Ulelü

Gabriel Cebrián

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Fotografía: Mario Ruiz Ilustración de contratapa: “Rayenlikan”, por el autor.

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“Y sobre todo son muchas las personas que sólo pueden asentar su Poder sobre la tristeza y la aflicción, sobre la merma de poder de los demás, sobre el ensombrecimiento del mundo: hacen como si la tristeza fuera una promesa de dicha, y ya una dicha por sí misma. Instauran el culto de la tristeza, de la servidumbre o de la impotencia, de la muerte. No paran de emitir y de imponer señales de tristeza, que presentan como ideales y dichas a las almas que ellas han hecho enfermar.” Gilles Deleuze

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Uno Tripamum
I
Dejo la cucharita sobre el plato, mientras observo la espuma girando dentro del pocillo, en la superficie del café; a medida que el remolino va disminuyendo, las concentraciones se rarifican y forman una estructura que me recuerda las imágenes de nebulosas en formación. Tal vez Ngenechen haya revuelto el caldo primigenio del mismo modo que uno lo hace, desaprensiva y mecánicamente, con una mera infusión. Una vez terminada la taza, observo la borra y encuentro perfectamente plausible las artes adivinatorias elaboradas a partir del estudio de esas morfologías residuales, toda vez que innumerables microcosmos determinan sus configuraciones post-vórtice e ingesta. Hay, básicamente, dos caminos tentativos de corroboración que quizás confluyan y me ayuden

Origen de una persona o cosa, en Mapudungun, lengua de los Mapuche. 7

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a graficar –de algún modo, aunque tal vez demasiado tangencialmente- esta configuración dual que hace a mi personalidad y que me ha llevado a protagonizar las últimas escaramuzas de una guerra que comenzó hace ya mucho tiempo... pero estábamos en el análisis de la factibilidad de agorar en base a borras de café: desde el punto de vista tradicional, simplemente cabría inferir una legítima cadena causal desde lo unívoco, aprovechando la vislumbre analógica de Hermes Trimegisto, de los sufíes o Plotino; nada es hoy día tan sencillo o tan complejo, con un poco de discernimiento y un ordenador. Mas desde otro punto, infinitamente más topográfico, es posible tal vez activar mecanismos ancestrales de visión extática en referencia a cualquier objeto manipulado o perteneciente al sujeto en estudio. El trance sintetiza eones en segundos. Y yo, lo que se dice mi “yo”, no tiene más tiempo de este lado. Con este exordio, que probablemente les haya parecido algo extraño -lo que es a mí me lo parece-, fue mi intención dejar sentadas dos condiciones personales; una, que soy una persona sumamente ordenada tanto en pensamiento como en costumbres; y la otra, que estoy en este momento ejerciendo mi oficio, esto es, escribir. Aunque respecto de cada una de estas condiciones debo asimismo -fiel a la impronta metódica que considero indispensable para transmitir fidedignamente cuanto he atestiguado-, formular algunas aclaraciones más: en primer lugar,
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no siempre fui así, tan estructurado, tan organizado. Mi primera juventud fue tumultuosa, hubiera dicho que “salvaje”, si no fuera porque esa palabra tiene resonancias desagradables para algunos hermanos. En segundo término, si bien mi oficio es, como ya dije, el de escribir, no soy un escritor, sino más bien un escribiente, un simple columnista de actualidad, artes y espectáculo en un pasquín de segunda línea de la Capital. No obstante, y debido a los avatares que signaron mi derrotero vital con un comando rígido y dulce como el acero, soy dado a la indagación filosófica y a la práctica de cierto misticismo cuyas premisas se me aparecieron con una evidencia incontestable. He de dejar pues, por un rato, la vacua fatuidad de política, cine, teatro, plástica, danza y sucesos varios que acaparan momentáneamente el morbo de una colmena cuyos enjambres están determinados en forma mediática. He de dejar, digo, estas fantasmagorías para ejercer, por primera y última vez, la condición de escritor, o sea: llevar a algunos de ustedes a dar una vuelta por el mundo real, ese que existe por detrás de las pantallas de video y también del factor “material”.

II
Hice mención, al pasar, de una guerra. Pues bien, permítaseme seguir abusando de mi sistema dicotómico y decirles que, por supuesto, hubo dos: una
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material, amplia como puede ser una masacre brutal, inhumana y morbosa y cuyas crónicas son de conocimiento público; otra, mucho más circunscripta en cuanto al número de participantes, pero pertinaz aún más allá de los condicionamientos espaciotemporales. Esta última es el objeto del presente documento, del que espero que su substancia sea capaz de equilibrar las falencias y carencias formales propias de un sujeto acostumbrado a elaborar síntesis monotemáticas y generalmente frívolas. Así pues, trataré de ajustarme en la medida de lo posible a las pautas de la narrativa clásica en orden a facilitar aún las hermenéuticas más elementales, un poco por preferencia personal y fundamentalmente por que es mi deber hacerlo de este modo, para que estas redes tejidas con simples palabras sean tan inclusivas como sea menester, en orden a asegurar la difusión del mensaje cuya transmisión me ha sido impuesta. Mi nombre de bautismo -esto es, en la fe católica- y en el Registro de las Personas, es Francisco Lobo. Provengo, por línea paterna, de una dinastía de militares sólo interrumpida por mi padre, hombre de derecho y dado, hacia el final de su vida, a las actividades políticas, que lo llevaron a ocupar una banca en el Senado de la Provincia de Buenos Aires en representación de agrupaciones de corte liberal. Mi infancia transcurrió de un modo bastante típico, y no voy a aburrirlos ni a perder mi escaso tiempo en la relación de vicisitudes comunes. Mas
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resulta imprescindible referir dos rasgos determinantes para el desarrollo de mi ulterior personalidad. Uno, que fui hijo único de una familia acomodada, lo cual significó para mí, por una parte, gozar de todas las atenciones y regalonerías imaginables, pero también cargar con exigencias y responsabilidades mayores, máxime teniendo en cuenta mi genealogía castrense ya señalada (que supongo lleva más de un par de generaciones el expurgar sus vicios de disciplina ciega e irreflexiva); la otra faceta digna de mención era el clima psicológico que se respiraba en mi hogar: mi padre era un hombre taciturno, que pretendía mostrarse seguro e incluso arrogante, mas a su pesar, traslucía en casi todo momento una especie de desesperación sorda, una paranoia tan profunda como mal disimulada. Mi madre, por su parte, salvo en los largos momentos que dedicaba a nuestros juegos afectivos, era presa de una profunda melancolía. Ambos parecían estar esperando que un designio funesto fuera a cumplirse de un momento a otro. Cierto es que hoy puedo analizar de esta suerte aquella zozobra omnipresente, pero también lo es que al nivel de la percepción infantil una impresión semejante suele ser más patética y menos elaborada en términos defensivos. Estas últimas características sufrieron un notorio agravamiento a partir de una simple y usual conducta parvularia en que incurrí, como lo es el desarrollo de lo que suele llamarse un "amigo invisible". Era un sujeto de mi edad -unos cuatro años por
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entonces-, de tez cobriza, finos rasgos y profundos ojos negros, que participaba de todos mis juegos, en especial los bélicos, ejecutados apasionada e incansablemente en los frondosos jardines de nuestra casona antigua pero suntuosa, enclavada en pleno barrio residencial de City Bell. Respondía al nombre de Ulelü Al tomar mis padres conocimiento del fenómeno, reaccionaron -como es de rigor- cada uno de acuerdo a su impronta personal: Mi madre ensombreció aún más su expresión ya de por sí melancólica y no emprendió ninguna acción al respecto, como si se hubiese visto superada por una fatalidad insoslayable. Mi padre en cambio, no menos turbado, adoptó una actitud inquisitiva, rayana en el simple y llano interrogatorio, incluso a veces demasiado compulsivo teniendo en cuenta mi corta edad. Yo no podía entender entonces cuál era el fundamento de su extrema preocupación. El hecho fue que, luego de varios terapeutas que intentaron reducir el ámbito de mi percepción a una escala "normal", y cansado ya de soportar la vigilancia constante de mis progenitores y del personal doméstico, decidí ocultar a Ulelü e interactuar con él de manera solapada. Así conseguí aflojar un poco la presión. Mas luego, los procesos de socialización propios de nuestra cultura hicieron su parte, y poco a poco fui perdiendo contacto con aquella entidad, reduciéndola a un vago recuerdo del cual nunca jamás volví a hablar con nadie, especialmente
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con mis padres. Aquí sólo me resta referir que, supongo que en razón de las circunstancias que acabo de relatar, el viejo decidió vender la casona y mudarnos al centro.

III
Así las cosas, no volví a sumar motivos de preocupación a mi familia, al menos por unos cuantos años (tal vez esté intentando justificar de antemano algunas conductas impropias en las que luego iba a incurrir; mas, en honor a la objetividad, no puedo dejar de referir lo que supongo fue producto del desequilibrio emocional que sufrí debido al carácter ya explicitado de mis padres). A medida que iba creciendo era más difícil para mí comprender la causa de su actitud sombría y escasamente comunicativa. Intuía algo funesto detrás de ella, ya que no había motivo aparente que la justificara; tratándose de gente sana, muy bien acomodada en términos económicos y sociales, ningún indicio me permitía inferir la causa de su temperamento, que fluctuaba constantemente entre la depresión y la pavura mal disimulada. Díganme si éste no es el mejor caldo de cultivo, o cuando menos razón suficiente, para desarrollar una paranoia en el aparato psíquico de un adolescente. De buenas a primeras comencé a sospechar que ambos compartían un secreto del que yo quedaba excluido, pero del que a la vez sufría las ma13

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yores consecuencias. Podría, tal vez, haberlos inquirido acerca del mismo, mas me vi disuadido por dos circunstancias: la primera, que había desarrollado una especie de rechazo a los interrogatorios, seguramente a partir de los que había sido objeto cuando niño; la segunda, tal vez más inconciente, estaba constituida por la certeza que de existir un estigma tan poderoso como para eclipsar el ánimo de personas agraciadas por la fortuna, debía ser lo suficientemente maligno como para no querer profundizar mucho al respecto. Conjeturé toda suerte de hipótesis, desde máculas incestuosas hasta eventuales espadas de Damocles judiciales prontas a caer sobre nosotros por posibles maniobras de corrupción por parte de mi padre, ya sabemos cómo es la política en este país; mas nunca dejaron de ser eso, meras conjeturas. De este modo, al permanecer en un ámbito tal, y con la conciencia de exclusión enclavada en mí como una estaca, no tardé en hacer la siguiente inferencia: si querían tener motivos tangibles para canalizar su aparentemente injustificada desesperación, yo iba a dárselos. Así fue que comencé a descuidar los estudios y la disciplina escolar, a frecuentar los barrios bajos y a ligarme con los “pilluelos” más recalcitrantes que pude encontrar. Para mi sorpresa, este cambio de actitud causó muchísima menos preocupación que la inofensiva imaginería infantil de antaño. Entonces, un poco por resentimiento o acaso incertidumbre, y un poco porque estaba ya en mi interioridad cierta tendencia hedonista, re14

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calé en todo tipo de conductas disolutas; para ser más específico, diría que adherí por completo a la consigna estereotipada en el slogan “Sex, drugs & rock and roll”.

IV
Permítanme aclarar aquí que no los atosigaría de este modo con este sucinto relato de mi vida si no fuera estrictamente necesario para la cabal intelección del meollo; y por favor, tengan en cuenta esta tesitura ante eventuales iteraciones de tal situación, ya que no puedo disgregarme más en esta suerte de inútiles consideraciones galantes. Cursé como pude, en medio de vahos alcohólico-farmacológicos, la licenciatura en periodismo. A estas alturas, mis padres parecían haberse distendido un poco, quizás vislumbraban una lejana posibilidad de sortear lo que fuera que fuese que temían. Eran como insomnes que habían logrado por fin conciliar el sueño, mas dormían con un solo ojo. Cierto día, en medio de una seguidilla de festejos vinculados a la graduación propia y a las de algunos compañeros de carrera, los hechos comenzaron a desencadenarse, en forma análoga a un efecto dominó cuyas fichas fueran creciendo en proporción geométrica. Recuerdo que desperté, como casi todos los días, con una resaca de puta madre. Tomé sal de fruta y aspirinas y enchufé la cafetera. Mientras bebía
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el café, y tratando de sobreponerme a una presión endocraneana casi insoportable, observé el almanaque sobre la repisa y advertí que era el cumpleaños de mi padre. Mi relación con él, en esos tiempos, no era la mejor, mas tampoco era mala, ya que yo consideraba especialmente la mesura que él observaba en las críticas que dirigía a mis constantes juergas. De tal modo, decidí salir en busca de un regalo para agasajarlo. Tomé un poco de impulso esnifando una buena dosis de coca y me enfrenté al impiadoso sol del mediodía. Mientras caminaba por el centro de la ciudad acudieron a mi mente reminiscencias de un extraño sueño que había tenido la noche anterior, en el que había bebido sangre de un cuenco de barro cocido que me ofrecía una mujer de aspecto indígena. Tuve la sensación que luego el asunto se había puesto de lo más alucinatorio en un sentido ominoso, un trance de esos en los que la atmósfera demoníaca satura la escena. El corolario morboso había consistido en la visión de la cabeza de mi padre cercenada e incrustada en una lanza, a su vez clavada al piso; es increíble la distorsión que puede ocasionar el abuso de ciertas substancias. Por supuesto que evité cualquier interpretación psicoanalítica respecto de tales fantasmagorías, e invito a ustedes a hacer lo propio a efectos de evitar preconceptos tan equívocos como innecesarios. Siendo que tales evocaciones agudizaron en mí el estado nauseoso normalmente provocado por la coca, las deseché inmediatamente de mi plano conciente.
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Caminé entre los escaparates intentando hallar un presente adecuado, mas mi viejo era un tipo muy difícil en ese sentido; tenía todo cuanto quería o necesitaba, y cualquier cosa que se le ocurriera querer o necesitar, simplemente la adquiría o comisionaba a alguien al efecto. Así que caminé indeciso cuadras y cuadras, sin encontrar nada que lograra convencerme del todo, hasta que llegué a Plaza Italia. La vista de su feria artesanal me abrió nuevas expectativas, tal vez allí encontraría algo lo suficientemente exótico o práctico, y que además seguramente le resultaría novedoso, toda vez que él jamás andaba por allí. Caminé un rato entre las rústicas tiendecillas, abarrotadas de bijouterie, pinturas de escaso o nulo valor estético, herrerías o mimbrerías de diseño y ejecución demasiado ordinarios, cuchillería cuyo acero dejaba mucho que desear en cuanto a calidad, sahumerios que saturaban el aire de olores difícilmente tolerables, ropajes pretendidamente hindúes o camisetas pintadas con ídolos musicales, religiosos, etc. En fin, nada potable con respecto a mi propósito. Algo contrariado, me detuve un momento junto a un puesto de artesanías americanistas y dejé a mi mirada posarse sobre una dudosa platería sin embargo finamente labrada, tapices multicolores y esculturas y ocarinas de barro cocido. De repente algo como un leve rielar llamó mi atención hacia una especie de laja de piedra cuadrada, de unos diez centímetros de lado, pulida de forma que algunos a17

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bultamientos irregulares parecían gravitar hacia el centro, al igual que unos trazos de pintura rosáceos y celeste-verdosos. En el centro, lo que parecía un cristal de cuarzo redondo e incoloro producía un brillo diría que antinatural, toda vez que el mismo no era reflejado , sino que lucía inherente. -Bueno, al fin alguien que sabe apreciar una artesanía cabal –dijo un muchacho de larga cabellera negra y mirada fulgurante, rompiendo mi embelesamiento. -Así parece –le respondí con cortedad, ya que pocas cosas me molestan tanto como el parloteo de los vendedores, y especialmente de artesanías. El tipo sonrió, cebó un mate y me lo tendió. -No gracias –rehusé. Iba a continuar mi camino, mas la curiosidad finalmente prevaleció.- Y decime, ¿qué es esa piedra? -¿Cuál, la del medio? Es un cuarzo blanco. -Ah, ya me parecía. El resto, parece granito. -Puede ser, pero eso no es lo importante. Es un Rayenlikan. Una piedra de poder de los Mapuche. Vos sabés la importancia que le dan los aborígenes americanos a las piedras, especialmente a los cuarzos. -Sí, algo leí, por ahí –respondí, tratando de no exteriorizar demasiado mi interés. -Bueno, dicen que matan gente nomás arrojándoles uno de esos cuarzos. Dicen que los atraviesa, y que se secan. -El cuarzo sólo, ¿no? Porque si le dan con la piedra ésta le meten un toscazo bárbaro...
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-El cuarzo sólo –asintió sonriendo, haciendo caso omiso del infeliz chascarrillo. –Pero esto es otra cosa. Es una piedra mágica en un sentido más amplio. Antaño las usaban para concentrarse y comunicarse con otros, munidos de otra piedra igual, a través de los sueños. -Mirá vos, igual que los australianos. -Pero también, se usaban para hacer hualichos. -¿Gualichos? -Hualichos, interceder ante el dios del mal... mejor dicho, ante la parte malvada de dios para que los ayude a dispensar castigos merecidos. -Bueno, no parece tan descabellado. Digo, desear que ciertos castigos se ejecuten. Lo otro es un delirio, ¿no? Muy folklórico, muy lindo, pero muy supersticioso, a todas luces. -Puede ser, depende del criterio de cada uno. Pero lo que quería decirte es que acá tengo un Rayenlikan legítimo. Rayenlikan significa flor de piedra. Y éste es un verdadero Rayenlikan. Sé que hay algunos por ahí que dicen que es otra cosa, pero son idiotas transculturalizados que no saben de lo que hablan, dicen que son adornitos, y no sé cuántas otras pavadas. “O yo tengo mucha cara de boludo”, pensé, “o este tipo me está vendiendo algo posta. Mínimamente, es bastante extraño. Se lo voy a llevar al viejo. Le regalo una chuchería y una historia. Todo bien.”

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-Decime una cosa, la gente que está habitualmente en este puesto, ¿no son peruanos, o de por ahí? -Sí, ¿por? -Nada, porque esta historia Mapuche... -No, lo que pasa que yo les cuido el puesto por hoy, nomás. Y puse el Rayenlikan, pero es mío. -Bueno, ¿y cuánto vale? -¿Cuánto vale para vos? No me quería zarpar, pero tampoco parecer un gil de lechería. Tiré: -Veinte pesos. -Veinte pesos, está bien. Lo vi quedarse muy sentado cebándose otro mate, así que dejé el billete sobre el mostrador y me llevé la piedra.

V
Volví a casa y encontré una nota de mi madre en la que me informaba que había viajado a Quilmes a visitar a una amiga. La cocinera ya se había retirado y me había dejado algunas fritangas que en modo alguno resultaron atractivas para mi vapuleado hígado, así que me armé un sandwich de atún y abrí una botella de pinot blanco. Estaba degustándolo, mientras miraba la MTV, cuando sonó el portero. Era Germán, compañero de estudios y trapisondas, que venía a invitarme a una fiesta esa misma noche en casa de una de nuestras camaradas más guarras. El candombe seguía.
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Subimos a mi habitación con un par de botellas de vino, armamos unos porros y pusimos en el estéreo “Physical Graffiti”, de Zeppelin. Conversamos generalidades; luego le mostré la piedra que había adquirido rato antes y se mostró muy impresionado, tanto por el objeto como por la historia que conllevaba. Estuvo seguro de que a mi padre iba a agradarle mucho; incluso agregó, con cierta ironía, que era bastante raro que un tipo como yo hubiera recalado en tal sutileza. Para cuando comenzó a sonar el tema “Kashmir”, ya estábamos sumidos en un sopor sicodélico de esos que casi fatalmente se resuelven en sueño profundo. Germán se incorporó de golpe y dijo: -Bueno, loco, yo me voy, me estoy quedando dormido y tengo cosas que hacer. Nos vemos esta noche, ¿no? -Claro, nos vemos. -Bueno, quedate piola que conozco la salida -tras lo cual se retiró y yo me dormí. Rato después me despertó la voz de mi padre: -Che, Frank, a ver si te levantás y venís a tomar un café conmigo, que no hablamos nunca. -Tá bien, ya va. -Tá bien un carajo, boludo, vení ahora que me tengo que ir enseguida. -Como siempre, bah.

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-Y bueno, qué querés que haga. Yo laburo, che, no como “otros”. -Ya voy, ya voy, poné el café que enseguida bajo. Sólo entonces advertí que me había traído la piedra en el bolsillo y no tenía papel de regalo para envolverla, así que hurgué en el cajón de mi escritorio y hallé un sobre de papel glacé verde que le venía bastante bien. Una vez enfundado el presente lo metí en el bolsillo delantero de mi buzo deportivo y bajé al comedor. -Francisco, mirá la cara que tenés... -Y bueno, viejo, estaba durmiendo, qué querés. -Mirá, yo sé que no te dedico mucho tiempo, pero vos ya sos grande... -Si, loco, por favor, no vengas a sermonearme. -No, no te sermoneo, es sólo que me parece que un tiempo está bien, pero ¿hasta cuándo pensás seguir con esa vida al revés, emborrachándote de noche y durmiendo de día? -Ufa, che, querías que estudiara y estudié; me acabo de recibir... -¿Te acabás de recibir? Hace tres meses que te recibiste, no vas a decir que te faltó tiempo para descansar. Mirá, voy a iniciar los trámites para tu designación en Prensa de la Legislatura. -Ni en pedo. -Pero escuchame, Francisco, es un buen laburo. Con la capacidad que tenés vos hacés un par de boludeces por día y zafás; aparte te ganás unos buenos mangos para gastar en lo que quieras –sirvió dos ca22

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fés y abrió un paquete de medialunas saladas. –Aparte tenés que pensar en tu futuro, puede ser el principio de una carrera importante. -No jodas, ya te dije que ni en pedo entro a laburar en ese antro. Dejame buscar a mí solo, seguramente voy a encontrar algo más acorde a mis expectativas. -Sí, yo te dejo buscar, pero... ¿estás buscando? -Bueno, pues no es tan fácil. No me gusta entrar en la redacción de un diario y decir “buenas tardes, soy el hijo del Senador Lobo y vengo a buscar un empleo”. -Y, así pueden pasar dos cosas: o te dan el empleo o te sacan del orto, depende de quién te atienda. Dejame ver cómo está la mano con algunos medios y por ahí te indico a quién tocar. -Dame un tiempo para ver si me puedo abrir camino solo. Yo te agradezco, y sé que lo hacés con las mejores intenciones, pero siento que necesito intentar lograrlo por mí mismo. Supongo que me entendés, ¿no? -Sí, yo te entiendo, pero entendeme vos a mí también. No tiene nada de malo facilitar un mero ingreso, después es cuestión tuya ganarte los espacios. ¿O vos te creés que yo hubiera llegado a lo que llegué si no hubiera sido por tu abuelo? ¿Y él? ¿A quién te creés que le debía su meteórico ascenso en el escalafón militar? -Ya sé, ya me lo contaste mil veces. -¿Entonces? Las cosas son así, Frank, ni vos ni yo las inventamos.
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-Pero podemos hacer algo para que cambien. Vos más que yo. -¡No me vengas con eso! ¡We can change the world! ¡The flower power! ¿Qué sos, un hippie? Me ves a mí como un reaccionario pero estás mucho más atrasado que yo, carajo. Éso es de cuando yo era pendejo, Francisco, dejáte de joder. -Está bien, está bien, no te sulfures, no tengo ganas de discutir con vos. -Yo tampoco tengo ganas de discutir, pero me gustaría que sigamos conversando este tema. Lástima que ya me tenga que ir –dijo, mientras terminaba su café y me miraba algo decepcionado, no tanto por mi desidia laboral sino porque suponía que había olvidado su cumpleaños. Me dio un beso y lo dejé marchar hasta la puerta. -Papá, feliz cumpleaños. -Pensé que lo habías olvidado. -Lo que pasa es que no me diste tiempo. Tampoco me diste tiempo para darte esto –dije, mientras extraía la piedra del bolsillo y se la tendía sin levantarme de la silla. Volvió sobre sus pasos agradeciéndome, abrió el sobre y enmudeció. Su expresión se tornó grave, y empalideció a ojos vista. -¿De dónde sacaste esto? -Me preguntó, en un tono cuya urgencia me alarmó. Quise preguntarle qué le pasaba, mas el dramatismo de la escena me conminó a responderle mansamente ‘En Plaza Italia, ¿por?’ Clavó su mirada en mis ojos y con tono imperioso hasta el límite ordenó:
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-Llevá inmediatamente esto a quien te lo dio, ¿me entendés? -¿Por qué, qué pasa? ¿Es un código mafioso, acaso? ¿Te la quieren dar? Decime, boludo, ¿Por qué te ponés así? -Ojalá fuera eso, Si fuera eso pido que me refuercen la custodia y listo. Es mucho peor, Francisco –Dejó la piedra sobre la mesa como si el sólo contacto físico con ella pudiera matarlo.- Lleváselo inmediatamente al que te lo dio, como sea. ¡Sacálo ya mismo de esta casa! Tal vez no sea demasiado tarde. -¿Tarde para qué? ¡Hablá, boludo, la puta que te parió! –Me sujetó violentamente del buzo y acercó su expresión desencajada hasta casi tocar mi cara con la suya: -Tarde para todo, ¿entendés? ¡Para todo! Me arrojó hacia atrás y señaló el fetiche: -¡YÁ! ¡YÁ MISMO TE LO LLEVÁS DE ACÁ Y SE LO DEVOLVÉS A QUIEN TE LO DIO! Tomé la piedra y me dispuse a salir, no sin ensayar un nuevo intento: -¿No me vas a decir qué pasa? -No hay tiempo, ahora menos; dále, devolvé eso de una vez. Esta noche hablamos. Asegurate de reintegrar eso al que te lo dio, y a nadie más, ¿me oíste? Casi me llevó a empujones hasta la puerta de casa, mientras con tono monocorde y paranoico repetía una y otra vez las mismas indicaciones. “El temor incita a hablar”, dijo Spengler. Mi viejo estaba aterrorizado.
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VI
Cuando salimos, su chofer -que lo estaba esperando- nos saludó amablemente y luego trocó su expresión al ver las nuestras. Yo enfilé para el lado de Plaza Italia y mi viejo se subió al auto y se fueron. Caminé, algo aturdido, pensando en qué cagada había hecho, si era verdad lo del gualicho que había comentado el artesano, o qué. Yo no creía en esas cosas, y mi viejo nunca se había mostrado muy supersticioso, así que no hallaba ninguna explicación para semejante escándalo. La sensación de estupor, a medida que le daba vueltas al asunto, comenzó a devenir en una profunda animosidad hacia mi padre. Hijo de puta, en lugar de agradecer mínimamente un gesto de afecto, me había tirado un rollo apocalíptico y después andá que te cure Lola. Al cabo empecé a sentirme un pusilánime por no haberle exigido una inmediata explicación de su conducta enfermiza. Allí iba yo sin un peso, sin un faso, sin nada más que la maldita piedra en la mano, a buscar a un ignoto artesano para devolverle su mercadería porque “a mi papi no le gustó”. Era demasiado. Volví sobre mis pasos y no tardé en estar nuevamente en mi cuarto, con Led Zeppelin al mango y fumándome un cañito para los nervios. Saqué la piedra y volví a mirarla. Era linda, estaba bien pulida y los colores eran agradables. Ni hablar del brillo del cuarzo, parecía dia26

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mante. Me la quedaría para mí, qué joder; con todos sus temores y supercherías no me iban a correr, tampoco. Mañana mismo hablaría con los viejos y les exigiría, a ambos, que me dijeran absolutamente todo sobre aquel asunto. Abrí el cajón del escritorio para guardarla y se me ocurrió que el viejo, con su paranoia, seguramente iba a registrar todo para ver si había cumplido con su orden, así que la escondí entre una pila de apuntes viejos de la Facultad. Hecho lo cual, me tiré en la cama y me interné en los vericuetos vocales de “The battle of Evermore”, gozando todas y cada una de las melodías que se iban superponiendo, sumiendo a mi mente como en una suerte de trenza sonora que escalaba por cada fibra al tiempo que gozaba del contacto de todas las demás. Cavilé liminarmente al placer auditivo que, realmente, Zeppelin IV era un álbum ascendente, tanto en lo musical como en las líricas (Misty mountain hop, stairway to heaven, etc.). De repente entré en una ensoñación que supuse sugerida por la estética del arte de tapa del disco, toda vez que me veía a mí mismo ascendiendo por la empinada ladera de un monte, de noche. Trepé con toda la energía que mi posición astral me permitió, tratando de arribar a la cima en donde un anciano encapuchado estaría aguardándome con un farol en su mano, igual que en el folleto. Podía ver la luz allí arriba, así que reforcé mis movimientos para llegar antes de perder la posición de ensueño. Cuando estaba a unos pocos pasos levanté la vista y vi la figura encapuchada sos27

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teniendo en la mano una fuente de luz que no era en este caso un farol, sino un Rayenlikan como el que acababa de guardar. Refulgía desde el centro, y las volutas de colores a su alrededor emitían un resplandor fluorescente. A pesar de mi alarma, tuve todavía la entereza suficiente para observar al supuesto anciano mientras se quitaba la capucha, pero en realidad me encontré con el muchacho que ese mismo día me había vendido la piedra. Se quedó mirándome con determinación y malevolencia, y eso fue suficiente para mí. Me senté en la cama y me froté la cara con las manos, tratando de consolidarme lo antes posible, pensando que tal vez se me estaba yendo la mano con los tóxicos. Luego me incorporé, apagué el estéreo y me dispuse a darme una ducha. Una vez bajo el agua tibia me sentí mucho mejor, hasta que mientras me masajeaba el cuero cabelludo con un acondicionador de L’Oreal, recordé el sueño que había tenido la noche anterior, fundamentalmente la visión espantosa de la cabeza cercenada del viejo en una lanza, y tuve un reflejo de náusea. ¿Qué carajo estaría pasando? ¿Acaso toda esa tensión que había observado en el marco familiar, desde que era niño hasta la actualidad, finalmente comenzaba a resolverse de la peor manera? ¿O tal vez mis excesos consuetudinarios, aunados a la impresión que me causó la reacción del viejo, se confabulaban para generar un cuadro de psicosis obsesiva grave, o al menos suficiente para instalarme en el nivel de angustia de mis padres? De un modo u
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otro que fuese, intenté despejar de mi plano conciente cualquier connotación tétrica, mas cierta preocupación de base, casi inaprensible pero sin embargo con la solidez de un núcleo canceroso, seguía ejerciendo su macabra gravitación. Terminé de enjabonarme rápidamente, soslayando a través de la cortina semitransparente, en virtud de la sensación que me imbuía, que para graficar mejor (y fue así la asociación que me formulé en ese momento) se me ocurre remitirlos a la escena de la ducha en la película “Psicosis”, de Hitchcock. Soné mi nariz, tosí y vomité un poco. Vi a los mocos y a los fragmentos de bolo alimenticio girar y luego desaparecer en el remolino del desagüe. Volví a mi habitación y mientras me vestía decidí escuchar “Pictures of an exhibition”, de Mussorgski, interpretado por Emerson, Lake and Palmer. Creo que supuse que la referencia clásica, -sobre todo la de “Promenade”-, serviría para aquietar la marea de mi imaginación, ya que temía que de otro modo alcanzara niveles perversos. Me acicalé, me puse desodorante, perfume, todo rápidamente, dado que quería salir de mi casa cuanto antes. Obviamente era temprano, mas iría a lo de Germán a matar el tiempo hasta que fuera la hora de la fiesta. Caída ya la noche, y con una cuantas cervezas y otras yerbas arriba, salimos rumbo a la fiesta a bordo del BMW del padre de Germán, escuchando
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un viejo álbum de Humble Pie y empinándonos una gruesa de porrones de Heineken. En vistas a la festichola que se venía, y algo colocado, mi ánimo había vuelto a ser más o menos el de costumbre. Únicamente un resabio de desagrado por la desmesurada reacción del viejo fluctuaba ocasionalmente en mi conciencia; aunque con toda seguridad, en el fragor de la orgía en ciernes, no tardaría en desaparecer por completo. De cualquier modo, Germán me retrotrajo a la angustia: -Che, loco –me dijo de repente,- me olvidé de preguntarte, ¿le gustó el regalo a tu viejo? -Callate, mejor no hablar de eso. -¿Qué pasó, boludo? Ya sé, te sermoneó, vos saltaste y se pelearon... -No, eso hubiera sido más de lo mismo. Es peor. Vos sabés que el loco se puso como loco cuando le di la piedra de mierda ésa. Fue como si hubiera visto a Maese Belcebú en persona. -¿Cómo? -Así, como te digo, se cagó en las patas. Te lo juro, loco, reaccionó con pánico y me mandó a que se la devolviera exactamente a la persona que me la dio. Y lo más triste es que ni siquiera se dignó a decirme la causa de tamaña reacción. -Qué extraño, Frank... ¿a vos por qué te parece que puede haber sido? -No sé, no tengo la menor idea. Para colmo le pregunté si era algún aviso de la mafia, o algo así, y me

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respondió que ojalá hubiese sido eso, que se trataba de algo mucho peor. -A la mierda... peor que eso... ¿y qué pensás que puede ser? -No sé, Germán, no tengo la más puta idea. Aunque estoy inclinado a pensar que el tío éste está cada vez más loco. No sé, ya te digo, para mí que las presiones de la política le hicieron saltar alguna chaveta. Qué se yo... -¿Y qué hiciste? -Nada, boludo, qué querés que haga si me sacó como chicharra de un ala y después se fue. -No, qué hiciste con la piedra, te pregunto. ¿La devolviste? -No. Me la quedé yo. -Decime, no es que quiera meterme en asuntos de familia, pero... ¿no era importante para él que la devolvieras? -Más que importante, lo planteó como cosa de vida o muerte. -Y digo yo, entonces, ¿no hubiera sido mejor que le hicieras caso? -Mirá, no sé. Lo que sí sé es que si quiere que yo haga algo descabellado, lo mínimo que pretendo es que me diga los motivos. No podés sicopatear a la gente de ese modo y no decir esta boca es mía. Me dijo que esta noche íbamos a hablar, pero yo tengo una fiesta, qué joder. Hablaremos mañana, seguramente. Y le voy a pedir pelos y señales del caso, que no te quepa la menor duda.
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Subí el volumen del estéreo y me puse a cabecear como un desquiciado, al ritmo de la banda de Steve Marriot que se desgañitaba con un estribillo que repetía “Thirty days in the hole”. Cuando quise acordar estábamos parados en el semáforo de 7 y 32. -Loco, ¿adónde es la partusa? -En City Bell, en la casaquinta de los viejos de Sandra. Cuál no fue mi sopresa cuando doblamos en la esquina de Cantilo y 11 unas pocas cuadras después Germán introdujo el auto en el parque de mi vieja casona natal. ¿Querría decir algo, eso? De repente me sentí como participando en una película de suspenso, o algo por el estilo. No dije nada a mi amigo, sentí que si me seguía haciendo el “freaky” me iba a tomar por un boludo, o por un cagón. Bajamos del auto y oímos el familiar murmullo de música, voces, risas y vidrios entrechocándose. Tanto por el entorno físico como por el psicológico, me sentí como en mi casa. ‘¡A la porra con todo! Me voy a emborrachar y a gozar como dios manda’, pensé, y me dispuse a hacerlo cuanto antes.

VII
Una vez dentro, y luego de los saludos y el intercambio de bromas de rigor, pude observar que, salvo el mobiliario y algún que otro detalle mínimo, poco o nada había cambiado en aquel inmueble en el que habían transcurrido mis primeros años de vida.
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Había unas veinte personas, la mayoría de ellas conocidas de la Facultad, que bebían, charlaban o bailaban al ritmo de bandas no muy elaboradas pero con cierto grado de buen gusto, tales como Culture Club, UB40, Jamiroquai, etc. ‘´Round midnight’, como decía Thelonius Monk, yo ya estaba totalmente obnubilado por la mezcla indiscriminada de substancias psicoactivas y por la atmósfera orgiástica que se vivía en esa reunión. Por cierto que había dejado de pensar por completo en los macabros sucesos del día, y sólo me preocupaba por mantener la mínima forma humana, aún en ese contexto. En un momento que la sensación de pérdida de conexión terrestre se hizo patética, decidí salir al parque a tomar el aire de la noche y a recordar los viejos tiempos. Saludé ceremoniosa y telepáticamente al ciruelo y también al viejo tilo, cuya frondosa copa arrojaba ramas que a veces descendían hasta el piso, formando esa suerte de cavernas de follaje en las que solía ocultarme cuando niño. A poco el vahído cedió, entré a buscar whisky y cigarrillos y volví a salir para sentarme en los bancos de piedra azulejados que tan bien recordaba. La noche era espléndida, presidida por una luna llena algo rojiza, supongo que por los reflejos del catalítico de la petrolera. Bebí en medio de un silencio solamente contrariado por los ecos de la fiesta. Fue entonces que, como salida de la nada, una hermosa mujer –que no había visto durante la
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fiesta- se plantó ante mí. Su figura delgada y elástica lucía deliciosa, sugiriendo suaves y armónicas formas enfundadas en un ajustado atuendo de cuero negro. Su cabello, asimismo azabache, largo y pesado, enmarcaba un rostro cuya nobleza de rasgos me llevaba al paroxismo con sólo contemplarla. Verla y enamorarme fue un único acto. -Hola –saludé con cortedad, tratando incluso de no exteriorizar la intensidad de la pasión instantánea que me había embargado. -Hola –respondió, exhibiendo en una leve y sugerente sonrisa la perfección de su dentadura. Tampoco agregó palabra o frase alguna, supongo que por motivos diferentes a los míos, lo que me sumió en una situación de incomodidad tanto más acuciante a tenor de mi embelesamiento. Ello me compelió a iniciar un diálogo aunque fuera pueril, echando mano a lo primero que me vino a la mente: -No te vi adentro, ¿estabas en la fiesta? -No, pasaba por acá y la música llamó mi atención. En el portal miré hacia adentro y te vi, bebiendo solo, y algo me dijo que tenía que hablar con vos. -Bueno, parece que hoy es mi día de suerte. -Yo no estaría tan segura. -¿Por qué lo decís? -No sé, no me hagas caso. O mejor dicho sí sé; en todo caso preferiría hablarlo después, cuando tengamos más confianza.

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-Como quieras, pero viéndote no me explico qué cosa sería capaz de hacerme cambiar de idea. Vení, sentate, ¿querés que te traiga algo para tomar? -No, está bien –respondió, mientras se sentaba a mi lado.- De todos modos, no es oro todo lo que reluce, lo sabrás muy bien. No parecés el tipo de persona superficial que se deja llevar simplemente por la apariencia. -Supongo que no, pero a fuerza de ser sincero debo decirte que en este caso, y en lo que a mí respecta, la apariencia es un rasgo tan determinante... no sé... mirá, por ejemplo: Berlioz puede haber escrito la Sinfonía Fantástica bajo los efectos del opio, lo que no quita el menor valor a la excelencia de su composición. Quiero decir con esto que no sé cual vicio podría empañar la emoción estética que me causa la visión de tu naturaleza. -Muy poética, la analogía. Pero tené en cuenta que yo puedo decirte, a mi vez, que precisamente mi naturaleza es lo que está más oculto detrás de mi forma. -De esta manera no estás haciendo otra cosa que excitar mi curiosidad, pero respeto la salvedad que acabás de hacer. Hablémoslo cuando tengamos más confianza. -Eso se arregla muy fácilmente. Vení, dame un beso. Inclinó hacia mí su portentosa efigie y yo acudí al convite con una especie de amor sublime que a la vez era reforzado por un instinto feroz, que ejer35

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cía ya presión tanto en mis sienes como en mi entrepierna. Ustedes podrán argumentar que la embriaguez muchas veces produce espejismos de excelencia allí donde sólo hay mediocridad, de gracia sutil en donde únicamente hay densidades de fealdad mal disimulada. Pues bien, les aseguro plenamente que éste no era el caso. Besé con avidez su boca fresca y cálida a la vez, atenacé su dulce lengua con la mía y sentí que mi vida entera había seguido un derrotero fatal hacia sus brazos, hacia sus ojos, hacia su boca, hacia las exquisitas formas de su cuerpo. Finalmente había hallado la cruz en la cual inmolar cualquier otro sentido vital que hubiera podido ocurrírseme. El escarceo devenía más fragoroso a cada momento, y no tardamos en arrastrarnos, prácticamente, hasta el refugio del tilo, debajo de las ramas generosas que ocultarían el desarrollo de nuestra pasión. Sin dejar de besarnos impetuosamente, mordiendo nuestras mucosas hasta el límite de un dulce dolor, fuimos desvistiéndonos lentamente uno al otro, hasta que cierta incomodidad operativa ganó la mínima parte de conciencia que aún me quedaba: no era apropiado gozar de aquel prodigio con cuerpo de mujer sin una dimensión visual indispensable para la mínima aprehensión de un fenómeno tan fugaz como es el goce de las formas. Al menos en mí, el instinto canaliza en la materia, pero debe sujetarse perceptualmente a los arquetipos estéticos que lo acicatean. Recordé haber visto en el auto del viejo de Germán una linterna de esas que contienen un pequeño fluo36

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rescente en su cuerpo. Me excusé un momento y fui por ella. Quizás alguien en la fiesta advertiría el resplandor, mas un coito no era inusual en un ambiente como ése. Aparte, quién sabe lo que estarían haciendo a estas alturas allí dentro, y a la vista de todo el mundo... Volví con el artefacto y lo encendí –luego de tres intentos, a saber: Linterna de proyección, baliza y finalmente la suave luz lunar del fluorescente,- y me encontré con la hermosa muchacha –cuyo nombre aún desconocía- completamente desnuda y recostada contra el tronco. Repasé visualmente sus facciones virginales, el tono cobrizo de su suave piel, el cabello negro descansando sobre los fuertes y marcados hombros, la delicada disposición de sus pezones oscuros coronando sólidos y generosos pechos, que resaltaban en la esbeltez del conjunto; su estómago ceñido y ligeramente musculoso; esa mínima arruga tan sugestiva sobre el pubis, ornado por un vello hirsuto y plásticamente distribuido; sus largas y torneadas piernas que desembocaban en pies gráciles, pequeños. Allí estaba yo, con el torso desnudo, observando; trémulo de pasión al punto de temer por mi vida, sintiéndome Abraham frente a la visión de la tierra prometida y desfalleciente de deseo irresoluto. Torpemente colgué la linterna de una rama mientras ella desprendía mis pantalones, dejaba al descubierto mi miembro a punto de estallar y ora lo acariciaba con su dulce lengua, ora lo sometía al suave tormento de leves mordiscos que a punto
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estaban de hacerme proferir aullidos de placer. Me así de su cabellera fuertemente, y admiré con fruición la perfecta cordillera de su espina dorsal, que iba dirigiendo mi mirada hacia el nacimiento del glorioso valle entre sus nalgas. Supe entonces que no sería capaz de contenerme mucho tiempo más, así que la aparté hacia atrás. Ella, sumisa y entregada a mí por completo, se recostó y levantó levemente sus piernas, ofreciéndome la visión de su hermoso monte de venus negro, contrastado por la roja filigrana de los labios. Me arrojé sobre aquel cuerpo soñado, y su humedad me hizo saber que era absolutamente receptiva. Luego de la lúbrica penetración emitió un temblor sonoro, un ronroneo cuyo contacto gasificaba mi sangre; nuestras bocas desesperadas adquirieron una cierta ferocidad, un anhelo que de profundo se expresaba agresiva, salvajemente. Sentí venir desde mi ser más íntimo la oleada de semen con la que la inundaría, y tuve la certeza de que su caudal corría desbocado hacia la caótica confluencia de nuestras plenitudes. Sentí sus uñas desgarrando la piel de mi espalda, y un gemido bronco acompañó sus espasmos. Sentí los músculos de su sexo presionar el mío, mientras a mi vez daba rienda suelta a lo que de todos modos hubiera sido incontenible. Agitados, bañados en transpiración, continuamos besándonos como si en ello nos fuera la vida. No salí de su cuerpo hasta que la propia flaccidez así lo determinó. No hubiera podido hacerlo.

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VIII
Saqué del bolsillo de mi pantalón los cigarrillos y el encendedor, me puse el slip y arrojé unas prendas a modo de colchoneta. Apagué la linterna y nos tendimos a fumar en la oscuridad y acariciarnos. A poco recordé el aire de misterio que ella había observado en el breve diálogo previo al conocimiento carnal. A pesar del sopor post coitum que me imbuía, la curiosidad fue más fuerte: -¿Tenemos la confianza suficiente, ahora? Digo, por lo menos para que me digas cómo te llamás. -Bueno, eso de la confianza, es relativo. Si es por eso, no necesitábamos “intimar”, y menos en la forma que lo hicimos, ya que de algún modo somos mucho más íntimos de lo que te atreverías a suponer. Lo éramos antes de mantener relaciones. -¿Cómo? –Pregunté, un poco alarmado. -Bueno, mi nombre es Pangi, si eso es lo que querías saber –respondió, volviendo sobre mi pregunta como quien se resiste a ir directamente al grano difiriendo respuestas según conveniencia. -Es un nombre raro. ¿Qué es, hindú? -Te conozco tan íntimamente que por ejemplo, sé que viviste hace ya bastantes años, en esta misma casa. -¿Nos conocimos antes, por acá?
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-Éramos íntimos aún antes de tener sexo. No lo hice por eso, siquiera por placer, aunque estuvo bastante bueno. El ritmo desacompasado de sus respuestas acrecentaba una ansiedad que ya irrevocablemente se asociaba con los acontecimientos del día. Cerré los ojos y mientras continuaba acariciándole el pelo, inquirí: -¿Y por qué lo hiciste? -Conociste a mi hermano. Se llama Ulelü. Cerré fuertemente los ojos, sensibilizado por el alcohol, el sexo, la subyugación que esa mujer me producía; quizás también por los sucesos del día. Pese al esfuerzo no pude evitar que se escurrieran un par de lágrimas por las comisuras -Decime que estás acá, por favor –le pedí, rogando que así fuera, que no hubiera alcanzado un grado de alucinación tan patético. Se acercó a mi oído, introdujo su lengua y después susurró: -Lo hice porque necesitaba tomar contacto con tu sangre. Sentí un burbujeo en mi sistema vascular y se me erizó la piel. Mientras ella hablaba, percibí un aliento fuerte, amargo, absolutamente impropio. Me aparté bruscamente, me volví y vi dos ojos dorados y brillantes fijarse en los míos. Mi corazón rompió a batir un ritmo sin precedentes en toda mi vida: ¡los ojos estaban en el cuerpo de un felino! Me incorporé trastabillando, manoteé la linterna y escuché a la co-

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sa ésa, fuera lo que fuese o en todo caso que no fuese, decirme con voz bronca: -Pangi es puma, y sí existe. Caminé hacia atrás tropezando con mis propios pies, ya que no podía apartar mi vista del fenómeno. El animal se volvió contra el árbol y comenzó a afilar sus garras, arrancando jirones de corteza como lonchas de manteca. Corrí hacia adentro, ya frenético, apartando a la gente a empujones. Vi a Germán cantando y cagándose de risa con otras personas, lo tomé del brazo y me lo llevé para afuera. -¿Qué hacés, boludo, qué te pasa? ¿Qué hacés, así, medio en bolas? -Callate, vení, hay un puma ahí afuera. .-¿Cómo? ¿Qué decís? -Que hay un puma, pelotudo. Vení. -¿Estás loco, vos? ¿Qué tomaste, Francisco? Aparte pará un cachito, si hay un puma ahí, no quiero ir. -Tenés que verlo, te lo pido por favor. Verlo, de lejos, nomás. Mirá, prendo la linterna, de acá lo vemos, ¿sí? Mirá, está ahí, debajo de las ramas ésas del tilo –enfoqué el área. -Mirá, loco, yo no veo nada. -Recién estaba ahí, te lo juro. -Francisco, ¿te sentís bien, vos? -Vení, vamos a ver. -Estás en pedo, hermano, ni loco. Entonces me arrojé sobre mis rodillas y, llorando, le conté lo que me acababa de suceder. Finalmente consintió en acompañarme, más que nada
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porque ahora sí estaba convencido que yo estaba delirando. Nos acercamos cuidadosamente, él más que yo, ya que debía tironear de su brazo para que avanzara. Ladeamos un poco para dirigir el haz de luz a través de una abertura en el follaje. El animal ya no estaba. Luego de repasar con la linterna la frondosa copa, nos aventuramos a ingresar en la caverna vegetal. Estaba mi ropa ahí tirada, casi sepultada por la cantidad de corteza arrancada al árbol. Yo jadeaba, Germán permanecía atónito. Corrió con los pies un poco de corteza y pudimos ver claramente las pisadas de un felino de proporciones, perfectamente discernibles en la tierra húmeda. Volví a caer sobre mis rodillas, y entre sollozos repetía ‘te dije, Germán, te dije’. Mi amigo tomó mis ropas y me obligó a incorporarme. -Vamos ya mismo para tu casa. Calmate, ya pasó todo –dijo, tratando de tranquilizarme aunque su voz me indicaba que él también estaba shockeado. -No, loco, no pasó una mierda. Boludo, ¡me cogí un puma, la puta que te parió! -Vamos, vamos, subí al auto y vámonos de una vez. Llegando al Camino Centenario, yo seguía llorando. Germán parecía concentrado en hallar una explicación al fenómeno. Me pedía una y otra vez que le diera detalles acerca de qué había pasado, y yo no hacía más que referirle el grueso de la experiencia, a saber, que me había enamorado espontáneamente de una morocha hermosísima, que habí42

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amos tenido una relación sexual impresionante y que después la mina se había convertido en un puma. -Eso no puede ser, Francisco, tenés que haber alucinado. Tratá de objetivar, macho. Está bien, había un puma. Pero no existen mujeres que se transforman en pumas. Capaz que estuviste con una mina, capaz que la mina vio el puma y se rajó, no sé, tratá de concentrarte en esa etapa… -No seas pelotudo, te digo que estaba tendida a mi lado, de repente sentí un aliento asqueroso y lo vi. Incluso me habló con un ronquido totalmente antinatural. Debe tener que ver con la piedra ésa, con el cagazo que se pegó mi viejo… debe tener que ver con eso. -No sé, Frank, me parece que te estás obsesionando. -Y un carajo. Para colmo hay algo que no te dije –continué, recuperando una mínima presencia de ánimo a partir de la conversación y mientras me colocaba los pantalones con cierta dificultad. Se me ocurrió estrujar mi glande entre el índice y el pulgar y después tomar el olor. –Ves, boludo, lo que te dije, éste olor no es mío, es de una hembra. Y supongo que de una hembra humana. -¿Qué es lo que no me dijiste? -Que yo viví en esa casa cuando era chico. -Está bien, es una casualidad, pero ¿qué tiene que ver? -Que cuando era chico yo jugaba con un amigo imaginario, al menos para los demás. Para mí era muy
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vívido todo eso, pero mi viejo se alucinó y me mandó a todo tipo de loqueros para que me aparten de él… la mina ésta me dijo el nombre de ese personaje sin que yo siquiera se lo mencionara… Ulelü… y me dijo que ella era la hermana. Justo antes de la transformación. No, si te digo que tiene que ver con la piedra ésa. Para colmo me dijo también que se me había entregado porque necesitaba tomar contacto con mi sangre. ¿Te parece que puedo haberme imaginado todo eso? -No sé, boludo, es muy raro. En todo caso, la mina ésa está completamente pirada. Yo que vos ahora me preocuparía por cuestiones más tangibles, como por ejemplo, hacerte urgente un test de HIV. -No sé, a mí se me da que la joda viene por otro lado. Metele, andá más rápido que quiero hablar con mi viejo ya. -Está bien, ya casi llegamos. ¿Querés que te acompañe, mientras hablás con él? -No, yo te agradezco, pero prefiero que no haya nadie; cuantas menos reservas tenga, mejor. Mañana te cuento. -Okay, como quieras. Pero hablale tranquilo, mirá que estás muy sensibilizado. Aparte, esperá que mueva él; si le tirás esta historia primero lo más probable es que te interne. -Sí, lo voy a tener en cuenta. Germán… -¿Qué? -Gracias. -No seas boludo, para qué están los amigos.
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Lamenté no haberme provisto de alguna botella en la fiesta, ya que me hacía falta un trago quizás como nunca antes. Doblamos en la esquina de casa y el corazón se me congeló: en medio de una sensación de ahogo cardíaco, pude ver la macabra danza luminosa de las balizas de patrullas policiales y ambulancias justo delante de mi hogar. Bajamos del auto y nos dirigimos corriendo hacia la puerta, mas el cordón de efectivos policiales nos impidió el paso, aún a pesar de mis esfuerzos desesperados. ‘¡Soy el hijo, la concha de su madre, déjenme pasar, soy el hijo!’, gritaba en medio del forcejeo. De pronto las fuerzas me abandonaron: vi salir una camilla con un cuerpo tapado por un lienzo blanco, que se iba cubriendo por tremendas manchas de sangre. Caí de rodillas por tercera vez en la noche. Germán se hincó a mi lado y me abrazó, con expresión atónita. Entonces salió mi madre, acompañada por lo que parecían los oficiales de mayor rango del operativo. Corrimos hacia ella, sin poder dejar de advertir su mirada vacía, que parecía la de alguien que acaba de ser privado de su alma. Esta vez en cordón cedió, supongo que por piedad. La tomé por los hombros y la sacudí, como queriéndola hacer volver en sí. El oficial a su izquierda atenazó mi brazo, y yo me solté bruscamente. -¿Qué pasó, mamá, por dios, que pasó?

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Ella me miró como desde otra galaxia, creo que ni me reconoció. Luego pronunció la última palabra que diría en su vida: -Ulelü. Y yo sufrí una crisis de nervios que me valió una semana de cura de sueño involuntaria.

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Dos Yegülfe I
Luego de releer el relato precedente, y reafirmando la condición no sé si “real” del mismo, mas ciñéndome absolutamente a las vivencias personales que entonces experimenté, me resulta indispensable dar traslado de circunstancias y detalles que tal vez por el dramatismo de la acción quedaron en el tintero, como quien dice. No puedo dejar de observar cierta analogía entre esta empresa narrativa y una partida de ajedrez: una vez pasada la apertura, surgen las numerosísimas variantes del medio juego, razón por la cual he de tratar de solidificar mi posición en vistas a un rizoma de acontecimientos cuyas ramificaciones, aéreas o subterráneas, seguramente extremarán mi endeble capacidad de sistematización. De todas maneras intentaré ser lo más breve posible en cuanto a las cuestiones postergadas, para así poder abocarme ya bien parado a lo que cons

Ayudante del Machi (chamán). 47

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tituye la médula de mi mensaje. Cuando abandoné la clínica me encontraba en un estado como difuso; el universo que me sostenía había perdido gran parte de su consistencia. Volví a mi casa en un estado de estupor, y colijo que todo hubiera sido mucho más duro sin la ayuda permanente e incondicional del secretario de mi padre, el Dr. Pedroza, que se ocupó de todos los vericuetos legales y operativos, mostrándose todo el tiempo dispuesto a aliviarnos la existencia, tanto mía como la de mi pobre madre. Entré con una especie de temor reverencial. Los muebles y objetos parecían estar en igual disposición, supongo que por mérito del personal doméstico. Corrí hacia mi escritorio, revisé febrilmente entre los apuntes de la facultad y no pude encontrar el Rayenlikan. Claro, cómo iba a hacerlo, si estaba sobre mi mesa de luz. ¿Quién lo habría puesto allí? Lo tomé con cuidado, como quien manipula material contaminado, y me dio la impresión que el brillo del cuarzo central había mermado. Tal vez fuera yo, o quizás eran las condiciones lumínicas diferentes. Lo dejé donde estaba y traté de constreñirme a un realismo terapéutico, al menos por el momento. Luego de un ligero almuerzo, y por ser domingo, me dirigí al puesto de feria donde el extraño sujeto me había vendido la piedra, obviamente con la intención de saber algo de él o, en todo caso, discernir dentro de lo posible el rol del fetiche en los aciagos acontecimientos que habían dado una vuelta de campana con mi vida. Por supuesto, los peruanos
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nada sabían del individuo aquél o de cualquier artesanía mapuche. Me pareció que no mentían, ya que se mostraron sorprendidos ante mi inquisitoria. Días después el Dr. Pedroza consideró que yo ya estaba en condiciones de tomar conocimiento de los resultados de la autopsia practicada a mi padre. Parece ser que había sido víctima de un ataque por parte de un felino de proporciones, circunstancia que me hizo palidecer no más oírla. Ante mi pregunta de cómo había podido suceder una cosa así, reconoció que era bastante rara; aunque el mediodía anterior a la catástrofe un puma había escapado de la Estación de Cría de Animales Salvajes, a unos pocos kilómetros camino a la Capital Federal, y, a la fecha, nada se había sabido de él. Aparte era verano, y la gente dejaba las ventanas abiertas. Era raro, sí, pero posible. Estuve tentado a relatarle mi experiencia de aquella noche de locura, mas si algo había aprendido en la vida era a permanecer cauto respecto de la socialización de mis contactos esotéricos. No era que dudara de Pedroza, que tan bien se estaba portando con nosotros, sino que estaba convencido por propia experiencia que aún de buena fe uno puede cometer errores cuyas implicancias resultan a veces imposibles de subsanar. En esa reunión también me anotició que había conseguido un laburo para mí en el diario ”Tribuna Popular”, cosa que vino bárbara para mi nueva personalidad, el modelo post-debacle, que intentaba
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ser más “franciscano” y menos “lobuno”, en esa oscilación pendular -de la que ya he hecho referencia,entre términos antagónicos que me habitan y de los cuales yo era cada vez más conciente, mas en un plano meramente instintivo. Dejé de “estupefacerme” y me di al ejercicio más digno de mi profesión que pude, o que al menos me dejó –es dable decirlo- el nivel del medio para el cual trabajaba. Un poco por este cambio radical de hábitos y fundamentalmente por la impresión que le quedó de aquella noche, Germán tomó distancia de mí, y no lo culpo. Por mi parte, y también como secuela del mismo avatar, desarrollé un cierto rechazo por el sexo opuesto, ya que mi primera experiencia importante –a pesar de lo fugaz, o tal vez alucinatorio- me había vulnerado con un dardo cuya ponzoña insinuaba alcances tan sutiles como imprevisibles. Respecto de mi madre, la visitaba periódicamente; intenté, sobre todo al principio, entablar con ella un diálogo, o al menos crear la corriente afectiva mínima que me permitiera romper el dique, encontrar al menos una exigua clave de la tragedia que en una forma tan extraña se había desarrollado ante mí. Mas nada conseguía permitirme penetrar siquiera superficialmente en su sistema, si es que le había quedado uno. Mencioné, por supuesto, el nombre maldito, aún a sabiendas que podía generarle sufrimiento e incluso agravar su cuadro; mas lo hice, y fue como si nada. Aunque suponía, de todos modos, que si la catatonía obedecía a fines defensivos, estaba bien.
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Una expresión de feliz ajenidad la acompañó permanentemente en los dos años que duró su vida.

II
Dos años después, yo ya había ganado mi lugar en el diario, era considerado el mejor entre mis pares, ya sea por eso del país de los ciegos o tal vez porque siempre, por baladí que fuese la cuestión que me endilgaran, intenté mantener el estilo a todo evento. De cualquier manera, no lo hacía por dinero, ya que la fortuna de mi familia había quedado prácticamente en mis manos, si bien no quise perfeccionar del todo las sucesiones en tanto hubiera una posibilidad de que mamá recuperase el sentido. Así pues, dediqué gran parte de mi tiempo a estudiar la cultura Mapuche, sus usos y costumbres, su mística, sus luchas antiguas y actuales, buscando elementos que pudieran guardar relación con la experiencia que me había marcado para siempre. Y vaya si hallé, dentro de lo que puede hallarse en libros tradicionales de antropología, etnografía, sociología, etc. Me gustaría puntualizar lo que entonces me pareció significativo: 1) los Mapuche creían en piedras de “poder”, piedras mágicas de origen volcánico -cristales de roca, obsidiana, etc.-, mas solamente hallé el vocablo “Rayenlikan” en un apunte de la Facultad de Ciencias Naturales que poco o nada agregaba acerca de sus cualidades; 2) algunos chamanes llamados
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Huecubuyes, pueden desenmascarar brujos malignos y castigarlos mágicamente; 3) la palabra “ulelü” es un verbo que puede traducirse por “castigar”; 4) los “wekufü”, o hechiceros malignos, podían asimismo causar daño a distancia, incluso matar, aunque también podían provocar visiones alucinatorias; 5) tanto los hechiceros buenos como los malignos eran capaces, de conseguir suficiente “newen” –poder-, y mediante sofisticados ritos, de convertirse en animales míticos tales como felinos o vampiros, aunque otros sostienen que éstos son auxiliares sobrenaturales, de los que se valen para ejecutar daños o consumar venganzas. Como podrán ver, todo muy coherente, al menos en un sentido teórico. Si bien ninguna empirie podía ayudarme a corroborar mis suposiciones, yo estaba convencido que una operación de estas características, y ninguna otra cosa, había terminado con la vida de mi padre y con la cordura de mi madre Y, más persuadido aún, que ambos sabían previamente de su existencia. Así las cosas, el único contacto que mantenía con mis congéneres estaba limitado al personal doméstico, al personal del diario en el que trabajaba –relaciones éstas superficiales y circunscriptas a cuestiones de trabajo- y a Pedroza. Precisamente una reunión que mantuve con este último para tratar temas atinentes a perfeccionar la sucesión de los bienes familiares, una vez que mi pobre madre aban-

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donara este mundo, abrió la segunda fase de esta historia. Viajé a Capital con el doble propósito de entregar material periodístico en el diario y de cerrar los trámites antedichos en un Juzgado Civil situado en el microcentro porteño, donde Pedroza -artífice y ejecutor de toda esta cuestión burocrática- me esperaba para finiquitar el asunto. De la lectura de los escritos surgió el elemento que catalizó una divisoria de aguas en mi vida: entre todas las propiedades que pasaron a mi dominio, de las cuales por una razón u otra había tenido yo noción de su existencia, había una que resultó absolutamente nueva para mí. Se trataba de una pequeña finca en Neuquén, en un Departamento cercano a la precordillera y cuyo nombre he de reservarme, por razones que resultarán obvias más adelante. Una vez completado el trámite por ante un magistrado clásico –es decir: circunspecto, de anteojos, muy formal y con tez apergaminada- invité a Pedroza a tomar un café en un bar de calle Esmeralda. Me deshice en agradecimientos y reconocimientos por su desinteresada colaboración. El desestimó todos estos extremos: -No es nada, pibe, qué me cuesta. Aparte, ponelo de esta manera: si no fuera por tu viejo, que en paz descanse, yo todavía estaría tratando de conseguir clientes, repartiendo tarjetas en las comisarías. -No creo que sea para tanto, de todos modos no tenía por qué asumir tantas molestias.

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-Ninguna molestia, pibe. Lo hice con gusto. Tu viejo fue un hombre de honor, y si yo tengo algo de eso lo aprendí de él, o tal vez sea que se me pegó en el largo tiempo que trabajamos juntos. Fuimos muy amigos, y en realidad me siento muy bien de poder haberle sido útil a la gente que el amó. Porque de eso no tendrás ninguna duda, supongo. No pasaba un día sin que me hablara del afecto que sentía por vos y por tu madre. -Si, seguro. Pero dígame una cosa, usted que era tan cercano a él, ¿nunca le dijo nada acerca de algo que le preocupaba mucho, o que... en todo caso... lo angustiaba, o atemorizaba? -¿A qué te referís? -No sé, el día que murió, un rato antes, me habló de algo terrible que parecía cernirse sobre él. Quedamos en conversar acerca de ello, pero ya vio lo que sucedió. -No, no recuerdo que me haya dicho nada. Bueno, una vez me habló de una especie de maldición que se decía que había recaído en su familia, años atrás, pero lo comentó como un hecho anecdótico. Me dio la sensación que se reía de tales supercherías, y nunca profundizó en el tema. -A mí, por mi parte, me consta que debió tomarla muy en serio, por la reacción que tuvo la última vez que lo vi en vida. Disculpe la insistencia, ¿no?, pero me gustaría que recuerde cada detalle de esa conversación.

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-Mirá, Francisco, me parece que en una de esas te obsesionás, y eso no es bueno. Así parecen funcionar estas cosas, viste, por el mecanismo del tabú. Te terminás fabricando el mal vos solo. -Sí, está bien, pero el viejo no murió de cáncer, o de las coronarias... -Por eso, la desgracia de tu viejo da para que los que lo queríamos vivamos buscándole la quinta pata al gato. -Un gato bien grande, por lo que me dijeron. -Bueno, no quise incurrir en un ejemplo tan grosero, pero es bueno que ejercites tu ironía. Leo asiduamente tus notas, sé que te va muy bien, y me gustaría que continúes en ese camino; en todo caso que formes tu propia familia, y trates de atesorar tan sólo los buenos recuerdos, que imagino no deben ser pocos. -No se preocupe, doc, estoy muy bien de la azotea. Es nada más que siento que debo atar algunos cabos para seguir adelante sin huecos molestos en mi historia personal. Permítame insistir y rogarle que recuerde lo mejor posible esa conversación. -Bueno, en ese caso, y por primera vez en nuestra relación, me gustaría poner una condición previa. -¿Cuál es esa condición? -En la sucesión que acabamos de perfeccionar había varias propiedades... -Usted se refiere específicamente a la finca de Neuquén, ¿o me equivoco? -No, no te equivocás. Quiero que me dejes venderla.
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-¿Cómo? -Creo que me expresé mal. Quiero que me autorices a venderla. No quiero nada, obviamente. El total de lo que se pague es para vos. -Discúlpeme, pero me gustaría echarle un vistazo antes. -Es que precisamente es éso lo que quiero evitar. -Bueno, hombre, en el contexto en que usted lo pone puedo inferir que se trata de una casa embrujada, o algo así. -Al menos, eso es lo que se dice por allí. Podrán imaginar la ansiedad que me produjo esta última aseveración, aunque traté de disimularla en orden a no levantar la perdiz. Es más, aún en contra de mis convicciones, apelé al argumento del escepticismo. -Estimado amigo, me temo que personas serias como nosotros no pueden hacerse eco de historias que bien podrían encuadrarse en un guión de los tres chiflados. -Por supuesto, por supuesto –concedió.- Pero así y todo, y teniendo en cuenta las funestas circunstancias que te ha tocado vivir, me gustaría que olvidaras por completo todo este asunto, y es en razón de ello que me permito sugerirte nuevamente que me dejes venderla. -No crea, Pedroza, que echo en saco roto su sugerencia; mas es necesario, como ya le dije, que sepa todo acerca de este asunto. Nada más que para cerrar el desgraciado capítulo como corresponde y, como us56

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ted dice, dejarlo atrás definitivamente. Pero para eso necesito saber. -En ese caso, te diré lo que me comentó tu padre hace algunos años. Esa finca fue levantada por su abuelo, hacia finales del siglo pasado. Se supo que murió allí, aunque no trascendió noticia alguna acerca de las circunstancias en que ello ocurrió. -No parece muy macabro. -Por cierto que no. Ahora, lo que sucedió con su padre, es decir, tu abuelo, pareció revestir algunas características extrañas, por decirlo de algún modo. -También murió allí –aventuré. -También murió alli. Pero en este caso sí parecen conocerse las causas de su deceso. O mejor dicho, si no las causas, al menos las razones de orden fisiológico que lo provocaron. Habladurías, bah. Es decir, teniendo en cuenta que esto sucedió hace ya bastante tiempo en un lugar en el cual hoy día es difícil encontrar personal de salud calificado. -Por lo visto, estamos hablando de algo que luce reñido con el sentido común. -Algo así. Tu padre me dijo que habían encontrado su cadáver sin una gota de sangre. -¿Vampirismo? -Tampoco parece ser eso, ya que no se halló ninguna herida en el cuerpo. -Ciertamente que es extraño... -Estas circunstancias llevaron a tu padre a desarrollar cierta fobia por ese lugar, al que jamás volvió después de la muerte de tu abuelo. Es más, fue la
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única mención que hizo de él en los largos años de labor y militancia conjuntas. Y te insto a que hagas lo propio y me dejes ocuparme del asunto a mí, tal como te propuse. -Yo le agradezco mucho, doc, pero insisto en mi intención de descorrer ciertos velos que me impiden discernir algunas zonas oscuras de mi linaje. -Supongo que estás en tu derecho, y supongo también que he hecho lo correcto al advertirte. De cualquier manera, acordate que muchas veces la mente juega malas pasadas cuando uno está predispuesto a tener por ciertos folklores delirantes. De hecho, si tu decisión final es la de ir allí, me gustaría acompañarte. -Mi decisión final es ir allí, Pedroza, pero solo. Es una cuenta personal, y usted ya bastante ha hecho por nosotros, así que lo relevo de cualquier responsabilidad que no sea mantener la relación amical tan afectiva que supongo que es la mejor parte de la herencia que me dejó el viejo. Le agradezco todo, y le prometo mantener contacto con usted en todo momento, si eso lo tranquiliza. -Está bien, es tu decisión y la respeto. Seguramente, en tu lugar, yo hubiera actuado de la misma manera. Simplemente espero que no haya sido para dejarme tranquilo que me prometés mantener contacto. Quiero que sepas que en todo momento y a cualquier hora voy a estar dispuesto a acudir en tu ayuda, si es que la necesitás. -Como siempre, Pedroza. Muchas gracias.
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Rato después en el diario, y luego de entregar mis notas, mantuve una entrevista con el Secretario de Redacción con la finalidad de obtener una licencia sin sueldo, por tiempo indeterminado. Tras regatear un poco, aduciendo que mi prestigio estaba en pleno ascenso, que era inoportuno, etcétera etcétera, me la concedió. Es cierto que muchas alternativas no tenía: por un lado, sabía que mi solvencia económica me permitía renunciar allí mismo, si era necesario. Por otro lado, se tranquilizó cuando me comprometí a no aceptar ninguna propuesta laboral que eventualmente se me formulara, y a volver a tomar el servicio lo antes posible, una vez superadas las contingencias que motivaban mi requerimiento.

III
Días después, y luego de un viaje que incluyó ómnibus, camioneta e incluso sulky, me encontré en una especie de almacén de ramos generales y expendio de bebidas, en las afueras del pueblito donde mi bisabuelo había levantado su casa. Unos cuantos parroquianos se distribuían entre las escasas mesitas y el mostrador, tomando vino o ginebra y haciendo gala del deporte nacional, esto es, aprovechando la mínima circunstancia para burlarse de otro o efectuar comentarios socarrones acerca de algún ausente. Hacia el fondo, un muchacho bien parecido, con aire de
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forastero –sus jeans y zapatillas contrastaban marcadamente con la generalidad de las otras indumentarias, que consistían en bombachas de campo y alpargatas- rasgueaba una vieja y diminuta guitarra y cantaba canciones que sonaban demasiado pop en ese ambiente. Por supuesto, fui objeto inmediato de la curiosidad de aquella gente. Según su temperamento, algunos me escudriñaban de soslayo y otros me observaban analíticamente, en forma descarada. Tal vez un poco por eso, y también por el estado de ansiedad que me producía el hecho de estar tan cerca de lo que parecía el foco de una vieja maldición, abandoné mi abstinencia de más de dos años y pedí fernet. Mientras lo bebía, distraje mi atención oyendo las canciones que tocaba el joven, llamado Pablo, que complacía los diversos pedidos de una audiencia que no cesaba de invitarle tragos. La letra de un aire folkórico me pareció muy significativa, en aquellas circunstancias. Hablaba de los Pehuenche. Comenzó diciendo: “Tu pena se volvió sombra ya vieja de andar con vos.” Es una lástima que no haya podido retener la totalidad de los versos, que me parecieron muy sentidos y poéticamente brillantes. Hablaba del despojo y la miseria que había sufrido esa comunidad desde
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la conquista. Sí recuerdo, por la reiteración y la dulzura de su melodía, el estribillo: “Tu pena tenía cumbreras de cielo, el valle era tuyo y el bosque también. Hermano Pehuenche, yo entiendo tu pena eterna en el agua que vuelve a llover” Fue particularmente festejada, y con razón, ya que era una canción hermosa. Aparte, entre aquellos bastos trabajadores rurales debía haber muchos descendientes de aborígenes, mucho mestizaje. En este punto me veo obligado a dar algunas precisiones más respecto de al menos una de mis personalidades. Si bien nunca fui prejuicioso, siempre tuve dificultades para integrarme en círculos ajenos a mi idiosincrasia. Así que continué bebiendo, pagando uno tras otro mis tragos para estar presto a salir detrás del tal Pablo una vez que abandonara el recinto. No me atrevía a abordarlo allí, incluso en caso que dejara de cantar. Mas de cualquier manera, era la única persona con la cual podría hablar con relativa comodidad, ya que el trato del pulpero tampoco había sido muy cordial que digamos. Un buen rato después, metió la guitarrita en un morral, saludó y se fue; así que ya de noche, salí detrás de él y unos pocos pasos después lo llamé: -¡Hey, flaco! -¿Si? -Disculpame, Pablo, te llamás, ¿no?
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-Si, Pablo me llamo, ¿y vos? -Francisco, encantado. Mirá, Pablo, acabo de llegar a este pueblo y necesitaría que me ubiques, si sos tan amable. -Yo estoy de paso por aquí, pero algo conozco. ¿Qué necesitás? ∗ -¿Sabés dónde queda la calle Colihue ? -Sí, a unas pocas cuadras de aquí. ¿A qué altura? -Número 372. -¿Numeración vieja o numeración nueva? -Ah, me mataste. No tengo la menor idea. ¿Qué es éso de numeración vieja o nueva? -Bueno, aunque no parezca, este pueblo crece, y fue necesario un cambio de numeración. ¿Buscás a alguien en particular? -No, creo que es una casa que está deshabitada. -No hay muchas casas deshabitadas, por lo que yo sé, en este pueblo. Menos en la calle Colihue. Yo diría que hay una sola. -Supongo que, si se trata de la misma casa, tiene cierta mala fama. -Claro, la casa de los milicos. Vamos caminando, te acompaño. Mientras emprendíamos la marcha, Pablo me preguntó: -¿Cuál es el interés por esa casa? ¿Laburás en alguna revista? -No, nada de eso, ¿por?

Todas las referencias de este tipo no son exactas, toda vez que han sido alteradas para garantizar el anonimato de las fuentes. 62

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-Porque de vez en cuando vienen de alguna de esas revistas esotéricas a averiguar cosas acerca de la casa ésa. Ahora si me preguntás a mí, son todas boludeces de pendejos que juegan apuestas a ver quién se atreve a entrar allí de noche, y cosas por el estilo. Cuanto más te alejás de la Capital Federal, la gente es más y más supersticiosa. Está bien que hay mucha más espiritualidad, pero como siempre, los más ignorantes exageran y desvirtúan todo. -Mirá, yo laburo en un diario, pero en realidad vengo a tomar posesión. Soy el dueño. -¡No me digas que sos el dueño! ¿La compraste? -No. La heredé. -Ah, ya me parecía. -¿Por? -No, por nada. Es la típica. El tipo que hereda una casa maldita. -Loco, me vas a hacer asustar. -Para nada, tío, son todas boludeces. Lo único, que no sé cómo te va a mirar la gente de acá. Vos sabés, son un poco rudimentarios y dados a los gualichos, y esas cosas. Como decía mi abuela, más vale tener miedo de los vivos, y no de los muertos. Pero por las dudas, vigilá. -¿Te parece que pueden ser peligrosos? -Y, por ahí algunos sí. Te conviene mantener perfil bajo, ser amable y hasta sumiso. No pasa nada, pero si caés mal fuiste. Aparte son un círculo muy cerrado, viste; decí que a mí me ayudó la guitarra, que si no...
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-Bué, parece que ni eso tengo. Pablo se quedó callado, como pensativo. De pronto me preguntó: -¿Para qué diario laburás? -Tribuna Popular. -Ah, sí. Igual, yo no leo ningún diario -No te perdés nada. Bah, me parece, qué sé yo. -¿Ves allá, atrás de ese descampado, que empieza ahí? Ese ligustro, todo crecido, es el cerco de tu casa. Hasta acá llegué. No es por los fantasmas, ¿viste? Es sólo porque no quiero que me vean entrar en esa casa con vos, sobre todo si te pensás quedar. Miré en la dirección que Pablo me indicaba. Detrás del hirsuto ligustro, hacia el centro de un terreno de más o menos una hectárea, se elevaba un bosquecito y, como guarecido por él, una casa, que más que verse se adivinaba, sumida en la más absoluta oscuridad. -Loco, ahora que lo pienso, ni llave, tengo. -Ah, por eso no hay problema. Deben estar las ventanas rotas, y la puerta probablemente se pueda abrir de un golpe, si no está abierta. En una de esas hasta se ha metido gente, ahí. Adelante -agregó con suspicacia,- es tu casa. -¿Vos dónde estás parando? -En una pensión. Vamos. Pero tenés que garpar, eh.

IV
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Volví a aquella casa muy temprano en la mañana, y si bien el cuadro de día parecía mucho menos inquietante, la realidad material por cierto que resultó bastante deprimente. No en cuanto a la estructura, ya que se trataba de una formidable armazón de piedra y maderas duras con techo a dos aguas. El problema era que la vegetación había avanzado, y, por ejemplo, las raíces de los voluminosos árboles circundantes habían levantado el piso en varias partes. No salía agua de las canillas , pero había un aljibe, del cual de todos modos no pensaba beber. La casa constaba de un ambiente grande. Eso era todo, ¡todo! Una sala de quince metros por diez, completamente vacía, con una ventana desvencijada a cada lado, más parecida a cualquier cuadra de batallón que a una vivienda particular. Fíjense, en este orden psicologista, que el baño era un retrete entornado por una casilla de cemento, fuera de la construcción principal, y cerca del aljibe... No había cocina ni enseres, ni nada. Lo único que parecía piola era la estufa hogar de piedra, de cara al oeste. ¡Siquiera cuando la encendiese no se llenara la cuadra de humo! Alguien había pasado por allí, supongo que fugitivos o borrachos, ya que había desperdigadas por aquí y allá heces humanas, cuya peste por suerte había cesado hace ya mucho. Otro problema era el yuyal en todo el terreno, producto de largos años de abandono. Debía actuar rápidamente, así que tomé un micro a la cabecera de
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distrito más próxima, extraje dinero del banco, compré una Rastrojero Diesel y me pertreché de un equipo de supervivencia y las herramientas y máquinas que necesitaría para hacer habitable aquella pocilga. Estaba decidido a quedarme. Esa tardecita volví al almacén. La paisanada volvió a mirarme con curiosidad. -Buenas tardes. -¿Me da una botella de Canale tinto? El tipo se dio vuelta para buscar la botella y sin volverse, me preguntó: -¿Usté es el nuevo vecino de la caie Colihue, verdá? -Sí pues, para servirle –respondí, en un fallido intento de tonada provinciana. Dejó la botella sobre el mostrador y sonrió. Estiró su mano mientras se presentaba: -Jacobo Sepúlveda, pa’ servirlo a usté. Le invito una copa, iá que vamo’ a ser vecinos, ¿qué prefiere? -No, está, bien, gracias. -Qué, ¿me va ‘hacer un “desprecéo”? Advertí un pequeño brillo de violencia en su mirada, así que me apresuré a contestarle que una ginebra estaba bien. Eran impresionantes los cambios de humor de aquél tipo, ya que cuando estaba de onda era amabilísimo. Le pregunté acerca de alguien que quisiera trabajar para mí en la puesta a punto de mi propiedad, y me respondió que me iba a averiguar, pero que aún no me había presentado.
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-Ah, es cierto, yo soy Francisco Lobo. Quizás haya conocido a mi abuelo. -Sí, claro que lo conocí. Todavía estaba a cargo del boliche mi finao padre, ió debía andar por los treintitantos. ¿Maior, era, no? Sí, era Maior. Pero naides le decía por el grado, vio. Acá era Don Nicanor. Güen hombre. -Debe haber sido, no lo conocí. -Claro que sí. Fue una lástima que estuviera tan poco por acá. -¿Cómo tan poco? -¿Qué, no sabe? Vino, arregló la casa, estuvo un par de meses y luego faieció. Una lástima, vea. -Yo pensé que había estado más... -Y, jué más o menos así: al principio decía que estaba tranquilo por primera vez en su vida, que el paisaje, el aire del campo y qué se ió cuánta cosa. Dispué, de güenas a primeras se puso’ hablar bolazo de no sé que cuestión de un maleficio, y se murió. De golpe, y jué raro, porque parecía un roble, le digo. -Sí, fue raro, por eso me dijeron... hablando del maleficio, ¿no? -¿Qué le han dicho? ¿De la maldición, y eso? Bolazo, joven, puro bolazo. Vio la gente como es, dos militares muertos, en la mesma casa, y propiamente en tierra de indios... enseguidita nomá inventan cuentos. -Sí, puede que sí.

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Cinco ginebras más tarde volví cargado de leña, pan, carne de oveja, fruta y la botella de tinto de Río Negro.

V
A la mañana siguiente conseguí un mobiliario bien rústico pero decente y sólido, y empecé a considerar que tal vez no sería mala idea quedarme a vivir allí. Idea que en el fondo no me resultaba del todo tranquilizadora, ya que sospechaba que de alguna manera el lugar comenzaba a ejercer su embrujo. No muy lejos de casa pasaba una línea de corriente eléctrica, así que tiré un cable y me colgué. Eso me valió la casi inmediata visita de un policía que arribó dificultosamente entre los yuyales a bordo de una bicicleta destartalada. Tenía pinta de subnormal y parecía alcoholizado. Una vez que descendió aparatosamente del rodado, me preguntó con ínfulas: -¿Y se pué'saber quién ej usté, mocito? -Soy Francisco Lobo, agente, propietario de esta casa. -¿Y ió como sé, pué? -Muy fácil, ésta es mi cédula de identidad, y adentro tengo los documentos que acreditan mi posesión. Si quiere, se los muestro. -No, y ió qué sé de todo eso. -Y, bueno, entonces ¿qué quiere que haga? ¿Hay algún juez de paz, o algo así, que pueda acreditar mis papeles?
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-La verdá, no sé. Ió respondo al Comesario, nomá. -Bueno, le prometo ir a hablar con el “comesario”. -Ah, y bueno, ¿y la lú? ¿Usté se cré que viene, agarra un cable y ya está? -Lo que pasa que no sabía dónde hacer el trámite. ¿Me puede informar dónde tengo que ir? -No, lo que ió sé es que muchos se la pagan al comesario, pué. -¿Y cuánto le pagan? -Y, qué se ió, veinte. -Bueno, déle estos veinte de parte mía al comisario. Y el mes que viene, si puede, venga usted, por favor. -Como usté diga, mocito –respondió mientras tomaba el billete, con la codicia pintada en su expresión. Rato después tuvo lugar una segunda visita. Se trataba de un individuo corpulento, de unos treinta años, de rasgos e indumentaria correspondientes a los de los habitantes de las reservaciones aborígenes vecinas. Parecía muy seguro de sí mismo y su mirada, a la vez que penetrante, trasuntaba inteligencia Dijo llamarse Juan, y venía por indicación del pulpero. Me cayó bien, así que, luego de evaluar la tarea a realizar, fácilmente acordamos los términos contractuales y puso manos a la obra de inmediato, demostrando ciencia y energía para cada especialidad que resultara necesaria. En poco más de una semana tanto la casa como el terreno circundante lucían impecables. Cavamos un nuevo pozo hasta la napa de agua –que Juan me aseguró que era perfectamente po69

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table- y colocamos un motobombeador que llenaba una flamante cisterna, lo que me permitió asimismo colocar sanitarios en un apartado del gran salón único, a los que rodeé de un armazón de cañas que sostenían, a manera de un biombo, vistosos tapices confeccionados por la familia de mi empleado,el que, tal y como había supuesto, era un habitante de la reservación Mapuche que quedaba unas pocas leguas al sur. Durante ese tiempo de labor conjunta tuvimos tiempo de intercambiar algunos diálogos, los que si bien no alcanzaron demasiada profundidad, sí sirvieron para corroborar la impresión que tuve al conocerlo, en el sentido que se trataba de una persona reflexiva y aguda, aparte de exhibir una templanza de carácter y una paciencia especial frente a cualquier dificultad o contratiempo que se suscitara en la a veces ímproba labor. Por supuesto que, al propio tiempo, tuve en cuenta que era nexo inmejorable para acercarme a su cultura y de ese modo al núcleo del misterio que me ocupaba. El día que finiquitamos la tarea se apareció con dos piernas de oveja y me pidió autorización para que celebráramos lo que llamó el “Rukan”, especie de ritual que se acostumbra a hacer cuando se termina de construir una vivienda. Lo autoricé, y entonces procedió a juntar leña en abundancia y a encender una fogata de proporciones. Luego de beber y hacerme beber una buena cantidad de un aguardiente cuya esencia vegetal me resultó indeterminable,
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rompió en cánticos acompañándose de un Kultrun, un tambor de madera en forma de cono truncado, cuyo parche consistía en un cuero crudo de oveja estirado sobre la abertura mayor. A continuación se dedicó a repartir el fuego principal en varias fogatas, cuatro de ellas en el terreno circundante, dispuestas de acuerdo a los puntos cardinales, y otras cuatro en el interior de la vivienda, a saber: en la estufa hogar, en cada extremo y en el centro de la extensa habitación. Aclaró entonces que lo hacía para “calentar” la casa. Luego, y mientras las fogatas secundarias se iban extinguiendo, retomó los cánticos y el tañido del kultrun, cuya reverberancia denotaba la existencia de algunas piedras o semillas en su interior que se agitaban agregando un dejo fantasmal a las vibraciones graves y profundas del instrumento. Luego de arrojar aguardiente y gritar a voz en cuello una oración (o quizás una invocación) en dirección al oeste, hizo un pozo en la tierra, lo llenó con brasas de la hoguera principal, colocó sobre él una parrilla y puso las piernas de oveja a asar. Rato después, comimos hasta saciarnos, bebimos acorde y mantuvimos una larga conversación bajo la hipnótica luz del plenilunio. Todo comenzó a partir de un pedido de mi parte, en el sentido que me aclarara los contenidos de las manifestaciones que efectuara durante el Rukan. Se excusó, argumentando que él estaba en condiciones de celebrar los ritos, pero en modo alguno de hablar sobre temas vinculados a los

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mismos, mucho menos con un wingka como lo era yo. Aclaró que esa era tarea de un Machi, y que los Machi la llevaban a cabo únicamente cuando las fuerzas superiores así se lo indicaban, mediante señales claras e inconfundibles. Agregó que, de los Machis de la región, su propia madre era la más prestigiosa, y que ello no era gratuito, ya que por lejos era la más poderosa y visionaria de cuantas hubiera conocido. -Me gustaría hablar con ella –aventuré. -Yo puedo presentarte; mas desde luego, será ella quien finalmente decida si eres o no capaz de recibir cualquier tipo de información. -Está bien, por mí. Y si tengo que pasar por pruebas, estoy absolutamente dispuesto. Juan soltó una risa leve que pareció discurrir fluidamente en el aire de la noche. El alcohol, al menos en mí, comenzaba a licuar mis resguardos y ya casi estaba listo para hablar sin reserva alguna con aquel extraño contertulio. En tal circunstancia, fue él quien abordó en forma directa la cuestión: -Supongo que no es simple curiosidad lo que te lleva a semejante disposición. Tiene que ver con los acontecimientos que ocurrieron años atrás en esta casa, ¿verdad? -Y, sí, algo de eso hay. -Bueno, en tal caso no creo que debas insistir mucho. Nada bueno puede surgir de una iniciativa preñada de amargura.

Persona no Mapuche. 72

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-No, pero no estoy amargado... -En la superficie, puede parecer que no. Pero en tu interior es notorio que sí. Mas estás llevándome a conversaciones impropias, como te dije antes. En todo caso, son temas para hablar con un Machi. Posiblemente después de que lo hagas podremos platicar más a gusto entre nosotros.

VI
Así es que dos días después, al caer la tarde, iba con Juan a bordo de un catango (especie de carro rústico de madera tirado por una yunta de bueyes) en dirección a la reservación donde su madre, la Machi ∗ Pinsarayenm , era la máxima autoridad, tanto en temas espirituales como en todo otro orden de cosas. Juan atribuía esta circunstancia, excepcional incluso dentro de la idiosincrasia de las reservaciones en general, al tremendo predicamento e influencia ganados a través de largos años, a fuerza de contundentes demostraciones de poder y videncia. Yo debía presentarme ante ella sin ninguna preparación previa y sin protocolo alguno. Simplemente debía ponerme ante su vista y ella decidiría, de acuerdo a la visión que tuviese, si era digno o no de recibir mensaje o instrucción. Por cierto que me encontraba en un estado de ansiedad importante, ya que de perder aquella línea no se me ocurría cómo continuar con alguna

Manantial de los colibríes. 73

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investigación que arrojara luz sobre las cuestiones que me ocupaban. Recorrimos unos ocho kilómetros a paso lento, entre cerros boscosos que de vez en cuando dejaban entrever los picos helados de la precordillera. El paisaje era exuberante, aunque una incipiente neblina comenzaba a agregar un toque fantasmal al cuadro. De repente descendimos por una especie de quebrada y quedó ante nuestra vista una aldea de viviendas de adobe, con techos de paja -aunque algunas de ellas lo tenían de chapa-, diseminadas al azar en un espacioso valle, y rodeadas de corrales repletos de ganado, al parecer ovino en casi su totalidad. Los pobladores, ni bien vieron venir el catango, comenzaron a nuclearse en un baldío hacia el centro del poblado, lo que no hizo más que incrementar mi inquietud. Juan formuló lo que supuso un comentario gracioso acerca de mi popularidad entre su gente. Ya llegando al portal principal, abierto en una especie de empalizada baja de troncos que rodeaba la reservación, fuimos escoltados por unos cuantos niños y perros que alborotaban a más no poder. Una vez en medio de la gente, y sin apearse, Juan pronunció un breve discurso en mapudungun, del que no pude comprender sino unas pocas palabras, que más que nada pareció consistir en una presentación de mi persona. A continuación todos querían saludarme y estrechar mis manos y brazos, tal y como los fans suelen hacer con sus ídolos. Sinceramente, me emocioné, y mi tensión a partir de allí bajó unos cuantos
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grados. Lamenté no haber previsto una situación tal (¿cómo hubiera podido hacerlo?) y traer conmigo obsequios para corresponder a tan calurosa bienvenida. En fin, no faltaría ocasión más adelante. Luego del saludo masivo, durante el cual me percaté que la mayoría de ellos dominaba el español, nos recluimos en la vivienda de Juan, donde seguimos oyendo al gentío pululando en derredor. -¿Qué es, todo esto? ¿Me estaban esperando, acaso? -Somos gente muy sociable, a contrario de cualquier otra cosa que te hayan dicho –me respondió con una amplia sonrisa, mientras servía dos vasos de aguardiente. -¿Estaba tu madre entre ellos? -No. Ella aparecerá únicamente cuando sea necesario. Mejor dicho, serás tú quien comparezcas ante ella.- Derramó unas gotas de cada vaso sobre el piso de tierra apisonada y balbució una oración corta. Luego me tendió uno de ellos. –Bebe, bebe bastante. Tal vez pueda hacerte falta. -Me estás asustando. -Un hombre que viene solo, a vivir en una casa que tal vez no en vano se relacione con una maldición, difícilmente sea muy fácil de asustar. Un consejo: antes de hablar con la Machi, debes dejar de comportarte como lo que no eres. Ella verá dentro de ti como tú lees tus libros, y te será imposible mentirle u ocultarle cosas. Incluso si te mientes o te ocultas cosas a tí mismo.

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Comimos frugalmente a la luz de las velas y continuamos bebiendo un buen rato, supongo que hasta cerca de la medianoche. Entonces Juan se incorporó y dijo que ya era tiempo, que me concentrara en ser lo más transparente y liviano posible antes de ingresar en la choza de Pinsarayenm. Salimos, caminamos entre los ranchos y los corrales y a poco llegamos a una choza algo mayor que las demás, y de cuyos resquicios emanaba un ostensible reflejo de luz. Juan se plantó frente a una puerta cuyo único cerramiento consistía en un tapiz con motivos zoológicos e invocó a la Machi a su través. -Adelante –indicó una voz de mujer, aunque lo suficientemente grave como para llamar a equívoco. -Anda, pues, te dice a ti –aclaró Juan. Presa de una intensa agitación interior, descorrí el tapiz e ingresé en una estancia pequeña, llena de chirimbolos, instrumentos musicales y artesanías en piedra que supongo eran utensilios rituales. Innumerables velas esparcidas por aquí y por allá creaban una luminosidad intensa pero móvil. Coronando la escena, en la pared que se enfrentaba con la puerta, había una deshilachada bandera argentina sin el sol de guerra. Y allí parada frente a mí, más que observándome, penetrándome con la vista de sus ojos como desenfocados, estaba una mujer quizás anciana pero de una edad difícilmente deducible, largos cabellos negros en parte trenzados, rostro anguloso y absolutamente arrugado, poncho y un collar de hojas de colihue. Llevaba una piedra en cada mano, y parecía frotarlas
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con energía. No supe qué hacer, así que no hice nada. De pronto cerró sus ojos y comenzó a susurrar algo, mientras se me acercaba y soplaba todo alrededor de mi cabeza, sin dejar de pronunciar palabras incomprensibles para mí. Luego juntó unas ramas de canelo del piso a un costado de la estancia, las agitó en el aire y a continuación procedió a sacudirlas contra mi cuerpo como quien pasa un plumero. De a poco cedió en su actividad, abrió grandes sus ojos negros y me dijo: -Eres lobo que ha sido criado en una manada equivocada. Al fin, has vuelto a tu cubil. Tuve ganas de preguntar que diablos quería decir con eso, pero no me atreví. Ella sirvió tres copas de aguardiente, llamó a Juan al interior y nos convidó, luego del consabido goteo sobre la tierra. Se dirigió a Juan, en español: -Has hecho bien, hijo mío, en traer al pequeño Lobo. Es responsabilidad de él recibir la parte de la tradición que le corresponde. Qué hará con ella, que es lo mismo que decir qué hará con su vida, depende únicamente de él y de sus posibilidades. -Pero madre, me resulta extraño... es un wingka. -¿Qué es lo que sabes tú, acerca de qué cosa es cada uno? -No, yo decía, nomás –se excusó con tono sumiso ante la terrible mirada que acompañó la reprimenda. -¿Por qué crees que necesitas saber de nuestras creencias? –Me preguntó, de pronto y sin preámbulos.

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-Señora Machi, seguramente ha oído lo que se dice de la casa de la calle Colihue, donde vivieron mis antepasados. -He oído todo de todo, y de cualquier manera no necesito oír para saber lo que quiera. Ni siquiera necesito oír tu respuesta. Mi pregunta está dirigida hacia tí, si sabes o crees saber qué es lo que estás haciendo aquí. -Creo que es eso, señora. La necesidad de saber qué fue lo que pasó con mi padre, y con mi abuelo. -He de decirte algo: a pesar, como dice aquí Juan, que la situación parezca extraña, debo iniciarte en los secretos de nuestra gente. Una parte mía se rebela y preferiría aniquilarte aquí mismo con mi poder, pero quién soy yo para contradecir las señales de lo Alto. Lo que tengo para enseñarte reducirá a cenizas cualquier preocupación como la que has dado voz, si resultas lo suficientemente capaz como para absorberlo. Pero con querer saber no es suficiente. No puedo andar por ahí perdiendo tiempo con cuanto wingka mal trazado al que se le ocurra beber de mi fuente. Has de demostrarme que, tal y como parece ser, eres digno de recibir la tradición. Y otra cosa: no puedo siquiera hablar contigo una sola palabra más si no consientes en volverte uno de nosotros, ahora. -¿Y cómo hago semejante cosa? ¿Lo digo y ya? -No, Volviéndote mi Yegülfe, mi asistente. Así participarás de todos los ritos y conocerás los secretos de mi arte. Y quién sabe, tal vez un día incluso sepas más que yo; cosa que no creo, por otra parte.
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-Me parece muy bien. -No te apresures. Aceptar ese compromiso supone que siempre, en todo momento, tendrás que hacer cuanto te diga. -Bueno, soy descendiente de militares... -¡Ni lo menciones! –Volvió a hacer resplandecer sus ojos de ira y un temblor súbito sacudió mi torso.Los milicos nomás hablan de poder. No son capaces de entender ni siquiera el lenguaje de la naturaleza, mira si van a conocer los secretos de poder. No vuelvas a mencionarlos, a menos que yo te lo indique. -Está bien, yo decía, nomás. -A partir de ahora, no digas, “nomás”. -Entendido. -Y otra cosa: si vas a ayudarme en cuestiones cruciales, como son la salud de nuestra gente o los sacrificios para alabanza y gloria del gran Ngenechen, debo estar segura al menos de tu temple y capacidades. En esta instancia no pude evitar que una duda racional me asaltara. ¿Acaso la vieja aquella no “veía”, no era vidente? Si así era, ¿entonces cómo no sabía si tenía temple, o talento? En todo caso, yo carecía de la mínima presencia de ánimo como para dar voz a esas dudas, y, en rigor, supuse que la vieja apelaría otra vez a la argucia de que sus preguntas estaban formuladas desde y para satisfacer mi propia ignorancia. -Estás aprendiendo a mantener la boca cerrada –dijo, al parecer conciente de mis maquinaciones,- y ésa es buena señal. Sería bueno, por otra parte, que apren79

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das rápido, ya que hasta ahora tu vida se ha malgastado miserablemente. -¿Cómo dice? -Como escuchas. Has pasado toda tu vida bajo las faldas de tu madre o aferrado a los pantalones de tu padre. Nada has hecho por ti mismo, eso dejando de lado un montón de conductas estúpidas que no viene a cuento que te las recuerde, puesto que sabes muy bien a qué me refiero. En definitiva, nunca fuiste puesto a prueba, así que tus reacciones bajo presión son casi imprevisibles para mí, imagínate cuánto lo serán para ti mismo. Pensé que no era cierto, que había pasado por dificultades como cualquier otra persona, e incluso consideré que mi reacción a los eventos trágicos sucedidos dos años atrás había sido por demás templada, pero nada dije. La anciana Machi prosiguió: -Desde mi punto de vista, y a pesar de tu edad, eres un niño. Y yo necesito ver algunas cosas, para lo cual apelaré a la medida que empleamos con nuestros niños cuando necesitamos ver su personalidad futura. Dejemos que hable el miyaye. –Entró a la habitación en busca de algo. Yo miré a Juan, algo alarmado, y le pregunté: -¿Miyaye? ∗ -Sí, así le llamamos al chamico . Volvió munida de una calabaza grande y, mientras canturreaba otra suerte de invocación o lo que fuere, revolvía enérgicamente su contenido con

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una cuchara de madera oscura. Clavó su mirada en mis ojos y me ordenó en forma tajante que me quitara la camisa, cosa que hice sin dilación alguna y notando al propio tiempo una increíble merma en mis procesos de volición. Ella siguió canturreando mientras embadurnaba mi pecho, vientre y espalda con una substancia pardusca de un olor acre y penetrante. Finalmente pareció dibujar con su índice impregnado algunos signos en mi frente, me ordenó colocarme la camisa y salir. Los tres nos sentamos en el piso de tierra frente a la precaria vivienda. La noche era apacible, clara, y no se veía un alma en los alrededores, aunque algunas voces y ladridos llegaban desde las casas vecinas. La Machi y Juan parecieron allí sumirse en un estado de profunda meditación; tan es así que yo tenía la certeza que habían abandonado sus cuerpos, a partir de la ostensible sensación de soledad que experimentaba. De repente se me ocurrió que tal vez ellos siguieran allí y era yo quien me estaba yendo, espoleado por los alcaloides, que producían un calor creciente en mi piel. Durante unos minutos sentí náuseas y pensé que iba a vomitar, lo que me puso algo incómodo, ya que no sabía si era prudente romper el clima levantándome para hacerlo en otro lado. Pero felizmente, pasó. Solamente me quedó un residuo de relax estomacal. A poco advertí que las tenues luces del entorno, al igual que las de la luna y las estrellas, cobraban un fulgor inusitado, y supe que el viaje había comenzado. Pensé en las tantas
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veces que había alterado mi conciencia sin más propósito que divertirme o complacer voluptuosidades, y supe entonces que la vieja tenía razón: yo era un niño. Encontré desmesuradamente graciosa esa certidumbre, algo como una escotilla se abrió en mi garganta y reí; ampulosamente, inconteniblemente, como no recordaba haber reído nunca antes. A continuación creo haber perdido noción del entorno. Tal vez fue un sueño, tal vez mera alucinación, pero lo cierto es que emprendí un vuelo tan vívido que me permitió ver la reservación desde arriba, planeando en alas oscuras que dominaba con una pericia exquisita, bebiendo las corrientes de aire con membranas ávidas, como prendas de un inédito y volátil erotismo. Dirigí mi vuelo de modo que unos instantes después me encontraba sobre la casa de mis antepasados. Sentí una especie de ingente repulsa respecto de ella y no fui capaz de explicarme por qué, ya que todo parecía discurrir en un ámbito distinto al racional, aunque pugnara por remitirme a esos encuadres compelido por toda una experiencia de estructuración psíquica. Era muy loco, ¿no?, tratar de someter a instancias intelectuales una situación semejante. Volví a reír, y mi risa se encargó de arrastrar consigo cualquier resabio de pensamiento logicista. Sobrevolé montes, valles y bosques, presa de un entusiasmo infantil y de una especie de satisfacción ya conocida pero postergada por largo tiempo, como si en algún momento hubiera sido algo co82

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rriente para mí semejante actividad. Fui a posarme frente a una planta de chamico en la mitad de un gran descampado. Se movía arrítmica, espasmódicamente, al parecer con total independencia del viento e incluso contradiciendo a veces su sentido. Sus movimientos me provocaron un efecto hipnótico, hicieron que mi atención se sujetara irreductiblemente a sus designios. Al cabo de un rato yo sabía, sin sombra de duda, todo cuanto un herborista consumado puede saber acerca de las plantas y sus diversas aplicaciones, en una transmisión de conocimientos tan extraña como contundente. Finalmente la planta se agitó como si hubiera sido presa de remolinos huracanados –aunque el aire de la noche apenas si se movía-, y tomé conciencia del vacío que me rodeaba y que a la vez me constituía; fui atravesado a mi vez por mareas cósmicas imposibles de traducir a lenguajes ordinarios, sentí un intenso dolor en lo que suponía era mi cuerpo –con todo y alas- y me extinguí ardiendo, como en medio de una pira funeraria.

VII
Oí unas risillas y tomé conciencia de un fuerte dolor en la nuca, como suele ocurrir después de las grandes borracheras. El sol de la mañana daba de lleno en mi cara, y un fuerte y desagradable olor aguijoneaba mis fosas nasales. Abrí los ojos y pude ver un vómito justo adelante. Había dormido sobre
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el pasto todo despatarrado, y debo haber vomitado en esa posición. Unos niños reían ante el triste espectáculo que estaba dando, mientras una mujer gorda los espantaba. Me incorporé y sentí un leve mareo. Hice un par de arcadas, supongo que por el asco

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que me producían mis propias regurgitaciones. Llamé a la Machi y a Juan desde la puerta, mas no obtuve respuesta alguna. No supe qué hacer, así que emprendí a pie el relativamente largo camino de regreso a mi casa. Las pocas personas que crucé mientras abandonaba la reservación me saludaron muy amablemente, aunque detrás de sus sonrisas me pareció entrever un aire de jocunda complicidad.

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Allí iba yo, caminando a través de imponentes paisajes, cavilando acerca de la formidable experiencia de la noche anterior, únicamente comparable en términos vivenciales a aquella otra ocurrida en mi casa natal cuando una hermosa muchacha devino en puma. A pesar de lo pintoresca o trascendente que la misma pudiere parecer, la sensación que me había dejado no era nada agradable. Me veía atribulado por lo que podría definirse como una crisis del sentido de realidad. Todo aquello que aparecía ante mí, el mundo de todos los días, había perdido credibilidad, había perdido consistencia, a partir de la irreductible certeza que como contraparte ofrecía el patente recuerdo del vuelo nocturno. Dejando de lado toda la gama de parámetros convencionales que nos ubica en una realidad “concreta”, no había asidero que me permitiera privilegiar cierta oscura cotidianeidad por sobre la vivacidad de los acontecimientos que se presentaron ante mí la noche anterior. Y eso me generaba una inestabilidad primaria, es decir, me producía una angustia terminal por cuanto no imaginaba sustento posible sobre el cual volver a articular mi idea de realidad. Recordé que algo parecido había experimentado Allen Ginsberg luego de su experiencia con la ayahuasca (según lo que expresara en su correspondencia con Burroughs) y calmé un poco mi ansiedad diciéndome que quizás fuera así siempre y que poco a poco las fichas iban a ir cayendo en su lugar.

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A medida que me iba acercando a mi propiedad, la depresión y el sinsentido crecían ostensiblemente en mi ánimo, cosa que me hizo recordar la repulsa que me invadió horas antes, al verla desde el cielo. Quizás me haya condicionado, pero el hecho es que no más verla me puso enfermo; no obstante me sobrepuse e ingresé con el sentimiento que supongo debe experimentar un poseído entrando en la iglesia. Luego de dormir un par de horas, ya que a pesar de cualquier incomodidad me sentía agotado, salí a la mesa exterior munido del equipo de mate y unos cuantos libros. Estaba decidido a enfrascarme en cualquier actividad que me alejara cuanto antes de la inestabilidad emocional ya referida. No obstante, una frase de Kafka me retrotrajo a las problemáticas que intentaba dejar atrás: “Uno siente temor ante la libertad... prefiere morir ahogado tras las rejas levantadas por uno mismo”. Saquen ustedes sus propias conclusiones...

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Rato después vi venir a Juan en su catango. Por primera vez atravesó la tranquera con él y se estacionó al frente de la casa. Siempre lo había dejado afuera, sobre la calle. Tal vez era una forma de remarcar el aumento de confianza que parecía haber operado tras mi ingreso en su círculo, cosa que se vio reafirmada por el trato fraternal del que me hizo objeto a partir de allí. Tomamos unos mates, mientras me daba traslado del veredicto que la Machi Pinsarayenm había formulado respecto de mi encuentro con el miyaye. -Dijo la Machi mi madre que respondiste mejor que lo que cualquiera hubiera podido esperar. Casi enseguida encontraste tus alas de perro volador, y manejaste tu vuelo como quien lo hace desde mucho tiempo atrás. -¿Alas de perro volador? ¿Qué coño es eso? Aparte, ¿Cómo sabe que volé? -Estás haciendo preguntas estúpidas, y es una suerte para ti que no se las hayas hecho a ella, porque tendría unas cuantas cosas que recriminarte, y claro que habrás observado que no tiene muy buen talante que digamos. ¿Cómo sabe que volaste? Bueno, estuvo todo el tiempo junto a ti. -Querés decir, en la enramada, al frente del rancho, ¿no?

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-Quiero decir que estuvo todo el tiempo junto a ti, estuvieras donde estuvieses. Pero no voy a darte el gusto de que sigas haciéndote el tonto. Tú sabes perfectamente que la Machi es vidente y que lleva muchísimos años dentro del mundo que recién ayer atisbaste como corresponde, así que dejemos de lado todo ese tipo de payasadas y vayamos al grano de lo que me envió a decirte. A saber, que eres la única persona que ella haya visto a quien el miyaye le ha entregado todo un tesoro de sabiduría en su primer encuentro. -¿Y cómo puede haber visto ella eso? -Por favor, estás tratando de racionalizar cuestiones que rebasan esos términos. -¿Sabés que tu forma de hablar no se compadece mucho con la de la mayoría de tu gente? -Claro que lo sé, y eso es porque mi madre me envió a estudiar en los colegios del wingka, y hasta llegué a la Universidad. Estamos en conflicto, y necesitamos conocer lo más posible su pensamiento, por estrafalario que nos parezca, para hacer valer nuestros derechos. No veo qué te sorprende. De alguna manera, soy como tú, pero al revés: mitad Mapuche y mitad wingka. -¿Qué querés decir con eso?

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-¿Acaso no estás estudiando nuestras tradiciones? Es más, vengo a decirte que has sido aceptado como Yegülfe, sin más trámite. Y eso tiene que ver con otra cosa que me encargó que te dijera. Es acerca de esta casa. Ella también vio el desagrado que te causó cuando la viste durante tu vuelo, y fue motivo de gran satisfacción de su parte. No te pide que no vengas más por aquí, pero sí te exige que vivas con nosotros, en la comunidad. -¿Cómo? -Sí, y ello en el marco que te comprometiste a hacer cuanto te diga. No te hagas problema, mi casa es grande, y vivo solo. La podemos compartir, y así te evitarás tener que levantar otra casa más, en tan poco tiempo. Aparte, podrás volver por aquí cuando quieras, o mejor dicho, cuando tus obligaciones para con la comunidad te lo permitan. Eso, obviamente, si tienes ganas o un propósito determinado. Advertí entonces que la decisión ante la cual me encontraba constituiría una bisagra en mi vida, así que me tomé cierto tiempo para sopesar aunque sea grosso modo sus implicancias. Juan, entre tanto, guardó silencio; era claro que respetaba mis tiempos. -Está bien –concedí finalmente. A la necesidad de conocer los arcanos que habían arrojado una sombra sangrienta sobre mi línea paterna, se aunaba ahora una voraz curiosidad acerca del extravagante acervo cultural que se me ofrecía. -Por supuesto, no podía ser de otro modo –acotó, con aire enigmático.
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-¿A qué te referís? -A partir de ahora, que has aceptado, únicamente formularás tus preguntas a la Machi. Es la regla. Aparte, como vienen las cosas, es muy probable que a poco sea yo quien deba formulártelas a ti. No habían pasado veinticuatro horas que ya estaba de nuevo a bordo del carro rumbo a la comunidad, esta vez con perspectivas de permanencia. Una parte mía, cada vez más débil y en franca dilución, tendía a pensar que estaba metiéndome en la boca del “lobo”. La otra ardía, con intensidad creciente, en deseos de encarnar los quizás últimos vestigios de un conocimiento en vías de extinción.

VIII

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Durante un año ejercí mis funciones de Yegülfe. A lo largo de todo ese tiempo participé activamente de todas las ceremonias religiosas, especialmente del Machitun, durante el cual el conocimiento que había obtenido del miyaye me permitía desarrollar personalmente y sin intervención de la Machi numerosas curaciones con plantas. Tal actividad me complacía enormemente, podía ser útil a los demás y por primera vez hallaba un sentido a mi vida. Desde luego, pude comprobar la pertinencia y los alcances de una ciencia asentada en modos y códigos diferentes, tal vez difusa en sus formulaciones, pero aún así, totalmente efectiva y de eminente practicidad. Por primera vez en mi vida, también, sentí en forma inequívoca la presencia del Señor. Así las cosas, fueron cada vez más espaciadas mis visitas a la casa de calle Colihue. Finalmente me conformé con verla desde el catango cada vez que por algún asunto teníamos que ir al pueblo. Eso sí, todos los meses dejaba veinte pesos al oficial de policía en concepto de una energía que jamás utilizaba. Debo decir aquí que mi nombre en la comunidad ∗ era Trewa , y tanto lo internalicé que en las veces que debía hacer algún trámite burocrático o retirar dinero de mis cuentas, el nombre de Francisco Lobo llegó a parecerme absolutamente ajeno.

Perro. 92

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Fue también en esos días que comencé a constituir lo que llaman püllü, que se me ocurre definir como un cuerpo superior, aunque ellos suelen traducirlo por “alma”, o “espíritu”. Tal vez esté bien, es sólo que habría que considerar lo que significan estos vocablos para un Mapuche, ya que la espiritualidad natural suele otorgarles contenidos menos acotados por el concepto. En fin, decía que comencé a constituir mi püllü, a partir del newen (poder) que conseguía a traves de la actividad que denominaban ∗ pewma (soñar) . Dotado de alas, no sólo me permitía dirigirme en un abrir y cerrar de ojos a cualquier lugar de este mundo o de los otros permitidos a los hombres, sino que abría mis ojos hacia un tipo de videncia intraducible en términos de lenguaje, por cuanto se trataba de certezas que obtenía con la totalidad de un ser que no responde en absoluto a la noción de cuerpo. Se me ocurre que tenemos demasiado incorporada la idea de oposición entre cuerpo y alma, carne y espíritu. El sueño es la válvula para la integración de ambos en un mismo y único ser, para el cual es muy simple realizar prodigios que aúnan lo sutil de su componente etéreo con lo operativo y aglutinante de la encarnadura, la que finalmente nos permite atesorarlos antes que se diluyan en lo indiscriminado.
∗

Sírvase considerar estas dos ideas con la misma laxitud semántica antes señalada.

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Fue una de esas noches, durante las cuales daba rienda suelta a la mágica estructura aprendida con tanta pasión y entusiasmo, que se puso en movimiento un nuevo engranaje de la vorágine que al parecer me acompañaría durante toda mi vida terrenal. Juan y yo, a estas alturas, habíamos alcanzado una relación fraternal tan patente que, si bien yo no tenía antecedentes que confrontar dada mi condición de hijo único, suponía mas férrea, leal y afectiva que cualquier otra, así estuviera fundada en lazos de sangre. Esa noche habíamos cenado opíparamente un ∗ ∗ exquisito apol , acompañado con kako  y bien ro∗ ciado con pulku . Luego continuamos bebiendo aguardiente de maíz hasta bien entrada la noche, y cuando me fui a dormir estaba bastante alcoholizado. No obstante, mi püllü emergió casi instantáneamente y me llevó en un vuelo enérgico y veloz directamente hacia la casa de la calle Colihue. Algo desconcertado, sobre todo porque generalmente era mi centro de voluntad habitual el que lo dirigía, asumí que algo crucial iba a serme revelado, así que extremé mi atención. Casi no tuve tiempo de hacerlo, ya que vi salir en rauda carrera desde el bosquecillo que rodea la casa a un puma, que luego iba a perderse en la espesura unos cuantos metros más al sur, en dirección contraria a la que yo venía. Mi püllü

Pulmón de cordero relleno con sangre. Trigo pelado con cenizas. ∗∗ Vino.
∗ 

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supo inmediatamente que se trataba de Pangi, la mujer puma que una vez me había seducido, y la reacción orgánica fue tal que desperté jadeante en la choza de Juan. ¿Qué diablos significaba aquello? No dudé un instante, me vestí y emprendí el camino, en plena oscuridad, hacia la casa de mis antepasados.

IX
Recorrí la distancia que me separaba de la casa lo más rápido que me permitieron mis piernas y mis pulmones; frenético, ansioso, como en un trance febril, que hizo que recuerde ese trayecto como un sueño difuso, en total contraste con la experiencia previa a bordo de mi püllü, la que parecía mucho más accesible a mi memoria. En ningún momento consideré la posibilidad de que el puma que había visto pudiera salir a mi encuentro, y si lo hice, no me inquietó en modo alguno; al contrario, en todo caso me hubiera gustado ver nuevamente a Pangi, totalmente convencido que se trataba de ella. Tal era la confianza que tenía en la percepción de mi contraparte gaseosa. Tal vez hubiera sido ella quien había asesinado a mi padre, pero en este juego de instintos y en ese contexto, la sexualidad era más determinante que cualquier piedad filial.

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No obstante si algún sentimiento guardo de aquella marcha compulsiva, es una especie de grave incertidumbre. El mensaje emocional había sido claro en cuanto a su carácter ominoso, y esta impresión se vio reforzada cuando, al llegar, advertí que una lechuza se había posado sobre el techo, siendo ésta una inequívoca señal de desgracia para los Mapuche. No imaginaba qué podía haber pasado allí, y suponía que solamente alguien con mayor poder que yo podía haber desviado mi videncia de modo tal que me fuera imposible el más leve atisbo de lo sucedido.

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En el apuro por ingresar no advertí el cuerpo tendido frente a la puerta; tropecé con él, y se me heló la sangre. Evité su contacto retirando mis pies, en orden a atávicas repulsiones. Abrí la puerta, encendí la luz y entonces lo vi: desgarrado por todas partes, en medio de un gran charco de sangre y con los ojos fijos de terror en un punto totalmente fuera de este mundo, estaba Pedroza. Sentí un mareo y me afirmé contra el marco de la puerta. Esperé que la mente se me aclarara un poco y volví a mirar. No había nada que hacer: aparte de las múltiples heridas –muchas de ellas evidentemente provocadas por garras-, tenía el cuello deshecho. A su lado había un maletín completamente embadurnado por los fluidos corporales que seguían manando del cadáver. Presa de una gran agitación lo tomé y cerré la puerta. El corazón parecía querer salirse de mi pecho mientras lo abría. Dentro de él había unas cuantas cartas dirigidas a mi persona y que habían sido devueltas por el correo con una leyenda que rezaba “destinatario desconocido”, en las que me instaba a tomar contacto con él en forma urgente, con tono cada vez más apremiante de acuerdo a las fechas de remisión; a la vez que reclamaba airadamente que respetara mi promesa de mantener contacto, cosa que yo, por supuesto, no había hecho, embelesado como estaba con mi nueva idiosincrasia. También contenía algunos documentos y efectos personales y, lo más desconcertante, un cuaderno muy viejo, de tapas duras y hojas amarrillentas, que no era otra cosa que una
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especie de diario, o mejor dicho de confesiones, escrito de puño y letra por mi bisabuelo, el Coronel Zacarías Lobo. Cómo había llegado ese documento a sus manos,o si estaba en su poder desde antes, es algo que jamás podré saber, ni aún echando mano a las técnicas de éxtasis que he aprendido a ejecutar. Afortunadamente habían quedado algunas botellas de whisky en el aparador; así que abrí una, tomé aire e inicié la lectura:

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“Mi nombre es Zacarías Lobo, soy un hombre de honor y un soldado de la Patria. Escribo estas líneas un poco para salvaguardar el primero y para alertar a la se-gunda acerca de un peligro que creímos conjurado pero que está aquí, enquistado y latente, esperando el tiempo propicio para volver a socavar las bases de lo que tanta sangre y sufrimiento nos costó. Me resulta necesario explicar, en primer lugar a mi amada esposa y a mi ado-rado hijo, las razones que me llevaron a abandonar el ho-gar conyugal en forma abrupta y sin mediar explicación alguna, para venir a radicarme aquí, cerca de donde años atrás sucedió un hecho que parece haber derivado en la a-ciaga maldición que espero, de todo corazón y ante Nues-tra Señora la Virgen María, no los alcance jamás.

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Tal vez haya venido a morir, tengo demasiados indicios que parecen señalar tal posibilidad, pero de acuer-do a mi formación y a la característica indomable de mi temperamento, no voy a hacerlo de rodillas ni rogando mi-sericordia, sino dando la más cabal de las batallas, como lo he hecho a través de toda mi vida, tanto en el plano mili-tar como en cualquier otro. Afortunadamente el General Julio Argentino Roca -a quien tuve el honor de conocer y servir por vez primera en las cercanías de Pastos Grandes, en la Puna, en oportunidad de acabar con el flagelo que entonces encarnaba el caudillo Felipe Varela- ha pre-miado a quienes sostuvimos la guerra contra el infiel con parte de las tierras asimiladas a la Nación en la heroica Conquista del Desierto. Ello me permitió levantar con mis propias manos ésta, mi morada, que no es otra cosa que un puesto de batalla erigido contra un enemigo traidor y ano-dino, cuya principal fuerza consiste en una vieja alianza establecida con el mismísimo demonio. Y si digo esto, sé muy bien por qué lo digo. De nada me valdría permanecer en Buenos Aires tratando de ocultarme, porque las bruje-rías nos
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alcanzan allí donde estemos, las argucias de Sata-nás son tantas... de ese modo imagino que solamente conse-guiría involucrar en este amargo conflicto a los dos seres que más amo en el mundo. Todo comenzó cuando fuimos llamados al deber por Napoleón Uriburu, quien fue puesto por Roca a cargo de la columna occidental de la Campaña. Ya por entonces Teniente Primero, sentí el fervor y la alegría de servir a Dios Nuestro Señor y a la Sagrada República en momen-tos tan decisivos para nuestra historia. Encaré esa misión como una verdadera Cruzada, y aún hoy sigo creyendo que así fue, que nuestro esfuerzo y nuestra sangre fueron la mejor ofrenda no solamente para con la posteridad, sino fundamentalmente para con la expansión y la consoli-dación de la única Fe Verdadera.

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Llevábamos muchos días de cabalgata, soportando un frío espantoso, comiendo carne de yegua como si los infieles fuéramos nosotros, mientras los muy bastardos se regodeaban con el ganado vacuno que nos robaban para vender en Chile. Para colmo tenían fusiles Rémington que los mismos chilenos les proporcionaban, lo que los volvía mucho más peligrosos, teniendo en cuenta que además co-nocían el terreno mucho mejor que nosotros. No obstante cumplimos con nuestro deber, fundamos un fortín y aca-bamos con los salvajes que se hacían fuertes bajo el mando de Baigorria.

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Fue cuando iniciábamos la vuelta hacia el este, para encontrarnos con las tropas que días antes habían celebrado el éxito de la Campaña en las orillas del Río Negro y frente a la isla de Choele Choel, que tuvieron lu-gar los sucesos que han determinado tan aviesamente el resto de mis días. Corrían los primeros días de junio de 1879 cuando decidí encabezar una avanzada de recono-cimiento del terreno, para lo cual convoqué un puñado de los mejores hombres a mi cargo y a un indio converso que pudiera sernos útil en caso de presentarse cualquier parlamento. Pese a que estoy seguro que estaba cumpliendo con mi deber, hoy dudo sinceramente que, de haber sabido en-tonces lo que me iba a arrojar encima, hubiera efectuado esa maniobra.

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Luego de dos horas de marcha forzada en dirección este, llegó hasta nuestros oídos el sonido de un tambor pampa. Guiados por él, comenzamos a acercarnos agaza-pados, extremando las precauciones y aguzando todos nuestros sentidos, bien sabido es lo ladinos que son estos salvajes. Aparte, nos parecía raro que como estaban las cosas no fueran más prudentes, lo que hacía pensar que seguramente varios guerreros bien pertrechados estarían secundando tan ruidosa actividad. Recorrimos los últimos metros cuerpo a tierra a través de un frondoso bosquecito. Ya cerca del lindero que daba a un claro bastante amplio, pudimos ver a través de la espesura que, contrariamente a lo que habíamos supuesto, sólo se trataba de un puñado de infieles desarro-llando lo que parecía ser uno de sus sacrílegos rituales. De todos modos, y mediante señas, indiqué a mis hombres mantenerse en absoluto silencio y observar, ya que te-niendo en cuenta la malicia del salvaje, consideré que po-día tratarse de una emboscada.

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Alerta entonces, nos dedicamos a escudriñar cada detalle de lo que estaba ocurriendo en aquel claro. El grupo estaba compuesto por unas cuantas mujeres de distintas e-dades, dos o tres viejos y algunos niños. Era evidente que, de no ser una emboscada, los hombres debían estar afecta-dos a actividades relacionadas con la guerra que estábamos librando. Y seguramente, en consecuencia, estarían invocando a sus demonios para hacerlos interceder en con- tra nuestra.

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Una mujer, que en honor a la verdad debo decir que a pesar de la impureza de su sangre se veía realmente muy bella, parecía presidir la ceremonia; bailoteaba dando golpes sobre el piso con la punta de su pie izquierdo al son de los tambores, con los ojos en blanco y como poseída por maléficos espíritus. De pronto algunas de las otras muje-res comenzaron a agitar una especie de sonajas y un niño de unos cinco años avanzó hacia la sacerdotisa, se quitó las ropas y se acostó desnudo sobre unas pieles de oveja. La agraciada hechicera comenzó a frotar todo el cuerpo del niño con ramas de laurel, o de canelo, mientras el re-tumbar de tambores y sonajas crecía, al igual que los cán-ticos. Una vez que hubo terminado con la friega, comenzó a chupar, o lamer, todo el cuerpo y la cabeza del párvulo con evidente lascivia. ¿Qué clase de culto tan aberrante podía contener semejantes impudicias? El pobre infante se retorcía de dolor, tal la energía que la bruja aquella em-pleaba en su despreciable tratamiento. Luego, por un mo-mento, pareció que las penurias del chico acabarían allí, ya que fue sentado sobre una silla, le fue colocada una corona de
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flores y casi fue cubierto con hojas por los asistentes que no estaban tañendo instrumentos. Luego el niño se in-corporó, y blandiendo sendas ramas que esta vez pude re-conocer que eran de canelo, comenzó a cantar de un modo tan descontrolado que, aún siendo yo un valeroso soldado de la patria, sentí escalofríos. En tanto daba rienda suelta a esas sacrílegas invocaciones, uno de los viejos se dirigió a un carnero que estaba atado y dispuesto a unos pocos metros y, mientras el sonido de tambores, flautas y sona-jas crecía, abrió de un limpio cuchillazo el pecho de la bes-tia y le arrancó el corazón con sus propias manos, lo levantó sobre su cabeza y dejó escurrir la sangre hacia su boca como solamente un demonio encarnado podría hacer-lo. Luego hicieron lo propio la sacerdotisa y el niño; sus rostros tintos en sangre resaltaban una malevolencia nunca antes vista por mí, ni siquiera durante las peores batallas que había tenido que librar.

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Entonces ocurrió lo que ya colmó mi capacidad de control, algo tan reñido con la naturaleza y con los mandamientos del buen Dios que haría al más piadoso de los hombres reaccionar con la más justa de las iras: el niño y la bruja devoraron el corazón aún palpitante, desga-rrándolo a tirones de manos y dientes con tanta avidez como ni siquiera un perro famélico podría hacerlo. El an-ciano se acercó luego, cuchillo en mano, y abrió un tajo en la lengua de cada uno, lo que acentuó el flujo sangriento en las fauces de ambos. Tras lo cual, mujer e infante pusieron en contacto sus bocas en un beso tan infernal que se me erizó la piel. Asqueado, herido tanto en el pudor co-mo en mi religiosidad, ordené a mis hombres avanzar, des-deñando cualquier posibilidad tramposa. Si tenía que morir allí, a manos de cualquier salvaje oculto, lo habría hecho gustoso, alegre y orgulloso de acabar mis días en servicio de la buena fe. Ni bien nos vieron entrar en el claro se quedaron de una pieza, cesaron todos los instrumentos y las actividades satánicas. Caminé al frente de mis hom-bres, tembloroso mi índice sobre el gatillo del fusil, fui directamente hacia la hechicera y le descerrajé un tiro
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en la cabeza. La maldita cayó hacia atrás, y antes de exhalar su último suspiro, dijo algo así como “Auingelaimi, huinca, uelu laiai.“ En tanto el segundo hombre a cargo del pelotón, el suboficial Daguerre, hizo lo propio con el niño, y no me pareció nada mal. Aquella alma pequeña, si es que tenía una, ya estaba infecta para siempre. El anciano sangriento y algunas mujeres gritaban, supongo que implorando piedad, y se arrojaron al suelo tratando de reanimar a los cadáveres; los apartamos a patadas y entonces ví los ojos del niño, tal vez muertos, pero con una extraña fijeza en mi persona que parecía seguirme adonde me moviera. Sentí otro escalofrío, y descargué mi arma en su rostro. Luego me di vuelta sin considerar el resultado y ayudé a mis hombres a conducir a patadas al resto de los infieles rumbo al campamanto. Cada tanto al-guna mujer rompía a llorar ruidosamente, y era acallada inmediatamente por botas o culatas. Pregunté al indio converso qué era lo que había dicho la bruja luego que le disparé, y me respondió que había dicho “Ay de ti, huinca, por esto has de morir.”

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Quiero decir aquí, para que quede bien claro, que jamás me arrepentí por la acción que acabo de relatar. Hoy día, y pese a la amargura que me ha deparado el ha-berme echado encima el odio eterno de Satán, estoy con-vencido que obré bien y que la misericordia del Señor me acompañará aún después de una muerte que se me apare-ce tan cierta a medida que indago entre los lugareños. Me dicen que he sido víctima de un “gualicho”, y que si la hechicera –a quien llaman Machi- que lo pronunció es poderosa, mis posibilidades de escapar son mínimas. Y debe haber sido poderosa, sí. Los sueños que me atormentaron desde aquel día parecen demostrarlo. Sueños de pumas y demonios alados que rondan por la casa. Al principio me resistí a dar importancia a lo que creí meras fantasías mo-tivadas por la impresión que me causó en su momento la visión del asqueroso ritual, y tal vez un leve cargo de conciencia del todo injustificado, aunque hay que tener en cuenta que esa fue la única oportunidad en que maté a alguien desarmado y ajeno a una situación de combate. Pero la cosa parecía venir por otro lado. En lugar de ceder, los sueños
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se hicieron cada vez más vívidos y más terri-bles, hasta que hace unos meses atrás, estando yo absolu-tamente despierto, vi a ese asqueroso perro alado mirando ávidamente a mi hijo mientras dormía, goteando sangre desde su morro subrayado por agudos colmillos. Fue enton-ces que decidí trasladarme aquí, y alejar de este modo a los demonios de mis seres queridos.

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He apurado este testimonio fundamentalmente, y como he dicho al principio, para que sobre todo mi hijo no vaya a pensar que lo abandoné por cualquier necedad o capricho de mi parte. Y digo que lo he apurado, hoy, debido a que mi instinto de guerrero me dice que el asalto final a esta fortaleza está al caer, y dudo que las armas que tengo conmigo puedan ayudarme en este trance. Si es decisión del buen Dios que yo muera a manos de los sacerdotes del demonio, pues bien, me entrego sin dudar y sin pretender erigirme en mártir; sé muy bien que he cumplido con los deberes para con mi fe y mis convicciones, así como con la Patria. Debo encomendarme a él, pasar el mal trago e ir a encontrarme con la bienaventuranza que espera por los justos.

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Hoy a la mañana he estado hablando con un indio que me dijo que tenía un talismán que podía ayudarme, y el muy truhán me lo ha vendido a precio de oro. Es una piedra cuadrada, con algo como una flor pintada y un cristal en medio. Me dijo que era un rayenlicán, o algo así. Dice que poniéndolo debajo de la almohada los sueños y las malas presencias se alejan, y debe ser pura macana, mas con probar no se pierde nada. Con ahorrarme nomás las porquerías que me asaltan cuando duermo ya sería algo. Aunque esta nochecita, cuando volvía de la pulpería, una lechuza –bicho agorero si los haypareció sobrevolarme todo el camino y luego fue a posarse en el techo de mi casa.”

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Aquí terminaba el manuscrito. Luego de semejante lectura y de media botella de whisky mi ánimo estaba en llamas. Odié con toda el alma aquellos salvajes que, no contentos con haber ultimado a mis antepasados generación tras generación, habían envenenado mi sangre y mi entendimiento con drogas, brujerías y engaños y asechanzas sin fin. Escuché unos leves ruidos en la puerta, me asomé y pude ver a Juan que parecía estar encargándose del cadáver de Pedroza. No tuve disposición ni coraje para enfrentarme con él. Simplemente arrojé el vaso, que se estrelló ruidosamente contra la puerta. Ese fue todo mi mensaje. Luego lo dejé hacer -al menos me evitaría esa molestia,- me senté a beber del pico y me quedé dormido en la silla.

TRES PIWÜCHEN

Vampiro del que se sirven algunas Machis. 114

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I
Al otro día volví por vituallas al almacén de ramos generales. Don Jacobo Sepúlveda me vio entrar y se quedó escudriñándome con aire curioso. -Buen día, don Jacobo –saludé, como iniciando un diálogo que supuse que si hubiera sido por él, se hubiera demorado en forma molesta. -Mire qué casualidá, mozo. Hace bastante tiempo que no viene por aquí y justo aier nomás se iegó por aquí un hombre todo trajeao, con un maletín, y me preguntó por usté. -Ah, ¿sí? ¿Y qué más dijo? –Pregunté, fingiendo no saber nada al respecto. -No, nada. Se tomó unas copas y se jué. Yo no sé si hice bien, pero le dije adónde vivía usté. Parecía una persona seria, vio... -Hizo bien, no se preocupe. Seguramente es alguien de Buenos Aires que me quiere ver por algún trámite, o algo así. Ya va a aparecer –no pude evitar un dejo de amargura que subió a mi boca al dar voz a la mentira. -¿Y qué es de su vida? Me dijeron que anduvo con loj’indio. ¿Es cierto eso? -Sí, tal cual. Lo que pasa que estoy haciendo un trabajo para la facultad y necesito pasar algún tiempo con ellos para interiorizarme de sus costumbres. -Ajá; de vez en cuando aparecen muchachos como usté y se van pal’lao de la reserva pa preguntar cómo
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viven, y eso. Capaz que les convendría venir p’acá; acá la gente sabe todo de loj’indio y por ahí usté aprende igual y se evita meterse ahí, ienarse de pulgas, comer carne e’perro y quién sabe cuántas otras porquerías. -Bueno, don Jacobo, le agradezco, pero pienso que no es lo mismo. -No, claro que no es lo mesmo. Seguro que no es lo mesmo vivir como infiel que como vive la gente. Mire, mozo, ió los respeto, los dejo venir y chupar hasta que se maman bien mamaos, y todo eso. Pero eios ahí y ió acá, no sé si m’esplico. -Si, por supuesto, todo bien. -Lo que no iego a entender, y discúlpeme si me meto adonde no me convidan, es cómo lo dejaron entrar a usté, sabiendo que viene ‘e la casa’e los milicos. -Bueno, la verdad es que no sé. Es cierto, no tuve ningún inconveniente para que me aceptaran. -Ió que usté me andaría con cuidao. No es por nada, vio, pero teniendo en cuenta lo que ha pasao... -Está bien, gracias. No vaya a creer que no lo pensé. Descuide, estoy alerta. -Así pues, si me permite un consejo, ió que ia soy viejo y conozco los bueies que aro, termine su estudio y váiase pronto, no sea cosa que... bueno, usté sabe. Tampoco vaia a creé que se lo digo de jodido, pué. Qué más querría que un mozo bueno como usté se quedara entre nosotros.

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-No, Don Jacobo, ni se me ocurre pensar que usted tenga alguna mala intención. Le agradezco, en serio, y no se preocupe. Tengo todo bajo control. -Bue... al menos parece qu’el asunto lo trae mucho menos preocupao que a su agüelo, y por algo ai de ser, nomás. ¿Qué andaba buscando?

II
Durante los días subsiguientes pareció librarse en mi interior una batalla oscura, un remolino de violencia cuyo epicentro se situaba en una parte tan recóndita de mi ser que no atinaba a discernir si era en mi materialidad propiamente o en mis componentes etéreos. Volví a los discos de Led Zeppelin intentando reconstituir mi esencia rockero-tecnológica, y si bien los poderosos riffs de Page y Jones seguían seduciendo mi sentido estético como antaño, me parecía advertir el sonido del kultrun detrás de cada redoble o ritmo sostenido de John Bonham. Intenté entonces con música clásica; pero ni bien podían, ingresaban (en la sinfonía, divertimento, suite o lo que fuera que estuviese escuchando) los sones agudos y juguetones de las flautas araucanas. Y así con todo. Con la filosofía y con la cultura general, por ejemplo. Respecto de la primera, debo confesar que mi lectura de los filósofos occidentales más vanguardistas y con mayor amplitud conceptual naufragaba siempre, toda vez que sus sis117

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temas, pretendidamente articulados sobre apodícticos únicamente válidos respecto de una estructura previa y convencional como marco, tenían poco y nada que ofrecer frente a la contundente inmediatez del conocimiento aborigen. En cuanto a la segunda, bastaba una rápida hojeada de los diarios y revistas de actualidad para advertir el grado de locura genérica y de fatuidad que había alcanzado la humanidad satelital. Mas era sobre todo durante mis sueños que recibía los embates más feroces del nuevo código que había incorporado durante mis funciones de Yegülfe. Mi püllü se volvía más osado cada vez y debo decir que, contrariamente a lo que ocurría en mis días de ayudante de la Machi, en nada respondía a mi voluntad. Lo extraño del caso es que en lugar de lo que hubiera yo supuesto como lógico, los vuelos nocturnos no me conducían hacia la reducción, o hacia cualquier otro territorio Mapuche. Por el contrario, la mayoría de las veces me dirigía a la ciudad de Buenos Aires, sobrevolaba una casona señorial en el barrio de Belgrano o, lo más extravagante, tenía la visión patente de lo que parecía ser un despacho oficial, presidido por el escudo nacional y una foto del General San Martín. Sabía, tenía la certeza que algo motivaba estas configuraciones, pero no atinaba a encontrar un hilo que me llevara a desentrañar la más mínima pista acerca del meollo. Llegué incluso a considerar la posibilidad que se tratara de otro truco brujeril de la Machi para tentarme a regresar a su
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comunidad, pero tampoco tuve pautas que me permitieran estar seguro de ello. Pasaron unos cuantos días y el shock que me había producido el hallazgo del cadáver de mi amigo, como todo en la vida, limó sus agudezas y pasó a ser solamente otro amargo recuerdo. Analizando las cosas desde un punto de vista racional, debía tener motivos para temer un ataque parecido a los que había atestiguado ya dos veces, mas ese algo en mi interior que confrontaba con mi intención de desandar lo aprendido en la reserva, me confería una certidumbre: nada de eso me ocurriría a mí. Paulatinamente, como decía, mi animosidad decrecía en tanto mi nostalgia de espiritualidad indiscriminada volvía a por sus fueros. Comencé a sentir, a la par de los deseos de retornar con los Mapuche, cómo la sensación de rechazo por la vivienda en la que estaba se insinuaba e iba cobrando entidad. Valoré, en esas circunstancias, la actitud de Juan, de su madre y del resto de quienes habían compartido mi tiempo en la reducción, que habían respetado mi decisión de abandonarlos sin el menor reproche y sin compulsarme en modo alguno a asumir tal o cual impronta. No había recibido la menor interferencia de su parte durante el tiempo que duraron mis procesos anímicos. Desde que vi a Juan encargándose del cadáver de Pedroza, no había tenido noticia alguna de ellos. Todo transcurrió por estos carriles, en los que mi yo iba decantando en sedimentos cada vez más
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tribales y menos escolásticos. Tan es así que una noche me encontré preparándome tostadas con grasa de caballo y ají, como en los viejos tiempos, y bebiendo muday, en lugar de vino o whisky. Luego del telúrico tentempié encendí un cigarro y salí, botella en mano, a estirar las piernas. La noche era clara y diáfana, en total contraste con la pesadez que se respiraba en el interior de la casa. Tal vez no quería reconocérmelo a mí mismo, pero era obvio que, en fondo o superficie, estaba sopesando todo el tiempo la posibilidad de retornar a la reducción, hablar con Pinsarayenm y exigirle que me explicara qué era lo que había sucedido con Pedroza y por qué Pangi se ensañaba y hacía garras con mi entorno. Todo el cuadro era tan traumático, tan enloquecedor, que la incertidumbre hacía presión en mi interior de modo tal que me sentí a punto de estallar. Para colmo, y en un contexto semejante, mi pasión por la muchacha puma, en lugar de ceder, crecía; al margen de cualquier sublimación o elaboración romántica, es de suponer que la larga abstinencia que había observado, voluntariamente o no, también tendría que ver. En eso cavilaba cuando, como surgida de mi propio pensamiento, se apareció Pangi, en su forma animal, atravesando el parque hacia mí. Lejos de alarmarme, sentí que el corazón me daba un vuelco. Sentí por aquella hembra el amor más puro que puede sentir alguien por el animal que está bajo su cuidado, mas a ello debe agregarse algo así como un deseo sexual que nada tiene que ver con la carne. Pa120

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rece paradójico, pero si algo me había enseñado aquella muchacha en la casona de City Bell años atrás, era que el sexo es una fuerza aglutinante de energía espiritual, difícilmente transpolable a factores materiales. Sus ojos amarillos trasuntaban apacible dulzura. Estiré mi mano y la lamió, mientras yo sufría una ligera convulsión producida por su contacto. Creo que si entonces hubiera podido pensar, tal vez me hubiera resentido por las muertes espantosas que habían operado a través suyo; pero sin embargo me arrojé de rodillas y restregué cariñosamente sus carrillos, mientras ella lamía igualmente mi rostro. El almizcle de su aliento me pareció el mejor aroma que hubiera percibido hasta entonces. De pronto respingó, sumiéndome en una abrupta zozobra, y emprendió una veloz carrera en dirección al sur. Corrí unos cuantos pasos detrás de ella, llamándola a voz en cuello, pero fue en vano.

III
Rato después, siendo casi la medianoche más o menos, ingresé en la reducción y me dirigí a paso resuelto a la cabaña de Pinsarayenm, presa de una ansiedad indescriptible. La Machi estaba sentada a la puerta, todo parecía indicar que esperándome. Inmediatamente y sin preámbulos la conminé, con una autoridad impensada tan sólo unos pocos días antes, a que me diga todo acerca de mi rol en el drama que
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al parecer ella era quien dirigía. Mientras ella sonreía levemente, en nada inquieta por mi explosión anímica, me percaté que éso, y no otra cosa, era lo que venía haciendo desde que tuve uso de razón: reclamando que alguien me dé explicaciones acerca de una zona oscura que de tanto en tanto amenazaba con tragarme. Perdí el impulso, fui bajando decibeles hasta callarme por completo; entonces, la Machi me indicó que me sentara frente a ella y con voz suave, y tan afectiva como nunca antes se había mostrado, comenzó a introducirme en la cuestión que durante tanto tiempo me había sido esquiva. -Ante todo, mi querido Yegülfe, debo decirte que recién ahora estás en condiciones de conocer de mi boca las cuestiones que hacen a tu extraña participación en un asunto siniestro, tan doloroso y apremiante que me cuesta horrores transmitirte. -¿Por qué, recién ahora? –Pregunté, imaginando que simplemente era una decisión arbitraria de su parte a la que pretendía justificar mediante burdas argucias. -Porque ya has leído el testimonio de ese demonio con ropas de soldado que fue tu bisabuelo, Zacarías Lobo. -Espere, espere, puede ser que haya cometido un crimen al matar a dos personas desarmadas, pero lo hizo en un marco de guerra y creyendo que así ayudaba a cumplir los preceptos de su fe –argumenté, simplemente para tratar de ubicar en una posición algo más objetiva el fiel de la balanza; aunque, de veras, no apoyara espiritualmente semejante justificación.
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-¿En un marco de guerra? En un marco de despojo, saqueo y pillaje, querrás decir. Y dime, ¿qué clase de fe puede cimentarse sobre la base de sangre inocente? ¿Eres capaz de explicármelo, tú, que para todo pareces tener fundamento, como la mayoría de los wingkas? No, mi querido Yegülfe, no dejes que la sangre impura que se agita en tus venas opaque la claridad que esta humilde servidora de Ngenechen ha tenido el honor de contagiarte. Ahora conoces el testimonio de ese viejo torpe y maligno que derramó injustamente la sangre equivocada. Durante casi toda ∗ tu vida has permanecido bajo la tutela de un kalku , tu padre. Eso quiere decir que han cristalizado en ti diversas lacras que es muy difícil quitar en poco tiempo, así que tuve que aprovecharme de ellas en el sentido de dejar que fuera tu propia racionalidad la que te indicara el buen sentido. Nadie en sus cabales, después de leer semejante desatino, puede dejar de advertir que estuvo inspirado por la peor enfermedad que puede padecer una persona: creer que su idea de la realidad es la única verdadera y erigirse en juez supremo de la vida y de la muerte de sus semejantes. Sobre todo de aquellos cuyo espíritu le resulta inabarcable, por lo que inmediatamente se convierten en el foco de sus temores. La debilidad y la cobardía, en lugar de su pretendido coraje de guerrero, fueron los móviles que guiaron su mano asesina.

Brujo maligno. 123

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Durante unos momentos detuvo su discurso, como dándome tiempo a decantar el pesado contenido de sus palabras. Luego prosiguió: -Habrás notado que te he llamado Yegülfe, y eso es porque no he querido hoy llamarte por meros apodos tales como Francisco, Francisco Lobo o Trewa. A partir de hoy, he de llamarte por tu verdadero nombre. Tu verdadero nombre es Ulelü. -¿Cómo dice? -Tu verdadero nombre es Ulelü, y en este punto puedo ver que tienes un sinnúmero de preguntas agolpándose en tu garganta. No las formules, simplemente déjame continuar y a poco cada una de ellas será respondida en una forma mucho más ordenada. -Adelante. -Ya tomaste conocimiento de la historia, en su materialidad, por quien invocaba permanentemente al espíritu santo como un rey al que hay que servir con tierras o tributos, es decir, como alguien creado a imagen y semejanza de quienes ostentan el poder. Ahora tendrás noticias del costado real del asunto, ese que no se apoya en oraciones vacías o en codicias terrenales, ese que constituirá, si tienes buenos oídos y ∗ buenas entendederas, tu pasaporte a la wenumapu . Debes acallar todas esas voces wingkas que pugnan por rebelarse en tu interior, intentando hacer que odies a tus hermanos Mapuche y que despliegues una inquina irracional hacia mi gente, que es la tuya.

“Tierra de arriba”, cielo donde viven los dioses, los espíritus benéficos y los antepasados. 124

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Ninguno de nosotros es responsable del círculo de sangre que inició Zacarías Lobo, mas es nuestra responsabilidad cerrarlo. Voy a contarte la historia de dos mujeres. Una de ellas, Flora, nació hace muchos años en Zaragoza y siendo casi una niña aún fue embarcada hacia el puerto de Buenos Aires debido a un contrato matrimonial de ésos que solían acordar por aquellos días. De más está decir que la pobre tuvo que aceptar cualquier cosa que se encontrara aquí en América. Digamos que tan mal no le fue, ya que el marido que le tocó en suerte era como la mayoría de los wingkas que venían a estos pagos: algo atontado, codicioso, materialista y tragón. Pero a ella, la trataba bien. Se asentaron en una pequeña estancia cerca de Azul. Todo funcionó en una medianía confortable, hasta que llegaron los grandes malones, por allá por mil ocho setenta y tantos. Los hombres de Catriel, sometidos a hostigamiento permanente cuando no a matanzas indiscriminadas, iniciaron una serie de tentativas que no tenían otro propósito que disuadir al wingka de su artera invasión. Así fue que cayeron en la estancia del esposo de Flora, y luego de los horrores propios de un conflicto no querido ni iniciado por ellos, llevaron cautiva a la mujer. No hay mucho más que contar, sólo que entre nosotros aquella jovencita, sometida primero a la arbitrariedad de sus padres para después pasar, aún inmadura, al dominio de un tosco ganadero; entre nosotros, decía, encontró la libertad. Y encontró la mayor libertad que puede
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encontrar una mujer en esta Mapu , aprendiendo a amar libremente a uno de los jóvenes más osados y valientes entre los hombres de Catriel y dándole una hermosa hija de piel morena y fino cabello rubio. Esa mujer, Flora, fue la abuela de tu madre. Y esa niña, tu propia abuela. Después dijeron que Flora había perdido la razón, e incluso que había sido engualichada, pero nada de eso era cierto. Era simplemente que no soportaba la idea que, tanto ella como su hija, habían sido arrancadas de un lugar en el que las personas eran verdaderas personas. En donde la presencia del creador era cierta, y no meras repeticiones de palabras automáticas y vacías. En donde el honor y la seriedad tenían verdadero sentido, así como el placer y la risa. No te estoy hablando de algo que no conozcas, es exactamente lo mismo que te sucedió a ti. Ahora voy a hablarte de la otra mujer, la Machi más poderosa de la que se haya tenido noticias. A ella debo todo mi conocimiento, mis funciones de Machi ∗ y mis poderes. Es mi Vileo,  a ella le debo todo lo que soy y por eso mismo debo velar porque todos sus designios se cumplan. Su nombre es Rayenlikan, y fue la hija del Ngennin∗∗∗ de su hermandad. Siendo muy niña dio muestras de unas dotes absolutamente extraordinarias, y a nadie llamó la atención cuando el propio Ngenechen en persona se le apare

Tierra, suelo. Machi del cielo  ∗∗ Jefe o cacique principal.
∗ 

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ció y le indicó que debía iniciarse como Machi para ejercer su magia en momentos cruciales para la conservación de nuestra Mapu y de nuestro modo de vida. Durante pocos años, desafortunadamente, pudo dar salud, consejo y consuelo a muchos de nosotros, incluyendo a los Machis más ancianos y sabios y también a los más diestros y avezados Ngennin. Una tarde, mientras los hombres de su padre -que retrocedían desolados y desesperados por el avance de los milicos de Roca,- fueron en avanzada a ver si quedaba algún camino libre para intentar el cruce a Chile, vino el pelotón de ese inconciente bisabuelo tuyo y sucedió lo que leíste. Poco hay que agregar, sólo que lo que ese obtuso oficial interpretó como sacrilegio era simplemente la iniciación del hermano de Rayenlikan, el que también tempranamente había recibido el llamado del creador de los hombres. Como los tiempos apremiaban, y las enfermedades y las pestes cundían por doquier, hacían falta Machis como ellos como nunca antes, y no había tiempo para ceremonias festivas de iniciación. Quizás Rayenlikan, con su poderosa videncia, haya sabido siempre que la partida iba a caerles. O tal vez haya sido que el Creador hubo dispuesto las cosas de modo tal que nuestra hermosa Vileo continúe hoy día dando batalla en el plano del espíritu, para que nuestra cultura no muera y para ejecutar el acto de justicia con el ∗ que comprometió a su alwe en el momento de la muerte, jurando acabar, generación tras generación,

Alma de los muertos. 127

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con la descendencia de sus asesinos. Ella sola, o con la ayuda de su hermano, convertido a la sazón en su Piwüchen. Cuando el bastardo ése de Zacarías le gatilló, ella apretó fuertemente la piedra ritual que tenía en su mano, y desde entonces, a través de esa piedra y de sus mensajeros sutiles, ha llevado a cabo una prolija poda de ramas podridas. Ya puedes ir hilando el resto de la historia. -Debe comprender que es demasiado lo que usted me dice para que lo asimile en tan poco tiempo –respondí, todavía preocupado por varios cabos que me habían quedado sueltos. -No te lo hubiera dicho si no estuviera segura de tu capacidad, pierde cuidado y sigue escuchando: el Piwüchen de la Machi se llamó Ulelü. -¿Quiere decir con eso que yo soy el Piwüchen? -Bueno, en cierta forma, tú sabes. Tú eres el perro que vuela en la oscuridad. Tú eres a quien el miyaye enseñó los secretos de las plantas en una sola noche. En realidad Ulelü nunca tuvo contacto con sus víctimas; o mejor dicho, nunca fue visto por ellas sino cuando quiso, generalmente en el momento en que su energía total les era arrebatada por él. Y ése hubiera sido tu destino, de no haber sido por que las fuerzas de lo Alto dispusieron que tu padre te engendrara con una mujer que llevaba nuestra sangre en sus venas. Eso lo desconcertó, y entonces se apareció ante ti con forma de niño y fue conociéndote y descubriendo que tu parte aborigen, si bien era fuerte, menguaba y amenazaba con desaparecer bajo la
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férula de tu padre y la pasividad de tu madre, quien escasa de temperamento por un lado, y cargada de culpas por una experiencia social distorsionada, vivía la situación como un oprobio; creo que sintió como una liberación el ataque de Pangi a tu padre, y a su nivel entendió que gran parte del drama estaba resuelto. Pero te decía que Ulelü advirtió que tu parte buena iba a ceder, por lo que, en colaboración con Rayenlikan, se hizo cargo de ella. Hasta que llegaste aquí, y ambos me iluminaron para que pudiera devolvértela. Claro que así, Ulelü se hizo carne contigo. -No sé qué decir. Creo que estoy aterrorizado. -Nada de eso, bien sabes que no es cierto. Fue él el que, cuando resultó necesario, se hizo cargo de tu püllü y dirigió tus vuelos. Fue él también quien resistió durante estos últimos días cuando tomaste la decisión de abandonarnos. Y será él quien tenga que ultimarte como a todo el resto si es que llegas a resolver dejar de lado tu participación para cerrar el círculo que permita a Rayenlikan y a él mismo, que en cierto modo eres tú, gozar como merecen del mundo superior. Como ves, no tienes opción. -¿Y cuál es mi función? Ni siquiera tengo en claro qué es ese círculo que ya mencionó Pangi en nuestro primer encuentro. -Es un círculo de sangre. Como ya te dije, fue iniciado por Zacarías Lobo. Quién sabe cuándo podrá volver a cerrarse, si es que desaprovechamos esta oportunidad. La sangre es el vehículo de transmisión del
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newen entre los vivos. Eso, y no otra cosa, estaban haciendo Rayenlikan y su hermano cuando los milicos los asesinaron arteramente. Y vaya casualidad, a la que deberíamos llamar providencia, que el bisnieto de ese bastardo, o sea tú, apareciera con nuestra sangre en sus venas. A nadie medianamente capaz escaparía que fue el propio Ngenechen, quien los había llamado a su servicio a tan temprana edad, el que estaba abriéndoles las puertas del cielo. -Hay algo que no entiendo. ¿Por qué Pangi acabó con Pedroza? ¿Hacía falta matarlo? -Pedroza estaba a punto de traicionarte. Con sus conocimientos legales y sus influencias estaba a punto de avanzar sobre tus posesiones materiales. No voy a entrar en detalles, ni creo que valga la pena hacerlo. Sólo te diré que en su maletín había dos objetos que fueron retirados antes de que los veas, y ello porque así pudimos disponer del tiempo necesario para que lo que teníamos para decirte llegue de la mejor manera. Se incorporó y fue hacia el interior de la casa. ¿Pedroza un traidor? ¿En qué malambo me había metido? O tal vez debería preguntar, ¿en qué malambo me había metido mi antepasado? Yo tal vez hubiera sido algo tilingo antes que ellos irrumpieran violentamente en mi vida, no lo voy a negar, pero resulta que la seriedad me venía a caer muy densa. En todo caso, me vi de pronto en medio de una encrucijada kármica que me obligaba a ir de puntillas. ¿Me estaría volviendo loco? ¿Me estarían, volviendo
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loco? Pinsarayenm regresó con unos papeles apretados contra su pecho. Se sentó en el mismo lugar, se acomodó las faldas y estiró hacia mí la piedra que creí había dejado guardada en mi casa paterna. -El Rayenlikan –dije, sorprendido. -No, es un likan cualquiera. Ulelü fue astuto al llamarlo así, ya que es su vínculo con ella y a la vez el vehículo de su tarea. -Pero cómo, ¿no acaba de decir que Ulelü era yo mismo? -Sí, pero dije que en cierto modo; y aparte, ¿lo tocaste, alguna vez? -No, no recuerdo. -No, no lo tocaste, y no lo hubieras podido tocar. Tú mismo le abrías, inconcientemente, las puertas hacia tu mundo, tomando drogas de puro vicio, nomás. Él estaba ahí y no estaba. Ésto, según el criterio de los wingkas, es imposible, ¿no? Pero tu y yo sabemos que no es así. Recién pensabas que yo estaba tratando de volverte loco, o algo por el estilo. Loco ya estás. Déjame ver si puedo curarte. Extendió ahora los papeles, mientras continuaba: -Si ese tal Pedroza simplemente hubiera avanzado sobre tus bienes materiales, no nos hubiera importado gran cosa, pero puso en juego tu libertad. Tomé los papeles, que básicamente contenían la orden de un magistrado federal para ser presentada ante cualquier destacamento policial del país, ordenando disponer mi inmediata comparencia, com131

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pulsiva de ser necesario, ante un Juzgado del distrito de la Capital. Todo ello sustentado en unos cuantos dictámenes de psiquiatría que determinaban mi insania y mi incapacidad para valerme por mis propios medios. -Ésa fue nuestra principal preocupación, en los días que pasaste en la casa. Quién sabe cuántas personas están al tanto de las maniobras de Pedroza. No iba a pasar mucho tiempo antes que alguien más cayera a la casa con intenciones de encerrarte. Mi querido Ulelü, los tiempos comienzan a apremiar. Lamentablemente, como fue el caso de Rayenlikan, y más aún el de su pequeño hermano, tu tiempo sobre esta Mapu será breve, de un modo u otro. Tienes poco más de veinte años, y el sino de los acontecimientos te lleva a un desenlace inminente. -¿Está insinuando que falta poco para que muera? -Estoy hablando con Ulelü, y no con el wingka. ¿Qué es la muerte? ¿Sabes acaso de qué estás hablando? Sí, puede ser que la muerte se pare frente a ti, pronto; te muestre el costado horrible y sin fondo del universo que contiene a los muertos inútiles y te sonría, mostrándote sus colmillos y sus garras, o el cañón de sus fusiles, justo antes de hincar en tu cuerpo la huella del vacío. O puede ser que abandones la Mapu sustentado por tus propias alas en un glorioso vuelo final que te permitirá encontrarte de una vez y para siempre con tu Rayenlikan. Todo ello, depende de ti. De la entereza y energía que dis-

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pongas en el momento de enfrentarte con tu destino y ejecutar el acto final de este drama. -¿Es que acaso el acto final ése que dice está a cargo mío? ¿Y qué es lo que se supone que tengo que hacer? –Pregunté, y ya el sentimiento de terror que me embargaba producía quiebres en mi voz. -Dile al niño malcriado que se vaya y trae contigo al guerrero. Debe haber ya varios wingkas afilando sus sables para destriparte; en todo caso deberías darles una buena contienda, una memorable, y no entregarte trémulo para que te encierren en sus jaulas acolchonadas. Así que comienza a templarte desde ahora, ya te dije que los tiempos apremian. Y sí, tuyo por entero es el acto que sigue en este drama, que yo no dirijo, y si lo hago es a instancias de la verdadera artífice, mi amada y tu amada, la hermosa Machi Rayenlikan. Ella me ha hecho ver que eres tú y ningún otro; tú, el que llevas las dos sangres en conflicto en tus propias venas, quien debe cerrar el círculo. Y por otra parte, ella verá de este modo si eres digno del amor que parece profesarte. Todo esto quizá te suene demencial, peligroso o lo que fuere, pero yo te aseguro que en el fondo, eres un hombre afortunado. A pesar de la brevedad de tus días, y al desatino que has observado durante la mayor parte de ellos, el Supremo te ha dado la oportunidad de convertirte en el consorte de una de sus principales servidoras, cuya sabiduría y amor sin límites serán la dote que merecerás si es que a partir de ahora demuestras que estás a la altura de las circunstancias.
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-¿Y cómo se supone que debo demostrar mis aptitudes? -Bueno, parece que esos cuantos días que pasaste en la casa de tus antepasados te han devuelto a tu torpeza habitual, ya que puedo ver que no tienes ni la más mínima idea de cuál es tu misión. Pues bien, voy a decírtela sin más preámbulos. Como leíste en el cuaderno de Zacarías, cuando los milicos irrumpieron en el claro donde la bienamada Machi iniciaba a su hermano, fue el propio Zacarías el que asesinó su cuerpo. -Y el pequeño fue baleado por… -Exacto. El cuerpo del pequeño fue baleado por el Suboficial Principal Lucio Daguerre. Tal vez el fulano ése simplemente quiso congraciarse con su superior, ya que al parecer tenía menos taras religiosas pero más ambición. Poco importa, lo cierto es que se echó encima idéntica maldición, la que fue cumpliéndose lenta pero inexorablemente a través de su descendencia en igual forma que ocurrió con la de tu bisabuelo. -Y seguramente queda alguien vivo, digamos, su nieto, o bisnieto, y yo debo ultimarlo. ¿Estoy entendiendo mal, o me está pidiendo que me convierta en un asesino? -El mismo veneno que mata puede curar, la sarna se ∗ cura con pinaka , y muchas veces hay que amputar el miembro que se pudre. No te estamos pidiendo que te conviertas en un asesino, ni mucho menos.

Cicuta. 134

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Mas bien todo lo contrario, te estamos pidiendo que cortes la rama podrida para evitar que el árbol entero se muera. Aquí, en el presente caso, el bosque todo está por desaparecer, y eso es porque el último retoño de ese árbol infecto está en una situación de poder tal que su maldad puede estragar no solamente a los Mapuche sino también a los propios wingkas. -¿Es un brujo poderoso? –Inquirí, cada vez más inquieto. -Es un brujo poderoso, sí, pero no debes preocuparte más de lo necesario. Su poder no es nuestro newen, el que sí podría volverlo realmente peligroso en términos espirituales. Su poder es el mismo que, tal vez en grado menor, detentaba tu padre. ¿Es que acaso no te suena el apellido? -¿Daguerre? No me va a decir que… -El mismo. El Jefe del Servicio de Inteligencia del Gobierno Nacional. El nieto de aquel infeliz y codicioso suboficial que se tiñó de sangre inocente al matar al niño hermano de Rayenlikan que ahora es parte tuya. Por supuesto que tanto el asesino como su hijo ya fueron ajusticiados por Pangi y su Piwüchen. Él es el último eslabón de esa cadena, y el muy ladino ya debe sospechar algo. Quizás no sea por ello, pero el hecho es que jamás se casó y se ha cuidado muy bien de no dejar descendencia. -¡Pero esto es un desquicio! ¿Cómo se supone que haga para ir, liquidar al Jefe de la SIDE y volver aquí para continuar con mis funciones de Yegülfe?

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-No sé, esas suposiciones corren por tu cuenta. Según mis propias suposiciones, ésta es la última vez que nos encontraremos frente a frente, o al menos que se encontrarán nuestros cuerpos. Según mis suposiciones, luego de ejecutar tu parte deberás tener la claridad y el poder suficientes como para salir de este mundo, ya que en ningún lugar estarás a salvo y comprometerás a quienquiera que tenga intenciones de ayudarte. Ése es el poder de tu enemigo. Un enemigo que ya debe estar al tanto de varias de las cuestiones que hacen a su linaje maldito y que, para colmo de males, maneja una estructura que le permite saber casi todo de todos.

IV

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Quedé demudado. Pinsarayenm permaneció unos momentos en silencio; luego, inclinó su cabeza y se sumió en un estado de meditación. Ello me dio unos momentos para sopesar el caudal impresionan-te de información que la Machi me había dado y de cuya veracidad, obviamente, no dudaba en lo más mínimo. Sentía que durante los últimos tres años ha-bía venido caminando sobre un campo minado, y a-hora me encontraba con la novedad que en la trin-chera contraria se encontraba nada menos que Da-guerre, Jefe de la SIDE, funcionario maquiavélico, corrupto y ambicioso que, según tenía entendido, ha-bía articulado un aparato multifuncional que abarca-ba comandos represivos y encumbrados burócratas, de los cuales se valía para acrecentar un poder ya de por sí desmesurado. Durante un rato pensé en abandonar todo aquel asunto, tomar mi dinero y mi pasaporte e ir a establecerme a cualquier lugar del mundo, hacerme invisible incluso para mí mismo, recluirme en un santuario en la India, o donde fuese, pero algo en mi interior me decía que no había escape posible, que de algún modo era responsable de los excesos cometidos por mis ancestros, y que allí donde fuese lleva137

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ría conmigo al Piwüchen y sería desgarrado o disecado y condenado a una eternidad en la miñche ∗ mapu . Tenía razón Pinsarayenm cuando dijo que no tenía alternativa. Y lo dijo con el conocimiento de razones varias: por más vueltas que le diera yo al asunto, solamente podía efectuar ejercicios teóricos, ya que aún si hubiera tenido la posibilidad de huir y dejar todo aquello atrás, difícilmente lo hubiera hecho; puesto que en el fondo no estaba dispuesto en modo alguno a perder cualquier hilo de contacto, por tenue o peligroso que pareciera, con una muchacha que había conmovido mis cimientos y que, curiosamente, parecía haber muerto hace más de un siglo. Tratando de hallar un asidero racional que me permitiese al menos elaborar una estrategia mínima, de pronto me encontré cavilando acerca de la dualidad tan encontrada que me había constituido y la brutal contradicción que eclosionaba en mí; eros y tánatos motorizaban todos mis arrebatos, y mis acciones se articulaban sobre estallidos en reguera, me transformaban en una especie de bomba de defragmentación ambulante. Para colmo tremendas dudas me angustiaban sobremanera. No atinaba a discernir el más mínimo plan de abordaje a Daguerre en términos corporales, y jamás se me hubiera ocurrido utilizar a mi indócil püllü en menesteres tan escabrosos. Pero eso era lo de menos comparado con la alienante posibilidad que me había presentado la vieja Machi cuando habló acerca de abandonar esta tierra para

Tierra de abajo, lugar donde moran los espíritus maléficos. 138

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alcanzar estratos superiores del ser. Esta maniobra, fuese como fuese, estaba evidentemente fuera de mis posibilidades. De pronto Pinsarayenm comenzó a canturrear unos dulces sones que me recordaron a mi madre, a las veces que entonaba del mismo modo canciones de cuna junto a mi cama mientras me acariciaba la cabeza, y tuve ganas de llorar sintiendo –o mejor dicho, volviendo a sentir- cómo amalgamado con su amor, subrepticiamente, se deslizaba un sentimiento de congoja y preocupación, de culpa y amargo resentimiento, de resignación ante un horror imposible de conjurar. Luego fui ingresando lentamente en un estado trascendental, mis pensamientos se fueron diluyendo enredados con la melodía de la Machi y algo así como burbujas de sentido abandonaron paulatinamente mi intelecto, dejándolo en inmejorables condiciones para el vuelo astral. Mi püllü no se hizo esperar, y de pronto me encontré agitando el polvo a mis espaldas con alas membranosas. Inicié un vuelo por las regiones altas, pude percibir la grandiosidad de Ngenechen y de su obra, comprendí los arcanos, la bipolaridad universal que generaba en su desdoblamiento y que creaba las exactas tensiones que todo hacían refluir a la perfecta unidad que sostenía el mundo. A partir de aquella ampulosa toma de conciencia caí en la cuenta de que nada en la creación me era ajeno, y que conocía móviles y claves que estaban más allá de cualquier disquisición sujeta a humanidades rastreras y ateni139

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das únicamente a su sustrato material, lo que me confería una sensación de seguridad plena. No tenía ningún plan, y ello era bueno, ya que de acuerdo al grado de lucidez que había alcanzado, podría manejarme de manera impecable en cualquier contexto. La Machi y yo nos incorporamos al mismo tiempo y nos fundimos en un abrazo tan sentido como no recordaba otro. Sentí que en cierto modo estaba estrechando, al propio tiempo, a su vileo; y que ella, análogamente, lo hacía con su Piwüchen. Nos separamos, y mientras sosteníamos aún uno los antebrazos del otro, intercambiamos una mirada profunda y sentida.

V
Caminé hacia la choza de Juan, donde había permanecido durante mi estancia en la comunidad, con el objeto de despedirme de él del mismo modo que acababa de hacerlo con su madre. Aunque aún no había comenzado a clarear, él, al igual que Pinsarayenm, parecía haber estado esperándome, ya que ni bien rodeé algunos corrales salió a mi encuentro y me abrazó con grandes muestras de alegría y afecto. -¡Qué dice, qué cuenta mi hermano huinca! –Espetó, con ánimo de chanza. -¡Más huinca serás vos, qué te pasa! –Le respondí, mientras ensayábamos una parodia de pugilato. Reímos unos momentos, pero de pronto se puso grave: -En serio, hermano, me siento muy orgulloso de ti.
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-Y yo de vos, Juancito; yo de vos, de tu madre, de todos ustedes y también de llevar conmigo una sangre tan noble. También lo digo en serio. -Ya sé, ya sé que es así. Un poco nos costaste, pero te sacamos bueno, al final. -Al final final, viste. Parece que estoy llegando al final de mi estancia entre los vivos. ¡Ave, cacique Juan, los que van a morir te saludan! -En todo caso, permíteme hacer un brindis por tu muerte, ya que, en verdad, te envidio. Juro por mi descendencia que en el momento que tenga que abandonar esta Mapu, cosa que más tarde o más temprano tendrá que suceder, me agradaría hacerlo en las condiciones que te tocan. He guardado durante años una botella de pisco para una gran ocasión, y me encantaría que la compartamos hoy. -¿Te parece, pisco, a esta hora? -Sí, qué tiene. Aparte tienes que aprovechar, ¿no? Es ahora o nunca... -Me cago en tu sentido del humor. -Bueno, bueno, vamos a beber, que el tiempo vuela. Entramos y nos sentamos a la mesa. Mientras Juan servía el pisco yo arrojé los papeles arrebatados a Pedroza en el brasero; los vi arder y no pude evitar el formularme la pregunta de cuánto habría de cierto en ellos respecto de mi insania. Mas de una cosa estaba seguro: yo podía ser un insano, sí, cómo no. Pero el mundo que había conocido durante la mayor parte de mi vida estaba, a todas luces, mucho más enfermo que yo.
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Chocamos las copas, arrojamos unas gotas sobre la Mapu y a continuación pude comprobar la calidad del licor y la condensada solidez de su bouquet a partir del añejamiento. Comenté como al acaso que iba a extrañar todas esas pequeñas cosas, pero un dejo de lástima por mí mismo trasuntó a mi pesar. -Nada de eso, Ulelü, verás y sentirás cosas tan gratas y reconfortantes que recordarás todo esto como lo que es: un pasaje. Nada cómodo, y muy sufrido, pero un pasaje que hay que atravesar. Claro que has de reconocer que la mayoría de nosotros no tiene tan buenas perspectivas como tú al final del camino. Atravesarás las praderas de la Wenumapu acompañado por nuestra exquisita vileo Rayenlikan; y quién sabe hasta dónde han de llevarte tus alas, partiendo de esa elevada plataforma. Sé que no es poco lo que se te pide, pero debes tener en cuenta que, al fin y al cabo se te ofrece mucho más. Tal vez todo el sufrimiento desencadenado a partir de un acto tan irracional haya servido para equilibrar las cosas de modo tal que Ngenechen finalmente pueda demostrar su generosidad, y es una suerte que tú hayas sido el escogido. Pon las cosas así: Vas, te encargas de ese sucio wingka y después te encuentras con el magnífico destino reservado a los que lo sacrifican todo por la gloria de nuestro Creador. -Dicho de ese modo parece fácil... -Vamos, no vengas ante mí con tu piel de cordero. Guárdala para Daguerre, que yo ya he visto los col142

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millos del lobo. Es él, ese sucio manipulador de personas, quien debería estar asustado, de saber la clase de adversario que va a plantarse ante él, en su propio cubil. De veras, me gustaría estar allí, cuando tu mano sea guiada por la Machi del cielo y corte el ∗ último de los brotes de kuri que ha quedado. Tal vez lo haga, si mi magia resulta suficiente. De cualquier modo, de no ser así, de ser yo tan torpe que mis canales no puedan desatascarse y permitirme atestiguar el acto de justicia, mi püllü y mi alwe estarán contigo, hermano perro, adonde quiera que te encuentres. -Sé que es así tal como decís, y yo también te llevaré conmigo como al único hermano que he tenido en esta vida. Pero dejemos de lado tanta sensiblería que tan mal se cuadra con este excelente pisco. ¡Salud, hermano Juan! -¡Salud, hermano San Francisco! –Brindó, y ambos reímos. La leve luz del amanecer se confundía con un resplandor que, por primera vez, advertí que fluía de la periferia de mi amigo.

VI
Durante el viaje de regreso a la Capital Federal tuve tiempo de analizar el cuadro de situación que se abría ante mí. Pedroza seguramente habría

Ortiga. 143

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tejido toda suerte de contactos con el poder, a partir de los vínculos que le debía a mi finado padre, y quién sabe hasta dónde había llegado en las conspiraciones tendientes a quedarse con mi nada desdeñable fortuna heredada. Supuse que tal vez hasta hubiera confeccionado un testamento apócrifo, o elaborado trapisondas legales de esas que solamente las personas de su calaña conocen. No debía ponerme paranoico, pero sí debía andar con mucho cuidado. Con la desaparición del traidor, era probable que la orden de comparencia ante el Juzgado hubiera devenido en una orden de detención lisa y llana. Me apeé del ómnibus en la terminal de Retiro y caminé por el frente de las estaciones de ferrocarril, entre innumerables puestos callejeros de venta de cualquier cosa que a uno se le ocurra y entre enjambres de vendedores vocingleros y molestos. Advertí que la mayoría de ellos eran descendientes de los aborígenes americanos, y pude de este modo comprobar empíricamente cómo su espíritu se había licuado, cómo su cultura se había distorsionado hasta convertirse en una parodia de humanidad, sometidos como estaban a tener que procurarse una subsistencia ruin a partir de las migajas del banquete de los wingkas, que a su vez eran cipayos que solventaban su precario bienestar con las migajas del banquete de los grupos económicos del norte. Hablando de economía, luego de dejar mi escaso equipaje en una pensión del centro –ya que consideraba aventurado volver a instalarme en mi
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casa paterna de La Plata-, retiré del banco una gruesa cantidad de dinero contante y sonante para moverme con tranquilidad por un buen tiempo, pues no sabía cuánto podía demorar mi tarea y temía que mis cuentas fueran bloqueadas de un momento a otro. Luego entré en un locutorio y me comuniqué con el secretario de redacción del diario en el que trabajaba. Se sorprendió mucho al oír mi voz. -¿¡Francisco¡? ¡Qué hacés, turro! ¿Por dónde andás? -Estoy acá, Tomás, en el centro. -¿Cuándo volviste? -Recién, recién acabo de llegar, -¿Y cómo estás? -Bien, gracias, ¿y vos? -Yo acá, como siempre, rompiéndome los cuernos con esta manga de inútiles. ¿En serio que estás bien? -Sí, ¿por? -No, te digo porque llegaron hace un tiempo un par de citaciones para que te presentaras en un Juzgado. Pensé que te habías metido en algún kilombo. -Bueno, más o menos, pero no importa ahora. No te preocupes, ya fue. -¿Cuándo pensás volver por el diario? -No, mirá, ése es otro tema. Te llamo porque necesito que me hagas un favor. -Yo también necesito que me hagas un favor, que te dejes de hacerte el estrecho y que vuelvas al laburo. En serio, Lobo, te necesito. -Está bien, lo charlamos después. Ahora dejame que te pida un favor muy especial.
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-¿A ver? -Necesito que me consigas del archivo toda la información que tengas acerca de los antecedentes y el desempeño de Daguerre. -¿Del capo de la SIDE? Decime, Frank, ¿en qué andás? -¿Podés consegirme eso? -Sí, como poder, puedo. Pero no me contestaste. -¿Puede ser para hoy? -Sí, puede ser para dentro de dos horas. Pero si no me decís en qué andás no te consigo nada. -Bueno, entonces lo saco de internet, y andá a cagar. -No, en serio, boludo, dejate de joder, ¿en qué andás? -Hagamos una cosa: yo paso a las cinco por el bar de siempre, vos me alcanzás la documentación y yo te cuento. ¿Podés? -Sí, creo que sí, si el capo no me rompe las pelotas justo a esa hora. En todo caso, esperame un cachito. -Está bien, quedamos así. -No te vayas a ir, ¿eh? Mirá que tengo muchas ganas de verte. -Allí estaré. A eso de las cinco menos cinco me senté en el bar y pedí un Jameson con hielo. Encendí un cigarrillo y lo gocé con la satisfacción que me daba saber que no tenía sentido que cuidara mis pulmones. Degusté el whisky mientras escuchaba la música ambiental: el álbum “Rubber soul”, de los Bea146

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tles. Sabía por larga experiencia que Tomás se demoraría, pero eso no me incomodaba en lo más mínimo. Atesoraba cada momento con la exaltación propia del que está a punto de emprender un viaje en el que dejará atrás su querido terruño. Rato después apareció Tomás con una carpeta bastante voluminosa. La dejó sobre la mesa y me abrazó efusivamente. Luego nos sentamos y nos quedamos mirándonos, sonrientes, durante algunos instantes. -Loco –dijo al cabo, -mirá la porra que tenés. ¿Es que acaso no había peluqueros donde estuviste? -No sé, no pregunté. Vos, estás igual. -Si, igual; dejáte de joder, Frank, debo tener como quince años más, como me tienen en ese puto diario. -Renunciá. -Si, claro, renunciá. ¿Y con qué le doy de comer a mis hijos? Yo no tengo la pasta que tenés vos. -Puede ser que no, pero tenés tu libertad. -Sí, la libertad para ir a cagarme de hambre debajo de una autopista, o de ir a internarme en un manicomio. No, boludo, no tengo ninguna libertad. La verdad es que te envidio, vos que podés andar haciéndote el hippie por acá y por allá. ¿Qué te pasa? ¿Te hiciste evangelista? -Bueno, algo así, tal vez. Estuve en Neuquén, conviviendo con los indios... -¿Cómo? -...en realidad, no me gusta llamarlos así, lo hago para que me entiendas.
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-Che, que tan bruto no soy. ¿Y qué carajo fuiste a hacer, con los indios? -Fui a aprender. -¿Y qué aprendiste? -Aprendí, entre otras cosas, que la libertad no se vende. -Andá a cagar, te vas a hacer el superado conmigo... -No, Tommy, te lo digo en serio, y porque te quiero. -Bueno, parece que tendré que dar algún crédito a lo que andan diciendo por ahí. -¿Y qué andan diciendo por ahí? -Que se te saltó un resorte . Que te piraste. -¿Y quién es el que anda diciendo eso? -No, querido, se dice el pecado pero no el pecador. ¿Cuántas veces me dijiste que no había que revelar las fuentes? -Bueno, en todo caso no importa, porque no es cierto. Como verás, estoy perfectamente en mis cabales. -Dejame conversar un ratito y después te doy el diagnóstico. Primera pregunta: ¿cuándo volvés al diario? -Mirá, no te quiero mentir. Creo que nunca. -¡Pero será de dios! Vos me lo prometiste; cuando te concedí la licencia sin sueldo me prometiste que ibas a volver. -Tal vez no tengas que considerar esa promesa. Cuando me fui era otro hombre. -Eso, andá y decíselo a tu chica. A mí no me chamuyés. Yo te veo y sos el mismo, tal vez un poco más majareta, pero sos el mismo. Y la promesa la consi148

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dero todo lo que quiero. Vos la hiciste. Tal vez tus amigos los indios te hayan enseñado la libertad y qué sé yo que carajo, pero supongo que también te habrán enseñado que la palabra cuenta. -Pero claro, claro, quedate tranquilo. Lo que pasa es que tal vez no pueda volver a laburar al diario. -¿Por? -Porque los muertos no laburan. -Pero la puta que te parió, Francisco, ¿en qué andás? ¿Es cierto que te volviste loco, o te estás haciendo el boludo? Decime, ¿no tendrá que ver con esto, no? – Agregó, mientras señalaba la carpeta. -Sí y no. Ya te dije, es muy largo de explicar. -No, la concha de tu hermana, decime algo, no me dejés en ascuas. -Tiene que ver con esto, pero a la vez es algo mucho más amplio. Algo que me llevaría días enteros explicarte. Y ni vos ni yo tenemos tanto tiempo. Confiá en mí. -Si, ya confié una vez y fijate como me va. Decime, ¿es acaso que te mandaste en una investigación sobre los asuntos de Daguerre y te la quieren dar? ¿Quérés que pidamos protección? -No te apures, está todo bien. -Estás loco, era cierto. Estás diciendo que te van a matar y que está todo bien... -Yo no dije que me iban a matar. -Pará un cachito. ¡Mozo, otro whisky para él y uno para mí! ¿Qué es, ésto? ¿Primero decís semejante cosa y al toque me decís que no la dijiste?
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-Yo dije que los muertos no laburan, no que me iban a matar. -¿Podés ser más específico, entonces? ¿Te vas a suicidar, estás enfermo, o qué? -Mirá, Tomás, es al pedo que te cuente todo ahora. Seguramente vas a pensar erróneamente que en verdad estoy loco. Aparte no hay tiempo, ya te dije. -¿Y este material de Daguerre para qué lo querés? ¿Adónde lo vas a publicar? No me irás a cagar de nuevo, ¿no? -No, quedate tranquilo, no te vas a quedar con las manos vacías. Pienso elaborar un extenso reporte de las cuestiones que aprendí y su relación con el bastardo ese de Daguerre. Y una vez concluido te lo voy a hacer llegar a vos, personalmente, por correo. Eso, únicamente, si me prometés que vas a publicarlo. -¿Una promesa de las mías o una de las tuyas? -Es lo mismo, y vos sabés que es cierto. Nunca te fallé, y no voy a hacerlo ahora. -¿Y cómo pensás que me voy a quedar yo, tranquilo, después que venís de la nada y me decís que te vas a morir, que estás investigando al capo de la SIDE y que no obstante está todo bien? Tal vez alguna vez te haya parecido que no, pero tengo sentimientos, ¿sabés? -Si, ya sé, y yo también te aprecio mucho. Respecto de este tema, de más está que te diga que cuento con tu absoluta discreción, ¿no? -Si, en tanto y en cuanto no tenga alguna pauta objetiva de que estás en peligro realmente y que no se
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trata de esa tendencia a dramatizar tan característica en los mejores periodistas. -Mejor que pienses así. Y no te calentés, muy pronto vas a tener en tu poder la totalidad de la historia. Ahora me tengo que ir. Una última cosa: cualquiera que te pregunte si estoy elaborando un trabajo para el diario, respondé que sí. Es así, de todos modos. Tomé la carpeta y me incorporé. Volvimos a mirarnos de frente y creo que sintió que todo cuanto yo le había dicho era verdad. Nos estrechamos la mano y me iba, cuando Tomás me llamó: -Francisco. -¿Sí? -Cuidate. -Vos también. Salí a la calle y me inmiscuí entre la multitud. Mi ánimo estaba en llamas por tantas despedidas y por la inminencia de mi cita con el destino.

VII
Poco agregué a lo que ya sabía de Daguerre a partir de la documentación que me consiguió Tomas, dado que por estos días la prensa expone a la luz pública la mayoría de los enjuagues de la corruptela política en general -aunque esto no sirva de mucho, en última instancia, ya que la justicia corre por idénticos parámetros, pero al menos se evidencia el cáncer y ello permite mantener la esperanza de una utó151

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pica cirugía. Obtuve, no obstante, un dato muy valioso, como era el domicilio particular de mi objetivo. Fui hasta el barrio de Belgrano para corroborar lo que ya sabía: la casa era la misma que había observado desde lo alto, a bordo de mi püllü. En esta instancia consideré que no debía establecer estrategias articuladas en base a planes rigurosamente racionalizados; mis cartas de triunfo estaban cifradas en los componentes instintivos y en mis aliados telúricos. He de decir que jamás en mi vida había estado tan confiado en el feliz desarrollo de una empresa, en flagrante contradicción con las dificultades que ésta, particularmente, parecía conllevar. No estaba seguro de cuánto era lo que Daguerre sabía acerca del hualicho que nos involucraba. Era muy probable que, del mismo modo que mi padre se horrorizó no más ver la piedra, este fulano tuviera una reacción parecida y me mandara a asesinar sin más trámite. O podía ser que no, lo que facilitaría mucho las cosas. No perdí tiempo y me cambié a un hotelucho de Belgrano a unas pocas cuadras de la residencia. Luego de unos cuantos días de reconocimiento del terreno y horarios de mi presa, estaba listo para la acción. Déjenme comentarles, como un hecho anecdótico, que la visión directa de mi enemigo provocó en mí una sensación nueva y acuciante, tan extraña y novedosa que no pude asimilarla a ninguna otra experimentada con anterioridad. Voy a tratar de graficarla en la medida que puedo hacerlo mediante palabras, aunque seguramente in152

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curriré en sinestesias varias: era una suerte de instinto compuesto, cuyos componentes observaban relación con los primarios, es decir, de nutrición y de reproducción. La energía vital de aquel sujeto –la cual aparecía ante mi vista de manera ostensible- despertaba en mí un hambre que tenía mucho de sensualidad. Por favor, no vaya a interpretarse esto como que el bastardo aquel me atraía sexualmente, nada de eso. Era el hecho de poder quedarme con toda esa energía lo que ejercía una sensación de lujuria. O sea, la quintaesencia del vampiro, sin las molestias colaterales de una eterna nocturnidad entre sarcófagos. Por las noches, en mi cuarto de hotel, bebía bastante y fumaba como un escuerzo; caminaba de un lado al otro hasta que finalmente hallaba paz meditando del modo que Pinsarayenm me había enseñado y entonando en voz baja los cánticos aprendidos en honor de Ngenechen. Luego, extraía la piedra mágica y atisbaba en su interior, donde podía ver las pampas celestiales, sus hermosos animales retozando libremente entre arboledas de luz bajo un cielo invisible de tan diáfano; y en medio, como atrayéndome hacia un vórtex de puro amor, la visión más excelsa que hube de desear hasta el fin de los tiempos, la exquisita hechicera Rayenlikan que me miraba con pasión mientras acariciaba la cabeza de un puma formidable. Sabía que no podría esperar mucho tiempo más y también que necesitaría la energía de Daguerre para emprender el vuelo final.

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Así que un día me apersoné en las oficinas principales de la SIDE, en el microcentro; ingresé en un edificio suntuoso, atravesé un detector de metales y me dirigí a un escritorio donde dos personas de civil –aunque sospecho que bien calzadas- y un oficial de la policía federal me observaron algo sorprendidos, supongo que por mi apariencia. Me presenté como miembro del staff periodístico de Tribuna Popular y pedí hablar con el Jefe. -¿Tiene una audiencia concertada? –Preguntó uno de los fulanos. -No, no tengo. Vengo a verlo por un asunto que supongo tiene un real interés para él. -¿Y cuál es ese asunto? -Preferiría hablar directamente con el señor Daguerre. -El señor Daguerre está muy ocupado y dio expresas indicaciones para que chequeemos a fondo las cuestiones que traiga cualquier persona que pretenda una entrevista. -Bueno, siendo así, dígale que soy Francisco Lobo, periodista de Tribuna Popular, hijo del ex Senador Lobo. Dígale que tengo documentación que trata de un asunto en que se vio involucrado su abuelo, el Principal Lucio Daguerre, que creo revestirá especial interés para él. -Haga el favor, aguarde un momento –me respondió, mientras me indicaba unos sillones a varios metros de distancia.

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Observé desde allí que el que me había atendido levantaba un teléfono y hablaba durante unos instantes. Luego colgó, y comentó algo con su compañero. De vez en cuando me lanzaban algunas miradas nada amigables. Rato después, el teléfono sonó y luego de un breve diálogo, me convocaron y me informaron que el señor Daguerre me recibiría, pero que debía ser breve, en atención a asuntos de estado que no aceptaban dilaciones. El oficial de policía me acompañó al interior de un edificio sin escaleras. Nos detuvimos ante un ascensor y me instó a que mirara hacia otro lado, toda vez que el mismo solamente podía utilizarse luego de teclear un código determinado. Subimos una cantidad de pisos que no me fue posible cuantificar, la puerta se abrió e ingresamos en un lujoso antedespacho, donde una joven muy agraciada me indicó esperar, en tanto el vigilante volvía a su puesto de planta baja. Poco después sonó un intercomunicador, la joven se incorporó y me hizo pasar a la oficina suntuosa presidida por el escudo nacional y el arquetípico retrato de San Martín. Me enfrenté a Daguerre y en el momento que nos estrechamos la diestra sentí algo así como un choque eléctrico tan fuerte que me costó disimular sus efectos. No advertí en esa cara con expresión de fullero ningún indicio que me permitiera deducir si experimentó alguna sensación análoga. Se trataba de un individuo bastante mayor que yo, de unos cincuenta años, pelo entrecano y prolijamente cortado, enfundado en un traje de Ca155

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charel y luciendo una sobria corbata de Armani asegurada por una fina traba de oro labrado. De más está remarcar el contraste con mi abundante pilosidad y con mi atuendo, no del todo diverso al que utilizaba en mis días en la hermandad. -Adelante, joven Lobo. -Encantado, señor Daguerre –mentí. -Tome asiento, por favor. Ya mandé pedir café, y permítame convidarle un puro –estiró hacia mí una caja de puros de La Habana. Tomé uno, él hizo lo propio y cortó el lado ciego con uno de esos cutters al efecto. Yo simplemente le arranqué la punta a puro diente y mastiqué el rezago. Los encendimos. Él continuó: -Qué fatalidad lo que ocurrió con su padre, ¿no? En una época de militancia, durante nuestra juventud, hicimos buenas migas, su padre y yo. Fue un gran hombre. -Sí, así creo. -Puede estar seguro de ello. Y discúlpeme, me gustaría que hablemos de ello en otra oportunidad, no va a faltar ocasión. Ahora mismo, estoy en un berenjenal de esos que no escapará al criterio de un periodista avezado como usted, así que me gustaría que me diga algo acerca del asunto que lo trae hasta mí. -Desde luego que respeto sus tiempos, señor, pero me parece que el tema que me interesa comunicarle puede llevar más tiempo del que dispone en este momento. De todos modos, trataré de ser breve y explicarle someramente las aristas de un asunto lúgubre y desafortunado para nosotros. Por ejemplo: en los
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tiempos que trató a mi padre, ¿le hizo alguna vez mención que su abuelo, Zacarías Lobo, fue camarada del suyo, el Suboficial Principal Lucio Daguerre? -¿En verdad lo fueron? No, no lo sabía, y su padre jamás me comentó nada. -Bueno, así fue. Fueron integrantes del brazo occidental del ejército comandado por el General Roca durante la campaña del desierto. -Eso sí lo sabía. Quiero decir, que estuvo en esa campaña, pero jamás supe quiénes lo acompañaron. Entró la secretaria y sirvió los cafés. -Si, estuvieron juntos. Mire, acabo de descubrir un antiguo escrito de mi bisabuelo en el que menciona un aciago hecho –dicho sin ambages, la matanza de algunas personas desarmadas e inocentes, -que generó una maldición de la cual aún hoy su descendencia, o sea, nosotros, sufre las consecuencias. -Mire, estimado joven Lobo, me agradaría tomar conocimiento de semejante fábula, la que descuento contendrá muchísimos elementos folklóricos, pero lamentablemente no me puedo dar ese lujo. Temas realmente graves exigen mi atención full time. Revolví el café y en medio del remolino me pareció ver la feroz y amarillenta mirada de Pangi. -Señor Daguerre, no se trata de una fábula. ¿Acaso no recuerda las circunstancias de la muerte de mi padre? -Sí, fue algo muy extraño, pero a mí no me alcanza para considerarlo un hecho tan... ¿cómo se dice? -Qué se yo... ¿esotérico?
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-Algo así. -Ya lo dejo atender sus asuntos, pero... ¿usted tiene idea de cómo murió su abuelo? -No mucha. Parece ser que tuvo un accidente de caza, o algo por el estilo. Parece que se le trabó el arma y fue atacado por una bestia. -¿Y no le parece mucha casualidad? A mi padre lo mató una bestia en su propia casa. -Está bien, parece mucha casualidad, pero esas cosas ocurren. -¿Y puedo preguntarle cómo murió su padre? -El pobre viejo murió por un paro cardiorespiratorio. -¿Y sabe qué fue lo que lo provocó? -Las causas de decesos como ese pueden ser múltiples, usted sabe. Stress, mala alimentación, preocupaciones. El pobre no se cuidaba nada y jamás iba al médico. Resulta que andaba muy anémico y ni siquiera se dio cuenta. -Bueno, sea como sea, la maldición fue proferida. Tengo testimonios que lo corroboran, y supongo que, eficaz o no, sería bueno que conociera algunos detalles. Aunque más no sea por la anécdota, vio. -Sí, puede ser, pero estoy tan ocupado... hagamos una cosa: el viernes lo espero en mi residencia personal, digamos a las nueve de la noche, y allí sí, puede ser que podamos tomar unas copas y conversar sin interferencias. Ahora, si me disculpa... -Si, cómo no, lo dejo en paz. -Ojalá fuese así. Y no olvide llevar toda la documentación que posea acerca de ese maleficio.
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-Pierda cuidado, no lo haré. Salimos de la oficina, e indicó a la secretaria que me diera su domicilio mientras se despedía. La chica llamó por el teléfono e instantes después subió el ascensor con el oficial de policía, que me acompañó hasta la calle.

VIII

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Luego de la entrevista caminé, absorto en el análisis de lo ocurrido durante la misma, y mis pasos me condujeron hasta la costanera. El aire del río era ostensiblemente más saludable que el de la urbe, ya que el viento del este ayudaba llevándose el smog tierra adentro. De la conversación con Daguerre me habían quedado claras dos cosas, que obedecían a lecturas más intuitivas que racionales, a saber: una, que el tipo aquel era realmente de averías, y muchí-simo más peligroso y traidor de lo que había su-puesto, aún teniendo en cuenta que no era poco; y la otra, que sabía bastante más del asunto que nos invo-lucraba de lo que había trasuntado. Tal vez no cono-cía la totalidad de los factores en juego, mas me re-sultaba claro que era capaz de discernir varios de sus elementos. Sobre todo, uno, y que conllevaba una potencialidad peligrosísima: el tipo sabía que yo, de alguna manera, encarnaba al enemigo. Entré en un carrito y di buena cuenta de un chivito al asador y de una botella de Caballero de las Cepas tinto. Pensaba regodearme lo más posible con los placeres terrenales mientras pudiera, y aquel asado estaba lo suficientemente en su punto como
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para hacerme cavilar en términos de saudade anticipada. Ni hablar del vino, esperaba sinceramente (aunque a alguien pueda parecerle una nimiedad) que en la Wenumapu hubiera suscedáneos apropiados para tales delicias. Pero el placer solamente se circunscribía a los elementos que estaban sobre mi mesa. Fuera de ella, en las mesas circundantes, se debatía una humanidad incompleta, riendo risas vacuas, ostentando ropas y joyas que cubren mera carne sin expectativas de trascendencia, encadenados a la mezquina necesidad de posesiones materiales como niños caprichosos y malcriados que jamás madurarían; en fin, como era yo antes de tomar contacto con mi lado aborigen. Observé los grotescos intentos de llamar la atención que en forma permanente ejercitaban tanto niños como adultos, y caí en la cuenta que la cultura del regateo también alcanzaba a las cuestiones afectivas, en esa rara configuración que había alcanzado una humanidad cada vez más alejada del camino evolutivo, y entendí finalmente que, a pesar de todo, no perdía gran cosa abandonando los compartimientos herméticos del mundo fenoménico. Siguiendo adelante con mi plan sibarítico, indiqué al mozo que me sirviera whisky con helado de crema y café. Mientras revolvía ambos tuve la percepción de sus diferentes densidades, y encontré una clave empírica que venía a corroborar lo que se me había aparecido claramente a través de lo aprendido en la reserva: los vórtices eran más claros y más du161

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raderos cuanto más sutil era la substancia que padecía la fuerza centrípeta. Al otro día, obedeciendo a un impulso, viajé a La Plata y me instalé en el bar que quedaba frente a la casa de mis padres. Un montón de recuerdos, la mayor parte dolorosos, se agolparon en mi interior e hicieron presión con una angustia que se clavó como una estaca en mi garganta. De cualquier modo no tuve tiempo de estancarme en la melancolía, ya que poco rato después paró un auto y descendieron tres sujetos que ingresaron en mi casa sin la menor dificultad, a todas luces munidos de las llaves correspondientes. Resultaba obvio que Daguerre comenzaba a mover sus piezas. Intenté determinar si lo hacía en tren ofensivo o defensivo, pero a poco caí en la cuenta que tratándose de un sujeto como él, esa disquisición carecía de consecuencias prácticas. Al cabo de unos minutos salieron con unos bolsos, subieron al auto y se fueron. Pagué la cuenta, abandoné el bar, crucé la calle y comprobé que la cerradura no había sido cambiada. Ingresé, vi el mobiliario cubierto con sábanas y respiré profundamente a efectos de mantener alejadas las oleadas de angustia que azotaban las playas de mi ánimo. Accioné la llave de luz y recorrí los otrora familiares ambientes intentando averiguar qué era lo que los maleantes aquellos habían sustraído, y lo hice ni bien entré en la que fuera mi habitación: muchos de mis libros y to162

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dos mis escritos. Mientras colocaba en el estéreo “Three of a perfect pair”, de Crimson, y me arrojaba sobre la cama, pensaba en qué podía haber ocurrido de haberme encontrado en la casa cuando los asaltantes entraron, ya que se habían manejado con una llamativa desaprensión. Al cabo de unos momentos advertí que el lugar, la música, la situación, todo ello conspiraba en contra del aceitado contacto que debía mantener con mi püllü en esas instancias, así que apagué el equipo ∗ de música, corté la luz, me despedí de la ruka que había cobijado mi existencia como wingka y la abandoné para siempre.

IX
Durante el tiempo que debió transcurrir hasta la cita con Daguerre, distribuí mis horas entre esa especie de voluptuosa despedida de mis sentidos terrenales que describiera anteriormente y profundos estados de meditación que tendían simplemente a enriquecer los vínculos con mi püllü. Era increíble el cambio que había operado en mi temperamento, una fría pasión acompañaba cada uno de mis actos y de mis pensamientos. En contra de cualquier suposición previa, a medida que el evento final se acercaba, me hallaba cada vez más tranquilo.

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El viernes por la noche me dirigí hacia la guarida personal de Daguerre con un ánimo plácido y casi festivo. Tal vez hubiera alcanzado finalmente la predisposición del guerrero a la que se había referido Juan en nuestro último encuentro. Sentía que venían conmigo él, Pinsarayenm, todos mis amigos de la comunidad, y fundamentalmente, Rayenlikan. No había margen para dudas o flaquezas, debía erigirme en un verdadero Ngennin y sellar para siempre un asunto que constituía una pústula infecta en el tejido del cosmos. Otra cosa que inspiraba en mí esa fortaleza interior era la sensación íntima que el golpe de mi püllü, devenido en piwüchen, era tan fatal como inevitable por razones que estaban muy por encima de mi voluntad o de mis capacidades. Llevaba conmigo solamente el manuscrito de Zacarías Lobo y la piedra de sacrificio, que debía dejar en manos del corrupto para concentrar el poder de nuestras armas sutiles. No sabía qué haría en caso que Daguerre observara una conducta desmesurada como la de mi padre ante su visión, aunque sospechaba que tal supuesto no debía darse, toda vez que, en caso contrario, la Machi del cielo o mi propio püllü me hubieran puesto sobre aviso. Llegué finalmente a la lujosa residencia, rodeada por un alto cerco de picas metálicas, y me anuncié ante un guardia de civil que custodiaba en el lado interno del portal. Me hizo pasar sin decir palabra y me acompañó hacia el interior. Ni bien ingresamos Daguerre salió a mi encuentro
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-Hola, joven Lobo –me saludó, y yo no pude evitar cierto fastidio ante lo que parecía una denominación irónica y algo despectiva. Si bien se mostraba amable e incluso afectivo, adivinaba el doble juego que consistía en ponerme en situación de inexperto respecto del viejo lobo, o sea, él. -Buenas noches, señor Daguerre. Es un honor que me reciba en su casa. -Dejémonos de esas cosas, mi amigo. ¿Acaso no nos conocemos desde hace... tres o cuatro generaciones? Nuestros antepasados lucharon codo a codo, yo he compartido muchos momentos con su padre; en fin, de alguna manera es como si fuéramos íntimos –pasó su mano sobre mis hombros y otra vez algo en mi interior entró en ebullición. –Pase, por favor, siéntese, póngase cómodo. Tomamos asiento en unos mullidos sillones de estilo en medio de un living suntuoso y decorado con un excelente gusto. Detrás de mi “anfitrión”, una vestal griega de bronce, tamaño natural, sostenía una lámpara que difuminaba una apacible luz blanca. Sobre la estufa hogar dominaba la escena una tela que parecía ser un legítimo Pettoruti. No más sentarnos me pasó uno de sus caros puros y me preguntó qué quería beber, a lo que respondí que cualquier cosa que él tomara estaba bien. Entonces hizo sonar una campanilla e ingresó una criada (muy bien dotada, por cierto), con una bandeja que sostenía un balde de hielo, dos copas y unos platos. La dejó sobre la pequeña mesa con tablero de cristal que estaba
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entre nosotros, sirvió dos copas de Pommery, dejó las vituallas y se retiró. -Hay gente a la que no le gusta acompañar el champagne con mariscos. Si a usted le disgusta puedo hacerle traer otra cosa. -Por mí, está perfecto, muchas gracias. -Imagino que habrá comido cosas peores en las tolderías, ¿no? -¿Cómo dice? -No, que habrá comido cosas peores en las tolderías, mientras estuvo allí, con los indios. -¿Debo suponer que he sido objeto de uno de sus famosos “estudios ambientales”? -Mi querido amigo, no lo tome a mal, no he estado haciendo otra cosa que preocuparme por el asunto ése que me comentó los otros días. Déle, coma, son cholgas y vieiras chilenas de primera calidad –aclaró, mientras se servía y comía con fruición. Hice lo propio mientras ponía algunas condiciones a que me obligaban la lealtad y el amor, aún a pesar de que ello suponía mostrar prematuramente alguna de mis barajas. -Señor Daguerre, le pediría que no llame a las comunidades aborígenes “tolderías”, y que no se refiera a sus habitantes como “indios”. Pueden ser nuestro enemigo, a veces, pero merecen tanto respeto como cualquier otra colectividad del país, e incluso más. -¿Me parece a mí, o usted simpatiza con quienes se suponen que quieren asesinarlo?

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-No, simplemente tal vez sea que por provenir de una familia de raigambre castrense, como usted, he aprendido a respetar al enemigo y a valorarlo en su justa medida. Créame, Daguerre, esa gente tiene una cultura extraordinaria y en términos espirituales nos lleva una ventaja sideral. Usted sabe, están más en contacto con las fuentes, no han pasado por los costosos estigmas de decadencia que hemos sufrido nosotros, los que venimos de los barcos. -Francamente, no podría argumentar en contra de lo que usted dice sin incurrir en desagradables pretensiones. Evidentemente, usted maneja el tema mucho mejor que yo. Es por ello que he decidido invitarlo aquí y atender a lo que tiene para decirme, que, dicho sea de paso, casi casi, me suena a una advertencia. -Digamos que es una voz de alerta, en base a algunos datos que he conseguido reunir. -Usted dice que una especie de maldición ha venido ejecutando a nuestros padres, abuelos e incluso a su bisabuelo... -Así es. Ya se lo dije en su despacho público. -¿Y entonces qué debemos esperar? ¿Qué de buenas a primeras irrumpa un salvaje y nos haga blanco de sus dardos envenenados? -Se trataría de algo mucho más sutil. Es algo que no es de este mundo pero que, en determinadas condiciones, puede irrumpir aquí, como no, y destruirnos a ambos como lo hizo con mi padre y con su abuelo,

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o secarnos en vida, como lo hizo con mi abuelo y con su padre. -Pero carajo, dicho así, parece una vieja película de Lon Chaney. -Puede parecer lo que usted quiera, pero le aseguro que el riesgo es real, y tan cierto que si no hacemos algo al respecto, inexorablemente terminaremos igual que nuestra ascendencia. Yo no pienso quedarme de brazos cruzados. Por otra parte, entiendo que una persona como usted, tan atosigada por problemas y situaciones concretos, y de quien dependen cuestiones que hacen a la seguridad nacional, tome esto como una intrusión de un paranoico que quiere enrolarlo en su psicosis. -Mire, joven, si pensara eso, no estaría perdiendo mi tiempo con usted. Aunque ya que lo trae a cuento, escuché por ahí que hay quien opina algo parecido con referencia a su salud psíquica. -No es el primero que me lo dice, ya me estoy acostumbrando. Es cierto que he incurrido en algunas conductas que parecen reñidas con la normalidad, pero ¿qué esperaba? No puedo ir y sonsacar información en ámbitos tan hostiles presentándome como un turista yanqui, ¿no cree? -No, claro que no, y estoy pensando en la capacidad que tiene usted para manejarse como agente encubierto. No pude evitar traslucir el impacto frente a lo que sonó como una acusación. Daguerre prosiguió:

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-Entre las indagaciones que ordené, en el marco de lo que me dijo el otro día –ya ve que le he dado importancia,- fui informado que un antiguo colaborador de su padre, el Dr. Pedroza, comentó en varios círculos que algo no andaba bien en su cabeza y se fue a Neuquén a buscarlo. Nunca más se supo nada de él. ¿Acaso usted tenía conocimiento de ello? -No, para nada. Tal vez fue después que volví, y todavía me está buscando. -No lo creo. Tenía compromisos muy importantes aquí en la Capital, y no solamente no cumplió con ellos sino que ni siquiera se excusó por correo, o por teléfono. Tal vez la maldición lo alcanzó a él, también. -No me parece posible, que yo sepa no tiene nada que ver con el asunto. -Bueno, el hecho es que ha sido reportado como desaparecido. Y aquí quiero, si usted me lo permite, incidir en su ánimo para que se presente espontáneamente en el Juzgado Federal número 120, a cargo del doctor Della Crocce, que ordenó su comparencia ante él hace más de un mes. -¿Qué me está diciendo? ¿De qué se me acusa? -Nada, no se le acusa de nada. Es algo así como que tiene que demostrar que es usted capaz de valerse por usted mismo, nada más, según me informaron. Un trámite de rutina. Creo que fue el propio Pedroza quien tuvo la idea que había que proteger al joven Lobo de sí mismo. No sé muy bien, en definitiva no ahondé mucho cuando me aseguraron que se trataba
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de un mero trámite. Vaya, en todo caso, y entérese por usted mismo. Sería muy desagradable que por un tema tan baladí tuviese que comparecer por la fuerza. -El lunes mismo me presentaré ante el juez. -Hágalo, por favor. No deje de hacerlo. Es por su bien. Y yendo al grano, usted me dijo que tenía pruebas o documentos que arrojaban luz sobre ese supuesto gualicho. ¿Las trajo? -Obviamente. En eso habíamos quedado, ¿no? Extraje de mi bolso de mano el vetusto cuaderno que contenía la confesión de Zacarías Lobo y se lo tendí. Lo tomó con expresión curiosa, sirvió las copas y comentó: -Bueno, me va a llevar un tiempo leerlo. Estoy tentado de pedirle que me lo deje, pero ardo en deseos de leerlo ahora mismo. ¿Le incomodaría? -Al contrario, adelante. No se haga problema, igual se lo pienso dejar. Y cualquier cosa, pregúnteme. No olvide que de un tiempo a esta parte me he vuelto casi un experto en estos temas. Daguerre hizo sonar la campanilla y mandó a la chica por más Pommery. Yo me dediqué a los mariscos y a beber mientras él leía muy ceñudo y concentrado. Pese a mi atención, no percibí en ningún momento movimiento ni gesto alguno que trasluciera la más mínima emoción por parte de aquel enigmático sujeto durante la lectura. Era evidente que, por bastardo que fuese, tenía una sólida personalidad. Al cabo de un rato acabó de leer el documento,
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cerró el cuaderno y me dirigió una mirada entre socarrona y agresiva. -Usted no irá a creer en semejante desatino, ¿verdad? –Preguntó por fin. -Comparando lo que dice ahí con lo que sucedió después, puede parecer descabellado, pero no tanto. Yo lo tendría en cuenta... no sé, al menos no me quedaría tan tranquilo. -¿Ve? Ése es el mecanismo que dispara el tabú. Y ese tabú es el que finalmente opera en sentido negativo. -Por favor, no me dé clases de psicología. Estoy hablando de otra cosa. -¡Pero es precisamente lo que le pasó a su bisabuelo! Está bien que el hombre incurrió, quizás enceguecido por la fe y el sentido del deber, en un crimen de guerra. Pero fue su conciencia, y no otra cosa, la que lo llevó a morir en las fauces de un enemigo que él mismo creó en su imaginación. Lo insto, joven amigo, a que deje de lado todas estas supercherías y no se obsesione, ya que si no el demonio que viene creciendo en la imaginería de la familia Lobo terminará enloqueciéndolo a usted también. -Discúlpeme, señor Daguerre, pero voy a discrepar absolutamente con su criterio. Es claro que la maldición fue proferida. -Mire, si todas las maldiciones de las que soy objeto a diario se cumplieran, créame que no estaría ahora hablando con usted.

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-Sí, pero esas son maldiciones proferidas por personas sin ninguna clase de poder espiritual. -Puede ser, pero yo temo mucho más a las personas que tienen poder de fuego. -Debe ser por eso que me vi en la obligación de alertarlo, aún sabiendo que lo más probable era que me tomara por loco. Sé que está tan a cubierto de atentados de ese tipo como indefenso ante ataques del tipo que se están preparando en un ámbito que no es de su dominio. -¿Y qué me sugiere que haga? ¿Qué contrate un parapsicólogo? -Ojalá lo supiera. Lo único que puedo decirle es que somos los últimos, y que la cosa esa, sea lo que sea, ha demostrado hasta ahora ser eficaz en un cien por ciento. -¿Y cuándo supone que ese “ataque”, o lo que sea, puede llegar a producirse? -¿Se refiere usted a si tengo informaciones acerca de la estrategia del enemigo? No, no la tengo. -Está bien, sepa disculpar mi tara profesional. Es que me cuesta un poco ponerme en situación, ¿sabe? No estoy muy acostumbrado a pelear con fantasmas. -Lo descontaba. Pero le digo, si mi estudio folklórico no me engaña, el ataque no puede demorar mucho. Se trata de algo así como un círculo de sangre, y siendo nosotros los últimos puntos de la curva que lo cierra, supongo que querrán liquidarnos ahora, antes que dejemos descendencia, y zanjar la cuestión de una vez por todas.
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-O sea que una buena oportunidad sería, en sus términos, pillarnos a los dos aquí, por ejemplo, y adiós con los últimos representantes de las estirpes malditas. -No se me había ocurrido, pero ahora que lo dice... se nota que tiene timing, usted. -Es mi métier. En fin, no le prometo tomar del todo en serio este asunto, mas podríamos mantenernos en contacto e intercambiar cualquier dato que surja en torno a él. Al menos, déjeme desasnarme un poco en el tema de los indios... perdón, de los aborígenes. Dígame, ¿tendría usted alguna bibliografía que pudiera ayudarme? -Por supuesto, está a su disposición cuando lo disponga. -Mire que no sé cuándo voy a tener tiempo de leerla, puedo demorar en su devolución. -Sinceramente, espero que tenga tiempo de leerla. -¡Pero hombre, que va a conseguir asustarme! -Éso es lo que intento. He cumplido con un deber moral, señor Daguerre, que no es otra cosa que ponerlo en antecedentes de todo cuanto sé, y abogar porque no eche en saco roto mi advertencia. En cierta forma, estamos unidos. -Sí, creo que es verdad, pero temo que mis razones para creerlo no sean las suyas. Le agradezco encarecidamente la noticia, aciaga pero noticia al fin, que me ha traído de mi abuelo Lucio. Es mejor conocer nuestro pasado, por oprobioso que fuere, que la ignorancia. Y dígame, aparte de este documento que
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me gustaría conservar por un tiempo, como ya le dije, ¿tiene algún otro, relacionado con el tema? Aquí tragué saliva e intenté calmarme, ya que la próxima carta era decisiva. Pedí que hiciera traer más champagne, con lo que gané unos cuantos segundos que utilicé en inspirar profundamente varias veces. Luego me lancé: -Tengo conmigo la piedra de la que habla Zacarías en ese cuaderno. Levantó la vista de la copa y me escudriñó cuidadosamente. Resultaba obvio que también sopesaba la próxima movida. Pese a mis esfuerzos, no pude dilucidar si realmente sabía lo que tal circunstancia implicaba. -¿Puedo verla? –Preguntó, lacónico. -Por supuesto –Respondí, mientras la sacaba de mi bolso y se la tendía. La tomó y la miró con cuidado. Al cabo de unos momentos comentó, casi como para sí mismo: -Es verdaderamente una bella artesanía. ¿Para qué le dijeron a su abuelo que servía? -No sé, según él era para apaciguar la mente durante los sueños. Aunque sospecho que es algo más que eso. -¿Algo como qué? ¿Un talismán, quizás? -Puede ser, o algo parecido a otros objetos rituales comunes a unas cuantas culturas neolíticas. Piedras de poder, mandalas... vaya a saber. -¿Y cómo la consiguió? Preguntó, mientras dejaba la piedra sobre la mesita.
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-Estaba en el desván de mi casa, junto con el cuaderno. Se nota que mi padre tuvo oportunidad de conocer la historia, aunque jamás me habló de ella. -Lo bien que hizo. A ningún padre cabal se le ocurriría llenar la cabeza de su hijo con semejantes barrabasadas. -Le reitero, señor Daguerre, que no creo que sean barrabasadas. -Está bien, está bien, de todas maneras parece muy pintoresco, ¿no? -Tal vez lo sería si no fuera porque son nuestros cuellos los que están en la picota. -¡Otra vez la mula al trigo! Menos mal que tomé suficiente champaña, creo que voy a tener dificultades para conciliar el sueño, hoy. Y tenga en cuenta que aún con los despelotes que atiendo cada día, eso es algo que difícilmente ocurre. -Admiro su templanza, hago votos para que su certeza pueda algún día ser la mía y pueda así dejar atrás todo este asunto macabro... -Pero Lobo, déjese de embromar, hombre, viva la vida y despreocúpese; un tipo joven como usted... aparte, si tuviéramos alguna vía de acción... por ejemplo, ¿tiene usted datos de alguna persona –digo alguna persona viva, de carne y hueso- que pueda estar hoy día detrás de esta especie de conjura brujeril, si es que existe? Era obvio que el tipo tenía un muy buen tino para sonsacar. -No, no los tengo, y dudo que existan.
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-Entonces, ¿qué supone que podríamos hacer? -Tenga por cierto que cuando lo sepa se lo digo. -Yo sí le voy a decir qué hacer. Tómese unas vacaciones, vaya al Caribe... ¡A Haití, ¿ve?! Allá puede estudiar el vudú, agregar conocimientos a su ya importante bagaje antropológico y encontrar con qué despuntar el vicio sin involucrarse tanto. Hágame caso, váyase unos cuantos días, disfrute de la vida y va a ver como a la vuelta hablamos del tema en otros términos. Sonó su celular, y por el tono, me percaté que hablaba con una mujer. ¡No se le ocurriría al hijo de puta dejar descendencia justo ahora! No obstante estas consideraciones me apliqué a dilucidar cómo iba a hacer para dejar el likan en su poder. A pesar de mis lucubraciones, no me hizo falta operar en modo alguno. Daguerre se despidió, cortó la comunicación y casi como al tanto de mi preocupación, me dijo: -¿Tiene inconvenientes en dejarme este fetiche, también? Me gustaría hacerlo ver por algunos expertos. -No sé, mire, es un objeto tan vinculado a mi familia que... -No se preocupe en lo más mínimo, es por unos días, nada más, y le prometo que lo cuidaré como corresponde. Y darle traslado de cuanto me digan acerca de él, por supuesto. -Bueno, siendo así... -Pero claro, joven Lobo. Y hágame caso, salga unos días, distráigase. Eso, luego de arreglar el asunto del Juzgado, por supuesto.
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-Si, pierda cuidado, no lo olvidaré. Es un tema que me preocupa, verá. No estoy acostumbrado a ese tipo de situaciones. -Descuide, ya le dije que es un mero trámite, pero hay que hacerlo. Ahora, si me disculpa, tengo algunos asuntitos que atender. No todo es política en mi vida, ¿sabe? -Desde luego, señor, y muchísimas gracias por su atención. Quedamos al habla, entonces. -Por supuesto, aunque espero que entienda que mis obligaciones pueden eventualmente diferir algún encuentro. -Desde ya. Bueno, me voy. -No, espere, no va a pensar que soy tan descortés de invitarlo a mi casa y después dejarlo que se marche solo y a pie, máxime teniendo en cuenta que le espera un viaje a La Plata, y eso queda muy a trasmano. Usted vive en La Plata, ¿no? -Sí, pero no se moleste, yo... -Nada de eso –me interrumpió y llamó por su celular. Indicó a un tal Jorge que sacara el auto y me esperara en la puerta de la casa. En tanto yo le decía que no, él me hacía señas con su mano desestimando de plano mis protestas. Al cabo de un momento entró un joven y me fue presentado como su secretario, aunque el tipo y la actitud del individuo aquel denotaban abiertamente que era un guardaespaldas. Le indicó que llevara unos sobres a la guardia de la Gobernación, en La Plata, de pasada que me acompaña-

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ba a mí y se aseguraba que llegara en perfectas condiciones a mi casa. -No hace falta –argumenté, al tanto de una maniobra tan obvia como nada alentadora para mí. -Nada de eso –repitió, -es lo mínimo que puedo hacer por usted, luego de una velada tan amena y original. Gracias por todo, joven, y despreocúpese. Nos vemos pronto. “Tal vez mucho más pronto de lo que supone”, pensé mientras estrechaba su mano y experimentaba otra vez la curiosa ebullición en mi interior. Sin embargo sólo di voz a un saludo formal, y me dirigí acompañado del esbirro hacia la puerta. Subí a un lujoso auto importado, en el asiento de atrás. Adelante, viajaban el chofer y “el secretario”.

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Bajábamos rápidamente por la costanera hacia el sur. El chofer manejaba al parecer muy concentrado en su trabajo, mientras el presunto asistente me decía no sé qué cosa acerca de unos nuevos cabarets vip que habían instalado o estaban por instalar por ahí, por esa zona. Se regodeaba hablando de putas extranjeras como quien habla de una mercancía cualquiera. En su irracionalidad, no parecía advertir en lo más mínimo que estaba hablando de personas humanas, lo que hacía evidente que era por demás dudosa su pertenencia a dicho género. Pero no se me
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escapaba que se trataba de un psicópata de esos que conversan muy naturalmente con sus víctimas, sin importarle un carajo lo que éstas piensen de su discurso, mientras las llevan a su destino, muerte o secuestro. Tal parecía que ése era mi porvenir, mas me encontraba sumido en una frialdad automática, motivada por una confianza plena tanto en mis sentidos innatos como en los adquiridos, que me hacía sentir invencible. El estúpido pajarraco ése podía graznar a gusto, creyendo tener la ventaja. No sabía cómo, pero ya iba a ponerlo en su sitio. De todos modos no tuve que esperar mucho tiempo para que mostrara las uñas. No me sorprendió en lo más mínimo cuando el chofer evitó la autopista y tomó finalmente por la Calchaquí. -Loco, ¿qué te pasa? –Me increpó de golpe- ¿No te interesa lo que te digo? -A decir verdad, no te estaba prestando atención –Le respondí con aplomo. -Ah, sos pija. -No te zarpés, llevame a mi casa y listo. Fue. -Mirá, pituco, conmigo no te vengás a hacer el bonito porque te puede ir peor de lo que pensás –sacó una nueve y me apuntó entre los ojos. -¿Qué opinás, ahora, eh? -Que sos un pobre pelotudo. Sacáme eso de la cara, querés. -¡Escuchá lo que dice! ¡Escuchá lo que dice, boludo, el gil éste! Loco, mirá, no te reviento acá nada más

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que porque es el auto del jefe, pero enseguidita nomás vamos a ajustar cuentas. -¿Ajustar cuentas? ¿Y qué te debo, yo a vos? -No sé, pero las deudas del jefe son mías. -Claro, el prototipo del idiota útil. -¿Ves? Es nada más verte y darse cuenta que sos un putito de ésos que la van de hippies y se dejan las crenchas y la mugre y de repente se creen que le pueden bajar línea a cualquiera. Vos la vas de importante y no valés un carajo, ¿sabés? Mirá, le voy a decir al jefe que ésta va gratis. Que te maté por placer, y no por trabajo. Y te aseguro que no voy a estar mintiendo, putito –se dirigió al chofer: -¿O no, no es cierto? ¡Jájájájájájájá! ¿No es cierto, piscuí? ¡Jájájájájájájá! De repente dejó de reírse y leí en su mirada que en verdad me odiaba, que en verdad se odiaba a sí mismo y odiaba a todos. La muerte exudaba por sus ojos. Simplemente miré por la ventanilla. Íbamos a la altura de Florencio Varela cuando desviamos por una oscura calleja lateral.

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Debo confesar que perdí parte de mi aplomo en este brete. De pronto comencé a ser asaltado por dudas racionales que no habían aflorado en los últimos
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días, tales como barajar por primera vez la posibilidad de haberme metido en camisa de once varas a partir de una leyenda aborigen que, sin anclaje en la realidad, me había enfrentado con el personaje más siniestro y poderoso del país. ¿Qué pasaba ahora con mis compañeros espirituales? ¿Me habían abandonado, finalmente? ¿Habían reservado para mí una muerte vil, rastrera, a manos de un humanoide tarado e insignificante, para no ensuciarse con mi sangre mestiza? ¿Habían exacerbado tanto mis instintos como mis afectos y mi lealtad para burlarse finalmente de todos ellos con semejante maniobra? Parecía difícil, pero siendo así, ¿adónde estaban? Para colmo el personaje nefasto, pistola en mano, me preguntaba si yo era tan idiota para suponer que en el nivel de trenza que tejía su jefe iba a arriesgarse a que un cagatinta como yo armara una campaña de prensa en su contra. Respiré profundamente y apelé a una especie de fatalismo defensivo. Tal vez la venganza total fuera a cumplirse, incluyendo eso mi oprobioso fin; pero yo actuaría como si todo lo que había creído hasta hacía pocos momentos fuese cierto. Sería leal a mis convicciones hasta el último aliento. Hacía ya algunos minutos que circulábamos por una calle de tierra entre zonas descampadas cuando arribamos a la vera de un arroyuelo. El chofer detuvo el auto y el otro me indicó bajar. Ellos hicieron lo propio, y me condujeron a punta de pistola a través de la oscuridad hasta un pequeño bosque181

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cillo. Parecían conocer muy bien el terreno. Yo sabía que si no hacía algo rápido, mis segundos estaban contados, mas el tipo era un profesional y guardaba la distancia suficiente para no ser sorprendido por una reacción brusca de mi parte. Entonces comenzó a tratar de regodearse con mi miedo. Se nota que la escoria estaba intentando darse importancia a partir de mis súplicas, cosa que yo sabía, solamente serviría para envanecerlo antes de la ejecución inevitable. Decidí mantener la dignidad a todo evento. Le dije que era un triste pedazo de mierda y que un día sería él mismo quien iba a estar al otro lado del cañón del arma de Daguerre. Él me respondió que podía ser, pero que en ese momento, el gatillo era de él, mi vida y mi muerte eran de él y que se sentía muy feliz de despachar a un payaso presuntuoso como era yo. Me ordenó darme vuelta. Lo hice, y tuve la certeza de que todo terminaba para mí. Lo que más lamentaba, en esa situación límite, era la pérdida repentina de toda ilusión respecto a una existencia plena en la Wenumapu. Frente a mí se cernía toda la negrura del cañón del arma, del personaje nefasto que la empuñaba, de la noche aciaga y final y, fundamentalmente, de mi propio espíritu. -Nos vemos en el infierno –me dijo, -adonde espero poder patearte el culo otra vez. Iba a jalar el gatillo cuando las ramas de un árbol a sus espaldas se sacudieron y se oyó un portentoso rugido. ¡Pangi! ¡Todo era cierto, finalmente, y mi amado animal nunca me había abandonado!
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Sentí una oleada de energía sobrehumana y no tardé una milésima de segundo en aprovechar el respingo que dio mi verdugo. Pateé la mano que sostenía la pistola, la que salió disparada a unos cuantos metros, y le asesté un terrible puñetazo en plena cara, que lo hizo trastabillar y caer contra un árbol. El chofer quiso entonces prenderme, pero lo sostuve con ambas manos y le propiné un cabezazo en pleno puente de la nariz, dejándolo servido y sangrante. El otro mientras se incorporó pero solamente para recibir una patada en el plexo solar que lo dejó sin aire. Tranquilamente, entonces, caminé unos pasos y, dotado de una visión incongruente con las condiciones lumínicas, levanté de la maleza la pistola y cambié por completo la suerte de la partida. Busqué a Pangi entre la copa de los árboles, mas no había rastros de ella. Bueno, ya bastante había hecho. Miré a los dos empleados de Daguerre. El “secretario” parecía ir recobrando el ritmo respiratorio, y limpiaba la sangre de su boca con el dorso de la mano. Ni hablar del otro, que lucía mareado y era víctima de una profusa hemorragia nasal. Mirá cuándo vine a descubrir lo bueno que era yo para esos ajetreos. -¿Y ahora, basura, qué me decís? –Pregunté al que había llevado la voz cantante. -Que te vayas a la concha de tu madre –me respondió, mientras miraba la fronda tratando de explicarse qué había sido lo que determinó su desgracia. -Ah, sí, te hacés el guapo, pero... ¿sabés qué? Tenés suerte, yo no necesito valorizarme a través de las sú183

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plicas de un poca cosa como vos. Vos sos guapo con las mujeres y con los hombres desarmados, así que no me representa nada arrancarte llanto ni pedidos de compasión. Sinceramente, para mí no existís. Vas a seguir respirando, cómo no, pero lo que se dice vivir... es algo que no hiciste ni vas a hacer nunca. Caminamos de nuevo hasta el auto, en una inversión perfecta de la marcha anterior. No emitieron palabra, parecían conformarse con sobrevivir sin mostrarse demasiado pusilánimes el uno frente al otro. Yo tampoco tenía ganas de hablar, al menos con aquellos fantoches con aires de matón a sueldo. A punta de pistola obligué al presuntamente más peligroso a introducirse dentro del baúl y yo mismo cerré la portezuela. Mientras no perdía de vista al otro, rebusqué en la guantera y encontré un par de esposas que me permitieron encadenarlo a uno de los parantes, tras lo cual abrí el capot, quité la tapa del distribuidor y me fui de allí tranquilamente, aún a sabiendas que no podía demorar un solo instante en ejecutar mi última y más importante misión sobre esta tierra.

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Seguí la huella a paso vivo. Unos diez o quince minutos después llegué hasta un caserío que fue creciendo hasta convertirse en una populosa villa de emergencia. Las únicas señales de vida provenían
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de los perros, que ladraban a veces desenfrenadamente ante el paso de un intruso inusual como era yo a aquellas horas, y de alguna que otra cumbia trasnochada. Debía pensar rápidamente, ya que de una forma u otra los esbirros de Daguerre tal vez conseguirían liberarse y poner sobre aviso a su jefe, cosa que conspiraba contra el factor sorpresa que quería aprovechar al máximo en mi asalto final. En eso cavilaba cuando arribé a una especie de plaza en medio del ghetto. Plaza era una forma de decir, ya que se trataba de un mero baldío yermo cuya única excepción a esa llaneza magra estaba constituida por algunas hamacas totalmente desvencijadas y un par de arcos de fútbol de palo. A uno de sus lados, sin embargo, se elevaba un edificio de material bastante grande, al menos en comparación con las pequeñas casillas que la rodeaban, en su mayoría compuestas de materiales diversos de evidentes reciclajes, en esa miscelánea de la sociedad de consumo que suelen exhibir estos núcleos habitacionales de los marginados por el sistema. A medida que me acercaba a la edificación descubrí que se trataba de una escuela, y supuse que al menos hasta la mañana siguiente nadie entraría allí. Podía ser un buen refugio en donde concentrar la fuerza para el ataque del Piwüchen, mas debía actuar silenciosamente, teniendo en cuenta que muchas veces los porteros hacen usufructo de las casas habitación de los colegios, aunque dudaba que ése, en particular, la tuviera.

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Salté un paredón y me encontré al borde de un patio de tierra circundado por una larga hilera de aulas con paredes de cartón prensado en unos casos, y de plástico reforzado en otros. Todo estaba en absoluto silencio y ninguna luz denotaba presencia humana. Todo iba bien. Caminé hacia una de las aulas y comprobé que la endeble puerta estaba sin llave. Ingresé y me senté en el piso, debajo de una tabla pintada que hacía las veces de pizarrón. A mis espaldas, un retrato de la figura idealizada del General San Martín, idéntica a la que dominaba el despacho de Daguerre, dirigía su gloriosa mirada sobre todos y cada uno de los rincones. Del resto de las paredes colgaban cartulinas sucias que mostraban hileras de palabras escritas con fibrón, cuya función consistía en fijar en la memoria de los párvulos distintas reglas ortográficas u excepciones a las mismas, por ejemplo: “Alrededor – sonreír – enredadera...” etcétera, etcétera. Inspiré profundamente y el clásico olor de las aulas de escuela primaria me condujo a pensar cuál sería el componente químico que producía ese aroma tan particular. Era tan extraño que en una escuela como aquella, en un barrio tan pobre, uno percibiera exactamente el mismo olor que en los caros colegios católicos que mi padre había pagado para mí... pero no era momento para este tipo de cavilaciones. Volví a aspirar profundamente unas cuantas veces, exhalando en golpes cortos y seguidos. La hiperoxigenación de pronto surtió su efecto, mi mente comenzó a girar y volatilizarse casi inmediatamente
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y supe entonces que aquél no sería un viaje igual a los que había experimentado con anterioridad. Emprendí el vuelo nocturno con una curiosa duplicidad ontológica, ya que siempre en estos casos Ulelü había avanzado en desmedro de mi personalidad habitual. Ahora, sin embargo, podía decir que mi yo era el mismo de siempre, e incluso más conciente de sí; y que la parte aborigen que me había mostrado todas esas maravillas atinentes al mundo del espíritu era, al mismo tiempo, más fuerte que nunca. Ambas parecían vectorizar mis energías en pos de la consumación de la tarea final, imbuyendo en mi ánimo el carácter exultante propio de las grandes epopeyas en ciernes. Momentos después me hallé nuevamente en el suntuoso living de Daguerre. Desde el interior se escuchaba en un volumen bastante alto “Tannhäuser”, de Wagner, y me pareció un marco musical muy apropiado para el acto que iba a desarrollarse a continuación. Supe que Daguerre no estaba solo, sino que la dama con la que había hablado rato antes lo acompañaba en sus aposentos, así que me quedé esperando que saliera del nido para abordarlo a solas. La estufa hogar estaba encendida, supongo que por aires de romanticismo que quería darse el impío, ya que la temperatura ambiente era por demás agradable. Me sumí en la contemplación del fuego y pude percibir una extraña configuración en su forma que lo hacía diferente a cualquier otro avistaje anterior. Algo así como una cualidad líquida suavizaba
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el contorno de las llamas, las otrora afiladas lenguas parecían manar plácidas y fluidas desde un centro más blanco y luminoso que el de la más caliente de las fraguas. De pronto me pareció que estaba mirando todo a través de una lente que filtraba tanto color como forma, y supuse que era efecto de esa dualidad psicofísica que me embargaba. Pero no tuve tiempo de analizar mucho este nuevo modo perceptual, ya que de buenas a primeras irrumpió Daguerre, en calzoncillos y empuñando una contundente pistola 45. Fijó la vista en mí, y por la expresión de espanto advertí que veía a mi Piwüchen y que de pronto la total veracidad de la historia hacía impacto en él. “Maldito hijo de puta”, pensó, y sus pensamientos resonaron en alguna parte de mi vasto interior, “¡maldito brujo hijo de puta!” e hizo ademán de levantar el arma. En ese momento comprendí que el estado gaseoso que bullía en mi interior cada vez que tomaba contacto con él era motivado por una especie de vacío en el fluido vital de mi Piwüchen, algo así como una sangre etérica y no correspondiente al plano normal de existencia, que era necesario completar para zurcir cierta herida abierta en el tejido del ser. Y Daguerre, tenía lo que a mí me hacía falta. Comprendí cabalmente al fin lo que significaba el cierre de ese círculo de sangre del que Pangi y Pinsarayenm me habían hablado, y esto no hizo más que exacerbar un hambre de existencia feroz e incontenible. La música de Wagner proporcionaba un crescendo de lo más apropiado a las circuns188

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tancias, y era tal el dominio que tenía de la situación que hasta podía darme el lujo de gozar de estas sutilezas metalógicas. Daguerre, en tanto, conmocionado y evidentemente fuera de sí, disparó repetidamente en mi dirección, y solamente sentí una especie de flujo concéntrico e intermitente, tal vez comparable con las ondas en la superficie del agua cuando es atravesada por un guijarro. Vi como sus músculos fláccidos, cubiertos por un pellejo arrugado y desagradable, se sacudían una y otra vez a instancias del retroceso del arma, y las lenguas de fuego que brotaban del cañón guiaron una especie de sonda que salió del punto medio de lo que debía ser mi vientre, hizo escala en las mismas y luego estableció una conexión que potenciaba paulatinamente mis ya tremendas energías, en desmedro de las de él. Daguerre se puso tenso, como quien es atravesado por la espada que va a matarlo, abrió sus ojos desmesuradamente y, mientras su hálito era absorbido por mí de manera inexorable, su menguante conciencia tuvo la certeza final de cuanto estaba ocurriendo. Fue empalideciendo a ojos vista, su mirada se nubló y se tornó vidriosa, la negrura ganó el espacio en derredor de sus cuencas orbitales, la muerte se hizo patente en su fisonomía. Se desplomó sobre el piso, exánime, justo cuando su amante ingresó en la escena y se arrojó sobre él, conmocionada y presa de un estupor por demás justificado. No advirtió en lo más mínimo mi presencia. Por mi parte, sentí entonces que había alcanzado el grado de poder que me permitiría ingre189

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sar finalmente en el ámbito donde la conciencia no necesita otro condicionamiento que su propia infinitud, desplegada en la feliz misión de constituir la percepción de Ngenechen atendiendo a su unívoca magnificencia. Escuché voces que se acercaban y una alarma ululante. Volví entonces a mirar el fuego de la estufa, agité mis alas y lo avivé; lo ví encresparse y crecer sin perder esa extraña cualidad líquida y brillante, lo vi concentrarse y expandirse formando un vórtice de energía que me tragaba. A continuación desperté en el aula de Florencio Varela, con el likan, aún caliente, en mis manos. Durante unos cuantos segundos continué oyendo la música de Wagner, los gritos de la mujer y los movimientos frenéticos de los hombres de seguridad. Luego, todo eso se fue perdiendo. La luz del amanecer que entraba por las precarias ventanas era diáfana, y yo, Ulelü, por primera vez en mi vida, me sentía completo.

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Lo que vino sucediendo después es de conocimiento público: Francisco Lobo fue acusado de asesinar al Secretario de Inteligencia mediante envenenamiento, en ocasión de la reunión mantenida en

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casa del funcionario. Francisco Lobo fue perseguido como un animal salvaje. Pero jamás lo encontraron, ni lo encontrarán. Francisco Lobo no existe más, y dudo, hoy día, que alguna vez haya existido. Es simplemente que yo, Ulelü, he permanecido utilizando su cuerpo como quien utiliza una máquina de escribir, simplemente para cumplir con la misión que me fuera encomendada desde lo Alto, así como para responder al compromiso contraído con mi ex Jefe del diario. Me ha provocado mucha risa ver a los federales y a los servicios tratando de atrapar al viento con una red, y me he divertido mucho mostrándome y ocultándome tan sólo para burlarme de sus torpes maniobras, las torpes maniobras de embrutecidos esclavos que ni siquiera advierten el yugo que los oprime. Respiro libertad, y, créanme, es algo que no tiene precio. He dado instrucciones y una buena suma de dinero a un simpático conserje para que, una vez terminado, entregue este escrito en propias manos de Tomás, para que cumpla con su parte y trate a la vez de entender lo que quise decirle la última vez que nos vimos, en ese bar del centro donde solíamos reunirnos. Creo que luego de leer el testimonio lo considerará desde otra perspectiva. Y puede que lo ayude, a él y a otros muchos, tal es el sentido de su difusión. Ahora, en este cuarto de hotel, en pleno microcentro porteño, miro por la ventana y veo agitarse a los últimos rezagos del espíritu en pos del mendru191

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go que simplemente servirá para prolongar su agonía. ¡Si tán sólo pudieran darse cuenta que Ngenechen nos ha puesto a todos a las puertas del milagro! Pero cada vida tiene su propia batalla, y siento que solamente puedo intentar munir a quienquiera que se entere de mi lucha, de la certeza de que ésta es posible, de que simplemente hay que librarla cada día, especialmente contra uno mismo. Ahora acabo de servirme un café, el último café. Dejo la cucharita sobre el plato, mientras observo la espuma girando dentro del pocillo, en la superficie; a medida que el remolino va disminuyendo, las concentraciones se rarifican y forman una estructura que me recuerda las imágenes de nebulosas en formación.

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Índice Uno Tripamum I ........................................................7 II .......................................................9 III ...................................................13 IV ...................................................15
V .............................................................. 20 VI ............................................................. 26 VII ........................................................... 32 VIII .......................................................... 39

Dos Yegülfe I ..................................................... 47 II .................................................... 51 III ................................................... 59 IV ................................................... 64 V .................................................... 68 VI ................................................... 73 VII .................................................. 83
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VIII ................................................ 89 IX ................................................... 92 Tres Piwüchen I .................................................... 104 II......................................................106 III ....................................................110 IV ................................................... 125 V .....................................................129 VI ....................................................132 VII ...................................................140 VIII ..................................................147 IX .....................................................151 X ......................................................166 XI .................................................... 168 XII.................................................... 172 Tripal ....................................................... 178 Índice ................................................ 181

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