NUESTRA CAUSA ES JUSTA, NOSOTROS VENCEREMOS (Moscú, 9 de mayo de 1995

)
Antonio Fernández Ortiz Los rusos demandan un Estado fuerte, capaz de aunar y coordinar los esfuerzos de todos para salir de la profunda crisis en la que se encuentra el país. Para muchos en Rusia ahora está muy claro el dilema entre socialismo o barbarie. Y para una parte importante de la población rusa, el socialismo del dilema es precisamente el socialismo soviético, y no ningún otro.

---- o --El día amanece luminoso y soleado. Desde muy temprano, los alrededores de la estación de Bielorrusia (Bielorruski Voksal) están muy concurridos. Esta estación de ferrocarril es el punto neurálgico de comunicación con Occidente. Línea directa con Berlín. A ella llegaron los soldados repatriados del frente al finalizar la Guerra Patriótica. Y allí los recibió el pueblo de Moscú. A las diez de la mañana es la convocatoria de las fuerzas de oposición para iniciar, desde la plaza de la estación, la manifestación que debe llegar hasta la plaza de Lubianka, prácticamente junto al Kremlin. Los veteranos de guerra acuden al llamamiento de la oposición para celebrar el Día de la Victoria con los emblemas soviéticos. Ondean al viento banderas rojas soviéticas, y una gran manifestación se pone en marcha. En el pecho, los veteranos lucen medallas y ordenes: por la toma de Viena, por la toma de Berlín.... Las llevan con orgullo. Gritos de gloria a Zhukov, Mariscal de la Unión Soviética. El gran estratega de la guerra, el general de las batallas clave, el que dirigió la toma Berlín. Gran cantidad de retratos, pero con una sola cara: la de Stalin. El hombre que ganó la guerra a Occidente. Gritos de gloria a Stalin. Nunca en ninguna manifestación se habían escuchado con tanta fuerza. Él, y en segundo plano Zhukov, son los protagonistas históricos de este acontecimiento. Incluso la figura de Lenin ha desaparecido de la iconografía de la manifestación. Hablan que más de medio millón de personas desfilan esta mañana por el centro de Moscú. A parecer, sólo la manifestación del día de la Victoria del año 1993 fue semejante a ésta. En aquella ocasión Moscú se echó a la calle para protestar por la provocación del Primero de Mayo. En esta ocasión la manifestación transcurre pacífica, sin altercados. La gente felicita a los veteranos con flores, todo es respeto hacia ellos. Siempre ha sido así. Llegamos hasta la plaza de Lubianka, allí se organiza un mitin, pero los manifestantes, después de escuchar un rato a los oradores, se dispersan por el territorio que se encuentra entre esta plaza y la del Teatro Bolshoi. Frete al Bolshoi, desde el año en que acabó la guerra, los veteranos se reúnen con sus compañeros de armas, forman corros con sus familiares, hablan, bailan, recuerdan y pasan lista a los que han ido muriendo con el transcurso de los años. Es habitual ver a personas que portan retratos de familiares desaparecidos en combate. Durante muchos años trataron de averiguar que fue de ellos a través del testimonio de las personas que los vieron por última vez. Otros portan fotografías de personas muertas en combate junto con las condecoraciones que recibieron los caídos, son su orgullo y su contribución a la defensa de la patria.

Los veteranos son los protagonistas y reciben el homenaje y el respeto de sus compatriotas. Unos recitan versos, otros cantan una canción, otros dirigen unas palabras al público. Este año algo molesta en la plaza del Bolshoi. Alguien, el Ayuntamiento, ha colocado unas tribunas engalanadas con asépticos colores azules, donde actúan cantantes y suena música estridente. Nadie les presta atención, pero ellos, fieles al programa siguen cantando. Parece que los han colocado a propósito para molestar. El Kremlin está a unos pasos del Bolshoi, y junto a su muralla roja, en los Jardines de Alexander, se encuentra el monumento al Soldado Desconocido. Es costumbre que cada año los veteranos acudan a depositar flores junto al monumento. Este año ha sido cerrado. Han limitado el acceso sólo a personalidades con motivo de los actos oficiales en la Plaza Roja. Solamente dejan pasar a grupos reducidos de personas. Les hacen esperar una eternidad y poco a poco, los que aguantan, consiguen pasar para hacer su homenaje a los caídos. En realidad, son muchos los que aguantan. Se producen escenas desagradables, enfrentamientos con el amplio despliegue de la milicia que limita la entrada. “Nunca antes habíamos visto esto. El centro de Moscú cerrado a sus propios habitantes, ¿acaso Eltsin tiene miedo y se protege de nosotros?”

La gente empuja, habla con los milicianos, les fuerzan a dejarles pasar. Cuando la presión es muy fuerte los milicianos tratan de repeler con las manos a los veteranos. Que nadie se atreva a poner una mano encima a un veterano. – Dice un anciano. Joven, no ofendas a la madre que te trajo al mundo poniendo tu mano sobre un veterano. -Añade una mujer ante el intento de un joven miliciano de sujetar a un anciano cargado de medallas.

No sólo los veteranos consiguen pasar, y en uno de estos grupos poco numerosos, junto con jóvenes y niños, conseguimos entrar a la zona acordonada. Caminamos unos metros y llegamos hasta un segundo cordón de la milicia. Quieren quitarles las banderas soviéticas. El miliciano trata de explicarles que no se puede entrar con ninguna bandera “sea del color que sea”. Los veteranos le miran, se sonríen y le explican: Joven yo estuve en el frente bajo la bandera roja, bajo la bandera soviética, y con ella acudo a rendir homenaje a mis camaradas caídos.

El miliciano, con gran desconcierto, les dice que si no quieren entregarla, que uno de ellos se quede fuera con la bandera. Ellos responden que no la entregan y que entran todos. Comienza el forcejeo. Para evitar problemas, los veteranos separan la bandera del astil y uno de ellos la guarda bajo la chaqueta. El miliciano dice que no pueden pasar el astil. Ellos dicen que si, que ya han guardado la bandera y que van a pasar. Hacen ademán de continuar. Un miliciano empuja a un veterano al tratar de detenerlo. Una mujer grita: Rusos, ayuda, están pegando a los veteranos.

La situación se pone muy tensa. Los milicianos se desconciertan. No pretendían provocar ni ofender a nadie. Ellos mismos se asustan de su propio atrevimiento. Un viejo veterano grita: ¡Al asalto!

Y los demás le secundan. Rompen la barrera formada por los milicianos y avanzan hacia su objetivo. Los milicianos, desconcertados, desisten. Conforme avanzan, los veteranos rompen a reír. Estos jóvenes... Tomábamos por asalto las trincheras alemanas y creen que ahora nos vamos a acobardar ante ellos. Estaba preocupado por mis nietos, pero estaba esperando la orden de asalto. –Dice otro al tiempo que todos vuelven a reírse.

Pasamos junto al nuevo monumento a Zhukov recientemente inaugurado frente al Museo de Historia, a la entrada de la Plaza Roja. Allí, algunos veteranos dejan flores al tiempo que comentan la pobre calidad artística de la escultura. Otro cordón de la milicia nos impide el paso hasta el monumento al Soldado Desconocido. Tenemos que esperar. A toda costa quieren evitar la concentración multitudinaria. Finalmente conseguimos pasar, y nada más atravesar la barrera, los veteranos se detienen, el que lleva la bandera bajo la chaqueta la despliega y la vuelve a engarzar en el astil. La bandera Roja ondea al viento, y los veteranos avanzan decididos a rendir su homenaje. Después, y antes de abandonar el recinto acordonado, nos dirigimos a la Plaza Roja. Están ultimando los preparativos para algún acto oficial que se realizará por la tarde. A pesar de las limitaciones, se ha formado una larga, aunque fluida, cola para entrar en la zona de enterramientos que se encuentra en la muralla del Kremlin y en el conjunto arquitectónico del Mausoleo de Lenin. Allí están enterradas muchas personas significativas en la vida del Estado soviético. John Red, Gagarin, Korolev o Andropov, son sólo algunos ejemplos. Al pie del enterramiento del Mariscal Zhukov hay depositadas grandes cantidades de flores. Continuamos avanzando en dirección a las esculturas centrales, donde están las tumbas de los máximos dirigentes. Vemos la de Stalin, toda cubierta de flores. Personas de todas las edades acuden a rendirle homenaje con motivo de la Victoria, de la cual le consideran artífice. Todas las personas depositan flores junto a la tumba de Stalin, marcada por su busto en granito. La gente llega, se detiene, deposita las flores, miran al busto durante unos segundos y continúan su marcha. Nosotros nos detenemos unos minutos fuera de la cola, queremos fotografiar el lugar y pedimos permiso a la milicia. La cola avanza, y vemos llegar a una mujer de unos 50 años que se detiene, deposita sobre la tumba de Stalin las flores que lleva en las manos, y avanza hasta la altura del busto, se inclina y lo besa, después se retira unos pasos hacia atrás y se santigua al tiempo que reza una oración. Una joven corresponsal de una televisión norteamericana no puede ocultar su asombro. Los ojos casi se le salen de sus órbitas. ¿Es posible que una persona en su sano juicio pueda besar el busto del tirano, del dictador, del monstruo? -Se pregunta en voz alta la corresponsal.

*** El diario Pravda de Moscú del jueves 10 de mayo de 1945 apareció con una corta alocución del “camarada I. V. Stalin al pueblo” en la que comunicaba de forma oficial al pueblo soviético el momento esperado desde los días negros del ataque alemán en junio de 1941. El fin de la guerra y la victoria total sobre el enemigo. Cuatro años de una guerra planteada de exterminio por el lado alemán. Exterminaremos a Rusia de tal manera que nunca podrá levantarse. –Decían los alemanes.

Los planes iniciales de Alemania implicaban la desmembración de la URSS y el deseo expreso de Hitler (¿sólo de él?) de hacer desaparecer de la faz de la tierra Leningrado y Moscú, para lo cual ya se habían elaborado proyectos que implicaban la construcción de diques que anegarían definitivamente el territorio ocupado por estas ciudades. Aquellos planes comenzaron a alterarse cuando frente a las puertas de Moscú los ejércitos alemanes fueron derrotados. Moscú nunca fue ocupada, y Leningrado soportó un cerco de 900 días. No obstante, los alemanes, en los cuatro años de guerra, desarrollaron una política de saqueo y exterminio en los territorios soviéticos ocupados. Fueron desmontadas o destruidas las instalaciones industriales que los soviéticos no pudieron evacuar hacia el este, los campos fueron saqueados, el patrimonio cultural soviético fue esquilmado con traslados masivos de obras de arte y joyas hacia Alemania y la destrucción intencionada de bibliotecas, palacios, iglesias y catedrales. Ciudades y aldeas enteras fueron destruidas. Y lo peor de todo, la población civil fue exterminada. De los más de 23 millones de muertos soviéticos en los tres años de guerra, aproximadamente unos 8 millones corresponden a víctimas en combate, el resto son víctimas de las represiones alemanas y de la limpieza de los territorios ocupados. A pesar de toda esa destrucción, el conjunto de pueblos que formaban la Unión Soviética, consiguió sobreponerse a guerra y, en un esfuerzo inimaginable, dio un salto hacia lo imposible y derrotó al agresor alemán, llegando hasta Berlín. En Occidente, y concretamente en España, conocemos muy poco de aquella guerra. Prácticamente nada. Nosotros sabemos de otra guerra. La inventada por el cine norteamericano. La del ataque japonés a Pearl Harbour, la de la derrota de Rommel, la del desembarco en Italia, y sobre todo la del Día D, la del desembarco en Normandía. La guerra, la de verdad, se desarrolló en territorio soviético. Fueron los soviéticos los que soportaron todo el peso de la maquinaria de guerra alemana y el peso de la sistemática y organizada crueldad del mundo civilizado. Es conveniente recordar que todo el peso de la producción industrial europea a través de la unificación alemana de Europa fue utilizado por los ejércitos de Hitler en su ataque a la URSS. Y no sólo el potencial industrial. Los ejércitos alemanes en la URSS estaban compuestos por belgas, holandeses, daneses, italianos, noruegos, húngaros, rumanos, franceses…, sin olvidar la pequeña aportación de Franco con su División Azul. Fueron los soviéticos los que en su territorio doblegaron el potencial alemán y europeo. El momento crítico fue Stalingrado. La batalla clave de la guerra. Después de Stalingrado los soviéticos tuvieron claro que la guerra la iban a ganar ellos. Sólo era cuestión de tiempo y mucho sacrificio. Fue el Ejército Rojo el que liberó los territorios de Europa que había que liberar y ocupó aquellos que debían ocupar. Una diferencia sutil que hoy, inmersos en la propaganda que llaman información, no sabemos apreciar. Quizá, por eso, en Europa occidental hablamos de la Segunda Guerra Mundial, y en Rusia y las repúblicas que constituían URSS se habla de la Guerra Patriótica del Pueblo Soviético. En estos cincuenta años las cosas han cambiado de forma radical. El Estado soviético ya no existe, la Unión Soviética no existe, el comunismo soviético no existe. Los rusos comienzan a salir del vértigo de los acontecimientos de los últimos años y empiezan a tomar conciencia del significado real de las reformas. La economía del país está destrozada. Continuamente se cierran los grandes complejos industriales y la producción ha caído más del 60% desde el inicio de las reformas. El campo apenas produce para su propio consumo (en Moscú hasta las patatas últimamente

son de importación). Se extiende la opinión de que la situación es provocada, y que en realidad se trata de la continuación de las hostilidades por parte de Occidente. Y en este contexto aparece la señora santiguándose en la tumba de Stalin. Claro que bien podría ser un claro ejemplo de nostalgia. Bien es posible, pero las últimas encuestas demuestran que el número de nostálgicos representa en Rusia más del 30%, algo que en los cercanos años de la perestroika era impensable. Pero este es sólo un ejemplo de los cambios que se han producido en la mentalidad colectiva de los rusos desde los años de la perestroika. Según esta misma encuesta, más de un 70% de la población considera que se debe volver a la Economía Planificada, además de considerar como la mejor época de la historia contemporánea ruso/soviética el tan denostado periodo de Breshnev. Pero estos no son cambios bruscos producidos por una situación de crisis generalizada. Más bien al contrario. Durante los años de la Perestroika, bajo el lema de la glasnots, se llevó a cabo una ambiciosa campaña de transformación de la conciencia social de un pueblo sin precedentes en la historia de la humanidad. No sólo fue un ataque sistemático a todos los símbolos del socialismo, sino, y esto fue todavía mas duro y peligroso, a todos los valores y soportes culturales y espirituales de la cultura rusa. La conciencia colectiva rusa fue puesta del revés igual que se saca el bolsillo de un pantalón. No fue este un proceso improvisado, sino que, como la evolución de los acontecimientos está demostrando, fue un trabajo seriamente elaborado por especialistas que escogieron para ello a los símbolos más importantes de la conciencia colectiva rusa, y entre ellos los relacionados con la Guerra. Un ejemplo importante lo tenemos la figura del general Blasov, colaboracionista con los alemanes, con la ayuda de los cuales organizó un “ejército de liberación”. Este general justificó la invasión alemana y su traición argumentando que tanto los alemanes como él luchaban contra el estalinismo. Periódicamente, desde los años de la perestroika, Blasov es recuperado por los medios de comunicación continuando, después de muerto, su lucha contra el estalinismo y provocando una suerte de esquizofrenia histórica colectiva. Fueron desacralizados mitos fundamentales como el de Zoya Kosmodemianskaya, joven muchacha detenida, torturada y ahorcada por las SS, que se convirtió en uno de los valores sagrados más representativos del carácter ruso en la Guerra. El propio Zhukov fue criticado por la supuestamente innecesaria toma de Berlín. Pero a pesar de la creación coyuntural de una opinión publica enfrentada a su propio genotipo cultural que permitió la realización, sin grandes convulsiones sociales, de los cambios políticos y económicos de la perestroika y de las reformas de Eltsin, ahora, ante la evidencia de la realidad, la conciencia colectiva rusa, vuelve a identificarse con sus valores culturales y espirituales tradicionales. La señora no besaba al Stalin dictador y tirano, al supuesto responsable de la violencia política de los años treinta. Esa imagen no existe para ella o si existió alguna vez, ahora está olvidada. La propia figura de Stalin había sido olvidada por los rusos hacía años. Fueron los arquitectos de la perestroika los que desenterraron el cadáver de Stalin y lo utilizaron como instrumento para desprestigiar el pasado soviético. “Nuestro socialismo es un socialismo deformado, y el culpable fue Stalin”. Decían los ideólogos de la perestroika.

Stalin estaba olvidado porque estaban superados los tiempos excepcionales en los que la civilización rusa estuvo a punto de desaparecer. Él encarnaba un concepto de Estado, fuerte, sacralizado, paternalista, capaz de aunar y coordinar los esfuerzos de todos los pueblos soviéticos. Un Estado capaz de, en un giro hacia lo imposible, salvar a la URSS en una guerra diseñada como de exterminio.

Pero, ahora, las consecuencias de las reformas económicas y la situación de pobreza generalizada ha situado a la población en zona de alarma. Es opinión extendida que la situación actual recuerda mucho a la de la guerra. En realidad muchos consideran al gobierno de Eltsin como un gobierno de ocupación. De hecho, de la Unión soviética, o del Imperio Ruso si se quiere, han sido arrancados los territorios de los que ya Hitler hablaba, y el proceso de desindustrialización que en la actualidad se está llevando a cabo en todos los territorios que formaban la URSS conduce a su destrucción como potencia. ¿Para que nunca pueda levantarse? La señora besaba el busto de Stalin porque los rusos sienten que ahora les hace falta precisamente lo que él representaba: un Estado fuerte capaz de aunar y coordinar los esfuerzos de todos para salir de la profunda crisis en la que se encuentra Rusia. Para muchos en Rusia ahora está muy claro el dilema entre socialismo o barbarie. Y para una parte importante de la población rusa el socialismo del dilema es precisamente el socialismo soviético, y no ningún otro. *** Quizá nos encontremos ante una guerra de nuevo tipo, para la que, por muchas causas, los soviéticos no estaban preparados. El día 9 de mayo de 1945 fue establecida por el Presidium del Soviet Supremo de la URSS la medalla “por la victoria sobre Alemania en la Gran Guerra Patriótica de 1941-1945”. En el anverso de la misma aparecía la figura de Stalin en uniforme de Mariscal de la Unión Soviética y una inscripción que rezaba: Nuestra causa era justa. Nosotros vencimos. En la manifestación del Día de la Victoria de este 50 aniversario, en una de las pancartas estaba escrito “Nuestra causa es justa. Nosotros venceremos”.

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