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Bitácora Marxista-Leninista

La deserción de Vincent Gouysse al


socialimperialismo chino; Un ejemplo de cómo
la potencia de moda crea ilusiones entre las
mentes débiles

1 de junio de 2020

Equipo de Bitácora (M-L)


EDITORES

Equipo de Redacción:
Equipo de Bitácora Marxista-Leninista

Editado el 1 de junio de 2020


Reeditado el 4 de agosto de 2022

La presente edición, sin ánimo de lucro, no tiene más que un objetivo,


promover la comprensión de los fundamentos elementales del marxismo-
leninismo como fuente de las más avanzadas teorías de emancipación
proletaria:

«Henos aquí, construyendo los pilares de lo que ha de venir».


Contenido

Equipo de Bitácora (M-L) --------------------------------------------------------------- 1

Vincent Gouysse y su deserción al campo imperialista ------------------------------ 1

Preámbulo -------------------------------------------------------------------------------- 1

La burguesía contemporánea no necesita del colonialismo del siglo XIX para


imponer su dominio o ser agresiva ---------------------------------------------------- 3

¿Lucha de clases o lucha entre «proteccionismo» y «librecambismo»? --------- 17

¿A estas alturas con la cantinela de las «fuerzas productivas»? ------------------ 30

Debemos apoyar a China porque «pone en entredicho la política occidental»,


¿dónde hemos oído esto antes? ------------------------------------------------------ 44

¿Qué es eso de que China es un «imperialismo pacífico»? ------------------------55

¿Puede ser «el apoyo de los pueblos» un país que viola el derecho de
autodeterminación en su casa? -------------------------------------------------------- 71

¿Qué pasa con aquellos cuya política no pasa por posicionarse a favor de ningún
bloque imperialista? ------------------------------------------------------------------- 95

Un breve ejemplo de las ilusiones del señor Gouysse sobre la naturaleza y


políticas de los dirigentes de Pekín --------------------------------------------------114

Vincent Gouysse se suma al coro de conspiranoicos respecto al COVID-19 ---- 131

Notas fonales sobre la cuesta abajo y sin freno del señor Gouysse ------------- 134
Equipo de Bitácora (M-L)
Vincent Gouysse y su deserción al campo imperialista

Preámbulo

¿Por qué rescatar esta polémica tardía contra las posiciones de Vincent Gouysse,
antaño un aliado nuestro? El motivo de lo puede imaginar el lector: a) es el deber
de todo revolucionario combatir las distorsiones en torno al imperialismo y su
carácter; b) porque una vez más consideramos necesario clarificar que las
aportaciones científicas de un individuo no le eximen de sus equivocaciones o
traiciones futuras, en este caso la conversión en un propagandista de la China de
Xi Jinping; c) dado que no comulgamos con las especulaciones y las teorías
conspiranoicas que también ha hecho gala últimamente este caballero; d) porque
su método se ha alejado del priorizar la inversión de tiempo en temas tanto
históricos como presentes que necesitan ser alumbrados, deslizándose por
banalidades y fruslerías varias; e) ya que, una vez más el sujeto criticado es solo
un pretexto para una crítica general a todos aquellos que mantienen posturas
similares.

Desde este medio hemos sido los pioneros en traducir y distribuir al lector
hispanohablante los magníficos análisis que en su momento produjo el señor
Gouysse, el cual nos venía brindando importantes, datos, pruebas y análisis
décadas atrás. El número de obras o capítulos que hemos difundido es numeroso,
por lo cual no somos sospechosos de tener ninguna inquina personal hacia él:

Véase la obra de Vincent Gouysse: «Comprender las divergencias sino-


albanesas» (2004).

Véase el capítulo de Vincent Gouysse: «La lucha contra el «estalinismo»: pretexto


para atacar los fundamentos del marxismo-leninismo» (2005).

Véase el capítulo de Vincent Gouysse: «El socialismo de características china:


¿socialismo o nacionalismo burgués?» (2007).

Véase el capítulo de Vincent Gouysse: «El socialimperialismo soviético: génesis y


colapso» (2017).

Salvo algunas anotaciones pertinentes que se le deben hacer a estos documentos


−que denotaban que no había llegado hasta el final en sus investigaciones o que
simplemente a veces había sentenciado de forma precipitada−, la mayoría de sus
conclusiones eran totalmente acordes a la realidad, a nuestra propia línea
política. Ahora, de un tiempo a esta parte, hemos venido observado múltiples
desviaciones ideológicas en el autor galo que pasaban ya de castaño oscuro. Y
bien, ¿qué divergencias aparecieron entre nosotros y el señor Gouysse? Para

1
empezar, a priori su literatura siempre se había caracterizado por una implacable
exposición del revisionismo en general y del imperialismo chino en particular, el
mismo con el cual hoy ha acabado reconciliándose, algo que supone una
diferencia insalvable, pero que no es la única, como iremos desgranando.

Nosotros, en cuanto tuvimos noticias de sus últimos artículos a mediados del año
2020 −pues la barrera idiomática y otros proyectos no siempre nos ha permitido
abarcar su obra al completo− decidimos tomar cartas en el asunto y, a diferencia
de los mercachifles políticos −que condicionan sus simpatías o alianzas a una
política de falsas sonrisas y silencio si el interés así lo dicta−, nos lanzamos
rápidamente a dar réplica tanto pública como privadamente a sus nuevas tesis
geopolíticas.

Antes de seguir, hemos de entender que los desatinos en los análisis o las
divergencias en las conclusiones son fenómenos totalmente normales que se
producen −y se seguirán produciendo−, entre individuos afines, esa no es el
motivo de nuestra ruptura. ¿Por qué afirmamos esto? Siendo honestos, las
cuestiones que deparan el futuro, así como la delicadeza de las pasadas y
presentes, hacen que el sujeto, que siempre debe ser investigador y crítico, tenga
ante sí un mundo vasto y dinámico que abarcar, lo cual chocará con otros
compañeros que no tienen las mismas inquietudes, habilidades conocimientos e
incluso reglas metodológicas para abordar los fenómenos. Ante estas
contradicciones no queda otra que mantener una buena comunicación y
coordinación recíproca para poder «limar asperezas» y llegar a buen puerto con
tus homólogos, nunca actuar de forma individualista y sentenciar a su libre
albedrio en contra de todos y todo.

En este caso, nuestras relaciones con Vincent Gouysse llevaban años estancadas
a razón de su falta de comunicación hasta que, recientemente, decidió retomarla
en un momento en que su línea había virado sensiblemente −incurriendo en
desviaciones similares a las que hemos documentado en este medio−. Cuando a
su vez este se negó a argumentar tal cambio, el «intercambio de impresiones» que
estábamos manteniendo no tuvo más sentido y ya las relaciones no quedaron en
un impasse de indiferencia sino en una ruptura total. Y esto no puede ser de otra
forma: nosotros tratamos cordialmente y amistosamente a colación de cómo se
comporten tanto con nosotros y nuestros principios, si esto no se cumple, nuestra
forma de operar hacia ellos debe cambiar sustancialmente so pena de
contaminarnos nosotros mismos, pues no deseamos hundirnos en el pantano de
la formalidad y la charlatanería.

Por último, aclarar que el orden de este documento ha sido reformulado para
mayor comprensión del lector, así como estableciendo un orden de prioridad
temática. La obra, en su integridad, toma como base los trabajadores de Vincent
Gouysse, nuestros debates públicos con él, así como partes de nuestras obras

2
anteriores en lo relativo a China con una serie de datos actualizados. Sin más
dilaciones les dejamos con la obra.

La única razón de que algunos capítulos salieron en ese mismo 2020 −antes de
que la obra entera estuviera terminada− y otros en 2022 reside en que, como ya
hemos dicho, por cuestión lógico hemos priorizado terminar otros documentos
más apremiantes. Precisamente, la cantidad de proyectos que deseamos abordar
−entre ellos este tipo de obras ilustrativas− combinado a la falta de brazos para
asumir todo tipo de tareas que a veces requieren, es una de las razones por la que
instamos a nuestros lectores y simpatizantes a que tomen contacto con nosotros,
que se pongan a prueba y se pongan manos a la obra para participar en nuestro
trabajo colectivo.

La burguesía contemporánea no necesita del colonialismo del siglo


XIX para imponer su dominio o ser agresiva

«En general, la palabra «materialista» sirve, en Alemania, a muchos escritores


jóvenes como una simple frase para clasificar sin necesidad de más estudio todo
lo habido y por haber; se pega esta etiqueta y se cree poder dar el asunto por
concluido. Pero nuestra concepción de la historia es, sobre todo, una guía para
el estudio y no una palanca para levantar construcciones a la manera del
hegelianismo. Hay que estudiar de nuevo toda la historia, investigar en detalle
las condiciones de vida de las diversas formaciones sociales, antes de ponerse a
derivar de ellas las ideas políticas, del derecho privado, estéticas, filosóficas,
religiosas, etc., que a ellas corresponden. (…) Hay demasiados alemanes jóvenes
a quienes las frases sobre el materialismo histórico −todo puede ser convertido
en frase− sólo les sirven para erigir a toda prisa un sistema con sus
conocimientos históricos, relativamente escasos −pues la historia económica
está todavía en mantillas−, y pavonearse luego, muy ufanos de su hazaña».
(Friedrich Engels; Carta a Konrad Schmidt, 5 de agosto de 1880)

Estas palabras de Engels siguen vigentes a día de hoy, pues no son pocos los que
utilizan arbitrariamente términos como «imperialismo», «antiimperialismo»,
«capitalismo», «socialismo», «colonialismo» o «neocolonialismo»… sin
comprender su significado en lo más mínimo, sin investigar o corroborar aquella
«teoría» que les ha proporcionado un tercero, reproduciendo palabras que
apenas logran sobreentender cual papagayo. ¿Qué tiene esto de «marxista»?
Nada. Si recordamos una famosa obra de Gorki: «La madre» (1906), que otro
autor, Bertolt Brecht, recogió y adaptó magníficamente, esta postura está a años
luz de estar cercana a un espíritu marxista, el cual siempre exige un examen de lo
propio y lo ajeno:

«¡No temas preguntar las cosas, camarada! No te dejes influenciar, averigua tú


mismo. Lo que no sabes por cuenta propia no lo sabes. Revisa la cuenta. Eres tú

3
el que la paga. Pon el dedo sobre cada cifra. Pregunta: ¿Cómo se llegó hasta
aquí? Prepárate para gobernar». (Bertolt Bretch; Elogio del estudio, 1932)

Lenin no edificó su teoría del imperialismo sobre una lectura superficial de Marx
y Engels. Además de estudiar sus obras en suma profundidad, también hizo un
gran trabajo de recopilación de información que filtraría críticamente para poder
llegar a sus certeras conclusiones. ¿Cómo hizo esto último? Consultando los
cientos de noticias y libros de expertos, periodistas, economistas y analistas que
estudiaron los fenómenos del monopolismo, el colonialismo y demás −véase sus
«Cuadernos sobre el imperialismo» (1914-16)−. Fue así, y no de otra forma, que
Lenin pudo plasmar luego sus excelentes conclusiones, tan rigurosas y precisas
en «Imperialismo, fase superior del capitalismo» (1916). En una de sus
anotaciones se leía:

«Métodos de explotación colonial: designación de funcionarios de la nación


dominante; apropiación de la tierra por los magnates de la nación dominante;
altos impuestos». (Dr. Sigmund Schilder; Tendencias del desarrollo de la
economía, 1912)

Hoy, sorprendentemente, Vincent Gouysse asegura que esto sigue vigente:

«Es un hecho que para Occidente el colonialismo es la regla, y sin él, la esfera de
influencia occidental se habría dislocado desde hace tiempo». (Vincent Gouysse;
Facebook, 6 de noviembre de 2020)

En cambio, hace no mucho, declaraba todo lo contrario, riéndose de los cazurros


que no comprendían los cambios operados desde principios del siglo XX:

«En tiempos de Lenin, la burguesía utilizaba el colonialismo como forma


principal de su dominación sobre los países dependientes. [Más tarde] se vieron
obligados a sustituir las formas coloniales de dominación imperialista, por las
formas semicoloniales que tienen la ventaja de otorgar una independencia
política formal». (Vincent Gouysse; Imperialismo y antiimperialismo, 2007)

Para empezar, como ya dijimos en una ocasión en referencia al economista


venezolano Manuel Shuterland, cualquiera que se considere una persona seria y
rigurosa debería dejar de utilizar el término «colonialismo» de forma
indiscriminada so pena de hacer el ridículo:

«Queda claro que una colonia es un territorio donde un país imperialista se


establece y en el cual se gobierna desde la zona de origen −la metrópoli−.
Ampliemos esta definición desde un punto de vista marxista. ¿Cómo podemos
saber si, en la etapa del capitalismo, un territorio es una colonia? a) Debemos
analizar la actividad económica del territorio, eso sin duda, pero limitar el
análisis a la actividad económica es reduccionista, metafísico; en cuanto no hay

4
que mirar solamente la actividad económica y buscar un territorio atrasado y
eminentemente agrario, si concluyésemos que se puede identificar como una
colonia «aquel territorio que tiene un desnivel económico respecto a la media
nacional del país imperialista», caeríamos, a causa de nuestra holgazanería, en
un error, pues si bien este requisito está presente en la mayoría de casos −como
veremos−, existen excepciones, como las zonas colonizadas que han sido
paulatinamente transformadas en zonas financieras o de servicios para el
sector hostelero o turístico. b) Debemos analizar el tipo de legislación existente,
si existe un estatus especial, como el cacareado −«status de ultramar», como
dice la RAE−, si esto existe es porque, seguramente, se trata de un territorio
colonial que la burguesía imperialista pretende camuflar bajo distintas trampas
y apariencias legislativas. c) Si aún así no hallamos muestra alguna, debemos
comprender si existió una invasión militar o la unión fue pacífica y voluntaria
y, en caso de haber sido tomado por la fuerza, si existía alguna relación étnico-
religiosa entre el territorio anexionado y el país imperialista, o si simplemente
se anexionó por cuestiones económicas, de ampliación territorial o en busca de
un enclave militar estratégico. No son iguales las anexiones entre vecinos donde
el ejército conquistador cuenta en el territorio anexionado con ciudadanos
mayoritariamente de su misma nacionalidad −aunque a veces tampoco implica
una simpatía hacia la unión− como ocurrió en las guerras sobre Alsacia y
Lorena entre Francia y Alemania; a las expediciones a zonas exóticas donde no
hay parentesco alguno entre colonizadores y colonizados −como la colonización
europea del Caribe−. En las primeras, el imperialismo ciertamente puede alegar
que es una cuestión de «orgullo nacional», un territorio antaño perdido frente
a un rival, una «cruzada para salvar a los vecinos de igual nacionalidad o
religión» y demás excusas imperialistas que mezcladas con ideas chovinistas y
místicas pueden hacer pasar fácilmente entre sus compatriotas. En el segundo
caso, al imperialismo le es mucho más difícil y comprometido justificar la
guerra e invasión −por el repudio generalizado a las prácticas colonialistas,
especialmente en la actualidad−. En los territorios actualmente colonizados se
intenta acallar a la población de la metrópoli y la colonia propagando que,
después de tanto tiempo, se debe mantener el status por los «vínculos históricos»
entre los dos lugares; vínculo que, si bien es, en parte, muy real, no debemos
olvidar que ha sido engendrado a base de pisotear la política, la economía y la
cultura de la colonia, y que la «similitud» entre las gentes de las dos zonas se ha
creado sobre el militarismo y los colonos que las potencias imperialistas
instalaron forzosamente durante lustros −aunque no son pocos los casos en los
que ni siquiera tras un proceso de colonización han podido superar en número
a los «pobladores indígenas» anteriores a la colonización, no aceptando la
asimilación−. (...) Territorios tipo Cataluña o Flandes nada tienen que ver tanto
por sus características como por su status jurídico con aquellos territorios que
realmente fueron colonizados, aunque sufren, eso sí, en mayor o menor medida
una opresión nacional, pues se han consolidado como naciones que no han sido
asimiladas por el nacionalismo centralista o vecino, intentando dichas

5
burguesías nacionales disputar mayores cuotas de poder dentro del Estado y
ejercer un derecho político de libre manejo económico, militar o expresión
lingüística, un autogobierno que comúnmente no pueden ejercer −o no
completamente−, ya que en las democracias burguesas este derecho de
autodeterminación del grado de integración o separación del Estado es una
excepción y no un hecho común, ni siquiera cuando es un Estado federal, cuya
unión sigue siendo irrevocable». (Equipo de Bitácora (M-L); Las perlas
antileninistas del economista burgués Manuel Shuterland; Una exposición de la
vigencia de las tesis leninista sobre el imperialismo, 2018)

En resumidas cuentas, ¿se puede afirmar seriamente que el viejo sistema colonial
se mantiene a día de hoy? Ni de broma. Ya Enver Hoxha en su famoso libro: «El
imperialismo y la revolución» (1978), obra que el señor Gouysse conoce de arriba
abajo, el estadista albanés explicaba cómo con la «la Segunda Guerra Mundial
produjo un cambio radical en la correlación de fuerzas en el mundo», este no solo
implicó «la destrucción de las grandes potencias fascistas», sino que también
«estremeció los fundamentos y debilitó considerablemente a las viejas potencias
colonialistas», por lo que «obligados por la situación» muchas «se vieron
obligada por las circunstancias creadas a conceder la autonomía a estos pueblos
o prometerles la libertad y la independencia después de un cierto plazo», lo que
no quita que muchos pueblos «tuvieron que empuñar las armas porque los
imperialistas no estaban dispuestos a conceder de inmediato esa «libertad» y esa
«independencia», citando los casos de Francia con Argelia o Vietnam.

¡Vaya! Entonces parece que el señor Gouysse ha estado algo desconectado sobre
lo sucedido durante, al menos, los últimos setenta años, o mejor dicho, ha sufrido
de una desmemoria repentina, porque en 2010 si era consciente de todo esto.
¿Cuál es la diferencia básica entonces entre el colonialismo y el neocolonialismo?

«Las colonias son países privados de la independencia estatal y constituyen la


posesión de los Estados metropolitanos imperialistas. En la era del
imperialismo, también hay varios tipos de países dependientes: semicolonias.
Las semicolonias son países que son formalmente independientes, pero que de
hecho están en dependencia política y económica de los estados imperialistas».
(Partido Comunista de la Unión Soviética; Manual de economía política, 1954)

Este paso gradual de la tendencia colonial a la neocolonial no era accidental:

«Hay que recordar que muchos países que proclamaron su independencia


política no atentaron contra las posiciones del capital extranjero en su economía
conservándose, en muchos casos, el antiguo sistema financiero, manteniéndose
en circulación los billetes de la metrópoli o de los que están relacionados con
ella, y conservándose las divisas de los bancos de los antiguos colonizadores.
Esto sirvió de poderoso apoyo al colonialismo en la aplicación de su nueva
estrategia imperialista. Para la implementación de sus políticas

6
neocolonialistas, las potencias imperialistas recurrieron a tratados militares, el
comercio de armas, el avivamiento de conflictos locales, etc., pero también a sus
emisarios. Aprovechando que la dominación colonial dejó a estos países en un
profundo atraso cultural y que los pocos cuadros que poseían fueron absorbidos
por las metrópolis, acudieron a menudo para organizar la economía en los
países que habían proclamado su independencia política a los «especialistas» y
«expertos» de las potencias imperialistas y socialimperialistas. (…) Una de las
principales formas de explotación neocolonial de los países formalmente
independientes de los antiguos colonizadores es la exportación de capital, a
través de la cual ponen bajo su control total las principales ramas de su
economía, con el objetivo de maximizar sus beneficios, preservar y de perpetuar
su dominación en estos países imponiéndoles un tipo de desarrollo que les
somete todavía más a las metrópolis». (Lulzim Hana; Las deudas exteriores y
los créditos imperialistas, poderosos eslabones de la cadena neocolonialista que
esclavizan a los pueblos, 1987)

Ya explicamos en obras anteriores como la de Shuterland la importancia para los


países imperialistas de la exportación de mercancías –bajo la división del
trabajo– y de la exportación de capital hacia los países más atrasados, así como
su peligrosidad para su independencia económica y política. Aun así, repasemos
algunos conceptos rápidamente:

«Característico del viejo capitalismo, cuando la libre competencia dominaba


indivisa, era la exportación de bienes. Característico del capitalismo moderno,
donde manda el monopolio, es la exportación de capital. El capitalismo es la
producción de mercancías en el grado más elevado de desarrollo, cuando la
propia fuerza de trabajo se convierte en una mercancía. El incremento del
intercambio interior y, particularmente, del internacional es un rasgo
característico del capitalismo. El desarrollo desigual y espasmódico de las
distintas empresas, ramas industriales y países es inevitable bajo el sistema
capitalista». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo fase superior del
capitalismo, 1916)

Y, como sabemos, las dinámicas internas del capitalismo, de cada país, de sus
políticas financieras, etc. dan lugar a toda una gran variedad de destinos para
estas inversiones:

«El caso de Francia es distinto. Sus inversiones en el extranjero van destinadas


principalmente a Europa, a Rusia en primer lugar −10.000 millones de francos
como mínimo−. Se trata sobre todo de capital de préstamo, de empréstitos
públicos, no de inversiones industriales. A diferencia del imperialismo británico,
que es colonial, el imperialismo francés podría ser calificado de usurario.
Alemania representa una tercera variante: sus colonias son irrelevantes y el
capital exportado se reparte a partes iguales entre Europa y América».

7
(Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo fase superior del capitalismo,
1916)

Lenin, además, subrayó que, generalmente, la exportación de capital está


emparejada con acuerdos sobre exportación de mercancías de todo tipo:

«Es muy corriente que entre las cláusulas del empréstito se imponga la
inversión de una parte del mismo en la compra de productos al país acreedor,
particularmente de armas, barcos, etc. Francia ha recurrido muy a menudo a
este procedimiento en las dos últimas décadas (1890-1910). La exportación de
capital pasa a ser un medio de estimular la exportación de mercancías. Las
transacciones que en estos casos se efectúan entre las mayores empresas tienen
un carácter tal, que, según el eufemismo de Schilder, «lindan con el soborno».
(...) Francia, a la par que le concedía empréstitos, «exprimió» a Rusia en el
tratado comercial del 16 de septiembre de 1905, estipulando ciertas concesiones
cuya vigencia alcanza hasta 1917. Hizo lo mismo en el tratado comercial
firmado con Japón el 19 de agosto de 1911. La guerra aduanera entre Austria y
Serbia, que, descontando un intervalo de siete meses, duró de 1906 a 1911, se
debió en parte a la competencia entre Austria y Francia para suministrarle
material bélico a Serbia. En enero de 1912, Paul Deschanel declaró en el
Parlamento que, de 1908 a 1911, las firmas francesas le habían suministrado a
Serbia material bélico por un importe de 45 millones de francos». (Vladimir
Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo fase superior del capitalismo, 1916)

La burguesía invertirá allí donde sus cálculos indiquen que la inversión le será
más rentable −y siempre acorde a sus necesidades−. Es por ello que se producen
inversiones que pueden resultar extrañas para aquellos que desconocen las
dinámicas del capitalismo. Así, hoy observamos que países imperialistas
punteros, como EE.UU., reciben gran parte del capital de otros países de gran
desarrollo. Este fenómeno no es inusual, y ya se daba en época de Lenin. Pero,
¿por qué? Pues porque los EE.UU. constituyen, objetivamente, un destino de bajo
riesgo, siendo que, además, las multinacionales no encuentran grandes
problemas en establecer allí centros productivos, pues el nivel de vida y, en
consecuencia, el salario, son similares a los de los países inversores. Es más,
dependiendo del mercado −como el sector tecnológico− estos países avanzados
suponen la máxima y única garantía real de beneficios en estos campos tan
específicos y modernos.

Estos mismos países imperialistas suelen compatibilizar este tipo de inversiones


con la exportación de capitales hacia países subdesarrollados donde se granjean
el apoyo de los gobiernos locales para que estos protejan sus inversiones y
estimulen leyes de inversión extranjera más flexibles en cuanto a tasas
impositivas, concesiones de terrenos, etc. Gracias a estas relaciones se aseguran
una obtención de materias primas y recursos minerales a un precio impensable
en sus países de origen o en otros países más avanzados económicamente.
8
Tampoco es inusual que las llamadas «potencias emergentes» inviertan tanto en
países subdesarrollados como en paraísos fiscales, obteniendo un enorme
crecimiento económico de esta especulación. Tal es el caso de China y sus
inversiones en Islas Vírgenes. Otro fenómeno usual en la etapa imperialista es la
interdependencia entre potencias imperialistas. Este mismo país, China,
reinvierte parte de sus ganancias en su principal rival, los Estados Unidos, con tal
de asegurarse la estabilidad de una moneda como el yuan que, históricamente,
siempre ha estado por debajo del dólar −que además es, desde hace décadas, la
«moneda mundial» para realizar transacciones internacionales−. Washington, a
su vez, invierte en aquellos sectores de la economía de Pekín que considera
rentables. ¿Por qué invertir en casa del enemigo? El objetivo es doble: poseer un
cierto control sobre la economía del competidor y tener la capacidad de
extorsionarlo cuando sea necesario.

Pero el señor Gouysse ahora niega de la teoría leninista que antes promocionaba
con tesón −aunque, en honor de la verdad, sin comprenderla en profundidad−.
¿Por qué? Parece ser que ha hallado su novísimo y rocambolesco concepto de
«colonialismo» donde se tipifica que en un país la presencia de una base militar
extranjera es como una demostración inequívoca de la existencia de colonialismo:

«[Los EE.UU. se ven obligados a] Pagar los saldos de los mercenarios


colonialistas del imperio atrincheradas en bases militares estadounidenses y
diseminadas por todo el mundo». (Vincent Gouysse; EE.UU. como el campeón
del ultraliberalismo… de repente de convirtió en el campeón mundial del
proteccionismo económico, ¡demasiado tarde!, 2 de mayo de 2020)

¡Qué atrevida es la ignorancia! Imagínense: bajo este pretexto, potencias


imperialistas como España, Japón, Alemania o Italia se convierten, por ciencia
infusa, en «colonias» de EE.UU. –lo cual no significa, claro, negar la influencia
económica y política del país americano sobre estos–. Por esta regla de tres,
Ucrania fue, hasta 2016, una colonia rusa por su base en Sebastopol. ¿Son Siria,
Tayikistán, Bielorrusia, Armenia, Kirguistán, Osetia del Sur o Abjasia también
colonias rusas porque albergan sus bases militares? ¿Acaso cuentan con
representantes rusos que gobiernen allí? ¿Pertenecen a Rusia «de iure»? Es más,
si las formulaciones de economía política del señor Gouysse encerraran una
mínima investigación previa y una pizca de marxismo, seguramente podría
entender el modo en que Rusia influye en estos países, bien con sus finanzas y
acuerdos comerciales, bien mediante la fuerza de las armas. Tiremos un poco más
del hilo y hablemos de otro «caso flagrante del colonialismo ruso»: la base rusa
en Vietnam, la cual no supone –ni es indicador de– control alguno de la política
interna vietnamita. De esta influencia ya se encargan el poderío económico sino-
estadounidense con su comercio e inversiones. Aquí, como en tantas otras
cuestiones donde se consolida como defensor de China, el señor Gouysse se traba
en sus propias especulaciones. ¡Pobre! ¡Qué lamentable forma que acabar
ahogando su prestigio!
9
La distorsión del término «colonia» y la identificación de las intervenciones o las
bases militares como sinónimo absoluto y determinante de «colonialismo», solo
tiene dos orígenes: a) o bien es una reminiscencia de nociones cándidas del viejo
«tercermundismo» de la «izquierda»; b) o peor aún, es un intento consciente de
traficar con la propagande Pekín que plantea burdamente que los EE.UU. son el
único bloque imperialista que hay que combatir, exonerando, así, al resto de
competidores, por mucho que también posean bases militares en territorio
extranjero, financien a terceras fuerzas o ejerzan, en ocasiones, la invasión
militar. No hay que olvidar tampoco −y he aquí lo fundamental en nuestra
época−, como veremos más adelante, que la ocultación de la importancia de la
posesión comercial de los mercados, el control financiero, las agresiones y
chantajes que unos y otros imperialismos practican como fórmula predilecta
antes de desatar una intervención militar directa.

Incluso cuando el señor Gouysse aun no había perdido del todo la cabeza, él ya
dejó indicios de que parecía estar convenciéndose que su destino era promocionar
la palabra de Pekín, sus «métodos alternativos». En 2010 ya anunciaba a los
pueblos que enrolarse en el camino de la estrecha colaboración con China era una
gran idea para sus intereses en comparación con la vía estadounidense:

«Por haber participado en una victoriosa guerra de liberación nacional contra


poderosos países imperialistas y por haber observado durante décadas a las
potencias imperialistas en decadencia buscando salir de los escollos
inextricables en los que se habían atascado −guerras coloniales en Argelia,
Vietnam, en Afganistán−, el imperialismo chino sabe que el uso de métodos
pacíficos semicoloniales es preferible a los de golpes de estado y agresiones
coloniales. En este sentido, el imperialismo chino ciertamente está diciendo la
verdad cuando declara que no lo hace». (Vincent Gouysse; El despertar del
dragón, 2010)

Desconocemos que tendrá que ver el espíritu de la actual dirección china con los
valientes y honestos comunistas que lucharon por liberar a China del imperio
japonés o con aquellos que fueron silenciados por el «Pensamiento Mao Zedong».
En cambio, este «espíritu» de cooperación con el imperialismo tiene más que ver
con el de los jefes maoístas, que arrastraron por el fango aquella lucha
antiimperialista para, en los años 40, trapichear pactos secretos con los EE.UU.
de Roosevelt-Truman y, luego, en los años 70, de Nixon-Ford. Véase la obra: «Las
luchas de los marxista-leninistas contra el maoísmo: el caballo de Troya del
revisionismo» (2016).

Haciendo a un lado los pactos con los imperialistas, que para el señor Gouysse es
una «anécdota histórica», él insiste en que China es un buen aliado para los
pueblos del mundo –o al menos el mejor de los peores– porque no apuesta por el

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colonialismo. Y nosotros nos preguntamos, ¿qué país imperialista ofrece hoy ese
destino para sus víctimas? Prácticamente ninguno. En la actualidad, las potencias
imperialistas optan por el soborno de los gobiernos por medio del
neocolonialismo, abandonando los métodos de dominación coloniales. Entonces,
¿todo esto que trae a colación el señor Gouysse no se parece demasiado a lo que
ya hemos escuchado en otros ideólogos imperialistas en otros momentos?

«Los teóricos burgueses, revisionistas y oportunistas tratan las relaciones


internacionales como un mecánico, heterogéneo conjunto de Estados que
establecen alianzas en base a su desarrollo industrial, a cuestiones geográficas
de vecindad o a intereses momentáneos para establecer alianzas. Este punto de
vista no científico representa la plataforma de la política exterior de los
contrarrevolucionarios y socialimperialistas que desean justificar al
imperialismo y el capitalismo internacional». (Radio Tirana; El criterio de
clase: La única base para una comprensión adecuada y una correcta evaluación
de las relaciones internacionales, 1978)

Esta desviación no sale de la nada. La confusión ideológica de Vincent Gouysse


sobre el término colonia no es nueva, sino que ya estaba presente en sus trabajos
de 2010, lo que ha hecho diez años es abultar su equivocación:

«Hay un elemento de verdad en el discurso de las élites chinas. De hecho, la


burguesía china sabe perfectamente que los métodos coloniales empleados por
los viejos países imperialistas son particularmente riesgosos, peligrosos y
contraproducentes. De hecho, estos métodos son empleados por las potencias
imperialistas en declive como un intento desesperado por revertir un equilibrio
económico de poder que se está volviendo cada vez más desfavorable para
ellos». (Vincent Gouysse; El despertar del dragón, 2010)

El uso militar no es una característica exclusiva de los «países imperialistas en


decadencia» −donde él encaja a las potencias occidentales−, eso es un
mecanicismo de manual: como pierdo terreno uso la violencia. ¡Nos derrite tanto
simplismo! La burguesía calcula mucho más fríamente los pros y contras de una
acción militar; no solo se pregunta si puede vencer en la guerra, también otros
factores: ¿cuánto puede aguantar la economía y la paz social del país en caso de
prolongarse el conflicto? ¿Se podrá controlar a la opinión pública? ¿Qué apoyos
de la comunidad internacional se pueden obtener? ¿Se perderán aliados
internacionales, se sufrirán sanciones de terceros países?

Ahora, ¿son las intervenciones algo característico de los imperios en decadencia?


No cabe imaginar cosa más absurda. Las intervenciones militares de EE.UU. han
sido frecuentes en todas sus etapas: a) bien en su nacimiento y primeros pasos
como potencia regional −durante inicios del siglo XIX−, aun muy lejos todavía de
ser potencia mundial; b) como poco después de obtener esta posición. Incluso

11
cuando daba ya primacía a los métodos neocoloniales de dominación y se alzó
como potencia imperialista mundial −en el siglo XX−, siguió manteniendo las
posesiones coloniales y ha continuado con intervenciones militares selectivas a
mayor o menor escala −Panamá, Libia, Yugoslavia, Irak y tantos otros casos bien
conocidos−. ¿Y qué hay de la URSS? En época de Jruschov y Brézhnev el gobierno
soviético hizo uso de la intervención militar tanto en Hungría (1956),
Checoslovaquia (1968), como Afganistán (1979); todo esto si obviamos el uso de
mercenarios o gobiernos títere en conflictos como el de Etiopía, Somalia, Angola,
Vietnam, Egipto, y otros... en periodos tanto de decadencia como de esplendor
del socialimperialismo soviético. ¿Pero cómo era el refrán? «Cuando un tonto
coge un camino el camino se acaba y el tonto sigue»:

«La lucha contra el colonialismo [del campo de EE.UU.] es el prerrequisito para


demostrar a los pueblos del mundo que no es suficiente, puede ocultar relaciones
de explotación pacífica [del campo de China]». (Vincent Gouysse; Facebook, 25
de octubre de 2020)

Insistimos, EE.UU., Rusia y China no dominan Venezuela de forma «colonial»,


sino neocolonial: independencia estatal, pero dependencia político-económica.
Esto se comprueba con una ojeada rápida a sus datos internos, esos que el
chavismo siempre trata de ocultar para mantener su imagen de país
«antiimperialista». Véase el capítulo: «Las causas reales de la permanente crisis
político-económica venezolana» (2018).

Esto ya ocurría en el siglo XIX y XX, cuando EE.UU. y las potencias europeas
dominaban la economía venezolana y, por ende, su política, pese a mantener una
independencia estatal:

«La mayor parte de los países de América Latina, a diferencia de los países
africanos y asiáticos, se proclamaron estados independientes mucho más
temprano, a partir de la primera mitad del siglo XIX, como resultado de las
guerras de liberación de sus pueblos en contra de los colonizadores españoles y
portugueses. Estos países habrían avanzado mucho más si no hubieran caído,
inmediatamente después de la supresión del yugo colonial español y portugués,
bajo otro yugo, semicolonial, del capital extranjero, inglés, francés, alemán,
norteamericano, etc. (...) La penetración económica de los Estados Unidos de
América en este hemisferio se llevó a cabo tanto a través de la fuerza militar y
del chantaje político, como de la diplomacia del dólar, por medio del garrote y
la zanahoria». (Enver Hoxha; Imperialismo y revolución, 1978)

Desde su nacimiento en 1776 los EE.UU. han mantenido una política


expansionista típicamente colonial hacia zonas colindantes: como el Medio
Oeste, el Norte de México, Puerto Rico, Hawái, así como en otras islas del
Pacífico. Esto ha significado invasiones, gran presencia militar permanente y

12
envío de colonos estadounidenses para realizar un equilibrio étnico de forma
progresiva. Actualmente, en muchas de esas zonas los colonos hace tiempo que
son ya la mayoría de la ciudadanía y también gran parte de los indígenas han
acabado aceptado la soberanía estadounidense tras siglos de dominación y
aculturación. Esto es de dominio público. Dicho esto, a día de hoy la forma de
dominación principal del imperialismo estadounidense hacia el resto de pueblos
se basa en el archiconocido neocolonialismo, que es una característica común del
capitalismo moderno. Es más, en muchos de los países de su órbita de influencia
los EE.UU. ni siquiera necesitan de una presencia militar de baja intensidad −con
bases militares−, algo que no excluye, por supuesto, que esta potencia domine
gran parte de las ramas económicas de esos países «aliados» y que las decisiones
políticas más trascendentes de la nación «tomen en cuenta» los intereses de
Washington.

La extensión de bases militares estadounidenses por todo el mundo no certifica


otra cosa salvo que el «nuevo colonialismo» −neocolonialismo o también llamado
semicolonialismo− no implica como en el viejo colonialismo la ocupación
permanente de todos los puntos importantes de la colonia, ni la pertenencia de
iure de ese territorio a la metrópoli. Muy al contrario, la dominación económica
se ejerce a través del comercio de mercancías y la inversión de capitales, algo que
siempre puede ser conjugado con el emplazamiento de un pequeño contingente
militar, puesto que este hace más efectiva la amenaza de agresión militar y facilita
la «reconsideración» de las demandas tanto del país neocolonizado como de los
colindantes. Esto, claro está, siempre que la presencia militar no obedezca a los
intereses de la burguesía local, siempre capaz de traficar con la soberanía del país
a cambio de un apoyo militar que le permita ponerse por encima de sus vecinos y
competidores. A su vez toda potencia moderna desea tener desplegados por todo
el mundo, especialmente en las «zonas calientes» sus efectivos, como medida
disuasoria para los gobiernos desafectos de la zona, para garantizar la protección
de sus aliados, derrocar gobiernos y también por meros motivos logísticos de
ganar tiempo en caso de cualquier conflicto alejado de sus fronteras naturales.
¿Tan complejo es de comprender todo esto?

Así, pues, si las campañas internacionales de desprestigio, las subidas de los


aranceles, los aumentos del interés de los créditos o la propia amenaza de
intervención militar directa no son medidas suficientemente disuasorias para
doblegar a los gobiernos −algo que suele funcionar−, las potencias imperialistas
pasan a explorar otras opciones: a) ocupar el territorio del país que se resiste; b)
instigar a un país vecino a que le ataque; c) enviar mercenarios que desestabilicen
la región; d) financiar y convencer a la oposición local a alzarse en armas −y
podríamos seguir con todas las letras del abecedario−. Tras la guerra desatada
−de baja o alta intensidad− el país imperialista exigirá una compensación por su
rebelión. Será entonces cuando este país acosado negociará y firmará en
detrimento de su propia soberanía nuevos acuerdos comerciales desfavorables,

13
una regulación de la presencia de tropas extranjeras en su territorio, una
concesión de sus recursos naturales a las empresas extranjeras o, en definitiva, lo
que necesite el imperialismo en ese momento.

Es del todo estúpido creer que una potencia que ha sido colonialista no puede
virar hasta consolidar el neocolonialismo como modelo de dominación −cuando
esta es la tendencia por la que han pasado todas las viejas potencias imperialistas
de Europa −, siendo el imperialismo británico del siglo XIX y su mutación en el
siguiente el caso más paradigmático. Dicho lo cual, igual de necio es creer que los
países que se adecuan al neocolonialismo dejan de ser agresivos y militaristas;
obsérvese cómo antiguos imperialismos coloniales, como Francia, Gran Bretaña,
Bélgica, los Países Bajos, España o Italia −que apenas conservan ya colonias− no
han dejado de participar en intervenciones militares, o las han provocado
manipulando a terceros. Véase la obra: «Breves apuntes sobre Siria y la
intervención imperialista» (2015).

La influencia o dominación que China ejerce sobre terceros países también es en


su aplastante mayoría «neocolonial» −en América, África e incluso en los países
que el señor Gouysse llama «imperialistas en decadencia» de Europa−, nada de
esto tiene que ver con el viejo «colonialismo». Ello no implica que Pekín rehúse
totalmente de participar en aventuras militares o contratando mercenarios
−Angola, Afganistán o Sudán−, ni que en el control de sus «territorios
autónomos» rehúse contra las «regiones rebeldes» del mantenimiento de bases
militares, el uso de la fuerza militar o la ocupación masiva cuando se tercie −como
en el Tíbet o Hong Kong−. Esta potencia asiática capitalista tampoco descarta
utilizar las advertencias y chantajes militares hacia otros países cuando la
situación lo requiere −como ha ocurrido con Vietnam, India, Mongolia, Japón,
etcétera−. Todo esto era algo que el señor Gouysse antes comprendía, al menos a
grandes rasgos:

«Si durante las primeras décadas −que marcaron el nacimiento y el desarrollo


del sistema colonial del imperialismo−, el colonialismo −esclavización
económica mantenida por el yugo militar− fue necesario para desarrollar las
relaciones de producción burguesas en las colonias y encadenarlas a las
metrópolis imperialistas, una vez desarrolladas éstas, el colonialismo ya no es
absolutamente necesario para mantener la dependencia de los países incluidos
en la esfera de influencia del imperialismo. Evidentemente, esto no quiere decir,
como los kautskistas, los jruschovistas y los defensores camuflados del
imperialismo afirman, que el imperialismo ha renunciado −o quiere renunciar−
definitivamente a la agresión militar y, por tanto, a la forma colonial. ¡Afirmar
eso sería semejante a afirmar que la burguesía de los Estados democrático-
burgueses jamás buscará, en periodos de crisis, sustituir las formas
democrático-burguesas de gobierno por los métodos fascistas de gobierno!
Afirmar esto sería, pues, aprobar −o, al menos, seguir el discurso− de los

14
servidores de la política colonial del imperialismo sobre la injerencia
«humanitaria» y «democrática» de las potencias imperialistas, y dar el
completo consentimiento a la política neocolonial del imperialismo. (...) ¿Qué
dicen los imperialistas cuando los pueblos oprimidos y los «marxista-
leninistas» acantonan su lucha «antiimperialista» en la lucha anticolonial,
«contra las agresiones militares del imperialismo» y «por el fortalecimiento de
la igualdad, de la democracia y de la cooperación entre los pueblos»? También
aplauden murmurando: «¡Combatan, combatan todo lo que quieran por esto,
porque a medida que habláis sólo de los «malos líderes» de la burguesía
nacional de los países dependientes que se someten por la fuerza porque no nos
obedecen a dedo, mientras tanto seguimos operando «pacífica y
democráticamente» en la gran mayoría de países de la población mundial!
¡Continúen, pues, propagando en su deseo de ser explotados pacíficamente, esto
nos será útil para debilitar la voluntad de los que quieren libertad del yugo del
capital extranjero!». (Vincent Gouysse; Imperialismo y antiimperialismo,
2007)

Pero incluso en esta época, donde blandía el escudo antiimperialista, ya


detectamos en sus formulaciones ciertas incoherencias:

«¿Pero es que acaso Marx y Lenin redujeron el capitalismo a la violencia del


aparato del Estado militar-policiaco burgués, o bien demostraron que este
aparato del Estado militar-policiaco servía a la burguesía para garantizar la
continuidad a su sistema de explotación durante los periodos de crisis? ¿No
debemos bajo nuestro título, de marxista-leninistas, denunciar los métodos
coloniales como métodos que son completamente complementarios a los
métodos semicoloniales tan pronto como éstos se vuelven insuficientes para
mantener el yugo «pacífico» de la explotación? ¿No estamos en derecho de
afirmar que el colonialismo está en el neocolonialismo, lo que el fascismo está
en la democracia-burguesa? ¡Sin duda alguna estamos en nuestro derecho!».
(Vincent Gouysse; Imperialismo y antiimperialismo, 2007)

Este párrafo daba a entender que las intervenciones militares son propias de
«imperialismos coloniales», mientras que los «imperialistas neocoloniales»
llevan a cabo una «dominación pacífica». Lo cierto es que, en la etapa moderna
del capitalismo, y exceptuando algunas rarezas, los países dominan
principalmente a través del neocolonialismo, y este siempre irá de la mano del
chantaje y la agresión militar, sea directa, sea a través de terceros, siempre en
función de lo que la burguesía estime más provechoso. Empero, el señor Gouysse
opina que la agresión militar es inherente únicamente al colonialismo, no al
neocolonialismo. Así, cuando un país ejerce una agresión militar piensa que está
retornando al colonialismo, ejerciéndolo, una confusión similar a la de aquellos
que creen que la represión a la clase obrera es sinónimo de fascismo, cuando lo
cierto es que la represión es inherente también al régimen democrático-burgués.

15
A esto se le llama atrofiar la dialéctica. ¿Se da cuenta el lector de este lamentable
error y lo que implica? El pensamiento metafísico de esta comparativa que
presenta colonialismo=fascismo y violencia; versus neocolonialismo=
democracia burguesa y pacifismo, es simplemente estúpida. ¿Acaso no reprime
la democracia burguesa a sus ciudadanos, no se aventura a guerras externas?
¿Acaso todo país fascista tiene que estar inmerso en múltiples guerras contra sus
vecinos para certificar su carácter reaccionario, no puede tener tampoco periodos
internos más calmados en cuanto a represión interna?

El señor Gouysse cae en la equivocación constante de hablarnos de «lucha


anticolonial» como una de las tareas apremiantes. Actualmente no estamos ante
la era de las «revoluciones anticoloniales», este requisito no se da salvo en
contadas zonas, como pueden ser las colonias que aún mantienen los ya
mencionados EE.UU., Gran Bretaña, Francia o España, aunque en gran parte de
los territorios su población se considera ya parte de la nación de la «metrópoli»,
como ocurrió con Nueva Caledonia −que, en 2018, votó a favor de seguir
formando parte de Francia−, y como seguramente ocurriría en el caso de Ceuta y
Melilla. Sea como sea, sabemos que no siempre es así y que el imperialismo
normalmente se niega a dar la voz a los implicados. Véase nuestro capítulo:
«Apuntes sobre las distorsiones que se albergan a la hora de abordar el tema de
las colonias en la actualidad» (2018=.

Apoyar a China porque es el abanderado de la política «anticolonial» es una


broma. De nuevo, no vivimos en la época del colonialismo del siglo XIX y
mediados del XX. Además, estamos hablando de China, una potencia que se ha
mostrado tanto o más rapaz que sus competidores en los últimos conflictos. Tan
solo la forma en que explota los recursos naturales e impone condiciones
laborales infrahumanas deberían ser buenas muestras de realidad para aquellos
que desean presentarla como el modelo a seguir para el resto de los pueblos. Por
no hablar de su política chovinista respecto a la cuestión nacional de su Estado.
Véase el capítulo: «¿Puede ser «el apoyo de los pueblos» un país que viola el
derecho de autodeterminación en su casa?» (2021).

A través de estas falsedades se pretende concluir que uno u otro imperialismo


puede ser «objetivamente» el sostén del progreso los pueblos, algo totalmente
necio, pues sería como decir que los EE.UU. constituyeron un imperialismo
«progresista» en 1945 por arrebatarle el estatus de potencia del mundo capitalista
al imperialismo británico, cuyos mercados viraban rápidamente hacia la órbita
estadounidense. Si desposeer a un viejo imperialismo de sus colonias para
establecerse como imperialismo neocolonial es «progresismo» sustituir la
ejecución sumaria por la tortura prolongada debe ser «piadoso». Afirmar algo así
supone ignorar la historia de depredación de los EE.UU. frente a otros pueblos.
Pero, como decimos, cada vez es más frecuente considerar un cambio de amo un
«progreso». Aplaudir el cambio de una potencia colonial por otra de corte

16
neocolonial es, además de un consuelo de tontos, browderismo puro y duro, como
luego bien tendremos la oportunidad de contemplar. Pero resulta que a eso se
dedica hoy el señor Gouysse, a destacar las supuestas bondades de un
imperialismo frente a otro que, encima, son falsas, pues ni China es pacífica y
librecambista pura, ni, en líneas generales, un país menos reaccionario que sus
competidores −quienes, para más inri, tampoco utilizan el colonialismo como
método de dominación imperialista−. ¿Qué le queda al señor Gouysse para
sostener su discurso quijotesco? La fe del subjetivista.

¿Lucha de clases o lucha entre «proteccionismo» y


«librecambismo»?

«Cuanto más rápido es el desarrollo del comercio y del capitalismo, más se


concentran la producción y el capital, concentración que genera el monopolio.
¡Los monopolios han surgido ya y precisamente han surgido de la libre
competencia! Aun en el caso de que los monopolios empezasen a frenar su
desarrollo, esto no sería, a pesar de todo, un argumento en favor de la libre
competencia, la cual es imposible después de que ella misma ya haya dado lugar
a los monopolios. Se miren por donde se miren, en los argumentos de Kautsky
sólo se encontrarán un espíritu reaccionario y reformismo burgués». (Vladimir
Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo fase superior del capitalismo, 1916)

El ridículo pretexto para este giro prochino de Vincent Gouysse se basa en que,
según él:

«Cuando digo que la política anticolonialista de China es un progreso histórico,


es porque China lucha contra el proteccionismo reaccionario occidental. Marx
dijo en su momento que era enemigo del libre comercio, pero que no era amigo
del proteccionismo, ya que éste limitaba habitualmente a la reacción, mientras
que el libre comercio tenía por efecto empujar las contradicciones internas del
capitalismo a su paroxismo, apresurando así la revolución social. Sólo en este
sentido, revolucionario, voto a favor del libre comercio», concluía Marx. El
bloque imperialista impulsado por China encarna el libre comercio, y el bloque
imperialista occidental, el proteccionismo más reaccionario −colonialismo−».
(Vincent Gouysse; Facebook, 25 de octubre de 2020)

Lo primero que salta a la vista es esa incomprensión semianarquista de la


dialéctica que ya nos resulta tan familiar. Se piensa en agudización de las
contradicciones, pero en términos abstractos. Da igual que la ofensiva sea del
capital o del proletariado. Si algunos dirigentes comunistas, como Ernst
Thälmann, falseaban la dialéctica en este sentido, proclamando que la llegada de
Hitler al poder agudizaría las contradicciones, agilizaría la toma de conciencia del
proletariado y, por ende, la revolución, el señor Gouysse en un tono similar nos
dice hoy que hay que defender el libre comercio porque estimulará la crisis entre
los países capitalistas, la lucha de clases y, con ella, apresurará la revolución.
17
¡Claro como el agua! Siguiendo este pensamiento mecánico, la Reforma laboral
de 2012, que flexibilizó el despido libre, o la Ley de Seguridad Ciudadana de 2015,
que reducía la libertad de expresión, serían «combustible» para la indignación
popular y, en consecuencia, nuestra tarea como comunistas debería ser
permitirlas, callar. ¿No, señor Gouysse? Quizás no ha pensado que una dinámica
capitalista el crecimiento de unos países se da en detrimento de otros: en los
primeros se dará −posiblemente− un incremento en la calidad de vida y mayores
cuantías para sobornar a la aristocracia obrera; en los segundos, en plena
depresión económica, la indignación no podrá ser recogida y canalizada por los
revolucionarios mientras no estén organizados y tengan un plan de ruta
clarividente. En resumidas, cuentas, esto solo es una pobre y pálida comprensión
de cómo acumular fuerzas, pero ya analizaremos este fatalismo en el siguiente
capítulo.

En cuanto a la supuesta oposición entre «librecambio progresista y


proteccionismo reaccionario» es otra excusa muy pobre. Pero ya que se saca el
tema, ¿qué demuestra la historia? Que toda burguesía, dependiendo de la fase de
desarrollo en la que se encuentra, es «proteccionista», «librecambista» ¡o incluso
ambas a la vez! ¿De qué depende esa gradualidad? Cuando la burguesía tiene
suficiente fuerza como para alcanzar su ambicioso proyecto establece el
proteccionismo para consolidar su industria y mercado –algo que siempre causa,
quiérase o no, antipatías y sanciones internacionales–. No obstante, a veces por
debilidad, se ve abocada a mantener cierto proteccionismo a la vez que solicita la
«ayuda extranjera» –China en Asia con el capital estadounidense y occidental,
Brasil en América, de nuevo, con los propios Estados Unidos, etc–.

¿Qué es el proteccionismo? Según lo define la RAE: «1. m. Econ. Política


económica que dificulta la entrada en un país de productos extranjeros que
compiten con los nacionales». En las postrimerías de la Edad Moderna el
proteccionismo fue una política inherente a los nuevos Estados que, en palabras
de Marx:

«El sistema proteccionista era un medio artificial de fabricar fabricantes, de


expropiar trabajadores independientes, de capitalizar los medios de producción
y de subsistencia nacionales, de abreviar por la violencia la transición entre el
modo de producción antiguo y el moderno». (Karl Marx; El capital, 1867)

Engels añadió años después:

«Tal fue la protección en su origen en el siglo XVII, tal permaneció hasta bien
entrado el siglo XIX. Entonces se consideró que era la política normal de todos
los Estados civilizados de Europa occidental. Las únicas excepciones fueron los
Estados más pequeños de Alemania y Suiza, no por aversión al sistema, sino por
la imposibilidad de aplicarlo a territorios tan pequeños». (Friedrich Engels;

18
Sobre la cuestión del libre comercio, Prefacio para el folleto de la edición en
inglés de 1888)

Otro ejemplo sería la política proteccionista de los liberales en la España del siglo
XIX, un «proteccionismo» que se dio, eso sí, en medio de la entrada masiva del
capital británico y francés para construir la industria, el ferrocarril, la minería,
etcétera, algo que la burguesía nacional consideraba como única vía −fuese cierto
o no− tras sus desastres empresariales y bancarios, hasta que al menos pudiera
«empezar a echar a andar sola». Así, mientras los capitalistas españoles se
garantizaban fondos con el proteccionismo en el mercado interno, imponiendo
tasas a los productos extranjeros, engrosaban sus proyectos industriales
sacándolos a concurso para buscar al mejor inversor, beneficiándose a su vez este
imperialismo extranjero de una mano de obra barata en España y jugosas
concesiones como la exención de impuestos. He aquí, la combinación de
«librecambismo» y «proteccionismo» que para algunos es «inaudita», porque
como buenos metafísicos todo es «blanco» o «negro». Recomendamos al lector
que eche un vistazo a algunos de los debates de la época y las innumerables
variaciones de la política económica española, ora proteccionista, ora
librecambista. Véase la obra de Ángel Bahamonde Magro y Jesús A. Martínez:
«Historia de España siglo XIX» (2005).

En las situaciones en que la burguesía nacional, por voluntad u obligación −déficit


presupuestario, deuda, incapacidad de dar salidas a sus productos y otros− cede
a ampliar ese «librecambismo» sin estar «preparada» para «dar la talla», está
abriendo su mercado a una competitividad que, inevitablemente, hace que
aumente la dominación externa sobre su economía −póngase de nuevo como
ejemplo el papel de España del siglo XIX, totalmente dependiente de sus
acreedores y de los vaivenes del mercado internacional−. Véase la obra de F.
Simón Segura: «Manual de historia económica mundial y de España» (1993).

En el siglo XX hubo muchísimos países donde el fascismo gobernante puso en


juego una política «proteccionista» o «librecambista» según sus necesidades y
política internacional. La España del franquismo, con una burguesía que tendía
cada vez más hacia el monopolismo, también era «proteccionista» en sus inicios
−como consecuencia del aislacionismo internacional−, lo que no excluyó que
buscase, desde sus orígenes, la apertura de capital hacia el imperialismo yankee
y los países de la Comunidad Económica Europea en varios sectores importantes.

Hoy los reformistas de todo tipo −tercermundistas, socialdemócratas,


antiglobalistas y republicanos− intentan plantear que la actual España
democrático-burguesa necesita una «expansión de las fuerzas productivas», una
«revolución democrática» y pamplinas del mismo calibre. Pero España es de los
países más importantes de la Unión Europea, la existencia de potencias
imperialistas más importantes a nivel regional o mundial −que incluso puedan

19
influir en sus decisiones−, no elimina el enorme desarrollo de las fuerzas
productivas sufrido estas últimas décadas, la concentración de empresas y capital
financiero. En resumen, que no borra ni el carácter objetivamente imperialista de
España en la arena internacional ni la opresión nacional interna −negando el
derecho de autodeterminación−. Véase nuestro capítulo: «El republicanismo
abstracto como bandera reconocible del oportunismo en nuestra época» (2020).

Los países excoloniales del siglo pasado también anunciaron a los cuatro vientos
«políticas proteccionistas contra los viejos colonialistas», ¿y qué ocurrió?
Cedieron ante el mercado internacional y la inversión extranjera cuando no se
vieron capaces de sostener sus proyectos con sus propios recursos, acabando
algunos de ellos como países neocolonizados por los mismos viejos imperialismos
de los que se acababan de liberar−como por ejemplo el caso de Argelia para con
Francia−. Esto no excluye que de vez en cuando, algunos países, como Brasil o
China, lleguen a convertirse en «peces gordos» mientras que otros siguen siendo
«peces pequeños» en el gran estanque capitalista.

En Argentina, el peronismo es otro ejemplo de lo falsa que es esa política del


«proteccionismo», «antiimperialismo», «búsqueda de la soberanía nacional» y
«planificación económica» bajo dirección de la «burguesa patriótica». Ni los
gobiernos de los nuevos peronistas −los kirchneristas− ni los gobiernos de los
más neoliberales −los macristas− han cambiado sustancialmente la situación.
Véase nuestra obra: «Peronismo, la quintaesencia del populismo, el falso
antiimperialismo y del anticomunismo por antonomasia» (2017).

Actualmente el término «proteccionismo», si se analiza con frialdad, es vacuo,


pues la burguesía no es garantía de nada que no pase por intentar adaptarse a las
condiciones para maximizar la extracción de plusvalía, usando y combinando
cualesquiera que sean las tácticas que le permitan acercarse a su objetivo final.
Debatir sobre si un Estado es exclusivamente «proteccionista» o «librecambista»
tiene el mismo sentido que las burdas tertulias escolásticas de la televisión, donde
unos pontifican que las políticas de su gobierno son eminentemente
«neoliberales» o exclusivamente «socialdemócratas» mientras que, en realidad,
se adoptan ambas políticas al mismo tiempo en diferentes sectores de la
economía nacional. Es más, con el paso del tiempo y la rápida evolución del
mercado mundial, las leyes y medidas establecidas por el gobierno nacional sobre
el comercio, bien pueden pasar de ser una fuerte barrera proteccionista o una
completa ganga para el importador extranjero:

«Así, lo que ayer fue protección para la industria nacional, hoy resulta ser una
prima para el importador extranjero». (Friedrich Engels; Sobre la cuestión del
libre comercio, Prefacio de Frederick Engels para el folleto de la edición en
inglés de 1888)

20
En consecuencia, ante esta nueva tesitura el gobierno nacional se verá obligado a
aflojar o aumentar las tarifas −calculando y teniendo en cuenta si le sigue rentable
seguir apretando o no−. Por lo que un gobierno «proteccionista» se pueden volver
«librecambista» por distintas variabilidades. Esto es algo que el antiguo Vincent
Gouysse comprendía sin demasiados problemas:

«La Unión Soviética socialimperialista, debilitada, se convirtió en una


semicolonia. Como tal, tuvo que plegarse a los caprichos de los inversores
extranjeros para atraerlos; para ello tenía que bajar las barreras
proteccionistas. (...) El hecho de que la burguesía rusa, hoy confrontada con la
semicolonización de la mayor parte de su economía, procure volver hoy al
estatismo y al proteccionismo burgués, incluso hasta sintiendo nostalgia por el
centralismo de la época stalinista, no marca ninguna vuelta progresista, al
contrario». (Vincent Gouysse; Imperialismo y antiimperialismo, 2007)

El señor Gouysse condenaba correctamente que el imperialismo de Putin y sus


intentos de «volver a un proteccionismo» no constituyen ningún hito progresista,
sino un intento de la burguesía rusa de recomponerse, entonces, ¿qué ocurre con
los intentos de dominación mundial por parte de la –supuestamente
«librecambista» al cien por cien– burguesía china, con Xi Jinping a la cabeza,
¿por qué esto sí le parecen un «progreso histórico»? Porque no comprende que
no existe una correlación entre ambas políticas económicas capitalistas y la
reacción/revolución. El pobre señor Gouysse se enmaraña él solo. Debería
discutirlo largo y tendido con su yo del pasado.

Las potencias imperialistas, cuando dominan el comercio mundial, reducen el


proteccionismo interno −si están recelosos de su competitividad puede que ni
siquiera lleguen a eso−, pero, por encima de todo, su política de cara al mundo es
exigir el «libre comercio» del mercado mundial en nombre de la «libertad» y el
«progreso». Así lo hizo el imperialismo británico con sus competidores
−sabiendo que la división internacional del trabajo le era altamente favorable−.
Esta dinámica, con sus falsas buenas intenciones, fue reconocida incluso por los
padres del pensamiento económico del capitalismo:

«Cuando un hombre rico y un hombre pobre tratan el uno con el otro, ambos de
aumentan sus riquezas, si tratan con prudencia, pero el patrimonio de los ricos
aumentará en una proporción mayor que el del hombre pobre. De la misma
manera, cuando una nación rica y una nación pobre comercian, la nación rica
tendrá la ventaja más grande, y por lo tanto la prohibición de este comercio es
más dolorosa para ella que para la pobre». (Adam Smith; Conferencias sobre
justicia, policía, ingresos y armas, 1763)

En otra de sus obras el famoso economista comentaba:

21
«Ampliar el mercado y reducir la competencia, es siempre el interés de los
comerciantes. (...) La propuesta de cualquier nueva ley o reglamento de
comercio que provenga de esta orden, siempre debe ser escuchada con mucha
precaución, y nunca debe ser adoptada hasta después de haber sido examinada
larga y cuidadosamente, no sólo con la atención más escrupulosa, sino con la
más sospechosa. Proviene de un orden de hombres, cuyo interés nunca es
exactamente el mismo que el del público, que generalmente tienen un interés en
engañar e incluso oprimir al público, y que, en consecuencia, en muchas
ocasiones lo han engañado y oprimido». (Adam Smith; Riqueza de las naciones,
1776)

Asimismo, en la URSS se explicaba lo siguiente sobre el origen del


proteccionismo:

«En Inglaterra, los derechos de protección fueron de gran importancia en los


siglos XVI y XVII, cuando se vieron amenazados por la competencia de las
manufacturas más desarrolladas de los Países Bajos. Desde el siglo XVIII,
Inglaterra ha ganado firmemente la primacía industrial. Otros países menos
desarrollados no podían competir con él. En este sentido, las ideas del libre
comercio comenzaron a abrirse camino en Inglaterra». (Partido Comunista de
la Unión Soviética; Economía política, 1954)

Pero esto parece ser olvidado por los «marxistas» de hoy, que nos hablan del
progreso o las buenas intenciones de determinados imperialismos.

Cuando la propaganda del imperialismo hegemónico sobre las «bonazas del


librecambismo» no era suficiente, se decidía adoptar la violencia abierta para
convencer al resto que abrieran los mercados, como EE.UU. hizo con Japón,
obligándola a firmar ciertos tratados comerciales tras bombardear sus puertos.
Pero, este no es el único caso:

«Durante más de 20 años, los buques de guerra ingleses aislaron a los rivales
industriales de Inglaterra de sus respectivos mercados coloniales, mientras
abrían por la fuerza estos mercados al comercio inglés». (Friedrich Engels;
Sobre la cuestión del libre comercio, Prefacio de Frederick Engels para el folleto
de la edición en inglés de 1888)

Desde su nacimiento, EE.UU., como potencia regional, fue abiertamente


proteccionista. Quien tenga dudas puede repasar los discursos de Lincoln. Solo
después de la Segunda Guerra Mundial ha pasado a ser el mayor librecambista.
En los años 70, pese a ir ganando la Guerra Fría contra la URSS, volvió a
incrementar los aranceles. Así, la teoría de Vincent Gouysse de que el
proteccionismo es una medida adoptada solo por potencias que van cuesta abajo
y sin frenos no es sostiene. Es o bien la falsedad de un ignorante −o la mentira de

22
un hombre muy consciente de sus oscuros fines−. La burguesía de China fue
proteccionista mientras se industrializaba gracias al capital yankee, algo que Mao
llevaba promoviendo desde los años 40. Escoger cualquiera de estas políticas o
cómo se combinan es algo, reiteramos, circunstancial. Véase nuestra obra: «Las
luchas de los marxista-leninistas contra el maoísmo: el caballo de Troya del
revisionismo» (2016).

La burguesía china actual solo se presenta como «librecambista» en el ámbito


internacional, pues sabe que sus mercancías, en la mayoría de casos, son más
competitivas que las del resto –entre otras razones, esto es por las condiciones en
las que se producen–, algo que ya ha ocurrido en incontables ocasiones con otras
potencias en auge; pero a nivel interno tranquiliza a sus empresarios
prometiéndoles barreras de todo tipo para garantizar sus productos e ingresos.
Este fenómeno no justifica las ilusiones que los ideólogos como Kautsky se hacían
sobre el carácter del imperio alemán, por ejemplo:

«Si Alemania desarrolla su comercio con las colonias británicas más


rápidamente que Gran Bretaña, esto demuestra solamente que el imperialismo
alemán es más joven, más fuerte, mejor organizado que el británico, es superior
a él; pero no demuestra en absoluto la «superioridad» del libre mercado porque
no se trata del libre mercado luchando contra el proteccionismo y la
dependencia colonial, sino de un imperialismo luchando contra otro, un
monopolio contra otro, un capital financiero contra otro. La supremacía del
imperialismo alemán sobre el británico es más fuerte que la muralla de las
fronteras coloniales o de los aranceles proteccionistas: usar esto
como «argumento» a favor del libre mercado y de la «democracia pacífica» es
una banalidad, significa olvidar los rasgos y las características fundamentales
del imperialismo, suplantar el marxismo por el reformismo pequeño burgués».
(Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo fase superior del capitalismo,
1916)

Así queda claramente explicado el error en que hoy incurre el señor Gouysse
cuando habla de la disputa China-EE.UU., en este caso contraponiendo un
imperialismo «atroz y reaccionario» a uno «más benévolo», y todo por no haber
comprendido la esencia de la teoría leninista del imperialismo. Esto no es de
extrañar, pues en España hemos visto las consecuencias de no entender tal teoría
en personajes como Armesilla, Garzón, Vaquero o Illescas, lo que les conduce a
apoyar a cualquier cosa como «antimperialista» y «socialismo», sea Corea del
Norte, Cuba, Venezuela, Kurdistán o China.

Si ahondamos un poco más veremos que la supremacía económica de China en


diversos sectores y la posibilidad de difundir la idea del libre comercio mundial
de forma interesada no excluye que siga siendo partidaria de una política
proteccionista de su industria y sectores estratégicos. De hecho, las quejas de la

23
UE respecto al proteccionismo ruso y chino que obstaculizan sus exportaciones
son frecuentes:

«El Ministerio chino de Comercio anunció hoy que ampliará otros cinco años
medidas proteccionistas sobre tuberías sin soldadura de acero de aleación para
altas temperaturas y presión importados de la Unión Europea (UE) y de
Estados Unidos.

En un comunicado publicado en su página web, el organismo explicó que a


partir del 10 de mayo renovará por cinco años medidas tomadas en 2014 contra
el 'dumping' −precios por debajo del coste− en importaciones de este producto
procedentes de la UE y de EE.UU.».

China fue el país sobre el que pesaban más medidas de defensa comercial de la
Unión Europea (UE) en 2019, año en el que el bloque comunitario aumentó los
derechos antidumping o antisubsidios ante importaciones desleales, según un
informe anual publicado este lunes por la Comisión Europea (CE).

Por lo que respecta a medidas tomadas por otros países contra importaciones
europeas, se situó en las 175 en 2019, un «nivel alto» que la CE cree que se
mantendrá en el futuro debido a los «numerosos casos» abiertos ese año.

La CE aseguró que ha sido «muy firme» a la hora de intervenir en


investigaciones extranjeras que «se centran de forma injusta en exportaciones
de la UE».

La UE y algunos países han urgido a Pekín en los últimos años a que


reestructure su abultado sector siderúrgico −China es con mucha diferencia el
mayor productor mundial de acero− y evite la comercialización de artículos de
ese ámbito a precios inferiores a su coste». (Expansión; China amplía las
medidas proteccionistas sobre las tuberías de acero de la UE y de EE.UU., 8 de
mayo de 2020)

Brasil, un «país emergente», es decir, un imperialismo menor, también ha tenido


rifirrafes con China, sufriendo hace no mucho por su proteccionismo:

«El gobierno chino ha anunciado la imposición de aranceles a las importaciones


de pollo de Brasil. Los importes arancelarios oscilarían desde el 17,8% al 32,4%
y permanecerán vigentes durante cinco años». (Agrodigital; China impone
aranceles a las importaciones de pollo de Brasil, 18 de febrero de 2019)

No parece una sorpresa que China esté siempre en la lista de países que más
obstaculizan la entrada de productos de países imperialistas como Francia,
España, Italia o Alemania:

24
«El último informe de la Comisión Europea (CE) ha apuntado a China y a Rusia,
respectivamente, como los agentes que más obstaculizaron las exportaciones
europeas en el transcurso de 2018. Además de estos, Bruselas ha apuntado a
otros países como India o EE.UU. como los responsables de imponer hasta 45
nuevas barreras «problemáticas» que han afectado al desarrollo del comercio
y la inversión de los Veintiocho. (...) Las medidas sobre las que Bruselas ha
puesto el foco recopilan, entre otros, aranceles injustificados, ciertos tipos de
medidas sanitarias y fitosanitarias, prohibiciones a la importación o
restricciones en cuando a la propiedad intelectual. El informe sobre 2018 ha
analizado hasta 45 barreras nuevas procedentes de un total de 23 países, con
un impacto económico que ha llegado a duplicar el del año anterior y que se ha
situado en los 51.400 millones de euros, frente a 23.100 millones en 2017. Dentro
del ranking de países con mayor número de medidas nuevas, destacan tanto
India como Argelia, con cinco barreras adicionales cada uno, les siguen Estados
Unidos y China, con cuatro. Estos países abarcan el 81 % del volumen de
exportaciones europeas afectadas por medidas comerciales. La presencia de
Argelia en esta lista es síntoma, según la Comisión, de un efecto contagio de las
políticas proteccionistas a nivel mundial «que está emergiendo de la región del
Mediterráneo sur», una tendencia que ya se había percibido en 2017 y que ha
quedado confirmada con los nuevos datos que incluyen otros países como
Egipto o Israel». (La información; El proteccionismo de China y Rusia es el
principal enemigo comercial de la UE, 16 de junio de 2019)

Dentro de la lista observamos que figuran países como Argelia o Egipto, que no
son potencias imperialistas de peso −ni siquiera a nivel regional−. Esto echa abajo
la teoría de que el proteccionismo es algo característico de «los países
imperialistas en decadencia». El proteccionismo es inherente tanto a burguesías
nacionales en ascenso de «países emergentes» como a las potencias imperialistas
en «auge» o «decadencia». Este doble juego de librecambista de iure y
proteccionista de facto no es una fórmula nueva, sino que, como no nos cansamos
de repetir, es tan vieja como el capitalismo:

«Es sabido que los cárteles han dado lugar al establecimiento de aranceles
proteccionistas de un tipo nuevo y original: se protegen −como ya señaló Engels
en el III tomo de El capital− precisamente los productos susceptibles de ser
exportados. Es conocido asimismo el sistema, propio de los cárteles y del capital
financiero, de «exportar a bajo precio», el dumping, como lo llaman los
ingleses: en el interior del país, el cártel vende sus productos a un precio
monopolista elevado, y en el extranjero, a un precio bajísimo para arruinar a la
competencia, ampliar al máximo su propia producción, etc». (Vladimir Ilich
Uliánov, Lenin; Imperialismo fase superior del capitalismo, 1916)

Y bien, señor Gouysse, ¿no se da cuenta de que sus especulaciones ya fueron

25
refutadas hace más de cien años? ¿No ha sido el «dumping» −vender un producto
por debajo de su precio normal, o incluso por debajo de su coste de
producción− la estrategia comercial predilecta de China estas últimas décadas?
¡¿No ha alzado su poder imperial bajo estas prácticas y estafando al resto de
países?!

«En la teoría del comercio internacional se consideran prácticas desleales a las


acciones, políticas y prácticas que usan los países al exportar y que son
consideradas injustas, no razonables o discriminatorias para el país receptor.
Competencia desleal es el término genérico que se utiliza para todas estas
prácticas que perjudican el libre comercio y se refiere a las distorsiones en el
sistema mundial de comercio; las que podrían tomar diversas formas. Estas
prácticas que se pueden manifestar en forma de dumping, subsidios, infracción
de los derechos de propiedad intelectual o piratería, incorrecta clasificación
arancelaria de mercancías, tergiversación en valor de facturas, manipulación
de la moneda y otros tipos de hechos que van en contra del comercio justo; las
que, sin duda, dan a la empresa extranjera una ventaja en el mercado nacional.
Algunos países receptores contrarrestan formalmente estas prácticas mediante
la imposición de aranceles, cuotas u otras barreras, con la cual generan nuevas
distorsiones al libre comercio. (...) El dumping es una práctica comercial por la
cual las empresas de un país exportan sus productos a un precio que está por
debajo del que normalmente se vende en su propio mercado, o cuando el precio
es menor al costo promedio de su producción. (...) En 2005, China se convirtió
en el segundo socio comercial del Perú y en el mercado más grande para las
exportaciones peruanas, y es desde 2011 su socio comercial más importante.
(...) Si revisamos las resoluciones emitidas por el Indecopi sobre dumping y
subsidios desde 1994 hasta fines de 2012, podemos observar (ver gráfico 2) que
China es el país que más quejas ha recibido sobre casos de dumping. También
es evidente que varios de estos son casos que corresponden al sector textil y
confección. Hasta marzo de 2013, Indecopi tenía cuatro procedimientos de
investigación relacionados con textiles y prendas de vestir provenientes de este
país (ver gráfico 2); y según la OMC China es el país al que más medidas
antidumping e investigaciones se le han aplicado en el mundo (OMC 2008). Sus
mismos funcionarios admiten que en 2007 existían «561 medidas antidumping
en más de 30 países contra China» (Wang 2007:244). Igualmente, en varios
países donde hay presencia del comercio chino las denuncias se han
incrementado (Camacho 2011; Navarro 2008)». (Ruben Berríos; Dumping y
subsidios en las exportaciones chinas: El caso textil peruano, 2014)

Todas estas teorías son nociones geopolíticas muy antiguas para embellecer a los
contendientes.

a) Pretender que, a día de hoy, la pugna entre «países progresistas-


proteccionistas» vs «países reaccionarios-librecambistas» es real y de gran
importancia tiene el mismo sentido que la visión de Mao Zedong sobre el
26
«primer, segundo y tercer mundo». Véase nuestro capítulo: «La de los «tres
mundos» y la política exterior contrarrevolucionaria de Mao» (2017).

b) Las afirmaciones del señor Gouysse contienen la misma lógica aquellas de


Gustavo Bueno, con sus «imperialismos generadores y depredadores», quienes
mantienen un discurso esencialmente antiglobalista que hoy repiten en Vox sus
discípulos. Véase nuestro capítulo: «El viejo socialchovinismo: la Escuela de
Gustavo Bueno» (2020).

c) También se podría afirmar que los planteamientos actuales de Vincent Gouysse


sería como seguir a los lineamientos revisionistas de Venezuela, como el señor
Shuterland, quien niega la teoría del imperialismo de Lenin y no ven peligro en la
exportación de capital extranjero ni en la división del trabajo internacional,
santificando con una nociva inocencia las relaciones económicas de China con
Latinoamérica. Véase nuestra obra: «Las perlas antileninistas del economista
burgués Manuel Shuterland; Una exposición de la vigencia de las tesis leninista
sobre el imperialismo» (2018).

En realidad, todas estas teorías sobre países «proteccionistas» confrontados a los


«librecambistas» son especulaciones antiguas para desviar a los pueblos de sus
tareas de clase, pues, como cualquier espectador objetivo reconocerá,
actualmente, en el mundo capitalista:

«En realidad, no existe país que sea totalmente liberal en su comercio, en


especial cuando se trata de defender el mercado interno». (Ruben Berríos;
Dumping y subsidios en las exportaciones chinas: El caso textil peruano, 2014)

La tendencia común es que la burguesía imperialista «que empieza a perder sus


estatus» se volverá más «proteccionista», mientras la que va ganando la partida
será el adalid de la «libertad de comercio», ¡y no por ello desistirá de proteger sus
sectores estratégicos!

«Desaparecido el tráfico, desaparecerá también, forzosamente el libre tráfico.


La apología del libre tráfico, como en general todos los ditirambos a la libertad
que entona nuestra burguesía, sólo tienen sentido y razón de ser en cuanto
significan la emancipación de las trabas y la servidumbre de la Edad Media,
pero palidecen ante la abolición comunista del tráfico, de las condiciones
burguesas de producción y de la propia burguesía». (Karl Marx y Friedrich
Engels; Manifiesto Comunista, 1848)

¡Si el «librecambismo» fuera progreso en cualquier contexto −ni siquiera estamos


en el siglo XIX, sino en la era de los monopolios capitalistas, con países
consolidados en su mercado interno−, los neoliberales serían los nuevos
revolucionarios, los mejores aliados del marxismo!

27
Pero resulta que para desgracia del señor Gouysse otro de los padres del
socialismo científico, el señor Engels, también refutó su peregrina idea:

«La cuestión de libre comercio o proteccionismo se sitúa enteramente dentro de


los límites del actual sistema de producción capitalista, y no tiene, por lo tanto,
ningún interés directo para nosotros, socialistas, que queremos acabar con ese
sistema. (...) Se aplique el proteccionismo o el libre comercio, al final no habrá
ninguna diferencia». (Friedrich Engels; Sobre la cuestión del libre comercio,
Prefacio de Frederick Engels para el folleto de la edición en inglés de 1888)

Ni los países «librecambistas» son más «progresistas» −de hecho, suele ser el
«modelo» de las potencias hegemónicas− ni China es, siquiera, «librecambista».

Para finalizar, ¿cuáles son las contradicciones principales de nuestra época?

«La primera contradicción es la existente entre el trabajo y el capital. El


imperialismo es la omnipotencia de los trusts y de los sindicatos monopolistas,
de los bancos y de la oligarquía financiera de los países industriales. (...) La
segunda contradicción es la existente entre los distintos grupos financieros y las
distintas potencias imperialistas en su lucha por las fuentes de materias primas,
por territorios ajenos. El imperialismo es la exportación de capitales a las
fuentes de materias primas, la lucha furiosa por la posesión monopolista de
estas fuentes, la lucha por un nuevo reparto del mundo ya repartido, lucha
mantenida con particular encarnizamiento por los nuevos grupos financieros y
por las nuevas potencias, que buscan «un lugar bajo el sol», contra los viejos
grupos y las viejas potencias, tenazmente aferrados a sus conquistas. La
particularidad de esta lucha furiosa entre los distintos grupos de capitalistas es
que entraña como elemento inevitable las guerras imperialistas, guerras por la
conquista de territorios ajenos. Esta circunstancia tiene, a su vez, la
particularidad de que lleva al mutuo debilitamiento de los imperialistas,
quebranta las posiciones del capitalismo en general, aproxima el momento de
la revolución proletaria y hace de esta revolución una necesidad práctica».
(Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Fundamentos del leninismo, 1924)

Si se acepta esto, intentar argumentar qué imperialismo es más «progresista»


−sobre todo para adoptar una política de adaptación hacia él−, se comprende que
es un debate estéril, pues no es el deber de los revolucionarios calibrar a cuál
debemos apoyar en función de «su progresismo», pues ninguna burguesía puede
serlo en etapa imperialista:

«El análisis de clase marxista-leninista y los hechos demuestran que la


existencia de las contradicciones y las discrepancias entre las potencias y las
agrupaciones imperialistas no elimina en absoluto ni relega a segundo plano
las contradicciones entre el trabajo y el capital en los países capitalistas e

28
imperialistas o las contradicciones entre los pueblos oprimidos y sus opresores
imperialistas. Precisamente las contradicciones entre el proletariado y la
burguesía, entre los pueblos oprimidos y el imperialismo, entre el socialismo y
el capitalismo son las más profundas, son constantes, irreductibles. De ahí que
el aprovechamiento de las contradicciones interimperialistas o entre los Estados
capitalistas y revisionistas sólo tenga sentido cuando sirve para crear las
condiciones lo más favorables posible para el poderoso desarrollo del
movimiento revolucionario y de liberación contra la burguesía, el imperialismo
y la reacción. Por eso, estas contradicciones deben ser explotadas sin crear
ilusiones en el proletariado y los pueblos acerca del imperialismo y la burguesía.
Es indispensable esclarecer las enseñanzas de Lenin a los trabajadores y a los
pueblos, hacerles conscientes de que sólo una actitud intransigente hacia los
opresores y los explotadores, de que sólo la lucha resuelta contra el
imperialismo y la burguesía, de que sólo la revolución, les asegurará la
verdadera liberación social y nacional. La explotación de las contradicciones
entre los enemigos no puede constituir la tarea fundamental de la revolución ni
puede ser contrapuesta a la lucha por derrocar a la burguesía». (Enver Hoxha;
Imperialismo y revolución, 1978)

Más aún, que existan este tipo de discernimientos en plena era de los monopolios,
son similares a aquellos ilusos que intentan determinar con «profundos análisis»
qué facción de la burguesía nacional puede ser compañera de viaje de la
revolución, es decir, un absurdo refutado decenas de veces por la historia. Es
rebajarse al papel de tercermundistas, como aquellos maoístas de la «Línea de
Reconstitución» (LR), que todavía afirman que la «contradicción principal de
nuestra época» no es el «capital-trabajo», sino aquella que se da entre los «países
opresores y oprimidos». Véase la obra: «Sobre la nueva corriente maoísta de
moda: los «reconstitucionalistas» (2022).

Por ir finalizando… las ideas sobre el imperialismo como las que abandera hoy el
señor Gouysse, centran su propaganda y actividad en el siguiente sofisma:
«Preferimos que el imperialismo menos malo derrote al más malo, pues la
revolución contra ambos no es aún tarea inmediata, y hacer comprender esto al
pueblo es de imperiosa necesidad». Es decir, acaban delegando a tarea de
segundo orden el difundir una ideología y una organización propia para
garantizar la independencia del proletariado, renegando del factor subjetivo que
puede dar pie a una revolución socialista y también, a cualquier trabajo
antiimperialista efectivo. ¿Acaso esto se ha logrado en Francia? ¿No? Entonces,
los marxista-leninistas deben preocuparse de crear su propio partido, y no de
«dilucidar» a qué bloque imperialista debemos apoyar, justo como hacia el
famoso maoísta de los 70 Jacques Jurquet, el mismo que partía de la misma base
que hoy su compatriota y acabó en su prensa pidiendo el apoyo para la burguesía
francesa, el «Mercado Común Europeo» y la OTAN a fin de combatir el
socialimperialismo soviético, como si no existirán más peligros que ese. Véase

29
nuestra obra: «Un rápido repaso histórico a las posiciones ultraoportunistas de
Jacques Jurquet y el PCF-ML» (2015).

Sabemos que a muchos les incomoda nuestro «arte de la citación», que lo


consideran un «subterfugio para el debate», pero para nosotros no es plato de
buen gusto, sino una necesidad para mostrar su cinismo. En todo caso, les
desafiamos a que intenten desmotrar si las siguientes palabras de Lenin no
coinciden con sus actividades:

«El entusiasmo «general» por las perspectivas del imperialismo, la cerrada


defensa del mismo, su embellecimiento por todos los medios, tal es el signo de
nuestro tiempo. La ideología imperialista también penetra en la clase obrera,
que no está separada de las demás clases por una muralla china». (Vladimir
Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo fase superior del capitalismo, 1916)

Para nosotros, y esto ha quedado más que demostrado, el actual pensamiento


conformista de estas gentes no difiere demasiado del altermundismo del que,
hace no muchos años, se mofaba el propio Vincent Gouysse:

«Para ellos, por otra parte, los métodos pacíficos de dominación imperialista no
son condenados en términos absolutos, sólo condenan los excesos de la política
imperialista de saqueo económico de los países dependientes. Como buenos
socialdemócratas no están por la abolición de la explotación económica de los
países dependientes, sino que se negocie una más justa remuneración de ellos.
¡Esta es la visión filantrópica pequeño burguesa que imagina posible y deseable
elevar a la gran masa de trabajadores a una gran vida de comodidad bajo las
condiciones de explotación salarial!». (Vincent Gouysse; Imperialismo y
antiimperialismo, 2007)

¿Y qué ocurre en el presente? Hoy el señor Gouysse celebra la «progresista»


explotación salarial de los obreros del mundo bajo el látigo del dragón oriental.
No cabe caer en mayor oprobio para alguien que dedicó tanto tiempo de su vida
a exponer el proyecto nacionalista e imperialista del «Pensamiento Mao Zedong».

¿A estas alturas con la cantinela de las «fuerzas productivas»?

«¡Esta dependencia, en particular de los Estados Unidos, es calificada por los


revisionistas chinos de «progreso»! Según ellos, el Estados Unidos imperialista
arma y financia tanto a los sha como a los generales de América Latina, para
que ¡conviertan en independientes a sus países y a sus pueblos! ¡¡«Bonito»
concepto de lo que es la independencia!! ¡¡«Bonito» y «justo» concepto
«marxista-leninista» de lo que es el imperialismo!! Estos son los conceptos
sostenidos y propagados por Mao Zedong y sus adeptos». (Enver Hoxha; La

30
teoría del «tercer mundo» ignora la lucha de clases; Reflexiones sobre China:
Tomo II, 26 de enero de 1976)

En 2010, un Vincent Gouysse seguramente sumido en un franco pesimismo sobre


sus condiciones y las de los suyos, recurría a burdas esperanzas como la teoría de
«las fuerzas productivas» para soñar con un futuro desarrollo de la revolución:

«Desde este punto de vista, la dominación del imperialismo chino sólo puede
conducir a un amplio desarrollo de las relaciones de producción burguesas en
muchos países dependientes atrasados. Desde este ángulo, es innegable que la
dominación del imperialismo chino jugará primero un papel progresista, a
diferencia de los países imperialistas en declive que a lo largo de la segunda
mitad del siglo XX. (…) Entonces, el capital chino fluirá libremente, es decir, sin
que sus antiguos competidores puedan oponerse a él, a los cuatro rincones del
mundo, y en particular a Asia, América Latina y África. Estos continentes luego
se industrializarán a gran escala». (Vincent Gouysse; El despertar del dragón,
2010)

¡Curioso! Pues no hace no mucho nos advertía de los zorros astutos que
intentaban engañarnos con:

«La vieja idea oportunista pseudocientífica de la «teoría de las fuerzas


productivas» que es la base ideológica de las opiniones liquidacionistas de los
revisionistas. (…) Teoría que intelectuales burgueses pseudoprogresistas de los
países dependientes defendieron con ahínco para mantener el orden
imperialista de explotación». (Vincent Gouysse; Imperialismo y
antiimperialismo, 2007)

He aquí otro volantazo ideológico más. Monsieur, ¿no se da cuenta de que esta
nueva línea prochina le está dejando en evidencia? ¿Le ha entrado el «Síndrome
del mayo francés del 68»? ¿Es que acaso es demasiado anciano para los sacrificios
de la revolución y busca un «atajo»? ¿¡Qué le ocurre señor Gouysse!? Mon dieu…
¡Vivir para ver!

¿Cuáles son los nexos económicos de China con África o


Latinoamérica?

Si bien anteriormente comprobamos que las estadísticas de inversión extranjera


directa de China en América Latina confirman que gran parte eran con fines
especulativos y rentistas, esta es justamente la misma estrategia que el gigante
asiático sigue en África:

«Las industrias extractivas −entre las que se incluye la petrolera− suponían


22.5% del PIB en 2010. Frente a ello, se contraponen sectores marcadamente

31
tradicionales, como la agricultura o parte importante de los servicios (gráfica
4). Al ser China el comprador casi exclusivo del petróleo sudanés, se volvió en el
gran financiador externo de la economía del país. Así, no sólo era el principal
inversor, sino también el principal mercado del petróleo y, por lo tanto, de las
exportaciones sudanesas (gráfica 5) [de un 3% de las exportaciones hacia China
en 1999 a un 80% en 2010]. (...) Llama la atención que esta «lluvia de millones»
no haya ido acompañada de un nuevo equilibrio del sector exterior, sino que
hubiera déficits comerciales importantes. Esto no fue más que resultado del
crecimiento sin precedentes de las importaciones como respuesta a la
momentánea superación de la falta de liquidez. (...) China actuó como el primer
financiador de la economía sudanesa y aportó un volumen creciente de
manufacturas. Sin embargo, no desplazó del todo a los países europeos como
fuente de aprovisionamiento industrial, ni se implicó en el desarrollo de sectores
productivos propios más allá del petróleo ni en la construcción de
infraestructuras (Bosshart, 2007). (...) Además, ha apoyado activamente con
asistencia tecnológica y cesión de patentes el desarrollo del Complejo Industrial
Militar. Todo ha favorecido al nuevo Estado islamista de corte neoliberal a
partir de los años noventa». (Alfredo Langa Herrero & Daniel Coq Huelva;
Renta petrolera y dependencia económica. El papel de China en los nuevos
procesos de crecimiento en África: el caso sudanés (1989-2011), 2018)

El señor Gouysse no solo se ha vuelto prochino, sino que ahora también se ha


vuelto católico y cree en los milagros. ¡Aleluya! Por eso asegura que existe, por un
lado, un cierto «altruismo chino» que «impulsa» la economía de estos países
mientras que, por el otro, existe una burguesía nacional en los países
latinoamericanos con la predisposición de abandonar la rentabilidad a corto
plazo, recortar los lujos y la corrupción de sus dirigentes «por el bien común».
Resulta que ahora, gracias a las «desinteresadas inversiones chinas», la mayoría
de estos Estados construirán lo que llevan siglos sin conseguir: una industria
nacional independiente de los imperialismos foráneos −extracontinentales o
regionales−. Parece que, a estas alturas, el señor Gouysse no es consciente de
aquello que hasta los chavistas venezolanos reconocen: que el país, tras varias
décadas de «socialismo del siglo XXI», no ha sido capaz de escapar del modelo
extractivo del petróleo, quedando su economía sujeta a los vaivenes del precio del
crudo en el mercado internacional. Vamos, lo que él mismo se encargó de reportar
en su obra: «Imperialismo y antiimperialismo» (2007). Véase nuestro capítulo:
«Las causas reales de la permanente crisis político-económica venezolana»
(2018).

Parece ser que el nuevo lacayo de Pekín intenta disimular algo tan simple como
que la división internacional del trabajo también genera superganancias a China,
pero solo gracias a una balanza comercial favorable en detrimento de América
Latina o África. Los gobiernos latinoamericanos son presionados constantemente
por esa supuesta China «librecambista» para que, en lugar de exportar sus

32
productos procesados, se centren en la producción y exportación de materias
primas. ¿Qué sorpresa, verdad?

«Existen otros factores que no permiten la diversificación del comercio y afectan


su composición. China impone barreras comerciales, incluyendo aranceles
relativamente altos e instrucciones a las empresas de propiedad del estado para
que prioricen la compra de bienes nacionales. Las restricciones comerciales
también tienden a aumentar con el grado de procesamiento y el valor agregado
del bien comercializado. Por ejemplo, Argentina entró en una disputa comercial
con China cuando trató de exportar a ese país aceite de soya en lugar de soya
en grano. Cuando el embarque fue considerado inaceptable debido a supuestas
preocupaciones sanitarias, Argentina tuvo que ceder y volvió a enviar soya en
grano. Finalmente, las políticas cambiarias de China, que mantienen bajo el
valor del yuan, sirven para aumentar el precio de las exportaciones de América
Latina a China. Todas estas restricciones en conjunto hacen más complicados
los esfuerzos para ampliar las exportaciones de bienes procesados y
manufacturados. (…) El auge en las exportaciones basado en solo unos cuantos
productos primarios tiene sus riesgos. Una contracción significativa en la
economía de China tendría un impacto importante en el crecimiento en América
Latina, ya que los flujos comerciales y de inversión disminuirían. Además, más
allá del hecho de que el incremento de las exportaciones basado en solo unos
pocos productos primarios deje al país vulnerable a la volatilidad de precios».
(Econ South; El comercio estrecha vínculos entre China y América Latina,
Volumen 13, N2, 2018)

Países potentes como Brasil, una potencia regional −aunque incapaz de rivalizar
con el dragón asiático−, demuestran que el comercio con China y la política de su
gobierno no conducen, precisamente, a su industrialización, sino a la
desindustrialización progresiva, lo que, como es de esperar, levanta aireadas
reacciones:

«El aumento galopante en importaciones de China, que creció 61 por ciento


entre los años 2009 y 2010, y 47 por ciento en los dos primeros meses del 2011,
ha causado una alarma considerable entre los fabricantes brasileños y ha
creado continuas tensiones entre los dos países. En 2010, el 84 por ciento de las
exportaciones de Brasil a China fueron materias primas, entre las cuales el
hierro, la soya y el crudo representaban tres cuartos de las exportaciones. Por
otro lado, el 98 por ciento de las importaciones de China fueron productos
manufacturados, encabezando la lista los televisores, pantallas LCD y teléfonos.
La política cambiaria de China, que sirve para mantener subvaluada su
moneda, combinada con la fortaleza de la moneda brasileña, el real,
exacerbaron las presiones sobre los fabricantes brasileños. El fuerte impacto
sobre las industrias textiles y de calzado ha llevado a la Confederación Nacional
de Industrias a realizar advertencias sobre la desindustrialización en aquellos

33
sectores. Algunos sectores manufactureros han logrado tener éxito al pedir
protección del gobierno, tal como sucedió en diciembre de 2010, cuando Brasil
aumentó sus aranceles de importación aplicables a una lista de juguetes,
pasando de 20 a 35 por ciento. Brasil también ha iniciado una serie de
investigaciones anti-dumping contra productos chinos». (Econ South; El
comercio estrecha vínculos entre China y América Latina, Volumen 13, N2,
2018)

¿Cómo han evolucionado las relaciones comerciales entre ambos países? ¿Ha
cesado ese intercambio desigual y desindustrializador en detrimento de la
independencia económica de Brasil o por el contrario se ha seguido en la misma
línea?

«En 2018, solo tres productos −soja, petróleo, mineral de hierro− sumaron el
82% de las exportaciones brasileñas a China (Figura 1). En el sentido opuesto,
las importaciones brasileñas de China son casi 100% de productos
manufacturados, sobre todo productos electrónicos, productos químicos,
máquinas y equipos». (Luis Antonio Paulino, revista relaciones internacionales;
las relaciones Brasil-China en el siglo, 2020)

Como podemos ver, el gigante asiático continúa promoviendo el rentismo y


tratando de conducir a la economía brasileña hacia el sector primario, de
reducirla, por un lado, a proveedora de materias primas; y por el otro, a gran
receptora de productos manufacturados chinos, obteniendo con ello un gran
lucro y el desarrollo de la relación de dependencia del país latinoamericano. El
fuerte interés de China por parasitar los recursos de la economía brasileña puede
verse también en sus fuertes inversiones de capital durante la última década:

«Como se muestra en Cuadro 5, solo cinco compañías, todas en el sector


petrolero y energético, invirtieron, entre 2009 y 2019, un total de US $ 36,99
mil millones en Brasil, lo que corresponde al 61,3% del total invertido en el
período». (Luis Antonio Paulino, revista relaciones internacionales; las
relaciones Brasil-China en el siglo, 2020)

Los agentes de Pekín no entienden de datos, solo de fe o parné

Pese a estas aplastantes evidencias, el señor Gouysse insiste contra viento y marea
en que:

«China introducirá en el capitalismo a los países dependientes de todo el mundo


mucho mejor que Occidente en el siglo XX». (Vincent Gouysse; Facebook, 25 de
octubre de 2020)

34
En este caso produce franca tristeza leer a un pretendido marxista hablando como
un materialista vulgar e idealista, confiando en esquemas económicos
mecanicistas que, además, ni siquiera reflejan la realidad, aun de la forma más
burda. ¡Quién te ha visto y quién te ve!

Las declaraciones actuales de Gouysse sobre «los beneficios» que pueden obtener
los países dependientes en su colaboración con el nuevo imperialismo chino, su
esperanza en el «futuro desarrollo de las fuerzas productivas» y su «importante
rol» como «agente acelerador» de la «revolución» no son otra cosa que
pamplinas. Todos los agentes que trabajan incansablemente para China repiten
palabras similares, tonterías que ni ellos mismos se creen. Citemos a José Egido:

«Tras la publicación del segundo Documento sobre la Política de China hacia


América Latina y el Caribe, analistas coinciden en que Beijing acentúa su
compromiso con un nuevo esquema de desarrollo que trasciende el ámbito
comercial, financiero y económico para posicionarse en todas las áreas. «Nadie
ha hecho a Latinoamérica una propuesta como esta, se trata de sentar la base
para un gran desarrollo de la región, gracias a una cooperación en la que China
plantea una relación ganar-ganar que puede cambiar el rumbo del desarrollo
económico para lo que queda del siglo XXI», opina el sociólogo José Egido. (...)
Este acercamiento se plasmará en proyectos que abarcan los ámbitos de las
infraestructuras, los servicios, los transportes y el acceso a esquemas de
financiación más seguros y fiables para las naciones latinoamericanas».
(Observatorio de la política china; América Latina puede cambiar su rumbo
económico acercándose a China, según expertos, 2015)

Los revisionistas encuentran en los distintos bloques imperialistas toda una gama
de opciones a elegir bajo diversas justificaciones para justificar sus crímenes, pero
en el presente documento nos ceñiremos al análisis de las «ideuchas» de los
defensores de China. La «Opción A», la del señor Egido, consiste en plantear
que «China puede estimular a los pueblos para su desarrollo independiente».
Pero esto no puede ser más que tachado de propaganda imperialista destinada a
ocultar sus intenciones reales: subyugar al proletariado de terceras naciones a la
división internacional de trabajo en favor de China. Atentos:

«Hay un contexto de crisis de la economía mundial y lo que necesitan


Latinoamérica y los países caribeños es dejar de ser solo suministradores de
recursos; China ofrece, por tanto, una asociación en la que la región puede dejar
de ser mera exportadora de materias primeras». (Observatorio de la política
china; América Latina puede cambiar su rumbo económico acercándose a
China, según expertos, 2015)

La «Opción B», la del señor Gouysse, es una vía que propone que «el libre
comercio de China» tendrá como consecuencia «el desarrollo de las fuerzas

35
productivas» hasta «empujar las contradicciones internas del capitalismo a su
paroxismo, apresurando así la revolución social». Es decir, es como la «Opción
A», la de Egido, agregándole, eso sí, elementos de la vieja teoría de que habrá un
catastrofismo capitalista, creyendo que con ello se «deja un hueco a la
revolución». ¿Acaso se ha paseado usted alguna vez, señor Gouysse, por algún
barrio de Caracas, Bogotá, Lima o Managua? Si la cuestión fuese la existencia de
«conflictos», «precariedad» o «injusticias sociales», todo sería muy sencillo, la
revolución sería automática. Véase nuestro capítulo: «La creencia que en la etapa
imperialista cualquier crisis es la tumba del capitalismo» (2017).

Para tal «revolución» se sigue requiriendo del factor subjetivo, de la organización


del proletariado en el partido de vanguardia, para culminar en revolución
socialista. Esto es, pues, una idea más luxemburguista o anarquista que marxista.
Y, precisamente, toda la labor de los hombres como Egido o Gouysse va
encaminada no a proporcionar a los trabajadores nuevos análisis científicos para
liberarse de sus opresores, sino a desarmarles y convertirles en mansos
asalariados del nuevo Imperio Oriental con sede en Pekín… eso sí, ¡no
desesperen! Todo con vistas a que en un futuro las «fuerzas productivas estén
maduras» y «creen conflictos sociales» que aceleren la llegada de la revolución,
aunque no explican como sucederá exactamente esta, ¿cómo se ha llevado en los
procesos fracasados del «socialismo del siglo XXI»?

Bajo una óptica diferente, pero con el mismo fin, el socialchovinista español
Santiago Armesilla proclamaba que, para los países dependientes, como
Venezuela, y para las potencias imperialistas de segundo orden, como España, los
contactos económicos con China −según sus ideas, «un imperio generador»−
otorgan la posibilidad de escapar del mandato y las cadenas económicas del Tío
Sam −un «imperio depredador»−:

«El auge de la República Popular China supone la apertura de una ventana de


oportunidad para nuestras dos naciones, Venezuela y España, en lo que
respecta a poder salir de los yugos imperialistas depredadores que las atenazan.
Si bien existen transnacionales con sede fiscal en España con una importante
presencia en Suramérica o en África, nuestras dos naciones tienen en común que
sufren la tenaza del imperialismo estadounidense». (Santiago Armesilla;
Venezuela y la Leyenda Negra: mentiras e Historia de España, 2020)

¿Pero qué esperar de alguien que asegura desde un ridículo ángulo kantiano que
China es «indefinible» en lo económico, pero pese a todo «marxista» (sic)?

«@armesillaconde: Desde los términos propios de las escuelas económicas


dominantes, China es indefinible. Y tampoco pasa nada porque no se pueda
definir. Para mí, debido a su estructura política, sigue siendo marxista».
(Twitter; Santiago Armesilla, 20 nov. 2019)

36
Solo un día antes sostenía lo contrario: reconocía que la fisonomía de China no es
otra cosa si no el capitalismo puro y duro de Occidente, solo que en esta ocasión
lo decoraba con que tales medidas de gestión son «necesarias para desarrollar las
fuerzas productivas»:

«@armesillaconde: China tiene que desarrollar sus fuerzas productivas, y para


ello ha de ser superior a Estados Unidos. Por ello emplea métodos capitalistas».
(Twitter; Santiago Armesilla, 19 nov. 2019)

Es decir, todos estos zotes compran la propaganda de Pekín que justifica que
China vive en una especie de «NEP permanente», acumulando fuerzas para «dar
el salto hacia el socialismo». ¿Pero cómo alcanzo e incluso superó la URSS de
Stalin a los países occidentales? ¿Eternizando los métodos capitalistas o
barriendo las leyes fundamentales del capitalismo? En el caso de chino, ya desde
la época de Mao Zedong la ideología de sus economistas se desligazaba por
lineamientos capitalistas. Esto bien lo demuestran la obra de Tomor Cerova: «Los
procesos de desarrollo capitalista de la economía china» (1980) o la obra de
Rafael Martínez: «Sobre el manual de economía política de Shanghai» (2006).

En resumidas cuentas, todas estas ideas de Egido, Gouysse o Armesilla que


enmascaran, relativizan o distorsionan la esencia del carácter del imperialismo,
no tienen nada nuevo. Para interés del lector, rescatamos unos comentarios de
un marxista catalán que expuso la hipocresía de este tipo de capitostes del capital:

«El capitalismo monopolista poseedor del capital financiero mundial, de las


materias primas y de la producción básica, no puede interesarse en el
resurgimiento sistemático y progresivo de nuevas entidades económicas que
podrían ser y serían la base efectiva de una independencia política. El
capitalismo monopolista tiende, no a ensancharse, sino a restringirse; no a
cooperar, sino a dominar. (...) Un grupo monopolista, en el momento que asume
un cierto grado de potencia, aspira a absorber, a aniquilar, los grupos rivales,
a disputar a capa y espada la explotación monopolista de un país o de un
conjunto de países deseables como mercados monetarios o como productores de
materias primas. Por su propio esfuerzo, no estimulará la industrialización del
país que sea. Si de algún modo contribuye a la industrialización, y eso suele
pasar, lo hace empujado por los antagonismos internos irreconciliables del
propio régimen. Si actúa sin contradicción, sabotea la industrialización. ¿No
tenemos nosotros, compañeros, una experiencia? Los bobos de Barcelona
miraban embobados una nueva sucursal bancaria extranjera o las plantas de
montaje de la Ford o de la General Motors. (…) ¿Qué buscaban los
monopolistas? Con la sucursal bancaria, conocer las intimidades de la
economía española, penetrar sus puntos débiles, dominar las ramas esenciales
aprovechando todos los recursos y las «influencias» políticas y, de paso, drenar
periódicamente el ahorro nacional con quiebras fraudulentas siempre, pues la
casa matriz se llevaba las ganancias de la filial y no se hacía responsable de sus

37
actos. Con las plantas de montaje, la Ford y la General Motors, adquirían a
cualquier precio los privilegios de una industria «nacional», chupaban el dinero
del país y obstaculizaban y, más a menudo aún, impedían el desarrollo de la
industria del transporte a motor en nuestro país. Pagaban provisionalmente
una peseta sobre la escala de la industria metalúrgica y ganaban fama de
«filántropos». ¡He aquí la teoría y la práctica del capital monopolista! Porque
el capitalismo monopolista aspira, no a la industrialización sino a la restricción
del consumo mediante la producción limitada y la imposición de precios altos
monopolistas». (Joan Comorera; La nación en una nueva etapa histórica, 1944)

Las novias de Xi Jinping exclamarán: «¡El problema es que sois profundamente


antichinos, eurocéntricos, y no comprendéis el «socialismo de características
chinas»!». En absoluto, ¿en qué se diferencia la actual política china de la que
desarrolló la URSS socialimperialista? En poco o nada, porque son como dos
gotas de agua:

«Bajo la apariencia de ayuda, desarrollo comercial, concesión de créditos,


cooperación técnica científica y cultural, la creación de empresas conjuntas y de
muchas otras formas, Moscú se esfuerza por penetrar en las regiones de Oriente
Medio, Asia Meridional, África y América Latina. Toda la actividad de los jefes
del Kremlin en esta dirección se ha dirigido a saquear las materias primas y los
recursos de combustible de los países en desarrollo y explotar sus posiciones
geográficas para una mayor expansión. (...) Explotan a estos países mediante
el comercio desigual, la manipulación de los precios y el tipo de cambio, etc. (...)
Por eso afirman [sus palmeros] que «en estos países no hay condiciones
materiales y sociales para una lucha de liberación», que en estos países el centro
de la lucha se ha desplazado al campo económico, y que esta lucha sólo se puede
ganar si esos países se apegan a «su aliado natural». (Zëri i Populit; Los
neocolonialistas del Kremlin oprimen y saquean a los pueblos, 1975)

Pero, ¿qué deben hacer estos países para liberarse de esta carga? Para el señor
Gouysse está claro. Él sentencia que, para abrir la perspectiva de la futura
revolución, para lograr su emancipación nacional y social, el proletariado de cada
nación no debe tomar conciencia superando todos los obstáculos con paciencia y
tesón −como la falsa ideología antiimperialista del «tercermundismo»−, ¡sino
que debe producirse un rápido avance de las fuerzas productivas bajo mandato
chino! ¿Pero acaso los pueblos que sufrieron el yugo colonial o neocolonial fueron
incapaces de alcanzar el socialismo a razón de su escaso desarrollo económico?
Esta afirmación no es solo una burda manipulación histórica, sino una clara
muestra del mecanicismo más vulgar en su máxima expresión. El señor Gouysse
toma, de nuevo, una senda distante al socialismo científico:

«Pero la teoría de la prosternación ante la espontaneidad no es un fenómeno


exclusivamente ruso. Esta teoría se halla muy extendida −cierto es que bajo una
forma algo distinta− en todos los partidos de la II Internacional, sin excepción.

38
Me refiero a la llamada teoría de las «fuerzas productivas», vulgarizada por los
líderes de la II Internacional. (...) Marx decía que la teoría materialista no puede
limitarse a interpretar el mundo, sino que, además, debe transformarlo. Pero a
Kautsky y Cía. no les preocupa esto y prefieren no rebasar la primera parte de
la fórmula de Marx. (…) [Para ellos] la Internacional es un «instrumento de
paz», y no de guerra; y, en segundo lugar, porque, dado el «nivel de las fuerzas
productivas» en aquel entonces, ninguna otra cosa podía hacerse. La «culpa»
es de las «fuerzas productivas». Así, exactamente, «nos» lo explica la «teoría de
las fuerzas productivas» del señor Kautsky. Y quien no crea en esta «teoría», no
es marxista. ¿El papel de los partidos? ¿Su importancia en el movimiento? Pero
¿qué puede hacer un partido ante un factor tan decisivo como el «nivel de las
fuerzas productivas»?... Podríamos citar todo un montón de ejemplos
semejantes de falsificación del marxismo. No creo que sea necesario demostrar
que este «marxismo» contrahecho, destinado a cubrir las vergüenzas del
oportunismo, no es más que una variante a la europea de esa misma teoría del
«seguidismo» combatida por Lenin ya antes de la primera revolución rusa».
(Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Fundamentos del leninismo, 1924)

Curiosamente, Karl Kautsky, antes de concluir su metamorfosis hacia el


revisionismo, mantenía en 1907 lo mismo que Lenin y Stalin:

«El modo capitalista de producción ha desempeñado ya este papel de


poderosísimo estímulo para el desarrollo de las fuerzas productivas. (…) En el
sentido de que se hace ya posible un modo de producción en el cual la
productividad se desarrollaría más rápidamente que bajo el modo capitalista
de producción; en el sentido de que para poder mantenerse, el modo capitalista
de producción debe entorpecer cada vez más el crecimiento de la productividad.
(...) Hoy el socialismo ya ha pasado a ser una necesidad económica. El plazo de
su advenimiento es sólo un problema de fuerza. Hoy, más que nunca, el
cometido más importante de la socialdemocracia es crear esa fuerza para el
proletariado por medio de la organización y la educación. Nada hay tan
peregrino como esos socialistas que piensan que, a la par con esto, debe
preocuparles también el desarrollo del poderío del capitalismo». (Karl Kautsky;
El socialismo y la política colonial, 1907)

Insistimos: no debemos congraciarnos con quien «desarrolla mejor el


capitalismo», tal cosa es una concepción pseudorrevolucionaria que, como hemos
repetido mil y una veces, no solo carece de sentido a día de hoy en los países más
desarrollados −con su colosal desarrollo de las fuerzas productivas−, sino que
también se ha demostrado absurda en los países subdesarrollados de ayer:

«En oposición diametral al marxismo-leninismo, los revisionistas modernos


declaran que en la edificación del socialismo en los países subdesarrollados no
se debe dirigir el esfuerzo principal a la transformación de las relaciones

39
socioeconómicas, sino al desarrollo de las fuerzas productivas porque este
desarrollo conducirá, según se afirma, de un modo natural hacia la
construcción socialista. Esta es la misma tesis del oportunista Kautsky quien
dijo que el desarrollo de las fuerzas productivas «automáticamente»
transforma las viejas relaciones de producción en su contrario. Tal análisis de
la cuestión conduce a la actitud contrarrevolucionaria que sostiene que la causa
del socialismo se debe posponer indefinidamente en los países subdesarrollados,
hasta que las condiciones materiales estén maduras.

No puede haber ninguna duda de que el rápido desarrollo de las fuerzas


productivas es una cuestión vital para el destino del socialismo en los países
subdesarrollados. Las preguntas que surgen claramente en estos países son:
¿De qué modo se solucionará este problema? ¿Con el viejo modo tradicional de
desarrollo, especializando la economía en la producción de materias primas
dependiendo así del mercado imperialista? Brevemente, con una economía
unilateral, no pueden ser garantizadas las altas tasas de desarrollo de las
fuerzas productivas. Este modelo no contiene en sí mismo un mecanismo
efectivo necesario para la reproducción ampliada. El impulso para el desarrollo
de este modelo proviene del extranjero, causado por el aumento de la demanda
de materias primas en el mercado mundial. Por ello es esencial crear otro nuevo
modelo que debe su impulso al desarrollo interno, a la extensión del mercado
doméstico. En este sentido, la construcción del socialismo en los países
subdesarrollados exige el reemplazo de la economía unilateral con una
economía diversificada que debe pararse en dos pies −la agricultura y la
industria−. Sólo una economía con semejantes características puede asegurar
un desarrollo rápido y complejo de las fuerzas productivas, consolidar la
independencia económica y poner la riqueza de todo el país al servicio de la
edificación del socialismo. La industrialización del país a través de auténticos
métodos socialistas es un factor decisivo para solucionar este problema en el
más breve período histórico posible. Un rasgo fundamental de esta
industrialización debe ser el desarrollo de las industrias de extracción y
transformación y también de la industria ligera y pesada, dando prioridad a la
industria pesada.

Bajo el pretexto de la carencia de medios financieros, cuadros y experiencia, y


de evitar los sacrificios innecesarios, con el pretexto de la división internacional
del trabajo y la cooperación con los países «socialistas», etc., los revisionistas
modernos persiguen una política que tiene por objeto desviar a los países
subdesarrollados de la industrialización, mantenerlos como un apéndice de
materias primas o material agrario de la metrópoli. El objetivo es el mismo que
tienen el viejo y el nuevo colonialismo: el pillaje y la explotación, el
establecimiento de la esclavitud económica y política de los países
subdesarrollados.

40
Las victorias históricas alcanzadas en la edificación del socialismo en los países
que fueron una vez subdesarrollados han demostrado que para solucionar los
numerosos problemas de la edificación socialista se debe adherir al principio
revolucionario de la independencia. Tanto en la revolución como en la
edificación socialista es decisivo el factor interno y el pueblo, en cada actividad,
debe confiar en sus propias fuerzas». (Hekuran Mara; Posibilidades de
construir el socialismo sin pasar por la etapa del capitalismo desarrollado,
1973)

Los revisionistas y la cuestión de las fuerzas productivas

Como ha quedado más que demostrado, el señor Gouysse no hace hoy sino repetir
los mantras del revisionismo moderno, ¿a qué nos referimos? Por ejemplo, a las
ideas que intentaron popularizar Mao Zedong, Víctor Codovilla o Earl Browder.
Dejaremos al lector una pequeña selección de textos donde puede repasarlas
tranquilamente:

«La lucha por la democracia en china requiere de un prolongado periodo. Sin


una nueva democracia, un Estado unido, sin un desarrollo de la nación
democrática, sin un libre desarrollo de la economía privada capitalista y la
economía cooperativa, sin un desarrollo nacional, científica y popular cultura
de nueva democracia, sin la emancipación y desarrollo de miles de millones de
personas, en breve tiempo, sin ser cuidadosos con la nueva revolución
democrático-burguesa, el tratar de construir una sociedad socialista sobre las
ruinas del orden colonial, semicolonial y semifeudal sería un sueño utópico».
(Mao Zedong; La lucha por la nueva china; Informe al VIIº Congreso del
Partido Comunista de China, 1945)

«Estados Unidos e Inglaterra concordaron en cuanto a una política


economicista a ser seguida en América Latina que tiene como objetivo
contribuir con el desarrollo económico, político y social de una manera
progresiva. (…) Ese acuerdo debería basarse en la cooperación de esas dos
grandes potencias con los gobiernos democráticos y progresistas de América
Latina, para llevar a cabo un programa común, que al mismo tiempo que crea
un mercado para su capital que es diez o veinte veces mayor que el presente,
contribuirá para el desarrollo independiente de esos países y les permitirá, en
algunos años, eliminar el atraso en el cual estuvieron sumergidos». (Víctor
Codovilla; Marchando hacia un mundo mejor, 1944)

«Si es que podemos enfrentar la realidad sin vacilar y hacer renacer en el


sentido moderno de la palabra las grandes tradiciones de Jefferson, Paytie y
Lincoln, entonces los Estados Unidos podrá presentarse unida ante el mundo,
asumiendo un papel de guía para salvar a la humanidad. (...) Lo que claramente
demanda la situación es que Estados Unidos tome la iniciativa en proponer un

41
programa común de desarrollo económico de los países latinoamericanos. Esto
debería planificarse ahora y ponerse en marcha inmediatamente después de la
guerra en una escala enorme en cierto grado acorde con las grandes reservas
de tierra, materias primas y mano de obra de América Latina, y con la
capacidad angloamericana de proporcionar capital y crear mercados para
grandes empresas. productos de la industria». (Earl Browder; Teherán:
nuestro camino en la guerra y la paz, 1944)

«El juicio fundamental [de Mao] en este caso es correcto. (...) Sólo un «periodo
prolongado» de «libre desarrollo de la economía privada» puede producir el
material requerido para la transición al socialismo». (Earl Browder; Lecciones
chinas para los marxistas americanos, 1949)

¿Qué tiene que ver todo esto con el marxismo-leninismo? ¿No es esto retroceder
hasta las posiciones socialchovinistas y evolucionistas de la II Internacional?

«Otra teoría «marxista» del socialchovinismo: el socialismo se basa en el rápido


desarrollo del capitalismo; el triunfo de mi país acelerará el desarrollo del
capitalismo en él y, por consiguiente, el advenimiento del socialismo; la derrota
de mi país frenará su desarrollo económico y, por consiguiente, el advenimiento
del socialismo. Esta teoría struvista es sustentada en nuestro país por Plejánov,
y entre los alemanes, por Lensch y los demás». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin;
La bancarrota de la II Internacional, 1915)

Lenin no solo se opuso a tal idea, sino que adelantó, muy correctamente, que los
países subdesarrollados también podrían transitar al socialismo sin necesidad de
transitar por una fase prolongada de desarrollo del capitalismo:

«La cuestión ha sido planteada en los siguientes términos: ¿podemos considerar


justa la afirmación de que la fase capitalista de desarrollo de la economía
nacional es inevitable para los pueblos atrasados que se encuentran en proceso
de liberación y entre los cuales ahora, después de la guerra, se observa un
movimiento en dirección al progreso? Nuestra respuesta ha sido negativa. Si el
proletariado revolucionario victorioso realiza entre esos pueblos una
propaganda sistemática y los gobiernos soviéticos les ayudan con todos los
medios a su alcance, es erróneo suponer que la fase capitalista de desarrollo sea
inevitable para los pueblos atrasados. En todas las colonias y en todos los países
atrasados, no sólo debemos formar cuadros propios de luchadores y
organizaciones propias de partido, no sólo debemos realizar una propaganda
inmediata en pro de la creación de Soviets campesinos, tratando de adaptarlos
a las condiciones precapitalistas, sino que la Komintern habrá de promulgar,
dándole una base teórica, la tesis de que los países atrasados, con la ayuda del
proletariado de las naciones adelantadas, pueden pasar al régimen soviético y,
a través de determinadas etapas de desarrollo, al comunismo, soslayando en su

42
desenvolvimiento la fase capitalista». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Informe
de la comisión para los problemas nacional y colonial, 1920)

Esto fue repetido y ampliado en el VIº Congreso de la IC (1928), y a la larga fue


una guía para los futuros regímenes que nacierían tras la Segunda Guerra
Mundial entre 1944-45:

«En los países todavía más atrasados −como en algunas partes de África−, en
los cuales no existen apenas o no existen en general obreros asalariados, en que
la mayoría de la población vive en las condiciones de existencia de las hordas y
se han conservado todavía los vestigios de las formas primitivas −en que no
existe casi una burguesía nacional y el imperialismo extranjero desempeña el
papel de ocupante militar que ha arrebatado la tierra−, en esos países la lucha
por la emancipación nacional tiene una importancia central. La insurrección
nacional y su triunfo pueden en este caso desbrozar el camino que conduce al
desarrollo socialista, sin pasar en general por el estadio capitalista si, en efecto,
los países de la dictadura del proletariado conceden su poderosa ayuda».
(Internacional Comunista; Programa y estatutos de la IC aprobados en el VIº
Congreso celebrado en Moscú; 1 de septiembre, 1928)

En resumidas cuentas, la famosa «teoría de las fuerzas productivas» como único


factor determinante es una oda a la pasividad, una estupidez ya refutada por la
historia:

«La conquista de la independencia económica junto a la política, la garantía de


la defensa del país por nuestro propio pueblo, la educación y el temple de las
masas trabajadoras en la ideología marxista-leninista, son los firmes e
inconmovibles pilares sobre los que se levanta nuestra fortaleza socialista, son
los rasgos fundamentales que caracterizan a un Estado verdaderamente
socialista. Estas realizaciones, tomadas en su conjunto, constituyen a su vez la
experiencia histórica del socialismo en Albania. La experiencia de Albania
muestra que también un país pequeño, con una base material-técnica atrasada,
puede alcanzar un desarrollo económico y cultural muy rápido y multilateral,
puede garantizar su independencia y hacer frente a los ataques del capitalismo
y del imperialismo mundial, cuando está dirigido por un auténtico partido
marxista-leninista, cuando está dispuesto a luchar hasta el fin por sus ideales y
cuando tiene confianza en que puede realizarlos». (Enver Hoxha; Informe al
VIIIº Congreso del Partido del Trabajo de Albania, 1981)

Proclamar el apoyo a un imperialismo porque propagará el capitalismo «mucho


mejor de lo que lo hicieron otros» es apostar a que la revolución surja o se acelere
de manera espontánea por los choques y conflictos económicos del país,
ignorando la experiencia de las únicas revoluciones lideradas por partidos
comunistas en países que no eran los punteros en cuanto a desarrollo del

43
capitalismo. ¿Qué hay de lo que decía el señor Gouysse contra esta teoría de las
fuerzas productivas en su magnífica obra «Imperialismo y Antiimperialismo»
(2007)? Parece haber lanzado por la borda las tesis esenciales de su libro para
abrazar el oportunismo. ¡Qué pena! Pero nosotros no podemos llorar por la
deserción de un compañero, solo tener muy presente que este tipo de cosas
sucedieron, suceden y sucederán siempre, por lo que hay tomar cartas en el
asunto y dejarse de sentimentalismos.

Debemos apoyar a China porque «pone en entredicho la política


occidental», ¿dónde hemos oído esto antes?

En esta sección analizaremos cómo el «tercermundismo» sigue siendo una baza


muy utilizada por los gobiernos tanto de las potencias imperialistas como de los
países dependientes. En segundo lugar, observaremos cómo esta desviación es
una enfermedad muy extendida entre los grupos de «izquierda». En tercer lugar,
expondremos cómo para muchos militantes antiimperialistas solo hay un único
imperialismo que les preocupe: el de Washington. Por último, desmontaremos la
teoría catastrofista que suelen utilizar los prochinos para que se apoye su política
en terceros países.

¿Qué es el «tercermundismo» y por qué China lo sigue utilizando?

«China intenta penetrar en los países del «tercer mundo» y ocupar un «lugar al
sol». (...) A medida que China se desarrolle económica y militarmente, intentará
cada vez más penetrar en los países pequeños y menos desarrollados y
dominarlos a través de sus exportaciones de capitales». (Enver Hoxha;
Imperialismo y revolución, 1978)

Xi Jinping se pasea por los foros internacionales lanzando los clásicos discursos
«tercermundistas» de toda la vida para intentar ganarse a los incautos. Atentos
porque el cinismo de esta gente es increíble:

«Necesitamos cerrar la brecha del desarrollo y revitalizar el desarrollo


mundial. El proceso de desarrollo global está sufriendo una grave interrupción,
lo que implica problemas más destacados, como una brecha Norte-Sur cada vez
mayor, trayectorias de recuperación divergentes, fallas en el desarrollo y una
brecha tecnológica. (…) El camino correcto para la humanidad es el desarrollo
pacífico y la cooperación en la que todos ganan». (Xi Jinping; Discurso en el
Foro Económico, 17 de enero de 2022)

¡Qué bonito discurso, Presidente! ¡Qué pena que China incumpla día y noche sus
promesas de «coexistencia pacífica», «comercio justo», «compromiso climático»
y todo lo demás! ¿No os recuerda esto a los discursos de Kennedy, Carter o
Clinton? En verdad, este tipo de promesas son recurrentes en estos foros
internacionales, donde la potencia intenta presentarse ante el mundo como el

44
garante de la paz, como el hermano mayor altruista, etcétera. Véase la obra:
«Algunas reflexiones sobre los discursos en la VII Cumbre de las Américas»
(2015).

El llamado «tercermundismo» ha sido siempre la marca del revisionismo, en


cualquiera de sus expresiones. Hoy, el tercermundismo sigue presente en la
política exterior no solo del revisionismo, es decir, de quienes se intentan hacer
pasar por marxistas de alguna manera u otra, sino que es el sello de la mayoría de
gobiernos del mundo, puesto que existen una gran cantidad de teorías análogas
que defienden lo mismo en lo fundamental: el «Movimiento de los Países No
Alineados», «Nuevo Orden económico», el diálogo Norte-Sur», etc. Véase la
obra: «La teoría de los «tres mundos» y la política exterior contrarrevolucionaria
de Mao» (2017).

Dicho esto, ha de entender la relación que circunda a todo este entramado:

a) Cuando la administración de las potencias imperialistas proponen a los


gobiernos de los países que esquilman económicamente la búsqueda conjunta de
un «nuevo orden económico», solo lo hacen para echarle un cable a sus socios,
quienes saben que están ahogados en un mar de problemas con deudas,
especulación financiera, corrupción y desbalances comerciales; por tanto, a su vez
buscan coordinarse con sus homólogos para embaucar con promesas a los
asalariados de estas zonas, hastiados de sufrir una explotación perpetua en
beneficio de las camarillas locales y las empresas extranjeras. b) Del mismo modo,
cuando los países capitalistas dependientes de las grandes potencias abogan
públicamente por contraer un «nuevo orden económico», traducimos que están
implorando a sus aliados que aflojen el nudo que les subyuga, que necesitan como
el comer un mejor reparto de los mercados, más moratorias en los pagos, armas
de última generación para reprimir las protestas internas, etcétera, en suma, todo
lo que sea necesario para que el régimen no colapse; en verdad, como mucho
están amenazando a sus socios con que si no son capaces de satisfacer sus
demandas terminarán cambiando de bloque imperialista. c) Existen también
otros muchos movimientos y jefes políticos que, si bien también están
comprometidos y buscan la aprobación de las potencias extranjeras, tratan de
adoptar una «estoica posición» de «rebeldía» de cara a la galería, ¿por qué? Para
neutralizar a sus competidores, para calmar los ánimos de las masas
trabajadoras, en definitiva, para intentar recalar todos los apoyos posibles y
construir su relato como «valerosos antiimperialistas» que exigen el «fin de las
injusticias históricas» y la inmediata puesta en marcha de un «nuevo orden
económico», aunque sin ánimo real de ir a la refriega llegada la hora. d) Por
último, hay otros gabinetes de gobierno que, como representantes de la burguesía
de un país capitalista en auge, aprovechan este tipo de consignas demagógicas del
«nuevo orden económico» para buscar que su nación «ocupe el lugar de honor
que se merece» entre las potencias regionales o mundiales, es decir, para

45
implementar un chantaje económico e injerencia política que antes denunciaban
como abusivo o intolerable cuando lo practicaban otros. En resumidas cuentas,
estas teorías, en cualquiera de sus variantes son falsas y mezquinas de arriba a
abajo, ya que, como los revolucionarios saben, el único «nuevo orden económico»
posible que dará solución a los problemas intrínsecos y recurrentes del
capitalismo es su sustitución por el sistema económico socialista, fin.

Si asumimos que ha de darse el internacionalismo −y no cualquier tipo de


internacionalismo, sino el proletario que mandan los cánones marxista-
leninistas−, el continuar alimentando estas nociones y discursos
«tercermundistas» supone contribuir −de una manera u otra− a la perpetuación
de una expresión ideológica nacionalista; supone ser −se quiera o no− el furgón
de cola de la burguesía nacional de tu país natal, la cual jugará −según le toque
en cada momento− el papel de dominadora o dependiente en el gran escenario
global. Bajo tales preceptos, a lo máximo que se podrá aspirar políticamente es a
ser un actor secundario en un precioso proyecto internacional de falsas sonrisas
y cínica solidaridad entre burguesías regionales, pero nadie en su sano juicio
desearía participar en tal estafa. Si alguien cree que exageramos, puede repasar
lo ocurrido con los ensayos de esta élite de «reformadores sociales» con el
«panafricanismo», el «socialismo árabe» o, más reciente, el «socialismo del siglo
XXI». Todos ellos, debido a su disparidad de intereses y los vínculos contraídos
y/o mantenidos con el imperialismo extranjero, jamás pasaron de conformar una
unidad formal y efímera. Esto es normal, porque cada productor capitalista tiene
intereses competitivos contrapuestos con otros a nivel mundial, y en cuanto ve
ocasión de sacar tajada, traiciona los intereses formales de esa «comunidad»
aliándose con el mejor postor, que normalmente suele ser una potencia
imperialista con una gran chequera o muchos misiles. En el común de los casos
estos «héroes antiimperialistas» acaban actuando como agentes del imperialismo
de turno, del cual difunden día y noche su propaganda sobre las «excelsas
bondades» que supone colaborar con tan «compresivos amigos», aunque
opriman y masacren a infinidad de pueblos, empezando por el propio. Una vez el
imperialismo decide que estos elementos ya no les son funcionales para sus
intereses, se deshace de ellos con los mismos métodos cuestionables, por lo que
las más de las veces acaban derrocados por el mismo director que antes había
decidido que iba a ser el protagonista de la tragicomedia, cerrándose el telón de
una función que nos podríamos haber ahorrado.

El caso de Vincent Gouysse demuestra que esta sigue siendo una


enfermedad muy extendida

«Aquellos que olvidan o relegan la contradicción proletariado-burguesía y


centran sus análisis únicamente en la situación internacional. Lo que les lleva a
considerar que ciertos países que tienen contradicciones con el imperialismo y/o
el socialimperialismo se debe apoyar a esos gobiernos en detrimento de su

46
propio pueblo y proletariado, y del desarrollo revolucionario. Porque una cosa
es tratar de agudizar las contradicciones de los países oprimidos o dependientes
con sus opresores y dominadores, y otra, es por arte de dicha política, condenar
al proletariado y al pueblo a seguir siendo esclavos de su burguesía, en muchos
casos con rasgos y características feudales. (…) Hay que terminar con los
análisis simplistas, maniqueístas que tanto han imperado en el movimiento y
que son una resultante de la nefasta «teoría de los tres mundos», muy
denunciada verbalmente, pero poco combatida en la práctica, y que aún colea
en algunos partidos». (Partido Comunista de España (marxista-leninista);
Documentos del IVº Congreso del PCE (m-l), 1984)

Algunos espetarán: «¡Esto ya lo sabemos! No es complicado de entender, no


decimos que estemos inmunizados, pero, ¿quién puede creerse esos cuentos del
«tercermundismo» o el «no alineamiento» a estas alturas?», pues, para desgracia
nuestra, no es tan extraño esos comportamientos y regresiones hacia estas
nociones que deberían estar superadas, y el señor Vincent Gouysse es el mejor
ejemplo reciente:

«China y sus aliados están innegablemente en su derecho a querer poner fin a


la política colonial occidental. Desde esta perspectiva, defienden no solo sus
propios intereses económicos fundamentales que requieren la extensión segura
de su esfera de influencia, sino también las legítimas aspiraciones de muchos
pueblos de vivir libres de esta espada de Damocles. En esta etapa actual de la
historia del desarrollo del capitalismo, China representa, ciertamente, un
progreso hacia el desarrollo para muchos países que, durante tanto tiempo, se
han mantenido en el más completo atraso económico y en la miseria debido a
Occidente, que encarna la reacción... ¡con tintes coloniales y proteccionistas
muy pronunciados!». (Vincent Gouysse; China «comunista»: mitos y hechos
principales, ¡de Mao a Xi!, 2020)

¿Han leído bien? ¡China defiende «las legítimas aspiraciones de muchos pueblos
de vivir libres»! El señor Gouysse apela a lo mismo que todos los adeptos al
«socialismo del siglo XXI». Estos, cuando hablan de la más que discutible política
exterior de Cuba, Venezuela o Bolivia, sostienen que, bueno, es cierto, sus
«crecientes vínculos» con Rusia o China indican una clara dependencia, ¡pero al
menos «entorpecen» la hegemonía estadounidense! Así es cómo el oportunismo
presenta que el cambiar de potencia imperialista es un gran «progreso» y
«desarrollo histórico». ¡Aquí quién no se contenta es porque no quiere!

Aunque las posiciones de las que parte Vincent Gouysse sean levemente distintas
a las del ya fallecido Fidel Castro, tanto los postulados del francés, como los del
cubano, apuestan por lanzar a los pueblos del mundo a los brazos del
imperialismo:

47
«Hoy es posible la sólida alianza entre los pueblos de la Federación Rusa y el
Estado de más rápido avance económico del mundo: la República Popular
China; ambos países con su estrecha cooperación, su avanzada ciencia y sus
poderosos ejércitos y valientes soldados constituyen un escudo poderoso de la
paz y la seguridad mundial, a fin de que la vida de nuestra especie pueda
preservarse». (Fidel Castro; Artículo: Nuestro derecho a ser Marxistas-
Leninistas, 8 de mayo de 2015)

He aquí las palabras de Fidel Castro, el gran menchevique del siglo XXI, el
heredero de las causas imperialistas de Kautsky, que desea atar a los pueblos al
carro del imperialismo con bonitas y vacías consignas:

«Kautsky, al aprobar la política de los mencheviques, aprueba que se engañe al


pueblo, aprueba el papel de los pequeños burgueses, que para servir al capital
embaucan a los obreros y los atan al carro del imperialismo. Kautsky mantiene
una política típicamente pequeño burguesa, filistea, imaginándose −e
inculcando a las masas esa idea absurda− que con lanzar una consigna
cambian las cosas. (...) El proletariado lucha para derribar a la burguesía
imperialista mediante la revolución; la pequeña burguesía propugna el
«perfeccionamiento» reformista del imperialismo, la adaptación a él,
sometiéndose a él». (Vladimir Ilich Uliánov; La revolución proletaria y el
renegado Kautsky, 1918)

Con el acontecimiento del 70 aniversario de la victoria de la URSS sobre la


Alemania nazi, Fidel Castro intenta identificar el mismo cariño de los pueblos
por la URSS socialista, la patria de todos los proletarios y la defensora de la paz
y de la causa de los pueblos oprimidos, con la Rusia y China actuales, intentando
cultivar un mismo sentimiento que nunca arraigará, pues los pueblos no son
necios. ¡Castro recomienda a los pueblos unirse con el imperialismo ruso y
chino, como si fueran países socialistas e internacionalistas, ocultando no solo
las relaciones de producción capitalistas de estos países, sino el alto grado de
desarrollo de las mismas que los constituye como potencias imperialistas!

¿Y por qué nos sorprendemos? ¿Por qué Castro no iba a aprovechar esta ocasión
para hacer lo que ya lleva haciendo décadas?

¿Quién no ha oído hablar a Castro de los beneficios que pueden obtener los
pueblos de entenderse con la Rusia imperialista de Putin, a la que no considera
ni mucho menos como un país imperialista, sino como garante de los intereses
de Cuba y del mundo?:

«Los reaccionarios la utilizaron para calificar tanto a Marx, como a Lenin, de


teóricos, sin tomar para nada en cuenta que sus utopías inspiraron a Rusia y a
China, los dos países llamados a encabezar un mundo nuevo que permitiría la

48
supervivencia humana si el imperialismo no desata antes una criminal y
exterminadora guerra. (...) El aporte que Rusia y China pueden hacer en la
ciencia, la tecnología y el desarrollo económico de Suramérica y el Caribe es
decisivo». (Fidel Castro; Es hora de conocer un poco más la realidad, 21 de julio
de 2014)

Cuando el señor Castro hablaba de la posibilidad de nuevas guerras, comentaba


que existían dos bloques más o menos diferenciados a los que hacía mención –
Rusia y China de una parte, y Estados Unidos y la Unión Europea de la otra–,
ambos con sus respectivos países aliados. ¿Y bien? Intentaba hacernos creer que
solo un bloque imperialista –el estadounidense– supone una amenaza para los
pueblos, para su independencia estatal, para su soberanía económica y un
peligro en general para la paz mundial. ¿Era esto cierto? En absoluto. No
vivimos en un mundo donde solo exista un «campo imperialista» y otro
«antiimperialista», sino que lo que constatamos diariamente es que hasta
dentro de estos campos –con sus países gobiernos y aliados– se trata de
contradicciones interimperialistas, es decir, no antagónicas, una pugna entre
bloques imperialistas competidores.

Entendemos que tampoco es que el líder cubano haya mostrado alguna vez tener
los conocimientos teóricos suficientes como para saber discernir tal cuestión. En
el siglo pasado Fidel Castro se mostró como el gramófono del
socialimperialismo soviético al que estaba ligado económicamente. Este se
encontraba compitiendo contra el otro bloque imperialista, en este caso liderado
por los EE.UU. –y siempre que, no lo olvidemos, Castro fue rechazado por estos
tras su visita a Washington–. En 2014 se prestó a ser de nuevo el vocero de los
países imperialistas a los que está atado igualmente –Rusia y China–, aunque
también manifiesta esperanzas y habla bien de los líderes estadounidenses como
Barack Obama, creyendo en la reforma del imperialismo yankee y pidiendo su
inversión en la isla. Entonces, queda claro que no deberíamos molestarnos en
saber si el señor Castro realmente se daba cuenta o no de las tonterías que
soltaba, sino que nos basta con el hecho de que cometió una y otra vez la felonía
como es hacer de propagandista y agente de los imperialistas.

Algunos, a estas alturas de la película, todavía no parecen haberse dado cuenta


de que, como demuestra la historia, los pueblos no pueden apoyarse en las
potencias imperialistas para su emancipación social. Pero, claro, ¡esto es
complicado cuando el sujeto no sabe ni siquiera identificar a los imperialismos
de su época llegando, incluso, atisbar conatos de «antiimperialismo» o
«socialismo» en ellos! Realmente, los castristas y aquellos que apoyan esta línea
convierten su postura política en una tragicomedia.

El mensaje de los revisionistas cubanos y Cía. supone una arenga al


proletariado mundial para que confíe el mantenimiento de la paz en las clases

49
burguesas de los países imperialistas competidores del imperialismo
estadounidense; es decir, los imperialistas rusos y chinos. Algo erróneo a todas
luces, pues:

«Sólo cuando hayamos derribado, cuando hayamos vencido y expropiado


definitivamente a la burguesía en todo el mundo, y no sólo en un país, serán
imposibles las guerras». (Vladimir Ilich Uliánov; El programa militar de la
revolución proletaria, 1916)

Sin duda, hay un abismo entre el leninismo y el castrismo». (Equipo de Bitácora


(M-L); Crítica a la última broma de Fidel Castro en el 70 aniversario de la
victoria soviética sobre el fascismo, 2015)

Como curiosidad debe anotarse que estas relaciones sino-cubanas no han variado
desde 2015, en todo caso, se han ido profundizando. Hace no mucho, los medios
chinos informaban cómo el gobierno de Cuba, agradeciéndole a China los
«servicios prestados», difundiría la ideología del «camarada Xi Jinping» en la
isla:

«Hace tres días, el diario oficial «Granma» destacó «el interés de los lectores
cubanos por los volúmenes que reúnen textos de Xi Jinping», lo que «refleja la
avidez por conocer el pensamiento y la gestión del máximo líder político de la
República Popular China». (Xinhua; ESPECIAL: Cuba publicará textos del
presidente chino, Xi Jinping, 12 de febrero de 2018)

Aquellos curiosos militantes «antiimperialistas» que solo ven una


«amenaza» en los movimientos de Washington

Retomando el hilo principal, el señor Gouysse, también podríamos anotar que


sus actuales argumentos no son muy diferentes a los del revisionista Atilio Borón,
líder y heredero político de Codovilla en el Partido Comunista de Argentina
(PCA), el cual ha llegado con toda desfachatez a saludar el «gran progreso» que
supone para los pueblos latinoamericanos los regímenes del «socialismo del siglo
XXI», así como también rehabilitar el trotskismo en sus filas para combatir el
«antiguo dogmatismo». ¡Todo un espectáculo! Por si nuestro querido lector no lo
sabe, actualmente, el PCA es el furgón de cola del peronismo en la Argentina −hoy
representado bajo el kirchnerismo−. Este ideólogo también difunde la idea de que
el único imperialismo que hay es el estadounidense, el resto serían buenos y
válidos contrapesos para las luchas de los pueblos:

«La emergencia de actores cada vez más poderosos en la estructura


internacional −la irrupción de China, el retorno de Rusia, el lento pero
irreversible ingreso de la India, la Organización de Cooperación de Shanghái
(OCS) y los BRICS, para señalar apenas los más importantes− está dando lugar
a un naciente multipolarismo que si bien no puede ser caracterizado como
50
intrínsecamente antiimperialista modifican, a favor de los pueblos, las
condiciones objetivas bajo las cuales se libran las luchas por la democracia, la
justicia y los derechos humanos en la periferia con independencia de los rasgos
definitorios de los regímenes políticos imperantes en China, Rusia, la India o
cualquier otro actor involucrado. (...) [Existe] un grave error desgraciadamente
muy extendido en el campo de las izquierdas: habla de «los imperialismos», así,
en plural. Pero el imperialismo es uno sólo; no hay dos o tres o cuatro. Es un
sistema mundial que, desafortunadamente, cubre todo el planeta. Y ese sistema
tiene un centro, una potencia integradora única e irreemplazable: Estados
Unidos. Tiene el mayor arsenal de armas de destrucción masiva; controla desde
Wall Street la hipertrofiada circulación financiera internacional». (Atilio A.
Boron; Las izquierdas en la crisis del imperio, 2016)

Las declaraciones de Castro, Borón o Gouysse solo las pueden realizar las gentes
que o bien desconocen la dinámica del capitalismo, o que, pese a ser conocedores
de su esencia, se pliegan a propagar ilusiones cándidas, sea por pragmatismo, sea
por derrotismo. Hace ya más de medio siglo Joan Comorera registró el desarrollo
del capitalismo cuando este alcanza la etapa monopolista, explicando las
contradicciones indisolubles que nacen entre los países imperialistas. Una vez
más nos vemos obligados a recurrir a su fina pluma para poner en su sitio a estos
cabezas de chorlito:

«El capitalismo monopolista, sin embargo, no es un todo homogéneo, nunca


podrá serlo. Es un mosaico de potentes núcleos rivales. En las pausas de una
batalla carnicera, llegan a veces, a entendimientos parciales, provisionales,
algunos grupos o grupos en oposición a otros, para el repartimiento de ciertos
mercados o zonas de influencia. Pero no han conseguido, ni conseguirán,
constituir un bloque monolítico mundial. Así cada grupo monopolista no aspira
al entendimiento, sino a la aniquilación del grupo contrario, no quiere
coparticipar en el dominio del mundo, de sus riquezas, sino aplastar a sus
competidores, queriendo devenir como el único explotador, el super-trust
mundial. Corroído por las indisolubles contradicciones internas, el capitalismo
monopolista se divide en imperialismos mortalmente enemigos, en
imperialismos de una total ferocidad que alinean a los pueblos en bandos
contrarios, que envenenan la opinión pública de un pueblo contra el otro, que
agravan la miserias y la pauperización universales, que agobian la vida de los
hombres con armas y ejércitos de agresión, que transforman el Estado en
distribuidor de dividendos y en agente policiaco, que imponen a la humanidad
la crisis económica permanente, que provocan los choques armados con veces
características diferentes a las proyectadas previamente. La inevitable división,
la guerra permanente, entre los grupos monopolistas no garantizan la
soberanía de las naciones, las cuales se disputan encarnizadamente. Por el
contrario, cuanto más violenta es la lucha entre monopolistas, mayor es la

51
esclavitud que deviene a las naciones». (Joan Comorera; La nación en una
nueva etapa histórica, 1944)

De igual forma, traeremos recuperaremos unas palabras cargadas de razón de un


antiguo revolucionario francés, que quizás le resulten familiares al señor
Gouysse:

«El tercermundismo es la ideología de la burguesía nacional de los países


dependientes y de los valientes desvergonzados del imperialismo, que busca
cambiar la dependencia colonial política y económica mantenida antaño por el
yugo militar del imperialismo por una dependencia económica y, con ello,
intentar engañar a los pueblos. No es por otra parte cosa del azar que el «no
alineamiento» esté tan de moda tanto entre los pequeño burgueses de los países
dependientes como en los pequeño burgueses de las metrópolis imperialistas».
(Vincent Gouysse; Imperialismo y antiimperialismo, 2007)

¡Estamos totalmente de acuerdo con el Vincent Gouysse de 2007! ¡Es una pena
que tal hombre no exista ya!

«Entre los revisionistas basta con proclamar algo para que crean que es cierto.
(...) Por tanto, cualquier marxista debe tener cuidado antes de emitir un juicio,
debido a la desinformación doble en que incurre: por un lado, la difamación del
socialismo marxista y, por otro lado, el embellecimiento de la socialdemocracia
bajo la apariencia de «socialismo». (Vincent Gouysse; Imperialismo y
antiimperialismo, 2007)

¡Paradójicamente hoy ocurre lo mismo con las declaraciones del escritor galo!
Aunque su «yo» del presente reconoce a China como país capitalista y− para ser
más concretos la describe como una potencia imperialista hegemónica−, al
mismo tiempo asegura que su desarrollo particular y sus vínculos con el exterior
constituyen un «progreso histórico» de admirar. Además, sostiene que la
dominación de China sobre el resto de países es inusualmente «pacífica».
Cualquiera que defienda este tipo de aberraciones solo estará mostrando que está
desinformado o manipulado, no hay otra explicación plausible. En cuanto a él,
Vincent Gouysse, debido a que conocemos sus antiguos artículos, somos
plenamente conscientes de que no podemos hablar de un caso de
«desinformación» o «falta de luces», sino de una traición con premeditación y
alevosía.

Para más inri, mediante esta labor de relativización sobre el carácter y las
intenciones de la dirección china está contribuyendo a la confusión general de las
masas. ¿En qué sentido? Como es de esperar, una parte de la población, la más
manipulable, se convertirá en obedientes devotos del régimen capitalista chino,
mientras otro sector, algo más crítico, se negará a seguir su odiosa política

52
exterior, aunque se quedará con la impresión −equivocada, eso sí− de que la
política depredadora y agresiva de Pekín es la política común de los «países
marxistas», ya que es lo que defiende gran parte de la «izquierda europea». Esto
último causará el deleite y regocijo de todo tipo de especímenes «misántropos» o
«antiautoritarios», que entre tanta confusión intentarán pescar en río revuelto,
como no podía ser de otra forma. Véase el capítulo: «¿Qué es eso de que China es
un «imperialismo pacífico»?» (2021).

Entonces, recapitulando, ¿quién puede hoy sostener este tipo de mitos sobre el
«antiimperialismo» con total convicción? Para empezar, como hemos dicho
antes, si se tiene conocimiento de causa, desde luego que no alguien marxista,
sino una persona que, a lo sumo, ha desertado y ha dejado de serlo hace largo
tiempo, por lo que aquí da lo mismo cómo se autoperciba el sujeto, si «marxista»,
«libertario» o X. ¿Qué otras opciones hay? Siendo benévolos, quizás podría
tratarse del militante promedio que hoy podemos encontrarnos en esa «izquierda
domesticada» −socialdemócrata, nacionalista, anarquista, feminista,
ecologista−. Aquí el individuo presupone de su postura «antiimperialista» pero
esta es formal, mero postureo, pues en cuanto a conocimientos se haya aletargado
en la más profunda de las ignorancias; su frenético y fanático «activismo»
−donde no pregunta, no cuestiona, solo obedece a ciegas e intenta pasarlo bien
con los compañeros− son funciones agotadoras que apenas le ha dejado un hueco
para estudiar y debatir sobre economía política −y con ello adquirir los necesarios
conocimientos y desarrollo un espíritu crítico−. Ahora, no debemos llevarnos a
engaño, todo esto no le impide −ni mucho menos− tener el orgullo y las
convicciones intactas, por lo que defenderá su particular engañifa −con las
variantes de su secta determinada− con la vida. ¿Pero esto solo ocurre con este
tipo de elementos de «bajo perfil»? No. En el peor de los casos, estaríamos frente
al clásico y experto jefe demagogo de la «izquierda combativa», un vendehúmos
profesional que, ocurra lo que ocurra, su función se reduce a realizar cálculos
exagerados, leer los datos a su manera y adaptar forzosamente la realidad a sus
deseos, ¿con qué fin? Garantizar a sus fieles que la historia está de su lado, que el
triunfo inexorable de la «causa» es un hecho consumado, de lo contrario, la
colección de mentiras de su tinglado −su organización− empezaría a venirse
abajo, y con ello, seguramente, el modo de vida que le provee tan buenos ingresos.
Por fortuna para nosotros, por muchos malabarismos que realice este personaje
su relato es altamente inconsistente y está lleno de contradicciones irresolubles.
Lo que en unas ocasiones bajo unas condiciones presenta como «abominable»,
en otras situaciones pese a ser análogas lo encuentra totalmente «comprensible»,
virando hacia una opinión y otra dependiendo única y exclusivamente de su
simpatía. Esta es la razón que hace que su credibilidad se resquebraje
rápidamente, y con el tiempo, acabe siendo, en el mejor de los casos, un pastor de
borregos, siendo este movimiento inofensivo por su carácter y pretensiones para
el capital.

53
La teoría catastrofista para hacer de testaferro de Pekín

Por último, no podemos olvidar que cuando el señor Gouysse afirmó en 2020
que «el libre comercio tiene por efecto empujar las contradicciones internas del
capitalismo a su paroxismo, apresurando así la revolución social», solo está
repitiendo un dogma, aquel de «cuanto más libre comercio, más se hundirá el
capitalismo». Esta completa tontería ya fue abordada más atrás, y constituye la
típica «profecía del colapso» que a día de hoy ni el niño más cándido podría
creerse, ya que nunca ha sucedido ni sucederá. Véase el capítulo: «¿Lucha de
clases o lucha entre proteccionismo y librecambismo?» (2021).

¿Por qué esto es importante? Porque algunas de estas concepciones del señor
Gouysse que estamos analizando parten de su mala comprensión del capitalismo
moderno, de su hipérbole relativa a la ponderación de las crisis, un vicio muy
extendido que hoy no se ha superado, ni mucho menos. Sin ir más lejos, ya en
2007 aseguraba:

«Hoy, es el sistema mundial imperialista en su conjunto el que se está


arruinando: en los países que albergan a la inmensa mayoría de la población
del planeta existen las condiciones revolucionarias objetivas y subjetivas más
favorables: una poderosa base industrial y diverso, un gran proletariado
industrial, un nivel cultural relativamente alto». (Vincent Gouysse;
Imperialismo y antiimperialismo, 2007)

En este sentido, sus tesis no se diferencian de lo que, incansablemente, profetizan


los revisionistas día y noche: el inminente colapso de las potencias imperialistas
y del sistema capitalista en general, algo que en España han repetido todos: PCE
(r), PCOE, PCE (m-l), RC, LR, etc. Véase nuestro capítulo: «La creencia que en la
etapa imperialista cualquier crisis es la tumba del capitalismo» (2017).

Nosotros, muy por el contrario, nos vemos en la obligación de advertirle al lector,


que esto no tiene ningún sustento, que él mismo puede comprobar la veracidad
de estas tesis catastrofistas sobre el «colapso del sistema», pues solo tiene que
echar un vistazo a su alrededor para observar quien sigue ganando la lucha de
clases, si los explotadores o los explotados, quien sigue en el poder:

«Ni la crisis del petróleo de 1973-85, ni la crisis de 1992-93, ni la reciente crisis


española que se arrastra desde 2008 han hecho caer a los sucesivos gobiernos
de España. (...) Precisamente porque, como hemos comentado, aunque una
crisis madure, si sus frutos no son recogidos por una fuerza consciente que eleve
la concienciación de los trabajadores, estos no romperán sus cadenas. (...) Este
es el discurso clásico del populista, no del marxista serio. Lo cierto es que el
capitalismo sí tiene «salida» a sus crisis, como ya hemos afirmado, y hemos
podido observar sus estrategias en las más recientes: rescatar a la banca
privada con fondos públicos, cargar sobre los hombros de los trabajadores
54
mayores horas de producción e impuestos, flexibilizar los contratos laborales en
beneficio del fácil despido y el abaratamiento de la indemnización, realizar
recortes en sectores públicos sensibles para los trabajadores −sanidad,
educación−, petición de nuevos créditos y renegociación de la deuda ya
existente, devaluación de la moneda, búsqueda de nuevos mercados −incluso a
costa de poder iniciar una guerra−, y muchísimas otras que dependen del tipo
de país que sea y de donde se producen los déficits a tratar. Podríamos decir que
estas fórmulas son las «válvulas de escape» de las que se vale la burguesía para
evitar que su sistema se autodestruya por sus crisis cíclicas. Otra cosa muy
diferente son los cambios de gobierno, o los cambios en las formas de
dominación política. (...) Efectivamente, las sucesivas crisis capitalistas
agudizan la lucha de clases, esto es un hecho. Pero a falta de un factor subjetivo,
como es el partido marxista-leninista, la lucha de clases siempre será redirigida
hacia otros cauces: culpar a una fracción de la burguesía en el poder, crear un
chivo espiratorio hacia una etnia o religión, entrar en guerra para desviar la
atención pública, entre otros. En suma, lo que sea necesario para capear la crisis
sin que los cimientos del sistema se muevan». (Equipo de Bitácora (M-L);
Estudio histórico sobre los bandazos oportunistas del PCE (r) y las prácticas
terroristas de los GRAPO, 2017)

¿Qué es eso de que China es un «imperialismo pacífico»?

En esta sección repasaremos cuales son los argumentarios que se suelen verter
para defender a una u otra potencia, en este caso China. Demostraremos que el
comercio, las inversiones extranjeras y el poderío militar para amedrentar al rival
no son esferas desconectadas, sino una gran maquinaria que trabaja al unísono
para que la potencia imperialista X consiga sus propósitos. Quien no entienda
algo tan básico es porque no sabe ni lo básico de economía política. Para tal fin
repasaremos la vieja política exterior del maoísmo, hoy recuperada por Xi Jinping
para sus planes reaccionarios a escala mundial. También examinaremos los tratos
de China con sus socios en Oceanía o Latinoamérica, su presencia de tropas en
zonas Sudán y mucho más. De tal forma observaremos que China ejerce su
presión, chantaje y agresiones tanto a nivel militar como económico, optando por
una vía u otra según la ocasión.

Argumentos y maniobras acrobáticas para embellecer la política del


imperialismo

En su día, Lenin contestaba con sumo sarcasmo a un Kautsky que recientemente


había cambiado sus ideas en torno a las cuestiones económicas y geopolíticas:

«Resulta, entonces, que los monopolios en la economía son compatibles con un


comportamiento no monopolista, no violento y no anexionista en la política».
(Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo fase superior del capitalismo,
1916)

55
En el caso de Vincent Gouysse, tras recibir nuestra respuesta −que hacía hincapié
en sus anacronismos históricos y en que debería recordar las archiconocidas tesis
leninistas sobre la guerra entre imperialistas− el señor Gouysse, muy
avergonzado por el rapapolvo recibido, decidió matizar el significado de su nuevo
y efusivo folleto proimperialista donde idealizaba a China. Aún así, su exposición
no lograba ocultar su nueva forma de pensar:

«Me has entendido mal, camarada: China ya es una potencia imperialista


importante, casi dominante. (...) La imperial china es hoy pacífica y
tercermundista, y un día será menos pacífica... Si estalla una guerra
interimperialista −suicida para Occidente, cuya burguesía, creo, va a
convertirse en una burguesía compradora−, los marxistas-leninistas no
apoyarán a ninguno de los dos bandos, pero harán todo lo posible para
aprovechar las hostilidades para transformar la guerra imperialista en una
revolución socialista. Si no estalla una guerra así, China desarrollará su
capitalismo a escala mundial durante algunas décadas, con la
explotación «pacífica» de numerosos países. Y los marxistas-leninistas tendrán
que mostrar a la gente que fue un plan de larga data, lo que hice en 2010 con «El
despertar del dragón». (Vincent Gouysse; Facebook, 25 de octubre de 2020)

No creemos que se trate de un malentendido producido por el choque lingüístico;


nuestras críticas están basadas en sus obras originales en francés y, además de
contar con personas que dominan lo suficiente el idioma desde luego, no dejan
lugar a dudas, como tampoco lo hacen sus contestaciones posteriores en inglés o
castellano.

China es una potencia capitalista −dominante en muchos campos de la economía


mundial, como el señor Gouysse demostró en su momento con datos y todo tipo
de documentación− y por esta razón no habría que apoyarla en una guerra
interimperialista con EE.UU., ¡perfecto! En esto estamos de acuerdo. Pero, ¿a
santo de qué las insinuaciones de su último artículo «China «comunista»: mitos
y hechos principales, ¡de Mao a Xi!» (2020)? En él nos hablaba del año 1950 y la
Guerra de Liberación de Corea −donde los EE.UU. ocupaban Corea del Sur y
crearon un gobierno títere− intentando compararlo con una futura guerra
interimperialista entre China y EE.UU. (?) ¿Acaso está preparando el terreno para
Pekín? Además, ¿a cuento de qué afirmar que, en la futura guerra
interimperialista sino-estadounidense, China contará «con todas las naciones
que se oponen al colonialismo occidental»? ¿Acaso China es la representante de
los pueblos oprimidos? ¿EE.UU. lo es acaso de los pueblos a los que somete
China? ¡Curioso! ¡¿en quién depositará su fe para liberarse del «colonialismo»
−neocolonialismo, para ser más rigurosos terminológicamente hablando−, los
países que son esquilmados económicamente y dominados políticamente por
ambas potencias, como Venezuela?! Como se ve, este discurrir del «tercermudista
promedio» es sumamente corto de miras, cuando no ridículo. El señor Gouysse

56
se acorrala en sus propias contradicciones que apestan al kautskismo de viejo
cuño:

«Los cárteles internacionales muestran hasta qué punto se han desarrollado los
monopolios capitalistas y cuál es el objetivo de la lucha entre las distintas
asociaciones capitalistas. Esta última circunstancia es la más importante, ella
sola nos muestra el sentido histórico-económico de lo que está ocurriendo, pues
las formas de la lucha pueden cambiar y cambian constantemente dependiendo
de diferentes causas relativamente específicas y pasajeras, pero el fondo de la
lucha, su contenido de clase, no puede cambiar mientras existan las clases. Se
comprende que los intereses de, por ejemplo, la burguesía alemana, a cuyo
bando se ha pasado Kautsky en sus razonamientos teóricos −como veremos más
adelante−, dicten la conveniencia de ocultar la esencia de la lucha económica
presente −el reparto del mundo−, de subrayar tal o cual forma de dicha lucha.
Kautsky comete el mismo error. Y, por supuesto, no se trata sólo de la burguesía
alemana, sino de la burguesía mundial. Los capitalistas no se reparten el mundo
por su particular maldad, sino porque el grado de concentración alcanzado les
obliga a seguir por ese camino para obtener beneficios; y se lo
reparten «proporcionalmente al capital», «proporcionalmente a la fuerza»,
porque otro procedimiento de reparto es imposible en el sistema de la
producción mercantil y del capitalismo. Pero la fuerza varía de acuerdo al
grado de desarrollo económico y político. Para comprender lo que está
ocurriendo es necesario saber qué cuestiones se resuelven con los cambios de
fuerzas. Pero saber si dichos cambios son «puramente» económicos o no
económicos −por ejemplo, militares− es algo secundario que no puede hacer
variar en nada la concepción fundamental de la época actual del capitalismo.
Sustituir el fondo de la lucha y de los acuerdos entre las asociaciones capitalistas
por la forma de esa lucha y de esos acuerdos −hoy pacífica, mañana belicosa,
pasado mañana otra vez belicosa− significa rebajarse al nivel de un sofista».
(Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo fase superior del capitalismo,
1916)

¿Cómo que China «no busca un papel hegemónico en lo militar» y


trabaja por la «coexistencia pacífica de los pueblos»?

El señor Vincent Gouysse no se daba por vencido, y nos aseguraba que:

«[China] No busca un papel hegemónico, en el sentido militar». (Vincent


Gouysse; El despertar del dragón, 2010)

¡Vaya! Cuánto se parecen esas declaraciones a lo que nos cuentan nuestros


revisionistas prochinos del mundo de la «izquierda»:

57
«Cuáles son los «otros imperialismos» que compiten con este? Como
latinoamericano preguntaría a los cultores de la teoría de la «pluralidad de
imperialismos» que por favor me digan cuantas bases militares tienen rusos y
chinos en América Latina y el Caribe». (Atilio A. Boron; Las izquierdas en la
crisis del imperio, 2016)

«En este contexto, dijo [José Luis] Centella, cobran el máximo valor las
propuestas de coexistencia pacífica planteadas por China desde sus inicios y
ahora puestas en valor por el presidente Xi Jinping». (Xinhua Español;
Entrevista: China tendrá papel importante en nueva etapa histórica, dice
presidente Partido Comunista de España, 2019)

¿Quién se puede creer esto? Solo un necio. Lo cierto es que China en sus
aspiraciones por convertirse en una potencia imperialista, primero regional y
luego mundial, ejerció diversas intervenciones militares a mediados del siglo XX
y financió conflictos armados en los sucesos ya mencionados:

«Un ejemplo de cómo interviene China es el Zaire, donde domina la camarilla


más sangrienta y más rica del continente africano acaudillada por Mobutu. En
los últimos combates que se desarrollaron en el Zaire, acudieron
inmediatamente en ayuda de Mobutu, asesino de Patricio Lumumba, los
marroquíes del reino jerifiano de Marruecos, acudió la aviación francesa,
acudió asimismo China. La ayuda dada por los franceses es comprensible,
porque con su intervención defienden las concesiones y los consorcios que
poseen en Katanga, a la vez que defienden a sus gentes, así como a Mobutu y su
camarilla. Pero los revisionistas chinos ¿qué buscan en Katanga? ¿A quién
asisten? ¿Acaso auxilian al pueblo del Zaire oprimido por Mobutu, por su
camarilla y por los concesionarios franceses, belgas, norteamericanos y otros?
¿No será que también ellos ayudan a la sangrienta camarilla de Mobutu? El
hecho es que la dirección revisionista china socorre a esta camarilla no de
manera indirecta, sino muy abiertamente. Para que esta ayuda sea más
concreta y ostensible, mandó allí al ministro de Asuntos Exteriores Juan-Jua,
envió expertos militares, asistencia militar y económica, actuando así de
manera antimarxista, antirrevolucionaria. Su intervención tiene las mismas
características que las del rey Hassán de Marruecos y las de Francia. (...) China
asume la defensa de los diversos dictadores que dominan a los pueblos y que con
todos los medios a su alcance, incluido el terror, reprimen los esfuerzos de los
revolucionarios, del proletariado y de los partidos marxista-leninistas por la
liberación nacional y social. Con estas posturas ha tomado el camino de la
contrarrevolución. Disfrazándose con el marxismo-leninismo, trata de hacer
ver que supuestamente exporta a los diversos países la idea de la revolución,
pero de hecho está exportando la idea de la contrarrevolución. Con esto ayuda
al imperialismo norteamericano y a las camarillas fascistas en el poder».
(Enver Hoxha; Imperialismo y revolución, 1978)

58
Nadie que haya seguido los acontecimientos geopolíticos de estas últimas décadas
puede afirmar que China era −o es− un apoyo para los pueblos. Ejemplos no nos
faltan, podemos hablar de sus operaciones conjuntas con los Estados Unidos en
Angola y Afganistán, o de su actual presencia en Ladakh −de la que hablaremos
más adelante−. Aunque hay multitud de casos, como la política china en Malasia,
España, Chile, Laos, Tailandia, Indonesia, como bien recogió Victor Vaughn en
su obra: «Serie sobre el revisionismo maoísta: la política exterior de China
maoísta: décadas de 1970 y 1980» (2011). Con tal de no extender esta obra en
demasía, instamos a que el lector repase una a una estas cuestiones, si así lo desea,
en la documentación pertinente. Si el lector quiere más información sobre la
política exterior de los «teoría de los tres mundos», inaugurada en época de Mao
Zedong, le instamos a que vuelva a consultar las fuentes disponibles. Véase
nuestro capítulo: «La de los «tres mundos» y la política exterior
contrarrevolucionaria de Mao» (2017).

En todo caso, nos conformaremos con traer al lector el siguiente ejemplo del
«internacionalismo de China» en los años 80, cuando decidió que era buena idea
apoyar a la junta militar proestadounidense en El Salvador, ¡sí, en efecto, nos
estamos refiriendo al gobierno de los famosos «escuadrones de la muerte»!

«El gran levantamiento de la lucha del pueblo del El Salvador contra la


dominación antipopiular instalada por la junta por parte del imperialismo
estadounidense se intensifica cada día que pasa. (…) El 14 de abril de 1980, la
edición de Pekín Informa, los revisionistas chinos niegan completamente la
naturaleza del golpe de octubre de 1979. En cambio, escribieron que se estableció
una nueva junta en el El Salvador a la cual «Estados Unidos dio la bienvenida»,
desde que ella prometió la «permisión de la existencia de varios partidos, el
respeto a la libertad de expresión y llevar a cabo reformas económicas y
sociales». ¡Qué conmovedor! El sangriento imperialismo estadounidense,
potencia que durante 43 años ha colaborado con las clases reaccionarias
salvadoreñas para oprimir despiadadamente y explotar a las masas
trabajadoras es «bienvenido» porque la junta prometió llevar a cabo
«reformas». Esta encantadora línea, que viene de los campeones del «tercer
mundo», es exactamente la línea con la que Carter trató de engañar a la gente.
Estados Unidos instaló esa junta porque era la única oportunidad de mantener
su dominación en El Salvador contra la creciente marea de lucha genuina por
su independencia. (…) Una vez embelleció y cubrió el rol del imperialismo
estadounidense, luego Pekín Informa habló rápido sobre por qué la junta no
había realizado sus «reformas económicas y sociales», y porque, sin embargo,
continúa atacando salvajemente al pueblo. Ellos escriben, «Paralizados por el
ala derecha de las fuerzas del ejército», sin embargo, la junta «cumplió sus
promesas» (¡) También, ellos dijeron «las organizaciones armadas
antigubernamentales» ocuparon edificios, etc. dificultando llevar a término

59
esas reformas. ¡Que relato fantástico! ¡La junta habría llevado a cabo las
reformas si no hubiera estado «paralizada» por el ala derecha del ejército y la
lucha del pueblo! En realidad, este régimen ha estado trabajando para eliminar
a cualquiera que alzase la voz contra el ala derecha fascista. La presente junta
no ha tenido nunca más interés en cumplir sus promesas que cualquier otro
títere del imperialismo estadounidense». (The Worker’s Advocate; Vol. 10, No.
4, 10 de julio de 1980)

Si China realizaba esta labor cuando apenas era una potencia regional en ascenso,
imaginemos a qué se ha dedicado desde que entonces que ocupa su trono entre
las potencias mundiales. Volviendo al tema que nos concierne, afirmar que China
es un imperialismo «pacífico»... es una broma de mal gusto. Significa
desnaturalizar la esencia del imperialismo capitalista, ¡además es mentir a los
pueblos sobre la historia reciente del país!:

«Nuestro amigo revisionista, el señor Sutherland, en su osada ignorancia dice


que «China no se mete en asuntos internacionales», que no ejerce un papel
agresivo en su política exterior. La invasión del Tíbet en 1950, la guerra sino-
india de 1962 por reivindicaciones territoriales, las propias reivindicaciones
territoriales de Mao Zedong sobre Mongolia exterior cargando la culpa una vez
más a Stalin, el apoyo a guerrillas proestadunidenses como el UNITA en Angola,
a Mobutu en el Zayre, los créditos dados a Pinochet en 1974, el apoyo político-
económico a los maoístas camboyanos, los «Jemeres Rojos», tanto durante su
mandato como después junto con la CIA para contrarrestar la influencia del
Vietnam favorable al socialimperialismo soviético. Las entrevistas entre Mao
Zedong y Kissinger preguntando sobre la ayuda estadounidense en caso de una
próxima guerra con la Unión Soviética. Sin olvidar los comentarios belicistas de
los líderes chinos durante la década de los 70 clamando por una guerra de
Europa y Estados Unidos contra la Unión Soviética sin sonrojo alguno. Las
advertencias a los países de la OTAN para reforzarse militarmente e integrar a
España y Portugal en la Comunidad Económica Europea de cara a la ya
mencionada guerra contra la Unión Soviética en Europa. La intervención china
de Vietnam en 1979, guerra que fue calificada por el líder revisionista chino
Deng Xiaoping simplemente como una «guerra de castigo» contra los
vietnamitas por haber derribado a su socio Polt Pot en Camboya. Podríamos
continuar con los ejemplos [de los esfuerzos de China por «mantener la paz y los
intereses progresistas de los pueblos»], pero lo estimamos innecesario dados los
ya mencionados; es un hecho pues que la historia nos demuestra sin lugar a
duda que la China revisionista no ha sido precisamente un país pacífico de no
injerencia sino todo lo contrario». (Equipo de Bitácora (M-L); Las perlas
antileninistas del economista burgués Manuel Shuterland; Una exposición de la
vigencia de las tesis leninista sobre el imperialismo, 2018)

Un rápido repaso a la «historia pacífica» de China hacia sus vecinos

60
No solo eso, sino que bajo la infame teoría de los «tres mundos», China se dedicó
durante décadas a azuzar a los gobiernos capitalistas del bloque de los EE.UU.
para que atacasen al bloque de la URSS −importándole bien poco que sería el
proletariado el encargado de pagar los platos rotos−:

«Cuando la Alemania de Guillermo II atacó a Francia e Inglaterra, la II


Internacional llamó a la «defensa de la patria» burguesa tanto por parte de los
socialistas alemanes como de los franceses, a pesar del carácter imperialista de
la guerra que libraban las dos partes. Es sabido cómo Lenin condenó esta
actitud y lo que dijo contra las guerras imperialistas y acerca de su
transformación en guerras civiles. Hoy los chinos, cuando se pronuncian por la
defensa de la «Europa Unida», actúan del mismo modo que la II Internacional.
Instigan la futura guerra nuclear que las dos superpotencias quieren desatar, y
a pesar de que esta guerra entre las dos superpotencias sólo puede tener un
carácter imperialista, hacen llamamientos «patrióticos» a los pueblos de
Europa Occidental y a su proletariado, para que dejen de lado las «pequeñas
cosas» que los oponen a la burguesía −y estas «pequeñas cosas» son la opresión,
el hambre, las huelgas, los asesinatos, el paro forzoso, la salvaguardia del poder
burgués− y se unan con la OTAN, con la «Europa Unida», con el Mercado
Común Europeo de la gran burguesía de los consorcios, y combatan a la Unión
Soviética, es decir, les llaman a convertirse en carne de cañón al servicio de la
burguesía. ¡Ni la propaganda de la II Internacional lo hubiera hecho mejor!
Pero la dirección china, ¿qué aconseja que hagan los pueblos de la Unión
Soviética y de los otros países revisionistas miembros del Tratado de Varsovia
y del COMECON? ¡Nada! Con su silencio les dice: «¡Permanezcan donde están,
luchen y derramen su sangre por la sanguinaria camarilla del Kremlin!». ¡¿Se
trata de una actitud leninista?! ¡No! Esta línea del Partido Comunista de China
es antiproletaria, belicista. Los chinos no están porque se haga una lucha en los
dos flancos, contra las dos superpotencias imperialistas, a fin de frustrar sus
planes de guerra de rapiña; no quieren que se trabaje para hacer que, si la
guerra estalla, se transforme en una guerra civil, en una guerra justa. Nosotros
nos atenemos precisamente a esta enseñanza leninista, por eso los chinos nos
acusan de que, supuestamente, ¡¡nos hacemos ilusiones sobre la paz y llevamos
agua al molino de los soviéticos!!». (Enver Hoxha; Los revisionistas chinos
atacan por la espalda al Partido del Trabajo de Albania; Reflexiones sobre
China: Tomo II, 8 de enero de 1977)

Durante las últimas décadas, la «afable» China ha empezado a colocar bases


militares fuera de su territorio −Yobuti, sus planes en Pakistán, El Salvador−, la
presencia económica y sus chantajes Camerún, Afganistán, Corea del Norte,
Vietnam−, reivindicaciones territoriales −Japón, India− y la explotación de
recursos en contra del medioambiente −Bolivia, Nicaragua−.

61
Lo que los lacayos de Pekín ocultan de papel de China en Sudán

Hablemos del conflicto en Darfur, al suroeste de Sudán, donde China ya «enseñó


músculo» frente al resto de potencias competidoras:

«El conflicto armado desatado en Sudán del Sur en 2013 supuso un cambio de
rumbo: por primera vez, China lideró las negociaciones diplomáticas para
pactar un alto al fuego y participó en el despliegue de tropas en el continente.
Ni siquiera la muerte de dos soldados rebajó el compromiso con la misión de
paz.

De hecho, mientras Europa y Estados Unidos insisten en su política


aislacionista, China ha multiplicado por 25 el número de efectivos en las
operaciones de paz, el 75% de las cuales están en África, y es ya el miembro
permanente del Consejo de seguridad que más cascos azules aporta y el décimo
segundo entre todos los países del mundo. Sin sus tropas, misiones como las de
Malí o Sudán del Sur serían insostenibles.

Un parapeto humanitario que permite justificar sus actuaciones en el


continente. A las operaciones clandestinas, apoyando movimientos insurgentes
en Chad a principios de los 2000 o regímenes amigos en Uganda o Zimbabue,
se ha sumado en los últimos años su papel como suministrador de armamento.
Desde 2016, China es ya el principal exportador de material bélico en África
Subsahariana, con el 27% de las exportaciones: según el Instituto Español de
Estudios Estratégicos, 35 países africanos, el 68%, emplean equipamiento
militar chino, que cuenta con tres plantas de producción de armas ligeras en
Sudán, y fábricas de munición en Zimbabue y Malí». (Gara; De la deuda
trampa al expansionismo militar, 22 de abril de 2019)

Monsieur Gouysse −cuando aún era un señor respetable− denunció la injerencia


y el apoyo político, económico y militar de China a estos regímenes y guerras
reaccionarias:

«En Sudán, el petróleo descubierto en la década de 1970 no comenzó a


explotarse allí hasta finales de la década de 1990, época en la cual las
ambiciones internacionales del joven imperialismo chino exigían la conquista
de nuevas fuentes de suministro de productos energéticos y mineros. (...) China
y Rusia han apoyado financiera y materialmente al gobierno central sudanés,
el cual apoyó o al menos permitió actuar a las milicias árabes en este conflicto.
Sí, ¡pero no es de extrañar que el imperialismo chino proteja las decenas de miles
de millones de yuanes de inversión que ha realizado en Sudán. En 2006, 13 de
las 15 mayores empresas extranjeras que operaban en Sudán eran chinas. En
2007, las exportaciones de petróleo suministraron a Sudán más del 90% de su
superávit comercial y el 83% del petróleo exportado se destinó a China, lo que
representa el 8% de sus importaciones de petróleo. (...) He aquí un discurso al

62
que acostumbran las potencias imperialistas para justificar su control sobre sus
áreas de influencia exclusiva: «ayudamos a los países que explotamos a
progresar». ¡Pero los pueblos han experimentado durante más de un siglo el
tipo de desarrollo que puede traer el dominio de los países imperialistas sobre
los países dependientes! ¡Y qué decir de los resultados de este desarrollo
capitalista semicolonial cuando varias comunidades se reagrupan en el seno de
un mismo estado! Hablar del desarrollo de Sudán en general es negar la
existencia de fuertes contradicciones internas inducidas por tendencias
separatistas en la periferia y por el resentimiento de las poblaciones africanas
negras hacia los antiguos traficantes de esclavos [negreros] y los grandes
terratenientes árabes. También es negar el hecho de que el poder económico y
político está en manos de una burguesía compradora reclutada entre la
comunidad árabe sudanesa. Son estas contradicciones las que los imperialistas
instrumentalizan para servir a sus intereses. En este conflicto interimperialista
«latente», donde dos potencias imperialistas se oponen por grupos étnicos
interpuestos, son obviamente las masas populares sudanesas las que han
pagado un alto precio y soportan el peso de la guerra que libran dos burguesías
imperialistas en competencia para averiguar cuál logrará colocar sus peones
burgueses-compradores y, por lo tanto, quién se beneficiará del saqueo de las
riquezas de Sudán. (...) A pesar de las reiteradas presiones internacionales de
Estados Unidos y sus aliados para denunciar la complicidad china en el éxodo
y el «genocidio» de las poblaciones africanas negras de Darfur, el imperialismo
chino no ha dejado nunca de apoyar al gobierno central sudanés y en 2008
parecía estar en una posición sólida para ganar este pulso. (...) Al final, lo que
hay que recordar es que, en Darfur, el imperialismo estadounidense y sus
aliados como bomberos pirómanos que habrían rociado de gasolina una llama
y luego vendrían a actuar como salvadores en el momento de apagar el
incendio- no han sido menos culpables que el imperialismo chino por la violencia
cometida desde el inicio de las hostilidades. (...) El desarrollo del capitalismo
suscita rivalidades entre naciones y entre comunidades de diferentes orígenes
en un mismo territorio. La tarea de los comunistas es la de no permitir que la
burguesía dé, a conflictos que deberían ser guerras de clases que oponen la
minoría explotadora a la mayoría explotada, las formas de «guerras de razas»,
«de naciones» o «de civilizaciones». oponiendo a la minoría explotadora a las
masas. explotado. Los marxista-leninistas no deben permitir que la burguesía
incite a las masas explotadas a matarse entre ellas mismas en nombre de los
intereses de tal o cual camarilla burguesa». (Vincent Gouysse; Imperialismo y
antiimperialismo, 2007)

La política comercial o crediticia no se puede desligar de la fuerza y el


chantaje militar

El nuevo Gouysse, pues, ha decidido dejar de lado deliberadamente la realidad


como la teoría leninista sobre el imperialismo. Si reconocemos que el capitalismo

63
de la burguesía china alcanzó el estadio monopolista hace décadas, ¿qué otra
política puede tener entonces si no una agresiva −más allá de que esta conduzca
finalmente o no a la guerra abierta en cada caso concreto−? ¿Acaso cree que
Rusia, Francia o los EE.UU. resuelven todos sus conflictos con por la vía militar,
o que están en disposición de hacerlo cuando les venga en gana? Esto es muestra
de una flagrante incomprensión de la geopolítica y los tempos de la diplomacia
burguesa.

Para empezar, el actual peso comercial de China en el mundo capitalista es harto


evidente, y esto le reporta una capacidad de influencia enorme sobre el resto de
países. A riesgo de ser cargarntes, volveremos con unos datos de interés:

«Como ejemplo, los dos mapas que acompañan esta información. Según datos
de la OMC y el Fondo Monetario Internacional (FMI), el país asiático le ha dado
la vuelta en dos décadas a todo el globo. En 2000, Estados Unidos era el primer
exportador mundial y estaba por encima de China en la mayoría de países.
Entonces, éste último solo «ganaba» a su rival norteamericano en regiones
como Cuba, Paraguay, ciertos países africanos y el sudeste asiático. Ya entonces
se estaba gestando su hegemonía pero no alcanzaba el nivel de 2019. Ahora, ha
perdido toda África salvo dos países, también toda Asia, solo conserva Francia,
Reino Unido, Canadá y México de entre grandes potencias y América Latina
está en proceso de «conversión» hacia China. Los asiáticos han batido a Estados
Unidos a golpe de exportación. Acoso y derribo para introducir sus productos
baratos, subvencionados. Y también para atraer tejido empresarial a su país.
La llamada deslocalización, es decir, que las compañías multinacionales se
instalen en su región para fabricar más barato y en condiciones laborales
inferiores a Occidente». (ABC; China, la fábrica del mundo que factura 78.852
dólares al segundo, 23 de diciembre de 2019)

El parasitismo y la especulación del imperio chino a través de la inversión de


capital también es algo que se hace notar fuertemente:

«El gobierno chino atribuye este crecimiento de la demanda de IED chinas en el


exterior a: 1) la recuperación económica y los procesos de industrialización en
el mundo; 2) la capacidad de China −que es segunda economía del mundo,
primera en comercio de bienes y en reservas internacionales); 3) la política de
inversiones, como el proyecto «un cinturón, un camino», conocida como nueva
Ruta de la Seda; 4) la iniciativa de las empresas a salir al exterior, para utilizar
el mercado y los recursos internacionales en pos de sus beneficios, debido a la
restructuración interna de la economía china (17). En cuanto a la distribución
regional, Asia absorbió 74,4% del total de la IED china, seguida por América
Latina y el Caribe (8,6%) y América del Norte −Estados Unidos y Canadá− con
7,4% de la IED china en el mundo. En este ámbito, la novedad ha sido la caída
de las inversiones chinas en Europa, representando sólo 4,9% del total. En
comparación con el año 2014, las IED chinas hacia el continente asiático creció
64
27,5%; mientras que hacia Europa decreció 34,3% (18). El 50,4 por ciento de las
IED chinas es realizada por Empresas de Propiedad Estatal; mientras que el
restante 49,6 por ciento a través de otras distintas formas de empresas. El flujo
de las IED chinas en ALC se caracteriza por seguir concentrado en paraísos
fiscales. (...) En 2015, las IED chinas hacia ALC fueron dirigidas principalmente
al sector de servicios de leasing y negocios (47,7%); servicios financieros
(18,3%); minería (9.6%) y comercio mayorista y minorista (7,6 %) (20)».
(Eduardo Daniel Oviedo; Inversiones de China, Corea y Japón en Argentina.
Análisis general y estudio de casos, 2017)

¿Qué política económica practica china entonces? ¡La misma que el imperialismo
británico aplicaba en 1914!:

«Hay que hacer empero una tajante distinción entre las operaciones financieras
y el simple intercambio de mercancías. El comercio que se basa en un completo
sistema de crédito es mucho más provechoso para las clases inversoras que el
simple intercambio entre naciones que se hallan a un mismo nivel de desarrollo
económico. Si enviamos a Francia carbón galés y obtenemos a cambio flores
artificiales, el capital rinde un doble beneficio: el beneficio de los propietarios
ingleses de las minas de carbón y el beneficio de los explotadores franceses. Pero
si prestamos dinero a Argentina, con el que este país nos compra raíles de acero
y después exporta carne para vendérnosla a fin de poder amortizar los intereses
del empréstito, el beneficio del capital será triple: el beneficio de la industria del
acero inglesa, el beneficio del comercio argentino de carnes y el beneficio de los
banqueros e inversores ingleses. Este tercer beneficio es el más apreciado por
nuestra clase social ociosa, y el objetivo del imperialismo es desarrollar el tipo
de comercio que requiere esta base crediticia, es decir, el comercio con naciones
deudoras más débiles». (Henry Noel Brailsford; La guerra del acero y del oro,
1914)

Entonces, si aceptamos que en nuestra época:

«La exportación del capital, como fenómeno particularmente característico a


diferencia de la exportación de mercancías bajo el capitalismo no monopolista,
guarda estrecha relación con el reparto económico y político-territorial del
mundo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El imperialismo y la escisión del
socialismo, 1916)

De esto se deriva que:

«El imperialismo es el dominio del capital financiero de un pequeño grupo de


países sobre el resto del mundo. Por esta causa, con el crecimiento de la capa de
rentistas, los países imperialistas se transforman en estados rentistas
parasitarios, que dominan y explotan a los otros países y que extraen

65
superbeneficios fabulosos de las colonias y de las semicolonias». (Luis Segal;
Principios de economía política, 1940)

Si sumamos lo anterior a la índole de las «mejoras» que el «ejército chino ha


sufrido» −de las cuales hemos hecho un brevísimo esbozo−, ¿realmente el nuevo
Gouysse y sus compañeros prochinos piensan que este ejército es un cuerpo de
«defensa y paz», como dice Pekín? ¿No son capaces de darse cuenta de que las
fuerzas armadas chinas no son más que otra baza para chantajear otras naciones
o que, llegado el momento, China, en caso que lo necesite, usará de −nuevo− sus
fuerzas armadas para proteger su comercio e inversiones? Gouysse ignora el
pasado afirmando en el presente que estas agresiones −las más abiertas, que
incluyen una guerra a gran escala−, solo ocurrirán en «un futuro». Así se
consolida como cómplice de las fechorías de Pekín. El problema de Vincent
Gouysse no sólo radica en su incomprensión de la dinámica del imperialismo,
sino que ahora ignora adrede toda la historia de China, caracterizándola como un
imperialismo que se ha formado y discurre de «forma pacífica»:

«Hoy en día, las personas y los trabajadores oprimidos solo pueden ver más
favorablemente el surgimiento pacífico del imperialismo chino frente a la
persecución de políticas reaccionarias». (Vincent Gouysse; China «comunista»:
mitos y hechos principales, ¡de Mao a Xi!, 2020)

Esto es algo que los revisionistas de las cuatro esquinas del globo
sostienen, siendo la única diferencia en sus postulados la gradación de su
caracterización de China. Unos consideran que China «es un país socialista e
internacionalista», otros solo lo consideran «un país capitalista pero
antiimperialista», y otros que «es una potencia imperialista alternativa a otras
potencias más agresivas». Como decíamos, a distintos grados de oportunismo,
distintas tesis:

«Hoy, todavía existe el riesgo de que la agitación contrarrevolucionaria vuelva


a empezar y todavía existe el peligro de que la línea revisionista y procapitalista
se haga con la dirección del Partido Comunista de China». (Ludo Martens; De
Tian'anmen a Timișoara, 1994)

«Visto desde este punto, los errores y desviaciones actuales chinas, a pesar de la
gravedad que han alcanzado, han sido un mal menor, un riesgo calculado que
corren conscientemente los chinos con el fin de evitar otros males mayores».
(Partido Comunista de España (reconstituido); Temas de formación marxista-
leninista, 1989)

«Declarar a China como enemigo imperialista contradice todos los hechos


objetivos». (Red Roja; Nº18, junio de 2019)

66
«Ahora, desde la concepción leninista, China es una potencia imperialista,
acomete el imperialismo contra otros países. La única característica que China
no posee con respecto a la ideología del imperialismo es la agresividad
militarcolonial que Lenin endilgaba a esos países. Por ello, por su no
militarización y lo «amistoso» de los convenios, y la no «injerencia en las
políticas internas». (Manuel Sutherland; Comentarios, 15 de febrero de 2015)

¿Qué responder a todo esto?:

«En nuestros días, es todavía más criminal salir con estas excusas sobre China,
cuando es un país socialimperialista que ha iniciado guerras de castigo contra
terceros, cuyo irredentismo se manifiesta en la forma de constantes
reivindicaciones territoriales −choques fronterizos incluidos−, un discurso
chovinista y expansionista, operaciones de chantaje y soborno a las camarillas
de los países neocoloniales y asentamiento de bases militares en el extranjero;
esto sin olvidar que es uno de los mayores inversores de capital del mundo,
especialmente en los países africanos y latinoamericanos». (Equipo de Bitácora
(M-L); Estudio histórico sobre los bandazos oportunistas del PCE (r) y las
prácticas terroristas de los GRAPO, 2017)

Las relaciones China-Australia, un ejemplo del chantaje del gigante


asiático

Las tesis de Gouysse sobre China entrañan otra contradicción antimarxista: creer
que un país capitalista moderno, en la era de los monopolios, puede establecerse
como potencia imperialista sin «conflictos» −esto es, de forma pacífica−. Para
comprender cómo se formó el capitalismo en cualquier país, instamos a Gouysse
a leer o repasar el capítulo «La llamada acumulación originaria» de la obra de
Marx «El Capital» (1867); la obra de Lenin «Imperialismo fase superior del
capitalismo» (1916); la obra de Joan Comorera: «La nación en una nueva etapa
histórica» (1944); y la obra de Enver Hoxha «Imperialismo y revolución» (1978).
Realizamos tal recomendación porque allí se sintetiza este proceso histórico y el
señor Gouysse parece haber olvidado −si es que alguna vez ha llegado a conocer−
ciertas leyes socio-económicas fundamentales del capitalismo. Claro que él
aludirá a que el «imperialismo chino progresista» tiene ciertas
«particularidades» −¡ay, las benditas particularidades!− que hacen que se haya
formado «pacíficamente». Bien, le instamos entonces a que repase en qué
descansa la explotación interna y externa de la actual China con un poco de
información. Véase nuestros capítulos: «China como un «país pacífico que no se
mete en asuntos externos» (2018) y «La política socialimperialista de los
gobernantes chinos no es casual, es un reflejo de su política opresiva y
explotadora en el interior» (2018).

«Es fundamentalmente erróneo, antimarxista y anticientífico, separar «la


política exterior» de la política en general, ni qué hablar de oponer la política
67
exterior a la interior. Tanto en política exterior como interior, el imperialismo
tiende hacia la violación de la democracia, hacia la reacción». (Vladimir Ilich
Uliánov, Lenin; Una caricatura del marxismo y el economicismo imperialista,
1916)

Todas estas actitudes de la China actual que se recogen en nuestros documentos


pueden parecer pacíficas a ojos de quien cree que las únicas guerras y tensiones
que genera el imperialismo son las invasiones a gran escala, pero Lenin ya explicó
que uno de los rasgos distintivos del imperialismo contemporáneo −que permitía
diferenciarlo del antiguo colonialismo de la Edad Moderna− era el que la invasión
financiera hubiese ganado importancia como método de dominación, reduciendo
la prominencia de las costosas operaciones militares −otrora el método de
subyugación predilecto−. Estas ahora sólo tienen lugar cuando falla el método de
la guerra comercial −entre otras vías−. Esta es la razón de que hoy China no ha
necesitado plagar el globo de bases militares para dominar gran parte de la
economía actual, ya que:

«El conocimiento exacto del reparto físico de la tierra no es suficiente. No nos


revela el secreto del poder monopolista. Italia por ejemplo, poseía extensas
colonias y a la vez era un país dependiente, en gran medida, del capital
monopolista internacional. La característica esencial del capitalismo
monopolista no es la exportación de mercancías, sino de capital, convertirse en
un rentista tacaño, de ahí la ley leninista de la descomposición y parasitismo
progresivo del capital−. Por lo tanto, hay que establecer, con la mayor exactitud
posible, el reparto económico del mundo, el cual no corresponde [muchas veces]
al reparto físico». (Joan Comorera; La nación en una nueva etapa histórica,
1944)

El caso de las recientes tensiones comerciales entre China y Australia −por poner
un ejemplo de cientos− son una viva imagen de esta tesis del leninismo. Para
situarnos en contexto: Australia es, quizás, uno de los países del mundo cuya
economía muestra una mayor dependencia de China. Australia exportaba
productos a China bajo unas condiciones tan favorables que viraron la política
comercial de la isla, alejándola de las manos de socios como Japón, Europa, etc.
para caer en una relación casi monógama con quienes les ofrecían las mayores
ventajas: el gigante asiático. Esto no significa que China haya tenido un aliado
apacible:

«En los últimos tiempos, Canberra ha expresado su preocupación por los


derechos humanos en Xinjiang y Hong Kong, ha prohibido a la empresa china
Huawei construir la red 5G de Australia y ha debatido las acusaciones de que
Pekín interfiere en los asuntos internos. Esta fricción no es exclusiva de
Australia. Canadá, Japón y Corea del Sur, entre otros, han experimentado un
retroceso económico de China, supuestamente por razones políticas. Pero la

68
dependencia económica de Australia de China es mayor que la de muchas
naciones. Durante la última década, China ha sido el mayor socio comercial de
Australia y ahora representa el 32,6% de sus exportaciones». (BBC; China
impone un arancel del 80% a la cebada australiana durante los próximos cinco
años en medio del impulso global para la investigación del coronavirus, 17 de
junio de 2020)

Este mismo año 2020, Australia criticó el papel de China en la contención de la


pandemia de coronavirus, a lo que China −que, como gigante imperialista, no
puede tolerar el daño a su marca comercial− respondió de forma brusca:
imponiendo una tarifa del 80% a la cebada proveniente de Australia,
encareciéndola en el mercado a casi el doble de su precio y causando que los
compradores viraran hacia los productos de otros países, anulando las ventas de
cebada australiana −su tercer producto más exportado y un pilar de sus
finanzas− e instaurando el pavor en el corazón de Oceanía.

¿Para qué se prepara el modernísimo ejército chino? ¿Es cierto que


China nunca ha usado su ejército para atacar injustamente a otros
pueblos?

Nadie en su sano juicio dirá que China carece de planes belicistas. ¿A qué se debe,
entonces, su novísima y flamante reestructuración del mal llamado Ejército de
Liberación Popular (ELP)? ¿A la autodefensa frente al malvado imperialismo? Su
doctrina militar de combate anfibia, altamente ofensiva, la reestructuración de
sus secciones, la compra de armamento de características puramente ofensivas
nos revela como son las cosas. Aquí el lector comprenderá que cuatro soldados
dotados de armas antitanque, antiaéreas y una gran cantidad de explosivos, es
decir, una gran capacidad de destrucción del entorno, no son indicador de una
revisión de las fuerzas armadas que se sostenga sobre una doctrina defensiva.

De modo que el imperialismo chino no es, ni mucho menos, pacífico. Pero sus
defensores más afanados −que no dudarían en discurrir durante horas sobre las
virtudes pacifistas de Xi Jinping y Huawei− no dudan en desterrar este discurso
de la paloma y la ramita de olivo para llenarse el pecho de orgullo cuando nos
ilustran sobre la magnanimidad del Ejército Chino:

«Arriba [en la imagen], dos aviones no tripulados de reconocimiento


supersónicos WZ-8 presentados durante el desfile militar para conmemorar el
70 aniversario de la independencia de la República Popular China el 1 de
octubre de 2019. Washington, obviamente, tiene una visión muy negativa de la
rápida puesta al día cualitativa y cuantitativa china, ante la cual parece estar
completamente impotente». (Vincent Gouysse; EE.UU. como el campeón del
ultraliberalismo… de repente de convirtió en el campeón mundial del
proteccionismo económico, ¡demasiado tarde!, 2 de mayo de 2020)

69
Atendiendo a los datos del Banco Mundial, en 2018, China gastó un 1,8% de su
PIB en gasto militar, una inversión que, en proporción, está al nivel de potencias
imperialistas como España, con un 1,2%, Francia, con un 1,8% y muy lejos de
países como EE.UU., con un 3,4%, Rusia, con un 3,8%, Argelia, con un 6% o
Arabia Saudí con un 7,8. Ahora, ¿Cuánto destina en números absolutos?
Atendiendo a los datos oficiales del gobierno chino, unos 176 mil millones de
dólares algo que ubica a China solo por detrás de los Estados Unidos, cuyo
gigantesco presupuesto en defensa ronda los 718 mil millones de dólares. Esta
tendencia de China ha ido in crescendo en los últimos años:

«El presupuesto militar de China crecerá este año, según ha puesto de


manifiesto el primer ministro chino, Li Keqiang, un 7,5%. Un aumento más
moderado que el año pasado, cuando alcanzó el 8,1%, y bastante más modesto
que las cifras de dos dígitos en que subió hasta 2016. Pero, con todo, sigue aún
por encima del incremento del PIB previsto para este año, entre el 6 y el 6,5%.
En comparación, el gasto chino en Seguridad Pública −oficialmente− solo
crecerá un 5,6%, para quedar en 179.780 millones de yuanes −23.652 millones
de euros−». (El País; El gasto militar de China continúa su aumento por encima
del PIB, 6 de marzo de 2019)

Solo China y EE.UU. ocupan más de la mitad de la inversión global en Defensa:

«El gasto militar de EE UU aumentó el año pasado por primera vez desde 2010.
La Administración de Donald Trump elevó la inversión en Defensa un 4,6%
respecto al año anterior hasta alcanzar los 649.000 millones de dólares
−581.000 millones de euros−, un 36% del total mundial, que creció hasta su
máximo histórico. Washington y su rival estratégico Pekín suman por primera
vez más de la mitad de la inversión global en Defensa, según los datos que
publica este lunes el Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación
de la Paz (SIPRI)». (El País; El gasto militar mundial escala a su máximo por el
impulso de EE.UU., 29 de abril de 2019)

¡Si estos son los rasgos distintivos del imperialismo pacífico chino que sostiene
Gouysse menuda estafa! Cabe tener en cuenta que cada vez más parte del PIB es
destinado a su ejército hipermodernizado, atestado de soldados y que ya cuenta
con bases militares fuera de su territorio. ¿Para qué necesita bases en el
extranjero un ejército cuyo supuesto propósito es, a diferencia de EE.UU.,
defender a China de amenazas externas? ¿Para hacer de policía del mundo, como
los EE.UU.? ¿Para ayudar a los pueblos contra los EE.UU.? Oh, entendemos,
parece que recuerdan muy bien los argumentos que usó en su día Brézhnev.

A decir verdad, abandonemos la mera palabrería y busquemos ejemplos de las


más recientes y caritativas misiones de paz del Ejército Chino. En un pacífico acto
de reminiscencia de la sangrienta guerra entre India y China −1962−, que

70
comenzó con una serie de disputas sobre la Línea de Control que separa ambos
países y la invasión china de la India, los imperialistas chinos están copando hoy
esa misma línea, con más de 20.000 efectivos militares cuyo objetivo es el de
amedrentar a una importante potencia imperialista regional y reforzar sus
posiciones en un suelo que no les pertenece.

«La última disputa fronteriza entre China e India puede haber involucrado
principalmente riñas y maniobras de tropas en el terreno, pero ha sido una
guerra total en los medios de comunicación de los respectivos países». (CNN;
La disputa fronteriza entre India y China se está convirtiendo en una guerra
mediática total, 19 de junio de 2020)

No contentos con este risueño encuentro internacionalista con sus camaradas


indios, los pacíficos imperialistas chinos protagonizaron otra aventura fraternal
en un archipiélago perteneciente a China desde la batalla de las Islas Parecelso
entre los chinos y Vietnam del Sur −1974−. Para demostrar su amor por los
pueblos y la paz, respondieron a las tensiones territoriales desplegando
bombarderos en la Isla Woody, que está en control chino desde 1956 y desde la
que desataron la invasión del archipiélago hace treinta y seis años. Los
vietnamitas, molestos porque el archipiélago era parte de su territorio, y después
de que Vietnam del Norte derrotara a los Estados Unidos y Francia
definitivamente, no esperaban que China, supuesta aliada de los pueblos, hubiese
aprovechado la coyuntura para sustraer con mucha paz y amor un archipiélago
entero de su territorio. Taiwan, por su parte, reclamaba su autoridad sobre el
enclave al haberle pertenecido brevemente durante la década de 1940. ¡Qué
historia tan llena de fraternidad y amor por la paz! Un medio de comunicación
prochino decía:

«Una foto que circula en las redes sociales chinas parece mostrar a uno de los
bombarderos más avanzados de China, el H-6J, en el aeródromo de la pequeña
isla Woody, un asentamiento chino en crecimiento en las islas Paracelso. Al
respecto, el portal web The Drive informó el miércoles que el aterrizaje de un
bombardero H-6K en Woody Island en 2018 causó bastante revuelo, pero si es
del H-6J, sería la primera vez que se estaciona un bombardero tan pesado en la
región. (...) El mar de China Meridional es una extensión muy disputada del
océano Pacífico. Pekín reclama casi un 90 % del territorio; mientras que varios
países, entre ellos Filipinas, Vietnam, Malasia y Brunéi, mantienen también
reivindicaciones territoriales al respecto». (Hispan TV; Pekín despliega un
bombardero pesado en mar de la China Meridional, 12 de agosto de 2020)

¡Minucias, caballeros! ¡A esto se le llama autodefensa!

¿Puede ser «el apoyo de los pueblos» un país que viola el derecho de
autodeterminación en su casa?

71
Para abordar este capítulo referente a la cuestión de Xinjiang, Tibet o Hong Kong,
no podemos dejar de mirar hacia el pasado. Así, entenderemos que como se suele
decir «de aquellos barros estos lodos».

En los años 30 el Partido Comunista de China (PCCh) a priori destacaba por


haber aceptado la visión bolchevique sobre la cuestión nacional, algo sumamente
importante en un Estado multinacional como el suyo:

«Lucha por la correcta solución revolucionaria de la cuestión nacional hacia los


pueblos no chinos, el PCCh debe tener en cuenta los principales pueblos no
chinos −mongoles, khoi, coreanos, tai, nose, mon, etc.− lo que representa la
abrumadora mayoría de la población de las regiones periférica de China
−Manchuria, Mongolia Interior, Gansu, Guizhou, Yunnan− y las minorías
nacionales de los territorios de Guandong, Guangxi, Hunan, provincias
occidentales de Sichuan, etc. (…) El PCCh lucha por el derecho a la
autodeterminación, hasta la secesión estatal de todos los pueblos no chinos que
sufren la opresión por parte de las clases poseedoras chinas y el imperialismo».
(Del acta Nº307 de una reunión extraordinaria de la comisión política de la
Secretaria del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, Moscú, 21 de
abril de 1933)

Antes de continuar, deberíamos hacer un inciso sobre China y la cuestión


nacional para quien no esté muy familiarizado. La etnia mayoritaria en lo que hoy
se conoce como China es −y siempre ha sido− la han, pero no ha sido la única,
existiendo otras. Previamente a que Mao Zedong llegase a la cima de poder, el
PCCh había defendido el derecho de autodeterminación hasta sus últimas
consecuencias −véase las tesis del VIº Congreso del PCCh de 1928−. En los
comunicados de los territorios liberados por los comunistas chinos, la República
Soviética de China de 1931-37, no se dejaba lugar a dudas:

«Esto significa que las regiones como Mongolia, Tibet, Sinkiang, Yunnan,
Kweichow y otras, en las que la mayoría de la población pertenece a
nacionalidades no chinas, las masas trabajadoras de estas nacionalidades
tienen derecho a determinar si desean separarse de la República Soviética China
y establecer su propio estado independiente o ingresar a una Unión de
Repúblicas Soviéticas o formar una región autónoma dentro de la República
Soviética China». (Primer Congreso Nacional de la República Soviética de
China, 1931)

Sobre Mongolia

Pero a partir de 1936 la nueva política maoísta sobre las fronteras rechazaba el
derecho de autodeterminación que antaño había abanderado el PCCh:

72
«Cuando la revolución popular» haya salido victoriosa en China, la República
de Mongolia Exterior pasará a ser automáticamente una parte de la Federación
China por voluntad propia. Los pueblos mahometano y tibetano también
formarán repúblicas autónomas unidas a la federación china». (Edgar Snow:
Estrella roja sobre China, 1937)

Las intenciones de China eran absorber la Mongolia Interior y Exterior:

«Mao Zedong, por propia iniciativa, preguntó nuestra opinión sobre la


unificación de la Mongolia Interior y Exterior. Mi respuesta fue que no
apoyamos esta proposición. Luego, él preguntó cuáles eran las razones.
Respondí que no la apoyamos porque esta unificación conduciría a una pérdida
de territorio sustancial para China. Mao Zedong dijo que consideraba que la
Mongolia Interior y Exterior podrían unirse a la República China. Por supuesto,
esto sería posible si los líderes de la Mongolia Interior y Exterior se mostraran
de acuerdo con esta decisión. Admite esta posibilidad, en un plazo de, digamos,
dos años, cuando el poder de los comunistas en China se fortalezca y todo
alcance la deseada normalidad. Luego la Mongolia Exterior declarará que se
separó del Estado chino porque el Kuomintang estaba en el poder. Ahora,
cuando los comunistas tienen el poder, la Mongolia Exterior desea acceder al
Estado chino uniéndose a la Mongolia Interior. Respondí que tal cosa es
imposible, pues la Mongolia Exterior ha disfrutado de su independencia durante
un largo tiempo. Tras la victoria contra Japón, el Estado chino, como el Estado
soviético, reconoció la independencia de la Mongolia Exterior. La Mongolia
Exterior tiene su propio ejército, su propia cultura, bien encaminada hacia la
prosperidad económica, hace tiempo que comprendió el sabor de la
independencia y difícilmente renunciaría a ella voluntariamente. Si alguna vez
se une con la Mongolia Interior será, seguramente, en una Mongolia
independiente». (Memorandum de la conversación entre Anastás Mikoyán y
Mao Zedong, 9 de febrero de 1949)

«No creemos que Mongolia Exterior acepte renunciar a su independencia en


favor de su autonomía dentro del estado chino, incluso si todas las regiones de
Mongolia están unidas en una unidad autónoma. Está claro que la palabra
decisiva en este asunto pertenece a la propia Mongolia Exterior». (Iósif
Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Telegrama a Mao Zedong, principios de
febrero de 1949)

Durante un tiempo, lejos de ceder ante las pretensiones nacionalistas de Mao y


sus acólitos, los soviéticos, encabezados por Stalin, defendieron el derecho de
Mongolia Exterior a existir, la cual ya había constituido su propio Estado –en
1924, para ser más exactos–. Los jefes soviéticos terminaron por obligar a los
dirigentes chinos a cambiar sus antiguas declaraciones públicas en favor de
adoptar el reconocimiento de la soberanía nacional y estatal de la República

73
Popular de Mongolia, algo que parece ser que fue condición indispensable para
que la URSS contrajese un acuerdo con China en 1950. Parece ser que además el
PCCh fue forzado a publicar un comunicado en contra del chovinismo chino y sus
intentos de resurgir, en concreto se apuntaba literalmente contra las tendencias
hans que abogaban por las reivindicaciones territoriales hacia Mongolia. Véase la
obra de Moni Guha: «¿Por qué se denigró a Stalin y se le convirtió en una figura
controvertida?» de 1981. Pero esto fue una ensoñación… porque años después la
Constitución maoísta de 1954 solo confirmó lo que ya era un secreto a voces cinco
años antes: el maoísmo absorbería a los pueblos periféricos no hans a la fuerza
−tibetanos, uigures, mongoles y otros−. Véase la obra de Moni Guha: «Sobre la
cuestión de las naciones y nacionalidades» (2016).

Parece que a los líderes chinos «se les olvidó» una de las máximas bolcheviques:

«El hecho de que una «sociedad socialista no poseerá» no sólo colonias, sino
tampoco naciones sojuzgadas en general». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Una
caricatura del marxismo y el economicismo imperialista, 1916)

«Todas las manifestaciones, declaraciones y proclamas renunciando a las


anexiones, pero que no lleven aparejada a realización efectiva de la libertad de
separación, no son más que un engaño burgués del pueblo o ingenuos deseos
pequeño burgueses. El partido del proletariado aspira a crear un Estado lo más
grande posible, ya que eso beneficia a los trabajadores; aspira al acercamiento
y la sucesiva fusión de las naciones; mas no quiere alcanzar ese objetivo por la
violencia, sino exclusivamente por medio de una unión libre y fraternal de los
obreros y las masas trabajadoras de todas las naciones. Cuanto más
democrática sea la República de Rusia, cuanto mejor consiga organizarse como
República de los Soviets de diputados obreros y campesinos, tanto más
poderosa será la fuerza de atracción voluntaria hacia esta República para las
masas trabajadoras de todas las naciones». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Las
tareas del proletariado en nuestra revolución, 1917)

Sobre el Xinjiang

Hablemos sobre el problema del Xinjiang, también conocido como Turquestán


Oriental. En el Xinjiang, hasta 1955, la etnia han constituía menos de un cuarto
de la población. Actualmente representan el 40%, solo por detrás de la etnia
nativa, los uigures −con un porcentaje del 43%−. ¿Qué ha pasado para que esto
ocurra? Para contestar, debemos retrotraernos, de nuevo, a mediados del siglo
XX.

«La asimilación de los uigures −y demás poblaciones musulmanas de Xinjiang−


ha sido parte del planteamiento estratégico de las autoridades chinas desde los
tiempos de la dinastía Qing. No obstante, hasta fechas muy recientes, Pekín

74
nunca ha podido implementar un programa efectivo de esta naturaleza. Los
intentos de asimilación de la población uigur parten de un cierto sentimiento de
superioridad como civilización por parte de China. De la misma forma, las
divisiones internas uigures y la tardanza en elaborar un discurso
etnonacionalista propio, ayudaron a la percepción china que considera a la
uigur, como una identidad débil y por tanto, propicia para la asimilación dentro
de la discursiva Han. No obstante, estas políticas destinadas a la asimilación,
combinadas con la intensa represión no sólo no han contribuido a los objetivos
de Pekín, si no que por el contrario han fortalecido el propio discurso identitario
uigur». (Nicolás de Pedro; El conflicto de Xinjiang; la minoría uigur y la política
de Pekín, 2008)

La Internacional Comunista (IC) alentó a que el Partido Comunista de China


(PCCh) mostrase una atención especial hacia esta región. Rescatemos un
documento de los archivos rusos para comprender cual era la postura inicial de
los comunistas chinos antes de la maoización:

«Un lugar especial, desde el punto de vista de la cuestión nacional, es Xinjiang,


una colonia china gobernada por métodos feudales-coloniales de saqueo y
explotación, mientras los chinos solo representan una pequeña minoría de la
población. Las principales nacionalidades de Xinjiang son los uigures −casi dos
tercios de la población−, mongoles, kirguís, dunganos, manchúes. Esta
composición multinacional de la población a diferentes niveles ha sido utilizada
por los grupos coloniales dominantes para incitar el odio étnico, enfrentando a
los pueblos entre sí. (…) El PCCh reconoce incondicionalmente el derecho de los
pueblos de Xinjiang a la libertad para ejercer la secesión estatal». (Del acta
Nº307 de una reunión extraordinaria de la comisión política de la Secretaria
del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, Moscú, 21 de abril de 1933)

Pero… ¿por qué Xinjiang y su importancia pasada y actual?:

«Al mismo tiempo, la región tiene un interés cada vez mayor para Pekín desde
una perspectiva económica y estratégica. Xinjiang alberga grandes reservas de
petróleo, gas natural, carbón y uranio y, además, se está convirtiendo en un
importante centro de redistribución logística que actúa como puente entre la
China central y costera y el continente euroasiático, que China espera convertir
en un elemento cada vez más destacado de su suministro energético. Por otra
parte, en Xinjiang, China tiene su polígono de pruebas nucleares y de misiles
−Lop Nor y otros− y otras instalaciones de carácter estratégico como centros de
control de telecomunicaciones y estaciones de escucha y de interceptación».
(Nicolás de Pedro; El conflicto de Xinjiang; la minoría uigur y la política de
Pekín, 2008)

75
Durante años, las políticas de la URSS fueron encaminadas a promover y
defender la autonomía de la región frente a las pretensiones del partido
nacionalista chino, el Kuomintang. Véase el apoyo militar, económico y
alimenticio soviético a la Segunda República de Turquestán Oriental entre 1944
y 1949:

«Moscú decidió el destino de Xinjiang en la primavera de 1943, cuando todavía


estaban en marcha las pesadas operaciones de combate en el frente soviético-
alemán. El 4 de mayo de 1943, el Politburó del Partido Comunista de la Unión
Soviética de la URSS adoptó un decreto secreto titulado «Sobre Xinjiang». El
decreto establecía que la Unión Soviética ya no podía «tolerar» al gobernador
de Xinjiang, Sheng Shicai, y que la URSS debería apoyar a los rebeldes no chinos
«en su lucha contra la política colonialista represiva del gobernador». El 22 de
junio de 1945, el Politburó del PC (b) de la URSS aprobó otra decisión para
ayudar a la República de Turkestán Oriental. El 15 de septiembre de 1945, el
Politburó volvió al tema del Turquestán Oriental, esta vez acordando actuar
como intermediario entre los rebeldes y el gobierno chino. (...) En diciembre de
1944, el comisario de Asuntos Internos de la URSS, Lavrentii Beria, ordenó la
creación de un departamento de tareas especiales. Su misión principal era
liderar el movimiento de liberación nacional de los musulmanes de Xinjiang y
brindar toda la asistencia necesaria a sus participantes. Con el consentimiento
de Stalin, el general de división Yegnarov y un grupo de oficiales soviéticos
fueron enviados al distrito de Ili en la República de Turkestán Oriental para
organizar las operaciones de combate de los rebeldes contra el ejército chino.
Los Archivos del Estado de Rusia también contienen varias cartas a Stalin de
Alihan Tore Shakirjan, el jefe del gobierno nacional de Turkestán Oriental».
(Jamil Hasanli; Los archivos soviéticos y Xinjiang, 1944-1949, 2020)

Los soviéticos también promovieron la vuelta de los antiguos pobladores


exiliados en la URSS:

«Identificar rápidamente a los uigures, uzbekos, kazajos y kirguís que


abandonaron Xinjiang y se establecieron en estas repúblicas y recibieron una
educación con el fin de devolverlos a Xinjiang para reforzar el personal de
gestión administrativa de los tres distritos. Se enviará a los más capacitados y
adecuados a trabajar en Xinjiang en coordinación con FF Kuznetsov».
(Extractos del Xinjiang en minutos, Nº63 de las reuniones del Comité Central
del Buró del PCUS(b), 24 de abril de 1948)

Repentinamente, la posición de los soviéticos cambió cuando el Partido


Comunista de China (PCCh) llegó al poder en detrimento del Kuomitang, el cual
buscó refugió en las regiones periféricas. Conociendo la situación de un gobierno
prosoviético en Xinjiang, Mao fue cauteloso, primero condenando la política de
opresión del Kuomintang, segundo, reconociendo su condición de nación y,

76
tercero, prometiendo adoptar los métodos bolcheviques en lo tocante a la
autodeterminación:

«Reconocemos a los musulmanes [se refiere a los uigures], dijo Mao Zedong,
como una nación. Nunca hemos aprobado la política de opresión de los chinos
musulmanes llevada a cabo por el Kuomintang y en consecuencia creemos que
debemos proveerles con la autonomía en el marco de China. En China hay cerca
de 30 millones de musulmanes en total. (…) El Xinjiang contiene cerca de 14
nacionalidades, con cerca de 3 millones de integrantes. El Xinjiang es de gran
valor estratégico y económico, pues nos conecta a la Unión Soviética. En
concordancia con nuestro plan llegaremos allí en 1951. (…) Cuando se trata de
resolver la cuestión nacional en China, Mao Zedong dijo, aprendemos de los
Bolcheviques rusos». (Memorándum de la conversación entre Anastás Mikoyán
y Mao Zedong, 4 de febrero de 1949)

Nada de esto se cumpliría. Simultáneamente a estas declaraciones, los dirigentes


chinos insistirían −y convencerían− a los soviéticos de que la voluntad del
Xinjiang era la de unirse a China siempre que se le otorgase una cierta autonomía:

«Al principio de la conversación se planteó la cuestión acerca de los


musulmanes del noroeste de China y algunos generales Guomindang
musulmanes, en particular, Mao Bufan y Ma Hongkui. A mi pregunta sobre
quién los apoya, Chou En-lai respondió que los generales musulmanes cuentan
con el apoyo de Jiang Jieshi y Estados Unidos. Los estadounidenses quieren
penetrar en las áreas musulmanas de Qinghai y Gansu. En relación con
nuestras victorias, la situación de los generales musulmanes y sus fuerzas se
está volviendo inestable. A mi pregunta sobre si hay alguna demanda por parte
de los musulmanes chinos, Chou En-lai respondió que los musulmanes querrían
adquirir autonomía. Cooperarán con nosotros, dijo, si les damos autonomía y
mostramos cautela con respecto a su religión». (Memorandum de la
conversación entre Anastás Mikoyan y Chou En-lai, 1 de febrero de 1949)

Esto fue aceptado por las autoridades soviéticas, que llevaban años manteniendo
buenas relaciones con el gobierno de Xinjiang, contando con la suficiente
información de primera mano como para conocer las aspiraciones reales de la
población:

«Si las nacionalidades del Xinjiag recibieran autonomía, la base del movimiento
independentista perviviría [sic]. No apoyamos el movimiento de independencia
de las nacionalidades del Xinjiag y no tenemos ninguna reclamación sobre el
territorio del Xinjiang, considerando que el Xinjiang es y debe ser una parte de
China. Apoyamos la cooperación económica y el comercio con el Xinjiang, como
el que está teniendo lugar, y en el que el propio gobierno del Kuomintang, en la
persona de su representante en el Xinjiang, Zhang Zhizhong, propone

77
formalizar mediante un tratado». (Memorándum de la conversación entre
Anastás Mikoyán y Mao Zedong, 4 de febrero de 1949)

Sorprendemente, la parte soviética pensó que no era el momento para celebrar


un referéndum para decidir el futuro de la región, que la autonomía sería
suficiente para calmar los ánimos y el recelo de los pobladores:

«Le expresé a Mao Zedong que nuestro Comité Central no recomienda al Partido
Comunista de China abordar la cuestión nacional mediante la provisión de
independencia a las minorías nacionales y, en consecuencia, reduciendo el
territorio del Estado chino en conexión con la toma de poder por parte de los
comunistas. Uno debería dar autonomía, y no independencia, a las minorías
nacionales. Mao Zedong se alegró al oír este consejo, pero su cara decía que, de
todos modos, no tenía ninguna intención de dar la independencia a nadie.
(Memorándum de la conversación entre Anastás Mikoyán y Mao Zedong, 4 de
febrero de 1949)

A esto hemos de responde, validéndonos de nuevo de la clarividencia de Lenin,


que:

«Por supuesto, una cosa es el derecho a la autodeterminación y otra la


conveniencia de la autodeterminación, la separación de determinada nación en
determinadas circunstancias. Esto es el abecé. ¿Pero reconoce el señor
Moguilianski, reconocen los liberales de Rusia, reconoce el Partido Demócrata
Constitucionalista que es deber de un demócrata predicar a las masas −sobre
todo a las rusas− la gran importancia y el carácter vital de este derecho? No, no
y no. Eso es lo que elude y oculta el señor Moguilianski. Esa es una de las raíces
del nacionalismo y el chovinismo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Los
demócratas constitucionalistas y el «derecho de los pueblos a la
autodeterminación», 1913)

¡¿Acaso hubo ocasión histórica más propicia que la existencia de la URSS, un


gobierno prosoviético en Xinjiang y la llegada al poder de los presuntos
comunistas en China en 1949, para resolver la cuestión nacional de forma
ejemplar, para que los pueblos llegasen a un arreglo común y libre?!

Los investigadores barajan que la dirección soviética aceptó la propuesta de Pekín


a cambio de asegurar la independencia de Mongolia. Esto no puede ser
descartado, pues los líderes soviéticos, por ejemplo, ocultaron sus contactos con
el gobierno de Xinjiang, los cuales eran evidentes −y de los cuales el mismo Mao
sospechaba−:

«Como Mao Zedong me dijo anteriormente que quería discutir conmigo la


cuestión del Xinjiang le pregunté qué tenía en mente. Mao Zedong afirmó que
en el distrito Yili de Xinjiang, que está subordinado al gobierno de Urumqi, hay
78
un movimiento independentista y un partido comunista. Respondí que
desconocía la existencia de un partido comunista en el distrito de Yili, pero que
conocía el movimiento nacional de las nacionalidades locales. Este movimiento
fue desencadenado por la incorrecta política del gobierno chino, que no quería
tomar en cuenta las especificidades nacionales de estas nacionalidades,
impidiendo su derecho de autogobierno, impidiendo el desarrollo de su cultura
nacional. (…) Luego, Mao Zedong dijo que cuando, en 1945, se reunió con Bai
Chongxi en Chongqing el último le dijo que los insurgentes locales en el distrito
de Yili poseían artillería, tanques y aeroplanos soviéticos. Respondí a Mao
Zedong que desconocía estos hechos y que no podía decir nada al respecto, que
solo sabía que no ayudamos a este movimiento, aunque se trate de un
movimiento contra la opresión». (Memorándum de la conversación entre
Anastás Mikoyán y Mao Zedong, 4 de febrero de 1949)

Las declaraciones de Mikoyan son poco menos que ridículas. Reconoce que, tras
años de acuerdos y operaciones militares conjuntas con un gobierno afín, ¡el
centro del comunismo mundial desconoce la existencia del movimiento
comunista en la zona! Es muy posible que líderes soviéticos pensasen que era
necesario contar con el ejército del PCCh para que interviniese en la zona so pena
de que cayese en la influencia de los imperialistas o el Kuomintang. Sea como sea,
el PCCh llegó a promover su chinificación para asegurar que la zona no se
convirtiera en su talón de Aquiles con luz verde de Moscú, lo que denotaba la
desesperación y el temor soviético, ya que aceptar este acto era inadmisible según
los cánones clásicos del bolchevismo:

«Sobre el Xinjiang. El Camarada Stalin dijo que uno no debería posponer la


ocupación del Xinjiang, pues un retraso podría suponer la interferencia inglesa
en los asuntos del Xinjiang. Podrían activar a los musulmanes, incluyendo a los
indios, para continuar la guerra civil contra los comunistas, algo indeseable,
pues hay grandes depósitos de petróleo y algodón en el Xinjiang que China
necesita.

La población china en el Xinjiang no excede el 5%, después de la toma de


Xinjiang uno debería elevar el porcentaje de población china al 30% mediante
el reasentamiento de chinos y en vistas al desarrollo integral de esta gran y rica
región, así como para fortalecer la protección de las fronteras de China.

En general, en los intereses de fortalecer la defensa de China, uno debería poblar


todas las regiones fronterizas con chinos». (Memorándum de la conversación
entre Stalin y la delegación del Partido Comunista de China, 27 de junio de 1949)

¿No defendía Stalin en el Xº Congreso del PC (b) de la URSS la ucranización de


Ucrania frente a la antigua rusificación forzosa del zarismo? ¿Por qué defender
entonces la chinificación de Xinjiang y no la uigurización? ¿Acaso es que los

79
comunistas necesitan forzar una asimilación? ¿No confiaban ya los dirigentes
soviéticos en la política leninista de autodeterminación de los pueblos?

«Las regiones que se han perfilado en Rusia son unidades definidas en el sentido
de su modo de vida y de la composición nacional. Ucrania, Crimea, Polonia, la
Transcaucásica, el Turkestán, la Región Central del Volga, el territorio de
Kirguizia, se distinguen del centro, no solo por su ubicación geográfica −¡la
periferia!−, sino también como territorios económicos íntegros. (…) No son
territorios libres e independientes, sino unidades incrustadas por la fuerza en
un organismo político común a toda Rusia, unidades que ahora aspiran a
obtener la libertad de acción necesaria, bajo la forma de relaciones federativas
o de independencia completa. La historia de la «unión» de estos territorios es
una sucesión ininterrumpida de actos de violencia y de opresión por parte de
las antiguas autoridades de Rusia. (…) En las federaciones occidentales, la
burguesía imperialista es la que dirige la estructuración de la vida del Estado.
No hay nada de asombroso en que la «unión» no pudiera prescindir de la
violencia. Aquí, en Rusia, por el contrario, es el proletariado, enemigo acérrimo
del imperialismo, quien dirige la estructuración política. Por eso en Rusia se
puede y se debe establecer el régimen federativo sobre la base de la libre unión».
(Iósif Vissariónovich Dzhugashvili; Stalin; La organización de la República
Federativa de Rusia, 1917)

Evidentemente, para que el lector se pueda hacer una idea del por qué de estas
concesiones, tiene que tener en cuenta que la propia URSS se había dado también
un proceso de derechización respecto a la cuestión nacional, rehabilitándose todo
tipo de héroes del zarismo e incluso se celebraba la anexión forzosa de ciertos
territorios. Véase los capítulos: «El giro nacionalista en la evaluación soviética de
las figuras históricas» (2021) y «Las terribles consecuencias de rehabilitar la
política exterior zarista en el campo histórico soviético» (2021).

Una URSS ya muy derechizada en esta materia cedió terreno y alimentó las
pretensiones nacionalistas de China, pero, ¿acaso esto no era como ceder a las
mismas pretensiones chovinistas que Tito intentaba llevar a cabo en Albania,
Carintia o Trieste, imponiendo e ignorando la voluntad de los pueblos, tratando
de presionar a la URSS para que aprobase introducir allí sus tropas? En la IIº
Conferencia de la Kominform de 1948 Andréi Zhdánov denunciaría las
pretensiones yugoslavas de este tipo las cuales no eran nuevas, pues según los
informes soviéticos, había reportes en este sentido desde 1945. Véase la obrade la
Fondazione Giangiacomo Feltrinelli: «La Kominform; Las actas de las tres
conferencias 1947/1948/1949» (1994).

Este error de la cúpula soviética es mayúsculo, más teniendo en cuenta que,


paralelamente, Stalin, gracias a los informes de sus delegados soviéticos como

80
Kovalev, Chuikov, Vladimirov y otros detectaba cada vez más las pretensiones
chovinistas de Mao:

«En octubre de 1943, Vladimirov comparó a Mao Zedong y Chiang Kai-


shek: «Dos nacionalistas de diferentes posiciones están obsesionados con la idea
de poder». (…) Vladimirov llegó a la conclusión de que «el chovinismo en el
PCCh es una de las tragedias del desarrollo de la conciencia nacional de China».
(...) «Para Mao Zedong, no somos aliados ideológicos, sino una herramienta que
espera utilizar para lograr sus propios objetivos». (…) El 5 de enero de 1945,
Vladimirov señaló: «El presidente del Comité Central del PCCh me enfatizó
nuevamente que el conocimiento del marxismo-leninismo no es necesario para
la transformación revolucionaria de China. Es importante conocer China, sus
necesidades, costumbres, historia». (Galenovich Yuri Mikhailovich; Stalin y
Mao, 2009)

Hasta existen registros de que el mismísimo Stalin advirtió a la cúpula del PCCh
de la necesidad de luchar con esos «sentimientos nacionalistas»:

«Por lo que yo sé, en el Partido Comunista de China hay una capa delgada de
proletarios y los sentimientos nacionalistas son muy fuertes y si no llevan a cabo
estas políticas de clase genuinamente marxista-leninistas y no llevan a cabo la
lucha contra el nacionalismo burgués, los nacionalistas los estrangularan.
Entonces no solo se dará por terminada la construcción socialista». (Iósif
Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Obras Completas, Tomo 18, Anotaciones
en la obra «De la conversación con la delegación del Comité Central del PCCh
en Moscú el 11 de julio 1949», conversación entre Stalin y Mao Zedong, 1949)

¿Entonces, por qué la URSS cedió en algunos puntos como la cuestión de


Xinjiang? En base a la documentación sino-soviética, los expertos tipifican dos
factores para que la China de Mao pudiera hacerse con el control de esta región:
primero, el conveniente accidente de avión de los cinco representantes de la
Segunda República de Turquestán Oriental en 1949 y, segundo, la aceptación
soviética del relato chino, así como la aceptación en la colaboración para entrar
en esos territorios. De todos modos, se concluye que, de no ser por la ayuda
soviética, los planes chinos se habrían tenido que posponer durante años. Véase
la obra de Charles Kraus: «Cómo Stalin elevó al poder al Partido Comunista Chino
en Xinjiang en 1949» (2018).

¿Actuó la Unión Soviética de forma inteligente al llegar a un compromiso con


China en sus planes expansionistas cuando desconfiaba de su dirección, tal y
como podemos observar en sus documentos? No. A la larga, la posición soviética
en esta cuestión supuso renunciar a la defensa la libre autodeterminación de
Xinjiang, un abandono inadmisible de sus pobladores, una grave equivocación,
más aun existiendo un movimiento comunista que podría haber servido de
contrapeso a China si esta se desviaba −como finalmente ocurrió−, situación

81
análoga a la que ocurriría entre la Albania de Hoxha frente a las pretensiones de
Tito en Yugoslavia. Visto ahora nuestra crítica puede parece un ventajismo a toro
pasado, pero ni mucho menos, el gobierno soviético simplemente tuvo que haber
respetado una línea exterior basada en el internacionalismo proletario, ni más ni
menos, complicó las cosas de forma innecesaria y debido a los condicionantes ya
mencionados, el resultado fue fatal.

Esto facilitó que el gobierno chino impusiera un modelo centralista y autoritario


sobre las minorías, el cual no era parecido ni siquiera en la teoría al modelo de los
bolcheviques en la URSS:

«Con relación a Xinjiang, el planteamiento chino, o al menos en su


manifestación pública, varió rápidamente tanto por su propia naturaleza
centralista como por el temor que sentía Pekín por el ascendiente de Moscú
sobre los uigures de Xinjiang. Los primeros años 50 estuvieron marcados por
las purgas entre los líderes locales y por el rechazo a la propuesta uigur relativa
a la creación en el marco de la RPC de una república de Uigurstán similar a las
repúblicas soviéticas centroasiáticas. En este punto, la política china fue −y es−
nítidamente diferente a la soviética, ya que China, con su concepción unitaria y
centralizada del Estado, siempre ha rechazado la constitución de repúblicas en
su seno; aunque se acepta el derecho de autonomía y el respeto a las diferencias
culturales. (...) El 1 de octubre de 1955 se estableció la región autónoma del
Xinjiang Uigur, con lo que Pekín, más que hacer un reconocimiento de la
especificidad uigur hacía una declaración formal de la pertenencia
−innegociable− de Xinjiang a la estructura estatal de la RPC. Desde entonces y
hasta nuestros días, su carácter autónomo y el respeto −y promoción− de
los derechos uigures ha sido más una realidad de iure que de facto». (Nicolás de
Pedro; El conflicto de Xinjiang; la minoría uigur y la política de Pekín, 2008)

Lejos de solventarse, el conflicto se ha mantenido a lo largo de las décadas:

«Durante los años noventa se produjeron numerosos sucesos violentos, que


hicieron temer el posible inicio de un conflicto y crisis de gravedad creciente.
Pekín ha implementado diversas campañas represivas con el objeto de acabar
con la actividad uigur y, en buena medida ha tenido éxito ya que, desde finales
de los 90 no se han producido más incidentes violentos, y se han acallado las
voces uigures críticas dentro de China. No obstante, este objetivo se ha
conseguido a través de una vulneración masiva e indiscriminadas de derechos
humanos que, si bien, ha aplacado al activismo uigur más dinámico, no ha
resuelto el problema de la región que sigue siendo, la integración de la minoría
uigur y su interacción armoniosa en la estructura de la RPC». (Nicolás de
Pedro; El conflicto de Xinjiang; la minoría uigur y la política de Pekín, 2008)

82
Hoy, esta política tan «camaraderil» e «internacionalista» del gobierno de Pekín
se refleja en expresiones como el tema lingüístico:

«Durante los años 80, a pesar del clima de apertura, se establecieron las bases
conceptuales del programa de educación bilingüe que, pese a lo que pudiera
parecer, tiene el objetivo explícito de promover el mandarín entre las minorías
nacionales en detrimento de su lengua materna. Así, la educación en la lengua
materna, uigur en este caso, es entendida como una fase de transición hacia el
empleo exclusivo del mandarín. De hecho, en 1984 el PCCh de Xinjiang decidió
incrementar la educación en mandarín a través del sistema educativo con el
objetivo de convertir a todo escolar de graduado medio, fluido en chino para
1995. (...) El problema fundamental con esta cuestión no es la promoción del
mandarín, razonable considerando la pertenencia a la RPC, sino la persecución
y acorralamiento implícito o explícito del uigur. Para ello, las autoridades
chinas implementan medidas de refuerzo como la impartición exclusiva de
determinadas materias como matemáticas y ciencias en mandarín. El uigur
queda de esta manera relegada al campo de las humanidades. No obstante, las
autoridades chinas piensan incidir más en esta línea. Así, por ejemplo, para el
año 2012 todos las materias en las escuelas de Artush, una ciudad próxima a
Kashgar y prácticamente de población exclusivamente uigur, serán impartidas
en mandarín». (Nicolás de Pedro; El conflicto de Xinjiang; la minoría uigur y
la política de Pekín, 2008)

Esto se ha combinado con una propaganda que considera dicha región parte de
China y, a todo aquel que lo niegue, como separatista y terrorista:

«Al igual que con la actividad política, Pekín hace escasas distinciones y
establece como actividades separatistas o terroristas, cualquier práctica
religiosa al margen de las establecidas oficialmente. (...) Al mismo tiempo,
Xinjiang vive un proceso de redefinición o significación imparable del espacio
público y simbólico. Además del propio rechazo oficial de denominaciones como
Turkestán oriental, en los medios de comunicación y mundo académico chinos
son cada vez más frecuentes denominaciones como «Asia interior» o
simplemente «región del Oeste» para referirse a la región autónoma del
Xinjiang Uigur, con el objetivo claro de rebajar su nivel de relación con la
minoría uigur. Igualmente, lugares tradicionalmente conocidos por sus
nombres túrquicos empiezan a figurar masivamente por sus nombres en
chino». (Nicolás de Pedro; El conflicto de Xinjiang; la minoría uigur y la política
de Pekín, 2008)

Pekín se esfuerza en emular la política de los viejos emperadores chinos. ¿Les


resulta familiar, verdad? Nada que envidiar a las técnicas del imperialismo
británico en Asia, o al español, con su política interna.

83
No parece casualidad que desde España los ideólogos oficiales del
socialchovinismo tomen a China y su bárbara política represiva como referencia
para suprimir a los movimientos nacionales del Estado:

«@armesillaconde: Todo partido que defienda el derecho de autodeterminación


aplicado a España es un partido enemigo de España». (Twitter; Santiago
Armesilla, 26 ago. 2020)

«@armesillaconde: China es la vanguardia mundial contra el secesionismo.


Hagamos como China». (Twitter; Santiago Armesilla, 1 jul. 2020)

La cuestión del Tíbet

«Sería un oportunismo imperdonable si en vísperas de esta acción del Oriente,


y al principio de su despertar, quebrantásemos nuestro prestigio en él aunque
sólo fuese con la más pequeña aspereza e injusticia con respecto a nuestras
propias nacionalidades no rusas. Una cosa es la necesidad de agruparse contra
los imperialistas de Occidente, que defienden el mundo capitalista. En este caso
no puede haber dudas, y huelga decir que apruebo incondicionalmente estas
medidas. Otra cosa es cuando nosotros mismos caemos, aunque sea en
pequeñeces, en actitudes imperialistas hacia nacionalidades oprimidas,
quebrantando con ello por completo toda nuestra sinceridad de principios, toda
la defensa que, con arreglo a los principios, hacemos de la lucha contra el
imperialismo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Cartas al congreso, 1922)

Ocasionalmente, los líderes chinos aparentaban que sus acciones en el Tíbet no


serían −o eran− contraproducentes:

«Volviendo a la cuestión del Tíbet: Mao Zedong dijo que, una vez se diese fin a
la Guerra Civil y se resolviesen las cuestiones políticas internas dentro del país,
y una vez que los tibetanos sintiesen que China ya no representaba una amenaza
para ellos y que los tratamos con equidad, entonces se resolvería la cuestión del
destino de esta región. En tanto al Tíbet, debemos ser cautelosos y pacientes,
tomando en consideración el desorden regional del territorio y el poder del
lamanismo sobre este». (Acta de la reunión entre Anastás Mikoyán y Mao
Zedong, 6 de febrero de 1949)

Pero, finalmente, los revisionistas chinos optaron por liberar al Tíbet de su


régimen feudal, sustituyendo en esta lucha a las propias masas tibetanas, con
cuya simpatía no contaban en primer lugar, por las bayonetas de su ejército. De
nuevo esta decisión fue aprobada y apoyada por la URSS por miedo a una
intervención externa:

«Stalin: El Tíbet forma parte de China. Hay que desplegar tropas chinas en la
región. Respecto a Burma, deben proceder con cuidado.

84
Chou Enlai comenta que el gobierno de Burma está escondiendo su verdadero
posicionamiento en torno a China, pero que, de hecho, está manteniendo una
política antichina, orientándose a favor de los EE.UU. y Gran Bretaña.
[Entonces] Chou Enlai explica que las tropas chinas se desplegaron en el Tíbet
hace un año y que ahora mismo se encuentran en la frontera con India. La
cuestión de si debería haber tropas chinas en el Tíbet es irrelevante. Enfatiza
que mantener la comunicación con el Tíbet es complicado. Para poder
comunicarse con Lhasa se requieren aviones propulsados por hasta cuatro
motores, equipados con tanques de oxígeno y con equipos antihielo. ¿No podría
facilitárnoslos la URSS? Los aviones propulsados por dos motores pueden
cubrir tres quintas partes del trayecto, pero nada más.

Stalin responde que la URSS puede hacerse cargo de esto». (Minutos de una
conversación entre Stalin y Chou En-lai, 3 de septiembre de 1952)

Esta intervención súbita en el Tíbet tuvo, como era de esperar, nefastos


resultados. Además, y de nuevo, iba en contra de las anteriores declaraciones
soviéticas:

«HOWARD: Esta declaración de usted, ¿significa que la Unión Soviética ha


abandonado hasta cierto punto sus planes e intenciones de llevar a cabo la
revolución mundial?

STALIN: Nosotros nunca tuvimos tales planes e intenciones.

HOWARD: A mí me parece, míster Stalin, que durante largo tiempo se produjo


en el mundo entero otra impresión.

STALIN: Eso es el fruto de un equívoco.

HOWARD: ¿De un equívoco trágico?

STALIN: No, cómico. O, tal vez, tragicómico. Mire usted: nosotros, marxistas,
entendemos que la revolución se hará también en los demás países. Pero solo se
hará cuando los revolucionarios de esos países lo crean posible o necesario. La
exportación de revoluciones es un absurdo. Cada país hace por sí mismo su
revolución cuando quiere, y si no quiere no hay revolución. Nuestro país, por
ejemplo, quiso hacer la revolución, y la hizo, y ahora construimos la nueva
sociedad sin clases. Pero afirmar que nosotros pretendemos hacer la revolución
en otros países, inmiscuyéndonos en su vida, es decir lo que no es y lo que
nosotros no hemos predicado jamás». (Entrevista al camarada Stalin por Roy
Howard, 1936)

Ante los sucesivos levantamientos tibetanos, como el de 1959, los revisionistas


chinos se vieron obligados a reconocer que, en el momento de la invasión de 1950,

85
no penetraron en el territorio en auxilio de las fuerzas revolucionarias del mismo,
sino que lo hicieron dejándolas completamente de lado:

«Mao Zedong: Nuestro error fue que no desarmamos al Dalai Lama de


inmediato. Pero en ese momento no teníamos contacto con las masas populares
del Tíbet.

N.S. Jruschov: Ni siquiera ahora tienen contacto con la población del Tíbet.

Mao Zedong: Tenemos una comprensión diferente de este tema». (Discusión


entre N.S. Jruschov y Mao Zedong, 2 de octubre de 1959)

¿Cómo se pretendía liberar una zona donde ni siquiera existía un trabajo con las
masas previo y de calidad? Este movimiento tuvo más que ver con la criticada
teoría trotskista de «exportar la revolución» que con otra cosa, y sus resultados,
como era de esperar, fueron nefastos y centrífugos −cuyo alcance se puede
observar hasta día de hoy−. Esto, sumado a la falta de tacto y de habilidad de los
dirigentes del PCCh, derivó en que gran parte de la población del Tíbet sintiese
indiferencia −cuando no hostilidad− hacia los rasgos progresistas de la línea del
PCCh de aquel entonces, continuando su afecto hacia las castas feudales y
proimperialistas de la zona, como el Dalai Lama. El Tíbet es una espina clavada
en la China actual, y los levantamientos que se produjeron tras su ocupación,
como el de 1959, son muestra de ello.

Para Vincent Gouysse acusar de «dominio colonial» de forma indiscriminada al


control económico neocolonial de EE.UU. es algo justo, pero no le parece correcto
que invadir, ocupar y negar el derecho de autodeterminación prometido por los
comunistas merezca tal etiqueta…

«Es deshonesto decir que sobre la cuestión del Tíbet, de Hong Kong y de Taiwán
−¿y de Xinjiang?− China emplea el colonialismo. Son territorios chinos
arrebatados/codiciados por los imperialistas occidentales». (Vincent Gouysse;
Facebook, 6 de noviembre de 2020)

¿Entonces las posesiones francesas sobre África fueron legítimas porque eran
«codiciadas por los imperialismos» competidores? Los argumentos, como vemos,
son de un nivel excelso −nótese la ironía−. Bajo el manto de esta disposición, todo
país tiene un salvoconducto para ocupar otras zonas colindantes, pues todos los
imperialismos codician algunos de los territorios limítrofes de sus vecinos.
«¡Magnífico!», pensarán las aves de carroña de Washington, Pekín, Londres,
Tokio o Paris.

Semejante intromisión en el Tibet no es compatible con una política marxista-


leninista basada en la autodeterminación de los pueblos. Si se hizo con el pretexto

86
de liberar al pueblo tibetano de caer en las potencias imperialistas o las castas
feudales-religiosas, se le habría dado la oportunidad de expresar su decisión de
formar parte o no de China, pero esto era imposible bajo una dirección
abiertamente chovinista, como la maoísta. Huelga decir que, si el Tíbet nunca
pudo ejercer su derecho nacional antes, en el momento en que China viró
definitivamente hacia los EE.UU., los dirigentes chinos perdieron la excusa de
que su ocupación del Tíbet era para «salvarlo de las garras del imperialismo». Lo
mismo cabe decir de la fusión religiosa que el PCCh ha promovido y financiado
siempre que esto beneficiase a la burguesía revisionista. El PCCh no solo ha
actuado como sostén de la religión en su país, sino que también lo ha hecho en el
extranjero:

«El presidente del Comité Nacional de la Conferencia Consultiva Política del


Pueblo Chino (CPPCC), Jia Qinglin, dijo el 14 de octubre que China concede
importancia al papel positivo de la religión en la promoción de la armonía
social y también a papel de los creyentes en la promoción del desarrollo social
y económico. Durante una reunión con la delegación de la Liga Mundial
Islámica encabezada por Abdullah A. Alturki, Jia Qinglin dijo que China
siempre valora el papel principal de los países islámicos. Respeta las
particularidades religiosas y culturales de los países islámicos».
(French.peopledaily.com; China enfatiza el papel positivo de la religión en la
promoción de la armonía social, 2010)

Instando, incluso, a realizar una fusión entre religión y política:

«Se deben realizar esfuerzos activos para incorporar las religiones a la sociedad
socialista», dijo el presidente durante un encuentro con miembros de alto rango
del Partido Comunista (PCCh) que concluyó este miércoles, según recoge la
agencia oficial Xinhua. (...) Xi instó a una «actitud equilibrada» hacia las
religiones, teniendo en cuenta, matizó, «sus pros y contras». China sólo aprueba
a su Iglesia Patriótica Católica, institución que regula las actividades de esta
religión en el país, y no reconoce la autoridad vaticana, aunque a finales de año
ofreció a la Santa Sede la posibilidad de revisar conjuntamente el
nombramiento de obispos, asunto que mina las relaciones Roma-Pekín». (El
Diario.es; Xi dice que las religiones en China deben ser ajenas a influencias
foráneas, 20 de mayo de 2015)

Hace décadas que los analistas han venido apuntando cómo los dirigentes del
PCCh utilizan los proverbios y pensamientos clásicos de las religiones asiáticas
para manipular a su población, justo como hacían los antiguos gobernantes de los
shogunatos. Véase la obra de Diana Andrea Gómez Díaz: «El discurso confuciano
en la política china» (2017).

Esto es totalmente normal entre los jefes revisionistas, que siempre han
censurado o aprobado la religión en favor de sus intereses. Véase la obra de
87
Albania Hoy: «Alianza espiritual y colaboración práctica entre el vaticano y las
camarillas revisionistas» (1975).

¿Cuál es la posición marxista-leninista sobre la religión? Se lo recordaremos a los


perros falderos de Pekín:

«El Estado debe desligarse de la religión; las sociedades religiosas no deben


estar unidas al Estado. Toda persona debe ser absolutamente libre de profesar
la religión que le plazca o no profesar ninguna, esto es, ser atea, como
acostumbran a serlo los socialistas. No debe existir ninguna diferencia entre los
derechos de los ciudadanos por razones de religión. (...) No debe pagarse
subsidio alguno a la Iglesia, ni concederse fondos del Estado a las iglesias ni a
las instituciones religiosas. Estas deben ser independientes del Estado,
asociaciones voluntarias de ciudadanos feligreses. (...) Nuestro partido es una
organización de luchadores conscientes y progresistas por la liberación de la
clase obrera. Semejante organización no puede ni debe ser indiferente a la
ignorancia y al oscurantismo bajo la forma de creencias religiosas. Nosotros
exigimos la total separación de la Iglesia del Estado con objeto de disipar la
neblina de la religión con armas pura y únicamente intelectuales, mediante
nuestra prensa y la persuasión oral. Uno de los objetivos de nuestra
organización. (...) Consiste precisamente en luchar contra todo engaño religioso
entre los trabajadores. Para nosotros, la lucha ideológica no es una cuestión
privada, sino una cuestión que interesa a todo el partido y a todo el
proletariado. (...) Nuestro programa está enteramente basado en la filosofía
científica, para ser más exacto materialista. Por consiguiente, al explicar
nuestro programa debemos necesariamente explicar las verdaderas raíces
históricas y económicas de la religión. Así pues, nuestro programa incluye por
fuerza la propaganda del ateísmo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Socialismo
y religión, 1905)

Hoy los dirigentes chinos se ven obligados a afirmar que «los tibetanos son parte
integrante de la gran nación china», es decir, dan a entender que los han
asimilado, o peor, que nunca los han considerado otra cosa que parte de los hans.
Obviamente, para los dirigentes chinos, el budismo del Tíbet no está entre esas
influencias religiosas «aceptadas y compatibles con el socialismo de
características chinas», ya que se le ha relacionado con el separatismo. Por tanto,
las autoridades chinas instan a los órganos religiosos tibetanos a «chinificarse» y
aceptar la unidad sin discusión:

«La labor relacionada con el Tíbet debe enfocarse en salvaguardar la unidad


nacional y fortalecer la solidaridad étnica, señaló Xi. Debe ofrecerse más
educación y orientación para que el público movilice su participación en el
combate a las actividades separatistas, y con ello forjar un escudo acorazado
para salvaguardar la estabilidad, destacó Xi. Xi enfatizó que el patriotismo
debe ser incorporado en todo el proceso de educación en todas las escuelas. Pidió

88
esfuerzos continuos para fortalecer el reconocimiento de la patria grandiosa, la
nación china, la cultura china, el PCCh y el socialismo con peculiaridades chinas
por parte de las personas de todos los grupos étnicos. El budismo tibetano debe
ser orientado para adaptarse a la sociedad socialista y debe desarrollarse en el
contexto chino, añadió Xi». (Xinhua; Xi resalta construcción de un nuevo Tíbet
moderno y socialista, 2020)

El leninismo no se opone a la fusión entre los pueblos siempre que, claro está,
esta sea voluntaria. Este no es el caso. ¿Cuál habría sido la política leninista en
este delicado tema? La misma de siempre:

«Si exigimos la libertad de separación para los mongoles, persas, egipcios y


para todas las naciones oprimidas y atropelladas sin excepción, no lo hacemos
porque estemos por su separación, sino sólo porque estamos por la unión y la
fusión libre y voluntaria y no por la unión coercitiva. ¡Esa es la única razón! En
tal sentido, la única diferencia entre los campesinos y los obreros mongoles o
egipcios y sus equivalentes polacos o finlandeses, es, desde nuestro punto de
vista, que los últimos son más evolucionados, políticamente más
experimentados que los gran rusos, más preparados económicamente, etc., y,
por eso, con seguridad, muy pronto convencerán a sus pueblos que es insensato
extender a los obreros socialistas, y a la Rusia socialista, su actual y legítimo
odio a los gran rusos por su papel de verdugos. Los convencerán de que el
interés económico, el instinto y la conciencia internacionalistas y democráticas
exigen la más rápida unión de todas las naciones y su fusión en una sociedad
socialista». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Una caricatura del marxismo y el
economicismo imperialista, 1916)

¡Qué lejos está China de la política leninista por mucho que le rindan homenajes
en la Plaza de Tiananmén!

La cuestión de Hong Kong

El conflicto de China con Hong Kong es otro ejemplo más de una potencia
imperialista oponiéndose a la autodeterminación de los pueblos, uno donde el
más fuerte desea continuar con la expoliación de los recursos humanos y
naturales del territorio en cuestión. Hong Kong tiene una importancia capital
para China, pues es el centro de la especulación financiera de toda Asia −y parte
del mundo− gracias a su bajo nivel de fiscalidad y protección de datos, reuniendo
las características necesarias para convertirse en un verdadero paraíso
«offshore».

Desde la Declaración sino-británica de 1985, los británicos prepararon la entrega


de Hong Kong a los chinos, ya que finalizaba el tiempo acordado de su mandato
colonial sobre el territorio −concesión que, no olvidemos, habían obtenido
después de una cruenta guerra imperialista−. Pero ambos gobiernos sabían que
89
el sistema chino no podía absorber sin más Hong Kong sin causar un trauma a la
población, por lo que Pekín aceptó el no interferir en su vida social y orden
político. Aun así, según el pacto, Hong Kong pertenecería de iure a China como
Región Autónoma hasta 2047, momento en el que se consumaría la unión
definitiva. A los mandatarios chinos y británicos «no se les pasó por la cabeza»
preguntar al pueblo hongkonés su opinión, ¿para qué?

En definitiva, este arreglo dio lugar a la conocida política de «Un país, dos
sistemas». Curioso lema, sin duda, si tenemos en cuenta que la promoción del
sistema capitalista y la colaboración con el capital extranjero ya eran un hecho
consolidado en tiempos de Mao Zedong. La aplicación de este sistema
mediatizado en la sombra por china se demostró incompatible con inmediatez.
Así, los imperialistas chinos se percataban de que todos sus planes les resultarían
más fáciles si obtuviesen el control total sobre el territorio, incumpliendo sus
promesas, como la del famoso voto universal. La estafa que sufrió el pueblo
hongkonés es similar a la que sufrió el pueblo palestino con los Acuerdos de Oslo
(1993). «Mucho ruido y pocas nueces».

Con la imposición del artículo 23 de la Ley fundamental de Hong Kong −su


Constitución oficial−, se sancionaba de facto la libre represión de cualquier
movimiento que se considerase contrario a los intereses del Gobierno Central
−esto es, de Pekín−. En 2003, la reforma de dicho artículo 23 justificaba
arbitrariedades de registros policiales que agudizaban la posible represión, algo
que indignó a los hongkoneses, concentrando a casi medio millón de ellos en las
calles. En 2014 se realizó una reforma electoral que limitaba las candidaturas a
las elecciones, algo que, oh, sorpresa, de nuevo provocó enormes manifestaciones
y enfrentamientos con las autoridades:

«La exigencia de los organizadores ha sido muy clara desde el principio: la


instauración de un auténtico sistema de sufragio universal por el cual los
hongkoneses puedan elegir directamente a sus gobernantes en las elecciones de
2017. Desde que el Reino Unido cedió su antigua colonia a China en 1997 bajo el
sistema de «un país, dos sistemas», los candidatos son preseleccionados por el
Gobierno chino en Pekín, asegurándose de ese modo que siempre gobierna el
enclave un político afín a los intereses del Partido Comunista Chino. (...) Ahora
también exigen la dimisión del jefe ejecutivo del territorio, Leung Chun-ying, un
personaje cercano a la adinerada oligarquía hongkonesa y a Pekín». (El
diario.es; Claves para comprender «la revolución de los paraguas» de Hong
Kong, 2 de octubre de 2014)

En 2019, todo estalló de nuevo cuando se propuso otra medida complementaria:


la ley sobre la extradición política. Esta ley exponía a los ciudadanos y visitantes
de Hong Kong al sistema penal chino, minando la supuesta autonomía del
territorio, reconociendo lo que ya era un hecho consumado: que Hong Kong era
un protectorado chino. Ante esto, la ciudadanía hongkonesa organizó protestas

90
masivas, pretendiendo evitar su aprobación y exigiendo, además, cinco medidas
extra: la liberación de los detenidos en las protestas sin amenaza de ser
encausados tiempo después, la renuncia a que las protestas fueran calificadas
oficialmente de disturbios, el nombramiento de una comisión independiente para
que investigase la violencia desproporcionada de la policía y la aplicación del
sufragio universal, todavía pendiente desde 1997.

Ninguna de las partes cedió, por lo que estos enfrentamientos se volvieron mucho
más violentos que los de 2014. Famosos se hicieron los videos de la policía
hongkonesa entrando en el metro de Yuen Long, el uso masivo de gases
lacrimógenos o los disparos a quemarropa ante los manifestantes, aunque
también debemos mencionar y denunciar las grabaciones que demostraban a
manifestantes hongkoneses actuando con extrema violencia contra la ciudadanía
prochina sin razón aparente.

Los activistas hongkoneses se organizaron, equiparon y desarrollaron


estratagemas modernas para enfrentarse con contundencia ante las fuerzas de
seguridad, lo que causó impresión en todo el mundo, desatando numerosas y
exitosas huelgas que lograron paralizar los vuelos e, incluso, llegaron a asaltar el
parlamento, acto que dejó en fuera de juego a Pekín, superado ante los
acontecimientos. El pueblo hongkongés, pese a la enorme represión, obtuvo éxito
en su principal demanda, por lo que la Presidenta, Carrie Lam, revocó el proyecto
de ley. En las elecciones locales de noviembre de 2019, bajo una participación de
casi el 70%, los grupos políticos antichinos solo lograron un 40%, sufriendo una
humillante derrota ante el llamado campo pandemocrático, que obtuvo un 57%.

Aprovechando el cansancio de meses de movilizaciones, la falta de liderazgo


claro, la euforia de la oposición por las elecciones, y, por encima de todo, la
aparición del COVID-19, Carrie Lam contraatacó presentando, en mayo de 2020,
la Ley de seguridad, que como era de esperar provocó la reactivación de las
movilizaciones antigubernamentales, aunque sin la misma solidez. Pese a todo
no parece que el conflicto este por terminar.

Hay que destacar que la policía hongkonesa hizo las veces de cipayos para
reprimir a su propio pueblo, pero es obvio que, a las malas, de no haber sido esto
suficiente, el gobierno de China no habría tenido problema en sacar a relucir su
moderno ejército por las calles de la región. El gobierno de Hong Kong de Carrie
Lam estaba en la misma tesitura que la Polonia de Jaruzelski en 1981, cuando
Brezhnév −hoy interpretado por Xi Jinping− le dijo a su siervo: «O haces el
trabajo sucio tú, o lo haré yo y será mucho peor». Y raudo, el obediente siervo
obedeció las disposiciones de su amo −creyendo, incluso, estar haciéndole un
gran favor al pueblo−. En caso que no se cumplieran estas ordenes, el gobierno
chino advirtió sobre la posibilidad de introducir 10.000 soldados en la ciudad:

91
«El ejército chino aumenta el tono de las provocaciones. En una entrevista con
la televisión estatal, el comandante del Ejército Popular de Liberación adscrito
a Hong Kong, Chen Daoxiang, ha advertido a los manifestantes que sus 10.000
soldados están preparados para «salvaguardar» la soberanía china en la
región, en pleno repunte de protestas después de la polémica ley de seguridad
nacional propuesta por Pekín». (El Confidencial; El Ejército chino advierte:
10.000 soldados están listos para «proteger» Hong Kong, 26 de mayo de 2020)

Todas las protestas de las últimas décadas han dejado en claro al gobierno chino
la negativa del pueblo hongkonés a la implementación del sistema político,
militar y judicial chino. Este proceso refleja que Hong Kong ha fraguado una
fisonomía propia y una conciencia autónoma como para que sean escuchadas sus
demandas, siendo este derecho de autodeterminación uno de los objetivos de
gran parte de las organizaciones protestantes. Como en tantos casos, el
separatismo no gana fuerzas por diferencias realmente notables entre «las
culturas» de los beligerantes; al contrario, es la intransigencia del gobierno
opresor la que aviva esta diferenciación. En este caso, China, como siempre, se
opone a este derecho inalienable de los pueblos y se alza como la potencia
intransigente y codiciosa que es. Para ello ha ilegalizado, desde 2018, el partido
independentista, y persigue todo aquello que huela a separatismo en la prensa y
en los tribunales. Obviamente, el separatismo será un gran caballo de troya para
los competidores de China, como EE.UU., pero no se puede negar, a su vez, que
la política caciquil de China reforzará y creará más independentistas día a día. Es
la misma política reaccionaria que España ha practicado con Cataluña, y que
vemos cuán «grandes resultados» ha proporcionado al gobierno central.
Considerar que las protestas han sido simplemente una «provocación externa de
los EE.UU.», no solo es ignorar toda la historia reciente de Hong Kong, sino
acompañar el discurso de un gabinete ejecutivo como el chino, que gobierna con
puño de hierro cualquier disidencia y cuyo modelo político y legislación laboral
bien podría compararse con el fascismo europeo de los años 30.

En líneas generales, quien pretenda hacernos creer que las protestas de 2019 en
Cataluña, Zimbaue, Haití, Argelia, Honduras, Chile, Colombia, Ecuador, Irán o
Irak fueron «provocadas artificialmente desde el exterior» es un provodador o un
cándido que desconoce las dinámicas a las que se enfrentan estos países por su
lógica capitalista:

«La penuria y la inseguridad en que viven las amplias masas trabajadoras, así
como la política interior y exterior reaccionaria, antipopular, que siguen los
regímenes capitalistas y burgués-revisionistas, vienen aumentando
continuamente el descontento de las amplias capas populares. Esta grave
situación ha suscitado en estas capas una incontenible indignación que se
exterioriza por medio de huelgas, protestas, manifestaciones, choques con los
órganos represivos del régimen burgués y revisionista, y en muchos casos a
través de verdaderas rebeliones. Las masas populares sienten una creciente
92
hostilidad hacia los regímenes que las subyugan. Los gobiernos de los países
imperialistas, capitalistas y revisionistas, hacen todo tipo de promesas y
propuestas fraudulentas, esforzándose, también en esta situación de crisis, por
acaparar el máximo beneficio, por atenuar el descontento y la indignación de
las masas y desviarlas de la revolución. Mientras tanto, los pobres se
empobrecen cada vez más, los ricos se enriquecen mucho más, el abismo entre
las capas sociales pobres y las ricas, entre los países capitalistas desarrollados
y los países poco desarrollados se ahonda sin cesar. (…) La burguesía y las
camarillas dominantes se ven obligadas a cambiar más a menudo los caballos
de los carros gubernamentales, con el fin de engañar a los trabajadores y
hacerles creer que los nuevos serán mejores que los viejos, que los responsables
de la crisis y de que ésta prosiga son los anteriores, mientras que los substitutos
mejorarán la situación, y otras cosas por el estilo. (...) Al mismo tiempo la
burguesía, en los países capitalistas y revisionistas, refuerza sus salvajes armas
de represión, el ejército, la policía, los servicios secretos, los órganos judiciales;
refuerza el control de su dictadura sobre cualquier movimiento e intento de
lucha del proletariado. (...) En todos ellos se han intensificado la opresión y la
explotación, todos padecen los males del capitalismo, en las filas de los
dirigentes y de las altas capas sociales han estallado rencillas y pugnas por
apoderarse del poder y obtener privilegios, en todas partes bulle el descontento
y la indignación de las masas populares. Así pues, también en estos países
existen grandes posibilidades para la revolución. También en ellos la ley de la
revolución actúa igual que en cualquier otro país burgués. (...) Pero todos estos
medios políticos y militares no son sino paliativos, incapaces de curar al sistema
capitalista-revisionista de la grave enfermedad que padece». (Enver Hoxha; El
imperialismo y la revolución, 1978)

Ahora, con la polémica ley de seguridad nacional de mayo de 2020, cualquier


atisbo de autonomía ha sido liquidado en Hong Kong −algo que ha hecho
reaccionar a la comunidad internacional, que ha comenzado a reevaluar sus
acuerdos con la región autónoma, produciéndose ya enormes pérdidas
económicas para ella y el gobierno chino−. Javier C. Hernández comentaba lo
sigueinte sobre la nueva ley de seguridad:

«Concebida en secreto y aprobada el 30 de junio sin comentarios significativos


de autoridades de Hong Kong, la ley establece un vasto aparato de seguridad
en el territorio y otorga amplias facultades a Pekín para reprimir una variedad
de crímenes políticos, entre ellos el separatismo y la colusión. (...) Es probable
que la ley inaugure una nueva era para Hong Kong, dicen los expertos, en la
que las libertades civiles queden muy restringidas y la lealtad al partido sea
crucial. «Considerándolo todo, esta es una toma de posesión de Hong Kong»,
dijo Jerome A. Cohen, un profesor de derecho de la Universidad de Nueva York
que se especializa en el sistema legal chino. (...) La ley de seguridad, que
comprende 66 artículos en más de 7000 palabras, está dirigida directamente a

93
las enérgicas protestas antigubernamentales que han convulsionado a Hong
Kong en el último año y prescribe severas penas a las tácticas que los
manifestantes suelen utilizar. (...) Bajo la nueva ley, dañar los edificios
gubernamentales sería considerado un acto de subversión que amerita cadena
perpetua en casos «graves». El sabotaje al transporte sería una actividad
terrorista punible con cadena perpetua si perjudica a otras personas o causa
destrozos significativos a la propiedad, pública o privada. (...) Los cuatro delitos
principales previstos por la ley −separatismo, subversión, terrorismo y colusión
con potencias extranjeras− se formulan de manera ambigua y otorgan poder
extenso a las autoridades para atacar a activistas que critican al partido, dicen
los activistas. (...) Bajo la nueva ley de seguridad, no obstante, Pekín se ha
otorgado mucho margen para intervenir en los asuntos legales de Hong Kong,
sin el escrutinio de las cortes locales ni los legisladores. La legislación instalará
en Hong Kong una gran red de fuerzas de seguridad que le rendirán cuentas a
Pekín y que incluye un comité de seguridad nacional en el gobierno de Hong
Kong y una oficina de seguridad nacional de funcionarios de la China
continental destacados en Hong Kong que manejarán casos bajo el mandato de
la ley china. Bajo la legislación, el gobierno central en Pekín puede intervenir en
casos de seguridad nacional, especialmente durante crisis o si el caso es
calificado como «complejo». La ley abre la puerta a que los acusados en casos
importantes comparezcan ante cortes en China continental, donde por lo
general se aseguran los veredictos de culpabilidad y las penas son severas. Los
juicios que involucren secretos de Estado podrían estar cerrados a los medios y
al público. (...) El artículo 38 insinúa que los extranjeros que apoyen la
independencia de Hong Kong o hagan llamados a imponer sanciones al
gobierno chino podrían ser enjuiciados al ingresar a China continental o a Hong
Kong. La ley también dice que los funcionarios de seguridad oficial en Hong
Kong «tomarán las medidas necesarias para fortalecer la administración» de
las oenegés extranjeras y los medios de comunicación en el territorio. La
legislación no ofrece detalles». (The New York Times; ¿En qué consiste la nueva
ley de seguridad de Hong Kong?, 1 de julio de 2020)

Esta ley draconiana sobre Hong Kong no tiene nada que envidiar a las Leyes
antiterroristas de los países occidentales, ¡esas que tan criticadas son entre los
activistas de «izquierda» prochinos!:

«La aplicación de leyes antiterroristas que bajo lagunas legales se hacen


extensibles a organizaciones y militantes no terroristas de todo tipo. (…) Esto es
un mecanismo que todas las democracias burguesas o fascismos han aplicado
desde sus orígenes bajo distintas denominaciones, como pueden ser leyes contra
el bandidaje, contra el robo, contra los pobres, contra las asociaciones ilícitas,
contra la sedición, contra la rebelión, siendo que en todos estos casos se
guardaban términos ambiguos con los que poder extender esa legalidad a los
trabajadores que molestaban por una u otra razón. (...) Aquí se comprueba que

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estas leyes antiterroristas son realmente ambiguas, se pueden aplicar a
cualquier mando que subjetivamente crea que hay sospecha de actividades
subversivas y al activarse se tiene derecho a propasarse con la intimidad del
investigado y hasta quedarse con los bienes del mismo y su organización si es
declarado culpable». (Equipo de Bitácora (M-L); Estudio histórico sobre los
bandazos oportunistas del PCE (r) y las prácticas terroristas de los GRAPO,
2017)

¿Qué pasa con aquellos cuya política no pasa por posicionarse a


favor de ningún bloque imperialista?

En esta sección analizaremos varias cuestiones de suma importancia.

En primer lugar, desmontaremos la típica propaganda imperialista de que «X»


país, al tener unos supuestos «derechos históricos» sobre una zona «Y», tiene vía
libre para imponer su dominio en contra de la voluntad de sus habitantes.

En segundo y tercer lugar, veremos cómo para las potencias imperialistas las
regiones y sus poblaciones son meros peones en un tablero de ajedrez, no hay
intención real de velar por su bienestar, solo cálculos mezquinos en torno a mayor
manejo de recursos y prestigio internacional.

En cuarto lugar, observaremos cómo el señor Gouysse se vale de comparaciones


forzosas −con la Guerra de Corea (1950)− para justificar un apoyo a China en una
futura guerra con los EE.UU.

En quinto lugar, compararemos los reproches de Gouysse hacia los «dogmáticos»


e «izquierdistas» −es decir, aquellos que no aceptan posicionarse con la China de
Xi Jinping− con las críticas que recibía el Partido del Trabajo de Albania (PTA),
de parte de los prochinos y prosoviéticos, por no posicionarse con alguna de las
superpotencias de la época.

Por último, presentaremos cuales eran las tesis de Lenin contra Kautsky en torno
a la cuestión de la paz en mitad de una guerra imperialista, especialmente cuando
los revolucionarios, como en aquel entonces los bolcheviques, aun están lejos de
tener una influencia significativa entre la población.

¿Qué es eso de que China tiene «derecho» a reclamar Taiwán?

«La reunificación completa de nuestra patria constituye una aspiración común


de todos los compatriotas de ambas orillas del Estrecho». (Xi Jinping; Discurso
de final de año, 2021)

Entendemos que la cuestión de Taiwán es casi una cuestión de honor para los
imperialistas chinos, los cuales son orgullosos y se sienten fuertes para mover
ficha, con cada vez mayor osadía. Si su potencial sigue creciendo tarde o
temprano otorgarán un ultimátum a la isla y no se detendrán ahí, sino que

95
pasarán a reclamar otros territorios, tengan «reclamaciones históricas»,
«afinidades étnicas» o sean de simple «interés estratégico en la zona». Ya hemos
manifestado que los palmeros de Pekín siempre dirán amén a estas acciones. Esto
es normal, y no debemos guardarles especial rencor, ya que como todo vasallo su
labor se resume en que cuando el amo actúa ellos tienen que buscarse la vida en
excusar sus actos. En su día justificaron la ocupación de zonas como Xinjiang, el
Tibet, Macao o Hong Kong con el pretexto de «liberarlos del imperialismo
occidental» y la «opresión religiosa», pero esta fue una carta que gastaron hace
tiempo, cuando los gobernantes chinos de la época de Mao empezaron a
repartirse el mundo en contubernio con los EE.UU. y pasaron a promover las
distintas religiones tradicionales, aunque, eso sí, siempre que estas respetasen la
«integridad del territorio» y no mancillasen el honor del gobierno central. ¡Si
hasta hemos visto recientemente al Presidente Xi Jinping citando a Confucio!

Algunos alegarán que China tiene «derechos históricos» sobre la isla. Bien, para
quien no lo sepa durante el siglo XVII Taiwán fue una colonia holandesa y
española, después pasó a ser colonizada por las diferentes dinastías chinas,
quienes no tuvieron problema en exterminar a parte de la población para
someterla a su gobernación, luego fue ocupada por el expansionismo japonés y
por último, en el año 1949, pasó a formar parte de la República de China, es decir,
del gobierno formado a partir de los restos del Kuomintang (KMT), el partido
nacionalista –o mejor dicho uno de los dos partidos nacionalistas– que perdió la
guerra civil china frente al Partido Comunista de China (PCCh) –que hoy
gobierna desde Pekín–. En aquel entonces la cúpula del PCCh no se atrevió a
echar a un debilitado KMT de la zona principalmente por dos razones: a) la
dificultad de una operación anfibia; b) el pavor a provocar una intervención de
los EE.UU. y una guerra a gran escala.

Pero las cosas han cambiado muchísimo desde entonces. Pekín demostró en la
práctica no tener ninguna intención de construir el comunismo ni respetar la
soberanía nacional de los pueblos, sino que su único objetivo palpable ha sido la
expansión de su economía capitalista por los cuatro costados del planeta, todo a
fin de obtener las máximas ganancias. Una ambiciosa labor en la que, por cierto,
los prochinos contemporáneos olvidan que Washington ha sido su benefactor
durante no pocas décadas, proporcionándole todo tipo de asistencia técnica para
levantar su imperio, algo que ahora se le ha vuelto totalmente en contra.
¡Paradojas de la vida!

En cuanto a la actual población taiwanesa todo parece indicar que no desea su


unión con la China continental, pero en caso de que no fuese así, el gobierno chino
dudosamente va a dar la posibilidad de saberlo en un plebiscito. En este aspecto
igual de fiable sería la cacareada «supervisión internacional» de la ONU, que, por
otra parte, nunca ha demostrado ser un organismo imparcial, pues desde sus
comienzos ha estado manipulada por los designios del Tío Sam. Lo que debe de

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quedar claro es que si los soldados chinos de Xi Jinping invaden la zona sería
como si Francia hubiese decidido invadir Alsacia en 1913 o Alemania invade el
Sarre en 1933. ¿Qué queremos decir? Que más allá de las simpatías de la
población o los famosos «derechos históricos», este sería un movimiento
calculado por la burguesía nacional para iniciar un ajuste de cuentas con el
imperialismo rival, para obtener «X» beneficios, nada más. Pero, a todo esto,
¿con qué legitimidad un país imperialista invocaría la «autodeterminación de los
pueblos» cuando ni siquiera la respeta en su casa? A esto es lo que no saben qué
responder nuestros afables fans de un imperialismo u otro, que solo apuran a
tartamudear un par de frases manidas. Véase el capítulo: «¿Puede ser «el apoyo
de los pueblos» un país que viola el derecho de autodeterminación en su casa?»
(2021).

Por si estas palabras resultan extrañas a muchos, dejaremos las siguientes


palabras del jefe de los bolcheviques:

«El obrero asalariado seguirá siendo objeto de explotación, y para luchar con
éxito contra ella se exige que el proletariado sea independiente del
nacionalismo, que los proletarios mantengan una posición de completa
neutralidad, por decirlo así, en la lucha de la burguesía de las diversas naciones
por la supremacía. En cuanto el proletariado de una nación cualquiera apoye
en lo más mínimo los privilegios de «su» burguesía nacional, este apoyo
provocará inevitablemente la desconfianza del proletariado de la otra nación,
debilitará la solidaridad internacional de clase de los obreros, los desunirá para
regocijo de la burguesía». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El derecho de las
naciones a la autodeterminación, 1916)

¿Habrá pronto «tambores de guerra» por Taiwán?

Sabemos que China no acepta un no por respuesta, por eso mismo ha estado todo
2021 aumentando la presión militar en el Sur del país, en el estrecho de Taiwán,
con el claro objetivo de amedrentar a este pequeño país capitalista e imponer sus
«fraternales intereses» a sus habitantes que, como los pobladores de Hong Kong,
nada quieren saber de su sistema:

«China lanza un nuevo mensaje a Taiwán. Este sábado, cuando la isla celebraba
la fiesta de su Día Nacional, el ejército chino organizó maniobras militares
nocturnas para entrenar cómo sería una invasión de islas a gran escala. Ese
mismo día, la presidenta taiwanesa Tsai Ing-wen pidió un «diálogo
significativo» con Pekín. El simulacro de ataque nocturno incluyó drones,
fuerzas especiales y tropas aerotransportadas que se movieron desde múltiples
ubicaciones, según un informe de la emisora estatal de Televisión Central de
China (CCTV)». (La Razón; China realiza un simulacro de invasión militar de
una isla en un claro aviso a Taiwán, 13 de octubre de 2020)

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Ya en 2020 los analistas proestadounidenses se mostraban muy preocupados de
que los planes chinos de invadir Taiwán podrían ser más serios de lo previsto:

«Oriana Skylar Mastro, analista que estudia el poder militar chino en la


Universidad de Stanford, afirma que dio la voz de alarma sobre Taiwán cuando
Xi impuso en 2018 la supresión del límite de mandatos presidenciales en China,
convirtiéndose de facto en un potencial presidente vitalicio «De repente, todo lo
que había dicho sobre Taiwán adquirió un significado diferente», asegura esta
experta. «Por el momento en el que dijo que quería que se resolviera este asunto,
está ahora ligado a su legitimidad como líder y a su ejercicio como líder». (...)
Xi ha manifestado que la reunificación de Taiwán es «una demanda inevitable
para el gran rejuvenecimiento del pueblo chino». (...) El primero de ellos es que
China podría tener pronto la capacidad militar suficiente para derrotar a
Estados Unidos en una hipotética guerra por Taiwán. «Durante los últimos 20
años, la pregunta principal que la mayoría se hacía fue si Estados Unidos
defendería a sus socios y aliados», dice Mastro. «Era una cuestión de
determinación. ¿Vendrá Estados Unidos en auxilio de Taiwán? Pero a medida
que el ejército chino ha avanzado, la cuestión ha dejado de ser «si vendrá» para
empezar a ser «si podrá». La transformación del Ejército Popular chino en una
fuerza moderna y dotada de alta tecnología ha ocurrido mucho más rápido de
lo que muchos habían previsto. (...) Y, según el capitán Fanell, Estados Unidos
ha fallado repetidamente en esos exámenes, permitiendo que China tomara el
control en 2012 del llamado Bajo de Masinloc, un atolón cuya soberanía se
disputan China, Taiwán y Filipinas. EE.UU tampoco hizo nada para frenar la
construcción de una serie de enormes islas artificiales en el mar del Sur de
China. «Lo que ocurrió en el Bajo de Masinloc entre abril y junio de 2012 es el
mayor fracaso de la política exterior de Estados Unidos en Asia desde que
nuestros helicópteros despegaron de los techos de los edificios de la embajada
en Saigón en 1975», dice Fanell, en alusión a la derrota de Estados Unidos en la
guerra de Vietnam. «Fue un desastre y realmente tuvo el efecto de debilitar la
credibilidad de Estados Unidos en Asia, ya que no hicimos nada para defender
a Filipinas», señala. (BBC; Taiwán, el conflicto latente que espera al próximo
presidente, 30 de octubre de 2020)

En Taiwán también se ha observado un impulso en armamento y logística, con tal


de realizar, en palabras del portavoz de la fuerza aérea, una posible defensa «ante
la amenaza del enemigo». Esto se puede ver observando las compras realizadas
para su ejército en marzo de 2021 de misiles tierra-aire a la empresa
estadounidense Lockheed Martin, acción llevada a cabo apenas dos días después
de que veinte aviones del ejército chino ingresaran en la Zona de Identificación
de Defensa Aérea de Taiwán, resultando inusual que tantas aeronaves
simultáneamente realizaran ejercicios en ese territorio. Por tan solo citar un
ejemplo.

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Por si esto no fuera poco, la reciente visita de la presidenta de la cámara de
representantes de EE. UU., Nancy Pelosi, a Taiwán ha confirmado que a nivel
externo como interno, a uno y otro lado del Estrecho de Formosa, la tensión
aumenta a niveles desmesurados:

«La primera respuesta de China a la visita de Pelosi fue prohibir la importación


de cientos de productos alimentarios de Taiwán y mantiene un despliegue
militar que incluye el cierre de áreas marítimas por maniobras navales en el
Mar de Bohai y en el de China Meridional. El Ministerio de Defensa del gigante
asiático también ha anunciado una serie de «maniobras militares dirigidas»
con el objetivo de «defender la soberanía nacional y la integridad territorial»
de China». (Laura Gómez Díaz; Claves de la complicada relación entre China y
Taiwán: por qué la visita de Pelosi ha disparado la tensión con EE.UU., 2022)

Esto puede ser un arranque de histeria o temor en los analistas anglosajones, pero
en caso de confirmarse en lo sucesivo los EE.UU. tendrán que escoger entre
abstenerse de intervenir; prestar apoyo en una guerra regional; o pedir ayuda a
sus aliados mundiales aumentando el nivel de escalada de dicha hipotética
guerra. Si esto ocurre en la fase del mandato de Joe Biden, tomar como medida
el abandonar Taiwán a su suerte, sin plantar si quiera batalla, sería visto como
una de las mayores humillaciones geopolíticas de la historia estadounidense,
marcando una grave devaluación del prestigio personal del presidente y
seguramente su tumba política, máxime cuando Washington acaba de recoger el
cable en Afganistán en una huida que le ha dejado en completo ridículo frente a
la comunidad internacional. Es por ello muy posible que en una tesitura como la
que planteamos los EE.UU. decidan entrar en guerra contra China, aunque solo
sea para demostrar al mundo que su tiempo no ha pasado, intentando evitar así
repetir el efecto dominó de desmoralización entre sus aliados. Aun así,
públicamente, lejos de dar una respuesta decisiva han declarado que:

«Es difícil prever hasta qué punto habría una implicación o no. En cualquier
caso, Estados Unidos está comprometido, si no a intervenir, sí a ayudar de
manera decisiva a Taiwán». (Laura Gómez Díaz; Claves de la complicada
relación entre China y Taiwán: por qué la visita de Pelosi ha disparado la
tensión con EE.UU., 2022)

En todo caso, como se ha visto recientemente con la Guerra de Ucrania, no nos


podemos fiar de lo que relatan los grandes medios de comunicación de uno y otro
lado. Recordemos que más de un «experto analista» aseguró para principios de
2022 que «no existía ningún peligro real de guerra», por lo que quienes anuncian
hoy ante esta nueva escalada de tensión sino-taiwanesa que solo se trata de
«maniobras propagandísticas», bien puede haber realizado sus cálculos de la
misma forma precipitada. Véase el subcapítulo: «La Rusia de Putin salta al vacío
y decide invadir Ucrania» (2022).

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¿Qué carácter tendría esta nueva guerra?

Si China fuerza esta nueva guerra en torno a Taiwán será para seguir con su
relampagueante línea expansionista y, de paso, servirá para tomarle el pulso a
EE.UU. y aliados, comprobando si a la hora de la verdad se atreven a
contradecirle militarmente en una guerra que saben de antemano que no será
fácil por su nivel de recursos tanto en lo logístico, armamentístico como humano.
De no producirse una respuesta por parte de Washington se abriría la veda para
que el dragón tome posiciones más cómodas en Asia –continente que ya es su
coto de caza económico por delante de EE.UU.– y, por extensión, esto también se
hará sentir en el resto del mundo. Pero, a todo esto, ¿cómo ha llegado China hasta
aquí? ¿Cómo se ha convertido en potencia imperialista mundial? Esto es
importante porque, como dijimos, parece que algunos se «olvidan» de este
«pequeño detalle»:

«En estas condiciones, para llegar a superpotencia, China tendrá que pasar por
dos fases principales: la primera, solicitar créditos e inversiones del
imperialismo norteamericano y de los otros países capitalistas desarrollados,
adquirir tecnología moderna para explotar las riquezas de su país, la mayor
parte de las cuales pasará a título de dividendos a los acreedores. La segunda,
invertir la plusvalía obtenida a expensas del pueblo chino en estados de diversos
continentes, como hacen en la actualidad los imperialistas norteamericanos y
los socialimperialistas soviéticos. (...) La política pragmática y aberrante de
China la ha empujado a convertirse en aliada del imperialismo norteamericano
y a proclamar al socialimperialismo soviético como el enemigo y peligro
principal. Mañana, cuando China vea que ha logrado su objetivo de debilitar al
socialimperialismo soviético, cuando vea, según su lógica, que el imperialismo
norteamericano está fortaleciéndose, entonces, dado que se apoya en un
imperialismo para combatir a otro imperialismo, podrá continuar su lucha en
el otro flanco. En este caso el imperialismo norteamericano podrá convertirse
en el más peligroso y entonces China, automáticamente, podrá adoptar una
posición contraria a la precedente». (Enver Hoxha; Imperialismo y revolución,
1978)

Entonces, el lector comprenderá que justificar esta nueva guerra bajo el pretexto
de que China liberaría a los taiwaneses de la «influencia estadounidense» es
dejarse engañar muy fácilmente por la propaganda. Esto sería como si en los años
70 hubiéramos aceptado que la URSS de Brézhnev, en un ejercicio
de «internacionalismo proletario», hubiera invadido China ya que la influencia
mercantil, crediticia y de capitales de los EE.UU. empezó a fluir a mansalva, ¡justo
en el mismo momento donde la URSS sufría ese mismo proceso en paralelo! ¿No
sería una excusa cómica y patética a partes iguales? Si el lector quiere otro
ejemplo, esto es como si hoy los EE.UU. decidieran que, para «salvar al

100
continente asiático de la creciente influencia china y rusa», deben invadir
Australia o Corea del Norte. Honestamente, nadie en su sano juicio puede aceptar
estos paternalismos hacia los pueblos que, como la historia ha demostrado,
siempre esconden un fin mucho menos noble que el que se alega.

La cosa resulta más hipócrita, para ambas partes, cuando uno lee el infame
«Comunicado de Shanghái», del 25 de febrero de 1972, firmado por la República
Popular de China y Estados Unidos. Este fue un escrito que fue redactado para
dar comienzo a la colaboración mutua, como aliados entre China y los EE.UU. En
el «punto 12» de dicho documento, por parte de los EE.UU. se declaraba sobre la
cuestión nacional de Taiwán lo siguiente: «Que los Estados Unidos reconocen que
Taiwán forma parte de China, que apoyan la unificación mediante un acuerdo
pacífico entre ambas partes». Finalmente, para rebajar las tensiones entre ambas
partes, los Estados Unidos rebajarían su presencia militar en bases de Taiwán
hasta que, llegada la unificación, se retiraran de la isla al completo. A día de hoy
sabemos que nada de esto podía estar más alejado de la realidad, que, lejos de
producirse ninguna retirada, la presencia militar estadounidense tan solo ha
aumentado. Además, Taiwán parece haber aumentado la compra de arsenal
militar a los Estados Unidos.

¿Qué significa esto? Que, ante todo, la diplomacia entre las grandes potencias
imperialistas no se basa en ninguna serie de convicciones, esta clase de alianzas
se producen solo para el beneficio mutuo. Pero en el momento en el que una de
las dos deba expandirse a costa de la otra, todos los tratados y ejercicios
diplomáticos quedaran ignorados o traicionados, con las previas políticas de
cooperación entre naciones siendo sustituidas por un «que gane el mejor», deba
de producirse esto con una batalla comercial, una batalla militar o, como suele
darse, ambas.

Si el lector no nos cree del todo, puede revisar lo que fue la geopolítica europea
del siglo XIX para terminar de convencerse. En 1888, ante la perspectiva de una
posible guerra entre la «Santa Alianza» formada por Rusia, Austria y Prusia que
había «asesinado» a Polonia, Engels comentaba a su compañero rumano Ion
Nadejde que «no se podía simpatizar con ningún bando»:

«En este momento la alianza [Austria, Prusia, Rusia] parece haberse


desintegrado y la guerra es inminente. Pero incluso si llega la guerra, será
simplemente para hacer que las recalcitrantes Prusia y Austria sigan la línea.
Espero que se mantenga la paz: en tal guerra sería imposible simpatizar con
ninguno de los combatientes; más bien, si tal cosa fuera posible, uno desearía
que todos fueran vencidos. Sería una guerra terrible, pero, pase lo que pase,
eventualmente todo se volverá en beneficio del movimiento socialista y acercará
la adhesión de la clase obrera». (Friedrich Engels; Carta a Ion Nadejde, 4 de
enero de 1888)

101
En 1916, Lenin atacaba las posiciones de quienes se escudaban en la «defensa de
la patria» para defender la política exterior de su burguesía imperialista.
Consideraba que esto era un completo sin sentido ya que estas potencias
luchaban simple y llanamente por el control de los recursos:

«Todas las frases sobre una guerra defensiva o sobre la defensa de la patria que
provengan de las grandes potencias –léanse los grandes expoliadores– que
combaten por la hegemonía mundial, por los mercados y «esferas de
influencia» y por la esclavización de las naciones, ¡son frases mentirosas,
absurdas e hipócritas!». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Una caricatura del
marxismo y el economicismo imperialista, 1916)

¿Y hoy? ¿Qué posición habría que tomar ante un eventual enfrentamiento EE.UU.
vs China por el pretexto que fuese, como, por ejemplo, la guerra comercial entre
ambos o la cuestión de Taiwán? Para responder a esto último bastaría con
preguntamos, ¿cuál sería el «progreso histórico» de que China expandiera sus
fronteras hacia la isla taiwanesa? ¿Implementar el régimen laboral de las doce
horas que vimos en el capítulo anterior? Esto se vuelve todavía más ridículos para
los militantes prochinos de la «izquierda» europea y latinoamericana, ¿esa es la
política que os gustaría aplicar en vuestros países? ¡Magníficas noticias! Al menos
los trabajadores sabrán cual es vuestro modelo de sociedad a implantar.

En conclusión, de producirse una guerra sino-estadounidense por Taiwán esta


tendría un carácter muy claro para nosotros, quizás el problema esté en que para
otros no lo es. Muy seguramente los amantes de China tendrían que aventurarse
a barajar todo tipo de pretextos y excusas acrobáticas hasta dar con una
formulación medianamente creíble, como el posicionamiento de las bases
estadounidenses en el Pacífico, o que Taiwán es un fiel aliado de EE.UU. En
cambio, esto no borraría en lo más mínimo que China ha sido aliada de los
Washington, que Pekín también tiene bases militares fuera de su territorio y que
además ha oprimido y sigue oprimiendo a toda una serie de regiones del mundo
mediante todo tipo de diferentes mecanismos −económicos, militares y
políticos−:

«Para hacer pasar esta guerra [1914-18] como una guerra nacional, los
socialchovinistas invocan la autodeterminación. Hay una sola manera correcta
de combatirlos: debemos demostrar que la guerra no se libra para liberar
naciones, sino para determinar cuál de los grandes ladrones oprimirá mayor
número de naciones. (…) Para el pequeño burgués lo importante es dónde están
apostados los ejércitos, quién está venciendo en él momento actual, para un
marxista lo importante es qué cuestiones están en juego en esa guerra, en el
curso de la cual puede ir venciendo a veces un ejército, a veces el otro. (...) No se
libra para que un bando pueda derrocar la opresión nacional, que el otro bando

102
trata de mantener. Es una guerra entre dos grupos opresores, entre dos
bandoleros, para determinar cómo repartir el botín, quién ha de saquear. (...)
En síntesis: una guerra entre grandes potencias imperialistas –es decir,
potencias que oprimen a toda una serie de pueblos y los tienen sometidos al
capital financiero, etc.– o en alianza con las grandes potencias, es una guerra
imperialista». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Una caricatura del marxismo y
el economicismo imperialista, 1916)

Vincent Gouysse y sus comparativas forzosas para justificar una


futura guerra

La siguiente sección demostrará como el revisionismo trata de buscar analogías


imposibles para justificar su política presente que trata de apoyar y embellecer a
uno de los bloques imperialistas en pugna. En una de sus últimas publicaciones,
el antiguo marxista Vincent Gouysse realizó un paralelismo del todo
sorprendente:

«Las élites chinas conmemoran hoy la participación del Ejército de Voluntarios


del Pueblo de China en la Guerra de Corea (1950-1953). Si la URSS de Stalin
prestó apoyó con material al ejército de liberación nacional encabezado por Kim
Il-Sung, como los tanques T-34 −85− y los aviones de reacción −MIG-15−, China
aportó el apoyo humano decisivo: 2,9 millones de combatientes voluntarios
chinos pisaron el suelo coreano para pelear contra el imperialismo de EE. UU.
Casi 200.000 de ellos dieron sus vidas como prueba de su apoyo internacional
a la lucha de liberación anticolonial del pueblo coreano contra el ocupante
fascista. Hoy es el propio presidente chino quien, durante su visita a la
exposición conmemorando el 70 aniversario del inicio del conflicto, pide
inspirarse en nuestra época contemporánea −sinónimo «de gran regeneración
de la Nación china»−, del «gran espíritu» de «resistencia a la agresión militar
de EE. UU». Evidentemente, esto solo puede sonar como una seria advertencia
al imperialismo de EE. UU.: si se obstina en iniciar una nueva Guerra Fría, no
será China contra EE. UU., sino contra todas las naciones que se oponen al
colonialismo occidental! ¡Aviso a los tigres de papel!». (Vincent Gouysse; China
«comunista»: mitos y hechos principales, ¡de Mao a Xi!, 2020)

A mediados del siglo XX existía un movimiento revolucionario mundial liderado


por la URSS de Stalin. Un país que, pese a sus fallos y dubitaciones, había ganado
un enorme y merecido prestigio internacional por hitos como la construcción
socialista o la derrota del nazismo. Por aquel entonces Moscú influenciaba
enormemente en la línea ideológica de las otras organizaciones comunistas, por
ello, muchos de los líderes de sospechosas inclinaciones nacionalistas, como Kim
o Mao, se vieron obligados a contener y disimular sus pretensiones, no sin ofrecer
una dilatada resistencia. Aquí también podríamos hablar largo y tendido, como
hemos hecho más atrás, hasta qué punto la dirección soviética animaba o
consentía ciertas desviaciones durante un tiempo para luego condenarlas cuando

103
se salían de control. Sea como sea, esta situación inestable no podía durar
eternamente, y ello tuvo unas consecuencias nefastas en el desarrollo de estas
organizaciones:

«Los partidos comunistas de Asia tuvieron un gran desarrollo a lo largo de la II


Guerra Mundial en lucha abierta contra el imperialismo japonés. Al acabar
aquella, los imperialistas estadounidenses pretendieron mantener en estos
países el viejo régimen semicolonial o colonial sin ninguna modificación y sin
aceptar las reformas democráticas que se habían logrado en los países europeos
tras la lucha contra el nazifascismo. En estas condiciones los comunistas
vietnamitas, coreanos, chinos y otros se vieron forzados a seguir el combate
contra el imperialismo estadounidense, francés o sus agentes. Pero estos
partidos también se habían impregnado, en el curso de la lucha, de ideas y
concepciones no marxistas, nacionalistas, y sus líderes, si bien estaban
animados de espíritu patriótico y revolucionario estaban minados y caerían en
posiciones populistas, nacionalistas, confusas y revisionistas, que en esta fase
no aparecerían claramente pero que se manifestaron posteriormente». (Partido
Comunista de España (marxista-leninista); Esbozo de Historia del PCE (m-l),
1985)

El lector puede tener acceso si lo desea a todo tipo de documentos para estudiar
tanto el revisionismo chino −maoísta− como el revisionismo coreano −juche−,
por lo que en esta ocasión no nos detendremos más en estas cuestiones, que para
todos deberían estar claras. Véanse las obras: «El revisionismo coreano: desde
sus raíces maoístas hasta la institucionalización del «pensamiento Juche» (2015)
y «Las luchas de los marxista-leninistas contra el maoísmo: el caballo de Troya
del revisionismo» (2016)

Sabiendo todo esto, ¿exactamente qué tiene que ver la situación de 1950 con la
geopolítica de 2020? Poco o nada. Hoy, existen regímenes capitalistas bien
asentados en todos esos países euroasiáticos −Rusia, China, Vietnam y Corea del
Norte−, donde si bien estos tres últimos mantienen cierta fraseología «marxista»
la mayoría han pasado a desarrollar su «propia vía» −el «Pensamiento Mao
Zedong», el «Pensamiento Ho», el «Pensamiento Juche»−. También hemos sido
testigos de la destrucción de todos los partidos marxista-leninistas importantes a
nivel mundial, y tenemos frente a nosotros un nivel de concienciación política
paupérrimo, donde el marxismo apenas es conocido o en su defecto es una
caricatura de lo que en un día fue. Es esta y no otra la realidad actualidad. El
problema es que el revisionista tiende a utilizar cualquier comparativa que le
viene a la mente para intentar salvar el pellejo:

«El dogmatismo en la cognición significa fe ciega en viejas teorías obsoletas,


falta de voluntad e incapacidad para modificar y mejorar nuestro
conocimiento, para ponerlo en conformidad con nuevas condiciones en continuo

104
desarrollo. Los dogmáticos y los talmudistas están tratando de introducir
nuevos fenómenos en antiguas posiciones y fórmulas habituales que han dejado
de corresponder a nuevas condiciones. Creen que debemos reconocer cada
pensamiento, como verdadero para todos los tiempos y para todas las ocasiones
de la vida, o como falso. Para ellos, no hay verdades que sean justas en algunas
condiciones e injustas en otras, por lo que en su razonamiento operan
principalmente con abstracciones desnudas y analogías vacías y vacías. En
lugar de un análisis histórico concreto de los hechos de la realidad, ajustan
artificialmente los fenómenos de la naturaleza y la vida social a verdades
generales, estereotipadas y «universales». Los clásicos del marxismo-leninismo
rechazan resueltamente tal visión de la verdad como una colección de
proposiciones dogmáticas completas que solo pueden memorizarse y aplicarse
a todos los casos de la vida. (...) La teoría del conocimiento del materialismo
dialéctico parte del hecho de que las verdades abstractas no existen, la verdad
es siempre concreta, y la concreción de la verdad presupone una reflexión
integral del mundo en el pensamiento, un estudio profundo de todos los lados de
un objeto o fenómeno dado, teniendo en cuenta la situación, el lugar y la hora».
(I. D. Andreev; El conocimiento del mundo y sus leyes, 1953)

Si mañana estallase una guerra entre China y EE.UU. esta sería una guerra
interimperialista, no una guerra «antiimperialista» ni «anticolonialista». Y es
aquí donde comienzan los problemas, ya que el autor francés no está de acuerdo
del todo, ya que Vincent Gouysse cree que, pese a que efectivamente sería una
guerra entre imperialismos, China jugaría un papel objetivamente progresista en
el mundo capitalista (?). Así, pues, «Vicente el chino» comenzó a exponernos su
«lúcido análisis» sobre la situación internacional tirando de los más paralelismos
más absurdos que uno pueda imaginar:

«La URRS de Stalin apoyó la lucha de liberación nacional anticolonial. No se


trataba de una revolución socialista, sino sólo de la independencia nacional. (...)
La oposición contemporánea de China al colonialismo occidental tiene
motivaciones de rivalidades interimperialistas, pero pone en entredicho la
política colonial occidental, y objetivamente, es un progreso histórico». (Vincent
Gouysse; Facebook, 25 de octubre de 2020)

La política china «pone en entredicho la política occidental», ¡como cualquier


competidor que históricamente ha tenido EE.UU., empezando por la Gran
Bretaña de Churchill, la Francia de De Gaulle y acabando por la URSS de
Jruschov! ¡¿Y qué?! ¿Esto era un «progreso histórico»? La oposición del
socialimperialismo chino al imperialismo yankee no es progresista, porque su
objetivo es sustituirla por su propio dominio, y esto no lo decimos solo nosotros,
sino que lo reconocía el propio Vincent Gouysse antes de terminar de volverse
completamente majara:

105
«¿Pueden los marxista-leninistas hacer otra cosa que «declarar la guerra a esta
guerra», es decir, no apoyar a ninguno de los bloques imperialistas
enfrentados? (...) No se puede combatir nunca un imperialismo apoyándose en
otro. El imperialismo es más que nunca un capitalismo en descomposición, la
última etapa antes de la revolución social. (...) ¿No es kautskismo toda otra línea
política?». (Vincent Gouysse; Imperialismo y antiimperialismo, 2007)

Que nos responda el propio señor Gouysse, ¿no es su nueva línea un «kautskimo
con sabor pekinés»? Por nuestra parte, nos parece interesante recordar a un viejo
marxista que antaño se mofaba de quienes veían «antiimperialismo» en todas
estas tramas, chantajes y juegos diplomáticos de los países imperialistas:

«¿Podemos llamar «antiimperialismo» al hecho de sostener un imperialismo


con el fin de debilitar a un competidor imperialista más poderoso? ¿Sí?
Entonces, ¡todo país imperialista lleva a cabo una política «antiimperialista»,
puesto que procura reforzarse frente a competidores imperialistas más
poderosos!». (Vincent Gouysse; Imperialismo y antiimperialismo, 2007)

Es más, instaba a sus lectores a que estudiasen la doctrina de Lenin


detenidamente, a que terminasen de una vez con:

«Todos los discursos «antiimperialistas», «anticolonialistas» y


«antineocolonialistas» del mundo [que] no valen nada, sino no están
relacionados con la necesidad económica de la caída de todas las clases
explotadoras y de la edificación del socialismo». (Vincent Gouysse;
Imperialismo y antiimperialismo, 2007)

¿Qué le habrá pasado a este hombre? Lo desconocemos. La cuestión es muy


sencilla, en caso de que estalle una guerra entre China y EE.UU., ¿propone que
apoyemos a China? ¿Debemos no apoyar a China, pero desear su triunfo? Vaya
caos. La posición revolucionaria aquí, como en 1914, es muy clara y sencilla:

«Desde el punto de vista de la justicia burguesa y de la libertad nacional −o del


derecho de las naciones a la existencia−, Alemania tendría sin duda alguna
razón contra Inglaterra y Francia, ya que ha sido «defraudada» en el reparto
de las colonias, y sus enemigos oprimen a muchísimas más naciones que ella;
en cuanto a su aliada, Austria, los eslavos por ella oprimidos gozan sin duda de
más libertad que en la Rusia zarista, verdadera «cárcel de pueblos». Pero la
propia Alemania no lucha por liberar a los pueblos, sino por sojuzgarlos. Y no
corresponde a los socialistas ayudar a un bandido más joven y más vigoroso
−Alemania− a desvalijar a otros bandidos más viejos y más cebados. Lo que
deben hacer los socialistas es aprovechar la guerra que se hacen los bandidos
para derrocar a todos ellos. Para esto, es preciso ante todo que los socialistas
digan al pueblo la verdad, a saber, que esta guerra es, en un triple sentido, una

106
guerra entre esclavistas para reforzar la esclavitud». (Vladimir Ilich Uliánov,
Lenin; El socialismo y la guerra, 1915)

Nadie que tuviera en cuenta estas palabras hubiera teorizado lo que escribió el
señor Gouysse. Por último, como ya explicamos, este hombre no ha aprendido
nunca a distinguir qué es una «colonia», ya que sigue considerando que las
formas político-económicas de dominación son fundamentalmente iguales a las
de hace siglos. Véase el capítulo: «La burguesía contemporánea no necesita del
colonialismo del siglo XIX para imponer su dominio o ser agresiva» (2020).

¿Qué habría hecho Vincent Gouysse, el azote de los «dogmáticos», en


otras épocas?

En sus comentarios finales hacia Bitácora (M-L), esta fue la única respuesta que
el nuevo y fiel escudero de Xi Jinping pudo «argumentar» contra nosotros:

«O bien razonáis como algunos dogmáticos que razonan de manera mecánica


–congelada– y voluntarista –izquierdista–». (Vincent Gouysse; Facebook, 6 de
noviembre de 2020)

Siendo honestos, no creemos que nuestras divergencias con el señor Gouysse


fuesen a raíz de una malinterpretación del idioma, como dejó caer poco antes de
esta frase. La mayoría de nuestros reclamos responden a sus folletos escritos
originalmente en francés, y dado que contamos con personas que conocen este
idioma como para que no haya «malentendidos», los múltiples párrafos suyos
tratando de maquillar la política china no pueden ser más explícitos. Para
muestra un botón:

«Los marxistas-leninistas, sin hacerse la menor ilusión sobre el carácter


interimperialista de la oposición China-Occidente, no pueden, sin embargo,
equiparar a ambos protagonistas y afirmar que la dominación de uno u otro
bloque importa en definitiva poco o nada a los pueblos y al proletariado
internacional. Esta postura es de hecho la de los nihilistas occidentales que se
esfuerzan por justificar la persecución de la dominación occidental secular
sobre los asuntos mundiales...». (Vincent Gouysse; China «comunista»: mitos y
hechos principales, ¡de Mao a Xi!, 2020)

Parece ser que él ya era consciente de que su proclama iba a causar revuelo entre
sus lectores, por eso soltó este ataque preventivo hacia quienes combaten sin
miramientos la política exterior de Pekín. Nosotros no somos anarquistas, no
somos nihilistas o individualistas que rechazan toda autoridad y poder, ni somos
equidistantes hacia las pugnas de nuestra época. Somos internacionalistas, pero
de una línea marxista-leninista y, si no hay una alternativa revolucionaria
intentamos construirla, no nos contentamos con la cómoda línea de elegir entre

107
el «mal menor». Estas palabras actuales del señor Gouysse recuerdan demasiado
a los jruschovistas o maoístas de los 70, aquellos «hombres pragmáticos» que
calificaban de «dogmáticos», «sectarios» o «trotskistas» a los grupos y jefes
proalbaneses que no aceptaba posicionarse a favor de ninguna superpotencia –ni
con los EE.UU. ni la URSS–. En aquel entonces, estos personajes y colectivos
proimperialistas –proestadounidenses o prosoviéticos– intentaban buscar
cualquier resquicio en comparación al rival para vendernos la idea de «este
imperialismo era más progresista» que este otro: que si «este tiene más presencia
militar en el mundo», que si el otro «últimamente ha iniciado más guerras», que
si «este ha invertido más dinero en el ejército este último año», que si «aquel es
más peligroso porque se presenta como marxista cuando no lo es»… ¿y qué
respondía el Partido del Trabajo de Albania (PTA) ante la insinuación de que
«estaba haciendo el juego» a este o aquel imperialismo al no apoyar a su rival?
En 1976, refutando a los apologistas del imperialismo estadounidense y también
a los abogados del socialimperialismo, contestaba:

«Los pueblos no deben caer en la trampa del pretendido «frente


antiimperialista» predicado por el socialimperialismo soviético, el cual desea
comprometer y manipular a los que están en contra del imperialismo
estadounidense y lo combaten. Unirse a este «frente» significa sacrificar los
intereses superiores del país, exponer al pueblo, de convertirse en siervo del
socialimperialismo soviético y servir como carne de cañón para la realización
de sus designios. Contrariamente a lo que pretende hacer creer Moscú, las
contradicciones que oponen a los Estados Unidos con la Unión Soviética no se
tratan de contradicciones entre imperialismo y socialismo, sino de
contradicciones entre dos potencias imperialistas. A la vez que se rechazan la
demagogia y las tácticas engañosas sobre «el antiimperialismo» de los
revisionistas soviéticos, es menester rechazar al mismo tiempo el
«antisocialimperialismo» que propagaba los Estados Unidos y la burguesía
monopolista mundial. Los pueblos no pueden permitirse convertirse en las
víctimas de las rivalidades entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, ni en
juguete de sus maniobras imperialistas». (Enver Hoxha; Informe en el VIIº
Congreso del Partido del Trabajo de Albania, 1976)

¿Pero qué era aquello que propagaban los albaneses que para algunos era tan
escandaloso? La verdad sin trampa ni cartón. ¿Cuál? Que nadie en su sano juicio
confiaría su seguridad personal ni la del resto a este tipo de buitres:

«Nuestro partido presenta y defiende la tesis que tanto cuando las


superpotencias se acercan entre ellas como cuando se riñen, son otras naciones
las que pagan los platos rotos. La colaboración y la rivalidad entre las
superpotencias presentan ambas caras de una realidad contradictoria, son la
principal expresión de la misma estrategia imperialista que tiende a encantar a
los pueblos su libertad y a dominar el mundo. Constituyen el mismo peligro, y

108
es para esto que ambas superpotencias son los principales y los enemigos más
peligrosos de los pueblos, es para esto que jamás se puede apoyar en un
imperialismo para combatir el otro o para escapar de él. Ciertos Estados, siendo
amenazados por una u otra de las superpotencias, ligan su propia defensa a la
protección militar de los Estados Unidos o de la Unión Soviética. Pero la
protección militar de las superpotencias es una protección ilusoria, ya que tiene
como objetivo hacer del país «protegido» un protectorado. La posición de dicho
país bajo el «paraguas protector» de las superpotencias se acompaña siempre
de concesiones políticas y económicas, de concesiones en el dominio de la
soberanía nacional y de restricciones en la capacidad de decisión tanto sobre
las cuestiones internas como en las cuestiones externas». (Enver Hoxha;
Informe en el VIIº Congreso del Partido del Trabajo de Albania, 1976)

Pero, lamentablemente, esta es la nueva función que realiza Vincent Gouysse,


colaborando con todos aquellos que de una u otra forma cumplen una función
como agentes de Pekín, como ya analizamos en su día con los José A. Egido,
Santiago Armesilla o Manuel Sutherland.

En palabras del señor Gouysse resulta que si rechazamos posicionarnos con


alguno de los bloques imperialistas como el chino-ruso, o bien somos o bien
proyankees o:

«Dulces soñadores que piensan que pronto verán a los pueblos deshacerse de
sus cadenas para liberarse tanto del colonialismo occidental como de las –
futuras– pacíficas cadenas de esclavitud asalariada que acompañarán la fase,
ahora próxima, de la libre expansión internacional del capital financiero
chino». (Vincent Gouysse; China «comunista»: mitos y hechos principales, ¡de
Mao a Xi!, 2020)

Aquí el señor Gouysse en un tono muy jocoso −pero no por ello menos filisteo−
nos recomendaba que por nuestro bien rechazáramos de una vez a los «dulces
soñadores» que piensan neciamente que «pronto verán a los pueblos deshacerse
de sus cadenas» del imperialismo. Una vez más, dejemos a Lenin contestar los
argumentos de este cariz, ya que estos son debates muy antiguos cuya postura le
dejaran en franca evidencia, pues coincide con la del Kautsky de 1914:

«El problema no consiste, ni mucho menos, en saber si la socialdemocracia


alemana se hallaba en condiciones de impedir la guerra, ni tampoco en saber
si, en general, pueden los revolucionarios garantizar el triunfo de la revolución.
El problema consiste en saber si uno debe conducirse como socialista o si debe
«expirar» auténticamente en brazos de la burguesía imperialista». (Vladimir
Ilich Uliánov, Lenin; El socialismo y la guerra, 1915)

109
La posición de rebajarse a apoyar a uno de los dos bloques imperialistas refleja
siempre −aunque sea de forma indirecta− una debilidad manifiesta. Esto ocurre
cuando el sujeto o grupo implicado sufre de un grave acomplejamiento ligado una
gran desconfianza. Sus miembros no piensan realmente que sus fuerzas puedan
revertir algún día la difícil encrucijada en la que se encuentran, sobrevuela sobre
sus cabezas la duda permanente de que estén en capacidad de superar sus
deficiencias, entre las cuales se cuentan la falta de influencia y coherencia política,
razón por la que se contentan con unas cuantas concesiones en cuanto a sus
antiguos principios, lo cual lo presentan como un «arreglo temporal» para «no
aislarse» −aunque hace rato que ese barco zarpó−. A partir de ahí, ya se sabe, «a
falta de pan buenas son tortas»; o dicho de otro modo, ya que no se tiene
suficiente capacidad como para influenciar la política de su país con su
plataforma, estos señores tratan de engañarse a sí mismos y al resto de que esto
podrá ser solventando «manejando» o «manipulando» a los principales actores
de la función, aunque estos ni siquiera sepan que ellos existen o los ninguneen
abiertamente considerándolos como meros figurantes de los cuales pueden
prescindir con un chasquido de dedos. Esto tampoco resulta nuevo:

«El público filisteo, con los oídos muy abiertos, escucha estos cuentos, toma en
serio las fábulas y sigue ciegamente a los caballeros de industria, que se
esfuerzan por hacer recaer la atención «de la sociedad» precisamente en lo que
a ellos les conviene. El público filisteo no sospecha que le llevan de la brida, que
las sonoras frases acerca del «patriotismo», del «honor y el prestigio de la
patria» y de la «agrupación de grandes potencias» encubren
intencionadamente los manejos de los estafadores financieros y de aventureros
capitalistas de toda calaña. (...) Todos esos procedimientos sutiles no son más
que disputas de negociantes capitalistas y de gobiernos capitalistas por el
reparto del botín. Se esfuerzan por arrastrar al pequeño burgués a la discusión
en torno a cómo sacar «nosotros» mayor tajada y darles «a ellos» la menor,
por interesarlo en la querella en torno a esta cuestión». (Vladimir Ilich Uliánov,
Lenin; El socialismo y la guerra, 1915)

Respondiendo concretamente a las insinuaciones del señor Gouysse, este puede


estar sumamente tranquilo… nosotros no somos soñadores, tomamos la realidad
como es. Muchos pueblos están y estarán aún lejos de librarse tanto de la
influencia de las potencias extranjeras como de su burguesía nacional. En
definitiva, a los desposeídos les queda un viaje muy amargo y largo para lograr su
emancipación social mientras no sepan aprender de sus experiencias, mientras
no logren una clarividencia programática y materialicen una organización que
condense una línea de actuación conjunta y concisa que resuma todo esto. Una
de esas tareas ideológicas pasa por superar estas mismas ilusiones
«tercermundistas»; una conclusión que el antiguo Vincent Gouysse defendía con
bravura antes de convertirse en poco más que el limpiabotas de Xi Jinping. Ahora,
una vez matizado lo obvio, ¿en qué podemos decir que ayuda hoy la labor política

110
de «orientación» de gente como Vincent Gouysse? En nada, solo se puede
calificar como un «trabajo de zapa» que obstaculiza que ese día del fin del
capitalismo llegue:

«Aún somos débiles, y se acabó, dice Blatchford. Pero con su franqueza pone al
desnudo de golpe su oportunismo. (…) Se ve en seguida que está al servicio de la
burguesía y los oportunistas. Al declarar la debilidad del socialismo, él mismo
lo debilita con su prédica de una política antisocialista, burguesa». (Vladimir
Ilich Uliánov, Lenin; El socialismo y la guerra, 1915)

Nótese que Lenin concluyó que el trabajo de los bolcheviques era trabajar con
paciencia y tesón en crear dicha alternativa, no en rebajarse a mendigar la
atención y favor de los círculos imperialistas:

«La extraordinaria abundancia de corrientes y matices del oportunismo


pequeño burgués entre nosotros, en tanto que la influencia del marxismo en
Europa, así como la solidez de los partidos socialdemócratas legales antes de la
guerra. (…) La clase obrera en Rusia no podía constituir su partido más que en
una lucha resuelta, durante treinta años, contra todas las variedades del
oportunismo. (…) No podemos saber si un fuerte movimiento revolucionario
estallará con motivo de la primera o de la segunda guerra imperialista de las
grandes potencias, o si estallará en el curso de esta guerra o después de ella,
pero de todos modos nuestro deber ineludible es trabajar de un modo
sistemático y firme en esa dirección». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El
socialismo y la guerra, 1915)

Por eso ayer, hoy y siempre:

«La clase obrera no puede desempeñar su papel revolucionario universal si no


sostiene una guerra implacable contra esa apostasía, contra esa falta de
firmeza, contra esa actitud servil ante el oportunismo, contra ese inigualable
bastardeamiento teórico del marxismo. El kautskismo no es un hecho fortuito,
sino un producto social de las contradicciones de la II Internacional, de la
combinación de la fidelidad verbal al marxismo con la subordinación, de hecho,
al oportunismo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El socialismo y la guerra,
1915)

En consecuencia, actualmente nos negamos a seguir la línea derrotista y servil de


dedicarnos a discutir como intelectuales charlatanes sobre cuál de los
imperialismos es más «aceptable» y constituye la mejor baza para nuestro
pueblo. Quienes piensen esto pueden quedarse con su «realpolitik» burguesa.

La cuestión de la paz en una guerra imperialista

111
¿Cuál es la posición correcta sobre la cuestión de la paz en una guerra
imperialista? Esta es una cuestión amplísima, pero en lo relativo al
posicionamiento político y objetivos diremos unas palabras que han de ser
recuperadas. En 1940, durante su exilio mexicano, Joan Comorera, el por aquel
entonces jefe del Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC), invocó a las
huestes proletarias de todo el mundo a que no se dejasen engañar de nuevo por
la propaganda de las potencias imperialistas que habían estado colaborando y
repartiendo el mundo entre sí:

«Nosotros, sin embargo, compañeros no somos pacifistas sentimentales. (...)


Nosotros queremos la paz hecha revolucionariamente por los pueblos. Nosotros
luchamos en cada país contra las fuerzas de regresión y de opresión que lanzan
a los pueblos a la carnicería imperialista, para levantar sobre las ruinas del
capitalismo, la verdadera paz, la única paz posible, la paz hecha por los pueblos
libres de explotación social y nacional, por los pueblos iguales y hermanos, por
los pueblos liberados de los estériles y monstruosos prejuicios de raza, de
religión, de historia falsificada, prejuicios sistemáticamente cultivados por las
clases parasitarias y explotadoras. Nosotros queremos una paz sin anexiones,
sin indemnizaciones, sin pueblos vencidos ni pueblos repartidos, una paz justa
que no lleve en sí misma el calor de nuevas y próximas carnicerías». (Joan
Comorera; Contra la guerra imperialista y por la liberación nacional y social
de Cataluña, 1940)

Este último texto de Comorera estaba inspirado en los escritos de Lenin, que
bregaba por delinear con precisión absoluta las diferencias del marxismo con el
reformismo y el anarquismo. Por su parte, si revisamos una vez lo que dijo el jefe
bolchevique en torno a las guerras, nos encontramos con que su denuncia no deja
margen de maniobra para los socialchovinistas de hoy:

«En Rusia el chovinismo se oculta detrás de frases sobre la «belle France» y la


pobre Bélgica –¿y Ucrania? etc.–, o detrás del odio «popular» a los alemanes –
y al «kaiserismo»–. Tenemos, por lo tanto, el incuestionable deber de combatir
estos sofismas. (...) [Es menester] luchar contra el chovinismo y de concentrar
toda la propaganda y la agitación en la cohesión –aproximación, solidaridad,
acuerdo según las circunstancias– internacional del proletariado (...) Sería
erróneo tanto llamar a actos individuales de disparar contra los oficiales, etc.,
como tolerar argumentos tales como el de que no queremos ayudar al
kaiserismo. Lo primero es desviarse hacia el anarquismo; lo segundo, hacia el
oportunismo. Nosotros, por el contrario, debemos preparar la acción de masas
–o por lo menos colectiva– entre las tropas de no sólo una nación y desarrollar
en ese sentido todo el trabajo de propaganda y agitación. La dirección de
nuestra labor –una labor tenaz, sistemática, tal vez prolongada– en el espíritu
de convertir la guerra nacional en guerra civil; he ahí lo esencial. En qué
momento debe producirse esta transformación es otra cuestión, que ahora

112
todavía no está clara. Habrá que dejar que este momento madure y «hacerlo
madurar» sistemáticamente». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Carta de Lenin a
A. G. Shliápinikov, 17 de octubre de 1914)

¿Por qué hasta en mitad de una guerra imperialista debemos luchar por la
cuestión de la paz desde una perspectiva propia que nos diferencie de las demás
expresiones políticas? Lenin ampliaba su explicación de esta manera:

«Las conferencias en torno a los llamados programas de «acción» se limitaban


hasta ahora a proclamar más o menos íntegramente un programa de pacifismo
a secas. El marxismo no es pacifismo. Es indispensable luchar por el cese más
rápido de la guerra. Pero la reivindicación de la «paz» sólo adquiere un sentido
proletario cuando se llama a la lucha revolucionaria. Sin una serie de
revoluciones, la pretendida paz democrática no es más que una utopía pequeño
burguesa. El único programa verdadero de acción sería un programa marxista
que dé a las masas una respuesta completa y clara sobre lo que ha pasado, que
explique qué es el imperialismo y cómo se debe luchar contra él, que declare
abiertamente que el oportunismo ha llevado la II Internacional a la bancarrota
y que llame abiertamente a fundar una Internacional sin los oportunistas y
contra ellos. ¡Sólo un programa así, que demuestre que tenemos fe en nosotros
mismos y en el marxismo, y que declaramos al oportunismo una guerra a vida
o muerte, podrá asegurarnos, tarde o temprano, la simpatía de las masas
proletarias de verdad!». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El socialismo y la
guerra, 1915)

La intención de los revolucionarios no puede ser jamás desear la provocación o la


prolongación de una guerra imperialista cuyas consecuencias pagan los pueblos,
sino derrocar estos regímenes atroces a la menor oportunidad. En caso de no
estar en condiciones para ello –como, no nos engañemos, ocurre actualmente en
todo el planeta– no deben desanimarse, sino que deben ponerse manos a la obra
–para que, aunque ahora sea algo remoto, haya una posibilidad en un futuro–.
Entre tanto, deberán intentar movilizar a la población para forzar a que sus
gobiernos mantengan la paz o, en su defecto, para que paralicen la guerra
imperialista en curso en las mejores condiciones posibles. Algunos preguntarán,
pero, ¿cómo va a ser esto posible si hablamos de un estado de indefensión de los
trabajadores ante sus patronos? Para empezar, no es lo mismo derrocar a un
gobierno capitalista que forzarlo a retroceder en sus decisiones más impopulares
–incluyendo su permanencia en una guerra–. Incluso en condiciones de
desorganización y bajo nivel ideológico generalizado, los efectos y cambios
súbitos que suponen fenómenos como una guerra o la perspectiva de la misma –
déficit comercial, caídas en la inversión y el ahorro, carestía de alimentos,
aumento de las exigencias laborales, reclutamientos forzosos de la población,
bajas en el frente y demás– pueden crear toda una serie de dificultades y
divisiones tanto en los intereses de las capas laboriosas como entre los círculos

113
burgueses. En este panorama político especial existen mejores oportunidades
para organizar y movilizar a los trabajadores conscientes y/o desencantados
contra los gobiernos capitalistas culpables de su desdicha, pues son estos últimos
quienes fantasean o están interesados con provocar o alargar las guerras para
llenarse los bolsillos o saldar deudas.

Empero, como siempre hemos mantenido, esto dependerá en gran medida de la


habilidad de esa estructura política –opositora al régimen– a la hora de canalizar,
dirigir y profundizar ese momento tan especial de efervescencia política. La
cuestión es, ¿tienen capacidad los «marxistas» de hoy para exponer a los líderes
nacionales belicistas, a sus seguidores fanáticos y a sus lacayos a sueldo?
¿Cuentan con una explicación desarrollada y coherente sobre las pugnas
interimperialistas en un lenguaje que sea comprensible para las capas más
atrasadas de su país? ¿Tienen un trabajo regular en los frentes de masas de todo
tipo para informar a la población de sus propuestas y objetivos? ¿Podrían ser
capaces de reconducir y elevar las manifestaciones espontáneas de indignación
popular hacia algo más serio y consciente? ¿No? ¿A qué esperan para madurar o
mejorar esas condiciones si desean tener una oportunidad? Y es que esto, como
en toda cuestión, depende del factor subjetivo; a más capacidad teórico-práctica,
mayor nivel de influencia para imponer unos objetivos políticos. Repetimos, esto
no lo cumplen ninguno de los grupos autodenominados «marxistas-leninistas»,
«comunistas» o llámense como quieran, porque hacen de sus formas de
organización y métodos de trabajo el camino más corto para el fracaso. Por eso,
como en toda cuestión, hay que empezar por replantearse las cosas desde el
principio. Véase la obra: «Fundamentos y propósitos» (2022).

Un breve ejemplo de las ilusiones del señor Gouysse sobre la


naturaleza y políticas de los dirigentes de Pekín

En esta sección examinaremos cómo tanto en España cómo en Francia hay


diferentes grupos y personalidades de «izquierda» −entre infinitas comillas− que
si bien proponer «combatir la precariedad laboral» en sus respectivos países, no
tienen vergüenza de proponer como modelo a seguir el modelo laboral chino. En
segundo lugar, analizaremos si es cierto que los Sánchez, Macron o Xi Jinping
son líderes «filantrópicos» y «benefactores» que «aman a sus pueblos». En tercer
lugar, desmontaremos ese «paraíso socialista» que es China rodeado de
mendigos y millonarios. En cuarto lugar, nos veremos obligados a repasar
algunos datos de desigualdad y explotación capitalista de China en su territorio.
Y, en último lugar, daremos unos apuntes sobre la dudosa gestión de Pekín al
comienzo de la pandemia.

¿Quién en su sano juicio pondría de modelo laboral de China?

Las ideas por las que hoy se desliza el señor Gouysse no nos son originales ni está
solo en su cruzada por mostrarnos las proezas de la China de Xi Jinping. En

114
España existe toda una caterva de pequeñas organizaciones revisionistas que
simpatizan y obedecen la propaganda de Pekín. El Partido Comunista de España
(PCE), el cual hoy cuenta con ministros en el gobierno de coalición PSOE-Unidas
Podemos, es uno de ellos. Esta agrupación no duda en felicitar a China por su
modelo económico. En una conferencia del PCE donde invitaron a Yao Fei,
Ministro Consejero de la Embajada China en China, se comentaba:

«José Luis Centella: Se ha demostrado la prioridad del sector público, una


planificación de la economía bajo diversas formas. (…) Se ha demostrado que la
propiedad privada y la economía de mercado se ponen siempre al servicio del
control estratégico del poder público, del gobierno. (…) De manera que la
redistribución de la riqueza se plantea desde una sinergia entre el sistema
socialista y una economía de mercado socialista que permite liberar las fuerzas
productivas». (Partido Comunista de España; Acto «China en el nuevo
escenario mundial», 19 de octubre de 2020)

He aquí el programa del PCE para España. ¿Eliminación de la propiedad privada?


¿Destrucción de las leyes fundamentales del capitalismo en el sector público?
¿Reducir las diferencias entre campo y ciudad? ¿Acortar las diferencias de clase
hasta su completa abolición? ¡No! Aplauden la «economía mixta», el exótico
«socialismo de mercado» ¡y el no menos famoso modelo laboral chino! Aunque
estos bobos del PCE son los primeros que azuzan a los «rojipardos» como
Santiago Armesilla y Cía por querer implantar un régimen de «látigo,
arbitrariedades y terror», en realidad visto sus referentes, no proponen nada
diferente a ellos.

China es, sin ningún género de dudas, uno de los imperialismos que mayor
ganancia obtiene de su fuerza de trabajo −en este caso, a través de una mano de
obra barata conseguida a base de condiciones infrahumanas−. La «receta
mágica» de este «milagro» es algo que su propaganda procura cubrir con
eufemismos típicos de la economía política burguesa, transmutando y
camuflando la realidad de la situación laboral, ¿cómo? hablándonos de la
importancia de la «competitividad» y «disciplina laboral» para «lograr alcanzar
el éxito». Esta disociación con la realidad es algo que cualquiera puede detectar,
de hecho, hace no mucho Vincent Gouysse así nos lo exponía:

«Según Word Competitiveness Yearbook de 2003, China tiene una de las manos
de obra industriales más competitiva del mundo, el costo por dólar de
producción a 0,32$, en comparación con el 0,43$ de la India y Brasil o el 0,51$
de Canadá. (...) Hoy cuando uno es rico en China lo muestra: grandes coches,
piscinas cubiertas, campos de golf en los jardines, personal de servicio para las
mansiones y guardaespaldas. La burguesía china llega incluso a construir
«vivienda» con una superficie de más de 400 m2 reproduciendo la forma en
miniatura de los castillos europeos. Un enclave privado que contiene 170 de

115
estas autenticas mansiones de dos millones de dólares se sitúa al este de Pekín».
(Vincent Gouysse; Imperialismo y antiimperialismo, 2007)

Unos años atrás, el señor Gouysse comentaba lo engañoso que eran los datos
de «progreso» de la economía que los agentes chinos propalan constantemente:

«Si los lacayos de la burguesía imperialista china pretenden que «desde 1978, el
ingreso medio real per cápita ha aumentado anualmente en un 5,5%». (431). Se
olvidan de subrayar esta otra verdad que en una sociedad de clases antagónicas
donde las desigualdades son muy grandes −más pronunciadas que en muchos
viejos países imperialistas−, este valor medio no significa en absoluto una
mejora comparable en el nivel de ingresos de la gran masa de trabajadores
urbanos y rurales chinos. Según fuentes chinas, el número de personas que
viven por debajo del umbral de la pobreza aumentó de 250 a 30 millones en
China, durante el período 1978-2000. (...) Según fuentes chinas, la tasa de
desempleo promedio real rondaría el 9% en las áreas urbanas en 2004, pero
más del 20% en la economía china en su conjunto, incluido el desempleo en el
campo. Durante el período 1985-1995, el salario medio de un empleado urbano
chino rondaba entre el 2,5 y el 3% del salario medio de un empleado
estadounidense. No fue hasta la crisis asiática de 1997, que redujo las
oportunidades de exportación y mostró los límites del mercado exterior y su
dependencia de la situación económica internacional, que la burguesía
imperialista china consideró útil elevar significativamente el nivel de los
salarios, que entonces representaban el 3,5% y el 7% del salario promedio de un
empleado estadounidense en 1997 y 2004 respectivamente. Pero este aumento
de salarios sigue siendo de hecho muy bajo, ya que es menos de aumento de la
productividad laboral, y tiene como objetivo reducir, o al menos evitar que se
amplíe demasiado rápido, la brecha entre la producción y el consumo interno,
que se está volviendo cada vez más problemática». (Vincent Gouysse;
Imperialismo y antiimperialismo, 2007)

Esto es totalmente cierto, de hecho, hay otros analistas que se han tomado la
molestía de desmontar el uso interesado y distorsionado de datos que Pekín
acostumbra a realizar para convencer al mundo de sus «proezas» en temas tan
recurrentes como la «pobreza absoluta» o el «PIB pér capita»:

«El Banco Mundial y China miden a la «pobreza absoluta» con un umbral de


ingresos de 1,9 dólares al día, o unos 57 dólares al mes o 684 al año. Según estos
datos, el 88% de la población china era pobre en 1981, cuando el organismo
internacional obtuvo los primeros datos para confeccionar el índice. Con una
población en ese entonces de 1.000 millones de personas, esto significaba que
había 880 millones viviendo con 57 dólares o menos al mes. Actualmente, la tasa
se ha reducido al 0,7%, lo que significa que «sólo» 10 millones de personas viven
ahora con ese monto, y de estos datos surge la frase de Xi con respecto a los 700
millones de personas, aproximadamente, que han salido de la pobreza. Pero si

116
contabilizamos el segundo umbral del Banco Mundial, de 3,2 dólares al día −96
al mes o 1.152 al año−, la pobreza actual se encuentra en 1,4% o 20 millones de
personas para una población de 1.374 millones. Y si avanzamos un poco más
hacia umbral de «ingresos medios internacionales» de 5,5 dólares al día −165
dólares al mes o 1.980 al año−, el índice sube a 27%. Es decir unas 372 millones
de personas que siguen siendo extremadamente pobres, lo cual relativiza la
«salida» de los 880 millones. (…) Tomando el umbral de 5,5 dólares al día, los
países en el mundo desarrollado, como Estados Unidos, Francia o Alemania,
registran valores de de entre 1 y 1,5% de su población. Con 3,2 dólares al día o
1,9 dólares al día, el índice baja prácticamente 0. Comparado con América
Latina, la pobreza en China es superior a México (25,7%), Brasil (21%) o
Argentina (7%). (…) El PBI per cápita (es decir el valor total de bienes y servicios
producidos en el país al año dividido por la cantidad de habitantes) y ajustado
por paridad de poder adquisitivo (PPP) de China se encuentra actualmente en
torno a los 18.000 dólares. El valor similar es al de México (19.800) y levemente
inferior al de Argentina (20.500), pero se encuentra muy por debajo de países
como Estados Unidos (62.600) o Japón (42.700). (…) Un 40% de los chinos vive
aún en zonas rurales, en su mayoría trabajando en pequeñas granjas y con
ingresos que en cualquier país del mundo desarrollado los ubicaría en la
pobreza extrema. (…) El 60% urbano, una masa obrera que trabaja cerca de 13
horas diarias, entre seis y siete días a la semana en condiciones deplorables de
seguridad». (Germán Padinger; La otra cara de China: pobreza, población
rural y creciente desigualdad, 2019)

Y una vez expuesto esto y aclarado ciertos equívocos sobre los datos de la
economía china, el señor Gouysse concluía en 2007 con toda la razón del mundo:

«¡No! Los revisionistas chinos no cometieron ningún «fallo», fueron fieles a sus
concepciones revisionistas y chovinistas, las cuales simplemente adaptaron a la
nueva situación internacional. Las «enfermedades del socialismo» que alude no
son más que el producto del poder de los revisionistas. Por lo tanto, apoyarlos,
si es fusionarse con el imperialismo y el revisionismo. Ya que los revisionistas
no van a mover un dedo por el socialismo ni van a curar las «enfermedades»
que el país revisionista-burgués enfrenta». (Vincent Gouysse; Imperialismo y
antiimperialismo, 2007)

En efecto, este camino que China acabó adoptando en los 70 y décadas más tarde
era la consecuencia lógica de la aplicación hasta sus últimas consecuencias de los
conceptos económicos del maoísmo. Esta corriente nacionalista aun en sus
periodos de mayor fraseología radical no pudo nunca esconder sus tendencias
capitalistas. Esto fue documentado en varios estudios económicos, tanto de
detractores como simpatizantes, que hoy están disponibles. Como paradigma de
lo primero, consúltese por ejemplo la obra de Tomor Cerova: «Los procesos de
desarrollo capitalista de la economía china» (1980), o la obra de Rafael Martínez:

117
«Sobre el manual de economía de Shanghái» (2006). Como paradigma de lo
segundo, consúltese la obra de Charles Bettelheim: «Revolución Cultural y
Organización Industrial en China» (1973), o la obra Raymond Lotta: «El avance
de Mao: Romper con el modelo soviético» (2006). Por nuestra parte
recomendamos al lector un resumen de toda esta información que se halla
sintetizada en nuestros trabajos. Véase el capítulo: «Seguidismo a las políticas
económicas del maoísmo» (2017).

La dudosa filantropía de Sánchez, Macron o Xi jinping

Los viejos análisis del señor Gouysse sobre la evolución histórica de China eran
simplemente excelentes, sobre eso no cabe ningún atisbo de duda.
Lamentablemente, no mucho después, en 2010, ese mismo hombre empezó a
relativizar sus propias conclusiones, dando a entender que, aunque era cierto que
China es capitalista y los datos sobre su desigualdad son ciertos, aun con todo, en
un tono maoísta, apelaba a fijarnos en el «carácter específico» de la burguesía
nacional china, la cual, ¡ a diferencia de la burguesía de los países occidentales, se
preocupa por solucionar los problemas de sus trabajadores (sic)!:

«Mientras que en los países imperialistas en declive los trabajadores, coléricos,


protestan contra los gobiernos para defender su derecho a un «trabajo digno»,
en China, ¡es el propio gobierno burgués el que lo pone en la agenda! En las
últimas décadas, China ha visto un fuerte aumento de la desigualdad de
ingresos. Las autoridades chinas son las primeras en reconocerlo y preocuparse
por ello. A principios del mes de marzo, el Ministerio de Hacienda [literalmente:
Finanzas] insistió en el carácter «muy desequilibrado» de «la redistribución de
la riqueza nacional». Los parlamentarios chinos sugirieron, así pues, la
introducción de un «impuesto sobre los artículos de lujo». (Vincent Gouysse; El
despertar del dragón, 2010)

Si en 2007 calificaba a los dirigentes del PCCh de «usureros», en 2010 empezaba


a considerarlos «filántropos» (?). Ahora nos preguntamos aplicando sus mismos
barómetros, ¿no es cierto que esta visión distorsionada le convierte, según sus
propias palabras, en «un lacayo del imperialismo chino»? En efecto, este pobre
ser ha acabado tan carcomido por las fastuosas historias de la propaganda china
que ahora abraza lo que para él antes era un evidente fraude. Para el nuevo
Vincent Gouysse, el comportamiento de la burguesía china es algo excepcional.
Considera fuera de lo normal el que un país trate de equilibrar la demanda y el
consumo o impedir que la desigualdad social alcance cotas que puedan suscitar
el descontento generalizado. Desgraciadamente, ha acabado sufriendo la misma
hipnotización que quienes en Francia o España aplauden al gobierno de turno por
reconocer los paupérrimos datos en educación, sanidad o pensiones para, acto
seguido, tratar de implementar un par de medidas estéticas que alivien −pero
nunca solucionen de raíz− la cuestión:

118
«Pedro Sánchez ha anunciado hoy tras el Consejo de Ministros que el nuevo
Gobierno subirá el salario mínimo interprofesional (SMI) hasta alcanzar el 60%
del salario medio neto, tal y como establece la Carta Social Europea, a lo largo
de la legislatura. El Gobierno llevará a cabo esta subida de manera progresiva
hasta finales de 2023». (El Plural; Sánchez anuncia la subida del salario
mínimo durante toda la legislatura, 2019)

En la Francia de Macron, según Vincent Gouysse «ya bajo la bota del fascismo»
(sic), fuimos testigos que durante la pandemia del COVID-19 se tomaron
disposiciones similares:

«En una alocución televisada, el presidente francés explicó que se dedicarán


300.000 millones de euros a salvar las empresas. Ninguna de ellas debe quebrar
debido al coronavirus. El Estado asumirá el pago de los créditos bancarios
contraídos. También se suspenderá el pago de impuestos y cotizaciones sociales,
de las facturas de agua, luz y gas, así como los alquileres. No quedó claro si esto
último se aplicará a las empresas o a toda la población, pero Macron insistió en
que «ningún francés quedará sin recursos». (La Vanguardia; Francia asume
los créditos y suspende el pago de alquileres, impuestos y recibos de luz, gas y
agua, 16 de marzo de 2020)

Ya dijimos en su momento que estas medidas no deben sorprendernos ni causar


un debate del tipo: «¿Se está reformando espontáneamente el capitalismo debido
a la traumática crisis? ¿se estará volviendo más benévolo y humano?»:

«¿Es acaso esto nuevo? Quizás para los que no han cogido un libro de historia
en su vida, estas medidas suponen algo extrañísimo de explicar, algunos incluso
lo calificarán de «cambio inevitable en el paradigma económico», otros de «un
cambio de mentalidad de los poderosos», pero ni siquiera es un fenómeno nuevo
ni propio del capitalismo:

«Al igual que los Estados industriales de la actualidad, también las sociedades
preindustriales conocían procedimientos y mecanismos para aliviar un poco las
evidentes desigualdades en el reparto de la fortuna y los ingresos. (...)
Correspondía un papel importante a las transferencias voluntarias de bienes y
de ingresos en forma de fundaciones y de donaciones caritativas. (...) Su
principal objetivo ni en modo alguno era esa la intención no era la
diversificación de la demanda ni el incremento del estándar de vida, sino
asegurar los medios de subsistencia de las capas de la población, y con ello,
evitar hambrunas, inquietud y rebeldía». (Ernst Hinrichs; Introducción a la
historia de la Edad Moderna, 2012)

Hoy ocurre igual, hace tiempo que está más que demostrado que el capitalismo
se sabe adaptar a las situaciones de crisis, incluso aprovecha tales situaciones
para presentarse como un sistema benévolo.

119
Es más, en situaciones de epidemias, observó Engels que «La clase capitalista
dominante no puede permitirse impunemente el placer de favorecer las
enfermedades epidémicas en el seno de la clase obrera, pues sufriría ella misma
las consecuencias», y «el ángel exterminador es tan implacable con los
capitalistas como con los obreros», por lo que:

«Desde el momento en que eso quedó científicamente establecido, los burgueses


humanitarios se encendieron en noble emulación por ver quién se preocupaba
más por la salud de sus obreros. Para acabar con los focos de epidemias, que no
cesan de reanudarse, fundaron sociedades, publicaron libros, proyectaron
planes, discutieron y promulgaron leyes. Se investigaron las condiciones de
habitación de los obreros y se hicieron intentos para remediar los males más
escandalosos». (Friedrich Engels; Contribución al problema de la vivienda,
1873)

¿Quedará esto claro?». (Equipo de Bitácora (M-L); Algunas consideraciones


sobre el COVID-19 [Coronavirus], 2020)

¡¿Es acaso el señor Macron o Sánchez unos burgueses de «buen corazón»?!


Esperemos que, tras conocer estos datos, nuestro impresionable Vincent Gouysse
no otorgue su pluma para escribirnos ahora sobre los «grandes retos» que «ha
asumido valerosamente» el «gobierno del cambio» en España. Pero, visto lo
visto… ¡a saber! En este este curioso periplo de Gouysse que le llevó a pasar de
ser un marxista a un revisionista, nos recuerda a cualquier vulgar activista de la
«izquierda» tercermundista, anarquista o antiglobalización, cuya política pivota
en torno a condenar el «colonialismo» y el «fascismo» de los imperialismos
occidentales utilizando de forma indiscriminada y populista ciertas palabras
−con exactamente el mismo conocimiento que una feminista actual usa el
término «patriarcado»−. Todo esto, mientras, a su vez, se permite el lujo de
aconsejarnos sobre las ventajas que tendríamos si en los países de Occidente
tomásemos nota de otras zonas −en este caso China y Rusia−. En la mente de
estos iluminados estos países exóticos son presentados como modelos
«alternativos» a la par que «avanzados».

¿Qué contestar a esto? Pues, que, en efecto, en algunos campos específicos un


imperialismo puede estar más avanzado versus otro, pero esto no es decir nada
de enjundia sobre la esencia del régimen, y en este caso los dirigentes chinos o
rusos no están exentos de los mismos intereses y vicios que guardan los
gobernantes en tierras patrias. De hecho, más allá de toda su parafernalia
chovinista −que es palpable y real−, sus élites gobernantes nunca han podido
resistirse a imitar el modelo occidental en todas las áreas posibles de la
gobernanza, esto viene siendo, con ciertos periodos de interrupción, una máxima
desde tiempo de desde la época del Emperador Kangxi o el Zar Pedro el Grande.

120
Volviendo al tema principal… el problema no es señalar que en China se ha dado
un «gran desarrollo tecnológico», que en «Japón hay una gran calidad de vida»,
que «en Francia hay una notable libertad religiosa», que «en EE.UU. hay un
indiscutible cuidado del deporte nacional» o que «en España hay un «gran
sistema sanitario», etc. El problema es hacer de estas presuntas características
específicas un pretexto para apoyar a un bloque imperialista en sus aventuras y
reproducir su propaganda a nivel general, ocultando sus problemas y realidades.
Proclamas y eslóganes vendidos de cara al exterior que, como bien sabemos en el
caso español, a veces incluso distan bastante de ser así si se analiza en
profundidad. Véase el capítulo: «La debacle del sistema sanitario español»
(2021).

Tarde o temprano, todos estos activistas «antiimperialistas» se ven sumamente


ridículos cuando su amo les pide rendir tributo relativizando los problemas
evidentes que arrastran su gobierno: precariedad laboral, inexistencia de
derechos sindicales, falta de libertad de expresión en prensa escrita o digital,
etcétera, ¡proclamando que todo esto son «chismes», «rumores» o «propaganda
del enemigo»! E intentando pintar que, por supuesto, la situación existente allí
es mucho mejor para los trabajadores que aquí:

«En las condiciones de empeoramiento de las rivalidades interimperialistas,


incluidos los intentos de desestabilizar a los países imperialistas en declive, las
autoridades chinas ahora insisten en mejorar las condiciones de vida del pueblo
chino». (Vincent Gouysse; 2010-2011: ¡Se acelera el despertar del dragón!,
2011)

«Hay que decir que los medios de comunicación de los países imperialistas en
decadencia no piensan en denunciar las violaciones de los «derechos humanos»
cuando ven a sus propios ciudadanos suicidándose, o incluso inmolando a
fuego, así de un comerciante griego sobreendeudado en septiembre de 2011».
(Vincent Gouysse; 2011-2012: ¡Recuperación… de la crisis!, 2012)

Si años atrás el señor Gouysse consideraba que las diferencias de clase y las
injusticias del sistema chino no eran fallos de un «sistema socialista» −como
aseguraban los prochinos−, sino la consecuencia lógica de la política capitalista
del PCCh, ahora el nuevo Gouysse llega hasta el punto ridículo de ocultar el estado
infernal de explotación asalariada de los trabajos chinos. Escribir esto es mofarse
de quienes sufren diariamente en sus carnes las garras del «dragón chino».

China, un «paraíso socialista» con multimillonarios y desigualdad por


doquier

La burguesía nacional allí es conocida mundialmente por ser una de las más
rapaces cuando se trata de esquilmar hasta la última gota de sudor a sus

121
trabajadores y, como es normal, sus títeres tienen un puesto predilecto dentro de
las filas del mal llamado partido «comunista»:

«El multimillonario chino Jack Ma, cofundador y presidente del gigante de


compras por internet Alibaba, es miembro del Partido Comunista Chino (PCCh),
reveló el Diario del Pueblo. (...) Según la revista Forbes, Ma es el hombre más
rico de China, con una fortuna estimada en 35.800 millones de dólares −unos
31.600 millones de euros−, gracias a Alibaba, uno de los negocios de compras
por internet más exitosos del planeta. (...) Las relaciones entre el PCCh y la
cúpula empresarial china son cada vez más frecuentes, y muchos chinos
aseguran abiertamente que la pertenencia al partido único que gobierna el país
desde hace siete décadas es una autopista bien asfaltada hacia el éxito en los
negocios». (EFE; El multimillonario Jack Ma, fundador de Alibaba, es miembro
del PCCh, 27 de noviembre de 2018)

¿Cómo ha acumulado dicha fortuna este exitoso empresario y miembro del


partido gubernamental?:

«Jornadas laborales de 9 de la mañana a 9 de la noche durante seis días a la


semana. Esa es la propuesta del esquema '996', un sistema laboral
relativamente extendido en las empresas tecnológicas en China y que no ha
dudado en defender el fundador y presidente ejecutivo del Grupo Alibaba, Jack
Ma. (...) La polémica por estas interminables jornadas laborales ha resurgido
debido a unas declaraciones de Ma el pasado viernes en una reunión interna de
su empresa, donde defendió la necesidad de trabajar doce horas diarias para
alcanzar éxito. El multimillonario, que es el hombre más rico de China con una
fortuna de casi 40.000 millones de dólares, afirmó que seguir el esquema '996'
debería suponer una «gran bendición» a los trabajadores y explicó que no
merecía la pena que nadie intentase unirse a su empresa si no estaba dispuesto
a cumplir ese horario. En esta misma línea, Ma matizó sus comentarios el
domingo en un post en la red social china Weibo: «Si encontramos cosas que
nos gustan, el sistema '996' no es un problema». Tras sus declaraciones, las
críticas en la red no se hicieron esperar. Pero Jack Ma no es el único que se ha
pronunciado a favor de las jornadas maratonianas como una de las claves para
alcanzar el éxito». (20 minutos; Jornadas laborales de doce horas al día y seis
días a la semana... ¿Qué es el polémico sistema '996', 16 de abril de 2019)

¡Wow! ¡Precioso modelo de «socialismo»! El proletariado mundial ya sabe, a


tomar nota, ahora por «socialismo» hemos de entender todos una sociedad de
mendigos y millonarios, estrellas de cine aduladas y desempleados despreciados,
gente sin techo y gente con cuatro mansiones, obreros que no llegan a final de
mes y rentistas que cuentan su fajo de ganancias mensuales, adolescentes de
universidad aburguesados y niños desnutridos, embrutecidos y sin estudios,
personas que comen ternera, langosta y caviar, y otros que malviven a base de
arroz y comida rápida. «¡Ah! Bueno…», clamarán confundidos los trabajadores

122
de Paris, Madrid, Varsovia o Berlín, «de eso aquí también sabemos», ¿pero acaso
hemos de aplaudir o consentir esto… o hemos de levantarlos contra tal bochorno?
Antes de seguir, querríamos mostrarle una última cosa al señor Gouysse sobre su
ejemplificante China, ya que nos gustaría deleitarle con un poco de poesía
oriental, a ver qué opina:

«Caigo dormido estando de pie

El papel se desvanece en sombras delante de mis ojos.


Con una pluma de acero esculpo un negro irregular
lleno de palabras de trabajo.
Taller, línea de ensamblaje, máquina, tarjeta de fichar, horas extra, salari,..
Me han entrenado para ser dócil.
No sé cómo gritar o rebelarme,
quejarme o denunciar.
Sólo sé sufrir en silencio hasta el agotamiento.
Cuando pisé por primera vez este lugar,
sólo deseaba la nómina gris del día diez.
Para ello me encadeno a mi esquina y a mis palabras.
Renuncio a faltar, renuncio a enfermar, renuncio a mis asuntos personales.
Renuncio a llegar tarde, renuncio a irme temprano.
Por la línea de ensamblaje me mantengo firme como el acero y mis manos
vuelan.
¿Cuantos días y cuantas noches
habré estado dormido de pie?

El ultimo cementerio

Incluso la máquina está a punto de dormirse


marcando en el almacén los metales defectuosos.
Salarios ocultos tras las cortinas,
como el amor de los jóvenes trabajadores que arde en el fondo de sus
corazones
Sin tiempo para la expresión o emoción caen al suelo hechos polvo.
Tienen el vientre forjado en hierro
lleno de un ácido espeso, sulfuro y nitrato
La industria atrapa sus lágrimas antes de que caigan.
El tiempo ha volado y sus mentes se perdieron en la niebla.
Los años te van pesando, duele trabajar horas extras de día y de noche.
En sus vidas, los mareos antes de irse a casa son habituales,
te fuerzan a dejarte la piel.
Mientras una aleación de aluminio cubre las láminas
algunos aún resisten y otros caen enfermos
Entretanto me voy durmiendo, esperando

123
el último cementerio de nuestra juventud». (Xu Lizhi; El último cementerio,
2015)

¿Le suenan estos versos al señor Vincent Gouysse? Son unos poemas que el
obrero chino Xu Lizhi escribió poco antes de suicidarse, hastiado por las
lamentables condiciones laborales de su empresa, Foxconn. Esto es una brizna,
una pequeñísima muestra personificada en un hombre de lo que ocurre
diariamente en Pekín, Cantón, Shanghái o Nanjing. ¡Pero a este miserable parece
alegrarle que China pueda expandir su influencia más y más a lo largo de todo el
globo!

Otro ejemplo de lo que es China realmente son los testimonios que se recogen en
el documental de Wang Bing: «Al Oeste de los Raíles» (2002), grabado entre 1999
y 2001 en la zona de las factorías de Tiex [*]. Allí el capataz Zhou Dexing
denunciaba como las empresas no proveían de las máscaras y material de
seguridad para las emanaciones tóxicas del cobre. Otro comentaba como se
pasaban una media de «dos meses en el hospital al año» por la «intoxicación de
plomo». En otra escena un patrón de una empresa estatal discute con un obrero,
ya que el primero le exige tareas que deberían supuestamente haber completado
los del turno de noche; este le responde que «no va a hacer más trabajo que el
resto», con lo que el patrón le amenaza con una «reducción de sueldo». El obrero
contraataca arguyendo que en todo caso lo hará cuando le paguen sus salarios
atrasados, llegados a este punto el patrón le amenaza con enviarle a casa
despedido, con lo que no le pagarán jamás esos atrasos. Finalmente, el obrero
denuncia que «parece que da igual que estés enfermo o muerto» y que «el Partido
Comunista pronto será el Partido Republicano». En otra parte del film un
trabajador temporal se lamenta de que él y sus compañeros tengan todos entre
«treinta y cuarenta años, casados, con niños», pero apenas ganen en verano
«entre diez y veinte yuanes al día». Sus quejas se centraban en que «una sola
palabra del patrón manda y vamos veinte al paro», y ellos no se pueden permitir
perder el trabajo porque «hay mucha gente desempleada» y «tienen bocas que
alimentar». De hecho, tras el despido de su mujer en el taller esta se dedica a
vender verduras y él la ayuda al alba por lo que solo duerme «cuatro o cinco
horas».

Algunos datos económicos que los palmeros de Pekín intentan ocultar


o relativizar

Recordemos algunos datos económicos más de la China de 2010 en la época en


que Gouysse escribió estas barbaridades. Empecemos con aquello de que en los
países occidentales hay revueltas y en China presuntamente no ocurre así:

«Para dejar claro que China está tomada por la vieja y nueva burguesía,
traigamos algunos datos:

124
«A finales de 2008 en China había casi 300.000 personas con una fortuna
superior a los 10 millones de yuanes −1,46 millones de dólares, 1,11 millones de
euros−, según el reciente Informe de Patrimonios Privados, publicado por el
Banco Comercial de China. A pesar de la crisis económica y financiera mundial,
el documento asegura que los millonarios chinos aumentarán de manera
«relativamente estable», alrededor del 6 por ciento, hasta alcanzar las 320.000
personas a finales de este año. Asimismo, el número de personas con una
fortuna superior a los 100 millones de yuanes −14,6 millones de dólares, 11,1
millones de euros− también roza los 10.000 ciudadanos. En total, el capital
acumulado de los millonarios chinos sumaba 8,8 billones de yuanes −1,27
billones de dólares, 980.000 millones de euros−, una cifra equivalente al 29 por
ciento del PIB total de China. Por ciudades, la provincia sureña de Cantón
−basada en las industrias para la exportación y muy afectada por la crisis
mundial− con 46.000 ricos y las metrópolis de Shanghái y Pekín, con 20.000
personas cada una, lideran las zonas con más millonarios». (Agencia EFE;
China roza los 300.000 millonarios, según el informe del Banco Comercial, 10
de abril de 2009)

¿Cómo logra esto? Siendo uno de los países con una explotación asalariada más
brutal; por ejemplo, no cumpliendo los códigos laborales y pagando por debajo
del salario mínimo, o sancionando de forma continuada a los trabajadores para
recuperar lo perdido con su salario:

«La legislación laboral que es vulnerada con más frecuencia es la referente a los
salarios, a la jornada laboral, a las medidas de seguridad e higiene, a las
coberturas sociales y a la discriminación en el trabajo. Según varios informes
del Dagongzhe Migrant Worker Centre, con sede en Shenzhen, y la organización
Worker Empowerment, radicada en Hong Kong, en torno a un 25% de los
trabajadores chinos gana menos que el salario mínimo y en torno al 95% gana
menos de lo que le corresponde legalmente. Las dos artimañas usadas más
frecuentemente en China por los empresarios para reducir ilegalmente el
salario de sus trabajadores son no equiparar el salario base con el salario
mínimo y establecer estrictos sistemas de multas y sanciones. La mayor parte
de las compañías ofrece a sus trabajadores un salario base que está por debajo
del salario mínimo que les corresponde legalmente, de ahí que este solo se
alcance a través de horas extra y de bonus de productividad. También es
frecuente que muchas empresas impongan sanciones económicas
desmesuradas a sus trabajadores». (Mario Esteban Rodríguez; Situación de los
derechos laborales en China: implicaciones políticas y económicas, 2011)

Con grandes retrasos en los pagos:

«Otro mal endémico es el de los retrasos y los impagos de los salarios,


especialmente en algunos sectores, como el de la construcción. Cifras parciales

125
de la FSTC cuantificaban en unos 8.000 millones de dólares el montante de los
salarios que se adeudaban a los trabajadores chino». (Mario Esteban
Rodríguez; Situación de los derechos laborales en China: implicaciones políticas
y económicas, 2011)

Ahorrándose el dinero que se debería invertir en seguridad laboral para los


trabajadores:

«La salud y la seguridad en el trabajo son muy deficientes en numerosas


empresas chinas, que las sacrifican para conseguir unos costes de producción lo
más bajos posibles. La situación es tan grave que China no publica datos
agregados de siniestralidad. Uno de los sectores para el que sí se publican este
tipo de datos, debido a una fuerte presión pública, es el de la extracción del
carbón. Según unas muy conservadoras estadísticas oficiales, actualmente unas
3.000 personas pierden la vida anualmente en las minas de carbón, por las
6.000 que lo hacían hace apenas cinco años. China es el mayor productor
mundial de carbón y su índice de mortalidad laboral por millón de toneladas
extraídas es siete veces mayor que el de la India». (Mario Esteban Rodríguez;
Situación de los derechos laborales en China: implicaciones políticas y
económicas, 2011)

Trabajando sin seguros:

«Las empresas tienen obligación de suscribir cinco seguros para sus


trabajadores fijos: sanitario, accidentes laborales, desempleo, pensiones y
maternidad. Sin embargo, en la práctica sigue habiendo muchos trabajadores
sin asegurar. Valga de ejemplo el caso del seguro de jubilación, que es el que
cuenta con más beneficiarios. Según datos del China Statistical Yearbook 2010,
solo el 30% de los trabajadores chinos en activo tiene seguro de jubilación, cifra
que baja al 15,5% para los trabajadores de las zonas rurales». (Mario Esteban
Rodríguez; Situación de los derechos laborales en China: implicaciones políticas
y económicas, 2011)

Haciéndoles trabajar horas extras, debido a los bajos salarios o las sanciones
que les imponen a los trabajadores:

«La jornada laboral ordinaria en China está fijada por ley en 40 horas
semanales, con un máximo de tres horas extra por día, hasta un tope de nueve
horas por semana y 36 al mes, y con dos días de descanso semanales. Esta
legislación es más avanzada que la de muchos países e incluso que la de los
códigos corporativos de muchas empresas europeas, que estipulan una jornada
semanal ordinaria máxima de 48 horas, que se elevaría hasta las 60 horas
incluyendo las horas extraordinarias. Sin embargo, en el sector privado chino
es muy raro que se cumpla la normativa y son numerosas las empresas en las

126
que incluso se realizan jornadas superiores a las 12 horas diarias. En los
momentos de mayor actividad, tampoco es raro que un trabajador se pase un
mes entero sin ningún día libre. Por otra parte, debido a la precaria situación
en la que viven muchos de estos trabajadores, que cobran salarios muy
inferiores a los que les corresponderían por ley, son bastantes quienes se oponen
a que se limiten las horas extra, ya que lo perciben como una forma de reducir
su salario». (Mario Esteban Rodríguez; Situación de los derechos laborales en
China: implicaciones políticas y económicas, 2011)

Pisoteando los derechos sindicales de los trabajadores como en cualquier otro


país occidental, no permitiendo la libre sindicalización, sobornando a los
miembros de la aristocracia obrera, etcétera:

«La ley china obliga a que todos los sindicatos se integren dentro de la FSTC,
que es la única permitida por las autoridades. La FSTC es un órgano cuasi
gubernamental que está formalmente subordinado al Partido Comunista Chino.
En otras palabras, en China no hay sindicatos independientes, y cualquier
movimiento en esta línea es severamente reprimido. (…) Los trabajadores
chinos no solo critican a los sindicatos por su carácter progubernamental,
también por sus vinculaciones con la patronal. La posición estructural de los
sindicatos dentro de las empresas limita notablemente su capacidad de actuar
a favor de los intereses de los trabajadores, ya que son financiados directamente
por la propia empresa y suelen estar dirigidos por algún miembro de la
gerencia. Por tanto, aunque formalmente el sistema de resolución de conflictos
laborales en China es similar al de los países occidentales −tripartito y
compuesto por trabajadores, empresarios y gobierno−, en la práctica la parte
de los trabajadores no está representada. Esto explica la rapidez con la que se
acuerdan los contratos colectivos en China. En esta línea, tampoco es de
extrañar que en las ocasiones en que algún representante sindical intenta
defender de forma más firme los intereses de los trabajadores, sufra
directamente las represalias de sus empleadores sin contar con respaldo de su
sindicato. Uno de los ejemplos más conocidos de esta problemática se produjo a
principios de 2009, cuando un sindicalista fue despedido en un hotel que
pertenece a la Federación de Sindicatos de Cantón». (Mario Esteban Rodríguez;
Situación de los derechos laborales en China: implicaciones políticas y
económicas, 2011)

Todo esto, como es normal, deriva en constantes conflictos laborales y protestas,


aun sabiendo a la gran represión del régimen que se van a enfrentar:

«Tanto en el sector público como el sector privado, la conflictividad laboral ha


sido creciente en las últimas dos décadas, debido al incremento del número de
empresas que quiebran sin poder garantizar a sus trabajadores las
compensaciones que les corresponden, de la colusión entre empresarios

127
explotadores y funcionarios corruptos −41.500 cargos públicos fueron juzgados
por corrupción en China en 2009−, de las desigualdades sociales −según el
Banco Mundial, el coeficiente Gini de China era del 0,415 en 2005− y del
conocimiento de sus derechos por parte de los trabajadores. Según estadísticas
oficiales, los denominados incidentes de masas −aquellos en los que participan
al menos 15 personas− pasaron de 8.700 en 1993 a 24.500 en 1998, a 58.000 en
2003 y a 127.000 en 2008. Esto supone casi 15 veces más protestas en apenas
15 años. Aunque no se haga pública la cifra exacta, puede aseverarse que un
porcentaje significativo de dichos incidentes es de carácter laboral.
Generalmente, las protestas laborales en China son espontáneas y están poco
organizadas. Normalmente no aparecen representantes de estos movimientos
que puedan negociar con las autoridades. Esto hace que la acción colectiva de
los trabajadores chinos sea en muchos casos volátil e impredecible. Las huelgas
y protestas suelen ser sorpresivas, debido a que no hay comunicación previa
entre los trabajadores y los sindicatos que teóricamente les representan. De
hecho, este tipo de acciones evidencia tanto un fracaso de las vías legales
establecidas en China para la resolución de disputas laborales como de los
sindicatos, que no son capaces de mantener la paz social. Asimismo, estos
movimientos de protesta suelen ser aislados y localizados, actúan sin ningún
tipo de coordinación entre sí y presentan demandas de carácter material.
Dichas características de las movilizaciones laborales chinas son en gran parte
fruto de la estrategia que siguen las autoridades para enfrentarlas. Los poderes
públicos suelen seguir una estrategia de palo y zanahoria, que combina
concesiones materiales para los manifestantes con detenciones arbitrarias
entre ellos y una férrea represión de cualquier intento de organización sindical
o de impulsar cambios políticos. De ahí que los trabajadores eviten presentarse
como un movimiento organizado y que no haya voluntarios para dirigir las
protestas, pues «el pájaro que asoma la cabeza, es el primero al que se dispara».
(Mario Esteban Rodríguez; Situación de los derechos laborales en China:
implicaciones políticas y económicas, 2011)

¿No es suficientemente claro?». (Equipo de Bitácora (M-L); Las perlas


antileninistas del economista burgués Manuel Shuterland; Una exposición de la
vigencia de las tesis leninista sobre el imperialismo, 2018)

Es más, si comparamos los datos macroeconómicos de China −según algunos de


sus defensores, un país «socialista» que busca eliminar las diferencias de clase−,
con los de EE.UU., ¿qué obtenemos?

En euros Estados Año China


Unidos
PIB Anual 19.145.333 2019 2019 12.809.322 millones
millones
PIB per cápita 59.485 2019 2019 9.180

128
Gasto Público 6.121.024 2018 2018 3.857.611 millones
millones
Gasto militar 552.012,3 2018 2018 219.648,8 millones
millones
Gasto en salud 2.752.128 2019 2017 311.971 millones
millones
Salario mínimo 1.118,6 2020 2018 271,6
interprofesional

(Expansión; Datos Macroeconómicos)

Desde luego, estos datos nada bueno tienen que decir en favor del país asiático y
su modelo económico que tanto le gusta promocionar a algunos. Para más inri,
actualmente China cuenta con 5,8 millones de millonarios y 21.000 personas con
una riqueza superior a los 50 millones de dólares, algo superado solo por los
EE.UU., según relataba en su informe Credit Suisse Group AG. En cuanto a
campos como la educación, la piedra de toque para la socialdemocracia europea,
tenemos datos oficiales de la propia Universidad de Tsinghua donde de los más
de 3.400 nuevos estudiantes universitarios en 2019, menos de una quinta parte
provenía de áreas rurales o menos desarrolladas. Preguntamos al señor Gouysse
y Cía., ¿a esto se le considera un modelo progresista, esto es lo que deseaís
implementar en Paris, Madrid y demás ciudades europeas, el volver a los datos
del siglo XIX?

China y la gestión de la pandemia

Por último, encontramos nuevas loas del señor Gouysse hacia el gobierno de
Pekín con motivo de su gestión del COVID-19:

«A diferencia de un Occidente en declive en la negación, la burguesía china ha


tratado de gestionar la emergencia sanitaria lo mejor que puede y nunca se ha
mostrado reacia a revisar al alza los casos registrados afectados por COVID-
19». (Vincent Gouysse; COVID-19: ¡Macron se hunde más en la mentira cuando
China demuestra una vez más su preocupación por la transparencia!, 2020)

¿Es casualidad que, de nuevo, esté reproduciendo lo que dicen los partidos
«sinófilos», como el PCPE o los chovinistas, que admiran a China?

«Todos estos hechos ponen manifiesto la superioridad de una sociedad con la


economía planificada como la China que, finalmente y tras una batalla ejemplar
en la que las personas fueron el centro de toda su gestión, no solo ha sido capaz
de vencer la pandemia, sino que está en condiciones de ofrecer, junto a Cuba y
sus brigadas médicas, su solidaridad internacionalista al mundo. HOY
VENCER AL COVID-19. MAÑANA DERROTAR AL CAPITALISMO». (Partido

129
Comunista de todos los Pueblos de España; 200.000 millones, no es un escudo,
es un plan de rescate empresarial con un limitado anexo social, 2020)

«@armesillaconde: China hizo todo lo posible para contener el virus, a nivel de


controles, protocolos e infraestructuras. El problema ha sido la gestión de la
pandemia en las democracias». (Twitter; Santiago Armesilla, 23 de octubre de
2020)

En efecto, a priori parece que países como Tailandia o China han tomado medidas
drásticas y eficientes mientras que, en algunos países de occidente, como Italia,
EE.UU. o España, ha primado la lentitud y la ineptitud de los gobiernos para
contener la epidemia, eso es algo innegable. Ahora, una cosa es esto y otra es
adoptar una postura servil ante la propaganda china sobre la gestión que su
gobierno ha hecho del virus, siendo esta constatación indirecta de que se busca
una apología de dicho sistema. ¿Cómo se puede calificar de «transparente» la
gestión china cuando sus socios y ciudadanos han denunciado desde el minuto
uno la ocultación de información? En efecto, transparencia y veracidad no son
palabras que normalmente casen muy bien con el gobierno chino. Esta ocasión
tampoco es una excepción:

«Los funcionarios de la OMS estaban alabando a China en público porque


querían sonsacar más información al Gobierno, según sugieren las grabaciones
obtenidas por AP. En privado, se quejaron durante las reuniones de la semana
del 6 de enero de que China no compartía suficientes datos para evaluar la
eficacia de la propagación del virus entre las personas o el riesgo que
representaba para el resto del mundo, lo que costaba un tiempo valioso.
«Estamos obteniendo una información mínima», dijo la epidemióloga
americana Maria Van Kerkhove, ahora líder técnica de la OMS para el COVID-
19, en una reunión interna. «Está claro que no es suficiente para hacer una
planificación adecuada». «Actualmente estamos en la etapa en que sí, nos lo dan
15 minutos antes de que aparezca en el CCTV», dijo el principal funcionario de
la OMS en China, el doctor Gauden Galea, refiriéndose a la Televisión Central
de China, en otra reunión. (...) El retraso en la publicación del genoma
obstaculizó el reconocimiento de su propagación a otros países, junto con el
desarrollo mundial de pruebas, medicamentos y vacunas. La falta de datos
detallados sobre los pacientes también hizo más difícil determinar la rapidez
con la que se estaba propagando el virus, una cuestión crítica para
detenerlo. Entre el día en que el genoma completo fue decodificado por primera
vez por un laboratorio del Gobierno el 2 de enero y el día en que la OMS declaró
una emergencia mundial el 30 de enero, el brote se propagó por un factor de
100 a 200 veces, según datos retrospectivos de infección del Centro Chino para
el Control y la Prevención de Enfermedades». (Euronews; Audios revelan la
frustración de la OMS con China por el retraso con el que informaba, 13 de junio
de 2020)

130
De hecho, como decimos, China censuró a quienes denunciaron el virus en un
primer momento:

«Mirando en retrospectiva lo sucedido, ¿crees que la situación sería muy


diferente en la actualidad si el gobierno de Wuhan no te hubiera impedido
compartir la información y alertar a otras personas? ¿Crees que hubiera sido
mejor que la información hubiera sido más pública y transparente, para la
gente y los doctores?

Si los funcionarios hubieran divulgado antes la información referente a la


epidemia, creo que todo habría sido mucho mejor. Debería haber más
transparencia y apertura.

¿Cómo te sentiste cuando la policía te acusó de difundir rumores?

La policía creía que este virus no había sido confirmado como SRAS. De verdad
creían que yo estaba difundiendo rumores. Me pidieron que reconociera que
estaba equivocado.

Yo sentí que estaba sufriendo una injusticia, pero tuve que aceptarlo.
Evidentemente yo estaba actuando de buena voluntad. Me entristeció mucho
ver a tanta gente perder a sus seres queridos». (New York Times; Este médico
advirtió sobre el coronavirus. Hablamos con él antes de que muriera, 9 de
febrero de 2020)

«Li fue una de ocho personas que la policía dijo que estaban siendo investigadas
por «divulgar rumores». Al final de enero, Li publicó una copia de la misiva en
Weibo, explicando lo que pasó. Entretanto, las autoridades locales le ofrecieron
una disculpa. Pero es una disculpa que llegó muy tarde. En las primeras
semanas de enero, las autoridades en Wuhan insistían en que solo aquellos que
entraban en contacto con animales infectados podían contraer el virus. (...) Si
la respuesta para una emergencia de salud peligrosa es la política de perseguir
al médico que intenta denunciar el caso, entonces su estructura está obviamente
destrozada». (BBC; Coronavirus en China: quién era Li Wenliang, el doctor que
trató de alertar sobre el brote (y cuya muerte causa indignación), 4 febrero de
2020)

Vincent Gouysse se suma al coro de conspiranoicos respecto al


COVID-19

En lo relativo a Vincent Gouysse, veníamos advirtiendo que toda su atención se


volcaba obsesivamente en la guerra comercial entre EE.UU. y China, pareciendo
ser hoy este el único tema de interés, puesto que en sus últimos artículos se había
dedicado a ello casi de forma exclusiva −y lejos de caminar pisando tierra firme,
sus análisis cada vez derrapaban más−. Llegados a este punto, era plausible −pero

131
no inevitable− que de tal obsesión acabase haciéndose eco de alguna de las
innumerables arriesgadas tesis «conspiranoicas» que han circulado por la red
para intentar cuadrar lo que no le cerraba en sus investigaciones −siendo esta la
desesperación clásica en la que incurre todo ser impaciente−:

«El coronavirus es una «falsa pandemia» cuyas cifras se inflan


deliberadamente y con el único propósito de crear un nuevo orden mundial de
capital financiero occidental». (Vincent Gouysse; EE.UU. como el campeón del
ultraliberalismo… de repente se convirtió en el campeón mundial del
proteccionismo económico, ¡demasiado tarde!, 2 de mayo de 2020)

¡Enhorabuena! Con estas declaraciones ha entrado en un selecto club de


«grandes analistas» de la «nueva izquierda alternativa» como el charlatán Noam
Chomsky que denuncian el «Nuevo Orden Mundial». ¡Pero que no desespere!
¡Aun está a tiempo de sumarse a la resistencia mundial junto a nazis como
Pugilato, haselistas como Nyto, artistas liberales como Bosé y toda esa ralea de
pirados que viven en su mundo de fantasía! Véase nuestra obra: «Las teorías
conspiranoicas sobre el COVID-19» (2020).

Como el lector acaba de ser testigo, el señor Gouysse daba voz a quienes afirman
sin pruebas concluyentes que «todo es un plan de Trump para romper la
economía china» o «una excusa para salvar su economía aprovechando la crisis».
¡Sí, claro! Un maquiavélico plan trazado por Trump, sobre todo si tenemos en
cuenta que su nefasto y tardío desempeño contra la pandemia acabó por ser una
de las razones por las que perdió la presidencia. ¡Muy lógico todo, señor Gouysse!
El francés repetía hasta la náusea que «todo parece apuntar a EE.UU.» y bueno
el lector podrá imaginar las pamplinas que de ahí siguen… reconduciéndonos en
sus artículos a las más que cuestionables fuentes propaladas por los gobiernos de
China y Rusia. Véase la obra de Vincent Gouysse: «COVID-19: un escándalo de
salud para los países imperialistas en declive y un terremoto económico y
geopolítico global!» (2020).

Estas «fuentes de información» nada aportan para demostrar sus acusaciones,


porque son un brindis al sol, especulaciones o campañas de desinformación.
Sobre esto último, basta recordar cómo la antigua URSS propagó en 1983 la idea
de que el virus del VIH era una creación del imperialismo estadounidense, algo
que sus responsables reconocieron varios años más tarde una vez finalizada la
Guerra Fría. Nada nuevo bajo el sol. Lo que deseamos que el lector comprenda es
la metodología anticientífica bajo la que acostumbran a operar este tipo de
personajes:

«Ningún favor hacen a la verdad ni a la sociedad en general, esos supuestos


«marxistas» que tienden a las teorías estrafalarias y no al análisis materialista-
dialéctico. Para analizar un problema como el que supone la expansión del

132
SARS-CoV-2, o cualquier otro −como fue hace poco el caso del terrorismo
yihadista−; hay que huir por completo de teorías «conspiranoicas». (…) La
respuesta siempre está en el análisis concienzudo de los hechos, y no en las
abstracciones mentales de estos «osados pensadores», estos «filósofos de la
desconfianza». Lo que debe quedar claro es que de esta modalidad de
«conspiranoicos» se basan en un reduccionismo tan simple como tonto −valga
la redundancia−: si un hecho cualquiera ha beneficiado a un determinante
agente político −o no lo ha perjudicado tanto como al resto−, este debe estar
detrás del hecho mencionado, debe haberlo provocado en beneficio propio. Esto
es absurdo. Tomemos un ejemplo histórico: la España de la época de Alfonso
XIII y en el contexto de la Primera Guerra Mundial (1914-18). Su neutralidad en
el enfrentamiento le permitió establecer relaciones comerciales prósperas con
los dos bloques imperialistas en pugna, por ende, algunos sectores de la
economía española entraron en una pequeña fase de bonanza pronunciada
mientras duró el conflicto. Por tanto, la guerra interesó a Madrid. Entonces, si
seguimos la lógica de estos «avispados analistas», ¿debemos concluir que los
industriales, terratenientes o banqueros hispanos provocaron esta
conflagración mundial? Nada más lejos de la realidad. Si tomamos los hechos,
que suelen ser muy tozudos −como para que permanezcan ocultos ad
infinitum−, el capitalismo español pintó muy poco como catalizador de la
Primera Guerra Mundial, por mucho rédito que extrajera de ella». (Equipo de
Bitácora (M-L); Algunas consideraciones sobre el COVID-19 [Coronavirus],
2020)

Desfortunadamente, el señor Gouysse ha rechazado muy cortesmente nuestra


invitación, y ha decido, en cambio, sumarse al bochornoso espectáculo de otras
figuras y grupos supuestamente «revolucionarios», ¿a qué actividades nos
referimos? A que ha preferido contribuir con su voz al irresponsable juego de
proclamar que las medidas sanitarias introducidas por los gobiernos occidentales
son la instauración de un «fascismo» (sic):

«Con la votación del pase sanitario, el fascismo ya no es «en marcha», ¡ES


EFECTIVO!», escribió recientemente con razón un camarada. De hecho, la
historia recordará que Francia cayó en el fascismo en julio de 2021 con el
establecimiento del «pase sanitario» bajo la dirección de un equipo de gobierno
elegido «democráticamente» en 2017. El capitalismo nos ofrecía así un nuevo
ejemplo de transición pacífica al fascismo». (Vincent Gouysse; Llamamiento al
pueblo de Francia para la creación del Frente Popular de Lucha contra el
Fascismo, 2022)

Un poco después, tras recurrir a citas inspiradoras sobre «la lucha por la libertad»
valiéndose desde Shakespeare a Hô Chi Minh (sic), concluye:

133
«Esta aquí [en el frente antifascista gouysseniano] el único camino realista a
seguir si quieren volver a ver brillar a su patria recuperando su soberanía».
(Vincent Gouysse; Llamamiento al pueblo de Francia para la creación del
Frente Popular de Lucha contra el Fascismo, 2022)

Aquí, como tantos otros grupos nacionalistas en España, habla de «recuperar la


soberanía», ¿en qué sentido? ¿Acaso el proletariado ha sido soberano alguna vez?
En su manifiesto final llama a todos los «patriotas» y «demócratas» a unirse y
cita extractos de la Constitución Francesa (1791) para combatir a la «tiranía
macronista» que va en contra de «la herencia elemental de la Ilustración» (sic).
¡Qué orgulloso estaría Maurice Thorez! Esto no podía estar más en las antípodas
de la clásica valoración comunista sobre el tema, ya que si de algo se mofaba Marx
en su artículo: «La Reforma de París sobre la situación en Francia» (1848), era
de los «pequeño burgueses» republicanos de «La Réforme» que mantenían, a su
juicio, «las ilusiones de los republicanos de la tradición de 1793, esperando que
la crueldad de los hechos debería «abrirles un poco los ojos» sobre su «utopía».
Más tarde, en su famosa obra: «La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850»
(1850), volvería a calificar a estos personajes atemporales como Vincent Gouysse
que se repiten una y otra vez de «pedantes de las viejas tradiciones
revolucionarias de 1793», como «doctrinarios socialistas que mendigaban a la
burguesía». ¡Cuánta razón!

En definitiva, no cabe duda que el diagnóstico de este hombre es clarivinte:


defunción cerebral.

Notas fonales sobre la cuesta abajo y sin freno del señor Gouysse

En un último intento patético por excusar su actuación, el señor Gouysse


esgrimía:

«A diferencia de los revisionistas, no me hago ilusiones sobre China, que es


capitalista, y en mis textos a menudo la llamo «imperialismo chino». (Vincent
Gouysse, Facebook, 25 de octubre de 2020)

¡Solo faltaba! Revisar el marxismo no solo implicar: a) ver modelos de socialismo


en países socialimperialistas, sino que también desconocer las contradicciones de
nuestra época −y las tareas que a ellas se asocian−; b) tener una metodología de
investigación y estudio ajena al estilo de trabajo marxista; c) crear ilusiones de
que tal imperialismo es un «progreso histórico para los pueblos», que incluso «va
a acelerar la revolución», ver un importante «progresismo» en el
«librecambismo», etc. Esto es que de nada sirve llamar a China «imperialista» si
se embellece su rol en la arena internacional, si se ocultan sus intervenciones y
presiones político-militares, si se presentan las ganancias de la burguesía china

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como un «logro económico» mientras se oculta el coste de la explotación que
sufre diariamente el proletariado.

Si de un tiempo a esta parte el señor Gouysse hubiese empleado la mitad de su


tiempo en realizar una investigación decente sobre lo que escribe −como hace una
década intentaba− sus conclusiones hubieran sido bien distintas a las
barbaridades que ahora sostiene, y seguramente sus artículos no parecían una
columna de Xinhua. Al mismo tiempo, si dedicase la tercera parte del tiempo que
malgasta en otras cosas que no fuesen teorías propias de personas adornadas con
un cono de aluminio en la cabeza, seguramente tampoco publicaría los atentados
históricos que ahora se atreve a publicar sobre el COVID-19. Lo mismo podemos
comentar también a su artículo y apreciaciones sobre la figura de Nexhmije
Hoxha, donde, en coro con los revisionistas de todo el mundo −como el renegado
recientemente fallecido Raúl Marco o el bufón rojipardo Roberto Vaquero−
reivindica su figura como «ejemplo de lucha hasta el final», pasando en silencio
sobre el hecho de que fue copartícipe de la traición de Alia y, como confesaba en
sus entrevistas de 2020, no se arrepentía de su apoyo. Véase su artículo
«Homenaje a la camarada Nexhmije Hoxha (1921-2020)» (2020).

Reducir la propaganda de tu órgano de expresión a las pobres esperanzas de que


uno u otro imperialismo te sacará del callejón sin salida, contentarse con rendir
homenajes a personajes «marxistas» famosos sin criticismo alguno y utilizar
fuentes de baja calidad para jugar a la «conspiranoia» no solo es un trabajo
francamente vulgar, sino decepcionante viniendo de alguien como Vincent
Gouysse. Esto denota que ha bajado el listón en lo metódico e ideológico hasta
colocarse por debajo de lo que es propio de una persona al que respetar, siendo
una caricatura de lo que una vez fue o estuvo cerca de ser. ¿Es eso extraño? En
verdad, no tanto:

«Algunos no aceptan como posible que un personaje veterano y experimentado


acabe siendo un traidor, que acabe reconciliándose con los jefes e ideas de las
corrientes revisionistas que antaño combatía. Estimulados por el clásico
sentimentalismo, creen que estas figuras, por tener un gran currículum
revolucionario o por haber sufrido la represión de primera mano, pueden ser
exoneradas de todos los errores que cometieron. Sin duda, sus seguidores más
fanáticos les han perdonado y les perdonan todo, pero nosotros no evaluamos a
las figuras con ese baremo tan condescendiente. No vamos a detenernos a
explicar las causas generales y específicas que hacen degenerar a una persona,
pues depende tanto del ambiente como de la personalidad del sujeto. Solo
queremos incidir en que hay varios casos históricos que confirman que este
proceso de degeneración puede ocurrir perfectamente y tenemos diversos casos
confirmados». (Equipo de Bitácora (M-L); Ensayo sobre el auge y caída del
Partido Comunista de España (marxista-leninista), 2020)

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Esto conecta una vez más el hilo que une al charlatán con ínfulas de «crítico». El
señor Gouysse se ha pasado toda una vida apelando −como los
«reconstitucionalistas» en España− a que todos realicemos un «necesario
balance» sobre las experiencias revolucionarias, pero a la hora de la verdad este
lo abandona para las calendas griegas. ¿Dónde están los «urgentes análisis» del
señor Gouysse sobre las «desviaciones históricas a superar» del Partido
Comunista Francés (PCF) −concretamente sobre la predominancia de un tosco
sectarismo durante 1930-34 y de un liberalismo atroz en el siguiente período de
1935-56−? Más allá de algún esbozo en alguna de sus antiguas obras de 2004-07,
ciertamente interesante, no hay demasiado rastro de todo esto, y seguramente
nunca los habrá. En sus escritos, por un lado, el señor Gouysse idealiza los años
20 pese del PCF pese a estuvo lleno de fraccionalismos y desviaciones
anarcosindicalistas y socialdemócratas −algo que ya han demostrado muchos
grupos−; mientras que, por el otro, considera muy acertadamente que el PCF fue
cayendo en el derechismo −aquí curiosamente elude toda conexión con el
movimiento comunista internacional, aunque es notorio que hubo casos
similares como el italiano, estadounidense, español, yugoslavo o chino−. ¿Y
dónde está la examinación sobre la «resistencia al thorezismo», como el «El caso
Marty» y «El caso Tillon» (1952), entre otras luchas públicas y privadas que
enfrentó el PCF antes de caer oficialmente en el jruschovismo? Tampoco lo ha
acometido, no ha investigado las denuncias que hubo contra el revisionismo de la
dirección ni tampoco las debilidades de estos hombres −como en el caso de
Marty, intentar reconciliarse con Thorez tras su expulsión−. ¿Qué explicación da
a sus lectores el señor Gouysse respecto a la caída del socialismo en Albania y la
URSS más allá de repetir que Jruschov y Alia fueron hombres «deshonestos» y
«traidores»? ¿En serio nos quiere hacer pensar que, en vida de Stalin y Hoxha,
estos no cometieron ninguna mala decisión, que como figuras de máxima
autoridad no tienen ninguna responsabilidad del estado vegetativo en que se
encontraban los cuadros, desean que pensemos que la contrarrevolución apareció
de la nada? No sabemos qué piensa, pues siempre ha guardado silencio sobre
todos estos temas. ¿Qué explicación plausible da al seguidismo que mostraron en
Francia tanto los «grupos proalbaneses» oficiales como el Partido Comunista de
los Obreros de Francia (PCOF), como los «no oficiales», como «L’emancipation»
o «La voie du socialismo», hacia la política de Ramiz Alia? Aquí tampoco se ha
pronunciado. ¿A qué se debió la desaparición de muchos de estos colectivos sin
hacer el más mínimo ruido? Es más, centrándonos en hoy, ¡¿qué nuevas tiene el
movimiento revolucionario francés, qué tareas fundamentales enfrenta hoy a
diferencia de pongamos− hace diez años?! ¿Se ha avanzado algo o se ha
retrocedido sustancialmente en tal camino?

Al parecer, el Señor Gouysse hoy tiene tiempo para trazar rocambolescas


«razones geopolíticas» y rescatar las antiguas nociones «tercermundistas» para
justificar la actual política de China; puede especular día y noche con todo tipo de
bobadas conspiranoicas sobre el COVID-19; ahora bien… en cuanto a los temas

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de enjundia mencionados atrás parece ser que no son de su «interés». ¿Qué ha
sido de la Organización Comunista de Francia (OCF) en la que decía volcar sus
esfuerzos? ¿Ha pasado a mejor vida, y si es así, que conclusión se puede sacar de
ello? Este tipo de cuestiones que le comunicamos en público jamás fueron
respondidas por Vincent Gouysse, ni siquiera superficialmente, por la simple
razón de que le causan una honda incomodidad, ya que él ha caído en el cenagal
del oportunismo más clásico, aquel que:

«En vez de educar al partido y de enseñarle una táctica revolucionaria


acertada, a base del análisis de sus propios errores, se eludían meticulosamente
los problemas candentes, se los velaba y encubría. Naturalmente, para guardar
las formas hablaban a veces de los problemas candentes, pero era con el fin de
terminar el asunto con cualquier resolución «elástica». He ahí cuáles eran la
fisonomía, los métodos de trabajo y el arsenal de la II Internacional». (Iósif
Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Fundamentos del leninismo, 1924)

Para nosotros deserción de Vincent Gouysse no es algo que carezca de


precedentes, pues le han precedido una amplia gama de personajes tanto
conocidos como desconocidos para el gran público. Pondremos el ejemplo de
unos cuantos casos conocidos:

«Los propios Marx y Engels comprendían perfectamente que, cuando una


corriente de pensamiento y movimiento político cogen gran fuerza, −y pocas
doctrinas como el marxismo ha habido que hayan tenido tanto impacto en la
historia, política, y filosofía moderna−, es natural que a mucha gente le
produzca una atracción casi irresistible, pero con el detalle de que a veces se
asume profesando una ingenua y torpe comprensión de ella. Del mismo modo,
aparecen todo tipo de oportunistas que por practicismo intentan abanderarla
para apropiarse para sí mismos la atención y prestigio que se ha generado en
torno a esta etiqueta. Otros directamente fueron sus mejores valedores, pero
pasados los años −por comodidad o derrotismo− ya no defendían por más
tiempo la validez del marxismo, colaborando ahora en suprimir sus valores y
propósitos por todos los medios. En todos estos supuestos los sujetos tendrán
que intervenir para poner orden y claridad so pena de perder a los elementos
salvables para la causa −y puede que dejando extraviar también a la propia
organización colectiva donde operan−. Dudar que estos episodios no pueden
producirse dentro o fuera de una organización partidista es perderse en
imágenes idílicas de «armonías partidistas» y tener fe en que el «triunfo de la
causa» será un proceso totalmente lineal e indoloro; un mundo ideal de
fantasías que jamás ha existido ni existirá. Negar que estos procesos complejos
pueden darse y seguramente se darán −los intentos de destruir una ideología
desde sus propias filas− es enterrar la dialéctica y la lucha de contrarios, es
ignorar lo que ha sido la propia historia del movimiento marxista y sus otrora
protagonistas −Bernstein, Kautsky, Plejánov y tantos otros−, pasando

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−algunos de ellos− de «reputados dirigentes marxistas» a convertirse luego en
los peores renegados que uno se pueda imaginar. Compréndase por qué esto
reafirma que, aunque la ideología sea recogida y moldeada por las personas, la
ideología siempre está y estará en importancia por encima de las vicisitudes
temporales de unas cuantas personalidades de renombre». (Equipo de Bitácora
(M-L); Sobre la nueva corriente maoísta de moda: los «reconstitucionalistas»,
2022)

En los años 70 y 80 hubo muchos jefes políticos, como el italiano Fosco Dinucci,
que llegaron a mostrarse de acuerdo con una denuncia del PTA a la política
exterior de la URSS de Jruschov y Brézhnev, pero que poco tiempo después
acabaron reproduciendo su propaganda indigerible sin explicaciones plausibles.
Lo mismo ocurriría con el polaco Kazimierz Mijal, quien en un principio apoyó
las apreciaciones del PTA sobre el PCCh para después pensárselo mejor y abjurar
de ellas convirtiéndose en el vocero de Pekín en Varsovia. Por tanto, no hablamos
de individuos sin conocimientos de causa, sino de unos elementos que
conscientemente deciden claudicar, ¿la razón? En su mayoría porque refieren
adoptar una postura pragmática creyendo que así −rebajando sus exigencias−
van a obtener un gran beneficio a corto plazo −en este caso, pensando que apoyar
a una de las potencias imperialistas beneficiará a los pueblos−:

«¿Qué crédito se puede dar a sus afirmaciones… cuando las que critica ahora
las estuvo defendiendo hasta ayer como muy justas? No hemos cambiado nada.
(...). Los maoístas han metido a China en la charca del oportunismo, y por eso
allí ocurre lo que ocurre. El revisionista Mijal desea que también nosotros nos
metamos como él en esta charca. No, esto jamás ocurrirá si aplicamos
escrupulosamente el marxismo-leninismo. (...) El PTA debe dar y dará pruebas
de una gran paciencia para esclarecer a los que no ven claramente las cosas,
porque no debemos subestimar la importancia del mito y del culto de Mao
Zedong como «gran marxista-leninista» en el mundo. Pero abogados como
Kazimierz Mijal no forman parte de los que no tienen las cosas claras, se trata
de renegados lúcidos y peligrosos. (…) Grandes renegados como Tito, Jruschov
y Mao Zedong, y después también pequeños como Mijal, Edward Hill y Jacques
Jurquet, surgirán inevitablemente en cada viraje del movimiento
revolucionario marxista-leninista, pero todos estos renegados, cualquiera que
sea su catadura, serán desenmascarados, desacreditados, y terminarán, como
han terminado sus antecesores, en el basurero de la historia». (Enver Hoxha; El
«abogado» charlatán de la podrida línea china; Reflexiones sobre China, Tomo
II, 14 de febrero de 1977)

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