Está en la página 1de 409

LA TRANSFIGURACIÓN

DEL HOMBRE
POR LA GRACIA
o
EL SER HUMANO
DIVINIZADO

Recopilación
de varios autores
hecha y ordenada por
María B.ª Tixe de Ysern

Sevilla, 1908
EL SÉR HUMANO DIVINIZADO

RECOPILACIÓN
DE VARIOS AUTORES NACIONALES Y EXTRANJEROS

H E C H A V ORDh'X.A DA

POR

M A R ÍA B .A T'-puIX E D E Y SERN
f'^iixrpuut ■

S E V IL L A
Im p. d e F r a n c is c o de P. D ía z , Ptaza d e A lfon so X I I Í , 6
1908
La Transfiguración det Hombre por la Gracia
ó

El Ser Humano Divinizado


LA T R I B U DEL HOMBRE POR LA GRACIA
ó

EL SÉR HUMANO DIVINIZADO


------ -----------------

RECOPILACIÓN
DE VARIOS AUTORES NACIONALES Y EXTRANJEROS

1J E C I1A Y O RDK X A D A

i 'O R

M A R ÍA B .A T JX E D E Y S E R N

S E V IL L A
lm p, de F r a n c i s c o de P, D ía z , Plaza de A lfonso X I I I , 6
1907
I N D I C E

P.\ClIsAP

C ensura................................................................................'.................. V
Licencia E clesiástica............................................................................. VIE
A l L e cto r............ .................................................................................... IX
P relu d io ................................................................................................... XI

P r im e r a p a r t e
Amor del Dios Trino
Capítulo I .— «El L ib ertad or*........................................ ................. i
Capitulo I I .— «El D esierto » ........................................................... 16
Capitulo III. - - »Definición de la Gracia en general.»
Punto i . ° — ¿Qué se entiende por Divina Gracia?.................... 30
Punto 2.0 —¿Por quién se nos comunica el fruto y la Grada
de la D ivina Redención? , , , .................................................... 33
Panto 3 .0— ¿En donde se nos comunica el fruto de la R e ­
dención, por el E spíritu S a n to ? .............................................. 3^
P unto 4 .0 — ¿Qué Gracias dispensa el Espíritu Santo á la
Iglesia Católica?...................................................................... ...... 36
Punto 5 .0— ¿Qué Gracias, en general, dispensa el Espíritu
Santo á las almai? , . .................................................................... 41
Capítulo I V , — «La V ida D ivina en el Hom bre*................. .... 46
P unto i . ° — ¿A qué fin se ordena en el plan de D ios la co­
municación de su V ida?............................................................... 47
P unto 2,0— ¿En qué consiste la comunicación de la V ida de
D io s ? .................................................................................................. 58

S egu n d a p a rte
El Don de Dios
Capítulo V. — La cuarta creación del Espíritu Santo, en la
plenitud de los tiem pos, e s — «el Cristiano»......................... 79
PÁGINAS

Punto i . ° — E l primer efecto de nuestra generación deífica,


es —tía Vida D ivinan................................................................. 85
Punto 2 .a — E l segundo efecto de la generación dcíhca, es —
tía Adapción D iv in a n ................................................................. 87
Punto 3 .0 — E l tercer efecto de la generación deífica, e s— *el
derecho á la Herencia Paterna» ......... ................................. 89
Capítulo V I. — D istintas m anifestaciones de la Divina Gra-
. cia......................................................................................................... 93
Punto i . 0 —*La Gracia Auxiliar.*— ¿En qué consiste la Gra­
cia d e auxilio?.................................................................................. 94
Punto 2 .0 — ¿N os es necesario el auxilio de la Gracia?.......... 97
Punto 3 .0 — ¿Por qué nos es la Gracia tan indispensable para
todo lo que condnce A la eterna sa lu d ? ................................ 100
Punto 4 . ¿Comunica D ios su Gracia á todos los hombres? 105
Punto 5 · ° —¿Qué debe hacer el hombre por su parte para
que la G rácil opere su salud?............................................. .. . 111
Punto 6 .° — ¿Puede el hom bre resistir á la Gracia?.................. 1 14 .
Capítulo V II. — La acción de la Gracia aníes de la justifica­
ción...................................................................................................... Tl8
Capítulo V IH .— La Gracia Santificante.
Punto i . ° — ¿Qué cosa es Gracia Santificante?........................... 135
Puntó 2 .0 — ¿Qué es, pues, ¡o que encierra en sí la justifica­
ción del p eca d o r? .......................................................................... (38
Punto 3 .l)— ¿De dónde toma su principio la justificación del
pecador?............................................................................................ 142
Punto 4 ,0 — ¿Qué debe hacer el pecador por su parte para
alcanzar la justificación?............................................................... 144
Capitulo I X . — Estado de Justificación.
Punto i . ° — ¿Puede aumentarse, disminuirse ó perderse de
nuevo la Gracia Santificante?........................ ........................... 155
Punto 2 .a —¿Puede el hombre qpe se halla en estado de
Gracia, abstenerse de com eter, no solo los pecados mor­
tales, sino los veniales?..................................................... ■. . . 154
Punto 3 .0— ¿Pueden todos lo s justos perseverar en el estado
de Gracia?.......................................................... ............................. 155
Capitulo A'.— La Acción de la Gracia en la Justificación y
después de la Justificación......................................................... 160
T ercera parte

Elementos de la Formación Deífica


del Ser Humano
PÁGINAS
Capitulo X I ,·—Los Sacramentos.
Punto i . ° — ¿Qué es Sarram'ento?.................................................. 170
Punto 2.0 —-La G ivda Sacram ental............................................... 190
Capítulo X I I . — Las Virtudes T eologales y Morales-
Punto i . ° — ¿Cómo se dividen las Virtudes Cristianas?......... 192
Punto 2 .0 — ¿Cuáles son entre las Virtudes morales aquellas
que llamamos Cardinales?.......................................................... 195
Punto 3 .0 — A leg o iía s de las V irtu des.......................................... 197
Capitulo X III. — Punto l . ° - La Gracia R egenerativa y el
Nacim iento del C ristiano............................................................ 200
Punto 2 .° — Efectos del Sacramento del B a u tism o .................. 20G
Capítulo X I V . — sDeiarrollo del C ristian os.............................. 212
Capitulo X V . — *La Gracia Corroborativa y la Confirmación
de la Vida Divina.......................................................................... 225
Capitulo X V I . — Punto i . ° —L os D on es del Espíritu Santo. 242
Punto 2.0 — Los D ones del Espíritu Siinto son las alas del
.alma cristiana.................................................................................. 250
Capítulo X V I I — Los Siete Espíritus del bien contra los
siete espíritus del mal.
Punto i . n —Orden de los D on es del Espíritu S anto............... 2G4
Punto 2.0 —Los Siete D ones del Espíritu Santo opuestos ;í
- los siete Pecados Capitales......................................................... 270

C u a rta p a r te

Alimento, Flores y Frutos de la Vida Divina'


Capítulo X V II I. —La Gracia Cibativa y el A lim ento ds la
V ida D iv in a ..................................................................................... .......305
R eflexiones . . .................................................................................. . . 313
Capítulo X I X . — Las Bienaventuranzas ó las F lores d e la
V ida D ivin a................................................... ..........................................316
R em ed o satánico de las B ien aven tu ran zas........................................33 1
Capítulo X X .— Los F ru tos......................................................... .. . 335
PAGINAS

Capitulo X X I . — P unto i . ° — N úm ero de tos Frutos del


Espíritu S a n to ................................................................................ ...... 34S
Punto 2 .a — ¿A. qué se oponen los Frutos del Espíritu Santo? 361
Capítulo X X I I .— E l Fruto de Ja Vida Eterna.
Punto i . ° — «Armonía en las obras de D ios*............................. ...... 368
Punto 2 .0— La Resurrección de la Carne.................................. .......374
Punto 3 .a— La Transfiguración del H om bre............................. .......379
E p ilogo..................................................................................................... .......300
C E N S U R A

He examinado con la atención que la materia demanda, la


obra rotulada L a tra n sfig u ra ció n d el hom bre p o r la g r a c ia ,
6 el s é r humano d iv in iza d o , trabajo de recopilación, en gran
parte, de la celosísim a Sra. D .a María B .a Tjfíe de Ysern, tan
benemérita de la Religión como de las letras. El obedecer la
orden de V. S. I., me ha proporcionado una satisfacción muy
llena; porque gratísimo ha sido para mí recorrer estas pági­
nas incomparables, donde la profundidad del concepto,, la
lógica más rigurosa, la elocuencia más persuasiva, la piedad
más encantadora, corren como río caudaloso, que inunda á la
vez el entendimiento, la voluntad y el corazón, el alma en­
tera. ¡Cuántas veces he tenido que recordarme que era
censor, algo así como el químico que analiza el agua de un
manantialj porque me sentía penetrado y avasallado por la
doctrina que inundaba mi espíritu, y lo arrastraba, llevándolo
tras sí! Es obra de grandes alientos, , un tratado completo
y muy ordenado de la gracia divina, en nuestra hermosa
lengua. El Don de D ios, la gran maravilla de D ios, la trans­
figuración del hombre, la divinización de nuestra naturaleza,
con sus prodigiosas harmonías con el orden natural, con sus
causas, sus elementos, sus efectos, sus excelencias, esto es
lo que pasa ante los ojos atónitos del lector, que aprende á
amar el orden sobrenatural, tan desconocido, y por lo mismo
tan blasfemado y odiado en nuestro siglo. No es esta obra una
apología, es más bien un tratado teológico, con todas ias ga­
las de lá elocuencia, con un método bien acomodado á nues­
tra generación, sin mengua ni merma de su rigor técnico, ni
de su nervio lógico. Obra de exposición, se hace indispensa­
ble, por lo completa, para conocer ese cielo de luz, de bien,
de dignidad y de grandeza acá en la tierra, el cielo de la
VI
gracia, por el cual se conoce de manera más íntima á Nuestro
Señor Jesucristo y su empresa de Redención y Santificación,
á la Vez que á su Iglesia, por la cual principalmente se actúa
el Reino de D ios en el mundo.
S e mira con indiferencia ó se odia á la Iglesia Católica,
porque no es conocida su alma; y el alma de la Iglesia es la
que en esta obra se contempla, admira y ama. Leyéndola el
teólogo, por lo menos recordará lo que aprendió en las aulas;
y quién sabe si sentirá más la necesidad de enseñarlo al
pueblo cristiano en un lenguaje sencillo y comprensible. El
hombre de mundo se instruirá en lo que ordinariamente
ignoran, aun las clases más ilustradas, y comprenderá de un
golpe, como si saliera de las tinieblas á plena luz, donde
está la raíz de los errores y males sociales contemporáneos.
Las almas buenas apreciarán mejor la causa de su bondad y
la estimarán y guardarán con más empeño, como valiosísima
joya; la preciosa margarita, por la cual, bien poco se hace
cuando todo se dá ó se pierde todo. Lectura instructiva, edl·
ficante, amena, acerca de lo más grande y estimable que hay
en la tierra, proporciona este libro, que bien merece ser
llamado Libro de oro. Anacrónico parece en el siglo XX; por­
que es un retoño del siglo XVI, cuando el pueblo español era
un pueblo de teólogos, retoño que florece y fructifica hoy para
admiración y provecho de esta generación positivista, bajuna
y decadente; tal me parece ellib ro que he examinado con
profunda atención y leído y saboreado con vivísimo deleite.
Que D ios premie á la insigne literata y piadosa señora su
buena obra; que obra buena es esta obra, científica y litera­
riamente buenísima.
Creo, pues, limo. S r., que no hay inconveniente, antes,
sí, grandes ventajas para el pueblo cristiano, en que este
libro salga á pública luz, por estar en todo conforme con el
dogma y moral católica. -D io s guarde á V, S . I. muchos años.
—Sevilla 16 de Diciembre de 1906,—limo. S r.—J o sé R oca y
P o n s a .—limo, Sr. Vicario Capitular de Sevilla.
SE C R E T A R ÍA
l>k
CÁMARA Y GOBIERNO
11RI,
Arzobispado de Sevilla
E l lima. 5r. Vicario Gapilu-
SEDE VACANTE Jar ha tenida á bien conceder,
par lo que á esta jurisdicción
corresponde, la licencia por
usted solicitada para ¡a impre­
La
sión del manuscrito titulado
transfiguración M hombre
por [a gracia, ó el sér hu­
mano dioinMo, por cuanto
según la censura, no tiene cosa
alguna contraria al dogma cató­
lico ni á Ja sana moral: debien­
.
do U depositar dos ejemplares
de la obra en esta Secretaria
antes de darla al público, según
está prevenido.
Dios guarde á ü. muchos
años,— Sevilla 19 de Diciembre
de 1906.

/p l& n u d

cSííz. CI).a S y /b iiía ¿ 3 .a (Oioce d e tyjáein.


AL LECTOR
A susta, caro lector, v erd ad eram en te asusta,
hallar, tras el esclarecido título de este libro, el
nom bre de una ig n o ran te m ujer. M as, p ro n to se
desvanece toda alarm a, al considerar, que en
este volum en sólo hay de mi fiobre cosecha la
m ala traducción de algún que otro párrafo, y la
tosca soldadura que los une á todos.
E s tal mi afán por conocer bien y h acer co­
nocer á los dem ás, esta Vida D ivin a de la G ra ­
cia, tan desconocida y poco estu d iad a, como
im portante p ara todo cristiano, que, exponién­
dom e á que digan: — «busco ocupación m uy im ­
propia de mi sexo» — he recopilado trozos se­
lectos de m agníficas obras; los cuales, no sólo
proporcionarán al lector ag rad ab les ratos, sino
que tal vez, po r secretos designios de la P ro v i­
dencia... podrán servirle de escala mística que
lo rem onte h asta el solio de la B eatísim a T ri­
nidad.
Si yo tuviera las suficientes dotes, y los co­
nocim ientos necesarios p ara p o d er escribir sobre
este interesante y bellísim o asunto, no me cansa­
ría jam ás de ocuparm e de éí; pero, como no ten­
X

go ni una cosa ni otra, ha de contentarse mi in­


suficiencia con im itar á la obscura abeja, que
construye sabroso panal con lo que recoge en los
cálices de herm osas y fragantes flores. P or eso,
am igo lector, de lo que he tom ado de San A g u s­
tín, F. Luís de G ranada, D eharbe, G áum e, M on-
sabré, A ugusto N icolás, B ossuet y otros, te ofrez­
co un riquísim o pa n a l de miel... p ara solaz y p ro ­
vecho de tu alm a. Q ue la Inm aculada M adre del
A u to r de la D ivina G racia le eche su san ta b e n ­
dición, p ara que logre hacer á tu espíritu, todo
el bien que yo le deseo.
M a ría B.a T ix e d e Y se rn .
E s t e ks m i H ijo m u y a m a d o e n q u ie n t e n g o t o d a s
M IS C O M P L A C E N C I A S , E S C U C H A D L E ,

(San M atk. X V I I , i.
PRELUDIO
LA TRANSFIGURACIÓN DE JESÚS

L a divina Gracia tra n sfig u re al


hombre, asemejándolo á Jesucristo.

Tomando Jesús consigo á Pedro, á Santiago y á Juan los


[levó á un monte alto en lugar apartado, donde se puso á
orar, y mientras oraba ¡se tran sfig u ró ... en p re se n c ia de
ellos! Su faz quedó refulgente como el sol; de sus vestiduras
se desprendía una luz viva y blanca como la nieve; y dos
hombres llenos de majestad, que eran M oisés y Elias, apare­
cieron junto á Jesús hablando con El de la muerte que debía
sufrir en jerusalén. Pedro, fuera de sí, dijo á Jesús: «Maes­
tro, bueno es que permanezcamos aquí: si quieres levantare­
mos aquí tres pabellones, uno para Tí, otro para M oisés, y
otro para E lias.»—Los A póstoles se hallaban turbados, fluc­
tuando entre el júbilo y el temor; y mientras Pedro hablaba
sin saber lo que decía, una nube luminosa descendió sobre el
monte cubriendo á Jesús, y una voz resonó entre la nube di­
ciendo:—«E ste e s m i Hijo muy a m a d o en quien tengo to d a s
m is co m placen cias: e scu ch a d le» (1).
Los discípulos, al oir esta voz, dieron con el rostro en
tierra; pero cuando después, al sentir que Jesús les tocaba

(i) S. Math. X V I I , i - S . Marc. I X , r .— S . Luc. I X , 28.


XII
diciendo: —«Levantaos y no tem áis»—, alzaron los ojos, vié-
ronle ya solo; se había obscurecido aquel resplandor ce le s­
tial que tendía incesantemente á invadir su Humanidad, y que
era el estado propio y natural del Hijo único de Dios, pero
Jesús por su Omnipotencia, lo encerraba dentro de sí mismo,
para que el Hijo del hombre—la V íctim a—no desapareciera.
El milagro no consistía en que la Divinidad despidiera sus
resplandores, sino en que la Humanidad pudiera ocultarlos.
Los tres A póstoles que tuvieron la visión del Thabor,
Pedro, Santiago y Juan, fueron los mismos que Jesús llevó á
su lado para que fueran testigos de la resurrección de la hija
de Jairo, y nuevamente ha de vérseles separados de los de­
más en el monte Olívete y en la hora de la agonía. Pedro, era
el jefe de la nueva alianza; Santiago, debía ser el primer
mártir; Juan, era el modelo d é lo s vírgenes; y los tres, al for*
mar el número sagrado, ofrecían el tipo perfecto del Sacer­
docio definitivo, que presto iba á nacer al pie de la Cruz.
Jesús, al descender del monte con sus discípulos, les di­
jo:—«No digáis á nadie la visión, hasta que el Hijo del hombre
resucite de entre los m uertos.»—Los discípulos obedecieron,
pero como no se les había prohibido que hablaran uno con
otro, s e preguntaban lo que querían decir aquellas palabras:—
«cuando resucite de entre los m uertos.»—Porque lo que es
tan claro para nosotros, no lo era entonces para ellos.

La transfiguración de Jesucristo, es un hermoso símbolo


de nuestra transfiguración por la Gracia. Así como el pecado
transfigura al hombre, asemejándolo á Luzbel; de igual ma­
nera la divina Gracia, lo transfigura, asemejándolo á Jesu­
cristo.
El Thabor, es imagen del alto monte que hemos de subir,
ayudados por la Gracia, para llegar á Dios; y San Pedro, re­
presentando la F e; Santiago, la E s p e r a n z a ; y San Juan, la
XIII
C a r id a d ; nos dicen, que sin esas tres virtudes, tío lograremos
n u estra ir a n s figu ración en C risto.
E se lugar elevado, desde donde los Apóstoles dominaban
todos ¡os objetos entre los cuales vivían de continuo, signifi­
ca, que para santificarse y gozar de Dios, es preciso tener un
corazón elevado por encima de todas las cosas sensibles; un
corazón más grande y encumbrado que todas las cosas terre­
nas; es preciso, con la G racia de a u xilio que D ios tan pro­
fusam ente derrama sobre todos los cristianos de buena vo-
1untad, ¡hollar con valor y gran fortaleza.,, todo io que nos
separe de nuestro divino Salvador Jestis! ¡Alinas redimidas
por el Dios-Hombre! ¡No desperdiciéis las dádivas del divino
Mediador. Estudiad sus hechos y parábolas, y hallaréis en
cada u r o de aquéllos, y en cada una de éstas, un rayo de luz
benéfico, desvanecedor de la espesa niebla, que oculta á los
ojos humanos nuestro destino celestial.
E! hombre, obra predilecta del Altísimo, goza de cuatro
vidas: vegetativa, animal, intelectual, y sobrenatural. Fijé­
monos, lectores, y estudiemos esa cuarta vida, que al Omni­
potente plugo darnos. ¡Vida seráfica! cuyos luminosísimos
destellos se pierden en lo infinito... s
El alim ento, de esa vida so b re n a tu ra l que la constituye
la divina Gracia, es el Verbo, en sus dos distintas manifesta­
ciones: en el Evangelio y en la Eucaristía; es decir: como
Verbo, como Palabra salida de la boca del Padre, en la d o c­
trin a d e su E van gelio; y como Verbo encarnado, en el S a ­
cram en to de su am or. D e este alimento fué alegoría, la mul­
tiplicación de cinco panes y dos peces, con que dio de comer
Jesús en un monte cercano al mar de Tiberiades, á inmensa
multitud que le seguía. «Con cinco panes y dos peces, (dice
San Juan en ei capítulo VI de su Evangelio) dió de comer á
cerca de cinco mil hombres, y sobraron doce canastos.»—Je­
sucristo nos dice en este pasaje: que quiere, por medio de
nuestra cooperación á sus eficaces auxilios, la multiplicación
en nuestro en tendim ien to, del P an de la Fe; la multiplica­
XIV
ción en nuestra volu n ta d, de¡ Pan de la G ra cia ; y la multi­
plicación en nuestro co ra zó n , del P an E u e a rístic o . D es­
pués, huyendo de [as turbas, cuando éstas agradecidas y ad­
miradas por el estupendo milagro intentan proclamarlo Rey,
nos manifiesta, que no quería imperar sobre un solo reino,
sino ¡reinar en todo el inundo... en el entendimiento, en la
voluntad, y en el corazón del hombre! Y pues este divino
Verbo del Padre, es - «lo R a zó n , la S a b id u ría , la Verdad» —
Gritemos con toda la efusión de nuestra alma:—«¡Venga á
nos el tu reino!—A dveniat regnum tunm.n —Y con nuestra
cooperación á la divina G racia, y la protección de la Virgen
Inmaculada, será sin duda alguna, oída nuestra petición.
PRIMERA P A R TE

AMOR DEL DIOS TRINO


CAPÍTULO PRIMERO

El Libertador

sea levantado de la tierra , atraeré


u a n d o vo
á m í todas las cosas» (1). Estas palabras
dichas por Jesucristo después de su triun­
fal entrada en Jerusalén, tuvieron bien presto exacto
cumplimiento. Pronto fué levantado de la tierra so­
bre afrentosa Cruz; y desde que hubo expirado en.
ella, desde que llegando al límite extremo de la ig ­
nominia y del dolor, hubo, de ese modo, dado cum­
plimiento á la cláusula satisfactoria de nuestra reg e­
neración, empezó la conquista del mundo: esa do­
minación universal, esa gran reform a de las cosas
humanas, que preocupaba tan extraordinariam ente
todos los ánimos; pero que estaban tan lejos de espe­
rarla por el lado de donde realmente salió, que no la
veían ni cuando se estaba efectuando más visible­
mente entre ellos, de modo que hasta se le oponían,
sin advertir que cuanto más se le oponían, más ha­
cían resaltar su prodigio y su divinidad.—El último
de los hombres en la apariencia, el que tom aban p o r.
un criminal ó un insensato, despreciado y maldecido,
suspendido, enclavado y m uerto sobre un cadalso de
esclavos: ¡El Crucificado! he ahí el tipo propuesto al

(I) S . Juan, cap. X I I , 32.


2
— 2 —

mundo pagano, y según el cual toda la hum ana na­


turaleza debía en adelante modelarse, reformarse·
La ejecución, sigue rápidam ente á esta tentativa,
que tenía tantos visos de insensata; como si todas
las fuerzas hum anas que la contradecían, se hubie­
sen reunido para ayudarla. Por sí mismo, por medio
de una cierta fuerza y virtud que salen de su debili­
dad y de su misma destrucción, el Crucificado se
hace discípulos é imitadores, Ataca, resiste, profun­
diza, se abre camino; y hace entrar en disolución las
instituciones, las costumbres, todas las ideas, como
la nieve cuando derretida por los rayos del sol, se
precipita y rueda al fondo de los abismos. Engruesa
su m archa con todos los obstáculos que se le oponen,
se asimila sus propios verdugos, se incorpora el
mundo; y el mundo se encuentra transform ado, per­
tenece todo entero á Jesucristo, procede de Jesucris­
to como de una nueva raza, planta Jesucristo sobre
él, por todas partes, el instrum ento de su suplicio,
poco antes tan execrable y horrible, como el límite
de la humanidad antigua, y el punto de partida de
la humanidad regenerada, y hace de ese instrum en­
to el modelo de todas sus acciones, la regla de todos
sus deberes, el origen y adorno de todas sus grande­
zas,. el vehículo de todas sus empresas, el apoyo y
remedio de todas sus debilidades y el eterno alimen­
to de toda su actividad. El Cristo fué como un mol­
de, en el cual toda la humanidad de Adán fué pues­
ta en fusión y del cual salió hecha cristiana. Todo ha
pasado por El, todo ha salido de Él; y lo que hay en
esto de más característico es que no se ha hecho es­
ta refundición en Jesucristo filósofo, ni en Jesucristo
doctor, sino en Jesucristo inseparable de su Cruz,
en Jesucristo Crucificado; y que así como se ha ob ra­
do este prodigio por lo que hay de más insensato y
más débil á los ojos del mundo, el mundo ha sido
convencido de locura y de debilidad, y ha recibido
la sabiduría y la fu e rza .
Por este medio se ha fundado en el seno de los
reinos de este mundo, un Reino que los comprende
todos, del cual son todos los hombres ciudadanos y
súbditos y Jesucristo el Rey, Este Reino es el de la
Verdad y la V irtud en su más alto punto de unidad,
de concentración y de fuerza. Es ese Reino espiri­
tual de la cristiandad, cuya sede visible, ocupada sin
interrupción por un vicario de Jesucristo, desde que
Él mismo puso la prim era piedra hastanuestros días,
no es otra que el trono mismo de los Césares, á cuya
creación y solidez concurrieron todos los aconteci­
mientos políticos de la antigüedad, y cuya unidad y
universalidad ha conservado y aumentado el Sumo
Pontífice por espacio de veinte siglos. —«Es (según
la profecía de Daniel, interpretando el sueno de
Nabucodonosor) aquel Reino que jam ás debía ser
destruido: es la piedra que s in mano alguna dehom ­
bre se desgajó del monte, y después de haber reduci­
do como á tamo de una era de verano todos los anti­
guos Imperios de la tierra, se hizo una grande Mon­
tana que llenó toda la tierra (1),»—«Es aquellá mo­
narquía universal, de que habla Gibbón, que ha le­
vantado sobre el V aticano un Templo, regado con la
sangre de los prim eros cristianos, que sobrepujó en
mucho á los antiguos monumentos de la gloria del
Capitolio, y que después de'haber dictado leyes á los
bárbaros conquistadores de Roma, ha extendido su
jurisdicción espiritual desde las costas del m ar G la­
cial hasta las playas del Océano Pacífico.»—En este
Reino espiritual tiene la Verdad un solo jefe, un cen-

(1) D a n iel I I .
_ 4 —

tro único, desde donde extiende sus influencias á to­


dos los puntos de la tierra donde haya inteligencias;
desde donde dirige las legiones apostólicas consagra­
das á su culto, y diseminadas por todo el universo;
no teniendo más que una sola disciplina, una sola
voluntad, un solo amor, un solo lenguaje, comba­
tiendo siempre al error y al vicio, no sirviéndose
más que de la palabra y dél ejemplo; no proponién­
dose otra conquista que la del bien; y no esperando
más recompensa del sacrificio de su fortuna, de su
familia, de su patria, de su libertad y aun de su mis­
ma vida, que la felicidad de los hombres, la satisfac­
ción d é la conciencia, y el Cielo.,. Este Reino tan
quimérico y tan frágil en las apariencias, supuesto
-que se compone de cuanto hay de más inconstante,
de más fugaz, de más aéreo; es decir, de los pensa­
mientos y de las voluntades de los hombres, y lo que
es más aún, de los pensamientos en la región del
misterio, de las voluntades en la región del sacrifi­
cio; y unos y otras en el seno de la más completa li­
bertad; es, sin embargo, lo que nunca ha habido de
más fuerte, resistente, é indisoluble: es -« u n y u n q u e
que ha gastado todos los m a r tillo s ^ —según la her­
mosa expresión de Teodoro de 'Reza. En el seno de
este Reino se elevan y caen los imperios, se agitan
y pasan las generaciones; él solo subsiste inmutable,
se sostiene para siempre sobre sí mismo, y después
de veinte siglos de existencia, se prolonga y dilata
todavía en un indefinido porvenir,
He ahí la obra de Jesucristo.
¿Es esto un sueño, una utopia, una hipótesis, una
teoría?
—Nó: es la más positiva de todas las realidades:
es un hecho, y un hecho que la más osada increduli­
dad no puede negar, sin renegar de sus propios sen­
— 5 —

tidos; es un hecho generador de todos los hechos


que constituyen la historia de los últimos veinte si­
glos, del mismo modo que su preparación había sido
el móvil y el objeto providencial de todos los hechos
que le habían precedido.
Pero este hecho incontestable ¿puede explicarse
humanamente?
—Nó: y sobre esto me limitíiré á apelar al senti­
do común, que contesta enseguida:—«Esta obra es
superior al hombre; el que la ha hecho, es Dios.
Pero penetremos más en el fondo de las cosas, y
busquemos nueva claridad.
Bossuet, dijo con una propiedad digna de su gran
talento:—«Una sociedad que engendra Santos, está
m arcada con una señal infalible de regeneración.» —
Tal es la señal, el sello imperecedero con que se m a­
nifiesta el Cristianismo por todas partes por haber
traído á la tierra esta regeneración que todos los si­
glos anteriores habían esperado.
La humanidad desde su caída, cada vez más su ­
plantada, más dom inada, más violentada por el es­
píritu del mal que se había convertido en su tirano,
yacía vejada y envilecida debajo de un enorme peso
de errores y desconciertos. Vino empero el L iberta­
dor prometido, el Fuerte, el Salvador deseado de to­
das las naciones ¡el Cristo! y trayendo consigo reme*
dios heroicos y tan violentos como el mal que quería
curar, abatió hasta el polvo al enemigo y todo lo que
dentro de nosotros constituía su fuerza, y que era
como la cadena con que nos tenía cautivos: al orgu­
llo y rebeldía del hombre, opuso el abatimiento y
sumisión de un Dios; á nuestras sensualidades, opuso
sus sufrimientos; á nuestros inm oderados apetitos,
sus grandes privaciones; á nuestro cruel egoísmo, su
ardiente caridad. Así combatió al enemigo con arm as
— 6 -
contrarias, se batió con él cuerpo á cuerpo, le venció
en su propio terreno, y después dejándose Crucifi­
car, lo clavó con Él en su misma Cruz; y habiéndolo
de este modo desarmado, lo arrastró ante su carro
de triunfo á la vista de todo el mundo, después de
haberlo abatido en su Persona (1).
Por este medio devolvió al alma la libertad, y la
hizo capaz de practicar todas las virtudes opuestas á
sus envejecidos desórdenes y de m archar por una
senda de perfección ilimitada. He ahí lo que hizo el
Libertador en su Persona para que sirviese desde
luego de ejemplo, y lo que en lo sucesivo hizo á la
humanidad capaz de hacerlo también en pos de su
Libertador, ayudada de la Virtud sobrenatural que
Él comunica á los que se unen á Él por la Fe y la
Caridad, y que hace participantes de sus méritos, de
su fuerza, y de su victoria, del mismo modo que en
el orden de la naturaleza somos participantes de la
miseria, de la debilidad, y de la caída de Adán nues­
tro jefe.
Aquí está la realidad, la divinidad del Cristianis­
mo, sin lo cual, sólo hubiera sido una filosofía hum a­
na más, que como tantas otras, hubiera al fin cadu­
cado y perecido. Nunca se abordará esta cuestión
con dem asiada franqueza.
P ara Jesucristo el haber vencido al mal no hu­
biera sido bastante, si no nos hubiera hecho partíci­
pes de su Victoria. Más aún: sin esta circunstancia,
Jesucristo no hubiera vencido al mal; porque el mal
no estaba en El, y no ttn ía necesidad de hacerse
hombre, de padecer y m orir por sí mismo. Si lo hizo,
fué sólo por sustitución y para comunicarnos todos
sus merecimientos; pero á fin de que esta comunica­

(i) Coios. II, 15 .


— 7 -

ción se efectuase entre dos naturalezas libres, era


preciso que nuestras voluntades se pusiesen en rela­
ción, se abocasen, por decirlo así, con la suya por la
adhesión sacram ental de nuestra humanidad con su
Divinidad, así como El había sido el prim ero en po­
nerse en relación con nosotros, por la unión de su
Divinidad con nuestra humanidad. El agente miste­
rioso y vivificante de esta relación que une á Jesu­
cristo con nosotros y á nosotros con El, es lo que lla­
mamos la d ivina Gracia. Por ella, se ha hecho Jesu­
cristo como un nuevo tronco—ó árbol de Vida—plan­
tado en el seno de la humanidad, y ha podido decir:
— «Yo soy la vid, y vosotros los sarm ientos. El que
permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto: porque
sin m i nada podéis (1).*—Este tronco, comunica á
las ram as del viejo tronco de Adán, que se separan
de éste para injertarse en aquél ¡una sa via entera­
mente divina...! que renueva, santifica y fortalece.
Es el olivo cultivado y el olivo silvestre de que habla
San Pablo. El hombre en el estado de naturaleza
caída, es el olivo silvestre, que no da más que frutos
de am argura y de muerte; el hombre hecho cristiano,
no sólo en el nombre, sino por los hechos, es decir,
por la Oración y los Sacramentos que son como los
canales de la Gracia, se injerta y después se incor­
pora al olivo cultivado, del cual recibe esa lozanía y
esa fecundidad para el bien, que relativam ente á su
natural debilidad, le obliga á hacer prodigios de
virtud.
No vengan ahora esos espíritus exigentes, es de­
cir, débiles, porque debilidad es el no saberse conte­
ner en justos límites, no vengan á pedirnos que les
expliquemos la operación de la G racia en sí misma;

<i) S. Juan X V , 5.
porque los rem itiríam os á la naturaleza entera, que
está llena de fenómenos im penetrables en sus causas
é incontestables por sus efectos. Y si esto no bastase,
le responderíamos, que siendo el fenómeno de la
G racia tomado en un orden sobrenatural, sería con­
tradictorio que pudiésemos explicarlo fuera de este
orden. En fin, antes de explicarles el misterio de la
transm isión del bien, les pediríamos á ellos mismos
tuviesen la bondad de explicarnos el misterio de la
transmisión del mal, misterio mil veces más profun­
do, porque la depravación de la voluntad en la raza
humana, se transm ite sin el concurso de la voluntad;
m ientras que en el misterio de la transmisión del
bien, es por medio de la adhesión sacram ental de la
voluntad hum ana á la Divinidad de Jesucristo, por
donde se transm iten á aquélla los m éritos de ésta.
Pero ¡cuestiones ociosas! ¿Qué im porta que no
comprendamos el misterio déla G racia, si somos con­
tinuamente testigos de la misma divina G racia y de
sus efectos? ¿Hay algo más irrecusable para todos los
que la reciben y tienen la dicha de vivir en ella, que
esa fuerza interna, ese soplo vivificante, esa ex trao r­
dinaria energía para el bien; que se saca d éla p rác­
tica del Cristianismo, que se pierde con ella, y sobre
la que todos los verdaderos cristianos sin excepción,
están unánimemente de acuerdo, como lo están los
filósofos acerca de los fenómenos de la sensación?
¿Hay algo más evidente, aun para tos mismos que la
han perdido, ó que han tenido la desgracia de no co­
nocerla jamás, que esa perfección sostenida de vir­
tud, y ese no sé qué de acabado que se observa en las
almas piadosas, y ese heroísmo de desinterés, de ab­
negación y de caridad, que no es alimentado por
nada que tenga relación con el mundo, y que por el
contrario, todo lo de este mundo contradice?
_ 9 -

En todas las demás religiones pudo sin duda haber


hombres virtuosos; pero sólo en la religión Cristiana
hay Santos. He ahí la obra de la Gracia. Los hom­
bres virtuosos en las otras religiones lo fueron por
naturaleza y á pesar de la insuficiencia ó la corrup­
ción de su religión; en la religión C ristiana son sa n ­
tos á pesar de su natraleza y p or el auxilio de la
G racia y la práctica de la fe, que los conduce á eje­
cutar todas las virtudes. No era seguram ente el culto
de Venus el que inspiraba la Castidad á las dam as
romanas; es el culto de Jesucristo, el esplritualismo
cristiano lo que somete los sentidos al imperio de la
razón; es el am or de Jesucristo que domina y se
apodera de todos los amores. Por el desprecio que
hizo de las religiones de su tiempo, mereció Sócrates
el nombre de sabio; por las inspiraciones del Cris­
tianismo los Vicentes de Paul, los Josés de Calasanz,
los F ranciscos de Sales, los Tomás de Villanueva, y
tantos otros han merecido los títulos de santos, de
bienhechores, y de lum breras de la humanidad.
¿Qué heroísmo puede presentarnos la antigüedad
que se parezca al de esas buenas H erm anas de la
Caridad? Preguntadle de dónde les ha venido esa
naturaleza superior, sublime, que confunde nuestra
debilidad y cautiva nuestra admiración, y veréis
que os m uestran la pequeña cruz de palo que cuelga
de su angelical cintura. Emplee la filosofía hum ana
todas sus fuerzas, busque, inquiera, reúna todos sus
modelos, y que nos ofrezca al fin uno solo de esos
ángeles de la tierra, no lepedimos m ásqueuno, cuan­
do nosotros al solo nombre de Jesucristo, podemos
hacer que aparezcan legiones.de ellos. ¿Quién no ex­
perim enta en presencia de esas almas realm ente en
posesión de la Gracia por la práctica de la piedad
cristana, quién no experim enta algo de sobrenatural
~ 10 -

y de inexplicable, que les da á aquéllas un principio


de superioridad sobre los que no la poseen, y que en
un sentido distinto pueden obligar A éstos A decir lo
que Nerón de A gripina:—«¿Mi espíritu absorto, tiem ­
bla delante del suyo?»—¡Ah! ¡Es la Gracia de Jesu ­
cristo! que brilla en sus almas, refleja en sus m ira­
das y en sus frentes su celestial esplendor, é imprime
en todo su sér, en todas sus acciones, esa calma, esa
paz, esa exquisita dignidad, esa inefable dulzura, esa
generosidad infatigable por todo lo bueno, y ese sa­
crificio perpetuo de sí mismos A sus deberes y á los
intereses de los demás, sin fausto, pero sin pusi­
lanimidad.
H ay entre la m oralidad hum ana, que es lo que
constituye en sentir del mundo las gentes de biens y
la Gracia de Jesucristo, que es lo que, según nuestra
Religión, hace los Santos, una total diferencia, que
no consiste solamente en los grados mas ó menos
subidos de bondad, sino en los principios mismos de
estos dos estados. Son dos fenómenos psicológicos
enteram ente distintos. La m oralidad hum ana, no es
más que la abstinencia del mal, y aún esta abstinen­
cia es casi siempre resultado de la organización y
del tem peram ento: tal individuo es honrado y vir­
tuoso, porque se halla organizado de un modo que
casi le disgustaría y mortificaría, y tendría que ha­
cerse violencia para no serlo. Es un buen instinto
que hay en nosotros, y por cuya pendiente van ro ­
dando involuntariam ente nuestras acciones. Con
frecuencia es aún menos que todo esto; y la vanidad,
el interés, el temor de desm entir nuestros antece­
dentes y de desacreditarnos en el concepto de los
que nos habían colmado de elogios, son como los
andamios que sostienen nuestra honradez, y la im ­
piden venirse enteram ente por tie r r a .
- 11 -
No es así la santidad; no se limita nunca á la
abstinencia del mal, se inclina vivam ente al bien, y
á un bien incesante é indefinido; no se alimenta ja ­
más del sentimiento de su tranquilidad y reposo,
pues vive sólo de mortificación y de sacrificios; no es
resultado del natural ni del temperamento, á los
cuales, combate siempre y desarraiga; puede pre­
sentarse indistintam ente en toda clase de personas,
cualesquiera que sean sus disposiciones naturales y
sus antecedentes; sobreabundan con mucha frecuen­
cia hasta en los lugares donde abundaron todos los
desarreglos y excesos, y obra en todos los indivi*
dúos, de toda edad, en todas las circunstancias, ese
fenómeno que llamamos Conversión, tan raro en sí,
al cual es preciso no confundir con el arreglo de una
conducta desordenada; sino que es el repentino cam­
bio de todo el hombre interior, conservándole toda
su actividad, y haciéndole pasar del mal al bien, in­
dependientemente de todo interés y de todo socorro
humano.
La m oralidad es una delicada planta de nuestros
jardines, cuyas raíces son muy poco profundas, no
desplega sus capullos más que en público y en pre­
sencia del sol de la prosperidad; muchas veces, si se
la privase totalm ente de esa atmósfera de la opinión
y de sus comodidades en que está acostum brada á
vivir, se aislaría en el olvido, y caería seca al con­
tacto del infortunio. La sa n tid a d , al contrario, flo­
rece en el desierto, y crece entre las tempestades;
olvidada y despreciada de los hombres da sus frutos
más sabrosos, y el m ayor bien que hace es el que
nadie ve, pues se oculta hasta de sí misma: como
vive de humildad, se nutre de sacrificios; de modo
que cuando la Providencia no le envía nuevas prue­
bas, tiembla y se las impone al momento á sí misma,
— 12 -

como si las dificultades y la violencia fuesen el r e ­


sorte n atu ral de su actividad.
Hé ahí la Gracia, m anifestada por sus efectos:
Pascal ha dicho adm irablem ente con su profundo la ­
conism o:—«Para hacer de un hombre un santo es
preciso la Gracia; y quien lo dude, no sabe ni lo que:
es un santo ni lo que es un hombre.»
Lo que nos impide conocer pefectamente toda la
diferencia entre el estado de la naturaleza y el de la
G racia, cuando no consideramos más que la superfi­
cie de las cosas, es que la m oralidad de que acábam os
de hablar, no es en muchos hombres que viven en el
seno del Cristianismo, más que un cierto estado de
G racia debilitado y mezclado. El Cristianismo ha
influido é influye ¡de tal m anera sobre la naturaleza
humana! que aún aquéllos que lo desconocen y des­
precian, respiran, sin advertirlo, en su atmósfera, y
son detenidas por una especie de atracción que obra
A mucha distancia, cuyo foco se halla en la G racia de
Jesucristo. Sería preciso rem ontarse A lo que era el
mundo antes de su venida, para poder com prender
todo el prodigio de esta conversión, y p ara adm irar
como al simple contacto de la Cruz tantos anim ales
feroces... perdieron sus instintos saLvajes, y se tr a n s ­
figuraron en seres dignos del título de hom bres, y á
veces ¡en Angeles de luz.,,! que han causado envi­
dia al mismo cielo.
Tal es, de una m anera general, la g ran revolu­
ción obrada por Jesucristo en el mundo m oral, y el
socorro inmenso que vino á tra e r al hombre caído:
ambas cosas deben hacernos reconocer en É l—«-al
Libertador» — sperado de todas las naciones. Ya no
hay mal, por atractivos que tenga, que el hombre,
con la Gracia de Jesucristo, no pueda evitar; ya no
hay bien, por elevado que sea, A que el .hombre, re­
— 13 —

dimido por el Verbo, no pueda aspirar. Bajo este


respecto, la naturaleza hum ana ha cambiado por
completo. Y a no nos verem os reducidos á decir
como Ovidio: —«.Video m eli ora proboque, deteriora
sequor...»—A hora ya podemos rep etir con S. Pablo.
— «Omnia possum in eo qui me confortat.»—
¡Por cuántos prodigios de fuerza m oral y de san­
tidad ha sido justificada esta confianza, después que
Jesucristo la alentó con estas divinas palabras:—
«Confidite; ego v i d m undam /»—
¡Cuántos prodigios de pureza y de inocencia, en
tantas vírgenes cristianas! ¡Cuántos prodigios de
heroísmo y de valor moral, en tantos mártires!
¡Cuántos prodigios de celo y de verdadera consagra­
ción á la verdad, en tantos apóstoles, confesores y
doctores! ¡Cuántos prodigios de arrepentim iento y
de reforma moral, en tantos penitentes y converti­
dos! ¡Cuántos prodigios, en fin, de caridad y de sa­
crificio á la paz y al consuelo de la humanidad, en
tantos sacerdotes, tantas santas m ujeres, tantos
cristianos de todas clases y condiciones!... ¡Ah! Si
pudiésemos ver de una m anera sensible el mundo de
las almas, si pudiésemos abrazar con nuestras m ira­
das todas las virtudes que han florecido con el bené­
fico rocío de la G racia y todo el mal que ha sido
desarraigado en mil novecientos años, ¡qué bello es­
pectáculo se nos ofrecería! ¡Cuán regenerada nos
parecería la hum ana naturaleza, y con cuánta ex-
pontaneidad tributaríam os á Jesucristo los gloriosos
títulos de L ibertador y Salvador del universo!
Es verdad que esta regeneración no es aún defi­
nitiva acá en la tierra, y este es el motivo que nos
impide conocer toda su grandeza. En medio de la
polvareda del combate que continúa todavía, no po­
demos distinguir la victoria tan claram ente como
- 14 -
aparecerá en el último fin. Pero gran cosa es, entre
tanto, el combate y los recursos que su larga d u ra­
ción supone. Este combate, no existía antes de la
venida de Jesucristo: todos los errores se paseaban
autorizados por el Pórtico, todos los vicios, todas las
extravagancias, divinizadas, tenían en el Panteón
derecho de vecindad: no se conocía entonces la into­
lerancia, porque no se conocía la Verdad.
El genio del mal tenía al género humano en ser­
vidumbre, y el género humano estaba tranquila­
mente sentado en su abyección; se complacía y ce­
baba en ella, como un esclavo que ha perdido hasta
la memoria de su libertad. Pero después que hubo
venido su Libertador á despertarla y á rom per sus
cadenas, se empezó una lucha inmensa, inexorable:
el mundo, llamó al Cristianismo enemigo del género
humano; y el Cristianismo, llamó al mundo enemigo
del cielo y de la Verdad; y en esta recíproca intole­
rancia, el bien y el mal, la V erdad y el error, la vir­
tud y las pasiones, el Cristianismo y el mundo, se
lanzaron A la palestra, pelearon cuerpo A cuerpo, y
el mundo fué vencido, y las viles pasiones, hasta allí
divinizadas, fueron desterradas de las almas y de
encima de los altares, y la Verdad triunfante subió
á sentarse en el Capitolio, donde permanece todavía;
y el Bien desplegó sus estandartes sobre todo el uni­
verso, y lo abrasó todo con el fuego de su proseli-
tismo,
Desde entonces, no ha cesado la lucha, y algu­
nas veces se ha recrudecido de tal suerte, que ha
hecho parecer nuestra victoria indecisa A espíritus
de poca fe y poco versados en los Libros Santos,
Las herejías y persecuciones han suscitado toda
clase de artificios y furores contra el Cristianismo;
pero no han logrado, A pesar de tantos esfuerzos,
— la ­
mas que prolongar la propia derrota, y engrandecer
el triunfo de nuestra bendita Religión. Las herejías
y persecuciones han sido, sin saberlo ellas mismas,
instrumentos de la Providencia, que, soltándolas de
tiempo en tiempo, ha querido extender y prolongar
el combate, para dar á todos los hombres lu g ar y
tiempo de asistir á él y de participar de la victoria;
realizando de este modo todos los caracteres de-la
rehabilitación prometida desde el principio, cuando
se anunció:—*que el Descendiente de la m u jer que­
brantaría la cabesa de la serpiente, y que ésta pon­
dría asechanzas á su calcañar.»—{{)
Va hemos visto pues, cómo en el instante prefija­
do en toda la plenitud de los tiempos, y en el punto
señalado á la expectación de todo el género humano
¡aparece el Cristo! reuniendo en su Persona los ver­
daderos caracteres de Salvador del mundo... Sale
de la tierra, por decirlo así, como un Germen celes­
tial, confiado por el mismo Dios desde el principio á
la humanidad caída; y fecundado por nuestras mise­
rias, y calentado por sus misericordias, arroja su ta ­
llo en el mundo, y se convierte luego en Arbol fron­
dosísimo.,. que cubre á todos los pueblos con la som­
bra de sus ram as, y—<dos regenera con su s divinos
fr u to s .» —

(i) G en es I I I , 1 5 .
CAPÍTULO II

El Desierto

ib reya de la cautividad de Egipto el pueblo


de Israel; al salir del m ar Rojo, donde por
singular prodigio sepultó Moisés, obede­
ciendo las órdenes de Jehová, al formidable ejército
de Faraón; el privilegiado pueblo, que veía ya ro ­
tas las férreas cadenas de su esclavitud, entró en
un D esierto horrible... donde no había alimentos, ni
fuentes, ni camino que m arcara el derrotero: en un
inmenso arenal árido y ardiente, cuya sequedad
producía sierpes venenosas, que afligían á los cam i­
nantes con mortales m ordeduras, ¡He ahí la imagen,
de nuestra peregrinación por este otro D esierto, que
lla m a n - « Valle de lágrim as..!* —
Hablando de la peregrinación de los Israelitas,
dice un libro del Antiguo T estam ento:—«Tú, Señor,
por la muchedumbre de tus misericordias, no los
abandonaste en el Desierto: la Columna de nube, no
se apartó de ellos de día, para guiarlos por el ca­
mino; ni de noche la Columna de fuego, para mos­
trarles por donde debían ir. Les diste tu E s p ír itu
bueno, para que los enseñara... No quitaste de su
boca el Maná, y les diste A gua en su sed.»—(1)

(i) I I E sd ra s, cap. I X , 1 9 , 2 0 .
- 17 -
Ya vemos, pues, que al otro lado del m ar Rojo, á
la entrada del Desierto, los esperaba el Espíritu San­
to, para ser en aquella inmensa soledad su Precep­
tor y su Guía. ¡Magnífico preludio, de la dirección
futura que había de tener el pueblo Católico, á tra ­
vés del áspero Desierto de esta vida!
Nuestro Libertador Jesús, nos libró de la escla­
vitud del pecado y del m ar sin orillas de la.—«muer­
te eterna», —pero ¡ay! antes de llegar á la —«Tierra
prometida*—hemos de atrav esar el Desierto de este
mundo. En este vasto arenal, todos se hallan descon­
tentos, y algunos lo pasan tan mal, que mueren de
hambre y de sed, pues aquí nada hay que nos satis­
faga. Nos extraviam os, como se extravía el cam i­
nante en llanura inhabitada donde no hay vía, ni
límite; donde los pasos del hombre no han dejado
huellas, ni senda que se pueda seguir; así, en nues­
tra ignorancia, andamos errantes en esta vida: en­
tramos en ella sin experiencia, y cuando erram os,
no solemos apercibirnos de ello hasta que nos hemos
extraviado por completo y perdido el camino: enton­
ces ¡ah! ¡cuán expuestos estamos á caer en la región
de las serpientes encendidas! como las llamaba
Moisés; (1) esto es, en nuestras ardientes y fatales
concupiscencias... cuyo veneno es fuego abrasador,
que introduciéndose de una vena en otra, nos con­
sume...
A los cuatro grandes males del desierto, aplicó
Dios cuatro eficaces remedios: —«A el hambre, el
Maná; á la sed, el Agua, que al golpe de la v ara de
Moisés, brotó de la piedra de Horeb; á los extravíos
á que exponía á los cam inantes lo inmenso y árido
de la llanura, la Columna de nube luminosa; y á las

{O Num,, X X I , 6
3
- 18
Venenosas serpientes encendidas, la alegórica Sierpe
de bronce que mandó construir á Moisés.
De igual m anera, nuestro Libertador Jesús, nos
proporciona durante nuestra peregrinación por este
mundo, los cuatro poderosos remedios, de que aque­
llos fueron símbolos. P ara nuestros extravíos por
este Desierto, nos d a—ila refulgente Columna de su
D octrina*; para nuestra ham bre de bienestar, nos
d a —«su propio Cuerpo en la E u ca ristía /» p ara
nuestra sed de goces, nos d a - «-El A g u a viva de la
d ivina Gracia»—es decir: aquella agua para nunca
tener sed, de que habló á la Sam aritana; y para ex­
term inar las sierpes venenosas de nuestras concu­
p iscen cia s,—«se nos da ¡Enclavado en la C ru s..h —
recordándonos así que dió por redim irnos su Sangre
y su V ida.
P ara cerciorarnos, de que aquella peregrinación
era figura de la nuestra, recordemos los siguientes
párrafos: dice S. Pablo á los corinthios:—«Nuestros
padres estuvieron todos debajo de la nube, y todos
pasaron el m ar Rojo...—Todos fueron bautisados en
Moisés, en la nube, y en el m a r.—Todos comieron
una misma vianda espiritual.—Y todos bebieron una
misma bebida espiritual, (porque bebían de una pie­
dra espiritual, que los iba siguiendo; y la piedra era
Cristo).»—(1) Sto. Tomás dice: —«Los hebreos en su
viaje á la tierra prometida, tuvieron por guía y por
amparo contra los rigores del sol una nube, lo que
significa la protección de Jesucristo, y las tentacio­
nes que es necesario pasar en elDesierto de esta vida,
para llegar á la tierra de promisión que es la biena­
venturanza.»—El Crisóstomo añade:—«Del mismo
modo que el paso del m ar Rojo libró á los israelitas

(i) A [os Corinthios, cap. X , i al 4.


- 19 -
de la esclavitud en que estaban; y la nube los aluttí-
braba de noche, y de día los defendía de los ardores
del sol; así el Bautismo, simbolizado en la m ar y en
la nube, saca á los cristianos de la esclavitud del de­
monio, y los repara contra sus asechanzas y tenta­
ciones.» —Y el mismo Jesucristo nos dice por su evan­
gelista:—«En verdad, en verdad os digo: que no os
dió Moisés pan del cielo; mas mi Padre os da el ver­
dadero pan del cielo.*—{1) Es decir: el alimento que
dió Moisés á vuestros padres, fué imagen del verda­
dero pan que os dá hoy mi Padre Celestial.
¡Ah! ¡Qué sería de nosotros sin ese Pan del cielo!
—«Pues las viandas y carnes de esta tierra, nada
tienen de sólido ni de substancial.»—Dios por su bon­
dad nos envía el verdadero Maná que es Jesucristo;
el cual nos da otro M aná escondido} que sólo conoce
el que lo gusta; ese Maná escondido es la Verdad, los
espirituales Consuelos, la Gracia, la E u ca ristía ...
Este divino m anjar parece fútil, poco, y leve á los
que no tienen fe, y á aquéllos que sólo les parece só­
lido y substancial lo que es palpable, sensible y cor­
póreo; de tal m anera, que creen que nada hay ni tie­
nen, cuando no ven delante de sí los bienes m ateria­
les; pero para aquéllos que tienen el gusto de la
V erdad, el Maná escondido es el único sólido y subs­
tancial.
P ara nuestra sed, hallamos bebida que nos refres­
ca, recrea y templa nuestros ardientes deseos, en—
«el A g u a viva»—que en la fuente de Jacob, prometió
Jesús á la mujer de Sam aría. Los m anantiales de
ese Agua viva, indeficientes é inagotables, son: ¡la
■Verdad, la Felicidad, el A m or D ivino, la Vida E ter­
na / que empieza por la fe , y term ina por el goso in~

(i) S. Joan, V I, 33 .
- 20 -
fin ito . Estos m anantiales están en Jesucristo: estos
manantiales, de que eran figura los que brotaron al
herir la roca, la vara de Moisés, se filtran algunas
veces por las hendiduras de la roca.de un corazón
seco y duro, tocado y movido por el superior impul­
so de la divina Gracia.
En otro sentido ó concepto, estos m anantiales,
surgen de una piedra,, que es uno de los nombres que
damos á Dios, diciéndole:—«Mi Dios, mi roca, mi
fortaleza, mi refugio, la Piedra sólida, sobre que yo
me apoyo y me sostengo.»—Yo pondré en Sión (dice
el Profeta) una Piedra inmoble, segura; y el que en
ella se afirme por la fe, no será transtornado» (1).
E sta Piedra es Jesucristo: afirmándonos sobre El,
nos sostenemos inmobles y seguros; pero tropezando
contra esta Piedra, es decir, oponiéndonos á su vo­
luntad, á su Doctrina, á su Gracia, á sus inspiracio­
nes tan poderosas como suaves y dulces, nos rompe-
mos... nos hacemos pedazos, damos una grande y
peligrosa caída... De esta m aravillosa Piedra, que
es Cristo, m anan y salen las duLces aguas de la G ra­
cia, las celestiales Consolaciones, y, en un am or
casto y puro, los divinos refrescos de la fe y de la
esperanza. Moisés no hirió más que á un solo peder­
nal ó piedra, que permaneció inmóvil; pero las cris­
talinas ondas que de ella manaron, seguían á todas
partes á un pueblo errante, que por tan dilatado
tiempo jam ás perm anecía en un mismo lugar. ¿De
dónde proviene este prodigio, dice San Pablo? Es
que había allí una P iedra in visib le y e sp iritu a l,
cuya figura misteriosa era la m aterial que les sum i­
nistraba aguas en abundancia; y esta Piedra invisi­
ble, era C risto, Fijémonos y descansemos sobre esta

(i) Fsalmo, XV II , 3.
— 2t -
firme y fundamental Piedra, sobre esta Roca inmoble;
no tengamos más voluntad que la suya, ni otra Co­
lumna luminosa que sus preceptos; pues así, seg u ra­
mente logrará nuestra fe un eterno oasis y dicha
sin fin.
En nuestros extravíos tenemos por guía esta Co­
lumna luminosa de refulgente luz: este divino Jesús
díciéndonos:—«Yo soy la lu s del mundo\ quien me
sigue no anda en tinieblas.»—(1) En todas nuestras
operaciones, tengamos á Jesús siem pre á la vista,
considerémosle presente; pensemos sin cesar en lo
que hizo, en lo que enseñó, en lo que nos manifes­
taría á cada paso, si se hallara todavía en este
mundo para que le consultáram os pidiéndole con­
sejos. Meditemos, lo que enseña á cada instante por
medio de sus inspiraciones; con ocultas correcciones,
por medio de los remordimientos y estímulos de
nuestra conciencia; y por medio de todo lo inexpli­
cable que nos m uestra interior y ocultamente, en
orden á seguir el verdadero camino. Guardémonos
bien de dejarnos sorprender por los engañosos sen­
tidos; y sigamos siempre el verdadero camino, que
es el Verbo encarnado.
Contra las serpientes encendidas, elevó Dios en
el desierto la sierpe de bronce, que es figura de Je ­
sucristo Enclavado en la Cruz, El mismo Jesús, dice
por su evangelista:—«Como levantó Moisés la ser­
piente en el desierto: así también es necesario que
sea levantado el Hijo del hombre.»— (2) Es decir:
Como Moisés alzó en el desierto una serpiente de
bronce para salvar la vida de muchos, que m orían

(1) S. Joan, V I II .
(2) S , Joan, IIT, 14.
de las picaduras de las sierpes venenosas (1) del
mismo modo es necesario que el Hijo del hombre;
esto es el Hijo de Dios, que descendió del cielo para
hacerse Hijo del hom bre por la Encarnación ¡sea
levantado sobre la Crus...! para que todo el que cree
en Él, no peresca, sino que tenga vida eterna.
Ya véis, lectores; contra las m ordeduras infer­
nales del pecado, tenemos en este Desierto, el bál­
samo divino de la Sangre de nuestro Salvador. Sí,
postrémonos pues, ante Jesucristo Crucificado, y
bebamos en\a.s fu e n te s de Gracias que brotan de su
Costado celestial.
Hemos de advertir que, además del maná, tuvie­
ron los israelitas en el desierto otra clase de ali­
mento. El pueblo carnal, se disgustaba del maná, no
contentándose con este pan del cielo. Dios podía muy
bien por justo castigo substraerles todo sustento, y
dejarlo perecer de hambre; pero ¡ah! tiene el Señor
otro modo de castigar los carnales deseos,.. —«aban­
donando á sus concupiscencias á los que se hacen
esclavos de sus bestiales apetitos.»—«Dios (dice el
apóstol) los entregó á los deseos de sus corazones; é
hizo que soplase un viento impetuoso, que de la otra
parte-del m ar llevó codornices al desierto, y las hizo
ca-er como lluvia en el campo.»—
Dios es quien envía los bienes temporales, como
todos los demás; pues es el Autor de todo; pero ¡ay!
á veces son los bienes temporales, un azote que envía
en su enojo. Esto mismo está escrito de estas codor­
nices; comida agradable á los sentidos; pero de esta
comida también se ha dicho: «La carne de aquellas
aves estaban aún en sus bocas y entre sus dientes;
y ved ahí como la ira de Dios se levantó contra

(i) Numer. X X I, 8 y 9 .
23 —

ellos, é hirió al pueblo con una grande plaga.» (I)


Pues ¿qué había hecho aquel pueblo para ser casti­
gado de modo tan rigoroso? No había hecho otra
cosa que hartarse y satisfacerse con un bien, que el
mismo Dios le había enviado; pero era éste uno de
los bienes corporales que el Señor concede á los
ciegos y torpes deseos de los hombres carnales, p ara
castigarlos. Así castigó este desarreglado apetito.
Por doquiera se vieron presto las sepulturas de los
rebeldes; de tal modo, que fué llamado aquel lugar
—«Sepulcro de c o n c u p is c e n c ia porque allí fueron
enterrados los que se hartaron de un bien, que á la
verdad da Dios á los sentidos afanosos y ham brien­
tos (pues todo bien viene del Señor), pero es su vo­
luntad que no nos hartemos de tales m anjares ó
bienes m ateriales.
No nos dejemos, pues, preocupar ni llevar de es­
tos bienes engañosos, verdaderos y buenos en sí,
pues todo lo que hace Dios es verdadero y bueno;
pero por el mal uso que de ellos hacemos, vienen á
ser para nosotros engañosos y envenenados... H a­
gamos nuestro principal alimento del Maná escon­
dido; y si nos acontece perder por algún tiempo el
gusto de esta celestial vianda, porque Dios así lo
permite á veces para ejercitarnos y acrisolar nues­
tra fe, ¡no desmayemos... ni volvamos A los deseos
carnales...! sino entretanto que Dios nos despierta
este espiritual gusto, permanezcamos en humildad y
paciencia.
Cincuenta días después de salir de Egipto el pue­
blo escogido, plugo al Señor darle su Ley en el
monte Sinaí, y para dársela, ejecutó cuatro cosas
im portantes: 1.° Descendió al ruido de truenos y al

(i) Numer, X I , 33.


- 24 -
Sonido de trom petas. 2.° Mostró á Israel la m ontaña
encendida y dejó ver las llamas entre torbellinos de
humo. 3.° Grabó el Decálogo sobre dos tablas de
piedra. 4.° Pronunciólos demás artículos d é la Ley
con voz inteligible, que fué oída y entendida de todo
el pueblo.
También cuando promulgó la Ley Evangélica,
renovó estos cuatro actos; pero... de un modo mucho
más excelente. Dió principio á su m aravillosa obra
por un grande estruendo: mas, no íué la violencia
del trueno ni el sonido de las trom petas, pues el es­
truendo que Dios envió ó causó—«fu é sem ejante al
de un viento im petuoso, que figuraba al Espíritu
Santo; el cual, sin ser terrible ni amenazador, llenó
todo el Cenáculo, y llamó á Jerusalén al hermoso
y excelente espectáculo que Dios iba á darle. Se vio
un fu e g o ; pero puro y sin humo, que no se mostró
lejos (cual el del Sinaí), para a terrar á los discípulos;
sino un fuego, cuya hermosa y benigna llama»—re­
posó sobre las cabesas de éstos— quemarlos ni cer­
cenarles un solo cabello. Este fuego penetró al inte­
rior, y por este medio fué la Ley Evangélica suave y
dulcemente im presa y grabada, no en piedras insen­
sibles, sino en corazones de carne ablandados por la
D ivina Gracia.» ~ Y fueron todos (dice el S. Texto),
— «llenos del E s p ír itu Santo, y com enzaron á ha­
blar en varias lenguas, como el Espíritu Santo les
enseñó que hablasen.»—(1) P or consiguiente allí hu­
bo una sola palabra; mas ésta se multiplicaba de una
m anera admirable: y así como en el monte Sinaí ha­
bló Dios en una sola lengua á un solo pueblo; en la
publicación Evangélica, que en la Fe de Jesucristo y
conocimiento de Dios, había de reunir á todos los

(i) Act. II, 4 .


- 25 -

pueblos en uno, también en un solo discurso se en­


cerraban todos los idiomas; pues luego, al oírlos ex^
tranjeros á los discípulos de Jesús decían:—«¿Cómo
siendo éstos galileos, cada uno de nosotros los oye
hablar en su idioma?»—(l)
Así estableció Jesús su Ley, de muy diferente
modo que Moisés. / Creamos, esperemos, amemos! y
la L ey de Gracia será grabada é im presa en nues­
tros corazones. Preparém osle oídos interiores, una
atención sencilla y un temor suave y dulce, que se
convierta y termine en amor.
Sobre el monte Sinaí, clamaba Dios diciendo:—
«¡No os acerquéis... ni hombres, ni animales, que en
ello os va la vida! pues todo lo que se aproxime, será
herido de m uerte.»—(2) Y sobre el santo monte de
Sión, no sólo se aproxim a Dios bajo la figura de una
llam a luminosa; sino que se introduce en lo interior
de los corazones. Este hermosísimo y excelente
fuego, toma la figura de una lengua; y el Espíritu
Santo viene á hablar al corazón de los Apóstoles;
pues dé los corazones de éstos, había de salir la D i­
vina palabra, que debía convertir á todo el universo.
Adoremos al Espíritu Santo difundiéndose el día
de Pentecostés sobre los Apóstoles, y en todas las
épocas, sobre todos los fieles bien d ispuestos; dé­
mosle gracias por sus divinas operaciones en las
almas; y roguémosle que nos haga partícipes de
sus Dones.
Cuando descendió al D esierto de este mundo el
Consolador que Cristo había prometido, (3j no fué
para hacer una visita pasajera á los discípulos del

(1) A ct. H , 7 y 8,
(2) E xod . X I X , 12, 13, 20 y 21.
(3) S . Joan, X I V , 2 6 .
- 26 -

Crucificado, sino para habitar en ellos, y en los cris­


tianos fieles de todos los tiempos, hasta la consuma­
ción de los siglos. Descendió, para fundar la Santa
Iglesia, gobernarla y conservarla siem pre una, san­
ta, católica apostólica; para sostenerla en la verdad,
contra todos los asaltos de la impiedad, y la herejía;
para dirigirla y asistirla en sus enseñanzas, de tal
suerte... que ella pueda decir siem pre:—«Así parece
bien al Espíritu Santo y á nosotros.» —(1); y por úl­
timo para hacerla eternam ente fecunda engendran­
do siempre en ella santos hijos de Dios: A p ó s t o l
que la extiendan por toda la tierra; m ártires, que la
confirmen con el testimonio de su sangre; doctores,
que la iluminen con su ciencia; y alm as escogidas,
que la edifiquen con sus virtudes. ¡Oh, qué grande
y bella misión! Solamente un Dios... podría cum­
plirla. Esta misión, es obra, más del Espíritu Santo
que de las otras dos divinas Personas. l.° Porque
Dios Padre, habiéndonos enviado á su Verbo, su
Pensamiento, su Imagen intelectual, quería también
que su Amor viniera á visitarnos; á fin de que se
entendiera bien por todo el orbe, que la Santísima
Trinidad /toda es amor para nosotros! la Omnipo­
tencia, nos crea y conserva; la Sabiduría, nos redi­
me; y el A m or, nos santifica; 2.° Porque Jesucristo,
para que la venida del E spíritu Santo caracterizara
é hiciera resaltar el espíritu de la Ley Nueva, y no
queriendo vernos gem ir bajo el yugo del temor y de
la servidumbre, dijo al Amor substancial, que lo une
á Él con el Padre, el cual es Dios como el Uno y el
O tro :—«Oh Espíritu, oh Amor: id y enseñad á los
hombres á servirm e por amor: difundid en sus cora­
zones el e sp íritu de Fe, que es el de los hijos adop-

(i) Actos X V , 28.


- 27 -
tivos de Dios; por el cual, llam arán al Eterno ~«su
P a d re»—(1); el esp íritu de Caridad, por el cual, lia-
m arán á sus semejantes, por mi doctrina:—«herma­
nos'»—; y el e sp íritu de Am or, por el cual, coope­
rando á la divina Gracia... recibirán vuestros Dones.
y la Santificación.* —
Tal es, en efecto, después de Pentecostés, el ca­
rácter propio de nuestra sacrosanta Religión. Todo
en ella es amor. ¡Amor!., eso es todo el Evangelio:
sí; el amor... derram ando las purísimas y claras lin>
fas déla D ivina Gracia en todas direcciones, á tr a ­
vés de todo corazón, como célica fuente de la Vida.
He ahí el Cristianismo.

Y bien, lectores, pues sin nuestra cooperación á


la D ivin a Gracia, no es posible salvarnos; debemos
recordar con frecuencia, —«que muy pocos de los is­
raelitas que salieron de Egipto entraron en la tierra
prometida, pues la m ayor parte murieron en el de­
sierto:»—y con esta consideración, hemos de procu­
ra r alimentarnos del Maná escondido de que os he.
hablado ya, para no m orir á la vida de la Gracia en
este mundo, es decir, en este nuestro D esierto; y
poder llegar á la Bienaventuranza eterna, que es
nuestra tierra de prom isión.
—«Dios (dijo S. Ambrosio) golpea sin cesar á las
puertas de nuestro corazón. Siempre está deseoso de
entrar; si no penetra, la culpa es nuestra.»—
— «Así como nadie puede atrav esar el m ar sin.
un barco, de igual manera es imposible que un alma

(i) I Rom. V III 15.


- 28 -

atraviese el ancho m ar del pecado, y observe los


Mandamientos, sin la G racia de Dios.»—(1)
— «El cuerpo sin alma, es un cadáver incapaz
para toda cosa; y el alma sin la Gracia, está m uerta
p ara el cielo, y nada puede hacer.*—(2)
Perder una Gracia, una inspiración del Espíritu
Santo, es perder mil veces más que si perdiéra­
mos todos los reinos del mundo. Todos los bienes de
aquí abajo, son pasajeros y de poco valor; en tanto
que la menor G racia, trae detrás de sí consecuen­
cias eternas, y es de un valor infinito, pues vale la
Sangre de Jesucristo, al precio de la cual nos ha
sido comprada. Perder una G racia, es perder el ele­
mento esencial de nuestra vida sobrenatural: es,
im itar al insensato, que arroja al lodo el pan nece­
sario para la subsistencia, perder una Gracia, es
perder á la vez todas las Gracias que hubieran sido
consecuencia de esta prim era; pues la fidelidad á
una prim era G racia, atrae una segunda, y aquélla,
una tercera, y así sucesivam ente; por consiguiente
se pierden con la prim era ¡tesoros!... de los cuales,
sólo Dios conoce el valor.
E l alm a infiel á la G racia, arriesga su eterna
salud. P uestas! como hay en el orden físico, ciertas
causas encadenadas entre sí de tal m anera, que sólo
se llega á la última, pasando por todas aquéllas que
la preceden; de igual m anera hay también en el o r­
den sobrenatural un encadenamiento de G racias, es­
labonadas con nuestra perseverancia final por re la ­
ciones secretas, que nosotros ignoramos. F a lta r una
G racia, es faltar un eslabón; es perder el hilo que
nos conducía al fin; es desviarnos de la senda que

(1) S . Macario.
(2) S . A gustín.
- 29 —

nos llevaba á la salvación, ¿Quién sabe si la Gracia


á que hemos sido infiel, era en los designios de Dios
la Gracia decisiva.., aquélla que había de decidir de
nuestra eternal suerte?
Cuando el E spíritu Santo llama á las puertas de
nuestro corazón, y rehusam os abrirle, se va; cuando
habla y no queremos escucharle, se calla; cuando
hace brillar ante nosotros su refulgente luz, y c e rra ­
mos los ojos, la retira ... (1) ¡Oh, castigo terrible!
«¡Temed (dice S. Agustín), temed dejar pasar la G ra­
cia de Jesús que se presenta á vosotros! Porque en­
tonces el Demonio, qüe se apercibe, multiplica sus
ataques; y el hombre, que no se apercibe, langui­
dece en la indiferencia, que lo conduce á la eterna
muerte.»
Si la G racia, lectores, es la llave del misterioso
templo de la felicidad, si ella nos ha de abrir las
eternales puertas del cielo, justo es, pues, que para
conocerla bien y aprovecharnos de los beneficios
que nos reporta, la estudiemos en todas sus fases.

(i) Apoc. XI, 5 .


CAPÍTULO III

Definición de la Gracia en general

La Gracia, nos es tan necesaria como


la tinta á la pluma; nú podemos escribir
una sola virtud en nuestra alma, si nos
falta la divina Gracia.
S t o . T o m á s.

¿Q ué se e n t ie n d e por d iv in a G r a c ia ?

n socorro ó don íntimo y sobrenatural, que


Dios nos comunica para nuestra salud, por
los méritos de Cristo.» —
La palabra G rada tiene varias significaciones.
Ante todo significa el favor de una persona principal
hacia otra de menor condición. Así se puede decir
que uno goza el favor ó gracia del Rey. En este sen­
tido, dijo el ángel á la Stma. V irgen:—«Has hallado
gracia delante de Dios.»—(I) Además, la palabra
gracia significa con frecuencia una prueba efectiva
de aquel favor ó benévolo sentimiento del principal
hacia el inferior, un beneficio que el primero ha he-

([} S. Luc. I, 30.


— 31 -

cho al segundo por pura bondad y sin estar á ello


obligado. En este sentido, todos los beneficios que he*
mos recibido y recibimos cada día de Dios, cuales­
quiera que sean, se llaman gracias, pues Dios es in­
mensamente superior á nosotros, pobres criaturas,
y no nos debe nada de justicia; por consiguiente,
todo el bien que nos hace es efecto de pura bondad.
Según la diferente naturaleza de estos beneficios, son
llamados: gracias naturales, ó sobrenaturales.
Dones ó Gracias naturales pueden ser llamados
todos los beneficios que Dios nos comunicó por el
mero hecho de hacernos criaturas racionales y ,sen­
sibles, dándonos la vida, las facultades del alma, los
sentidos y fuerzas corporales; como también los be­
neficios que nos ha otorgado y otorga, para que nos
conservemos según la naturaleza, y formemos nues­
tro espíritu, cuales son: la salud, el alimento, el ves­
tido, y otros innumerables.
Se llaman sobrenaturales aquellas G racias que se
refieren á nuestra salvación, las cuales son necesa­
rias al hombre ó le ayudan para alcanzar su fin su­
blime y sobrenatural de contemplar un día en el cie­
lo, como los ángeles, á Dios cara á cara. Las G ra­
cias sobrenaturales se dividen en interiores y exte­
riores; las exteriores, son las que están fuera del
hombre, como por ejemplo la Encarnación del Hijo
de Dios, sus padecimientos, su doctrina, sus ejem­
plos, la institución de los Santos Sacram entos, la
predicación del Evangelio, la intercesión de los San­
tos, y otras. G racias interiores son aquéllas que el
Espíritu Santo, su dispensador, comunica inm edia­
tamente al alma, ilustrándola interiorm ente, santifi­
cándola, fortaleciéndola. Además, las G racias sobre­
naturales, unas son dadas al hombre para operar
con ellas su propia salvación, y otras para promover
— 32 —

la salvación de los prójimos. Estas, son los dones de


lenguas, de milagros, de profecías, &. que se conce­
dieron y conceden á hombres apostólicos para la pro­
pagación de la fe y conversión de los pecadores. Mas,
en el caso que nos ocupa, tomamos generalm ente
la palabra Gracia por aquellos interiores y sobrena­
turales dones, ilustraciones y fuerzas, que son comu­
nicadas á los individuos en particular, á fin de que
puedan alcanzar su eterna salvación. Y este es el sen­
tido ordinario de la expresión Gracia divina, y este
sentido está fundado en las Epístolas de S. Pablo, en
el modo de hablar de los Santos Padres, y especial­
mente de S. Agustín, contra los herejes de su tiempo.
Dios no concede esta G racia á ningún hombre sino
por los méritos de Jesucristo, que por su Muerte y
Redención, no sólo borró nuestros pecados, sino tam ­
bién nos reconquistó los derechos al Reino de los
Cielos (perdidos por el pecado del prim er hombre) y
las G racias necesarias para alcan zarla eterna Bie­
naventuranza. A Jesucristo, pues, debemos todas y
cada una de las G racias que recibimos de Dios.

II

¿Po r q u ié n se nos c o m u n ic a e l fr u to y l a G r a c ia

DE LA D IV IN A R E D E N C IÓ N ?

—«Por el Espíritu S anto.»—


El fruto de la Redención consiste, en que Jesu­
cristo abrió de nuevo el cielo, cerrado por el pecado,
nos mostró el camino para llegar á él, y nos mereció
- 33 -

abundantes Gracias, mediante las cuales, le pode­


mos alcanzar,
Estas Gracias divinas, sin las cualcs no es posi­
ble conseguir la eterna felicidad, las recibimos por el
Espíritu Santo. Por consiguiente, el fruto de la R e­
dención, se nos comunica por el Espíritu Santo. Y en
efecto, en vano nos hubiera Jesucristo redimido de
la pena eterna del pecado; en vano hubiera d erra­
mado su Sangre para abrirnos el Cielo; en vano nos
hubiera merecido fuerza sobrenatural y socorros
para en trar allí; si el Espíritu Santo no nos comuni­
case efectivamente estos dones sobrenaturales de la
Gracia: si Él no nos santificase realmente, nos fo rta­
leciese y vivificase; en una palabra, si nó nos hiciera
capaces de llegar al cielo y poseerle.
Cristo es el autor de nuestra santificación, en
cuanto Él nos mereció y preparó la G racia de ella;
mas el Espíritu Santo se dice santificador, en cuanto
Él, por los méritos de Cristo, nos santifica efectiva­
mente, purificándonos de nuestros pecados y hacién­
donos justos y gratos á los ojos de Dios.
El Apóstol S. Pablo lo declara muy bien, diciendo:
— «Vosotros estáis lavados, santificados y justifica­
dos en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, y en
el E s p ír itu de nuestro Dios»— (1) Como si dijera:
—«Vosotros, ¡oh fieles de Corinto! que antes os
hallabais manchados con vuestros pecados, habéis
sido lavados de ellos por las aguas regeneradoras
del Santo Bautismo, y habéis sido adornados de la
Gracia santificante y de todas las virtudes sobre­
naturales en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo,
esto es, por los m éritos de Jesucristo, y en el E s­
p ír itu de Dios, esto es, por virtud del Espíritu
Santo.» —
(i) I Cor. VI, 1 i. 4
III

¿E n d ó n d e se n o s c o m u n ic a e l fruto ó G r a c ia

d e l a R e d e n c ió n , por e l E s p ír it u S an to ?

—*Se nos comunica en la Iglesia Católica, á la


cual Jesucristo prometió y mandó p ara esto al Es­
píritu Santo.»—
P or esta respuesta, no sostenemos de manera al­
guna, que fuera de la Iglesia Católica no se comu­
nique á los hombres ninguna Gracia; porque si tal
sucediera, los que están fuera de la Iglesia Católica,
no podrían jam ás en trar en ella, puesto que el deseo
de convertirse es ya una especial G racia que les pre­
viene y excita á ello, y sin ese deseo todos los herejes
é infieles se perderían sin remedio. Por eso el P apa
Clemente XI condenó el sostener lo contrario: (l) Por
consiguiente, el sentido de la anterior respuesta es,
‘que sólo en la Iglesia Católica recibe ordinariam ente
el hombre, por el Espíritu Santo, todos los medios y
Gracias necesarios para la eterna felicidad; porque
Jesucristo ha fundado su Iglesia para que ella con­
duzca á todos los hombres sucesivamente á la vida
eterna; y sólo en la Iglesia Católica están deposita­
dos los /tesoros inm ensos... de la divina Redención!
pues á ella sola prometió y envió Cristo al Espíritu
Santo, dispensador de todos los dones sobrenatura­
les; á ella, al Cenáculo, sobre los Apóstoles, descendió
el Espíritu Santo cincuenta días después que Jesu-

( i) Bula U nigénitus. Sept. 1713


— 35 —

cristo por su Resurrección había librado á los hom­


bres de la esclavitud de la muerte.
El día de Pentecostés, fué el día de la publicación
solemne de la Nueva Ley, ó Nuevo Testamento, y en
él, quedó abolido el Antiguo. Entonces se cumplió la
predicción del Profeta jerem ías, que es como sigue:
—«He aquí que viene el tiempo (dice el Señor) en que
haré una nueva aliansa con la casa de Israel y con
la casa de Judá; no como la que hice con sus padres
en el día en que los tomó de la mano p ara sacarlos
de Egipto, alianza que ellos quebrantaron... sino que
la alianza que yo haré con la casa de Israel después
de aquellos días, será la siguiente: Pondré mi Ley
en sus entrañas, y la escribiré en sus corazones; y
yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo.»—(1) Por
eso dice muy bien S._ Ireneo—«En donde está la Igle­
sia, allí está el Espíritu de Dios; y donde está el
Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y toda la
Gracia. »—
Según observa S. Agustín (2) porque en el Ce­
náculo de Jerusalén estaba entonces reunida toda la
Iglesia, toda ella recibió allí al Espíritu Santo. Y
entonces como al presente, vemos á toda la Iglesia
Católica visible, unida en la Fe, en la confesión de la
D octrina de Jesucristo y en unánimes súplicas, bajo
la dirección de su Cabeza visible establecida por
Cristo; es decir, deS. Pedro y de sus sucesores. Por
los Apóstoles, como por otros tantos Maestros, S a­
cerdotes y Prelados de la Santa Iglesia, ordenados
por el Hombre-Dios, y por medio de sus legítimos
sucesores, el Espíritu Santo, que entonces apareció
á la Iglesia naciente, había de ser ¡siem pre..! comu-

(I) Jerem . X X X , 31-33.


(z) I Serm. in P ent. .
- 36 -
nicado á todos los fieles en p a rticu la r hasta el fin de
los siglos. Tal fué la voluntad de Jesucristo, que al
fundar su Iglesia, quiso establecer una institución
de salud, que durase hasta la consumación de los
siglos; y este divino Fundador, que al principio le
envió al Espíritu Santo, sabía muy bien que sus fieles
necesitarían del mismo divino Espíritu en todos los
tiem pos... para que permaneciesen unidos con El y
con el Padre, y llegasen á la vida eterna.

IV

¿Qué G r a c ia s d ispe n sa e l E sp ír itu S anto

Á la Ig l e s ia C a t ó l ic a ?

- « É l 1a enseña, la santifica y la gobierna de


una m anera invisible hasta el fin del mundo,»—
1.° E l E s p ír itu Santo enseña á la Iglesia.
Esto es lo que prometió Jesucristo á los Apóstoles
destinados al oficio público de Maestros de las n a­
ciones, diciéndoles:—«Yo rogaré al Padre, y Él os
dará otro Consolador, para que perm anezca con
vosotros eternamente el Espíritu de verdad que el
mundo no puede recibir; Él mismo os enseñará
todas las cosas... os enseñará toda verdad. (I)
Según esto, es indudable que el Espíritu Santo, á
quien Jesucristo llama aquí Espíritu de verdad, per­
manece eternam ente en la Iglesia; que Él la instruye
y am aestra en toda verdad; que Él le manifiesta, la
inspira, la hace leer, y en algún modo pone en boca

(i) S. Joan X I V . 16, 17, 26: X V I, 13.


— 37 -

de ella, todas las verdades enseñadas por Cristo,


toda la pura D octrina de Cristo, Así escribe el A rzo­
bispo Fither de Rochester, tan sabio como piadoso,
y luego m ártir de la fe bajo Enrique VIII de Ingla­
te rra :—«El Espíritu Santo es, pues, el M aestro in v i­
sible de la Iglesia. Él ilumina A los que tienen el
cargo de conservar la pureza é integridad de la
revelación cristiana, de desenm ascarar los sola­
pados errores y dar una decisión definitiva é infa­
lible en las controversias de la fe. Él ayuda también
al pueblo cristiano para que sea conservada fiel­
mente en los corazones la doctrina recibida de los
Apóstoles y de los Santos Padres, y para que se
transm ita de generación en generación hasta el fin
del mundo; puesto que el mismo Espíritu que adoctri­
n a Á la Iglesia continuamente en las verdades de sa­
lud, las escribe también en los corazones de los fieles
y despierta y conserva en ellos aquel recto sentido
de fe, aquel profundo y seguro sentimiento que suele
ordinariam ente llamarse unción del E s p ír itu S a n ­
to, (1); aquel sentimiento que, arraigado en las ver­
dades cristianas, se indigna contra toda novedad de
doctrina y aborrece todo lo que tiende, aunque sea
de lejos, al error en la fe.
2.° E l E s p ír itu Santo santifica á la Iglesia.
Lo que es el alma para el cuerpo del hombre {dice
S. Agustín), esto es el Espíritu Santo para el Cuerpo
(místico) de Cristo, que es su Iglesia; y lo que hace
el alma en todos los miembros del cuerpo humano,
la cual dá á todos á un mismo tiempo vida y creci­
miento, esto mismo hace el Espíritu Santo en la Igle­
sia. Él comunica á todos sus miembros la vida de la
Gracia/ de Él refluye toda la v irtu d sa n tifica n te á

(t) I S. Joan. IT, 20, 2 ; .


— 38 —

todo el misterioso Cuerpo místico de Cristo, como


las naturales espíritus vitales del corazón,á todos los
miembros del cuerpo humano. Él es, por decirlo así,
como la pulsación de la Vida Divina en el justo, y de
aquel santo am or que anima A las almas esposas de
Cristo. Por lo cual debemos decir, que el Espíritu
Santo es el A utor de todos los dones y virtudes so­
brenaturales que desde el principio se hallaron en
todos y en cada uno de los miembros de la Iglesia, y
que aún se hallan en ella: el A utor de toda santidad
y de todo aumento de ésta en los fieles, pues todos los
numerosos medios de salud y santificación que hay
en la Iglesia de Cristo, reciben su virtud y eficacia de
este Espíritu de santidad. Por esto la Santa Iglesia,
al bendecir las aguas bautismales, con especialidad
el Sábado Santo, clama por tres veces y en alta voz
diciendo:—*Descendat in hanc p lem tn d in em fo titis
v irtu s S p ir itu s Sancti,»—Por esto Cristo comunicó
á sus Apóstoles el Espíritu Santo al conferirles la po­
testad de perdonar los pecados.(I) Así S. Juan Cri-
sóstom oven su discurso del día de Pentecostés, llama
la atención de los fieles sobre el poder de perdonar
los pecados,sobre la virtud de la consagración sacer­
dotal, sobre la admirable Transubstanciación en el
Santo Sacrificio de la Misa, para m ostrar que el E s­
píritu divino está en la Iglesia y la santifica.—Añá­
dese, además, q u eá la eficacia santificante del Espí­
ritu de caridad, debe la Iglesia de Cristo aquellos
actos heroicos de am or de Dios y del prójimo que se
practicaron en todas partes y en todos los tiempos, y
aún ahora se practican por tantos de sus hijos; que
al mismo Espíritu de caridad divina debe la Iglesia
Católica la innum erable muchedumbre de heroicos

i ií J o a n X X , 21
— 39 -

m ártires, y el coro de innumerables vírgenes, puras


como los Angeles; y el sinnúmero de confesores de
toda edad y condición, que en el curso de los siglos
resplandecieron sobre la tierra; y aquellas piadosas
Ordenes y Congregaciones religiosas que se consa­
graron, y todavía se consagran voluntariam ente á
la perfecta imitación del Salvador, en la pobreza, en
los desprecios y en los sufrimientos, y llegan á h a ­
cerse vivas imágenes de Jesús, pero de Jesús C ruci­
ficado. Por esto sólo la Iglesia Católica puede p re ­
sentar tales dechados de virtud y ornatos de santi­
dad, porque en ella sola, tiene siempre su m orada el
Espíritu Santo.
3 .°. E l E s p ír itu Santo gobierna la Ig lesia .
—«Nadie duda (dice el citado Arzobispo de Ro-
chester), que la Iglesia está regida por el Espíritu
Santo, sino sólo nquél que se ha separado de la fe en
el Evangelio de Cristo,» —Es verdad que Jesucristo
es la Cabeza invisible de la Iglesia que ÉL fundó, y
que, como tal Cabeza, la rige y gobierna de una m a­
nera invisible; pero también lo es, que lo hace por
medio del Espíritu Santo, que de Él procede como
del Padre, el cual nos envió, y es su Espíritu.
Cuando los Apóstoles, en el Concilio de Jerusálén,
prescribieron algunas ordenaciones para los fieles,
lo hicieron con estas palabras: —«Nos pareció, alE s-
píriru Santo y á nosotros, el no imponeros o tra car­
ga, que estas cosas necesarias, &.»—(1) Del mismo
modo el Apóstol S. Pablo exhorta á los Prelados de
la Iglesia de Efeso.—«Atended á vosotros y á todo el
rebaño, en el cual el E spíritu Santo os puso por
Obispos*.—(2) Por esto S. Juan Crisóstomo, dijo:—

(i) H ech. A p, X V , 2S. - --■·


{2) H ecb, A p , X X , 28.
- 40 -
«Si nó hubiese Espíritu Santo en la Iglesia, tampoco
habría en ella Pastores ni Maestros.»—Mediante,
pues, esta benigna dirección del Espíritu Santo reinó
y reina en la Iglesia Católica, extendida por toda la
tierra, el más bello orden y la más estrecha unión
con la Cabeza visible, que es el Sumo Pontífice ro­
mano, y con la invisible, que es Cristo, Señor nues­
tro, por quien (y por su Espíritu) todo el Cuerpo es­
tá compacto y unido... y recibe aumento para su
edificación en la Caridad.»—(1) A la misma direc­
ción del Espíritu de Cristo se debe el que, A pesar de
que en todo tiempo hubo hombres débiles y aún poco
edificantes que han adm inistrado la Iglesia en su ofi­
cio de Pastores y Prelados, sin embargo, en cuanto
á la fe y las costumbres, no prescribieron cosas que
estuviesen en oposición con las instituciones y leyes
de Cristo.
A la misma dirección divina se debe, que, si en
el curso de los siglos aquí y allá hubo lamentables
abusos, éstos no fuesen ni excitados ni promovidos
ni aprobados por la Iglesia. Y sí, en fin, á pesar de
todas las persecuciones, y poderosos asaltos de sus
enemigos, si á pesar de los obstáculos y asechanzas
que le ponen en el camino algunos de sus hijos deje-
nerados, vemos que la Iglesia Católica recorre el Uni­
verso con resplandor siempre creciente, dispensan­
do en todas partes beneficios y bendiciones celestia­
les; hay necesidad de confesar que es el Espíritu
Santo el que la conduce poderosa y suavemente, que
Él es el que le abre los corazones, que Él es quien
por su poderoso auxilio hace que esta Iglesia inerme
alcance la victoria sobre todos sus enemigos y p er­
seguidores.

(i) Epb. IV, 16.


— 41 -

¿Q ué G r a c ia s en general d isp e n sa el E s p ír it u

S anto á las a lm as?

—«Las ilum ina, santifica, fortalece y consuela,


por lo cual se llama, no sólo Santificador} sino tam ­
bién Consolador.»
1,° El E sp íritu Santo ilum ina nuestro entendi­
miento para que, mediante la luz de la fe, conozcamos
lo que es bueno verdadero y saludable. Pues sí el E s­
píritu Santo no manda un rayo de luz A nuestro enten­
dimiento, poco efecto produce en nosotros la palabra
del predicador; porque aunque tengamos una exce­
lente inteligencia, y poseamos todas las ciencias, no
podemos sin ayuda del Espíritu Santo llegar á la fe
cristiana, y menos á la vida eterna.—El ejemplo de
los Apostóles nos dem uestra esto más claram ente
que la luz del día. Ellos habían oído durante tres
años las más sublimes verdades de boca del mismo
Jesucristo, su divino Maestro; el Hombre Dios se las
había declarado y hecho palpables por medio de
comparaciones y parábolas, y sin embargo, con res­
pecto á las cosas divinas perm anecían tan ignoran­
tes que, aunque les había hablado en los términos
más expresivos de la obra de su Redención, de sus
futuros padecimientos y de su m uerte,—«Nada de
esto entendieron»—(l) Y no sólo no entendieron, sino
que de ello—«se escandalizaron»—(2) Poco antes de

(1) S. Luc. X V III, 34.


(2) S. M atth.XVI, 23.
— 42 —

su pasión, Jesucristo les había dicho:—«Yo tengo


otras muchas cosas que deciros, mas ahora no las
podéis comprender;»—(1) esto es, sois todavía dem a­
siado terrenos para comprender las cosas de Dios.
Y aún después de la Resurrección m ostraron tan
singular falta de conocimiento de las cosas divinas,
que bien podían cuadrar á todos los Apóstoles las
palabras que Jesucristo dirigió á los dos discípulos
de Em aus;—«¡Oh necios y tardos de corazón!» —
Mas, cuando el Espíritu Santo bajó sobre los
Apóstoles, entonces entró en el espíritu de éstos
el Sol de las divinas verdades, y por medio de
ellos, ilum inó al mundo sentado en medio de las ti­
nieblas de la gentilidad. Desde entonces todos los
sabios de todos los siglos pudieron ser escolares de
los antes ignorantes pescadores de Galilea, y algu­
nas líneas de las Epístolas de éstos encierran, sobre
Dios y sobre las cosas divinas, más completos cono­
cimientos que todas las voluminosas obras de todos
los filósofos anteriores y posteriores á Cristo.
2.° El E sp íritu Santo santifica nuestras alm as}
—pues, como ya se ha dicho, El es el autor de toda
santidad, y dispensador de todas las Gracias, que
conducen á la santidad y la completan y conservan.
—“Por el E spíritu Santo {dice S. Juan Crisóstomo)
alcanzamos el perdón de nuestros pecados; por Él
somos purificados de todas las manchas de los v i­
cios; por sus dones los hombres que se abandonan á
la dirección de la G racia se hacen Ángeles, no por­
que cambien de naturaleza, sino, lo que es más ad­
mirable, porque permaneciendo hombres, se hacen
puros y santos como A ngeles... Por la G racia del
Espíritu Santo el hombre, que poco antes estaba

(r) S, Joan. X V I, 1 2.
- 43 -
manchado por el cieno del pecado, se hace más claro
y resplandeciente que el sol"— (1).
Y en efecto ¿quién no ve, con solo el ejemplo de
lo ocurrido con los Apóstoles, la maravillosa virtud
del Espíritu Santo, p ara purificar y transform ar á
los hombres? Aquellos mismos discípulos de Jesús
que poco antes aparecían débiles, terrenos y muy
imperfectos, se presentan ahora por todas partes
como estrellas resplandecientes, como dechados del
más puro amor de Dios y de inflamado celo por su
gloria. Como vasos de santidad, esparcen por todo
el Universo el buen olor de Jesús crucificado; y como
transform ados en Cristo por sus celestiales senti­
mientos y por su conducta, cada uno de los Apósto­
les puede decir con S. Pablo:—“Sed mis im itadores
como yo lo soy de Cristo."— (2). —“Con Cristo estoy
crucificado; yo vivo, mas no yo, sino Cristo es el que
vive en m í.J— (3).
3.° El E sp íritu Santo fortalece nuestra volun­
ta d , según la promesa de Cristo: —“Recibiréis la
virtud de lo alto ·'—(4). Sin la G racia del Espíritu San­
to, el hombre, enfrente de los enemigos de su salud,
es sólo pura debilidad y flaqueza. Columnas que por
su solidez y firmeza parecían poder sostener la bó­
veda del firmamento, se tam balearon como cañas y
vinieron á tierra; héroes que hacían huir delante de
sí, como rebaños, á los pueblos con sus reyes, á la
m anera que los lobos dispersan las ovejas, fueron la
flaqueza misma cuando se trató de com batir sus pro­
pias pasiones; la ira, la sensualidad, la ambición,

( 1) H om . 3 in Pentec.
(2) I Cor., IV , 16.
(3) Gal. II, 1 9, 20.
(4) Iiecb . A p ,, I, 8.
- 44 -
dirigieron despóticamente todos sus pasos. Al con­
trario, por la G racia del Espíritu Santo, el más
cobarde se convierte en héroe, el más débil en gi­
gante, el pastorcillo en triunfador de Goliat.
Con razón observa S. B ernardo:—uPor la G racia
del Espíritu Santo se hace el hombre como de acero,
intrépido é invencible contra todas las tentaciones y
persecuciones.“—Por ésto dijo Salomón:—“El justo
confía como león, y está sin te rro r“—(1). Sobre lo
c u a l,. recordemos lo que acabamos de notar con
respecto á los Apóstoles, antes de recibir la v ir­
tud de lo alto. S. Pedro, á pesar de su solemne y por­
fiada pretensión de ser el más valeroso de todos,
vaciló y cayó á la voz de una criada; todos los de­
más huyeron cuando vieron preso á su Señor, y des­
pués de la muerte, y aún después de la resurrección
de Jesucristo, no tuvieron más ánimo que para reu ­
nirse en un salón retirado y á puertas cerradas por
temor de los judíos. Pero después de la venida del
Espíritu Santo, y con la virtud y fortaleza que Ies
comunicó, ya no conocieron ni temor ni vacilación,
y con ánimo intrépido recorrieron todas las nacio­
nes de la tierra, menospreciaron torturas y cadal­
sos, y tuvieron por ganancia m orir por Cristo.
4.° El E sp íritu Santo nos consuela en todas las
angustias, penalidades y trabajos de esta p eregrina­
ción terrena. Por eso Jesucristo llamó Consolador al
Espíritu que prometió enviar; y también la Iglesia,
en su himno lleno de unción, le llama: —“Óptimo
Consolador, dulce huésped del alma, suave refrige­
rio. •‘—El Espíritu Santo consuela nuestras almas,
inspirándolas segura esperanza del perdón; é infun­
diéndolas la paz de Dios, cuyo goce supera á todos

(i) P rov. x x v n r, t.
— 45 —
los goces de los sentidos (1). Las consuela en las p er­
secuciones y padecimientos, derram ando en ellas el
bálsamo de su Gracia y llenándolas de ¡tal alegría
espiritual! que pueden exclam ar con el Apóstol:—
“Él es el que nos consuela en todas nuestras tribula­
cio n es“—(2) Y luego añadir: —“Estoy lleno de con­
suelo; sobreabundo de gozo en todas mis tribulacio­
nes“—(3).
Estas y otras cosas obra en nosotros el E spíritu
Santo, con las variadas G racias que nos dispensa
para nuestra salvación. La G racia con que nos san­
tifica, se llama Santificante; otras con que nos auxi­
lia, se llaman Actuales, porque obran en el alma
como de paso, ó como un rayo de luz que disipa las
tinieblas del espíritu, ó como una voz que exhorta,
amonesta, da impulso, ya suave, ya fuertemente, ha­
cia el bien; ó como voz que am edrenta al pecador, y
luego calla. De estas diferentes Gracias, tratarem os
más por extenso en la segunda parte de este libro.
Además hay los que se llam an—“Siete Dones del E s­
píritu Santo“—y los Doce F rutos, de los cuales h a ­
blaremos en la tercera y cu arta partes.

(1) Phil. IV, 7.


(2) II Cor., i, 4·'
(3) I I Cor., V I I, 4.
CAPÍTULO IV

La Vida Divina en el Hombre

— -Yo Sí'iy el A lpha y lo G m ega; el p rin ­


cipio V el fin. J V1¿faré de baldr. 4· bebert a l
5>k? ¿ itrífr e s rd .,. d i la F u tn te d e l A g u a d¿
IV:/a,i
A coca lipsis X X I —6. ■

En la interpretación de la E scritura, hallamos la


verdadera naturaleza y dignidad del hombre. Estas
palabras:—uIn sp iró D ios en la fren te del hombre el
esp íritu de v i da, y quedó el hombre hecho un alma
vivien te con vida racional·1—(1) nos revelan la exis­
tencia de una fuerza simple, subsistente, inteligente
y libre, forma del cuerpo humano y principio en
nosotros de toda actividad. E stas otras palabras:—
“Hagamos el hombre á nuestra im agen y semejan­
z a “—(2) nos hablan de la belleza arquitectural, ope­
rante, y fisionómica de nuestro cuerpo; de la belleza
intelectual y moral de nuestra alma; de la belleza
social de la humanidad; de la grandeza del hombre
con relación al espacio, al tiempo y á los reinos infe­
riores de la creación. Mas jay! todo esto es ¡nada! si
lo comparamos con el misterio profundo y sublime,
con que Dios ha coronado la obra de los prim eros
días. E l Altísimo, entrando en consejo consigo mis-

( i) Gen, l í , 7.
iz] G en. I, z 6 .
— 47 -
mo, dijo: —“H agam os al hombre á nuestra im agen y
s e m e ja n z a — pero ¡ah! vosotros no conocéis aún
toda la magnitud é inmensidad de su designio.—
“Dejó Dios caer de sus divinos labios, un soplo de
v id a , sobre el obscuro barro que sus augustas manos
acababan de form ar;“— pero, vosotros no com pren­
déis aún todo lo que había en aquel soplo divino.
¡Oh prodigio de poder y de amor!,.. En aquel soplo
de vida, iba la semejanza de Dios hasta la p a r tic i­
pación de su propia naturaleza, que el divino H a­
cedor quería imprimir en nuestras almas; iba... ¡la
vida de Dios!... que éste adorable Señor quería co­
municarnos. En una palabra: Dios hizo del hombre
un sér divino.
E sta última frase, lectores, nos revela un estado
que comunica á las grandezas y á las herm osuras
de la naturaleza, un esplendor incomparable é ines­
perado; esa frase, nos transporta y rem onta á un
orden superior, cuyos elementos constitutivos es
indispensable conocer; porque él corona la obra
divina, y cambia completamente su aspecto.
Veamos, pues, l . n: A qué fin se relaciona en el
plan de Dios, la comunicación de su vida.
2.° En qué consiste esa comunicación.

¿A QUÉ FIN SE O RDEN A E N E L F L A N D E D lO S

L A COMUNICACIÓN D E SU VIDA?

Hay un proverbio que dice: —“En toda cosa es


necesario tener en cuenta el fin.*1— He ahí la tra ­
- 48 -
ducción popular de un axioma de la sabiduría E ter­
na, Dios, al decretar la existencia de un sér, ve el
último término donde éste debe llegar, y á ese té r­
mino, ordena los medios que deben, después de una
sucesión más ó menos larga de operaciones y por
una operación suprem a, poner al sér operante en
posesión de su íin. Un sér operante, un fin, medios
para obtener ese fin: ahí tenéis los tres elementos
constitutivos de todo orden. Los encontraréis en
todas partes: en la gravitación de un átomo, en la
germinación de una pequeña semilla, en la vida
de un insecto, en el movimiento general del cosmos,
pero aún más visibles, porque están más próxi­
mos á vuestra conciencia, en la economía de este pe­
queño mundo que se compone de vosotros mismos.
Vosotros sois seres activos, y lo sabéis, porque lo
sentís; vuestra actividad no se asemeja á la de
aquellos cuerpos á quienes prestan sus movimientos
fuerzas exteriores, pues es de adentro, de lo íntimo
de vuestra substancia, de donde parte el impulso por
el cual se manifiesta vuestra vida. Seres activos,
tendéis hacia un fin; pero no al de los vivientes,, que
sólo tienen sentidos que satisfacer, sino al de los
espíritus, pues vosotros sois espíritus. La Verdad
y el Bien, son el sustento cotidiano que os debe ali­
m entar, hasta que perfectos y beatificados, los po­
seáis con una plenitud que sacie para siempre vues­
tros deseos. P ara conocer la verdad, estáis dotados
de inteligencia; para am ar el bien, estáis dotados de
una voluntad libre; y no obstante, por grandes y
rápidos que sean vuestros progresos en el conoci­
miento y en el amor, no os satisfacen... pues la ple­
nitud á que aspiráis, sólo se encuentra en la fuente
misma de la verdad y del bien. A hora vais “m ar­
chando por el cam ino“ por eso la Teología ha llam a­
- 49 -
do con razón á vuestro estado actual— peregrina-
ción“— 'el cam in o “—Cuando lleguéis, el m anantial
de la verdad y del bien, Dios, colmará el hondo abis­
mo de vuestros deseos; y entonces reposaréis... y se­
réis felices...
Pero ¿en qué condiciones se efectuará la comuni­
cación final de Dios? Evidentemente, en condiciones
que m antengan la proporción entre los tres elemen­
tos del orden: vosotros sois agentes naturales, no
usáis más que medios naturales, por consiguiente,
vosotros no esperáis finalmente á Dios más que de
una m anera natural: es decir, por mediación de cria­
turas, más luminosas si queréis, más agradables,
más próxim as por similitud á la belleza eterna, más
capaces de satisfacer vuestros deseos, que se han he­
cho más impei'iosos y vastos en el término de vues­
tro camino, pero siempre colocadas á una distancia
inmensa de la Esencia divina, y siempre ejecutando
obras en las cuales, conocéis y amáis al A rtista Su­
premo, pero sin jam ás verlo ni poseerlo.
Tal es el orden natural, orden necesario en todos
sus elementos, pues Dios no puede crear, sin orde­
nar á Él, por el conocimiento y el amor, lo que ha
creado.
Este orden natural, al cual se relaciona todo
cuanto hay de armónico en el mundo y de bello y
grande en la humanidad, no es la obra entera de
Dios; es únicamente la m ateria y el cimiento de un
orden superior, mediante el cual, el C reador tiende
á unir (cuanto es posible) á su divina Esencia, toda
la creación. Este orden se llama —“sobrenatural^·1—
Fijémonos bien en esta palabra, pues tocamos á
un misterio, que ha ejercitado en todo tiempo la sa­
gacidad y la penetración de los más profundos teó­
logos; á un misterio, que apareciendo sin cesar en
5
- 50 —
la exposición del Dogma católico, tiene necesidad de
ser claram ente definido.
Toda naturaleza creada, tiene sus leyes constitu­
tivas, en virtud de las cuales existe y opera; y por
encima de las cuales le es imposible elevarse por su
propio impulso. Si por intervención de una fuerza
superior, esta naturaleza transform ada adquiere
una m anera de ser más noble, ejecuta operaciones
de un orden más elevado, que las que se desprenden
norm alm ente de sus facultades originales; entonces,
puede decirse que está sóbrenaturalisada.
Así la m ateria inorgánica, es sobrenaturalizada
por la vida vegetal; la vida vegetal, por la vida ani­
mal; la vida animal, por la vida racional. En este
sentido puede decirse que el mundo entero está ya
sobrenaturalizado por el hombre; puesto que el hom­
bre reúne bajo la acción de una misma fuerza, y en
la unidad de una misma substancia, todas las n atu ra­
lezas inferiores á la suya, ¿Hay en alguna parte una
fuerza creada, capaz de asir, de transform ar, de so-
brenaturalizar al sér humano? Vosotros, lectores,
podréis suponer que sí; podéis im aginar en la crea­
ción una serie indefinida de fuerzas que se sobrepo­
nen, de las cuales las superiores, son sobrenaturales
con relación á las inferiores. Mas, yo os advierto,
que no es en ese sentido, puram ente relativo, en el
que debemos entender lo sobrenatural, si hemos de
seguir las enseñanzas de la inm ensa m ayoría de los
teólogos. Lo sobrenatural, es algo absoluto, algo
eminente y excelso que domina, y excede infinita­
mente de todo sér real y posible, de toda naturaleza
creada y creable. En una palabra, el ser verdadera­
mente sobrenatural, es Dios. Toda progresión co­
municada por sér creado, por larg a y perfecta que
se la suponga,, no podrá hacer más que llegar á una
- 51 —
distancia inmensa del Sér necesario. Este, existe
por Sí mismo; su fin inmediato y supremo, es, Él
mismo; se mueve por Sí mismo y en Sí mismo; se
posee Él mismo y por Él mismo; Él es su propio
agente, su propio medio, y su propio fin : todo un
Orden que nosotros adoramos bajo los nombres ve­
nerables é incomunicables de Eterno y Divino.
Este Orden se basta á sí mismo, y abastece á to ­
dos los demás. De él proviene toda naturaleza, y á
este célico m anantial debe volver el curso de su co­
rriente, la naturaleza que quiera ser sobreñaltura li­
sada en toda la acepción de la palabra.—¿Qué quiere
decir esto? ¿Podremos salvar los inconmensurables
abismos que separan lo limitado de lo infinito? ¿Lo­
grarem os ir A vivir en ese Océano inaccesible de per­
fección y de bienandanza? Pero, entonces ¿nos tro ­
caremos en seres divinos?—¡Oh! sí, lectores. ¡Dios,
lo ha querido así,,.! La pacífica soledad en que se
contempla, se admira, se ama, se bendice y se glo­
rifica eternamente, le basta para su bienaventuran­
za; pero su bondad le ha determinado, A difundir la
vida fuera de sí. Ha creado, y en su acto creador ha
puesto ¡tanto amor...! que el sér arrancado á las en­
trañas de la nada, debe, obedeciendo á la fuerza de
atracción que lo llama hacia su último término, ir
hacia Dios hasta llegar á unirse con la Esencia di­
vina.
Dios—principio, nos ha hecho p ara É l —“P roter
sem etipsum u—¡de tal manera! que nuestra alma vive
sufriendo, hasta que reposa en Él. Nosotros podría­
mos gozar de ese reposo contemplando, á través del
prisma d élas perfecciones creadas, la refracción de
las perfecciones increadas; que es todo, cuanto de­
manda nuestra naturaleza; pero Dios, según la bella
y persuasiva expresión de un gran santo, vió que la
— 52 —
naturaleza era una nodriza harto mezquina, p ara dar
á su am ada criatura la leche de la felicidad; y ]oh
bondad! nos atrae á su seno, á fin de alimentarnos
de su propia substancia.
La fe nos asegura—“que le veremos cara á cara y
tal cual es“— sicn ti est: Sér sin principio, y Fuente
de todo sér; Simplicidad perfecta, y Plenitud inñnita;
Unidad indivisible, y Multiplicidad misteriosa: P a­
dre, Hijo y Espíritu Santo. Lo veremos y lo am are­
mos, comunicándose con nosotros de Esencia á
esencia. Es decir, que Dios quiere ser nuestro fin,
como es el fin de Sí mismo; con la sola diferencia de
que Él es su propio fin, por naturaleza y por nece­
sidad; y que sólo puede ser el nuestro, por un don
g ra tu ito . He ahí, lectores, lo que yo llamo — 'la ver­
dad fundam ental del orden sobrenatural.“—
[Atención! aquí es donde debe aplicarse el axio­
m a que dice:—“El fin ordena los medios.“—La dicha
nos espera, no en un objeto creado y finito represen­
tando, con un brillo que excede á todos los esplen­
dores de la naturaleza actual, la perfección infinita;
nó, así nó: la dicha, la felicidad nos espera ¡en lo In­
creado,.,! ¡en lo Infinito...! Nuestro fin, es propia y
absolutamente sobrenatural; luego los medios para
alcanzar ese nuestro fin, deben ser propia y absolu­
tamente sobrenaturales. Yo bien sé, que hay algunos
filósofos y algunos hombres honrados (quizá voso­
tros seréis de este número) que aceptan la proposi­
ción católica del fin último, y que im aginan poder
entrar en posesión de este fin, sin que nada cambie
en su naturaleza. Estos, se engañan en grado super­
lativo; y se engañan, porque olvidan lo que son, y no
reflexionan. Una simple ojeada echada con detención
sobre nuestras facultades, nos revela inm ediata­
mente la inmensa desproporción que existe entre la
— 53 —
visión intuitiva de la Esencia divina y nuestra m a­
nera natural de conocer. Los objetos de nuestros
conocimientos, están en nosotros, y los vemos, no
por una intuición inm ediata de nuestra substancia y
de sus modificaciones, sino por representaciones
ideales, por formas ó especies inteligibles que crea
la fuerza activa de nuestro espíritu, después que
éste ha recibido las formas im aginativas. P ara que
nuestra naturaleza, sin sufrir ninguna transform a­
ción, fuera apta p ara ver la Esencia divina, sería
preciso, ó que la fuerza activa de nuestro espíritu
pudiera crear especie inteligible adecuada á esta
Esencia, ó que esta especie, creada por Dios mismo,
fuera presentada á nuestra inteligencia. Imposibili­
dad absoluta de ambas cosas: de nuestra parte, im­
posibilidad de crear una forma inteligible que re p re ­
sente la Esencia divina, sin haber visto anterior­
mente esta Esencia, lo cual constituye en la presen­
te cuestión, una petición de principio; de parte de
Dios, imposibilidad de crear una forma inteligible
que represente adecuadam ente su Esencia, porque
esta Esencia es infinita, y porque todo sér creado
(cualquiera que sea) substancia ó forma, no recibe
nunca del acto creador más que una naturaleza limi­
tada. De lo cual debemos sacar la siguiente conclu­
sión:—“no nos es posible ver naturalm ente á Dios tal
cuál e s “—
Yo podría aducir otras razones: podría por ejem­
plo haceros ver que, si hubiera una proporción n a­
tural entre nuestras facultades y la visión inmediata
de Dios, deberíamos desde ahora gozar de esta
visión, siempre que no fuéramos deformes, como
seríamos deformes si estuviéram os privados del co­
nocimiento de la verdad, objeto natural de nuestra
inteligencia. Yo podría dem ostraros también, que
- 54 -
la visión natural de la Esencia divina supondría una
relación necesaria entre el Creador y la C riatura, y
haría de nosotros seres necesarios como Dios, unido
todo en lo infinito: fin, medios y agente. Yo podría
por último, llevaros hasta esta conclusión de Santo
Tomás: —“El bien que Dios nos ha prometido ¡exce­
de de tal m anera toda proporción con la naturaleza!
que nuestras facultades naturales, bien lejos de po­
der conseguirlo, no pueden siquiera concebirlo sin
desearlo,“—(1) Conclusión justificada, por estas pa­
labras, tan conocidas de San Pablo:—“Ni el ojo del
hombre jam ás vió, ni su oído jam ás oyó, ni su cora­
zón jam ás concibió, la felicidad que Dios prepara á
los que le am an“—(2). Pero yo no quiero detenerme
más en la metafísica, tengo bastante con la prueba
experim ental que me suministra la simple inspec­
ción de nuestras facultades, en el acto del conoci­
miento. Esta prueba, nos conduce fielmente á la
proposición que he formulado antes:—“Nuestro fin
es propia y absolutamente sobrenatural, por consi­
guiente, el medio para conseguir ese ñnJ debe ser
propia y absolutamente sobrenatural. Contar para
alcanzarlo, sólo con la naturaleza, es (permitidme
esta comparación familiar), es intentar subir á la lu ­
na; más claro, es desconocer una verdad elemental,
que puede form ularse así: “Los medios son necesa­
riam ente proporcionados al fin, y comprendidos bajo
la misma calificación, porque pertenecen á un mis­
mo orden,“
Me preguntaréis, lectores, cuál es el medio pro­
porcionado á la visión y á la posesión de la Esencia
divina, como objeto de nuestra bienaventuranza. Y

(1) De veritate X IV , a. II.


(2 ) 1 Cor,, cap. II, 9.
- 55 —
os responderé, que no conozco otro más que la
misma divina Esencia. Dios se ve, se posee, es por
Sí mismo, naturalmente bienaventurado, Su Esencia
es el objeto de su visión, de su posesión y de su
bienaventuranza, porque es su mismo medio; y, re­
cíprocamente es su medio, porque es su objeto; fin y
medio son una sola y misma cosa, un solo y mismo
Sér. De lo cual se desprende rigorosam ente, que si
nosotros somos llamados á ver y á poseer á Dios, y
A ser dichosos en Él y por Él, esto no puede efec­
tuarse más que —“por una transform ación de nues­
tra naturaleza} participando de la Esencia, de la
N aturaleza y de la Vida de Dios.“—
¿Cuándo se efectuará esta transformación? ¿Será
en el instante supremo en el que, vencedores del
tiempo, y franqueando el um bral de la eternidad,
vayam os á recoger el fruto de nuestras terrestres
labores:1Nó, lectores. El fia, antes de ser poseído
por el último acto, debe ser ¡merecido!... por actos
ejecutados durante los días de prueba; sin lo cual,
la Sabiduría divina sería defectuosa, pues no habría
arm onía entre la vida hum ana y su term inación. La
naturaleza por sus propias fuerzas, no es capaz de
merecer un fin sobrenatural que tampoco es capaz
de poseer. Es indudable que la naturaleza puede
hacer algo; pero no todo. Así como el agua puede
hacer algo, para mover esas tan potentes máquinas
que vemos correr de un extremo á otro del mundo:
sin el agua, el fuego se agitaría en vano en el fogón
entre el combustible que devora; pero ella no lo
puede todo, es preciso que el fuego la penetre, la
dilate, la evaporice, la transform e... entonces es
cuando sintiéndose comprimida, halla estrecho el
seno de bronce que la tiene cautiva, y empuja con
grande fuerza el talón del gigante que lo pone todo
en movimiento.
— 56 -
L a naturaleza humana, puede también algo.
Exenta de las trabas de esa necesidad sin gloria que
im pera sobre los seres inferiores, produce desde
luego con sus propios recursos, un acto libre; pri­
m er é indispensable elemento de todo mérito. En se­
gundo lugar, ejecuta un acto bueno; es decir, un ac­
to aprobado por la conciencia y conforme con las
santas prescripciones de las leyes eternas; el único
que, en todo estado, la equitativa liberalidad de
Dios, puede recom pensar. En tercer lugar, puede
desapropiarse, digámoslo así, del acto que ejecuta,
para someterlo al soberano dominio de Dios y aco­
modarlo únicamente á su gloria. En fin, ella opera
durante el tiempo de la prueba; pues pasada la prue­
ba, no puede ya m erecer ningún bien. He ahí todo el
poder de la naturaleza, Y bien lectores, ciertam ente
es muy poca cosa, para el fin que se trata de obte­
ner. L a Iglesia nos lo enseña (1) y la razón nos lo
prueba, por boca de Santo Tom ás.—“Una de las con­
diciones del mérito (dice) es que regle la recom pen­
sa de su acción, una preordenación divina; pues
siendo Dios el m anantial de todos los bienes, á Él le
pertenece armonizarlos y distribuirlos. Sabio como
es, guarda exactam ente las proporciones en todas
las cosas; y no concede jam ás al acto de una poten­
cia inferior, una recompensa de orden superior. Por
consiguiente, como la recom pensa que nos está pro­
metida es un bien que excede toda proporción con la
naturaleza creada, hasta el punto, que nosotros no
podemos tener de ella por nosotros mismos ni el co­
nocimiento ni el deseo; es necesario creer, que, ni
nuestra naturaleza, ni ninguna otra naturaleza crea­
da, es capaz de producir un acto meritorio del bien

(i) Concil Arausic., can. 2.


— 57 -
que nos ha sido prometido, á menos de añadir á sus
fuerzas originales, un don so b ren atu ral.“—
Todo esto quiere decir, que la transform ación de
la cual hemos reconocido la necesidad para tom ar
posesión de nuestro fin, debe tener lugar desde
ahora. Si queremos ser divinamente dichosos, haga­
mos obras dignas de Dios, (1) obremos aquí en este
mundo de una manera divina. Pero, p ara obrar di­
vinamente, no basta, según la sublime y elevada
doctrina de S. Dionisio, un auxilio pasajero, es ne­
cesario un nacimiento divino, una existencia divina,
un estado divino, de donde pueda surgir una opera­
ción divina. (2) Es preciso que nos unamos á Dios
de una m anera íntima, que corresponda á nuestra
unión final. —«Es preciso que participemos de esa
misteriosa virtud, por la cual Dios se posee á sí mis­
mo inm ediata y naturalm ente, y por medio de la
cual se eleva una criatura, en cierto modo, hasta el
Sér divino; y se hace, en más ó menos grados, p artí­
cipe de la misma N aturaleza divina.» (3) Es preciso
que llevemos en nosotros la Vida de Dios, como el
principio de un nuevo sér. Es preciso que esa Vida
sea en nuestro sér la raíz de todas nuestras opera­
ciones sobrenaturales, como la naruraleza es la raíz
de todas nuestras operaciones naturales; que ella
nos predisponga A todo bien sobrenatural,' como la
naturaleza nos predispone á todo bien natural; que
ella sea el punto de apoyo de todas las virtudes y h á­
bitos sobrenaturales, como lo es la naturaleza de to­
das las virtudes y hábitos naturales; en fin, que ella
obre como una forma divina, y nos haga divinos...

(1) Colose, cap. I, 15.


(2) De Ecclesiast. Hierarch. cap. II.
(3) Summ. T h eo l.
— 58 —
Pero no anticipemos los conceptos ni nos apresure­
mos; yo os diré presto, en qué consiste la com unica­
ción de la vida divina. Por el momento, fijáos en la
cuestión propuesta al principio de este capítulo:—¿A
qué fin se encamina en el plan de Dios la comunica­
ción de su Vida?—La respuesta me parece fácil, des­
pués de las explicaciones que acabáis de oir. En el
plan de Dios, la comunicación de su Vida, es uno de
los elementos (el principal) del orden sobrenatural.
E sta comunicación corresponde, como medio, al fin
todo divino que se ha prometido á las criaturas inte­
ligentes; es necesaria, á la fuerza de atracción que
la bondad infinita ha dado al acto creador; es indis­
pensable, á los ángeles como á los hombres; es, en
una palabra, el misterio perfectivo de la obra de
Dios. El que ignore este misterio, es incapaz de
comprender la belleza real del mundo angélico, de la
humanidad, y del cosmos, pues la creación se p re­
senta ante él sin su coronamiento. Nosotros afortu­
nadam ente sabemos que este misterio existe, y por­
que existe nos acercarem os más á él para estudiarle
mejor.

II

¿ E n q u é c o n s is t e l a c o m u n ic a c ió n d e l a V i d a d e D io s?

Ya es tiempo, lectores, de dar á las cosas su ver­


dadero nombre.—«La comunicación de la Vida de
Dios á la criatura»—es: la Gracia... es decir: (como
la palabra lo indica) «un don de la divina Bondad ¡de
tal m anera gratuito! que con él, y por él, podemos
- 59 -
merecerlo todo; sin que nos sea jam ás posible, m ere­
cerlo á 61 la prim era vez.»—(1) Este don puede redu­
cirse ti un movimiento pasajero; mas, no es de éste
del que vamos á ocuparnos ahora. La G racia que
vamos á estudiar, no es una simple visita, no es una
operación transitoria del Altísimo en la naturaleza
humana; es, según expresión de S. A gustín,—«La
presencia misma de su M ajestad.»—(2)
Me diréis: «Dios está en todas partes. No hay
ninguna existencia, ni ninguna modificación en la
existencia que su voluntad no decrete y que su cien­
cia no conozca. Su Esencia, extendida por todo
lugar sin dividirse, sostiene y protege todo lo exis­
tente contra las invasiones de la m uerte y de la
nada.»—Dios está tan cerca de nosotros (dijo San
Pablo en el Areópago), que en E L vivimos, nos mo­
vemos y existimos.»—¿Qué más queréis?—Yo no
quiero nada más, lectores, pues no tengo el derecho
siquiera de querer tanto; pero yo creo, que Dios
quiere aún más... y lo creo, porque Él me lo ha dicho
con las siguientes palabras:—« Vendremos y hare­
mos nuestra mansión en el hombre.» —(3) He ahí,
pues, la palabra de mi Dios. Es evidente, que no
hubiera hablado así, si yo debiera contentarm e con
su presencia natural. Su presencia natural, es nece­
saria en toda criatura; luego, si después habla de
venir, es sin duda que quiere por pura benevolencia,
estar presente sobrenaturalmente en el alma huma­
na. Su presencia natural, no añade nada á la esen­
cia de nuestro sér; pero por su presencia sobrena­
tural, quiere transform arlo, transfigurarlo. Su p re ­

(i) Summ, Tbeol.


(2} Serm. i, in fer, 2, Pentecostés.
(3) Epist., I, S. Joan.
- 60 -
sencia natural, deja á las potencias de nuestro sér su
actividad propia y original; pero por su presencia
sobrenatural, quiere hacer partícipes á las potencias
de nuestro sér, de su divina m anera de obrar. En
fin, su presencia natural, dá el sér á la criatura; y
por su presencia sobrenatural, le hace el don de su
propio Sér, de su N aturaleza y de su Vida.
Entremos, lectores, en las profundidades sag ra­
das d éla Teología. ¿Qué es, pues, ese don de Dios
que se llam a Gracia? ¿Es una substancia? ¿Es una
cualidad? Ciertos teólogos, considerando más bien
la causa que el efecto producido, enseñan—«que la
Gracia es la Substancia misma de Dios, uniéndose á
nosotros y operando en nosotros de una m anera
inefable.»—Otros, considerando el efecto producido
más bien que la causa, enseñan:—«que la Gracia es
una cualidad del orden divino, que es al alma, lo
que el alma es al cuerpo; es decir, una forma que
hace del alma un sér sobrenatural, como el alma
hace del cuerpo un sér humano.»
Aun cuando yo sostenga con Santo Tomás y con
el Catecismo típico del Santo Concilio Tridentino,
que la G racia es una cualidad divina que hace en
nuestra alma las veces de forma sobrenatural, no
quiero com batir á los que piensan, que es la Substan­
cia misma de Dios (1) siempre que me concedan dos
cosas, que de seguro no podrán negarm e, á saber:
-—«quela Substancia divina, no se une á nosotros de
tal m anera, que haga de Dios y la criatura una sola
persona; y que sin esta unión, esa divina Substancia
no sea, con relación á nosotros, un motor separado,
del cual seríam os instrum entos ciegos y puram ente
pasivos.»—Nó. La Substancia divina (si la G racia es

(i) Tratado de T rinidad R . P. Fetau.


— 61 -
substancia y no cualidad) se une á nosotros y opera;
mas en toda obra sobrenatural, nosotros somos sus
cooperadores activos y beneméritos.
Dejemos á un lado esta dificultad, que no importa
nada á nuestra fe. Que la Gracia sea cualidad ó subs­
tancia ¿qué importa? Nosotros sabemos con toda
certeza «que es un don permanente que modifica la
esencia misma del alma, la hace realm ente p a r tíc i­
pe de la N aturaleza y de la Vida divin a, hace del
hombre un verdadero hijo de Dios, y le confiere de
este modo una suprem a belleza y una grandeza
sin igual,»
Cuando hayamos comprendido todos los térm i­
nos de esta definición, veremos con bastante clari­
dad el misterio de nuestra alma, para no inquietar-
nos ya nunca más con vanas suceptibilidades; y
para deducir en nuestro favor, las más sublimes y
magníficas consecuencias.
Desde luego, lectores, la G racia es un don per­
manente, Vosotros habréis sin duda experimentado
en el curso de vuestra vida, impresiones misteriosas
que os inclinaban dulcemente hacia alguna buena
acción, que os advertían enérgicam ente del mal que
habíais hecho, que os iluminaban súbitamente en la
inquieta investigación de la verdad, dilatando vues­
tra alma y llenándola de gozo ¡era, D ios... que p a ­
saba! como aura propicia, como centella vengadora,
como rayo de sol, como ola de perfumes y armonías;
os comunicaba gracias pasajeras; pero no os daba
la Gracia; pues cuando da la G racia ¡El mismo..,
habita en nosotros!—11Veniemits et mansionen fa cie-
m us,“—Dios crea en nosotros, por su eficaz presen­
cia, una nueva vida; y si es propio de toda vida, ser
un principio estable, como lo es la substancia en que
habita; era necesario que no fuésemos menos bien
_ 62 -
provistos en el orden sobrenatural, que en el orden
natural; y que no hubiera en éste, un principio fijo y
duradero de actos humanos; y en aquél, dependiera
todo de una moción transitoria. (1) Dios habita en
nosotros por la Gracia; pero ¿dónde habita? ¿Es so­
lamente en la s ' potencias donde obra? ¿La Gracia
puede confundirse con las virtudes sobrenaturales,
ó al menos con aquella divina virtud, d é la cual San
Pablo decía:—üSi no tengo caridad, nada soy?“—
Que la caridad y la Gracia sean una sola y misma
cosa, unos lo afirman y otros lo niegan; pero todos
están acordes sobre su indisoluble unión, pues no se
encuentra la una sin la otra. Donde está la Gracia,
se ve florecer la caridad, donde florece la caridad,
se encuentra la Gracia.
Sin embargo, parece más conforme á las indica­
ciones de los libros santos, y hasta á las enseñanzas
de la Iglesia, no confundir estos sagrados dones.—
“La Gracia previene la caridad“—dice S. Agustín;
ella la previene (le prepara el camino) como el sér
previene toda operación, como la naturaleza pre­
viene toda virtud. Antes de obrar, es m enester ser.
No hay pues ni acto ni hábito, que no suponga una
esencia preexistente;"por consiguiente no hay opera­
ción ni virtud sobrenatural, que no suponga una
esencia sobrenaturalisada. Por eso cuando Dios me
dice:—'*Vendré y haré en t i m i morada;*—entien­
do, que transform a prim ero la esencia de mi alma,
y que desde allí (ya transfigurada ésta) irradia so­
bre todas mis potencias, para introducir y fijar en
ellas el noble cortejo de virtudes, de que habla la
Iglesia en su santo Catecismo.—JG ratia est divina

( i) Sto. Tomás.
- 63 -
VA
qualitas in anima inhaerens... cui additur nobilissi-
mus virtutum com itatus.“—¿Cuáles son esas virtu­
des? Escuchad lectores.
La naturaleza puede ser prudente; pero la G ra­
cia la conduce á la perfección de la Prudencia, por
medio de consejos luminosos, que la ponen al abrigo
de las negligencias, de la presunción, de la tem eri­
dad y de la ligereza; defectos, de los cuales se p er­
ciben las huellas más ó menos profundas, en toda
prudencia hum ana. L a naturaleza puede ser justa;
pero la G racia la eleva A sublimes alturas, desde
donde, descubriendo mejor el conjunto de sus debe­
res, se siente mas dispuesta á cumplir toda Justicia
respecto á Dios y respecto á la humanidad. L a natu ­
raleza puede ser fuerte; pero la G racia la preserva
de esos extraños desfallecimientos, de los cuales las
más robustas almas no están siempre exentas, y la
conduce á la perfección de la F ortaleza, haciéndole
dar frutos de paciencia, de m agnanim idad, y de per­
severancia, en los más penosos trabajos, en las más
duras pruebas, en las más terribles adversidades, y
¡hasta delante de la misma muerte!... La naturaleza
puede ser sobria; pero la G racia imprime tan hon­
damente en ella el temor y el horror á todo cuanto
puede turbar la razón y oprim ir la voluntad, que la
hace, con la Templanza, lumínico templo de todas
las virtudes amables: de la castidad, de la dulzura,
de la clemencia, del candor, de la humildad, de la
modestia.
Así, perfecciona la G racia las virtudes de la na­
turaleza. Mas, ese perfeccionamiento, no es un efec­
to inmediato de nuestra transform ación sobrenatu­
ral por la presencia de Dios, nó; dim ana del perfec­
cionamiento de nuestras potencias, donde la Gracia
_ 64 —
hace arraig ar hábitos superiores, que la naturaleza
es incapaz de producir.
La inteligencia contiene los principios universa­
les, en virtud de los que la razón opera, así en el
orden especulativo como en el orden práctico; pero
para disponerla á la bienaventuranza sobrenatural,
la Gracia añade á la inteligencia ciertos sublimes
principios venidos de lo alto, y la hace adherirse A
ellos por la Fe que alza el vuelo sobre la razón, y
cree firmemente, porque Dios—la V erdad mism a—
es Quien ha hablado.
La voluntad apetece el bien su prasen sible que
la inteligencia le revela; pero para disponerla A la
Bienaventuranza sobrenatural que la fe le propone,
la Gracia añade á la voluntad aspiraciones ¡tan pu­
ras, tan nobles, tan eminentes! que, ahogan todos
los apetitos terrenos, y surge la santa Esperanza.
La voluntad, busca naturalm ente configurarse con
el bien que es su último fin, por el amor; pero la
Gracia, para disponerla al bien sobrenatural, añade
á la voluntad un am or ¡tan grande, tan levantado,
tan vivo, tan generoso! que todo am or natural es
purificado, transformado, en los fuertes ardores de
su abrasadora llama, y... he ahí la divina Caridad.
¡Virtud regia, virtud madre! en la cual, se concen­
tran de tal manera las influencias sobrenaturales,
que sin ella, toda otra virtud, ineficaz para merecer,
languidece y muere como una flor sin aire, sin luz,
sin calor y sin rocío.
Por consiguiente la Gracia reside en m i esencia
y en m is potencias. ¡Oh misterio admirable! Dios
penetra en mí, y soy verdadero partícipe de su N a­
turaleza y de su Vida... ¿Cómo no creer esto, si Dios
ha querido que expresam ente me lo enseñen?—«Su
virtud generatriz está en mí»—(dice el Apóstol San
— 65 —
Juan) (1)-*É1 me engendra voluntariam ente»—(2) y
— «la fuerza de su generación me conserva.» (3)—
«Tal es el poderío del amor, con el cual se apodera
y enseñorea de mi alma, que la cambia por comple­
to. Yo no me llamo ya su criatura, sino su hijo; y lo
soy en efecto.* (4)
Seguramente yo no soy hijo de Dios á la m anera
q u e lo es e l Verbo. Éste es necesariam ente engen­
drado, y yo soy hijo por un acto de benevolencia;
Aquél es Hijo por naturaleza; yo no lo soy más que
por adopción; pero ¡ah! ¡cuánto difiere esta adop­
ción, de la de los hombres! Toda la tern u ra del
corazón del hombre, es impotente p ara cam biar la
naturaleza del hijo de adopción; el cual, por su
dicha ó su desdicha, guarda en sus venas la san­
gre, y en sus hábitos el sello de sus progenitores. De
esto nada se puede cambiar. Lo más que puede darse
al hijo adoptivo es un caudal ó un título, Pero Dios
va mucho más allá. Dios opera en lo más íntimo de
nuestra substancia: nos engendra sobrenaturalmen-
te} comunicándonos su propia N aturaleza, por una
cierta participación de su semejanza. Nos llamamos
sus hijos, porque en efecto lo somos.—«Nowtinamur
et sumus.*—íQué quiere decir esto? ¿No sabemos
que el Sér infinito es incomunicable p ara todos, ex­
cepto pura las Personas Divinas? Convengo en ello,
lectores, pues no pretendo igualar el hombre á Dios.
Mas, porque Dios está por encima del lenguaje de
que se sirve para recom endarnos sus perfecciones y
sus dádivas, y por que ha dicho formalmente por la

(1 ) I E p ist., cap. III.


(2) Jacob., cap. I.
(3 ) San Juan, I Epist., cap. V .
(4 ) San Juan, I Epist., cap, III.
6
- 66 -

boca de San Pedro: —«que sus dones nos harían p ar­


ticipantes de su Naturaleza:»—D ivinae consortes na­
tu ras, (1) creo... en esta participación, diferente sin
duda de la participación de las Divinas Personas;
pero ¡real y eficas! hasta el punto de merecernos el
título de verdaderos hijos de Dios; y por este santo
título, el de dioses, según las bellas deducciones de
San Agustín :—S¿ f d i i D ei fa c ti sum as et Dei fa c ti
sumus.
Si á pesar de lo dicho, vosotros, lectores, insistís,
y queréis que en absoluto os diga lo que es en sí
nuestra participación á la N aturaleza de Dios por
la Gracia; os responderé: que no puedo satisfaceros.
Los teólogos que más se han internado en los abis­
mos del alma humana, en persecución de esta enti­
dad misteriosa, han salido de aquellos profundos
abismos, no desalentados, pero resignados á con­
tentarse con las generales definiciones que mejor
conviene á este don inefable.—«Si la G racia no es
el Sér divino en su plenitud, es una cosa aproxim a­
da y del mismo género.»—He ahí todo lo que han
podido decir.—Y pues esto no dice nada en concre­
to, vale más atenernos al lenguaje de la E scritura
Santa, y escuchar las sublimes interpretaciones de
los Santos Padres, que, dejando á un lado la entidad
(esto es, la manera cómo Dios se dá) para no consi­
derar más que el término (es decir, Dios comunica­
do y unido al hombre) han cantado bajo muchas y
hermosas figuras, la belleza y excelencias de la di­
vina G racia. A saber:
¡La Graciaí es Dios que viene á nosotros, como
el fuego va al hierro que calienta, penetra, abrasa
y hace semejante á él.

(i) E. II, S. Fetr. cap. L


— 67 —
¡La Gracia! es Dios que penetra en nosotros, como
la luz en los cuerpos diáfanos, á los cuales comunica
sus propiedades.
¡La Gracia! es Dios que se insinúa en nosotros,
como el perfume en el vaso donde se aloja la flor.
¡La Gracia! es Dios que imprime en nosotros su
semejanza, como el sello im prím ela suya en la cera
que apresa, ó mejor todavía, como el hombre im­
prime el carácter ó sello de sus ideas, en sus produc­
ciones artísticas; con la notable diferencia, de que
el carácter divino que se nos comunica por la Gracia
es viviente, y hace en nosotros las imágenes vivas...
de la Substancia misma de Dios. (1)
¡La Gracia! es Dios dando á nuestra alma una
forma divina (2); Dios vida del alma, como el alma
es vida de la carne. (3)
En fin ¡La Gracia! es la Trinidad en nosotros. (4)
El Padre nos engendra, y por su acto generador,
celebra nuestros desposorios con el Verbo. El V er­
bo nos desposa en su luz, y descendiendo al centro
de nuestro sér, nos encadena á su Vida (5). El Espí­
ritu Santo nos da la unción de su Persona, el sello
de la perfección, la prenda de la felicidad eterna, (6)
y derram a en nosotros, cual caudaloso río, las be­
néficas aguas de la santa Caridad (7): ¡Deus! ¡Ecce
Deus!
Tal es el fondo del misterio, lectores; ved ahora
su explicación: Participantes de la N aturaleza y de

(1 ) S. Cyrill,
(2 ) S. Cyrill.
( 3 ) S, A gust.
( 4 ) Sto. Tom ás, Sumun. Theol.
(5} S. Am brosio.
(6 ) II Cor., cap., I.
( 7 ) R o m ., cap. V .
- 68 —

la Vida de Dios, operamos divinamente, pues la


operación está en relación con el sér: uOperari se-
quitur e s s e “—Pensamientos, deseos, acciones, to­
do, todo, toma, en nosotros proporciones infinitas,
porque todo está impregnado, saturado de la virtud
del Altísimo... y transform ado, transfigurado, por
una Savia divina!... Ved ese árbol cubierto de flores
blancas como la nieve: ¡cuán bello está ostentando
sus adornos de Prim avera! ¡y qué de promesas nos
hace para la estación de los frutos! El invierno lo
alimentó con sus fecundas lluvia; la prim avera con
sus auras y su luz; el estío con su calor: llega el
otoño, que es el tiempo de recoger el fruto y... ¡vana
esperanza! las flores engañosas sólo han producido
vainas desabridas y silvestres. Pero... no arranquéis
el árbol, nó: el árbol es bueno. Cortad las ram as vi­
ciosas, cubiertas de lujosas frondas, con que él se ha
coronado; concentrad en la yema de un ingerto toda
la savia que sube desde las raíces hasta la copa, y
esperad... Presto el árbol bravio redobla sus esfuer­
zos, cualquiera diría que ha comprendido la op era­
ción que le da una nueva vida. El ingerto se asimila
los generosos efluvios que suben y se lanzan hacia
él... los penetra, les infunde su virtud, y, desplegán­
dolos, los trueca en una segunda vistosísima corona,
donde recogeréis bien pronto dulces y sabrosos fru­
tos, dignos de ser presentados en la mesa de un Rey.
Y no obstante, el tronco es el mismo; las raíces son
las mismas. La actividad original de la naturaleza,
permanece toda íntegra; pero el árbol, por la virtud
del ingerto, se ha transform ado. ¡Imagen verdade­
ra y patente, de la transformación de nuestras obras
por la Gracial Ellas proceden de la naturaleza; pero
la naturaleza ha sido sombreada, digámoslo así, por
la virtud del Altísimo: el Espíritu Santo ha descendí-
~ 69 —
do sobre ella, toda nuestra actividad original se mez­
cla á la célica corriente de la Vida de Dios, y lo que
nace de nosotros es santo, y merece ser llamado
obra divina:—«Quod nascetur ex te sanctum voca-
bitur filius Dei.» (I)
¡Estado sublime, lectores! del cual vosotros no
habréis quizá nunca sabido apreciar las santas y
sublimes consecuencias. Escuchad, y admiráos:
El hombre, por la G racia, se trueca en sér divino.
Luego podemos decir con el doctor angélico:—«El
bien de una sola Gracia, es m ayor que el bien de la
naturaleza entera.»—Bonum g ra tia e unius m ajus
est quam bonum naturae toiius universi. (2) Sí; por­
que el bien se mide por el amor que manifiesta el
donante al que favorece.
Así como el padre de familia ama más á su hijo
que á su casa, á sus campos y á sus ganados; Dios
ama más al justo, que á todas las criaturas juntas.
Los cielos son magníficos, el universo es una obra
m aestra, la inteligencia hum ana produce maravillas;
pues, bien, claridad y reflejos de los cielos, armonías
del universo, gloria del genio y de las m ayores cele­
bridades, ¡todo se obscurece! delante del alma de un
idiota, de un mendigo, de un andrajoso, que puede
decir con el Apóstol:—«Por la Gracia de Dios, soy
lo que soy.»— (3)
El hombre, por la mediación de la G racia, hace
obras divinas. Por consiguiente, esas obras, valen
más que todas aquéllas que provienen únicam ente
de la naturaleza, y que todas aquéllas de las cuales

(1) San León, Ser. V.


(2) Sumun, Theol.
(3 ) I Cor., X V , 10.
- 70 -
la naturaleza no es más que un instrum ento desunido
de la divinidad.
A rrancad al mundo r u s secretos, someted á
vuestro dominio las fuerzas del universo, estableced
grandes imperios, gobernad los pueblos, salvadlos
de la muerte, anunciad lo venidero, ¡haced m ila­
gros! Todo es menos ¡mucho menos! que manejando
una herram ienta grosera, ofrecer á Dios aquel me­
cánico y obscuro trabajo santificado p o r la Gracia...
¡Entendedlo bien, sabios y hombres públicos, que os
enorgullecéis tanto con vuestras obras! por buenas
que éstas sean y por mucho que hagáis, no lograréis
hacerlas pasar más allá de las fronteras del tiempo
y de la naturaleza, mientras que la obra obscura de
un pobre trabajador revestida de la Gracia y divi­
nizada por ella, es según la enérgica expresión de un
antiguo autor: Semilla de la felicid a d eterna... que
con lozanía brotará á su tiempo.
La naturaleza intelectual, por un acto, que, con
relación á ella, pone término á la potencia divina
sin agotarla, es asociada á la gloria de una N atura­
leza y de una Vida infinita; por consiguiente, el m un­
do es para ella una obra acabadísima, donde brilla
la más alta perfección que se puede im aginar. Y el
mundo, no solamente representa por vestigios glo­
riosos é imágenes expresivas, la belleza y grandeza
de su principio; sino que recibe participación próxi­
ma é inm ediatamente de esta belleza y de esta g ra n ­
deza. Las leyes armónicas, en virtud tle las cuales
se opera la gradación y la penetración de los seres,
conducen los más ínfimos átomos hasta esas cumbres
sublimes, donde el alma hum ana recibe el ósculo de
la Divinidad. Número, medida, peso del universo;
belleza y grandeza del hombre y de la humanidad;
Obra m aestra del Poder, de la Sabiduría y del Amor;
- 71 -
¡todo... es coronado por la Gracia! ¡todo será consu­
mado por una gloria infinita!
No os sublevéis contra estas consecuencias, lecto­
res; no nos acuséis de soñar un estado imposible,
contra el cual protestan las deficiencias de nuestra
naturaleza, y la inaccesible perfección del Sér divi­
no; pues yo oigo en la naturaleza humana, y en el
Sér divino, llamamientos, que, sin explicarm e el
misterio de la G racia, justifican la doctrina que ella
propone á mi fe.
Dios, dice Santo Tomás, es el Supremo Inteligi­
ble, y el principio de todo conocimiento intelectual.
Él, no es por consiguiente extraño á nuestra n atu ­
raleza, como lo es el sonido á la vista, y el espíritu
puro á la impresión de los sentidos. Que nosotros
seamos demasiado débiles para verlo naturalm ente,
así como el ojo del ave nocturna es demasiado débil
para soportar la luz del día, lo confieso, porque es
cierto; pero no es menos cierto, que nosotros posee­
mos el prim er principio de la 'visión d ivin a ; es
decir, una facultad, que, perfeccionada p o ru ñ a ope­
ración sobrenatural, puede hacerse capaz de con­
templar el Supremo Inteligible, como el ojo tran s­
formado del buho, sería tan capaz como el del Agui­
la, de soportar la luz del sol,“
A esta aptitud incontestable aunque lejana, de
nuestra naturaleza intelectual, añadid, os lo ruego,
un afán ó ansiedad santa, que desde hace sesenta
siglos tiende á aproxim ar y á unir el hombre á la
Divinidad. David la expresaba con estas ardientes
palabras:—“Como el ciervo sediento desea las aguas
de la cristalina fuente, así mi alma te anhela, Dios
mío. Mi alma tiene sed de la fuerza y de la Vida de
Dios: ¿Cuándo pues llegará el día, en que pueda sa-
— 72 —
ciarla con vuestra presencia? &.1 (1) Menos puras,
pero no menos violentas, eran las aspiraciones de la
humanidad extraviada y perdida entre las sombras
de la muerte. Ella quería ver á Dios, poseerle, p ar­
ticipar de su Vida; y desesperando de poder conse­
guirlo; pues estaba cegada, por sus crímencs; creyó
poder adormecer su religiosa pasión por medio de
ilusiones. Bajo figuras sensibles y á veces grotescas,
llamó á la Divinidad á presidir en sus campos, en
sus ciudades, en sus hogares. Puso bajo su protec­
ción sus virtudes y sus vicios. Y aun fué más allá
su locura, confiriendo con su propia autoridad, á
cuanto veía y tocaba la infinita perfección. Mas ¡ay!
la idolatría y el panteísmo son errores monstruosos
que degradan al hombre, sin aliviarlo ni un momen­
to en su m iseria.—“No es dado al hombre (dice S an­
to Tomás) el poder de hacerse Dios... Dios solamente
tiene el poder de deificar al hombre, haciéndole
comulgar con su propia N aturaleza por una cierta
participación de su semejanza.
Toda la cuestión está aquí: nuestra deificación
está subordinada al poder y al querer de Dios, pues
nuestra naturaleza, lejos de oponerse á ella, nos
prepara á ese fin con su aptitud radical y sus de­
seos. Y que Dios puede y quiere honrarnos con su
presencia y con su íntim a penetración por la G racia,
esto no tiene duda para quien compare ingénuam en-
te la enseñanza católica con las perfecciones infini­
tas, de donde dimana la efusión de todo bien.
Dios puede por sí mismo y de una m anera tran s­
cendental, todo lo que pueden las criaturas, á las
cuales ha medido el sér y la vida,—“¡Cómo! (dice

(i) Psalm. LXI,


- 73 -
por la boca de su profeta): Yo que doy la vida ¿no
viviré? Yo que hago engendrar ¿no engendraré?
¡Cómo! (dice por la boca de su Iglesia):—“Las cria­
turas se dan ¿y yo no me daré? Las m aterias se pe­
netran, el espíritu penetra en los cuerpos, y yo, el
Espíritu Purísimo y Todopoderoso ¿no penetraré en
los espíritus?«—Nó, lectores, nó: ninguno de vosotros
tiene derecho para poner á Dios fuera de las leyes
que Él ha establecido; y puesto que es una ley, lo
que tiende á fundir por la penetración las n atu rale­
zas inferiores en las superiores, y recíprocam ente;
yo no veo el porqué, Dios no se ha de aplicar á_ sí
mismo esta ley; que, además no puede existir si no
está fundada en este principio:—«El Soberano Bien
es por naturaleza excesivamente difusivo.»—Sum ­
mum bonum est su i d iffiisivu m .
Dios puede darse y quiere darse. Las aspiracio­
nes de la humanidad, me son testigos de su voluntad;
pues su amor nos prohíbe atorm entar nuestros co ra­
zones con deseos irrealizables. ¿Qué digo? H asta re ­
conozco en estos deseos el toque de su amor. Ama á
su criatura, y no encontrando en su n aturaleza li­
m itada bastante parecido con El, quiere hacerla su
semejante, según esta hermosa ley: —«El am or busca
sus semejantes; y cuando no los halla, los hace:
A m icitia aut pares invenit aut f a c it.» (I) ¡Ah! yo
apelo á vuestros corazones paternales. ¿No es cierto
que es vuestra m ayor ambición y más grande anhe­
lo, que vuestros hijos se os asemejen? Si pudiérais
darles de una vez vuestra experiencia, vuestra sabi­
duría, vuestros talentos, vuestras virtudes, como les
habéis dado vuestra sangre ¿titubearíais? ¡Ah, nó!

(i) Séneca.
- 74 -
V uestro am or suprim iría la sucesión del tiempo, y
m añana... ahora mismo... os veríais revivir tal cual
sois¡ en aquellos que amáis. Bien, pues el Padre ce­
lestial tampoco ha titubeado. ¡Bendito sea mil veces!
Por el mismo acto Omnipotente con que daba al
hombre la vida del espíritu, le daba también la Vida
d éla G racia, es decir: la comunicación de su N atu­
raleza. En ésto, obraba como bueno y como sabio:
como bueno, porque nos colmaba de los mayores
bienes; como sabio, porque conservando la distin­
ción radical de lo finito y de lo infinito, hacía llegar
á los seres, deificándolos, hasta el último peldaño
de la ley de gradación que los aproxim a á Él; y
daba á su obra, su propia perfección.
Hemos profundizado en este hermoso asunto,
todo cuanto hemos podido: y no obstante, os dejo en
presencia de un misterio que es preciso aceptar hu­
mildemente, esperando una explicación, que nos
será dada más tarde.,, para recom pensar nuestra fe.
No queráis penetrar el secreto de Dios, sino ateneos
firmemente á las consecuencias prácticas que de él
se desprenden.—«La G racia transform a vuestra
naturaleza, y consuma vuestra perfección.» —Esti­
madla, pues, más ¡mucho más!... que todos los bie­
nes. Si la poseéis, recordad con frecuencia que la
lleváis en vasos frágiles; si la habéis perdido, con­
fesad vuestra desgracia, y decid á Dios con arrep en ­
tido corazón:—«Señor, vuestro siervo está muerto:
la vida huyó de su corazón culpable. ¡Ah! ¡derra­
mad sobre él vuestra santa Gracia! para que re su ­
cite y salga glorioso del sepulcro de sus iniquidades.
La G racia, coronando la perfección de las natu­
ralezas inteligentes, corona también la perfección
del universo: haciendo á éste, por medio de aquéllas,
participante de la Vida divina. Desde las alturas
— 75 —
de este misterio, debemos pues considerar ¡la obra
de Dios! si queremos conocer completamente bien
sus verdaderas proporciones, su armonía y su be­
lleza. ¡Compasión para los desdichados, que por
sistema ó por conveniencia, descartan de la na­
turaleza el elemento sobrenatural, y creen que el
ojo de la ciencia es bastante perspicaz y bastante
poderoso, para abarcar con los rayos de sus mi­
radas el vasto conjunto de los seres, y penetrar
todos sus secretos! Su orgullo, será castigado por
el cumplimiento de este o ráculo:—«El mundo fué
entregado á sus discusiones, sin que puedan des­
cubrir ni el origen ni el fin de la obra divina.» (1)
Mas ¡ay! que ya este cumplimiento se ha efectuado.
Estos desgraciados, se han lanzado sobre la n atu ra­
leza como buitres sobre su presa; pero m ientras más
la atorm entan con sus investigaciones, más ella les
oculta sus verdaderas grandezas. Los seres, cuya
existencia ignorada hasta hoy, sorprenden; las fu er­
zas misteriosas, cuya acción ven comprobadas; las
leyes m aravillosas, que descubren; nada de esto los
ilumina. Parece que poseen todos los secretos del
mundo, y en resumen nada saben todavía; puesto
que no aprovechan lo que saben, más que para obs­
curecer la luz y envilecerse.
No imitemos á esos insensatos; pero apoderémo­
nos de sus trabajos, p ara gozar mejor en el campo
de la Fe, de la gloriosa síntesis, cuyos elementos,
ellos, sin saberlo, nos han preparado. Y ajustemos
firme y resueltam ente los seres y sus leyes, los rei­
nos y su armonía, á esta gran verdad católica que
ilumina toda la creación:—«El Padre Omnipotente,

i) Eccles. III, n .
- 76 -
criador del cielo y de la tierra, ha comunicado su
propia Vida á la obra de sus Manos: por consiguien­
te, el mundo ennoblecido y transform ado por la
Gracia3 es en toda la acepción de la palabra: una
Obra D ivina.
SEG UNDA PARTE

E L DON DE DIOS
CAPÍTULO V

La cuarta creación del Espíritu Santo en la


plenitud de los tiempos, es:
El Cristiano

prim era creación del E spíritu Santo en el


a

Nuevo Testamento, es la Virgen M aría; la


segunda, Jesucristo/ l a tercera, la Ig lesia ;
la cuarta, el Cristiano.
Las tres prim eras creaciones del divino Espíritu,
se refieren á la cuarta: María, para el Verbo encar­
nado; el Verbo encarnado, para la Iglesia; la Igle­
sia, para el Cristiano; y el Cristiano, para divinizar
la creación entera y referirla á su principio, multi­
plicando por doquiera los hermanos del Verbo en­
carnado:—m t s il Deus omitía in ómnibus.*—E stu­
diemos esta nueva maravilla, que reasum e todas las
otras.
En efecto, ¿qué es el cristiano? Es el hermano del
Verbo encarnado (1) es otro Jesucristo, A hora bien,
el Verbo encarnado es Dios, Hijo de Dios y H erede­
ro de todos los bienes de su Padre, en la tierra y en
el cielo, en el tiempo y en la eternidad. El cristiano
es todo esto en el sentido que vamos á explicar;
Dios, hijo de Dios, coheredero de todas las cosas con
el Verbo su Hermano primogénito.

(I) S. Joan X X , 17 — H ebr X I , I I , 12 y 17.


- 80 -
Es Dios:—«Yo dije: sois Dioses é hijos del Dios
vivo (1). Y añade San Basilio:—«Gracias al Espíritu
Santo, los Santos son Dioses.» Y San Atanasio dice:
—«Lo mismo que Dios se ha hecho Hombre, encar­
nándose, de la misma manera el hombre es Dios por
el Verbo encarnado.»—El Verbo es Hijo de su eter­
no Padre por generación eterna: esta generación, es
el tipo de la del cristiano. Desde toda eternidad,
Dios el Padre, engendra un Hijo consustancial é
igual A Él en todas las cosas. En el tiempo, engendra
h ijos, que son por la Gracia, lo que ese su único
Hijo es por naturaleza, De este modo, el cristiano
es un sér aparte y el resultado de un fía t especial (2).
No es hijo de dioses muertos, ni de ídolos mudos,
ni de la carne, ni de la sangre, ni de la voluntad del
hombre; es hijo de D ios vivo: Filii Dei viventis. Es
semejante al Verbo cuyo Padre dice desde toda la
eternidad:—«Tú eres mí Hijo; hoy mismo te he en­
gendrado»—(3).
Es coheredero de todas las cosas.~«£7 Verbo en­
carnado—dice San Pablo—es el Heredero universal
de Dios*—(4)—«Todo es suyo en el cielo y en la tie­
rra. Y añade: Y nosotros somos todos coherederos
de Cristo»—(5). No han sido hechos el cielo y la tie­
rra p ara los Angeles malos, ni para los hombres
perversos; sino para el cristiano. El cielo es su Rei­
no, su país, su morada en la eternidad. La tierra es
su lugar de paso. El mundo acabará, cuándo el últi­
mo cristiano haya recibido el Bautismo y encomen­
dado su alma en manos de su divino Padre; y con-

(1) P s. 8 i — Osee, L io,


(2) Corn, á Lap., in Osee I, 10.
(3) H ebr. I, 5.
(4) Hebr. I, z,
(5) Roma, VIH, 17.
- 81 —
cluirá, por haber perdido su razón de ser: Omnia
propter electos: consummatum est.
¡Inexplicable grandeza, y más inexplicable bon­
dad! H acer salir de la nada el cielo con los astros y
con los ángeles, la tierra con sus riquezas y con sus
habitantes, es una creación magnífica, justam ente
atribuida al Padre. Pero hay otra aún más magnífi­
ca, cuya gloria recae en el Espíritu Santo: es, la
creación del cristiano.
San Agustín, después de haber dicho que hacer
de un pecador un justo, es una cosa más grande que
sacar el Universo de la nada, añade:—«Porque el
'cielo y la tierra pasarán, pero la justificación y
salvación de los ju sto s no pasarán . »—
¿Cuál es el principio de la generación del cristia­
no? La Gracia. ¿Pero en qué consiste esta G racia y
cómo explicar su excelencia y su naturaleza ínti­
ma?—«La G racia, (dice San Pedro) es todo lo que
hay de más excelente en los tesoros de Dios. Es un
dón que hace al hombre participante de la naturale­
za divina.»—*El Angel de la teología habla como el
príncipe de los Apóstoles; según Santo Tom ás:—
«La G racia es una participación de la naturaleza
misma de Dios. Es la transform ación del hombre en
Dios; porque éste es el principio de la gloria en
nosotros.» —
¿Pero qué es en su naturaleza íntim a este dón
deificador? La Gracia no es solamente como se la
define con dem asiada frecuencia., un auxilio conce­
dido por Dios y conducente á nuestra salvación. El
auxilio es el efecto de la Gracia, y no la G racia en
su esencia. La G racia no es tampoco un dón exte­
rior al alma, sino que está en la esencia misma del
alma. Es un principio divino, un elemento nuevo,
sobreañadido á la naturaleza, una cualidad super­
— 82 —
eminente que reside en la esencia misma del alma,
que obra sobre el alma y sobre todas sus poten­
cias, como el alma obra sobre el cuerpo y sobre to ­
dos sus órganos:—«Sin duda (continúa Santo Tomás)
la Gracia no es la substancia misma del alma ó su
forma substancial; pero es su forma accidental. En
efecto, lo que es substancialmente en Dios; por la
G racia, viene á ser accidentalmente en el alma, he­
cha participante de las perfecciones divinas.»—
A hora bien, lo que es substancialmente en Dios,
¿qué es sino Dios mismo? Es el Padre, el Hijo, el E s­
píritu Santo, ¡la Trinidad adorable! Luego Dios, El
Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo, la Trinidad au­
gusta está accidentalmente en el cristiano.
Dios es substancialmente vida, santidad, fuerza,
luz, perfección divina, beatitud eterna.
El cristiano es, pues, accidentalmente} vida divi­
na, santidad divina, fortaleza divina, luz divina, p er­
fección divina, beatitud divina. Decimos que todo
esto lo es accidentalmente, es á saber, que puede
cesar de serlo; y esto, no se puede decir de Dios.
Es, pues, el alma dél cristiano morada, templo,
trono de Dios, Dios está infinitamente más unido al
cristiano, que á las demás criaturas por esencia-,
presencia y potencia: hasta el punto, de que si, por
un imposible, Dios no estuviera en el alma por esen­
cia, presencia y potencia, como está en todos los
otros seres criados, estaría en ella realmente por la
Gracia. Al modo que el cuerpo del Verbo encarnado
se hace presente bajo la especie de pan, por las pala­
bras de la Consagración; ó como su Divinidad se h i­
zo presente á la sacratísim a Humanidad en el mo­
mento de la encarnación, de modo que si hasta en­
tonces, estuvo ausente, comenzó en aquel acto á
estar presente y á existir Personalm ente en ella; así
- 83 —
sucede en la unión de Dios con el hombre, que se ha­
ce por la G racia. E sta unión es ¡tan íntima..! que á
ninguna otra más pertecta puede aspirar la cria­
tura (l).
¿Cómo se verifica en nosotros esa unión deífica á
la que debemos, no sólo el llamarnos, sino el ser ver­
daderam ente hijos de Dios? La respuesta á esta cues­
tión nos lleva á sondear uno de los abismos del amor
infinito. Al comunicarnos la Gracia el Espíritu san-
tificador, po'dría habernos hecho solamente justos y
santos, sin hacernos hijos suyos; y este favor m ere­
cería nuestro eterno reconocimiento. H abría podido
honrarnos con esta adopción, contentándose con
darnos la G racia, y los dones criados; pues la G ra­
cia, conforme lo hemos visto, es una participación
de la N aturaleza Divina. Este segundo favor hubie­
ra sido más grande que el primero; mas, el Espíritu
Santo no se ha contentado tampoco con esto.
Juntam ente con sus dones ha querido darse á 5 /
mismo, y deificarnos y adoptarnos por Sí mismo en
Persona. P ara esto, se ha unido voluntariam ente á
sus dones. De modo que, cuando los infunde en el al­
ma, se infunde á Sí mismo por ellos y con ellos, P er­
sonalmente, Substancialmente, para concertar con
nosotros una unión, que sólo es inferior á la unión
hipostática de Dios y el Hombre en el Verbo encar­
nado. Tal es, pues, el am or inmenso del Espíritu
Santo, y la elevación suprem a del cristiano. En el
prim er momento de nuestra generación divina, no
se nos da solamente la G racia y los dones del E sp íri­
tu Santo; sino ¡el Espíritu Santo mismo...! Dón in­
creado y A utor de todos los dones. Este Espíritu di­
vino, mezclado, y como identificado con sus dones,

(i) Corn. á Lap, Act. apost. II, 4 .


- 84 —
habita Personalm ente en nosotros, nos vivifica, nos
adopta y diviniza. (1)
¿Se quiere algo más todavía? Pues bien: Al des­
cender Personalm ente el Espíritu Santo al alma
cristiana, viene acompañado del Padre y del Hijo,
de quienes no puede separarse, Y así toda la augus­
tísim a Trinidad habita Personal y Substandalmen-
te en el ju sto , por todo el tiempo que éste persevera
en la justicia;—«Si alguno me ama (decía el Verbo
encarnado) g uardará mi palabra, y mi Padre le
am ará, y vendremos á él, y haremos morada en éL*
—(2). De este modo, Dios permanece Personalm ente
en nosotros por la G racia, y nosotros perm anece­
mos personalm ente en Dios.
La mansión de Dios en el alma justa, es unión
activa que tiende á la transform adón del hombre
en Dios. Tal fué la gloria inmensa que para noso­
tros pidió y obtuvo el Verbo encarnado, nuestro
Hermano m ayor, en la oración que hizo al Padre
antes de m orir, «jQue todos sean una cosa; a sí como
Tú, P adre mío, en m í y yo en Tí, que también sean
ellos una cosa en nosotros.»—(3)
¿Cuales son los efectos principales de esta unión,,
ó más bien, de nuestra generación divina?

(1 ) Corn, á Lap. in O sse I, 10.


(2) S . Joan X I V ., 23.
(3 ) S . Joan X V I L , 2 .
I

E l p r im e r e f e c t o d e n u e s t r a g e n e r a c ió n d e í f i c a , e s

la Vida D ivin a ,

D ivin iza r al hombre, es el eterno pensamiento


de Dios. S atan izar ál hombre, es el eterno pensa­
miento del infierno. Divinizar, es unir; satanizar, es
dividir: sobre estos dos polos opuestos, se balancea
el mundo moral. P ara divinizar al hombre, el Verbo
Creador resolvió unirse hipostáticamente á la n atu­
raleza humana, Hombre-Dios se hizo el p rin cip io
de las generaciones divinizadas.
—«Yo he venido (dice el Redentor) pa ra que ten­
gan vida; y para que la tengan en más abundancia.»
—(I) El Espíritu santo, sucesor y continuador del
Verbo, tiene derecho á hablar del mismo modo.
¿Pero qué vida nos dá? H ay cuatro géneros de vida:
la vida vegetativa, que es la de las plantas; la sen­
sitiva, que es la de los animales; la racional, que es
la de los hombres; y la d iv in a , que es la del mismo
Dios y la de los Angeles. Cuando el Espíritu Santo
descendió al mundo, la vida de los tres prim eros gé­
neros, abundaba como ahora y siempre: el Espíritu
de amor, no dejó las alturas celestiales para dar más
incremento á esos géneros de vida. Pero la Vida d i­
vina estaba casi extinguida. ¿Quién la tenía? ¿Quién

(t) San Juan X , 10.


— 86 —

la conocía siquiera? Los ilustrados, los sabios, los


que pasaban por virtuosos, no vivían sino con vida
animal.
Luego la vida que el Espíritu Santo nos co­
munica por la Gracia, es la Vida de D ios, la Vida
d ivin a , de la cual ya hemos hablado en la prim era
parte de este libro. E sta vida, que domina y absor-
ve toda otra vida, expulsa del alma el pecado, que
es principio de muerte, y hace sobrenatural, lo que
es puram ente natural. —<=La G racia (dice Santo T o­
más) cura el alma; hace que quiera el bien, y que lo
practique, y persevere en ét, y así llegue á la gloria.
Ennoblece todas sus potencias, y las hace capaces de
actos sublimes en relación con el principio divino
que los mueve.» —
A esta Vida D ivina, debieron las naciones cris­
tianas, y deben todavía, toda la superioridad intelec­
tual y moral que las distingue. Si por desgracia suya
llegan á perderla, no les quedara sino la pobre vida
de la rasón, dominada bien pronto, como en el m un­
do pagano, por la vida de la planta y de la bestia...
Si Europa no se apresura A ponerse en estado de
G racia, esta nueva caída de la humanidad es ¡in fa­
lible/ Entre el hombre antiguo y el moderno, no hay
más diferencia que la que el Cristianismo ha puesto.
II

E l se g u n d o e f e c t o d e l a g e n e r a c ió n d e íf ic a ,

es la Adopción divina.

Nuestra adopción divina, no se parece en nada á


la que tiene lugar entre los hombres. En ésta, los
hijos no reciben nada de la naturaleza física de su
padre adoptivo: le deben únicamente un nombre, que
les dá derecho á la herencia. O tra es la adopción
divina.—«Ved (dice San Juan) la caridad que ha te­
nido Dios con nosotros; pues quiere que, no sólo nos
llamemos, sino que seamos hijos suyos.·»—(1) En
efecto, según ya hemos visto, el cristiano recibe de
Dios con la G racia la Naturaleza Divina, de la que
se hace partícipe no sólo accidental, sino como subs­
tancialmente,
Si nosotros somos realmente hijos de Dios, Dios
es también verdaderam ente nuestro Padre, En efec­
to, aquél es verdaderam ente padre que comunica su
naturaleza al hijo; con razón, pues, Dios es llamado
no solamente Padre de Ntro. Sr. Jesucristo, sino
Padre nuestro, toda vez que nos comunica su N atu­
raleza por la G racia, como la comunica por la unión
hipostática á Nuestro Señor, de quien nos hace ver­
daderos hermanos.—(2) «Así lo enseña formalmente
el mismo Espíritu Santo.»—Los que conoció Dios en
su presciencia (dice San Pablo) á éstos también pre-

(x) San Juan III, i .


(2) Coro, á L a p . in O see. I , 10.
- 88 -

destinó, para ser hechos conformes á la im agen de


su Hijo, p ara que Él sea el primogénito entre mu­
chos h e r m a n o s . Y San Juan dice:—«Les dió
poder de ser hechos hijos de Dios, á aquéllos que
creen en su nombre; los que son nacidos, no de san­
gre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón,
sino de Dios.»—(2)
¡Oh, cristiano! ¡Oh, sér sublime, si sabes com­
prenderte! Ser hijo de Dios, heredero de Dios, es
infinitamente más que ser Rey, E m perador, Pontífi­
ce, M onarca de todo el Universo: más que ser Angel,
A rcángel, Querubín ó Serafín. Ser hijo de Dios, ser
D ios sobre la tierra, terrenus Deus; asim ilarse por
la alimentación todas las criaturas inferiores, ali­
m entarse de la Carne y Sangre del mismo Dios, y
ser realm ente participante de su N aturaleza, divínete
consortes naturae; he ahí el panteísm o católico. (3)
L a razón se deslum bra al contemplarlo. ¿Y nos
pasm arem os del éxito inmenso que obtiene Satanás
cuando lo falsifica y presenta al hombre un remedo
en vez del original?
i Qué digna de ambicionarse es la filiación divina!
¡Ah, hombre, cómo debes am arla! ¡Con cuánta soli­
citud debes conservarla, y si por desgracia la llegas
á perder, con qué prontitud debes recobrarlal Debes
portarte con Dios, como un hijo con su padre. Vive
siem pre de la confianza, del amor y del respeto

[i) R o m . V I I I , 29.
(3 ) S, Joan I, 12.
(3 ) Y a comprenderá el lector que no trato d e llamar panteísmo á
la unión inefable de todas las criaturas con D ios, mediante la adopción
del hom bre com o hijo suyo, en Cristo su H erm ano prim ogénito, y por
el E spíritu Santo, qut datus est nobzs. S ólo pretendo significar que,
siendo un absurdo la unidad panteista, parece un rem edo diabólico de
la unidad cristiana, ó un desgraciado esfuerzo de la razón para llegar á
esa concepción inefable.
- 89 -

filial. Á ejemplo de tus abuelos Noé, Henoch y


Abraham, sé perfecto en todos tus caminos. Que los
ángeles, más bien que los hombres, formen tu socie­
dad. Que nada llame la atención, que nada fascine,
al que sabe que es hijo de Dios. Se degradaría
seguram ente, si después de Dios adm irase cosa
alguna. (I)
¡Cristiano, reconoce tu altísim a dignidad! Pues
participas d éla N aturaleza divina ¡guárdate bien!...
de degradarte con una conducta im propia de tu ele­
vada jerarquía, é indigna de tu realeza celestial.

III

E l tercer efecto

D E L A G EN ER ACIÓN D E Í F I C A , Ó FILIA CIÓ N D IV IN A,


es el derecho á la Herencia P atern a.

Esta herencia, á la cual ninguna otra puede com­


pararse, se compone de la Gracia y de la Gloria,
¡tesoros infinitos!... que comprenden todos los bienes
de nuestro Padre en el cielo y en la tierra. C itare­
mos solamente algunos. En el momento de su adop­
ción, recibe el cristiano, juntam ente con el perdón
de sus pecados y la purificación perfecta de su alma,
las tres virtudes t e o l o g a l e s esperanza y caridad;
las cuatro virtudes m orales sobrenaturales pru den ­
cia, ju stic ia , fo rta le za y tem plan za; y los siete
dones del E sp íritu Santo] que descendieron primi-

(i) San Cypr.


- 90 -
ti vamente sobre el Verbo, nuestro Hermano mayor.
Más todavía: descienden á él, vienen á dárselos,
el Espíritu Santo, autor de todos los dones, el Padre
y el Hijo; es decir ¡toda la augustísima Trinidad,
substancial y personalmente! (1) Todos estos dones,
difundidos en lo más íntimo del alma, hacen del
cristiano un sér nuevo, nacido á una vida nueva
y capaz de obras deíficas, El hombre no sublimado
por la adopción divina, puede ganar, trabajando
hasta la muerte, oro y plata que perecen con él; pero
el cristiano puede atesorar cada día y cada hora un
aumento de G racia, cuyo menor grado vale más que
el Universo entero, L a razón es, que sus obras son
las obras de un hijo adoptado formalmente por Dios,
que procede del mismo Dios y del Espíritu Santo,
quien le mueve á hacer el bien y coopera á sus
actos. (2)
Y sin embargo, esto no es más que una parte de
nuestros tesoros y como el principio de nuestra no­
bleza. Todas las obras del cristiano son sem illas de
gloria. Como el árbol y el fruio nacen de la pepita,
así la gloria y la felicidad eterna nacen de la Gracia,
P ara calcular, pues, toda la dignidad del cristiano,
hay que añadir, que su adopción incoada en el mun­
do, se consumará en el cielo. Allí, en posesión de un
reino, del cual ninguna grandeza hum ana puede
darnos idea, en el seno de la visión Beatífica, será
transform ado en D ios ¡por tan adm irable m anera...
y con unión tan íntima! que, sin que se confundan
y distando siempre infinitamente de Dios, llegará á
consumarse aquella unidad inefable, que Cristo le
garantizó con esta O ración:—«Como Tú, P adre mío,

(i) Corn, á í.ap., in O see I., 10.


(z) Corn, á Lap., in O see I., lo.
- 91 -
en m í} y yo en Tí, que también sean ellos una cosa
en nosotros. — Yo les he dado la g lo ria que Tú me
diste; para que sean una cosa} como también nos­
otros somos una cosa.— Yo en ellos y Tú en m í, para
que sean consumados en una cosa; y que conozca el
mundo que Tú me has enviado, y que los has amado,
como también me amaste á mí.* — (1)
En vista de tanta grandeza, la palabra expira
en los labios; no queda fuerza sino para decir al
cristiano: Noblesa obliga; y al Sacerdote: H as cono­
cer á esos hijos de D ios su dignidad, y las obliga­
ciones que les impone. Hoy especialmente, que el
hombre propende á rebajarse hasta el extrem o de
asemejarse á la bestia... es necesario gritarle:—
«/Sursum corda!... ¡Arriba los corazones!...»—
¡Raza divina, la tierra es indigna de tí!... Que los
groseros instintos de la naturaleza y las opacas lu ­
ces d é la razón, sean los guías de los no cristianos;
p ara tí, la regla de tus pensamientos, afecciones y
obras, deben ser las siguientes palabras de tu divino
Hermano, el Verbo encarnado:—«Sed perfectos} co­
mo es perj'ecto vuestro P adre c e l e s t i a l —
Siendo las misteriosas operaciones que se acaban
de describir, la base de la formación del cristiano,
creemos conveniente reasum irlas en algunas pocas
palabras, que bien comprendidas facilitarán el estu­
dio detallado de la cuarta magnífica creación del
Espíritu Santo.
El hombre, es hijo del hombre por la generación
humana: es hijo de Dios por la generación divina.
Esta generación, que lo hace participar de algún
modo de la N aturaleza de Dios, se verifica p or la
Gracia. La G racia es, pues, un dón, un elemento

(i) S. Joan X V I I —2 i, 22 y 23.


— 92 -

divino, que hace al hombre hijo de D ios y heredero


de su gloria. Este misterio, se efectúa de este modo:
el Espíritu Santo desciende personalmente sobre el
hombre, y se le une con la unión, más íntima que pue­
de haber después de la hipostática. En virtud de
esta unión, la Caridad, cuyo m anantial es el Espíri­
tu Santo, se difunde al punto en la esencia del alma,
llevando á ella todas las virtudes, todos los p r in c i­
pios constitutivos de la Vida Sobrenatural ó D ivina
que consiste en la mism a Gracia. El alma, sin per­
der su naturaleza, se divin iza .., al contacto de este
elemento divino, al modo que el hierro, echado en el
fuego permanece siendo hierro, pero adquiere todas
las cualidades del fuego y se convierte en fuego.
Hecho el hombre hijo de Dios por la G racia sa n ­
tificante ó habitual, es capaz de todo bien sobrena­
tural. Sin embargo, para realizarlo necesita de un
impulso, que se tiene que renovar siempre que se
presenta la necesidad de poner por obra lo que ex­
cede las fuerzas naturales. Del mismo modo, la s a ­
via que hay en el árbol y es su vida, debe ser puesta
en movimiento por los rayos del sol, para que circu­
le por las ram as y produzca flores y frutos. En el
hombre, este impulso es la Gracia actual. Como su
nombre lo indica, la G racia actual es un movimien­
to, un impulso, una inspiración transitoria del E spí­
ritu Santo, que en un momento dado, pone en acción
la G racia habitual, y comunica al alma según se ne­
cesite, la luz, la fortaleza, los remordimientos, el
deseo, etc.; en una palabra, lo que hace falta para
cum plir ó realizar el bien que se presenta (1).
Estudiemos, pues, detenidamente, estas dos fa­
ses de la divina G racia.

(i) San Agustín, Libr. de Grat. Chris. c. X II.


CAPÍTULO VI

Distintas m anifestaciones de la Divina Gracia

P reám bulo

e cuántas m aneras es la Gracia?»—


—«De dos: prim era, la Gracia de
a u x ilio , llamada actual; y segunda,
la Gracia de ju stificación , llamada S a n tific a n te —
G ra d a actual, en la doctrina de la Iglesia, se lla­
ma aquella operación del Espíritu Santo en el alma,
que siendo pasajera, se dá p ara ejecutar acciones
particulares; m ientras que la G racia santificante, es
un dón divino perm anente en el alma.
La G racia actual, es un socorro que Dios conce­
de al hombre para evitar el mal y obrar el bien;
un socorro, según la necesidad para cada una de las
operaciones; y por eso se llama auxilio ó auxilios de
la G racia. Mas lo propio de la G racia santificante,
como lo indica su nombre, es trasladarnos del estado
de pecado, al estado de justicia y santidad: justifi­
carnos, perm anecer en nosotros, m ientras nosotros
perseveram os en ese estado g rato á los ojos de Dios.
La G racia actual tOca al alm a, la ilumina, la excita,
la fortalece como de paso; al contrario la G racia
Santificante, se adhiere al alma¡ la penetra, la en-
- 94 -
ciende en. algún modo como el fuego al hierro, ó la
ilumina y penetra como la luz del sol al cristal, lle­
nándola de un resplandor y belleza constante, una
nobleza y un adorno de virtud, sin lo cual nadie es
agradable á Dios, y con lo cual nadie puede serle
desagradable.
En este capítulo y en los siguientes, hablaremos
extensamente de la G racia de auxilio, de la Gracia
Santificante, y de la diferencia que hay entre las
dos.

La Gracia auxiliar

¿E n qué c o n sist e l a G r a c ia a c t u a l ó d e a u x il io ?

—«La G racia actual ó de auxilio; consiste en que


por ella Dios ilumina nuestro entendimiento y m ue­
ve nuestra voluntad á evitar el mal y á querer y
practicar el bien.» —
L a Gracia del Espíritu Santo, ejerce su influjo so­
bre el entendimiento y la libre voluntad; facultades
superiores del alma. Ella ilumina nuestro entendi­
miento para que conozcamos lo que debemos creer,
obrar y omitir p ara ag rad ar á Dios y alcanzar la
eterna felicidad. Es verdad que nuestro espíritu
puede de una m anera natural, con la reflexión, la
lectura, oyendo la palabra de Dios, y etc., llegar á
conocer varias verdades en orden á su salvación;
pero esta ilustración, no se debe confundir nunca con
- 95 -
aquella otra más elevada é interior, que viene del
Espíritu Santo. A la prim era llegamos por un cami­
no natural y acomodado á las fuerzas de nuestra
alma; la segunda es solamente obra de Dios... Sin
embargo, esta ilustración que está fuera del dominio
de nuestras fuerzas, está, no ra ra vez, unida con la
primera; pues Dios se sirve de esas ocasiones, que
consisten en lecturas espirituales, meditaciones, se r­
mones, etc., para iluminarnos con hm sobrenatural.
Pero la G racia de Dios, no se contenta con ilum inar
nuestro entendimiento, sino que también obra sobre
la voluntad, excitándola, dándole un impulso sobre­
natural para creer firmemente las verdades conoci­
das por la luz de la fe, para querer y am ar el bien
conocido, para practicarle con decisión y fortaleza,
y para evitar el mal, Por consiguiente, el hombre
iluminado por la Gracia divina, siente en sí una in­
clinación, gusto y amor para la práctica del bien;
siente paz y satisfacción, en la resolución de seguir
estos impulsos interiores de hacer el bien y evitar
el mal; y es una paz y satisfacción que no se funda
solamente en el testimonio de la conciencia, sino en
la gratuita impresión del Espíritu Santo en el alma.
La Gracia actual, según esto, no consiste única­
mente en la ilustración sobrenatural del entendi­
miento; sino también en el impulso y excitación so­
brenatural de la voluntad. Las dos cosas son un
dón de Dios: el saber lo que debemos hacer, y el
querer ejecutarlo, para hacerlo. Asi lo enseñan ge­
neralmente los Santos Padres, y en especial San
Agustín, el cual parece haber sido suscitado princi­
palmente por Dios, p ara defender la doctrina de la
Gracia contra los ataques y artificios de los herejes,
—«Que conozcamos, lo que antes no conocíamos; y
que se nos haga grato, lo que antes nos desagradaba;
- 96 -
es un efecto de la D ivina Gracia} que ayuda á la vo­
luntad del hombre.»—(1)
Por lo demás, la razón misma iluminada por la
fe, no sería contraria á esta doble operación de la
Divina Gracia; pues según, el sabio y misericordioso
plan de la divina Providencia, la G racia del Salva­
dor, debía curar las llagas del pecado original. Ahora
bien: según la doctrina de Santo Tomás, el pecado
original causó herida más profunda en la voluntad,
causa del pecado, que en el entendimiento; y el me­
dio saludable de la G racia parecería insuficiente á
la misma razón, si Dios disipase solamente las tinie­
blas del entendimiento con su luz, sin ayudar con su
fortaleza y virtud, la flaqueza y debilidad de la vo­
luntad. Por lo cual dice Cristo:—«Nadie puede venir
á Mí, si el Padre que me ha enviado no lo trae.» —(2)
Significando con esto claram ente, no sólo la ilu stra­
ción del entendimiento, sino también la eficacia de la
Divina G racia que mueve la voluntad.
Pidamos, pues, constantem ente esta Divina G ra­
cia, y digamos con el real Profeta:—«Dadme, Señor,
entendimiento, y exam inaré tu Ley, y la guardaré
con todo mi corazón...; inclinad mi corazón á vues­
tros testimonios; que es como decir: Inclinad mi co­
razón á vuestros Mandamientos, p ara que los medite,
los ame y observe.»—(3)

{i } D e pece, merit,, et rernis., libro II, cap. X V I I .


(2) San Joan., V I., 4 4 .
(3) P salm . C X V I II , 3 4 .3 6 .
II

¿NOS E S N EC E S A R IO E L AUXILIO D E L A G RACIA?

— «Nos es tan necesario... que sin ella no podemos


ni principiar, ni continuar, ni concluir cosa alguna
para la salud eterna.»— ·
Por de pronto, la palabra nuestra salud, no debe
tomarse como equivalente de la palabra m eritoria;
¡jues hay obras, que á lo menos desde lejos contribu­
yen á nuestra salud sin ser m eritorias; como por
ejemplo, las actos de fe, de esperanza y de arrepen­
timiento del pecado, en aquéllos que no han recibido
todavía la G racia de la justificación. Por lo cual
aquella expresión para nuestra salud, tiene una sig­
nificación más extensa, que la palabra meritoria.
Significa pues, que el hombre sin la G racia, no sólo
no puede hacer nada de meritorio p ara el cielo, sino
tampoco nada de saludable ó conducente á la salud
eterna, nada para la virtud cristiana, para la verda­
dera justicia y piedad; en una palabra: que no pue­
de querer, ni hacer, nada que conduzca á la eterna
felicidad.
Por eso dice S. A gustín (1).—“El que quiera
creer rectam ente, debe confesar, que sin la Gracia
nadie puede hacer la menor cosa buena que perte­
nezca á la piedad y á la verdadera justicia.“—Y San
Próspero de Aquitania, en su respuesta á las obje-

(i) D e Grátia Christ, Hb. I, cap. V I .


8
- 98 -

ciones de los semipelagianos, se expresa de la si­


guiente m anera (con los 214 Padres reunidos en el
tercer Concilio de Cartago):—1“Decimos, que la G ra­
cia que nos ha sido dada por Jesucristo, nos ayuda
en todo acto de justicia cristiana, ¡de tal manera!...
que sin ella no podemos tener, ni pensar, ni ha­
blar, ni hacer cosa alguna que sea verdaderam ente
santa y agradable A Dios,“—
Entre los muchos Concilios que han tomado por
argumento de sus consejos y deliberaciones la nece­
sidad de la Gracia divina, merece particular men­
ción el segundo Concilio de Orange (año 529). En el
canon séptimo dice:—"Si alguno sostuviere, que por
las fuerzas de la naturaleza puede algo bueno para
la salud de la vida eterna, ó pensar como es conve-,
niente, ó elegir... sin la ilustración é inspiración del
Espíritu Santo; ese, está imbuido por el espíritu del
error, puesto que no entiende la palabra de Dios en
el Evangelio, que dice:—uSitt Mí, nada podéis ha-
£W.“—(1) Y no menos claro es el canon noveno del
mismo Concilio, que dice así:—“Es dón de Dios, tanto
el que pensemos rectamente, como el que alejemos
nuestros pasos del camino del error y de la injusti­
cia. Pues cada vez que obramos el bien, Dios obra
en nosotros y con nosotros, p ara que lo ejecutemos.“
—Estas decisiones, confirmadas por el Papa Bonifa­
cio II, fueron recibidas en toda la Iglesia. El Papa
declaró entonces que dichas decisiones, estaban de
acuerdo con la regla comúnmente recibida de los
Santos Padres, mostrando especial alegría de que
los Padres reunidos en el Concilio de Orange hubie­
sen tomado aquellas decisiones unánimemente.
-—“Nada, absolutamente nada bueno, que como

(I) S. Joan X V , 5 .
- 99 —
tal valga á los ojos de Dios, podemos nunca querer
principiar, continuar, y concluir, sin la divina G ra­
cia.“—Pues como el mismo Papa añade, es cierto y
es proposición de fe católica que, con respecto á todo
bien, la divina Misericordia, antes que nosotros lo
queramos, nos previene para que lo queramos, que
ella está en nosotros cuando lo queremos con cons­
tancia, según la expresión del Profeta:—-“Dios mío,
tu Misericordia me previene“ (l).—De este texto de
la Escritura, como de los testimonios de los Padres
y decisiones del Concilio, se deduce claram ente que
es necesario para toda obra saludable, no sólo cual­
quier concurso ó cooperación de Dios, como para
todas las obras naturales, para todo paso, para todo
movimiento de nuestros miembros, sino también un
auxilio su perior fundado en el orden sobrenatural,
que nos previene, nos acom paña y nos sigue; y que,
como dice el Apóstol.—“Dios es el que opera en nos­
otros el querer y el obrar.“—(2).
La operación sobrenatural, por la cual el hombre
es excitado á principiar una obra saludable, se lla­
ma Gracia preveniente; aquélla por la cual la vo­
luntad ya excitada, es sostenida en la ejecución dé la
buena obra, se llama: Gracia concomitante; y en fin,
aquella operación sobrenatuVal de Dios, por la cual
es concedida á la voluntad la necesaria perseveran­
cia y fuerza, para concluir la obra, se llama: Gracia
consiguiente,

(1) Psalm. L V I II , I I .
(2) Philip,, t i , 13.
III

¿Por q u é n os es l a G r a c ia t a n in d is p e n s a b le

para to d o lo que conduce á la etern a s a lu d ?

l.°—uNos es la Gracia tan necesaria, porque la


felicidad eterna es un bien de orden superior; por lo
cual, sólo puede conseguirse por fuerza ó auxilio so­
brenatural; es decir, por la G racia."—
El Criador, infinitamente sabio y bueno, ha co­
municado tantas y tan señaladas fuerzas á la natu­
raleza del hombre, que con razón es llamado: la Co­
rona y el Rey de la creación visible. Mas, estas fuer­
zas naturales aunque estuviesen perfectamente ínte­
gras, como antes del pecado original, no bastarían
para principiar, continuar, ó concluir ninguna obra,
aun la más mínima, que fuese saludable y condu­
cente á la vida eterna. La razón de esto se halla, en
que cada una de nuestras obras, todo acto del en­
tendimiento y de la voluntad, para ser saludables,
deben ser por necesidad sobrenaturales. Pues el fin
á que deben dirigirse para ser saludables, es la pose­
sión de Dios, y éste, sobrepuja bajo todos conceptos
las fuerzas naturales; así, aquellas obras, para que
sean escalones para ese fin y medios proporcionados
á él, deben ser por consecuencia, de orden sobrena­
tural, como el fin, Por consiguiente, es tan imposible
al hombre dar un paso en el camino de la salud eter­
na por sus fuerzas naturales, como lo es á un hom­
bre enteram ente baldado, tenerse en pie. De modo
— 101 -
que la divina Gracia es indispensablemente necesa­
ria para que ^1 hombre, por naturaleza incapaz del
saludable conocimiento de su fin sobrenatural, y ab­
solutamente incapaz de esforzarse por conseguirlo,
sea hecho capas de ello en cada uno de sus actos,
Jesucristo se acercó una vez solamente ál p ara­
lítico del Evangelio, y le comunicó la fuerza natural
de cam inar para el resto de su vida; mas para cami- · ”
nar en esta peregrinación hacia la P atria celestial,. .
debe el Espíritu Santo auxiliarnos á cada p a s o q u e ^ ’ ■:
damos, para que nos sea posible continuar felizmen-V·/. ■
te nuestra peregrinación y concluirla. Por esta ra?·
zón, según la doctrina de San Agustín, también los
primeros padres en el estado de la inocencia, dé
justicia y de santidad en el Paraíso, necesitaron in­
dispensablemente de la G racia divina, para todas y
cada una de sus obras saludables. Por lo cual no hay
que extrañar, que el mismo Santo Doctor insista
tantas veces y tan expresam ente, sobre la necesidad
del socorro de la divina G racia, declarando de la
manera más firm e:-«Q ue sin la Gracia divina, los
hombres no hacen absolutamente nada bueno, ni
pensando, ni queriendo, ni amando, ni obrando.» —
Hemos dicho antes, que la divina Gracia nos se­
ría indispensablemente necesaria para toda obra
saludable, aun suponiendo que la naturaleza humar
na hubiese quedado perfectam ente íntegra; lo cual
no sucedió. Las fuerzas naturales del hombre que­
daron heridas y debilitadas por el pecado original,
su entendimiento obscurecido, su voluntad debilita­
da é inclinada al mal. El hombre, pues, en el estado
actual, no puede tanto, como si sus fuerzas hubie­
ran quedado completamente sanas. Según expresión
de Santo Tom ás:—«El hombre ahora, se asemeja á
un enfermo, que aunque pueda hacer algunos movi-
— 102 —
mientos sin auxilio ajeno, de ninguna m anera pue­
de hacer todos los movimientos de un hombre sano,
á menos de ser de nuevo curado por los auxilios de
la medicina.“-—La necesidad de la G racia, es por
esta razón, más aprem iante en el estado actual, en
que por el pecado:—“El sentido y el pensamiento
del corazón humano, están inclinados al mal desde
su juv entudLÍ— (1).
En efecto, el hombre, en el estado actual no sólo
necesita del auxilio de la divina Gracia para conse­
guir su fin superior y sobrenatural, sino también
p ara evitar todo mal; y p ara cumplir fiel y constan­
temente sus deberes morales en todas las circuns­
tancias de la vida, yendo contra los apetitos que le
combaten.
2.°—“La divina G racia nos es necesaria, porque
por ella entram os en unión con Cristo y nos hace­
mos participantes de sus méritos infinitos, que son
la fuente de toda salud.11—
El segundo motivo, por el cual la Gracia nos es
indispensablemente necesaria, es, porque según el
orden sapientísimo de la divina Providencia, nada
contribuye á nuestra salud eterna, si nó recibe su
valor sobrenatural de los méritos de Cristo; y esto
únicamente sucede cuando nuestras obras se han
principiado, continuado, y llevado á cabo en gracia
y con la cooperación de la Gracia. Es decir, que
Dios no quiso restablecer al hombre caído en el es­
tado de justicia y santidad, sino por su Unigénito
Hijo. Pues (como dice el Apóstol) Dios había decre­
tado renovar en la plenitud de los tiempos, todo lo
que hay en el Cielo y en la tierra, en Cristo y por
Cristo (2).

(1) Genes,, V III, 21.


(2) Ephes. III, 10.
- 103 -
—“Dios no encargó á unangel la obra de la Reden­
ción (dice San Anselmo), sino al Hombre Dios, á fin
de que A Él sólo debiésemos nuestra salud, y para
que á Él sólo, como autor de nuestra renovación y
vivificación espiritual, resulte honor, alabanza y
gloria. ¿Y si Dios no quiso dispensar á uno de aque­
llos sublimes espíritus, que están alrededor de su
Trono, el honor de ser autor de nuestra salvación,
cuánto menos querrá dispensarlo á nosotros, hom­
bres caídos, que necesitamos ser levantados y total­
mente renovados...?^— Por eso se guarda bien el
Apóstol, de querer quitar algo á la im portancia y ne­
cesidad de la G racia, haciendo valer la Ley y pos­
poniendo el valor de la G racia, y por eso dice: (1)
—“Yo no desecho la G racia de Dios, pues si por la
Ley nos viniese la G racia, en vano hubiera muerto
C risto.“—Que quiere decir: si el hombre pudiese
por sus propias fuerzas observar á lo menos en al­
guna m anera la Ley, y así m erecer (como sostenían
los semipelagianos) el auxilio divino, para su perfec­
ta observancia; entonces, cada uno se hallaría en
estado de ser en alguna manera el autor de su pro­
pia salvación. Así, A los que opinan que la Gracia
que la fe cristiana recomienda y admite, no es otra
cosa que la naturaleza, podemos con toda razón
decirles: - “Si la justicia viene de la naturaleza, en­
tonces en vano murió C risto.“—
Por consiguiente, el hombre puede hacer obras
saludables, solamente cuando son elevadas por los
méritos de Jesucristo á ser obras sobrenaturales. Y
esta elevación tiene lugar, únicamente cuando dichas
obras son principiadas, continuadas y concluidas
por impulso y con la cooperación de la Gracia. Pues

(i) Galat, II, 21,


- 104 -
solamente con semejantes obras, el hombre pecador,
aunque no todavía perfectamente, sin embargo en
algún modo, entra en unión con Cristo, autor de
toda salud. Quien, por la Gracia preveniente, le da
en algún modo la mano; y el hombre cooperando,
la toma; y así, en unión con Cristo su Salvador,
principia la obra, la continúa, y la lleva á cabo. A
estas obras, y solamente á estas, mira Dios con cle­
mencia y misericordia, porque contempla A su am a­
do Hijo, como autor y consumador de ellas. Y en
vista de estas obras, Dios suele conceder á los que
las ejecutan, y por los mismos méritos de Cristo, la
ulterior Gracia de la Justificación, que los une ya
íntimamente con Cristo, y los hace herederos de la
eterna Bienaventuranza.
¡Que nadie, pues, se gloríe de la Justificación, co­
mo si fuese fruto de sus fuerzas naturales y de su
diligencia! Porque—“por Gracia hemos sido redim i­
dos por la fe, y no por nosotros mismos; pues es dón
de Dios, y no de las obras; para que nadie se glo­
ríe .“—(1) “Si alguno quiere gloriarse, que se gloríe
en el Señor.“—Es decir, en la G racia del Señor.—
uGlóriese en Él (dice S. Agustín), desde el principio
de la conversión hasta el fin; pues como ninguno pue­
de concluir cosa alguna buena sin el Señor, así tam ­
poco puede principiarla sin É l.“—

(i) Ephes. II, 8-9 .


IV

¿C om u n ica D io s su G ra c ia A Tonos los h o m bres?

— “Sí, Dios comunica á todos los hombres Gracia


suficiente para que observen los preceptos y puedan
ser salvos.“— ;
Es voluntad de Dios que todos alcancen su fin úl­
timo y sobrenatural y sean salvos. E sta santísim a
voluntad de nuestro sapientísimo Señor, nos es
dem ostrada de la m anera más evidente por el medio
sublime de que se sirvió, según la doctrina de la fe,
para restituir al camino de la salud al género hu­
mano, excluido por el pecado de la felicidad eterna.
Este medio, fué el de habernos redimido por Jesu­
cristo su Unigénito Hijo, Quien, según la declaración
del Concilio Niceno, por nosotros y por nuestra sa­
lud bajó de los Ciclos y se hizo Ilom brc, Jesucristo
quiere, que le consideremos como Salvador de todos,
diciendo:—UE1 Ilijo del hombre, vino para salvar lo
que estaba perdido“ (1).—Y no eran solamente algiL·
nos individuos del linaje humano, sino toda la des­
cendencia de Adán, todos los hombres estaban p er­
didos. Por esto, el encargo que tomó sobre sí el Re­
dentor, se extiende á la salvación de todos, según la
expresión del Profeta Isaías (2):—'“Todos habíamos
er,rado como ovejas descarriadas y cada uno iba por

(1) S. M a l, X V I I I , ] i .
(2) L U I, 6.
- 106 -
su camino; y á todos nos debió buscar y salvar el
P astor divino.“ —
Queriendo Dios aplicar á todos los hombres el
fruto de la Redención, y por consiguiente, conducir­
los á la salud y á la eterna felicidad, se deduce tam ­
bién claramente, que, de los tesoros de los méritos
infinitos de Jesucristo, comunica á todos las G ra­
cias que son necesarias para poder conseguir su sal­
vación. Por lo menos á ninguno niega Dios la G ra­
cia de Ja Oración, que es la llave para obtener
todos las Gracias, la verdadera fe, y conseguir vic­
toria en las graves tentaciones, para la sincera con­
versión del corazón y para la fie! observancia de los
divinos preceptos.
En tiempos de graves tentaciones, es comunica­
da al hombre Gracia suficiente para conseguir la
victoria sobre ellas, como lo atestigua el Apóstol,
diciendo:—«Fiel es el Señor, que no perm itirá que
seáis tentados más de lo que podéis sobrellevar, sino
que con la tentación os dará fuerzas para poder sos­
tenerla.»—Es decir, que os asistirá con su Gracia
para que podáis salir victoriosos del combate contra
la tentación.»—(1) S an E frén J para ilustrar esta ver­
dad, se sirve de una comparación que habla á los
sentidos, y dice:—«El alfarero deja el vaso de tierra
en el horno, hasta que ha conseguido la conveniente
dureza, y entonces le saca de él con cuidado para
que no se carbonice y reciba daño: así .Dios suele
dejar al hombre expuesto al fuego de la tentación
hasta que se fortalece en la virtud, pero no permite
que el fuego de la tentación sea tan violento ni de
tan larga duración, que sufra daño el alma que la
padece.»—

(I) I Cor., X , 13,


— 107 -
Así como Dios comunica á cada uno la G racia
para no caer en la tentación, así también al que ha
caído le da Gracias suficientes para.una sincera con­
versión. Si esto 110 fuese así ¿cómo se verificaría la
palabra del Señor, que dijo:—«Que había venido á
buscar y salvar lo que estaba perdido; que vino á
este mundo por llam ar especialmente y convidar á
los pecadores á entrar en el camino de la sa lv a ­
ción?»—^) Si Dios no infundiese al pecador la G ra­
cia suficiente para la conversión, ¿qué significación
tendrían las parábolas del buen Pastor, de la dracm a
perdida, y otras? ¿Y cómo se conciliaria esto, con-
la conducta de Jesús hacia los pecadores? A pesar
de los hipócritas fariseos, ¿no es verdad que comió
con los pecadores para darle el prim er impulso á
su conversión? ¿No llamó al curioso Zaquéo á que
bajase de la higuera, porque quería hospedarse en
su casa y hacerle hijo de Abraham? Por eso el IV
Concilio de L etrán (c. Firm iter) declaró:—«Si algu­
no, después del Bautismo, ha vuelto á caer en el
pecado, puede siempre volverse á salvar por la v er­
dadera penitencia.»—
Con respecto á la observancia debida á los Man­
damientos, tenemos la explícita doctrina del Conci­
lio de Trento (ses. 6.a c. 11)—*Dios, dice, no manda
im posibles; sino que mandando, exhorta á que h a ­
gas lo que puedas, y á que pidas lo que no puedas;
ayudando al mismo tiempo con sus auxilios para que
puedas; pues no son pesados los M andamientos de
Aquél, cuyo yu go es suave y su carga ligera. Los
que son hijos de Dios, aman á Cristo; y los que le
aman, como Él mismo textifica, observan sus Man­
damientos, Esto, de cierto lo pueden ejecutar con la

(i) San Matth., I2Í, 1 2 .


- 108 —

divina Gracia; porque, aunque en esta vida mortal


caigan á veces los hombres (por santos y justos que
sean) á lo menos en pecados leves y cotidianos, que
también se llaman veniales; no por esto dejan dé ser
justos; porque de los justos es aquella voz tan hu­
milde como verdadera: Perdónanos nuestras deu­
das. Por lo que tanto más deben tenerse los mismos
justos por obligados á andar en el camino de la San­
tidad, cuando ya Ubres del pecado, y alistados entre
los siervos de D ios} pueden, viviendo sobria, ju sta ,
y piadosamente, adelantar en su aprovechamiento
con la Gracia de Jesu cristo, que fu é quienles abrió
la puerta para entrar en esta Gracia. Dios por cier­
to, no abandona á los que una vez llegaron á justifi­
carse con su G racia, como éstos no le abandonen á
É l primero.* —
Ahora bien: aunque Dios comunica á todos y á
cada uno de los hombres inmediatamente, ó median­
te la Oración, las G racias suficientes para ejecutar
aquéllo á que están obligados para conseguir la fe­
licidad eterna, y aunque en consecuencia de esto,
nadie sea arrojado sin culpa propia al abismo de las
penas eternas; sin embargo, es verdad manifiesta
que no á todos los hombres se les comunica igual
medida de G racias; porque Dios en la distribución
de sus tesoros de Gracias, es plenamente libre para
dar á uno un talento, A otro dos, y á otro cinco.
De lo dicho resulta claram ente, que Dios, en vis­
ta de los méritos de Jesucristo, comunica á todos ¿os
hombres su G racia, no á todos en igual medida, pero
sí tal, que todos, por grande que sea su originaria
debilidad y flaqueza, pueden obrar su eterna salad.
Mas ahora se ocurre preguntar, si Dios en ca s­
tigo del abuso que se hace de la G racia, ó por rech a­
zarla, retira al hombre ulteriores G racias y le aban­
109 -
dona sin esperanza de salvación á su pertinacia en
el mal.
Con respecto A esto, debemos estar firmemente
persuadidos, que no hay pecador, por grande que
sea:., á quien Dios retire plenamente la Gracia mien­
tras vive. La opinión de algunos teólogos, de que
Dios priva al pecador endurecido de todos y cada
uno de los auxilios de la Gracia, tiene contra sí'fuer­
tes razones; pues hay motivos suficientes, no sólo
para suponer, sino para estar firmemente persuadi­
do; que Dios ni A los pecadores empedernidos los
abandona durante la vida de tal manera, que no les
comunique á lo menos la Gracia de llegar A la sin­
cera penitencia y conversión, por medio d é la o ra­
ción y del Sacram ento de la Penitencia. Digamos
con San G regorio:—«El que peca y todavía vive, á
éste le soporta la divina Providencia con longani­
midad, para que se separe de su injusticia.»—(I) ó
con San A gustín,--«N adie desespere de su salud.
Quien quiera que hayas sido, cualesquiera que sean
tus pecados, todavía estás en vida, y si Dios no qui­
siera sanarte, entonces te sacaría del mundo.>—(2)
—«En el hombre no hay obcecación de corazón tan
grande mientras vive, que le sea retirada totalm en­
te la luz interior de Dios* —(3). .
Y en verdad, ¿qué es lo que podría determ inar­
nos á poner límites tan estrechos A la m isericordia
de Dios, como lo hace la opinión contraria, cuando
Dios encarece en las Sagradas E scrituras y textifica
con las más expresivas palabras de ternura, que no
se olvidará jam ás del hombre? -«¿Puede una madre

(1 ) M or., lib, X V I I cap IV .


(2 ) Serm. 35.
(3 ) Psalm . V I.
- l io -
(dice) olvidarse de su niño, y no compadecerse del
hijo de sus entrañas? Pues si ella lo olvidare, sin em ­
bargo, yo no me olvidaré de él, ,.*—([) ¿Por qué,
pues, deberíamos nosotros hacer excepción de un
pecador, por impío y obstinado que sea, cuando
Dios, en la plenitud de su misericordia, no hace tal
excepción, sino que textifica y dice: —*No quiero la
muerte del pecador, sino que se convierta y viva,* —
—«La impiedad no dañará al impío, en el día que se
convierta de su im piedad.»—(2)
Sin embargo, nadie sea tan temerario, que de los
motivos alegados, saque la consecuencia de dilatar
su conversión hasta la última hora; pues, cada uno
debe pensar, que si ahora que la enfermedad del
alma está en su principio y se puede curar fácilmen­
te, se desecha la celestial medicina de la Gracia,
¿cómo puede uno prom eterse que usará de ella más
tarde, cuando, con el aumento del mal, haya crecido
la repugnancia contra ese celestial medicamento? Es
decir, pecador, que si tu corazón rechazando la G ra­
cia y abusando de ella, se hace menos sensible á sus
llamamientos é impresiones: si el Médico Celestial
pone más tarde menos empeño en tu curación en
pena de tu resistencia y de tu infidelidad á los rem e­
dios de su G racia, deberás entonces temer con gran
fundamento que te sorprenda la muerte en estado
de pecado.,, y que así te veas privado del tiempo, y
juntam ente de la Gracia, para hacer penitencia y
salvarte.

(O Isa., X L I X , 1.5.
(3) Ezech, X X X I I I , 11 y 12.
V

¿Q ué debe hacer el h o m b r e po r su parte para que

la G r a c ia o p e r e su sa l u d ?

—«No debe resistir A ella, sino cooperar fiel­


mente.»—
La divina G racia es una luz celestial, que ilumi­
na el entendimiento del hombre; es una voz miste­
riosa, que tiene la virtud de mover la voluntad A la
práctica del bien conocido, y de ap artarla del mal.
Y como sería en vano, que la luz del sol tuviese la
propiedad de alum brar al hombre, si éste cerrase los
ojos; y como la voz de un padre, en vano tiene el as­
cendiente y la autoridad de cxcitar á un hijo A que
obre el bien y omita el mal, si éste cierra sus oídos
y no quiere oír; así también la G racia queda sin pro­
ducir efectos, si el hombre cierra los ojos de su espí­
ritu A los vividos rayos de su luz, y si no presta con
diligencia su oído A sus divinos llamamientos.
Por consiguiente, la divina Gracia no contribuye
A la salud eterna del hombre, sí éste ama más las
tinieblas que la luz, que mediante ella, Dios le envía;
y si su corazón permanece inclinado al mal, á pesar
de sus poderosas excitaciones al bien; ó, en una pa­
labra, si el hombre resiste A la G racia A la m anera
de aquellos pérfidos miembros del g ran Consejo ju­
daico, á quienes decía San Esteban:—«¡Vosotros,
- 112 —
hombres de dura cerviz, vosotros resistís siempre al
Espíritu Santo!»—(1)
P ara que la Gracia contribuya á la salud eterna
de los que la reciben, no basta que no resistan á ella,
sino que es preciso además cooperar con ella sin
tibieza ni dilación y sin punible disipación. Es pre­
ciso abrir efectivamente los ojos del espíritu á.sus
luces, 'p re sta r el oído del corazón á sus mociones,
exhortaciones y también á sus amenazas, en fin, á
su voz, ya nos mande ó prohíba alguna cosa. Es p re­
ciso, con su ayuda, querer y poner por obra aquéllo
á que la G racia preveniente nos impulsa. Un peca­
dor; por ejemplo, siente la gravedad de sus pecados
que oprime su corazón, y suspira con este peso, y.
quisiera arrojarle de sí; mas nunca se resuelve se­
riam ente á ello, porque espera una G racia que le
haga superior á todas las dificultades, que le ahorre
el trabajo de vencerse á sí mismo. Pues bien, este
pecador, excitado á penitencia por la G racia, no le
presta la debida cooperación, y pierde su tiempo
engañado por la más grosera y peligrosa ilusión.
Pues el Reino de los cielos, exige que nos hagamos
violencia; y sólo los que saben vencerse valerosa­
mente, lo conquistan.
El mismo Jesucristo dice:—«Si tú quieres no ha­
cer nada, y estar aguardando á que la Gracia te
mude, perm anecerás eternam ente en el mal, h a­
ciendo inútiles las impresiones de la G racia.»—Pues
en vano prescribe el médico al enfermo enérgicos
remedios, si él, con el pretexto de que son amargos,
no quiere tomarlos; en vano se le ofrece la mano al
que ha caído en un abismo, ó en vano se le echa una
cuerda, si él por su parte ni siquiera se toma el tra ­

( i) A c t. A post., V I I , 51.
— 113 -

bajo de extender la m ano.para salvarse. A sír tampo­


co la G racia puede ayudar al pecador, si éste no
coopera á ella.
El capítulo V de la Sesión VI del Concilio de
Trento, dice así:—«El principio de la justificación de
los adultos, se debe tornar de la G racia divina qué se
les anticipa por Jesucristo: esto es, de su llamam ien­
to, por el cual son llamados sin m érito ninguno
suyo; de suerte que los que eran enemigos de Dios
por sus pecados, se dispongan por la G racia, que les
excita y ayuda para convertirse, á su propia justifi­
cación, asintiendo y cooperando libremente á la mis^
ma divina Gracia; de modo que tocando Dios el co­
razón del hombre por la iluminación del. Espíritu
Santo, el hombre no deje de obrar, admitiendo aque­
lla inspiración; pues en su mano está desecharla·;
pero sepa, que no puede dar un paso sin la G racia
divina hacia su justificación en la presencia de Dios
por sola su libre voluntad.»—
A la Gracia debió Saulo su conversión;—«Por la
Gracia de D ios—dice—soy lo que soy.»—(I) ydes^
pués añade; —«Su G racia no fué en mí inactiva.»-—
Con igual claridad se expresa San Juan Crisóstomo
diciendo:—«Dios te dispensa misericordia; pero no
como quiera, sino diciéndote: da tú también algo; la
pesada carga de los pecados pesa sobre tí; tus deli­
tos son muchos, yo quiero descargarte de ellos; pero
extiende tu mano hacia mí, no porque yo la necesi­
te, sino porqué así es mi voluntad, que tú también
contribuyas á tu salvación.»—
Por consiguiente, Dios quiere que cooperemos A
la Gracia, que por nuestra parte queram os sincera­
mente la conversión, á la cual Él nos excita; quiere

(i) I Cor,, XV, io.

9
- 114 —
que nos arrepintam os y alejemos del mal, que El
reprueba; que queramos y ejecutemos las obras bue­
nas á que Él nos estimula, que las comencemos y las
llevemos á cabo; y lo quiere para que el cielo, la
eterna felicidad, no sea dón puram ente gratuito, si­
no también recompensa de nuestra cooperación. Y
no digamos:—«Yo soy demasiado débil para coope­
ra r del modo dicho, no puedo romper las cadenas
de mis malas pasiones.»—Pues Dios no exige que tú
operes sin Él, sin su ayuda; por tus propias fuerzas
solas, no puedes nada; pero con su ayuda, que
acom paña tus esfuerzos, y que á nadie rehúsa de
cuantos se la piden; serás bastante fuerte para em­
prender y llevar á cabo todo aquéllo á que Él mismo
te excita por la Gracia con que te previene; por ello
te verás animado, y podrás exclam ar con el Após­
tol:—«Todo lo puedo, en Aquél que me conforta» (1).
Procuremos, pues, cooperar con inquebrantable
fidelidad, confiando en el auxilio de aquella Gracia
con que el A utor de nuestra salvación fortalece
nuestra voluntad, excitándonos á saludables pensa­
mientos, palabras, y obras.

VI

¿Puede e l h o m b r e r e s is t ir á l a G r a c ia ?

—«Sí; el hombre puede resistir á ella, pues la di­


vina G racia no se impone necesariam ente á la vo-

(i) Philip., IV 1 3 .
— 115 —
luntad humana, sino que la deja perfecta libertad.» —
El Concilio de Trento defendió la libertad de la
voluntad humana, en las operaciones de la Gracia,
diciendo:—«Si alguno sostuviere, que el libre albe­
drío del hombre movido y excitado por Dios, nada
coopera asintiendo á Dios que le excita y llama para
que se disponga y prepare á lograr la G racia de la
justificación; y que no puede d isen tir aunque quie­
ra, sino que como un sér inanimado, nada absoluta­
mente obra, y sólo es como sujeto pasivo; éste sea
anatem a»—(1).
Dios se lam enta de aquéllos que no prestan su
oído á las divinas inspiraciones, diciendo:—«Llamé,
y no quisisteis oh*; extendí mi mano, y nadie se dió
por entendido»—(2). Y Jesucristo se queja tristemente
de la dureza de corazón de los habitantes de Jeru sa­
lén, diciendo:—«¡Jerusalén! ¡Jerusalén! ¡Cuántas v e­
ces quise congregar tus hijos, como la gallina allega
y cubre con las alas á sus polluelos! y tú no qu isis­
te^—(3). A hora bien: ¿cómo podría Dios prorrum pir
en tales lamentos y quejas, si aquéllos de quienes se
lam enta no hubiesen recibido G racias suficientes?
¿No es verdad que en este caso, los divinos lamentos
hubieran sido del todo infundados? ¿Y no sería esta
suposición una horrible blasfemia? Por consiguiente,
debemos decir, que de m anera alguna les faltó la
Gracia necesaria á los hombres que dieron ocasión
A tales quejas; que obraron con plena libertad al fal­
tar á la debida cooperación; que por su libre elec­
ción no asintieron á la Gracia, aunque Dios por su
parte hizo todo lo posible p ara que diesen su con*

(1) S cs. 6 / , can. IV .


(2) Prov., I., 24.
(3) Matt. X X I I I , 37-
— 116 -
sentimiento; y que ellos, en fin, resistieron á la d iv i­
na Gracia>á la cual pudieron cooperar.
De lo dicho se infiere cuán falso es el sostener
que la G racia no es otra cosa que la omnipotente
voluntad de Dios, á la cual nadie resiste ni puede
resistir. Nó; la gracia no es la voluntad omnl·
potente del mismo Dios, sino que es más bien una
luz sobrenatural, dada por Dios para conocer su d i­
vina voluntad; es una virtud ó fuerza sobrenatural
por la cual el alma se hace capaz de querer y de
ejecutar, sin el menor daño de la libertad propia de
su voluntad, lo que Dios quiere. Es verdad, que Dios
quiere, que el hombre reciba la Gracia que le es co­
municada, que la utilice, que coopere con ella; mas
no quiere esto de un modo absoluto ni de modo que
su querer haga violencia ó imponga necesidad á la
voluntad hum ana para recibir efectivamente la G ra­
cia que le ofrece, y p ara que use de ella según la in ­
tención del Dispensador divino. Dios no impone por
fuerza sus Gracias, pero se reserva los derechos de
su Justicia para castigar la tem eridad de los que por
su libre elección desechan los dones de su infinita
bondad.
Dios, en conformidad con su bondad, quiere sin­
cera y formalmente que todos los hombres se salven;
mas en conformidad con su sabiduría y su justicia,
lo quiere solamente bajo la condición de que el hom­
bre quiera también salvarse; que por su propio li­
bre impulso coopere á las Gracias que la divina bon­
dad le ofrece para su salud. Si esto no hace, el Dios
de justicia quiere que pierda su felicidad eterna y
sea eternam ente castigado. Si el hombre cumple la
expresada condición, entonces la infinita bondad de
Dios le comunica la eterna felicidad como sobre­
abundante recompensa de su fiel cooperación A la
- 117 -
G racia. Si no llena la condición dicha, entonces, en
lugar de la divin a bondad, entra la divina ju stic ia
á imponer la pena eterna al ¡ingrato..., desprecia-
dor de la divina Gracia! En el prim er caso, se cum ­
ple la voluntad del Dios misericordioso; y en el se­
gundo, se cumple la voluntad del Dios ju sticiero.
No resistamos, pues, á la G racia, lectores: sino
por el contrario, cooperemos á ella con toda la efu­
sión de nuestras almas; y demos continuam ente
gracias al Altísimo por su acción benéfica de todos
los momentos; pues la conservación continua de
nuestro sér, equivale á una creación siempre nueva;
y es una acción del orden más elevado, porque los
bienes que Dios durante esta vida nos proporciona
son de infinito valor... son; la Verdad de su Verbo,
que nos alumbra; el Amor del Espíritu Santo, que
nos vivifica; la Sangre redentora de su Unigénito,
que nos purifica y alimenta en el Sacram ento de la
Eucaristía; las Gracias interiores y exteriores, que
preservan al alma de pecados, que com etería sin
ese divino socorro; el aumento de V ir tu d e s por la
Gracia de auxilio; y, en fin, ¡el P araíso/ que nos
ofrece mediante la Gracia santificante.
CAPÍTULO VII

L a acción de la Qracia antes de la justificación

L a G racia es el tim ón de La navecilla


del sim a , que le im pide n au frag ar tti el
em bravecido m ar del m undo; y la co n ­
duce, tras tem pestuosa vida, al ecernal
P uerto de lu felicidad.
Z.

aacción de la Gracia, ó, p ara hablar en el


lenguaje de la Escuela y del Catecismo, la
Gracia actual, mercce un examen deteni­
do, que A continuación vamos á hacer.
Yo no quiero definir ni cual es su entidad sobre­
natural, ni de qué manera es eficaz ó suficiente, ni
cómo se divide y subdivide en G racia antecedente,
concomitante y subsiguiente; en Gracia que previe­
ne, excita, llama, inspira, opera, coopera, dirige,
gobierna, protege, ayuda, confirma y consuma; es­
tas son cosas secretas, difíciles, complicadas, ante
las cuales San Agustín, el doctor de la Gracia, con­
fesaba su impotencia, (l) y que son inútiles á nues­
tro propósito. Consideremos detenida y simplemen­
te, á la luz del Dogma Católico, lo que la Gracia
obra en nosotros.
Resumiré sus operaciones en una sola proposi-

( i) Libro de Praeilestm. Sancl. cap. VIH , n,° 13.


- 119 -
ción, en la cual expondré de intento muy clara y te r­
minantemente la acción de la naturaleza; pues no
debemos alejarnos menos de los herejes que, confun­
diendo la G racia con la voluntad misma de Dios,
hacen de la naturaleza humana un instrum ento pa­
sivo de su Omnipotencia; que de aquellos otros, que
dan A la naturaleza, en la obra de nuestra eterna
salud, iniciativa y derechos usurpados. Explicaré
pues,—«De qué modo la naturaleza prevenida, cura­
da y socorrida por la Gracia, se prepara á ser san­
tificada por la G racia»—Más breve: explicaré—«La
acción de la G racia antes de la justificación.»—

Que la G racia nos previene, es una verdad de fe


definida por la Iglesia contra una herejía famosa que
turbó los primeros siglos del cristianismo, y que
temo mucho, cuente aún en nuestros días con sec­
tarios ignorantes. Creamos fácilmente en Dios, con
respecto á nosotros, obligaciones de justicia, y con­
siderando las buenas disposiciones de nuestra n atu­
raleza, imaginamos que Dios está obligado á incli­
narse hacia nosotros y á darnos dón por dón. Mas
San Pablo ha dicho:—«¿Quién ha dado primero á
Dios, p ara que pretenda retribución?»—(1)—«La
Gracia es un dón gratuito, que no procede de nues­
tras obras; porque si de nuestras obras procediera,
no sería Gracia.» —(2) Pero nosotros estamos más de
acuerdo con nuestras ilusiones, que con la doctrina
de San Pablo, Y osamos apelar á la justicia divina,

(i) i . a R o m , cap. X I , 35.


{2} a.a R o m , cap. X I , 6.
si nó para nosotros, para aquellos seres que nos son
queridos. Cegados por una tern u ra demasiado hu­
mana, seducidos por la honradez real ó aparente de
su vida, nos admiramos menos de verlos obstinada­
mente alejados de toda creencia y de toda práctica
religiosa, que de no ver á Dios descender á ellos,'
como si á esto tuvieran derecho. ¡Error funesto! que
nos hace olvidar la sola perfección que deberíamos
invocar: la M isericordia.
■ Sí, hermanos: la misericordia, y no el mérito, es
el único principio de la prim era Gracia, que atrae
un alma hacia Dios. Pues dice Santo Tom ás:—^ade­
más que repugna y es imposible unir lo meritorio y
lo gratuito, no hay ni puede haber ninguna propor­
ción entre el soberano dón que se nos hace, y la
mezquina naturaleza que lo recibe,» —
El dón que se nos hace, contiene en germ en la
posesión de lo infinito.... Y la naturaleza que lo re­
cibe, aunque esté adornada de las más bellas cuali­
dades, merece únicamente en un orden finito; el dón
que se nos hace, es un acto de especial Providencia;
y la naturaleza, si tiene derechos, sólo los puede
hacer valer ante la general Providencia. Además,
él pecado que precede siempre á la prim era Gracia
en la naturaleza, agrava nuestra impotencia, y la
pone más de relieve.
La acción de la Gracia, es pues, soberanam ente
libre en su principio. El hombre no puede ni prepa-
rarse á ella, ni m erecerla. Muchas veces, por una
santa condescendencia que ocupa el punto medio
éntre la éxtricta justicia y la pura bondad, quiere
Dios escuchar las súplicas de las almas santas que
reclam an de su Misericordia la conversión de un
pecador, y tom ar sus méritos, en lugar de los que
debió hacer el desgraciado por quien interceden, el
- 121 -

cual, ha recibido en sus venas durante largo tiempo,


una sangre im pregnada de la divina G racia. Mas,
en esto, Dios no cede á las exigencias de un derecho;
pues la oración, sólo tiene promesas infalibles para
el que la hace; y el mérito personal no es transferible.
Obrando así, Dios obedece á una alta convenien­
cia, llamada por Santo Tom ás—«la proporción del
A m or.»—Es muy conveniente, en efecto, que el Ami­
go Todopoderoso, no se deje vencer en generosidad
por el alma cuyas fuerzas todas se emplean en ser­
virle y complacerle; y porque el hombre justo no re ­
húsa nada á la voluntad del Dios que ama, Dios le
concede en retorno lo que demanda para los otros,
y prolonga hasta sobre el linaje de sus elegidos, la
bendición sagrada, que estos han hecho fructificar
en sus personas.
Si no podéis apelar á la divina justicia cuando se
trata de obtener para vuestros prójimos la prim era
Gracia, podéis al menos, si tenéis la dicha de ser
amigos de Dios, pedirla con fe á su condescendiente
Misericordia. Pues si vuestra oración no consigue el
efecto próximo y directo que os proponíais, no de­
jará por eso de provocar la liberalidad divina... y
puede ser que la G racia, retrocediendo ante los obs­
táculos que encuentra en aquél para quien la h a­
béis pedido, vaya á derram arse sobre un alma más
abierta de cualquier infiel, perdido allá en las ex tre­
midades del mundo.
Podéis además, los que os encontráis en el albor
de la Prim avera de vuestra existencia, santificaros
á tiempo, y multiplicando vuestros méritos, purifi­
car las fuentes de la vida¡ cuyas aguas deben correr
un día. Podéis prepararos una descendencia bendi­
ta,.,· por cuyas venas, verá Dios con ojos más am an­
tes y compasivos, correr la sangre de sus amigos,
— 122 —
en la cual ser¡ln reprimidos los apetitos de la m ate­
ria, y por lo tanto, disminuidos los impedimentos,
que toda naturaleza hum ana opone, al nacer, á la
prim era G racia de Dios.
¡Ay! ¡como si no fuera bastante triste la herencia
que se legan los hombres unos á otros desde hace
más de sesenta siglos, cada generación ía aumenta,
con sus depravadas inclinaciones! No sólo en los
pueblos que se adormecen inactivos á la sombra de
la muerte, sino también en los que viven en plena
luz del cristianismo, la savia hum ana, se adultera
en cada P rim avera con nuevos gérm enes de corrup­
ción. Por una disposición providencial, la Gracia de
la vida previene á vuestros hijos; pero ¡ay! ¡vosotros
por vuestra parte, no prevenís la G racia actual que
debe, á la hora en que la conciencia se despierta,
solicitar en aquellos pequeños seres un prim er acto
de su libre albedrío, que los incline hacia Dios! La
ley de herencia, transm itiendo al fruto de vuestras
entrañas el sello y el movimiento de los hábitos
funestos de una juventud licenciosa; vuestras cobar­
des condescendencias con inclinaciones y caprichos
infantiles, que se truecan presto en pasiones; vues­
tras palabras im prudentes, y tal vez criminales; los
ejemplos de vuestra vida ligera y libre; el desorden
de vuestro hogar, donde la voz del mundo ahoga la
voz de Dios; ;os parece que todo eso no obstruyelas
avenidas de esas tiernas almas nuevas, que tanta
necesidad tienen de sentir la acción de la Gracia?
En fin, ;no sois vosotros la prim era causa de los im­
pedimentos, ante los cuales retrocede la Providen­
cia, que viene hacia vuestros hijos con las manos
llenas de beneficios? No insisto más sobro esta mis­
teriosa responsabilidad; pero os aconsejo, que re­
flexionéis sobre ella.
- 123 -

Volvamos á nuestro principio. Es de fe, que el


hombre no puede prepararse de una m anera positi­
va á recibir la Gracia; es decir: por el derecho que
crea el mérito; sin embargo, no se puede negar, que
puede prepararse á recibirla de una m anera negati­
va, es decir: por el alejamiento de los obstáculos
que rechazan la acción de D ios.—«El sol sale para
todos; pero si alguno se empeña en c errar los ojos,
éste, que no se queje del astro rey, pues el sol envió
á él su luz como á los demás; culpe el desdichado,
de su mal, á su temeridad, que desechóla luz y pre-
ürió las tinieblas.
Es cierto que la Omnipotencia de Dios no conoce
obstáculos. Ella, sin ningún esfuerzo, rellena el hon­
do foso del orgullo, y derriba las altas m urallas de
la soberbia con que se rodea un alma habituada á
pecar, como para preservarse de sus tiros. Agustín
se humilla bajo sus golpes; Pablo, anonadado, reem ­
plaza en sus trémulos labios las am enazas y las m al­
diciones, por esta tímida y sumisa frase: —«Señor,
;qué queréis que haga?»—(I) Ella, puede en un in s­
tante transform ar un vaso de iniquidad en un vaso
de elección. Estos milagros de la Omnipotencia divi­
na, los leemos en la historia; y alguna que otra vez
los lee también el sacerdote en el libro de la concien­
cia humana. Pero esos son casos extraordinarios, y
aquí nosotros buscamos lo ordinario en las opera­
ciones de la Gracia. Y lo ordinario, no es que un río
engrosado por la tempestad, rom pa todo cuanto en­
cuentra á su paso para desbordarse y derram ar sus
aguas sobre las tierras áridas, sino que deje correr
tranquilam ente sus ondas por las pendientes donde
halla menos resistencia; lo ordinario, no es en trar

(i) Cf. Act. apost. cap. IX, 1 - 18 .


- — 124 —

en un edificio forzando las cerradas puertas, sino


empujando suavemente las que se entreabren. EL
buen sentido, pues, nos dice, que de ordinario la
acción de la Gracia se dirigirá á las almas honradas
y razonables, con preferencia A aquéllas encenaga­
das en el hediondo é impuro lodazal de los vicios; á.
las almas inocentes y débiles, con preferencia á las
dominadas por la soberbia y endurecidas por el o r­
gullo. En varios lugares del Evangelio, Jesucristo
nos indica con su palabra y su conducta, esa natural
inclinación de la misericordia hacia los pequeños:
pues éstos, pueden ser arrastrados al mal por doc­
trinas perversas y escandalosos ejemplos; pero la
humildad y el candor de su alma, los preserva de
esa fatal obstinación, peculiar de los soberbios, que
buscan por medio de sofismas la m anera de hacer
eterna am algam a con la iniquidad.
En este sentido, lcctores, se debe interpretar el
antiguo axioma de los escolásticos, en el cual los
novadores del siglo XVII pretendían olfatear un
cierto olor de herejía: —«Al que hace todo cuanto
está en su mano, Dios no rehúsa su g racia.» —No
se dice que Él la dé, como si la naturaleza por sus
propios méritos tuviera derechos A su liberalidad;
se dice que no la rehúsa... p ara dem ostrar, que de
buen grado sigue Dios las reglas indicadas por su
sabiduría, para la libre efusión de sus dones.
Este axioma, entendido así, aclara la dolorosa
situación délos pueblos infieles, cuya eterna suerte,
preocupa á todos los que tratan de justificar A la
Providencia en el gobierno del género humano. ¿Por
qué la gracia parece detenerse en las fronteras de
las regiones malditas que habitan los infieles? ¿Por
qué?—¡Ay!, porque ellos han añadido, y afíaden
cada día con nuevas prevaricaciones, nuevos obs-
— 125 —
táculos, á la efusión de los dones de Dios. Y sin em­
bargo, no están tan abandonados como nosotros
im aginam os:—«El divino Sol de la Gracia, se levan­
ta sobre su horizonte, dispuesto siempre á hacer
penetrar sus rayos por donde las sombras de la
muerte sean menos espesas.»—Tal es la doctrina
del angélico Doctor, expresada en el texto tan co­
nocido, cuyas prim eras palabras acabo de citar.
—«Pertenece á la divina Providencia proveer á to­
dos los hombres de lo que es necesario para su
eterna salud, con tal que ellos no le opongan impe­
dimento. Si pues, un infiel, <5 un salvaje criado en loá
bosques, sigue la inspiración de la razón natural ape­
teciendo el bien y huyendo del mal; se debe tener
por cierto, que Dios le revelará, por una inspiración
interior, lo que es necesario crecr; ó bien que le en­
viará un predicador, como en otro tiempo, envió á
San Pedro al centurión C ornelio.»-N o cabe duda,
que hay más de un paso, desde el prim er acto de la
naturaleza, hasta la vocación sobrenatural; y la rec­
titud moral de un hombre justo, benéfico, religioso,
temeroso de Dios, como era Cornelio, no se adquie­
re por las solas fuerzas del libre albedrío, Pero la
moción de Dios, no falta nunca á aquél en quien ha­
lla un gérm en de buena voluntad. A éste, lo previe­
ne con socorros gratuitos, que, sin com enzar aún la
vida sobrenatural, cuyo principio es la fe, la prepa­
ran desde lejos; (1) socorros gratuitos, llamados por
los Teólogos: Gracias medicinales.
Me preguntaréis quizás, ¿para qué esas G racias
medicinales? Y tal vez añadiréis: ¿Es que la n atu ra­
leza está enferma y tiene necesidad de ser curada?
Sí: la naturaleza está enferma de una herida que re-

(i) Sum. Teol., Cues. 11 2 , a. 2 .


- 126 -
cibió en su origen, y que el tiempo no hace más que
enconar. ;Cómo es ésto?—Yo os lo diré.—¡Escuchad
los gritos de angustia, que dan á través de los siglos
las grandes almas! Contemplad el horrible espectá­
culo de las m iserias morales de la humanidad, sobre
todo allí donde no han penetrado aún las enseñan­
zas de la fe, y quedaréis convencidos de esta doloro­
sa verdad: —«la naturaleza está enferma.» —
La herejía ha vertido sobre sus males lágrim as
hipócritas, y la ha condenado á una total impotencia.
Sus falsas palabras dicen: —«Que el libre albedrío,
sin los auxilios de la G racia, no puede hacer otra
cosa que pecar. Que todas las obras de los infieles,
son pecados; y todas las virtudes de los filósofos,
son vicios.»—Y el racionalismo por otro lado, echan­
do tupido velo sobre la abierta llaga del pecado, ha
pretendido—«que la inteligencia humana, tiene bas­
tante con sus alas p ara recorrer el vastísimo im pe­
rio de la verdad; que las solas fuerzas del libre albe­
drío, son suficientes para la conquista de su per­
fección moral.»—Pero la Iglesia ha intervenido, y
rechazando con su mano soberana á esos fatales
apóstoles de la desesperación y de la presunción,
—«¡Callad, — les ha dicho — la naturaleza no está
m uerta, sino enferma; y la G racia de Dios, es quien
la puede curar..! La naturaleza no está muerta; pues,
entre las sombras del error ha podido discernir v er­
dades prim arias, de las cuales se ha servido el
Apóstol, para reprocharle sus infidelidades é ingra­
titudes. (I) La naturaleza no está m uerta, pues los
Gentiles, viviendo fuera de la Ley, han ejecutado
naturalm ente, obras que la Ley prescribe (2). La

(i) R om . cap. I, J9. 32,


(z) R o m . cap, II, 14.
- 127 -
naturaleza no está muerta; pues en la Sagrada E s­
critura, vemos á Dios, que sólo recom pensa el bien,
bendecir cierta acción de los infieles con la prospe­
ridad y el buen éxito (1). La naturaleza no está m uer­
ta, sino enferma. El vuelo de su razón á cada instan­
te decae, y la precipita en las tinieblas, cuando elLa
cree todavía cernerse en las regiones de la luz; los
esfuerzos de su voluntad, mal regulados, mal dirigi­
dos, y siempre contrariados por la violencia de los
apetitos, no pueden sostener la larga y difícil ca rre ­
ra de las virtudes, que hacen bueno al hombre.
¿Quién no conoce la historia de las m onstruosas abe­
rraciones del espíritu humano? ¿Quién no sabe que
los filósofos más encumbrados y los más netos han
sido en todo tiempo contaminados con algún grose­
ro error? ¿Quién no ha visto con pena, los crím enes
más abominables, protegidos por las leyes, en tra r
en las costumbres de las naciones civilizadas? t-1
robo, la doblez, la m entira, la crueldad, la tiranía
del vencedor sobre el vencido, del grande sobre el
pequeño, del rico sobre el pobre, del señor sobre el
siervo, del hombre sobre la mujer, del padre sobre
el hijo, la relajación de los sentidos, las infamias
innominadas é innombrables? Y todo esto ¿podrá ser
el fruto de una naturaleza sana? Nó; todo eso proce­
de de su enfermedad y decaimiento. La carne, en
lugar de someterse al imperio del espíritu, lo debi­
lita, y codicia contra él (2). Por eso dice el Apóstol:
—«Yo veo en mis miembros una ley que combate la
ley de mi alma y me encadena á la iniquidad. La ley
es espiritual, y yo soy carnal; vendido al pecado por
la desgracia de mi nacimiento, no comprendo lo que

(1) Exod. cap. I, 20, z i.


(2) Gaíat. cap. V , 17.
— 128 —
hago; pues no hago el bien que quiero, sino el mal
que aborrezco. ¡Oh, qué infeliz soy! ¿Quién me librará
de este cuerpo de m uerte?—La Gracia de D ios»—{ 1).
Sí, ¡solamente la Gracia de Dios! Ella, cual radiante
sol, ilumina el cielo del alma y hace que la razón
distinga la luz de las tinieblas, dejándole ver, no
sólo las verdades teóricas, sino las prácticas que
forman la conciencia; la G racia dispone la voluntad
á obedecer las órdenes de la razón práctica, y á
cumplir todos los preceptos de la divina Ley de
Dios; la G racia en fin, afirmando el libre albedrío,
da al cristiano fuerzas para sostener los temibles
asaltos de las tentaciones,
Muchos hombres de bien, creen deber su honra­
dez á. las facultades humanas, de las cuales anali­
zan psicológicamente las operaciones, olvidando por
completo el medio en que viven; y ese medio, hace
veinte siglos que está impregnado de la Gracia de
Dios. Las enseñanzas de la fe, fas sabias prescrip­
ciones de la disciplina cristiana, la virtud de los
Sacram entos, los ejemplos heroicos de los santos,
han formado con el tiempo una atmósfera bendita,
en cuyo seno están sumergidos: allí respiran los
divinos efluvios, y se asimilan la fu erza sobrenatu­
ral; sin querer ser cristianos, piensan y obran
cristianam ente; y son tan ingratos, que agradecen á
la naturaleza tina honradez, de la cual, la Gracia es
en realidad el principio.
¡Oh! ¿que seríamos sin la predicación del E van­
gelio, y sin las luces y los beneficios que le acompa­
ñan? Seríam os salvajes, bárbaros, ó paganos civi­
lizados. El hombre más de bien, se comería quizá á
la hora ésta, en pleno siglo XX, á su semejante, ó

(i) Rom. cap. VIII, 23 al 25.


- 129 -
viviría del pillaje y de la rapiña, ó celebraría algún
misterio inmundo, ó cubriría como los sabios de la
antigüedad, con el manto de la sabiduría, alguno de
esos vicios que la opinión pública absolvía en otro
tiempo, y que hoy condena y castiga con imborrable
deshonra,
Mas ¿qué digo? Sin necesidad de suprim ir la pre­
dicación del Evangelio, hasta en los lugares donde
se deja sentir la influencia de las Gracias exteriores
que debemos á la práctica pública del cristianismo,
podéis encender la linterna de Diógenes p ara buscar
el completo y verdadero hombre de bien: el hombre
inteligente, sin orgullo; rico sin ostentación, ó pobre
sin envidia; prudente, sin doblez; fiel á su palabra;
prefiriendo en todo acto, la justicia A su interés;
firme, sin dureza; fuerte en la adversidad; paciente
en los sufrimientos; dispuesto siempre á servir al
prójimo; abriendo siempre á la miseria una mano
liberal; constante en la amistad; perdonando gene­
rosamente las injurias; desterrando todo rencor y
odio hacia su enemigo; reprimiendo sus pasiones;
regulando sus apetitos; velando sobre sus sentidos;
sabiendo someterse sin rebajarse; m andar sin alta­
nería y sin desdén; y sobre todo inclinándose delan­
te de Dios, con una razón convencida de su infinita
grandeza, con un corazón rebosando de un amor
que exceda á todos los amores. ¿Dónde está ese hom ­
bre de bien? ¿Creéis quizá que entre los que preten­
den deber su honradez á la naturaleza? Nó, y mil
veces nó: jam ás podríais hacerm e creer, que la G ra­
cia que cura la naturaleza, no toma alguna p arte en
esa honradez.
Y aun cuando así fuera, como la honradez no es
todo el hombre, Dios, como ya os he dicho, quiere
de nosotros una perfección m ayor. Nos asigna, como
10
- 130 - -
fin ultimo la visión eterna de su Esencia, y el único
medio adecuado á este fin es—«la comunicación ín ti­
ma de la Vida D ivina como don permanente.»—Esta
comunicación, que en cada uno de nosotros es siem­
pre precedida del pecado, se llama justificación. Por
eso dice el Apóstol:—«La acción de la G racia prece­
de á la justificación medíante la vocación. Quos vo~
cavithos et ju stijica v it. No debemos creer, lectores,
que se descubra el orden sobrenatural y que entre­
mos de lleno en él, por medios puram ente humanos.
Nadie abandona la esfera lim itada de la naturaleza
y aspira á la Vida Divina, sin un llamamiento de
Dios; el cual se compone generalm ente de dos G ra­
cias: la Gracia exterior de enseñanza, y la Gracia
interior de iluminación y de atracción, seguidas de
la aquiescencia del alma hum ana á la verdad y á
sus consecuencias prácticas. El infiel tiene necesi­
dad de esta doble G racia, como aquéllos á quienes
se dirigía la prim era predicación de los Apóstoles,
pero ¿y nosotros?
¡Ay!... bajo los rayos de luz repartidos por todas
partes de la verdad católica, veo una multitud de
infortunados que cam inan entre sombras. Estos,
después de haber sido largo tiempo inundados de
luz, se han deshonrado por una apostasía pública, y
parece que sólo tienen vigor y audacia p ara vengar­
se blasfemando de Aquél que con am or los había
llamado. Más m iserables que los infieles de naci­
miento (los cuales, según las tristes y compasivas
expresiones de la E scritura:—«Están sentados en
las tinieblas»—) huyen, cuando la luz se les acerca.
¿Qué digo? no sólo huyen, sino que hacen poderosí­
simos esfuerzos por apagarla... tan grande es su de­
seo de que nadie goce de la claridad, tan sólo porque
á ellos les desagrada. Aliados por juram ento á la
- 131 -

impenitencia, marchan con paso acelerado y resuel­


to á s u condenación, ¿Los llam ará Dios todavía una
vez más por medio de algún violento golpe? ¡Miste­
rio!... Pero, si la voz de la G racia no vuelve á reso­
nar ya nunca para ellos ¿qué podrán reprochar á la
Providencia, después de haber hecho inicuamente
traición á sus misericordiosos designios?
Al lado de estos renegados ¡cuántos otros hay
incrédulos, por no haber oído bien, ó haber enten­
dido mal, el llamamiento de Dios! Prevenidos antes
de llegar á la edad de la reflexión por preocupacio­
nes mundanas é influencias extrañas, han olvidado
presto y con facilidad la verdad escuchada con oído
distraído (si e sq u e la escucharon). De todo lo que
han visto, entendido y estudiado después, no han
recogido más que ideas falsas y preocupaciones
que los han alejado de la fe. Mas, por piedad y com­
pasión á su ignorancia, Dios no rehúsa todavía lla­
marlos de nuevo. Su divina palabra, les sale al en­
cuentro por entre los labios de una am ada esposa,
de un cariñoso amigo, de un Apóstol elocuente, ó
bien sobre las páginas de un libro, donde se ha de­
rram ado la fe de un alma grande y bella.
Entonces, escuchan, leen, se sienten conmovi­
dos... sin embargo, ni el amor más tierno, ni la am is­
tad, ni la elocuencia, ni el estudio, ni la ciencia, los
convencerán, si Dios no añade á esas preparaciones
exteriores una preparación íntim a que dé á sus
almas la inteligencia de la verdad, y las haga adhe­
rirse á ella por la fe, Lydia escuchaba las predica­
ciones de San Pablo, pero el sublime Apóstol, no hu­
biera logrado mejor éxito que en el Areópago, si el
corazón de su huéspeda no hubiera sido abierto á sus
enseñanzas por una misteriosa operación de la Gra-
- 132 -
cía de Dios,—«Dominus aperuit cor ejus intendere
his quce dicebantur á Paulo.»—(1).
Es preciso, lectores, tener en cuenta esta opera­
ción de la Gracia, no menos que vuestros esfuerzos
personales. Vosotros sois culpables, cuando vuestra
alma obstinada, á pesar de todos los motivos que se
le presentan (y á veces la asedian) p ara que se ins­
truya en las cosas de Dios, rehúsa cooperar á la
G racia exterior de la vocación, de cualquier manera
y forma que ésta se le presente y la prevenga. Pero,
cuando después de haber respondido á esta prim era
Gracia con vuestra atención y serias investigacio­
nes, os oigo quejaros todavía de no tener fe..,; tengo
el derecho de preguntaros: si no queda aún en el
fondo de vuestra alma un resto de orgullo ó de co­
barde espanto, que os hace retroceder delante de
las consecuencias prácticas de vuestra adhesión, y
os impide exclam ar, cual el ciego de jericó, con voz
franca y corazón sincero:—«Domine, fa c ut v¿-
deam.»—(2)—«Señor, haced que yo vea.»—
No nos aproxim am os^ Dios, ni nos preparam os
á la participación de su Vida} más que por la fe. Sí:
la fe es el necesario principio de nuestra salud, y la
fe es, en nuestras almas, ía ñor de la Gracia actual,
el fruto de la Gracia activa (3). —«Si alguno dijere
(palabras del Concilio de Trento) que el hombre sin
que se le anticipe la inspiración del Espíritu Santo,
y sin su auxilio... puede creer, esperar, am ar, ó a rre ­
pentirse según conviene, para que se le confiera la
G racia de la justificación; sea anatem a»—(4). Pero

(t) A ct., cap. X V I , 14.


(2) S. Luc. cap. X V I I I , 41,
(3) Cone. Aransic II can. 7.
(4) Cone. Trid., sess, V I , can, 3.
- 133 -
yo conozco á muchos que tienen fe, y sin embargo,
á pesar de esto, su alma está desde hace mucho
tiempo privada del gran don de Dios. No son igno­
rantes, y en las largas horas en que pensando seria­
mente entran dentro de sí, y sondean el abismo que
el pecado ha ido excavando en ellos, se entristecen;
quisieran acabar con esa vida incompleta, cuyas
buenas obras se m architan á medida que van abrien­
do .sus flores; y cuyos m éritos, son saturados de im ­
potencia. Quisieran... pero... ¡ay! no quieren aún...
El pecado los abochorna y ruboriza, pero no tienen
valor para rom per sus lazos; la virtud les da envi­
dia, quisieran practicarla; pero no se encuentran
con fuerzas para concederle los sacrificios que ella
exige. Inquietos, turbados, atorm entados constante­
mente por la fe que les grita con poderosa voz: ¡Con­
vertios! ... No saldrán de esta crisis m isteriosa, hasta
que no digan resueltam ente:—«¡Señor, convertid­
nos, que Vos sois nuestra salud!: «Converte nos,
Deus, solutaris noster»—{\) porque solo la G racia
opera el arrepentim iento que agrada á Dios. ¡Peca­
dores! desconfiad de vuestra debilidad, temed la
poca constancia de vuestras resoluciones, todo eso
está bien; pero no olvidéis ¡os lo suplico con toda la
efusión de mi alma! no olvidéis, que hay una fu e rza
infinita siempre dispuesta á asistiros... Haced lo
que podéis, pedid lo que no podéis hacer, y estad
seguros, que Dios hará siempre más de lo que os
debe.
He ahí, lectores, la acción de la G racia antes de
la justificación. La he descrito, no según mi capri­
cho (¡Dios nos preserve de caprichosas fantasías en
tan delicadas cuestiones!) sino según las enseñanzas

(i) Psalm. LXXXIV.


— 134 —
term inantes de la fe. L a fe es la que nos dice, que la
G racia prepara la naturaleza, la cura, la ayuda y
sobrenaturaliza en las operaciones preparatorias
para la justificación. L a naturaleza no es, pues, una
fuerza independiente, que en un momento crítico
pide prestado el socorro de otra fuerza p ara obrar
con ella, como el conductor de un vehículo pide un
refuerzo, nó; es una fuerza enteram ente subalterna,
asida por una fuerza superior, y obrando indivisi­
blemente con ella. Y no obstante, en esta indivisible
acción, la naturaleza no es impotente por absorción,
ni es tampoco destruida, Conserva ín tegras sus
propiedades, goza de su libre movimiento y com­
pleta libertad; —«y se prepara ella m ism a,—dice
Santo Tom ás—bajo la acción de la Gracia, á ser
santificada por la Gracia.»—
¿Cómo se opera esta santificación? ¿Cuál es la
acción de la Gracia, después de esta santificación?
Tales son las dos cuestiones, que hemos de tratar en
los capítulos siguientes.
CAPÍTULO V III

De la Gracia Santificante

¿Q ué c o sa es G r a c ia S a n t if ic a n t e ?

— (( «¡3 * s un ^on sobrenatural no merecido


9ue e* Espíritu Santo comunica á nues-
tras almas, por el cual de pecadores
somos hechos justos, hijos de Dios y herederos del
cielo.»—
El Profeta Ezequiel (í) refiere la siguiente visión:
—«Vino sobre m í—dice—la mano del Señor, y me
sacó fuera en espíritu del Señor: y me dejó en medio
de un campo que estaba lleno de huesos: y me llevó
alrededor de ellos; y eran en g ran núm ero so­
bre la haz del campo, y secos en extrem o. Y díjome:
—«Hijo del hombre ¿crees tú acaso que vivirán es­
tos huesos? Y dije: Señor Dios, tú lo sabes. Y dí­
jome: Profetiza sobre estos huesos, y les dirás:
Huesos secos, oíd la palabra del Señor. Esto dice el
Señor Dios á. estos huesos. He aquí yo h aré en trar
en vosotros espíritu, y v iv ir é is ; y pondré sobre

(i) Cap. X X XV II.


— 136 —

vosotros nervios y haré crecer carne sobre voso­


tros y extenderé piel sobre vosotros; y os daré espí­
ritu y viviréis y sabréis que yo soy el Señor. Y
profeticé como me lo había mandado; mas cuando
yo profetizaba, hubo ruido, y he aquí una conmo­
ción; y ayuntáronse huesos á huesos cada uno á su
conyuntura. Y miré y vi que subieron nervios y
carnes sobre ellos; y se extendió en ellos piel por
encima, mas no tenían espíritu. Y el Señor me dijo:
Profetiza al espíritu, profetiza, hijo del hombre,
y dirás al espíritu: Esto dice el Señor Dios: de los
cuatro vientos ven joh espíritu! y sopla sobre estos
muertos, y revivan. Y profeticé como me había
mandado el Señor: y entró en ellos espíritu y v iv ie ­
ron; y se levantaron sobre sus pies, un ejército nu­
meroso en extrem o.»—
Esta visión profética encierrra todos los rasgos y
es imagen fiel de la resurrección del pecador por la
divina G racia. El pecado robó al hombre, que se h a ­
llaba en la ñor de la inocencia, la vida superior y
sobrenatural de la Gracia, tornándole, por decirlo
así, en feísimo esqueleto que está tendido en el cam ­
po de este mundo sin movimiento, seco y descarna­
do, hasta que viene el Espíritu del Señor y reúne de
nuevo los huesos y los cubre de carne y de piel.
A hora bien: esto obra el Espíritu divino, previnien­
do y excitanda al pecador á conversión y penitencia
y preparándole á resucitar en Cristo por la Gracia.
Como en la creación el cuerpo formado de la tierra
estaba sin vida, y necesitaba del atiento del Criador
para dar vida á aquella im agen de tierra, así el pe­
cador, preparado mediante la G racia actual á la
nueva vida, no está todavía vivo, pues es necesario
p ara que viva, que venga sobre él el Espíritu de
Dios, y le dé la Vida Sobrenatural. Este aliento ó
— 137 -
Espíritu vivificante del Señor, es aquel dón del E s­
píritu Santo que llamamos Gracia Santificante.
Mediante esta Gracia, el hombre es restituido del
estado de pecado al estado de santidad y justicia, y
por esto se llama también Gracia de justificación 6
santificación; y así como el estado de pecado es
un estado de muerte, así la infusión de la G racia
santificante que saca el alma de ese estado de m uer­
te y la torna al estado opuesto, dándole de un modo
perm anente vida g rata á los ojos de Dios, se com­
para, no sin razón, á la resurrección de la m uerte
corporal y se llama regeneración espiritual.
Ha de observarse, que el estado de santidad y ju s­
ticia en que nos coloca la G racia santificante, no
debe confundirse con la perfección cristiana, que
suele llamarse ordinariam ente santidad. Por la p a ­
labra santidad y justicia debe entenderse aquí aquel
estado en que debe hallarse necesariamente el hom­
bre para ser grato á Dios y poder hacer obras me­
ritorias de vida eterna. Este estado va ligado inse­
parablemente con la am istad de Dios, con la digni­
dad de hijos adoptivos de Dios y herederos del cielo.
Por consiguiente, así como la G racia nos convierte
de pecadores en justos y santos, así también nos tor­
na de enemigos de Dios en amigos suyos, de infeli­
ces esclavos de Satanás, en hijos muy amados del
Altísimo, y como tales en herederos del reino de
nuestro Padre que está en los Cielos, en herederos
de la felicidad eterna. El Apóstol S. Pablo dice:
—«Sí hijos, también herederos de Dios y coherede­
ros de Jesucristo» —(1).
De lo dicho se infiere claram ente, que la G racia
santificante no es un bien debido á la naturaleza ó

(r) Rom, YIII, 1 7 .


— 138 —
que se puede conseguir con las fuerzas naturales,
sino un don sobrenatural; pues tanto la santidad y
justicia que nos comunica, como la dignidad de hijos
adoptivos de Dios y herederos del cielo, son bienes
que en sí pertenecen al orden sobrenatural de la sa­
lud eterna. En segundo lugar, se deduce claram ente,
que dicha G racia es un don gratu ito, ó no merecido,
que no podemos conseguir, ni siquiera m erecer, por
nuestras fuerzas, pues el pecador está muerto espi­
ritualm ente, y sólo por la Gracia santificante alcan­
za la vida sobrenatural, y con esto la capacidad de
hacer obras m eritorias en la presencia de Dios. La
Gracia de santificación ó justificación es, pues, un
don del todo gratuito del am or y misericordia de
Dios.
Así dice el Apóstol:—«Hemos sido reconciliados
con Dios por la m uerte de su Hijo, cuando aún é ra ­
mos enemigos suyos. Sí, pues, cuando éram os ene­
migos, hemos sido reconciliados con Dios, claro
es que somos justificados sin mérito nuestro, por
su G racia, por la Redención que está en Cristo
Jesús;»—esto es, que nos es otorgada únicamente
por los méritos de Jesucristo nuestro Redentor (1).

II

¿Q u é es , pu es, lo que e n c ie r r a en sí

LA JUSTIFICACIÓN D E L PECADOR?

—«La justificación encierra en sí: 1,®la purifica­


ción del alma de todos los pecados, á lo menos de los

(i) Rom, V, io .
- I n ­
mortales; y el perdón de la pena eterna debida por
ellos; 2.° la santificación y renovación, del hombre in­
terior.»—
1.° Con respecto á la verdadera purificación in­
terior del pecado, el Concilio de Trento, dice así:
— «El que negare que por la Gracia de Jesucristo,
que es comunicada en el Bautismo, no es perdonado,
ó sostuviere que todo lo que constituye la esencia
del pecado no es borrado, sino sólo raído ó no impu­
tado, sea anatem a.—(I) Lo que el Concilio dice aquí
del pecado original, vale del mismo modo con res­
pecto á todos los demás pecados cometidos antes del
Bautismo. Y así como la prim era justificación recibi­
da por el Sacram ento del Bautismo, es un verdadero
perdón y destrucción del pecado, así también queda
el pecado destruido y perdonado en la justificación
que se sigue después del Bautismo, sea por el S acra­
mento de la Penitencia, sea por la contrición perfec­
ta. Pues, según la doctrina de la Iglesia, el hombre
no es jam ás justificado sin que se le perdonen á lo
menos todos los pecados mortales y quede p erfecta­
mente limpio de sus manchas. Del mismo m odo, jun­
to con la culpa ó culpas graves, es perdonada la
pena eterna. Al contrario la pena tem poral, ésta
no se les perdoná siempre totalm ente según el mis*
mo Concilio (2) á los que han pecado después del
Bautismo, como sucede en la prim era justificación
por este Sacramento. Y por esta razón, en el S acra­
mento de la Penitencia se imponen ayunos, limos­
nas, oraciones y otros piadosos ejercicios en s a tis ­
facción del resto de penas temporales debidas por

(1) Ses. V , c. V .
(2) Ses. V I, c. 14.
— 140 —
los pecados, lo cual no se hace en el Sacram ento del
Bautismo.
L a doctrina de la Iglesia acerca del verdadero
perdón interior ó destrucción del pecado por la G ra­
cia de la justificación, está expresada clara y term i­
nantemente en la Sagrada Escritura. En ella no se
habla de sólo encubrir y no im putar el pecado, si no
se dic e—«que los pecados son borrados»..—{1)—«Que
Dios los hace desaparecer, como se disipa una n u ­
be»—(2).—«Que el pecador que es limpio (lavado) (3)
queda más blanco que la nieve»—(4) de tal m anera
que no se encuentra en el pecador—«nada digno de
condenación.» —(5).
2.° Con respecto á la transform ación ó santifi­
cación interior, la Iglesia enseña, que en la justifica­
ción la justicia de Jesucristo no es solamente una
cosa que nos sea imputada, ó como un vestido que
se nos da y se nos viste, sino que nos hace efectiva­
mente justos; de m anera que somos totalm ente re­
novados en el alma, esto es, en lo más íntimo de
nuestro sér; que con toda verdad somos llamados y
somos en realidad justos y santos recibiendo en nos­
otros la justicia y santidad, cada uno según la medi­
da de la G racia que el Espíritu Santo le comunica (6).
Por lo cual, el mismo santo Concilio (7) declara ex­
presam ente:—«El que enseña, que los hombres son
justificados sólo por imputación de la justicia de Cris­
to, ó sólo por el perdón de los pecados, con exclusión

(1) Isa,, X L I ir , 25,


(2) Isa,, X L I V , 3Z,
(3) I C o r . V I , 11.
(4) Isa, L , 9.
(5) R om . V III, 1.
(6) Trideu, Ses, 6 c, 7
(7 ) C. 11.
- 141 -
de la Gracia y Caridad que el Espíritu Santo difunde
en sus corazones y conque habita en ellos; sea ana­
tema.»—
Por consiguiente, según el sentido y doctrina ca­
tólica, por la justificación, no sólo se corta, sino que
se arranca de la tierra de nuestro corazón la mala
hierba del pecado, y se pone en su lugar la planta
de la vida santa y g rata á los ojos de Dios; ó en
otras palabras, el hombre, en conformidad con las
promesas de Cristo, e s - «en verdad santificado por
la G racia de la justificación.»—(I)
La semejanza sobrenatural con Dios, borrada
por el pecado, es restablecida... en el alma del hom ­
bre justificado, y la divina Gracia le infunde una v i ­
da celestial y nueva. Ella da al alma fuerzas supe­
riores para la práctica de obras agrables á Dios, le
infunde las Virtudes Teologales, la enriquece con
los preciosos Dones del E sp íritu Santo, y la hace
en algún modo semejante á la de Dios. Por esto dice
el Apóstol:—«Que los justificados no sólo están lav a­
dos, sino santificados en el Espíritu de Dios (2) y
que el Espíritu Santo fue difundido en nosotros
abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador.» —
(3)—«Que han recibido la plenitud de los dones y de
la justicia.»—(4)
Y el Apóstol San Pedro, dice:—*Que han sido he­
chos p articipan tes de la N aturalesa D ivina.»—Por
consiguiente, la santidad y justicia de los hombres
justificados no consiste solamente en ser apartados
del mal y libertados de las culpas, sino en conver­

t í ) Joan X V I I , 17.
(2) I Cor. V I, II .
(3) Xit. 111,6.
(4) R o m . V , 17.
— 142 —
tirse á Dios en un sentimiento santo, en la caridad
divina, en una decidida y fuerte inclinación y direc­
ción de la voluntad al bien, al último fin, á la eterna
felicidad.
La justicia conseguida mediante la G racia San­
tificante es un estado santo y rico de gracias, en el
cual, Dios se complace. Y cuando Dios dice con en­
carecimiento en la Escritura: —«Que sus delicias son
m orar con los hijos de los hombres» (1) esto se entien­
de principalm ente de aquellas almas en las cuales
brilla de nuevo su divina semejanza con el adorno
de virtudes celestiales. Dios se hospeda en los cora­
zones de estas almas, y según las palabras del Sal­
vador, en ellas fija su morada: —«Si alguno me ama,
mi Padre le am ará; y vendremos á él, y pondremos
en él nuestra morada.» "(2).

III

P r e p a r a c ió n p a r a l a ju s tific a c ió n

¿D e d ó n d e to m a su p r in c ip io l a j u s tific a c ió n

D E L PECADOR?

— «De la G racia que le previene, la cual ilumina


al pecador y le estimula á convertirse á Dios.» —
Cuando el hombre pecador ha conseguido el con­
veniente uso de la razón para poder hacer, con el

(I) P rov. V III, 31.


( í) Joan X I V , 23.
- 143 —
auxilio de la G racia, actos saludables de fe, espe­
ranza y caridad, y de contrición, entonces es indis­
pensablemente necesario que se prepare para reci­
bir la justificación. El Evangelio nos m uestra mu­
chas veces la penitencia como indispensable prepa-
ción y condición necesaria, sin la cual los pecados
no pueden ser perdonados, ni el pecador puede re­
conciliarse con Dios. Y Dios mismo, por boca del
Profeta Zacarías (1) dice: —«Convertios á Mí, y yo
me convertiré á vosotros.»—Y por el Profeta S a­
muel (2):—«-Preparad vuestros corazones á D io s.*—
Según esto, si el hombre por su parte no quiere
volverse á Dios, no puede esperar que Dios se vuel­
va á él y le santifique, y le reciba en su G racia como
á hijo amado.
El Concilio de Trento lanza anatem a sobre los
que se atreven á enseñar:—«que no es necesario bajo
ningún aspecto que el impío se prepare para alcan­
zar la Gracia de la justificación y se disponga á ella
por el movimiento de su voluntad.»—(3) Por consi­
guiente esta preparación indispensable y necesaria
por parte de todo adulto á quien pueda im putársele
pecado, es el prin cip io de la salud. Y como según
lo dicho en el capítulo anterior, el hombre por sus
propias fuerzas no puede dar ni aún el prim er paso
para su salud ni ejecutar obra alguna conducente á
la salud eterna, claro es que el prim er impulso para
la justificación debe recibirlo de Dios, y que este
impulso no consiste en otra cosa sino en la G racia
que le previene, que llama al pecador, le ilumina y le
mueve á convertirse de nuevo á Dios. Por lo cual,

(1) 1, 3 ·
(2) IR « g .V U ,3 .
(3) Ses. 6 .a c. 9.
- 144 -
cuando el Señor nos exhorta á convertirnos á Él, de-
bemos responder con el Profeta Jerem ías (1):—«Con­
viérteme y seré convertido,»—Y por esto el Concilio
de Trento (2) declara que el—«principio de la justifi­
cación en los adultos debe deducirse de la G racia de
Dios que los previene por los méritos de Jesucristo;
de aquel divino llamamiento, mediante el cual, ellos
son llamados sin mérito alguno de su parte.»—
Por consiguiente, en sentir de la Iglesia católica,
el hombre no puede m erecer de m anera alguna este
prelim inar llamamiento de Dios á la conversión y
justificación. Si acaso ha practicado, anteriorm ente
al llamamiento de la G racia, algunas obras buenas,
frutos de una voluntad naturalm ente inclinada al
bien, éstas, sólo puede decirse que le preparan en al­
gún modo á recibir la Gracia preveniente y á la jus­
tificación que se sigue á ella, en cuanto que no
aum entan, como sucede con las acciones malas, los
obstáculos que se oponen á la G racia, que previene
y excita, y á la interior santificación. Por todo lo
cual, dice el divino Salvador (3):—«Nadie puede ve­
nir á Mí, si no le es dado por mi Padre.»—

IV

¿Qu é d e b e h a c e r e l p e c a d o r p o r su p a r t e

P A R A A LC A N ZA R LA JUSTIFICACIÓN?

—«El pecador, como y a se ha indicado, debe res-

ft) X X X I , iS.
(2 ) Ses. 6 .a c. 5,
(3) S. Joan V I, 66.
- 145 —
ponder voluntariam ente, con el auxilio de la Gracia,
á la misma Gracia que le previene para convertirse
A Dios.»—(1).
Mas, esta conversión hacia Dios, aunque proven­
ga de la G racia y se haga con la G racia, no debe ni
puede ser considerada como un mérito p ara la ju s­
tificación, pues, según la doctrina del mismo Conci­
lio (2), nada de lo que precede á la justificación, sea
la fe, sean otras obras de virtudes, merece la Gracia
de la justificación, sino sólo preparan la tierra del
corazón para recibir la semilla celestial de la Gracia
Santificante. Esta voluntaria conversión que se r e ­
quiere de parte del pecador, esta indispensable p re­
paración según la doctrina del mismo Concilio, con­
siste:
1.° —«En que el pecador ante todo ¿m* lo que
Dios ha revelado, y en particular que por Jesucristo
somos justificados,» —
Los pecadores, (dice el citado Concilio) (3) son pre­
parados á la justificación en cuanto, que excitados y
apoyados por la divina G racia, se mueven con libre
voluntad hacia Dios, y creen que es verdad todo lo
que Dios ha revelado y prometido, y en especial que
el pecador, es justificado por Dios, por su Gracia,
por la Redención que hay en Cristo Jesús.—«Por con­
siguiente, para todos los que aún no crean, la fe es
el prim er paso absolutamente indispensable p ara la
justificación. Por la fe, el pecador se une en algún
modo con Dios, se vuelve hacía Dios, aunque sin la
caridad no llegue en m anera alguna á la unión p e r -

(1) Trid. Ses. 6 ,a c. 5.


(2) C. 8.
(3} Ses, 6 .a c. 6.
11
— 146 -
fecta con El.., Sin fe es imposible ag rad ar á Dios.» —
(I) Por esto el Concilio m uestra la fe, como el prin­
cipio de la salud, humana, como fundamento y raíz
de todn justificación (?).
Mas esta fe, no consiste, en la sola confianza en
la divina Misericordia, que por los méritos de Cristo
perdona los pecados (3) sino en creer firmemente lo
que Dios ha revelado para nuestra salud y nos ha
prometido por Jesucristo su divino Hijo; teniéndolo
firmemente y sin duda alguna por verdad. Por con­
siguióme, consiste en creer, con firmeza y constan­
cia inmutable todo, todo lo que la Iglesia Católica
propone á nuestra fe, pues sólo Ella ha recibido el
pleno poder y el encargo de conservar el depósito
de la revelación y de las promesas de Dios, y de dar
sobre ellas su decisión infalible.
Mas la fe sola no hace al hombre justo en la pre­
sencia de Dios; sino que es, sólo la raíz, de donde
nacen los actos ulteriores, que preceden á la ju sti­
ficación y la preparan sucesivamente.
2.° —«Esta preparación consiste, en segundo lu­
gar, en que, el pecador, movido saludablemente por
el temor á la divina Justicia, espera el perdón de la
divina M isericordia.»—
— «Cuando los pecadores(d¡ceel Concilio deTren-
to), (4) conociendo su pecado y excitados saludable­
mente por el temor á la divina Justicia, se vuelven á
la consideración de la divina Misericordia, esperan
con plena confianza que Dios, por los méritos de
Cristo, les será propicio.* —

(1) Hebr. X I, 6.
(2) S es, 6 * c. S.
(3) S es. 6 * c. 12.
(4) Ses. 6.a c, 6.
- 147 -
El sublime conocimiento que el pecador alcanza
mediante la fe de la infinita Majestad, Santidad y
Justicia de Dios y de su ley, la brillante luz conque
ve la malicia y fealdad del pecado, y juntam ente la
certeza de haberse hecho reo de tales culpas, le lle­
nan de angustia y temor á las penas de la Justicia
divina y le excitan poderosamente á poner en p rác­
tica los medios de librarse de la ruina que le am ena­
za, La fe que le despierta del suefio del pecado, y
excita en su alma tal tempestad de angustias y te­
mores, le ofrece al mismo tiempo paz y sosiego, re ­
presentándole la Bondad de Dios misericordioso,
mostrándole á Dios como Padre amoroso, recordán­
dole que este Padre, infinitamente misericordioso,
tanto amó al mundo prevaricador, que le dió á su
Unigénito Hijo para que en Él y por Él hallase g ra ­
cia y perdón. Estas verdades levantan el ánimo del
pecador, le inspiran de nuevo confianza en Dios y
segura esperanza del perdón de sus pecados, A un­
que este temor y esta esperanza se den ordinaria­
mente ni mismo tiempo in el corazón del pecador,
no puede sostenerse que el tem or sea tan indispen­
sable como la esperanza para conseguir ]a justifica­
ción. Pues aunque el Concilio pone al temor entre los
actos que conducen á la justificación, sólo da á
entender con esto lo que sucede ordinariamente;
mas no es su intención enseñar que la justificación
no puede tener lugar sin que la preceda el temor.
Los ninivitas, sobrecogidos de saludable tem or al
castigo conque se les amenazaba, acudieron á la pe­
nitencia. Saulo, siendo violento perseguidor de los
discípulos de Cristo, cuando cayó herido por la m a­
no de Dios, exclamó temblando:—«Señor, ¿qué que­
réis que haga?»—Mas, S. Pedro, con sólo una m irada
misericordiosa del Salvador, lloró sus pecados; el
- 148 -
buen ladrón, se convirtió con sólo pensar en el reino
futuro del Salvador crucificado; y María Magdalena,
se postró llorando á los pies de Jesucristo y consi­
guió la G racia, no porque temió mucho, sino por lo
mucho que amó.
3>° —«El tercer paso para la justificación consis­
te en empezar el pecador á amar á Dios y á detestar
sus pecados, proponiéndose vivir vida nueva y a g ra ­
dable á Dios y recibir el Sacramento del Bautismo,
ó el de la Penitencia si está ya bautizado.»—
— «Los pecadores (dice el Concilio) (!) principian
á am ar á Dios como fuente de toda justicia, y por
eso son excitados al odio y aborrecimiento de los
pecados; esto es á la penitencia, que se debe hacer
antes del Bautismo, y se proponen, después de reci­
bir el Bautismo, m udar de vida y observar los divi­
nos M andam ientos.»—«Temor y esperanza abren el
corazón al amor.» —
El temor del severo juicio de Dios, aparta el co­
razón del pecado, y excita en el pecador el deseo de
librarse de las penas merecidas, del m ayor mal que
le puede sobrevenir; la esperanza en el Salvador le
inspira la confianza de poder lograr ese deseo, y
pone ante sus ojos, no sólo el perdón de sus pecados
y de las penas merecidas por ellos, sino también la
futura felicidad del cielo. Entonces principia el co­
razón á convertirse hacia Aquél que por su excesi­
vo am or y misericordia le ha prometido estos ines­
timables bienes, y que se los mereció por su muerte
de cruz, con lo cual el pecador principia á amar á
D ios} fuente de toda justicia; á Jesucristo, causa de
su justificación y de todos los bienes que ella nos
trae.

( i) Ses, 6.a c. 6.
- 149 —
Del temor unido con la esperanza, por una parte;
y por otra, del amor, nacen el dolor, ó arrepen ti­
miento de los pecados cometidos y el aborrecim ien­
to de ellos, Porque ¿cómo es posible que el hombre
deje de arrepentirse del pecado, y de aborrecerle y
detestarle, viendo que pecando se hace reo de la
condenación eterna, y que ha ofendido á Dios, infi­
nitamente bueno, amable y lleno de Misericordia?
Mas, este arrepentim iento no sería sincero ni
saludable, ái no estuviese unido con el firme propó­
sito de reconciliarse de nuevo con Dios por el Bau­
tismo, ó si ya hubiese sido bautizado, por la Peniten­
cia, y con la resolución de no pecar en adelante, á
lo menos mortalmente, y de vivir nueva vida a g ra ­
dable á Dios y digna de un hijo adoptivo del Al­
tísimo.
Este arrepentim iento y propósito, constituyen la
penitencia que se requiere en los adultos, como pre~
paración para el Bautismo,según está escrito:—«Ha­
ced penitencia, y cada uno de vosotros déjese Bau­
tizar.»—La penitencia que precede al Bautismo se
diferencia de la que se requiere para ser justificados
por el Sacramento de la Penitencia, en que ésta su­
pone además la disposición y el deber de satisfacer.
Preparado de este modo el pecador por la Fe, la
Esperanza, el Amor y el arrepentim iento p ara al­
canzar la justificación mediante el Sacram ento del
Bautismo, ó de la Penitencia; tan pronto como sobre
él es derram ada el agua de la regeneración, ó el sa­
cerdote le da la absolución, el E sp íritu Santo in fu n ­
de en su alma la Gracia santificante, y juntam ente
con ella recibe el hombre (en el mismo momento) el
perdón de los pecados y la santidad in terior; por la
cual es justo, agradable á Dios, hijo de Dios, y he­
redero del Cielo.—«La Gracia santificante, es, según
— i 50 -
esto, la que propia y formalmente lo justifica, si el
hombre no le pone obstáculo de su parte; en virtud
de esta G racia infundida en el alma, el hombre pe­
cador se torna en hijo adoptivo de Dios, es renovado
en su sér interior, p a rtic ip a de la N aturaleza D i­
vina y puede vivir rectam ente y observar los Man­
damientos.» Mas, sería entender mal la doctrina
católica acerca de la justificación, sostener que ante
todo es perdonado el pecado, y esto por el arrepen­
timiento de él, y que luego sigue la santificación del
alma por la infusión de la G racia. ¿No sería esto co­
mo suponer que para que entre la luz ó la vida deben
ante todo desaparecer las tinieblas y la inmoralidad?
E sta suposición, debe parecer una palpable mons­
truosidad A todo hombre razonable. Pues m ientras el
pecador carece de la G racia santificante, perm a­
nece en el estado de tinieblas, y en las sombras de
la muerte, en completa inmovilidad con respecto al
mérito de salud eterna; mas tan pronto como entra
en el alma la Gracia santificante, lanza de ella al
pecado y disipa las tinieblas espirituales, y comunica
al alma vida y actividad; así como al brillar la luz
del sol, desaparecen las tinieblas de la noche; y así
como la presencia de la vida, destruye la muerte (l).
Sería también entender mal la doctrina de la ju s­
tificación, suponer que ésta consiste en un cambio
de semimientos que se verifica insensiblemente bajo
el influjo de la G racia eficaz, que obra en el alma; ó
que el justo se diferencia del que no lo es, solamente
en que la voluntad de éste se inclina al mal, mien­
tras que la del justo, por los actos sucesivos de fe ,
esperanza, caridad y arrepentim iento, se dirige
poco á poco y se inclina á lo bueno, consiguiendo

(l) Sto. T o m á s i . a, 2.a c. 1 1 3 .


151
con esto el perdón de los pecados y el beneplácito
de Dios. Pues, según esta interpretación ¿cómo po­
dría explicarse la justificación de los niños que no
han llegado al uso de la razón, por el Sacram ento
del Bautismo, no siendo capaces de tales actos? Sin
embargo, según la doctrina del Concilio de Trento,
los niños bautizados, son regenerados en Cristo, pu­
rificados de toda mancha de pecado, hechos santos,
justos, agradables á Dios, de tal m anera, que nada
retardaría su entrada en el cielo si m urieran después
del Bautismo,
Por consiguiente, la justicia adquirida en la justi­
ficación no es solamente una disposición ó dirección
de la voluntad al bien, alcanzada con el auxilio de
las Gracias actuales, sino un don otorgado p o r Dios
mediante los méritos de Jesucristo; un don inhe­
rente al alm a, por el cual, el hombre que lo ha reci­
bido se aparta del mal y se inclina al bien, y espe­
cialmente á Dios, como A su fin sobrenatural. Me­
diante este don, ó esta cualidad sobrenatural perm a­
nente en el que está justificado, éste posee la justicia
superior, agradable á Dios; es amigo é hijo de Dios,
Todo hombre regenerado en Cristo y santificado,
debe poner fervorosa é inquebrantable diligencia en
conservar y aum entar esta Gracia santificante por
medio de buenas y santas obras; pues, según la m e­
dida de esta G racia, será un día la medida de la glo­
ria que habrá de otorgársele en el Cielo.
CAPÍTULO IX

Estado de Justificación

¿Puede au m en ta r se , d is m in u ir s e ó perderse de

NU EVO LA G R A C IA S A N T IF IC A N T E ?

s doctrina de fe católica, definida en el


Concilio de Trento (1) contra los erro ­
res opuestos de los herejes, que la G ra­
cia santificante puede aum entarse, y que, en efecto,
se aum enta, no sólo por medio de los Santos S acra­
mentos, sino también por el ejercicio de obras bue­
nas y m eritorias.»—
Con respecto á la disminución de la G racia santi­
ficante, no hay decisión alguna de la Iglesia; sin
embargo, la m ayor parte de los teólogos sostienen
con Santo Tomás, que la G racia Santificante se dis­
minuye por los pecados veniales, no en su esencia,
sino en sus efectos, y que impedido su desarrollo y
aumento, de este modo, se prepara insensiblemente
su pérdida,
Respecto á si se puede ó nó perder la G racia san-

( i) Ses, 6 .a c. 10 y 24.
- 153 -

tificante, no puede haber duda alguna razonable,


pues esto sería como dudar de si el hombre puede ó
no pecar; ó de si, por el pecado, se puede perder la
amistad de Dios y el derecho á los bienes celestia­
les. Por consiguiente, cuando el Apóstol S. Juan di­
ce: (1)—«El que es nacido de Dios no hace el pecado,
porque la semilla de Dios está en él; y que no puede
pecar, porque es nacido de Dios.»—Estas palabras
significan que los hijos de Dios no pecan tnortalmen·
te m ientras perm anecen en la justicia y son fieles á
Dios; porque no pueden ser al mismo tiempo, justos
y pecadores; hijos y enemigos de Dios. El Concilio
Tridentino, dice:—«Que se debe sostener firmemen­
te que la G racia de la justificación ya recibida, se
pierde, no sólo por la infidelidad, sino por todo
pecado m ortal»— (2). El mismo Concilio aduce la
sentencia de S. Pablo, (3) y de sus palabras conclu­
ye, que los fieles por toda culpa grave —«se separan
de la G racia de Cristo y son excluidos del Reino de
los Cielos.»--Por lo cual, según la doctrina del dicho
Concilio, se pierde la Gracia santificante por el pe­
cado mortal, y sólo por él; por consiguiente, el que
está justificado permanece en G racia, ó en posesión
de la Gracia santificante, mientras no comete culpa
grave.

(I) I, III, 9 -
{2} Ses. 6 .a c. 15.
(3I I Cor., V I , 9 -io .
- 154 —

II

¿Puede e l hom bre que se h a l la en esta do

de G r a c ia a b s t e n e r s e d e c o m e t e r ,

NO SÓLO LOS PECADOS MORTALES, SINO LOS VENIALES?

Sobre esto enseña el Concilio de Tremo (1) lo si­


guiente:—«Si alguno enseña que el hombre justifi­
cado puede, durante toda su vida, abstenerse de
cometer todo pecado, aún los veniales, sin un es­
pecial favor de Dios, como la Iglesia lo enseña de
la Santísima Virgen, ese tal sea anatem a;»—y en el
canon 11 observa:—«Aunque en esta vida mortal,
aun los más santos y justos caigan á lo menos en
faltas ligeras cotidianas ó en pecados veniales, no
por esto dejarán de ser justos; pues aun los justos
dicen, no sólo por humildad, sino en verdad: P er­
dónanos nuestras deudas, &.a»—(2).
Ningún justo comete nunca pecado venial, que
no hubiera podido evitar con el auxilio de la Gracia
que Dios le concede, si hubiese querido cooperar con
ella eficazmente. Por lo cual el justo que falta en ese
pecado venial, es culpable, pues su pecado no loco-
metió por falta de la G racia, sino por falta de buena
voluntad para cooperar á la G racia. Mas, teniendo
en cuenta nuestra gran flaqueza humana, evitar
absolutamente todos, todos los pecados veniales, se

{ i) Ses. 6 a c. 23.
(2) S . M aúi. V I, 12.
— 155 —
hace ¡tan difícil!.,, que raya, casi en una especie de
imposibilidad moral. P ara ello, debería el hombre,
durante toda su existencia, no faltar jam ás en lo
más mínimo á la cooperación á la Gracia; debería
poner continuamente atención á todos sus pensa­
mientos, á sus palabras, á sus obras, á sus afectos,
movimientos interiores v deseos, y tan pronto como
observase, que se insinuaba alguna inclinación á la
vanidad, á la envidia, á la soberbia, A la curiosidad,
á la venganza, á la sensualidad, ¡resistir inm ediata­
mente con todo esfuerzo, y con toda la decisión de
su voluntad! Mas esto, mirando la debilidad humana,
y la inconstancia de nuestra voluntad en medio de
los numerosos cuidados de la vida, que distraen el
espíritu y lo im pulsan hacia todas partes; y las
varias y violentas tentaciones á que cada cual está
expuesto; esto, decimos, no es de esperar ni aun de
los más justos; á no ser que Dios, por una G racia del
todo especialísima y extraordinaria, ilumine su espí­
ritu, fortalezca su voluntad, y los libre de los apeti­
tos de origen y de la inclinación al mal,
Y pues, ttin expuestos estamos á com eter peca­
dos veniales, la conciencia de tales faltas, propias
de nuestra flaqueza, debe contribuir á preservarnos
de la soberbia y de la temeridad; y excitarnos á ca­
minar en la humildad y en el santo temor de Dios, y
de ese modo nos haremos más ricos en virtudes.

ni

¿Pu e d e n to d o s lo s ju st o s p e r s e v e r a r en el e sta do

de G r a c ia ?

—«El justo, sin el auxilio especial de Dios, no


— 156 -
puede perseverar en la justicia recibida, esto es, en
el estado de Gracia.» —(1) Por esto debemos pedir á
Dios con humildad y constancia este auxilio y la
perseverancia hasta la muerte. Dos cosas en espe­
cial hay que distinguir y explicar aquí: 1 la Gracia
para poder perseverar en ía justicia; y 2.a la Gracia
de perseverar en ella efectivamente.
1,°—«Para que el justo pueda perseverar en el
estado de amistad con Dios, no basta aquella G ra­
cia, por la cual de pecador fué hecho justo y amigo
de Dios, sino que necesita adem ás de un especial au­
x ilio divinoj ó en otros términos, además de la G ra­
cia santificante, necesita de la Gracia de au xilio ó
actual. *—
El Papa Celestino, escribiendo á los Obispos de
la Galia, decía:—«Nadie, ni aun el bautizado, se
halla en estado de vencer los asaltos de Satanás y
las tentaciones de la carne, si no alcanza, mediante
el auxilio constante de Dios, la perseverancia en la
piadosa conducta de su vida.»— Mas para conse­
guir este auxilio del cielo debemos, según el segun­
do Concilio de O range (2) pedírselo humildemente á
Dios, que no lo niega ja m á s... á quien con humil­
dad se lo pide, —«También los regenerados y san­
tos, —dice,— deben pedir este auxilio divino para
llegar á buen término, ó para poder perseverar en
la práctica de toda buena obra.»—
2.°—«La G racia de poder perseverar, no es to­
davía la perseverancia misma. Con la 1.a puede el
justo cooperar, si quiere, y por consiguiente puede
perseverar en el estado de G racia y salvarse; mas
con la última, coopera infaliblemente, aunque con

([) Concil. Trid.


(2) C. 10.
— 197 -
libertad.»— Ahora bien: el recibir tales Gracias, con
las cuales coopera seguramente, y por consiguiente,
persevera en la justicia, es debido al especial bene­
plácito de Dios hacia él, y á su auxilio eficaz. P ara
más aclarar lo dicho, puede servir la Parábola del
Rey que convidó á las bodas de su hijo. —«Un Rey
preparó un banquete, y convidó á muchos. Los pri­
meros invitados, en lugar de corresponder á la bon­
dadosa invitación de su Señor, se excusaron, y no
quisieron ir. Entonces el Rey dijo A los siervos:
—«Id A las salidas de los caminos, y calles de la
ciudad, y conducid aquí á los pobres, A los débiles,
á los- ciegos y cojos.»— Y habiéndolo hecho así, y
viendo que aún había asientos para otros; dijo de
nuevo á sus siervos: —eSalid á los caminos y encru­
cijadas otra vez, y obligad A en trar para que se
llene mi casa»— (f); obligad, es decir, hacedles fu e r ­
tes in stan cias... de m anera que se pueda preveer
que no resistirán á la invitación.»— Así sucede con
respecto al convite celestial. Muchos, es decir, todos
son llamados; mas no todos llegan A él. Muchos
quedan excluidos del banquete celestial, por la úni­
ca razón de qúe no corresponden á la invitación
benévola de Dios.., ó porque no quieren seguir con
constancia al llamamiento. ¿Pueden éstos lam entar­
se de Dios? Ciertam ente que no; como tampoco
aquéllos que, convidados por el Rey, no acudieron,
bajo varios pretextos, á su banquete. De ellos úni­
camente dependía, no sólo el aceptar el convite y
el ir hasta la mitad del camino, sino el llegar hasta
el salón del banquete y disfrutar de él! Mas, aquéllos
que correspondieron al llamamiento divino y lo si­
guieron hasta el término de la vida, y por último

(i) S. Math. X X I I .- S . Luc. X IV .


— 153 —
entraron en el banquete celestial, ¿pueden acaso
gloriarse de esto? ¿No están más bien obligados á
confesar, que todo lo deben al beneplácito de Dios,
á un favor de su Gracia? Se comprende, pues, fácil­
mente por qué el citado Concilio (!) llama con enér­
gica expresión á la Gracia de la perseverancia:
—*E1 gran don, de la Gracia de la perseverancia
final,»-- y así lo había llamado ya antes el Doctor
de la Iglesia San Agustín.
La G racia de la perseverancia final, es bajo más
de un aspecto, un especial favor de Dios, que el hom­
bre no puede merecer} á lo menos en el sentido
extrícto de esta palabra. Dios, único autor de la
G racia, tiene sin disputa, el pleno é ilimitado dere­
cho de determ inar la medida y las cualidades de las
G racias que ha de comunicar á los hombres; así
como también, el término de su vida, según su divino
beneplácito. Si, pues, á los unos comunica tales y
tales Gracias, con preferencia á otros, á las cuales
Él prevé que no sólo pueden cooperar, sino que
cooperarán efectivamente; y si á uno lo llama á sí
cuando se encuentra en estado de G racia, y á otro
cuando se halla en pecado; si á uno le manda una
muerte tem prana —«para que la malicia no pervier­
ta su seniido;»— (2) y, al contrario, permite que
otro vaya acumulando pecados hasta su vejrz y
m uera en la impenitencia; en todo este proceder di­
vino debemos reconocer una especial benevolencia
hacia los primeros; mas debemos también confesar,
que ni á éstos es debida tal benevolencia, ni tam po­
co á los segundos; y que por consiguiente, ni éstos
pueden quejarse, ni aquéllos engreírse.

(i) Ses. 6 a c. l6.


(8) Sap., I V , 1 1.
- 159 -
A hora bien: aunque no podemos m erecer en ex-
tricto sentido la perseverancia final, sin embargo,
podemos alcanzarla por nuestras instancias y súpli­
cas al Señor. Por eso dice San Agustín:—«que el don
de la perseverancia, lo podemos m erecer por modo
de sú p lica ^ — y exhorta á los fieles A pedir en sus
oraciones diarias á Dios, Padre de las luces, la p e r­
severancia en la observancia de su divina Ley, y
—«haciendo esto, esperen y confíen, que no serán
excluidos del número de los e s c o g i d o s Y , como
dice el mismo Santo y con él San Cipriano, esta pe­
tición del .don de la perseverancia se halla en el
Padre nuestro, ú oración dominical que nos enseñó
el Señor; pues en ella decimos: —«Santificado sea
el tu nombre,» — con lo cual pedimos y rogamos
ante todo, la G racia de perseverar en la justicia y
santidad recibida por el Bautismo; esto es lo que
deseamos día y noche, es decir, el poder conservar
la santificación y nueva vida que procede de la G ra­
cia de Dios, y que la conservemos bajo su protec­
ción y con su auxilio. V cuando en la misma oración
dominical decimos:—«Venga A nos el tu Reino,»—
¿qué otra cosa pedimos, sino que podamos perseve­
rar en la santidad que nos es concedida por la G ra­
cia santificante? Pues de este modo nos será comu­
nicado y vendrá á nosotros el R tino de Dios, que
sólo se da á los que perseveran hasta el fin. Y cuan­
do al term inar el Pater noster, decimos: —«No nos
dejes caer en la tentación, mas líbranos de mal,»—
¿á qué aludimos con esta súplica, sino á conseguir la
perseverancia en una vida santa?
CAPÍTULO X

La Acción de la Gracia en la Justificación

y después de (a Justificación

i nos fué posible, lectores, conocer y enu­


m erar las operaciones de la Gracia en la
preparación del alma hum ana á la justifi­
cación, nos es del todo imposible describir de una
m anera exacta los trám ites de su proceso. En esto,
Dios es absolutamente libre en su acción; y procede
más ó menos apriesa, según su misericordia le apre­
mia más ó menos para llegar á su fin. Pero, cuando
todo está dispuesto ó preparado como Él quiere, la
obra de nuestra justificación se realiza en un ins­
tante (1).
En esta Pentecostés intim a, el Espíritu Santo
desciende sobre nosotros, no de una m anera visible,
pero con la misma impetuosidad que bajó á los
Apóstoles en el Cenáculo. D erram a en nuestras al­
mas la Vida D ivina; y en el mismo acto, el libre
albedrío se vuelve hacia Dios; se desprende con
violencia, para entregarse á Él, de las fuertes liga­
duras del pecado; y toda in iquidad, queda borra-

(i) Sum , T eol. 1.a 11.a qn. 113, á 7,


- 16) -
da (1). Esto, no es propiam ente hablando un mila­
gro, porque nuestra alma creada á imagen de Dios,
y destinada por Él á la vida eterna, apetece la co­
municación de su Vida; sin embargo, hay en esto
cierta cosa ¡tan admirable...! que el angélico doctor
no teme decir con San A gustín:—«Que la justifica­
ción del pecador, es en cierto modo obra m ayor que
la creación del cielo y de la tierra»----- «Pues, si la
manera en que Dios obra la justificación, no es tan
grandiosa, como cuando saca el sér de la nada, lo
que hace en ella, es un bien mayor. Si este bien ab­
solutamente hablando, es menor que el de la gloria,
Dios dispensa, proporcionalmente al dárnoslo, m a­
yor bondad»—· (2).
Cuando se realiza esta obra sublime, la n atu rale­
za queda santificada por la Gracia; es decir que Dios
le ha comunicado una fo rm a divina; y que Él es la
vida del alma, como el alma es la vida del cuerpo.
—«La criatura {dice S. Cirilo de Alejandría) es
naturalm ente esclava, y el Creador es su soberano;
pero unida A su Señor, la criatura sale de su propia
condición. Nosotros somos por la Gracia hijos de
Dios, y dioses tam bién.»—
El hierro sumergido en el fuego, se hace fuego;
la gota de agua arrojada en el vino, se cambia en
vino; el cristal herido por un rayo de sol, se torna en
otro sol. —«De igual modo, dicen los Santos Padres,
el alma bajo la acción de Dios, se d i v i n i z a Dios
eleva, informa, ennoblece, transform a, deifica la na­
turaleza humana, de la misma m anera que el alma
eleva, informa, transfigura, anima el cuerpo á quien
se une. El sello aplicado sobre la cera, se graba en

(i) Sto. Tom . Sum. Teol.


{2) Sum, Teol.

IJ
— 162 —
ella; de igual m anera el Espíritu Santo uniéndose
al alma, graba en ella su semejanza; d ivin iza al
alma, como el ingerto transform a el árbol bravio.
La Liturgia reproduce y confirma todas estas
aserciones. Citaremos la siguiente Oración del Ofer­
torio.
— «Oh Dios, que creaste de un modo admirable la
dignidad de la naturaleza humana, y la reformaste
de un modo aún más admirable: concédenos, por el
misterio de esta simbólica mezcla de agua y vino, el
ser participan tes de la D ivinidad del que se dignó
tom ar nuestra humanidadf que es Jesucristo, &.a»—
El Prefacio de la Ascensión, dice: —«Subió al Cie­
lo en presencia de sus discípulos, para hacernos p a r­
ticipantes de su mism a D i v i n i d a d Y otras mu­
chas Oraciones expresan lo mismo; y por último ci­
tarem os la siguiente hermosa Antífona de la Circun­
cisión: —«¡Oh admirable cambio! ¡El Creeador del
género humano, toma un cuerpo y un alma, y se dig­
nó nacer de una V irgen sin el concurso del hombre:
Dios se hizo hombre, y á nosotros nos hizo p a rtíc i­
pes de su D ivin ida d h —
La G racia, pues, nos comunica algo de Dios; la
Gracia nos d iv in iza ; es un don verdaderam ente so-
brenatural; y en su sentido extricto, la palabra so­
brenatural, no indica sólo una cosa.que está por en­
cima de tal ó cual naturaleza en particular, ó de la
naturaleza en general, sino una cosa que está muy
por encima de toda naturaleza creada ó creable:
Sobrenatural y divino son sinónimos.
S- Juan Crisóstomo dice: —«¡El Verbo de Dios se
hizo hombre! Entiende bien esto cristiano... eleva tu
pensamiento·.. Y si lo que te decimos de tu exaltación
sobrenatural te deslumbra, aprende de la hum illa­
ción del Hijo de Dios á creer lo que te enseñan de tu
- 163 -
propia dignidad. Porque al fin y al cabo, el misterio
de un Dios hecho hombre ¿no es verdad que es más
difícil de creer, que el misterio del hombre hecho
hijo de Dios? Cesa pues de dudar, hijo de Adam, tú
estás llamado á ser el hijo de Dios.
El Verbo descendió tan abajo... para que tú te
elevaras tan alto... El Verbo nació según la carne,
para que tú nacieses según el Espíritu. El Verbo n a1
ció de la Virgen, para que tú no fueses simplemente
el hijo de la m ujer... ¡El Hijo del Altísimo se hizo hijo
de David, para hacer de tí un Dios!»—(1)
Dice el angélico doctor, —«que no se debe enten­
der, que la comunicación que se nos hace bajo la for­
ma de un don perm anente, excluya toda acción ul­
terior y puram ente transitoria de la G racia.»— El
movimiento sobrenatural que nos justifica, ordena­
do al último térm ino de nuestra existencia terrestre,
progresa avanzando, y sus progresos se manifiestan
por un aumento siempre creciente de vida y dé
amor. Este aumento, la naturaleza lo merece corres­
pondiendo á la dirección que le imprime la acción,
sin cesar renovada, del Espíritu que la ha santifica­
do. (2) Después del fíat que ha creado este nuevo
mando... Dios, repite el mandato que dió en la pri­
mera creación. —«Creced y m ultiplicáos.»— Y por­
que nosotros no podemos cum plir esa orden sin que
Él nos ayude, hace este divino Señor surgir del fo­
co donde ha concentrado su propia Vida, ¡efluvios
fecundos..! cuya fuerza aum enta, á medida que ellos
se repiten. ¡Ah, si nos fuera dado penetrar el secreto
de su Omnipotente misericordia! Allí veríamos la
Gracia engendrando y produciendo otra G racia más

(i) Crisóstomo. H om . 2 .a
{2) Su n i. T eol.
- 164 -
poderosa, como un grano de trigo, produce una es­
piga; y un grano pequeñillo de mostaza, un Arbol
corpulento. Allí veríamos ¡mundos de perfecciones!
cuya existencia depende de una prim era moción dó­
cilmente recibida y obedecida por la hum ana volun­
tad.
Pero ¿por qué ir á buscar en Dios un secreto, que
se manifiesta claro ante nuestros ojos en los pro g re­
sos cotidianos del justo? —«Plantado (dice la S agrada
Escritura) en la casa del Señor, y cultivado por su
bendita Mano, conserva siempre su v ig o r y su belle­
z a ... Crece como el corpulento cedro del Líbano,
cuyos vigorosos brazos se extienden á lo largo,
m ientras que la enhiesta copa se rem onta hacia los
cielos»—(1) —«Germina como el lirio, cuyos fecun­
dos bulbos se multiplican, m ientras que la flor siem­
pre abierta ante los ojos del Señor, prodiga sus per­
fumes»—(2) —«Gravita sobre su Corazón una escala
misteriosa, y su espíritu va subiendo sin cesar de
virtud en virtud,» —(3) —«Marcha como un Astro
resplandeciente, y crece hasta llegar al perfecto
día.» —(4) —«Libre, en la santa esclavitud de la G ra­
cia, avanza con la faz descubierta, hacia la gloria
de Dios, que le espera; y transform ado con Él en
una m ism a im agen, es conducido por el Espíritu
Santo de claridad en claridad.»—(5) Dios le ha di­
cho: —«Sé perfecto, como el Padre celestial es per­
fecto,»—(6)—«el que es justo, que se justifique aún

(]) Psalm. X C I .
(3) Offic. Confess.
(3) Psalm. L X X X I I I .
(4) Prov, cap. I V , 18.
{5) II. Cor. cap. III, ij y r8.
(6) I. Math. V , 48.
— 165 -
más; el que es santo, que se santifique más toda­
vía.»— (1) Y esas palabras, forman su Ley.
Esta progresión de la justicia y de la santidad,
está combinada con maravilloso arte, El movimien­
to de la naturaleza acelerado por la Gracia, se desa­
rrolla y distribuye en tres admirables fases de per­
feccionamiento.
—«1.a fase»—en esta prim era, el justo se purifica.
Curado del pecado según el espíritu, conserva sus
restos todavía en la carne, donde los apetitos no han
experimentado aún la influencia de la Vida D ivina
y cuyas rebeliones tienden á despertar los antiguos
hábitos adormecidos por el placentero reposo de la
convalecencia espiritual. Sombras vagas, que se
ciernen aún alrededor de su alma santificada, le im­
piden verse á la luz de un claro y radiante día, en
que no se disimula ninguna imperfección; y le impi­
den también conocer todo lo que le falta, y lo que le
conviene ejecutar.
Excitado por la G racia, el justo, vela sobre sí; y
dirigido por la fuerza y la luz de lo alto, trabaja
para destruir los restos ó reliquias del pecado. Se
humilla, porque sabe que Dios comunica á los hu ­
mildes sus dones, de los cuales tiene gran necesidad;
se humilla, p ara evitar esos fatales engaños del or­
gullo, que extravían el juicio y preparan toda clase
de caídas; se humilla, para borrar hasta las últimas
huellas de esa m aldita susceptibilidad del am or pro­
pio, fuente de toda aversión, de todo odio, de toda
. vanidad, de toda soberbia; se humilla, para dispo­
nerse á la hermosa virtud de la obediencia, m adre
de las grandes victorias. Pide cuenta al corazón de
su egoísmo y de sus afecciones desarregladas, y le

(i) Apoc. cap. X X II, II.


— 166 —
obliga á vencerse á sí mismo y á romper las funes­
tas ligaduras que le aprisionan y le impiden darse
libremente á Dios y al prójimo. B orra de su im agi­
nación las imágenes demasiado vivas, que podrían
despertar culpables deseos. Reprime en su corazón
y en sus labios, todo sentimiento, toda palabra, ca­
paces de herir la verdad, la justicia, ó el am or. H u­
ye del mundo que lo solicita; desprecia los honores
que lo tientan; se despoja de los bienes fugitivos, que
le harían olvidar el único y eterno bien; impone si­
lencio á los sentidos ávidos de placeres, que le de­
m andan gozos sensuales; los priva de ellos, los cas­
tiga con la mortificación, apaga su energía para
hacer callar sus exigencias y al fin los somete al do­
minio del alma, de aquel alma poco antes deshonra­
da por una vergonzosa esclavitud.
En esta labor ingrata y pertinaz, la naturaleza
desfallece más de una vez; pero sus desfallecimien­
tos, no la conducen á la muerte. Las faltas y las im­
perfecciones disminuyen en número y en gravedad
á medida que su raíz, siem pre atacada por genero­
sos esfuerzos, pierde su vigor, y el justo triunfante
y victorioso, pasa de la fase de purificación á la de
iluminación; ó sea de la Via P u rg a tiva , á la Vía
Ilum inativa.
— «2.a fase,»—La G racia sucede á la G racia, y
sus radiantes iluminaciones y vividos fulgores reve­
lan completamente al hijo de Dios la verdad y el
b i e n que le obscurecían poco antes las sombras del
pecado.—«Cree;»—pero su Fe no es ya aquella adhe­
sión tímida y dificultosa que se espantaba de los m is­
terios y luchaba contra las orgullosas protestas de
la razón. Ya el Espíritu Santo le ha otorgado dos
excelentes dones: la Inteligencia y la Ciencia de las
cosas divinas; y se apoya ¡tan vigorosam ente en la
— 167 —
palabra de lo alto! que niugm ia TOratradiodtáa logra
&aoerlG íiüibear' distmgTie, como por instinto, las
•flaás tenues y sutiles nubes del error; ve claramente
que ninguna de las verdades de la naturaleza puede
contradecir A los sagrados dogmas que él adora; h a­
ce de la Fe, la regla suprem a de todo conocimiento
y de toda ciencia; tiene siempre presente en el pen­
samiento la Fuente misma de las verdades eternas,
vive bajo la mirada y la especial protección de Dios
y goza de la-Bienaventuranza prometida á los cora­
zones puros: —«Bienaventurados los lim pios de co-
rasón, porque ellos verán á D ios.»—(1)
Mas, como cuanto mejor contempla y ve A Dios,
con tanta m ayor claridad aparecen ante él las cria­
turas en su verdadero y desdichado aspecto; por eso
las m ira con piadosa tristeza, de cuya am argura la
ciencia divina lo consuela, con la realización d é la
siguiente promesa: —«-Bienaventurados los que lio-
ran, porque ellos serán consolados.»—
— «El justo espera»—pero su E speransa, depura­
da por el don de Temor filial, pasa de un apetito aún
demasiado egoísta de la felicidad, al casto deseo del
bien, por el bien mismo; es decir, que teme menos
perder su dicha, que ofender á Aquél que debe ser el
eterno objetivo de ella. Honores, bienes, placeres,
todo le parece ruin y despreciable. En su corazón,
limpio de toda concupiscencia y desarraigado de to­
da codicia y apetito terreno, está el Reino de D ios.
—«Bienaventurados los pobres de esp íritu , porque
de ellos es el Reino de los Cielos.»—
—«El justo ama;»— no ya con ese am or inicial
cuyo principal acto consiste en evitar el mal, sino
con ese Amor que crece aplicándolo A su perfecto y

( i) S. Math. cap. V , 8.
— 168 —
eternal objeto; ¡amor sublime! perfeccionado por el
don de Sabiduría, pues el justo recibe de ese don el
poder de gustar las cosas divinas y de exclam ar con
sincero entusiasmo: —«¿Quién me separará de Aquél
que amo? ¿la tribulación? ¿la angustia? ¿el hambre?
¿la desnudez? ¿el peligro? ¿la persecución? ¿la espa­
da? Nó, nó, estoy muy seguro, que, ni el temor de la
muerte, ni el am or á la vida, ni Ángeles, ni P rinci­
pados, ni Virtudes, ni cosas presentes, ni cosas fu­
turas, ni fuerzas, ni alturas, ni profundidades, ni
ninguna otra criatura podrá separarm e jam ás del
Amor de mi Dios.» — (l) Amado sobre todas las co­
sas este Altísimo Señor, comunica á su querido jus­
to, la inmensidad de su bondad, en la medida que
un sér finito puede recibirla; y le hace derram ar
sobre todos sus semejantes el bien que recibe y le
viene de lo alto. Parientes y extraños, amigos y
enemigos, justos y pecadores, todos reciben de él,
sin distinción, los tiernos testimonios de una ca ri-
dad, cuyo principio y término supremo, es ]lo infini­
to...! La pobreza, tiene sobre toda cosa el poder de
seducir su corazón: experim enta en su natural tier­
no y compasivo la misteriosa repercusión de la po­
breza y la miseria, y violentam ente impulsado á
rem ediarlas, no puede prescindir de hacerlas p ar­
tícipes de todos sus bienes. Sus limosnas, sus servi­
cios, sus oraciones, sus sabios consejos, sus dulces
correcciones, su tiempo, su saLud, su vida... ¡todo,
pertenece á los desgraciados! ¿Cómo, pues, la Mi­
sericordia divina, podría no redoblar á su vez, con
respecto á este justo, sus gracias, sus agasajos, y
sus beneficios? Sí; los redobla; realizando aquella

(i) R o m . cap. V I H 35, 38 y 39.


- 169 -

promesa: —«Bienaventurados los misericordiosos,


porque ellos alcanzarán m is e r ic o r d ia — (1)
Pero la misericordia no es el último don que se
le otorga, ni el último que él hace. Si dirige su vista
al cielo, hacia sí mismo, ó hacia sus semejantes, el
justo recibe y da el g ran bien de la p a z ¡gloriosa
herencia de los hijos amados de Dios! —«Bienaven­
turados los pacíficos, porque ellos serán llamados
hijos de D ios.·“— (2)
Vedle avanzar adelantando á través de los peli­
gros en la vida moral. Allí donde la vigilancia, la
previsión, la circunspección, la perspicacia, la ha­
bilidad humana, se estrellan miserablemente, él pa­
sa con honor; pues el Espíritu Santo le asiste con el
gran don de sus D ivinos Consejos, y previene hasta
los más ligeros descuidos de su compasiva benig­
nidad.
Se llama justo; y este nombre le cuadra bien,
porque su vida es el perfecto cumplimiento de toda
justicia. Respetar todos los derechos, reconocer to ­
dos los beneficios, no es más que el comienzo de la
virtud; él no se contenta con eso solo, quiere hacer
más. Por amor á la paz, sabe sacrificar generosa­
mente sus intereses, y no contento con servir á las
causas privadas y públicas según el extricto rigor
del deber, con m aravillosa longanim idad, se sacri­
fica hasta la inmolación... Dios le habla, y es dema­
siado poco para él obedecer únicamente süs m an­
damientos; su justicia, iluminada por el don de P ie ­
dad, lo impele á em prender el camino perfecto de
los consejos, y á seguir como otras tantas órdenes,
las secretas inspiraciones de la G racia. Hambriento

(1) S. Matil. V , ?.
(2) S. Math. cap. V , 7.
— 170 —
y sediento de justicia, aspira y anhela saciarse de
ella... —«Bienaventurados los que han hambre y
sed de ju s tic ia , porque ellos serán hartos.»— (1)
Si se presenta, para la gloria de Dios, una em­
presa ardua que hace retroceder á los ánimos más
esforzados; él, con una f e superior á la virtud de
este nombre, se halla siempre dispuesto á poner
manos á la obra, confiado en el brazo del Omnipo­
tente. Y si sobreviene la tribulación, la angustia, el
dolor, él sabrá soportarlo todo con heroica pacien­
cia, y besar con amor la mano que le hiere. Y no es
sólo esto, sino que de vez en cuando exhala gritos
que espantan á la naturaleza: —«/O padecer 6 mo­
rir! ¡Padecer, y no morir!»— No necesita ningún
consuelo humano; sólo el consuelo de lo alto, le
llena de gozo espiritu a l en lo más amargo de su
llanto, y en lo más horrible de sus males. M agnáni­
mo atleta de la verdad y del derecho, toma heroica­
mente la defensa contra toda violación. La F orta­
leza (don del Espíritu Santo) de que está investido,
le sirve de arm adura contra los asaltos de la per­
secución. Que lo calumnien, que lo maldigan, que
lo aprisionen, que lo destierren, que derram en en
los más crueles suplicios su sangre generosa, ¡nada
quebranta su constancia...! Se tiene por muy dicho­
so en sufrir por la justicia, y en ser m ártir por ella.
—«Bienaventurados los que padecen persecución
por la ju sticia , porque de ellos es el Reino de los
Cielos.·» — (2)
Con exquisita continencia el justo, ha consegui­
do tem plar el ardor de sus pasiones, y apagar los
bajos y degradantes apetitos de la naturaleza; pero

( i) S . Math. V., 6.
(2} S. Math. V , io .
- 171 -
queriendo ofrecer á Dios una hostia más agradable
en una carne virgen de placeres permitidos, extin­
gue coa una castidad angélica, los más vagos de­
seos, los más lejanos pensamientos. P ara evitar los
choques y los rozamientos de la vida ordinaria,
suaviza con paciencia las asperezas de su carácter,
se refrena, renuncia á sí mismo, se humilla, y con
singular modestias?, juzga el más pequeño de todos...
Su mansedumbre, fruto de una humildad tan since­
ra como profunda, subyuga el corazón de cuantos
le ro d ean :—«Bienaventurados los mansos, porque
ellos poseerán la tierra .» — (1)
jQué progresos!, lectores; y esto aún no es el
colmo. El justo, iluminado por la G racia, ha dicho á
cada virtud; ¡Más alto/ ¡más alto...! / E xcelsior/ Su­
bía hacia Aquél que es la perfección misma; y aho­
ra que ha llegado, ahora que las tem pestades de la
naturaleza, retiradas allá lejos... no despiden más
que débiles relámpagos, y sólo dejan oír ruidos sor­
dos como los de las bellas noches de verano; ahora,
que el heroísmo no le demanda ya más esfuerzos,
exclama: —«Mihi adcerere Deo bonum est. E s bue­
no que yo me una á m i Dios, y que goce de É l.»—
Esta es la fase de unión, ó sea la Vía Unitiva.
—«3.a fase.»— El justo ya está todo en Dios: á
este divino Señor se entrega y á El se abandona por
completo. Piensa en Dios, ama en Dios, respira en
Dios, vive en Dios, y está todo penetrado de Dios,
cual esponja que se empapa en agua. Su perfecta
Caridad, santifica sus menores acciones, y son san­
tificados hasta los suspiros de su pecho y los latidos
de su corazón. Un solo deseo invade su alma, y éste
es; ver disolverse la envoltura mortal, que le impide

(i) S, Matb. v, 4 .
- 172 -

fu n d irse en su mismo Bien. —«Cupio d isso lvi el


esse cnm Christo.»— (I)
Tal vez me reproche alguno de mis lectores el
haberlo conducido á las más hondas profundidades
de la Mística; pero, no me arrepiento, porque ¿cómo
hubiera podido explicarme, obrando de otro modo?
¿Podría hablaros de la acción de la Gracia, y callar
sus más maravillosos efectos? La G racia hace el
santo, es decir, hace ó forma al héroe de todas las
virtudes. Ese héroe, no es un sér imaginario; los
siglos cristianos lo han visto muchas veces apa­
recer.
Nuestros martirologios, donde están inscritos
nombres á millares de santos, sólo contiene en cua­
dro ese inmenso ejército, de hombres como vosotros,
que ha elevado la G racia á la más alta cumbre de la
perfección. La G racia, santificándolos, no ha trab a­
jado sólo para la gloria de ellos, sino también para
el bien de la humanidad. Contad, si podéis, las obras
de beneficencia y de misericordia que debemos á la
activa caridad de los santos; obras de tal modo in­
geridas en nuestras costumbres sociales, que olvi­
damos su principio divino, para atribuirlas á la
N aturaleza. Contad esas legiones de m ártires, que
han enseñado á la conciencia humana: —«que el de­
recho triunfa de la fuerza; y que la verdadera liber­
tad, habita un templo inviolable.., del cual, la bru­
talidad de los tiranos no puede forzar las santas
puertas.» — Pero el m ayor beneficio de los santos,
es el modelo que nos presentan de su propia vida;
vida típica que ejerce sobre la naturaleza una subli­
me atracción, y sostiene en la humanidad la glorio­
sa emulación de las virtudes.

(I) S. Math. v, 4.
- 173 -
Así como en las sociedades desprovistas de ar­
tistas, todas las profesiones están condenadas á una
estacionaria medianía; de jg*ual m anera, en las so­
ciedades desprovistas de santos, acontece con la
práctica del bien. Vosotros ensalzáis al hombre hon­
rado; pero acaso, la santidad ¿no es la honradez en
su más alto grado de perfección? Acaso, los santos
¿no poseen en un grado heroico, todas las virtudes
del hombre honrado sin esa estima de sí mismo, sin
esa vana complacencia, sin ese resto de soberbia,
que em paña casi siempre la vida de los más ínte­
gros? Acaso, el hombre honrado ¿no es cosa difícil
de hallar, por no decir imposible, allí donde no han
florecido nunca los santos? Acaso la santidad, fruto
de la G racia, ¿no es una G racia exterior que Dios
hace á los hombres de bien, para invitarlos á la
perfección? ¡Ay, lectores! estad seguros, que si el
simple hombre de bien llegara á ser el santo de una
sociedad, la gente honrada de aquélla, no valdría
gran cosa. No puedo explicarm e el envidioso en­
carnizamiento de ciertos críticos contra nuestros
tipos sobrenaturales, sino suponiendo, encuentran
que la influencia de la Gracia ha elevado á dem a­
siada altura el tipo de la honradez, y que ellos,
enfadados por soberbia, quieren rebajarlo para po­
nerlo á su nivel. Nos recom iendan la estima del
hombre de bien, y nosotros lo estimamos tanto como
ellos; pero para corresponder á la G racia de nuestra
vocación, adm iramos á los santos, y nos esforza­
mos por im itarlos.
—«¡Ay! (me diréis) ¿qué somos nosotros compa­
rados con esas Obras M aestras de la Gracia? Nues­
tra virtud vacila, no se levanta, sino para recaer de
nuevo; y la Vida divina que hemos recobrado hoy,
se escapará m añana del vaso frágil que no la puede
_ _ 174 —

contener. ¿Para qué, pues, consumirnos en vanos es­


fuerzos? Esperemos el instante supremo, en el cual
no tendremos ya que tem er el retorno de nuestras
pasiones, ni los desfallecimientos de nuestra debili­
dad.»— ¡Esperar...! Pero, hermanos ¿no sabéis que
la Gracia de la perseverancia final, que necesitare­
mos en aquel instante supremo, es, entre todos los
dones gratuitos de la liberalidad divina, el don g r a ­
tuito por excelencia\? ¿No sabéis, pues, que esa
Gracia, que proteje hasta el fin al alma justificada
m ientras ella dirije los progresos de ésta; esa G racia
que debe decir á nuestras virtudes: —«/Consumma-
tum est¡»— y á nuestra alma llena de la Vida divi­
na : —«¡Proficiscere! ¡P arte para el cielo!»—no la han
merecido los santos porque no la han podido m ere­
cer? ¿Y es con esa Gracia con la que contáis, para
aquel último, decisivo y supremo instante, después
de una vida inactiva, disipada, ó infame quizá?
¿Podrá darse m ayor insensatez?
Mirad, pues, á nuestros grandes modelos. Los
santos no han merecido la Gracia de la perseveran­
cia; pero atentos, á este oráculo del Espíritu Santo:
—«Aquél que estA en pie, tenga cuidado de no
caerá— han hecho todo, todo, cuanto estaba á su al­
cance para no alejar esa Gracia; y vosotros al con­
trario, parece que habéis hecho todo lo posible por
rechazarla, por rehusar su divino auxilio. La justifi­
cación, era para los santos el punto de partida de un
trabajo sin premio presente, y de una lucha encar­
nizada con los enemigos del alma; y vosotros queréis
que la justificación sea el reposo de una victoria de­
finitiva, Los santos, velaban sin descanso y sin co­
bardía observando todos los movimientos de sus
enemigos interiores y exteriores; vuestra necia v a­
nidad, creyó al enemigo destruido, y vosotros os ha-'
- 175 —

béis dormido sobre esta engañadora ilusión. Los


santos, purificados del pecado, han combatido re­
sueltamente y con gran valor contra sus miserables
reliquias; vosotros, libertados de vuestras faltas por
la misericordia, habéis dejado, por pereza ó debili­
dad retoñar y crecer sus malditas raíces. Los santos,
desconfiaban de su debilidad é impotencia; vosotros
confiáis en vuestras propias fuerzas. Los santos,
dando gracias á Dios por el gran beneficio de la jus­
tificación, pedían á su misericordia la conservación
de ella; vosotros, habéis olvidado la liberalidad de
vuestro divino Médico, y la oración no ha desplega­
do vuestros ingratos labios. Dios ha tenido piedad
de los esfuerzos de los santos; pero á vosotros os ha
abandonado justam ente á vuestras cobardes negli­
gencias. Y he ahí, por qué habéis recaído... lie ahí
por qué os agitáis heridos y desalentados en la es­
clavitud de vuestras antiguas pasiones, ¡No esperéis
á la última hora para levantaros,..! yo con toda la
efusión de mi alma... ¡os lo suplico! Entonces, po­
dría faltaros la Gracia; y ahora, está á las puertas
de vuestro corazón.
Y vosotros, lectores, los que militáis ya bajo el
egregio y lumínico E standarte de la Divina Gracia,
recordad en caridad las palabras que el Señor nos
dijo por mediación de su Apóstol:—«Orad los unos
por los otros, para que seáis salvos».—{1) .¡Oremos,
pues, de hinojos y con el corazón lleno de amor, por
todos, todos, los infelices pecadores! Sí; intercedamos
por ellos, confiados en la divina Misericordia, para
que por nuestras oraciones de intercesión, el Altí­
simo los toque é ilumine con los divinos efluvios de
su G racia celestial.

(I) Jac, V, 1 6 .
TERCERA PARTE

ELEMENTOS
DE LA FORMACIÓN DEÍFICA
DEL SÉR HUMANO
CAPÍTULO XI

L os S a c ra m e n to s

¿qué e s Sacramento? ■

s un signo visible de la Gracia in v i­


sible, in stitu ido para nuestra sa n ti-
fiicación.—» (1)
En esta definición dominan dos caracteres, que es
menester tener muy presentes: á saber. Los S acra­
mentos son sign os, es decir, imágenes sensibles, de
lo que la Gracia obra invisiblemente en nuestras al­
mas, y que tienen por objeto el recordárnoslo.
¿Es esto todo, y no son los Sacram entos otra cosa
que signos y emblemas?
Nó; poseen además la virtud de obrar lo que s ig ­
nifican.
Dios, que podía generalizar sus Gracias, las ha
concretado, en lo que tienen de más eficaz, en los
Sacramentos, que son como sus canales. Indudable­
mente estos medios no son p ara El exclusivos; y

{i ) S . A gustín,
- 180 -
fuera de los Sacram entos, tiene mil caminos p ara
llegar inmediata ó mediatamente hasta nuestras
almas, y hacerles sentir los toques de su Gracia; pero
quiso escoger el camino de los Sacram entos y suge-
tarnos á ellos de una manera muy particular, hasta
el punto de hacer este camino exclusivo p a ra noso­
tros, cuando sólo depende de nosotros el recu rrir á
ellos.
No olvidemos, pues, los dos caracteres que dis­
tinguen á los Sacramentos: son á la vez sign os y
agentes de la Gracia; tienen la doble virtud de re­
presentar y de producir la justicia y la Santidad.
En su Epístola á los romanos, dice S. Pablo, h a­
blando del U niverso,—«que las invisibles perfeccio­
nes de Dios, se hacen en él visibles por el conoci­
miento que de ellas nos dan las criaturas».—Si las
criaturas, además de manifestarnos las divinas per­
fecciones, tuviesen la propiedad de comunicarnos
estas perfecciones, podríamos decir que son otros
tantos Sacram entos.
Según el Génesis, parece que Dios había conce­
dido esta virtud á una de sus criaturas, desde antes
de la caída del hombre. En medio del Paraíso te rre ­
nal había colocado un árbol misterioso, llamado: el
Arbol de la Vida, cuyo fruto debía ser para el
hombre un alimento de inm ortalidad; y á juzgar de
sus efectos por los del árbol de la ciencia del bien y
del mal} podemos creer que eran tan morales como
físicos; y que debían producir la santidad en el alma
así como la salud en el cuerpo.
Siendo esto así, puede decirse que el Sacramento
es en cierto modo de institución natural.
Como consecuencia de su infidelidad, incurrió el
hombre en la pérdida del beneficio de esta institu­
ción. —«Impidamos (dice Dios en el Génesis) que
- 181 -
Adán no alargue quizás su mano, y tome también
del Árbol de la Vida, y coma y viva para siem pre...
y el Señor Dios echó á Adán del Paraíso del deleite,
y á su entrada puso Querubines, y espada que a rro ­
jaba llamas y andaba alrededor, para g u ard ar el
camino del A rbol de la V ida.»— (1)
Excluido así el hombre de la participación del
Sacramento del Árbol de la Vida, debía m orir eter­
namente. Pero Dios, que había resuelto salvarlo,
entonces mismo le prometió volverle á dar este Sa­
cramento bajo una forma más noble, más inm ediata,
más gloriosa para él; es decir (según S. Juan) que
la Vida mism a que era al prin cipio, debía venir á
vestirse de nuestra hum ana naturaleza, y m anifes­
társenos de nuevo, pero bajo la forma que convenía
al hombre pecador, bajo la forma de esclavo y de
victima, y hacerse por medio de su expiación,—«el
prin cipio, el alimento y la fu en te de nuestra nueva
justificación.»—
Tal es Jesucristo, Es como un nuevo Árbol de
Vida, plantado en medio de la humanidad, p ara
purgar en ella los efectos del árbol del bien y
del m al.
Convertidos, por nuestra participación original
con este último, en ram as silvestres que no dan
más que fruto emponzoñado, no podemos volver á
ser perfectos como antes, hasta que hayam os sido
ingertados en Jesucristo, y que —«participan tes de
su Muerte E x p ia to ria , hayamos también llegado á
ser p a rticipan tes de su Resurrección.*—(2)
Por esto decía Jesucristo:—«Yo soy la verdadera
vid, que da á sus sarm ientos el alimento y la vida:

(1) Genes. 1 1 1 .- 2 2, 24.


(2) Rom. V I , 5.
— 182 -
como el sarmiento no puede de sf mismo llevar fruto
si no estuviese en la vid, así vosotros no podéis
hacer ninguna obra saludable sí no estuviéreis en
mí.»— (1)
La muerte de Jesucristo es el principio y la fuente
de esta santificación. Es como la incisión por la
cual se nos comunica la savia de la divina G racia,
que poniéndonos á todos en un estado semejante y
correspondiente de mortificación, nos in gerta en É l}
derram ando sobre nosotros esa G racia preciosa que
nos hace participantes de la misma virtud de Dios
y nos pone en camino de poder volver á la inm orta­
lidad, de la cual fuimos excluidos,
Jesucristo, en su pasión y muerte, es como el
Tronco de los Sacram entos. El mismo, es el S acra­
mento de los Sacramentos; éstos, no son más que las
ram as, por las cuales, se extiende y se comunica á
la humanidad.
Es necesario estudiar mucho el conjunto de este
divino plan.
Por la generación carnal de Adán, nacemos co­
rrompidos, esclavos del mal, hijos de malicia y de
perdición; por la Regeneración Sacramental de Je ­
sucristo, renacemos purificados, nos hacemos libres,
hijos de justicia y de inm ortalidad.
Los Sacram entos son, pues, como los órganos
divinos de la Encarnación; por su medio se p articu ­
lariza en cada uno de nosotros la encarnación divina
en Jesucristo, convirtiéndose así todos los fieles,
juntos con su celestial Mediador, en un sólo Cuerpo
m ístico, en el cual, Él vive en ellos; y ellos en Él.
De este modo se justifica la institución de los
Sacram entos con razones tan fuertes
%
como numero-

(i) S. Joan XV, 4, 5 .


— 183 —
sas, y todo concurre á descubrirnos en el Cristia­
nismo bien estudiado y comprendido, una filosofía
eminentemente trascendental.
Los Sacram entos son siete, distribuidos para toda
la carrera de la vida del hombre; es decir, p ara
socorrer todas sus necesidades, presidir á todos sus
períodos más im portantes, é inaugurar todos sus
más notables cambios.
El hombre nace á la vida de la carne, al entrar
en el mundo; & la vida de la inteligencia y de la vo­
luntad, al entrar en la adolescencia; á la vida social,
al en trar en la edad madura; y en fin, á la vida
eterna, al morir.
Además de estos cuatro períodos de la vida,
puede decirse que desde el segundo, el hombre
renace, ó puede renacer todos los días por la reite­
rada acción de su libertad sobre su perfecciona­
miento moral.
Los siete Sacram entos, corresponden de la m a­
nera más admirable, á estos diversos estados de
nuestra existencia.
El Bautismo, es la puerta por donde entram os en
la sociedad cristiana: nos lava ante Dios del pecado
original, nos reviste de la inocencia como de un
vestido blanco, y nos hace pasar de la fa m ilia de
Adán á la de Jesucristo. Deposita en nuestra alma
una levadura de gracia que ferm enta en secreto,
se desarrolla con nuestra razón y voluntad, y tiende
á neutralizar la antigua levadura de la concupis­
cencia que está en nuestra carne, y que debe causar
más adelante tantos desórdenes.
La segunda edad, la de la adolescencia, trae
consigo el ardor de las pasiones y el ejercicio de
nuestra voluntad, y es la edad crítica y ordinaria­
mente la decisiva en la vida del hombre. H asta en­
- 184 —
tonces no ha hecho más que preludiar sus destinos,
que han estado en manos de otros y que ahora van á
pasar á sus propias manos. ¡Época terrible y fatal
para la virtud, en que empieza el combate, en que la
vida y la m uerte entran en terrible lucha! En este
momento solemne interviene segunda vez la Religión
Cristiana para Confirmar la G racia del Bautismo;
u n gir al joven atleta, señalarlo en la frente con la
señal de salud que debe distinguirlo en la pelea, é
imprimirle en la m ejilla, con el signo de la afrenta,
el valor para sobrellevarla ¡hasta la muerte! por la
santa causa del deber.
Pero esto no es bastante: si la Confirmación da
arm as y dispone para la lucha, no nos hace invul­
nerables, y nos deja correr peligros mortales; en
los cuales más de una vez podríamos sucumbir y
recibir heridas que nos pondrían fuera de combate.
Previniendo esto la Religión Cristiana nos hace
acom pañar, desde este instante, por dos S acra­
mentos, que á diferencia de todos los demás, pue­
den recibirse con frecuencia, los cuales el uno es el
bálsamo y el otro el cordial del alma. Hablamos de
la Confesión y de la E ucaristía.
Llega la edad m adura, la edad social, en que la
vida, hasta entonces agitada y vacilante, se fija y
puede todavía rescatar muchos años de disipación
y de escándalo por años de arrepentim iento y edifi­
cación. E n la prim era edad, el hombre es conducido
por otro; en la segunda, debe conducirse á sí mismo;
y en la tercera, conducir á los demás. Ofrécense á
su elección dos estados, ambos grandes, ambos san­
tos, ambos dignos de interesar á la Religión en las
nuevas necesidades que los dos han de producir;
ambos, en fin, aunque opuestos en apariencia, uni­
dos por profundas analogías.
— 185 —
¡Entrar por medio del Matrimonio en la cadena
de las generaciones, y transm itir la antorcha de la
vida; form ar de dos existencias una sola, y de esta
sola existencia hacer que salgan muchas; cum plir
los fines augustos de la naturaleza y asociarse en
cierto modo A la grande obra de la Creación, y no
solamente de la creación física sino también de la
creación moral, cuya acción en su derredor es tan
fecunda para el mal ó para el bien, y cuyos fines, en
uno y otro caso, son eternos; ser esposo, ser autor
de la existencia! éste es el prim er estado en el orden
de la naturaleza, para el cual la Religión debía re ­
servar un socorro particular. La unión de los sexos,
esta fuerza ciega que siembra las generaciones en
los reinos inferiores, y que se disuelve con la im pul­
sión física que la determina, se halla elevada en el
hombre A la dignidad de contrato social; y es la
obra d éla libertad, de la reflexión y del sentimiento,
ilustrado por el pensamiento. La Religión la eleva
más todavía, remontándola á la altura de S acra­
mento: Dios mismo interviene en ella con sus G ra­
cias, y la hace un acto, no solamente lícito y noble,
sino santo; en el cual, El mismo toma parte, lo r e ­
gala con la dote invisible de las virtudes, y lo arre­
gla según nuestros intereses eternos y según su
gloria. El Sacram ento del Matrimonio corresponde
así admirablemente á los instintos de la naturaleza,
imprimiéndole un sello de dignidad y de santifica­
ción que la purga de todos sus desórdenes, y con­
vierte en el m ayor bien del hombre, el agente más
terrible y acaso el más inmediato de la concupis­
cencia.
El otro estado de la vida, p ara el cual ha estable­
cido también la Religión un Sacram ento, es el del
celibato religioso del Sacerdocio. Estado tan subli-
— 186 —
me, tan santo, tan puro, que puede decirse tiene más
de Angel que de hombre, pues que no deja á este úl­
timo un cuerpo sino para consagrarlo al servicio de
Dios y de los hombres, y convertirlo en mediador de
las Gracias celestiales, y hasta cierto punto en un
Sacram ento entre sus hermanos. Las razones de es­
te admirable estado, corresponden á muchos órde­
nes de ideas, que seria demasiado difuso indicar aho­
ra; pero diremos tan sólo que tiene un objeto emi­
nentemente social y fácil de comprender.
El Matrimonio concentra los recursos y la solici­
tud del hombre en la familia de que es jefe, y á la
cual se debe desde luego todo entero. Bajo este punto
de vista este estado es perfecto p ara la familia que
cría y que alimenta, m ientras la fortuna le es prós­
pera. Pero para las demás familias arruinadas, co­
mo hay tantas en la tierra; para todos esos niños
sin padres, esos ancianos sin hijos, esas viudas sin
apoyo, y aún para esas familias, que aunque no les
falta ninguno de sus miembros, son como huérfanos
de la Providencia; y en fin, hasta en el seno de la
opulencia, para todas esas angustias; tanto más pun­
zantes cuanto más secretas son, y p ara esos males
tanto más horribles cuanto que están cubiertos con la
apariencia de todos los bienes; para todos esos aban­
donados de la fortuna y de la felicidad; cualesquiera
que sean; en una palabra, el Matrimonio tiene algo
de exclusivo, de personal, de sordo, que con fre­
cuencia no ve en todas estas miserias, que pululan
á su alrededor, más que un objeto de tem or y de an ­
siedad para sí mismo , y que le hace escasear tanto
más sus socorros, cuanto más privados ve á los otros
de ellos,—El Sacerdocio cristiano, equilibra precisa­
mente este estado por medio del celibato religioso.
Balancea la fuerza absorbente del Matrimonio, con
— 137 —
la fuerza expansiva de la abnegación y de la cari­
dad. A parta del matrimonio y de la familia algunas
existenciasy algunas fortunas, sólo para reservarlas
en favor de los que se hallan privados de los auxilios
y dulzuras del Matrimonio y de la familia; y mien­
tras el Matrimonio funda y propaga, el Sacerdocio
viene detrás de él á rep arar y conservar. Intercesor
de los pobres para con los ricos, limosnero de los r i­
cos en favor de los pobres; consolador y confidente
de todos, y en cierta manera agente de la P rovi­
dencia, siendo en fin de todos, para ser todo de todos,
introduce entre los diversos miembros de la familia
humana, aislados por sus intereses respectivos, el
dulce lazo de la fraternidad, d é la caridad, y los en­
laza tanto más cuanto que los junta en el centro de
todo amor, en el corazón mismo de Jesucristo.
—Tal es el fin eminentemente social del celibato re­
ligioso en el Cristianismo.
Pasando á otro orden de ideas, podemos añadir
que el Sacerdote cristiano, p ara ser digno órgano
de la autoridad y de la santidad divina, para ser s u ­
perior á los demás hombres, debe m ostrarse en sí
mismo superior al hombre. Este sentimiento es el
que, en casi todos los pueblos del universo, ha
hecho considerar la castidad como la prim era con­
dición del sacerdocio, Y en el cristianismo esta con­
dición debía ser más rigurosa, porque esta religión
es el esplritualismo por excelencia, y tiende siempre,
por medio de todos sus dogmas, su m oral y todas sus
prácticas, á form ar en nosotros el hombre espiritual;
es decir, la preeminencia del espíritu sobre la m ate­
ria, del alma sobre los sentidos.
Estas consideraciones, tan incompletas como
son, bastan p ara dar á conocer la em inencia del Sa­
cerdocio cristiano, y la necesidad de un Sacram ento
— 188 —
especial, para investirlo de todas las G racias que
deben santificarlo.
Tal es el objeto del Sacram ento del Orden, que
perpetúa en el seno de 1^ Iglesia la misión apostó­
lica que aquélla recibió de Jesucristo; transm ite y
comunica, á través de las edades, el sagrado fuego
conque la animó; y bajo este respecto, cumple en la
sociedad religiosa con los mismos fines que el Ma­
trimonio en la sociedad civil. M arcando al Sacer­
dote con un sello indeleble, le da los socorros que,
unidos á los que sobre él refluyen de la adm inistra­
ción de los Sacram entos, y especialmente á los que
el mismo atrae directam ente sobre sí todos los días
en el de nuestros altares, lo elevan en general hasta
un grado de santidad que cautiva nuestros respetos,
y aún cuando alguna vez se m ostrara infiel á su
carácter, lo constituyen, á pesar de su indignidad,
en dispensador de las más puras y abundantes Gra­
cias, pues éstas, no dependen de los ministros, sino
de los Sacram entos.
En fin, la vida del hombre, cualquiera que sea el
estado que haya abrazado, cualquiera que sea el
camino que haya recorrido, del crimen ó de la v ir­
tud, de la prosperidad ó del infortunio, llega á la
muerte, que es como un angosto y sombrío desfila­
dero, por el cual todos los hijos de Adán están con­
denados á pasar para dirigirse al tribunal de Dios y
empezar en él sus eternos destinos. En este momento
supremo, en que el hombre va á dejar de obrar; en
que todo lo que ha hecho en vida, va á serle im­
putado enjuicio, sin que pueda volverse atrás para
enmendarlo, y en que la cuenta de sus acciones,
cualesquiera que hayan sido, va á ser fijada para
siem pre... la Religión Cristiana interviene también
por medio de un Sacram ento último; y así como al
- 189 -
principio, por el Bautismo nos había introducido en
la Vida de la Gracia, por la Extrem aunción nos
llama otra vez á ella, y nos introduce de nuevo en
ella, por la última vez, junto á los umbrales de la
muerte.
La Extrem aunción es como el Bautismo de la
otra vida, sólo que se halla colocado del lado de acá,
porque del lado de allá la ju stic ia tiene ocupada la
entrada. Nos hace morir al pecado, antes que m u ra­
mos á la naturaleza; cierra sucesivam ente las puer­
tas de la concupiscencia, y hace entrar de nuevo la
Gracia del perdón por el mismo sitio por donde se
había perdido la de la inocencia:—«Por esta santa
unción (dice el Sacerdote) el Señor te perdone todo
el mal que hiciste con la vista, el olfato, el tacto, e t­
cétera; y con estas palabras, con la unción que las
acompaña, y las sublimes oraciones que las siguen,
recibe en el alma fiel la Vida de la G racia, y se obra
con frecuencia en ella una alegría y una paz tan
sensibles... que hasta el mismo cuerpo encuentra á
veces en ellas un principio de mejoría, y el alma
bendice y ama los padecimientos, más á veces que
amó los criminales placeres de que son dolorosa ex­
piación.
Los siete Sacram entos están de este modo distri­
buidos, para presidir á todos los períodos notables
de la vida, é introducir en nuestra alma G racias
especiales, conforme á sus diversos estados.
Indudablemente, la G racia en su principio es la
misma; es siem pre la virtu d de la P asión de Jesu­
cristo; pero se nos comunica por los Sacram entos
en proporción á nuestras necesidades; se especializa
en sus efectos, y se amolda hasta cierto punto á
nuestras debilidades, para ponerse al alcance de
- 190 —
nuestra voluntad, para entrar en nuestras disposi­
ciones más diversas, y hacernos volver á Dios.

L a G r a cia S a cra m e n ta l

— «Hay una G racia que llaman Sacram ental, que


aunque no es distinta en especie de la Santificante,
añade cierto auxilio divino (dice Santo Tomás), para
conseguir el fin del Sacram ento que la causa y del
que toma su nombre,»— La que causa el S acra­
mento del Bautismo se llama G racia Re generativa,
porque por él, somos reengendrados espiritualm en­
te en Jesucristo. La de la Confirmación Corrobora­
tiva, porque por él, somos fortalecidos en la fe que
recibimos en el Bautismo. L a de la Comunión Ciba-
tiv a , porque este Sacram ento es alimento de nues­
tras almas. La de la Penitencia R em isiva , porque
conseguimos por él la remisión de los pecados.
También se llama R em isiva , la de la E xtrem aun­
ción, porque se nos perdona por este Sacramento
las reliquias de los pecados. La del Orden P o testa ­
tiva , porque da potestad al ordenado en las cosas y
asuntos espirituales. Y en fin, se llama Unitiva la
del Matrimonio, porque por este Sacram ento se
santifica la unión de los casados, para que vivan
entre sí pacíficamente, y críen hijos para el cielo.
Todas estas diversas Gracias Sacram entales, dan
derechos á especiales auxilios, para cumplir las di­
versas obligaciones que imponen los Sacram entos
que las causan, La G racia Sacram ental del Bautis­
- 191 -
mo, por ejemplo, da derecho á especiales auxilios
para cum plir con los deberes de cristiano. L a de la
Confirmación, para sostenerse en la fe, y confesarla
hasta m orir en su defensa; y así las demás. Como
la G racia Sacram ental es inseparable de la Gracia
Santificante que causa el Sacram ento, el que lo re ­
cibe en pecado mortal, no recibe la G racia S acra­
mental, porque no recibe la G racia Santificante, y
por consiguiente queda privado del derecho á los
auxilios especiales para cumplir las obligaciones del
Sacram ento que recibe, hasta que se ponga nueva­
mente en Gracia.
CAPÍTULO XII

Las Virtudes Teologales y Morales

¿ C ómo se d iv id e n l a s V ir t u d e s C r is t ia n a s ?

« dividen en Teologales y Morales.»—


e

1.° Llámanse Teologales las que


vienen inm ediatamente de Dios y se
dirigen inmediatamente á Dios: cuates son la Fe, la
Esperanza y la C aridad.—Estas virtudes, por las
cuales creemos, esperamos y amamos de una m ane­
ra proporcionada á la vida eterna, son completa­
mente de una especie sobrenatural; y como tales,
no radican en las facultades ó disposiciones n atu ra­
les del hombre, sino que son comunicadas al hombre
de lo alto; son infundidas en el alma por Dios, solo
principio de toda aptitud sobrenatural. Por consi­
guiente, estas tres Virtudes, proceden inm ediata­
mente de Dios, y también se refieren inm ediata­
mente á Dios, y esto bajo dos aspectos:
Prim ero,—Dios es el principio é inmediato objeto
de estas tres Virtudes: Creemos en D ios, en su exis­
tencia, esencia y perfecciones; esperamos en D ios
- 193 —
como nuestro futuro rem unerador, como nuestra
futura posesión; amamos á D ios como á bien sumo
é infinito en sí mismo é infinitamente digno de amor.
Cierto que no creemos solamente las verdades que
se refieren inmediatamente á Dios, sino también
otras verdades de salud, como la resurrección de los
muertos, el juicio final, la eternidad de las penas del
infierno, etc., no sólo esperamos la eterna felicidad,
sino también los medios proporcionados p ara al­
canzarla; amamos también á la par que á Dios, al
prójimo; y aunque es verdad que Dios es el primero
y principal objeto de nuestra Fe, Esperanza y C ari­
dad, todo lo demás lo creemos, esperamos y amamos
con relación á Dios.
Segundo.—Dios no es solamente objeto inmediato
de nuestra Fe, Esperanza y Caridad, sino el propio
y único motivo de dichas Virtudes. Pues creemos en
Dios, sólo y únicamente, porque Él, que es la infalible
verdad, ha hablado; esperamos en Dios, porque El,
que es infinitamente bueno, poderoso y fiel, ha p ro ­
metido el bien que de Él esperamos; por último,
amamos á Dios, porque Él es el sumo é infinito
B ien, y por sí mismo infinitamente amable. Por
consiguiente, lo propio de estas tres V irtudes, es
referirse inm ediatamente á Dios bajo doble aspecto;
lo cual no tiene lugar en las demás Virtudes, ni aún
en la misma Virtud de la Religión, sino en cuanto
ésta encierra actos de Fe, Esperanza y Caridad.
2.°.—V irtudes morales se llaman aquéllas que
ordenan nuestra conducta moral de modo que sea
g rata á. Dios.—Las V irtudes morales se distinguen
de las teologales: primero, en que su raíz se halla
en la naturaleza moral del hombre, por lo cual en
sí y de por sí, no son sobrenaturales. Por esto no es
indispensable que Dios las comunique é infunda de
14
- 194 -
una m anera sobrenatural, pues que ya como Cria­
dor, ha depositado en el corazón el germ en ó semilla
de esas Virtudes. El hombre puede y debe, con la
ayuda de la Gracia, cultivarlas, y con la práctica
constante, alim entarlas y hacerlas crecer y dar
frutos. Si hacemos esto mirando á Dios, nuestro
último fin, entonces estas V irtudes morales son en­
noblecidas y elevadas á Virtudes cristianas y sobre­
naturales.
Las V irtudes morales se distinguen también de
las teologales en que su objeto inmediato no es Dios,
sino nuestra conducta moral, el cumplimiento de
alguno de los deberes morales que Dios nos impone,
sea que éste se refiera á Dios, al prójimo ó á nosotros
mismos. Así, por ejemplo, el objeto de la Justicia,
es el sostener inviolablemente los derechos de nues­
tros prójimos; el objeto de la templanza, es domar
las pasiones y malas inclinaciones, etc.
La Fe, Esperanza y Caridad, que por razón de
su objeto inmediato, se llaman V irtudes teologales ó
divinas; por razón de su origen, se llaman también
Virtudes in fu sas, en oposición de los morales, que
por igual razón, se llaman Virtudes adqu iridas.
La expresión—in fu sas—está tomada de la Sagrada
Escritura, y señala aquéllas V irtudes que Dios in­
funde en los corazones de los hombres de un modo
gratu ito y admirable, á manera de rocío fecundo, ó
á m anera de óleo sagrado que sana y fortalece, ó en
fin, á m anera de bálsamo de suave olor. Según la
más exacta definición de los teólogos, por virtud
infusa entendemos, aquélla que es un dón divino
comunicado al alma, junto con la Gracia santifi­
cante} para hacerla capaz é inclinarla á los actos de
Virtudes sobrenaturales, es decir, gratos á Dios y
dignos de vida eterna.
— 195 -
Pues así como Dios dotó al hombre de fuerzas y
facultades para sus operaciones naturales, y le co­
municó y grabó en el corazón una inclinación al
bien, proporcionada á su naturaleza racional; así
también por su infinita bondad, quiso dotar al hom­
bre regenerado por el Bautismo y hecho semejante
al Adán celestial Cristo, con fuerzas y capacidades
de origen celestial, para ponerle en estado de hacer
una vida sobrenatural y digna del cielo.
En el glorioso cortejo de V irtudes que Dios in­
funde en el alma con la G racia santificante, la Fe,
la Esperanza y la Caridad tienen siempre el prim er
lugar y se consideran como las próximamente in ­
fusas. También merecen ser llamadas con preferen­
cia infusas, porque, como ya hemos notado arriba,
no pueden ser adquiridas con el ejercicio y la prác­
tica. Mas, si no podemos m erecer estas V irtudes
teologales como tampoco la G racia santificante, ni
alcanzarlas por nuestras propias fuerzas; sin em­
bargo, llegados al uso de la razón, debemos procurar
cultivar con la divina Gracia estas preciosas sem i­
llas que el divino Sembrador infundió en nuestros
corazones por el Bautismo.

II

¿C u á l e s so n e n t r e l a s V ir tu d e s m o r a l e s

A Q U ÉLL AS QUE LLAMAMOS C A R D I N A L E S POR E N CERR AR

EN SÍ L A S DEMÁS?

—■«!.*, Prudencia.—2.a, Justicia,—3.a, Fortaleza


y 4.a, Templanza.»—
— 196 —
Entre el gran número de V irtudes morales, hay
algunas que por su especial im portancia y su deci­
dido influjo sobre la vida moral, exigen y merecen
una especial declaración y consideración. Estas son
las cuatro citadas, las cuales suelen llamarse funda­
mentales, y más comúnmente Virtudes Cardinales.
Se dicen fundamentales, porque forman el cimiento
ó fundamento de la vida moral: son como piedras
angulares ó columnas sobre las cuales estriban todas
las V irtudes correspondientes al cumplimiento de
los diferentes deberes morales, y sobre las cuales
reposa todo el moral edificio. Se dicen también prin­
cipales, porque todas las demás se refieren ó pueden
reducirse á ellas. Al modo que suelen llam arse cier^-
tos colores fundamentales ó principales, porque to ­
dos los demás nacen de la mezcla variada de ellos y
á ellos pueden reducirse. Dichas Virtudes se llaman
más comúnmente Cardinales. Este nombre viene de
la palabra latina cardo, que significa quicio sobre el
cual gira una puerta. Y como una puerta está asegu­
rad a en su quicio y alrededor de éste se mueve ó
gira, así todas las virtudes morales se apoyan en es­
tas Cardinales y alrededor de ellas se mueven, y no
deben salir de estos quicios p ara m antener su legíti­
mo movimiento y su regular ejercicio. Así, por ejem­
plo, el celo por la gloria y honor de Dios, es una
bella virtud, pero pierde mucho de su precio y be­
lleza, si se sale del quicio de la Prudencia. No es
menos hermosa la virtud de la liberalidad, pero no
debe abandonar el quicio de la Justicia. La peniten­
cia es una virtud necesaria, pero puede degenerar
en desesperación si no permanece dentro del quicio
de la Templanza. ¿Y qué serían todas las demás v ir­
tudes, si les faltase el quicio, el apoyo de la F orta­
leza?
— 197 —
Por lo cual, al que posee estas virtudes funda­
mentales, principales ó cardinales, no le pueden
faltar las demás virtudes morales; y si faltan aqué­
llas, éstas no serán más que virtudes aparentes, v ir ­
tudes de oropel.

III

A l e g o r ía s d e l a s V ir tu d e s

Siete alegorías con figura humana, simbolizan las


Virtudes Teologales y las Cardinales,
La 1.a—«que es la .FW—tiene los ojos vendados,
en la mano derecha lleva un Cáliz, y en la izquierda
una Cruz; manifestándonos, que por esta virtud he­
mos de creer firmemente todo lo que Dios ha dicho
y revelado, y todo lo que la Sta. Iglesia fundada por
Cristo (simbolizada por el Cáliz y la Cruz) nos pro­
pone como cosa de fe.
La 2.a—«que es la Esperanza»—tiene en la mano
derecha un áncora, y con la izquierda señala al
cielo; diciéndonos: que hemos de poner en Dios
nuestra confianza, y hacer las diligencias necesarias
para salvarnos del naufragio de la culpa; como hábil
m arinero, que al rugir la tempestad invoca á Dios,
y además echa las anclas, extiende las velas, y hace
todas las maniobras que juzga útiles, para librarse
de la m uerte que le am enaza entre las enfureci­
das olas.
L a 3.a—«que es la Caridad.*—lleva un niño pe-'
queñito en un brazo, y otro algo m ayor de la mano:;
indicándonos, que después de am ar á Dios sobre
- 198 —
todas las cosas, (como consecuencia de este amor)
hemos de am ar también á todos los hombres como
hermanos, teniendo siempre un gran cuidado con el
bien del prójimo; y que debemos recordar con fre­
cuencia aquellas palabras de Jesucristo que dicen:
—«Z,o que se hace á uno ele esos pequeñuelos} á Dios
se hace.»—
La 4.a—«que es la Prudencia»—lleva en la mano
izquierda un espejo; p ara darnos á entender, que así
como la persona se sirve de 61, para m irarse, para
limpiarse de las manchas que le afean, y p ara ad o r­
narse; del mismo modo la Prudencia es un espejo
perfectamente asogado, que con toda fidelidad
m uestra á cada uno los defectos de que debe enmen­
darse, y todo, todo lo que en sí se ha de perfeccio­
nar. Con la mano derecha sostiene una culebra,
para indicarnos, que así como este reptil al verse
perseguido, abandona todo el cuerpo, á fin de salvar
la cabeza; de igual modo la Prudencia enseña al
cristiano, que, con tal de salvar la fe, abandone to­
das las cosas, hasta la vida... y por esto Jesucristo
nos dijo:—«Sed prudentes como serpientes .»—La
culebra cada año muda su piel, y se renueva; un
buen cristiano debe im itarla, procurando dejar cada
año sus defectos y renovando las promesas hechas
en el Bautismo. La culebra como animal astuto y
prudente, animada por el maligno espíritu, acudió,
en el Paraíso terrenal, á Eva, para engañar á Adám
y hacerle pecar; así el buen cristiano, si quiere al­
canzar la G racia del nuevo Adán celestial Jesús,
debe acudir á la nueva divina Eva, María,
La 5.a «que es la Justicia*—lleva una balanza en
la mano izquierda, para denotar, que pesa y mide
bien lo que á cada uno pertenece; y en la mano dere­
cha tiene una espada, para dar á entender, que así
— 199 —
como da el premio debido al mérito de cada uno,
también al culpable le da el castigo merecido des­
pués de averiguada la culpa ó crimen. Pues la v e r­
dadera Justicia, da á cada cual, lo que merece... «ni
más, ni menos.·»
La 6.a—«que es la Fortaleza,*—tiene en las manos
una columna, para manifestarnos, que así como la
columna sostiene, sin ceder, todo el peso que se c a r­
ga sobre ella; de igual manera la persona dotada de
esta virtud, no retrocede á la vista de los males y
peligros que le amenazan, y los sufre por Dios con
ánimo varonil, sin dejarse vencer de los vicios,
superando al miedo, que es una pasión poderosa
para vencer nuestro corazón. Con los auxilios de la
Gracia, y apoyados en la virtud de la Fortaleza, han
vencido los Mártires las amenazas y temores con que
trataban los tiranos de aterrorizarlos; y valerosos,
han dado la vida por Cristo'.
La 7.a -« e s la Templanza·»—tiene un ja rro entre
las manos, para dem ostrarnos, que así como cuando
un jarro está lleno, no admite más licor, por bueno ó
exquisito que sea el que quiera echársele; a s ila p er­
sona dotada de esta excelente virtud, modera sus
a petitos... y no se excede en la comida, ni en la be­
bida, ni en cosa alguna de las que puede usar lícita­
mente; sin dejarse jam ás a rra stra r del deleite desor­
denado; y sin embargo de que hay deleites más ó
menos vehementes, dominando por consiguiente
más ó menos á la persona; corresponde siempre á la
virtud de la Templanza, tener á ray a unos y otros y
sujetarlos siempre y en toda ocasión, á la recta ra-
, zón y á la Ley de Dios.
CAPÍTULO XIII

La Gracia Regenerativa

y
El Nacimiento del Cristiano

onocem os la realidad y excelencia de nues­


tra generación divina; pero ¿dónde se veri­
fica ésta? H ay en la vida del cristiano una
hora solemne entre todas, hora única, la prim era de
su regeneración, hora de gloria y de bendiciones
eternas; esta es: la hora del B autism o. Entonces se
opera un milagro más grande que la creación del
cielo y de la tierra: el hijo del hombre, se hace hijo
de Dios, ¿Qué extraño es, que cuantas veces se re­
mueva este prodigio, las trom petas de la Iglesia mili­
tante, las campanas, suenen alegremente para anun­
ciarlo al cielo y á la tierra? ¿Qué extraño es que el
hombre de más talla que lia tenido la F ran cia se fir­
mase, no con el nombre de su familia, sino con el del
lugar donde había sido bautizado, y se llam ase Luís
de Poissy? ¿Qué extraño es que nuestros padres ce­
lebraran anualmente, con solemne fiesta que llama-
- 201 -
ban Pascua anotinaf el aniversario de su nacim ien­
to divino? No; nada de esto debe extrañarnos. Lo
que causa extrañeza y aflicción, es ver que ¡el día
más grande de la vida! se ha convertido para la m a­
yor parte de los cristianos actuales, en un día como
otro cualquiera.
Y que en las aguas del Bautismo el hom bre se
hace hijo de Dios, es una verdad de fe,—*El que no
renaciere del agua y del E sp íritu Santo (dice el
Verbo encarnado) no puede entrar en el reino de
DÍos.»—{1) Y el Santo Concilio de Trento, intérpre­
te fiel é infalible del Maestro, dice: —*La causa in s­
trum ental de la santificación, es el Sacramento del
Bautismo*-»—(2) Aquí reaparece con nuevo esplen­
dor la acción creadora del E spíritu Santo, y la g ra n ­
de arm onía que Dios ha establecido entre el mundo
de la naturaleza y el de la Gracia.
Hablemos de estos misterios, que hoy se adm iran
tan poco, y que sin embargo, son tan dignos de ad­
miración.
Desde el prim er día del mundo, el Espíritu Santo
reposa sobre las aguas, semejante al ave que incuba
sus huevos para sacar los polluelos. De las aguas
prim itivas así fecundadas, salen brillantes é innu­
merables legiones de seres orgánicos vivos y ani­
mados, que se destinan á vivir sobre la tierra, salida
como ellos del seno de las aguas.
Y en la plenitud de los tiempos, el mismo Espíritu
Santo reposa sobre las aguas del B autism o... las
fecundiza, y durante toda la sucesión de los siglos,
hace salir de ellas la familia innumerable de los
hijos de Dios, destinados á poblar el cielo.

( 1) S. Joan, III, t,.


(2) Sess. V I , c. V I I , et c. I V .
— 202 —

Este espectáculo arrebata á los Padres y Docto­


res de la Iglesia. Como los antiguos Profetas se ha­
bían complacido en cantar la prim era creación, sa­
liendo del seno de las aguas; así ellos celebran á
porfía la segundá creación, salida del mismo ele­
mento.—«Lo que el seno de M aría Inmaculada íué
para el Verbo, (dicen), es para nosotros la fuente
bautismal: seno m aternal.,, en donde se recibe la
Gracia regeneradora, y de donde salimos hechos
hermanos y coherederos del Verbo encarnado. ¡Oh,
qué admirable obrero es el Espíritu Santo!* —
—«¿Á qué fin se emplea el agua (pregunta San
Crisóstomo) para d ar un segundo nacimiento al
mundo?*—H ay aquí grandes misterios; diré uno
solamente. En virtud de la ley que preside á lá
transform ación ó perfeccionamiento de los seres, se
realiza en el agua bautismal un misterio de muerte
y otfo de vida, Muerte, sepultura, vida, resurrec­
ción, todo se hace al mismo tiempo. El agua bautis­
mal es una tumba, Á ella descendemos, y el hombre
viejo queda allí enterrado y ahogado del todo. De
ella salimos, y el hombre nuevo, se levanta lleno de
vida. Si fácil es para nosotros sum ergirnos en agua
y salir después á la superficie, no es menos fácil
para D ios—«-enterrar al hombre viejo y crear al
nuevo,..*—Lo que el seno de la m adre es para el
niño, el agua del Bautismo es para el cristiano que
ha sido formado en el agua. Al principio, fué dicho:
—«Produzcan las aguas los reptiles anim ados»—
Mas, desde que el Verbo Redentor bajó al Jordán,
las aguas no producen ya la raza de los reptiles,
sino la fa m ilia de las alm as, dotadas de razón y
llenas-del Espíritu Santo,
Nadie ha pintado las m aravillas de la segunda
creación, mucho más magnífica que la prim era, con
— 203 —

más graciosos y vivos colores que Tertuliano:—«¡Di­


choso misterio el de nuestra agua bautismal! (ex­
clama) en ella somos purificados de nuestras culpas
pasadas y hechos libres para la vida eterna. La
víbora, quiso decir la heregía, gusta de lugares
áridos y secos, pero nosotros, pececillos según
Jesucristo nuestro Padre, nacemos en el agua.»—
Este agua poderosa tuvo su figura en la creación
del mundo. Entonces el Espíritu Santo era llevado
sobre las aguas y las santificaba. Desde este mo­
mento, el agua santificada tuvo ella misma la virtud
de santificar; porque es ley, que la criatura inferior
adquiera las cualidades del sér superior que influye
sobre ella, especialmente si se trata de la m ateria
con relación al espíritu. Como todas las aguas
provienen de esas aguas prim itivas, todas participan
de la misma virtud. Tanto es así, que im porta poco
el que uno sea bautizado en el mar, en un lago, en
un río, ó en una fuente; en Oriente, ó en Occidente;
por Juan en el Jordán, ó por Pedro en el Tíber.
Apenas es invocado el nombre de Dios, cuando el
Espíritu Santo desciende desde las alturas del cielo
á las aguas, las santifica por sí mismo, y santificadas
de esta m anera, reciben la virtu d de santificar.
Es ciertísimo, pues, que el mundo m oral y el
mundo físico, han salido del mismo elemento gene­
rador, bajo la acción del mismo divino Espíritu.
— «Los ciclos y la tierra salen del agua y viven
en el agua,—«ex aqua et p e r aquam,»—dice S. P e­
dro; y el mundo cristiano sale del agua y no pue­
de vivir más que en el agua. In aqua nascimur; nec
aliter quani in aqna permattendo sa lvi sum us.»—
Este.doble hecho nos dem uestra, mejor que todos los
discursos, la excelencia del agua y et lugar que
ocupa en las obras divinas.
— 204 —

—«No podemos vivir (dice Tertuliano) sino per­


maneciendo en el agua.»—Y f en efecto, si los cris­
tianos, sean hombres, sean pueblos, llegan á degene­
rar, la historia m uestra como fecha precisa de su
decadencia, el día en que se ap artaro n de las aguas
del Bautismo, de la Vida que en ellas habían recibi­
do, y del divino Espíritu que les había sido comuni­
cado.
No es la m ayor gloria del Cristiano nacer en el.
agua, que es el más im portante de todos los elemen­
tos; su prerrogativa em inente consiste en que su
Bautismo tiene por tipo el del Verbo encarnado. To­
dos los augustos m isterios que vemos brillar en el
Jordán, se renuevan en cada uno de nosotros.
—«Cristo (diceSto. Tomás) quiso ser bautizado para
consagrar nuestro Bautismo con el suyo.»—Por eso
en el Bautismo de Cristo debieron manifestarse las
cosas que explican la eficacia del nuestro. Sobre lo
cual hay que considerar tres puntos,
—«Primero.—La virtud principal que da al Bau­
tismo su eficacia; cuya virtud viene del cielo: y por
esto, al bautizarse Cristo, se abrió el cielo, para que
se entendiese, que de allí en adelante, el B autism o
sería santificado por la virtu d de lo a l t o —
— «Segundo.—Cooperan á la eficacia del Bautis­
mo, la fe de la Iglesia y del mismo bautizado; por lo
cual, éste hace su profesión de fe, y el Bautismo se
llama Sacram ento de la fe. Mas por la fe vemos las
cosas celestiales que exceden el sentido y la razón
del hombre; y también p ara significar esto, se abrie­
ron los cielos en el Bautismo de Cristo.»—
—«Tercero.—Por el Bautismo del Verbo encarna­
do, se nos abre la Puerta del Cielo, que se le había
cerrado al prim er hombre por el pecado. Por esto se
abrió el cíelo en el Bautismo de Jesús, para poner de
- 205 —

manifiesto que los bautizados tienen abierto el cami­


no para ir al cielo, Pero para entrar en él, se nece­
sita o rar constantemente; pues si bien por el Bautis­
mo se nos perdonan los pecados, queda, sin em bar­
go, la concupiscencia que nos hace gu erra interior,
y el mundo, y los demonios que nos combaten exte-
riormente; y por eso se dice expresam ente en S. L u ­
cas (III), que—«baiitigado Cristo y haciendo oración,
se abrió el cielo...»—enseñándonos así, por qué á
los fieles, después del Bautismo, les es necesaria la
oración.» —
¿Y cuál es esa virtud soberana que hace tantos
milagros? Es el Espíritu Santo, á quien por lo tanto
vemos aparecer inmediatamente en el Bautismo del
nuevo Adán, Palom a m isteriosa,., que por más
que nosotros no la veamos con nuestros ojos repo­
sar sobre la cabeza de cada bautizado, viene real­
mente sobre ellos. A ella, y sólo á ella, debe el m un­
do bautizado la pureza, la dulzura, la fecundidad del
bien, la transformación intelectual y moral que tan
honrosamente lo distinguen de los paganos antiguos
y de los idólatras modernos.
Vivificada el agua por el Espíritu Santo, produce
un nuevo sér, el Cristiano; pero el cristiano, según
el tipo de nuestro Señor Jesucristo. ¿Qué resta pues,
sino que el Padre Eterno reconozca á su hijo, cual
reconoció á Jesús en el Jordán?.—«Y hé aquí una
voz del cielo que decía: Éste es m i hijo amado, en
quien tengo todas m is co m p la cen cia s—(l) P ara
anunciar la perpetuidad de este misterio, tan d u ra­
dero como el tiempo, tan extendido como el mundo,
la voz del Padre, que resonó hace veinte siglos en
los m árgenes del Jordán, no cesa de repetirse en la

(i) S. Math. III, 1 /.


— 206 -

fuente bautismal, cuantas veces un hermano del


Verbo encarnado viene á renacer en ella.
—«Se dejó oir (dice S. Hilario) la voz del Padre,
para que por los milagros que sucedían en nuestro
divino Jesús, conociésemos que la celestial Paloma
del Espíritu Santo desciende sobre nosotros desde
los cielos, y que la voz del Padre nos declara hijos
adoptivos de Dios,»—
Nada hay más cierto que ésto; porque sobre la
tierra no hay nada más hermoso, ni más digno de
la complacencia del Padre Eterno, que un alma
cuando sale pura y regenerada de la fuente bautis­
mal. A esta creación del Espíritu Santo, á este cielo
terrestre en que reside la Augusta Trinidad, puede
aplicarse lo que el Apóstol dijo del cielo empíreo:
Ojo no vió, ni oído oyó, ni entendimiento humano
concibió cosa que en gloria y felicidad pueda com­
pararse á un alma deificada en el Bautismo.

II

E fectos del S acramento del B au tism o

Los efectos del Bautismo, además del C arácter


que imprime, son: 1.°, la Gracia santificante que
regenera interiormente y justifica al hombre, perdo­
nándole todos los pecados, el original y los actuales,
y todas las penas debidas por ellos. 2,°, la Gracia sa ­
cram ental, esto es, la Gracia Regenerativa que da
derecho á las G racias actuales necesarias para con­
servar la vida espiritual; 3.°, las G racias que sean
necesarias p ara recibir dignamente los demás S a­
cramentos,
- 207 -

4.°—«Otro efecto del Bautismo, es la espiritual


transform ación y santificación/ pues en él no sólo
es purificado el hombre de todo pecado, sino tran s­
form ado espiritualmente, santificado, hecho hijo de
D ios y heredero del Cielo,» —
Según la doctrina del Apóstol S. Pablo: (1) el
Bautismo, como ya hemos visto, no es solamente la
m uerte del pecado y del hombre viejo, sino también
el principio de una nueva vida, lá resurrección del
hombre nuevo conforme al Adán celeste. El hombre
por el Bautismo, baja con Cristo al Sepulcro, no sólo
para no vivir más para el pecado, como ya no vive
un cadáver sepultado, sino ¡para resucitar con
Cristo! y luego hacer una vida nueva conforme al
espíritu de Cristo. Pues como Jesucristo abandonó
el seno de la tierra y resucitó glorioso y lleno de vida
superior, así sale el hombre de las aguas bautism a­
les para hacer una vida nueva, no para seguir ya
en adelante los apetitos de la carne, sino para cam i­
nar según el espíritu,
Por el Bautismo, no sólo nacemos á una vida
nueva espiritual, sino á vida eterna. Pues así como
Jesucristo resucitó p ara no volver á morir, así noso­
tros debemos resucitar para no volver á morir: de­
bemos perseverar en esta n u era vida, y no volver á
la muerte del pecado.
E sta espiritual transformación y santificación, se
hace por medio de la Gracia santificante que el Es­
píritu Santo infunde en el alma junto con las Virtu­
des teologales, pues las infunde para que perm anez­
can en ella, como un precioso bálsamo en un vaso, en
el cual Él las derram ó llenándolo de suaves olores.
Esto nos enseña el Apóstol diciendo:—«Dios, según

(i) Rom., VI,


— 208 —

su m isericordia nos hizo salvos por el baño de re­


generación y renovación del Espíritu Santo, á quien
infundió en nosotros por Jesucristo Nuestro Salva­
dor, para que, justificados por su Gracia, seamos
según la esperanza herederos de la vida eterna »—
Junto con la G racia santificante se nos infunden
las V irtudes teologales Fe, Esperanza y Caridad,
como se deduce de las palabras del Apóstol: —«La
Caridad de Dios es difundida en nuestros corazones
por el Espíritu Santo, que nos es dado en el Bautis­
mo.»—(I) Y la Caridad divina, que es la principal
de todas las virtudes, sólo puede infundirse en el al­
ma acom pañada de la Fe y de la Esperanza,
No se puede im aginar la C aridad divina sin la
F e y la E speranza durante ésta nuestra peregrina­
ción. La Caridad, que es el complemento de la ju sti­
ficación, no puede existir sin la Fe, que es el princi­
pio, y sin la Esperanza, que es condición indispen­
sable de la misma justificación. El Concilio de Trento
no nos deja duda acerca de ésto, pues después de
haber dicho (2) que la justificación (en el Bautismo)
es no sólo el perdón de los pecados, sino también
santificación y renovación del hombre interior por
la voluntaria recepción de la G racia y de los Dones
(ó el Espíritu Santo), añade en el mismo capítulo:—
«El hombre en la justificación por Jesucristo recibe,
con el perdón de los pecados, ¿a Fe, la E speranza y
la Caridad que se le infunden.·»—
Junto con la G racia santificante y los Dones que
la acompañan, el Bautismo, según la opinión común
de los teólogos, confiere también una G racia propia
sacram ental, E sta consiste en el derecho á cierto

(i) Rom., V , 5.
(a) Ses. V I, c. 7 .
209 -
auxilio especial de Gracias actuales que es dado al
bautizado á su tiempo para vivir, no según la carne,
sino según el espíritu (1), para evitar el pecado y
para poder hacer una vida cristiana. S. Agustín, en
su libro —«De N atura et Gratia» —(2) hace una obser­
vación que aquí viene de molde:—«El único cuidado,
(dice) del médico terreno, es dar de nuevo la salud al
enfermo; mas Dios, médico celestial, obra de otra
manera; pues cuando por medio de Jesús, m ediane­
ro entre Dios y los hombres, sana espiritualm ente á
un enfermo, ó le resucita de la muerte del pecado á
la vida de la Gracia, no se retira de él, sino continúa
socorriéndole con el auxilio de su G racia para que
no cese de ser piadoso y justo. Así como el ojo cor­
poral, aunque esté sano, no puede ver sin el auxilio
de la luz; así, el que está perfectam ente justificado
no puede en m anera alguna vivir rectam ente si no
es iluminado de lo alto por el divino Sol de justicia.
Por consiguiente, sana, no sólo borrando nuestros
pecados, sino también concediéndonos G racias para
no volver á pecar.
— cEl 5.“ efecto del Bautismo, es la unión con
Cristo y con su Iglesia. —«Este efecto es indicado
por la expresión—«en Cristo»—añadida á las pala­
b ras—«regenerados á la vid a eterna.»—Con esta
expresión—«regenerados en Cristo»—damos á en­
tender que el hombre es hecho hijo de Dios por el
Bautismo, m ediante la unión en que entra con C ris­
to y con su Iglesia, ó (como dice el Catecismo)—
«porque él es unido con Cristo, é incorporado á su
Iglesia. Es, doctrina de la Iglesia católica que se ve­
rifica tal unión por el Bautismo, como lo declaró el

(t) R o m ., V I I I , 4.
(?) Cap. X X V I .

TS
- 210 -

Concilio de Florencia en el Decreto á los armenios,


diciendo:—«Por el Bautismo, somos incorporados
como miembros de Cristo, y de la Iglesia.» —
El Apóstol S. Pablo, dice (L) —«Vosotros todos
los que habéis sido bautizados en Cristo, sois uno
con Jesús.—«Esto es, sois todos como una cosa por
vuestra unión con Cristo; pues el E sp íritu de Cris-
to , que habéis recibido en el Bautismo y que m ora
en vuestros corazones, hace que todos form áis un
Cuerpo con Cristo, porque todos vivís en algún
modo de su Vida, como sarmientos vivos del jugo
del tronco de la vid. En esta unión y comunicación
de vida con Cristo obrada por la G racia, ve el m is­
mo Apóstol la razón de ser nosotros hijos adoptivos
de Dios, y el fundamento de todas las Gracias y
privilegios sobrenaturales que ella nos trae consigo.
—«Vosotros todos (dice) sois hijos de Dios, porque
en el Bautismo os habéis revestido de Cristo.»—
Así como por la G racia del Bautismo se verifica
nuestra unión con Cristo, .así también tiene lugar
nuestra unión é incorporación con su Santa Iglesia,
Cuerpo m ístico, cuya cabeza es Jesucristo. La Igle­
sia consta de alma y cuerpo: el cuerpo es la comu­
nión visible de todos los ñeles de la tierra, con su
cabeza visible, que, es el Sumo Pontífice. El alma
de la Iglesia, es la Vida íntima de la Gracia en Cristo
Jesús. A hora bien: el Santo Bautismo obra una en­
tera y períccta incorporación con esta Iglesia de
Jesucristo; pues el bautizado, si no puso obstáculo
(siendo adulto) á la operación del Sacram ento, fu e
unido tanto al cuerpo como al alma de la Iglesia.
—«Hay dos nacimientos (dice S. Agustín): el uno
terreno, el otro celestial; el uno carnal, el otro espi­

{i.) Galat., I I I , 27.


- 211 -
ritual; el uno de padre y madre, según el cuerpo; el
otro de Dios y do la Iglesia. Por eso, con razón lla­
mamos A la Iglesia—«nuestra Madre*',—y ella nos
considera como hijos: nos lleva con ternura y pro­
videncia en su seno, nos alim enta y educa, y no
cesa de comunicarnos con mano generosa sus bene­
ficios. Por lo cual, estamos obligados á reconocer
los derechos m aternales que tiene sobre nosotros
á honrarla como A Madre, á am arla y á prestar obe­
diencia filial á su s preceptos y órdenes.
CAPÍTULO X IV

Desarrollo del Cristiano

l cristiano nace en el agua del Bautismo:


tal es el prim er artículo de fe, y la cuarta
creación del Espíritu Santo en el Nuevo
Testamento. L a v id a del cristiano es la Gracia. La
Gracia es el tesoro de todas las riquezas: con ella y
por ella poseemos todas las virtudes sobrenaturales
infusas, intelectuales y morales; las tres virtudes
teologales y las cuatro cardinales, m adres de todas
las demás, y al Espíritu Santo en Persona con todos
sus Dones.
Siendo esto así, ¿qué le falta al cristiano? Todo lo
que le falta al niño recién nacido. Al niño, ora sea
hijo del Rey ó hijo de un mendigo, le faltan los me­
dios de conservar la vida que tiene. Lo mismo le
pasa al cristiano: poseyendo la Vida D ivina, carece
todavía de los medios de conservarla y perfeccio­
narla. Veamos, pues, con cuanta liberalidad ha
atendido el E spíritu Santo á las necesidades de su
hijo.
Llegamos á los m isterios inefables de la Gracia.
Va á desenvolverse ante nuestros ojos todo el siste­
ma de educación, ó más bien dicho, de deificación,
llevada á cabo por el Espíritu Santo para conducir
— 213 —
al cristiano hasta la semejanza perfecta con su Her­
mano mayor, el Verbo hecho carne. Este magnífico
sistem a comprende los Sacramentos, las Virtudes,
los Dones} las Bienaventuranzas y los Frutos.
Estos medios de conservación y deificación, dispues­
tos con admirable sabiduría, se suceden, se encade­
nan, se prestan mutuo concurso, y convierten el
desarrollo del cristiano en la obra m aestra del E s­
píritu Santo, en su obra peculiar, ó como dice San
Pablo,—«en la construcción de Dios: Dei aedificatio
estis,i> —
No basta tener vida; es menester conservarla y
desarrollarla: este es el fin de los Sacram entos.
—«Los Sacram entos de la Nueva Ley, (dice Santo
Tomás) han sido instituidos para dos fines: p ara
curar las enfermedades del ¿tima, y p ara darle la
fuerza conque pueda ejecutar los actos de la vida
cristiana,»—Indudablemente la Gracia, considerada
en general, perfecciona la esencia del alma dándole
cierta semejanza con el Sér divino. Pero de la esencia
del alma se derivan sus potencias; de donde resulta
que perfeccionando la esencia del alma, la Gracia
comunica nuevas perfecciones á las potencias. Estas
perfecciones, llamadas Virtudes y Dones, las hacen
capaces de sus funciones particulares; mas esto no
basta.
—-«Hay en la vida cristiana ciertos actos especia'
les, para los que se necesita un efecto particular de
la G racia. P ara estos actos especiales se han esta­
blecido los Sacram entos, á ñn d¿ com unicar al cris­
tiano el auxilio particular que necesita p ara ejecu­
tarlos. Por eso, al modo que las V irtudes y los
Dones añaden algo á la G racia, considerada en g e­
neral, así la Gracia sacram ental, añade á la Gracia
considerada en general, y á las V irtudes y á los
- 214 -

Dones una fuerza divina, relativa á cada uno de los


Sacramentos.» —
Los Sacram entos han sido instituidos para curar
las enfermedades del alma: ¿pero cómo producen
este efecto? El Bautismo se instituyó, contra la falta
de Vida Divina; la Confirmación, contra la debilidad
natural de los niños; la Eucaristía, contra las malas
inclinaciones del corazón; la Penitencia, contra el
pecado mortal, ó la pérdida de la V ida Divina; la
Extrem aunción, contra las reliquias del pecado y las
enfermedades del alma; el Orden, contra la ignoran­
cia y la disolución de la sociedad cristiana; el M atri­
monio, contra la concupiscencia personal y contra
la extinción de la Iglesia, que sería la desaparición
de la Vida Divina sobre la tierra,
He ahí el conjunto m is completo de remedios
preservativos y curativos de todas las enfermedades
del alma, incluso la m uerte misma. ¿Quién los con­
cibió? ¿Quién los estableció? ¿Quién les dió la efica­
cia? El divino Espíritu Santo.
Esto no es todavía sino la mitad de la obra. F alta
desarrollar la Vida Divina. La Vida Sobrenatural lo
mismo que la natural, se desenvuelve con los actos.
¿Cuáles son, pues, los actos especiales de la vida
cristiana para los que es indispensable la G racia de
los Sacramentos? En virtud de la uniformidad ad ­
m irable que reina entre el orden espiritual y el m a­
terial, estos actos son siete y corresponden á otros
tantos actos análogos de la vida corporal. En el
orden natural, es m enester que el hombre nazca, se
fortalezca, se alimente, se cure, conserve la salud,
y se haga miembro de la Sociedad, ora para regirla,
ora para conservarla.
Del propio modo, en el orden sobrenatural es
necesario que el cristiano viva como hijo de Dios.
- 215 -

La Gracia propia del B autism o, le da el naci­


miento divino, y el espíritu del cristianism o.—«La
misericordia de Dios (dice el Apóstol) nos hizo sal­
vos por el lavatorio dél a regeneración y renovación
del E spíritu Santo, que derram ó en nosotros abun­
dantemente por Jesucristo Ntro. S a lv a d o r a -
Es m enester que adquiera las fuerzas conve­
nientes p ara soportar el trabajo del deber y sostener
los combates de la virtud. La Confirmación le co­
munica el Espíritu Santo como principio de forta­
leza. Por eso Nuestro Señor dijo á sus discípulos,
después que fueron bautizados: —«Os enviaré el Es­
píritu prometido por el Padre. Permaneced, pues, en
la ciudad, hasta que seáis revestidos de la virtud de
lo alto.» —(I)
Es m enester que se alimente con un alimento
proporcionado á su Vida Divina. Este alimento se lo
da la Eucaristía, —«l o soy el pan vivo, que bajé del
Cielo, dice el Verbo encarnado. Si nó comiéreis la
carne del Hijo del hombre, y nó bebiéreissu sangre,
no tendréis vida en vosotros.» —(2)
Nacer, crecer y conservar la vida, sería bastante
para el hombre, si corporal y espiritualm ente tu ­
viera una vida impasible. Pero como está sujeto á
enfermedades graves y frecuentes, necesita de re­
medios. Si pierde la salud, se la devuelve la P en i­
tencia, según aquellas palabras:—«Sana mi alma
que pequé contra T í.—A quienes perdonareis sus
pecados, les serán perdonados.»—(3)
Cuando le faltan las fuerzas por las dolencias y
enfermedades, las recobra por la Extrem aunción,

(1) S . Luc. X X I V . 49
(2 ) S. Joan V I., SI y 54.
(3 ) S. Joan X X . . 23.
— 2Í Ó —

Este Sacramento purifica at hombre de las reliquias


del pecado, lo fortalece para el postrer combate, y
lo prepara para entrar en la gloria etern a.—«Si al­
guno de vosotros está enfermo (dice Santiago) llame
á los presbíteros de la Iglesia; y éstos orarán sobre
él ungiéndole con óleo en el nombre del Señor, y la
oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor lo
aliviará, y si tiene pecados se le perdonarán.»—(1)
En los cinco primeros Sacram entos encuentra el
cristiano todos los auxilios necesarios para los actos
de la vida individual, Pero como es un sér social, se
necesita que cumpla con los deberes de la sociedad
á que pertenece. Los medios para esto, se los pro­
porcionan los dos últimos Sacram entos. Toda so­
ciedad necesita dos cosas, dirección y conservación.
Es m enester en prim er lugar, que haya hombres
públicos encargados de dirigir á los demás. El Sa­
cram ento del Orden da ministros á la Iglesia y guias
á los fieles.—«Todo Pontífice (dice el Apóstol, h a­
blando de todos los Sacerdotes) es tomado de entre
los hombres, y, á favor de los hombres es puesto en
las cosas que tocan á Dios, para que ofrezca dones
y sacrificios por los pecados; y se puedan condoler
de los que ignoran y yerran. Y debe por el pueblo y
por sí mismo, ofrecer por los pecados.» —(2)
Es menester que haya familia para perpetuar la
sociedad. El Sacram ento del Matrimonio, consa­
grando la unión de los esposos, les sum inistra las
Gracias necesarias para que llenen cristianam ente
sus deberes, perpetúen la Iglesia, y pueblen el cielo,
Por esto (dice San Pablo).—«El Matrimonio es un

d) c . V ., 14.
(a) Hbr. V ., 1 y 2.
— 217 —
Sacram ento grande en Jesucristo y la Iglesia.»—(1).
Por lo dicho hasta aquí, se ve juntamente la
razón de ser de cada Sacram ento, y el lugar que
ocupa en el plan de nuestro desarrollo divino. Lo
mismo que el Bautismo, todos los demás nos comu­
nican la G racia, y consiguientemente el Espíritu
Santo, que no se puede separar de ella; pero esta
comunicación tiene en cada Sacram ento un fin
especial, en relación con las necesidades de nuestra
vida espiritual. De donde resulta, que por medio de
la G racia multiforme de los Sacram entos, el Espí­
ritu Santo da al cristiano la Vida Divina con los
medios de conservarla y hacer actos propios de la
misma. Así se cumple la prim era parte de la misión
del Verbo encarnado, que decía:—«Yo he venido
para que tengan vida;E go veni u tvita m habeant.-»—
¿Cómo se cumple la segunda parte, que es:—«Y
para que la tengan en mayor abtmdancia¡ et ut
abundantius habeant?» —
Escrito está, que el Hijo Unigénito de Dios crecía
en edad y en sabiduría delante de Dios y de los hom ­
bres: el cristiano, su hermano, debe seguir el mismo
progreso. En el plan divino, el desarrollo de las
Gracias debe adelantar gradualm ente hasta consu­
marse en la vida de la gloria: g ra tia inchoatrix glo-
riae. Ni allí tampoco se estacionará; por el contra­
rio, se elevará incesantem ente de perfección en
perfección, de una dicha en otra durante siglos y
siglos. ¿Por qué medios procura el Espíritu vivifi­
cador estas ascensiones del tiempo, que preludian
las de la eternidad?—Activando el germ en de vida
que ha infundido en vosotros, de modo que dé de sí
todo lo que pueda dar, Pues bien, ya lo hemos visto,

(]) Eph. V., 32


- 216 -

la Gracia es un principio divino que obra sobre la


esencia misma del alma y sobre todas sus potencias,
principio de fuerza y fecundidad incalculables, que
produce en el hombre efectos múltiples, subrehuma-
nos, teándricos.
La Gracia se divide en dos grandes especies,
correspondientes á los dos destinos del hombre. El
cristiano no es un sér aislado, sino social: más social,
si cabe decirlo así, que los otros hombres; puesto
que pertenece á la sociedad universal, cuyo objeto
es hacer de todo el género humano, un solo pueblo
de hermanos. Indudablemente debe trab ajar en su
santificación personal, y esta es la prim era ley de
su existencia. Pero como hijo de la Iglesia, deberá
trabajar también dentro de los límites de su voca­
ción, por la gloria de su M adre, ó sea, en la santifi­
cación de sus hermanos: es otra ley, á que no puede
substraerse. Ley tan imperiosa, que todo hombre,
haga lo que haga, tiene que ser necesariam ente
médium... médium del Verbo santificador, ó mé­
dium de Satanás corruptor. De aquí provienen las
dos clases de G racias, ó dos aplicaciones de la G ra­
cia, Gracia santificante y G racia g ratis dada.
Sobre este principio fundamental, oigamos al
Angel de las escuelas:—«Todas las obras de Dios
están fundadas en el orden; y es una ley del orden
universal, que ciertas criaturas sean dirigidas á Dios
por medio de otras. Ordenándose la G racia á llevar
el hombre á Dios, sigue las leyes del orden; esto es,
vuelve, algunos hombres á Dios, mediante otros
hombres. Por esto hay dos especies de G racia. La
prim era, que une el hombre á Dios, se llama: Gratia
gratum fa cien s/ porque nos hace agradables á
Dios. La segunda, por medio de la cual el hombre
ayuda á su hermano á ir á Dios, se llama Gratia
- 219 -

g r a tis dala; porque no se ordena á la santificación


personal del que la recibe, ni se da por sus mé­
ritos.»—
De ese m anantial único de la G racia, dividido
en dos ríos inagotables, salen todas las m aravillas
del mundo cristiano, m aravillas de virtudes p riv a­
das, que no tienen más testigos que á Dios y A
los Angeles; m aravillas de virtudes ruidosas, que
se hacen adm irar del género hum ano entero: v ir­
tudes privadas, brillante familia de perfecciones
que completándose las unas á las otras, condu­
cen al cristiano hasta el más alto punto de seme­
janza con Dios; (I) virtudes públicas que hacen b ri­
llar en la frente déla Iglesia el sello incomunicable
de la verdad; virtudes públicas y privadas, de que
vive sin saberlo el mundo mismo, que vive del
Espíritu Santo y sólo de Él. Presentem os en pe­
queño el cuadro de todas estas m aravillas. A un
golpe de vista nos h ará ver el conjunto de los ele-
m entosque entran en nuestra generación divina y
el orden perfecto que guardan entre sí,
Dice el conde de Maistre, que el cuerpo humano
es más admirable en la losa de disección que en las
más bellas actitudes de la vida. Lo mismo puede
decirse del cristiano, La anatom ía de esta grande
obra del Espíritu Santo, revela mejor que todo, su
admirable herm osura; porque pone de manifiesto en
sus operaciones misteriosas, la sabiduría del Obrero
divino que lo ha formado.
He aquí, pues, un ensayo de autopsia católica
en conformidad con los m aestros de la ciencia; ó si
se quiere, he aquí la indicación de los grados de la
Escala misteriosa por donde el hombre sube de la

(]) Conc. Trid. i.


- 220 —
tierra al cielo, y de hijo de Adán se hace hijo de
Dios.
El Espíritu Santo comunica al alma la Vida So­
brenatural por el Bautismo; por los otros S acra­
mentos la fortalece y conserva.
Y así como el grano de trigo se echa en la tierra,
para que brote en espigas; de igual modo el ele­
mento sobrenatural se infunde en el alma, para que
se manifieste por medio de hábitos sobrenaturales
que se llam an Virtudes, Las Virtudes ya hemos
visto que son siete como los Sacram entos, tres teolo­
gales y cuatro cardinales.
A las V irtudes se agregan los Dones; que como
inspiraciones perm anentes del E spíritu Santo p er­
feccionan las V irtudes, comunicándoles un nuevo
impulso, una energía más sostenida, una tendencia
más elevada. Son también siete, y forman (dice un
Concilio) las siete grandes santificaciones del cris­
tiano. (1).
Con la ayuda de estos medios poderosos, el cris­
tiano se encuentra en estado de creer, como con­
viene, los artículos del Símbolo; y de practicar, como
se debe, los preceptos del Decálogo, lo que es el fin
de la vida y principio de la gloria. A dvirtam os de
paso, con el Concilio citado, que el Símbolo se divide
naturalm ente en siete artículos relativos á la Santí­
sima Trinidad, y en otros siete que se refieren al Hijo
de Dios hecho Hombre. Igualmente, los diez pre­
ceptos del Decálogo dicen relación á las siete V irtu­
des, teologales y cardinales.
Cuando el cristiano ha llegado á la perfección de
la Vida Divina, lo que resta es, que persevere en
ella. Mas esto no puede conseguirlo por sí solo. Su

(1} Conc, Vaur. c. I,


- 221 -
debilidad natural, junto con los ataques incesantes
de sus enemigos, le exponen continuamente al peli­
gro de un fracaso. Pero la G racia, que hemos visto
m anifestarse en las V irtudes y en los Dones, se m a­
nifiesta aquí en Oraciones, Las siete peticiones de la
Oración dominical, corresponden á los siete Dones
del Espíritu Santo. Cuantas veces repetimos esta
adorable oración, pedimos la conservación y acre­
centamiento de esos Dones divinos; y para hacerla
más eíicaz, el mismo Espíritu Santo la dice en el
alma del cristiano con gemidos inefables.
Los siete Dones del Espíritu Santo, conservados
y vigorizados por la oración, se convierten en las
manos del cristiano en armas de segura defensa
contra sus enemigos. Satanás nos ataca con siete
arm as, que se llaman los siete pecados capitales.
Los siete Dones del Espíritu Santo son su oposición
adecuada.
El cristiano, librando valientemente los nobles
combates de la virtud, se mantiene en el orden. El
orden le proporciona la paz con Dios, con sus her­
manos y consigo mismo. De esta paz nacen las
Bienaventuranzas.
En fin, los buenos trabajos dan fruto glorioso,
como dice la Escritura: Bonorum em'm laboram glo-
riosus esi fru ctu s. (1)—V como no hay mejores tra ­
bajos que los que se llevan á cabo en el vasto campo
de la vida espiritual; corresponden á estos nobles
trabajos, los doce Frutos del E sp íritu Santo. El
alma feliz que de estos deliciosos Frutos se alimente,
saborea ya en el mundo, aquel otro F ruto que los
comprende á todos: el F ruto de la vida eterna: Fruc-
tus in vitam ceternam,

(I) Sap. XII, 1 5 .


— 222 -
Viene el fin de los tiempos; y el cristiano deifi­
cado por el Espíritu Santo, entra en posesión de ese
Fruto incomparable, cuya vista, cuyo sabor, cuyo
goce, ¡lo inundará en delicias indecibles..! porque
ese Fruto será ¡Dios mismo...! visto, saboreado, po­
seído sin temor por un am or sin límites.
No obstante, hasta aquí conocemos solamente los
efectos de la Gracia santificante, principio de la
deificación personal del cristiano. P ara dar una idea
completa de los tesoros que el Espíritu Santo rep ar­
te en el alma bautizada, debemos m ostrar además
los efectos de las Gracias g r a tis dadas. Repetimos
que el cristiano, ser social é hijo de la Iglesia debe
trabajar por la gloria de su Madre y en la justifica­
ción de sus hermanos. P ara esto son indispensables
tres cosas; conocer á fondo las verdades cristianas,
para instruir á los demás; estar en disposición de
probarlas, sin lo cual la enseñanza sería ineficaz;
tener talento para explicarlas, para que se reciba
con gusto la doctrina.
Tales son los efectos de la Gracia g r a tis dada.
Como el fin comprende los medios, así abarcan el
conjunto de los Dones exteriores enumerados por
San Pablo.—«A cada uno (dice) se le dá la manifes­
tación del Espíritu para utilidad de los otros, A uno
el discurso de la sabiduría; á otro el discurso de la
ciencia; á otro fe; á otro gracia de curaciones; á otro
operación de virtudes; á otro profecía; á otro discre­
ción de espíritus; á otro diferentes géneros de len­
guas; á otro interpretación de palabras.»—(1)
Estos Dones, comunes á todos los cristianos,
porque todos deben trabajar en la salvación de sus
hermanos, les son comunicados en proporciones di-

( i) Con. X II-7-IO .
— 225 —

ferentes, según la vocación de cada uno. Prim era­


mente, el Don de enseñar la verdad, el cual supone
un conocimiento de la religión superior al que basta
para la salvación. De aquí la fe , es decir, una visión
clara, al mismo tiempo que una certidum bre inque­
brantable de las cosas invisibles, principio de la
enseñanza católica. Además, es necesario conocer
las principales consecuencias de estos principios. De
aquí el discurso de la sabiduría, que consiste en el
conocimiento extenso de las cosas divinas. Y A más
se necesita poseer un gran repertorio de hechos y
ejemplos, con frecuencia necesarios para dem ostrar
las causas. De aquí el discurso de ciencia, que con­
siste en el conocimiento de las cosas humanas, aten­
dido á que el mundo invisible se revela á nuestros
ojos por el mundo visible.
Viene á seguida el Don de probar. La prueba de
la doctrina enseñada, se hace por el raciocinio en
las cosas que caen bajo el dominio de la razón;
m ientras que en las cosas del orden sobrenatural, se
hace por los medios reservados al poder divino. E s­
tos medios son los milagros, ó las profecías. Devol­
ver la salud á los enfermos, y la vida á los muertos,
contrariando todas las leyes de la naturaleza, es un
milagro. De aquí la Gracia de ctiracioncs. M anifestar
el poder omnipotente de Dios, deteniendo al sol, por
ejemplo, ó dividiendo las aguas del m ar, es un m ila­
gro, De aquí la operación de virtudes. A. estas prue­
bas de la omnipotencia de Dios sobre el mundo
m aterial, hay que añadir algunas veces la prueba
del conocimiento infinito que tiene'del mundo moral.
De aquí la Gracia de la profecía, que es el conoci­
miento de los futuros contingentes. De aquí también
la Gracia de la discreción de esp íritu s, que es el co­
nocimiento de los secretos, más íntimos del corazón.
- 224 -
En fin, el don de comunicar, puede ser conside­
rado bajo dos aspectos: Prim ero, desde el punto de
vista, de la lengua que debe hablar el Doctor de la
verdad, y el modo como debe hablarla. De aquí el
Don de lenguas y la Gracia del discurso. Segundo:
desde el punto de vista, del sentido de las cosas que
debe decir. De aquí la Gracia de la interpretación
de palabras que enseñan la verdadera significación
de las voces de una lengua extraña.
Tal es el cuadro compendiado, de la formación
del cristiano por el Espíritu Santo. Ahora p reg u n ta­
mos al filósofo, sea el que sea, si ha encontrado ja ­
más en sus investigaciones, ó concebido alguna vez
en sus meditaciones, algo tan magnífico, tan com­
pleto y tan bien relacionado, como este conjunto de
medios, por los cuales el p rin cipio divino se des­
envuelve en cada uno de nosotros, y nosotros mis­
mos lo desenvolvemos en los demás, hasta llegar á
la medida del Verbo encarnado en su edad perfecta.
Cuando se reflexiona que, á pesar de todas estas
perfecciones, el cristiano no es, aquí en el mundo,
más que un Dios incoado, ¿qué lengua podrá n a ­
rra r sus glorias, cuando sea allá en el cielo un Dios
consumado?—«Carísimos (escribe San Juan) ahora
somos hijos de Dios, y no aparece aún lo que hemos
de ser; pues sabemos, que cuando Él apareciere,
seremos semejantes á Él.» 1).

(t) I Ep., III., 20 ÍJ. Ev, X X I I , 20 .


CAPÍTULO XV

L a Gracia Corroborativa

y
L A CONFIRM ACIÓN de la V ida Divina

— «El Consolador} que enviará el P a d re en mi


nom bre, os enseñará (odas las casas... y os recor­
dará todo lo que os he dicho.» —
S. J u a n x i v , ¿6 ,

ahemos visto, que el hombre cuando viene


al mundo, sólo posee la vida natural y le
falta la sobrenatural. El Bautismo se la
da. Tal es el fin especial de este Sacramento. L a
debilidad física y moral es propiedad de la infancia.
Si el hombre no fortaleciese con la edad su cuer­
po y su alma, no llegaría á ser hombre. Lo mismo
sucede con el cristiano. La fortaleza le es tanto más
necesaria, cuanto que nace soldado. Destinado á
luchas incesantes, su vida se define: guerra. (1)
El anticuo Israel es su viva imagen, según deja­
mos consignado en el segundo capítulo de este libro.
Desde las playas del Mar Rojo, tumba de sus tiranos,
atraviesan los Hebreos, sosteniendo continuos com-

(i) Job, VII.f i.


16
— 226 -
bates, el desierto que los separa de la tierra prome­
tida. Siete naciones poderosas, les disputan su pose­
sión; he ahí lo que le pasa al cristiano.
Salido de las aguas bautismales, en que ha sido
libertado déla esclavitud del demonio, le es preciso,
para llegar al cielo que es su patria, atrav esar con
las arm as en la mano el desierto de la vida, No será
la lucha contra seres de carne y sangre como él;
sino contra enemigos mucho más temibles, los prín­
cipes del aire, las siete potencias del mal. Claro está
que tiene necesidad de arm as, y de un m aestro que
le enseñe á m anejarlas. Precisam ente, en el S acra­
mento de la Confirmación, se le da como tal al Espí­
ritu Santo.
—«El Espíritu Santo (dice el Papa S. Melquíades)
al descender á las aguas del Bautismo, les infunde
plenamente la Gracia que da la inocencia; en la
Confirmación, comunica un aumento de G racia. En
el Bautismo somos regenerados para la vida; en la
Confirmación, se nos prepara para la lucha. En el
Bautismo somos lavados; en la Confirmación somos
fortalecidos,» —
El Vicario de Jesucristo, es el eco fiel del divino
Maestro. ¿A quién tenía reservado Nuestro Señor
Jesucristo el cambio milagroso de los Apóstoles en
hombres nuevos, y el no menos admirable de los
fieles en m ártires heroicos? ¿Por ventura no era al E s­
píritu Santo? Descendido directam ente del cielo
sobre los primeros, se da á los segundos por la im­
posición de las manos de los Apóstoles; es decir, por
la Confirmación. —« Yo voy (decía á los unos y á los
otros) á enviar el E sp íritu del P adre, Permaneced
en la ciudad hasta que seáis revestidos de la fu e r s a
dél o alto. No estéis inquietos; el mismo E sp íritu
Santo hablará por vuestra boca, y os dará una elo-
- 227 -
cuencia tan poderosa} que vuestros adversarios no
tendrán nada que replicar.'»—{y).
L a Confirmación, pues, como lo indica su nom­
bre, es, el Sacram ento de la fuerza. Que ha sido
establecido para comunicarla al cristiano y hacer
de él un soldado generosol la Iglesia católica no ha
cesado jam ás de enseñarlo por sus Concilios, y la
historia de probarlo con hechos term inantes. De
aquí, esta declaración solemne del Concilio de Flo­
rencia, es decir, del Oriente y del Occidente reuni­
dos bajo la presidencia del mismo Espíritu Santo:
—«El efecto del Sacram ento de la Confirmación, es
dar al E sp íritu Santo como principio de fu e r sa ; á
la m anera que fué dado á los Apóstoles en el día de
Pentecostés; á fin de que el cristiano confiese con
valor el nombre de Cristo.» —
El Concilio de M aguncia no está menos explícito:
—«Según la promesa del Señor, el Espíritu Santo, á
quien recibimos en el Bautismo para la purificación
del pecado, se nos da en la Confirmación con aum en­
to de Gracia, que produce el efecto de protegernos
contra los ataques de Satanás; de iluminarnos para
que comprendamos mejor los misterios de la fe; de
darnos el valor de confesar audazmente á Jesucristo,
y de fortalecernos contra los vicios. El Señor p ro ­
metió formalmente dar á los fieles todos estos bienes
por el Espíritu Santo que había de enviar. Todas
estas promesas fueron cumplidas á los Apóstoles el
día de Pentecostés, conforme sus actos lo atesti­
guan del modo más brillante. »—
Además, esas promesas se cumplen todos los días
p ara los fieles, en las cuatro partes del mundo, por
el Sacram ento de la Confirmación. L a razón de esto

(i) S. Joan X X ., 16.— S. Luc. X X I V ., 49; X X ., 15.


— 228 —

se halla, en que el Espíritu Santo perm anece siem­


pre en la Iglesia, y en que sus favores fueron tan
necesarios para form arla, como lo son hoy para
conservarla. A hora bien, el Espíritu Santo al comu­
nicarse por la Confirmación al cristiano, su criatu­
ra privilegiada, obra en él muchas y grandes ma­
ravillas.
Es la 1.a una nueva infusión de la Gracia sa n ti­
ficante.—«La misión ó donación del Espíritu Santo
(enseña Santo Tomás) jam ás tiene lugar sin la G ra­
cia santificante, de la cual Él mismo es principio.» —
Claro está, pues, que la G racia santificante es co­
municada por la Confirmación. En el Bautismo y en
la Penitencia, esta G racia hace pasar al hombre de
la m uerte á la vida. En los otros Sacram entos y
especialmente en la Confirmación, aum enta y forta­
lece la vida ya existente. Este Sacram ento perfec­
ciona los efectos del Bautismo y de la Penitencia, en
cuanto da al penitente una remisión más perfecta de
sus pecados. Si un adulto, por ejemplo, hallándose
en estado de pecado sin saberlo, ó también no estan­
do perfectamente contrito, se acerca de buena fe á
la Confirmación, recibe el perdón de sus culpas por
la Gracia de este Sacramento.» —
L a 2.a es la Gracia sacramental. Ya hemos dicho
que cada uno de los Sacram entos confiere, además
de la G racia santificante, una G racia particular que
está en relación con el objeto del Sacram ento que la
da; á esta G racia, se la llama sacram ental. En el
Sacram ento de la Confirmación, se denomina corro­
borativa y es la Gracia de la fortaleza. Así, la G ra­
cia sacram ental añade algo á la G racia santificante
propiam ente dicha.
En la Confirmación, añade la fuerza necesaria al
cristiano: fuerza de memoria para retener, sin olvi­
- 229 -
darlas jam ás, las grandes verdades católicas, que
son la base y la brújula de la vida; fuerza de enten­
dimiento para entender la religión en sus dogmas y
preceptos, en el detalle de sus prácticas y en su
magnífico conjunto, en sus beneficios y en su histo­
ria, á fin de que nuestro amor y. admiración hacia
todas esas cosas no tenga superior ni rival. F u erza
de 'voluntad para tener enhiesta y firme la bandera
católica, á pesar de las deserciones de los falsos h er­
manos, de las persecuciones del mundo, de los ata­
ques incesantes del infierno y de los halagos interio­
res de las pasiones corrompidas. Fuerza para ar­
mar todas las facultades y m ontarlas á la altura de
la gran lucha, que tiene al alma por prenda y al
cielo por recompensa.
L a 3.a es el carácter.—En m ateria de S acra­
mentos, se llam a carácter} un poder espiritual orde­
nado á ejecutar algunas acciones en orden á la sal­
vación. Este carácter es una Gracia, Se da esta G ra­
cia, con el objeto de distinguir á los que la reciben,
délos que no la reciben. Toda G racia obra sobre la
esencia misma del alma. El carácter sacram ental es,
pues, interior, inherente al alma, y por consiguien­
te, inamisible.
P or eso los Sacram entos que lo imprimen, no
pueden ser reiterados.—«Hay tres Sacram entos (di­
ce el Concilio de Florencia) el Bautismo, la Confir­
mación y el Orden que imprimen en el alma carác­
ter; es decir, cierto signo espirittial indeleble y dis­
tintivo de los demás.*—Y el Concilio de Trento, dice:
—«Si alguno dijere, que en los tres Sacram entos, es
á saber: Bautismo, Confirmación y Orden no se im ­
prime carácter en el alma, esto es, cierto signo espi­
ritual é indeleble, por lo que no pueden repetirse;
ese tal, sea anatematizado.» —
Siendo el carácter una fuerza, un poder, produce
efectos reales que están en relación con su n a tu ra ­
leza y las necesidades del hombre. Así, el carácter
del Bautismo distingue al cristiano del iafiel, y le
comunica á la vez la fuerza para cumplir lo que ne­
cesita para su propia salvación y para confesar sus
creencias con la recepción de los otros Sacram entos,
á los cuales le da derecho.
Pero no es bastante com unicar al hombre la Vida
Divina y los medios de conservarla, viviendo aisla­
do. Es necesario, por una parte, que esta Vida se
vaya desarrollando como la vida natural; y por otra,
que el cristiano sea armado contra los peligros ex­
teriores, atendiendo á que el hombre ha sido criado
para vivir en sociedad. La Confirmación satisface
todas estas exigencias por el carácter que imprime.
Hace del cristiano un soldado. Le aum enta la Vida
de la G racia recibida en el Bautismo, y lo eleva á la
perfección. De esto resulta, que el confirmado puede
llevar á cabo, en orden á la salvación, ciertos actos,
diferentes de los que se ha hecho capaz por el Bau­
tismo.
Estas nuevas acciones dicen relación con la con­
dición del cristiano salido de la infancia, y en el mo­
mento que entra en la gran batalla que se llama vida
social. Sin duda, la lucha contra enemigos invisibles,
es la condición de toda alma bautizada, desde el día
en que llega al uso de la razón. Pero el combatir
contra los enemigos de la fe, no comienza sino más
tarde, allá en la adolescencia y al salir del hogar p a­
terno. Estos enemigos, son los perseguidores de la
verdad: paganos, impíos, libertinos, corruptores,
blasfemos, hombres y mujeres de todas condiciones,
raza innumerable, que ó no fueron cristianos, ó han
dejado de serlo y quieren que nadie lo sea. El Sa­
— 231 —
cram ento de la Confirmación reviste al cristiano de
la fortaleza necesaria contra todos éstos, para sos­
tener noblemente los combates exteriores de la vir-
tud. Se ve esto en el ejemplo de los Apóstoles, quie­
nes recibieron el Bautismo y, no obstante, perm ane­
cieron ocultos en el Cenáculo hasta el día de Pente­
costés. Pero una vez confirmados, salen de su retiro,
y sin temor á los hombres ni al infierno, anuncian
por doquiera la doctrina de su Maestro. Ni las p ro ­
mesas, ni las amenazas, ni los golpes, ni las cadenas,
ni las prisiones, ni los tormentos, ni la muerte, que­
brantan su valor... Lo mismo sucede con los m ár­
tires.
La 4.a es el aumento de las virtu d es.—P ara
com prender esta nueva operación, es necesario des­
cender con las antorchas de la filosofía y de la fe,
hasta las profundidades de la naturaleza del hombre
y del cristiano. Dos vidas hay en el cristiano: la vida
hum ana y la Vida Divina; ambas se desarrollan sobre
dos líneas paralelas; ambas, unidas por las leyes de
conservación y por relaciones de semejanza, acusan
la unidad de principio y la unidad de fin.
Como la encina, con su poderosa vegetación, con
su talla y solidez, se encuentra en germen en la be­
llota; no de otra m anera, en el germ en de la vida
hum ana y en el de la Vida Divina, depositadas en
nosotros, se encuentran en principio las fuerzas que
más tarde se m anifestarán por actos, y se darán á
conocer en hábitos; de todo lo cual dependerá el des­
arrollo del hombre y del cristiano.
No hay nadie que deje de adm irar en las plantas
el trabajo de vegetación y crecimiento; y ¿podremos
dejar de seguirlo nosotros con menos interés, en
nuestra doble naturaleza de hombres y de cristia­
nos? La alegría del sabio y el triunfo de la ciencia,
— 232 —
se hallan en descubrir el secreto del más humilde
vegetal. ¡Qué triunfo más noble y qué alegría más
viva, sorprenderlo en nosotros mismos! El medio de
llegar á este resultado, es form arnos una idea justa
de lo que se entiende por hábitos y por virtu d es;
por virtudes infusas y virtudes adquiridas; por
virtudes naturales y virtudes sobrenaturales.
Se entiende por hábito una disposición ó una
cualidad del alma, buena ó mala. Es buena, si está
conforme con la naturaleza del sér y con su fin;
m ala, si es contraria á éste ó aquélla. Siendo el há­
bito una fuerza ó un principio de acción, da lugar á
actos buenos ó malos. Así, el hábito de obrar con
reflexión, es bueno; porque está conforme con la
naturaleza del ser racional. Al contrario, el hábito
de excederse en el sueño, en la comida ó en la bebi­
da, es malo; porque tiende á poner debajo lo que
debe estar encima: el cuerpo sobre el alma.
—«La virtud es un hábito esencialmente bueno.»
«Esta definición, m uestra toda la diferencia que
hay entre el hábito propiam ente dicho, y la virtu d .
El primero es bueno ó malo, y conduce al bien ó al
mal. La segunda es esencialmente buena, y no pue­
de conducir sino al bien. De aquí, esta otra defini­
ción de San A gustín:—«La virtudes una buena cua­
lidad ó un hábito del alma, por el cual se vive recta­
mente, del cual nadie hace uso p ara lo malo, y que
Dios produce en nosotros sin nosotros.»—
En el orden puram ente natural, se distinguen las
virtudes infusas y las virtudes adquiridas. Las pri­
meras, como dice San Agustín, están en nosotros
sin nosotros; pero es evidente, que por los actos fre­
cuentemente repetidos, estas buenas cualidades ad­
quieren á la larga una grande energía. Así desarro­
lladas, se llaman virtudes adquiridas. Tanto en
— 23& —

unas como en otras, el hombre no debe atribuir á sí


mismo lo que pertenece á Dios; pues lo mismo en el
orden natural, que en el sobrenatural, trabaja siem­
pre sobre un fondo divino. Los gérm enes de las v ir­
tudes adquiridas, están en él sin él. Su mérito con­
siste solamente en el cultivo que da á los dones del
Criador. Y aun así, los actos que resultan de su
cooperación, no llegan jam ás á la perfección del
principio de que dimanan; son semejantes al arro-
yuelo, cuyas aguas nunca son tan puras como las
del mismo manantial.
Las virtudes naturales infusas ó adquiridas, pro­
cediendo de principios puram ente naturales, es de­
cir, no siendo más que el desarrollo de la vida hu­
mana, tienen por térm ino la perfección natural. P e­
dirles que eleven al hombre á un fin sobrenatural,
esto es, que lo conduzcan á la perfección de su vida
divina, sería pedir un absurdo. La razón de esto es
tan clara como la luz del día. En todas las cosas, los
medios deben ser proporcionados al fin; luego lo
natural, no puede producir lo sobrenatural. Sin em­
bargo, lo sobrenatural es el fin p ara el cual ha sido
criado el hombre. ¿Cómo llegará á él? Santo Tomás
vá á darnos la respuesta con la claridad que acos­
tum bra:
—«Hay en el hombre (dice el angélico) dos prin­
cipios motores; el uno interior, que es la razón; el
otro exterior, que es Dios. El primero, generador
de las virtudes puram ente humanas, pone al hombre
en estado, de obrar, en muchos casos, conforme á la
rectitud y á la equidad natural. Pero esto no es bas­
tante; el hombre está llamado á vivir una Vida
D ivina. El mismo Espíritu Santo es el principio de
esta segunda vida. La G racia que infunde en el
alma en el momento del Bautismo, es un elemento
- 234 -
divino de donde proceden las virtu des sobrenatu­
rales, como las naturales proceden de la razón y
del elemento humano. Tales virtudes reciben el
nombre de virtudes sobrenaturales infusas, y no
son la Gracia; como las virtudes naturales, no son
la razón; como el acto, no es la potencia; como el
efecto, no es la causa.»
En orden á la Vida Divina que hay en nosotros y
de la cual debemos vivir para conseguir nuestro
último fin, esas virtudes sobrenaturales son tanto ó
más necesarias que las virtudes puram ente natura­
les ó hum anas.—«La v irtu d —dice Santo Tomás—
perfecciona al hombre y lo hace capaz de actos que
están en relación con su felicidad. A hora bien, hay
para el hombre dos especies de felicidad ó beatitud;
la una proporcionada á su naturaleza de hombre, á
la cual puede llegar por sus fuerzas naturales, mas
no sin el auxilio de Dios, Non tamen absque adyuto­
rio divino; la otra superior á la naturaleza, á la
cual no puede llegar el hombre más que por las
fuerzas divinas, por ser ella cierta participación de
la N aturaleza misma de Dios. Como los elementos
constitutivos de la naturaleza humana, no pueden
elevar al hombre á esta segunda beatitud, se hace
necesario que Dios sobreañada nuevos elementos
capaces de conducir al hombre á la beatitud sobre­
natural, como los elementos naturales, lo conducen
á una beatitud natural.»—
Todos estos elementos se comprenden bajo la pa­
labra Gracia... la más profunda, sin disputa, y la
más bella de la lengua religiosa. Ahora bien, á la
cabeza de las virtudes nacidas de la G racia, forman
las tres teologales: Fé, Esperanza y Caridad. Como
prim eras expansiones de la vida divina, ellas nos
ponen, cual conviene, en relaciones sobrenaturales
- 235 —
con Dios nuestro último fin, y objeto inmediato dé
las mismas.
La Fe deifica la inteligencia, puesta en posesión
de algunas verdades sobrenaturales, que la luz di­
vina le hace conocer. La E speranza deifica la vo­
luntad, dirigiéndola hacia la posesión del bien so­
brenatural, conocido por la Fe. La Caridad deifica
el corazón, llevándolo á la unión con el bien sobre­
natural, conocido por la Fe y deseado por la Espe­
ranza.
Mas el cristiano no solamente debe vivir en rela­
ciones sobrenaturales con Dios, sino también consi­
go mismo, con sus semejantes y con la creación en­
tera. ¿Cómo llenará esta obligación? Del principio
de vida sobrenatural que en sí mismo tiene, salen
necesariam ente, como nuevos retoños, las cuatro
grandes virtudes morales: P ru den cia, Ju sticia,
Fortaleza y Templanza.
Decimos necesariamente; la razón es, porque
Dios obra con la misma perfección en las obras de la
G racia que en las de la naturaleza. No se encuentra
en las obras de la naturaleza un solo principio acti­
vo, que no vaya acompañado de los medios necesa­
rios para el cumplimiento de los actos que le son
propios. Así, siempre que Dios crea un sér cual­
quiera, lo provee de los medios necesarios para cum­
plir aquéllo á que es destinado. Y de igual m anera
la Caridad, predisponiendo al hombre á su último
fin, es el principio de todas las buenas obras que á él
conducen. Es necesario, pues, que sean infundidas
juntam ente con la Caridad, y que de la Caridad sal­
gan todas las virtudes necesarias al hombre para
cumplir sus deberes, no solamente con Dios, sino
también con la criatura.
Siendo las cuatro virtudes morales, como el qui-
— 236 —
cío sobre que g ira n las relaciones del hombre con
todo lo que no es Dios, han recibido el nombre de
virtudes cardinales. Y esto con razón; pues por ellas
están animados, dirigidos, informados sobrenatu­
ralm ente nuestros pensamientos, nuestras afeccio­
nes y nuestros actos en el orden doméstico y en el
orden social, La 1.a es la Prudencia, E sta m adre de
las virtudes morales, á las que dirige como una m a­
dre dirige á sus hijas, se define:—«Una virtud que en
todas las cosas, nos hace conocer y hacer lo que es
honesto y huir de lo deshonesto.»—(1) E sta defini­
ción, admitida igualmente por la filosofía y por la
teología, m uestra que sin la Prudencia, no hay vir­
tud moral.
—«En efecto (dice Santo Tomás) vivir bien, es
obrar bien. No basta conocer lo que debe hacerse,
es menester también conocer la m anera de hacerlo.
Esto supone la elección discreta de los medios. A su
vez esta elección, refiriéndose al fin que se quiere
conseguir, supone un fin honesto y los medios con­
venientes de llegar á él; cosas todas que pertenecen
á la Prudencia. Si faltan, ya no hay virtud. La pre­
cipitación, la ignorancia, la pasión, el capricho, vie­
nen a ser el móvil de las acciones: la virtud misma
se convertirá en victo. Pues sin la Prudencia, no hay
virtud posible.» —
Saquemos de aquí, cuán regio regalo hace el Es­
píritu Santo al alma, dándole la Prudencia en el Bau­
tismo, y desarrollándola en la Confirmación. A pren­
damos también la necesidad continua que tenemos
de esta virtud, que se debe aplicar á todo. Distín­
guese la Prudencia, en personal, es decir, que ense­
ña á cada cual la m anera de cumplir con sus deberes

(i) Ferrarla. Eiblío. Art. Vírtus n. 97.


— 237 —

para consigo mismo, para con sü alma y su cuerpo;


en dom éstica, que enseña al padre á dirigir á su
familia; en política} que enseña á los reyes á gober­
nar los pueblos de modo que los guíen al fin para
que Dios los crió; en leg isla tiva , á la cual deben los
legisladores el poder hacer leyes equitativas y reg la­
mentos saludables.
La Prudencia, hija de la G racia y enemiga de la
prudencia de la carne, de la astucia, de la mentira,
del fraude y de la demasiada solicitud por las cosas
temporales, es gloria exclusiva de los habitantes de
la Ciudad del bien. Ella los hace felices; y si el m un­
do actual m archa de revolución en revolución, si
todo en él es descontento, instabilidad, fiebre de oro
y de placeros, debe atribuirse á la pérdida de la
Prudencia cristiana y al reinado de la prudencia sa­
tánica.
La 2.a virtud moral que brota de la G racia, como
el fruto brota del árbol, y llega á su madurez con el
sol de la Confirmación, es la J u stic ia .—«ha Justicia
es una virtud, que hace dar á cada uno lo que es
suyo.»—La Justicia sobrenatural, ilustrada por la
Prudencia, respeta ante todo los derechos de Dios.
Dios, propietario inconmutable de todo, tiene dere­
cho á todo y sobre todo; por consiguiente, tiene der
recho al culto interior y exterior del hombre y de la
sociedad. Aquí la Justicia se manifiesta en la virtud
de la religión, que comprende la adoración, la o ra ­
ción, el sacrificio, el voto y el cumplimiento fiel de
los preceptos relativos al culto directo del Criador.
La Justicia respeta los derechos del prójimo, rico
ó pobre, débil ó fuerte, inferior Ó superior. El m un­
do le es deudor, de que acabara la explotación del
hombre por el hombre; el infanticidio, la esclavitud,
el despotismo brutal, que pesó sobre todos los pué-
— 238 —
blos antes de la Redención, y pesa todavía sobre
todas las naciones que no han recibido los beneficios
del Evangelio. Enseña también al hombre á que se
respete á sí propio: su alma con sus derechos, su
cuerpo con los suyos, su vida, su muerte, y hasta su
tumba. Enséñale, en fin, á respetar á las criaturas,
gobernándolas con equidad, es decir, en conformi­
dad con su fin; con espíritu de dependencia, como
bienes ajenos; con temor, como quien ha de dar
cuenta del uso que de ellos haga. ¡Oh! ¡Imaginad lo
que sería el mundo bajo el imperio de la Justicia so­
brenatural!
La 3.a virtud m oral es la F ortaleza. Sin ella, la
Prudencia y la Justicia serían letra muerta; pues no
basta conocer el bien, ni siquiera quererlo; es nece­
sario tener valor para ponerlo por obra. Este valor
es hijo de la F ortaleza.—«La F ortaleza es una ‘v ir ­
tud que tiene al alma en equilibrio entre la audacia
y el temor.»—El audaz peca por exceso, el meticu­
loso por defecto, el fuerte ocupa un medio entre
ambos. La Fortaleza tiene dos oficios, activo y pa­
sivo: con el primero, arro stra los peligros por cum­
plir con el deber; con el segundo, opone la paciencia
á la adversidad.
Son hijas de la Fortaleza, la m agnanimidad, la
confianza, la serenidad, la constancia, la perseve­
rancia, la resignación, la actividad. Toda esta fami­
lia, que es sobrenatural por la G racia, eleva el ca­
rácter del hombre á su más alto grado de nobleza,
al mismo tiempo que en la vida privada y en la pú­
blica, engendra los hechos adm irables que sin cesar
se adm iran desde que el Espíritu Santo, derram ado
por el mundo, los ha hecho tan comunes. . ¿Habrá
necesidad de decir, que por razón de las circunstan­
cias presentes, la Fortaleza debe ser la gran virtud
- 239 -
de los cristianos? Fortaleza para contraponer el nú­
mero, la grandeza y la santidad de sus obras, á las
iniquidades del mundo; Fortaleza heroica para re­
sistir á los ataques excepcionales que se les dirigen;
Fortaleza para suírir los ultrajes inauditos que se
prodigan á todo lo que es para ellos más sagrado y
más querido.
La 4.a virtud cardinal, es la Tem planza;—«que es
una virtu d que regula el comer y el beber, reprime
la concupiscencia y modera los placeres de los sen­
tidos.»—(1) La Templanza, igualmente que sus tres
hermanas, es m adre de noble y numerosa familia.
La sobriedad, la abstinencia, la castidad, la conti­
nencia, la virginidad, el pudor, la modestia, la cle­
mencia, la humildad y la amabilidad son hijas su­
yas. Téngalas un hombre, y ese hombre será el tipo
de la belleza moral, la personificación del orden.
Ilustrada el alma por la Prudencia, regida por la
Justicia, sostenida por la Fortaleza, impera sobre el
cuerpo, y sus mandatos exactam ente ejecutados
apartan todo lo que degrada á la naturaleza hum a­
na. Lejos del hombre templado la glotonería, la
embriaguez, la crápula, la im pureza, la loca prodi­
galidad, el ruinoso lujo, los placeres seductores, en
una palabra, la vergonzosa esclavitud del espíritu
bajo el despotismo de la carne.
Tal es la cuarta virtud, á que el Espíritu Santo
comunica nueva energía en la Confirmación. Dígase
ahora si la Templanza, en todas sus aplicaciones, es
una virtud necesaria al cristiano moderno, conde­
nado á vivir en medio de un mundo, esclavo todo él
de la intemperancia.
Aunque en muchos casos es muy difícil distin-

(i) Ferraris, ubi supra n.” 130.


- 240 -
guir en tre lo natural y lo sobrenatural, entre la ra ­
zón y la G racia, ese doble motor de los actos hum a­
nos, como dice Santo Tomás; sin embargo, hay dis-
tinciónréal, admitida constantemente p o rta teología
católica y fundada en el principio incontestable de
las dos vidas que tiene el cristiano. Vida puram ente
natural, como criatu ra destinada á un fin n atural y
provista de los medios para conseguirlo. Vida so­
brenatural, como hijo adoptivo de Dios, destinado á
un fin sobrenatural, y provisto de los medios para
conseguirlo; vida sobrenatural, imperiosamente obli­
gatoria para todos los hombres en el orden actual
de la Providencia. De aquí resulta que la Justicia,
la Fortaleza y la Templanza, son también virtudes
naturales infusas; pero hay gran diferencia entre
éstas, y la Prudencia, Justicia, Fortaleza y Tem ­
planza sobrenaturales. Diferencia en cuanto á su
principio: las prim eras proceden de la razón; las se­
gundas de la G racia. Diferencia en cuanto al fin:
las prim eras nos ponen en relaciones naturales y
puramente hum anas con su objeto; las segundas en
relaciones sobrenaturales y divinas. Diferencia en
cuanto á la eficacia; las prim eras son inútiles p ara
la salvación; las segundas nos conducen á ella. Di­
ferencia en cuanto á su dignidad: las prim eras se di­
rigen por las luces de la razón; las segundas por las
luces del Espíritu Santo: las prim eras hacen el hom­
bre honrado; las segundas hacen el cristiano. Pues
entre el hombre honrado y el cristiano, hay la mis­
ma diferencia, que entre el insecto que se arrastra
por él polvo y el ave que vuela por el espacio.
Un solo rasgo nos lo dará á entender. La Tem ­
planza natural "0 filosófica', por ejemplo, se limita á
reprim ir la concupiscencia en la comida y la bebida,
de modo que se eviten todos los excesos capaces de
— 241 -
perjudicar á la salud y perturbar la razón; es como
la infancia de la virtud. La Templanza sobrenatural
va más lejos. Lleva al hombre á castigar su cuerpo
y reducirlo á servidumbre, por la abstinencia en el
comer, en el beber y en todo lo que puede h alagar á
los sentidos. Es la verdad de la virtud, la consolida­
ción del orden por la subordinación completa de la
carne al espíritu, y del espíritu á Dios. Lo mismo
pasa con las demás virtudes.
Conocemos la diferencia entre las virtudes n atu­
rales y las sobrenaturales. ¿Pero, en qué se diferen­
cian estas últimas de los Dones del Espíritu Santo?
E sta cuestión, es sin disputa una de las más im por­
tantes que debemos tratar. Resuelta con claridad,
arroja gran luz sobre la naturaleza de las operacio­
nes sucesivas con que el Espíritu Santo desarrolla
en nosotros el sér divino; m ientras el encadena­
miento que las une sin confundirlas, hace resaltar
brillantem ente la acción necesaria de cada una.
Consagrarem os el capítulo siguiente á estudiar este
maravilloso trabajo, cuyo conocimiento, pondrá en
nuestros labios la exclamación del Profeta:*—«Admi­
rable es D ios en sus santos} y Santo en todas su s
obras.»—(1).

(i) Ps. 67-68.

17
CAPÍTULO XVI

Los Dones del Espíritu Santo

¿Cu á le s so n los D ones d e l E spír itu S a n t o ?

—«1.°, el Don de Sabiduría: 2.°, el Don de Enten­


dimiento: 3,°, el Don de Consejo: 4.°, el Don de F o r­
taleza: 5,°, el Don de Ciencia: 6.°, el Don de Piedad:
7.°, el Don de Temor de Dios.» —
Los siete Dones del Espíritu Santo, nos son con­
cedidos en el momento de la justificación, juntos con
las virtudes teologales de la Fe, la Esperanza y la
Caridad. Pues aunque esto no es doctrina explícita
de la Iglesia, á lo menos, es doctrina de Sto, Tomás
y de la mayor parte de los teólogos, apoyada tam ­
bién en el Concilio de Trento, que dice:
—«Que la justificación se hace por la voluntaria
aceptación de la G racia y de los Dones.»—(1) Estos
Dones son como el adorno de la esposa, la dote del
alma justificada y unida con Dios por el santo amor;
un magnífico y regio regalo, con que el Padre celes­
tial honra y enriquece á los que adopta por hijos, en
el momento de su regeneración. Pero estos Dones,

(i) Ses. VI, c, 7 .


— 243 —
cuando se infunden por el Bautismo, no están des­
arrollados; y son semejantes á la semilla, de la cual
nace, crece y se desenvuelve poco á poco la planta;
y por esto debe ser nuestro principal cuidado, culti­
var, en el renovado y santificado jardín de nuestras
almas, estas celestiales semillas, promover su cre­
cimiento y desarrollo, pidiéndolo así al Señor, autor
de las mismas, con fervorosas súplicas, que segu­
ramente- serán escuchadas benignamente, pues el
mismo Cristo dice: —«Si vosotros (hombres) que sois
malos sabéis dar buenos dones á vuestros hijos,
¿cuánto más vuestro Padre celestial, dará el buen
espíritu á los que se lo pidieren?»—(1)
Estos Dones del Espíritu Santo nos son concedi­
dos especialmente para ayuda y perfección de las
virtudes; pues como las alas al águila, así dan ellos
á nuestras almas la fuerza para seguir la dirección
y las mociones del Espíritu Santo, elevándolas por
este medio á un alto grado de virtud y perfección
cristiana. Los Dones, disponen á las acciones exce­
lentes y heroicas, según Sto. Tomás y oíros Santos
Padres.
Los siete Dones se nos presentan en el Catecismo
según el mismo orden que tienen en el Profeta
Isaías (2) que los apropia allí al Mesías. Principia
por el más alto, que es el «Don de Sabiduría»;
bajando, por decirlo así, del cielo á la tierra hasta
el último de los Dones, que es el «Temor de Dios».
—Nosotros, al contrario, dice San G regorio:—«Como
pobres desterrados que peregrinamos de la tierra
hacia el cielo, subimos por los mismos escalones,
principiando por el Temor de Dios para llegar al

([) S. Luc. X I , 13.


{2) If s . X I ., z,
- 244 —
t
Don de Sabiduría.»—Este subir, que es el progreso
en el camino de la perfección, no se debe, sin em­
bargo, entender en el sentido de que la adquisición
ó aumento de uno de los Dones, (por ejemplo el de
Piedad) no pueda tener lugar basta que el prece­
dente, que es el Tem or de Dios, no haya llegado á
su más alta perfección en el alma; antes bien, el
Espíritu Santo, que inspira como quiere (l), y según
la necesidad de la vida cristiana, concede ó aum enta
ya el uno, ya el otro, ya muchos (ó acaso todos) al
mismo tiempo.
l.° Temor de D ios.—Damos principio por el
prim ero de los Dones, que es el Temor de Dios,
siguiendo el dicho aviso de San Gregorio; y además
porque la E scritura dice: —«Que el Temor de Dios,
es el principio de la Sabiduría.»—(2) Hay dos espe­
cies de temor: uno que llaman servil, y otro filial. Si
se evita el mal, como cuida de evitarlo un siervo,
sólo por el tem or de la pena que impone el Señor,
entonces el temor es servil; mas si se evita la culpa,
como un buen hijo, por temor de ofender al mejor y
al más am able de los padres, entonces el temor es
filial. El prim ero es bueno, y también es Don de
Dios, como enseña el Concilio Tridentino (3), y éste
es el temor que excitó á los ninivitas á penitencia
por la predicación del Profeta Jonás. Pero el temor
filial de Dios es mucho mejor y más noble, y cuando
excita al alma á evitar hasta las mínimas culpas,
es en el verdadero y propio sentido, uno de los siete
Dones del Espíritu Santo, y del que tratam os aquí.
Se llama con razón temor filial de Dios, porque es

(i) S. Joan. III,, 8.


(z) EccI., I, 16.
(3) Ses, X I V . c. 4.0
— 245 -
propio de la nobleza de los hijos de Dios, tem er
siempre y en todas partes el hacer alguna cosa que
pueda desagradar al Padre celestial, que es sum a­
mente bueno y amable.
Los Santos que estuvieron siempre llenos de este
bendito temor de Dios, velaban siempre sobre sí
mismos, aborrecían hasta la sombra del pecado, y
estaban dispuestos á m orir antes que ofender á Dios,
su Padre, por la más mínima violación voluntaria de
su divina Ley.
2.° Don de P ied a d.—Un buen hijo no se con­
tenta con evitar todo lo que puede ofender á su pa­
dre, sino que adem ás le ama y le respeta, comunica
con gusto con él, ama á los que su padre ama, y
cuida siempre y en todas partes de hacer cosas
que le agraden y le den contento. Pues esto es lo
que sucede con los hijos de Dios; no sólo evitan el
pecado, sino que honran y aman á Dios, que es el
mejor de los padres, extienden su am or á todos los
que son amados por Dios, á los ángeles, á los san­
tos como amigos de su Padre celestial, especial­
mente á María, Madre del Unigénito Hijo de Dios,
y á los hombres, como á hijos adoptivos é imágenes
de Dios; encuentra su placer en conversar con Dios,
y su más dulce alegría es la oración, la lectura de
libros piadosos, el servicio divino en los templos, el
oir la palabra de Dios, y tienen generalm ente su
complacencia en cumplir la voluntad del Padre ce­
lestial en todo cuanto dice relación á su gloria y
honor.
El que está verdaderam ente animado de estos
sentimientos y obra de esta m anera, éste es verda­
deram ente piadoso y en él se manifiesta claramente
el Don de Piedad, que es sumam ente grato á Dios.
3,° Don de Ciencia.—Si nos esforzamos seria­
- 246 -
mente en evitar todo lo que desagrada á Dios, y nos
ejercitamos con diligencia en las obras de piedad, el
Espíritu Santo aumenta en nosotros el Don de Cien­
cia, esto es, ilustra más y más nuestros corazones,
haciendo brillar en ellos su Luz divina —como dice
el Apóstol (1)—para que crezcamos en todo conoci­
miento saludable, y progresemos en el bien. Este
conocimiento—según San B uenaventura (2) —se re ­
fiere, tanto á las verdades que nosotros creemos,
como á los deberes que en conformidad con la fe
debemos practicar; pero se distingue de la Ciencia
que nosotros adquirimos con nuestros estudios é in ­
vestigaciones. Es un Don del Espíritu Santo, el cual
hace que se presenten á nuestro espíritu con m ayor
luz la verdad y las verdades antes conocidas, de tal
manera, que al mismo tiempo inflamen nuestro co­
razón y le muevan A ajustar nuestra conducta á este
más alto conocimiento.
Este Don de Ciencia nos enseña á conocer la vo­
luntad de Dios, y á conocer el mundo y todas las
cosas criadas en su relación á Dios, como á su prin­
cipio y último fin. Este Don de Ciencia, es la sabidu­
ría de los Santos, que sobrepuja á todo saber te rre ­
no y á toda ciencia mundana. Muchos poseen v a­
riados y extensos conocimientos; pero su saber es
inútil, porque no los conduce á ellos, ni hace que
ellos conduzcan, á otros á la salvación eterna. Es
una ciencia —«Que no viene de arriba, del Padre de
las luces.»—(3) y por eso les extravía hasta el punto
de que prefieran la criatura al Criador, y las som­
bras fugitivas á la Luz im perecedera. Al contrario,

(1) Cor., I V , 6.
(2) D e donis Sp. Sanct.
( 3) Jacob. 1 ,1 7 .
- 247 -
hay otros que á los ojos del mundo son ignorantes,
que nada ó poco aprendieron en los libros, pero que,
iluminados por el Espíritu Santo, están muy bien
instruidos en las cosas relativas á la salvación, y
para quienes toda la naturaleza es un libro abierto
en que leen y aprenden á conocer á Dios y las divi­
nas perfecciones.
4.° Don de F ortaleza.—¿De qué nos serviría co­
nocer perfectam ente nuestros deberes, si nos faltara
fortaleza para cumplirlos? Por eso Dios al Don de
Sabiduría junta el de Fortaleza, para que no sucum­
bamos en la lucha contra los enemigos de nuestra
salud, sino para que, á pesar de todos los asaltos,
trabajos y persecuciones, ejecutemos y cumplamos
la voluntad de Dios conocida.
Este Don del Espíritu Santo, se diferencia de la
virtud de la Fortaleza, no en que como esta v ir­
tud cardinal nos da fuerza para cumplir los ordi­
narios deberes del cristiano, sino en que nos da tam ­
bién fuerza para que sigamos la dirección del Espí­
ritu Santo cuando se trata de ofrecer con ánimo
heroico los m ayores sacrificios, hasta dar la sangre
y la vida por nuestra santa fe, en defensa de la vir­
tud y de la inocencia oprimida y perseguida, ó por
prom over la salud de laS almas.
San Francisco Javier poseía la virtud de la F o r­
taleza en alto grado; y, sin embargo, estaba lleno
de temor, como él mismo confiesa, cuando trató de
anunciar el Evangelio á los bárbaros de la isla de
Mora, que eran muy carnales. Mas, el Espíritu San­
to le fortaleció con el Don del mismo nombre, y San
Francisco penetró intrépido en la isla, y convirtió á
aquellos bárbaros sedientos de sangre en corderos
de Cristo.
5." Don de Consejo.—Pero no basta conocer
— 248 —
nuestros deberes en general, y tener la firme volun­
tad de llenarlos á pesar de todos los obstáculos. Hay
ciertos casos, en que dudamos sobre lo que será m e­
jor y más grato á Dios, ó sobre los medios más apro-
pósito para conseguir el fin que nos hemos propues­
to, y que consideramos como el mejor. A hora bien;
p ara que en estos casos no nos engañen, ni el amor
propio, ni las apariencias del bien, ó para que el
enemigo malo, que sabe transform arse en ángel de
luz, no nos seduzca, el Señor nos concede el Don de
Consejo.
Por él conocemos lo que debemos hacer p ara
agrad ar á Dios, ya sea por las razones que el E spí­
ritu Santo presenta á nuestro espíritu, ya por una
íntima persuación, junto con la paz y consolación
que le acompaña. Esta ilustración por el Don de
Consejo, nos es muy especialmente necesaria cuan­
do se trata de elegir un estado de vida, ó de escoger
los medios para una im portante em presa en que
está interesada la gloria de Dios. Una prudencia or­
dinaria no basta generalm ente en tales casos, pues
nuestra previsión es con frecuencia muy corta...
¿Quién conocerá vuestros designios ¡oh Dios! si nó
enviáis de lo alto á vuestro Santo Espíritu que ense­
ñe á los hombres lo que os agrada? (1)
6.° Don de Entendim iento.—Llega un momento
en que se halla ya nuestro entendimiento de tal m a­
nera iluminado con el Don de Ciencia, que podemos
conocer con más claridad y perfección que antes,
muchas verdades de fe, cuyo objeto no excede, ab­
solutamente hablando, la capacidad de la razón, co­
mo por ejemplo:—«Que el hombre ha sido criado
para conocer y am ar á Dios; que la divina Provi-

(i) Sap. I X ,, 14, 18.


- 249 -
dencia conserva y gobierna sabiam ente el mundo.»—
Pero con toda esta ciencia aún quedan im penetra­
bles todos los misterios que exceden á la capacidad
hum ana. A hora bien, cuando Dios quiere elevar un
alma á sublime santidad, sucede no pocas veces,
que entonces le comunica una penetración más ó
menos profunda de los divinos misterios, mediante
luces especiales, para excitarla, por medio de estos
más sublimes conocimientos de las perfecciones di­
vinas, á servirle con m ayor perfección. Esta luz, es
lo que llamamos Don de Entendim iento. (1)
Mediante este Don, algunas almas sencillas, de
cortos alcances naturales, de poca ó ninguna cien­
cia adquirida, alcanzaron profundos conocimientos
de los más sublimes misterios, como de la Santísima
Trinidad, de la Encarnación, etc. ¡De tal modo...!
que hombres sabios que los oían quedaban m aravi­
llados; viéndose obligados á confesar, que ellos con
todos sus estudios no habían podido elevarse á tan
altos conocimientos. Las vidas de los Santos nos
ofrecen de esto muchos ejemplos.
7.° Don de Sabiduría. —Este es el más alto y
principal de los Dones del Espíritu Santo. Este Don,
es aquella sabiduría que la Sagrada E scritura nos
recomienda y alaba con tanta frecuencia, y con b ri­
llantes expresiones; aquella sabiduría que es como
una emanación de la Sabiduría increada, y que el
Espíritu Santo derram a siem pre con gran abundan­
cia en nuestros corazones. San Buenaventura dice,
que es —«una capacidad sobrenatural permanente,
infundida por el Espíritu Santo, para conocer á Dios
y am arle con mucho sabor.»— Según esto, el Don de
Sabiduría, no sólo ilumina nuestro entendimiento

(i) Scaramell. Dív, Myst.— S. Buenav. De donis. Sp. Sanct.


- 250 -
como el Don de Ciencia, de Consejo y de Entendi­
miento, sino que también inflama nuestro corazón
de am or hacia Dios, nos comunica gran gusto de las
cosas divinas, y excita, en nosotros deseos de los
bienes celestiales, especialmente de la contempla­
ción y posesión de Dios.
Por medio de este Don, se conoce con luz cada
vez mayor, y con más brillante claridad, la nulidad
de las criaturas en comparación del sumo é infinito
Bien, fuente de toda verdad, belleza y perfección.
Por este Don, todo nuestro em peñóse dirige á am ar
á Dios sobre todas las cosas, y á todas las cosas en
Dios; en lo cual consiste la perfección de la vida
cristiana.
Pidamos, pues, al Señor con fervor y constancia
este Don preciosísimo de la Sabiduría; pues, según
la expresión del Apóstol S an tiag o :—«El Señor no
lo niega á ninguno que se lo pide, sino que lo da co­
piosamente á todos cuantos lo dem anden.»-(1)

II

Los D o n es d e l E spír itu S a n t o son l a s a l a s

D E L ALMA CRISTIANA.

D if e r e n c ia e n t r e l a s V ir t u d e s y lo s D ones

La quinta m aravilla de la Confirmación es el de­


sarrollo de los Dones del Espíritu Santo. Decimos

(i) Sant. I, 5.
- 251 -
el desarrollo, atendiendo á que, por la virtud del
santo Bautismo, todos los Dones del Espíritu Santo,
con el Espíritu Santo mismo, residen ya en el cris­
tiano que conserva fielmente la G racia, al modo que
todos los elementos de la vida natural se encuen­
tran en el niño, cuando todavía está en la cuna. Por
la Confirmación, los Dones del Espíritu Santo p arti­
cipan del desarrollo general, impreso á la vida divi­
na por este Sacram ento, que con tanta propiedad se
llama Sacram ento de la fuerza, Para dar una idea
más exacta de estas nuevas riquezas de la Gracia,
se necesita ante todo responder á varias cuestiones
de interés fundamental.
¿Qué debemos entender por Dones del Espíritu
Santo? ¿Qué tienen de común los dones con las vir­
tudes? ¿En qué se distinguen? ¿Las virtudes y los Do­
nes se dirigen al mismo fin? ¿Cuál es el objeto espe­
cial de los Dones? ¿Son tan necesarios como las
virtudes? ¿Lo son todos?
La respuesta resultará de la definición detallada
de los Dones del Espíritu Santo.
Según Santo Tomas: —«Los Dones del E spíritu
Santo son hábitos sobrenaturales que nos disponen
á obedecer prontamente al E sp íritu Santo.» —Cada
una de estas palabras reclam a su explicación, como
que encierra cada una de ellas un tesoro de luz.
Dones.—Para caracterizar las G racias de que
aquí se trata, la lengua católica los llama Dones del
Espíritu Santo; es decir, favores, por excelencia, de
la tercera Persona de la Santísima Trinidad. ¿Y qué?
Las brillantes cualidades de los Angeles y de los
hombres, las magnificencias de la tierra y de los cie­
los ¿no son todas ellas, sin excepción, beneficios del
Espíritu Santo? Seguramente, —«No hay (dice San
Basilio) criatura alguna visible ó invisible, que no
- 252 —
deba al Espíritu Santo lo que tiene.»— Y San Cirilo
de Jerusalén añade:—«El Espíritu Santo es el Maes­
tro, Director y Santificador universal: todos necesi­
tan de El, Elias é Isaías entre los hombres, Gabriel
y Miguel entre los Angeles.
Y sin embargo, ninguno de esos favores se llama
Don del Espíritu Santo. ¿Qué significa esto, sino que
los Dones del Espíritu Santo aventajan en excelen­
cia á todas las m aravillas criadas hum anas y an g é­
licas, visibles é invisibles, á todas las virtudes n a­
turales, infusas ó adquiridas, y á todas las virtudes
morales sobrenaturales? Pertenecen, pues, en el g ra­
do. más elevado, á un orden de riqueza, cuya menor
parte ¡vale más que el universo entero...!
Expliquemos este misterio. El Don de Dios por
excelencia, el Don, principio de todos los Dones, es
— «el mismo E sp íritu S an to,»— Por eso se llama
—Don de D ios; Donum D ei,— El cual, una vez co­
municado personalm ente al hombre, se derram a y
distribuye en todas las potencias del alma, como la
sangre por todas las venas del cuerpo. Las anima y
diviniza, y se hace principio generador de una vida
tan superior á la natural, cuanto el cielo se eleva
sobre la tierra; pues si la vida n atural nos es común
con los animales, los paganos y los pecadores; la
sobrenatural, que debemos al Espíritu Santo, nos
asemeja á los Santos, á los Angeles y á Dios.
¿Quién podrá medir la extensión de este benefi­
cio? D ar la vida natural á un Angel y á millones de
Angeles, á un hombre y á millones de hombres, á
un sér cualquiera y á millones de seres; volver la
vista á un ciego y á millones de ciegos, el oído á un
sordo y á millones de sordos, el movimiento á un
paralítico y á millones de paralíticos; son sin duda
beneficios, ¡inmensos beneficios!
- 253 -
Pero recoger de entre la basura en que se arras­
tra á este gusanillo que se llama hombre, y después
comunicarle ¡la vida misma de Dios...! á ese sér-
nada, y llenar su entendimiento de luces divinas, y
su corazón de sentimientos divinos, y su voluntad
de fuerzas sobrehumanas para hacer el bien y ven­
cer el mal, he ahí otros beneficios, y beneficios ¡muy
superiores á los primeros!
Mas, sin embargo, imprimir á estos elementos de
vida divina, á estas fuerzas sobrenaturales, un im ­
pulso potente y sostenido que, durante una larga se-
rie de años y de combates, les haga producir actos
perfectos de todas las virtudes, tales que el mismo
Dios pueda presentar á las jerarquías celestiales el
cristiano que los hace, y decirles con cierta especie
de orgullo: —«Este es mi hijo muy amado, en quien
tengo todas mis com placencias.—¿No es éste el bene­
ficio de los beneficios, el Don que corona todos los
Dones? Al describirlo, acabamos de describir los
Dones del Espíritu Santo y su incomparable exce­
lencia. Son más que la vida natural, más que la vi­
da sobrenatural, más que las grandes virtudes de
Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza sobre­
natural, son ¡sus motores divinos!
Dones del E spíritu Santo, y nó del Padre ó del
Hijo. Los Dones, m aravillas de la Caridad, no pue­
den atribuirse sino al Espíritu Santo que es la C ari­
dad misma de Dios, el Amor consubstancial, el Amor
en Persona, eternam ente vivo y eternam ente infini­
to. A la m anera que en la naturaleza física no hay
más que un sol principio del calor y de la vida; así
en el mundo moral no hay más que un principio
santificador, el Espíritu Santo. Los Dones, que son
medios superiores de santificación, vienen de El, y
nos conducen á Él. Pues bien, santificar es unir. Si
- 254 -
analizando los designios de Dios, los reducís á su
más sencilla expresión, encontraréis un fin único, á
saber: traer todas las cosas á la unidad.
Por una parte, siendo Dios uno y únicamente
bueno, no puede tener en sus obras otro fin que la
unidad, y la unidad beatificante. Por otra parte, el
hombre compuesto de dos naturalezas, es la sóida-
dura del mundo espiritual y el m aterial. Uniendo
Dios el hombre á Sí mismo con unión sobrenatural,
lo santifica; porque lo une de la m anera más íntim a
á la santidad por esencia. Al mismo tiempo santifi­
ca la universidad de sus obras, y vuelve á ser todo
en todas las cosas. Así se restablece con nueva glo­
ria la unidad prim itiva, rota por la rebelión del án­
gel y por la desobediencia del hombre. —«Que sean
uno, como nosotros somos uno.·»— Estas palabras
de profundidad infinita, resumen en sus causas, me­
dios, y fin, la Encarnación del Hijo, la misión del
Espíritu Santo, todas las ricas combinaciones del
plan divino, en el orden sobrenatural y en el natu­
ral, en el mundo de los Angeles y en el de los hom­
bres, en el tiempo lo mismo que en la eternidad.
Añádase en la definición, que los Dones del Espí­
ritu Santo son habitudes, es decir, cualidades ó
inclinaciones inherentes al alma, Si algo puede real­
zar todavía á nuestros ojos el precio de estos Dones
divinos, es saber que no son ni Gracia pasajera, ni
movimientos transitorios y de circunstancias, sino
hábitos, esto es, cualidades permanentes, que siendo
inseparables del Espíritu Santo, están en el alma
todo el tiempo que el Espíritu Santo reside en ella;
y reside en ella mientras no tiene que salirse por
causa del pecado m ortal.
Esta verdad consoladora, nos está infaliblemen­
te asegurada. Hablando el Verbo encarnado á sus
- 255 —
hermanos de todos los lugares y de todos los si­
glos, les decía: —«Si me amáis, guardad mis manda­
mientos; y el Espíritu Santo perm anecerá en voso­
tros y será en vosotros»— (1). Mas el Espíritu Santo
no está en el hombre sin sus Dones; sino que está
con todos ellos, y si nó, no está; semejante al sol,
que no puede estar en ninguna parte sin su luz, su
calor y sus principios de fecundidad. —«¡Poseer los
Dones del Espíritu Santo, y con ellos todo lo que
hay de más rico en los tesoros de la G racia, qué fe­
licidad y qué gloria! ¡Perderlos, qué confusión y qué
desdicha! ¿Dónde se encontrará un motivo más po­
deroso para que guardem os á toda costa la Gracia
santificante; y si hemos tenido la desdicha de per­
derla, la recobremos prontam ente, cueste lo que nos
costare de esfuerzos y de lágrimas?^—
Dones sobrenaturales, por consiguiente, que nos
perfeccionan. Todo lo que es divino, perfecciona á
lo que no es tal. Siendo divinos los Dones del Espí­
ritu Santo, perfeccionan al alma y á todas sus po­
tencias. Pero ¿qué género de perfección les comuni­
can? Igualm ente que los Dones, las virtudes teolo­
gales y las cardinales son también hábitos perm a­
nentes, que,nos vienen del Espíritu Santo y perfec­
cionan al hombre. Por esto, no hay diferencia al­
guna, en cuanto al origen y al fin, entre los Dones
y las virtudes sobrenaturales, como no la hay entre
las hojas, las ñores y los frutos, considerados en el
árbol que los produce, en la savia que los nutre y
en el calor que los m adura. Pero á la manera que
se diferencian en sus funciones las hojas, las flores
y los frutos, diferéncianse también los Dones y las
virtudes. Resta decir en qué consiste esta diferencia.

(!) S. Joan X I V , 1 5 -1 ;.
— 256 -
Las virtudes sobrenaturales, Fe, Esperanza, Ca­
ridad, Prudencia, Justicia, Fortaleza:y Templanza,
son fuerzas divinas comunicadas al alma p ara obrar
el bien sobrenatural. El Don es el impulso que pone
estas fuerzas en movimiento. Este es el modo con
que nos perfecciona, y por consiguiente, ésta es la
diferencia que lo distingue de las virtudes. Este pun­
to de doctrina es capital. Oigamos ahora á Santo
Tomás: —«Para comprender bien la distinción que
existe entre los Dones y las virtudes debemos refe­
rirnos al lenguaje de la Escritura, que designa los
Dones del Espíritu Santo no con el nombre de Do­
nes, sino con el de E sp íritu s.» —«Sobre É l reposará
(dice Isaías), el E spíritu de Sabiduría y de In teli­
gencia, etc.*— Estas palabras dan á entender clara­
mente, que los siete Dones del E spíritu Santo están
en nosotros por efecto de una inspiración divina, ó
mejor dicho, son el soplo mismo del Espíritu Santo
en nosotros. Pues inspiración quiere decir impulso,
algo que viene de fuera.
—«Rica el alma de virtudes sobrenaturales, ne­
cesita de un motor que las ponga en acción. Y como
las fuerzas sobrenaturales no pueden ser movidas
por un motor natural, resulta que el Espíritu Santo
es el motor necesario de las fuerzas sobrenaturales
depositadas en el alma por el Bautismo. Ahora bien,
el Espíritu santificador se comunica por los siete
Dones, Y así, se llaman Dones, no solamente porque
se derram an en nosotros por el Espíritu Santo, sino
también porque se ordenan á hacer al hombre pron­
to y fácil para obrar bajo la influencia divina. Sí­
guese de ahí, que el Don en cuanto se distingue de
lá virtud infusa, puede definirse de este modo: Lo
que D ios da} para poner en movimiento la virtu d
infusa.*—
- 257 —
Una comparación pondrá de manifiesto esta dis­
tinción fundamental. Lo que la savia es al árbol, son
las virtudes infusas para el alma bautizada. P ara
que un árbol crezca y dé fruto, se necesita que la
savia sea puesta en movimiento por el calor del sol,
á fin de que circule p o r todas las partes del árbol
desde las raíces hasta la punta de las ramas, Lo
mismo le pasa al cristiano. Posee por el bautismo la
savia de las virtudes sobrenaturales; pero si ha de
crecer y dar frutos, es menester que esta savia divi­
na sea puesta en movimiento y circule por todas las
potencias de su sér.
¿Cuál es el sol, cuyo vivo calor puede únicam en­
te poner en movimiento esta savia preciosa? Ya lo
hemos dicho: el Espíritu de los siete Dones. Ahora,
la cuestión de la superioridad de los Dones sobre
las virtudes, ó de éstas sobre aquéllos, se explica por
sí misma. Los Dones, son inferiores á las virtudes
teologales. En efecto, estas virtudes unen el alma
á Dios, en tanto que los Dones no hacen más que
m overla hacia El. Pero los Dones, son superiores á
las virtudes morales, cuyo oficio es quitar los obs­
táculos que nos alejan de Dios, m ientras los Dones
nos dirigen verdaderam ente y nos mueven hacia El.
La definición term ina diciendo: Que nos dispo­
nen d obedecer con p ro n titu d al E sp íritu Santo. L a
ignorancia ó el conocimiento imperfecto del bien, la
pesantez natural, los lazos de las afecciones te rre ­
nas, á veces el temor de la pena, los respetos hum a­
nos, la disipación del espíritu, la flaqueza del cora­
zón, el extravío de la voluntad y otros mil obstácu­
los, nos hacen sordos ó indóciles á las inspiraciones
del Espíritu Santo. De aquí proviene una larga serie
de imperfecciones y debilidades, el sueño de las
fuerzas divinas ocultas en el fondo del alma, cual
18
— 258 —
jugos latentes y escondidos en el seno de la tierra;
cosas todas humillantes y culpables, que pueblan la
Iglesia de almas pequeñas, llenas de pensamientos
pequeños, y caracterizan tristem ente la vida, y pre­
paran angustias para la muerte.
Pero viene el Espíritu Santo con sus Dones. Es
él fuego cuya brillante llama ilumina el entendi­
miento y cuyo calor enciende el corazón; es el vien­
to impetuoso del Cenáculo que rompe todas las re ­
sistencias; es la electricidad divina que circulando
por todas las facultades del alma, las anima, las
conmueve, las lanza hacia otro mundo más alto, y
haciendo al cristiano superior á sí mismo, lo precisa
á trabajar en su perfección personal y en la salva­
ción de sus herm anos, no con lentitud, sino activa­
mente; no de una m anera superficial, sino sólida­
mente; no de un modo accidental, sino con incansa­
ble constancia. A este impulso debe el mundo los
Apóstoles, los Mártires, los misioneros, los Santos y
Santas de todas las condiciones; como le deberá tam ­
bién los nobles vencedores ó las nobles víctimas de
los últimos tiempos.
Definir los Dones del Espíritu Santo, es hacer ver
su necesidad, y acabamos de hacerlo. Insistamos,
no obstante, en este punto esencial y establezcamos
con pruebas directas la im portante verdad, de que
los Dones del Espíritu Santo son absolutamente ne­
cesarios para la salvación.
Preciso es decir, que hoy más que nunca im por­
ta saber esto, y por consiguiente también enseñarlo;
en el supuesto, que la m ayor parte de las gentes no
lo saben de modo alguno, y aun la m ayor parte de
los fieles tampoco lo saben bien. A esta ignorancia
debe atribuirse el poco caso que se hace de los Do-
nes del Espíritu Santo, la poca importancia que se
- 259 -
reconoce en el Sacram ento de la Confirmación, y el
poco cuidado que se pone en conservar sus frutos.
Desconocido así el E spíritu de Sabiduría y de vida,
¿qué tiene de extraño que el mundo actual camine
hacia el abatimiento y la muerte?
P ara hacer sensible la necesidad indispensable
de los Dones del Espíritu Santo, los Padres de la
Iglesia emplean diversas com paraciones. A la del
árbol, que ya hemos presentado, añaden las siguien­
tes: —«A la m anera (dice San Agustín) que el ojo
más sano no podrá ver, si no viene un rayo de luz
á iluminarlo; así el hombre perfectamente justificado
no puede cumplir los actos de la vida cristiana, si
no es ayudado por la luz eterna de la justicia.»— (1)
San Basilio, á quien ya hemos citado, añade:
—«Se puede com parar el hombre á un navio, el cual
por muy bien construido que se le suponga, y con
toda su dotación de aparejos y m arinería, no puede
m archar si el viento no le ayuda. Lo mismo le pasa
al hombre; aunque posea en alto grado la G racia
santificante y todas las V irtudes infusas, no puede
hacer, un solo acto sobrenatural (ni aun siquiera
pronunciar el nombre de Jesús), sin la moción del
Espíritu Santo.»— Y pues la moción del Espíritu
Santo, es el efecto de sus Dones; claro es, que lo
que el viento es para el navio, son los Dones del E s­
píritu Santo para el alma.
Resumiendo la doctrina de los Padres, da Santo
Tomás la razón fundamental de esta necesidad, di­
ciendo: —«De dos modos perfecciona Dios la razón
del hombre: con perfección natural, que es por la
luz natural de la razón; y con cierta perfección so­
brenatural, por las V irtudes teológicas. Y aunque

(i) L ib. de Natura et gratia.


- 260 -
esta segunda perfección es m ayor que la prim era,
sin embargo, la prim era la tiene el hombre de un
modo más perfecto que la segunda; pues la prim era
la tiene como en plena posesión; y la segunda en
posesión imperfecta, porque sólo im perfectamente
amamos y conocemos á Dios, Mas es cosa mani­
fiesta, que quien posee perfectamente alguna natu­
raleza ó forma ó virtud, puede obrar por sí mismo
en conformidad á ella, sin excluir la acción de Dios
que obra interiorm ente en toda naturaleza y volun­
tad. Pero quien tiene imperfectamente alguna natu­
raleza ó forma ó virtud, no puede obrar por sí, si
no es movido por o t r o —
—«Así el sol, que es perfectamente lúcido, puede
ilum inar por sí: mas la luna, en quien la naturaleza
de la luz reside im perfectamente, no ilumina, como
ella no sea iluminada. Así también el médico que
conoce perfectamente el arte de curar, puede ejer­
cer por sí mismo; mas su discípulo, que no está bien
instruido todavía, no puede ejercer sin que lo instru­
ya el maestro. Así, pues, en cuanto á aquellas cosas
que caen bajo el dominio de la razón, es á saber, en
orden al fin connatural al hombre, puede éste obrar
por el juicio de la razón; y si en esto le ayuda tam ­
bién Dios por inspiración especial, será efecto de la
superabundante bondad divina.»
—«Pero en orden al fia último sobrenatural, al
cual nos induce la razón en cuanto es inform ada de
algún modo é im perfectamente por las V irtudes
teologales, en esto no basta la moción de la razón,
como no se añada la inspiración ó moción del Espí­
ritu Santo, conforme á aquéllo de San Pablo: —«To­
dos los que son m ovidos por el E spíritu de Dios,
los tales son hijos de D i o s — Y lo que dice el sal­
mista: —«Vuestro E spíritu bueno me conducirá á
- 261 -
la tierra de los ju sto s.» — A saber, por cuanto nin­
guno puede llegar A heredar aquella tierra de los
bienaventurados, si no es movido y guiado por el
Espíritu Santo; dicho se está por consiguiente, que
p ara conseguir aquel fin, es necesario al hombre
tener el Don del Espíritu Santo.»
Toda esta bella y profunda doctrina del Angel de
las escuelas, debe resum irse así: —«Por las V irtu ­
des teológicas y morales, el hombre no se perfeccio­
na tanto en lo relativo á su último fin, que no nece­
site siempre ser guiado por la moción superior del
Espíritu Santo.» —
Los Dones del Espíritu Santo, necesarios como
principios generales del movimiento sobrenatural,
lo son además por otros títulos particulares. Son n e­
cesarios p ara conocer el bien y para ponerlo por
obra; son necesarios también para evitar el mal; de
modo que son á un mismo tiempo lu s, fuerza y pro­
tección. De donde se infiere, que sería un erro r con­
siderarlos como un soplo fecundo, como un simple
impulso, sin virtud propia. Se les debe tener por
otras tantas perfecciones activas y vivificantes aña­
didas á las virtudes y potencias del alma: —«Dona
sunt qucedam hominis perfectiones.»—
L u s:—Son necesarios para conocer el bien. Por
muy perfeccionada que esté la razón por las virtu ­
des teologales, y las demás virtudes infusas, no pue­
de conocer todo lo que debe conocer, ni disipar to­
das las ilusiones de que puede ser víctima, ni todos
los errores en que puede caer. Tiene necesidad de
Aquél cuya ciencia es infinita, y que con su presen­
cia la libra de toda ilusión, de toda locura, de toda
ignorancia, de toda ineptitud para conocer y com­
prender, Este perfeccionamiento es necesariam ente
debido al Espíritu Santo y á sus Dones,
— 262 —
Fuersa:—Son necesarios para obrar el bien. La
Gracia santificante habitual, no basta para hacernos
obrar el bien; al modo que la sangre, principio de
la vida, no basta tampoco para hacernos vivir; es
m enester que sea puesta en circulación. Pues bien,
el Don del Espíritu Santo, es quien comunica á la
Gracia habitual el impulso que la pone en movi­
miento y la hace eficaz. En este sentido el Don del
Espíritu Santo es á la vez actual y habitual; como
habitual, permanece en el alma que está en Gracia;
como actual, la inspira, la ayuda, la fortifica, la
mueve, según las necesidades del momento, sea á
practicar el bien, sea á resistir al mal.
Protección,—Nos defiende de nuestros enemigos.
El Don, ó la operación del Espíritu Santo, no se li­
mita á fortalecernos; también nos protege. El hom­
bre que está en Gracia, lo necesita para que lo sos­
tenga contra los asaltos del enemigo. Por esto, debe
decirse constantemente: —«No nos dejes caer en la
tentación.»—Pero con la G racia santificante y con
los Dones del Espíritu Santo, el cristiano es un sér
perfecto. No solamente tiene la Vida D ivina, sino
también todos los medios necesarios para desarro­
llarla y todas las arm as para defenderla. —«Las
virtudes y los Dones (añade Santo Tomás) bastan
para excluir los pecados y los vicios en cuanto al
presente y á lo futuro, en el sentido de quu impiden
cometerlos. Pero en cuanto á los pecados pasados,
que pasan como actos y permanecen comu reato, el
remedio lo tiene el hombre en los Sacram entos.
Queda, pues, bien probado que los Dones del E s­
píritu Santo, ya como principios del movimiento
sobrenatural, ya como elementos de luz, de fuerza
y de defensa, son tan necesarios para la salvación,
como el movimiento para la vida, el calor para la
- 263 -
savia, el viento para el barco, y el vapor p ara la
locomotora. Pero ¿son todos los Dones igualmente
necesarios ó en el mismo gradoí Sin duda alguna.
—«Entre los Dones del Espíritu Santo, (dice la
Teología Católica) ocupa el primer lugar la sabidu­
ría , y el último el temor. Pero ambos son necesarios
para la salvación: pues de la sabiduría está escrito:
—<¡.A nadie ama D ios} sino al que habita con la sa ­
biduría> — y del temor se lee: —«El que no tiene
temor, no se podrá ju stifica r.»—Luego también los
otros Dones son medios necesarios para la salva­
ción: —«Ergo etiam alia dona media sunt necessa-
ria ad salutem .»— Además, sin el Espíritu Santo,
es imposible la salvación: y el Espíritu Santo es in­
separable de sus Dones; ó está en el alma con todos
ellos,ó totalmente no está. L a consecuencia, pues,
es que los siete Dones del Espíritu Santo, son todos
igualmente necesarios para la salvación: Septem
dona sunt necessaria ad salutem.
CAPÍTULO XVII

L os S ie te Espíritus del bien contra los siete espíritus

del mal

O r d e n d e l o s D on es d e l E spír itu S a n to

en N uestro S eñor J esu cristo y en nosotros

se repetirá demasiado: sin los Dones


unca

del Espíritu Santo el hombre está p riva­


do del movimiento sobrenatural; no pue­
de conocer convenientemente el bien, ni practicarlo,
ni evitar el mal, ni abrir para sí las puertas del
cielo.
Refiriéndose el Profeta Isaías á esos Dones, más
preciosos que todo el oro del mundo, más necesarios
mil veces que la vida natural, (dice, hablando de
Jesucristo): —«Sobre Él reposará el E spíritu del Se­
ñor; Espíritu de Sabiduría y de Inteligencia; Espí­
ritu de Consejo y de F ortaleza; Espíritu de Ciencia
y de Piedad; y lo llenará el Espíritu de Temor del
Señor.·»—i\) Lo que se cumplió en el Verbo Encar-

( i) Isai, X I ., 2.
— 265 -

nado, debe cumplirse en cada uno de sus hermanos.


Todo cristiano recibe en el día de su Bautismo los
siete Dones del Espíritu Santo.
¿Por qué estos Dones son siete y no seis ú ocho?
Recordemos que los Dones del Espíritu Santo se or­
denan á im prim ir movimiento á las virtudes, las
cuales son siete, tres teologales y cuatro cardinales.
Estas virtudes comprenden todas las fuerzas, virtu­
des y actos sobrenaturales, cuyo asiento son el en­
tendimiento y la voluntad. Toca al entendimiento
apoderarse de la verdad, alim entarse de ella y tran s­
mitirla; toca á la voluntad am ar la verdad y ponerla
por obra, 1
—«Para conocer la verdad con un conocimiento
útil, el entendimiento necesita de los Dones de In te­
ligencia, de Consejo, de Sabiduría y de Ciencia. Los
Dones de P iedadt de P órtalesa y de Temor, son los
auxiliares indispensables de la voluntad en el am or y
la práctica del bien.»— (1) De este modo los Dones
del Espíritu Santo alcanzan á todas las facultades
del alma, A todas las virtudes intelectuales y m ora­
les, y las siguen en todos sus actos de cualquier na­
turaleza que sean.
San Gregorio da la misma razón del número
siete de los Dones, bajo una figura llena de profunda
verdad. —«Dios (dice) crió el mundo y lo hizo per­
fecto en siete días. El hombre, hecho á imagen de
Dios, es también criador. A cada día de su creación
espiritual, corresponde un Don del Espíritu Santo.
Todos juntos completan y perfeccionan los trabajos,
así de la vida activa como d é la contemplativa.» —
De donde se sigue que el número siete es el que con­
viene á los Dones del Espíritu Santo: un número ma-

(i) Cora, á Lap., in I*., X I,, 3.


_ 266 -
yor sería inútil, y menor sería insuficiente. En vista
de esta precisión maravillosa, ¿cómo es posible des­
conocer la sabiduría infinita, que en el orden moral,
no menos que en el físico, lo hace todo con número?
E sa divina sabiduría se revela con m ayor esplen­
dor cuando se considera, como lo vamos á hacer,
que los siete Dones del Espíritu Santo se oponen á
los siete pecados capitales. Estos siete pecados, ó
por mejor decir, estos siete E spíritu s malos van
contra las siete virtudes ó potencias del hombre, lo
mismo que contra su entendimiento y voluntad; es
decir, que atacan al hombre en todo su sér. P ara
luchar con éxito contra estas siete potencias infer­
nales, necesitaba el hombre de siete fuerzas divinas,
y las encuentra, ni más ni menos, en los siete Dones
del Espíritu Santo.
Nuevo rasgo de sabiduría y de bondad: este bri­
llante cortejo de perfecciones sobrenaturales, esta
poderosa cohorte de auxiliares divinos, es indisolu­
ble. Los Dones del Espíritu Santo son inseparables
unos de otros. —«Ninguna virtud m oral (dice el P rín ­
cipe de la Teología) puede existir en el hombre sin
la Prudencia. Todas se reúnen en ésta, que las diri­
ge conforme á las luces de la razón. Lo mismo pasa
en el cristiano. Todas sus virtudes, todas las fuerzas
de su alma, son excitadas y regidas por los Dones
del Espíritu Santo. Mas el E spíritu Santo habita en
nosotros por la Caridad; por lo tanto, como las vir­
tudes morales forman un solo haz unido con el lazo
de la Prudencia, así los Dones del Espíritu Santo se
encuentran juntam ente enlazados en la Caridad. El
que tiene, pues, Caridad, posee los siete Dones del
Espíritu Santo; y el que la pierde, los pierde ju n ta­
mente todos; pero al recobrar la G racia, los vuelve
á recuperar.
— 267 —

E sta es también, diremos de paso, la razón de


que el número siete se repita con tanta frecuencia
en las penitencias canónicas, y en las indulgencias
concedidas por la Iglesia.
Los Dones del Espíritu Santo no solamente son
inseparables; son además tan permanentes, que so­
breviven á la muerte. En el destierro de este valle
de lágrim as son medios necesarios de santificación;
allá en la eterna Patria se convierten en m anantia­
les de gloria y felicidad. Los Dones del Espíritu
Santo (continúa Santo Tomás), pueden considerarse
en su objeto actual ó en su esencia. En tanto que re ­
siden en el hombre viador, tienen por objeto las
obras de la vida activa; es decir, la práctica de dife­
rentes deberes de que depende la salvación. En este
concepto, no perm anecerán en el cielo; pues una
vez conseguido el fin, los medios no tienen razón de
ser.
Otra cosa es, si se les considera en su esencia.
En efecto, pertenece á su esencia perfeccionar el
alma, haciéndola dócil al divino impulso. En el cielo
esta docilidad será completa: allí Dios será todo en
todas las cosas, y el hombre estará perfectam ente
sometido á Dios. Y así, no sólo subsistirán en el
cielo los Dones del Espíritu Santo, principios de
esta docilidad, sino que serán incom parablem ente
más perfectos que por acá, brillarán en los elegidos
como piedras preciosas con espléndido fulgor, y
serán la medida de su felicidad y de su gloria.
¿Con qué orden se enumeran los Dones del Espí­
ritu Santo? Pueden contarse de dos maneras: des­
cendiendo, en cuyo caso se comienza por la Sabidu­
ría y se acaba por el Temor; ó ascendiendo, y así
el Temor ocupa el prim er lugar, y la Sabiduría el
postrero. Cuando el Espíritu Santo derram a sus
— 268 —

Dones sobre Nuestro Señor Jesucristo, los nombra


por el orden de dignidad; y cuando nos los infunde
á nosotros, se citan por el orden de necesidad. De
Nuestro Señor se ha dicho: —«Sobre El reposará el
E spíritu de Sabiduría... etc., etc. y lo llenará el
E sp íritu de Temor de D ios.»—Pero de nosotros, se
lee al contrario: —«El Temor es el principio de la
Sabiduría.»— ¿Cómo se explica esta inversión de la
escala? Muy sencillamente. El Altísimo, ha querido
m ostrar al Universo el siguiente asombroso espec­
táculo: —«¡El criador del hombre! ¡el Dios de la
eternidad, descendiendo de la Sabiduría hasta el
Temor... es decir, descendiendo hasta el punto, del
cual debía p artir el hombre pecador para salir del
abismo del vicio y librarse de las cadenas infernales
de la culpaU —
Los Dones del Espíritu Santo, hacen de Nuestro
Señor Jesucristo, descendiendo, un D ios Hombre; y
del cristiano, ascendiendo, un Hombre Dios. La pri­
m era cosa que los Apóstoles, órganos del Espíritu
Santo, predican á los representantes del género hu­
mano, reunidos en la plaza del Cenáculo, es la peni­
tencia: Poenitentiam agite ,-¡>—Vwes bien, la peni­
tencia es inseparable del Don de Temor. Por este
Don, la humanidad, unida al Verbo encarnado, no
tarda en recibir de su plenitu d... de la plenitud de
su Piedad, de la plenitud de su Ciencia, de la pleni­
tud de su Fortaleza, de la plenitud de su Consejo,
de la plenitud de su Entendimiento, de la plenitud de
su Sabiduría. Nosotros recibimos de ella según la ca­
pacidad de nuestras almas, y la medida de nuestra
fidelidad. En El está el manantial, en nosotros el
arroyuelo; en Él está el foco, en nosotros la chispa;
en Él está el Espíritu de los Siete Dones en toda su
abundancia, en nosotros una parte de esta abundan-
- 269 -

cia. He ahí por qué (advierte San Criróstomo), no


dijo el Profeta: Doy mi Espíritu, sino: —«Derramaré
de mi Espíritu sobre toda carne.»—(I)
Ya vemos, pues, que para nosotros, está en pri­
mera línea el Don de Temor. —«Es el Temor princi­
pio de la Sabiduría:» - tal es la ley inmutable de la
Redención.
P or el contrario, la pérdida del Temor es el prin ­
cipio de la ruina. ¿Cómo sacude el mundo cristiano
el yugo del Cristianismo? ¿Cómo llega hasta el g ra ­
do de aberración de negar la evidencia de los h e­
chos evangélicos? Perdiendo los Dones del Espíritu
Santo. ¿Con qué orden los pierde? Con el mismo que
los recibe. El primero que pierde, como el primero
que recibe, es el Tem or de Dios.
¿Qué pensar de una época que no tiene ya Temor
de Dios? Como quiera que los Dones del Espíritu
Santo son inseparables, una época que pierde el
Temor de Dios, es una época que pierde la Sabidu­
ría, el Consejo, la Fortaleza de la virtud. Es una
época que se halla entregada á los siete espíritus
contrarios: al espíritu de Soberbia, al de A varicia,
al de Lujuria, ¡al de Iniquidad.,, bajo todos los nom­
bres y en todas las formas! ¿Á dónde va? ¿Cómo no
asom brarse de lo que vemos? ¿Cómo no presentir lo
que veremos? Si el Tem or es el principio de la Sabi­
duría, la ausencia del Temor será el principio de la
locura. En este caso la locura es el preludio del
crimen sin remordimientos para los individuos, y de
catástrofes sin nombre para los pueblos. Si el mun­
do no quiere perecer, vuelva al Temor de D ios; esta
es la prim era ley de su conservación, la prim era
condición de su felicidad.

(i) Exposit., in Ps. 44, n. 2.


II

Los s ie t e D ones d e l E s p ír it u S anto

o puesto s Á los s ie t e P ecados C a p it a l e s

Cuando Isaías da á conocer á la tierra los Dones


del Espíritu Santo, no los llama Dones, sino E spí­
ritus. Santo Tomás nos ha manifestado la comple­
ta exactitud de este lenguaje, al dem ostrar que los
Dones del Espíritu Santo son como el soplo perenne
del Espíritu septiforme, que pone en movimiento
todas las virtudes y todas las potencias del alma,
Uno de los últimos representantes de la gran teolo*
gútde la edad medía,S. Antonino, conserva la misma
denominación: —«Los siete Dones del Espíritu San­
to (dice este ilustre Doctor) son los siete Espíritus
enviados por toda la tierra, contra los siete espíritus
malos de que nos habla el Evangelio. El Espíritu de
Temor, echa fuera al espíritu de soberbia. El E spíri­
tu de Piedad, arroja al espíritu de en vid ia , El E s­
píritu de Ciencia, rechaza al espíritu de ?'ra. El Es­
píritu de Consejo, hace huir al espíritu de avaricia.
El Espíritu de F orta leza, repele al espíritu de pere-
sa. El Espíritu de Entendimiento, va contra el es­
píritu de gula. El Espíritu de Sabiduría, enfrena al
espíritu de lujuria.^ —
. Este luminoso golpe de vista, nos descubre, ya la
naturaleza íntim a de los siete Dones del Espíritu
Santo, ya el necesario papel que representan, ya el
im portante lugar que ocupan en la obra de la re-
- 271
dención humana. El Santo Arzobispo revela y justi­
fica con una sola frase todo el plan de este tratado.
En efecto: —«Dos Espíritus opuestos, se disputan el
imperio del mundo.»— H aga lo que quiera el hom­
bre, vive necesariamente bajo el imperio del E spíri­
tu bueno, ó bajo el del espíritu malo. Jesucristo ó
Belial, no hay término medio. Tales son las verda­
des, fundamento de toda filosofía, luz de toda la
historia, que nosotros no nos cansarem os de de­
m ostrar. Pues bien, según la revelación del mismo
Verbo, el espíritu malo, Satanás, va acompañado
de otros siete espíritus peores que él, Estos siete
espíritus nos son conocidos por sus nombres y por
sus obras.
Por sus nombres: en lenguaje católico se llaman
espíritu de soberbia, espíritu de avaricia, espíritu
de lujuria, espíritu de gula, espíritu de envidia, es­
píritu de ira, espíritu de pereza.
Por sus obras: ellos son los inspiradores y facto­
res de todos los pecados.de todos los desórdenes
privados y públicos, de todas las verg ü en za s... de
todas la bajezas... por consiguiente, la causa ince­
sante de todos los males del mundo. ¿Quién de nos­
otros, no ha sido objeto de sus ataques? ¿Quién no
ha sentido más de una vez su m aligna influencia?
Crueles, astutos, infatigables, nos asedian y fatigan
día y noche. Es evidente que el hombre abandonado
á sí mismo, es demasiado débil p ara sostener la lu­
cha; testigo la historia de los particulares y de los
pueblos que se substraen á la influencia del Espíritu
Santo.
Así, uno de los dogmas más consoladores de la
religión, es el que nos m uestra al Espíritu del bien
viniendo en socorro del hombre, con siete Espíritus
ó siete Potencias opuestas á las siete fuerzas del es­
— 272 —

píritu del mal. Estos siete Espíritus auxiliares nos


son igualmente conocidos por sus nombres y por
sus obras.
Por sus nombres: se llaman, el Espíritu de Te­
mor de Dios. El Espíritu de Consejo. El Espíritu de
Sabiduría. El Espíritu de Entendimiento. El Espíri­
tu de Piedad. El Espíritu de C iencia.El Espíritu de
Fortaleza,
Por sus obras: son los inspiradores de todas las
virtudes públicas y privadas, los promovedores de
todo género de sacrificios, de todo lo que honra y
embellece á la humanidad; por consiguiente, la cau­
sa incesante de todos los bienes del mundo. P ara
decirlo en dos palabras, el género humano es un
gran Lázaro herido con siete heridas mortales; un.
soldado débil atacado noche y día por siete enemi­
gos formidables. El Espíritu de los siete Dones, se
convierte en infalible médico del Lázaro, propinán­
dole los siete remedios exigidos por sus llagas; en
auxiliar victorioso del soldado, poniendo á su dis­
posición siete fuerzas divinas opuestas á las siete
fuerzas infernales.
Al dibujar con esta exactitud la condición del
hombre sobre la tierra, ¿puede la teología católica,
que es también la verdadera filosofía, dar una idea
más clara de los siete Dones del Espíritu Santo, y
hacer sentir mejor su necesidad absoluta, é inspirar
á las naciones lo mismo que á los individuos, un te ­
mor más serio de perderlos?
P ara probar cuán necesarios nos son estos Do­
nes, estudiémoslos separadam ente, cada cual en­
frente del pecado que combate.
- 273 —

El E sp íritu de Temor de D ios, contra el espíritu


de soberbia.

Uno de los m ayores beneficios que el Espíritu de


Tem or nos hace, es arm arnos contra el espíritu de
orgullo.
Si el Espíritu Santo tiene siete Dones, santifica-
dores del hombre y del mundo; el demonio tiene
también sus siete dones, con los que corrompe al
mundo y al hombre. Cada don de Satanás es la ne­
gación ó la destrucción de un Don paralelo del E s­
píritu Santo, y tomados en su conjunto los dones
satánicos, forman la oposición adecuada de la eco­
nomía de nuestra deificación. De aquí resulta, que
la g u erra sin tregua de estos espíritus contrarios
ocupa toda la vida de la humanidad. Asistamos un
instante á esta guerra, cuyo objeto somos nosotros.
El prim er Don que el Espíritu Santo nos comu­
nica es el de Temor. ¿Qué hace el Don de Temor de
Dios? Ante todo, nos hace pequeños debajo de la
mano poderosa de Dios, Del sentimiento íntimo de
nuestra nada, y de nuestra culpabilidad brota la hu­
mildad. E sta virtud, m adre y guardiana de todas
las virtudes, m ater custosque virtutum , produce á
su vez la desconfianza de nosotros mismos, de nues­
tro juicio, de nuestra voluntad; la vigilancia de
nuestro corazón y nuestros sentidos; el fervor en
nuestras relaciones con Dios; la modestia, manse­
dumbre é indulgencia respecto al prójimo; todas
esas disposiciones, hijas del Don de Temor, son el
cimiento del edificio, que viejien á, concluir, sobrepo­
niéndose, los otros Dones del Espíritu Santo.
l9
- 274 -

Por donde aparece evidente, que constituyéndo­


nos el Espíritu de Tem or dentro de la verdad, debía
sernos comunicado el primero, y que la prim era en­
señanza que saliera de la boca del Redentor, debía
ser la de la humildad. (1)
En virtud del antagonismo perpetuo, que ya he­
mos señalado, no es menos evidente que la prim era
gota de virus que el demonio destilará en las almas,
será lo contrario de la humildad, el orgullo. ¿Por
qué? Porque el demonio es el padre de la m entira y
el orgullo es la mentira. ¿Qué hace el orgullo? Nos
saca de lo verdadero y nos constituye en lo falso.
Falso respecto á nosotros mismos; no somos nada,
y el orgullo nos persuade de que somos algo; nos
infla, nos levanta, nos inspira preferencias injustas
y nos llena de confianza y complacencia en nosotros
mismos.
Falso en lo concerniente á Dios y al prójimo.
Cuanto más el orgullo nos exalta á nuestros propios
ojos, más debilita en nosotros el sentimiento de nues­
tras necesidades y el conocimiento de nuestros debe­
res. P ara el orgulloso, se acabó la oración seria, se
acabó la vigilancia severa y sostenida, se acabó el
pedir ó aceptar consejos: lleno de sí mismo, lo sabe
todo, lo ha visto todo, y se basta en todo: él y siem ­
pre él. Presumido, con aire de juez, altanero, bajo
con el fuerte, déspota con el débil, egoísta, penden­
ciero, cruel, disputador, fastidioso para todos é ingo­
bernable, viene á ser la prueba viviente de aquella
verdad que dice: —«el orgullo es la deformación
más radical de la naturaleza humana,»—
E sta deformación, conduce á la disolución de to­
dos los lazos sociales, y origina la religión del des­

(i) S. M atth. V ., 3.
- 275 -

precio} negación adecuada de la religión del respe­


to. El adepto de esta religión satánica, lo desprecia
todo, á Dios, sus Mandamientos, sus promesas y sus
amenazas; á la Iglesia, su palabra, sus derechos y
sus ministros; á sus padres, su autoridad, su tern u ­
ra, sus canas; desprecia, en fin, el alma, el cuerpo,
y á todas las criaturas. Usa y abusa de la vida, co­
mo si fuera propietario de ella, y propietario ir r e s ­
ponsable. Tal era la religión del mundo pagano; tal
vuelve á ser inevitablemente la del mundo actual, á
medida que pierde el Don de Temor de Dios. Reli­
gión del respeto, ó religión del desprecio: no hay
término medio.
Sin embargo, está escrito que la humillación si­
gue á la soberbia, como la sombra al cuerpo (1).
Humillación intelectual: el falso juicio, el error, la
ilusión. Humillación moral: la im pureza con todas
sus vergüenzas. Humillación pública: Amán, expira
sobre un madero de cincuenta codos de alto: Nabu-
codonosor, se ve transform ado en bestia. Humilla­
ción social: la antigüedad pagana pasa todo el tiem­
po de su existencia forcejeando entre el despotismo
y la anarquía. Humillación religiosa: el mundo y el
hombre pagano, yacen inevitablemente postrados á
los pies de ídolos inmundos y crueles. Y bien, librar
á la* humanidad de semejantes ignominias, ¿no es
nada? ¿Quién la libra? El Don de Temor de Dios.
¿Habremos, pues, de preguntar, si este Don es nece­
sario, especialmente en nuestros días?

(i) Prov,, X I, 2.
- 276 -

El E spíritu de Piedad, contra el espíritu


de envidia

El Don de Piedad, crea un nuevo orden de rela­


ciones entre Dios y nosotros. De la clase de criatu­
ras, nos eleva á la dignidad de hijos; y derrama en
nuestro corazón los sentimientos propios de esta
filiación gloriosa, dándonos al par, todos sus dere­
chos.
El primer objetivo de este Don, es el amor á Dios,
y el segundo, el amor al prójimo. La virtud natural
que se llama piedad filial, nos conduce á amar, no
solamente á. nuestro padre carnal, sino además á
todo lo que está unido á él por los lazos de la sangre.
El Espíritu de Piedad lleva á cabo el cumplimiento
de este deber de un modo mucho más perfecto y di­
latado: mucho más perfecto; la Gracia y no la natu­
raleza es su principio y su móvil: mucho más dilata­
do; todos los hombres son su objeto, Del corazón
donde reside el Don de Piedad, brotá un Santo Amor
produciendo las siete —«Obras de Misericordia»—
corporales y las siete espirituales. Es semejante al
candelero de oro, que con sus siete brazos iluminaba
el templo de Jerusalén y lo embalsamaba con los
más suaves perfumes. Estas Obras} hijas del Don de
Piedad, abarcan todas las necesidades de la humani­
dad. Que se cumplan fielmente, y las sociedades to­
carán á su perfección, y la tierra será un cielo.
Ya vemos, pues, cuán necesario es para nosotros
el Don de Piedad. Apelamos ahora á todo hombre
imparcial y le preguntamos, si es posible, aun desde
el punto de vista meramente humano, imaginar cosa
- 277 —
más fecunda y más necesaria que el Donde Piedad.
Si, lo que no es fácil, no supiese responder, conside­
re el Don de Piedad bajo otro aspecto. El hombre,
no nos cansaremos de repetirlo, está colocado entre
dos Espíritus opuestos; haga lo que quiera, él obe­
dece á uno ú á otro. Si no es inspirado por el Espíri­
tu de Piedad, es impulsado por el espíritu contrario,
¿Y cuál es éste? Es, el espíritu de envidia. Entriste­
cerse por el bien de otro, alegrarse de su mal; he
aquí lo que es la envidia en sí misma.
¿Puede imaginarse nada más perverso, más ver­
gonzoso y más antisocial? Nada... á no ser la misma
envidia considerada en sus efectos. ¿Cuáles son és­
tos? Mientras que el Don de Piedad ablanda el cora­
zón, lo ennoblece, lo dilata y lo derrama en efusio­
nes de amor hacia Dios y hacia el hombre; la envi­
dia lo endurece, lo degrada, lo cierra, lo hace malo
y desdichado. EL gusano en la madera, el orín en el
hierro, la polilla en la ropa, todo esto es ¡la envidia
en el corazón!.. Lo corroe y lo llena de toda especie
de mal y lo despoja de toda especie de bien. Los de­
más vicios se oponen á una virtud particular; la
envidia se opone á todas. Semejante á las aves noc­
turnas, cuyos ojos ofusca la luz, el envidioso no
puede soportar el brillo de ninguna virtud, de nin­
guna superioridad, de ninguna ventaja, de ninguna
afección que no se dirija á él.
De aquí proviene que la envidia sea llamada, no
una fiera mala, sino una fiera muy mala. La envi*
dia perdió á los Angeles en el cielo. La envidia
perdió á nuestros primeros padres en el Paraíso
terrenal. La envidia hizo de Caín un fratricida. La
envidia vendió á Joseph. La envidia crucificó al
Hijo de Dios. Si hubieran de referirse todas las
ruindades, los envenenamientos, las calumnias, los
— 278 —
odios, las injusticias, las divisiones, los actos del
más cruel egoísmo, es decir: las vergüenzas, las
desgracias, engendradas por la envidia, se necesi­
taría citar casi todas las páginas de la historia de
los pueblos y de las familias. Librar á la humanidad
de semejante azote, es el beneficio reservado al
Espíritu de Piedad. ¿Y esto no es nada? El Don de
Piedad, es, pues, como todos los otros Dones, un
elemento social, que ninguna invención humana
podrá jamás reemplazar.

El Espíritu de Ciencia, contra el espíritu de ira

¿Qué es el Don de Ciencia? —«Es un Don del E s­


píritu Santo, que perfecciona el juicio y nos hace
discernir con certidumbre, en las cosas espiritua-
les, lo verdadero de lo fa lso , y el bien del mal.» —
Para el Cristiano enriquecido con el Don de Cien­
cia, el Universo es un libro escrito por dentro y por
fuera. Por encima de los cuerpos y de sus propieda­
des, por encima de las proporciones químicas de los
elementos que las componen, ve lo que hay oculto...
es decir: ve á Dios, al Dios poderoso, al Dios sabio,
al Dios bueno, que lo hace todo con número, peso y
medida y lo dirige todo á un mismo fin: oye lo que
de otros no es oído: el concierto armonioso de los
seres, que cantan (cada cual á su manera) las ala­
banzas de su Autor.
—«Es cosa que admira (decía Proudhon) el ver
de qué manera en todas nuestras cuestiones políticas
tropezamos siempre con la teología.»—Sobre lo cual,
Donoso Cortés dice así: —«Nada hay aquí que pue­
de causar sorpresa, sino la sorpresa de Mr. Prou-
- 279 -
dhon. La teología, por lo mismo que es la Ciencia de
Dios, es el océano que contiene y abarca todas las
ciencias, así como Dios es el océano, que contiene y
abarca todas las cosas »—Y la teología supone el
Don de Ciencia, como el hijo supone al padre.
Cuánta es pues, la necesidad de este Don ya lo
estamos viendo. Este Don nos hace discernir con
certidumbre lo verdadero de lo falso, lo real de lo
imaginario. ¿Ha sido nunca este Don más necesario
que hoy? En un mundo que niega á Dios, que niega
á Jesucristo, que niega á la Iglesia, que proclaman­
do la igualdad de todas las religiones envuelve la
verdad y el error en un desprecio común, que nie­
ga la distinción absoluta del bien y del mal, que
llama progreso á lo que no es sino desviación, y luz
á las tinieblas, y libertad A la servidumbre, ¿cómo
discernir lo verdadero de lo falso? En un mundo que
no vive más que para las riquezas, los honores, y
los placeres... que no tiene en nada los bienes del
alma y de la eternidad, que ha llegado á tratar de
quimera al mundo sobrenatural todo entero, ¿cómo
será posible librarse de la fascinación general? En
medio de semejante Babilonia ¿no deberemos levan­
tar la vista al cielo j clamar al Espíritu Santo:
—«Señor, Dios mío, iluminad mis ojos, para que yo
nunca me duerma en la muerte; no sea que alguna
vez diga mi enemigo: He prevalecido contra él?» —(1)
Este deber es tanto más apremiante, cuanto que
el hombre se encuentra en la alternativa indeclina­
ble de vivir bajo el imperio del Espíritu de Ciencia
ó bajo la tiranía del espíritu contrario. ¿Cuál es
este espíritu directamente opuesto al Don de Cien­
cia? Según San Antonino es el quinto don de Sata-

(i) Psal., Xir, 4.-5 ,


- 280 -
nás, que se llama Ira .—«El Espíritu de Ciencia (dice
el santo teólogo) rechaza el espíritu de ira que im­
pide ver la verdad, lo cual es el oficio de la Cien­
cia.»— Como la noche viene infaliblemente en pos
del día, cuando el sol abandona el horizonte, así el
espíritu de ira, se apodera del alma que pierde el
Espíritu de Ciencia. Esta afirmación parece extra­
ña; no se percibe á primera vista la oposición que
hay entre el Don de Ciencia y la ira. Para compren­
derla, es necesario distinguir dos clases de ira, y
recordar los principales efectos del Don de Ciencia.
Hay una ira justa y santa que no es de modo al­
guno contraria al Espíritu de Ciencia. Tal fué la
ira, ó más bien indignación de nuestro Señor contra
los profanadores del templo; tal es la vehemencia
con que un predicador truena contra el vicio, y la
resistencia enérgica que el propietario opone al la­
drón ó al asesino. Semejante ira, si por ventura
merece este nombre, lejos de ser contraria al Don
de Ciencia, no es sino la ciencia armada para defen­
der un bien verdadero por medios legítimos: no es
contraria al Don de Ciencia, puesto que no pertur­
ba la razón ni se excede en nada de los límites de la
justicia.
Pero hay otra ira que acusa un gran fondo de
descontento y de irritación, que estalla por causas
no legítimas, que tiende á reemplazar la fuerza del
derecho, por el derecho de la fuerza. Esta es la igno­
rancia armada para defender un bien ó rechazar un
mal, más imaginarios que reates.
En cuanto al Don de Ciencia que tiene por obje­
to el conocimiento razonado y cierto de la verdad,
su primer efecto consiste en comunicarnos una gran
rectitud de juicio, la cual nos hace apreciar y esti­
mar cada cosa en su justo valor, y además obrando
- 281 -
sobre la voluntad regula sus actos por las luces del
entendimiento perfeccionado.
Ahora bien, el Don de Ciencia nos hace ver cla­
ramente que los bienes y males de este mundo, no
son ni verdaderos bienes ni verdaderos males; que
lo que suelen los hombres llamar mal, la pobreza,
la humillación, el sufrimiento, no es un mal verda­
dero; y lo que suelen los hombres llamar bien, las
riquezas, los honores y placeres, no es un verdadero
bien, sino muchas veces un mal, y siempre un pe­
ligro.
El cristiano que gracias al Don de Ciencia sabe
todo esto, y cuya voluntad anda en armonía con su
ciencia, tiene mil razones para no llenarse de ira:
tales son su dignidad que se compromete, el escán­
dalo que se da, la paz que se altera, el odio que se
engendra, el pecado que se comete, por la usurpa­
ción del derecho divino, con la venganza. Y al re­
vés, para irritarse no encuentra razón alguna. ¿Qué
podría irritarlo? ¿La injuria? Pero ésta es para él
una preciosa semilla de mérito. ¿La injusticia ó la
ingratitud? Pero él conoce toda la miseria humana;
y sabiendo que él mismo necesita de indulgencia,
dice: —«Padre, perdónalos, que no saben lo que ha­
cen.»— ¿La pérdida de sus bienes? Pero él sabe que
perdiéndolos no ha perdido nada suyo, y dice con la
calma del santo Job: —«El Señor me lo había dado,
el Señor me lo ha quitado; como El ha querido, así
se ha hecho; bendito sea su nombre.»—
Por el contrario, el alma vacía del Espíritu de
Ciencia, luego al punto se llena del espíritu de ira.
La razón es muy sencilla: este alma se forma una
falsa idea de las cosas. Ciega en sus apreciaciones,
estima, ama, teme sin regla segura. Para ella los
males son bienes, y viceversa. .
— 282 —
Tan cierto es esto, que en todas las lenguas reci­
be la ira el epíteto de ciega; no se le podría aplicar
mejor otro alguno. Hija de la ignorancia, la ira im­
pide al hombre reflexionar. Se apaga en él la llama
de la razón y cede su lugar A la fuerza. Toda la vida
se concentra entonces en los labios que injurian, en
la punta del pie que hiere, en el puño que descarga
el golpe.
Esto que es verdad respecto al individuo, no de­
ja de serlo respecto A los pueblos y A la humanidad.
¿Qué es la guerra? Es la ira de los reyes y de los
pueblos.
¿Por qué desde hace cuatro siglos, el mundo mo­
derno está en guerra intelectual y material? Porque
no cesa de estar dominado por la ira. Porque le fal­
ta el Don de Ciencia. Examinada en su fondo ¿qué
viene á ser la horrible confusión de que somos testi­
gos? Según la profunda palabra de la Escritura, no
es otra cosa que la gran guerra de la ignorancia,
magnum inscienticc. be llu m ( l ) .
Guerra de ideas, porque falta la Ciencia divina;
guerra de intereses, porque la ciega pasión de los
bienes terrenales, reemplaza al amor de los bienes
espirituales; guerra del hombre contra Dios, porque
no conoce la verdad; guerra del hombre contra el
hombre, porque ya no conoce la caridad; guerra de
todos contra todos, que acabará por catástrofes
inauditas, á menos que no le ponga término el Espí­
ritu de Ciencia, reinando con la plenitud de su luz y
de su fuerza. ¿Y poner fin A semejante azote, conju­
ra r tales desgracias, no es nada? He aquí, pues, el
gran servicio que sólo el quinto Don del Espíritu
Santo puede prestar al mundo.

(I) Sap. X I V , 22.


El E spíritu de Fortaleza, contra el espíritu
de pereza

La Fortaleza es un Don del Espíritu Santo, que


nos comunica el valor de acometer grandes empre­
sas por Dios y la confianzti de llevarlas á cabo á
pesar de todos los obstáculos. Entre el Don de F or­
taleza y la virtud del mismo nombre, hay bastantes
grados de diferencia. Tanto el uno, como la otra, su­
ponen cierta firmeza de alma, ya para hacer, ya para
padecer; pero la virtud de la Fortaleza tiene su esfe­
ra de acción limitada al poder humano y no se ex­
tiende más allá. El Don de Fortaleza tiene la suya á
la medida del poder divino en el cual se apoya, se­
gún la palabra del Profeta: —«Соя el poder de mi
Dios saltaré la muralla,» —es decir, venceré todos
los obstáculos insuperables á las fuerzas naturales.
Grande es, pues, la necesidad del Don de Forta­
leza. Respecto á este Don, como á los demás del
Espíritu Santo, el hombre se encuentra en la alter­
nativa inevitable que hemos apuntado: ó vivir bajo el
imperio del Espíritu de Fortaleza, ó pasar la vida
bajo la tiranía del espíritu contrario. ¿Y qué espíritu
es éste? El de la pereza.
Veamos en qué consiste este espíritu y qué efec­
tos produce en el hombre y en el mundo. La pereza
es un entorpecimiento espiritual, que nos impide
cumplir con nuestros deberes. Es el cloroformo de
Satanás. Apenas se inocula este virus en el alma,
la embota y hace que le produzca náuseas todo lo
que es un bien espiritual. Su último fin, la amistad
de Dios en este mundo, su gloria en el otro, los me-
— 284 —
dios de llegar á ella, los deberes, las virtudes, los
sermones, las fiestas religiosas, los Sacramentos, la
oración, las buenas obras, todo, todo lo que sea re­
ligión, es para ella una carga que le fastidia.
De donde nace (según San Gregorio) la pusilani­
midad, especie de abatimiento y de molicie ante
cualquier obligación, por poco costosa que sea, tal
como el ayuno, la abstinencia, la mortificación de
los sentidos ó de la voluntad; la tibieaa, que pres­
cinde del deber ó no lo cumple sino imperfectamen­
te ó con descuido: la distracción del espíritu, que
en los ejercicios de religión, está pensando en todo
menos en la presencia de Dios: la instabilidad del
corazón, cuyas inconstancias para el bien, son más
difíciles de contar que los movimientos de una caña
agitada por vientos contrarios: la maldad, al pensar
en los deberes impuestos al hombre y al cristiano,
el perezoso siente como pesar de haber nacido, y
sobre todo de haber nacido en el seno del cristianis­
mo: el odio hacia el sacerdote y hacia cualquiera
que le predique sus obligaciones, y aun hacia los
mismos objetos materiales que se las recuerdan: el
fomento de todos los vicios, porque escrito está de
la ociosidad hija de la pereza, «que enseña toda es­
pecie de mal.» Y en fin, el desaliento, la desespera­
ción y la impenitencia final.
Se comprende el estado á que debe llegar un
hombre, un pueblo, un mundo, bajo la tiranía de este
demonio. Si no hay nada más brillante que el cuadro
de los discípulos de la Fortaleza trazado por. el Es­
píritu Santo, nada hay más triste que el retrato de
los esclavos del espíritu de pereza.
Sér degradado, sin energías para el bien, estúpi­
damente indiferente para sus intereses eternos, el
perezoso, tiene oídos, y finge no oir; ojos, y finge no
— 285 —
ver; pies, y no se mueve; manos, y no trabaja.
Este hombre, este pueblo, este mundo, no sólo se
degrada, sino que además se hace pobre de verdades
y de virtudes. Y si esto es para sí mismo ¿qué será
para Dios? Es espada arrinconada que se enmohece;
pie inactivo que se hincha; vestido arrumbado que
la polilla devora; agua corrompida, donde bullen
los insectos más asquerosos; alimento desabrido que
se arroja de la boca y no se vuelve á tomar jamás.
No debe ser apedreado el perezoso con piedras, no
es digno de ellas; sino con el estiércol de los bueyes.
Pidámosle con gran fervor al Espíritu Santo, el
Don de Fortaleza.

El Espíritu de Consejo, contra el espíritu


de avaricia

El Consejo, es un Don del Espíritu Santo, que


nos hace discernir con certidumbre los mejores me­
dios para llegar al cielo. Consejo es el parecer que
alguno nos da. ¡Qué noble Don! En una multitud de
circunstancias, el hombre es incapaz de decidirse
por sí mismo. ¿Qué hace entonces para salir de su
incertidumbre? Pide consejo; y esta conducta no
puede ser más sabia.—«Hijo mío (decía Tobías) pide
siempre consejo al sabio,»—(1) De un buen consejo
pueden depender la fortuna, el honor, la vida. ¡Cuán­
tos yerros, disgustos y lágrimas puede excusarl
Ahora bien, en el único negocio importante, en el
único que tiene consecuencias eternas, en el negocio
de la salvación, ¡el Espíritu Santo mismo...! tiene á

(0 IV., 19.
- 286 —
bien, ser nuestro Consejero, y lo es en efecto, por
el precioso Don de que nos ocupamos.
Este Don, por consiguiente, nos hace escogerlos
medios más apropósito para alcanzar nuestro último
fin. Esto quiere decir, que este Don divino nos pre­
serva de las desgracias, desesperadas muchas ve­
ces, á que nos conduciría una elección imprudente.
Esto significa también, que nos ayuda á hacer nues­
tras obras, como el mismo Dios hace las suyas, con
número, peso y medida. Esto denota, en fin, que co­
mo miembros que somos del gran Cuerpo místico del
Verbo encarnado, nos coloca á cada uno en su lugar
y nos hace funcionar de manera, que se procure sin
embarazo, la armonía del conjunto: armonía mag­
nífica, poderosa unidad, que es el fin de todos los
Dones y operaciones del Espíritu Santo.
El Espíritu de Consejo, pues, está donde esté el
Espíritu Santo. De aquí proviene, que los santos, es
decir, los hombres de buen consejo por excelencia,
son verdaderos tesoros para el mundo.
De gran necesidad es el Don de Consejo. El hom­
bre, no tiene en sí mismo la verdad, es un sér ense­
ñado; y porque es un sér enseñado, es forzosamente
un sér dirigido. Pues bien, igualmente que el mun­
do, el hombre está también colocado entre dos polos
opuestos; uno que viene del Espíritu de luz, y otro
del espíritu de tinieblas. Sea lo que sea y haga lo
que haga, tiene que obedecer al uno ó al otro: im­
posible le es evadirse de esta alternativa. Si el Espí­
ritu de Consejo se retira del hombre ó del mundo, su
lugar no queda vacío; luego al punto lo ocupa el es­
píritu contrario, que es el de avaricia.
Nada es más fácil de probar que la oposición di­
recta de la avaricia al Espíritu de Consejo: el cual,
iluminando nuestro entendimiento, nos hace escoger
— 287 —
los medios más apropósito para alcanzar nuestro
último fin. El primero es el desapego de los cuida­
dos de la vida, por el desasimiento de las cosas cria­
das. Et segundo consiste en despojarse voluntaria­
mente de todos esos bienes.
¿Qué es la avaricia? El amor desordenado de las
riquezas: su efecto inevitable es obscurecer el enten­
dimiento y falsear la voluntad. Apenas entra en un
hombre el espíritu de avaria, lo fascina. Los bienes
terrenos forman ante sus ojos un espejismo enga­
ñoso, fuera del cual no ve nada que sea digno de sus
pensamientos: persigue este espejismo y se consume
contemplándolo; y de puro absorto que está en su
contemplación insensata, olvida los verdaderos bie­
nes. En vez de allanar su camino, lo obstruye con
mil obstáculos. En lugar de conservar su libertad de
acción y de pensamiento, se enreda en intrincados
lazos y se pierde en afanes interminables, que son
fuentes de am arguras é iniquidades, hasta que la
muerte viene á decirle: Tejedor de telarañas, caza­
dor de moscas, constructor de castillos de naipes
hay que partir para la eternidad, y partir con las
manos vacías. Sí, con las manos vacías de buenas
obras, pero repletas de pecados.
La avaricia es una madre fecunda, que engendra
hijos no menos criminales que su madre. He aquí
algunos: la dureza de corazón. Nada hay más insen­
sible que el avaro. Ni las calamidades públicas, ni
los harapos del pobre, ni los lamentos del enfermo,
ni las lágrimas del huérfano y de la viuda, son capa­
ces de hacerle desatar el cordón de su bolsa. Tiene
sobre su alma el sello del metal que adora. La falsía.
No hay mentiras ni engaños que el avaro escrupuli­
ce, sea para vender, sea para comprar. Entre todas
las virtudes, la buena fe es la que menos conoce.
— 288 —
El fraude. De las palabras pasa á los actos. De­
fraudar en los pesos y medidas, defraudar en la na­
turaleza y calidad de los objetos, es para el avaro
moneda corriente. La violencia. Este nombre tiene
que darse á las concusiones públicas, á los robos en
grande, á los compromisos escandalosos, á los con­
tratos usurarios, á las intrigas miserables conque se
engaña á los crédulos, se abusa de la debilidad, se
trafica con la conciencia, y se hacen riquezas á ex­
pensas del honor y la justicia.
La traición. El avaro no tiene más que un amigo,
su oro. En un sentido bien diferente que Melchise-
dech, puede afirmarse que no tiene padre, ni madre,
ni hermanos, ni genealogía alguna en el mundo. El
enemistarse con sus parientes y amigos, moverles
pleitos, fom entarlas divisiones, descenderá todas
las bajezas, vivir del egoísmo, de la difamación y la
envidia, es cosa sencilla para un avaro, como haya
de por medio pérdidas ó ganancias.
Si el espíritu de avaricia se extiende á la socie­
dad, todos los estigmas justamente aplicados al ava­
ro individual, deberán hacerse extensivos al avaro
colectivo. De esta sociedad, de esta nación, de esa
muchedumbre se podrá decir con toda verdad, que
nada hay más malvado: que no tiene temor de Dios,
ni justicia, ni lealtad. Que es un vasto bazar en que
todo se vende porque se compra todo: la libertad, el
honor, la conciencia, &.a
Entretanto, esta sociedad poseída del demonio
de la avaricia, se distinguirá por dos caracteres. La-
tente ó manifiesta, será permanente en ella la guerra
de los que no tienen contra el que tiene. Revolucio­
nes incesantes traerán catástrofes sin fin, como jus­
to castigo de gente que cambió su Dios por el bece­
rro de oro. La locura reemplazará la razón, eltiem-
— 289 —
po será preferido á la eternidad, lo que es menos á
lo que es más.
Salvar al mundo de semejante degradación ¿no
será hacerle un beneficio inmenso? ¿De quién se
puede esperar? ¿Acaso de los legisladores, de los
filósofos ó de otros semejantes? Nó, de modo alguno,
sino del Espíritu de Consejo y sólo de él. ¡Oh, y el
mundo lo olvida!

El E spíritu de Entendimiento, contra


el espíritu de gula

¿Qué es el Don de Entendimiento? El Entendi­


miento es un Don del Espíritu Santo, que nos hace
comprender y penetrar las verdades sobrenaturales.
La palabra entendimiento ó inteligencia, tanto vale
como cierto conocimiento íntimo; viene de la latina
intelligere, que significa leer interiormente. El co­
nocimiento de los seres que afectan nuestros senti­
dos, la vista, el oído, el gusto, el olfato y el tacto, se
limita á las cualidades exteriores; mas el conoci­
miento intelectual, penetra hasta la esencia de las
cosas.
Ahora bien, hay muchas cosas que están como
ocultas bajo velos que sólo la inteligencia puede pe­
netrar. De esta manera se oculta bajo las formas ex*
teriores la substancia de los seres; bajo las palabras,
lo que ellas significan; bajo las comparaciones y
figuras, la verdad figurada; y en los efectos, las cau­
sas. Cuanto mayor es la fuerza de nuestro entendi­
miento, más íntimamente penetra las cosas. Muestra
luz natural no tiene más que un alcance limitado,
incapaz de penetrar más allá de ciertos límites. Sin
20
- 290 -
embargo, el hombre ha sido criado para un fin so­
brenatural, y no puede conseguirlo sino en cuanto
lo conozca juntamente con los medios de llegará él.
Tiene, pues, necesidad de una ¡as sobrenatural pa­
ra entenderlo que excede el alcance natural de su
entendimiento. Esta luz sobrenatural, comunicada
al hombre por el Espíritu Santo, se llama:—«Don de
Entendimiento.»—
Cuánta es la necesidad de este Don, ya lo esta­
mos viendo. El Don de Entendimiento produce efec­
tos maravillosos. Los principales son iluminar el
espíritu y ennoblecer el corazón. Pues bien, nada
más necesario que esta doble acción del Espíritu de
Entendimiento. Tenéis fe y creéis que Dios está en
todas partes; que os ve, que os oye y que os ha de
juzgar. Tenéis fe y creéis que la gran Víctima sa­
crificada en el patíbulo del Calvario, es vuestro
Dios y vuestro modelo. Tenéis fe y creéis tener un
alma que salvar, que no tenéis más que una, que
nadie os la puede salvar, y que si la perdéis, seréis
eternamente desgraciados. Tenéis fe, y creéis que
un solo pecado mortal condena á tormentos sin fin.
Tenéis fe, y creéis que la religión creída y practi­
cada (no según vuestro capricho), sino como Dios la
quiere y la Iglesia os la enseña, es el único medio
de evitar el infierno y merecer el cielo.
Creéis firmemente todas estas verdades.¿De dón­
de proviene, sin embargo, que os causen tan poca
impresión? De qué no entendéis; y no entendéis,
porque os falta el Don de Entendimiento. Dios con
sus derechos, el Bautismo con sus promesas, la vida
con sus destinos, la eternidad con sus espantos y con
sus resplandores, se os presentan como sombras le­
janas y fugitivas. No tenéis sino un conocimiento
Vago y confuso, de todas esas grandes realidades,
- 29 L -
Tenéis ojos, y no véis; oído, y no oís; voluntad, y
no queréis. Os falta el fruto del Don de Entendi­
miento, el sentido cristiano, este sexto sentido del
hombre bautizado.
Sí; les falta á la mayor parte de los hombres de
hoy y á un gran número (demasiado grande} de mu­
jeres. Falta á la familia, falta á la sociedad, falta A
gobernantes y gobernados, falta, en fin, al mundo
actual, ¡Mundo, de pretendidas luces y de pretendi­
do progreso.,.! No queda más que un remedio para
tí: y es, que te sea dado de nuevo el Espíritu de E n­
tendimiento, y él te^haga ver claramente el abismo
inevitable A donde te conduce, á grandes pasos, el
espíritu de las tinieblas.... que ha vuelto A ser, en
castigo de tu orgullo, tu guía y tu maestro.
Efectivamente, respecto á este Don, como respec­
to A todos los demás, el hombre se encuentra colo­
cado en una alternativa inevitable, la de vivir bajo
la influencia del Espíritu de Entendimiento, ó bajo la
influencia del espíritu contrario; no hay medio.
Cuando el uno se retira, sobreviene inmediatamente
el otro. ¿Cuál es el espíritu contrario al Don de En­
tendimiento?—«Es (responde San Antonino) el espíri­
tu de gula.®—¿Cómo justificaremos la afirmación del
gran Doctor? Demostrando, aunque ligeramente, lo
que es la gula.
La gula es el afán desordenado de comer y be­
ber. Es el sensualismo usurpando el lugar del alma.
Es la carne victoriosa, en su lucha contra el Espí­
ritu. Por medio de la manducación, se pone el hom­
bre de la manera más íntima, en comunicación con
las criaturas materiales inferiores A él é impregna­
das totalmente de las malignas influencias del demo­
nio. El desorden en el comer, por cualquier motivo
que sea, hace predominar la vida de los sentidos so-
— 292 —
bre la vida del Espíritu, y el cuerpo sobre el alma.
El desorden, si se hace habitual, llega á poner en
los platos el pensamiento, la vista, el gusto, el olfa­
to, y postra al hombre ante el dios vientre en acti­
tud de adorarlo.
El primer efecto de tal desorden es la debilita­
ción del entendimiento, h&betudo. El alma y el cuer­
po son entre sí como los platillos de una balanza:
cuando el uno sube, el otro baja. Por el exceso en el
beber y comer, el organismo se desarrolla y el
espíritu se embota, se espesa, se hace obtuso, pere­
zoso é inhábil para el estudio y demás funciones pu­
ramente intelectuales; por fuerza resulta esto:—«Di-
me con quién andas y te diré quién eres.»—De estar
en contacto íntimo habitual y culpable con la mate­
ria, con la parte animal, el hombre se hace materia,
se hace bestia. Cuanto más se come, menos se discu­
rre. El espejo lleno de manchas, no refleja distinta­
mente la imagen de los objetos; así el entendimiento
embrutecido y hecho obtuso por la crápula, no reci­
be el conocimiento de Dios,
El segundo efecto del espíritu de gula, es la loca
alegría. Victoriosa la carne sobre el espíritu, á con­
secuencia del exceso en los alimentos, publica su
insolente triunfo. Risas inmoderadas, chistes ridícu­
los, ocurrencias las más veces obscenas, gestos in­
convenientes ó pueriles, cantos, gritos, bailes, pla­
ceres ruidosos, fiestas teatrales, son su inevitable
expresión:—«Llenémonos (dice la Escritura) de vino
precioso y de perfumes... coronémonos de rosas...
no haya prado alguno por el que no pase nuestra
licencia... (1).»—
Y bien ¿qué significa todo esto, sino la debilita­

(i) Sap., II, ?, 8.


- 293 -
ción visible del Espíritu de Entendimiento? La vida
es una prueba como dice el Concilio de Trento:—
«Una penitencia continuada » —El goloso, en cuanto
puede, la convierte en un perpetuo gozar. Olvida,
desprecia, tiene horror á aquellas palabras del sobe­
rano juez:—*Si no hiciéreis penitencia, todos pere­
ceréis de la misma manera (1).»—Comprometer su
eterna salud pisoteando las leyes del ayuno y la
abstinencia, le cuesta menos que beberse un vaso de
agua.
El tercer efecto de la gula es la inmodestia. Inmo­
destia en las palabras, en los gestos, en las miradas,
en los pensamientos, en las acciones; estos tristes
efectos del exceso de beber y comer, son bastante
incontestables, para que haya necesidad de estable­
cer su genealogía.
Recordemos algunos axiomas: —«El esclavo gor­
do y obeso, cocea.* -N o hay cosa más lujuriosa que
el vino.—«La gula es la madre de la lujuria y el ver­
dugo de la castidad.*—Ser glotón y pretender ser
casto, es querer apagar un incendio con petróleo.—
«La gula es el apagador de la inteligencia.»—«El
templo del Dios vientre, es la cocina; su altar, la
mesa; sus sacerdotes, los cocineros; sus víctimas, los
platos; su incienso, el olor de los manjares; este
templo es toda una escuela de impureza.
En llegando á cierto grado, el espíritu de gula,
conduce á su esclavo á la embriaguez y á la crápula,
al abandono de sus negocios, á la pérdida de su for­
tuna, á la miseria y á la ruina de su salud. El Espí­
ritu de Entendimiento, manteniendo en el hombre la
subordinación natural del cuerpo al alma, es causa
de la salud del uno y de la otra. Escuchamos tem-

(i) S. L u c , X I I I , 3
— 294 -
t
blando los divinos oráculos: —«La gula mata más
hombres que la e s p a d a —
Lo que es verdad para los individuos, es verdad
para los pueblos. Que el espíritu de gula, es decir de
refinamiento, de delicadeza, de exceso en los alimen­
tos, el lujo dé la mesa, ó sea el amor del regalo, se
apodere de una época, y veréis extenderse en las
mismas proporciones la debilitación de la inteligen­
cia, el embrutecimiento de la humanidad, y la raqui­
tis de la raza, A esta época, que se envanecerá se­
guramente de sus luces, no le habléis del mundo
sobrenatural, ni de sus leyes, ni de sus agentes, ni
de sus relaciones incesantes con el mundo inferior,
porque no os entenderá:—«Animalis homo non per-
cipit.-i—
La política marchará también por este camino.
En vez de ser el arte de moralizar á los pueblos,
será el arte de materializarlos. Le importará muy
poco el que ataques incesantes quebranten los dog­
mas que son el fundamento de las sociedades y tro­
nos; pero si ella logra poner al hombre en estado de
comer bien, de beber bien, de digerir bien y de dor­
mir bien, creerá haber cumplido toda justicia y pro­
clamará que todo marcha del mejor modo en el me­
jor de los mundos.
¡Política de criadores de cuadrúpedos, que no
comprende, que el hombre no vive solamente de
pan, y que regenerar un pueblo no es lo mismo que
engordarlo! ¡Política de ciegos, que conduce el mun­
do á una repetición de Nínive con Sardana palo, de
Babilonia con Baltasar, de Roma con Heliogábalo!
Entonces, hecho carne el hombre, se ah-jará de él
el Espíritu de Dios; y como los imperios que aca­
bamos de citar, el mundo perecerá asfixiado en la
cloaca de sus costumbres.
— 295 -
¿No es esto á donde nos dirigimos? Lo que pode­
mos afirmar, pues salta á la vista de todo el mundo,
es, el desprecio general conque se mira al sacerdote,
representante del orden moral; es, el descrédito de
aquellas ciencias que no tienen por objeto directo el
aumento del bienestar material; es, la dificultad
siempre creciente, de hacer comprender á los niños
las verdades elementales de la religión; es, en las
generaciones adultas, la debilitación visible del sen­
tido cristiano,, y la indiferencia estúpida hacia todo
aquéllo que se eleva por encima del nivel de los inte­
reses materiales; es, el aumento rápido de las taber­
nas y los figones.
¿Qué prueban estos fenómenos? Prueban que
marchamos á paso de gigante hacia la indescriptible
época de la decadencia romana, en la cual la vida
estaba resumida en estas dos palabras: pan y juegos.
Pruébase, que una inmensa multitud de hombres
han caído de las alturas del esplritualismo cristiano,
para vivir únicamente de los sentidos, por los senti­
dos, y para los sentidos.
Sí, no hay que olvidarlo: los hombres hartos ó
ávidos de placeres, se hacen ingobernables. El es­
clavo engrosado, cocea; si llega á romper sus cade­
nas, las hará pedazos sobre la cabeza de los que él
llama sus tiranos. Entonces crímenes, suceden á
crímenes, catástrofes á catástrofes, dolores á dolo­
res. Preservarnos de tales calamidades, es el benefi­
cio (cada día más necesario) del—«Don de Entendi­
miento» —¡Nos será fácil medir su grandeza?
El Espíritu de Sabiduría, contra el espíritu
de lujuria

¿Qué es el Don de Sabiduría? La Sabiduría es


un Don del Espíritu Santo, que nos comunica en el
más alto grado, el conocimiento y el amor de las
cosas divinas.
Todos los Dones del Espíritu Santo tienen por
objeto el contribuir (cada uno á su modo) á la deifi­
cación del hombre. Tres se dirigen principalmente
á la voluntad: los de Temor, Piedad y Fortaleza.
Cuatro tienen por principal objeto la inteligencia:
los de Ciencia, Consejo, Entendimiento y Sabiduría,
Pero este último, es el más noble de todos. Como el
fin resume los medios desarrollándolos, el Don de
Sabiduría contiene y perfecciona todos los demás.
Así, puede decirse, que la Sabiduría es, el Temor
de Dios perfeccionado, la Piedad perfeccionada, la
Ciencia perfeccíonadaj la Fortaleza perfeccionada,
el Consejo perfeccionado, el Entendimiento perfec­
cionado.
Basta comprender el Don de Sabiduría, para
saber como perfecciona á todos los demás. Conoci­
miento y amor de la verdad, en el más alto grado á
que el hombre puede llegar: he aquí lo que es el di­
cho Don. Ahora bien, hay muchos modos de cono­
cer la verdad.
El conocerla por las causas segundas, por las
criaturas, por las obras exteriores de Dios, tales
como la encarnación del Verbo, la Creación y go­
bierno del mundo, la justificación del hombre, y
otras semejantes, pertenece al Don de Ciencia.
— 297 -
Conocerla por los motivos de credibilidad, hasta
el punto de quedar tan convencido, que no haya
nada capaz de debilitar nuestra adhesión, es el obje­
to del Don de Entendimiento.
Conocerla en las aplicaciones que deben hacerse
á los actos particulares, es el beneficio que nos hace
el Don de Constjo.
Y en fin, hay todavía un modo más perfecto de
conocer la verdad, cual es, el de verla en la Causa
prim era, en la Causa de las causas, en Dios... y
verla con un amor inmenso. Desde esta altura, se
juzga con certidumbre de todas las causas segun­
das y de sus efectos; se pone el pensamiento y la
acción en armonía, no ya con tal ó cual verdad
aislada, con tal ó cual causa segunda, con tal ó cual
efecto particular, sino con la Causa primera. Enton­
ces el hombre participa en cierto modo, del privile­
gio de los ángeles de la primera jerarquía, los cuales
ven en Dios mismo la razón de las cosas. Posee en
este caso la magnífica síntesis de la verdad, y puede
juzgar de todo el plan divino, así en el orden natu­
ral como en el sobrenatural, puesto que puede juz­
gar del mismo Dios.
Inundar al espíritu de una luz superior á toda
otra luz, llenar el corazón de una afición inefable
hacia Dios y hacia todas las cosas divinas; tales son,
los dos principales efectos del Don de Sabiduría.
Cuando el Espíritu Santo comunica al alma la
luz del Don de Sabiduría. ¡Qué súbito cambio se
obra en ella! Las perfecciones divinas se muestran
á su vista en todo su esplendor. Queda como fuera
de sí misma y como sumergida en el océano de la
divinidad.
Este supremo Don, con la amorosa luz de que es
foco, abraza y hace ver todo el conjunto de las co-
- 298 -

sas divinas: las verdades de la fe, toda la doctrina


cristiana, la teología, la Escritura, las reglas de la
moral pública y privada, y todo lo que puede contri­
buir á la santidad de la vida y al logro de la salva­
ción (1).
Iluminada el alma por el Don de Entendimiento,
cree y sabe que Dios es infinitamente dulce; sin em­
bargo, no gusta su dulzura, Pero posee el Don de
Sabiduría, y entonces, no sólo sabe que es infinita­
mente dulce, sino que gusta también su inexplicable
dulzura y su corazón se llena de ella. De aquí resul­
ta, que el alma encuentra sus delicias en conversar
con Dios y procurar su gloria. De aquí proviene
el espíritu de oración, el espíritu de recogimiento, el
espíritu de sacrificio, la unión amorosa del alma con
Dios transformándose de algún modo en Él, el re­
poso de todas sus potencias, la calma de sus pasio­
nes, el amor á la soledad y al silencio. Entonces es
cuando el alma puede decir, imitando á la esposa de
los Cantares: —«Mi amado es todo para mí, y yo soy
toda para mi amado; yo soy su propiedad y su reino.
Él reina en mí y me gobierna. ÉL es el Dueño y el
Director de mi vida interior y exterior. No soy yo
quien en mí vive, sino que Él es quien vive en mí.»—
La Sabiduría, como luz y amor que es, espar­
ciéndose al exterior, hace al hombre enteramente á
su imagen. Ahora bien, según el Apóstol Santiago,
■—«La Sabiduría que viene del Espíritu Santo, es
casta} pacífica, modesta, dócil, amiga de los buenos,
llena de misericordia y ie buenos frutos, no ju z g a ­
dora ni fingida·.*—(2) Tal es, á grandes rasgos, el
retrato del verdadero sabio.

(i) Corn, á Lap.


(.2) Epist., III, i *.
- 299 -
La necesidad del Don de Sabiduría, es pues, ex­
trema, absoluta, universal. Libre el hombre para es­
coger un amo, no lo es para no tener ninguno, Al
decir el hombre, queremos decir la familia, el pue­
blo, todo el género humano. Vivir bajo el imperio
del Espíritu de Sabiduría, ó bajo el imperio del espí­
ritu contrario, es la alternativa inevitable de todos
los dias, de todas las horas y en todas las posiciones.
¿Cuál es el espíritu satánico, opuesto al Espíritu de
Sabiduría? Es el espíritu de lujuria. El uno, eleva
al hombre hasta Dios; el . otro, lo rebaja hasta el
bruto.
A fin de apreciar, cual conviene, este doble mo­
vimiento, es necesario hacer dos advertencias im­
portantes: la primera, que hay tres clases de sabi-
duría, contrarias á la Sabiduría divina; y son, la
sabiduría terrena, la sabiduría animal y la sabiduría
diabólica. —«Todo agente (dice Santo Tomás) obra
por un ñn. Si busca su fin en los bienes de la tierra,
se llama sabiduría terrena; si en los bienes corpora­
les, será sabiduría animal; si en su propia excelen­
cia, se dice sabiduría diabólica, porque imita la so­
berbia del diablo, de quien dice Job, que es: El rey
entre todos los hijos de la soberbia.» —
Esta triple sabiduría es un crimen, una desgra­
cia y una locura.—Es un crimen; puesto que por
ella el hombre desprecia la voluntad de Dios, las lu­
ces de su propia inteligencia y las aspiraciones de
su corazón; pone voluntariamente y á sabiendas su
úitimo fin en las criaturas, y trastorna así todo el
plan divino. Es una desgracia, por la razón de que
es crimen, y por las consecuencias temporales y
eternas que en sí entraña, Estas consecuencias son:
las injusticias, las inquietudes, los engaños, la deses­
peración, los remordimientos, las divisiones intesti-
- 300 —
ñas, las revoluciones sociales y las penas del infier­
no. Es una locura, porque apaga en el lodo de las
criaturas, las dos magníficas antorchas de la inteli­
gencia y de la fe. Ved, rasgo por rasgo, lo que es
un hombre ó un pueblo poseído del espíritu de sabi­
duría satánica. Mal apreciador de si mismo, de sus
destinos, de sus deberes y de sus intereses, coloca
abajo lo que debe estar arriba; y arriba lo que debe
estar abajo; pone lo principal en el lugar de lo acce­
sorio; y lo accesorio, en el lugar de lo principal; lo
fugitivo, en el lugar de 3o inmutable; lo natural, en­
cima de lo sobrenatural; lo finito, sobre lo infinito;
el cuerpo, antes que el alma. Y no hay argumento
humano capaz de desengañarlo: es loco y se empeña
en serlo.
La segunda observación es, que la triple sabidu­
ría, ó mtjor dicho, la triple locura de que acabamos
de hablar, termina casi siempre por la locura de la
carne, Por un loco de orgullo y de avaricia, halla­
réis cien locos de lujuria. Esta caída está en la na­
turaleza de las cosas. El hombre ha sido criado para
adorar: si no adora al Dios Altísimo, adorará á los
dioses más viles; si no adora al Dios Espíritu, divi­
nizará y adorará la carne. De aquí resulta, que si
los examináis con cuidado, en el fondo de todos los
cultos paganos, de todas las prácticas demoniacas,
de toda conciencia kmancipada, encontraréis una
inmundicia... Venus es la última palabra de todo
esto. El despotismo de la carne, comienza por la
gula y acaba por la lujuria. Pues bien, de todas las
locuras es la lujuria la más vergonzosa, la más fu­
riosa, la más fecunda en desastres, y la más difícil
de curar.
Así como el Espíritu Santo es inseparable de sus
Dones, Satanás es inseparable de los suyos. Como
- 301 -

el Don de Sabiduría supone y corona todos los Do­


nes del Espíritu Santo, el don de lujuria supone y
arrastra en su seguimiento todos los dones satáni­
cos. No hay impuro que no sea soberbio, avaro, glo­
tón, envidioso, colérico y perezoso: esto es un hecho
confirmado por la experiencia de las almas y por las
enseñanzas de la historia. Los espantosos satélites
de la lujuria, atentos siempre á las órdenes de su
jefe, no hay crimen que no cometan por obedecerle.
Los duelos, los asesinatos, los envenenamientos, los
raptos, las violencias, los infanticidios, la crápula,
los negros celos, la pérfida murmuración, la odiosa
calumnia, las traiciones, las bajezas, los robos, las
divisiones, los odios, todo, todo es obra suya,
Como la lujuria llegue á reinar en un pueblo, ó
en una época cualquiera, no esperéis otra cosa que
iniquidades sin número y sin nombre, ideas depra­
vadas, gustos extragados, y costumbres sin ejem­
plo. Contaréis por miles las vidas sin remordimien­
tos, los que mueren sin arrepentirse; los locos y los
suicidas en grandísimas proporciones. La vida mis­
ma, viciada casi en su origen, se manifestará por la
raquitis y la degeneración de la raza: ora, semejan­
te á un edificio construido sobre un terreno panta­
noso, que está amenazando siempre destruirse'por
su propio peso; ora, semejante á una ciudad toma­
da por asalto, en la cual la muerte y el pillaje toman
carta de naturaleza. La sociedad entregada al espí­
ritu de lujuria, estará sin cesar á punto de arruinar­
se, ó se convertirá en un circo ensangrentado, en el
cual desencadenadas todas las pasiones, no habrá
meros espectadores, sino que todos los asistentes
lucharán á muerte. ¡Así acaban los pueblos volup­
tuosos...!
¿No bastarán todas estas calamidades de todo
- 302 —
género, para hacernos sentir la necesidad del Don
que de ellos nos preserva? En vano el mundo actual
multiplica las revoluciones para llegar á la libertad.
Una sola revolución puede traérsela: ésta no es otra
que la revohtcion moral, la cual, quebrantando la
tiranía de la lujuria y de sus satélites, lo colocará
bajo el divino imperio del E spíritu de Sabiduría.
CUARTA PARTE

ALIMENTO, FLORES Y FRUTOS


DE LA VIDA DIVINA
CAPÍTULO XVIII

La G racia C ib a tiv a
y
El Alimento de la Vida Divina

—*Ego sui/i fu n is vitie.*~


S, J o . « , V I , 4 B,

a Gracia, depositada en Jesucristo como en


una Fuente universal, llega á las almas por
el ministerio del Sacerdote y por la media­
ción del Sacramento; de suerte que por nuestra
unión con Jesucristo, es por donde entramos en po­
sesión de la Vida Divina. Pero para que esta unión
sea perfecta, es preciso que además de las comunio­
nes ya reales que hemos tenido con nuestro Reden­
tor, tengamos otra Comunión más real todavía, otra
Comunión que nos aproxime á su Divina Persona
substancialmente,,, digámoslo así. Para que en este
comercio nuevo y más intimo, se realícela suprema
comunicación del Cielo con la tierra por la santifica­
ción de nuestras almas,
El principio constitutivo de la Vida Sobrenatural,
que hemos analizado en los capítulos precedentes,
— 306 —
se reduce á dos elementos principales, á saber: la
semejanza y la unión con Dios. Al terminar ese aná­
lisis, debemos preguntarnos: si no hay una afinidad
especial, entre el principio de nuestra Vida Divina
y el Sacramento de la Eucaristía. Porque en efec­
to, este Augusto Sacramento contiene, no sólo la
Vida Sobrenatural propiamente dicha, ¡sino al Autor
mismo, deesa Vida Celestial!... Por consiguiente,
el hombre debe hallar en este Sacramento esa simi­
litud y esa unión íntima con Dios, que constituye
aquí en la tierra el apogeo, digámoslo así, del estado
de Gracia.
El Concilio de Florencia, se explica así en esta
materia: —cLa Eucaristía, alimento de la Vida So­
brenatural, produce en nuestras almas los efectos
que el sustento material produce sobre nuestros
cuerpos: es decir, que mantiene, nutre y repara
nuestras fuerzas; y además llena nuestros corazo­
nes de gozo y de santo deleite,» —
Y el Concilio de Trento dice: —«Quiso Jesucristo
que se recibiese el Sacramento de la Eucaristía,
como un manjar espiritual de las almas, con el que
se alimenten y conforten los que viven por la vida
del mismo Cristo, el cual dijo:—«jQuien me come, v i­
virá por mí*—y como un antídoto con que nos libre­
mos de las culpas veniales y nos preservemos de las
mortales»—(1).
Comentemos, aunque sea ligeramente, estas ex­
presiones, y veremos á seguida de qué manera se
realizan por la Comunión esos efectos.
En primer lugar mantiene, la Comunión nos sos­
tiene; es decir, que nos impide morir á la vida de la
Gracia, alejando de nuestras almas la muerte del

( i) Ses. X I I I , cap. 2.
— 307 -
pecado, pues—«La Eucaristía sirve de antídoto y de
contraveneno al pecado mortal» —(1).
El Señor lo había prometido: —«El que me coma,
no morirá;»—al contrario:—«Si no coméis mi carne
y no bebéis mi sangre, no tendréis la vida en voso­
tros»—(2) y los santos Padres son de igual pare­
cer.—«Así como la Divinidad uniéndose á la huma­
nidad la hace impecable y santa, de igual manera el
que come con las debidas disposiciones la carne de
Jesucristo, recibe una fuerte aversión por todo lo
que es pecado, y lina inclinación poderosa A ejecutar
con perfección todas sus obras,» —(3)
Las figuras que en el Antiguo Testamento, pre­
sagiaban la Comunión, indicaban también este efec­
to. Elias, alimentándose en el desierto de un pan
misterioso, pudo marchar cuarenta días y alcanzar
la montaña de Dios (4). Y así—«Nuestro Señor para
impedir que desfalleciera la multitud que le seguía,
multiplicó los panes.» —(5)
La Comunión, dice el Concilio, repara las fuer­
zas debilitadas en la lucha contra las pasiones; lo
cual explican todos los autores, diciendo—«que bo­
rra los pecados veniales, remite las penas tempora­
les, devuelve en fin el favor perdido á consecuencia
del pecado. Y es {según el Tridentino), un antído­
to, que libra de los pecados de cada día.»—Es que
al unirnos á Jesús, el corazón se inflama en purifi-
cadoras llamas, en llamas confortativas que destru­
yen el hábito del pecado venial, consumiendo por
completo con el fuego del amor de Dios las afec-

(1) Trid, ses. X III cap. 2.


(2 ) Joan V I, 50, 54.
(3 ) S . Basilio.
(4) Res., X I X , 8.
(5 ) Marc. V III, 3 .
- 308 —
ciones culpables, y dándonos el arrepentimiento de
toda ofensa hecha á Dios.
Las penas temporales, no son perdonadas direc­
tamente, sino que son remitidas por la mediación y
en la medida ¡del acto de caridad sobrenatural/...
acto no solamente meritorio, sino satisfactorio en
primer grado.
Hay más aún. La Comunión fortifica, á saber:
dá valor y facilita la perseverancia. —«Es decir (ex­
clama admirablemente Tertuliano), que n u e s tro
cuerpo, se alimenta del Cuerpo y de la Sangre de
Jesucristo; y nuestra alma, se nutre de Dios.»—
En otros tiempos, se daba este Pan, llamado —«el
Pan de los fuertes»—á los mártires antes de entrar
en la lucha suprema; del mismo modo, que hoy se
da á los que van á entrar en agonía.—«La Comu­
nión, dice M. Vianney en su lenguaje expresivo y
sencillo, hace al alma el mismo efecto que hace un
soplo de aire á un fuego que se apaga. Se sopla, y el
apagadizo fuego se reanima y vuelve á encenderse
más potente. Por eso dice San Crisóstomo: —«Debía­
mos volver de la Santa Mesa, valientes como leones
y á punto de despedir llamas.»—
En fin, con buen apetito, el alimento material
produce una sensación de bienestar, una especie de
delectación. Y sobre la Santa Mesa, hallamos tam­
bién un Pan delicioso;—«/Panem omne delectamen-
tum in se habentem: Calix inebriansh—Una copa
embriagadora. ¡Santa embriaguez! que San Fran­
cisco de Sales describe en estos términos:—«Al con­
trario de la corporal, esta embriaguez nos enajena
pero nó nos embrutece ni rebaja, sino que nos hace
angélicos ó por mejor decir nos diviniza. Nos pone
fuera de nosotros mismos; nó para colocarnos al
nivel de las bestias, sino para elevarnos por encima
- 309 -
de nuestra humanidad é igualarnos con los ángeles;
de tal suerte, que vivimos más en Dios que en nos­
otros mismos, estando atentos y ocupados por amor,
en ver su belleza, y en unirnos á su bondad.» —(1)
—«La Eucaristía es, pues, un placer y dicha anti­
cipada de las bodas eternales.»—(2) Es imposible
describir sus dulzuras.
Tales son los efectos de este divino Sacramento,
definido por la Iglesia: —«la Comunión es un alimen­
to, un sostén^ un remedio; previene las caídas; au­
menta las fuerzas; hace desaparecer las huellas y
vestigios del pecado y proporciona A veces una ver­
dadera y célica delectación.»—
Nada de esto debe extrañarnos; pues, si con sólo
tocar la orla del vestido de Jesús, se curó aquella
mujer del Evangelio, ¡qué efectos causará'tocar el
virginal y santo Cuerpo del Hombre Dios!
—«Y por último, la Sagrada Comunión es la pren­
da ó garantía de nuestra futura resurrección y eter­
na felicidad.»—Por la recepción del Cuerpo y de la
Sangre de Cristo, se deposita de cierta especial ma­
nera en la carne mortal dercristiano un germen de
inmortalidad, que el último día, por la palabra omni­
potente de Dios, se desarrollará gloriosamente y
causará también en el cuerpo el precioso fruto de un
gozo sin fin. No queremos decir con esto, que sola­
mente resucitarán gloriosos aquéllos que en el curso
de su vida mortal recibieron la Sagrada Comunión;
pues es indiscutible que también los niños bautiza­
dos que mueren antes de recibir la Eucaristía, resu­
citarán felices y gloriosos. Mas, sin embargo, es
cosa cierta, que aquella inefable é íntima unión con

(:) Amor de Dios.


(2) Apoc. X I X , 9.
— 310 -
la Carne y Sangre del Salvador, otorga al que co­
mulga un nuevo derecho, que no tendría sin esto, á
la futura resurrección gloriosa; y por consecuencia
les da también una segura prenda y palpable ga­
rantía de esta gloriosa resurrección. Pues así como
Jesucristo Hijo Unigénito de Dios, á quien ya era
debida la resurrección gloriosa por ser Hombre-
Dios, consiguió un nuevo derecho á ella por su Pa­
sión y Muerte. Así también el cristiano consigue por
el Bautismo la dignidad de hijo adoptivo de Dios, y
con esto el derecho á la gloria, y juntamente á la
gloriosa resurrección; mas por la Sagrada Comu­
nión, adquiere otro nuevo derecho, del todo distinto
del primero. Jesucristo se debe en algún modo á sí
mismo el llamar del polvo de la tierra á aquel cuer­
po que antes llevó en sí su Sacratísimo Cuerpo y fué
su templo vivo.
Si la Comunión es una prenda de la futura glo­
riosa resurrección, es al mismo tiempo una segura
garantía de la futura eterna felicidad; porque todos
los que resuciten gloriosos entrarán indudablemente
en la vida eterna y participarán de la dicha perdu­
rable. Pues es claro que, según los sabios designios
de Dios, la resurrección de los cuerpos tendrá lugar
principalmente para que la felicidad de los que mu­
rieron en estado de Gracia, reciba su eterno y per­
fecto complemento. No obstante esta doctrina, no
debe entenderse en el sentido de que sólo la Sagrada
Comunión basta para darnos perfecta seguridad de
salvación eterna; nó, pues esta seguridad la da
sólo y exclusivamente la perseverancia final en el
bien,—«y sólo el que persevera hasta el fin, será
salvo.»—(1) Mas, no se’puede dudar que la recepción

(i) A poc., ir , io .
— 311 —
de la Eucaristía, es uno de los principales medios
de perseverancia.
Cuando el Profeta Elias andaba huyendo por el
desierto de la mortal persecución de la impía Jesa-
bel, hallándose próximo á la muerte por el calor y
por el cansancio, un Angelle trajo un Pan del cielo.
El Profeta lo comió, y con las fuerzas que le dió
aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta
noches, sin descansar, hasta llegar á la montaña de
Dios al monte Horeb (1). Así el cristiano, caminando
por el vasto desierto de esta vida terrestre, agobia­
do de penas y rodeado de peligros, es aliviado y f o r ­
talecido por la sagrada Eucaristía, por este—«Pan
bajado del cielo,»—de tal manera que, no obstante
todas las dificultades y mortales asechanzas de sus
enemigos, no obstante los ardides y asaltos de Sata­
nás y del mundo seductor, llega salvo á la montaña
del Señor, á la Patria celestial, en donde le es con­
cedido reposar en el seno de Dios y beber hasta sa*
ciarse del torrente de delicias eternas.
He ahí por qué, llegado el momento para el alma
justa de la Comunión regeneradora, desaparece de
su vista todo lo que constituye la vida en la tierra;
desaparecen también el tiempo y el espacio, y ,el
alma, reducida á la única facultad de querer y de
amar, se adelanta enteramente sola... hasta lós últi­
mos confines de la existencia terrestre.—«Sz es con
mi cuerpo ó sin mi cuerpo (podría decir con S. Pa­
blo^ no lo sé]* —(2) pero sucede alguna cosa eterna é
infinita--«se consuma la unión inefable»—y hasta en
la fisonomía se r^ñeja una especie de solemne y tier­
na mezcla de paz y de temor, de sufrimiento y de

(i) II I R e s ., X I X .
(z) I I Cor. X I I , 2.
- 312 —
deleite, de vida y de muerte; como si el pesar, casi
diríamos el despecho, de volver á entrar en la vida y
sus tempestades, inquietase á aquella alma que vuel­
ve de los cielos.—«Mi vida es Jesucristo (se dice á
sí misma) y morir seria ganancia» —(1).
Vivificada así el alma y puesta en relación con
el mundo interior y sobrenatural, todo se le hace
fácil: corre, vuela, por esa senda de los deberes
donde antes tropezaba á cada paso, y cuyas espinas
parece que se han convertido en rosas. En ella y á
su alrededor todo obedece al principio divino que la
anima y del cual sigue nutriéndose. Este principio
tiene la doble propiedad, de desprenderla de este
mundo, por el atractivo interior, hasta el desprecio;
y de ligarla á él, por el amor de Dios y de los hom­
bres, hasta la muerte. De este modo satisface á la
vez á la vida mística y á la vida práctica, cuya a r­
monía constituye el hombre perfecto. Este principio
hace de ella en fin, por el amor que se la une, un
instrumento consagrado al reinado del orden so­
brenatural del cual ese amor es origen, un m inis­
tro de sus Gracias, un testigo y un embajador de su
verdad, ¡un verdadero Angel!..,
Así es como en el Cristianismo, la Eucaristía
vivifica el corazón del hombre por el amor, del mis­
mo modo que su enseñanza vivifica su espíritu por
la verdad. ¡Cosa admirable y que revela perfecta­
mente ese orden divino, que resplandece siempre
en todo lo que pertenece á tan bella y santa religiónl
El hombre moral es entendimiento y corazón, tiene
pues necesidad de dos cosas: de alimento y de luz.
Inteligencia y amor: estos son los dos polos de su
sér, sobré los cuales giran todos sus destinos. El

(i) Philip. I, zi.


— 513 —
Catolicismo provee admirablemente á estos dos fines.
Por la infalibilidad de su enseñanza, determina al
entendimiento humano, y lo fija en la certidumbre
de la verdad; por la participación Eucarística, atrae
su corazón, y lo hace descansar en el amor de esta
misma verdad. Por medio de la doctrina, es para él,
como la columna luminosa que guiaba á Israel en
el desierto; y por medio del Sacramento, como el
maná celeste que en el mismo desierto lo alimen­
taba. Son como dos mesas colocadas en ambos cos­
tados: la una, la mesa de la Ley divina, que contie­
ne y enseña la verdadera fe ; la otra, la mesa del
del Altar sagrado, en el que está el Pan de vida que
la hace sensible; en la primera nos ilumina, en la
segunda nos conforta; por un lado nos instruye, por
el otro nos persuade; por todas partes se apodera de
nosotros, nos alienta, nos diviniza. Es Dios mismo
que se nos da con igual realidad de presencia en la
enseñanza de su Iglesia y en el banquete de su amor.
El Verbo eterno se perpetúa y habita substancial­
mente entre nosotros en la Doctrina y en el Sacra­
mento, y á una y á otro se aplica con igual fuerza la
exactitud de estas palabras:—«Yo estoy con voso­
tros todos los días... hasta la consumación de los
s ig lo s —

REFLEXIONES

El espíritu del mal, transformado en serpiente,


tentó á nuestros primeros padres diciéndoles:—«-Co­
med de este árbol y seréis como dioses»—y lo creye­
ron, desobedeciendo á Dios. Para remediar este des­
orden, Nuestro divino Salvador Jesús, envuelto en
los velos Eucarísticos, nos prueba á su vez dicién-
— 314 —
donos:—«Comed mi Cuerpo, bebed mi Sangre y os
haréis dioses.*—
Por medio de este admirable equilibrio, el cristia­
nismo nos conduce de nuevo á nuestros primitivos
destinos, y nos hace llegar á través de todas las
pruebas de nuestra fe, al glorioso término, al cual
intentábamos dirigirnos por la senda de los desórde­
nes de nuestra soberbia. A esta soberbia, y á la re­
paración y precauciones que exigía, debemos atri­
buir estas pruebas y este retardo, el anonadamiento
en que el misterio de la Eucaristía pone á nuestra
razón y sentidos. El precio á que se nos da el Señor,
es el rescate del crimen con que quisimos hacernos
semejante á ÉL, el contrapeso del abismo de gloria
en que nos introduce, y la justa represalia de la fe
que habíamos tenido en nosotros mismos y en el
maligno espíritu de desorden que .nos perdió. Por
esto, no nos es permitido ver desde ahora á Dios
cara á cara; y por esto, el impenetrable velo del mis­
terio nos le oculta hasta en sus más íntimas comuni­
caciones. Algún día, cuando se haya cumplido el
tiempo de las pruebas, este velo se rasgará. Hasta
entonces, sirviéndonos de la graciosa y exacta ima­
gen de un Padre de la Iglesia, estamos como el niño
dentro del seno materno, que se alimenta de frutos
sazonados por el sol, antes de haber visto su luz; nos
alimentamos de Dios, antes de verlo.
Pero no obstante, lo sentimos y lo columbramos
en los efectos morales que obra en nosotros. Tene­
mos de su presencia la prueba más irrecusable que
pueda darse á nuestra debilidad, la prueba de nues­
tra fu ersa; el poder que la Comunión nos da sobre
nosotros mismos, sobre nuestras pasiones y sobre el
mundo. La sublime santidad á que nos eleva, los
prodigios de virtud que nos hace concebir, empiezan
- 315 -
ya en la tierra nuestra deificación, y nos revelan su
origen, justificando la verdad de estas palabras:
—*El que come de este pan) vivirá.»—
Recordemos que la multiplicación de los panes
que hizo Jesucristo en el desierto para alimentar á
la gran multitud que le seguía, era imagen del ban­
quete Eucarístico, que ahora nos ofrece. Y si el pue­
blo de Israel halló excelente aquel pan, nosotros,
pobres peregrinos en el árido desierto de este mun­
do ¡cuánto más excelente hemos de hallar este divi­
no Pan con que el Dios Trino alimenta nuestra vida
sobrenatural! ¡Oh, de cuántos milagros es causa, de
cuántos misterios es núcleo, de cuántas Gracias es
manantial!
No olvidemos, pues, que Nuestro Señor pide á
sus hijos adoptivos —«la multiplicación en el enten­
d im ie n to del pan de la Fe; la multiplicación en la
voluntad, del pan de la Gracia; y la multiplicación
en el Corasón, del pan E u c a rístic o —
—«Convencidos de que la Sagrada Eucaristía,
nos da la plenitud de la vida sobrenatural, en unión
de todos los pueblos del universo, de hinojos, con los
brazos en cruz y los ojos levantados al cielo, debía­
mos pedir como los judíos á Jesucristo;—«Señor}
danos siempre de ese ^««.» —Porque ese Pan es un
manjar traído del cielo, más rico que el maná; es un
conjunto de milagros; es ¡la vida del alma! semilla
de inmortalidad; fuente de Gracias; medicina de las
pasiones;luz de la inteligencia; consuelo del corazón;
salvación del mundo; ¡Eres Tú mismo, dulcísimo Je­
sús Hijo de Dios vivo!—«El más grande de los teso­
ros del Paraíso y el más grande de los bienes que
tiene la humanidad desolada.»—(l)
( i) P ió X . — Discurso pronunciado en R om a en el Congreso Eu*
caristico, celebrado en Junio de 1905.
CAPÍTULO XIX

Las Bienaventuranzas
ó
Las Flores de la Vida Divina

l estudio que hemos hecho de los Dones del


Espíritu Santo, puede resumirse en las ver­
dades siguientes: los Dones del Espíritu
Santo son los principios deificadores del hombre y
de la sociedad; el mundo le debe todo lo que tiene
de verdaderamente bueno. Al Don de—«Temor de
Dios» —debe sus grandes hombres; al Don de —«Pie­
dad)»—s\xs innumerables asilos para todas las mi­
serias; al Don de —«C i e n c i a sus afirmaciones
ciertas y sus sabios de buena ley; al Don de—«.Forta-
lesa,» —sus mártires y sus héroes; al Don de —«Con­
s e j o , multitud de sus vírgenes y todos sus ser­
vicios gratuitos de caridad; al Don de —«Enten­
dimiento,* —la superioridad intelectual que tiene
sobre las naciones que no son cristianas, ó han deja­
do de serlo; al Don de—«Sabiduría,■»—esos sublimes
locos que se llaman Sanios, y son luz, gloria y salud
de la humanidad.
A los Dones del Espíritu Santo se oponen, los
- 317 -
siete pecados capitales, dones satánicos, que produ­
cen efectos proporcionados á su naturaleza, á los
que deben atribuirse todas las vergüenzas y todos
los crímenes del linaje humano.
Como quiera, que el hombre y el mundo viven
bajo la influencia del Espíritu del bien ó del Espíritu
del mal, resulta que, desde la primitiva caída, obe­
decen á un impulso septiforme: septiforme es, y
debe serlo. Por una parte, el Espíritu Santo, es inse­
parable de sus Dones, como Satanás de los suyos.
Por otra, este impulso debe alcanzar á todas las fa­
cultades del hombre y determinar, como de hecho
determina, sus operaciones, buenas ó malas. Tales
son los dos principios que mueven á los hombres.
El mundo, dirigido por el soplo del Espíritu Santo,
es un navio, que á velas desplegadas, se dirige al
Puerto: dirigido por el soplo del espíritu maligno,
es una nave sin brújula, que acaba infaliblemente
por naufragar. Si se quiere, pues, vaticinar, la suer­
te futura de cualquier reino, ó de cualquier época,
no se necesita más que ver á qué impulso obedecen.
En medio de esto, la deificación del hombre, co­
menzada por el Verbo, y continuada por el Espíritu
Santo, no ha llegado aún á su perfección. Los siete
Dones divinos, no son en nosotros fuerzas dormi­
das: son otros tantos principios activos, que deben
manifestarse por medio de operaciones proporcio­
nadas á la naturaleza y objeto de cada cual. No de
otro modo el árbol, cuya savia se pone en movimien­
to por el calor del Sol, debe producir hojas, flores y
fru to s j según su especie. La comparación evangéli­
ca, que ya nos ha hecho sensible la diferencia entre
las Virtudes y los Dones, nos hará también com­
prender la diferencia que hay entre los Dones y las
Bienaventuranzas.
- 318 —

¿Qué se entiende por Bienaventuranzas? ¿De


dónde viene este nombre? ¿Cuántas son? ¿Qué rela­
ción guardan con la felicidad de cada hombre? ¿Có­
mo contribuyen al bien de la sociedad? ¿En qué son
superiores á las Virtudes? ¿Cuál es su orden gerár-
quico? ¿Cuáles sus relaciones con los Dones del
Espíritu Santo? Estas cuestiones comprende en su
conjunto, á juicio nuestro, una materia tan poco co­
nocida y no menos interesante, que los Dones del
Espíritu Santo.
1.° ¿Qué se entiende por Bienaventuranzas?—
«.Las Bienaventuransas son los Dones del E spíritu
Santo en acción.» —
Pasa con el cristiano lo mismo que con el árbol.
Cuando ha recibido en el Bautismo la vida divina,
y con ella las Virtudes infusas, cuando el Espíritu
Santo ha venido con sus siete Dones A poner en mo­
vimiento todas esas Virtudes, como el calor lo hace
con la savia, el cristiano puede y debe practicar
ciertos actos de perfección sobrenatural que lo en ­
caminan á su líltimo fin.
Estos actos, se llaman Bienaventuranzas, esto es
beatíficos. Diferéncianse de las Virtudes y los Do­
nes, como el efecto se diferencia de la causa; el
arroyo del manantial; y la flor del arbusto.—«Las
Bienaventuranzas (dice Santo Tomás) se distinguen
de las Virtudes y los Dones, como los actos de los
hábitos. De esta manera, las Bienaventuranzas, no
son, como su nombre parece indicarlo, hábitos ó es­
tados permanentes, sino actos transitorios, produ­
cidos por hábitos permanentes que se llaman Dones
del Espíritu Santo.
2." ¿De dónde viene su nombre? El nombre tan
dulce y poco conocido de Bienaventuranza, significa
dicha perfecta, reposo final .—«La Bienaventuranza
- 319 -
(dice un gran teólogo) es el soberano bien, el fin úl­
timo: todos convienen en esto. Y entendemos por
soberano bien, el que tiene todas las cualidades del
bien y ninguna del mal; y no le falta nada, ni se le
puede añadir nada: el cual consta que no es más
que uno, á saber: ¡Dios, que es bondad infinita!...
de quien todos los demás bienes dependen en su sér,
origen y conservación; y cuya posesión, hace bien­
aventurados á los ángeles y á los hombres que par­
ticipan de su bienaventuranza uniéndose á Él.» —
La Bienaventuranza, es el fin último de la vida
humana. Tan cierta es esta verdad, que el hombre
podrá, sí, falsear la ley que le inclina á la felicidad;
mas, no podrá sustraerse á ella. A sabiendas, ó sin
saberlo, por el camino del crimen ó por Jas sendas
de la virtud, trabaja noche y día, por la felicidad:
tranquilo y contento, si la encuentra; inquieto y
desgraciado si la persigue en vano. Es como la agu­
ja imantada, que sometida á una atracción miste­
riosa, gravita incesantemente hacia el polo, y no
para hasta ponerse en relación directa con este
punto del cielo.
Desenvolviendo el texto sagrado, añade la teolo­
gía católica, que se les da á estos actos el nombre
de Bienaventuranzas, por dos razones: la primera,
porque nos hacen felices acá en la tierra. Es un
hecho de experiencia universal, que la mayor suma
de contento, aun en este mundo, la disfruta el cris­
tiano que practica fielmente los siete actos sublimes
que el Verbo encarnado llamó, Bienaventuranzas.
La segunda, porque nos conducen más directamente
á la Bienaventuranza final, de que nos hacen gozar
con la esperanza, á la manera que de alguna perso­
na suele decirse:—«que ha conseguido el objeto de
sus deseos,»—cuando tiene esperanza fundada de
- 320 -
obtenerlo. ¿No escribió el mismo Apóstol: Hemos
sido hechos salvos en la esperanza? Pues la espe­
ranza de alcanzar nuestro último fin, se funda en
algo que nos dispone y nos acerca á él. Este algo,
consiste en las operaciones de los Dones del Espíritu
Santo; y por esto se llaman Bienaventuranzas, ó
actos beatíficos.
3." ¿Cuántas son las Bienaturanzas? Siete conta­
mos según los Concilios y Santo Tomás. La octava,
enunciada por S. Mateo, no es sino la confirmación
y manifestación de las otras. En efecto, desde que el
hombre está afianzado en la pobreza espiritual, en
la mansedumbre y demás beatitudes, la persecttción
es impotente para apartarlo de estos bienes inesti­
mables.
Las razones de este número siete se revelan por
sí mismas. Por una parte, bastan siete Bienaventu­
ranzas para constituir la felicidad: menos, sería
poco; más, seria inútil. Por otra parte, no siendo las
Bienaventuranzas ó actos beatíficos, sino las opera­
ciones de los Dones del Espíritu Santo, ó mejor
dicho, estos mismos Dones en acción, no pueden ser
más que siete. Además, según teólogos profundos,
estas siete beatitudes, guardan relación con las siete
edades de la vida del hombre; así como estas siete
edades del hombre, están en armonía con las siete
edades del mundo, y éstas á su vez, con los siete
días de la creación (1).
4.° ¿Qué relación tienen las Bienaventuranzas
con la felicidad de cada hombre?—«La vida presen­
te (dice S. Antonino) se divide en siete edades, du­
rante las cuales, el Verbo encarnado se ha hecho
nuestro regulador universal, mediante las siete

(i) S, Antonino I V p., tít. V II, c., 5,


- 321 —
Bienaventuranzas. Estas, que no son sino actos vir­
tuosos, debe el hombre tenerlas todas y siempre;
pero acomodando cada una en particular, á la edad
en que se encuentra. En esto consiste, el principio
de su dicha.» —
La 1.a edad es la infancia, que comprende desde
el nacimiento hasta los siete años. Las Virtudes y
los encantos de este período de la vida son: el cariño,
la humildad, el desprendimiento, la sencillez, el
candor. El niño que esto tiene, expresa en sí mismo
la semejanza con el Dios-niño: marcha hacía el fin
para que fué criado; es feliz. Esta es la 1.a Biena­
venturanza, y evidentemente la que mejor conviene
á la 1.a edad: Bienaventurados los pobres de es­
píritu.
La 2.a edad, se extiende desde los siete A los ca­
torce años. Practicar la mansedumbre, la obedien­
cia y amabilidad, que junto con el candor y las na­
cientes gracias ganan los corazones, he ahí el deber
propio de esta hermosa parte de la vida. El que lo
cumple, representa igualmente la imagen del Verbo
encarnado: se encamina á su último fin, es feliz. Es­
ta es la 2.a Bienaventuranza, y evidentemente la más
propia de esta edad; Bianaventurados los mansos.
La 3 a edad, abraza desde los catorce años á los
veintiocho, Este período equivale á dos, á causa del
desarrollo físico y moral del hombre. La adolescen­
cia es la edad de los peligros. El mundo que sonríe,
las pasiones que se despiertan, los sentidos que ha­
blan, todo se convierte en ocasión de luchas ince­
santes. Entonces más que nunca necesita el hombre
de la mortificación, de la vigilancia, de las santas
tristezas, de la penitencia, del saludable desagrado,
del retiro. Si comprende esto, y su conducta corre
pareja con su creencia, será feliz. Esta es la 3.a
22.
— 322 —
Bienaventuranza: Bienaventurados los que lloran.
La 4.a edad coge desde los veintiocho años hasta
los cuarenta y dos. Esta edad, en que la juventud se
desborda, es ardorosa para los negocios, ávida de
dinero, honores y posición social, para cuya obten­
ción no suele ser demasiado delicada en la elección
de medios. Por lo cual ¡oh joven! si quieres evitar
la lepra de Giezi y la sed eterna del rico epulón,
trabaja por excitar en tí la sed ardiente y el hambre
continua de la justicia. A este precio, y no de otro
modo, podrás ser feliz. Es la 4.a Bienaventuranza y
se ha hecho para tí: Bienaventurados los que han
hambre y sed de Justicia.
La 5 a edad se extiende de los cuarenta y dos á
los cincuenta y seis años. Es la edad de la virilidad
y también en la que comienza la vida á declinar. El
hombre ve entonces detrás de si', la vida que se va;
y delante, la eternidad que avanza. En semejante
situación, ¿qué es lo más cuerdo que puede hacer?
Tener piedad de su propia alma. ¿Qué significa esto?
Por una parte, reparar las pérdidas que pecando
ocasionó. Por otra, poner en seguro su fortuna, ha­
ciéndola transpostar, por mano de los pobres, al lu­
gar donde ha de vivir eternamente. Obrando así, es
feliz con la felicidad propia de esta edad; practica
la 5.a Bienaventuranza: Bienaventurados los mise­
ricordiosos.
La 6.a edad comienza en los cincuenta y seis
años y termina en los setenta. Edad de la vejez, que
hacen venerables los cabellos blancos y la experien­
cia; pero que puede y debe hacerse respetar mucho
más por las santas costumbres y el buen ejemplo.
Como el anciano no sea alguno de esos veteranos
del crimen, de quien habla el profeta Daniel, le es
muy fácil evitar las manchas del pecado. Sus sentí-
- 323 -
dos se han debilitado, las rosas de sus mejillas se
han convertido én arrugas, el fuego de la concupis­
cencia ha perdido sus ardores. Saque, pues, partido
de esta decadencia del hombre exterior, para embe­
llecer con una conducta sin tacha al hombre inte­
rior. Por la inocencia de su vida, que le restituye en
parte los encantos de la infancia, se convierte para
la juventud en un consejero á quien obedece y en un
modelo á quien respeta; y para todos los que le ro­
dean, en un centro de atracción, que irradia el
buen olor de Jesucristo. Es feliz con la Bienaventu­
ranza especial, que guarda armonía con su edad,
y es la 6.a:—«Bienaventurados los limpios de co­
razón.»—
La 7.a edad comienza á los setenta años, y se pro­
longa hasta el fin de la vida. Es la edad de la decre­
pitud, la edad de los años que no agradan, como
dice la Escritura. La debilitación de los sentidos, la
caducidad de los órganos, la necesidad de especia­
les cuidados, las enfermedades, los achaques, el
depender de otros, el apartamiento de los amigos y
aun de los parientes, el olvido y menosprecio del
mundo, el recuerdo pesaroso de lo pasado, las tris­
tes previsiones de lo porvenir, todas estas cosas y
muchas más, son como otros tantos enemigos que
asedian al anciano; y que, á no hacerlo el más des­
venturado de los hombres, le imponen la necesidad
de buscar dentro de sí mismo, la paz y tranquilidad,
que no le podrán robar sus relaciones con todo lo
que le rodea, Por esto, la sabiduría infinita, le tiene
reservada la 7.a Bienaventuranza:—«Bienaventura­
dos los pacíficos,*—
Con el fin de infundir ánimo al pobre anciano en-
medio de tantos elementos conjurados para acabar
con él, Dios añade á continuación: —«Bienavmtu-
— 324 —
rados, los que por conformarse con la voluntad de
Dios, son perseguidos
5.» ¿De qué manera las beatitudes evangélicas
contribuyen al bien de las sociedades? Una vez esta­
blecido qUe las Bienaventuranzas son el manantial
de la felicidad individual, es consecuencia lógica
que procuran el bienestar de las sociedades.
Las sociedades son felices cuando están en el or­
den; y esto acontece, cuando conociendo su úLtimo
fin, es decir, su felicidad; se encaminan hacia ella
con paso seguro, Pero la mayor parte de los hijos
de Adán, pueblos é individuos, atraídos por su co­
rrupción nativa, buscan su felicidad en las criaturas.
Ese poderoso y ciego atractivo, apartando al hom­
bre de su fin, es el manantial de todos los males, por
los que la tierra merece (cien veces) el nombre de
—«Valle de lágrim as.»—
Engañado el ’género humano por el ángel de las
tinieblas, búscala felicidad por tres caminos dife'
rentes: el de los honores, el de las riquesas y el de
los placeres. Las tres primeras Bienaventuranzas,
rectifican con autoridad soberana esa funesta ten­
dencia. —*Bienaventurados los humildes y des­
prendidos, y los mansos, y los que lloran.* —
¿Y por qué son Bienaventurados? Porque están á
cubierto de la fascinación general, que hace desdi­
chados á los demás. Son bienaventurados, porque
estiman en muy poco la posesión de los bienes te­
rrenos; los adquieren sin pasión, los poseen sin in­
quietud, y los pierden sin inútiles pesadumbres. Son
bienaventurados, porque cada acto de humildad, de
desprendimiento, de mansedumbre y de tristeza
cristiana, los aproxima á la suprema felicidad. Son
bienaventurados, porque tienen en perspectiva los
bienes de la eternidad, ¡magnífica recompensa! del
— 325, -
desprecio con que miran los bienes del tiempo.
El desacirse cristianamente de las cosas perece­
deras, ¿no vale nada para la felicidad del mundo?
En esto, pues, consisten las tres primeras beatitudes.
El segundo paso hacia la felicidad, está en las
dos siguientes: —*Bienaventurados los que han
hambre y sed de justicia; bienaventurados los mise­
ricordiosos.*—L astres primeras Bienaventuranzas,
despegando al hombre üe las criaturas, hacen que
se aficione al soberano Bien; pues el corazón huma­
no, no puede estar vacío. Así es como lo constituyen
en el orden, relativamente á Dios, es decir, en pas
con Dios.
Las dos siguientes, le procuran la paz con el pró­
jimo. El hombre está en paz con el prójimo, cuando
cumple con sus deberes de justicia y de caridad:
cumple con ellos perfectamente, cuando, por una
parte sus palabras y sus obras dan testimonio de que
está animado.,, (esto es poco) de que lo devora el
hambre y la sed de ju sticia en.todo y para con
todos; y cuando, por otra parte, muestra hacía sus
prójimos y (aun hacia sus enemigos) una caridad
indulgente, que excusa las faltas ó. las intenciones;
compasiva, que socorre todas las necesidades; m i­
sericordiosa, que perdona las ofensas.
Pazcón Dios, paz con el prójimo; he ahilos efec­
tos de las cinco primeras Bienaventuranzas. ¿Qué
falta para completar en lo temporal, la felicidad del
hombre y de la sociedad, sino la paz consigo mismo?
Las dos últimas Bit naventuranzas la proporcionan:
—«Bienaventurados los limpios de corazón; bien-
aventurados los pat i f i c o s —Haciéndonos la prime­
ra, practicar la pureza de corazón, por medio de la
mortificación, la vigilancia y la oración, mantiene la
necesaria subordinación de la carne al espíritu, y
— 326 —

nos constituye en el orden, La segunda, por medio


de la mansedumbre y la paciencia, nos hace dar
muestras, en nuestras relaciones con la familia y la
sociedad, del orden que reina en nuestro interior, y
nos da derecho para llamarnos hijos de Dios, el cual
se complace en llamarse á sí mismo—«principe de
lapas·».
¿Qué os parece? El cristiano que practica las
siete Bienaventuranzas, ó los siete actos beatíficos
por excelencia, ¿no es verdad que disfruta de una
felicidad mística? Si la Europa actual, si el mundo
entero, poseyera esta felicidad que osáis llamar ima­
ginaria, ¿les iría mal con ella...? ¡ah, insensatos! Los
hombres y los gobiernos de hoy, afectan creer que
las Bienaventuranzas Evangélicas no valen cosa
para el bienestar temporal de las sociedades; cuando
precisamente, la ausencia de estos elementos, socia­
les como ningunos otros, es la causa de las revolu­
ciones de que hemos sido, somos, y seremosvíctimas.
6.° ¿Qué especie de superioridad tienen las Bien­
aventuranzas sobre las Virtudes? En el mero hecho
de que los Dones del Espíritu Santo, como elemen­
tos santificadores, son superiores á las Virtudes mo­
rales, sus operaciones son más perfectas que las de
las Virtudes. Por esto merecen antonomásticamente
el nombre de Bienaventuranzas ó actos beatíficos.
La virtud hace que el hombre use moderadamente
de los honores y riquezas; el Don hace que los des­
precie. Con este sublime desprecio, el cristiano se
hace el sér más libre, el más santamente indepen­
diente, y por lo tanto, el más feliz que hay en el
mundo: Beati pauperes. ■
La Virtud impide al hombre seguir los movi­
mientos de la ira, contrarios á la razón: el Don hace
más, lo libra de ellos. Secando en el fondo del alma
- 3 27 -

la fuente de la hiel y de la cólera, comunica al cris­


tiano una mansedumbre inalterable que le gana los
corazones: Beaíim ites,
La virtud arregla las afecciones de la vida tem­
poral: el Don adelanta más; las sustituye con la san­
ta tristeza de los desterrados: B eatiqui lugent.
La Virtud nos hace ejercitar la justicia para con
Dios y para con el prójimo: el Don le alcanza gran
ventaja; nos hace dar á Dios y al prójimo lo que les
debemos, no sólo con exactitud, sino con devoción y
con gusto. En lo relativo á la justicia y á nuestras
obligaciones de justicia, nos llena, según la frase del
Evangelio, de un ardor, comparable al que la comi­
da excita en el hambriento y el agua en el sediento:
Beati qu¿ exuriunt el sitiunt.
La Virtud nos hace ejercitar la caridad corporal
y espiritual con los que la razón nos recomienda,
como son nuestros amigos y allegados: el Don se
eleva más alto; ve la necesidad, nada más que la
necesidad; la Haga, nada más que la llaga; el andra­
jo, nada más que el andrajo; y por amor de Dios, da,
cura, consuela; sin distinción de propios ó extraños,
de amigos ó enemigos; de griegos ó de bárbaros:
Beati misericordes.
De estas cinco Bienaventuranzas fielmente prac­
ticadas, resulta una pureza de afecciones y pensa­
mientos, mucho más perfecta que la que tiene en la
simple'Virtud su origen y sus reglas: Beati mundo
corde. Esta promesa, haciéndonos semejantes á
Dios, tres veces Santo, nos da un derecho particular
de llamarnos hijos de Dios: Beati pacifici,—«De
aquí proviene (dice Santo Tomás), que las dos últi­
mas Bienaventuranzas no tanto se presentan como
actos meritorios, cuanto como recompensas!».—Son
á la vez, el comienzo de la ‘felicidad perfecta, y el
- 328 —
lazo que une las Bienaventuranzas A los Frutos, de
que hablaremos muy pronto.
.Entre tanto, este simple bosquejo, que nos hace
v e rla superioridad de las Bienaventuranzas aun
sobre las Virtudes sobrenaturales, nos ayuda á
medir la altura elevadísima que el cristiano tiene
sobre el hombre honrado y sobre el sabio pagano.
Y en vista de esto, ¿quién no compadecerá A los
pretendidos moralistas del siglo XX? Caídos de
las alturas del orden sobrenatural en que el Bau­
tismo los había colocado, estos soberbios ignoran­
tes, osan hacer parangón entre la perfección cristia­
na y la pagana, entre la moral de Sócrates y la
moral de Jesucristo. Blasfemos y perjuros, no temen
llamar á la 1.“, la moral de este mundo y de las gen­
tes honradas; y A la 2.a, la moral del otro mundo y
de los místicos: y luego, so pretexto de que ellos no
son vasos de elección, se quedan sin practicar nin­
guna.
7.a ¿Cuál es el orden jerárquico de las Biena­
venturanzas? Lo mismo que los Dones del Espíritu
Santo que las producen, las Bienaventuranzas están
encadenadas entre sí dentro de un orden jerárqui­
co, p.or cuyos grados se eleva el cristiano hasta par­
ticipar de la perfección deífica, y por consiguiente, al
colmo de la felicidad, como lo haremos ver más ade­
lante. Al presente tenemos que estudiar dos cosas
dignas de la sabiduría que lo hace.todo con número,
peso y medida. La 1.a es la relación que existe entre
cada Bienaventuranza y su recompensa; la 2.a la
gradación de la misma recompensa.
La recompensa. El cielo, ó la felicidad perfecta,
es indudablemente la recompensa común de todas
las Bienaventuranzas; pero esta recompensa se pre­
senta bajo diferentes aspectos, en armonía con el
— 329 —
género particular de mérito que alcanza cada una
de las Bienaventuranzas. Si, pues, es una Verdad
que el pecador es castigado en aquéllo mismo en
que pecó, es igualmente verdad que el justo recibe
recompensa en lo mismo en que mereció. ¿Qué cosa
más apropósito que esta divina ecuación, para ex­
citar nuestro celo, y sostener nuestro aliento en los
diferentes senderos que conducen á la felicidad?
Así, para los que se hacen pequeños y pobres, el
cielo es el poder, la opulencia, ¡a gloria: —«De ellos
es el Reino de los Cielos.»—
Para los que se distinguen por su mansedumbre,
el cielo es el imperio de los corazones'en la tierra de
los vivos: —«Poseerán la tierra.» —
Para los que lloran, el cielo es el consueloy la ale­
gría sin alteración y sin fin:—*Serán consolados.* —
Para los que tienen hambre de ju sticia, el cielo
es la hartura perfecta: —«.Serán ¡¡tartos.»—
Para los misericordiosos, el cielo es la misericor­
dia con sus ternuras inefables:—«Ellos alcanzarán
misericordia.» —
Para los limpios de corazón, el cielo es la visión
clara de Dios en todo el esplendor de su hermosura,
y en toda la magnificencia de sus obras:—«Ellos
verán á Dios.»—
Para los pacíficos, el cielo es el nombre glorioso
y el privilegio incomparable de hijos de Dios:—«-Se­
rán llamados hijos de D i o s —
A esta bella armonía, hay que agregar otra, que
es la gradación en la recompensa. Para compren­
derla, basta con un poco de atención. La 1.a recom­
pensa es tener el cielo. Esta es la felicidad común de
todos los santos, mas no igual para todos; pues en
la Bienaventuranza hay muchos grados, como en la
casa del Padre celestial, hay muchas moradas.
- 330 -
La 2.a es poseerlo, Poseer el cielo, significa más
que teñerlo. Hay muchas cosas que se pueden tener
sin poseerlas de una manera tranquila y perma­
nente.
La 3.a es tener consuelo. Estar contento con la
posesión del cielo, es más que tenerlo y poseerlo.
¡Cuántas cosas hay que son agradables, y no se po­
seen sin dolores!
La 4.a es saciarse. Lo cual es más que estar con­
tento. La hartura supone la abundancia del consuelo
y el reposo en la alegría.
La 5.a es ser objeto de la misericordia. La dicha
celestial no se medirá, ni por nuestros méritos, ni
siquiera por nuestros deseos, ¡sino por las riquezas
infinitas, de la infinita misericordia! ¿Quién podrá
comprender lo que este favor divino añade á todos
los otros?
La 6.a es ver á Dios. Esta nueva felicidad sobre­
puja á todas las precedentes. Ver á Dios, es más
que todo lo dicho y significa una dignidad más alta:
Ver al Rey con intim idad y cuando se quiere, es
más que habitar en su palacio, y que disfrutar de
sus beneficios.
La 7.a es ser hijo de Dios. Ya no hay nada que
sea más que ésta. En la corte de los Reyes, el grado
más alto es el de sus hijos, herederos del trono.
De esta manera, conducir al hombre de grado en
grado hasta la dignidad suprema de hijo de Dios,
de hermano y coheredero del Verbo Encarnado, es
la última palabra de todas las Bienaventuranzas, y
de todas las operaciones del Espíritu Santo.
Cuando se ha completado el misterioso trabajo de.
deificación, el Espíritu de amor, envía al justo el
sueño de la muerte. Al despertar de él, al otro lado
de la tumba, encuentra el justo todas las Bienaven­
— 331 —
turanzas que ha practicado, reunidas, inmortaliza­
das, y magníficamente engrandecidas en una sola,
el cielo, la Bienaventuranza por excelencia.
Tales son, los grados de la escala, por donde su­
bimos desde el fondo de este valle de lágrimas, hasta
la cima de la Montaña de la verdadera y eterna feli­
cidad.—«El Espíritu Santo (dice S. Agustín) al des­
cender sobre el Dios-hombre, comienza por la Sabi­
duría y acaba por el Temor, para humillarse hasta
nosotros. Pero cuando desciende sobre el hombre,
destinado á la deificación, comienza por el Temor, á
fin de elevarlo hasta el Verbo Encarnado que es la
Sabiduría eterna.
Tengamos, pues, á la vista estas gloriosas ascen­
siones, apresurémonos á subir los escalones que nos
conducen á Nuestro Señor y Padre. Llevemos va­
lientemente la carga de la vida. Crucemos á paso
firme y con la vista fija en nuestro último fin, por
entre las seducciones y tribulaciones pasajeras del
tienlpo; en el término de nuestro viaje nos espera la
paz, que no se altera nunca, ni se ha de acabar ja ­
más. A esto nos exhorta la 8.a Bienaventuranza co­
mo conclusión de todas las demás:—«Bienaventura­
dos los que padecen persecución, porque de ellos es
el Reino de los Cielos.»—

R em edo s a t á n ic o de las B ie n a v e n t u r a n z a s

Las relaciones de las Bienaventuranzas con los


Dones del Espíritu Santo, según ya hemos visto,
son las mismas que existen entre el efecto y la cau­
sa; entre la flor, y la planta que la produce,—«Las
332 —
Bienaventura usas son} pues, los Dones del E sp íri­
tu Santo en acción.» —
Mas, si el Espíritu del bien tiene su escala de dei­
ficación, el orangután remedador, Satanás, tiene
también su escala de degradación. Conocemos ya la
primera; pero importa que conozcamos igualmente
la segunda. Al modo que en la pintura son necesa­
rias las sombras para que resalten los colores, así
en el orden moral, los errores y los males, sirven
para poner de relieve la verdad y el bien. Por lo
mismo que Satanás tiene sus Dones, tiene también
sus falsas Beatitudes. Cuando entra en un hombre
por el pecado mortal, le comunica los primeros, y el
desventurado esclavo suyo practica los actos falsa­
mente beatificados, que de aquéllos se derivan.
El primer Don de Satanás, es la Soberbia, princi­
pio de todo pecado, como la humildad es la base de
toda virtud. La última palabra de la soberbia, es
Amán colgado de un poste de cincuenta codos de
altura y Nabucodonosor transformado en bestia·. El
término á que viene á parar la primera beatitud sa­
tánica, es hacerse aborrecible á los ojos de Dios y
de los hombres.
El segundo Don Satánico es la Avaricia. Su gran
ejemplar es el rico perverso que murió y fué sepul­
tado en los infiernos, y judas vendiendo á su Maes­
tro y ahorcándose después. La última palabra de la
segunda beatitud satánica, es convertir al hombre en
el más insensato y perverso de los nacidos: á saber,
en el más perverso, porque—«no hay cosa más ini­
cua que el que ama el dinero (dice el Espíritu Santo)
porque éste hasta su alma pone en venta»—-(1). Y en
el más insensato, porque la vida que lefué dada para

(i) Ecl., x, io.


— 333 -
ganar el cielo, la consumo en fabricar telarañas,
frágiles tejidos, que ni siquiera podrán servirle pa­
ra sudario.
El tercer Don de Satanás, es la Lujuria, el cual
puesto en práctica, viene á dar de sí, entre mil in­
mundicias, los Salomones y los Sardanápalos, aho­
gados en la cloaca de sus costumbres. La marchitez
del hombre en todo su sér, la ceguedad del entendi­
miento, la insensibilidad del corazón, y por último
la muerte impenitente, esto es, en sus efectos gene­
rales, la tercera Bienaventuranza satánica.
El cuarto Don de Satanás, es la Gula. El epicú­
reo coronado de rosas, que se prepara á morir, can­
tando el vino y el placer; Baltasar, que llena á Babi­
lonia con el ruido de sus festines, mientras los Medos
están á las puertas de su ciudad; son la traducción
viva de la cuarta Bienaventuranza satánica.
El quinto Don de Satanás, es la Envidia. ¿Que­
remos verlo en acción? Caín matando á su hermano,
y los fariseos haciendo morir al Hijo de Dios; he
ahí el término glorioso de la quinta Bienaventuran­
za satánica.
El sexto Don de Satanás, es la Ira. La hiena con
las crines erizadas, la leona recién privada desús
cachorros, el puercoespín armado de sus púas, son
los tinos á que se asemeja el hombre, practicando la
sexta Bienaventuranza satánica.
El séptimo Don de Satanás, es la Pereza. El chi­
no que nos describen los misioneros, para el cual, el
mundo sobrenatural, es como si no fuera; indiferente
á todo, excepto A cuatro cosas «comer bien, beber
bien, digerir bien y dormir bien,» que no daría un
céntimo por conocer una verdad más; y para quien
la suprema sabiduría consiste, en la indiferencia eá-
- 334 —

tupida en materias religiosas (l) tal es la personifica­


ción de la séptima Bienaventuranza satánica.
El Espíritu del mal, viene á sacar al hombre de
este vergonzoso y culpable marasmo á donde lo ha
conducido gradualmente, al hombre, á quien ha
hecho bienaventurado, según el mundo, beatificán­
dolo á su modo, cuando llega la terrible hora de lle­
varlo ¡ay infeliz! á las negras y hórridas mansiones
de su eternal infierno.

(i) Frov., XVIII, 3.


CAPÍTULO X X

Los Frutos

em osexplicado la Gracia, las Virtudes, los


Dones, los efectos de la divina Eucaristía
y las Bienaventuranzas, Hemos contem­
plado todo el magnífico sistema de elementos deífi­
cos, que, encadenándose unos con otros, elevan al
hombre hasta la semejanza con el Verbo Encarnado.
Y sin embargo, no está agotada la mina: á todas
esas riquezas, se añaden otras riquezas.
—«Glorioso es el fruto de los buenos trabajos»—
dice la E scritu rad ) ¿Y qué trabajos más nobles que
los de nuestra deificación? ¿Qué frutos más delicio­
sos que los que les corresponden como recompensa?
Cada beatitud ó acto beatífico, nos aproxima á Dios.
Y pues Dios es juntamente perfección absoluta y fe­
licidad suprema; resulta, que á cada paso que damos
hacia Dios, corresponde un goce, es decir, que los
Frutos nacen de las Bienaventuranzas, como del
árbol el fruto. Estos nuevos favores del Espíritu
Santo, completando la obra de nuestra creación di­
vina, hacen del cristiano como un Dios de la tierra,
terrenus Deus; y de su vida terrestre un cielo anti­
cipado, conversado in coelis.

(i) Sap. III, 15 .


— 336 —
P ara comprender esto, basta saber lo que debe
responderse á las cuestiones siguientes: ¿Qué se en­
tiende por Frutos del Espíritu Santo? ¿Cómo se pro­
ducen? ¿Por qué se llaman así? ¿En qué se diferen­
cian de las Bienaventuranzas? ¿Cual es su número?
¿A qué se oponen?
l.° ¿Qué se entiende por Fruto del Espíritu S an­
to? En el orden natural, se llama fruto el producto
de los árboles y plantas: la manzana, es el fruto del
manzano; la nuez, del nogal; ta fresa de la planta
del mismo nombre; y así de los demás. Los frutos,
tan varios como las plantas, se asemejan todos, en
que tienen algo que es agradable según la especie
de cada uno, y en que son el último esfuerzo de la
planta. Ser agradable, y el último esfuerzo de la
planta, son las condiciones necesarias para consti­
tuir el fruto propiamente dicho, Por falta de ellas,
las hojas y las ñores, no se llaman frutos.
Aun el mismo fruto, antes de madurar, no lleva
el nombre de tal simplemente. Para nombrarlo
cuando se encuentra en ese estado imperfecto, se
le agrega un epíteto que califique su imperfección; y
se dice: fruto ácido ó verde. La razón es, que no
tiene aún las cualidades esenciales del fruto: el co­
lor, el sabor, la dulzura, cuyo conjunto constituye
su belleza y su bondad, formando un producto per­
fecto. Cuando el árbol ha dado su fruto, ha cumplido
su destino; entonces descansa, y se prepara á dar
nuevos frutos á su debido tiempo.
De aquí esta definición del ángel de las escuelas:
—«Se llama fruto al producto de la planta, cuando
llega á la perfección y tiene cierta dulzura.»—
Según una comparación familiar del Evangelio,
el hombre es un árbol; sus obras son los frutos. De
donde se toma esta otra definición de Santo Tomás:
- 337 -
—«Frutos, son todas las obras de virtud, en las cua­
les se deleita el hombre.»—Los frutos del hombre,
como los de las plantas, se diferencian unos de otros
por sus cualidades, según la naturaleza de la savia
que circula por las venas de ese árbol viviente. Si
los producenda razón y las virtudes puramente hu­
manas, son bellos y buenos, con una belleza y bon­
dad puramente naturales; si los produce la Gracia y
las Virtudes sobrenaturales, son bellos y buenos con
una belleza y una bondad sobrenaturales.
Para que el producto de la planta merezca, como
acabamos de ver, el nombre de fruto, debe ser el
último esfuerzo de la planta y tener cierta dulzura.
No son menos necesarias ambas condiciones, para
constituir el fruto espiritual. Por de pronto, todo acto
virtuoso, para poderse llamar fruto, debe ser per­
fecto en su género; es decir, ser el último esfuerzo
del principio que lo produce. El acto imperfecto no
es digno de este nombre. Así las veleidades del bien,
los actos de cualquier virtud, practicados con floje­
dad ó con mala intención, ya no son frutos espiri­
tuales; como ni los abortos, ni las flores, ni las hojas
son frutos naturales.
Es preciso además, que el acto virtuoso tenga
cierta dulzura. ¿Qué dulzura es-ésta? Es el testimo­
nio de la conciencia y el gozo íntimo que lleva con­
sigo el cumplimiento entero y noble del deber. Aun­
que esta dulzura no sea siempre sensible, no por
esto deja de ser real. Se puede aquí hacer aplicación
de aquellas palabras del Apóstol: —«En verdad que
al presente, toda corrección no parece ser motivo
de gozo, sino de tristeza; mas, después dará un fruto
muy apacible de justicia, á los que por ella han sido
ejercitados.» {!)—«Esta dulzura hecha habitual en el
(:) Hebr. XII, II . 23
- 338 —
alma, constituye el festín delicioso de que habla el
Espíritu Santo, y que reemplaza todas las alegrías,
sin poder ser reemplazado por ninguna de ellas,» —(!)
¿De dónde proviene, que del deber dignamente cum­
plido resulte la alegría? De que es un paso más h a ­
cia Dios, nuestro fin último y suavidad infinita.
Se ve por esta explicación, que «los Frutos del
E sp íritu Santo , son todas las buenas obras dignas
de este nombre, hechas bajo la inspiración del E s­
p ír itu Santo _v en las que el hombre encuentra su
alegría.» Está definición distingue los Frutos del E s­
píritu Santo, de los actos virtuosos en general. Efec*
tívamente, hay en el hombre dos principios de
acción: el uno natural, que es la rasón; el otro so­
brenatural, que es la Gracia, Las buenas obras
practicadas, según las luces de la razón, son los fru­
tos de la razón. Las buenas obras hechas bajo el
impulso de la Gracia, son los Frutos del Espíritu
Santo, autor de la Gracia. Grande es, pues, la dife­
rencia entre unos y otros. Los primeros, son obras
naturalmente buenas, actos de virtudes puramente
humanas, por consiguiente, inútiles para el cielo y
que nó proporcionan más que un placer imperfecto,
Los segundos, poseen junto con toda la bondad n a ­
tural de los primeros, una bondad sobrenatural que
los hace dignos del cielo; porque la Gracia no des­
truye la naturaleza, sino que la perfecciona.
2.° ¿Cómo se producen los Frutos del Espíritu
Santo? He aquí una de las cuestiones más bellas de
la Teología. Preguntar de qué manera produce el
Espíritu Santo sus Frutos en el hombre, es preguntar
como el árbol produce los suyos. El árbol produce
sus frutos por el ingerto y por la poda, según su

(i) ProY. X V, 1 5 .
- 339 -
especie, Por análogos medios, el hombre, árbol mi­
serable, viciado, raquítico, produce Frutos de belle­
za inmarcesible y delicioso sabor.
El Espíritu Santo forma el nuevo Adán, verda­
dero Arbol de vid a , plantado en medio del verda­
dero Edén, que es la Santa Iglesia Católica, "En
este Arbol divino, están ingertadas por el B a u tis­
mo, las ramas del acebnche que se llama el viejo
Adán (l). Estos ingertos, nutridos como de una savia
sobrenatural, de la Gracia del Espíritu Santo que
habita en toda su plenitud en Nuestro Señor Jesu­
cristo, participan de la vida del Arbol Divino, y pro­
ducen frutos de la misma naturaleza que los de
Aquél. Así, no es el hombre, si hemos de hablar con
propiedad, quien los produce, sino el mismo Espí­
ritu Santo, principio necesario, eternamente activo
y eternamente fecundo de la vida sobrenatural. De
aquí viene el que se llamen, no frutos del hombre,
sino Frutos del E spíritu Santo.
Conocemos ya el ingerto; pasemos á la poda. En
el orden material, la poda de los árboles es uno de
los mejores medios para obtener buenos y abundan­
tes frutos.Lo mismo sucede en el orden moral.—«To­
do sarmiento que diere fruto, mi Padre lo limpiará
(decía Jesucristo) para que dé más fruto»—(2). La
poda divina dura toda la vida. En ninguna parte la
hemos encontrado mejor representada que en una
célebre visión que tuvo Santa Perpetua. Héla aquí:
— «Vi una escala de oro, maravillosamente larga,
tanto que se elevaba hasta el cielo; pero tan estre­
cha, que no podía subir por ella más que una per­
sona; estaba guarnecida por ambos lados de toda

{l) Rom. XI, 17-24.


(2) Joan X V , z.
- 340 —
clase de instrumentos cortantes, espadas, lanzas,
cuchillos, puñales; de manera que quien subiese siri
una grande atención y sin mirar A lo alto, no podía
dejar de recibir muchas heridas en todo su cuerpo.
Al pie de la escala estaba echado un dragón desme­
didamente grande, que embestía á los que querían,
subir por ella y los espantaba para que no subiesen.
No obstante, subió primero que nadie mi hermano
Saturio; y cuando hubo llegado á lo alto, se volvió á
mí y me dijo: Perpetua, aquí te espero; pero ten cui­
dado con el dragón. Yo le respondí: Espero en Nues­
tro Señor Jesucristo, que no podrá hacerme ningún
mal. Y el dragón, como temiéndome, alzó pausada­
mente la cabeza; y yo entonces, puse un pie en el
primer peldaño de la escala y otro en la cabeza del
dragón, y lo pisé y subí hasta arriba,» —
— «Allí descubrí un jardín inmenso, y en medio
de él un hombre de venerable aspecto, en traje de
pastor, que estaba sentado ordeñando sus ovejas; y
alrededor de él había millares de personas cubiertas
de blanquísimas vestiduras. Alzando la cabeza, me
vió y me dijo con dulzura: bien venida seas, hija
mía; y me llamó por mi nombre, y me puso en la
boca cierto manjar hecho de la leche que ordeñaba;
yo lo recibí juntando las manos, y lo comí, y todos
los que estaban alrededor de él dijeron entonces:
Amén.» —
Una escala de oro, que llega desde la tierra al
cielo, estrecha, y toda llena de instrumentos cortan­
tes; he aquí la vida, camino del cielo, con las prue­
bas más ó menos dolorosas, pero continuas, que
constituyen respecto al hombre la saludable opera­
ción de la poda, quitándole todo lo que tiene de so­
bra ó de malo en sus pensamientos} afectos y
acciones.
— 341 —
Injertados y podados los árboles, producen más
frutos y mejores, cada uno según su ’especie. Deten­
gámonos un momento á contemplar el inmenso V er­
gel del Espíritu Santo, á contar los árboles humana­
mente divinos que en Él crecen, y á gozar de la en­
cantadora belleza de sus frutos (1), Para no hablar
más que de los tiempos posteriores al Mesías, vea­
mos el Arbol de Vidat que teniendo sus raíces en la
gruta de Belén, cubre la tierra con su sombra. ¿Qué
son sus innumerables ramas? In gertos y acodos,
divinamente ligados á un Tronco indestructible.
¿Qué son los millones de Apóstoles de los tiempos
antiguos y de los modernos? Acodos divinos, car­
gados de f rutos de Gracia y de honor. ¿Qué son las
legiones de Mártires, de Solitarios, de Vírgenes, de
Santos de todas las edades, condiciones y países?
Acodos divinos, cargados de frutos de Gracia y
honor.
Cada uno produce frutos según su especie: frutos
de fe, de esperanza, de caridad, de piedad, de hu­
mildad, de virginidad. Y los producen todos mil y
mil veces, bajo todos los climas, en todas las esta­
ciones, A todas las horas del día y de la noche; de
manera que el Vergel del Espíritu Santo no cesa de
presentar á los ojos de la fe, el espectáculo de una
magnífica campiña en los bellos días de Primavera.
Pero ¿qué digo? Al lado del Vergel divino, ¿qué
son los prados, las campiñas, los vergeles con su
innumerable variedad de ñores y de frutos? Una
sombra vana. ¿Qué es el mundo pagano, el antiguo
y el moderno, con sus pretendidas virtudes? Una
vasta maleza, que ni el nombre de jardín merece.
Comparados con los Frutos del Espíritu Santo,

(i ) iLccIi., X X IV , 2 3 .
— 342 —
¿qué son los frutos de la razón, los frutos de los más
ponderados sabios, los frutos de Aristides, de Sócra­
tes, de Platón, de Escipión, de Séneca, los frutos de
los sacerdotes del Egipto, de los brhammanes de la
India, de los bonzas de la China, de los lamas del
Thib'et y de los racionalistas de Europa? Productos
del orgullo, de la ambición, del capricho; estos fru­
tos no son en su mayor parte, sino abortos, seme­
jantes á las excrescencias parásitas que se forman
en la corteza de los árboles viejos, ó á lo más, pro­
ducciones insípidas y sin utilidad real.
¿No será éste el lugar oportuno, para que, tanto
los que esto leéis, como yo que lo escribo, nos pre­
guntemos: Ingerto divino por la Gracia del Bautis­
mo, que frutos has dado? ¿Qué frutos das? Grave
cuestión; porque está escrito;—«Todo árbol que no
lleve buenos frutos, será cortado y arrojado al fue­
go»—(i). Mi oración vocal y mental, mis confesio­
nes, mis comuniones, mis acciones cotidianas ¿qué
son? Si hasta aquí he sido un árbol poco menos que
estéril, ó lo que es peor, si he tenido la desgracia de
ser un árbol malo, un espino, una zarza, un cardo,
que sea yo en adelante un árbol bueno, un buen
acodo, fecundo en frutos de vida dignos de la Savia
divina que me nutre, del Sol divino que me calienta,
del divino Tronco en el cual estoy ingertado, del
Jardinero divino, que me cultiva con sus Manos y
me riega con su Sangre.
Estudiando las relaciones tan fundadas que hay
entre el hombre y el árbol, acabamos de ver la ma­
nera como se producen losFrutos del Espíritu Santo,
Entre estas relaciones, hay una diferencia que debe­
mos señalar. Él ingerto material, no produce más

(i) Matth., VIT, 19 .


- 343 —

que una sola especie de frutos; mientras que el in­


gerto divino tiene la propiedad, y lo que es más el
deber, de producirlos simultáneamente, de especies
muy diferentes; porque 3a Savia que lo alimenta es
multiforme. Así lo han comprendido y practicado
los verdaderos cristianos de todos los tiempos.
Como los muchachos merodeadores, que entran­
do en los vergeles y huertos, toman los mejores fru­
tos de todos los árboles, así el gran patriarca del
desierto, S. Antonio, se entregaba á un piadoso me­
rodeo, buscando en cada uno de los solitarios, cuyo
numeroso ejército poblaba ambas Tebaidas, las vir­
tudes más bellas, á fin de imitarías. En uno, cogía
el fruto de la mansedumbre; en otro, el fruto de la
paciencia; en éste, et fruto de la oración; en aquél,
el fruto de la mortificación, Así debemos hacer no­
sotros, para que á la llegada del divino Jardinero,
seamos reconocidos por árboles buenos y como ta­
les, trasplantados al Vergel eterno del Espíritu
Santo.
3.w ¿Por qué los Frutos del Espíritu Santo son
llamados así? La razón principal es, que toda obra
completamente buena, proporciona al alma un goce,
semejante á aquel otro que la manducación de un
excelente fruto produce en el paladar. ¿Qué misterio
se encierra en esto? El fin del hombre, es hacerse
semejante á Dios. Todos los actos verdaderamente
virtuosos, son otros tantos grados que lo aproximan
á esta semejanza. Esta aproximación sucesiva, lo
constituye en relaciones cada vez más íntimas con
Dios; y estas mismas relaciones adquieren, perfec­
cionándose, una dulzura tanto más grande, cuanto
van siendo el resultado de una proximidad más y
más cercana á Dios, que es la dulzura por esencia.
Tal es la razón, por la cual á cada progreso corres­
- 344 -
ponde una dulzura; y por la que, los mejores de es­
tos adelantos, llevan justamente el nombre de F r u ­
tos, y de Frutos del Espíritu Santo; porque solo El,
es quien nos a 3mda á producirlos.
Así, Dios nos revela de una manera sensible
nuestra semejanza con Él, y nos trata, en cierto
modo, cómo Él, se ha tratado á sí mismo. Quiere
que el dios de la tierra cree sus obras, como Él
creó las suyas; y que guste su dicha al crearlas,
como Él mismo la gustó creando el Universo. Dios
dijo al acabar cada una de sus obras, que era buena.
Siete vcces repite la misma palabra. Esta aproba­
ción misteriosa, encierra juntamente la proclama­
ción de la perfección relativa de la nueva criatura,
y la manifestación de la alegría que causa á su
Autor.
Solamente en el último día de la creación, y des­
pués de dar la última mano á todas sus obras, es
cuando Dios modifica sus expresiones y pronuncia
la palabra de satisfacción suprema, universal. —«Vió
que todas las cosas que había hecho eran muy bue­
nas, después de lo cual, descansó.» —Como muy
buenas en sí mismas, eran la última palabra del
poder, de la sabiduría, y de ]a bondad creadora;
como buenas en su conjunto, eran aptas para can­
tar las glorias del Criador hasta el fin de los siglos,
sin dar jamás una nota en falso. Buenas, á los ojos
de Dios, podían proporcionarle con su perfección un
contento indecible.
Lo mismo podemos decir del hombre. Después
de cada obra buena que lleva á cabo dignamente,
puede decir sin atribuirse nada á sí mismo: esto es
bueno; y gusta así la dulzura particular del fruto
que acaba de producir. Siete veces puede repetirse
la misma expresión, porque los siete Dones del E s­
- 345 —

píritu Santo son los principios de todas sus buenas


obras, A la manera del Criador, no podrá pronun­
ciar la palabra de satisfacción suprema, hasta des­
pués que recoja su último fruto, acabando la obra de
su deificación. Solamente entonces, podrá decir,
echando una mirada sobre el conjunto de su vida:
—«He acabado mi obra, gracias á Dios, y es muy
buena; no me resta más que entrar en el reposo
de la eternidad.» —
Revelarnos uno de los rasgos más nobles de
nuestra semejanza con Dios, no es más que la pri­
mera razón de la dulzura especial de cada una de
las buenas obras. Pero aún hay olra. Para impedir
que Israel echase de menos los groseros alimentos
del Egipto, suavizarle las fatigas del viaje á través
de las arenas del desierto, fortalecerlo contra sus
enemigos y darle á probar las delicias de la tierra
prometida, el Señor, movido de su paternal bondad
le envió el maná. Este alimento celestial tenía todos
los gustos y satisfacía á todos las necesidades.
Israel es, como ya vimos al principio de esta obra,
la imagen del cristiano. Dios, dando una dulzu­
ra especial á, cada una de las buenas obras, ha
hecho de ellas tm maná; ¿y qué quiere con esto?
Hoy, como siempre, quiere hacer que el hombre
cobre asco á las pérfidas dulzuras del fruto prohi­
bido. Quiere quitar las profundas am arguras á su
existencia; y haciendo que encuentre placer en el
cumplimiento del deber, animarlo en los combates
de la virtud.
No encontrando estas diversas dulzuras, ¿quién
no desfallecería en medio del áspero desierto de
esta vida? ¿Quién no abandonaría el servicio de un
Señor, cuya mano, como dice la Escritura, no diera
á sus servidores sino pan de lágrimas y de arena?
- 346 —
Pero, estando tales suavidades y dulzuras de por
medio, ved lo que pasa. A ellas se deben el valor
heroico de los Mártires 3' Penitentes; la santa em­
briaguez en medio de Jos tormentos; la resignación
en el dolor; la insensibilidad para los atractivos del
vicio y desprecio constante de las alegrías, que el
demonio, el mundo y la carne pueden prometer. Y
por cuanto son necesarias á todos, á los pecadores,
arrepentidos, y á los justos firmes en la virtud, ísi
biun, más á aquéllos que á éstos) van ligadas en
ciertas proporciones, no sólo á las Bienaventuran­
zas ó actos beatíficos por excelencia, sino también á
todos los actos virtuosos dignamente practicados.
Ahora vemos la razón del por qué se dá el nom­
bre de Frutos, en el lenguaje divino, á las obras
practicadas bajo el impulso del Espíritu Santifica-
dor, y el lugar que necesariamente corresponde á
estas dulzuras celestiales en el trabajo de nuestra
deificación.
4.°—¿En qué se diferencian los Frutos de las
Bienaventuranzas? Que los Frutos difieren de las
Bienaventuranzas, lo prueba la diferencia de sus
nombres y también su número. Los nombres de los
Frutos no son los mismos de las Bienaventuranzas.
Y por otra parte, el Evangelio cuenta siete Biena­
venturanzas, y el Apóstol doce Frutos. La diferen­
cia se vé clara estudiando éstos y aquéllas en su
naturaleza íntima.
Los Frutos difieren de las Bienaventuranzas,
como lo menos difiere de lo más. Para que un acto
virtuoso merezca el nombre de Fruto, basta que sea
completo y deleitable; en otros términos, que sea el
último esfuerzo del principio natural ó sobrenatural
de que proviene, y que cause en el hombre.la satis­
facción que resulta del cumplimiento del deber. Mas
— 347 -
para que merezca el nombre de Bienaventuranza,
es preciso que el acto sea una cosa perfécta y exce­
lente.
Así es, que la Bienaventuranza supone A la vez
acto virtuoso, y dulzura en el acto; una cosa exce­
lente, como objeto; una dulzura mucho mayor, como
resultado.
De estas nociones resulta: 1.°—Que, según la ex­
plicación que hemos dado, todos los actos beatíficos
verificados bajo la influencia de los Dones del Espí­
ritu Santo, pueden llamarse Frutos; mas no todos
los Frutos pueden llamarse Bienaventuranzas.—
«En efecto (dice Sto. Tomás) Frutos son todas las
obras virtuosas en las cuales el hombre se complace;
pero el nombre de Bienaventuranzas se reserva á
ciertas obras perfectas que por razón de su misma
perfección, son atribuidas más bien á los Dones del
Espíritu Santo que á simples Virtudes.
2.°—Que, en el orden jerárquico, las Bienaventu­
ranzas son superiores á los Frutos, y el término más
elevado de la perfección cristiana. En efecto, pue­
den gustarse los Frutos, aparte de las Bienaventu­
ranzas, puesto que entran en la naturaleza de todo
acto virtuoso; pero no se les gusta plenamente más
que en las prácticas de las Bienaventuranzas, que
son los actos virtuosos por excelencia.
CAPÍTULO XXI

N úm ero de los fu utos del E s p ír it u S anto

son los Frutos del divino Espíritu?


uántos

Son tan numerosos y tan variados como


los frutos materiales que encantan nues­
tra vista y saben tan agradablemente á nuestro pa­
ladar. ¿Por qué esta inmensa variedad de frutos en
la naturaleza? ¿Por qué la misma variedad en el ja r­
dín espiritual del Verbo encarnado? La razón es la
misma. Dios ha escrito dos grandes libros; el libro
de la naturaleza y el de la Gracia; ó, para seguir la
comparación, ha plantado dos magníficos jardines;
el de la naturaleza y el de la Gracia. El primero,
para satisfacer las necesidades y recrear los ojos
del cuerpo; el. segundo p a r a la s necesidades y los
ojos del alma. Si preguntáis cuál es el fin de estos
dos jardines, el Apóstol responde: —«P ara hacer
que brille la sabiduría multiforme de Dios.»—{l)
¿Para qué es el firmamento con sus ejércitos de
estrellas, tan magníficas en su conjunto, tan prodi­
giosas por su número, tan diferentes en su claridad,
tan ordenadas en sus movimientos? P ara hacer que

(i) Epli. III. , 10.


— 349 —

brille la sabiduría multiforme de Dios. ¿Para qué la


tierra con sus producciones tan ricas que bastan
para todo, tan bellas que agotan la admiración, tan
variadas que no se pueden contar? P ara hacer que
brille la sabiduría multiforme de Dios. ¿Para qué el
m ar con sus innumerables habitantes, con sus abis­
mos insondables, con sus leyes tan invariables
como misteriosas? A fin de que brille la sabiduría
multiforme de Dios. ¿Para qué, finalmente, este
vasto Universo, compuesto de tantos millones de
criaturas, de las cuales ninguna se parece á otra?
Para hacer que resplandezca á los ojos corporales
del hombre la sabiduría multiforme de Dios.
Todos los actos, todos los movimientos, todas las
producciones de estas criaturas del firmamento, de
la tierra y del mar, son, en el orden natural, los
frutos del Espíritu Santo; atendiendo á que (como
dice S. Basilio) todo lo que poseen las criaturas lo
deben al divino Espíritu.
Mas, por elocuente que sea el mundo material
para manifestar la sabiduría multiforme del Criador,
no es más que un eco, una sombra, un reflejo. P ara
presentar esta sabiduría en toda su gloria, se nece­
sita otro mundo, mil veces más real, más esplén­
dido y más variado: tal es, el mundo de la Gracia.
Este mundo se compone de los Ángeles y los hom­
bres, criaturas superiores á las demás, elevadas á
la participación de la misma naturaleza de Dios,
destinadas á gozar de su gloria, y que producen
cada una de ellas, según su especie, Frutos de una
belleza incomparable y de una variedad infinita. Si
preguntamos para qué son tantos árboles que den
Fruto en este nuevo jardín del Espíritu Santo; el
Apóstol nos responde por segunda vez: —«P ara ha­
cer que brille la sabiduría multiforme de Dios.»—
— 350 -

Y más particularmente, para revelar la inagota­


ble fecundidad del Arbol divino, en que todos estos
otros árboles están ingertados, P ara distinguir de
entre todos los árboles emponzoñados, la verdadera
Viña plantada por el mismo Verbo, regada con su
Sangre y vivificada por su Espíritu. Para proveer
de alimento suficiente, á todas las generaciones que
se suceden; porque los frutos del Árbol no son única­
mente adorno del Árbol, sino que son también ali­
mento para los que van de paso. Cada rama del gran
Arbol tiene los suyos, y así todo viajero puede ele­
gir. ¡Oh! ¡cuán bello merodeo puede hacerse reco­
rriendo las vidas de los santos!.,.
Pasemos ahora á los actos particulares que la Es­
critura designa con el nombre de —«Frutos del E s ­
p ír itu Santo» —los cuales son doce. ¿Por qué este
número y no otro? ¿No habrá de más ó de menos?
Serán demasiados, si es verdad que los Frutos nacen
de las Bienaventuranzas; serán pocos, si todos los
actos verdaderamente virtuosos, son Frutos del Es­
píritu Santo: expliquemos estos misterios. El núme­
ro doce, es un número sagrado, que expresa la
universidad. En esta cifra se hallan, pues, compren­
didos todos los Frutos del Espíritu Santo, que se con­
funden con los doce, nombrados por el Apóstol. El
número doce no es demasiado grande, puesto que,
segiin las anteriores explicaciones, una misma
Bienaventuranza puede producir muchos Frutos; no
es tampoco demasiado pequeño, supuesto que el nú­
mero doce expresa la universidad completa.
Recordadas estas nociones, nos quedan por hacer
cuatro cosas: exponer la enumeración que el Após­
tol hace de los Frutos del Espíritu Santo; dar la razón
de esta enumeración ¡explicar cada Fruto en particu­
lar; y manifestar la oposición de los Frutos del Espí-
- 351 -
ritu Santo, con las obras del espíritu malo; porque el
remedo satánico del plan divino, se continúa hasta
el ñn.
— «Enumeraeióti de los Fe utos del Espíritu San­
to.»—«El Fruto del Espíritu Santo, diceS. Pablo, en
su Epístola A los Gálatas (l) es: Caridad} Gozo, P a z ,
Paciencia, Benignidad, Bondad, Longanimidad,
Mansedumbre, Fe, Modestia} Continencia, Casti­
dad—
¿Cómo conciliar estos nombres, que son nombres
de Virtudes, con los Frutos del Espíritu Santo, que
no son Virtudes, sino actos de Virtud?—«Para esto
(responde S, Antonino) basta tener presente, que se
acostumbra tomar el nombre de las Virtudes para
expresar los actos de estas mismas Virtudes:—«Así,
decimos, de cualquiera que ha prestada á su prójimo
algún gran servicio, que le ha hecho una gran Cari­
dad, ó solamente, Caridad. De ello se sigue, que la
Caridad y la Fe, nombrados entre los Frutos dél Es­
píritu Santo, no son las Virtudes Teologales de ese
mismo nombre, sino solamente sus actos ó su apli­
cación particular, acompañados de la dulzura que
les sirve de recompensa.
Razón de esta enumeración:—Todo fruto provie­
ne de una planta: toda planta nace de una semilla ó
de una raíz. El Espíritu Santo es la Semilla de los
Frutos que llevan su nombre; y el Espíritu Santo es
la Caridad misma. ¿Deberemos, pues, extrañar que
su primer Fruto sea la Caridad?—«Ved, (dice San
Crisóstomo) ¡qué exactitud en las palabras del Após­
tol, qué conveniencia en su doctrina! Ante todo,
pone la Caridad, á seguida los actos que provienen
de ella; fija la raíz, después muestra los Frutos; esta-

(1) V, 2 2, 23.
— 352 -
blece el fundamento, y sobre él construye; parte
desde el manantial, y llega hasta el río.
Santo Tomás, tratando la misma cuestión, añade,
que el orden y la distinción de los Frutos delEspíritu
Santo se saca de la manera con que el Espíritu S an­
to procede con el hombre.» - Pues bien; el Espíritu
Santo procede con el hombre, elevándolo por grados
á la perfección, hasta hacerle gustar su dicha. Gusta
el hombre esta dicha sobre toda dicha, cuando esul
plenamente en el orden. Está plenamente en el or­
den, cuando lo está respecto á lo que tiene por enci­
ma, respecto á lo que en sí mismo posee, respecto &lo
que existe á su alrededor, y respecto á lo que tiene
debajo. En estas condiciones, el hombre posee la
paz por dentro y por fuera, la p a z asegurada por
todas partes... y entonces la vida, á pesar de sus
inevitables am arguras, es para el alma, lo que el
fruto dulce para el paladar.
Lós tres primeros Frutos ordenan al cristiano
respecto á loque tiene por encima. Estos frutos son:
la Caridadj el Goso y la Fas.

C a r id a d

Con ella, en ella y por ella, se nos comunica el


Espíritu Santo; puesto que ÉL mismo es Caridad.
Como la llama se dirige hacia lo alto, asila Caridad
tiende hacia Dios, á la unión con Dios, ¡á la trans­
formación en Dios! Donde está nuestro tesoro, allí
está nuestro corazón. L a Caridad, lo mismo que la
llama, no es inerte; por el contrario, nada hay más
activo que ella, mil ejemplos lo prueban.
La Caridad, primer Fruto, consiste en aquel gusto
espiritual que resulta del amor con que los buenos
— 353 -
aman á Dios, y este placer es mayor ó menor, según
lo fuere el amor con que lo aman; comunicándose­
les Dios, según la disposición con que lo reciben.

Gozo

Todo corazón se regocija de estar unido al objeto


amado. La Caridad está siempre unida á su objeto
que es Dios, según estas palabras de S. Juan:—«EL
que permanece en la Caridad, en Dios permanece,
y Dios en él».—La alegría es, pues, la primera
consecuencia de la Caridad. Recompensa, como
ella es, de la victoria reportada sobre las pasiones,
no está solamente en el fondo del alma, sirviéndole
como de continuo festín; brilla también en el rostro,
cuyas facciones ilumina.
Este segundo Fruto, consisto en una alegría inte­
rior del alma que tienen los buenos en ser amigos
de Dios, y en haber dejado de pecar; la cual excede
á todas las alegrías honestas y mundanas. Y entre
otras tiene por causa la esperanza de salvarse,
como dice S. Pablo, y lleva consigo ¡tal satisfacción!
que el que la posee, comienza ya en este mundo á
gustar las delicias de la gloria; y hé ahí por qué dijo
Cristo á sus discípulos: —»Gozáos de que vuestros
nombres están escritos en los Cielos»—(1) ó como
dice S. Juan:—«en el libro de la vida»,—(2)

P az

La perfección del gozo, es la paz. Así, la paz es


el tercer Fruto del Espíritu Santo. ¿Por qué la paz es

(1) S . Liic. X , zo.


(2 ) A pos, X X I , 27.
24
- 354 -
la perfección del gozo? Porque supone y garantiza
t i tranquilo goce del objeto amado, Nadie es dicho­
so, si está perturbado en su dicha, ó si el objeto de
sus afecciones no satisface á sus deseos.—«¡Oh paz,
exclama S. Agustín, dulce nombre, pero más dulce
cosa! Todas las criaturas gritan: la Pag, y con voz
más fuerte que todas, la criatura racional. Pero
¡cuán lejos está de tí la Paz, oh mundo! Tu ves'la
guerra bram ar por todas partes, ¿Por qué? Porque
tú no quieres tener la paz con Dios, sino la guerra
por tus pecados.
La paz es el tercer Fruto, y consiste en aquella
tranquilidad y quietud de ánimo con que viven los
buenos: es efecto de la buena conciencia, limpia de
todo pecado mortal, cuya paz, es superior á cual­
quier otro sosiego; y esta tranquilidad es mayor ó
menor, según lo fuere la limpieza de conciencia,
hasta de los pecados leves. Esta paz la disfrutan
únicamente los que viven en Gracia. «Mucha p a s
para los que aman tu Ley, S e ñ o r » . 1) No hay p a s
para los im pío s»,—(2) dice el Señor.

P a cien cia

Aún cuando la paz reinara en todo el mundo y


poseyérais bienes temporales á medida de vuestro
deseo, si nó poseéis á Dios por la Gracia, no tendríais
ni paz, ni reposo. Ved, por qué el Espíritu Santo
con sus tres primeros Frutos, pone al hombre en
orden con respecto á Dios; con los tres que á ellos
siguen, lo constituye en el orden con respecto á sí
mismo; su cuarto Fruto es la paciencia.

{1} Psal. C X V I I I . , 165.


(2) Isai. X L V I I I . , zz.
— 355 —
Amar á Dios, y en El todo lo que se debe amar;
amarlo como debe ser amado y gozar plenamente
de este amor, ;qué cosa más dulce puede haber? Pero
la vida presente es una lucha. ¿Quién podrá impedir
que el enemigo penetre en nuestra alma, introduzca
en ella la turbación, y le arrebate la dicha producida
por la tranquila posesión del bien? La Paciencia,
que es el reinado del alma, y el Fruto más delicioso.
El alma que se alimenta de él, ve estrellarse contra
ella y retroceder las tribulaciones de cualquier natu ­
raleza que sean, como nosotros vemos las olas del
mar venir á romperse contra las rocas de la playa.
Este 4 .11 Fruto es aquel dulce sabor conque los
buenos se conforman del todo con la voluntad de
Dios en cualquier tribulación, y les proporciona á
vcces ¡tan gran placer! que, como si estuvieran fue­
ra de sí, van en busca de penas.

B e n ig n id a d

Como su nombre indica, la Benignidad (bonus


ignis) es un fuego dulce y benéfico que, gracias al
Espíritu Santo, circula por las venas del cristiano y
sostiene en él una disposición constante hacia la in­
dulgencia y afabilidad. Puede uno ser paciente sin
ser benigno. La Benignidad lucha contra la aspereza
de carácter, lo brusco de las maneras, y la sequedad
de palabra, cosas todas que pueden turbar la paz
interior. La Benignidad lo afina todo, hasta el punto
de no dejar en el cristiano más que urbanidad y g ra ­
cejo, que son el hechizo de un alma.
Este Fruto consiste en el modo cariñoso y afable
conque los buenos hacen bien á sus prójimos, no á
la fuerza, ni de mal grado, ó con ceño, sino con
- 356 -
cierto afecto cariñoso y placentero que les causa una
satisfacción especial.

B ondad

Lo que es el colorido para un cuadro, el azúcar


para la bebida, el color encarnado para la manzana,
es la Benignidad para la Bondad, Mas, el color que
embellece á la manzana, no es la manzana mism»;
aquí la manzana es la Bondad. Este nuevo Fruto,
efecto de la unión del alma con Dios, Bondad infini­
ta, llena el alma de suavidad y le hace experimen­
ta r la necesidad de comunicarse, no solamente dan­
do lo que tiene, sino también dando lo que ella es.
Sería preciso referir toda la historia de la Iglesia, si
hubieran de citarse detalladamente los rasgos de
bondad, que, perpetuando los ejemplos del Verbo
Encarnado, demuestran claramente el poder del
Espíritu Santo en los miembros del Cuerpo místico
de Cristo.
Nos limitaremos á decir, que este Fruto consiste
en una buena voluntad y deseo que tienen los bue­
nos de hacer bien, los cuales sienten una alegría
especial siempre que se les presente ocasión de ejer­
cer la Caridad,

L o n g a n im id a d

Conseguida la paz para consigo mismo por la


Paciencia, la Benignidad y la Bondad, Frutos sin
am argura ni acidez, réstale al cristiano estar tam ­
bién en paz con todo lo que le rodea, es decir, con
el prójimo. Esta dicha le proporcionan, los tres F ru ­
tos, cuya naturaleza vamos á explicar.
- 357 —
Si los favores corporales ó espirituales que h a ­
cemos, produjesen su efecto siempre y en el momen­
to de hacerlos, bastaría la Bondad para sostenernos
en una paz constante con el prójimo. Mas, no sucede
así; ordinariamente el resultado se hace esperar: y
este esperar, muy largo á veces, puede entibiar
nuestra caridad y descorazonar nuestra esperanza.
Contra este peligro encontramos amparo en la Lon­
ganimidad. Este prolongado valor, longus animas,
nos ayuda á soportar las dilaciones permitidas
por la Providencia, y í\ esperar sin inquietud, como
el labrador, la cosecha que á su tiempo deben pro­
ducir los favores derramados en el alma del prójimo.
Brilla este nuevo Fruto en mil rasgos, entre los cris­
tianos de tocios los siglos.
La Longanimidad es una firmeza ó constancia de
ánimo, que tienen los buenos, no cansándose ni afli­
giéndose por la duración de los trabajos y penas de
esta vida, ni decayendo por que se dilate la conse­
cución de los bienes de la gloria que esperan, antes
desean que en todo y por todo se cumpla la volun­
tad de Dios.

M a n sed u m br e

Si la Longanimidad hace que soportemos, por


todo el tiempo que agrade á Dios y dure la resis­
tencia del prójimo, las penas y las fatigas que nos
vienen de otro, la Mansedumbre nos impide murmu­
rar de ellas. Paloma sin hiel, inofensivo cordero; he
aquí lo que hace al cristiano el Fruto de que habla­
mos. A semejanza del divino Maestro, el hijo de la
Mansedumbre, no troncha la caña que está á medio
romper, ni apaga la mecha que humea todavía, ni
deja oír su voz en las calles, ni vuelve nunca mal
- 358 -

por mal. El Espíritu Santo, lo mismo hoy que siem­


pre, no deja de producir este Fruto de todos amado.
La Mansedumbre, en lln, consiste en aquella
igualdad de ánimo con que los buenos sufren hasta
las injurias, sin indignarse y como señores de s í
mismos; lo cual comunica una cierta satisfacción ai
alma, por verse tratada cual lo fué su Redentor.

Fe

Si la Mansedumbre falta, puede alterarse la paz


con. el prójimo. Darle motivo de que se irrite es una
manera de herirlo y aun de hacerle perjuicio; y ésta
no es la única. También se le hiere y se le perjudica
con la mala Fe en los contratos, con la infidelidad en
las relaciones sociales. Gracias á este nuevo Fruto
del Espíritu Santo, el cristiano está al abrigo de es­
tos odiosos actos. El fraude, la mentira, la doblez,
la traición, le causan horror. Su palabra, expresión
adecuada de la verdad, es santa, y así puede con­
tarse con ella. No importa que le sea ventajoso ó no
el cumplirla; la ha dado, y la sostendrá. Como quie­
ra que esta noble franqueza ha llegado á constituir
el fondo de su carácter, su primer movimiento es
creer que la tienen también los otros; pues suponer
el engaño, íe repugna.
Este Fruto es, pues, la fidelidad que los buenos
guardan A Dios y á los hombres. De aquí es que este
Fruto mira á Dios y al prójimo. Con respecto A Dios,
no se considera aquí la Fe como una virtud teologal,
sino como una certeza moral muy grande y supe­
rior que experimentan algunas veces las almas jus­
tas sobre algún misterio de la Fe, comunicando al
alma este nuevo conocimiento un sabor ó placer
— 359 —
inexplicables. Con respecto al prójimo, consiste en
una fidelidad grande que guardan á todos los hom­
bres, sin que jamás tenga lugar en ellos (en los jus­
tos) ni el dolo ni las segundas intenciones.

M o d e s t ia

Este divino Fruto es el orden en todo nuestro sér


exterior. La Modestia, como irradiación que es de
la paz interior, mantiene nuestros ojos, labios, risa,
movimientos, vestido, toda nuestra persona, dentro
de los justos límites marcados por la Fe. El Verbo
encarnado, conversando con los hombres, hablando,
oyendo, obrando, es el espejo en que se mira cons­
tantemente el discípulo del Espíritu Santo, y el mo­
delo infinitamente perfecto cuyos rasgos se esfuerza
por reproducir en sí mismo. Nada hay más amable
que esta divina Modestia y nada más elocuente. Por
t'so quería el Apóstol, que la Modestia de los cristia­
nos fuera notoria como la luz y conocida de todo el
mundo. (1) E ra en su concepto, uno de los mejores
medios de llamar los infieles á la Fe, y los pecado­
res á la virtud.

C o n t in e n c ia

Si el hombre exterior se mantiene en el orden por


la Modestia, el hombre interior encuentra un freno
en la Continencia. Este Fruto del Espíritu Santo,
según lo indica su nombre, domina la concupiscen­
cia; hora ésta tenga por objeto el beber, ó el comer,
ó la sensualidad. La sojuzga, lucha contra sus mo­

to Philip., IV, 5 .
- 360 —
vimientos rebeldes; y á pesar de sus invasiones,
en él dominio de la imaginación y los sentidos, im­
pide que el desorden y la inmundicia ganen el san­
tuario de la voluntad. Este imperio sobre las incli­
naciones groseras del hombre animal, es la gloria
exclusiva del cristiano, y el signo manifiesto de la
presencia del Espíritu Santo; y como tal, se le ad­
mira en cada página de la historia de los pueblos, y
en la biografía de los hombres cristianos.
Para explicar el gozo de un alma dotada de la
Continencia y de la Virginidad, no tiene voces el
lenguaje humano: el que lo disfruta, es el único que
lo conoce.

C a s t id a d

Este duodécimo Fruto, que corona a to á o s lo s


demás, hace del hombre un ángel en cuerpo mortal.
La Castidad es á la Continencia, lo que la victoria es
á la lucha: representa al vencedor después del com­
bate. El alma casta, el alma virgen, señora de sus
sentidos interiores y exteriores, reina, como Salo­
món, en la plenitud de la paz. Junto á ella, el brillo
de todo el oro del mundo, queda eclipsado. Excita
el respeto de la tierra, hace las delicias del cielo, y
provoca la rabia del infierno. Si no hay esfuerzos
que el demonio deje de emplear, para arrancar á la
humanidad esta corona de gloria; tampoco hay g é­
nero alguno de resistencia heróica, que no encuen­
tre en contra de sí. En la defensa de este bien, más
precioso que la vida, brilla soberanamente el valor
de los cristianos y sobre todo de las cristianas, ¿Quién
no conoce la conducta de tantas heroínas de los pri­
meros siglos? Noble ejército de vírgenes y mártires,
vosotras os habéis perpetuado hasta nosotros, y os
— 361 -
perpetuaréis hasta el ñn de los siglos, doquiera reine
el Espíritu de santidad.
La Castidad, es aquella interior pureza que
guardan los buenos según, su estado virginal, con­
yugal ó viudal, aborreciendo las cosas deshonestas
ó desordenadas, y huyendo las ocasiones que pudie­
ran incitarlos á mancillar su respectiva Castidad. De
aquí es que todas aquellas personas que gustan este
Fruto gozan de gran suavidad y alegría interior; y
esta satisfacción se aumenta y la tienen en mayor
aprecio siempre que la ocasión les proporciona, ver
la inquietud, miserias y fatales enfermedades de los
que, cual cerdos, se revuelcan en el cieno de la im­
pureza; como dice S; Pedro. (1)

II

¿ A QUÉ SE OPONEN LOS FRUTOS DEL ESPÍRITU SANTO?

Tomados separadamente, cada uno de los Frutos


del Espíritu Santo es un principio de felicidad: to­
mados en conjunto, constituyen la felicidad com­
pleta en cuanto es compatible con nuestra condición
terrestre; y así, forman la oposición adecuada de la
infelicidad, cualquiera que sea su nombre. Consi­
derada desde este punto de vista, la Iglesia Católica
se nos representa como un inmenso Vergel, cuyos
árboles cargados de frutos, recrean todos los senti­
dos del cuerpo, proporcionan descanso á todas las
facultades del alma, y perpetúan, á través de los si­
glos, el Paraíso terrenal.

( i) I l P t r . II, 23.
- 362 -

Con menos habría bastante para concitar todo el


furor de Satanás, cuya ocupación constante se diri­
ge á talar el Jardín del divino Esposo, arrancar sus
árboles, hacerlos estériles, convertirlos en árboles
mortíferos y de este modo acarrear al hombre la in­
felicidad temporal y eterna. Fiel á su constante pro­
pósito de falsearlo todo, al lado del Vergel divino,
ha criado un jardín emponzoñado, como fundó la
ciudad del mal junto á la Ciudad del Bien. En ese su
jardín de plantas venenosas, pone los árboles que
vá robando... les dá cultivo, y les hace producir sus
frutos; cuyo número y calidad vamos á poner de
manifiesto.
El Apóstol S. Pablo, nos ofrece la siguiente no­
menclatura: - «Las obras de la carne (dice) están
patentes, son: fornicación, impureza, deshonestidad,
lujuria, idolatría, hechicerías, enemistades, contien­
das, celos, iras, riñas, discordias, sectas, envidias,
homicidios, embriagueces, glotonerías y otras cosas
como éstas.» —(I) Aquí se presentan dos cuestiones:
¿Qué debemos entender por la carne; y por qué se
dice las obras de la carne y nó los frutos, como de­
cimos, los Frutos del Espíritu Santo?
La carne, significa la concupiscencia, es decir, la
inclinación que tenemos al mal: es el veneno ó el
virus que la serpiente infernal nos inoculó cuando
mordió á nuestros primeros padres, de quienes pasa
degeneración en generación á toda su posteridad.
Así es, que la carne, ó sea la concupiscencia, es el
demonio mismo presente en nosotros por su veneno.
Se dice la carne por dos razones: la 1.a porque el
virus satánico reside en la carne ó en la sangre, y
por ella se transmite: la 2 .a, porque la concupiscencia

(i) Gal., V, 1 9 -2 1 ,
— 363 -
no,s arrastra principalmente á la disolución carnal,
á beber y comer, á los goces y bienestar del cuerpo.
No obstante se comunica también al alma, produ­
ciendo el orgullo, la ambición, la curiosidad, la
ciencia vana y otras malas disposiciones puramente
espirituales.
Aunque en rigor se podría decir: frutos de la
carne, ó del demonio; sin embargo, Sto, Tomás ex­
plicando la palabra del Apóstol: «Opera carnis,» se
expresa asi: —«Lo que sale del árbol contra la natu­
raleza del árbol, no se llama fruto, sino más bien
corrupción. Ahora bien, los actos virtuosos, son
como naturales á la razón. De donde proviene, que
las obras de las virtudes se llamen frutos, y no así
las obras de los vicios.»—De todos modos, las obras
de la carne, consideradas en su principio, en su
conjunto, y en sus detalles, son la contraposición
de las obras del Espíritu Santo.
Dos potencias luchan en la sociedad, porque lu­
chan dentro del hombre: hay entre ambas una opo­
sición completa inmutable. (1) EL Espíritu Santo
descendido del cielo, su gloriosa mansión, atrae al
hombre hacia lo alto: Satanás hace lo contrario;
habiendo subido del abismo, su negra morada,
arrastra al hombre hacia abajo, En otros términos:
El Espíritu Santo, despegando al hombre del amor
á las cosas terrestres, le excita á obrar según la ra ­
zón y la fe: Satanás, empujando al hombre á procu­
rarse apasionadamente los bienes sensibles, le hace
obrar contra el dictamen de la razón y de la fe. De
estos dos agentes, el uno ennoblece, el otro degrada;
el uno santifica, el otro mancha y corrompe. Como
en el orden físico el movimiento hacia arriba, es

(0 Gal. V., I?
- 364 —
contrario al movimiento hacia abajo; así, es cosa
manifiesta, que las obras de la carne son diametral-
mente opuestas á los Frutos del Espíritu Santo. Tal
es la oposición general; mas ésta no es sola.
Hay otra oposición particular, entre cada una de
las obras de la carne y cada uno de los Frutos del
Espíritu Santo. La 1.a obra de !a carne, que el Após­
tol nombra, es la fornicación. Este acto culpable es
destructor de la Caridad, que une al hombre con
Dios y con el prójimo.
Las tres siguientes; son: La inmodestia, la im ­
pudicia, la lujuria. Estos desórdenes, inseparables
de la fornicación, introducen la perturbación hasta
lo más íntimo del sér humano, y hacen desaparecer
la alegría del corazón, la serenidad de la frente y
la modestia de los sentidos.
La quinta es la idolatría. Pero la idolatría es la
guerra abierta contra Dios, la g uerra sacrilega en
lo que tiene de más culpable, ¿Qué cosa puede haber
más contraria á la P a s, no solamente del hombre
con Dios, sino también de los hombres entre si? ¿No
es la idolatría, la causa de las más encarnizadas lu­
chas que nos recuerda la historia?
La sexta, séptima, octava y novena, son: las he­
chicerías, las enemistades, los pleitos y los celos.
¡Ved, que horrible cortejo lleva Satanás detrás de
sí! ¡Qué cría de víboras, arroja en el alma de que se
apodera! Todas estas obras tenebrosas, son directa­
mente opuestas á los Frutos, de: Paciencia, B enigni­
dad, Bondad y Longanimidad.
Las tres obras de la carne que siguen á conti­
nuación, son: las iras, riñas y disensiones. Fácil­
mente se echa de ver, que éstas se oponen á la
Mansedumbre.
Restan las cinco últimas, que son: las s e d a s y
- 365 -
envidias, los homicidios, la embriagues y los exce­
sos en el comer. Con extinguir la rectitud, la buena
fe, la lealtad, la Fe, en todos sentidos, las sectas ó
herejías matan la Caridad y abren un abismo entre
los habitantes de un mismo lugar, entre los miem-
bros de una misma familia. Con razón el Apóstol
nombra, detrás de la herejía, las envidias y los ho­
micidios. Estos crímenes están en oposición directa
con la fe religiosa y social, cuyo efecto particular
es unir las inteligencias y los corazones: «cor imum
el anima una». —Pues, cuando la fe se debilita, ó se
extingue, la razón decae y el alma pierde su impe­
rio, que infaliblemente es reemplazado por la tiranía
de los sentidos. El hombre cae entonces en la crá­
pula, de buen ó de mal tono, decente ó grosera;
civilizada ó bárbara, según la esfera en que vive.
Y estoes, —«la ruina de la Continencia.»
De este modo queda completamente asolado el
Vergel del Espíritu Santo. Por lo demás, no hay
que extrañar que las obras de muerte enumeradas
por el Apóstol, sean en mayor número que los Frutos
de Vida; pues por una parte, esta superioridad nu­
mérica no perjudica en nada á la oposición que he­
mos marcado, consistiendo la diferencia, en que á
un mismo Fruto del Espíritu Santo, se oponen varias
obras de la carne; y por otra parte, S. Pablo no se
propuso indicar en particular todas las obras de la
carne, así como tampoco todos los Frutos del Espí­
ritu Santo.—«Solamente quiso (dice S. Agustín)
mostrar la oposición general entre unas y otros, y
cuáles son las cosas que debemos hacer y las que
debemos omitir.
Ved ahí los dos jardines, plantado el uno por el
Espíritu del bien, y el otro por el Espíritu del mal.
Es un nuevo rasgo del paralelismo tantas veces
- 366 -
marcado, entre la obra divina y la satánica, Aquí,
por consiguiente, vuelve á presentarse para el hom­
bre lo mismo que para las sociedades, la alternativa
inevitable de vivir en uno ú otro de los dos jardines,
de comer de sus frutos, y comiendo de ellos, hallar
la vida ó la muerte. Colocado el mundo entre dos
Señores, va á parar forzosamente ó al uno, ó al
otro. Nunca insistiremos demasiado en recordar
esta Ley, de la cual no hubo nunca dispensa, ni la
hay, ni la habrá jamás. Es, á juicio nuestro, el me­
dio de hacer palpable la necesidad de todas las
operaciones del Espíritu Santo.
Que no se olvide, pues: todas estas operaciones,
sin excepción alguna, son necesarias á la sociedad,
en el mero hecho de ser necesarias al hombre. La
Fe, ¡a Esperanza, ¡a Caridad, hijas mayores del E s­
píritu Santo, son necesarias á la sociedad; porque
sin ellas, la sociedad queda inevitablemente entre­
gada á la imprudencia, á la injusticia, á la bajeza,
y á la intemperancia. Los Siete Dones del E spíritu
Santo son necesarios á la sociedad; porque, sin ellos,
la sociedad cae bajo el imperio de los siete pecados
capitales, c i^ o conjunto, forma el más enérgico
disolvente de todo el orden social.
Las siete Bienaventuranzas divinas, son necesa­
rias á la sociedad; porque, si ésta no las practica,
practicará inevitablemente las siete bienaventuran­
zas satánicas, que realizan el mal en todas sus for­
mas. Los Frutos del Espíritu Santo son necesarios
á la sociedad; porque, si la sociedad no se alimenta
de ellos, se alimentará forzosamente de los frutos
emponzoñados de Satanás; principios fecundos de
revoluciones y catástrofes. ✓
El reinado del Espíritu Santo, con todo lo que lo
constituye, es necesario para la felicidad del mundo;
— 367 —
por que sólo él puede preservar al mundo del rei­
nado del espíritu maligno, El reinado de Satanás,,
es el mundo pagano con Nerón por soberano dueño;
en tanto que el reinado del Espíritu Santo, es el
mundo católico, dirigido por el Vicario infalible del
Verbo encarnado. Bajo el primero, el linaje humano
es una manada de lobos: bajo el segundo, es un re­
baño de corderos. Esta alternativa, inevitable en el
mundo, no lo es menos (recordadlo bien) al otro
lado del sepulcro.
CAPÍTULO XXII

Eí Fruto de la V ida Eterna

El buen crístíaDOj gusanillo de la tie­


rra, se trans/crwarth el. último día en
célica mariposa, y cotí las alas tiue le
tegió la Diviua Gracia, se lanontard
hasta
Z,

A r m o n ía en las obras de D io s

a Gracia difundida en el alma por obra del


Espíritu Santo en el día del Bautismo, cons­
tituye la Vida sobrenatural. Sus fuerzas
vivas, son las Virtudes infusas; los Dones del Espí­
ritu Santo, ponen en movimiento estas fuerzas, y
las hacen producir actos beatíficos, que se llaman
Bienaventuranzas. Estos actos beatíficos ejecutados
con la mayor perfección, toman el nombre de Frutos;
por cuanto producen en el alma un sabor agradable,.
semejante al que deja en el paladar una fruta exce­
lente en el mejor estado de madurez, Pero estos mis­
mos Frutos no son más que Flores relativamente al
Fruto de la Vida Eterna. Todas las operaciones del
Espíritu Santo, tienden á procurar al hombre este
F ruto único, que es el Cielo,
— 369 -
— »Glorioso es el fruto de los buenos trabajos,»—
se lee en el libro de la Sabiduría (1). Y en el Evan­
gelio:—«EL que siega recibe jornal, y recoge el
fruto para la vida eterna. (2)»—Y en el Apoca­
lipsis:—«Al que venciere, le daré á comer del Árbol
de la Vida, que está en medio del Paraíso de mi
Dios (3),»—¿Por qué razón la felicidad, la inmorta­
lidad, el Cielo, en fin, se nos presenta bajo el nombre
de fruto? En el Paraíso terrenal, figura del Cielo,
había un zÁrbol de Vida,» cuyo fruto de exquisito
sabor y extraordinaria hermosura, tenía la propie­
dad de comunicar la inmortalidad, y al lado de este
Árbol estaba el dé—«la ciencia del bien y del mal,»—
cuyo fruto daba la muerte.
Colocado Adán entre estos dos Árboles que co­
nocía perfectamente, vencido por la tentación, comió
del fruto del árbol prohibido antes de haber probado
el del Árbol de la Vida. Es de fe que el Árbol de la
Vida, igualmente que el de la ciencia del bien y del
mal, era un Árbol verdadero. Su fruto, comiéndolo
en una ocasión determinada, debía prolongar la vida
durante muchos miles de años; y después de haber
conservado al hombre en una juventud constante,
hacerlo entrar, sin pasar por la muerte, en la vida
sin fin de la eternidad. (4)
¿Qué tiene, pues, de extraño que el Espíritu
Santo, restaurador de todas las cosas, nos haya p re­
sentado el Cielo cual Fruto del Árbol de la Vida;
pero Fruto perfeccionado y dotado de la virtud de
hacer vivir al hombre mientras Dios sea Dios, y con
vida divinamente venturosa? Un fruto fué la perdi-
(1 ) Sap. III., 15.
(2 ) S. Joan, IV ., 36.
(3 ) A p oc , II ., 7.
(4 ) Corn. a Lap., Gen. II., y.

25
- 370 -

cióndel hombre; otro Fruto será su felicidad. ¿Podía


'la victoria ser más proporcionada á la derrota?
Así, pues, cuando el género humano, alimentado
de los Frutos del Espíritu Santo, se haya dormido
con el sueño de la muerte, el Espíritu divino, conti­
nuando sus obras de deificación, vendrá á añadir á
todos sus beneficios, un beneficio mayor. Como hizo
que se levantara d_el sepulcro el Verbo encarnado,
tipo del hombre, así hará que resuciten todos sus
miembros. —«Si habita en vosotros (dice S. Pablo) el
Espíritu de Aquél que resucitó á Jesús de entre los
muertos, volverán también á la vida vuestros cuer­
pos mortales por causa de su Espíritu que habita en
vosotros.»—(I).
¿Y qué hará con el hombre gloriosamente resuci­
tado? Lo llevará al Cielo, verdadero Edén de la feli­
cidad y de la gloria, donde le dará á comer «el Fruto
del Arbol de Vida» que hay enmedio del Paraíso de
Dios. Por la virtud y las propiedades de este Arbol
misterioso, todo servirá allí para la restauración, de
las criaturas y del hombre. ¿Por qué? Porque el Cielo
será el reinado absoluto del Espíritu Santo, y por
consiguiente el reino del amor infinito, obrando en
la plenitud, de su expansión, sin obstáculos, ni lími­
tes, ni disminución alguna; ¡penetrándolo todo... ani­
mándolo todo,,, iluminándolo todo.,, divinizándolo
todo...! Inundando á todos los habitantes de su in­
mensa Ciudad, hombres y Angeles, en un mismo
Océano de luz, de amor, y de delicias eternas. He
ahí la gran obra del Espíritu Santo, el término final
á que nos conduce con sus operaciones sucesivas.
¿Qué efecto producirá en nosotros este amor sus­
tancial, infinito, obrando con su energía incom-

(i) R o m , VI II . , I I .
- 371 -
prensible? Nos produciría la muerte instantánea, si
permaneciera entonces la debilidad actual de nues­
tra naturaleza, ¿Qué sér creado podría nunca soste­
ner por sus propias fuerzas el peso de lo infinito?
Pero no hay que temer tal cosa. La Virtud del Altí­
simo, como fortaleció á María el día de la E ncarna­
ción,—«nos cubrirá con su sombra.» —
A fin de que las criaturas sometidas á la acción
del Espíritu Santo no sean consumidas por sus ardo­
res infinitos, ni deslumbradas por la luz inmensa, ni
aplastadas bajo el peso de la felicidad suprema, se
le comunicará una energía tal, que vivirán en esta
sublime atmósfera de amor, de luz, y de ventura,
felices, libx'es y ágiles, como los peces en el Océano.
—«La Vida de la Gracia, se convertirá en la Vida
déla Gloria.»—Preparados así, el amor infinito pro­
ducirá en ellos un efecto semejante al que el fuego
produce en el oro, que no lo consume, sino que lo
transforma. La transformación divina, se exten­
derá á cuanto sea digno de ella; porque el Espíritu
de Vida no destruye nada de lo que ha hecho. De
este modo serán transformados, el hombre en todo
su sér, y el mundo que habitamos.
Transfiguración del mundo, es decir, del Cielo y
de la tierra. La creación física sigue las condiciones
del hombre, que es su señor. Estuvo bien, mientras
que el hombre fué inocente; está mal, desde que el
hombre es culpable; y será glorificada, cuando él
sea glorioso. Toda criatura (dice el Apóstol) espera
impaciente la manifestación de los hijos de Dios.
Porque la criatura está sujeta á vanidad, no de su
grado, sino por aquél, que la sometió con esperanza.
Y la misma criatura será librada de la servidumbre
de la corrupción, á la libertad gloriosa de los hijos
de Dios. Sabemos en efecto, que todas las criaturas
— 372 —

gimen y sienten hasta ahora los dolores del parto; y


no sólo ellas, sino también los que tenemos en nos­
otros mismos las primicias del E spíritu; si, tam-
bién nosotros ge.mimos esperando la adopción de hi­
jos de Dios, la redención de nuestros cuerpos.»—( 1 )
¿Qué significan, pues, esos dolores y suspiros de
toda la naturaleza? Significan que si no hubiera otro
mundo, la vida presente sería una amarga ironía.
Significan, que la creación entera aspira, no á su
destrucción, sino á su renovación; y que á su modo,
dirige á Dios de igual manera que el hombre, esta
petición del Padre nuestro: —«Venga d nos el tu
reino.»—«Todo sér (dice Sto. Tomas) repugna su
destrucción.»—De aquí los Doctores católicos sacan
la muy lógica conclusión, de que las criaturas no
ser^n destruidas, sino purificadas por el fuego del
último día; cómo el oro no se destruye al pasar por
el crisol, sino que sale mas puro y más brillante.
¿Qué será, pues, en sí y en sus resultados, esta
transfiguración del mundo? ¿Será la mayor parti­
cipación posible de las perfecciones de Dios por las
criaturas racionales? Dioses Eternidad, L a s, Amor.
Las criaturas, por consiguiente, serán (en cuanto su
naturaleza lo permita) eternidad, luz, amor.
Eternidad.—D urarán por siempre jamás, sin al­
teración en su forma y hermosura.—«Los astros
(dice Santo Tomás) quedarán fijos é inmóviles en el
punto del firmamento que sea más conveniente para
que puedan brillar con todo su explendor en la Je-
rusalén bienaventurada. Los tiempos, cuya sucesión
marcan ahora los cuerpos celestes, cederán su lugar
al día sin noche, que se llama eternidad. La tierra,
siempre iluminada del mismo modo, gozará de una

(i) 'Romanes V I I I , 19 al 23.


- 373 -
temperatura, constantemente igual; y los otros ele­
mentos, que no sufrirán alteración ni en sí mismos,
ni con relación á nosotros, no tendrán ninguna de
las imperfecciones de que hoy se resienten.
L u z .—Se nos ha revelado en Isaías, que la luz de
la luna, será como la del sol; y que la luz del Sol,
será siete veces mayor que al presente (1 ),
Es de te, que el cuerpo del hombre se tornará
luminoso; y el cuerpo del hombre se compone de
elementos materiales: luego los elementos materia­
les de que constará el cuerpo humano, revestido de
claridad, serán en sí mismos luminosos. Mas, estos
elementos, son tomados de todos los reinos de la na­
turaleza. Luego, salvo una anomalía que repugna,
el todo seguirá la condición de las partes, es decir:
que toda la creación material se tornará luminosa.
En la renovación universal, los espíritus inferio­
res, las almas, adquirirán las propiedades de los Es­
píritus superiores. «Los hombres (dice el Evangelio)
serán semejantes á los Ángeles.»—Por la misma r a ­
zón los cuerpos inferiores, adquirirán las propieda­
des de los cuerpos superiores. Mas como los inferio­
res, sólo pueden tomar de los superiores la claridad,
síguese necesariamente que vendrán á ser lumino­
sos. Así es que todos los elementos se revestirán
como de un manto de luz; no todos en el mismo g ra ­
do, sino cada cual según su naturaleza. Escrito está,
en efecto, que la tierra será transparente como el
vidrio, y el agua como el cristal, y el aire tan puro
como el cielo, y el fuego tan brillante como las an­
torchas del firmamento.
A m or.—La renovación del mundo, considerada'
en sus resultados, será una manifestación más bri-

(l) Isa., X X X , 26 ,
- 374 -
liante de las perfecciones de Dios y, por consiguien­
te, un llamamiento más elocuente á la admiración y
reconocimiento del hombre. El mundo es un espejo,
criado para que refleje los atributos del Criador.
Tanto más perfecto es un espejo, cuanto mejor re­
produce la imagen de las cosas. Las criaturas, des­
pués de su renovación, lavadas ya de todas las man­
chas del pecado, serán enriquecidas con cualidades
nuevas, que guarden relación con los sentidos del
hombre deificado; y además, hechas transparentes,
dejaran ver sin sombras las bellezas innumerables
del Criador (l).

II

La R e s u r r e c c ió n de la C arne

Jesús, dijo á Marta, que lloraba á su hermano


después de cuatro días de muerto:—«Yo soy la Re-
surección y la Vida\ el que cree en mí, aunque hu­
biere muerto, vivirá. Y todo aquél que vive y cree
en mí, no morirá jamás.» —(2 ).
¡Yo soy la Resurrección y la Vidaí Estas subli­
mes palabras han atravesado los siglos, y hoy como
ayer, todo el que desée la vida, por medio del Verbo
encarnado la obtendrá; y cualquiera que la haya
perdido, si cree en Jesucristo, la volverá á hallar; y
el que la posea y quiera aumentarla y vigorizarla,

(1) R evelaciones que tuvo la Venerable Sor Juana de la N atividad


R oyer, religiosa franciscana del siglo X V I II , dicen:—«Que este m undo
así transfigurado, será la eterna morada de los nifios que mueren sin
Bautism o.»—
(2) San Juan, X I , 25 y 26,
- 375 -
por la divina Gracia, con los méritos de su Redentor,
la hará crecer.
Cuando el día del Señor venga á sorprendernos
(dice el Apóstol S. Pedro) Jos Cielos ardiendo, entre
el torbellino de una gran tempestad, serán deshe­
chos; y los elementos se fundirán con el ardor del
fuego; y la tierra y todas las obras que hay en ella
serán abrasadas: pero esperamos, según las prome­
sas del Señor—«Cielos nuevos y tierra nueva, en los
que morará la justicia.» —(l).—«En el mundo así pu­
rificado (dice Santo Tomás) irá Dios á buscar los
elementos de nuestra resurrección.» —
Pero ¿cómo se hará esto? ¿Dónde encontrar los
átomos salidos del cuerpo humano en cada una de las
evoluciones vitales que lo renuevan, dispersos en
agitado torbellino sin cesar su movimiento, y que
quizá entraron en la composición de otros cuerpos?
¿Quién podrá reclamarlos como de su pertenencia?
Y suponiendo que puedan encontrarse todos esos
átomos, ¿cómo reunidos sin formar masas monstruo­
sas íuera de toda proporción humana?
Escuchad bien, lectores, lo que dice la palabra de
Dios.—«Resucitaré el último día, seré de nuevo
cubierto con mi piel, y veré á mi Dios, en mi car­
ne.»—(2.) Los Doctores intérpretes de estas palabras,
afirman, que lo que cayó bajo los golpes de la muer­
te, revivirá, y que el hombre será después de resu­
citado específica y numéricamente el mismo\ porque
habrá para él una verdadera resurrección.
También la iglesia nos enseña que—«todos los
hombres resucitarán con el mismo cuerpo que tie­
nen durante su vida terrestre.»—(3)
(1 ) II S. Peclio., III,, xo, 12, y 13.
(2 ) T exto ríe Job.
(3 ) Couc, I.alera., IV .
— 376 —
Y si esto nos parece muy difícil, no olvidemos,
señores, que no es el hombre, sino Dios, quien hace
resucitar al cuerpo humano. ¿Que es imposible, de­
cís? Pues qué ¿el poder de Dios ha disminuido? Si
ese divino poder, pudo vencer la nada para darnos
la vida; no podrá vencer la muerte, para devolvér­
nosla?—^Hacernos (dice Tertuliano) es más difícil
que rehacernos.» —(1 ).
¡Qué importa la masa monstruosa de elementos
de que nos hemos despojado durante las fases suce­
sivas de una larga vida! Dios no tiene necesidad de
toda esa materia para fabricar el cuerpo inmortal
con que quiere revestirnos. Ya sabrá bien, no tomar
más que lo que es necesariOj y suplir lo que falta.
Nuestra identidad no sufrirá detrimento, como no lo
sufre de las evoluciones vitales que nos renuevan
durante la vida temporal,
¡Qué importa la dispersión de nuestros restos á
través del mundo, y el cambio que se ha hecho de
nuestras moléculas en muchos cuerpos! La resurrec­
ción, no es una sorpresa para Aquél que debe efec­
tuarla. Al decretarla, dió la orden á su Providencia
para conservar sus elementos. Su Ojo vigilante si­
gue, y su Omnipotencia protege, el más impercepti­
ble átomo en sus peregrinaciones seculares, de igual
manera que protege los grandes astros, en sus gi­
gantescas revoluciones.
Cuando los siglos hayan terminado su carrera,
cuando el tiempo haya llegado á su crepúsculo ves­
pertino, y la eternidad haga presentir su aurora...
—«Dios (dice Santo Tomás) enviará á sus ángeles á
recoger por todas partes lo que resta de nuestras
carnes dispersas; y cuando todo esté á punto, cuan-

(i) D e r e s u r r e c l i o n e cnrnis, cap. X T ,


- 377 -
do todo esté preparado, la Carne resucitada del Sal­
vador, verdadero Sol de Vida, hará vibrar sus divi­
nos rayos sobre aquella masa inanimada.»—E n­
tonces ¡ah! la visión del Profeta cesará de ser un
símbolo. Se verán los átomos, unirse A los átomos;
los huesos, buscar los huesos; las fibras y los nervios
entrelazarse formando un imperecedero tejido, la
piel cubrirlos, y el espíritu da vida descender de
los cielos y ascender de los abismos, donde sumiso
esperaba una señal divina.—«Y ¡oh prodigio! en un
momento, en un abrir y cerrar de ojos, al son d éla
trompeta angélica ¡todos los muertos resucita­
rán!,..·»—(I) El género humano se levantará como
un ejército muy grande, muy grande, numerosísimo
en extremo... (2 )
Y al punto ¡ay! tendrá cumplimiento la parábola
de la cizaña, que jesús pronunció en estos términos:
—«Semejante es el Reino de los Cielos á un hombre
que sembró buena simiente en su campo; y mientras
dormían sus servidores, vino su enemigo, sembró
cizaña enmedio del trigo y se fué. Cuando nació el
trigo, se presentó también la cizaña; y fueron los
siervos al padre de familia diciendo, que debía
arrancarse aquella mala yerba; mas, él les respon­
dió: Aún no es tiempo, no sea que con la ciza-,
ña arranquéis también el trigo. Dejad que crezcan
juntos hasta la cosecha; y entonces, diré A los sega­
dores: reunid primero la cizaña en haces, para que­
marla; mas, el trigo, recogedlo en mi granero.» —Y
el mismo' Jesucristo aplicó esta parábola al juicio
universal, explicándosela después á sus discípulos
de este modo: - «El que sembró el buen trigo, es el

(1 ) I Cor., cap. X V ., 52.


(2 ) E í.ec li, cap, X K K V I f , 10,
Hijo del hombre. El campo, es el mundo; la buena
semilla, son los hijos del Reino; la cizaña, son. los
hijos del maligno; el enemigo que la sembró, es el
diablo; la siega, es el fin de los siglos, y los segado­
res, son los ángeles. Así, pues, como se recoge la
cizaña en gabillas y se echa al fuego; así será en la
consumación de los siglos... El Hijo del hombre
enviará á sus ángeles, y recogerán de su reino todos
los escándalos, y á los que obran iniquidad} y los
arrojarán al horno del fuego. Allí será el llanto y el
crugir de dientes.» —
—«Y los justos, resplandecerán como el sol, en
el Reino de su Padre.»—(1)
Dejemos descender al lugar de su horrible supli­
cio á los cuerpos profanados y tenebrosos, que sólo
se han hecho inmortales para sufrir eternamente, y
contemplemos los que Cristo ha reformado y confi­
gurado á su propia gloria. Para éstos ha llegado la
hora de realizar sus sueños, y de satisfacer sus aspi­
raciones.
Cada uno de sus más vivos y extraordinarios
deseos encuentra, realizándose, su conveniente per­
fección.
La carne querrá no sufrir y no morir; y esto con­
cedido lo tiene, pues es un hecho.—«Restaurada por
la Omnipotencia divina, en la edad de treinta y tres
años, edad de plenitud, de la cual Cristo resucitado
nos dió la medida,»- ( 2 ) sumisa enteramente al so­
berano imperio de un alma que Dios posee comple­
tamente, no podrá ser jamás, ni molestada¡ ni d iv i­
dida, ni destruida.
El fruto de un árbol del Paraíso, nos dió la rnuer-

([) S. Matli. X I IL , 24 al 43.


(2) E phesn, c a p , IV , 13,
- 379 —
te, por medio de la primera Eva y del primer Adán;
el F ruto divino del árbol de la Cruz ¡nos da la Vida
eterna! por medio de la segunda Eva María y del
segundo Adán Jesucristo.

III

T ransfiguración del H oiMb r e

El hombre no consigue en el mundo el objeto final


de su vida, como tampoco lo consiguen las demás
criaturas; y lo mismo que ellas suspira por su trans­
figuración. Mas, no verá satisfechas sus aspiracio­
nes sino al final de la prueba. El Cielo será, pues, la
morada del hombre, que se habrá hecho tal como la
ley de su sér lo exige, semejante al Angel, semejan­
te á Dios. Sí, semejante á Dios, cuanto una criatura
puede serlo, en eternidad, luz, amor, felicidad: tal
será el hombre transformado.
— «Jesucristo, dice el Apóstol, es el p rim er resu­
citado de entre los muertos; y como este divino Se­
ñor es nuestro Jefe y nuestro Modelo en el orden de
la Gracia y de la santidad, lo será también, por el
mismo título, en el o’-'den de la gloria y de la beati­
tud (1). Su resurrección, prenda y garantía de la
nuestra, será por consiguiente su tipo: tal es la Ca­
beza, tal serán los miembros. El mismo Cristo,
arrancando nuestros cuerpos á las cenizas del sepul­
cro, los transformará conforme á la gloria de su pro­
pio Cuerpo (2). jContinuación necesaria, de los mara-

([) R om , V III, 2Q; I Cor , X V , 2 0 , 63; Apoc., T, 5.


(2) P hilipp,, IIT, 21.
- 3S0 -
villosos designios que los hizo miembros del sublime
Cuerpo místico, de que Él es la Cabeza,
Si poseyésemos una idea clara y verdadera de la
gloria del Cuerpo resucitado de Jesucristo, com­
prenderíamos, al contemplarlo, cuáles son los pri­
vilegios que están reservados á nuestros cuerpos en
la vida futura. Pero no plugo á Dios mostrarnos el
Cuerpo transfigurado de su Hijo, en la excelsitud de
su triunfo. Ó mejor dicho: no se ha hecho ese divino
espectáculo, para ojos mortales. Sin embargo, Jesu­
cristo resucitado, durante los días que quiso pasar
todavía sobre nuestra tierra, antes de remontarse al
Cielo, se dignó dejar entrever á sus discípulos algu­
nos rayos debilitados de su gloria. Y el mismo E s­
píritu Santo, para fortalecer y consolar á los fieles,
ha confirmado esta indirecta enseñanza de Jesús,
revelándonos por medio de las Escrituras, la perfec­
ción que prepara á los cuerpos de los elegidos. De
ese doble manantial han sacado los Santos Padres y
los teólogos, las descripciones que nos han legado.
Recordemos, pues, lo que los unos y los otros han
escrito sobre esta materia.
—«Cristo resucitado de entre los muertos, no
vuelve á morir, la muerte no tendrá jamás imperio
sobre Él»—(l). Y he ahí, por qué —«el cuerpo de los
elegidos, sembrado en la corrupción, resucitará en
la incorruptibilidad; mortal, revestirá la inmortali­
dad»—(2). Por consiguiente, para los miembros como
para la Cabeza, no habrá ya nunca nada de lo que
predispone á la muerte, nada de lo que causa y si*
gue á la mortalidad: ni dolor, ni hambre; ni sed, ni
fatiga; sino una vida llena, segura de sf misma, una

(1) R o m ., VI, 9,
(2) I Coi., X V , 42, 53.
- 3a t -
vida que está por encima de todos los accidentes,
de todas las flaquezas, y de todos los cambios. ( 1 )
Este es el primer privilegio: la Impasibilidad.
Segundo privilegio: El cuerpo de Jesucristo, des­
de el instante de su resurrección, no conoce ya los
impedimentos que la Ley de la gravedad opone á
nuestra libre mudanza en el espacio. Un momento le
basta para trasladarse desde Jerusalem á Emmaus,
y desde Emmaus á Jerusalem^ y desde este pueblo
á Galilea. Vedle subir por los aires libremente, sin
esfuerzo, elevado no por una fuerza extraña, sino
por su propia virtud. Esa es la A gilid ad, que el
Santo Espíritu promete á los miembros del Cristo:
—«Su cuerpo sembrado en la debilidad, resucitará
en la fuerza.» —«El cuerpo del cristiano (miembro de
Cristo) resucitará completamente libre de todo lo
que pueda paralizar ó retardar el ejercicio de sus
movimientos.»—«Remontará el vuelo, como el águi­
la; correrá, sin trabajo; andará, sin cansarse ja ­
más.»—Así nos lo dicen los libros Santos. (2)
Tercer privilegio: Ni la piedra que cubre el ser
pulcro, ni las puertas cerradas del Cenáculo, detrás
de las cuales se ocultan los Apóstoles asustados y
temblorosos, pueden detener á Jesucristo resuci­
tado: El Salvador sale de la sepultura, y entra do
están sus discípulos, á las horas que ha fijado, por
donde quiere, y como quiere... Un rayo de luz no
atraviesa el más limpio y puro cristal, con la facili­
dad que Jesús atraviesa los cuerpos más sólidos,
¡Sutileza maravillosa! que participa de la de' los
puros espíritus; prometida á los elegidos, según

(i) A poc., X V T il, 8, etc.


(3 ) Is., X L ,, 31.
estas palabras del Apóstol:—«Es sembrado cuerpo
animal, y resucitará cuerpo espiritual.»—( 1 )
Sí; como Jesucristo nuestro Modelo, nosotros
después de la resurrección, no conoceremos ya ba­
rreras: no tendremos necesidad de quitar los obs­
táculos, ó de retroceder ante ellos; pues nada es
obstáculo para un cuerpo espiritualizado.
Cuarto privilegio: No he leído en el Evangelio,
que Jesucristo, después de su salida del sepulcro,
revelara ningún rasgo particular de la última y
quizá la más noble prerrogativa de los cuerpos re­
sucitados, de aquélla que S. Pablo llama la gloria
y la teología la claridad. Pero tres de sus discípulos
la vieron anticipadamente, cuando sobre el Thabor,
se transfiguró delante de ellos:—«Su rostro res­
plandecía como el sol, y sus vestidos se tornaron
blancos como la nieve.»—(2) Débil imagen, de lo que
nos prometen estas palabras del Apóstol: —«El cuer-
pOj sembrado en la ignominia, resucitará en la
gloria.» —¡Qué espectáculo, el del Cuerpo de Jesu­
cristo suspendido de la Cruz, acardenalado, ensan­
grentado, desgarrado; qué espectáculo también el
de los cuerpos de los justos, ó mutilados y despeda­
zados por las torturas del martirio, ó desfigurados
por la penitencia y por la muerte! He ahí la igno­
minia. Pero, mirad más adelante: ¡Vedlos, cuál bri­
llan con claridad incomparable alrededor del divino
Cordero, que es el. Sol eterno! He ahí la gloria. Y
esta^gloria, no es solamente claridad; es también
armonía perfecta en todas las partes de su organis­
mo. Es, pues, una belleza sin ig u a l, porque la be­
lleza no es más que el completo desarrollo del sér

(0 I C o r . X V , 44.
(2) S. Mntlb., X V I I , 2.
-'3 8 3 --
en la armonía de las proporciones, del orden y de
la luz,
Quinto privilegio: la Eternidad. Unido el hom­
bre á Dios, vivirá como Dios; unido al Verbo.encar-
nado, vivirá como hombre deificado en cuanto á la
vida del cuerpo y la del alma: vivirá con la plenitud
de estas dos vidas, y ¡por siempre jamás!... Vivir,
es gozar de algo: vivir plenamente, es gozar plena­
mente: vivir siempre, es gozar eternamente. Vivirá
la vida del cuerpo en toda su plenitud y eternamen­
te. ELcuerpo humano conservará toda su integri­
dad, sus sentidos y sus órganos. Resucitado en la
edad del vigor y la hermosura, despojado en la tum­
ba de todas las imperfecciones que le resultaron del
pecado, y dotado de nuevas cualidades, gozará de
una juventud inalterable. Estas cualidades, ya las
hemos visto, son: la im pasibilidad, la agilidad, la
sutileza y la claridad.
Ya hemos visto, que los cuerpos de íos justos
serán luminosos; y ahora añadiremos, que esa cla­
ridad les vendrá de la luz superabundante del alma
glorificada, que quedará como compenetrada y en­
vuelta en ella, y que señora absoluta del cuerpo, al
que estará unida con la más íntima unión, lo pene­
trará á su vez de parte á parte y lo envolverá com­
pletamente en una atmósfera de luz.
Esta atmósfera luminosa, será tanto más brillan­
te, cuanto más santa sea el alma; es decir, cuanto
más unida esté á Dios, Luz infinita. Así, por la cla­
ridad del cuerpo, se juzgará de la gloria del alma;
como á través del cristal, se conoce el color del
líquido contenido en la copa,
El cuerpo glorificado por el Espíritu Santo, será,
pues, impasible, ágil, sutil y luminoso; y no por
espacio de un día ó durante una serie fugaz de más
- -384 -
ó menos aflos, sino ¡por toda la eternidad!... ¡Ay,
hombres! ¡Amáis mucho vuestro cuerpo, y no anhe­
láis el cielo! ¿Cómo puede ser esto?
De esta glorificación general, resultará el enno­
blecimiento de todos los sentidos, y la satisfacción
particular que conviene á cada uno de ellos. Por
una parte, el hombre estará en el cielo no truncado
ó aminorado, sino íntegro y perfeccionado: por otra,
los sentidos no estarán solamente en potencia, sino
en acto; supuesto que la facultad en acto, es más
perfecta que la facultad en potencia; y que todos los
sentidos, habiendo sido instrumentos del alma, serán
recompensados según el mérito de la misma.
No entraremos á detallar los goces de cada sen­
tido en particular,, ni de las diferentes facultades del
alma. Baste con observar, que esos goces serán rea­
les, y estarán en armonía con los sentidos perfeccio­
nados sin alteración de su naturaleza. Por lo cual,
nada nos obliga á tomar en sentido figurado lo que
la Escritura dice de los placeres sensibles reserva­
dos á los bienaventurados:—«Quiero ver (escribía
David) los bienes del Señor en la tierra de los vi­
vientes.»—( 1 ).
Sobre lo cual, Cornelio á Lapide, resumiendo la
enseñanza de los Doctores, se expresa de este mo­
do:—«Por esto, el rio del Paraíso, los árboles y los
frutos se pueden tomar á la letra, como suenan.» —
¿Y por qué nó? Si en el Paraíso terrenal gozó de
ellos Adam, con mayor razón los bienaventurados
disfrutarán de los mismos en el Paraíso del Cielo;
pues el prim ero,. no fué sino una muestra y figura
del segundo.
Además de esto, los placeres de la vista, del oído,

(i) Fsal., X X V I .
- 385 —
del tacto y olfato se admiten sin dificultad; sola­
mente los goces del gusto, parecen disputables. Y
no obstante, para hacerlos aceptar, se puede adver­
tir que el sentido de! gusto, lo mismo que los otros,
no puede ser privado de su recompensa, toda vez
que la ha merecido con los ayunos, abstinencia y
austeridades de todo género, según tenemos ocasión
de observar en gran numero de Santos.
Sexto privilegio: La Luz. Dios no es sólo Eterni­
dad; es también Luz. Asimismo como nuestro cuer­
po transfigurado será luz, nuestro espíritu será luz
también y luz sin sombra. Al modo que nuestros
ojos verán todas las bellezas sensibles, cuyo deslum­
brante fulgor podrán soportar sin cansarse; así
nuestro espíritu, cu quien-vivirá el E sp íritu Santo,
con la plenitud de que es capaz una criatura finita,
conocerá todas las bellezas espirituales, á saber:
toda la verdad, omnem veritutern. Entonces quedará
completa y eternalmente satisfecho uno de los deseos
más ardientes del hombre.
Infatigable investigador de la verdad, ¿qué hace
desde la cuna hasta el sepulcro? Apenas, despertan­
do del sueño de la infancia, entra en la vida de la
inteligencia, pregunta por la verdad á todo lo que
le rodea, como pide el pan de que se alimenta. ¿Qué
hace durante todo el curso de su existencia sino
mendigar la verdad? verdad en religión, verdad en
política, en historia, en filosofía, en matemáticas, en
industria, en artes, en comercio, en agricultura.
Vedle encerrándose durante largos años en fatigo­
sas escuelas, emprendiendo viajes penosos, cruzan­
do mares, subiendo trabajosamente hasta la cima de
las más altas montañas, bajando hasta las entrañas
de la tierra y consumiéndose en vigilias prolonga­
das, que le hacen gastarse antes de tiempo, ¿Y para
20
— 386 -
qué todo esto? Para conocer alguna verdad más.
Inconsolable, si el éxito no corona sus esfuerzos; se
reputa feliz cuando logra robar á la naturaleza uno
solo de sus secretos, ó descifrar un enigma de la
historia, ó columbrar la más pequeña belleza del
mundo espiritual.
Y, sin embargo, ¿qué son todas estas verdades
investigadas A costa de tantos trabajos? No son más
que partículas, átomos, sombras vistas á través de
otras sombras. Mas el Cielo será la visión de la ver­
dad, ¡de toda la verdad contemplada cara á cara y
sin velos! Una vez introducidos en el santuario de la
Santísima Trinidad, conoceremos ;í Dios: lo finito,
conocerá á lo infinito; lo verá tal como es: Vi de
binms eum■sicnfi es/. ¡A este Dios tan grande!.,,
¡tan incomprensible!... del cual tanto hemos oído h a ­
blar, sin haberlo visto jamás, fio conoceremos, lo ve­
remos/.,. Con esto está dicho todo.
En Él conoceremos los consejos más íntimos de la
Sabiduría eterna; la creación del mundo, la caída
del Ángel y del hombre, la redención del universo,
todas las revoluciones materiales y morales, que por
espacio de seis mil años asombran y desafían á la
ciencia. Se nos mostrarán con toda claridad todos
los secretos de la naturaleza, y-de las almas, que se
nos tornarán transparentes; y este conocimiento
prodigioso, irá en aumento, sin llegar jamás á su úl­
timo límite: de claritate in claritatem,
Séptimo privilegio: El Amor. —Dios es amor, y el
Cielo es el reino del amor infinito, obrando con toda
la libertad de sus movimientos. El hombre, imagen
de Dios, es también amor. Si es verdad que amar y
ser amado, es la necesidad más imperiosa del cora­
zón del hombre; también lo es, que amar y ser am a­
do, es la necesidad más imperiosa del Corazón de
— 387 —
Dios, Si es verdad que en amar y ser amado, consis­
te la felicidad del hombre; también lo es, que en
amar y ser amado, consiste la bienaventuranza de
Dios. Si es verdad que el amor tiende á la unión,
y el amor eterno á la unión eterna, y el amor infini­
to á la unión infinita, ¿quién podrá explicar la inti­
midad de la timón divina de Dios con el hombre?
¿Quién será capaz de imaginar sus encantos y céli­
cos trasportes?
¡Encantos y trasportes! «que serán tanto más
grandes, cuanto que irán acompañados de la certi­
dumbre de que no se han de acabar jamás,.. ¡Océa­
no de vida! ¡Océano de luz! ¡Océano de amor! eso es
Dios.—«I7 en ese trip le Océano, ¡vivirán por siem­
pre jam ás, los habitantes glorificados de la Cittdad
del Bien/»—

Conocemos ya el término final, á que el Espíritu


Santo conduce á la humanidad que es dócil á su ac­
ción. Réstanos ahora nombrar la eterna morada á
donde el espíritu del mal arrastra á sus adeptos: es
el último rasgo de paralelismo entre la obra divina
y la satánica.
El cielo de Satanás es, el infierno.
Vida, y vida eterna; luz, y luz eterna; amor, y
amor eterno; dicha, y dicha eterna: Bienaventura­
dos, Señor, los que moran en tu casa: por los siglos
de los siglos te alabarán. (t) He aquí el Cielo del
Espíritu Santo.
Muerte, y muerte eterna; tinieblas, y tinieblas

(i) Fs. I<XXXIII.


- 38 8 -

eternas; odio, y odio eterno; tormentos, y tormentos


eternos: Serán atormentados día y noche por los
siglos de los siglos. {1) Tal es el cielo de Satanás.
Entre estas dos mansiones, no hay medio. A cada
instante entra la humanidad en la una ó en la otra,
y entra, para no salir. ;Cómo evitar el infierno y
llegar al cielo? Cual es la vida, tal es la muerte:
para evitar el infierno, es preciso vivir bajo el im­
perio del Espíritu Santo, á fin de morir en su G ra­
cia;—«morir en la Gracia} újín de reinar en la Glo­
r ia .»—En esto, se encierra todo para el hombre, y
para las sociedades. Aunque éstas no vayan en
cuerpo al otro mundo, como los individuos, ¡ay de
las que se sustraen £í la acción del Espíritu de Justi­
cia y de Verdad! lisas desdichadas, dan miedo y
compasión: su verdadera historia sólo puede escri­
birse con lágrimas^ con sangre y con lodo.
¡Ojalá! que tanto en la vida pública como en la
privada, tengan muy presente gobernantes y gober­
nados, que el hombre mientras vive en este mundo,
está colocado en la alternativa ineludible de vivir
bajo el imperio del Espíritu del Bien, ó de sufrir la
tiranía del Espíritu del Mal; y que el primero es, el
E spíritu de Vida: vida intelectual, vida moral, vida
social, vida eterna; y el segundo es, E spíritu de
muerte, y como contraposición adecuada del Espí­
ritu de vida, produce la muerte bajo todos los aspec­
tos: á los individuos, les dá la muerte eterna, donde
los arrastra.por el camino de la iniquidad, la afrenta
y la servidumbre; y á las Naciones, que no pueden ir
en cuerpo al otro mundo, les dá la muerte social
donde las conduce con catástrofes inevitables.'.
No olvidemos, lectores, que todo fruto nace de

( i) Apoc., X X ., 10-
- 389 -
otro íruto; y que por consiguiente el Fruto de la
Vida Eterna, nace de los fru to s del tiempo... De
estos, malos y buenos frutos (de los de Lucifer y de
los del Espíritu Santo) ya hemos hablado en los an­
teriores capítulos, y por consiguiente ya los conoce­
mos, ¿Qué haremos, pues, para evitar los primeros,
y obtener los segundos? —El solo medio que hay, es
cultivar bien el árbol de nuestro corazón que los
produce.—¿Y cómo? —Regándola con agua viva de
la divina Gracia,y teniéndole siempre bajo los rayos
del soberano Sol Trino y Uno, á quien adoramos
con el nombre de «la Beatísima Trinidad.» —

R li S ÚME N

Perdido el mundo por el Espíritu del mal, solo se


salvará, cooperando el hombre á la Divina. Gracia,
que, por los méritos de Cristo, le suministra el Espí­
ritu del Bien.
E P ÍL O G O

l último día de la fiesta de los Tabernáculos,


(l) Jesucristo, en el templo de Jerusalem,
dijo en alta voz á todo el pueblo:—«Sz* al-
gimo tiene sed, venga á mí, y beba. Del seno del
que cree en mí, correrán (según dice la Escritura)
ríos de agua v iv a ..»—(2).
Del Espíritu Santo ¡fuente inagotable de Gracia,
de Lits y de Bienes espirituales! era de Quien habla­
ba Jesucristo; comparando un alma llena de los
Dones del Espíritu Santo, al seno de una fuente, que
derram a el agua por todas partes ¡sin agotarse
jamás!...
Nuestro Redentor, lo que nos quería decir, era lo
siguiente:—«Cualquiera que cree en mí, será lleno
del Espíritu Santo: su seno, esto es, su corazón, se
hará entonces una fuente abundante, de donde se
derram ará la Divina Gracia, como un agua v iv a ,
sobre él mismo, y también sobre los otros, por el
ejemplo que les dará con sus buenas obras y vir­
tudes.»—

(1) E sta tiesta la celebraban con gran solem nidad los judío?, en
m em oria de la protección div in a que experim entaron durante los 40
a Ro s que estuvieron en e l D esierto habitando bnjo licntftn ó fahc-
llones.
(2 ) S. Joan . V I I , 37 y 38.
- 391 -
¿Oyes, pobre peregrino del desierto de este mun­
do? Saliste del Egipto del pecado, donde eras mise­
rable esclavo de Satanás: ya eres libre; y si crees en
tu Libertador y guardas sus Mandamientos, se trans­
figurará tii corazón, y brotará de é\ divino surtidor
de Gracias, para refrigerar tu sed de paz y de feli­
cidad... en el trayecto más ó menos largo, y más ó
menos áspero, que has de recorrer para llegar á la
Tierra Prometida, ¿Qué más puedes desear? ¿Qué
más pudo hacer por tí, tu bendito Libertador?
Durante este tiempo de prueba, es decir: durante
la travesía que te separa de la eternidad, Luzbel te
tentará con frecuencia. Cuando tras larga y difícil
jornada llegues á la cumbre de la montaña de la Fe...
ó á la de la Pureza^. ó á la de la Humildad... etc.
El Espíritu del mal te irá á buscar, (como buscó á
Jesús en el desierto) y cubriendo con enredaderas
de bellísimas y venenosas llores los abismos de erro*
res( de lujuria, y de soberbia, que respectivamente
abrió al pie de las citadas montañas, te dirá, con
enérgica voz y seductor acento: —«¡Mitte te deor-
sum!...»—(Echate de ahí abajo,) Entonces ¡ah! ¡hijo
adoptivo de Dios! ¡miembro del Cuerpo místico de
Cristo! Entonces, con la luz que te da, cual «Colum­
na luminosa» la Doctrina de tu Libertador, y con la
fortaleza que prestan á todo tu ser, el Maná de la
Sagrada Eucaristía, y el Agua v iv a de la Divina
Gracia, responde al Demonio, imitando á tu celes­
tial Maestro:—/ Vade Satana!... (¡Vete Satanás!)...
Y cuando sientas heridas tus plantas por la aspe­
reza del camino ó por las mordeduras de las sier­
pes venenosas... y sea tanto tu cansancio y tan
grande tu desfallecimiento, que te acobarden y te
impidan subir á los montículos de las Virtudes, pide
auxilio á la Inmaculada Virgen que Jesús te dió por
- 392 -
Madre en el Calvario, y en presencia de la Beatísi­
ma Trinidad, recita fervoroso las siguientes depre­
caciones:

A l P a d r e O m n ipo t e n t e

Soy el árbol, Señor, plantado un día


Por Tí en la viña, con amante celo;
Tu bondad lo amparó de piedra y hielo,
Y en verdes hojas y en vigor crecía.
Mas, el rebelde tronco, todavía
No ha pagado con f rutos tu desvelo,
Y se contenta con mostrar al Cielo
De su copa la inútil lozanía.
Tan esteril al verle y tan ufano,
Tu Justicia gritó:—«Córtese y arda,·
Que harto tiempo ocupó la tierra en vano.»—
Mas rogó tu Piedad clamando: —«Aguarda,
Señor, un año»;—y sujetó tu Mano..,
¡i Ay, árbol; si tu f r u to un año tarda!!...

A l 1-Irjo S a p i e n t í s i m o

Lo que el ciego pidió, de Jericó,


Gritando tras tu excelsa Majestad,
¡Eso, mi buen Jesús, demando yo
Confiado en tu insigne caridad!
El infiel corazón que te ofendió
¡Misericordia! pide Á tu bondad,
Y que vista le des... pues ¡ay! cegó
. A impulsos del error y la maldad.
Satán y las pasiones en tropel
- 393 -
¡Me impiden, como al ciego, ir tras de Tí!.
Y presa el alma en lazo tan cruel,
Grita audaz con amante frenesí:
— «¡Señor!... ¡Dios poderoso de Israel!.,.
¡¡Tened piedad... y compasión de mí!!» —

A l E spíritu S anti fi cador

Espíritu divino, Amor sublime


Del Padre celestial que mundos crea
Y del Dios que en el.Padre se recrea
Su Verbo, que humanado nos redime.
A l—«valle del pesar»—do el hombre gime
La llama envía que en tu Sér flamea;
Y en el mortal que con Satán guerrea
El Santo Sello de tu Gracia imprime.
Arbol mí corazón sin tallo bueno,
/ Injértenlo, mi Bien, tu Gracia y Dones
Con méritos del Mártir Nazareno!...
Y tras flor de benéficas acciones,
Fruto dará eternal de Vida lleno
Que lo trasplante... á célicas regiones.

A. M. D, a.
ERRATAS
Página Uhm DICE DEBE DECIR

07 1 que sin ella que sin el


07 8 las actos los actos
114 '5 cito ella

i 85 *4 7 *5 arregla regla
208 ó el E spíritu San to ó del E spíritu Santo
25
3 '3 12 y 13 m esa del del A lta r m esa del A lta r
16 prestada prestado
35»

También podría gustarte