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AUNQUE ES DE N O C H E !

Por B aldovieho J im énez D uque.

El autor escribe desde esas tie­


rra s austeras y desnudas místicas y
ardientes a la vez de Ja M adre T e­
resa de Jesús.
Son estas páginas algo de lo m u ­
cho que ha aprendido y ex perim en­
tado en su largo in terrog ar con la
lectura y el estudio de las almas
místicas. Es de todos conocida su
p reparación en este dominio de la
espiritualidad y de modo especial en
lo referente a los dos grandes Re­
formadores. No en vano les ha visto
nacer una m ism a tierra. P or ello,
este volum en lleva ín tim am en te aso­
ciado el recuerdo de San J u a n de la
Cruz—ya se ve el título— ; y con la
m ism a fecha saldrá otro de Ensayos
dedicados a la S an ta de Avila. Son
esperanza y prom esa al mismo tiem ­
po de las dos grandes obras suyas
que esperam os sobre esta m ateria.
El libro, que presentam os, es un
conjunto de capítulos, breves en ge­
neral. Notas escritas con la p rofun ­
didad y el calor de oración viva, de
respiro del alma. «Sin otra p reten ­
sión, nos dice, que la de ay u d a r a
algún alm a a acercarse m ás a Dios,
y am arle más».
Todo ello tran scrito con una te r­
n u ra hum anísim a y fuerte acento
lírico. En estilo directo y conciso,
que a veces ray a en la dureza pro­
pia de la luz y m eseta castellana.
La segunda p arte incluye varios
tem as sacerdotales. No olvidemos,
que desde hace años D. Baldomcro
es Rector del Sem inario de Avila.

50 pts.
Que bien sé yo la fonte que mana y
Aunque es de noche. [corre,
Aquella eterna fonte está ascondida,
Que bien sé yo do tiene su manida,
Aunque es de noche.
Su origen no lo sé, pues no lo tiene,
Mas sé que todo origen de ella viene,
Aunque es de noche.
Sé que no puede ser cosa tan bella,
Y que cielos y tierras beben de ella,
Aunque es de noche.
Bien sé que suelo en ella no se halla.
Y que ninguno puede vadealla,
Aunque es de noche.
Su claridad nunca es escurecida,
Y sé que toda luz de ella es venida.
Aunque es de noche.
Sé ser tan caudalosas sus corrientes.
Que infiernos, cielos riegan y las
Aunque es de noche [gentes.
El corriente que nace de esta fuente.
Bien sé que es tan capaz y omnipo-
Aunque es de noche, [tente.
El corriente que de estas dos procede
Sé que ninguna de ellas le precede.
Aunque es de noche.
Aquesta eterna fonte está escondida
En este vivo pan por darnos vida.
Aunque es de noche.
Aquí se está llamando a las cria­
turas.
Y de esta agua se hartan, aunque a
[escuras,
Porque es de noche.
Aquesta viva fuente, que deseo.
En este pan de vida yo la veo.
Aunque es de noche.
S an Juan de la Cruz.
AUNQUE ES DE NOCHE!
BALDOMERO JIMENEZ DUQUE
Rector del Seminario de Avila

... AUNQUE ES DE NOCHE!

MADRI D
19 5 7
INDICE
Páginas

...Aunque es de noche! ................................... 7


La gloria de Dios .............................................. 13
Búscate en m í..................................................... 31
In sinu Patris ........... 37
¡Ven, oh Santo Espíritu! ................................... 47
Muerte y vida de Jesús ................................... 61
Vita abscondita ................................................. 73
En el Cristo total .............................................. 81
Partículas ................................. . 85
¡Tengo vocación de santo! ............................... 95
Subida del monte del amor ............................... 111
Dios y criaturas ........................................... ...... 125
Virginidad .......................................................... 159
¡Maldito! ........................................ ................... 165
Tríptico espiritual ............................................. 175
La Eucaristía y la paz del alma en la literatura
espiritual ........................................................ 181
Tríptico mañano ............................................... 193
¡Almas! .............................................................. 221
Ascética y mística ........................................... 235
Por los sacerdotes ............................................. 243
El nombre de Jesús ....................................... . 265
La lección sacerdotal de San Juan de la Cruz. 269
Teología y oración ....................... ..................... 289
Con censura eclesiástica.
Obispado de Avila.
Avila, 5 de febrero de 1957.
Páginas sueltas, coleccionadas en un libro. Por
eso sus temas y su estilo son dispares. Como dis­
tintos los tiempos y las revistas que las publica­
ron antes. Pero todas son espirituales, es decir,
tratan de aspectos diversos de la vida sobrena­
tural del alma, hija de Dios. Pueden asi servir
para un rato breve de lectura en cualquier oca­
sión. Y pueden así servir, por consiguiente, para
dar ocasión a algún alma a alabar a Dios, a glo­
rificarle un poco más. Esta es su ambición in­
mensa, dentro de reconocerse a si mismas tan
pobres y deslab azadas, tan sin propio valor...
... AUNQUE ES DE NOCHE*

Fué en la cárcel oscura de Toledo. Durante


aquellos días lentos y aquellas noches largas
que precedieron a la fuga... Cuando el cuerpo y
el alma del frailecico se abrazaban tristes, que­
riéndose sostener mutuamente en su total des­
amparo. Por fuera... la persecución y el olvido
de los hombres; por dentro... la noche impene­
trable del aparente abandono de Dios. Aparen­
te, porque el Amor velaba cariñoso junto al po­
bre preso, y se le metía más que nunca, callada­
mente, en el alma.
Fué entonces cuando en ella, el dolor de amor
se hizo poesía viva. Y de aquel hontanar de do­
lorosa ternura manaron tantos versos que toda­
vía, y ¡para siempre!, dicen de sus deseos escon­
didos, secretos...
¡Qué bien sé yo la fon te que mana y corre,
aunque es de noche...!
Magdalena del Espíritu Santo nos testificará
que esta célebre poesía sanjuanista fué compues­
ta, entre otras, allí, en la cárcel toledana. Ver­
sos de extraña composición, que recogen el eco de
algún villancico profano popular, preludio de la
seguidilla. Quizá lo cantaron por los aledaños del
convento alguna noche mozos que iban de ron­
da, como aquellos otros: “Me muero de amores,
Carillo, ¿qué haré?— ;Que te mueras, alahé...!,
y que hicieron brotar de su alma herida las es­
trofas primeras del Cántico Espiritual... Quizá
en el espeso silencio de las noches sin medida,
noches abrasadas del estío de Toledo, algu­
na fuente de algún patio vecino hacía resonar,
como una obsesión, el cantar de sus frescas aguas.
Aunque es de noche, aunque es de noche... La
impresión sensorial se le hice vivencia, y se le
clavó en el alma. Y surgió el símbolo que le
traducía pobremente la íntima pasión de su mís­
tico sueño. Aunque es de noche, aunque es de
noche... Versos conceptuales, cargados de ese li­
rismo sobrio y a la vez encendido que San Juan
de la Cruz pone en su breve maravillosa obra
poética.
El tema de la fuente también lo ha utilizado
el Santo en el Cántico Espiritual. Es la canción
XI de la primera redacción y XII de la segunda.
Pero en estos versos que ahora comentamos el
tema simbólico fontal se hace nervio completo
para expresar su anhelo. La fuente es símbolo
de la fe.
La fe que oculta y entrega. Que es noche y
es luz viva y secreta. Que niega y que une. San
Juan de la Cruz es el doctor por antonomasia
de la fe.

IQué bien sé yo la fonte que mana y corre,


aunque es de noche...!

Fuente escondida en la divinidad. Allá, en los


misterios impenetrables de Dios. Manantial sin
comienzo. “ Su origen no lo sé” ... Pero el rumor
de ella se siente allá en el fondo del alm a,; aunque
es de noche!, como la fuente monorítmica del
patio metía su cantar invisible en el alma del
frailecico. Huella viva de Dios, reverbero de su
belleza, luz “que de ella es venida” . Luz en la
noche. La fe dice al alma que de la fuente nace
una corriente que es igual a la fuente, y que de
ambas procede otra corriente igual a las prime­
ras: “ninguna de ellas le precede” . El misterio
trinitario es un misterio insondable, abismal...
“ Suelo en ella no se halla.—y que ninguno puede
vadealla.”
Pero esa agua divina se ha venido a las ma­
nos, a la boca sedienta de los hombres. El Verbo
se ha hecho carne. Y el Verbo Encarnado se ha
hecho Eucaristía... El alma de Fray Juan ha
sentido toda la nostalgia de su imposible que­
rencia. ¡Tantos días sin celebrar su Misa, sin co­
munión, sin Eucaristía...! ¡Porque es de noche...!
La privación se le hace infinita ante el cantar
infinito de la fuente.
Aquesta eterna fonte está escondida,
en este vivo pan por damos vida...

El Verbo Encarnado está allí, vivificante, he­


cho pan de vida, de inteligencia y de amor para
los hombres. Desde el vago rumoroso deseo na­
tural de Dios hasta la saciante Comunión sobre­
natural de los cielos, la distancia es inaborda­
ble, de abismos infranqueables. Hay que pasar
necesariamente por el puente misericordioso del
Verbo Encamado, cuya suprema expresión de
entrega es la Eucaristía: Sacrificio sacerdotal
suyo, comunión a su carne y a su sangre victi­
madas.
Aquí se está llamando a las criaturas
y de esta agua se hartan, aunque a oscuras...

¡Llamando! Es una invitación sin ruido de


palabras. Una invitación tantas veces ¡ay! pro­
fanada por los olvidos y desprecios de los hom­
bres... Fray Juan la sentía, se le hacía plástico
son el son persistente del agua de la fuente es­
condida en la oscuridad. ¡Porque es de nocheI

— 10 —
¡Quién pudiera hartarse, apagar la fiebre, be­
biendo en su cristal! Siempre la fe, dando, y ce­
lando al mismo tiempo, el tesoro de su misterio.
Aquesta viva fuente, que deseo
en este pan de vida yo la veo,
aunque es de noche.

Deseo, veo... La fe es visión, aunque parezca


paradójico, visión para el deseo, para el amor
del alma. Es adhesión y es entrega en la noche
natural de conocer. Más allá de los datos de la
razón, más allá de sus generosos esfuerzos, no
negándolos, sino trascendiéndolos, la fe dice su
secreto, la fe ilumina al alma. Y el alma ve so­
brenaturalmente lo invisible al sentido, a la
razón...
La fuente cantaba... Era de noche. Noche ce­
rrada, sin estrellas... Pero en el alma desampa­
rada del frailecico el recuerdo y la nostalgia de
la Eucaristía se encendía más y más de nuevo.
Ella es la fuente de la vida. Vida de Jesucristo,
para comunicarse al alma, para incorporarnos
a El, y para que así el alma pueda abismarse
en Dios. Misterium jidei. Ahora, en la noche,
mientras es de noche... Luego, en el día de la
eternidad, sin velos, sin fe, veremos cara a cara
a Jesucristo, y unidos, identificados con El, ve­
remos, comulgaremos a Dios, manantial infinito
del Amor y de la Vida...

— 11 —
LA GLORIA DE DIOS

"Non nobis, Domine, non nobis, sed


Nomini tuo da gioriam” .
(Salmo 113.)

¡Dios es Dios! Infinitamente perfecto, El se


basta a Sí mismo. Su vida íntima, una en esencia
y trina en personas, es el abismo del ser y del
amor... Del Ser, que en El es el mismo existir y
que es actividad pura e infinita. En El mismo,
El encuentra su dicha, su felicidad, su gloria.
Mejor dicho, su misma gloria es El...
Esta gloria intrínseca de Dios es inefable. Se
identifica con su Esencia, y en esa Esencia, con
la cual también se identifican, la gozan mutua­
mente entre Sí las Tres Divinas Personas. La
vida íntima de Dios es un torbellino de amor...
En el silencio infinito de la Divinidad, el Padre
pronuncia su Verbo. “Una 'palabra habló él Pa~

— 13 —
áre, que fué su Hijo, y ésta habla siempre en
eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del
alma” (1). Y del amor mutuo, de la complacen­
cia recíproca del Padre y del Hijo, de ese darse
el uno al otro, en un inmenso abrazo exhaus­
tivo de amor... procede el Espíritu Santo, que
es como el arco voltaico divino, que es el Amor
subsistente, personal en la vida trinitaria de
Dios (2).

(1) San Juan de la Cruz, “Puntos de Amor” , núm. 21.


(2) “Después de haber un día comulgado, me dió
Nuestro Señor un conocimiento altísimo de aquella su­
ma comunicación de la Divina Naturaleza entre las
Divinas Personas, cómo el Padre Eterno, entendiéndose
a si mismo y comprehendiendo todo su ser infinito, en­
gendró al Verbo Eterno por vía de entendimiento co­
municándole su misma naturaleza, de la cual tenía aquel
divino concepto; de la misma manera, mirándose el Eter­
no Padre en su Hijo Eterno, y el Hijo en el Padre, aman­
do su infinito ser, que es uno mismo, aspiraron por
vía de amor al Espíritu Santo, comunicándole la mis­
ma naturaleza, que es una misma en tres Personas dis­
tintas, de manera que si le quedara algo por compre-
hender al Eterno Padre de su infinita perfección, eso
quedara por comunicar al Verbo, y si entre el Padre
y el Hijo quedara algo de su infinito ser, que no abra­
zara el amor, eso quedara por comunicar al Espíritu
Santo. Esto dice imperfección y no lo puede haber en
Dios” . (De lo»escritos de la Vble. María Vela (1561-1617),
religiosa del Monasterio cisterciense de Santa Ana de
Avila.)

— 14 —
iVida abisal de las divinas Personas, inson­
dable, incomprensible...! “Unigenitus Füius, qui
est in sinu Patris...” (1). En el seno del Padre
está su Hijo Unigénito, y en El, a través de El,
la visión del universo, de todo lo posible, de todo
lo que puede reflejar palidísimamente la verdad
y belleza infinita de la Esencia de Dios..., de
todo lo que era como una idea en El, en la Idea
de Dios que es el Verbo... Y en el Padre y el
H ijo el lazo llameante del Espíritu, que envuel­
ve con su fuego toda aquella posible proyección
de la vida divina.
La gloria intrínseca de Dios es intocable como
el mismo Dios. Está por encima de todas las con­
tingencias nuestras e imaginables. Es inmuta­
ble, eterna, perfecta como El.
Pero Dios ha querido, libérrimamente ha que­
rido, sacar de la nada a la existencia un mun­
do de seres, cuya posibilidad estaba en su Esen­
cia infinitamente inmutable. Es la creación, obra
de su decreto omnipotente. Lo creado, por sí
mismo, es nada, un abismo de nada, es la po­
breza extrema de la nada, la debilidad, la impo­
tencia, el vacío de la nada... Lo poco que es, lo
es por Dios. De Dios recibe el ser y el existir;
de Dios recibe penetrantemente el concurso ne-

(3) San Juan, I, 18.


cesario para actuar. Y esto siempre, en todo ins­
tante. Su explicación ontológica y lógica está
en Dios. Sin Dios, ¡ es nada! Aun como algo me­
ramente y eternamente posible, lo es por ser
reflejo de Dios, imagen participada, analógica­
mente, imperfectamente, de sus perfecciones in­
finitas. Lo creado sin Dios es un absurdo meta-
físico inexplicable. Lo contingente, lo que es,
pero puede no ser y de hecho no ha sido, tiene su
razón de ser en el Ser necesario que es Dios;
totalmente se apoya en El. Sin El, sin “El que
es” , lo que de sí mismo no es, no es, no puede
ser nunca.
Lo creado depende, por consiguiente, de Dios*
Y esta dependencia se extiende de la manera más
absoluta a toda la entidad de lo creado. Ello
viene de Dios. Ello es necesariamente de Dios.
Ello está ordenado completamente hacia Dios.
Es imposible que de otro modo sea.
Esa dependencia que lo creado tiene respec­
to de su Creador constituye la gloria extrínseca,
accidental, del mismo. Todo canta su gloria. Una
gloria que nada añade ni puede añadir a la glo­
ria íntima de Aquél en Sí mismo. Pero una
gloría que constituye el único bien de Dios fuera
de El mismo, y que encontraba El “áb aeterno”
ya, como irradiación posible de su gloria intrín­
seca, en realidad identificada con ella, en aque-

— 16 —
lia eterna contemplación amorosa con que El se
complacía al ver en su Verbo y al amar en el
Espíritu Santo su Esencia divina infinitamente
imitable (4). Gloria extrínseca (doxa, que dirían

(4) "Habiendo oído en un sermón que todas las


cosas, que Dios crió, las ama con amor infinito, y que
no puede amar cosa fuera de Sí, sino todo en Si y por
Si, después en la oración me hizo el Señor merced de
declarármelo de esta manera: Que Dios nuestro Señor
contiene en Sí todas las cosas criadas y en El son vida
y la misma vida de Dios.—Quod factum est in ipsc vita
erat.—Después de sacadas a la luz, también están en
El. Pues, hinchéndolo Dios todo y no pudiendo apar­
tarse de Sí, todo quedó dentro de El; y de aquí viene
a conservarse estando su ser atado al de Dios, y por
esta razón no puede Dios amar cosa fuera de Sí. Y por
que todas estas criaturas, para ser hechas, fué necesa­
rio todo el saber, poder y bondad de Dios, que son los
atributos de las tres Divinas Personas, de aquí es que
no puede dejarlas de amar con infinito amor a todas,
porque ama a Sí mismo en ellas. Es como un pintor que
hace una imagen muy prima y estímala en mucho, por­
que ha echado en ella todo su arte; mas lo que ama en
ella principalmente no es la tabla ni la figura, sino su
ingenio y habilidad, y así se puede decir que ama a sí
mismo en ella. Pero si esta imagen fuese retrato del
mismo pintor, más afición la tendría, y si pudiera darle
vida y que fuera otro él en las operaciones, fuera muy
mayor el gusto que le diera haber hecho obra tan aca­
bada. Pues asi debe ser la diferencia que hay del gusto
y agrado que Nuestro Señor Dios recibe en la natura­
leza humana y angélica por ser a imagen y semejanza

— 17 —
los Padres griegos), eco de la gloria intrínseca
de Dios, proyección hacia afuera de la misma,
que retorna hacia El—centro e imán del uni­
verso—el pálido resplandor de grandeza divina
que en ese universo se ha vertido por amoroso
designio de ese Dios.
Si los seres creados son seres dotados de in­
teligencia, capaces de amor, el significado y el
valor de esa gloria suben de punto. Ellos pue­
den, deben glorificar conscientemente, amoro­
samente, libremente. Es la gloria extrínseca for­
mal, que Dios exige necesariamente de ellos
conforme a la capacidad de la naturaleza de que
les ha dotado. Es la gloria que verdaderamente
le glorifica.
Máxime si esos seres han sido elevados al
orden sobrenatural, divinizados por la gracia...

suya. Esto es en lo natural; pues, dando a esta imagen


la vida de la gracia, con que vive vida de Dios, y mien­
tras más gracia, más se la va pareciendo y participan­
do de sus divinas propiedades, ¿qué gusto recibirá este
Señor en haber sacado obra tan perfecta de sus divi­
nas manos? Pero el amor no puede crecer en Dios, por
ser infinito y el mismo con que se ama a Sí mismo. Y
así el decir que son amadas de Dios unas almas más
que otras hase de entender cuanto a las muestras de
amor, que Dios les da y a las mercedes y gracias par­
ticulares que les hace” . (De los escritos de la Venera­
ble María Vela.)

— 18 —
Entonces la glorificación que pueden tributarle
es digna de Dios, es glorificación que se mueve
en un plano divino. Más todavía si, para que esa
vida divina se regalase a esos seres, nada menos
que el Hijo se ha querido hasta ellos abajar... (5).
El Hijo es el himno sustancial del Padre. He­
cho hombre ha arrastrado consigo a toda la hu­
manidad redimida, vivificándola con su Espíri-

(5) "Estando otra vez suspendida en la oración, muy


inflamada la voluntad sin bullirse, esperando la divina
visitación, me dijo el Señor: Cree que 9oy Yo él que
obro en ti.—Yo respondí que no podía dejar de creer
por los efectos que vela en mi.
"Con esto me dió luz del Misterio de la Encarnación
de esta manera: Cómo aquel concepto del divino enten­
dimiento, que es el Verbo Eterno, había Dios determi­
nado que se escribiese en las entrañas purísimas de
Nuestra Señora, para que los hombres pudiesen leer a
Dios el corazón.—Et Verbutn caro factum est.—Y que
esta palabra escrita, mirándola por parte de la Santí­
sima Humanidad, que se veían lágrimas, sangre y muer­
te, decía flaqueza; más, leyéndola por parte de la Di­
vinidad, decía fortaleza de Dios, pues con armas tan
flacas, había vencido muerte e infierno y cómo en to­
das las obras de Cristo Nuestro Señor resplandecía la
Divinidad, lo que Dios es en Sí mismo y lo que es para
nosotros con otras cosas, que no se me acuerdan bien,
con que me entretuvo el Señor por dos horas, casi sin
sentirme y, aunque había harto ruido donde estaba, no
me fué impedimento” . (De los escritos de la Venera­
ble María Vela.)

— 19 —
tu, haciéndola su Cuerpo, su pleroma... y con
ella ha arrastrado a toda la creación inanimada,
a todo el universo, para que “per ipsum et cum
ipso et in ipso sit Deo Patrio in unitate Spiritus
Sancti omnis honor et gloria'9 (6). Y notémoslo
bien: según los planes providentes de Dios, sólo
en Jesucristo y por Jesucristo, nuestro Media­
dor y Redentor, nuestro Sacerdote Sumo y Eter­
no, nuestra Víctima, nuestro camino..., sólo “en,
por y con" Jesucristo se puede glorificar a ese
Dios infinito... Sólo por medio del Verbo En­
camado podemos cumplir nuestra excelsa mi­
sión de glorificadores del Altísimo.

* * *

Porque ése es nuestro fin y nuestro destino


únicos. Eso es lo que da sentido y valor a nues­
tro existir en el tiempo y en la eternidad. Somos
exclusivamente y totalmente y siempre para la
gloria de Dios... En cuanto criaturas. En cuanto
adoptados por hijos de su Hijo. Por todos los
títulos y gracias y circunstancias que queramos
añadir... San Pablo lo ha formulado preciosa­
mente al describir nuestra vocación sobrenatu­
ral de la siguiente manera: “ w ipso (en Cristo),

(Q) Final del Canon de la Misa.

— 20 —
4n quo etiam et nos sorte vocati sumus, praedes-
tinati secundum propositum eius, qui operatur
omnia secundum consilium voluntatis suae, UT
SIMUS IN LAUDEM GLORIAE EIU8..” (7).
¡Alabanzas de su gloria! Eso es todo.
No, no tenemos otra misión, no podemos te­
nerla. Dios mismo, su orden infinito, exactísi­
mo, lo está exigiendo así, con rigidez penetran­
te, metafísica. Como decía Bossuet, haciendo
suyo un pensamiento de San Gregorio Nacian-
<ieno: En medio de su abundancia, ¿ podéis creer-
7o?, este Dios tiene sed. Pero ¿cuál puede ser
la sed de este primer Ser? El que todos los
hombres tengan sed de El: BITIT SITIRI (8).
Sed de Dios, nostalgia de Dios; en definitiva, si
se entiende bien: glorificación de Dios...
Ello es a la vez nuestra única grandeza... Esta
pobrecita nada que soy yo, pecadora encima,
¡manchada!, es para gloria exclusiva de Dios,..
“Yo no soyy oh Dios mío, lo que es; ¡ay! soy casi
lo que no es; me veo como un medio incompren­
sible entre la nada y el ser; yo soy lo que ha sido,
yo soy lo que será; yo soy lo que ya no es lo
que ha sido; yo soy lo que aún no es lo que será;
y entre esto, ¿qué soy f Un yo no sé qué, que
no puede detenerse en si propio, que no tiene

(7) Efesios, I, 2.
<8) Sermón de la Visitación, ed. Lebarq., t. UT, p. 15.

— 21 —
consistencia alguna, que como agua pasa con
rapidez... ¡Oh Ser! vuestra eternidad, que no es
sino vuestro Ser mismo, me asombra, pero me
consuela; yo me hallo delante de Vos como si
no fuese; me abismo en vuestra infinidad; lejos
de medir vuestra permanencia por relación a mi
inestabilidad continua, comienzo a perderme
de vista a mí propio, a no hallarme, y a no ver
en todo sino ai QUE ES, sino a Vos mismo” (9).
Al glorificarle nos abismamos en El, nos sumer­
gimos, nos hundimos en El, estamos en El, nues­
tro fin, nuestro centro, nuestro todo... La clave
para poder hacerlo es, repitámoslo una vez más,
Jesucristo. Si no, no podríamos cumplir con este
único y fundamental de nuestros deberes. El pe­
cado nos inutilizaría para ello. ¡Qué pena y qué
vergüenza! El pecado es al revés, es la equivo­
cación, es la mentira, es el fracaso de nuestra
miserable vida... El pecado es el robo de la glo­
ria de Dios. Estamos ordenados a El. Y en lugar
de El nos ponemos nosotros... ¡Seréis como dio­
ses! ¡Seréis como dioses...!, fué la voz maldita
de Satanás en el paraíso. Soberbia, idolatría del
yo, resistencias a la luz y al amor, egolatría...
Todo pecado lo lleva en la raíz... ¡Qué pena y
qué vergüenza! Queramos o no, estamos siem-

í9) Fenelon, “ Trait. de la exist, de Dieu”, 2.» p., a, 3.

— 22 —
pre ante D ios; si pecadores, estamos ante Dios
con el hurto de su gloria en las manos... Por
eso su justicia la reclama. No puede por menos.
La gloria es suya, suyisima. “Gloriam mean al·
teri non dabo...” Por eso hay purgatorio. Por
eso ¡hay infierno!, que, a su modo, como monu­
mento de la justicia de Dios, también Le glori­
fica... ¡Dios... es Dios!

* #

Pero hemos nacido para glorificarle por amor.


El es amor. El amor es la auténtica glorificación
que le debemos. En esa categoría de valores que
podemos formular está primero su gloria intrín­
seca, esa que es El mismo. Nuestro amor nada
puede áñadir a la misma, pero sí glorificarle
extrínsecamente ya por ella: gozarnos de su
gloria íntima, asociarnos a la complacencia y al
amor y a la dicha infinitas de las divinas Per­
sonas entre sí... Afuera de Dio» el único valor
positivo que existe es esa otra gloria extrínseca,
accidental, esa que constituye nuestro quehacer
único, por lo que somos y para lo que somos...
Todos los asuntos, problemas y negocios que
imaginar queramos, en todos los aspectos de la
vida, todo ha de ser para gloria de Dios, y en
tanto valen en cuanto valen para aquélla. Ella

— 23 —
es el fin de los fines porque nos lleva a Dios,
fin último y supremo de todos los seres (10). Lo
que no sirva para glorificarle es o robo sacri­
lego de esa gloria, ¡pecado!, o al menos tiempo
perdido... No hay otro valor ni en el tiempo ni
en la eternidad... ¡Qué pena y qué vergüenza!
No amarle, es decir, no identificarse con su vo­
luntad, es decir, no glorificarle... es entretener­
se alrededor de esta nada miserable de nuestro
yo, es jugar con ceniza de virutas, luchar “con
una sombra de muerte" (11), con nada de nada...
¡Qué pena y qué vergüenza! Nuestro vivir, nues­
tro morir, nuestro sufrir, nuestro gozar... es por
su gloria. Nuestra santificación no es por sí
misma, es por su gloria. Nuestro apostolado no
es por hacer apostolado, es por su gloria... Fuera
de la gloria de Dios no existen, propiamente ha­
blando, valores...
Sobre todo, las almas escogidas, las particu­
larmente regaladas por Dios, las consagradas...,
tienen más capacidad para glorificarle, son ins­
trumentos más armónicos para cantar el cán­
tico glorificante del amor. En especial los sacer­
dotes, que por su misión sacerdotal tienen que
levantar, en sus manos ungidas, no sólo la suya

(10) Cfr., entre otros autores, la conocida obra de


Tissot “La vida interior
(11) Santa Teresa, “ Vida” , c. VIII.

— 24 —
personal, sino también la alabanza de todos sus
hermanos los hombres en estrecha unión con
Jesucristo Sacerdote. Ellos son, por antonoma­
sia, los glorificadores de Dios... ¡Qué vida santa,
qué vida de pureza, qué vida de entrega al gran
oficio de la glorificación... supone esto! ¡Adora­
ción con el alma en el polvo, que somos de nos­
otros mismos nada, reparación por lo que nos
llevamos indebidamente entre las manos, muer­
te al yo miserable hasta que pierda su nombre
propio, su vida rebelde, su respiración...! (12).
Para ellos y para todas las almas que saben
vivir este gran “principio y fundamento” de
nuestro existir ha escrito Isabel de la Santísima
Trinidad, “ la alabanza de gloria” del Carmen de
Dijón, tan celebrada afortunadamente entre las

(12) La Encamación del Verbo es como una proyec­


ción hacia afuera de la Misericordia divina, para reco­
ger, en un esfuerzo maravilloso de humillaciones y de
sangre, toda la gloria extrínseca de Dios desparrama­
da y maltratada por las criaturas. Esta obra, así rea­
lizada, es una obra sacerdotal. Por eso Cristo es esen­
cialmente Sacerdote. Y El ha querido asociar ministe­
rialmente a Sí algunos hombres para que Le ayuden en
esa empresa glorificadora de la Divinidad, salvando las
almas... Esa como asimilación, como identificación sacer­
dotal que hace de ellos para ese fin excelso, ¡qué cris-
tificación, qué glorificación personal, qué mismidad de
ideales, de sentimientos, de vida con Jesucristo... exige!

— 25 —
almas espirituales de nuestros dias, estas pági­
nas bellísimas que fueron la esencia de su vida
sublime: ¿ Cómo poner por obra ese anhelo del
corazón de nuestro Dios, ese inmutable querer
para con nuestras almas? ¿Cómo responder a
nuestra vocación y llegar a ser perfecta alaban­
za de gloria de la Santísima Trinidad? En el
Cielo cada alma es alabanza de gloria <ü Padre,
al Verbo y al Espíritu Santo, porque está de
asiento establecida en el puro amor, y no vive
ya de su propia vida, sino de la vida de Dios;
allí le conoce, dice San Pablo, como El la conoce
a ella.
“Alabanza de gloria es un alma que mora en
Dios, le ama con amor puro y desinteresado, sin
buscarse a sí misma en la dulcedumbre de su
amor; que le ama sobre sus dones y le amarla
aun cuando nada hubiese recibido de El, y que
desea todo bien al Ser hasta tal punto amado,
abismo sin fondo; es asimismo como un cristal
Ahora bien, ¿cómo se ha de desear y querer efi­
cazmente algún bien para Dios, a no ser cum­
pliendo su voluntad, puesto que ésta dispone to­
das las cosas para su mayor gloria? Por tanto,
esa alma debe entregarse plenamente, ciega­
mente, hasta llegar a la imposibilidad de que­
rer otra cosa distinta de lo que Dios quiere.
Alabanza de gloria es un alma amante del si­

— 2 0 —
lencio, que se mantiene cual una lira bajo él
toque misterioso del Espíritu Santo, para que
haga salir de ella armonios divinas. Sabe muy
bien que él sufrimiento es cuerda que da los so­
nidos más bellos, y por ello se complace en verla
en su instrumento, a fin de mover más tierna­
mente el corazón de su Dios.
Alabanza de gloria es un alma que contempla
a Dios en la fe sencilla, que refleja todo cuanto
El es, en la que puede El difundirse cual en un
abismo sin fondo; es asimismo como un cristal
a través del cual puede El irradiar y contemplar
sus perfecciones y su propio esplendor. Un alma
que de tal modo asiente a que el Ser divino sacie
en ella su anhelo de comunicar todo cuanto El
es, todo cuanto posee, es en realidad de verdad
la alabanza de gloria de todos sus dones.
“Por fin, alabanza de gloria es un ser que está
en continuo hacinamiento de gracias, cuj^os actos
y movimientos, pensamientos y aspiraciones,
son como un eco del perenne SANCTUS, a la par
que sirven para arraigarle más hondamente en
el divino amor. En el cielo le gloria de los Bien-
aventurados no cesan de repetir día y noche:
“SANTO, SANTO, SANTO ES EL SE&OR TO­
DOPODEROSO ..., Y, POSTRANDOSE, ADO­
RAN AL QUE VIVE POR LOS SIGLOS DE LOS
SIGLOS” (Apoc., IV, 8, 10). En el cielo del

— 27 —
BUSCATE EN MI

A Santa Teresa.

Por mí mismo soy nada, vengo de la nada.


P or mí mismo tiendo hacia la nada. Esa angus­
tia psicológica que a veces experimento cuando
siento bajo mi ser el abismo de la nada, es una
angustia metafísica en el fondo. Es la nada abi­
sal que me acecha, que me persigue como som­
bra maldita y permanente mía. Y luego el des­
orden, el pecado en mi vida, “un agujero en el
ser” , para más achicarla, para más angustiarla...
Pero a la vez soy algo. Esto poco que soy. Evi­
dentemente recibido de Otro. Otro que es, en de­
finitiva, Dios. El fundamenta, El patentiza. El
explica mi existir todo. Y este ser mío lleva así,
en su entraña misma metido, como rumor divi­
no de su origen, el deseo de ser, de ser más, de
ser feliz, de ser siempre... Tiene, en una pala­
bra, nostalgia de Dios. Frente a la angustia que
mi nada y mis miserias producen se levanta com o
un grito la esperanza viva de mi sed de Dios.
Así, ante las negaciones de mi pasado, la afir­
mación de mi futuro sin fin, hecho ya en cierto
modo realidad bendita en mis manos, por esa
esperanza de mi breve momento presente y ac­
tual.

Mi destino es, por consiguiente, Dios. Pero El


ha querido que no sea de cualquier manera, sino
de ese modo sobrenatural, espléndido, que su mi­
sericordia ha escogido.
Mi destino es glorificarle poseyéndole en la vi­
sión. Mi destino es abismarme allí en su Amor
Infinito. Mi destino es comulgar así eternamente
y misteriosamente a su misma vida.
Y todo esto por Jesucristo, incorporándome
a El, prolongando místicamente en mí su vida.
La realización de mi destino desborda mis tí­
midos deseos naturales de Dios, desborda mi
nostalgia de infinito, mi peregrinación débil ha­
cia lo absoluto y lo eterno...
III

Para esto me ha equipado convenientemente


Dios. Con sus dones de naturaleza y gracia hace
posible la consecución de este destino mara­
villoso. Ello constituye lo que llamamos mi vo­
cación total, vital, mejor aún, “ seral” , es decir,
de toda la realidad completa de mi ser. Soy yo,
todo yo, en alma y cuerpo, en el tiempo y en la
eternidad, el que está vocacionado hacia esa vi­
sión del cielo. Y por eso todas las energías y
todas las actividades de mi existir han de diri­
girse hacia aquel término, hacia aquella unión
consumada. Por eso también, al ir cumpliendo
mi vocación, tengo que encontrarme a mí mismo
en esa armonía fundamental y radical de mi exis­
tencia, y tengo inevitablemente que ir labrando
mi felicidad. ¡Paz y alegría! Mi vida aquí abajo
tiene que irse quemando en tensión de eterni­
dad, siempre bajo la mirada de Dios.

IV

En aquel tiempo (1577) está en Toledo la San­


ta Madre Teresa. Años de tempestad y de per-

— 33 —
secución. Y un día oyó en la oración estas pala­
bras pronunciadas, sin ruido de voz, por el Dios
cuya presencia se dejaba sentir en su alma:
¡Búscate en Mí! Las palabras en cuestión
dieron motivo a una especie de certamen espi­
ritual que celebraron sus amigos de Avila (Fran­
cisco de Salcedo, Julián de Avila, Juan de la
Cruz, Lorenzo de Cepeda), enterados de las mis­
mas. La Santa contestó así a las diversas inter­
pretaciones con la famosa carta conocida por el
Vejamen.
Mi destino y mi vocación piden de mí esta
suprema y principal tarea: buscarme en Dios.
Buscar mi proyecto en la mente divina, ese
proyecto eterno, que El tiene de mí, en su Ver­
bo. Doble visión : la que El querría, el proyecto
primitivo, ideal sobre mí. Sueño divino sobre mi
posibilidad determinada que El ve sin realizar­
se. Y visión segunda, la que su decreto libre y
eterno estableció en concreto para cumplirse de
hecho en el tiempo, contando con mi coopera­
ción libre y limitada.
Buscarme en D ios: el proyecto primero, aque­
llos planos posibles magníficos, aquella seme­
janza viva en su Verbo encamado, aquel rever­
berar de sus perfecciones infinitas... para tratar
de realizarlos, de aproximarse en lo posible a

— 34 —
ellos, de hacer, en una palabra, lo mejor posible
la voluntad de Dios.
Así se cumplirá lo segundo, con la pena inevi­
table de, ¡por mi culpa!, haber hecho fracasar
lo primero.
Buscarme en D ios: su voluntad santa, su mi­
rada, esa mirada puesta amorosamente sobre mí
siempre, que, sin verla, la presiento, que me ta­
ladra, que me exige... Encontrarme con ella en
un encuentro de fe, de confianza y de amor...
Buscarme en El. Buscarme. Que El mismo con
sus gracias se adelanta y previene mis deseos.
“ ¡Tú no me buscarías si ya no me hubieses en­
contrado...!” (Pascal).

Soy y no soy: soy contingencia. Mi existen­


cia está aquí, dada, arrojada como dicen, hecha
en gran parte entre las demás cosas, también
criaturas. Pero en parte yo, ser libre, me hago
con el concurso natural y sobrenatural de Dios.
Me hago, es decir, escojo y realizo entre las mil
posibilidades que se me ofrecen al andar el cami­
no de la vida.
Para lograrme de verdad, para según mi vo­
cación seral cumplir mi destino, yo tengo que
buscar su voluntad, su proyecto bendito, y li­
bremente, amorosamente, realizarlo. Así se irá
estrechando la unión hasta la consumación del
cielo. Así, por Jesucristo, con Jesucristo y en
Jesucristo, se alcanzará mi perfección y mi di­
cha, la glorificación por mi parte de ese Dios,
que es mi fin, que es mi Padre, que es mi todo...
IN SINU PATRIS

La vida íntima de Dios implica unidad de


esencia y trinidad de personas. Es un misterio
insondable, pero metafísicamente necesario. Dios
es Uno y Trino.
El Padre es la fuente de la Divinidad. Eterna­
mente engendra a su Hijo. Y ese Hijo, ese Ver­
bo del Padre, consustancial a El, agota toda su
fecundidad infinita. El es el “ resplandor de su
gloria y la representación viviente de su sustan­
cia ” (Hebr., I, 3).
Allí en ese Hijo único, en ese espejo vivo de
Sí mismo, el Padre contempla la idea eterna de
todos los seres y, al amarse Padre e Hijo, de
cuyo amor procede la Persona del Espíritu San­
to, Amor subsistente, personal, de la Trinidad
Beatísima, todos los seres quedan envueltos en
ese divino e incomprensible amor.
El Padre extiende así de algún modo, a través

— 37 — ■
de su Hijo, su paternidad a todo lo creado. Es
su Providencia. Por eso todo lo creó por el Ver­
bo. “ Omnia per ipsum facta sunt, et sirte ipso
factum est nihiV* (J., 1, 3). San Pablo ha podida
escribir sencillamente: “Doblo mis rodillas ante
el Padre, del cual toma nombre toda familia
en la tierra y en los cielos” (Efes., 3,14 y 15).
Pero esta paternidad universal de Dios es muy
vaga e imprecisa. El sentido verdadero de Pa­
dre—el que comunica la vida—queda muy im­
propiamente aplicado aquí. Es una analogía ex­
trínseca muy remota y simbólica, y nada más.
El quiso tener otros hijos, verdaderos hijos,
que recibiesen realmente de su misma vida. Pero
el Hijo por naturaleza ha dejado exhausta la
Paternidad de la primera Persona. No queda
otro remedio que hacer participar a esos seres*
que se quiere hacer hijos, de la filiación misma
del Hijo. Para eso se hará éste carne, Hombre
entre los hombres, “ primogénito entre muchos
hermanos” (Rom., 8, 29). Jesucristo, el Verbo
Encamado, nos adopta por hermanos, extiende
hasta nosotros su filiación divina. Y así recibi­
mos “el espíritu de adopción de hijos, en virtud
del cual clamamos: \Abba, Padre! y el misma
Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que
somos hijos de Dios. Siendo hijos, somos tam­
bién herederos; herederos de Dios y coherede­

— 38 —
ros con Jesucristo” (Rom., 8, 15, 17). El Padre
nos predestinó para hacemos imágenes de su
Hijo (Rom., 8, 29). Nos predestinó “a ser hijos
suyos adoptivos por Jesucristo” (Efes., 1, 5). Nos
regaló a su Hijo “ a fin de que recibiésemos la
adopción de hijos. Y como vosotros sois hijos
envió Dios a vuestros corazones el Espíritu de
su Hijo, el cual nos hace exclamar: \Abba, Pa­
dre!” (Gál., 4, 5, 6 ). San Juan no ha dicho otra
cosa en el prólogo sublime de su Evangelio
(1, 12 ).
Somos hijos por los méritos infinitos de Je­
sucristo, el Hijo muy amado. De plenitudine ejus
nos omnes accepimus (S. J., 1, 16). Por el valor
inmenso de su sangre, Dios dona la gracia a los
hombres. Eternamente contempló en su Verbo
a estos seres con una mirada especial, predesti­
nante, de elección, de paternidad verdadera. En
ellos veía la imagen viviente de su Hijo. Esa
imagen del Hijo de su amor. Porque donde El
no ve esa imagen, El no se complace. Sólo el
que está unido, identificado con el Hijo, tiene
derechos de tal, puede entrar en la felicidad ín­
tima de Dios, en los cielos. Aquellas puertas no
se abren más que al conjuro del nombre bendito
de Jesús.
La gracia es una inyección á* vida sobrena­
tural, divina; un consorcio de la divina natura-

— 39 —
leza (2* epist. de S. Pedro, 1, 4). La adopción
con que Dios nos adopta por hijos no es esa
adopción puramente jurídica, que produce una
filiación ficticia en las relaciones sociales de los
hombres. La gracia que obra en nosotros esa
maravilla de nuestra divinización es algo más
real y más eficaz y más penetrante. Una cuali­
dad que empapa al alma y la transforma y la
eleva, como si una nueva naturaleza sobre su
naturaleza se hubiese infundido allí. Por parte
de Dios no lleva ello consigo mutación posible.
Pero entre El y nosotros surge una relación an­
tes desconocida, físicamente inmutándonos a
nosotros nada más. Es como si una mirada de
Dios hubiera encendido en nosotros una vida nue­
va sin que esa potencia de su mirar infinito cam­
biase ni menguase en sí misma para nada.

“ ¡No quieras despreciarme,


que si color moreno en mí hallaste,
ya bien puedes mirarme,
después que me miraste,
que gracia y hermosura en mí dejaste!...”
(San Juan de la Cruz, "Cántico” , c. 33, 2.* redac.)

El alma en gracia, hija, por consiguiente, de


Dios, es morada predilecta de Dios Trino. “Al
que me ama..., mi Padre le amará y vendremos
a él y haremos en él nuestra mansión” (S. J.,

— 40 —
14, 23). Dios está presente en todos los seres
por esencia, presencia y potencia. Pero esa pre­
sencia toma en el Hijo un matiz completamente
especial. Por esas relaciones nuevas que allí apa­
recieron, es hijo, es amigo, es esposo. Dios inha-
bita allí como en casa de tal. ¡Relaciones de co­
nocimiento nuevo, de amor de caridad, de abra­
zo divino...! Más íntimas, más transformantes,
más hondas, porque son positivas, que la rela­
ción de ira que se establece entre Dios y el alma
pecadora, que arrojó esa presencia amorosa de
su Dios, autor de la gracia, para quedarse con
la simple presencia de Dios en las criaturas, pero
agravada por ese aspecto triste de su enemistad.
¡Relación de amor! ¡Abrazo de hijos con su
Padre, que El quiere que se estreche más cada
día! Ser cada día más conformes con la imagen
de su Hijo. Ser cada día más Jesús. Eso es todo.
Según la fórmula tan querida a los padres grie­
gos (San Cirilo de Alejandría en especial): Ser
hijos del Padre en el Hijo por el Espíritu Santo.
Cada vez... ¡más!
Ser Jesús. “Vivo yo, pero ya no yo, es Cristo
quien vive en mí” (Gál., 2, 20). La gracia Suya y
la nuestra es específicamente la misma, aunque
numéricamente sea distinta. Y la nuestra es por
los méritos de la Suya: gratia capitis. Nos une,
nos funde con Jesucristo esa misma participa­

— 41 —
ción de vida divina que El tiene en cuanto Hom­
bre y nosotros también. Y al estar El asi en
nosotros, al prolongar así en nosotros su vida,
nos lleva hasta el Padre.
Porque El está allí. Unigénitas filius, qui est
in sinu Patris... (S. J., 1,18). No hay verdad más
repetida en el Santo Evangelio: que El está en
el Padre; que el Padre y El son una sola cosa;
que el que ve a El ve al Padre... En cuanto Dios,
es una esencia con su Padre. En cuanto Hom­
bre, vive sumergido en el seno de la Divinidad.
Nosotros en E l...; luego en el Padre, bajo la ac­
ción llameante del Espíritu, a quien atribuimos
por apropiación esta obra de amor... “ Porque es­
táis ya muertos y vuestra vida está escondida
con Cristo en Dios...” (Col., 3, 3).
El Verbo se hizo carne para llevarnos al Pa­
dre. Es el secreto de Jesús. “Nadie conoce al
Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo le
haya querido revelar” (Mt., 11, 2). La aspira­
ción constante de Jesús sobre la tierra, en los
cielos, en la Eucaristía, es ésa: glorificar a su
Padre, conquistándole los hombres, sus herma­
nos; esos hombres sobre los cuales se ha exten­
dido, por causa de El, la mirada paternal del
Padre con que a El le mira. Por eso nos ha co­
municado los misterios íntimos que el Padre le
habló (S. J., 15, 15). Por eso El es el Camino,

— 42 —
el único camino que al Padre conduce. Nadie
viene al Padre si no es por El, el Hijo (S. J., 14,6).
Por eso el Padre le entrega aquellos que son suyos
para que El se los guarde y les de la vida eter­
na (S. J., 17). Por eso pide, exige... que sean una
misma cosa en ellos, por eso les envuelve en su
misma gloria; por eso el Padre les ha de amar
y les ama con el amor con que a El le ama... Es
su último grito antes de salir del Cenáculo para
ir a morir: “ para que el amor con que amaste,
en ellos esté... y Yo en ellos” (S. J., 17, 21, 26).
Cristo nos arrastra hasta el seno del Padre...
En el cielo, en la clara visión de los cielos,
nuestro destino no es otro que abismarnos en
el seno de Dios. Comulgar a su misma vida di­
vina, una y trinitaria. Perdernos en el Uno y
vivir a la par esa inefable actividad infinita y
esa circumincesión de las personas... Beber has­
ta saciarnos sin cansarnos* nunca de esas aspi­
raciones sabrosas del Espíritu Santo, de que
habla San Juan de la Cruz al final de la Llama,
y que inundan al alma del amor y del goce mis­
mo de Dios. Hundimos en el torbellino infinito
de la vida divina. A través de la Humanidad
Santa del Verbo, por la puerta preciosa de la
llaga abierta de su Corazón.
Pero esa vida eterna que nos espera ya está
incoada aquí. La gracia y la gloria son sustan­

— 43 —
cialmente lo mismo. Aquélla, en la fe; ésta, en
la visión cara a cara. Pero ya ahora estamos
en Dios y Dios está en nosotros. In sinu Patris...
Donde mora siempre Jesucristo, cuya prolonga­
ción misteriosamente somos. San Ignacio de An-
tioquía sentía en su interior, camino de su mar­
tirio maravilloso, una voz como murmullo de
agua viva, que le decía dulcemente: ¡ Ven hacia
el Padre...! (Carta a Tos romanos, 7, 2. MG. 5,
693).
¿Por qué no cooperamos con nuestro pobre
esfuerzo a ser más Jesús para sumergimos con
El más en el Padre...? ¿Por qué no entregamos
las llaves de nuestra voluntad al Espíritu Santo
para que realice sin estorbos su obra de divina
transformación en nosotros? ¡A y! como en la
leyenda persa—purificadla de todo resabio pan-
teísta—hay que quitar un yo para que sólo quede
el otro. Vino el amante llamando a la choza del
amado. Una voz preguntó desde dentro: ¿Quién
viene ahora a mi morada?—Yo... Y la voz con­
testó sin inmutarse: No hay lugar para ti y para
mí en esta casa... Entonces el amante marchó
hacia el desierto. Ayunó, lloró, hizo penitencia...
Después de un año volvió de nuevo a llamar a la
choza del amado: ¿Quién?, preguntó la voz im­
perturbable.— ¡Soy tu...! Y la puerta se abrió
de par en par para el amante.

— 44 —
Hay que dejar todo lo que se oponga a la trans­
formación en Cristo, y en Cristo crucificado.
Christo confixus sum cruci (Gal., 2,19). Porque
ahora se trata de reproducir la vida dolorosa de
Jesús. Ya vendrá después la glorificación de los
cielos. El programa lo ha trazado San Pablo :
“A fin de conocerle a El y la eficacia de su re­
surrección y participar de sus penas, asemeján­
dome a su muerte” (Fil., 3, 10). Hay que ser
crucifijos. Hay que darlo todo, el yo, el don de
sí mismo. Para estar en la cruz poco hace falta.
Para estar en la cruz ¡bastan tres clavos...! Hay
que morir. Sea nuestra vida actual la de esas
representaciones trinitarias en que el Crucifijo
descansa en los brazos del Padre bajo la som­
bra del Espíritu Santo.
Y allí ¡gozarnos de la gloria de Dios! Lauda-
mus Te, propter magnam gloriara tuam... Eso
es magnífico. Un día preguntaba San Juan de
la Cruz a Francisca de la Madre de Dios en qué
traía la oración. “En mirar la hermosura de
Dios y holgarme de que la tenga.” Y el Santo
se alegró mucho y compuso las últimas estro­
fas del Cántico Espiritual. ¡Gozarnos desde aho­
ra en lo que eternamente nos vamos a gozar: de
esa gloria pura de nuestro Padre, fin de todos
los fines, fin del amor...!
In sinu Patris en el tiempo y en la eternidad.

— 45 —
No salgamos de allí. Es nuestro sitio propio de
alabanzas de gloria. ¡Abismarnos! Es el abismo
del Amor. Dem charitas est. Nuestra locura de
amor correspondiente ha de lograrse en una
exaltación sin medida... Deus charitas est. El
amor nos ha creado, nos ha redimido, nos ha
divinizado. Dios nuestro Padre es el Amor.
jVEN, OH SANTO ESPIRITU!

Nuestro Señor Jesucristo en la noche de la


Cena, en aquella despedida de sobremesa, luego
de haber instituido la Eucaristía, prometió re­
petidas veces a sus apóstoles que les enviaría el
Espíritu Santo. Leyendo aquellos capítulos del
Evangelio de San Juan se recibe la impresión de
que Nuestro Señor hace aquella promesa lleno de
ilusión, como el padre que anuncia el gran regalo
que va hacer a sus hijos, la solución clave para
todos los problemas planteados ante el futuro
tembloroso de aquellos pobres discípulos. Porque,
realmente, el Espíritu Santo iba a ser el don de
los dones que nos merecía el sacrificio sacerdotal
de Jesús. Sacrificio de amor y de dolor, en el que
la víctima —el mismo Jesús— sería inmolada
después de unas horas y glorificada en seguida,
para desde la gloria derramar sobre nosotros sus
redimidos, las riquezas de la participación a la
vida divina.

— 47
El sacrificio sacerdotal de Jesucristo se con­
suma eternamente en los cielos. Ya antes había
dicho el Señor, durante una fiesta de los Taber­
náculos, en los pórticos del templo: “ Si alguno
tiene sed, venga a mí y beba. Del seno de aquél
que cree en mí manarán, como dice la Escritu­
ra (1), ríos de agua viva” . E interpreta San Juan:
“Esto lo dijo por el Espíritu que habían de reci­
bir los que creyesen en E l; pues aún no se había
comunicado el Espíritu, porque Jesús todavía no
estaba en su gloria” (2). Las paredes del Cenácu­
lo que recogieron el anuncio de la promesa verían,
su realización, estremeciéndose, sacudidas del
viento divino, unos días más tarde, el día emo­
cionante de Pentecostés.

* * *

(1) Los dones del Espíritu Santo son, por tanto, hábi­
tos infusos dispositivos y operativos. Disponen el alma
para mejor percibir las gracias actuales y ayudan a las
virtudes perfeccionando su modo de actuar racional y
humano, pues aunque ellas son sobrenaturales y sobre­
natural es su actuación, ésta reviste ordinariamente ma­
neras humanas» que se cambian en maneras divinas si
concurre a poner esos actos la actividad de algún Don.
El acto así resulta quoad substantiam de la virtud y quoad.
nnodum del Don.
(2) Isaías, XLIV, 3; Zac., XIV, 8.

— 48 —
Dios es caridad. Diou es el abismo del amor.
Pero en la Trinidad de Personas Divinas, el Es­
píritu Santo es el amor subsistente y personal,
que por amor procede del mutuo amor del Padre
y del Hijo entre sí mismos. El Padre nos ha en­
viado a su Hijo amadísimo, que se hizo carne
para merecernos de nuevo la filiación divina. Y
el Padre y el H ijo envían luego, por los méritos
de esa Humanidad sacrificada del Verbo, al Es­
píritu Santo, como cifra divina de la realización
de esa obra salvadora y santificadora de las al­
mas incorporadas a Jesús en su Cuerpo Místico,
la Iglesia.
Cierto que esa obra amorosísima de nuestra di­
vinización es común a las tres divinas personas,
como obra que es “ad extra” , hacia fuera, de
Dios. Pero la atribuimos al Espíritu Santo por-
que El es en la Trinidad Santísima personalmen­
te el Amor.
El unge y llena de gracia santificante y de
dones la Humanidad de Jesucristo. El santifica
y diviniza a las almas cristificándolas. El es el
alma de la Iglesia, el agua divina que derramán­
dose de la Cabeza, Jesucristo, vivifica todo el
resto de su Cuerpo Místico y le fecundiza.
Creador, infunde la vida divina en nuestra
nada cargada de miserias. Vivificador, da esa

— 49 —
vida a lo que de suyo no podría recibirla. Con­
solador, ilumina, fortifica, calienta, abrasa...

# * #

El día de Pentecostés tuvo cumplimiento la


promesa. Estaban recogidos los apóstoles según
el mandato de Jesús. María estaba allí también
hecha oración viva. El Espíritu Santo vino en­
vuelto en viento impetuoso y en llama de fuego.
Aquellos hombres fueron transformados por un
milagro psicológico total, inefable. Antes no com­
prendían el misterio de Jesús, ahora quedan ilu­
minados ilustradísimamente. Antes tenían miedo
de aparecer por discípulos suyos, ahora le con­
fiesan ante todo el mundo. Llenos, exultantes,
valientes, con una fuerza extraña, embriagados
de luces y de amores divinos...
Y la Iglesia, como tal Iglesia, comenzó a exis­
tir, a actuar. Aquel día de Pentecostés no iba a
tener ocaso ya nunca. En la Iglesia se vive el in­
cesante Pentecostés del Espíritu Santo. Las al­
mas siempre le encontrarán allí.

* # *

Vivificante, actuante, divinizante, con sus ins­


piraciones, con sus mociones, con sus toques pre­

— 50 —
ciosos, en una palabra, con bus gracias actuales.
Y para mejor recibirlas, para que así las perci­
bamos mejor, y mejor las aprovechemos, para
que respondamos con generosidad y puedan ac­
tuarse nuestras virtudes, las teologales sobre
todo, de un modo divino y perfecto, nos infunde
con la gracia sus Dones santísimos, disposiciones
permanentes que El pone en nosotros, especie de
hipersensibilidad espiritual con que nos unge,
para que ayudadas por ella las virtudes florez­
can en frutos sazonados y dulces de obras per­
fectas, en actos heroicos y brillantes de bienaven­
turada santidad... El alma así equipada está en
condiciones de sentir el suavísimo aleteo del Es­
píritu, sus voces y gemidos inenarrables, que
diría San Pablo, la vibración delicada de su vida
misteriosa en nuestra vida. Con instinto divino
el alma descubre su presencia bendita al sentir­
se actividad escandida allí en su seno... (3). Re­
pasemos brevemente la función específica de
cada uno de estos sus Dones en particular.

DON DE TEMOR

Cuando el Espíritu Santo hace actuar este Don


en nuestras almas, éstas se sienten penetradas

(3) San Juan, VII, 37-39.

— 51 —
del sentimiento de criaturas de Dios, es decir, se
sienten nada por sí mismas y se sienten partici­
pación de Dios, sienten recibido de Dios todo
cuanto son y tienen. No son las luces naturales
de la razón, ni las luces ordinarias de la fe, es un
sentimiento vivo que allí graba el Espíritu Santo,
cual si fuese de fuego, el que allí hace sentir todo
eso. El alma instintivamente, por lo tanto, se
vuelve hacia Dios, se anonada ante Dios, adora
a su Dios, se entrega a su Dios... Se ve nada y mi­
seria ante El, ante su grandeza infinita. La re­
ligión florece allí de manera ardorosa. Es el gran
fundamento solidísimo de todo el edificio de su
santificación. A la fuerza vivirá en la verdad,
en la humanidad más pura. Las alabanzas que le
tributen las referirá a Dios, por quien es cuanto
tiene. El “Magnificat” será el canto espontáneo
de su corazón.

DON DE PIEDAD

Somos criaturas de Dios e ¡hijos suyos! Su mi­


sericordia ha hecho esta maravilla de amor. La
revelación nos ha dado a conocer el misterio de
la gracia. La fe permite que nosotros lo creamos
sinceramente. Pero una cosa es saber que somos
hijos, otra es sentirse hijos... Esto último es lo

— 52 —
que realiza en nosotros el Don de Piedad San
Pablo ha escrito: “El mismo Espíritu está dando
testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos
<le Dios” (Rom,, VII, 16), por eso pone en nues­
tros labios y en nuestro corazón para dirigirnos
a Dios la palabra dulcísima de Padre (Rom., VII,
15; Gál., IV, 6). ¡Sentimos hijos de Dios!, por
consiguiente: ¡sentimos Jesús! El Espíritu San­
to nos une, nos trasforma, nos hace Jesús, Hijo,
por cuyos méritos y unión vital con El, nosotros
somos también por adopción ¡hijos! “ ¡Oh Espí­
ritu Santo, forma en mí una Humanidad suple­
mentaria en la cual renueve Jesús su misterio!” ,
-decía Isabel de la Santísima Trinidad Medio sin­
gular para serlo, para vivirlo, para sentirlo, es
la actuación abundosa del Don de Piedad

DON DE FORTALEZA

Para morir a sí mismo, para superar tantas di­


ficultades que obstaculizan en nosotros la obra
del Amor, para ayudar a nuestra debilidad tan
grande, para triunfar de los enemigos tan pode­
rosos que nos cercan, para trabajar con constan­
cia y con acierto en el apostolado... hace falta
la fuerza de Dios. No bastan las virtudes a secas,
para la perfección se necesitan heroicas. Y sin
el Don de Fortaleza el heroísmo no se da en nues-

— 53 —
tra tierra pobrecita y misérrima. Así se explica,
el que los santos hicieran tantas obras esforza­
das, que causan la admiración de nuestra peque-
ñez y cobardía...

DON DE CONSEJO

A veces, sobre todo a medida que el alma se


pierde más en Dios, no bastan las luces ordinarias
de la fe y de la prudencia sobrenatural (no diga­
mos las de la razón natural únicamente) para
descubrir en todo momento los deseos más finos
de la voluntad divina sobre el alma. Dios tiene
que venir con una ayuda proporcionada al vuelo
alto de aquella y a su entrega tan sutil y tan en­
tera. Gracias actuales a propósito hacen vibrar
al Don de Consejo, y el alma, movida como por
instinto divino, decide, actúa, segura de que aque­
llo es la voluntad de Dios. Más allá de la visión
miope de los hombres aún buenos, más allá mu­
chas veces de las exageradas prudencias huma­
nas de la razón. No contra ellas quizá, sino, ellas
supuestas, más allá de ellas, en un plano supra-
prudencial. Los efectos confirman el acierto de
ciertas locuras de los santos de que están llenas
sus vidas, tan divinas y tan humanas a la par.
Consejo celestial para sus propias vidas; conseja

— 54 —
iluminado para poder repartir orientaciones sa­
bias, dada la ocasión, a los demás. El Don de Con­
sejo causa también en el alma ese equilibrio mag­
nífico que se necesita en el ejercicio de las diver­
sas virtudes morales, a las que resulta muy di­
fícil poner en su justo medio sin este recurso pre­
cioso que nos regala Dios.

DON DE CIENCIA *

Hace que el alma conozca y ame a las criatu­


ras bajo la luz exacta de Dios y con amor parti­
cipado del amor con que El las ama. No esa vi­
sión y ese afecto meramente humanos ante las
mismas, sino una visión y un afecto espiritual y
divinos. Por eso los santos amaron la naturaleza,
amaron a los hombres con un amor penetrante
e inmenso. Por eso tuvieron el secreto y el tacto
exquisito de conocer y tratar los corazones. Por
eso hicieron en su torno tanto bien. El Espíritu
Santo con su Don de Ciencia había transforma­
do su conocimiento y su amor a las criaturas de
los tiempos primeros, cuando se apoyaban en
ellas humanamente, pobremente. Todo quedó
neumatizado, divinizado después. Fué por eso
más hondo, más vivo y verdadero, más fecundo
su amor.

— 55 —
También el Don de Ciencia sirve para ilustrar
el alma acerca de la armonía de los misterios di­
vinos entre sí. Es un auxiliar y complemento ri­
quísimo para el cultivo de la Ciencia teológica.

DON DE INTELIGENCIA

Es el Don que más de cerca ayuda a nuestra fe.


La fe necesita de suyo echar mano de recursos
humanos: fórmulas, comparaciones, explicacio­
nes filosóficas... Imaginaciones, conceptos dis­
tintos y múltiples hacen falta allí. Pobres luces
humanas puestas al servicio de la fe. El Don las
supera en gran parte. No es que desaparezca la
fe, no es que se vean sus ocultos misterios. Pero
la luz sobrenatural del Don hace más penetrante
la fe, más ilustrada, más simplificada en los ele­
mentos humanos que arrastra consigo. Luz pre­
ciosísima que de los misterios divinos tienen las
almas santas y que no saben traducir después a
nuestro balbucir terreno, si no es repitiendo los
mismos modos y maneras distintas que hizo para
ellas hasta cierto punto innecesarios el Don. San­
to Tomás de Aquino, hacia el fin de su vida, cali­
ficaba de “paja” su ciencia teológica; su alma
mística veía mucho más, ilustradísima por la luz
deslumbrante de este Don.

— 56 —
DON DE SABIDURIA

El más alto de todos. El que más sirve para


encender y avivar en el alma la llama del amor,
la caridad. Sabiduría sabrosa que hace gustar al
alma, espiritualmente, la presencia de su Dios:
“sapere Deum”. Que la esconde en El. Que la en­
diosa. Que la abisma en el Amor...

* # *

San Pablo no se cansa de repetir que somos


templos del Espíritu Santo. El es el Huésped Di­
vino de las almas en gracia, juntamente con el
Padre y el Hijo, de los cuales procede. “La cari­
dad de Dios ha sido derramada en nuestros cora­
zones por medio del Espíritu Santo, que se nos
ha dado” (Rom., V, 5).
El es la llama, “ llama de amor viva” , de que ha­
bla San Juan de la Cruz. Y El está ahí actuando,
santificando, hiriendo... “¡Qué tiernamente hie­
res, de mi alma en él más profundo centro.../”
En toda alma en gracia está y actúa con sus gra­
cias, con sus Dones... No, no es “esquiva” ... De­
searía que le dejásemos hacer, que respondiése­
mos con fidelidad a sus designios amorosos, que
fuésemos fieles a sus delicadezas misericordiosí­
simas. Abnegación y silencio, silencio espeso que

— 57
registra y recoge su respiración divina como mú­
sica callada que llene la soledad del alma. El es el
austro que recuerda los amores, el viento de fue­
go que detiene las miserias siempre a punto de
brotar en nuestra tierra maldita, y despierta las
semillas del bien que El mismo sembró en nuestro
pobre suelo. Los abrojos se convertirán en rosas
y azucenas bajo el hálito caliente, vital de su vue­
lo en una primavera perenne florecida de obras
y deseos espléndidos, empapada de paz...
“Acaba ya, si quieres... ¡Rompe Ja tela de este
dulce encuentro!” Toda alma en algún sentido
pudiera decirlo. Termina así la obra comenzada
de amor. Rompe la tela de mi vida natural para
que mi alma se pierda definitivamente en el
Am or... “¡Oh, cauterio suave; oh, regalada
Haga; oh, mano blanda; oh, toque delicado... que
a vida eterna sabe! En la noche, el alma te espe­
ra, te ama, presiente el rumor de tus pasos, tu
perfume lilial, ¡tu calor de vida! Purifica, haz
sufrir cuanto sea, clava con Cristo en la cruz, en
esa cruz donde tiene lugar tu fiesta sagrada, don­
de el alma pregusta, en definitiva, preludios de
cielo, de eternidad... “¡Y toda deuda paga...!”
Todo lo que debía por sus robos al Amor, toda
su pena, toda su satisfacción reparadora... “¡Ma­
tando9muerte en vida le has trocado...!” La vida
terrena, el hombre viejo muere hecho cenizas.

— 58 —
hecho pavesa por las llamas devorantes de Dios.
Muerte mística que es vida, vida verdadera, vida
en Cristo y con Cristo en Dios.
Luces del Espíritu Santo que alumbran las ca­
vernas oscuras del alma, que la llenan de luz, que
la abrillantan maravillosamente con sus resplan­
dores innumerables, bellísimos. ¡Fuego de su
amor, que embriaga, que enloquece, que abrasa...,
que arrastra y aspira al alma que no resiste, que
se entrega a su acción...! ¡Aspirar del Espíritu
Santo! Aspira al alma... hasta el abismo infinito
del Amor, hasta el seno abisal de Dios que es el
Amor...
# * #

¡ Si fuéramos generosos para con el Amor In­


finito ! Los santos lo supieron ser. Por eso, a pe­
sar de su pequeñez y sus miserias, hizo en ellos
grandes cosas, su gran obra de amor. Obra de
arte divino, gloria de Dios. San Basilio, Santa
Teresa, Elena Guerra, Javiera del Valle, todo...
¡Qué sería el alma de María, la toda pura, la
siempre fidelísima! Bajo las alas del Espíritu
Santo aparece y desaparece en la Sagrada Es­
critura (día de la Encarnación, día de Pentecos­
tés) . Siempre vivió debajo de ellas. Siempre es­
tuvo bajo la influencia desbordante del Amor.

— 59 —
Toda entregada, toda suya... ¡Esposa del Espíri­
tu Santo!
¡Señora de Nazaret, Señora del Cenáculo, Ma­
dre nuestra, cógenes en tus brazos, llévanos has­
ta el santuario encendido del Amor, conságranos
a Eli, sumérgenos en El para que seamos brasas
vivas en El, en la llama viva de Dios...!
MUERTE Y VIDA DE JESUS

El fin del hombre es la gloria de Dios. Su


gloria ya aquí sobre el camino, sobre la tierra,
para glorificarle luego eternamente en los cie­
los. Porque de hecho Dios nos ha destinado a
esa visión suya divina de los cielos, a esa unión ín­
tima con El, a esa comunión inefable de su mis­
ma vida. Consiguiéndola, y en la medida en que
se consiga, es como de hecho se Le glorifica. En
ese glorificarle por amor en el tiempo y en la
eternidad consiste a su vez nuestra propia per­
fección. La perfección está en la consecución del
fin último, fin que es Dios, la unión con Dios,
el abismarse en Dios. Fin que nos proporcio­
nan la gracia y la caridad, ahora en la noche de
la fe, mañana en la clara visión de los cielos. Ca­
ridad, o sea, amor divino en nosotros, que funde
con Dios, que diviniza. Amor, que si es autén­
tico, llevará al cumplimiento de la voluntad de

— «i —
Aquel a quien se ama, al triunfo de Su Amor
sobre todas nuestras resistencias opuestas.
La glorificación de Dios y, por consiguiente,
nuestra perfección, está en vivir de Jesús. Por­
que por El, con El y en El, es solamente como
el Padre quiere ser glorificado. La vida divina
nos viene de hecho por haber unido el Verbo a
Sí la naturaleza humana, y por su ejemplo de
vida y por los méritos de su Sangre preciosa. La
cabeza comunica la vida a todo su cuerpo (¡gra-
tia capitis). Sólo unidos a El los sarmientos tie­
nen savia y dan frutos. Sólo según El, quiere el
Padre ser servido. El es el único Camino verda­
dero que lleva a la vida. Nadie puede ir al Padre
si no es por El (J., 14-16). Per ipsum, et cum
ipso et in ipso...
Hemos, por lo tanto, de vivir en Jesús y como
Jesús. Hemos, por consiguiente, de destruir en
nosotros todo eso—consecuencia triste del pe­
cado—que se oponga a ello. Hay que matar al
hombre viejo, que decía San Pablo, para que viva
en nosotros Jesucristo. Nuestra perfección es­
piritual es un problema de muerte y de vida. As­
pecto negativo y aspecto positivo de nuestra
vida espiritual. Purificación e iluminación para
que se dé la unión. ¿Cuál es antes? ¿Cuál es des­
pués? En realidad, se cumplen a un tiempo. Teó­
ricamente, primero habría de ser la parte nega­

62
tiva, el hacer el vacio para que quepa en nos­
otros lo divino; después vendría a instalarse allí
la vida nueva. Pero por otra parte es ese mismo
Dios el que es allí el autor principal de esa obra
divinizadora. Su acción sobrenatural en nosotros
es la que mata y es la que enciende a la par 1a
otra llama. Todo se realiza a la vez. El pecado
mortal desaparece con la infusión de la gracia.
Nuevas gracias divinas, con la cooperación del
hombre que ellas mismas hacen posible, van
destruyendo las raíces del pecado, van estrechan­
do la unión, el dominio triunfal de la caridad en
él alma. Las virtudes, como todos los hábitos, no
sólo sirven para ejecutar actos positivos corres­
pondientes, si que también para poner aquellos
que convengan a fin de dominar lo que se opon­
ga a la consecución de su objeto. Es verdad que
los autores espirituales acentúan un aspecto o el
otro, o sitúan un aspecto antes o después del
otro según conviene metodológicamente a sus
planes al escribir. La realidad es que todo se va
haciendo al mismo tiempo. San Juan de la Cruz,
que tanto ha insistido, y con razón, en las no­
ches purificadoras, es igualmente el doctor y el
poeta del amor divino, y ha podido escribir:
“que, por cuanto El la transforma en Sí, hácela
toda suya y evacúa en ella todo lo que tenía
ajeno de Dios” (Cántico, c. XVIII). Tranforma...

— 63 —
evacúa,.., todo es en conjunto una misma empre­
sa, positivo-negativa, de afirmación y negación.
Repasemos rápidamente algo de lo que supo­
nen y significan ambos aspectos de la vida es­
piritual.

Aspecto negativo.

El pecado original y los pecados personales


han dejado en nosotros un desequilibrio moral,
un poso malo y venenoso, una concupiscencia re­
belde. No hace falta demostrarlo. Hay por ello
que sujetar la carne al espíritu, a la recta razón,
y ésta hay que entregarla a la fe, al Espíritu
Santo, para que allí sólo domine la voluntad de
Dios. Las virtudes morales y teologales, vivifi­
cadas todas ellas por la caridad, harán este co­
metido. Los dones del Espíritu Santo lo perfec­
cionarán más cada día si el alma es fiel a las
gracias, a las inspiraciones de ese mismo Es­
píritu.
Las virtudes morales se agrupan alrededor
de las cuatro cardinales conocidas. Vamos nos­
otros a fijamos, sin embargo, en algunas virtu­
des más significativas desde el terreno prácti­
co, que nos hablen de esa sujeción, de esa muer­
te, de esa negación indispensable para conseguir
la perfección. Negación que es necesaria de todo
punto en una cierta medida para salvarse sen-

— 64 —
cillamente. Que después habrá que afinar, que
apurar más y más según en el camino progre­
sivo de la perfección se adelante.
En primer lugar hay que dejar de mano todo
ese mundo que llamamos cosas, criaturas, todo
eso que no es Dios y que no somos tampoco nos­
otros. La virtud de la pobreza, el desprendimien­
to nos lo alcanzará. Pobreza afectiva de todas
las cosas; pobreza efectiva de todo lo que el
Señor, a través de las circunstancias particula­
res, pida a cada cual. Una verdadera pobreza
afectiva de espíritu siempre tiene hambre de
una real pobreza efectiva a la vez.
Luego hay que negar nuestro cuerpo, nuestra
carne. Lo hará la castidad en todas sus formas
y según todas sus exigencias. Una castidad que
excluirá por consiguiente comodidades inútiles,
que supone todo ese campo extenso de la tem­
planza; que se cercará, para defenderse, de las
espinas preciosas de la mortificación necesaria
y conveniente, obligatoria y voluntaria. En ver­
dad, la mortificación acompaña al ejercicio ne­
gativo de todas las otras virtudes. Todas, al
negar sus contrarios, mortifican.
Finalmente hay que negar el yo íntimo, el yo
egoísta, el amor propio desordenado, que como
raíz de todos nuestros males se esconde en el
fondo sin fondo de nuestro ser. Eso lo hará la
virtud básica de la humildad con su hermana
gemela la obediencia. La humildad es la ver­
dad, es el darnos cuenta de lo que somos y no
somos ante Dios; es, por consiguiente, la que
ante Dios, nuestra conciencia y los demás nos
invita a colocamos en nuestro sitio exacto. So­
mos, de nosotros mismos, una pobrecita nada
pecadora y nada más. El resto es de Dios. Las
consecuencias se desprenden solas.
Esa humildad, vivida en su grado perfecto, es
lo que constituye propiamente la abnegación.
La abnegación resume todo el programa nega­
tivo de la vida espiritual. Es la lección suprema
de la ascética evangélica: “Si quis vult post me
venire abneget semetipsum et tollat crucem suam
(Quotide, añade S. Lucas) et sequatur me...”
(Mat., 16, 24; Lu., 9, 23; Me., 8, 34). Todas las
otras virtudes de que hablábamos antes condu­
cen ahí, al don de sí mismo. Sin eso ¡bien poco
valdría lo demás! El estoicismo pagano también
supo hacer aquello otro y, sin embargo, alimen­
taba con ello la más refinada soberbia del yo.
Negarse, es decir, morir..., tomar la cruz para
llevarla hasta el lugar del suplicio y dar la vida
allí... Más enérgicamente no lo ha dicho San Pa­
blo ni San Juan de la Cruz. Otros muchos pa­
sajes evangélicos se podrían aducir. Morir, ol­
vido del yo egoísta, matar en lo posible el nervio

— 66 —
de la pecaminosidad de la naturaleza caída...
¡Cuán pocos llegan hasta ahí!
Si se quiere, podrían señalarse todavía en la
abnegación grados y maneras. Podríamos hablar
primero de indiferencia, esa indiferencia igna-
ciana, que no busca nada más que la voluntad,
la gloria máxima de Dios. En realidad, es un
efecto de la verdadera abnegación. Podríamos
hablar después de la locura de la Cruz, ese ir
más allá en busca de la humillación, de los tra­
bajos, de los sacrificios. Es el tercer grado de
humildad de que nos habla San Ignacio también.
Y también es efecto y es algo que prepara al
mismo tiempo la consecución de la auténtica
abnegación. Podríamos luego añadir la propia
abyección, ese despreciarse a sí mismo, ese asco
y ese perseguir al yo malo hasta sus últimas
trincheras, ante el panorama de sus muchas mi­
serias... Es hasta abrazar en cierto modo esas
miserias. Parece que es ir más lejos aún de la
abnegación sencilla; pero, en verdad, no salimos
de esa perfecta abnegación, que se prepara con
*

ese desprecio y que lo provoca a su vez.

Aspecto positivo.

Somos vida y para la vida. Dios lo ha querido.


En el vacío no podemos existir. Y Eli mismo lo
llena ¡con El! Por eso el vacío, la muerte, tiene

— 67 —
que ser tan temible: porque Dios tiene todos los
derechos, porque moralmente hablando hay que
dejarle todo el sitio, pues es infinito, pues es
suyo. A nosotros no nos queda otro remedio
—¡dulcísimo remedio!—que arrojarnos en EL..
Parte positiva: el amor, la caridad, que pre­
supone la fe y la esperanza; que se envuelve en
oración; que nos une con Cristo y, a través de
El, nos sumerge en el abismo de Dios. Por eso,
el aspecto positivo de la vida espiritual se puede
concretar en esta otra fórmula: ser Jesús.
¡Ser Jesús! Es, como quiere San Pablo: re­
vestirse de Jesucristo (Rom., 13, 14), pero re­
vestirse en el sentido griego del vocablo, que es
penetrarse, vivir de Jesús, “ mihi vivere Chris-
tus esf \ mi vida es Jesús (Fil., 1, 21). “ Vivo
autem jam non ego, vivit vero in me Christus”
(GáL, 2, 20). In Cristo Jesu siempre, la frase que
el Apóstol repite hasta la saciedad en sus epís­
tolas.
Ser Jesús es “conocerle a El la eficacia de su
resurrección, y participar de sus penas, asemeján­
dose a su muerte” (Fil., 3,10). En concrucificar­
se con El (GáL, 2, 19), conmorir con El (II Tim.,
2, 11), consepultarse con El (Rom., 6, 4; Col., 2,
12), resucitar con El (Col., 3, 1), sentarse con
El a la diestra del Padre (Eph., 2, 6). Nuestra
vida ha de estar escondida con Cristo en Dios

— 68 —
(Col., 3, 3). Conocerle, imitarle, adherirse a El,
comulgar a su vida, identificarse con El. Los
miembros participan de la vida y de las condi­
ciones de la cabeza. Ser Jesús es pensar y tener
criterios de Jesús y sentir como Jesús y obrar
como Jesús.
Ser Jesús es vivir esa abnegación que su San­
ta Humanidad ha vivido y en cierto modo vive.
El Verbo al encamarse se humilló hasta la nada:
semetvpsum eañnanivit formam serví accvpiens
<FiL, 2, 7), e imprimió en su Humanidad el sello
de la humildad más abnegada. Por eso es indis­
pensable a todo trance nuestra total abnegación.
De lo contrario no podemos ser Jesús. Humani­
dad Santísima humillada, porque ella también
es criatura y se ve nada por sí misma ante la
Divinidad; porque no es sui juris, no tiene per­
sonalidad propia, subsiste en el Verbo, porque
se hizo solidario de nuestras miserias, en cier­
to sentido El, ;el santísimo!, se hizo pecado.
Porque se abrazó, amorosamente encima, con las
abnegaciones del pesebre, del taller, del Calva­
rio, de la pérdida de la honra y sangre y de todo,
con los anonadamientos de la Eucaristía...
Ser Jesús es ser Jesús para el Padre... Glori­
ficándole, adorándole, amándole, dándole a co­
nocer, haciéndole amar, reparando su gloria, vi­
viendo en su seno... En Jesús—Sacerdote y Víc-

— 69 —
tima—todo es por y para el Padre, todo se re­
fiere en último término a su padre. “Yo hago
siempre lo que a El le agrada!” (J., 8, 29).
Ser Jesús es ser Jesús para María. Sintién­
dose muy hijo, sintiendo que la vida de Jesús
viene por Ella. Viviendo en su regazo. Oliendo
a sus virtudes. Amándola. Sembrando su amor.
Sintiéndola muy madre junto a nuestra vida,,
junto a nuestra cruz.
Ser Jesús es ser Jesús para la Iglesia, para las
almas. Dándose como El por ella, por ellas, dán­
dose sin medida. Con nuestra oración, con nues­
tros sacrificios, con nuestro morir... Ser Jesús
es ser hostia, que se inmola y consume por la
Iglesia a la gloria del Padre celestial.
Para abnegarse hay que anegarse, se ha di­
cho, o viceversa si queréis; es igual. Hay que
morir para vivir. Hay que ser imágenes vivien­
tes de Jesús, prolongar en nosotros su vida. Ahf
están para ello sus sacramentos: el bautismo,,
según el pensamiento de San Pablo (Rom., 6),
simboliza y realiza esa muerte al pecado y esa
resurrección a la vida nueva de Cristo. Luego,
los demás sacramentos, en especial la Eucaris­
tía, y las gracias con la cooperación generosa
humana que ellas hacen posible, la harán cre­
cer, desarrollarse hasta lograr la estatura de
Cristo en cada cual.

— 70 —
¡Ser Jesús! Para eso, entregarse con fidelidad
exquisita a la acción del Espíritu Santo en nos­
otros. El es el don de los dones que nos ha
merecido el Señor. El es el Amor. Su bautismo
de fuego nos hará Jesús, nos formará por medio
de María como formó a la Humanidad del Ver­
bo Encarnado en sus entrañas puras, nos trans­
formará como a los apóstoles en el día de Pen­
tecostés... No resistirle, sino consentir y hacer
como El suavemente nos exija. Pidamos sin cesar
ese bautismo de fuego del Espíritu Santo. ¡Que
El nos purifique, que El nos abrase, que El em­
briagándonos nos saque de nosotros mismos, que
El nos cristifique, que El nos divinice hundién­
donos en su abismo infinito de amor...!
VITA ABSCONDITA

Los primeros versículos del capítulo HE de la


carta de San Pablo a los Colosenses son un pro­
grama completo de vida espiritual. Hemos resu­
citado con Jesucristo, es decir, por virtud de la
resurrección del Señor que ha consumado glo­
riosamente su pasión y su muerte, nosotros he­
mos sido redimidos, hemos sido llamados a par­
ticipar y vivir de su vida santa, espiritual, divi­
na. La gracia que El nos ha merecido nos intro­
duce así en la vida glorificada, toda neumatizada,
de Jesucristo. Nuestra vida sobrenatural está
unida vitalmente a la suya, está vinculada a la
suya, pendiente de la suya, y está produciendo
en nosotros, según la medida de nuestra limi­
tada capacidad que ella misma hace, todos los
efectos maravillosos de glorificación divina, de
abismación en Dios, de beatificación nuestra,
que consumada y absolutamente se cumplen ya

— 73 —
en la Humanidad glorificada de Jesucristo. Digo
“está produciendo” , porque en nosotros, ahora,
antes del cielo, es sólo en germen, incoativamen­
te, en progreso indefinido, siempre creciente,
como esa divinización se va realizando más y
más. Jesucristo nos arrastra con El al seno del
Padre, al abismo del amor divino en que El vive.
Jesucristo para eso nos regala su Espíritu San­
to, lazo unitivo, corriente viva, llama de amor,
que nos transforma en El, nos cristifica y, por
ende, nos endiosa.
Pero esta vida mística e inefable exige y pone
en el alma magníficas consecuencias ascéticas.
El alma cristiana que vive así en Jesucristo ha
de tender con su atención y sus deseos hacia
Dios, ha de vivir intencionalmente allá arriba,
ha de planear por encima de las miserias de la
tierra donde se arrastra el pecado. Por eso San
Pablo resume diciendo en el versículo III: estáis
muertos... Muertos a todo lo que sea pecado,
“hombre viejo” , miserias culpables. Hasta ha co­
menzado ya el triunfo sobre todas las demás
consecuencias tristes que el pecado dejó como
poso maldito en el fondo del ser. Ahora se vive
ya la vida, la verdadera vida, escondida con
Cristo en Dios.
¡Ab8condita! porque esa vida cristificada que
actualmente vivimos, la vivimos dentro de la en-

— 74 —
voltura de la fe. Es vida, y vida espléndida;
vida que, si no se obstaculiza, nos llevará a la
consecución de los máximos afectos posibles,
vida llameante de amor; pero de momento la
poseemos en la noche de la fe. Esa fe pura, oscu­
ra, firmísima, que nos enseña los misterios divi­
nos por revelación que nos hace Dios mismo de
ellos. Esa fe, don divino, que nos capacita para
que podamos oír y entender el mensaje de Jesu­
cristo, Verbo del Padre; las enseñanzas y co­
mentarios de la Iglesia, eco auténtico de aquel
Maestro divino, Esposo suyo; el rumor lumino­
so y caliente, el aliento vital del Espíritu San­
to. Fe que nos permite asentir ciegamente, so­
brehumanamente, a las invitaciones de la Ver­
dad, que es Dios. Más tarde, cuando la vida
temporal se acabe y el alma despierte en la vi­
sión facial; cuando la revelación de Dios a través
de Jesucristo sea completa, entonces se manifes­
tará, se descubrirá totalmente, plenamente que
nuestra vida estaba escondida con Jesús, que
era Jesús—para mí la vida es Cristo (Fil., 1,21)—
y que en El y con El estábamos en Dios. La fe
desaparece. La noche dejará su lugar a la luz
clara del eterno día. Se consumará nuestra glo­
rificación con la Suya.
Sin embargo, a medida que, dentro de la no­
che de la fe, la unión se va estrechando, a me­

— 75 —
dida que el Espíritu Santo actúa más y más en
el alma donde mora, a medida que el alma vive
más en el amor de su Dios y a Dios más ama,
Jesucristo en quien vive y se transforma se re­
velará más íntimamente a ella. Es como una re­
percusión psicológica misteriosa que tiene lugar
al ir posesionándose más y más la gracia y la
caridad de todo el ser del hombre. Lo ha dicho
el Señor: El que me ama será amado de mi Pa­
dre y Yo me manifestaré a él (San Juan, XIV, 21).
;Me manifestaré a él! é/*sav(£«v, dice el texto
griego.
Y comenta el P. Lagrange, O. P., no se trata
de la revelación del último día. Todo el contexto
antecedente y consiguiente lo está diciendo. Evi­
dentemente, tanto antes como después, siempre
se habla del tiempo presente, siempre se trata
de una respuesta actual de amor a Aquel que
también ahora nos ama, encuentro maravilloso
de esos dos amores. La contestación de Jesús
a la pregunta de San Judas Tadeo, la promesa
de la inhabitación del Padre y de El en el alma,
que vive en el amor, todo habla de la vida actual
del hombre sobre la tierra. ¡Me manifestaré a
él! Es decir, me revelaré a él por “un conoci­
miento aún velado, pero relativamente más cla­
ro” (Cfr. Sap., I, 2). “Para la realización de esta
promesa es necesario pensar sobre todo en las

— 76 —
gracias de luz que penetran en el alma, bien sea
durante la oración, bien sea a veces cuando ella
misma menos lo espera.” (Lagrange, Evang.
selon Jem, p. 387.) Gracias de luz, de amor,
que manifiestan a Jesucristo en la noche de la
fe. Gracias que se seguirán al alma si cumple
la condición que repite Jesucristo sin cesar en
esa conversación sublime del Cenáculo: si se en­
trega a su amor, si es fiel en el amor. Gracias
que la llevarán a esa unión, a esa identificación
de maravilla, de que habla el Señor al final de
su discurso, en la llamada oración sacerdotal
(San Juan, cap. XVII). Gracias que son conse­
cuencia lógica de la presencia y actuación del
Espíritu Santo en el alma que se le entrega, ac­
tuación cristificante que prometió el Señor y a
la que alude varias veces San Pablo. Experien­
cia mística y espiritual (no hace falta sensible)
de la vida de Jesús en el alma y del alma en
Jesús y, por Jesús, del Padre, y del Espíritu
Santo que amorosamente la santifican, la con­
sagran, la divinizan.
Todo es obra del amor. Del amor de Dios al
alma. Del amor del alma a su Dios. Jesucristo
ha dejado en el Apocalipsis esta frase de anhe­
lo : Mira que estoy a la puerta y llamo; si algu­
no escucha mi voz y abre la puerta, Yo entraré
a él y cenaré con él y él conmigo (III, 20). Estoy...

— 77 —
llamo.,, espero... El nos previene. El hace po­
sible con sus gracias la respuesta humana...: es­
cucharle..., abrirle..., entregarse a su amor. ¡Ce­
nar con el Señor!, es decir, comulgar a su vida,
ser totalmente suyos, ser en cierto modo El.
Vivo yo, pero ya no yo; es Cristo el que vive en
mi (Gal., 2, 20): Grito famoso de San Pablo, que
significa en toda su extensión la vida en Cristo
en toda alma en gracia, pero que con razón las
almas santas se han apropiado para expresar con
él su intimidad penetrante, su identificación
mística con el Señor (1).
Y yo seré para ella, dice YaJvwé, muro de fue­
go en derredor, y seré su gloria en medio de
ella... (Zac., II, 5). El alma místicamente eristi-
ficada, nueva Jerusalén rescatada y hermosea-
(1) Los santos suelen captar, dentro de la línea mis­
ma del sentido literal de los textos escriturísticos, el
aspecto más último, más extremo quizá que encierran
aquéllos. Es cerner la harina para quedarse con lo más
escogido y fino de ella. Tienen derecho a hacerlo. No
es negar todo el resto de significado que el texto ins­
pirado tenga, ni es interpretarlo en un sentido acomo­
daticio sin más. Es un sentido particular y espiritual,
pero literal al mismo tiempo. Un ejemplo puede ser la
interpretación que dan al “agua viva" del cap. TV de
San Juan refiriéndolo en concreto a la contemplación,
a las gracias íntimas de la unión divina. Así, Santa Te­
resa de Jesús en su Camino Espiritual, y antes Santa
Catalina de Sena en su Diálogo.

— 78 —
<la a lo divino, será poseída por la fuerza de
Dios, será su presa... El muro de fuego de su
amor la cerca, la asfixia, la hace a ella misma
llama, llama viva de locura de amor, de embria-
gamiento divinal. Gloria en medio de ella... Así
es como muere totalmente a sí misma, a lo “suyo”
y así es como queda escondida totalmente con
Cristo en Dios. Escondida, pero sintiendo de al­
guna manera, experimentando ese cerco de fue­
go que la abrasa, y la endiosa... San Juan ha
dicho (I, Epis. IV, 16): ... hemos creído en el
amor,., el alma que así vive, vive en El, respi­
ra amor divino, se abisma en sus llamas, confía
en el amor, que consumará definitivamente la
obra ya avanzada... ¡Rompe la tela de este dul­
ce encuentro! La tela de la vida temporal y con
ella la tela tenue de la fe, que aún esconde la
vida cristificada en el secreto misterioso, silen­
cioso de Dios...
EN EL CRISTO TOTAL

El Cristo total es El y su Iglesia. El, proion*


gando su vida misteriosamente en su Iglesia. El,
que continúa el misterio de su Encarnación mís­
ticamente en Ella. Ella es su pleroma, su cuerpo
místico, su Esposa. El y su Iglesia es por anto­
nomasia el misterio de Cristo, según San Pablo.
La realización de este misterio, de esta mara­
villa, es la obra por atribución del Espíritu San­
to. Misterio de amor que desde el día de Pente­
costés viene haciéndose incesantemente, y que
no quedará consumado hasta el día final en que
se cierre el tiempo de posibilidad para los elegi­
dos. La Iglesia ha nacido del costado abierto de
Cristo en la Cruz y ha comenzado a actuar en
aquel día solemnísimo en que el Espíritu Santo
descendió, manifestándose sensiblemente en el
viento impetuoso y en el fuego.
El Espíritu Santo crea sin cesar esta obra de

— 81 —
amor, que mereció el Verbo Encamado inmo­
lándose en la Cruz: va incorporando nuevos
miembros a ese Cuerpo de Cristo, lo va acrecen­
tando, va haciendo el Cristo total, que según los
designios divinos tiene que lograrse. Ese Cristo
Total del cual el mismo Espíritu es como el alma
que lo anima y vivifica y engrandece.
Y he aquí que cada uno de esos miembros de
ese Cuerpo Místico queda por consiguiente, por
el mero hecho de serlo, más o menos envuelto y
empujado por ese dinamismo de amor del Espí­
ritu Santo. Es el apostolado en su íntima visión
y en su sublime realidad secreta. El miembro
vivo de ese Cuerpo de Cristo está ahí pene­
trado él mismo de esa llama inquietante, arras­
trado por ella, repercutiendo desde él en el resto
de ese Cuerpo, contribuyendo de algún modo a
su desarrollo y aumento. El Espíritu Santo nos
hace vivir en Cristo, no aisladamente, sino en el
Cristo y su Iglesia, organismo vivo que diaria­
mente y vitalmente se extiende, se realiza. Nues­
tra incorporación a Cristo reviste por eso siem­
pre una manera social de ser. Somos cristos en
fel Cristo total, no aisladamente. Es la Iglesia y
fcor la Iglesia. En esa comunidad de vida es como
vivimos sobrenaturalmente. De ella recibimos y
a ella cooperamos. En esa tarea de amor toma­
mos parte. En ese dinamismo sobrenatural del

— 82 —
misterio de Cristo nos hace entrar el Espíritu
Divino. De su corriente viva somos parte.
Por eso debemos darnos cuenta y debemos vi­
vir y gustar así ese misterio. Como lo vivieron
los santos, que por eso lo fueron. Su vida de inten­
sa unión a Jesús, de transformación mística en
El, les hizo descubrir toda la hondura de sus con­
secuencias. Por eso descubrieron a la Iglesia y
la razón de ser del apostolado en su profundidad
más auténtica. Por eso fueron instrumentos pre­
ciosos de que se pudo servir el Espíritu Santo
para esa obra de amor que continuamente va
construyendo a través de los siglos: la edifica­
ción del Cuerpo de Cristo. Se entregaron al amor
y el Amor les asoció a su trabajo fecundo y ben­
dito : a la aplicación de los méritos de la reden­
ción de Jesucristo, a su extensión, a su intensifi­
cación en las almas. Quizá a muchos no pidió una
actividad externa especial, que muchas veces fué
mínima. A otro, sin embargo, sí, porque entraba
así en sus planes misteriosos y libres. Pero a
todos les pidió vida, les pidió amor, unirse, par­
ticipar del suyo. Esto siempre. El grado del amor
es el que da la medida de la contribución al apos­
tolado. Esa obra sobrenatural y divina, esa rea­
lización del Cristo total es en definitiva una obra
de amor que hace Dios, que es el Amor Infinito...

— 83 —
PARTICULAS

Después del pecado nuestra vida ha quedado


en gran parte como paganizada. Hay en ella re­
sistencias, dificultades, rebeldías malditas. La
gracia y la buena voluntad del hombre las han
de superar. Para ello se necesita una purifica­
ción honda, y una santa renovación psicológica
profunda, que llegue hasta la médula del alma,
renovándolo todo. Porque la gracia santifica
desde el primer momento. Pero las consecuen­
cias todas del pecado no las arranca así sin más,
sino lentamente, en una tarea de penetración
larga, ayudándose de nuestra cooperación libre,
que tantas veces falta. Es la obra de nuestro
perfeccionamiento espiritual. Hay que llegar a
la entrega sustancial del ser y de la vida. Hay
que darse al Señor de veras, con una generosi­
dad sin límites. Hay que transformar las entra­
ñas escondidas del alma. Que se puede estar en

— 85 —
PARTICULAS

Después del pecado nuestra vida ha quedado


en gran parte como paganizada. Hay en ella re­
sistencias, dificultades, rebeldías malditas. La
.gracia y la buena voluntad del hombre las han
de superar. Para ello se necesita una purifica­
ción honda, y una santa renovación psicológica
profunda, que llegue hasta la médula del alma,
renovándolo todo. Porque la gracia santifica
desde el primer momento. Pero las consecuen­
cias todas del pecado no las arranca así sin más,
sino lentamente, en una tarea de penetración
larga, ayudándose de nuestra cooperación libre,
que tantas veces falta. Es la obra de nuestro
perfeccionamiento espiritual. Hay que llegar a
la entrega sustancial del ser y de la vida. Hay
que darse al Señor de veras, con una generosi­
dad sin límites. Hay que transformar las entra­
ñas escondidas del alma. Que se puede estar en
gracia y se puede vivir más o menos una vida de
piedad rutinaria, y allá dentro... sonreír todavía
bajo ciertos aspectos un pagano, vivo, palpitan­
te, que se resiste a morir como tal para vivir
íntimamente cristianizado.

# # *

Los franceses hablan mucho del “abandono”,


en la vida espiritual. La cosa puede entenderse
en sentido ortodoxo y exacto, o en un sentida
quietista y falso. En el sano sentido que tiene
el abandono, el santo abandono, hecho de acep­
tación de la voluntad divina y de confianza, y
de generosidad activa para hacer la voluntad
significada de Dios, en este sentido verdadero*
también hay que admitirlo en todas partes. Pera
en español tenemos una palabra más precisa que
no la palabra, equívoca al menos, del abando­
no: entregarse. La entrega es acción generosa*
y es confianza, y es morir así mismo, y es dejarse
hacer y deshacer entre las manos paternales de
Dios.
# * *

Se consagra un cáliz a fin de que sirva para


la celebración de los divinos misterios. Es un

— 86 —
vaso sagrado. Por aquellas unciones y bendicio­
nes todo él queda objetivamente santificado. No
se le puede usar para usos profanos, no se le
puede siquiera tocar porque sí, ni por cualquie­
ra. Sería una especie de sacrilegio.
El sacerdote, en alma y cuerpo, queda también
así consagrado, santificado, ungido, desde el día
de su ordenación. De una manera más penetran­
te, más viva, más imborrable, más dispositiva
que un cáliz... Al fin, este último es un objeto
material sin vida. Y el sacerdote es un partici­
pante del sacerdocio mismo de Jesús. ¡Qué di­
ferencia! Pero por eso, ¡cuánto más en una vida
sacerdotal ha de estar ausente todo lo que sea
profano, todo lo que sea puramente humano y
terreno, todo lo que huela a meramente natural!
Todo santo, todo ungido, todo cristificado, en
cuerpo y alma, en ser, existir y obrar; que el
sacerdocio nuestro es participación del de Cris­
to, limitada desde luego como limitados somos,
pero que de un modo o de otro lo envuelve todo,
lo llena todo a lo largo de nuestro tiempo y de
nuestra eternidad.
* # #

El santo sudario de Turín nos ha conservado


una especie de fotografía negativa de Jesucris­
to. La reliquia, de ser auténtica como parece, es

— 87 —
de una vener&bilidad extraordinaria. Pero nos­
otros, ¿no tenemos que ser imágenes vivas, fo­
tografías vivas, reliquias vivas de Jesucristo?
Para ello hay primeramente que limpiar la
placa, para que en ella se pueda fijar con per­
fección la figura de Jesús. Con otras imágenes,
es decir, “apegos” de criaturas, resultará un
borrón ininteligible. Penitencia, purificación, pu­
reza, que deja el alma limpia de pecados y de som­
bras de miserias, dispuesta a que pueda ser im­
presionada por el Señor. Después, positivamen­
te, hay que reproducir su imagen, su vida. Imi­
tación, unión, identificación con Jesús. Por eso
hay que dejarse enfocar e impresionar por El,
a través del estudio del Evangelio, a través de
la oración, a través de sus representantes, a
través de las manifestaciones todas de su volun­
tad, por medio sobre todo de su Eucaristía...
Mirar a Jesús, contemplar a Jesús, copiar acti­
va y pasivamente a Jesús. De tal modo que nues­
tros criterios, nuestros deseos, nuestros senti­
mientos, nuestras obras, nuestra vida... sean de
Jesús.
Verónica significa eso: verdadera imagen (ve-
roicono). Y esa es nuestra tarea, la única ma­
nera de ser religiosos auténticos, de ser santos,
de dar gloria a Dios: la de ser Jesús.
Jesucristo ha dejado abierto su corazón allá
en los cielos y aquí en la Eucaristía... Hay que,
como San Juan, atreverse a reclinamos sobre él
y a meternos dentro. Su misericordia nos puri­
ficará para ello, y no sólo nos permite, sino que
nos invita a que lo hagamos. Aquel homo de
caridad es la puerta del abismo de Dios. Allí
escondidos podremos pedirle que nos enseñe, que
nos hable, y podremos sorprender los sentimien­
tos permanentes y estáticos de su Corazón.
Los sentimientos con que El vivió sus miste­
rios: su infancia, sus trabajos del taller, sus
apostolados, su Pasión, sus triunfos... Sus sen­
timientos sacerdotales y victímales de todas las
horas. Su amor a las almas. Su amor a su Ma­
dre. Su amor a su Iglesia. Su amor al Padre...
Allí podremos gozar del aroma de sus virtu­
des. Allí gustar el sabor delicioso de su Sangre...
Es la bodega interior, misteriosa, el huerto ce­
rrado, florecido de nardos y azucenas.
Allí se siente el aleteo llameante del Espíritu
Santo. ¡Oh, llama de amor viva! Allí lo abrasa
todo su fuego divino, y las palabras y los toques
sustanciales del mismo deshacen, divinizándola,
al alma... Allí hay que entregarse sin remedio
a la obra amorosísima, a las exigencias totalita­
rias del Espíritu divino.
Y allí, en la soledad y en el silencio contem­

— 89 —
plativo de aquel santuario santísimo, hay que
decirle a Jesús con muchos deseos: ¡Dime, dime
algo del Padre!.,. La respuesta será tan inefa­
ble y tan divina que no será posible traducirla.
Sin ruido de palabras ni de imágenes, será una
revelación maravillosa del Dios oculto en el fon­
do del alma... Cristo le descubrirá el secreto de
Dios, le patentizará al Dios cuyo rumor oía an­
tes de muy lejos, la hará sentirse hundida en
el seno abisal del Padre donde El siempre habi­
ta. Bajo las influencias del Espíritu Santo, trans­
formada en Jesús, el alma repetirá en su éxta­
sis: ;Dios es mi Padre!... Por fuera puede rugir
la tempestad, sentirse crucificada, faltarle todo,
aniquilarse el mundo... ¡Qué importa nada! Paz
y alegría. ¡Padre, Padre, Dios es mi Padre!...

* * *

Moisés en la llama de la zarza, en la nube


inaccesible del monte... “veía al Invisible” . La
nube es la fe, la noche oscura en cuya entraña
El está escondido. Escondido, pero ¡está! Todo
consiste en adentrarse, en esconderse con El en
la nube misteriosa. Hay que alejarse de las fa­
cilidades cómodas del llano. La llama se encen­
derá después allá en la cumbre. Y cuando se baje
de las alturas, del encuentro con Dios, el rostro

— 90 —
reflejará ante las gentes—irradiación suavísima
de los santos—los resplandores de la divinidad.
m m #

La V i r g e n María aparece y desaparece


en la Sagrada Escritura bajo las alas siempre
del Espíritu Santo. En Nazaret le dijo el ángel:
“ El Espíritu del Señor te cubrirá con su som­
bra.” En el Cenáculo el día de Pentecostés, se
nos pierde de vista en un torbellino de llamas del
Espíritu Santo... ¿Qué extraño va a ser que su
alma estuviese “llena de gracia” ? “Una pura
capacidad llena de Jesús”, según bella y profun­
damente la definió el venerable Cardenal de Be-
rulle. En medio de esos dos momentos se des­
liza aquella vida llena de amor y de dolor, y su­
blime sin medida en su sencillez maravillosa.
“ Ecce ancilla... Fiat”. Eso es todo. ¡Todo!: do­
lor durante la infancia del Hijo; dolor en la hora
terrible del Calvario; dolor ante las dificulta­
des de la Iglesia naciente... Y amor, amor puro
y fino, amor llameante, amor fidelísimo ¡hasta
morir de amor!
# # #

La Señora vivía de fe. Fe ilustradísima, pero


fe. ¡Qué grande aparece la Virgen en las prue­

— 91 —
bas finas por que atravesó su fe a lo largo de su
vida santísima! Silencio ante el Misterio de la
Encarnación. Silencio ante los secretos de su
Hijo. Silencio ante las manifestaciones de los
designios concretos de Dios sobre Ella. ¿Cuán­
do? ¿Cómo? Nq todo lo sabía de antemano nues­
tra Madrecita. ¡Qué “noche oscura” aquella en
que, durante tres días, buscó inconsolable a su
Hijo perdido sin culpa alguna de Ella! ¿Por qué?
Es que vivía de fe.

La vida de la gracia, la participación sobre­


natural y misteriosa de la vida divina, se nos
infunde de hecho por los méritos de Jesús e in­
corporándonos a El. Somos injertos en su tronco
vivo. Somos sarmientos de esa cepa riquísima.
Somos miembros de un cuerpo místico, del cual
El es la cabeza, la fuente de la vida. Somos pro­
longación viviente, mística y real de Jesucristo.
El misterio del Cuerpo Místico, que es su Igle­
sia, es la prolongación mística del misterio de
la Encamación. Es en cierto modo un mismo y
completo misterio. El del Cristo total. Por eso,
al vivirle nosotros, nos obliga a que, así como
en aquél la Humanidad de Jesús no tiene perso­
nalidad propia, sino que subsiste en la Persona

— 92 —
del Verbo, así nosotros místicamente nos desper­
sonalicemos a nosotros mismos para subsistir
místicamente en Jesucristo. Morir y vivir esa
muerte y esa vida místicas que nos cristifican,
que nos hacen hijos adoptivos, pero verdaderos
de Dios...
* * *

Supongamos un hombre pobrecito, impotente,


miserable nulidad... Pero que tiene un padre
rico, poderoso y chiflado por él... ¿Cuál será su
suerte? Si prescinde del padre, perecerá sin duda
en su miseria. Si se vuelve a los brazos de su
padre y se entrega en ellos, lo tendrá todo, su
padre le inundará de sus riquezas.
Ese es nuestro caso ante nuestro Dios. Somos
nada, miseria, contingencia pura. El es infinita­
mente rico y es misericordioso amor. Todo el se­
creto de la vida espiritual consiste en darse cuen­
ta de esas dos realidades y obrar bajo su luz, o
sea, todo se reduce a vivir sinceramente en hu­
mildad y en confianza, que llevan al amor y que
nacen del amor...
# * *

¿Qué sería aquello, aquella agonía espantosa


de Getsemaní? Todos los sufrimientos suyos y
nuestros en su formalidad de sufrimientos ca-

— 93 —
bas finas por que atravesó su fe a lo largo de su
vida santísima! Silencio ante el Misterio de la
Encarnación. Silencio ante los secretos de su
Hijo. Silencio ante las manifestaciones de los
designios concretos de Dios sobre Ella. ¿Cuán­
do? ¿Cómo? No todo lo sabía de antemano nues­
tra Madrecita. ¡Qué “noche oscura” aquella en
que, durante tres días, buscó inconsolable a su
Hijo perdido sin culpa alguna de Ella! ¿Por qué?
Es que vivía de fe.

La vida de la gracia, la participación sobre­


natural y misteriosa de la vida divina, se nos
infunde de hecho por los méritos de Jesús e in­
corporándonos a El. Somos injertos en su tronco
vivo. Somos sarmientos de esa cepa riquísima.
Somos miembros de un cuerpo místico, del cual
El es la cabeza, la fuente de la vida. Somos pro­
longación viviente, mística y real de Jesucristo.
El misterio del Cuerpo Místico, que es su Igle­
sia, es la prolongación mística del misterio de
la Encarnación. Es en cierto modo un mismo y
completo misterio. El del Cristo total. Por eso,
al vivirle nosotros, nos obliga a que, así como
en aquél la Humanidad de Jesús no tiene perso­
nalidad propia, sino que subsiste en la Persona

— 92 —
del Verbo, así nosotros místicamente nos desper­
sonalicemos a nosotros mismos para subsistir
místicamente en Jesucristo. Morir y vivir esa
muerte y esa vida místicas que nos cristifican,
que nos hacen hijos adoptivos, pero verdaderos
de Dios...
* * *

Supongamos un hombre pobrecito, impotente,


miserable nulidad... Pero que tiene un padre
rico, poderoso y chiflado por él... ¿Cuál será su
suerte? Si prescinde del padre, perecerá sin duda
en su miseria. Si se vuelve a los brazos de su
padre y se entrega en ellos, lo tendrá todo, su
padre le inundará de sus riquezas.
Ese es nuestro caso ante nuestro Dios. Somos
nada, miseria, contingencia pura. El es infinita­
mente rico y es misericordioso amor. Todo el se­
creto de la vida espiritual consiste en darse cuen­
ta de esas dos realidades y obrar bajo su luz, o
sea, todo se reduce a vivir sinceramente en hu­
mildad y en confianza, que llevan al amor y que
nacen del amor...
* &*

¿Qué sería aquello, aquella agonía espantosa


de Getsemaní? Todos los sufrimientos suyos y
nuestros en su formalidad de sufrimientos ca­

— 93 —
yeron sobre El, y El los hizo suyos. Sufrir por
todos, lo que todos juntos. Los pecados de los
hombres, la pasión suya, el abandono del Pa­
dre... ¿Qué sería aquella asfixia psíquica y fi­
siológica abisal? ¡Solo y “maldito” bajo el peso
horrendo y asqueroso de nuestros pecados, ante
la Justicia de Dios...!
La sangre del Calvario fué de las heridas que
produjeron los instrumentos externos del supli­
cio. Pero ¡sudar sangre a fuerza de agonía del
corazón!... ¿qué martirio supondría? Debió de
ser una locura, un paroxismo de dolor... Claro
que, en el Calvario después, se dió lo uno y lo
otro. Alma mía, ¿qué sería aquello? Por la glo­
ria del Padre. Por amor a las almas. ¡Por mí, pe­
cador... !
¡TENGO VOCACION DE SANTO!

Dios es santo. Es absoluta e infinitamente


santo. En El no se da ni puede darse imperfec­
ción moral alguna. Todo en El es purísimo, san­
tísimo. Todo lo que El toque quedará más o me­
nos santificado, ungido con su santidad, con­
sagrado por ella. Si el toque es sobrenatural, es
decir, particularmente penetrante, que une a su
vida íntima de alguna manera, y por lo tanto
es un toque que se hace a un ser capaz de per­
fección espiritual, óntica y moral por consiguien­
te, entonces la santificación tiene lugar en el
pleno sentido de la palabra. Es santificación re­
lativa, participada de la misma santidad de Dios.
En esa divinización santificadora está únicamen­
te la perfección posible y total de esos seres.
Dios santifica a la Humanidad de Jesucristo
de un modo especialísimo. La unión hipostática
hace santa a esa Humanidad con toda la santi-

— 95 —
dad que, absolutamente hablando, allí es posi­
ble. Después, por los méritos de esa Humanidad
Santísima, unida personalmente al Verbo, que­
da santificada de una manera relativa la Igle­
sia, prolongación viviente de ese Jesucristo,
Cuerpo Místico suyo, en cuanto tal Iglesia. Jesús
dió su sangre para lavarla, para hermosearla,
para que fuese santa e inmaculada, sin mancha
ni arruga. La Iglesia es santa con santidad de
Jesucristo, con santidad de Dios.
La Iglesia es santa y santificadora. Es con­
dición y es misión de la Iglesia: ser santa y san­
tificar.
Por eso es santa de hecho. Y en ella tiene que
darse y florecer la santidad más o menos. Santa
ya de una manera total en su estadio celeste,
como Iglesia triunfante: aquellos miembros es­
tán ya perfectamente purificados, santificados,
según la relativa capacidad de cada uno. Santa en
su estadio terrestre, como Iglesia militante. Más
o menos, conforme a la mejor o peor coopera­
ción de los hombres libres. Es santa y es santi­
ficadora. Porque esa su santidad la vive en fun­
ción maternal, de fecundidad de vida. Esa tierra
santa, esa savia santa de la Iglesia hará germi­
nar y nutrirá frutos de santidad. Jesucristo la
dotó por eso de todos los medios a propósito para
que pudiera santificar a las almas: su sacrifi-

— 96 —
cío, sacramentos, doctrina, gobierno paternal,
instituciones y obras, etc. Con esos mil recursos
ella cumple su misión santificadora. En su seno
materno las almas se cristifican, se unen con
Dios, tres veces santo, que les diviniza y, por
ende, santifica con su abrazo purísimo de amor.
De hecho los santos, las almas virtuosas abun­
dan en la Iglesia con profusión. No podía ser
de otro modo. Es la turba magna del Apocalip­
sis de San Juan. Almas santas, según la gama
variadísima de gradación humana posible. Unas
más, otras menos. Heroicas, fervientes, virtuo­
sas sin más, sencillamente buenas. Toda alma
que vive en gracia de Dios, con esa elemental
santidad que confiere la gracia santificante, per­
tenece visible o invisiblemente a la Iglesia. Fue­
ra de ella no hay salud ni vida. Pero la Iglesia
de Jesucristo, en su organización visible, única
y verdadera, tiene que mostrar su santidad de
manera tangible. La santidad, esa cualidad esen­
cial de su ser, se convierte asi en nota dis­
tintiva de la auténtica Iglesia de Jesucristo. Esto
tiene lugar en la Iglesia Católica, donde “los
santos” resplandecen en número y calidad en
una perenne primavera maravillosa. Esas beati­
ficaciones y canonizaciones, más frecuentes cada
siglo, a pesar de sus dificultades humanas tan
grandes, esos miles y miles de vidas edificantes

— 97 —
en medio de un mundo corrompido y adverso,
proclaman con evidencia la santidad del árbol
que les ha producido, su fuerza y su vigor a pe­
sar de que en el mismo se malogren otros frutos,
que la miseria humana y el enemigo hacen fra­
casar a despecho de la vida exuberante del
tronco.
Los santos realizan así una misión divina de
signo. Ellos atestiguan la presencia del Espíritu
Santo en la Iglesia como alma de la misma. Ellos
la muestran como Esposa santa de Jesucristo.
Y ellos cumplen a la vez una misión divina, so­
cial y humana, de testigos del bien ante los hom­
bres, de influencia benéfica en todos los aspec­
tos de la cultura en general. Ellos dicen que es
posible la caridad y la paz. Ellos prueban que el
sacrificio es amor y que el egoísmo es pecado.
Ellos son la esperanza, hecha expresión de vida,
de una vida llena de un sentido de plenitud ver­
dadera, de un sentido y de un deseo nostálgico
de Dios... Ellos reciben y ellos dan como millo­
narios del amor y de la má3 sana alegría.

* * *

¿Me he dado cuenta de que mi condición de


cristiano, de miembro del Cuerpo Místico de Je­
sucristo, pone sobre mi vida una vocación apre­

— 98 —
miante de santidad? ¡Tengo vocación de santo!
Porque la Iglesia mi madre es santa. Porque en
el cielo me esperan y me llaman mis hermanos
los santos que ya triunfaron. Porque desde el
purgatorio me avisan mis hermanos que su­
fren por no ser todo lo puros que tenían ya que
ser. Porque en la tierra me estimulan tantos san­
tos como la perfuman con sus vidas entregadas
al Amor... ¡Tengo vocación de santo!... ¿Qué
habrá que decir si sobre las exigencias de mi ca­
rácter bautismal, que me incorpora a Jesucristo
y con El me consagra a Dios, se añaden las del
carácter sacerdotal o las de una consagración
particular, sancionada muchas veces por la mis­
ma Iglesia del Señor? Somos responsables de
mucha gloria de Dios, de mucho bien de almas,
de mucho cielo..., si por nuestra culpa se malo­
gra con todas sus consecuencias nuestra voca­
ción de santidad, si no tendemos, por consiguien­
te, sinceramente, generosamente, humilde y con­
fiadamente a que Dios nos envuelva y nos em­
pape en su santificador Amor... ¡Tengo vocación
de santo, de una misteriosa y espléndida divi­
nización... !
MEDITACION SOBRE LA FE

Fe...

La fe es un don del cielo. Regalo misericor­


dioso de Dios. El la infunde gratuitamente en
el alma para que podamos vivirla. Para que so­
brenaturalmente podamos “conocer su voz” y
adherirnos a ella. Con ella podemos hacerle el
obsequio de nuestro entendimiento, que acepta
su Palabra por el testimonio de Dios mismo.
¡Creo en Ti y en tu revelación misteriosa porque
es tuya!... Naturalmente hablando es un salto
en el vacío: el entendimiento no ve por sus pro­
pias luces, sino que se tiene que fiar de las luces
de Dios. La fe es así un homenaje precioso a
ese Dios Verdad infinita a quien hace entregarse.
Por eso la fe purifica al alma. La hace hu­
milde. Naturalmente “es sobre todo sentido”.
“Es tiniebla para el entendimiento” (San Juan

— 101 —
de la Cruz). Es noche oscura... Pero sobrenatu­
ralmente es luz sobrehumana. Su objeto es Dios.
Da a Dios. Une el alma con Dios. “Dios creído”,
el mismo que luego en el cielo será “visto”. El
entendimiento humano se hace por medio de ella
“divino, unido con el divino” (San Juan de la
Cruz). Niega y afirma. Purifica y une. Túnica
blanca para las bodas divinas. Sponsabo te mihi
in fide (Oseas, 11-20). Es el fundamento de toda
nuestra vida sobrenatural (1).
;Cuánto hay que agradecerlo! ¡Cuánto hay
que estimarlo!
Aún humanamente hablando, ¿qué es la vida
sin fe? Un enigma. Un algo sin sentido. Una
perspectiva cerrada, asfixiante, sin horizontes...
Una invitación a la desesperanza, que hace ger­
minar inevitablemente la angustia...
¡Señor!, ¡auméntanos la fe! Creemos, pero

(1) San Juan de la Cruz es el doctor místico de la


fe. Su mística es así profundamente teologal. Siguiendo
a Santo Tomás, él ha sabido destacar como nadie esa.
doble función de la fe en el alma: da a Dios y separa-
de Dios. Da a Dios, pero oculto, como joya escondida en
su cofre, y por eso al darle al mismo tiempo le separa
con sus velos. De ahí la purificación que ocasiona en el
alma para la unión con Dios que juntamente realiza.
Léase todo el maravilloso libro II de la Subida del
Monte del Carmelo.

— 102 —
ayuda nuestra fe débil, afírmala, enraízala en
nuestras almas pobrecitas...

F e, fe viva ...

La fe deviene así una fuerza. Del entendimien­


to ella llega al total de la vida. Empapa el cora­
zón. El corazón también asiente a su manera.
Fe y caridad. No fe sola, informe, que no da
la vida, sino que haría sólo más responsable la
vida. Fe y caridad, fe viva, fe operativa...
Fe que pone luz en el alma, que da a Dios*
pero escondido entre sus velos de plata. Pero
por eso mismo pone más deseos de Dios, inquie­
tudes por una posesión más plena de ese Dios
que se entrega y se hurta al mismo tiempo. Sería
oportuno recordar la frase agustiniana que Pas­
cal hizo célebre: ¡Tú no me buscarías si ya no
me hubieses encontrado...!
La fe pide por eso, en su mecanismo sobrena­
tural ordinario, ilustrarse como puede con nues­
tras breves ayudas humanas. ¡Pobre coopera­
ción por nuestra parte a las divinas claridades
oscuras! Adornar nuestro corto entendimiento*
“candelero donde se asienta esta candela de la
fe” (San Juan de la Cruz), para que mejor sirva
para ello. Tarea de nuestra teología, de nuestra

— 103 —
formación religiosa, puesta al servicio de nues­
tra fe... Tarea de nuestra vida de oración tam­
bién, que es ejercicio y cultivo precioso de la
misma... Ya previamente había antes pedido una
preparación racional correspondiente, una fun­
damentaron de sus preámbulos, para que fuese
por nuestra parte rationale obsequium...

F e, fe viva , fe combatida ...

Porque atravesará casi siempre sus crisis. Cri­


sis previas a la conversión en aquellos que no
la tenían o la habían perdido. Crisis de evolu­
ción en otros, de una fe recibida inconsciente­
mente y que ahora hay que aceptar voluntaria­
mente. Crisol magnífico que hace más fina y más
valiosa la fe.
Hay crisis culpables, si se la maltrata con pe­
cados, si se la abandona en medio de una vida
distraída, tibia, sin cultivo... Y como consecuen­
cia —consecuencia culpable— hasta se puede
perder.
Hay crisis inculpables. Pruebas de Dios para
glorificarse en ellas, para que la fe se clave más
honda y más firme en el alma, para hermosear
a ésta más, y dilatar su capacidad teologal bajo
todos los aspectos. San Vicente de Paúl, Santa
Chantal, Santa Teresita...

— 104 —
Y se explica hasta naturalmente en parte mu­
chas veces. Porque la fe de suyo nada dice a la
a la sensibilidad, y ésta quisiera en ocasiones
pretendidos derechos. Es ese vacío el que se sien­
te. Por eso las pruebas son generalmente ciegas,
sin problema intelectual propiamente dicho, de
una igualdad monótona en toda clase de gentes,
cultas o no. Con todo, en algunos casos el ataque
es intelectual ciertamente. Y la relación siempre
en uno y otro caso ha de ser de humildad, de
confianza y de amor a ese Dios que aparente­
mente desaparece. A veces son pruebas más di­
rectamente suyas, más místicas, efecto de una
actividad especial del mismo Don de entendi­
miento, como ocurrió sin duda en Santa Tere-
sita del Niño Jesús.
Fe combatida, para que se fortifique, para
que se haga más pura, para que más se inviscere
en Dios.

Fe viva, fe penetrativa . ..

Que empapa la vida, que la ilumina toda has­


ta sus últimos repliegues, hasta sus aledaños
más remotos. Es el espíritu de fe. El vivir, el
actuar siempre según sus criterios, sus luces, sus
motivos. Espíritu de fe que influye en esa acti­
vidad por profana que en, sí misma sea: en las

— 105 —
relaciones con los demás, en la vida pública y
privada, en los detalles más pequeños, en la res­
piración... Es el alma que se deja inspirar y
mover por el espíritu divino en todo. Fe que
exige una entrega, que pide responder vital­
mente a una llamada, que es el preludio de la
caridad y de la vida endiosada...
Sería cosa de examinarse cuidadosamente a
este respecto. ¿Tengo fe? Como adhesión especu­
lativa de mi entendimiento a la verdad de Dios,
se supone que sí. Para examinamos más allá,
en esas otras manifestaciones lejanas en que ese
espíritu se demuestra existente o no por desgra­
cia. Ver si llego lógicamente en mi vida hasta las
últimas consecuencias que exige la fe.

F e, fe operativa , fe om nipotente ...

Fe que confía, que se apoya en la luz de Dios,


que es fuerte con la fuerza de su brazo omnipo­
tente. Fe de los santos, que los hizo serenos,
majestuosos en su sencillez, animosos para lan­
zarse entre dificultades sobrehumanas a empre­
sas tan grandes, que les hizo triunfar, como a
David, con almas naturalmente hablando des­
iguales y desproporcionadas. ¿Quién no admira
a un San Pablo, o a un San Bonifacio, a un San
Bernardo, a un San Juan Bosco, a un San
Pío X?...
Son los milagros de la fe. “¡Si tuvierais fe si­
quiera como un granito de m o s t a z a “Todo es
posible al que cree” ... San Juan lo ha dicho:
Nuestra victoria sobre el mundo ¡es nuestra
fe ! (I Bps. V, 4). Fe victoriosa...

F e, fe sentida ...

La fe trasciende las luces naturales de la ra­


zón. Es de suyo oscura, pura, segurísima. Su
fuerza y su luz son en gran manera ocultas, se­
cretas. Pero fácilmente se va dejando sentir. No
sensiblemente, que no hace ninguna falta, sino
espiritualmente. Es cuando el Don de Inteligen­
cia va actuando más y más. La fe resulta así
“oculata”, que diría Santo Tomás, “ilustradísi­
ma”, según San Juan de la Cruz. Es el murmu­
llo del agua de la fuente escondida que se siente
en el fondo del alma: “ ¡Qué bien sé yo la fuen­
te que mana y corre..., aunque es de noche!”. Es
la fe que va adelgazando sus velos, mostrando
las joyas que encierra a través de las paredes
traslúcidas de su cofre riquísimo. Es la mística
suave y sencilla que testifica la amorosa pre­

— 107 —
sencia de Dios en el alma. Es el barrunto de la
visión cuya hora se acerca...
“ ¡Oh cristalina fuente,
si en esos tus semblantes plateados
formases de repente
los ojos deseados,
que tengo en mis entrañas dibujados!...”

F e, fe irradiada ...

El alma llena de fe es ella misma luz. Su vida,


sus palabras, sus actividades, su paso por los
caminos de aquí abajo... todo se ilumina en su
tomo. Todo es testimonio. Todo es irradiar esa
fuerza misteriosa y suave de su fe vivida. Pre­
dicación callada a la que añade tantas veces la
otra predicación de la palabra hablada y escri­
ta, que prolonga aquella primera vibración co­
municativa, aquella radiante iluminación...
Dar testimonio, iluminar..., preciosa obliga­
ción de todo cristiano, máxime si consagrado
por la profesión de la vida religiosa y, no diga­
mos, por la consagración y misión sacerdotal..*
En medio del mundo que se envuelve en tinie­
blas tan frías y tristes... el alma de fe es una
estrella, es una mata de fuego, es una luz...
Fe en Dios, en su Verbo Encamado Jesucris­
to, su suprema revelación, fe en su Iglesia, Ma­
dre y Maestra nuestra...
Fe en su amor misericordioso para con nos­
otros sus pobres hijos. “/ Nosotros hemos cono­
cido y hemos creído en el amor/...” (San Juan,
I Eps. IV, 16).
Es el elogio estupendo que María, el alma de
la fe purísima, recibió de los labios de su prima
Isabel al visitarla: “¡Oh, bienaventurada tú por­
que has creído!.. ”
Es la alabanza que el Señor hizo de todos
los que sin verle con los ojos del cuerpo hemos
por su misericordia creído y creemos en El:
“¡Bienaventurados aquellos que sin haberme
visto han creído!...”
Bienaventurados, felices, porque en su fe viva
llevan a Dios, están en Dios, viven en Dios...
SUBIDA DEL MONTE DEL AMOR

Decía el Señor a Santa Catalina de Sena: “ ¡Yo


soy fuego y vosotros sois las chispas!”
El hombre es una chispa desprendida de Dios.
No por emanación panteística, sino por una crea­
ción de la nada, pero llevando impreso el sello
de su origen divino, como un reflejo remoto,
como una imagen pálida de la perfección infi­
nita de donde saliera.
Una relación objetiva, necesaria, trascendente,
une al Creador y a sus criaturas. Un vínculo
irrompible, independiente de todas las conside­
raciones y reconocimientos de los hombres. Pero
esa relación y ese concurso divino han sido trans­
portados a un plano más alto, han sido fundidos
por un elemento divino, sobrenaturalizados, al
ser elevado el hombre al orden de la gracia y
de la gloria, que la misericordia infinita de Dios
quiso.

— 111 —
El hombre ya no es sólo criatura; es hijo a la
vez. Ya no le atan a su Dios solamente los lazos
naturales de su dependencia, de su servidumbre
de criatura, le atan también los vínculos de una
filiación adoptiva divina, el hilo de oro de la
misma vida de Dios participada por él.
La relación se ha estrechado, se ha intimado...
indefinidamente más. La gracia es el fundamen­
to sobrenatural que opera esta junta, aunque in­
mediatamente, formalmente por medio de la vir­
tud infusa de la caridad.
Porque la caridad es algo del mismo del amor
de Dios puesto en el hombre, infundido en el
hombre, para que el hombre pueda amar a la
divino a su Dios...
Porque, claro está, aun prescindiendo del orden
sobrenatural en que el hombre ha sido diviniza­
do participativamente, era lógico y racional que
el hombre reconociese aquella dependencia que
tenía respecto de su Dios, era natural que con
la luz de su razón se rindiese ante aquel domi­
nio absoluto que Dios sobre él tiene como Crea­
dor y Conservador del mismo.
El hombre, aún en ese supuesto, tenía obli­
gación de ser naturalmente religioso... A la fuer­
za, eso se dará, sobrenaturalizado, en el plana
en que de hecho el hombre ha sido creado, en
este orden sobrenatural de la gracia en que el

— 112 —
hombre vive por creación histórica, por reden­
ción, por vocación divina universal... Para que
pueda responder a esas exigencias de su vida
sobrenatural, Dios le dota de los medios sobre­
naturales correspondientes: fe para que su en­
tendimiento conozca y acepte la revelación; ca­
ridad para que ame y sirva a ese Dios sobrena­
turalmente conocido.
Dios es el principio y el fin último del hom­
bre. El hombre no puede ser más que para Dios,
para su gloria. Otra cosa sería metafísicamente
imposible, ya que Dios no puede subordinarse
a nada sin perder su condición necesaria de Ser
perfectísimo. Pero precisamente en ese ir el hom­
bre a Dios, en ese unirse con Dios, que es su fin,
está a la vez la felicidad,7la bienaventuranza
♦ del
hombre. Llegar al fin. conseguir el fin es la per­
fección de los seres.
La caridad es el amor sobrenatural, la parti­
cipación, decíamos, del mismo amor de Dios
puesto en nosotros para que sobrenaturalmente
le amemos, y el amor es de suyo unitivo. En ese
misterio filosófico del amor, esta nota queda in­
discutible por encima de todas las discusiones
más distintas; el amor une a los que se aman...
El alma en gracia posee el hábito infuso de la
caridad, hay en ella un lazo objetivo de amor,
que filialmente, amorosamente le une con su Dios.

— 113 —
Y Dios mora en ella. Ya no es sólo esa relación
por esencia, presencia y potencia, con que Dios
llena toda su creación y concurre a su existen­
cia y a su movimiento. Es una unión, una pre­
sencia especial de Padre en casa del hijo, de
amigo en la morada del amigo. La Trinidad Bea­
tísima está allí, inhabitando, dice Santo Tomás,
en el alma del justo. Permanentemente, mientras
la gracia, que es su fundamento, exista; mien­
tras la caridad, que es su abrazo—y que acom­
paña siempre a la gracia—, oscile llameante en
aquel sagrario viviente de la divinidad...
Esa caridad es la que formalmente une. Por
eso en ella ha puesto Santo Tomás la esencia de
la perfección cristiana, de la perfección del hom­
bre sencillamente. Es el medio que le hace parti­
cipar, fundir en cierto modo con su fin. Ahora,
sobre la tierra, a través del conocimiento oscu­
ro de la fe; luego, en la patria, cara a cara en
la luz de la clara visión. Pero siempre la misma
caridad que permanece eternamente, que de un
modo sustancialmente igual nos hace poseer
aquí y allí a nuestro fin que es Dios. Ahora sí
que tiene un sentimiento más pleno y más in­
tenso la frase del Señor a Santa Catalina: ¡Yo
soy fuego y vosotros sois las chispas! Ahora sí
que el deber de religión adquiere su profundo

— 114 —
sentido de homenaje de piedad, de amor íntimo,
de vitalismo intenso...
La caridad es la medida de la perfección. A
más caridad más unión con Dios. A más unión
con Dios más perfección.
Pero la fe y la caridad conscientemente vivi­
das, actuadas en el alma son sencillamente ora­
ción, son la contemplación. Contemplación que
es así el acto más universal—ya que no el más
importante, que lo es el sacrificio—de la virtud
de la religión.
Contemplar es hacer conscientes y amorosas
en nosotros las relaciones objetivas, sobrenatu­
rales que con Dios nos unen. Es vivir la fe y la
caridad intencionalmente. Es una exigencia de
nuestros destinos y de nuestra condición de seres
racionales.
He aquí cómo la oración es un medio necesa­
rio en absoluto en nuestra vida de tender hacia
la perfección. Sin ella la caridad apenas puede
crecer. Cierto, no es el elemento esencial uniti­
vo, es solamente medio, pero medio necesario en
que aquél se intensifica. Los sacramentos le
aumentan también y el mismo ejercicio de actos
buenos; pero los sacramentos, fuera de algunos
casos bien concretos, se envuelven en una litur­
gia espléndida saturada de elevaciones del alma.
Operan, es verdad, ex opere operato, pero con­

— 115 —
fieren la gracia más o menos según las disposi­
ciones del sujeto que los recibe, que son, en fin
de cuentas, oración. Los actos buenos (anotemos
que los actos indiferentes hechos en gracia tam­
bién algo le aumentan) no pueden moralmente
sucederse mucho, ni menos intensamente, sin ir
empapados de oración, sin ir encuadrados en
vida de oración.
La oración es el ambiente en que la caridad
se desarrolla. Es la atmósfera en que aquella
llama se hace cada vez más combustible. De poco
sirve el carbón si el medio no ayuda. O no arde,
o arde mal, o pronto se apaga.
La oración es el clima precioso donde se acre­
ce la unión por medio de la caridad. Pero la ora­
ción no puede darse sin la abnegación, sin la re­
nuncia, sin la mortificación, sin la cruz... La ca­
ridad no florece sin la oración, la oración no
subsiste sin la mortificación. Es un proceso psi­
cológicamente necesario. Vida de regalo y vida
de oración no se compadecen, decía Santa Teresa.
Porque la oración requiere, supone una aten­
ción de nuestras facultades, de nuestra vida in­
terior. Y para lograrla, dado lo que de hecho
somos, hay que frenar instintos y pasiones al­
borotadas, y esto yendo más allá de lo necesa­
rio, en la forma y medida que el Señor pida a
cada cual según su psicología y sus circunstan-

— 116 —
cías determinada«... Otros motivos existen en
verdad para la mortificación; pero hoy nos in­
teresa resaltar principalmente el que mana de
la necesidad de cultivar en nosotros la vida de
oración. Y habrá que frenar mucho de ese bullir
de nuestra vida interna, de ese selvático alboro­
to de nuestros sentidos, y de las mercancías que
nos aportan. Todo ello no se hace sin esfuerzo,
no se hace sin dolor. Y habrá que obrar en con­
secuencia en nuestra vida externa, suprimiendo
caprichos inútiles, suprimiendo adhesiones del
corazón—apetitos—a criaturas indebidamente...
Es la cruz. Es la noche activa que pintó sobera­
namente San Juan en su noche y en su subida.
Hay que cerrar ventanas innecesariamente
abiertas. Hay que recoger las fuerzas dispersas
que disipan nuestra pobre energía tan limitada
ya de suyo. Hay que negar imágenes y afectos
y apresiones distintas. Hay que sumergirse de
lleno en la noche de la fe.
Por eso la oración cuesta de ordinario al prin­
cipio.
Es el período en que hay que luchar, que ha­
cer ascesis, que hacer, hasta diríamos, intere­
sante el objeto de la misma que es la intimidad
con Dios... Elevación consciente y amorosa del
alma a Dios... Se dice en seguida. Pero hay que
sudar y trabajar resueltamente, valientemente,

— 117 —
para poderlo mantener y gustar con fruición en
el fondo del alma.
Caridad. Oración. Mortificación. He aquí el
trinomio en que se resume el camino de nues­
tra santificación. Luego, todo es andarle hasta
el final. Es nuestra psicología la que así nos lo
exige. Es, por consiguiente, el camino trazado*
por Dios.
Al principio sacando el agua a cubos del pozo..
Después con ayuda de la noria. Más tarde diri­
giendo con sencillez la corriente que proporcio­
na una fuentecica bienhechora a través de los
arcaduces y de los canales. Finalmente senta­
dos en un ribazo del huerto, viendo cómo las llu­
vias lo riegan todo, lo fecundizan todo, sin su­
dores humanos. Es la célebre alegoría teresiana.
Oración discursiva, afectiva, contemplativa...
Todo está en la línea de un mismo sendero de
oración que, abierto a pico, lleva hasta las cum­
bres do se consuma la unión perfecta.
Primero es el alma que anda su camino echan­
do pie tras pie, poniendo de su parte su fatiga
en estos andares de la atención a lo divino. Va,
ciertamente, de la mano de Dios. El la lleva..
El la ayuda. El la sostiene. Sin la gracia, sin la.
parte pasiva, infusa, de Dios en nosotros, nada
en absoluto podemos empezar ni seguir, ni ter­
minar meritorio para los cielos. Todo ha de ir

— 118 —
sobrenaturalizado. Pero nuestra cooperación se
requiere. Y ésta es a precio de sangre... Nos
cansamos, nos herimos, nos volvemos, ¡ay!, a
veces para atrás...
Pero Dios está allí, poniendo El su fuerza y
su aliento omnipotente. Son de hecho los méri­
tos de Jesucristo. Es su corazón misericordioso
que se ofrece y se da... Si el alma es fiel, poco
a poco su vida de oración se simplifica. Hasta
psicológicamente tenía que ser así en cierto sen­
tido. Su fe y su caridad, actuadas por la oración,
se avivan y se sienten ayudadas por la acción
de los dones del Espíritu más intensamente, más
frecuentemente... Sobre el alma empieza a ac­
tuar una gracia actual preciosísima que mueve
los dones de inteligencia y de sabiduría... Para
que modifiquen el modo de obrar humano de las
virtudes en sí mismas... El alma se siente trans­
portada a un mundo de horizontes infinitos...
Es Dios que se inclina sobre la pobrecita que le
es generosa, que anda y anda sin soltar su mano
nunca, aunque a veces le parezca en sus ratos
de aridez que su mano ya no existe más. Y llega
ese momento en que el Señor coge el alma en
sus brazos. Su contemplación es infusa. Lo hace
todo Dios. Ella positivamente no coopera. Sólo
—porque libre sigue siendo mientras viva aquí
en la tierra—sólo negativamente ha de poner

— 119 —
algo no resistiendo, consintiendo a la acción de
Dios sobre ella misma.
Es que esa vida consciente de su caridad se
ha revelado en ella. La contemplación es intui­
ción de lo divino, que la luz de los dones ha en­
cendido, ha alumbrado allí. ¡La unión es más
estrecha! Y por eso dolorosa, con frecuencia, a
la vez. Tanta luz ciega. Tanta llama consume.
Tanto acercamiento a lo infinito aterra. Ciega,
hasta que el alma se va haciendo poco a poco a
ese desbordamiento de la luz. Consume, porque
Dios se da y al mismo tiempo aún se niega: ¡Que
muero porque no muero! No ha llegado todavía
la unión consumada, definitiva, de los cielos. Ate­
rra, porque el alma se ve en su pequeñez mi­
sérrima, tal como es, ante la inmensa perfec­
ción absoluta de su Dios. Un abismo ante otro
abismo. ¡Oh, pobre leño que retuercen las lla­
mas! Son las noches pasivas con que la purifica
Dios.
Para hacerla arrojar fuera lo que quedaba de
humores humanos, de tierra; para hacer su vo­
luntad verdaderamente una con la voluntad de
su Dios; para hacerla fuego, para abismarla en
El, para embriagarla de amor, para divinizarla,
para beatificarla desde aquí cuanto posible...
Hela ahí, atadas sus potencias por la atrac­
ción impetuosa de su D103. Hipnotizada a lo di­

— 1 2 0 —
vino. Ahora siente, experimenta su vivir sobre­
natural. La presencia de la Trinidad Beatísima
la gusta en sí misma. ¡Unión transformante!
Parece irradiar a su través algo del fuego que
la consume dentro. Son preludios de gloria. Vive
sumergida en el homo ardiente del amor divino,
glorificando a su Dios maravillosamente, santi­
ficándose, beatificándose más y más y más...
cada vez.
¡Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!
Pues ya no eres esquiva,
acaba ya si quieres,
rompe la tela de este dulce encuentro.
¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado
que a vida eterna sabe
y toda deuda paga!
Matando, muerte en vida la has trocado.

Este es el camino. Esta es la subida del monte


del amor. Sendero esmaltado de espinas y flo­
res. Calvario y Tabor. En él hay etapas... Tres
son clásicas, según los grados de perfecciona­
miento del alma: principiantes, proficientes y
perfectos... Los principiantes no viven todavía
estricta vida mística; en los proficientes suele
Dios irlas asomando a ella ya; los perfectos están

— 121 —
de lleno dentro, con las divisiones que queramos
hacer para entendernos: unión incoada, unión
plena, unión transformante... Y en todas tres
etapas, en los tres estadios sus purificaciones
correspondientes, su iluminación correspondien­
te, y su correspondiente unión con Dios.
Desde el comienzo hasta el final, esa vida es
la vida de imitación de Cristo, vida apostólica
como la suya, que es vida de desprecio, como
diría San Juan de la Cruz. Vida que recoge la
vitalidad dispersa baldía, del alma, y la centra
en su Dios, en esa unidad maravillosa donde
está su fuerza verdadera. Por eso esas vidas san­
tas son tan fecundas, fecundas dentro del orga­
nismo viviente de la Iglesia; fecundas hasta en
sus repercusiones sociales externas también.
Itinerario divino que se hace en Jesús, por
Jesús y con Jesús siempre. Apoyados en El,
unidos a El, prolongándole a El, transforma­
dos en cierto modo en El, que es el camino ver­
dadero que lleva a la vida...
Su grito anhelante en los pórticos del mundo
se oye aún, y se repetirá siempre: ¡El que tenga
sed que venga a mí y beba...! Y la invitación
apremiante que florece en sus labios como una
ilusión iluminada, dulcísima, como su último de-
sa» manifestado al terminar su revelación pú­
blica, como el testamento final al cerrar su pa­

— 122 —
labra oficialmente escrita para su Iglesia: ¡El
que tenga sed que venga; y el que lo quiera, que
reciba el agua de la vida... de balde...!

Y el Espíritu y la Esposa dicen: ¡Ven!


Sí, he aquí que vengo pronto...
¡Ven, oh Señor Jesús...!
DIOS Y CRIATURAS

En nuestro camino hacia Dios no estamos so­


los. Es un hecho evidente. Nos rodean, nos en­
vuelven otros muchos seres, que en el lenguaje
ascético usual llamamos sencillamente “criatu­
ras”. Y esto en un sentido amplísimo, pues en
ellas incluimos generalmente no sólo a personas
y cosas, sino también circunstancias, y hasta a
veces partes integrantes de nuestro mismo ser
como el cuerpo, o sea, todo aquello que en nues­
tra psicología introspectiva queda al margen del
“yo” íntimo y profundo. Y no sólo criaturas del
orden puramente natural; también las que son
entitativamente sobrenaturales o al menos so-
brenaturalizadas. En definitiva, todo lo que no
es Dios o nuestro yo personalísimo.
Si observamos la actitud que ante las criatu­
ras han adoptado los santos, sobre todo ante

— 125 —
aquellas más puramente naturales y más leja­
nas de tener un baño sobrenatural, quizá nos sor­
prenda un doble gesto, dispar totalmente y has­
ta contrario. Por una parte, una negación de
las mismas, un desprecio, una desvalorización
peyorativa. Por otra, un abrazo efusivo de
simpatía, casi de entusiasmo fervoroso. Así,
como ejemplo de lo primero, esas patéticas des­
cripciones, a veces si cabe exageradas, carga­
das de sombras, en que algunos autores de la
corriente llamada hoy, acertada o desacertada­
mente, “moralista”, insisten, con el fin de apar­
tar a las almas de la afición y apego desorde­
nado por todo lo caduco. Citemos como expo­
nente entre nuestros clásicos el tratado de la
Diferencia entre lo temporal y lo eterno> del
Padre Eusebio Nieremberg, S. J. Al fin y al cabo,
no es más que un eco ampliado, interpretado,
de las enérgicas frases evangélicas y paulinas,
en que se condena ese amor indebido de cosas
perecederas y se previene el peligro que, para
nuestra naturaleza caída, supone el jugar des­
preocupadamente con ellas.
Pero frente a esas voces alarmadas y negado-
ras tenemos, por ejemplo, las ingenuas exalta­
ciones del alma franciscana, que ama la natu­
raleza apasionadamente, que ve en todos los
seres y circunstancias de la creación la sonrisa

— 126 —
fraternal de las obras divinas: “hermana alon­
dra”, “hermano lobo”, “hermana muerte”...
Como San Francisco, casi todos los santos, más
o menos, han dado muestras de un sentimiento
cósmico, afinadísimo, lírico, puro... También, si
bien se mira, estela y resplandor del Evangelio,
donde hay miradas de cariño para los lirios, para
las aves, para los niños... Donde hay compasión
y sentimientos no ofendidos. Donde hay amigos
íntimos. Donde hay un discípulo amado... ¿No
resulta curioso, deliciosamente humano y psico­
lógicamente explicable, sorprender a los santos,
aún los más austeros, tender su mano y su deseo
tan purificado ya, hacia alguna “cosa”, precisa­
mente cuando en sus últimos días recogía sus
fuerzas supremas para partir?... San Francisco
de Asís, que recuerda las tartas de almendras
de fray Jacobo; Santo Tomás de Aquino, los
arenques de Francia; San Juan de la Cruz, que
en su inapetencia desea unos espárragos, cami­
no de Ubeda, donde va a morir... Sobre todo hay
que notar el arrebato llameante con que un San
Juan de la Cruz, por ejemplo, penetra el uni­
verso todo, y le hace suyo, no sólo en sus ver­
sos, sino especialmente en la “oración del alma
enamorada”, y en los comentarios a algunas can­
ciones del Cántico y de la Llama.
¿ Por qué estos dos ritmos, al parecer al menos,

— 127 —

Q
tan desiguales? ¿Qué aspectos distintos pueden
ofrecer las criaturas al alma que avanza ade­
lante por el sendero de la perfección cristiana?
Las criaturas por si mismas son “nada” , en­
tes contingentes, que pueden ser o no ser, y
que, por lo tanto, tienen la razón de su ser en
otro. Ese otro, en último término, es Dios. De
El proceden todas de una manera o de otra.
De hecho, las criaturas son algo, una parti­
cipación de la infinita perfección divina más o
menos remota, siempre remotísima.
Pero si de Dios proceden, de Dios son, y para
Dios son, para su gloria. Este fin de la gloria
divina lo llevan entrañado en su esencia. Dios,
sin dejar de ser Dios, no podría proceder de
otra manera, ni dejar de exigir esa gloria de
ellas. El es el fin como el principio de todas las
cosas.
El hombre—una de esas criaturas innúmeras—
tiene bajo su uso muchas de las otras criaturas..
Tanto en el orden natural como en el sobrena­
tural se roza de continuo con e l l a s , las otras
sobre la haz de la tierra son criadas para
co b o s
el hombre y para que le ayuden en la prosecu­
ción del fin para que es creado” , dice San Igna­
cio de Loyola en su clásica meditación del Prin­
cipio y fundamento. Evidentemente, si “el amo”

— 128 —
de toda la creación es Dio«, que la ha produci­
do, el hombre no es más que un usufructuario,
un administrador de la parte que el Señor quie­
ra haberle prestado, y, por consiguiente, ha de
proceder en su gestión según las normas que su
Dios le haya puesto. Es el “tanto’', “cuanto” de
la famosa meditación ignaciana. Las criaturas
no pueden ser respecto del hombre más que me­
dios en tanto sirven, en cuanto ayudan a la con­
secución de su fin. Ni ellas son Dios para el
hombre ni el hombre es el Dios de ellas.
Habrá criaturas que le aparten de Dios, que
su uso en absoluto o bajo ciertas condiciones
sea injuria grave o leve a las leyes divinas. Esas
le están vedadas. Otras serán en sí mismas in­
diferentes en orden a la consecución de su fin
último, en orden a la unión con su Dios, pero
prácticamente, en cada caso concreto, las exi­
gencias que la gracia de Dios vaya allí imponien­
do, darán la norma más perfecta para el uso o
el sacrificio de las mismas. Otras habrá que
usarlas por necesidad, por obligación, porque
Dios lo quiere. ¡Cuánto de esto en el orden na­
tural y en el sobrenatural a cada paso! Lo me­
jor es, por lo tanto, hacerlo, pero aún en este
caso una mirada limpia, una intención muy
pura se requiere, si no queremos estropear la
ascensión de nuestra alma a las alturas.

— 129 —
En una palabra, a Dios derechamente, lo más
derechamente que nos sea posible. Este es el
ideal. Pero no seamos demasiado “angélicos”.
Dios no lo quiere. Hay que manejar criaturas.
Pero la tendencia, hablando en general, será
usar las menos posibles, será a quitar velos, a
hacer más transparente la distancia interme­
dia que ellas llenan, a volar desprendido por en­
cima de las que necesariamente nos sirven de
apoyo... Sin discusión ninguna, a apartar de de­
lante de nosotros las que pudieran impedirnos
o entorpecer nuestra marcha hacia la cima de­
liciosa del monte del divino amor...
¿Cómo se desarrolla este proceso en el desen­
volvimiento psicológico sobrenatural de las al­
mas que allí llegan?
Son tres etapas. Primera, por las criaturas a
Dios. Segunda, negación de criaturas. Tercera,
retorno divinizado a las criaturas. Así nos ex­
plicaremos la aparente anomalía de que hablá­
bamos al principio, y que parece aflorar en oca­
siones en los escritos y en las vidas de los espi­
rituales.
P rimera e ta pa : por las criaturas a D ios .—
Las criaturas son efectos de Dios. Luego tienen
que decirnos, que llevamos de algún modo a su
causa, que es Dios. Ciertamente, por las criaturas

— 130 —
conocemos la existencia de Dios, y demostra­
mos la existencia de Dios. Recuérdense el tex­
to de San Pablo en su epístola a los Romanos,
I, 18 ss.; el de la Sabiduría, c. 13; los de los
Hechos de los Apóstoles, XIV, 14 ss. y XVII,
22 ss. La cuestión H (principalmente el art. II)
y el art. XII de la cuestión XII de la I parte
de la Summa. Verdad que, frente a todo agnos­
ticismo religioso más o menos paliado, afirmó
rotundamente el Concilio Vaticano, en su se­
sión III, cap. 2. Véase el canon I correspondiente:
“Si alguien dijera que Dios uno y verdadero,
Creador y Señor nuestro, no puede ser conocido
con certeza con la luz natural de la razón hu­
mana por medio de las cosas creadas: sea ana­
tema.”
Ni tan sólo podemos conocer su existencia,
sino también algo de su mismo ser. Las criatu­
ras reflejan, aunque imperfectísimamente, las
perfecciones divinas. En ese espejo burdo se
pueden barruntar de algún modo los rasgos di­
vinos. Dios es, en verdad, el Ser trascendente
que de nadie pende ni de nadie necesita. Pero
no trascendente, como algunas corrientes de fi­
losofía platónica lo imaginaron. Existen nece­
sariamente relaciones entre El y sus creaturas.
Se dan entre ellas y El analogías remotísimas,

— 131 —
pero verdaderas» que nos introducen en el cono­
cimiento de la esencia de Dios (i).
Santo Tomás lo resumía en este texto célebre
de su obra “De potencia” (Q. 7, a, 5 ad 2): “se­
cundum doctrinam Dionysii (c. 1, Myst. Theol. et
cap, 2 Coelest. Hierarch, et cap. 2 et 3 de Div.
Nom.) tripliciter ista de Deo dicuntur. Primo
quidem affimartive, ut dicamus: Deus est sa­
piens; quod quidem de eo oportet dicere prop­
ter hoc quod est in eo similitudo sapientiae ab
ipso fluentás; quia tamen non est in Deo sapien-
tia qualem nos intelligimus et nominamus, po­
test vero negari, ut dicatur: Deus non est sa-

(1) San Juan de la Cruz ha acentuado, intencio­


nalmente sin duda» como todos los autores espiritua­
les, que escriben con una preocupación práctica y uti­
litaria, suelen hacer, la trascendencia divina, la distan­
cia y desproporción infinitas entre El y sus criaturas:
“De Dios a ellas ningún respecto hay ni semejanza esen­
cial; antes, la distancia que hay entre su divino ser y
el de ellas, es infinita” (Subida, I, II, c. VIH). Recuér­
dese a este propósito al Seudo Dionisio que rezuma neo­
platonismo. Pero cuando San Juan de la Cruz las con­
sidera a esas criaturas como el “contrario” de Dios y
la« contrapone como “ tinieblas” a la “luz”, que es El
(Subida» L I, c. IV) no es a las criaturas en sí mismas,
sino a las “afecciones” o “apetitos” desordenados del
alma en aquéllas. Así, ciertamente, Dios y criaturas son
incomponibles. Luz y tinieblas. Dos señores contrarios
a los que no se puede simultáneamente servir.

— 132 —
piens. Rursum quia sapientia non negatur de
Deo quia ipse deficiat a sapientia, sed quia su-
pereminentius est in ipso quam dicatur aut
intelligatur, ideo, oportet dicere quod Deus sit
supersapiens”. Es decir, en Dios existen las per­
fecciones puras y simples de las criaturas; en
Dios no existen las imperfecciones de las cria­
turas—vía negativa tan acentuada por el Seudo
Dionisio— ; en Dios existen aquellas perfeccio­
nes, pero no como en las criaturas, sino infini­
tamente más perfectas, como corresponde al ser
que es acto puro, que es infinitamente perfecto.
Algo, por lo tanto, conocemos de Dios.
En las criaturas hay un vestigio de Dios, un
rastro de Dios, una semejanza, aunque remota,
de Dios.
‘‘...y yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejo de su hermosura",

que canta San Juan de la Cruz en la c. V de su


Cántico Espiritual. Léase, además, su comenta­
rio a ésta y a la anterior canción, así como los
correspondientes a las canciones XIV y XV y
XXXIX (según la segunda redacción de la obra).
Véanse también las frases emotivas de un San
Agustín en el c. VI del libro X de sus Confe-

— 133 —
siones, donde busca a su Dios preguntando a
las criaturas, y las criaturas en escala prodi­
giosa le llevan y conducen a Dios.
Hasta ahora no hemos salido del orden de la
naturaleza. Pero la revelación sobrenatural, los
dones sobrenaturales, la fe... nos proporcionan
un conocimiento mucho más elevado y más per­
fecto de Dios. No es nuestro objeto entretener­
nos ahora en ello. Digamos solamente que la fe,
virtud entitativamente sobrenatural, nos une
por el conocer directamente, inmediatamente a
Dios, que es su objeto y su motivo, pero valién­
donos de elementos humanos, operando de un
modo humano, envuelta en velas que responden
a nuestra condición de viadores, que mediatizan
nuestra visión de Dios. Y esto, aún ayudada de
los Dones del Espíritu, de que hablaremos lue­
go; esos dones que en su modo divino sirven
para aclarar, sin romperla por completo, la ti-
niebla luminosa en que nos sumerge dicha fe.
44Oh cristalina fuente,
si en esos tus semblares plateados,
formases de repente
los ojos deseados,
que tengo en mis entrañas dibujados." (Canc. XII. >

Si las criaturas nos hablan de Dios, nos lle­


van a Dios. Si nos le enseñan, consiguientemente

— 134 —
provocan en nosotros su amor. Tras el conoci­
miento natural, el amor natural. Tras la Fe, la
Caridad y la Esperanza.
Es el “ejemplarismo” divino, caro al platonis­
mo, que es tan fecundo en consecuencias especu­
lativas y prácticas, y que cultivó con predilec­
ción la escuela espiritual de San Víctor y el dul­
císimo San Buenaventura después. Abramos su
precioso opúsculo “itinerarium mentís in Deum”
(ed. Vives, París, 1868, t. XII, p. 1-21). A lo
largo de sus siete capítulos el Santo Doctor va
especulando las huellas de Dios, Ejemplar, In­
finito e Ineshaurible en el universo. Nuestra
mente en su aspecto de animalidad y sensuali­
dad le busca en las cosas exteriores y corpora­
les; en cuanto espíritu le busca en sí misma;
en cuanto mente le busca sobre sí misma (2).
Todos los grados de las potencias del alma

(2) Nada decimos del llamado “iluminismo” buena-


venturiano. Es atrayente, entendido como parece que
hay que entender, sin ribetes de ontologismo. Pero, para
admitirle, quizá falten las pruebas. Es más segura y
más positiva la posición tomista. Una aproximación o,
si se quiere, utilización del iluminismo de San Buena­
ventura para ilustrar el problema místico sería intere­
sante. (Cfr. Gilson, La Philosophie de S. Bonaventure,
París, 1924, y Luyck, Die Erkentnislehre Bonaventuras,
Münster, 1923, p. 248 ss.)

— 135 —
que él divide: sentidos, imaginación, razón, en­
tendimiento, inteligencia, apex mentis o synde-
resis scintüla... van aplicándose al encuentro de
lo divino. De lo natural en el mundo de afuera,
a lo natural en mí, a ese dibujo de Dios que
reverbera en mi alma creada en su imagen y
semejanza (búsqueda de Dios tan querida de San
Agustín, del Beato Ruysbroeck, de los Victori­
nos, de tantos otros...); luego se le encuentra
en el aliento sobrenatural contenido en los do­
nes sobrenaturales que El nos regala; para ir
subiendo ya a una contemplación sobrenatural
especulativa de su Ser y a otra más ardida de
su bondad en la Trinidad—dejemos en estas es­
peculaciones el sabor peculiar, no indiscutible,
que las presta el pensamiento buenaventuria-
no—, para terminar en un éxtasis, en un “exce­
so” mental y místico en que el alma descansa
en el seno del Padre a través del silencio, de la
calígine misteriosa e inevitable mientras no llega
la visión inmediata, clara y eterna de los cie­
los (3).

(3) De San Buenaventura ha podida escribir un es­


pecialista como el Padre E. Longpré, o. f. m., que “es
de entre todos los escritores espirituales aquel que más
ha inculcado a las almas el deseo de las ascensiones mis-
ticas, y el que ha afirmado con más fuerza su ineluc­
table necesidad" (Dictionaire de Spirituality t. I, Bo-

— 136 —
Por las criaturas a Dios. Necesitamos de ellas
para que nos le descubran, para "poderlo poseer.
Son el ascensor bendito de nuestra subida. No
podemos, sin más, indebidamente prescindir.
Y notemos que además de necesario a todos
ese itinerario en el orden especulativo, lo es de
un modo particular en el práctico para la per­
fección de los principiantes, que a esto es a don­
de nosotros apuntamos. La debilidad de la pri­
mera hora requiere apoyos adaptados a las cir­
cunstancias. Dios, generalmente, se da por gra­
dos, se da suavemente. Ahora sus gracias se
presentan más disfrazadas. El se esconde de­
trás de las causas segundas. En la medida en
que el alma fiel crezca en deseos divinos, en la
medida en que vaya anegándose, El obrará más
descaradamente y muchas criaturas estarán de
sobra. Pero entretanto, sí, hacen falta métodos
y lecturas y directores y hasta consuelos... en
su justa proporción y medida para que el alma

naventure (saint), col. 1.815). Y aunque un poco fuera


de propósito, recojamos con humilde satisfacción en este
lugar el artículo del Padre E. Elorduy, La Teología Mís­
tica de Suárez (Manresa, 1943, p. 203-330); donde prue­
ba que, para la primera figura intelectual de la Compa­
ñía, el camino normal de la perfección no es más que
uno, el cual desde los grados más elementales llega a
la visión beatífica pasando por la mística.

— 137 —
niña pueda medrar. Una sabia pedagogía divina
y humana así 16 reclaman. Pero esa misma pe­
dagogía irá preparando otro vuelo, irá llevando
a otra etapa, en la que, en parte y en modo, las
criaturas van a ser abandonadas a su vez.
# # #

Segunda etapa : negación de criaturas .—Hay


que crecer. Hay que planear alto, por encima
de todo lo rastrero. Nuestros destinos son subli­
mes. Somos para Dios sólo. Y esto por el cami­
no de nuestra sobrenaturalización, de nuestra
filiación divina, de nuestra divinización. Así
como usar de las criaturas de un modo indebido
es un robo que se hace a su dueño absoluto, que
es Dios, así someternos a ellas es prostituirnos
a nosotros, profanar nuestra grandeza. Al co­
nocer esas criaturas, inferiores a nosotros, las
elevamos: nuestro conocer vale más que todas
ellas. Pero detener nuestro amor allí, sin aspi­
rar a amar a Dios en ellas, nos rebaja según
la teoría platónica del amor, que todos admi­
ten. El peso del amor arrastra al amante a los
pies de lo amado. Se viene en seguida al recuerdo
de la frase agustiniana: ¿Amas tierra?, eres tie­
rra; ¿amas oro?, eres oro; ¿amas a Dios?, eres
en cierto modo Dios.

— 138 —
Y ésta es la realidad tristísima: después del
pecado las criaturas nos enredan fácilmente y
nos impiden la perfección. No pensamos en
aquellas que francamente son para nosotros
ocasión de pecado; pensamos en aquellas que
son indiferentes a este respecto, pero en las cua­
les ponemos nosotros demasiado afecto, dema­
siada ilusión. Ellas podrían sernos, quizá, alas.
Pero nuestra impureza interna las hace lastre
y rémora para ir hacia Dios. Nuestro contacto
malo lo envenena.
Y fijémonos que hasta en criaturas en sí san­
tísimas, como dones del cielo, como los medios
preciosos que tenemos para nuestra santifica­
ción, podemos poner nuestro apego desordena­
do, y mediatizar en gran parte los efectos sa­
ludables que estaban llamadas a producir en
nosotros. ¡Nuestro pobre corazón se apega a
todo!...
Cierto, las criaturas, esas “meajas” que caye­
ron de la mesa de Dios, como las llama San Juan
de la Cruz (Subida, 1, I, c. VI), se nos meten
dentro por culpa nuestra, y ocupan el corazón,
que totalmente es de Dios. “No ocupan el alma
las cosas de este mundo ni la dañan, pues no
entran en ella, sino la voluntad y apetito de ellas,
que moran en ella” (Subida, 1. I, c. n i). Ese
“apetito” que el Doctor del Carmelo ha anali­

— 139 —
zado como nadie (véase todo el libro I de la Su­
bida), ese desorden espiritual que nos causa un
desequilibrio, que mientras no se establezca*
hace fracasar la perfección del alma.
Peligro de su atracción fascinadora siempre
amenazante, con las consecuencias trágicas que
San Juan de la Cruz nos ha pintado en ese libro
primero de su Subida. Y como el corazón todo
ha de ser de Dios por completo, cualquier ata­
dura, por pequeña o por dorada que sea, impide
la obra maravillosa de Dios. Clásica es la com­
paración del pajarillo que no puede volar, por­
que le retiene un hilillo fino de oro a la mano
poseedora. Mientras no lo rompa, tan imposible
le es como si estuviera atado por maroma grue­
sa (San Lorenzo Justiniano, San Juan de la
Cruz...).
¿Consecuencia? Negación de criaturas. Una
negación que empieza por una desconfianza
grande de las mismas (Vitae Patrum; Collationes
de Casiano; P. Alonso Rodríguez...) que avanza
por una ascética de desprendimiento activo, para
llegar a una indiferencia cristianamente estoica
ante las mismas. “Por la cual es menester ha­
cemos indiferentes a todas las cosas criadas, en
todo lo que es concedido a la libertad de nues­
tro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal
manera que no queramos de nuestra parte más

— 140 —
salud que enfermedad...” (San Ignacio, “Princi­
pio y fundamento” ), para terminar en una enér­
gica “noche” en que abnegamos lo más posible
su recuerdo, su afecto, su toque... Nada, nada,
nada... (Tauler; Juan de Castel, “De adherendo
Deo” ; San Juan de la Cruz...) (4).
Ni basta. Esa “noche”, más o menos activa,
en que las virtudes (las teologales, sobre todo),
acompañadas de los esfuerzos generosos del al­
ma, lo van negando todo, esa “noche” no puede
arrancar las últimas raíces. Y la perfección en
su parte negativa ha de ser total si es que ha
de darse. Para ello se necesita la intervención
exclusiva de Dios, las “noches” pasivas, que van
más allá de ese límite en que las anteriores se
detienen, impotentes, para continuar. ¡Ay! nues­
tras resistencias son poderosísimas. “...Estas
contrariedades de afectos y apetitos contrarios,
más opuestos y resistentes son a Dios que la

(4) “Por tanto, el alma que por unión de amor le


ha de hallar, conviénele salir y esconderse de todas las
cosas criadas según la voluntad, y entrarse en sumo re­
cogimiento dentro de sí misma, comunicándose allí con
Dios en amoroso y afectuoso trato, estimando todo lo
que hay en el mundo como si no fuese” (Cántico, c. I,
v. 1). Cfr. sus Cautelas y passim en todas sus obras.
Es un eco de la palabra de San Pablo: et qui utuntur
hoc mundo tanquam non utantur...” (I Cor. VHt, 31).

— 141 —
nada; porque ésta no resiste” (Subida, 1.1, c. VI).
Casi puede decirse, por lo tanto, que se necesita
más omnipotencia divina para lograr el despo­
jo y desnudez, el “desasimiento” perfecto de
nuestros apegos... que para la obra de la crea­
ción, con ser ésta tan grande, que es obra ex­
clusiva de la mano de Dios.
Negación de criaturas. Muerte a sus deseos.
Obra de la generosidad del alma ayudada siem­
pre de la gracia divina, y rematada místicamen­
te por la misericordia de Dios, que afina y adel­
gaza, que purifica y vacía, que arranca y ani­
quila... como sólo Dios sabe y puede hacerlo.
¡Hora solemne! Es la hora en que se esfuman
y se borran todas las cosas; en que se pierde uno
a sí mismo ¡la grande y temible criatura!; y en
que el mismo Dios parece que se esconde y no
quiere llenar el vacío... Es la hora del grito trá­
gico de San Juan de la Cruz en el último verso
de la canción primera del Cántico: ¡y eras
ido! Es la hora de la atrevida frase de María
Díaz, la santa viejecita de Avila: Señor, des­
pués que me habéis dejado sin nada, ¿os me
vais?” Es la hora en que M. María de Jesús, la
santa fundadora de las Reparadoras, siente con­
suelo al sentirse rechazada por El, porque así al
menos ¡Le sentía! Es la hora larga de gran parte

— 142 —
de las vidas de un San Pablo de la Cruz, de un
Beato Diego de Cádiz, etc. Es la hora, que en
él duró también casi toda la vida, en que el alma
torturada, martirizada, del dulce P. .Bernardi­
no de Portogruaro, General de los franciscanos,
exclamaba en su angustia: ¡Todo está mudo,
nadie lo responde!... ¡Hora solemne! Es la hora
del morir, la hora del vacío absoluto, a donde
se lanzará impetuoso Dios para llenafio, Dios
que es el Todo y la Vida... Entretanto el alma,
que ha salido de todas las criaturas y de sí mis­
ma inclusive, queda sin ellas y aparentemente
hasta sin Dios, “penando en los aires del amor
sin arrimo de ti y de mí” (San Juan de la Cruz,
Cántico, c. 1) en un ansia de ausencia total,
desgarradora.
# # #

T ercera etapa : retorno divino a las criatu ­


ras .—Dios se descubre por fin al alma en la en­
traña de la “noche”. La unión ee hace más íntima
y estrecha. El alma va arribando a la paz. Las
inquietudes y las luchas se apagan. Un éxtasis
interno, en que se siente a Dios, invade el alma.
No, no es el cielo. Seguirá habiendo hambre de
Dios que no se ha dado del todo. El santo Padre
Martín Gutiérrez, S. J., repetía en la agonía de

— 143 —

10
su lento martirio en la prisión de Cardellac
(1573): “ ¡Tener sed de Dios y beber hasta sa­
ciarse! ¿Qué será?” Hambre que a ratos sobre
todo ocasiona torturas indeseables al alma ena­
morada. Pero se ve la luz creciente que se acer­
ca más y más, que se aproxima...
Y en Dios se vuelve a encontrar el alma con
las cosas que por El, antes, había abandonado.
La esencia divina es la causa ejemplar de todos-
ios seres. Allí, en El, supereminentemente, están
las ideas de todas las cosas posibles. Esa imita-
bilidad infinita de Dios se irá reflejando en ellas
al crearlas según los decretos libérrimos de su
voluntad.
Cuando el alma goce de la presencia cara a
cara de Dios en los cielos, en El contemplará
todas las cosas. Mientras está sobre la tierra las
criaturas se le ofrecen en primer plano, le dan­
zan de continuo en su torno... Pero al dejarlas,
al hundirse en Dios, allí las halla de nuevo, pero
de otra manera. Las encuentra y las ama y las
goza a lo divino. No es como será en los cielos.
Aquí sigue todavía entre los velos de la fe. Pera
es un preludio, una aproximación de aquello.
Parece que se acerca a la visión maravillosa.
Antes conocía a las criaturas, que se metían
por sus sentidos, que se unlversalizaban en su
razón, que se bañaban en la luz de su fe, de un

— 144 —
modo en definitiva humano, aunque fuese sobre­
natural por la intervención de esa fe bajo cuyo
enfoque las aprehendía. Pero ahora es otro plano
y otra perspectiva más alta. Las ve desde arriba,
desde el plano de Dios. “ ... porque en Dios como
en el otero se otean y ven todas las cosas” (5).
¿ Cuál es el elemento formal que provoca esta in­
tuición más exacta y más real de las cosas?
La actuación intensa y avasalladora del don
de ciencia. Esa actuación desbordada pone allí
luces radiantes, abre horizontes infinitos. Los
seres se ven en la verdad. Se les ve criaturas,
simples criaturas pendientes de Dios, alabanzas
todas ellas de Dios. Se ve su nada. Y se ve, por
lo tanto, la perfección de Dios, que como una
chispa se ha vertido en ellas. ¡Dios en ellas!
¿Nos extrañaremos ya de los entusiasmos de
Jos santos ante las obras de la creación? ¿Nos
maravillaremos de que a veces hasta parezca
cierto como sabor panteísta al abrazarse a ella?
¿Nos llamará la atención verles ingenuos, senci­
llos, infantiles al tratar esas criaturas, terror de
los ascetas de primera hora? ¿Nos chocará que
esa creación se les ofrezca en algún modo como
se ofrecía al primer hombre antes del pecado?

(5) San Juan de la Cruz, Cántico, c. II, v. 2. Véase


Llama, c. IV, núm. 5 de ed. Silv.

— 145 —
Es a Dios a quien allí descubren. Es la realidad
esencial del universo, contemplado con una mi­
rada limpia, pura, divinizada.
Decíamos que era efecto de la actuación lla­
meante del don de ciencia. Dice Juan de Santo
Tomás, el gran comentarista del Angélico: “Ca­
ritas, qua affectus noster unitur Deo primario
fertur in Deum et res divinas, et secundario in
creatas propter Deum. Unde affectus ille (efec­
to del Don) connaturalizatur atque unitur Deo
et experimentalem gustum de Deo habet, sed
simul etiam habet gustum et experientiam de
creaturis, formatque judicium rectum de illis,
tum ad contemnendum, ne ab illis inordinate du-
catur, tum ad diligendum moderate, ordinando
illas in Deum”. “La caridad, mediante la cual
nuestro afecto se une a Dios, en primer término
se dirige a Dios y a las cosas divinas, y después
a las cosas creadas para Dios. De donde se sigue
que este afecto se connaturaliza con Dios y se
une con Dios y tiene gusto experimental de
Dios; pero a la vez lo tiene de las creaturas y
se forma juicio recto de ellas, ya para despre­
ciarlas, a fin de que no seamos malamente arras­
trados por ellas, ya para amarlas con modera­
ción ordenándolas a Dios” (disput. XVIII, a
IV ). Se gustan, se experimentan, pero en su ple­

— 146 —
na realidad objetiva, dentro del fuego de la ca­
ridad, del amor de Dios.
No sólo por razones, no por sola la fe, sino
por esa como sensación divina que en el alma
se ha manifestado maravillosamente.
Sí, en definitiva, es Dios a quien allí descu­
bren. No hay, por lo tanto, oposición alguna en­
tre las negaciones totales de la Subida y de la
Noche de San Juan de la Cruz y el apoyo que
parece buscarse en la naturaleza en las prime­
ras estrofas del Cántico. Son ritmos distintos.
Allí se dejan por Dios. Aquí se atienden con
miradas rápidas, torturadas, errantes, pero para
buscar a Dios (6).
Y así también se realiza sublimemente—es el
eco humano de tanta realidad divinizada—lo que
un célebre crítico teresiano declaraba en estos

(6) No nos escandalicemos en ocasiones de las “de­


bilidades” de los santos. Cuando, como anotábamos an­
tes, sienten a su pobre ser suspendido entre el cielo y
la tierra, abandonado..., bajo el rodillo de todas las tor­
turas físicas y morales, en esa contorsión terrible que
en ciertos momentos tiene que hacer para vivir...;
¿qué extraño que sus manos se tiendan instintivas a
veces buscando un apoyo? A veces es obligación calcu­
lada. A veces es debilidad, impotencia, pero inevitables.
¡Somos tan pequeños! Lo contrario es lo que no se ex­
plica sin milagro de Dios.

— 147 —
términos: “Al expresar las relaciones del alma
con la naturaleza, el místico realiza la esencia
misma del lirismo; al descubrir bajo toda apa­
riencia sensible y pasajera el “signo” eterno,
crea el simbolismo puro. En sus innovaciones
más atrevidas las escuelas literarias del siglo xrx
solamente han renovado procedimientos familia­
res a la mística medieval” (7).
Verdaderamente, los místicos han espiritua­
lizado con su toque ardiente a la naturaleza ma­
terial e intelectual, heridas por la culpa...
El alma, a la luz imprecisa y difusa del atar­
decer, jugaba con las “cosas” . Luego, las som­
bras lo invadieron todo. Y el alma se halló me­
tida en las tinieblas de una noche sin estrellas.
Todos los contornos distintos se borraron allí.
Las “cosas” desaparecieron en un sueño de ol­
vido. A lo largo de esta destrucción aparente,
pero dura del mundo, el alma caminó, casi in­
consciente de ello, trepando a las alturas. Y
cuando al mediodía deslumbrador y radiante des­
pertó en la cumbre perdida en los cielos, se des­
cubrió ante ella la visión maravillosa... Las “co­
sas” estaban allá abajo, lejos, pero en su sitio.
El mundo abandonado volvía a aparecer de nue-

(7) Etchegoyen, L’amour divin. Paris-Bordeaux, 1923,


página 223.

— 148 —
VO, pero esta vez... dominado, rendido, ilumi­
nado por una luz cenital pura y divina.
Un problema interesante y difícil nos queda
por tocar todavía, ya que tratarle a fondo exi­
giría un libro entero.
La Humanidad Santísima de Cristo es una
criatura. La más excelsa, la más santa de todas
las criaturas. De hecho—concíbase como se quie­
ra la causa final de la Encamación—, de hecho,
toda la restante creación es el pedestal del mo­
numento del Verbo Encamado. El es su cumbre
y su corona. “Después del mundo original que
es el Verbo, el mayor mundo y el más vecino al
original es Cristo en cuanto hombre” (8).
¿También habrá que eliminar como un impe­
dimento, al menos de alguna manera, a esta
criatura santísima al andar los caminos progre-
dientes del espíritu? Nada más falso. El mismo
lo ha dicho: “Ego sum via, veritas et vita. Nemo
venit ad Patrem nisi per me” (9). Y la Igle-
sia, contra todas las tendencias contrarias de
los “iluminismos” de mala ley, ha hecho suya
la doctrina teresiana (Vida, c. 22, y Moradas, VI,
c. 7) de la necesidad de la Humanidad de Je-

(8) Beato A. de Orozco. De nueve nombre de Cristo,


nom. II, Faces.
(9) J., XIV, 6.

— 149 —
Bucristo en todos los estados de la vida espi­
ritual (10). Baste, por otra parte, el ejemplo que
ella misma nos ofrece en su Liturgia. Es cierto
que en momentos determinados de contempla­
ción no se podrá tener presente la Humanidad-
de Cristo. Ni es necesario siempre. También en
unas almas será más intensa la atracción por
esa Humanidad o por algún aspectos de la mis­
ma que en otras. Pero en ningún estado se pue­
de excluir voluntariamente, industriosamente,
la mirada hacia ella. Cristo es siempre y para
toí\)s causa meritoria, ejemplar, final, eficien­
te instrumental (probablemente instrumental fí­
sica) de nuestra deificación. ¿Cómo vamos a
prescindir intencionalmente de un orden que ob­
jetivamente, realmente existe y se nos impone?
Para vivir de Dios hemos de ser sarmientos de
esa vid, miembros de su cuerpo místico, injer­
tos de esa oliva, piedras vivas de ese edificio....
que es el Cristo.
Sin embargo, dentro de la ortodoxia cabe se­
ñalar tendencias y matices diferentes en ese uti­
lizar la Humanidad de Jesucristo en orden a la-
vida espiritual. Podríamos reducirlas a tres,,
siempre, claro está, con el riesgo de encasillar
autores o escuelas un poco artificiosamente, ya.

(10) Cfr. la carta de Pío X sobre Santa Teresa.

— 150 —
que en realidad no se dan tipos puros ni líneas
cortadas y definidas como las formamos nos­
otros en nuestro cavilar.
Hay una corriente espiritual que contempla el
Señor—Verbo Encamado—, pero más con mira­
da teológica, dogmática. Es Jesucristo, Dios y
Hombre, en todo el contenido de su realidad di-
vino-humana. No son los misterios de su vida
mortal estudiados a través de la sencillez evan­
gélica, sino elevados a tesis, en cierto modo di­
ríamos, estilizados. Así, los santos Padres, así
en parte al menos la escuela norteña del siglo xrv,
así Santa Satalina de Sena, así el Beato Avila,
así Luis de León, así la escuela francesa de Be-
rulle, así la moderna escuela benedictina.
Otra corriente, por el contrario, es la que se
complace en esa Humanidad, beata tal como a
nuestros sentidos y sentimientos humanos se
nos presenta. Es la devoción tierna medieval de
San Anselmo, de San Benardo, de San Francis­
co, del mismo San Ignacio... y sus escuelas res­
pectivas.
Para las corrientes aludidas la Humanidad de
Cristo es precioso medio siempre querido y bus­
cado en sus elevaciones hacia Dios. De un modo
o de otro, Jesucristo juega un papel céntrico y
llameante en su vida. Autores tan arrebatados
y sublimes como un San Buenaventura, por ejem-

— 151 —
pío, terminarán sus exposiciones más místicas
(así el Itinerarium mentís in Deum) por una as­
piración anhelosa de entrar en el silencio divi­
no, en la misteriosa calígine... pero por Cristo y
éste crucificado.
Cristo está siempre allí, presente en la evo­
lución de la vida espiritual del alma, sin que ésta
sienta la inquietud de sobrepasarle.
Pero una tercera corriente, ortodoxa todavía,
parece sentir esa inquietud. Difícil es el poder
determinarla en todos sus anillos. Ni hay con­
tinuidad ni la misma silueta ideológica en los
que pudieran numerarse en ella.
Quizá una falsa exégesis del texto difícil de
San Pablo (II, Cor. V, 16): “Et si cognovimus
secundum camem Christum, sed nunc jam non
novimus”, les ha llevado a una concepción un
tanto desplazada del problema. El sentido del
apóstol es: que antes de su conversión conocía
(juzgaba) de los demás según sus criterios hu­
manos, naturales, y así a Cristo lo tenía por un
falso profeta. Después de su conversión juzga a
todos, aún al mismo Cristo, según los criterios
y las luces de la fe (11).
Lo cierto es que a Cristo se le considera más
en cuanto Dios que en cuanto hombre a fuerza

(11) Cfr. Prat, Grandmaison, Sales...

— 152 —
de querer apurar el alma con una perfección
alta y muy fina. ¿No es ésta la posición que se
adivina en las mismas obras de San Juan de la
Cruz? Véase principalmente la canción 1.a del
Cántico y toda la Llama. En otros, la tendencia
a trascender y llegar a la divinidad desnuda es
manifiesta. Tanto en aquellos que influenciados
por la escuela de San Víctor dan gran impor­
tancia al elemento intelectual en la contempla­
ción, como en los que predomina la teoría del
amor sin conocimiento {Hugo de Palma, Mar-
phius...). En aquéllos, el afán de prescindir de
modo y maneras distintas para llegar a una con­
templación simple, delgadísima, pura; en éstos,
el afán de un amor sin mezcla que se detenga
sólo en el saboreo ciego, o casi ciego, de Dios
más allá de los datos sensibles y de las nocio­
nes. Así Osuna, el del “recogimiento” famoso,
el de “no pensar nada; atento sólo a Dios, y con­
tento”, en el mismo prólogo de su Tercer abe­
cedario, después de probar que la Humanidad de
Cristo no puede ser obstáculo para ningún es­
tado de la vida espiritual, añade, sin embargo,
que así como a los apóstoles, por su culpa de
ellos, les convino la ausencia sensible de Jesús,
“bien parece convenir también aquesto algún
tiempo a los que quieren subir a mayor estado”.
Insiste a continuación, explicándose, que es que

— 153 —
hay que conocer a Jesús espiritualmente y no car-
nalmente. Otro ejemplo, un poco anterior a
Francisco de Osuna, el de García de Cisneros
en su Ejerdtatorio de la vida espiritual, c. VIII:
\ . y cuando el siervo de Dios comenzare a se
arraigar en el amor de la divinidad, podrá apar­
tarse de pensar la humanidad. Ca por alcanzar
este gusto y pensamiento pensaba primeramen­
te de la humanidad y de las llagas que eran
puertas para e l l o Un sabor algo más acre y
acentuado tiene en ese sentido Bernardino de
Laredo en su Subida del Monte Sión, sobre todo
en su segunda edición de 1538. El parece ser
que fué el que influyó en Santa Teresa desorien­
tando un tanto su espíritu en punto a la estima
por la Santa Humanidad del Señor (12). Otros
muchos textos y autores se podrían aducir. En
todos éstos la explicación ortodoxa es fácil, ni
están lejos de los que escribieron con toda exac­
titud sobre la materia, pero hay un ligero color
que vagamente sombrea la blancura.
No, Cristo siempre es camino, siempre a tra­
vés de sus llagas, como Repite San Alberto Mag­
no, o Juan de Castel, o el que ser el autor “ De Ad-
herendo Deo” y, mejor, anidando en ellas. (¡Oh

(12) Cfr. F. de Ros, Le Pére Francote d’Osuna, París,


1937, pág. 566 ss.

— 154 —
páginas preciosas sobre la Llaga del Costado, del
Corazón de Cristo! Todos los escritos inflama­
dos de los amigos del Corazón de Jesús abun­
dan en estas perspectivas radiantes: Santa M.
Margarita, Padre Hoyos, Padre Cardaverar...;
antes, las místicas benedictinas medievales, como
Santa Gertrudis, etc.) Así es como penetrare­
mos en el secreto de la divinidad. Así lo enten­
dieron las almas santas todas, aun esas mismas
que antes criticábamos también. Entre las mo­
dernas véase la magnífica utilización de ese Je­
sucristo, en medio de las elevaciones trinitarias
y deíficas más inefables y sublimes de una Isabel
de la Trinidad, de una María Antonieta de Geu-
ser (Consummata), de una Angeles Sorazu, y de
una María Cecilia de Roma, etc.
“ ... Después, como a través de la Humanidad
de Cristo, tuve una especie de revelación del
inefable Misterio de la Santísima Trinidad; se
diría que es como rl velo que la oculta y que se
retira poco a poco y el alma comprende siem­
pre mejor este gran Misterio y, por el hecho mis­
mo todos los otros; la Encamación, la Reden­
ción, no pueden concebirse sin el Misterio de la
Santa Trinidad; pues el Misterio de la Santa
Trinidad los encierra a todos.
Veo a Jesús como revestido de la belleza del
Padre y del Espíritu Santo. ¡Qué belleza!..., ¡qué

— 155 —
belleza!... Oh, así es como el alma se sumergirá
durante la eternidad cuando la revelación de
este misterio llegue al último límite de lo que el
alma puede comprender sobre la tierra; es ne­
cesario que la muerte venga para que ella pue­
da ir a gozarlo en la eternidad! Esta debe ser la
consumación de la contemplación suprema. ¡Oh,
yo desfallezco por ir a ver a Dios!... ” (13).
Como dice el Emmo. Sr. Cardenal Schusterr
O. S. B., comentando el texto de San Pablo
(Efe, m , 13-21), precisamente esa vida de Je­
sucristo es la que “ debe lograr en nosotros la
máxima expansión, elevándonos hasta el cono­
cimiento experimental de su infinita sabiduría
y caridad, que es lo que constituye la ver­
dadera ciencia de los santos” (14).
Por Jesucristo al seno del Padre. El nos pe­
netra, con su Espíritu nos incorpora a El, se
prolonga en nosotros, sufre y ama y glorifica
al Padre en nosotros, y así nos arrastra hasta
el sagrario de la divinidad. “ Vita vestra abs-
condita cum Christo in Deo” (15) (16).

(13) Juana María Angeles del Niño Jesús. C. D. “Lis


et Hostie”, p. 375.
(14) Líber Sacramentorum, V, 161.
(15) Coios., III, 3.
(16) Sed quae sit ista 1ota, ostendit subdens: Per ve­
lamen, id est, camem suam. Sicut enim sacerdos per

— 156 —
Criaturas sí y criaturas no. Según y cómo. La
mirada en Dios resolverá en todo caso la anti­
nomia aparente que nos plantean. Pero... siem­
pre Dios. ¡Dios sólo!

velum intrabat in sancta sanctorum, ita si volumus in-


trare sancta gloriae, oportet intrare per camem Chris*
ti, qui fuit velamen Deitatis. Vere tu es Deus abscon·
ditus (Is., XLV). Non enim sufficit fides de deitate, si
nom adsit fides de incamatione. Creditis in Deum, et
in me credite (Joan, XIV). Vel per velamen, id est, per
carnem suam datam nobis sub velamento speciei pañis
in sacramento. Non enim proponitur nobis sub specie
propria propter honorem, et propter meritum fidei”
(Santo Tomás, in ep. ad Hebreos, in c. X, v. 20).
VIRGINIDAD

Si quieres ser perfecto...

HAY UNA TRIPLE VIRGINIDAD

1. Virginidad del cuerpo.—La virginidad que


propiamente, técnicamente, recibe el nombre de
virginilidad. Cuerpo consagrado, sellado, ama­
sado con barro de azucenas, cuyas fuerzas se
han reservado íntegras como un perfume de in­
cienso ante Dios. Es la víctima que puede ofre­
cer el estuche de su alma puro, intocado, sin pro­
fanación ni rasguño, como una hostia blanca,
para que la entrega sea más completa, para que
todo el ser sirva más plenamente, más totalmen­
te, más directamente de homenaje a su Dios. El
cuerpo, un poco de materia pobre que tiende a la
corrupción y a la miseria, queda así neumatiza-
do. La virginidad en él es el triunfo del espíritu

— 159 —
sobre la carne. Así, con toda perfección, en Ma­
ría. Por eso su sangre purísima sirvió para que
la hiciese suya al humanarse el Hijo de Dios.
2. Virgincdidad del corazón.—Es la que pro­
porciona la virtud de la castidad en toda su am­
plitud. Es la del alma que ha sabido con la gra­
cia divina conservar incontaminado su mundo
interior todo, sin salpicaduras de impurezas ni
fangos de la tierra. Castidad de imágenes y de
pensamientos; castidad de deseos y afectos; cas­
tidad de sentidos y de obras en general... Todo
limpio. Todo inmaculado, aunque la lucha se haya
levantado feroz en los aledaños del ser, tratan­
do de arrebatar al alma y al cuerpo la perla pre­
ciosa de su castidad querida. Esa castidad de­
fendida con sangre del corazón y quizá de las ve­
nas, es más valiosa aún. Lirio entre espinas..^
Hpmenaje doloroso ante los derechos exhausti­
vos divinos...
3. Virginidad del espíritu.—Consiste en con­
servar la virginidad del amor para Dios... Es de­
cir, en que el alma no haya entregado ni una gota
de su amor indebidamente... por ahí a criaturas...
Consiste en vivir verdaderamente la vida en un
acto perfecto de ofrenda amorosa a su Dios...
¡Ay, Dios mío! El tiene todos, absolutamente
todos los derechos... En el tiempo y en la eterni­
dad somos exclusivamente para su gloria. Una

— 160 —
mirada a nosotros mismos, a nuestro yo, la peor
criatura con que tiopezamos, una mira<*a a cual­
quiera de las otras... hecha a espalda* de Dios,
hecha inútilmente que sea, es un robo sacrilega
de gloria divina... ¡Nuestro amor puro para El!
Y habrá que amarnos y habrá que amar a los de­
más... pero por El, porque somos algo de El, re­
flejo suyo, idea eterna en El, en su Verbo, amor
en el amor mismo infinito con que Dios se ama,
imagen pálida y participada de sus perfecciones
infinitas... Habrá que amamos, pero buscándole
a El, porque lo quiere El..., porque El se ama, se
glorifica en nosotros... Detener nuestro amor en
nosotros, en cualquier criatura, sin orden a Dios,
es profanación, es desorden, es romper la virgini­
dad del espíritu, es mancharle con impurezas
tristes. Ni una partícula le podemos sustraer...
El que se la haya negado ¡ ha perdido la virgini-
lidad del espíritu! ¡Ha destrozado la virginidad
de su amor...!
María es la Virgen con la triple preciosa vir­
ginidad... ¿Quién... fuera de Ella? Por eso fué
escogida para Madre del Verbo Encarnado. Por
eso es la Esposa por excelencia del Espíritu San­
to. Por eso su fecunda maternidad sobre toda la
Iglesia, sobre todas las almas. Por eso es Corre-
dentora, Reparadora, Glorificadora por antono­
masia de Dios...

— 161 —
“Sí, bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios...” El alma virginal es
un ser transparente, traslúcido, donde Dios pue­
de reflejar su gloria, donde puede verter algo de
su amor sin resistencia, sin rebeldía, sin dificul­
tades misérrimas... El alma virginal, triplemente
virginal como María, es el alma que ve a Dios,
que le siente, que puede abismar en aquel abis­
mo sin fondo su pobre existir, que comulga mis­
teriosamente a su vida infinita... Es la alabanza
de su gloria... Es por consiguiente su reparación
y su consuelo, el instrumento de su gloria en las
almas, el sacramento de sus comunicaciones ine­
fables. La fecundidad de la vida apostólica está
en razón directa de la virginidad lilial del alma
del apóstol: fuente pura de aguas cristalinas y
claras...
¿Que la virginidad en algunos de sus tres as­
pectos se hubiera perdido? No importa. Pode­
mos hablar, aunque parezca una contradicción
en sí mismo, podemos hablar de una virginidad
reconquistada... Podemos suponer una purifica­
ción honda, terrible, que lo limpie todo, que lo
restaure todo, que ponga una vida nueva allí, re­
sucitada... Deus est igni consummens.,. Dios es
fuego devorador, que abrasa, que consume... Es
Amor Infinito... Y el Amor utilizará al dolor, al
sacrificio, a lo que haga falta... La sangre dcí

— 162 —
Verbo Encarnado, las lágrimas de la Madrecita
santa y buena, la generosidad y penitencia del
alma, serán los instrumentos que el Espíritu San­
to utilice para hacer el milagro. Y el alma re­
novada podrá cantar el himno de las almas pu­
ras, podrá ser como María Virgen y Madre de
Jesús, de las almas, podrá ser alabanza de glo­
ria, gloria en la gloria de su Dios.
jMALDITO!

En su epístola a los Gálatas, San Pablo, con


la energía peculiar con que parece a veces ras­
gar la membrana en que escribe, dice que “Chris-
tus nos redemit de maledicto legis, factus pro
nobis maledictum: quia scriptum est: Maledictus
omnis qui pendet in ligno” (III, 13). ¡Frase atre­
vida que encierra un mundo de contemplación
profunda y silenciosa!
Cristo ha sido hecho “el maldito" para librar
a los judíos de la maldición en que caían por no
observar la ley y para que se extendiese hasta
nosotros los gentiles la bendición y las prome­
sas hechas a Abraham (III, 14).
Se hizo nuestro hermano, se hizo solidario
nuestro, se revistió de nuestras miserias, cargó
con lo que debían nuestros pecados... Y así cayó
sobre El la maldición que los mismos merecían...
4<Qui non noverat peccatum, pro nobis peccatum

— 165 —
fecit ut nos efficeremur justitia Dei in ipso...”’
(II Cor., V, 21). ¡Se hizo por nosotros “pe­
cado”...! La misma personificación que en el
texto de los Gálatas, que da una fuerza de ex­
presión inusitada a la frase del Apóstol.
Contemplémosle en la cruz. Allí pesa sobre El
toda la infamia de aquella maldición, que volun­
tariamente abraza. Allí se consuma cruenta­
mente, dolorosamente, su sacrificio sacerdotal,
en el cual él mismo es la víctima...
¡Maldito! Físicamente agotado, deshecho, ma­
jada su carne, suspendido del leño (S. Pablo
recordaba las palabras del Deuteronomio, XXI,>
23, citadas libremente según los LXX: maldito
todo aquel que pende del madero...), desangra­
do, cosido a la cruz—“crucifijo” que parece de­
cir que cruz y Cristo es uno—, desnudo, sin tener
ni dos palmos de tierra en que poder tenderse
para morir en paz...
¡Maldito!, sin apoyo humano ninguno. Incom-
prendido, abandonado, burlado, traicionado, re­
negado... hasta de sus íntimos, aparentemente
en el mayor de los fracasos... Su misma Madre
no le puede ayudar siquiera.
¡Maldito! ¡Qué visión la suya del pecado que
le envuelve, que le asfixia, que le aplasta...! Es
una lucha cuerpo a cuerpo entre Cristo y el pe­
cado, en la que su vida humana preciosísima ha

— 166 —
sido derribada, vencida por el monstruo enemi­
go de Dios... El tiene la noción exacta y terrible
del pecado..., y El lleva encima de sí, como res­
ponsable inocente, ¡todos los pecados! San Lu­
cas, cuando describe las tentaciones del desier­
to, dice que el diablo se retiró de él “hasta otro
tiempo” (IV, 13). Este era sin duda. Está allí,
danzando ante El, en un vértigo de rabia y de
triunfo que creería logrado sobre aquel debela-
dor de su reino... Cristo se siente objeto de la
burla infernal...
¡Maldito! El Padre le maldice... ¡Misterio in­
sondable para nosotros pobrecitosí El Hijo ama­
dísimo y santísimo, el que siempre goza ni pue­
de menos de gozar, aún en cuanto hombre, de la
felicidad infinita del Padre... se siente abando­
nado por El. Es como si la divinidad maldijese
a la humanidad que la ha asumido hipostática-
mente. Es como si la parte superior de su alma
humana rechazase a la inferior arrastrando con
ésta a su cuerpo hecho llaga...
¡Maldito! Parece por las frases de angustia
de Jesús en el Calvario y en Getsemaní que su
alma se hallaba sumergida en el desconcierto in­
terior. Esa situación psicológica de desgarra­
miento, de torbellino, de locura, de incompren­
sión de sí mismo, de noche, de tiniebla infini­

— 167 —
ta... Repugnancia de uno mismo. Muerte mal­
dita...
;Que retiren en seguida su cuerpo muerto de
la cruz, antes de que vengan las sombras, que
lo manda la ley, que es de un maldito... McUedic-
tus onmis qui pendat in ligno!
Cuando San Juan de la Cruz quiso buscar un
gráfico que formulase plásticamente los horro­
res de sus “noches”, de las purificaciones acti­
vas y pasivas del alma que se entrega con per­
fección y que Dios eleva con cariño de Padre y
de Esposo amantísimo, no encontró otro más
expresivo ni más impresionando que el de Cristo
en la Cruz... Véase el capítulo VII del libro II de
la Subida. Cierto que entre Cristo y los demás
la distancia es infinita. Pero evidente también
que en el Crucifijo es donde se encuentran abra­
zados en su forma perfecta el amor infinito y
la “nada” absoluta de la abnegación. más com­
pleta.
El gráfico es aleccionador para nosotros, aun­
que en su perfección nos es irrealizable. Porque
los redimidos vamos tras las pisadas del Señor.
Imitación de Cristo. Vida en Cristo. Miembros
suyos, de su mismo cuerpo. Sarmientos suyos,
que vivimos injertados en la cepa que es El. Por
lo tanto, participamos de esta condición victi-
mal suya con todo lo que ella es y ella supone.

— 168 —
Por eso hay que abnegarse, por eso hay qtse
morir (1), por eso hay que ofrecerse con El “per
ipsum et cum ipso et in ipso” (Rom., XI, 36),
por eso hay que completar en nosotros—por nos­
otros y por los demás—lo que falta a la pasión
de Cristo, a fin de que se apliquen sus méritos a
sus miembros, a los que en la incesante renova­
ción vital de su Iglesia, vivirán de El... (Coios., 1,
24). La verdadera vida cristiana es vida de víc­
tima. Víctima a través de las cruces de la vida;
víctima en la práctica de la mortificación nece-

(1) “Si quis vult post me venire, abneget semetip-


sum, et tollat crucem suam, et sequatur me” (S. Mat.,
XVI, 24; S. Luc. añade “quotidie” , DC, 23). La fuerza
del texto original es extraordinaria (cfr. e. g. Lagran-
ge, in hoc loco), de tal modo que las mismas “exigen­
cias” de un San Juan de la Cruz resultan casi frías al
lado de las palabras del Señor, y desde luego no hacen
más que explicarlas. “Abneget semetipsum”, totalmente
el “yo”, hasta que muera, el “perinde ac cadaver*’ de
San Ignacio de Loyola. La segunda metáfora “et tollat
crucem suam” es aclaración de la primera; tome su
cruz, como tenía que hacerlo el condenado a este su­
plicio cuando iba a morir, es decir, camine a su muerte
mística, a esa negación total de sí y de todo lo suyo
para que sólo viva en él Cristo y, por consiguiente, su
voluntad divina. Podríamos multiplicar los textos evan­
gélicos y paulinos que dicen lo mismo, y a los que no
vale echar agua para querer quitarles su penetrante
y absoluto valor y sentido.

— 169 —
s&ria y voluntaria, interna y externa; víctima en
reparación de los pecados propios y de los aje­
nos; víctima para el fin supremo de la glorifi­
cación de Dios.
Pero hay luego una vocación particular para
vivir con más perfección y plenitud esa victi­
mación bendita.
Cristo invita a algunas almas a que quieran
asociarse a su vida victimal de un modo espe-
cialísimo, a que quieran ser con El “hostia viva”,
holocausto puro de amor y de dolor, a que quie­
ran como El vivir “malditos” ...
Vocación especial. Que supone una vida de san­
tidad ya muy lograda, una entrega seria, un re­
cogimiento y abnegación no vulgares. Que su­
pone alguna señal más definida; deseos autén­
ticos, peticiones misteriosas de Dios para ha­
cerle esta consagración concreta. Deseos y pe­
ticiones que han de dejarse madurar con pru­
dencia y discreción. Porque a veces no se cum­
plen los deberes elementales de la vida cristia­
na y se sueña, sin embargo, con sublimidades
lejanas y quizá embriagadoras. Pero toda alma
consagrada, en especial los sacerdotes, que par­
ticipan con mayor plenitud del sacerdocio de
Cristo y, por lo tanto, de su condición victimal
—Sacerdote y víctima son títulos y realidades

— 170 —
que en El mutuamente se exigen—, ¿no tienen
ya de suyo vocación peculiar a esa vida especial
de víctimas? A algunas, un movimiento interior
que puede ser auténtico, les llevará a ofrecerse
por fines determinados de intereses de gloria de
Dios.
Luego, hay que hacer la ofrenda al Señor. Con
generosidad, sin regateos, sin condiciones... Dios
seguramente acepta. ¿Para qué si no iba a poner
aquellos deseos en el corazón? Que nadie se en­
gañe: es ir al martirio, es ir al Calvario, es ir
a morir... Que después no se proteste, que no
se retire prácticamente lo que se entregó pri­
mero.
En la consumación de esa victimación habrá
sin duda sus grados y maneras. El Señor tiene
recursos infinitos de cumplir sus designios. Por­
que es el Señor el que va a realizar esa obra
magnífica permitiendo unas veces, queriendo
otras, asociando siempre a su vida de hostia esas
vidas desde las cuales continuará su gran ala­
banza victimal de amor y de dolor sobre la
tierra...
Purificaciones activas y, sobre todo, pasivas
con toda la gama de martirios de sangre, de
martirios del corazón, de martirios de amor...
que las constituyen. Con toda la variedad de ex-

— 171 —
perienci&s que las grandes almas victimas nos
han revelado. San Juan de la Cruz ha descrito
las lineas clásicas, el común denominador, la
base, si se quiere estilizada, de esas purificacio­
nes colosales, en que la mano de Dios toca al
alma para deshacerla en el dolor y en el amor
más fino. Pero cada alma tiene su perspectiva y
su panorama propios. En cada una se realizan
materialmente, digamos así, según un plan di­
vino más o menos distinto. Todas gritan inevi­
tablemente (Beata Angela de Foligno, Santa Ca­
talina de Génova, San Pablo de la Cruz, Santa
Verónica de Giulani, Madre Sorazu...) al sentirse
triturar por la molienda dura, al sentirse estru­
jar en el lagar bajo todas las pisadas, al sentir­
se destilar gota a gota en la almazara... Gritos
que parecen venir de un mundo lejano y que no
traducen, impotentes, el dolor inmenso que los
arranca..
Fijémonos en las que llevan ese sello victimal
más llamativamente impreso. ¡Visión de san­
gre ! En esas almas que parecen vivir más inten­
samente que otras muchas su estado de inmola­
ción, su misión reparadora, su “maldición” por
los otros... Almas que extienden sus brazos en
la cruz, que en la cruz viven, y que en la cruz se
mueren... “Christo confixus sum cruci” (Gál., II,
19). Almas en las que arde llameante el amor más

— 172 —
puro, la caridad más iluminada, pero en las cuales
el Señor se complace en prolongar su Pasión so­
bre la tierra... Que se sienten envueltas en esa
“maldición” amorosa, aplastadas por ella, aniqui­
ladas, tocadas por la mano divina que hiere y pul­
veriza, retorcidas por Dios como la mujer hace
con la ropa que quiere secar después de la co­
lada, en dolores físicos incomparables, en aban­
dono de la tierra y al parecer también del cielo:
dudas, angustias, temores... Purgatorio místico,
infierno místico si se quiere decir... ¡Almas mal­
ditas! Almas en las que las pruebas divinas y
las “noches” parecen constituir el fondo de su
vida sacrificada.
Almas elegidas como San Pablo, Santa Cata­
lina de Sena, Santa (Jema Galgani, Mons Volpi,
místicamente crucificadas y que mueren así... El
Señoí parece multiplicarlas en nuestros días,
quizá como contrapeso a la paganización sensual
y a la injusticia desbordada de nuestros tiem­
pos. Almas valientes... ¡Que se den, que se en­
treguen, que no retrocedan!... ¡Que hacen mu­
cha falta! Que en lo hondo de su alma rugirá
impetuoso el amor y vivirá escondida una paz
inefable. Que Dios se glorificará espléndida­
mente. Que la Iglesia se llenará de su perfume
oculto y se aprovecharán las almas. Que la Ma­

— 173 —
dre Dolorosa estará junto a ellas como estuvo
junto a la Cruz en el Calvario...
¡Malditas! Crucifixión mística, muerte místi­
ca en la cruz, donde se da la unión transformante
y consumada, donde florece el amor..., como fué
la muerte de Jesús el Viernes Santo bajo la di­
vina maldición reparadora...
TRIPTICO ESPIRITUAL

Dios ha querido que la Iglesia, su Iglesia, se


funde y exista como un reflejo de su misma vida
íntima, una y trinitaria, ejemplar perfecto de
todas las cosas creadas. De este modo les gusta
contemplar la creación a un San Agustín, a un
San Buenaventura... Todo es así gradualmente
vestigio de Dios o imagen de Dios o semejanza
de Dios. Todo así se explica según una analogía
universal, en cuyo centro está Dios. Dios, que
todo lo conoce en su Verbo, que todo lo decreta
por amor en su Espíritu Santo.
Pero cuya manifestación suprema, cuya obra
«externa de amor por excelencia es la misión de su
Verbo hecho carne, que se prolonga luego místi­
camente en su Iglesia, que vive animada por la
misión invisible del Espíritu Santo. La Iglesia co-

— 175 —

12
roña así la obra de Dios. Ella la recoge toda,
para levantarla hasta Dios en homenaje de Glo­
ria digna de El.

II

Dios es Todo. Fuera de El era la nada abisal*


nada... Pero El quiso hacer las cosas. Y las hizo,
haciéndolas participar de su existencia, limita­
das, contenidas en la esencia respectiva de cada
una. Así son nada y son algo. Son contingencia,
que está sostenida por su religación a El bajo
todos los aspectos.
Ese movimiento profundo de religión tiene su
vibración más alta en la Humanidad de Jesucris­
to, Verbo Encamado. Y la respuesta más pura
y más exacta de esa religión vivida sobrenatural­
mente h sido y es su sacrificio sacerdotal san­
tísimo.
En ese sacrificio —obra maestra de la justicia
v la misericordia de Dios— se han abrazado to-
das las exigencias divinas sobre los hombres con
toda la entrega religiosa que éstos debían a su
Dios. Allí se realiza la religión perfecta, y por sus
méritos el Amor Infinito se nos da sin medida...
Ese sacrificio hecho nuestro, puesto en nues­
tras manos, es la Misa. Por eso, ella es toda núes-

— 176 —
tra riqueza, toda nuestra alabanza, nuestra euca­
ristía, nuestra reparación... Metidos en ella, vi­
viéndola, ella constituye el ejercicio supremo y
perfecto de nuestra religión. Más ;no podemos!...
Y en torno a ella, como fuentes de las gracias
divinas que derivan todas de los méritos del sa­
crificio de la Cruz, los sacramentos, caricias mi­
sericordiosas de Dios. La liturgia suele agrupar
su administración junto a la celebración de la
Misa, con ese profundo sentido teologal que la
preside.
La religión se cumple así principalmente en
esos actos divinos y humanos. Por los sacramen­
tos Dios parece que se nos da más a nosotros.
Por la Misa parece que nos damos más a El. Es
el abrazo íntimo, misterioso, sobrenatural, única­
mente posible por Jesucristo, el Dios-Hombre, el
sumo sacerdote y liturgo, el perfecto religioso de
Dios.

ni
La recepción eucarística sella esa unión en
cada alma. Ella es como el término de la línea de
la Encarnación. Dios se hace hombre. Dios-Hom-
bre se ofrece por los hombres y pone en sus ma­
nos su mismo sacrificio, en manos de esos hom­
bres hechos Iglesia, Cuerpo Místico suyo, vivi-

— 177 —
ficado por su Espíritu. La comunión de la victima
del Sacrificio es la llegada al final en la entrega
de ese Jesús a cada uno de los que viven de aquél.
Consuma en cada individuo el sacrificio. Pero a
su vez, como víctima que es de ese sacrificio co­
lectivo, arrastra a esa alma a una unión más es­
trecha con Jesús y su Iglesia. Y por Cristo, con
Cristo y en Cristo la abisma en la divinidad.
La comunión proporciona la máxima unión y
deja exigencias de aun mayores aumentos. Pre­
para la unión y comunión definitivas del cielo,
que es sin sacramentos, pero también “per Ipsum
et cum Ipso et in Ipso” ... en Dios. “ Vivere Deo de
Deo.”
El Beato Juan Ruysbroekc, y antes el V. Juan
Tauler, gustaban hablar de las bodas espiritua­
les entre el Todo y la Nada. El Todo de Dios y
la Nada radical de la criatura, encima pecadora...
La comunión sacramental son, aquí abajo, esas
bodas. Jesucristo, Dios y Hombre, Todo y Nada,
envuelto en la frágil pequeñez de los accidentes
eucarísticos, se da al alma y la une con Dios. La
mística unión así se acrece, se afianza y preludia
la eterna comunión de los cielos...
* * *

Dios es Caridad y Amor Infinito. Todo se ex­


plica por el Amor. Son maravillas suyas: Jesu-

— 178 —
cristo, la Iglesia, la vida divina en las almas, con
los medios y maneras que todo ello implica, son
invenciones del amor divino. Sin él no tendrían
realidad ni sentido. Con él todo se entiende. Y
queda flotando, como dulce exigencia irresistible,
la de nuestra entrega amorosa al amor. El quie­
re ser glorificado por amor... Su mirada amorosa
previno todos nuestros caminos. El encontramos
con ella, al responder nosotros por nuestra parte
con otra mirada de amor, es todo el secreto de
nuestra vida espiritual. Dios es Amor... Jesu­
cristo es Amor... La Iglesia es Amor. Nosotros
hemos de ser amor...
LA EUCARESTIA Y LA PAZ
DEL ALMA EN LA LITERATURA
ESPIRITUAL

No defino ni me entretengo en consideracio­


nes abstractas sobre la paz. Sólo me permito
distinguir entre la paz del individuo y la paz en­
tre los individuos o paz social. La primera es
la que principalmente aquí nos interesa. La se­
gunda es una proyección de la primera. La paz
del individuo es una consecuencia de sus rela­
ciones para con Dios y por ende de su encuen­
tro vital y armónico consigo mismo. Es el orden
y el sosiego de que habla tantas veces San Agus­
tín y glosa nuestro Luis de León en sus Nom­
bres de Cristo (1). La paz social es, como indi­
caba antes, una irradiación hacia fuera de la

(1) L. II. “Principe de la paz*\

— 181 —
paz de las almas. Es una suavidad conquistado­
ra que envuelve en su perfume aquello cuanta
toca. Pero, se comprende en seguida, esta rique­
za espiritual, divina y humana, que es la paz, es
en definitiva un efecto de la Caridad, un fruta
del Amor... ¡Un fruto del Amor, del Espíritu
Santo, huésped divino de las almas y alma de
la Iglesia!
Los autores espirituales de la hora primera
así contemplaron explícita o implícitamente el
problema de la paz, bajo sus dos aspectos, indivi­
dual y social. Y ello en referencia incesante a
Jesucristo, cuyo sacrificio sacerdotal es el que
nos ha merecido esa presencia del Espíritu*
fuente de la paz.
Quizá la relación Eucaristía-Paz no aflore
con frecuencia en la pluma de los autores espi­
rituales de una manera explícita. Pero compa­
rando por una parte lo que dicen de Jesucristor
Sacerdote pacificador, Príncipe de la paz, mere­
cedor de ese don riquísimo para nosotros, y por
otra su doctrina repetidísima de los efectos pa­
cificadores de la Eucaristía en el alma, y coma
Sacramento de la caridad y de la unión entre
todos los fieles, puede muy bien redactarse un
verdadero tratado sobre la Eucaristía y la paz.
del alma según la mente de tantos autores be­

— 182 —
neméritos que vertieron en sus escritos algo de
su viva experiencia espiritual. Nosotros nos li-
limitamos aquí a algunas indicaciones breví­
simas.
El Sacrificio Eucarístico, como Sacrificio re­
parador y propiciatorio que es, es eminentemen­
te un sacrificio pacificador. De hecho es la mis­
ma oblación del Calvario, su renovación mística
y la actuación e incorporación de la Iglesia al
sacrificio u ofrenda perenne de Jesús. Y este sa­
crificio es el sacrificio de la paz entre Dios y
los hombres pecadores. Por eso, es a su vez el
sacrificio del amor y de la unión para todos aque­
llos por quienes se ofrece, y que de él partici­
pan comulgando a su víctima. Por ello los más
antiguos documentos cristianos han pedido a
los que a él se acercaban, como condición pre­
via, la paz con sus hermanos, y han visto en él
al mismo tiempo el gran medio divino para la
unión de caridad que en la Iglesia, Cuerpo Mís­
tico de Jesucristo, debe darse entre todos los
que lo forman.
La Didache ha recogido ya esta exigencia y
este valor de la Misa como un eco fresco de los
mismos días evangélicos (2). Y son de sobra co­
nocidos los acentos de un San Ignacio de Antio-

(2) Cfr. c. 14, n. 1, y c. 9, n. 1. ed. Fumk Tubingae*


1.901.

— 183 —
quía que en sus cartas aboga por la unidad ecle­
siástica en torno al altar sacrifical eucarístico.
Sacrificio y sacramento de la paz. San Cirilo
de Jerusalén ha notado esa irradiación pacifi­
cadora que del Sacrificio eucarístico de propi­
ciación se desprende: “Después que ha sido com­
pletado él sacrificio espiritual, el culto incruen­
to , sobre aquella hostia de propiciación, pedi­
mos a Dios por la paz de todas las Iglesias, por
la recta composición del mundo, por los gene­
rales, por los soldados y ciudadanos, por los en­
fermos, por los afligidos y con mirada ecumé­
nica por todos los que necesitan de alimento,
oramos todos nosotros y ofrecemos esta vícti­
ma” (3). Así como San Cirilo de Alejandría (4),
y sobre todo San Juan Crisóstomo (5) y San
Agustín (6) subrayan la fuerza de unión y ca­
ridad que de sentarse y comer a ese banquete
ha de producirse en todos los que a él se llegan.
Generalmente lo hacen al comentar la frase ma­
ravillosa de San Pablo en su 1.a a los de Co-
rinto (X, 17): “ Porque el pan es uno, somos mu­
chos un sólo cuerpo, pues todos participamos de

(3) “Catecheses”, 23 (mystag., 5), 8. Mg. 33, 1.116.


<4) “In J. Evang ”, 17, 20... L. II, c. II. M. G. 74, 560.
<5) “In J. Homiliae”, hom. 46, n. 2. M. G. 59, 260.
"7n Epist. 1 ad C. hom”, hom. 24, n. 2. M. G. 61, 200.
(6) “ Sermones”, serm. 227, M. G. 38, 1.099.

— 184 —
ese mismo pan.” Todo se resume como en cifra
en aquellas exclamaciones celebérrimas de San
Agustín: “Mi carne es, dijo, para vida del mun­
do. Conocen los fieles el cuerpo de Cristo, si no
desprecian ser cuerpo de Cristo .Se hacen cuer­
po de Cristo, si quieren vivir del espíritu de Cris­
to. Del espíritu de Cristo no vive sino él cuerpo de
Cristo..., de ahí que, explicándonos este plan,
el apóstol Pablo dijo: Unus pañis, unum Corpus
mülti sunrns. ¡Oh Sacramento de Piedad! ¡Oh
signo de unidad! ¡Oh vínculo de caridad! Quien
quiera vivir9 tiene de donde viva. Acerqúese,
crea; se incorpore para ser vivificado” (7).
Los siglos siguientes se complacen más en con­
siderar la Eucaristía como sacramento y por con­
siguiente sus efectos santificadores en las al­
mas de cada comulgante en particular. Comu­
nión por otra parte cuya práctica se va hacien­
do más infrecuente y rara al avanzar la Edad
Media.
Juan de Fecamp (f 1046), uno de los auto­
res espirituales que se va rescatando del olvido,
recuerda al comulgante que se acerque “con fe,
porque se trata del misterio de la fe. Acércate
en la paz, porque se trata del sacramento de la
paz: tú estás unido por la fe y por las obras al

(7) “In J. Evang”, trat. 26, n. 13. M. G. 35, 1.612.

— 185 —
pensamiento de la Iglesia... Acércate con acción
de gracias, porque se trata del misterio de la
caridad” (8).
Y ¿cómo no citar a Santa Catalina de Sena
que en sus cartas de fuego clama por la paz
con el alma puesta en la Sangre preciosa? “¡Pu­
rifica la paz de nuestra alma en la Sangre de tu
HijoΓ
Todos los tratadistas de después—digo trata­
distas porque la literatura espiritual en gran
proporción se hace cada vez más técnica—, todos
los tratadistas morosamente se entretienen en
ponderar los efectos de la Eucaristía en el alma...
Entre estos efectos está el de pacificarla. Por­
que el pecado y sus consecuencias han dejado en
ella esa invitación al desequilibrio, esas tenden­
cias desordenadas, que turban tantas veces la
serenidad del alma. La comunión sirve precio­
samente en gran parte para esa pacificación de­
seada. Bien sea de un modo directo, bien sea
indirectamente en cuanto esa presencia y unión
con Jesús pone en el alma más fuerza y más vida,
el que dignamente comulga, el que sabe apro­
vecharse de tanta dádiva divina, reportará más
o menos, de cerca o más a largo plazo, esa paz
honda con que Dios llena el alma al darnos su
Hijo Encarnado, Sacramentado.

(8) M. L. 101, 1.001.

— 186 —
Por nombrar algunos autores de los de casa
citaremos a Antonio de Molina, O. cartuj. (9), y
a Juan Falconi, O. M. (10), importantísimo am­
bos por otra parte en lo que se refiere a defen­
der la frecuencia de la comunión, audaces para
los tiempos en que vivieron, pero cuyos crite­
rios se encuentran al pie de la letra en los docu­
mentos pontificios modernos que abordan ese
tema. Citemos al P. Luis de la Puente, S. J. (11).
Citemos sobre todo al Beato Juan de Avila que,
además de aludir en varios de sus sermones a
esas consecuencias de la siembra eucarística en
el alma, escribe gráficamente y devotamente en
uno de ellos— “Padre, ¿qué es comulgar?” — :
¿No rogariades ahora a Dios que nos enviase
quien nos lo dijese y nos lo diese a entender de
veras? Decid, si tuviese el Rey una mesa, como
en tiempo de los romanos, que tenían una mesa
donde se juntaban a comer de tanto a tanto tiem­
po. Los que unos a otros se habían injuriado, los
que habían reñido, sentábanse todos a aquella
mesa y, en asentándose, no había más enojo ni
más enemistad entre aquéllos; llamaban la mesa
de la amistad, la mesa de la paz. Nuestra mesa
(9) “Instrucción de sacerdotes”, tract. 7, c. V.
(10) “El pan nuestro de cada día”. L. II, caps. XIV
y XVt
(11) “ Guia espiritual”, tract. II, c. XVI.

— 187 —
es ésta, hermanos, mesa de paz entre Dios y los
hombres, mesa de concordia, mesa de caridad,
mesa de comunión; de pobres y ricos el altar don-
de comulgamos es; que el altar, mesa significa.
Decid, si dijese el Rey, y mandase pregonar por
todo el mundo: “El que me ha hecho alguna trai­
ción, si me ha ofendido en algo, por la cual in­
juria merecía la muerte, doy señal, que si yo
le convidare, para que venga a comer a esta mesa,
que yo le he p erd on a d o“Si hubieses tú hecho
alguna traición, si te enviase a llamar el Rey para
que comieses con él, ¿qué alegría sentirías?, ¿qué
regocijo?, ¿qué placer?” “El Rey me ha envia­
do a llamar para que coma con él, luego perdo­
nado me tiene” ¿Seria menester llamarte por
fuerza? jNo seria menester exconmlgarte! ¡Oh,
Señor, bendito seas para siempre! Pues hombres
hay ahora que, si han de comulgar de año en
año, los han de llevar por fuerza, y a poder de
excomuniones y se les hace más de mal, y que
tiemblan de ver venir él día en que han de co­
mulgar. ¡Ah!, y sino los castigaren no lo harían
tarde ni temprano. Digo de parte de Dios que
no estáis los tales a un canto de real de ser he­
rejes. ¿Y de dónde, negro, se han levantado las
herejías que se han dicho del Santísimo Sacra­
mento? De no comulgar, de dejarlo olvidar él
que no lo recibió sino de año a año. iDos nos guar-

— 188 —
de por Quién él es: Dios nos guarde y tenga que
no caigamos.
Tenéis a Jesucristo entre vosotros ¿y no Le
miráis con los ojos que sería razón; no se lo agra­
decéis, no os aprovecháis de sus misericordias t
Si comulgásedes muchas veces con devoción, con
humildad, tríades de buena gana a la mesa de
paz. ¡Qué nueva para el encarcelado, que está
esperando, cuándo lo han de sacar a la horca:
“Hermano, el Rey te llanta para su mesa!” ¡Qué
nueva para tristes, para desmayados, para los
que han ofendido a Dios!
Vete, hermano mío, a la mesa, que si vas tris­
te, volverás alegre; si vas desmayado, volverás
con esfuerzo. Llégate a la mesa; gozarás de un
abrazo, que allí da Dios tan suave, que no se sabe
decir. Allégate, hermano, que allí está tu des­
canso, allí está tu placer, allí está tu gozo, aUi
está la paz, allí está la gracia y después la
gloria” (12).
Paz del alma que es como el perfume que deja
en ella el beso de la boca de Dios al besarla. Vea­
mos cómo lo declara viva y sencillamente Santa
Teresa de Jesús en sus Conceptos del Amor de
Dios: “¡Oh, Santa Esposa! Vengamos a lo que

(12) Tratado 7.*. “La comunión y la pasión”.

— 189 —
vos pedís, que es aquella santa paz, que hace
aventurar al alma a ponerse a guerra con todos
los del mundo quedando ella con toda seguridad
y pacífica. ¡Oh, qué dicha tan grande sería al­
canzar esta merced! Pues es juntarse con la vo­
luntad de Dios de manera que no haya división
entre El y ella, sino que sea una misma volun­
tad; no por palabras, no por solos deseos, sino
puesto por obra; de manera que en entendimien­
to que sirve más a su Esposo en una cosa, haya
tanto amor y deseo de contentarle que no escu­
che las razones que le dará el entendimiento, y
los temores que le pondrá, sino que deje obrar la
fe de manera que no mire provecho ni descanso,
riño que acabe ya de entender que en ésto está
todo su provecho” . Y como medio estupendo
para conseguir esa unión de voluntades con la
paz que ella necesariamente comporta, a la men­
te de la Santa se viene el recuerdo de la comu­
nión eucarística, unión vital, unión divina. “ Por
cierto que pienso que si nos llegásemos al San­
tísimo Sacramento con gran fe y amor, que de
una vez bastase para dejarnos ricas, ¿cuánto
más de tantas?, sino que no parece si no cumpli­
miento el llegamos a El y así nos luce tan poco.
¡Oh, miserable mundo que así tienes tapados los
ojos de los que viven en tí, que no vean los teso-

— 190 —
ros con que podrían granjearse riquezas perpe­
tuas” (13).
No podemos seguir. Todos los autores de los
tiempos modernos incesantemente nos enseñan
la misma doctrina. San Alfonso María de Ligo-
río puede ser un ejemplo entre mil. El Beato Pe­
dro Julián Eymard ha insistido en ello como
apóstol por antonomasia de la Eucaristía en los
tiempos recientes (14).
Dios es la paz. Adherirse a El es participarla.
Recordemos las f r a s e s regaladas del Kem-
pis (15), invitándonos a esa adhesión. Pero Dios
y su paz se nos dan por Jesucristo. Y Jesucristo
se nos entrega principalmente en la Eucaristía.
La Eucaristía, Sacrificio y Sacramento, es nece­
sariamente el principal manantial de la paz para
las almas heridas y para la comunidad de las al­
mas en el mismo Jesús.

(13) “Conceptos", c. III.


(14) “Obras”, 3.*. ed. castellana, 1.948. pág\ 374 y si­
guientes.
(15) L. III, c. XL, 11.
TRIPTICO MARIANO

1.— E l Misterio de M aría .

Nuestro tiempo es particularmente sensible a


la vivencia del “ misterio de C r i s t o Hay, feliz­
mente, un retorno a la contemplación, al estudio,
al interés por él. Pero entiendo desde el primer
momento por misterio de Cristo, el misterio del
Cristo total. La bibliografía sobre los problemas
que plantea en sus diversos aspectos es asom­
brosa. Y la encíclica papal “Mystici Corporis”
ha venido a ser el gran documento, exponente
oficial de esos afanes vivientes en la entraña de
la Iglesia. De esa Iglesia, que es a la vez, la rea­
lización práctica del misterio. Es como si este
misterio tratase de adquirir conciencia más pe­
netrante de sí mismo, como si reflexionase sobre

— 193 —
sí mismo (1). Los grandes movimientos litúrgi­
co y apostólico, cuya primavera espléndida pre­
senciamos, están íntimamente vinculados a
aquél. Y en ellos toman parte sacerdotes y se­
glares con un renovado fervor impresionante.
Brevemente. El misterio de Cristo no es sólo
el hecho histórico de la Encarnación del Verbo.
Es esto, más su prolongación real, pero mística,
en la Iglesia a través de los tiempos y para siem­
pre. Es, en realidad, todo el contenido de lo que
vagamente llamamos “el cristianismo” . Porque
el cristianismo no es únicamente una moral, nor­
ma extrínseca de vida, ni un mero formulario
religioso de salvación... Es eso y más que todo
eso, es un misterio de vida. Cristo ha venido a
traernos la vida divina, a divinar nuestra vida,
a hacer divina nuestra actividad humana toda.
Ello, implicaba, claro está, una salvación y una
moral correspondiente. Los Padres griegos so­
bre todo son inagotables a este respecto.
Decíamos: es aquello en primer lugar, la En­
camación del Verbo. Ese hecho histórico acae­
cido en el tiempo y que constituye la más terri-

(1) Sobre el misterio de Cristo y nuestra vida sobre­


natural hice un esquema en Ciencia Tomista, 1951, 43-61
con indicación de la principal bibliografía, a la que ha­
bría que añadir sin cesar nuevos títulos, como las obras
recientes de Bover, Sauras, Zapelena, etc.

— 194 —
ble y misteriosa inserción de Dios en la historia.
El Verbo asume una Humanidad. Esa Humani­
dad subsiste en la Persona divina del Verbo. Dos
naturalezas, divina y humana, en una sola per­
sona divina. El Verbo es el término intrínseco
de esa Humanidad en el orden físico de la perso­
nalidad.
La Humanidad de Jesucristo, vive así en una
especie de éxtasis total de su ser personal. Exta­
sis que de otra manera, dejando intacto su co­
nocer y su amor humanos, implica, por consi­
guiente, un éxtasis sicológico de conocimiento y
de amor... Misterio abisal el de Cristo en sí mis­
mo. Pero no termina ahí.
Cristo es el nuevo Adán, que venía a llevarnos
al Padre. Pero no con una mera mediación ex­
trínseca, puramente jurídica, sino de una mane­
ra vital, incorporándonos a El, prolongando mís­
ticamente en nosotros su vida. Así es como la
vida divina se nos comunica y llega a nosotros.
El nos merece por su sacrifico sacerdotal esa
vida, esa gracia, que con El nos une, y que al in­
sertarnos en El por el carácter baustimal, se nos
infunde. Ese carácter es el elemento material de
nuestra unión con El, que exige incesantemente
la presencia del elemento formal unitivo, que es
la gracia, que es la vida divina.
Y esa vida se nos comunica filialmente, como

— 195 —
&El. En El por naturaleza, en nosotros por adop­
ción especial, como es sabido. Adopción que pone
vida, participación misteriosa de la misma vida
divina. Porque el Padre no tiene más Hijo que
su Verbo, su Hijo Unigénito. El deja exhausta
su infinita Paternidad. No hay más hijos ni pue­
de haber más hijos. Pero el Hijo se ha hecho
hombre, hermano nuestro y nos une a El, vital­
mente, nos hace de algún modo El. Así entra­
mos, como podemos, a la parte de su filiación,
somos hijos con El, en El y por El del Padre, es­
tamos escondidos con El en su seno abisal, en su
amor infinito... Al incorporarnos a El nos hace
místicamente subsistir en El. (La terminología
es tomista.) Jesucristo es así —entendámoslo
sin la fisicidad de algunos autores— el Yo so­
brenatural de la humanidad hecha persona mís­
tica, como Adán es el yo natural de esa misma
humanidad personificada.
Misterio del Cuerpo Místico según el símbolo
famoso que nos legó San Pablo. Símbolo antro­
pológico y social; desde esta última perspectiva
mucho más expresivo que la metáfora agrícola
y deliciosa de la vid y los sarmientos, que nos
recuerda San Juan. En el símbolo la traslación
analógica del sentido de una cosa a otra no se
hace a través de una interpretación subjetiva
nuestra, no es una creación nuestra. El símbolo

— 19 G —
es el valor significativo de una fórmula que ex­
presa una honda realidad subyacente en virtud
de su propia densidad objetiva: la analogía es
aquí un descubrimiento, un encuentro existen­
tial traducido en imágenes.
En resumen, que el misterio de Cristo no se
resuelve en el misterio de la Encarnación del Ver­
bo solamente, ni siquiera en su misterio y el de
"“mi” vida aisladamente apoyada en la suya: se
resuelve en El y en su Iglesia, en el misterio de
su Encarnación socialmente y místicamente pro­
longado en la Iglesia.
La obra de la Encamación del Verbo, aunque
■común a las tres divinas Personas, la atribui­
mos a la Persona del Espíritu Santo. Pues bien,
el Espíritu Santo la continúa místicamente en
la Iglesia. El, alma de la misma, incesantemente
la acrece, la realiza en un dinamismo maravillo­
so y secreto. Es el misterio del “Cristo total· ' .
Cristo y su Iglesia, su pleroma, su proyección
vital. Por eso, ese misterio del Cristo total es
siempre transcendente y a la vez siempre en cier­
to modo deficiente: es divino y humano; es sem­
piterno y temporal; es algo hecho y que deviene
haciéndose; es celeste y encamado; es la para­
doja misteriosa (para muchos desconcertante) de
la Iglesia...
Fácilmente podemos así explicamos esa pre-

— 197 —
senda viva de Jesús en su Iglesia. Presencia fí­
sica en la Eucaristía. Presencia mística, pero real
en la Jerarquía, en la Liturgia, en las almas, par­
ticularmente en aquellas más cristificadas, imá­
genes vivas y auténticas suyas a través de las
cuales deja sentir su influencia y su aroma. Así
se comprende cómo “Jesús estará en agonía has­
ta el fin del mundo” (Pascal) y cómo entre El y
su Iglesia se da esa como comunicación de idio­
mas, que hace legítima la maravillosa exposición
de los Salmos que San Agustín nos ha dado en
sus “Enarraciones” . Así se entiende cómo nues­
tra vida actual, triste y dolorosa, es a la vez glo­
riosa ya en fe y en esperanza. Esperanza garan­
tizada por lo que la unión con Jesús-glorioso ya
nos proporciona. Es el Misterio Pascual incesan­
temente vivido por la Iglesia. La presencia mís­
tica y eucarística de Jesús nos arrastra a su glo­
ria, nos hace participar incoadamente a su resu­
rrección, que se consumará en nosotros al final
de los tiempos.

* ■* *

Pues bien, el misterio de María se encuentra


ahí en el misterio de Jesús. Es un aspecto del
único y mismo misterio. Es parte integrante de
él.

— 198 —
Porque el Espíritu Santo quiso servirse de ella
como de instrumento precioso para la Encarna­
ción del Verbo. Su carne virginal proporcionó la
carne para que aquélla se realizase. ¡Carne in­
maculada! Fué como el filtro donde se purificó
la sangre manchada de Adán, que el Verbo hizo
suya. No olvidemos que Jesús no es sólo descen­
diente del Adán pecador, sino que hasta varias de
las generaciones intermedias (véase las listas de
San Mateo y de San Lucas) son generaciones de
pecado...
Pero, decíamos antes, el misterio de la Encar­
nación sigue místicamente cumpliéndose en la
Iglesia, en las almas. Y en esa actividad misterio­
sa y permanente el Espíritu sigue utilizando a
María como instrumento dulcísimo. Sigue utili­
zando su “maternidad virginal” para que Jesu­
cristo viva en las almas. Para la realización del
Cristo total. Este es el misterio de María. Es
parte del Misterio de Cristo. Está en él, no coma
algo marginal, artificialmente añadido, sino
como parte íntima del mismo en su misma en­
traña. Y así la significación de María adquiere
toda su plenitud y se da uno cuenta de su papel
verdaderamente transcendental y espléndido.
Por ser Madre del Verbo Encamado, Madre
de la Cabeza, es Madre de todo el Cristo, de El y
de su pleroma, su Cuerpo, de todos los que vivan

— 199 —
de la vida divina por El y con El y en Eli. Es la
maternidad universal de María, maternidad so­
bre la Iglesia, sobre las almas. No una materni­
dad extrínseca, jurídica, algo así como por nom­
bramiento honorario, sino maternidad realísima,
viva y verdadera, aunque según la mística enti­
dad en que todo el misterio del Cristo total se es­
conde.
Por ser Madre del que es Redentor de los hom­
bres, queda íntimamente asociada a su obra re­
dentora. La Corredentora, la Correparadora
nuestra. La Coadjutora de su Hijo. (Los teólogos
precisarán el cómo y el cuánto): es la nueva Eva,
que desde San Ireneo, han gustado de repetir los
monumentos cristianos (2). Bajo esta perspec­
tiva, habrá que explicar el “mérito maternal” de
María, con que ella, contribuye a esa obra de su
Hijo, que a ella misma redime y santifica.
Por ser Madre del Mediador, que antes con el
dolor de su sacrificio nos mereció la vida sobre­
natural y ahora con la gloria del mismo nos la
aplica, queda unida a su tarea de mediación glo­
riosa. Es la medianera de todas las gracias.
<También los teólogos estudiarán el cómo y has­
ta dónde). “Cuello místico” en el Cuerpo Místico
de Jesús, la llaman por eso muchos autores.

(2) “Ad. Hereses", III, 22.

— 200 —
Los mismos privilegios al parecer más perso­
nales, como el de su Inmaculada Concepción, su
Perpetua Virginidad, su Asunción..., hay que con­
templarlos en esa visión social del misterio de
María en el misterio de Cristo. Se le concedieron
por ser Madre de Cristo, de Cristo tal como es,
total y completo, El y su Iglesia: Son privilegios
maternales, que por eso reverberan como sea su
función maternal entera.
Bajo esta perspectiva imitaría es como me pa­
rece mejor contemplar el misterio de María. Su
misterio en el misterio de Jesús. No pocos auto­
res antiguos y modernos gustan más de consi­
derar a María como figura de la Iglesia, como
representante calificado de ella, pero en cierto
modo como algo extrínseco a la misma. Es evi­
dentemente, legítimo, y, si se quiere, comple­
mentario de lo anterior. Pero, insisto, me parece
más penetrante aquella otra manera.
Esa contemplación es, desde luego, más obje­
to de intuición sabrosa de fe que de raciocinios
secos y abstractos. ¿No es así como la conciencia
cristiana ha ido ahondando en él para descubrir
los secretos que encierra? Sería a propósito re­
cordar la tesis del Cardenal Newman (3) que abo-

(3) “Essay on the Development of Christian Doctri­


ne”, Londres 1871.

— 2 0 1 —
na y confirma la historia de los principales dog­
mas marianos.
La conciencia cristiana “propter honorem Do-
mini" que dice San Agustín hablando precisa­
mente de María (4), deduce de la verdad funda­
mental de su maternidad divina otras varias. Los
doctos se oponen en principio a veces (baste citar
las luchas en torno al misterio de la Inmaculada
Concepción). Pero ello sirve para que la verdad
se levante más depurada y más pujante. La Igle­
sia “ docens” , el magisterio vivo y auténtico es­
tudia, vigila, separa lo cierto de lo falso o de lo
dudoso, lo exacto de lo exagerado o extravagan­
te, y llegado el caso oportuno define. Es la auto­
ridad competente para ello. ¿No encontramos un
eco de todo esto en la parte expositiva de la Bula
de la Asunción ? (5).
Resumiendo: En la síntesis del misterio del
Cristo total, está el misterio de María.
Por los méritos del sacrificio sacerdotal de El,
Ella es todo lo que es Ella... Su triunfo pleno y
su gloria más pura. Para que ese triunfo fuese
como ha sido, la asoció íntimamente a su empresa
completa y perfecta. Ella no le hace por tanto a

í4) uDe natura et gratia”, 39.


(5) Cfr. D. B. Capelle o. s. b. en “Marianum”, 1953,
páginas 241-276.

— 2 0 2 —
El sombra. Al contrario, matiza y adorna su
grandeza y su hermosura.
Todo está en contemplarlo bien, en toda su uni­
dad y totalidad radicales, como de hecho el Mis­
terio de Cristo es.

2.— L a vida de M aría.

La vida exterior

Brevísimamente. Porque apenas sabemos


nada: unas pocas y sobrias pinceladas, cuatro
palabras, un silencio impresionante y espeso...
Es una doncella de Nazaret, desposada con
José el carpintero. Socialmente no era nadie.
La embajada del Angel. Parece una vidriera
polícroma medioeval. Primero unas palabras mis­
teriosas que nos revelan su virginidad consagra­
da. Después la entrega total que Ella vive, expre­
sada en la frase sublime por donde se asoma su
alma entera: ¡Ecce!, he aquí la esclava del Se­
ñor; que se haga en mí según tu palabra, ¡fiat!.
La gran intervención de Dios en la historia hu­
mana tuvo lugar allí, entonces... En aquel pobre
marco. En el silencio abisal de las cosas y de los
hombres...
Luego la visita a Isabel. María será siempre

— 203 —
sencilla y generosa. Los elogios estupendos de su
parienta a la llegada. Y como reacción y respues­
ta el “Magnificat” . El “Magnificat” , originalísi-
mo como es, nos descubre a la vez su conocimien­
to y meditación de las Sagradas Escrituras: en
El se notan las influencias del cántico de Ana
(I, Samuel, 1) y de los salmos. Y sobre todo nos
da testimonio de su auténtica humildad, tan ver­
dadera...
Misterios de la Infancia de Jesús. El niño en
sus brazos. En su trono.. Lleva a Jesús y lo pre­
senta a todos; a los pastores; a los magos... El
arte se ha complacido en representarla así; ya
la primera imagen conocida de María, aquella
de las catacumbas de Priscila, obra del siglo n ;
después las imágenes sedentes medioevales; has­
ta la Purísima en la tradición española que per­
dura avanzado aún el siglo xvn, como queriendo
recordar que ella era, por su Hijo, inmaculada.
•Lleva en sus brazos a Jesús! Es la Madre del
Verbo Encarnado, del Redentor. Sin duda ella re­
cibió inteligencia del misterio y de sus conse­
cuencias dolorosas y terribles para ella, desde el
primer momento, desde la iluminación extraor­
dinaria del día de la Encamación. Pero no es ne­
cesario que conociese todos los detalles con que
iba a realizarse aquella redención sacrif ical. Ella,
sin embargo, acepta. ;E1 niño en sus brazos!

— 204 —
Ella es consciente de lo que esto significa, de sub
responsabilidades, de su dedición, de su compro­
miso total. Simeón se lo ha augurado a su vez en
el templo... Durante esos años de la infancia su
misión es dulce y trágica a la vez: ¡cuidar de la
víctima hasta que llegue el día de la inmolación
de la misma! Luis Chardon O. P. lo ha descrito
en unas célebres páginas rebosantes de ex­
quisita ternura (6 ). ¿Quién no conoce unos de
esos magníficos iconos de la Virgen con su Hijo
estrechado en los brazos, que en su simbolismo
típicamente oriental, quieren expresar sencilla­
mente esta angustia de María? Es el mismo tema

(6) ler. Entretien c. 12 p. 99 de la ed. Florand, Pa­


rís 1937. Chardon hace decir, por ejemplo, al Padre di­
rigiéndose a María en el día de la presentación en el
templo: “Madre, esta cabeza no es lo suficientemente
grande para la corona de espinas que le he preparado;
estas espaldas no son odo lo fuertes que se requiere
para soportar el peso que ellas deben llevar; no hay
bastante sangre en sus venas para contener a mi justi­
cia, estas manos son aun muy delicadas y pequeñas para
los clavos que las han de atravesar; estos brazos y estas
piernas no pueden medir la largura y anchura de la cruz;
este cuerpecito no es suficiente para recibir los miles de
golpes que he resuelto descarguen sobre él. Lleva a este
niño a tu casa y cuando lo hayas dado las proporciones
y dimensiones necesarias para satisfacerme, será tiem­
po de venir a ofrecérmelo de nuevo”. (Traduzco libre­
mente según el sentido mismo del autor).

— 205 —
en el fondo que el de nuestras Dolorosas, realis­
tas y llorantes, con su Hijo muerto en los bra­
zos. Son dos momentos de una misma vida. Una
vida que se desliza junto a El en el dolor y en la
alegría. El es para ella a la vez su amor y su mar­
tirio, su esperanza y su gloria, el por qué de su
existencia. Sencillamente ¡su vida! “Marta guar­
daba todas estas cosas ponderándolas en su co­
razón”, ha repetido San Lucas (II, 19 y 51).
Pero no perdamos de vista: es una vida oculta
siempre, en el silencio, en la sencillez. Jesús lo
quiso así. Seguramente como una exigencia de
su misión mesiánica, en sí misma independiente
de todo humano compromiso por sagrado que
fuera. Sin duda también, en ocasiones, dolorosa
para su corazón sensible y filial. Varias veces
debió sangrar calladamente ante el dolor de su
Madre. Una al quedarse en Jerusalén a los doce
años después de la Pascua (San Lucas II, 48-51).
La frase de la Virgen al encontrarle ¡es tan sig­
nificativa! : ¡Hijo cómo hiciste esto con nosotros!
Es la queja dulce de una madre como las otras
madres, humilde, humana, sencilla... ¡Qué cerca
de nosotros la Señora! ¡Qué vida de fe la suya,
de noche oscura si se quiere, de llanto en el mis­
terio... !
Otra vez fué en Cana de Galilea (S. J. II, 1-12).
Su presencia en las bodas y su intervención junto

— 206 —
a su Hijo pidiéndole vino para los comensales de
las mismas son una maravillosa lección de sen-
cillez. Pero el Señor se desentiende: ¡no es mi
hora! Sin embargo, su hora se adelantó ante la
súplica confiada de su Madre: haced todo lo que
El os diga... Es la última palabra suya que el
Evangelio nos ha recogido y que ha quedado ahí
como un eco eterno, inapagable... Después du­
rante la vida pública de Jesús, apenas se la en­
cuentra. Y cuando aparece es para sentirse en
seguida ocultar por su mismo Hijo. Así ante la
alabanza de la viejecita entusiasta (S. L. XI, 27-
28); así ante el aviso de su llegada en cierta oca­
sión ¿quiénes son mi madre y mis hermanos...?
(Me., III, 32-35). Jesús se proyectaba de este
modo ante nosotros en una lección suprema de
desprendimiento y de libertad.
Ya hemos recogido las pocas palabras de María
que guarda la Escritura. Queda su silencio pro­
fundo, impresionante... Jesús no se lo tuvo que
pedir. Ante José calló el secreto del Rey. Ante
los sucesos de la vida de su Hijo calla, observa
y conserva su recuerdo en su corazón. Junto a la
cruz ha callado.
Porque junto a la cruz sí que ha aparecido Eli*
como en su único puesto de honor. Serena y sen­
cilla como siempre. Es la hora de la inmolación,
del dolor y de la humillación supremos, es la

— 207 —

14
hora de la ausencia por parte de todos. Ahora
como nunca ella comulga a la voluntad del Padre
y se abandona a ella. Junto a la cruz ofrece a su
Hijo y se ofrece con El...
Luego, vuelve a desaparecer. En la hora del
triunfo se oculta de nuevo. La última vez que la
encontramos es el día de Pentecostés, en el Ce­
náculo, cuando la Iglesia comienza su largo ca­
minar. Aquel día bajo las llamas del Espíritu
Santo ella se esconde a nuestras miradas para
siempre. ¡Llena de gracia! Esto nos introduce
en el estudio atrevido y difícil de su “vida inte­
rior

La vida interior

El Cardenal de Berulle ha definido preciosa­


mente a María “ Una pura capacidad de Jesúsr
llena de Jesús” (7).
Realmente podemos sospechar en seguida que
su santidad ha estado a la altura de su misión
única. Y efectivamente el arcángel la saludó ya
el día de la Anunciación como a llena de gracia.
En María el proyecto de Dios, esa visión eterna,
primera que tiene de un alma, según la cual El
da gracias correspondientes y abundantes y la

(7) "Vie de Jesús”, c. XXIX, ed. Migne, c. 504.

— 208 —
visión segunda, eterna también, de la realidad,
aquello que de hecho el alma será al aprovechar
o no aquellas gracias divinas, en María, digo, esa
doble visión es una misma. En María ideal y real
se identifican y confunden. Su fidelidad exquisita
a todas gracias —ello mismo una gracia, un pri­
vilegio especial (8)—, hizo el milagro. Translú­
cida, fidelísima, pero libre a la vez: he aquí la es­
clava... No la mandan, solamente la invitan.
Pero santidad relativa siempre, de tal modo
que incesantemente crecía a medida que su ca­
ridad actuada dilataba la capacidad indefinible
de su alma pura. Y santidad que se desarrollaba
dentro del ámbito de la fe. Isabel, su prima, la
ha alabado por esa su fe rendida ante las pala­
bras misteriosas del ángel: ¡Bienaventurada tú
por que creiste...! (S. Lucas, I, 45).
Algunos autores se han preguntado si la Vir­
gen gozó de la visión beatífica en esta vida en al­
gunas ocasiones, como a Moisés y a San Pablo
dicen haber sucedido. La posibilidad depende de
la tesis general que se admita sobre el problema.
Si es afirmativa, quedará después el hecho como
algo desconocido en definitiva para nosotros (9).
Pero al menos de ordinario, su vida fué vida

(8) Concilio de Trento, ses. VI, c. 23.


(9) Cfr. J. Aldama, S. J. en el “Archivo Teológico-
Granadino", 1943, p. 121-140.

— 209 —
de fe, pura y profunda. Pero “fe ilustrísima” ,
porque su vida fué una vida interior eminente­
mente mística (10).
¿Qué es la vida mística? Sencillamente, un
“ estado” de la vida espiritual, que se caracteriza
por una acción desbordante de los dones del Es­
píritu Santo, con las gracias actuales preciosas y
a propósito que los actúan, y con el ejercicio co­
rrespondiente de virtudes que éstas provocan y
que aquellos perfeccionan modalmente a lo divi­
no. Virtudes sobre todo de fe iluminada y de ca­
ridad llameante. Como consecuencia, de ordina­
rio, se dará una repercusión sicológica teopática,
de como experiencia en nosotros de lo divino, y
que en el terreno de la oración vendrá a ser una
especie de intuición amorosa, una oración con­
templativa de origen más o menos infuso. Más
o menos... porque se trata de un estado inefable y
misterioso. Con sus grados y modalidades sin nú­
mero (depende de las gracias siempre Ubérrima­
mente distribuidas por Dios y de las sicologías

(10) Sobre la vida mística de María se ha escrito ya


mucho: Cfr. Ildefonso de la Inmaculada, o. c. d., en “Es­
tudios Marianos”, 1948, págs. 198-240; K. Truhlar, S. J. en
“Gregorianum” , 1950, 5-34; Gregorio de Jesús Crucifi­
cado o. c. d. en “Estudios Marianos”, 1951, 255-278; En­
rique del Sagrado Corazón o. c. d. en “ Revista de Espi­
ritualidad”, 1954, 189-204, etc.

— 2 1 0 —
variadas e irrepetibles de cada cual y en parte
también de la misma correspondencia libre de
las almas). Con sus preparaciones purificado-
ras (noches sanjuanistas) inevitables y variadí­
simas, según necesidades y vocaciones diversas.
Esta vida mística fué la de María. Pero, evi­
dentemente, sin pruebas purificantes que eran
allí inútiles (aunque pudiera darse el sufrimien­
to interior con fines corredentores, como sería en
los tres días del Niño perdido, por ejemplo). Su
pureza de alma, su equilibrio perfecto, su entre­
ga total... harían que su vida mística fuese de
una esplendidez maravillosa. Su alma endiosada
vivió prácticamente en el éxtasis interno más in­
cesante. Aunque todo envuelto —no nos cansa­
remos de repetirlo— en la más humana y atra­
yente sencillez al mismo tiempo. El peligro de
lo geométrico, de lo espiritado, de lo estoico, no
se daba en ella. El Espíritu Santo fué dueño y
señor absoluto de aquella alma santísima. Su ac­
ción fué perfecta en ella por consiguiente. San
Juan de la Cruz, el gran Místico, lo ha registra­
do en un párrafo célebre de su Subida: “Tales
eran las de la gloriosísima Virgen Nuestra Se­
ñora, la cual, estando desde el principio levanta­
da a este alto estado, nunca tuvo en su alma im­
presa forma de alguna criatura, ni por ella se
movió, sino siempre su moción fué por el Espíri­

- 2 1 1 —
tu Santo” (11). Es la nota característica de la
más auténtica vida mística, de la más elevada
perfección sobrenatural.
Dentro de este clima podemos sospechar lo que
serían la oración y contemplación de la Señora:
continuas y abrasadas, pero a la vez sencillas y
abandonadas en la voluntad abisal de su Dios. Lo
ha anotado también San Juan de la Cruz (12) re­
cordando el episodio de Caná de Calilea: la Vir­
gen expone sencillamente la necesidad de los es­
posos; ¡no tienen vino! Sabe que esto basta y no
añade nada...
Nos queda decir una palabra sobre su muerte
de amor, término de su vida mística, consumada,
endiosada. Santo Tomás de Villanueva y San
Francisco de Sales, entre otros, han escrito pá­
ginas admirables sobre esa muerte bienaventu­
rada. ¿Quién no recuerda la ternura emocionada
del capítulo 13 del libro VII del “ Tratado del
amor de Dios” del Doctor Annecy? Pero recu­
rriendo a San Juan de la Cruz es como podemos
penetrar mejor en el misterio de aquella muerte
regalada. La canción primera de la Llama tiene
su cumplimiento en la muerte de la Señora:
“ ¡Rompe la tela de este dulce encuentro...!·’ Es
la pura intensidad del amor la que abrasa y con-

(11) l . m , c. 2.
(12) “ Cántico", n, 8.

— 2 1 2 —
sume la capacidad limitada de la vida natural de
María. No tuvo ella que romper otras telas: la
aficción a las criaturas, las inclinaciones natura­
les de su alma, pues todo era ordenado y senci­
llo en su espíritu. Tampoco la enfermedad ni la
longura de días ataban a su carne purísima. Fué
el ímpetu y los encuentros sabrosos del amor los
que realizaron aquella muerte, para que su alma
deseosa pudiese gozar de la visión beatifica y su
cuerpo virginal pudiese entrar en seguida a la
parte de la resurrección y gloria de su Hijo (13).

3.— M aría en nuestra vida espiritual .

Recordemos de nuevo el Misterio de María en


el Misterio de Jesús.
Esto basta para damos cuenta inmediatamen­
te de lo que ella significa y es en nuestra vida es­
piritual. Su maternidad virginal está ahí, a lo

(13) El grito apasionado: ¡que muero porque no mue­


ro!, y su eco doctrinal en la canción primera dei “ Cámtoco
espiritual” (cfr. también la canción XIII), asi como en
ía “Noche Oscura”, II, 13 y II, 19) no puede aplicarse a
María, pues se trata de un amor impaciente debido a la
flaqueza e imperfección de los comienzos de la vida es­
piritual y a la necesidad de purificación del alma. Cfr. G.
de Jesús Crucificado, o. c. d. en "Estudios Mariano*”.
1950, págs. 239-268.

— 213 —
largo de toda ella, para que ella sea. El Espíritu
Santo, nos hace Cristos, nos realiza en Cristo sir­
viéndose como de instrumento precioso de ella.
Su influencia sobre nuestra vida es así constan­
te y más penetrante y eficaz en la medida que esa
vida cristificada se va logrando más y más. No
olvidemos que la perfección de esa vida, su di­
vinización más ihtensa, está en proporción de
nuestra mayor unión e identificación con Jesu­
cristo. Por eso, a más perfección más interven­
ción vital de María en ella, más maternidad vir­
ginal suya, proyectada en aquélla. Es la misión
coosantificadora de María, que gustaba repetir
el P. Arintero (14). Misión coosantificadora, ac­
ción cristificadora de María.
Esa actividad instrumental vivificadora de
María ¿puede llamarse física? y como consecuen­
cia ¿ de qué clase puede ser la presencia de María
cerca de nosotros ? Porque si actúa, si influye en
nosotros, de algún modo ella está junto a nos­
otros. Podríamos concebirlo de esta manera: la
presencia de María no es meramente intencional,
esa que ella puede tener desde Dios y ejercer, por
ejemplo, intercediendo por nosotros. Sino una
presencia supraespecial, propia de los espíritus y
aun de los cuerpos gloriosos, que no es física en

(14) “La verdadera mística tradicional”, Salaman­


ca 1925, p. 479, 88.

— 214 —
el sentido de estar allí localizado el sujeto de que
se trate (La Virgen está de este modo únicamen­
te en el cielo), sino que es física en el sentido de
virtual, de que su influjo llega allí, se ejerce allí
realmente, efectivamente. Presencia y acción ma­
ternales de la Señora sobre sus hijos pobrecitos
siempre... (15).
¿Nuestra respuesta ante esta realidad dulcísi­
ma de la vida espiritual ? Un reconocimiento amo­
roso y un vivir respecto de ella según sentimien­
tos de filiación verdadera. Somos Jesús y es El
mismo el que pone ese sentir en nuestra alma.
Este aspecto: vivir con Jesús y en Jesús nuestra
filiación mariana, sentirnos Jesucristo en sus
brazos maternales es como practicaba la vida
mariana, la piedad filial mariana el Padre G. J.
Chaminade, el fundador de los marianistas (16).
Nuestra vida espiritual es, pues, mariana. Y
será más y mejor vivida como tal en la medida
que por nuestra parte cultivemos ese sentido fi­
lial hacia la Madre bendita.

(15) Cfr. Gregorio del J. Crucificado, o. .c. d., en


“Estudios Marianos”, 1951, págs. 255 ss.
(16) Cfr. E. Neubert. uLa devoción a María** trad.
esp. S. Domingo de la Calzada, 1950. Cfr. también para
todo lo que se refiere a la Virgen María en mi vida, el
bello libro de ese título del Padre Bemardot, o. p. trad.
esp. Barcelona, 1941.

— 215 —
Y como la acción de María tiene lugar a lo lar­
go de toda la vida, de todo ese proceso de cristi-
ficación, a través de toda ella ha de vivirse por
nosotros. También, por tanto, en sus etapas úl­
timas, en el estado místico. Más de suyo enton­
ces, porque la cristificación es más perfecta.
A veces esa acción maternal, vivificante, cris-
tificante de María se ha dejado particularmente
sentir. Es un aspecto interesante de algunas ex­
periencias místicas. Quizá puramente subjetivo,
aunque providencial, querido por Dios para ayu­
dar así a las almas. Quizá objetivo en otros casos,
verdadero milagro síquico, difícil de explicar en
nuestra dialéctica ordinaria y comparativa. Reco­
jamos los nombres de la terciaria carmelita belga
María de Santa Teresa, de J. J. Olier, de San Luis
María Grignion de Montfort, de María Colet-
te, de la M. Sorazu... En especial durante las no­
ches místicas, hórridas, esa acción de María la
han sentido penetrante. (Recordemos el símbolo,
un tanto pintoresco, de la lima mística.)
Nada hemos dicho de la particular también
maternidad de María para con las almas sacer­
dotales. Por su mayor adhesión viva a Jesucris­
to, por su condición específica de sacerdotes de
Jesucristo, son más hijos de la Señora. Ella es
la Madre Sacerdotal por antonomasia: ese sacer­
docio de Jesús, del que ellos participan, ha bro­

— 216 —
tado en cierto modo de las entrañas virginales
de María, puesto que el Verbo Encamado allí ha
sido ungido sacerdote en el instante mismo de
su Encamación. Ella es Reina del clero (17).

• ♦ #

Este amor a la Virgen se ha vivido y registra­


do siempre más o menos a lo largo de la historia
de la Iglesia. Es el himno triunfal del cristianis­
mo a la gloria de María.
Los Padres de Oriente y Occidente, sobre todo
a partir del Concilio de Efeso (431), la Edad Me­
dia con su pasión fuerte y tierna al mismo tiem­
po, las Ordenes Marianas: carmelitas, merceda-
rios, servitas... La Edad Moderna con nuevas in­
numerables instituciones, con las Congregaciones
Marianas de la Compañía de Jesús, con la difu­
sión del rosario, etc.
Sea permitido recordar en concreto el poema
virginal de las Concepcionistas españolas, pri­
mer monumento corporativo dedicado al Miste­
rio de la Inmaculada Concepción. Fué en aquella

(17) Cfr. P. Philippe o. p. “La Virgen Santísima y el


Sacerdocio”, Bilbao 1953. Sobre el problema del sacer­
docio de María, la obra exhaustiva de R. Laurentin
“Marie VEglise et le sacerdoce”, París, I, 1952, p. 687, n,
1953, p. 220.

— 217 —
época agónica del siglo xv, según la visión de
Beatriz de Silva en Tordesillas (1450), que se
hace realidad en Toledo en 1491. Las múltiples
fundaciones de monasterios de la orden podrían
gloriarse después entre otras con las egregias fi­
guras de la M. Agreda y de la M. Sorazu, escri­
toras místicas marianas de primera importancia
y calidad.
Y es precisamente de un monasterio concep-
cionista de donde parte una modalidad en la de­
voción mariana que ha hecho fortuna en nuestros
días: me refiero a la llamada “esclavitud maria­
na’\ Fué Inés de San Pablo, concepcionista de
Alcalá quien en 1595 dió origen a este movimien­
to. Eran tiempos en que el hecho triste de la es­
clavitud impresionaba grandemente. Y se trans­
portó al mundo religioso como expresión supre­
ma de una entrega, pero de una entrega amorosa
y filial desde luego. Los antecedentes eran remo­
tos y también hispanos, puesto que San Ildefonso
ya habla en este sentido en su “De virginitate per­
petua S. Mariae” , y en las oraciones que compu­
so para la fiesta visigótica del 18 de diciem­
bre (18). La nueva devoción se extendió rápida­
mente. Juan de los Angeles, o. f. m., Alvara­
do o. s. b., el Beato Simón de Rojas, o. ss. t., B, de

(18) P. L. XCVI, 53-110.

— . 218 —
los Ríos, o. s. a., Miguel de San Agustín, o. c,, et­
cétera, la popularizan de varias maneras. Por
unos y otros pasa a la Escuela beruliana. Beru-
lle, Olier, Boudon... y por aquéllos y éstos al gran
propagador de la misma San Luis María G. de
Montfort, que es como el exponente cálido y ac­
tivo de toda esa espléndida floración (19).
La devoción a María manifestada de múltiples
modos no ha hecho más que crecer con los siglos.
Se ve en todo ello la fuerza de Dios. Lo popular,
a veces pintoresco y casi supersticioso, y lo culto,
más maduro y sereno; uno y otro se han deteni­
do, morosamente, en el culto a 1a Señora. A pesar
del protestantismo y del jansenismo fríos y ce­
rrados. Aunque el protestantismo añora cada vez
más el regazo materno... ¿No acaba de instituir­
se en medio del luteranismo alemán, en Darms­
tadt, una comunidad femenina consagrada a Ma­
ría? Para esto ¿tanto escándalo y griterío contra
el amor de la Iglesia Católica hacia la Señora?
¿ Y no será todo ello uno de los símbolos de apro­
ximación que nos indican el trabajo de la gracia
entre nuestros hermanos separados y herejes?
Hoy es la hora de María, ha dicho Pío XII. El
amor a María cunde por doquier. La “mariolo-

(19) Cfr. la reciente edición de sus obras en la BAC,


Madrid, 1954, con amplia bibliografía de los antecedentes
de la devoción.

— 219 —
gía” es el Capítulo de la Teología hoy más soco­
rrido. La intervención de la Virgen se deja más
que nunca descaradamente sentir. Jesús se ve que
quiere ahora glorificarse mucho en su Madre,
llevarnos a El por medio de Ella, de Santa María
la dulce Teotocos.
Unidísima a El, y por el misterio trinitario de
Dios (20) ella es para este pobre mundo ator­
mentado, angustiado, ahora más que nunca, vida,
dulzura y esperanza santas...
Ella es hoy día más que nunca para todos nos­
otros la pura sonrisa de nuestro Padre Dios...

(20) Cfr. J. M. Alonso c. m. f., en “Estudios Maria­


n o s 1950. 141-191.
iA L MA S !

Un mismo amor no puede dividirse. Si se in­


tentase hacer, se le destruiría. Por eso el que ama
a Dios ama a las almas, ya que la misma caridad
es la que ama a Dios y al prójimo por Dios. Esto
es el abecé del cristianismo verdadero. El Evan­
gelio, San Pablo, San Juan, todos los santos y
teólogos y autores espirituales han repetido
siempre lo mismo. Toda la primera epístola de
San Juan es particularmente elocuente a este
propósito. Un mismo amor es imposible que se
pueda dividir sin dejar de ser al mismo tiempo.
¡Dios es caridad! Toda su vida íntima es un
misterio de Amor Infinito. Toda la proyección
hacia fuera de su vida no se explica tampoco más
que por decretos voluntarios y misteriosos de
amor. La expresión suprema de las manifesta­
ciones de su Amor Infinito es Jesucristo Nuestro

— 221 —
Señor. Jesucristo es el Amor Misericordioso (1).
“En esto se demostró la caridad de Dios hacia
nosotros, en que Dios envió a su Hijo Unigénito
al mundo, para que por El tengamos la vida” (1.·
de San Juan, 4, 9). Por sus méritos recibimos al
Espíritu Santo, Amor subsistente y personal en
la Trinidad Beatísima; recibimos al Padre, la
mística fuente divina de la caridad; le recibimos
a El, Verbo encarnado, de diversas maneras, por
la gracia, por la Eucaristía, por la vida en su
Iglesia... Bien podemos repetir con San Juan la
frase triunfal y emocionada: Y nosotros hemos
conocido y creído en la caridad que Dios nos tie­
ne! Dios es caridad; y el que vive en caridad per­
manece en Dios y Dios en él” . (1.a de San Juan,
4, 16).

(1) “En los días de la Redención, Dios obra, en cier­


ta manera, una nueva creación, no material, sino pura­
mente espiirtual; y también entonces quiere obrar y pro­
ducir por medio del Verbo. Pero entonces el Verbo es
creador no sólo bajo la forma de la Divina Sabiduría,
sino también de la Divina Misericordia. Encamada en
Jesús, la Misericordia Infinita crea, no ya de la nada,
sino de la prevaricación, seres de justicia, camino de
santidad, purezas nuevas, hijos de Dios. ¡Ah, las crea­
ciones de la Misericordia! Mucho más dignas de la Sa­
biduría y del amor de Dios que aquellas que aparecieron
en el inicio de los tiempos” . L. M. Claret de la Touche.
“El Libro del Amor Infinito”, 2* parte, c. v.

— 2 2 2 —
Permanecer en Dios... Vivir en Dios. Intimar
la unión con Dios. Abismarse en la caridad, en
el Amor... En la medida y proporción que esto se
haga, en esa medida se crecerá en el amor al pró­
jimo. El prójimo es un reflejo de las perfecciones
de Dios. El prójimo, como capaz que es de eleva­
ción al orden sobrenatural, es capaz de partici­
par la vida divina, de ser miembro vivo del Cuer­
po Místico de Jesucristo, de ser Jesús... Un mis­
mo amor no puede dividirse. En la medida que
se ame de veras a Dios, se amará al prójimo ao-
brenaturalmente, por Dios.
Así no hay que extrañarse que esas almas tan
puras, endiosadas, cuya unión con Dios es tan es­
trecha, estén vibrantes de amor por las almas,
se sientan Iglesia como ninguna otra, y aporten
con fiebre apostólica todo lo que puedan de vida
a la vida común del Cuerpo Místico de Jesucris­
to. Esas almas que se sienten aspiradas al abis­
mo de fuego que es el Amor Divino; Amor Divino
que de un modo participado, reflejo y analógico
se vierte en las almas... Esas almas que se han sa­
bido entregar a la acción del Espíritu Santo, que
no le ponen resistencias, que no hacen fuerza en
contra a sus influencias benditas, que son como
partículas sin peso... que El aspira así a su íntimo
torbellino de amor, de esa manera irresistible,
impetuosa, divina..., que asustó a San Juan de la

— 223 —
Cruz al contemplarla, y que le hizo caer la pluma
de las manos sin atreverse a comentarla..., esas
almas, al abismarse en Dios, arden en sus llamas
y extienden necesariamente su caridad a todo el
universo, a donde llega la mirada amorosa del
Dios-Amor; es especial a las almas que no sólo
son el reflejo, sino también imagen, y, si en gra­
cia, semejanza viva del Dios Infinito. Aman par­
ticipando de la anchura y de la intensidad inmen­
sas de Dios. Esas almas santas, y por tanto muy
identificadas con Jesucristo, que sienten la sed
de almas que con El murió en la cruz, sed devo-
radora de gloria del Padre... Irradiarán amor.
Serán los focos poderosos del amor. Serán en el
Cuerpo Místico de Jesucristo el corazón.
Según su vocación particular ese amor las lle­
vará más o menos a una acción apostólica exter­
na que, según los planes divinos, también es ne­
cesaria en su Iglesia. Pero en concreto eso será
como algo accidental que se dará más o menos
en esta o en aquella otra alma, algo en todas. To­
das ellas, serán, sin embargo, vida; serán apos­
tolado ; serán un manantial de amor para las de­
más almas...
¿Queréis recordar algunos nombres? Prescin­
do, por lo que acabo de decir, de los grandes san­
tos, sobre todo varones, que desplazaron mucha
actividad apostólica exterior, que, por ser autén­

— 224 —
tica y fecunda de veras, no fué otra cosa que un
chisporroteo de su hoguera viva. ¡Matas de fue-
go que iluminaron la noche humana de sus días
e incendiaron en su torno el bosque frío! (2). Su
apostolado externo provino de la plenitud de su
contemplación; fué un repartir a los demás lo
contemplado por ellos, según las felices fórmulas
de Santo Tomás (3). Prescindo asimismo de nom­
bres gloriosos de mujeres que están en iguales
o parecidas circunstancias: Catalina de Siena,
Angela de Foligno, Rosa de Viterbo, Brígida, Ca­
talina de Génova, Teresa de Jesús, María de la
Encarnación...
Y me limito a repasar nombres de aquellas que
por voluntad se limitaron a vivir en su rincón,
sin apenas actuar entre sus hermanos los hom­
bres, pero a quienes todas sin excepción amaron,
y por ellos sufrieron, por ellos se ofrecieron, por
ellos hasta quisieron morir... Era el amor divino
que las quemaba dentro, y un mismo amor no
puede dividirse sin venir a destruirle... Era el
Cristo que seguía redimiendo a las almas en ellas,
pero de un modo secreto que se ocultaba a la mi­
rada tantas veces incompresiva de los hom-

(2) Cfr. nuestro articulo: "Contemplación y Aposto-


lado”, en “Revista de Espiritualidad” del afio 1944.
(3) n-II, q. 128 y q. 188.

— 225 —
bres (4). “Qui nunc gaudeo in pasionibus pro
vobis, et adimpleo ea quae desunt passionum
Christi in carne mea, pro corpore ejus, quod est
Ecclesia” (Col., 1, 24).
Así Santa Hildegardis y Santa Isabel de Schoe-
nou. Así Santa Lutgarda, la santa cieguecita cis-
terciense de Tongeren (f 1246) (5). Así Santa
Gertrudis, sobre todo en aquellas dulces páginas
del libro segundo de sus Revelaciones. Así, por
citar a alguna entre miles, María de Ajofrin,
aquella monjita toledana, de que nos habla el
Padre Sigüenza (6), y que ofrece sus martirios
por la santificación del clero en pleno siglo xv
como si fuera en los tiempos felices de hoy. Así
Santa Rosa de Lima, así María Vela, así Maria­
na de Escobar, así la Beata Ana de San Barto­
lomé, así la Beata Mariana de Jesús de Paredes,
la azucena de Quito, así su homónima la merce-

(4) “Yo quisiera que no hubiera ni una partecita de


mi ser que no fuera como una semilla de amor..., quisie­
ra estar saturada de amor, a fin de difundirlo en torno
mío sin que nadie se diera cuenta de que era yo quien
lo difundía.” M. María Magdalena Ponnet, visitandina
de Vassieux.
(5) Cfr. Bernardina de Villegas, S. J.: “La Esposa de
Cristo”, Madrid, 1635. 2 » edic., y D. A. van Roy, O. S. B.,
“Lutgardis van Tongeren”, Bruxelles, 1946.
(6) "Historia de la Orden de 8. Jerónimo” m , e. II, c.
44 ss.

— 226 —
daria de Madrid, así muchas más. Todas oran,
todas sufren, todas gritan abogando por los pe­
cadores, por los herejes, por los infieles, por las
necesidades de la Iglesia. Las mismas obras doc­
trinales de Luis de Blois, O. S. B. (t 1566), son
particularmente interesantes a este respecto (7).
Santa Catalina de Ricci (Dominica de Floren­
cia, (1522-1590) en su cartas y sobre todo Santa
María Magdalena de Pazzi (Carmelita de Flo­
rencia, 1566-1607) en las suyas y en sus éxtasis
ponen una nota particularmente pasional y emo­
tiva. Se siente el llamear del alma bajo el rasgueo
nervioso de la pluma o el acento penetrante del
estilo. He aquí unos fragmentos de las exclama­
ciones de la santa carmelita. Después de unos
párrafos en que pide por los sacerdotes y por las
religiosas, continúa: “ Yo os ofrezco, ¡oh Verbo!,

(7) Téngase en cuenta que, aunque esa visión apostó­


lica, esa conciencia del valor apostólico de su vida ence­
rrada, no faltó nunca en las almas contemplativas (re­
cuérdese a S. Jerónimo: el oficio del monje es llorar por
sí mismo y por el mundo), sin embargo, creció con viva
intensidad en ellas desde el siglo xu (Pedro el Venerable,
San Bernardo...): la acentúan más y más cistercienses
y cartujos; y se hace esplendorosa, avasalladora, con la
orientación que Santa Teresa de Jesús imprime a su re­
forma carmelita. Cfr Dom. F. Vandenbrouche O. S. B.
“Le moine dans UEglise du C h r i s t Essai Theologique.
Louvain, 1947, 244 págs.

— 227 —
por todos los miembros de la Santa Iglesia, de la
cual Vois sois la Cabeza, las innumerables gotas
de sangre que habéis derramado por todos vues­
tros miembros en vuestra cruel flagelación... ¡Oh
Verbo divino!, yo no puedo estar contenta hasta
que no me vea consumida por el deseo de llevaros
las almas perdidas...
Yo quería tener la fuerza necesaria para coger
a todos los infieles, para conducirles al seno de
vuestra Iglesia. Yola rogaríaí que los purificare
de su infidelidad por el soplo bienhechor de su
boca, que les diese una vida nueva... Pero, ¡ay!
no puedo más que deplorar mi impotencia y mi
ingratitud, que es la causa de aquélla...
Yo os ofrezco ahora, ¡oh Verbo!, estos demo­
nios encamados (porque se puede, yo creo llamar­
los así a causa de su malicia) , quiero decir a to­
dos los herejes de todas lar sectas, tal como ellos
os son conocidos, y os ofrezco por ellos la sangre
que habéis derramado cuando os han despojado
de vuestros vestidos sobre el Calvario, ya que és­
tos desgraciados ponen sus fuerzas en rasgar
vuestra túnica por sus acciones y sus discursos
envenenados. ¡Oh Dios mío!, ¿qué medio habrá
para arrancar esta malicia del corazón de los
hombres f ¡Oh, si yo fuese digna de dar mi vida
por la salvación de las almas y por la extinción de
esta malicia, qué feliz sería! Es un tormento

— 228 —
grandísimo éste de vivir y morir a la vez en cada
instante; de ver que se podría ser útü a las cria­
turas dando la vida y no poder hacerlo. ¡Oh Cari­
dad, sois una lima que gasta poco a poco el cuer­
po y el alma!” (8).
Un paralelo de estas páginas no se encuentra
más que en las cartas de Santa Catalina de Sena
o en algunos chispazos de los diálogos de Santa
Catalina de Génova, o en las obras de Santa Te­
resa de Jesús. Véanse todavía algunas otras lí­
neas de las esclamaciones, hasta ahora en parte
inéditas, que acaba de publicar el Padre Vicente
de la Cruz, C. D. (9).
“ Amor; Amor, Amor, dame una voz tan poten­
te que, llamándote Amor yo sea oída del Oriente
ál Occidente y en todas las partes del mundo...
para que sea oída por todos y por todos Tú seas
amado... ¡Oh amor...! Tú estás Heno de Amor;
Amor, Amor, dalo a todas las criaturas y haz.
Amor, que todas, todas, te amen, te deseen, te
busquen a Ti, único Amor... Y aquellos que se
han apartado de Ti, Amor, es decir, los herejes,
haz que también ellos vuelvan a Ti como ovejas
perdidas; a Ti, Amor, y como a su buen pastor
haz que te reverencien y te aclamen. Amor, haz
(8) M. Vaussard. S. M. M. de P. “Extasi e Lettere
scelte”, Florencia, 1924.
(9) En “ Rivista de Vita SpiritvaJe”, Roma n.· 1. 1947.

— 229 —
que todos, todos los que no creen en Ti retornen
a Ti, oh Amor; son también criaturas tuyas,
Amor.J9 etc .
Pasando por alto la vida victimal y claustral
de Santa Margarita María de Alacoque, un tes­
timonio luminoso de los tiempos siguientes, nos
lo ofrece el Diario de Santa Verónica de Giuliani,
la célebre Abadesa de las capuchinas de Cittá di
Castello (1660-1727). Leed este trozo de un rea­
lismo verdaderamente impresionante: “Parece
acordarme que el viernes o por alguna fiesta par-
tictdar, frecuentemente se renovaba la herida i de
los estigmas). Antes de esto se me daba general­
mente un vivo conocimiento de mi nada, y tam­
bién sobre el amor infinito de Dios. Me hacia pe­
netrar “ab intra” su poder y su grandeza; y me
parecía por esto conocer mi impotencia y pene­
traba un poco la profundidad de mi nada. Estan­
do así me sentía toda de Dios y, volviéndome ha­
da El, hablaba si npalabras. Entonces me consa­
graba toda a su divina voluntad. Me invadía un
ansia grande de la conversión de los pecadores.
Con todo mi corazón me ofrecía como medianera
entre Dios y ellos; con la sangre que salía de la
herida, aunque con dolor grandísimo, mojaba la
pluma en la misma sangre y decía : “Dios mío no
con palabras, sino con mi propia sangre os vengo
con estas líneas a pedir almas..., yo por vuestra

— 230 —
gloria y honor y por hacer vuestra voluntad daré
la vida y la sangre” . Notaba que esto me encen­
día más y9 a veces, me encontraba como en un
incendio, de modo que no podía estarme quieta
en un sitio. Donde estaba, gritaba fuerte. Sólo
me acuerdo que decía muchas veces: ¡Oh Amor,
oh Amor!... Estas cosas las he padecido muchas
veces y, por lo que me acuerdo, toda vez que se
abría la herida. Después, durante muchos días,
estaba como fuera de mí y no quería otra cosa
que cruz y que penas. El padecer me daba fuer­
zas y al sentirme fortificada gritaba más fu erte:
“ Verónica, mira como a ti te parece tan difícil
sufrir y, sin embargo, del mismo sufrir recibes
vigor y fuerza. ¡Ea, sufrimientos, venid todos a
mí!” (10).
Los tiempos modernos son harto conocidos. Y
sigo prescindiendo adrede de la pléyade inmensa
de apóstoles de acción que Dios maravillosamen­
te suscita sin cesar. Parece como si el Señor qui­
siera clavar más y más en las almas contempla­
tivas esa sed y esa fiebre por su gloria en las al­
mas : Santificación de sacerdotes y de almas es­
cogidas, conversión y salvación de pecadores, de
cismáticos, de herejes y de infieles... todo lo viven
de un modo extraordinario, en conjunto más ex-

(10) “Diario”, Prato, 1895, t. 1, p. 282 ss.

— 231 —
tensa e intensamente quizá que en tiempos de
atrás, en cuanto los documentos nos dejan cono­
cer aquellas épocas. La devoción a las almas del
purgatorio, clásica antes, sigue siendo vivida in­
tensamente por esa misma ley de caridad. Es
siempre el mismo Amor, entendido en toda su am­
plitud y honduras sin límites.
¿Nombres de estos días? No haría falta citar,
y desde luego no aportamos párrafos. Todos co­
nocemos sin duda muchos y muy hermosos, que
han alcanzado celebridad. Al frente de esa legión
de apóstoles escondidos modernos, de víctimas
inmoladas en el silencio por las almas, vaya el
recuerdo de fama mundial de Santa Teresita del
Niño Jesús y de Santa Gemma Galgani. Detrás
de esos nombres gloriosísimos poned cuantos
queráis: Benigna Consolata, Angeles Sorazu, Jo­
sefa Menéndez, María de Santa Cecilia, María de
la Virgen Dolorosa... y cientos más anónimos o
conocidos, pero siempre escritos con letras de oro
en el libro precioso del Corazón de Jesucristo, el
gran sediento, el divino amador de las almas.
Almas, salpicadas todas con su Sangre pre­
ciosa; almas, gotas de agua que pueden reflejar
la belleza de los cielos si están claras y puras;
almas, pedazos de la Iglesia, miembros del Cristo
Místico, al cual falta algo al faltar de hecho mu­
chas almas, al cual se le ha arrancado algo cuan-

— 232 —
do el cisma o la herejía o la excomunión le han
amputado algunas, al cual se ha herido en su car­
ne viva cuando el pecado a muchas de ellas las
ha matado allí... Almas, gloria de Dios, capaces
por su misericordia de comulgar a su misma vida
en la visión abisal de los cielos, capaces de par­
ticiparla, ya por la gracia y sus dones en este mis­
mo caminar hacia la patria... ¿Cómo no va un
alma que vive en Dios, que está en Dios, que sien­
te a Dios, cómo no va a amar a las almas, a ofre­
cerse por ellas, a darse por ellas, si ellas son prin-
cipalísimamente la gloria extrínseca de ese Dios
a quien ama? Así lo han entendido los santos de
todos los tiempos. Así lo ha suscitado el mismo
Dios en todas las edades. Así nos invita el Señor
también a todos nosotros para que lo queramos
con generosidad vivir.
ASCETICA Y MISTICA

Una vez más volvamos sobre el tema. Con


sencillez, pero con toda la claridad que sea po­
sible.
¿Qué entendemos por ascética y qué por
mística? Prescindiendo de su etimología y de
su historia, podríamos entender, en un sentido
amplio, por ascética la parte de cooperación hu­
mana en la obra de nuestra perfección espiri­
tual, y por mística la parte de Dios en esa misma
tarea. Claro está que la parte de Dios es la más
importante, la que lo penetra todo, pues la mis­
ma cooperación libre del hombre no puede ha­
cerse sin que la haga posible el concurso sobre­
natural de Dios por medio de sus gracias.
Esa cooperación del hombre es, sin embargo,
en ocasiones, más activa que en otras. Un acto
de virtud sobrenatural es obra de Dios, que in­
fundió el hábito correspondiente y movió con su

— 235 —
gracia actual a poner aquel acto, y es obra del
hombre, de sus facultades naturales capacitadas
para obrar sobrenaturalmente con aquellos do­
nes divinos. Dios es la causa primera y el hom­
bre la causa segunda, pero ambas principales,
de ese acto de virtud. Pero hay mociones divi­
nas más preciosas y sublimes, que mueven al
hombre más pasivamente por parte de este úl­
timo, como mero instrumento nada más, y que
le hacen obrar de un modo que es del todo so­
brenatural y divino. Para eso, para que dócil­
mente pueda captar esas mociones y se deje
mover por ellas, Dios la ha dotado de los hábi­
tos infusos que llamamos 4‘dones del Espíritu
Santo”.
Ante esas gracias que mueven a los dones, la
cooperación humana es en sí misma más senci­
lla: no resistir y consentir. El acto de virtud,
de caridad, por ejemplo, que así se ponga, será,
bajo este aspecto de perfección modal al menos,
más exclusivo de Dios, más pasivo por parte del
hombre, en una palabra, más místico.
Supongamos ahora un alma fiel y generosa
ante las gracias divinas que de un modo u otro
llueven sobre ella; un alma que de veras sabe
abnegarse y entregarse sinceramente y confia­
damente a la acción divina. La gracia, la cari­
dad, todos los hábitos infusos crecen y se des­

— 236
arrollan a la par. Y atraen de continuo con mé­
rito “de congruo” más abundancia de gracias
actuales. La vida va toda ella quedando, cada
vez más, bajo la acción desbordante del Espíritu
Santo. Más dirigida por El. Más actuada por el
ejercicio de sus Dones. Más pasiva. Más mística.
Cuando en la vida espiritual tenemos una pre­
ponderancia de ejercicio de Dones, con las gra­
cias actuales propias de ese ejercicio, sobre el
ejercicio más laborioso de las virtudes a secas,
tenemos la mística en el sentido estricto de la
palabra. Siempre habrá allí ascética, pero una
ascética más sencilla, más lograda, más fácil. La
ascética más ascética fué de ordinario la prope-
déudica de esta etapa más rica de la vida de
perfección. Vida ascética y vida mística según
se caracterice la vida por el ejercicio de virtu­
des según su modo humano, o por el ejercicio
de virtudes ayudado, perfeccionando, por el modo
divino de los Dones. Y nada más. Y nada más,
porque ya se entiende, con lo que acabamos de
decir, que la vida ascética en este sentido es­
tricto es una vida de suyo incompleta y que se
ordena a la vida mística. Esa vida mística que
es a donde ha de llevar el desarrollo normal de
la gracia y de las virtudes y dones que le son
anejos.
Claro está, al desarrollarse así toda la vida so-

— 237 —
brenatural del alma, también las virtudes y do­
nes que actúan en el ejercicio tan importante
de la oración entrarán a la parte. Y así tendre­
mos en el período ascético una oración de tipo
ascético, y en el místico una de tipo místico, una
contemplación infusa, producto de la fe y la ca­
ridad iluminadas por los dones de la inteligen­
cia y sabiduría principalmente. Esa contempla­
ción infusa provocará a su vez, de una forma u
otra, negativa o positivamente, dolorosa o gozo­
samente, con más intensidad o con menos, una
experiencia de la presencia de Dios en el alma
y de sus dones. Experiencia que es una espe­
cie de fenómeno psicológico (no precisamente
sensible ni mucho menos) que normalmente en
las almas llegadas a la vida mística siempre se da.
Para algunos autores modernos ese puro fe­
nómeno psicológico es lo que constituye, propia­
mente hablando, la mística. Pero nos parece que
eso es minimizarla demasiado. Casi reducirla a
algo sin importancia. Al dejar a la contempla­
ción infusa así como desamparada, desconcer­
tada del panorama grandioso de la vida sobre­
natural íntegra del hombre, vida que es en
sí misma sobrenatural quoad substantiam, la
contemplación infusa queda reducida a algo pu­
ramente accidental, casi una sobrenatural quoad
modum, vecino de esos epifenómenos del todo

— 238 —
accidentales y sólo a veces concomitantes de la
vida mística, como son visiones, éxtasis exter­
nos, etc., etc. Por eso no hay que extrañarse de
que muchos de esos autores la conceptúen como
algo extraordinario, y a la mística, que ella cifra
y resume, como que no es necesario para llegar
a conseguir la perfección. ¡Y qué mal defendida
va a quedar así la grandiosidad y solidez de la
mística cristiana verdadera si sólo es un fenó­
meno psicológico, verificable, o poco menos, en
un gabinete de psicología experimental! En cam­
bio, cuando se estudia la contemplación infusa
como una consecuencia normal de la vida de la
gracia crecida en el alma, la situamos sobre base
bien sólida y segura, aunque su experiencia no
se pueda, a veces, perfectamente ponderar. Ni
se diga que las descripciones de los místicos son
un documento aprovechable en cuanto confirman,
gráficamente si se quiere, los grandes principios
teológicos y filosóficos de la vida espiritual, y
en cuanto que acompañan a los frutos de sus
evidentes virtudes. En sí mismas servirían de
bien poco, y apenas nos darían algunas líneas
del edificio íntimo de la perfección humana. ¡Son
tan imprecisas, tan vagas, tan balbucientes, tan
distintas, a veces...! Es algo que confiesan los
mismos testigos. Es algo que acompaña inevi-

— 239 —
tablemente a la hondura inefable de una inten­
sa vida interior.
Ni se diga que así confundimos y borramos
prácticamente las líneas divisorias de lo ascé­
tico y lo místico. No; las distinguimos perfec­
tamente, pero las unimos como parte de un todo,
de un único camino de vida espiritual. Unión
íntima y llameante de amor del alma con Dios·
Y nada más. Obra de Dios y del alma; más de
Dios que del alma. En que Dios va haciendo más
y más por su cuenta cada día, con todas las con­
secuencias y hasta repercusiones psicológicas a
que esto dé lugar. Dependerá esto último más o
menos de la psicología natural de cada uno, de
otras varias circunstancias, de las gracias actua­
les de Dios, siempre libérrimo en la distribución
de las mismas. Da más o menos, atendiendo a la
fidelidad del alma, a sus disposiciones y coope­
ración, a su generosidad. Da más o menos se­
gún sus libres designios de glorificarse, más o
menos, en cada alma en particular y en concreto,
la medida de la santidad depende, en definiti­
va, de su inescrutable voluntad soberana.
Resumiendo: En sentido amplio, ascético es
lo que pone el hombre en el camino de la virtud;
místico, lo que pone Dios. Especialmente es esto*
verdad en ciertas actuaciones sobrenaturales, di­
vinas, ante las cuales el hombre se tiene más pa-

— 240 —
sivamente que haber. En sentido estricto, vida
ascética es aquella en que predomina el trabajo
sobrenatural, pero humanizado en su modo, de
las virtudes. Mística, aquella en que predomina
el ejercicio divino de los Dones. Por consiguien­
te, ese actuar intenso y desbordante de los
Dones es lo esencial y primariamente místico. El
fenómeno puro de la contemplación infusa que
aquello provoca es algo esencial, pero secunda­
riamente místico. Los otros fenómenos, que qui­
zá se den en ocasiones, meramente extrínsecos,
de repercusión extraordinaria y material, lo ac­
cidentalmente místico, nada más.
POR LOS SACERDOTES

El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia. El la


vivifica. El la cristifica, digámoslo así, ya que
El, Espíritu de Jesucristo, que procede de éste y
del Padre, la une con ese mismo Jesucristo, Es­
poso de Ella, Cabeza de Ella, y prolonga en ella
la vida santificadora de Jesús. Y por Jesucristo
la Iglesia se abisma en el seno infinito de la Di­
vinidad.
El Espíritu Santo nunca puede abandonar a la
Iglesia. El da siempre en ella testimonio de Jesús.
Hoy como siempre. O más que siempre, si que­
réis. Los tiempos son difíciles para el Reino de
Dios. El hálito del mal ha refinado sus procedi­
mientos y sus industrias crueles. Y todos nos ho­
rrorizamos ante la bancarrota de lo moral y de lo
religioso que presencian nuestros ojos, ante la
descristianización de las masas, ante la corrup­
ción de costumbres y la materialización de la

— 243 —
vida. Sin embargo, el Espíritu Santo no ha aban­
donado, no puede abandonar a la Iglesia. Hoy
como siempre, como nunca quizá, pasa por ella.
Y va encendiendo en ella fermentos de vida, an­
sias de santidad, movimientos apostólicos, sacri­
ficios espléndidos..., que auguran a la Iglesia fu­
turos magníficos, que pronto han de llegar. La
persecución ha servido para sus fines. La san­
gre, el dolor, la carencia de lo humano, han fe­
cundado las tierras y las han dispuesto para cul­
tivos y cosechas mejores. Hoy hay santos como
en pocas épocas de la Iglesia los hubo. Hay ham­
bre de verdad religiosa. Hay sed de vida interior
alta y profunda. Es la edad de la expansión mi­
sionera, empresa en la que todos los estamentos
de la Iglesia se interesan y toman parte. Son los
tiempos de la Acción Católica, que ha suscitado,
entre otras instituciones preciosas, mucha per­
fección entre los seglares y mucha actuación
apostólica de los mismos. El Papado puede ofre­
cer un prestigio moral como pocas veces lo goza­
ra ante la faz del mundo... Es evidente: El Espí­
ritu Santo pasa impetuoso, llameante, vivifica­
dor, por su Iglesia...
La prueba más clara de esa actuación del Es­
píritu, tan especialmente amorosa que ahora vi­
vimos, es la inquietud que entre los sacerdotes y

— 244 —
entre los seglares mismos se siente por la santi­
ficación de aquéllos...
¡Santificación de los sacerdotes! y, por consi­
guiente, su formación cabal y completa en todos
los órdenes, ya que la santificación sacerdotal
exige, para que de veras sea auténtica, varios
complementos indispensables de ciencia y de ca­
pacitación para el apostolado, más o menos, pero
siempre en una proporción mínima insustituible,
según las diversas circunstancias de actuación
y de ambiente en que se ha de desplazar la irra­
diación sacerdotal del que sea.
Santificación, formación de los sacerdotes y,
como base y fundamento, número suficiente de
los mismos, vocaciones sacerdotales bastantes
para llenar las necesidades de las almas, de los
intereses de la gloria de Dios sobre la pobre tie­
rra.
Sacerdotes, regulares o seculares, en la forma
que sea, que su sacerdocio es el mismo: el de Je­
sucristo, con la misma dignidad y la misma mi­
sión y la misma exigencia, por tanto, de santidad
sin medida.
El sacerdote es Cristo. El que más participa
objetivamente de Jesús.
El que lleva en su vasija, pobrecita de barro o
riquísima de oro, participación completa de su
misma cualidad de Sacerdote Sumo y Eterno. No

— 245 —
hay ya más sacerdocio que el sacerdocio de Je­
sucristo. Sus sacerdotes reciben todos de esa mis­
ma agua, cuya fuente es El.
El sacerdote es el intermediario oficial, imido*
a Cristo. El Cristo entre el Padre y los hombres..
El sacerdote es el representante de la Iglesia^
la sociedad sobrenatural de los fieles.
El sacerdote es el liturgo, el sacrificador, aquél
sin el cual la Eucaristía no sería posible en los:
planes que de hecho Dios ha escogido.
El sacerdote es la alabanza. El sacerdote esr
el incienso. El sacerdote es la reparación pública,
y solemne.
Y el sacerdote, ministro de Cristo, embajador
de Cristo, coadjutor de Dios, es el dispensador de
sus misterios (I Cor., IV, 1; II Cor., VI, 4).
Padre de las almas, él las hace nacer y des*
arrollarse en Jesucristo. El las injerta en la Vid
de la Vida. El las hace miembros vivos de su
Cuerpo Místico, la Iglesia.
El sacerdote es, en ese Cuerpo Místico de Cris­
to, las arterias, los conductos nérveos, los arte­
jos que llevan la vida de la cabeza a los miem­
bros, que comunica los miembros con la Cabeza.
El sacerdote es el apóstol por antonomasia. Es
apóstol y exclusivamente apóstol. El continúa
oficialmente la misión de Jesús. El aplica su San­
gre a las almas a través de los tiempos.

— 246 —
El es eal de la tierra, luz del mundo, del grupo
escogido y «electo que el Señor puso como cimien­
to y solera de su Iglesia. Dios ha abandonado,
prácticamente, en las manos del sacerdote, el
porvenir de su gloria sobre la tierra. El sacerdo­
te es la apologética de los pueblos. Es el aroma
de Cristo. Es el eco de su palabra infinita.
En sus manos hay poderes divinos. El consa­
gra. El perdona. El bendice. Como Jesucristo.
Lo que no pueden los ángeles. Lo que no puede
ni la misma santísima Madre de Dios.
El es el catequista, el misionero entre fieles e
infieles, el director, el consiliario, el párroco, el
amigo del alma, el confidente, el padre...
El es la alegría de los pueblos, la paz de las al­
mas, la protesta plástica de lo inmoral y de lo
injusto. El representante nato de lo espiritual,
de lo noble, de lo puro, de lo recto.
El sacerdote es el testigo de Jesús. Su mártir.
La víctima con El, Víctima...
El sacerdote es Jesucristo...
El Señor ha querido asociarnos a su grande
empresa: glorificar a su Padre salvando y santi­
ficando a las almas.
No nos necesitaba. Pero ha querido misericor­
diosamente que seamos su complemento, su pie-
roma.
Por eso también nos ha llamado a cooperar en

— 247 —
la obra de todas las obras: la de la formación y
santificación de sus sacerdotes.
Que El desea que sus sacerdotes sean muy san­
tos, no hace falta que se repita aquí. Es lógico
que la perfección moral de su vida esté a la altu­
ra de su dignidad. Y su dignidad ¡ay! se pierde
en la misma dignidad sacerdotal de Jesucristo.
Después de la dignidad de Madre de Dios, que
tiene la Santísima Virgen, no hay dignidad más
alta y más sublime. La santidad de vida tiene que
responder a tanta grandeza.
Y en proporción de esa santidad sacerdotal que
se posea, suele ser de ordinario también la efi­
cacia apostólica de la irradiación del sacerdote.
A pesar de que sus poderes ministeriales no
dependen sustancialmente para su validez de las
condiciones subjetivas del sacerdote-ministro, el
conjunto de su actuación apostólica guarda de
ordinario las leyes de la vida: da más aquel que
más tiene; da mejor aquel que mejor posee; llega
más lejos aquel que más vibración y más empu­
je alcanza; hace más aquel que más y más en
Dios trabaja. La confirmación experimental está
ante los ojos de todos los que vean. La omnipo­
tencia del sacerdote santo es un axioma.
Los sacerdotes son la ilusión del Corazón de
Cristo. ¡Sus íntimos! ¡Sus ungidos! ¡Sus “otros

— 248 —
La santidad sacerdotal, consciente, contem­
plativa, sacrificada, crucificada, victimada, irra­
diada, empleando los recursos todos que ella mis­
ma sugiera (ciencia, organizaciones adaptadas,
empresas de celo...), es la clave de todos los pro­
blemas del reinado de Cristo en las almas, la
solución de todos los asuntos morales de los pue­
blos, el secreto de la cosecha espiritual de las al­
mas, la empresa de las empresas divinas... Con
ella se resuelve todo. Sin ella ¡no se resuelve ape­
nas nada!
A cooperar a ella nos invita el Señor. ¡Qué dig­
nación tan grande! ¡Qué misericordia tan divina
de su amor! ¿Quién no querrá, por tanto, respon­
der a ella? Es entender maravillosamente los de­
seos más ardientes de su Corazón. Es compla­
cerle en lo más caro y más precioso. Es aportar
nuestra gotita de esfuerzo al problema más vital
y más trascendental para la Iglesia.
Y cooperar en ella es el negocio sobrenatural
por excelencia. No se trata sólo de ayudar a la
santificación de un alma y de un alma escogida,
que ya sería grandioso. Es que, detrás de cada
alma sacerdotal, hay miles de almas, hay apos­
tolado de repercusiones insospechadas, hay obras
de celo de importancia extraordinaria. ¡Qué ne­
gocio! ¡Esto sí que son rentas! El que quiera ga­
nar mil por uno que ponga aquí su centimito hu­

— 249 —
milde, su cornadito insignificante y diminuto...
Tendrá parte en todos los apostolados de esos
sacerdotes. Será catequista, misionero, orienta­
dor de almas, santificador de almas... con ellos,
a través de ellos, por medio de ellos. Es la obra
de Dios.

El Señor mismo ha invitado a todos a tomar


parte en esta empresa, al menos en lo que se re­
fiere al fomento de las vocaciones sacerdotales:
“La mies es mucha9 pero los obreros son pocos;
rogad al Dueño de la mies que envíe obreros a su
campo” (Mt, IX, 37 y 38; Le., X, 2).
Y por lo que atañe a la formación y santifica­
ción de los ungidos lo está pidiendo la misma na­
turaleza de la Iglesia, la práctica y doctrina de
la misma, el sentido o instinto sobrenatural de
los mismos fieles. Ahí están los Seminarios y to­
das las industrias excogitadas por la Iglesia a lo
largo de los siglos a fin de ayudar a sus sacer­
dotes en su preparación en el cumplimiento de
su misión. Dios ha querido que los sacerdotes no
lluevan forjados del cielo. Los hace aquí, sobre
la tierra, el sacramento del Orden. Y el sacra­
mento de Orden pide, para su mayor o menor efi­
cacia, como todos los demás sacramentos, una
cooperación humano-sobrenatural del ordenado
y de todos los otros que quieran, por solidaridad

— 250 —
de vida cristiana, aportar su ayuda caritativa a
aquél.
Los Seminarios de ambos cleros son, por tanto,
la obra más vital y trascendental de la Iglesia,
ante la cual palidece en importancia cualquiera
otra que se quisiera comparar.
Decíamos: hoy pasa por la Iglesia, con furores
divinos, el Espíritu Santo. La sacude. La encien­
de. La santifica y hermosea con afán.
La señal más evidente es este despertar de in­
terés y realidades en pro del sacerdote. La Jerar­
quía a la cabeza lo inicia, lo fomenta, y de ello se
preocupa. Seminarios, casas de formación y de
estudio de los sacerdotes, religiosos... todo se me­
jora, todo se reforma. Las obras para sostener y
perfilar la formación ya recibida, se multiplican
por doquier. La legislación urge en todos los sen­
tidos con mayores empeños.
Y los simples fieles se sienten arrastrados a la
empresa común. Nunca se preocupó tanto el pue­
blo cristiano de sus sacerdotes, de sus Semina­
rios, de sus obras de celo. Nunca se oró tanto, se
hizo tanto como hoy por los seminaristas y sacer­
dotes.
No es que fuese un movimiento desconocido.
No lo podía ser. La vieja liturgia de las “ Tém­
poras'’ (en especial la de diciembre), la oración
solemne de los días mayores (preces litánicas del

— 251 —
Viernes Santo, por ejemplo), hacían pedir con
frecuencia por la Jerarquía y por todo el clero.
Las grandes figuras medioevales, principal­
mente preocupadas por la santidad de la Iglesia,
clamaron, rogaron con lágrimas, trabajaron, se
victimaron en pro del sacerdocio católico. Ahí
está sobre todas la dulce y enérgica Santa Cata­
lina de Sena. Así, después, en la época ya del “re­
nacimiento” , en la hora de la restauración ca­
tólica frente al protestantismo, los esfuerzos de
San Cayetano y demás clérigos regulares, los de­
seos ardientes de una Santa Catalina de Ricci,
de una Santa María Magdalena de Pazzis, los
trabajos doctrinales y prácticos de un Beato Avi­
la, del Cartujo Molina, de la escuela francesa de
Berulle (Condren, San Vicente de Paúl, San Juan
Eudes, Olier, etc.).
En este interesarse los no clérigos por la san­
tificación de estos últimos, dejó huella profunda
el espíritu señero y clarividente de Santa Teresa
de Jesús. En aquella su exacta visión de lo que
es la Iglesia, de lo que suponen los intereses de
las almas, comprendió la importancia excepcio­
nal de este problema. Y dejó encomendado a su
reforma carmelita, como objetivo principal de su
apostolado de contemplación y sacrificio, el an­
helo por la santificación de los sacerdotes. Léase
entre otras páginas de sus obras todo el capítu­

— 252 —
lo III del Camino de Perfección, donde ella tra­
za el programa y el por qué de la razón de ser de
sus “palomarcitos de la Virgen’'. “Y si en esto
podemos algo con Dios, estando encerradas pe­
leamos por El, y daré yo por muy bien empleados
los trabajos que he pasado por hacer este rin­
cón.” San Vicente de Paúl, que tanto hizo por la
formación del clero, podía afirmar, pocos años
después de muerta nuestra Santa: “ Puede ser
que el mejoramiento que se observa ahora en el
estado eclesiástico sea en parte debido a esta
gran Santa”. Ella dejó encendida esta hoguera
y sus conventitos de descalzas fueron desde en­
tonces otras tantas llamas esparcidas por todos
los lugares del mundo. ¿ Para qué estáis aquí ?, se
pregunta en el torno de un Carmelo. Y la voz de
la hermanita responderá impensadamente: “Para
pedir, para sacrificarnos por los sacerdotes”.
Cuando Santa Teresa del Niño Jesús escribe
en el capítulo VII de su “Historia de un alma” :
Vine al Carmen... para salvar almas y, sobre todo,
para rogar por los sacerdotes, no hacía más que
situarse en la línea que dejó trazada su Santa
Madre. Como ella, Isabel de la Trinidad (véanse
los textos de los “Recuerdos” recogidos por el
Padre Philipon, O. P., y María Angela del Niño
Jesús y tantas otras hijas de la Santa de Avila) *

— 253 —
Fuera del Carmen el movimiento ha prendido
por igual. Dios urge a las almas en este sentido.
Sería necesario un recuerdo interminable de nom­
bres y de cosas. La Obra “pro Fomento de Voca­
ciones” , los “días del Seminario”, la práctica de
los “Jueves Sacerdotales”, nuevas fundaciones
religiosas consagradas ex profeso a pedir, a sacri­
ficarse, a victimarse por los sacerdotes... Santa
Gema Galgani, M. María Cecilia de Roma, “Se-
rafinillo”, etc., almas que, como María de la Tri­
nidad (Consummata), se siembran, se deshacen
en semilla de vocaciones santas para dilatar su
vida en vida de apostolado a través de otros mu­
chos, para continuar en otros apóstoles sus an­
sias insaciables de apostolado de amor y santi­
dad. Es como una misteriosa vocación sacerdo­
tal que, al ser imposible que se realice en ellas,
florece en otras almas donde se puede dar.
Eli 12-V-1942 murió santamente en Madrid
la Madre María de la Virgen Dolorosa, del
Instituto de María Reparadora. Esta religiosa de
gran valía en todos los órdenes, moría victima­
da por los sacerdotes, por los seminaristas... IPué
la razón de ser de su consumado sacrificio. Un
sacrificio de calvario y de cruz. Noches espan­
tosas del alma; tortura terrible de un cuerpo tri­
turado por el dolor y el sufrimiento. Todavía al
recordarle, en sus últimos momentos casi incons­

—* 254 —
cientes, que en el cielo, abismada en el seno de
Dios, viviría para la santificación de los sacer­
dotes, vibraba su ser todo con una reacción im­
presionable: ¡Eso...! ¡Eso...! Ella se había con­
sagrado tiempo antes por esa intención: “Jesús,
Sacerdote Eterno, hago voto perpetuo de víctima
de holocausto a tu Sagrado Corazón por la san­
tificación de los. sacerdotes y seminaristas, para
la regeneración de la humanidad por Ti redimi­
d a Y el Señor la aceptó.
¡Cuántas como ella... por la misericordia de
Dios!
Almas que buscáis de veras, con ansias y con
afanes que Dios pone en vosotras, la gloria pura
del Dios bueno; almas que sentís el desasosiego
de su amor vivo y penetrante hasta el fondo sin
fondo de vosotras mismas... ¡Santificaos por los
sacerdotes!, ¡orad por los sacerdotes!, ¡victimaos
por los sacerdotes!
Todas podéis: monjitas de clausura, religiosas
de apostolados externos, seglares conscientes de
vuestro cristianismo, enfermos y ocupados, ni­
ños y mayores, religiosos y sacerdotes hermanos
míos, todos... Es interés de todos. Porque es in­
terés básico y fundamental de la Iglesia que to­
dos formamos.
¡Por los sacerdotes, por los seminaristas, por
los Seminarios...! El edificio espiritual de esas

— 255 —
casas de formación sacerdotal tiene que levan­
tarse muy alto, muy bello y muy grandioso. Y
hacen falta, para eso, cimientos muy hondos y
muy firmes. ¿Queréis llenarlos? Se necesita san­
gre, sacrificios, vidas... Nadie os vera con los ojos
de la tierra, ¡Mejor, más sublime! Pero lo sabe
el Señor, que es el arquitecto que os utiliza.
Jesucristo, en su oración al Padre, después de
la Cena Pascual, pidió por sus apóstoles, recién
ordenados sacerdotes. “Et pro eia Ego aanctifi-
co me ipsum, ut sint et ipsi sanctificati in venta -
te..." (J., XVIII, 19). Según la fuerza del texto
griego original: ¡Y yo por ellos me consagro, me
victimo... para que ellos sean consagrados en la
Verdad...!
¡Qué misión excelsa!, ¡qué vocación divina!
Podéis apropiaros las palabras de Jesús, podéis
uniros a ellas, podéis santificaros, entregaros...
porque los escogidos, los ungidos, los otros El...
sean santificados en la Verdad...
¡Virgen María, Reina del Clero, Madre Sacer­
dotal por antonomasia! Nuestro sacerdocio, que
es el de Cristo, ha nacido en tus entrañas virgi­
nales, ya que el Verbo Encarnado fué hecho
sacerdote en el instante mismo de su Encarna­
ción. ¡Oh Madre. Templo augusto y Sagrario del
Sacerdote Sumo y Eterno, que es Jesús! ¡Eres
por eso Madre especial de los sacerdotes, que son

— 25« —
más Jesús que loe demás simples fieles. Los
sacerdotes son más hijos tuyos. Es la teología la
que lo enseña así. Por eso, cuando Jesucristo des­
de la Cruz te proclamó Madre de todos los hom­
bres, a ti —que eres Madre de todos desde el día
aquel de la Encarnación en ti del Verbo, desde el
día en que el Hijo de Dios se hizo en ti Hombre,
y, por consiguiente, nuestro hermano mayor,
nuestra Cabeza, nuestra fuente de vida sobrena­
tural...— cuando El te proclamó en la Cruz Ma­
dre de todos los hombres, te recibió en nombre de
todos Juan, un sacerdote, consagrado sacerdote
en la noche anterior. Manos sacerdotales eran las
manos que te debían recibir...
iOh, Madre!, promueve una legión de sacer­
dotes competentes, abnegados, santos, que sal­
ven al mundo, y para ello suscita otra legión de
víctimas santas, una lluvia de oraciones y sacri­
ficios de todos los cristianos en favor de ellos,
un interés creciente porque se favorezcan los me­
dios e instituciones convenientes para la forma­
ción sacerdotal..,
Ellos, gloria de tu Hijo, son hijos predilectos
tuyos. Ellos son El. Y, como El... es preciso que
todos sean santificados, consagrados victimados
en la Verdad...
LA PERFECCION SACERDOTAL

La teología de la perfección sacerdotal hay


que derivarla de la teología del carácter, que en
el alma del sacerdote ha impreso el sacramento
del Orden.
Este carácter produce en su alma un triple
efecto:
1. Es el elemento físico de nuestra partici­
pación del sacerdocio mismo de Jesús. Es una
cualidad inamisible que configura al ordenan­
do con Jesucristo en cuanto sacerdote. Es cierto
que el carácter bautismal, que es el elemento
físico como material (en oposición a formal; ya
sé que se trata de una realidad espiritual) de
la incorporación a Cristo, ya de algún modo po­
nía en el alma del bautizado una participación
del sacerdocio de Aquél, pero no con la plenitud
y virtualidad que hace luego el carácter del sa­
cramento del Orden. No hay en ello el menor
inconveniente, pues la vida y el ser pueden par­
ticiparse más o menos, bajo un aspecto, o no
bajo ese aspecto. Esto ocurre en la misma biolo­
gía humana, cuánto más puede darse en esta
misteriosa participación de la vida de Cristo,
para conocer la cual, a la luz de la revelación
y de la fe, analógicamente transportamos los
mismos conceptos e imágenes de la vida hu­
mana (1).
2. Ese carácter, como potencia sobrenatural
que es, capacita al alma para comunicar la vida
de Cristo instrumentalmente y activamente a los
demás.
3. Exige finalmente las gracias necesarias

(1) La metáfora evangélica de J. XV, 1 ss. es agrí­


cola, así como la alusión de San Pablo en Rom., VI, 5; el
repetido símbolo paulino, tomado del cuerpo, es antro­
pológico. Pero en todos los casos es la analogía la que
juega su presencia. Lo anoto porque la tendencia “exis-
tencialista” a la moda protesta—a veces con razón—de
la excesiva aplicación rígida de conceptos más o menos
abstractos de la filosofía escolástica, para tratar de ex­
plicar el contenido del Dogma, sin darse cuenta que ella
abusa a su vez en la utilización de datos y experiencias
vitales para lo mismo. Ni uno ni otro procedimiento
agotan la realidad honda del Dogma revelado. Pero uno
y otro, con la debida prudencia y discreción, con el servi­
cio delicado de la plurivalente noción de la analogía,
sirven para ilustrar verdadera aunque incompletamente
aquellos misterios.

— 260 —
para responder a las exigencias de esa participa­
ción del sacerdocio de Cristo y poder cumplir
dignamente esta misión social tan alta y sublime.
Quiere decir que así como el carácter bautis­
mal al incorporarnos a Cristo, y por ende a su
sacerdocio y a su entrega victimal, está exigien­
do siempre el elemento formal de nuestra vivifi­
cación en El: la gracia, la caridad, etc., así tam­
bién el nuevo carácter sacerdotal, que supone el
bautismal, al insertarnos de ese otro modo más
pleno en la condición sacerdotal de Cristo, nos
consagra y nos santifica objetivamente en esa
unción misteriosa de su sacerdocio divino y exi­
ge al mismo tiempo las gracias convenientes
para poder estar subjetivamente a la altura de
esa condición de vida y para poder cumplir con
la misión social, glorificadora de Dios y santifi-
cadora de almas, que esa dignidad sacerdotal
lleva como finalidad consigo.
El sacerdote es, por consiguiente, un hombre
particularmente consagrado. Consagrado, ungi­
do, y esto le hace ya algo santo en el orden de
la coseidad, de la objetividad. Pero, claro, un
hombre no es una “cosa”, es una persona cons­
ciente y libre. Toda santificación objetiva recla­
ma de él una respuesta, una entrega amorosa y
subjetiva, una santificación moral correspon­

— 261 —
diente. Su consagración especial exige una san·
tidad de vida especial.
Y es un consagrado, en y con Cristo Sacer­
dote, para la gloria de Dios, proyectada ésta en
la santificación de las almas. El sacerdote es el
intermediario oficial entre Dios y los hombres.
Aquí en nuestro caso, según la única fórmula
que Dios ha escogido: entrando a la parte del
sacerdocio y de la misión sacerdotal de Jesús.
Esa consagración, y asi para esos fines, lleva
consigo una segregación lo más perfecta posi­
ble de su radical egoísmo desordenado. La en­
trega viva que arrastra consigo es por eso abisal
y altísima. Abnegación propia, por tanto, a fin
de que la misión sublime que lleva entre sus
manos sea lograda y fecunda. El sacerdote, por
su consagración y la misión para la que se le
consagra, es un expropiado de sí mismo, de todo
lo profano en el sentido peyorativo de la pa­
labra.
Consagrado, expropiado... Estas palabras cla­
ves nos hablan de los dos virtudes que deben ca­
racterizar acentuadamente la espiritualidad de
todo sacerdote, máxime del sacerdote diocesa­
no : la religión y la caridad pastoral.
La religión, virtud fundamental para todo
hombre, pero típica en el sacerdote, que por mi­
sión es socialmente para glorificar a Dios en

— 282 —
nombre del pueblo. Por eso en todo sacerdote
su acción ministerial por antonomasia será siem­
pre la santa Misa y toda la restante Liturgia
(Oficio Divino, Sacramentos, etc.). Toda esa ac­
tividad que al mismo tiempo es la principal fuen­
te de santificación para las almas, ya que el
cristianismo es primariamente vivir el misterio
de Cristo, misterio que Dios hace en nosotros de
providencia normal por medio principalmente
del culto litúrgico. El sacerdote—todo sacerdo­
te—está consagrado para eso: para hacer sacer­
dotalmente religión, en primer lugar por la Li­
turgia.
Pero sacerdote para tributar ese homenaje de
religión en nombre de los hombres sus herma­
nos. Para así hacer descender sobre ellos las gra­
cias divinamente vivificadoras. Por eso es para
ellos, tiene que darse a ellos en caridad pastoral.
No se pertenece a sí mismo. Como consagrado a
Dios en bien de los hombres, su vida ha de gas­
tarse caritativamente por ellos. Caridad pastoral
que se traducirá en las mil formas de apostola­
do, cifradas en la imagen bíblica del buen pas­
tor que conoce y ama a sus ovejas, que defiende
a sus ovejas, que cuida de sus ovejas, que vive
y muere por sus ovejas... Expropiado, sacrifi­
cado por ellas. Las circunstancias dirán en cada
caso las formas y maneras distintas con que se

— 263 —
realizará ese apostolado sacerdotal de ejempla-
ridad viva, de magisterio, de jurisdicción, etc.,
que prolonga y completa la obra más inmediata­
mente santificadora de la acción litúrgica del
sacerdote.
Todo ello, directa o indirectamente, le exige a
él vida virtuosa v santa. La manera misma de
*

vivir él las virtudes morales: castidad, pobreza,


obediencia, humildad, etc., viene dictada por esa
religión y esa caridad pastoral9 ejes de su vida
espiritual de sacerdote. En definitiva, se le exi­
ge una más íntima unión con ese Jesucristo,
Sacerdote y Víctima, de cuyo sacerdocio y vic­
timación tan altamente participa, y cuyo sacri­
ficio sacerdotal revive en la Misa, para irradiar
entre las gentes su vida y su mensaje de amor (1).

(1) Sobre este tema me remito más ampliamente a


mi modesto libro Problemas actuales del sacerdote, Ma­
drid, 1956.
EL NOMBRE DE JESUS

(Meditación Sacerdotal)

El Padre engendra eternamente a su Hijo por


vía de entendimiento. Es su Verbo, su Palabra.
Palabra inefable, misteriosa... Solamente El pue­
de pronunciarla. Solamente El puede compren­
derla. Es una imagen viviente, sustancial, su otro
El. ¿Qué nombre divino es el que la expresa? Es
secreto impenetrable de Dios.
Eternamente se determinó en el Consejo de
la Trinidad Beatísima la Encarnación del Verbo.
Y el nombre que le convenía al aparecer así hu­
millado entre los demás hombres. Se llamaría
JESUS.
Un nombre no convencional sino propio, signi­
ficativo. Un nombre que indicaría la misión que
venía a cumplir junto a sus hermanos los pecado­
res : ser su salud, ser su vida.

— 265 —
San Bernardo (Sermo XV, in “Cántica” ) co­
menta aquella frase del “Cantar de los Canta­
res” : “oleurn effusum nomen tuum” (Cant., 42),
aplicándola al nombre de Jesús. Como el aceite,
asi Jesús es luz y alimento y medicina... Vida,
en una palabra, para la pobre humanidad, que
se debate entre tinieblas de errores y de vicios,
débil, enferma, muerta tantas veces...
Por eso, fuera de ese nombre, no hay en nin­
gún otro salvación. (Act. Ap. 4, 12). Por eso, el
Padre escogió para su Hijo al humanarse el Nom­
bre que está sobre todo nombre, ante el cual se
ha de doblar toda rodilla en los cielos, en la tie­
rra, en los infiernos... (Phil., 2, 10).
El Verbo Encarnado es realmente para nos­
otros ¡Jesús! Salud, vida..., pero a costa de su
vida humana. El nombre de Jesús es un nombre
de sangre.
La Virgen y San José recibieron respectiva­
mente, por medio del ángel, el dulcísimo encargo
de los cielos: se llamará Jesús... Y ocho días des­
pués del nacimiento, al circuncidarle, según la
ley, ¡con qué emoción cumplirían lo mandado!
Su nombre fué Jesús.

* * #

El sacerdote es sacerdote con sacerdocio del


mismo Jesucristo para prolongar en su vida la

— 206 —
misma misión sacerdotal de Aquél: para dar sar
lud, la vida sobrenatural a las almas. Es decir,
el sacerdote ha de ser para ellas Jesús... Jesús
es el nombre propio sacerdotal.
El mundo es tinieblas y es inmenso hospital y
es lucha fría y forcejeo terrible y es cementerio
sacrilego de almas... La luz, la fortaleza, la me­
dicina, la vida está únicamente en Jesús; y esto,
prácticamente, a través y por medio de sus sacer­
dotes.
Por ello, el sacerdote ¡ha de ser verdaderamen­
te Jesús! Llamarse y serlo... Hay que sellar, por
tanto, la vida con ese nombre bendito, como San­
ta Teresa. Hay que grabarle indeleblemente en el
alma. Santa J. Francisca Chantal lo hizo con fue­
go en su pecho; el Beato Enrique Suso lo escri­
bió en sus carnes a punta de punzón.
Hay que pedir humildemente al Espíritu Santo
que lo pronuncie sustancialmente en nosotros.
San Juan de la Cruz llama palabra sustancial a
aquella que “hace efecto vivo y sustancial en el
alma”, a aquella que “imprime sustancialmente
en el alma aquello que ella significa” . “ ¡Dichosa
el alma a quien Dios así la hablare!” (“Subida”,
II, 31) ¡Palabra sustancial! que es como fuego
divino vertido incandescente en nuestras almas,
abrasador y consumiente. Hace lo que dice. Si
el Espíritu Santo pronuncia así Jesús, como

— 267 —
que lo aspirase en nuestro íntimo ser, nos haría
Jesús,
Seríamos así Jesús para las almas; es decir,
viviríamos de veras nuestra misión sacerdotal.
Seríamos, con la doctrina, con la vida, con todo,
luz iluminante para sus ojos ciegos, alimento vi­
tal para su pobre vida —el sacerdote es un hom­
bre comido, decía el V. Antonio Chrevier—, for­
taleza y sostén para sus miembros cansados que
tienen que luchar en el atletismo del camino di­
fícil, medicina para las llagas que dejó el peca­
do... Como el aceite. Y como él al derramarse
iríamos penetrando poco a poco hondo y exten­
diendo poco a poco más el perfume, el recuerdo,
las influencias vivificantes de Jesús en las al­
mas. Seríamos como San Bernardino de Sena,
como San Juan Capistrano, como San Ignacio de
Loyola..., los abanderados de su nombre santí­
simo. Seríamos bandera viva del Señor. Sería­
mos Jesús.

* * *

¡Oh, Espíritu Santo!, déjanos contemplar los


misterios de Jesucristo, déjanos vivirlos... Me­
jor dicho, hazlos Tú revivir, continuar en nues­
tra pobre vida. Por la gloria del Padre, por el
bien de las almas, de la Iglesia...!

— 268 —
LA LECCION SACERDOTAL
DE SAN JUAN DE LA CRUZ

El día 21 de septiembre de 1591 escribía San


Juan de la Cruz en el conventito de La Peñuela
a su dirigida doña Ana de Peñalosa. Es la última
carta completa que conservamos de él. Estaba
ya febril y herido intensamente con el mal de la
muerte. Al día siguiente partirá para Ubeda a
encontrarse allí en seguida con el abrazo eterno
del Esposo, que le aguardaba entre dolores de
Calvario y en el éxtasis sublime de la unión trans­
formante de amor...
En aquellas cortas líneas de despedida, felici­
taba el santo a un hermano de doña Ana que aca­
baba de hacerse sacerdote. Decía así:
“Heme holgado mucho que el señor D. Luis sea
ya sacerdote del Señor; ello sea por muchos años»
y su Magestad le cumpla los deseos de su alma.
¡Oh, que buen estado era ése para dejar ya cui-

— 269 —
dados y enriquecer apriesa el alma con él! Déle
el parabién de mi parte, que no me atrevo a pe­
dirle que algún día cuando esté en el sacrificio se
acuerde de mí, que yo, como el deudor, lo haré
siempre” (1).
Poco más escribió ya su pluma de oro. El tes­
tamento literario de San Juan de la Cruz fueron
esas breves frases emocionadas en loor del estado
sacerdotal que él mismo tenía. Las rasgueaba
allí su pluma, por aquellas tierras bienaventura­
das de Jaén, por donde todavía se cernía esplén­
dido del espíritu del Beato Juan de Avila, el San
Pablo traducido al español, que las había dejado
sembradas de inquietudes de perfección sacer­
dotal, como a casi toda Andalucía y a casi toda
España.
San Juan de la Cruz mismo será amigo de mu­
chos de los discípulos principales del Maestro,
en especial en Baeza, donde aquellos se agrupa­
ban principalmente, en torno a la Universidad
gloriosa que magnificó y fundó el Beato (2).
* * *
(1) Carta XXV, ed. Silv, t. IV, págs. 289 y 290.
(2) El santo trataba con mucha amistad al Dr. Ojeda,
al Maestro Sepúlveda, al Dr. Becerra, al Dr. Carlebal,
al P. Núfiez Marcelo. Todos ellos insignes discípulos del
Beato Avila. Fray Juan de Santa Eufemia, P. I. Baeza;
ed. Silv., pág. 27.

— 270 —
San Juan de la Cruz fué sacerdote. Segura*
mente recibió su ordenación sacerdotal en Sala­
manca en el verano de 1567, ya que en la ma­
trícula universitaria del curso siguiente, Juan
de Santo Matía figura como “presbyter” y “teó­
logo” . Allá, bajo las bóvedas románicas de la
Catedral Vieja, ante las tablas primorosas del
altar, el obispo don Pedro González de Mendoza
le ungió in aeternum sacerdote de Cristo... (3).
Pocos días después celebraba en Medina del
Campo su Misa primera. Era el convento carme­
lita de su profesión. Podemos imaginar la sen­
cilla ceremonia litúrgica. Aún está en pie, res­
taurada, junto a los muros de ladrillo de la Igle­
sia posterior, la capilla que se cree iglesia pri­
mitiva del convento, donde tuvo lugar aquella
Misa histórica. La fecha de la misma se ha per­
dido entre el ruido del tiempo. Quizá fuese en la
octava de la Natividad. Celebra según el rito je-
rosolimitano o del Santo Sepulcro, propio de la
Orden del Carmen. Allí están Catalina Alvarez,
su madre querida. Allí Francisco de Yepes su
hermano, la cuñada Ana Izquierdo, los sobrinos,
su protector don Alonso Alvarez de Toledo..., po-

(3) Alonso de la Madre de Dios, Vida I. I, c. V (Inédi­


ta aún) Ms. BNM. 13.460. La mejor sin dispuesta que se
ha escrito del Santo.

— 271 —
eos más. El sacristán ha encendido más luces en
el altar que de ordinario, como exige el ceremo­
nial de Siberto de Века (4).
Ya ha consagrado. Ha puesto en cruz los bra­
zos según pide el rito. En sus ojos hay un fulgor
extraño. Su rostro está radiante... Luego se co­
mulga, después de pronunciar la fórmula encen­
dida: “Salve salus mundi, Verbum Patris, Hos­
tia sacra, viva caro. Deitas integra, verus homo” ..
Y al final de la Misa, como un sello de oro, ha re­
petido la alabanza jubilosa del sacrificio: “Tibi
laus, tibi gloria, tibi gratiarum actio, o beata et
benedicta et gloriosa Trinitas. Pater et Filius et
Spiritus Sanctus.”
Años más tarde el Santo será confesor de la
Encarnación de Avila. Y un día, la hermana Ana
María tendrá una revelación del cielo: el Señor
había restituido a Fray Juan de la Cruz la ino­
cencia bautismal en su primera Misa y le había
confirmado en gracia como a los apóstoles para
que no pecase gravemente en su vida. Va la mon­
ja a comunicar con el siervo de Dios. Y la pre­
gunta incontinente que sí le responderá a lo que
ella le demande, sin ocultarle lo que sea. El San­
to se ha obligado con sencillez. Y la pregunta fué

(4) Cfr. Bruno de J. M. “Saint Jean de la Croix” i


París, 1929, pág. 54.

— 272 —
que le dijese qué había pedido al Señor en su
primera Misa y que si creía se le hubiese conce­
dido. La respuesta del Santo fué la misma que la
hermana ya sabía por el otro camino, añadiendo
además que lo creía concedido “como creía que
era cristiano y tenía por cierto se lo había Dios
de cumplir” (5).
¡Misa histórica aquella Misa llameante de Me·
dina del Campo! Ahora nos explicamos el por
qué darse en ella tan arrebatado fervor...!

* * #

San Juan de la Cruz vivió con plenitud su


sacerdocio.
El sacerdocio es participación del mismo sacer­
docio de Cristo. Es ser otro Cristo. Es recibir po­
testad redentora, participada de la del Señor,
para continuarla y aplicarla a las almas.
Recordemos la liturgia de la ordenación sacer­
dotal. Al ordenando se le confiere un doble po­
der: sobre el Cuerpo y Sangre de Jesucristo y
sobre su Cuerpo Místico: la Iglesia, las almas...
Por el primero será ministro del culto, podrá
cumplir la misión primaria y específica del sacer­
dote. Ofrecer sacrificios; en nuestro caso el úni-

(5) P. I. Avila. Ed. Silv., pág. 299.

— 273
co que existe sobre la tierra después del Calvario:
el sacrificio de la Misa. Por el segundo recibe la
capacidades y exigencias de apóstol, que luego la
Jerarquía explicará al otorgarle en una u otra
forma, en una u otra medida, poderes de juris­
dicción.
Pero todo él es Cristo. Y su vida sacerdotal
y victimal entera, y sus sacrificios y trabajos
apostólicos, y sus acciones insignificantes... todo
llevará esa cualidad sacerdotal de glorificador de
Dios por la salvación de las almas... Como en Je­
sucristo. Por consagración divina. Oficialmente,
públicamente, especialísimamente.
Es accidental en absoluto, bajo el punto de vis­
ta sacerdotal, la actividad más o menos, la forma
concreta de vida que el sacerdote lleve o abrace.
Es sacerdote de Cristo. Basta. Tiene la dignidad
más alta que se ha concedido por el cielo a los
hombres. Lleva, por consiguiente, la obligación
de perfección más elevada que soñarse puede.
Su santidad debe ponerse al nivel de su dignidad.
Es indefinida... Ningún otro título se puede aña­
dir que sume al anterior más exigencias de al­
tura.
* * #

Pudiera pensarse que San Juan de la Cruz


sacerdote no sirviera para decir nada a nosotros,

— 274 —
sacerdotes seculares. ¡Nuestra forma de vivir el
sacerdocio es distinta de la suya!
En verdad, él ha sentido una marcada voca­
ción contemplativa desde los primeros momen­
tos de su vida consciente. ¡Aquella Cartuja del
Paular...! ¡Aquel sueño dorado hecho realidad
durante año y medio en Duruelo! ¡Pastrana, El
Calvario, Granada, La Peñuela después...! En
aquella última carta que conservamos, una vez
más asoma la ilusión de su alma: “ ¡pero con in­
tento de volverme luego aquí (La Peñuela), que,
ciertos, en esta santa soledad me hallo muy
bien...!” Y léase, entre otros pasajes de sus
obras, el comento a la canción XXXV del Cánti­
co en que desgrana las delicias y las alegrías de
la vida silente, escondida, vacía de aprehensiones
y de afectos distintos, donde se encuentra la
unión con el Verbo Esposo que atrae al alma y
la fascina... Hay en esas páginas una regalada
fruición indisimulable. San Juan de la Cruz, como
todas las almas grandes, y con una intensidad
singular e impetuosa, ha sentido la atracción del
desierto...
Y, sin embargo, esa vida era toda ella esen­
cialmente sacerdotal. Porque al ser sacerdote, no
sólo sus funciones de ministro del Señor, que
son las principales de todo sacerdocio, servían
para llenar su misión de sacerdote, no sólo su

— 275 —
apostolado externo que en medida proporciona­
da, según su particular vocación, también se dió
en su vida, sino que esa misma vida estrictamen­
te contemplativa era vivir y realizar algo que el
sacerdocio como tal le pedía. Porque como sacer­
dote cumplía el papel que la contemplación tiene
en el Cuerpo Místico de la Santa Iglesia, y como
sacerdote, con proyección apostólica sacerdotal
—el apostolado es algo inherente al sacerdocio,
igual que en modo más pequeño lo es siempre
también a todo cristiano— irradiaba esa vida
santa, contemplativa, victimal —sacerdote y víc­
tima son estados, como en Jesucristo, indisolu­
blemente unidos— sobre todas las almas, con su
eficacia efectiva e imponderable, con su valor de
ejemplo para los que han sabido de él.
Este apostolado de la oración, del sacrificio es­
condido, del ejemplo de la vida muerta en apa­
riencia... es, repetimos, primariamente sacer­
dotal, aunque se crea vulgarmente lo contrario.
Y aunque a la mayoría de los sacerdotes Dios
pide de ordinario un intenso apostolado activo,
que supone en su base ese otro apostolado funda­
mental de la contemplación, quiere también en
su Iglesia que algunos sacerdotes se dediquen ex­
clusivamente a esta última, para proclamar su
primaria necesidad sobre todos los otros apos­
tolados, para mantener vivo el recuerdo y la

— 276 —
llama de la misma. Es el caso de los sacerdotes
cartujos y trapenses por ejemplo. Sacerdotes,
porque en todas las formas del apostolado son
los sacerdotes los que oficialmente, públicamen­
te, especialísimamente han de llevar la dirección
y la ofrenda entre sus manos consagradas, un·
gidas... (6).
No es estrictamente este el caso de San Juan de
la Cruz; en su vida se dió apostolado externo
como veremos luego. Pero se acerca algo a él.
Quede, pues, justificado su sacerdocio ante la ma­
nera de vivirlo que el Señor le pidió.

* # *

San Juan de la Cruz, ministro del culto, sacri-


ficador... Todos los biógrafos y los testigos de
su proceso de beatificación están contestes en
ponderarnos la ferviente devoción de sus Misas
No es que a diario las célebrase en éxtasis...
“Decía Misa con grande espíritu y reverencia no
larga ni breve, sino con una medida prudentísi­
ma y devota...” (7). “La Misa decía con gran de-

(6) Cfr. de Gibert, s. j. “Seminaire on Noviciat”. Edi­


torial Spes, París, 1938, pág. 187.
(7) María de la Cruz, Ubeda, P. A„ fol. 391.

— 277 —
voción” (8). Pero a veces sí, el fermentar interior
era demasiado violento, y se desbordaba a fuera
en oleadas ardientes amorosas. Así en aquella
Misa célebre de Baeza, que hizo exclamar a la
Madre Peñuela que viniesen los ángeles a acabar
el sacrificio, que el Santo no podía (9). O en
aquellas otras votivas de la Santísima Trinidad,
encendidas de sangre y de fuego, que celebraba
entusiasmado, entre transportes, por la devoción
grandísima que tenía a este Misterio (10).
A causa de esa misma condición de sacerdote
sobresale su amor al Sacramento de la Eucaris­
tía. Murió adorándole, ya que pidió se lo llevasen
a la pobre celda donde agonizaba, para poderlo
contemplar y venerar con sus ojos de tierra que
se apagaban lentamente. ¡ “Señor, ya no os veré
más con los ojos de la carne” ! (11). Ya desde
cuando era estudiante en Salamanca, pero más
todavía después a lo largo de su vida de refor-

(8) Martin de San José. Baeza, P. I., ed. Silv., pág. 19.
T añade: "las fiestas del Nacimiento y del Santísimo^
Sacramento y otras celebraba con particular espíritu, y
en todas y en la autoridad del culto divino se esmeraba,
mucho”. Casi lo mismo repite Juan de Santa Eufemia,.
Baeza, P. I., ed. Silv., pág. 25.
(9) Martin de San José. Baeza, P. I., ed. Silv., pág. 15.
(10) Por ejemplo, Francisca de la Madre de Dios,,
Beas, P. I., ed. Silv., pág. 171.
(11) Diego de Jesús, Jaén, P. A., fol. 117.

— 278 —
xnado, tenia bus delicias en pasar gran parte de la
noche ante el altar o desde alguna ventana, por
donde pudiese velar el Tabernáculo Eucarísti-
co (12).
Y el culto de su continua oración sacerdotal.
Una llama de alabanza levantada sin cesar a la
altura. Aquel hombre que sabía la Biblia casi de
memoria, gustaba de ir por los caminos cantan­
do Salmos como homenaje florecido de amo·
res... (13).
Pero a la vez, como necesariamente tenía que
ser, wpóstol, ministro de las almas. Al vivir su
sacerdocio, tenía que tener entregada su vida al
“Christus totus”, que es El con su “pleroma” la
Iglesia.
Su amor a la Iglesia reluce en las protestacio­
nes de fe con que encabeza sus libros (Prólogos
del Cántico y de la Llama...) En el tenor todo de
su vida y su doctrina de pureza ortodoxa, en su
vida litúrgica (14), en rasgos de veneración de la
(12) Quiroga, Vida I. I, c. IV, y muchos testigos.
(13) Carta de Juan Evangelista, ed. Silv., t. I, p. 341.
(14) Cfr. las justas observaciones sobre el culto li­
túrgico, sobrio, animado de sincera piedad, que desgrana
en el c. 111 de la Subida y en otros lugares de sus obras.
Quizá influencias de aquel “cristianismo interior" espi­
ritual y puro, que se manifiesta en diversas corriente»
de la época y que el Santo recoge en toda su pureza
exacta y ortodoxa.

— 279 —
ha conservado Magdalena del Espíritu Santo:
“En ocasiones de entredicho que decían otros se
podía abrir la Iglesia y dejar entrar a oír Misa por
jerarquía eclesiástica como el siguiente, que nos
los privilegios de la Orden, decía el santo Padre:
4‘Nosotros, hijas, más nos importa la humildad
y sujeción al Ordinario que el uso de los privi­
le g io s . No se olviden de esto, que hartos habrá
que cuiden de los privilegios,, (15).
Amor a la Iglesia, que se resume en esta frase
de Martín de San José: “De todas las cosas de
la Iglesia y de su Pastor tenía particular aprecio
y gran estima” (16).
Y Amor a la Iglesia, que se manifiesta en su
amor a las almas, en su apostolado... Apostolado,
desde luego de su oración, de su ejemplo, de su
penitencia (17), de su vida reformada... Esto lo
primero. Pero apostolado activo también.
Cierto, repetimos, El fué preponderantemente

(15) Relación BNM, mans. 1944 (132) en Silv., T. I.,


pág. 323 ss.
(16) L. c. pág. 19.
(17) El santo murió entre los dolores terribles de su
enfermedad y el abandono de los suyos, tratado como
“ un trapo viejo de cocina” precisamente y principalmen­
te por defender derechos de las almas, de sus descalzas,
que le confiara el Señor. Muerte digna de un sacerdote»
como la del Sumo Sacerdote Jesucristo en la cruz...

— 280 —
un contemplativo. Era su vocación particular.
Por eso su acción será medida, no al modo exube­
rante de un San Pablo, de un Beato Avila, de un
Cura de Ars... Por eso también en sus escritos se
habrá encargado de subrayamos enérgicamente
la gran verdad, tan olvidada en la práctica, de la
necesidad absoluta de la vida interior para el
apostolado. Baste para comprobarlo la página,
ya clásica, de su anotación a la Canción XXIX
de la segunda redacción del Cántico-Espiri­
tual (18).
Y esta lección, junto con la de la renuncia ab­
negada que pide el servir de balde a la Iglesia, y
qüe el Santo exige sin cesar en todas sus obras
perfumadas de anhelo, es sin duda la lección prin­
cipal que a nosotros, sacerdotes seculares, nos ha
dado San Juan de la Cruz. Esta su misión espe­
cifica de Doctor de la Iglesia, de Maestro de los
caminos de Dios.
Contemplación, sacrificio... y dimanando de
allí, como una consecuencia lógica y necesaria, el
apostolado activo. Para ser auténtico ha de ser
algo que fluya “ex 'plenitudine fxmtemplationis”,
según la frase de Santo Tomás de Aquino. Con­
templación y apostolado exterior; este es el lepia.
O según la fórmula tomista también y por lo
(18) Léase toda entera en cualquier edición de las
obras del Santo.
mismo tan exacta: “contemplata aliis tradere
Vida activa y vida contemplativa, y de la junta de
las mismas, la vida mixta, que es la forma de
vida más perfecta sobre la tierra, la que tuvo el
Señor, la que vivió nuestro Santo querido. Así
lo confesaba él mismo según el testimonio que
nos ha conservado Elíseo de los Mártires (19)«
San Juan de la Cruz, en su plan concreto, con­
forme a lo que el Señor le pedía de acción exter­
na, también supo ser apóstol. El es el primero
que hace suyas las palabras famosas del Seudo
Areopagita: “Omnium divinorum divinissimum
est cooperan Deo in salutem animarum” , y co­
mentándolas ha podido escribir: “Y es tanto el
fervor y fuerza de su caridad, que los tales poseí­
dos de Dios no se pueden estrechar ni contentar
con su propia y sola ganancia; antes pareciéndo-
les poco el ir solos al cielo, procuran con ansias
y celestiales afectos y “diligencias exquisitas"
llevar muchos al cielo consigo. Lo cual nace del
<19) Dictámenes de espíritu. Dictamen 9.*, ed. Gerar­
do, III, pág. 63; “Decía asimismo que el amor del bien
de los prójimos nace de la vida espiritual y contemplati­
va, y que como ésto se nos encarga por Regla, es visto en­
cargarnos y mandamos este bien y celo del aprovecha­
miento de nuestros prójimos. Porque quiso la Regla ha­
cer observantes de vida mixta y compuesta por incluir
en si y abrazar las dos, activa y contemplativa. La cual
escogió el Setter para sí por ser más perfecta.
grande amor que tienen a su Dio·, y es propio
fruto y efecto éste de la perfecta oración y con·
templación” (20).
Diligencias exquisitas,,., él las empleó. Sus tra­
bajos en pro de la Reforma del Carmen, sus pre­
dicaciones por los pueblecítofi avileses que ro­
dean a Duruelo, sus sermones (no muy numero­
sos) por Andalucía (21), su atender a las almas
desde el confesionario en Avila, en Baeza, en
Granada.,, Habría que aducir la mayor parte de
los testigos del proceso si quisiéramos citar a to­
dos los que hablan de esta su solicitud por las al­
mas de toda clase y condición cualquiera que fue­
ran: pecadores, gente de mundo, sacerdotes, al­
mas sencillas... Su mismo poder exorcístico so­
bre los posesos fué un medio más de apostolado
con que Dios le dotara.
Y su mirada apostólica se tendió bien lejos.
Cuando muere estaba ya emplazado dentro de su

(20) Elíseo de los Mártires. Dictamen 10, ed. Gerar­


do, págs. 63 y 69.
(21) Véanse sus preciosas observaciones sobre la pre­
dicación verdaderamente apostólica, de que habla en el
capitulo XLV del L. III de la Subida y que dejó, por des­
gracia, sin terminar. Como escribía, practicaba en su
vida. Al P. Diego Evangelista y al P. Juan Crisóstomo re­
prendió y frenó siendo Vicario Provincial de Andalucía
por entregarse a la predicación fuera del convento “de
una manera demasiado humana".

— 283 —
Orden para marchar a Méjico a vivir allí su Car­
melo. Cierto, que en las disputas sobre el espíri­
tu misionero o no de la Orden del Carmen Refor
mado, él representa una tendencia media entre
los extremismos de Doria y de Gracián. El ideal
del Carmen Descalzo él lo entendió como él vivió
su vida: contemplación y apostolado, pero con
predominio primario de la contemplación y con
la prudencia que la escasez de sujetos y de pre­
paración requería la Orden en sus comienzos.
Pero la nostalgia apostólica por la suerte de los
pobres infieles él la llevó clavada en el alma como
la llevaba siempre Teresa de Jesús.
De otro modo, ¿hubiera habido en ellos un
verdadero amor por Jesucristo? Un día, en Gra­
nada, durante el recreo, Fray Juan se entretenía
en hacer pequeños montones de chinarros, que
quedó mirando embebecido. ¿Qué piensa?, le pre­
guntaron. “Pienso... que el Señor no es conocido
más que en esta parte del mundo, ¡y en tantas
otras no...! ¡Y aun de aquella primera el Señor
ha dicho: ¡Pauci vero electi...! y un suspiro se le
ahogó en su pecho con dolor y con pena (22).
Hay una clase de apostolado externo que fué
la especialidad de San Juan de la Cruz: la direc­
ción de las almas, la formación de los selectos.

( 22 ) Alonso, Vida, L. n , c. VI.

— 284 —
Pocos le habrán aventajado en ello. El Señor le
escogió para forjar aquellos primeros nidos de
la Descalcez, noviciados y colegios, en los cuales
el maestro de espíritu y el intelectual de Sala­
manca plasmó su espíritu señero. Duruelo, Man-
cera, Pastrana, Alcalá, Baeza... Y luego los pa-
lomarcitos del Carmen: Encamación de Avila,
Beas, Granada..., donde a tantas almas grande»
orientó hasta las cimas de la unión perfecta y
consumada. Además, el gobierno de las casas
en que prioró y de la provincia de Andalucía y
hasta de toda la Reforma como primer consultor
de la Consulta, y la dirección de no pocas almas,
de fuera de su Orden (doña Ana de Peñaiosa, doña
Juana Pedraza...) le dieron ocasión de explayar
en este campo importantísimo la amplitud de su
celo, iQue bien lo supo hacer!
Su propia experiencia, su competencia doctri­
nal, su fervor de santidad altísima... le hicieron
el maestro cabal de las vías del espíritu. De su
acierto, de su habilidad para entusiasmar las al­
mas en ansias de perfección, de su eficacia para
llevar a la locura del amor... todos se hacen len­
guas. Habría que volcar aquí un coro de alaban­
zas unánimes.
¡Apostolado fecundo cual ninguno el de la di­
rección santa y sabia de las almas! Muy descui­
dado quizá por nosotros, sacerdotes. Y, sin em-

— 285 —
b&rgo, es el más importante de nuestro misterio
sacerdotal. Sólo en el cielo veremos la gloria de
Dios que habremos malgastado, destrozado... en­
tre nuestras manos torpes y groseras por nues­
tros abandonos, nuestras incurias, nuestra falta
de preparación... Hay que meditar el comento del
Santo a la canción n i de la Llama para oír el grito
desgarrador de aquella alma endiosada ante el
panorama triste— ¡que apenas ha cambiado!—de
la falta de directores, o ante los desaciertos terri­
bles de los mismos en el cultivo de las almas.
¡Cuántas quedan en el montón! ¡Cuántas su­
cumben! ¡Cuánta buena voluntad baldía! ¡Cuán­
ta hambre de Dios insatisfecha! Un alma perfec­
ta da más gloria a Dios que millares de almas
corrientes, medianas... ¡Qué apostolado entre
todos los apostolados el de la verdadera dirección
espiritual!
Por último, Dios le quiso apóstol de la pluma.
Sus cartas, sus “billetes” , sus obras... Y siempre
con preferencia para las almas que aspiran a la
altura. Aquella doctrina armónica, lógica, clara,
evangélica de su “noche” completa, de su fe pura,
sin aprehensiones distintas y sin modos, aquella
contemplación transformante... aquel amor uni­
tivo de su llama..., empapado todo ello en un
aire precioso de neoplatonismo cristiano y de
teología tomista, desposado a la vez con el liris-

— 286 —
mo más embriagador y bello que floreció en la
tierra..., esa doctrina es un perenne apostolado
sacerdotal a través de los siglos. ¡Cuántas almas
se han abrevado allí y han encontrado allí la
vida! ¡Cuánta luz, cuánta fuerza, cuánta orien­
tación!
“ ¡Los huesecitos de este Santo harán mila­
gros!”, había dicho de Fray Juan la Madre Te­
resa. Y los hizo el frailecico del recogimiento y
de la abnegación, los dos pilares de toda santidad
sacerdotal que quiera en verdad cumplir con su
tarea de intenso apostolado fecundo y activo, que
quiera de veras llegar hasta las almas y tocarlas
de Dios...
Su sacerdocio los hizo y los hace todavía. El
contribuyó espléndidamente con su dignidad
sacerdotal a que se realizara aquello para lo cual
Jesucristo la confirió a los hombres: “ ut Eccle­
sia aedificationem accipiat...”
Y esta es así su lección sacerdotal suprema:
darse totalmente a El, en su Iglesia, como él lo
hizo, hasta que en un éxtasis de amor y de dolor
se muera gastado... consumado... por El.
TEOLOGIA Y ORACION

Todo sacerdote ha de ser teólogo, pero en ello


caben muchos grados, evidentemente. Por anto­
nomasia es teólogo, el que de una manera espe­
cial, como trabajo específico de su quehacer
sacerdotal, se dedica abundosamente al cultivo
de la teología. Es el técnico, diríamos, de esta
ciencia del contenido de la revelación, hecha por
la razón bajo la luz de la fe. Así el profesor de
Teología, el publicista sobre temas de la misma,
etc. Pero en un tono menor es teólogo todo
sacerdote . Porque todo sacerdote es el hombre
que tiene que adoctrinar a las almas de muchas
maneras, que tiene que proporcionarles ese ali­
mento de la doctrina de la salvación en el modo
conveniente a cada caso y en cada circunstancia.
Por eso la Iglesia exige el estudio de la Teolo­
gía a sus futuros sacerdotes durante varios años
de su formación. Y esto de manera intensiva y

— 289
apremiante. Son en realidad nuestros estudios
propios. Y todo el resto es preparación, ambien-
tación, complemento de un modo u otro de los
mismos. La misma cultura general que se nos
pide es indispensable para poder situar después
bajo muchos aspectos nuestra teología, como lo
es para cualquiera otra especialización que se
intentase.
Nunca insistiremos bastante en la importancia
que para nuestras tareas sacerdotales, aun para
aquellas de apariencias más humildes, tiene el
estudio de la Teología. Y esto así machacona­
mente llevado, valga la palabra. Porque sólo ese
estudio serio, sistemático, abundoso, repetido, es
el que proporciona una verdadera asimilación de
la Teología. Y constituye, por tanto, la base sóli­
da indispensable, para después con acierto y se­
guridad divulgar la doctrina entre el pueblo. Pre­
dicación, confesionario, círculos y charlas, catc­
quesis infantil, articulitos del periódico mural,
o como sea... todo necesita del conocimiento claro
y preciso de la Teología adquirido lentamente en
los años de formación, refrescado y actualizado
luego a la continua por medio de lecturas adap­
tadas, revistas, cursillos, esto es evidente. ¡Cómo
se nota con sólo oír hablar al que es teólogo pre­
parado seriamente en un Seminario y al que lo
es superficialmente por cuatro lecturas o cur­

— 290 —
sillos que hizo, como ocurre coa frecuencia entre
seglares! La exactitud y el aplomo del primero
no suelen encontrarse en el segundo. Y es natu­
ral. Todo sacerdote es más o menos teólogo. Pero
la Teología, sobre todo según significaba entre
los Padres antiguos, es sencillamente saber de
Dios, sabiduría sobrenatural de las cosas divi­
nas. Teólogo es, por consiguiente, el que sabe
de Dios y que puede irradiar en su tomo sus co­
nocimientos sapienciales, repartir a los demás un
poquito de luz. Esta sabiduría no es, por tanto,
puro conocimiento tan sólo, aunque sea por al­
tísimas causas, sino que implica, como toda sa­
biduría, un conocimiento y un amor. Es noticia
amorosa. Por eso... sabrosa, sapiencial. La teo­
logía ha de ser mentís et coráis a la vez.
Siendo esto así, quiere decir que para ser buen
teólogo no basta ser hombre de fe y de talento ra­
cional suficiente, tan solo. Hace falta también
caridad. Y cuanto más haya, mejor y más ayu­
dará a penetrar los misterios que humildemente
se estudian. Se hará más y más rica teología.
Se comprende en seguida el papel que la ora­
ción juega en la vida del teólogo y en sus tareas
adquisitivas (estudio) y distributivas o kerigmá-
ticas (irradiación doctrinal en las almas). Porque
la oración es el clima a propósito que reclama la
caridad para que su fuego y sus llamas se avi­

— 291 —
ven y crezcan. Sin esa atmósfera conveniente la
caridad languidece y fácilmente se apaga.
He encontrado hace poco leyendo en Evagrio
el Póntico, (aquel monje antiguo importantísi­
mo, que es uno de los fundadores de la doctrina
especulativa de la mística cristiana, muerto en
339), esta frase bellísima: “El pecho del Señor
(encierra) la gnosis de Dios. El que descanse so­
bre él, será teólogo” (Ad monachos, MG. 40,
1282).
Sin duda Evagrio pensaba en San Juan Evan­
gelista cuando así escribía. San Juan fué consi­
derado por los primeros siglos cristianos como el
teólogo y el místico por excelencia.
Realmente, el pecho de Jesús encierra la alta
sabiduría de Dios. Su Corazón Santísimo es como
el símbolo de aquella gracia y aquella verdad de
que estaba lleno con plenitud el Verbo hecho
Hombre. Jesucristo es la Luz, la revelación su­
prema de Dios, la Verdad Encamada, la Sabidu­
ría de Dios traducida en nuestra misma carne.
Es la luz. Acercarse a El con fe y con amor es que­
dar iluminados por ella, empapado por ella. Des­
cansar sobre su pecho, en ese gesto de confian­
za y de deseo, que facilita la oración, que es hacer
oración, es como meterse en ese homo ardiente
de caridad, en ese archivo donde se ocultan todos
los tesoros de sabiduría y de ciencia del cielo,

— 292
que es su corazón abierto siempre, como invita­
ción permanente a los hombres... El que eso sepa
hacer, el que se atreva humildemente, será teó­
logo, auténtico teólogo. Sabrá y gustará de ese
saber allí guardado. Y podrá, como Moisés, vol­
ver después a sus hermanos los hombres con el
rostro radiante de luz a comunicarles algo de lo
que allí él aprendió.
La teología exige caridad y por ende oración.
Hay que estudiarla con el alma de rodillas. Hay
que sembrarla después en las almas con fervor de
éxtasis. Así será vital. Así será medio sobrena­
tural precioso para más y más abismarnos en
Dios y para más ayudar a los otros también a
que vayan a El...

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