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VIDA Y ESCRITOS

DEL

BEATO ALONSO DE OROZCO


DEL ORDEN DE SAN AGUSTÍN

P R E D I C A D O R DE F E L I P E II

PO R E L

1 S. á f r .

DE LA MISMA ORDEN

VALLADOLID
■MP. Y L IB . D E LA V . DE C U E ST A É H IJO S
I m p r e s o r e s d e l R e a l C o leg í o d e P P . A g u s tin o s F ilip in o s
Calle de Cantarram s, núm. 40 .

1882
VIDA Y ESCRITOS
DEL

BTO. ALONSO DE OROZCO


LICENCIAS.
o ».©DE*\9 •'f
AGUSTINOS CALZADOS.

MISIJNES DE:FILIPINAS.

-oS^ge^—

Fr. Manuel Diez González, Vicario Provincial en España de


la Provincia del Santísimo Nombre de Jesús de Filipi­
nas, dpi Orden de. los Ermitaños de N. P. S. Agustin,
Procurador y Comisario General de sus Misiones, etc.
Por las presentes, y por lo queá Nos co­
rresponde, concedemos licencia al R. P. Fray
Tomás Cámara, Religioso de Nuestro Colegio
Seminario de Valladolid y Profesor en el mismo,
para que pueda imprimir y publicar el Manus­
crito titulado «Vida y Escritos del Bto. Alonso
de Orozco» en atención á habernos manifestado
los RR. PP. Lector Jubilado Fr. Tirso López y
Lector Fr. Bonifacio Moral, á quienes comisio­
namos para su examen y censura, que no se con­
tiene en ella cosa alguna contraria á la fe y sana
Moral, pudiendosu lectura ser de mucha utilidad
y provecho para los fieles.
Dadas en nuestra Comisaría de Madrid á
26 de Marzo de 1882.
F r . M anuel D iez G onzález .
Por mandado de W. R. P. Vic. Prov/,
F r . C onrado M u íñ o s S á e n z ,
P ro -S e c r e ta rio .
Vnlladolid > de Diciembre de 1 8 8 1 .
En notición d lo expuesto, venimos en nombrar y nombramos
Censor Eclesiástico de la obrn de qnn se. hace mérito en la instan­
cia al Pbro. Dr. D . Sanúcgo Cerón, Canónico de esta Santa Igle­
sia Metropolitana, y una vez examinada, pondrá á continuación la
censura que !e merezca.
L o acordó y firma S . S .* el S r . Gobernador Eclesiástico del
Arzobispado, S . V . de que certifico.

L . S A N ROM AN.
Por m&nJaio dt S. 5 .a
L ic . H iginio B a u s e l a ,
Cí XÍMOOSlflttTiUO.

Censura: Cumpliendo el honroso cargo que me en­


comendara V. S. de Censor Eclesiástico de la Vida y
escritos del Bta. Alonso de Orozco. compuesta y ordenada
por el R. P. Fr. Tomás Cámara, Religioso del Colegio
ce Agustinos de esta C ucad , no sólo he hallado todo
su contenido conforme á la doctrina católica, sino que
me complazco en tributar un merecido elogio a su eru­
dito Autor, perqué guiado por un excelente criterio, ha
sabid.o dar á conocer al Bto. Orozco, como modelo aca­
bado de santa mortificación, cuyo símbolo fué la Cruz,
y como ú uno de los mejores teólogos ascéticos, por
desgracie, poco canocidos. Las citas de sus escritos he­
chas con oportunidad por el expresado Aulur, ces^ier-
tan en el que las lee un piadoso desee de conocer al
Beato Escritor, que recibiera de la misma Reina de los
Ciclos la misión de escribir, dicicndolc en una de las
apariciones: Escribc. Al leer la narración de los hechos
de tan milagrosa vida puede decirse que el lector se
traslada á aquel siglo de oro en que tanta gloria alcan­
zó España, y que oye á más de trescientos testigos
oculares y contemporáneos, de todas las clases de la
sociedad, y múy especialmente de lo más escogido de
aquella Corte de sabios y de Santos, todos los cuales
deponen de la verdad de tales prodigios.
Toda persona sensata se convence al ver £l Beato
Orozco Consejero de Felipe II, de que los Santos son
los mejores directores del corazón humano y de las
sociedades, confirmando esta elección hecha por tan
prudente Rey cldichodc un sabio moderno: Para conse­
jeros los teólogos y entre los teólogos los mtsUcos.
Valladolid 30 de Marzo de 1882. -Santiago Cerón.
Sr. Vicario Capitular y Gobernador Eclesiástico S. V.
de Valladolid.

Valladolid 31 de Marzo de 1882.


Visto el informe del Censor Eclesiástico de la «Vida y
Escritos del 13to. Alonso de Orozco», compuesta por el
R. P. Fr. Tomás Cámara, del Orden de S. Agustín y Profe­
sor del Colegio de Filipinos de esta Ciudad, hemos tenido
á bien autorizar, y por el presente autorizamos, la publica­
ción é impresión de dicha obra.
Lo acordó y firma el Sr. Gobernador Eclesiástico ac­
cidental S. V. de que certifico.
Lic. H iginio B a u s e l a .
1*oi iJc
Ir.i>KKONTsn Poiu.AniíJK.
V ic e - S c c ic ln r io .
PROTESTA DEL AUTOR.

Como quiera que, aunque incidentalmente, se habla


en este libro de personas muertas en olor de santidad,
dándoles diversos títulos de veneración, no estando todavía
beatificadas ni canonizadas por la Santa Sede, declaro,
para más conformidad con los decretos de Urbano VIII,
que dichos epítetos y narración de obras prodigiosas á
ellas atribuidas no tienen otro valor que el puramente his­
tórico; sujetándome gustoso así en esto como en todo á
las declaraciones de Nuestra Santa Madre la Iglesia, en
cuyo seno quiero vivir y morir.
AL Q U E LEYERE.

iia n d o , en 187;, decretaba su Santidad Pío IX


que podía concederse el honor de los altares
al Ven. Alonso de Orozco, la circunstancia es­
pecial de poseer este Colegio el inapreciable
tesoro de sus venerandas cenizas púsome la pluma en
la mano para describir, en uno ó dos artículos no más,
al santo personaje á quien el Pontífice sumo colmaba de
estupendos elogios. Muy joven entonces, sin más hábi­
tos ni buenas prendas para escribir que el arrojo, y
acaso algún cariño á mi héroe, fui emborronando cuar­
tillas sin acertar á encerrar ia grandeza del Venerable
en el pequeño cuadro que me había propuesto. No sé si
el calor del entusiasmo, ó mi poco claro y comprensivo
entendimiento, me hacia alargar cada vez más, hasta
llegar á ocurrirme el pensamiento de trazar su biogra­
fía acabada y completa. No faltó quien aplaudiera la
idea; y yo, que no necesitaba de espuelas, me di á re­
volver crónicas y auná desempolvar legajos de archivos.
El horror que sentía antes á los M .SS. indescifrables, y
X VIDA D EL BTO. ALONSO DE OROZCO,

mayormente á los indigestos procesos, desapareció bien


pronto con los saltos de gozo que daba al tener la for­
tuna de encontrarme con riquísimas informaciones ori­
ginales sobre la vida del siervo de Dios, curiosas s inte­
resantes por las declaraciones que contienen, inestima­
bles por las firmas de distinguidos testigos que las
esmaltan.
Crecía en mi el ardor y la devoción hacia el Santo; y
en 1876 emprendíala carrera de los viajes exploradores,
deteniéndome en considerar la casa de Oropesa donde
nació, los lugares de Talayera, Toleco y Salamanca que
recorrió en su infancia y adolescencia; llamé á las puer
tas de los Monasterios que le veneran como á su santo
Padre y Fundador, y consulté en unos y otros puntos
archivos y bibliotecas que me pudieran abrir nuevos es-
minos ó esclarecer los ya descubiertos. Muchos papeles
importantes me salieron al encuentro sin trabajo mío
apenas. Y rico y contento con abundante caudal de ma­
teriales, aunque nunca harto y satisfecho, iba termi­
nando mi bosquejo á mediados de 1877. Las bravatas
entonces de un guapetón, enemigo del nombre de Cristo,
me obligaron a rlejnr los documentes de mi amado
Venerahle; para szliren defensa de la verdadera ciencifi,
y entretenerme en un libro que el público ha recibido
enn inmerecido favor.
No perdió nada la Vida del Bienaventurado Padre
por no salir en aquella manera en que la había dejado:
mientras tanto y todo el tiempo restante he tenido oca­
sión de leer sus obras, que son muchas, consultar otras
bibliotecas y á personas entendidas, y adquirir nuevos
conocimientos, especies y datos peregrinos. Anuncián­
dose, por fin, en los meses pasados la proximidad de
la beatificación del venerable religioso, me he dado prisa
por retocar, mejor dicho, por rehacer y terminar el
bosquejo ha tiempo suspendido.
Todavía, sin embargo, no me atrevo á presentarle
al público sin suplicarle sea indulgente para conmigo:
AI. Q i ; n I. E Y E R E . XI

no lo hubiera estamparlo sin gran remordimiento y


pesar, a no ser por la esperanza que ahrigo de sacar á
luz algún dia, muy pronto acaso, las Actas mismas é In­
formaciones para la Canonización del Venerable, monu­
mento el más rico y soberbio á su memoria. Filas pa­
tentizarán y ensalzarán cuanto yo olvido y aminoro.
Porque seria harta lástima que el público, por culpa m/a
ó cualquier motivo, no llegase á conocer la excelencia y
superiores prendas de varón tan insigne, su influencia
ó importancia en la historia, y el altísimo honor que
de su santidad y letras proviene á España.
Oriundo de una tribu patriarcal, mecido en noble
cuna, florón de la Universidad Salmanticense, Religioso
y Sacerdote condecorado, consejero perpetuo y amigo
íntimo de Felipe II, oráculo y remedio universal de la
córte, escritor clásico, hombre de Dios y Santo privile­
giadísimo, feliz nacido que abarcó la edad de oro espa­
ñola en 91 años de merecimientos inenarrables; ¿quién
sin temor osaría trazar su figura veneranda?
Dadas estaban las primeras pinceladas por la mano
maestra y primorosa del río de la elocuencia, el Padre
Márquez; mas no acabado el cuadro. Con el encogi­
miento, pues, y recelo que el lector sensato puede ima­
ginar la ofrezco ahora, sino una ebra completa, un es­
tudio concienzudo, á lo menos, de la vida y escritos del
varón de un siglo, y siglo como el décimo sexto de
España.
La presente algarabía doctrinal, que nos atolondra,
y la superficialidad vanidosa de los sabios á la moderna
usanza, nos han casi relegado al olvido, como tantas
otras genuinas glorias de la patria, el preclaro nombre
del Ven. Alonso de Orozco, tan celebrado en s j s días
y posteriores edades. Los hechos solos depurados en
la más sana critica, expuestos sin ingenioso artificio
(como por fuerza había de narrarlos yo), espero demos­
traran al lector la importancia suma de los destinos del
Predicador de Felipe el Prudente, en aquella córte de
XII VIDA D EL BTO. ALONSO DE OROZCO.

ambos mundos. Aquella córte, dique al frenesí de la


orgía septentrional, barrera y martillo para la soberbia
musulmana, ayuda y amparo de los Santos, asilo y san­
tuario de los ricos manuscritos y las ciencias todas, es­
tímulo y corona de las letras, máquina y resorte por
donde el orbe se movía, se impulsaba y encaminaba la
humanidad hacia el bien de las naciones.
Complacióse el cielo en enriquecer de mercedes so­
brenaturales á su siervo el Ven. Orozco, espléndido fué
en comunicarle dones y naturales luces, largos años de
vida y experiencia: nosotros nos persuadimos que todo
se enderezaba al titulo y oficio, que el Venerable desem­
peñó, de Predicador de Felipe II.
Y el lector lo podrá ver asimismo en virtud de los
datos que presentaré á su vista. Haré hablar á los mis­
mos testigos que conocieron y trataron al celebrado
Padre, sin que por ello convierta la historia en un pro­
ceso jurídico; antes pienso que dichos testimonios pres­
tarán á la narración, desde luego más autoridad y fir­
meza, y demás de ello, novedad, interés y atractivo.
Tan lejos me hallo de bosquejar esta biografía entre las
oscuras sombras de las dudas y las contiendas, que,
como ningún personaje ni período histórico de¡c de dar
pábulo á las disputas y vacilaciones, toda esa parte
dudosa y menos dilucidada lia parecido exponerla en
punto aparte y lugar de los documentos justificativos.
Asi la historia seguirá su cjrso apacible, como las aguas
de un manso río se deslizan sosegadas por su abierto
y llano cauce.
La vida de un santo no ha de servir solamente para
distraer y deleitar al literato y al crítico, ó enseñar al
filósofo; es menester que sirva también, como es nuestro
propósito, de edificación y ejemplo al cristiano aun me­
dianamente docto. Y ante to co , es evidente que mi obli­
gación es describir al Venerable con todo el esplendor y
la aureola de la santidad, su verdadero é importante lus­
tre, su honor y su gloria, Por cierta peste y contagio de
AL QUE L E Y E R E . XIII

horrible materialismo, acaece que los hombres se aver­


güenzan de hablar y escribir de la vida sobrenatural; es-
pántanse al oir la palabra milagro o revelación, y estiman
honrar mejor á sus héroes considerándolos como escrito­
res de más ó menos talla, talentos de alcance pasmoso>
todo menos de amigos del Señor y amadores de las cosas
celestiales. No parece sino que el sacrosanto y augusto
nombre de t»ios mancha y desluce las páginas de la
sabiduría, y cual si la fe convirtiera las inteligencias en
puros embelecos. No; por respeto á locos trastornado-
res de la ciencia, no hemos de profanar la memoria de
nuestro amado Venerable, las gracias santas de nuestro
adorable y amantísimo Criador. Seremos críticos. pero
no escépticos; racionales y estudiosos, pero no ateos,
desconocidos é ingratos á Dios. También las vidas edifi­
cantes de los santos influyen en el ánimo de filósofos
y doctos, como Simpliciano y Agustín; caballeros y mi­
litares como Ignacio de Loyola; y este provecho es más
atendible que los aplausos de los idólatras de la materia.
En verdad que la vida del bienaventurado Alonso
aparecerá más filosófica y trascendental, cuanto más san­
ta; porque elevada y santa había de ser su influencia en
la córte de Madrid y en el ánimo del gran Monarca; y
elevado y santo era el destino de España en el siglo xvi,
en las altas y sacratísimas trazas de la Providencia Di­
vina, mano reguladora de hombres y naciones.

Colegio de Agustinos do Valladolid.


INTRODUCCIÓN.

Bea el lector de una ojeada el plan de nuestra


historia, y las fuentes principales de donde la
] hemos tornado.
Va divicida en tres libros: el primero de los
cuales abraza, desde el nacimiento del Bienaventurado
Alonso de Orozco, teda su vida que podemos llamar de
retiro ó privada, empleada en los estudios de sus prime­
ros años y oficios de la Religión; curante el cual tiempo
no se descubren abiertamente los fines á que la Provi­
dencia dirigía lns pruebas á que expuso el corazón de su
siervo, ni ios extraordinarios favores que le comunicó;
donde no parece claro si el Señor deparaba á las reli­
giones un modelo de prelados, á las indias un apóstol,
ó á las letras y la piedad un maestro y escritor fecun­
dísimo.
Es de advertir que acerca de los padres, patria, edu­
cación, santidad, letras y renombre del Ven. Alonso
se hicieron, veinte y ocho años después de su muerte,
INTRODUCCIÓN. XV

copiosísimas informaciones jurídicas en Madrid, Valla­


dolid, Salamanca, Granada, Toledo. Oropesa y Talaye­
ra; donde testigos de todas condiciones declaran cuan­
to oyeron y supieron de dichos puntos. Estas Actas no
hay para que notar que son la fuente más limpia y
abundante para la veracidad de las menudencias de su
preciosa biografía. Actas cuales por -ventura no haya re­
cogido santo alguno de la cristiandad, por lo extraordi­
nario délas circunstancias de haber vivido el Venerable
muy largos años en las dos cortes de Valladolid y Madrid,
conocido de los Reyes y Príncipes, de toda la Nobleza,
Obispos y Prelados, y cortes tan grandiosas como de la
Monarquía española en aquel período de grandeza; tanto
que solamente en la sumaria de Madrid deponen y fir-
man 333 testigos de lo más excelente, flor y nata de
España en títulos, religión y letras.
Para este primer libro deque hablamos, el cual llega
solamente hasta el quincuagésimo cuarto año de la vida
del venerable agustino, no es tanto lo que nos valen
los procesos; por cuanto no creo posible hubiera testi­
gos de vista en 1620 que le hubiesen conocido y trata­
do antes de 155*1; mas sírvennos para que ¿stos nos co­
muniquen lo que oyeron del religioso a quien lauto ad­
miraban las gentes. En cambio, tambicn hay que decir
que el Bto. Alonso es cronista de sus hechos; pues, á
imitación del gran Patriarca, escribió Sus Confesiones,
donde manifiesta raros detalles de su vida. Con ellas, el
Tratado, que podemos llamar, de las virtudes del Bendito
Padre mejor que Vida, compuesta por el ilustre escritor
contemporáneo P. Márquez, alguna otra memoria y las
historias de nuestra Orden, que citaremos, hemos ilus­
trado la primera parte en la manera que adelante severa.
El segundo libro comprende los restantes años del
Venerable desde los 54 hasta 91 que alcanzó, gastados
todos en el ejercicio de su ministerio público de Predi­
cador de Felipe II en la córte; donde se patentiza su
final destino en la tierra y el arte maravilloso de reali­
X.VI VIDA D EL UTO. ALONSO DE OROZCO.

zarlo. Para esta sección, la máe notable y sorprendente,


aprovechamos de modo especial los luminosos testimo­
nios de las Informaciones auténticas y originales.
Y trata el libro tercero de la bendecida é inmortal
memoria que en pos de si dejó el observante Padre, so­
bre todo.de los dos imperecederos recuerdos que nos
legó, sus valiosos escritos ¿ inestimables despojos; dando
ocasión lo primero para desenvolver la bibliografía y ju i­
cio crítico desús obras, y lo segundo para tratar de los
prodigios que Dios ha obrado por intercesión de su
siervo, los cuales unidos á heroicas virtudes le han ele­
vado al honor de los altares.
Los puntos de mas amplia erudición, los controver­
tibles y documentos comprobantes del texto, los hemos
dejaco para apéndices á los capítulos de unos y otros
libros.
LIBRO PRIMERO.
C A P Í T U L O I.

E l valle y casa de Orozco. Viabilísima, ascendencia del


‘Bienaventurado ¿Alonso de Orozco.

principios del sitólo xi, en lo m¿s florido de sus


anos moría D. Sancho Lópsz, IV Señor ce Vizca­
ya , dejando de muy tierna edad á sus dos hijos
D. Iñigo López y D. García Sánchez.
Con acierto por todn extremo equitativo é ingenioso
trató entonces el pueblo vizcaíno ríe darle sucesor. En
continua lucha habJa tres siglos con los enemigos de
nuestra fe, y alguna vez no muy en armonía con los re­
yes cristianos, parecióles poco conveniente declarar Se­
ñores á los que necesitaban ayos, y ni Ies agradó tampoco
nombrar Regente; el cual pudiera descuidar el espinoso
empleo por no mirarle como cosa propia, ó aficionán­
dose á él con demasía, no llevar ábien trasm itir á su
tiempo un honor ambicionado. Los Padres del pueblo
eligieron por Señor á un hermano del malogrado Don
Sancho, llamado Iñigo Ezquerra López; y por respeto á
2 VIDA D EL BTO. ALONSO DE OROZCO.

la desgracia de los inocentes y nobilísimos huérfanos,


separaron para dominio de ellos dos yalles enclavados
en el Señorío, el de Llodio y el de Orozco. Cúmpleme
decir alguna cosa del último.
Fórmale corto término de 20 kilómetros de largo y
11 de ancho, rodeado de altos montes de piedra pobla
dos de hayas, encinas, alisos y robles. De las escarpadas
cumbres Altube y la peña de Gorbea. que son las que le
cierran, precipltanse al fondo del valle dos raudales,
origen de los torrentes Altube y Arnauri; los cuales,
aunque nada caudalosos de por sí, unidos en medio de
la cuenca y favorecidos con el caudal de varios arroyos,
forman el río Orozco, perdido en las aguas celN erviin,
apenas sale de la hondonada de su nombre. Les indus­
triosos moradores dei valle, eternos domadores del hie­
rro, no dejan pasar ociosos á estos manantiales: a mara­
villa les han hechoservir para sus ferrerías en que siem­
pre han sobresalido hasta hace pocos años. Y con el
constante ejercicio del arte, la rica pesca y los frutos que
el resquebrajado terreno a duras penas les ofrece, han
hallado su alimento, enmo se ve, recogido por el traba­
jo y el ingenio más q u e por espontanea ganerosidad de
la naturaleza.
No se borrará de nuestra memoria la viva y agra­
dable impresión que nos causó aquel valle pintoresco,
que serpentea de S u rá Norte por casi toda la Provincia.
Era á mediados de Setiembre cuando le admiramos:
por donde quiera que derramáramos la vista, tropezaba
al instante con declives de montañas, verdes todas, ycu-
biertas ce frondosos árboles: de trecho en trecho, hasta
en la cima de los montes, blanqueaban solitarios case­
ríos, unidos con las nubes por una ondulante columna
de hum o, cercados de sotos donde pastaba la vaca de
leche y su ternero, principal riqueza y sustento del país.
Parecíanos que la naturaleza se nos mostraba como
inmenso libro abierto, blandamente reclinado en las
faldas de Altube: apenas se oía una voz, nada de ruido;
L IB . I.— CAPÍTULO PRIMERO. 3

y si cantaban algunas aves ó los gallos de las casas, esto


mismo convidaba á contemplar de nuevo aquel cuadro
tan sorprendente á un hijo de las llanuras de Castilla,
acostumbrado á no encontrar limites ni embarazos en
el horizonte. El sol semejaba más hermoso, grande y
refulgente; porque allí no se le ve tocar en la tierra al
nacer; sino siempre se muestra en lo alto de las sierras
y como en trono más encumbrado; demás de que os­
téntase al brillar como lieroe victorioso que ha disi­
pado la eterna neblina, extendida á manera de ligero
velo sobre las lozanas cordilleras. Y difundiendo luego su
vivo resplandor por los arbustos y enramadas del valle,
presenta este un cuadro mágico de brillante luz y oscuras
tintas, mas apacible y deleitable que la blancura deslum­
bradora de las escuetas márgenes del Duero y del Pi-
suergra. Bello y encantador era en el otoño aquel paisaje.
Comarca tan celebrada ó histórica y siempre ardiente
defensora de su suelo, parece hallarse en la primavera
de la vida: apenas se encuentran indicios de haber esta­
do notablemente poblada en lo antiguo; antes parece
que siempre han sido escasas sus aldeas, desparrama­
das como ahora las viviendas, aunque agrupadas algo
más al rededor de la plaza de la feligresía. En vano
buscará el viajero en todo el país vasco las vicisitudes
é historia del firte esculpidas en mármoles, ni las tra­
diciones populares en códigos y archivos conservadas.
Lo sorprendente y raro, el arte y toda su historia se
hallan sólo en el pueblo viviente, en su lengua, sus
cantigas y costumbres patriarcales. Y cuenta que son
tenidosfundadamente por aborígenes iberos, que jamás
han perdido la pureza de la sangre, el habla y carácter
primitivos. Admírese, pues, ese pueblo singular, el suelo
alfombrado que huellan, las regaladas auras que respiran
y el cielo melancólico que los alumbra. A falta de ruinas,
se podrá visitar en la elevada peña de Gorbea la gruta
de Sopelegor: estupenda y caprichosa se ostenta en
ella la naturaleza.
4 VIDA DEL BTO. ALONSO DE OROZCO.

Este es el patrimonio que los vizcaínos reservaron


para D. Iñigo López, segundo hijo del, como hemos
dicho, IV Señor de Vizcaya. Gobernóle con entera inde­
pendencia, al decir de varios autores, dando su nombre
principio á nueva serie de Señores de Orozco. No es del
caso referir minuciosamente la genealogía de los Seño­
res que tuvo, y menos todavía ocuparnos en su buen o
mal gobierno, esclarecidos hechos y vicisitudes de este
pueblo reducido; pero importábanos mucho repetir
lo que fundados autores, de común acuerdo, atesti­
guan acerca de la procedencia de esta noble casa. Por
sucesión regular vino á recaer su gobierno en D. Iñigo
López de Orozco, sexto en la serie de los Señores, Ayo
del infante D. Fernando hijo del Santo Rey. Murió sin
descendencia y, como sucedía en casos análogos por el
derecho entonces vigente, si Señorío de Orozco se refun­
dió en el total de Vizcaya, su origen y principio. Perma­
neció, eso sí, subsistente la linca deD. Iñigo en su her­
mano Ruy López, Señor ds Hita, (que duró hasta su hijo
D. Fernando Ruiz de Orozco) además de las líneas de
D." Msncia López y la de Blasco Ortiz de Orozco y otros.
A mediados del siglo xiv enalteció más .su nombre,
con los heróicos servicios prestados al Rey D. Alonso XI
en el sitio y rendición de Algeciras, D. Iñigo López de
Orozco, Caballero de la Banda con el titulo de Primer
Señor de Escanilla y Cogolludo.
Encontrando luego D. Pedro el Cruel resistencia for­
midable en los castillos y palacio de Orozco, cuando
perseguía á su hermano D. Tello refugiado en Vizcaya,
entró en el Señorío por las Encartaciones; y apoderado
del valle de Orozco, se cree destruyó el palacio y las for­
talezas. Subsistió después, sin embargo, la familia y
casa de Orozco como de las más nobles é infanzonadas
de Vizcaya.
Bien celebrados son en nuestras crónicas los favores
que de D. Juan I y el Rey Católico merecieron ios caba­
lleros de Santiago D. Pedro íñiguez y D. Juan Pérez de
LID. I. — CAPÍTULO PRIM ERO.
5

Orozcu, lozanos vastagos de dicha cepa. Y en e] siglo xvi


y xvii habla conocimiento, y muy individuado, de dicha
casa y familia: tenemos de ello testigos de m ayor excep­
ción. La primera de las preguntas en orden á la santa
vida del Ven. P. Orozco, para el proceso de su beatifi­
cación, versaba cabalmente acerca de la nobleza que,
c o m o cosa notoria, se publicaba de su linaje. Muchcs
testigos contestaron que efectivamente les era conocida;
mas de todos ellos pláceme aducir á la letra el dicho ju­
rado del Caballero de Santiago, famoso D. Francisco de
Quevedo y Villegas. Dice así: «Este testigo r.o conoció á
los padres del bendito P. O ro2Co, sólo le conocí desde
mi niñez hasta que murió, por haber sido dicho bendi­
to P. Orozco muy familiar de mis padres; y también
por haberle comunicado mucho; porque, siendo este
testigo niño, le enviaban sus padres á que le viese la
celda, parsciéndoles que con eso se enderezaría en la
virtud; y aunque este testigo no conoció álos padres del
dicho bendito P. Orozco, tiene particular noticia de que
la "asa de Orozco, que está sita en Vizcaya, de donde
descienden lr.s padres del dicho bendito Orozco, es casa
solariega é infanzonada, donde ha habido muy señala­
dos é ilustres caballeros, como se lee en la crónica del
Rey D. Alonso el Onceno y del Rey D. Pedro el Cruel su
hijo, especialmente el esforzado caballero Iñigo López de
Orozco y su hermano; el cual dicho íñigo López de Oroz­
co fué caballero de la banda que en aquel tiempo se tenia
por la primera prerrogativa de nobleza en Castilla; y esto
responde » etc. (i)
El mismo Venerable, preguntado, confesó muchas
veces que era oriundo de Vizcaya; y como la casa prin-
(1) Información sumaria de M adrid.— M . S . fpl. 463. Publica­
mos estos testimonios con ortografía moderna, salvo rara vez que
exija otra coea alguna circunstancia especial. Y aun en ocasiones
'.as palabras este testigo etc... las sustituimos por lns pronombres
personales respectivos <5 bien las callamos, por no molestar al
lector con la repetición de vocablos innecesarios.
6 VIDA D E L BTO. ALONSO DIÍ OROZCO.

cipal se hallaba en el Valle de Orozco, á él y sus herma­


nos, aunque nacidos en distinto punto, no les llamaban
con el nombre de otra patria, que el de su apellido. Á
tal punto era asi, que algún autor le ha creído nacido en
Orozco; y si otros le llaman oriundo de Cantabria ó cán­
tabro á secas, atribuyase á la oscuridad que en la histo­
ria ha reinado acerca de la situación precisa de aquella
región tan controvertida. Según el respetable L». Aure-
liano Fernández Guerra, parece claro que los cántabros,
raza céltica, no llegaban en su parte más oriental sino
hasta Castrourdialcs, Cadagua y Cigüenza del Páramo:
quedaban, pues, aún muy á la derecha ios apaciblesvár-
dulos del valle de Orozco, llamados en la edad media
vizcaínos como los demás de su linaje; los cuales, no de
los celtas, nómadas y salteadores, sino del sencillo ibero,
pastoril y agrícola, traen su origen. Habido esto en cuen­
ta, podrán concillarse las variantes que tocante, ya al
lugar del nacimiento, ya á la estirpe del Bto. Alonso,
traen los historiadores en biografías y diccionarios.
Por este motivo ha parecido oportuno tratar este
punto en el primer capitulo, aunque tenemos muy pre­
sente lo censurable que es explicar las cosas desde muy
atrás; y al fin y al cabo nuestros esfuerzos se dirigían á lle­
var prestarlos resplandores de gloria al que los despide
vivísimos y propios ennobleciendo él más su prosapia.
Quien brilla glorioso en la historia de las letras, y sobre
todo, ha merecido ser declarado por el Vicario de Jesu­
cristo héroe en las virtudes y en los milagros insigne,
presentándose así á los ojos de los fieles con aureola ce­
lestial, está muy lejos, seguramente, de necesitar reco­
mendaciones de alta alcurnia, testimonio á las veces de
virtud ajena, de ordinario ocasión de insensato orgullo.
Empero la Iglesia, al celebrar las fiestas de sus Santos,
suele con las virtudes notar la ilustre cuna que por for­
tuna tuvieren, y no de otra suerte cumpliríamos nos­
otros con el deber impuesto de dilucidar la vida del por
todos conceptos varón esclarecido.
C A P Í T U L O II.

5Y'acimiento del Venerable. (Maravillas que le acompañan,


prenuncio de sus alios destinos.

1500.

n las guanas de nuestros Reyes contra los ma­

hometanos de Andalucía, especialmente para la


conquista del reino de Granada, salieron mu­
chos caballeros de la ilustre familia de Orozco y Olarte;
permaneciendo luego unos con el apellido de Orozco, y
otros de Olarte, en distintas partes de España. Her­
nando ce Orozco, oriundo de la noble casa y pueblo
que acabamos de describir, residía en Oropesa de Go­
bernador del Castillo y Alcaide de Torico, cual lo había
sido su padre. Con tal motivo tuvo conocimiento de
las raras prendas de la hidalga doncella de aquella villa,
-virtuosísima MaríadeMena: Dios unió sus nobles corazo­
nes y colmó ce beneficios á tan afortunado matrimonio.
Cierto día, entre complacida y pesarosa, paraba le
consideración María de Mena en el fruto de su fecur.di
8 VIDA D E - BTO. ALONSO DE ORCZCO.

dad, aún no nacido. Era que tras la dicha de dar á


luz felizmente á otros hijos, habla tenido el sentimiento
de verlos acabar en sus brazos, sin lograr apenas el gozo
de contemplar sus primeras sonrisas; asi que la embar­
gaba indefinible presentimiento, mezclado de satisfac­
ción y pena.
Excelente idea sugirióle entonces su corazón pia­
doso. Gozábase antes de perpetuar en su descenden­
cia los ilustres nombres de sus mayores, y atribuyendo
juiciosamente al deseo vanidoso la razón de su des­
gracia, resolvió honrar la memoria de los héroes del
cielo, mejor que los de la tierra, poniendo nombre de
los santos al vastago que sentía brotar de su vientre.
Siempre solía ofrecer sus hijos a la Virgen; pero ahera
elevaba sus anhelos á la Madre admirable con inten­
ción más pura, pidiéndole que admitiese benigna la
nueva ofrenda. Y revolviendo en su mente, cual nom­
bre le pondría, oyó una voz escondida, suave y delicada
como de virgen, qu: le dijo: ¿Cómo le has de llamar, sino
Alonso? La sorpresa y júbilo que esta \oz le causó, no
son para dichos. Entendió por ello la venturosa madre
que era varón lo que encerraba tn sus entrañas, y que
nada menos que la Virgen Santísima se le admitía para
su perpetuo servicio. Y desde aquel momento, le con­
sagró generosa a la Reina del cielo; para que á imi­
tación del Santo Ildcforso, fuera su hijo distinguido
capellán de María, celoso de la honra y prerogativas
de la Virgen Madre.
Pero lo m¿3 extraño todavía fue que, al sonido de la
voz dulcísima, saltó el niño en el vientre materno. No
parecía sino que. conociendo por el nombre de Alonso
su futuro destino, aceptábale gustosísimo dando sal­
tos de placer. Merced tan extraordinaria me obliga á
hacerla constar antes de pasar adelante. Existe en el
proceso de beatificación una hoja, de letra del confesor
del Ven. Orozco, escrupulosayjurídicamente reconocida
por auténtica, que asi comienza: «Mercedes y favores
LID . I . - CAPÍTULO II.
9

que Nuestro Señor hizo al P. Fray Alonso de Orozco


de la Orden, de Nuestro Padre San A gustín, que él
mismo las escribió y me las dijo como á confesor
suyo:
Que antes que naciese, estando su madre preñada, la
cual era muy deuola de nra. S.r\ tenia costumbre de ofre-
celle todos sus hijos; auiéndole ofrecido el que entonces te­
nia en el vientre, estaua ccn cuydaio que nombre le pon­
dría. y aparecióle la madre de Dios y dixole que le pusiesse
Alonso, porque hauia de ser su capellan, y á este punto
sintió que la criatura que tenia en el vientre se rebullía mu­
cho, que como se regocijaba,, y contándome esto el bienauen-
turado padre, dixo que aludía esta mrd. á la que se hizo al
Bap.‘a en el vientre de su madre Elisabet» (i).
Después de esto, no son tanto de extrañar las demás
circunstancias que acompañaron á su nacimiento. Dos
testigos deponen en dicha información haber oído que>
por aviso de un pobre, dióle á luz su madre en el esta­
blo; para que desde la cuna siguiera las huellas del po-
brísimo divino infante. Era jueves, diez y siete de Octu­
bre del año de jubileo ir.il y quinientos, puesto el sol
y entre dos luces; al sonar la campana, invitando a los
fieles á saludar a la Virgen, sintiese María de Mena con
dolores de parto; y acabado el melancólico tañido de las
Ave-marias, el niño era nacido. En tal momento, con
no poco pasmo de las comadres, clavó su mirada, alegre
y viva, en el brillar de una candela.
La felicísima madre no quiso ya que, al llevarle á
bautizar, adornasen al recién nacido con vestiduras de
rico brocado y variados colores; sino que, como ¿ ofren­
da dedicada á la Purísima Virgen, le vistiesen entera­
mente de blanco. E hízose así. verificándose su bautizo
en la. parroquia de la Asunción de Oropesa. Pertenece
esta villa, patria dichosa del Venerable, al reino de To­
ledo y Obispado de Ávila; la cual, estimándose muy fa-

(i) Inform ación svm & riq d e M adrid, fol. 49 ,


to VIDA D EL DTO. ALONSO DE OROZCO.

vorecida de Dios por el nacimiento de tan santo patri­


cio, no ha perdido ocasión de manifestarlo con magni­
ficas obras (i).
María, la piadosa madre, testigo de tantas maravi­
llas ocurrida3 en el natalicio de Alonso, no podía olvidar
la larga recompensa de su oportuno y religioso pensa­
miento de honrarla memoria de los santos en los hijos,
escudándolos al propio tiempo con un nombre, siem­
pre temido á las potestades infernales. El recuerdo de
tales sucesos debía de ser, á no dudarlo, el panal de
miel que endulzoraba sus días. ¿Habría cosa alguna más
viva en su memoria? Cuidó, ccmo no podía menos, de
hacérselo saber á su hijo. Lo que el agraciado sintió en
su corazón al oírlo, bien á las claras nos lo dejó escrito
en su maravilloso Libro de las Confesiones, donde des­
atando la lengua en hacimiento de gracias á Dios, de­
cía: cVos, mi Salvador, sabéis bien lo que mi madre, la
primera vez que me vi¿ religioso, ha más de cuarenta
años, en Talavera me contó, para gloria vuestra y gran
gozo mío. Sabed, hijo, me dijo..... « y refiere el santo

(i) Con n& paca alegría encontramos en los registros del


Ayuntamiento de Orapcsa el voto y ofrecimientos hechos por el
pueblo para honra de su Santo; las mujeres que se hablar, incor­
porado al grupo de varios miembros del Ayuntamiento y otras
personas que nos honraron con su compañía, nos enseñaban con
vivas muestras de satisfacción la planta baja á establo, donde
es fama que nació el Beato. L a casa, en que vió la luz pri­
mera, la adquirió la orden A gu stin k n a antes de la mitad del si­
glo pasado, según la escritura pública cu e obra en el archivo del
Colegio donde escribo: todavía sobre la piedra diulel de la
puerta se distinguen vestigios de las armas de nuestro instituto
allí insr.nlpiHas. Ojala que el inehlo y nyrntamisnto de Oropesa
se mantengan fieles á los propósitos de sus antepasados, y que no
desdiciendo en nada de la piedad de sus mayores, levanten los al­
tares ofrecidos y se regocijen en la fiesta de su Sanio, imitando sus
virtudes. No esperamos otra cosa del pueblo que tanto interés
tomara, al hablarle de la gloria de su venerable paisano.
L IB . I .— C\PlTUI..O II.

lo que en sustancia acaba de oír el lector. «Esto es lo


que dijo María mí madre, y sierva vuestra; y mi pa­
dre Hernando se holgó de este voto. ¡Oh soberano Rey,
cuánto os debe n i alma loar per estos favores, tan sin
merecerlos yo! Doy á vuesLra Majestad gracias sin nú­
mero, que ordenasteis que yo naciese de padres cató­
licos y cristianos; y tales, que antes que naciese, me
ofreciesen á vuestro servicio, dejando el siglo y sus pe­
sados tributos. Alábaos también rhi alma, por haberos
acordado de mi nombre, declarado por boca de vues­
tro sagrada Madre. ¿Y de dónde merecí yo cuc la Ma­
dre de mi Señor y Redentor viniese á mi? Prendas son
estas, gloria mía y Dios mió, de las grandes misericordias
que adelanta me habíais de hacer: por ser vos quien sois, Pa­
dre de misericordias, reciba yo tan gran favor que no me
olvide en toda la vida de loaros y serviros, y juntamen­
te dar gracias á vuestra piadosa Madre, á quien, pues
soy deudor aun antes que nacido, no desmerezcan mis
culpas, n i Criador del mundo, que vuestras misericor­
dias crezcan en mí y váyan siempre adelante para glo­
ria vuestra» (i).
Que ni aun después de los ochenta años había olvi­
dado el Venerable merced tan rara, pruébalo abundan­
temente si haber fundado el convento de Sta. Isabel
en esa edad, bajo la advocación de la Visitación de
Nuestra Señora, en reconocimiento y memoria perpetua
de los cuidados de la Virgen por el bienestar y dicha
de sus siervos, tomando como emblema ia visita á San­
ta Isabel; y ya veremos en el resto de esta historia cuán-

(i) Libro I, cap. V I de las Confesiones, púg. 7 : del Tomo III.


Madrid. En la Imprenta del Venerable Siervo ds Dios F ra y A len -
so de Orozco, Año M D C C X X X V I .— Edición de sus obras en sif.ttí
volúmenes en folio. No especificando otra cosa, en las citas del
Bto. Pcdre nos referimos siempre á esta edición, por estar en
ella recogidos los libros sueltes y no ser tan rara como las prime­
ras de sus abras.
12 VIDA DEL BTO. ALOVSO DE OROZCO.

to prccuró ensalzar el nombre de S. Ildefonso, á quien


le dedicaron en el bautismo.
Ahora está embebida nuestra mente en la frase
que al autor de las Confesiones acabamos de subrayar:
Prendas son estas, gloria mia y Dios mió, de las grandes
misericordias que adelante me habíais de hacer..... Cierto,
cuando en la natividad del Bautista acontecieron las ma­
ravillas que nos trae á la memoria el nacimiento del
niño A I o d s o , exclamaban atónitos los asistentes: ¿Quién
pensáis será este niño? Lo mismo llenos de asombro re­
petimos nosotros: ¿Quem putas fu er iste erit?...
C A P Í T U L O III.

Descúbrese la nobleza de alma del niño c/\tonso y su


primera educación. Voto que delante del Sacramento
hizo i los seis años.

1606— 1513.

n el hundimiento de la torre de la Asunción


de Oropesa, se perdieron los libros parroquia­
les, donde constaba la partida de bautismo de
Alonso de Orozco. Alguna diligencia y esfuerzo hizo
D.* María de Aragón, noble devota del Venerable, á fin
de hallarla; y acaso por complacerla suplió la pérdida en
el mismo libro de sus Confesiones, comenzándole con las
siguientes líneas. oMi nacimiento fue en Oropesa, rei­
nando la muy católica Reina Doña Isabel, de gloriosa
memoria. Mi padre se llamó Hernando de Orozco, y
mi madre María de Mena, los cuales se vinieron á morar
á Talavéra, cinco leguas de Oropesa. Sería yo entonces
de ocho años. Sirviendo en la Iglesia Mayor algunos
años en Talavera, me llevaron á la Iglesia Mayor de
Toledo, en la cual serví tres años. Saliendo de Toledo,
me envió mi padre á estudiar á Salamanca, donde
VIDA D EL BTO. ALONSO DE OROZCO.

estaba un hermano mío mayor de edad estudiando, y


allí nos hizo el Señor merced del habito que tomamos
¡untos en el Monasterio de nuestro P. S. Agustín.»
Fuerza es que cuando el bendito Padre hable de si,
me limite yo á trascribir las interesantes relaciones
dictadas por su puro y sencillo corazón. Es la historia
verídica narración de los hechos, y habrá Heredo al
más alto punto de su fin si despierta en nuestra fan­
tasía y como que resucita, pintándolos al vivo, los
personajes que en el asunto intervienen; menester será
que en alguna manera los veamos y que, hasta trabando
razones y pláticas con nosotros, oigamos sus discursos
y razonamientos. ;Con qué anhelo y atención no oiría­
mos á un anciano venerable, sentado en medio de nos­
otros, referir con encendidas y candorosas frases raros
favores y privilegios del cielo, tiernas escents de su
infancia, deshaciéndose en alabanzas de la mano gene­
rosa que en todos los casos y sucesos de su vida le
bendijo y amparó? Pues el lector puede recoger de
labios del Ven. Padre y saborearen su pecho la his­
toria que nos cuenta acerca de sus primeros años,
envueltos ya en las contingencias y riesgos que á cada
paso asaltan á la vida del hombre.
« La mano del Señor estaba conmigo y me confor­
taba [i).—Fatigado y desmayado de la visión de un
ángel, Ezequiel dijo estas palabras, alabando al Señor.
Dirélas yo, Dios mío, y con gran verdad; porque jamás,
aun siendo niño, me desamparó vuestra poderosa inauo.
Siendo bien pequeño, que aún 1.0 usaba de razón, hallé
un cuchille que tenía la punta eguda, y con todas mis
fuerzas trabajaba por hincármele por el pecho, teniendo
ya pasados algunos dobleces de las mantillas: llegó mi
madre, y hallóme el rostro hecho una brasa de la fuerza
que ponía sin saber lo que hacía; y ella con gran tur­
bación quitóme el cuchillo. ¿Quién, soberano Señor,

(i) E z e c h . II!. 14 .
LID . I .— CAPÍTULO III. 15

me sacó de aquel peligro, sino vuestra poderosa mano,


que no consintió que el cuchillo pasase adelante? Adoro
vuestra clemencia y millares cic veces alabo vuestra
potencia, Rey del ciclo. Verdad es que me salvara, pues
que era inocente, si do la herida muriera; mas vuestro
divino consejo lo quiso así ordenar, para obligarme más
á servir al que de trance tan peligroso me sacó: grandes
son los peligros de los niños por su inocencia y poco saber:
unos caen en elfuego, otros en el pozo, y otros con descui­
do de sus madres ó de sus amas se ahogan en la cama:
loada sea vuestra Majestad que de todos me libró. Los
males ajenos son beneficios nuestros, y así debo conocer
que de aquellos trabajos nadie me pudo librar, sino Vos,
q-.ietodo lo veisyen torio ponéis mano, como universal
Gobernador de todo. Esta vuestra divina mano es le. que
me regía y acompañaba, cuando siendo yo de seis años
cumplidos, nos concertamos yo y otro niño de mi edad
ó poco más, para que alzando en la misa si Santísimo
Sacramento y estando de rodillas, prometiésemos de
seguir el estado eclesiástico, y así lo hicimos. ¡ Oh bon­
dad infinita, cuánto os debe mi alma amar por esta
inclinación santa y don de vuestra liberal mano ! (1) Yo
no sé en qué estado murió el otro, pues el voto en tan
pequeña edad no era válido; mas como mis padres (Se­
ñor, dadles el premio allá en el cielo) determinaron que
siguiese la Iglesia, yo obedecí; y desde mis tiernos años
me crié en ella, siendo contento de seguir tan santo
estado».
«Sirviendo en la Iglesia mayor de Talayera (paréceme
que sería de diez años) fuimos al río, y hallé nadando
un mancebo; y ye, andando ¿ la orilla del agua vestido,
dijome cuando salió del agua: niño, no tengas miedo,
entra más adelante, que bien puedes. Yo creíle, y en
alargando el paso me hundí, que estaba hondo; y lle­
vábame la corriente de agua más adentro, y con la con-

(1) N úm . X.
IÓ VIDA DEL BTO. ALONSO DE OROZCO.

goja de sentirme ahogar, dieron gritos unas mujeres


que lavaban paños á este mancebo que no tenía más
de la capa puesta, que entrase á remediarme; y traban­
do de las haldas de mi sayo que andaban sobre el agua,
me sacó de aquel peligro. Luego en esa hora entró otro
mancebo á nadar, y en el mismo lugar se ahogó, avi­
sándole antes de lo que á ml me había acaecido (i). Oh
clemencia divina, ¿quién me dió de nuevo la vida sino
VosP Infinitas gracias os doy, que así vuestra bendita
mano me libró. Allí gusté algo de lo que se padece en
la agonía de la muerte; y en toca mi vida me olvidaré
que enmo no tardase aquel mancebo mas de cuanto de­
rribó la capa y arrojóse luego en el agua viniendo para
mi, me pareció que había tardado mucho tiempo. |Oh
Señor, qué sentirá quien todo un dJa está agonizando!
De esta consideración me aprovecharé toda mi vida j (2).
Servicios a la Iglesia, ofrecimientos al cielo, candoro­
sas muestras del afecto de un niño bien criado, son los
ecos que de la anterior lectura quedan regalando el oído.
Con la mayor ternura dejó asimismo perpetuado en
el Libro de las Confesiones el recuerdo de su piísima
madre, muy al vivo pintado el celo que en la sierva de
Dios ardía por la buena educación de sus hijos. ¡Cuántos
santos, y sabios y piadosos escritores, al manifestar sus
delicados y buenos sentimientos, los han atribuido con
S. Agustín á los avisos maternales que, como semilla
depositada en el corazón, brotó más tarde en frutos de
buenas obras y heroicas virtudes! Hernando, cabeza de
la casa, holgábase mucho de tanta piedad, según dicho
del Venerable mismo; y no pocas gracias daba éste al
dador de todos los bienes por haber nacido de padres
tan cristianos; excusado, pues, será añadir nada en

(1) Por este mismo tiempo, cuando tenía diez años, le libró el
Señ or de una grave enfermedad, por lo que más abajo le da igual­
mente infinitas gracias.
(a) C’dn/fS. lib. II. cap. I. p ig . 75.
L IB . I . — CAPÍTULO III. 17

punto á las enseñanzas recibidas en el seno de tan pia­


dosa familia.
Mas es de notar cuán distintas fueron las inclinacio­
nes de Alonso de las de otros niños: ni la travesura del
que á escondidas sale de casa para solazarse largo rato
en pasatiempos coa sus iguales, ni el descontento por
juguetes y fruslerías pedidos y no alcanzados, ni la en­
vidia al hermano m ayor quizá más adornado y com­
puesto, cupieron en el alma del que, modesto y obedien­
te, dócil y ncble, manifestaba costumbres y condición
de más adelantados años. Esta es la memoria que de su
infancia nos han trasmitido personas fidedignas. Y
persuade á ello el que, habiéndose propuesto el humilde
Padre escribir sus pecados en Las Confesiones, al narrar
en ellas los sucesos de la niñez, no de otra suerte lo
hace que mencionando favores celestiales.
Estando en la villa de Talavera, y por el tiempo en
que faé niño de coro de la Iglesia Mayor, aprendió á
leer y escribir.
Después fué de seise á la Catedral de Toledo, donde
se dedico con provecho al estudio de la música, en cuyas
dulzuras halló todo el tiempo de su vida un desahogo de
su encendido y enamorado corazón hacia Dios. Tres
p.ñns fueron lo que en la Iglesia primada sirvió; á lo que
creo, desde los 14 de su edad.
La devoción y ternura con que el angélico niño des­
empeñaría el ministerio previsto entre ensueños por su
madre y vaticinado por la Reina del cielo, cosa es que
dejo á la contemplación de mis piadosos lectores.
C A P I T U L O IV.

Estudios del joven ^Alonso en Salamanca,.

1514— 1522.

on los servicios prestados a la Virgen en la


Iglesia de Talavera y la Basílica de Toledo en
tan tiernos años, tenía Alonso cumplido en
parte el ofrecimiento de su madre y el voto propio; pero
restábale aún mucho más hasta ser fiel imitador de San
Ildefonso en las alabanzas y glorias de María Santísima.
Para elio habla menester de una carrera lucida, en
conformidad con la nobleza de su linaje y del alto des­
tino á que desde el seno maternal estaba consagrado:
era preciso levantar el pensamiento á la consideración
de lo porvenir, y abandonando entretenimientos pue­
riles, tratar de ofrecer ocupación y más serio campo al
hombre que despuntaba y se desenvolvía.
Hallábase ya cursando en la Universidad de Sala­
manca el hermano mayor Francisco; y al lado de él
determinaron los venturosos padres que diera principio
á sus estudios el joven Alonso.
Ningún lugar más á propósito. Salamanca, oh anti­
gua gloria de mi patria!.. Salamanca subía entonces
LIO. I.--- CAPÍTULO IV. '9

presurosa, á impulsos de su ingenio y entre las caricias


de la fortuna, á la más alta cumbre de la sabiduría.
Unos y otros Pontífices, como á hija la más querida y
discreta, la habían dotado y enriquecido de pingües
rentas y privilegios singulares, llevando su predilección
y desvelo hasta ampararla bajo su protección inmediata,
otorgándole muy especiales estatutos, por los cuales vi­
viese y se gobernase libre, próspera é independiente.
Á porfía igualmente nuestros Soberanos cubríanla con
su manto real, y estimándola como el principal orna­
mento de su reino, ennoblecían á los Maestros con la
consideración y ricas dotaciones; exentábanlos, asi como
á los estudiantes, de ccmunes gabelas; cuidando espe­
cialmente de que en posadas y bastimentos estuviesen
todos ellos servidos los primeros.
Y era á la sazón, por fortuna, el tiempo en que se
recogía el fruto de la benéfica influencia de aquellos
dos soles de España, los amados Reyes Catódicos.
Por todas partes ostentaba la celebrada ciudad del
Tormes las muestras de su creciente prosperidad: á Ja
vez entonces que el magnífico templo de la nueva Ca­
tedral gótica, levantábanse suntuosos colegios, y entre
ellos varios de los Mayores, (asi llamados por su mayor
excelencia y alta estima en que eran tenidos), como que
allí se educaba la nobleza de Castilla, la flor y nata de
la juventud española. Casi todas las órdenes religiosas
iban abriendo también casas de estudio en sus conven­
tos de Salamanca; y á ellas acudía lo más florido y
selecto, asi de encanecidos Maestros, como de jóvenes
estudiantes. Y unos y otros colegios incorporados á
la Universidad ¡á cuyas aulas asistian amigablemente
unidos) eran el mejor decoro de ella, y como vivo
destello de su brillante esplendor.
En aquel reinado feliz, cuando damas y caballeros de
extraños países tenían á gala y como gentileza hablar la
lengua de Castilla; por cuando el clásico y descontenta­
dizo Erasmo certiGcaba que lus adelantos de los espaüo-
20 VIDA D EL BTO. ALONSO DE OROZCO.

les en los buenos estudios prosperaban de suerte que


podían servir de ejemplo á las demás naciones; cuando
los Lebrijas labraban sabrosos panales de rica .iteratu-
ra, después de haber viajado como solícitas abejas en
busca de las flores de lejanas comarcas; brillaba ya para
nuestra patria la aurora de un siglo de oro en toda su
plenitud, hermoseada de todas sus galas y hechizos.
¡Qué ardor y viva comezón sentíase en aquella época
por los estudios amenos!
Pedro Mártir de Anglería llego en cierta ocasión á
las Escuelas para dar su primera lección acerca de una
délas sátiras de Juvenal; y encontrando el aula y los
patios llenos de gente de bote en bole, hubo de subir á
la tribuna por sobre los hombros y apiñadas cabezas
de los ávidos estudiantes.
Los mismos Principes se honraban más con el título
de profesores salmantinos que ccn los timbres de su
¡lustre cura: un primo del Rey derramaba á los entu­
siastas escolares el rico caudal de sus conocimientos; el
heredero del Condestable de Castilla explicaba los clási­
cos Plinio y Ovidio. Entendiendo asimismo el Claustro
universitario la honra que se debe á la ciencia, entrela­
zaba las armas de su ínclito hijo, el pasmoso Tostado,
con los blasones de los Reyes, que por muestra de re­
conocimiento insculpía en las decoraciones de aquellas
magnificas Escuelas.
Demás de las repetidas cátedras de Leyes, de Cáno­
nes, Teología, Medicina, Astrología, Música, de Hebreo,
Caldeo, Arábigo, de Retórica y Gramática, creadas muy
de antiguo, establecíanse otras de peregrinas materias ó
de autores esclarecidos. Eran veinticinco las cátedras
salariadas casi desde los primeros gloriosos días del es­
tudio, é iban creciendo hasta llegar á setenta para
cuando escribía su historia Chacón; y demás de esto,
«ningún hombre está en la Universidad ó viene de afuera
de quien se puede esperar que hará algún fruto con su
doctrina, que no procure entretenerle con muy honestos
L1B. I.— C A PÍTU LO IV. ¿1

partidos» (i). Ém ula d éla gloria He su herm ana la famosa


Sorbona, y por corresponder al lema de su divisa, en­
vió personas doctas á la capital de Francia en 1508,
para que á toda costa trajesen famosos maestros de los
Nominales ('.os cuales llamaban poderosamente la aten­
ción del mundo sabio); y al poco tiempo abría nuevas
aulas donde se leyese a Gregorio de Arímini, y la
opinión contraria de los realistas.
Gallardos jóvenes de Italia, Inglaterra y Francia, los
más ricos y generosos de las Indias, Portugueses y Fla­
mencos acudían de tropel á la renombrada Universidad
en busca del vellocino de la sabiduría. Ascendía á mi­
llares ei número de los alumnos: Pedro Chacón, histo­
riador de dicho Estudio, testifica que al escribir él (1569)
eran 6000, y que años atrás, siendo más corto el número
de Universidades, subió á 14000; Lucio Marineo Sículo
asegura que por su época eran 7000; lo propio refiere
Pedro Mártir.
Y cuenta que la mayor parte de e'.los era de ilustre
prosapia, y que canónigos y dignidades y otros altos
empleados civiles, enamorados de la ciencia, no se
desdeñaban de sentarse en los bancos de los escolares,
para oír la copiosa y profunda doctrina de aquellos
acreditados profesores.
¡Que enjambre de nebíes y bulliciosos mancebos,
qué fragua de generosos pensamientos y de entusiasmo
literario I
Serian de ver las contiendas y certámenes escolás­
ticos, que por vía de ejercicio y con el fin de aguijarles
entendimientos, se celebraban, según las facultades,
cada ocho ó quince días; á los cuales asistían Doctores
y Maestros, el Rector y el Maestre Escuela, dándoles
por la asistencia, asi como á sustentantes y arguyentes,
proporcionadas propinas,

(1) Pedro Chacón, Historia de la Universidad de Salamanca pu­


blicada en el Semanariu erudito de Valladares. Tomo X V III. p. 34.
22 VIDA D EL DTO. ALONSO DE OROZCO.

Y no es para omitir la mejor prenda que de aquella


muchedumbre de estudiantes refiere Chacón: «En todas
las cuales cosas (dotaciones, limosnas, etc.),dice, aunque
la Universidad de Salamanca se aventaja y excede á todas
las de Europa, se aventaja mucho más en la virtud,
recogimiento, autoridad y tratamiento de los estudian­
tes; porque con ser tan mozos, y les más nobles y prin­
cipales y ricos de las tierras de donde cada uno es na­
tural; con todo eso, se halla en ellos toda la buena con­
ciencia, comedimiento, llaneza y buen trato que se puede
desear; tanto que en esto desde muy lejos se conoce al
que se ha criado en aqueste Estudio. Acom paña á esto tan­
ta honestidad y tanta cuenta en sus conciencias, cuanta
suele hallarse entre los Religiosos; y será prueba de ello
que el presente año han entrado muy cerca de seis­
cientos estudiantes de los principales en las más estre­
chas órdenes y Religiones, y muchos de ellos en los
descalzos; y otros que no han entrado profesan acá en
el siglo la virtud y estrecheza de vida de los religiosos,
y dan á sus vecinos ejemplos de buen vivir. El trata­
miento y hábito de los estudiantes no es posible (decir),
porque los mas de ellos son ricos; pero es tan modesto
corro el de los más afirm ad o s clérigos y sacerdotes» (i).
Tal era el estado floreciente en que se hallaba aquel
emporio de las ciencias, llamado por Anglería y Marineo
Siculo la nueva Aleñas, la madre de ¡as arles liberales y de
todas las virtudes, cuando el bien nacido Alonso añadió
su nombre á las pléyades gloriosas de los allí matricu­
lados. Ocho años, á lo que pienso, debió de frecuentar
el Estudio atesorando copiosa doctrina, bajo la tutela
de sus padres y hermano mayor.
¿Qué acciones dignas de referirse aquí obró en ese

( i j Historia citada, pág. 36. L a prueba que d i Chacón de la


religiosidad de los estudiantes de 1569 conviene asimismo á 'os
numerosos de las primeras décadas de aquel siglo, y mejor dicho,
á todas ellas.
LID. I.-—CAPÍTULO IV.

tiempo, el más florido de sus años, y que por tanto ten­


drían para nosotros el atractivo del donaire y gallardía,
propios de la juventud? Ya lo dirán los sazonados frutos
de la edad madura; la historia sólo nos permite repetir
una frase santa que lleva envuelto en compendio miste­
rioso un largo proceso de merecimientos: Crecía en edad.
V gracia para con Dios y con los hombres. Sus biógrafos
no refieren otra circunstancia de sus estudios en la
Universidad Salmantina, sino que siguió la carrera de
derechos (i). Es sabido que esta facultad era de las mejor
tratadas y explicadas en Salamanca, razón por la cual,
al fundar Cisneros el Colegio de Alcalá, no instituyó cá­
tedras de jurisprudencia.
De la bienandanza, pues, y ejemplo de la Universidad,
de la excelencia de los Maestros, la índole y ricas pren­
das del joven estudiante, infiérase el proceder de éste, su
provecho y adelantos.

(i) A sí parece desprenderse de la Memoria, del P . Rojas, publi­


cada en la R evista Agustiniann vol. I, pág. 87.
C A P Í T U L O V.

Vocación al Claustro de ambos hermanos Francisco y


<'Alonso. Juntos toman el hábito en el convenio de
San cAguslin de Salamanca.

1622.

mbeuido en los estudios se hallaba Alonso ter­


minando casi el octavo curso de su carrera lite­
raria. Por entonces un predicador famoso, lla­
mado más tarde el santo limosnero, modelo de Obispos
y Prelados, último Santo Padre español, llevaba tras sí
lo mismo á discípulos que Maestros y todo el pueblo de
Salamanca, cautivando los corazones y arrobándolos en
amor de Dios. Pero dejémoslo referir á testigo de mayor
excepción, D. Fr. Juan de Munatones, Obispo de Segor-
be, el cual experimentó en sí propio los efectos que pro­
ducía Sto. Tomás de Villanueva en los oyentes. «No
mucho después, dice, cuando tan revuelta estuvo Espa­
ña con las Comunidades de Castilla, á petición y ruego
del Cabildo de Salam anca, predicó la Cuaresma en la
Iglesia mayor de aquella ciudad. Explicó entonces el
muy célebre salmo In exiiu Israel de yEgipto, y entre los
I-IR. I . — C A P Í T U L O V. 25

demás oyentes me hallé ye, que no era fraile todavía,


sino joven seglar. Hervían de gente las calles. Concu­
rrían admirados y como atónitos los hombres. Pasmá­
bame percibiendo aquel nuevo modo de predicar, aquel
ímpetu de oración con que arrebataba los ánimos, aque­
llos afectos ardentísimos con que abrasaba las entrañas
de sus oyentes. Penetre tan profundamente los corazones
de todo el pueblo, que nadie diría entonces que Sala­
manca era una ciudad compuesta de seglares; sino un
Monasterio m uy ajustado ó convento de frailes muy
religiosos. Hizo particularmente tal impresión en los es­
tudiantes y profesores de aquella gran Universidad, que
de muy autiguu florece en Salamanca, que muchísimos
de ellos se mudaron enteramente, y trocando sus pensa­
mientos, no sólo abandonaron las delicias y convenien­
cias; sino que con la mayor ansia trataron de buscar los
celestiales bienes y pensar sólo en los eternos. Fué de
modo que, llenos de excelentes mozos tedos los monas­
terios de Salamanca y sus contornos, hubieron de acudir
los convertidos á otros conventos de España, los cuales
aperas bastaron para tanta gente» (1).
Sin duda, éntrelos que so sintieron tocados en el
corazón para abandonar la vanidad del mundo y la
holgura del siglo, efecto de predicación tan fervorosa,
se contó el mancebo Francisco de Orozco; el cual en­
cubrió por el pronto este santo llamamiento á su menor
hermano, temiendo le siguiese por tan buen camino y
dejase solos y desconsolados á sus padres; por lo que
se acercó con mucho recato al convento de S. Agustín
á solicitar de los superiores el hábito religioso. Y sólo
obtenida ya la gracia suplicada, fué cuando no pudo su­
frir por más tiempo ocultar á su tierno hermano el pro­
pósito concebido. Un rayo de luz al entendimiento, una
aldabada al corazón fué para Alonso el descubrimiento

(1) Del P . Vidal en 9us A n gu stiaos de Salamanca. Tom . I, pá­


gina IJ2.
20 VIDA DET BTO. ALONSO DE OROZCO.

del piadoso secreto. Ello es que se conmovió hondamen­


te, sin poder disimular la inclinación que desde aquel
punto sentía á seguir los pasos de Francisco; pero de­
terminó resolverlo, no ligera y arrebatadamente, sino
con el espacio y consejo propios de más maduros años.
Trató antes de probar sus fuerzas y experimentar
anticipadamente la vaga y melancólica sensación que
produce la soledad y el apartamiento; sensación apa­
cible y muy dulce para las almas puras y elevadas,
pesada é insufrible para las conciencias turbias y llenas
de aficiones terrenales. Para ello se apartó á lo más re­
tirado de la casa, y bien cerrados los sentidos al ruido y
las turbulencias del mundo, dejó oír en el seno de su al­
ma lavoz de Dios, pidiéndole humildey con encarecimien­
to le mostrase el camino y estado donde mejor pudiera
servirle. Habíase dicho en las sagradas Escrituras: Yo
la atraeré y la llevaré á la soledad y la hablaré al cora­
zón (i). Bien pudo gozarse Alonso de ver cumplida
en si mismo la promesa divina de una manera privi­
legiada. El paso que el recogido mancebo había de dar,
aun solamente considerado en orden á su salvación,
era de grande importancia por cierto, mes á la vez era
de notable trascendencia para las trazas de Dios. Aña­
diendo un favor más á las mercedes recibidas en su
nacimiento, escuchó entonces de un mensajero de la
gloria, su futuro Padre S. Agustín, que el Señor se hol­
gaba mucho de que le sirviera en la práctica de los con­
sejos evangélicos, abrazando la regla é instituto del
Santo Obispo de Ilipona que le hablaba (2).
Resistíase aún Francisco á que entrase religioso Alon­
so. en atención á que sua padres no tenían más hijos va­
rones; pero no hubo otro remedio que consentir en ello
al oír la respuesta de su hermano: «salvémonos nosotros,

(1) Ego lactabo eam ct ducam eam in solitudinsm et loquar


lid co rejus. Oseas 1 1 .
(2) Esta merced la trae también el P . Rojas en la H oja citada.
L ili. 1.--- CAPÍTULO V.

que Dios tendrá cuidado del consuelo de nuestros padres».


Por lo cual los dos felices hermanos ingresaren en el
convento de S. Agustín con gran contentamiento de la
Comunidad. Ninguna memoria ha quedado de la des­
pedida ds estos animesos jóvenes ásus queridos padres.
Hubieron, sin duda, de participarles el santo propósito;
y como entre las dificultades que tuvo que vencer Alonso
para el logro de su profesión, nada mencione tocante
á k familia; lejos de eso, los antecedentes todos y de­
claraciones de los testigos la alaban de muy honrada y
piadosa, no abrigamos sombra de duda de que los ven­
turosos progenitores ofrecieron resignados y contentos
al Señor sus amados hijos; llevando muy en paciencia,
y por ventura con alegría el que se ausentasen déla casa
paterna (donde hubieran sido la delicia, harto pasajera,
de todos sus deudos), á fin de alcanzar delicias de mayor
estima en el servicio de Dios.
E l 8 de Junio de 1522, víspera del Espíritu Santo,
juntos los dos hermanosy postrados á les pies del Padre
Prior y ante toda la Comunidad de S. Agustín de Sa­
lamanca, pedían la misericordia de Dios y la compañía
de aquellos santos religiosos. El Prior, a la sazón Fray
Hernando de Toledo, vistióles el santo hábito; un
abrazo mutuo de los miembros de la Comunidad y los
recién admitidos terminaba, como de costumbre, la
tierna y conmovedora ceremonia de la toma de hábito
del ya novicio Fr. Alonso de Orozco y su feliz hermano
Francisco.
C A P Í T U L O VI.

E l Convento de aAgustinos de Salamanca.

| enc:onar el Convento de Agustinos de Sala-


Imanca, y no dedicarle un recuerdo, seria raa-
Jnifestar incautamente que se ignora el mérito
¡de una perla de la Iglesia española.
Y si el citar el nombre de ese relicario de santidad
obligaba ya á consagrarle algunas lineas; el considerar
ahora á Alonso encerrado en él, formando allí su co­
razón como en ajustado molde, me estrecha á describir
en capítulo separado la historia y tradiciones de tan
famoso convento. Producen honda impresión en el áni­
mo las primeras enseñanzas y ejemplos, que por lo
común suelen ser la pauta de toda la vida; lo cual ex­
presó muy bien Horacio diciendo:
............................................... Nunc adhibe puro
Rectore verba puer; nunc te melioribus oíTcr.
Quo semel est imbuta recens, servabit odorem
Testa diü (i).

(r) L o qus tradujo D . Javier de Burgos de este rr.odo:


Ahora, pues, que eres jóven, en tu alma
Cuida de estampar bien estos preceptos
I IR. I .--- CAP/ t I I O V I. 29

Por lo que, ¿quién se maravillará haya salido un


Santo del lugar donde casi todos sus moradores lo eran?
Si esto que insinúo pareciere aventurado al lector, pare
la consideración en la historia siguiente.
Escondido entre las nubes de la incertidumbre se
halla el origen y nacimiento del convento de S. Pedro
de Salamanca (llamábase asi también por estar dedi­
cado al Príncipe de los Apóstoles;) mas por los años
de 1300 es seguro que era notable s j fama por el olor
de las virtudes de sus dichosos moradores. El ángel del
Apocalipsis, el estupendo S. Vicente l-'errer, recorría
las ciudades de Europa en aquellos calamitosos días de
relajación de costumbres y del famoso cisma de Occi­
dente, moviendo los espíritus disipados ápenitencia y á
prepararse para la segunda venida de Jesucristo. Lle­
gado á Salamanca y edificado grandemente del recogi­
miento y devoción del convento de Agustinos, pronun­
ció la profecía, convertida en dicho popular, de que
¡amas faltaría algún santo en tan observante convento.
No hay para qué decir que los dos célebres cronistas
del monasterio, PP. Herrera y Vidal, confirman el va­
ticinio , por fortuna nuestra mejor todavía ccn los
hechos, que con los testimonios que pudieran aducir
en comprobación de haberla así proferido el mensajero
celestial. Efectivamente, abrid por donde queráis dichas
crónicas in f o l i o ; y en cada una de sus preciosas pagi­
nas, varones emir.entes en santidad excitarán siempre
vuestro asombro por el heroísmo de la virtud y lo pas­
moso de sus prodigios.
Por el dicho de S. Vicente, bien en edmiración de
la observancia religiosa que halló en los Agustinos,
bien pronunciado en tono profctico, podráse imagi-

Y de entregarte á buenos directores.


De lo que en él se echó cuando era nuevo,
L argo tiempo el olor conserva el barro.
E p . i Lolio. Madrid 1823. tom. IV . pág. 4 1.
30 VIDA D EL RTO. ALONSO DE OROZCO.

nar cuál seria la religión de aquel convento en el si­


glo XIV.
Y cuál en el décimo quinto no habrá menester ser un
lince para adivinarla, cuando el taumaturgo y apostólico
S. Juan de Sahagún, ya de edad madura y pensandobien
lo que elegía, 3e retiro al susodicho monasterio; y em­
papándose en el espíritu de observancia que encontró,
vino á ser la lumbrera y patrón de la ciudac. Dióle el
hábito y profesión el Ven. Fr. Jüan de Salamanca, aquel
insigne varón en virtud y letras, al cual el Cardenal
Mendoza dió encargo de nombrar y elegir (corno así
hizo) Rector, colegiales y catedráticos de los más famo­
sos de la Universidad y Colegios, para el recién fundado
Colegio mayor de Sta. Cruz de Valladolid. Dos veces
fué S. Juan Prior del Convento; y el fervor y devocion
que en sus religiosos infunció. no de otra manera podrá
ser mejor ponderado, que refiriendo el siguiente rasgo
de su biografía.
Fn nunrlernns antiguos, conservados en tiempo del
P. Vidal en el archivo del convento, leíase que el bendito
P. Hernando de Logroño, muerto en olor de santi­
dad, y que moró setenta años en Salamanca, solía decir
admirado del fervor de los religiosos coetáneos del san­
to Prior: «Sepa, Padre, que eran tan santos los varones
que concurrían con Fr. Juan de Sahagún en aquella
casa, que cuando él comenzó á hacer los milagros, an­
dábamos los religiosos solícitos para averiguar si eran
suyos ó de otros Frailes que estaban sepultados janto-
á él; porque en la vida parecían tales como él y aun»...
Y quedábase suspenso en este significativo aun... (i)
Pudiera acerca de esto mismo acumular testimonios
que por fortuna abundan, y aunque, según el biógrafo

(O Augusttnos de Salamanca, lib. i. cap. X X V , p. iq del


primer tomo.
L IB . I.— CAFÍTULO V I.

de S. Juan de Sahagún P. Simón Castclblanco, nada


especial se notaba en los individuos y particulares de la
Com unidad; pero era cabalmente,porque la observancia
religiosa era muy igual en lodos. « Ó porque aquellos
venerables Padres, continúa el P. Vidal, eran todos tan
prodigiosos, que caminaban al paso del milagro del
Suoerior. Por esta razón, sin duda, los religiosos que
vivían en este convento, nueve ó diez años después de
la muerte del Santo, nc paraban míenles, ni hadan
caso de las maravillas que Dios obraba por su siervo;
antes porque un Padre que se decía Fr. Juan de Alcaraz,
que continuó andar con el bendita P. Fr. Juan de Sahagún
con mucha devoción que tenia con el P. Fr. Juan de Sa-
kagún hacia caso... le reprendíamos ó reñíamos con él,
porque hacia caso de lales cosas; que todas son literales
palabras del Santo Fr. Juan de Sevilla, religioso en esta
casa por aquellos tiempos en que, según las señas, los
milagros eran ccsa tan ordinaria en este convento, que
en ellos no se paraba míenles».
«Pero, sobretodo, loque más comprueba nuestro prin­
cipal intento es el lance, que tienen registrado nuestros
antiguos protocolos y le refieren á la letra la Historia
del M. Herrera, y todos los autores de la vida de este
Sar.to. Es, pues, el caso, que en el año de mil cuatro­
cientos ochenta y ocho, el Ven. P. Fr. Juan de Sevilla
escondió (por miedo de que le hurtasen) el cuerpo del
Santo; y habiéndole descubierto el año de mil quinientos
treinta y tres, le volvieron los religiosos á ocultar en una
arca basta de piedra, en la que se puso un pergamino
con esta inscripción: Estas son las reliquias del Bien-
avenluraío P . F r. Juan de Sahagún: y estos huesos, que
están al rededor, son de oíros Varones Santos, Religiosos
de este Convento. De suerte, que cincuenta y cuatro años
después del tránsito de S. Juan de Sahagún, todavía
duraba en este convento la creencia de que los Reli­
giosos de aquel tiempo eran tan santos, que aun sus
huesos merec'an casi igaal veneración y custodia que
32 VIDA D E L BTO. ALONSO DE CROZCO.

los del Santo. ;Alto conceptol Pero sin duda muy mere­
cido», (i)
Lo cual, todo como aquí se indica, se descubrió en
1533 con ocasión de mudar el sepulcro del Santo Fr. Juan
de Sahagún; y con el mismo respeto y veneranda me­
moria colocaron á unos y otros, acaso en el llamado án­
gulo de los Santos de que hablaremos al final de este
libro, cuando hayamos concluido de desentrañar el te­
soro de santidad y letras de este preciadísimo convento.
Paréceme, lector juicioso, que habrás quedado sor­
prendido y satisfecho de la edificante vida de aquellos
religiosos del siglo XV; y esto expuesto, pasemos al siglo
de la grandeza y poderio de España, siglo también de
oro para nuestro convento agustiuiano.

(i) L ib . I. cap. X X V . pág. 40.


C A P Í T U L O VII.

T)el Convenio de cAgustinos Salmanticenses en el


siglo décimo sexto.—Superiores y compañeros del
novicio F r. eAlonso de Orozco.

1922— 1923.

o podremos, á no ser demasiado prolijos, entrar


en pormenores acerca de las glorias del famoso
convento de S. Pedro de Salamanca, pertene­
cientes al siglo XVI; por lo que nos vemos obligados á
ceñirnos al tiempo en que, recogido Alonso en el novi­
ciado, imploraba las luces del cielo; lo cual atañe con
especialidad i la biografía que nos ocupa. Esto, por
ahora, y otras noticias que será fuerza estampar más
adelante, bastarán para dar idea cabal del ya por tantos
títulos célebre monasterio.
Desde Octubre de y durante un bienio, fué
segunda vez Prior de los Agustinos de Salamanca Santo
Tomás de Villanueva. Excusado parecerá cuanto se aña­
da en orden á la maravillosa excelencia del Prelado de
4
34 MDA D EL BTO. ALONSO DE OROZCO.

la casa: no habrá español ni católico queignore sus ras­


gos de misericordia, señaladamente para con los po­
bres; ni quien sin derramar abundantes lágrimas, haya
leído las tiernísimas conciones del ferventísimo predi­
cador, de quien hablamos arriba. Unicamente quisiera
llamar la atención sobre que tomó el hábito religioso el
Santo, muy entrarlo en edad y con maduro consejo, des­
pués de estudiar las constituciones de la Orden y estar
advertido de la observancia del convento de Agustinos,
abandonando á este fin su cátedra y los monasterios
de Alcalá.
Y llevaba á la sazón seis años de vida santísima en el
claustro, pasada como es sabido, en las cátedras, el pul­
pito y otras prelacias. Este Santo era la cabeza, como
quien dice los ojos, los sentidos todos, el espíritu y vida
de la venerable comunidad que gobernaba.
Des años hacía que estaba nombrado Maestro de
novicios el bienaventurado Fr. Luis de Montoya, ha­
biendo sido confirmado en el cargo cuando elegido Prior
Sto. Tomás. Bien conocidas y eslimadas eran antes sus
raras prendas en España y Portugal; hoy, mayormente
en nuestra patria que tan interesada debiera estar en
ello, no es acaso de los varones más celebrados. Nacido
en Belmonte, hijo de los nobles y calificados D. Alvaro
de León é Inés de Montoya, hallábase estudiando en la
universidad de Salamanca, cuando conmovido por los
frecuentes y ruidosos milagros de S. Juan de Sahagún,
abrazó la religión agustiniana en el convento de dicha
ciudad. Creciendo en virtudes, nombráronle de 24 años
Maestro de novicios: muchas páginas y muy brillantes
pide para ser debidamente referida su solicitud por el
aprovechamiento de sus discípulos; pero ellos, mejor que
nadie, dirán el espíritu que les comunicó. Deseando el
Rey Juan III reformar ia Provincia de Agustinos de Por­
tugal, que tanto apreciaba, pidió al General de la Orden
religiosos arraigados en la virtud y las ciencias. Para su­
ceder á los primeros que habían muerto en los principios
l :b . i .— c a p ít u l o v i i . 35

de tan santa obra, fué designado el P. Montoya, y al poco


tiempo elegido Superior de todos ellos. Allí pasó ya ¡os
restantes 34 años de su vida edificantísima, fundando
el Colegio de Coímbra, defendiendo el primero el dog­
ma de la Inmaculada en aquella universidad, levantando
la hermosa iglesia de nuestro convento de Lisboa y
promoviendo las 111isior.es de Lidias. Rehusó siempre
ofertas abundantes de los reyes, gozándose en mantener
su convento en austera pebrezt; y en el apartamiento
y soledad de los campos vecinos enseñaba á sus discí­
pulos á levantar sus pensamientos al ciclo. Tanta era
su fama de doctrina y santidad, que los PP. Jesuítas,
recién llegados entonces á Coímbra, enviaban sus reli­
giosos mozos a nuestro Colegio, para aprender del Santo
¿ orar y desasirse de los afectos terrenos. Carteábase
el bendito P. Luis, tratando asuntos de enseñanza espi­
ritual, con el Ínclito S. Ignacio, ocupado á la sazón en
dar impulso á su incomparable obra de la fundación de
la Compañía. Solía decir Fr. Luis de Granada que él
escribía lo que era devoción, y que el Santo Montoya lo
declaraba.
Nos dejó varios escritos piadosos: la Vida de Cristo
un Tratado de las obran del Amor de Dios, y otro de la
Pasión de Cristo, que con nombre suyo corre impreso
en la Vida de S. Francisco de Doria.
Fue confesor del infortunado Príncipe D. Sebastián,
y nombrado para la silla de Viseo, que renunció humilde­
mente. Murió en 1569 en olor de santidad y resplande­
ciendo en milagros; de todo lo cual se ha hecho infor­
mación autorizada para los efectos de su beatificación,
y hasta alguien escribe que se le ha tributado culto.
«Trasladóse su cuerpo á la capilla de Nuestra Señora de
Gracia á q de Noviembre de 1583 con gran solemnidad,
á puertas abiertas y campanas tañidas, y con toda la
publicidad y concurso de pueblo que se puede imaginar;
siendo el Sr. D. Jorge de Atayce, Obispo de Viseo, el
que hacia el oficio. Llevaban los huesos en una fuente
36 VIDA DEL BTO. ALONSO DE OROZCO.

de plata, cubiertos con preciosos velos, dos venerables


PP. los más graves de la Provincia; y acabada la proce­
sión fueron colocados por el mismo Señor Obispo en la
caja, que estaba aparejada, y ésta en una arca de már­
mol con guarnición de hermoso género de jaspe, cerca
de la capilla de nuestra Señora de Gracia, al lado del
Evangelio, con estos versos:
Mole sub hac lapidum Montojam c Bethide tellus
Lusitana tegit, sí tamen ulla tegit,
Cujus ab exeultu nullis stat decolor annis
V ivid a religiu. Nuil jaccl ille ¡uceus» (.).

Este bienaventurado Padre era el Maestro de novicios.


Siete fueron los que en aquel noviciado educó tan santo
maestro: los dos hermanos Orozco, Juan Bautista Mo­
ya, Alonso Borja, Cristóbal de S. Martín, Agustín de
Coruña y Hernando de Castroverde. Digamos un poco
no más de cada cual, empezando per el último.
En el mismo año en que murió, 1555, escribió de él
el P. Román en sus Centurias: «En estos días fué célebre
el nombre del prestantísimo P. Fr. Fernando de Castro-
verde, Predicador del poderoso Emperador Carlos V,
el cual llegó por su predicación á ser conocido por muy
preeminente: amólo tanto el Emperador, que jamás
quiso quitarlo de cabe sí. Dióle el Obispado de Jaén:
empero como en Alemania hubiese gran pestilencia, él
fué herido con otros. De este mal lo llevó para sí Dios,
no sin gran sentimiento de muchos Grandes de España,
los cuales le amaban sobre manera por ser de muy re­
ligiosas costumbres y de muy suave conversación» (2).
Dícese que al saber la noticia de su muerte Felipe II,
dijo: «Ha muerto el Predicador del Rey y el Rey de los

(1) Herrera. Historia del Convento de S . A g u stín de Sala­


manca. Cap. LI, p. 342.
(2) 15 5 5 . Centuria 12 de la Chronica de la Orden de los E rm i­
taños de Sancto A u gu stin por el P . Jerónimo Román, fol. 127.
LIB. I . — CAPÍTULO V II. 37
Predicadores». Estupendos son los elogios que le han
Lributado nuestros cronistas flamencos (i).
Agustín Gormaz ó de la Coruña (tomado el apellido
de su pueblo, Coruña del Conde, en la Diócesis de Osma)
fué uno de los primeros apóstoles de las Indias: en 1544
pasó a América con la primera misión de Agustinos. Su
celo por la conversión de los mejicanos, el ardiente deseo
de apacentar sus ovejas lo manifestará un hecho notable
de su vida. El día de la Natividad de N. S. Jesucristo,
dijo un año la primera misa en Chilapa, la segunda en
Atliztaca que dista de Chi'.apa seis leguas, la tercera en
Tlapa que dista de la segunda nueve leguas. En todas
tres misas predicó y administrólos santos sacramentos;
celebró la tercera misa á las doce del día, habiendo ca­
minado quince leguas, y todo á p;¿, de la más áspera y
fragosa tierra que hny en todo el mundo.
Volvió á España á procurar más religiosos para los
extenso? dominiosevangelizados por los Agustinos; mas
al;llegar á Sevilla le sorprendió grandemente el nombra­
miento de primer Obispo de Popayán. Sólo á fuerza de
ruegos y movido por la obediencia, aconsejado también
de su connovicio Alonso de ser la voluntad de Dios,
aceptó por fin resignado el año 1562.
«Entero se queco en el rigor déla regla, y para mejor
conseguirlo fundó en Popayán un Convento de su Orden,
donde vivía como uno de sus moradores. Comía en Re-
retorio, levantábase á maitines y cumplía con los man­
damientos de la Regla y de la Mitra. En dar limosna
y en la predicación era de los rr.ás celebrados.
Bautizó á infinitos indios. Demolió gran multitud de
adoratorios de ídolos y mandó con poder absoluto al
demonio que saliese de la tierra» (2). Fué constante en

(1) V id . Corn. Curt. Virorum Ulustrium etc. lo’ . 203 et Crusen.


ann. praedict. Mortach. S . P . A n g .
(2) Gil González Dávila fól. 76 del tomo II del Teatro E cle­
siástico de la prim itiva Iglesia, de Indias.
38 VIDA DEL BTO. ALONSO DE OROZCO.

defender la inmunidad de la Iglesia y por ella padeció


largos trabajos, pronosticados, según se crcc, por el
Bto. F r. Alonso de Orozco, en su carta ¿ u n Obispo
de Indias. Después de la muerte ha obrado ¡como
también antes) muchos milagros, y se ha escrito libro
particular de ellos y de su santísima vida. Murió en
Timana. Tratando de llevarle años más tarde á la ca­
tedral de Popayán, «á los veinte y ocho años de su
dichosa muerte fué hallado su cuerpo entero y fresco
con color de vivo y mejor, según refieren los que le co­
nocieron; y tenia su hábito negro, y las alpargatas, que
trajo más de treinta años, estaban sanas sin corrupción
alguna, y todas las vestiduras Pontificales. Trátase de
sacar remisoriales para su Beatificación. El Licenciado
Pedro Ordóñcz en el Viaje del mundo lib. V. fol. 7, le
llama: a q u e l g r a n s a n t o » (1).
Con efecto llegó á tratarse en 1618, cuando segunda
vez hallaron su cuerpo incorrupto y el rostro hermoso,
mas la Provincia ce Castilla añade el P. Vidal «hasta el
año 1600 estuvo bien ocupada en la canonización de
S. Juan de Sahagún, y desde entonces hasta el presente
día en la de el Ven. Alonso de Orozco» (2).
Cristóbal de S. Martín. No diremos en su elogio más
que fué elegido por Santo Tomás de Villanueva, su
Padre de profesión, para la misión que negoció en 1539.
Sicardo, hablando de los apóstoles que la componían,
los compara en fervor y espíritu á las más brillantes
estrellas, por las innumerables almasque, arrancadas de
la idolatría, ganaron para el cielo 13).

(1) Herrera. Historia ctc. tomado de una apuntación del con­


vento de Salamanca y de los historiadores Grljalba y Caloncha y
una relación que mandó Diego Rodríguez de. Ocampo, secretario
del cabildo de Quito.
(2) Angustiaos de Salamanca lib. III. cap. IX. pág. 354 de|
tomo l.°
( p QristiandadidelJapón lifc. L cap. II. pág. 9,
LID. I .— CA PÍT ULO VII.
39

Alomo de Borja, nacido en Aranda de Duero, fué uno


délos que acompañaron al Ven. Coruña en la primera
misión que para América salió, compuesta de religiosos
agustinos. En ocho años consumió su vida penitente y
desvelada, para hacer de los indios, no ya cristianos,
mas religiosos observantes: los pueblos que él adminis­
traba parecían en la paz y el amor una antesala del
cielo. Sano y bueno, al parecer, pidió los últimos sacra­
mentos; los cuales contra el dictamen de varios, le fue­
ron administrados, apreciando sus ruegos por vaticinio
de ángel, que tal era su vivir. Mandó doblar las campa­
nas y rezar un responso, oyó el lugubre Réquiem xlernam
con la misma serenidad con que pidióse cantara; y entre
el fúnebre tañido de difuntos y las voces de Requiescai
in pace, vestido con su hábito pasó al verdadero descanso
en 1542. Fué enterrado en Méjico: su memoria ha que­
dado bendecida por la piedad en la Historia del señor
Obispo Signinoy en las Centurias del P. Román, con el
glorioso nombre del Bto. Alonso de Borja.
Juan Bautista de Moya, natural de Jaén, llevado tam­
bién del celo de la conversión de las almas, pasó á las
Indias, en la segunda misión de Agustinos. Escribieron
su santa vida el Ven. Coruña y el Obispo de Mechoacan
D. Juan Medina Rincón, antes Provincial de los Agusti­
nos y que como tal le había conocido y tratado mucho.
De este biógrafo díccsc en la Mesa franca del P. Antonio
de S. Román que fue dechado de Obispos, pobre de
espíritu, rico de celo de la honra de Dios y de su Igle­
sia, cuyas virtudes claman ante Dios y el mundo. De­
jémosle, pues, hablar:
«Ni aumentaré, ni fingiré; pues fuera de ser gran cul­
pa en semejante materia fingir como poeta ó componer
como orador, hay muchos testigos, que pueden ser jue­
ces de esta obra; pues no habiendo aún tres años cum­
plidos, que llevó Dios á este su siervo para sí, y habiendo
esclarecido su fama y costumbres entre todos, hay
mucha noticia de él entre religiosos y seglares, hombres
4° VIDA D EL BTO. ALONSO DE OROZCO.

y mujeres, y no pccos que le conocieron, vieron y trata­


ron..... Al Padre Fr. Juan Bautista, al cual con razón
cognominamos el Santo, conocí, vi, hablé y traté y con­
versé más de veinte y cinco años..... aunque la conexión
y liga de todas las virtudes es común á todos los santos;
pero comunmente leemos ser muchos de ellos notados
de particulares virtudes, no porque carecieron de las
otras... sino porque en estas fueron más aventajados y
señalados. Mas este varón de Dios fué general y singular
en todas ellas. Humildísimo, obedientísimo, de grandí­
sima caridad, paupérrimo, abstinentísimo, penitentísi­
mo, menospreciador de sí mismo, temerosísimo de Dios;
la más espejada y limpia conciencia que se puede ima­
ginar, que por ninguna vía sufría ni compadecía átomo
de culpa, ni olor de ella.....
Era muy docto, porque cuando tomó el hábito en el
monasterio de nuestro P. S. Agustín de Salamanca, era
mocito estudiante; y como los Prelados le vieron de tan
buenas costumbres é inclinación, según oi contar á al­
gunos contemporáneos suyos, hiciéronle proseguir su
estudio. Y aunque á todo se dió con cuidado, y en todo
lo de su facultad fué general, pero en la Moral y de Es­
critura hizo más hincapié, y en ello fué más señalado.
Y es cosa bien entendida entre lus doctos que le trataron
y comunicaron y probaron, que apenas hable en esta
tierra quien en esto le igualase, y ninguno que le pasa­
se; aunque por su humildad se encubría y arrinconaba
cuanto podía. Escribió gran número de cartapacios, más
para ejercicio de hacer memoria y santa ocupación, que
para sacar cosa á luz».
Pasa después de esta introducción á tratar algo más
largamente de sus virtudes en particular; y dice que
padeció mucho de escrúpulos y refiere casos de su
vida milagrosa. Murió en Guayangareo el año 1567.
«Era tanta la devoción que todos le tenían, seglares y
religiosos, que sus rotos vestidos y pobres alhajas, que
á su uso .tenía, se dividieron en tantas partes, para que
L IB . I .— CAPÍTULO V II.
41

alcanzase á muchos, que á algunos no les cupo sino un


poco de aforro de manto; y las estiman en mucho por
la memoria del siervo de Dios; y muchos de los que
tienen cosas suyas, dicen las han aplicado á diversas
enfermedades 3' necesidades, y que han sentido mira-
culoso remedio) (1).
El elocuente Grijalva criado á la sombra de los des­
pojos del Ven. Padre Moya, se halliS varias veces pre­
sente al acto de abrir su caja y testifica que cinco años
después de muerto, descubrieron su cadáver intacto lo
propio que el hábito, sin que se descompusiesen con el
movimiento imprescindible al trasladarle á otro punto;
sino que despidió suavísima fragancia, la cual excitó en
los asistentes muy dulces lágrimas de devoción y ter­
nura (2).
También el P. González de la Puente en la Historia,
de Mechoacán que publicó en 1624 dejó escrito que tres
religiosos, con pretexto de devoción, abrieron el sepul­
cro en 1610; y hallaron el cuerpo oloroso é incorrupto y
el hábito sin rastro de corrupción. Hase procurado su
canonización, y está el cuerpo en la Sacristía del Con­
vento de S. Agustín de Guayangareo en lugar decente,
colocado con autoridad del Ordinario (1).
Francisco de Orozco murió en el noviciado: tenemos
que hablar de él en los capítulos inmediatos.

([) Herrera y Vidal en sus Historias del convento de S ala­


manca traen íntegra la vida del B . Ju an B . de Moya mandada
cou una carta por el P. M ccina Rincón de Atocpa en i.° de N o ­
viembre de 1570 al P . Diego de Bertavillo, Prior de los Agust¡no3
en Méjico. Horrr.r?, pág 3 ? ; añfde m .iy riinosns nctirias que
omitieron los cronistas y biógrafos del bienaventurado Misio­
nero.
(2) Crónica de la Orden ie N . P . S . A g u stín en ¡as provincias
de lanueva E s p a la .— Edad III, cap. X V II , fól. 133.
(3) Herrera, ibidem, pág. 335.
42 VIDA D E L DTO. ALONSO DE OROZCO.

Y del Santo Alonso dirá, aunque nada acertaÜLineu-


te, toda esta historia.
«¡Feliz tiempo, exclama Herrera, en que el Prior, el
Maestro y tantos novicios eran santos! Y prosigue Vidal:
Pudo añadir que también lo era el Procurador, aquel
esforzado caudillo que comandando á las espirituales
conquistas del nuevo Orbe, los primeros Religiosos
Agustinos, resplandeció como un Sol en ambos hemis­
ferios. el P. Fr. Gerónimo Giménez. Pudo añadir al
Sto. Fr. Francisco de la Cruz y álos venerables Fr. Fran­
cisco Serrano y Fr. Juan de Valderas, conventuales todos
por este tiempo é hijos de esta casa. Y pudo, finalmente,
añadir que estos afortunados lances, ya habrá observado
el curioso, se leen muchas veces en esta historia», (i).
¡Oh casa solariega de santos, como de antiguo se la
llama!

(i) Lib. II. cap. X X II, páíj. 135 del tofno I-


C A P Í T U L O VIII.

oAtonso en el ü\¿oviciado. Sus angustias y tentaciones.

1522- 1523.

m p iez aya de un modo claro á mostrar el


Señor los caminos por donde se holgaba que
corriera Alonso.
No deja fie ser oportnna la consideración
con qr.eel mismo Heato comenta en sus obras el texto
de la Escritura que dice: «Hijo, allegándote al servicio
de Dios, está en justicia y en temor y apar¿jate para la
tentación». Escribe, que al contrario del mundo engaño­
so y del embaucador Satanás, es muy franco Dios para
con sus amigos. No han empezado apenas á servirle,
cuando ingénuamente les declan, les padecimientos que
por él habrán de tolerar, y las afrentas que han de sufrir,
antes de llegar á la posesión del premio ofrecido. Y vióse
esto muy á las claras en la conversión de S. Pablo; pues
que todavía no estaba bautizado, y declara ya el Señor
que le indicará todo lo que convenía padeciese por su
VIDA DEL BTO. ALONSO DE OROZCO.

santo nombre. No asi el mundo: el cual con falsos hala­


gos y esperanzas vanas nos entretiene y seduce, ocul­
tándonos el desastroso fin á que nos arrastran pasa­
tiempos tan del momento (i).
De conformidad con esta doctrina descubría ya el
Señor sus designios acerca del Ven. Orozco, comenzan­
do á hacerle gustar las amarguras del cáliz que han de
beber los amigos del Crucificado. Si pintáramos un
cuadro donde en confusión espantosa aparecieran las
tempestades que las pasiones levantaban en el angustia­
do espíritu de Alonso, la horrible sequedad del alma,
los agudos dolores de prolongadas enfermedades, el
torbellino de escrúpulos que oscurecía su clara mente
amenazándole con la desesperación ó la demencia, veni­
do todo esto de la mano del Señor: y añadiendo él por
su parte ayunos continuos, cilicios desgarradores, sin
hallar otro descanso y alivio que el dormir en caira de
sarmientos y por escasas horas... desfallecería nuestro
ánimo seguramente, y no saldríamos del espante y des­
mayo, á r.o saber que Dios es el que mortifica y vivifica;
y que con su gracia abundante y consuelos inefables,
hace que sus hijos recorran más sufridos y con mayor
contentamiento la oscura, afrentosa y amarga senda del
calvario, que el esplendoroso y deleitable camino del
Tabor.
Tenia Dios que templar bien el ánimo de Alonso y
disponerle con pruebas y humillaciones á recibir ex­
traordinarias mcrccdcs; y da ahora principio á su obra
con un doble noviciado. Envidioso el demonio del bien
que ganaba el fervoroso novicio con las lecciones del
Santo Montoya y el ejemplo de toda la comunidad, re­
volvía los medios imaginables para hacerle insufrible
aquella austera vida, y empujarle al holgado vivir del
siglo. Y era de ver cómo con distintos fines y los mis­

i l) Suavidad ic D ii'j, cap. X X V , pág. 526 del Tomo II y en


otros lugares.
L IB . I .— CAPÍTULO VIII. 4?

mos medios á veces, permitiéndolo el Señcr v favore­


ciéndole con su ayuda, y por otra parte el demonio
tirándote de la carne con astucia y rabia, de consuno
concurrían á probar el angustiado ánimo de Alonso, y
limpiarle á maravilla del polvo de las afecciones te­
rrenas.
«¡Oh Señor piadoso y Padre de misericordias, escribe
el Bto. en sus Confesiones, cuánto os debe mi alma ala­
bar en este particular!»
«Dejado ya el mundo y vestido de este santo hábito,
¿con qué palabras manifestaré los combates y asaltos,
que contra mí levantaba aquel envidioso Satanás, ene­
migo vuestro? Unas veces me representaba la libertad
del siglo; otras veces el amor rjatural de mis padres, y
hermanas; otras finalmente la soledad y aspereza de la
religión, que había tomado, persuadiéndome que era
imposible perseverar en vida tan trabajosa. ¡Oh cuántas
veces estuve determinado ya de dejar la vida santa, que
había comenzado* (i).
Cierto que nada de blauda y regalada tenía la vida
que llevaría en uu convento observante, ejercitado en
harto ásperas penitencias. Y para que con la noticia de
ellas alabemos al Señor, que tantos prodigios é imposi­
bles obra en sus amigos, aun los más débiles; y corrién­
donos cié vergüenza por nuestra delicadeza y melindre,
nos movamos á imitar lo que esté en nuestra mano, tras­
ladare aquí algo de lo que vio y oyó testigo extraño á
la casa. Dice el autor del Código Complutense: «En este
santísimo convento se ha ido siempre conservando el
rigor de la observancia y perfección maravillosa de la
religión. Algunos años ha que estuve allí, y vi y conocí
Religiosos de gran perfección, de mucha oración men­
tal, que casi toda la noche estaban en el coro en conti­
nua contemplación. Su vida era continuas luchas con-

(i) L ib . II, cQp. IV . p . 78 d e l T o m o 3 .°


V ID A D E L BTO . ALONSO D E OROZCO.

tra el demonio, que á veces los arrastraba, y aun quería


ahogar, y con todo perseveraban en su oración.
Algunos religiosos habla que no dormían (y eso poco)
sino en una tabla. Traían los más ásperos cilicios, como
se vió cuando se quemó aquel convento el año 15S8, vís­
pera de S. Buenaventura; que fué, de suerte, que obli­
gó a sacar el Santísimo Sacramento y el cuerpo del
Santo Sahagún. Y fué fama le hablan pegado fuego
unos extranjeros herejes.
Fué e1 fuego el Rector D. Sancho de Á7ila, que des­
pués murió Obispo de Plasencia; y no entro en celda,
donde no topase cilicios, rallos, disciplinas y nuevos
instrumentos de penitencia; y predican de otro dia dijo
que habla sido antes misericordia de Nuestro Dios que
castigo suyo; pues habiendo él visitado todas las celdas
y de Religiosos bien mozos, había topado tales instru­
mentos de virtud; y para que campease y se viese la vir­
tud y santidad de aquel Monasterio lo había Nuestro
Señor permitido.
No habia casi mañana que no fuese necesario ir los
Novicios á lavar el coro de regajales de sangre de las
rigorosas disciplinas, que á deshora tomaban muchos.
Al coro de dia iban tGdos, y á Maitines de medianoche,
en los dobles principales, hasta los Padres Maestros,
Catedráticos y Jubilados, aunque pasasen de setenta
años; como el Padre M. Fr. Juan de Guevara, que había
sido también Provincial. Dispensar en la hora de media
noche á Maitines, si era una vez en el año, no eran dos.
El oñcio divino se cantaba con grave pausa y devoción
muy grande, y de suerte que el Obispo de la ciudad,
(que era D. Gerónimo Manrique, que murió electo de
Córdoba) estando yo alH, decía que no ¿íabía tal can­
to de órgano, como la gravedad y pausa del canto llano
del coro de S. Agustín. Y así, como tan religioso, iba
algunas veces á vísperas, dejando su Iglesia. Y es tan
antiguo esto en aquel santo convento, que el chantre de
la Iglesia, que fundó la Capilla que se intitula asi (Capi-
LID . I . — CAPITULO V III. 47
lia del Chantre) al salir de la Sacristía, dice que fiiuda
la Capilla y deja ciertos maravedises de renta al Con­
vento de S. Agustín; porque en r.inguno otro de Sala­
manca se hacen mejor, ni con tanta puntualidad los di­
vinos oficios» (i).
Si vida tan mortificada era la de aquellos Padres en
todos tiempos, bien puede sentarse que cuando los
Superiores eran tan santos, en nada desdiría del fervor
cotidiano; antes se haría más ajustada y ejemplar, de
suerte que pudiera servir de modelo para en adelante.
Pues cosa es muy sabida que en el novieisde es don­
de los fervores son mayores: es aquél fragua de la cari­
dad, escuela de ahnegación, aprendizaje del olvido y
desprecio de sí propio; y es fyerza se principie y hrote
con pujanza, echando hondas raíces de humildad y m or­
tificación, para crecer luego en todas las virtudes y no ser
derribados á los soplos y fuertes vientos de tentaciones;
que nada teme más el labrador que un nacimiento lán­
guido y encogido de las plantas que cultiva.
Y no digo más: dejo al gusto cel lector el ponderar
la penitente y escondida vida de un Venerable que se­
senta años más tarde, cuando por la gracia de Dios
cantaba el triunfo, declaraba tierna é ingenuamente
las dificultades, asperezas, turbaciones y angustias que
tan amargo le hicieron su santo noviciado.
Sed in his ómnibus superamus propler eum qui dilexit
nos (2): mastodolo vencimos por aquél que nos amó: que
no deja Dios de regalar al alma acongojada, haciendo
que en el fondo de la misma pena halle consuelo y
aliento, para padecer con resignación y aun alegría.
«Verdad es, Señor, que en aquel tiempo de mi pro­
bación, según he dicho, ordenándolo Vos, ful en gran

(1) Véase á Vidal en sns Augustinos etc. Tom. 2. cap. XXIII,


pág. 314; donde aduce este testimonio del M. Herrera.
(2) Ad Romanos cap. V III. ver. 37.
48 V ID A D E L BTO . ALONSO D E OROZCO.

manera combatido de diversas tentaciones: mas junta­


mente, loado seáis Vos, sentí grandes consuelos y gus­
tos de vuestra suavidad, con los cuales se podian llevar
aquellos trabajos, y aun otros mayores, que me enviá-
redes. No sin causa daba voces el Santo Job y decía:
E s í j sea mi consolación, Señor, que no me dejéis de ator­
mentar con dolor» (i).

(i) Cap. VI del lib. 11 de las Confesiones, pág. 8o.


C A P Í T U L O IX.

‘Profesión del ‘Bto. ¡Alonso. íMuerte de su buen hermano


Francisco.

1523.

ascon todos estos combates Vos, mi Redentor,


no me dejasteis de ■vuestra mano, y per -vuestra
gran bondad acabé el tiempo de mi probación:
merced singular que dais ¿ los que os invocan con fe y
amor» 'i).
Cierto, terrible cosa es poner la mano al arado, en
expresión del Salvador, y volver la cara atrás; que no
han de ser salvos precisamente los que claman: Señor,
Señor!; sino los que perseveran hasta el fin en el bien
comenzado. Cuando en las terribles angustias de tenta­
ciones y sequedades veíase Alonso á punto casi de dejar
la vida santa, estas verdades del evangelio, oportuna­
mente venidas á su pensamiento, fueron no pequeña

(i) Confs. l;b. II, cap. IV, pág. 78.


5
5o VID A D E L DTO. ALONSO DE OROZCO.

parte para levantar su decaído ánimo. Pudo además


escarmentar en cabeza ajena.
Tres mancebos connovicios suyos cedieron cobarde­
mente á los halagos y sugestiones del enemigo común,
dejando el seguro puerto del claustro; y .todos tuvieron
un fir. desgraciado. Sucedióle á uno que a los pocos días
de salir al mundo fué muerto á puñaladas. Al segundo,
entrando á nadar en el Tormes, sacáronle ahogado. Y el
tercero todavía tuvo un castigo más pronto: al abando­
nar la portería del convento, tropezó en el manto de
seglar, y dióss tan reciogolpe contra el suelo, que pagó
con su vida la veleidad y ligereza de tornar al siglo.
No siempre castiga el Señor los desdenes de sus
siervos con desgracias temporales, las cuales muchas
veces son avisos de padre amoroso; que al fin y al cabo
ser azotado cuando aún nos puede aprovechar el azcte,
y de ordinario es fácil que asi suceda, es mejor que pasar
los días en aparente calma, para venir á la pcstre á caer
en desgracias eternas. Mucho provecho debió de sacar
el atribulado Alonso, viendo en qué paraba ia mentida
libertad del siglo; léase al efecto el capitulo V del segun­
do libro de sus Confesiones, acerca del castigo que Dios
prepara á los que no perseveran en el bien obrar.
Pero, nc vayamos á creer, sin embargo, que el ani­
moso joven se valiese sólo del temor para cantar victo­
ria. Merced singular que Dios da á ¡os que le invocan con
fe y amor, llamaba Alonso á su perseverancia. Estas pa­
labras escapadas de su boca, dan la medida de su buen
comportamiento en el noviciado: invocaba á Dios con fe
y amor. Por tanto, ya no será preciso declarar la opinión
de observante novicio en cue le tenían sus compañeros
y superiores. Pudieran ellos decirnos, á lo más, cuál
fué su vida exterior; y con cfccto, en las alabanzas que
le han tributado encarecen mucho su compostura y
manifiestan lo exacto que era en las observancias más
humildes y desabridas. Así que ningún testimonio nos
parece de mayor peso que el suyo, á pesar de que, al
L 1B . 1. — C A P IT U LO IX .

hablar de sí, propenda más fácilmente á retratarnos su


flaqueza, que á describir las victorias que con la gracia
de Dios obtenía de sus pasiones.
Acercábase el tiempo de la profesión, y los Padres de
aquella venerable comunidad recibieron gran placer en
admitirle á ella, como premio de la ejemplar conducta
que en él había resplandecido.
Esperábalo Alonso para cumplimiento de sus más
ardientes deseos de ofrecerse por entero á Dios», mas en
medio de esta satisfacción y contento, una espina lace­
raba su tierno corazón... disponíase á prenunciar los so­
lemnes votos sin que le acompañara su buen hermano.
Alegre éste en todas las prácticas religiosas, daba conti­
nuas gracias á D io s de haberle llamado al claustro, y no
le pedía otra cosa masque coronara la obra de la gracia,
permitiéndole profesará s u tiempo. Q u is o el Señor, no
obstante, probar su paciencia y enriquecerle de grandes
méritos con unahorrible enfermedad. Cayó en el lecho de
una postema en el pié; abrierónsela coa lanceta; y des­
pués de padecer el tormento del fuego aplicado varias
veces á la llaga, veia pasarse los días y los meses sin
consuelo, y que uno y otro connovicio, y su herma­
no también, se aparejaban para profesar. Sintió esto
mucho más que la misma enfermedad, dice el Vene­
rable.
A l fin, no llegándose el dia déla curación completa y
sí el términó del noviciado de entrambos, determinaron
los PP. que pronunciara sus votos solemnes F r. A l o n s o
de O ro zco .
El 9 de Junio de 1523 verificóse la ceremonia en ma­
nos de 3 to. Tomás de Villanueva, y presentándole á la
profesión su Maestro el Bto. Luis de Montoya. ¡Día de
regocijo para la religión Agustiniana! Con el tiempo se
trató de conmemorar drcunstancia tan notable: «Al sa­
lir de la sacristía á la Iglesia de este convento, dice el
P. Vidal, hay un grande y bien pintado lienzo de esta
profesión, recibiéndola Sto. Tomás de Villanueva, y
VIDA D E L BTO. ALONSO D E OROZCO.

apadrinándola el Sto. Mtro. Fr. Luis: y desde el novicio


hasta estos personados una letra con caracteres de oro
quecice: ALqualis duobus recüs, como si dijera: Tan sanio
el Novicio, como el Prior y el Maestro*. Con la estima
merecida conservábase mucho tiempo después en Sala­
manca el acta de dicha profesión; y en los dolores de
cabeza y en los padecimientos de la vista, se la Aplica­
ban los religiosos, confiados en que tal documento de
holocausto hecho á Dios, y autorizado con las firmas
de tres santos, habíales de ser el mejor remedio para
alivio de sus enfermedades.
Compárase la profesión religiosa á un desposorio es­
piritual: Fr. Francisco de Orozco, si con haber cumplido
el año de novicio no pudo unirse á Jesucristo acá abajo
por medio de enlace tan estrecho; en el cielo, sin duda,
adornado de la vestidura nupcial de la gloria, celebró
los inviolables, indisolubles y eternos desposorios del
alma. Muchos años habían pasado desde su profesión,
cuando.el Bto. escribía las Confesiones; y aún recordaba
con lágrimas de ternura y devoción el sufrimiento y
la alegría de su buen hermano, en medio de los pene­
trantes dolores de la herida y del inencaz pero horri­
pilante remedio del fuego, empleado varias veces en la
dolencia de todo un año. Óiganse sus palabras:
«Aquel mi hermano, juntamente conmigo tomó el
hábito; siendo novicio cayó enfermo de una postema
de un pié, la cual le abrieron con una lanceta. De aquí
sucedió tanto trabajo, que por más de un año padeció
tantos dolores. Diéronle muchos cauterios de fuego, y
con todos esos martirios no cesaba de alabar á vuestra
Majestad, l odos Jos religiosos daban gracias á Vos, mi
Dios, viendo su paciencia y conformidad con vuestra
santa voluntad. Sintió mucho, y más que la enfermedad,
ver que yo hacia la profesión sin él: y finalmente, sier.do
novicio, le sacasteis de aquel tormento, llevándole á
descansar á vuestro reino celestial. Mucho senti su
muerce; porque no sólo éramos llamados juntos á la
L I B . I . — C A PÍT U LO IX .
53
religión; mas aun, porque siendo yo más mozo, parecía­
me quedar solo sin él.
»Senor y gloria mía, perdóname la negligencia que
en servir á este vuestro siervo tuve en aquella enferme­
dad tan larga y penosa.
«Llevasteis á descansar aquella bendita alma, y dejas­
teis acá á este pecador desagradecido. Dísteisle á él
aquel purgatorio para que fuese purificado, y como
oro acendrado en el fuego de aquella penosa enferme­
dad. Éra os agradable su alma, y por tanto os disteis
priesa á sacarla de esta vida peligrosa» {i).
¿«Cómo el Prior, piadoso y docto, dice el P. Vidal, no
le dió la profesión, para consuelo siquiera y alivio de
tanto penar? Quería el novicio, no lo negara el conven­
to cdiñcado de su paciencia heróica».....
Diapúsolo así Dios, piadosamente creemos, para ava­
lorar sus preciosas virtudes, y labrarle en breve tiempo
corona de mayor valía.

(i) Confesiones, lib. II. cap. VII, pág. Si.


C APÍ TULO X .

Estudios y ejercicios de piedad del Bto. en el Coristado,

1523.

a l i a el recién profeso Alonso del noviciado,


con tan encendido amor á .as cosas eternas
y divinas, cue le era angustiosa molestia el
vivir encadenado y sujeto al uso de las tem­
porales. La vida escondida en Cristo, de que habla San
Pf.blo, era el vivo anhelo de su alma; en ella le parecía
que podría respirar y desahogarse como en propio y
único elemento. Advertíase en él fuerte inclinación al re­
cogimiento y á la soledad, á la aspereza de vida y absti­
nencia suma. Este oscuro y severo tinte admirablemen­
te unido á suavísima dulzura ce carácter, distinguió ya
desde los primerea pasos en la perfección religiosa sus
ejercicios de piedad. La condición en que entonces so
hallaba de recién profeso, poníale, por otra parte, en las
manos los medios ds abatir su espíritu; y 3C daba en­
teramente á las ocupaciones manuales, servicios y asis­
tencias; limpiando los aposentos, aderezando y com­
poniendo las camas de los enfermos y los ancianos.'
L IB . I . — CAPÍTU LO X . 55

Ai se contentaba tampoco con estas ordinarias prác­


ticas, las cuales incumbían por lo regular a los de su
clase; aunque algunas como el leer ó servir á la mesa,
no raras veces eran desempeñadas por los Padres, aun de
aquellos que cubrieron de esplendor y glo/ia á la Uni­
versidad de Salamanca.
Fuera de los ayunos señalados por la Orden á todos
los religiosos, aumentaba él oíros muchos con que sa­
tisfacía su devoción, y las ansias de padecer por su dulce
amado Jesucristo. Extraordinaria y milagrosa parecía
su abstinencia. En lo más florido de sus días, en edad
no llegada al completo desarrollo, cuando la oración y
el estudio debían de secar su carne, y el peso de tanto
coro cantado le dejara apenas aliento, media libra de
pan y un cuarterón de vianda era su alimento cotidia­
no (i)- Y pare eso, ¡cuántos gemidos y suspiros no
le arrancaba la necesidad de tomarlo! Pues e s í y todo,
enjuto y demacrado, débil y desfallecido, con las pocas
fuerzas que le restaban maltrataba con disciplinas y

(i) «En una carta suya, escrita á Doña María de Aragón, que
trac e l Padre Fray Juan de Castro, en que á cierto prepósito, que
no se pudo excusar, le dió razón de su vida, dijo que desde que
tomó el hábito, pasaba con media libra íle pan y un cuarterCn de
vianda; vestía una túnica de sayal, tenía unas mantas de lo mismy,
nc comía al día más de una vez, y esta tan tasadamente; tenía
disciplina tres días en la semana, dormía sobre una tabla, y traía
cilicio, y le agravaba los viernes. T an b én le oyó decir el Padre
Fray Juan de Castro que había cincuenta años cue no dcrmfa
arriba de tres horas, y que con una sola que durmiese, quedaba
con fuerzas bastantes para los ejercicios de el día siguiente; de que
se puzde inferir l a vida que hizo en el noviciado, que lué la misma
que continuó hasta la vejez; parca en el sustento, reformada en el
vestido, corta en el suefto, y larga en asperezas y rigores». Már­
quez, cap. II, pág. 5 del Tomo III de la edición de las obras del
Beato, que citamos siempre. La Vida del Ven. Padre, con que co­
m i e n z a el Tnrm III. es l a c o m D u e s t a ñor e: P . Juan Márquez, por
56 VIDA. D E L BTO. ALONSO DE OROZCO.

cilicios, más bien á los huesosde su cuerpo, queá la seca


y nada jugosa carne que los revestía. Y no obstante,
Alonso era el primero en los ejercicios trabajosos, sin
que se excusara para ningún actc de comunidad pesa­
do, ni en él encontrara la menor displicencia. Si no
fuera por la alegría que se dibujaba en su rostro, y que
de su bella y dispuesta alma sacaba fuerzas para todo;
no podía ser por menos, sino que al verle los superiores
y compañeros, le mandaran ir á la mano, y templar los
fervores de su encendido corazón.
Ocasión tendremos más adelante, pues toda su vida
fué modelo de mortificación y abstinencia, de referir
circunstancias y accidentes á competencia maravillosos.
Alternando en tan santas ocupaciones proseguía
Alonso su interrumpida carrera.
En el noviciado, es sabido que la mayor parte del
tiempo, si no todo, gástase en el estudio de las reglas y
prácticas religiosas; en desvanecer las frisas apreciacio­
nes de los bienes caducos, y desvelarse porque nazca en
el pecho de los novicios ardiente deseo de alcanzar
tesoros que no se roban, riquezas y bienes que siempre
duran; dase de mano al estudio de distracción, para
entregarse al silencio que recoge el ánimo y á la me­
ditación que embarga los sentidos: asi vive el hombre
consigo mismo y aprende á obrar atentado y cuerdo,
movido de los atinados consejos de la razón y 110 del
desacierto costoso de las pasiones.
¿Y cuándo mejor y con m is fruto pudo dedicarse al
examen de los libros que de recién prefeso y colegial?
Encárgalo la obediencia, por lo que estudiar entonces
es amar á Dios: libre el alma de -os torcedores y remor­
dimientos de la culpa, en dulce paz y sin el desasosiego
de quehaceres que turben, todo el tiempo es suyo, y
para gastado en provecho propio; hállase el estudiante,
por otra parte, en la edad más tierna y mejor dispuesta
para recibir las altas enseñanzas de aventajados maes­
tros. ¡Envidiable estado, cuando todavía no punzan
L IB . I . — C APÍTU LO V . 57

las espinas de los empleos; y vívese tranquilo abrazado


al libro, animándose en la oración, descansando en
dulcísimas recreaciones, sin conocer las amarguras y
desvelos causados por ajenos extravíos!
Que el joven Alonso se aprovechó bien del tiempo,
antes de ordenarse, para completar su carrera, no es
menester decirlo: los buenos religiosos, como observó
Mahillón en sus deleitosos Estudios Monásticos, de no
ser cortos de ingenio, saldrán por fuerza aventajados en
las letras.
Mas ¿en qué linaje de estudios se ocupó y sobresalió,
á cuál de ellos mostraba especial afición?
Los registros de matrículas de la citada Universidad,
según escribió D. Vicente de la Fuente y por mí mismo
he podido cerciorarme, llegan sólo, años atras, hasta el
1545; por ellas ignoramos ¡as asignaturas que cursó, y
aun si anudó sus estudios universitarios. Mas luego de
hablar el P. Rojas de la profesión del Venerable, conti­
núa diciendo:» Estudió artes y teología en Salamanca»:
de suerte que enlazando estos nobilísimos estudios á los
cursos de Derechos, que parece había aprobado antes,
dié cima á una carrera literaria brillantísima.
Y respecto de sus aficiones literarias especiales, dire­
mos que sólo por sus escritos lo podemos inferir. Mate­
ria es esta que pertenece al juicio crítico de sus escritos,
que expondremos más tarde: pero esto no obsta para
que anticipemos, ya que la ocasión nos brinda, que á
juzgar por sus obras, el libro de su gusto y cariño y
que continuamente trae á la mano, es el libro de Dios,
la Sagrada Escritura. Sus tratados no son otra cosa que
una continuada exposición ó aplicación de las pági­
nas santas, según el asunto lo requiere. Y está esto muy
de conformidad con las tradiciones del convento donde
residía; pues es sabida la parte principal que como es­
criturarios llevaban los Agustinos en la Universidad de
Salamanca.
C A P Í T U L O XI.

La Ordenación de Sacerdote. (Modo de cumplir el


‘Bto. Alonso los altos deberes que esta impone.

l dulce ensueño de una piadosa madre va á rea­


lizarse; al vaticinio de la Reina de los ángeles
llega su cumplimiento.
Si tan adelantado en los estudios eclesiásticos iba el
Bto. Alonso á los pocos anos de su profesión, en la ca­
rrera de l£ S virtudes avanzaba muy más aprovechado:
asi batía las dos hermosas alas del saber y la virtud, con
que han de elevarse las almas puras, que aspiren al alte
grado del Sacerdocio. «Admirábanse mucho los que le
trataban, de verle tan absorto en Dios y tan olvidado de
todo deleite ó entretenimiento corporal: liga, por nues­
tra flaqueza, demasiado pegajosa, y de que tan mal se
puede desasir quien vive en carne. Y como se criaba
para capellán de la Reina de los ángeles, habiendo co­
menzado sus estudios, y servido algunos años en los mi­
nisterios en que se suelen ocupar los nuevos profesos,
parecióle á la religión promoverle á la dignidad del S a­
cerdocio» (i).

(i) V iia del Ven. Padre por el P . Fr. Juan Márquez: taip. IV,
pág. 7 del tomo III,
LIB . I . — C AP ÍTU L O XI. 59

¿Debemos encarecer la excelencia de la dignidad sa­


cerdotal? Quizá en estos días de ignorancia y olvido de
las cosas divinas, y de poca estima de sus ministros, no
fuera ociosc hablar sobre este punto.
Cristiano lector, en cuya mente brillan los resplan­
dores de la fe: Dics es la cosa más excelente y admi­
rable que se puede pensar é imaginar: los sacerdotes
por consagración de le alto son vicegerentes suyos en la
tierra. «Ángel del Señor de los ejércitos es el sacerdo­
te y altísimo es su oficio, y su dignidad excede á la de
los querubines y ángeles,» escribe este docto y Ven. Pa­
dre Orozco (i).
Sobrecogíanse los Santos y temblaban siempre al ser
investidos de ministerio tan sublime: sobremanera hon­
rados se estimaban, y más que si lo fueran de reyes, al
ungirse de Presbíteros. No sé porque respetos, los no­
bles y acaudalados, hablando en general, aprecian ya en
poco la ultrajada carrera del Sacerdocio, tanto más bri­
llante y heróica cuanto más perseguida. ¿Para cuándo
reservamos los católicos el brío y la generosidad de
nuestra fe? Dejemos á los secuaces del positivismo mate­
rialista gozar, siquiera sea con perpetuos sobresaltos y
contacos días, del polvo de la tierra. Batí! arañad, hijos
del siglo, la» entrañas del globo eo busca de codiciados
metales; mimad al gusano que os viste de rice seda: no­
sotros, con tal de vivir animados con la viva esperanza
de poseer en breve riquísima é imperecedera corona,
nos vamos en compañía de los pobres de bienes tempo­
rales, pero ricos y nobilísimos por los méritos y limpieza
del alma.
Ricos, calificados y nobles eren los padres de Alonso
y le ofrecieron á la Virgen para capellán suyo: la Reina
de los ciclos se dignó aceptar la ofrenda cordial: ¿cabíales
dicha más grande?
Sabiamente tiene dispuesto la Iglesia que por varios

(i) Efistol. Cristiano. Ep. á un Sacerdote, lum. I. p. 76.


6o V ID A D E L JT O . ALONSO 3 E OKOÜCO.

grados y en distintos tiempos vayan los candidatos ascen­


diendo al elevado ministerio. Y por esos escalones iba
subiendo el Ven. creciendo en el afecto, á medida que
se acercaba más al Sacramento del amor. Llegó al de
Presbítero; y con la devoción y regalo de su alma, cue
acaso podrá conjeturarse, mas no explicar, celebró su
primera misa.
«Ordenándolo vos por mis Prelados, sub: al estado
tan alto del sacerdocio, del que se admiran los espíritus
celestiales, viendo que unos hombres mortales tengan
tan admirable poder de consagrar vuestro Santísimo
Cuerpo y Sangre, y que encierren en su pecho al que no
cabe en el mundo. ¡Oh Señor, qué corazon hay alumbra­
do de fe. que viendo en sus manos á su Criador y Re­
dentor, no quede suspenso, y con tales brasas de amor
no se inflame, amando á tan liberal Señor! Oh maná aue
tiene iodos los gustos de todos los manjares! Más suave que
la miel y panal dulce, de quien dijo la esposa: comí mi
panal con mi miel. Hago perpetuas gracias por tan gran
dignidad á vuestra misericordia» (i).
Y cómo había de darlas, preguntaba para si: ¿Quidre
tribuam Domino pro ómnibus quce relribuit mihi? Caliczm
salularis accipiam et nomen Domini invocaba: todos los
días tomaré ei cáliz de mi salvación é invocaré el nom­
bre de Dios. Apenas despertaba en las madrugadas, el
fuego interior le hacia saltar delpobrisimoy mortifican­
te lecho, y con sola una idea en la mente, la de su ama­
do, y con solo un afecto en el corazón, el de su amor,
eran sus pensamientos la preparación posible para reci-
birdignamente al Cordero divino. Acercábase á la sacris­
tía rezando los salmos penitenciales; y encareciendo sus
livianas imperfecciones, y con lágrimas de compunción
acostumbraba purificarse todos los días en el Sacra­
mento de la Penitencia. En el sacrificio de la misa gas-

(i) Con/es. L ib. III, c. V . pág. 92.


LIB, I.— CAPÍTULO XI. 6l

taba una hora de ordinario (i); á veces quedaba extático


en la contemplación del inefable sacramento; otras era
menester que el ayudante le tirara de la casulla, para
cue prosiguiese el tremendo misterio; alguna ni aun
eso bastaha; y prorumpiendo entonces los circunstan­
tes en lágrimas de ternura y devoción, viendo á un san­
to todn absorto en amor celestial, dejábanle gozar á su
holgura de la presencia y regalos de Dios.
Cuando ya regalaba su pecho el maná apetecido, su­
plicaba al Señor no le privara al dia siguiente, si habla
de vivir, delasdulzuras del Sacramento; y pedíaselo con
estas palabras: Quede, Señor, desde hoy aceptado el convite
para el santo altar. Un si dulcísimo é inefable que se de­
jaba oir en el fondo de su alma le embriagaba de con­
suelo, y con esta esperanza se retiraba de las gradas del
altar y su prolijo hacimiento de gracias.
«Los sacerdotes después de haber dicho misa, escri­
be él, se retraen á contemplar en su pecho y paraíso á
su Redentor, y á pedirle mercedes, pidiéndole entonces
que si la vida fuere tan larga que llegara á otro dia,
quede aceptado el convite para el santo altar. Y con­
fiados en un si que el alma oye en espíritu, quedan muy
consolados, y guardan su boca de palabras ociosas, y
oran y leen como quien espera con hambre, lavadas las
manos, para sentarse á tal mesa» (2).
La memoria del beneficio de la mañana, y la promesa
para el día siguiente no se apartaba de su pensamiento.
Ni aun enfermo, ni con calentura, dejaba de decir misa:
graciosísimas son las contestaciones que daba á los mé­
dicos cuando estos trataban de impedírselo; citábanle á
Galeno y otros maestros de medicina, en comprobación
ce que le perjudicaría levantarse á celebrar el santo sa-

(1) Refieren sus biógrafos esta circunstancia de cuando ya el


Bpato era anciano, atribuyéndola, no á torpeza de la edad, sino á su
viva devoción.
(2) Regla de Vida Cristiana. Do:. V , pág. 392 del tom. II.
02 VIDA D EL DTO. ALONSO D E 0 R.0 Z C 0 . 1

crificio. Gentil testigo, reponía el Beato; de haber gus­


tado ellos les bienes del Sacramento, no lo hubieran pro­
hibido. Dios no hace daño á nadie.
Guardábase de palabras ociosas, como él mismo lo
insinúa claramente, y de cuanto le pudiera distraer;
como quien quería conservar el retrete de su corazón
para solo su amado. Muchas veces en el dia y en la
noche comulgaba espiritualmente.
Dos razones solían moverle para cumplir con el rezo
divino en la iglesia y en el coro con la comunidad, á
pesar de hallarse exento por los cargos que diremos más
tarce: era una el orar delante del Sacramento, dirigién­
dole, sin duda, las inspiradas palabras del oficio; fuera
de que, y este era el otro motivo, es mucho más pro­
vechosa la oración hecha en común. En los dilatados
ratos en que derramaba su pecho visitando al Señor
sacramentado, sentía mucho contento viendo que otros
le adoraban también, y hasta les daba gracias por ir á
visitar al Sacramento; asi como se dolía en gran ma­
nera ce las irreverencias, al pasar inconsideradamente
por delante del Señor sin doblarle las rodillas, y excla­
maba: «Quien se descuida en honrarle, ¿con qué cara rezará
ei verso—Así, Señor, nos visita como te honramos'i—üic
nos tu visita sicul te colimus»?
Sabido es que los maestros de espíritu han andado
vacilantes acerca del bien, que en las almas puede resul­
tar con la mucha frecuencia de este sacramento; que no
e:a inenos fervoroso, ni en menos deseos de recibirle
ardía un 3 . Buenaventura, el cual respetuoso se retiraba
alguna vez; que Sta. Catalina de Sena comulgando todos
los días contra el viento y marea de los murmuradores.
Ultimamente, y conforme á la doctrina délos PP., S. Fran­
cisco de Sales y S. Alfonso de Ligorio tienden á ponderar
la conveniencia de su frecuente uso, regulado siempre
por el director. Lo mismo había escrito muy antes el
Venerable: «No es de menor estima el alma que el cuer­
po, sino antes de muy mayor; pues si al cuerpo tantas
[.IR . I .--- C APÍTH I.O > 1.

veces se pone mesa, ¿qué razón sufre que al alma se le


quite su manjar á lo menos una vez al dia, porque de
hambre no muera por flaqueza, cayendo en algún pe­
cado?» (i).
Y ya que hemos citado este parrafito de su Memorial
de Amor Santo, diremos que en sus libros es donde hay
que buscar las centellas de amor, que despedía este sera­
fín enamorado.
Ponía especial esmero en venerar las fiestas y los jue­
ves, por haberse instituido en ese día tan admirable
misterio. Innumerables eran los favores que recibía ce
continuo en la misa: cuando alguno le encomendaba
algún asunto de monta, acudía á la or£cion y por último
al santo sacrificio: oíanle entonces después de la consa­
gración grandes suspiros y gemidos, señal de la instan­
cia que á Dios hacía, á fin de alcanzar lo que suplicaba.
De este modo resucito algún muerto, vió subir á los
cielos á una sobrina difunta, alivió á muchos enfermos
entre ellos á varias personas reales; é hizo varios otros
milagros, de los cuales, asi como de otras muestras de
su afecto al Sacramento, hablaremos en lugar oportuno;
que siendo la misa su ordinario refugio, enlúzanse con
su devoción á ella lodos los hechos de su vida.
Y sobre todos estos favorss, merece especialísima
mención el descanso y consuelo, que hallaba en el altar,
de una larguísima y aflictiva tribulación, en la que el
Señor quiso aquilatar sus virtudes. Pero tratémoslo ya
en capítulo separado.

[i) Part. II. cap. XX, pág. 285 d:l Tom. II.
C A P Í T U L O XII.

Tentaciones y escrúpulos por que pasó elBlo. cAlor.so.

1 5 2 2 .-1 6 5 1 .

y poder de Dios! que de los abati­


is e r ic o r d ia .

mientos y humillaciones de nuestra alma saca


lo más valioso y heróico de la virtud. Ley es y
muy adorable misterio en las mercedes del Señor, que
ninguno se gloríe sino en él: por esta razón, cuanto
grandioso y sublime admiramos en sus criaturas, hízo-
lo brotar del abismo de la nada. El más firme de los
alcázares se ha asentado sobre el un día atolondrado
y débil Pedro; el Apóstol por antonomasia apellidase
Saulo. y Agustín el Doctor más eximio de la Iglesia.
¿Quién no se enternece oyendo á Santa Teresa refe­
rir la sequedad de su alma sensibilísima, cuando guar­
daba las paredes del oratorio como seco centinela, ya
que no le viene un pensamiento devoto, ó no rompe en
afectos en la oración? ¡Oh noche escura, la de S. Juan de
la Cruz, por la que han de pasar los finos amigos de
M U . I . — CAPÍTULO X I I .

Dios! Ved consumido á S. Francisco de Sales y hccho un


cadáver, porque el demonio le ha sugerido que sin re­
medio ha de condenarse... El impávido capitán Ignacio
de Loyola, vuelto á vida mejor, hace preguntas tan
sencillas, que escasamente ocurrieran á un niño. ¿Y
S. Alfonso María de Ligorio? El infatigable misionero.,
que trabajó por mil sacerdotes, prudentísimo fundador
de los Redentoristas, Doctor en derecho á los 17 años,
oráculo de su tiempo, dechado de Prelados y Obispos,
escritor de cien tratados espirituales, llamado por Dios
para guia seguro en las sinuosidades de la Teología
Moral, al fin de su carrera mortal y cargado de mereci­
mientos, pruébale aún el Señor con dos año? continuos
¿e escrúpulos y ansiedades. Miradle encorvado por los
años, con cuánta fatiga y turbación se acerca a comul­
gar, pectoral y estola al cuello; y que á medio camino
retrocede llorando, porque está en pecado mortal... mien­
tras que el Sacerdote animándole, con la hostia consa­
grada en la mano le dice: Monseñor, no hagáis pasar
antesalas á Jesucristo.
Dígasenos ahora si la historia cuenta maestros de
espíritu más insignes que ios santos acabados de men­
cionar.
Complácese Dics en que toquemos sensiblemente
nuestra nada, y al persuadirnos de ello, entonces del
cáos hace brillar la luz. A este fin, nada más a propósito
que los escrúpulos: bien asi como el pájaro en un hilo,
enrédase el entendimiento en una idea atormentadora,
y al esforzarse en desasirse ce ella, aprieta más el lazo
opresor; y aquella lumbre y despejo natural en las cien­
cias quizá brillante: para elgobiernode otros, acaso pru­
dentísima; eclípsase para el infeliz que la pesee, y des­
pués de cansar su espíritu inútilmente, da en la ridicu­
lez, ó lo que es más acertado, consulta no sin gran
vergüenza sus ocurrencias ccn otro; porque ¡oh burla
de nuestra altivez! la luz que se oscurece, mas no está
apagada, secretamente le dice que pregunta cosas, en
66 VIDA D E L B TO . ALONSO DE OROZCO.

las cuales se paran sólo los simples y mentecatos. Mas


¿qué diremos si á los escrúpulos se unen horribles ten­
taciones contra la fe, y que blasfemias asquerosas, ne­
fandas imprecaciones zumban en los oídos de una alma
atribulada, inocente y candorosa? ¡Oh cómo martirizan
la imaginación de un corazón limpio los monstruosos
y sucios fantasmas!
De tres causas, dicen los Doctores, vienen los escrúpu­
los: ó de carácter indeciso y tembloroso, ó de agitacio­
nes del demonio, ó bien de la mano del Señor que los
permite para altos fines.
En todos los tres casos, si el padecimiento es prolon­
gado y no Tiene auxilio de lo alto que lo remedie, y
m uy especial arreciando la tempestad, quien haya
experimentado algo én sí ó en otros, y sepa cuánto se
carga la cabeza, angustiase el espíritu y oprime el cora­
zón, deberá concluir que sola la demencia ó una muer­
te pronta pondrá término á tanto penar. Recia cosa es
para los amantes de Dios creerse condenados á no veric.
Explicase el Ven. acerca de esto de la siguiente
manera:
«Esta es una vida que nadie la puede declarar por
palabras, y es un tormento que 110 deja reposar, uu
gusano que parece que lastima las entrañas; no deja
comer, ni dormir ni orar con reposo; de manera que
como el alegría de la conciencia reposada sale al rostro,
asi la aflicción y continua guerra de los escrúpulos
enflaquece y consume la vida» (i).
«Cuanto va de la nobleza del alma, criada á vuestra
imagen y semejanza, á la grosería y tosquedad del terrón
de tierra que es el cuerpo; tanto más las tentaciones
espirituales son más peligrosas y más tiernamente se
sienten. Los trabajos en el cuerpo, son como golpes en
la muralla de la ciudad, que dan como de fuera; mas

(r) Epístola á una persona afligida de escrúpulos.—Epistolario


cristiano. Tote. II, pág. 188.
I.IR. I . — CAPÍ TULO XI I . 67
las tentí.cioncs del espíritu hieren y lastiman en le inte­
rior ce denti u; y éáUis son las que nos hallan de den­
tro, y nos turban en gran manera. Oh Salvador del inun­
do, ¿cómo podré yo ir^nifestar la guerra tan trabada que
mi alma padeció casi treinta años? ¡Oh que blasfemias
decía aquel padre de mentiras Satanás, ahullando a
mis oídos! San Pedro dice que «esto Icón anda cercando
¡as almas y bramando por hallar alguna qus trague» y la
ponga en e u estómago, que es el infierno. Anda á la
redonda, porque jamás siguió camino recto, ni tampo­
co ios males que le siguen. Brama y no muerde, como
perro encadenado, al cual ves, mi Redemptor, vencis­
teis y cautivasteis muriendo en la cruz por nuestra
redención; preso está y nada puede sino bramar; salvo
si el mísero pecador se llega á él consintiéndole. ¿Qué
eran sino hrnmiclos de este león rabioso cada tentación
de la santa fe, con que molestaba mi alma sin cesar de
noche y de día? Nn rr.e dejaba comer bocado sin escrú­
pulo, ni beber un poco de agua, teniendo sed. ¡Oh cuán­
tas veces entrando en la celda volví la cabeza, parecién-
dnme que le oía hablar, mas no podía ver cosa algu­
na!» (1).
El P. Márquez fundadamente opina que el Venera­
ble habla de si propio cuando dice: «Yo vi una persona
temerosa de Dios, cuya vida fué casi un martirio por
término de veinte años; á quien muchas veces los temo­
res y escrúpulos hacían caer en tierra casi sin sentido;
mas por la bondad de nuestro Dios, aprovechándole la
guerra pasada, vino á tan gran paz y reposo, que ya
cantaba con David, haciendo gracias al Señor, y decía:
a—Quebrantaste, mi Dios, mis cadenas y prisiones: á tí
ofreceré sacrificio de alabanzas—».
¿Qué hemos de añadir ya de parte nuestra? Diremos
en caso con el mismo martizado Padre: «Bendito seáis
Vos, que así me pasasteis por fuego tan penoso, para

(1) Confesiones, lib. II, cap. X II, pág. 85.


68 VID A D E L DTO. ALOVSO D E OROZCO.

que pudiese consolar y avisar ¿ las almas cristianas,


que Vos por divino juicio afligís con escrúpulos. No su­
piera yo hablar ni escribir los remedios para los atribula­
dos, como yo lo fui, si no experimentara lo que sentí# (i).
Dios era, sin duda, quien le enviaba tan angustiosa
tribulación; por eso la moderaba ¿interrum pía dándo­
le descanso y aliento para más padecer, en los preciosos
momentos en que se confesaba y ofrecía la sangre de
Jesucristo por los pecados del mundo; cabalmente, sn
las ocasiones en que padecen más los escrupulosos or­
dinarios.
cEn dos tiempos callaba este perro importuno, man­
dándoselo Vos, Señor; y era cuando me confesaba para
celebrar, y en el santo altar, diciendo misa. Bendita sea
vuestra misericordia, que entonces había repeso y se
hacían como treguas; por lo cual no poco se gozaba mi
alma, dando gracias á vuestra Majestad, que en tiem­
pos tan santos no dabais lugar que ladrase aquel perro
infernal. Mas después de haber dado gracias per aquel
admirable tesoro, que yo había encerrado en mi pecho,
vuestro santísimo cuerpo y sangre; luego era conmigo,
y con la braveza que antes me perseguía y atormen­
taba» ¡2).
Levantósele esta recia tempestad de escrúpulos y
tentaciones, á lo que más fundadamente creemos, en
el año del noviciado, hacia los 22 de su edad: ahora,
cuándo se calmó, dando lugar al reposo y dulce paz del
alma, y el modo milagroso de desaparecer, lo diremos
más adelante. Mientras tanto no olvidemos que sobre los
trabajos quw* hemos de relatar en este período, la turba­
ción de los escrúpulos no le dejó sosiego en los treinta
años que el Venerable refiere. Esta historia dirá tam­
bién cuán tierno y amoroso corazón purificaba Dios en
el crisol de tan angustiosa prueba.

(0 Confes. lib. II. cap. XII, pág.’ &ó.


(2) ■Lib. II de las Confesiones, cap. XII, pág. 86.
C A P Í T U L O XIII.

Es nombrado ‘Predicador da la Orden.

a carrera brillante y el grado de sacerdocio


del joven P. Orozco. de que hemos hablado,
era menester resplandecieran en el ejercicio
de las tareas apostólicas.
La bondad de su carácter hermosamente realzada
por la pureza de costumbres, bien en unión con la cien­
cia recientemente adquirida, le llamaba mejor al púlpi
to que a una cátedra. El Beato hubiera desempeña­
do el profesorado á maravilla; pero por le común suelen
los santos preferir las enseñanzas del Evangelio á la del
Maestro de las sentencias: las llamas de caridad que les
abrasan tienden á envolver también en el mismo fuego
las almas de sus hermanos.
Por lo que los superiores, en esta parte, hicieron una
elección acertadísima, dándole el titulo de Predicador.
Es la obediencia para los buenos religiosos voz del cielo:
asi que el P. Orozco aceptó el oficio con irá s seguridad y
contento en virtud del mando del superior, que de la
yO V ID \ D E L B TO . ALONSO DF. CROZCO.

revelación que tuvo descubriéndole sus destinos en la


tierra.
Contémplenle ahora nuestros lectores, embebido to­
do en el pensamiento de cumplir exactamente el primer
cargo sacerdotal, que la obediencia le confiaba. Vendrían
á su memoria las fervorosas predicaciones del ángel de
la paz. S. Juan de Sahagún; de hallarse todavía en Sa­
lamanca, iría á su sepulcro á pedirlo espíritu, como otro
Elíseo á Elias; aún resonarían en sus oídos las pláticas
de Santo Tomás de Villanueva, exponiendo el Salmo In
exitu Israel de A¡.gipto que habían ocasionado la vocación
de que se gozaba; y suplicaría á Dios gracias para no
deslucir la gloriosa historia de los predicadores admi­
rables que le precedieron en su convento; por lo que
llevado el devoto pueblo salmantino del buen olor de las
virtudes de Ins religiosos, majestuosas funciones de
iglesia y celestiales predicaciones, acudía allí más que
á ningún otro templo.
Bien sabía el avisado predicador á qué fuente acudir
en busca de elocuencia y unción. Como prueba de ello,
nos asegura en sus obras que salía mejor dispuesto de
la oración fervorosamente derramada al pié de la cruz,
que del registro y la rebusca de muchos libros. Esta lec­
ción y ejemplo, confirmados con la práctica de todos los
santos, verdaderos predicadores del Evangelio, puede
aprovechar mucho á los oradores sagrados.
No querría empedrar esta historia de llamadas y
citas; mas no puedo continuar ni acierto, cuando el
Venerable habla, a insertar otra cosa que sus mismas
frases; él es el mejor testigo y quien mejor lo declara; y
no dejan sus palabras de ser piedras preciosas, por más
que lleven el vil engaste de mi tosco razonar.
«Nuestro Redentor da documento á los predicadores
que su doctrina sea tan santa y tan clara, que los peque-
ñitos la puedan gustar y dar testimonio de ella; lo cual
fácilmente harían, si diesen doblado tiempo á la oración
y contemplación, más que al estudio y lección; porque
L I B . I . — C A P ÍT U I.C X III.
7>

esta, según dice nuestro Padre S. Agustín, es la llave


que abre y manifiesta lo que en la lección el F s p ír itu
Santo quiso decir. No querria enseñar al menor de los
cuales no merezco yo tener por maestro; mas si pobre
consejo los tales quisiesen oir, deberían imitar al gran
predicador y vaso de elección San Pablo; el cual traía
siempre por tema en sus sermones, y decía: Prediquemos
á Jesucristo crucificado en la Cruz» (i). De la oración,
pues, sacaba el lenguaje de la verdad claro y elocuente,
vivo y apasionado; haciéndose entender de los más lla­
nos y sencillos, como quien desmenuzaba el sabroso
manjar de la palabra de Dios, adaptándola á la capa­
cidad y gusto de todos sus oyentes.
En aquel siglo de oro, en que mejor se habló nuestra
lengua; y la grandeza de España no era fingida sino so­
bresaliente y alta, en todo se hablaba con sinceridad y
apropiadamente: no hablan venido á corromper la ora­
toria sagrada las jergas é inchazones de los siguientes
siglos; de las que, en mi humilde sentir, no estamos
muy curados en los presentes tiempos.
Como veremos en el discurso de este libro, la predi­
cación f.ié el objeto principal á que Dios l,e destinó: el
mismo Padre lo declara en las Confesiones, diciendo
como otro S. P?>blo, que le había el Señor confiado el evan­
gelio,paraque lodeclarase á los Jieles (i). Así que losabun-
dosos frutos de su predicación, especialmente en la córte
deLspaña, nos han de dar materia para hablar algo más
que en el presente capitulo. Sus ensayos en Salamanca
dirémos, ahora, que eran el principio digno de una glo­
riosa carrera. Léanse les cuatro tomos en fólio de ser­
mones que nos dejó en latín y algunos en castellano; y
ellos manifestarán mejor que ninguna otra cosa, si el
Señor le comunicó excelentes dotes para la oratoria.
Cierto que falta el alma de la expresión, la unción afec-

(1) Memorial de Amor Santo cap. X.1 V, pág. 234 del Tom. II.
(2) Cap. IX del Lib. III, p. 96 del Tom. III.
72 VIDA D E L B TO . ALONSO DE OROZCO.

tuosa y viva con que Ies pronunciaba; que muchas, sino


todas !as veces, es lo esencial en la peroración, sobre
todo cristiana. {Qué es la exclamación: Almas, qué hacéis?
y puesta en los labios de aquel santo, después de ponde­
rar la insensatez del hombre, que trueca la hermosura
de Dios por el lodo de la tierra, hacía estremecer al audi­
torio y llorar á lágrima viva. Pero es de notar que se
quedaba extático el orador, y aus ojos parecían dos
fuentes de lágrimas.
Eran sus sermones,por lo común, panales de dulzu­
ra, de suavidad y amor. Decía que al hombre, libre co­
mo es, había de traersele á mandamiento, con el afecto
y persuasión de la palabra: y á este fin elegía las mate­
rias que podían interesar y cautivar más los corazones
de sus oyentes. Recordaba que de esta manera S. Agus­
tín había reducido dos pueblos muy discordes.
Inspira el Señor á algunos, como lo vemos en los
profetas, anuncien las amenazas de su ira á su pueblo
fiel; envía á otros como mensajeros de paz y precursores
del reinado de lagracia; el venerable agustino se compla­
cía en patentizar al mundo elamordeun Dios encarnado
y muerto por los hombres. Los que le escucharon decla­
ran que había de ser muy rebelde quien, oyéndole con
atención, no se le diese á partido; porque enlazaba k s
almas, con la suavidad del razonar como con prisiones
de oro (i). Con tal fuerza en las exclamaciones y viveza
de afectos, hizo maravillosas mudanzas de vida; bien
que trabajaba infatigable con tal de que, aunque no
fuera más, volviera al redil del pastor divino una sola
oveja descarriada. «¡Ok! plegue á Jesucristo que en todos
los años que predicáremos, presentemos siquiera una alma
ante los ojos de Dios, adquirida con nuestros trabajos» (2).
Pero si las señas no engañan ylos testigos no se equivo­

co Márquez. Pág. 11.


(3) Episi. Crist. Epístola X á un Predicador, pág. [77 del
Tom. I.
L IE . I . — CAPÍTU I.O X III.
73
can, tengo para mí que no una, sino muchas, eran las
pinnas jo r él cade, año convertidas.
Lo selecto y numeroso del auditorio no era lu que
más importaba á este humilde orador: antes, y en esto
hallaba su mayor placer, se detenía en predicar á muy
pocas personas por plebeyas que fuesen; como quien
sabía mediante los recursos ingeniosos de su caridad,
trocar las sencillas conversaciones en sabrosas y anima­
das pláticas espirituales.
En los consejos que en su Epistolario ha dejado a los
predicíidcres, les recuerda que los Apóstoles predicaban
á una y dos personas, lo propio que S. Juan Bautista en
la ribera del Jordán; y N. S. Jesucristo pronurició el fa­
moso Sermón ríe ln.sbienaventurnnzns sólo á doce perso­
nas: y ln q u e más es. «se det.uvn sediento sohre el brocal
del pnzo. para predicará la Samaritana, no princesa ni
Señora, sinc moza de cántaro».
C A PI T U LO XIV.

Es trasladado el Dio. Orozco dt conventual á (Medina.


‘Redúcele una enfermedad á las puertas de la muerte.

1530—1537.

q u s l relicario de santidad, aquellos muros

benditos, que besaban respetuosas las gentes,


del convento de Salamanca, su cuna religiosa
muy amada, deja ahora el bienaventurado
P. Alonso para no volver más ¿ ella de asiento.
Tiernísimo es el cariño que los religiosos cobran á la
celda, regada con las primeras lágrimas de verdadera
devoción; allí desde donde contemplaron al mundo, lle­
nos de asombro y espanto, en el panorama de la reali­
dad; donde los cielos se les abrieron, y oyeron bien clara
la voz de los mandamientos del Señor. En poesías dul­
císimas hase ponderado el afecto que se toma al lugar,
donde abrimos los ojos á esta luz corpórea: ¿qué debe­
rá cantarse d éla morada donde se abren maravillosa­
mente las ojos del espíritu, y el hombre se transforma
en ángel?
L I B . I. — C A P ÍT U LO X IW
75

En ella viv ía g o zo so su co r a z ó n ; m a s co m o los A p retóles


a b a n d o n a r o n el a m a d o ce n á cu lo , lu g a r de ta n to s p ro d i­
gios, p a ra e n c e n d e r a los h o m b r e s en el fu ego e n q u e
ellos a rd ía n ; así es fu erz a q u e los relig iosos difundan p o r
o tra s p a rte s , el fe rv o r a te s o ra d o en el r e c o g im ie n t o y
soledad de la ca s a -n o v iciad o .
Al componer el P. Herrera la Historia de S. Agustín
de Salamanca, en 1648, reclamaban como unagloria del
convento de Medina del Campo de Nuestra Señora de
Gracia sus moradores agustinos, el que el Ven. Alonso
le hubiera honrado como uno de sus primeros conven­
tuales. La fundación de dicho convento, según las centu­
rias de la Provincia empezó en 1525 ji); y pocos años más
tarde figura como el primer Prior, al sentir de algu­
nos, y como el segundo á lo más en el de todos nuestros
historiadores, el Maestro de novicios de nuestro Beato,
Padre Luis de Montoya. Hallábanse entonces los reyes
en la villa de Medina. Sobre la distancia á que había de
establecerse nuestra fundación movieron pleito los Domi­
nicos; por todo lo cual los Superiores señalaron indivi­
duos des_t confianza, para formar la flamante corr.uni-
dad, tales, que en las circunstancias referidas se gober­
naran con el tiento y madurez convenientes. La penden­
cia se zanjó amigablemente por medio de árbitros, y
nuestros religiosos se granjearon la voluntad de los
príncipes (2).
Sirva de dato también que en las Confesiones escribe
el bendito Padre que bien de treinta años padeció en
Medina una enfermedad gravísima. No cabe duda, pues,

(1) Escribiólas el P . Jerónimo Román romo'ya hemos visto.


(3) Diré por lo que valga que estando enfermo Don Felipe, su
amar.tc y apasionada esposa D.“ Juana pidió al P. Montoya que le
diese el panecillo bendito llamedo d e S . Nicolás; coa le que fué
servido el Señor de volver la salud al Rey: atribuyen este beneficio
de Dios los biógrafos del P . Montoya ya á S . Nicolás, ya también á
la santidad de este observantisimo Padre.
?6 V ID A D E L BTO . ALONSO DE CROZCO.

de que por el tiempo señalado debajo del epígrafe cel


capítulo, hubo de hallarse de conventual en Medina del
Campo.
Quedan aún en esta población ruinas, que conservan
la triste memoria de su pasada grandeza, aun cuando
tantos libros estampados en la incendiada y cecaida Ti­
lla no lo publicaran muy alto. En aquellos venturosos
días de fe y piedad del pueblo español, cuando los prin­
cipes, grandesé hijosdalgo tenían á honra y gala colocar
sus blasones sobre la puerta de los conventos, lo propio
que en los artesonados de sus palacios; se extendían las
órdenes religiosas prodigiosamente por ciudades y al­
deas. ¿Quién podrá reducir á número las fundaciones de
distintos institutos llevadas á cabo en España en el siglo
décimo sexto?
Morando, pues, el bendito P. Orozco en Ntra. Sra.de
Gracia de Medina, quiso nuestro buen Dios avalorar su
paciencia, tocándole de nuevo en el cuerpo con recias en-
fermecades; ya que tanto le acongojaba directamente el
alma con la tribulación de Jas tentaciones y escrúpulos.
La naturalidad y sencillez con que lo refiere son por de­
mas embelesadoras, y las causas y razones á que lo atri­
buye patentizan la generosidad y alto grado de su virtud.
Véalo por si propio el lector:
«Aquí, Rey poderoso, tengo yo que daros muchas
gracias, que me pasasteis por agua y fuego; dándome
todas estas maneras de trabajos en el cuerpo y en el
alma. No sólo me librasteis de aquel peligro, cuando me
ahogaba en el rio de Talavera, y me disteis salud en la
enfermedad grave, cuando era de diez años; mas aun
ya siendo religioso, y bien de treiuta años en nuestro
Monasterio de Medina del Campo, estuve desahuciado de
los médicos, y tan flaco que solamente podía menear
un poco la cabeza. Confieso, Señor mío, que casi no sin­
tiera la muerte, por estar tan debilitado que aun los bra­
zos no podía alzar. Al'.i me acordé de la razón tan viva,
que trae un filósofo para probar la inmortalidad del alma;
L IB . I . --- C A P ÍT U LO X IV . 77
porque es cierto, que cuanto más mi cuerpo estaba debili­
tado, más claro y vivo tenia mi entendimiento: y entónces
entendí algunos pasos de la Divina Escritura que antes
no había entendido: ordenó vuestra sabiduría de darme
salud, y llegando la víspera de vuestro gran Santo Agus­
tino, sentí notable mejoría y fui convaleciendo» (i).
¿Cabe m ayor paciencia, mayor conformidad y alegría
en Jos trabajos?

(i) Confesiones Lib. II, Cap. n , p¿g. 35.


C A P Í T U L O XV.

E l ‘Beato (Alonso sucesivamente ‘Prior de los


Conventos de Soria y de íMedina del Campo. Manera
de su gobierno.

1538—1B41.

cababa d e fundarse un convento d e Agustinos


en la ciudad de Soria. Ateniéndonos a les rela­
ciones enviadas á Loperráez, para su Descrip­
ción Histórica del Obispado de Osma; desde el 1522 venían
trabajando con permiso de D. Alonso de Enriquez
Obispo de Osma, el comendador D. Diego de Torres
del hábito de Santiago, y su hermana D." Aldara, natu­
rales de Soria, en la reparación de la Iglesia abandona­
da por los Mercenarios, con el objeto de establecer una
comunidad de N. P. S. Agustín (1). En 1537 hubieron de
instalarse ya allí nuestros Padres, al decir del P. Román
en sus Centurias, copiado por Herrera (2). Márquez,

(1) Loperráez. Tomo II, Madrid 1768, pég. 135.


(2) Histeria del convento de S. Agustín. —Cap. 4 1, pág. a8j.
L IB . I .— C A P ÍT U LO X V . 79

Rojas y demás oicgrafos, tratando de los oticics y prela­


cias del Venerable, aablan primero de la de Soria; por
lo que en los años indicadosen el epígrafe, ó acaso antes,
hubo de ser Prior de tal convento, como se confirmará
aún por lo que iremos declarando.
Algo más averiguada es la fecha del Priorato de
Medina. Desde 24 de Abril de 1540 en que celebró Capí­
tulo la Provincia de Castilla en Dueñas, hasta el 1541 en
que de nuevo se reunió, por lo que especiflcaremcs en
el inmediato capitulo; ejerció esta Prelacia en Nuestra
Señora de Gracia el P. Orozco. Como Prior de Medina
aparece firmando el Capítulo Provincial en 12 de No­
viembre de 1 5 4 1 , que se conserva en nuestro archivo ge-
neralicio de Roma.
Estos fueron los primeros cargos de Superior que
hubo de aceptar por obediencia. La agudeza de su en­
tendimiento no dejaba de alcanzar que lo mismo puede
regalarse el amor propio con la obtención de altos pues­
tos, que con el soberbio é hipócrita desden de los mis­
mos. En este sentido expuso la Regla de nuestro Pa­
triarca: «Tres cosas hacen á los siervos de Dios encar­
garse de las Prelacias. La primera es cuando entienden
que Dios los llama para aquci oficio; y sin ellos enten­
der en ello, ni aun quererlo, son elegidos para tales
oficios: eemo N. Padre y San Ambrosio, y todos los 3 an
tos lo fueron. Asi dijo S. Pablo:—Nadie se tome por su
mano la honra del Sacerdocio ó Prelacia, sino el que es
llamado de Dios, como ¡o fué Aarón.—(1) Lo segundo, por
un gran celo de caridad, cuando hay necesidad. Por
esto diceN. Padre:—La quietud sania de la oración,y con­
templación busca la caridad: y la ocupación justa recibe la
necesidad, á la cual obliga esa misma caridad»— (2). Y esto
es más perfecto que lo primero. Lo último porque los va­
rones de Dios reciben las Prelacias, es por la obediencia

(1) Hcbr. V , 4.
(2) Lib. X IX de Civ. Dei, cap. 19.
fio VID A D E L BTO . ALONSO D E OROZCO.

que se lo manda: y este es mas alto motivo que todos.


De aquí vemos que muchos que resistieron los cargos,
al fin por la obediencia se sujetaron á lo que no quisie­
ran; y claro está que la perfección nuestra no está en ser
súbditos ni ejercitarnos en oficios bajos; solamente con­
siste en una mortificación de nuestra voluntad y en una
negación del todo hecha por Dios; que como á un
muerto que no resiste si le ponen en el suelo, ó si le
asientan en un trono de Rey, la obediencia haga lo que
quisiere de cada religioso» (i).
Y ahora véase, según propio testimonio, cómo cum­
plió estos avisos: ^Muchas gracias os doy, Señor, que
con esta santa obediencia me he gobernado; y si algunas
veces, ordenándolo vuestros Ministros, sentí pesadum­
bre en aceptar cargos, y en mudanza de largos cami­
nos; al fin, peleando con mi voluntad, me sujetaba al
yugo de la obediencia en la cual, Vos, bondad infinita,
siempre me fuisteis favorable; de suerte que hallaba
nuevas fuerzas adonde yo no pensaba» (2).
Al comentar el Venerable las suavísimas y sabias
amonestaciones d eN . P. S. Agustín á los Prelados, dice
Márquez que no tenía otra cosa que hacer más que co­
piar cuanto él practicaba. Léase la Exposición pruden­
tísima de aquel pasaje:—«No se juzgue feliz el Prelado
porque manda, sino por servir por caridad... para con
todos muéstrese como dechado de buenas obras... an­
hele más ser amado de sus súbditos que temido» -(3).
¡Con qué razones tan llenas deafectcs, con quétestimo
nios oportunísimos, sacados délos libros sagrados, no
explica la suave fortaleza y dulce al par que imperioso
modo de mandar, contenido en las máximas del gran

(0 Regla de N . P . S. Agustín y su Exposición en castellano


por el V. P. siervo de Dios F r. Alonso de Orozco, cap. V II.—Ma­
drid 1781, p. 81.
(2) Confesiones. II, cap. X, pág, 84 del Tom. III.
(3) Regla de Nuestro Padre. Cap. XI.
l : b . I . — C A P ÍT U LO X V . 81

Obispo ¿e Hipona! Él se retrata á si mismo tratando de


los deberes del Superior.
«Esta es, pues, la bienaventuranza del Prelado, ser­
vir á sus súbditos por caridad y amor de Dios. Nuestro
Salvador dijo: Yo estoy en medio de vosotros, así como el
que sirve: para que el Prelado sepa que es siervo de los
siervos de Dios. Y cuando les ¡avó los piés, les encomen­
dó que unes á otros se sirviesen, y aun en servicio de
cosas bajas.
«El Prelado ha de servir á los súbditos, proveyéndoles
de lo temporal y halos de servir curándoles en sus enfer­
medades: halos de sustentar en sus brazos, como la
madre lleva al niño pequeño, sufriendo su ñaqueza; y
aun halos de velar, como los que guardan de noche al­
gún alcázar ó ciudad. Finalmente, halos de guiar como
Moysen encaminaba sus ovejas a lo interior del desierto,
provocándoles á cosas espirituales y ¿ seguir camino de
perfección. Y como los sesenta fuertes que guardaban
la cama de Salomón, siempre han los Prelados de tener
la espada en la mano; amonestando con palabras de la
Sagrada Escritura á sus súbditos, y nu dejar las armas
de la oración, levantadas las iiianus de buena vida y
obras á Dios; para que los súbditos ganen victoria contra
Amalee el demonio, y él no gane vencimiento de ellos.
«Al revés de esto hacen los Prelados que se descuidan;
y habiendo de servir como Cristo manda en el Evange­
lio y aquí en su Regla N. Padre dice, quieren ser servi­
dos de loa religiosos fuere de necesidad de enferme­
dad; aunque no haya cosa en que más los súbditos pon­
gan los ojos, que en el tratamiento que el Prelado hace
así mismo. En él quieren ver la pobreza que la Regla man­
da; en él buscan la humildad y obediencia; y finalmente
enél como en dechado quieren hallar todas las virtudesy
perfección déla Religión. Esto lleva camino y razón muy
grande, porque el agua clara á la fuente se ha de ir á
coger, y los defectos del rostro en el espejo se han de
considerar y enmendar. Mas si, permitiéndolo Dios, la
82 VIDA D EL n r o . ALONSO D E OROZCO.

fuente está turbia y el espejo cubierto de polvo, quiero


decir: si el Prelado, en quien se ha de mirar el súbdito
es imperfecto, ¿¿quiénmirará el súbdito para enmendar
sus faltas?» ¡i)...
«Grande es la fuerza de las amonestaciones por doc­
trina y palabras, mas muy m ayores la de vida y obras.
Mucho hace el hablar amonestando y avisando á los súb­
ditos, mas muy mayor eficacia tiene el obrar. Si no me
creéis, decía el Señor á ios Fariseos, á lo menos creed á
mis obras (Joan X.) La vida es testigo sin tacha en el Pre­
lado; es la hacha que va delante, para no caer en el ca­
mino los que son regidos; y finalmente, es el norte por
donde se gobiernan los que están en el monasterio. Sean
sus obras muy consideradas, sus palabras muy pensa­
das, y en todo sea muy avisado; pues él es el miradero
adonde todos ponen los ojos, y el retrato de virtudes de
donde todos han de sacar y á quien han de imitar. Ha
de castigar á los mal sosegados para que se reposen y
quieten, é irles á la mano porque no alboroten á los otros.
Ha de animar y consolar á los flacos que padecen tenta­
ciones y aflicciones espirituales. También ha de recibir
de voluntad los enfermos y flacos; y Analmente, ha de
ser paciente á todos.
«¡Oh yunque de todas partes golpeado el corazón del
Prelado! pues iia de tener sufrimiento con el perezoso y
negligente; ha de tolerar al demasiado agudo y sobresa­
lido; al airado apaciguarle, al descontento y triste ale­
grarle. Finalmente, ha de decir con S. Pablo: A iodos soy
hecho todas las cosas» i." ad Corinth. (2).
«Avisar aquí este Santo Doctor que con autoridad
imponga á los súbditos la disciplina, no es decir que sea
riguroso, pesado y á todos importuno; sino que tengan
e.itendido de ¿1, que si menester fuere, que sabi a y osa­
rá castigar al que no hiciere lo que debe. Por tanto, se

(1) Explicación etc. pág. 83.


(3) Id. pág. 50.
L I B . I. — C A P I T U L O X V . 8?

sigue luego: Aunque todo es necesario, más desee el Prela­


do ser amado que temido, siempre pensando que ha de dar
á Dios cuenta de los otros. Gran aviso da aqui para saber
regir, y es que de necesidad el buen Prelado hadesertemi-
do y amado: temido de los malos y amado de los buenos.
Aquel maná daba gusto suave á los buenos en el desier­
to, y causaba gran sinsabor, y revolvía el estómago á
los malos, ingratos de tan gran beneficio. Bien asi el
Prelado bueno, por fuerza ha de ser agradable á los sier­
vos de Dios y aborrecible á les imperfectos y descuida­
dos. Asi lo fué N. Padre en el tiempo que gobernó, San
Gregorio y S. Gerónimo y todos los buenos Prelados; y
así lo han de ser los que en nuestros tiempos gobernaren
como deben. Y en este caso, más vale un bueno y mas
crédito da al Prelado, siendo de él amado, que muchos
flacos ¿ imperfectos que le aborrezcan. Lo que ha de que­
rer y desear el Prelado es ser másamado que temido. Ya
cesó la ley de temor y vino la ley de amor; por miseri­
cordia sustenta Dios al mundo y le rige, no por riger.
Desee ser amado, porque el amor todo lo puede, y todo
lo hace suave. E l amor todo lo sufre, ccmo dice S. Pablo,
t. Cor. XIII. Todo es menester; mus eche mayor canti­
dad de aceite quede vino en las llagas de los descuidados
que corrige (Luc. X. 34). Será amado más que temi­
do, si fuere humilde de corazón; si honrare á sus súbdi­
tos, si sufriere enmendando con paciencia, según lo
aconseja S. Pablo (1. Thesal. V. 14): finalmente, si fuere
muy temeroso de Dios y en todo muy disciplinado, pro­
vidente y sabio. Y porque vale más dar cuenta de mise­
ricordia que no de exceso de justicia al buen Pastor Je ­
sucristo, concluye diciendo:—Considere siempre que ha
ds dar razón y cuenta á Dios de vuestras almas, redimi­
das por su sangre y muerte preciosa—» (])•
No extrañamos que se conservara memoria de el
especial gobierno del P. Orozco, y que leamos haber

(1) lbidem pág. 94.


84 VIDA D E L BTO . ALONSO D £ ORCZCO.

mantenido en todo su punto la observancia de los con­


ventos, sin la triste necesidad de apelar á medios aflic­
tivos con los tibios y perezosos, que siempre y en todas
partes ha de haber.
«Cuán gran martirio sea para los Prelados este ne­
gocio del castigar, no hay quien lo pueda significar por
palabras» dejó escrito este benignísimo Padre (i).
Consta que nada más que ver y admirar al Santo
Prior, corno le llamaban, todos se componían, y se deja­
ban llevar ea pos de él de la avasalladora influencia que
el ejemplo alcanza.
A los pocos días de entrar en el monasterio se echaba
de "ver el fruto de su gobierno. Nacía esta mágica in­
fluencia de que les ganaba los corazones con las suaves
cadenas ce la caridad; poniendo muy exquisito cuidado
en servir con sus'manos á los enfermos, y cum plirá la le­
tra lo que 61 aconseja á los Prelados de im itará Jesucristo,
el cual de sí dice que bajó del cielo, no para tener servi­
dores, sino para servir á los demás. Por lo que viéndole
humilde, afable y misericordiosísimo; y que lejos de pro­
curar los servicios de los súbditos era más bien el servi­
dor de todos; que lejos de tener zelos pór el honor que
se diera á algún inferior, él mismo los honraba y distin­
guía, (enalteciendo así su autoridad y no rebajándola
como estiman los vanidosos); tenía á sus gobernados
sujetos ccn la mayor prisión, como es la honra, el favor
y la caridad, para corazones generosos. Sólo el desa­
grado que pudiera sufrir con la inobservancia, bastaba
á contener á los desenvueltos.
Se acordará, por ventura, el lector de haber visto
arriba que el Santo padecía horribleme.nte de escrúpu­
los y tentaciones, y conforme á la cuenta, duraba la
tempestad aun por este tiempo ds sus prelacias; y podrá
ocurrirle: ¿cómo se compadece esta cordura y prudencia
en el gobernar con la oscuridad y turbación que expe-

(i) Epist. para Obispo. Péfí. -55, tom. I, «Epist. Crist.».


L I B . I .— C A P ÍT U LO X V . 85
rimenta la inteligencia del escrupuloso? Cierto que los
que semejantes ansiedades padecen, son incapaces de
gobernar á nadie. Mas el P. Alonso no fué jamás escru­
puloso ordinario; veseá las claras que su angustia venia
de una mano providencial y reguladora; la cual, si en
ciertos momentos le apretaba y acongojaba reciamente,
no le privaba, sin embargo, del claro discernimiento
para el consejo y dirección desús prójimos. Lejos de eso,
veremos inmediatamente, que satisfecha la Orden de su
prudente gobierno, le empleaba en más altos cargos; y
el cielo, sin serenar del todo su alma, le mandaba ilumi­
nar con las luces de su doctrina en copiosos libros á los
fieles de la Iglesia santa.
Y esta fué doblada desgracia y motivo de mayor
angustia: servir de antorcha para otros, quedándose él
sumergido a veces en espantosas tinieblas. ¡Sabio y po­
deroso es el Señor para labrar á maravilla las almas de
sus predilectos, como profundo en los secretos juicios de
su Providencia!
C A P Í T U L O XVI.

Celébrase Capitulo ‘Provincial en ‘Dueñas con asistencia


del 1 íwo. C
P . General Sir ¿pando.—Su importancia.
• — E l ‘Dio. Orozco saie elegido D efin id o r.

1541.

a piedad de los principes y los grandes de


España por una parte, la devoción del pueblo
| español y la observancia de la Provincia de
Castilla gobernada por Santos por otra, con­
tribuyeron prodigiosamente para extender la fecunda
descendencia de los hijos de S. Agust:n en aquel siglo
venturoso. Había tal número ce conventos, que sin gé­
nero alguno de duda, de sola la dicha Provincia pudie­
ran formarse otras dos, y dar todavia bastante trabajo
á los celosos Provinciales. Asi que, maduramente con­
sultado, se había dividido en dos Provincias, de Anda­
lucía y Castilla, por los aílos de 1527. Tocáronse ciertos
inconvenientes, como no podía menos de suceder en
cosa nueva; y á pesar de haberse llevado los andaluces
por primer Provincial á Santo Tomás de Villanueva,
L I B . I . — C A P ÍT U L O X V I. 87

al cabo de algunos años suspiraban de nuevo por la


unión en sola la provincia primitiva, con la denominación
de Provincia, de España.
Abrumador tenía que ser el peso del Provincialato.
Demás de los conventos de España, fundábanse otros
en las apartadas regiones de las Indias, en relación v
correspondencia con la Madre de todos; pues en bastante
tiempo no se desmembraron radicalmente del tronco
primitivo de Castilla.
En esto iba á recibir la Provincia de España la visi­
ta de uno de los Generales de más largos años en la dig­
nidad, más celosos y más afamados en todo c'. munde: el
Rmo. P. Gerónimo Scripando.
Ninguna persona medianamente versade en la his­
toria desconocerá el celo, cordura y vasta ciencia de este
distinguido Prelado. Dió á conocer tan relevantes pren­
das en los 18 años de su generalato, en el retiro en que
se encerró después de echar de sus hombros el peso del
oficio, y e n la delicada legación acerca de Carlos V en Ale­
mania con que le honraron los Napolitanos. El Empera­
dor, reconociendo entonces al antiguo P. General, le de­
signó con tal instancia para Arzobispo de Salerno, que
hubo de aceptar, aunque no sin grande resistencia. Más
tarde, creado cardenal, fué nombrado Legado á lálere, y
presidióel Concilio Tridentino, contribuyendo no poco
con su ingenio y erudición á dar cima á la grande em­
presa.
Llegado á España este famoso General Agustiniano,
luego que se enteró de los deseos de los andaluces, con­
sultó acerca de la conveniencia de complacerlos [en Junta
previa celebrada en Toledo á 30 de Setiembre de 154])
con el Provincial, Priores de las casas más insignes y
personas señaladas de la Provincia, entre otras con el
Ven. Orozco, Prior de Medina. Oído su dictamen favo­
rable á la unión, convocó ambas Provincias á Capítulo
provincial que había de celebrarse en Dueñas, el 11 de
Noviembre del mismo año. Tuvo que ser la asamblea
88 V ID A D E L B TO . ALONSO D E OROZCO.

numerosa y floridísima. El Ven. Orozco, como Prior de


Medina, consta que asistió áella (i).
Y diremos por tcdo elogio suyo que de entre tantos
varones beneméritos, encanecidos en los altares, el pul­
pito y las cátedras, salió elegido Definidor; cuando aun
apenas había sido Prior y no contaba largos anos ni de
religión ni de edad.
Muy confuso se hallaría con la dignidad inmediata al
Provincial, como que habia de formar parte de su con­
sejo en todo el trienio, y establecer desde luego las dis­
posiciones convenientes al buen régimen de la Provincia
en las actas capitulares; pero ya sabemos que la obe­
diencia era su norte, y mientras en ella clavara la vista,
no sentirla las oscilaciones del orgullo.
M u c h as é im p o rta n te s d e te rm in a c io n e s s e lo m a ro n
e n este C a p ítu lo q u e los c ro n is ta s h a n lla m a d o el m á s
a u to riz a d o d e la c o n g re g a c ió n ; y fu é la p rim e r a la u n ió n
d e l a s ‘d o s P ro v in c ia s, q u e d a n d o u n a so la con la d e n o ­
m in a c ió n de E sp a ñ a , se g ú n a n tig u a m e n te h a b ía sid o
c o n o c id a . M erced á esta u n ión v e re m o s lu e g o a l V e n e ­
ra b le P a d r e d ir ig ir los c o n v e n to s p rin c ip a le s d e A n d a ­
lu cía .
M as p o r la m u c h a e x te n sió n d e la P ro v in c ia c o n v in o
el D e fin ito ric co n el R m o . G e n e ra l en q u e se d iv id ie se

([) En eetc capítulo fué cuando, temiendo muy fundadamente


SantoTnmás ds Villnnueva saliera fingido Provino al , tardá en
ilegar hasta el momento en que, conforme á nuestras leyes, debía
estar consumada la elección. Reprendiéndole el General con ter­
nura, díjole entonces: Filt, ¿quid fecisti nobis sic? ¡Designios de
Dios! De esta suerte quien huía del Provincialato, nombrado no
más que Prior de Valladolid, se viú en la amarga prscisión de
aceitar el Arzobispado de Valencia cu viilud de saiila obediencia y
so pena de excomunión con que se lo ordenó su hijo de hábito y &
la sazón Provincial Fr. Francisco Nieva; que cuando fué propuesto
para el de Granada, como era él Superior de toda la Provincia, no
tenia en España quien le ordenase aceptar.
L I B . I . — C A P ÍT U L O X Y I . 89

en tres visitas sujetas inmediatamente al Provincial (1).


¿Qué honra principal pudo caber al Ven. en asuntos
de tanta monta? Como individuo del Definitorio, cono­
cida es la que le tocaba; como única y especial honra
suya, no puedo contestar á la pregunta. Conténtese el
lector con lo pcco que en esta materia quiso dejarnos
escrito el biógrafo contemporáneo: «En las leyes que se
hicieron en estos capítulos, se echó bien de ver haber
sido Definidor el bendito Padre: tanto encaminaban á
la gloria de nuestro Señor y reformación de la Pro­
vincia» (2).
Es también de los Padres la gloria de los hijcs; que si
honran á toda la familia, fuerza es resulten más honra­
dos los progenitores que los educan: por eso, como gozo
y corona de los desvelos de les superiores, en expresión
de S. Pablo, han contado los historiadores las glorias de
los hijos ó discípulos del héroe cuya vida narraban. Y
nada más justo: por una triste experiencia sabemos los
males sin cuento que envía Dios á una sociedad, cuya
cabeza le es infiel; pues los dones y bendiciones que de­
rrama sobre los miembros de aquella, siendo el Director
justo y virtuoso, bien podran atribuirse á su rectitud,
buen gobierno y altos merecimientos.
Muchos y de gran valer fueron los hi;os que educó la
Provincia de España en el trienio del Definitorio del
Venerable. Sólo de la casa de Salamanca, salieron el
incomparable Fr. Luis de León, Gabriel Pinelo, Cris­
tóbal Fruines'.a, Gaspar Malo, Pedro Uceda, teólogos
eminentes y eruditísimos escriturarios como de la es­
cuela Agustiniana. Gabriel Pícelo, único al que no pode-

(1) Para dar una ¡dea de la entonces religiosa España, hoy


que acaso ni aun ruinas conservamos de algunos conventos, he de
trascribir la lista de los conventos que formaban dichas visitas: ten­
gámoslos siquiera cu la memoria, donde no los podrá destruir la
malévola piqueta. Véanse las notas finales.
(2) Márquez, Vida etc. Cap. V II, pág. i^,
po VIDA D E L BTO. ALONSO D E OROZCO.

mos juzgar por sus escritos, baste para indicar quién


era, el saber que D. Felipe II le nombró individuo de la
junta para gravísimos negocios, formada en 1581. Erau
13 los sugetos que la componían: de ellos 11 Miiiislros
de los Reales consejos; los otros dos, teólogos, fueron
el P. Pinelo y el P. Lorenzo Villaviccncio, también de
la misma orden y provincia. Unamos á dichos nombres
esclarecidos el lustre, en la Religión menos apreciado,
de los nombres Luis de Toledo, Luis Henríquez, Alonso
Enríquez, Gerónimo Sotomayor, Tristán Cebrena, An­
tonio Anaya y Antonio de Tapia, vastagos ilustres de las
casas del Duque de Alba, el Almirante de Castilla y otras
cuyos apellidos lo declaran .—Mulliplicasti genlem et
magr.ificasli laelitiam!
C A P Í T U L O XVII.

Los ‘Prioratos de Sevilla y Granada, desempeñados por


el “P . ¿Alonso de Orozco.—Su desdén para con la monja
embustera de Córdoba.—Eficacia de su palabra.— ü\¿ueva$
enfermedades ponen de manifiesto su virtud sólida.

1642—1646.

ES3E que apenas cumplió el bendito P. Orozco


treinta años, hasta que con ci nombramiento
de Predicador de! Rey se aprovechó, no más
que para humillarse, de las exendones de este titulo,
siempre estuvo ocupado por la Religión en Prelacias.
Además de las arriba citadas, desempeñó, sin dejar de
, ser Definidor el Priorato del Convento mayor de Se­
villa desde 1542 hasta Noviembre de 1544. En este ultimo
año en que pasó con igual cargo á Granada, siendo lue­
go confirmado en este puesto por el capitulo de Arenas
de 1545 (1).

(1) Nuestras Sam as Constituciones, impresas en 1551, no


traen aún la prohibición • de que los Definidores sean á la vez
Priores; de este decreto se habla por primera vez en la edición
(le 1536,
VID A D E L B TO . ALONSO D E OROZCO.

En 1 546 aparece en las Crónicas y libros de Profesio­


nes con el titulo de Prior de Granada y Visitador de
Aodalucla; cuando por segunda vez debió de pasar á
Canarias con el objeto de visitar el Convento que la
Orden tenia en Tenerife.
La primera vez que atravesó el golfo de Canarias,
en calidad de Visitador, conjeturamos que fué apenas
terminado el Capítulo de Dueñas de Noviembre de 1541.
E a el viaje y á su paso por Córdoba, ocurrió un lance
que demostraba cuánto enriquecía de dones altísimos
su entendimiento el mismo Señcr, que con olra mano
le probaba y purificaba á su beneplácito con angustio­
sas congojas espirituales. Magdalena de la Cruz, monja
de Córdoba, atraía hacia si espantados y rendidos los
ánimos de los fieles y de muellísimas personas de estu­
dio y experiencia, por el ruido de las revelaciones que
era fama tenía y los prodigios que obraba. Visitábanla
y la consultaban letrados y sacerdotes: para cualquiera
persona de viso y distinción que llegaba á Córdoba, ha­
bía de ser la primera diligencia visitar á la monja. Sólo
el humanísimo y obsequioso P. Alonso, así como otro Ig­
nacio de Loyola, no hizo caso ni el menor aprecio de Sor
Magdalena, no obstante los avisos é importunaciones de
sus hermanos de hábito que tanto la ensalzaban. La ad­
miración que este desdén delP. Orozco causó en el con­
vento casi rayaba en escándalo de alguno menos avi­
sado. Pero, ¡cuánto alabarían su previsión y cordura,
al descubrirse poco después las ilusicnes y embelecos
de la hipócrita Magdaiena! Antes que el tribunal com­
petente castigara la superchería de esta mujer, las te­
nían entendidas los verdaderos Santos. No sera, la tínica
vez en que el inspiradn P. Alonso descubre los enre­
dos de Satanás.
Toca también referir en este lugar la conversión ma­
ravillosa que alcanzó el ferviente religioso de una maho­
metana de Sevilla. Debemos la revelación de esta mu­
danza al mismo Ven. Padre; la cual he de trascribir con
L I B . I . — C A PÍT U LO X V II. 93
taata mayor complacencia, cuanto que hasta ahora ha
perir.anecido inédita. Por ella se vendrá en conocimien­
to de su fervorosa palabra, y de la confianza tan grande
que tenia en la misericordia divina; puesto que sin ver
todavía las muestras decisivas del efecto de la gracia,
hablaba y disponia cual si tocara con las manos lo que
habia de acontecer. La escritura del celoso Prior dice de
esta manera:
Historia de la conversión de una mora. «Nc calla­
ré, oh Señor mío, la grande merced que me hiciste
en Sevilla, ordenando que una mora se convirtiese
por ¡nedio ce rnis palabras, aunque pecador. El caso
es que yo confesaba una señora que se decía Doña
María de la Torre, la cual teuía una esclava mora; dán­
dome cuenta de la pena que esta sierva de Dios tenía
por no ser cristiana aquella criada, díjela que me la
enviase, que la quería hablar; respondióme que muchos
religiosos la habían hablado que dejase aquella mala sec­
ta y fuese cristiana, y nada aprovechaba. Tenia esta
mora confianza que la había de rescatar una su medre
que fué juntamente con ella cautiva y se rescató, la cual
le dijo: hija, esta firme en tu ley, que yo enviaré por tí.
Finalmente, venida este mora á nuestro monasterio con
un ama que la trujo, yo salí á una capilla de un Santo
Crucifijo antiguo y devoto, en el cual la ciudad tiene
gran devoción, delante del cual le signifiqué aquella ad­
mirable caridad con que nuestro Salvador Jesucristo
nos quiso redimir, y el engaño del infernal Mahoma,
que con su desventurada secta lleva tantas almas al in­
fierno. ¡Cosa maravillosal estándola predicando, vi que
se alegraba en oír aquellas palabras. Yo la despedí dicien­
do: nuestro Dios os alumbre con su gracia, hermana;
idos y decid á vuestra Señora que queréis ser cristiana,
para que se solemnice el día de vuestro bautismo. No
me respondió palabra, sino luego que entró en casa de
su señora derribó su manto é hincada de rodillas dijo:-—
Señora, cristiana quiero ser—palabras que no solamente
04 VIDA D EL BTO . ALONSO DE OROZCO.

alegraron á toda la casa, mas aun á !os ángeles del


cielo según nuestro Redentor afirmó. Oh clementísimo
Señor, ¡cuán de veras recibiste esta ánima, que :io
como quiera guarcaba vuestra santa ley, mas á todos
admiraba su devoción, oración y ayunos, llorando los
años que estuvo en aquella ley desdichada! Bieu sé yo,
gloria mia, que sin vos naca podemos, como lo dijisteis
á vuestros Apóstoles; aquesta obra maravillosa, vuestra
es; mas por haber sido alguna partecita de la conversión
de esta ánima os alabo infinitamente y os suplico que á
ella deis perseverancia hasta la muerte, que os ame y
sirva; y á mí pecador me deis el premio de mi pequeño
trabajo en esta vida, dándome aumento de gracia y
después la posesión de eterna gloría. Amen».
Hemos dado á admirar en los capítulos anteriores el
modo singular que el humildísimo Prelado empleaba
para atraerse los ánimos de sus gobernados.
A lo cual ahora no ayudaría poco el verle padecer
frecuentemente, con resignación y alegría, penosísimas
e n fe rm e d a d e s: que la desgracia, sobre tc.do en el
inocente, hace suyas á las almas bien nacidas. Los de­
seos vivísimos de ser crucificado con Jesucristo, fácil es
de creerlos ocultara á sus religiosos; por mas que, como
llamaradas salidas del horno de su pecho, no las podría
contener en las fervorosas pláticas, que para encender­
los en el amor de la cruz con frecuencia les dirigía. Pero
el rostro sereno y alegre, la blandura de sus quejas, si
por ventura las exhalaba, la resignación y acción de
gracias con que sobrellevaba los agudísimos dolores,
habían de estar patentes á todos; y no podrían menos
de conocer que la gracia, superior á todas las flaquezas
humanas, prestaba vigor á aquel espíritu animoso, re­
tratado corno en un espejo en su faz amable y ri­
sueña.
Y adviértase por qué medio labraba ei Señor este
vaso de perfección, haciéndole por una parte dechado
de los súbditos, y disponiéndole á la vez para recibir*
L I B . I . — C A P ÍT U LO X V II.

mayores mercedes, encaminadas al alto fin para que


reservaba ¿ su siervo.
Tres veces habia padecido casi las angustias de la
muerte; y para colmarle de méritos le redujo Nuestro
Señor á la agonía, tanto al ha.larse en Sevilla, ccmo pos­
teriormente en Granada. El Santo apenas hace mención
de su dolcncia de Granada: aunque la llama grande
enfermedad, y cuéntala para dar gracias á Dios que le
pasó por el agua de tribulación, devolviéndole la salud
que no recobraron otros dos religiosos, los cuales pade­
cieron lo mismo en su monasterio. Empero de la padeci­
da en Sevilla escribió largo párrafo, que merece pon­
derarse:
«Otadas os da mi alma, Señor, que le disteis este
santo deseo de sentir algo de lo mucho que Vos pade­
cisteis por nosotros, para que por muchos días os supli­
case yo esta merced; y así lo ordenásteis Vos, que aque­
lla enfermedad que me disteis en nuestro monasterio de
Seyilla, que dicen gota artética, porque anda por todas
las coyunturas aquel humor atormentando al enfermo,
de tal manera me afligió, que desde loa dedos de los
piés hasta los hombros, donde se acabó el humor, no
hubo coyuntura que no padeciese gran dolor. ¡Oh
Señor, alabado seáis Vos que firmasteis mi petición tan­
tas veces repetida! Cuando yo miro estas manos con
qúe escribo estas Confesiones, y las conozco sanas, no
puedo sino loaros; pues por más de cuarenta días me
vi sin servirme de ellas, dándome ¿ comer ccn mano
ajena. Allí, Rey del cielo, estaba yo crucificado con Vos,
enclavados mis piés y manos, no con clavos de hierro,
sino con aquel humor atormentador. Y aunque !a carne,
como flaca (i), que no es de piedra ni de metal, lo sen­
tía; vuestra virtud reforzaba mi espíritu, para no cesar
de daros gracias; de manera, que dos veces me habéis
dado los piés y las manos: una cuando me los formás-

(i) Job. V I. 12.


96 VIDA D E L B TO . ALO N SO D E OROZCO.

teis, y otra cuando libre He aquella enfermedad me los


volvisteis á dar. Yo daré la herida,y yo la sanaré (i), dijis­
teis Vos, Señor, y así lo obrasteis conmigo» (2).
¡Y tanto que la sanó! Con mano bien delicada, con
secreto muy amoroso, conforme veremos en el capitu­
lo siguiente.

(1) Deut. XXXII. 35.


(2) Confesiones lib. III, cap. 4. pág. 90.
C A P Í T U L O XXVIII.

‘"Morando en Sevilla el Ven. ‘Padre, aparéemele la ‘Reina


del cielo y le manda escribir.

1542.

azón es que con alegría mi alma cante •vues­


tras misericordias sin cesar, pues vos Rey y
Salvador míe, jamás cesáis de enriquecerla
con vuestra misericordia. El pintor que hizo
una imagen muy perfecta, vase á otra tierra, y sin él
tiene ser la imagen, y aun si se muere, ella dura mu­
chos años, porque la hizo de algo, y no le dio más de la
forma; mas Vos, Señor, dáislo todo; y por esto ninguna
criatura puede conservarse, sin que vuestra misericor­
dia, que le dió el ser, se le dé cada momento, conser­
vándola. En Vos, Señor, vivimos y nos movemos y
tenemos sér, según dijo un sabio. Grande fué la mise­
ricordia que se me hizo en criarme, como antes mi sér
fuese nada; y no menor darme un sér tan noble, capaz
de vuestra gloria: mas muy mayor en redimirme, Se­
ñor de mi alma, tan á costa de vuestra sangre, liuma
8
98 VID A D E L I3T 0 . ALONSO DE OROZCO.

y vida. Esta fuó la gran misericordia que ponía delante


el Rey David, cuando dijo: Habed misericordia, Dios,
de mi, según vuestra gran misericordia. Mar Océano
de misericordia fue este beneficio: bendita sea vuestra
clemencia v-bondad. ¿Qué diré de la piedad con que me
perdonaste mis pecados, me llamasteis á la Religión,
me hicisteis ministro de vuestro santo altar, me con­
fiasteis vuestro Evangelio para predicar á los fieles, me
librasteis de tantos peligros en la mar cuando pasé este
golfo tan peligroso de aquí á Canaria cuatro veces, para
proveer y visitar un monasterio nuestro que está en la
isla de Tenerife? Mas sobre todas estas misericordias,
oh esperanza mía, no callaré tres que siempre traigo
escritas en mi corazón para alabaros: y tcngolas comc
joyas y rehenes devuestra mano dadas, para que confíe
en vuestra bondad que tengo de cantar vuestras mise­
ricordias en el cielo perpetuamente».
«La primera es, que morando yo en nuestro monasterio
en Sevilla, v estando durmiendo, vi en sueños á vuestra
purísima Madre la cual me dijo una sola palabt-3 , y fué:
—E s c r i b e . Fué tan grande la alegría que sintió mi alma,
que no lo podía declarar por palabras. Su rostro era tan
humilde y juntamente grave y los ojos bajos, que ahora
escribiendo esto parece que la veo: de tal manera se
imprimió en mi corazón aquella dichosa vista. Con esta
alegría desperté y dije: Oh Reina de los ángeles, supli­
cóos qae si esta visión es verdadera, que m : certifiquéis
si mandáis que escriba. Tornando á dormir la misma no­
che, volví á verla, y dijome:— E s c r i b e . Alabeos, Salvador
mío, vuestra misericordia tan grande, y di gracias á la
Señora del mundo, diciendo con santa Isabel: aDe dónde
merecí yo, que la Madre de mi Señor me viniese á visitar,
y á consolar?» Luego puse mano en escribir el libro del
Vergel de oración, y Monte de contemplación: y tras este
otras en romance, que son: Memorial de amor sanio.
Regla de vida cristiana: Examen de la conciencia: Exer-
citatorio espiritual: Soliloquios de vuestra sagrada Pasión.
l.in. I . — CA PÍTULO XVIII. 99

Victoria del mundo: Arte de amar á Dios: la Reina de Sabá:


el Epistolario cristiano: un Catecismo: las Victorias y
martirios de los dos Juanes: Victoria de la muerte: las
vidas de los dos santos de nuestra Orden: y las siete pala­
bras, que vuestra bendita Madre habló, declaradas en siete
sermones. Finalmente, escribí en latín todas las festivida­
des de esta Señora del mundo, Adviento, y Quidragésima,
con todas las Dominicas del año. y Sancloral: Regalis
¡nstitutio v sobre los Cánticos de Salomón. Todo esto es­
cribí por mandato ele vuestra santísima Madre, á quien
Vos, Señor, siendo de doce años obedecisteis, y los An­
geles se tienen por dichosos en obedecerle. Suplico á
Vuestra Majestad, que esta doctrina sea á gloria vues­
tra £scrita, y para utilidad de las almas con vuestra
preciosa sangre redimidas: y también para honra de
vuestra gloriosa Madre, que por vuestra voluntad por
dos veces me dijo :—Escriben (i).
Hé aquí en parte descubiertos los designios del Se­
ñor tcerca de su siervo: hé aquí el blanco adonde se
encaminaban las extraordinarias mercedes, la dolorosa
prueba de la angustia espiritual y de las enfermedades
repetidas y prolongadas; todo se dirigía á labrar con el
martillo de la tribulación un varón experimentado y
fuerte, un guía seguro en la estrecha senda de la gloria,
un escritor celestial.
Escritor por encargo de la dulcísima Virgen! Habrá
corrido todo, sin duda, á cuenta de ¡a purísima y gene­
rosa Señora. ¡Quién pudiera adm irar la mística é invi­
sible pluma que regalaría a su Capellán Alonso, el suave
y delicado néctar donde empaparla! Y sebre todo esto,
¡qué dulces é inefables nuevas del cielo do le contaría,
qué secretos regalados no le haría manifiestos, cuán sa­
broso y rico decir, qué encendidos afectos no le inspi­
raría á fin de llenar cumplidamente el encargo que le
confiaba!

(i) Lib. de las Confesiones 111, cap. IX , pág. 96.


IUU VIDA U t L UTO. ALONSO DL UKOZUO.

Ya conocérnosla escondida fuente, de donde vinie­


ron los frescos y dulcísimos raudales de los libros del
privilegiado escritor; ya averiguamos por qué terrenos
pasaron aguas tan saludables, veneros de virtudes tan
varias como estupendas.
El Ven. P a d re , a le n ta d o por la poderosa Virgen,
puso luego mano en escribir y comenzó por el Vergel
de la oración y Monte de Contemplación, a ltu r a s por donde
vuela y se recrea la reina de las aves, por donde comen­
zó el águila del Evangelio, el virgen S. Juan, nombrado
en el Calvario custodia y predilecto hijo de la modelo
de vírgenes.
Estas primicias de su fecunda pluma las dió á la estam­
pa en Sevilla, cuando todavía era Prior de aquel gran­
dioso convento, en casa de Antón Álvarez, y acabóse de
imprimir el libro á XXVIII de Agosto del año de MDXLIV;
por lo que, teniendo en cuenta el tiempo invertido en la
impresión, examen y redacción del tomo gótico (el cual
está en 4.0 español ú 8.° marquilla de 134 folios á dos
columnas), podremos afirmar que la aparición de la Vir­
gen acaeció el año de 1542, poco después del restableci­
miento de la enfermedad de gota mencionada, que el
Beato padeció.
Y ya jamás dió descanso á la pluma, mostrando casi
todos los años de su larga vida, cual árbol fecundo y
lozanísimo, el maduro fruto de su ingenio; y mejor
dicho, el celo abrasador cíe la salvación de las almas, y
el amor y la gratitud generosísima de su pecho hacia su
bondadosísima Madre, la Virgen María. No le faltarán
ocupaciones, además de su oficio primario; veráse siem­
pre rodeado de consultas, de desvalidos y pobres, esclavo
y juguete todavía del tormento de los escrúpulos; mas
siempre hallará también tiempo, aunque sea robado al
sueño y al descanso, para no contravenir á la ley de pre­
sentar todos los años á su dueña y Señora el opimo fru­
to de sus valiosos libros.
El bendito Padre compuso muchos más de losapun-
l i d . t .— c a p í t i i í d \ viii. 101

tados por él arriba en ¡as Confesiones, nueve años antes


de su tránsito el cielo: de todos ellos hablaremos en el
tercer libro, y de algunos en especial allí donde la histo­
ria de su vida lo requiere; por lo demás, excúsanos todo
encarecimiento de su valer lo que en este capitulo aca­
bamos de referir.
C A PÍ T U LO X I X .

Con el ansia del martirio sale el bendito T*. c/1lonso de


(Misionero para ¿Méjico; y de cómo hubo de quedarse
en el camino y regresar d la ‘Península.

1 5 4 8 -1 5 4 9 .

en el pensamiento de dar contento á


M R F .n i n o

la Virgen Santísima, y atareado con sus de­


votos libros. se le deslizaban ya casi siete años
al venerable escritor.
Sabemos que desde el 1544 salió de Sevilla para la
risueña Granada, donde la obediencia le tuvo empleado
quiza hasta el 1548 con el cargo de Prior y además
Visitador de Andalucía.
Por este mismo tiempo llegaban noticias cada vez
más consoladoras, acerca de la propagación de la fe
católica en las dilatadas regiones de América. Ye en
11533 había "conocido el bienaventurado Padre salir de
España los ocho primeros apóstoles agustinos, entre
los cuales iban la mayor parte desús connovicios y casi
todos los misioneros eran hijos, como él, de la misma
L ID . I . — C A P ÍT U LO X I X . 10}

casa de Salamanca (i). Ahora la fama publicaba sus


hazañas prodigiosas y laheróica ayuda de los sucesores.
Las escenas délos primeros tiempos del cristianismo
repetíanse en el vastísimo teatro del nuevo mundo. Y no
bastaban para el celo de los religiosos tan dilatados im­
perios: el virey de Méjico D. Antonio de Mendoza, estre­
chado por las órdenes de Carlos V, hubo de preparar
una armada para la conquista y conversión de las islas
del Poniente; escogiendo entre las Órdenes Religiosas
a la Religión Agustinianapara ayudar en la demanda al
Almirante Ruy Lope de Villalobos. En 1542 había salido
la armada, y todavía en 1548 no llegaba ninguna grata
noticia de ella. Sabíase que por fuerza surcaría mares
desconocidos, con provisiones sólo para algunos meses;
cue luchaba á la continua con enemigos envidiosos, y
cue, ora flotando en las indómitas olas, ora de arribada
en puco hospitalarias playas, ignorábase el momento en
que arribaría á tierra donde ondease el pabellón español;
ya que lodos estaban persuadidos del fracaso del em­
peño. El heroísmo de estos apóstoles encendía más los
ánimos de los fervorosos religiosos, que les envidiaban
tanto merecimiento. Y los escasos obreros evangélicos
derramados por las inmensas tierras de Méjico, á cada
paso pedían más brazos para recoger el copioso fruto
de su apostolado. A mayor abundamiento, el Empera­
dor mismo avisóá nuestro CapítuloProvincialde Toledo,
celebrado en 1548, hiciera un esfuerzo para mandar más
religiosos á las misiones.
Agudas espuelas eran estas para el ánimo siempre
dispuesto del Venerable: nunca mas oportuna le pa-

(1) El cronista Grijalva testifica que todos los conventuales


salmanticenses, al recibir la invitación, se alistaron para las misio­
nes de Méjico; por lo cual creemos que para el año 1532 no se
hallaba el Ble. cu Salamanca, donde todavía residiuu sus conno­
vicios; 3¡no que á él, como mayor en edad y en carrera, le des­
tinaron pronto i otros puntos.
to 4 VIDA D C L DTO. ALONSO D E OROZCO.

recia la ocasión de lograr su vivo anhelo de morir


m ártir. Al ponerse en la presencia de Dios y pedir­
le aflicciones que padecer por su amor, avergonzá­
base de hallarse tan sosegado en su patria, y no valar
á los bosques y las abrasadoras llanuras de América;
inflamábase en ardientes deseos de anunciar el nombre
de Jesús y el de su veneranda Madre á los salvajes: y
e n t r e dulces ensueños acariciaba el pensamiento de de­
rramar su sangre portan santos nombres. No le bastaban
paralas ansias de padecer por Jesucristo las frecuentes
ydolorosas enfermedades con que le visitaba su adorable
Crucificado; era poco también la prolongada tentación y
congoja del espíritu, en que por los escrúpulos se haliaba
envuelto; lo ha escrito él: blandura y delicadeza le era
cuanto no fuese estar clavado en la cruz.
Por lo cual se ofrcció á ir de Misionero á Méjico en la
primera barcaca, y esta vez aceptaron su ofrecimiento
los Superiores (i'. Con trasportes de alegría estamos
seguros que recibió la obediencia y noticia de hacerse ya
á la vela. Sus biógrafos y las informaciones hablan con­
testes de la única provisión que preparó para el largo
viaje: una cruz de palo. Esta llevaba para consuelo en las
privaciones, iris en las tormentas, refugio y amparo en
todas las necesidades. ¡Riquísima Cruz! No volverá el
Ven. Padre á separarte de sus dulces brazos: divisa y
aliento para siempre en las batallas que libraba con el
enemigo, espejo de sus obras, amiga fidelísima eu el
trance de la muerte, morirá abrazaco a ella sirviéndole
de remo para aportar t las playas eternas de la biena­
venturanza, y de emblema y atributo donde se cifren la
corona y la gloria de sus heroicas virtudes.
Pondérese el júbilo que sentirla surcando los mares,
al impulso délos vientos, en seguimientoá su imagina-

(i) Se nos hace increíble que varias otras veces no se ofrecisse


antes, ya cuando salieron sus connovicios, ja cuando desde Sevilla
despidió ¿1 mismo á la tercera barcada.
l ib . i.— c a p ít u l o x ix .

ción, que iba en cerrera más rápida volando en alas de


la fe y del amor.
Una borrasca, sobre modo furiosa, hizo zozobrar la
nao donde iba, y amenazaba anegarla en las aguas:
como peligro que arrostrar, si bien imponente, no es de
creer atemorizara mucho al arrojado misionero; era
cosa de antemano prevista y para lo que iba apercibido.
Diría seguramente: hallaremos en el camino lo que pen­
sábamos recoger en el término del viaje. Pero no, su
amada compañera, como él llamaba á la cruz adorada,
serenó los vientos y calmó la tempestad; haciendo Dios
merced de la vida á todos los tripulantes por la oración
de su decidido apóstol. Seguía el tiempo bonancible,
augurando todo la mayor felicidad: Dios, sin embar­
go, que reservaba al Venerable para otra misión
y martiriu, aceptó sólo el sacrificio de sus deseos, y
probó al mismo tiempo la fidelidad de su amigo, aguan­
do su alegría, truncándole sus pensamientos, con sus­
citarle la antigua enfermedad ce la gota artética. Des­
confiaron los médicos de su vida; por lo que le dejaron
en Canarias para curarse, siguiendo el barco su rumbo.
Atribuyóse la causa de la dolencia á haber entrado cr. el
agua; así que, aun no muy nliviaco, regresó á España
con la amargura y dolores de su enfermedad, y el más
amargo sentimiento de no alcanzar, por sus pecados,
la gracia y la honra nunca merecida de padecer martirio
por nuestra santa fe.
«Ocho años después (de la enfermedad de Sevilla)
deseando yo de pasar á Méjico, para en algo ayudar á
los Padres de mi Orden, que allá con tanto fruto predi­
caban á los Indios vuestra santa ley; deseaba yo, y aun
ahora desen, gozar de tan gran favor, como es morir
mártir: privilegio tan alto que no se alcanza sin vuestra
gracia. Llegué á las Islas de Canaria, y no mereciendo
yo tal empresa, me tornasteis á humillar con la misma
enfermedad que ahora dije. ¡Oh secretos vuestros pro­
fundos! De tal manera me cortasteis el hilo, que los mé-
io 6 VIDA D E L BTO. ALONSO DE OROZCO.

dicus, desconfiados de mi vida, dijeron que en ninguna


m anera deb a pasar adelante; y que si no entrara en la
m ar, que no volviera aquella enferm edad la segunda
vez; de m anera que aun uo del lude libre d é lo s dolores,
hube de navegar para España. P o r lodo seáis Vos loado,
que ha ya más de treinta años que ningún rastro de
aquella enferm edad he sentido. Escrito está, que no hay
riqueza que exceda al valor de la salud (i); m as yo por
m ayores bienes ten go , de vuestra bendita m an o dados,
la experiencia de dolores en esta vida, que Vos dais á
quien por vu estro am o r los desea sentir. No se sienten
vuestras in ju ria s, sino siendo injuriados; ni -vuestra
pobreza volun taria, sino siendo pobres; ni tam poco
vu estros extraños dolores, sino en las graves enferm e­
dades. Digo que no se sienten; porque m u y otra cosa
es especulativam ente pensar vuestros trabajos, ó p o r la
experiencia pasar otros que les parezcan en alguna
m anera. Hacedme, Dios m ío, este favor, que en tanto
que y o viviere, pueda dec.ir con verdad: Crucificado estoy
con m i Salvador Jesucristo. Esta cru z sea mi descanso,
m i floresta y regalo, porque desde esa torre fortísim a
venza al león Satanás, huelle todo lo que es n u n d n ,
teniendo debajo d é lo s piés sus honras y van os favores;
y finalm ente, crucificado mi hom bre viejo heredado de
Adán, m i espíritu tenga vida y libertad para am aros
con todas m is fuerzas, y para serviros y alabaros con la
lengua y con las entrañas» [i).

(O Ecclí. 30, v. 16.


(1) L ib . 111, de las C onfesiones, cap. IV, pág. 91.
C A P Í T U L O XX .

í'Milagrosa desaparición de la turbación espiritual


del ‘Beato Orozco. Su vuelta á Castilla y
‘Priorato en la Córte.

1549—1554.

a lo ha visto el lector: indign o de la em presa

del apostelado de las Indias y de la palm a del


m artirio se juzgaba el enferm o m isionero; re­
gresa á la Península, no sólo con sus alegrías y deseos
desvanecidos, sino con dolencias corporales; mas poco le
im portaban con tal que no le arrancasen de sus brazos
la cru z sa rta , el em blem a del am or á Jesucristo. M uy
in cig n o podría él estim arse de co n vertir infieles; pero
ios cristianos que en algo apreciaban la virtu d no
dejaban piedra sin m over, á fin de consolarse con la
m odesta presencia y edificantísim os coloquios del Bea­
to Orozco. En los registros del General de la O rden se
lee que p o r el año 1549 la M arquesa de P rieg o so­
licitó de su autoridad ordenara q u e , para consuelo
y edificación de la suplicante, el bendito P. Alonso resi-
io8 VIDA D E L B TO . ALONSO DE OROZCO.

diese en nuestro C on ven to de M ontilla. Y difiriéndose


la concesión, vése por últirr.o que á instancias del ilus­
tre dom inico, hijo del D uque de Alba, Cardenal A rzo­
bispo de Santiago D. F r. Juan A lvarez de Toledo (qué
resid ;a en Rom a), lo acordó asi el P. General á 8 de O c­
tu b re de :55o.
C aritativo era el V enerable, y am igo en g ra n m anera
de consolar á las almas; mas no podem os decir si serian
de su agrado estas súplicas singulares; en todo caso, de
haber estado en M ontilla, seguram en te que no fué por
largo tiem po. En el año de 155: debía de hallarse nueva­
m ente en Sevilla, donde su M adre am adísim a, la Reina
del C ielo, le iba á reg a la r con otra señaladísim a m erced.
T rein ta años habia que el Beato pasaba sin in terru p ­
ción ni descanso, sino en el sacrificio de la m isa, por
el a g u a y fuego de la tribulación. R e p itá m o s lo que el
acrisolado P a c r c escribió en sus Confesiones: «Oh S a l­
va d o r del m undo, ¿cómo podr¿ yo m anifestar la g u erra
tan trabada que mi alm a padeció casi trein ta años? ¡Oh
qué blasfem ias decía aquel padre de m entiras, Satanás,
ahullnndo á nr.ie oídos! San Pedro dice, que este león
anda cercando las almas, y bramando por hallar alguna
que trague...... ¿Qué eran sino bram idos de eite león ra ­
bioso cada tentación de la santa fe, con que m olestaba
m i alm a sin cesar de noche y de día? No m e dejaba
co m er bocado sin escrúpulo, ni beber un poco de agua,
teniendo sed» (1).
Rien tenia aviso el acongojado relig ioso, de que
cu an to m ás sequedad sintiese, habla de ir más adelante
en la virtu d , con tal de no d esm ayar en la dem anda. «El
soldado que al p rim er encuentro vuelve las espaldas,
escribió él, cobarde es, y no m erece gozar de la victoria,
que al esforzado se le debe. Flaqu eza es gran d e apar­
tarse de estos santos ejercicios, n c m ás de por no sentir
la su avid ad , qu e algunos desean. Estos son com o los

(1) Lib. ie las Confesiones II, cap. X II, pág. 86.


L IB . I .— CAPÍTU LO X X .

niños, que no com en la fru :a sino por aquella aguam iel


que está encim a; y acabado aquel gusto, da con la fruta
en la pared. S a a P edro dice: Desead leche como niños
recién nacidos. Y dice bien, que la deseen, m as tengan
paciencia, y perseveren en desearla y pedirla. Dim e, cris­
tiano, ¿cuántas reces te llam ó Dios, y no le respondiste?
C uántas veces pecaste contra ¿I y m crcciatc el infierno?
No puedes d ccir sino que m uchas. Así es, hum íllate y
no presum as queriendo regalos d e hijo, sino reconócete
p or siervo sin provecho. M ayorm ente que con la fria l­
dad y hielos acepa el trigo y echa raíces: así el alm a
con la sequedad y friald ad se hu m illa, y gim e sus p e c a ­
dos, y está entonces m ás segu ra de g lo ria vana, qu e con
los regalos que desea de devoción» (2).
A fe m ía que quien estos consejos dió se hallaba
acepado y con hondas raíces en la virtud , al toqu e de
contrarios acrisolada, después de los rig o res de treinta
años de an gustias en el ánim o, dolores y h orribles p en i­
tencias en el cuerpo!
Rendido un día, tra s largos debates con el enem igo,
apenas si le quedaban fuerzas y cabeza p ara co ntinu ar
luch an do:— «¿Dónde estáis, Reina del cielo?» dijo entonces
con voz esforzada. O tra voz blanda del cielo le co n tes­
tó :— «Aquí eslny cnnlign, Alnnsnn. F' rlulce sosiego del
alm a fué la recom pensa del alcanzado triunfo.
De esta Señora y M adre de m isericordia de la que
centenares de veces se publicaba deu dor, aún antes de
nacido, había de m erecer el favo r de que desapareciesen
la tentación y los escrú pu los que le atorm entaban . Con
la ayuda de su intercesión salió vencedor en todas las
batallas libradas; ahora, á la invocación de su am paro,
corrido el enem igo de vergü enza, h u irá derrotado é
im potente para p ro v o car m ás luchas. Encom endado
tenía el negocio á esta S acratísim a P rin cesa; «y una
noche, viniendo de m aitines á la celda, oyó grand es

(2) Historia, ie La, Reina Sabd, cap. X X I, p ág. 347.


VID A D E L BTO. ALONSO DE OROZCO.

ah u llicos de perros y una voz m uy blanda, que le dijo:


Alonso, vencidos van: y desde entonces decía nuestro
P. Fr. Alonso de O rozco que vivía com o en el cielo con
gran quietud y sosiego de conciencia; y d e d a rnás. que
entonces le apareció NLra. Señora en figu ra de una d on ­
cella m uy herm osa, y que tenia unos ojos lindísim os, y
que con ellos le robó el alm a; y cíjo m e á m í, contándo­
m e este caso, que eran tan lindos I03 ojos, que nunca los
pintores aciertan á pintarlos com o clics eran; que si
fuera pintor piensa que acertara á pintarlos com o eran.
Esta Señora le consoló, y nuestro P. Fr. Alonso de O roz­
co, agradeciendo esta m erced, pidió á la V irgen que le
dijese de qué obra ú obras se serviría en agradecim iento
de m erced tan grande; y respondióle la Soberana S e­
ñora que se serviría m ucho de que escribiese y predica­
se». Así el P. Rojas, últim o confesor del P. Orozco (í):
mas digam os tam bién las m ism as palabras del V enera­
ble Padre:
o A cu erdóm e. que algunos días antes de aquesta paz,
sentí que se alejaba de mi este león, y oía sus bram idos
m enos furiosos; m as entonces alegrábase mi alm a, sin­
tiendo que iba huyendo com o cobarde y vencido. Alabo
vuestro santo nom bre p er los años que fui ccn tristado,
y en grand ezco vuestra m isericordia, que de su m ano
m e sustentó tanto tiem po para no ser vencido. Oh de­
fensor m ió, no m e dejéis jam ás; pues sabéis que nada
puedo sin vuestra gracia: la cual no faltándom e, con
S. Pablo osaré decir: Todo lo puedo en el Señor, que me
da fuerzas (2). Sea vu estro nom bre santificado, que ha
y a más de veinte años que aquellos bram idos por vu es­
tra g ra n m isericordia cesaron, sintiendo una serenidad
y paz que sola vu estra m ano la pudo obrar. Bendito
seáis Vos, que así me pasasteis p o r fu ego tan penoso

(1) Relación de la vida del Ven. Orozco, publicada en la R e ­


v i s t a A g u s t i n i a n a . V o l. I. p ág. 38 .
(2) P h ilip . 4, v . 13.
1.10. I . — C A r Í T U t . O X X . 111

p era que pudiese consolar y avisar á las alm as cristia­


nas, que Vos, por divino juicio afligís con escrúpulos.
No supiera yo h ablar ni escribir los rem edios para los
atribulados, ccm o yo lo fui, si no experim entara lo
que sentí» (i).
De suerte que el cielo regalaba á España un escritor
y predicador, adornado de riquísim as prendas, com o
dádiva suya; sobre todo con la adm irable cualidad de
vencedor perpetuo de Satan ás en m il lides, hom bre ex ­
perim entado y hecho á las fatigas de la guerra. Adem ás,
el espíritu divino da ahora nuevo aliento al corazón del
héroe, serena su despejada frente y ofrécele rem ozado
com o el águ ila, para caudillo del pueblo escogido. ¿Qué
traza, por fin, concebiría la P rovidencia acerca de su
siervo, instru m ento con tan to esm ero labrado?
Esperem os algún tiem po, qu e p o r estos años de 1551
vu elve el favorecido apóstol á Castilla; y la obediencia
le en carga el desem peño de S u p erio r local en la córte
d e Valladolid. Dejad á la luz, que brille en lu g a r em inen­
te: tras sus resplandores irán los ojos de todos, y m il
bocas dirán sus alabanzas.

(1) Lib. de las Confesiones. II, cap. 1», pág. 86.


LIBRO SEGUNDO.
— e 3 *B 3 —

osa natural y m u y justa nos parece hacer punto


de reposo, ahora que vam os á en trar en nue­
vo período de la historia de nuestro Beato.
¡C uánto hem os andado! exclam a el \iajero descansan­
do en un rib azo del cam ino; y volviendo los ojos atrás
encarece las vueltas y asperezas que con sostenido aliento
ha logrado salvar y vencer.
Yo ao sé si habrem os llegado á esta aítu ra fatigando
el ánim o del lector; pero sea con pesadum bre ó sin ella,
son p ara record ar las especies que han cruzado por
nuestra im aginación , especies sueltas, cuyo fin y para­
dero nos era desconocido. El nacim iento prod igioso, la
nobleza del alm a, los estudios en la A ten as española del
joven Alonso, su m aravillosa vocación al claustro y p ri­
m eros ensayos de p red icació n , el am able y paternal
gobierno de sus súbditos er. m edio d e tan tas dolencias,
horrible sequedad, angustiosos y prolijos escrúpulos, la
aparición con que fué favorecido de la V irge n , su llam a­
m iento al apostolado del pu lpito y de la plu m a, anhelo
por la palm a del m artirio , y sosiego ahora y dulce paz
0
114 V I DA D E!. BTO . ALONSO DE OROZCO.

del corazón por la voz del cielo: ¿cómo no conservarlos


en la m em oria y pond erar su atractivo y grandeza?
Pues ah ora vam os a d escu brir el térm ino á que se
en cam inan : andábam os vacilantes sin atin ar con las
sendas de la P rovidencia respecto de su favorecido P a ­
d re Alonso, y llegam os á la cum bre, desde d oñ ee todo
en general se presenta á la vista.
A cércase el m om en to de saber con toda claridad y
circu nstancias el alto destino del V en. P ad re en este
valle de peregrin ación, y ver cuanto por ello fué enalte­
cido aun acá abajo. Vam os i conocer su carácter m u y
m ás de cerca, y tuda su vida in tim a y m inuciosos deta­
lles de sus d iarias ocupaciones, narradas cun las m ism as
palabras cié am igos que, ora le sorprendían en el retiro
de la celca, ora le acom pañaban com o confidentes y
tiernos com pañeros suyos en las salidas del m onasterio.
Esta parte, sobre ser la m ás principal de su biografía,
abu nd a en testim onios lo m ás fidedignos, cuales son las
actas au tó grafas de su proceso de beatificación, de que
hem os hablado; en m uñera que toda ha podido sacarse
tan llena y origin al, cual si se com pusiera en el m om ento
de su tránsito al cielo, ha y a casi tres siglos. Vea el lec­
to r si es p ara anim arse á prosegu ir la tarea com enzada.
C A P Í T U L O I.

E l lilulu de ‘P redicador del ‘Rey.— Últimos o/cius del Bien­


aventurado ‘P a ire e n la Orden.— Su apostolado en la Córte.

1564—1660.

e ja m o sal am abilísim o P ad re Alonso, colocado


por la obediencia en el puesto em inen te y
visible de P rior del convento de S. A g u stín
de V allad olid. Com o es del sol alu m brar, y
del fuego ardiente levan tar v iv a llam a; asi es natural
condición del sabio esparcir los rayos de su ciencia, y
del virtuoso d ifun d ir el suave perfu m e de la piedad.
T ra ta r al bondadoso P rio r y rendirse cautivo á su v o ­
lun tad debía de ser todo uno: los ojos del pueblo valiso­
letano habían de ser atraíd os p o r la herm osura del saber
y la santidad, que brillaba en el rostro y en la palabra
del enviado del cielo.
L legaba ValtecLolid por aquellos años á la cum bre de
su glo ria . E ra [a Córte, abrillan tad a y enaltecida com o
siem pre de los hom bres em inentes en las arm as, en la
política, en las artes y en las letras. T an to el E m perador,
IIÓ VIDA D EL BTO. ALONSO DE OROZCO.

com o el Príncipe, y los Generales más fam osos, hallábanse


fuera de E spaña al cuidado de sus dom inios en los P aí­
ses Bajos; m as aquí al lado d e la R egenta, la Princesa
Doña Juana, quedaban los hom bres de Estado y tantos
otros que, señalados en la Jurisprudencia, honraban la
fam osa Chancillerla. Floreció á la vez la renom brada
U niversidad Valisoletana; B erruguete adem ás, H ernán­
dez, Jordán y Junl llenaban de m aravillas del arte los
grand iosos tem plos y palacios de la villa de A nsúrez.
Este loco del ingenio y d e la influencia com prendió
luego. y tu v o en g ra n estim a, las prendas del P. Orozco;
y ensalzándole á una plebeyos y m agnates, llegó la fam a
á conocim iento del Em perador; quien estim ó oportuno
honrarle y aprovecharse de sus dotes, nom brándole
P red icador Real. E xpidióse el albalá de tal título en
Bruselas, donde á la sazón m oraba Carlos V , y lleva la
fech ad o 13 de M arzo de 1554: tan acertado nom bra­
m iento había de form ar época en la historia de los g lo ­
riosos hechos del docto y observante agustino.
Hum ilde y reconocido, recibió esta distinción alzando
los ojos al cielo, de donde escuchaba la voluntad divina,
al leer las líneas del regio despacho. Son arían entonces
de nuevo en sus oídos las palabras de la V irgen que le
decía predicase y escribiese. F.l m ism o, ftl verse tan
honrado enn la visita de la d iv ira Señora y libertario
de los asaltos y algaradas de Satanás, había ofrecido
á tan bondadosa Madre la sangre de sus v e n a s, los
latidos todos d e su corazón, una vida enteram ente con ­
sa g ra d a al servicio y alabanza de elle. ¿Y para qué al fin
recobraba la salud, después de tantas dolencias; para
qué su m ente vivía irradiada del esplendor de la verdad,
y toda su alm a disfrutaba de paz y cescan so celestiales?
E l d istin gu id o P red icador no podía m enos de com pren­
d er el significado de sucesos y circu nstancias tan sor­
prendentes; y se preparó ¿ recorrer el nuevo cam po que
se ofrecía d su vista: ¡quién le dijera, no obstante, que
le restaban casi cuarenta años de apostolado... cuarenta
LIU . II.--- CA PÍTU LO I. II?

años de có rte, donde lloraría inconsolable su prolo n ­


gado destierro!
P or lo pron to, en aquel m ism o año de 1554 reconoció
la m ayo r p arte de sus libros, lim piándolos de los estra ­
gos que en ellos habían com etido los libreros; y en un
solo volum en y m agnifica edición, con el títu lo de Reco­
pilación de sus obras, las presentó nu evam en te á los
ávidos lectores. Com o m uestra de su agrad ecim ien to á
la m agnificencia da la Real fam ilia, que le ensalzó con
títu lo que le hacía fam iliar y servid o r suyo, depositó á
los piés de la Princesa este rico volum en, precedido de
una devota y generosa dedicatoria á esta Señora. Y rr.uy
del a grad o de la Regenta hubo de se rla ofrenda, cuando
advertim os que en la portada del libro cam pea g a lla rd í­
sim o el escudo de la Real Casa. No satisfecha su g r a ­
titud con este presente, por ser cosa antigu a y conocida,
enderezó á la m ism a Infanta G obernadora un libro fla­
m ante, y pubiieado apenas recibió el nom bram ien to su ­
sodicho; en el prólogo del cual le decía: «El año pasado
ofrecí de mi pobreza á vu estra A lteza la Recopilación de
nuestras seis obras, enm endadas d e nuevo, aun qu e ya
antes im presas: en las cuales, sabiendo yo que se em plea
algú n tiem po, leyendo con gusto, que nuestro Dios suele
d ar en su divina palabra al alm a que la desea y am a;
parecióm e ofrecer de nuevo esta declaración de las siete
p alabras de la Reina del Cielo, M adre de Dios; las cuales
en este nuestro M onasterio de San A g u stín , con el favor
del E spíritu Santo, los sábados de la C uaresm a pred iqu é
para honra de la Princesa del m u nd o. V irgen Maria.
P alabras son, n o d e cualquiera Profeta, sino de la M adre
y Señora de los Profetas: no de algún A n gel, sino de la
E n gen dradora del C riad o r de los Á ngeles, cuya lengua
fué el m ás delicado instrum ento, que el E spíritu Santo
tom ó en tre todas las puras criatu ras, para m anifestar
g ran d es secretos al m undo. De aquí es, qu e el alto Rey
del cielo m andase á los E van gelistas qu e las escribiesen
con g ra n aviso, y las depositasen en el A rca d e los tesoros
VIDA D E L DTO. ALONSO ")E OROZCO.

de Su Majestad, que es el Evangelio; con las cuales,


com o con joyas m u y ricas, y esm eraldas de gran valor,
se enriqueciesen nuestras alm ascad a vez que las leyesen,
considerándolas y contem plándolas con gran atención,
acatam iento y reverencial) (i).
Y explicando á continuación algú n tanto las valiosas
y significativas palabras de la Reina del cielo, sacaba
unos y otros avisos que con santa franqueza y libertad
aconsejaba á la piadosa R egenta tom ara para si, dicién-
dole varias veces á este tenor: «Oración breve es, de
gran d e espíritu y de g ra n fruto: vuestra A lteza la use
m u ch as veces, q u e se n tirá su a lm a g ra n alegría y regalo:
y no hay m ás que ped ir de lo que en ella se pide: cú m ­
plase, Dios m ío , vuestra santa voluntad en mi alm a,
sierva vuestra» (2).
Y para continuar m ejor en eld esem p eñ od e su oficio,
y en cargo singularísim o de la Y irgen de escribir y
predicar; usando en parte d e las exenciones que su
em pleo le concedía, ir.edilaba no aceptar ya Prelacia a l­
gu n a. En 20 de Abril de 1554 salió electo Definidor por
segu nd a vez, cuando quizá no llegara todavía á sus m a­
nos el nom bram iento real: por aquel trienio continuó
sirviendo á su O rden con el m ism o cariño y em peño de
toda la vida; despidiéndose p o r ú ltim o de tan honorífi­
cas como espinosas ocupaciones con una acción seña­
lada, de las más delicadas é im portantes para su con ­
gregación. Era p rim er Definidor del Capítulo de 1554
el Arzobispa electo de Granada y E xprovincial P. F ra n ­
cisco de Nieva: com o fuera á g o za r del prem io de sus
esclarecidas virtudes, según fundadam ente esperam os,
quedaba de Definidor m ás a n tigu o el P. Orozco: p o r lo
cual, en nom bre del General Patavino, presidió el C api­
tulo Provincial habido en Dueñas á 15 de M ayo de 1557.
Los que saben cuánta es la influencia y atribuciones del

(1) Siete falabras etc. T om o III, pág. 169.


(a) Siete jtalahras. Ihidem.
LIB. I I . ----C A P Í T U L O I.

Presidente d e nuestros C ap'tulos, podrán co n jetu rar


fácilm ente el acierto en las actas y elecciones, dispue&tas
p o r u ñ a asam blea que dirigía tal santo y sabio, de los
más celosos y entusiastas por el provecho y adelantos
de la O rden. Que si al decir de los cronistas (conform e
antes notamos) siem pre se advertía su saludable influ en­
cia en cuantas congregaciones intervino; ¿qué no se
adm irarla ahora que tom aba la iniciativa en los d ecre­
tos, y era e. alm a, principio y fin en cuanto se ordenaba
y disponía? No es dable tam poco pasar en silencio la
am a rgu ra y honda pen a con que hubo de hacer relación
en la Junta, de los ilustres PP. que fallecieron en el
trienio. Su qu eridísim o Padre de profesión Sto. T o m ás
de V ilianueva. de quien, rasgado el corazón d e d olor y
con abundantes lágrim as dijo él la oración fúnebre en las
honras celebradas en la Córte, descansó en paz el 7 de
Setiem bre de 1555: su connovicio H ernando de Castro-
verde, siguiendo en los viajes por A lem ania al E m pera­
d or (por no q u erer éste desasirse de él) habla m u erto en
el m ism o año: el m encionado P. Nieva, Magnus Prctla-
lus sí Sancíissimus (1), (de quien solía d ecir el E m m c. Tá-
bara que si las religion es perecieran, el M. Nieva las
volviera á restaurar) com pañero de definitorio qu e le
dejaba el vacío sitial de la Presidencia: los P P. O segu era
y V illafranca, de los prim eros célebres m isioneros de
Indias uno, refo rm ado r de P o rtu g a l el otro y a u xiliar
del Bto. M ontoya, volaron asim ism o á la p a tria celes­
tial. E xpond ría sin d ud a el P ad re, com o es costum bre,
los m erecim ientos de estos y otros varen es tan d istin­
guidos en la Religión, doliéndose am argam ente de su
pérdida, cuando él segu ía aún en este destierro; y to­
m aría pié de aquí para estim u lar á sus h erm an os á
im itar ejem plos tan insignes.
Poco después de term inad o el C ap itu lo, y porque
acaso m u rm u ra rla algún descon ten to, escribió una

(1) E lo gio escrito en el m argen de su profesión.


12 0 VIDA D EL BTO. ALONSO DE OROZCO.

carta discretísim a al Reverendísim o, testificando la


m ucha paz y concordia que había reinado en la Junta;
y le rogaba que, en caso de escuchar algu n a queja y
p retender reform ar determ inaciones, no lo hiciese antes
de visitar esta Provincia y enterarse bien de los nego­
cios; conform e habían obrado sus antecesores, señala­
dam ente el General Seripando.
Asi, con aquella exhortación y recuerdo, con estos
avisos á la Cabeza de la Orden, dió el adiós á los C apí­
tulos, consultas y dem ás cargos de la corporación, p ro ­
curando dejar á todos en dulce herm an dad y plena
observancia.
A grad ecida la Provincia á tanto desvelo por su m e­
jora, y atendiendo al m érito sobresaliente, propuso al
P. General honrase con la investidura del M agisterio
al docto y virtu o so P. O rozco. A la cual súplica dió el
Rm o. P ata vino la sigu iente contestación, según se lee
en los R egistros del archivo generalicio: c 1557. Con fecha
6 de Setiem bre, á instancia de la P rovin cia de España,
se concedió licencia al R. P. Alonso de O rozco, P redica­
dor del César, para recibir en algu na U niversidad la
laurea del M agisterio, ya que el General no tiene facu l­
tad de crear Maestr os en T eología. En el m ism o des­
pacho se encom ia su virtud y erudición.» La dificul­
tad p ara doctorarse no estaba seguram ente en el Reve­
rendísim o ni en U niversidad algur.a que le exam inase;
estaba en su hum ildad. ¿Cómo m overla la m ano para
ensalzarse con tal honra quien expresam ente acon­
sejaba en sus libros no llam arse Maestros; porque este
nom bre y h en or cum plía sólo á Jesucristo? Así, no
leem os que el hum ilde religioso tuviese el m encio­
nado grado: antes al recién profeso P. Avellaneda que
le llam ó Mxestro, le advirtió que no lo era, que era
ú nicam ente servidor suyo; pero bástenos p a ra su p er­
petuo loor que por digno de ello le estim aba la d octísi­
m a P rovin cia de España.
O tro pensam iento y resolución le halagaba algo m ás,
LIB. I I .— C A P Í T U L O I. 121

como indicam os arriba: el de, renunciadas las Prelacias


v otros cargos en virtu d de su oficio de P redicador
Real, vacar enteram ente a la vida contem plativa y de
Alaria, que él llam aba, y p ro cu ra r la salvación de sus
p rójim os;com o efectivam ente se consagró, al decir de sus
biógrafos que repiten las palabras del V enerable Padre.
P ero bien exam inada su vid a de P red icador del Rey,
está m u y lejos de ser vida abstraída y de contem plación;
a no ser que por esto entendam os no haberse ocupado
en asuntos de gobierno, en cuentas y arreglos tem p ora­
les. E stos c.ños tan bien invertidos no hallo a qué com ­
pararlos m ás que á los del Apóstol cuando decia: Todo
me hecho para todos á fin de ganarlos i lodos; por lo que
debe llam arse la vida restante del regio P red icador, no
vida exclusiva y p articu lar, sino pública y á todos p ro ­
vech osísim a.
Pocas veces, ó acaso nin guna, ejerció su oficio ante la
Maj. de C arlos V: el m agnán im o E m perador renunció
su corona de España en su hijo D. Felipe por E nero de
155b; y en el m ism o año á 23 de O ctubre liegó á Va-
lladolid, no deteniéndose más de quince días, para re ­
tirarse finalm ente á la soledad del m onasterio de Yuste
y prepararse a m orir.
En todo este tiem po, el Ven. Padre estuvo á las órd e­
nes de la Princesa R egenta D.* Juana, y en los archivos
nacionales hem os hallado la licencia que S. A lteza le
concedía tal cual vez para ausentarse de la Córte.
En ese tiem po, y tod o el restante de la vida de tan
cristiana Señora, se granjeó el bendito religioso su alto
aprecio y confianza. M uchas veces debió de confesarse
con él, y frecuentem ente le consultaba los secretos de su
conciencia; tanto que en alguna portada de sus libros
lleva el Ven. O rozco el titu lo de Confesor de la P rin ­
cesa D.* Juana. T odas las personas reales estim aban
m ucho á su P red icad o r (dicc el dom inico P . Mendoza),
pero sin gu larm ente esta Infanta d e C astilla. Lo cual
m ostró bien a las claras señalándole ejecutor de su tes­
123 VIDA D EL BTO . ALONSO DE OROZCO.

tam en to, juntam ente con el otro P. agustino ju a n de


V e g a y o tras personas principales.
P ero con quien sin gu larm en te habia de tra ta r y
p riva r, aun rehusándolo, era con el gran m onarca C a­
tólico D. Felipe II: al lado del P rudente R e y brillará en
adelante esplendoroso, herm oseando el calum niado
tro n o de España; á el ayu d ará poderosam ente con sus
avisos y exhortaciones á contrastar el furioso em puje
de la protesta, y m antener entero el robusto brazo en
defensa de la Cristian dad.
C A P Í T U L O II.

(Múdase la Corte d (Madrid.— iMorada del Venerable ‘Padre


en San Felipe el '1{eal.

1560.

u c h o am aba Felipe II á la v illa que le vió nacer;

y nada escasa prueba de su afecto es el h tb e r


reedificado m uchos edificios, la m ayo r parte
de los devorados por las llam asen el horroroso incendir»
que padeció Valladolid en 1561; no m enos que el haberla
elevado al ran go de ciudad y sede episcopal, dotándole
de una iglesia, cuyo inm enso trazo da idea de los arran ­
ques del tem ido m onarca. Pero bien sabido es que, por
pu nto g e n e r a l, no era pauta de su gobierno la ter­
nu ra y las inclinaciones del corazón; sobre la delicadeza
d e sus aficiones m antenía aquella cabeza serena é im ­
perturbable, asiento d e altos pensam ientos.
Com o todo hom bre perspicaz y d e sostenido carácter,
aspiraba á tod o coste á co n segu ir la unidad de fuerzas;
p o r lo que, luego de tom ar las riendas del E stado, d esig­
nó un verdadero centro m aterial á su am adísim a mo­
narqu ía.
124 V,DA 3EL BTO- AI.O MS O de orozco .

Al regreso de los Países Bajos se detuve en V allado-


lid pocos meses: m ás tarde, en 1560, pasó á G uadalajara
con m otivo de celebrar allí su boda con D.“ Isabsl de
Valois, hija del Rey de Francia; é inm ediatam ente fijó
su residencia y córte en la villa de M adrid.
N uestro V enerable Padre se vió obligado por razón
de su oficio á segu ir la C órte, estableciéndose igualm en te
en la coronada villa.
El elevado cargo de P red icad o r del R ey no era sólo
titu lo de h o n ra y nom bre: p o r su virtud entraba en el
núm ero de los fam iliares y criados del m onarca; tiraba
gajes de éste, com o solía decirse, ascendiendo su renta
á sesenta m il m aravedises anuales; y cuando, por m oti­
vo de faustos sucesos ó desgracias de fam ilia, daba el
R ey libreas ó lutos á sus criados, consta que al venera­
do P. Alonso ordenaba se le hiciesen hábitos. Así, al
decir del P. Sedaño (1), sucedió en la m uerte del Em pe­
rador, en la d e D . Sebastián R ey de P o rtu g a l, D. Juan de
A u stria y el P rín cipe D. Fernando. De aquí la alta con ­
sideración con que eran tratados los sacerdotes de igual
em pleo, y el porte y autoridad que llevaban (nunca im i­
tado por el Venerable) en respeto á s u regio am e. L ig a ­
dos al Monarca con los vínculos de fam iliares suyos, no
podían ausentarse de la Córte sin su licencia; y ya vere­
m os la a m argu ra que ocasionaba al Santo P redicador
esta traba, la cual le estorbaba el retirarse al am paro de
la soledad. Más todavía: en las Inform aciones se aduce
una bula, por la cual los dichos predicadores, si eran
regulares, quedaban exentos de la jurisdicción de sus
Prelados, no m enos, m e figuro, que los Señores Obispos
que salen de les claustros religiosos.
Encontrábase, pues, el bendito Pacire lib re de la su­
jeción m onástica, dotado d e una p ara él espléndida
renta, h a la ga co con las atenciones de personas ilustres,
y en m edio de la Córte m ás brillante y poderosa de la

(i) Información M S. de Granada, fol. 15.


LID. I I .— CAPÍTULO II.

cristiandad, con fun dadas esperanzas de obtcnn" una


d ignidad aún m as elevada y de m ás pin gü e dotación:
es decir: se veia en el torm en to m ay o r para su ánim o
dócil y obcdicntisim o, desasido de las aficiones terrenas,
y sin otro anhelo ni otras aspiraciones que h u ir de tanta
vanidad y h o lg u ra, para contem plar en lo escondido de
la celda á s u am ado Crucifijo.
La O rden tenía un convento en M adrid, qu e se
llam ó m¿6 tarde de S. Felipe el Real; allí buscó el r in ­
cón m ás apartado y peor que habla, para form ar de
él la estancia del P redicador fam oso de S. M. Católica;
rin cón que á veces será trasform ado en antesala del
cielo, cám ara decorada con los resplandores de la gloria.
Su prim er paso, llegado al m odesto convento de San
Felipe, fué postrarse á los piés del entonces P rio r F ra y
Alonso de M adrid, y despojarse de todos los privilegios
y exenciones que su destino le daba; qu ed an do p o r su
p arte en ignnl condición que el últim o novicio de la
casa. De donde con m ucha razón dicen los testigos de
sus virtudes que dos veces profesó rendida ohediencia
á los superiores; no pretendiendo jam ás ser o tra cosa
que un fraile d é la Orden de S. A gustín .
Y adm írense las trazas de la P rovicencin. En 1544
Santo T om ás de V illanu eva y el P. M. Fr. Bernar-
dino de Flcres im petraro n d s la villa de M adrid con­
cesión p a ra fu n dar un convento de la Orden; pero la ob­
tuvieron con la expresa condición de que el Sto. P. T o ­
m ás h abría d e ser conventual de él; ó á lo m enos predi­
ca r las cuaresm as en la villa. El celoso P rovincial de
Castilla Fr. A lonso de M adrid alcanzó letras de P au lo III
para ello. Y ya en 1547 com pró cierta heredad en la que
sin dilación se levantó una Capilla de m ad era bien
adornada y devota, con su cam pana y capellán, según
escribía el fun dador al R m o. G eneral Seripand o. V en ­
cida alguna oposición con el fa vo r obtenido del P rín ci­
pe y las Infantas D.* M aría y D.* Juana á instancias de su
tía D.* M aria de A ragó n , m onja agu stin a de M adrigal; se
12 6 VIDA D E L BTO. ALONSO DE OROZCO.

fué am pliando la fábrica conform e lo perm itía la escasez


de los pobres fundadores; lu e g o , andando el tiem po
según acabam os de decir, apellidábase con el sobre­
nom bre de Real, m erced á la generosidad de D. F eli­
pe II y á la inspiración del inm ortal Herrera (i).
Podían, pues, estarsatisfechoslosM adrileñ os: si Santo
Tom ás, elevado á la silla arzobispal de Valencia en 1544,
y arrebatado y a al carino d e sú s ovejas, no podía cu m plir
el com prom iso de la fundación agustiniana en M adrid,
p red ican d o las cuaresm as; un hijo suyo, h eredero de su
esp íritu, no sólo d u ran te tan santo tiem po, m as por
largos años (colm ando en esto Dios sus buenos deseos)
habia de h acer del pulpito el Sancla Sandorum , desde
donde el Señ or se com unicaría á su pueblo elegido.
A h ora y a se halla de verdad el bienaventurado Padre
en la residencia del M onarca, en el teatro de sus pro­
digios; m as antes tíe parecer en la capilla y los salones
de Palacio,contem plém osle laborioso, tranquilo y alegre
en su vida retirada; allí donde él respira y tom a aliento,
para an u n ciar después la voluntad deD ius á los liijos de
la Ig le sia . Santa.
Comenzó Jesús á obrar y ú enseñar (2). Verem os que el
fiel discípulo del Señ or dió autes ejem plo con la obra
que con la doctrina; y puesto que S. G regorio dice que
en van o tom a el oficio de predicar quien no am a al pró­
jim o, tam bién adm irarem os cuan cum plidam ente obser­
vaba este consejo el Bto. Alonso de Orozco.

(1) Ni el ser bella obra del gran d e artista, m orada adem ás de


F ló rez, Risco y todos los autores de la Espina Sagrada, de los
dulcísim os D elios y Lisenos, del río de oro P . M árqu ez, le ha v a li­
do para ser contada .siquiera entre los m onum entos históricos de la
V illa del O so y del M adroño. ¡D e S . F elipe el R eal no qu eda más
qu e la m em oria!..
(2) A ct. I. 1.
C A P Í T U L O III.

La celda del ‘Predicador de Su íMaj. Felipe II.— Su vida


conventual.

anto entre los frailes de San F elip e, com o


entre m uchos seglares de todas categorías,
había vivo em peño p o r en tra r en la habi­
tación del P.. O rozco, y registrar los objetos
que la adornaban. El Santo por su parte contribuía a
aum en tar esta curiosidad, cuidando de cerrarla siem pre
y despachando á la puerta, que dejaba en treabierta, á
los religiosos que á ella p o r cu alqu ier m otivo se acerca­
ban. Q uien lograba bu rlar -un m om ento la vigilancia del
cándido viejo, creía haber conseguido un triunfo; y son
de leer las deposiciones de los testigos que alcanzaron
tan ta dicha; algu no, no sin recuerdos algún tan to do­
lorosos.
Declara el P. de los Ríos: «Sabe este testigo que en los
tre sa ñ o s que conocióal Santo O rozco, y acom pañó en dos
de ello s,fu é su vida n n acon tin u ap en iten cia sin p u n to d e
relajación; antes añadiendo cada día nu evos m odos cíe as-
p erezayp en iten cia, contentándose de v iv ir en tan poquito
espacio de celda, que era lo m ás estrecho y despreciado
de la casa; y si veía que en ella se desem barazaba algún
128 VID A DEL DTO. ALONSO D2 ORCZCO.

aposento m ás ruin que el suyo, no paraba hasta que s j


m etía allí; y este testigo le conoció en una celda en que
no habla m is que u iu tarim a de dos tablas, en que era
im posible caber m as que una persona de lado; sobre
estas dos tablas tenia una gabilla de sarm ientos y una
g T a n piedra por cabecera, lo cual todo tenia cubierto
con una m an ta d e sayal, de m anera que no se vela; y
una m an ta doblada encim a con que se debía de cubrir;
todo ello se hallaba á un lado de la celda oculto con unas
tablas, á m anera de alcoba, si bien sem ejaba m ás á se­
p u ltu ra que á cama; y esto lo sé porque un día se salió á
p asear a la puerta d s la celda, m ientras el convento esta ­
ba fuera en una procesión; y con la gan a que yo tenia de
ve r donde dorm ía, al tiem po que dió lá vu elta (que esta­
ba rezando el oficio de Nuestra Señora, y cantando el
h im no de los M aitines en voz baja) le hurté el cuerpo y
entré en su celda, y v i lo que dicho tengo; y consideran­
do bien la pobreza y estrechez de la celda, el dicho
P. O rozco en tró tam bién y m e hr.llc dentro de ella; y
con una boca de risa me dijo: — ¿qué buscáis vos aquí?—
y no supe responderle m asqu e echarm e a sus piés, com o
era niño, y dijo: — vuestro m aestro os dirá lo que debéis
h acer— ; y m e dieron cuatro disciplinas, que no se pudo
acabar con el P. O rozco que m e perdonara una» (i).
Francisco López Salgado dice que por eso de andar
buscando el escondrijo m ás despreciable, «le conoció en
cu atro ó cir.co celdas que eran las m ás pobres y m ás
hum ildes, que aun los donados apenas querían v iv ir en
ellas; y m andándole u o P adre P ra vin cialq u e S2 pasase á

( i) P . M . L u is de los Ríos, definidor m ayor d é la P rovin cia de


C a s u lla . Información Sumariade Madrid. M .S . fol. 226. L a s noticias
m is preciosas son, sin duda, laa otorgadas por los qu e, júrenes
a ú n , acom pañaban al B sato en su s visitas á P alacio y asistencia
á ’.ns Iglesias rt bien le servían en lo poquísim o que él le.s perm itía: no
será esta la única vez que citem os al P . Ríos y á otros de igual
co a d ició n .
JR . I I .— CAPÍTULO III. 129

o tra celd a m ejor, poniéndole obediencia en ello; p o r cum ­


plí r con la obediencia se pasó á la dicha celda, y después
de haber estado en ella cosa de quince ¿ v e in te dias, pidió
que le volviesen á una de las que él había tenido antes,
porque no se hallaba en la última» (1). En cierta ocasión,
p o r m andado de los m édicos, fué precisado á dejar una
habitación por cuyos grietados tabiques pasaba un
albañal.
Y debia de padecer horriblem ente en aquellos rin ­
cones ruines y oscuros; porque el m ortificado religioso
am aba m ucho la luz, y se deleitaba grandem ente con
ella; teniendo á dicha el a g ra ca rle tanto, pues lo esti­
m aba com o presentim iento de g o zar algún dia del es­
plendor y suavidad de la luz inaccesible de Dios.
Claro está que el penitente agustino necesitaba en su
celda algo m a sq u e la cam a que describe el P. Ríos: oiga­
m os á otro testigo ocu lar cu anto com ponía su aderezo:
aLa cam a, dice, no la vi; pues en tres años que acudí
á la puerta de su celda, no entré en ellci m ás que dos
veces, despachándom e al m om ento el bendito Padre;
y no porque no me tuviera buena vo lu n tad ...; m as
siendo novicio este declarante, y m udándose de celda
el dicho r . Orozco, dije al com pañero que m e ayudaba
á trasladarle los m uebles: — herm ano, ahora verem os
la cam a del Padre;— y pasam os una silla de costillas de
palo, una escoba, un candil, y una docena de libros pc-„
queños y viejos; y dejam os una m esa, porque en la otra
celda h abia o tra vieja y basta; y deseosos de llevar la
cam a, decíam os: — P . O rozco, dénos V . P. la cam a;— el
cual nos dió al uno la cam a de m adera que era de co r­
deles, y al otro unos m anojos de sarm ientos, diciendo:
— llevad esto, herm anos, para que nos calentem os cuan­
do h aga frío;— y volviendo por los colchones nos dió una
m anta bastísim a, replicando: — andad con Dios, que no
podréis con los colchones y no os m etáis en eso;— y vim os

(1) Inform. Sum. fol. 105. vuelto.


10
130 VID A DEL BTO. ALONSO DE OROZCO.

que nada m ás quedaba en la celda, sino la m esa dicha y


una im agen m uy basta d e p a p j] pintada de alm agre* (i).
Y tocante á su vestido nos pueden inform ar tam bién
sujetos fidedignos, que confirm an las relaciones ante­
riores:
«Yo sé. dice el P . A vellaneda, qu e su cam isa era de
anjeo grueso; y su vestido de un paño m u y ordinario; y
el orn ato de la celda vio este testigo que no ten ia en toda
ella sino u n a silla de costillas, un banquillo y unas
im ágenes de papel m u y ordinarias qu e valen á cu atro
m aravedises» (2).
El P. M edina echó de ver igu alm en te «que su vestido
era un sayal blanco m u y grueso y tosco, p ara and ar
den tro de casa; y el negro de encim a, p ara salir fuera,
era un paño tosco y despreciado; y su celda y el ornato
de ella, con ser predicador d e la M aj. Católica, era tan
pobre y m iserable cu e, sino era uuos lib rilos con que
estudiaba, no tenia adorno alguno» (5).
Respecto de la túnica tenem os el testim onio de la
que se la arreglaba, m onja después de Santo Dom ingo
el Real, la cual asegura que «el Santo Orozco llegaba
m uchas veces anjeo m u y gru eso y crudo de lo que se
hacen jergones, para que le hiciesen cam isas; las cuales
cosía yo, dice, y echándole los cabezones de holanda, los
cortaba el Padre y m e traía los orillos de paño blanco
p a ra que pusiese p o r cabezones y así lo hacía; y estss
cam isas en em pezando á blandear, que era lavándolas,
las daba él á los pobres, por haber perdido aquella aspe­
reza qu e tenían cuando nuevas, y hacia otras» (4). Inés

(1) P . F ran cisco S ed añ o, com pañero del V e n . P adre. Injorm.


Sum. d e G ranada, fol. 16 vuelto.
(2) P . S ebastián A vellan eda, Predicador con ven tu al de S . F e ­
lipe el R eal. Inform. Sum. fol. 213.
(3) P . Juan de M edina, P rio i de lu O rden de S. A g u stín cu
variaa portea. !d. fol. 377.
(4) S o r M aría de la C olu m n a, Inform. Sum. fol. 344.
LI t t . I I . — C A P Í T U L O III. m

de Riaño, herm ana de la a n terio ry religiosa igualm ente


d e S an to Domingo, test tica que «los Prelados m andaban
al dicho Santo que por su flaqueza no trajese cam isas
de estam eña, y el dicho San to por obedecer las hacía de
anjeo» (i).
Confirm ando esto m ism o, añade que todas las se­
m an as daba á los pobres su tún ica el buen Religioso,
poniéndose otra nueva m ás áspera aún que si fu era de
estam eña.
E ra sum am ente lim pio y esm erado: en sus hábitos
toscos y ordinarios no se encontraba una m ancha; y
apenas echaba de ver a lg u u a eu el vestido de losnovicios,
les daba jabón para lim piarla, y otras veces se las qui­
taba con sus propias m anos, puesto de rodillas.
B a rría ¿1 y lim piaba su aposento, sin perm itir nunca,
ni en la m ás avanzada edad, que otro le supliera: decía
á los fám ulos 6 servidores que el P rior lo m andaba
«que la escoba era una de las armasde los Religiosos»: por
eso sin duda se encontraba en tre los indispensables
m uebles, que trasladó el P. Sedaño.
Tam bién conservaba algún otro instrum ento, con el
cual solia en h o r a s intem pestivas y m u y en silencio salir
á l i m p i a r apresurado ciertos lu g a res excusados: novicio
hubo á quien le e r a im posible desem peñar este hum ilde
servicio; y desde que en cierta ocasion sorprendió ejer­
citándole ni respetable escritor, F.x-definirlor, y P red ica­
do^ tan atendido de S . M., el hum ildísim o P. O rozco,
se le hizo tan fácil y asequible, que no volvió á experi­
m entar la antigua repu gn an cia.
«Siendo viejo de M> años, le vi barrer, dice el P ad re
Sedaño, no sólo cuand o la Com unidad barría, sino otros
m uchos días entre sem ana; y tenia un pedazo de tierra á
m anera d e huerto ¡contiguo á la celda) y c a d a día leregá-
ba; y por las m añanas y algunas tardes, estaba en estas
yerbas contem plando y dando m il alabanzas á Dios.»

(0 Sor Marta de la Columna, Imform. Sum. fól. 146 vto,


13 2 VIDA D E L BTO . ALONSO DE OROZCO.

He aquí pues su h olgu ra y único recreo: cu ltivar


u n jardín en tre cánticos celestiales, y criar flores
qu e destinaba al cu lto de la V irgen , com o adelante
verem os.
«Dentro de casa era tan observante, aun en las m ás
m enu d as cerem onias de la O rden, que los m aestros de
novicios en los capítulos traían al P. O rozco por ejem plo
d e su observancia y de las dem ás virtudes; y fué de
m anera que él se echaba la ropa siem pre á lavar, y en
tañendo á darla, iba con m ucha hum ildad por su tú ­
nica sin poder acabar con él que se la llevase este tes­
tig o , que era el que daba la ropa (i).»
Y no es para om itido «que á todos los Padres anti­
g u o s y ancianos, esi del convento de S. Felipe de M adrid
á donde este testigo tom ó el hábito, com o á todos los
dem as que de diferentes partes venían ¿ él, oyó d e d iq u e
desde que el dicho padre Fr. Alonso de Orozco tom ó el
hábito, siem pre había guardad o uniform idad en su vida,
sin haber tenido jam ás quiebra la m odestia, hum ildad,
p cb rezc y obediencia en que se había criado; y que esta
era una de las m ayores alabanzas de su vida y aproba­
ción de su santidad» (2J.
Veam os ahora en qué se ocupaba d e ordinario en
su convento d e S. Felipe. T iem po antes que se tocara á
m aitines á las doce de la noche, y por lo general á otros
actos análogos de com unidad, el bendito Padre, sin falta
algu n a, se hallaba en coro. «Jamás le vi faltar de coro,
dice el citado P adre, estando en casa; y era con tan gran
puntualidad, que parecía que no salía de él, por ha­
llarle de rodillas todas las veces que los novicios iban al
coro» (']). Y el bendito Padre, aun en los d:’as de su vejez,
rezaba y cantaba en coro de pié siem pre, sin recostarse
en nin gu na parte.

(1) P. S ed añ o, Inform. de Gran. fól. 18.


>'2) Id. Id. fól. 14.
(3) Inform. de Gran. fól. 16.
L IE . II.— CA PÍTU L O III.

Concluido el oficio, acostum braba quedarse en ora­


ción hasta el toque del alba. T ras larga preparación y
después de reconciliarse, celebraba el santo Sacriñcio
con fervor por dias creciente y por lo reg u la r de m ad ru ­
gada. T ardaba bastante en la acción de gracias. Cuando
im petraba a lgu n a g racia extraordinaria y aun com ún,
acudía al altar com o ya dijim os, y entonces se detenía
larg o tiem po en el Memento correspondiente á lo que
suplicaba, lloran do á veces con g ra n d es sollozos que
conm ovían á los oyentes. L u ego que salía de P rim a y
Misa cantada, visitaba los enferm es del co n ven to , lle­
vándoles bizcochos y otros reg a lo s, en proporción al
desconsuelo y abatim iento en que los hallaba. Las horas
restan tes qu e estaba en casa, no siendo de coro y oración,
las ocupaba en la lecció n esp iritu aly com posición de tan ­
tos lioros c o n o escribió; siendo m aravilloso que hallara
tiem po para tan tos quehaceres, ya propios, ya en car­
gados por innum erables personas que á él acudían.
Tocante á su abstinencia, dom inado M árquez del es­
panto, no pudo d ar principio al capítulo donde trata de
ella, sin com enzarle con estas enfáticas palabras: «Lo que
me espera en este capitulo es tan adm irable, que tengo
por necesario prevenirm e con unas palabras que el santo
Varón ¿ice en la Vida de San Nicolás de Tulcntinu, absti­
nentísim o, como dijo V olaterran o, sobre todos lossantos
de su tiem po. Escribiré (dice el bendito Padre) lo que
hallo en su historia: y si pareciere d alguno cosa imposible
á las fuerzas humanas la abstinencia que hizo después de
tomado el hábito, alabe á Jesucristo, por cuya virtud dice
San Pablo, que ¡o podía lodo: y acuérdese de lo que está es­
crito en el santo Evangelio, que San Juan Bautista se susten­
taba en aquel desierto en que vivió veinte y cinco años, con
solas langostas y miel silvestre (i). Asi nosotros: no d i­
rem os o tra cosa, p o r estupenda que parezca, la cual no

(i) Márquez, Vida i c l Ven. Tom. III, pág. 32.


VIDA DEI- BTO. ALO.NSO DE OROZCO.

hallem os plenam ente confirm ada: alabanza sea dada al


Señ o r que tanta virtud com unica á sus fieles am igos.
E ran continuos los ayu n os del m ortificado religioso,
p o r lo m enos tres ó cu atro á la sem ana; y com o, aun
cuando no ayunaba, apenas com ia al m ediedia, y luego
p o r la noche pasó sin cen ar m ás de 50 años, no tem ando
tam poco nada por la m añana, bien podem os asentar
que ayunaba todos los días, pero con rig er espantoso.
Indudablem ente, fué abstinente hasta el m ilagro. K1
descanso de la noche era m u y escaso: ya sabem os donde
dorm ía; pues aun sobre los sarm ientos, lo m asq u e repo­
saba serían tre s horas, y otras noches menos; porque
siem pre estaba en coro, y el tiem po que estaba en su
celda estaba siem pre rezando y leyendo li).
Las dem ás m ortificaciones que usaba, com o cilicios,
disciplinas, ca d e ra s de hierro, espinas, siem pre ocultas,
apenas pueden contarse ni sujetarse á regla. P o r lo
que el Canciller Claudio de Cos dice qus siem pre le cono­
ció flaquísim o (2); y el P. V erd u go que se echaba de
ver la penitencia en su sem blante y en el aspecto del
rostro (^).
L a oración, el ayu n o, las vigilias y m aceraciones, la
lección espiritual, escribir libros piadosos, consolar á en­
ferm os y afligidos, responder a las innum erables consul­
tas que le proponian y d ar consejos, eran sus ocupacio­
nes ord inarias en aquella cueva estrecha y pobrísim a,
destartalada y de continuo oscura. A llí se gozaba, debajo
ds un aspecto descarnado y m acilento, aquella alm a tan
am orosa de Dios, dulce para con sus herm anos, infati­
gable en el trabajar, sereno y alegre en las contradiccio­
nes y padecim ientos.
Pone adm iración y espanto, seguram ente, este linaje

(1) P . D ie go G u tiérrez, compañero dsl ven erable P adre, que


le conoció y trató catorce años, ¡nform. sum. folio 387. v.
(2) Inform. cit. fol. 67. v.
(j) Ibidem . lol. 96.
L IB . II.— C A PÍTU LO III.
H5

de vida tan austero y opuesto á nuestra flaqueza h u m a­


na; pero es adem ás para su bir la ponderación y crecer
el asom biu, añadiendo que los fervores y penitencias
referidos, no eran solam ente el carácter distintivo de
un período ele su c a ñ e ra m urtal, sitio el de toda la vida,
sostenido con tesón inim itable y aum en tado conform e
adelantaba en años. «Siem pre, asegura el P . R 'o s, l:e
oído alabar y encarecer á los Relig-iusos y Prelados anti­
gu o s de esta provin cia que alcanzaron el tiem po de la
m ocedad del dicho Santo O rozco. la santidad que m os­
tró en el año del noviciado, y la continuación con que
fue acrecentando después de profeso en todo estado c e
su vida; siem pre vi encarecer la gran m odestia y su h u ­
m ildad de este Ven. Varón; y que cuando era P ric r
com o fa é de algunos conventos, era m ayor el resplan­
dor de su virtu d y m ayor la continuación de las aspe­
rezas y penitencias, con una continua asistencia á las
obligaciones del oficio de Prelado, y un celo encendi­
dísim o de que to co s viviesen reg u la r y observantem en­
te; viviendo siem pre en vida observan te y com ún, con
grandes abstinencias y ayunos para anim ar á los de­
más» (i).
Tndos estos testigos, que hem os citado, conocieron al
venerable R eligioso, septuagenario por lo m enos, siendo
rarísim o el que le viera ó tra ta ra antes; de suerte que
cuanto nos declaran de sus asperezas y m ortificaciones,
todo se refiere al tiem po en que había pasado con creces
la edad de sesenta años. Pues bien: escribiendo á D.* Ma­
ría de A ragón nuestro asom broso P. O rozco, le decía
que, puesto que el Señor le concedió buena com plexión,
había ofrecido su cu erpo en holocausto, según lo ense­
ñaba el Apóstol; m as qu e posteriorm ente á los sesenta
años no se ejercitaba en las antigu as penitencias, porque
la flaqueza de la edad no su fría otra cosa. A tribu yam os

(i) Inform. sum. fol. 2ig.


i-]6 VIDA DEI. B TO . ALONSO DE OROZCO.

algo á la hum ildad en esta confesión; pero ¡cuánto resta


tod avía p ara conjeturar y adm irar sus anteriores ejer­
cicios de m ortificación! ¿Qu¿ asceta del yerm o igualó á
este servidor del Rey y cortesano aplaudido?
Duro y desabrido podrá haber sido consigo propio;
m as veam os cuán apacible, hu m an itario y obsequioso
era p a ra con sus herm anos.
C A P Í T U L O IV.

E l B. Orozco con los pobres, los enfermos y


encarcelados.

| é ahí los afortunados respecto de las ateneio-


Ines y caricias del V en erab le, los pobres: á
1 stos era dado ver y curiosear á satisfacc
| .misteriosa celda. Disfrutaba de una renta, si
bien no crecida, y tambiór. de perm iso para em plearla en
obras piadosas; y sobre la renta poseía un corazón aún
m u y m ás generoso y g ran d e p ara rem edio de los m enes­
terosos. E ra opinión suya, que ponía en práctica, que al
pobre ha de dársele tan ta lim osna cuanta baste á sus­
ten tarle en el dia; por lo que siem pre daba, á lo m enos,
10 m aravedises, precio entonces del pan y vino necesa­
rios para el diario sustento. Incansable por otra parte en
su frir las m olestias de los pordioseros, m ejor d iré, gozo­
so en aliviar las necesidades de sus herm anos, podráse
adivin ar sin dificultad la com pañía de que se veía conti­
nuam ente rodeado. «No se vaciaba su celda de pobres, y
llegó á punto qu e para darles recado tenia la puerta en­
treabierta. y en sintiendo el golpe en ella, alargaba la
I}8 7 IDA DEL B TO . ALONSO DE OROZCO.

m ano, y antes de ver el rostro al pobre le habla dado su


limosna» (i¡. Y por si alguna vez no le pedían, él m ism o
los llam aba, llevaba á su habitación, y después de soco­
rrerlos abundantem ente, les instruía con c a l nía y pacien­
cia en los deberes cristianos. A lg u n a ventaja había de
obtener de vivir en aquel ruin y oscuro cuartucho inm e­
diato á la portería, desasosegado y nada silencioso, por
en trar y salir por allí cuantos ponían pie en el conven­
to (2); C 3 ta ventaja se reducía ¿ esta r á m ano, para
consolar y socorrer á los am igos de Jesucristo.
Siendo ya anciano, r.o asistía á refectorio, sino que
m andaba el P rio r á algú n recién profeso le sirviese en la
celda; y refieren todos contestes seis ú ocho P P .. que en
sus m ocedades lo ejecutaron asi, que llegado el servidor
á la habitación del Venerable con la com ida, éste se la
recogía á la p u erta y despedía agradecidísim o al sirvien ­
te: pasado un m om ento, salía con la escudilla sin vaciar
para repartírsela á los pobres. En ocasiones sustentaba
con ella á un estudiante, y por m ucho tiem po lo hizo
con un m endigo, que por lo conocido de tedos suena su
nom bre en el proceso p ara la Canonización: llam ábase
C olorra. A las once de la m a ñ a n a estaba clavado cerca
c e la celda del P. O rozco esperando su sustento: Colom a,
á fuerza d e tratar al Santo, llegó á exigirle un día ¿por
qué le daba el pan partido, no acostum brando antes á
hacerlo asi? El bendito Religioso, que debía de saber á
qué destinaba su interpelante el panecillo entero, le con­
testó co n d u lzu ra :— H erm ano, com ed m ás y bebed m enos.
Pero lo que partía su corazón de lástim a era v e r á
los pobres, m ayorm en te á les niños, m edio desnudos,
y tem blar en el invierne de frío.
«Excelentísim a era ia caridad y am or que tenía á
todos, p articu larm en te con los pobres (hace notar el

(r) M árquez, Vida, del Venerable Padre, pág. 2 ;.


(2) P . H errera, Procurad or de la causa del V en erab le. In
form. Pleniria, copia M S. fol. 367.
un. I I . — CAPÍ T UL O IV.

P. Sedaño): le vi llorar m ach as m añanas de invierno,


viendo por las calles pobres desnudos; y diciéndole
m uchos que jugaban los vestidos y los zapatos, decía que
no era posible; y cuando le hacían evidencia d e qu e los
jugaban se com padecía m ás y decía:— el carnem tuam ne
despexeris;— y por todos cam inos los rem ediaba, m an ­
dándoles fuesen á las once del día al convento, porque
á aquella hora venía del Palacio ó de predicar: á los
niños pobres que topaba llorando era cosa ¿el cielo ver
com o los halagaba; y se paraba á saber por qué llora­
ban, diciendo:— ángel de Dios, por qué lloras? ¿lloras tú
porque me vio yo? y luego los acallaba, si tem an frió; los
llevaba de la m ano y los en traba en las casas, y decía:
— pongan á este ángel al lado del brasero;— si tenían
ham bre, les hacia dar de alm orzar, y de esta m anera
los rem ediaba á todos; y com o ya le conocían, no le
hablaban ni pedían cosa alguna, sino se ponían d elan­
te de él, que en viéndolos el bendito Padre, luego les
hablaba y m iraba la necesidad que tem an y se la rem e­
diaba; y un día viendo llo rar á un niño que halló solo en
la calle M ayor, le asió por ia mr.no y le llevó desde la
p uerta de G uadalajara hastr. la casa del O idor Fuen-
M ty o r, que vivía en frente de S ta . Catalina de los Dona­
dos. y se le en tregó a Doña Brianda P im entel, m ujer del
dicho Licenciado Fuen-M ayor; la cual tenia m uchos hijos
niños y la dijo:— Oh Señora, y qué buen día traigo á
v. m ., pues vieue el uiño Jesús lidiado y tem blando de
frió, para que le abrigue con lo que sobra á tantos niños
com o v. m. tiene;— y la señora, que era m u y lim osnera y
caritativa, le recibió con g ra n d e alegría, y le vistió y calzó:
y luego fué el P ad re a Palacio con gran d e alegría. Tenía
tan gran reverencia á los pobres, porque representaban
a N. S . Jesucristo, que les quisiera ad o rar y besar los
pies; pero con el afecto lo hacía; á los pobreeitos niños
quería m ucho, porque no hablan pecado, y p o rq ue re ­
presentaban al niño Jeeús pobrecito. L as lim osnas que
d aba eran m uchas á pobres, á viudas y honradas, á
I4 0 VIDA DEL DTO. ALONSO DE OROZCO.

estudiantes y á presos de la cárcel, á donde iba m uchas


veces» (1).
En lim osnas, dice el P. M edina, gastaba todos los
gajes que tiraba de su Majestad; y «sin esto pedía otras
m u ih a s á diferentes personas de la Córte, y todas las
em pleaba con huérfanas y viudas, en vergonzantes y
doncellas pobres; y m uchas y diversas veces le v i hacer
capotillos y gregü escos para los pobres de la portería» (2).
«Era ta r ta la caridad que tenía con los pobres, que
se proveía de carbón en el invierno, y lo encendía cada
m añana hacia la portería; y los pobres se estaban agu a r­
dando p a ra calentarse» (3).
«Iba un día desde S . Felipe á la pu erta de Guadala-
jara, y junto al portal de los freneros y guarnicioneros
encontró con un pobre que estaba enferm o y desnudo por
el tiem po m ás recio del invierno; y com o le topó, le asió
de la m ano, y asido de la m ano, volvió con el pobre á
S. Felipe p o r toda la calle M ayor diciendo:— no quiero
perder esta co yu n tu ra y no sé si toparé otra vez otra
tal ocasión;— y habiéndole llevado á S. Felipe, le vistió
ti: su celda de piés á cabeza de blanco...; y adem ás del
vestido cu e le habla dado llevaba el pobre debajo del
brazo m ás ropa, á todo lo cual estuve presente, dice
Cristóbal R od ríguez, vecino de M adrid; y todos lo que
lo vieron glorificaron á Dios m ucho la caridad del
San to O t o z c o j (4).
«Estando yo de conventual en S. Felipe, depone el
P. Alonso Soto, y siendo P rio r el P. Gabriel Pinelo, su­
cedió que no teniendo que d ar el San to O rozco ¿ una
pobre, se en tró en su celda, se cortó las dos nesgas, de
los dos lados del hábito blanco y las dió de lim osna
á dicha pobre; y luego cosió si hábito blanco de donde

(1) P . Sedaño ¡nf. de Gran. :'ol. 18. vto.


(a) Inform. cicada, fúl. -577.
( j) M aría de la C o lu m n a , id. fól. 345.
(4) Fól. 411.
LIB . II.— CA PÍTU LO IV. 141

h abía cortado las dos nesgas, y salió com o m etido en un


costal; lo cual causó á los religiosos del convento ad ­
m iración y alegría, y algunos le decían que qué costal
era aquel donde se había m etido; p o r razón de que
sus hábitos tenían siem pre poco ru ed o ...; y sabién­
dolo el P. M. Gabriel Pinelo le m andó en obediencia
que no hiciese aquello otra v e z , m as que cuando
no tuviese lim osna que dar, a cu d ieseá él, que él se la
daría» (1).
Véase hasta donde llegaba la fam a de caritativo de
que gozaba con h arto fundam ento el Ven. Padre O roz­
co, m u y antes de su preciosa m u erte. Constanza Alonso
confiesa p o r estas palabras que «por tiem po de m ás de
vein te años antes que el Santo m uriese, le conoció de
vista, trato y com unicación; p orq ue esta testigo se vino
de su tierra, que era cerca de la ciudad de Sevilla, m u y
pobre con tres hijos, y con tan tc necesidad, que le era
necesario m uchas veces no com er porque sus hijos co­
m iesen; y así pregun tan do en esta villa de M adrid qué
personas hacían lim osna á los pobres y viudas, le d i­
jeron que en S. Felipe hab a un S en tó, que se llam aba
F r. Alcnso de O rozco, el cual socorría á todos los nece­
sitados de esta Córte».
«Y esta testigo se fué al dicho V en . Padre Tr. Alonso
de O rozco y le contó sus necesidades y pobreza; el cual
le dijo que él la socorrería cada día de todo lo necesario
con una condición, que hiciese lo que él le pidiese; y
yo le dije que si lo haría de buena gana; y entonces
el dicho Santo O rozco m e dijo que no ofendiese á D io s
N uestro Señor m ortalm ente, y qu e cada día fuese á
buscarle al C onvento de S. A gustín por todo lo que
tuviese necesidad; y así acu dí al dicho V en . P . F r. A lon­
so de O rozco de allí adelante, y cada día m e daba lo
que era necesario para m i persona y para m is hijos; y

(0 F 0 I.4 2 Ú V K ).
I4 2 VIDA D E L 3 T 0 . ALONSO DE OROZCO.

últim am en te m e dió d en ducados para que m e ca­


sase» (i).
Con esta fam a de lim osnero y estos herm osos ejem ­
plos que la corroboraban, im agínen se los casos sem e­
jantes al de Constanza que se ofrecerían á la caricad
del Sanio de S. Felipe. Im posible nos es referir ni
m ínim a parte de rasgos tan generosos com o nos cuentan
testigos innum erables; m es basta lo trascrito para dar
idea del m odo com o atendía á los pobres.
Digam os ya de la visita á los enferm os, la cual de
ningún m odo describirem os m ejor que cediendo la pa­
labra á uno de los sucesivos jóvenes, que á ella le acom ­
pañaban. Sea el P. Sebastián de A vellaneda, Predicador
en S. Felipe el Real: «Le acom pañé, dice, m uchas veces
á los hospitales de esta córte, y en el cam ino llevando
yo una cestilla algo gran d e, el Santo O rozco com praba
bizcochos y pasas y otros regalos para d ar á '.os pobres;
y con esto cam inaba á un hospital y en traba en la en­
ferm ería donde estaban los pobres; y com enzando desde
la prim era c u n a , se hincaba de rodillas, y jun tas las
m anos y con los ojos levantados en espíritu, hacia ora­
ción; la cual acabada, decía al enferm o los evangelios,
y haciendo la señal de la cru z en la parte dolorida, le
por.ia luego sus m anos, le consolaba y anim aba en Dios;
y luego le repartía de los bizcochos y regalos que lleva­
ba este testigo en la cestilla, y con sus m anos se los
p onía debajo de la alm ohada; y más: les daba en dinero
lim osna envuelta en un papel, para que nadie echase de
ver lo que daba. Y esto que tengo dicho que hacia con
el prim er enferm o, lo hacia con cada uno de ellos sin
dejar á ninguno; y á los que no alcanzaban los bizco­
chos, les daba dinero, y otras veces volviendo este testi­
go con el dicho Santo O rozco á los hospitales, luego
acudían m ach os pobres dándole las gracias, que por
sus oraciones y evangelios, que les dijo, les habla nuestro

(i) Inf. sum . fol. 84.


L IB . II.— CAPÍTULO IV. 143
Señor dado salud; y lo que a r m a se dice, le sucedía en
todos los dem ás hospitales; porque un dia visitaba uno,
y otro dia á otro sin dejar a air.gunc» (1).
Con razón atestigua González de Tejada, fam iliar
del Santo Oficio, que él notó cóm o se alegraban los
enferm os apenas divisaban al P. O rozco en tra r por la
p u erta de la enferm ería (2).
De igu al m anera que visitaba los enferm os de los
hospitales, iba á cuusolar y lib ertar á los presos de las
cárceles. Y no teniendo m uchas veces brazos ni tiem po
p a ra satisfacer sus anhelos y de tantos desgraciados
com o im ploraban su com pasión, valíase de personas
virtuosas, las cuales com unicaban de una á o tra parte
su3 recados. En el tiem po de las inform aciones, vivía aún
el platero Francisco López Salgad o, hom bre honrado
que le llam an otros testigos; el cual conoció y trató á su
am igo el Venerable Padre por espacio c e trein ta años; y
p a ra su dicha era uno de los confidentes p o r cuyas
m anos rep artía aquél abundantes lim osnas. M ucho
agrad ará al Bto. O rozco que publiquem os las buenas
obras de su am igo y salga aquí su nom bre para bendi­
ción de los fieles. Este fidedigno testigo y de m ayor ex ­
cepción, noe retra tará el corazón del P. Alonso. «En
los trein ta añ o s, declara, que conocí al Santo O rozco,
vi todas las cosas qu e contiene la pregun ta (acerca de
la heroica carid ad del Venerable). Porque á este tes­
tig o los más días de sábndos el dicho Santo Orozco
le daba dineros, para q u efu ese á la cárcel de esta villa,
y sacase los presns qu e estuviesen detenidos por las
castas; y asim ism o le enviaba á m u ch as casas p rin ci­
pales de esta córte con unos billeticos suyos, p o r los
cuales pedía algu n a lim osna para hacer bien á po­
bres; y asim ism o m e hizo p ed ir m uchos años lim osna

(1) Inform. Sum. de Madrid. M . S . fól. 314; lo mismo deponen


otros com pañeros.
(2) Ibidem . fól. 363.
i 44 V ID A D E L BTO. ALONSO DE OROZCO.

en la iglesia de S. Felipe p ara gente principal pobre y


vergonzantes; que acudían siem pre 4 él para ser rem e­
diados de ellas; y estas lim osnas que se allegaban en la
dicha iglesia las daba el dicho tan to por m i m ano. Entre
las cuales sabe este testigo fué una á una señora, m ujer
que fué de un O idor de P o rtu g a l, viuda, á la cual un
cuñado su yo 1c había tornado unos papeles sobre un
pleito á que vin o á esta C órte á pleitear; y viéndose la
dicha señora perdida, tuvo noticia de la santidad y ca ri­
dad del dicho Santo O rozco y se fué á encom endar a él;
á la cual señora por orden del santo tuve en mi casa
ocho ó diez días dándola de com er y cam a, y adem ás
después, por orden del m ism o Santo O rozco la di de
lim osna seiscientos reales, con los cuales se volvió a
l.ishoa. A sim ism o un letrado que había sido co rre­
g id o r en Zam ora, viéndose en esta córte m u y necesitado
acudió al San to O rozco para que le rem ediase, el cual le
rem edió en su necesidad: y un día tuvo el Padre noti­
cia que m arido y m ujer, y tres ó cu atro criaturas que
tenían, estaban, el dicho hom bre y su m u jer con unas
calen tu ras gran d es en la cam a con toda la pura
necesidad que se podría pensar; porque la ca ira que
tenían era unas solas pajas sin m anta ni otro abrigo
alguno, y un solo puchero para beber un poco de agua, v
la casa en que vivían era en el B arquillo hacia los teja­
res; sabiendo el San to Orozco esta grand e necesidad
y haciéndola encom endar en el p u lp ito , fué Dios
servido se llegasen de lim osna ciento y cincuenta reales;
lo cual por orden del dicho Santo este testigo repartió
en esta m anera: que al hom bre le m etiese en un hos­
pital, y que de la lim osna se le com prase un colchón,
dos sábanas, frazadas y una gallina y bizcochos, y lo
restante qu e sobrase se lo llevase á su m u je r... Y asim is­
m o sabe este testigo com o m uchas doncellas huérfanas
y pobres iban al dicho santo O rozco para que las rem e­
diase, y á todas las rem ediaba consolándolas, dándolas
á u n a s ropa de cam a, y á otras m antos, así de su dinero
un . ii.— c a p í t u l o iv. M 5
tuu iu de kib lim osnas que se cogían; y lo m ism o hacía á
las viudas honradas y pobres que se habían visto en
m ucho bien y se hallaban con necesidad» (i).
M aría de S . M iguel era otra de las personas que
ayudaban al bendito R eligioso en las santas obras d e ca­
ridad. Y como casos particu lares que pasaron por su
m ano, nos refiere que ella llevaba la lim osna, cuando el
P. O rozco no podía, á la m u jer de un platero m u y nece
sitado que tenía cuatro hijos: y «asimismo sabe com o
á una doncella de gen te principal y pobre, rem edió el
dicho santo, porque ella le dió cuen ta de la necesidad;
el cual se fué al Conde de Puñonrostro para lograr el
rem edio de la huérfana, com o efectivam ente se alcanzó;
y a Inés M artínez, criada ds la M arquesa de Espejo, dió
el Santo cu atrocientos ducados, los cuales pidió á esta
señora» (2).
E l P. R íos nos dirá el caso extraord in ario que les ocu­
rrió por el deseo de sacar los presos de las cárceles, que
como m ilagroso reservam os para su lu gar conveniente;
m ientras tanto anticiparem os tom ado de su testim onio
que era recia cosa p ara el V enerable Padre verse obliga­
do á pedir á los hom bres; pues solía decir, que nin gu na
otra le era m ás pesada y enojosa, tan to com o dulce y
satisfactorio el pedir á Dios, que da a m anos llenas, g e ­
neroso y liberal para con sus criaturas. Y sospecha
fundadam ente el m encionado P. Ríos que el Beato sólo
por vencerse y m ortificarse, y m ás que todo por el am or
de sus herm anos, llegaba á las pu ertas de los ricos y
se arrojaba á sus piés pidiéndoles una lim osna.
¿Pero habría cosa m ás dolorosa y sensible para él
que contraer deudas? Sin em bargo, varias veces por
libertar á los presos gastaba la renta de su títu lo antes
de cobrarla; y cuando le angustiaba el pecho la consi-

(1) ¡n/orm. c'.taca, fól. io 3 . v.


(j) S o r Alaría de S . M igu el, M ea ja Recoleta de S ta . Isabel.
¡n/orm. Sum. fól. 152.
11
VID A D E L BTO. ALONSO DE OROZCO.

deración de ser d e a d o r, extendía unos billetes, los


cuales juntos con un m em orial elevaba a Felipe II,
su plicándole pagase á sus acreedores y le librase de
ese m odo de una honda pesadum bre.
M as, al fin, trotándose de servir á sus prójim os, no
h abía m olestia intolerable ni repugn an cia invencible
p a ra aquellas tan com pasivas entrañas com o d e tierna
m adre.
Sabía bien cuál era la prim era d e las bien aventuran­
zas, y sonaría de continu o en sus oídos aquella reco­
m endación que en favor de los pobres se escribió en el
E vangelio: Quandiit uni ex his fratribus meis minimis
feci&tis, m iki fecislis: L o que hiciereis por uno de estos
pequeñuelos, á m í m e lo habéis hecho (i). Este á m i de
nu estro d u leisim o jesú s era lo q u e le em bargaba eldnim o
y d erretía el corazón, para ser con los peb res herm ano
del alm a y m adre tiernísim a. «Pedid siempreá los pobres,
decía ¿-1 a lP . Ríos, que os encomienden i Dios; pues anda
siempre, entre clios quien por su amor se hizo pebre».
¿A qué corazón , sino á otro com o e! suyo, podrá
apropiarse el dicho del Apóstol: Quiér. está enfermo que
no me haga enfermar á mi? ¿Quién se escandaliza sin que
yo me abrase de rubor? (2) Escribe el insigne P. M árquez:
«El lim o. Señ or D. F r. Pedro M anrique, Arzobispo de
Z aragoza dijo en el serm ón que predicó á su en tierro, y
es cosa que yo experim enté m uchas veces: «Jamás nadie
se quejó ni dió suspiro en la Iglesia, estando él en el
coro, que nc le atravesase el corazón; y con estar tan
atento al oficio que ni veía ni oía otras cosas que pudie­
sen perturbarle, en este solo caso se dejaba vencer del
ruido y deseaba acudir con el rem edio. N unca le oyeron
h ablar en el coro, sino fué con ocasión de qu erer acudir
piadosam ente á m iserias ajenas, porque en oyendo el
g em id o d ecía:— ¡Ay pobre de mí! y si es pobre el que

(t) M ath. X X V . 40.


(2) 2.* A d C o rin th . X I. 29.
L IB . M.— C A PÍTU LO IV .

gime? si es enferm o el que suspira, qué haríamos? cóm o


le socorreríam os»? (i)
¿Pero á qué recu rrir á extraños testim onios, cuando
las llam aradas del fu ego de carid ad, qu e ardían en su
pecho, las vem os bien á las claras en los suspiros y veh e­
m entes cíeseos expresados en sus libros? Q uien desee
concebir idea del ard or que abrasaba aquelías entrañas,
deténgase en la consideración de estos encendidos afec­
tos: «No es pequeña m erced de Dios tener el hospital de
la p uerta á dentro, para ejercitar las oaras de m isericor­
dia con los enferm os... Grandes favores da Cristo á la
casa donde h a y enferm os, porque allí se ejercita nues­
tra paciencia y se aum enta n u estra caridad» (2).
«Olí mi buen Jesús, si pudiese yo poner rnesaá todos
los pobres por vuestro santísim o ai:ior! Oh Señor, si
visitase todos los hospitales, y sirviese á los enferm os,
rescatase los c a u tiv o s, vistiese los pobres y desnudos,
aposentase todos los p ereg rin o s, y diese sepu ltu ra á
to á o slo s que son difuntos! ¡Cuán dichosa seria m i alm a,
Señor, si aconsejase y enseñase á todos el cam ino del
ciclo, castigase y co rrigiese á todos los que os ofenden,
consolase á todos los afligidos, perdonase las ofensas
que de todos me son hechas, sufriese las m olestias de
todos, y finalm ente orase tan d ignam ente com o oró el
glorioso S. Esteban por los enem igos m íos y de todos!
Esto se m e conceda p o r los m éritos de vu estra sagrada
pasión, Amen» (7).

(1) V id a d s l Venerable P a dre, cap. V III, pág. 25 del T om . III.


( 2) R e g la Je v i d * c r is tia n a , pág. j - 6 d el T om . II.
(•3) Exercitatorio espiritual, T om . II, p íg - '1M
C A P Í T U L O Y.

La ‘Predicación.

a hem os contem plado al bendito P. Orozco

dulcem ente entretenido en su vida interior;


descansando, lejos del ruido y oleaje m u nd a­
nal, en el pu erto de la paz y de la buena con­
ciencia, en el viv ir del alm a el m ás sabroso, aquel vivir
que adm irablem ente describió su herm ano Fr. L u is(i).
Ahora vam os á considerarle en o tra ocupación, tam bién
ordinaria, com o que era su oficio propio, pero más pú ­
blica y á la faz de las gentes; la cual tiene intim a relación
con las de que acabam os de tra tar. Bien claro ¿parece
qu e el Santo, siguiendo las huellas de Jesucristo, m oraba
prim ero en la soledad m acerando su carne, y levantando
con fervientes oraciones sus m anos puras á Dios; y hacía
luego bien á los h o m b res, m ostrando de esa m anera
antes p o r la obra que con la palabra, el estrecho sendero
de la virtu d .

( i) V iv ir q u iero conm igo,


G o za r qu iero del bien qua debo al cie'.o,
A solas, sin tsstigo,
L ib re de am or, de celo,
D e odio, de esperanzas, de recelo.
L IB . II.— CA PÍTU LO V . M9

¡Oh cuán persuadido estaba, y cóm o d e ello da en sus


obras aviso repetido á los Predicadores, que si la lec­
ción, al decir de N. P. S. A g u stín , propone las dudas, la
oración las desata y resuelve! Y a referirnos en el capitu ­
lo XIII del p rim er libro la m anera com o el Venerable,
ensayándose en la predicación, se prep araba para subir
á la sagrad a cátedra; y aun corriéndose la plum a decla­
ram os acaso algo d e lo que cum plía m ejor escribir en
este lugar. Novel entonces, consum ado o rad or á esta
sazón, no será difícil valu ar sus adelantos en la carrera
del pulpito, por los cuales dejaba oir su voz autorizada
en la Capilla de los Reyes.
A ñ ad ía el ejercicio de la oratoria á la influencia a va ­
salladora de su renom bre de santo: ¿tenia m ás que d es­
p legar los labios aquel dechado y portento de penitencia
y caridad? «¡Oh cosa adm irable, (repetirem os nosotros las
palabras que el m ism o B to. O rozco escribe de S. Juan
Bautista) ver al V enerable Religioso su bir las g ra d a s de
la cátedra santa, vestido de un áspero cilicio de jerga,
tostado el rostro de los g ran d es soles, flaco por causa
de la gran d e abstinencia y ayunos de ta rto s años! ¿Quien
de los que le m iraban no quedaba atónito? ¿A quién no
confundía un hom bre, m ás ángel por santidad y pen i­
tencias que hom bre? Sin hablar hablaba, y sin d ar voces
su vid a tan áspera daba g rito s que rom pían los corazo­
nes de los pecadores» (ij.
En esta parte, si bien cuánto expongam os se p resu ­
m irá fácilm ente, no es posible p asaren silen ciólos testi­
m onios que de aquí y allí he recogido de los afortunados
cristian os de todas condiciones, que lograron escucharle.
A continuación los trascribo com o gritos de aplauso
al orador santo:
« S u s serm ones eran de m ucha eficacia, porque
predicaba com o varón apostólico, sin artificio y con
m uch a sim plicidad d e palabras', con gran fervor y

(i) Excelencias de S.Juan Bautisti. cap. XII, Tomo III, pág- 22.
150 VIDA D E L B TO . ALONSO DE OHOZCO.

afecto de aprovechar las alm as; porque á todos era


no toria su v ic a y santidad y g ra n caridad que tenía
con los pobres» (i).
«Le oí predicar en esta villa de M adrid con g ra n fer­
vo r de espíritu y celo de Dios N. S. y bien d é la salvación
de las alm as, en que m ostraba bien la g ran d e caridad y
letras con que ejercitaba el of.cio de Predicador evan­
gélico; y tam bién se podia conocer bien en aquellas oca­
siones la g ra n d e opinión que los oyen tes tenían de sus
virtudes, espiritual y santa doctrina, por el aplauso con
que le oían, y el concurso de m u chedu m bre de gente
qu e para oírle se juntaban; y e n la que eran alabados sus
serm ones y ia reform ación de las costum bres que por
elias obraba Dios N. Señor, con las santas palabras y lu­
gares de la S. E scritu ra que él predicaba» (2).
«Oí sus serm ones, los cuales eran de m ucha edifica­
ción y doctrina para los oyentes, con los cuales qu ed a­
ban consolad isi m os y edificados» (3).
«Respetado por to cas las personas reales, príncipes,
p relad os y secretario s, por ser com o era un varón
h u m ild e, virtuo so , de m uchas letras y ciencia; y sobre
todu le tenían por santo y ca n icu la rm e n te le tu v o este
testigo por tal, porque un día le oyó un serm ón en esta
villa de Alcalá en S . Ildefonso el c ía de los Reyes, no me
acuerdo qué año.; y por entonces no le couocia yo sino
es de fam a y oídas; y del dicho serm ón salí n u y edificado,
y d e él colegí su m ucho espíritu de devoción y santidad
y ser g ra n siervo de Nuestro Señor» (,|).

(1) D.* B ea triz c b F r e ita , guardadam a de la Reina. Inform. sum.


de M adrid, fól. 53.
(2) D . P edro P o rto c a rre ro , C on de d i M edellin, M ayordom o
de S . M . y R epostero m ayor. Inf. sum. Cót, 5^3.
(3) A lon so N úñ ez de V ald ivia, del C onsejo de S . M ., Secretario
de las Ó rdenes m ilitares, inf. sum. fól. 549.
(4) D . L u is M ontesinos, D ecano de la U niversidad de Alcali!,
C ated rático de prim a de T eo logía. Inf. sum. fól. 637.
L ID . II. — C A PÍTU L O V.

«Vi y o ls u s g ran d es serm ones en P alacio, de m ucha


edificación y doctrina, que cuando predicaba parecía
A póstol; y sé el gran respeto y reverencia que su Ma­
jestad el R ey Felipe II tu v o de su persona, respetándole
com o tal varón justo y santo» (i).
D.* M ariana de Mendoza y O sorio, al fol. 4^7:
«En todos los serm ones edificaba mr.cho asi con sus
palabras com o p o r la santidad que m ostraba en ellas...
todos los qu e le podían ver ó m irarle lo estim aban com o
si m iraren á S. A gustín ó á S . Francisco».
«Este testigo le oyó m uchas veces serm ones en la
M agdalena, en el hospital de la córte, en las Vallecas y
en Pinto y otros conventos; y todos los qu e oían sus ser­
m ones salían edificados d e su g ra n d e virtu d y ejem plo;
porq ue sus palabras no eran de hom bre hum ano, sino de
un hom bre esp iritu al y del cielo» (2).
El Dr. Juan de M olina y Obispo d e León: «En los
serm ones que le oí m ostraba ser un hom bre apostólico,
y asi le tu ve p o r santo y perfectísim o com o todas las
personas de la córte» (3).
cLe oí m uchos serm ones, así de la pasión de N. Señor,
com o de N tra. Señora, y de otros santos; los cuales
predicaba con grand ísim a devoción y esp íritu y suspen­
sión tan gran d e, que así á este testigo com o al au d ito ­
rio ie parecía que el d icho santo no estaba en el pulpito
ni en ia Iglesia, sino arrebatado en espíritu» (4).
cEsta testigo le oyó m uchos serm ones, en los cuales,
cuando tratab a algu nos pasos de la pasión, vió que d erra ­
m aba copiosísim as lágrim as p o r el p u lp ito abajo» (5).

( 0 A n ton io c e Zú ñ iga, M arques de MLravcl, M ayordom o de


Felipe III, Inf. sum . fol. 458.
(2} F ran cisco M oreno, propietario, fol. 203.
(-?' F ol. 248.
(4Í D." Á n g e la de T asis, v iu d a de D. L u is d e G u zm án , caba­
llerizo de la reina, herm ano del con de de V illam edian a y del
A rzo bisp o de G ran ada. Inf. sum. fól. 174 vto.
(5) C atalin a G im énez, inf. sum. fól. 454.
152 VIDA nFT, R TO . ATONSO D F ORO ZCO.

El distin gu id o dom inico P. Mendoza le veneraba por


fam oso predicador de virtud y letras: A ndrés González
le vió m uchas veces elevado en el pulpito; y por causa
de los éxtasis en que el V enerable se arrobaba, le suce­
dió varias veces no acabar el serm ón (i).
El P. V erd u go declara que el P. M. Francisco Cas-
tro verd e, el Crisóstom o del siglo XVI según algunos
autores, re y de predicadores al c c c ir de Felipe II, iba á
oirle cuantas veces p o cía y que salía rr.uy edificado, ccn
g ran d e veneración y enseñado (2). Mas esto lo refiere
tam bién el P. M árcu ez por e stts palabras: «Parecían
piedras preciosas cu antas palabras se Je caían de la boca;
y asi lo decía el M aestro Fray Francisco de C astrovcrde,
P red icador del R ey Nuestro Señ or y el mas valiente
sujeto en la facultad que conoció España en su tiem po.
P rocuraba ei Ven. P ad re con todas sus fuerzas persua­
d ir á sus oyentes al am or y leinor de Dios; deleitaba cuu
increíble suavidad en los discursos am uiosos y hacia
tem blar les piedras cuando se em peñaba en los terribles.
Viósc innum erables veces estrem ecer a su tiem po todo
el auditorio, diciendo el Santo V ar¿n con un grito m uy
alto: ¡Almas, qué hacéis! y luego derram aba m uchas
lágrim as. A rd ícn sus palaorcs com o hachas de fuego» (-3).
Y su m érito especial no le hallam os por cierto en los
discursos que con tanta frecuencia predicaba en Palacio
en presencia del Rey y la gran d eza; sino es acaso por la
libertad santa, la sencillez evangélica, desnuda de apara­
to artificioso, con que llenaba su oficio de verdadero
P red icador del M onarca. Su M ajestad la E m peratriz
D.* María le llam aba m uchas veces p a ra consuelo suyo
y aprovecham iento espiritual de su alm a, y le mandaba
sentar en tina silla de raso, y que desde allí le predicase:
el Venerable lo ejecutaba con la unción acostum brada;

(1) Inf. sum. fol. 413 vto.


(2) inf. sum. fol. 96.
(3) Vida del Ven. Podrí, cap. V. p ág. g del T om . III.
L IB . II. — CA PÍTU LO V . '53

quedando m uy edificada y d eveta la Em peratriz y sus


virtuosas dam as. Mas tam poco nos arrebata esto la
atención tan to com o adm irar al santo, h olgado y com ­
placido en pred icar á los pobres.
¡Pauperes evangelizaníur! señal del reinado del Me­
sías! «Desde que le conocí, testifica el P. R:os, todos los
días de fiesta y en tre sem ana, siem pre se iba á pred icar
á los hospitales y coiiveutos pobres; y algunos días de
fiesta predicaba antes que volviese á casa tres y cuatro
serm ones; y cuando en el con-vcnto le pedia el P rior
predicase alguna vez, después de haber predicado en
los hospitales, venía a pred icar á casa» (i).
Y el P. Sedaño:
«Puedo decir que los dos años que le acom pañó, no
dejó de predicar d om ingos y fiestas ccn un espíritu y
fuerza com o si fuera de treinta años; y que los más días
de estos predicaba tres y cu atro veces en diferentes con
ventos tan distantes, que otro tu viera por m ucho trabajo
sólo andarlos; porque iba á la M agdalena, y de allí al
convento de Vallecas, y de allí a los Á ngeles, y luego á
Palacio; y en todas partes predicaba; y cuando este tes­
tigo le decía qua para qué trabajaba tanto, respondía
que m ás había trabajado Cristo nuestro Señor por la
snli:d de las alm as; y cuando después de m edio dia ve­
nía el bendito Padre cansado y en ayun as, le llevaba
yo una escudilla de potaje y m uchas veces fría, y una
tortilla de huevos; y los recibía com o si se le dieran
de limosna: y en cuaresm a los huevos eran pescado,
que aun eso no com ía; y luego á la tard e predicaba
en el convento: y en estos días, com o los dem ás, jam ás
faltaba á P rim a, á V ísperas y Com pletas; y m ientras los
herm anos rezaban de nuestra Señora, rezaba él Tercia,
S exta y No.ia (cuando no era á la una) en el coro, d e

(i) P. Ríos, que le acompañaba á los sermones, ¡nf. sum.


f i l . 234.
154 VIDA DEL B T O - ALONSO DE CROZCO .

suerte que ni por m uchos serm ones, ni dem asiado tra ­


bajo faltaba al coro» (i).
A 1H donde jam ás se oían oíros oradores y m enos de
su titulo, era precisam ente donde él encontraba sus
deliciasen exp licar el evangelio, y donde se detenía m ás
largam en te. Entraba á veces en ur.a iglesia, y con ver
aunque fuera á sola una m ujer orando, rogábale que le
escu ch ase, predicando sin paño en el pulpito ni anun­
cio de serm ón pero con m ás contento todavía é igual
fervor que en la Capilla Real.
Ni las nieves, ni los soles, ni las distancias, ni la
edad de ochenta años, ni las enferm edades eran parte
para contener su celo y vivas ansias de convertir ex­
traviados y alen tar fervorosam ente á los devotos.

( i) Inform. sum. ie G raniia, o rigin al, fol. 19.


C A P Í T U L O VI.

‘Donde se amplía v dilucida el mismo argumento.

a predicación: ved ahí, á lo que s e me al­


canza, el sublim e destino en la tierra del
Bto. P. Orozco Lo ha dicho él m ism o: Dios
le había confiado el evangelio.
¿Para qué encarecer tan alto encargo? Bien hayc. los
herm osos piés que predican el bien, que anuncian la
paz! Instrum entos del Señor en los arcanos de su provi­
dencia pa”a el m aravilloso logro de la conversión ele las
alm as, em bajadores del cielo para establecer pactos de
alianza con la tierra, brillan «obre todo oficio encum ­
brado y dignidad hum ana; en su diestra ostentan cre­
denciales, p o r las que revisten la autorid ad y persona
del m ism o Dios.
E scribim os con g ra n zozobra y desconfianza de nues­
tras fuerzas; parécenos descubrir las trazas del Señor
en tan tas m ercedes y privilegios con qu e ensalzó á su
siervo, y desm aya el espíritu considerándose inhábil
p ara delinearlas cual su alteza pide.
El nacim iento prod igioso del V enerable, su adoles­
cencia inm acu lad a, los padecim ientos prolongados de
156 VIDA D E L BTO. ALONSO DE OROZCO.

enferm edades de m uerte y de apretadas congojas del


alm a, los favores y apariciones de la V irgen , la vida pe­
n iten te y angélica de su edad viril y senectud, los prodi­
gio s sin cuento, que aun hem os de referir, se enderezan
todos al titulo de Predicador de Felipe II.
P atente está que el portentoso Beato, en su vida m i­
lagrosa de 91 años, alcanzó los días más venturosos de
la heroica España; pues no ha habido siglo de nuestra
historia, ni aun del m undo entero, de glorias tantas,
com o el afortunado que alborea con el esplendor y
gracias de la sim pática reina Isabel, y declina en los
ú ltim os resplandores del R ey Prudente: todo era grande
y em inente entonces, clásico todo.
E xtraño es á nuestro propósito historiar las excelen­
cias de nuestro siglo de oro; pero cúm plenos dibujar de
dos pinceladas el bello C L a d r o religioso, que entonces
representaba nuestra m agnánim a patria.
Enarbolado el Guión Arzobispal de Toledo sobre los
m uros de la A lham bra de G ranada, no ce alzaban en la
nación victoriosa otros altares que los del Dios verd a­
dero; alum braba los entendim ientos una 6ola y verda
dera fe, reinaba en los corazones un solo y legítim o
Señor, com o una, entera y poderosa era la m onarquía
católica. El precioso dicho del labii unius adm irábase
cum plido en las creencias de losespañoles.
Y con el aliento que presta 1?. victoria, los espíritus y
fortaleza que com unica !a fe divina, guiados de nn ángel
invisible, arrojáronse á los peligros de m ares no su r­
cados en basca de regiones, donde p lan tar el estandarte
de la cruz y la bandera d e la patria; en con trando el es­
pacioso é inm enso territorio de las Am éricas, país d élo s
encantos, resto del paraíso de la tierra, reservado á
España como prem io y corona á su nobleza y m agn an i­
m idad religiosas.
Com o de Judá en otro tiem po, salieron presurosos
de estas playas infatigables Apóstoles, que derram ados
por las dilatadas pam pas y los bosques vírgen es del
LI B. I I . — C A P I T U L O VI.
J 57

nuevo m undo, derrocaron los inm undos írlnlos de la


superstición y la ignorancia; para levan tar sobre sus
ruin as los tem plos del Dios santo, el culto inspirado
del cielo y corroborado por las luces de la ciencia. T ed as
las Indias escucharon atónitas la voz de les españoles, y
con la rica y m ajestuosa len gu a de Teresa, los Luises y
C ervan tes aprendieron las enseñanzas de la Religión
Católica, las nobles y caballerescas costum bres de nues­
tros antepasados, la civilización hum ana en tod o su
a u g e y apogeo. L a P rovidencia había elegid o á los m ora­
dores de este bendito suelo (honrado con las huellas de
la M adre-Virgen) para dar cum plim iento á los vaticinios
del Real Profeta, cuando anunciaba que la voz de los
enviados del Señor sería oída por tod a la tierra, y en los
confines del m undo sonarían sus palabras. Previo el S e­
ñor, com o no podía m enos, que al g rito de rebelión de
un m iserable apóstata, pueblos enteros le volverían la
espalda; y elegía otras regiones más anchurosas para
colm arlas de las riquezas de sus m isericordias, dispo­
nerlas en breve á abrazar las crencias escupidas en
A lem an ia, y erigir altares cubiertos de oro y p ed re­
ría á las im ágenes de los santos, arrojados en el viejo
continente de sus antiguos tronos.
E lárbol de la fe, trasplantado a u n país virgen , flore­
cía y fructificaba, com o cuando recientem ente regado
p o r la san gre del R edentor y la de los M ártires; no corría
riesgo de desaparecer; pero era preciso conservar Ies
opim os fru tos que había prod u cido en E u ro p a , de­
fen d er su pu reza á toda costa contra los form idables
ataqu es de los m entidos reform adores; y el escudo para
su defensa confióle tam bién el cielo á la nación es­
pañola.
E sta p atria generosa no podia ofrecer m ás que las
oraciones de sus santos, la ciencia de sus teólogo», los
tesoros d e su hacienda, y la san gre de sus ciudadanos;
y ludu lo consagró en holocausto á Dios, por m antener
incólum es las tradiciones sagrad as de la Iglesia.
i 58 V ID A D E L BTO. ALONSO DE OROZCO.

¿No os hechiza Santa Teresa d e je s ú s a l alzar sus con­


ventos, diciendo: «un tem plo m as por tantos com o des­
truyen los herejes;)? Y su extático com pañero S. Juan
abrazado á la cru z en la soledad y apartam iento de Du-
ruelo, ó en la cárcel de T o leco , nc os adm ira y pasma?
Pedro de A lcántara, con su cara de raíces d e árboles,
los piés descalzos y desnuda la cabeza, va á Rom a á
su plicar licencia para convertir las rocas en m onasterios,
las cuevas en celdas, donde o rar en favor de los alu cin a­
dos y pervertidos. ¿En qué tiem po ni qué lu g a r florecie­
ron m ayor núm ero de am igos de Dios que penetraran
los ciclos con sus oraciones? S. L u is Beltrán, M iguel de
los Santos, Juan de Dios, Pascual Bailón, R odríguez Cía-
ver, G ranada, O bregón, Ruzola, Tom é de Jesús, Luis
M ontoya, Nicolás Factor, A na de Jesús, Gaspar Bono;
Santos unos, Beatos otros, Venerables los dem ás y otros
y otros; ¿quién sino oüos podría detener el brazo arm a­
do de la ira de Dios?
Salam anca, B urgos, Valladolid y últim am ente V a ­
lencia oyeron el espíritu del Señ or hablando por bocr
de Santo Tom ás de Villanueva; abrasado por el celo de
a salud He las alm as recorría la Andalucía el V^nerahle
Ávila: el Principado de Cataluña P érez Valdivia; I.annza
el Aragón: apóstoles tan celosos ¿no hablan de influ ir po­
derosam ente en la reform ación de costum bres? Bossuet
observa qu e por estos días sentíase en E uropa viva ne­
cesidad de reform a, y era com o el anhelo y grito d e todos
los espíritus. Este grito se hizo descom pasado ¿in fern a l
en Alem ania: y m ientras allí se g ritab a á voz en cuello
aum entando los desórdenes, en España se planteaba la
verd ad era reform a en paz y silencio; dando ejem plos
de h a m ilca d y abnegación com o los heroicos de los
reform adores del Carm elo, y .d e otras antiguas in stitu ­
ciones.
¿Cabla exigir más? Pues h¿ ahí á Ignacio de Loyola
en la cueva de M anresa, que sin en ten der de letras em ­
borrona un libro, el cual ha de d ar que per.sar á m uí-
LID . II. — C A P ÍT U L O V I . 159

titu d de entendim ientos y trasform ar infinitos co ra­


zones.
L a ínclita Com pañía de Jesús, em presa gig a n te del
Catolicism o, m ás que esfuerzo del hom bre obra sobre­
natu ral, barrera incon trastable á la h erejía, bálsam o
de la sociedad llagada, lum bre de los espíritus, v ig o r de
pechos generosos, gloria la m ás pura, la m ás sublim e de
m i patria! De su seno brotan los santos y los sabios
com o las flores en el prad o fértil; y para im p lo rar las
m ercedes celestiales ayudarían eficazm ente al San to P a­
triarca, S. Francisco c e Borja. S. Francisco Javier, B al­
tasar Á lvarez, Alfonso R od ríguez. L uis de la Puente y
otros y otros Venerables.
P léyades igualm ente gloriosas de hom bres ilu stres
habrem os de form ar, si citam os á nuestros teólogos
em inentes que resplandecieron ya en el Concilio T ri-
dentino, com o Cano, Soto, L ainez, Salm erón, Santotis,
B u rgos y Torres; ya en la universidad de Oxford com o
el ctro Soto; ó en nu estras m ás afam adas escuelas de
Salam anca y Alcalá, com o Fr. Luis c e León y su discí­
pulo Suárez, Báñez y M edina, Pérez Ayala y el talento
universal c e P edro Ciruelo; todos los cuales batieron
sin tre g u a al en m al hora suscitado protestantism o.
M erced á su celo y diligencia se apagaron las chispas que
eu Sevilla y Valladolid am enazaban convertirse en lla­
m aradas incalculables.
N uestro calum niado R ey Felipe II, que resum ía el
pensam iento de sus vasallos er. aquel su célebre y m e ­
m orable dicho de que mas quería ser despojado de la
corona que rdnar entre herejes, m an tu vo una g u e rra
tenacísim a, en la que se d erram ó á torrentes el oro y la
sangre de los españoles, por conservar sus dom inios
lim pios de la levadura protestante. Si com o era su p ro ­
pósito, no pu d o d esbaratar los ím petus de la herejía y
anonadar sus fuerzas; logró, aun que á tan ta ccsta, que
España no llorara la desgracia de rom per su envidiada
u n id a d , destrozándose en discordias que hubieran
V 1UA DLL UTO. ALON SO Uli OKOZCO.

¿carreado m ayores m ales que la g u e rra encendida en


país extraño.
En cam bio los triunfos alcanzados en Oran, Túnez y
m ayorm en te en L epanto, sobre nuestros enem igos los
hijos de Ismael que am enazaban inu nd ar la Europa y
fueron destruidos para siem pre, indicaban n las claras
que la fortaleza del catolicism o en m eció de tan tas lu ­
chas la había colocado Dios en las m ontañas gu erreras
¿ indom ables de la península ibérica. F u il homo missus
a Deo, cui romen erat Joannes, decía de D. Juan d e A u s­
tria el Pontífice S. P ío V, luego d e obtenida la victoria
contra la m edia lun a en las aguas de Lepanto.
Este conjunto arm onioso y brillante de doctores y
h éroes, sacerdotes y reyes profundam ente religiosos
todos, ejercía poderoso ascendiente en ia grandeza y el
pueblo; el cual por otra parte tenia en sus m anos los
libros clásicos de m ística, que ¡i porfía brotaban de la
plum a de tantos santos, despegados del m undo y a rro ­
bados en la contem plación de la herm osura de Dios.
N uestros p adres del siglo XVI ¿ tesoraban viva fe en su
pecho; y á vuelta de im perfecciones h um an as m ás esca­
sas que nunca, abundaban en instrucción religiosa; y
practicaban virtud es nada com unes, hoy desterradas
com o sociales, y relegadas al h o gar dom éstico sino es
al sscreto de la conciencia individual. Feliz España, ¡y
cu ánto has decaído de tu piedad y tu grandeza!
— Y al Beato O rozco, esplendente estrella del cielo de
España, ¿qué parte tocó en este cuadro grandioso?
— El Ven. Padre Alonso fué encum brado por Dios á
las altu ras de la córte, para con sus predicaciones y sus
libros y señaladam ente con sus ejem plos, alum brar y
fortalecer aquel centro de vida católica, brazo defensor
de la cristiandad.
Si representam os las naciones por corpulentos árbo­
les, la córte será siem pre el tronco de donde brotan
las ram as, y p o r donde reciben el jugo vivificador. ¡Des­
g raciad a nación cuya córte está corrom pida, dichoso
LIR . I I .— CAPÍTULO V I. l6 l

el pueblo cuyo rey y cu yos m agnates no brillan tanto


p o r su poderío, com o por la lim pieza é integridad de sus
costum bres! M antener, pues, pura la savia de ese tronco
en los felices días de Felipe II fué el alto destino del
Bto. O rozco.
M ientras que Sta. Teresa lograba la santificación de
m uchas alm as escogidas, separándolas del tráfago del
m undo, y en el olvido y la privación de las cosas h u m a­
nas se elevaba en dulces éxtasis, bajando del m onte de
la contem plación á hablarnos un lenguaje nunca oído;
m ientras S. Juan reposaba en el yerm o de Durueln
arrobado todo en contem plar los m isterios y d ulzu ras
de la cruz, y com ponía sus liras inim itables y angélicas;
m ientras Pedro de A lcántara, hu yend o del ruido y con­
versación de los hom bres, se internaba en las soledades
de los bosques ó m oraba en el desabrigo de los p á ra ­
mos; y los atletas de la com pañía de Jesús recorrían ciu ­
dades y villas derram ando la fructífera sem illa del evan­
gelio; y todos juntos convidaban á los fieles con tan con ­
vincentes enseñanzas á elevar sus pensam ientos y deseos
á la alta vid a que nos espera; el bendito P ad re Orozco,
con todo el trato y aspecto de los antiguos anacoretas,
era uno de tan tos servidores de la m as espléndida y
m agnifica de las coronas. V erdadera sal de la tierra,
lum brera que ardía y resplandecía en el Palacio Real,
estuvo destinado á conservar lim pias las costum bres de
los Reyes, los Príncipes y los G randes, é influir, p o r con­
siguiente, en el espíritu cristiano d e las leyes; dando
vivo ejem plo de com o se h erm anan las virtu d es m ás
austeras con el trato cariñoso y afable servicio de nues­
tro s prójim os; y com o el alm a en am orad a de Dios, á
sem ejanza de la zarza de Moisés, puede verse rodeada
de llam as é incentivos, sin abrasarse en livianos deseos;
antes bien m antenerse tan p u ra é inm aculada, com o
oro salido del crisol.
Su s cuarenta años de córte, colm ados de m erecim ien­
tos en las tareas del Apostolado, llenos de bendiciones
u
IÓ2 VIDA D EL BTO. ALONSO DE OROZCO.

del pueblo católico, enaltecidos con asom brosos prod i­


gios de lo alto, fueron la m ejor prenda de las m isericor­
dias del cielo sobre la ciudad y residencia del m onarca.
Ah! y con qué sobrada razón la m irada penetrante
al par que piadosa de Felipe, no perm itió al Bto. Orozco
despedirse de la córte, porque no quería se ausentasen
de ella los Sanies!
A quel rostro dem acrado, envuelto en grosera jerga,
que le hablaba con libertad y franqueza increíbles en
punto á las obligaciones d e un rey, no espantaba al
m onarca cristiano á quien nin gún poderoso se im ponía.
En asuntos de fam ilia, com o en los negocios arduos de
gobierno deseaba tener éste en el venerable Padre, un
consejero fiel y desinteresado, y sobre todo un m edia­
dor con el cielo. ¡Cuántas veces la desgracia y la m uerte
hirieron su corazón en lo más vivo arrebatándole hijos
y esposes; cuántos am argos desengaños y esperanzas
frustradas er. sus planes políticos h a ría r m ella en su
ánim o, aun que sereno é im pertu rbable, y sentiría la
necesidad de desahogarse en el pecho de algú n vasallo
fidelísimo!
Capitan es ilustres, diestros secretarios, doctores
em inentes, Prelados y Santos, glorias inm ortales todas
de nu estra patria visitaron su Córte, trataron y con ver­
saron con Felipe II: consta que con nin gu no usó las de­
m ostraciones de respeto y confianza que con su h u m il­
de P redicador, el Bto. Alonso de O rozco. ¿Y las Reinas
y Princesas cristianas? ¿y los nobles y grand es de P ala­
cio? Al presente no entra en nuestro prepósito explanar
estas indicaciones, que el curso de esta historia irá insen­
siblem ente m anifestando; por ahora, insinuado ya nues­
tro parecer acerca de los destinos del Ven. Padre, vea­
m os p o r puntos com o los acontecim ientos lo confirm an
plenam ente.
C A P Í T U L O VII.

E l Libro de la In stitu ció n r e a l dedicado d O . Felipe II.

1563—1565.

iva y e f caz es la palabra de Dios, la cual á


m anera de espada de dos filos, al decir de
las sagrad as letras, ahonda hasta la m édula
ríe los huesos. M as esta sacudida y dulce
llaga, que produce en el espíritu la verdad desnuda y
pen etrante, es m enester renovarla de continuo, com o la
lóen te salvadora que ab rim o sen nuestra carne enferm a;
para que la m em oria de las enseñanzas terribles, no
desaparezca entre el desasosiego de tareas abrum adoras
ó el halago de los deleites y arru llad o res cantos de
m undo engañador,
Com o anhelase tan to el aprovech am ien to espiritual
de la real fam ilia, no se satisfacía el celoso P. O rozco con
d ejar o ir su palabra abrasada en el am or de Dios, y lle­
varla á lo íntim o de los corazones de los Reyes: pasa la
palabra com o ráfaga de viento, ¡cuánto m ás oída entre
quehaceres que la sofocan! P or eso, u n o de sus prim eros
desvelos, apenas entró el fervoroso o rad or en el desem ­
peño de su títu lo, fué com poner un lib ro, que en com -
16 4 VIDA DEL. BTO . ALONSO DE OROZCO.

pendió pudiera repetir ¿ cada instante lo que tantas


veces am onestaba desde la sagrada cátedra. Y m ejor
to d a v ía : que era m ás pruden te y respetuoso hablar
á la larga, y á las claras, en un libro escrito en el
idiom a del Lacio; que no desde el elevado punto donde,
dirigiéndose á d eterm inadas personas especialm ente
revestidas de autorid ad, no se logra otra cosa sino ru ­
borizarlas y encolerizarlas, d ar m otivo d e escándalo á
los sencillos, y m ateria de m u rm u ración á díscolos y des­
contentos. De ese m odo el católico M onarca, cuando
dando de m ano á los m uchos negocios en que había de
engolfarse, descansaba su fatigado ánim o con tan pia­
dosa lectura, sen tin a resonar con fuerza en su oído los
encendidos afectos de su santo P red icador. Y por cierto,
que el tal libro titulado Institutio rsgalis, escrito allá en
la insinuante m anera que él sabia, es excelente sermón
para príncipes y reyes.
Con vigoroso discurso, deducido de las sentencias de
los libros inspirados y aún de lo que alcanza la lum bre
natural, am enizándole con oportunos ejem plos y hechos
fam osos de la historia, presentó al nada tard o entendi­
m iento del Soberano la sum a de sus tres especiales obli­
gaciones. D em uéstrale en el prim er tratado la sabiduría
y virtud es que ha de tener el rey para gobernarse á sí
prop io y en cam inar su alm a al ciclo. Dícclc en el segu n ­
do cóm o ha de d irig ir cristianam ente su casa y sus fa­
m iliares; y por ú ltim o declara en el tercero de qué m a ­
nera los reyes y g ra n d es señores han de reg ir sus
m on arqu ías, adm inistrando ju sticia , m anteniendo la
paz, y ensanchando los lím ites de su principado.
Sabed, oh P ríncipes, les avisa prim eram ente, que si
nacéis Señores y herederos de codiciados reinos, no na­
céis sabios: la ctilpa que heredam os de A dán, os en vu el­
ve tam bién á vosotros, é iguala en nuestra flaqueza,
m ala inclinación é ignorancia. Entended, pues, y sed en­
sañados los que juzgáis la tierra: la m ajestad real ha de
engrandecerse especialm ente con el dom inio de la sabi­
un. II.— C A PÍTU LO V II. 165

duría, y nada más obvio y natural parece que sobrepuje


á los dem ás en ciencia y luces del ingenio, quien sobre­
sale en el oficio y la autoridad. La fortaleza y seguridad
de un pueblo, dice Salom ón, será un rey sabio. A vos­
otros se d irige la E scritu ra con estas enseñanzas, y a que
nin guna cosa m a s q u e el poderío, em briagad o con si
hum o de la honra, se rebela contra los preceptos de
Dios. Si todo cristiano ha de a ta via r su alma con las
virtudes, ora teologales de la fe, esperanza y caridad;
ora las cardinales de la pru den cia, tem planza, fortaleza
y justicia, y ser de esta su erte m odelo de virtudes p riv a ­
das; es fu erza que el R ey, respecto del cual todo es p ú ­
blico, se adorne con la herm osura d e prendas tan es­
tim ables.
Y preciso es, Señores, que en el prin cipado de vu es­
tra casa aprendáis antes y os ensayéis á g ob ern ar á po­
cos, p ara luego llevar con acierto las riendas de gran d es
Estados. Diríaos yo, por todo consejo, acerca de la fam i­
lia, c;ue no olvidéis la perdición que se origin ó al rey
m ás discreto p o r un am o r nada recatado; y bien podríais
escarm en tar en I lelí, para no descuidar la educación de
vuestros hijos, y no o lvid ar el aviso del sabio: «el P ad re
que am a a su hijo no perdonará á la vara».
A u nqu e os lisonjeen los oídos y parezca que os sirven
con fidelidad y desinterés, aprended bien lo que el in s­
pirado M onarca dejó escrito para lección vu estra. «No
m orará en mi casa el que obra soberbia», quiere decir:
el que no am a á Dios no llevara m i salario; porque sien­
do traidor y rebelde á su C riad or, no será leal á su rey
tem poral. L os estragos y m ales que de la superfluidad
en vestidos, banquetes y saraos vienen á las fam ilias,
h arto dolorosam ente se palpan: no poco se m oderaran
tales excesos, si los reyes, y m ayorm en te las princesas,
dejando atavíos engañosos y fascinadores, se adornasen
ccn la m odestia, tan propia de los qu e por heredar el
cielo han renunciado en el bautism o las pom pas y v a ­
nidades m undanales.
ió 6 VIDA DEL BTO . ALONSO DE OROZCO.

No se sufre su m ar en breve, decía el Venerable P ad re


en su Compendio de la Institución Real que a rreg ló á
petición de un caballero, lo que allí se persuade á la
larg a. ( í cóm o resum iré yo aun el m ismo compendio?
Según se m e alcance, trascribiré una sum a de senten­
cias y prudentísim os avisos para gobierno de las repú­
blicas; de los cuales, aunque desalado:-y siu a liñ cd e p a r­
te mía, púdrase hacer precioso ram illete.
— «Allí hay m ucha salud, adonde hay m ucho consejo
y a cu erd o .>; Los Rom anos, les Macabcos y Moisés res­
ponderán de la exactitu d del aviso. «Creedme, herm ano,
que si el que gobierna no se humillr. á. tom ar consejo,
va perdido, y su república tend rá grandes trabajos.
Tam bién se persuade una verdad m uy asentada en ra­
zón, y es, que m ejor se rige un reino por un p ru den te
Príncipe, cu e por m uchos gobernadores. Esto enseña
claro la experiencia, pues en toda la república de tantos
sentidos, un ánim a es la que rige; y en este universo,
uno es el que m ueve, y no es m ovido, nuestro Dios
soberano, que todo lo gobiern a; al cual llam aron los
filósofos causa prim era. P i t r e los planetas lino es el
Príncipe, el sol, que a todos alum bra, y todos partici­
pan de su luz. De aquí es, que después que los RDtnanos
desecharon sus reyes, el últim o de los cuales fu é T a r -
quino superbo, eligieron dns Cónsules, y no acabaron
aquel año, y fueron elegidos dentro d e un año cinco;
lo cual pondera N. P. S . A gustín en el libro de la Ciudad
de Dios. De aquí entenderéis, cuánta confusión enca­
m ina á la república el regim iento de m u ch osq u e algún
tiem po rigen, y no siempre.»
Los reyes han de ord en ar leyes de las cuales se sa­
quen frutos de paz y provecho de los reinos. ¡Ay de los
cu e hacen m alas leyes, dice la Escritura! L ey de tiranía
es, lá que es en daño de la república y solam ente en utili­
dad del que la rige: la que trae desasosiego en el reino y
es causa que se rom pa la paz entre los súbditos. A esta
m ism a autoridad real pertenece deshacer las leyes, eos-
LIB. II .— C A P ÍT U L O V II. 167

tum bres m alas que se han introducido por la m alicia de


los hom bres.
Y c o m o la s leyes, aun que buenas, nada valen sin ejecu­
tores, dase arte en el referido libro com o los Principes
han de elegir Jueces prudentes, tem erosos de Dios, ama-
dures d e la verdad y enem igos de la avaricia. En sus
m anos están las haciendas, la honra y la vida de los ciu da­
danos. T odo esto cum pliréis, católico R ey, s i proveyereis
no las personas, sino los oficios.
Conveniente es que los ciudadan os posean propie­
dades p ecu liares que cultiven y beneficien: y toca al Jefe
del E stado disponer se edifiquen y pueblen ciudades en
lugares m ás ¿ propósito, favorecidos p o r el clim a; ni
m u y expuestos á los ard ores del estío, ni d esam p ara­
dos a la crudeza del invierno. C um ple asim ism o al su ­
p erior fom en tar el cultivo de las artes liberales, d ebien ­
do él m ism o ejercitarse y sobresalir en ellas; estim u lan ­
do el pundonor de los nobles á segu ir su ejem plo, ya que
nada h ay m ás propio y decoroso que los hijosdalgo
brillen con el esplendor del saber y el lucim iento de
la habilidad y el ingenio. Precíense tam bién los P rín ci­
pes católicos, com o de su m ejor corona, del titu lo de
clem entes: el óleo, con que ¿n tes eran ungidos, sobre
todos los licores nada y se enseñorea: la clem encia le.
d ará dom inio engrandeciendo su alm a, le dará dom i­
nio tam bién sobre los corazones de los vasallos. E n tien ­
dan, sobre todo, los poderosos que vive en la tierra el
V icario de Jesucristo, a quien vasallos y reyes ceb em os
obediencia. La espada que ciñen los P rín cip es hásela
dado el Señor para am p aro y defensa de su Iglesia
Santa.
T en gan en la m em oria el gran prem io reservado á
los buenos soberanos; no es m enos generoso el Señor
para p rem ia r losservicios, que para ca stiga r in iq u id a ­
des; y si él asegura que los poderosos serán poderosa­
m ente atorm entados; los P rín cipes justos, ¿qué galard ón
obtendrán?—
l6 8 VIDA. D EL BTO. ALONSO DE OROZCO.

¡Excelente program a de gobierno! No causará poca


extrañeza en nuestros días lenguaje tan claro sobre polí­
tica, y lecciones tan severas, acerca de los cltos deberes
del m onarca, publicadas á todos vientos en un libro de­
dicado al rey m ism o. Pero esto que en nuestros decan­
tad os tiem pos de libertad se consideraría crimen Icesoe
Majestatis, el católico y calum niado Rey Felipe lo es­
tim ab a p or gran favor y servicio. Tenia él bien ap ren ­
dido que la política, ese arte de gobernar á los puebles,
es en extrem o difícil, com o enseñan los filósofos y dem ás
sabios del m undo; por lo que nuestro am oroso Dios se
ha d ignado m anifestarnos algu nas sentencias m orales
y políticas; las cuales se incluyen en el tesoro de la reve­
lación, consignado en las Sagrad as E scrituras. Y exponer,
d ilucidar estos secretos de su ley toca y cum ple, por
disposición divina, á los sacerdotes y sin gu larm en te á
los Prelados. De donde p o r m erced señalada han de re­
cibir Legisladores y Gobernantes les enseñen Ja doc­
trin a de dichas m áxim as, tanto m ás excelentes y exac­
tas sobre todas las sentencias c e los filósofos, cuanto ya
del sol esplendente, m anantial copioso de luz, á .a ti­
bia y prestada lum bre de la lun a.
Y nótese d e cam ino igu alm en te con cuánta insisten­
cia recom endaba el discreto religioso elam o r á la ciencia,
y el fom ento de las arles: los tres prim eros capítulos se
encam inan a este prop6silo, y coa frecuencia lo repite en
todo el discurso del libro; panuque uua vez rnús se evi­
dencie que los desidiosos é ign orantes son los calum nia­
dores que atribuyen á los sacerdotes escasa afición á los
estudios y al progreso de las ciencias. En este punto aún
hem os de ver m ás am plio y explícito al Beato Orozco.
C A P Í T U L O VIH.

Los prodigios.— Fundación del comento de ¿Agustinas de


San Ildefonso de Talavera de Iz 'Reina y del de religiosos
de la misma Orden también en Talavera.

1592—1570.

S a d a m o s aún a lo expuesto en los prim eros ca­


pítulos de este lib ro otra circu nstancia espe­
cia!, que junto con la penitencia, oración y cari­
dad inagotable para con sus herm anos, debía de dar
al bendito P. O rozco en la cátedra sagrad a prestigio su b ­
y u g a d o r sobre sus oyentes.
Dice la sagrad a E scritu ra que el ju sto vive de la f e , y
r o s está asegurado que la fe viva trasladará áun las
m ontañas. S egu ram en te, el Dto. Alonso vivía en co m u ­
nicación tan continua con Dios, que no ya stMo por el
nrar y el ejercicio de la presencia divina; sino que por el
ansia de socorrer ias necesidades de sus p rójim cs, no
ap artaba su m em oria del acatam iento del Señor, su m e­
jor am igo, suplicándole el rem edio de ellas. P or lo que
m uchas veces fué atendido de m anera m ilagrosa, p re­
m iando Dios la fe vivísim a y ¿onfianza segu ra d e su sier-
VIDA D E L ETO. ALONSO DE OROZCO.

vo, p ara m ejor autorizar su palabra, y darle ascendiente


en el ániinu de tantos á quienes frecuentem ente ex h o r­
taba á la virtud .
Doy principio á la serie de prodigios que el Santo
obró en M adrid, con el estupendo caso de la resurrección
de una niña.
M arcos Am ador, zapatero de la Real Casa, era á lo
que parccc. de áspera condición; y com o los d esabri­
m ientos de su Índole venían á chocar contra su cristiana
esposa Luisa Riaño, (la cual conocía bien la d ulzu ra de
carácter del P. O rozco, eu autoridad y valim iento) le
llam aba en ocasiones, para que con su influencia tem ­
plase la cólera del enojado m arido.
Tan q u erido y respetado com o era por todos los sir­
vientes de Palacio, m ás de una vez habla restablecido
la buena paz y arm onía en casa de A m ad or, tanto que
llegó últim am ente á tra tar a esta fam ilia com oá afectuo­
sos am igos. Desconsolados un di;i por la pérdida de
M agdalena, niña de tres a ro s, agradecieren en el alm a
la visita de consuelo que les llevaba su arr.igo entrañable.
— Ay! P. Orozco, se ha m uerto la niña!., dijo Am ador,
viéndole entrar. — Y a y a , pues, ofrézcam ela ahora para
m onja de un convento que trato de fu n d ar en Talavera,
que es m u y posible sea Dios servido volvérnosla á pres­
tar. — Si está ya tapada, hace m ás de ccho horas que
espiró. — No im porta, replicó el Venerable, ofrézcanla
com o les he dicho. — Puede tom arla V. Paternidad y
hacer de ella lo que qu isiere,— fué la contestación de todos.
E n tró entonces el bendito Padre en el aposento d on ­
de yacía la niña cubierta, se puso en oración m ental por
largo rato; y levantándose después, leyó á la difunta los
evangelios. L a niña em pezó á m overse p rim ero, luego
¿ llo ra r, quedando en el m ism oin stan te que viva, sana y
buena. El alborozo y alegría de los padres, el de toda la
casa, y el pasm o de los vecinos considérelo sabrosam ente
el lector. Corrió por todo M adrid la noticia de la resu-
rreción de M agdalena: larg os años m ás tarde, aun pudo
L IB . II. — CA PÍTU LO VIII.

hacerse inform ación del m ilagro por la autoridad Ecle­


siástica, y en el proceso de la sum aria para la beatifica­
ción del Ven., que lleva la fecha de mil seiscientos diez y
nueve, en cu entro viviendo aún á una herm ana que testi­
fica de lo que \ió; á o tra de lo que cy ó á sus padres, y á
la agraciad a de lo que le contaron sus parientes. Es uno
de los m ilagros aprobados p o r el O rd in ario (i).
— ¿Cum plió ¡Magdalena el ofrecim iento de sus padres?
— P ara eso le volvió Dios á este m undo. Con efecto. S o r
M aría M agdalena A m ad or profesó el 1577, siendo de las
p rim eras vírgen es consagradas á Dios en el C onvento
de A gustin as de T alavera, fundado bajo la advocación
de San Ildefonso.
La fam ilia del V en erable Padre continuó, sin duda,
en T alavera de la Reina (adonde se trasladaron desde
Oropesa cuando todavía Alonso era niño); y y a hem os
dicho que su buena m adre le contó en esta villa, la
p rim era vez que levió con el hábito, lasm aravillas acaeci­
das en el nacim iento de su hijo, cual las dejam os n arra­
das en el libro anterior. Francisca, herm ana de Alonso,
casó con Pedro de O rellana; y viuda de éste, por consejo
de su piadoso herm ano debió de recogerse el año 1562 en
una casa de la fam ilia con otras parier.tas y m ujeres vir­
tuosas; donde vivían en com ún de su hacienda, labores
y lim osnas que les daban, esperando en la m isericordia
de Dios m ayores aum en tos en lo te m p o r a ly espiritual.
Difundíase eu Talavera el buen olor de sus virtudes y
erar, conocidas por el nom bre de BeaLasde S. A gustín ;
hasta que, levantando Iglesia el 1575, se reservó en ella
el augusto Sacram ento con Licencia del Dr. Góm ez Téllez
de G irón, G obernador del Arzobispado de Toledo. Un
año después p o r el m es de M ayo la bendijo D. Juan Suá-
rcz de las Vejas, Obispo de L ugo, y n atu ral de T alavera.
A m plióse asim ism o la casa en form a de convento, y por
disposición del venerable fun dador, dieron las Beatas

(1) Y caa c el docum ento trascrito en los apéndices.


I 72 V ID \ D EL DTO. ALON SO DE OROZCO.

la obediencia á la religión de N. P. S. Agustín; entonces


el Provincial de España les m andó dos religiosas m uy
observantes y prudentes del convento de M adrigal. Doña
M aría Belón por P rio ra , y Doña Luisa Bracam onte de
S u p riora. -
En 1576 recibieren el velo de m anos de Fr. Cristóbal
de Orellana, designado p o r e lP . Provincial como p rim er
V icario y Confesor de ellas: fué la p rim era m onja profesa
S o r Francisca de O rozco, al siguiente año de 1577, según
hem os podido ver en el acta d e su profesión. A u nqu e
conform e al autorizado testim onio del Licenciado
R uiz de la Peña, hijo del m ism o T alavera, á esta her­
m ana del venerable P ad re la llam aban, en ausencia y
presencia, la Señora de O rozco, por la notoriedad de su
esclarecido linaje y desahogada posición; hem os de decir
qu e no bastaron sus riq uezas para la fábrica de la ig le­
sia y convento y sustentar á la com unidad; no obstante
que, según el m ismo Licenciado, con trib uyó ella espe­
cialm ente a la fundación cor. ei largo caudal de cien
fanegas de renta. Su bendito herm an o les ayudó en
esta santa obra poderosam ente m ien tras vivió: la tercera
p arte de sus gajes de P red icador del Rey, era para sus
m onjas de Talavera; y en los.años en que tardó en m a­
d u rar el proyecto sobre todo, debió de recoger cuan­
tiosas lim osnas en la córte, dedicadas al m ism o piadoso
fin. A dviértese en el proceso de beatificación el especial
cariño que el venerable fun dador profesaba á este
m onasterio consagrado á su Santo, en recuerdo de la
m erced que le hizo la Sacratísim a V irgen, dándole nom ­
bre anles ds nacido. M uchas veces le visitaba, ya con
ocasión c e dar hábitos ó profesiones á las novicias, ó
bien para la elección de P riora ú otros propósitos lau ­
dables: conocíanle ya en las posadas del cam ino, y por
todas partes ha quedado bendecida su m em oria.
L as religiosas, dejando a los Prelados de la Orden,
reconocieron al O rdinario com o Su p erio r ¿ lo s tres años
después de la m uerte d e su santo Padre Orozco; pero
LIB. II.— C A P Í T I T t n VIH.

junto con algunos objetos sagrad os regalad os por él,


conservan todavía m u y viva la estim a y g ra titu d que
han hered ad o de sus antepasadas hacia su venerable
fu n dador. En otra parte direm os la m ilagrosa despe­
dida que les dió al volar al cielo, indicándoles que m ás
presentes que en la tierra habla aún de tenerlas en la
glo ria. No le invocarán en van o en sus aflicciones;
y ya que p o r la injuria de los tiem pos les han a rreb a­
tado los M .S . 3 . y libros, que indudablente les dedicó,
m editen ahora en sus O bras reim presas el adm irable
espíritu, luz y espejo de !as alm as que aspiran á la p er­
fección cristiana.
O tro convento de la O rden estableció para religio ­
sos en el m ism o'Calavera de la Reina, en el año de 1566,
según nuestros cronistas. Por la estim ación g ra n d e que
le profesaban los reyes enriqueció esta fundación «con
m uchas y diversas lim osnas y cosas ricas, y e n p a rticu lar
con una im agen , y una espina de la corona de Cristo
Señ o r N uestro, la cabeza de un santo m ártir, un cáliz
de los que ofrecen los reyes el día de la pascua de R e­
yes, vin ajeras de plata y m uchos ornam entos; parte de
los cuales le había dado el E m perador Carlos V nues­
tro señor, y parte D. Felipe II su hijo, com o es público y
notorio» (1).
El P. Vidal dice que la espina d ich a se la regaló la
P rin cesa D .“ Juana, esposa del infortunado D. Sebastian:
y que se levantó el convento en u nas casas g ra n d es de
la plaza del A lm a izj, cerca del an tigu o alcázar, que se
decían h aber pertenecido á la Reina D.* M aría, m ujer de
D. P edro el Cruel. Dedicó la Iglesia el sanlu f u L d a d u r á
la Reina de los Á ngeles con el titu lo de Nueslx'a Señora
de la P az, y fue su p rim er V icario-P rior, hasta que por

(1) P . P a b lo de la C ru z, R ecoleto en ests convento de T a la ve ­


ra, qu ien habia visto m uchas v eces la im igen, la espina y las
vinajeras. Información de Talavera, fol. 14 vto.
'7 4 VIDA D E L BTO . ALONSO DE OROZCO.

nom bram iento en C apitulo se eligió P rio r en el m ismo


año al P. Lope de V ergara (i).
De este santo convento salió cabalm ente el célebre
o ra d o r que pronunciaría la oración fúnebre del bendito
P. O rozco ante su sagrado cadáver, el P . P edro M anri­
que, Obispo de Tortosa. V irey d e Cataluña y Arzobispo
de Z aragoza (2).
Tal fué el recogim iento y observancia de este m o­
nasterio, que, al tra tar los P P . de la P rovin cia de Casti­
lla en 1588, de señalar algún convento donde se viviese
con m ás soledad, oración y aspereza (lo cual dió m argen
á la recolección ó descalzez), eligieron por prim ero de
todos y base de la reform a á esta fundación del sanio.
Los cronistas recoletos, com o el P. Villarino, dábanse á
a u g u ra r feliz resultado á la recolección, por haberse
instituido sobre el cim iento antigu o del Deato Orozco.
Y por cierto que prosperó el árbol plantado en tan ben­
dito suelo, extendiendo luego sus fru tos por las dem ás
regiones de Europa y las m isiones ultram arinas.

(1) V id al. Historia del convento áe S. A gustín de Salamanca,


lib. III, cap. IV , p ág, 236 del T om . i."
(a) H errera. A lphabctum A ugustinian um , pág. 483.
C A P Í T U L O IX.

E l libro intitulado h i s t o r i a d e l a r e i n a s a b A , enderezado


i U 'Reina (Católica :D oña Isabel de V alois.— e l e p i s t o ­
la r io c r i s t i a n o al ‘■Principe lD . Carlos.

1565—1667.

resentada á Felipe II la Institución R eal,


pareció al V en. P red icador que era ocasión
de ofrecer nuevos obsequiosos respetos á los
dem ás m iem bros de la regia fam ilia; y con
efecto, dedicó á la Reina y al P ríncipe en los años indi-
caco s preciosos recu erdos para cada ano, com o podían
estim arse los lib res anunciados en el epígrafe del ca ­
pitulo.
A h ora, qué conten ga el adm irable escrito prim ero,
y p o r qué m otivos especiales le ofrecía a la Reina, el
m ism o autor en razonada y prim orosa dedicatoria lo
m anifiesta diciendo:
«Para cu atro cosas dice N. P. S . A gu stín que n u e s ­
tro soberano Dios hizo al hom bre, y son: p ara que co­
nociese á su C riad or, y conociéndole, le am ase; y am án­
dole, le poseyese; y poseyéndole, gozase d e su divina
V ID A DEL BTO . ALONSO DE OROZCO.

m ajestad en el cielo p o r fruición de perpetua gloria.


Gran doctrina es ésta, y m u y de n o tar para consuelo de
todos los cristianos. Crió Dios al hom bre para que
conociese á Dios, contem plase su excelencia, su bondad,
y adm irable poder: y de estas cosas visibles, rastro y
pisadas de aquella sum a Bondad, considerase la m ajes­
tad y grar.deza del Criador; asi com o viendo la uña
gran d e del león, la razón dice ser gran d e el león...
P a ra ven ir á fin tan deseado, nos da gran doctrina
la reina 5 abá, m ujer sabia y valerosa; la cual con deseo
de saber m ás, oyendo la gran fam a del Rey Salom ón,
dejó sus reinos de Sabá y E gipto, y no sin gran trabajo
vino largo cam ino, hasta e n tra r eu Jei usalén; y presen­
tada delante de Salom ón, m anifestó las dudas que tenia
al rey; el cual la respondió tan delicadam ente, satisfa­
ciendo á su s cuestiones, que ella quedó adm irada; y vo l­
viendo en si alabó al Dios de Israel, que tal rey había
proveído en aquel reino. Y aun dijo ser bienaventurados
los criados del rey, porque oían sus palabras llenas de
espíritu. Finalm ente, ofreció al rey grandes dones de
oro, y piedras preciosas; y el rey le dió en retorno m u y
m ayores riquezas.
Tom é esta H istoria, para declararla en tod o este
libro, d irigid o á V . M ., en el cual se tra ta, cóm o (á im i­
tación de la reir.a Sabái la fam a de nuestro R ey Salo­
m ón, C risto, nos ha de sacar d e nuestra tierra, m enos­
preciando el m u n d o y presentándonos delantedel Señor.
D eclara, para la oración que V. M. ordinariam ente
ejercita, de qué m anera se ha de o rar y pedir m ercedes
á Dios. Enseña el gran fru to de la confesión y com u­
nión; sacram entos adm irables, los cuales, para gloria
de Dios y ejem plo de los cristianos, m uchas veces goza
V . M. en fiestas principales no sin g ra n m erecim iento.
Persuade á oír la palabra divina, y á ser liberal el cris­
tiano con los pobres, y á oir cada dia misa; y lleva al
fin en d iálogo un Confesionario breve. Lo que yo su­
plico á V . M. es que por reverencia de Dics, lea esta
LID. I I . ---- C A P I T U L O IX. I77

historia tan llena de m isterios, y tan apacible al enten­


dim iento; porque, dado que tenga otros libros m uy
m ejores, ir este dedicado á V . M. obliga com o á cosa
propia el leerle».
Es la H isto ria de la R ein a S a k i bella descripción de
las vías espirituales por las que lleva Dios á sus escogi­
dos. Aplicando al ánim a cristian a lo qu e la sagrada
E scritu ra refiere de aquella discreta reina, hace llegar
á oídos del alm a la fam a y renom bre del bendecido
S alvador del m undo, enciéndela en ahervorados deseos
de con tem plar tan ex trao rd in ario portento; y rom pien­
do p er dificultades y allanando obstáculos, log ra que se
despegue del afecto v consuelos cíe su tierra; para que,
cam inando largas jornadas por las sendas de la virtu d ,
toque por fin á los m uros de Jerusalén, la m orada del
Sabio.
A lli traba sabrosísim as platicas con el, y al a d m irarla
claridad de ingenio, su discreción y apacible cortesanía,
los prim ores y buen concierto d e la casa, el a rreglo y
atenciones de los criados; asom brada y fuera de sí desata
la lengua en mil encom ios de la sabid u ría y am abilidad
de su R edentor, consagrase toda en tera á su servicio,
sin poder alejarse de aquella presencia, al pié de la cucl
escucha los secretos de una doctrina que la trasp orta en
dulces y larg o s arrobam ientos.
Cólm ala entonces Jesucristo de bendiciones, adornán­
dola el pecho con el rico collar de gracias más valiosas
que perlas; m anifiéstale los inefables tesoros de su am or
y grandeza, reservad os á las alm as heroicas, desnudas
d e aficiones sensuales, y qu e a él se llegan con la palm a
d e la victoria, m il veces holladas las pom pas y engañosos
atractivos del m undo.
D ilucidando lo cual, ¡qué abundancia de d octrin a
y riqueza de pensam ientos, cuán pru den tes avisos adu ­
ce el doctísim o P adre, a fin de d espertar y aleccionar al
alm a y salvarla de los lazos tendidos por el enem igo,
m ayorm en te á los P rín cipes y Reyesl
T 3
i 78 V ID A D E L BTO. ALONSO DE OROZCO.

;Qiié trozos y bellos rasgos de literatu ra, donde re­


saltan p in tu ras vivas de las inclir.aciones del corazón
hum ano' ¡qué dulzura en el sentir y elevación en el pen­
sar! y sin em bargo trátalo tod o con sencillez encanta­
dora. bien así com o se vierte y fluye el licor del vaso en
que rebosa. Tornaré sólo por ahora de este libro dos ó tres
avisos que retratan adm irablem ente al Ven. escritor.
«En el nom bre de prójim o, dice, se encierra el am igo y
el enem igo, ó por m ejor decir el am igo y el contrario; p o r­
que la caridad tiene ém ulos y adversarios, m as no ene­
migos. Á los am igos am a en Dios, y á los enem igos por
Dios; y si los llam a nuestro S a h a c o r enem igos, es p o rq u e
usa de nuestro lenguaje p a ra qu e le entendamos» (i).
»Ruégoos, yo, dice S. P edro, asi como esta gente ex­
tranjera, que os apartéis de los deseos carnales que hacen
guerra al alma.— Cabeza era de la Iglesia, y nos habla ro­
gando; porque aprendan los P relados y grandes Seño­
res hu m ild ad , no m ostrando aspereza y presunción en
el regir, p o rq u e al fin el corazón del hom bre es g en ero ­
so y libre, y quiere ser llevado p er blandura y amor» (2).
«Los soberbios son com o vejigas hinchadas que con
pequeño golp e revien tan... Moisés echó ceniza en el aire,
y luego á los E gip cios les salieron unas vejigas y llagas
que les daban g ra n dolor. Así cada día levantándose en
alto los pensam ientos de los soberbios, que en verdad
son cenizas, son azotados con vejigas dolorosas y llagas
de gran dolor en el alm a. ¡Oh qué descontentos y qué
desgracias padece un soberbio»! (3)
El hum ilde 110 es pusilánim e, sino fuerte; y m irad
su gran ánim o, que ui estim a reinos ni cetros... m ayor
pecho tiene un hum ilde que A lejan dro con el señorío del
m undo. ¿Lo queréis ver? M irad com o se puso á llorar

(1} P á g. 3159 del tom . III.


(2) P á g. 319.
(3) P á g . 335.
LI B . II .— C A P Í T U L O IX . I79

cuando le dijo Diútrcnes que había otro m undo, y dijo:


¡Ay de mi, que con tantos trabajos y peligros, aún no
he a ca b ad o d eco n q u istaru n o l... La hum ildad noconsiste
en la pobreza de los vestidos, ni el habla baja, aunque
todo esto sea bueno y divisas de la hum ildad: en el co­
razón está sentada esta Reina y gran Señora; debajo de
la seda y brocados puede hallarse. Efecto es de tan ad-
rrrrahle virtu d el sufrim iento y la paciencia: el soberbio
ríe nonr.da se agravia y del a íre s e ofende, porque piensa
que todos le deben tributo; m as el hum ilde de nadie se
q u eja, y de nada se a g ra v ia , entendiendo que nada
m erece— (r).
Devocionario m ás lindo no pudo reg a la r á la Reina.
Pocos libros del venerable escritor, con ser todos tan
deleitables, nos causaron tan agradable im presión al
leerlos; ni de ellos conservam os tan g ra to recuerdo com o
d e esta ingeniosa Historia. Asi lo enten dieron tam bién
los lectores piadosos y eruditos, á ju zg a r por las cuatro
ó cinco ediciones que de ella se estam paron aun en -vida
del autor.
E l E p i s t o l a r i o dedicado ai Principe. «Muy alto y m uy
poderoso Señor: cuán gran d e necesidad tengan los hom ­
bres de Dios, no tan solam ente la san tc fe que tenem os
nos lo declara, m as aun la centella de la lum bre natural
que el Señ o r esculpió en nuestra alm a, cuando la crió,
nos lo enseña;., y más han m enester al Señor de los S e ­
ñores los que tienen Señorío, que no los de m enor estado.
Parece ser esto asi, porque m ayor necesidad tienen de
Dios una estrella, que no una piedra tosca, y m ás ha
m enester á Dios un ángel, para que le conserve en el
ser excelente que le dió por naturaleza y gloria, que no
un árb ol.., Todos nacem os hijos d e ira, pues esta red
barredera de la culpa original á nadie exenta, á nadie
hace la salva; antes á todos cautiva y enreda, salvo á la
M adre de Dios, á quien la gracia preservó.»

(1) P á g . 326.
i8 o VIDA DEL DTO. ALONSO DE OROZCO.

Y pues «dado caso que (i) los grand es P rincipes


nacen h ered ero s de gran d es reinos, son flacos; y toda
carne, según dice Isaías, es heno frágil y lleno de flaque­
za; tienen gran necesidad de arrim arse á colum na fir­
m e, y apoyarse en roca tan fuerte com o es nuestro in ­
vencible Dios. En m anera que para ser sabios, buenos y
virtuosos, poderosos y fuertes los católicos Principes,
un solo rem edio tienen, un a rte sutil han de usar, y es
tener gran am istad y privanza con el am igo an tigu o, que
es nuestro Criador»....
«Para alcanzar y con servar esta am istad con el Señor
de los Señores, no es pequeña parte la piedad que V. A.
m anifiesta con los pobres; porque el Profeta T obías dice:
la lim osna libra de la m uerte y ella d estru ye los pecados
y da posesión de la vid a eterna. T res efectos son estos
de g ra n estim a, bastantes para hacer á los ricos grand es
lim osneros.
«Demás de esto, m edio grande es para am ar y servir
m u ch c al Señor el cuidado ordinario que V. A. tiene
cada día de rezar el oficio divino. Obra tan aceptable al
R ey celestial, y tan apacible á su divina M ajestad, que
la dem anda él, llam ando á la oración sacrificio de ala­
banza. Im itación es esta de acu el santo Profeta el R ey
David, el cual dice en un salmo: siete veces os ofrecí,
Señur, cada día alabanza. Dejo aquí de decir, cuán alio
sacrificio y cuán gran ejem plo de católico P rín cipe sea,
el o ir con lan ía quietud y devoción el m isterio sobera­
no de la m isa cada un día. G ran confusión es para los
herejes, y gran edificación para los fieles y aun gran
alegría para todos los angeles. F inalm ente, añadir á
todo lo dicho la lección de los libros santos y buenos,
m otivo bastante es para que todos alabem os á Dios, que
da tal espíritu á V. A. ¿Qué son (veamos) los libros m u n­
danos, destruidores de la castidad, m aestros de van i­
dades, qu e las costum bres cristianas d estruyen , sino una

( i) E sto es: aunque.


L I B . II.--- CA PÍTU L O IX . l8 l

pestilencia secreta de quien pocos hu yen, u nas centellas


de! infierno y brasas sacadas de allá, por m ano del de­
m onio, padre é in v en to r de m entiras y profcnirlades?
A visadam ente dijo aquel gran sabio Séneca: Cada uno
tom a las costum bres conform es á aquel con quien con­
versa. Es tan g ra n verdad esta, que no sólo la experien­
cia nos io enseña cada dia. m as aun d e los discípulos de
P latón leem os que andaban co rco v ad o s, p orq ue su
m aestro lo era y andaba la cabeza baja. L os de la escuela
de A ristóteles tartam udeaban im itando al m aestro, que
era algo tartam udo, aunque de gran entendim iento.
Todos los privados del rey Alejandro andaban incli­
nada la cerviz á un lado, porque el rey andaba de la
m ism a manera».
V ese en esta sentida dedicatoria, y en la carta qu e á
continuación dirige al P ríncipe, el afecto entrañable del
vasallo y el sacerdote. El am or habla m u y claro y sin
rod eos ni lisonjas de nin gu n a especie.
A lo que con tan preciosos docum entos aspiraba el.
V enerable, era ¿ convencer al P rín cipe h ered ero de que
son los reyes com o cabeza puesta en el m ás alto lu g a r
p ara bien de la república.
P or eso le enseñaba que la cabeza tiene ojos, oídos y
len gu a, y así el buen rey h a de oir agravios de pobres,
y rem ediarlos. Ha de ser leD gu a de los m udos que para
si no saben hablar. «Bien dijo un sabio: El rey es alm a
del cuerpo: con él andan los piés, obran las m anos y vive
el reino vid a pacífica. Finalm ente, el Rey David llam a
dioses de la tiera á los reyes, porque tienen las veces de
Dios, y le d e te n im ita r, defendiendo su reino y la iglesia,
según dice S. Bernardo en una epístola. Y escribiendo á
L ud ovico rey de F ran cia, dice: Q ue entonces lus reinos
se conservarán en p a z, cuando ios reyes obedecieren
los m andatos de Dios y de la Iglesia Rom ana» (1).

(1) Ep. Ctisi. Ep. i . ' p<ig- 11 dcltom . I.


i8a VIDA D E L B 7 0 . ALONSO .DF. OROZCO.

E ntiendan los soberanos que cuando se en cargan


de un reino, tam bién han de poner sobre sus hom bros
los trabajos de sus súbditos, sintiéndolos y llorándolos.
«¡Oh qué prisión tan gran d e tener cuenta que se
h aga justicia al pobre, al rico y al caballero; o ir á unos
y á o tro s, esperar sus quejas y peticiones, no vo lver el
rostro á im portunidades de pobres! ¿A quién no pone
terror? ¿Y quién no querría m ás tra er una azada todo el
d ía y cavar la tierra de sol á sol?»
«Sospecha ten go que desear m an d ar y gobern ar
nace de m ira r este negocio de lejos... Los que agonizan
y se desvelan por prelacias y m andos m iran de lejos,
y no de cerca un negocio tan arduo, u n a sujeción tan
con tin u a y una prisión tan pesada; con la cual se ha
de cu m p lir so pena de no hacer el oficio, y aun so pena
de no tener gran cuenta con Dios. Los egipcios, cuando
coronaban su rey, le ponían una cadena de oro en la
g a rg a n ta con m u ch as piedras preciosas; y esta era la
insignia He rey, com o entre los cristianos es la corona
real; llam aban á aquella cadena verdad... y está bien
dicho; porque la verdad ha de resplandecer en el rey,
siendo m u y enem igo de m entira y de en gañ ad ores que
inform an falsam ente... ¡Oh, si el castigo de A m án diesen
los Príncipes á los que nc tratan verdad, d estruyen fa­
m as ajenas y m urm u ran de vivos y m uertos!» (i)...
«El oficio del católico rey es.el de la razón para coa los
sentidos, lo cual, según N. P. S. A gu stín , es un m ira­
m iento del ánim a que distingue lo falso de lo verdadero,
y lo bueno de lo m alo. El Principe es el atalaya del reino,
el que todo lo ha de m irar y juzgar, castigando los m alos,
y dando favor á los buenos. A este han c e obedecer los
vasallos com o á Señor, im agen y representación del
Señ or de los Señores, Jesucristo; y á él, com o hijos á
p adre, han de h o n ra r y servir. Y aun com o discípulos
bien criados, le han de ser, en todo lo que Dios no es

(i) Ep. Crist. Ep. i.* pág. 9. tomo J.


LID . I I .--- C A P ÍT U L O IX.

ofendido ni el p ró jim o , obedientes. N o podrás hacer


rey al que no fuere de tu linaje, m andó Dios á su pueblo.
En m anera que nuestro inm enso Dios p o r ley ordenó
en tre los Israelitas que de su nación, y no algún ex ­
tranjero, fuese levan tado por rey. La razón es, porque
la naturaleza y patria trae consigo un am or natural,
por el cual los de un reino ó c e un len gu aje se tienen
ó deben tener am o r de herm anos. ¡Oh cuánto deben
estos nuestros reinos loar á Dios p o r esta sin gu lar m er­
ced, que no nos gobiernen sino reyes naturales; los cua­
les se hayan con nosotros, no com o señores rigu rosos
con sus vasallos, sino com o herm anos y com o padres
con sus hiios! Yo suplico á nuestro Dios que jam ás p er­
m ita por su clem encia que nin gún extranjero reine en
España» (i).
¡Benditas en señ an zas, y ben dito el patriotism o de
:os Santos!

(i) Epist. etc. pág- 3 •


C A P Í T U L O X.

Sentidos d su Orden.— Fundación en Madrid dsl Convenio


de las zAguslinas de la ¡Magdalena.— 'Breve biografié
de S. Juan de Sahagún.

1569—1570.

dicha grand e puede tenerse en un convento


la residencia d e algu n o de les venerables P a­
dres, encanecidos ya en las fatigas del ap os­
tolado, y que después de conquistada gran
copia de laureles, se retiran del po lvo de la arena, para
m ás lim pios y herm oseados prepararse á recibir el p re­
m io de sus triu nfos. Es su presencia consuelo y honra
de los Superiores, de los m ancebos aliento y dechado,
luz y am paro de toda la com un idad , y valim ien to pode­
roso con el cielo.
Recuérdese la asiduidad y pron titu d con que acudía
á los actos com unes el venerable P red icador d e Su Ma­
jestad D. Felipe II. Pues á pesar de sus años, sus achaques
y su autoridad, colocábase en un rincón del coro; donde
m ien tras se rezaba perm an ecía siem pre en pié, ya sus­
piran do, y a radiando de alegría, entonando him nos y
I-IB . II. — CA P ÍT U L O X. 185

salm os, com o si ya se hallase entre os ángeles cantando


las grandezas del cordero inm aculado.
A fabilísim o p a ra todos, era consultado d é lo s m ayo ­
res teólogos y predicadores, d irigía á la vez p er el ca­
m ino de la virtud á m uchedum bre de penitentes, que
depositaban los negocios de sus alm as en sus m anos.
T anto los P riores com o los M aestros de novicios, le
ponían en las pláticas por m odelo, aun de m odestia,
com postura y lim pieza, con ser un viejo: d e d a e l P . Mal-
donado, Obispo de Siria: no teníam os m ás que ve rle y
todos nos com poníam os. E ra el prim ero en celeb ra rla
m isa, el m ás asiduo en el confesonario y en el púlpito.
im portun ado de los pobres y de los ricos, de los d esgra­
ciados y desvalidos; recogido en su celda com o el que
m ás, y en escribir laborioso sin segundo. ¿Para qué co­
lum n a m ás firm e de la observancia? P agab a tam bién el
sustento, que recibía com o verdadera lim osna; y p a ra
no incom od ar á ninguno, buscaba las celdas abandona­
das de los últim os servidores del convento. ¿Podía pres­
tar m ayor beneficio á la com un idad, pagarían á precio
los Superiores vida tan útil y preciosa? Sin em bargo,
todo ello era m ezquina labor para el 13. O rczco.
En verdad que esta ís la única señal de atesorar algún
m erecim iento, cuando todo su d or y fatiga se juzga ali­
vio y descanso. ¡Ay del que m ira y repasa el cam ino an­
dado, y pareciéndole largo, se sienta sobre su m enguada
cruz! Los peregrin os esforzados y anim osos, corren sin
m irar atrás, trepan por cerros y gan an dilatadas llanu­
ras, con el ansia viva de ver si tras la colina próxim a se
divisa el suelo d é la patria.
Que no hablaran de descanso al P. Alonso: el descan­
so, contestaba com o S. Pedro de A lcán tara, dejádm elo
para la gloria. M ientras vivim os en esta perpetua gu erra
con nuestros enem igos del alm a, m ien tras nos a rra stra ­
m os p o r este suelo de abrojos, no h ay que pensar en
tregu as de paz ú h olgu ra. El bienaventurado Padre en­
tend ía que le era preciso a g o tar sus fuerzas, consum ido
j 86 V 1UA J L L UTO. ALONSO U t OKÜZCO.

por el celo de la honra de Dios y su religión agustiniana.


Desvivíase por s e r v ir á la Madre cariñosa que le había
recibido en su seno; y com prendiendo que d en tro de su
regla y sus constituciones labraría su eterna felicidad,
m iraba com o envidiosa sugestión de íing^el calido, á fin
de turbarnos, el pond erar é inclinarse a p rácticn sy de­
vociones extrañas, conform e enseñó posteriorm ente San
Francisco de Sales. P or lo que sus devociones eran ante
todo las de la O rden; sus estudios y aficiones, acerca de
las cosas de su instituto.
Estaba versado, y procuraba que otros lo fueran
igualm ente, en las verdaderas glorias de nuestra R eli­
gión, com o loeviden cia su Crónica d e los religiosos de la
O rden, célebres en virtu d ó letras, sus Cordones in lau-
áem divi Augustini, y biografías especiales de otros es­
clarecidos varones agustinianos, la Instrucción de nues­
tros an tigu os Padres, y m ejor que todo, su d o :ta y
discretísim a Exposición de la regla del Santo P atriarca.
Porque es de notar que el bienaventurado varón , en
m edio de sus altos cargo s y honoríficos títu los, im ita n ­
do á su bendito Padre d s profesión y Arzobispo de V a ­
lencia, jam ás olvidaba q u e era un fraile agustino; y
rep artía el tiem po y sus ocupaciones entre el cu m p li­
m iento de su oficio y servir á su am ada religión, ora en­
com endándola a Dios, o ra procurand o su aum ente y
sus g lo rias por los m edios puestos á su alcance.
Si lo dicho hasta aquí ha dem ostrado esto suficien­
tem ente, tod avía lo m anifestarán m ás sus nuevas piado­
sas fundaciones.
E ra el año de 1 569. En las vecindades d e la parro q u ia
de S. Pedro de M adrid alzábase un o scu ro y pobre asilo
de m ujeres arrepentidas, gobern ad o bajo la dirección
de algunas m onjas de S. Bernardo. El fu n d a d o r D. L uis
M anrique de Lara, lim osnero m ayor de Su M ajestad F e­
lipe II, m editaba trocarle en cosa más alta y d u rad era,
dedicada al servicio del Señ or. Sabed or el Venerable
del pensam iento d e D . L uis, pedlaselo para convento de
Lin. II.--- CA PÍTU LO X. 187

monjns a^ustinas, pues aseguraba que era esta la -vo­


luntad de Dios: m as no creyend o las directoras, así como
quiera, tan expresa la volun tad d ivina, hicieron tenaz
oposición por fundarle de su O rden. O poníase asim ism o
el Presidente del Consejo de Castilla con los m iem bros
de su Consejo, y hasta la m ism a villa, por tem or de no
ver jam ás acabada obra de tan ta m onta y costa. Otras
personas de influencia no descansaban, para que fuese
c e dom inicas el convento, ya que en Santo D om ingo el
Real había m onjas que deseaban ser fu n dadoras del
nuevo m onasterio.
Respetaba m ucho y tenía en gran veneración al P a­
d re O rozco D. Luis M anrique, así que am bos trabajaban
á u n a; y p o r vencer, finalm ente, tanta resistencia y
oposición, juntos se dirigieron á S u M ajestad el R ey.
— Parécem e que esta o bra que queréis hacer, no la v e ­
rán los vives acabada, d ijoD . Felipe. A lo cual respondió
su lim osnero: — Señor, yo que soy viejo podrá ser que
no. Y repuso el Santo Orozco: — En verdad que soy yo
más viejo, y ten g o de ver term inado el convento, pues
es la voluntad de nuestro S eñ o r que se funde.
Tal acaeció, en efecto, pasados dos años. Con la d ili­
gencia que am bos em plearon, se recogieron gru esasli-
m osnas, prestando adem ás d in ero en abundancia Balta­
sar Gómez; el cual, como alcanzase al conventoen catorce
m il ducados, á pesar de los mucLios pretensores del pa­
tronazgo. por la influencia del V enerable quedó D. B a lta ­
sar d ep atrón de la fábrica, y ésta d esahogada y libre bajo
s j buen am paro. Dispúsose una solem nísim a procesión,
en que fueron trasladadas las m onjas de la ca sa d o n d ey i-
vían en la P u erta C errad a al grandioso convento levan­
tado en la callc de Atocha: D. L u is y el P. O rozco iban
acom pañándolas dando m iles de gracias á Dios por
m erced tan cum plida.
Por este tiem po Doña Violante Correa, m u jer de
D. Diego de Guzm án de la boca del Emperador, á poco
de enviudar, d istribuyendo toda su hacienda á pobres,
i8 8 V ID A D E L BTO. ALONSO DE OROZCO.

hospitales y m onasterios, habíase recogido entre cuatro


paredes de una casa de la ciudad de Valladolid; donde
vivía en la m ás apartada soledad, dada á ásperas pe­
nitencias. «Mas tu v o revelación de que nuestro Señor
sería servido saliese del dicho em paredam iento, y pasase
las puertos, y entrase en un convento que se había de
fu n dar en M adrid de la Orden de S. A gustín, en el cual
se hablan de salvar m uchas alm as; y con efecto la dicha
señora huyó de Valladolid y tom ó el hábito en el dichc
convento, donde hizo ex trao rd in aria penitencia; y esta
testigo la vió hacer g ra n d es penitencias y disciplinas, y
dorm ir en una tabla con un canto por cabecera» (i).
El P . M árquez escribe que el santo fun dador les dió
superioras de an tigu os conventos: según hem os visto
en el libro de profesiones, fué la p rim era P rio ra D.* Ma­
ría de Toledo, y la prim era profesa D.* M aría de S. A g u s­
tín, verificándose la profesión de ésta á seis de F e­
brero de mil quinien tos setenta y cuatro. De m anera
que aunque la fundación de m onjas de T a la v era fue
an terior en el pensam iento y los deseos del V enerable
Orozco; por la cficacisim a volun tad d e Dios se in stitu ­
yó antes este m onasterio en form a rigorosa, a juzgar
pur la fecha de las prim eras profesiones. O tras religio­
sas ingresaron en la M agdalena por persuasión del V e­
nerable Padre, y bajo su dirección llegaron á alto grado
de perfección cristian a.
Hoy ya no existe el herm oso edificio de Atocha; pero
la com un idad toda entera, de la m ism a Orden, y con
las m ism as tradiciones y veneración al santo fundador,
vive en M adrid en el reducido convento que fué de M er­
cenarios, unido á la Iglesia de Jesús. L as dificultades y
contradicciones que el bendito P ad re experim entó, al
fu n d a r las A gustin as cuuucidas con el nom bre d e la

(i) S o r C atalin a M cléndez, m onja de la M agdalena por consejo


del V e n . P adre, penitenta su y a y m uy enterada en los pasos ds la
fundación de este m onasterio. Inform. cit. fol. 324.
L I B . II. — C A P Í T U L O X .

M agdalena, las ha vuelto á su frir esta fervorosa com u­


nidad en los últim os tiem pos. Dicese que el fu n dador
las llam aba el Erzviiloriv de sus angustian: él haga ah ora
que, al resplandecer su celestial gloria eu el inundo,
brillen tam bién sus h ijas en las virtud es, bien en sosiego
y dulce calm a ó bien en tre los sobresaltos y congojas
de la persecución, conform e les convenga para su espi­
ritu al provecho !
Y pues hablam os del am o r que el Venerable profesa­
ba á su Orden, no he de pasar en silencio la am a rgu ra
qu e le causaría en este tiem po la m uerte de su M aestro
de noviciado el B to. M ontoya, y la del P. Juan de S. V i­
cente nom brado su com pañero de visita para Méjico,
el cual en las hon ras y grad os de estudios corría pa­
rejas con el P. G uevara y F r. L u is de L eón , aunque
él florecía en Alcalá, donde era conocido y apreciado
p o r sus m uchos años de lectu ra con gran d e aplauso (i).
De pérdidas, acá en la tierra tan sensibles, quise Dios
consolar á la Provincia con el descubrim iento de las re­
liquias de S. Juan de Sahagún.
Ya insinuam os en el Cap. VI del libro prim ero que
en el año 1533 se habían hallado y ocultado nuevam ente,
m as con señales que pudieran en un día evidenciar su
autenticidad: m erced ah ora á la devoción del P. Diego
de Valderas, quien excitó la piedad de los fieles, pudo
costearse un m odesto tabernáculo, y se alcanzó de las
autoridades la facultad para trasladar á el sus veneran­
dos despojos. Sobre la re ja q u e le cu bría, se escribió por
elocuente epitafio:
H ic jacet per quem Salmantica non jacet.
Sucediéndose entonces tam bién u n os á otros los p o r­
tentos de S. Juan, e c m edio d e tan ta alegría ocurrió á

(1) F raile virtuoso, dicen nuestras crónicas, entre tantos obser­


van tes, cándido, m u y sincero y llano, encrr.ign de toda novedad
y am ado con sin g u la r afición por todos los frailes de la O rden ;
p orqu e siem pre en cuanto pudo procu ró la hon ra de ella.
190 VIDA DEL BTO . ALONSO DE ORZOCO.

los PP. dar a luz algu n a histeria y vida sucinta del es­
clarecido tau m atu rgo; para esto el Provincial, V en era­
ble P. Diego de Salazar, puso los ojos en nuestro Santo
O rozco. Nunca con m ayor oportunidad repetirían tantos
religiosos, que lo hicieran a las m il m aravillas si se les
en cargase, el sinamua sanctum prn Rancio laborare, que
dijo Sto. T o m ás de Aquino al ver ocupado al D octor
Seráfico en com pon er la vida del Sto. P atriarca de Asís.
Con sum o gusto aceptó el bendito P ad re el encargo
de la obediencia, conform e se desprende de la discreta
carta que dirigió al Superior, y sirvió de dedicatoria
y prólogo á la vida, diciendo: «Al punto, m u y R. P .. que
vi las letras, en que V . P. m e m andaba con en careci­
m iento que escribiese la clarísim a vida y exim ios m ila­
g ro s del Bto. Juan de Sahagú n, m e m aravillé m u y m u ­
cho. Yo sé cuanto abunda (con el favor de Ntro. Señor
Jesucristo) nuestra Provincia de m uchos religiosos ilu s­
tres en letras, piedad y religión, que con m u cha justicia
(si no me engaño) pudieran discu lpar m i rudeza y m is
canas. Con todo esto, yo m e resolví á obedecer con
gu sto, p o rq ue asi lo pedia la m ateria del precepto ten
piadosa com o seria. Y porque acaso siguiendo yo mi
parecer propio, sería defraudado del gran m érito de la
obediencia. Por tanto recibid, Padre m u y R everendo, la
vida de este santo herm ano nuestro, que aunque va es­
crita en lengua vu lga r, sale llena casi de innum erables
virtudes»...
Esta cortisim a B iografía vió la pública por entonces
(1507 á 1571): y m u y rara y a en el siglc pasado, la tras­
cribió el P. Vidal en sus Agustinos de Salamanca, tra ­
duciendo del latín al rom ance la herm osa epístola de la
que acabam os de ver los p rim eres periodos.
Gracias, pues, á la diligencia c e este cronista, se
ha salvado de casi segu ra pérdida un libro precioso
del bendito P. O rozco, y sus elogios y adm iraciones del
Apóstol de Salam anca.
CAPÍTULO XI.

Su desvelo po<• la salvación de los Grandes.— E l libro


ARTE DE AMAR k DIOS Y A L PROJIMO dedicado al
Cardenal Espinosa.

1570.

BUNDANDo en el a m c r de sus herm anos, repe­


tía el venerable con el Apóstol el heroico lem a
de la caridad: ómnibus dd/ilor sum. Y aunque
se inclinaba con cariño especial ¿ favorecer á
los pobres, com o m ás necesitados, y en les cuales veia
al vivo la im agen de N uestro Señor Jesucristo; aten­
día, sin em bargo, con m ayo r afán al negocio de las cos­
tu m bres de los Grandes; los que así com o excitan á ñ au ­
sas cuando arrastran p o r el fan go el tim bre glorioso
de un apellido in sign e, asi cuando al lustre de su a lcu r­
nia unen la verd adera gran d eza d e alm a, flotando con
dom inio de sí m ism os sobre las cosas t e n pora les, cau ti­
van el corazón de los h om bres llevándolos en pos de sus
pisadas.
E ntendía, el avisado P. O rozco que si los reyes deben
ser luz y g u la d é lo s nobles; de igu a l suerte los próceres
192 VID A TiF.L BTO. Al.ONSO DF OROZCO.

y m agnates han de servir de espejo donde se m iren sus


fam iliares, dependientes y todo el pueblo: por lo que
im portábale en gran m anera la conducta de los co rte­
sanos. y de cuantos con su ejem plo podrían arrastrar
tras si á los pequeños y hum ildes de nacim iento; dem ás
de que, inclinados los prim eros á hacer bien, los pobres
habían de ser rem ediados en sus necesidades, así del
alm a com o del cuerpo. En esta em presa, gracias al cielo,
tenía adelantado no poco con su ascendiente en el ánim o
de las personas reales, los serm ones fervorosos que por
fuerza le habían de oir aquellos en la Capilla de P ala­
cio, con el ejem plo vivo, adem ás, de su aspereza de vida
y trato afabilísim o, sus conversaciones y libros; y con los
favores, en fin, qu e en enferm edades y aflicciones le
pedían con feliz resultado los m ism os Grandes. Y diré
más adelante otro m otivo espacial, p o r el que sobre
todo las señoras estaban agradecid as á las oraciones y
m éritos del venerable religioso. O portuno acaso fuera
aducir aquí testim onios de los m ism os nobles en com ­
probación de cuanto indicam os; m as com o, según el
asunto lo pida, hem os de citar centenares de personas
ilustres, am igas unas, confesadas otras, favorecidas todas
de tan buen sacerdote: ¿a que form ar lista anticipa­
dam ente de los que se le reconocían deudores de lar­
gos beneficios, ó adm iraban espantados sus virtudes?
Cum ple m ejor á nuestro propósito, y es m ás del caso,
recopilar los avisos m u y claros y desnudos de adulación
que continuam ente les d irigía, los cuales han quedado
perpetuados para dicha nuestra en la epístola para un
Señor de vasallos.
«Todo lo ordenó Dios, escribe elB to . Alonso, con su a­
vidad y blandura adm irable: quiso que hubiera Señores
y vasallos, g ran d es y pequeños, pobres y ricos en el
m undo. Y com o la m ano es m ás graciosa y aun más
provechosa teniendo los dedos, unos m ayores y otros
m enores, y aun las estrellas del cielo no son iguales; así
en los esta dos diversos resplandecela Providencia divina,
LIB . II.— CAPÍTULO XI,

su saber y bondad; los piés sustentan al cuerpo, y los


ojos guían á los piés para que no tropiecen y se lasti­
men; y este es el oficio de los Señores, encam inar la
república, darle vista y enseñarla que tenga concordia
y paz, y qu e nadie haga agravio á su prójimo» ¡i).
No los que tienen riquezas son m iserables y dignos
de condenación eterna, que las riquezas no son m alas;
pues Dios las crió; antes son. instrum ento y m edio p a ra
g an ar el cielo, gastánd olas en obras pías y rem ediando
pobres (a).
No os d igo , pues, que dejéis vuestro estado, m ientras
vocación m ás alta no os llam e á otre m ejor. Lo que si
os encargo que no pretendáis jam ás a p aren tar m ás
g ran d eza de la que realrrentí1. gozáis. «Uno de los g ra n ­
des ríanos que pasan entre cristianos es que los Señores
nn entienden tan to en d ar á sus criados y oficiales lo
que han m enester, cuanto en ten er aparato de m uchos
que los acom pañen y sirvan. Y es gran lástim a que com o
los salarios son cortos (bendito amor de los pobres y de
la purísima ju sticia!) dan ocasión que los sirvientes se
aprovechen de la hacienda d é lo s Señores... Oh! dirán
algunos Señores; con su voluntad aceptó este salario,
cum plido tengo pagándole. No basta; porque la necesi­
dad le com pelió á pasar p o r aquel pobre partido, en
m anera que casi fué involuntario aquel concierto y á
m ás no poder».
Bien conozco que entre vosotros h a y gente cristiana,
que trata generosam ente á sus criados, dan lim osna y
en gran cantidad. Dadlas abundantes, pu es Dios nos lo
dió todo; dem os al necesitado de lo que por su largueza
nos dió; pero no toméis más gu sto en darlo á los e x tr a ­
ños que á vuestros criados pobres, aunque la trom peta
del m undo sueoe m ás dando á los prim eros.
A cordaos de la d esgraciada m u erte de Jezabel, y re­

(1) Episl. citada, Epist. Crist. Tom. I. pág. 52.


(2 ) l b id e m , p á j . 54.

14
194 ' IDA D E L BTO> ALONSO DE OROZCO.

pito que no queráis con zancadillas y d in ero abasar


de -vuestro poder, para h u n d ir al m enos afortunado y
codiciarle sus h ered ad es, para él tanto m ás estim adas,
cu anto m ás co rtas y con su su d o r y el d e sus padres
bañadas. P orqu e habéis de en ten d er que esos vuestros
vasallos tienen otro dueño, aún más poderoso que vos,
que por ellos m ira; y ante su presencia nada os diferen­
cia más que la virtud personal.
O tro arte m u y sutil ha enseñado el dem onio á los
h om bres ven g ativo s, y es q u e , debajo de color y en
nom bre de justicia, venguen sus razones y m ala vo lu n ­
tad. ¡Cuánto deben h u irlo s Grandes de la venganza! (i).
¿Deseáis conocer un perfecto m odelo para vuestras
costum bres? Me ahí á los reyes m agos, sig u ié n d o la lum ­
bre del cielo, hasta pon er sus tesoros y sus corazones
á los piés d e Cristo y M aría, para tornar llenos de alegría
y consuelo; y es da notar que más los honró el evangelio
en llam arlos sabios, que no si los llam ara reyes; porque
m ás vale y en m ás se ha de estim ar el saber y la ciencia,
que no el poder. L os señores nacen reyes, m as no sa­
bios; en m anera que la ciencia se ha de trab ajar y no
h ered ar (2). Vinieron los M agos poderosos de O riente,
de lejos; los pobres pastores de cerca y apriesa. A le ­
graos, oh pobres, qu e estáiscerca de C risto nacido, y sin
riqueza ni aparato de m undo iréis como los pastores
corriendo al cielo. Si una estrella del cielo alum bra á lo s
poderosos, á vosotros os avisan los m ism os Á ngeles. Oh
pobreza santa, tan am ada del hacedor del m undo, tan
estim ada que contigo nace, co n tigo vive, y a tí abrazado
m uere el que viste los cielos de estrellas, los cam pos
de flores diversas, y cubre de plum as las aves (3).
o¡Oh qué lejos están los palacios ricos y dorados de
aquel d iversorio donde nació todo nuestro bien, Cristol

(1) Ibidcm , pág. 49.


(2) lbidem , p ág. 59.
(3) P á g . Cr.
L IB . I I .— CA PÍTU LO X I.
*95

Cuán lejos la cam a delicada, blanda y rica, del pesebre


d u ro donde la V irgen santa reclinó al R ey de la gloria!
M uy lejos andan los trajes m undanos, las invenciones
que cada día se inventan, de aquellas pobres m antillas
y fajas, con que está envuelto el que viste á los ángeles
de gloria! Lejos están finalm ente las danzas y fiestas
ricas y cantares vanos, de las lágrim as y gem idos que
en aquel p ortal de Belén nuestro Señor dió, gim ien ­
do nuestros pecados! Mas aunque esto sea así, no des­
m ayen los señores, estrella tienen de C risto, síganla.
Fe tienen de la m ano del R edentor im presa en el áni­
m a, m íren la siem pre, y conform e i la luz, y tan ex­
celente norte, que faltar no puede al que la sigue, pien­
sen, hablen y obren obras cristianas» (i).
— Falta seguram ente os hace que en todo os ilum ine
el Salvador. «Oh santo Dios! qué cosa tan antigu a es,
tener los señores y reyes pocos en sa casa qu e les digan
las verdades! T raen 'o s engañados cor. falsas inform a­
ciones, y por gan arles la voluntad, si les dicen alguna
verdad, callan la inedia, com o estos perversos doctores
hicieron co n lle ro d e s. Esto es gran lástim a de verd ad,
y hem os de suplicar a Dios que lo rem edie, que va m u­
cho en ello.
A los que sin respeto de interés ni de pretcnsión de
h onra, les dicen la verdad en todo, los aconsejan lo que
les cum ple á sus ánim os, á est06 habían de am sr; y
éstos habían de se rlo s m ás bien tratados, y m ejorados.
La verdad dulce es, si no halla llaga para d a r dolor; asi
com o lo vemos en el vino fu erte, que bebido es sabroso,
y en la h erida hace d ar gritos. El que quiere h allar
gu sto en la verd ad, tenga el paladar sano; p o rq ue si le
tiene lleno de llagas, el vino puro le ha de am argar, el
cual de su naturaleza es sabroso» (2).
Miren aquí los señores y príncipes cuanta necesidad

(1) P a g . 61.
(2) P á g . 6<j y 70.
196 VIDA D E L BTO. ALONSO DE OROZCO.

tienen de letrados, y en cuanto lo han de estim ar. De


A lejan dro leem os, cu e cuando daba algu n a batalla á
alg u n a ciudad, nada quería del despojo, sino que le
guardasen los filósofos que cautivasen, porque era
m u y am igo de sabios...
Todos estos infieles, en sola razón fundados, enseñan
¿ lo s católicos principes y señores a te n er personas sabias
en todas las facultades, y aun d tener entendido que los
salarios m ejor em pleados son en letrados; porque Salo­
m ón dice que la m ultitud de los sabios es salud de
toda la tierra. M ucho es de uu tar que nü dijo que
daban salud, sino qu e ellos son la salud» (1).
«No podem os negar, sino que en esta córte h ay per­
sonas tem erosas de Dios y que ejercitan con g ra n fe los
sacram entos, confesión y com unión, y tam bién hacen
lim osna a hospitales, m onasterios pobres, y á perso­
nas vergonzantes: y sea Dios loado, que con nuestros
ojos lo vem os. Estos tales abren sus tesoros á Jesu­
cristo, pobre en sus pobres, y adóranle por su Rey, y
sirvenle cum pliendo sus santos m andam ientos; m as los
que no tienen otro fin, sino hacer banquetes, ju g a r los
diez mil ducados y veinte m il... oh robo cruel, y que no
tienes castigo en la tierra! Tendrásle del cielo, y en
breve. Estos en la córte de Herodes andan, y á él m an i­
fiestan sus riquezas, para su condenación y te rrh le
juicio; y lo que es peor, que habiéndose de afrentar de
lo que es ofensa de Dios y escándalo para los cristianos,
an tes se honran, pareciéndolcs gran d eza y gran honor
qu e sepan todos un ¿esva río tan grande. Están toda la
noche en vela, con gran atención en su juego, puestos
los ojos en aquellas m alditas im ágenes, y com o gente
em briagad a y fuera de juicio, no sienten el tiem po. Oh
m aitines de Satanás, donde h ay tan to s juram entos y
blasfem ias, pasando las diez y doce h o ras en tan vano
ejercicio; y otro día fiesta, la m isa m ayo r les cansa,

(0 Pág. 68.
LID . : l . — CAPÍTULO XI. 197

acabándose tan presto; 3' si hay serm ón, y se predica la


divina palabra, rem edio y salud de las alm as, huyen de
él. ¡Oh hijos de los hombres, dice David, hasta cuándo sois
pesados de corazón! ¿por qué amáis la vanidad y buscáis la
mentira» ( i) l
A la vista está que el celoso P red icador no podía
abrir sus labios ni tom ar la plum a, sin d ar salida á las
llam as de su caridad para con los desgraciados: los do­
cum entos y consejos á los Grandes no son sino sentidos
m em oriales para rem ediar el abatim iento de los pobres.
Un libro dedicó por este tiem po á una de las más al­
tas d ignidades de España, cabalm ente la que m ás m ise­
ricordia y favor podía ejercer con los desvalidos, el P re ­
sidente del Consejo d e Castilla; y llevaba el libro el p re­
cioso é insinuante titu lo de Arle de amar i Dios y al pró­
jim o. Nótese bien ahora lo que con el obsequio deseaba
alcan zar del lim o. Sr. Lic. Cardenal Espinosa: el V en e­
rable se lo suplicará en palabras tan claras y precisas,
que no es m enester echarse á conjeturas ni adivinanzas.
Dicele asi en la Dedicatoria.
«Doctrina es del filósofo Aristóteles, la cual aprueba
y confirm a la razón, que los gran d es Señores y P rin ci­
pes lieueu m ayor necesidad de am igos para sustentar
su estado er sosiego y paz. Porque las dignidades g ra n ­
des de esta vida son com o los árboles plan tados en al­
tos m ontes, los cuales de todas partes son com batidos
de vientos bravos: teniendo los árboles puestos en valle
p rofun d o g ra n quietud en aquel m ism o tiem po que el
aire m enea y com bate los que están en alto».
' «Con tal arte y aviso leem os en Sabélico, libro qu in­
to, que el E m perador Julio César y Vespasiano, E m pe­
radores de Rom a, eran tan afables á todos, y eran tan
hum anos, tratan do bien á los grand es y pequeños, que
aun á los que entendían ser enem igos m anifestaban
rostro alegre, les h a d a n buenas obras y tratam ien to

(1) Ibidem, p ág, 7 1.


VIDA D EL BTO. A L O N S O DE ORO ZCO.

com o de am igos: arte de verdad delicado y de gran va­


lor para hacer de enem igos am igos. Todo lo dicho, IIus-
trísim o Señ o r, entendido está á donde va á parar: puso
Dios en ese trono tan alto á V. Señoría: sea él por todo
loado. Y d igo ser providencia de Dios esta: p orq ue el
rey Salom ón dice que «el corazón del rey esta en la ma­
no del Señor, y adonde él le quisiere inclinar se inclina»;
y pues nuestro Dios m ovió el corazón de su Majestad
para m an dar á V. S . entender ese oficio tan in sigre,
indicio es que ha venido de Dios. También osaré afirm ar
esta verd ad , p o r lo que de la boca de V. S. oí, que estaba
su pensam iento m uy lejos de ese cargo , cuando vino la
cédula qu e lo m an caba. Entonces loé m ucho á Dios, y
todas las veces que me acuerdo de esta palabra tan cris­
tiana. le alabo por ver tan desterrada la ambición de esa
tan religiosa alm a. P rendas son estas y señales de lo
m u ch o que Jesucristo, salud y g lo ria nuestra, ha de ser
servido y alabado, y los cristianos aprovechados y co n ­
solados en esa alta dignidad; en la cual V. Señor a tiene
según ya vim os, necesidad de am igos, usando con todos
de aquella piedad y benevolencia que la ca lid a d cristia­
na pide: siendo, com o o tro santo Job, ojos para el ciego,
y piés para el cojo, y favor para el pobre desfavorecido
del m undo; com o ciego es el ign orante que no sabe en ­
cam inar sus negocios, dado que tenga justicia; y para
este he de ser V. S eñ o ría ojos, pues le dió nuestro Señor
tan tas letras. Tam bién h ay m uchos cojos que no podrán
venir á esta córte; y por sus cartas piden favor con jus­
ticia, d los cuales la caridad de V . Señoría ha de serp iés.
Y finalm ente h ay m ancos que son los pobres litigantes;
y á estos ha d e ser m anos, m andándoles d espachar b re ­
vem en te, que es g ra n d e lim osna y m u y g ra n sacrificio
que se hace á Dios. E sto es g an ar am igos para que en
el cielo sean aposentadores de esa m uy cristiana ánim a,
com o nuestro R ey y Señ or Jesucristo lo aconseja en el
sa n to evangelio. Los am igos de la tierra m uchas veces
faltan, sus palabras nos engañan, y al tiem po de la ne­
LIB . I I . — CAPÍTULO X I. *9 9

cesidad hallam os ser verdad n que el Eclesiástico dice:


Hay amigo que no loes, sinn de la mesa. No hay m ás am is­
tad de cuanto dura el provecho ó el favor. Mas estos
am igos, que son los pobres y sin favor dsl m undo, jamás
nos faltarán, porque la am istad que les tenem os fúndase
en Jesucristo, Dios verdadero, C riad or del Universo.
De aquí es que cuando todo faltare, riquezas, honras
y parientes, com o faltan en la hDra de la m uerte; en ton ­
ces el buen am igo Jesucristo y sus pebres nos favorece­
rán y acom pañarán» (i).
— -'Ganarían m ucho los pobres y d esam pared es con
estas vivas recom endaciones del Santo?— Y tam bién el
m ism o dignísim o Presidente de Castilla. R efierela histo­
ria en su loa que fué justo é integérrirr.o y que despachaba
los negocios de su cargo con sin igu al actividad, celo y
diligencia. Y cuando el cierzo d é la adversidad le derribo
del alto puesto, en el lib ro de/ amor de Dios y del prójimo,
en la dedicatoria del Venerable, pudo en con trar el con ­
suelo que endulzorara su am argu ra; entonces vería a
vista de ojos y por experiencia propia que cuando todo
faltare y los desdenes de los Soberanos nos apesad um ­
bren y abatan, el ouen amigo Jesucristo y sus pobres nos
favorecerán y acompañarán. Y al cabo, habiendo sido hu ­
m ano y recto, el fallo de la historia se pondrá del lado
de la verdad y la justicia, y dirán com o Felipe 11 el con­
tem plar elsep ulcro de este su Cardenal: «Aquí está ente­
rrado e lm e jc r m inistro que he tenido en mis coronas».

(i) A r l e i e amar i D io sy al prójimo, prólogo. T om . I .p á g .2 1 7 .


CA PÍTULO XII.

E l remedio celestial i e todas las iribulaciones.

1570-1580.

a d id a y fam osa era la inagotable caridad del


Ven. Padre para con todos los atribulados; y
en verd ad, cuando alguno presta gracias y
favores, ¿de quién no es conocido? De donde
á todas horas se veía rodeado de súplicas, que él en fer­
ventísim as oraciones repetía á su m ejor am igo Dios
N uestro Señor; rogándole derram ara las riquezas c e su
m isericordia sobre tantos pacientes é infortun ados. Y el
Señor oía aquellas ardientes plegarias, nacidas del fu e­
go del am or.
E xam ínense aten tam en te: cuantos m ilagros obra­
ba el bendito P ad re por la diestra del Altísim o, eran
otros tan lo s prodigios de caridad. Hé aquí algunos n o ta­
bles de que ha quedado m em oria, realizados por el tiem ­
po de que vam os tratan do.
El Capitán Alonso Núñez de Cos, ólguacil de la casa
y córte del E m perador y del R ey Felipe II, acababa de
lle g a r de la g u e rra de Granada (1570-1571), efecto de
UB. II.— CAPÍTULO XII . 201

cuyos trabajos y rigores le sobrevino un lastim oso dolor


de cabeza, que p o r últim o y casi desesperado rem edio,
hubieron de abrírsela por varias partes, desconfiando
todos de la cura. El sufrido capitán m andó con instan­
cia le trajesen al Ven. Padre O rozcc, á quien tan ta d e­
voción tenia. Su m u jer D.* Juana S u á rez, de la cám ara
de la Princesa dje D.* Juana, suplicó al bendito Padre
les consolase con su visita. Recibióle D." Juana, hinca­
da de rodillas y rogándole de nuevo favoreciese á su
m arido con oraciones, el cual, por otra parte, lloraba
de fe y consuelo luego que vió al V enerable en su casa.
Com padecido el P ad re le puso las m anos en la cabeza y
le leyó los Evangelios, consolándole y anim ándole a
e sp era re n Dios. C o n ñ ó el enferm o, y com enzó á aliviar­
se: llegaron á poco los m édicos (que eran hartos), y
hallándole casi sin calen tu ra, confesaron ser caso m ila­
groso, y dieron todos alabanzas á Dios y gloria al Santo,
á quien se a trib u yó el beneficio (i).
A ntonia Fernández com enzó de seis años de edad á
padecer en am bas m anos una espantosa corrupción de
huesos. P ero que lo cuente ella m ism a. «Siendo de edad
de seis años me entró en en tram bas m anos una corrup­
ción de huesos, m al m uy terrible, que me duró mas de
seis años; haciendo, para que se me quitase, grandísi­
m os rem edios, asi por los m édicos y cirujanos que son
y a m u ertes (y p articu larm ente el uno de ellos se llam aba
el D octor Hortegai; el cual asim ism o h izo que un ciruja­
no extranjero m e viniese á curar con prom esa c e que
si m e curaba, haría á Su M ajestad le hiciese su cirujano;
el cual extran jero hizo gran d es diligencias para la dicha
cura; y no hubo rem edio ninguno para que sanase, ni
p e r el ni por los dem ás m édicos y cirujanos. Viendo lo
cual m i m adre, que se llam aba Ana Jim énez, que es ya

(i) Extracto de la deposición de Claudio Cos, hijo del agracia­


do canciller y registro del Consejo de órdenes, Comisario de las
guardias del Rey D. Felipe II. Inf. citada de Madrid, fol 63 .
202 ■VIDA D E L B TO . ALONSO DE OROZCO.

difunta, m e llevó á S. Felipe, y llam aron al bendito


P. Orozco; el cual bajó de su celda á la Iglesia, y me
tocó las m anos con las suyas y me cchó su bendición.
F ué esto un d om ingo de Ram os por la tard e (157 >), y
me dijo que tuviese grande esperanza en N uestro S eñ cr
que antes que volviese otra vez á S. Felipe las llevarla
sanas. Y sucedió que volviendo el jueves santo siguien­
te esta testigo, se halló con sus m anos sanas y buenas;
y fuim os al dicho Santo O rozco á m ostrarle las m anos
y darle las gracias por la m erced que Dios N uestro Se­
ñor me había hecho por su intercesión: y todos atribu­
yeron aquel m ilagro, que Nuestro Señ or hizo, al dicho
San to Orozco» (1).
«Por el m ism o año de 1573 estando en obra los PP. del
convento d e S . Felipe, levanta han la portada que caía á
la lonja; y al desatar de la cigüeña una enorm e piedra
que había de servir de jam ba, Sebastián Sánchez cayó
del andam io abajo, siguiéndole la piedra, la c'ial led e ió
hecho una tortilla. Todos le creyeron m uerto, y así le
entraron en la Iglesia, por fortuna en ocasión en que se
disponía el P. O rozco á d e c ir misa. L uego que la asusta­
da gente vió al Santo, em pezó á clam ar y rogarle favo­
reciese al m uerto con sus oraciones. El bendito Padre
le envolvió en u n a sábana em papada en vino, y le hizo
llevar á la capilla de N. S . de G racia, donde diría por
él la misa «esperando de la Virgen, que tan poderosa es,
que no estaría aún muerto y que teñiría alivio». Diio la
m isa con gran d ísim as lágrim as y devoción, particu lar­
m ente en el m em ento (en que debió de tard ar m ás de
m edia hora); fijo se le veía á veces m irand o á la V irgen,
otras ss le deslizaban las lágrim as p o r el rostro abajo,
otras estaba tan alegre que parecía que se reía con Nues­
tra Señora. Estando en el evangelio postrero, el hom -

(1) Antonia Fernández, mujer del bordador Diego Victoria: lo


propio declara su marido, habiéndolo oide, dice, muchas veces á
la familia de su mujer. Inform. sum. fol. 503.
LIB. I I .----C A P Í T U L O X I I . 203

bre se rebullid y la gente daba Toces: concluyó el V en e­


rable con serenidad la misa; y al oir — ;le ha resucitado
el P. Orozco! m ilagro, m ilagro!— estrcm eciéndcse y todo
confuso, exclam aba: «Jesús, herm anos, ¿tal cosa han de
decir? donde está la Madre de Dios? ella lo ha hecho y le
ha sanado: estaba atorm entado y no m uerto». Con esto
se fué á la sacristía á desnudarse de las sagradas vestidu­
ras, y m andó cerrarla, no queriendo salir hasta que se
echara la gente de la Iglesia. Bueno el hom bre y andan­
d o por su pié, la gente no entendía las razones del Ve­
nerable, sinc que seguía en su tem a de que el F. O rczco
le había resucitado (1)».
Dos años más tard e que la resurrección de Sánchez,
en traba un obrero á sacar ladrillos d e un corred or de
tabla, que estaba cargado con más de 6000 de ellos,
tan to que am enazaba hundirse. El corredor se hundió
de veres; y tras él, com o era consiguiente, cayó el
o brero, quedando h umado y atormentado. ¿Qué hacer
del pobre hombre? T cd o s clam aron á una: llevarle el
P . O rozco. «El P. O rozco le ensolvió en la sabana como
á Sánchez, le dió un bizcocho con vino, y le dijo los
evangelios; y abrigándole en una cam a le vio sano al
poco tiem p o. Por de contado todos dec'an públicam ente
que las oraciones del Venerable le lia b a n sanado» (2).
M uría por este tiem po m ucha gente principal en
M adrid de erisipela. El Lic. Felipe Daños, relator del
Consejo Real de las ó rd en es,cayó con dicha enferm edad
en los brazos y en las piernas, y m uy lejos de atajar el
m al, p erm itió Dios se afistolascy cancerase. Su cariñosa
m u jer reunió una junta de siete m édicos y cirujanos, ¿
h izo, no sin gren dispendio de su hacienda por fortuna
grande, que todos ellos le siguiesen visitando; pero el
enferm o en \ez de cu rar se iba m uriendo m u y aprisa,

(1) D e el P . L u is de los R íos, novicio entonces en S a n F elip e;


fo l..236, y de oíros varios testigos.
(2) P . R íos. Inf. sum. fol. 237.
204 VID A DEL B TO . AI.ONSO DE OROZCO.

p o r lo que dispusieron cortarle las piernas. El licenciado


era m u y devoto del V enerable, así qu e no quiso verse
en tran ce tan horrible, sin el consuelo de la presencia y
las oraciones d s su am igo. No sé cuantos braseros en­
cendidos, con m ás de diez y ocho hierros hechos ascuas,
estaban aparejados en la sala p a ra ca u te riza r las heri­
das. A nte aquellos horrorosos preparativos, si tem blaba
el angustiad o paciente, y se escondía la m ujer, el V en e­
rable en extrem o com pasivo, se horrorizó tam bién en
gran m anera. — No tem ¿is, dijo á F elip e; tened fe y
confianza en nuestro Señor que os ha de rem ediar. Y
aplicándole sus benditas m anos, y diciéndole los santos
evangelios se puso el santo en frente de una im agen de
nuestra Señora, suspendido y elevado por m u y gran
rato. El en ferm o, al instante de tocarle en la cabeza, se
sintió sin dolor; y ad virtiendo la m ejoría m édicos y ci­
rujanos se apresuraron á retirar los horripilantes in s­
trum entos. P e r o r o sa n a n d o d d todo instantáneam ente,
ro g ó al Venerable nú le desam parase, p o r lo cual d o ­
rante catorce m eses que le molestó la dolencia, el am igo
le visitó todas las sem anas, quitándole los dolores y an i­
m ándole á padecer; pues Dios nuestro Señor le enviaba
la enferm edad para m ucho bien de su alm a; por fir.
sanó D. Felipe com pletam ente, y aun vivió dcspu¿3 24
años. Los m ódicos y cirujanos confesaron públicam ente
que habla sido m ilagrosa la cura (1).
«Tengo p o r cierto, declara el P. Ríos, que su caridad
y el am o r al prójim o y con los pobres fué tan gran d e,
qu e se puede com parar con cualquiera que se lee de
otros santos. Porque todos los ejercicios del tiem po que
le conocí, era con los pobres, visitar hospitales, p red i­
carles y darles lim osna. T raía el santo varón unos paños
m u y pequeños y pobres, aun que lim pios, y los daba á
los pobres que topaba llagados; dem ás de que todos sus

(1) E xtracto de la deposición de Doña M aría de N ieves, m ujer


del enferm o. Ivform. de Madrid fol. 742.
LIB. II.— C A P Í T U L O XII. 205

gajes los gastaba en pobres vergonzantes, y particu ­


larm ente sacaba á m uchos de las cárceles con las li­
m osnas que algu nas personas particulares le daban,
y él pedía para m ortificarse; porque solía decir que no
había cosa m as dificultosa y que d e peor gan a haría
que es ped ir a nadie nada; sino era á Dios que d a á
m anos llenas.
«Una vez (hacia el año 1576) habiendo una cantidad de
presos detenidos por las penas de C ám ara, acom pañán­
dole este testigo, fué á casa d elp a g a d o rd e S. Maj. que le
pagaba su sueldo de P red icador, y viendo que tenia co­
brado todo aquel año, dijo: sea Dios bendito, pues para
pobres no ha de faltar, que si este dinero es para S .M .
m ejor será que nos lo de él. Y desde allí se fué á P ala­
cio, y ¿ la hora de la audiencia en tró hablar á 5 . M. y
le dijo que ten:a unas deudillas, no teniendo nada con
que pagarlas, que suplicaba á S. M. le hiciese a lgu n a li­
m osna para a y u d a r á p a g a r la s deudas. Y S. M. el R ey
D. Felipe II, co a rostro alegre y agradable, m irándole al
rostro, que siem pre tenía puestos los ojos al suelo, le
pregun tó: — ¿cu á n to eslo q u e debeis?— Es m ucho, Señor,
respondió el San to V arón , no cu iero que S M. me lo
dé todo, sino algu na cosilla; que otros fieles me a y u d a ­
rán, que h arta m erced me hace V. Al. Replicó el Rey: d e­
cid cuánto debéis. Respondió el Santo \arón: En v e r­
dad, Señor, qu e creo qu e llega á cien ducados. E l Rey
con ser tan g ra ve y m odesto, no pudo tener la risa y
dijo: bien em peñado m e dejará: acordadlo á D. G eró n i­
m o M anrique mi Capellán m ayor. A ntes de dos horas
vino el dicho D. Gerónim o M anrique á S. Felipe y dijo
al dicho P. Orozco: para lau ta m iseria se cansa V. P.
de ir á ped ir á S . M.; ¿para qué no me lo pedía á mí? El
San to varón respondió: Porque g u a rd o á vos p a ra otro
aprieto; y aun que sacó un criado su yo un talegón de
m uchos dineros, no se pudo acabar con el San to que to­
m ase m ás de los cien ducados qu e habla dicho á S . M.;
y asi los en vió luego al p o rtero, y despidiendo al dicho
20Ó V ID A D E L BTO. ALONSO DE OROZCO.

D. G erónim o M anrique, dijo que p restó se le vo lverlan á


S. M. A la tard e fué a la cárcel y ajustando las penas de
C ám ara qu e los presos debían, halló que faltaban 400
reales, fuera de los cien ducados; y congojándose, porque
no los quisieron soltar con d ecir que él lo p agarla antes
de la noche, £.1 fin dijo que él volverla luego; y de allí se
lué á i;asa del pagad or que aquella m añana 1c había ju ­
rado que no tenia blanca, y le dijo: Señ o r, 400 reales me
faltan p ara soltar aquellos presos, por vida de v. m. me
los preste sobre mi sueldo de predicador. Respondió:
ya dije á V. P. esta m añana que no tenia blanca, y
que á tenerlos entonces se los diera. El Santo varón r e ­
p licó :— Mire v. m. aquel escritorio, señalándole u n o que
allí habia. Y el p a ga d o r dijo: aquel cscritprio es todo
de papeles que en m i vida m etí dineros en é l.E lP . O roz
co replicó, señalando una de las gabetss: p o r am or de
Dios y de su m adre, m ire v. m. esta srabeta. El pagador
com o enfadado tiró de la gabeta y halló en ella un m on­
tón de reales de á cuatro, con unos papeles que en ella
había, y san tiguán dose y haciéndose cruces dijo: en mi
■vida m etí blanca aquí; sacólos y contólos, y había 400
renles ju sto s, y san tiguán dose de n u eve, d ijo : tom e
V. P. que para mi n u y gran d e m ilagro es este. R es­
pondió el Sto. Orozco: calle v. m ., nn d ig a eso, que Dios
no hace m ilagros sin causa. Repuso el pagador: habrále
hecho por el deseo ú oraciones de V. P. El santo varón
se enfadó y dijo: ¿eso ha de decir un hom bre cuerdo y
cristiano? v. m. los puso algú n día y se le habrán olvida­
do, asiéntelos v. m. en el libro, no se le olviden com o se
le habían olvidado. A que respondió: Eso no asentaré yo;
y en fin tan to porfió, que no los quiso recibir hasta que
el otro los asentó; y después el dicho pagador vin o á este
convento de S. Felipe y lo contó m uchas veces, el cual
es ya m uerto, p o rq ue lo susodicho pasó m ás ha de cu a ­
renta y tres años, y era h om bre m ayor» (1).

(1) Inform. citada, fol. 231, U n con seja, añade el m ism o P adre,
LIB. I I . --- C A P Í T U L O XII. 207

«Una n o ch eestan d o el V en . en coro á las once y m e­


dia, tenia encendida una linternita sobre la baranda del
coro, y entrando este testigo, dice el P . Rios, cerré la
pu erta m u y recio, la cual batía en el rem ate de la m ism a
baranda; y al golpe, que fué gra n d e, la lin tern a cayó
del coro al suelo de la iglesia. El P . O rozco m e dijo:
siem pre has d e ser travieso; en psna id al sacristán que
os dé la llave, é id por la linterna á la Iglesia: y este tes­
tig o (que hacia de cam panero) le respondió que d arían
las doce y haría falta en la cam pana. Replicó: anda que
yo tañeré, si dieren las doce: y este testigo se fué y halló
la linterna en el suelo asentada y encendida, y sin que­
brarse siendo de vid rio; y entré m u y contento por la
pu erta del coro, diciendo que la había hallado encendi­
da y sana; y respondió el P . O rozco: vos debéis ser
algú n m entirosillo, que la habéis encendido y decís que
estaba encendida. Y la verdad es que hallé la linterna
encendida y sin derram arse cosa a lg u n a del aceite. P u ­
bliqué lo susodicho en todo el convento; y el dicho P a­
dre O rozco cuando lo supo, me hizo d ar dos discipli­
nas, diciendo que m entía; y yo sé que' digo la verdad
en lo que d eclaro con juram entos (1).
Pues no im porta; para el hum ilde Padre era seguro
engaño el m ilagro de la lin tern a. Sin que le valiera toda
la ternu ra y caridad del santo religioso, fué preciso
que el buen F r. Luis preparase las espaldasíl las discipli­
nas: en tratándose de d iv u lg a r la santidad del Venerable,
no habla perdón. Era la segunda vez que el P. Ríos ad-
q u ir'a doloroso convencim iento de ello; pur eso acaso
le conservó el Señor, para que pudiese deponer declara­
ción lan copiosa y preciosísim a com o la su ya, en gloria
del Dto. O rozco.

me daba el S to . O rozco: qu e cuando no tuviese qu e dar á los po­


bres, rezase p or ellos un Pater noster y A v e María; para que con
eso Dios les deparara quien les diese lim osna.
(1) In/orm. sum. fol. 2 3 -j.
208 VIDA D E L BTO . ALONSO DE OROZCO.

B ern arda de O lm edo afirm a que vio cóm o m uchas


personas que tenían pleitos y negocios perdidos se en­
com endaban á las oracioaes del santo O rozco, y luego
salían con ellos... vio tam biéa com o una y m uchas veces
iba á casa de parientes bien inm ediatos de ella, á poner
paces en tre padres ó hijos, m u jer y m arido, y los dejaba
arreglados y en paz (i). Y a vim os antes, que la m ism a
caridad ejercía en casa d e M arcos Am ador.
«Yo conocí en esta córte, dice un tal G regorio de Ba­
ñares, á G arcía C alderón, sastre, que vivía al postigo de
San M artín (que ya es difunto) hom bre de m ucha repu­
tación de cristiandad y caridad en la república; por lo
cual acudían m uchas personas á consolarse con él. entre
las cuales vino un hom bre m uy afligido y se encerró con
él, para com unicarle su trabajo; y después de haberle
com unicado, salieron juntos por la puerta del aposente;
y el dicho Calderón dijo al hom bre delante de m í:— no se
aflija, irém os á h ablar al P. Orozco, que es un santo,
que él le dirá lo que ha de h acer.— Y de allí á m es y
m edio dijo el dicho C alderón, á m i y á todos los que
estaban presentes: es adm irable caso que vino los
otros días un hom bre afligido y m e contó que su m ujer
no le g uardaba fidelidad, y no lo podía rem ediar y que
estaba tentado de m atarla; y consultándolo con el santo
O rozco, éste le d ijo :— no se aflija y quite de si eses ten­
taciones é im aginaciones, que d en tro de pocos días lo
rem ediará nuestro Señor; y asi fué, que dentro de pocos
días ha m uerto la dicha m ujer; lo cual contó el m ism o
García Calderón á este testigo y á los dem ás, afirm ando
que por las oraciones del dicho santo Orozco, la m ujer
había m u erto bien, y que el m arido quedó libre d e las
dichas tentaciones» (2).
El V enerable no sólo consolaba ¿ lo s afligidos y pa­
cificaba á las fam ilias encontradas, siuo que tam bién

(1) Inf. sum. fol. 412.


(2) Inf. sum. p ág. 303 vto.
LIB . II.— CAPÍTULO X II.

sosegaba los vientos y calm aba las tem pestades atm os­
féricas. «Las noches de gran d es tem pestades, llam aba á
un religioso para que le ayudase á rezar porque Dios
librase á los cam inantes; derram aba m uchas lágrim as,
y sucedía quedarse arrobado; y notaba el religioso que
en m edio d e la tem pestad se aclaraba la noche» (i).
Estos sucesos notorios y públicos, que p o r su ruido
y celebridad oscurecen o tro s acaso no m eaos pasm osos,
pero acaecidos cou gente sencilla y en el silencio de una
vid a pobre y oscura, indican la opinión en que Madrid
tenía al V enerable, y cóm o en sus tribulaciones hallaba
en ¿1 un rem edio celestial.

(i) Márquez, tomándolo de un testimonio de las Informaciones.


Vida Etc., pág. 26.
C A PÍT U LO XIII.

zAceptación de las obras del Venerable escritor.— V\[uevas


producciones y obsequios á h fa m ilia T{eal.

1570—1576.

n la historia de la vida literaria de nuestro

piadoso escritor, es para form ar época el año


de 1570: por cu arta vez estam pábanse en él
sus prim eros libros. R ecordará el lector que
en el año 1554 los habia recogido en un tom o, que titulo
Recopilación y dedicó á la regenta D." Juana; que pura el
1566 de nuevo salió á la luz pública eu Zaragoza, «pur
haberse gastado las obras im presas en Valladoiid, sien­
d o tan provechosas, de tan ta doctrina espiritual, con
soberana elocuencia tratadas y con tan subido estilo,
que, cuando otra cosa no tuviera sino la policía de n u es­
tra lengua, los que 1c son aficionados estarán obliga­
dos á no dejarlas de la mano» (1). Y agotada tercera
vez la edición, se tiraba en Alcalá en el 1570 la cuarta,
enriquecida con los tratados publicados posteriorm ente.

(1) Cm ta dedicatoria del impresor al muy magnifico 3eflor G a­


briel Caporta, por suyo favor y ayuda se imprimió en Zaragoza.
L IB . ;i. — CA P ÍT U L O xi:i. 211

Ahora salía al público en dos gru esos volúm enes, titu la­
do uno Primera parle, y Segunda el otro de las obras del
P . Orozco. El prim ero es sencilla reproducción de la
im presa en Zaragoza; el segundo tom o com prende: E l
Epistolario Cristiano, Siete palabras que Ntra. Señora
habló, Arle de amar á Dios y al prójimo, Victoria del
mundo y el Ejsrcilatorio espiritual.
No eran estas I es únicas obras publicadas p er el V e­
nerable; de o tra, escrita en nuestro rom ance y no inclui­
da aquí, hem os dicho que se repetían las ediciones por
este m ismo tiem po.
Y aparte de las obras escritas en castellano, años
atras había com enzado á pu blicar sus serm ones en latín
con el títu lo de Declamationes; y era tal la arid ez con que
se leían, que hubo de reiterar hasta tercera vez la im ­
presión, p ara satisfacer los deseos de los lectores. Hé
aquí tom ado del prólogo del a u to r un rasgo harto sig­
nificativo: oEl trabajo y los desvelos que he tom ado, ya
para revolver las obras de los SS . Doctores, ya para
escudriñar las sagrad as letras, decláralo con evidencia
el m ismo libro. P or lo dem ás, am ado lector, siem pre he
dado infinitas gracias al Rey de los Reyes, porque, tales
cuales son, parece te han agradado no poco estas m is
lucubraciones» (i).
En i $58 gozaron ya los am antes del caudal de doc­
trina y fervor de espíritu, los discurscs acerca de la Sa­
cratísim a V irgen, y un tratad o sobre el Magníficat; y á
continuación en 1569, 70, 71, 73, 75 y 76, sin perm itir
descanso á su plum a, d ió á la estam pa las declam aciones
latinas. A l aplauso del público, correspondía el fecundo
y laborioso escritor con nuevas producciones, llegando

(1) Quantum labor¡9 susceperim ¡n evolvendis SS. DD. coci-


cibus, quantum ct vigiliarum in sacris scripturis scrutandis in-
sumpserim, líber ipse fácil: indicabit. Cxterum gratias inmortales
Rc¿i K¿gum semper egi, quod lucubraciones meae, quales ipsae
sunt, non nihil tibí arriserint.»
212 V ID A D E L BTO. ALONSO DE OROZCO.

á ceja rn o s com pletísim o y rico arsenal de discursos


acerca de todfc suerte de m aterias sagradas.
Q ucria la divina Señora, que 1c ordenó predicase y es­
cribiese, disfrutasen todas las edades de la doctrina que
ella en alguna m anera inspiró: y su Capellan por otro laco,
entendiendo cu e el cielo le había confiado el Evangelio,
no se com placía con pred icar á una sola generación;
sino anhelaba que todas ellas loasen á la sin p a r ben-
dadosa V irgen M aría. Y todavía el cuidado y repaso de
tantas im presiones, dem ás de los q u eh a ce^ s sin nú­
m ero, no fueron im pedim ento para que satisficiera á
los anhelos de sus am igos que le pedían libros especia­
les. Al ver el contagio y estrago que en los fieles
causaban los sectarios da M ahom a en A ragón, y sentido
de su espantosa ceguera, un caballero principal de aquel
reino instó al V enerable Padre a declarar nuestra san­
ta fe, y vindicarla de los insultos de los m ahom etanos,
en m anera clara, llana y asequible al pueblo. El incan­
sable escritor ordenó entonces el Catecismo Cristiano, en
el cual se declara solamente nuestra ley cristiana ser la
verdadera, y todas las otras sectas ser engaño del demo­
nio (ii. L a satisfacción y go zo con que el ilu strado y ce­
loso caballero recibió el lib ro pedido, m anifiéstanio las
siguientes letras:

C A R T A al m u y Reverendo y m u y am ado Padre en


Jesucristo F r. Alonso de Orozco, Teólogo y Predicador
Evangélico, p o r el Doctor Juan Sora, Regente del C o n ­
sejo Suprem o de la Corona de A ragón, su m u y devoto.

«No fué pequeño el contento que m i espíritu tuvo,


m u y religioso Padre, cuando yo m e vi en I e s m anos el
lib ro del Catecismo de la instrucción del cristiano recién
bautizado, form ado en el crisol de su claro entendim ien­
to, y d e doctrina sana y provechosa, según la fam a y

(i) Im preso en Salam anca, en 157;.


L IB . I I .— CA PÍTU LO XIII. 213

obras com puestas dan m u y clara m uestra de ellos. Bien


creo que costara esta instrucción m uchos trabajos de
espíritu y cuerpo, perdiendo el sueño, fatigando el en ­
tendim iento, y quitándole buenas horas de otras más
graves ocupaciones. P ero acuérdese que nunca em presa
gran d e y digna de m em oria costó poco; p o rq ue el cam i­
no de la virtud , aunque sea áspero y dificultoso, á lo
cual corresponde galardón soberano y descanso eterno,
causa no poco alivio. Los que pelean en la g u e rra , cu an­
to m ayor es el trabajo y peligro de la batalla, tan to m a­
y o r provecho y descanso sacan de la victoria: así á los
que trabajan en la m ilicia espiritual, á gran conflicto,
gran sosiego; á g r a n tem pestad, gran bonanza; á gran
servicio, gran paga: porque si tanto precia y estim a
Nuestro Señor un vaso d e a g u a fria , que se da de volun­
tad en su nom bre al prójim o que de ello tiene necesi­
dad, y si tan ta cuenta tuvo con aquella poca limosna
que dic aquella vieja del Evangelio en el cepo del tem ­
plo, que vino á d ecir haberle sido m ás acepta y a grad a­
ble por la voluntad y a m cr con que la hizo, que no la
m u ch a, v a r a y pregonada lim osna que los Fariseos
hinchados de soberbia hacían; ¿en cuánto más tendrá
esta del Catecism o que V uestra Reverencia hace á toda
la cristiandad; señaladam ente á todos los nuevos con­
vertidos, y en p a rticu lar á los de aquel nu estro Reino de
A ragón, con tan to am or y cristiano ceseo de su salva­
ción? Una lim osna tan santa, tan llana, y tan llena de
buenos ejem plos y de doctrina tan provechosa, un Cate­
cism o tan autorizado, un talento tan bien em pleado y
m ultiplicado servicio de Nuestro Señor y provecho de
sus fieles, ¿qué prem io y galard ón m erecerá sino el celes-
tialí’ y q u e le digan, alegraos, buen siervo y religioso,
en trad en el palacio real de su M ajestad á gozar el eter­
no descanso en com pañía de los ángeles y santos biena­
venturados? Q uiera su d ivina bondad y clem encia infi­
nita sea tanto el provecho de este Catecism o en las áni­
m as de aquellos,'por quien particu larm ente se com puso,
214 V,DA D E L B TO - ALONSO DE OROZCO.

alum brando sus ciegos entendim ientos con la luz de su


gracia, cu anto h a sido el deseo y caridad cristiana con
qu e V u estra Reverencia lo hizo, y la afición entrañable
conque yo lo dem andé y solicité» ( i’ .
A un nos resta hablar de otros devotos libros su ycs de
inapreciable valor.
L a Reina Doña Isabel, á quien dedicó el V enerable su
preciosa Historia de la Reina Sabd, pasó á m ejor vida
en 1568; y dos años m ás tard e saludaron los españoles
por consorte de Felipe II á Doña A na de A ustria. Esta
buena Reina había de ser la que colm aría de m ayores
atenciones al respetado santo Orozco, ó á lo m enos de
la cual h a podido d urar m ás m em oria, por v iv ir más
cercana á los testigos inform an tes de las virtudes del
bendito P adre. No es de extrañar, pues, que correspon­
diera el a u to r de tantos opúsculos piadosos, dedicados
á la fam ilia real, con nueva com posición á su nueva,
piadosa y am ad a reina. P o r lo que con elocuente epístola
le dedicó el libro intitulado: Suavidad, de Dios (2).
Los tesoros aquí encerrados de la m isericordia di­
vin a, e l ingenio y tern u ra regalada con que I09 descu­
bre, el am or y afecto dulcísim o con que convida á g u s­
tarlos, no son para descritos. Fecundo es el argum ento
p a ra un am ante de Dios, y el bienaventurado escritor
se aprovechó en este libro para d ar desahogo á su pecho
inflam ado: y cuando tocando ya en la ribera de la patria
celestial vislum braba su apacibilidad, deleites y riquezas,
explicábaselas á los hom bres, a fin de levantarlos á la
contem plación y posesión de bienes tan estim ables. Es
otro d e los libros qu e más han despertado nuestra ad ­
m iración.
A la E m peratriz Doña M aría d e A ustria, infanta de
Castilla, igu alm en te luego que m uerto sn esposo D. Fer­
nando, vino á España en 1576 y se retiró á las Descalzas

(1) Catecismo cristiano, píg. 376 del Tom. II,


(2) Impreso en Salamanca :n 1S76.
LIB . II. — CA PÍTU LO XIII. 2 15

Reales, le dedicó el Tratado de la Corona de nuestra Se­


ñora ciciéndole: «Y porque con tan gran ejem plo de
cristiandad vem os que tan de veras ha dejado al m undo
encerrándose, p o r más g u sta r y servir áDic-s, en esa casa
sania de siervas y esposas de Jesucristo; y sabiendo que
entretenim iento y ejercicio santo es em plearse vuestra
Majestad con toda sil fam ilia en la lecd ón de libros san­
tas, que levantar, el corazón al cielo, así com o los m u n­
danos Ip. derrihnn al infierno; y andando juntam ente con
la lección la oración m ental y vocal; p o r tanto determ i­
né hacer este libro, que trata de las doce estrellas y p ri­
vilegios con que la Em peratriz del m undo, Ntra. Señora,
se corona y ensalza sobre todos los Santos y Ángeles.
Las alabanzas y excelencias de esta Señora, M adre de
Dios, dan gran contento y regalo á nuestros corazones,
y aun alegran á los ángeles. Sus heroicas virtudes son
como un espejo, que siem pre habíam os de tener presen­
te, para ser hum ildes, piadosos, caritativos y pacientes;
p or tan to será bien que vu estra M ajestad, entre otras
lecciones santas, dé algún tiem po á esta, donde hallará
dulzura, consolación y contento, cual le suele d ar á sus
devotos esta Reina de los ángeles, de cu y a m ano quiso
el E terno Padre darnos ¿ s u Hijo hum anado, para nues­
tra salvación y remedio» (1).
Hemos dicho antes cuanto estim aba la E m peratriz al
bendito Padre, lo que nos excusa ponderar ahora el
agradecim iento y afecto con que recibió el piadoso a ga­
sajo: de D.* A n a hablarem os en el capítulo próxim o.
lié aquí, pues, enarrada de a lgu n a m anera la serie
de libros, que por estos años com puso el B. Orozco: de
lo que nos es im posible d ar cuen ta y razón es del tiem po
cuando el atareadisim o y contem plativo Religioso orde­
naba escritos llenos de sentencias de los filósofos, n u tri­
dos de avisos de los Santos Doctores, y tan sabrosam en­
te sazonados con el rico caudal de las sagrad as letras.

(0 Epístola Dedicatoria, tom. III, pág. 113.


C A PÍT ULO XIV.

La visita á Palacio.— E l In/ante *D. Fernando y la reina


T)oña cAna milagrosamente aliviados en sus dolencias
por el Venerable.— La casa de Felipe II.

1576—1579.

am os á p red icar, cijo á un fraile S. Francisco.


E l com pañero del Santo siguió obediente los
pasos de su P ad re fundador, y dadas cuatro
vueltas por la ciudad con los m eneos com puestos y la
vista recogida, se •volvieron al convento.— ¿Nn íbam os á
predicar. Padre? p regu n tó entonces el súbdito.— A caba­
m os de hacerlo, hijo, contestó el m odestísim o santo.
Mucho acerca de esta m uda predicación sabia y p ra c­
ticaba el P. Alonso. «Desde que salia de casa, era tan
g ran d e su m ortificación, que nunca le vi levantar los
ojos de la tierra; y siem pre iba alabando á Dios y rezan­
do á la ida y á la vuelta,» testifica su com pañero el Padre
T orre ( i’ .

(i) P . Pedro Torre, en 1619 Predicador perpetuo de S . A g u s­


tín de Burgos y antiguo Prior de varios conventos. Inform. sum,
de Madrid, fól. 93,
LIB. II .----C A P Í T U L O X I V .
2I7

aSiendo yo profeso de diez y seis años, dice á su v p z


el P. Sedaño, y andando fuera de cesa á su lado des
años, cualquier descuido ó descom postura, com o nc lle­
v a r puesta la capilla, recogidas las m anos y puestas en
el pecho ó alzar los ojos, m e lo reprendía com o si fuera
culpa m ortal, dándom e luego avisos y ejemplos» (i).
Infiérase de aqu í la edificación de los m oradores de
la córte, cuando tan to florecía y prosperaba en ella el
Catolicism o. A si que no es de m aravillar lo que el refe­
rido P. Torre depone á continuación: «Y echó de ver este
testigo que la veneración del pueblo era tan grande,
que infinita gen te le iba á besar el hábito y la m ano; y
este respeto y veneración que le tenían, así era com ún á
la gen te plebeya, com o á los títu los y grandes señores».
¡Cuan á la letra, aunque bien á pesar de su cora­
zón, vió cum plido en la tierra el dicho del Real Profeta:
N im is honorati suni amici tui Deus, nimis conforta tus
est principalus eorum! (2|. Tenia tam bién el Yren. su princi­
pado y tod avía de rr.ás valer y estim a que el de los m o­
narcas, por cuanto disponía á su volun tad de los co ra­
zones de los hom bres. «Yo conocí su abundantísim a ca­
ridad, pues vi, declara una señora distinguida, que an ­
daban tras él tantos pobres, que parecían un escuL-
drún» [j).
Contem plém osle ahora dejar su angosta celda y am a­
do convento, para ir al Palacio Real con su ¡oven é inse­
parable com pañero. Pidiendo ayu d a y protección al
Señor, bien guardad os los sentidos porque nada del
m undo vanidoso se le pegase, con m odestia y com postu­
ra á la vez que con la graved ad de sus setenta y seis

( :) P . F ran cisco Sedaño, com pañero del V en erab le desde 1578


á 1580, en tiem po de las inform aciones P red icador m ayor de S an
A g u stín de G ran ada. Injorrn. ie Granada, fol. 17 V tO .
(2) Psalm . 138.
()) D.* Juana de M endoza, madre de D.* C atalin a de la C erda
dama de la Reina. Inform. Sum. de M adrid fol. 4 0 5 .
2 18 VID A D E L BVO. ALON SO DE OROZCO.

años, rezando si le era posible, daba vista á la hoy P u er­


ta del Sol de M adrid. Nunca precisó andar m ucho para
que, por si sus años no se lo obligaran bastante, tuviera
qu e retard a r eL paso: el escuadrón de pobres se le acer­
caba y le saludaba y le servía de escolta. — Ved ahí, vie­
ne fíl Santo Orozca, esclarraha la gente. — E l SanlodeSan
Felipe/ contestaban otros; y en gran m uchedum bre se
agolpaban á besarle la m ano y el hábito. «Yo le acom pa­
ñé, escribe otro testigo, m uchas veces, y vi en la gran d e
estim ación y veneración que fué habido y tenido, asi
p o r los Reyes, P rin cip es y Señores, y de todos en gen e­
ral; y de tal form a era, qu e cuando se iba por la calle,
casi m uchas veces la gen te no nos dejaba pasar; porque
todos se hincaban de rodillas para besarle las m anos y
el h ábito, llam ándole Santo» (i).
Com placida la gente en el deseo de besarle la m ano
venerándole com o á justo, llegaban por ñn á palacio: lo
qu e aquí de ordinario acaecia al venerable agu stino,
¿quiénes m ejor que sus com pañeros nos lo podrán referir?
Habla el P. Francisco Sedaño:
«Tres años conocí y traté al P. O rozco, de novicio
uno, y otros de profeso en los cuales le acom pañé siem ­
pre; y m u y pocos días dejó de ir á palacio y casa de los
Reyes, á donde era tan respetado de todos los porteros
y caballeros de la C ám ara, qu e jam ás le detuvieron ni
p reg u n taron qué qu ería ó á quién buscaba; sino, como
si fu era de casa ó íc e s e la m ism a persona Real, entraba
en el cuarto de los príncipes é infantes y al cuarto de
sus Majestades; y dice este testigo que una m añana
entró en el cuarto del príncipe D. Diego, herm ano del
R ey nuestro señor D. Felipe III, y estaban allí las seren í­
sim as Infantas D.* Isabel y D.* Catalina, y en la cuadra
p rim era estaba el infante D. Felipe en brazos de D. Juan
E n rique, m ayordom o de lus cu a tro de la Reina nuestra

( i) P . D iego G u tiérrez, d e 66 años, con fesor :n el convento de


S a n A gu stín en la v illa de C h in ch ó n , fol. 38C vto.
LIB. II.— CA PÍTU LO X IV . 210

señora D.* A na de Austria, con otros caballeros que


entretenían al infante D. Felipe, que al presente es
nuestro R ey (á quien dé Dios nuestro señor m u y larga
vida): y los caballeros que tenían al infante le dijeron
que se quedase con ellos este testigo , y viéndose solc el
dicho P. Orozco cuando iba á en trar en la cuadra del
principe, llam ó á este su com pañero, el cual le hizo
señas que aquellos caballeros le detenían, y el Padre le
llam ó con im perio, diciendo:— ven acá, h erm an o,— y al
punto todos los caballeros d ijeron,— va y a padre, vaya,
p adre m uy enhorabuena— con un respeto como si le
llam ara S u M ajestad. Y entrando este testigo con el
Padre O rozco, vió en la cuadra al principe y á la Condesa
de Paredes, aya m ayor de las infantas y guarda m ayor de
las dam as, y al ama que daba el pecho y criaba al infan­
te D. Felipe, y á las serenísim as infantas; las cuales se
arrim aron á la pared de la cuadra, y m ientras el Padre
Orozco las saludó, la dicha condesa corrió la cortina de
dam asco y el velo transparente de la cam a del príncipe;
llegando á decirle el evangelio al príncipe, sacó la m ano
para que se la besase el dicho P adre, quien dándole un
golpecito en la m ano, dijo:— noram ala para quien nos
lo enseñó,— de lo cual se rieron m ucho las infantas; y
la Condesa llegó al príncipe y le dijo:— M ire V . Alteza que
no ha de d ar la m ano á besar á los Sacerdotes, y
m ucho m enos á nuestro P ad re O rozco, que es Padre
de toda esta casa, á quien todos se la hem os c e be­
sar;— y el dicho Padre cijo: — quítese allá V. Señoría
y ¿qué sabe esta bestezuela de esto? Dominusvobiscum;—
y com o este testigo no respondiese tan p resto , m e
dijo:— responded, herm ano;— y en acabando de d ecir
el evangelio, se volvió rt las infan tas y les hizo su in cli­
nación, y la condesa le besó la m ano al Padre, el cual
le dijo:— ¿cómo tiene V. S . á este niño á estas horas (que
eran las nueve del día en el mes de Julio) cerradas las
ve rta n a s, y en la cam a, y con este brasero de lum bre
que basta á m atar h un gigante? A lo cual respondió
220 VIDA DHL B TO . ALONSO DE OROZCO.

la condesa:— Padre, porque ha m andado S u M ajestad


que uo se salga un punto de lo que ordenaron los Médi­
cos. y ordenan esto; que bien veo y o que no se debían
de cu ra r así los niños. Y d ijo el P. O rozco:— ¡oh por am or
de Dios, que nos m atan nuestros principes, que uos los
ha dado nuestro S eñ cr á puras oraciones y lágrim as de
su Iglesia, y nos les quitan la vida con tanta cura y m e­
dicinas; que habían de an d ar estos niños por esas calles
jugandol En verdad que tengo de decir á su M ajestad
que los vista de sayal y los envíe á Vellecas (que es una
aldea de M adrid; ¿ que anden con otros m uchachos que
gu ard an gansos. Respondió la Condesa: — por cierto,
vu estra patern idad tiene m ucha razón; porque tuvieran
m ás salud y los tuviéram os m ás seguros. Y cuando
salíam os vim os el infante D. Felipe, que estaba en bra­
zos del dicho D. Juan E n r'qu ez, otra cuadra más ade­
lante, y el niño cu a n co vió al dicho Padre m ostro una
alegría gran d e en todo el rostro, que com enzó á bracear
com o que le llam aba; y viéndolo yo, dije al P. Oro7.cn:—
m ire V. P. que le llam a el infante, va y a y d ígale un
evangelio. Y acabándole de d ecir el evangelio, tom án ­
dole am bos piés con las dos m anos, dijo: — esie nos ha de
g an ar la casa santa. L o cual dijo tres veces y respondió
D. Juan E n ríqu ez:— plega á Dios que S u M ajestad lo
h aga com o V . P. dices (i).
«Yo tam bién, declara el P. G u tiérrez, fui una vez á
Palacio con el bendito P adre, para d ecir los evangelios
al príncip e D. Diego que estaba malo; y habiendo en tra­
do en la pieza d onde estaba el P rín cip e, y viéndonos allí
el Conde de Barajas, qu e entonces era P residente de
Castilla y m ayordom o del Principe, dijo á unos criados
que estaban allí: — echa eso sP P . de ah í. Y este testigo y
el dicho bendito P ad re Orozco se salieren; m as entonces
dijo la Condesa de P aredes, que era aya del P ríncipe, al
referido Conde:— M ireV. S. que es e lP .O r c z c o .q u e tiene

( i) Inform. sum. de Granada, fol. 14.


LID. I I .--- C A P Í T U L O X I V . 221

m andado su Majestad que todas las puertas estén abier­


tas para el. Entonces el Conde salió donde estábam os,
y le dijo al bendito Padre O rozco, arrodillado los pies
por el suelo:— perdone V . P ., que no le había conocid o,—
y levantándose el Conde, el bendito Padre O rozco le con­
testo:— no m e conozca á m í, sino al hábito de N. P. San
A gu stín . Y luego nos tornó á llevar á donde estaba el P rin ­
cipe; y estando allí vino una m ujer con m anto y en bra­
zos traía al Infante D. Felipe, que h o y e s nuestro Rey, de
edad de ocho m eses que aun no eran cum plidos, y el di­
cho Infante, com o le vió al P adre Orozco, em pezó á llam ar
con la m ano al P ad re, el cual se allegó al infante, y sin
decirle nada, tom ó la m ano del dicho bendito Padre
Orozco y se la besó, estando presente este testigo y el di­
cho C cn de de Barajas, y el Conde de Uceda y la Conde­
sa de Paredes; y el dicho Conde de Barajas dijo á voces:
— por D io s q u e lu e g o v o y á c o n ta r á S. M. un m ilagro, que
un niño que no tiene ocho m eses cum plidos haya lla­
m ado á un sacerdote Santo, y besádole la m ano; y lue­
go se fué el Conde á c o n ta r á S. M. y todos lo a trib u ­
yeron á gran d e m ilagro* (i).
«Como testigo de vista que después de profeso le
acom pañé m uchas veces er. espacio de dos años, y salía
con él fuera, añade el P. Ríos, vi la reverencia y estim a­
ción que los prelados y obispos y señores de estos reinos
le hacían; y en viéndole le besaban la m ano y los hábitos
con gran d e ternu ra, estim ándole como persona vene­
rable y santa; y tengo p o r m u y cierto que Su M ajestad
el Rey D. Felipe le hizo su P redicador p o r la gran san­
tidad y letras que conocía en él, y p o r necesitarle á que
■viviese en su córte, com o lo dijo m uchas veces D. Ge­
rónim o M anrique, capellán m ayor de S u M ajestad, á
quien oí decir que Su M ajestad decía que no q u ería
que el santo O rozco se fuese de esta có rte, porque

(0 P . D ie g o G u tié rrez.— In/orm. citada de Madrid, fól. 391 vto.


222 V ID A L E I. BTO. ALONSO t)E OROZCO.

entendía qu e por sus oraciones Su Majestad le hacia


m il bienes á 61 y á todos sus reinos. Y se más: que todas
las veces que Su M ajestad estaba enferm o y fatigado de
la gota, le enviaba d llam ar para qu e le dijese los evan ­
gelios, y le pusiese las m anos encim a, y le m andaba que
le encom endase m ucho á Dios y dijese m isa por él: y
cuando alguno de los principes estaba indispuesto, le
enviaba á llam ar p ara que le dijese los evangelios.
Acom pañándole este testigo un día, estando m alo el se­
renísim o príncipe D. F ernand o, se halló Su Majestad
allí, y diciéndole los evargelin s, m andó Su Majestad que
tuviese el P. O rozco puestas sus m anos sobre la cabeza
del dicho p rín cipe, y rehusando el P. O rozco d e p o n e r ­
las, dijo Su M ajestad: — ponedlas, P adre, que espero en
Dios que con eso ha de estar bueno. Y poniéndolas co­
m enzó á llorar el santo Orozco con gran d e abundancia
de lágrim as, qu e apenas podía pron u nciar las palabras
del evan gelio, y acabado m an có S u M ajestad que le
diese su m ano á besar al principe, y rehusando el P a­
d re O rozco, alargó la m an ga del hábito para darsela á
besar, diciendo: — el hábito, Señor, que está bendito de
nuestro glorioso P. S . A gustín . Y S u Majestad que es­
taba sentado en la cam a de su hijo, le levantó la m an ga
del hábito, y tom ando la m ano c e l dicho santo Orozco,
la llegó á la boca del principe con g ran d ísim a devoción;
y el P. O rozco se hincó d e rodillas y d ijo :— tibi Domine
gloria in scecula scecuiorum. Á lo cual me parece que
S u Majestad estaba tan tierno, com o si fuera un hom bre
m u y ordinario; y le m andó que todos los días, acabando
de decir m isa, viniese á d ecir los evangelios al p rín ci­
pe; y cuando volvieron esotro día á la m ism a hora, es­
taba S u A lteza sin calentura, cosa que á los m édicos,
que habían visto á S u A lteza el día antes, les pareció
que sin g ra n favor del cielo, no podría ser tanta m u ­
danza, habiendo com enzado la calentura con tanta pu ­
janza; y asi su aya, que era la m arquesa de la Ladrada,
que es y a m u erta, decía que desde que el P. O ro z:o le
LIB. I I .— CAPÍTULO XIV.

había puesto las m anos, había m ejorado Su Alteza: y los


doctores de cám ara, que ya son m uertos, lo aprobaban
com o cosa m ilagrosa» (i). «Cesaron entonces las oracio­
nes públicas y el tener el divino Sacram ento descubierto;
m andando p o r el Rey D. Felipe II nuestro señ cr que se
hiciese procesión general en ¿acim iento de gracias por
]a salud que nuestro Señor había dado al principe
D. Fernando; siendo pú blico y notorio en todo palacio
que el dicho santo O rozco le había sanado» (2).
L a Serenísim a Reina Doña Ana, m adre de Felipe III,
luego qu e se sentía indispuesta, llam aba al Venerable
p ara que le dijese los evangelios; y particu larm ente en
los partos, cuando se creía cercana á ellos, enviaba por
él, tom ábale la cinta que traía el santo ceñida, y se la
ponía la Reina, diciendo que con ella no sentía dolores
y q u e d a b a á luz con gran felicidad.
H abiendo dado á luz á D. Felipe III, á otro c ía fué el
bendito Padre á decirle los evangelios, y acabados, h in ­
cóse de rodillas y dijo á la R eina:— Señora, nuestra cinta.
— Respondió S u M ajestad:— no o s la puedo dar, que no
me siento buena. Con su acostum brada m odestia replicó
el V enerable:— No me puedo ir asi, que profesé con ella,
y era de un santo varón mi m aestro de novicios (}). Sin
em bargo no se la dió, pues D.- A na se sentía m al, y
aún em peoró en los días siguientes.
Con h arta displicencia y la enferm edad em bozada,
pasó todavía la reina quince ó diez y seis días. El V en e­
rable no faltaba a l en cargo que se le hacía de irla á con­
solar y decirle los evangelios. Á h o ra en que él estaba en

(1) Inform. sum. de Madrid, fol. 219, vto.


(2) D oñ a M ariana B arahona y V elasco, íol. 29). vto.
(3) E l V . P . L u is de M ontoya, c e quien y a hemo9 hablado.
Sospecha no sin fundam ento el P . R io s, de cu ya la rga deposición
tom am os extractadas las lín eas del texto, que lo dijo así el P . O roz­
co por hum ildad, por qu e S . M . no entendiese qu e su correa le pu­
diese dar la salu d.
224 VIDA DEL B TO . ALON SO DE OROZCO.

k. habitación de la reina, entraron un día lus m édicos de


cám ara; los c u a k s, notando su extrem ada flaqueza y
n in gu n a gana de com er, estaban desconfiados de su vida.
— Señora, le dijeror. claramenLe, si S . M. no se esfuerza
á com er, no tenem os esperanza alguna. Con ■voz flaca y
m uy débil contestó D." A na:— no puedo, no m e es posible,
haga Dios lo que fuere servido. Enternecióse al oiría
el cariñoso vasallo P. Orozco, púsose inm ed iatam en­
te de rodillas delante de- la cam a, y diciendo con voz
m u y del corazón, según palabras del testigo com pañero,
— Jesús, Jesús, ¿eso ha de d ecir S. M? En -verdad que sis e
esfusrza un poquito, le d oy un rem edio con que com a.
M iróle la Reina y con rostro alegre le dijo:— Cualquie­
ra cosa que vos queráis, haré ye de kitena gana.— N c h ay
cosa m ás apetitosa que torrezno de p em il asado, olido
según se v a asando, repuso el Santo.
Echóse á reir la Reina, con el rem edio tan á propósi­
to para un desganado. Contestóle sin em bargo:— dád­
m ele, cu e m e parece com eré de él. En esto en tró S. M. el
R ey Felipe II, tom óle la m ano el Doctor Alfonso, m édico
de cabecera, y retin óle el rem edio que el Santo O rozco
había propuesto. No pudo el Rey, a pesar de su aflicción,
conten er la risa. Nadie, sin em bargo , se opuso contra
m edicina en realidad tan in oportu n a. M andó el Rey
traer el p ernil y una perd iz m ás que el Santo pidió, por
si á la Reina se le abría el apetito. T raíd o todo, y un
brasero que en la antecám ara habia, en presencia de los
R eyes y los Doctores, tom ó el Venerable el asador y el
tsrre zn o , y su com pañero P. Ríos el de la p erd iz.— Beata
Mater, dijo entonces, el santo cocinero, (una de las ple­
g a ria s á la Virgen); y prosigu ien d o am bos el cántico del
Magníficat, daban vu eltas á la vez á los asadores; y con
abundancia de lág rim a s, de rodillas y asando el to rrez­
n o , pron unció el P ad re la oración: Concede quxsu-
mus etc.— L légu ese S. M., Señora, hacia acá; qu e si h u e­
le este torrezn o, y o la aseguro que com erá d e él; dijo á
la Reina el bienaventurado.
L :ii. I I .— C A P Í T U L O X I V . 225

Hizolo así la Reina poniéndose á la orilla de la cam a.


De nuevo el Venerable em pezó i rezar una de las devo­
ciones de la orden de nuestro P. San A gustín á la V ir ­
gen , llam ada B e n e d icta . S. M. el Rey se quitó la g orra y
se puso en pié, m ientras los devotos com pañeros reza­
ban, y asaban la carne dicha. Y a cuando concluía la B e
n e d icta , echando las lecciones tan tiernas y expresivas
del Santo P atriarca, el P. O rozco no pudo contener las
lágrim as, que soltó en abundancia, prorrum piendo ade­
m ás en sollozos que no le perm itían concluir aqué­
llas. Se concluyeron, y la reina pidió la perdiz. Partióla
el Venerahlo y la sirvió á su Señora. Con apetito y gusto
com ió la Reina la m ayor parte del blanco d é la perdiz, y
m ucho del torrezno, sin querer probar otra cosa. El Rey
D. Felipe no dejó al V en erable retirarse sin encargarle
vin iera siem pre á las horas de com er. Volvió, en efecto,
al dia siguiente, dijo los evangelios á la Reina, la cual
tom ó ya su com ida ord inaria. Hincóse de rodillas en­
tonces el santo varón, y dijo á D.‘ Ana: — Señora, ya
nu estro Señor h a sido servido que S. M. esté buena y
com a con ganas, dém e nuestra cinta, que no m e he de ir
sin ella. La reina buena ya, sonriéncose y con palabras
de g ra titu d , le entregó la codiciada prenda (1).
No cuiero cerrar este capitulo, sin term inar el edifi­
cante cuadro que nos presenta la casa de aquel gran
rey D. Felipe II, donde tan tas atenciones recibían los
Santos. Hemos co rtad o el hilo de la narración d e lP . Se­
daño, por atender á nuestro propósito; m as ah ora la
trascribirem os ín tegra, porque ella sola es el m ejor tes­
tim onio y encarecim iento de lo que nosotros pudiéra­
m os notar y ponderar. «Jamás, escribe, hubo im pedi­
m ento para en trar en el cu arto de las dam as con su
com pañero, sin que jam ás las gu a rd a s le preguntasen
algu n a cosa, sir.o destocándose y arrim án dose á las pa­
redes con una profunda inclinación, hasta que el dicho

u) Injorm. citada del P . L u is de los R íos. fol. 220.


22Ó VIDA D E L BTO. ALONSO DE OROZCO.

Padre pasase las puertas; y esto era m uchas veces, porque


los m ásd ía s iba ¿P alacio y entraba en la capilla delcuar-
to de las dam as, á donde m achas veces vió este testigo á
la reina D .‘ A na de A u stria, que disim ulada venía á oir
m isa del P. Orozco; el cual la confesaba y daba el S a n tí­
sim o Sacram ento; y ad vertía este testigo que el dia que
Su M ajestad de la Reina N uestra Señora confesaba y
com ulgaba, no confesaba ni com ulgaba otra ninguna
persona, siendo asi que los m as días confesaban y com ul­
gaban m uchas; y com o este testigo era siem pre el com ­
pañero del dicho P. O rozco, le trataban las dam as y de­
m ás señores de Palacio con tanta llaneza que, m ientras
confesaba el P. O rozco, las dam as le preguntaban a lg u ­
nas reglas y dificultades del rezad o, porque todas por
m andado del R ey nu estro S e ñ cr D. Felipe II rezaban el
oficio divino; y á este testigo le daban algunas veces,
aun que pocas, colación ó fruta, la cu al m e m andaba
luego el P. O rozco la diese á 'os pobres que estaban á la
p u erta de Palacio» (i).
Había entendido el P. Ríos que, recibiéndose en P a­
lacio dos letras del Ven. P adre, S . M. dividió en trozos
la caria sn lre su fam ilia, m andándolos colocar en tre las
hojas de las Horas (2) y reservándose él la firm a. T a m ­
bién llegó á oídos del m ism o que D. Felipe rezaba todos
los días el oficio divino; y por qué coincidencia, estando
y o en S . L oren zo, son sus palabras, un día que salía
S. M. al cam po «esperando los coches á la pu erta de P a­
lacio salió el Dr. M oratá, un hom bre que entretenía a
S. M. y llevaba en la m ano una bolsa de terciopelo
verde, y yo le pregu n té por curiosidad qué llevaba
allí, respondió:— el breviario de S . M. en que reza el
oficio divino. Entónces le rogu é m e le dejase v e r, y
apartándose de entre la gente, sacó el breviario, y por
asegurarm e si S . M. rezaba el Oficio divino, com o

(1) Inform. sum. de Granada, fol. 14 vto.


(2) L ib ro de rezo, por otro nom bre diurno.
LID. I I . — CAPITULO XIV. 227

decían, abri por los santos del tiem po ocurrente; y hallé


por registro del santa de aquel d:a un papelito con la
Arma del dicho F r. Alonso de Orozco, con que me con­
firm é y creí que habia sido verdad la partija de aquel
billete».
¿Era ejem plar la honestidad y devoción de la real
casa? P ues de las raras virtudes de la dueña de honor
D .' M aría de A ragón hem os de hablar largam ente; del
lim osnero real D. L uis de L a ra hem os referido rasgos
hcróicos; de la santa m uerte que tuvo el caballerizo
m ayor dirá el capitulo inm ediato. ¿Qué mas? ocasión
vendrá en que tendrem os que m encionar las disciplinas
que tom ab an , aun las dam as de Palacio.
C A PÍT U LO XV.

Los Grandes de la Córte acuden á cad% faso al Venerable.


Demostraciones públicas de que se veia siempre rodeado.

1570—1570.

eguram ente que no era m enester expresarlo:


honraba y veneraba el R ey con toda su fam i-
j lc K lj 'V ^ l i a al bendito P ad re O rozco, luego es de pre-
su m ir que los proceres c e la córte y todo el
p u e b lo le bendijera y aplaudiera igu alm en te. P ero es ad ­
m irable este coro unánim e de voces y la concordia uni­
versal en reverenciarle; se advierte á prim era vista que
no nacía de sim ple im itación, sino de espontáneo afecto
y arrobam iento de adm iración propia. ¿Habría j'a fa rrilia
en M adrid, aun de las nebíes, que no le fuera deudo­
ra de a lg ú n beneficio? ¿En qué h o g a r dom éstico no
en tra el infortunio, ni se d erram a una lágrim a jamás?
P u es sabido era de todos que el V enerable era salud
p a ra los enferm os, libertad para los encarcelados, am pa­
ro de la pobreza, luz y consejo en las dudas, consuelo en
las arlicciones, iris de paz en las discordias y enem ista­
des. El platero Francisco L ópez lo dejó confirm ado: *vió
LIB . II.--- CAPÍTULO XV. 229

este testigo por sus ojos, dice, m ucha frecuencia de gente


gravísim a y la más principal de esta córte, com o son
Duques, M arqueses y otros Señores de titu le y Secreta­
rios de Estado y de otros consejos de S. M., que iban á
ver al V en . P ad re Fr. Alonso de O rozco y á tra ta r con él
sus negocios, y á pedirle les encom endase á Ntro. Señor;
y otras veces á consolarse de sus trabajos. Vi tam bién
que no podía en trar en la celda del dicho P. Venerable
m ás de una persona sola, pues no tenía la celda m ás de
una silla p ara los huéspedes que venían á ella, p er ser tan
pequeña y tan hum ilde; y asim ism o sé com o todas las
Señoras principales y graves de esta córte acudían al
dicho P adre, á pedirle las encom endase a Dios sus en­
ferm edades y trabajos y de sus hijos, y pleitos y otras
cosas que tenían» íi).
Dona L uisa Fajardo de M endoza dice que el S r. A r ­
zobispo de Toledo y Cardenal Q uiroga preguntaba al
V en . Padre por escrito m uchas cosas; y que es cierto
que entre las escrituras de dicho C a rd in a l se hallaron
m anuscritos m uy notables del P. Orozco (¿).
El P. Sedaño especifica un caso notabilísim o acaecido
con D. A ntonio de Toledo, caballerizo m ayor del Rey
D. Felipe, que conviene no quede oculto en las som bras
de la historia.
«El m ism o respeto, escribe, que tenían al bendito Pa­
dre en Palacio; ese m ism o le tenían todos los grand es que
estaban en la córte, com o se vió en el am or, respeto y
reverencia que el gran P rior de S. Juan, D. A ntonio de
T oledo, Caballerizo m ayor de su M ajestad, le tenía; que
estando un día com iendo en la cam a por estar enfer­
m o, y viendo el P . O rozco el tropel y m u chedu m bre de

(1) Inf. sum. fol. 104.


(2) D e les docum entos relativos á la beatificación del ven erable
P a d re qu e existen en la R. Academ ia de la H istoria: los cuales
citan el dicho de D.* L u isa al fol. 171 d e la Información en qu e d e ­
puso.
2 -jO V IDA D E L BTO. ALONSO DE OROZCO.

caballeros y m édicos que estaban en la antesala, se volvió


á salir el dicho P ad re para Irse á su casa; y com o todos sa­
bían la devoción que el P rior D. Antonio tenía al Padre
O rozco, envió á las voladas por él, diciendo que sino e n ­
trab a no habia de com er bocado; y el Padre entró, y
apartaron la m esa, y llegó á la cama; y tom ándole de. la
m ano al dicho P ad re se la besó m uchas veces con g ra n ­
dísim a devoción y con gran ternura en las palabras y en
los ojos: y después la tuvo abrazada y arrim ada á los pe­
ch os por un buen rato, y habiéndole m andado sentar,
com ió el P rio r D. Antonio bien; y después le dijo un
E van gelio y algu nas razones espirituales con que le dejó
consoladisim o».
«Item en o tra enferm edad que tuvo el dicho Prior
Don A ntonio de Toledo, de la cual m urió, entró el Padre
O rozco y este testigo, que era su com pañero, un dom in­
g o en la tard e á la hora de las dos en su aposento; y
m andó á un caballero del hábito de S . Juan (que era el
cam arero m ayor del dicho Prior) que no dejase en trar
á nin gu na persona, quien quiera que fuese, y que no se
quitase de la puerta para que nadie entrase, :o m o se h i­
zo; y m andándom e el Padre m e apartase de junto á la
cam a á d on de estaba el P rior, estuvieron hablando en
secreto los dos, conviene á saber, el P rio r y el Padre
O rozco, un m uy gran d e rato; y acabado esto el P ad re se
en cerró en una C apilla que á los piés de la cam a tenia el
P rior, de donde oía m isa cuando estaba enferm o; y
quedándose solo este testigo, me llam ó el P rior y me
d ijo :— P adrecito, lléguese acá y tom e ese breviario;—
que estaba junto á la cam a en un bufetillo pequeño; y
m e m ando le rezase la encom endación del alm a; y h a­
biéndola rezado, m e m andó rezase el salm o d e Beati in-
maculati in via, ccm o está en prim a y dem ás horas hasta
á acabar la nona, com o asi lo señala el breviario. Y es­
tan do, después de los salm os penitenciales, de rodillas
arrim ad o á la cam a, salió dos veces el Padre O rozco de
la capillita donde habia estado en cerrado, y me m andó
L IB . II.— CAPÍTULO -XV. 231

m e apartase lejos, y estuvieron hablando en secreto ur.


rato; y volviéndose á en cerrar el Padre, tornó á llam ar­
m e con alegría el P rio r, y m e m andó que prosiguiese
y rezase alto lo que faltaba de los salm os y letanías; y
acabando de rezarlas, vi al dicho P rio r que con m ucha
com postura y quietud, com o siem pre la había tenido,
se quedó m uerto. Y llam ando yo al Pad re Orozco dicién-
dole como habia m uerto el Prior, salió de la capillita; y
com o que ya lo sabía, sin m irarle ni decirle responso,
dijo:— vám onos, herm ano. Y saliendo á la antesala, h alla­
m os á todos los grand es de la Corte, que jun tos con el
P . F r. Diego de Chaves, confesor de su M ajestad, esta­
ban; y queriendo detener ul P. Orozco, le hicieron una
m u y g ra n d e reverencia; mas el dicho Pudre, encogién­
dose m ucho y haciendo una gran d e inclinación, se fue
asi inclinado y hu m illado hasta salir de la sala» (1).
Infiérase c e aquí la preciosa m u erte de D. Antonio,
y su afecto y devoción para con el Santo que le acom ­
paña en tan duro tronce, haciéndosele tan suave y p la ­
centero.
A D. Fernando, cuñado de la Condesa de Fuentes y
h erm an o de la Duquesa de Alba, la vieja, de la fam ilia
del afortunado D. A n to n io d e quien acabam os de hablar,
«fué nuestro Señ or servido darle un accidente tan apre­
tad o, que de repente m urió y espiró: y estando la casa
tan tu rbad a y con tan tas lágrim as, determ inaron luego
de enviar a llam ar al Santo Orozco, el cual vino al punto;
y estaba la Condesa m uy sfligicn y Hescnrsolacia de ver
que su cuñado m uriese, sin confesion, porque D. F er­
nando había sido travieso en las cosas del m undo; y di-
jola é la Condesa el Santo O rozco:— Señora, no esté afli­
gid a, que el alm a del Sr. D. Fernando está en carrera de
sa!vación. Púsose el Santo delante d e una im agen de
nuestra Señora, pidiendo á todos que le ayudasen con
sus oraciones; y el dicho San to Orozco em pezó á orar

(1) Inf. sum. de Granada, fol. 14 vto.


VIDA. D E L B T O . A L O N S O D E ORO ZCO.

con tan ta vehem encia, qu e de sus ojos y rostro parece


corrían arroyos de agua; y com o hubiese durado en
la oración m ás de una hora, el difunto em pezó á hablar;
y luego vieron to co s que por la oración tan grande y de­
vo ta del Santo, nuestro Señor había perm itido que Don
F ernand o hubiese resucitado; y p o r esta oración dieron
m uchas gracias á Dios N uestro Señor, reconociendo que
p o r las oraciones del dicho San to habia sucedido un m i­
lagro tan grande; y fuélo, porque perm itió N uestro Se­
ñ or que ü . Fernando se confesase con m u y entero juicio
y recibiese los Santos Sacram entos, y fué N uestro Señor
servido darle vida de aquella enferm edad, y qu e después
viviese algunos dias» (i).
T en em os tam bién por testigo en el asunto de que
vam os hablando al F én ix de los ingenios, el fecundísim o
escritor Lope de Vega Carpió (2):
«Dijo cu e sabe en la estim ación grand e que estuvo el
San to Orozco, asi en tre los Reyes y Principes y P relados
y Caballeros y de todo el concurso de la gente, com o
varón tan justo y santo com o lo fué el dicho S lo . Orozco.
«Además le contó D. Luis de V a rga s M anrique, que
es ya difunto, que habiendo ido la condesa de T ru eva, su
h erm an a, y su m adre á San Felipe, y habiéndole llam ado
al San to O rozco á una capilla, com o otras veces solían,
porque tenían g ra n d e devoción y am istad con él; salió,
y hablando con la dicha condesa, le vió la toca casi cer­
ca de los ojos; y pregu n tan d o la causa, le respondió
que ten ía la frente con una flem a salada que le iba cu ­
briendo el rostro, de que estaba con grand ísim a pena,

(1) S o r C a ta lin a M clén d ez. Inf. sum. fol. 32; vto. y -327 vto.
(2) C lérigo P resb ítero. P ro cu rad o r fiscal de la C ám ara A pos­
tólica en el A rzobispado de T oledo , y N otario A postólico, d e s e r p -
to en el A rc h iv o Rom ano, y fam iliar del santo olicio de la Inquisi­
ción , y vecino de esta villa de M adrid qu e vive cu cusas ^rupias
en la calle de F ran co s, d e l cu al se recibió juram ento en forrr.a «in
verbo Sacerdotis». Inform. sum. de Madrid, fol. 277.
L ID . I I . — C A r lT U L O X V .

porque ningún rem edio le aprovechaba; y que descu­


briéndole la toca para que la viese el Santo, la dijo que
lo encom endase á Dios; y le puso la saliva de su boca
con sus dedos, y luego al punto se le quitó; y esto lo
sabe por habérselo contado el dicho D. L uis y otras
personas» (i).
Por lo expuesto en el capitulo an terior y lo que en
este referim os podra colegirse cuánto el pueblo cristia­
no de Madrid estim aba y veneraba al bondadoso y
caritativo P. Orozco. Pública era su rara penitencia,
evidente su m odestia: y á todos m anifiestas sus fre­
cuentes visitas á los hospitales y á las cárceles, á todos
patentes los prodigios que obraba en socorro de los
d esgraciados. El pueblo no podía contenerse, ni en
presencia del m ism o Venerable; espontáneam ente pro-
rum pía en afectes y exclam aciones, que m ás de una vez
hacían enrojecer el rostro del Santo, y confun dir y
angustiar en gran m anera su h um ilde corazón.
El P. M endoza, de la orden de Sto. D om ingo, Juez
Com isario Apostólico, O rdinario y real en lo de las cano­
nizaciones de S. Isidro, S ta. María de la Cabeza, de ios
benditos P P . F r. M elchor Cano, y Fr. G erónim o Vallejo
de su orden, y de S . Pedro de O sm a, dice del Bto. Orozco:
«Yo conocí m uy bien al V enerable y bendito Padre
Fr. Alonso d e O rozco. el tiem po qu e le com uniqué y le
tra :é en los dichos veinte años poco m ás ú menos; y
en todo el dicho tieir.pc le tuve en opinión de santo y
gran letrado y P redicador, y lo fué de las M ajestades
del E m perador Carlos V y Felipe II, y m u y estim ado de
ellos: y o le oí pred icar en S. Felipe de esta villa, y he
leído sus obras llenas de erudición y espíritu del ciclo, y
fué tan estim ado así por los R eyes y la Em peratriz nues­
tra Señora y la Infanta Doña Isabel y sus herm anos,
v m uy particu larm ente de la P rin cesa Doña Juana,
c o m o de todos les g ran d es y consejeros y otras personas

(¡) Inf. sum. fol. 2-8.


234 VIDA DEL BTO. ALONSO DE OROZCO.

principales, y de todas las religiones, y um versalm ente


de toda la córte, todo por sus letras y pulpito, y su gran
d octrina y vida ejem plar y santidad de vida, que siem ­
p re tu v o y en que resplandeció» (i).
El M arqués de Navas, D. A ntonio de Z ú ñ iga, M ayor­
dom o del Rey, Conde del Risco declara:
«Que tenia en S. Felipe respeto á las paredes, p o r te­
ner allí al Sto. O rozco; y cuantas veces le veía, se le des­
peluznaban los cabellos, sino tenía segu ra la conciencia;
y cu an d c la tenía tran q uila, estaba con descanso al verle:
cuando estaba con otros caballeros y le veíam os, todos
decíam os: «este es el Santo» (2).
El P. Juan So to:— «Nunca, ni en vid a ni en m uerte le
oí llam ar su propio nom bre de pila, sino el Santo» (3).
M aría de las Nieves, m u jer del licenciado Baños:
«Tcdos um versalm ente le tuvieron p o r un santo y varón
apostólico: cuando iba p o r las calles decían:— a l l í vá el
San io de San F elip e;— y así era m ás conocido por este
nom bre que p o r el de pila» (4).
El licenciado Juan F ernández M anjares de Ileredin,
abogado T eniente de C orregido r de la villa de Madrid:
«De tal m anera era venerado, que yend o p o r la calle
concurría m ucha gen te á v e r su persona y venerarle y
reverenciarle, besándole la m ano y pidiéndole su ben ­
dición, y sin decir su nom bre propio acudían diciendo á
voces— ¡el Santo, el S an to !— y se iban para él á verle y
reverenciarle» (5].
Y no aduzco más testim onios p o r tem or de hacerm e
interm inable; aún faltan años de vid a del Beato que
relatar, y aludiendo á ellos, verá el lector otras dem os­
traciones aún más expresivas en los capítulos siguientes.

(1) Inf. sum. M S . origin al, fol. 46.


(2) F ol. 416.
(3) F o l. 456.
(4) Fol. -543.
(5) F o l. 373 v to .
CA PÍTULO XVI.

Hastiado d i h córte y sus aplausos, pretende el Venerable


‘Padre retirarse á bien morir en ei convento del ‘Risco.

1676—1678.

l lector lo ha visto: ni dentro ni fuera de casa


podía m over el pié el bendito Religioso, sin
ser colm ado de atenciones. Y si al cabo fueran
cortesías ¿e buena crianza, deferencias al a n ­
ciano y al sacerdote... perc ¡ah! se le gritab a ¡el Sanio! se
publicaban sus penitencias espantosas, se referían m u l­
titud d e prodigios y m ilagros atribuidos á s u valim iento
con el cielo. Im portaba poco que, enrojeciéndosele el
rostro, m otejara á los que tal decían d e desatinados,
hom bres sin razón y sin seso: esas personas, dando
pruebas de cord u ra, pregonaban en vo z m ás alta que ca­
balm ente por juzgarlos y denom inarlos de tal m anera,
lo que en otro no agu a n tara n , en él lo tenían por señal
evidente de fu n dada santidad.
No había vuelta ni escape: fuerza era aceptar las g ra­
cias de p arte de los m enesterosos socorridos natural ó
sobrenaturalm ente; oir las relaciones de les enferm os
sanados en los hospitales p o r la lectura de los Evangelios,
236 VIDA DEL BTO. ALONSO DE OROZCO.

y no era esto tod avía lo m ás desagradable y enojo­


so: acaecía á las veces dejarle sin correa, por llevarla
á las m ujeres parturientas, pobres y ricas, de todas las
clases, y ve n ir después narrando m aravillas d e aquella
cinta, com o si fuera gracia privativa del P. Orozco lo que
él se esforzaba en hacer entender, y las gentes no enten­
dían, que era sólo por la bendición d e la O rden. No se le
podía ocultar, por m ás que se tapasen y escondiesen,
que cien ojos curiosos de herm anos y no herm anos, atis-
baban sus m ovim ientos, escuchaban sus oraciones y lá­
grim as, dejándole apenas espacio y h o lgu ra para á sus
anchas soltar las riendas á el espíritu afervorado. P ro ­
pios y extrañ os, habían dado en la flor de d ecir que se
veían divinos resplandores en su celda, y se oían m úsi­
cas de los ángeles; y llegando al m ay o r desatino, dijera
el P. O rozco, descubríanse la cabeza con profunda vene­
ración al pasar p o r la oscura covachuela, trocada con su
presencia en retrete y antecám ara del cielo. Y fuera cosa
de oirle, si supiera que aun su am igo el bendito F ray
Francisco Modejar. portero del convento, habia fra n ­
queado las p u ertas á gente extrañ a, aun que religiosa,
para que á m edia noche le escucharan en su celda, y go ­
zaran de los porten tos que el tal M odejar contaba y p o n ­
deraba del Sto. O rczco.
Esta d ura cárcel de vivir entre el ruido y los cu m p li­
m ientos de la córte es apenas tolerable, decía para sí,
m ientras tanto el devoto y aclam ado religioso: tantos
años gastad os en el bullicio del m undo, piden y a el reco­
gim ien to á la soledad, y pensar en la cuen ta del juicio di­
vino. Los saludos repetidos, las aclam aciones frecuentes,
y toda aquella em briagadora nube de incienso era p ara
él hum o m olesto y sofocante. H astiado ya de aplausos y
galas, de tratam ientos y regocijos, y de cuanto olía á
córte, im aginaba que viviría m ás aprovechado y feliz,
m orando com o las aves de las selvas en un convento so­
litario. Soledad y silencio... el nom bre solo le em be­
lesaba.
L I 3 . I I.— CA PÍTU LO XVI.

¡«Oh desierto santo! exclam aría, ¡oh lugar cercano á


la córte celestial! oh dichoso el que es llevado de Dios,
para inorar en tí! y, com o otro S . Juan E vangelista en
la Isla de P atm os, ver abierto el cielo, go zar de visita­
ciones de Á n geles... P o r en ten der estos secretos la
esposa, suplicaba cor. gran instancia, y decía: Amado
mió, esposo, vámonos al campe!» (i).
En un áspero cerro de lo m ás fragoso de la sierra
de Á v ila , redeado de agu jas de tajados peñascos,
hondos precipicios y asperezas salvajes, m ás propio
para nido d e águ ilas que para viviend a de hom bres,
habia construido su celda junto á una erm ita d e la
V irgen, el V. P. Fr. Francisco P arra. Sinsabores devo­
rados en el provincialato durante los disturbios de las
Com unidades de Castilla, y am argas y excesivas repreu-
siones de su m uy querido Liiju de hábito, Sto. Tom ás
de V illanueva, que le residenció severam en te á juicio
del General de la O rden, m oviéronle á ped ir licencia
p ara abandonar hasta el trato de sus herm anos. C o n ­
siderando entonces el Obispo de Ávila el celo de la reli­
gión, la bondad ¿e vida y costum bres ejem plares de
Fr. Francisco de la P arra y Fr. Pedro V alvcrd c su com ­
pañero, les concedió la Ermita i c Sta. Mario, del Risco.
Som bras de los valles y horrorosas sim as en contraste
con I e s nieves eternas de riscos em pinados, altos y es­
cuetos pinos aquí y allí nacidos de entre piedras en o r­
mes, de continuo azotados p o r los vientos, es el en gas­
te sobre que resaltaba allí, com o decían, preciosa perla
entre m il piedras bastas. P rim orosísim a Virgen se ve­
neraba en aquel agreste y sagrad o recinto según su
retrato tom ado del natural. « L aim agen es toda d etalla,
representando en proporción natural la estatura de una
doncella com o de quince años. Está con la rodilla

(i) D el libro del V e n . Padre titulado: Vidas y martirios de


los bienaventurados S. Juan Bautista y Juan Evangelista, pág. 20
al fmal del T om . III.
2 38 VIDA D E L BTO. ALONSO DE OROZCO.

izqu ierda afianzada en el suelo. En la derecha asegura,


sosteniendo en tierra el pié que descubre un poco, los
hom bros y espalda correspondiente de otro bulto que
representa á nuestro Redentor, cuando ya difunto le
colocó la piedad en los brazos de la com pasiva m adre.
Con la m ano y p arte del brazo derecho sostiene la cabeza
de este hulto, aso m ard n pnrte de los dedos, que sin
exageración parece qu e los form aron los ángeles. El
brazo y la m ano izquierda ciñen por la parte superior
el pecho del m ism o cuerpo, y finalm ente la cabeza in ­
clina un poco el rostro de la gran Reina á m irar el bulto
de su hijo.
M uy perfecto es éste, m u y herm oso sin duda; pero
parece que renunció todas las atenciones en obsequio
de su m adre. Ello es que cu antos visitan este santuario
ni saben apartar la vista de su prodigioso retrato, ni
desprender el corazón de aquella graciosa m ajestad.
Dicen que m uda m uchas veces la apacible figura de su
rostro. No lo im p u gn o , escribe Vidal. Pero acaso se ori­
g in a esta aprensión de lo que yo con adm iración gran d e
he notado y predicado, esto es: con un m ism o y sereno
rostro y con unos m ism os ojos, que son vivos, m odestí­
sim os y m u y bellos, excita y m ueve á diversos y aun algo
contrarios afectos.
A un m ism o tiem po provoca á una cariñosa ternu ra,
que quisiera el que la siente d ar mil abrazos á la efigie;
pero la m ajestad ,que solo el rostro ostenta, contiene de
ta. m odo, que ni el m ás atrevido ni el m ás enam orado
se anim ará á llegar ni aún con respetuosos labios al pié.
A este m odo, lo suave de su m irar, lo apacible de
dejarse ver, excita al regocijo quiete, cuando las lágri­
m as en que parece se bañan aquellos resplandecientes
lu cero s al aspecto de su difun to dueño, fuerzan á senti­
dísim as com pasiones. De m anera es todo que em belesado
en breve rato, el que se atreve á m ira r con ateuciún un
sim u lacro tau prodigioso, uo podrá certificar á qué
afecto d eterm inado inclina; porque ó se ha de resistir
L IB . II.--- CA PÍTU L O X V I. 239

dem asiado, ó h a de experim entar m uchísim os. Y esto


es, en mi dictam en, lo que dicen u n os que la im agen
varia el rostro; y otros, que com o siem pre estuviera
descubierta, no se sintieran los trabajos» (1).
P ues dése el lector á pensar el ardor con que el ben ­
dito P. Orozco desearía v iv ir retirado y silencioso con
la am ada com pañía de V irgen tan herm osa. Pensam iento
y deseo era que le traía enajenado. C uantas veces se le
presentaba el m undo en su vanidad y locu ra, otras tan ­
tas resolvía en su ánim o no diferirlo un m om ento, y
desligarse c e las ocupaciones y com prom isos que le ata­
reaban y distraían . Ya con la im aginación hablase es­
condido en un agujero del convento dei Risco, que no
trocara por cosa d e la tierra: desde él, parecíale ver no
mas que lo azulado de ios cielos y con eso alcan zar la
m ayor felicidad. Resuelto por com pleto un día, ende­
rezo sus pasos á palacio en dem anda de la real licen­
cia, que com o criad o de S u M ajestad debía obtener para
retirarse de la córte. Deleitábase ya con el perm iso con­
seguido en sus sueños, y ccm o quien sacude el polvo de
los pids y huye de ciudad apestada, figurábase cam inar
á la ligera en busca de la soledad apetecida.
Entró eu la Cám ara cel Rey, y recibido con el ufeclo
acostum brado, pidió á Felipe II perm iso para retirarse
de su em p leo.— Señor, le dijo, he vivido m uchos años
en la córte, y no sé com o les he gastado; por o tra parte
soy m u y viejo y necesito prepararm e para la m uerte.
Déjeme V. M. retirarm e á un convento que n u estra
Religión tiene en el R isco.— El R ey le contestó que no
podía o to rga rle la licencia, p o r cuanto le había m enes­
ter en la córte.
No desistió, sin em bargo , el Beato de su em peño; y
pasado algún tiem po, hizo la m ism a petición. N egán ­
doselo de nuevo el M onarca, púsose el V enerable de

(1) V id a l. H ist. del Conv. de S . A g u st. de Salctm. T om . I.


Lib. II, año 152), pág. 136.
24O V ID A D E L BTO . ALONSO DE OROZCO.

rodillas, las m anos ju n ta se n form a de hum ilde súplica,


instó con nuevas razones de no sé qué deudas que tenía,
volvió á instar, cansó y d isgustó á su Soberano; el cual
firm e en la negativa c incom odado de lan im pertinente
y tenaz instancia repetía p ara sí que no quería zchar los
santos de su córte, y á su P red icador que le era m enester
para m uchos negocios.
«Dos vcccs en particu lar, escribe el P. Rios, vi que
estaba hablando con su M ajestad altercando como en
cosa que porfiaba el P. Orozco, y habiéndole oído, su
Majestad le dijo: No tenéis que porfiar, q u e n c lo tengo
de h acer.— El P. O rozco se hineó d e rodillas y puso las
m anes com o pidiendo con m ayor instancia, que no se
podía entender más de que su M ajestad le tom ó de las
m anes, y le dijo:— levantaos que no lo tengo de hacer
por nin gu na cosa. Y el dicho P. O rozco sin m ás se retiró;
y salió luego tras él D. Gerónim o M anrique, capellán
m ayor de su M ajestad, y le d ij o — m ucho m eesp an to de
V. P. que porfíe tanto en irse ce. la córte, habiéndosele
n egado ya su M ajestad por tres veces, y ahora me acaba
de d ecir qu e le diga que no porfíe m ás, que n o le ha de
dar licencia; porque su Majestad está cierto que nuestro
Señor le hace gran d es m ercedes por tenerle en esta cór­
te, y así lo ha dicho a todos los caballeros de la cám ara.
S u M ajestad queda d isga sta d o d e que porfíe tanto;
tam bién m e ha m andado sepa de V'. P aternidad si tiene
algunas deudas, ó si ha m enester algo particularm ente
p ara su regalo. El dicho P. O rozco le respond ió:— mi
intento y deseo es retira rm e al convento de N tra. Señ o ­
ra del Risco, para aju star mis cuentas con Dios, que ha
m uchos a ñ o s'q u e vivo en la córte, y no sé com o los he
gastad o.— Con todo eso, replicó D. Gerónim o M anrique,
su M ajestad m anda que le dé á V. Paternidad siem pre
lo que pidiere y quisiere, dígam e la verdad si tiene algu ­
nas deudas.— En verd ad , Señor, respondió el Padre
O rozco con una sencillez tan ta, que tenia gan as de sacar
u nos pobrecillos que estaban en la cárcel por que los
L I B . I I . — CA PÍTU L O X V I . 241

hallaron cazando; pero ahora se llega un plazo de nues­


tro sueldo, y de allí los sacaré. Replicó el capellán m ayor
— y o ¡e enviaré ¿ V. P aternidad con que los saque— y con
eso se fué; y dentro de ui;a hora llegó un capellán del
dicho D. Gerónim o M anrique con dos lacayos, que cada
uno traia un talegon g ra n d e lleno con m oneda d e plata;
y llegando á la celda del P. O rozco, dijo el capellán que
su M ajestad m andaba sacase los pobrecillos que decía
d e la cárcel, y lo dem ás diese de lim osna. Los talegones
eran m u y grand es, y al parecer de este testigo hebia
m ás de m il ducados, p o r ser estos de plata. E l P . O roz­
co respondió:— dé vu estra m erced 300 reales al P. A y an ­
ca, p o rtero, para que los envíe á la cárcel; y lo dem ás
vuélvaselo, que á su M ajestad no le faltarán ocasiones
hartas de pobres, a quien dar lim osna: y aunque el cape­
llán le porfió, no hubo rem edio que quisiese tom ar más
blanca» (7).
Hé aquí en que pararon sus vehem entes deseos y
ardientes súplicas; al fin, sin o pudo consolarse á sí m is­
m o, consiguió rem ediar la suerte de los encarcelados.
No le quedaba otro rem edio m ás que abandon ar sus
dulces ensueños y abrazarse con la cru z, q u e la obedien­
cia le ofrecía. ¡Peregrino torm ento! con lo que se h olga­
ran m uchos y vivieran de plácem es, m ortificábase el avi­
sado predicador, que sabía bien cual es lo bueno y p ro v e­
choso, cual lo deleznable y m ás bien que d e estim a,
digno, de alto desprecio.
«A no ser p o r la obediencia ya hubiera rom pido por
todo y h ubiera h uido de la córte», escribió al citado
P. Sedaño el V en . P adre. Mas la obediencia, ó sea la
divina volun tad, fué siem pre el norte de su vida; para
ello describió sus grandezas adm irablem ente. «El A pós­
tol nos persuade, escribe, que probem os la volun tad de
Dios, la cual es buena, apacible y perfecta. El probarla
es gustarla, saborearnos en ella, y esto no se puede hacer,

(0 Ittform. Sum. de Madrid, fol. 224.


24 2 V ID A D E L BTO. ALONSO DE OROZCO.

sino negando la nuestra, t.s la voluntad de Dios siem pre


buena, p o rq u e es él sum a bondad; es apacible, porque
d a todo contentam iento al que gusta de ella; y es com o
el m ana, pan de los ángeles, que sabe á nuestra ánim a
tan dulcem ente que en la pobreza nos dá gusto de ri­
queza eterna, en la enferm edad nos sabe á salud, y en
la afrenta nos da la voluntad divina gran suavidad de
aquella honra celestial que esperam os» (i).

(i) Epistolario cristiano. Tom. II, pág. 195.


C A PÍT ULO XVII.

E l angustiado ‘Predicador es consolado por la ‘Reina del


cielo.— ‘De su entrañable devoción á U^jucsira Señora.

e s a k o s o y Iriste salla de palacio el V en era­


ble CG n sus esperanzas fru strad as é ilusiones
desvanecidas. Á Dics que m isericordioso escu­
cha y cum ple las peticiones de sus siervos,
acudió el bendito Padre; y abrazado á su am ada C ru z
derram aba su pecho ofreciéndose en m il frases de afecto
¿ llevarla sobre sus hom bros, en tan to que no llegara
el m om ento de descansar por m edio de la suspirada
m u erte. Á la V irgen , su am paro de tod a la vid a y deli­
cia del espíritu, consagró de nuevo su generosa volun­
tad de bendecirla y loarla, apartado de tod a hu m an a
conversación; mas pues la obediencia le detenía en la
córte, prom etía ensalzar el nom bre de ella en presencia
de las gentes y pred icar sus grandezas hasta m orir. ¡Des­
ah ogos santos de su alm a apesadum brada!
Dormía sosegado una noche, en la que tras larga ora­
ción hahíase quedado traspuesto, pensando, sin duda, en
el retiro del Risco y en la com pañía de la V irgen am o­
rosa, «cuando esta Señora del m undo, cuéntalo el mismo,
me -visitó con rostro y boca m u y alegre, y m e dijo:—
244 VIDA D E L B TO . ALONSO DE OROZCO.

¿Qué quieres? Y o con gran gozo, ocupado de ver su rostro


tan gozoso, confieso que no supe qué responder, y como
d espertase con tan gran contento, dije:— Señora del mun­
do, una cosa pedí y esla buscaré, que more en la casa del
Señor para siempre jam ás, Am én» (i).
Es costum bre y estilo del Señ o r consolar él m ism o a
sus santos, cuando no en cuentran en las criatu ras buena
acogid a sus piadosos deseos. Asi consoló á San ta E s­
colástica, cuando su santo herm ano Benito no quería
com placerla en detenerse una noche, platicando cosas
altísim as y espirituales. A si alegró el alm a de Santo T o ­
m ás de V illanueva, cuando no bien recibida por C a r ­
los V. su petición de renunciar la n ii.ra de Valencia, re­
citaba todo afligido á los piés de un crucifijo el Misere­
re: al term inarle el Arzobispo, prosiguió el santo Cristo
en latín, diciendo: T ran q u ilízate, T om as, que el día de
la natividad de mi m adre vendrás donde yo estoy y
descansarás (*). Sucedió esto en Febrero del m ism o año
en que m urió el P ad re de los pobres.
Del tiem po en que ocurrió la visión del V enerable, no
sabem os otra cosa sino que fue antes del 1580 en el cual
año lo refiere, apuntándolo en sus Confesiones. M as pa­
rece que habiendo sido en M adrid y en el M onasterio de
S. Felipe, esas palabras que son. el anuncio del prem io,
correspondiente ai buen desem peño del cargo de escri­
bir (que la V irgen le hizo) igualm ente que al de su oficio
de P red icador, en n in guna o tra ocasión cuadraban m e­
jor que cuando él anhelaba retirarse de los cargos, para
gozar m ás de Dios y a la b a rá su qu erida M adre.
Es de pond erar ah ora el valor y significado qu e en ­
cierra la dulce y regalada p regun ta de la Señora; lo cual
descubrirem os sin esfuerzo alguno, explanando antes la

( 0 Confesiones lib. III. cap. 9 pág. 97 del tom. III.


( j) yííqlio anim o eslu, ¡u dic naüvilaLÍs M alris incie vcuies ad
m c c t rcquicaccs. S aló n , V iday milagros de Santo Tomás de V illa-
nueva cap. X X II. M adrid. 1793. p á g. 297.
L I B . I I .— C A P ÍT U L O X V I I . 245

devoción y am or con que el rendido Capellán la servía


y veneraba.
«Lo m ás de la vid a gastó en alabanzas suyas: perdía
el seso en la consideración de esta Señora, de lo que fué
y de lo que merecía», dijo el P red icador en la oración
fúnebre del Venerable (1).
¿Oraba el bendito Padre? E n tre sus prolijas oraciones
tenía p rim era y principal cabida el oficio de la V irgen,
y la Benedicta que nuestra Orden dedic? á la celestial
P rin cesa. Septu agenario, achacoso, y privilegiado, se
quedaba en el coro, á rezar estas oraciones ccn los no­
vicios y estudiantes religiosos. En la m isa del sábado,
consagrad a á M aría, no podía contener los ím petus del
afecto, y abandonando su silla, se iba á tocar el órgano
p ara m anifestar con m il voces arm oniosas las inspira­
ciones de su am or. P o r fu erza, á sus frecuentes ayunos
había de añadirse los sábados a lgu n a m uestra de que
aquel día conm em ora la Iglesia las grand ezas de la
M adre de Dios.
Fijaba sus pensam ientos de continuo en su bien­
hechora, y á cada paso p rorrum pía en jaculatorias y
alabanzas de ella. «Yo, escribe el Arzobispo de Nueva
Granada, am igo suyo tiernisim o, le vi hablar con N ues­
tra Señora con tan gran d e afecto, q u e m a s pareció que
la veía. R egalábase m ucho en tener platicas de sus v ir­
tudes» (2).
R ecreándose y todo en un verg el, qu e hasta de m u y
avanzada edad cultivaba y regaba todos los días, según
iba labrando la tierra ó lim piándola de m alas yerbas,
rezaba ó cantaba con m u y agradable voz los him nos ds
la V irgen Ave maris stella, Quem ierra pcntus sidera, O

(1) D . F r. P edro M anrique, A rzobisp o de Z aragoza, serm ón de


exequ ias del V e n . P adre, im preso á continuación de la V id a com ­
puesta por el P . Juan M árquez, fol. 127.
(2) limo. D. Fr. Juan de Castro en la biografía ms. de! Vene­
rable que disfrutó el P. Márquez: cítala éste en la pág. 23.
346 VIDA. D E L BTO . ALON SO DE OROZCO.

gloriosa virginum ... C u antas flores daba el jardin, des­


tin aba él para ram illetes con que herm osear el altar de
M aría: por ella sola segu ram en te tom aba esta ocupación
y la ejercía con ese sabor y gusto que vam os diciendo.
V éase en p rueba d e ello lo que observó en cierta ocasión
el P. Sedaño.
«Tenía el P. Orozco tan ta devoción á Ntra. Señora,
qu e criaba m uchas Acres y yerbas, para pon er á Nues­
tra Señora en su altar y en la capilla; y fué tanto, que
habiendo criado una m aceta de a lb ah a ca p ara la V irgen,
estando y a buena unos pajes la quebraron; y cuando el
dicho P. O rozco bajó del coro y la vió quebrada, dolién­
dose m ucho de ello y alabanco á Dios y á su bendita
M adre, dijo:— por cierto que pues se crió para N tra. S e­
ñora, aunque quebrada la ha de go zar;— y lom and o la
m acetita, quebrada com o estaba, la llevó al altar de
N tra. Señ o ra y la puso y a rrim ó jun to á las rapas y
vestidos de la V irgen ; en lo cual cu n jc i la devoción
grande que tenia á la V irgen Santísim a y la santa sim ­
plicidad que habia alcanzado» (1).
Aun en m edio del sueño, despertaba todas las noches
y com enzaba ó bendecir á la V irgen: el corto tiem po que
dorm ía fuera larga tre g u a para estar sin alabarla, por
eso había de in terru m p irse necesariam ente. Nos consta
esta circunstancia p o r lo siguiente que escribe el bendito
Padre: «Miércoles por la noche, pasada la m aravillosa
fiesta del Espíritu Santo, habiendo yo dorm ido algún
poco tiem po, á prim a noche desperté y com encé, según
la costum bre que de m uchos ¿ñcs acá he tenido, á loar
á vu estra benditísim a Madre M aría, cuyo nom bre tiene
cinco letras: para la prim era dije el cántico de Magnífi­
cat; para la segunda el salm o: Ad Dom inum cum tribula-
rer cla.ma.vi; para la tercera el salm o: Re trihue servo tuo;
para la cu arta el salmo: In convertendn Dominus captivi-
tatem Sion; y á la últim a letra el salmo: Ad te levavi

(1) P. Sedaño. Inf- de Granada, fol. 17.


L IB . I I .— CA PÍTU LO X V II.

oculos meos; diciendo luego la oración que esta Santa


Iglesia dice en el día de su gloriosa Natividad. A cabada
esta oración to rn é á d o rm ir» (i)...
Y el oficio de predicar y escribir que le e n c a rg i la
Reina del cielo, no h ay para que decir que le desem pe­
ñó en honra de la Señora con afectuosa solicitud y á
las mil m aravillas,
Com placencia sin gu lar tenía en pred icar d e las pre-
rogativas y virtud es de la V irgen M adre, practicándolo
as: constantem ente todos los sábados del año; y con
pron u nciar á las veces cuatro serm ones al día, no acer­
taba á soltar la len gu a y tratar cu alqu ier punto, sin
detenerse largam en te en la salutación angélica. Dolíase
en el alm a cuando otros predicadores olvidaban el
saludarla ó lo hacían de corrida; porque era defraudar
á la divina Señora, de la g lo ria de aquel rato.
«Cosa digna de adm iración es que la p rim era cosa
que hizo la M adre de Dios, después que recib ióla nueva
dignidad en N azaret, fué hacer pred icad or y profeta á
San Juan, y á su m adre profetisa. De donde creo vino
la costum bre loable de los predicadores que en sus
serm ones la invocan y ponen por irtercesora, para al­
canzar favor y gracia de Dios en lo qLe han de hacer,
salvo que en nuestros tiem pos ya se usa cortar d e las
alabanzas d e esta bendita M adre, por g an ar m as tiem po
en lo dem ás que quieren tratar» (2).
«En nin gú n negocio le parecía que se en traba con
buen pié, escribe M árquez, no invocando prim ero la in ­
tercesión de esta abogada del m undo; y el que no se da­
ba á granjearla, decía qu e vivía en soledad y tan lejos de
rem ediar sus trabajos com o el que enferm a en un m onte.
— G rande, dice, era la soledad del m u n d o antes que tu ­
viese á la M adre de Dios p o r abogada y Señora; y asi

(1) C o n f lib. III. cap. IX, de una visitación, fol. 101.


[2) Ssrm. tercero sobre tas siete p ila b. pág. a i 3 del Tom. 111.
248 V ID A D E L BTO. ALONSO DE OROZCO.

entiendo yo aquello de Salom ón: Donde no hay m ujer,


gim e el en ferm o.—
«Viéndose un día en una g ra n tribulación, la llam ó
diciendo con voz m u y esforzada: Donde estáis, Reina
del Cielo? y oyó uua voz que le dijo: Aquí estoy conti­
g o , Alonso.
*E 1 nom bre de María le era dulcísim o, y siem pre que
le nom braba se enternecía experim entando en su alm a
g ran d e alegría y m ás qu e ordinario consuelo.— No hay
lengua, dccía, que baste ni palabras que declaren y den
el debido encarecim iento á este nom bre excelente. ¡Oh
cuánto alegra al cielo cuando los Ángeles oyen d ecir
María! C uánto consuela al alm a del cristiano y aún del
m oro, que con ser infiel llam a é invoca en sus trabajos
el nom bre de M aría!— (1).
Podem os aún g o zar d e su plum a un Sermonario de
todas ias festividades déla Virgen: la exposición del Cantar
de los Cantares, y del Cántico del Magníficat en la lengua
del I.acio; Siete sermones, que bien pueden titularse tra­
tados, snhre las siete palabras de María Señara Nuestra;
Lamentación de nuestra, Señora;' Breve explicación d?. tina
supuesta Epístola de nuestra Señora á S . Ignacio mártir;
María', de la Virgen; y sobre todo, Doce excelencias de la
Madre de Dios, ó sea el Tratado de la Corona de nuestra
Señora ensalzada con doce privilegios sobre lodos los San­
tos, escritos en rom ance. El d octor Pedro Salazar de
M endoza afirm a que cada sábado sacaba á luz algún tra ­
tado espiritual, en m em oria y honra de la bendita entre
todas las m ujeres.
A qu í, en estas abundosas fuentes de peregrin os p en ­
sam ientos, y en estos ven erosd e afectos dulcísim os hase
de buscar el caudal de entrañable devoción, que ei p ri­
vilegiado escritor m arianoprofesara á la divina Princesa.
L as llam arad as de su enam orado pecho discurren tod avía

(i) M árqu ez, Vida del Ven. c. X I , pdg. 24 tomado del Sermón
Isobre las siete palabras, p ág. 198.
LIB . II.— CAPÍTU LO X V II. 249

p o r las encendidas palabras y castasfrases y arrebatadas


exclarr.acior.es de esos ingeniosos y tiernos libros. ¡Ojalá
que el otro santo Alfonso de nuestros tiem pos y cape­
llán am antísirno de la Reina del m undo, hubiera tenido
á la vista los ricos tratados que dejó nuestro Beato acer­
ca de las excelencias de la M adre adm irable! L argos
periodos, m u y del agrado del doctor m oralista, tom ara
entonces p a ra el com pendio de las Glorias de Maria. No
h a y sino a b rir p er las prim eras páginas de las Doce ex­
celencias, y darérr.os con la p rerogativa que el santo Li-
gorio quiso dem ostrar am pliam ente, dilucidándola con
copia de testim onios de los santos.
Abundan les escritos del beato O rozco tratan d o de
la V irgen en d octrin a tan celestial y com o escondida,
que es sorprendente verle desentrañar las sentencias de
la E scritura, y poner de m anifiesto el tesoro de verd a­
des allí encerrado. Mas esto todo es de p resu m ir en el
escritor nom brado por la V irgen , y á quien esta m ism a
soberana S eñ ora dice luego estas ó sem ejantes palabras:
— Bien has escrito de m í, Alonso, bien has predicado y
m e has honrado: qué pides ahora p o r tan excelentes
servicios? ¿ q jé (¿uieres?
CA PÍT ULO XVIII.

(Despedida de Felipe I I del ‘Bto. cAlonso de Orozco


para la jornada de 'Portugal.

1580.

u n q u e rico y m u y regalado era el favor que el

Capellán de la V irgen había recibido con la


visita de la celestial Señora, y tsn er y a m uy
cerca de ochenta años, no era tod avía el aviso del in ­
m ediato descanso; p o r lo que después se vió, fue m ás
bien nuevo aliento dado á su fiel servidor, p ara que con
la esperanza de tan generoso ofrecim iento se anim ara
á co ntinu ar algunos años m ás en su elevado destino.
Así lo debió de entender el buer.o del P ad re Alonso,
dedicándose á las tareas apostólicas con el tesón de un
¡oven de treinta años: asi tam bién deseaban personas
augu stas que lo entendiera, p ara bien y p rovech o de
la nación española.
E ra el 1580. Con gozo disim ulado veía acercarse
Felipe II el cum plim iento de u n o de sus grand es pensa­
m ientos políticos. E n riqu e el cardenal, rey de P ortugal,
su T ío , había m uerto sin sucesión; y el m onarca de
España reclam aba para si, com o de m ejor d erecho, el
LID. I I .— CAPÍTU LO XVIII. 25I

codiciado trono lusitano. El gran rey despertaría en su


corazón los afectos que le dom inaban, cuando con el
disfraz de cazad or, acom pañado de cuatro jóvenes nobi­
lísim os, salió al encuentro de su prom etida y bien pron ­
to llorada María de P ortu gal. Los años habían volado,
com o pasan y desaparecen las nubes fugaces; y si acaso
parecieron largos para el que tan prevenido vivía con
las consultas de teólogos, y un ejército en expectativa;
p ara políticos de su tem ple, el tiem po, que no les cobla
ni rinde, es n ego ciod e escasa m onta, si al cabo logran la
realización de sus proyectos. No las tenía sin em bargo,
todas consigo: fuertes com petidores y de arra ig o y de
sim patía en el reiDo vecino hacíanle vivir alerta, cosa
por cierto no m uy pesada para el nun ca dorm ido
m onarca.
T ras m ad u ro consejo y en tiem po oportuno hizo
despejar el terreno, enviando á su p rim er capitán el
fidelísim o Duque d s Alba. P arecióle conveniente acer­
carse él tam bién á los portu gu eses acom pañado de su
espesa D .1 Ana, y dispuso con tal m otivo su salida para
Dadajoz. O cupado en las disposiciones y preparativos
para el viaje, m andó llam ar al P. O rozco. ¿Qué podría
ocu rrirlc'¿algu n as de sus acostum bradas consultas? Pero
el Rey las había liecho m uy detenidas, y solía inform arse,
como lo efectuó aun desde la frontera, del parecer de las
universidades, pregun tan do si tenía el m ejor derecho; y
si, puesto caso qu e de otro m odo no se daría á partido
D. Antonio y dem ás pretendientes ni aún el jurado
acabaría nunca de fallar el litigio, podía lícitam ente por
m edio de las arm as hacer valer su derecho incuestio­
nable.
Nunca fácil, y en esta ocasión im posible fje r a el
adivin ar los pensam ientos escondidos del g ra n Felipe.
¿A quién no pasm a su reciente procedim iento con el
D uque de Alba? ¿Gobernara asi otro R s y que Felipe II ni
con otro vasallo que con el fidelísimo D. Fernandode
Toledo?
252 VID A D E L BTO. ALONSO DE OROZCO.

Una travesu ra d e m uchacho habia com etido el hijo


de tan celebrado C apitán, la que expiaba en el encierro
com o el ú ltim o de los españoles; que en aquellos tiem ­
pos á todos alcanzaba la justicia. N uestro buen Don
F ernando ¡am or de p a d iel le facilitó la fuga; y esta
liviana falta, que eu cu iitiará indulgencia en m is lecto­
res, 110 pareció tan disculpable á los ojos del Rey; por lo
que en castigo salió D. F ernando d esterrado ¿ Uceda.
En el destierro se hallaba; y ¿cómo le habia de ven ir á
las m ientes que de el se acordaba el justiciero soberano
para depositar en 61 la conficnza regia, y la arriesgada
em presa de la jornada de Portugal? Sin em bargo nada
era m ás cierto .— Contestad al R ey, dijo el p u n d o n o ro ­
so soldado al saberlo, que solo él tiene vasallos que
salgan del destierro, para ir ¿ la conquista de reinos ex ­
trañ os.— Felipe II, gran conocedor de sos generales, no
le perm itió todavía venir á la córte á besarle la m ano;
sino que sin pasar p er M adrid, debía el desdeñado Du­
que ponerse al fren te de las tropas, para dar al m undo
la m ayor prueba de hidalguía de un caballero cristiano.
V olvam os la vista á o tra parte. Llevábase entonces
los espolios de los O bispos la C ám ara apostólica; y no
dejó de ofrecerse alguna duda, m ayorm en te á lns que
podía interesar, de si el cetro de P ortugal debiera con ­
siderarse com o espolio del difunto pu rpurado, y perte­
necer p o r ende su dom inio á la m encionada cám ara. En
asunto de pertenencias, excusado es hacer notar las
m adejas enm arañadas que con facilidad se form an, y
com o no es cosa m u y asequible persuadir al litigante
que no tiene razón en su dem anda. Y líbrenos Dios de
que algu n a voz se robustezca y tom e cuerpo; porque,
aun que son pocos los jueces entendidos, h a y m uchos
que, ign órase por qué artes ni ciencias, allí ven claro
donde los sabios oscuro; y pues algunos lo afirm an,
m u ch os o tro s lo repiten: p o r lo qu e im pórtale g ra n d e ­
m ente al G obernador no se anticipe á sus obras y planes
el parecer del núm ero infinito d e los necios. Nada de
L IB . I I .— CA P IT U L O XVIU.
2 53

ello se ocultaba al avisado m onarca, y com prendía el


tiento con que en punto tan delicado y de larga tras­
cendencia había de proceder.
Un nuevo Nuncio venía á la sazón á España. P or lo
que pudiera o cu rrir, m andó D. Felipe detenerle á fin
de que retardara su llegada á la córte. Mas ¿cómo ce­
rrarle el paso? No se figure el lector que en una cárcel;
ordenó que en todas las ciudades del tránsito le presen­
taran estorbos y em harapos cnn festejos brillantes y so­
lem nes recibim ientos; qr.e al fin y al cabo lo m ism o se
obstruye un cam ino con 7a rz a s y espinas, que cnn ram os
de laurel y de palm a. Y no se quiera ver en esto cosa
parecida á la política de nuestros dias con la córte de
Rom a: Felipe 11, que habia tenido que sentir de los so­
brinos de Paulo III, profesaba veneración profun d a á la
Santa Sede y a l Pontífice entonces reinante 3 . Pió V.
Persuadido com o estaba de su m ejor derecho á la coro­
na de P ortu gal, y celosísim o de sus prerogativas, r.o
hallam os en este proceder m ás que titu lo m erecedor del
renom bre qu e la buena histeria le ha dado. Llegado
M onseñor el Nuncio á la córte, pidió perm iso al R ey para
ir á P ortu gal; pues creía necesaria allí su presencia á fin
de calm ar los ánim os.— No hacc falte, clíjóle Felipe el
Prudente, tengo aviso de qu e el Duque de Alba ha en ­
trado en Lisboa.—
Pero, dispensándonos el lector esta digresión, tornem os
á nuestro propósito de la llam ada que hizo Felipe II al
Sto. O rozco, cuando se preparaba á salir para P ortu gal;
y veam os com o se despedía del bendito P ad re el R ey
que trataba á Nuncios y conquistadores de la m anera
que acabam os de ver. Voló el regio P red icador al llam a­
m iento de su soberano, y com o de costum bre abriéron-
sele las puertas sin antesalas ni detenciones, sin p re­
gu n tarle á quien buscaba. C u ando el R ey le vió en su
presencia, con palabras m u y encarecidas rogó al V en era­
ble encom endase á Dios el negocio de la conquista de
P o rtu g a l, y le m anifestó que acom pañado de D.‘ Ana
254 V ID A DEL C T 0 ’ ALONSO DE OROZCO.

trataba de acercarse al dicho reino y d irigirse á Badajoz;


por lo que con doble m otivo esperaba le ayudase pode­
rosam ente con sus oraciones. Acostum brado estaba el
bendito P a d rs í; sem ejantes ruego s del Rey; y entcn-
dieado la graved ad del asunto, es de presum ir cuán ase­
g u ra d o dejaría al gran Felipe en m il palabras de reve­
rencia y afecto, prom etiendo suplicar á Dios ardiente­
m ente por el buen éxito de la fam osa jornada. Pero
ocurrió adem ás que levantándose el M onarca y doblan­
do una rod illa, pidió en despedida la bendición á su
pred icad or fervoroso. Confuso éste, y poniéndose de
hinojos tam bién, rehusaba bendecir á su rey y señor:
h asta que, convencido de que porfiaba inútilm en te, lo
ejecutó en fin, besándole de seguida y repetidas veces la
m ano, con m u chas otras dem ostraciones de confusión y
hum ildad (i).
¡Qné cuadro! Seria de verlos íirro d ’llados y en tan
increíble porfía! ¡Oh gran Felipe! E xtranjeros enem igos
de nuestras glorias h an p reten d id o con in m u n d a baba
m ancillar tu fe religiosa; españoles que á m ala dicha
reniegan de nuestros lauros, osan am en guar tu g ra n ­
deza incom parable. Descar.saen paz y enhorabuena, que
m ientras las historias de los santos bendigan tu m em oria,
en vano 13 calum nia te despide sus envenenados dardos.
Ese m al llam ado tirano no se desdeñaba en escribir
á un viejo, fraile por m ás señas, y de nom bre Fr. Luis

(1) L o refiera por estas palabras el P . Juan H errera, cu y a fa­


m ilia fué m u y am iga del V en . Padre: «Un c ía le llam ó el rey
Felipe II y se hincó de rodillas en una pieza, y le d ijo :— echadm e
una bendición, para que esta jornada que quiero hacer á P o rtu ga l
me suceda bien. E l S iervo de D ios se hincó de rod¡Ua9 y em pezan­
do á llorar, ülju:— (cómo, S eñ or, yo m iserable tengo de echar ben­
dición i V . M.? y púsose confusísim o; y se quisiera m eter debajo
de mil estados; con todo eso el Roy porfió tanto que 1r echó su
bendición». hif. Píen, ie Madrid, fcl. 377: declaración la m ás copio­
sa y detallada. E l P . Juan M edina lo oyó tarebién al célebre P . G a ­
briel P in e lo , P r io r del V en erab le. Inf. sum. ortg-, Fol. 376.
L IB . II.— CA PÍTU LO X V III. 2 55

de G ranada por aquel entonces escritor y predicador de


influencia en P ortugal; para que con suavidad y sin
pesadum bres redujera á partido á los nebíes de É vora
y Lisboa; ni confiado sólo en el valor y honradez de su
D uque d e A lba dejaba de im plorar la bendición de otro
fraile, am igo de Dios, dem ás de las rogativas y sacrificios
con que procuraba atraerse las m isericordias del cielo.
A prended, políticos, á contar con la Providencia en vu es­
tras m aquinaciones, y con los siervos de Dios en vues­
tros consejos.
¿Y qué bendición no pediría tam bién p a ra si la piísi­
m a Reina D.* Ana á su am ado confesor, su m édico y
salud, así del alm a com o del cuerpo? Asom brados los
testigos de lu acaecido coo el R ey, y juzgan do que elio
sólo bastaba para honra del venerable Padre, om itieron,
sin duda, referir otra escena tierna y devota acerca de la
despedida de la reina. ¿C óm o esta Señora habría de
ausentarse sin los avisos y consejos, sin ia bendición de
su Tadrc Orozco? ¿Y le dijo el corazón ó le pronosticó
el venerable que no se verían m ás en la tierra? Cayó en­
ferm o D. Felipe en la frontera lusitana, y conociendo la
Reina la im portancia de la existencia de su esposo en
aquel em per o y trance, ofreció su vica al cielo p o r la de su
augusto consorte... y el ciclo la aceptó, á lo que podem os
creer. D.* A na m urió en Badajoz, sin tener á su lado al
que o tra vez la sanó y siem pre fué su alivio y consuelo.
L a despedida c e la Reina del Venerable Orozco, pues la
callaron testigos coetáneos, adivine el lector lo afectuosa
y expresiva que sería.
Este rasgo de piedad de los excelentes M onarcas,
deferencia gran d e y señalada m uestra de estim a dada
á su P redicador, hem os querido apuntarlos en capítulo
aparte, para que se va y a rastreando algo de el p o r qué
D. Felipe II se negaba, á echar los santos de su córte.
Y a que hablam os aquí d e esta especial distinción,
con qu e honró a lV e n . P ad re D. Felipe, referirem os otra
m ás sin gu lar que á entram bos ennoblece.
256 VIDA D E L BTO . ALONSO DE OROZCO.

H em os visto anteriorm ente que el R ey m andó en


cierta ocasión á D. Gerónim o M anrique, su Capellán
m ay cr, que pagara las deudas del Beato; m as por lo que
puede colegirse de las inform aciones, acaeció cosa sem e­
jante varias veces. Gaspar R o d ríguez de Ledesm a, R e­
gid o r de la Villa de Madrid m anifiesta «que enviando el
Sto. O rozco un m em orial á Su M ajestad del R ey Don
Felipe S egu n d o (que esté en gloria), por el cual se exp li­
caba fuese servido de m andarle p a ga r sus deudas que
estaba m u y afligido; S u M ajestad m andó á D. Diego de
Córdoba q u e le fuese á visitar al dicho santo, y de él
supiese las d eu das q u e debía p ara que luego se pagasen.
Fué dicho D. Diego de C ó rd oba... y el santo O ro z­
co hizo m uchas exclam aciones á Dios nuestro Señor,
dándole las g re d a s de la m erced que S u M ajestad le
hacia de descargarle de aquellas deudas; y p re g u n ­
tándole D. Diego de Córdoba, (que era caballerizo m a­
yor de 5 u M ajestad y de los m ás privados de su p er­
sona y casa) que com o á tal privado le envió con este
recaudo para saber lo que debía, y el santo le dijo que
hasta cien reales ó diez ducados; y volvien do el dicho
D. Diego á S u M ajestad con ia respuesta, se rió m ucho
y se dió una palm ada en la frente, dando gracias á
Dios de la bondad y virtu d del dicho santo y de su sen­
cillez» (1).
Y com o quien sabia bien en qué linaje de obras g a s­
taba los g ajes que le daba, viéndose con tan tas g u erras
en m u y angustioso apu ro el R ey, declara Francisco R o­
d ríg u e z de Salcedo que «fué público y notorio que,
saliendo un decreto en que suspendía Su Majestad la
p aga de su casa, salió en él exceptuado el siervo de Dios
F r. A lonso d e O 'o zc o (solamente él añade el P. Herre­
ra) (2); aunque el dicho siervo de Dios le envió á decir

(1) In/orrn. sum. fol. 135 vto.


(2) Inform. P leñar ü ds M adrid, 412 vto.
L IB . II.— CAPÍTULO X V III. 257

que Su M ajestad tuviese por bien de g astar sus gajes


tam bién, que á éi una pitan za le sobraba» (1).
En aquel glorioso y largo reinado, ¡cuántos aconteci­
m ientos, asi de guerras contra tu rco s y herejes, com o
de relaciones con la Silla apostólica y el Concilio Triden-
tino, entretuvieron y cansaron la atención del gran
Rey! ¡Qué in stitu to s tan provechosos no nacieron en
ts p a ñ a y crecieron entre las espinas de la contradicción,
corr.o la nunca bien ponderada Com pañía de Jesús, y
los herm osos lirios del Carm elo! ¿Holgaría el Beato al
lado del M onarca para avisarle con sus ojos de espiritual
lince, dónde se descubría la inspiración y presencia del
Salvador, dónde el hipócrita rem edo del vanidoso S ata­
nás? Ya lo hem os visto y le verem os aún m ás cu m plid a­
mente: ul Ven. Orozco r.o sedujeron los falsos profetas
que entonces aparecían con frecuencia; ¿y no conocería
él por lo m ism o á sus verdaderos a m ig u s y herm anos?
Ah! Lo que de silla á silla hablaron y consultaron m il
veces el reservado D. Felipe y el hum ilde D. Orozco, por
fuerza ha de perm anecer en los som bríos pliegues de la
historio. P o r nuestra pnrtc no podem os levan tar m ás el
velo, que copiando lo que á continuación se sigue. Cris-
tabal de C am argo, criado m uy an tiguo d e su M ajestad,
que conoció al V enerable más de treinta años, declara:
«asimismo sabe este testigo que en las cosas arduas, así
espirituales com o tem porales y dificultosas, su M ajestad
el R e y D . Felipe II enviaba a llam ar al Santo Orozco, p ara
las com un icar con él com o persona tan grave, de todas
cien cias, santidad y virtud; para el cual dicho Santo
Orozco no había pu erta cerrada er. palacio, antes torios
gustaban de verle por su m ucha v irtu d y modestia» (2).
...«Yo tam bién sé que en todos los negocios graves y
espirituales que se le ofrecían á Su M ajestad, los con-

(1 ) ¡nf. Picnaria de Madrid, fol. 1075 y D.* Inés S u ír e z . ¡tlf.


sum. 139.
(2) Inf. sum. de M ad rid , fol. 144.
18
358 VIDA DEL BTO. ALONSO DE OROZCO.

su ltaba con el V en. P ad re en secreto», dice D.* C atalina


M eléndez, R eligiosa agustina confesada del Beato (1).
Y el Dr. Sancho de V illanueva, capellán y Predicador
de S u M ajestad, Arzobispo de Sorren to:
«Fiado de que por ser tan g ra n d e santo el P. O rozco,
com o Su M ajestad creía, alcan zaría de nuestro Señor
todo su rem edio, en razón de esto era llam ado m u y de
ordinario de palacio, adonde las personas reales y sus
criados le recibían siem pre com o persona en viada de la
m ano de Dios» (2).

(i) Inf. sum. fol. 3241 D-‘ Catalina Melcndez.


(3) Ibidem, íol. 244.
CA PÍTULO XIX.

E l libro de sus C o n f e s io n e s .

1680.

l santo y docto P. Alonso haría excelentes


servicios al Rey de España; mas él ni los
juzgaba asi, ni vivía com placido arrancado
de la soledad y m etido en el estruendo de la
córte. A torm entado con la prohibición de retirarse á la
aspereza del convento del Risco, necesitaba exp layar
su espíritu y exh alar blandas quejas á Dios y á los
hom bres, por qué le detenían en lai: dura cárcel, pri­
vándole tras tan tos años de servicios de recogerse á su
am ada oscuridad.
Había tiem po qu e personas respetables y de m ucho
ascendiente le rogaban que escribiera su prop ia vida;
y de nuevo por aquel entonces crdenáronselo sus supe­
riores. N in gu na coyun tu ra m ás á propósito a su inten­
to. No debía de agra d a rle cosa in d ivid uar ocultas m or­
tificaciones y sin gu lares favores celestiales; pero ocú-
rresele qu e en la form a d e confesiones, é im itando á su
26o VIDA DEL BTO . ALONSO DE OROZCO.

glorioso Patriarca, podría publicar á todos vien tos sus


pecados, y ap ro vech ar á las alm as vergonzosas de m a­
nifestárselos á los confesores. De esa suerte responderla
tam bién á las alabanzas continuas que le tributaban, y
á los obsequiosos respetos que com o á San tc le ofrecían;
puesto caso que no deseaba o tra cosa, sino hallar m odo
de darse á conocer com o el m ayor pecador y m ás digno
de perdón y lástim a.
¡Loado sea Dios, y cóm o suave y poderosam ente con­
cierta los sucesos para sus m aravillosos linesl ¡Qué teso­
ro de regalos y m ercedes abundosam ente com unicados
á su siervo no quedará escondido, si á vu eltas de a lg u ­
na im perfección y tal cual culpa venial lo m ás, con lá­
g rim as y suspiros confesada, no nos dijera el m ism o
favorecido las gracias y m isericordias tan gran d es del
cielo recibidas!
V iénesem e al pensam iento con este m otivo lo que
acaeció á Balac con Balan, deseando m ald ecir al pueblo
de Jacob. Daba aquel rey vueltas al profeta; y ensayando
m edios y probando en distintos tiem pos y lugares, ya
subiendo á los m ontes, ya descendiendo a las llanuras,
viendo y a poco, ya de lleno al pueblo Israelita, buscaba
ocasión en qua Balan echara una m aldición siquiera
sobre aquel acam pado ejército tan d e su odio. No fu¿
posible. L evantaba el forzoso profeta altares á los ídolos,
subía á los collados ó d iscurría por los valles: todo en
van o. Las m aldiciones, con d ar tantos rodeos, conver­
tíanse en m agníficas bendiciones y rasgos gTanciosos y
profáticos acerca de los sublim es destinos del pueblo
escogido.
Bien así el bendito P. Alonso exam inaba los tiem pos
y lu gares de su vida, escudriñaba á la luz purísim a de
ferviente am or de Dios los escondidos pensam ientos y
las aficiones secretas del alm a, por ver si a boca llena
podía estam par en el papel que por sus culpas é ingra-
titu d e s e r a el m ayor deudor del Señor; p e r n a l q u erer
rom p er y expresar algo, la confesión de sus pecados
L ID . I I .— CA PÍTU L O X IX .

tornábase en m uestras de g ra titu d al Salvador del


m u nd o, y bendición de alabanzas en que desataba su
lengua, loándole mil vccca por las gracias derram adas
sobre su escogido; dejando fácilm ente entrever las p ren ­
das que le adornaban y la alteza de su destino en la
tierra.
¿Qué m anchas habia de en con trar en su vida in m a ­
culada? Dedúcese de sus escritos que ponía sum o cu i­
dado en no hablar palabras ociosas; y sus am igos ase­
guran qu e jam ás le oyeron palabra innecesaria, ni le
vieron desocupado, nunca con enojos ó m enos com pues­
to, ni en general le sorprendieron en la im perfección
m as ligera. El se confesaba todos los días con m ucha
aflicción y suspiros; pero tam bién á todas horas decla­
raban sus confesores que no descubrían sobre qué hacer
recaer la absolución sacram ental. De donde se hizo no­
torio y fam oso, hasta escribirse en el interrogatorio
p ara su beatificación, el haber instado é im portun ado á
los P adres espirituales para que de veras le absolviesen
p o r haber pisado unas rosas...!
Y no es que intentem os ocultar n in guna de sus fal­
tas; ya que el quiso hacer confesión general ante todo
el m undo, entresacarem os del libro de sus Confesiones
cuanto pueda oler á pecado. Á continuación trascribi­
m os cuanto en él hem os visto:
En el libro p rim ero, capítu lo quinto, leemos: «Oh
dulce Jesús! oh salud de m i alm a, cu ántas veces os
ofendí con la lengua que para alabaros y daros siem ­
pre gracias m e disteis!»— Y en el capitulo sétim o dice:
— «Perdonadm e, gloria m ía, todos m is hum os de altivez
p o r reverencia d e tan gran d s hum ildad.»— Y en el libro
segundo, capitulo nono, al fin de él hablando del voto
de la castidad, escribe así:— «Mas porque el com bate
de pensam ientos suele ser im portun o y peligroso, en
cualquiera m anera, que Vos sabéis m ejor que yo, no
haber resistido presta y fuertem ente, m e acuso y m e
pesa, y por vuestra gran-m isericordia m e perdonad.»— Y
2Ó2 VID.V D E L BTO . ALONSO DE OROZCO.

en el capitulo 13, d ic e :— «No m erezco, Señor, nom bre tan


noble com o es llam arm e hom bre, pues no usé de razón
cu an d o os ofendí, siendo V os d igno de ser loado y ado­
rado de todas vuestras criaturas com o Señor de ellas.»—
En otras partes confiesa su in g ra titu d , habiendo recibi­
do tan tos beneficios del Señ or. Y en el libro tercero,
capitulo segundo, pide perdón de todos los pecados que
otroscom eten, com o atribu yénd ose á sí m ism o el no ser
otros obedientes á la L ey de Dios. —
Hé aquí patentes sus culpas, y abultadas adem ás, por
a rra n ca r esas lineas de entre los abrasados afectos de
am or de Dios, con que en m agníficos periodos las expo­
ne, no y a en sentido afirm ativo y absoluto, sino m ás
bien condicional y dubitativo. ¡Oh quién m e diera que
m is pecados fu eran tan livian os de una par Le, y-sólü
hipotéticos de otra!
«Todas las personas gran d es en juicio, espíritu y le­
tras que hau leído coa atención este librito, escribe su
p rim er biógrafo, le tienen por m ateria de asom bro; y el
P. Gabriel V ázquez, de la Com pañía de Jesús, cu ya m e­
m oria sera inm ortal por su doctrina y escritos, no aca­
baba de adm irarse leyéndole; porque bien considerado,
esau n más adm irable que el que escribió \ . P . S. A g u s­
tín de sem ejante argum ento; porque sn éste se escri­
bieron m u chas y g ra ves ofensas á Dios, que com etió
hasta la edad de trein ta años en que se convirtió á la fe
y recibió el santo bautism o; y en aquél una vida de
noventa y un años, inculpable y m ilagrosa» (i¡.
El libro de las Confesiones es h im no d eg lo ria al cielo,
que no recuento de pecados, ni plegaria hum ilde de
perdón. Espanto de alm as apocadas, asom bro de gen e­
rosos espíritus, es elocuente dem ostración de la libera­
lidad y m agnificencia de Dios, cuando quiere bondado­
so elevar alguna criatu ra del m iserable polvo que sornos

(1) M árqu ez, V idadel Ven. Padre, cap. V I . pág. :■}.


L IB . II.— CAPÍTU LO X IX . 363

al conocim iento y am or benévolo de su riquísim a


esencia.
P or fu erza que al bendito P adre Alonso, por m ás que
le diese el titu lo referido, debió d e parecerle que no le
cuadraba m ucho; de otra su erte no las h u biera dejado
inéditas, contentándose con darles á leer á sus am igos
y devotos, y no en gran núm ero, al paso que se repetían
las ediciones de otros libros suyos: ¿quién no v e el inte­
rés y curiosidad que sólo el titulo hubiera despertado?
L argo s trozos hem os visto del libro de las Confesio­
nes en esta historia, pues no ha sido escasa dicha el h a­
ber podido recu rrir á testigo tan excepcional en la rela­
ción de sus hechos. Mas con ser, á m i juicio, tan claros
estos libros de las Confesiones del p e c a d o r F r. Alonso de
Orozco, m andaron al ernineute teólogo y escritu rario
Fr. Basilio Ponce de León anotara algu nos, m uy pocos
puntos, uo oscuros ni enm arañados, sino llenos de sen­
tencias y profundos ó delicados á la vez. Fácilm ente se
desem barazó de este en cargo el fam oso cancelario de
la Universidad de Salam anca: á la m ano le Tinicron al
instante las pruebas y razones de cuanto el Deato decía.
Estim o y respeto m ucho, com o seguram en te lo m e­
rece, al insigne Fr. Basilio; pero d ígolo con in gen u id ad ,
siento que para tal objeto le hicieran tom ar la plum a;
sino fuera que, al cu m plir el m andato acaso m olesto, vino
a rendir al piadoso libro justo hom enaje de tan ta m ás
valía, cuanto m ás autorizado era el veto de aprobación.
»He leide, escribió, y no quisiera que se m e cayeran de
las m anos y m enos de la m em oria los libros d éla s Confe­
siones del g ra n siervo de Dios, P adre y H erm ano nuestro
Fr. Alonso d e O rozco; para que así resultara en la vo­
luntad continu am ente el efecto que hacen aun leídos de
paso, en m edio de otras ocupaciones forzosas. Tanlam
vim habet mixta lacrymis ora.Uo, dijo San G regorio Nice-
no de los escritos de aquel gran P ad re S . Efrén . Cnn tal
fuego de am or, lágrim as y devoción los escribió nuestro
siervo de Diqs, que no es m ucho obren, cuando se leen,
264 ■VIDA D E L BTO . ALONSO DE OROZCO.

cfcctos sem ejantes de fuegu y agua: he conocido en


ellos lo q u e no pu d e conocer en el autor, por no naberlc
hablado ni oído, pues a quince d ia sq u e recibí este santo
hábito en Salam anca, salió en M adrid este señalado va­
rón d e esta vid a p a ra la eterna... Fué fundadísim o T eó ­
logo, y la destreza, brevedad y claridad con que habla en
m aterias m u y delgadas lo dicen bien claro. En la E scri­
tu ra y San tos tan cu rsado, cu e cuando Ico así estes libros
suyos com o otros, ce m e refresca la m em oria de lo que
he leido en Santos; de suerte que sin m ucho trabajo m e
p rom etiera hacer e6tas Confesiones, y lo que de otros li­
bros 6uyos he visto, con las m ism as razones y palabras
de los Santos. O bró estas m aravillas en este gran P ad re
ei m ism o qu e obró en ellos, y asi no es m ucho sean tan
parecidos no sólo en el espíritu, sino aun en las palabras
tam bién . Mas porque la brevedad con que escribe el es­
p íritu que lleva, no da lu g a r ¿ detenerse en algunas
cosas ni a la rgar la razón con palabras en aclararse más,
me ha parecido ponerle en algu nas partes algunas (que
diferentes de las su yas com o de nieve á fuego, de sayal á
brocado) p a ra aclarar el sentido. El deseo es bueno, el
trabajo, á mi ver, no necesario; si es que puede ser no
necesario el hacer lo que pide quien puede m andara (1).
Innecesario, á no dudarlo, p o r lo que toca al libro:
aunque p o ro tra parte concedem os que no dejó de ser
pruden te el proceder de los Superiores, atendiendo á la
diversidad de lectores en cuyas m anos podía caer tra ta ­
do com o aquél de m ercedes altísim as y revelaciones se­
cretas, en un tiem po sobre todo en que abundaron las su ­
percherías; y que sifu é conveniente que la autoridad y
som bra de F r. L u is de León cubriera ios escritos m ara­
villosos de Santa Teresa, no seria inoportuno que su
sobrino Ponce de León y de igu al celebridad en teolo­
gía , am p arara con su nom bre u n a obra postu m a de tal
naturaleza.

(1) N otas d a lgu n o s lu gares de las Confesiones ^pág. 104.


LIB. II.— CAPÍTULO X IX . 265

P or esa razón, cuando todavía la Iglesia no había ha­


blado acerca de la virtud del 13. O rozco, salieron las Con­
fesiones autorizad as con tantas censuras y aprobaciones
que form an y llenan la tercera parte del libro.
Por lo dem ás, bien claro aparece que e¡ coloquio am o­
roso y dulce con Dios, ¿ que se reduce esa confesión ó
ingenu a m anifestación de una alm a enam orada, ostenta
las prendas del verdadero espíritu, prendas que no en­
gañan. ni es dado im itar hipócritam ente.
C A PÍT ULO X X .

‘D e como el Ven. ‘Padre era cada vez más respetado y


venerado en la córte.

1580—1588.

r a trabajo inútil y desaprovechado. P o r más


esfuerzos é invenciones que excogitaba el h u­
m ilde P. Orozco para que en la opinión de las
gen tes fuera tenido com o un m iserable pecador, no
consegu ía o tro resultado que el de crecer m ás en la
estim a de tocos, en la m ism a m edida y proporción que
él se em pequeñecía y arrastraba p e r el suelo. Sabida
cosa es qu e el h om b re m odesto brilla cuanto más se
anonada y oscurece, así com o el vanaglorioso se ostenta
tan to m ás tizn ad o y digno de lástim a, cuanto se afana
p o r relu m brar.
F ijo y atento el sencillo religioso en sus im perfeccio­
nes, parecíale que a! perm itir leer la m anifestación de
=>us culpas. D." María de A rag ó n , el P rio r de S . Felipe y
otros tem plarían algo el ard or dei entusiasm o y las
alabanzas intem pestivas á él enderezadas; pero ¡cuánto
se confirm arían todos en el juicio de la pasm osa santidad
que resplandecía en el B. Alonso! ¿Qué se iría diciendo,
al oído sí, pero de boca en boca en Palacio? ¿Qué palabras
L IB . II.— CA P ÍT U L O XX. 267

de adm iración no brotarían de labios del R ey, de los


cortesanos, los grand es y las d ignidades, al entender
una confesión general d e ochenta artos, cual la narrada
en las Confesiones del pecador F r. Alonso Orozco?
Del R ey hem os hablado bastante: de lo que con el
bendito P ad re hacían (que es algo m ás que decir) Car­
denales, Secretarios y Caballeros, adem ás de los testi­
m onios aducidos en los capítulos anteriores, hé aquí m í­
nim a p arte de los que pudiéram os presentar, y que se
refieren al tiem po indicado ¿ la cabeza de este C apitulo.
Juan de Espinosa, ayu d a del P ríncipe nuestro Señor,
declara: «Su M ajestad m andaba que no hubiera puerta
cerrada en su casa para el santo O rozco; y asim ism o vi
al C ardenal Garambela(s?c) y á D. Jo6¿ CrÍ6tóbai de M ora,
de la C ám ara del Rey y de los m ás privados suyos, a rro ­
dillarse á '.os piés del dicho santo, todas las veces que le
topaban; y en particu lar cuando el dicho Cardenal Ga-
ram bela le topaba en la calle, se apeaba del coche ó litera
ó silla dor.de iba, y se postraba á los piés del santo O roz­
co, y esto lo v i m uchas veces por mi curiosidad; y asi­
m ism o los vi m uchas veces juntos al santo O rozco y al
Cardenal en su jardín con m ucho entretenim iento; y el
dicho C.nrdennl le decía ,n este tcstipn que jam ás tenia
m sjor rato que era cuando estaba con el sa rto Orozco».
El m arqués de Auñór., D. Iñigo Sánchez de T obar
Velasco:
«Sé, com o testigo de vista, que asi por lo srcyes, prín-
c ip e s y señores fué respetado u niversalm ente y venerado
com o varón justo y stn to ; y todas las veces que yo le
veia, com o á tal le besdba la m ano y los hábitos» (1).
E xpresa el Rm o. P. Fr. José de Jesús M aría, G eneralí­
sim o de los PP. Carm elitas descalzos, com o fué á con­
su ltar al Ven. Orozco c o n o á Santo y dice: «De 16 á 42
años le conocí y traté siem pre con opinión de santo, así
entre sus religiosos com o fuera c e su religión , y entre

(1) F o l. 273: le conoció del 1584 al 1591.


208 VID A D EL BTO. ALONSO DE OROZCO.

gente de todos estados, y sé que sus serm ones se oian y


sus libros se leían con particu lar devoción com o accio­
nes de san to... «En 1585, siendo yo á la sazón clérigo
presbítero, y estando resuelto á ser religioso, fluctuaba
m ucho cuál de ellas abrazar: habia consultado con per­
sonas m u y graves, santas y letradas, aum entando mi
flucLuaciúu por sus encontrados oareceres, los que com ­
batían mi alm a no sin gran detrim ento de la quietud
de mi espíritu. Dos años pasé así coa dudas é inqu ie­
tudes. O frccióscm c en esta ocasión de ir a Lisboa; y a
consultar con la entonces de tanta opinión de santi­
dad, de la m onja de la A nun ciada. Mas com o la fam a
de santidad del d ich c bendito P. Fr. Alonso de Orozco
estaba m u y en su pu nto, y este testigo tenia de él la
m ism a opinión de años atrás, parecióm e no tenia que ir
á bu scar santos á tierras rem otas, teniendo un tan ap ro ­
bado y santo varón tan cerca, y así le escogí poniendo
en su parecer la deliberación de m is dudas. Expúsele
m i edad, estudios, oficios eclesiásticos en Indias y p ro ­
vincia del P erú , negocios, graves peligros, largos viajes
y navegaciones porque había pasado; pidiéndole encare­
cidam ente que á la vu elta de dos ó tres días me cijera
s:i parecer, solo el cual estaba yo resuelto á segu ir. Con
una risam od esta respondióm e el S an to :— no m e parece,
señor, será m enester que v. m. vuelva de aquí á dos
días, porque y o sé, atendido m uy bien todo lo que m e
ha contado, y tengo p er sin d ud a que le quiere Dios para
los Carm elitas descalzos; y que le ha de servir y ayu d ar
m ucho á esa religión que es m uy santa y ha com enzado
con m uchos fervores.— Las cuales palabras se le asen­
taron á este testigo en el alm a tan de veras, como si
se las dijera un án gel del cielo. Y aur.que es verdad
que este testigo confiesa qu e ha sido ds poco m om en­
to en esta religión, pero le ha confiado los m ayores
cargos; y dice m ás, qu e se adm ira m u cho de que estas
inform aciones se hayan dilatado tanto; porque en ten ­
dió se hubieran anticipado p o r la gran santidad que
LIB. I I .— CA PÍTU LO X X . 269

siem pre ha tenido el dicho bendito P. Fr. Alonso de


Orozco» (1).
Dice el P. Sebastián Avellaneda com pañero del ven e­
rable P ad re en las salidas del convento por el año 1588:
«Como le acom pañé m uchas veces, vi com o cuando
iba p o r las calles m uchos señores de títu lo y otras p er­
sonas que iban en coches y á caballo, viendo al dicho
Sto. Orozco, todos se salían de los coches y se apeaban
de los caballos; y delante da dicho Santo O rozco se a rro ­
dillaban y le pedían la m ano para besársela y que les
echara su bendición; y lo m ism o hacían todas las dem ás
gentes y sé que le veneraban y le estim aban com o á
varón justo y santo» (2).
D.* Juana de M endoza que le conoció desde 1584 á
1591 repite la voz universal declarando:
«Nunca vi que le llam asen su nom bre, sino todos en
gen eral— San to— » (3).
D. F rancisco de Q uevedo y Villegas:
«Siem pre le vi tener por persona de g ra n santidad y
m éritos, y com o tal fué venerado con dem ostraciones
públicas de todos, así en la iglesia corno en la celda y
en las calles, las pocas veces que por ella se via; apeándo­
se los caballeros de los caballos, para hablarle, sigu ién­
dole m ucha gente para verle, acudiendo los enferm os
p or salud al convento y su celda; y universalm ente \1
aco stu m brar á todos cuando le iban á hablar, besarle la
m ano primero» (41.
Ei P. Blas Pantoja:
«Cuando iba el V enerable P ad re por la calle, todos
los caballeros que le vían se paraban en viéndole: y qui­
tadas las gorras, se estaban quedos hasta que el dicho
V en . P ad re pasase adelante; y los qu e iban á pié, en

(1) Inform. i e Madrid, fol. 568 vto.


(2) Ibidem, fol. 213.
(3) F o l. 404.
(4) Ibidem fol. 465.
27O VID A D E L BTO . ALONSO RE OROZCO.

en viéndole se arrodillaban delante de él y le besaban la


m ano: y le vió este testigo com o com pañero suyo y que
le acom pañaba, com o dicho tieue....#
«Y en particular vi que cuando el Rey Felipe II, nues­
tro Señor que está ea gloria, le topaba en el cam ino al
dicho Ven. Padre Fr. Alonso de Orozco, hacia p arar su
coche, y le preguntaba si quería algo; el c ja l le daba un
m em orial de su m ano; y S. Maj. lo tom aba con m ucho
gusto, y habisudo leído lo que contenía, le hacía tres p e­
dazos, y daba cada pedazo á los príncipes diciendo que
lo g u ard aran , para ponerlos en sus horas; y ellos los
tom aban con m ucha veneración » (1).
E l P . A lonso Soto:
«Un día del Corpus, el Presidente de Castilla que iba
por m ayo r en la procesión, envió á llam ar al dicho S a n ­
to O rozco, para que fuese á su lado por persona santa:
m as el dicho Santo dijo que no podía sino ir con su
religión» (2).
No podía ser m ás elevada la opinión de virtuoso, en
que le tenían las gen tes, caballeros y Príncipes: m as
im porta tam bién saber si este juicio estaba corroborado
por el dictam en de los que le trataban de continuo y
veían m ás d e cerca; que los objetos leíanos ocasionan
m uy breves equivocaciones. Pero si se h a dicho, com o
regla general, qu e no h a y hom bre grande para su ayuda
de cám ara, es verdad asim ism o que todas las reglas
adm iten excepciones; y en este caso el hom bre g ra n d e
para nin gu no es m ás adm irable que para quien á cada
paso le ofrece m ateria de asom bro. Tal acontecía con el
Bto. O rozco. Y a hem os dicho que P rio res y M aestros de
novicios le presentaban com o vivo ejem plo de santidad
á sus súbditos en las pláticas fam iliares; ah ora direm os
que la veneración de los religiosos llegaba al punto de
re co g e rlo s cabellos qu e le cortaban los días de rasura, y

(1) Inform. citadi de Madrid, fol. 640. vto.


(3) Ibidem. fol. 421.
L1B. II.— CAI’ ÍTU LO XX.

conservarlos com o inestim ables reliquias. Y el siguiente


caso nos ah orrará en carecer este punto, y alargarnos en
razones excusadas: «Teníanle ea tan g ra n veneración los
P reladus de ella, qu e siendo Prior de S . Felipe c e M adrid
el P . F i. P ed ro S u á rez, hom bre de m ucha pru den cia y
qu e gobern ó esta P rovin cia h artos años, no consintió
que los que hacían oficio de cantores en las V ísperas
solem nes se sentasen antes d e él. siendo costu m bre in ­
violable que preceden á todo el C onvento, y tom en les
sillas inm ediatas á la del Prelado á los dos coros. V alió ­
se el Su p erio r de este ejem plo, y en ausencia del P rior,
hizo la m ism a h o n ra á un religioso m u y g ra ve, que vino
d e otra P rovin cia, y entendido por el P rio r, le reprendió
en un capitulo diciendo:— L a h o n ra que yo hice á aquel
Santo no se ha de atender á o tra persona de la O rden,
sólo él es justo que salga de la ley co m ú n .— La noche de
todos los Santos no consintió clam orear á la conm em o­
ración de los fieles difuntos, porque el bendito P ad re
nc perdiese el sueño, teniendo por m en o r inconveniente
la nota qus causó en la córte el silencio de aquel conven­
to tan principal y tan en los ojos de todos, qu e in qu ietar
al santo varón con el ruido de las cam panas: este con­
cepto hacia de sus m éritos y virtud» (i).

(i) Márquez, cap. X X IV , pág. 49.


CA PÍTULO X X L

D e cuán arraigado estaba el discreto C


P . M o m o en la
humildad, por la cual no le desvanecían, sino más
bien le avergonzaban tantos aplausos.

q u í es donde m ejor cuadra tra ta r de la pro­


funda hu m ild ad del Bto. O rozco, para que
se eche de ver qu e su santidad consistía en
algo m ás que el ruido de los que le ven era­
ban, y que estaba dotada de los m ás subidos quilates
de pureza y solidez.
,-Queréis poner en prueba la en tereza y rigidez de
un hombre? Recreadle con el incienso de la lisonja: ape­
nas hay hijo de Adán que con ella no se rin da ó no se
ablande.
P or eso se espantaba el P. Jesuíta, Pedro Fernández
Tribald os, «de que no le m oviese de su m odestia y h u ­
m ild ad la g ra n d e estim ación en que le tenían las perso­
nas reales; y señores eclesiásticos y seglares; p o r lo que
siem pre le tuyo por hum ilde en g ra d o perfecto® (i).
«No era am igo de aplausos populares; nunca los
deseó en sus auditorios, ni se dio por entendido de la

(i) InJ'orm. sum. de Madrid, fol. 374 vto.


I.IR. II.— r.APÍTIII.r} XXI.

opinión en que le tenia el m undo; no le desvanecieron


consultas de M inistros, ni (lo que es de adm irar) favores
y visitas c e Reyes» (i).
«Cualquiera persona que conociera al Santo Orozco,
dice M iguel de la Riba, y viera la gran d e estim ación
que le hacía el m undo, y el desprecio que el dicho santo
del m u n d o ten ia; conociera fácilm ente su profunda
hum ildad; pues no se le podía h acer m ayo r inju ria que
era llam arle santo; lo cual si lo oía, se ponía colorado y
se quisiera m eter debajo de la tierra» (2).
«Llevándole un dia el servidor u na jarra d e a gu a con
el nom bre de Jesús, en ella, y dos panecillos, yéndosela
á d ar al bendito Padre, se le cayó en el suelo y se hizo
pedazos; y diciendo el dicho P ad re:— ¡el nom bre de Jesús
en e. suelo!., y repitiendo esto dos veces, alzó la jarra
sana y llena de agua; y pasando á la sazón p o r allí un
P adre, que se llam aba F r. Dam ián de la Serna, dijo
á voces:— ¡M ilagro, m ilagro que ha hecho el P. Orozco!
M as el bendito P ad re le tiró de la capilla diciendo:—
¡Jesús, Jesús, no hable palabra, calle, calle!... y con esto
se en tró en su celda y se dió m uchos azotes» (3). ¡Cuándo
el Beato hubiera estado tan d u ro é inflexible con el
joven P. Ríos m an cánd ole disciplin ar, si no se tratase
de en com iar y aplaudir al P. Orozco!
E q s u s escritos, que es donde m anifiesta su corazón,
nos expresará la causa p o rq ue se m artirizaba, huyendo
de la van aglo ria y las aclam aciones. »NotaN. P. S. A g u s­
tín , escribe, que h a y hum ildes y no hum illados, y h a y
hum ildes que son hum illados. Los qu e están puestos en
d ign id ad en esta vida, y son estim ados de los hom bres,
podran ser hum ildes d elaate de Dios que v e el corazón .
A u nqu e S. B ernardo dice que hu m ild ad honrada no se

(1) M árquez Vida del Ven. Padre , cap. X l l l . p á g. 28.


(2) Inform. sum. de Madrid, fol. 361.
(3) P . Juan M edina que se lo oyü a l P . P red ica d o r F r . A lon so
del C a m p o .— Inform. citada , fol. 378.
2 74 VID A D E L B TO . ALON SO DE OROZCO.

halla m uchas veces: dificultosa es y preciosa com o lo fué


en los Santos que eran Prelados, y en los Reyes cristia­
nísim os; mas si á mi m e diese el Señ or á escoger, con
verdad le suplicaría que m e diese hu m ild ad con h u m i­
llación; y esta es cuando el hom bre se tiene en poco y es
tenido de los hom bres en poco: m artirio es largo y sin
san gre para la carne flaca, m as, á la verdad, es la h u ­
m ildad m ás segura; y á quien Dios ha hecho esta m er­
ced, podrá decir con San Pablo: Yo soy crucificado al
mundo y él á m i* ¡i).
Ya tenem os, pues, la clave para entender las m iste­
riosas acciones de su vida. P or esta razón, no sólo no
gastaba criados, coche, silla ó m uía á guisa de Real P re­
dicador, com o asegu ra el literato G racián Dantisco, ni
podian consegu ir se sentase entre los Capellanes de la
Capilla d e Palacio; ni en el convento consentía los más
co rtas obsequios, no d igo á sus títulos, pero ni aun á su
ancianidad. El, com o sabemos, ¿ pesar de sus ocupa­
ciones se lim piaba el aposento por sus propias m anos,
él se rem endaba los hábitos, aderezaba la cam a é iba
p o r su ropa blanca oí lu gar destinado; respondiendo a
los que se brindaban á servirle que nc habia cosa más
barata teniendo salud.
Com o ya dijim os, le llam aron una vez Maestro, y con­
testó en seguida que no lo era. Ni aun con el título de
Paternidad qu ería ser nom brado, siendo Rector del Co­
legio de D.“ M aría de A ragón; llam ém onos Caridad,
decía á su com pañero y confesor el P. Rojas, que es nom ­
bre que m ueve al am or que nos debem os unos á otros.
C uando todos nos afanam os p e r sobreponernos á los
dem ás hom bres, figurar y lucir, adm írese qué escenas
tan bellas ofrece la m odestia de los santos. «Yendo un
día, declara el P. Ríos, con el V en . P. F r. Alonso de
O rozco ¿p alacio, porque le había enviado á llam ar S . M.,

( i) Sermón cuarto sobre la cuarta palabra de l% Virgen, T om .


III, p ág. 3 2 7 .
L IB . I I .— C A P ÍT U L O XXI
2 75
lle g a n co á la pu erta de G uadalajcra, acertó á pasar por
allí el P. M tro. Fr. F rancisco G utiérrez, predicador de
S. M., de la orden del S r. Sto. D om ingo y de los padres
m ás g ra ves y más santos que la dicha orden ha tenido;
el cual com o encontrase al Sto . O rozco, se hincó de ro­
dillas públicam ente en la dicha pu erta de Cíuadalajara,
pidiéndole que le echase su bendición; lo cual como
viese el Sto. O rozco se hincó asim ism o de rodillas, todo
lo que pudo, por estar m u y flaco, pidiendo al dicho
P . F r. Francisco G u tiérrez q u e é l le echase su bendición;
y com o el P . G u tiérrez porfiase tan to qu e no quisiese en
m anera nin gu n a levantarse, el Sto. O rozco le dijo:— la
de Dios caiga sobre vu estra P atern id ad .— Lo cual causó
g ra n devoción y adm iración á todos los que lo vieron,
considerando la profun da hum ildad de un santo y del
otro» (i).
A D.* M ariana de V illalobos se le m oría un herm ani-
to de siete años; y ted a la fam ilia, especialm ente la
cariñosa m adre, deseaban que antes d e m o rir aquella
criatura angelical recibiese la bendición del P. O rozco. Le
avisaron , é inm ediatam ente se presentó en la casa de la
angustiad a fam ilia. «Luego com o entró en la casa de
mi m acre, dice D,* M ariana, se fué derecho á la cam a,
donde estaba m i herm ano; el cual viéndole al dicho
Santo Orozco se incorporó en la cam a, como que q u ería
arrodillarse; y diciendo m i herm an o al S an to :— P. O roz­
co, échem e su bendición, antes que m e m uera;— el Santo
se enterneció, y se hincó tam bién de rodillas y dijo al
niño:— echadm e vos. án gel m ío, pues v a isá ver á Dios:—
y en esta contienda estuvieron en tram bos m u y gran
rato sobre quién h abía de bendecir al otro» (2).
Su M ajestadD . Felipe II le ofreció cédula p a ra algunos
Obispados, pero ¿quién había de m overle á aceptar?
«De donde Francisco R od ríguez de Salcedo nos dice que

(1) Inf. sum. fol. 650 vto.


(2) Inf. sum. fol. 78 vto.
276 VIDA DEL BTO. ALONSO DE OROZCO.

oyó co n tar á m uchas personas en palacio y en particu lar


á Duna Á ngela de Tarsis, herm an a que fu éd ei S:\ A rzo ­
bispo de Granada D. Felipe de Tarsis, y a lM a rq u ésd s Ca-
n a r a s a que fué capitán de la g u ard ia española, que S. M.
había dado algu n os obispados al dicho siervo de Dios y
cu e no los habia querido aceptar; y que un dia diciendo
el dicho M arqués de Cam arasa al Rey Felipe II,— ¿por qué,
pues V . M. conoce la m ucha santidad del San to Orozco,
no le da algún obispado? respondió: si se los he dado;
sino que no los ha querido aceptar: el Arzobispado de
Toledo esta vaco; id t o s y dádsele de mi parte, y haced
que le acepte;— y q u e n o h a b it querido aceptarle, lo cual
se contó públicam ente en la córte y de ello hubo pú bli­
ca voz y fama» (1). Indudablem ente, persuadido de su
doctrin a y virtu d , le confiara el Rey todas las Iglesias, ?.l
decir de su biógrafo; pero tengo para mí que no le
haría gran fuerza p ara que aceptase o tra ocupación
que la de servirle en sus graves y delicados negocios.
Vivísim os deseos tenían m uchas personas igu alm en ­
te de obtener su retrato; pero com o estaban conven­
cidas de qu e su h um ildad no lo consentiría, valióse al
objeto D.* M aría de A ragón del sigu iente ardid: «Trajo
la Señora ¿ Juan de la Cruz, g ra n p in tor, p a ra qu e re­
tratase al santo O rozco, diciendo la dicha D.* M aría de
A ragón al S a c to que quería pintar u c San A gustín , que
le hiciese placer de estar presente para que se pintase
m ejor; y el santo Orozco le contestó cu e tenia que rezar

(1) Información Plenaria de Madrid, fol. 1059 vto.


T am bién C ristó b al de C am argo que, com o criado tan antiguo
de S u M ajestad y como persona que tañía tanta com unicación con
los criad os de palacio, les oyó lo de los O bispados, fol. 147: ln
m ism o oyó D.‘ M an a de O bando, gu arda dam a m ayor de la Reina
D.* A n a y de la Infanta D.“ Isabel y D.* C atalin a, fol. 183, y el
escultor A lon so Lópc2 M aldonado tam bién lo sabía de personas
graves, fo!. 178 vto. así :om o D.* Á n g e la T arsis, viuda D. L u is
ce G u zm án , prim er C ab allerizo que fué de la R :in a .— fol. 173 vto.
L IB . II.— C A PÍTU LO XXI. 277

y que no le ocupase en ello; á lo cual D.* M aria respon­


dió que rezase enhorabuena y que el p in to r haría su
oficio: y el dicho pintor hizo el retra to del santo Orozco
m u y aprisa por tem or d e que no se conociese, y acaba­
do, se le llevó D.* M aría al S an io y le dijo;— m irad, cuán
liad o Sao A gustín : y el Padre replicó:— Jesús, Señora,
qué m on struo han pintado! no es este m i P ad re San
A gustín , porque no tiene barbas, ni báculo. De suerte
que el dicho santo Orozco no se conoció a sí m ism o, ni
jam ás se vió en espejo, ni en otra cosa alguna; y lleva­
do el dicho retrato a S. M. por la dicha D.‘ M aría de
A ragó n , dijo S. Maj. que lo m ejor que podía haber hecho
fué aquello, y más que haber hecho el colegio» (1).
No era necesario recu rrir á este en gaño. Más discreto
el R ey Felipe 11, y valido de su autoridad, le ob tu ro de la
m anera siguiente que refiere el P. Sedaño: «Deseando
S. Maj. el retra te y otras personas principales y p rin ci­
palm ente la p rtro n a del C cleg io D.* M aría de A ragó n ,
no pudieron acahar con el dicho P. O rozco se dejase re­
tra tar, diciendo q u ed e un pecador com o él ni aun rastro
•había de qu ed ar en el m undo. Hasta que S. Maj. el R ey
Felipe II m andó á Alonso Sánchez, su retratador, se p u ­
siese tras de unas vidrieras de u n a p o sen to , para que no
fuese visto del P. Orozco; y al P ad re le puso á la luz que
era m enester para retratarle, y estuvo con él S. M. hasta
que se retrató; de cuyo retrato este testigo sacó otro, el
cual tiene en su celda con m ucha veneración, por ser el
retrato de su verd adero P ad re y m aestro, y tan pare­
cido al natural, que no parece sinó él m ism o; y le retra­
taría de más de ochenta y seis años de su edad» (2).
Interm inables nos haríam os d e referir rasgos p o r el
estilo de su m odestia lo propio que sy s contestaciones y
dichos, brotados del corazón m ás sencillo y hum ilde.

(2) Inf. sum. fol. 148 vto. L ev an tó D.* M .* de A ra gó n un c o -


l:j?io de A gu stin o s, com o lu eg o verem os.
(2) Inf. de Granada fol. 18 vto.
278 VIDA D E L DTO. ALONSO DE OROZCO.

C uanto aparece escrito d e él en todos los capítulos, ¿es


otra cosa que apacibles ráfagas de esta virtud encanta­
dora? ¿no esta toda su vida perfum ada con el suavísim o
olor que, com o violeta de A bril, despide la humildad?
A h ora que acabam os de narrar los grand es elogios
que le tributaron en vida, hem os querido presentar estos
cuadros que al vivo retratan al Ven. Padre; para que
más resalte su virtud , y se pueda rastrear lo arraigado
que estaba en la hum ildad, base y cim iento de la perfec­
ción cristiana.
Y aun direm os que en estas m anifestaciones exterio­
res de elegir el ú ltim o lugar, tratarse pobre y áspera­
m ente, hablar hum ilde y aun despreciar altos puestos
y d ignid ades, cabe (como lo advierte en sus escritos el
m ism o B. Alonso) y se puede esconder la soberbia más
retinada: no son m u estras inequívocas, por si solas, de
legítim a hum ildad. P ero lo son indudables el o cu ltar los
talentos y disim ular com o él su gran sabiduría con tanta
destreza, que «siendo consum adísim o letrado en teología
escolástica y positiva, dice el g ra n teólogo y literato
P. M árquez, m ás parecía h om bre espiritual, que de
letras aventajadas» (1).
Con el m ism o arte ocultó las rarísim as m ercedes con
que le favoreció el cielo; y acabam os de ver, y antes lo
hem os notado, qué extrem os hacia cuando los hom bres
le aclam aban p o r haber obrado algún portento. Quien
tan honrad o fué de favores celestiales, adviértase cuáles
deseos m anifestaba en sus obras: «Nunca plegue a Dios,
decía, que S u M ajestad me enseñe o tra vista, sino la de
su Hijo precioso en aquel santo y escondido Sacram ento
del altar: ni palabra yo oiga en m i vid a de ángel ó qu e­
rubín, sino del Santo Evangelio y E scritu ra S a g ra d a.
S i orares, alm a, no esperes revelación de ángel, ni la
pidas; pues el Señ or erando, no la pidió. Y si revelación
pidieres, sea la que N. P. S. A gu stín pedía, diciendo:—

(0 M órq. Vida del V. P adre, cap. X III, p ág. a8.


L ID . I I .— C A P ÍT U L O X X I. 2 79

Suplico a vu estra divina M ajestad que no vea yo otra


revelación en esta vid a, sino un conocim iento de m is
pecados, para dolorm e y confesarm e de ellos» (1).
O tra circunstancia m u y de notar se advierte en sus
libros. C ualquiera que los lea, quedará persuadido de
cu e el a u to r de ellos ponía por obra cuanto aconseja,
hasta los grad os m ás sublim es de la perfección; y sin
em bargo, habla y am onesta con tal delicadeza é ingenio,
que logra esa persuasión en el ánim o del lector, sin que
una sola voz se nom bre á sí m ism o y dé á entender cla­
ram ente que escribe por propia experiencia, sobre todo
tratándose d e acciones de su yo virtuosas. T an to arte,
tanta habilidad, á él no le costó discurso ni trabajo;
porque le nacía del alm a n atu ral y espontáneam ente:
p rodigios y encantos de la verdad que jam ás alcanza el
artificio.
Y com o las virtud es se herm anan tanto, nacidas
todas de un m ism o lim pio y pu ro corazón al calor del
am or de Dios, la m ejor m uestra de la vida y flore­
cim iento de las que, com o la m odestia, se esconden
bajo la p o m p a d a las otras, es que estas ú ltim as e x te­
riores florecen tam bién con gran verd o r y lozanía. ¿De
dónde vino que el Padre fuera tan com pasivo y gen e­
roso para con los pobres, lim piándolos y vistiéndoles con
sus prop ias m anos, sufriendo sus im portunaciones y su ­
plicándoles le calm asen sus d olores con aplicarle las
m anos á la cabeza?
De su h u m ild ad n a d a tam bién el gozo extrem ado con
que oia hablar de virtu d es ajenas, «que era para él, ob­
serva el P. M árquez, m u y dulce plática h ablarle d e la
bondad de sus prójim os.» A cerca de lo cual escribió un
aviso adm irable el Beato, diciendo: «Una regla sin gu lar
debería g u a rd a r el cristian o, para g an ar m érito cada día
y h ora que se quisiere ejercitar en esta lecd ó n de am or
santo, y e s : q u e particu larm en te am e toda la bondad,

(1) V ergel de oración. T om o 2.’ , p ág. 59.


28o VIDA D E L BTO . ALONSO D E OROZCO.

castidad y virtud de los o tro s, alegrándose en ella,


porque el am or sin trabajo obra con m anos ajenas,
y hace suyos los bienes de los otros sin perjuicio de
nadie» (i).
P o r la m ism a razón no podía oir las m urm u racio­
nes, y luego buscaba m anera com o disculpar á los flacos
y delincuentes.
«Excusaba por m il cam inos los defectos ajenes; tan­
ta era su caridad, que encubría m uch edum bre de peca­
dos. Descuidóse un Eclesiástico, bebiendo en cierta m e­
rienda más de lo que podía sin peligro, y al cabo de ella
com enzó á delirar: los dem ás convidados, gente cortesa­
na y poco espiritual, solem nizaban el delirio con gran
chacota; acertó el santo varón á pasar, y deteniéndose
al ruido, dijéronle lo que había y trajéron le el delincuen­
te: dijo, en viéndole, coa gran d olor:— Oh! válgame ‘D ios,
y qué desgracia! llévenle ahora á acostar, que á la mar,ana
rezará maitines. Com o si allí no hubiera otro m al que no
rezarlos á p rim a noche,» concluye su biógrafo (2).
De hum ildad profunda se originaba asim ism o el ca­
rácter apacible y dulce que tenía para con sus herm anos;
la sensibilidad exqu isita de su corazón, y presieza cu a q u e
a c jd la a socorrer á los enferm os y toda clase de afligidos;
lo prop io que la adm irable m an sedum bre por la que
nunca se le vió incom odado, ni aun en ocasiones capa­
ces de m over á las piedras.
Y esta apacibilidad de índole y ternura de su alm a
llegaba hasta no poder sufrir se m olestase á las aves y
otros anim ales, aun que fueran sabandijas. «Ñ olas matáis,
decía, que son criaturas de Dios; es inhumanidad matar­
las. «Atribuirán esto á niñería los hom bres de seso mun
daño, y no lo darán p o r virtud los A ristarcos c e este
siglo. Mas la gen te carnal, dice el Apóstol, no alcanza

(1) Ejercitarlo espiritual Iccc. 2.* re gla notable, p á g . 417 del


tom . II.
(2) M árquez, Vida del Ven. Padre etc., pág. 27.
LIB . II.— CAPÍTULO X X I. 281

las trazas del espíritu y condena por sim pleza lo que


es sabiduría celestial. Del bienaventurado S. Bernardo
dice su v id a qu e no podía ver m atar un anim alq'o y
que hizo m ilagros en librar á algunos; y leem os en S a ­
lom en: «el justo cuida de sus animales; las entrañas del
malo son crueles» (i).
«Yendo el dicho santo O rozco en cam ino con el P a­
dre M aestro Villavieencio, de la O rcen de S. A gu stín y
P redicador del R ey Felipe II; la m uía en que iba el santo
O rozco le echó en el suelo y le tenía debajo m altratán­
dole; viendo esto el P. Villavieencio, se apeó de su m uía
y quiso dar á la que m altrataba al sarto ; y viéndolo el
P . O rozco (que estaba en el suelo) dijo al P. Villavicen-
cio:— Jesús, Padre, no dé V. Paternidad á laprojim ita de
Dios— {2). Q uien no se airaba con la bestia que le habia
derribado en el suelo y le estaba m altratando; sino que
salía á la defensa de ella, llam án dola prójim o er. dim i­
nu tivo, im agínese cóm o tolerarte las iujurias y contra­
dicciones de los hom bres.
La M adre Á gueda de Sta. C ru z, de la Orden de San ­
to D om ingo, qu e tan to le consultó y conoció el espíritu
y carácter del bendito religioso, nos asegura que «tuvo
que sufrir grand es contradicciones, las cuales padecía
de algunas personas religiosas (que es lo que más duele)
que se le oponían á cosas del servicio de Dios; pero que
tod o lo sufría y llevaba el santa con gran d ísim a confor­
m idad de la volun tad de nuestro Señor, sin que m ostra­
se ningún m ovim iento d e ira ni cólera» (3).
Una Señ era de titu lo y gran d e del reino estaba m al
con el S tc. O rozco, dice su am igo el platero López, por
cierta reprensión que la hizo, acaso de im portancia; y

(1) M árqu ez, cap. X II, pág. 26.


(2) D.* M ariana d s V illa lo b os, q u s se lo oyó á su S eñ ora M adre
D-* Isabel de N avares, fol. 78 vto.
(3) Inform. sum. original, fól. 308.
282 V ID A D E L BTO. ALONSO DE OROZCO.

sabiéndolo el santo, lo llevaba con m ucha paciencia y


siem pre la encom endaba á nuestro Señor (1).
P ero aun es m as notable lo que refiere el Obispo de
Siria: no sólc confiesa que jam ás le oyó palabra desen­
tonada, ni m anifestadora de sentim iento, no obstante
que supo algunas ocasiones que le pocían enojar; y
una fué que hurtándole cierta cosa de su celda, tra tá n ­
dola con él, d ijo:— Dios se lo perdone al que lo tom ó,
que pues lo tom ó, debía de lo m enester;— sino que oyó
adem ás con otros testigos que en cierta ocasión un S a ­
cerdote dió a l V enerable P ad re un bofetón, y que luego
se hincó de rodillas y pid ió otro; y tam bién que una
tem p orada le qu isieron calum n iar de que ya caducaba;
y el Santo cuando lo supo, con m ucha m odestia dijo:
— noesícy ianacabado. pues puedo decir cada dia misan '2).
De m anera que el hum ilde agu stino venia á contes­
ta r á los m aleantes:— L lam adm e enhorabuena lo que os
plazca, pero dejadm e acercar al convite de.m i am ado.
De este sólo m e acu erd e al salir en defensa de mi juicio
cabal.— ;Esta profunda hum ildad y olvido de si m ism o,
sí que es cordura y m uestra de intelectual despejo, más
que todas las prudencias y sagacidades de los hijos de
los hom bres!
C erraré este capítulo ya con las palabras del V en era­
ble P. Juan de Castro, am igo y com pañero suyo, que le
IraLú bien de cerca, cuando el Beato contaba m uchos
años, y que al decir de Horacio debería de ser com o
todos los viejos:
De co n ten ta r difícil, quejum broso,
Q ue á los jóvenes riñe y los m altra ta...

«Ponía, escribe, gran adm iración considerar su m an ­


sedu m bre: de m í sé decir qu e to c o el tiem po que -viví

(1) Inform. szm . original, fol. 308.


(2) In f sum. p ág. 90 vto. D . F rancisco M aldonado, O bispe de
S iria.
L IB . I I . — C A PÍTU LO X XI. 283

en su com pañía, que fué tre s años en veces, jam ás vi


que se enojase... Su sem blante, sus palabras, toda su
conversación predicaba in a ’. isedum bre; y no m e acu er­
do haber visto cu este m undo retrato que inás im itase
lo qu e el E van gelio nos predica de la condición m ansí­
sim a del Hijo de Dios» ,(i).

(1) C íta le M áixjucz, p ág. 29.


CAPÍTULO XXII.

h u e v a s maravillas y prodigios obrados por las oraciones


del ‘Beato Orozco contribuyen á extender m is su fam a
de santidad,

1680—1589.

u m e n t á n d o s e cada día el núm ero de favoreci­

dos por el V en erable Padre, es claro que se


m ultiplicaban las lenguas de los que le ensalza­
ban y bendecían. ¿Cómo no creer y dilatarse el rum or de
su fam a obrando prodigios con extraña frecuencia, aun
en casos de ligera im portancia?
Q uebróse un día la copa de vid rio en que agradaba
á Felipe II beber, en ocasión sin duda de hallarse en pa­
lacio el observante agustino, y advirtiendo el apuro y
encogim iento del gen til de boca, nuestro com pasivo
herm ane echó la bendición al vaso roto, el cual quedó
com o nuevo (i) ¿En qué opinión ten d ría de allí adelante
el palaciego al P. Orozco?
Caso igual aconteció en casa de un g ra n P rín cipe de
la córte, hallándose éste enferm o y yendo á visitarle el
bendito Padre (¿)\ y tam bién ocurrió lo propio á u n paje

(i) P. Herrera. Inf. Píen, fol 40Ó.


(3) D.* M aría de B^ena, Inf. sum. fol. 80.
LIB. I I .— CAPÍTULO XXII. 285

de D¡* M aría de A ragón (1). Tam bién se refiere que sanó


el vid rio que rom pió contra el pom o de la espada el es­
cu d ero de una señora principal, la cual m andó algo de
conserva al V enerable (2).
En el convento, adem ás de la 'jarra sar.ada, cuando
se disciplinó porque clam aban ¡m ilagro, m ilagro! sanó
o tra que él tenía en su celda y halló rota sin saber por
quién (3). O tra vez arregló de igu a l m anera unas vina­
jeras.
Y o sé, refiere D.* Inés Su árez, com o D.* Beatriz Pi-
m entel, m ujer del Licenciado F u en m ayor, del Consejo
r e a ly cám ara de Su M ajestad, estuvo m u y m tla y desa­
huciada de .os m édicos de una grande enferm edad que
tuvo, y queriéndola d ar el Santísim o Sacramento,- ella
no lo quiso recibir, sino es que el Santo O rozco fuese á
dárselo, y luego fué el Santo Orozco á su casa; y estando
él allí, trajo el C u ra el San tísim o Sacram en to, y el dicho
santo Orozco se vistió para darle el Santo Sacram ento,
porque el C ura lo perm itió por ser la persona que era
la enferm a y el dicho Santo. Lo cual fué p o r la tarde,
y h echo esto queriéndose ven ir el Santo á su casa, dijo á
la enferm a que se quedase con Dios, que él fiaba en su
Divina M ajestad que á la m añana estaría buena; y otro
día pur la m añana estuvo buena. Tom aron un criado y
le enviaron á d ecir al Santo com o estaba ya buena, y
llam ando el dicho criado en la celda del San to Orozco,
antes que el criado le hablase palabra, le dijo el dicho
Santo:— Váyase con Dios, señor, que ya sé que la Seño­
ra D." B eatriz está buena. M aravillado el criado por ser
tan de m añana, y cu e el Santo no lo podía 3abcr de nin­
g u n a persona, se volvió á su casa diciendo:— este es

(1) P . Herrera, ¡n/orm. Píen. fol. 408.


(2) G erónim a de N o riega, Inf. sum. fol. 335.
(3) D.* F rancisca de R obles, fol. 252, A n ton io G óm ez de Tejada
366. Compruébense once casos de esta calidad, dice el P . M árquez,
pág. 55.
286 V ID A D E L B T O . A LO N S O DE ORO ZCO.

hom bre santo que antes que y o le dijese nada, m e dijo


él á lo que yo iba: y se echó de v e r el m ilagro tan
grand e, y se publicó por todo Madrid» (i).
«Yo puedo decir, declara Eufrasia Sierra, que cu an­
do teníam os algún d olor ds muela?, ó de cabeza, ó de
ojos, y nos hincábam os d e rodillas delante del Santo
Orozco, y nos ponía las m anos en la cabeza, luego al
punto se nos quitaban los dolores, p articu larm en te á
m i, y sucedió esto m uchas veces® (2).
oPúblico y notorio fué en la córte, com o habiéndose
saltado un ojo al P . M tro. Q uevedo, de la O rden de San
A gustín , visitándole el bendito Padre y poniéndole su
m ano, le volvió el cjo á su lugar» (3).
«Yéndom e á orden ar de epístola á la ciudad de Se-
govia, dice el P. Alonso Soto, á la venida el m acho en
que venia m e echó ea el suelo, y de la caída que di me
hice m ucho m al y m e quebré una costilla; de lo cual vin e
m u y m alo, y era necesario cu rarm e m u y de veras; y
para esto fui a la calle de las Hurosas (en la cual calle
m e dijeren que había unas m ujeres que cu raban m u y
bien de sem ejantes caídas); y acudiendo á ellas m e d ije­
ron que por qué no acudía al Santo O rozco para que
m e sanase, y venido al convento m e fui derecho a la cel­
da del dicho Santo Orozco, y le dije la calda y cuán
m alo estábil: y el Santo m e leyó los evangelios, y dichos
salí de su celda sano y bueno, sin qu e tuviese necesidad
de m ás cura» (4).
«Pasando un carro cargado por encim a de un niño,
el dicho Ven. P . Fr. Alonso de O rozco, acertó a pasar

(1) Infor. sum. fól. 138. No se puede in ferir e l tiem po preciso


en qu e sucedió lo referido, pues D.* Inés conoció y trató m uchos
años al V e n . P adre.
(2) Inform. sum. ¿e Madrid, fol. 423. L o m ism o testifica Doña
C a ta lin a L u d eñ a, i’o l. 322.
(3) F ran cisco de Peñalosa C astellanos, fol. 49: vto.
(4) Inf. sum. fol. 427.
LIB. i : .— C A P ÍT U L O XX II. 287

p o r allí, y levanto la criatura sana y buena, sin que tu ­


viera lesión alguna: y esto lo oí públicam ente á m uchas
p erso n a s, que de presente no m e acuerdo de sus
nombres» (1).
Dice Juan Espinosa, criad o del P rin cipe Real, «en v i­
da del Santo Orozco (que era m u y am igo de m i fam ilia),
estuve desahuciado de un tabardillo encubierto, y dádo-
m e los sacram entos; y m is padres se fueron llorando al
santo, diciéndole:— Padre, ahora es tiem po de qu e se vea
nuestra am istad .— P regu n tán d oles el dicho sa cto q u é era
lo qu e traían, le dijeron cu e estaba su hijo J u a a ico ea las
m anos de Dios desahuciado; y que pues ped ia tanto
con Dios, que le pidiese que le diese vida; á los cuales
consoló m ucho, y que él lo h aría, y que se fuesen, que
d entro de dos horas volviesen, porque él quería hacer
oración por su salud, y verían com o nuestro Señor le
qu ería d a r salud a su hijo: y así volvieron á la dicha
hora, y les dijo que de esta enferm edad no m oriría y
qu e se fuesen á su casa, que le hallarían m ucho m ejor,
y qu e había de viv ir m uchos años sin enferm edades y
bien quisto de todos y en un puesto honrado; y asi lu e ­
go volvieron á su casa y m e hallaron m ucho m ejor y
alegre; volvieron o tra vez m is padres á verse con el di­
cho Santo O rozco á darle las g ra cia s, y d en tro de tres
horas vino el santo á mi casa, y m e dijo los evan gelio s y
quedé de tod o punto sano, sin lesión ni enferm edad
alguna; y después de que el San to O rozco m e dijo que
no habia de tener enferm edad p o r m u y largos años, no
he tenido ninguna, aunque ha m as de trein ta y tres
que el dicho Santo O rozco me lo dijo» (2).
«Vi, declara el P. Pantoja, com o yen d o una m añana
en com pañía del dicho santo O rozco, que iba á predicar
al convento rea l d e los Angeles, y á unas beatas de la
m ism a orden (que eran pobres y no había quien las

(1) P . Pedro T o rre, com p.° del 84 al 8 ; — fol. Q4 v u elto .


(2) Inf. sum. fol. 132. El milagro se verificó, pues, hacia el 1585.
2R8 VIDA D E L BTO . ALONSO DE OROZCO.

confesase sino es el santo Orozco) y para esta ocasión


este día que iba yo con él m ad ru gam o s de m añana; y
yen d o por la caLe del A renal, vim os como un hom bre
estaba er. el suelo, y al rededor cuatro ó cinco hom bres;
y com o llegásem os á donde estaba, el santo O rozco pre­
guntó: ¿que qué tenía aquel hom bre? y los que estaban
allí resp o n d ieron :— m u erto está. E l santo O rozco le
asió de la m ano, y se volvió los ojos a l cielo haciendo
oración ternísim am ente, y desque acabó la oración, el
hom bre que estaba m u erto em pezó á rebullir, y los
hom bres qu e allí estaban y yo vim os el grand e m ilagro
que n u estrc Señor habia hecho en aquel h cm bre p o r
intercesión del dicho santo Orozco, y los hom bres de­
cían á voces:— ¡m ilagro, m ilagro! Pero el santo O rozco
dijo al hom bre que se levantase, para ir al hospital; y los
hom bres dijeron que no había cam a, m as el santo le
asió d é la m ano y le levantó del suelo y ¡e llevó al hospital,
y con haber tantos enferm os y ninguna cam a para nadie,
p erm itió nu estro Señor que á la sazón entrase en el hos­
pital el m édico qu e curaba allí, y al salir dijo que el en­
ferm o de tal cam a estaba bueno, y que ya podía salir; lo
cual perm itió nuestro Señ or por intercesión del dicho
santo, p ara que el hom bre resucitado de todo punto
quedase consolado» (i).
El P. Sebastián A vellaneda testifica haberle acom pa­
ñado á visitar al P residente del Consejo de Indias, don
H ernando de la V ega, c' cual estaba m u y fatigado de
un dolor de costado y dados todos los Sacram en tos y
desahuciado de los m édicos. El Ven. luego d e en trar en
la cám ara del enferm o, estuvo orando m uy largo rato
á los piés de un C ru ciñ jc, y en presencia de los criados

( i) inf. sum. original de A lcalá, fol. 643 vto. P . Kr. B las P a n -


toja, com pañero ¿el santo y que le trato en los cuatro años an tes
del 1591. «Había m uerto otro h cn iL ie i lt P a sicn . pasado de uua
estocada, escribe el P . M árquez; llegó el santo religioso, y en to­
cándole, resucitó.» Pág\ 55.
L I B . I I .— C A PÍTU LO X X II. 28g

del Presidente luego le dijo lus evangelios, hizo la señal


de la cru z sobre la parte dolorida y le aplicó su m ano.
El enferm o le apretó la m ano diciendo 110 se la quitase,
porque sentía m ejoría; y a l segundo ó tercero día, sano
y bueno el Presidente, fc c a d a r las gracias al V en era­
ble á San Felipe. Lo prop io aconteció con otro enferm o
que yacía en casa del alguacil de córte C laudio de Cos;
y á casa de otros enferm os le acom pañé m uchas vcccs
y lo m ism o sucedía con los tales enferm os com o con
el dicho Presidente» (1).
S u ca d o y cansado de pred icar volvía un día á San
Felipe el Beato, cuando ie salió al encuentro D.* C ons­
tanza D eigadillo diciéndole que su hija Antonia estaba
al cabo de la vida, y desahuciada del Doctor O ñate, m é­
dico de cam ara de S. M.— V en go de pred icar m u y can ­
sado, respondió el afable religioso, pero vam os á leerle
los evangelios.— Se los leyó, y llegado el Dr. O ñate á la
tarde, halló que la niña estaba hnena, y dijo:— ¿qué es
esto que ha sucedido, que esta niña está fuera de p e­
ligro? Y referido lo que había pasado, «el D octor, está
testigo (2;, la m adre de la niña y o tra persona dim os
gracias á Dios por m ilagro tan patente.»
A ntes de este suceso, estaba M elchor O rtiz d esahu­
ciado de una gravísim a en ferm edad , y llam ando al
Venerable P ad re para consuelo y alivio de aquél, res­
pondió:— tengo unos callitos que no m e dejan an d ar,
pero con tod o eso yo me iré .— Fué, entró en la habita­
ción del paciente, le dijo los E vangelios con m ucha de­
voción y puso las m anos; y luego al punto fué N uestro
Señor servido d arle salud en tera (1).

(t) P . A vellan eda, compañero del V en erab le por loa años 1588,
fol. 215 y 316.
(3) S or. F rancisca de las V írg e n e s, m onja en la C oncepción
G erónim a, tía de la agraciada, fol. 190 y fol. 135: (el m ilagro debió
de ocu rrir hacia el año 1 >¡87).
(3) S o r C atalin a d e S an to D om ingo, m onja en la C oncepción
B ernard a y cuñada del agraciado, fol. 336.
20
29O VID A D E L BTO. ALONSO DE OROZCO.

Hacia el 1589, en hora que la com unidad de S. Felipe


estaba com iendo, prendióse un voraz incendio en casa
de un espartero que vivía ju u lo á la casa del M arqués
del Valle, en la plazuela de la Reina junto á la santa
C ru z, por la trasera m u y cercan o á S. Felipe; y com c el
fu ego fuese m u y gran d e y el aire recio, llegó á d ar en
una sarm entera pegada á la cocina del convento. Dejó
la com ida en refectorio la com un idad, y salieron albo­
rotados los P ad res, entre ellos el P rio r, célebre P. Pine-
lo y el testigo P . Rincón, cuando h allaron al Venerable
que se hallaba en una ventan a g ra n d e del dorm itorio
del P rio r.— No se alboroten, Padres, les dijo el Santo, y
repitiendo: ¡Jesús, Jesús! y echando bendiciones, vieron
todos retirarse el fuego, después d e haber tocado la sa r­
m entera. «Todos los que lo vieron lo juzgaron p o r g ra n
m ilagro, y por tal lo tuvo el testigo citado y lo fué, por­
que viniendo con el aire el fuego tan recio y llegar á pe­
g a r en la sarm entera, y volverse a trá s p e r la oración del
Santo é instancia tan g ra n d e que hacía á Mtro. Señor,
lo juzgaron á g ra n d e m ilagro» (r).
Francisca de T o rre nos refiere que «ella vió estando
en el E scorial en palacio con la dicha S ra . D .‘ María
de A ragón, com o Su Maj. el Rey Felipe II nuestro Señor
(que esté en gloria) envió á llam ar desde el Escorial á la
villa de M adrid al dicho Sto. O rozco, porque el P rín ­
cipe D. Felipe (después Rey de España tercero de este
nombre) estaba m u y m alo y desahuciado de los m édi­
cos: y á la sazón tam bién el santo O rozco estaba m alo,
y p a ra que fuese al Escorial le envió un coche de seis
m uías; m as el Santo no quiso ir en el dicho coche ni
en litera, antes quiso ir á pié; y los que vinieron p o r él,
vien do sus pocas fuerzas, hicieron buscar un carricoche
q u e entonces se usaba, y se fué en él al Escorial» (2).

(1) P . A lonso Rincón, fol. 651, y B artolom é R iq uin o. criado


de la E m p eratriz D.* M aría.
( j) Inf. sum. p á g. 4C0 vto.
LIB. I I .— C A P Í T U L O X X II.

Y tan desfallecido y desahuciado de los m édicos en­


contró al Principe, que cno le daban m ás de dos horas
de vida, y decíase en palacio que y a era m uerto, pues es­
tándose disciplinando las damas, llegó una d e ellas dicien­
do que ya era muerto» (i). «Su M ajestad el R ey D. Feli­
pe 11 le recibió con m ucho gusto; y el Santo O rozco dijo
los E vangelios al P rín cipe, habiendo dicho prim ero una
misa; y luego al punto m ejoró el Príncipe y estuvo luego
bueno; de lo cual hubo gran d e adm iración en Palacio
y todos vieron el m ilagro gran d e que nuestro Señor
obró p o r intercesión del santo Orozco en el Príncipe, y
dieron á nu estro Señor las g ra cia s por la salud tan co­
nocida, todo lo cual lo vi yo» (2).
«Se le quitó la calentura al punto de leerle los E va n ­
gelios, asegura D.* Beatriz de F reitas, G uard a-d am a de
la Reina, y estuvo bueno: y esto fué m u y público y noto­
rio en Palacio, y Su Majestad se acordará de esto que
le sucedió, porque no era tan niño» (3). Efectivam ente,
el R ey D. Felipe 111, á petición del R ector del Colegio de
D.* M aría de A ragón , bajo su real palabra dió inform e
de la opinión que le m erecía el Bto. Orozco, que exten ­
dió y firm ó su P atriarca de las Indias D. Diego de Guz-
n á n , declarándose deu dor de la vid a á las oraciones del
Beato. Y su h erm ana D.* Isabel, la Gobernadora de Flan-
des, que cuando este suceso frisaría acaso en los veinte
años, testificó lo m ism o desde Bruselas, declarando la
g ra n fam a de santidad de qu e gozó el bendito P ad re
O ro z c j, y la alta estim ación en qu e su augu sto P ad re
y toda su fam ilia le tuvo; p o r lo cual pedia en carta á
S. Santidad le elevase al honor de los altares (4).
«Habrá treinta y un años poco m ás ó m enos, dice Doña
Leonor de Driones, que estu ve m u y m ala de u n a enfer-

(1) D.* M aría B arahooa y V elasco, fol. 293. vto.


(2) F rancisca d e T crre , pág. 401.
(3) Inform, sum . ful. 53.
(4) V can se am bos docum entos reales en los apéndices.
292 V ID A D E L BTO . ALONSO DE OROZCO.

m edad, de la cual estuve dada lo Jos los santos Sacram en ­


tos y desahuciada de los médicos; los cuales, com o h a
tantos años que sucedió la enferm edad, son ya m uertos.
Los cuales m edejaron p o r m u c r ta y cubierta para am or­
tajarm e; y estando do esta m anera, el P. Fr. Francisco
de Briones. de la O rden de S . A gustín , m i herm ano, a cu ­
dió al Santo O rozco, lastim ándose de mi enferm edad
el día antes, para que tuviese por bien de encom endar­
m e á Dios Ntro. Señor; y aquella noche el dicho Santo y
el P ad re F r. Francisco de Briones se fueron al c o r o á te­
ner oración, pidiendo á Ntro. Señ or m e diese salud; y
después que estuvieron un gran rato en la oración, el
Sto. Orozco se fué para mi herm ano y le dijo que se con­
solase, que su herm ana no m oriría de aquella enferm e­
dad. A la m añana vino á verm e mi herm ano, y le d ije ro n
que su herm ana estaba ya m uerta y tapada, á lo cual él
dijo:— cóm ol no es posible, d ejarm e ver á mi herm ana!
y llegó á la cam a donde estaba, y dijo que me destapasen,
y pidió un espejo para hacer prueba si yo estaba m uerta;
en el cual espejo se echó de ver que aún no estaba m u er­
ta, p orq ue se halló que en todo el espejo habla vaho, y
luego mejoré» (i|.
cFué un día á San Felipe cierta m ujer casada á co n ­
fesarse con el Santo V a ren , escribe el P. M árquez, y él la
confesó y com ulgó en su misa: sospechó el m arido que
había ido á otra parte, y sin dárselo á en tender ni con el
sem blante, se determ inó d e m atarla aquella n o ch e;y es­
tando ya cerradas las puertas, y sosegada to d a la fam ilia,
cuando quería ejecutar su m al propósito, se le apareció
el bendito P adre, y le reprendió el injusto inten to que
tenia, curóle la sospecha diciéndole donde había estado
su m u;er, y lo que había hecho; con que el hom bre se
confundió y la pidió perdón, y fueron de allí adelante
m u y bien casados».
«Cayó un niño en un pozo cerca de donde estaba el

(1) Inform. sum. de Madrid, fol. 422.


L I B . II. — C A P Í T U L O X X I I . 293

m ism o Santo, acudió luego y dejó colgar la cinta, asióse


el niño á ella, y sacóle bueno y sano» (1).
A la vista ten go la relación de lo ocurrido en un p ar­
te de D.* María de la Cueva, y de la señora de O ca n p o , y
la de S ierra, y especialm ente la declaración del P . Diego
Gutiérrez, com pañero del Venerable, donde se da cuen­
ta de lo que acaeció en el parto de la condesa de O liva­
res; y com o el Conde, V irey de Nápoles, envió á llam ar
al santo para que orase por la señora y le prestase su
correa, con !a que dió á luz felizm ente, después d e h a ­
berse visto en am argu ísim o trance. ¿Pero cuántas pági­
nas serian m enester para dar ligera n o tid a de casos
semejantes? Ya queda declarada la opinión de santidad
del bendito Padre, y ccm o alivió á la Reina después del
nacim iento del Felipe 111; ahora im agin e el lector cu án­
tas m ujeres, al verse en los apu ros de partos difíciles,
acudirían al Venerable por la correa, m ayorm ente luego
de haber oido el buen suceso que lograron otras m u je­
res con la reliquia del Santo O rozco... L es com pañeros
del Beato dicen con el P. G utiérrez: «Asimismo 01 com o
enviaban á pedir la correa del dicho bendito P ad re m u­
chas m ujeres que estaban de parto, y decían que habían
tenido buen parto» (2).
L legó á ocurrirle al Ven. religioso dejarle sin correa,
aun sin la interior que solía llevar, con u sar dos y tres;
porque todas se las arrebataban. Y ya direm os los m i­
lagros de esas correas después que el justo pasó á m ejor
vida.
Para cu e la fam a del V enerable se extendiera de
extrem o á extrem o de M adrid, y repasara las lindes de
la córte, ¿era preciso algo m asq u e la boca d é la s m ujeres
favorecidas?

(1) P . M árqu ez, Vida del Ven. Padre, etc. pág. 56. Ignórase el
tiem po en qu e ocu rrisron estos casos. Inf. sum. fol, 453. vto.
(2) Lib. de la inform. sum. ful. 392 vuelto, hacia el año 1588.
CA PÍTULO XXIII.

Vida y trabajos apostólicos del cBto. Orozco en su


avanzada edad de 8o d go años.

1580—1590.

s ta m o k n arran d o porten tos de m ilagros rea­


lizados por la encendida caridad del bendito
P. Alonso; y seria im perdonable olvidar el
más estupendo, pasm o de su siglo y asom bro
de posteriores edadss: hablo de su vida apostólica á sus
ochenta y aun noventa años.
E l m ortificado religioso seguía habitando una de las
covachuelas que hem os descrito: de ella no se m udaba
sino en busca de otra peor. La cam a todavía no era m ás
blanda, y el ajuar y adornos de la celda no hay para qué
a d vertir que en nada habían m ejorado. L a necesidad le
obligó en tan extrem ada edad á u sar un braserito,
p ara poder trabajar á pesar de los rigores del invierno.
O tro m ueble adm itió en su celda con que d esah o gar el
caudal abundante de am or divino, en que ard ía su co ra­
zón. Y a hem os hablado de sus aficiones á la m úsica
L IB . II.— CA PÍTU LO XX III.
295

religiosa y de la destreza cnnqiifitocf.ha el órgano: añada­


m os ahora quecuanrín creció el fervor de su espíritu, lle­
n a b a y d i. a t a ha su pecho, le m ovía á expresarle entre las
arm onías de un clavicordio, que pulsaba a ratos todo
enardecido y enam orado de la herm osura de Dios. Sería
de ver y co n tem p larsu enjuto rostro, em bellecido coa las
coloradas ráfagas del fu ego que le anim aba, y á sus des­
carnadas m anes sacu d ir la pereza y el hielo de la vejez,
m oviéndose ligeras á im pulsos del resorte del am or;
sería de oir y adm irar aquella d ulzura d e m úsica apren­
dida de los ángeles; m ientras los P P . m ás g ra v e s del
convento com o el P. Dam ián de la Sern a su confesor,
el P. Bobadilla y Gaspar López, se iban á escuchar á la
p u erta d e la celda del Santo, por g o zar de aquella m úsi­
ca, y saber quién contestaba al Venerable y alternaba con
él en sus sagrados cánticos (1).
La asiduidad al coro en nada dism inuía: antes á veces
sostuvo casi selo el peso de las funciones religiosas.
«Soy yo buen testigo, afirm a M árquez, de que el año de
1580, en aquella penosa en ferm edad del catarro , de que
m urieron tan tas personas y enferm aron casi todas las
que había en estos reinos, este santo Varón nunca en­
ferm ó ni dejó de decir m isa un día tan solo, proveyén­
dolo N uestro Señ o r para consuelo de los enferm os. Él
solo sustentó el coro, ya con un religioso, ya con ctro,
(porque aunque enferm aron todos, siem pre h abia libres
algunos); y á uno qu e le acom pañó más de ordinario le
dió en gratificación un escapulario y capilla, dádiva,
que por ser de su m ano, se estim ó com o una joya del
cielo. De m an era que, m ediante la devoción de este ben­
dito Padre, lo que pocas Iglesias de España pueden decir
con verd ad, en el C onvento d e S . Felipe en todo aquel
tiem po no faltó m isa en la Iglesia, ni oficio divino en el
coro» (2).

(1) Inform. sum. fol. 138.


(2) M árqu ez. Vida del Ven. P»dre, cap. IX. fol. 19.
296 VIDA D EL BTO . ALONSO DE OROZCO.

E sta frecuencia al coro m ereció de Dics une m er­


ced insigne. En lo m ás recio d elin vicrn o nevó cierta n o­
che extrem adam ente, y hallándose acaso posos con-ver.
tuales en S . Felipe, y éstos achacosos ó enferm os, por la
crudeza del tiem po é intem pestivo de las doce de la
noche, confiados unos en otros, no se levantaron á m ai­
tines los PP. Sólo el observantísim o P. O rozco asistió
com o de costum bre. E n terado luego el P rior del poco
ferv o r de los frailes obligados á coro, reunida la co m u ­
nidad en C apítu lo les reprend ía ásperam ente k. inob­
servancia, cuando de súbito se levantó el Rtn. Alonso y
dijo al P. Prior: «Han inform ado mal á V . R.; porque
los m aitines se rezaron con la solem nidad acostum bra­
da, estando presentes todos los religiosos». Estos que
sabían bien lo ocurrido, m irábanse unos á otros, hasta
caer en la cuen ta de que los coros angélicos habían su ­
plido su falta, acom pañando en el oficio al Venerable
P. O rozco (i¡.
Celebraba e! santo sacrificio de la m isa generalm en te
de m adrugada; no ya al público, porque se detenía
tanto en ella, que el P rior le m andó decirla en el altar
de la sacristía, á fin de que no fuera m olesto á los fieles,
sino m ás bien edificante á cuantos tenían espacio para
solazarse, adm iran do el fervor y las m uestras de rega­
los celestiales m anifestados en el sem blante del santo
sacerdote. Deteníase en ella cual o tro S . Juan de S a h a ­
g ú n , «porque veía en la hostia al niño Jesús m uchas
veces, y hasta que desaparecía le era fuerza estarse con
él» (2). «Estando yo, dice Pedro H ernández, oyendo su
m isa (un día hacia el 1585) fué nuestro Señ o r servido,
aunque yo no lo m erecía, que viese por m is ojos elevaco

(1) Inform. sum. fol. 518 y 141. M árq u ez, p ág. 56. En el com ,
sin em bargo, habíanse rezado los m aitines á prim a noche, :om o
se acostum braba, por los P P . enferm os y algun os exentos.
(2) A n ton io G óm ez d e T ejada, Injorm. etc. fol. 365, fam iliar
del S to . Oficio.
LIB. II.— C A P ÍT U L O X X III. 297

y levantado del suelo m ás de m edia vara, sin que es­


tuviese arrim ado ni aun al m ism o altar, al dicho V e­
nerable P. Fr. A lon so de O rozco; al cual com o dicho
tengo, le vi arrebatado en el aire, lo cual duró todo lo
que duró el segundo m em ento de la m isa, que duró
mucho» (1). «Reparé algu n as veces, añade Francisco
M oreno, que en el m em ento estaba m ás de tres cuartos
de hora, sin m enearse ni m over los ojos ni boca, que
según se echaba de ver, estaba suspendido en éxtasis;
y particu larm ente un día ayudándole yo á inisa, como
lard aba lau to eu el m em ento. le tire de una punta del
hábito, y no hice m ás m ovim iento que si tirara de una
casa» (2). S u s devotos encendíanse en el am or de Dios
con los suspiros y exclam aciones que frecuentem ente
exh alaba el V enerable ante la hostia consagrada; y al
term in ar el trem en do sacrificio, acercábanse todos á
besarle la m ano com o á Santo.
A pesar de los ejercicios del coro y las oraciones
m entales prolongadas, no abandonó jam ás sus estudios
predilectos, y el cum plir, hasta fallecer, el encargo de
escribir recibido de la Sacratísim a V irgen , y m ucho
m enos el d e predicar el evangelio.
Solía decir espantado el P. Pinelo: no sé cuándo halla
tiem po el P. Orozco: él trabaja m as que todos en el con ­
fesonario y el púlpito, y es el más asiduo en el coro.—
El P. P edro de la T o rre le asistió en el año 1385 y le
acom pañó m uchas veces para ir fuera, «cuyas visitas to­
das eran co n sagrad as á Dios, y e n d o á p re d ic a rá alg u ­
nos m onasterios y hacer platicas espirituales, en parti­
cular en el m on asterio de la M agdalena y el noviciado
que estaba conjunto á él; y desde que salía de casa era
tan g ra n d e su m ortificación qu e nunca le vio levan ­
ta r los ojos d é la tierra, y siem pre iba alabando á Dios
y rezando á la ida y á la vu elta... O tras veces iba á visitar

(1) ¡n/orm. sum. fol. 557.


(2) ¡uform. sum. fol. 203 vto.
2 C)8 V ID A D E L B TO . ALONSO DE OROZCO.

enferm os, en cuyas visitas se detenía cuando decía al­


g u n as palabras espirituales, exborland o á la confor­
m idad con Nuestro Señor y luego incontinenti decía
los evangelios, quedando todos m u y consolados y gozo­
sos de haberle visto... Era tan co n tin u o cn la com unidad,
que acudía á los m aitines y prim a y las dem ás horas,
com o si no tuviera otra ocupación, con u n a devoción es­
p iritu al del ciclo; por rr.anera que jam ás parecía por el
convento sino en vía recia desde la celda al coro, del
coro á la sacristía, y de la sacristía y coro á la celda, don­
d e juzgo que estaba bien em pleado; la celda era m u y
pequeña, y en lo m ás h um ilde de la casa, tenia... una
mesa arrim ad a á una'vidriera pequeña, donde escribía
los libros que hay im presos suyos, que casi yo nunca le
vi ventana abierta» (i).
Desde los 77 años m olestaban le en gran m anera unos
callos que apenas le dejaban andar, m as no por eso ce­
jaba en sus tareas apostólicas: «Yo sé, dice su am igo el
p latero Francisco López, com o el Santo O rozco padeció
graves enferm edades corporales, particu larm en te en los
piés, de unos callos que r.o le dejaban vivir, y por m uy
apretado que estuviese de las dichas enferm edades, ja ­
m ás dejó de d ecir m isa ni de pred icar en las fiestas en
dos ó tres partes por grandes calores y fríos que hiciese;
y un día habier.de nevado m ucho y estando el dicho
Santo m u y fatigado de sus piés, le supliqué que por
aquel día dejase de predicar, p o r estar tan fatigado y
ser el tiem po tan rigu roso, y el dicho Santo me respon­
dió que no se podía dejar de trabajar en la viña del Señor
y no perder un momento de tiempo< (2).
El año 1588 pasó por M adrid el General de la O rden,
cuando el Ven. O rozco estaba por lo m enos entrado en
los ochenta y ocho años, y com o suceso notable hizo

(1) P . P e d ro d e la T o rre, P red icador del convento de B u rg os


y P rocurad or G en e ral.— lol. 93 y sigs.
(2) Inform. diada, de Madrid, fol. 108.
un. i i .— c a p í t u l o x x ii:

ap u n tar en los registros del generalato la siguiente


frase: 1588. E l P . General oye predicar en Madrid i Fray
Alonso de Orozco, al cual calificó de varón sanio y hombre
de doctrina insigne» (1).
Ocasión es esta de indicar no m ás que algo del aprove­
cham iento espiritual que los fieles sentían con el trato
y conversación del Beato, m ayorm ente con su dirección
en el cam ino de la virtud . «Yo conocí, confiesa la M adre
Á gueda de la C ru z, á la señora Doña Antonia Branches,
señora gravísim a é ilm a. en estos reinos, y m ás ilu stre
p o r haber dejado el m u nd o y en trádose m onja y haber
profesado y m u erto en tal estado; la cual se confesó m u­
chos años con el santo Orozco y trató continuam ente
de cosas de espíritu con él;... y yo m ism a fui de él ense­
ñada en el cam ino de Dios nuestro Señor, en m uchas
cosas de oración y contem plación; y de todas las dudas
que ponia salía siem pre m u y consolada con grand e
quietud de las respuestas que el dicho santo daba; p o r­
q u e com o varón apostólico siem pre hablaba a l alm a y
al corazón; y esto m ism o sentían todas las personas que
le trataban de estas m aterias: y á los que andaban des­
carriados y apartados da Dios nuestro Señor reducía
con sus palabras, ccn sus obras, con sus consejos, con
sus serm ones; pues todos salían tocados de la fuerza de
sus palabras, para enm endar su v id a ... En todo el tiem po
que traté con el dicho santo O rozco siem pre vi en él
u n a excelentísim a y grand ísim a desnudez de todas las
cosas de esta vida, cor. una perfección m aciza, com o se
m e pregun ta; fundadísim o en una profundísim a h u m il­
dad, lo cual m ostraba en todas las cosas, siendo siem pre
m u y am igo de defender la verd ad, donde quiera que la
hallaba caída; y tanto que p o r defenderla daría siete
m il vidas; y aunque he tratado con m uchos y diversos

(1) A sí se lee en los R egistros del año 1568.— G en eralis M atriti


preedicsntem au d it iratrem A lphonsum de O rozco, quem virum
sanctum et in sig n is doctrina: appellat.
500 VID A D E L BTO. ALONSO DE OROZCO.

religiosos en m ateria de espíritu, nunca he hallado eu


nin gu no aquella candidez y pureza y fortaleza para vol­
ver tanto por la verdad, y asi siem pre vi en él un espíritu
solidísim o y perfectisim o, y superior á todo saber» (i).
Con sólo estar á su lade confiesan algunos cu e sentían
viva contrición de sus pecados y am or de Dios, con m u ­
cho consuelo y descanso c e su alm a.
No podem os m enos de con sign ar o tra circunstancia
que confirm a el provecho que en los fieles conseguía el
bendito P adre, así com o su alta perfección. La verdad
histórica nos obliga á decir que el espíritu m aligno se
oponía visible y ostensiblem ente á sus prácticas relig io ­
sas, estorbándole á veces la entrada en el coro, a p ag á n ­
dole otras la luz, para que no rezase ni estudiase. Y lo
m ás sensible es que llegaba ñ m altratarle horriblem ente,
hasta ponerle el rostro todo acardenalado, y no cejarle
en ocasiones sosegar ni d orm ir (2). El dem onio no con­
segu ía su intento de retraerle del bien obrar, ni de im ­
pacientarle en lo m ás m ínim o; y al hallarse el Beato a
oscuras y rodeado de lazos y enredos diabólicos, decía
im perturbable y sereno: — Bellaco, ¿qué has gan ad o en
m atarm e la luz, pues me queda la luz del alma? (3). P a­
recía ten er el santo varón entero dom inio sobre el ángel
caído: no sé que tretas le hacía en d erta ocasión, y di jóle
el Venerable con im perio: — basta de burlas. A lm a había,
en vida del Santo, atorm entada p o r el dem onio, y en lo
mas recio'del ataque se sosegaba con invocar el nom bre
del Santo Orozco ¡4).
A h ora, ¿como reparaba las fu erzas debilitadas por
los años, quebrantada con tantas fatigas? Su servidor
el Padre T o rre dice: «El servicio que yo le hacia, era

(O Inform. sum. fol. 307 y 108.


(2) P . R íos fol. 231, y J u in E spin osa, fol. 131.
(3) R eferido por los P P . F rancisco de C tstro v c rd e y G erónim o
de G uebara á D.* C atalin a de Escobar Inform. etc. fol. 356 vto.
(4) M adre S o r M aría de S . Lorenzo fol. 319. vto.
LID . II. C A P Í T U L O XX III. 301

cuando el convento salía de cenar: le lievaba dos pane-


citos de los que el dicho convento com ía y un jarrito,
cosa d e m edio cuartillo, de vino de lo de la com unidad...
á la h ora de com er en pucherito m uy pequeño le lleva­
ba una pitanza de carnero con una escudilla de caldo
dentro, y un plato y una escudilla. Y luego iba yo á
lla m ar unos pobrccitos á la puerta de la portería, y
se los llevaba á la celda del dicho Padre V enerable, y
abría la p u erta y en traban dentro; y sé que á estos ni­
ños los enseñaba la doctrina y las oraciones de ella, y les
daba de su com ida, y esto era ord in ario, cada día» (i).
O tras veces sacaba la com ida el portero M odejar, ex­
celente religioso y am igo del Beato, y publicaba adm i­
rado que le sucedía m ultiplicársele la com ida en los pla­
tos, desde la celda del P. Orozco hasta la portería (2).
Y a lo hem os indicado arriba: á ios sesenta y tantos
años no asistía á refectorio m ás que en días m u y con­
tados y solem nes; y lo que en esos días gozaba con su
p resencia la com unidad, descríbelo con adm irable lla­
neza y gracia el P. Sedaño. «Las veces, dice, que le vi
com er en refectorio, com o Jueves Santo y los prim eros
días de las pascuas, era tan grande el alegría que los
frailes tenían, como si fuera el glorioso P. S. A gu stín
el que com iera; y yo confieso que con ser novicio y
haberm e m andado mi M aestro que, aunque en todas
p artes tuviese los ojos bajos, pero que con m ayo r cuida­
do en el refectorio; dejaba de com er, y por debajo de la
capilla estaba m irando al dicho P . O rozco la m odestia y
com postura co a que com ia; y aun qu e era m u y viejo,
com o ten go d ic h o , acababa antes qu e todos por lo

(1) P . Pedro de la T o rre, fol. 93 vto. y 94. «No se ha podido


ave rigu ar, escribe s u biógrafo, si en los prim eros años bebió agua
sola: desde que yo le conocí su bebida era m u y poco vino, U nto
que le llevaban en u n paperito para tres días, y 1 ese añadía tres
p artes d e agua». M árquez, Vida etc. cap. X V I. p. 35.
(.2) Inform. sum. fol. 559.
302 V ID A D EL BTO. ALONSO DE OROZCO.

poquito que com ia, tornándose á poner, después de haber


lim piado su asiento, con una com postura y m ocestia en
todo su cu erp o y rostro, que parecía un ángel, y lo
m ism o oía d ecir á todos los religiosos# (i).
A los 78 años, testifica este m ism o P ad re que no le
servía cena, diciendo: «Acerca de los ayu n os era m ila­
groso, porque este testigo jam ás le llevó de cenar que era
el que había de acudir á eso; y un día después de Com ­
pletas de la Pascua de Navidad m ed ijo el dicho P. O roz­
co que por la solem nidad de la Pascua qu ería cenar
un bocadito,— que qué daban? Y respondí qu e no sabia
m ás, que iría á la cocina á saberlo, y luego m e dijo el d i­
cho P a d re :— no vayáis, herm ano, qu e Dios recibirá la
buena volun tad. Y no fué posible dejar á este testigo
que le trajese nada para cen ar. Habia otro estudiante
seglar que hacía alguno» m andados fuera de casa, y
cuando este testigo no acudía a llevarle la com ida, el es­
tud iante le traía de la cocina una escudilla de potaje y
una pitanza, corno salía, porque com o sabia el procu ra­
dor que se la com ían los pobres, no cuidaba que fuese
buena ó m ala, grand e ó pequeña; y á falta de este es­
tudiante, acudía yo, que era luego que tañían á com er;
m ientras se juntaba el convento le llevaba un jarro de
agua y un panecito y la escudilla de caldo y pitanza;
todo lo cual recibía el dicho Padre á la p u erta de la celda
que tenía cerrada por de dentro, y luego volvía á cerrar,
diciendo:— sea por am or de Dios, herm ano» (2).
P or el tiem po del P. Torre, cuando tenía el V en era­
ble 85 años, acabam os de saber lo que cenaba; y referiré
el m otivo p o r el cual se vió obligado á tom ar alguna co­
sa por ¡a noche. Aquel Señor P residente de Indias, Don
H ernando de la V ega, Obispo más tarde de Córdoba,
favorecido m ilagrosam ente del V enerable en una recia
enferm edad, llegóse un día á saludar á su bienhechor

(1) Inform. de Granada, fol. 16.


(2) Inf. de Granuda.. P. Francisco Sedaño, fol. 16.
L IB . II.— CA PÍTU LO XXIII.

eo com pañía del P rior P. Pinelo, y m ostró ai santo v a ­


rón los deseos que le anim aban de cenar cor. él; el ben­
dito Padre contestó que no acostum braba á cenar (i),
que á lo m as tom aba un poco de pan duro y otro poco de
pan blando. Y p regun tad o por el Presidente, por qué
razón usaba tan extrañ as cosas,replicó que asi le sabían
á pan y queso. Mas el P rio r enterado del caso, m andó
al P. Alonso que en atención á su edad y desvelos ta n ­
tos, cenara algo: y de ahi la cena de dos panecillos y tic
sorbo de vino que le servia el P. Torre.
No aceptaba convites, y si asistió algu n a, rarísim a vez,
á la m esa de algún Prelado eclesiástico, dió m uestras de
cuanto am aba la fru galid ad. M uchas personas le en via­
ban conserva y otros regalos que el V en . rehusaba, ó sólo
adm itía para los enferm os. «Enviáronle un día de P ala ­
cio una ollita de conserva, y diósela al P. F r. Juan de
C astro. Replicóle él que seria bueno p artirla, y ofen­
dióse el santo varón de m auera que lo que nunca le
vieron hacer, dijo con g ra n sentim iento:— ¿Yo habia de
com er eso? T an gran d e aborrecim iento tenía á toda co­
m ida regalada» (2).
E ra pasm osa su abstinencia, por la cual tenia asom ­
brados a tcd o s los religiosos: con razón asegura el P a­
dre Sedaño que acerca de los ayu n os no sabe m ás de lo
que el portero y los frailes decían, que no com ía nada;
Y i^ita era una de las m ilagrosas virtudes que m ás res­
plandecieron en él, y en la cual se distin gu ió en gran
m anera (3).

(t) — Ha más de cincuenta años c u e no ccn o,— dijo por este


tiem po al P . C astro.
(2) M árqu ez p ág. -3-3.
(j) D ebajo del retrato del bendito P . O rozco que tenían los
P P . de S alam anca habia una tarjeta donde se leía:

V enerabais P a lr is F ra tris A lp h o n s i de Orozco


Incredibilis ab slin en ttx et e x im ix sa n clita iis...
3O 4 VID A DF.T. R T O . A I.O N SO D E O R O Z C O .

A estos ayunos espantosos y vigilias perpetuas, trab a­


jos sin núm ero y dilatadas oraciones, ocioso es añadir
que u n ía cilicios y disciplinas.
P ero lo que sí es de hacer ad m irar que cuando exhaus­
to ya de fuerzas en la decrepitud de la vida, apenas po­
día m antenerse en pié, se arrojaba en el lecho, y allí á su
sabor se lastim aba horrorosam ente con la disciplina en
piernas y brazos. ¡Tanto sobresalió en la virtu d de la pe­
nitencia! «Todas las virtu d es del cuerpo, dice S. Geró­
nim o, declinan en la vejez, y creciendo sola la sabiduría
se dism inuyen las otras; ayunos, vigilias, d orm ir en el
suelo, jornadas, hospedaje de peregrinos, defensa de p o ­
bres, instancia de oraciones, perseverancia en ellas, visi­
tas de enferm os, trabajos de m anos p ara d ar lim osna, y
p o r no a la rga rm e más cuanto se trab aja con el cuerpo
es m enor en cu erpo quebrantado: al santo varón Orozco
guardóle Dios p a ra aliento de flacos y desafie de sober­
bios». Habría m itigado algo sus asperezas por la flaque­
za de la edad; «pero de noventa años ayu n aba, velaba,
d orm ía casi en el suelo, insistía en la oración, rem enda­
ba sus hábitos, abrigaba pobres, visitaba enferm os, y en
cuerpo cansado y débil obraba cor. fortaleza y sin can­
sancio» (1).
L a cruz: hé ahí 6. sím bolo y resum en de su vida;
pero veam os en capitulo aparte, haste. qué punto vene­
raba y am aba el signo de nuestra redención y la pasión
de Jesucristo.

(1) M árquez. C a p . X V III. pág. 37.


CA PÍTULO XXIV.

D e la devoción del Tilo. Orozco i ¡a santa cruz y pasión


da ü\£tro. Señor Jesucristo.

or fu erza habíam os de tra ta r de las devociones


especiales del santo varón cuyas acciones n arra­
mos. Y si por su afecto de toda la vida, en cu al­
quier circunstancia cayera bien hablar de cuan aficiona-
nado era á la pasión del Salvador, m ucho m ejor al ce­
rrar casi la historia de sus hechos heroicos, cuando sólo
con recapitularlos, se pone de m anifiesto su entrañable
devoción á la cruz.
Y prim ero d e todo, escucha, am ado lector, el testim o­
nio m as auténtico de sus aficiones y anhelos, tom ado del
libro de las Confesiones: «Hacedme. Dios m ío, este favor,
que en tanto que yo viviere pueda d ecir con verdad:
Crucificado estoy con m i Salvador Jesucristo. Esta cru z
sea m i descanso, mi fo r e s ta y regalo, porque desde esa
torre fortlsim a venza el león Satanas, huelle todo lo cu e
es m undo, teniendo debajo de los piés sus honras y va­
nos favores; y finalm ente, crucificado mi hom bre viejo
heredado de A dán, m i espíritu ten ga vid a y libertad,
306 VIDA D E L BTO. ALONSO DE OROZCO.

p a ra am aros con todas sus fuerzas, y para serviros y


alabaros con la lengua y con las entrañas» (i).
Su biógrafo el P. M árquez atestigu a que todas las
veces que ola el reloj, le acordaban aquellas cam panadas
los golpes de los m artillos que enclavaron los piés y
m anos de nuestro R edentor. Rezaba cada día el oficio
d é la Cruz: im prim ía con lágrim as esta devoción en los
corazones d e los que le oían; echaba yerbas am argas en
la bebida en m em oria de la hiel y vin ag re que dieron al
Señor en su muerte» (2).
Y a hem os dicho cuánto le atorm entaban los callos
d e los piés, el dolor de los cuales padeció sufridísim o los
últim os catorce años de su vida, sin perm itir que le
aplicasen m edicina alguna y sin dispensarse de la p re­
dicación y otras tareas apostólicas; y todo ello, porque
le recordaba el dolor agudo y vehem ente que el Salvador
padeció por él, enclavado en el m adero santo. — «Andad
m ás despacio,— decía el V enerable al P. Avellaneda
cuando le acom pañaba éste á predicar y á los hospi­
tales; porque los callos de los piés le causaban tan gran
dolor que no podía andar, y con gran d e alegría y con­
tento le dijo á este testigo m uchas veces que le habia
dado nuestro Señ or el torm ento de los callos, para que
entendiese lo que Cristo nuestro Señor habia padecido
en la cru z con los clavos de sus piés» (3).
P ara contem plar las llagas d e nuestro divino R e­
dentor tenía cinco piedras dóbleles de color de rubíes, y
eran dos vid rios jun tos con sangre de Dragón, les cuales
procuró guarnicionase su am igo el platero López (4).
«Había en las m esas de los descansos de la escalera
de S . Felipe pintadas de alm agre u nas cruces, m edia­
nas, y todas las veces que subía la escalera, que por lo

(1) C ap . V I del libro III de las Confesiones, pág. 93 del tom. III.
(2) Vida del Ven., cap. X , p ig . 21 del tom. III.
(3) P . S ebastián A vella n ed a.— Inf. de Madrid, fól. 314.
(4) E ste m ism o platero lo testifica, fol 107 v to .
un. I I . — CA PÍTU LO XXIV. 307

m enos habían de ser las que iba al coro, las besaba con
tan g ra n devoción y ternu ra, que con ser hom bre reca­
tadísim o y enem igo de apariencias, algu nas veces se
quedaba tan arrebatado en las cruces, fijos los labios en
ellas, que ni él reparaba en que le m irasen los frailes,
quienes tam poco reparaban por ser tan ord inario; y
yo le vi m uchas veces, dice el P. Sedaño, que estaba como
m u erto , porque no hablaba ni respiraba, y m uchos
frailes p o r su buen ejem plo besaban las cruces» (1).
£1 m ism o bendito Padre refiere con la ingenuidad
y ternura de siem pre la visita y regalo que recibió del
Señor, después de haber estado contem plando largo
rato la im agen del Crucifijo, colocada sobre el facistol
del coro: «Soberano Señor, m e hicisteis una señalada
m erced, y fué que, habiendo yo estado en el coro solo y
m irando un Crucifijo sobre el facistol, esto con g ra n
atención, Vos, R ey celestial, esa noche m e aparecisteis
en figu ra del m ism o Crucifijo, estando y o durm iendo,
y m e m irasteis cou uiíosojus am orosos en gran m anera,
y lastim osos. ¡Oh Señor del m undo, qué suavidad sintió
m i alm a con esta divina vista! No h e y palabras que
puedan declarar la suavidad, que en aquella breve vista
yo sentí. Q uedé en g ra n m anera consolado cuando des­
pertó, y di;ccon el Profeta David: ¡Oh Señor m ío, m ira d ­
m e y habed m isericordia de mi! |Oh R ey de la gloría eter­
na, cuán traspasado quedo mi corazón con aquella vista
am orosa y dolorosal No puede m i alm a olvidarse de tan
g ra n favo r jam ás, diciendo á m i C riad or y Redentor:
M iradm e y habed piedad c e m í. Baste tan largo destierro
de ochenta y nueve años: sacadm e de esta cárcel por
vu estra clem encia infinita. M ayorm ente en cada hora
qu e suena el reloj, de noche y d e día gusta m i alm a de
esta breve oración: Oh señor d e m i alm a, si desde la
cru z estando tan afligido, m irando a quien os desea
servir y am ar, dais tanta suavidad que d ecir n o se puede,

(1) P. Francisco Sedaño. Inf. de Granada, fol. 16.


308 VIDA D E L BTO . ALONSO DE OROZCO.

cuando en el cielo adonde estáis resucitado y glorioso


m iraseis á este siervo indigno, ¿qué contento recibirá?
Gran argum ento es éste y m uestra de aquella prom esa
que tenéis hecha á quien os sirviere y am are de todo su
corazón, al cual daréis acabada esta peregrinación: E n ­
trad, siervo m ío, en el g e zo de vuestro Señor. E sta m er­
ced os suplico que hagais, S eñ o r m ió, á este pecador
con brevedad# (1).
No nos cansarem os de repetirlo: en sus escritos
fervorosos es donde principalm ente se descubre la
v irtu d de su alm a, su abrasado am or á Jesucristo cru ci­
ficado. No podía sufrir su enam orado pecho dejar de
com un icar á los dem ás fieles el fu ego de devoción que
le consum ía, y ejercitó su plum a adm irablem ente en
d escribir las dolorosas escenas de la pasión, y excitar
á llanto los corazones de los cristianos. T ituló uno:
Hacedlo 'de mirra, que parece se ha perdido: quédanos la
brevísim a Contemplación del Crucifijo y los Soliloquios
de la Pasión. Mas todos sus tratados espirituales los
em bellece y sazona con el recuerdo de la pasión de
Jesucristo, dedicándole largos capítulos, hasta en el
lioro de las Confesiones, donde le consagra tres; y asi en
el Vergel de la Oración y Monte de contemplación, en el
A rte de amar á Dios y sobre todo en el Memorial de amor
santo. Ó iganse las expresiones y valientes arranques de
am or que le inspira, en este últim o libro, la m em oria de
la santa cruz. «¡Oh escuela de sabiduría infinita, buen
Jesús! d ulzu ra de nuestras almas, piélago d e aqu e­
llos secretos eternos y abismo de sacram entos ii.efa-
bles! suplicóte hum ildem ente m e concedas que nada m i
alm a sepa, sino á lí, sabiduría del P adre; nada le sea sua­
ve, siuo Vos, m aaá escondido, dulzura de los ángeles.
Todo m e sea penoso, todo tenga sabor d e hiel, todas
las cosas m e sean com o luto de tristeza; solam ente m e
d¿ contento y alegría presentaros en mi corazón puesto

(1) Confesiones, libro III, en lis adiciones fol. 97 del Tom. III.
L !B . II.— C A P ÍT U L O X X IV . 309

en la cru z, por mi salvación y rescate en ella m uerto


y enclavado, im itando á este vaso de elección S. Pablo,
cu ya ciencia y alegría era contem plaros en la cruz» (i).
Sobre tod a ponderación elocuente y arrebatador se
m uestra el Venerable en la fecunda é inagotable con­
sideración del crucifijo, en todo el capitulo XXV del
Memorial de Amor santo.
Y los secretos dulcísim os que había aprendido a
pié de la cruz, y los deliquios y trasportes que su alm a
experim entaba, vislúm brense por los p árrafos sigu ien­
tes: «En esta escala de la santa cruz, hallarás la últim a
grad a que es la contem plación, la cual dijim os ser una
d ulzu ra de Dics; adonde el alm a, levantada sobre si
m ism a, se goza conociendo las cosas tem porales ser in ­
suficientes y de nin gu na estim a. O tras veces es un arro­
bam iento, p o r el cual sale de sus senúdus, solam ente
g ustan do á Dios en sí m ism o, sin discurrir por cosa
criada, trasform ándose el alm a por am or en aquel fuego
de caridad infinita, nuestro Dios» (2).
M uy bien pondera él P. M árquez, que andaba tan
absorto contem plando este divino m isterio de la pasión
del Señor, que estándole regalando su Divina Majestad,
y m ostrándole en revelación un retreto de la gloria del
cielo, quisiera el santo Varón trocar un paso por otro, y
d ivertir la atención á la pasión de la cruz: y Dios le d e­
tenía en el m isterio glorioso, sin d ejarle p asar al que
deseaba.— «Oh Rey celestial, dice el bendito P adre, que
lo que quiero d ecir no lo entiendo, y Vos solo sabéis; y es
que quisiera yo en aquel tiem po pasar á la contem pla­
ción de vu estra preciosa cruz: y Vos deteniades mi alm a
para que reposase en la consideración de vuestra santí­
sim a Ascensión.— «Sola esta ocupación le era sabrosa,
todo lo dem ás le era m olesto; de las ram as d e este
árbol bendito traía colgada el alm a, con cru z com ía, con

(1) Memorial da Amor santo, cap. X X IV , fol. 298 del Tom. II.
(3) Memorial de Amnr xantn, cap. X X V II. fol. 308 Hel T .° II.
3 10 VID A DEL BTO. AI-ONSO DE OROZCO.

cru z velaba, con cru z dorm ía, y finalm ente todo su am or


estaba en la santa cruz» ¡i).
Por eso m urió abrazado á su com pañera inseparable,
la cruz, por eso la historia le ha dado la cru z com o em ­
blem a y atributo de sus virtudes.

(i) M árquez. VtdadelVenerable Padre, cap. X . fol. 2 2 .T ora. III.


CAPÍTULO XXV.

‘D el discernimienlo de espíritus, por el cual el eBlo. cAlonso


conoció las supercherías de la fMonja de Lisboa y de
‘Pedro P iróla, el falso profeta de (Madrid.

1587—1588.

l orden cronológico de los acontecim ientos


nos -va llevando de la m ano, para que paso á
paso vengam os en conocim iento de las raras
prendas de santidad, y privilegiadas dotes
de luces y revelaciones, con que el cielo adorntS el alm a
de su escogido siervo, el hum ilde P. Alonso.
Cuando m ás abundantes llovieron los raudales de
gracias sobre el bendito suelo de España, y germ inaban
y florecían g allard as las virtudes en tantos santos que
en otro lu g a r dejam os referidos; la envidia y \anidad de
los fatuos, m ostróse m ás presuntuosa y ridicula, qu e­
riendo aparentar virtud es peregrin as y extraord inarios
prodigios, con que captarse el aplauso y adm iración de
las ger.tes. Los m onederos falsos ya es sabido que cuanto,
m ay o r es el valor de una pieza y m ayor su boga, tanto
m ás se apresuran áfalsificarla. Y fueron entonces, com o
enferm edad epidém ica de toda E uropa, los fingim ientos
de éxtasis, llagas y revelaciones. «Cierto, es m aravilla,
escribía el P . R ivadeneira, que en un m ism o tiem po
VIDA. DEL B TO . ALONSO DE OROZCO.

h ayan salido tantas m ujeres llagadas y engañadas en


diversas partes, que parece que algún espiritu de ilusión
anda suelto y desencadenado, y que en la gente h a y
m ucho aparejo para ser engañada é ilusa» (i).
Ruidoso y fam osísim o fué en E spaña el caso de Sor
M aría de la V isitación , P riora de la Anunciación de L is­
boa, y lla m fd a en 1?. voz del pueblo la m onja de P o rtu ­
gal. Había entrado en el convento de m u y tiern a edad,
y en los prim eros años brillaba p o r su observancia reli­
giosa; y porque su fam a creciera y se d ilatara, doncella
delicada aún de veintidós años, dió en el extrem o de
rasgarse su carne en el costado, m anos y cabeza, reno­
van do á veces las heridas, pintándoselas otras, y luego
ech ar á volar la especie de que repetidas veces había-
sele aparecido el Salvador, coronádola d e espinas,
abriéndola tam bién las llagas com o á otro S . Francisco
ó Catalina de Sena. Y valiéndose de artificios se elevaba
del suelo, rodeábase de esplendores, y aun daba por
reliquia y rem edio para enferm edades unos paños que
se aplicaba á la lla g a del costado, y salían teñidos de
cinco m anchas en form a de cruz. E ra m onja de agudo
y claro ingenio, de pron titud y viveza, bien enterada de
las cosas espirituales, disim ulada, serena para respon­
der y m entir; d e suerte que engañaba á innum erable
m uch edum bre de personas doctas y autorizadas, alg u ­
nas bien conocidas en la historia; aunque, á decir v e r ­
dad, este en gaño no m ancillaba el buen crédito de varo­
nes, p o r o tra parte g ra ves y discretos.
«La gracia de la discreción de espíritus, enseña el
Ldo. M uñoz, tiene por oficio d iscernir entre ángel de
luz y de tinieblas, conociendo por la pinta de los efectos
el espíritu de que procede. Tiene tam bién otro oficio
m ás sobren atural y m aravillo so , qu e es p en etrar y

( i) Tratado de h Tribulación lib. 2. cap. V , citado por el


L ic . L u is M uñoz en la Vida de Fr. L uis de Gnnada, lib . 2,
cap. 1 1 , en la cual podrán leerse m uchas cosas á este tenor.
LIB. II.— C A P ÍT U I jD XX V.

conocer los pensam ientos que estar, secretos y escondi­


dos en el corazón, y ver com o por vista d e o jo slo que en
aquel secreto retrete pasa, y ju zga r por aquí los quilates
de la oración y perfección que un alm a tiene. P ero este
don no reside siem pre en el alm a, sino al tiem po que
Dios es servido; porque en las ocasiones que son de su
g lo ria y voluntad suele ilu m in ar el entendim iento de
sus am igos, para que m ediante esta luz conozcan tan
grand es secretos: es una especie de profecía.
Esta luz es independiente del trato de la persona,
cuyo interior ni se conoce ni se alcanza por d iscu rrir
con ella y exam in arla (aunque esto las m ás veces puede
ayu d ar á este conocim iento); alcánzanla m uchas veces
estando leguas distantes de la persona cuyo in terio r co­
nocen; porque es una ilustración en el alm a, una reve­
lación de lo qu e pasa en lu íntim o del corazón, que sólo
Dios conoce: cosa que no alcan za el dem onio, m ientras
no ve actos exteriores que lo den á entender» (i).
Lejos estaba el Bto. O rozco de la m onja, tan lejos
com o M adrid de Lisboa; y sin haberla tratad o ni exam i­
nado, á pesar de su corazón bondadoso y bien intencio­
nado, a p esar de su sencillez infantil, sin vacilar un m o­
m ento arrojó al suelo y pisoteó los em belecos de los
pañitos y el retrato de la P riora. Lo cual acaeció de la
sigu iente m anera. L leg ó en cierta ocasión el contador
m ayo r P eriyáñez con el P. M atías O ntiveros, de nuestra
orden, á la celda del Ven. P. Orozco, «y el dicho conta­
dor, son palabras del P. O n tiv e ro s, le d ij o : — T raigo
una g ran d e reliquia que m ostrar á V. P .— E l Vene­
rable P ad re le p reg u n tó ,— ¿qué reliquia?— y diciendo y
haciendo, sacó un relicario q n etraia al pecho y de él sacó
un lienceeito con cinco m anchas de san gre en figura de
cruz, queriéndosela d a r á besar al Venerable P adre, el
cual sacó su m ano, diciendo: — Jesús, ¿qué sé yo si esa

( i) Vida ds Fr. Luis de Granada, lib. II, cap. X . M ad. 1771


pág. 265.
VIDA DEL B TO . ALONSO DE OROZCO.

sangre es de cabrito ó de ctro animal? y el dicho con­


tador respondió:— m ire V. P. que es de la santa de P o r­
tu g a l y la tienen por santa en esta córte. Á lo cual res­
pondió el dicho V enerable Padre:— bien se acuerda aún
de la m onja de C ó rd oba...— dándole á entender que
podía ser falso com o lo fué la m onja de Córdoba llam ada
M agdalena de la Cruz; y porfiando el dicho contador
que la dicha m onja de P ortu gal todos la tenían p o r san­
ta, el P ad re respondió:— basta ser m ujer;— dando a en­
tend er que no habla cosa nin gu n a que crcer, hasta que
la Iglesia la diese por buena» (i). O btuvo después el
pañito del contador, y al dia siguiente doblado le entregó
al P. O ntiveros m andando le echase en el fuego; «y este
P ad re, habiéndole recibido, fué dudando si vería ó no
verla lo que iba, y el fin se determ inó de abrirle y halló
d en tro el dicho pañito con las llagas; y entonces le echó
en el fuego y se quem ó; y de allí á un año poco m ás se
vino á descubrir la santidad fingida de la dicha m onia de
P ortugal, por lo cual se echa de ver que el V en . Padre
tenía espíritu de profecía» (a).
«Yo sé, dice el P. Soto, que mi m ism o padre, el licen­
ciado Soto y m édico de S. M. tenia por su devoción un
pañito de estas llsgas, el cual aplicaba á i:n dolor de co­
razón gran d e que tenía, y llevándolas este testigo á
p oner en m anos del santo O rozco delante de algunos
religiosos, cu yos nom bres no se acuerda, dijo él:— ahora
P P . encom endém osla á Dios, que es m u jer:— con lo q u e
al juicio de cuantos allí estaban, profetizó que aquello
era falso y de poca sustancia» (3).
«Trayéndole otro el retrato de la m ism a m onja, vién ­
dole el dicho Santo le echó en el suelo, y dijo:— Dios
la tenga de su m ano, que es m u jer;— dando á en­
ten d er á esto que era fingida su santidad, y dentro
(1) E n la p ág. 92 vim os que tam poco S o r M agdalena engañó al
V e n . P adre.
(2) P . M atías O ntiveros. Información sum. fol. 545.
(3) Inform. sum. fól. 454.
L IB . I I .— CAPÍTULO XX V.

de o d io días vino nueva de que la habían prendido por


la Inquisición» (i). Reveló Dios asi m ism o la hipocresía
de esa Priora á la Ven, A na de S. Bartolom é; y estando
les PP. Carm elitas reunidos en Lisboa en Capitulo Ge­
neral com o fuesen todos á -visitarla, instaban a S. Juan
de la Cruz á que hiciese lo m ism o; m as el Santo contes­
tó á un religioso que le porfiaba:— V aya de ahí, y qué
quiere que vaya á ver á esa embustera? Calle, que presto
doscrubirá nuestro Señor la m aldad que h a y en ella (2).
Ño fué tan célebre, pero tocaba m ás á lo vivo al bien­
aventurado Padre é hizo resplandecer m as su virtu d ,
la predicación del falso profeta Piróla.
Levantóse en M adrid con titu lo de profeta un oscu­
ro soldadote llam ado Pedro Piróla. Seguíanle incautos
los fieles con tanto m ayor engaño, cuanto que hom bres
de letras sostenían que le cuadraba el nom bre por estar
dotado en realidad del espíritu de profecía. No sorpren­
dió el em baucador al Rto. O rozco: antes siem pre m an i­
festó éste que todo aquel ruido era invención y tram o ­
ya (3). P or lo que viéndose descubierto y contrariado el
falsario, acudió á la celda del Venerado religioso de San
Felipe, m as se encontró con que aquella pu erta, abierta
para todos, y aquel corazón hum anísim o siem pre, le ce­
rraba la en trada no queriendo darle oídos siquiera (4).

(1) P . A lon so S o to Informac. etc. fol. 428.— E n 14 de O ctu b re de


i=¡88 hizo el S an to Oficio una prueba definitiva, por medio de cuatro
religiosas, en las llagas de la mano y piés, con qu e se descubrió el
em buste. A q u el día, viendo lim pias su s manos al contacto del
jabón, toda con fusa fucle im posible hablar; despues postrada S o r
M aría ante los jueces, m a n ifestóla s supercherías y pulió hum ilde­
m ente perdón. En 7 d e N oviem bre se sentenció la causa im ponién­
dole du ra penitencia, c u e cum plió largo s años hasta el fin d e su
vida con verdadera hum ildad.
(a) A sí lo cuenta el P . F r. José de Jesús jYI.* Vida del Venera­
ble Fr. Juan, lib. i.° cap. 35; segú n el L ic. M uñoz, lib. II, cap. X .
(3) P . Alonso V e rd u g o , Ivf. sum. fol. 97.
(4) M árqu ez, cap. X X III p ág. 48.
V ID A D E L B TO . ALON SO DE OROZCO.

¡Adiós profecía! E l m al llam ado enviado de Dios, co­


m enzó á predicar desatinos del Santo O ro zco , defi­
niendo que era especie de idolatría besarle las m anos,
y que indudablem ente habla de condenarse. Véase pol­
los testim onios siguientes con qué ridiculas y extrava­
g an te s m aneras lo publicaba. «Habiéndome engañado
com o los dem ás, de la profecía ds P edro P iróla, dice el
P. M aldonado, yéndole á com un icar cierto caso, el d i­
cho Piróla se salió de la m ateria en que iba con este tes­
tig o , y haciendo grand es preám bulos, apoyando su pro­
fecía, com enzó á d ecir mdl del P. Orozco, á quien él
quería m al porque el P. le conocía y decía públicam ente
que no era profeta; y entre otras cosas m e dijo que había
visto en revelación una gata m u y blanca con la cola ne­
g ra , figu ra del P . O rozco que siendo de vida inculpable
largos años al fin habia de tener m ala m uerte por los
gajes que llevaba por P red icad o r del R ey, que nc se
com padecían con la pobreza de la religión; era yo m u ­
chacho estudiante, y así le creí, y desconsolado vine al
convento afligido, dándom e mil saltos el corazón, dicien­
do entre m i:— ,ay triste! ¡quién se ha de salvar si el
P. O rozco se condena! Y no lo pu d e disim ular y fui al
P. O rozco y le conté lo que había pasado lleno de m ie­
do y dolor: y el P. O rozco, sin alterarse ni enojarse con­
tra el m aldiciente, habiendo oído todo el cuento, con
rostro risueño m e dijo:— lejos de esto, hijo m ío; y sabec
que ya no hay profetas;— que aun no quiso condenarle
en particu lar usando de su m odestia, ni d ecir m al de
él, s in á q u e dijo:— esa es tentación del dem onio, el cual
quisiera que yo con esos m edios defraudase esa lim osna
á los pebres; pero no se -verá en ese gozo, en verdad
que lo han de g o za r los pobres: con qu e queda probada
su lim osna, su paciencia y sufrimiento*) (i). Y su don de
discernim iento de espíritus.

(i) P. Maldonado, más tarde Obispo de Siria.—/»/, sum. fol.


91. vto.
Lib. 11. --- C A P ÍT U L O JtX V . 317

Corrió la voz de P iróla fuera de M adrid; y llegó á


Sevilla donde entonces cursaba el servidor del Venerable
P a d re ,y a citado P. Sedaño. *Fné el caso, dice este mismo,
qu e estando yo en el convento de Sevilla estudiante
de Teología, tratando del profeta falso Pedro P iróla,
dijo un religioso que había estado en M adrid y com u­
nicado m ucho con él, que era uno de los m ayores
p rofetas que habían tenido los siglos, y qu e todos los
h om bres doctos le ponían en la prim era especie de
profetas, y este declarante dijo:— si el P. O rozco le pu­
siera en esa especie yo lo creyera.— Respondió el religio ­
so:— pues si supiese qué dice de O rozco— ¿Qué?— Q ue
se le lleva el diablo con sus sarm ientos; y pruébalo
evidentem ente con un tex to del derecho, que dicc: Sum-
mus P onlifex polest facere de monacho non monachutn,
de monacho vero non potest facere proprietarium: y que
O rozco era propietario; porque llevaba salario de p red i­
cador del R e y , y por consiguiente se condenaba.— Y
se lo escribí al P . Orozco» (1).
Mas según se desprende de la declaración, se lo escri­
bió en térm inos que por el cariño que le tenia le aconse­
jaba consu ltar el punto con varias personas doctas. Y el
hum ildísim o y condescendiente predicador d e iR e y con­
testó a* estudiante en esta form a: «En lo que toca á lo
que dice ese buen h om b re, agradezco m ucho el santo
celo y buen aviso que m e da vuestra Reverencia, lo
estim o en m ucho: N uestro Señor se lo pague. L uego hice
la diligencia com o V. R. lo m andó, y junté al S. D octor
Loavsa, M aestro del P rin cipe, hom bre docto y tem oroso
de Dios; y al P. Fr. Diego de Chaves, confesor de Su
M ajestad; y al P. M aestro Fr. Alonso del Castillo, de la
O rden de Santu D om ingo; y de la nuestra ai P. M aestro
F r. Lorenzo de Villavicencio, y al P. Maestro F r. Luis de
León; y Ies propuse el caso, y trajeron el concilio Triden-
tino, y de él coligieron que se podía llevar la lim osna

(1) Inf. ie Granada. Padre Scdaao, fol. 19.


3i 8 VIDA DEL BTO. ALONSO DE OROZCO.

que S. M. da á sus predicadores. Y o no llevo blanca de


ello, porque se hace tres partes: la una lleva el convento
qu e me da de com er, la otra lleva el convento de T ala-
ve ra, y la o tra se da á los pobres con licencia de m is
prelados; y con esto y con el parecer de tantos hom bres
doctos, vivo seguro, fuera de que dos veces he pedido á
Su Majestad licencia para ir á acabar á un convento
pequeño, y no m e la ha querido d a r al cabo de treinta
años que ando en córte, y á no detenerm e m is prelados,
ya hubiera acabado con todo y m e hubiera ido. Nuestro
Señ o r etc.» (i).
Hé ahí las señales del buen espíritu! ¡Aquí sí qu e se
descubre algo m ás valioso y apreciable que el espíritu
de profecial S egu ro , indudablem ente, estaba el V enera­
ble de la rectitu d de su conciencia y del m al proceder
de Piróla; pero por cuanto se d ivu lgaba otra cosa y los
fieles acaso pudiesen padecer escándalo, á ruegos de un
sim ple estudiante consulta con una ¡unta de varanes
em inentes, como en o tra ocasión el Apóstol p o r excelen­
cia cotejó el E vangelio, recibido p o r revelación y de la
m ism a m ano de Jesucristo, con el P ríncipe de la Iglesia
ne in vacuum, dice él, currerem aul cucurrissem. ¡Espan­
tado y corridillo de vergüenza debió de quedar el buen
P ad re Sedaño, com o asom brados estam os nosotros, de
la carta y consulta del cien veces hum ilde y Santo Oroz-
col Soore todo al tener noticia de que Piroia había sido
condenado y castigado, al lin. por la Inquisición de T o ­
ledo, com o autor de tanto em buste y fatuidad.

(i) P. Sedaño— Inf. de Granada, fol. T9 v.


CA PÍTULO XXVI.

E l Venerable ‘Padre ve en espiiituel resultado fa ta l de la a r ­


m ada i n v e n c i b l e , y pronostica otros sucesos por donde
se. evid?.nc.ia su don de proferí!.— Caso muy curioso
que le ocurrió en una procesión, i efecto de las
muestras de veneración que le tributaban.

1588.

a d íe ignora el lam entable cism a á que arras­


tró á la Isla de los Santos el sensual E n ri­
que VIH, y la persecución horrible que suscitó
contra los católicos su Lija sucesora, la altiva
y uudu verecun da Isabel. P or varias contingencias de
g u e rra s entre herejes y católicos en que se hallaba en­
vuelta E u ro p a , la arrojad a soberana de Inglaterra,
que habla hecho m o rir en un cadalso á su p rim a María
E stuardo, reina católica de Escocia, com enzó á favorecer
á los insurrectos flam encos contra la arm ada española, y
aun envió al pirata Drack ¿ saqu ear las costas de Galicia
y, otros puntos d e n u estras colonias. N uestro católico
m on arca Felipe II, alentado p o r el P apa Sixto V, y fiedo
m ás en la buena causa y protección del cielo que en sus
m erm adas tropas, prep aró u n a escuadra que se apellidó
Invencible, y la envió contra las fuerzas de Isabel y las
320 VIDA D E L BTO. ALONSO DE OROZCO.

m ucho m ayores escuadras com binadas de Inglaterra y


H olanda. Com e de costum bre hubo r o g ¿ tn a s públicas
en toda España, y se ordsnó una procesión general en
la córte de lo m ás concurrido. El R ey D. Felipe enco­
m endó m ucho el negocio de la escuadra á su am ado
P redicador, y le rogó no dejara de asistir a la procesión,
y a que á pesar de sus años acudía á otras iglesias. A cce­
dió benévolo el P. O rozco, pero «teniéndole por tan
santo varón, todo el com ún acudió y m ucha cantidad de
gen te á él, á besarle las m anos y la ropa; y fué tan ta la
gente que ocurrió, que im pedían la orden de la proce­
sión; y al dicho San to varón le debió de parecer que
aquello le podía cau sar algu n a van agloria ó soberbia, y
san tiguán dose, y diciendo m uchas veces:— ¡Jesús, Jesús,
hermanas!— se salió de la procesión y se m etió en sil m o­
nasterio» (t).
Y a que las gentes le turbaron y m ortificaron á la
m anera dicha, nada m enos que en una procesión reli­
giosa, no olvidaba él encom endar m u y de veras al
Señor el negocio de la expedición susodicha, y adm írese
lo que \ ió una noche que oraba con viva instancia. «El
P . Juan de C astro se quedó después de m aitines ds

(i) A ion so I-aeo do la V e g a , R egidor de la V illa de M adrid.


Inf. sum. fo l. rp8. T am b ién en otra ocasión su devoción y ternura
al Sacram ento d el am or m ovió gran dem en te la curiosidad y aten­
ción de los Ocles, segú n nos cuenta C ristóbal de C am argo por
estas palabras:
«Un dia de la octava del C o rp u s, qu e se hacia la fiesta en
S . F elip e, estando y o allí con la capilla real cantando un villancico
e n a lib a n za del santísim o Sacram ento, v( luego que se em pe­
ñó á cantar el dicho villancico, el S an to O rozco empezó á derra­
m ar tan gran de copia de lágrim as, de su erte qu e vi como tenía
mojnrin h en pilla por delante como si vc'd ad ernm fin ts le. hiihirran
echado u n jarro de agua, y lodos los que allí estaban, sin atender
al villancico se estaban mirando al dicho Sanio,- el cual estaba
com o elevado, considerando aquel g ra n m isterio*, btfor. sum. de
M adrid, fol. 14 ;.
L IB . II.— CA PÍTU L O X X V I. 321

m edia noche en el coro á un lado, y á otro estaba el


bendito P ad re O rozco, sin que al parecer del dicho
Fr. Juan de Castro le pudiese ver; y estando entram bos
en oración, se levantó el dicho bendito P. O rozco, y dijo
tres ó cu atro veces con vo? alta que le oyó el P. Juan de
Castro:— ¡ah Señor, esté canal! ah Señor, este canal! este
canal, Señor! este canal, Señor!— Y es el caso que el
dicho día estaba la arm ada que S. M. el R ey Felipe II
habla enviado, en la dicha canal; y después se supo que
aquel dicho dia se perdió la arm ada de S. M. el Rey
D. Felipe en el canal y aquellas partes» ¡1).
M árquez añade que oyendo el P. Castro las exclam a­
ciones: «Esta armada me aprieta el corazón! le in terru m ­
pió, diciendo:— P ues siendo esta causa de Dios, y h a­
ciéndose tan tas oraciones por ella; ¿ha de p erm itir Dios
qus no tenga buen sucesor Y repuso el Sant o: — es,
pero son grandes nuestros pecados» (2).
De donde fácilm ente se colige qu e Dios le revelaba
algo 6 todo de lo que pasaba á la arm ada destrozada

(1) Inf. sum. fol. 488. vto. L o declara el P . Juan G n tiérrez, P re ­


sentado en S a n ia T eología y C om isario dos v eces por S . M . á las
Indias F ilip in as, P rio r, D efinidor y V isitad o r de aqucllus pro­
vincias, qu e vino de ellas enviado por P rocurador G eneral y D efin i­
dor ni C ap ítu lo Gt'.nernl do Rom a, y después P redicador en el con ­
vento de S . Felip e de M adrid, P rocurador y A dm inistrad or G eneral
de la hacienda y tesoro del bienaventurado S an to S . Juan de S a h a ­
gún para su canonización, y C on fesor de las dam as de Palacio.
E l cual afirm a qu e estando él en un claustro del C on ven to de S an
Felipe con a lgu n o s R eligio so s, y entre ellos, el P . M aestro F ra y
Juan de C astro , P redicador de 5 . M. y A riu bispu qu e después fué
del n uevo Reino de G ran ada íntim o am igo del bendito P . Orozco
y C on fesor su y o , hablando todos largam ente de las heróicas
virtudes del P . O rozco, entre otras cosas que allí contó el dicho
Padre M aestro Juan de C astro, de la gran santidad, ejemplo de
v irtu d y grandes letras del bendito P adre dijo lo referido en el
texto.
(2) M árquez. Vida d .l Ven. cap. X X 111, fol. 46.
322 V ID A D E L B TO . ALONSO DE OROZCO.

aquel d ía p o r las tem pestades y la superiorid ad del


enem igo.
P o r este tiem po del ano 1 588, poco m ás ó m enos,
tuvo una alegre visión eu la m isa, la cual leo testifi­
cada en el libru de las Informaciones por estas p ala­
bras: «En este coLivento d e la Concepción G erónim a,
hubo una religiosa llam ada C atalina de N azaret, la
cual fué P riora cu atro años, y su virtud y religión y
santidad y p u ntu alid ad en todas las cosas d e la religión
fué la m ayo r que con m uchas palabras se puede decir;
la cual f u i sobrina carn al del Santo F r. A lon so de
O rozco. Dicha religiosa m u rió en este convento; y al
tiem po de su m u erte sucedió que el Santo Orozco dijo
una m isa que, según esta testigo oyó (que luego lo
declarará) se tardó m ás d e dos horas y m edia en ella: y
advirtieron algunos religiosos del convento de S . F e­
lipe que habla m ostrado en la m isa grandes señales
exteriores d e h aber recibido de Dios nuestro Señor
gran d es m ercedes, por los m uchos júbilos y m uestras
de alegría que en el San to h a b í a n visto. F n tre otros
religiosos que esto notaron, fué uno el P ad re Fr. L u is de
Valdivieso de la O rden de S . A gustín y parien te de esta
testigo, el cual se fué á la celda del dicho Santc Orozco
y le pidió con gran d es veras le hiciese tan ta caridad de
decirle, qué m erced era la que habia recibido de Dios
N uestro S e ñ cr en la m isa. Y el ciicho Sentó no hubo
rem edio que le dijese nada; por lo que el P . Valdivieso
se fue al P relado del convento de S. Felipe y le pidió
que hiciese que el Santo O rozco declarase lo que le
habla sucedido en la m isa; y apretánd ole el P relado á
que lo declarase, dijo que una sobrina su ya m onja en
el convento de la Concepción Gerónim a, llam ada Ca­
talina de N azaret, había m u erto, y que en el rem a­
te de la m isa habia sido nuestro Señor servido de que
la viese subir á les cielos en una nube blanca, acom ­
pañada de vírgen es y angeles y la M adre de Dios; y
que de haber visto aquella visión tan gran d e h abía tenido
LIE . II.— CA PÍTU LO X X V I.

aquellas m uestras de alegría y júbilo. Y el dicho dia


por la Tarr.e ñl P. Fr. I.uis de Valdivieso vino á verm e
y ¿ contarm e la visión con gran d es m uestras de ale­
gría , diciendo:— p legue á Dios fueseis tan buena com o
la m onja que ha m uerto;— y así m ism o el P. Fr. Luis
de Valdivieso dijo á esta testigo que el San to Orozco le
contó al dicho Prelado (que ya es difunto) que Catalina
de N azaret, sobrina del Santo O rozco, había estado
en purgatorio desde el V iernes al am anecer, que es la
hora que m urió, hasta el D om ingo que el San to Orozco
dijo la misa; y que no tuviera ningún purgatorio, mas
que de la cam a se fuera al cielo, sino fu era p o r haber
sido cuatro años P rio ra y haber gobernado con mircha
blandura» (i).
En el discurso de esta historia y conform e lo requ e­
rían los sucesos n arrad os, hablam os de varios dichos
proféticos del Venerable; m as á m ayor abundam iento y
para hacer v e r cóm o el Señ o r enriqueció de altos
dones á su siervo, referiré algún otro caso en qu e cono­
ció por m edios sobren aturales sucesos, así presentes
com o futuros, cuya época es difícil, sino im posible pre­
cisar. El P. Diego G utiérrez confiesa: «Vi cóm o una vez
trajeron á la iglesia de S. Felipe una m ujer con unas
tocas reverendas, y m ucha gente con ella, para que el
bendito P. O rozco la sacase los espíritus, que decían
tenía; y a n te s que llegase al bendito Padre de algo lejos
vió á la dicha m ujer, y dijo: — aquella m u jer qu e me
traen no tiene espíritus, sino que está loca;— y así salió
p o r verdad» (2).
S o r M aría d e la C olum na, m onja de Sto. Dom iugo el
Real y h erm ana de la M agdalena Riaño resucitada por
el Venerable, dice tam bién: «Que estando la m u jer del
licenciado Derástegui, abogado, de una enferm edad m uy
m ala qu e la dejaban ya por m u e r ta , fué un escudero

(1) S o r G erónim a de la C oncepción. Inf. sum. fol. 204. v.


( j) Inf. sum. fol. 393.
324 VIDA nF.I. UTO. ALONSO nF. OROZCO.

su yo al convento d e S. Felipe á llam ar al dicho santo; y


dando golpes á la p u erta de su celda, antes que el dicho
escudero diese el recado que llevaba, á los prim eros g o l­
pes respondió el santo qu e se fuese consolado, qu e su
S eñ o ra estaria buena; y á la m añana se fué á ver y la
halló sin calentura» (1).
S o r M aría de S. M iguel testifica: «Lo qu e yo sé. (en
orden al espíritu de profecía del Ven. Padre) es que
estu ve tom ados Jos votos para ser m onja en el convento
de la villa de Grinón; y el San to O rozco. sin decirle
nada, fué á casa de esta testigo y m e dijo que él habia
de fu n d a r un convento en esta villa de M adrid, y que
yo h abia d e ser la prim era m onja que habla de en­
tra r en dicho convento, porque era la voluntad de Dios
que se cum pliesen sus deseos, entrando en un convento
de m onjas descalzas y d e la O rden de San A gustín ; y
así m ism o digo que m is tíos que m e tenían en su casa
y me cuidaban com o á hija, 1112 persuadían que no fu e­
se m onja, y diciéndoselo yo al San to O rozco lo suso­
d ich o, el Santo m e dijo:— no tem as, hija, qu e y o te
m eteré m onja, perqu é tu has de ser la p rim era de mi
convento;— y cuando el Santo m e dijo estas palabras,
fué dos años poco m ás ó m enos ántcs de la fundación del
convento qu e el San to fundó en la calle del P rín cipe; y
entonces no había m em oria de que se hubiese de fundar
el convento; y asim ism o digo cu e estando hablando
m u ch as veces con el dicho Santo, m e decía m is pensa­
m ientos ocultos que yo tenia en el alm a; los cuales no
los podía saber sin revelación de Dios N u estro Se­
ñor» (i).
P o r el contrario, hablando al Ven. Padre de unas
m ujeres, que deseaban en tra r religiosas, al verlas cono­
ció su falta de vocrción, y dijn: ¿N o hay otras más que
estas que de veras deseen ser monjas?

(1) Inf. sum. fol. 345.


(2) Inf. sum. fol. 153 v .
L I B . I I . --- C A P Í T U L O X X V I .

D.* Juana de V a rg a s asegura igualm ente que en el


discurso de la confesión le m anifestó una cosa secretí­
sim a qu e solo Dios pudo revelarle (i).
Resolvióse en un C apitulo Provincial abandonar
nu estro convento d e M adrigal, p o r constar sólo de unas
m u y pobres casas destituidas de recursos para soste­
nim iento del cu lto y de los Padres; y al saberlo el Vene­
rable Orozco, rogó á les Definidores que no desam pa­
rasen aquel pobre m onasterio, porque él esperaba en
el Señor que se levantaría a lg u n a persona, la cual am ­
pliase su fábrica y la dotase de rentas. L evantóse en
efecto el S r. Cardenal Q uiroga, natural de M adrigal, y
eligiendo aquella fundación p a ra sepulcro su yo , y do­
tán dole espléndidam ente, llegó á ser el C onvento don­
de se celebraban los Capítulos, com o verem os al final
de esta h istoria (2).
«Pidióle un día Doña M aría de A ragón con grand e
afecto, dice el tan tas veces citado M árquez, que en co ­
m endase a nuestro Señor la salud del Cardenal Don
G aspar de Q uiroga, que estaba enferm o y de peligro; y
el Ven. P adre la respondió: No se aflija V .S .;q u e el Car­
denal tendrá salud, y V. S . morirá primero: cosa que a d ­
m iró m ucho cuando sucedió, por ser tan desiguales
las edades (3;.
«Visitando en M adrid á una Señora principal, que
estaba enferm a y peligrosa, le dijo ella m uy angustiada:
P . Orozco, ya esto es acabar. Respondió el santo Varón:
N c es, por cierto, porque la quiere Dios, para que crie es­
tos niños: y antes que volviese las espaldas á la enferm a,

(1) In f sum. fol. 398 v.


(2) F n lns apéndices estam parem os ín tegra la declaración de
Juan B au tista M ejía C o rregid o r que fué de M ad rigal, quien lo
refiere.
(3) E n efecto, la m ism a D.* M aría dejó por ejecutor de su tes-
tem ento al S r. C arden al A rzobispo, quien llevó á cabo los buenos
deseos y últim a volu n tad de la piadosa Señ ora.
326 T I DA DEL DTO. ALONSO DE OROZCO.

se k quitó la calentura con gran d e adm iración de todos.


Vivió y crió los niños, com o le acababa de decir» (i).
Y lo que ocurrió en la fundación de las Recoletas de
M adrid, caso acaecido p o r este tiem po, y consultado con
la V en . Ana de Jesús, acerca de lo cual esta m ism a de­
claró después haberse ella equivocado y que sin duda
fu é profecía del Sanio Padre Orozco, lo dirá el capítulo
siguiente.

(i) Vida etc. M árqu ez, p ág. 47.


CA PÍTULO XXVII.

Fundación del convenio de la Visitación en Madrid,


vulgarmente dicho de Santa Isabel de ^Agustinas
‘Recoletas.

1588.

ueñai de u nas casas elegantes en la calle del


Principe de M adrid, m oraba la viuda doña P ru ­
dencia Grillo, señora principal, más cuidadosa
de adornarse con atavíos falsos de vanidad y lujo, que
con el verdadero y bello adorno de la virtud y el pudor.
Poco envidiable fam a le conquistaba su escaso recato y
ancha desenvoltura. Servíala, sin em bargo , en tre otras
criadas, M aría N úñez, tan cristiana y fielm ente, que so­
bre atenderle al servicio tem poral, cuidaba tam bién con
su ejem plo y oraciones del provecho espiritual de su
señora y am a.
M uchas veces había suplicado y no pocas m ortifica­
ciones y lágrim as había ofrecido á n u estro Señ cr, por­
qu e trocase el livian o y vanidoso corazón de D.* P ru ­
dencia. El cielo la consoló al parecer de un m odo
extraord inario; p o r lo cual refirió al V en . P. Orozco,
com o varón santo, las inspiraciones y m ociones conti­
nuas que había tenido d e pedir p o r la m udanza de su
328 VIDA D E L BTO . ALONSO DE OROZCO.

señora, y el consuelo que experim entó su corazón oyen­


do una voz celestial. Holgóse m ucho el Ven. Padre
de oir las esperanzas de la fervorosa criada, y desde
aquel m om ento tom e el negocio com o cosa propia. Los
dos ya con súplicas al cielo, y el P adre Alonso con p er­
suasiva palabra decidiéronse á trocar el corazón de doña
P ru d encia y reducirla á llorar sus ligerezas en un m o­
nasterio. Tan ajena estaba ella de estos propósitos de
enm ienda y recogim iento, que distraída en am orics, lle­
gó por fin á abrazar la resolución de casarse. Pero
en el m ism o dia en que habían de firm arse las es:ritu -
ras, se d irigió el P. Alonso a casa de esta señora sin
haberla antes tratado ni conocido, á la sazón cabal­
m ente en que estaba esta com iendo con su prom etido,
y otro caballero. Com o estuviesen ocupados, el V en era­
ble entró á orar en un O ratorio que en la casa había:
Poco después, despedidos los caballeros para la tarde, m a­
nifestaba D.* Prudencia al Venerable sus decididos pro­
pósitos de celebrar m atrim onio, próxim o ya á realizar­
se. ¡Quién lo creyera! luu al corazón la habló el Padre,
que obtuvo de la ligera viuda se otorgaran al día si­
guien te las escrituras, no ya de casam iento com o estaba
pensado, sino de donación de sus ca^as para m onaste­
rio de m onjas, en el cual ella m ism a había de in g re­
sar (i¡. El bendito Padre no se dió y a pu nto de reposo
hasta im p ro visar el convento y establecer en el la clau ­
su ra. Com o es m uy frecuente en casos de liquidación y
cuentas, aquella casa aderezada y lujosa apareció bien
pobre; m ayorm en te tratándose de darle nuevo destino.

(1) E l escultor L ó p ez M aldonodo da á enten d er de u n modo


confuso que D.* Pruden cia había tratado de' casarse á p esar de
algun os consejos anteriores; mas S o r M aría de S . M igu el, M onja
1 cülIcLi l u c entró en dicho convento, confesada del V e n . y m uy
enterada en los m otivos de la fundación, dice term inantem ente
qu e sin haberla conocido antes el B to. la recu jo y cam bió del
propósito de casarse con sola una conversación. Inf. sum. fol. 154.
L I B . I I .— C A P ÍT U LO X X V I I .

Salieron censos cargados sobre ella, y g r a c ia s q u e al fin,


aunque desacom odada y estrecha, quedaba casa y tech a­
do bajo el cual am pararse. P o r toda renta y caudal para
m antenim iento de la com unidad entregó la rica viuda
el día de la instalación veiñtereales (i ;. No se desanim ó
por ello el cor.tiado P adre.
Recaudó algunas lim osnas, y obtenida la real licencia,
enderezó sus pasos cam ino del Palacio del A rzobispo
y Cardenal S r. Q uiroga, m u y am igo suyo, No poco sa­
tisfecho se vió el P relado viendo en su cám ara al vene­
rado reiigioso.
— ¿Qué se ocu rre al P. Alonso? dijo el Arzobispo.
— V engo en dem anda de licencia, para fu n dar un
convento de A gustin as recoletas.
— Y ¿cor. q aé rentas contáis para la subsistencia?
— Con la m isericordia ds Dios.
— Pues, Señor, con caudales tan crecidos como la
m isericordia de Dios no puede negarse la licencia: P ad re
Alonso, por otorgada.
Y alcanzado el perm iso de la autoridad eclesiástica,
dirigióse á las personas caritativas con el objeio de re­
coger los fondos de la m isericordia de Dios.
Véase la carta que d irigió á D.‘ M aría de A ragón no­
tificándole este proyecto con detalles de los estatutos, y
pidiéndole alguna ayuda.

Á D o ñ a M a r ía d e A r a g ó n :

^Porque sé que dará contento á V. S.*, quiero dar


cuenta cóm o aquí se hace un M onasterio de M onjas de
nuestra O rden. Una viuda da su casa en la calle del
Príncipe, que vale m ás c e cuatro mil ducados, para este
efecto; y quiere tom ar el hábito con tres criadas suyas;
no han de and ar descalzas sino con zapatos; las cam isas
de anjeo y las sábanas d e anjeo, con un jergón y un

(t) S o r A n a de S ta . Inés, P riora del m ism o convento. Inf.


sum. fol. 159.
VIDA D E L BTO . ALONSO DE OROZCO.

colchón; la labor ha de ser para el convento, el cual les


ha de dar todo lo que han m enester. Hanse de vestir de
sayal, y no ha de haber locutorio sino un rallo, com o en
las Descalzas c e la Princesa; han d e ayu n ar cada sem ana
m iércoles, viernes y sábado: no han de com er siem pre
pescado, sino ios días de ayu n o. Los dotes á quinientos
ducados, que es la m itad de como reciben en otros Mo­
nasterios; no han de can tar el oñcio divino, sino en
tono; de m anera que harán penitencia que se conserve
la salud. L a licencia está pedida al C arden al y prom eti­
do que la dará. He escrito á la Señora Doña M encia d e la
Cerd^i que nos ayu d e para un cáliz, que cuesta poco; y
á V . S.* le cabe el relicario donde ha de estar el Santísi­
m o Sacram ento, que costará hasta cinco ducados. Fstán
para en trar seis, gente de espíritu con g ra n deseo: quié­
ralo el Señ or para su servicio y g lo ria — am en. De Ma­
drid á 26 de Setiem bre».— F r. Alonso de O rozco.
Y á los pocos m eses escasos de tom ar dicha resolu
ción D.* P rudencia, víspera de Navidad de 1588, ter.ía el
inefable gozo de cerrar el m onasterio, celebrar la p ri­
m era m isa y e x h o rta r á la flam ante com unidad á la
observancia de '.as constituciones que él m ism o les
dictó (1). A l día siguiente tom aron el hábito M aría de
S. M iguel, Prudencia G rillo, M ari-Núñez y otra criada
de la fu n dadora, y adem ás D.* Catalina de Guzm án y
Q uiñones, señora noble, «que aunque nunca se supo de
ella cosa que tocase en dssliz, todavía preciada de m uy
dam a, y ostentosa en el lucim iento de las galas, hizo
m ucho ruido en la córte» (2). La fundación por tanto
excitó la curiosidad de los cortesanos, y se celebró con
in usitada solem nidad; á la cu alco n trib u yó p o r su parte el
P. P rovincial c e Castilla, m ás tard e Obispo de A storga

(1) P . Sebastián A vellaneda que le ayu dó en la misa y acom pa­


ñó en todo, pág. 216. v.
(2) P . V id a l.— ¡listo r ia iel conventoctc. lib. III cap. X I. pág. 3163
del T om prim ero..
L I B . I I . — C A P ÍT U L O X X V II. 331

y de Osm a, D. F r. P edro Rojas, em parentado con la


nobleza de España, y de gran d es relaciones en la capital.
Él m ism o, accediendo gustoso á los deseos del V en era­
ble, dio el hábito á D.‘ P rudencia y generosas com pañe­
ras: y com o p rim er P relado les concedió de M aestra y
Superiora á D , ‘ Juana Velázquez, m uy noble y de g ra n ­
de espíritu, que con o tra religiosa agu stin a sacó de
Ntra. Sra. de G racia, convento insigne en la ciudad
de Á vila de ios Caballeros.
En m em oria y agradecim iento del señalado benefi­
cio que la Reina de ios ángeles hizo á su m adre, visitán­
dola estando de ¿1 em barazada, dió el V enerable fu n da­
d or al convento el titulo de la Visitación de Ntra. Señora
á Santa Isabel.
Q uedó pues fundado el prim er m onasterio de A g u s­
tinas Recoletas, su Purtalicu de Belén que le intitulaba
el P. Orozco, sobre el gran cim iento de la m isericordia
de Dios y dedicado al m isterio de la Visitación de N ues­
tra Señora. Y fué aquella tan grand e, que á pocos años
de la fundación, la piadosa Reina D." M argarita de
Austria,- m ujer de Felipe III, prendada del fervor de lns
religiosas, las tom ó bajo su real protección y vio de
ensanchar su estrechez y rem ediar su pobreza. Dioles
los casas del Colegio de Sta. Isabel, de fundación de
Doña Isabel Clara Eugenia, antes del fam oso Antonio
P érez, y estableció que tupieran colegio d irigido p o r
ellas m ism as, en donde se educasen las hijas de la servi­
d um bre de palacio.
En 4 de Diciem bre de 1610 en que se hizo la tra sla ­
ción, pasó igu alm en te ia jurisdicción, que hasta entonces
había pertenecido á la orden, al Señor P atriarca de las
Indias con el carácter de capellán m ayor de Su M ajes­
tad, en la m anera que hoy continúa adm inistrado inm e­
diatam en te por el p rim er capellán del palacio real.
Adem ás trajo de Valladolid la Reina p o r Priora á ia cé­
lebre y venerable S o r M ariana de San-José, fundadora de
les conventos de A gustin as recoletas d e Eibar, V alladolid,
V ID A D E L BTO . ALO N SO D E OROZCO.

Salam anca, M edina y la Encarnación de M adrid; y las


M onjas en obsequio á su P atron a la aceptaron, d án ­
dole sus vetos.
E l cariño que D .‘ M argarita de A u stria las había
cobrado, no sufría tenerlas tan lejos de Palacio; y trató
de llevarlas á la casa del Tesoro, ton nuevas reglas
acaso, y trasform ación de la com unidad. Ello es que
sentían vivam en te se deshiciera la obra del Venerable,
tal cual se la había legado, y S o r M aría de San M iguel,
prim era Monja de la calle del Príncipe, lloraba y suspi­
raba, pidiendo con instancia á Dios no se desbaratase
la fundación de su P cd rc querido. O raba una nochc. y,
com o en lu g a r oportuno direm os, aparcciósele el V en e­
rable y la consoló diciéndole:— No llores, hija, este con ­
vento, convento es y convento será. Y bendito sea Dios
que, aun que insistió la reina, y acudió á Su Santidad,
el convento sigu ió el m ism o y en el m ism o punto. U ni­
cam ente, y con aplauso de todos, pidió la Real Señora
tres mor. jas, la fun dadora M aría de San José, Isabel de
San Pablo y Adolfa del Sacram en to, hija del Conde de
M iranda, para fu n dar otro cerca de Palacio, que se
llam ó de la Encarnación, dando á los dos el título de
reales, enmn de su fundación y patrocinio. El celoso
P adre había consultado la conveniencia del estableci­
m iento de la nueva casa con la V enerable M adre A na
de Jesús, cy diciéndole cóm o daba la dotación una
m ujer, que en o tro tiem po había sido m uy dam a, au n ­
que ya estaba desengañada y deseosa de recogerse; res­
pondió la M adre que no le parecía decente principio
p ara fundación ;de recoletas. Replicóla el Santo Varón:
— No entendí que era tan tem poral: ¿oscurecen por v e n ­
tu ra la grandeza de Cristo las m ujeres livian asq u e se p o­
nen en su linaje? De esta h um ildad sacará Dios una cosa
g ra n d e.— Palabra tan m isteriosa, que ha escarbado en
los corazones de m uchos, m ayorm en te después que el
tiem po descubrió el m isterio en la fundación del C o n ­
vento Real de la Encarnación de M adrid, que se ocasionó
I
L IB . II.— CAPÍTU LO X X V II.
333
ele la otra. De aquel gra n o de m ostaza levantó Dius
este árbol, en cu yas ram as anidan tantas aves que vu e­
lan por el cielo.
«Conociólo así la m ad re A na de Jesús en una carta
fechada en B r js e la s á 6 de Febrero de 1619, en qu ed ice:
— Del Santo P ad re O rozco puedo d ecir que antes se le
acabó la vida qu e la ansia que tenía de m anifestar á
Dios, y ayu d ar á las alm as con su d octrin a y ejem plo: y
qu e sin d uda fué profecía lo que dijo de la fun dación .
Echóse de ver en el sentim iento que m ostró de lo que
yo decía; y en lo que luego sucedió de en trar personas
nobles: harto se declara con lo que ahora es— (1). Los
aum entos en lo tem poral y espiritual de am bas com un i­
dades han sido tantos que aun hoy están bajo el p a tro ­
nato real y jurisdicción exenta, con haberse d estruid o
m ucho y abolido m ultitud de privilegios. La piadosa
reina que entraba m uchas veces á h urtadillas en la E n ­
carnación, y servía á las religiosas en refectorio, no hay
p a ra qué decir que enriqueció, señaladam ente á este
segundo, de preciosas reliquias y alhajas, cuadros y or­
nam entos. L a observancia de una y otra com unidad la
encuentro m uy ponderada en nuestras crónicas, y por
m i m ism o, no sin gran satisfacción, he podido adm i­
rarla estos días. Dios nos conserve estas antesalas del
Cielo para purificación de m uchas alm as, y rem edio de
los m ales que hoy padecem os. Ojalá que aquella m iseri­
cordia de Dios p o r el Ven. invocada, que les sirvió de
fundam ento, sea siem pre su am paro y defensa, su coro­
na y su gloria.

(1) P. Márquez. Vida. cap. XXIII, pág. 47.


CAPÍTULO XXVIII.

Última obra y Jundación del !B to. Orozco: el Colegio de


la Encarnación, dicho vulgarmente de ‘Doña ¡María de
cAragón, hoy ‘Palacio del Senado en ¡Madrid.

1680—1591.

ya en los últim os años del am abilísim o


* s ta m o s
P. Orozco: poco habrem os ya de gozar de los
efeetcs saludables de sus ejem plos, de las in­
com parables enseñanzas de su celestial d oc­
trin a, de los avisos y sentencias caidas de sus labios,
com o perlas de valor inestim able. Su larga vida, riq u í­
sim a y llena c e frutos sazonados, al fin se acaba.,, di­
rem os m ejor: truécase por otra vida im perecedera, v e r ­
dadero vivir, donde el crudo invierno no hiela, ni el
estío agosta, sino que reina risueña y florida, sin te­
m or de m uerte ni angustia, eterna prim avera.
V a m cs ya a tra ta r de su ú ltim a obra, y com o p o stre­
ra, compenclio y sum a de sus acciones heróicas, g i-
gan testo esfuerzo de la naturaleza auiuiadíi sólo p o r la
gracia, m agnífico tem plo dedicado a L>ios, y á la vez m o ­
nu m ento a la m em oria del Venerable, el Colegio d éla Eu-
carn ad ó u de M adrid. Er. ól coloca el Señor á su siervo,
L I B . I I . --- C A P ÍT U L O X X V III.

(cuando ya frisaba en los noventa años¡ en el ejercicio


de la vid a activa, en la pienitud dei obrar; al propio
tiem po que d erram án dole m ercedes sin cu en to, abríale
los cielos sobre su cabeza m ostrándole el solio prepara­
do en la bienaventuranza.
La h istoria y fun dación del m encionado C olegio es
com o sigue.
E n tre el fausto y las pom pas de la córte, y com od u e-
ña de honor de la reina D.* A n a y m ás tarda de la infan­
ta D.“ Isabel, vivía recogida y cristian am en te D.* M aría
de Córdoba y A ragón. A d m irable era la casta y m ortifi­
cada vida que en el real palacio ejercitaba. Conociendo
y a á la piadosa y bien o cu p aca D.‘ Ana, no m enos que
la austeridad de costum bres de aquella córte y señalada­
m ente del Rey, no causará extraneza seguram ente que
los criados de Palacio vivieran con honestidad y recato,
y aun con m odestia y recogim iento. P ero aun m ás alia
iban las virtu d es de esta noble señora, em parentada con
la grandeza de España. A los once años hizo voto de
castidad, que con fidelidad escrupulosa guardó hasta la
m uerte. Bajo los fines y delicados, si bien m odestos m an­
teos y á raíz de la carne, llevaba ceñido uu áspero cilicio.
Confesaba y com ulgaba, por lo m enos en las solem ni­
dades del año; y m an ten íala costum bre de, antes de acer­
carse á la sagrad a m esa, con hacerlo frecuentem ente,
d ar siem pre cien ducados de lim osna. Por últim o, gastó
todo su nada escaso patrim on io en alzar el Colegio de su
nom bre.
M uchas veces en palacio con los principes, y tam bién
en el pulpito de la capilla real, habia podido ver y a d ­
m irar de cerca al fervoroso P. O rozco. Hallam os, pues,
m u y natural el que, sintiéndose tan inclinada á la v ir­
tu d , cobrara tanto afecto y respeto al asom broso Santo:
era una de sus más ardientes devotas y adm iradoras.
E ligióle por confesor, y a cada paso le consultaba las
cosas de su espíritu aun p o r cartas, á que se veía obli­
gad a á recu rrir, cuando se hallaba con los reyes en el
3^6 VIDA D E L B T O . ALO N SO DE OROZCU.

E scorial; y no son de poca estim a las preciosas contesta­


ciones que recibía. Copia de u nas veinte cartas m u y d is­
cretas de esta correspondencia he hallado, que hacen
sentir la pérdida d e m u ch a; m ás, que indudablem ente
hubo de contestarle. Hasta talp u n tn le veneraba TV Ma­
ría, que. con exquisito cuidado anotaba las particu larid a­
des de la santa vid a de su confesor, bien persuadida que
habían de redu n dar en g lo ria de Dios y provecho de los
hom bres. Ten ía una biografía por ella com puesta que,
según testifica D.* M aría O bando, dam a tam bién y com ­
pañera suya, guardaba com o rico tesoro en un cofreci-
to. Cosa de leer hubiera sido biografía tan m enudam en­
te y por tal dam a escrita; ¿adonde habrá ido á parar?
Llevada de su inclinación á la virtu d , habia d eterm i­
nado g asta r su hacienda en obras piadosas, y p o r con­
sejo del Ven. P ad re m editaba hacía algunos años edifi­
car un m onasterio en las casas cu e poseía en M adrid.
M uchas veces dijo que por sólo tener al Santo en su
casa levantaba el sagrado edificio.
Sucedió que por los años 1589, fatigado p o r la edad
y rendido de la aspereza de vida el bien aventurado
agustino, apenas podía v iv ir con continuas m olestias de
insom nio p o r poco ruido que en S. Felipe hubiera; y
ap rovech ó la señora tan oportu na ocasión para.ped ir al
P rovin cial de A gustin os que perm itiera llevarle á sus
casas, átin de cu idarle y regalarle. De antes le había ro ­
g ad o ya al m ism o V en erable que fuera de R ector á ellas
con otros Padres; y d e e sa su erte,a u n q u e interinam en­
te, se in au gu rase el proyectado m onasterio. Rehusaba el
San to aceptar el cargo de superior; mas, avisado por re­
velación y m ejor aún por m andarlo la obediencia, dejó
la estrecha y querida celda de S. Felipe p o r o tra igu a l­
m ente hum ilde de las-casas de D.* M aría. No deseaba
o tra cosa el Provincial: com o la. noble señora habla esta­
do indecisa para fun dar el convento, y aún lo estaba con
respecto á qu é orden le en treg aría, ju zgaba m u y bien
qu e una vez puesto el pió en él, y perr tal santo, á
L IB . I I . — C A P ÍTU LO X X V III.
337

nin gu na o tra sino á nuestra Orden le dedicaría la fu n ­


dadora.
Esta ciertam ente era la m ira del Ven. y '.us deseos
de sus herm anos; proseguir la obra com enzada y escul­
p ir en ella el escudo de la Orden. Y para lograrle, ¡qué
atinadas y discretas cartas, qué discursos m ás suaves y
pruden tes no le dirigió! Com o, según tenem os dicho, es
la ú ltim a obra del bendito Padre, y al lado de su edad
d ecrépita y m adura experiencia, aparece el aliento em ­
prendedor de un joven, unido á ia cordura varonil; ha
de perdon arm e el lector qu e me extienda algo en des­
crib ir el tiento y destreza con que fué venciendo los vo ­
lubles p rop ósito sd e la, al fin m ujer, aunque devota Doña
M aría.
Para buen principio de las cosas quiso el Señor m e­
jorarle el angustiad o estado c e su salud: com ienza así
u na de sus cartas á la fu n dadora. «Grandes m ercedes
m e ha hecho nuestro Señor en esta su casa de V. S. li­
brándom e de tres enferm edades; de la falta de sueño, y
de dolores de lo s to b illo s y de ciertos vahídos q u ed u ra -
ban m ás de tres horas con gran congoja».
C laro está, lo prim ero de todo fué, luego de estar
algún tiem po en dicha casa, disponer un O ratorio si,
contra lo que presum im os, no le tuviera tan piadosa
señora.
Dijo la prim era m isa el Beato en el im provisado Cole­
gio, el día 11 de A bril de 1 590, m em orable fecha p o r
esta razón en los fastos agustinianos. Y con esta consa­
gración al Señor, quedó instalada la escasa com unidad,
que, sem ejante al gran o de m ostaza de la parábola, se
desarrollaría hasta form ar copudo árbol, donde habían
de anidar las aves del cielo. P o r fin Doña M aría vió
lograd os los ardientes deseos de tener m ás cerca ¿e
si á su santo am igo y confesor; y sabem os que no paran ­
do aquí, deseaba igualm en te regalarle y conservarle
largos años. Mas el Venerable, que en m u y atenta carta
le daba las gracias por ello, y le refería m inuciosam ente
3}
338 VIDA D E L B T O . A LO N SO D E OROZCO.

todo el alivio que en su casa experim entaba, no pensa­


ba sólo en descansar. A la m isa cotidiana se añadió el
rezo en el coro, la predicación en días d e fiesta, la lectu­
ra san ta... pero ¿qué vo y á individuar? lo d iré en una
palabra: como se pudo y m ás qu e se pudo, con ser tres
religiosos huéspedes m ás bien qu e conventuales, se enta­
bló la vida perfecta de convento. Hasta tra tó de establecer
el observante Pr.dre y de hecho estableció la clausura
regu lar. ¡Nunca tal hiciera! Sobrem anera d isgustó este
paso á D.* M aría, pareciéndole sin d ud a que con no ad­
m itir m ujeres en el convento era echarla de su casa; y
que sin resolución definitiva acerca c e los destinos del
convento, se tom aba él antes con antes la posesión del
edificio para nuestro O rden. Sabedora del paso dado,
se fué enojadísim a á sus casas, hizo significaciones m u y
ásperas y dijo con bien harta ligereza á su santo confe­
sor:— Váyase luego V . P. á su Convento.
O yóla ¿ 1, por el contrario, con g ran d e m ansedum bre,
y sin in m u tarse en nada le respondió:— Por cierto, Se­
ñora, eso no haré yo; p o rq u e m e va m u y bien en esta
casa de V. S eñ o ría.— Con la cual blanda respuesta calm ó
el enojo y los bríos de la señora, recordándole la m odestia
y suavidad con que han de recon ven ir los cristianos que
se precian de im itadores de nuestro adorable Redentor.
A prendem os de este dechado á ser hu m ild es y m an ­
sos: ¡cuántas veces puntillos de honra, delicadezas fa­
tuas, que no son sino expresiones de m al disim ulada
soberbia, im piden y desbaratan los m ejores proyectos,
las grand es obras del honor de Dios!
Y todo lo dem ás del m étodo de vida especial de
R ector del Colegio, ¿parece especificado en las cartas
que á la P atron a del m onasterio enderezaba. A ntes, sin
em bargo, será bien tener en cuenta los noventa años
como y a sabe el lector em pleados, los achaques vin cu la­
dos á su vejez, aquellos clavos los cuales desaparece­
rían y a únicam ente con la m uerte, y que aún a la ras­
tra y apoyado en u n a caña apenas le perm itían an d ar.
L I B . Tí. — CA P ÍTU LO X X V III.

A d vertid o todo esto, hé aquí los sabrosos trozos tom a­


dos de sus Epístolas.
L o prim ero que deseaba, y en que consistían sussue-
ños dorados, lo indica en este pasaje: « P u esV . S. ir.e
pone en este cuidado, quiero avisar que en n in g u ra
m anera se m e quite la celda que está cerca de la chim e­
nea que está jun to á la calle: yo tengo m al sueño y cual­
quiera ruido me ten d rá desvelado; la otra es pequeña para
tener m is libros, y dem ás de esto, no perderé la ventana
del Sacram ento por cosa alguna.» ¡Bella enseñanza para
nosotros: libros y oración al Sacram ento! E sto era su
consuelo; m as nótese cuánto lo necesitaba por el estado
á que la edad y los rigores del invierno le reducían:
«Como la edad de noventa años haga su oficio, con
los grandes fríos de este invierne ten go la cabeza m u y
flaca, y aunque cada día digo misa por no perder tan
gran tesoro, lo m ás del día estoy en la cam a por tener
la cabeza reclinada; y es cierto que el P . R ojas y el Do­
nado me hacen gran d es caridades: mas» com o el donado
va á fu era á proveer lo que es m enester, y el P adre ha
de responder á la p u erta, ten go falta c e quien m e dé un
poco de agua, teniendo sed».
D.‘ María viéndole tan achacoso quería irle á la m ano
y estorbarle algunos ejercicios de su celo: todo en vano.
«V. Sría. dijo al P. S u p erio r de la casa que no m e
dejase predicar: entiendo la intención tan piadosa y ala­
bo al Señor; m as suplico que en esto no se trate, porque
recibiría gran p esad u m bre: S e ñ o ra , yo en tod o este
adviento, con pedirm e serm ones, m enos he hecho; y
pienso predicar pocas veces, m as esta libertad sírvase
Dios que la tenga yo, y no suene fuerza, porque entiendo
que V. S. h ará lo que suplico»,
«En lo que Loca ¿ lus serm ones del P. Juan de C astra,
com o esta iglesia es pequeña, h u elga de pred icar en otras
m ayores; porque donde h ay m ás gen te parece que se
hace m ás fruto: y cu an d o S. R everencia ha salido á p re ­
dicar las fiestas, y o en una silla he cu m plid o haciendo
VIDA D E L BT O . ALO N SO D E OROZCO.

algu n as pláticas, y sin tañer i serm ón, la iglesia siem pre


se hinche, y oyen con devoción: cu todo se hará lo que
V . S. o rd en are*...
Debió de replicarle la buena señora que era preciso
cu id ara de su sa lu d ,y no ac m olestara aunque estuviese
enferm o, com o así era, el P. Juan de Castro. Mas el santo,
solicito sólo por el bienestar corporal de sus com pañe­
ros, respondía:
«Yo no tengo que m irar p o r m i salud, sino tratar de
consolar los enferm os c e día y de no:h e» .H é aquí, pues,
que sobre se rP r o c u r a d o rd e lc o n v e n to y m ira r p o r la obra
d e la iglesia tenía que hacer de enferm ero.
E n trem os ah ora en el asunto de si había de ser con­
vento ó no, de esta ó de la otra O rden, la fundación
prem editada.
Confirm aba el V en . Padre á la noble señora en el
piadoso pensam iento de levantar un tem plo y m onaste­
rio; y asi le decía:
...«Y si vie.se el gran servicio que se hace á Dios eü
esta su casa, daría alabanzas á Dios: unos vienen á orar
y á m isa gim iendo, otros dándose en los pechos pidien­
do á Dios y á su bendita M adre m isericordia, que es
cierto m ueven i devoción. Seis m isas se d ijeron aquel
día de la M adre de Dios que fué el sabado, las tres
dijeron clérigos y las otras nosotros: esto todo teso­
ro es»...
«Por tener, señora, g ra n conten tode haber com enza­
do esta santa o bra y reconocer que ha sido sin gu lar
m erced de Dios, es m u y justo o ir los gem id os con que
los cristianos van entrando en esta Iglesia y los golpes
de pech os... no hay corazón tan duro que no alabe
aquella M ajestad. Así todos dicen que ha sido g ra n pie­
d ad del Señ or haber visitado esta vecindad, que estaba
tan sola y apartad a de los tem plos»...
Persu ad ida de esto D .1 M aría, dejábase insinu ar el
ben dito R ector con o tra aten ta:... «Conviene, señora,
que se d eterm ine en si ha de ser colegio ó m onasterio
L I B . I I .— C A P ÍT U LO X X V III.

esta casa; porque los estatutos han de ser m u y otros.


Dios inspire lo que m ás le sea agradable»...
É inclinándose ella m ás á que fuese m onasterio, con ­
testábale el Padre: «Pues V. S. está tan determ inada en
que sea m onasterio esta casa, y no Colegio: y o ¿cómo
faltaré, ni im portun aré á quien tan to debe la O rden, y
yo m ucho m ás que nadie»?
D espréndese d e aquí hien á las claras que otra cosa
deseaba el V enerable y a s i s e 'o p e r s u a d í a e n otra carta;
m a s , como tan to le debía, replícale en esta tan discreta
fo rm a :... «Una cosa q u erría, y es que este convento no
viviese de lim osnas, cuando el Señ or fuese servido que lo
sea: sino que tenga renta para lo necesario á los con­
ventuales que estuvieran; porque será m ás quietud para
la oración y contem plación»...
Fija en la idea del convento, Doña M aría quería que
fuese de lo m ás austero: pero entonces ¿perm anece­
ría el Beato en su casa? Desde luego que no, si no había de
ser convento de la O rden. L a fu n dadora, pues, p reten ­
día á lo que parece que los A gu stin os llevasen hábito de
sayal y ejerciesen asperezas propias de otras órdenes.
E l p ru den te R ector á unas y otras cosas le repuso,
diciendo: «Aquí van las constituciones que han de
g u a rd a r los conventuales de este con ven to, que h a de
ser. V. S. podrá q u itar ó añ adir lo que le pareciere; y
pues tan to dificulta nuestro m u y R everendo P rovincial
en lo que toca al sayal, bien será que se vistan de paño
no costoso, com o aquí declaro»...
L a noble dueña debió de escribirle que bien podrían
h acer los dem ás cuanto su R ector habia practicado y
a ú c hacia. A lo que replicaba el Venerable: «Parécem e
que nada he hecho en servicio de Dios en tod a m i vida:
m as com o la buena y sana com plexión que el Señ or me
dió m e ayu d aba, probaba m is fu erzas hasta m ás de
sesenta años; porque el A póstol dice— ofrezcam os á
Dios nuestros cuerpos en hostia v iv a, y que nuestro
sacrificio sea m edido con la razón ;— por tan to, según
2jj2 V I'),\ DF.l. BTO . ALON SO DF. OROZCO.

las enferm edades que el Señor por su bondad m e ha


dado, y com o ia edad cada día carga, he dejado algunas
cosas que la flaqueza no sufre»...
«■Querer V . S. qu e todo un convento haga lo que yo
con el favor de Dios, cierto es todo bueno; m as parece
qu e no se sufre. ¿Quién qu erría vestirse una tún ica de
sayal y ten er m antas de lo m ism o, no com er m ás de
una vez al dia y tasado, tener disciplina tres veces cada
sem ana, d orm ir sobre u n a tabla los viernes y traer ci­
licio? La cartu ja no es tan estrecha. Esto he dicho en se­
creto, Señ o ra. Calle, y q u iera en este su convento, cuan­
do le funde, lo que todos pudieran llevar, si quiere tener
quien en él m ore; y pues hay tiem po, esto sería m ejor
tratarlo en presencia, que no por carta. La obra va buena
y luce m ucho»...
M ientras tan to , com c se nota, continuaba la o bra de
la Iglesia. P o r esto escribía que estaba m aravillado de
ver que tenía tan ta ocupación cu la obra Idii costosa, y
sub:'e to d o ; estar adeudado en la p a g a de los censos.
A cada paso daba cuen ta de ello a la fundadora, anim án­
dola á rem atarla.
«V. S, confíe en nuestro Dios qu e le ha de d ar vida
para dar f.n á esta santa obra y para la g o za r m u ­
chos años, com o todos nosotros sus capellar.es. Y con
todo, está bien que en breve se hagan los estatutos. E n ­
víe V . S . los que hicim os ha un año y los vió S. Maj.»
De suerte que después de un año nada había re­
suelto. y viéndola vacilante, en la m ism a carta conti­
nuaba el P. Alonso: «Sería bien para el servicio de Dios
qu e V. S. se determ inase en que este sea colegio; perqu é
h a y otro m onasterio, que es S. Felipe, en esta villa, y
p o rq u e es gran servicio de Dios que de aquí salgan pre­
d icadores para toda la provincia.»
Y com o sabía sus aficiones á la aspereza de vida, pro
sigu e el santo:— «Gran devoción es, y así m uchos cris­
tian os la g u a rd a n , de no com er en los m iércoles carne;
p o rq ue en este día fué vendida la carne del Salvador.
L U I. I I . — C A P ÍTU LO X X V III. 343

en lo dem ás, que es traer cam isa de anjeo y tener sába­


nas de esto, si esta novedad estorba al dorm ir, no me
parece que se haga.» ¡Cuánto m ás hacia él! ¡oh pruden­
cia del verdadero espíritu! Y dicele ahora á la Señora:
«No sé qué m e dicen, que V. S. se trata m al y que casi
se pasa tod a la sem ana sin com er carne: por am or de
Dios que no h aga exceso; porque S . P ablo dice— sea
conform e á la razón la ofrenda qu e dais á Dios;— y va
hablando de la penitencia corporal.*
A Ja cuenta, cediendo ya D.* M aría en que fuese con­
vento de la O rcen é insistiendo acerca de la estrechez,
p rop uso al bendito P adre, que ellos se reformasen; y
acem ás, si era cosa en qu e convendría interviniese el
M tro. León. Hacía m u y poco que los agu stin os, p ara d ar
pábulo al fervor de m uchos de su institu to, habían esta­
blecido la que se intituló reform a ó recolección y m ás
tard e descalcez; el M. F r. L u is de León habla tenido no
escasa parte en ello, cuino que les escribió las constitu ­
ciones. ¿Por v e n tera se ocurrió á D.” María lo que acabo
de insinuar? Ello es que cu tre las citadas encuentro tam ­
bién esla inestim able contestación dél Beato, celador de
las tradiciones de su R eligión, que cupio toda entera:

JE SÚ S, M ARÍA.

E L E SPÍRITU S A M O SEA EN E L ANIMA DE V . S. AMEN.

Santo deseo es y d igno de ser loado que el colegio sea


m u y religioso: m as com o y o paso de ochenta años, y m i
Señ or me ha dado en cada pié un callo que es com o un
clavo, él sea loado; ni m e atreveré á llevar lo que los
p adres recoletos que andan con alpargatas. Hice á los
padres decir una misa m ás con cargo; nos cu m ple que
la cabeza vaya adelante y ten ga fuerzas; y aun el P a­
d re F r. Juan de Castro es m u y flaco y tiene una fuente
en un brazo, y los m édicos le m andan com er carne las
cuaresm as. Lo de vestir de sayal podráse llevar; y por
344 VIDA D E L B T O . A LO N SO D E OROZCC.

tan to nos pareció pasar por ello. En laprovincia h ay m u­


chos qu e son p a ra re g ir y m orar aquel colegio, com o
V. S. quisiere ordenar su virla y reform ación; por tanto
no hay que tra tsr con el P. M iro. I¿íón. Sea nuestro
Dios con todos y lo guie por su divina m ano, Amen» (i).
F r . A lo n so de O r o zc o .

Con esto, á lo que juzgo, se iba decidiendo D.* Marta


por el pensam iento de su confesor. Fu? preciso, sin em ­
bargo, que los prodigios del Beato y sus venerandas re­
liquias le m oviesen eficazm ente áello . Y d igno es de con­
ta r lo que pasó acerca de cierta intención sobre el ente­
rram iento del bendito Padre, viviendo aún él, ¿qué digo
viviendo? com o que tuvo que tom ar parte, y levantar el
g rito pidiendo y protestando de que por Dios no se en­
terrase su cuerpo com o, por acaso, alguno pretendía.
— «Esto quisiera m ucho, v e r respuesta de m i causa,
m ayorm ente sobre mi entierro, el que conviene para el
servicio de Dios, p ara mi consuelo y provecho de mi
alm a, que en n in guna m anera sea sepultado secreta­
m ente y en tie rra no bendita; porque seria privarm e de
m uchas oraciones de personas devotas que sin m erecer­
lo sé qu e me favorecerán: y pu es no fué, Señora, de su
p arecer lo que supliqué que m e enterrasen debajo de la
pila del agu a bendita, p a ra qu e teniéndom e debajo de
los piés se acordasen de mi; n in gú n inconveniente es
ben decir esta iglesia qu e ahora tenem os, para m e ente­
rra r, p o rq ue nu estando bendita, no se puede ni debe
en terrar nin gún cristiano, y si esto V. S.* no hace, no
quiere m i descauso y bien de ini alm a. E n terram ien to á
h u rto y de cu erpo cristiano y por m ano de seglares
nunca se vió, n i es cosa decente un religioso sin sus
herm anos. M ande V . S." desde lu ego queden aquí dos

( i) L a falta de fechas en las cartas del bendito P a d re pudiera


ocasionarnos algú n erro r cronológico, pero accidental y de nin­
g u n a m onta.
L I B . I I .— C A P Í T U L O X X V I H .
345

capellanes que sirva n a N uestro Señor y encom ienden


á Dios mi alm a y sean de sola una O rden, los que V. S.
quisiere.»
El argu m en to no podía ser m ás claro ni m ás vigoro­
so y persuasivo: ¿desea V .S . que mi en terram ien to sea en
su m onasterio? Pues cosa clara es que un religioso ha
de m orir y descansar entre sus herm anos. R u ego que
h aya aquí capellanes que me encom ienden á Dios, capella­
nes que sean de sola una Orden: entendedlo bien y dedu­
cid su sencilla consecuencia.
P ronto, m u y pronto habian de cum plirse en todo y
con creces los piadosos deseos del venerable fundador;
pues D.* M aría dotó espléndidam ente el colegio, y S. M.
D. Felipe It, no sólo concedió facultad para levantarle en
el sitio señalado, (cosa en qu e hubo contradicción porque
dom inaba algu nas habitaciones de p alacio); sino que
glosó y am plificó de su puño y letra las constituciones
del colegio com puestas p o r el santo Orozco dándoles
así algo m ás valer que con su sello real.
CA PÍTULO XX IX.

T)e los últimos prodigios que el bendito eP . Orozco hizo en


vida, y de varias y muy señaladas mercedes que recibió del
cielo habitando en el nuevo Colegio.

1590-1591.

C fS 'rítt á n t o s años y de tan to lustre para el convento


fágl de A gu stin os de M acrid , com o el Santo de San
Ig&jÉÍK Felipe había m orado en él, no eran para olvi­
dados en tre gentes bien nacidas, y m enos aún entre sus
carísim os herm anos. Habíase ido el San to, y con él la
alegría del alm a, el consuelo de los enferm os, el apoyo
de los Prelados y el aliento y dechado de los m ás m ozos.
Que la observancia quedaba desportillada y con brecha
abierta por su ausencia, cecialo entre lágrim as y so­
llozos el P rio r P. Pinelo á toda la com unidad co n g re­
gad a en capítulo. A cu ellas celdas estrechas y pobres,
perú testigos de las m aravillas del cielo, ni se herm osea­
ban ya co a resplandores, ni se oían en ellas más cánticos
celestiales. P ero vivía aún quien las santificó, tod avía el
am p aro de les desvalidos, consejero de tem erosos de
Dios y rem edio de todos los pobres, p ara dicha de todos
L I B . I I .— C A P ÍT U L O X X IX . 347

ellos se hallaba en M adrid. S. Felipe em pezó á ser m enos


concu rrid o, y las casas de D." María llenas de gente. Á
éi acudían los P P . sus herm anos en las dudas y necesi­
dades, y tam bién los de an tigu o socorridos y los nueva­
m ente desgraciados.
...«D iré yo Lo que vi en once ó doce m eses qu e en este
Colegio estuve en su com pañia sin m erecerlo, escribe
el P. Rojas; donde nuestro P. Fr. Alonso de Orozco era
visitado de todos los principes y señores de la corte, y
m uchas veces del R ey D. Felipe II. y del P rin cipe D. F eli­
pe su hijo y de la Infanta D.* Isabel, los cuales le am aban
y reverenciaban com o á Santo Varón; y el R ey le en­
viaba m uchas veces recados con sus M inistros, y en
especial con ju a n R u iz de Velasco, rogándole que le
encom endase ¿ N uestro Señor; y era tan grande la h u ­
m ildad de nuestro Padre, qu e vencía bien la -vanagloria
que sem ejantes visitas y favores le podían causar» (i).
A lgo más que con las visitas de augustas personas
se recreaba el Ven. P acre favoreciendo á los atribulados.
A M aría de Paredes que vivía inm ediata a la casa de
D.* María de A ragón le nació un niño m u y lastim ado y
quebrado, con rotu ra m uy grande. Creciendo el m al
con la edad, llegaba ya el niño á los trein ta m eses, y en
estado, que los m édicos para aliviarle determ inaron
abrirle el vien tre. Dispuestos ya para la operación, la
m adre toda penada fué á verse con el santo Orozco,
su vecino, y con grandes lágrim as contarle el trabajo
que tenía: consoló á la m adre el V e r. Padre, y le dijo
q u een aquel m om ento diría una m isa al E spíritu-Santo.
A cabada la m isa, m andó por un religioso un recado á
M aría de P aredes, diciéndole: «que se consolara, que no
p eligraría el niño; lo cual creyó, dice ella m ism a, con
gran d ísim a fe, teniendo por m u y cierto se había de
cum plir lo que el Santo O rozco le envió á decir, lo cual

(i) Relación del P . H ernando Rojas publicada en la R e v i s t a


A g u s t i n i a n a . V o l. I. p á g . 8 8 .
348 V ID A D EL BTO . ALONSO DE OROZCO.

sucedió, queriendo nuestro Señor que diese la cuerda


y estuviese bueno... y m ostrándole el que le abrió ¿ los
protom ódicos, dijeren que era cosa m ilagrosa y grande
m ilagro el haber san ado... y aun todos los que lo supie­
ron y el M aestro Juan, Hernista de S. M., que le abrió, y
los que llevó consigo atribuyeron á m ilagro conocido
qu e hizo nuestro Señor p o r intercesión de dicho
Santo» (i).
Doña Juana de M endoza, viuda de D. A u relio de P a­
dilla y m ad re de D.* Catalina de la Cerda, dam as de
honor de la reina «estando un día, son sus palabras, con­
g ojad a por un negocio m u y grave á que había ven ido á
la córte, y tem erosa de no salir con él p o r los pocos
m edios que para ello tenía, se fué á v e r al santo
O rozco á el colegio de D.* M aría de A ragó n , donde esta­
ba; y le contó sus trabajos, y el santo dijo á esta testigo:
— Jesús, Jesús, no tenga pena que p o r el cam ino viene
quien lo ha de rem ediar— y así fué, p o rq ue dentro
de siete días v ico á esta córte la persona por quien con­
siguió su negocio» (2).
Y D.* M aría C ald era nos da cuenta de que conoció á
M aría de C abrera, m ujer casada y m u y honrada, la cual
viv ía en servicio de D.* Catalina de P eralta, m u jer del
Lic. M atienzo, que son ya d ifun tos. A dicha M aría de

(1) M aría de Paredes, m adre del niño sanado. Inf. sum. fol. 5C.
L o mismo dice C atalin a de C icn fu c g c s, herm ana de la anterior:
y D iego D íaz, C iru ja n o y H ernista de su M ajestad, que asistió
á la operación, añade: «y débese notar haber sido gravísim a la c n -
ferm adad del dicho niño y tanto que el testículo que se le sacó con
la s m em branas en qu e estaba envuelto, qu e v u lgarm en te se dics
c n lrc lus autores Jindiniu, por ser lau gran de, se llevó á m o strar al
Doctor A lfaro , Protom édico de S . M . y á los dem ás exam inadores
de aquel tiempo; los cuales se adm iraron m uch o de qu e ee atre­
viesen á hacer u na cu ra tan grav e en tan pequeño sujeto, y agí
atrib uyero n á m ilagro la salud del dicho niño». Inform. sum.
fol. 62, vu e lto .
(2) Inf. sum. fol 405.
L IB . II .— CA P ÍTU LO X X IX .
349
Cabrera, de cierta enferm edad que tuvu, la sangraron
y curaron, m ás c e la cu ra vino á perd er la vista de en­
tram bos ojos, de m anera que no veía cosa algutia; y
aunque la hicieron m uchos beneficios los m édicos que
la curaron (que ya son m uertos) siem pre estaba peor y
sin esperanza de alcanzar la vista que había perdido;
y com o se viese m u y desconsolada, determ inó de irse
al Colegio de D.“ M aría de A ragó n , donde á la sazón se
hallaba el Ven. P. Fr. Alonso de O rozco, con quien M a­
ría de Cabrera tenía m u cha devoción; y le contó sus
trabajos y la ceguedad de sus ojos, pidiéndole con m u ­
cho encarecim iento se doliese de ella y la encom endase
á nuestro Señor, para que la diese la vista. A lo cual el
Santo O rozco respondió consolándola m ucho, diciéndo-
la que él la encom endaría á nuestro Señor, y qu e a cu ­
diese nueve días al Colegio á hacer una novena en la
form a que él la d ir á , y que él la diría los santos Evan­
gelios, que tuviese esperanza en nuestro Señ or de al­
canzar de él entera salud; y como la M aría de Cabrera
guardase el orden que él Ven. Padre la había dado, an­
tes que acabase la dicha novena, fué nuestro Señor ser­
vid o darla entera salud en sus ojos; y esta testigo que
habla visto á la dicha m ujer ciega, ccm o dicho tiene, la
vi después con vista m u y buena, y haciendo la m ism a
labor d e cadeneta (que era la que m ás se preciaba en
aquellos tiem pos.) como si no hubiese tenido ningún
m al en sus ojos, y la vi dar gracias á Dios nuestro S e­
ñor que p o r intercesión del dicho Santo O rozco tuviese
vista; y yo y todos los qu e supieron el caso lo tuvim os
por una cosa m ilagrosa, de lo cual hubo pública voz
y fama» (i).
Salcedo, aposentador de S. M aj., narra la m ane­
ra com o el V en . am paró igu alm en te á otra pobre m u jer
perseguida y frenética, que le llevaron al colegio ¡2); ¿mas

(1) Infor. sum. fol. 619.


(2) Inform. sum. fol. 38a vto.
3$0 V ID A D E L BTO. ALON SO DE OROZCO.

quién ha de tener espacio para trascribir cuanto en


h o n ra del B. O rozco depusieron testigos innum erables?
P or el dicho del P . G regorio Alarcón, A gustin o des­
calzo y m as tard e Obispo de Cuba, sabem os que «algu­
nas noches oían al bendito P ad re cantar com o en San
Felipe, y que le respondían con una m úsica m u y suave
y había m uchos resplandores de luz en su celda, que no
era luz de vela ni de candil» (i).
Asom broso p o r todos extrem o s es lo que en orden á
las m ercedes en estos años recibidas es fuerza que se
consigne á esta parte de la vid a de tan p rivilegiado
Santo.
Sobre la fe y las enseñanzas de la Iglesia, cam ino
sin d uda a lgu n a segu rísim o y p o r el Ven. O rozco reco­
m endado y apetecido sin deseos de revelaciones ni vías
extraord inarias, huélgase Dios de com un icar sus secre­
tos umorusos y pláticas intim as con los ya desprendidos
de las aficiones terrenas, y a d em á s,p o r locom ún, h u m il­
dísim os, sin letras ni títu lo algu n o de los que el m undo
aplaude. ¡ Oh adm irable y pasm oso quia rtvelasti ea par-
vulis! parvulis, dixit, id est humilibus. Y para esto ta m ­
bién aprovecha el E spíritu San to ocasiones en que el
alm a se halla á solas, cerrados los sentidos y los deseos
á todo lo m undan al, vacio el en tendim iento de pen sa­
m ientos varios y ocupaciones que absorven su atención.
Dos veces en el m es de Setiem bre de 1500, una en la n o­
che del 9 o tra del 25, vinieron á regalar el Beato los ángeles
con sus arm onías em briagadoras. A S. Nicolás d eT olen -
tino, herm ano nuestro, seis m eses entes d e m orir feste­
járonle así igu alm en te los espíritus angélicos. De ello hace
m ención el Ven. Padre al referir p o r obediencia aquella
señalada m erced, y dice: «Suplico á V. M. que aquellos
seis m eses se conviertan en seis días... con tal deseo d aré
voces acom pañando al gran profeta David y diré: ¿Cuándo
vendré y pareceré delante del rostro del Señor? Oh a leg ría

(1) Inform. sum. fol. 334.


L IB . I I . ---- C A H Í T U L O X AIX .
351

de m i alm a, si, viéndoos acá por fe y com o en espejo,


sois tan suave; cuando se rom pa este velo y te veam os
á la clara, ¿cuánto m ás suave seréis? A qu í faltaD palabras
para declarar la d ulzura que tenéis g u ard ad a para
vu estros am igos...»
El privilegiado Santo con bajar de lo alto de la con­
tem plación á la vida de M arta laboriosa, no habia p er­
dido la vista lim písim a de lince, ni la paz del alm a de
que gozan los que, m uertos á la vida de la carne, \iven
en la alta cum bre donde á sus anchas respira el espíritu.
A si se lo m ostró Dios en una visión que víspera de los
R eyes de 1501 tuvo en sueños por la noche. «Vi ensueños,
escribe, que descendía de un alto lu g a r para la tierra , y
d igo descendía por el aire, no qu e caía; porque cuando
alguno sueña que cae de una torre, naturalm en te tem e
y tiene pena por el peligro de perder la vida; yo, cuando
soñaba qu e bajaba de aquella a ltu ra, ningún tem or te­
nia ni angustia; por tanto digo que era descender y no
caer. Llegado á la tierra, m e detuve ep pié sin sentir
golpe ni daño algu no, y com enzando á an d ar desperté...
Considerando este sueño, com encé á decir: Señor m ío,
¿ha sido esto para que entienda la m udanza que yo he
hecho, pasando del estado alto de la vida contem pla­
tiva, la cual ha m uchos años que ejercitaba estando sin
ca rgo algu no, á la v ica activa que ahora forzosam ente
tengo de u sar en esta casa de N uestra Señora de la E n ­
carnación, donde al presente e s to y , entendiendo en
cu rar á los enferm es y d istribu ir lo temporal»? (1).
bln el m artes siguiente al día d eia Ascensión de 1591,
estando á las cinco c e la m añana en oración m ental,
y diciendo la oración de dicha fiesta— ut qui in cáelos
ascendisse credim us, ipsi quoque m ente in caelestibus
habitem us— qu e significa: los que creem os que subisteis
á los cielos, m orem os con nuestra alm a en las cosas
celestiales: «tuvo tan grand e fuerza el espíritu, son

(i) Confesiones, adición. T o m . III, pág. 102.


352 VID A D E L DTO. ALONSO DE OROZCO.

palabras del Venerable, que reiterando m uchas veces con


el alm a, y diciendo con nuevo afecto— m orem os en las
cosas celestiales— tan grande fué la suavidad que sentí,
qu e no h a y palabra que lo pueda significar (i). Lo con­
fieso, y vos, Señor, sois tan buen testigo que en aquel d i­
choso tiem po que dije de un cu arto de h o ra, poco m as 6
m enos, yo no m e acordaba de cosa a lgu n ad el cielo abajo;
n i siquiera d ar razón de m i m ism o, pareciéndom e que
veía com o á la clara á vuestra divina M ajestad, sentado
á la diestra de vuestro eterno P adre, y á vu estra sagra­
da Madre sentada á vu estra m ano derecha, vestida de
brocado; esto es, gozan d o en cu erp o y alm a de perpetua
gloria. A llí en este tiem po m e p areció que veía lo que
dijo el Profeta Daniel:— M illares de m illares le servián, y
diez veces cien m il m illares estaban en su presencia.—
Tam bién me acordé allí de lo que S . Juan dijo en su
A pocalipsi, qu e los ángeles estaban á la redonda del S e­
ñ o r y que derribados sobre sus rostros le adoraban, y lo
que decían, era:— Sea salud á nuestro Dios qu e esta sen­
tado sobre su trono y tam bién al co rd ero — y luego aña­
dían diciendo:— Digno es el C ordero, que m urió, de reci­
bir honra, g lo ria y d ivinidad, p orq ue fué m u erto .—
A cordém e entonces de aquellas palabras, que el esposo
dice á la esposa en los Cánticos:— ¡Oh que graciosa sois
ainada m ía en vu estros deleites!— quiere decir espiritua­
les; porque cuando el alm a está tan unida con su C ria ­
dor y rega lad a coi; su espiritual dulzu ra, m ás herm osa
es en los ojos de Dios que el sol. Tam bién me vino á la
m em oria lo q u e el m ismo Esposo y C riad o r nuestro
dice:— No queráis despertar á la am ada hasta que ella
quiera— (2). Oh Rey celestial, que lo que quiero d ecir no
lo entiendo, y vos solo lo sabéis, y es que quisiera yo en
aqu el tiem po pasar á la contem plación de vuestra p re ­
ciosa cruz; y vos deteniades á m i alm a; para que se

(1) T o m o III. P á g . 99.


(a) Ibidem P á g . 98,
LID . I I .--- C A P ÍT U LO X X I X .

sa<?(í en la consideración de vuestra santísim a A scen­


sión. Todo lo que he dicho no fué en sueños sino en
vigilia, estando despierto.»
Viénesenos con tal ocasión á la m em oria el éxtasis
dulcísim o de su querido P ad re San to Tom ás de Villa-
nueva. Rezando tam bién de m ad ru gad a el oficio de la
Ascensión y com enzada la antífona de Nona Videnlibus
iilis, tom áronsela de los labios los ángeles y continuan­
do en indecibles cánticos, quedó suspenso y extático de
aquella m úsica, elevado en el aire hasta casi el anoche­
cer del día. P ues había sido fiel discípulo de las virtudes
de su Padre de profesión, quiso el Señor d istin gu ir al
Bto. Orozco con iguales m ercedes.
P or las fiestas de Pentecostés del m ism o año, dos
veces fué igu alm en te visitado de la m isericordiosísim a
g ra cia del Señor. En el tercer día de dicha pascua trataba
aquellas palabras del Eclesiástico:— Mi espíritu es m ás
dulce que la m iel, y mi h erecad es más suave que la
n ie l y el panal; y fué verdaderam ente desasido del cuer­
po su espíritu, para g u star en abundancia durante m e­
c ía h ora d ulzu ras más alm ibaradas que la m iel y suaves
y ricas cu e el panal. Y se hubiera desprendido, con
efecto, de las atad uras de ia carne su dichosa alm a, á
gozar por m ás tiem po de tanta ventura. No o tra cosa,
á mi ver, se saca de las palabras con que term ina la re­
lación de este arrobam ien to. «Entendem os que en esta
vida m ortal, escribe él, estas consolaciones de vu estro
santo espíritu, ni son m uy ordinarias, ni pueden d urar
m ucho tiem po; porque no lo s ú fre la flaqueza hum ana:
palabras son de vuestro g ran d e am igo S. A gu stín :— Oh
Señor m ío, que vos me lleváis a u n a suavidad no usada;
la cual, si se perfeccionase en m í, entiendo que bastaría
para ser mi alm a bienaventurada».
Al d ía siguiente, m iércoles, traspuesto un poco p ri­
m ero, y despertándose a p rim a ncche, com enzó, según
la costum bre d e m u chos años, á lo a r á la V irgen M aría
con la devoción de cinco salm os que em piezan con una
•354 V tn A D E L B TO . ALONSO DE ORO ZCO .

letra de tan dulce nom bre, y eran el Magníficat, A d Do-


minum cum tribularer clamavi, Retribue servo luo, In con-
vertendo Dominas, y A d te levavi oculos meos, con la ora­
ción de la N atividad de nuestra Señora. «Acabada esta
devoción, dice el bendito P adre, torné á d orm ir y en el
sueño, ¡oh Señor de todo lo criado! oí u n a m úsica de
m u y dulces voces y diversas, á la m anera que suelen
cantar en la Capilla Real: y lo que cantaban todas ju n ­
tam ente era decir aquel cántico angelical Gloria in ex-
celsis Deo. ¡Oh Señor piadosísim o, qué regalo este, de
vu estra divina m ano enviado! Así no se acabara con
tan ta brevedad aquella m elodía tan dulce, en el cual
tiem po la vejez no da cansancio, y el cuerpo de tierra
parece qu e no pesa una onza (i); y lo que es m ucho de
estim ar, que m i alm a asi consolada, considerando su
propia poquedad y la gran d eza de vuestra m isericordia,
queda m ás h u m ild e, diciendo con D a v id :— Yo gusan o
soy, y no hom bre, oprobio de los hom bres.— Y pues tan
gran d es fru tos nacen de vu estra visitación y consuelo,
suplico á vuestra m isericordia infinita que os acordéis
de m i, p ara que sea m ás consolado de vuestra m ano,
con p rosperidad y adversidad, con salud y enferm edad,
en vida y m uerte»...
Mas ¿qué m ucho le h o n raran y visitaran los ángeles,
cuando el m ism o Señ or y am oroso R ed en tor nuestro
vino á visitarle y regalarle er. persona, dándole de co­
m u lgar con sus propias manos? Recibió m erced tan se­
ñalada, segú n el testim onio del m ism o confesor á quien
se lo m anifestó el V en. P adre, el día del Señ o r ó Corpus
Christi del año 1 591, estando en oración y antes de decir
m isa (3). A quel d ía fue acaso el único de su vid a en que

(1) T om . III, p ág. t o i.


(2) Hoja de M er ced es y F av o r es etc. que aducim os en los
Documentos Justificativos. T am bién en la Inform. p ág. 49. H ay
asim ism o testim onie en las Informaciones de haberse salida del
L IB . I I.— C A PÍTU L O X X IX .
355

no celebró el santo sacrificio, á pesar de la solem nidad


y estando bueno, pero á cam bio de recibir visita tan
am orosa d e Jesucristo.

sagrario una hostia consagrada y puesto en la boca del Santo O roz­


co, e9tando éste en S . Felipe, c d el día de la octava del Señor, e n
que se celebraba en aquel convento la Gesta del Santísimo Sacra­
mento, Injórm. Sum. Fol. 140.
CA PÍT U LO X X X .

T)e la preciosa muerte del Santo Orozco.


ig de Setiembre de r$ gi.

ras los angustiosos suspiros y encarecidos


ruegos p o r m orir, vino al fin la m uerte: los
vislum bres se convirtieron en luz de eviden­
cia. P ero veam os cuán preciosa fué á los ojos
de Dios y de sus am igos.
El 10 de A gosto de 1591 acom etió ai bendito religio­
so recia calen tu ra con accidentes: creyó al dia siguiente
haberse m ejorado y aun que estaba lim pio de la fiebre,
según se desprende de la carta á D.* María con esa fecha,
la cual carta presum o sea Ja últim a que escribió. L a
m ejoría, sin em bargo, fué sólo al parecer: días y dias
continuaba la fiebre sin interm itencia. No im agine por
eslo kI lec;or que rendido al fu ego de ella, m ayorm ente
atendida su edad, no se levantase de la: cama; quedárase
ese exqu isito y prudente cuidado, p a ra otro m enos fer­
voroso. Com o dice S. A gustín de los m ártires: es m ás
viv a la llam a de caridad qu e les abrasa el alm a, que los
L I B . I I .— C A P ÍT U LO X X X .
357

encendidos leños que pueden quem ar el cuerpo. El


P. O rozco, fehril y con el descaecim iento de v ig o r y
fuerzas que se puede conjeturar, no perdió en los veinte
prim eros días de la enferm edad el inapreciable tesoro,
com o el decía, de celebrar el santo sacrificio; nunca faltó
al altar: hasta que esforzándose el vigésim o de calentu­
ra en hacer la prueba del m ism o valor, faltáronle las
fuerzas y cayó desm ayado en el lecho. No es m enester
ad vertir que los m édicos le aconsejaban siem pre d istin­
ta cosa. E). juicioso Prelado, para otros tan bondadoso
y suave, y qu e luego les recordaba el texto de S. P a ­
blo acerca de condim entar las m ortificaciones con la
sal de la prudencia; sin duda que se creía excusado de
servidum bre tan penosa.— ¿Quién m e prohíbe d ecir m i­
sa, p regun taba, Galeno é Hipócrates? ¡Gentiles testigos!
si supieran el valor de una m isa trocaran segu ram en te
la salud p o r ella. No, Dios no hace daño a n a d ie — repe­
tía com o de costu m bre en tales casos. Y a que, sin
buen consejo, no podem os segu ir á este g ig a n te por
cam inos extraordinarios; podra servir su ardiente fer­
vor de estím ulo para los necios y supersticiosos, y m uy
engañados del dem onio, que tem en m orir m ás pronto
ó de veras, cuando necesitándolo en las enferm edades se
tra ta de darles los santos sacram entos.
No, Dios no hace daño a nadie. M uy lejos de eso, a él
le prestaba \ ig o r y aliento: com o lo asegura su com ­
pañero y confesor el P ad re Rojas, diciendo: aY estos
días que se levantaba, confesaba y com ulgaba á a lg u ­
nas señoras que se solían confesar con él; y un día
conjuró una endem oniada, y le lanzó el dem onio, é
hizo una plática espiritual á todos los que se hailaron
presentes. L os ctros veinte dias que ya no pudo levan­
tarse, m e m andaba que le trajese el sacram ento; y parte
de éstos lo recibió, parte lo adoró: y es de a d v ertir que
cuando los m édicos le reñían m ucho, porque se levan­
taba á decir m isa, estando tan fatigado, respondía que
con aquello se m itigaba su fatiga; y era asi, que cierto
358 VIDA D E L DTO. ALONSO D E OROZCO.

volvía m ejor á l a cam a, y decía la m isa con el reposo y


fuerzas que si estuviera m uy sano» (i).
L os deliquios am orosos, regocijos del alm a, y sal­
tos del corazón que con celebrar experim entaba, no son
para expresados con frases retóricas. ¡Oh qué feliz se
consideraba con tener en su celda aquella ventan illa que
daba á la Iglesia! por allí creía v e r abiertos los cielos, y
que á raudales le venían consuelos y gracias.
No tardó D.* María de A ragón en saber la novedad
que en sus casas ocurría al R ector c e l Colegio. T em ién ­
dose lo que en verdad sobrevino, com o dam a de honor
que era de D.* Isabel y al servicio de la real casa en el
E scorial, pidió licencia á S . M. para ir á M adrid. Y con
ella parte de su fam ilia y todos sus criados se hospeda­
ron en el titulado Colegio; que por estar sin clausura y
aun no cedido á la orden, d iscu rría, com o dueña de él,
p o r todas las habitaciones.
O tros m uchos señores y señoras, no sin g ra n m orti­
ficación del paciente, determ inaron ser sus enferm eros
de dia y de noche, en el largo tiem po que d urara la en­
ferm edad.
Bartolom é Salcedo, hijo del M ayordom o de Doña
M aría de A ragón, estuvo presente ¿ la últim a enferm e­
dad del Y en. Padre y dice oque en ella asistieron la
Condesa de Buendia y la Condesa de P uñ on rcstro y
el Conde de P uñ onrostro y la m adre del Conde de
V illam or y la m ujer de D. Sancho de la Cerda, el M ar­
qués de la L agu n a y otros m uchos señores y señoras;
cuidando de su enferm edad c e dia y de noche com o
á varón santo y apostólico; y la dicha Señora D.* María
de A ragón siendo, com o era dam a de h o n o r de la
in fan ta D.* Isabel, pidió á S. Maj. licencia p a ra venir
desde el E scorial donde estaba á esta córte á solo curar

( i) Relación de la vid a del V e a . P . Alonso de O rozco por el


P . Rojas. R evista A gu stin ia n a. V o l. I, pág. 90.
L I B . I I .— CA PÍTU LO X X X . 359

al dicho bendito P ad re O rozco, y S. M. se la concedió,


y vin o á ello y asistió á su enfermedad» (i).
En el discurso de toda ella, que fué larga y re­
císim a, acudieron á visitarle y servirle los principes y
señores que se hallaren en la Córte; p o rq ue cada día
tarde y m añana enviaba la E m peratriz sus m ayordom os,
y de sus m ism as m anos de sus dam as hechos le traían
los pistos (a).
«Poco antes qu e m uriese, le fué á visitar á su celda
su M ajestad Felipe II con el P rin cipe y la Señora Infan­
ta D.* Isabel. Iba su Alteza m u y deseosa de ver la cam a
del bendito Padre; pero n o sin inspiración celestial la
habia hecho sacar pocos días antes de la celda, y así vol­
vieron sin verla los Reyes» (3).
Y com o los Reyes y P rin cipes se hallaban á m ediados

(1) B. Salcedo, fam iliar del S to . OGcio, el cu al adem ás tu vo


la triste satisfacción de am ortajar al S an to, fol. 380 vuelto.
Y Juan de S a n V ic e n te M an u el, qu ien com o criado que fué de
los C an d es d e B u e n c ía , veló varias noches al V en erab le, es toda­
v ía más explícito, especificando los hum ildísim os servicios, qu e con
tan to in te rís y afecto, y de rcd ilias, hacia su sefiora, siendo de lo
principal de la córte, y por otra parce harto lim pia y escrupulosa;
sin perm itir que n in g u n a criada su y a ni otra persona llegase al
dicho S an to , fol. 261 vto.
(2) Relación arriba citada del ? . Rojas. Ibidem.
(3) M árqu ez, pág. 50. «El Rey Felipe II, que fué devotísim o de
cs;e gran S ierv o de D ios nuestro S ef.o r, un día d e S . Felipe y
S an tia go por la tarde, dice el P . H errera, le fuá á v isita r i su celda
con su s hijos, cose de estim a, porque el R e y era P ru d en tísim o y
m uy m iiudo en todas su s acciones y no hacia cosa que no lo m irase
m ucho, y jam ás visitó á persona que no fuese persona real: fué,
pu es, á visitarle al Colc.gio d e la S a rta D.* Marín de A ra gó n y los
in fan tes y el P rincip e entraron y le besaron la mano; á la S eren í­
sim a Infanta D.* Isabel le pareció qu e la celd a estaba algo húm eda,
y dijo:— Y o quiero que se entable esta celda y qu e h agan una ven­
tana desde la cuai pueda el S iervo d e D ios, aun estando en su
cam a, v e r al S m o. S acram ento. H ízose asi; y desde su celdica
360 ■VIDA D EL B TO . ALONSO DE OROZCO.

de A gosto en S. L orenzo, desde que cayó enferm o el


San to «todos los días enviaba un m édico de cám ara
relación del estado de su enferm edad al Escorial; para
sacar á su M ajestad de cuidado. Y a hem os indicado que
le traían la com ida de Palacio; y estaban al rededor de
la cam a tres y cu atro gran d es descubiertos» (1).
La Condesa de Valencia testifica que, «hallándose en
palacio, fué plática com ún y se publicó por verdad que
eslaudu m uy m alo el Santo O rozco y llegando á n o­
ticia del R ey Felipe II, com o estaba m alo el dicho
santo (lo cual sintió su M ajestad y diju la gran d e falta
que h aría su m uerte) qu e le habla dado im aginación
que si el santo O rozco m oría, su M ajestad se había
de m orir tras él; y se lo envió á decir: mas el santo
O rozco contestó dijesen á su M ajestad que aunque él
m uriese (como fué así que m urió de aquella enferm e­
dad) que su M ajestad vivirla algunos años más; porque
convenía asi para el bien de la Iglesia católica y de sus
reinos y estados, y así vivió su M ajestad algunos años
después» (2).
A cu d ieron tam bién para su consuelo y servicio, com o
no podían m enos, sus queridos herm anos los P P .d e San
Felipe: jóvenes estudiantes de dicho m onasterio, ya unos,
y a otros, no se apartaban de su cam a; y á ellos y á los
criados de D.* M aría que vivían en el tiem po de las infor­
m aciones debem os las preciosas circunstancias y detalles
de la santa m uerte del justo. Los PP. Rojas, su confesor,
y Juan de C astro, am bos actuales com pañeros de cole­
g io se desvivían igu alm en te por atenderle. Señoras p ia ­
dosas y de probada virtu d , es verdad, le cuidaban ccn

estaba m irando al S m o. Sacram ento, ccn lo cual {quién podía figu ­


rarse lo m uch o que su espíritu se alegraría, b s requieoros y ter­
n uras qu e le diría?» ’.nfarm. Píen. P . Juan de H errera, fol. 343.
(1) P . M árquez ibidem.
(3) D oña Juana M an riq ue de L ara C on desa de V alen cia, S eñ o ­
ra d é la villa da S . Leonard o y su tierra. Inform. Sum . fol. 406.
l :d . I I . — CA P ÍTU LO X X X . 361

afecto cristiano; pero no deseaba él, sir.o m orir asistido


y entre los brazos de sus herm anos religiosos. Por la
gloria de Dios, por el aum ento de la Orden que tanto
am aba, y á la qu e tan to habia esclarecido, hizo el gran
sacrificio de dejarse cuidar de m ujeres: m oría padecien­
do, porque aquel dolor valía un colegio para la Orden y
un tem plo para Dios. Y á este tenor ¡er. cuánto m ás no
tuvo que m ortificarse!
C uando revolvía en su m ente todos los pecados de la.
vida, y pedía la gran m isericordia á Dios confesándose
cada día y m uchas veces t i día. haciendo detenida y m i­
nuciosa confesión gen eral de ellos, considerándose deu­
d or de m il beneficios divinos cual sino hubiese corres­
pondido á ninguno; los hom bres, aquellos que él llam aba
sin razón ni cordura, porque le apellidaban santo á boca
llena, acudían de tropel á su cam a, pidiendo la bendi­
ción p er últim a vez; y m irando m uchos á uno y otro
lado, para hacer secretam ente algú n h u rto piadoso. Re­
ligiosos de o tras Ó rdenes, venerables Sacerdotes, los
buenos cristianos de la villa (que todos le eran afectos)
los grandes y los nobles, y los pobres tan tas veces p o r
él socorridos, querían despedirse del Santo.
El A rzobispo de Toledo E n m o . Sr. Cardenal Q uiroga,
f u i tam bién á visitarle, y «Legando en ocasiones de la
h o ra de com er, varias veces se sentaba en la cam a de di­
cho Santo, y él m ism o por sus inanos le duba la com i­
da» (1). Y viérase el paso que ocurrió una de ellas, después
de las m iilu as salutaciones. Pidió el enferm o al A rzo ­
bispo la bendición: ¿ su vez éste se la pidió m ás encare­
cidam ente al Venerable. ¿Cómo el bendito P ad re se h a ­
bía de creer d ign o de bendecir al Cardenal? P ero de
o tra suerte el A rzobispo se negaba á ca rie la suya; y al
ru ego del E m m o. 3c unieron los de D.* María y dem ás se­
ñores que estaban presentes, suplicándole con instancia

(1) Juan de S . V ic e n te M anuel, criado de los C ondes de B u cn -


día. ful. 261 vto.
362 VIDA D E L B T O . A LO N SO DE OROZCO.

les bendijese á todos: después de varias excusas y pnr


obedecer al Sr. Arzobispo, echó p o r fin sobre ellos la sus­
pirada bendición. Entonces trayend o un m isal, dljole
e lS r . Q uiroga los evangelios y le bendijo igu alm en te (1).
A pesar de las m uestras de consideración y respeto,
no cesaba el V en . de su plicar le perm itieran m orir en el
suelo. Desde m uchos años antes acostum braba, al acos­
tarse, m eterse en un estrecho costal de sayal, que le sabía
hasta la cintura; con ello m editaba en la estrechez del se­
p u lcro , y conservaba hasta un punto increíble el am or á
la lim pieza virgin al. P ues á duras penas se pudo recabar
de él qu e se qu itara el sofocante talego; y sólo se consi­
g u ió su stitu irle por otro acaso m ás holgado, y de lienzo.
«No tem as, alm a, habla escrito (2); no tem as la m u er­
te, ni te turbes, qu e allí ten d rás por defensor á tu es­
poso y Señor O m nipotente Jesucristo, am igo leal que
jam ás faltó á quien le ama». P o r eso, sin duda, pidió le
trajeran el crucifijo del atril de S. Felipe, al pié c e lc u a l
tan to habia llorado y tan favorecido habia sido; y com o
le presentaran otro, por el tacto, ya que veia poco, co­
noció que no era el que pedia; hasta que afectuosam ente
tu v o en sus brazos el verd ad ero , al cual reconoció y
abrazó tiernam ente.
L as palabras de resignación cristiana en el padecer,
de agradecim ien to á cuantos por su bien se in teresa­
ban, con las cuales correspondía á la solicitud de Jas
visitas, hacían que se sintiera más la pérdida del varón
justo, que velan desprenderse de las ligadu ras de la
carne. Ni un ¡ay! escapado á la flaca naturaleza, ni una
queja exhalada por aquel espíritu; absorto en Dios (3).

(1) P . M atías O n tiveros qu e lo presenció, enferm ero Hnl V e ­


n erable, fol. 543.
(2) Victoria de la muerte, cap. X V III. pág. 516 del T om . I.
(3) «Yo conocí y asistí al dich o santo en la enferm edad de
que m urió; en la cual vi la gran de paciencia y hum ildad qu e en
ella tuvo; porque fué la enferm edad m uy grave y m u y gran de, y
n un ca le vití qu eja r csic testigo»— Ju an de S . V icen te, fol. 261.
L I B . I I .— CA PÍTU L O XX X.

A qu ello no era m orir, ni á nada de esto sem ejaba. Sen­


tíase qu e se cerraran le® m odestísim os ojos del Santo, y
que el silencio sellara aquella boca angelical; m as por
lo restante las circunstancias d é la dolencia, no eran sino
p ara alabadas y bendecidas.
Dice el P. Juan de M edina que el día que le tocó ir
á velarle por órden del P rio r de S. Felipe, el com pa­
ñero que llevaba iba con grandísim o dolor de cabeza:
apenas en tró en la celda del santo, tom ó una calza de
éste; y apretandosela m u ch o en la frente, luego al ins­
tan te se le quitó el dolor, el cual no le volvió m ás a m o­
lestar (i).
El Lic. R u iz de la Peña confiesa que «estuvo en la
enferm edad del V en . m uchas veces, hasta que se m urió,
y se quedó con el algunas noches hasta la m añana; y un
d ía, m andándole echar unas ventosas sajadas, el San to
rehusó que se las echasen: y á mi parecer, dice el L ic.,
p o r el suino deseo que tenía de verse libre de les tra ­
bajos de esta vida, y razonando conm igo m ism o, le
dije:— P ad re nuestro, acuérdese V . Paternidad de lo
qu e C risto Señor nuestro dijo á S. P edro:— cuando eras
m ozc, ‘. ú m ism o te atabas é ibas á donde querías;
p ero cuando seas viejo, otro te ha de atar y te h a de
llevar á donde tú no querrás ir; pues hasta ahora V . P.
h a hccho penitencia p o r su voluntad, hágala ahora
p o r ia voluntad ajena y dé ejem plo de paciencia.— El
San to O rozco calló y se dejó echar las ventosas saja­
das; y porque no se revolviese y se hiciese m al con
los vidrios, determ inaron los que estuvieron allí que
u n os le tuviesen de los brazos y otros de la cabeza; y á
m í m e cupo el tenerle de .os piás con m is propias m a­
nos, de m an era que el cuerpo del San to se pu so en
m an era de cruz, m ientras tu v o el torm ento de las
d ichas ventosas sajadas. Y quedándom e j'o toda la no­
che con el bendito P adre, á la m añana me vin e ¡i casa,

( i) F c l. 379 d e la inf. sum.


364 V ID A D E L BTO . ALON SO D E OROZCO.

y me lavé y entré á ver á los dueños de la casa donde po­


saba, los cuales me dijeron:— Oh señor, y qué olor del
cielo trae v . m d. consigo!— y yo aún no había olido algo
en m í, y díjeles— ^yo huelo?— si, señor.— Cierto, que si
no es que anoche tu ve los piés al Santo O rozco, que no
sé de donde puede proceder el olor. Y dicho esto, m e fu iá
com er á casa del Sr. C ard en al Q uiroga, y com iendo con
el A rzobispo y otras personas eclesiásticas, m e dijeron:
— ¿qué olor tan soberano y del cielo es ese que trae v. m d .
consigo? Les dije lo que había dicho en mí posada; y
después de com er me volví al colegio de D.* M aria de
A ragón, donde estaba el Santo Orozco; hallé á D.* M a­
ría de A ragón y á la condesa de Buendía, su herm ana,
y les dije:— basta, señoras, que huelen m is m anos como
cosa del paraíso, desde que anoche tu ve los piés del
San to O rozco cuando le echaban las ventosas. Y ellas
dijeron:— P ues, ah ora sabe v. m d. que las cosas d elSan -
to Orozco huelen bien! y aún hasta lo que se provee no
nos da nin gú n fastidio ni m al o lo r.— Y diciendo esto, la
dicha D.‘ María m e dijo que m e llegase á oler unos acei­
tes que estaban en unas escudillas, que habían traido
de la botica, don de se m ojaban unos pañitos, y dijo:—
¿á qué huelen esos aceites? Y yo dije:— huelen á aceitede
botica. Y añadió:— huela V . M. estos pañitos m ojados en
el aceite de esas m ism as escudillas, después de puestos en
la cabeza del San to O rozco, y diga á qué huelen. Los
olí y dije que olían á cosa del cielo y á lo que antes
había dicho olian m is manos» (i).
— Q ué significa ese alborozo P. Alonso? díjole D.* M a­
ría en ocasión que le adm iraba, radian te el rostro de ale­
g ría y con las m anos y todo el cu erpo hacer adem án de
acercarse y coger a lgu n a cosa, p a ra ella invisible. Em be­
becido el Santo, no respondió al p ron to, y á las nuevas
instancias contestó solam ente:— Una Señora m ás linda
que V . S .— ¿Y no la podíam os ver, y no la podíam os

( i) Inform. sum. fol. 101 jt 102.


L IB . I ! . — C A P ÍT U LO X X X . 365

ver? A lo cual respondió el Venerable: —Sus devotos la


verán (1). D.* M aría tod avía le estrechaba ¿ d e c ir de que
visión habla gozad o, y esquivando declararlo el enferm o,
llam ó la Señora al Padre Rojas; el cual com o confesor
lo g ró saberlo; y á poco m anifestó á todos los de la casa
que había visitado al bendito P ad re la R eina del Cielo,
acom pañada de N. P. S. A gu stín (2).
Con m ás de tre in ta días de calentu ra doblábase ya la
cabeza, desfallecían los brazos y se apagaba la voz: del
V en. Padre: m oría, dice el P. O ntiveros, con sola la piel
y los huesos; y segu ram en te que no necesitam os testi­
m onio de testigo d e vista p ara adm itirlo.
A purábanse los asistentes y los m édicos por adm i­
nistrarle la extrem au n ción , pero contestaba m u y sereno
y tranq uilo: — á su tiem po avisaré yo.
A visó, en efecto, y recibió el óleo y sacram ento de
los enferm os, fortaleciéndose m ás con la g ra cia d ivina,
para obtener el ú ltim o triu n fo de sus enem igos.
Sobrevínole un accidente de frío en qu e tem ían
los P P. se quedase. El P. Rojas exhortaba al enferm o, y
le decía:— Padre N uestro! Y no respondiendo, tornó á
gritar:— P. O rozco, ¿es y a Dios servido de llevárselo
para si?— T o rn ad o á p reg u n ta r lo propio, y sosegado
de la m olestia el bendito Padre, contestó:— En jueves
nací y en jueves será el S eñ o r servido llevarm e— con
esto quedaron tran q uilos hasta el jueves inm ediato (3).
V ísp era de ese dichoso jueves, en la noche anterior,
acom etióle m ás recia la congoja: de nuevo los sobresaltos,

(1) P . M edina, fol. 379— qu e se halló en la celda del V en erab le,


la nuche de e sle ^asú.
(2) B artolom é Salced o, qu e se lo oyó a l P . Rojas: este testigo
da á enten d er que el V en erab le no respondió palabra á las pre­
gu n ta s d e D.* M aría; y qu e lo supieron únicam ente p or el P adre
H ernando Rojas; por lo qu e me persuado qu e el P . M edina oiría
b uno, y Salcedo lo otro, y am bas cosas son verdad.
(3) P . M atías O a tív e ro s, fol. 546.
*6 6 V id a n n . n t o . a l o n s o d e o n o z r o .

los apuros, las lágrim as de am or. Salido de ella, dijo


el San to m u y tranquilo:— Sosiégúense y no se albo­
roten , Padres, que hasta m añana al m edio día y o confio
en Dios que no m e tengo de m orir (i). Am aneció el
jueves, y llegábase el m edio día: el Venerable, después
de haber consolado á unos padres resucitando una
niña en aquella m añana (2), pidió su am ada com pañera,
la cru z santa, que en otro tiem po le salvó de un segu ­
ro naufragio; ah ora entre so lb zo s, ccn las p ccas fu er­
zas que le restaban, se abrazó á ella, expresándole su
am or y cariñ o con palabras las m ás regalad as y tiernas,
y pidiendo le g u ia ra al pu erto de salvación y á las
playas de su qu erida y verd adera p a tria celestial.
Poco despues llam ó á todos los que m oraban en el
colegio, é Incorporándose com o pudo en la cam a, dijo:
— óiganme que quiero predicar— tom ando entonces por
tem a el texto Aprended de m i que soy manso y humilde
de corazón, pronunció una plática tiernisim a de despe­
dida, p o r espacio de rncdia hora, donde á la vez com pe­
tían la m ansedum bre y el fuego del celo, la llam a de la
carid ad y el dulce a tractivo de la m odestia. Pasm ado
el P. Rojas y conm ovido á un tiem po del aliento de un
m oribundo, y de la inspirada doctrina de un espíritu
que volaba á la eternidad, apresurado púsose á recoger
en un escrito las lentas, pero encendidas frases, que
9alían de aquella boca m isteriosa. P lática d e tan ta esti­
m a no ha parecido, caro lectorl
T erm in ad a la despedida no sin m u ch os suspiros, que
hicieron saltar lágrim as en abundancia á todos los cir­
cunstantes; acostóse de nuevo m odestam ente el Beato, y
reclinada en su pecho la cruz, tom ó una vela encendida
que subió hasta el m ism o pecho; y sustentada con am ­
bas m anos, y en la contem plación del sentido m ístico de

(1) P . A lo n so «leí R in cón , que estaba presente. Inform. etc.


fol. 65a.
(2) P . M árqu ez Vida- etc. cap. X X V II, p ig . 58.
L1B. II .— C A P ÍT U L O X X X . 367

aquella luz, sin m ovim iento algu no ni descom postu­


ra de su cuerpo, plácidam ente m u rió en el Señor.
En jueves, pues, y á las doce del dia :g de Setiem bre
de i^gi, según lo habla pronosticado, le lle » ó e l tan an­
siado m om ento de trocar la tie rra por la eterna biena­
ven tu ra n za (i).
Tan feliz nueva anunciósela en el m ism o instante
á la C om un idad d e A gu stin as de T alavera, d é lo s pri­
m eros conventos de su fundación, el cam panillo regala­
do por el Beato: sin que nadie le tocase, se deshacía en
p ublicar lo que pronto entendieron todas las Religiosas.
¡Alegraos, el Sanio de S. Felipe entra en este m o ­
m ento en la gloria!

(ii P. Matías Ontivercs, y P. Rincón, fol. 652.


C A P ÍT U LO X X X I .

Exequias y entierro del bienaventurado C


P . cAlonso.

pui- la coronada villa la noticia de la


s p a r c id a

m uerte del Santo, era de ver la gente agolpada


á las puertas de la Igb sia del Colegio y la
afluencia de hom bres y m ujeres de todas condicioaes,
que por ted as las bocas calles acudían á verle.
«De noche y de día parecía uno de los gran d es jubi­
leos que suelen ven ir de Rom án— dice D.* Juana de
V a rg a s (i).
Pequeña era la Iglesia, m as aun m ucho m ayor, no
fu era espaciosa para tanta gente. E xpu esto en u n a ca­
pilla, sobre un tablado alto cubierto de brocado car­
m esí, besábanle los piés, las m anos ó el hábito. Los
religiosos que al su rededor le custodiaban, porque no
le dejaran desnudo, no obstante de relevarse, so pena
de ser sofocados con lo? apretones, no tenían ya brazos
de esta r tocando rosarios y otros ohjetos de devoción al
Ven. cuerpo. Ni los Padres ni 1p. Justicia eran poderosos

(r) Inform. sum. fol. 299.


LIB . II.— CA PÍTU LO X X I I .

para contener aquella com pacta y cerrada m uchedum ­


bre de fieles. A su em puje se habrían las puertas, y am e­
nazaban caer los débiles tabiques del im provisado Co­
legio: lleno todo y sin entrar ni salir nadie apenas, se
colocaron en la calle escaleras que llegaban á la ven­
tana de la Iglesia, para satisfacer la devoción ó la cu rio ­
sidad de los concurrentes. Y los dueños de las escaleras,
ganaban m uchos dineros. Vino la noche, sonaron las
ocho, las diez y .as doce; y aquella Iglesia estaba com o
por la tarde.
En sentidas elegías unos, en odas y can tigas otros,
celebraron los poetas de la Villa, sin nadie invitarles á
ello, la santa m uerte del justo. Estos inspirados versos
p egáronles á la puerta y en las paredes de la Iglesia.
P ero refiéranlo los que gozaron de tanto bien:
«Se conm ovió toda la có rte y toda esta villa de Ma­
drid, luego que salió el rum or y fam c que el santo ben­
dito había dorm ido en el Señor; y las religiones todas
vinieron á celebrar sus exequias; y este testigo vino con
el convento de nuestra Señora de A tocha, y le besó los
pies, teniéndole com o le tuvo y ahora le tiene por m uy
gran santo y am igo de Dios; y vió ccm o m uchos otros
hicieron lo m ism o con g ra n d e reverencia y b umildad» (i).
Certifica el célebre Francisco de Q uevedo y Villegas:
Me hallé con la dem ás gente y concurso el día de su
m u erte en el colegio viejo de D.“ M aría de A ragó n , adon­
de con cu rrió con devoción nunca vista en la córte, todo
el lu g a r d e noche y de día, chicos y grandes, señores y
prelados; la cual gente se debe creer y vió patentem ente
que concurrió con p a rticu la r m ilagro, no convocada de
nadie, solam ente de la voz que se esparció de su m uerte;
y fué tanta la devoción y fe con que fueron á ver su
cuerpo y co rtar reliquias, que procurando la justicia y
los frailes defender el convento, no fueron poderosos, y
le escalaron el convento y derribaban las puertas; y este

(:) E l célsbre P . M endoza, dom inico, fol. 48.


25
370 V ID A D E L BTO. ALONSO DE OROZCO.

concurso y devoción duró m uchos dias coa grand ísim o


fervor de todos; y el sentim iento de su m u erte fué en
toda la córte de m anera com o d e hijos que quedaban
sin padre; y en este lenguaje hablaban y hablaron m u­
chos días después» (i).
L a Señora Duquesa de M aqueda y Duquesa de Ná-
jera, dijo: «que S. E. vivía junto al colegio de D.* M aría
de.A ragón; y aun porque le conocía p o r santo, com o
por el gran ruido que hizo su m uerte en toda la córte,
vió la infinidad de gen te que acudió á ver su santo
cuerpo para venerarle; que duró m uchas horas del dia
y de la roch e, que parecía día de Jueves S a n to ; porque
iban las calles llenas de gente hasta las dos de la noche;
y S. E. no fué por estar im pedida; pero fueron de su
casa el Sr. Duque de M aqueda, su m arido, y tam bién el
S r. M arqués de Elche, su hijo, y los dem ás sus h erm a­
nos y criados de su casa; y fueron y le vieron y besaron
la m ano y le veneraron por santo; y vinieron m uy edi­
ficados de ver su santo cuerpo, y m as de v e r la devoción
tan gran d e que el pueblo m ostró en irle a visitar toda
la noche y el día» (2).
«Por lá parte de fuera c e la Iglesia, p o r una ventana,
había unas escaleras, para que p o r ellas subieran á ver
el. cuerpo, y los dueños de las escaleras ganaban muchos
dineros» (3).
»A m i, dice González de Tejada, me llevaron una esca­
lera de mi casa, para verle por la ventana; p orq ue no
cabía el C olegio de gente» (4).
»En m i casa, añade M aría de Paredes, estaban m u ­
chas am igas hasta la una de la noche, quedando á
buscar ocasión para ver su santo cuerpo» (5).

(1) Inform. sum. fol. 465.


(3) Inform. etc. fol. 502.
(5) P . Juan M edina, fol. 378 v ta.
(4) ibid em . fol. 368.
(5) Id, fol. 56, vto.
L I B . I I .— C A P ÍTU LO X X X I.

Una doncella, hija de gen te principal, devota del


Beato, cuyo nom bre no aparece en las inform aciones,
contra sus m ás vivos deseos no podía ir á venerarle:
estaba tullida. Oía el rum or de la córte, alim ento aquel
día de la conversación de todos, en que se hacían las
gentes panegiristas de las virtudes y m aravillas del
m uerto al m undo y viv o al cielo, con lo que la infeliz jo­
ven ard ía en más devotas ansias de verle... y lo alcan­
zó. V estid o con hábito agustiniano. herm oseado de flo­
res, se le a p tr e d ó aquella noche el bendito P adre, co­
m unicándole el gozo de verle como otros uo le veían,
y adem ás la agilidad del cuerpo (i).
Con la concurrencia im aginable se celebraron al día
siguiente de su m uerte m u y honrosas exequias. Ofició
la misa pontifical D. Gerónim o S alvatierra, Obispo de
Ciudad R odrigo, cerem onia acostum brada, dice el Padre
M árquez, en los en tierros de grand es príncipes; y p ro ­
nunció la oración fúnebre el P. Pedro M anrique, de
excelente púlpito y aventajado gobierno, Arzobispo de
Zaragoza. A nte la apiñada m ultitu d , en tre la cual ape­
nas podían d istin gu irse los grandes títulos, capitanes,
religiosos y sacerdotes y el Cardenal Arzobispo, decía
el orador:— Hé ahí el santo! «Fué fraile entre nosotrosse-
tenta y tan tos añns, sin qui'j.i de nadie, con edificación
d e m uchos y con espanto de todos ...«Hom bre de
nuestra natu raleza, vestido de las condiciones de ella,
criado entre nosotros debajo de nuestro hábito; y tras
eso, vernos y verle ponía grim a el pensarlo!
«En tod a la enferm edad no decía o tra cosa sino—
¿quién se viese en el Altar?— parecía el ansia de David:
Altaría tua, Domine»! (2)...
L os fieles m adrileños ai podían verle todos, ni los
qu e los conseguían se saciaban d e adm irarle; bien es

i' i ) P . A lon so del R in cón , entre otros, fol. 651 vto.


(2) A continuación de Las Confesiones, edición de M adrid de
1620, fol 124 vto. y 127.
372 VIDA D EL BTO . ALONSO DE OROZCO.

ve rd ad que convidaba á ello la fragancia exquisita que


el cadáver exhalaba. En capilla estrecha le tuvieron, y
con gran cantidad de cera y en dias de gran d es calores,
y m is con el extraordinario concurso de gente: asi y
todo, la Iglesia y el Colegio estaban arom atizados con el
santo cuerpo, m ejor que con el incienso. A u n p o r toda la
calle del Relo.j se regalaban los sentidos con tan sobera­
no olor del cielo (ij. El enferm ero P. O ntiveros, apenas
espiró el santo, quiso ver qué tenía en I g s piés, que
tanto le habían dad o que padecer; y hallólos desde los to­
billos abajo llenos de carne com o si fueran de un hom ­
bre m ozo, teniendo el dicho Ven. T a d rcs o lo el cuerpo
hasta los dichos tobillos con solo el pellejo y los huesos;
y halló los dichos piés en cada planta d e cada uno de
ellos una m ancha de color m orado y leonado del tam a ­
ño de una blanca, y todo lo dcm ¿3 de los piés m u y liso
y sin g en ero de callos: visto esto se los besó y le dió un
o lor, no com o los de la tierra de ám bares y otras cosas,
sino com o unas flores d e las niñas y violetas; el cual
o lor estaba en toda su celda, y no sólo esto, sino todo el
tiem po que le estuvo curando no olió otro olor m as que
éste» (2). P ara que todos gozaran de la m aravilla, fué
necesario diferir el entierro un día m ás.
¿Y dónde seria enterrado? Léanse sus cartas á la fu n ­
dadora: en ellas se verá com o le atorm entaba la pesadi­
lla de su entierro; pues teinia fuese á hurtadillas y en
secreto. Habia ped ico él que se bendijera la Iglesia,
y se le sepultara junto á lá pila del agu a bendita. El
Arzobispo, sin em bargo, opinó de m u y distinto m odo.
Mandó que com o á santo se le enterrase en el hueco del
altar m ayer; y colocado en un ataúd, m andado hacer
por D.* M aría, se cum plió la disposición del P relado. Al
llevarle al altar, con el vaivén indispensable arrojó a lg u ­
nos sorbos de sangre: inm ediata y apresuradam ente

(r) Inform. sum.


(2) Inf. sum. F o l. 546 vto.
L IB . II.— CA PÍTU LO X X X I. 373

señores que le rodeaban recogieron en lim pios pañue­


los el precioso licor derram ad o.
L a cam a de m adera en que m urió, hecha m il asti­
llas, se distribuyó entre los fieles, quienes se lasdisputa-
ban porfiadam ente. La celda del Santo fué m aterialm en­
te saqueada: pobrisim a se encontraba, es verdad, y allá
por los rincones no aparecían m ás que cilicios, discipli­
nas é instrum entos p o r el estilo; pero por lo m ism o se las
consideraba de m ayor estim a. Q uien se quedaba con una
reliquia, quien, disputándolo todo, se guardaba otras.
E l F . Vargas, en la enferm edad m ism a antes de
m orir el Venerable, con provisora antelación envió la
caña-báculo á su herm ana D .‘ Juana, que tanto la codi­
ciaba, y de la cual refiere ella que obró inum erables pro­
d igios (i).
B artolom é Salcedo llegó á conseguir el bonete de
paño blanco que traía el Venerable en la cabeza, y ase­
gu ra que eu ocasiones de algu n a enferm edad que ha
tenido, lue^o se le punía y se le quilabau al pu nto (2).
E l P . Rojas tan satisfecho puso su hábito de m orta­
ja al sagrado cadáver; así conservó com o reliquia el üel
P. Alonso; ¡pero cuánto había de llorarlo después!...
D eña M an a cuidó igualm ente de que le conservasen
los zapatos, que hacía catorce años usaba el Beato, los
cuales le m ortificaron m ucho y exacerbaban los callos.
El crucifijo del facistol de S. Felipe le deseó m ucho ta m ­
bién la noble Señora: de creer es que lo guardara y lega
ra á su m u erte á su querido colegio; pues allí se ven e­
raba años m ás tarde.
La cruz, ¡ah! la am ada com pañera del Santo, reser­
vóla para si el F.mmo. Cardenal A rzobispo d e Toledo,
Sr. Q uiroga.
Hé aqu í el triu n fo d e la santidad! S i esas prendas, y
m ayorm en te el cadáver, pertenecen á u n difun to com ún,

(1 ) Inf. sum . fol. 298.


(2) Id. fol. -}92 vto.
374 VIDA D E L BTO. ALONSO DE OROZCO.

aun de un am igo, no se tocan sin respeto frío ó sin


pasm o y h orror; y porque son de un santo, ajadas y des­
lustradas en sí, la im aginación las em bellece con el co ­
lorido m ás herm oso; con los arom as de flores de otra
p rim avera que anhelam os, y las abraza, y las besa afec­
tuosam ente. El triunfo en esta p arte del Bto. Orozco
no pudo ser m ás com pleto; si com o santo habla sido
aclam ado y bendecido en vida, el lector acaba de leer
lo que aconteció en su m uerte.
¿Ubi est mors victoria lúa? ¿Dónde, oh m uerte, está
tu victoria?
LIBRO TERCERO.
— eaea—

Deo et hnminibus, cujus memoria in


il e c t u s

bmeiic.tione. est (i). A hora si que la Provincia


de A gustinos ds Castilla, y aun toda la O rden,
podía cuhrirse de luto, y llorar desconsolada
la pérdida del vivo m odelo de virtu d es. V éngase á la
m em oria el ascendiente que en tcd os los religiosos ejer­
cía la sola presencia del bendito Padre Alonso: «No te­
níam os m ás que verle, y todos nos recogíam os, decía,
com o hem os visto, el P . M aldonado, Obispo de S iria y
a u xiliar de Toledo. Setenta años ¿e hábito y de tanto
estudio y de fatigas sin cuento en tre prelacias y d ig n i­
dades con loa desem peñadas m ovían á considerarle
com o el venerable decano de la P rovincia. Los P riores,
el Provincial, n iD g u n o casi le había llegado á conocer,
sino gloriosam ente encanecido en las tareas del aposto­
lado. L e lloraban todos com o al P atriarca de la fam ilia
agustiniana.

(i) Amado de Dios y de los hombres, cuya memoria es de todos


bendecida. Eclesiast. X L V .— i
376 V ID A D EL BTO. ALONSO DE OROZCO.

Y añadíase dolor á dolor. Fr. Diego d eT a p ia, discípu­


lo del celebérrim o Fr. Luis de León, que aprovech án ­
dose de las lecciones de tan aventajado m aestro, salió
no sólo g ra n teologo y predicador afam ado, sino reli­
gioso ejem plar, autor de varias obras teológicas, m urió
en V alladolid en este año de 1591.
Dió á luz dos tom os: el uno de Incarnatior.e y ei otro
de Ven. E ucharistix Sacramento el de sacrificio Missoc.
1589. fol. Á su esclarecida m em oria se escribió un epita­
fio que Diego de Colm enares incluyó en sus Escritores Se-
govianos. El P. Tapia era de Segovia, hijo de Francisco
Zam ora y M aría T apia, fam ilia m uy ilustre y conocida.
Dice así el encom iástico y sentido epitafio.

D. O. S.
Didacus egregio Tapias cognom ine clarus
C lario r ingenio, conditur hoc tum ulo.
D um p u er alta petit, d ivino incenstis am ore,
Illecebras saecli, deliciasque fu git.
Proli A u gu stin i tenc-ris adscriptus ab annis,
Q uot Cathedras rexit? Q uot pia scripta dedit?
E xim ius praeco quae p rius non serm onibus arsit
Corda vel exemplo? quae prius arsa m anent.
Dignus erat m eritis longas^am ducere vitam .
Sed nihil ¡heu! m orti candida ■virtus obest.
Debuit ergo m ori. Brevius sed debita solvens,
(¿uam natura petit, regn a beata colit.
Atino. M. D. X. C. 1.

Y es el caso que el m ism o P rofesor Salm an tino falle­


ció tam bién el 21 de A gosto del m ism o año. Aquei dia,
en que desfallecido cayó en cam a el bendito Padre tan
postrado que y a no se levantó más, dejaba el incom pa­
rable Kr. Luis de León p o r todo consuelo a sus h erm a­
nos los despojos de la m uerte, envueltos en nube de
gloria y em balsam ados con el olor de sus raras virtudes.
Los P adres de la P rovin cia se hallaban en M adrigal
LIB. II I. 377

co n gregad os en Capítulo (cosa que no tenía olvidada el


Beato según carta á D.' M.* de Aragón); en él salió electo
Provincial, para que m ás ee sintiese su m u erte, el famoso
escriturario y nobilísim o poeta.
Bien podían llorar los A gustin os la eterna ausencia
de estos tres venerables, de estos tre s sabics, en unos
meses acaecidas. Y com o la fam a de tales nom bres y el
fru to de sus sudores ni en la Orden se encerraba ni en
los confines de España, con ser entonces anchurosos,
hacían más dolnrosa y sentida de todos su pérdida irre­
parable. La Iglesia de Á vila, si bien ganado para el cielo,
perdió en ese año á nuestro Beato y al penitente y e x ­
tático S. Juan de la Cruz. L a U niversidad de Alcalá á
C arrillo V illalpando, Valladolid á T apia, Salam anca á
su esclarecido León.
Q uédanos su im perecedera m em oria cubierta de
aplausos y bendiciones.
M em oria en verdad de bendición, com o de am igo de
Dios y estim ado de los hom bres, dejónos perpetuada en
tantos lugares por él santificados el llorado P. Alonso.
Los pobres socorridos, las huérfanas dotadas, los presos
libertados, los hospitales y las cárceles repetían entre
mil bendiciones el venerado n om bre del Santo de San
Felipe. Las aim as al cielo encam inadas, los conventos
fundados nutrían las voces que en todas partes aclam a­
ban al Sanio Orozco. ¿Qué him no de alabanza m ás a r­
m onioso, dulce y entusiasta, que el espontáneam ente
salido de las bocas de los am igos de Cristo, los pobres y
los enferm os, las v iu d a s y desvalidos, y los pobrecitos n i­
ños resgu ard ad os del frío y con tan to cariño vestidos de
su mano?
Operz enitn illorum sequuntur illos! A su nom bre,
com o noble esco ltad a honor, acom pañan sus obras ad-
adm irables. ¡Ah! y cuán diferentes son las huellas d e los
Santos de los ruidosos hom bres del siglo! A im itación de
Jesucristo pasan aquéllos p o r la tierra haciendo bien:
elogio cum plidísim o. T ras sus benditos piés quedan
37^ V ID A D T L BTO . ALONSO HF. ORO/CO.

edificados alb erg u es, construidos tem p lo s, abiertas


las escuelas, dotados los colegios, alzados m onum en­
tos de gloria, que escondiéndose en las nubes, se le­
van tan al cielo. Y la paz de reina de los pueblos. En
pos de ella, com o cortejo inseparable, viene la fertili­
dad y la abundancia, florecen las artes y las ciencias, la
apacibilidad y nobleza de costum bres.
A la m anera que el m undo físico, asi el m oral tiene
su sol fecundador y auras regalad as de prim avera, con
que brotan herm osas flores, aum éntanse los buenos fru ­
tos, los cuerpos y el alm a rebosan en salud, vig o r y
lozanía. ¿Quiénes otros que los Santos son los soles y
la luz del espíritu?
No com parem os tan ta herm osura y felicidad con los
estragos, la desolación y la m uerte, tristes ^recuerdos de
los héroes por el m undo celebrados. San gre y ruinas
evocan sólo su infausta m em oria. Meteoros funestos,
de relám pagos y rayos acom pañados, que asuelan las
com arcas, y secan de terro r á los m ira d o res de la tierra.
A baudonem os esta consideración; y venga el bende­
cido y apacible nom bre del San io Orozco y su san ia m e­
m oria á recrea rn u e stra im ag in a ció n , y llenar el espíritu
d eco n su elo . Com o bastaba antes su m odesta presencia
p ara reco ger el ánim o d e los que le veían, baste ig u a l­
m ente ahora su bendito recuerdo p ara alentarnos en el
buen cam ino.
Voló el San to y am ado P. O rozco al cielo, pero nos
quedan sus adm irables escritos y sus reliquias ven era ­
das. Talento nada com ún requieren los prim eros, para
h ablar de ellos com o merecen; largo libro piden las otras,
si debidam ente habían de exponerse los portentos que
p o r ellas ha obrado el Señor. Cúm plem e, sin em bargo,
en la m anera que se me alcance, coronar este tratado de
la vid a de nuestro Beato, diciendo algo de am bas cosas.
C A PÍT U LO I.

Obras que escribió el ‘Beato cAlonso de Orozco


y varias edif iones de ellas.

R A S P E S l m ism o venerable escritor apuntó el catálo-


H go de sus obras, prim ero en el libro de las Con-
■J W u f l j f esi° nes se£ún 1° lector en la pág. gB, y
N H H B B después m ás largam en te en un opúsculo la­
tino qus llam ó Tabula Alphabélica(i). R egístranse en esta
tabla los libros que siguen p o r el orden en ella colocados.
Los vam os á tom ar del m ism o autógrafo de la Tabla,
que tenia el P. A gustin Fernández, según éste lo apuntó
en el testim onio de las inform aciones, diciendo: «En es­
te libro hallo escrito de su m ism a m ano del Venerable
Padre F r. Alonso de O rozco á instancia de unos devotos
suyos que le suplicaron declarara los libros que había
escrito, porque el tiem po y la antigü ed ad no borrase la
m em oria de ellos, y declaró los siguientes:
«Quoniam nonnulli vo .u n t fortasse scire quos libros
tu m latino tum v u lg a ri serm one a u to r hujus operis

(i) Antes también en el Epistolario Cristiano dejaba indicados


los libros que precedían á éste; y en varios de los prólogos de las
declamationes nota igualmente Jas que llevaba estampadas.
380 VIDA D E L BT O . ALO N SO D E OROZCO.

su fragan te num ine ediderit, placui m ihi iliorum nom i­


na recensere.
Prim us liber.— Regalis institu tio appellatur.
Secundus— de adventu Domir.i tractatu r.
T ertiu s— concior.es quadragesim ae continet.
Q uartu s— de Doiniuicis post Pascha usque prim ain
Dom inicam p o sl Pentecostem .
Q u iu lu s— onines Dom inicas post Pentecostem am -
plectitur.
S cxtu s— om nes sacrosanctcc V irgin is Maritc illucidat
fcstivitatcs.
Septim us solem nitates Sanctorum expücat.
O ctavu s— Bonum Certam en vocatur, ubi potissim e
d s Religiossi psrfectione habetur.
Nonus— car.tica canticorum exponit.

Loa que en romance ha compuesto.

V erg el de oracion, y m onte de contem plación.


Regla de la vid a cristiana.
M em orial de A m or Santo.
E pistolario Cristiano.
Un Catecism o.
E jercitario espiritual.
A rte de am ar á Dios y al P rógim o.
La Revna Sabá.
V icto ria de la m uerte.
Suavidad de Dios.
Un Confesonario.
V icto ria del m undo.
Doce excelencias de nuestra Señora.
Siete Serm ones sobre las siete palabras de nuestra
Señora.
E xcelencias de los dos San Juanes.
«Todos los cuales dichos libros, dice el P. A gustín Fer­
nández, contiene la dicha m em oria que dejó escrita el
dicho Ven. P. Alonso de O rozco en la tabia: y asim ism o
L ID . XU.- CA PÍTU LO I. 381

tengo en mi poder una cédula real que S. M. el R ey


Felipe II I2 dió para im prim ir el libro de la Tabula Alpha-
bética, com o es costum bre en estos Reinos: su feche, en
S. Lorenzo en vein te y ocho del mes de M ayo de ir.il
quinientos y ochenta y ocho años, refrendada de Juan
V ázquez de Salazar, su Secretario; y una licencia del P a­
d re F r. A ntonio M onte, Provincial, que entonces era,
de la O rden del Señor S . A gustín , su fecha en Vallado-
lid á trece de M ayo del año mil y quinientos y ochenta y
ocho: las cuales dichas dos licencias origin ales las tengo
en mi poder, y dem ás de los sobredichos libros referi­
dos, he oide d ecir qu e com puso tres libros, que son: la
Guarda de la lengua: la Crónica de los santos de la o r­
den: la explicación de la regla de N. P. S. Agustín» (1).
Después del B. O rozco, nin gún biógrafo ni cronista
suyo, ni bibliófilo e t gen eral, es m ás abundante y exacto
en la lista de sus obras que si príncipe de los bibliógra­
fos españoles, el diligentísim o Nicolás Antonio. Mas ya se
advertirá, p o r lo que sigue, lo que añadim os al erudito
bibliófilo.
En los Códices de las Informaciones, com o pu nto de
los m ás principales, se trata de sus libros; y cuantos
hubo á las m anos fué preciso presentar para el escru pu ­
loso exam en d esu doctrina; por le que léense en él varios
catálogos, nin guno com pleto, y p o r de contado fal-
to sd e todo sabor bibliográfico, no m ás que con el titulo
y no sieir.pre verdadero. Descansan en la R eal A cad e­
m ia de la Historia los docum entos de los A A . de la España
Sagrada, y entre ellos, varios papeles referentes al p ro ­
ceso de beatificación del V en . O rozco, y tam bién c e la
edición m ás herm osa y com pleta de sus obras estam ­
pada en el siglo pasado, de donde hem os sacado copia
de las listas qu e arreglaron para d icha edición, y de

(1) Inform. Sum. orig. fol. 472. C ierto , estos tres últim os libros
son del B to .; por lo que ccn sta que n o apun tó todos su s libros en
la Tabla.
382 VIDA D E L BT O . ALONSO D E OROZCO.

las obras del Venerable , que poseían cada uno de los


conventos de la orden y otras varias bibliotecas de Es­
paña, pues á la cuen ta pidieron nota de ellas á todas las
bibliotecas. No será m enester ad vertir que son listas
secas sin u lteriores dibujos.
Con estos datos, pues, los que nos sum inistran
nuestras crónicas, las obras de bibliografía asi españo­
las como extranjeras, las consultas que nosotros m is­
m os hem os hecho en cuantas bibliotecas nos ba sido
posible, y los apuntes que otros nos han facilitado,
veam os de form ar un ensayo bibliográfico de las obras
del Beato Oro7co (1).

§. I.— Libres publicados en vida del Ven. Autor.

1544.—Vergel de Oración y Monte de Contempla­


ción.—Sevilla.
Com ieza el libro | llam ado V ergel de O ración, y
m on te d e | contem plación, hecho por un religi | oso de
la orde del bien au etu ra | do padre santo A u ga stin |
D irigido al ylustrisim o | señor Duq de arcos. |
Portada á dos tim a s adornada ccn lis armo3 del Duque de A rc o s , en medio
c a n p e i un S . Fernando con lo espada y la vara: ángeles ¿ los costados, y la leyenda:
Q u ic u mus jus | lu fueití h u í s rciuu;á. Q uien mus bis | a icicrc n as4| A lia ra . A lc c n .r o
se lee: A n tó n A lv o re z .— Donde fal:a alguna u 6 n :t c .... h*y en el origin al una tilde
sobre la letra anterior: los tipos estos modernos en que ya compuesto este libro curccca
de esas lilc e s y 00 podemos usarlas: sirva esta advertencia pera h s cem ás ccsos en
que sen otore la falla.

A l final: A cabase el libro llam ado V e r | g e l de oración: y


m onte de contem plación: hecho por | un religioso de la O rd e
del bienaueturado padre sancto A u g u stin dirigido al ylu strisim o |

(1) N o habiendo hallado, ¿ pssur de n uestras m u ch as in vesti­


gaciones, las ediciones príncipes de cuatro 6 seis libros del B eato,
escribim os, pregu n tan d o por cuantas obras del m ism o existiesen
en su s respectivas bibliotecas, á b s S re s D irectores d e las U n ive r­
sidad es, Institutos, Sem inarios y otros establecim ientos españoles,
sin qu e lo s datos facilitados (que les agradecem os en el alm a) nos
hayan dado la m enor lu z sobre tales ediciones.
L IB . i r . — C A P ÍT U L O I. 383

señor don C ristóbal Pon ce de L e o | D u q u e de A rcos. F ue im preso


| en la m uy noble y leal C iu | dad de Sevilla: en casa de A n tón
A lv arez, im presor de libros á cal de lom barda. Acabóse á | X X V III
de A gosto. A ñ o de M . D . X L IIII.
1 tom . gótico de i hojat de P rólogo s íin foliar, cao C L X V l fo l. S ig . X+—
A. 4— X 6 .

P rólo go al Uustrisim o S r . D . L u is C ristóbal etc. «Si con aten ­


ción y cuid ad o ... y concluye: S eñ ora D uquesa. A m e n .» — A . lector
C ristiano: «No hay cosa mas con ven ien te... y concluye: el premio
de la gloria Amen».
A pesar de qu e en este libro se cita la Regla de vida cristiana,
com o luego verem os, no dudam os en vista de las Confesiones del
V e n . escritor que el Vergel etc. fué su prim er libro com puesto y
estam pado. «Luego puse mano en escribir el libro del Vergel de
Oración y Monte de Contemplación, y tras este otros en Romance
que son: Memorial de Amor santo; Regla di Vida Cristian *, ele.
Confes. L ib . III, cap. IX .
H állase en la Bib. U n iversitaria de S evilla y en las D escalzas
Reales de M adrid.

Memorial de Amor Santo.


No hrm os hallado la edición príncipe d e este libro D ebió de
im prim irse á poco del Vergel de Oración y M onte etc., porque al
final de la i." edición de éste se dice: el Memorial de Amor Santo
y a está acabado.
L tava al linal los trataditos siguien tes:
Breve vida de Cristo (3 hojas en la edición de 1736).
Tratado breve de Gratitud Cristiana (3 id. id.)
Soliloquios de la Pasión de N . Señor Jesu-Cristo para los siete
dúis c e la sem ena (6 hoj. etc.)
E s el se.gnndo libro que en sus Confesiones declara el V en era­
ble escritor haber com puesto. P á g. 96.

Regla de Vida Cristiana.


E sta obra, cuya 1.“ edición no hem os encontrado tampoco, se
cita en el Vergel ie Oración y Monte ctc. (1.* edición de 1544 fol.
51 cap. X I V , y otra vez en el cap. X V II) E l libro Be escribió para
u na herm ana Hel B to. que acaso fuera D.* F rancisca; contiene
siete docum entos y un Exercilatcrio espiritual.
V ID A D E L BTO . ALONSO DE OROZCO.

E s m uy fácil que á la vez que el Vergel, com pusiera a lgu n o s


docum entos de vida cristiana, los cuales m andara m anuscritos á
su herm ana. A lg o de esto se vislum bra en el Prólogo.
E s el tercer libro que dice el V en . P ad re haber escrito, Confes.
pág. 96— . En e! Doc. II pone un ejem plo sebre S e v illa , diciendo:
«Quien diese una ciudad como S ev illa, no le qu itará á T rian a que
es su arrabald; c e donde podrá acaso in ferirse q u e en S evilla lo
escribía.
E n el Sem inario de C u e n ca se halla u n ejem plar de la Regla
de "i.ida Cristian * gótica, sin prin cip io ni final, que es fácil sea de
la edición prin cipe, a u n qu e, es más creíble perten ezca á la R e­
copilación.

Tratado de la Pasión.
E n la R egla de vida C ristia n a , D oc. II— a.* consideración para
la Misa, pág. 37o del tom. III de la edición de 173 6 se le::
«Presto con el favor de D ios veréis más largam en te un T ra ­
tado de esta S Sm *. P asión , si cual envió á n uestra herm ana R e­
ligiosa de esta S an ta órden en T oled o .
A caso le m andara M S ., ó como libro pequeño se perdiera, ó
seria el Soliloquio de qu e tratam os en otro lu g ar. L a com unidad
de A g u stin a s de T oledo nu posee hoy n in g ú n tratado especial ó
edición a n tig u a del B to. O rozco.
«La necesidad y pobreza á que nos han reducido, me decía úl­
tim am ente la P riora, nos ha obligado á cosas en que ce ctra su s r-
te jamás hubiéram os consentido. No puedo decir si entre los ob­
jetos y libros de que nos hem os despojado se contarían los libros
del V e n . O rozco. Y o algo he oído de regalos su y o s á este con­
vento.»

1546—Declamatio in laudem P. N. Augustmi.


Der.lamatio in laudem | precelentissim i presulis ?t |
doctoris ecclesiae Aurelij | A u gu stin i per quendan | fra-
tre ex prou intia His | panie observatie edita. | (Cenefa
con caras de anim ales y escudo del M ecenas.)

T od o gótico, sin ano ai lo g a r de im presión; ñ a s como el V en erab le escritor fué


1‘ rior de G ra ta d a d el i$ 44 ol 1 546, ce d e presum ir la publicaría por c í c tiem po,
1 tom . en 16 .° c o a 4 boj. sin fo l. 7 9 fol. y una aoja d e E rratas sin fo l. S i g . X
A4— Q4 -
L I B . I I I . — CA PÍTU LO I. 385
D edic. Illustrissim o Dom ino D . Joanni T elles de G irón corniti
de V r ;ñ a F rater A lphon sus Horozco ordinis herem iían im sancti
A u g u stin i profcssor G ranatensisque con ven tus prior in eo qui
estvera salus sa lu te m st incolum itatem . Q u o m in o r... E t v iv e d iu -
tissím e.— A d b e n . lectorem : H abes candidissim e lector in hac de-
clam atione... etiam excusum bene. V a le . En el fol. 52 vto. ln cipit
vita bcati patris n ostri A u g u stin i Episcopi et docturis ecclesice.—
V cru m frdtrca charla, quoniam brcvitate m áxim e n ostcr in te lle c-
tu s... illa in ethera cor.volavit.— E xplicit vitaa u re lii patrÍB etdocto-
ris exim ii A ugustin i pres. dignissim i. AHdii:tim nurelinm A u g u s-
tinum s c tx . ecclesiae doctorem int. pmos. exim lum autoris h u n ile
herasticon.

A u g u stin e tu as laudes q. dicerc tentet


E x te deprom ptas hic p'.us autor: auet,
N s quid te offendat paup. cultu ra libelli.
P a ru i parua ferunt puula. v u lg . am at.
P a ru u la v u lgu s amat, pancis conscripta libenter
P e rle g it e t forsan p roücit usque legens.

S o lí D eo etc. fol. 70.


Fol. 70 v . Apostólicas v it a observationem ... 30 ordines proílten-
turq. r e g u la n , ct eas nom inat. fol. 71 v. ln cipit R egu la B eati P . N .
A u g . E p . e t doc. eccl.
S e halla en la Dib. d e S . Isidro de M üdrid.

1548.—Vergel de Oración y Monte de Contempla­


ción.—Sevilla (edición repetida.)

Coinieza el libro | llam ado V erg el de O ración y m o n ­


te de | contem plación, hecho por u d religi | oso de la
o rce del bicn au etu ra | do padre santo A u gu stin | D iri­
gido al ylustris. | señor Duq. de arcos. |
P ortada & des tintas adornada con las armas del Duijuo de A rc u s j en ired io
S . F em an d o con la espada y la vara , ángeles á los costados y la leyenda: Q uien
otas jus | to fuere n o s reinará. Q uien mas bie | n icierc mas | A lia ra . A l centro se
.ee: A ntón A lv a r e z , coma en la prim era edición.

A l (¡nal: Acabase el libro llam ado V e rg e l de O ricio n y m onte de


cou teu ip k eion , hccho por un religioso de la O rdc d :l bicnaucturado
padre sancto A u g u e tin . D irigido al ylu6tris. señor C ristó b a l Ponce
26
386 VIDA D E L BTO. ALONSO DE OROZCO.

de L eó n , D uq ue de de A rcos. F u é im preso en la m uy noble y ieal


Ciudad de S ev illa , en casa de A ntón A lvarez, im presor de libres á
cal de lom barda. A cabóse á II de D iciem bre. A ñ o de mil y q u i­
nientos y q u aren ta y ocho.
I tom. g ¿ t ¡ c o ,d c 5 hoj. de prólogos con C L X V I fol. S ig . X 4 — A.4— X 6.

P ró l. al llustrísim o S r. D . L u is C ristóbal etc. «Si con atención


y cuid ado... y concluye: Señora D uquesa. A m en ».— Al lector C r is ­
tiano: «No h a y cosa mas con ven ien te... y concluye: el prem io de
glo ria . Am en».
Hállase en !a Bib. Nac. de M adrid y en la U niversitaria de
S ev illa.

4651.—Examen de la Conciencia.—Sevilla.
Esam en de la | conciencia hecho por un Reli | jioso
d e la orden de sancto | augustin: y Dirigido á la j illus-
trissim a señora | condesa de | Ureña.
Impreso en S ev illa por Antón A lv a re z en l 5 ) l .
Portada á dos tintas coa escudo heráldico.
: to m . g á lic o , I l t v n a ljf u n a s l á m i n a s , e n 8.® c in c o h o j . d« p r ó l . y o l Unto p rin c ip ia
desde e! fol. 7-#y lleg a hasta el 1 5 5 ¡nclusiv?. S g . A l — V2.-

P r6l. á la ilu strísim a Señora D oña M aría de la C ueva: «Si bien


con sid eram os... y concluye: vida del ilu strisim o S eñ o r C onde.
A m en .» — P rólo go al católico lector: «C ath olicolector, n a d ied ev e ...
y concluye: que es bueno.»
S e h alla en la B ibl. U n ir, ¿e S evilla.

1B51.—Desposorio espiritual.
O pú sculo destinado á una herm ana del V e n . autor, religiosa
en T oledo , la m ism a, ein duda, para qu ien escribió el Tratado de
la Pasión. F.n el cap. VIII de este libro se lee: «Ya habéis visto el
libro llamado Exam en de la conciencia, que p ocos dias ha os envié
á esa C iu d ad de Toledo.» De donde se ir. lie re que se com puso des­
pués de E l examen de la conciencia, im preso en 15 51. S e cita ade­
m ás en la C rónica ó Instrucción de R eligiosos (1.* edición de 1551)
en el fol. 1X V U I vto. No hem os hailado su prim era edición: las
A g u stin a s de T oledo yu hem os dicho qu e no poseen nada de estas
cosas. T am poco los conventos fundados p or el Beato: pu es ¿ unos
y otros han arrebatado su9 archivos y bibliotecas.
L I R . I I I .— C A PÍTU I.O 1. 387

15 5 1 .— Crónica de N . P . S. A g u stín .— S evilla.

^ Crónica del glorio | so padre y doctor de la ygle-


sia sant A u | gustin: y de los santos y beatos: y de | los
doctores d’ su orde. N ueuam ete or | denada p o r vn
padre d : la m ism a orden. ,
C Una m uy provechosa instru cion de religiosos.
C La declaración déla regla del bienauenturado
sant | A u gu stin obispo de Iponia. | 1551 |
Portada a Jos tim as con cenefas y adornes y uno lám ina de S . A g u stín , dando le
regla á los religiosos ermitaños.

A l final: Kué im p risa la presente obra en k m u y noble y m uy


leal ciudad de S ev illa en casa del maestro G regorio do la T o rre.
Com puesta por el m uy reverendo padic fray A lonso de Oruzuu,
religioso de la orden del glorioso padre eanto A gu stín : obispo de
[pona y doctor de la snneta M adre yjjlnsia. Acabóse, á catorce dias
del mes ds A bril. Año del nacim iento de n u estro S d v a d o r Jesu­
cristo de mil y quinientos y cincuenta y un años.
I ton. gclico, casi fol. 6 hoj. sin foliar y I.X.XY11fol., hattaconcljir la instrucción
de religiosos. Sig. | V —AV— M.
P rólo go al católico lector. «Adm irable e s... y con clu ye: en la
gloria.»
D espués do la instrucción de religiosos está la regla de nuestro
P . S . A g u stín , sin foiiar, y con un prólogo sobre su declaración,
don de dice:
«E sta es una breve declaración de la rogla de nuestro padre
sancto A u gu stin : parque con m is facilidad los religiosos que nue­
vam ente vienen ¡i la orden, entiendan algun o s pasos que están d i­
ficultosos de entender.» A continuación la regla en latín: ¿ in clu ­
y e cap. I. y 11 (de los que ahora leem os separados, según las con s­
tituciones de i 636 y 1850) en uno: capítulo H (Jrationibus in stite;
111, IV y V en otro; VI, VII en otro; VIII y IX en otro; X en otro.
C a o . VI: Prtcpusilo Uuiquain p a lriu b e d ia lu r u ijllu m agia pruetby-
tero qu i om nium veatrum cu rtm g e rit. C a p . VII: U t ergo cuneta
ista Berventur... hesta n en in du catu r.
E xp licit regu la A u g u stin i E pi qu i sem per oret pro nohis.
P rolo g. Epistolaris.
388 VIDA D E L B T O . A LO N SO D E OROZCO.

Admodum reverendis patribue, vicario general!,


provinciali, et D iffnitoribus, frater Alphonaus
Orozco: ln Ghrlsto Jesu, qul vera est salus, 3a-
lutexn. P. D.
*
T em p orib u s n ostris patissim é, perquara colendi patrcs, fas e ra t
sacrae nostrse rcligio n is sanctorum , necnon et illu strium virorum
v itam paiám facere. Q uandoquidcm in hac nostra tem pestatc, im -
m anissim us in ícstator Sathanaa sic sua venena in corda hom inum
evom uit, u t pestilentissim a Neochristianorum insoleniia et v ir u lil la
lucs usqu ead eo divagata s i t Ilin c proh dolor! cawucientiuin more
elestorum D ei ietabunda fcota non modo sjggila re, verum ctiam
sanctorum canditata encomin, p n rten tlve, pectore sem inudo obnu­
bilare. ac fun ditus everterc conati su n t. ¿Quid p la n i sceleratiíis?
quid obsecro deliriüs? quid denique in saaius quam ore r:probo ne­
fanda sua gesta modis óm nibus mirificare, atque funesta sua nata-
litia p uris facere quam b e a to ru n p rxclara opera? V eru m jure optimo
in faustissim e co n tig itq u o d s c a tu s P a u lu s extrem is ¡r.gem iscit sus­
p ira s, diceus: D icentes se esse sapientes, s tu lli f a e l i sunt: eam i'b
rom cvanucrunl in cogilationibus s i í í ’j , et velut a llucin cti per abrupta
m ontium d eiu rren tes, infcliciter pericrunt. A t contra nos orthodo-
x i, qu ippe qui C hristi Jcsú salvaron? nostri sacra dogm ata proíite-
m u r, qu iq u e sum m um num en in sanctis su isca n d id o pectore vene-
ram ur ze'.oque Dei succensi sanctorum perspicua trophaea indefesse
concrepam us; par erit n ostri O rdin is sanctorum et illustrium viro-
rum virtu tes, etsi balbucicntium instar, rcccn se re e t sedula cogita-
tio ae recoler;. V e ru m e n im ve ro q u id n abisu nd iqu e felic¡u s?A u tqu id
sacra ti us o b tin g cie poleril q ja iu autlquorurr. patrum vitam , quippc-
quas semel excidcrat om nino, quasi po9tlim inioin d e n te ra revocare?
Q uns oh res illud M achabcorum rrulris retro soeculis memoria: pro-
ditu m in m édium afferre lubet. M em entote quom odo salvi facti sunt
patres nostri: ct n u n ; clam em us in ccclum et m iserebitur nostri
D om iau s. N em pe ordinis nostri antiqui patres, scalentia deserta
incolcntes, sic bonum certam en diu noctuque certarun t, u t non
m odo charitatis incendio flagrantes ceu bellatores accrrim i, lu c u -
len la pru;dia vulalicasquc di vi lias su aple volúntate respueriut; ve­
rum etiam seroentis versu ti sibi'a atque co llu ctiticn cs gubdolas
deviceru n t. Necnon carnis ienocinia tura oratione ju ji, tum nim ia
ciborum austeritate holeribus ct legum inibus victitan tes, pane arcto
aquaqu e contenti dum taxat p cn itú ssu p eraru n t. E n , patres colendi,
L IB . 111.— C A P ÍT U L O I. 389

quonam pacto v iri religiosi et prseeellentes antagonista: sacri ordi


nis nostri salutem sortiti su n t se m p itern a n . Ecee (inquam ) qunnto
labore et insudatione patres nostri, tem porariis rebus neglectis at-
que m u ad ialib u s divid ís posthabitis, coelestis re g n ib ra v iu m adcpti
sunt.
Proin de vos om nes proclivi gen u deprecor, m em entote qua-
lite r ersmitae nostra: religionis n avigio poer.itentise hoc vastissi-
m um scecali p rx sen tis marc per tequoreoa fluctus tran sicru n t.
N onne ¡i su n t qu os electionis vas m irabili stilo p erpulchrs depin—
g it ad Hebrosos rl;im !tans: Sancti per Jtdem •vicerunt regn,z o p en ti
sunt justitiam adsptisunt repromisiones? Nitr.irum lides n ostran on
ta n tu m ro m p h seab isa cu ta sed scu tum m unitissim um est (quetnad-
m odum san ctus P aulus apostolus contcstatur) quo om nla nequis-
sim i tela quam libct Ígnita e xtin g u n tu r. A tq u i lides orlhodoxa G e-
d :o n is glad iu s esl in im i:oru m om nium castra subertens eorum que
m achinam enta quam vis m unitissim a prosternens. F id e sa n éd ed u cti
e l dllcctionc Dei accensi vii l religiosi deserta silicu losa petantes 11c-
m oraque m ontium lu stran tes a n ’. ra crcm i scalcn tis aponte inhabi
ta ru n t. Q u id plura? P atres ordin is nostri veluti fortes i11i sexag in -
ta qui lectulum Salom onis am bire ;n canticis legrimus. gladio ñdei
succincti infracto anim o C h risti Jesu vexillum : t Dom ini cruccm
p jcu lia rib u s hum eris Vehebant. Q u id igitu r vetatq u D m in u sillo ru m
portcnta e x im ia sq u ev irtu te sn o n in m ente sa;pe saepius revocem us?
Q uid nc, patres mei, tam illustrium virorum gesta quem vis a r u n -
dineo pinicillo exarare verem ur? Enim vero si nos ipsi velu t hom un-
culi ad hos viras gig an teos collali per o unla illoium sacra tropH<ea
sectari non valem u s n ihilom in us ipsorum candidatam vitam , toto
alTectn con tprrplfm ur totoque. conatn pro riostra virili expendnm us
opportet. A d haecsi san gu ine ct m orte elephantos acri furore aecen-
sos fortius debellare in sacra pagina legim u s, quam obrem fratrum
n ostrorum in signia ob oculossaepenum eronon versabim ur?E quidem
o p tin u s m axim usqu : D eus non ita sacrum r.ostrum ordinem suo
patrocinio destituit ut non ei suae largitatis gratiam affatim im per-
tiret. Q u in p oú u s co am pliora n cb isc o n tu ü t dona qu o caeteris o r -
d in ib us erem itarum ordo noster antiquior cem probatur. H inc tot
sanctorum agrnina tam que luir.inaria firm am ento sita ex illo prsefulgt-
do jubare et exim io doctore beato A u g u stin o m iro v irtiitrm radio
totum ordinem perlu stran t. H inc den ique ceu ram i fro n cen te s ex
m irifica illa arbore p u llulan t ac in dies m irab iliterpro deun t. ¡0 vere
beatum viru m priecellen tissim u m q u: parentem A u g u stin u m quem
tan ti facere C h istu s Jesús d ignatu s est ,u t haerebeorum ir.a lle u se t
390 VIDA D E L B TO . ALONSO DE OROZCO.

almae Ecelesiae D octor atquc plurium rcligionum pater jure optim o


sit. T a n ti patris vitam et filiorum ejus virtu tes jan: oculis huud
cx^ u cicn tibu s intucaniur, m irabilcm ¿orum hum ilitatcm , íortitiidi
ñera infractam , opcm firmara, fhm m ígeram qu e charítatem totis
affr.ctibns im ítem nr.
N em pe, patres adm odum reverendi, n isip o st C h risti Jes j vitam
sanctorum exempla inspiciam us subinde fraudulenta in so len tli
m enti nostra: irrep it;si non prunas hasce adire velim usstatim tepidi-
tas (quae satis Deo infensa est) cor nostrum :nvadit. Facies nam qus
sanctorum (ut E z e c h b l testi) est) scintillas aeriscan den tisem ittüni:
qu ibu s frígida pcctora nostra tcpentiaquc corda confeatim incelcs-
cun t. Q u id pluribus verbís immoror? S an ctorum sandidata cxem -
pla tutissim um asylu m nohis est: h quo plurim um co m n o d i qu ot-
qu ot !u b ¿n tesacced u n t exh au riu n t.
C . C cterum , patres perquam colendi, in prasen tiaru T i r.on pla-
euit praeccllintes vires laudare om n ev irtu te et sanet m enia praedi-
tos qu ibu s noster ordo ubique terrarum exundat: potissim e in hac
provincia nostra quae non abs re obscrvantiac titulo in signiri com -
m cru it, non coa colli'ju it qu i adlm c durís sub ar.nis in ipso bclli
co n flb tu debellant, qu iqu e vitam hanc calamitosam suetinent, la u -
dib u s efferre. Q uorsnm attinet de. bis verha facere qui hactenus
inprcm iscuntsubaüiclionurr. a q u is e t voce m agna in tcnan t dicentes
cum regali Propheta: Domine, libera me de aquis multis? ¿Quid
enim ju v a t navem per tum entes undas tcm pcstatcsquc sonoras
diu tiu s du xisse incolum em , si in ipso stationis in gressu aut in ipso
portüs lim ine scopulis allidatur tam dcm que naul'ragium patiatur?
Q u id cuuducít m iliti anhelo contendisse cursu ad metam, si ante-
quam a ttin ga tu r c cfftssu s íiatiacat c t in ccrtam inU cxitu procum bat
hum i prostratue ab h o sleí U ndc non ¡inmérito scríptum est: Ante
moriem ne liudes hominem. Siquidem illos dum taxat laudare ¡nstítuí
qui m ortem faustissirae oppetcntes in C h risto Jesu dorm icru n t. C c -
terum , serm onibus tot vosadoriri minime vcllim , prcescrtim cum tc-
tius Híspanla: p ro vin cix gu bem acu la gerentes, aique coencbiorum
om nium curam vestris hum eris obeuntcs, v ixe ib a ria accipere vacet.
Moc u num jam ingenuo fatsar: q u a m p lu rin o s in p ro vin ck nostra
esse patres tune sanelitate tune vero liu eraru o i eru d ílio u ep ra xla ro s,
quippe qu i longo expeditius ot perfectius rem tam arduam cxplere
possent, quam ipse qu i tan tum laboris tam que im portabile onus
su biré d ccrevi. V cru ntam en adm odum reverendo p aire p rcvin ciali
cogen te, ju s non erat tam laudabile decretum contemnere: immo
piacu.um qu isq ue duceret tanti pastoría pruecepto npn obtem perare.
L IB . III.— CA PÍTU LO I.

Przesertim cum obedientía tam ait m irabili? ut in subeundis


laboribus non n ih il m eriti afierre consueverit. R eliquum est. p e r-
quam colcndi patres, u t has aanctorum ct illustrium virorum vitas
corrigere et lim are et censura vestra castigare velitie. Eae plañe
pro m odulo nnstro v u lg a ri serm one descripsim us et aliquantula
cura dictavim us, quo om nes q u i lin gu am latinam non cali en t in
h cc libro aliq a id comm odi accipcre quean t. F acescat ergo a me
om nis ostentationis suspitio, ubi morcm gersre superiori nostro
anim us fuit, non autem quidquam p o p u k ris aurse v e n a n . K axit
igitu r D eu s optim us u t ex his lucubrationibus meis alíquan tulum
lu crí ortliuduxi hau rire valeanl, cLopiLulantcsum m u n u n íu e in ves­
tra religiosa con grcgationc om nia quam optim e disponantur. E t
bene valcat eharitas vestra.
P o r el latín de este prólog-o se puede in ferir como le poseía
el venerable escritor, y qu e no fué él quien tradujo al idioma
del Lacio su Exposición de la Regla, sino a lgú n menos ejercitado
Padre de los que corrigisron nuestras C on stitu cio n es en 1686.
E xiste en la B ib. del P alacio Real de M adrid, en el E scorial, é
incom pleta en este C olegio.

Regimiento del alma.


L lev a á ln últim o: Escala de perfección. (1.* hoja en :a
edición de 1736).
B reve opúsculo, el cual pidió un caballero, deseoso de acertar
el verdadero camino de la cristiandad y perfección evangélica*
Redúcese ú una serie de A visos. En el prim ero dice: «M irad -stos
avisos con atención y leedlos m uchas veces, pues son tan vuestros
que á vuestra petición se hicieron: y con deseo de vuestro aprove­
cham iento con m ediano trabajo s : escribieron, y com o gu irn ald as
de flores del paraíso y vergel de D ios, que es la S a n ta E scritu ra ,
se cogieron y sacaron.»
C íta se en e. 2.” aviso la Regla de Vida Cristiana, y a l fintl del
cuarto el Memorial de amor santo. Tam poco hem os hal.ado su edi­
ción príncipe; mas no cabe du da de qu e fué uno de los prim eros
opúsculos del B to. (Jro2co.

1554.—Recopilación de todas las obras—Valladolid.


Recopilación de to | c a s las obras q ha escripto ei
muy re j uerendo padre fray Aloso d ’ Orozco, | religio­
392 VIDA D EL BTO. ALONSO DE OROZCO.

so de la orden del glorioso do | ctor sant Augustin, y


predicadorde | su Magestad. Dirigidas á la serenissi | ma
señora Doña Juana, infanta d' Ca | stilla, y princesa d'
Portugal, re. Agora nueuamente corregidas por el mes-
mo au | ctor. Impresas en Valladolid. Año de. 1 5 5 4 . |
Portada á dos tintas con cenefa de ramos, la T rin id a d arribo, debajo las virtudes
con sus letreros de Fe, C arid ad , E sp eran za, y d n ’ clcs á los costados c jn ia im ciipción
mSurgili mri'.'iti venile a i jtiiiciiim . » En el centro t:i un escudo con las armas de CastiHe
y las colum nas d el plus ultra. Debajo de ledo se ven dibujados guerreros en pelea.
V u e lta la Port. hay un grabado que representa á S . AgJstfla.

A l ñnal: A gloria de D ios acabóse esta recupilacion, la cual


contiene seis obras: q e l m u y reverendo padre F ra y Alonso de
O rozco, predicador de su M agostad... las cuales agora nuevam ente
h a corregido. A c a ta rc n se de im prim ir, en Valladolid en casa de
Sebastian M artínez im presor, junto á S . A n drés á prim ero dia de:
m es de D iciem bre, año del nacim iento de nuestro S alvad or J e ­
su cristo, de m il y qu in ien tos y cincuenta y q tro .— G rabado de
u n niño Jesús.
1 T o m . fol. gótico cteep to los p rólog. de C C C X X V I fol. tiene oí p rincip. 3 boj.
bIo fol. S íg . A — T T . 3. S in L k .

P ró lo g. dcdicat. A la m u y alta etc.


«C osa es m u y a n tigu a ... y concluye: «y reino de gloria eterna.
C riado y C ap ellan de V . A lte za .— F r . A lon so de Orozco.» Próiog.
del im presor. «Mucho aU bo á Jesucristo... y concluye: «agora de
n uevo por su mano propia ha corregido. P o r todo sea dada
gloria á D ios. Am en.»
T ab la d é lo que contiene la R e c o p i l a c i ó n :
I. Exam en de la conciencia.
II. V e rg e l de oracion y M onte de con tem plación.
1( 1. M em orial de A m or S an to.
IV . R egla de V ida C ristiana.
V . R ecogim iento del ánim a.
V I . D esposorio E spiritual.
E l im presor advierte en su prólogo que se publican todas las
obras del auto r, excepto la Crónica, de los S S . de la Orden, y que
ha sido corregida la Recopilación de mano propia del mismo
P . O rozco.
A eu vez el V enerable declara lo qu e sigu e en su dedicatoria:
«De m uchas personas devotas he sido im portunado que hiciese
esta recopilación, juntase todos estos libros en un volum en. P a rte,
porque dándoles el S eñ o r (con cu yo favor se ordenaron) algú n
L IB . I I I .— C A P ÍT U LO I.
393

g u sto espiritual en ellos, no los hallaban todos. [Purtc también,


porque el descuido de los impresores ha sido grande y de tal mane­
ra los han estragado, que cierto yo no los conoscía por míos. P o r
tan to, qu ise tom ar este trahajo no pequeño, corrigiéndolos y qu i­
tando notables faltas que en ellos habia.»
¿Para causar tanto estrago en ellos, no es de presum ir que
se hicieran varias ediciones por unos y otros libreros?
L a edición presente es bella y m agnífica: lleva adem ás m uchas
letras capitales io n grabados.
S e halla en la Rib. Nac. y S . Isidro d e M ndrid, en !a del C a ­
bildo de V alladolid , y pocos otros pur.t09 .

1555.—Recopilación de todas las obras.—Valladolid.


Recopilación de to | das las obras q ha escripto, el
muy re | ueredo padre fray Alcso de Orozco, | reli­
gioso d' la orde del glorioso doctor | sant Augustin, y
predicador d ’ su Ma gestad. Dirigidas á la serenissima
se | ñora doña Juana, infanta de Castilla. | y princesa de
Portogal. | Agora nueuam eteenm endadas per el mismo
au | ctor. Impresas en Valladolid Año de. M. D . L . V.
con privilegio inperial | Tassado á dos m rs el pliego q
monta 330 mrs.
L ic. de la Princesa en V alladolid á 14 de M arzo de 1555.
D e segu ro es la misma edición y tirada que la anterior: dife­
renciase únicam ente en la tinta y distribución c e algun as letras de
la portada, como el Año de M Ü L V qi-.e aquí va con caracteres ro ­
m anos y de tinta negro; y abajo: «Con privilegie im perial | Tassado
á dos m rs. el phego q monta 300 mrs.:» lo cual n o se lee en la an­
terior. T am b ién en la L ic. de la Princesa á 14 d e M arzo de 1555.
L os cuatro fol. del Prólogo ss tiraron igu alm en te de nuevo. E n
todo lo dem ás idéntica á la que precede.
B ib. N ac. y otros p untos.

1556.—L a s siete palabras de la Virgen.—Valladolid.


Obra nueva y muy | provechosa q tracta d élas siete
palabras q la | virge sacratissim a nra. señora hablo. |
Declaransc ec siete sermones. Hechos | por el muy Re-
?94 V ID A D E L BTO . ALONSO DE OROZCO.

uerendo padre fray Alón | so de Orozco, de la orden de


sant | Augustin, predicadorde | su Magestad,etc. | Visto
y examinado, y con licencia impresso | En Valladolid.
En este año de M. DLVI. |
Portada con escudo im perial.
! . tom. en 8 .®co a algunas láminas: diez folios de prólogos y de t e ñ o iú o ,
principiando desde el l l . S i g . A H — V .

PnJl. dedicatoria por el autor. “A ¡a m uy alta y poderosa S eñ o ­


ra D oña Juana, Infanta de C astilla y P rincesa de P o rtu g a l... etc.
«No hay hom bre... y concluye: aquel rein o eterno del cielo.»—
P rólo go al cristiano lector: «Lo que y o , catholico lector... y con­
clu ye: in terccsora entre nosotros y Dios.»
A l folio 120 vto. se encuentra. Sum a d e todo el libro: va en
D iálo go , el q u tl tractan u n C ortesano y A gu stin o .
A lfo lio 137, en el que hay una lám ina de la Piedad, se encuen ­
tra: Lam entación devula de los trabajas y grandes martirios de
nuestra Señora.
E xiste en la B ib. U niversitaria de S e v illa .

1 5 6 2 —Bonum certam en.—Salmanticae.

LIBER ORTHODO | xis ómnibus perutilis, et m á­


xim e Monachis, qui Bonu | certamen appellctur: editus
per admodum Reueren | dum patrem Frotrem Alphon-
sum ab Orozco Sa | cri ordinis Eremitarum Diui Aurelij
Au | gustini: Concionatorem Philip | pi Hispaniarum
et In | diarum regis. | Nunc prim ó typis excusus: et?
em issus in lucem. | Accessit Index copiosissimus capi-
tum , et principa lium locoru Sacras Bibliae exposito-
rum in | singulis capilulis tolius eperis (Escudo con una
ñor de lis y en la cima de ella IMS con la leyeuda: Sub
tiinore sauUssimi uom inistui laboramus) s a l m a n t i c a e |
Apud Joanne Maria á Terranoua. | M. D. LXII. |
1 Tom. en 16. con 14. hoj. sin fol. de índice de Autoridad^, ▼ i ?3 pág. S ig .
C— CC5— L 5.

A l final: el mismo escudo que en la portada. S A L M A N T I C .E 1


E xcud eb at Joannes M aría á T erra | noua. A n no M. D. L X II |
E n la pág. 131 se lee: I N C 1P I T C E R | tamen A m oris S an cti,
in quo M o ra | chu s om nis exercere se debet, quo | dulceidacm
L IB . I I I .— C A P ÍT U L O I. 395

ulaerita.is | vcl dclibare | queat. S ig u e n las págin as y capítulos del


B onum certam en.
L ic. Hr Rey A !■) H' Hebrern de 1561. P r o l. Fp¡Rlolnris A u lo -
ris: L ibellum hun c qu i certam en bo n um ... dedicado & los recién
profesos de S . A g u stín ... et pro m e d ig n eris sem per orare».
S e halla en la R. A ead sm iad e la H istoria, ejem plar qu e perte­
neció al de D.* M.* de A ragón y al uso de Fr. Francisco Méndez;
en el Escorial, en esta de n u sstro colegio, y a lgu n a otra B i­
blioteca.

1565.—Regalis mstitutio.—Compluti.
R E G A LIS IMSTI | tvtio orthodoxis om | nibus potis-
sim e R cgibus ct principibus perutilia | Catholico re g i
H ispaniaru Philippo secado dicata. | F ratre Alphonso
Orozco, sancti doctoris | A u gu stin i institu ti, A u tore. |
(Escudo de arm as reales; Cum priuilegio R egis | Com -
p lvti | Apud Sebastianum M artínez. A nno 1565. | E stá
tasado en real y m edio.
1 iom. en 4.*— 4 boj. sin fol. y 7 6 iols.— S ig . A 5 — H V I I .

L ic. del R ey en M adrid á 20 de D ic. de 1 5O4— D edic. In v ictis-


sim o H ispaniarum Indorum que R egi Philippo etc.— den tro se lla ­
ma ¡iegalis i>¿í.trucho, pero en la lie. se llam a Institbiio .— E n el
fcl. 66 se lee: C O M IE N Z A | vn diálogo, en el cual se sum en los
tres tratados de esta in | strucion de R eyes, ordenado por el mismo
au | tor á petición de vn cortesano.
Invictissim o H ispaniarum Indorum que R egi Ph ilipp o II F r.
A lp h o n su s O rozco in C h risto Jesu qu i vera est salu s S .
N im inem clam esse arbitror, sed óm nibus jubare ipso lu cid ius
conjeator, Invictissim e Rex, quem piam ¡n térra, regnum suum rcc-
tc m oderantem , im agiucm sllulj I rcg.s CluisLÍ Iesu, e l vividu m
cxerr.plarfore.Q uipFC qu i ut caíteris proccellentior est d ignitate, sie
om neis p rx c e lla t virtu te et sanctitate oportet, eo plañe r e g u o om -
nium functio potissim um spectat u t gratos sese Deo optim o prim o
reddant: deinde pro v írili stud ean t et solerti cura in cum ban t de
república bensm ereri. H uc r.im irum attin et quod de re ge prim o
Israel haud frustra sacra con tsstatu r historia: R c x S aú l 6uperabat
populum ab hum ero et sursurr.. Alirabile dictu: non aliquos sed
om nes corporis proesritate p n eccllcb at princeps, quem sum m i D ci
396 V I 3 A D E L BTO. ALONSO DE OROZCO.

delectu S acerrim u s vates S am u el in regem eonsecrarat. Q ua ¡n re,


si p iu lo altius phllosophari libea:, in hnc p rirro re g e populo Dei des-
tinato regu m om nium orthodoxorum sim ulaherum et perspicua
¡m ago sita est. Excellebat rude v u lg u s ab hum ero et sursum rcx
S a ú l, quem adm odum S crip tu ra S an cta nobis rscensiut. P a rv i tn-
men (ut in genü e fatear) reíert procerae, v e lc x ig u * staturae prin ceps
catholicus sit, cum S acer ille rex D avid G oliath gigan tem m on slro-
sum sex cubitos et palmurn liabentem uno dum taxat lapidis ictu profli-
gaverit. U ndc pcrbcllc ip scm ct psalm o cantavit: N on in tib iis b c n c -
placitum eritD e o . N iH ilom inusrex iidelis anim i cclsitudir.e fulgcat,
v ir tjtib u s cun ctis tum theologicis tum etiam m oralibus polcat n c c -
cessum est. Ne forte dum m u ltis im pcrat populis, delictis et sc c le -
ribus, q u $ attrocius atque inclem cntius quovis tyran o anim am
cruciant, ipse m ancipium sit. Q u id obsecro juvat B arbaros fortitcr
supcrasse exterasque gen tes nobili trium pho profligasse, si a ve­
sana ira, im proba gu la, leth alique voluptate princeps vincatur*
S an ctiu s equidem et longc salubrius est affcclibus propriis quam
orbi u n iverso dom inar!. N cc alio pertinet illud cc.cbcrrim um S alom .
dogm a:— M elior e s tq u i d om in aturan im o suo, expu gn atore urbium .
Enim vero nem o tam est rudis, au t stupidus. cui non perspicuum
sit altiorem esse victoria m, nobiliorem que trium phu m , m anus cum
inimico dom estico et infestissim o adversario conserere, effrenes
m otus tum retin aculo sancta; fidei tum vero rationis guberriaculo
cohibere, quam universa te r'a rn m clim ata propruc d:tioni su bju —
ga rc. Ecce p rxcellen tissim e Rcx, ccce scopus in quem opera n o s -
lia qu m n lulacun qu c est, tendit: en finis non frustran eus quem
regalis in stitutio hoce, ma estati ve9trae dicata, venari veh em en ter
cupit. Principetn christianum in stituere He.crevimus, rege9 o rth o -
doxos eru d ire conati sum us: nam h u ju s rci cu ra , in óm nibus
lib ris edendis, prima sit oporte:. Q u an da cuid em optim us D eus
sic om nia grap h ice sua sapientia d igessit, sic cuneta in ordinem
m irum re ceg it; ut in coelo angeli an gelis, in térra vero hom ines
hom inibus p ra sin t. M ira res, satisque m iranda. R ex om nipotcns
q u i a ttin git a fine u sq u e in finem fortiter, su btili adm odum et
stupen do trLiiiuio ita disposuit om nia su aviter.
Q u u m crg o i rege to tiu s re gn i ccm m oda a u t inoommoda v e l
máxime pendeant, ejusque arbitrio populi com pendia atque dis-
pendia g e ri soleant. eam ob rem labor em h u n c subiré nos n u lla te -
n u s p igu it. Q u am vis libellus hic n ihil sit, quam lucem am in m e-
ridie accendere juxta G rsc o ru m vetus proverbium . Caetcrum ab
ethica opusculum hoc auspicati su m u s, d e qu a tractatus prim us
L IB . III.— CA P ÍT U L O I. 397

qu am vis ob iter disserit, brevitatem p otissim í in Omnibus servantes;


quippe qua intellectus n oster su apte natura m áxim e gau d et. In
secundo autem tractatu, paulatim (cea per grad u s) ad altiora
conscendim us, de oeconomica n o n n u lla in dagantes. D eniq ue, de
política in tertio tractatu pro m odulo nos tro rim ati su m u s. O p a s
profecto tam arduum , tam que difllcilc, u t supra vires nostras fue-
rit, n isi sum m i n um inis ops ful ti vocem illam cuelitu sallalain a u s -
cultarem us: A peri os tuum, et ego adimplabo illud. ¿Q uís tam
puaillus ant vscors qui posthac d e sp m d e a t nnim um , voce hac,
om ni m ellíta dulcedine suaviorl roboratus? P o llicitatio haec m agna
m agnopere constcrnatum anim um su b lcvavit, adeo u t quovis
tim ore, toediove rejecto, libel 1um h u n cd ictarem ct v slu t m unuscu-
]um quoddam , non alteri sed tibi regí ¡n v íitíssim o , u ltro dicarcm .
A ffera n t quidem , q u otq u ot locupletes su n t, regi suo auri et a r-
g e n ti innúm era pondera. D cfferan t qu i d ivitiis artluunt lapides
prctiosos gcm ruasquc v cm a n tcs. Ego autem paup erculu s, in
Coenobio inelusus, quid unquam r e g ís m ajestati offerre queam ,
niai lu cu bratiu n cvlas m eas, quippe qu as n onnnllas in hoc parvo
opere expendi? R clíquura est, ut p raxlara am plitudo t t potestas tua
pecuüarem libellum hunc spon le accípiat, hilariq u e v u ltu le g a t et
relegat. In quo procul dubio prophetarum vatícinía, ap oatob ru m
oracula, sanctorum doctorum dogm ata, nccnon philosophorum dic­
ta adnotatione d ig n a passim adin ven iet. Q u id plura? litteris m em o-
riae proditum est tantam C s s a r i legendi fuisse avídítatem , u t ín ter
evaginatos gladios tim p o r: ctiam in gru en ti b clli, su b pu lvin ar
[liadas Homeri noctu habuisset. Q uod b¡ cthnicue ¡lie tantoperc lit—
teris inenmbebat: prnThanis, q n id n i rey fiHelis, c.t sacr® íidei zela-
tor stren uu s in stitution cm hane, ex sacrarum litterarum pennu d e -
sum ptam , q u o:u m q u e ierit secura afferat? F a x ít O eus optim us sua
gratu ita dígnatíone, u t regalis in stitutio haec m ajestati t u s sit
valde frugífera e t orthodoxis óm nibus satisco n d u cib ilis atque pro­
ficua. adeo u t C h risto Jesu op itulan te, ex hoc fugaei calam itoso et
lab ili re g a o , ad acle.sl.cin e l pcrpctuum iinperium , pusL exhala túm
anim am pater ccelc3t'i3 nos om nes tran sferat. E t quam optím e
valeat clem sn tía tua, in victissim e Rex». F in ís P ro lo gi.
D ice N ic. A n t. que el autor tradujo este libro y se im prim ió en
«1 m ism o año en A lcalá: el Beato prom etió, á lo que parece, tra­
du cirlo, pero no lo efectuó, com o notaron los editores de la edición
gran d e de su s obras del siglo pasado: hizo si un com pendio de la
Institución en rom ance, qu e va al dnal de la obra, y salió a ú n e n la
i.* edición d e ella.
398 'VIDA D EL BT O . ALONSO DE OROZCO.

Se encuentra en la R. Academia de la Historia, en el Escorial,


en la du Palacio de Madrid, en la de Salamanca y varias oirás.

1565.—Regimiento del alma.—Salamanca.


(D e la B ib. N ova de N ic. A ntonio).

1565.—Historia de la reina Sabá.—Salamanca.


Historia de la Reyna Sa | ba, Q uando disputó coa el
R ey | Salom on en H ierusalem . En la qual se [ declara
com o cada vn C hristian o ha d e ser | vir y adorar al Rey
d e los Reyes | Jesu C hristo | nuestro | Señor. | Agora
nueuam ente com puesto por el R. P. F ray | Alonso de
H orosco de la orden de S. Agustín. | P redicador de su
Catholica M agestad. | ‘ D irigido á la Serenissim a y Chris-
tianissim a R eyna de España Doña Isabel | (Un sello re­
dondo con la Cruz.)
En Salam anca. | En casa de Andrea de Portonariis.
Im presor de | su C atholica M agestad. | 1565. | Con P ri­
vilegio. | Esta tassado en ... el pliego. |
A l folio 250 dice: «Acabase el libro de la Reyna Saba, y vuel­
to, tiene cuatro estampitas con los cuatro Evangelistas.
Final: En Salamanca. En casa de Andrea de Portonariis, Im­
presor de su Catholica Magestad. M. D. L X V . (En la hoja siguiente
hay una estampa que representa la Barca y S . Pedro sumergién­
dose .)
1 T o m . en 8 ." d e 3o o p i g s . S i g . ' 5— A — P p 3 .
L ic. del Rey en Seguvia í 2 de Agosto de 1565. Prólogo dcdic.
«Todos los que hablaron... y concluye: á reinar con N. Señor Jesu­
cristo en el C ielo .— Am en.— Capellán de V . Magestad Fray Alon­
so de Orozco.»
A l folio 251: Síguese un arte bre | ve de servir á Dios, el qual
su | rr.a toda esta obra. Tiene cinco | documentos, y va un dialogo
en | tre un Generoso y Agustino | y concluye á la pág. 300: sigue
la Tabla de esta obra que ocupa tres hojas.
Existe en la Bib. del Seuado de Madrid y en la del Cabildo de
Valladolid.
L I B . I I I .— C A P ÍT U L O I.

1566.—Recopilación de las obras.—Zaragoza.


R E C O P IL A C IO DE TO D A S L A S | obras que ha es-
cripto, el m uy reuerendo p a cre F ra y A lón | so de O roz­
co, religioso de la orden del glorioso doctor | sane A g u s­
tín y p red icad ord esu M agestad | D irigidojálaserenissim a
señora Doña | Juana Infanta de Castilla y prin | cesa de
P ortu gal etc. A gora nueuam ente em endadas por el m is­
mo | au cto r. Im presas en ta r a g o z a | Año M DLXVI. |
V én cese en casa de M iguel de Suelves alias capita in ¡
fan^on m ercader de libros, vegino de garagoga.
Porindü cnn surtos en la o rla t y dentro de ella á 5>. A gu stín sentada, vestido de
O b isp o con la Iglesia y cayado, i lom . gótico : fol. L a que hemos v sto lle g a hasta el
fo l. C X L V I I , y e s ú incom pleta.

P ró lo g o .— C arta dedicatoria (por el im presor) al m agnifico se ­


ñor G abriel C ap o rta por cuyo favor y ayuda se ha im preso otra vez.
«Siendo tan p rovechosa... y ccn clu yc: no cejarlas de la mano.»
C on tien e lo que la Recopilación estam pada en V allad olid en
' 554-
L a hem os hojeado en la B ib. del P alacio R eal de M adrid.
N ic. A n ton io en su rica B ib. apunta por este tiem po unos li­
bros del B to. O rozco en esta forma:
R e g h de vida Cristiana con un Exercilztorio espiritual. Caesa-
raugusta; 1566 fol.
Regimiento del Anima. S alm a n t. 1565. 8. C s s a r a u g . 1566/01.
Desposorio espiritual, 3ivc de V otis R eligiosorum sim ulquc.
Gratitud Christiana. C s s a r a u g . 1566 fol.»
Soliloquios de la Pasión de Nuestro Señor.
M atriti 1534. 16, C x s a r a u g . 1566 fol. cum aliis.
O m nia haec sim ul edita fu eru n t Pinciae ann o 1 ■;55, fol. S e -
renissimae Joannae Austriacae, Ex-Reginae Portugalliae, cujus ex­
piare coascientiam in m uñere u t retu lim u s habu it, n un cup ata,
deindeque Csesaraugustae, u t credim u s, anno 1566 fol.
P o r este modo v a g o de citar, porque varios de los libros m en­
cionados no pueden, por su pequenez, estam parse en vol. de ¿
fol.; porque tamfcién an tes cita el Examen de la Conciencia, Ver­
gel de Oración y Monte de Contemplación y Memorial de Amor
Santo impreso con la R egla de Vida Cristiana; y en ese n ism o
año de 15 66 se tiró la edición antes dicha en Zaragoza, la cual
contiene todos estos tratados en u n volum en d e A fo l., no nos
400 VIDA D EL B TO . ALONSO DE OROZCO.

queda la m enor duda de que las ediciones citadas d e estos libros


por el Insigue bibliógrafo, d ib en referirse á una sola, qu e es la
Recopilación por nosotros descrita.
D e paso d ir e n o s que la nota de la edición de los Soliloquios de
I í Pasión en 1534 es á todas luces una equivocación.

1566.—Victoria del Mundo.


No hemos hallado la prim era edición de este libro y , por tanto,
no sabemos á punto fijo cuando se im prim ió. E n el cap. IV cita su
a u to r la lltstoria de la Reina S a b i dicienco: * Ye en el libro de la
R eyna Sabba declaram os por tres cap ítu los...» el cual se estam pó
en 1565. M as también en el prólogo del Epistolario Cristiano, ma
nifestnndo el bendito P adre los 14 libros que llevaba escritos, dice:
Siete palabras de Nuestra Señ ora y la V i c t o r i a d e l M u n d o y la
Reyna Saba: el cual Epistolario se tiró, seffún verem os, en 1567.
V a dirigido á una herm ana suya: y es de creer fuera D.* F ran ­
cisca, qu e acababa de retirarse á S . Ildefonso d e T alavera.

1567.—Epistolario cristiano.—Alcalá.
Epistolario C ri | stiano para todos Esta | dos com ­
puesto por el reueredo | Padre Fray Alonso de Horuzco,
| P red icador de su M agestac | de la orden d e san t |
A u gu stin . | D i r i g i d o a l muy poderoso P r in c ip e \ de E s p a ­
ña D o n C i r i o s . | (Escudo con las arm as reales). Im preso
en A lca lá e n c a sa de Juan d cV illa n u cu a | A nno, de 1567.
| V cn d cse e n casa .de Alonso Calleja, librero en M adrid.
A l final: escudo con un hom bre, qu e tiene la m auo derecha
levantada y la izqu ierda apoyada s o b ie u n cráneo, y al rededor se
le :: f m em orare ¿eternitatem.
1 lora, en 3 . * i e 3 u i foU. 5 ¡g . A 3 —T p 5.
L ic.* por el Rey ¿ 10 d¿ Enero de 1567.— Prólo go é a u A lteza.
«M uy alto y m u y poderoso señ or... y concluye: por largos tiem­
pos. a m en .— Capellan de V . Alteza F r. A lonso de O rozco.»— P ró ­
logo al crist.0 lector. «Bien veo, christian o lector... y concluye: ala­
ben todas su s criaturas siem pre. Am en».
S e encuen tra en la B ib. del R . P alacio y en la N acional de
M ad rid .
L IB . III. — C A P ITU LO I. 401

1 5 6 8 .—D eclam ationes Deiparae M a r i» V irg in ia .— Gom-


p lu ti.
DECLAM ATIO N ES | Deiparae Mariae V irgin is, per cm -
nes | ilJiussolem nitatesdigestae. | A V T H O R E F R A T R E
A L F O N S O \ de Orosco, o r iin is eremilarum Sancíi \ Au-
gu stini. | A c c e s e r e d e c l a m a t i o q u a e | d a m festivitatis
sancti Lucas, et tra cta tu s | su p er M agníficat. | (Hay
un escudo rectan gu lar, y sn su centro la V irgen con el
n iñ o en lo sb razo s). c u .m p r i v i l e g i o . | Com pluti a p u d A n -
dream de A n gu lo . | A nno 1568. | A costa de A lonso de
X aram illo librero. | Esta tasado a tres m arau edis el
p liego. |
I Tom. en 8.» de 3 24 fol.— S ig . - i — A i — S s j.
Censura sn latín por Frater Rodericus de Yepes coenobio Divi
Hicronimi apud nüidrllum, uclavu idus uctubris, anuo Domini
1567.— Liccricia del R e y en M adrid á postrero de Setiem bre de
136 8 — P o r M andado de su M ag. A n ton io P érez.
P ro ln gu s ad pium I.ectorem : »Ncmo (ni fallor) pie le cto r.... y
concluye: Rem anse eccIesisE sancteecensurae, cuneta v h ro su b ijc ie n -
tes. E t quam b e n ev a le doctissüne Lector. F in it P ro lo gu e.» — E n el
fol. 259 com ienza: T ra cta tu s sv | per canticum D ei | parac v ir g i­
n is F ra | tre A lfonso O rosco A u g u s | tiniano au th ore. Prologu s:
Q u am qucm n o n n u lla m ... y term ina: cantantem audiam us ac di-
centem ».
A l íinal: C om pluti. A pud A n drcam de A n g u lo , A n n o de 1568.
S e encuentra en la B ib. del C abildo de V allad olid , en la de este
C o le g io y varias otras.

1568.—Historia de la Reina S a b á —Salamanca.


H istoria de la Reina S a | ba, Q uando dispu tó con el
R ey | Salom on en H ierusalem . En la cual se de | clara
com o cada un Cristiano ha de servir | y adorar al Rey
de los Reyes Jesu C risto nuestro Señor | A g o ra nueva­
m ente com puesto por el R. P. Fr. Aloso de Horozco | de
la orde de S . A u gu stin , P red icador de su C ath. M ages-
tad | D irigido á la Seren ísim a y C ristian ísim a R eyn a
d e E spaña Doña Isabel. (Escudo con Jises y leones la co­
ron a y el teison). E n Salamanca | En casa de A nd rea
402 V ID A D E L B T O . A LO N SO DF. OROZCO.

de Portonariis, Im presor de su | Catholica M agestad.


1568. | Con P rivilegio | Esta tasado en cinco blcncas
el pliego. |
A l linal: | E n Salam anca | E n casa de A n drea de P o rton ariis—
Im presor de su C atholica M agestad | M D L X V I 1I.
l tom. en B.* de 2 : 1 p á g . S ig . * 4 A 5 — D d j..

Lic.* del R ey en S c g o v ia á 2 de A g o sto de 156;. P o r m andado de


S . M ag. Pedro de H o yo .— 2.* lie.* a Porton ariis para reim prim ir:
M adrid 28 de E n ero de 1 567.— L ic .0 D iego de Espinosa: El D octor
D uran go: El D r. D iego Gasea: El D r. Velasco: E l L ic ." F uen m a-
yor: E l L ic ." Q a p ata.— P ró lo go á S . M a j. «Todos los qu e habla
ro n ... y concluye: en el ciclo. A m on.— C app ." de V tra . .Mages­
tad— F r . A lon so de H orozco.— K na grabado en m adera, donde está
pintada la glo ria, y á la vuelta, D avid.
D espués de la pág. 176 se halla: arle breve de servir d Dios, en
el cual se sum a toda la obra. T ien e cinco docum entos y va en diá­
logo en tre G eneroso y A gu stin o .
E xiste en la B ib . N acional de P a rís y en la U n iversitaria de
S evilla.

1568.—L a s siete palabras que Ntra. Sra. habló.—Medi­


na del Campo.
O bra n u e\a y m uy | prouecnosa, que tracta de las
sie | te palabras que la V irgen sacratis | sima nuestra
señora habló. | Declarase en siete serm ones, Hechos por
el | m u y R. P. fray Alonso de O rozco, | de la orden de
S. A u gu stin , | predicador de su Ma- | gestad, etc. (Vi­
ñeta de form a circular con una cru z sencilla). Con licen­
cia de los Señores de consejo Real iui- | piesso, en M e­
din a del Cam po. | P or Fraucisco del Canto. | Año
M.D.LXVIII. | A costa de Aloso X arainillo, m ercader de
libros. | E sta tassado en 51. m arauedis.
A l Qual: un escudo con el siguiente lema: Sic transit
gloria m undi.
1 tomo en i<5 * dos páginas de P rólogo y d e texto C L X V I I I de folio solam ente.—
Sig. AII—x rn i.
AJ reverso de la Portada hay un grabado de la V irg e n y debajo
estas palabras: D ign are m e laud are te v irg o sacrata. | D a raihi
LIB . 111.— C A P Í T U L O I. 403

virtu tem contra hostcs tuos. | D edicatoria a la m uy alta y m uy po­


derosa S eñ ora D .‘ Juana, infanta de C astilla y p rin e e s a de P o r tu -
g u a l. etc. Aprobación por F . Rodrigo de Y cp es i X X V II de Julio
de M D L X V II .— Licencia de D. F elipe por la gracia de Dios Rey
de C astilla , de L e ó n , de A ragó n , etc. dada en M adrid i 9 dias
del m es de A gosto de M D L X V II a ñ o s.— P rólo go al C ristian o L e c ­
tor. «P erqué yo, católico L e c to r... y concluye: al cual honram os
y rcvcrcuciam os ;n su sau cla m adre rem ediadora del m u edo y
abogada do todos los pecadores ó intcrcesora ontre nosotros y
Dios».
S e halla en la D ib . pública del Sem inario de C u en ca.

1569.—Declamationes decem et septem pro Adventu


Tinminí nostri Jesucristo. usque ad Septuageasimam.
M antua Carp.
D E C LA M A TIO N E S | d e c e m e t s e p t e m p r o | A d ven ­
tu Dom ini n ostri Jesu C h risti | vsq. ad Sep tu agesi-
m am . [ A u thore F ra tre Alphonso ab Horozco, Praedi |
catore R egio O rdinis H erem ita | rum S. A u gu stin i. |
Accésit alia declam atio, ia festo B e ati Ildefonsi | A rchie-
piscopi Toletani ejusdem A u th o ris | (Escudo, ó m ejor
im agen, poniendo la Virgen la casulla á S. Ildefonso.)
Cum p rivilegio | Mantuae excudebat P etru s Cosin.
A nno | 1569. |
1 tom. «n 8.* T o d o (excepto el p rúlogol en b astard illa . 5 o 6 fol*. de so is un lado.
S ig . 4 —A - R R 5 .
L a censura habla de floridas loquendi form ulas Ínter radiantes
cálculos dispersa»... D iligen tia in scrutandis S crip tu ris sacratis,
s o le rtia in inquirendia veroe P h ilo s o p h ix th s a a u r is .— L ic . en M adrid
á 39 D ie .'d c i;6 8 .— Y el autor en el devoto y sabio prólogo: «C o-
lihnit in su p er n on n ulla quae ante ann os trigin ta et eo am p liu s in
n ostris concionibus tractavim us hic inserere.»
S e encuen tra en la B ib. de P alacio y en la U n iv . de S ev illa.

1569.—Regalis Institutio. Matriti.


Edición en 8.° apud C osío. (Nota de los catálogos del Escorial:
m as el libro no se encuen tra en esta B ib.)
4°4 VIDA D E L B T O . A LO N SO D E OROZCO.

Arto de amor á Dios y al Projimo.


E ste libro, cuya edición prin cipe tam poco sabemos dónde exis­
ta, hubo de im prim irse después del 1567, porque no se cita entre
los 14 que el santo autor habla publicado cuando el Epistohrio;
y antes de 157o, cuando salió ¿ lu z en la Segunda parte de los
obras, im presa en A lcalá. Nos parece increíble saliera este últim o
año por vez prim era, en atención i qiiR iba dedicado al C ard . Espi­
nosa, Presidente del C onsejo de C astilla, y adem ás, porque todos
los otros libras que com ponían dicha Segunda pzrte estaban de antes
publicados, y porque el im presor no lla n a la atención con su libro
nuevo, sino más bien por el anuncio y el titulo de la edición hace
creer que todas eran obras ya im presas.

1570—Recopilación de las obras.—Alcalá.

R ECO PILACIO N | d e l a s o b r a s , d e e l m u y | Reueren-


d o padre fray Alonso de Orozco, reli | gioso de la orden
del glorioso doctor sant Au | gu stin , y predicador de su
M agestad. D irigidas | á la serenissim a señora doña Jua­
na, I infanta de Castilla, y princesa | de P ortogal, etc.—
A gora nueuam ente em endadas p o r el m ism o auctor. |
Im pressas en Alcalá de Henares en casa de An | dres de
A n g u lo , año d e 1570. | Con priuilegio real, nueuam ente
concedido. | Esta tassado en doze reales en papel.
(Io n cen efa al rededo r, y en la porte s u p e rio r la sig u ie n te in sc rip c ió n . I n it iy S .
SAP1ENTIE, TIMOR. D o « I N i: tam b ién cc c im a de la p o rtad a y den tre d e la cencío h ay
un g ra b a d o to sco de S . A g u stín .

A l final: E n A lcalá, | Im preso en casa de A n d rés de A n g u lo .—


M. D. L. XX.
¡ T om . gótico excepto les licencias y el Prólogo, tiene 6 boj. sin fo litr y 290 fols.
S ig a . A -N n.

F e de errata9.— Licencia del R ey, dada en M adrid á 4 de H e­


rr e r o de 1565.— 0 :ra tam bién de Felipe segu n d o , dada en M adrid
á 22 de O ctu bre de 1568.
A continuación se lee: «Yo he pasado este libro y cotejado coa
el origin al p or donde fué im preso en Zaragoza, y hallo que está
fielm ente sacado de ¿1, y que su alteza puede dar licencia para que
se im prim a en este R eyno de C astilla. F echa en M edrid á diez y
nueve de Setiem bre, de 1568 años— F ra y A lon so de Orozco.
L I B . III.— C A P ÍTU LO I .

C on tien e ente libro las obras siguientes: Examen de la Con­


ciencia, donde ee trata también del Confesonario y examen para
la C om un ión . — V srgel de Oracicr y Monte de Contemplado».—
Memoria’ de amor santo.— Regla de ¡a tida cristiana, con el E jer-
citatario Espiritual.— Regimiento del alma, coa Mas. instrucción cris­
tia n a .— Epístola, d un Religioso que nuevamente tomó el hábito .—
Vita Christi y Contemplación del Crucifijo.— Desposorio espiritual,
con la G ratitu d cristian a y Soliloquios de la pasión.
H erm osa edición gótica sem ejante á la Recopilación d e V a lla ­
dolid y Zaragoza.
B ib . de S . Isidro de M adrid y B ib. de este C o le g io y otras.

1570.—Segunda parte de las obras.—Alcalá.


Segu n d a parte de las | obras del m u y Reuerendo
padre, fra y Alón | so de O rozco, d e la O rden de San
A u gu s | tin: predicador de su Catho | lica M agestad. |
(grabado m uy tosco en m acera que representa a San
A g u stín dando la R egla á sus hijos.) | Con P rivilegio. |
Im pressa en Alcala de Henares, en casa de | A nd rés de
A n g u lo . A ño de | M .D .LXX. | l asado en doze reales en
papel. | Vedese esta segu nd a parte y la prim era, en
casa de L u y s G u tierrez. |
A l final: | E n A lcala, | E n casa de A n d rés de A n | g u io , año |
d e 1570 | (A la vu elta tiene una lám ina del C alv a rio .)
Un i>>mo en folio con cuatro hojas ol prin cip io sin foliar, y 279 fol.: en (a c n a ru
lien* una Purísim a con el niño. N o es gótico. S ig . A Mm 5.

L a T asa por Juan F ern an dez H errera en M adrid á ia de A bril


de 1570. Lic. del R ey en M adrid á 18 de D iciem bre de 1569.
C on tien e el Epistolario Cristiano.— Epístola de Ntra. Señora,
para S. ¡nació al 141 vto. — F o l. 148: Siete palabras quela Virgen
Santísima Habló la cual con clu ye con la lamentación de Nuestra
Señora al f.° 201. v to .— F .° 212: A rte de amar d Dios y a l prójimo
que va añadido al cabo de la Victoria del mundo y un Ejercitaiorio
Espiritual, el cual term ina con la Escala breve de perficion, que
ocupa dos hojas.
S e encuen tra en la B ib. de S a n Isidro do M adrid y la del
C ab ild o de V alladolid y algun a otra.
406 VIDA D E L B T O . AI.O N SO D E OROZCO.

I570.-Declamationes quadragesimales.-Mantuae Garp.


DECLAM ATIO NE S | Q u a d r a c e s i m a l e s , t a m | PRO
DOMINICIS DIEBUS QUAM PRO | q u artis et sextis
feriis; A utore fratre Al | phonso ab Orozco O rdinis He-
re | m itarum scncti A u gu stin i. | Accésit el alia declama-
tio | de Passione Domini nostri Jesu Christi, \ ab eoden
Autore. \ (Hay un escudo ó lam inita que representa á la
V irgen en el acto c e vestir la casulla á S. Ildefonso).
M a n t u a C a r p e n t a n a e . | Excudebat P etru s Cosin.
A n n o M. D. LXX.
i T i m . en 4.* d i 3oR fo l. S ig . — Q r|3 — T o d o d i l<-tr» r t ir s iv n .

C ertificado de la licencia y lasa del C onsejo Real por Juan


F e rn z. de H errera á 26 de Enero de 15 7 9 . C ensura: «Cum exceler.s
regiu s S a n a tn s... quan tu m laboris susceperit auto r, tam in evnl-
ven d is sanctorum D octorum codicibus quam ia sacris scripturis
scru tan dis operis pulcritudo indicat. E st enim tanta instructione,
d octrin a etc. candorc p crfe ctu m ....— F r . Joannes P o n cc.— L ic. del
R ey i 12 de Setiem bre de 1569.— P . M . de su M ag .— A ntonio de
Lraso.
P ro lo g, ad pium L ;cto rem : «Olim apud R om an o s.... et pro
me pcecaluic non dcsinas orare. F in i: prologus. C u n :ta soc. Rom.
eccl. ccns. lubens sufcmito.»
S in colofón del librero. Tr.rnvnn cnn la tabula hnjns libri; y
á la vuelta y linal de todo una lam inita que representa e l C a l­
vario.
E n nuestras B ib. de V alladolid y L a V id y varias otras.

1570.—Declamationes post Pascha nsq. ad Pent.—Com-


pluti.
D e c l a m a t i o n e s | duodecim , pro dom inicis post pas­
cha | usq; ad Pentecostem inclusiue. | A vto re fratre lile
| fonso ab O rozco, ordinis, et insti | tuti Erem itarum
beati | A u gu stin i. | Accésit et alia declam a | tio, in festo
gloriosae Monicee, m atris diui | doctoris egregii A u gu s­
tin i. | (Lám ina de la V irgen poniendo la casulla á San
Ildefonso) C u m privilegio. | C om pluti. | E xcudebat A n ­
dreas de A ngulo. | A nno 11,7o. |
L IB . III.--- C A PÍTU L O I. API

A lfinal: Complvti | Excudebat Andreas de Angulo I Anno 1570. |


i T o m . en 8 .* cor. a lg u n a s h o j. s in fo l. y ¿ 0 4 f o l . S i g . A. 5— P p . 5.

L ic. de la Tasa por J. Fernández de Herrera á 5 de Hehrero


de 1 =7r. Lic. del Rey er. Madrid á 4 de Set. de 1570. Prol. ad piu,
lectorem. Non me clam est... parens dirigit. Et quam bene vale, sa­
piens lector. Cuneta ctc. in quorum libris evolvendis non nihil cura
icihi fuit. ceu libri ipsi quos Dominoopitulate dictavi p rx se lcrunt.
Bib. del Monasterio del Escorial.

1571.—Declamationea post Pascha usq. ad Pent.—


Compluti.
D E C LA M A T IO N E S | duodecim , pro dom inicis p est
pascha, | vsqjad P en teco stem in clu siu e. | A v t o r e f r a t r e
I l l e Ijónso ab Orozco, Urdinis. si. insti \ luti brem ila-
rum beali \ Augustini. \ A c c é s i t e t a l i a d e c la m a | tio in
festo gloriosas Monicas, m atris diui | doctoris egregii
A u gu stin i | (Una lam inita que representa el acto de im ­
p oner la V irgen sacratísim a la casulla á S . Ildefonso)
CVM PRIVILEGIO. | C o m p l v t i . | Excudebat Andreas de
A ngulo. | Anno. 1571. | Yendense en casa de L u y s G u­
tiérrez.—
1 T o m . en 8 .6, d e 8 h o ja s s in f o lia r , y 3 0 4 f o l . S i g , ^ 5— A — P p 5. —

Fe de la Tasa por Juan Fcrnz. de Herrera— Lic. del Rey en


Madrid ¡1 4 de S eti.' de 1570.—
P rolo gu s ad pium lectorem . Nom me clam est, C ath o licc L e c­
to r... E t quam benc vale sapiens lector. C u n eta sacrosantas ecclcsim
Romance c e n su ra lubens subm ilo.
Y al ún dice: Cum pluti. Excudebat Andreas de Angulo.
Anno. :57o.
La fecha del fin difiere de la del principio, por lo que induda­
blemente es la misma edición que la anterior, con la que en todo lo
demás es igual fuera del ano señalado en la portada.
B ib. U n iv. de S ev illa y de la V id y otras.

1570-1571.—Libro de la Vida del Bienaventurado P a­


dre Fr. Juan de Sahagún.
El P . Vidal cu su s A g u stin os ds Sa/am anía. (Tom . 1 pág. 50)
diec que se im prim ió; y ií continuación la copió él, librándola de
40 6 VID A D E L BTO . ALONSO DE OROZCO.

segura pérdida. Va dirigida al V. P . Diego Salazar, Provincial por


este tiempo, en que se colocaron las reliquias de S . Juan en su
tabernáculo, y creemos la imprimirla el Superior, ya que él la
mandó escribir y tan ruidosos se hacían los milagros del Taum a­
turgo.

1571.—Declamationes & Pentecoste ad Adventum,—


Salmanticee.

DECLAM A | t i o n e s v i g i n t i q v in | q v e in e y a n g e l i a ,
qvae | iax ta ritum sanctae Romanae ecclesiae. per | sin-
gu lo s Dom inis dies, á Pentecoste | vsq; ad A duentum
digestae sunt, | cunctis diuini verbi Dei | p racon ib u s
vtiles. | AuctorcFralre Alphonso abOrozco,ordi \ nis E re­
mitarum sancti Augustini | (Escudo cou el sagitario m ons­
tru o y la leyenda s a l l b r i s s a g i t t a a D e o m issa ) Cvm
P rivilegio | Salmanticae excudebat M athias Gastius. |
M. D . L X X I. | Impensis Sim onis á P ortooarijs |
A l final: Salmantieae. Excudebat Mathias Gastius. Anno 1571.
I Tom.cn 6.a coa S hoj. sin hl. j 565 fcl. Una hoja de Tabla sin fol. Sig.
t III—13—A 5—Blbb 5.
Cens. de! P. Rod. Ycpes, Madrid 5 idus Majii 1571.
Errata— Lic. del Rey, Madrid i.° de Jul.° de 1571.
Prologo «VltrO-iea volúntale... possirn, et quam optime vale.—
Haud quaquam me unquam fugit quantJm laboris nobis excitave-
rim usdum opns tan arduum Mmquedifficile subiré decrevimus...
B ib. de S. Isidro de |Madrid.

1572.—Exámen dé la Conciencia.—Zaragoza.
(Ex-Bibl. nova Nie. Antonii.)

1573.—Declamationes ln ómnibus festls Sanctorum.


- S a lm a n tio o c .

D e c l a m a t i o n e s | IN OM NES SO | lennitates, quae in


festis | sanctorum quotannis in Ecclesia R om ana | ce-
lebran tu r, concionatoribus ver | bi Dei vtiles. | Per Fra-
trern Alpkonsum ab Hoi'ozco, ordinis | sancti Augustini
edüce. (Hay un escudo con el sagitario m onstruo y en el
l :b . iii.— c a p í t u l o i. 4° o

óvalo la leyenda: s a l u b r i s s a g i t t a a d e o m is sa .) (JUM


PR IV ILE G IO . | Salmanticae, | Expensis Antonii Saget.
I 1573 I
Al final: Declamationcs in omnes sanctorum lestivitates ñniunt.
ad laudem etgloriam Christi Jesu Domini nostri. Qui sua poten-
ti virtute, sos santificauit. Omnia sacrosanctae Romanee ecclesix
censura: lubens submitto. Finís. Sigue: Tabula universalis h u -
jus libri... Salmanticae. Apud Joannem Baptietan ¿ Terranova.
Anno 1573.
1 T o m . e a 8.® d e 4 4 8 f o l .— S¡GT- n 5— Z 5:— A 5— Z 5; A a 5— K b 5 .
Lic. del Rey i 7 de Jun. de 1572.— Fe de la tasa por J. Fer­
nández de Herrera á 4 de Mayo de 1573.
Dcdic. del Lib. al Card. Covarrubias.— Ex omni scriptorum
genere... Prol. Aucth. «Quam vehementer... ac pro hoc sen: sep­
tuagenario digneris orare.»
De este mismo año y lugar de impresión apunta Nic. Antonio
una edición hecha por Simón de Portonariis. No la hemos visto:
y dificultamos algo que ¿03 impresores de un mismo punto hi­
cieren la tirada en el mismo año de un libro nuevo.
Bib. Univ. de Sevilla y La Yirl.

1575.—Catecismo provechoso.—Salamanca.

CATECH IS | m o p r o v e | c h o s o . | Hecho por el Padre


F ra y Alonso de | O rozco, P red icad o r de su M. En el
cual se c e | clara, solam ente nuestra ley C hristia | na
ser la verd adera, y todas las | otras sectas, ser engaños
del dem onio | ¡Imagen de San Agustín) C o n l i c l n c i a
, y P riu ilegio | E n Salamanca | En casa de D om ingo de
P ortou aris. |
Al final: En Salamanca | En casa de Juar. Baptista | de Terra-
noua | 1575.
( lo ro , en 8 .° 7 h o ja s sin fo lia r y 12 0 fol». S i p . A 5— E S .

Aprobación: 12 de Marzo de 1573 por Juan de M ontalvo.—


Lic." del Rey. de Abril de 157 j, Madrid.— Privilegiu también
para Aragón: Medrid, 2j de Noviembre de 1579.— Aprobación délos
Inquisidores ce Aragón y Lérida: i.° de Julio de 1568.— Carta al muy
Rev. y muy amado en Jesucristo P . Fr. Alonso de Orozco.— No
fué pequeño... y concluye: lo demande y solicite.» Prol. al lector.
^ IO V ID A D E L BTO. ALONGO DE OROZCO.

«El celo g r a n d e . . . y concluye: y servido de todos Amen».— Lámina


de David orando.
Bib. de S. Isidro ds Madrid.

1575.—Historia de la Reina Sabá.—Salamanca,

Historia de la Reyna Sa | ba, Quando disputo con el


R ey | Salom on en Hiañrusalem. En 1p. cual se de | clara
com o cada vn Crhistiano ha de seruir |y adorar al Rey
de los Reyes lesu | Crhisto nuestro Señor. | A gora nue-
uametc copuesto p o r el R . P . F. Aloso de H orozco de la
orde de S. Augustin, P redicador de su Cath. Magestad.
| D irigido a la Serenissim ay Chrislianissima Reyna \ de
España Doña Isabel. (Escudo de armas con eltoison .) En
Salamanca. | En casa de D om ingo de Portonarijs, Im-
pressor de | su Catholica Magestad. 1575. | Con P r i­
vilegio. | Esta tassado en cinco blancas el pliego. |
Al final: En Salamanca. | Fn casa de Juan Babtista de Terra-
noua. M. D. L X X V . |
1 to m . e n 8 .° d e 2 1 1 fo l. 3 h o j. a i p r in c . sin lo l. a á Id ú ltim o . S i g . A 5 . — D ¿ 4 * —

Lic. del Rey en Scgovla á a de Agosto de 1565. Fe de la tasa por


Juan Gallo de Andrada en Madrid á 7 de Abril de r,68. Privileg.
á Domingo de Portonariis por el Rey y la firma de su consejo en
Madrid á i.° de Agosto de 1573. Prol. á su Magestad: «Todos los
que hablaron... y termina: con nro. Salvador Jesu-Cristo en el
cielo. Amen».— Capellan de vuestra Magostad, Fray Alonso de
Horozco.— Sin prólog. al Icclor.
A l fol. 177 se lee: Síguese vn arte breve de servir á Dios en el
cual se suma toda la obra. Tiene cinco documentos y va en diálogo
entro, nn Generoso y un Agustino.
Se encuentra en la Bib. Univ. de Valladolid y en la del Institu­
to de Córdoba.

1576.—Libro de la suavidad de Dios.—Salamanca.

L i b r o | DE L A S V AV ID A D | DE DIOS, Compuesto
por el R. P. Fr. Alonso de O rozco 1 de la orden de San
Agustin, Predicador | de su Catholica M ajesta d | D iri­
gido i la Serenísima y Cristianísima Reyna de | España
LIB. I I I . --- C A P Í T U L O I. 4U

Doña Ana, nuestra Señora. | (Escudo de arm as de la Me­


cenas.) En Salam anca. | A costa de Sim ón de Porto-
n a r ijs | 1 576. |
Al final: En Salamanca | En casa de Pedro Lasso. Año de |
M. D. L X X . V I.— A la vuelta, el escudo ó lámina del Angel con
la leyenda: A ve María grada plena.
I to m . cr. B .a 1 6 hoj. s in f o lia r y 2 3 o fo ls. S ¡ ¿ . ^ 5 — F f 5 .

Licencia del Rey en Madrid á iq de A gto. de 1575.— Censura del


P. Jesuíta A . de Sandoval. Madrid. ó d e A g to . d e i5 7 5 -— Lam . de
David, orando— Epist.— Dedie. á la Catholica Real Magestad
«Cuan grande... y concluye: celestial y eterno,— Capp. de S . M.
Fray Alonso de Orozco.— Prólog. al Cat. Lector.» «Entendiendo...
y concluye: me seáis dulce.»
B ib. de S . Isidro de M adrid.

1 5 76 .— D e d a m a t i o n e s 17 p r o A d v e n t u . — S a lm a n t ic a e .

Declamatio | nes decem et septem , pro acuentu |


Dom ini nostri Jesu Christi, vsq; ad Septuagesi | mam,
A u tore fratre Alfonso de O rczco, ordinis | Erem itarum
sancti Augustini | Accésit alia Declamatio in festo B. Ille-
Jonsi, Archiepiscopi \ Toletani Eiusdem autoris E x ter-
tia recognitione | (Gran escudo con un A n g el y la leyen­
da, A v e Maria Gratia plena) S a l m a n t i c a e | J A pud S i -
m enem a Portonariis. Anno | 1576 | cum licentia et pri-
uilegio. |
Al Gnal: Lámina de un Angel con la azucena en la diestra, y la
leyenda: «Ave Maria gracia plena» y otras figuras y caras al rededor.
S a l m a n t i c a e . | Excudebat Petrus Lassu.s. Anno M. D. L X X V I.
I lo ir , en 4 , Q de 3 h oj. 6ir. fo. 2 0 / fo l. una lio j. al fin um bíén sin pág. S ig . ' j — Cc5*

Lic. del Rey en Camarena d 2 ¿c Jun. de 1569: otra á ■ ) de


Aguslo de 157} en Madrid, donde se concede lie.* segunda vez
para 2.* impresión, firmada por los del Consejo.— Prólogo: «Tot
sunt plañe... y concluye: et quam nptime vale, lector eathnlice.
— Finís Prologi.
VIDA DEL ETO. ALONSO DE OROZCO.

1576.—Declamationes quadragesimales.—Salmanticae.

D eclam ationes. | QUADRAGES1MA | L E S , T A M


P R O DOM INICIS | dizbvs; qyam pro q v a r t is e t | sextis
Feriis: Autore fratre Alphonso ab Oroz |co. ordinis Ere-
m itaram ,san | cti Augustini. | Accessitet alia declam ado
de Passione d o | m ini nostri Jesu Christi, ab eodem
A u tore ex secvnda av | toris recognitione (Escudo con
un ángel y la leyenda A ve María Gracia plena) | S A L -
M A N TIG íE . | Cum P riv ile g io | Excudebat Vincentius de
Millis, de T rid in o | Expensis Sim onis de Portonariis, |
A nno, 1 5 7 6 .
Al final: (otro ángel sobrs un globo y con dos escudos de ar­
mas una en cada mano) | Salrcantic. | Excudebat Vincenlius de
Millis, de Triduo. | Anno M. D . L X X V 1.
I Tom. en4 .' 4 hoj. sin :ol. de 273 fol. Sig. A—Mnt5.
Censura:., quantum loboris ausceperit auctor tan in evoluen-
dis S S . Doctoribus eodieibus quam in S . Scrip. sententiis, operis
pulchritudo indicat. Est cnim tanta instructionc doctrina', candorc
perfectum ut non solum verbiD ei príeconibus verum etiam ómnibus
prosit.— Fr. Joan Ponce. Tasa ¿ 26 de Enero de 1570— por Juan
Fernandez Herrera. L ic. de 2.* impresión. Madrid 3 de Agosto
de 157;, firma el Consejo otra que era la 1.* Lic.* en Madrid á
12 de Semtiembre de 1565.
P ro lo g. «Olim apud R om an o s.... non d :sin a s orare. O tro: H abcs
catholice lector... C hriotum Jesum orarem .
Bib. IJniv. de Madrid y S. Isidro.

1579-.—Declamationes Deiparae M. Virginis—Compluti.


D E C LA M A T IO N E S | Deiparae Mañas Yirgir.is, per
omnes | illius solennitates digestas | A V T IIO R E F R A ­
T R E | Alphonso de Orosco, ordinis erem ita | rum sanc­
ti A u gu stini | Accessere declama ] tio quasda festiui-
tatis sancti Lucae, et tra | ctatus super M agníficat |
(Lám . que representa á la SSm a, Trinidad coronando
a la V irgen ) C 7 m. P rivilegio ¡ C om pluti apud Fcrdinan-
du R am írez | M. D. L X X IX . |
A l Cual: Compluti apud Ferdinandum Rainirez. M. D . LX X IX .
LIB. 111.— CA PÍTU LO I.

i T o m . f>n i6 .« d e 2 h o j. ¿in fo lia r . 325 fo ls . S i g . A 5— S s 5.


Lie. del Rey en Madrid A 3 cíe Octuhre de 1578.— Prólogo.
N em o(ai lallor)... y concluye: subjicíentes, et quám bañe vale doc-
tissime Lector.— En el ful. 261 (vto): Tractatus super cantícum
B. M. V irginis.— Al final, después de la Tabula, L!c. del P. Rodri­
go Yepes: octavo Idus Oct.“ 1567, y la hoja de erratas; luego 5 ho­
jas sin foliar.
Bib. de S . Isidro de Madrid.

1580.—Libro de las vidas de loa dos Juanes.—Madrid.


LIDRO | DE L A S VIDAS | y m artyrio s de los bien |
auenturados sant Juan Daptista | y sant Juan Euangc-
lis t a . | o r d e n a d o p o r e l | P ad re F ra y A lonso de Orozco
de la or \ den de nuestro padre sánelo | A ugustin | (Hay
un sello con el IHS.) En M adrid. | En casa de Alonso G ó­
m ez Im presor de su | M agestad M. D. LXX X . |
Al final: acaso fulla la lioja donde ha de estar el final. En la an­
terior: Fin de la vida y muerte ce S. Juan Evangelista.
I lo ro , en 1 6 ." d e 7 h o ju s cin fo lia r , 1 14 fo ls. S ig - A 4 — Q s .

Censuro del P. Jes. Bcrtolomc Andrés: Madrid n de Octubre


de 1577-— Lie. del Rey en el Pardo á 7 de Noviembre ds 1577.—
Tabla de los Capítulos.— Prolog, al Cat. Lector. «Unade las gran­
des mercedes... y concluye: poseen en la gloria. Amen».
Bíb. Nac. de Madrid.

1581.—Vidas y Martirios de S. Juan Bautista y S. Juan


Evangelista.—Alcalá.
En casa de Gerardo, en 8.°
(De los Indices antiguos de la Bib. de el Escorial.'

1581.—Commentaria in Cantica Canticorum.—Burgos.


CO M M E N TA RIA | QUAEDAM I IN CANT ICA | C A N T IC O -
RUM, | nunc d enuo ex D octorum d ic tisco n | gesta, per
F ratrem A lphon su m | ab O rozco A u gu sti | nianum , |
Accessere quadraginla qualuor annolationes in eadem |
Cantica, Deiparce Marioe Virginis festiuitatibus \ accom-
modatx. | (Escudo de las arm as de la Orden) Cvn ¡icen-
tia B u rgis | A pud P h ilippum Iuntam | 1581. |
4 *4 VIDA D E L DTO. ALONSO DE OROZCO.

A l final: Burgis I Apud Philippum Iuntam I 1581 |


i lo m .c n 4 . ° d ¿ 4 boj. sin fol. y 483 págs. con 6 hojas sin fol. de Indice o.f,
Sifc. T — H h . 5—

Censura: Macriti 13 April. 1574. á F r. Francisco de G a -


marra.
...Munusculum hoc omni eruditione refertis 3imum quod tibi
egregiae d o ctriax addieit semper prae manibus habeas i cuo non
parvam uulitatcm haurire potería. Lic. del Rey. Madrid 23 de Abril
de 1,74. Firman los del Consejo. Prolog. Sapiens Salom on... y
termina: in Christo deo vale.— Privilegia d i propiedad del Rey á 18
de Set. en Lisboa de 1561— L a tasaá 30 de id. id. por Cristóbal ce
L eón.— A la pág. 387: Iccipiunt nonnullae annotationes etc. con su
prólogo.

IN OPERA— IN CRITICA CANTIC9RM— POST PROLOGÜM.


F. Alph. Mendoza Sacraa Theologiae Augustinianlq’
lastituti proíessoris Lectori Hexastichon.
Quo ingenuos animo gignas, pie Lector, amores,
Et casto foveas pectore iam genitos:
ScUicct egregium pangit tibi carmen Oro2co,
Q un rapit ad tlmlumus cor aniiuuiuque píos:
D ura referat vives C h risti, atque Ecelesia: am ores,
Q u o s viuo exp rsssit carm ine R ex Salom on.

Ejusdem Carmen invitatorium vice Epithalamii.


Q u otquu t virgiu icu rubclia ostro,
E t aancto geritis p udorc v u lta s
Perfusos, agite ad S acras Cam cenas:
Ad ¡rratum celeres venite xistum,
Ridentcs ubi flosculi colore
Vernant multiplici, comisq; turgent
Pansis Lilia candida, et rubescit,
Pxstan is rosa gratior rosetis.
Hic flores Amaranthi et Hyacinthi,
Narcissus quoq; purpuratus offert
Flores, aymbola vera amoria almi,
Hic iu g is v iro r h o rtu li fera:is,
LIB. I II .— C A P Í T U L O I.

Desertum nemus, aviiq; montes,


Procerae simu; arbores susurro
Factae leniter instrepentis a u n .
Hic torrens placidé f.uentis amnis.
Di taris muñere prata discolor.:
Hic JYa¡,ruus odor, hic oleas ancthum,
Hic ct fístula cinnami, atq; Nardus,
E t P an ch aia thura odore p re s ta n t,
Hic pro passeribus die atq; noctc
Blandas lene sonanlibus querelas,
V ox sponsae sonat osculum potcntis,
Audaci prece blaadicntis aures.
Sponsi, cuius amore sauciata
Hac. illácq; vagatur, ora largo
Pcrfundcns sua fon le lachry inarum.
Queis sponsus liquefactus, 6 columba
Humentes Soror tilma terge ocfillns;
Ostende ó faciem, ireasq; mulce
Aures voce tua, veni ad iugales.
Quos strui, thalamos: veci perosa
Nymphas Hermonides. veni ad púdicos
Amplextis, quibus implicemur arctó,
Ceu ciim nexibus arbores adultas
Hac illacq; hederá implicat rctortis.
Sic se colloquiis siraul lacessunt
Altcrnosq; sbi canunt amores,
Invitar.tq; ad a n a n a rura, ct hortos.
Non hic cacrula Nais, aut oreas,
Quo letos agitent choros, vocantur.
Adsunt agmina C xlitu m beata:
Virlutuin eliorus iuleresl sacrarum,
Ccrtatim qute hilares agant chorccas.
Pergit prima Agape, secunda Pistis,
Mox Elpis, parili sequuntur inde
Post illas pede e s te r a Sórores,
Incorrupta Dice, Phronesis acris.
Inuincibilis Andria, atq; vietu
Carnis Sophrosynae rebellis alma.
Ad sacros igitur venite zystos,
Quotquot virgíneo rubetis ostro:
E n vubis adilua Orozco yaudit,
4 16 "VIDA D E L BTO. ALONSO DE OROZCO.

Dum ¡ara Bucolicos rsfert amores,


Q n o s p e r prata viren tia, et per hortos.
Et celsi iuga montis ambulantes,
Irr.belles ovium greges sequutl;
Inter sese iniere Christus, atq-,
Sponsa Ecclcsia, quos brcui libello
Dilectus Samuel D eoexaravit.

Nic. Ant. q continuación de los Commenttria in Cantica apunta


las Annotationes in Canticun Beaitv Virginis Magníficat impre­
sas, dice, en el mismo año y por el mismo impresor y en el mismo
lugar. Como por una part: lo que el venerable escritor estampó en
el mismo año son las annotationes in cadem car.tica Deiparce Ma­
ñee Virginis festivitatibus accommodalx unidas á tas comentarios,
y por otra el Beato había escrito el Trzctatus super magníficat
impreso en las Declaraciones de la Virgen , y ninguno otro hable
de tales Annolaliunes in cani. Magníficat, parece deducirse que
éstas no existen y se Kan confundido con las que el Venerable
puso á los Cánticos.
Se halla en la Bib. Nac. de Madrid, en S . Isidro, el Escorial,
Burgos y varios otros puntos.

1583.—Victoria de la muerte.—Burgos.
V i c t o r i a | DE L A M UERTE. | Copuesto p o r el P ad re
F ray Alo | so d e O rozco, de la orden | de S a n t A u g u s­
tin . | L le u a a l f i n v n a e x o rta c io n , p a ra con suelo d el \ en ­
f e r m o qu e es lá en p e lig r o d e m u e rte , y c ie r | tos a u is o s p a r a
hacer testa m en to . \ T a m b ié n v a a ñ a d id o v n S er m ó n , qu e
en v ñ a s \ h o n ra s d e la C h r istia n issim a R ey n a d o ñ a Isa \
b e l, p r e d ic ó en M a d r id el A u to r . \ (Sello d é la Orden Agns-
tiniana) Con P riuilegio. | En Burgos. | P o r P hilippe de
Junta. | 1583. |
Al final: L e u s Deo.
t T o r a , e o 1 6 ." co n 4. b o j. sin fo l. y 20Q f o l. I h o j. d e ín d ic e ¿ lo ú ltim o sin fot. S i g .
A 5— D d 5.

Cens. del P . Jes. Diego de Auellaneda en Madrid á 3 de Marzo


de 1581. L ic. del Rey en T om ará 24 de Abril de i$ 3t.
Pról. al sabio Lector. «Todos los Sabios Philúsofos... y conclu­
ye: todo lo que es bueno.»
LIB . III.— CA PÍTU L O I. 417
L a ocortación y avisos ocupan cinco hojas; y com ienza en el fol.
180. El Serm ón en el 184 v .10, y dice así: Sermón que e l P . !•". A lo n ­
so de OrOzco predicó en las honras que se hicieron en el hospital de
la Corte por la Cristianísima Señora Reyna doña Isabel.
Bib. de S . Isidro de Madrid.

1585.—Arte de Amar á D íob y al Prójimo.—Alcalá.

A r t e d e | AM AR A DIOS | y a l P r o x i m o , h e c h o |
por el Reuerendo P. F. Alonso de Ho | rozco, de la
orden de nuestro Padre | San A ugustin; nueuam ente
co r | regid o y enm endado por el | m esm o A u tor |
Dirigido al Illustrisin-.o Se | ñor el licenciado Diego
de Espinosa, presidente | del Consejo real de su M ages-
tad. | V a a ñ a d i d o a l c a b o | l a Victoria del m undo, y •vn
E xerci | tatorio espiritual, com puesto | por el m esm o
autor | (un sello con el IHS) Con Privilegio. | Im preso en
Alcalá, en casa de I lerna Ram i | rez Im presor de libros.
Año. 1585. | ^ A costa de m elchor Ram irez, L ibrero en
corte. |
En el fol. 89 V i c t o r i a | D EL MUN | do, hecho por el
Re | uerendo padre fray Alonso de | O rozco p ara vn a
su her | m ana religiosa | (escudo con una Cruz y el inri)
Con Privilegio. | Im preso en Alcala de Hena | resen casa
de Hernán Ram i ¡ rez, Im presor y m er | cader de libros
| 1585 | y al fol. 155 EXERCI | tatorio S piritval | para
creer á nuestro R ed em ptor | siem pre presente | (Escudo
de la Cruz.) ^ A gora corregido, | y añadidos siete Docu­
m entos de | nueuo, en una regla de vi | da cristiana.
Hecho por | el m u y R euerendo | padre fray A lón | so de
O roz | co. |
i t o m . en 8 .* c e 9 h o j. s in f o l. y 3o S f o l. s i g . A .5— DcLj..

Lic. del Rey en S . Lorenzo á 11 deSept. de 1584.— Certificación


de Alonso de Vallcjo á 17 de Julio de 1584. Prol. limo. Señor,
«Doctrina es del filosofo... y concluye: en la gloria celestial».—
firmado Fr. Alonso de Orozco.— Prolog, de la Victoria: «Con gran
razón... Cens. del Exercitztorio por el P . Vicents Varron en Atocha
á i<¡ de Mayo de 1564. Este exercit.'1, dice el impresor que lo sacúde
28
418 V ID A D E L BTO . ALONSO DE OROZCO.

la Regla de Via.i Cristiana; y que estaba ncupado en una recopi­


lación de las obras del V en ., las cuales ya no se hollaban, fol. 2^6.
Bib. de El Escorial.

1^88.—Tratado de la Corona de Nuestra Señora.—


Madrid.
Tratado de la Corona de N uestra Señora ensalzada
con doce privilegios sobre todos los Santos según fué
revelado á S . Juan E vangelista, su a u to r el Padre Fr.
Alonso de O rozco, del orden de S . A g u stín , Dirigido
á la M agestad d s la E m peratriz Doña M aría.
No hcaios hallado la primera edición de este precioso libro: por
él mismo se deducá desde luego que fu¿ posterior al 1576 en que
D.* María se vico á España, y se retiró á las Descalzas Reales. A si
habla el Btc. en el Pról.— dedicatoria: «Y porque con tan grande
ejemplo de cristiandad vemos que tan de veras ha dejado el mun­
do, cncerrándos; por más gustar y servir á Dios en esa Casa santa
de Siervas y Esposas de Jesucristo...» Además, se lee en la Adver­
tencia primera: «según ya vimos en aquel libro de los dos S. Jua­
nes», libru impreso en 1580. Y cuino Ni.;. A11 Luuij cita esta obra,
escribiendo: Corona ie Nuestra Señora. Madrili 1 ¡8 8 , en 12,
creemos que efectivamente sa estamparía este año.
Algunos A A ., demás dal Tratado de la Corona de Nuestra
Señora, atribuyen al Venerable otra obra con el título d : Doce
excelencias de la Madre de Dios: del título completo de la primera
se infiere que todo ello es una sola obra: y no tiene otra de tal
título.
A l final de él, en la edición de 1736, colocaron la Epístola de
Ntra. Señora, la cual esa ibió á S . Ignacio M d ilir. (Son 4 hojas de
explicación). «Esta Epístola, dice el Vonerablo, anda en latín entra
la9 epístolas del glorioso 5 . Ignacio, y con título ce Nuestra Seño­
ra y no puedo psnsar que alguno se atreviese á fingirla, poniéndole
tal nombre, sino fueran palabras de esta Señora del mundo, Madre
de Dios». (T.° III pág. 180). Y dice luego: «Por tanto quiero ahora
con el favor del Espíritu Santo dar una breve exposición de ellas
para consuelo de los Cristianos, devotos de esta Madre de Dios y
abogada de los pecadores hijos de Adán, sea esta epístola de Nues­
tra Señora, ó nc». (T .“ III pág. 181). Por donde se ve que el ve­
nerable escritor no la admitía absolutamente por genuina.
L IB . I II .— CAPÍTULO I. 419

1590.—Guarda de la Lengua.—Madrid.
En casa de Pedro Madrigal en 16° d : 149 hoj.
It. Una epístola á una Religiosa de la misma Orden en que tra­
ta cuán dulce es á Dios ia conversación del ánima devota.
(De los Catalogos antiguos de El Escorial y los papeles de la
R. Acadcuiia de la Historia, según los cualcs existían en el Alunas-
terio de S. Lorenzo en el siglo pasado: hoy no se hallan en dicha
Biblioteca.)
Fué el Censor de este libro en 1588 el P . Jesuíta Pedro Fer­
nández Trivaldos (Inform. Sum. fol. 315.) Nic. A nt. apunta además
otra edición en 15S9 en 16.° sin indicar el lugar ce impresión.

§. II.— Ediciones hechas posteriormente á la muerte del


Bto. Orozco.

1596.—Opere Spirituali.—Venetia.

Delle | O pere Spirituali | del dottissim o, et divotis-


sim o | P. F. Alonso D’ Orosco | dell1 O rd in e d i S. A g o s­
tillo, P redicatore, | et Confessore della C attolica M aes-
t¿. | L ib ro P rim o. | C hiam ato | Essam ine della Cons-
cienza | N uovam ente fatto di Spagnu olo Italiano, p er il
R. D. Tim oteo | Nofreschi da Bagno, iVionaco Cam aldo-
lese | Con P rivilegio | In Venetia; P er Domenico etc.
Giov. B attista G uerra fratelli. | MD. XCVI.
L a portada tiene un círculo; y la inscripción Renovata juven-
tus: en la parte superior se divisa el disco del sol y casi en el centro
una águila; Adán y Eva ¿ uno y otro lado de fuera del círculo.
Esta lámina se repite al principio de cada uno de los libros.
I tom en 4 .° m en or. S i g . A 'J — G 5. E n ia D e d ic . y en lo s ta b la s a l g u n a v e z a . . . a 4

Dsdic. de Dorr.enico Guerra. Alia Serciiissima Douna Durollisa


Duchcssa di Brunsvich ct Luneburg etc.— «Non é cosa piu difíícile
al mondo... y concluye: il compimento de’ Suoi honestissimi desi-
derij.» In Venetia etc...
Esta traducción contiene los 6 tratados que abraza el 1 ." tomo
de la Recopilación de . las Obras del Beato, y aunque todos ellos
forman un solo volumen, cada libro, sin embargo, lleva su porta­
da, paginación, tablas, etc., separados. El i . " libro tiene ii4 p á g s .
420 VIDA D E L B TO . ALONSO DE OROZCO.

Libro Secondo Chiamato Giarüno D' Oralione con un?. Dichiara-


tione del Pater nostsr: tiene 207 págs.— Libro Terzo Chiamato
Monte de Contemplatione, 99 págs.— Libro Quarto Chiamato Mc-
moriale delt Amor Santo, tiene 288 págs.— Libro Quinto Chiama­
to Regola della Vita Lhrisliana, y la Vita di Christo, 129 págs.—
Libro Sesto Chiamato Sponsalitio Spirit-uale, con la Gratitudine
Christiar.a, y la Pussions di Crislu, 77 págs. Siu cuular eu nin­
guno de ellos las tablas que no están paginadas, las cuales ccn la
Dedic. en el 1 ." libro ocupan 8 hojas; en el 3 . “ otras 8: en el j . 5,
5; en si 4.0, 9; en el 5.“, 8; y e n el 6.°, 5.
Pin el libro sexto hay representados diversos pasos ds la pasión
de N . S . J. C . Después de las tabias, yan tes ce empezar cada li­
bro, se ven diversas figuras con incripciones apropiadas, arriba y
abajo, tomadas de la Escritura. En la página antes dsl libro 1.°
hay una lámina con instrumentos de cuerda por el suelo y un Rey
ó Sacerdote, ó ambas cusas i la vez, de rodillas y coronado. En c
II están dibujados uno que está de rodillas y profundamente incli­
nado, y otro de pie sobre la gradilla del altar, mirando á lo alto.
Ccm o el jardín de oración tiene tres partes, al principio de cada
una se figura á Jesús, que en la 1.* está orando en el huerto, les
apóstoles dormidos y el ángel aparece, no con el cáliz, sino con una
gran cruz; esta figura se repite idéntica en la 2.* parte; en la del
-;.0 ya no está el ángel, sino que Jesús sale al encuentro de les
Apóstoles. En el libro III hay un solitario. En el IV represéntase á
Jesús crucificado entre les ladrones, el pueblo, y un soldado abrién­
dole el costado con la lanza. Antes del V venee dos hombres sen­
tados fin ademán de enseñar p.l uno al otro, y finalmente en