con incredulidad y examina otra vez la servilleta. Le prometo… —dice desplegando su sonrisa dentona— que seré delicado. —El triángulo —murmura Sadie. sé hacer magia. más suaves… pero más deliciosas por dentro. que también tiene en la cara un rictus de repugnancia. Acabo de trazar el triángulo y le lanzo la servilleta a la rubia—. Qué asqueroso. —Ya he escogido —dice. Sadie me sonríe. Seguramente ya le está transmitiendo sus secretos más recónditos. No interrumpa el trabajo del Gran Firenzo. —Me dirige una sonrisa feroz—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE recónditos. ¿qué estás haciendo? —Magia —le digo. No sea absurda. no lo sabe —me espeta la rubia—. meciéndose a su espalda—. Se lo dibujaré. Ahora veremos quién tiene la mente más débil.163 - . bella dama. mirándonos a todos—. Sólo El Gran Firenzo puede realizar tal proeza. —Lara —susurra Ed—. ¿Alguien tiene un bolígrafo? —El hombre sentado a mi lado me pasa uno y yo empiezo a dibujar en la servilleta. —Relájese. No se resista. —Por favor. Miro a Ed. Sólo El Gran Firenzo es capaz de penetrar en el cerebro a tal punto. Sólo El Gran Firenzo… —Yo también puedo —tercio risueña. y la rubia ríe y medio se ruboriza. —¡Lo sé! —replico airada—. —Que yo también puedo comunicarme con la mente. —No. —Sus ojos relampaguean y ella suelta una risita. Qué cara más dura. Sé qué tarjeta ha escogido. ¿Ha bebido más de la cuenta? —le pregunta a Ed. —¿Perdón? —El tipo me taladra con la mirada. Me llaman La Gran Lara —añado. si quiere. Pensaba que elegiría la flor. ¿He acertado? Se queda boquiabierta. También yo poseo poderes misteriosos que me fueron otorgados en Extremo Oriente. —Destapa su tarjeta y se oye un murmullo asombrado alrededor de la mesa—. socarrona. Puaj. —¿Es usted miembro del Círculo de Magia? —El Gran Firenzo se ha . —Sólo El Gran Firenzo posee tales poderes —añade con aire teatral. Permita que Firenzo sondee sus pensamientos. ¡Uf! Se cree muy sexy. Es evidente que le gusta El Gran Firenzo. pero no es más que un depravado repulsivo. —Encuentro que la mente de las damas es más fácil de… penetrar — dice alzando una ceja—. joven damisela.

—Debe de haber sido un error. Podrías lastimarte la cara sonriendo de esa manera. —Muy bien. de manera que nadie vea nada. Una auténtica sonrisa. Le echo una mirada a Sadie. Se la pone en el regazo.» —Hace una mueca—. un cuadrado? Diría que un cuadrado… El tipo intercambia miradas de suficiencia con su amigo. muy astuto. Se cree muy listo. —Mejor. No volverá a suceder. Ah. —Me encojo de hombros con aire inocente—. ya ve. pero se encoge de hombros. Para ser una dama. Un dibujo. —La Gran Lara va a leerle el pensamiento. como diciendo «Ahora se va a enterar». ofendido en lo más hondo. nada más. El Gran Firenzo empieza a recoger sus cosas. Venga. —«Estación de nieblas y frutos maduros. tal como El Gran Firenzo. —Oh. de pronto. De repente. Leeré su mente y le diré qué ha puesto. tan impertérrito como siempre. Le sonrío con dulzura y alzo las manos hacia él. Procuraré que me lo arreglen. por debajo de la mesa. Pero tengo una mente bastante poderosa. Por un momento parece desconcertado. —El tipo cubre la servilleta con la mano y levanta la vista —. —Impresionante. un tipo de aspecto pomposo con esmoquin blanco alecciona a su acompañante: —Es simplemente cuestión de probabilidades. —El tipo lanza una sonrisa alrededor con las cejas alzadas. ¡Has sonreído! ¡El americano ceñudo ha sonreído! Ay. Ya te lo he dicho. ¿eh? —Sí. se le dibuja una sonrisa en la comisura. no podría —lo interrumpo—. y saca un bolígrafo—. Usaré la servilleta. —Abra su mente. Con un poco de práctica. un número. ¿Cuál será? ¿Un círculo. Le echo un vistazo a Ed. —Muy bien. ¡Dios! —Lo señalo con júbilo—. Pero tú puedes llamarme Larissa para abreviar. Porque nuestras normas establecen… —No soy de ningún círculo —replico en tono melifluo—. Una forma. voy a hacer otro truco. es bastante encantador. —La Gran Lara. Dígame qué he dibujado. que alza sus cejas oscuras. No quiero ofenderlo. caballero —le digo con severidad—. —Percibo un tic en sus labios y. No responde y temo haber ido demasiado lejos.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE quedado blanco—. Deseche esos . Escriba lo que quiera. De hecho. Con una letra horrible. Así me llaman mis discípulos. dice.164 - . cualquier cosa. —Larissa. ¿Cómo lo has hecho? —Magia. No pretendía llamarlo así delante de todo el mundo. yo mismo podría calcular la probabilidad de que elijas un triángulo… —No. Quizá sí he bebido demasiado. un nombre. que planea a su espalda y se inclina para fisgar.

Leeré el pensamiento a… . pero no debería haberse comportado de un modo tan detestable. hacer algunos contactos… —Me tienen sin cuidado tus contactos —replica con un mohín—. —¡Hágalo otra vez! ¡Con otra persona! —El hombre que tengo enfrente hace señas a la mesa vecina—. Y luego vamos. —Entiendo. Y no ha dibujado nada. versículos de la Biblia e incluso un dibujo de Homer Simpson. he logrado deducirlo. fechas. Nadie puede engañar a La Gran Lara. aunque ya no tan convencido. ¡Mira toda esta gente! Puedo hablar con ellos. ¿Cómo ha dicho que se llamaba? —Lara —digo con retintín—. —¿Dónde estudió? —El Gran Firenzo se ha plantado a mi derecha y me habla al oído—. Ha escrito… —Una pausa de expectación. El Gran Firenzo ha recogido sus cacharros y se ha largado. Lara. Ya se lo he dicho. ¿Cómo lo ha hecho? Es imposible que lo supiera. reaparezco y lo adivino. ¿Quién le enseñó ese truco? —Nadie. —Ya lo tengo —digo tras una breve pausa—. tengo poderes especiales.» Muestre la servilleta. por favor. La Gran Lara ejecutará una proeza todavía más asombrosa. y guarda silencio. Se pone como la grana. y se ha formado espontáneamente toda una audiencia. —Le digo entre dientes. ¿no? Han apartado varias mesas y acercado sillas. darles mi tarjeta. ¡Ja! El tipo me mira como si se hubiese atragantado. Te lo prometo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE pensamientos que dicen: «¡Soy más inteligente que nadie en esta mesa!» Obstaculizan mi visión. (Sadie me lo ha descrito y. ¡Vamos! —Un par de truquitos más. He leído su pensamiento. Poderes femeninos —añado—. Quiero bailar. por suerte. mirando a todos los presentes—. Todos saben mi nombre. —Venga. Eh. —Es un truco —musita el tipo pomposo. o sea. Hasta ahora han salido nombres. A estas alturas he depurado un poco mi número: ahora me retiro a una habitación lateral. ¡Quiero menear las ancas! —¡Sólo dos más! —Hablo con la comisura de los labios. Lara Lington. —De acuerdo —murmura. despliega la servilleta y enseguida se produce una exclamación unánime.) —Y ahora —digo recorriendo con la vista a mi público—. seguida de un aplauso. especialmente poderosos. Neil. —¡Joder! —masculla su amigo. la persona escribe lo que sea y se lo muestra al público y. Hablaré de usted en el sindicato. Lentamente. ojalá sonara un redoble de tambor—: «Estación de nieblas y frutos maduros. —Sadie aparece a mi izquierda y empieza a pasarle a Ed la mano por el pecho—. Todo el mundo arde en deseos de que le lea el pensamiento.165 - . mientras se agolpan otros invitados alrededor de la mesa—. finalmente. ven a ver esto. tapándome con la copa de vino—. Pero he despertado tal expectación que sin darme cuenta ya ha pasado una hora. Me da un poco de pena.

Ya no quedan más sillas. —¡Yo! —Una chica se adelanta corriendo. ya iremos. —Simulo una sonrisa—. Lo haremos por orden. —Te espero ahí fuera. no puede haberme dejado plantada. que se ha convertido en mi ayudante improvisado. cuando regrese. —¡Yo también! —Siéntense ahí. Debe de requerir mucha concentración. Genial. Él se ha encargado de poner orden y de facilitar bolígrafo y papel a la gente. Doy un respingo al oír la puerta y entra Ed. Miro por todas partes. Vale. —Se apoya en el marco de la puerta y me mira con curiosidad—. . Un truco más y… —¡No! Ya me he cansado. Todos los que estaban en el bar se han acercado. Estoy acalorada. —Me doy la vuelta. alarmada. Necesito un momento. Todo el mundo se lo está pasando bomba. No puede haberse ido. noto un subidón brutal. ¡Esto es fantástico! ¡Deberíamos hacerlo todos los días! —Muy bien —digo en cuanto se cierra la puerta—. Tomarme un respiro. ¿eh? —dice. Comprendo que estés enfadada. Será fácil… Pero Sadie parece enfurruñada. —¿Cuándo? —Vamos. Sea como sea… es impresionante. La puerta se abre abruptamente y suelto un gritito. —¡Sadie! —me desespero—. pero no contesta ni la veo por ningún rincón —. Estoy metida en un buen lío. ¡Ahora La Gran Lara se retirará y. Tranquila. Me meto en la habitación lateral y bebo un trago de agua.166 - . Sadie. Otra se abre paso a trompicones entre las sillas. déjate de bromas. Te lo prometo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE ¡cinco personas a la vez! Suena un murmullo de asombro y algunos aplausos. y yo sonrío con modestia. Sí… ¿por qué no? —Hay una multitud considerable ahí fuera. He de relajar la mente. giro sobre los talones. ¡Para bailar siempre hay tiempo! —¡Yo no tengo tiempo! —se enfurruña—. perdona. Es Ed. ¿Lista? —¡No! —Retrocedo instintivamente—. —Sadie. Te he observado con atención y todavía no lo entiendo. leerá sus mentes! Se oye una salva de aplausos y algunos vítores. —Me repaso el brillo de labios—. ¡Arréglatelas tu sola! —¡Sa…! —Se esfuma ante mis propios ojos—. Esto es divertidísimo. —Ya. —Ah. ¿Ahora quién es una egoísta? ¡Quiero ir ahora! ¡Ahora! —Iremos. —¿Cuándo nos vamos? Quiero ir a bailar de una vez. muy divertido. Sadie. —No me extraña. ¡Sadie! ¡¡¡Sadie!!! Vale. Pero ahora vuelve. —Hago un floreo con la mano—. —Pues… gracias. vuelve y hablemos. —Cinco mentes a la vez. En cuanto cierra la puerta. Por favor. Ésta es mi cita. Se ha enfadado. No hay respuesta. Quiero decir.

—¡Lara! —Ed aparece en la puerta—. No tiene ventanas. más oscilan las sillas. No tenía que haber… —¡Por Dios! —Ed se adelanta justo cuando me desplomo. Si consigo subir un poco más. Joder. . —Sonrío débilmente—. Es como una escalera. Situándome mentalmente. luego se toca el pecho con una mueca. Miro alrededor. ¿Y ahora qué hago? En menos de un minuto empezarán a reclamarme. —Perdona. Escalaré para llegar al otro lado. Intento deslizarme por un lado. avergonzada. Te dejo tranquila. Muy bien. pero todavía se mueve más. —¿Qué pretendías? —Me mira alucinado—. El único problema es que cuanto más arriba subo. pero está bloqueada por un montón de sillas doradas puestas unas encima de otras. La puerta se cierra de nuevo. se balancean de un modo alarmante. Inspiro hondo. El lacado de la madera es resbaladizo. Sin embargo. pero pesan demasiado. Es como la Torre Inclinada de las Sillas Doradas. Sólo estaba… reuniendo mis poderes. rebasaré la cima y podré descender por el otro lado hasta la salida de incendios. ¿Qué demonios…? —¡Socorro! —Toda la columna de sillas se viene abajo. No me llega a atrapar en sus brazos propiamente. —No puedo hacer magia —musito. pero me las arreglo. Pongo un pie en la silla de abajo y me encaramo. Pero al desplazar mi peso. cada vez que muevo un pie. No puedo quedarme aquí. Da la impresión de que todo va a desmoronarse de un momento a otro y el suelo está muy lejos. —¿Cómo? —¡Que no puedo hacer magia! —Levanto la vista. Al llegar a los dos metros y pico. Bueno. deseosos de que les lea el pensamiento y haga magia. Tengo un nudo de angustia en el pecho. mirándome los pies. Y yo estoy casi arriba de todo. ¿Pasa algo? Echo un vistazo angustiado a la puerta. la columna se tambalea de tal modo que tengo que recular. Ed me toma del brazo y me ayuda a ponerme de pie. la columna se inclina tanto hacia atrás que lanzo un grito. —¿Va todo bien? —¡Sí! Claro. Creo que le he dado una patada al caer.167 - . Me aferró a la silla siguiente sin atreverme a mirar abajo. una escalera coja y desvencijada. Sólo me queda una opción: escapar. muerta de pánico. —Ajá. Hay una puerta de incendios en un rincón. Gracias. Pongo el pie en la que parece la tercera silla desde arriba. Intento apartarlas. He de ser valiente y llegar a la cima. sólo sirve para guardar algunos muebles sobrantes. —¿Qué sucede? —me dice más suavemente. Ed se da cuenta y se apresura a cerrarla. ¡Ufff! —¡Ay! —Aterrizo en el suelo sin hacerme daño. más bien frena mi caída con todo su cuerpo—. La habitación es pequeña y de techo alto.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Se me olvidaba: ¿quieres algo del bar? —No. Subo a la siguiente.

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Me observa con suspicacia. —Pero… si acabas de hacerlo. —Lo sé. Pero ya no puedo. Me mira en silencio y parpadea cuando nuestros ojos se encuentran. Se ha puesto muy serio, como si una multinacional se hallara al borde de la quiebra y él estuviera diseñando un plan de rescate. Y al mismo tiempo, parece a punto de echarse a reír. —¿Me estás diciendo que tus misteriosos poderes orientales te han abandonado? —dice al fin. —Sí —musito. —¿Tienes idea de por qué? —No. —Arrastro la puntera por el suelo; prefiero no mirarlo. —Bueno, sal y díselo a la gente. —¡No puedo! —exclamo horrorizada—. Todo el mundo me considerará una farsante. Para ellos soy La Gran Lara. No puedo decirles: «Lo siento, ya no me sale.» —Claro que puedes. —No. Ni hablar. Debo irme. Tengo que escapar. Doy un paso hacia la salida de incendios, pero Ed me retiene por el brazo. —Nada de escapar —dice con firmeza—. Dale la vuelta a la situación. Tú puedes. Vamos. —Pero ¿cómo? —Juega con ellos. Conviértelo en un espectáculo. Si no puedes leerles el pensamiento, al menos puedes hacerlos reír. Y después nos vamos. Pero tú seguirás siendo para todos La Gran Lara. —Me mira fijamente—. Si huyes ahora, serás La Gran Farsante. Tiene razón. Me cuesta reconocerlo, pero así es. —Muy bien —cedo por fin—. Lo haré. —¿Necesitas más tiempo? —No. Ya he tenido suficiente. Lo único que quiero es terminar cuanto antes. Y luego nos vamos, ¿vale? —Hecho. —Una sonrisa se dibuja en sus labios—. Buena suerte. —Gracias. Ya van dos sonrisas, quisiera añadir. Pero no lo hago. Ed cruza la puerta y yo lo sigo, procurando mantener la cabeza bien alta. El murmullo de conversaciones se apaga para convertirse en un formidable aplauso. Suenan silbidos de admiración desde la parte de atrás y alguien empieza a grabarme con el móvil. He pasado tanto rato fuera que deben de creer que estaba preparando un final apoteósico. Las cinco víctimas están sentadas delante, cada una con un trozo de papel y un bolígrafo. Les sonrío y miro a mi público. —Damas y caballeros, disculpen este interludio. Esta noche he abierto mi mente a una gran cantidad de ondas de pensamiento. Y con franqueza, estoy pasmada de lo que he descubierto. ¡Pasmada! Usted —digo a una joven que sostiene el papel contra el pecho—. Por supuesto, sé lo que ha dibujado —le resto importancia con un gesto, como si eso no viniera al caso—, pero resulta más interesante saber que hay un hombre en su oficina que usted encuentra irresistible. ¡No lo niegue! La chica se ruboriza y su respuesta queda ahogada por un estallido

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de carcajadas. —¡Es Blakey! —grita alguien, y suenan más risas. —¡Usted, caballero! —Me vuelvo hacia un tipo rapado al cero—. Según dicen, los hombres piensan en el sexo cada treinta segundos. Pero debo decir que en su caso la cosa es más frecuente. —Más risotadas. Me apresuro a concentrarme en el siguiente—. En cambio, usted, señor, piensa cada treinta segundos… en el dinero. El propio tipo se monda. —Vaya si sabe leer el pensamiento —suspira. —Sus pensamientos, por desgracia, estaban demasiado empapados en alcohol para poder distinguirlos —le digo sonriendo al tipo corpulento de la cuarta silla—. En cuanto a usted… —Hago una pausa para mirar a la chica de la quinta silla—. Le sugiero que nunca le cuente a su madre lo que estaba pensando… Alzo las cejas, en plan burlón, pero ella no me sigue. —¿Qué? —dice, ceñuda—. ¿A qué se refiere? —Ya sabe. —Me esfuerzo para mantener la sonrisa—. Usted lo sabe… —No. —Menea la cabeza, impasible—. No sé de qué me habla. Los murmullos se apagan. Todos se vuelven hacia nosotras con interés. —¿Hace falta que se lo deletree? —La sonrisa se me está congelando —. Me refiero a esos pensamientos que tenía… hace sólo un momento… Súbitamente, su rostro se contrae con horror. —Ay, Dios. Eso. Tiene razón. Contengo un suspiro de alivio. —¡La Gran Lara siempre acierta! —Hago una reverencia versallesca—. Adiós a todos. Espero que nos veamos otra vez. Me abro paso entre el público, que no deja de aplaudir, y me acerco a Ed. —Ya tengo tu bolso —me susurra—. Una reverencia más y luego nos vamos. No respiro a mis anchas hasta que nos encontramos a salvo en la calle. La atmósfera está despejada y corre una cálida brisa. El portero del hotel está rodeado de gente que espera un taxi, pero no quiero arriesgarme a que me vea aquí alguna persona del salón, así que echo a andar rápidamente por la acera. —Buen trabajo, Larissa —dice Ed cuando me da alcance. —Gracias. —Una pena lo de tus poderes mágicos. —Me mira con curiosidad, pero yo finjo no darme cuenta. —Sí, ya. —Me encojo de hombros—. Van y vienen. Así son los misterios orientales. Si seguimos por aquí… —miro el nombre de la calle— deberíamos encontrar un taxi. —Estoy en tus manos. No conozco esta zona. Esta manía suya de no conocer Londres empieza a irritarme. —¿Hay alguna zona que conozcas? —El camino a la oficina —responde, imperturbable—. También conozco el parque que hay delante de mi casa. Y sé cómo llegar a Whole

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Foods, la tienda de comida orgánica. Me tiene harta, la verdad. ¿Cómo puede vivir en esta gran ciudad y no mostrar el menor interés? —¿No te parece que ésa es una actitud arrogante y estrecha de miras? —Hago un pausa—. ¿No crees que vivir en una ciudad sin molestarse en conocerla es una falta de respeto? Londres es una de las ciudades más fascinantes del mundo. Una ciudad increíble, llena de historia. ¡Y a ti lo único que te interesa es Whole Foods! ¡Una cadena americana, por cierto! ¿Qué tal si probaras Waitrose? Quiero decir, ¿para qué aceptas un puesto aquí si todo esto te importa un bledo? ¿Qué pensabas hacer? —Pensaba explorarla con mi prometida —dice sin alterarse. Su respuesta me corta las alas de golpe. ¿Una prometida? ¿Qué prometida? —Hasta que rompió conmigo una semana antes de venirnos juntos — prosigue—. Pidió a su empresa que la reemplazara otra persona en esta tarea en Londres. Así que me enfrenté a un dilema: venir a Inglaterra, centrarme en mi trabajo y arreglármelas solo, o quedarme en Boston, sabiendo que me la encontraría casi cada día, porque ella trabajaba en el mismo edificio. —Hace una pausa y añade—: Y su amante también. —Ah. —Lo miro, consternada—. Perdona. No tenía ni idea. —No pasa nada. Se lo ve tan impasible que da la impresión de que no le importe, pero ya empiezo a conocer su estilo impertérrito. Le importa, claro que le importa. Ahora cobra sentido su ceño permanente. Y esa expresión distante. Y su voz cansada durante la cena. Dios mío, menuda cabrona debe de ser su prometida. Me la imagino con toda claridad: una gran dentadura americana, una melena ondulante y unos tacones de aguja exageradísimos. Apuesto a que él le compró un anillo despampanante. Y apuesto a que ella se lo ha quedado. —Debe de haber sido horrible —digo débilmente mientras echamos a andar otra vez. —Ya había comprado las guías. —Mira fijamente al frente—. Incluso tenía listos varios itinerarios y visitas. Stratford-upon-Avon, Escocia, Oxford… Pero para hacerlos con Corinne. Ahora ya no tiene ninguna gracia. Tengo la repentina visión de varias guías llenas de anotaciones, con todos esos planes ilusionados, ahora guardadas en un cajón. Lo compadezco, la verdad. Creo que debería quedarme calladita y dejarme de monsergas. Pero un instinto más fuerte que yo me impulsa a seguir hurgando. —O sea, que te limitas a ir de casa a la oficina y de la oficina a casa —le digo—. Sin desviar la mirada siquiera. Vas a comprar a Whole Foods, te das un paseo por el parque y ya está. —Con eso me basta. —¿Cuánto llevas aquí? —Cinco meses. —¿Cinco meses? —me asombro—. No, no puedes vivir así. No puedes pasarte la vida encerrado. Has de abrir los ojos y mirar alrededor. Tienes que seguir adelante.

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—Seguir adelante —ironiza—. Vaya, nunca me lo habían dicho. Vale, así que no soy la única que le ha largado un rollo edificante. Bueno, qué remedio. —Me marcho dentro de dos meses —añade—. No importa demasiado que llegue a conocer Londres o no. —Y entonces ¿qué? ¿Piensas quedarte parado, simplemente vegetando y esperando a sentirte mejor? Pues así no lo conseguirás. Debes hacer algo. —Me saca de quicio y exploto del todo—: ¡Mírate! ¡Preparándoles memorandos a tus subordinados, escribiéndole mensajes a tu madre! ¡Solucionando los problemas de los demás porque prefieres no pensar en los tuyos! Perdona, te oí hablar en el Pret A Manger —añado al ver su sorpresa—. Si vas a vivir en un sitio, no importa cuánto tiempo, tienes que meterte de lleno. Si no, es como si no vivieras. Te limitas a funcionar. Apuesto a que ni siquiera has deshecho del todo el equipaje, ¿a que no? —Pues… me lo deshizo mi ama de llaves. —Ya ves. —Me encojo de hombros y seguimos andando, con pasos casi sincronizados—. Las relaciones se rompen —digo al fin—. Así son las cosas. Y no puedes dedicarte a pensar en lo que podría haber sido. Has de pensar en lo que hay. Al decirlo siento un extraño déjà-vu. Creo que papá me dijo una vez algo así, hablando de Josh. Es más, creo que utilizó las mismas palabras. Pero eso era diferente. O sea, la situación era muy distinta. Josh y yo no estábamos planeando un viaje ni trasladarnos a otra ciudad. Y ahora volvemos a estar juntos. Sí, muy distinto. —La vida es como una escalera mecánica —le digo con solemnidad. Cuando papá me lo dice me mosqueo, pero de alguna manera resulta diferente cuando soy yo la que da consejos. —¿Una escalera mecánica? Creía que era una caja de bombones. —No. Una escalera mecánica. Te arrastra pase lo que pase, ¿entiendes? —Deslizo una mano en diagonal—. Uno puede disfrutar de la vista y pillar al vuelo cada ocasión a medida que va pasando. Si no, será demasiado tarde. Eso me dijo mi padre cuando rompí con… con un chico. Ed da unos pasos sin decir nada. —¿Y seguiste su consejo? —Humm… bueno… —Me echo el pelo atrás, eludiendo su mirada—. Más o menos. Se detiene y me mira muy serio. —¿Seguiste adelante sin más? ¿Te resultó fácil? Porque a mí no, desde luego. Carraspeo para ganar tiempo. La cuestión aquí no es lo que yo hice, ¿verdad que no? —¿Sabes?, hay muchos modos de seguir adelante. —Intento mantener el tonillo solemne—. Muchas versiones distintas. Cada uno tiene que seguir adelante a su manera. Ya no sé si quiero continuar esta conversación. Tal vez sería el momento de encontrar un taxi. —¡Taxi! —Levanto la mano, pero el coche pasa de largo. Qué rabia. —Déjame a mí —dice Ed acercándose al bordillo, mientras yo saco el teléfono móvil.

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Conozco un radio taxi bastante bueno. Me amparo en un portal, marco el número y paso varios minutos en espera. Al parecer, esta noche todos los taxis están en la calle y habrá que esperar al menos media hora. —Nada. —Salgo del portal y ahí está, inmóvil en la acera. Ni siquiera ha hecho el intento de parar un taxi. Vaya—. ¿Qué?, ¿no ha habido suerte? —Lara. —Se vuelve hacia mí con una expresión confusa y los ojos vidriosos. ¿Habrá tomado alguna droga?—. Creo que deberíamos ir a bailar. —¿Cómo? —Que deberíamos ir a bailar. Sería el modo perfecto de redondear esta velada. Se me acaba de ocurrir. No puedo creerlo. ¡Sadie! Me doy la vuelta, escrutando en la oscuridad, y la localizo flotando junto a una farola. —¡Tú! —exclamo furiosa. Ed ni siquiera parece notarlo. —Hay un club cerca —añade—. Vamos. Un rato de baile. Qué gran idea, no sé cómo no se me ha ocurrido antes. —¿Cómo sabes que hay un club por aquí si no conoces Londres? —Ya, ya. —Asiente, él mismo un poco desconcertado—. Pero estoy seguro de que hay un club en esa calle. —La señala—. Ahí abajo, la tercera a la izquierda. Vamos a mirar. —De acuerdo. Pero primero he de hacer una llamada. —Miro a Sadie con toda la intención—. De lo contrario, no podré ir a bailar. Sadie desciende a la acera a regañadientes y yo simulo marcar un número en el móvil. Estoy tan cabreada que casi no sé por dónde empezar. —¿Cómo has podido desentenderte así? —le suelto en voz baja—. He quedado fatal. —No, qué va. Lo has hecho muy bien. Te he estado observando. —¿Estabas allí? —Me sentía un poco mal —dice, eludiendo mi mirada—, y fui a ver qué tal te las arreglabas sin mí. —Vaya, muchas gracias. Me has sido de gran ayuda. Y ahora —señalo a Ed—, ¿qué significa esto? —¡Quiero ir a bailar! —replica desafiante—. Así que he tenido que tomar medidas radicales. —Pero ¿qué le has hecho? Parece ido. —He recurrido a ciertas… amenazas —responde evasivamente. —¿Amenazas? —¡No me mires así! ¡No me habría hecho falta si no fueras tan egoísta! Ya sé que tu carrera es importante pero ¡yo quería ir a bailar! ¡A bailar como es debido! Y tú lo sabías. Para eso hemos venido. Se suponía que era mi noche. Pero ¡tú te has adueñado de la situación y yo me he quedado con un palmo de narices! ¡No es justo! Parece a punto de llorar. Y de pronto me siento mal. Se suponía que era su noche, es verdad, y yo se la he arrebatado. —Está bien. Tienes razón. Venga, vamos a bailar. —¡Albricias! Lo vamos a pasar de maravilla. Por aquí… —Ya con el ánimo recuperado, nos guía por unas callejas de Mayfair—. Ya casi estamos… ¡Aquí!

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Contengo la risa. —Soy su profesora de baile. ¿Esto es lo mejor que ha podido conseguir? —Escucha. Tras una hora de práctica. deberíamos ir a algún club más de moda… —¿Hola? —me interrumpe una voz femenina. ¿Listo? El bendito charlestón requiere más energía de lo que parece. Parece ansiosa. el Flashlight Dance Club. Es . —Aquí tienes.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Es un local diminuto. En la puerta hay dos gorilas medio dormidos y nos dejan pasar sin hacer preguntas. Los poderes del cerebro humano son alucinantes. ¿Se puede saber qué has hecho? —mascullo—. Ed vuelve de la barra con dos copas. —Ya. —Le tiende la mano y él se la estrecha. pero de repente he caído en la cuenta de que estabas esperándome aquí. incrédula. llevas la ropa adecuada. lo lleva recogido en un moño. ya lo creo. ¿Quién es ésta? —Necesitas unas clases —responde tan campante—. —Disculpe. Hay sitios mejores. No hay nadie bailando.173 - . —¿La has sacado de la cama? —Seguramente olvidé apuntar la hora —se excusa la mujer cuando me vuelvo—. Mucho más que una clase de Piernas. Vive arriba. —Reprime un bostezo—. La miro. Un pinchadiscos instalado en una tarima diminuta acaba de poner una canción de Jennifer López. —Le dedico una sonrisa irresistible a Ed—. Es agotador. perplejo—. me duelen los brazos y las piernas. Bajamos una escalera de madera sumida en la penumbra hasta un salón espacioso con moqueta roja. rojo descolorido. Lara. Esto es muy cutre. —Le lanzo una mirada asesina a Sadie—. top negro y falda de gasa encima de unas mallas. ¿Una amiga tuya? —dice. Gaynor. Pues vamos a bailar el charlestón. —¿Vienes por la clase de charlestón? ¿Charlestón? —Lo siento mucho —prosigue—. ¿verdad? Desde luego. Si de verdad quieres bailar. Ella quiere que bailemos el charlestón. Sadie —susurro mientras Ed se acerca a la barra. Hasta hace un momento no recordaba que teníamos una clase especial. No es propio de mí… ¡Suerte que lo he recordado! No sé cómo. saco el móvil y me vuelvo hacia Sadie—. Se lo debo. mirando a la mujer de arriba abajo. —Sonrío. El pelo. La verdad es que Sadie siempre se sale con la suya. Así que ¿por qué no aquí y ahora? —Ajá. Traseros y Barrigas. Normalmente da las clases durante el día. Y es complicado como el que más. en una pequeña habitación. iluminada con neones—. Me doy la vuelta y veo a una cincuentona esbelta y de pómulos prominentes. Hay dos tipos con cara de pocos amigos sentados detrás de la barra. ¿Desde cuándo os interesa el charlestón? —¿El charlestón? —repite Ed. candelabros. pista de baile y bar. En la vida había oído hablar de él. Has de estar coordinada de verdad. Ella es la profesora.

Y gira los pies… Ya no puedo girarlos más.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE como correr una maratón. Está en la gloria. Hace quince años que no daba una clase de charlestón. Quiero ver cómo te sale. Creo que está la mar de contenta de que hayamos venido. en fin. charlestón… —La música sigue inundando el club con su ritmo vivaracho. Salgo de la pista. a ella no le queda ningún aliento. —Y paso. Los dos tipos de la barra nos contemplan con mudo estupor. perfecto. Ahora debería conseguir que Ed baile con Sadie. —Oye. nos estrecha la mano a cada uno—. según Gaynor. charlestón… Sadie capta mi mirada. y patada… Moved los brazos… ¡Muy bien! Muevo los brazos con tal brío que ya casi no los noto. Se me van a caer a trozos. ¡Aunque es demoledor! —¡Lo habéis hecho muy bien! —Gaynor se acerca y. le doy un codazo a Ed. Me lanza rápidas sonrisas cuando lo miro. Ella sí es alucinante. Al parecer. El único problema es que tengo flato. Tendríamos que haberlo hecho antes. no nos engañemos. Porfa… Pone los ojos en blanco jovialmente y regresa a la pista. y además conoce un montón de pasos y nunca parece quedarse sin aliento… Bueno. —No me atrevo a mirar a Ed—. pero está demasiado concentrado para hablar. No paro de confundir derecha e izquierda y de dar involuntarias collejas a Ed. —¡Sadie! —cuchicheo—. Ed cruza las manos sobre las rodillas una y otra vez con perseverancia. Sus piernas vuelan adelante y atrás en un parpadeo. en un acceso de entusiasmo. Me siento fatal. Te llamaré. —Y adelante y atrás… —recita nuestra profesora—. —¿Solo? —Venga. Entonces sí habré logrado que ésta sea la noche perfecta para ella. Ellos solos. Nos dedicaremos a sus pasatiempos favoritos de los años veinte. quiero verte bien. sonríe y echa la cabeza atrás. Haz ese un-dos con los brazos. —Me seco la frente con un pañuelo—. con los ojos relucientes de júbilo. Le echo un vistazo a Sadie. Por así decirlo. A partir de ahora.174 - . —Bien. Pero la gente quiere aprender salsa. ¿vale? —Bien. por favor. bailaremos el charlestón todas las noches. . ¡Deprisa! ¡Tu pareja te espera! Abre unos ojos como platos y al punto se planta delante de él. ¡Los dos prometéis! ¡Creo que podríais llegar lejos! ¿Nos vemos la semana que viene? —Eh… quizá. es bastante diestro con los pies. que baila presa del éxtasis. Dejaré la música puesta. Los flecos del vestido se me agitan a locas. Mucho mejor que la profesora. En realidad. Supongo que hace mucho que no se soltaba el pelo en una pista. Baila tú solo un poco. —Charlestón. las clases de baile son habituales aquí por las noches. Me tiene impresionada. jadeante. —¿Qué tal? —Ed me ha seguido fuera de la pista. —Charlestón. ¡Así podéis seguir practicando! Mientras se aleja por la pista con sus pasitos de bailarina.

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—¡Sí, adoro bailar! —exclama—. ¡Gracias, muchas gracias! En cuanto Ed empieza a mover las piernas adelante y atrás, ella se sincroniza con él a la perfección. ¡Parece tan feliz! ¡Se la ve tan bien! Le ha puesto a Ed las manos en los hombros y sus pulseras centellean bajo las luces del local, mientras su tocado se balancea al ritmo chispeante de la música… Es como ver una película antigua. —Ya basta —dice Ed, riendo—. Necesito una pareja. —Y, para mi horror, se abre paso a través de Sadie en mi dirección. Ella se lleva un chasco brutal y mira, desolada, cómo su galán abandona la pista. Ojalá Ed pudiera verla, saber… —Lo siento —le digo a Sadie con los labios cuando Ed me toma de la mano y me arrastra a bailar. Bailamos un buen rato y luego volvemos a la mesa. Me siento pletórica después del esfuerzo, y Ed también parece de un humor excelente. —Ed, ¿tú crees en los ángeles de la guarda? —le pregunto impulsivamente—. ¿O en los fantasmas y los espíritus? —No. ¿Por qué? Me inclino hacia él con aire confidencial. —¿Y qué pasaría si te dijera que en este mismo sitio hay un ángel de la guarda colado por ti? Ed me mira. —¿Ángel de la guarda es un eufemismo de prostituto masculino? —¡No! —farfullo, riendo—. Olvídalo. —Me lo he pasado muy bien. —Apura su copa y me sonríe. Una sonrisa auténtica y como Dios manda: los ojos entornados, la frente relajada… ¡en fin, todo! Casi me dan ganas de gritar: «Aleluya, aleluya, aleluya.» —Yo también. —No esperaba acabar la velada así. —Echa un vistazo al club—. Pero ha sido estupendo. —Diferente —digo, asintiendo. Abre una bolsa de cacahuetes, me ofrece y lo observo mientras mastica con aire hambriento. Aunque se lo ve relajado, todavía se le notan las marcas del entrecejo. No es de extrañar. Tiene motivos para estar ceñudo. No puedo evitar compadecerlo mientras lo pienso. Perder a su prometida. Venir a una ciudad extraña. Trabajar una semana tras otra sin disfrutar de nada. Seguramente no le ha venido mal bailar un rato. Es probable que haya sido su velada más divertida en meses. —Oye, Ed —le digo en un arranque—, déjame mostrarte la ciudad. Tienes que conocer Londres. Es un crimen que todavía no hayas visto nada. Te enseñaré lo más importante. ¿Qué tal este fin de semana? —Me gusta la idea. —Parece conmovido—. Gracias. —Ya quedaremos por e-mail. —Nos sonreímos y yo apuro mi Sidecar con un estremecimiento. (Es el cóctel que me ha hecho pedir Sadie: brandy, licor de naranja y zumo de limón. Absolutamente repulsivo.) Ed consulta la hora. —¿Nos vamos ya? Me vuelvo hacia la pista. Sadie sigue a tope, agitando brazos y

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piernas frenéticamente y sin el menor signo de fatiga. No me extraña que las chicas de los veinte estuvieran tan delgadas. —Vamos —asiento. Ella puede alcanzarnos cuando quiera. Salimos a la noche de Mayfair. Brillan las farolas y sobre la acera flota una ligera neblina. No se ve a nadie por la calle. Caminamos hasta la esquina y casi enseguida paramos un par de taxis. Con mi exiguo vestido y la liviana capa que llevo encima me están entrando escalofríos. Ed me hace subir al primer taxi y luego cierra la puerta. —Gracias, Lara —me dice con su estilo formal y educadito. Empiezo a encontrarlo entrañable—. Lo he pasado muy bien. Ha sido… una noche inolvidable. —¿Verdad que sí? —Me arreglo un poco la capa, que se me ha torcido de tanto mover el esqueleto, y los labios de Ed esbozan un rictus divertido. —Entonces, ¿me pongo mis polainas para la ruta turística? —Por supuesto —asiento—. Y sombrero de copa. Suelta una carcajada. Es la primera vez que lo veo reírse así. —Buenas noches, chica años veinte. —Buenas noches.

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Capítulo 17
Por la mañana me siento un poco aturdida. El charlestón sigue resonando en mis oídos y me vienen imágenes de la actuación de La Gran Lara. Todo parece un sueño. Pero no lo es, porque el currículo de Clare Fortescue ya está en mi correo cuando llego al trabajo. ¡Eureka! Kate abre unos ojos como platos cuando lo imprimo. —Pero ¿quién es esta joya? —dice, repasando los puntos principales del currículo—. Mira, tiene un máster en Dirección de Empresas. ¡Y ha ganado un premio! —Ya —digo como si nada—. Es una directora de marketing de primera línea. Nos conocimos anoche. Engrosará la lista de Leonidas Sports. —¿Ella lo sabe? —¡Claro! —respondo con cierto rubor—. Por supuesto que lo sabe. A las diez ya tenemos preparada la lista y se la enviamos a Janet Grady. Me arrellano en mi silla, satisfecha. Kate contempla atentamente la pantalla de su ordenador. —¡He encontrado una fotografía tuya! —me dice—. ¡De la cena de anoche! «Lara Lington y Ed Harrison, llegando a la cena de Business People.» —Vacila un momento—. ¿Y él quién es? Creía que habías vuelto con Josh. —Pues claro. Él es sólo… un contacto de negocios. —Ah, vale. Es bastante guapo… Bueno, Josh también. En otro estilo. Qué mal gusto tiene esta chica, la verdad. Josh es mil veces más guapo. Lo cual me recuerda que no he tenido noticias suyas. Será mejor que lo llame, no vaya a ser que su teléfono funcione mal y que haya estado enviándome mensajes sin obtener respuesta. Para poder hablar a mis anchas, aguardo a que Kate vaya al lavabo. Entonces marco el número de su oficina. —Josh Barrett. —Soy yo —digo cariñosamente—. ¿Qué tal el viaje? —Ah, hola. Fantástico. —¡Te he echado de menos! Hay una pausa. Luego dice algo, pero no lo oigo bien. —Me estaba preguntando si tu teléfono funciona bien —añado—. Porque no he recibido ningún mensaje tuyo desde ayer por la mañana. ¿Los míos te han llegado? Se oye otro murmullo indefinido. ¿Qué pasa con la línea? —¿Josh? —digo, dando unos golpecitos al auricular. —Hola. —De repente lo oigo con claridad—. Sí. Ya me lo miraré. —Bueno, ¿me paso esta noche? —¡Esta noche no puedes! —Es Sadie, que surge de golpe ante mis narices—. ¡Tenemos el desfile! ¡Vamos a recuperar el collar!

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—Ya —murmuro, tapando el auricular con la mano—. Tengo un compromiso —continúo diciéndole a Josh—, pero podría pasarme hacia las diez. —De acuerdo. —Josh parece distraído—. Pero esta noche tengo un montón de trabajo. ¿Más trabajo? Se está volviendo un adicto. —Vale —digo, comprensiva—. Entonces, ¿almorzamos mañana? —Muy bien —responde tras una pausa—. Genial. —Te quiero —digo con ternura—. Me muero de ganas de verte. Hay un silencio. —¿Josh? —Eh… sí. Yo también. Adiós, Lara. Cuelgo y me repantigo en la silla. Me siento un poco insatisfecha, aunque no sé por qué. Toda va bien, todo va perfecto. ¿Por qué entonces esta sensación de que falta algo? Me entran ganas de volver a llamarlo para decirle: «¿Va todo bien? ¿Quieres que hablemos?» Pero no debo. Pensará que me estoy obsesionando y no es así, sólo estoy pensando. Una tiene derecho a pensar, ¿no? En fin. Pasemos a otra cosa. Me vuelvo hacia mi ordenador con gesto enérgico y me encuentro un mensaje de Ed. ¡Vaya!, qué rapidez. ¿Qué tal, chica años veinte? Gran noche la de ayer. Respecto a tu seguro de empresa, quizá te interese mirar esta página. Me han dicho que son buenos. Ed. Hago clic en el enlace y entro en una página que ofrece seguros de tarifas reducidas para empresas pequeñas. Muy típico de él: menciono una vez un problema y me encuentra una solución en el acto. Agradecida, marco responder y tecleo rápidamente un mensaje: Gracias, chico años veinte. Te lo agradezco. Espero que ya le estés quitando el polvo a tu guía de Londres. P.D.: ¿Les has demostrado a tus subordinados cómo bailas el charlestón? Responde casi enseguida: ¿Es ésta tu manera de hacer chantaje? Me entra una risita tonta y empiezo a buscar alguna fotografía de una pareja bailando para enviársela. —¿Por qué te ríes? —pregunta Sadie. —Por nada. —Cierro la ventana. No pienso contarle que estoy intercambiando mensajes con Ed. Es tan posesiva que igual se lo toma mal. O peor: igual empieza a dictarme mensajes llenos de absurdas expresiones de la jerga de los veinte. Empieza a leer el número de Grazia que tengo abierto encima de la mesa y, al cabo de un rato, me dice: «Pasa la página.» Es mi nueva

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misión. Bastante irritante, de hecho. Me he convertido en su esclava pasapáginas. —Oye, Lara. —Kate entra presurosa en el despacho—. Tienes un envío especial. Me entrega un sobre rosa, estampado con mariposas y mariquitas y encabezado con el rótulo «Tutús y Perlas». Lo abro y me encuentro una nota de la secretaria de Diamanté. Diamanté ha pensado que esto quizá te interesaría. ¡Esperamos verte esta noche! Es una hoja impresa con los detalles del desfile de hoy, acompañada de una tarjeta de identificación plastificada donde se lee: «Pase VIP para camerinos.» ¡Vaya! En mi vida había tenido categoría VIP. Le doy vueltas a la tarjeta mientras pienso en el desfile. ¡Por fin vamos a recuperar el collar! Después de tantos esfuerzos. Y entonces… Mis pensamientos se detienen en seco. Y entonces, ¿qué? Sadie me dijo que no podría descansar hasta que encontrara su collar. Por eso se me aparece. Por eso está aquí. O sea, que en cuanto lo consiga… ¿qué ocurrirá? No. No puede… Quiero decir, ella no va… No se iría sin más… ¿no? La miro, sintiéndome un poco extraña. Durante todo este tiempo me he concentrado exclusivamente en recuperar el collar. He perdido de vista lo que ocurriría después. —Pasa la página —me dice impaciente, con los ojos fijos en un artículo sobre Katie Holmes—. ¡Pasa la página! En cualquier caso, estoy decidida. Esta vez no voy a decepcionar a mi tía abuela. En cuanto vea el maldito collar, lo cogeré sin contemplaciones. Aunque lo lleve alguna persona colgado del cuello. Aunque tenga que hacerle un placaje y derribarla. Me acerco al hotel Sanderstead llena de energía. Con los pies ligeros y las garras preparadas. —Mantén los ojos abiertos —le susurro a Sadie mientras cruzamos el espacioso vestíbulo blanco. Dos chicas delgaditas con minifalda y tacones se encaminan hacia una doble puerta adornada con cenefas de seda rosa y globos en forma de mariposa. Ahí debe de ser. Al acercarnos, veo un corrillo de chicas de punta en blanco que cuchichean excitadas y brindan con sus copas de champán mientras de fondo suena una música suave. Hay una pasarela que cruza el centro del salón (con una ristra de globos plateados suspendidos por encima), flanqueada por hileras de sillas forradas de seda. Aguardo mientras las chicas de delante entregan sus entradas y luego me acerco a una rubia con un vestido de gala rosa. Tiene una tablilla en las manos y me dirige una sonrisa glacial. —¿Puedo ayudarte? —Sí. Vengo al desfile. La rubia repasa mi conjunto con aire crítico. Voy toda de negro:

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Por allí. Magnífico. En fin —añado—. Me he decidido por este color porque las diseñadoras de moda van siempre de negro. —Saco la invitación—. veo collares y más collares. permanecen repantigadas en las sillas con cara de aburrimiento. —¿Fácil de localizar? —dice con voz temblorosa—. su prima. añade—: No. Mira a ver si encuentras el collar por los camerinos. —Señala una puerta al fondo del pasillo. Una prima de Diamanté quiere verla.180 - . pero si consigues localizarla será más fácil… —Está bien —dice tras una pausa.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE pantalones pitillo. Luego inspiro hondo. altas y delgadas. con cuentas de vidrio? Diamanté pestañea. un cinturón de cuero con tachuelas plateadas y unas botas de charol con tacón de aguja. ¿Sabes dónde puedo encontrarla? —Me temo que Diamanté está ocupadísima… —Es urgente. Cadenas. si tú lo dices… —Guarda el móvil—. —De hecho. —Su sonrisa se vuelve todavía más glacial—. Puedo entrar a buscarla. Recorro el pasillo enmoquetado detrás de un tipo que lleva una caja de Moët y. camisola y chaqueta corta. Trae dos copas de champán y me ofrece una. —Le muestro mi pase VIP—. perlas. Tengo esto. Saca un móvil diminuto. Lleva una falda diminuta cubierta de corazoncitos. quería pedirte un gran favor. Y todas llevan al menos veinte collares al cuello. —Adelántate —le cuchicheo a Sadie—. colgantes… Allí donde miro. Bueno. Oh. ¿no? —¿Estás en la lista de invitados? —Sí. ¡Esto es increíble! —digo. tendría que hablar con ella antes del desfile. A ver quién encuentra la aguja… Sadie y yo nos estamos mirando horrorizadas cuando oigo la voz inconfundible de mi prima. con un susurro poco disimulado. ¡Felicidades! Gracias por invitarme. Tiene que ser fácil localizarlo. con pedrería incrustada. Es importante que no me vea desesperada—. cruzando la puerta. ¿Está por ahí? —Escucha y. no la conozco. Ellas. Diamanté. —¿Cómo sabes eso? . una camiseta ceñida. justo cuando le muestro mi pase VIP a un gorila. o deambulan de aquí para allá mientras hablan por teléfono. ¿Recuerdas ese collar con una libélula que andaba buscando tu padre? ¿Aquel antiguo. Lucen vestiditos diminutos y casi transparentes. y pulsa un único número—. —¡Lara! ¡Has venido! Diamanté se acerca contoneándose y balanceando la melena rubia que le cae por la espalda. —Ah. ¡Muy graciosa! ¡Nunca lo encontraremos! ¡Nunca! —¿Qué quieres decir? —susurro. Diamanté te espera en los camerinos. Soy la prima de Diamanté. Necesito verla sin falta. por cierto. ¡Joder! Me encuentro en un recinto enorme lleno de espejos y sillas. reaparece Sadie. no. secadores de pelo bramando y maquilladores que charlan todos a la vez con unas treinta modelos. —Hola. Es como un pajar de collares.

originalmente era de nuestra tía abuela Sadie. —Arruga el ceño—. —¡Tendríamos que ir juntas a hacernos unas extensiones de cabello! —dice con repentina inspiración—. ¿Sa-bes-dón-de-es-tá? Se apoya en mí y percibo un tufo a champán. —Sí. Menudo dilema. A mí —repito alto y claro. como si constatara un mero hecho. ¿Te parece? Si ya no lo necesitas… Diamanté me sostiene la mirada con ojos vidriosos. después del desfile. —Oye. —Agita su copa. bueno. Extensiones. —Sé lo que piensas de mí. si aprendieras el oficio y te abrieras camino tú sola. Ella asiente despacio. Vamos. Bueno. como si masticara mis palabras. ¿Debo ser sincera? —Creo que… —Titubeo y acabo lanzándome—. —Pues… no lo sé. lo que me faltaba.181 - . —¡No! —me defiendo torpemente—. Sí. tabaco y caramelos de menta. ¿Qué? Vale. Legal. —¿Qué dices? —Me quedo de piedra—. —Cruzo los dedos por detrás—. Salvo que sería muy duro. No lo dudes. Podría hacerlo. —Un gilipollas de mierda. ¡No pienso eso! Sólo… —¿Que soy una jodida niña mimada? —Bebe un sorbo de champán—. —Mi padre es un gilipollas —dice sin el menor énfasis. . No voy a meterme en ese debate. Sería genial. abriendo sus brazos esbeltos y bronceados—. supongo. de eso se trata… —Y tendría por padre a un odioso gilipollas que se cree Dios y que nos hace salir a todos en su estúpido documental biográfico… ¡sin obtener nada a cambio! ¿Qué obtendré yo? —exclama. Yo no pienso nada. Lara. pero a mi madre siempre le encantó y yo quería darle una sorpresa regalándoselo. También te hacen las uñas. Deberíamos. ¿Extensiones ecológicas? —Desde luego que iremos. Probablemente lleva todo el día bebiendo champán. Está borracha. Genial. Es todo orgánico y ecológico. Voy a un sitio que es una pasada. —El collar de la libélula —le digo—. dime. Porque él ha pagado todo esto. No creas que no lo sé.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Eh… es una larga historia. Quizá si esperases unos años e hicieras todo esto por tu cuenta. te sentirías mejor contigo misma. Y por eso has de darme el collar a mí. Lara. Sé sincera. ¿Por qué nunca salimos juntas? Quizá porque tú andas siempre por tu mansión de Ibiza y yo por la zona más cutre de Kilburn. —Ajá. En fin. La miro indecisa hasta que comprendo. —Ya —dice al fin—. —Piensas que vivo a costa de mi padre. Así que tal vez. ¿por qué no somos amigas? O sea. —Su mirada parece centrarse con una especie de penetración étnica—. Diamanté nunca me ha preguntado mi opinión. no guay… pero ya me entiendes. tú eres una tía guay. Fantástico. Etcétera. podría… eh… quedármelo. Diamanté se balancea sobre sus botas y yo la cojo del brazo para que no pierda el equilibrio.

Para mi madre.182 - . —Claro que sí. Si no te importa… —¡No! ¡El desfile está a punto de empezar! —Diamanté me empuja hacia la puerta—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Tienes razón —me apresuro a decir—. Me dijo que me daría otros a cambio. Ya me han sacado afuera. Yo valoro tu visión como diseñadora y tal… Pero ¿me lo darás después del desfile? Tiene una expresión tan vacía que me temo que habré de explicárselo todo otra vez. —¿Tu padre no quería que viniera? —Me humedezco los labios—. Pero volviendo al collar de la libélula… —Mi padre se ha enterado de que venías hoy. Está ahí dentro. el que tiene esa libélula tan mona. desesperada. No voy a correr más riesgos. —Ya lo busco yo —digo—.» Y entonces se puso a hablar del collar. —Genial. por si acaso. Lyds. El tío Bill sigue detrás del collar. por favor. acompáñala. ¿Y dónde lo tienes ahora mismo? ¿Podría verlo? En cuanto le ponga la vista encima. Debe de llevarlo alguna de las chicas. Collares por todas partes. cielo. Así aprenderá papá. Lyds se encoge de hombros. En cuanto acabe el espectáculo. me pongo a dar saltitos de frustración. Como si dijese: «La aguja debe de estar por aquí. Escucha. cariño? —Lyds se acerca con el móvil en la mano. —No me acuerdo. ansiosa— y un colgante en forma de libélula que llega hasta aquí… Pasan dos modelos con un montón de collares al cuello y yo los miro. —Procuro no mostrar el alivio que siento—. En cuanto se cierran las puertas. ¿Te dijo por qué? —Yo le repliqué: «¿Qué más da si está un poco loca?» —Lo dice como si yo no estuviera delante—. El collar de Sadie lo lleva una de esas . ¿Sabes dónde está el collar de la libélula? —¿Cómo. ¿Sabes dónde está? —Con una doble hilera de cuentas amarillas —intervengo. joder. —El collar antiguo. aguzando la vista. Pero ¿por qué? Lo único que sé es que debo encontrarlo. Hay modelos por todas partes. —¡Claro! ¿Lyds? —Llama a una chica con un top a rayas—. en el pajar. Soy diseñadora. ¿sabes? —Abre unos ojos como platos—. lo cojo y me largo.» La sangre me bombea en los oídos.» Y yo: «¡Que te zurzan! ¡Es mi prima. —Diamanté —le digo cogiéndola por los hombros—. —Pero… Demasiado tarde. es tuyo. Ese collar es muy importante para mí. Me ha llamado por teléfono. ni siquiera me oye—. Entonces me rodea el cuello y me abraza con fuerza. ¿vale? Tengo mi propia visión. En plan: «¿Qué hace ella en la lista de invitados? Sácala. «Haz el favor de ser más tolerante. joder!» El corazón me da un brinco. Y yo: «No pretendas engatusarme con el jodido Tiffany.» Miro alrededor. Que la pongan en primera fila. ¿sabes? —Por lo visto.

Me echo hacia delante. La gente que tengo alrededor sufre accesos de tos. —¡Esto es inútil! —Sadie se materializa de golpe y sube de un salto a la pasarela. cuentas y amuletos—. Procuro sonar optimista. Para mi espanto. ¿No te parece? —Pues sí. para esa borrosa serie de cuentas. Me quedo paralizada. Nada segura. en un asiento de primera fila. Está al borde de las lágrimas—. alza una mano con calma y me saluda. ¡No lo veo! ¡Te lo he dicho. surgiendo a mi lado. Empiezo a . las luces parpadean por todo el salón y se oyen gritos de entusiasmo. la niebla va disipándose. —¡Tiene que estar! —me obstino mientras cruzamos el pasillo—. ¿Cómo voy a ver a las modelos así? No digamos ya el collar. ¡Apaga eso! Finalmente. pero pasa tan deprisa que cuesta distinguirlos. Al otro lado de la pasarela. pero no estoy tan segura. —Pero yo sólo tengo ojos para los collares. seguramente los amigos de mi prima. —¡Una colección súper! —exclama la chica que tengo al lado—. y lo acompañan Damian y otro ayudante. Escucha. Te lo prometo. Lo imito torpemente.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE modelos. está el tío Bill. Se planta frente a la modelo y escruta atentamente el amasijo de cadenas. Lleva un traje oscuro y camisa sin corbata. y entonces lo veo con el rabillo del ojo. que no vemos nada! —grita sin cortarse una chica—. y la gente es tan alta y espigada que desde más atrás no habría visto nada. Mientras lo contemplo horrorizada. La música resuena con golpes sordos. La música sube de volumen y de repente aparece la primera modelo con un vestidito blanco. Observo los collares que se agitan en su cuello. Diamanté! —grita uno de ellos. levanta la vista y me mira a los ojos. —¡Vamos. Al comenzar el desfile hay al menos seis filas ocupadas a cada lado. Recorre la pasarela con ese contoneo propio de las modelos que resalta sus caderas huesudas y sus brazos flacuchos. Sadie. En la pasarela parpadean topos de color rosa y por los altavoces suena un tema de Scissor Sisters. He mirado todos los collares.183 - . He examinado a todas las chicas. —Tampoco aquí. comienzan a surgir nubes de hielo seco en la pasarela. lo lleva una modelo. no aparece. No está. Fantástica. estilo enagua y estampado con telarañas. Las miraremos atentamente a medida que vayan pasando y acabaremos por encontrarlo. Le echo un vistazo al tío Bill y siento un escalofrío. Afortunadamente me han puesto en primera fila. lista para observar concienzudamente a la primera modelo. Él también está examinando los collares. Pero ¿cuál? —No lo veo por ningún parte —dice Sadie. dorados y joyas de imitación. —¡Diamanté. no está aquí! Aparece la siguiente modelo y Sadie se abalanza para examinar sus collares. Tras unos segundos interminables.

cuando oigo un tumulto en la puerta. inmóviles mientras les repasan el maquillaje… Miro alrededor.184 - . Estaba esperando un taxi y he entrado a buscarte. una sensación de fracaso… Oh. Una ajorca. Oh. voy tras ella y lo recupero. Tengo el collar apenas a medio metro. enrollado en el tobillo de una modelo. Dios mío. —¿Qué me has llamado? —El gorila suena amenazador y no puedo reprimir una sonrisa… pero se me congela cuando Sadie reaparece con ojos desesperados. Cueste lo que cueste. Esa modelo se ha llevado mi collar. a ver si la localizo por algún lado. Normas de la jefa. Regresa desconsolada unos instantes más tarde. En pocos segundos habrá abandonado la pasarela. —Este señor es Bill Lington. pero ella se desvanece otra vez. Él ha pagado todo esto. —¿Un taxi? —La miro horrorizada—. —Me vuelvo. —El puto jefe es él —le espeta Damian—. ¿Dónde demonios se ha metido? Me abro paso entre secadores de pelo y percheros cargados de ropa. ¡Lo hemos perdido! —Pero Diamanté me lo prometió. El tío Bill se ha puesto de pie y su gente va abriéndole paso. corro por el pasillo hasta los camerinos y le muestro mi pase al gorila de turno. Echo una ojeada al tío Bill… ¡Horror. guiñando los ojos porque un topo de luz me da en la cara. No me extraña que Sadie no lo encontrara. —¡Mi collar! —Se abalanza sobre la modelo. Sin atreverme a mirar atrás. murmurando disculpas y repartiendo pisotones. Sólo porque no tenga un pase de camerinos… —Sin pase no entra —replica el gorila. imbécil. inflexible—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE tener un mal presentimiento. Pero… pero… —Lo hemos perdido otra vez —dice fuera de sí—. y le grita—: ¡Es mío! ¡Es mío! En cuanto la modelo salga de la pasarela. No veo a la modelo. buscando a mi prima . Miro al otro lado. Ellas se quitan la ropa a tirones o se dejan vestir y peinar. él también tiene los ojos fijos en el collar! La modelo se aleja con sus andares estilizados. ¡Maldición! Me levanto de un brinco y empiezo a salir. jadeante y muerta de pánico. Al menos tengo una ventaja: estoy en el lado de la pasarela más cercano a la entrada. cruzo la doble puerta. La zona de camerinos es un auténtico caos. Dios mío… ¡ahí está! Justo delante de mis narices. Esto es insoportable… Sadie sigue mi mirada y da un grito. ¡Y ahora se ha marchado! —gime. Bill Lington. que sigue adelante como si tal cosa. pero sabía que serías demasiado lenta. ¿entiende? —Es la voz de Damian y parece estar perdiendo los estribos—. El corazón se me desboca mientras contemplo sin aliento las cuentas amarillas entrelazadas como una ajorca. Maldición. Podría inclinarme y agarrarlo. —¡Rápido! ¡Ven! —¿Qué pasa? —La sigo. —¡Se ha ido! —farfulla tragando saliva—. Una mujer con tejanos ladra instrucciones y guía a las modelos a empujones hacia el escenario. La modelo sigue con sus contoneos.

—Papá tiene razón —dice—. se ha ido a una fiesta a París. enciende un cigarrillo y da dos profundas caladas—. mientras. —La ajorca.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —. —¡Joder. Un jet privado —aclara ante mi desconcierto —. ¿Recuerdas el collar de la libélula que llevas puesto? —Ajorca —le apunto—. Flora! ¡Cariño. sí. ¡Eh. Lo llevaba como una ajorca. Llámala ahora mismo. Tengo que recuperar ese collar. —Saca el móvil y pulsa un número de marcación rápida—. Ahora sólo me une al collar una cadenita muy . escucha. Me lo ha prometido. que me taladran los oídos. Le he dejado que usara el vestido. Pero me contengo. Me voy a París. ¿Perfecto? He tenido el collar a medio metro. Flora no sabe dónde es la fiesta. —Pero ¡también se ha llevado el collar! —Hago un esfuerzo para no gritar demasiado—. ¿sabes? Sí. o algo así. pues la loca de mi prima lo quiere sí o sí. ¿Cómo va a ser perfecto? Me entran ganas de chillar. Y ahora resulta que va camino de París y no sé cuándo me lo enviarán.185 - . Un momento más tarde. Dile que voy a buscarla. No sé qué día exactamente. las modelos llegan a los camerinos. Le sostengo la mirada. has estado impresionante! ¿Vas camino del aeropuerto? Muy bien. alucinada. ¡Prometió que me lo daría! No puedo creer que lo haya dejado escapar otra vez. Dice que quiere llevar el collar porque le va perfecto con el vestido. pero en cuanto lo haya usado. ahora mismo —ironiza. Pero eso me gusta. El desfile debe de estar terminando. ¿Qué combinado de drogas se habrá metido? —Se llama Flora —me susurra Sadie al oído. cueste lo que cueste. llámala. Debería haberlo cogido sin más. Flora —dice mi prima. —¡Flora! ¡Se ha ido! —Ah. seguidas de una Diamanté emocionada. levanta la vista y me echa el humo en la cara—. Sí. te lo envía. debería haber sido más rápida y haber actuado con más astucia… En la sala principal se oyen vítores y gritos. ¡El collar! ¡La chica que lo llevaba se ha ido! Ella me mira sin entender. —¿Mañana por la mañana? ¿Sin falta? —No. por favor. ¡Sois una pasada! ¡Os quiero! ¡Vamos a celebrarlo! Me abro paso a duras penas entre las modelos. —¿Qué chica? Por Dios. Se va a París a recogerlo. ha sido fantástico! —exclama radiante—. Completamente… Claro… —Al fin. Bueno. ¿Dónde es la fiesta? ¿Puedes quedar con ella? —Escucha unos instantes y. ¿No es perfecto? —Me sonríe y me ofrece la palma de su mano. pero que te lo enviará por mensajero. soportando con una mueca los pisotones que me dan con sus tacones y sus gritos estridentes. Estás loca de remate. —¡Diamanté! —llamo por encima del alboroto—. Diamanté. En el jet de su padre. como si yo fuese dura de mollera—. Ella me mira boquiabierta y luego alza los ojos al cielo. al alcance de la mano. Ah. tan tranquila—. Parece que la organiza una amiga de su madre. ésa. Ella había prometido dármelo. Vale.

deletreándole cada palabra dos veces. . lo perderé para siempre. Ahora sólo resta cruzar los dedos.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE frágil y el eslabón más sólido es Diamanté. luego cojo su móvil y le dicto mi dirección a Flora.186 - . Si consigo cabrearla. —¡Perfecto! —asiento con una sonrisa forzada. Y esperar. chocando su mano.

Pues no te entrometas. Apago el ordenador con un suspiro y me pregunto dónde estará el collar en este momento. Sólo aprensiones infundadas. ¿verdad? —¿Para qué preguntas si ya lo sabes? —Doblo la esquina. insisto en que debes entrar en razón — dice—. y yo le repliqué de mala manera por criticar mi maquillaje. —Hasta luego —les digo a Kate y Sadie. Tengo algo de mieditis. Pero no estoy de humor para aguantar a Sadie. —¿Adónde vas? —me pregunta. no es que tenga dudas ni nada. la verdad. O en alguna maleta en el asiento de un descapotable… Siento un nudo en el estómago. te estás engañando. No voy permitir que . Josh no está enamorado de ti. La verdad es que me atormenta la sensación de haberle fallado. tratando de quitármela de encima. El collar aparecerá. y salgo del despacho sin darles oportunidad de responder. —Camino deprisa. ahora que voy a ver a Josh. Y entretanto debo continuar con mi vida. O sea. sin hacerle caso—. supongo. Déjame en paz.187 - . aun así. Debe de resultar muy solitario andar flotando por el mundo sin poder hablar con nadie. No estamos muy habladoras. Mientras termino de teclear mis correos en el despacho. estamos desde anoche con los nervios de punta. De hecho. —¿No dijiste que no eras mi ángel de la guarda? —le digo por encima del hombro—. Pero ella no se inmuta. He quedado para almorzar con mi novio. No puedo obsesionarme con lo que podría pasar o salir mal. que aparece a mi lado cuando ya estoy cerca de la estación del metro. He tenido dos veces el collar al alcance de la mano. Ella saltó esta mañana cuando le pisé un pie (se lo atravesé. —A ninguna parte. Debo creérmelo. En algún punto de París. No es eso. para ser más exactos). Debo creérmelo. abuelita. Si aún te lo crees.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 18 Recuperaremos el collar. Sadie lleva un buen rato callada. —Como ángel de la guarda. —Has quedado con Josh. Me siento del todo impotente. que digamos. colgado del cuello de Flora. No quiero compañía. permanece sentada en el alféizar con la espalda rígida. Me pongo la chaqueta y recojo el bolso. Pero ¿cómo podría localizar a Flora? No sabría ni por dónde empezar. —¡No me llames así! —replica indignada—. La ansiedad me reconcome y me hace estar nerviosa y a la defensiva. Pero Sadie y yo. Esta mañana me levanté preguntándome si debería tomar un tren a París. y en ambas lo dejé escapar. Me lo creo. He de ponerle fin a todo esto o acabaré como mamá.

aquí estamos. También me siento respaldada. El pelo le brilla a la luz del local y sus ojos se ven tan azules y límpidos como siempre. Esa observación me pilla desprevenida. Esto es el colmo. —No vayas a creerte que tienes poderes tan irresistibles. Ahora se enterará Sadie de si estamos enamorados o no. Alzo la copa de vino blanco que ya había pedido para mí. ¡Perfecto! Tendría que haberlo utilizado hace mucho.188 - . noto un hormigueo en el estómago. —La voz de Sadie me persigue. si me apeteciera —responde con desprecio—. O triunfo. implacable—. por si quieres saberlo. —Menea la cabeza. Mientras entrego mi abrigo. Ha llegado antes de hora. y lo único que pienso es: «¡Sííííííí!» A continuación hace ademán de sentarse. Me refugio en un asiento del rincón. tal vez. Un convoy se acerca. pero yo lo atraigo y nos besamos otra vez apasionadamente. —Sí. y bajo presurosa las escaleras del metro. —¡No es una marioneta! —le espeto. Lo abrazo y sus labios se encuentran con los míos. —¿Lo ves? —le susurro a Sadie—. Yo quiero a Josh y él me quiere a mí… —Me interrumpo al ver que toda la gente del vagón me mira. —Ni siquiera lo amas. saco mi iPod y me pongo los auriculares. . Yo le dije lo que debía pensar y decir. —Bueno —digo casi sin aliento—. Necesito ordenar mis ideas. Me vuelvo hacia ella y saco el móvil de golpe. Maldita engreída. No lo amas de verdad. Josh se aparta y nos sentamos. Le propuse a Josh que nos encontráramos en el Bistro Martin para disipar todo recuerdo de la estúpida de Marie. —¡Eso… eso es una idiotez! ¡Sólo demuestra que no te enteras! No tiene nada que ver. —Ni siquiera él sabe lo que piensa. Paso el torniquete. Cuando veo que se dispone a contraatacar. Finalmente. Al llegar a su lado. Ja. ¡Quizá acabe haciéndolo para que entres en razón! No vale la pena seguir discutiendo. Es como el muñeco de un ventrílocuo. podría hacerlo bailar sobre la mesa y hasta cantar una canción de cuna. Aquí estamos. Paso a través de ella a propósito y me dirijo hacia la mesa sin hacer caso de sus chillidos de protesta. corro al andén y subo justo a tiempo. desdeñosa—. si no? —Para demostrarles a todos que tenías razón —dice. y se cruza de brazos. —¡Claro que sí! ¿Por qué crees que estaba tan hecha polvo? ¿Por qué habría de desear que volviera conmigo. perseguida por Sadie. Una mezcla de todo. ¿eh? Josh es un tipo muy firme. para que luego digas que no le importo. Josh se dispone a incorporarse. En un instante su voz queda ahogada. veo que ya está en la mesa y noto una oleada de alivio.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE pierdas el tiempo con una marioneta pusilánime y sin sangre. —Cielo. O amor. Felicidad.

ahora que lo recuerdo. por Dios. empezando en Bombay… —¡No empieces a planearlo todo! —me ataja—. Coge la carta y empieza a ojearla. Esperaba una reacción más enérgica. Concéntrate. No podría. —¿Lo ves? —La voz de Sadie. —¿Pasa algo? —No. —Pero… —Perdona. ¡Él no quiere estar aquí realmente! ¡Ya te lo he dicho. Y sé muy bien que fui yo quien te lo pidió. estoy acariciando la idea de tomarme una temporada libre. Actúa como si fuese una lámpara. —¡En-una-playa! —En una playa —repite. Nunca se estresa. —¡No es normal! —clama Sadie—. Dejar el trabajo y viajar por ahí. me provoca un sobresalto. —Algún día deberíamos ir a Goa —sugiero. Su filosofía consiste en ir tirando sin complicarse la vida. tú y yo otra vez juntos. —Me parece normal —digo. Lo está estropeando todo con ese estúpido truco. —Aunque también pienso que algún día… quizá tú y yo… deberíamos casarnos. —¡Y-tener-seis-hijos! —Me encantaría tener montones de críos —dice tímidamente—. Se cierne sobre nosotros como un ángel vengador. ¿Sabes?. es una simple marioneta! ¡Puedo obligarlo a hacer o decir cualquier cosa! ¡Algún-día-te-gustaría-casarte-con-ella! —le grita al oído—. como si el tema ya estuviera zanjado. me digo: su maravillosa despreocupación. —¿Qué tal el trabajo? —se apresura a preguntar. Josh tiene la gentileza de parecer un poco incómodo. confuso—. Seis meses o así. planeando sobre la mesa. —Suspiro—. Al menos… —Se restriega la cara con las manos y luego me mira. para ser sincera… no tan perfecto. obediente. Es muy pasota. No puedo evitar una punzada de frustración. Pero a veces me viene un pronto de quécoño-estamos-haciendo. . ¿Te parece bien? Le lanzo una mirada asesina a Sadie. —¡Podríamos hacerlo juntos! —propongo alegremente—. Josh nunca reacciona demasiado. No mires. —Perfecto.189 - . Aunque. Natalie se largó a Goa y me dejó a cargo de todo. Dicen que es fantástico. ¡Díselo! Josh parece aún más confuso. Ha sido una pequeña pesadilla. Nunca reacciona de un modo exagerado.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¡Por nosotros! ¿No es maravilloso volver a estar juntos? ¿En nuestro restaurante favorito? Siempre asociaré este sitio contigo —añado con cierta intención—. Lo miro. —Incluso él parece sorprendido—. Perdona. lo cual es muy sano. Y eso me encanta. mirándolo con determinación—. Bueno. Ya sé que es fantástico. llevará su tiempo. Tenemos que reajustarnos. Cuatro… o cinco… incluso seis. No me agobies. Nunca se irrita. —¿De veras? Qué mal. Con nadie más. aturdida. —Sí.

—Asiente con seriedad—. Tú no quieres ir a Suiza ni hacerte inventor. por mucho que lo incites a decir cosas. ¿no? —Alza la barbilla y sus ojos relucen un instante—. Se desvanece en el acto y yo me acerco a la mesa. Creo que debería hacerme inventor. La mataré. Quiero irme a Ginebra y reciclarme en astrofísico. casi afónica—. ¡Y tener un montón de hijos! —¿Eso crees? —se mofa. —Pero ¡tú no eres científico! —gorjeo. —Los ojos le brillan como a un peregrino que acaba de ver a la Virgen—. Es una idea… asombrosa. —Se lanza hacia la puerta. Así me creerás por fin. —¿Qué pretendes? —Demostrar mi tesis. —Josh… —Intento conservar la calma—.190 - . Ahora todo encaja. ¿Qué demonios pretende Sadie? Reaparece de sopetón a mi lado. no. Se me cae el alma a los pies. —¿Qué desafío? —me horrorizo—. Ya le está chillando al oído. —No. ¿Ya has decidido qué vas a pedir? Ni siquiera parece oírme. apretando los labios para contener la risa.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Un momento. No puedo llegar más deprisa porque tengo delante a un camarero con cinco platos. hecha un manojo de nervios. ¡Yo no te he retado! Vuelvo corriendo al comedor. En el fondo. ¿Cómo vas a convertirte en astrofísico? —Pero quizá yo estaba hecho para estudiar ciencias —dice con fervor —. ¡Vete de una vez! —Muy bien —replica con indiferencia—. Se me acaba de ocurrir. Muy bien. Oye. —¡Josh! —Chasqueo los dedos—. Tú trabajas en publicidad. Tengo que cambiar mi vida. como si estuviera grogui. —Parece tan eufórica que me dan ganas de estrangularla. he estado pensando. pero Sadie se me ha adelantado. Cierro de un portazo el lavabo y miro furiosa a Sadie. así de repente. ¡Me voy! Pero aun así verás que tengo razón. Debo ir al baño. Él no piensa por sí mismo. —Se inclina hacia delante y me mira con intensidad—. —¡Por supuesto que sí! Además. seguramente sí desea casarse conmigo. De inmediato. ¡Despierta! —Perdona. Josh levanta la vista y me mira con expresión remota. —¿Qué has hecho? —Ya lo verás. eso no demuestra que no me quiera. Yo estaba equivocado. Josh —le digo con calma—. Desafío aceptado. como si estuviera en trance. ¿Qué le habrá dicho? —Bueno —digo con aire jovial—. —¡Sí! No podrías obligarlo a decir nada que no creyera de verdad en su fuero interno. Lara. —¡Déjame en paz! —murmuro—. —Ah. Sadie lo ha mareado a base de bien. —¿Inventor? —Y trasladarme a Suiza. ¿Nunca has oído una voz interior diciéndote que has de cambiar de vida? ¿Susurrándote que vas por un camino equivocado? . Nunca he cruzado un restaurante a tanta velocidad. Josh tiene los ojos vidriosos. No lo comprendes.

Debiste de conservarla por algún motivo. —Ya veo —digo al fin. cuando le das vueltas y vueltas a la manivela y no hace más que toser. —Me mira como si no comprendiera mi reacción—. Me duele la garganta de tanto aguantarme las lágrimas. —Saca el móvil y vuelve a mirarla—. recaudaremos fondos… Se me llenan los ojos de lágrimas. el Josh que tenía en mi cabeza. Abriremos un centro especial para especies en peligro de extinción. —Ah. —Arruga el ceño—. Lara. Lara. uno ha de escucharse a sí mismo. Me encanta esa foto. irritado. Tú siempre me lo has dicho. —No me acuerdo. pensando en mis cosas. —Josh… —No. Abrir un zoo. Lo he captado. Contrataremos a expertos. eso. Y eran casi. la cuestión es que oí esa voz en mi cabeza… —¡Olvídate de la voz! ¿Pasó algo más? Frunce el entrecejo. por otro. Me limito a pasar el dedo por el borde de la copa una y otra vez. —Me coge una mano—. —¿Exactamente… igual? —Sí. ¡No le hagas caso! Tú piensa: «¡Qué voz más estúpida!» —¿Cómo puedes decir eso? —replica asombrado—. Algo me dijo que era lo correcto. tan segura de que en cuanto volviera conmigo comprendería… de que sintonizaríamos en el acto y todo sería fantástico. Como cuando me di cuenta de que debía volver contigo. Como una revelación. Una voz interior.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¡Sí. La de tu móvil. incapaz de levantar la vista. Existía por un lado el Josh real y. escúchame bien. Como una epifanía. pero no escuches esa voz! —Pierdo los papeles—. Es el paisaje que más me gusta del mundo. claro. —Pero después de oír esa voz… —procuro no parecer ansiosa— ¿sentiste que se reavivaban tus sentimientos por mí? Como con un coche antiguo. «Está bien —le digo a Sadie mentalmente—.» —Josh… —lo interrumpo—.191 - . Creo que por fin lo veo claro. Estaba tan convencida. igual que antes… Pero tal vez siempre he estado pensando en otro Josh. —¿Qué más tenía que pasar? —¡La foto! —indago a la desesperada—. Empezaremos una nueva vida. Todavía tiene esa expresión vidriosa. cuando me ha venido la inspiración —me explica con entusiasmo—. Me decía que aún te amaba. —Sus facciones se relajan—. Su paisaje preferido. No te lo tomes a mal. ¿Por qué quisiste volver conmigo? Se hace un silencio. —Da una palmada en la mesa—. ¿Sentiste que algo se reavivaba en ti? Josh me observa como si le hubiera formulado una pregunta con trampa. hasta que de pronto arranca y se pone a funcionar como si nada. —Bueno. Exactamente igual. ¿Qué te parece? Creo que voy a echarme a llorar. ¿Y sabes qué más se me ha ocurrido? —La cara se le ilumina—. —Pero no me refería… —Estaba aquí sentado. . Sus palabras me dejan helada. Ven conmigo a Ginebra.

La verdad es que ha estado así la mayor parte de la conversación. —¿Y bien? —Sadie me arranca de mis pensamientos. ¿Astrofísica? Ella estalla en carcajadas. Obviamente. —Escucha. no pienso darle ese gusto. Menos mal que no ha tratado de influir en los líderes mundiales o algo así. Ni abrir un zoo. Josh —le digo finalmente—. Habéis roto. Sé que he hecho lo debido. Lamento haberte atosigado todo este tiempo. cierro la carta que tengo delante—. Debería haber dejado que siguieras adelante con tu vida. —¿Has ido alguna vez a Ginebra? —me pregunta. Mientras regreso al despacho en metro. Un zoo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE casi iguales. Ni convertirte en astrofísico. que hemos roto y que ha sido gracias a sus superpoderes. pienso lúgubremente. Podría haber desatado un conflicto a escala planetaria. —¡Para morirse de risa! Se cree que todo es pura diversión. Sé que Josh no me quiere. La odio. ¿Te ha dicho que quería abrir un zoo? Quiere oír que tenía razón. Acabo de decirle que no tiene sentido que sigamos juntos. Acabo de rechazar a Josh. Pero resulta muy duro. salvo por un pequeño detalle. por favor. —Completamente. me siento como anestesiada. Regreso bruscamente a la realidad. Aunque tenga toda la razón. Que uno me amaba y el otro no. me estaba esperando—. Y que acabaré asumiéndolo. Ginebra. —¿Y qué? —Se mece en el aire con regocijo—. Levanto la cabeza y lo miro como si lo viera por primera vez. No voy permitirle que se ría a mi costa. Sólo que… no es el arco de mi violín. —¿Estás segura? —dice con un hilo de voz. el brazalete de plata que siempre lleva en la muñeca. . Todavía no logro asimilar la magnitud de lo ocurrido. —¿Cómo? —Me parece todo un error. Sólo la cuenta. aunque hayamos roto y aunque se lo deba a sus superpoderes. sobre todo cuando podría haberlo retenido fácilmente. Ni… —trago saliva. Pues bien. armándome de valor— ni volver conmigo. —¿Ginebra? —le digo—. Josh. No tiene ningún problema. —Cuando el camarero se acerca. ¿Cómo se le habrán ocurrido estos disparates a Sadie? Le ha armado un desbarajuste monumental en la cabeza. Por el amor de Dios. ¿Te has convencido? No me lo digas. No. Él me mira patidifuso. no creo que debas trasladarte a Ginebra. Sigue siendo el mismo.192 - . Y la culpa es mía —añado—. No volveré a molestarte. Es una auténtica irresponsable. Su rostro atractivo. no mencionó nada de un zoo. Sé que el Josh que tenía en mi cabeza era una fantasía. su camiseta con el logo de un grupo marginal. Menos mal que se ha limitado a entrometerse en mi vida sentimental. No comeremos nada. —¿Un zoo? —Finjo perplejidad—. Tan fácilmente.

No puede ser.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE ¿Debería haberlo hecho? —Ah. Me alegra que valores nuestro trabajo —dice con su habitual seguridad—. Abro la puerta. —¿Para casaros y tener seis hijos? —replica con sarcasmo. he tenido . ¡Ja! Chúpate ésa. ¿Qué demonios hace aquí? Sentada en mi silla y hablando por mi teléfono. Y que se sentía un poco extraño. como un relincho. —¿Una chica? ¿Qué chica? —Me apresuro a subir. Es mi trabajo. viste una camisa blanca y un pantalón pitillo azul marino y no para de salpicar su conversación con una risa ronca. —Vale. bueno. hablaré con ella. Es un acierto seguro. Obviamente tiene cosas que aprender aún. —Continúo caminando sin mirarla. Me mira ceñuda y no se le ocurre ninguna réplica. Yo estaba decidida a ganármela como fuese… No. gracias. como si me sorprendiera la pregunta—. gracias. aunque suena a la defensiva. sólo me hace un guiño. Luego comentó que últimamente oía una voz irritante. —Hay una chica en tu despacho —me informa. Clare Fortescue llevaba muy bien guardadas sus cualidades. Y no me gusta nada su aspecto. Jane.193 - . Está sumamente bronceada. —Dijo algo sobre Ginebra. Natalie. para eso cobro mi porcentaje… —Suelta otra vez esa risa ronca. siguiéndome—. Sadie? —Le dirijo una mirada condescendiente—. —Ya lo creo —respondo. y justo entonces suena un pitido en mi móvil. —¿Sabes. Janet. Doblo la esquina y entro en el portal de nuestro edificio. pero enseguida lo descartó como una idea absurda. nos mantenemos en contacto. No muestra la menor sorpresa al verme. ¿Sigue en pie lo del tour del domingo? E. fantasmilla. —Me encojo de hombros—. tal vez Shireen haya pasado a saludar. —No hablas en serio —acierta a decir—. —Bueno. Sí. Posee un inmenso talento. La veo tan perpleja que casi me siento animada. —Es de Josh. Nos veremos el domingo. ¿sabes? Se ha quedado turulata. pero… Sí. Y luego acordamos tomarnos las cosas con calma. pero que lo más importante era que quería seguir conmigo. —Sonrío con ternura sin alzar la vista de la pantalla—. Le echo un vistazo y veo que es un mensaje de Ed. que se limita a encogerse de hombros. Le dirijo una mirada estupefacta a Kate. Tal vez seas capaz de manipular la mente de las personas. pero no puedes jugar con sus corazones. Tienes razón. —¿Me estás diciendo que seguís saliendo? —Pues claro —replico. entro… y me quedo paralizada del susto. —Deja de mecerse de golpe. Hace falta algo más que un fantasma gritón para romper una relación auténtica.

pero es una chica prometedora. Janet. —Me hace otro guiño—. Iremos a almorzar. —Bueno. gracias. Ante mi mirada incrédula. Cuídate. No la des por imposible.194 - . Natalie cuelga y me sonríe con aire perezoso. ¿cómo van las cosas? .SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE que sacarle las castañas del fuego. De acuerdo.

En fin. Y además no importa: si resulta que se han producido cagadas en mi ausencia. Y Sadie cree que salgo con Josh. Ni se te ocurra.195 - . —¡No iría aunque me lo pidieses! ¿Crees que me apetece seguiros a ti y esa marioneta? No. Natalie Masser. porque ha sido todo mérito mío!» E incluso: «Así que te despidieron. de modo que no pude volver a meter baza. No le puse los puntos sobre las íes. que ha vuelto. Pero ahora ya está. ¿Cómo puedo ser tan pazguata? El viernes estaba atónita y dejé que Natalie se hiciera con las riendas. así que por una vez no me atosiga. ha sido muy duro. Natalie! ¿Cómo es que…? Pero… Y ella se embarcó en un largo relato: que si el tipo de Goa resultó ser un gilipollas infiel. que si había decidido darme una sorpresa… ¿Es que no suspiraba de alivio por su regreso? —Natalie —empecé—. ¿Graham? —dijo al teléfono—. saltando de una llamada a otra. Sí. todavía muy baja de moral. ¿eh? ¿Cuándo pensabas decírmelo?» Pero no lo hice. Me quedé boquiabierta y le dije débilmente: —¡Anda. Aunque me zumbaban en la cabeza como moscas atrapadas. pero ella no debería haber sido tan odiosa. No le planté cara. Me hago una coleta.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 19 Es domingo por la mañana y todavía echo chispas. pidiendo calma—. Están dando un ciclo . Tendría que haberle espetado: «No puedes presentarte aquí como si no hubiera pasado nada. ya lo sé. Cuando se fue a última hora. Y siguió así toda la tarde. —No quiero que vengas —le advierto otra vez—. que si una no puede permanecer inactiva mucho tiempo sin volverse loca. Hoy no pienso matarme demasiado.» Y también: «¿Qué tal una disculpa por dejarnos en la estacada?» Y: «¡No te atrevas a ponerte medallas a cuenta de Clare Fortescue. Si vuelve a guiñarme un ojo la estrangulo. seguía pegada al móvil y sólo nos dirigió un gesto distraído. Le echo una ojeada furtiva mientras me pongo colorete. me quedo a ver la televisión. esto ha resultado muy estresante sin ti… —Bienvenida al mundo de los negocios —dijo guiñándome un ojo—. y como si tuviéramos que darle las gracias por haber regresado. yo las arreglaré. El estrés va incluido en el sueldo. Contra mí misma. Sé lo que debería haber dicho. —Pero ¡te largaste por las buenas! ¡Sin previo aviso! Tuvimos que sacar todas las castañas del fuego… —Lara. No me gusta mentirle. Se comporta como si fuera la reina y no hubiera hecho nada malo. —Alzó una mano. Para hacer turismo no hace falta un vestido de época.

Olvídate de Natalie. —Me echo el pelo atrás y sonrío—. ja. yo llevaría sombrero —insiste. dándoles una silueta más parecida al estilo años veinte. Dale recuerdos —digo. como lo han hecho durante siglos. Alabarderos de la Guardia. Vaqueros negros ceñidos. Recojo el bolsito. eso es distinto. —Pongo los ojos en blanco. y me echo un último vistazo ante el espejo. —Muy bien. Olvídate del collar y mira todo esto. —¡Lara! ¡Por aquí! Ed está en la cola para sacar las entradas. Si es que no te mueres de aburrimiento tú antes. Quizá me he vestido de un modo demasiado informal. —En tu lugar. no estoy obligada. Pobre. Edna y yo pasaremos juntas un día delicioso. ¡Es fantástico! Antiguas almenas de piedra elevándose hacia el cielo azul. Son estos lugares los que te hacen sentir orgullosa de ser una londinense de pura cepa. zapatillas de ballet plateadas. y al punto me siento una pizca más interesante. una camiseta y una chaqueta de cuero. muy graciosa. ¿Piensas salir así? Nunca había visto un conjunto tan soso. sarcástica. entrar y verla por dentro.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE de Fred Astaire. me siento instantáneamente animada. Ahora que caigo.196 - . en cuanto salgo del metro al aire fresco de la orilla del río. Josh se morirá de aburrimiento. que parecen salidos de un cuento de hadas. Va con tejanos y una . paseándose con sus uniformes rojos y azules. bueno. —¡Mucho mejor! —dice Sadie—. también de época. Más glamurosa. Olvídate de Josh. Maquillaje normal del siglo XXI. El único problema surge cuando llaman por teléfono y su amiga se pone a charlar en mitad de la película. Debería ponerme una pluma en el pelo para que sepa que soy yo. Ja. gracias. Así que ahora la mayoría de los días se va a su casa y se sienta a su lado en el sofá delante de la tele. Aunque quizá tenga algo de razón. pero yo no quiero parecerme a ti. Le propuse a empezar nuestro tour en la Torre de Londres y. —Ya. ¿Cómo es posible que Ed no se haya molestado en venir al menos aquí? Es… no sé. Sadie ha encontrado a una viejecita llamada Edna que vive cerca y que no hace otra cosa que mirar películas en blanco y negro. Las cuentas de plata y azabache caen en hileras y tintinean cuando me muevo. Quiero parecerme a mí. Me repaso otra vez los labios con un color más oscuro. Termino de ponerme colorete y me miro en el espejo. no estoy segura de si he visitado la Torre de Londres. Me sorprendo a mí misma tomando uno de mis collares de los años veinte y colgándomelo del cuello. de cuero plateado. —¿De qué te ríes? —Me examina de arriba abajo—. O sea. Pero. Yo vivo aquí. Sadie se ha acostumbrado a gritarle al oído: «¡Cállate ya! ¡Cuelga de una vez!» Edna se pone muy nerviosa y a veces cuelga a media frase. Ed no me reconocerá. ¿Qué tal un sombrerito? —No. La idea me provoca una risotada y Sadie me echa un vistazo con aire suspicaz. una de las maravillas del mundo.

por favor. Un crimen propio de personas estrechas de miras.197 - . y luego me detengo un momento frente a la Torre. por el río. me da un repaso con una leve sonrisa. no tenéis nada parecido. Éste es de mil novecientos veinticinco — añade. —Le lanzo una mirada suspicaz. —Hummm… —Miro alrededor. Pues en… —me vuelvo un poquito y mascullo unas sílabas borrosas— en el siglo… —¿Cuál? —Se remonta al período… —carraspeo— Tudor… quiero decir. mostrándome un sello diminuto. tú o yo? . Uno de nuestros monumentos más antiguos e importantes. Compro las entradas. —Me encanta. —¡Chulísimo! —digo. —¿A que sí? —digo. No puedo ponerme a buscarlo en el libro. No se ha afeitado. —Bueno. Bueno. Para no desentonar. y una guía titulada Londres histórico.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE camiseta gris. además. Ya lo tenía catalogado como esa clase de hombre que va impecable incluso los fines de semana. —Creo que la entrada es por el otro lado. buscando alguna placa. ¿De dónde lo has sacado? —De una subasta de eBay. he encontrado un accesorio para mí. Debería haber una. este edificio que tienes delante es la Torre de Londres — empiezo con el tonillo de un guía turístico—. Se mete la mano en el bolsillo y saca un estuche rectangular de plata medio deformado. —¿Cuándo fue construido? —pregunta Ed. —Observa la Torre con aire contrito—. Cuando me acerco. es de esos hombres que se empeñan en tomar las riendas como sea. Tú eres americano y nunca habías estado aquí. orgullosa. —Se encoge de hombros—. —Escucha. Para algo soy la anfitriona. Maldita sea. ¿Quién tiene más posibilidades de saber dónde está la entrada. —En ese momento llegamos a la taquilla—. Ed —le digo con amabilidad—. Siempre llevo encima un juego de naipes. devolviéndole la sonrisa. y la lección de historia y castillos antiguos es uno de esos momentos. —Estaba convencido de que ibas a presentarte con otro vestido años veinte. es por allí. En América. —Cierto. Lo abre y veo una baraja de cartas. —Así que a veces llevas ropa del siglo veintiuno… —Muy raramente —digo. Dos adultos. lo cual resulta interesante. De esto me encargo yo —añado cuando hace ademán de sacar la cartera—. Hay momentos en los que ser inglesa resulta ideal. Dios mío. ¿Y él cómo lo sabía? ¿Habrá estado empollando?—. No deja de conmoverme un poco que haya hecho semejante esfuerzo. Es espectacular. Es un crimen venir a Londres y no interesarse por nuestro increíble patrimonio —le advierto con una mirada severa—. Obviamente. pero no hay ninguna. —Lo guío hacia una muralla. Estuardo. pero él me tira del brazo. Una de las muchas maravillas de esta ciudad. Al menos. a eso me refería. impresionada—. De hecho. mientras él me mira expectante—. Seguro que nunca pide indicaciones por la calle. —¿Te refieres a la época de los normandos? —Exacto.

— Coge la guía y se pone a ojear el índice. Voy a mostrarte las maravillosas joyas de la Corona de tu propio país. —Ah… hola —digo débilmente. Explícame qué es esto. Durante el reinado de Guillermo el Conquistador. Él levanta las manos en señal de disculpa. ¿Para qué vamos a recorrerla otra vez? Aunque. —Podríamos ir directamente a la catedral de San Pablo —dice. A ver. pero él se dirige jovialmente a Ed. Tú esto ya debes de tenerlo muy visto. Queda bastante cerca… —Yo quiero ver las joyas de la Corona —murmuro. —¡Cuenta! —le exijo. Ed suelta una carcajada. La corona imperial contiene un diamante enorme. guiándome entre la multitud—. —Está bien. ¿Qué sucederá a continuación? ¿Aparecerá la reina y nos invitará a tomar el té? —Vale —farfullo en cuanto el alabardero sigue su camino—. Lara? —Ahora disfruta de lo lindo—. Tiene razón. ¿Nunca has visto las joyas de la Corona? —¡Yo vivo en Londres! —alego—. Jacob. claro. —Me alegro de verlo. ¿Cómo es que no te interesa el patrimonio de tu gran ciudad? ¿No te parece un crimen ignorar estos monumentos únicos? —¡Basta! —Me he puesto roja como un tomate. indecisa. Sólo que… la ocasión nunca había surgido. Jugueteo con las entradas. —¿No es un poco estrecho de miras por tu parte. estudiando el mapa del metro—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE En ese momento. —Venga. —¿Me estás diciendo que nunca las has visto? —Me mira con incredulidad—. confesaré. Son increíbles. Le presento a Lara. —Perdona. —¡Podrías habérmelo dicho! —refunfuño. cuando surja una ocasión. Se la devuelvo y me dispongo a preguntarle por dónde se entra. ya tenemos las entradas. Pudimos charlar con algunos alabarderos y resultó fascinante. tallado a partir del célebre diamante . Es distinto. Él sonríe. mientras un grupo de colegiales se toman fotos unos a otros. Así fue como supe que la construcción de la Torre se inició en mil setenta y ocho. Puedo verlas cuando quiera. —Hace una pausa y añade con una mueca—. Estabas tan entusiasmada con hacer de guía… Pero podemos ir a otro sitio. Ya que estamos aquí. —Buenos días. señor Harrison. ¿De nuevo por aquí? ¿Cómo? ¿Ahora resulta que conoce a los alabarderos? No acierto a decir nada mientras Ed le estrecha la mano. un alabardero se detiene a nuestro lado con una sonrisa. —¿Cómo dices? —Que quiero ver las joyas de la Corona. Conozco todos los detalles. por otro lado. Ya vio la Torre el viernes. Vine el viernes. Y la entrada es por allí. ¿Sabías que las más antiguas datan de la Restauración? —¿De veras? —Ya lo creo —dice. Y parece tan increíble… Quiero verla.198 - . Era una salida de trabajo para fomentar el espíritu de equipo.

en lugar de Mucho ruido y pocas nueces. Vemos las joyas de la Corona. dejamos atrás a dos tipos con atuendos medievales que escriben con útiles de la época (supongo) y entramos en una sala con troneras y con una chimenea enorme. Algunas son ciertas. —Que vaya bien el tour —les dice. o qué? —Veamos. Diminuto. . Decapitó a muchas de sus esposas. ¿Qué me dices de ese armario? —Señalo al azar una puertita de aspecto inocuo empotrada en la pared—. es lo que creía todo el mundo hasta mil novecientos noventa y siete. Ed se empeña en seguir la guía y en leer todas las historias relacionadas con ellas mientras hacemos el recorrido. —Ed consulta la guía—. Él lee imperturbable todo el rato. Al menos. y no sé a qué carta quedarme. El maestro peluquero estaba obligado a vivir encerrado ahí dentro con las pelucas. sólo con un ligero brillo en los ojos. En fin. —Vale. encantador. sabelotodo. Estamos mirando aún la puertita de roble cuando se nos une una pareja de ancianos con impermeables. Shakespeare estuvo a punto de titular su obra «Vaya ruido y qué pocas palomitas». Le doy un codazo a Ed. Un personaje histórico interesante. Ah. Cuando terminamos la visita guiada por un alabardero. de hecho. También inventó la versión medieval de la máquina de hacer palomitas de maíz. deriva originalmente de la frase «hombre diminuto en un armario». todas las torres. El maestro peluquero era un hombre muy menudo. —Ajá —asiente—. vemos los cuervos y vemos la Torre Blanca y la Torre Sangrienta. —¿De verdad? —La pobre mujer parece perpleja. Ahí guardaba sus pelucas el séptimo duque de Marmaduke. —Es un armario para las pelucas —le susurra Ed a la mujer. otras son invenciones baratas y otras… no estoy muy segura. el más grande que se ha extraído nunca. cuando se descubrió que era falsificado. —Vaya —digo con educación. —¿En serio? —Me detengo en seco—. sí. A otras las congeló con técnicas criogénicas. ¿Es una falsificación? Le asoma una sonrisa por la comisura de los labios. ¿Era ahí donde Walter Raleigh cultivaba patatas. que pone cara interesada—. y seguimos adelante. Creo que no quiero volver a escuchar ninguna anécdota más sobre lo que sucede cuando la ejecución sale espantosamente mal y hay que repetirla una y otra vez… Paseamos por los patios. —¿De verdad? —dice boquiabierta—. Por lo visto. —Sin duda habrás estudiado la fiebre de las palomitas que se desató en mil quinientos ochenta y tres. —¡Tienes una vena malévola! —le digo en cuanto nos alejamos. me hierve la cabeza con visiones de traidores y torturas. La palabra «peluca».199 - . Parece que se aprendió todo el rollo de memoria. —Se lo muestra con las manos—. —¿De veras? —Adopto un tono serio. la verdad.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Cullinan. —Mira la guía guiñando los ojos—. —Sólo quería comprobar si atendías. ¡Qué espanto! —No tanto —observa Ed con toda seriedad—.

No puedo evitar una sonrisa. —Niega con la cabeza. muy idiota. Quizá será mejor almorzar. como pensando si llevárselo a la boca o no—.200 - . Hacia arriba y hacia delante —dice. Me dijiste que tú también habías pasado por una ruptura. al cabo de un rato. Entramos en un café donde sirven cosas como sopa de cebolla georgiana y guisado de jabalí salvaje. —¿En serio? —Me siento conmovida. no importa. Pero lo que pasa con las rutas turísticas es que. muy idiota? —Nunca. claro que no. Al menos Josh no me engañó. Fue… me di cuenta… no éramos… —Me detengo con un suspiro y levanto la vista—. Estas cosas ocurren y uno ha de seguir adelante. ¿qué más quieres ver de Londres? —le pregunto—. ¿Alguna vez te has sentido muy. No pretendía recordarte que… —No. Se llamaba Josh. Al menos no he acabado abandonada en una ciudad extraña. muy serio—. no hay ninguna persona más interesada que yo en nuestro patrimonio cultural. —No. —Me encojo de hombros—. Tengo que explicárselo enseguida a papá. —Hace un tiempo. Vamos. Me gusta el símil de tu padre. He estado dándole vueltas desde que hablamos. No soy la única persona del mundo que se siente estúpida. ya que yo he comprado las entradas. —¿Y qué pasó? Si no te molesta que pregunte. empiezan a pesarte los pies y las bellezas del recorrido se convierten en una borrosa secuencia de muros y peldaños de piedra y de historias de cabezas cortadas y clavadas en una pica. Su lista de monumentos debe de ser todavía un punto doloroso. ¿Qué más había en tu lista? Ed parpadea y advierto de golpe que no tendría que haberlo formulado así. Sólo de pensarlo me entran ganas de cerrar los ojos y empezar a gemir. —Bueno. muy. —Mastica un momento y luego me mira. Hablar con Ed ayuda a ver las cosas en su justa medida. Intuyo que sabe perfectamente lo que estoy pensando. Aunque de vez en cuando sí me siento muy. —Mmm-hmm. inquisitivo—. imperturbable— y tengo una capacidad de concentración algo limitada. Cuando tengo hambre. y nos sentamos en un rincón junto a la ventana.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Reflexiona y luego me dedica una sonrisa desarmante. . —Soy americano —dice. ¿Sabes una cosa? Tenías razón en lo que me dijiste el otro día. ¿Quieres comer? ¿O visitamos primero el Museo de los Fusileros? Me quedo pensativa. y se lleva el tenedor a la boca. —Podemos comer algo —digo con falsa indiferencia—. Si ya has tenido bastante por ahora. Se empeña en pagar él. Ed me mira con un brillo astuto en los ojos. la escalera mecánica. —Mira el bocado que tiene en el tenedor. como sopesando ambas opciones. Hace menos de veinticuatro horas. —Quizá sí. —Perdona —digo torpemente—. ¿Cuándo fue? El viernes.

esa noria maravillosa. —Lingtons es una empresa de éxito. Muy rentable. ¿Has llegado a conocerlo? —Sí. Y el único que ganará dinero con ellos será tu tío. o sea. pero él se limita a estudiarme mientras mordisquea el pan. Así que… ya sabes que es de mi tío. ¿sí? ¿Y? ¿Hiciste fortuna de inmediato? —¡Por supuesto! ¿No has visto antes mi limusina? —Oh. Pero no es eso lo que él vende. increíble! ¿Qué tal es en persona?» Ed está metido en negocios de alto nivel.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Oye. hagamos algo que no estuviera en tu lista —le digo impulsivamente—. Aguardo a que se ría del chiste. es una tontería? —Pues al London Eye —decido—. Una costumbre inglesa muy pintoresca. Bueno… es sólo una opinión. de gente desesperada. —Una vez asistí a una sesión de sus seminarios —reconozco—. Sólo para ver de qué iba. Lo que hace es explotar a un montón de desgraciados. Él pretende venderte un mensaje distinto: «¡Es fácil! ¡Hazte millonario como yo!» —Habla secamente. casi con irritación—. Y después podemos hacer una parada en la Antigua Taberna Starbucks. —A veces. Le dan miedo las alturas y. ¿Hay alguna? Ed parte un trozo de pan mientras lo piensa. Nunca había oído a nadie hablar con tanto descaro del tío Bill. Resulta refrescante. Está eludiendo la pregunta. —Me encojo de hombros—. Ya sabía yo que no me gustaba esa mujer. comprendo que tiene razón. pregunté por ahí sobre ti. vale. —Ya te lo dije. Algunos habían venido de muy lejos. Lo siento. al menos en mis propias narices. . Pienso que tu tío es único. Algunos parecían desesperados de verdad. Dime lo que piensas. No ha hecho lo que suele hacer la mayoría de la gente cuando descubre lo de tío Bill. ¿era tuya? Creía que te movías en helicóptero. Y el seminario no era barato precisamente. —Bebe un trago de vino—. —¿Y qué piensas de mi tío? —le pregunto. Los únicos que asistirán a esos seminarios son tipos fantasiosos que se engañan a sí mismos. ¿Cómo puede pensar alguien que el London Eye. Depende. —Corinne no quería subir al London Eye —dice por fin—. —No lo sientas —respondo—. Se lo ve impasible. le parecía una tontería. Vamos a ver alguna cosa que no hubieras planeado. ¿No vas a Lingtons Café? Ah. —Ah. En cuanto lo dice. Lo ha averiguado. Y estoy seguro de que a su éxito contribuyeron diversos factores.201 - . Interesante. —¿Y a Bill? —insisto—. —Starbucks. Y me parece que toda su campaña Dos Pequeñas Monedas es una chorrada y una burda manipulación. se me ocurre. —Bien. exclamar: «¡Oh. Muy eficiente. Yo vi la clase de gente que iba al seminario Dos Pequeñas Monedas. Debe de haberse cruzado con él de un modo u otro. no hay otro como él. además.

—¿Por qué llevas siempre una baraja encima? —le digo—. ¿qué tengo? Ed fija sus ojos castaños en los míos. No te rías. —La cuestión en el póquer no es apostar. noto un cosquilleo en los labios. Tras unos segundos. —No lo sé —admito—. en cuanto lo dice. Ahora tú. —Muy bien. Ed hace otro tanto. O sea. Examino su frente relajada. Yo diría que… ¿buenas? Ed parece divertido. —¿Buenas o malas? Ay.202 - . sirve tres y me observa mientras las recojo. —Esos poderes orientales te han abandonado de verdad. ¿Y cómo lo adivinas? Ed se sirve tres cartas y las mira. Tres de tréboles. Muy bien. Me mira imperturbable. ¿Lo sabías? —¡Me estás distrayendo! —Frunzo los labios un poco. pero podría significar cualquier cosa. —Tienes una cara de póquer terrible —dice—. Gran Lara? —¡No! —Me echo a reír—. ¿Pasas todo el tiempo jugando al solitario o qué? —Al póquer. —Baraja con destreza—. Mezcla las cartas otra vez. buscando algún indicio. Tú servirías — añade. Tampoco frunce tanto el ceño. Fingiendo una tos. mis poderes parecen haberme abandonado. disfrutando de la vista de la Torre. cuatro de corazones y as de rombos. Bebo un trago de vino. Ed alza una ceja. —Me muestra tres cartas muy bajas—. Permanecemos inmóviles y en silencio. rompo el hechizo y desvío la mirada. que miras las caras de tus oponentes y te preguntas: «¿Tienen algo?» Ése es el juego. Dios. las arruguitas en torno a los párpados y su barba incipiente. Demasiado íntimo. —¿No me engaña. Y cuando lo hace. Son malísimas. No entiendo cómo lo llamé el Americano Ceñudo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Reímos. Bueno. Claro. Esto resulta un poco raro. ¡De veras me han abandonado! Ahora no paso de ser una principiante. suele ser para decir algo divertido. Si encuentro a alguien con quien jugar. —¿Tienen algo? —repito—. Lo único que necesitas saber es si los demás jugadores tienen buenas o malas cartas. Las estudio bien y levanto finalmente la vista con mi expresión más inescrutable. seguramente un as —dice sin inmutarse—. Como si estuviera dejándole ver más de lo debido. —Tienes una carta alta. —Ya. Así de simple. Tus poderes orientales para leer el pensamiento te serían muy útiles. . —¡Qué va! Soy un desastre apostando… —Me detengo al ver que menea la cabeza. Y dos cartas bajas. Es saber captar a la persona que tienes delante. Me sirve más vino y yo me echo atrás. Luego levanta la vista. noto una extraña sensación en el estómago. No tengo ni idea. Hay un brillo en sus ojos. —Me sonrojo levemente—. del agradable calorcillo que me da el vino y de la perspectiva de lo que aún queda del día. para librarme de la risita—. mirándonos. —Relájate —dice Ed—.

Realmente quiere saber la verdad. la verdad.203 - . Sólo había subido una vez al London Eye y fue en una fiesta de . Si fuera Josh. Sólo que no puedo contársela. Obviamente. Recuérdame que no deje en tus manos ningún secreto de Estado. Y yo que me creía la dama inescrutable. Lo percibo en su expresión: no pregunta por preguntar. ¿Cómo lo has sabido? —Los ojos se te han desorbitado en cuanto has visto el as. Josh nunca me desafió ni me hizo pasar un mal trago. ¿qué pasa? ¿Hay gato encerrado? Me mira fijamente. —Ed parece divertido—. Josh siempre se lo toma todo al pie de la letra. Y el hecho de que él. puestos de libros usados y esas estatuas vivientes que siempre me impresionan. músicos callejeros. Yo pensaba que era un pasota. Nunca me pregunté si él era de verdad lo que yo necesitaba. Un descubrimiento definitivo y mortificante que resuena en mi interior con la peculiar vibración de la verdad. nos encontramos con todo el jaleo de un domingo a mediodía: montones de turistas. ¿verdad? —Eh… exacto —digo con cautela. me resultaría fácil quitármelo de encima. Anda. Él habría dicho: «Vale. O lo tienes o no lo tienes. Levanto la vista y me encuentro con la mirada inteligente de Ed. Así pues. Ha sido evidente. nena» y habría cambiado de tema sin cuestionar mis palabras ni analizarlas… «Porque Josh nunca estuvo tan interesado en mí.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¡Dios mío! —Las pongo sobre la mesa—. He sido una idiota integral. Durante todo el tiempo que estuvimos juntos. La verdad es que se comportaba así porque yo no le importaba. Apenas recordaba los detalles menores de mi vida. Estaba tan ocupada persiguiéndolo.» Este pensamiento me golpea como un chorro de agua fría. Cuando llegamos al South Bank. Alucino. Tu truco para leer el pensamiento… se basa en el análisis de los rasgos de comportamiento. Pero ahora lo comprendo mejor. me meto en la boca el último trocito de pastel y le dedico una sonrisa luminosa para distraer su atención—. vamos al London Eye. mal que me pese. —Pero ese conocimiento no puede haberte abandonado. Veo a la gente que llena las cabinas transparentes y nos mira desde lo alto. No estoy acostumbrada a una atención tan sostenida. Bastante… complicado. quiera saber más de mí me produce. Me siento algo desconcertada. me sentía tan desesperada y tan segura de mí misma que no me detuve a examinar de cerca lo que perseguía con tanto ahínco. como temiendo haberte delatado. Tipo: «¡Bingo! ¡Vaya carta!» Luego has mirado a derecha e izquierda. Me siento bastante excitada. Y me encantaba que fuera así. O no lo suficiente. —Se le escapa la risa—. lo veía como algo positivo. una persona que apenas conozco. Me siento como si saliera al fin de un sueño. que sigue escrutándome con atención. Y finalmente has tapado el as con la mano y me has lanzado una mirada asesina. un tipo tranquilo y despreocupado. La gigantesca noria gira lentamente. una repentina embriaguez. —Apuro mi copa. aguardando una respuesta. —Es… bastante difícil de explicar. —Pero ahora en serio —dice mientras baraja otra vez—.

—Vale. —Fue… una apuesta con una amiga. Se está enamorando de mí. Venga. coge las entradas y seguimos adelante. Me gusta la idea. dime una cosa.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE trabajo con un montón de personas borrachas e insoportables. Después de explicarles lo de las pelucas del duque de Marmaduke. —Claro —dice Ed. Camino en silencio. Ya sé que bromea y que todo es en plan de guasa. ¿Por qué no? Le paga al tipo. mientras pasamos. No sé por qué lo hice. Un grupo de jazz toca un rag de los años veinte ante un corrillo de espectadores y. Lara? —Hemos organizado para la semana que viene una velada de jazz clásico al aire libre en los Jubilee Gardens —nos informa el tipo—. Y yo… tengo otra para ti. Debías de tener un motivo. borra eso: cree que se está enamorando de mí. —Bueno —dice al cabo—. ¿Me ha pedido una cita? ¿O es sólo un añadido de nuestra ruta turística? ¿O qué? ¿Qué estamos haciendo? Deduzco que él debe de estar pensando algo parecido. —Vale. mirándome—. Va a preguntarme otra vez por mis poderes. Pero es todo mentira. Les contaré que te enviaron unos extraterrestres. Es otro espectáculo de marionetas. No les sonará muy bien a nuestros nietecitos. Ed da un par de pasos de charlestón y yo agito las cuentas del collar ante sus ojos. Ha sido . buscando unos peniques. Genial. —Parece tan relajado como antes—. ¿verdad. No. Siento una punzada de culpa. ¿Les interesa el jazz? —Más o menos —contesto. acercándose con un cuenco para las monedas—. ¿Quieres saber la verdad? Tengo un recuerdo borroso. —Ya lo sé. me mira bruscamente con expresión inquisitiva. Y acto seguido tengo una cita con ella. Una chica desconocida entra en la oficina. Así que fui una apuesta al azar. —Entiendo. Percibo la calidez de su expresión. Un error. medio divertido—. Me da una entrada y me la guardo en el bolso con cierta torpeza. —Me pongo nerviosa en el acto. —Vuelve a concentrarse en mí con renovados bríos—. porque cuando nos ponemos en la cola para subir al London Eye. ¿Quieren entradas? Un diez por ciento de descuento si las compran ahora. —¿Por qué irrumpiste en la oficina? —Arruga la frente. tratando de comprender lo que acaba de ocurrir.204 - . Podríamos ir juntos a esa velada de jazz… Si te apetece. —Oye. Sólo los veinte. ¿Qué puedo decir? —Es… una buena pregunta. —Nos interesan los años veinte —dice Ed y me guiña un ojo—. ¿Por qué aceptaste? Podrías haberla rechazado. No tiene ni idea de que ha sido utilizado. Lara. pero al levantar la vista lo veo en su cara. No consigo descifrar lo que pensé. —Desvío la mirada—. ¿Me habías visto por allí o algo parecido? Hay una brizna de esperanza en su voz. —Muy bien —dice un tipo con barba y bombín. ¿Por qué me pediste una cita? Esto es mil veces peor. Como si esperase oír algo que le alegre el día.

—¡Venga. No hace más que crear problemas allí donde va. Nada de esto es real. —Hago un esfuerzo—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE manipulado por Sadie igual que Josh. Me mira fijamente. como si tuviera un detector de mentiras en los ojos. el palacio de Buckingham y el Big Ben (estas cosas sí las conozco). Ahora sí verá Londres de verdad. pero yo simulo leer sus datos . —No. No es justo… —Ed. Quiero decir… esto no es real. yo también —admite al fin. señor Harrison —recupero mi tono de guía turística—. —Lo sé. Ella ha manipulado tu mente. muchas gracias… —¡No. y nos sonreímos. —Sí. ya veo. Ahora me he apropiado de la guía Londres histórico. Tú no piensas por ti mismo. realmente impresionante.205 - . —Se ríe—. ¡Vuestro turno! —¡Oh! —Despierto bruscamente—. O sea. no hace falta que trates de suavizarlo. me siento absurdamente disgustada. como si la guía de calles hubiera cobrado vida. —¿Qué ves? —Lara. —Ah. aunque sin el subidón…» —Quizá creas que te gusto. Estamos tan absortos que no advertimos el hueco que se ha formado en la cola delante de nosotros. me gustas. pero… No lo entiendes… —Me siento impotente. realmente estupendo. Hay un silencio y su expresión cambia. Si ya has tenido bastante. Subimos. Es impresionante. —Su sonrisa se vuelve irónica—. Ha sido divertido y te agradezco el tiempo que me has dedicado. Ed es un tipo estupendo. Dios. Le he señalado a Ed la catedral de San Pablo. —Bueno. no es eso! ¡Para! ¡Me lo estoy pasando muy bien! Y quiero subir al London Eye. ¿Qué digo? «Tú no has estado saliendo conmigo. Ésta se aproxima lentamente a la plataforma y la gente sube entre risas y grititos. —¿Sí? Ay. es como una dosis de LSD. pero ella le ha puesto la cabeza del revés. No hay ninguna sección sobre el London Eye. Toda la culpa es de mi tía abuela. Hemos estado arriba de todo y contemplado la ciudad entera a nuestros pies. Me gustas mucho. dilo. Toda la incomodidad se ha disipado. Puedo pasarme una tarde solo sin problemas. —Vale… estupendo. ¡Rápido! Lo cojo de la mano y corremos hacia la enorme cápsula oval. No significa nada… De pronto. —A mí me lo parece. —Bueno. Pero no es verdad. y ya lo ha pasado bastante mal. todavía cogidos de la mano. —Trago saliva. tortolitos! —nos apremia un tipo—. sino con el fantasma de mi tía abuela. Hemos visto infinidad de figuras diminutas que pululaban como hormiguitas y subían y bajaban de coches y autobuses liliputienses.

quiero contártelo. se me eriza el vello de la nuca. Igual era… Dios. en realidad. y me provocan un extraño hormigueo… Bueno. eso. ¿Te parece que tiene sentido? —No —me apresuro a responder—. A menos que sea un secreto muy importante que no debería revelar bajo ningún concepto. Cuanto más me resistía. —Claro. Tuve la sensación de que una voz interior me ordenaba que respondiera que sí.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE básicos y me los voy inventando sobre la marcha. ¿Ed? Se vuelve hacia mí. —Bueno… ¿quieres que siga leyendo? —Hojeo la guía. se convierte automáticamente en un submarino en perfectas condiciones operativas. Lara? —Mira alrededor para comprobar que nadie nos escucha. A su espalda. —Suelta una risotada—. Mientras estábamos arriba. más fuerte me gritaba. Me siento como si hubiera despertado de un sueño.206 - . —¿Quieres saber una cosa. —Quizá. como si pretendieran llegar al fondo de los fondos. —Ah. —La cápsula… eh… —No puedo concentrarme. siento hormigueos por todas partes. pero los demás ocupantes de la cápsula se han apiñado al otro lado para mirar una embarcación de la policía que navega por el Támesis. o una voz o lo que fuese. —Eso espero. sus ojos taladran los míos. La rueda se desplaza… va girando… —Menudas tonterías. Cierro la guía y le sostengo la mirada resueltamente. Tampoco te sientas obligado… —No. —Cada cápsula está hecha del titanio transparente obtenido de fundir centenares de gafas —informo a Ed—. —Es lo mínimo que cabía esperar. no. Todo parece intensificarse de repente. Fue como si me arrastrara por los aires… Pero no importa de dónde procediera ni qué clase de instinto fuera: el hecho es que acertó. Bueno. Cuando quieras repetimos. El corazón se me acelera. Si se sumerge en el agua. —Titubea—. Ninguno. —¡No hace falta! Ha sido un placer. —Claro. La cuestión es que nunca había sentido un impulso tan fuerte. —Asiente. —Hace una pausa —. o del limbo… Y quiero darte las gracias. —Parece hablar medio en clave y su mirada me inquieta. No tengo ni idea. Fue algo… alucinante. la panorámica de Londres se va aproximando lentamente. Salir contigo es lo mejor que podría haber hecho. —Me has preguntado por qué acepté aquella primera cita contigo. . —Cada cápsula podría resistir bajo el agua trece horas… —Advierto que no me está escuchando—. no importa. Esboza una sonrisa. el sol ha quedado oculto tras un montón de nubes grises que están agrupándose sobre nuestras cabezas. procurando imitar su expresión impertérrita y aparentando que no pasa nada. Pero pasan muchas cosas: me sube a la cara un calor repentino. mirando a través del cristal. Tengo una aguda conciencia de cada cosa que hago—. A lo mejor podría encarnar al nuevo Moisés.

¡Sí! ¡Por favor! Todos mis hormigueos se han convertido en una agitación incontenible. Atraviesa la cápsula echando chispas por los ojos y yo retrocedo tambaleante. Cogidos de la cintura. supongo que sí. Nos ha visto besándonos. no puedo… . me coge suavemente la cabeza con ambas manos y me besa. por Dios! ¿Qué sucede? —Ed parece totalmente flipado y advierto que los demás pasajeros han dejado de contemplar el paisaje para mirarme. —¿Lara? —Ed me mira. en todo caso. Nos ha visto. Luego se inclina. nos volvemos hacia el tabique transparente. Es muy diferente de Josh. estupefactos. pero sólo consigo farfullar. —¿Sabes?. gira en redondo y desaparece. —Tampoco en los míos —digo casi sin aliento—. Ed se separa finalmente. me raspa la piel con su barba incipiente. ¡Traidora! —Yo… yo… ha sido… —Trago saliva. Dios. —Sonrío de mala gana—. No tengo más pensamientos ahora mismo. asustado—. Ya que hemos pagado la entrada. —N… no lo sé. como si estuviese viendo un fantasma terrorífico. —¡Nada! —acierto a decir—. Sadie nos mira con ojos asesinos y desorbitados. —Quizá debiéramos contemplar la vista una vez más —dice con una risita—. pero a él no parece importarle y… ay.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE No entiendo cómo no me parecía atractivo. Como leyéndome el pensamiento. Por si te lo estás preguntando. —¡Lara. o entre la muchedumbre que aguarda abajo. perdona. Vuelve a besarme y yo cierro los ojos mientras exploro su boca con la mía y aspiro su fragancia. —Apenas puedo hablar—. Mierda. que no es lo que ella piensa… —¡Te he visto! Suelta un sollozo atroz. sino deseo voraz. Quisiera decirle que no había planeado nada de esto. Cuando me rodea con los brazos y me estrecha contra él. Ed. —¿Pasa algo? —musita. ¿Pasa? Se acerca y me acaricia la barbilla. O. Su boca es dulce y cálida. Lara. Creo que estaba un poco ciega. ¡Mierda! El corazón me palpita enloquecido. tratando de verla entre las nubes. ¿qué te pasa? —¡¿Cómo has podido?! —El chillido despechado de Sadie me obliga a taparme los oídos—. como sondeando el terreno. o en las aguas del Támesis. esto no entraba en mi planes —dice—. todavía con las manos en mi nuca. Antes de aterrizar. él me suelta por fin.207 - . dos pensamientos se abren paso en mi mente. —Sí. Es que… estaba… —Me rodea con un brazo y me echo atrás—. Perdona. Planeando fuera de la cápsula. Y entonces doy un grito. Está buenísimo. Me pregunto cuánto más va a durar el billete del London Eye. En absoluto. —¡Sadie! —Voy tras ella y me pego al tabique. no podrían llamarse pensamientos.

—Perdona —balbuceo—. Ya hemos llegado abajo. a ver si me despejo un poco. Se está encerrando otra vez en su túnel. —Pero no me cree—. Y también Sadie. Por todo. lo siento mucho… —¡Yo lo encontré! ¡Yo bailé con él! ¡Es mío! ¡Mío! ¡¡¡Míííío!!! Está tan convencida de sus derechos y tan furiosa que ni siquiera me . retira el brazo. Lo siento. —Está bien. Se está protegiendo a sí mismo. —Dejo de buscar y me concentro en su rostro preocupado—. —¿No te iría bien una visita a la Antigua Taberna Starbucks? —Lo siento. — Escudriña la calle y advierto que su expresión ceñuda ha reaparecido. No quería reconocer que Josh y yo habíamos roto. También yo. quiero volver a verte —digo con desesperación—. Toda la calidez y jovialidad anterior se han desvanecido. al menos un poco. —No te preocupes. Las cosas no son sencillas. por todo el tiempo que me has dedicado tan generosamente. No lo había planeado… —¡Me importa un bledo si lo habías planeado o no! —chilla—.208 - . Perdóname por haberte mentido. —Ed. —Por supuesto. No puedo… hacer esto. Lara. deshecha. —¿Así que esto es lo que haces a mis espaldas? Me llevo una mano al pecho al oírla. Ed. —Entiendo —asiente—. ¿Qué pasa? —No puedo explicártelo —digo afligida. ¡Con Josh! Revolotea ante mí tan encendida y fuera de sí que retrocedo instintivamente.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Tras una pausa. Me quedo mirándolo. Oteo a la desesperada. Es… muy complicado. me guía fuera de la cápsula hasta suelo firme. buscando a Sadie. Menudo desastre. pero sigue atónito—. —Sonrío—. dibujándole trazos de decepción en la cara. Ed me gusta. Es como si fuéramos dos simples conocidos. —Su tono es jovial. —Bien. ¿Es que me ha estado esperando todo el rato? —¡Víbora mentirosa! ¡Traidora! He venido a ver cómo te iba con tu novio. Dejémoslo aquí. Gracias. no es eso! —Me froto la cara—. —¡No. Ha sido un día maravilloso. esperando que me comprenda. Y que no me tome por una chiflada. comprendo con una punzada de angustia. regreso a la tierra. Deja que te pida un taxi. Lo miro. Pero no soy una traidora. Una vez que las cosas… se hayan aclarado. Ahora se ha refugiado en su estilo formal y caballeroso. —Vacila y me acaricia el brazo un instante—. ¡No te atrevas a ponerle la mano encima! —Sadie. Gracias. Primero tengo que aclararme yo. No pretendía que Ed y yo acabáramos besándonos. Me hace un gesto con la mano y se aleja entre la multitud. pero… —Pero… ¿no ha salido como habías planeado? —aventura. Mucho. Me quedaré un rato por aquí. Y ahora se siente herido. Sin dejar de lanzarme miradas inquietas. Ha sido un gran día.

advierto cómo podrían malinterpretarse. —Pero ¡cómo va a ser tuyo si tú estás muerta! —me oigo gritar—. Todos. Sadie adopta una repentina expresión vacía y mira hacia el río como si ya apenas me viese. ¡Nada ha terminado! ¡He hablado sin pensar! ¡Estaba enfadada! ¡Decía tonterías…! —No. tienes razón. Tú no me quieres a tu lado. Nos comportamos con una indiferencia atroz. y a mí me sacude una oleada de terror. —Tienes razón —admite por fin. . Ya sé lo que piensas. ¡Puede oírme! —¿Y qué? No por eso va a conocerte. Estoy muerta. A nadie le importa una vieja insignificante… —Basta. —Sadie. Pero… —Estoy muerta. ¡Mira quién habla de la gente que se engaña a sí misma! ¡Mira quién habla de afrontar la realidad! ¡No paras de decirme que siga adelante! ¿Qué tal si tú también sigues adelante? Incluso mientras pronuncio estas palabras. —Acerca su rostro al mío con una mirada asesina —. no… Quiero decir… Bueno. Eso no es cierto… —¡Os oí en el funeral! —explota. Ojalá pudiera retirarlas. Tienes razón —replica sin volver la cabeza—. Que podría conseguir una amistad. vamos a casa. Nadie me lloraba. ¿Que nos oyó? —Sí. La diviso hacia la mitad del puente y acelero para alcanzarla.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE escucha. Me muero de vergüenza al recordar aquello. Y de repente. destacándose en el ambiente gris— y no parece advertir mi presencia cuando llego a su lado. —¡Cálmate. Sadie mira hacia otro lado con la mandíbula apretada. me enfurezco. dejar alguna huella… —¡Claro que has dejado huella! No hables así. como si la hubiera abofeteado. Se acabó. Yo no era más que una «mujer insignificante de un millón de años». Nadie tenía ganas de estar allí. yo no… no… —Me aturullo y no sé muy bien qué quiero decir. y subo las escaleras. Sí. más allá de la culpa. Me he engañado a mí misma. quizá lo estés. te lo ruego. Corro tras ella. en el funeral —confirma. como tú. Sadie! —El viento casi ahoga mi voz—. Sadie. Él tampoco. Creía que podría divertirme por última vez en este mundo. sí. Te importa un comino lo que me pase. ¿Es que aún no lo has comprendido? ¡Estás muerta! ¡Él ni siquiera sabe que existes! —Ya lo creo que sí. atormentada por la culpa. Se aleja hacia el puente de Waterloo y desaparece de mi vista. ¿verdad? ¡Eres un fantasma! ¡Un fantasma! —Toda mi frustración explota—. —No. Toda la energía de antes parece haberla abandonado—.209 - . Un temblor cruza el rostro de Sadie. ¿Qué sentido tiene seguir? Todo ha terminado. recuperando la compostura—. Pondremos un poco de música y nos lo pasaremos bien… —¡No te pongas maternal conmigo! —Vuelve la cabeza y advierto que está temblando—. Oí cómo hablaba toda la familia. Se ha quedado inmóvil mirando la catedral de San Pablo —una figura esbelta. Dios. Escucha. No puede creer que me haya referido a… Ay.

¡Alguien se ha tirado al río! ¡Socorro! —¡No. por favor… —He sido tonta por aferrarme tanto. pero mi voz queda ahogada en medio del alboroto. Madre de Dios. pero no dejé ni rastro. ¡Llamen a la policía! —¡No. ni logros. no dejé huella ni fui nada especial. Cuando esté más calmada y me haya perdonado. ¿Por qué habría de importarme? Todo ha sido un fiasco. El único hombre que amé se olvidó de mí. también yo a punto de llorar—. Un chico con chaqueta vaquera filma las aguas del río con su móvil. se detiene. Sadie. —Le asoman lágrimas a los ojos. —Ya no me importa el collar —murmura—. no! —digo incorporándome. por favor. —Una chica con un abrigo a cuadros que pasa por mi lado da un grito—. ni una carrera. —¡Sadie! —grito—. —¡Nadie se ha tirado! —grito agitando los brazos—. ¡Ha sido un malentendido! ¡No pasa nada! ¡Nadie ha saltado! Repito: nadie ha saltado. me digo. no se ha tirado nadie! —aclaro. desesperada—. ¿me oyes? —Oh. desaparece repentinamente por la baranda del puente de Waterloo. No significaba nada para nadie. Ninguno. —¿Y con quién hablabas entonces? —me dice la chica del abrigo a cuadros con aire acusador—. Pero ella no me escucha y ya está llamando a sus amigos. aunque sepa que no es posible. saldremos a divertirnos y encontraré tu collar aunque sea lo último que haga. —¡No! —Lo agarro de la cazadora—. Me vuelvo sin más y me abro paso entre la gente. . Sadie. ¡No ha sido inútil! Sadie. —No tuve amor —continúa. Y ahora tampoco. ¡Sadie. Viví ciento cinco años. que ya se quitaba los zapatos. inexorable—. con la cara arrasada en lágrimas—. como dispuesto a saltar. —Le tiembla voz—. por favor. y un hombre a mi derecha se quita la cazadora. —¡Se ha tirado alguien! —gritan—. ante la mirada de admiración de su novia. Mi vida ha sido completamente inútil. No dejé hijos. ¡Estabas llorando y gritando hacia el agua! ¡Nos has dado un susto de muerte! ¿Con quién hablabas? —Con un fantasma —respondo secamente. Volveremos a bailar el charlestón. ¡Deténgase! —Alguien tiene que hacerlo —dice él con tono heroico. El chico del móvil se da la vuelta y empieza a filmarme. mirando de reojo a su novia. se ha reunido un montón de gente que se asoma por la baranda y mira hacia abajo. Antes de que pueda darme cuenta. ni nada que valga la pena recordar. —Claro que sí —le digo. ¡No sé por qué me molestaba en seguir viviendo. Me estoy interponiendo en tu camino. sin hacer caso de las exclamaciones y comentarios. —¡No! —Trato de cogerla del brazo. volverá. Para mi espanto. Dios mío.210 - . —Sadie. la verdad! —añade con una risita amarga.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Tu prima lo expresó muy bien. vuelve! ¡¡¡Sadie!!! —Me asomo a las aguas turbias y revueltas. Volverá. a mí sí me importas y te lo voy a demostrar. ya basta. El hombre. No conseguí nada en mi vida.

Ella la que se ha comportado sin la menor profesionalidad. Y ahora pretende tratarme como si yo fuera una principiante. ahora mismo no puedo hacer nada. Antes de irme echo un último vistazo. Por lo general. Lara? ¿No habrás adquirido malas costumbres en mi ausencia? En fin. ¿Quién se ha creído que es? Fue ella la que se largo a la India. me pongo un top con volantes que la horroriza. —¿Sadie? ¿Estás ahí? Me voy a trabajar. ya sabe dónde encontrarme.211 - . El apartamento parece vacío y sin vida. como me siento un poco mal. Al final. Te lo tenías muy calladito. Al menos esta vez puedo maquillarme a mi manera. ¿Malas costumbres? ¿Yo? Me bulle la sangre. —Y yo contigo. cielo… —continúa su conversación.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 20 Pero al día siguiente mi apartamento permanece en completo silencio. me aplico otra capa de rímel. Eso fue lo que le dije. —Sí. qué está haciendo y cómo se siente… Noto un nuevo espasmo de culpa al recordar su expresión vacía y desolada. —Me guiña un ojo y se señala el reloj —. ¿eh? —¿Cómo? —Ed Harrison —repite—. Así que Ed Harrison. Si me necesita. Sadie se presenta mientras preparo el té. en vano. cielo. ¿eh? —¿A qué te refieres? —Empiezan a sonarme las alarmas—. Llego al trabajo pasadas las nueve y media y me encuentro con Natalie ya instalada en su escritorio. Un poquito tarde. Saco la bolsita de té de la taza y miro alrededor. ¿no. En plan desafiante. A saber dónde anda. —Natalie —le digo en cuanto cuelga—. hablando por teléfono y echándose el pelo hacia atrás. Después. se acomoda en la encimera y se dedica a hacer comentarios desagradables sobre mi pijama y a decirme que no sé hacer el té como está mandado. ¿Cómo sabes lo de Ed? . enciendo la radio para tener un poco de compañía. por todo el apartamento. —Me mira con ojos chispeantes—. Mientras me preparo para ir al trabajo. Si quieres charlar o lo que sea. ven al despacho… Voy llamándola. El aspecto positivo es que ahora nadie me da órdenes. —¿Sadie? ¿Estás ahí? Nada. por si estuviera mirándome. todavía con la taza en la mano. Si hubiera sabido que nos había oído en el funeral… En fin. Hoy no se mueve ni una mosca en la cocina. todo parece extrañamente silencioso sin su cotorreo. he de hablar contigo.

no. —No está interesado. créeme. no le he dicho mi nombre —me suelta con picardía—. —Sí. ¿Tienes algún plan? —¿Plan? —¡Para colocarlo! —Se echa hacia delante y me habla como armándose de paciencia—. Interesante. —¡De eso nada! No todo es cuestión de dinero. Ya me ha contado Kate que has vuelto con Josh. Así es como ganamos dinero. Somos una empresa de cazatalentos. —¡Para ya! ¡No le interesa! —Todo el mundo tiene un precio. A eso iba. Este Ed es un pedazo de talento muy apetitoso. —¿Qué… qué le has dicho exactamente de Josh? . —Yo… Es un asunto de negocios —me apresuro a decir. pero me he encargado de ponerlo al día. No lo entiendes.212 - . Hemos mantenido una pequeña charla. Lara. voy al grano. —Me guiña un ojo y me entran ganas de darle un sopapo. Él no parecía saber nada de Josh. No es ese tipo de contacto. —¿Qué ha pasado mientras estuve fuera? ¿Nos hemos convertido en la Agencia de la Madre Teresa o qué? Hemos de ganar comisiones. Él no quiere cambiar de puesto. cielo. perpleja—. Se negará a hablar contigo y… —Ya ha hablado conmigo. —Alza las cejas—. —Ah. Hemos de sacar beneficios. No. —Cree que no los soporta. —Pero si no atiende llamadas de ningún cazatalentos —musito. —Ya lo sé. —Cree que no quiere —me corrige. volviendo la revista y mostrándome una fotografía en la que aparecemos los dos—. Eso estuve haciendo mientras tú tomabas el sol en las playas de Goa. —Todavía. lo sé. —Intento ocultar mi espanto—. Sólo que era una amiga tuya y que me habías pedido que lo llamara. Colocamos ejecutivos en puestos de responsabilidad. Cuando ponga ante sus narices el sueldo adecuado. No soporta a los cazatalentos. Un tipo atractivo. Lara. ¿sabes? Natalie suelta una carcajada burlona. ¿Le ocultabas que tienes novio por algún motivo? Me quedo de piedra. Ésa es la diferencia entre nosotras. ¿Cómo pude llegar a considerarla mi mejor amiga? Tengo la sensación de que ni siquiera la conozco. En serio. Yo no pierdo el tiempo. —Pero ¿cómo…? —Lo he llamado esta mañana.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¡Business People! —dice. Él no quiere cambiar de trabajo. —Finge un bostezo burlón para demostrarme lo mucho que le interesa mi vida sentimental—. No se ha disculpado ni una sola vez. olvídalo. —No. ¡Miau miau! Qué caradura. —Deja en paz a Ed —le espeto—. ¿recuerdas? —¡Uuuh! —Echa a la cabeza atrás y suelta una carcajada—. la cosa cambiará. de verdad. —Se arrellana en su silla con la satisfacción pintada en la cara. ¿Cómo has…? —Ah.

—Despacho de Ed Harrison —dice una voz femenina. Ahora no puedo explicártelo.213 - . por favor. el contacto de su piel. Lara. Se me encoge el corazón. y que me besaras de nuevo. por muchos fantasmas que me agobiaran. —Intento disimular los nervios—. —Y que no tengo novio. Y también quería decirte… — titubeo— que siento mucho cómo terminaron las cosas ayer. Disfruté de veras el día que pasamos juntos. He de hablar con Ed. Bajo las escaleras. salgo a la calle y marco el número de Ed. mi socia. Tú y tu socia habíais urdido una pequeña estratagema. después de la pequeña investigación que hice .SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Ay. Cómo me abrazaba. —¡Lara! ¿Te encuentras bien? —Natalie —digo por toda explicación. En todo caso. —Suena muy distante—. pero… —Por favor. Y a saber qué piensa ahora de mí. te ha llamado esta mañana. —Hola. Ahora. Ya sé que las cosas acabaron de un modo extraño. —Creo que empeora con el bronceado —susurra. no puedes creer lo que diga Natalie. me he enterado de que Natalie. su sabor… y luego el modo horrible en que volvió a encerrarse en su caparazón. Ella me guiña un ojo. ¿No vienes? —En un minuto. me vienen inevitablemente las imágenes de ayer. Por eso procurabas desalentarme. y yo esbozo una sonrisa de circunstancias—. ¿Estabas tramando una pequeña intriga con él? ¿He arruinado tus planes? —Se tapa la boca con la mano—. Lara. te agradezco ese pequeño gesto de honestidad. —Ed. Me estremezco sólo de pensarlo. pero procuro adoptar un tono optimista y amable. ¿Es eso lo que cree? ¿Que iba con él por motivos profesionales? —No. salgo del despacho y casi me tropiezo con Kate. —Natalie parece saborear mi turbación—. —No te disculpes. Lo lamento. Debería haber adivinado que tenías… intereses más comerciales. Y esta vez no me apartaría. ¡es absurdo! —Créeme —replica—. ¿Podría hablar con Ed? Mientras la secretaria me deja en espera. digamos. pero había… factores que lo complicaban todo. —¡No es cierto! Ed. su aroma. ¿En qué puedo ayudarte? —Suena serio y formal. ¡Cuánto lo siento! —¡Cierra el pico! —pierdo los estribos. Soy Lara Lington. Ed —me apresuro a contestar—. Saco el móvil. No comulgo especialmente con tus métodos. que viene con una bandeja de café y me mira con unos ojos como platos. —Hola. No volverá a suceder. Tú ya sabes que no es de fiar. Un frío glacial me recorre la columna. No me dirás que crees en serio que urdimos un plan. Y que me gustaría que pudiéramos rebobinar y volver a subir al London Eye. No fue así. pero supongo que te mereces un aplauso por tu perseverancia. A saber qué le habrá dicho Natalie. no te pongas maternal conmigo —me interrumpe sin alterarse—. He de hacer una llamada personal. ni una pizca de calidez.

sí —me corrijo—. Un gesto arrogante e injusto. ¡Estaba hablando! —Pues ya no —replico sin pestañear—. —Lara. ¿Por qué no te tomas el día libre? —¡No quiero un día libre! —estallo—. pero en cuanto la pronuncio sé que hablo en serio. alargo la mano y corto la comunicación. Debes creerme… —Adiós. pero se tapa la boca con la mano cuando nos volvemos bruscamente hacia ella.214 - . Sé que has vuelto con tu novio. No puedo trabajar con ella. —Pone los ojos en blanco—. Probablemente ni siquiera habíais roto. Debería haberlo comprendido en cuanto te presentaste en la oficina. Me seco los ojos con furia y giro sobre los talones. calma! —interviene Kate. Bailamos. pero rompí el viernes con él… —¡El viernes! —Suelta una risa seca que me provoca un escalofrío—. Ni siquiera pasar el rato con ella. Cuando llego al despacho.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE sobre Natalie. Natalie está al teléfono. —¡Luego llegas y te pones la medalla por un cliente que encontré yo! ¡Pues no voy a consentirlo! ¡No dejaré que vuelvas a utilizarme! ¡De hecho… ya no seguiré trabajando contigo! No tenía planeada esta última frase. Se corta la comunicación y me quedo paralizada. me acerco a su escritorio. Nada podría sorprenderme viniendo de vosotras. Ed. Lara! —Parece a punto de estallar—. Es una mujer venenosa. —Te largaste a Goa dando por supuesto que nosotras sacaríamos las castañas del fuego en la oficina. Qué oportuno. No insistas. ¡Lo que quiero es que seas . lo tenía. eso ya no lo sé… —¡Lo has entendido todo al revés! —me desespero. joder. —¡Yo nunca haría algo así! ¡Nunca! —Me tiembla la voz—. Sin la menor pausa. —Se me llenan los ojos de lágrimas—. continuando con la farsa. —¡No! Claro que no. por favor. Pensaste que podrías atraparme por ese lado. lo que nos pasó fue real. Dios sabe de qué sois capaces. Quizá habías investigado por tu parte y sabías lo de Corinne. la considero capaz de cualquier cosa. No tengo tiempo para jueguecitos. —¡Calma. No puedes comportarte así. Lara. Está convencido de que soy una cínica manipuladora. Bueno. Y yo no puedo remediarlo. No. Me equivoco. Sí que puedo remediarlo. —Habla como un abogado ante el tribunal. en el mejor de los casos. —Y supongo que no tienes novio. No tiene sentido volver a llamar para explicarme. estás estresada. nos divertimos… No es posible que creas que era todo una farsa. limándose las uñas y riendo a carcajadas. Que tú seas una ingenua o en realidad tan perversa como ella. por taimada y estúpida que sea. —Pero ¿qué coño…? —Se vuelve en su silla—. O una chica débil e ingenua. Ha sido todo una tomadura de pelo. Lara. —¿Qué? —Se echa a reír. y no pretendas insultarme. Nunca me creerá. —¡Por Dios. cielo. Y ahora vas a escucharme. Ya he tenido bastante. Habla con un tono tan hostil que me estremezco de pies a cabeza. —Ed.

215 - . Fue un error. Nunca lograré que Natalie me devuelva todo el dinero que puse. Ni se te ocurra intentarlo. Está en el acuerdo que firmamos.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE sincera! ¡Me mentiste! ¡No me contaste que te habían despedido de tu trabajo! —No me despidieron. Pero su expresión incrédula no se altera. Gracias. le digo con los labios. Natalie ha vuelto a sentarse y teclea en el ordenador ostentosamente. además. debería. Se me hace un nudo en la garganta cuando cojo una caja de cartón. Todavía tengo la vaga esperanza de que reaccione. Recoge tu escritorio. Ahora no pienses en eso. Ella saca su móvil y teclea un mensaje. el sueldo») y trato de hacerlo pedazos. Y si no se trata de eso. Si montas tu empresa. Tú y yo vamos a formar un gran equipo. Mi portalápices. No te culpo. Y ahora ya no. ¿Qué he hecho? Esta mañana tenía una empresa y un futuro. me siento un poco mareada. Kate. no tratarla como una mercancía. Haz lo que debas hacer. Eran unos gilipollas integrales. la empresa… todo el conjunto. —Quiero deshacer nuestra sociedad —digo con firmeza—. «Lo siento». ¡No todo se reduce al sueldo! —Estoy tan encendida que tomo su estúpido post-it del tablón de anuncios («El sueldo. Ni yo a ella. saco las resmas de papel que contiene y empiezo a llenarla con mis cosas. Un momento más tarde. que nos observa horrorizada. Lara. A ver si te enteras: ¡esto no es una agencia matrimonial! Nunca me entenderá. como si yo no existiera. Fue de mutuo acuerdo. ¿Qué voy a decirles a mamá y papá? No. mi teléfono da un pitido y miro la pantalla. cruza los brazos y se apoya en su escritorio como si fuera la dueña de todo—. —¡Emparejar personas! —Suelta una carcajada desdeñosa—. aunque se me engancha en los dedos y tengo que acabar estrujándolo—. También importan las formas. Se trata de emparejar personas y de que salgan todos ganando. Mi perforadora. Hablaré con el abogado. —Pues adelante. Pero todavía no sé qué voy a hacer. girando en su silla . —Se pone de pie. —¡De eso nada! ¡Yo no pienso como tú. ¿puedo irme contigo? Le escribo en el acto: Claro. —Esboza una mueca muy fea—. Plantada allí en medio del despacho. Le echo un vistazo a Kate. No me valoraban como merecía… Vamos. —Ni loca. —Pero si crees que puedes establecerte por tu cuenta y hacer lo que yo hago. el sueldo. —Como quieras. Natalie! ¡No trabajo como tú! Yo quiero colocar a la gente en buenos puestos de trabajo. Pero no vas a llevarte a ninguno de mis clientes. te equivocas —me espeta Natalie de repente. —Se encoge de hombros—. la persona.

presidente de Medway SA—. El ascensor es antiquísimo y muy lento. Lara. ¿Tengo otras dotes? —¿Como cuáles? —dice Natalie con mordacidad. Pero no hay respuesta. desafiante—. Gracias por todo. bueno… aún no sé si voy a montar otra empresa.”» —¿Adivinación? —Natalie se ha quedado patidifusa. Así que seguramente no acabaré muerta de hambre en la calle. Kate silba por lo bajo y. Ni experiencia. Kate interviene desde el otro lado del despacho—. léeme la mente si tienes semejante don. “Nunca había visto nada parecido —declaró John Crawley. muchas gracias. —¿Desde cuándo sabes leer la mente? —Natalie entorna los ojos con suspicacia. —Me encojo de hombros. —Natalie alza la barbilla—. gracias —replico con dulzura—. Empiezo a oír sus chirridos amortiguados cuando suenan unos pasos a mi espalda. cruzo el pasillo y llamó el ascensor. sosteniendo la caja con una mano.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —. Tal vez se dedique a otra cosa. ansiosa—. —Buena suerte. Eres un sol. pero ten por . yendo hacia la puerta. Los organizadores han recibido numerosas solicitudes para que la señorita Lington amenice actos corporativos. —Vale. Esos discursitos de «Quiero darle a la gente buenos puestos» y «Hay que mirar todo el conjunto» no te servirán para sacar cabeza. Claro que no. ¿Qué voy a hacer ahora? —¿Sadie? —digo por pura costumbre. quitándole importancia. —Ciao. Y sí. ¿no necesitarás una ayudante? Por Dios. quizá participe en algunos actos corporativos —añado. Prefiero no hurgar en la basura. No tienes ningún contacto. suerte que te he pillado —dice. —Ciao. Y no esperes que te dé trabajo cuando acabes tirada en la calle. que llega presurosa. deberías presentarte a Tienes talento. Oye. —Eh. Me siento un poco alelada.216 - . Natalie. ¿sabes? La miro desconcertada. por primera vez. Lara Lington debería tener su propio programa de televisión. Lara! Hay una columna entera en la página de cotilleos. —¡Como leer el pensamiento! —Kate esgrime el último número de Business People—. «Lara Lington entretuvo a la multitud una hora con sus espectaculares números de adivinación. —No. —He estado practicando. —Lara. Salgo. —Quizá ella no siga en la selección de ejecutivos. ¡Sí que lo llevabas en secreto. Lara tiene otras dotes. —Para mi asombro. Lo tuyo sí que es un don de verdad. en serio. Kate. esta chica es un encanto. Quizá abra una pequeña empresa de lectura del pensamiento. —Me abraza con fuerza y me susurra al oído—: Te echaré de menos. —Sería difícil de precisar. —¡Aquí dice que les leíste el pensamiento a cinco personas a la vez! —Kate rebosa de emoción—. Venga. Recojo la caja antes de que se le ocurra una réplica demoledora y me acerco a Kate para darle un abrazo. Es Kate. Natalie parece desconcertada. Natalie —añado.

mis padres se van a poner frenéticos y me he gastado todo el dinero que me quedaba en absurdos vestidos de época… —Bueno. ¿Josh no puede echarte una mano? ¿La conoce? Él siempre te ha apoyado… —Ya no estoy con Josh —admito con un sollozo—. la verdad es que hay un fantasma en mi vida…» —No sé si funcionaría. Tal vez fuéramos amigas. Podría estar en cualquier parte. Y ella ha desaparecido. —Ah. pero llevamos mucho tiempo juntas.217 - . —Bueno… estaba entre bastidores. lo has echado todo a perder. Hemos vivido tantas cosas… En fin… somos amigas. silencio total. si alguna vez decidiese dejarlo… —dice Kate—. ¡A ella no la soportan! —Gracias. normalmente hablamos todos los días. No quería salir en público. —¿Y sabes si ella…? —Titubea—. Te adoran. —Me seco los ojos—. No la he visto desde entonces. ¿sí? —dice desilusionada—. Noto una punzada en el pecho mientras lo digo. —No ha sido mi mejor semana. Mírate. que las palabras me salen solas—. ¡Hemos roto! —¿Que habéis roto? —Da un gritito—. hemos tenido bastantes discusiones. ¿No te hace falta una ayudante? A mí me encantaría. ¡Sé hacer malabarismos! —¿Malabarismos? —¡Sí! ¡Con alubias! ¡Podría actuar como telonera! La veo tan entusiasmada que no puedo decirle: «En realidad. La cosa es que nos hemos peleado. Con Sadie. Ni mi mejor día. Podría llevar un disfraz. no tenía ni idea. ¿Si se encuentra bien? —No lo sé. . Ya no tengo empresa. Pero sobre todo por un hombre. Ojalá pudiese decirle a alguien: «Mira. con Ed. O si ella necesitara una ayudante… —No sé cuáles serán nuestros planes ahora. Quiero decir. ¿Y sabes qué? Todo el mundo querrá hacer negocios contigo. —Entonces supongo que os entenderéis bien… —Hemos llegado a entendernos muy bien —asiento.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE seguro que te avisaré… —No.» Estoy harta de que nadie conozca mi secreto. —Has hecho bien dejando a Natalie —susurra—. la verdad es que… ya tengo ayudante. Ha sido todo un poco… —Me pican los ojos. No tengo ningún don. —Vaya. Es decir. pero no sé lo que somos ahora. —¿Y quién es? —Eh… pues de la familia. —¡Ay. Y encima todo esto de Natalie. Y de pronto siento un bajón tremendo. quiero decir para tus números de adivinación. mordiéndome un labio—. Lara! —Kate está casi tan compungida como yo—. Kate se muestra tan comprensiva y abierta. con Josh. Dicen que lo hiciste todo tú sola. Mira. Debes de estar hecha polvo. Kate —intento ser delicada—. Dios mío. me digo. —Empiezan a resbalarme lágrimas por las mejillas. Y ¿por qué os peleasteis? —Por muchas cosas —reconozco—. no sé leer el pensamiento. —Intento sonreír. y yo he pasado tanta tensión. Pero no la mencionan en el artículo. No sé qué le ha ocurrido. pero ahora nada. la verdad.

Casi puedo oír a Sadie: «Cariño. —Me encojo de hombros. a pesar de que el peso de la caja empieza a abrumarme. que sea encantadora. —¿No hay ningún sitio donde puedas buscar a tu pariente? —Me mira angustiada—. Es sólo una idea —añade mientras se cierran las puertas—. Sanjeev. Encantada de conocerle. pero yo no me muevo del sitio. Kate es genial. Sí. ¿no? Si se siente herida. —¿Cazafantasmas? —Me mira perplejo—. Despliego mi sonrisa más encantadora (o eso espero. Y tampoco llorar y lamentarme. repentinamente paralizada. Sadie es tan orgullosa que nunca dará el primer paso. —Perdón —dice. En fin. acierta de pleno. Me marcho. —Adiós. despliega tu sonrisa más encantadora y prepárate un cóctel…» —¡Al ataque! —le digo a mi reflejo en el espejo mugriento justo cuando Sanjeev. buena suerte. abatida—. quizá esté esperando que seas tú la que se ponga en contacto con ella. el ascensor llega a la planta baja. pero ¿dónde? Después de una eternidad. Debe de estar esperando en alguna parte. No pretendo entrometerme… El ascensor empieza a descender entre chirridos y yo me quedo mirando el asqueroso tapizado de las paredes. Pero no pienso regodearme en la desgracia. —Ah —dice sorprendido—. aguardando a que yo vaya a disculparme y hacer las paces. . ¿Algún modo de localizarla? —No lo sé. el portero. no desquiciada). entra en el ascensor. Ella sabe dónde encontrarme y cómo ponerse en contacto conmigo… —Quizá lo que quiere es que tú des el primer paso. —Sonrío otra vez y me alejo. He dejado mi trabajo y no sé cuál será mi futuro.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Llega el ascensor y Kate me sujeta la puerta mientras meto la caja dentro. ¿Eso es como… cazatalentos? —Más o menos. Es como si hubiera tirado toda mi vida a la trituradora en el modo «destrucción total». alza la barbilla.218 - . ¿Qué piensa hacer ahora? Ni siquiera hago una pausa para pensarlo. vaya. —Voy a trabajar de cazafantasmas. cuando las cosas se tuercen en la vida.

estás ahí? —susurro—. —¡Chist! —¿Sadie. Ayer me presenté en casa de Edna aduciendo que se me había perdido el gato y acabamos recorriendo la casa y llamando: «¿Sadie? ¡Gatita. ¿Sadie? ¡Sadie! —¡Guarde silencio. atisbo las cabezas de los espectadores. —¿Sadie? —cuchicheo. —Está bien. Edna estuvo encantadora y prometió que me llamaría si veía algún gato extraviado por el barrio. Sólo me queda una salida. ¿Cómo voy a ver algo en medio de esta oscuridad? Me deslizo casi a gachas por el pasillo. perdone. Pero ni rastro. ¿Sadie? —¡Silencio! Ay. Lo cual no es que me sirva de mucho. . Armándome de valor. He recorrido todas las tiendas de época que conozco. Escruto aún la oscuridad. ¿le suena?» Ahora mismo estoy en la Filmoteca. Nadie los ve. —Ha aparecido un acomodador—.219 - . Buscar fantasmas perdidos es una auténtica lata. Pero es inútil. la verdad. Voy a tener que pedirle que abandone la sala. susurrando «¿Sadie?» entre los colgadores. Proyectan un clásico en blanco y negro y. Ya me voy. gatita!» Pero no dio resultado. pero quiero que volvamos a ser amigas… —¡Silencio! ¡Cállate de una vez! —Hay una oleada de manos levantadas y cabezas vueltas y exclamaciones de protesta. He ido al club Flashlight y he husmeado entre la gente que bailaba en la pista. —Disculpe.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 21 ¿Dónde estará? ¿Dónde demonios estará? Esto ya empieza a pasar de castaño oscuro. y lo siento mucho. Dios. desde la última fila. —Lo sigo por el pasillo hacia la salida. me incorporo. Responde por Sadie. pero me vuelvo de repente para hacer un último intento—.» Tampoco puedes andar preguntando a todo el mundo: «¿No ha visto a mi amiga fantasma? Viste en plan años veinte y tiene una voz chillona. por favor! Esto es una sala de cine. inspiro hondo y grito con todas mis fuerzas: —¡Sadie! ¡Soy Lara! —¡Chissssst! —¡Levanta la mano si me oyes! Ya sé que estás enfadada. mirando a izquierda y derecha los perfiles apenas iluminados. que digamos. He llamado a todas las puertas del edificio y gritado desde el umbral «¡Estoy buscando a mi amiga Sadie!» lo bastante alto para que pudiera oírme. pero no veo sus brazos esbeltos y pálidos. así no funciona. Llevo días buscando. No puedes pegar una foto en un árbol: «Desaparecido fantasma de ojos verdes. pero Sadie no responde.

Ni siquiera quiso entrar la anterior vez. pues. Me centro únicamente en Sadie. No he de pensar en qué-hagoahora-con-mi-carrera. O sea. Así que mejor no pensarlo. La adrenalina que me impulsaba al principio se me ha agotado. porque me aferró a esta búsqueda como a un clavo ardiendo. en su rostro se dibuja una cálida . presentándose una vez más como si nada.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE ni oigo el tintineo de sus collares. soltándome advertencias y sermones durante todo el trayecto. pero tengo la sensación de que. Sadie no volvería a ese lugar. La visita al cine era la más prometedora. Mientras trato de encontrarla. Me he ido poniendo nerviosa por momentos. más preocupada estoy por ella. diviso el London Eye. Ya sé que es absurdo. Desvío la mirada con tristeza. Lo detestaba. ¿Les habrá dicho la policía: «Fue Lara Lington quien mancilló vuestro buen nombre»? De ser así. pido un capuchino doble y me desplomo en una silla. que me atormenta cada vez que me viene a la cabeza. ¿No podría haber escogido al menos un sitio más apartado que ahora pudiese evitar? Entro en un café. en honor a la verdad. A decir verdad. seguro. Las únicas que me quedan son «probar en otras salas de baile» y «residencia de ancianos». ¿Sabrán que fui yo? Sigo preguntándomelo mientras llamo. aunque la mayoría ya están tachadas. ni distingo unas plumas oscilantes por encima de las cabezas. ¿Y si nunca llego a encontrarla? Pero no puedo permitirme ningún derrotismo. Al contrario. Se me echará encima una manada de enfermeras enfurecidas y me patearán con sus zuecos. Tomaré un café para recobrarme un poco. ¿Por qué habría de estar allí ahora? Aunque por probar no se pierde nada. Considero esta última posibilidad mientras me tomo el café. voy a pasarlas canutas. No quiero ver el London Eye. Al dirigirme hacia el río. Ni en qué-les-digo-a-mis padres. Me deja en la acera y yo me siento como un perro expulsado a patadas. Me lo tendré bien merecido. El acomodador me acompaña hasta la puerta. Desanimada. No quiero que me recuerde aquel día. casi se me han agotado las ideas. todo lo demás se arreglará por sí solo. y en parte también. resulta que aquí está la chica que acusó al personal de asesinato. Poco me ha faltado para disfrazarme antes de llegar a la residencia Fairside. Debo continuar. mi lista de Ideas para Encontrar a Sadie. en parte porque cuanto más tiempo pasa desde la desaparición de Sadie. que se eleva en el cielo y sigue girando airosamente. Ni en cómo-hepodido-ser-tan-estúpida-con-Josh.220 - . Sin contar lo de Ed. si logro localizarla. Pero cuando Ginny abre la puerta no muestra ningún indicio de reconocer a la farsante. Sólo a mí se me ocurre tener un recuerdo tan amargo en una de las atracciones más destacadas de Londres. como si nada. me pongo la chaqueta y echo a andar arrastrando los pies. es como si todo lo demás quedase en espera. Esta búsqueda está acabando conmigo. mientras los ancianos me atizan con los andadores. Despliego. En parte porque me niego a aceptar la derrota. mi Santo Grial.

¿Más bombones? —No. Quizá les levante el ánimo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE sonrisa y yo. —¡Qué amable! ¡Todo el mundo se sentirá conmovido! —Bueno —digo torpemente—. Son CD y DVD para los residentes. todas las caras se van iluminando. un anciano sentado bajo una manta a cuadros escoceses. No se oye demasiado y. nunca. —¡Lara! ¡Qué sorpresa! ¿Te ayudo a llevar todo esto? Vengo cargada con varias cajas y un gran ramo de flores. —¡Allá vamos! —dice Ginny. En el televisor tienen a todo volumen un programa de entrevistas. Todos son Sadie por dentro. Sobre todo a los más ancianos. —Y no por asesinarla. Apaga el televisor y las dos permanecemos inmóviles. Sólo quería darles las gracias a todos por haber cuidado tan bien de mi tía abuela.221 - . 1920-1940. —¿Sadie? —cuchicheo—. ¡Qué gran idea! ¡Lástima que no se nos haya ocurrido antes! Se me hace un nudo en la garganta mientras los contemplo. tendiéndole una caja—. —¡Les encanta! —dice Ginny—. —¿Sadie? —susurro—. El anciano de la bombona de oxígeno fue seguramente un galán de lo más elegante. interpretando una desenfadada melodía de jazz. me siento más culpable que nunca. y con una bombona de oxígeno al lado. me gustaría añadir. Nunca se me pasó semejante idea por la cabeza. —¿Y esto qué es? —Ginny observa la otra caja—. ¿estás aquí? No hay respuesta. incorporándose. Será mejor que me vaya. El pelo blanco y las arrugas son sólo la superficie. que casi se me escurre de las manos. me acerco subrepticiamente a las escaleras y miro por el hueco. Mientras Ginny abre los bombones. —¡Qué detalle. Y entonces empieza a sonar. —He pensado que tal vez les gustaría escuchar la música que bailaban en su juventud —digo tímidamente—. En la otra punta de la sala. Ginny pone el volumen a tope. tras meter un CD en la ranura. Tendría que haber sabido que era una idea absurda. ¿no? Todos siguen viviendo en la veintena. Alguien empieza a tararear la melodía con voz temblorosa. Una orquesta chirriante de los años veinte. Grandes éxitos de Fred Astaire. La abro y saco los CD: Melodías de charlestón. como es natural. al cabo de un momento. vuelve la cabeza. Busco con la mirada entre las cabezas blancas. —Gracias —le digo. Traigo bombones para todo el mundo. Una mujer sigue el ritmo con la mano mientras su rostro se transfigura de placer. ¿Estás ahí? —Oteo el descansillo. —¡Cielos! —Y también estas flores para el personal… —La sigo por el vestíbulo perfumado con cera de abeja y dejo el ramo en una mesa—. llena de ancianos sentados en sillas y sofás. soltando exclamaciones de placer. Lara! ¡Vamos a poner uno ahora mismo! Me conduce hasta la sala de estar. Mi familia está muy agradecida y lamenta no haberla visitado… más a menudo. esperando la música. Sadie. —O sea. Y esa mujer de ojos legañosos y mirada perdida tal vez fue una joven picara que no . Poco a poco.

se habrá enterado de que he dejado el trabajo. ocurre algo muy raro. Estará de los nervios y querrá saber qué planes tengo. bailando alegres. .222 - . Y ni siquiera puedo pasar de la llamada con Ginny mirándome. Sus figuras jóvenes y vibrantes se desprenden de sus cuerpos. sus aventuras y sus fiestas. —¿Y tú crees…? —Toso. azorada—. Veo de nuevo la sala llena de ancianos inmóviles. —Hola. se cogen de las manos y echan la cabeza atrás. deleitándose con la música… Parpadeo. ya los he cruzado! En fin. y con una vida interminable por delante… Y entonces. Ginny me indica con un gesto que atienda. Una chica que está en París iba a enviármelo… Aún no he perdido la esperanza.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE paraba de hacerles travesuras a sus amigos. El CD continúa sonando y sus ecos deben de llegar a todos los rincones de la residencia. ese asunto parece haber quedado muy lejos. —Intento sonreír—. Te acompaño. pero ella sigue sonriendo y tarareando la melodía (algo desafinada). Sadie no puede estar aquí. —¡Pues crucemos los dedos! —¡Eso. Ya habría venido a ver qué pasaba. Es como si pudiera verlos tal como eran. —¡Ya sé lo que quería preguntarte! —dice Ginny de repente—. Me parece que está todo en nuestra mente. —Sí —admite con tono prosaico—. no lo encontré. Pero entiendo que sea un consuelo para quienes han perdido a sus seres queridos. Son cosas que la gente quiere creer. —Ha sido un placer volver a verte. ¿Puedo ponerte en espera un minuto? Pulso una tecla y levanto otra vez la vista. ¿Por qué me llamará? Claro. Tú debes de haber visto morir a muchos ancianos. Eran todos jóvenes: con sus amores. mientras sigo mirando. ¿Encontraste el collar de Sadie? El collar. Sólo venía a saludar. conservo en la retina la imagen de los ancianos. En cierto modo. con Sadie desaparecida. se sacuden la vejez y empiezan a bailar a un ritmo endiablado. Oh. No puedo quitármela de la cabeza. La visión se ha desvanecido. será mejor que me vaya. Me pillas en medio de una conversación. —No. —Lo que me preguntas —dice Ginny con una sonrisa— es si creo en fantasmas. mi móvil suena de un modo estridente. Otra posibilidad tachada. ¿no? —Eh… sí. Es uno de los peajes de este trabajo. no creo. Se ríen. ¿Crees en la otra vida? ¿Que hay espíritus que vuelven y todo eso? Antes de que responda. Dios. —¿Hablando en serio? No. jóvenes y felices. Mientras cruzamos el vestíbulo. y tienen otra vez el pelo oscuro y los miembros ágiles. alzando alegremente los talones. supongo. papá —le digo deprisa—. Le lanzo una mirada a Ginny. Lo saco y miro la pantalla: es mi padre. —Ginny —le pregunto impulsivamente cuando abre la puerta principal —.

Bueno… adiós. —¡Claro! —digo. Y gracias. —Suelto una risita—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Ya —asiento. ¿En el trabajo? Entonces no sabe nada. —Titubea—. cruzando los dedos—.223 - . pero he de hablar contigo de algo bastante importante. No me gusta molestarte en el trabajo. papá! ¡Perdona por la espera! —No. Se cierra la puerta y recorro la mitad del sendero antes de acordarme de papá. Aunque ahora mismo no estoy en el despacho… —Quizá sea el momento apropiado entonces. ¿Podemos vernos? . Desde luego. Ya sé que te sonará raro. Cojo el teléfono. cariño. asimilando sus palabras—. —¡Hola.

Quizá papá tenga que darme una mala noticia. con un cincuenta por ciento de descuento. Es gratis.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 22 Esto es muy raro. Como que mamá está enferma. (Al parecer. ¡Justo a tiempo! ¿Qué quieres? Parece contento. No puedo contárselo. ¿qué voy a decirle de mi ruptura con Natalie? ¿Cómo reaccionará cuando comprenda que la loca de su hija ha invertido un montón de dinero en una empresa para retirarse a las primeras de cambio? Sólo de pensar en la expresión de disgusto que se le va a quedar (una vez más) me estremezco de pies a cabeza. —Siempre me siento un poco culpable al usar la tarjeta —me confiesa papá mientras recogemos la bandeja y buscamos una mesa—. Quizá no esté enfermo. —¿Qué es esto? —dice el tipo de la caja. Abro la puerta y aspiro el aroma a café. con la que puedes tomar café y comida gratis a cualquier hora y en cualquier local de la cadena. porque resulta céntrico y los dos lo conocemos. En Lingtons no puedes pedir un capuchino. papá propone Lingtons. Nunca he visto una igual. con suspicacia—. Tomaré un lingtonccino y un sándwich de atún y queso. —Vaya. nadie más tiene permitido usar ese matiz de marrón. No entiendo qué pasa. Es propiedad de tío Bill. Estoy privando al pobre Bill de sus legítimos beneficios. Papá hace el pedido y saca su tarjeta Oro VIP. (Yo no. Las lujosas sillas de terciopelo marrón y las mesas relucientes son las mismas que hay en todos los locales de la cadena. Hay un expositor con tazas. O él. Tiene que ser un lingtonccino. —El tipo contempla la pantalla con asombro y levanta la vista —. yo sólo tengo la tarjeta Amigos y Familia. Papá es demasiado bueno. Piensa en . no hasta que tenga un plan de acción. Hemos quedado en encontrarnos en el Lingtons Café de Oxford Street. Y no me quejo.) —¡Lara! —Papá me saluda desde la cabecera de la cola—. además. E incluso si no es así. —Pruebe a pasarla —dice papá con educación. Todavía no. El tío Bill sonríe feliz desde un póster descomunal colgado detrás de la barra. Y también porque. canela y cruasanes recién hechos. —Hola —digo. Va a ser un golpe un tremendo. todos con los colores distintivos blanco y chocolate. que conste. tiene la tarjeta Oro VIP de Lingtons. Se mantiene fiel al tío Bill y. ¿Al pobre Bill? Me conmueve. dándole un abrazo—. jarras de café y molinillos.) Al llegar a la fachada de color blanco y chocolate me siento bastante atemorizada.224 - . siempre que quedamos.

Todo bien. Pero no quiero perjudicar tu empresa ni poner palos en las ruedas. Y pidieron ropa informal. Va… bien. Nada importante. —Bueno. Por si acaso. —¡Fantástico! —dice. No necesitas una oferta de trabajo. Estás haciendo lo que te apetece y te va bien así. en fin. Quiero saber de qué se trata. Es lo que quería saber. —Echo un vistazo irónico a la cara del tío Bill impresa en mi taza. —Cariño. mentirles a tus padres tiene esta pega: que a veces desearías no haberlo hecho. ¿Es la nueva política del despacho? Joder. Dios. No vale la pena. Y esto implicaría dejarlo todo. —Me esfuerzo por sonreír—. —¿Por qué no me lo cuentas? —Procuro parecer despreocupada—. Vas vestida de un modo muy informal. ese tipo de cosas. —Pero ¿tú crees que tomaste la decisión acertada? —Da la impresión de que le preocupa de verdad—. —Seguramente. Un gran futuro.225 - . —Miro fijamente la mesa. —No importa. —Es que… vengo de un seminario —improviso—. para cambiar de tema. ¿Te lo pasas bien? —Sí —murmuro—. Conmigo no tienes que quedar bien. Ya has respondido a mi pregunta. Quiero decir. Natalie ya ha vuelto… —¿Cómo que ha vuelto? ¿Es que ha estado fuera? Mentirles a tus padres es muy sencillo. No había pensado en eso. con un tono tan animoso que me arden las mejillas de remordimiento. —Se ríe—. ¿Una oferta? Se me acelera el corazón. —¿Cómo va tu empresa? De verdad. —¿Te parece que la empresa tiene futuro? —Sí. muy seria. —Sonríe y se fija en mis tejanos—. tenía que ser precisamente ésta. tampoco se pierde nada por comentarlo. . —Ha salido una oportunidad que quería comentar contigo. la vacía en el café y lo remueve—. Me lo paso bien. pero tienes que acordarte de qué mentiras les has contado. Lara. —¡Quién sabe! ¡Cuéntame! —Sueno demasiado desesperada. Era un juego de roles. Bueno. Él abre la bolsita de azúcar. —Me sale un gallo—. hemos hecho hace poco una operación con Macrosant. ¿de qué querías hablarme? —le digo. —Sólo unos días. Tenemos algunos clientes importantes. Ay. —¿Qué quieres decir? Él sonríe y menea la cabeza. —Me dedica una mirada cariñosa—. me ha salido todo fatal! ¿Qué voy a hacer?»—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE todo el mundo menos en sí mismo. De los millones de preguntas que podría haberme hecho. —Muy bien —asiento. quiero hacerte una pregunta. —Me parece que puede permitírselo. —No es eso. Intento frenarme y simular un moderado interés—. ya sabes. Además. —Lara. yo me siento orgulloso de lo que has conseguido —dice con ternura—. Tu empresa va bien y tú estás satisfecha. A veces te entran ganas de deshacerte en lágrimas y gritar: «¡Papá.

eso es lo que no me gusta: que papá se lo haya tragado. y si quieres continuar con tu empresa. Le ha impresionado tu persistencia. pero la esperanza destella en sus ojos. Y ahora. habría enviado la carta a través de papá? Pretende manipularnos a los dos. —Pero no quiero que te dejes influir —prosigue papá—. quizá eso sea exagerar. Papá tiene una expresión resplandeciente. Saca un sobre del bolsillo y lo desliza por encima de la mesa. Ni de Sadie. Tanto si lo aceptas como si no. Iba a contártelo… —Bueno. Me mareo levemente y levanto la vista. Dice todo lo que debe decir. Contiene una carta con el membrete de Lingtons. Pero está tratando de congraciarse conmigo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Quizá tengas razón. Le encantaría que tuviera un puesto estable en una gran multinacional. te apoyaremos al cien por cien. sino en la de la familia. —Ya —repito. Lo detecté en sus ojos: una conmoción. confusa—. Bueno. La elección está en tus manos. Vale. sin más. si no. Con un sueldo de seis cifras. Me ofrecen un puesto de jornada completa en el departamento de recursos humanos. No te sientas presionada en ningún sentido. No puedo hablar del collar. me pasé un momento para charlar. ¡Y a mí también! No tenía ni idea de que pensabas ir a pedírselo otra vez. Sí. Una alarma total. sí! «Tenaz». pues se quedó impresionado. es evidente que está contentísimo. Lo ha hecho sólo porque valora tu talento y tu buen corazón. Impresiona. Miro otra vez la cifra. Y el tío Bill lo sabe. Tu madre y yo estamos muy orgullosos de ti. Quiere sobornarme. —Ya. el resultado es… esto. Lo abro. —Pero ¡yo no le hablé de trabajo! Fui a preguntarle por… —Me detengo. —Me froto la frente. cariño! —Se echa a reír—. Hay algo que no me gusta. aunque trate de ocultarlo. A ver si recuerdo ahora cómo te describió… —dice con esa sonrisa torcida que le sale cuando algo le divierte—. ¿Por qué. ¿Por qué te envió a ti la carta? ¿Por qué no a mí directamente? —Pensó que sería un detalle bonito. Bill me llamó ayer. Al fin y al cabo.226 - . —Bill me leyó por teléfono la propuesta antes de mandármela con un mensajero. A pesar de su actitud sosegada. es todo un cumplido. Lara. ¡Ah. —Bebe un sorbo de café y me mira a los ojos—. No creo que tío Bill valore mi talento ni mi buen corazón. —Carraspeo—. Las sospechas me asaltan como un ejército de arañas. —Creo que Bill se sentía mal por haberte rechazado en el funeral — me dice—. . —Es un reconocimiento excepcional. Y no en una cualquiera. Bill no nos debe nada. negro sobre blanco. —¿El tío Bill? —Me quedo de piedra. pero no logro sonreír. En fin. intrigada. me hace un ofertón. ¿verdad? —No lo entiendo. Desde que le hablé del collar de Sadie he conseguido sacarlo de quicio. No puedo. —¡Sonríe. dijo. —Dijo que habías ido a verlo hace poco a su casa. —Ah. Toda una sorpresa.

¿por qué te resistes tanto? Tú querías trabajar para Bill. Se arrepiente de haberla criado con tantos lujos. —Suena consternado—. tuvimos una bronca tremenda y decidí abandonarla. No lo comprende. —Hace una pausa mientras lo asimila todo—. —¡Lara! —exclama papá—. Tu empresa va tan bien… Oh. Dios. Pero… es complicado. No busques problemas que no existen. O ambas cosas. —Ya. Él me mira fijamente. Tuvimos una charla bastante sincera. Relájate. Bueno… tal vez esta oferta llegue en el momento oportuno —comenta por fin. —Trago saliva y me obligo a decirlo—: Me he dado cuenta de lo equivocada que estaba. No seas tan dura contigo misma.227 - . Él no me quería. Si le dijera la verdad. Contemplo su rostro sincero. «¡Eso no lo piensa ni loco! —me gustaría gritar—. bajando la voz e inclinándose sobre la mesa—. Una ocasión para encarrilar otra vez tu vida. —Ya veo. es real. también ha desaparecido Sadie. la empresa no va bien.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —A decir verdad —añade. —¿Un collar? —Me mira perplejo—. sus ojos bondadosos. Es una persona. —Cariño. —Papá —lo interrumpo—. —Alzo la cabeza—. La verdad es que… es un desastre. creo que Bill tiene problemas con Diamanté. —Estrujo la bolsita de azúcar sin mirarlo—. Definitivamente. —¿Cómo? —Nada bien. Te he desconcertado. —La culpa es mía —dice. no me creería. Cielos. Tal vez no sea tan complicado como crees. No. ¿Cómo iba a comprenderlo? Sadie no es un problema inexistente. y ya no sé qué pensar ni qué hacer. ¡No tienes ni idea de lo que pasa! ¡Sólo quiere que deje de buscar el collar!» Me cubro la cara con las manos. ¿puedo darte un consejo? —Espera hasta que levanto la vista —. Sonríe. esto es una gran oportunidad. Te he mentido. Cariño. Existe. No puedo continuar con esta farsa. ya sin sonreír—. Aprovecha la ocasión. Quizá deberías aceptar sin más. —Señala la carta—. todavía mirando la mesa. Y además… he roto otra vez con Josh. —¿El tío Bill dijo algo de un collar? —le pregunto sin poder contenerme. ¿Qué collar? —Hummm… No es nada. —Lara. es mi amiga y me necesita… «¿Y dónde está? —dice súbitamente una voz en mi cabeza—. Natalie me dejó en la estacada. —¿Qué problema hay? —pregunta suavemente—. No lo pienses demasiado. Es que todo esto resulta un poco abrumador. tras el collar. —Quizá —musito. Que ve en ti al tipo de joven emprendedora que debería servir de modelo para Diamanté. No debería habértelo dicho. ¿y sabes qué me dijo? —Su rostro rebosa satisfacción—. Pensaría que soy una paranoica delirante o que estoy tomando drogas. Perdona. Sólo que yo deseaba desesperadamente que me quisiera. —Suspiro y bebo un sorbo de lingtonccino. ¡Es una historia tan disparatada! ¡Suena tan increíble! Y ahora. pero está preocupado. Si de . ¡Cariño! ¿Estás bien? —Perfectamente. No quería contártelo.

la he visto y oído.» Respiro jadeante. ¡Claro que Sadie es real! ¡Claro que sí! ¡No seas absurda! ¡Deja de pensar así! Pero ahora resuena en mi interior la voz de Ginny. cariño? Intento devolverle la sonrisa. Papá es real. Eso te viene de tu madre. Podría haberlo recordado sin ser consciente de que estaba recordando. —Trago saliva—. —¡No. Pero no sé qué pensar. La primera grita: «¡Sadie es real. desesperada—. pero estoy demasiado abstraída. «Me parece que está todo en nuestra mente. ¿Estás bien. Nunca fuimos a ver a la tía Sadie. ¿De dónde sale esa voz? No puedo estar dudando ahora… No puedo estar pensando que… Siento un pavor repentino. La oferta de mi tío es real. Ya no me fío de mí misma. bebo un sorbo y echo una mirada al local. en cualquier caso. ¿dónde está?» Doy un respingo. Pero no estás loca. se siente herida y debes encontrarla!» La segunda salmodia con calma: «Ella no existe. Siento una sensación de vacío. Hablo en serio. Tu madre y yo estuvimos hablándolo después del funeral y recordamos que te llevamos una vez a verla cuando tenías seis años. Vuelve a tu vida. esperando que mis pensamientos se equilibren y mis instintos se aplaquen. Hay dos voces enfrentadas en mi cabeza. —Papá. Podría ser que me hubiese inventado toda esta historia. Hemos hablado. Medio mareada. —Abro los ojos bruscamente—. ¿Debería consultar a alguien? Él suelta una carcajada. como para anclarme en la realidad. Podría haber visto el collar entonces. —Papá. O sea… no. Son cosas que la gente quiere creer.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE verdad existe. Me sentía tan culpable por no haberla conocido que me la inventé en mi inconsciente. Creo que te dejas llevar por la intensidad de tus emociones y a veces de tu imaginación.228 - . Quizá sí esté loca de verdad. Era lo que yo deseaba. Vamos. la verdad. ¡Hemos bailado juntas. —Se encoge de hombros. —Seis. O no más que ella. Y Sadie es real. Es como si todo se estuviera poniendo del revés. por el amor de Dios! Y. eso fue lo que pensé la primera vez. ¿verdad? Excepto aquella vez cuando yo era un bebé. No es un gran consuelo. La conocí a los seis años. lo sabes perfectamente! ¡Está en alguna parte! ¡Es tu amiga. ¿cómo podría habérmela inventado? ¿Cómo habría llegado a saber lo que sé de ella? ¿Cómo habría descubierto la existencia del collar? Nunca la había visto.» No. cariño! ¡Claro que no! —Deja la taza y se inclina sobre la mesa —. no es exactamente así. Nunca ha existido. Y ella… ¿llevaba un collar? —Quizá sí. en todo caso. Y algunas veces te sobrepasan. —Me dirige una mirada cautelosa—. ¿tú crees que estoy loca? —le suelto. Que era una alucinación. En realidad. —Está bien. Por primera vez. Lingtons es real. atisbo otra realidad posible. Sé que lo es. —Trago saliva. Mis pensamientos parecen despeñarse bruscamente. —¿Lara? —Papá me mira fijamente—. Ya has perdido bastante tiempo. . —En realidad. Ni hablar.

señalando el sándwich de atún y queso. coche. Sería Lara Lington de Lingtons Café. Todo el mundo contento. Sería muy fácil. Al fin y al cabo. Pero no puedo. —Bueno. Podría aceptar.229 - . es el escenario de sus primeros recuerdos. —Me dirige su entrañable sonrisa torcida—. buena idea. He ido tan lejos. Se trata sólo de un tío rico que quiere echarle una mano a su sobrina. Lo más sano y sensato sería borrar cualquier idea relacionada con ella: aceptar la oferta de mi tío y comprar una botella de champán para celebrarlo con mamá y papá. Definitivamente. Nada objetable. Mirándola con objetividad. no puedo creer que Sadie no sea real. No se me había ocurrido. —Te levantará el ánimo. En el fondo. cojo otra vez la carta del tío Bill y la leo de cabo a rabo. Sería la mar de fácil. me he esforzado tanto en encontrarla. Al sitio donde antiguamente estaba su casa. La palabra me resuena por dentro. Si tu vida se encuentra en una encrucijada y necesitas pensar. Se negó a regresar en vida. Mis recuerdos de Sadie se desvanecerían poco a poco. —Tenía razón. nada mejor que tu hogar. Hace siglos que no voy. ¿Has decidido ya por dónde tirar? —Sí —asiento—. —Papá se limpia con una servilleta de color chocolate—. —«Nada como en casita» —murmuro con una débil sonrisa—. aceptaré el trabajo y me daré por vencida. no hay nada siniestro en ella. —Hace tiempo que no vienes a casa —dice papá con dulzura—. Eso decía Dorothy en El mago de Oz. He de ir a la estación de Saint Paneras. —Señala la carta con un gesto—. Y ahora come —añade. Mi vida resultaría normal. —Sí —digo tras una pausa—. Te veo algo más animada. Y de su gran amor.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Con dedos temblorosos. pero… ¿y si se ha ablandado? ¿Y si está allí ahora mismo? Remuevo mi lingtonccino obsesivamente. Por muy mayor que seas. Pero yo sólo lo escucho a medias. con un prometedor futuro: sueldo. Si no está allí. que tengo que hacer un último intento. perspectivas de ascenso. Hogar. Podría haber vuelto a su hogar. ¿Por qué no pasas con nosotros el fin de semana? A mamá le encantaría verte. . Eso ya lo sé.

—¿Qué Sadie? —Entórnalos ojos—. Tal vez tenía un árbol favorito o algo así. —Yo soy Sadie.230 - . Perdone las molestias… Echo a andar. así que al cabo de un rato me animo a levantar un poco la voz: —¿Sadie? ¿Estás aquí? ¿Sadie? —¡Disculpe! —Noto un golpecito en la espalda y doy un brinco del susto. Buscaba a otra Sadie. pantalones color canela y zapatos de goma. una parada de autobús y una extraña iglesia de aire moderno. Al darme la vuelta me encuentro con una mujer de pelo gris que me mira recelosa. Hay seis casitas de ladrillo. Sadie Williams. y si no se pelearan con tanta furia los tres adolescentes que aguardan bajo la marquesina del autobús. Supongo que resultaría bastante pintoresco si no pasaran camiones continuamente haciendo un ruido de mil demonios. Pero supongo que se habrá ido por otro lado. Me apresuro a alejarme antes de que alguno de ellos saque algún arma y me acerco al césped de la plaza. Pensaba que en el campo la vida era más tranquila. una calle cerrada al tránsito. Aunque temó llamar la atención. Un rincón preferido del jardín que ahora se ha convertido quizá en un lavadero. cruzando los senderos de gravilla y murmurando: «¿Sadie?» Debería haberle preguntado más cosas sobre su hogar. Se me ha escapado y estaba buscándola. En eso acabó convertida Archbury House después del incendio. La Sadie que yo busco… es una perrita. Si Sadie ha vuelto a casa. —Ya. No parece haber nadie a la vista. Y ahora estoy aquí. Y espero que agradezca el esfuerzo que he hecho. He tardado una hora en llegar a Saint Albans en tren y otros veinte minutos en taxi hasta Archbury.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 23 Bueno. En el número cuatro. Cuesta imaginar que tiempo atrás había aquí una sola mansión preciosa rodeada de jardines. Hay un tablón con un plano del pueblo y enseguida localizo Archbury Glose. me pongo a merodear entre las casas y atisbar por las ventanas. éste es el último sitio donde la busco. ¿Qué quiere? —Eh… —¿Ha venido por lo del alcantarillado? —Eh… pues no. cada una con un pequeño sendero y un garaje. Soy la única en esta calle. en la plaza de un pueblecito que tiene un pub. es ahí donde estará. Lleva una camisa floreada. Su última oportunidad. pero Sadie Williams me agarra del hombro con una . En unos minutos diviso la verja de hierro forjado con el rótulo «Archbury Close».

buscado y buscado. —Todos los perros son salvajes. ya se lo he dicho.» Si me doy por vencida después de sólo tres días. Estoy segura de que los estanques son puntos espirituales. ganó un premio nacional. Vaya pérdida de tiempo. ¿Qué clase de perro estamos buscando? Ay. El último intento. estoy segura de que ha escapado en otra dirección. Me vienen imágenes de la cara desolada de Sadie en el puente de Waterloo. Dios. Pero es muy cariñosa. por toda la situación. ¿Qué se supone que debo hacer? He buscado. Me siento terriblemente frustrada: por ella. No se me ocurriría dejar suelto un perro peligroso. Y oigo su voz lastimera: «Te importa un bledo lo que me pase… A nadie le importo. Y echo a caminar a toda prisa hacia la verja. O de dondequiera que esté. ¿no? Quizá debería usarlos. Me levanto y me aproximo al pequeño estanque de la plaza. Quiero decir. —Probablemente está oculta entre los arbustos. Sin mirar atrás. . Al fin y al cabo. Esta vez lo digo en serio. Lara. Así que será mejor que siga buscándola. Más que los bancos. cojo un taxi y me vuelvo a Londres. señora! —Basta. ¡Son ustedes unos irresponsables! —¡No soy ninguna irresponsable! Es una perrita muy cariñosa. —¡Un pitbull! —grito por encima del hombro—. ¡esperando para atacar! —Sadie Williams me mira ceñuda—. Dios. De poco me ha servido mi brillante idea. Vale. De todos modos. Sadie no está aquí. De hecho. tácitamente le daré la razón.231 - . y por supuesto no seguiré buscándola. Sin embargo… Ay. Estrujo el envoltorio del chocolate y lo lanzo a la papelera. tengo poderes. Y además —añado cuando logro desasirme por fin—. No pensaré más en Sadie. Ya le he dedicado bastante tiempo. estoy segura de que no está aquí. Desde luego. porque habría venido al oírme. —¡No.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE fuerza sorprendente. Es muy obediente. Ha sido una idiotez venir aquí. Habría aparecido para contemplar el espectáculo. No lo sabía. ¿no lo sabía? Hay niños pequeños aquí. Estás hablando de una perra imaginaria —. Si hubiera venido cuando la llamé… Si me hubiera escuchado y no hubiera sido tan terca… Un momento. Invocarla para que venga del inframundo. Me dejo caer en un banco y saco una barrita de chocolate. Los perros son animales peligrosos. cruzo la verja y vuelvo sobre mis pasos. Ya es hora de sacarme esta historia de la cabeza y de empezar una nueva vida libre de fantasmas. —¿De qué raza es? —me grita Sadie Williams—. Me termino el chocolate y me dispongo a marcar el número del radio taxi. En cuanto me la coma. O de Harrods. ¿por qué habría de pensar en ella? Apuesto a que ella no piensa en mí. —¿Ha dejado un perro suelto por esta calle? ¿Cómo se le ocurre? Aquí están prohibidos los perros. ¿no lo sabe? —Bueno… perdone. por mí misma. Intento zafarme de su garra. Se me ocurre otra idea.

Lara Lington. Aún conserva un aire intemporal. Una serie de ondas recorre la superficie del agua. hace muchísimos años. Ni una voz. De las profundidades del mundo de los espíritus. —Invoco a Sadie Lancaster —rectifico—. Enviádmela ahora. Quizá «buscar» no sea lo bastante enfático. Es un viejo caserón gris con un sendero de grava y varios coches aparcados a un lado. Era el hijo de párroco. Es una idea absurda. Hay gente en la puerta. —Espíritus. Lara — salmodio con una voz sepulcral—. —Extiendo los brazos con cautela. Yo. —Me pongo a hacer aspavientos—. la de los poderes sobrenaturales. Un sendero rodea la casa. Marco el número del radio taxi que me ha traído hasta aquí y pido que vengan a buscarme. ni una sombra. Lo cual significa… que aquí vivía Stephen. Se hace un silencio. No me gustaría que se me apareciera Enrique VIII—. con ese viejo muro de piedra y la hierba crecida y la sombras del jardín. Saco otra vez el móvil por si tengo algún mensaje. Soy yo. preguntándome si habrá una máquina de café en el vestíbulo. de un espíritu —me corrijo. Ella misma dijo que nunca se comportaría como una pegajosa. En el centro hay un surtidor de piedra cubierto de musgo. No tengo ni idea de cómo se hace esto. ¿no? Pero tal vez… No. Nada. Ya he arrojado la toalla. y yo imagino a Sadie bailando alrededor. Ni en un millón de años se dedicaría a merodear por la casa de un antiguo novio. ¡No vengas! No me importa. sólo turbado por el graznido de los patos. Me pregunto… No. enviádmela. No me cuesta imaginarme a Sadie deslizándose por el sendero con los zapatos en la mano y los ojos brillantes al claro de luna. Amiga de los espíritus. Un rótulo en una cerca: «Antigua Casa Parroquial. Es demasiado orgullosa. Si conocéis a Sadie. Ya está bien. ¿no? Miro más allá de la cerca con curiosidad. os lo suplico.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE en todo caso. la convoco con mi llamada. Sobre todo. Los dueños deben de estar en casa.232 - . No parece que hayan introducido nada moderno. Me largo. El sitio rezuma una atmósfera especial. Me gustaría saber si era allí donde Stephen pintaba. ¡Que te zurzan! Me dejo caer en el banco y saco el móvil. aunque quizá sea el viento. ni una visión. Pero está cerrada a cal y canto. mientras un policía trata de arrastrarla fuera. Busco a… Sadie Lancaster —digo en tono trascendente. Al fondo distingo un viejo cobertizo. Espíritus. Tengo cosas mejores que hacer que quedarme aquí comunicándome con el inframundo. Iré improvisando sobre la marcha—. Para. Atended mi llamada. La operadora me dice que el taxista me recogerá en diez minutos delante de la iglesia. Imposible. qué caramba. no se habría metido ahí. cuando algo me llama la atención. —¡Muy bien! —Bajo los brazos—. . Escuchad mi voz.» Supongo que aquí vivía en tiempos el párroco. Al menos. Voy hacia allí. salpicando y dando grititos. El jardín se halla invadido de rododendros y árboles. del antiguo novio que le rompió el corazón y que ni siquiera le escribió una carta. media docena de personas a punto de entrar.

ya. —Supongo que es usted una admiradora de su obra —dice con una sonrisa. entro en una sala llena de alfombras y sofás anticuados y echo un vistazo alrededor. Vamos. Grandísima. por favor. ¿Obra? ¿De quién? —Eh… sí. ¿Ha venido a hacer el tour? ¿El tour? ¡Todavía mejor! Podré deambular por la casa sin necesidad de excusas. No sabía que las casas parroquiales cobraran entrada hoy en día. Sadie. ¿se supone que Cecil Malory vivió aquí? —Naturalmente. —Me da un folleto. Nada de perros extraviados. una estudiante de arquitectura? Sí. No es la casa lo que me interesa precisamente. y debajo se ve un cuadro de unos acantilados. Vivió aquí hasta mil . Me alejo de la mujer. Voy a ver esta parte… —Entro en el comedor adyacente. no como Picasso. Se me despierta un leve interés. Vaya. mejor Harvard. ¿Cinco libras? ¿Por ver una casa parroquial? Joder. El último. Por eso la casa fue restaurada y convertida en museo. En serio. En Birkbeck. Éste es el último sitio donde busco. ¿Cuánto es? —Cinco libras.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Pero mi mano ya está alzando el pestillo. vestida con un grueso jersey escocés. Claro. —Echo una ojeada al folleto que tengo en la mano. No. por donde deambula la gente que he visto antes. que estaba justo a mi espalda. —Entonces.233 - . Mi tesina versa sobre «los edificios religiosos y las familias que los habitaban». Precioso. ¿Qué tal si estoy haciendo un estudio sobre antiguas casas parroquiales. —¿Sadie? —cuchicheo—. Una gran admiradora. eso. aunque supongo que es lógico. tras una mesa cubierta de libros y folletos hay una mujer de pelo corto y pardusco. Una debería tener derecho a hacer el tour sin que la sigan. —A saber quién demonios es Malory—. Me acerco a la ventana y contemplo el jardín. Cecil Malory. —Sonríe como si mi presencia no la sorprendiera—. —Hola. pero he oído hablar de él. Me acerco a la entrada y ya me dispongo a llamar al timbre cuando veo que la puerta está sólo ajustada. —Doy un respingo. Entro con cautela y me encuentro en un vestíbulo con paredes revestidas de madera y parquet antiguo. —Aquí tiene una guía. Un artista famoso. Para mi sorpresa. la mujer me ha seguido. ¿estás aquí? —Aquí es donde Malory pasaba las veladas. que parece el escenario para una película de época—. Me deslizo por el sendero mientras trato de inventarme una excusa. —Pues sí. —Parece asombrada por la pregunta—. Al fin y al cabo. ¿por qué habría de merodear por la casa del tipo que le rompió el corazón? Doy media vuelta para marcharme y tropiezo con la mujer. yo. «Bienvenido a la casa de Cecil Malory». reza el título. —Ah. Ha sido una idea estúpida. Ni rastro de Sadie. pero ni siquiera lo miro. ¿Sadie? —Éste era el comedor familiar… Por el amor de Dios.

SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE novecientos veintisiete. el volumen de su obra es bastante limitado. Como murió tan joven. Sadie nunca me ha dicho que fuera famoso. Steph… quiero decir Cecil Malory… era amigo de mi tía abuela. Bueno. En los años ochenta se disparó su valor. . en su tierra natal. Los datos sobre sus primeros años son algo imprecisos porque muchos archivos del pueblo resultaron destruidos durante la guerra. y cuando se iniciaron las investigaciones ya habían fallecido muchos de sus contemporáneos. Estoy un poco confusa. —Su rostro se ilumina—. —Asiente con aire entendido—. —Ah. tenemos a la venta varios libros sobre Malory… —Sale presurosa y regresa con un delgado volumen de tapa dura—. Sin duda ya sabe usted que Stephen Nettleton era Cecil Malory. eso no le sucedió en vida. La cabeza me da vueltas. —Querida… —Me mira perpleja—. —¿Era amiga del hijo del vicario? Un chico llamado Stephen Nettleton. No tenía ni idea de lo que sucedía en el mundo exterior. Luego sonríe—. —Eh… Perdone. —Lo tomo y empiezo a ojearlo. ¿Le gustaría ver las habitaciones? —No. Stephen se convirtió en un pintor famoso. seguro que Sadie lo conocía. Él nunca empleó su apellido como pintor. primero en Francia y luego aquí. claro. ¿él pintaba en un cobertizo del jardín? —Sí. —Luego cambió de apellido legalmente —prosigue—. Fue entonces cuando su fama se extendió por todo el mundo. Fue mucho después de su muerte cuando creció el interés por sus cuadros. Esto no tiene sentido. Eh… Perdón. Si vivía aquí en 1927. Debían de pertenecer a la misma pandilla.234 - . Pero creo que nunca se enteró de que se había hecho famoso. Si le interesa. en cuya portada figura una marina. ¿Stephen era Cecil Malory? ¿Stephen es… Cecil Malory? Me quedo patitiesa. ¿Hasta 1927? Ahora sí que estoy interesada de verdad. —Me froto la frente—. hay anécdotas encantadoras sobre su época en Francia. Estaba pensando. —Gracias. De ahí que aumentara tanto la cotización de sus cuadros. En cambio. Seguro que preferiría devolverme los cinco pavos y librarse de mí. según se cree. Después de trasladarse a Francia… Sólo la escucho a medias. Ella habría alardeado de un modo insoportable… ¿O quizá no lo sabía? —… y no llegaron a reconciliarse antes de su trágica muerte en plena juventud —concluye la mujer con una nota solemne. Casi enseguida tropiezo con una fotografía en blanco y negro de un hombre pintando en un acantilado. Dígame. cuando empezó a despuntar como paisajista… —Me tiende el libro. Sadie sufrió su derrame cerebral en 1981. La llevaron a la residencia y nadie le contó nada. Salgo de mi ensimismamiento y veo que la mujer me mira de un modo extraño. En los ochenta. ¿sabe? Ella vivió en este pueblo y lo conocía. Fue una especie de protesta contra sus padres.

Qué cabronazo. Seguro que lo conoce. cayendo sobre sus pálidos pechos difuminados por la tela. Es una ampliación de uno de sus cuadros más famosos. más acantilados. —Sí —digo. —Es asombroso —digo. Me guía por un pasillo rechinante hasta una habitación sombría y enmoquetada. ¿Cómo pudo tratarla tan mal? ¿Cómo pudo largarse a Francia y olvidarse de ella? —Tenía un talento extraordinario. pasando paisajes marinos. abre la boca y vuelve a cerrarla. con los ojos fijos en el cuadro. Es una ampliación de un cuadro. Sólo un ojo.» Ahora entiendo por qué Sadie se prendó perdidamente de él. —¿A que es maravillosa? —La mujer me mira complacida. Y entonces oigo su voz en mi cabeza: «Yo era feliz cuando lo llevaba… Me sentía hermosa. Con todo el aire de ser la dueña del mundo. si quiere echarle un vistazo. Mirando desde el interior de un historiado marco dorado. Quizá se lo merecía —le digo con una mirada siniestra—. alto y moreno. de ojos oscuros y mirada intensa. —La mujer sigue mi mirada—. muy largas. ¿Quién es? ¿De dónde procede este detalle? —Querida… —Veo que la mujer se esfuerza por no perder la paciencia —. secándome una lágrima. No importa que le rompieran el corazón. Conozco este ojo. Seguramente pensaba que era demasiado especial para mantener una relación normal. ¿Qué es esto? —Señalo la página—. sujetando el libro. Es apuesto. —Disculpe —me atraganto—. por eso significa tanto para ella. he de reprimir el impulso de insultarlo. Y alrededor del cuello. poniéndome en marcha—. Por eso quería el collar. Su muerte prematura fue una de las tragedias del siglo veinte. En ese período de su vida fue feliz. Seguramente se creía un genio. No importa lo que sucediera antes o después. y con un brillo burlón. ¿No lo había pensado? La mujer se queda atónita. con pestañas largas. y lleva una camisa raída. Como una diosa. un apunte a lápiz de una gallina… hasta que me quedo paralizada. Tan feliz. bueno. Nuestro gran orgullo. con sillones de cuero y un gran cuadro sobre la chimenea.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE con el pie: «Una de las pocas imágenes de Cecil Malory en pleno trabajo. Aunque lleve tanto tiempo muerto. Sigo hojeando. Ni tan relajada. Me quedo sin habla. entrelazándose con sus dedos y derramando una cascada de cuentas relucientes… el collar de la libélula. Ahí está. por fin estoy comportándome como una amante de la . Lo tenemos en la biblioteca. Evidentemente. Sus ojos se ven enormes y oscuros y resplandecen de amor. Está reclinada en una tumbona. Un ojo me mira desde una página del libro. Nunca la he visto tan radiante. Por favor. cubierta de estanterías. Lleva unos pendientes espléndidos. —Aquí está. Tan hermosa.235 - . inmóvil.» Ahora todo cobra sentido. En aquel momento todo era perfecto. El pelo a lo garçon deja al descubierto su esbelto cuello. Sadie. Quiero verlo. completamente desnuda salvo por un lienzo de gasa que le cubre desde los hombros hasta las caderas y que difumina parcialmente la vista. —Ya. Quizá debería haberse portado mejor con su novia.

—Saca una hoja de papel mate donde aparece la cuenta del collar en una ampliación enorme. hay una pequeña sorpresa. estoy segura. Ya he pintado a quien quería pintar. La miro pasmada. Se incluyó a sí mismo en el cuadro. o los expertos. ¿Tiene usted. o una simple aficionada a la obra de Malory? —Sólo me interesa este cuadro —le digo con franqueza—. No sabes cómo desearía que pudieras verlo… Me interrumpo sin aliento. hay mucha gente interesada en la identidad de la modelo. En el collar. Y sí. claro está. sí. porque es único. La cara de un hombre. ¿me oyes? ¡He encontrado el cuadro! ¡Es precioso! ¡Estás preciosa! ¡Estás en un museo! ¿Y sabes qué? Stephen no retrató a nadie más que a ti. pero la habitación continúa en silencio. Amaba a Sadie. salvo éste. La mujer aparece con un montón de libros. Y se pintó a sí mismo en tu collar. —Me indica que me acerque—. Y es tanto más especial. —Es… asombroso. Para mi estupefacción. —Trago saliva—. ¿No tiene más libros sobre él? — Me muero por sacarla de la habitación y quedarme sola. Pero nunca hizo otro retrato. Y me gustaría saber una cosa. Cada cuenta del collar es una pequeña obra maestra. Su propio reflejo en el collar. Oigo pasos. En el cuadro. ¿Sólo pintó a Sadie? ¿En toda su vida? ¿Ya había pintado a la única que quería pintar? —Y en esta cuenta… —Se acerca al cuadro con sonrisa experta—. Pintó a la única que deseaba pintar. Me vuelvo y esbozo una sonrisa forzada. Alzo los ojos hacia el cuadro.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE pintura—. El retrato oculto más diminuto que existe. Nunca quiso pintar otro retrato. ladeo la cabeza—. esté donde esté. si lo prefiere. —La mujer se embarca en un discursito a todas luces ensayado—. por supuesto. con la vista nublada de lágrimas. La retrató con amor. Se negó durante toda su vida. pero . Sadie. Fuiste la única. Justo en ésta. ¡Sadie! —llamo—. En Francia recibió muchas solicitudes a medida que su fama iba creciendo. salvo con una lupa… Aquí lo tengo. Te amaba. —Es casi imposible verlo. Un pequeño secreto. —Hace una pausa dramática—. Ahí está Stephen. alguna idea de quién es ella? ¿Cómo se titula el cuadro? —La chica del collar. distingo en su superficie una cara. Como si fuese parte de ella. ¿Lo ve? Me concentro en la cuenta de cristal.236 - . Se descubrió hace sólo diez años. No me oye. En cuanto sus pisadas se alejan por el pasillo. Se aprecia en cada pincelada. La mujer tiene razón. pero él siempre respondía: J’ai peint celui que j’ai voulu peindre. Está pintado con tanto amor… — Contempla el cuadro con cariño—. cojo la ampliación y observo atentamente el rostro. Como si fuese un mensaje cifrado. ¿Es usted estudiante de arte. Los detalles y el manejo del pincel son exquisitos. —¿Me permite? Con manos temblorosas. —¿Éste es…? —Malory —asiente—. —Esto es lo que tenemos ahora mismo. Se han hecho investigaciones. Parece igual que las demás. Sadie. ¿no? —Por supuesto. —¿Qué quiere decir? Cecil Malory pintó un montón de cuadros.

Y lo demostraré de algún modo. De puño y letra del propio Malory: «Mi Mabel. Deberían poner un cartel con su nombre real y dejar de llamarla «Mabel»… —De repente caigo en la cuenta—. —Cielos. ¿Qué le hace suponer que se trata de su tía abuela? —No es que lo suponga. La casa familiar se quemó y nadie volvió a verlo. O si no. confusa. A mí me parece auténtico—. ¡Éste es el cuadro de Sadie! ¡Él se lo regaló! Lo había perdido hacía mucho. armándose de paciencia—. pero la mujer se limita a echarme una mirada dubitativa. —Me temo que no tengo ni idea. —Adopto un aire formal—. ¿puedo hablar con el director de este museo o con quienquiera que esté a cargo del cuadro? Ahora mismo. Y en el dorso del cuadro hay una inscripción. —Ya. —¿Tiene alguna prueba? ¿Una foto de joven? ¿Algún archivo? —Bueno. —Hace una pausa y añade—: Mabel. Me mira desconcertada y recelosa. supongo que es consciente de que esto es una reproducción. Está en la London Portrait Gallery. Es ella sin la menor duda. pero se perdió hace muchos años. pero sigue siendo suyo. Es una afirmación muy seria. Sé que es ella. Me esperaba un gritito o un sofoco. ¿vale? Sadie Lancaster. Eran amantes. —¿Mabel? —La miro horrorizada—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE lamentablemente nadie ha logrado identificarla. y conocía a Steph… o sea. ¡No se llamaba Mabel! —¡Cielos! —Me sonríe con desconcierto—. Es mi tía abuela. Vivía aquí. . —Querida. —Pero… —Miro el cuadro. ¿Cómo lo consiguieron? ¿Qué hace este cuadro aquí? —¿Cómo? —La mujer se ha quedado atónita y yo suelto un bufido de impaciencia. ¿Cómo es que ha acabado aquí? —imprimo un desagradable tonillo acusador y ella retrocede un paso. a Malory. ¿Dónde está el original? ¿Guardado en una caja fuerte? —No. Lo único que se conoce es su nombre de pila. querida —dice. no… Pero sé que es ella sin ningún género de duda. supongo que ahora es de papá o de tío Bill. en Archbury. Alto ahí.237 - . Se lo escribiré. —Este cuadro pertenecía a mi tía abuela. créame.» Por el amor de Dios. Y lo sé porque era… —Titubeo un instante—. Mabel era un nombre bastante común en aquel entonces. querida. Bien. ¿no? —¿Cómo? ¿Qué quiere decir? —El original es cuatro veces mayor y me atrevo a decir que incluso más espléndido. —¡Era un apodo! ¡Una broma privada! Se llamaba Sadie. por supuesto. Ya sé que para un oído moderno puede sonar un poco pintoresco. pero. Llevo aquí diez años y siempre ha estado colgado en esta biblioteca.

Las dos suspiran. Llevo sentada dos horas delante del retrato genuino. asomada a la ventana. —¿No es maravillosa? —me dice una mujer morena con un impermeable. Me dirijo al vestíbulo. ¿verdad? Se me hace un nudo en la garganta. Lo sé porque he oído a una profesora de arte explicárselo a sus alumnos hace media hora. Luego todos se han acercado para distinguir el retrato en miniatura de la cuenta del collar. O no quiere oírme. —¿Señorita Lington? Al volverme. Con la frente despejada y sus aterciopelados ojos verde oscuro. Es mi retrato preferido de todo el museo. Sadie contempla la sala desde el cuadro como la diosa más bella que hayas visto jamás. Pero no me oye. absortos. Debo irme. —Seguramente. —Tiene algo muy positivo. Mil veces mejor que el de la casa parroquial. —Sí. a lo largo de la calle. O simplemente tomando asiento para observarla. Radiante. miles de personas. pero consigo sonreír. los brazos cruzados y la cabeza ladeada. —Me pregunto qué estará pensando. —Yo creo que está enamorada. sonriéndose unos a otros. No puedo moverme de aquí. disfrutando del retrato. Y me parece que es feliz. La madre le señala el collar a su hija. el director de la colección. —Examino otra vez los ojos relucientes de Sadie y el rubor de sus mejillas—. Guardamos silencio. Me levanta el ánimo. Ya son las cinco. sentándose a mi lado—. Sadie adorada por toda esta gente. Decenas. Desde que estoy aquí. y luego adoptan una pose idéntica. Y ella no tiene ni idea. Pero el original es insuperable. Tiene ojillos . Me lo regaló mi hija. casi un centenar de visitantes se han parado a contemplarla. Tengo una cita con Malcolm Gledhill.238 - . una familia japonesa se acerca al cuadro. felices. Feliz de verdad. En casa también tengo un póster de ella. Mientras hablo. —Y el mío —coincido. una y otra vez. ¿no cree? —dice la mujer—. El original es insuperable. El uso que Cecil Malory hace de la luz en su piel es magistral. Al cabo. Vengo con frecuencia a mirarla a la hora del almuerzo. suspirando de placer. y se quedan mirándola. cientos. Me pongo de pie bruscamente y miro el reloj. le doy mi nombre a la recepcionista y aguardo entre una manada de escolares franceses. La he llamado hasta quedarme ronca. oigo una voz a mi espalda. veo a un hombre con camisa morada.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 24 Es enorme.

—Hola. Los ojos se le salen de las órbitas y se pone rojo de pura excitación. Malcolm Gledhill saca un pañuelo de cachemir y se seca la frente perlada de sudor. No quería verme obligada a contarle toda la historia a un recepcionista cualquiera. —¿Me está diciendo —pregunta al fin— que esta anciana de aquí es la «Mabel» del cuadro? Debo acabar de una vez con esta tontería de Mabel. Luego carraspea ruidosamente. Sabía que me gustaba el tal Malcolm Gledhill.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE brillantes. probablemente sí es todas esas cosas. ¿Algún documento. Mire. —Me sonríe—. con el collar puesto. alguna fotografía antigua? —Lleva puesto el collar. por desgracia —lo interrumpo antes de que se emocione más—. una barba castaña y unos mechones de pelo alborotados. Se hace un silencio. y luego por unas escaleras hasta un despacho que abarca toda una esquina desde la que se domina el Támesis. —¿Tiene pruebas de ello? —dice por fin—. debe llevarse a cabo una . Ella aborrecía ese nombre. en un caso como éste. soy Lara Lington. Sí. Vivía en Archbury y era amante de Stephen Nettleton. Acompáñeme por aquí. Creo que ha venido a verme por La chica del collar. ¿no? —Me observa con cautela—. Sadie Lancaster. Lo conservó toda la vida. porque reacciona exactamente como cabía esperar. —Malcolm Gledhill. No acabé de entender en su mensaje cuál era la cuestión. —Bueno. Pero sí que era muy… ¿urgente? Vale. En fin. Y lo primero que quiero decir es que no era una simple «chica». los ojos vuelven a desorbitársele—. Sus mejillas parecen dos globos desinflados. una cuestión de Estado. ¿Qué más pruebas necesita? —¿Existe aún el collar? ¿Lo tiene usted? ¿Ella vive todavía? —En cuanto se le ocurre la idea. apoyadas contra los libros de las estanterías y adornando su enorme ordenador. como temiendo haber delatado demasiado su interés. Estudia el collar que lleva Sadie. —Observe el collar —añado al dársela. Sólo se oye el resoplido de Malcolm Gledhill. Hay postales y reproducciones de cuadros por todas partes: colgadas de las paredes. Me mira fijamente y vuelve a examinar la foto. —Me tiende una taza de té y toma asiento—. —No se llamaba Mabel. Ella fue el motivo de que lo enviaran a Francia.239 - . de manera que me limité a decir que tenía que ver con La chica del collar y que era un asunto de vida o muerte. de seguridad nacional. Para el mundo del arte. Busco en el bolso y saco la fotografía de Sadie en la residencia. —Obviamente. Pero estoy intentando encontrarlo. —Bastante urgente —asiento—. Y no tengo el collar. Parece Papá Noel antes de envejecer y me resulta simpático en el acto. Se llamaba Sadie. quizá le mandé un mensaje algo exagerado. ¿no? —Siento una punzada de frustración—. Era mi tía abuela. Porque eso sí sería… —Acaba de morir. Me guía por una puerta disimulada detrás del mostrador de recepción.

Pero vivía en una residencia desde los años ochenta y no tenía mucho contacto con el mundo exterior. La persona que se hizo con él. —Bueno. —¿Me permite que llame a un colega para que vea la fotografía? — Sus ojos se iluminan—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE cuidadosa investigación antes de alcanzar una conclusión definitiva… —Es ella —digo con firmeza. Se consideraba una persona insignificante. Se lo dio Stephen. lo comprendo. la remitiré a nuestro equipo de investigación. si me lo permite. Quisiera saber cómo consiguieron el cuadro inicialmente. y resulta que La chica del collar es el retrato más popular del museo. —¿En secreto? —Lo miro ceñuda—. alzando una mano—. ojos cansados y caídos en la otra. De pronto. —¿De veras? —Me sonrojo de orgullo—. hay otro asunto del que debo hablar con usted. Y sé que me darán la razón. Es un estudioso de Malory y su testimonio le interesará mucho. La tomo y la pongo al lado de la foto que le sacaron a Sadie en la residencia. Pero si el cuadro era de Sadie. A ella le habría encantado saberlo. —¿Cuándo murió su tía abuela? —pregunta en voz baja. La consideramos un bien muy valioso. —Ya suponía que esta cuestión surgiría tarde o temprano. ¿Que se lo vendieron? ¿Quién podría haberlo vendido? —Pero si se perdió en un incendio… Nadie sabía dónde estaba. Es ella. no tenía derecho a venderlo. Y precisamente por eso quiero que el mundo conozca su nombre. fuese quien fuese. Ojos radiantes y orgullosos en la primera. el mundo sabrá de ella. ¿Cómo llegó a ustedes? Él se pone un poco tenso. Me temo que el vendedor exigió en su momento que todos los detalles de la transacción se mantuvieran en secreto. Porque pertenecía a Sadie. —Espere —replico. Gledhill asiente. Hay que seguir los pasos oficiales. ¡Deberían comprobar estas cosas! —Las comprobamos —responde a la defensiva—. Nos lo vendieron en los años ochenta. Después de su llamada. La procedencia se consideró correcta en su momento. Y el collar reluciente vinculando como un talismán ambas imágenes. —Hablaré con ellos encantada —digo con educación—. era suyo. Ellos analizarán su testimonio con sumo detenimiento y examinarán las pruebas disponibles.240 - . entre las postales apoyadas en su ordenador veo La chica del collar. Hay un proyecto para darle más protagonismo. Nunca supo que ella misma era famosa. Antes de llamar a nadie. —Abre una carpeta que ha tenido delante desde el principio y despliega una hoja—. El museo hizo todo lo que estaba en . créame. ¿Quién demonios se lo vendió? —Me temo… —Hace una pausa—. si nuestro equipo de investigación llega a la certeza de que era la modelo del retrato… entonces. —Así pues. Nunca se enteró de que Stephen Nettleton se había hecho famoso. busqué el expediente del cuadro y examiné los detalles de la adquisición. Hace poco llevamos a cabo un estudio. Los dos las observamos en silencio. —Hace pocas semanas.

Lo sé. se firmo un documento en que éste daba todas las garantías necesarias. Volveré a ponerme en contacto con usted. Los suyos vuelan una y otra vez al documento que tiene delante. dijera lo que dijese esa persona. A principios de los noventa se publicó una tesis según la cual la modelo de Malory era una doncella de la casa y los padres se habrían opuesto a la relación por motivos de clase. —Bueno. —Bien. gracias por su tiempo —digo con formalidad—. El inspector James estará muy interesado en toda esta historia. levantando la vista—. —¿Y si vengo con abogados y la policía? —Pongo las manos en jarras —.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE su mano para verificar que quien lo ofrecía tenía derecho a venderlo. El nombre está ahí. se daba por supuesto que la modelo se llamaba Mabel… —Arruga el entrecejo—. —Por supuesto. Pues la habrá. Podría abalanzarme y arrebatárselo… No. Nuestro museo no es de titularidad pública y usted no es propietaria del mismo. ¿Y si denuncio que el cuadro ha sido robado y lo obligo a revelar el nombre? Malcolm Gledhill alza sus espesas cejas. Ahora mismo. mejor no. Pienso llegar hasta el fondo de este asunto. ¿me permite que llame a mi colega. mentía. Ese cuadro era de Sadie y ahora es de mi padre y mi tío. pero ella no fue la modelo. sí —explico con paciencia—. De hecho. se inclina sobre la foto murmurando «¡Extraordinario!» una y otra vez. Debe de estar viendo ahora mismo el nombre del vendedor. Pero debo respetar nuestro acuerdo de confidencialidad. Tengo las manos atadas. Eran . —Cierra la carpeta—. el museo se toma muy en serio la legitimidad de la propiedad de las obras expuestas. —Comprendo su inquietud. Créame. ¿sabe? — añado con aire enigmático—. ya habían pasado casi dos generaciones y nadie recordaba nada. Esto es exasperante. —Obviamente. un tipo flacucho con los puños de la camisa gastados y una nuez de Adán prominente. Sus ojos descienden una y otra vez al papel que sostiene. —Lo miro furibunda —. a mí me gustaría aclarar este asunto tanto como a usted. Jeremy Mustoe? Tendrá mucho interés en conocerla y en ver la fotografía de su tía abuela… Instantes más tarde. No se atreve a mirarme a los ojos. Antes de que se vaya. Naturalmente. Me entran ganas de reírme. y cuando los investigadores acudieron a su pueblo natal. Créame. Tengo amigos en la policía. ¿Y sabe qué? Yo pago mis impuestos y contribuyo a financiarlos. lo que los indujo a enviarlo a Francia. —Ha sido extremadamente difícil descubrir datos nuevos sobre esta pintura —dice Jeremy Mustoe. Hay muy pocos archivos y fotografías de la época. —Bueno. —Había una Mabel. Stephen llamaba «Mabel» a Sadie para tomarle el pelo.241 - . Los cuadros no aparecen por arte de magia. —Me temo que se equivoca —replica suavemente—. Y no vamos a quedarnos de brazos cruzados —me altero. Y por lo tanto exijo saber quién les vendió el cuadro. —Titubea—. colaboraríamos totalmente. Alguien se inventó una versión equivocada y tuvo el descaro de llamarla «tesis». perfecto. si hubiera una investigación policial.

sólo he tenido unos minutos para examinarlas. Resultan demasiado íntimas y. el cielo estaba nublado. seguro. Sadie se pasó toda su vida aguardando la respuesta a una pregunta. debía de de albergar esperanzas. creyendo que había sido utilizada. Pasa una . Por eso lo enviaron a Francia. incluso después de marcharse a Francia. lo único que veo es esa escritura descolorida y enloquecida que llena montones de cuartillas. incluso después de enterarse de que se había casado con otro. además. tan fatídico… Tendrían que haber acabado juntos. la dirección está tachada con tinta azul oscuro y. Seguramente esos malvados padres Victorianos que tenía. Por desgracia. Entonces… ¿su tía abuela sería la «Mabel» de las cartas? —¡Las cartas! —exclama Malcolm Gledhill—. —¿De veras? —Jeremy Mustoe me mira con renovado interés—. ¿Podría verlas? Una hora después. me siento llena de tristeza e indignación. Fue todo tan injusto. Él lleva muerto mucho tiempo y ella ha fallecido. procurando disimular mi agitación—. Y aunque la historia ocurrió hace más de setenta años y ya no se puede hacer nada. Así que ella esperó sin tener ni idea de la verdad. Fin de la historia. El Támesis está todo azul y apenas se ve algún que otro trazo de espuma. Y si… Basta de «y si». Quisiera retroceder en el tiempo y solucionarlo todo. No tiene sentido. Y si sus padres no los hubieran sorprendido in fraganti. pero es seguro que una de ellas fue remitida y devuelta. Pero sí he leído lo suficiente para estar segura. ¡Hace tanto tiempo que las examiné! —¿Cartas? —Los miro—. Necesito respirar aire fresco. la cabeza me da vueltas. Incluso mientras se vestía para la boda. pero yo no me siento con fuerzas para volver a mi apartamento.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE amantes —añado—. Si cierro los ojos. Él la amaba. ¿Qué cartas? —En nuestro archivo conservamos un fajo de cartas escritas por Malory —explica Mustoe—. La última vez que pasé por aquí. Es evidente que alguien interceptó las cartas para que Sadie no las recibiera. ¡Claro! Se me habían olvidado. no hemos podido… —Perdone que le interrumpa —salto. aceptó la propuesta de matrimonio del tipo del chaleco como un estúpido gesto de despecho. tomar un poco de distancia. cuando salgo del museo. Pero esta tarde hay un aire templado y agradable. Si al menos Sadie no se hubiera casado con el tipo del chaleco.242 - . Y si Stephen no se hubiera ido a Francia. Y él la decepcionó. Sadie se había subido al parapeto y yo gritaba desesperada. No he leído todas las cartas. Una riada de gente pasa por mi lado hacia la estación de metro de Waterloo. Demasiado orgullosa para seguir a Stephen y averiguarlo por sí misma. No puedo soportarlo. No está claro si llegó a enviarlas o no. Son de los pocos documentos que se rescataron después de su muerte. Me abro paso entre un grupo de turistas y empiezo a cruzar el puente de Waterloo. pese a toda la tecnología actual. Quizá esperaba que Stephen apareciera en la iglesia. Y ahora sé que él también.

Hay chicas vestidas de época bailando en el escenario. bailando como una posesa. como aislándose del mundo. mirando a los bailarines del escenario. Encima del quiosco cuelga una pancarta y racimos de globos plateados. Me detengo en el mismo punto que la otra vez y miro en dirección al Big Ben. con los puños apretados. La gente está bailando. Han levantado un quiosco de música y un grupo interpreta jazz. De pronto. Dios sabe qué habrá estado haciendo estos últimos días. Continúo viendo la letra irregular de Stephen. La gente se agolpa alrededor. Todo el mundo los señala con admiración. Mi mente sigue en el pasado. Me obligo a no apresurarme ni a correr. Todavía tengo la entrada en el monedero. reparo en la escena que se desarrolla un poco más abajo. otros con atuendos estilo años veinte. y ahora un trompetista de chaleco reluciente se ha puesto de pie y toca un solo vertiginoso. pero para mí son meros disfraces. el festival de jazz! El que anunciaban aquel día. Siento un espasmo de pánico. ¡Sadie! ¡Soy yo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE embarcación de recreo lentamente y un par de turistas saludan con la mano hacia el London Eye. Me ha oído. Lo imagino sentado en lo alto de un acantilado francés. Lleva un vestido amarillo pálido. No se parecen en nada a los auténticos. En Jubilee Gardens. . Está junto al escenario. No se… Me paro en seco. con plumas falsas y perlas de plástico y zapatos modernos y maquillaje del siglo XXI. Mira alrededor con unos ojos como platos. Incluso los vestidos de las chicas del estrado son simples imitaciones. Contemplo el espectáculo. No. casi sin aliento. No se parecen en nada a las chicas años veinte. sin dejar que asome siquiera una brizna de esperanza. una multitud ocupa el gran recuadro de césped. Mientras la contemplo.243 - . Distingo el movimiento de los pies. Y súbitamente. sin ver nada. el balanceo de las plumas de sus tocados. después de todo lo que he pasado. no me equivocaba. con el corazón en la boca. entre la multitud veo… me parece distinguir… No. Tiene la cabeza echada atrás y los ojos cerrados. La gente que baila la atraviesa. Y enseguida. Sí hay una banda tocando música de los años veinte. desaparece detrás de dos chicas con chaqueta tejana que no paran de reírse. —¡Sadie! —Empiezo a abrirme paso entre la gente—. escribiéndole a Sadie. Incluso me llegan retazos de un charlestón interpretado por una banda de la época… Alto ahí. No puedo perderla otra vez. Camino dejándome llevar por la música. escuchando sus frases anticuadas. echo a andar con calma por el puente y bajo las escaleras. con una cinta a juego ciñendo su pelo oscuro. pero ella no parece notarlo siquiera. Parece más que nunca un espectro. la pisotea y le da codazos. doy media vuelta. Me quedo paralizada. a un centenar de metros. Suena música de charlestón. ¡Claro. sin permitirme un pensamiento. creando un remolino de flecos y collares. y una parte del público baila también en la pista montada sobre la hierba: algunos con tejanos y camisetas. Lara! La vislumbro un momento.

Debería haber deducido que me guardaría rencor durante días. Es un personaje de la historia del arte. escúchame. Ed. Estoy buscando la manera de aproximarme con tacto al asunto de Archbury. empieza a crecerme una indignación bien conocida. ¡Allí! —Señala—. También yo te he echado de menos. Es famosa. —Extiendo impulsivamente los brazos para abrazarla y sólo entonces recuerdo que no es posible. entornando los ojos… y el corazón me da un vuelco. mi manera de verla ha cambiado en los últimos días. ¿Y sabes por qué? —Sus ojos centellean mientras escudriña la multitud. cuando ella me suelta: —Te he echado de menos. —¡Y yo también! Sabía que vendrías aquí. Perdona. —Sadie. —¡Ya lo creo que sí! ¡Llevo días buscándote. pensaba ir a buscarte para obligarte a venir. Siento un picor repentino en la nariz y empiezo a rascarme torpemente. En cierto modo. Vayamos a un sitio más tranquilo para que puedas escucharme con calma. Los dejo caer otra vez—. experimento una aprensión repentina. Por lo visto se cree una divinidad omnipotente. Escucha. Sadie no es una chica cualquiera. Es posible que te lleves una impresión… —¡Pues yo tengo algo muy importante que mostrarte! —Ni siquiera me escucha—. Vi cómo te echaban de aquel cine —dice con una sonrisa socarrona—. No sé por dónde empezar—. ¿Y por qué no respondiste? —Aún seguía enfadada. A mi pesar. Te he buscado por todas partes… —¡Pues no debes de haberte esmerado mucho! —Está contemplando a los músicos y parece indiferente a mi aparición. Tengo algo muy importante que decirte. Tengo que contártelo. al acercarme. Está junto a la pista con un vaso de plástico en la mano. Fue divertidísimo. Y ni siquiera lo sabe. mirando por los rincones! ¡No sabes todo lo que he pasado! —Sí que lo sé. Observa a la banda y se mueve al ritmo de la música. —¿Estabas allí? —me sorprendo—. por favor. —Alza la barbilla con orgullo—. —No podías saberlo —replico—. Ni siquiera yo lo sabía. Y también hice un viaje muy revelador. oí la música y me acerqué… —Yo lo sabía —insiste—. por si te interesa saberlo! ¡Llamándote a gritos. —Sadie… —Trago saliva. aunque aparenta hacerlo por . Sadie. ni únicamente mi ángel de la guarda. Su expresión resulta insondable y. Andaba casualmente por la zona. Y si no hubieras aparecido. Ella me ve por fin y se queda paralizada.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¡Sadie! ¡Aquí! —Agito los brazos frenéticamente y varias personas se vuelven para ver a quién le estoy gritando. —Y yo. Típico de ella. Stephen y el cuadro. —Di vueltas por todas partes. si es que lo fue alguna vez.244 - . Me llevo tal sorpresa que no sé cómo reaccionar. No tenía por qué responder. ¡Allí! ¡Mira! Sigo su mirada. tengo algo que contarte. Te estaba esperando.

245 - . —Me lanza una mirada acusadora. —Trago saliva—. —Me escondo detrás de un grupo antes de que él pueda divisarme. por favor. que fuiste a buscarlo y te pusiste a gritarle. Olvídate de Ed y de mí.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE obligación. Continúe. Todo el mundo ha dejado de bailar y un tipo está pronunciando un discurso en el escenario. Me detesta. Seguramente Ed tenía planeada una velada tranquila en casa y. No sonríe. Sigue ahí: mirándome fijamente como todo el mundo. —Me hace un gesto enérgico. Y Sadie pretende que vaya a hablar con él. La piel empieza a picarme de un modo mortificante mientras él se abre paso hacia mí. —Pero creía que él era tuyo. Y ahora. habla con él. Lo más probable es que esté pasando la peor noche de su vida. —¡Vamos! —No puedo hablar con él. —Muevo la cabeza. ¿Qué pretendías conseguir? —Me sentía culpable. No pretendía interrumpir. No es momento ni lugar para eso. —O sea. Así que encajáis a la perfección. ¡Tiene que ver contigo! ¡Con Stephen! ¡Con tu pasado! ¡He descubierto lo que ocurrió! ¡He encontrado el cuadro! Advierto demasiado tarde que los músicos han hecho un alto. ¿podemos ir a hablar a otro lado? —¡Pues claro que es el momento y el lugar! —replica—. —Me llevo las manos a la cabeza—. ¿Es que no me escuchas? ¡Tengo que hablar contigo! ¡Hay novedades muy importantes! Haz el favor de prestar atención. Es sólo un momento. No seas tonta. —Casi sin atreverme. a fin de cuentas —dice secamente—. ahora se encuentra en medio de un estúpido festival de jazz. ¡Por eso está aquí! ¡Y por eso tú estás aquí! —¡Yo no estoy aquí por eso! —Empiezo a perder los estribos. Está claro que lo ha traído a rastras y bajo coacción. ¿Por qué lo has hecho venir? —mascullo—. Mira a Ed entre la multitud con un brillo anhelante en los ojos. muévete! Pídele que baile contigo. Tierra. Se lo ve tan poco entusiasmado que me reiría si no fuera porque deseo encogerme y desaparecer. Como tú. incrédula. te agradezco tu empeño. Está demasiado… vivo. Creía que yo lo había estropeado todo… ¿Qué ha pasado desde entonces? Se estremece levemente. en cambio. porque la multitud se ha vuelto para verme gritar al vacío como una loca. No me gusta sentirme así. Tenía que hacer algo. Lo que me faltaba. —Sadie. Sadie. Sólo de verlo me vienen recuerdos que preferiría olvidar—. ¡Anda. —No —digo horrorizada—. pero mantiene la cabeza alta. como sí yo fuese la responsable—. ¿Qué has hecho? —Venga. —Sadie. Pero no tengo esa suerte. enseguida se da la vuelta. O al menos lo intenta. solo entre un montón de parejas que bailan alegremente. Ojalá pudiera sacudirla por los hombros—. —No es mi tipo. Intenta empujarme hacia Ed otra vez. —Perdón. Pero yo no puedo arreglar las cosas con él sin más. trágame. me vuelvo hacia donde estaba Ed con la esperanza de que se haya ido. ¿Me habrá oído pronunciar su nombre? .

pero veo un cambio en su rostro. Hummm… hola —acierto a decir. no puedo apartar los ojos de los suyos. qué? —pregunta. Pero no quiero que quede en eso. —Pues… —Carraspeo—. Ésa es la verdad. No fue así. ambos mirándome con expectación. En cualquier momento. —¿Lara? —Ed se acerca un poco más—. Es decir… —Inspiro hondo—. ¡Espera! —le respondo con disimulo.246 - . hablando entre dientes. Intento decir algo coherente. —¡Deja de hablar con él! —chilla Sadie hecha un basilisco. —Ah. Y espero que me creas. —Hummm… —¡Dímelo! —exige Sadie. Ed me clava su mirada sombría. Mis ojos corren enloquecidos del uno al otro. Como si hubiera despertado bruscamente y comprendido que tal vez tengo algo de auténtica importancia para ella—. No sabía si te decidirías. ¡Dímelo! ¡Dímelo! —Ya te lo diré. —Me mira a los ojos un instante—. Me di cuenta de que había echado a perder… una amistad que era… —¿Qué? —Una buena amistad. Y también yo debo disculparme. No te ofrecí ninguna oportunidad y después lo lamenté. Quería decirte que lamento haber abandonado nuestra cita tan precipitadamente. no. Creo que había algo estupendo entre nosotros. Lo deseo. —¿Qué has descubierto? —Ahora se ha puesto delante de mí y habla con voz aguda y perentoria. ¿El cuadro de Stephen? —Sí —murmuro tapándome la boca con la mano—. He pensado… ya me entiendes. ¿no? Es el momento de asentir y decir que sí. Reaccioné de una manera exagerada. Ed va a llegar a la conclusión de que estoy loca de verdad y se largará. Quiero recuperar aquella sensación. cuando me estrechó entre sus brazos y me besó. ¿Estás bien? —Sí. es increíble… —Lara. —Tiene una expresión inquisitiva—. No aguanto más. observándome con recelo. Tiene las manos en los bolsillos y el ceño habitual. Vale.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¿Has encontrado el cuadro? —A Sadie sólo le sale un murmullo ahogado y me mira con expresión desorbitada—. Tienes que verlo. No se le escapa una. —¿Dónde está? —Sadie intenta tirarme del brazo—. —Así que has venido. Pero Ed es avispado. —Te creo —dice—. No me conformo con una buena amistad. Me asalta toda clase de sentimientos encontrados. ¿Dónde? Ed parece tan incómodo como yo. O sea. pero yo no muevo una ceja. —¿Quieres que sea sólo… tu amiga? —Me cuesta decirlo. —Ed aparece a mi lado. Lamento que creyeras que era todo una argucia para venderte un nuevo puesto. . Tengo a Sadie y a Ed prácticamente encima. pero me resulta casi imposible con Sadie revoloteando alrededor. —¿Decirme.

—Titubea y añade—: Eres justo lo que necesito. Levanta la vista fugazmente y se encoge de hombros. Tiene los ojos fijos en los míos. Cuando apareciste en la oficina reaccioné con un «¿y ésta de dónde sale?». —¿Que soy…? —Intento reír. Como… un instinto. —Vale —vacilo—. como si se le acabara de ocurrir—. admitiendo la derrota. ¡Dile que la llamas después! ¡Fuera! ¡Vuelve a tu casa! Me asalta una rabia ciega. No puedo creerlo. Me dice que no te deje escapar. Quizá no te necesito. Pero no se mueve del sitio. ¡Déjalo para después! Él parpadea y yo tengo un presentimiento siniestro. Si Sadie me estropea esto… yo… yo… —¡Vete! —le grita sin parar—. —Ya —asiento. retorciéndose las manos como una adolescente. que se ha apartado un poco y se mira los zapatos cabizbaja. —Habla en voz baja y ronca. Y algo más que bailar. El corazón me palpita enloquecido. Seguro que él también lo oye. y su mirada me provoca un hormigueo por todo el cuerpo.247 - . —Sonríe con tristeza—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¡Basta! ¡Contéstame a mí! —Sadie se revuelve y le grita a Ed al oído—: ¡Deja de hablar con Lara! ¡Desaparece! ¡Largo. Me dice que eres lo mejor que me ha pasado y que esta vez me esmere en no perderlo. —¿Sabes lo que es que alguien aterrice en tu vida sin previo aviso? — Sacude la cabeza—. —Se acerca y me toma por los hombros—. Sí. Oyes una voz y tiene un mensaje. pero no lo consigo. Así que estamos igual. no es la de ella… Finalmente. no es cierto. aún sin aliento. No se marcha. Es como lo de Josh. —¿Quieres saber la verdad? Creo que eres mi ángel de la guarda. La ha oído. no seas pesado! —le grita Sadie al oído—. ¡Déjalo en paz!» Pero me siento impotente. Te dice que te vayas. Quiero pasar toda la velada y toda la noche con él. se separa y sonríe mientras me aparta de la cara un mechón de pelo. Mi bendita tía abuela ha vuelto a estropearlo todo. a veces uno oye una voz interior —dice Ed de repente. Sus ojos se entornan en una cálida y tierna sonrisa. —Tengo un nudo en la garganta—. —No. —¡Lárgate. chica años veinte? —me dice. Pero… te deseo. Lo comprendo. . Sea cual sea la voz que oiga en su interior. «¡Para ya! —ansió espetarle—. quiero bailar. pero me zarandeaste de arriba abajo. No le hace caso a Sadie. Eras justo lo que necesitaba. venga! Por un instante percibo aquella mirada abstraída. reprimiendo la tentación de seguir besándolo. Ed. Me devolviste a la vida cuando estaba hundido en un limbo. Tú estás bien. Y antes de que pueda respirar siquiera. —Bueno. se inclina y me besa. —¿Sabes?. abatida—. Sus brazos me rodean con decisión y seguridad. —¿Te apetece bailar. —Me está diciendo lo contrario. yo también te necesito. No me queda otro remedio que contemplar cómo a Ed se le ponen los ojos vidriosos mientras percibe los gritos de Sadie. Un momento de silencio. Le devuelvo la sonrisa. Echo un vistazo a Sadie.

Pero él la amaba. Por favor.248 - . pero le tiembla voz—. No lo sabía. Podríamos recorrer varias galerías. Es tu turno. Vamos ahora. mirando a Sadie—. Consiguieron salvarlo y está en una galería de arte. Se llamaba Sadie y estaba enamorada de un tal Stephen en los años veinte. Y porque nunca pintó otro retrato. Él era un pintor famoso —digo. —Muevo la cabeza—. siempre. Y porque él se retrató en el collar. Me consta que la amaba. —Lo arrastro hacia el borde de la pista. Se había perdido. y le encanta a todo el mundo… Tienes que verlo. vaya. Ella era la chica más preciosa que hayas visto. donde ella se había criado. lejos de los músicos—. —Me seco una lágrima de la mejilla. Stephen es un pintor famoso. él la amaba. ¿De qué estás hablando? —Lo sé porque él le escribió un montón de cartas desde Francia — digo a Ed—. Lo descubrieron muchos años después de su muerte. —Hay un museo dedicado a él. —Estoy impresionado —dice Ed educadamente—. Incluso después de irse a Francia. En marcha. —No. He de hablarte de mi tía abuela. Sí. —Parece sorprendido—. Siento una punzada en el corazón. —¿Y conocías mucho a tu tía abuela? —Ed recupera el habla. pero él siempre respondía: J’ai peint celui que j’ai voulu peindre. —¿Dónde has visto el cuadro? ¿Dónde está? —Sadie se acerca. Aunque haya vivido ciento cinco años sin recibir una respuesta.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Baila con él —dice—. Ahora mismo —repito. Se quemó en el incendio. Y el retrato también se ha hecho famoso. ¿Quieres que lo hablemos mientras cenamos? —No. Ed se ha quedado desconcertado. —Las palabras me salen a borbotones. almorzar y… —No. Murió hace poco. Lleva años y años esperando averiguar la verdad sobre Stephen. ¿Cómo iba a querer pintar a nadie después de Sadie? —Se me forma un nudo en la garganta—. volviéndome hacia ella—. Tienes que verlo. Y cuando ves el cuadro. Creía que él era un cerdo que la había utilizado y luego olvidado. comprendes por qué. más altiva que nunca. Esperaré. —Le cojo la mano—. —Ahora —musita Sadie casi inaudiblemente—. La gente le suplicaba. vamos ahora. Es muy importante. He de hacerle llegar mi mensaje. inspirando hondo —. No pasa nada. Y está dispuesta a aguardar un poco más para que su sobrina nieta baile con Ed. No me extraña. . —¿Famoso? —Sadie se queda boquiabierta. Pero tras su muerte fui a Archbury. Cuánto me gustaría abrazarla. Necesito hablarlo ahora mismo. temblando de pies a cabeza—. Miro a Sadie. Se hacía llamar Cecil Malory. —¿Cómo lo sabes? —Alza la barbilla. Hace un minuto estábamos besándonos y ahora lo abrumo con un culebrón familiar. Y llevaba ese collar… Cuando ves el collar en el cuadro todo encaja. —No la conocí en vida. pálida. Tiene que creerme. Radiante. siguió amándola. —Ah. Tenemos que ir a verlo un día. Ed… —digo. Aunque ella haya pasado toda la vida sin saberlo.

¿Estás bien? —Miro a Sadie. —No tanto —replico—. —¿Acaso tengo cara de Mabel? Percibo un movimiento en la entrada. Supongo que ha sido un golpe brutal para ti. aunque detecto un brillo de orgullo en sus ojos—. pero no puedo prestarle atención—. —Así que tienen este cuadro desde mil novecientos ochenta y dos — . Antes se ha acercado para atisbar el retrato de Stephen oculto en el collar y su rostro se ha contraído en una sobrecogedora mueca de amor y pena. Porque en la parte de detrás pone: «Mi Mabel. —Los ojos son asombrosos —murmura Ed. ¿Dónde más saldré? —Paños de cocina. Carteles. Éste es Malcolm Gledhill.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Estamos sentados los tres en un banco tapizado de cuero. pero todo el mundo creyó que se llamaba así. Permítame que le presente a… —¡Cuidado. —Ed consulta la guía que se ha empeñado en comprar en la entrada—. a Ed Harrison. Aquí pone: «Se cree que la modelo del cuadro se llamaba Mabel. señorita Lington. —Asombrosos —repito. —Ah. Van a lanzar una gama de productos con su imagen. Tu familia debe de sentirse orgullosa. —Ed parece perplejo—. Al levantar la vista. Si Sadie pensó alguna vez que no iba a dejar huella en este mundo… —Dejo la frase en el aire. —¡Qué pariente más famosa tenéis! —Ed arquea las cejas—. Parpadeó. Sí. —Estoy bien —dice Sadie con una sonrisa lánguida. Después de nuestra conversación de esta tarde se me ha ocurrido echarle otro vistazo al cuadro. y vuelve a concentrarse en el cuadro. No cesa de mirarme con cautela. —Mabel. —Ya les he dicho que era una broma privada —me apresuro a explicar—. ésta es Sadie!—. Pero lo estará. En fin. —¡Fiu!—. inquieta—. tazas de café… ¡Va a hacerse famosa! —¿Tazas de café? ¡Qué vulgaridad! —dice Sadie sacudiendo la cabeza. Creí que iba a desmayarse cuando vio el retrato. Ella no ha abierto la boca desde que entramos. —Perfectamente. Era el apodo que le puso Malory. que viene con un maletín y me sonríe tímidamente. el director de la colección. —A mí también. Gracias por preguntar. veo sorprendida a Malcolm Gledhill. Sadie a mi derecha y Ed a mi izquierda.» —¿Mabel? —Sadie me mira tan horrorizada que se me escapa una carcajada. puzles… —añado. Malcolm se sienta con nosotros tres y todos contemplamos la obra maestra. una amplia variedad.» —Eso es lo que creían. como informando a Ed—.249 - . A Ed —rectifico a tiempo volviéndome hacia el otro lado—. se quedó mirándolo y por fin soltó el aire como si llevase una hora aguantando la respiración. como inseguro respecto a qué debe decir. —Han hecho un estudio en el museo —le digo a Ed— y resulta que su retrato es el más popular. He tenido que mirar para otro lado.

por supuesto. Nosotros no vamos a chivarnos. —Me encojo de hombros—. —Como ya le he dicho antes. —Ed empieza a interesarse por fin en la historia—.250 - . Pondré a un abogado a trabajar en el asunto mañana mismo. ¿verdad? . —Sí. Tenemos derecho a saberlo. bajando la voz —. —¿Usted lo sabe? —Ed mira Gledhill. todavía leyendo la guía—. ¿Alguien robó el cuadro? —No lo sé. Pero voy a averiguarlo. ¿quién lo vendió? —repite Ed. Eso lo comprendemos. animada por su actitud—. claro que lo sé. el museo no puede… —Vale. Nadie debería haber sido autorizado a venderlo. Es absurdo. —¿Tiene el expediente aquí? —digo con súbita inspiración. —Casualmente. El museo lo compró en los ochenta. —Sí. Nadie debería haber sido autorizado a venderlo. eso es lo único que sé. Malcolm Gledhill se remueve inquieto. Me pertenecía a mí. Y no vamos a consentirlo. —Buena pregunta —dice Sadie. —A ver si lo entiendo bien. Copias. sí —responde con cautela—. Es nuestro cuadro. —¿Y no puede decírselo? —No… Bueno… de momento no. El pobre hombre casi se cae del banco. —Desde luego —repongo con tono tranquilizador—. Era de Sadie. ¿Por qué quiso desprenderse de él la familia? Una extraña decisión. pero no quién lo vendió. —¡No puedo enseñarles nada! Se trata de una información confidencial. —O sea. El cuadro pertenecía a mi familia. horrorizado. —Buena pregunta —repito—. —Ed se pone automáticamente en modo consultor-denegocios-tomando-el-mando—. —Y lo que me gustaría saber es quién lo vendió —añade ella. —El acuerdo establece con toda claridad… —empieza. —Totalmente absurdo —remacho. Pero se detiene en seco. hay una cláusula de confidencialidad. despertando—. ¿Tiene algo que ver con armas de destrucción masiva? ¿O con una cuestión de seguridad nacional? —No exactamente. Desapareció durante años y ahora he descubierto que estaba aquí. señorita Lington. vale. Eso no es ningún secreto. Los ojos se le van hacia el maletín. ¿Sabía que mi tío es Bill Lington? Estoy segura de que utilizará todos sus recursos para desenmascarar este… absurdo secreto. no puede decírmelo. —Y me gustaría saber quién lo vendió. —El director parece nervioso—. —¿Es una especie de secreto de Estado? —pregunta Ed—. Pero tal vez podría hacerme el pequeño favor de comprobar la fecha de la transacción. Ya lo he entendido. Malcolm Gledhill parece acorralado. Mientras no se produzca una reclamación legal.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE dice Ed. Pero el acuerdo incluye una cláusula de confidencialidad… —Entiendo. Me llevo los papeles a casa para estudiarlos. que podría enseñarnos el acuerdo —dice Ed.

perplejo. tranquilizador—. Por el amor de Dios. pero yo sigo impertérrita. En ningún momento. —Que mire qué —dice Ed. El tío Bill vendió el cuadro. que lee. Y me va a dar algo de frustración. El tío Bill tenía el cuadro. da un gritito y levanta la vista. —¿Qué pasa? —Sadie se impacienta—. —¡William Lington! —exclama—. Tiene poderes. ¿Tu propio tío? —Por medio millón de libras. ¡Míralo! ¡A él! —¡Córcholis! —Por fin se le enciende la bombilla. Las guardaron en un almacén y allí quedaron durante años… Fue Bill quien se ocupó… Por . Se inclina. La cabeza me da vueltas mientras procuro comprenderlo todo. se pone blanco. —William Lington vendió el cuadro al museo —digo con voz insegura —. que está alisando una hoja. Y luego dirá que yo soy lenta. Él me observa con suspicacia. pero sólo tengo ojos para Sadie. Una millonésima de segundo después ya está fisgando por encima del hombro de Gledhill. —¡Mira! —musito entre dientes—. Lo vendió por quinientas mil libras. frunce el entrecejo. mira la hoja y vuelve a pegársela al cuerpo. el acuerdo ha salido de mi vista. —¿Qué? —dice. —¡Joder! ¿Bromeas? —A Ed le brillan los ojos—. Un plan que él nunca podría comprender. Ése es el nombre que figura en el acuerdo. luego rojo. que quede bien claro. —¿O sea. alzando las cejas.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Ed me lanza una mirada inquisitiva. Toda la información está ahí. Por favor. a la vista de cualquiera que posea una naturaleza fantasmal e invisible. —No sé cómo ha obtenido esa información. Se me acaba de ocurrir otra idea. —No puedo responder… —Enmudece bruscamente y se seca la frente —. Usted será testigo —le dice a Ed— de que yo no he revelado ninguna información a la señorita Lington. pero no se le ocurre ningún motivo para negarse. ¿Quieres decir… tío Bill? El efecto de mis palabras en Malcolm Gledhill es brutal e instantáneo. que es verdad lo que ella ha dicho? —responde Ed. Vuelvo a señalar con la cabeza al director. Podría sernos de mucha utilidad. calándose unas gafitas—. Las palabras de papá me vienen de golpe: «Se salvaron algunas cosas.251 - . eso sí lo recuerdo —dice Gledhill. Lo cual sólo sirve para provocarle aún más pánico al pobre Malcolm. —¿Qué… qué ha dicho? A mí también me cuesta asimilarlo. —Pero ¿la fecha exacta? ¿No podría echarle un vistazo al documento? —Abro unos ojos candorosos—. ¿Qué quieres decirme? —Aquí está —murmura él. —Fue en junio del ochenta y dos. Da un respingo. Busco la mirada de Sadie y le hago un gesto rápido hacia Gledhill. Déjeme ver la fecha… Me va a entrar tortícolis con tanto gesto furtivo. —¿William Lington? —La miro estúpidamente—. en ningún momento lo he puesto ante sus ojos… —No hacía falta —le dice Ed. abre con un clic el maletín y saca una carpeta. se lleva la hoja al pecho. Pero Sadie sigue mirándome con cara de no enterarse. El director parece a punto de echarse a llorar.

Pero creo que en realidad empezó con medio millón de libras. En ningún libro. ¿Qué te pasa? —Mil novecientos ochenta y dos. y que le pertenecía a ella. De entrada. Tenía quinientas mil libras de las que nadie sabía nada. pero yo estoy paralizada. Si no estuviera triste. El cuadro era de Sadie.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE entonces no tenía nada que hacer y yo estaba con los exámenes de contabilidad…» Debió de encontrar el cuadro en esa época. —¿Lara? —Ed agita una mano ante mis ojos—. el libro. En ningún seminario. la película… —Todo tonterías. Me siento mareada.252 - . alguien decente como mi padre. Mi mente se mueve en círculos cada vez más amplios. —Si yo fuera Pierce Brosnan llamaría ahora mismo a mi agente —dice arqueando las cejas cómicamente. más bien. Y ahora. Esto es una bomba. todo encaja. O quizá lo habría vendido. Una auténtica bomba. medio aturdida—. furiosa y asqueada por el comportamiento de mi tío. Dedujo nada más verlo que era un retrato de Sadie. En ninguna entrevista. ¿Cómo se atrevió? ¿Cómo pudo tener tanta desfachatez? Con una claridad espeluznante visualizo un universo paralelo en el cual otra persona. hasta el último instante. Y me salen millones. Con medio millón de libras. Pero se las ingenió para hacer creer al mundo que era el retrato de una criada llamada Mabel. los seminarios. El mundo entero lo considera un genio de los negocios que empezó con dos monedas. lo utilizó y nunca dijo una palabra. por fin. Bill abrió Lingtons Café en 1982. Es todo una mentira colosal. Comienzo a captar la enormidad del asunto. Lara? Ed me toca el brazo. —¿Te encuentras bien. Quinientas mil libras de las que nunca ha hablado. —Levanto la vista. ¿Te suena? Fue cuando mi tío Bill fundó Lingtons Café. Me la imagino saliendo de la . Detalle que olvidó mencionar. Me reiría si no tuviese ganas de llorar. Una bomba. Y trató de borrar el rastro para que nadie se enterase. Habría sido un momento de gloria para ella. Pero él se lo apropió. Ed también ata cabos. disfrutando de su precioso retrato durante toda su vejez. porque no eran suyas. Veo a Sadie sentada en la residencia. —Ya. Estoy sumando dos y dos. con el collar puesto. De esta manera. Pero habría sido por decisión propia. Sólo ella podía decidir si lo vendía o lo conservaba. El mismo año en que obtuvo medio millón vendiendo el cuadro. Seguramente él mismo divulgó esa historia. ¿lo sabías? Con la famosa historia de las Dos Pequeñas Monedas —añado—. Todo cobra sentido. —¡Joder! —exclama—. Se hace un silencio. —Entonces… toda la historia de las monedas. —Trago saliva—. el DVD. a nadie se le ocurriría acudir a algún Lington para preguntar por la chica del cuadro. hubiera encontrado el cuadro y actuado correctamente. comprendió que tenía valor y se lo vendió a la London Portrait Gallery mediante un acuerdo secreto. Háblame.

Lentamente. —Al menos no parecen morcillas. —Me gustaría saber qué está pensando —dice Ed. Hoy he hablado con los de promoción y van a convertirlo en la imagen oficial del museo. Este cuadro debe de ser para él como una bomba de relojería. que se ha apartado un poco y no parece interesada en la conversación. Pero sus fanfarroneos no me engañan del todo. Y yo nunca se lo perdonaré. ha estallado. ¿verdad? Yo siempre tuve los brazos bonitos. Porque el tío Bill no dijo una palabra. escuchando cómo alguien le lee las cartas de Stephen. Los brazos se me ven preciosos. —Cariño. —Me gustaría aparecer en un pintalabios —dice Sadie—. Está pálida y agitada. Me figuro toda la alegría que eso le habría proporcionado.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE residencia con una enfermera para ir a ver el cuadro en la London Portrait Gallery. pero voy a vengar a Sadie. por fin. Y ponerle su nombre. Ni siquiera nosotros estábamos al tanto de toda la historia. lo único que podría haber destapado su artimaña. —Veré qué puede hacerse. Me mira y sonreímos. —Ya no puedo contener la rabia—. Y además… no salgo tan gorda como recordaba —añade con repentina animación—. como sacudiéndose mi rabia y mi angustia. —Si hubiéramos sabido que vivía… Si alguien nos lo hubiera dicho… —Ustedes no podían saberlo —le digo. En un precioso y reluciente pintalabios. más orgullosa que nunca. Saldrá en todas las campañas. E incluso la veo sentada. De ahora en adelante. No hay derecho. Ahora sé que no fue destruido. sigue alzando la barbilla. . se nota que el descubrimiento la ha conmocionado. —Ya le he dicho que es nuestro cuadro más popular —comenta Malcolm Gledhill al cabo de un rato—. Porque lo tapó todo para salirse con la suya. Malcolm Gledhill sigue profundamente turbado. —Parece algo apurado—. los cuatro nos hemos vuelto de nuevo hacia el cuadro. Al menos lo he encontrado. ya más calmada—. Sadie debería haber sabido que estaba colgado aquí. Es lo que a ella le habría gustado. Tiene una expresión intrigante. — Le hago un guiño a Sadie—. Menuda lata. ¡Bum! Todavía no sé cómo.253 - . Ahora entiendo por qué quería apoderarse del collar: era lo único que vinculaba a Sadie con el retrato. —Demasiado esqueléticos para mi gusto —le suelto. Será digno de verse. no te lamentes tanto. Le echo un vistazo a Sadie. Ése no es mi terreno… —Ya le informaré de todas las cosas que a ella le habrían gustado. —Ella debería haberlo sabido. Es casi imposible sentarse en esta sala y no acabar contemplándolo hipnotizado. sin apartar la vista del lienzo—. —Debería utilizar su imagen en un pintalabios —le sugiero al director —. El tío Bill le robó años y años de posible felicidad. Falleció en la más completa ignorancia. Ha seguido haciendo tictac en la sombra todos estos años y ahora. actuaré extraoficialmente como si fuese su agente. Se encoge de hombros. Sin embargo.

burlona—. Se contempla a sí misma. incrédulo. tenía cierta relación sentimental con Malory.254 - . Recoge su maletín. Me doy la vuelta una vez más y le echo un último vistazo a Sadie. como si quisiera pasar toda la noche con el cuadro para recuperar el tiempo perdido. Miro a Stephen y pienso: «Qué ganas tengo de echarle un polvo. y estalla en carcajadas. —Me levanto y me vuelvo hacia Sadie. Sigo a Ed hacia la salida. —No importa. con tal avidez que parece querer beberse el cuadro. Es obvio lo que estoy pensando. que permanece sentada. Ed me lanza una ojeada. Sigue absorta. Unos segundos más tarde oímos que baja la escalinata de mármol prácticamente corriendo. con los pies sobre el banco y el vestido amarillo alrededor. Como si. finalmente. nos hace un gesto y se aleja con paso vivo. ¿Alguna otra obra maestra que descubrir esta noche? ¿Alguna escultura de la familia perdida durante décadas? ¿Alguna otra revelación de tus poderes paranormales? ¿O nos vamos a cenar? —A cenar. a su yo de veintitrés años. Parece desprender tal serenidad y tal felicidad… Por lo que usted ha explicado. —Claro —responde Ed.» —Tenía ganas de echarle un polvo —le digo al director. .SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Yo también me lo pregunto a menudo —interviene Gledhill—. Miro a Ed y sonrío. que obviamente ha tenido más que suficiente de nosotros por hoy. sin volver la cabeza—. —Aún no —dice ella. —Perdona todo este lío. —Debería irme ya… —murmura Gledhill. hubiera encontrado lo que buscaba. para asegurarme de que está bien. A veces he pensado que quizá él le leía poesía mientras la retrataba… —Menudo idiota —murmura Sadie. Ve tú. —¿Vienes? —digo en voz baja. —Me observa con aire socarrón—. Pero ella ni siquiera se da cuenta. Nos veremos luego.

más furiosa me pongo y más ganas me dan de llamar a papá y contárselo todo. Para distraerme. una de mis socias conoce a fondo ese sector. aunque no me hago tantas ilusiones. claro. y «deberías dejar de lamentarte. No hay prisa. El tío Bill está de viaje y nadie puede ponerse en contacto con él. de momento. Mi habitación es un despacho estupendo. (Si llega a humillarse. no Natalie. Todo el mundo sabe que la venganza es un plato que se sirve… cuando has tenido tiempo para acumular suficiente furia y vitriolo. Ha de ser un especialista en el campo de la industria farmacéutica. estrujo una hoja de papel y la lanzo a la papelera.255 - . Quiero verlo retorcerse de vergüenza. No he de moverme de casa y no me cuesta una libra. dice.) Doy un suspiro. ¡Ya hemos ganado una comisión! Janet Grady. La única pega es que Kate ha de trabajar en mi tocador y no sabe dónde meter las piernas. como tampoco el acuerdo confidencial que tío Bill firmara tantos años atrás. Ése es mi objetivo. me reclino en la cabecera de la cama y ojeo el correo. Lo hecho. Mi nueva empresa se llama Consultaría Mágica y llevamos tres semanas en marcha. Así que. Tengo preparado mi discurso vengativo y todo. Según ella. Esto debe hacerse cara a cara.) Yo misma me encargué de soltarles el rollo para convencerlos y hace un par de días supimos que nos habían dado el trabajo. El cuadro no va a desaparecer de la London Portrait Gallery. Y tiene una cama. cielo». Pero no me importa su opinión. Además. nos recomendó a una compañía farmacéutica. no es cierto. Ed ya ha contratado a un abogado que va a poner en marcha un pleito en cuanto yo le dé el visto bueno. hecho está.) No quiero escribirle ni hablar por teléfono. Tampoco ayuda que Sadie se ponga ahora moralista y trascendental. la verdad. (Bueno. no tiene sentido preocuparse del pasado. La venganza será mía. Más que nada porque la llamé para contárselo. que no para de acosarlo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 25 Nunca me he vengado de nadie. casualmente. miel sobre hojuelas. Nos han pedido que preparemos una lista de candidatos para un puesto de director de marketing. Lo cual. (Janet no es tonta. Pero no van a hacerlo por la chiflada de su sobrina. Y empiezo a descubrir que es más complicado de lo que pensaba. ellos claro que pueden. Cuanto más pienso en el tío Bill. Pero lo bueno de Sadie es que aprende rápido y se le ocurren . sabe de sobra que todo el trabajo lo hice yo. Pero consigo controlarme. mi nueva amiga íntima. imposible. no es que mis pruebas vayan a esfumarse. estrictamente hablando. Cosa que haré tan pronto como me enfrente con tío Bill y lo vea abochornarse. Le dije al jefe de recursos humanos que era un encargo ideal para nosotras porque.

» —No hay de qué —dice—. Bueno. Oro en polvo para un cazatalentos. impresionada—. Acabo de estar en Glaxo Wellcome. También nos ha encontrado una oficina: un edificio abandonado cerca de Kilburn High Road. pero poco a poco he ido perfilando una imagen global de su vida. Mil gracias. Cuando me pase otra vez averiguaré su sueldo. Incluso le he dado un nombre a su puesto: cazatalentos mayor. medita un poco y empieza a contarme. Parecía bastante aburrido durante la reunión del consejo directivo. escribo. ¿podrías hacerme una lista de las grandes compañías farmacéuticas europeas? Creo que esta vez vamos a extender nuestras redes más lejos. personales. Lara —dice ella.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE montones de ideas brillantes. Una vida que no imagino que haya tenido nadie. Así que se sienta. Me ha hablado del precioso sombrero que llevaba en Hong Kong cuando estalló la guerra. «Sadie —escribo debajo de los números—. Sadie tuvo una vida asombrosa y pintoresca. También le he hablado de los ataques de ansiedad de mamá y de cuánto me gustaría que aprendiera a . Números directos. Así que seguramente no querrá cambiar de trabajo. le he contado cosas de mi infancia con mis padres. Deprisa. —¡Hola! —Su voz aguda me saca de mi ensoñación. Me pongo ahora mismo. eres un fenómeno. del baúl de cuero donde lo metió todo y que acabó perdiendo. a veces desesperada. tanto si es importante como trivial… Todo. Por eso es uno de los miembros más apreciados del equipo de Consultoría Mágica. Quiero que me cuente todo lo que recuerda. Respecto a mí. —El segundo acaba de tener un hijo —añade—. es ella la que hace toda la investigación. Sólo ella. a veces espantosa. Nos trasladamos la semana que viene. del viaje en barco que hizo a Estados Unidos. Ya tengo el teléfono de dos ejecutivos de marketing. Le viene muy bien tener un trabajo. anécdotas sobre las clases de equitación de Tonya y sobre lo obsesionada que estuve con la natación sincronizada. Se la ve más despierta y más contenta que nunca. y levanto la vista: —Kate.256 - . A veces divertida. Sadie me guiña un ojo y yo le sonrío. Nunca había oído una historia parecida. Está sentada en el borde de la cama—. Ha sido muy fácil. del hombre con el que bailó una noche y que años más tarde se convirtió en presidente… Yo la escucho fascinada. más bien es ella la que habla. Pero Rick Young tal vez sí. Todo empieza a encajar. cuando Kate se va a casa. ¿Y ahora qué? Deberíamos pensar en otros países europeos. —Buena idea. juguetea con las cuentas de su collar. a veces excitante. Sadie y yo nos sentamos en la cama y charlamos. ¿sabes? Tiene que haber muchos talentos en Suiza o Francia. Al fin y al cabo. Cada tarde. «Excelente idea». Le he dicho que quiero saberlo todo sobre su vida. de la ocasión en que la atracaron a punta de pistola en Chicago (aunque por suerte no se llevaron el collar). Tiene tendencia a divagar y no siempre logro seguirla. antes de que lo olvide… Me dicta los nombres y los números.

Sólo nos escuchamos. También me ha informado de que tienes prohibido el acceso a la casa. Y Sadie no parecía arrepentida en lo más mínimo. Por diversas razones. pero es bastante observador y se da cuenta de que hay algo un poco rarito en mi vida. —¿Prohibido? —Aparento una gran consternación—. también me viene bien que me deje las noches libres. es lógico que pase tiempo con él. Gracias por devolverme la llamada. Por lo visto. se pone a hablar de su niñez y de Stephen y de Archbury. —Lara. Es Sam. Quizá piensa viajar en el Queen Elizabeth II en submarino hecho a medida. Vamos. Ella no me lo ha contado. Menudo farol. No hacemos ningún comentario. Y ella es una desvergonzada. Nada de particular. cateto!» Ya la pillé una mañana metiéndose en la ducha cuando Ed y yo estábamos allí casualmente. Suena el teléfono y atiende Kate. Allá vamos. —Hola. Gracias. Bueno. sí. no puede haber adivinado la verdad. —Sam suspira—. — Pulsa el botón de espera—. Hay un motivo en particular: que Ed últimamente ha pernoctado en casa algunas veces. ya me entiendes. Y por las noches no ha de compartirlo con nadie. Obviamente. Probablemente nos daría una puntuación del uno al diez. no se los daré a nadie —añado con una risita desenfadada. y sin querer le di a Ed un codazo en la cara. Ni siquiera sé si va a coger un vuelo de vuelta desde dondequiera que esté. Sadie se va a la London Portrait Gallery y se queda toda la noche delante del cuadro. Kate. Acabo de hablar con Sarah. Sam —digo en tono amable—. Verás. seguro que nos observaría todo el rato. cuando me acuesto.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE relajarse y disfrutar. Pegué un grito e intenté sacarla de un empujón. Ed no paraba de mirarme de reojo. El cuadro es muy importante para ella.257 - . pero me preguntaba si podrías pasarme los detalles de su vuelo. todavía abstraída. de la oficina itinerante de Bill Lington. tú los llamaste. Casualmente. ¿Se te ocurre algo peor que tener a un fantasma dando vueltas por tu habitación cuando estás… ejem. quería ponerme en contacto con vosotros porque estoy montando una pequeña sorpresa para mi tío. Ya nada me sorprendería en su caso. —Consultoría Mágica. conociendo mejor a tu nuevo novio? La sola idea de que Sadie fuera haciendo comentarios sobre la marcha me supera. como si sospechara algo. Me alegra que vaya al museo. Me dijo que exageraba y que sólo pretendía hacernos compañía. —Sí. Y porque cuando vuelve. O le gritaría a Ed al oído: «¡Más rápido. ¿en que puedo ayudarle? Ah. O sea. Inspiro hondo y cojo el auricular. o diría con desdén que en sus tiempos lo hacían mejor. eso sería imposible. sí. Me ha dicho que has estado tratando de contactar con Bill. ¿Hablas en serio? . Necesité una hora para tranquilizarme. Y de cómo nos hemos pasado toda la vida a la sombra del tío Bill. pero lo deduzco por su manera de desaparecer en silencio con esa expresión remota y soñadora. Ya sé que está de viaje. vale. Más tarde. Le paso. ¿Compañía? Después.

Podría presentarme en el sur de Francia y convertir su vida en un infierno. me apoyo en la encimera y hago unas respiraciones profundas para calmarme. —Se encoge de hombros—. —Exageras… —Se echa el pelo hacia atrás. tengo la tentación de entrar corriendo y gritar: «¡Alto todo el mundo! ¡No fueron dos pequeñas monedas! ¡Fue toda la fortuna de mi tía abuela!» Suspiro y bebo un sorbo de té. Que pases un buen día. —¿Todo bien? —Sí. . no puedo facilitarte información de los vuelos. Pero ¿sería así mejor persona? —Se toca el pecho—. Me dan ganas de… de darle un puñetazo. Enciendo el hervidor. Maldita sea. —Ah… ¡entonces llego con retraso! —Lara. Hare hare… La venganza será mía… Hare hare… Sólo he de tener un poco de paciencia. Cojo una cucharilla y cierro el cajón con un buen golpe. —¿No tienes ganas de desquitarte? Debes de ser una santa. ¿Y me sentiría mejor por dentro? —¿El sur de Francia? ¿Qué quieres decir? Sadie parece incómoda de repente. desearía destruirlo. Sólo pretendía organizarle a mi tío una pequeña sorpresa de cumpleaños… —Su cumpleaños fue hace un mes. ¿Qué pasa? —Ya sabes lo que pasa. Si yo estuviera en tu lugar. Sadie abre unos ojos como platos. —Eres increíble. Ya sé que tú estás en plan magnánimo. Cada vez que paso por un Lingtons Café y veo un expositor de ejemplares de Dos Pequeñas Monedas. —Podría destruirlo si quisiera. —¡Cielos! —Sadie aparece sobre los fogones—. dejo el envase en la nevera y la cierro de un portazo—. —No sabía que estabas tan rabiosa. Pero ahora sí. A continuación la observo con curiosidad. Es confidencial —dice suavemente—. Otra cosa de la que culpar a tío Bill. —Es sólo una suposición. no sé a qué viene esto. —Vale. Ése ha sido mi modo de actuar toda la vida. —Tomo la taza con ambas manos—. —No lo estaba. de no dejarte obsesionar. —Me sirvo un chorro de leche en la taza. Tu manera de seguir adelante.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Bueno. —Cuelgo de un porrazo. Seguro que esta situación es fatal para mi salud. Quiero atraparlo. mientras me dirijo a la cocina. perfecto. El problema es que ya estoy harta de ser paciente. de fijarte sólo en lo importante. —Saco la bolsita de té de un tirón y la lanzo al cubo de basura—. resoplo y la sangre se me enciende de pura frustración. Procuro sonreír.258 - . Muy bien… Gracias. —Siempre adelante —dice con sencillez—. —Pues te admiro. pero. Lo lamento. Ya he tenido bastante. Y tampoco ninguna otra información. A esos lugares van los ricos. pero no entiendo cómo lo consigues. La clase de sitio donde podría estar.

¿Qué le dijiste? —insisto—. altiva—. ¿de acuerdo? —De acuerdo. Fue allí donde lo encontré. —Sofoco un grito al comprenderlo—. Tumbado al sol en una hamaca. dejando la taza—. Y me llevas a esa playa. ¡No te atrevas a desaparecer! —Vale. ¿Por qué? —Da la impresión de ser el dueño de la playa entera. No puedo creer que Sadie se haya enfrentado sola al tío Bill en su playa privada. El plan es el siguiente. —Sus ojos se iluminan de golpe—. O nada serio. —¡Fantástico! Bien hecho. Dios. Estaba enfurecida. Fui a su oficina. al menos. ¿He oído mal? —¿Que estaba gordo? ¿Y ya está? ¿Ésa fue toda tu venganza? —¡Es la venganza perfecta! —replica—. así es ella. Ya ha visto a tío Bill. Sí. —Un rictus de repugnancia cruza su rostro.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE ¿Por qué no me mira a los ojos? —Ay. cuenta. Para ser sincera. —Vamos. ¿Qué le has hecho? Será mejor que me lo cuentes de una vez. muy rico. Pero también entiendo que ella tiene derecho a buscar su propia venganza. con aire enfurruñado—.259 - . ¿sabes? —Bueno. Parecía muy abatido. Palabra por palabra. Lleva puesto un enorme sombrero de paja. Es un tipo terriblemente vanidoso. desde el principio. —¿No te dieron ganas de gritarle? ¿No te apeteció probar con él? —Pues de hecho sí le grité —admite tras una pausa—. Pero. Parecía espantosamente satisfecho de sí mismo. ¿verdad? ¡Sadie! —exclamo al ver que empieza a desvanecerse—. ¿Qué le dijiste? Me muero de curiosidad. dilo. me duele un poco que me dejase fuera. en fin. Espero que él lo oyera todo. —¡No he hecho nada! —replica. —Vuelve a materializarse. cubierto de aceite y con un enjambre de criados alrededor cocinando para él. —¡Porque no querías reconocer que eres tan mala y tan vengativa como yo! Anda. le ha . ¿no? —Increíblemente rico. en mi opinión. —Le dije que estaba gordo. Tú sabes dónde está. Se ha vestido para el viaje con un conjunto largo sin espalda. Explícamelo todo con detalle. que ella llama «pijama de playa». Sólo quería echarle un vistazo. Lo de las vacaciones se lo ha tomado en serio. yo creo que podemos mejorarlo —digo con decisión. hecho de un tejido sedoso anaranjado. Es muy. La veo tan campante que me dan ganas de soltarle que esto es un asunto muy serio y que haga el favor de dejar de retorcerse las cintas del sombrero. ya lo creo. Y me alegra que le haya dado su merecido. No pude resistirme. sostiene una sombrilla y una cesta de mimbre y va tarareando una canción que dice no sé qué de estar sur la plage. Tú me dices qué billete he de reservar y mañana cogemos un avión. Me resultó muy fácil averiguarlo. Demasiado en serio. —¿Por qué no me lo dijiste? —Porque… —Se encoge de hombros con expresión evasiva. Sadie. Lo sé. Serán como unas vacaciones.

simulando que hablo a un dictáfono. pero por dentro me derrito de placer. —Sí. Sólo capté unas frases de la conversación. no sé si esto va incluido en el billete o también es cosa de Sadie. me alegro de que me salvaras de ese espantoso destino. Yo aún tengo la mía. —Procuro aparentar indiferencia. Viajar en compañía de Sadie es una experiencia única. Yo no me daba cuenta en su momento. Me consta que te salvé de un destino espantoso. gracias. ¡Ed le ha hablado de mí a su madre! —¿No te alegras de no haberte quedado con Josh? —me pregunta de sopetón—. pan de molde envasado. Y ahora las azafatas no paran de ofrecerme champán. sino sólo respetarlos y seguirlos. tendría que ser sincera y decir: «Sí. Dijo que nunca se lo habría imaginado. ¿No te alegras de que te haya salvado de ese destino espantoso? Bebo un trago de champán. En el aeropuerto se ha puesto a gritar a los demás pasajeros y ellos nos han dejado pasar hasta el principio de la cola. Luego le ha chillado a la chica de facturación y me ha colocado en primera. mientras me debato por dentro. —Sadie —siseo—.260 - . (No pretendo ser grosera con Josh. pero que había sucedido. pero es cierto: él es así. —¿Sabes que ya le ha hablado de ti a su madre? —¿Qué? ¿Cómo lo sabes? —La otra noche pasé por casualidad por delante de su oficina. Quiero… —¿Más champán? —Una risueña azafata aparece a mi lado. ¡Mira! ¡Ya casi estamos! . No nos corresponde a nosotros valorarlos ni juzgarlos. Aún no me he aplacado ni he tomado distancia. Y ella le contestó que se alegraba y que quería conocerte. salir con Ed después de Josh es como pasar directamente del pan de molde envasado a una hogaza mullida y deliciosa de pan con sésamo. le dijo Ed. Sí. «Poco a poco. enroscada en mi interior como una víbora. La verdad.» Sólo que entonces se volverá insufriblemente engreída. —¿Cómo está Ed? —No sé cómo se las arregla para introducir diez matices insinuantes en un par de sílabas. que ni siquiera lo había buscado. mamá». Y si ni siquiera eres capaz de mostrar gratitud… —De repente. —Bobadas —dice con desdén—. Cree que voy a ver a una antigua compañera de colegio. —La vida nos lleva por distintos senderos —digo crípticamente—. —Bien. ¿estabas espiándolo? —Decía que Londres le sentaba de maravilla. genial —murmuro. —Simula que no me ha oído—. Pero lo dijo riéndose. Se me ocurrió entrar un momento y resultó que estaba al teléfono. —Pues… —Vacilo y le tiendo la copa—. Sadie. la distrae la vista de la ventanilla—. Quiero que pague.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE chillado y se ha liberado de la tensión. Quiero que sufra. Y que había conocido a una persona que le hacía alegrarse de que Corinne hubiera hecho lo que hizo.) Así pues. eludiendo su mirada. —Ya… Tiene razón. gracias —respondo a la ligera—. (A decir verdad. Será mejor que no nos precipitemos.) —¿A que es divertido? —Se desliza en el asiento contiguo y mira el champán con ojos anhelantes.

Tu propio pedazo de mar. Ella se estaba bañando precisamente. un instante más tarde se enciende la señal del cinturón de seguridad y todo el mundo se lo abrocha. Nos vemos allí. . por supuesto. —Esta parte no la soporto. Luego subimos otra vez al taxi y recorremos el último tramo hasta la villa o el complejo del tío Bill… En fin. contemplando su imperio y quizá acariciando a un gato blanco con su mano maligna. De hecho. pero eso no representa un gran problema cuando te acompaña un fantasma que habla francés con fluidez. Cruzamos el jardín sin novedad y Sadie me guía hasta un acantilado que tiene una escalera labrada en la roca viva. Las turbinas del avión empiezan a rugir cuando iniciamos el descenso. Me quedo parada allí arriba. Al pie de la escalera. como se llame una enorme casa encalada y rodeada de otras más pequeñas en los terrenos colindantes. no se parece ni de lejos al personaje que había fantaseado. El sitio está plagado de empleados. Ahora comprendo para qué sirve ser inmensamente rico. Así que esto es lo que consigues siendo el propietario de Lingtons Café. incrédula. La mansión del tío Bill queda bastante lejos del aeropuerto de Niza. claro. —Fui a ver qué tal era. —¿Cómo lo sabes? —Ahora sí que me ha dejado boquiabierta. Excepto Sadie. que flota a su aire por la cabina. donde hay además un viñedo y un helipuerto. La miro. —Su madre es bastante elegante. ¿lo sabías? —¿La madre de quién? —De Ed. Pero ni contempla nada ni se lo ve relajado. Está tan absorto que no advierte que bajo en silencio las escaleras en compañía de Sadie. abriendo mucho los ojos como si fuese una obviedad—. casi aullando de dolor. Viven en las afueras de Boston. —Dame… un… segundo… —jadea—. —Sadie arruga la nariz—. Una casa preciosa.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Efectivamente. Creo que os llevaréis bien. Está con su entrenador personal haciendo abdominales y sudando copiosamente. Tu propia vista panorámica. ¿recuerdas? Mi deber es cuidar de ti. Tiene muy buena figura para su edad… —¡Basta. Lo miro boquiabierta mientras se incorpora una y otra vez. hasta que se derrumba por fin en la esterilla. Cada miembro del personal con que nos topamos acaba convertido en una estatua de ojos vidriosos. protegiéndome los ojos con una mano y observando a tío Bill. Y luego… otros cien. Paro en el café de un pueblo para tomarme un refresco y practico un poco con el camarero el francés del colegio (para infinita diversión de Sadie). Me lo había imaginado a sus anchas en una tumbona. Sadie! —Su descaro me deja pasmada—. balaustrada incluida. Tu propia playa. Soy tu ángel de la guarda. Los oídos me zumban y noto una opresión en el estómago. una playa de arena lamida por el ancho Mediterráneo. ¡No puedes hacer esas cosas! ¡No puedes andar espiando a todas las personas con que me relaciono! —Claro que sí —dice.261 - .

cosa que no me sorprende después de cincuenta mil abdominales—. Nos vemos esta tarde. y desaparece. soy yo —confirmo con voz rimbombante y engolada—. palpándose los michelines—. Hay que quitarse el sombrero. —El tío Bill ya ha dejado de jadear y parece haber recobrado su aplomo. —Pues me temo que no. díselo!!! —le grita al oído. Sólo se oye el rumor de las olas. El sol parece apretar con más fuerza que antes. —Señor Lington. traidor y embustero. —Necesito trabajar un poco más los abdominales —dice Bill. pero no tengo ni idea de qué hablas. pero no voy a dejarme impresionar ni a entretenerme con preámbulos. mirándolo preocupado—. Ninguno de los dos nos hemos movido. jadeante—. Se seca la cara y se anuda una toalla alrededor de la cintura. esperando a que tío Bill repare en mí. ¿Cuántas veces he de decírselo? —¡Sí. —Sí. Me lleno los pulmones del cálido aire mediterráneo y bajo los dos últimos peldaños. —Muy bien.262 - . —¡Dile a tu criado que se largue! ¡¡¡Venga. Sube las escaleras. Lo dejamos jadear y gruñir un rato más y luego Sadie se acerca a él. Lo tienes bien merecido. Luego se vuelve y me sonríe con su habitual aire condescendiente y afectado—. Desesperado. Doy unos pasos por la arena caliente y me detengo. Tiene mala cara. Hija de un padre traicionado. dime. —Lara. He de quitarme toda esta grasa. —Bien —dice Sadie. Es una venganza genial. Hasta las seis. Mi turno. estupefacto. y tío Bill hace una pausa. Tengo un discurso preparado y voy a pronunciarlo. Y he venido a vengarme. ¿Lara? ¿Qué haces aquí? ¿Cómo has entrado? Se lo ve tan aturdido y agotado que casi da pena. Sobrina de un tío malévolo. se echa en la esterilla y reanuda los abdominales entre gruñidos agónicos. No tiene grasa. gordo. inexorable. Lo sabes. sí que tiene! —Casi doy un salto cuando Sadie se abalanza bruscamente sobre él—. Sobrina nieta de una tía abuela traicionada. Las manos empiezan a sudarme. —Ya puedes irte. me habría encantado ser actriz de cine. Se hace un silencio. —¿Qué…? —Me ve de reojo al tenderse en la esterilla y se incorpora de golpe. haciéndome un gesto al pasar. No puedo reprimir la risa. Ya se ha dado una buena paliza. . Lara Alexandra Lington. así que la repito más alto para que resuene en toda la playa—: ¡He venido a vengarme! Dios. Y ahora. gordo! ¡Como un auténtico cerdito! El rostro del tío Bill se contrae en una mueca de alarma. —El entrenador lo mira perplejo—. ¡Gordo. Sufre. Muy sobrecogedor. flotando sobre su cabeza y mirándolo con desprecio—. ¡Estás gordo! —le chilla—. Jean-Michel —dice. ¿cómo has conseguido pasar los controles…? —Sí sabes de qué hablo —replico en tono mordaz—. —El entrenador recoge sus cosas y les sacude la arena—. —Esta frase me ha quedado muy bien.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Quizá debería descansar un poco —dice el entrenador.

Es una baratija preciosa y comprendo tu interés. . —¿Es por lo del collar? —dice de repente. ¿Por qué no cambias ya de tema? Por última vez. Por cierto. Como un bloque de mantequilla derritiéndose al sol. cielo. Debe de pensar que el acuerdo confidencial con el museo lo protege y que nadie averiguará nunca la verdad. Y por todas las mentiras que has contado. Y por el acuerdo secreto que cerraste con la London Portrait Gallery en el ochenta y dos. Debe de creerse a salvo. Como ha hecho siempre con todo el mundo. He venido por lo de la tía abuela Sadie… Él alza los ojos al cielo con una exasperación muy propia. Para eso estoy aquí. no la asesinaron. Intentará comprarme. ¿te ha dicho tu padre que quiero ofrecerte un puesto? ¿Has venido por eso? Porque realmente. Me muestra su dentadura y se pone unas chancletas negras. Pero no sé dónde está. colocar las cosas a su favor. El Cecil Malory. Le está dando la vuelta a la situación. no era nadie especial… —… y por el cuadro suyo que encontraste —continúo sin inmutarme —.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Así que se pone en plan desafiante. Y entonces observo con satisfacción que la cara de mi tío se desinfla de un modo nunca visto.263 - . —No estoy aquí por el collar ni por el trabajo —le corto las alas—. —Por Dios. mereces un diez por tu entusiasmo. jovencita. Y para saber qué piensas hacer ahora. Ahora pedirá bebidas y simulará que esta visita ha sido idea suya. distraerme. como si acabara de ocurrírsele—. créeme. Y por las quinientas mil libras que te embolsaste. Lara.

porque el cuadro es tan grande que pueden contemplarlo montones de personas a la vez. Ha confesado lo de las quinientas mil libras. Sólo que mejor. sin ánimo de ofender. Hola. pero no le servirá de nada. De todos. Aunque. la verdadera cuestión no es el dinero. ha tenido que reconocerle a Sadie su mérito. Aunque demasiado tarde. ya que en cierto sentido da lo mismo medio millón que dos pequeñas monedas: es sólo la cantidad lo que cambia. con la que siempre estaré en deuda. Sadie es como la nueva Mona Lisa. Estoy leyendo un editorial sobre el tío Bill en el Daily Mail de hoy cuando un pitido del móvil me anuncia un mensaje de texto. Kate y yo nos trasladamos hoy a nuestra nueva oficina. Ha salido en la portada de todos los periódicos. en lugar de negarla y ocultarla.) Para mí.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 26 Una auténtica bomba. Incluso hay una página web de sus fans. (Luego se dio cuenta de que ésa era una idea condenada al fracaso y se retractó.» Una frase que le dicté yo. Ésta es una de las muchas cosas buenas que tiene Ed. adujo. . La cuestión es que. sí señor. Nunca llega tarde. por supuesto. cierro la puerta de mi apartamento y bajo las escaleras. por lo visto.) Hemos ido unas cuantas veces para ver esas multitudes y escuchar los piropos que le dedican a Sadie. Lo han parodiado todos los periódicos populares. Dos Pequeñas Monedas se ha convertido en un objeto de escarnio general. Supongo que los demás prefieren conservarlo como recuerdo.264 - . él podrá decir lo que quiera de sus principios para el éxito. Los editores están tan abochornados que se han ofrecido a devolver el importe del libro a los compradores. al final. Recojo alegremente mi bolso. siendo el tío Bill. se apresuró a argumentar que el dinero era sólo una parte de la historia y que sus ideas seguían teniendo vigencia para cualquiera que empezara con dos pequeñas monedas. El retrato de Sadie ha salido en todas las portadas y la London Portrait Gallery ha recibido una enorme afluencia de público. ya lo había dicho. Le ha hablado al mundo de ella. La gran entrevista apareció en el Daily Mail y el resto de la prensa se abalanzó de inmediato. Ed. o dejarlo en la repisa de la chimenea para reírse de vez en cuando. te espero fuera. Bill Dos Pequeñas Monedas Lington ha «aclarado» su historia. y no hay humorista de televisión que no haya hecho un chiste a su costa. palabra por palabra. La cita que han reproducido la mayoría de los medios ha sido: «Me hubiera resultado imposible obtener todo mi éxito sin la ayuda de mi preciosa tía Sadie Lancaster. En el fondo nada cambiaba. (Y además era mucho más mona. En cuanto al libro del tío Bill. Y en torno a un veinte por ciento han aceptado.

no me había dicho una palabra de coches. No puedo creérmelo. —También he aprendido todos los insultos británicos —añade en cuanto arranca—. —Señala un elegante Aston Martin negro aparcado muy cerca. —Nada. una tarjeta de crédito… lo típico. Este coche es muy caro. Todo el mundo me mirará en el metro… Ed me interrumpe tocándome el brazo. como de costumbre. Ya sabes: un concesionario. —Esta vez podemos ir en mi coche —me dice como quien no quiere la cosa. tenéis un sistema ridículo y peligroso. entregándomelas con un beso. Aunque no acabo de entenderlo. Chica. durante el tiempo que sea. pero no se le escapa una. ¿Se ha comprado un Aston Martin? ¿Así como así? —Pero si tú nunca has conducido por la izquierda… —observo con cierta alarma—. ¿Has venido conduciendo? —Tranquila. —Alguien me dijo una vez —explica muy serio— que si piensas vivir en un país. ¡Mueve el culo. Iba a decir: «Cuando vuelvas a Estados Unidos. Se hace un silencio. Se lo tenía muy calladito. —Bajo la cabeza hasta hundirla casi entre las flores. me instalo en el asiento del pasajero. mamón!»? —A mí me dijeron: «¡Te vas a enterar. ¿Qué mejor manera que aprender a conducir en ese país? Bueno. ¿vamos o no? Abre la puerta con un gesto galante y yo. Salgo a la calle y me lo encuentro con un enorme ramo de rosas rojas.265 - . todavía pasmada. Es un coche elegante de verdad. qué va —protesto. debes involucrarte a fondo en él.» Pero ése es un asunto del que no hablamos. de clases de conducción ni de nada. —¿Ese coche es tuyo? —Lo miro con ojos desorbitados—. —Lo observo mientras cambia de marcha con destreza y deja atrás un autobús—. Y mejor no hablar de vuestras normas de giro a la derecha. —Pero… ¿por qué? —le suelto. . ¿Y qué tal: «¡Ni se te ocurra. —¿Cuando qué? —Podrá estar conduciendo. merluzo! —dice imitando el acento cockney. —Para la nueva oficina —dice. Pero tienes que pulir el acento. —El cambio de marchas es un invento diabólico. Me lanza una mirada críptica. Ni siquiera me atrevo a apoyar las rosas para no arañar los revestimientos de cuero. —No. A mí se me escapa la risa. Pasé el examen la semana pasada. He pensado que sería mejor comprar uno británico — añade con una sonrisita irónica. ¿Qué piensas hacer con él cuando…? —Me interrumpo justo a tiempo y finjo una tos. —¡Gracias! —Sonrío encantada—. Pero… ¿desde cuándo? —Me lo he comprado. mamón!» ¿Me han informado mal? —No. también está bien. —¿Tu coche? —Ajá. —Muy bien —asiento—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE y Ed me ha prometido pasar a verla antes de ir a su trabajo.

Como si yo tuviera monos en la cara o algo así. Mis padres se quedaron sin habla. —Mamá se asoma a la ventana—. Me echó una mano para redactar la declaración. Incluso ahora. De verdad. Al cabo de una hora. Lo hemos leído. —¡Impresionante! —dice papá. Aunque acabo de enseñarle el despacho a Ed. intercambiando una mirada con mamá—. —Ed me ha dado algunos consejos —admito—. Espero que eso no incluya más citas a ciegas. Se lo he dicho esta mañana a Sadie mientras leíamos un artículo sobre ella en el periódico. Se quedó un momento en silencio y. atontados y maravillados a partes iguales. Nunca los había visto tan pasmados como cuando me presenté de improviso en su casa y les dije que el tío Bill quería hablar con ellos. justo cuando estoy poniendo las rosas en un jarrón que he corrido a comprar. también con flores y una botella de champán (y una caja de clips: una bromita de papá). no puedo dejar de sentir un hormigueo de satisfacción mientras se lo muestro todo.266 - . También me ha ayudado mucho en el asunto del tío Bill. cariño. Cada vez que le echo un vistazo siento un espasmo de excitación. Ed examina cada detalle con atención y todo le parece fantástico. Me da una lista de contactos que podrían serme útiles y luego se marcha a su oficina. —Es muy elegante. aparecen mis padres. Mi propia empresa. Si digo que mis padres se han quedado turulatos con todo lo que ha pasado me quedaría corta. mamá. mi vida estará completa. éste es mi plan de negocios. Le tiendo un documento encuadernado tan chulo que casi no puedo creer que lo haya preparado yo. sí —murmura débilmente. haciendo un gesto con la mano. ellos no abrieron la boca. se puso de pie con un brillo extraño en los ojos y dijo: «¡Soy tu ángel de la guarda! Yo me encargaré de que sea un éxito. Por cierto. a las 9. Y la idea de contratar a un publicista para manejar a la prensa fue suya. hojeando el plan.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¿Quién sabe lo que haré? Mostrarle la oficina no nos lleva mucho tiempo. Es mío. En realidad. para mi sorpresa. cuando ya se han relajado un poco y la historia se ha hecho pública y ha . dos puertas y dos mesas. un tablón de anuncios. Pero. Entonces el tío Bill se apeó sin decir palabra e hizo lo que yo le había pedido. ¿seguro que puedes permitírtelo? ¿No te habría convenido quedarte con Natalie? Por favor… ¿Cuántas veces tendré que explicarles que mi ex mejor amiga era una víbora odiosa y sin escrúpulos? —Me conviene más trabajar por mi cuenta. Mira.05 ya hemos terminado. Permanecieron en el sofá mirándome. Y más todavía cuando me volví hacia la limusina y dije: «Vamos. Así que sospecho que anda tramando algo. ¿has visto el artículo que publica hoy el Daily Mail? —Ah. Mi despacho. Incluso cuando el tío Bill ya se había ido y les dije: «¿Alguna pregunta?». entra».» Y desapareció sin más. Si consigo que Consultoría Mágica sea un éxito. y aunque sea una sola habitación con una ventana.

Descubrir todo eso… ¿Quién lo habría averiguado de no ser por ti? ¡Quizá nunca habría salido a la luz! ¡Nos habríamos muerto todos sin saber la verdad! Sólo a ella se le ocurriría mezclar todas nuestras muertes en el asunto. —Exacto —confirma papá—. ¿no? Me gustaría que Diamanté y Sadie se conocieran. Así que si quieres participar en el modo de organizarlo… —Sí. A saber si volveremos a verla. y está valiéndose de todo el alboroto para publicitar su marca. —Pensamos que eres un prodigio. Decidme por favor que no habéis celebrado el funeral… —¡No. de ponerlo todo al descubierto ante los medios. Miro la pantallita y veo una imagen en blanco y negro llena de granulado. —Exacto. no! En principio estaba previsto para este viernes. —Aquí tienes los detalles de la funeraria. —Papá se acerca. Pensábamos decírtelo en algún momento… Ya. De hecho. dado lo mucho que has… investigado sobre su vida. —Lara. una vez que la policía se ha asegurado de que la pobre no fue… —… asesinada —lo ayuda mamá. aunque quede mal decirlo. Teníamos intención de sacar el tema hace días. El día que se publicó la historia. Diamanté.267 - . la situación ha cambiado —prosigue él—. la pobre se fue a Arizona e ingresó de modo indefinido en un balneario. Fantástico. bajando la voz. tampoco es culpa suya que su padre sea un gilipollas. pero también bastante inteligente.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE dejado de ser una conmoción. por cierto. —Papá le echa una mirada a mamá—. al menos desde mi punto de vista. Tienen mucho en común. O sea. Papá me da un folleto justo cuando suena el interfono. con ayuda de Ed. en las que posa igual que Sadie en el cuadro. —¿No lo habréis hecho ya? —Siento un acceso de pánico—. Creo que sería lo lógico. Estoy segura de que congeniarían. Parece incómodo y no cesa de echarle miraditas a mamá—. Bueno. me gustaría participar —digo con firmeza—. —Bien. Una vez cerrado el caso. siguen mirándome asombrados. —Pero eso era antes —añade mamá. Y ha salido perfecto. ¿y por qué no? He estado impresionante. Perfecto. Parece . —Eso es. la policía la ha… liberado… es decir… —Los restos —susurra mamá. Obviamente. —¿Sobre qué? —Sobre el funeral —precisa mamá. vale. ha sacado partido del asunto. No puedo dejar de admirarla por su caradura. Lo cual es de pésimo gusto. Lara —me dice mamá con repentino fervor—. Quizá no desde el del tío Bill y la tía Trudy. aunque seguramente las dos se horrorizarían ante la mera idea. Evidentemente. Queríamos hablar contigo de la tía Sadie… — Carraspea. Yo misma me he encargado. por su parte. creo que voy a encargarme de todo. Ya ha hecho una sesión de fotos para la revista Tatler.

—Consultoría Mágica. ¿En qué puedo ayudarla? —Me llamo Pauline Reed. si no es indiscreción? ¿Janet Grady? Se hace un silencio. —Procuro concentrarme—. —De acuerdo. —Estupendo. Algo me dice que podría ser muy útil para nuestra empresa. ¿Quién le ha hablado de mí. de Print Please —dice el tipo—. —¿Te las ha traído él mismo desde Hackney? —exclama papá. ¡Ya tengo tarjetas! Hago a pasar a Birch. Suba. abro la caja y reparto tarjetas a todos. debajo. —Eso parece —digo. —Yo misma —digo. Es lo mínimo que podía hacer. Espero que no haya oído el crujido del plástico—. Aprecio mucho el encargo que me ha hecho. pero… ¿ustedes no están en Hackney? ¿No iban a mandarlas por correo? —He pensado que estaría bien —responde él con mirada vidriosa—. consciente de que mamá y papá me miran sin dar crédito a lo que ven. He oído grandes cosas sobre usted. Vamos. . Ay. Déjeme ver mi agenda… — La abro y anota la cita. Cuando cuelgo. mamá y papá me observan ansiosos. Nos interesaría que se pasara por aquí para conocernos. Pero tiene usted una fama excelente en la selección de ejecutivos y me gustaría conocerla. —Aprecio mucho su encargo —repite como un robot—. —Es una mujer.268 - . —¿Buenas noticias. Sadie. es muy amable de su parte. Soy la directora de recursos humanos de Wheeler Foods. «Lara Lington . —No recuerdo bien —dice al cabo—. pero no reconozco su voz. Ahora sí que somos una empresa de verdad. la imagen de una varita mágica en relieve. ponen. —¿Cómo es que ha venido a traerlas personalmente? —le digo mientras firmo el albarán—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE un hombre. —Muy amable. Quiere que nos veamos. cariño? —Pse… la jefa de recursos humanos de Wheeler Foods —digo. es lo mínimo que podía hacer. Sadie. Se lo agradezco. pero la imagen es tan mala que podría ser igualmente un elefante. Bueno. como si nada—.Consultoría Mágica». —¿Cómo? —Lo miro sin entender. Por suerte. —Bueno… muchas gracias —le digo con apuro—. ¡Y lo recomendaré a todos mis amigos! El hombre se retira y yo me entretengo desempaquetando las cajas. —Sonrío muy ufana—. —Con Lara Lington. Dios. —¿Sí? —Soy Gareth Birch. Le traigo las tarjetas. como si eso fuera normalísimo. sentándome en una de las sillas giratorias nuevas. por favor. suena el teléfono y me apresuro a responder.

Ahora empiezo a valorar lo que eso significa.269 - . —Hola. Brian Chalmers. Incluso cuando aparece Tonya no me pongo tensa. mire —digo. —¡Increíble! —Kate abre unos ojos como platos—. en cuyo cristal hay estampado un 59. señor y señora Lington! — añade. ¡Mira lo que acaban de traer! ¡Hola. Me llevo a mis padres. Pero en cuanto bebemos una copa de vino Valpolicella. —Sonríe—. te ruego que bendigas a todos los que trabajan en este edificio —dice con voz temblorosa—. no soy de esta zona. asombrada. Simplemente se dejan llevar. Señor. Mamá y papá han vuelto a quedarse sin habla. —«Para el personal de Consultaría Mágica —leo en voz alta—. Jefe de recursos humanos de Dwyer Dunbar. —Es este edificio. Parece que mi ángel de la guardia está cuidando de mí… —¡Tachán! —Es la voz alegre de Kate.¿Y vosotros? Creo que mis padres se han dado por vencidos. Será mejor que los saque de aquí antes de que sigan ocurriendo locuras.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Wheeler Foods… ¿no son los de las galletas de avena? —dice mamá. justo delante del portal. señalando nuestro portal. educada—. . En la acera. —¡Vamos! —Cojo del brazo a mamá y papá—. Bendice todos sus esfuerzos y todas sus empresas. haciéndome la sorda—. es aquí! —Su expresión se ilumina y se acerca. Ha sido idea de mamá y papá decirle que viniera. —Vamos a almorzar a la pizzería —le digo a Kate—. —Lara —musita papá mientras prácticamente lo arrastro por la calle —. ¿Sabe dónde está? ¿Necesita orientarse? —Bueno… sí. ¿Les gusta el nuevo despacho? ¿A que está muy bien? Cojo las flores y saco la tarjeta del sobrecito. —¡Vaya. hay un viejo párroco con alzacuello y sotana que parece un poco perdido. muy en particular a la Consultoría… No puede ser. Me siento de maravilla. Atentamente. bajamos las escaleras y salimos a la calle. Me acerco. sonreímos y cesan las preguntas embarazosas. —Pero conocerás a alguien de Dwyer Dunbar… —Pues no. Pero no entra.» Y nos deja su número directo. ¿Vienes? —En un minuto. Aunque a veces me saque de quicio. no deja de ser parte de la familia. sólo alza la mano y empieza a hacer la señal de la cruz—. Hemos pedido las pizzas y entretanto devoramos bollitos con ajo y perejil. Venga. —Se me escapa una sonrisa—. Busco el número cincuenta y nueve. que entra con un gran ramo de flores—. ¿Me he vuelto loco o ese párroco estaba…? —Yo tomaré una Cuatro Estaciones —digo. —Sí. ¿Lo conoces? —No. hora de comernos una pizza. Antes tengo que terminar unas cosas. Confiamos en llegar a conocerlos como clientes y como amigos.

—¿Lara? —De pronto parece más airada que antes—. ¿y quién ha destapado todo? —pregunta al fin. —Tú dijiste que la habían asesinado —objeta—. Lo hemos visto. mi instinto me decía que algo no cuadraba. ¿Qué quieres decir? —Investigué sobre el cuadro y sobre la tía Sadie —explico—. no va a empeñarse en defender al tío Bill. ¿Habéis leído los periódicos? O sea… no puede ser. Y al final se vieron confirmadas. —Tonya me taladra con una hosca mirada—. —Hola. —Creo que es verdad —la corrige papá suavemente—. Debía de creer que nos encontraría en pie de guerra en defensa del tío Bill. —Mi padre me sonríe. querida? —Pero… —Tonya se desploma en una silla y nos mira desconcertada.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¡Oh. Así que decidí seguir el hilo de mis sospechas. Unas veinte cabezas se vuelven para mirarnos—. —Pero ¿no habéis visto las cosas que dicen? —Sí. —Todos están pendientes de mis palabras. Está tratando de calibrar la situación.270 - . percibo que su mente trabaja a toda velocidad. ¿Por qué te dio por fisgonear? —Un sexto sentido me decía que había gato encerrado en el caso de la tía Sadie. ¿Un periodista de investigación? —Ha sido Lara —responde papá con una sonrisita. Y sólo tuve que sumar dos y dos. Y no alimentándonos alegremente. tras beber un sorbo de vino—. —Pero no lo entiendo. Dios mío! —exclama nada más llegar. Y no era cierto. ¿Vino. Si tiene que ser la única. —Bueno. Dios mío! ¿Podéis creerlo? ¡Todas esas historias sobre el tío Bill! Obviamente. como si estuviera dando una clase magistral—. todo el mundo creyó que me había vuelto loca. Ahora te pedimos una pizza. —He preferido permanecer en el anonimato —digo en tono críptico. Mientras Tonya se quita la chaqueta y la cuelga del respaldo. y eso que me alisé expresamente el pelo por si acaso. Pero nadie se ha molestado en venir a entrevistarme. —Mamá le pasa una copa de vino—. —Aun así. Un miembro de la familia… Uff. me habría encantado salir en los periódicos. Pero nadie quería hacerme caso —añado con toda intención—. como uno de esos superhéroes que se desvanecen en la oscuridad. ¡Oh. esperaba una reacción más aparatosa por nuestra parte. A decir verdad. . Entonces hablé con los expertos de la London Portrait Gallery y ellos verificaron mi descubrimiento. Ha de ser una maniobra. Es todo basura. ¿Qué tal los chicos? ¿Cómo está Clive? —¿Podéis creerlo? —insiste—. incluso algo ofendida. Él mismo lo reconoce. Tonya —digo—. —Ten. —Mamá se sirve más Valpolicella—. —Pero… —resopla de incredulidad— pero tu nombre no ha salido en los periódicos. sin buscar otra recompensa que hacer el bien. —Ya lo creo que sí. Todos los reportajes se limitan a decir que el descubrimiento lo realizó «un miembro de la familia». En el funeral.

A veces. —Y si vuestro padre se empeña en seguir defendiéndolo… —No lo defiendo —dice papá—. La aplaudo para mis adentros. papá —le repito por enésima vez—. Empezar a vivir el resto de nuestras vidas sin sentirnos ciudadanos de segunda. ¡Él te lo robó! ¡Es un vulgar chorizo! Tonya se ha quedado sin palabras. es que eres bobo. El disgusto le acentúa las arrugas bajo los ojos. Pero es mi hermano. A veces no hay excusa. eso implica que… —Implica que hemos de olvidarnos de él —lo ayuda mamá—. Vuestro padre siempre procura ver el lado bueno de las personas y buscar excusas. Nunca la había visto reconocer sin ambages que está enfadada. Van a tasar el cuadro… ¡y el tío Bill le dará a papá la mitad de su valor! —¡No! —Tonya se queda boquiabierta—. Sí. el estilo directo y expeditivo de Tonya es muy adecuado. desafiante—. Resulta muy difícil… —Da un suspiro. Pero aún tengo que hacerme a la idea. sangre de mi sangre. y yo le respondo con un encogimiento de hombros.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¿Y sabes qué? —añado orgullosa—. Era brutal. a pesar de todo… —¡De eso nada! —salta mamá—. Ahora ha llegado el momento de liberarnos. Pero a veces no hay lado bueno. Y punto. La observo boquiabierta. ¿Cuánto podría reportar? —Millones. Estoy… enfadada. Claro que lo estoy.271 - . si no estás furioso. Alza las cejas. —No me da ninguna pena —insiste mamá. Bill parece muy decidido. Nunca se ha expresado con tanta vehemencia. —Es lo que te corresponde. Dejarlo atrás. preguntándome. —Más bien salvaje. muy enfadada. Nunca la he visto tan combativa. ¡Y era una sarta de mentiras! ¡Tío Bill es despreciable! Y si tú no piensas lo mismo. —Suelta un resoplido—. Tonya también se ha quedado de piedra. Es parte de su carácter. Coge un bollo y lo mordisquea. —¡Bien dicho. —¿Leísteis el editorial del Times? —dice al fin—. incómodo—. Logré que vendiera ocho ejemplares. Eso es lo que creo. Claro. por lo visto —murmura papá. Nos ha afectado a todos de diversas maneras. ¡Se lo tiene merecido! —¡Pippa! —Se ha quedado atónito. —Estoy furioso —admite papá—. —Papá hace una mueca—. Increíble. —Lo que hizo es imperdonable —prosigue—. ¡Hurra. papá — añade mirándolo—. Lo sentimos por Bill. —A mamá le tiembla voz—. Tiene las mejillas encendidas y coge la copa de vino como si fuese a estampársela a alguien en la cara. —Pues yo recomendé la biografía del tío Bill a mi club de lectura — tercia Tonya—. Darme cuenta de que mi hermano pequeño es un egoísta sin principios y… un cerdo. mamá! ¡Así se habla! . —Parece más indignada por eso que por cualquier otro motivo—. Papá siempre quiere ver el lado positivo. mamá! —exclamo. —El éxito de tu hermano ha arrojado una larga sombra sobre el resto de la familia.

Se llama Ed. le diré que te lo pida. ¿Tan pronto? No hacía falta que aparentase tanta sorpresa. Sadie! No le hagas hacer nada. —Es un consultor americano destinado en Londres. Papá me ha contado que volviste con él unos días. Tranquila. algún modo de volver a ganar ascendiente—. apoyándome. Nos lo pasaremos bomba con los preparativos de boda… «¡No. mi nuevo novio me ha levantado bastante la moral —digo jovialmente—. Como para estar destrozada. —¡La semana pasada nos invitó a comer! —añade mamá. No hace falta que hagas nada. ¡Conseguiré que se quede! —Perdonad un momento —digo a todos. poniéndolos por testigos—. ¿Dónde te habías metido? —¡O hacer que te pida en matrimonio! —añade sin prestar atención a mi pregunta—. Está buscando algún punto vulnerable. pero que enseguida rompisteis definitivamente. Sadie carraspea mientras lee.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Bueno. ya lo veo. —¿Novio nuevo? —Se queda boquiabierta—. Debe de haber resultado difícil. Ya está superado. —Lara se ha ocupado de todo —informa mamá con orgullo—. —Muy atractivo —dice papá. Soy tu ángel de la guarda. levantándome—. ¿y quién ha negociado con él? —Tonya frunce el entrecejo —. Quiero que escuche su propia voz. ¡Será más divertido! Sí. —¡Yo haré que se quede! —La voz de Sadie me sobresalta una vez más. pero se le nota la irritación—. la verdad. Debe de haber sido duro. Hay muchos otros… —Bueno. no y no! —escribo a toda prisa—.272 - . Muy bien. colocando la pantalla de manera que Sadie la vea. —Pero has de sentirte muy herida. resolvió cada detalle… ¡y ha abierto una nueva empresa! ¡Ha estado inconmensurable! —¡Vaya hermanita! —Tonya sonríe de oreja a oreja. Quiero que sea él quien tome sus decisiones. y me encargaré de que escoja un anillo despampanante. ¿no? —Se le ilumina la expresión—. Lara. ¿Y cómo va la cosa con Josh? —Adopta su expresión compasiva—. He de enviar un mensaje. —Qué va. . —Vaya. más la diferencia horaria… —Quién sabe lo que sucederá —me oigo responder con toda tranquilidad. negoció con el museo. Tiene que haber sido un golpe terrible para tu autoestima. con la mirada brillante y resuelta—. ¡Basta. —Tonya parece ofendida—. Tú recuerda sobre todo que eso no significa que no seas atractiva. Las relaciones a distancia se rompen con mucha facilidad. ¿no? —insiste. Habló con Bill. —Bebe un sorbo de vino y lo remueve pensativamente en la boca. no logro acostumbrarme. ¡Genial! Pero será un poco duro cuando vuelva a Estados Unidos. Saco el móvil y me pongo a teclear. La veo flotando a mi lado. Yo en tu lugar no me preocuparía. clavando sus ojos vacunos en los míos—. Todas esas llamadas transatlánticas. —Me encojo de hombros—. ¿Entiendes? —Mira a mamá y papá.

eres el mejor ángel de la guarda que ha existido. Pero mis manos se hunden en su cuerpo y lo atraviesan. —Intento colocárselo alrededor del cuello. que da a un patio pequeño y aislado. se sienta y sonríe a todo el mundo—. La dirección está escrita con una letra aniñada. Miro otra vez a Sadie. he anotado todos los números… Y ha llegado el correo. asintiendo. La aparto y vislumbro un destello amarillo iridiscente. Enseguida vuelvo… Sorteo las mesas hasta el fondo del restaurante.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —Bueno. —No.273 - . en vano—. Tiene un tacto más cálido de lo que esperaba. No tenías por qué. Abro otra vez el sobre. Los diamantes de imitación destellan al sol y las cuentas de cristal relucen con un brillo trémulo. —Aquí lo tienes. me quedo mirando el sobre con una aprensión repentina. pero había algo que me ha parecido importante. sin saber muy bien lo que hago. Viene de París… — Me entrega un sobre acolchado. Al palparlo noto algo duro y desigual. justo cuando aparece Kate. Salgo un momento. ¿Ya habéis pedido? ¡Me muero de hambre! Hola. Asiento y. roja de excitación. saco el envoltorio de papel de seda y lo desenvuelvo. como si fuese una medalla olímpica. ¿Un collar? Levanto la vista lentamente. Salgo por la puerta de incendios y voy a un rincón. De París. —¿Estás enviándole un mensaje a tu novio? —interviene Tonya. —Venga —me dice. A una amiga. y a mí se me escapa una sonrisa. Es tan impresionante que siento el impulso de ponérmelo. aguantándome la risa—. en cierto sentido. Está pensando lo mismo. No lo he traído todo. observándome. ¿y dónde me siento? Cruza la mesa flotando y ocupa una silla libre. yo creo que mi voz es más interesante —dice. —¡Lara! —exclama—. Pero me contengo y miro a Sadie. ¡El tipo de la licorería de la esquina nos ha enviado una botella de champán! ¡Dice que es para darnos la bienvenida! Y has recibido un montón de llamadas. echo la silla atrás. —Está ahí. Lo has conseguido. Pruebo otra vez. ¡No di…! —Se . y otra. Más sólido. Lo abro con manos temblorosas. Sadie. que me observa en silencio. Sadie me mira desde el otro extremo de la mesa.» —Me precio de serlo —se ufana—. Después de todo este tiempo. Atisbo una masa de papel de seda. Bueno. Es tuyo. —Me doy la vuelta y tecleo: «Gracias por todo lo que has hecho para ayudarme. creo que no nos conocemos… Mientras Kate y Tonya se presentan y papá sirve más vino. ¡Maldición! — Tengo ganas de reír y llorar—.» —Pero ¡yo quería hacerlo! ¡Es divertido! ¿Habéis tomado ya el champán? «No —escribo. ¿verdad? —Se ha puesto lívida—. una buena amiga. —He de… hacer una llamada —digo con voz ronca—. al fin en mis manos. reenviado desde tu apartamento. súbitamente en tensión—. ¡Es tuyo! ¡Deberías llevarlo tú! ¡Nos haría falta la versión fantasmal! —¡Para! —Sadie alza la voz.

lo tengo. Soy consciente de que esto es lo que buscábamos. No quiero alarmarla. así que espero hasta que repara en mí. Sadie ya ha desaparecido. Mira. con una falda de tul cortada en forma de pétalos. El collar es el motivo de que Sadie se me haya aparecido. ya son casi las seis y media. pálida y decidida. que nos llega amortiguado desde la avenida principal. Tampoco logro concentrarme cuando vuelvo al despacho. Una vez que lo recupere… Mi pensamiento se desvía bruscamente. ¿Lo has perdido? —¡No! No te preocupes. Todavía no. Al llegar. Le envío un mensaje a Ed diciéndole que me duele la cabeza y que necesito estar sola. O eso es lo que uno diría. lo que me reconforta un poco el ánimo. lo cual no me sorprende. —De acuerdo. subo al autobús que va a Waterloo y paso el rato mirando absorta por la ventanilla las calles silenciosas. me levanto. La suave luz grisácea del alba empieza a teñirse de un rosa vivo cuando asoma el sol. aferrando el collar. Preparo algo de cena y al final no la tomo. No quiero. No puedo soltarlo. con el estómago vacío. contemplando las vetas rosadas del cielo. Compro un café para llevar. Una ráfaga de viento remueve las hojas caídas en el suelo. Ni seguir la conversación. Tengo el sobre en el regazo y la mano metida dentro. Lleva otro vestido asombroso. me visto de cualquier manera y salgo a la calle. Ya sabes lo que debes hacer. No hay nadie a la vista. Sadie levanta la vista. —Alzo una mano—. No hay un alma ahí dentro. Estoy dispuesta a quedarme aquí sentada todo el día. aunque recibo seis llamadas de jefes de recursos humanos de primera línea que quieren concertar citas conmigo. Sadie no está. —Lara. y me dedico a retorcer sus cuentas mientras veo una película tras otra en el canal de cine clásico. pero vigilo a uno y otro lado antes de sacar el . Finalmente. Guardo el collar en el sobre y vuelvo al restaurante. Me siento en un murete y bebo el café. la veo aparecer en la escalinata. sin hacer siquiera el intento de dormirme. que ya está tibio pero me resulta delicioso. Va tocada con un sombrero gris y tiene los ojos fijos en el suelo. No quiero pensar en eso. Me echo en la cama. —Dame un poco de tiempo. No puedo mirarla. perseguíamos y deseábamos desesperadamente. con los ojos fijos en las losas del patio —. con el collar alrededor del cuello. —Trago saliva. pero cuando suenan las ocho en un campanario cercano. Se produce un silencio. Empieza a aparecer gente por el puente y las calles aledañas.274 - . La London Portrait Gallery está cerrada todavía. Sólo se oye el rumor del tráfico. He pensado que andarías por aquí. Cerrada y vacía. —¿Dónde está el collar? —dice. —Hola. asustada—. Cuando llego a casa. esta vez gris perla. de nuevo con la mirada abstraída. Permanezco aferrada al collar. Pero ahora que lo tenemos… Ojalá no hubiera llegado este momento. hacia las cinco y media.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE le corta la voz y se aleja unos pasos. Me quedo inmóvil. No puedo tragar la pizza.

sentada con Sadie. no me atrevo a aflojarlos. suave pero firmemente—. Entonces debes recuperarlo. agarrando las cuentas con tanta fuerza que temo magullarme los dedos—. Nos acomodamos en un banco de madera y guardamos silencio. —Bonito vestido. Sigo aferrando el collar. Se desliza hasta la puerta y atisba el interior. ofendida—. Sentémonos por aquí. —Ojalá pudiera tocarlo —murmura. Me gustaría que quedáramos atrapadas seis horas en un atasco… Pero. Ojalá pudiera colocárselo alrededor del cuello. El taxi se desliza con fluidez por las calles. me va a dar un calambre en los dedos. ¿no? —Sadie suena alegre y decidida. Me gustaría que se detuviera el tiempo. —Asiento con la cabeza varias veces. ¿A quién se lo has birlado? —A nadie —dice. —Ahora. —Señalo un rótulo que reza «Capilla de Reposo»—. Sadie y yo nos miramos. Ed me ayudó a elegirlos. por cierto. Increíblemente rápido. ni siquiera mientras hago malabarismos para pagar con una sola mano. uno de ellos es una funeraria. Aún no. —Ya. —Creo que ha sonado casi normal—. Hemos llegado. Parece cerrado. Tenían cantidad de ofertas . Lo deslizo entre mis dedos y las cuentas tintinean suavemente. Me gustaría decirle al taxista que reduzca la velocidad. Miro el reloj. —Querría sonreír. Era mío. Mientras bajamos. —¿Ahora? Me mira a los ojos. Ella lo contempla con ternura. —Qué rápido. —Se encoge de hombros y vuelve a mi lado—. He pasado demasiado tiempo sin él. lograr que volviera a reunirse con ella. pero mis labios no ceden del todo—. —Quiero recuperarlo —dice en voz baja—. nos detenemos en una calleja. Mejor concentrarse en el aquí y el ahora. El trayecto me resulta muy corto. Estamos delante de varios locales. —Se lo acerco como si estuviese haciendo una ofrenda. —Ya —digo con una sonrisa forzada—. —Será mejor que esperemos. —Quiero recuperarlo —repite. Siento un nudo en la garganta. No consigo decir nada de lo que quería decirle. Aquí estoy. pero creo que ella ya lo sabe. La sola idea me da pánico. siento la garra del miedo en el pecho. Sin embargo. de pronto.275 - . El taxi se aleja. —Está bien. tiende las manos como si quisiera cogerlo y luego las retira. así que mejor no pensarlo. Fuimos de compras a medianoche al centro comercial Whiteleys. —Es ahí. Quiero que me lo devuelvas.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE collar. —Gracias. Los compré el otro día. Abren a las nueve. Nueve menos cinco. A la clara luz de la mañana resulta aún más espectacular. —Me echa un vistazo y comenta de mala gana—: Esos zapatos también son bonitos.

encima. Nueve y dos. Por el amor de Dios. sentada justo delante y. para una visita… para presentar mis respetos. —¿Podría… sería posible… verla? —Ajá. echándome miraditas de soslayo. He venido para… bueno. Sadie Lancaster. —Me pongo de pie haciendo un esfuerzo—. Quiero prolongar este instante. Me siento absurdamente agradecida. Entonces miro por encima de su hombro y me quedo rígida. acercándose más. —Ha reconocido el apellido—. —Vale —digo—. Bueno. Ah… —Sí. —Pues todo. —Esbozo una especie de sonrisa—. tal vez no llegue a suceder. —Asiente con aire sombrío—. Miro otra vez el reloj. señorita… —Lington. ¡No se espía a la gente cuando está practicando el sexo! ¡Hay leyes que lo prohíben! —Sólo tengo una pequeña crítica que hacer —dice. El hombre desaparece en el interior. —¿Qué pasa? —Sadie sigue mi mirada—. El hombre acaba de verme. O más bien una sugerencia. —Vuelve a asentir—. eres incorregible! —Me llevo las manos a la cara—. No quiero que sigamos adelante. como si nos hubiesen concedido un indulto. —¿Y qué viste? —gimo. Si quiere pasar y esperar en la salita… —Voy enseguida. Ed. Quiero saber de qué se trata. —¿Se encuentra bien? —Eh… hola. A mi tía abuela.276 - . Una cosa que usábamos en mi época. —Es bastante bueno a la hora de darse un meneo. Si me hago la distraída. Creo que usted… que es aquí… —Ajá. Claro. ya. Es sólo para distraer la espera. pero acaba estallando en carcajadas—. por favor! —¡Lo sabía! ¡Nos has espiado! —¡Qué dices! —Procura fingir. —Lington. mirándolo fijamente. claro. —Bueno… —empieza. Ahora me ha picado la curiosidad. —Se encoge de hombros y se examina las uñas.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE especiales… No sé ni lo que digo. Sí. Supongo que no podía pasarle inadvertida. ¿no? —me suelta tan campante—. —¡Basta ya! ¡Déjate de sugerencias! —Tú te lo pierdes. —¡Sadie. Un anciano enfundado en un grueso abrigo está abriendo la funeraria. Espero que no incluya ningún pegamento indeleble. —Trago saliva. sin hacerme caso —. la verdad es que tú tampoco eres tan mala. Vienen con retraso. Fue un espectáculo la mar de divertido. ¡Fui muy discreta! Ni siquiera percibiste mi presencia. Cuéntame esa genialidad sexual de los veinte. Deme un minuto para abrir y poner un poco de orden y enseguida estoy con usted. ¿Darse un meneo? ¿No querrá decir…? ¡No. quiero decir. Antes he de hacer una llamada. te lo aseguro. .

muévete. Venga. La idea que me ronda la cabeza como una melodía siniestra y cada vez más atronadora. —Aquí está. Sé que estamos fingiendo y no quiero dejarlo así. —Bien —asiento—. con más ligereza que nunca. —Ya lo sé —murmura. —Sonríe. —¡No! Quería decir… —Ya. «No pierdas los papeles. —Le tiembla la barbilla. —Bueno qué. Nada de lamentos. ¿No vamos a decirlo ninguna de las dos? —Bueno. Estos sitios suelen ser bastante deprimentes… —Yo no pienso entrar —dice con calma—. Será lo mejor. que no quieres… Se me apaga la voz. —Trago saliva. aunque está tensa. —Y luego nos vamos a ver una película. a no decepcionarla. Un fantasma mandón acosándome toda la eternidad. Cuando quiera. —Lo saco del bolso. —¿Señorita Lington? —El viejo se asoma por la puerta—. pero tampoco de decir lo que pienso de verdad.» —Así que estoy condenada a aguantarte. La cabeza bien alta.277 - . Es evidente que ya no piensa en las técnicas sexuales de los años veinte. —Un ángel de la guarda mandón —me corrige. —Gracias. Y deduzco que también ella lo está pensando. ¿lista? —Procuro hablar con desenfado—. Sólo un segundo. —Estupendo. aunque no haga falta. —Pero… por si acaso. Tienes prisa por deshacerte de mí. —Entonces dejo el collar allí y nos vemos en un par de minutos. No soy capaz de continuar. Nada que pueda describir lo que ha representado para mí conocerla. Pues no creas que lo conseguirás tan fácilmente. —Su voz suena brillante y nítida como un trocito de diamante. ¿de acuerdo? —digo en tono práctico. ha sido… No puedo decirlo.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE —¿Tienes el collar? —pregunta Sadie a mi lado. —Bueno. —Lo que me faltaba. Cuando se cierra la puerta. O sea. O algo así. pero me lanza una sonrisa—. Fantástico. ni siquiera a pensarlo—. Sadie. me ajusto la chaqueta varias veces. —¿Qué crees que ocurrirá cuando… cuando…? —¿Quieres saber si finalmente te librarás de mí? —me ayuda Sadie. También para mí. Te espero aquí sentada. —Pongo los ojos en blanco—. No hay palabras suficientes. —Me temo que sí. —Me las arreglo para adoptar un tono burlón—. Me giro en redondo. decidida a no perder los papeles. —Te espero aquí. Me mira a los ojos y leo el mensaje con claridad. con los ojos centelleantes como dos estrellas oscuras—. —De acuerdo. —Sadie da unas palmaditas al banco. Estás harta de verme. Buena idea. Por si no… —No me atrevo a decirlo. . para ganar tiempo. Doy un paso… y me detengo.

Cuesta creerlo. Una dama tan anciana… Ciento cinco. Es un hombre de barbilla huidiza que ante cualquier comentario reacciona con un «Ajá» musitado y sombrío. pero sus palabras me hieren en lo más vivo. Mira directamente al frente. —Baja la cabeza—. No la imagino anciana. con los pies juntos y las manos enlazadas sobre las rodillas. tratando de dominarme para no dejarme impresionar. hago un esfuerzo y doy un paso hacia el enorme ataúd. La Sadie real. Quiero dejar una cosa… en el ataúd. Voy a… entrar. —Ajá. Al inclinarme sobre el féretro con respiración agitada. —Aquí lo tienes. le deslizo el collar alrededor del cuello. miro atrás por última vez. Y luego otro.278 - . . ¿no? Una edad muy avanzada. —¡Al ataque! —respondo. Por fin. —La dejo sola unos momentos. Le lanzo un beso impulsivamente. Qué extraordinario. Ha llegado la hora. Naturalmente. cabizbajo y respetuoso—.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Cuando alcanzo la puerta. —¡Al ataque! —me anima. con infinito cuidado. Algo que resulta irritante. el vestido ciñendo su figura esbelta. en una postura impecable. —Yo no pienso en ella de esa manera —replico—. No hay inconveniente. me vuelvo y abro la puerta con súbita determinación. avíseme primero. Trago saliva. Su cuello largo y pálido. antes de formular la respuesta. alza la barbilla y me dirige una sonrisa encantadora y desafiante. No puedo imaginar lo que debe de estar pasando por su cabeza. Ya está. ¿De acuerdo? —Ajá —dice. descuide. —Ajá. Que vivió y murió sin que yo llegara a conocerla. No quiero que entre ninguna persona después de mí. —Se apresura a asentir—. Si alguien se lo pidiese. Suavemente. Ahora que estoy aquí me flaquean un poco las piernas. Desde luego. Sé que trata de mostrarse amable. Mi tía abuela de ciento cinco años. —Gracias. Sadie —murmuro. Ningún riesgo. Advierte que estoy mirándola. veo un mechón de pelo blanco y distingo una porción de piel vieja y reseca. El encargado de la funeraria me ha preparado una taza de té y un platito con un par de mantecados. cierro la puerta y permanezco inmóvil unos segundos. —Abre la puerta con un diestro giro de muñeca y la entorna antes de añadir—: ¿Es cierto que ella había sido la chica de ese cuadro tan famoso? ¿El que ha salido últimamente en los periódicos? —Así es. Entro. ¿verdad? ¿Ningún riesgo? —Ajá. Tras un minuto. —En fin. Está sentada muy erguida. —Y no debe saberlo nadie —le advierto—. Ésta es Sadie. Me conduce por un pasillo de tono pastel y se detiene ante una puerta con el rótulo «Suite de los Lirios». Ya está. como esperando.

Luego me siento en el banco y lo aferró con ambas manos. Y entonces lo sé. Me seco las lágrimas. —Todo bien. que esperaba paseándose por el pasillo. Con piernas temblorosas. Busco. desesperada.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Se la ve tan diminuta y encogida. que es donde importa. lo asumo en el fondo de mí misma. sin darme por vencida. Quizá debiera decir unas palabras. En carne y hueso. —¿Va todo bien? —pregunta. Pienso en todas las veces que he querido tocar a Sadie. Seguiremos en contacto. Por si acaso. por todos lados. pero al mismo tiempo siento un impulso urgente y cada vez más intenso. deseando que llegue a sentir mi contacto. alcanzo la puerta y me precipito fuera. Cruzo el pasillo y el vestíbulo casi corriendo. . Perfecto. Ahora debo irme… Noto una opresión tan fuerte en el pecho que apenas puedo respirar. la verdad sea dicha. Salgo a la calle… y me detengo en seco. Me bullen extrañas ideas en la cabeza. no está aquí. Y espero. las piernas me llevan a todo correr a la acera de enfrente. para sorpresa del encargado. le acaricio el pelo y le arreglo el vestido. Tan vulnerable. Grito «¿Sadie? ¡Sadie!» hasta quedarme ronca. Quiero hacer las cosas bien. esquivo las amables preguntas de varios desconocidos y vuelvo a mirar a derecha e izquierda. Ha seguido adelante. al anochecer. He de irme. He de salir de aquí.279 - . jadeante. Este cuerpo anciano y frágil a punto de desmoronarse fue la morada de Sadie durante más de un siglo. Con cautela. Era ella. muchas gracias. Claro que lo sé. No volverá. Procuro respirar con calma y que mis pensamientos sean serenos y apropiados. No obstante. El banco está vacío. Mi corazón. sosteniendo aún la puerta. en todas las veces que he intentado apretarle la mano o darle un abrazo… y aquí la tengo ahora. cuando empiezo a tiritar. —Trago saliva—. Finalmente.

por si había amantes de la pintura que quisieran presentar sus respetos a la mujer que ha acabado convertida en un icono tan famoso. Esa maravilla es obra de Hawkes and Cox. porque son admiradores de Sadie y querían homenajearla.) En un principio no pretendía que esto se convirtiera en un acto tan concurrido. Pero cuando se enteró Malcolm. Uno. —Repaso con una sonrisa los abrigos de época. Alrededor y por debajo de ella han dispuesto los arreglos florales más preciosos que he visto en mi vida. Y aquí están ahora. porque sabían que ese gesto les daría un montón de publicidad. como no ha cesado de repetirme el párroco. La indumentaria recomendada. Creo que Sadie se habría sentido muy satisfecha. uno. el director de la London Portrait Gallery.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Capítulo 27 —¡Damas y caballeros! Mi voz resuena con tal fuerza que me detengo para aclararme la garganta. Al final. en efecto. la verdad. recibieron una infinidad de peticiones. hecha con rosas de un amarillo pálido en un lecho de musgo.280 - . era «moda años veinte». Bravo. Las enfermeras de la residencia Fairside han hecho un esfuerzo . (O para ser más cínicos. Contactaron conmigo al enterarse de que iba a celebrarse un oficio conmemorativo y se ofrecieron a hacerlo gratis. personas que han querido honrar la memoria de Sadie. y hasta con una reproducción del collar de la libélula. A Sadie le habría encantado. Nunca he hablado por unos altavoces tan potentes y. —También quiero decir que vuestras vestimentas son maravillosas. Para asombro de todos. y todo el mundo ha hecho más o menos el intento. tuvieron que hacer un sorteo. aunque antes he hecho una prueba de sonido («¿Sí? ¿Sí? Bienvenidos a Wembley. abarrotando la iglesia. me pidió permiso para anunciarlo en su página web. dos. en esta hora de tristeza y celebración… —escudriño los rostros que me observan expectantes: filas y filas enteras que llenan los bancos de la iglesia de Saint Botolph— en esta hora de aprecio y admiración por una mujer extraordinaria que nos ha impresionado a todos. Me importa un bledo que no se acostumbre recomendar indumentaria en los oficios de este tipo. y eso es lo que cuenta. con lirios y orquídeas y hiedra colgante. las bufandas con cuentas de cristal e incluso las polainas que lucen algunos—. Me vuelvo para mirar la enorme reproducción del cuadro de Sadie que domina la iglesia. Incluso apareció en las noticias de London Tonight. dos»). —Damas y caballeros —repito—. uno de los mejores floristas de Londres. muchas gracias por estar aquí. todavía estoy un poco impresionada. Cuando llegué y vi toda esta multitud me quedé sin aliento. Sólo me había propuesto organizar un oficio en memoria de Sadie.

para asegurarme de que todos me escuchan—. lo perdono porque me mira desde ahí abajo con un calor. Una chica que amaba el charlestón y los cócteles. ella fue la musa de uno de los pintores más famosos de este siglo. y contamos anécdotas de Sadie y reímos. Los veo sentados en primera fila. Él nunca dejó de amarla. lo que ya es todo un logro. debo decirles que era una mujer asombrosa. con una sola hilera de botones y un pañuelo moteado de seda asomando por el bolsillo. Era aguda. que está al lado de mamá y me hace un guiño. Ruego que ninguno de los presentes sepa lo que significa esa expresión. pintarse los labios. que adoraba conducir deprisa. Pero. —Le lanzo una mirada furtiva a Ed. sonríen con educación. un orgullo y un afecto impresionantes. A ella y a los demás. como si hubiese dicho que le encantaba hacer arreglos florales. Lo hechizó completamente. Mis padres no estaban invitados. Y afrontaba la vida como la mayor aventura. Pero a ella le habría parecido espantoso que la hubieran considerado únicamente una «anciana de ciento cinco años». Ginny y un par de enfermeras más de la residencia asistieron hace unas semanas al funeral privado y la incineración de Sadie. Bueno. que se pirraba por mover las ancas en un club o en una fuente pública. siguió teniendo veintitrés años toda su vida. pero si él hubiera vivido más tiempo… ¿quién sabe? Hago una pausa para tomar aliento y echo un vistazo a mamá y papá. Porque. Él también se sabe de memoria el discurso—. Siguió siendo una chica que vivía con un permanente chisporroteo en el estómago. un traje normal y corriente.281 - . Capto la mirada de Ginny y ella me dedica una sonrisa radiante y me hace un gesto de ánimo con su abanico. Y. que me miran fascinados. divertida. en efecto. fumar cigarrillos… y darle de comer al ganso. —Aborrecía las labores de punto —añado—. y al final les hice una donación importante para la residencia y todas rompieron a llorar otra vez. ni ella a él. con tocados y collares cada una de ellas. en fin. Conocido de verdad. —Examino a los asistentes. después me las llevé a almorzar. Pero le encantaban Grazia y todas las revistas de moda. Tenía un don para lograr que sucedieran las cosas. Como saben. Mamá lleva un desastroso vestido lila de cintura baja con una cinta en el pelo que recuerda más el rollo Abba. años setenta. Fue un acto de recogimiento muy sentido. —Aquellos de ustedes que sólo conocen a Sadie como la modelo de un retrato podrán preguntarse quién era la persona que había detrás del cuadro. Creo que más o menos lo comprendieron. y lloramos y bebimos vino. Vivió ciento cinco años. Las circunstancias los separaron trágicamente. Papá va con un conjunto que no tiene nada de época. Anoche ensayé el discurso delante de ellos y papá no paraba de repetir con incredulidad: «¿Cómo sabes todo esto?» No tuve más remedio que aludir vagamente a «archivos» y «cartas antiguas» para que se calmara. . —Era una mujer emprendedora y abnegada. en su interior. que quede claro. Llevan unos modelitos fabulosos. Sólo permití que asistieran las personas que la habían conocido.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE espectacular. valiente y extravagante. tanto consigo mismas como con todos los residentes que han traído. que la moda de los veinte.

Con mis propias condiciones. La iglesia entera se ha quedado en silencio. Ha salido continuamente en las noticias y las páginas de negocios.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Una risa recorre el templo. y nunca para recibir elogios. su familia —prosigo—. Está al lado de papá. anunciar que donaré diez millones de libras a la Fundación Sadie . apoyaremos a varias organizaciones relacionadas con el baile. Le lanzo otra mirada significativa al tío Bill. Bien. La gente no para de echarle ojeadas. Bill Lington.) —También me gustaría anunciar que mi tío. con un traje hecho a medida y un clavel en la solapa. Despliego una hoja y dejo que se cree un silencio expectante. pero yo no soportaba la idea de verlo fanfarronear. Sin su belleza y su ayuda. Su publicista estaba desesperado porque él viniera. Ha sido un mes impresionante para él. ¿por qué no dejar que venga y honre a Sadie?. Me complace. En principio quería prohibirle que asistiera al oficio. —Deberíamos honrarla y estarle agradecidos —añado. Los periodistas toman notas afanosamente—. —Desde luego. En especial. así como a la London Portrait Gallery. cosa que me alegra. ¿por qué no habría de asistir y enterarse de lo maravillosa que era su tía? Así que le di permiso. al final reconsideré mi decisión. que procederé a leer en su nombre. no me encontraría en la posición privilegiada que ocupo hoy en día. —Motivo por el cual he creado en su memoria la Fundación Sadie Lancaster. Sonrío a Malcolm Gledhill. Pero tu familia es tu historia. e incluso detecto algunos codazos y cuchicheos. Por nada del mundo le habría permitido subirse a este podio. desea hacerle un homenaje a Sadie. Era mi tía abuela. Y sin Sadie. en muestra de gratitud por haber preservado su precioso retrato durante los últimos veintisiete años. acaparar todo el protagonismo y hacer su numerito habitual. ¿Por qué no?. —Vacilo al llegar al punto con que realmente pretendo dar en el blanco—. muy erguido. Es muy fácil dar por descontada a la familia y no concederle su verdadero valor. Y ahora lo lamento profundamente.282 - . Era parte de nuestra herencia. (No quise revelarle que sólo soy una entusiasta de Sadie y que los demás cuadros me tienen sin cuidado. ella no era sólo la chica sin nombre de un cuadro. dado que soy una amante del arte tan entusiasta. No puedo evitar echarle una mirada gélida al tío Bill. o entrar en el consejo o algo así. Sin embargo. —Hago una pausa efectista. allá voy: —«Sólo gracias al cuadro de mi tía Sadie logré abrirme camino en el mundo de los negocios. Se puso colorado y empezó a decirme si me gustaría convertirme en uno de los patronos. para nosotros. para enderezar un poco su maltrecha imagen. que me devuelve una sonrisa radiante. Se quedó muy satisfecho cuando se lo dije. Él ni siquiera sabe lo que me dispongo a leer. transida de emoción. Esperaba risas aquí. No soy la única. a lo largo de su vida no la aprecié lo suficiente. O escribir su propio discurso. Los fondos recaudados serán distribuidos por los administradores entre aquellas causas que ella sin duda habría apreciado. ninguno de nosotros ocuparía la posición que hoy ocupamos. Se lo ve mucho más demacrado que en aquella playa del sur de Francia. eso sí. Es parte de lo que eres. pues. a instituciones benéficas de la tercera edad y a la residencia de ancianos Fairside. Sin embargo. me dije.

El tío Bill está transido y en la cara se le dibuja un rictus que quiere ser una sonrisa. (Y me importa un pimiento que normalmente no se sirvan cócteles en los oficios funerarios. La gente empieza a cantar pero a mí me resulta imposible: tengo la garganta atenazada y no me salen las palabras. Me limito a contemplar en silencio la iglesia llena de flores. —Buen trabajo —susurra apretándome la mano—. —Me giro para mirar la reproducción del cuadro un instante—.283 - . Se habría dado cuenta… —Las lágrimas asoman. Un modesto gesto en honor de una persona muy especial. preparados por dos barmans del Hilton. incontenibles. para que vuelva a llenarle la copa. y a Malcolm Gledhill haciéndole señas a un camarero. Sadie siempre se lo ha merecido. me siento orgullosa. No puedo perder los papeles ahora. Ha proporcionado alegría y satisfacción a mucha gente.) —¡Al ataque! —Levanto mi copa y todos corean: «¡Al ataque!» Se hace un silencio mientras bebemos un sorbo. A cada invitado se le ha servido un cóctel al llegar: un gin fizz o un Sidecar. empiezan a reverberar murmullos y risas por toda la iglesia. —Quiero agradecerles de verdad que hayan venido. Esbozo una sonrisa e inspiro hondo—. Ella habría estado orgullosa.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Lancaster. El órgano ataca los primeros compases de Jerusalén y yo bajo los escalones del podio en dirección a mi sitio en primera fila. se limitó a encogerse de hombros y decirme que sabía lo importante que era para mí todo este rollo de época. y al tío Bill apurando lúgubremente su gin fizz. No. Veo a mamá probando su Sidecar con expresión recelosa. personas muy distintas a las que llegó a conmover de un modo u otro. y su legado permanecerá durante generaciones. Todos aquí.» Se eleva un murmullo atónito. Ed lleva una espectacular chaqueta de esmoquin de los años veinte —por la que pagó una fortuna en una subasta de Sotheby’s— y parece una estrella rutilante del Hollywood clásico. Cuando termina el oficio. Miro de soslayo a Ed. Se habría dado cuenta de la huella que ha dejado en este mundo. con la cara arrebolada. la multitud que canta con brío en memoria de Sadie. Cuando puse el grito en el cielo al enterarme del precio. poco a poco. los atuendos extravagantes. no podrá echarse atrás. el organista empieza a tocar un charlestón (me importa un pito que en estos oficios no suela interpretarse música . Entonces. Gente de lo más variopinta y de varias generaciones. alzad vuestras copas… Un tintineo multiplicado resuena en la nave cuando todos lo hacen. con lo que me ha costado llegar hasta aquí. Y ya sólo resta decir… Por favor. que me hace otro guiño y levanta los pulgares. Lo maravilloso del caso es que. Fue él quien me dijo «¡Que sean diez millones!» cuando yo estaba decidida a pedirle cinco y creía que me estaba pasando de la raya. al lado de Ed y mis padres. Como sobrina nieta suya. Sadie estaba ingresada en una residencia cuando se descubrió el cuadro y nunca llegó saber lo mucho que se la apreciaba y admiraba. —Recorro la iglesia con la vista—. ahora que lo han oído seiscientas personas y una legión de periodistas. Se habría sentido abrumada al veros a todos aquí. Todos por ella.

—Una cosa muy rara —dice al fin—. Mamá asiente. verdaderamente maravilloso. ¡Mensaje recibido!» Y entonces se detuvo como por arte de magia. interrumpiendo mis pensamientos. todavía con sus cócteles en la mano. —Gracias. aspirando la fragancia de las flores. ¿Quieres que te llevemos? —No. —Mamá… estás distinta —le digo—. me arrellano en el banco y contemplo las preciosas molduras del techo. — Consulta su reloj—. Fuera hay unas azafatas que indican a la gente cómo llegar allí. Le he hecho justicia. las cosas no me preocupan tanto como antes. a la espera de que se calme un poco el ambiente. La recepción se va a celebrar en la London Portrait Gallery. hace unas semanas me pasó una cosa rarísima. —Echa un vistazo alrededor y se inclina hacia mí—. bueno. No se ha angustiado pensando que la gente llegaría tarde. No me atrevería a contárselo a cualquiera. ¡esa voz me persiguió todo el día! Aquí dentro. Permanezco sentada en el banco. señorita de la voz. comprensiva. —¿Una voz? —Me pongo rígida—. Todavía no. Nos vemos allí. —¿El qué? —Fue como si oyera… —vacila un instante y susurra—: una voz en mi cabeza. ¿sabes? ¡Y los cócteles! —añade. No me dejaba tranquila. por cortesía del amable Malcolm Gledhill. Pero yo no me apresuro a salir. —Mamá se acerca. Durante horas. —Y desde ese día. al menos eso creo y espero. No me veo con fuerzas para afrontar la cháchara y el alboroto. ya lo sabes. ¡Pensé que estaba volviéndome loca! —¿Y qué… qué te decía? —Decía: «¡Todo irá bien. papá ha ido a buscar el coche. una y otra vez. ¿Estará tomando Valium o Prozac? ¿Será una euforia química? Ella se ajusta las mangas de su vestido lila.284 - . Increíble. Tiene las mejillas encendidas e irradia satisfacción. Me imagino a Sadie persiguiéndola . Se sienta a mi lado—. Mientras el charlestón deja paso a otra melodía de los años veinte.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE profana) y todos los congregados salen en fila lentamente. y se aleja. deja de preocuparte!» Sólo eso. Tu fundación será muy útil. o acabaría borracha. con la cinta más torcida que nunca. Ha sido maravilloso. todavía no. —Se da unos golpecitos en la mollera—. con un nudo en la garganta—. —¡Hala! —finjo asombrarme. ¡Qué idea más brillante! La observo. Pero. Hoy no se ha preocupado por nada. ¿Qué te ha pasado? Me pregunto de repente si habrá ido al médico. ¿Qué clase de voz? —Yo no soy una persona religiosa. de veras. o rompería las copas. —Le sonrío. Pero. apurando su copa—. —Me encanta cómo has puesto en evidencia a Bill. Será mejor que me vaya. Pareces menos estresada. intrigada. —Cariño. Lara. Acabé irritada y al final le respondí: «Vale ya. Todavía estoy medio anonadada por la revelación de mamá.

por la fuerza de la costumbre—. —¿Yo? Con nadie. O sea: «Necesitaría tomarme otro Sidecar. pero no tengo a nadie cerca y me sorprendo levantando la vista al cielo. y me estampa un beso en los labios. sin previo aviso. Al salir al patio de la iglesia. —Hay algo… —dice al fin. Él me dedicó una sonrisa de complicidad. Me he sentido orgulloso de ti. naturalmente. —Sonrío—. —Me acaricia la mejilla suavemente y me pregunta. ¿Dónde estaba?. Aún hay bastante gente charlando en la acera. mientras nos dirigíamos al ensayo del oficio. Él no puede leerme el pensamiento. No puede. —Gracias.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE y dándole la vara incansablemente. —Quizá sea por mi acento británico —respondo con súbita inspiración —. Aparece una mujer con túnica y empieza a apagar las velas. Como me ocurre con frecuencia. bajando la voz—: ¿Lista para ir a la galería? Les he dicho a tus padres que se adelantaran. ¿escondido detrás de una columna?—. Ya no queda nadie en el recinto. Quizá me has oído decir «Sidecar». Me coge del brazo y yo aprieto el suyo. —¿Eso te ha parecido? —Suelto una risita como si la idea me resultara estrafalaria—. Todavía. —¡Felicidades! —Ed se planta delante de mí.285 - . como salido de la nada. Echamos a andar hacia la verja que da a la calle. —Me sonrojo de satisfacción—. —Claro. Y todo gracias a ti. Me da la sensación de que incluso ahora ignoro la mitad de lo que Sadie hizo y llegó a conseguir. ¿Para qué iba a decir su nombre? —Eso mismo he pensado yo: «¿Para qué va a decir su nombre?» No cejará. —Sí. —Ed se detiene y me clava una mirada inquisitiva. pero hay algo. Fingí que lo pensaba detenidamente. porque así podrá agotar el seguro del coche. Me lanzó una mirada significativa y me preguntó qué me parecía. —¿Con quién hablabas ahora? —añade como sin darle importancia. Necesitaba estar a solas un momento. un rayo de sol me da en la cara y parpadeo. meneando la cabeza—. La iglesia se ha despejado. . No podría haber salido mejor. —¿Sadie? —digo en voz baja. yo hice otro tanto y nos cogimos de la mano con los dedos firmemente entrelazados. ¿no? ¡Ha venido muchísima gente! —Ha sido increíble. Hago un esfuerzo y se la devuelvo. no hay respuesta. recojo el bolso y me pongo en pie. ya lo veo. sobresaltándome. Gracias por esperarme. disimulando mi euforia. No sé qué es. poniendo ojos inocentes. me digo. Se hace un breve silencio mientras procuro adoptar una expresión perpleja. que desde luego debía agotar el seguro del coche. y le dije que sí. Ayer.» —Sidecar. Me despabilo por fin. Ha estado bien. ¿Sadie? —Pero. comentó que piensa prolongar seis meses su estancia en Londres. Eh… ¿tenemos el coche cerca? —Porque me pareció que decías «Sadie».

—Me coge la mano con esa firmeza a la que ya me he acostumbrado—. mientras nos alejamos. Y algún día te lo contaré.286 - . Hay algo. —Vamos. También debería saber esto. Has estado fantástica con tu tía. y su expresión se relaja. que haya podido verlo. chica años veinte. —Sí. —Sí —asiento—. Pero. Parte interesada.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE Noto una punzada en el corazón. Lástima que ella no pudiese verte. Da un repaso a mi vestido de época. Espero que sí. Esboza una sonrisa. me permito una miradita más hacia el cielo. fue parte de ello. Al fin y al cabo. Una lástima. Ed sabe todo lo demás sobre mí: las cosas importantes y las triviales. mi pelo cortado a lo garçon. mis cimbreantes cuentas de azabache. *** . las plumas que oscilan sobre mi frente.

sólo viaja a Nueva York por razones culturales y mantiene una excelente relación con el director de su banco. pero asegura que siempre paga sus facturas. Kinsella es la autora de la popular serie protagonizada por Becky Bloomwood. un estirado ejecutivo norteamericano y hasta la misma policía. la impulsiva Sadie la empujará a través de un alucinante y laberíntico enredo en el que se verán envueltos personajes como su repelente prima Diamanté. ha pretendido ocultar sus huellas. mientras trabajaba como periodista financiero. uno de los personajes más simpáticos y peligrosos que ha dado la literatura. Y aunque Lara intenta tomárselo con calma. En plena tormenta existencial. recientemente fallecida a la edad de 105 años. aparece nada menos que el fantasma de su tía abuela Sadie. se han vendido más de un millón de ejemplares solamente en inglés y más de 250 mil en alemán. la famosa «loca por las compras».) Una ráfaga de aire fresco. Actualmente vive en Surrey y está escribiendo su próxima novela. Sus libros. Publicó su primera novela. Pues no. The Tennis Party. sin el cual nunca podrá disfrutar en paz de su eterno descanso. Ya es hora de que algo le salga bien. Está casada con un profesor y tiene dos hijos. Estados Unidos e Italia. Lara acabará convencida de que.» PUBLISHERS WEEKLY «Agradable y alegre.287 - . que se pondrá a husmear ante la sospecha de un improbable asesinato. su última novela. Asimismo.. si cuentas con la ayuda de un fantasma.. Estudió en Oxford. un auténtico éxito de ventas. Sadie la apremia para que recupere un misterioso collar desaparecido en extrañas circunstancias. como todo lo que escribe Kinsella.SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE RESEÑA BIBLIOGRÁFICA SOPHIE KINSELLA Sophie Kinsella es el seudónimo con el que Madelaine Wickham. su mejor amiga se ha largado a Goa y la empresa de cazatalentos que ha montado con ella se va al garete. ha sido número uno en Inglaterra. al final las cosas siempre se arreglan. Sophie confiesa que le encanta ir de compras y le vuelven loca las rebajas.» SUNDAY EXPRESS. *** . autora de varias novelas. a lo largo de este hilarante laberinto. Así. De ¿Te acuerdas de mí?.» DAILY TELEGRAPH «De lectura imprescindible para quien busque una dosis de escapismo este verano. Madeleine Wickham nació en Londres.» TIME MAGAZINE «La cara más original e inspirada de Kinsella. Con el aspecto y la marcha de una joven de los años veinte. han sido traducidos a más de 30 idiomas. «Una comedia deliciosa (. UNA CHICA AÑOS VEINTE No hace falta ser un lince para darse cuenta de que Lara Lington no atraviesa un buen momento: su novio le ha dado esquinazo.

SOPHIE KINSELLA UNA CHICA AÑOS VEINTE © Sophie Kinsella. 2009 Título original: Twenties Girl Traducción del inglés de Santiago del Rey Farrés Editor original: Transworld.288 - .854-2010 Printed in Spain . mayo de 2010 Ilustración de la cubierta: Lucy Traman / New Division ISBN: 978-84-9838-284-6 Depósito legal: B-16. 01/2009 © Ediciones Salamandra. 2010 1ª edición.

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