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Compilado de Espiritualidad - FE10C
Compilado de Espiritualidad - FE10C
A partir de la reflexión sobre los sobre los cambios socioculturales que afectan en modo
directo a los jóvenes, de la descripción de la espiritualidad juvenil emergente que va
surgiendo como respuesta a los desafíos que estos cambios plantean y de la clarificación
de elementos constitutivos de una espiritualidad cristiana, se reafirma que la espiritualidad
es un elemento fundamental en la vida del joven y un desafío prioritario para la Pastoral.
Se presentan aquí algunas características que concretizan esta espiritualidad para su
vivencia en los jóvenes:
2.1 Centrada en Cristo
Es una espiritualidad centrada en el seguimiento de Jesús, amigo y compañero de camino,
por lo que se ha de "promover un encuentro personal y comunitario con el Cristo vivo" (25).
Esta experiencia fundamental e impactante, conduce al joven a gustar de la aventura del
seguimiento de Jesús y a comprometerse con su proyecto, asumiéndolo desde la vida en
el Espíritu.
Jesús es la auténtica respuesta a las inquietudes de los jóvenes y es al mismo tiempo, el
fundamento de su espiritualidad.
2.2 Mariana
El Espíritu de Jesús lleva a reconocer en la Virgen María a la primera cristiana, una joven
feliz porque ha creído que se cumplirá en ella la Palabra de Dios (26).
Por la fe, María es madre y abre las puertas de la humanidad al Hijo de Dios. Por su
colaboración en la obra de la liberación, es modelo de vida en su disponibilidad, entrega y
compromiso.
María es testigo de la vida en el Espíritu, presencia femenina de liberación que acompaña
al joven latinoamericano desde el silencio y la obediencia, suscitando expresiones diversas
de gratitud desde sus propias características culturales.
María, joven madre de Jesús, es modelo para los jóvenes comprometidos. Ella representa,
de un modo especial, la dimensión femenina de la espiritualidad, la disponibilidad y el
compromiso liberador con el pueblo que sufre, como lo expresa en el Magnificat, espejo de
su vida (27).
2.3 Comunitaria y eclesial
El grupo es elemento fundamental en la vida de los jóvenes, que buscan siempre
identificarse con otros y compartir sueños y experiencias.
La experiencia de fe madura en un grupo o comunidad juvenil. Este se convierte así, en
lugar esencial de la vida en el Espíritu, porque abre al joven a la relación con los otros y al
descubrimiento de su pertenencia a la Iglesia como miembro del pueblo de Dios.
Dios se revela en su misterio trinitaria como comunidad y la vocación a la fe es una llamada
a pertenecer a un pueblo de hermanos, por lo que la vida en el Espíritu podrá ser discernida
con el apoyo de la comunidad y enriquecida con el testimonio de vida de los hermanos. La
vida en el espíritu es vida en comunidad eclesial. La Iglesia nace de esta experiencia de
presencia del Espíritu (28).
2.4. Laical y misionera
La experiencia de fe vivida en los grupos y comunidades juveniles lleva a los jóvenes a
descubrir el llamado a servir a los demás.
La vocación al seguimiento de Jesús es también un llamado a la misión, por lo que la
Pastoral Juvenil se convierte en un espacio donde los jóvenes descubren su dimensión
misionera. El mismo Espíritu conduce a los jóvenes a compartir con otros el gozoso anuncio
del Reino y a asumir dentro de la Iglesia diversas tareas que les permiten compartir sus
carismas.
La vivencia de la espiritualidad conduce a los jóvenes a asumir su ser laical y a hacer
presente el Espíritu de Jesús desde su compromiso de fe, como Iglesia, en las realidades
temporales en las que viven, crecen y actúan (29). Reconoce también la acción del Espíritu
en medio de los ambientes propios de la vida y profundiza su misión de agente de cambio
y de evangelizador de los otros jóvenes.
2.5 Liberadora
Siguiendo el estilo de vida de Jesús, que se encarna en la historia de su pueblo, la
espiritualidad se vive en medio de realidades concretas, es decir, en el mundo familiar,
laboral, político, económico, educativo, etc., asumiendo la cultura misma de los pueblos,
especialmente de los indígenas y afroamericanos, con un claro compromiso con los
empobrecidos y con un sentido liberador.
La espiritualidad lleva a los jóvenes a buscar acciones concretas que reflejen la vida en el
Espíritu como el compromiso claro y solidario con la opción preferencial por los pobres y
marginados del continente.
2.6 Orante
En su proceso de seguimiento de Jesús, la espiritualidad lleva al joven a encontrar
momentos privilegiados de comunión con él a través de la oración personal y comunitaria,
que le permitan una relación cercana con Jesús y poder llegar a experimentarlo como amigo
y compañero de camino. La oración se convierte en el espacio en el que los jóvenes
expresan de diversas maneras sus inquietudes personales y la búsqueda de respuestas
concretas a sus grandes interrogantes, reafirmando así su adhesión y compromiso con el
Dios de la vida.
2. 7 Celebrativa
La alegría juvenil se manifiesta en la celebración de esta vida en el Espíritu, a través de
acciones personales y comunitarias que lleven a la búsqueda y el encuentro con el Dios de
la vida.
Además del encuentro eucarístico, fuente y cimiento para el seguimiento de Jesús, la
espiritualidad suscita otras expresiones celebrativas que manifiestan las diversas formas
de compartir con alegría la vida en el Espíritu.
Lo celebrativo, elemento propio de la espiritualidad juvenil emergente, promueve el carácter
festivo de la vida de los jóvenes, no como manifestación de un vacío interior que busca
compensaciones ni como ocasión para distraerse de la realidad, sino como expresión de la
fiesta inspirada en la victoria pascual y en el triunfo de la vida sobre la muerte.
3. Dificultades para la vivencia de esta Espiritualidad Juvenil
Las dificultades que se encuentran para realizar el proceso de acompañamiento de los
itinerarios personales y grupales de la fe de los jóvenes están íntimamente relacionadas
con la situación y con el modelo socio-económico imperante.
El modelo neoliberal ha originado una crisis generalizada y en cadena en los diversos
ambientes que afecta la identidad personal y grupal de los jóvenes. Este modelo perverso,
que valora todo exclusivamente en relación con la producción y al consumo y convierte en
meramente material y contingente la dimensión trascendente, refuerza modelos
tradicionales y despersonalizantes y origina vacíos que lleva a las personas a la búsqueda
de respuestas inmediatistas.
Las diversas dificultades que aparecen a continuación no pueden ser consideradas en
forma aislada, pues todas ellas están interrelacionadas y obedecen en buena medida a este
modelo asumido en diversos campos.
A nivel personal.
Algunos jóvenes tienen una vivencia sentimentalista de su fe, una espiritualidad
desencarnada e individualista que los lleva a una falta de compromiso en el seguimiento de
Jesús, tanto en lo intraeclesial como en lo social y a un divorcio entre la fe y la vida.
A nivel social.
El modelo social consumista, reforzado por los medios de comunicación masiva y
principalmente las redes sociales, genera exigencias que no están al alcance de la situación
económica de la mayoría, promueve antivalores como el alcohol, la droga, la prostitución,
las campañas a favor del aborto y el uso de anticonceptivo s y presenta modelos familiares
que contradicen los valores cristianos.
Como consecuencia, muchos jóvenes viven preocupados por lograr su supervivencia diaria,
sufren las consecuencias de la promiscuidad y de la limitación de su derecho a la vida y
están condicionados por modelos familiares que no siempre responden a los valores
familiares cristianos.
La influencia de las diversas culturas extranjeras, especialmente la norteamericana, que
lleva a los jóvenes a una pérdida de su identidad cultural, de su lenguaje, de sus
costumbres, de sus expresiones artísticas, etc.
Las sectas se están propagando con mucha rapidez y facilidad. A pesar de que muchas
veces su influencia es alienante, convocan a los jóvenes ante la ausencia de una propuesta
clara por parte de la Iglesia.
El sincretismo religioso está llevando a muchos jóvenes a la confusión, impidiéndoles la
posibilidad de entender y vivir una espiritualidad cristiana verdadera.
A nivel eclesial.
La existencia de diferentes modelos de Iglesia lleva a la separación que se percibe muchas
veces entre una Iglesia que afirma más los aspectos institucionales y una Iglesia que
promueve más su aspecto de Pueblo de Dios. Con bastante frecuencia, la falta de diálogo
no permite el respeto por las diversas visiones y por la variedad de carismas.
Una visión demasiado institucionalista de la Iglesia, reforzada por un excesivo clericalismo,
promueve a menudo una espiritualidad desencarnada, un sacramentalismo sin sentido y
una tendencia excesiva a moralizar la vivencia de la espiritualidad.
No hay definiciones concretas de espiritualidad y por eso se manejan conceptos que
frecuentemente no favorecen una espiritualidad encarnada en la realidad de los jóvenes ni
en procesos que acompañen esta dimensión de su formación.
La vivencia de la espiritualidad no se centra muchas veces en la persona de Jesús, de
donde han de derivar las exigencias radicales para la espiritualidad de los jóvenes.
La opción preferencial por los jóvenes es aún más afectiva que efectiva: se priorizan otras
tareas pastorales, no se apoya concretamente a la Pastoral Juvenil Orgánica y se arriesga
así la fidelidad a la opción evangélica por los pobres y necesitados.
Dentro de la misma acción pastoral existen en algunos casos, estructuras de organización
excesivamente complejas y en otros casos simplemente no existen: ambas situaciones no
favorecen un eficaz acompañamiento a la vida espiritual de los jóvenes.
Algunos sectores del mundo adulto relativizan o inclusive no valoran la participación de los
jóvenes en la Iglesia y en el mundo.
Como no se da una búsqueda de diálaga con ellas, se desconoce el esfuerza que las
jóvenes realizan personal y grupalmente para vivir su espiritualidad.
La acción pastoral no ha creado todavía espacios suficientes para un trabajo de
evangelización en los medios específicos. Muchos jóvenes tienen dificultades para vivir su
espiritualidad en los ámbitos donde se desarrolla principalmente su vida, como el lugar de
trabajo, la universidad, la escuela, el campo, las situaciones críticas, etc.
Algunos Movimientos no conocen la acción pastoral concreta, la que las lleva a encerrarse
en sí misma y a generar una especie de competencia con las demás acciones y propuestas
pastorales.
Lo normal es que los libros de espiritualidad cristiana estén pensados y destinados para
personas particulares o, si se quiere, para individuos. A fin de cuentas, el sujeto de la
perfección cristiana, según los mencionados libros, es la persona. En este sentido, se habla
de la perfección de la vida espiritual, que se realiza en “la caridad". Tal planteamiento es
enteramente coherente, en cuanto que la espiritualidad es responsabilidad de cada persona
y concierne, de manera inalienable, al ser personal. Pero hay que tener en cuenta que se
trata de la espiritualidad cristiana. Y la espiritualidad cristiana consiste en la forma de vivir
según el evangelio. Ahora bien, la forma de vivir el seguimiento evangélico es comunitaria.
Los discípulos no siguieron a Jesús por separado, sino que lo siguieron en grupo, formando
una comunidad.
Para comprender todo esto más exactamente, hay que tener en cuenta, ante todo, que el
ingreso en la comunidad de Jesús se efectúa a partir de la llamada al seguimiento: Jesús
llama a los discípulos y estos lo dejan todo y le siguen. Es decir, se ponen a vivir con Jesús
y como Jesús, o sea, a compartir su proyecto y su destino. En esto consiste esencialmente
la comunidad evangélica: es un grupo de personas que conviven compartiendo el destino
de Jesús. Ahora bien, el destino de Jesús consistió de hecho en la solidaridad con el
pueblo, hasta sufrir y morir por ese mismo pueblo. Y esto precisamente es lo que tiene que
configurar y determinar el hecho comunitario entre los cristianos. Pero está claro que
compartir semejante destino supone y exige una mística muy radical de adhesión a Jesús,
unas relaciones personales muy profundas, y un mismo proyecto de vida y de acción.
Solamente cuando se dan estas tres cosas se puede decir que hay comunidad cristiana.
Ante todo, una mística incondicional de adhesión a Jesús. Por lo que nos cuentan los
evangelios, esta mística fue tan radical que llevó a los discípulos a abandonar sus familias,
sus trabajos y profesiones, hasta llevar una vida más insegura y desinstalada que las
alimañas del campo (Mt 8,20 par). Evidentemente, un comportamiento de tal naturaleza no
se puede dar si no brota en el sujeto una pasión tal por Jesús que antepone su relación con
Jesús a cualquier otro valor en esta vida. En todo caso, aquí conviene advertir que lo
determinante es la mística que se vive, la pasión interior por la persona y el destino de
Jesús. La relación con la familia, el lugar de vivienda y de trabajo, son cosas que pueden
variar según las circunstancias. No cabe duda de que, según los evangelios de Lucas y de
Juan, Marta y María eran personas muy cercanas a Jesús, es decir, que le seguían con
fidelidad. Y, sin embargo, no abandonaron su casa, ni su modo normal de vida. La
radicalidad evangélica no puede ser solamente para profetas itinerantes, sin casa y sin
familia, sin profesión y sin medios de vida. La radicalidad evangélica es también para el
laico normal, que tiene su casa y su trabajo, de tal manera que desde su situación en el
mundo vive la adhesión a Jesús de forma incondicional. Lo importante es que esta
adhesión a Jesús se convierta en pasión dominante, porque desde ella y en función de ella
se mide y se calcula todo lo demás: la relación con el dinero y el nivel de vida, con la política
y la sociedad, con los ricos y los pobres, con la religión y las instituciones, etc.
Para terminar este apartado, baste decir que toda comunidad cristiana tiene que ser una
reproducción, en la medida de lo posible, de lo que fue la comunidad de Jesús. Por lo tanto,
tiene que ser un grupo de personas inspiradas y unificadas por una mística muy fuerte, la
mística de la adhesión incondicional a Jesús. Un grupo de personas en el que se dan unas
relaciones humanas serias y estables. Un grupo de creyentes que comparten el mismo
proyecto de vida y de acción. Y finalmente un grupo humano que es, de hecho, un espacio
de libertad liberadora. Naturalmente, esto es una meta hacia la que hay que tender
constantemente que seguramente nunca se alcanzará perfectamente. Pero estos rasgos
tienen que ser como el aire de familia de la comunidad cristiana. A partir de todo esto se
tiene que describir lo que debe ser la espiritualidad de la comunidad.
Toda esta manera de ver las cosas implica y exige una espiritualidad. Se trata de la
espiritualidad comunitaria. Pero ya desde ahora hay que decir algo fundamental: la
espiritualidad comunitaria es anterior a toda otra posible espiritualidad. Por lo tanto, antes
de hablar de la espiritualidad sacerdotal, de la espiritualidad de los religiosos o de los laicos,
tenemos que hablar de la espiritualidad de la comunidad. Una espiritualidad es auténtica
en la medida en que es una espiritualidad comunitaria. Por consiguiente, lo prioritario en la
Iglesia no es santificar individuos, sino formar comunidades. No digo que la santificación
de los individuos no sea importante. Es más, todo planteamiento comunitario se tiene que
vivir necesariamente desde la propia individualidad. Esto es evidente. Pero los individuos
santos, por sí solos, no cubren todas las exigencias del evangelio. De hecho, Jesús no
puso un despacho de dirección espiritual, para santificar individuos, sino que desde el
primer momento reunió una comunidad y a ella se dedicó por entero. Porque lo que le
interesaba era la comunidad. Por lo tanto, el punto de arranque de la espiritualidad cristiana
es la experiencia comunitaria.
Introducción
Viajaba en avión en 1999 un Hermano Marista de Guatemala a Panamá. Tuvo de
compañero a un señor que tenía el “don de la palabra”, pero sus vecinos no tenían el “don
de la escucha”. Contó a su otro vecino parte de su vida y de su trabajo profesional como
representante de una editorial para América del Sur donde vendía muchos libros. De pronto
se dirige al Hermano y como saludo le espeta la pregunta: Y ¿Ud. qué vende?. El Hermano
sorprendido ante semejante pregunta inesperada del “desconocido”, respondió
espontáneamente: “Pues, vendo espiritualidad marista”. Al captar la reacción del
interlocutor que denotaba no haber visto nunca tal producto en los catálogos, continuó el
Hermano: “Soy Hermano Marista y mi labor o misión es hacer la propuesta de la
espiritualidad marista a los jóvenes que sientan la vocación de Hermano Marista en su vida”.
Casi sin que le dejara terminar comentó: pues mi hijo estudió en el colegio que dirigen los
Hermanos Maristas en Miami.
Y la conversación continuó por el camino de la educación marista conocido por ambos.
Claro está que la espiritualidad marista no se vende. Pero, sí se vive y se contagia y cuando
en nuestra vida nos cruzamos con quien la vive, sabemos reconocerla.
El primero que vivió la Espiritualidad Apostólica Marista fue el Padre Marcelino
Champagnat, fundador de la Congregación y la contagió a sus Hermanos Maristas en Ntra.
Sra. del Hermitage que es el santuario de nuestros orígenes maristas y que es un lugar de
revitalización en el espíritu del Fundador y de los primeros Hermanos.
Es un tema cristiano, pero, muy nuestro por lo de marista y como verán, muy interesante,
es como hablar de la esencia de nuestra familia, como la mejor herencia que hemos recibido
y que podemos dejar a quienes sigan nuestras huellas.
Es preciso remontarnos 200 años atrás a una región del sur de Francia donde vivió entre
1789 y 1840 el Padre Marcelino Champagnat, fundador de los Hermanos Maristas.
Las Constituciones de los Hermanos Maristas se expresan así:
“Movido por el Espíritu, Marcelino Champagnat quedó cautivado por el amor de Jesús y
María a él y a los demás. Esta experiencia, unida a su apertura a los acontecimientos y
personas, se convierte en fuente de su espiritualidad y celo apostólico, y lo hace sensible a
las necesidades de su tiempo, sobre todo a la ignorancia religiosa y a las situaciones de
pobreza de la niñez y juventud”. (Nº 2)
“La espiritualidad que nos legó Marcelino Champagnat tiene un carácter mariano y
apostólico. Brota del amor de Dios, se desarrolla por nuestra entrega a los demás y nos
lleva al Padre. Así armonizamos apostolado, oración y vida comunitaria”.(Nº 7)
A pesar del impacto del materialismo, del secularismo y del ateísmo, existe, sobre todo en
los jóvenes, una sed de lo trascendente y una búsqueda de lo espiritual.
3.1.2. DE LA IGLESIA
La Iglesia se va renovando: se comprende mejor a sí misma desde la comunión, asume
una postura de mayor encarnación en el mundo e intenta ser más servidora del hombre.
La vida religiosa apostólica se entiende a sí misma, en el espíritu de las bienaventuranzas,
no desde la huída al desierto, sino desde el acercamiento al hombre y al mundo para
anunciar y consolidar en ellos el Reino de Dios.
Se advierte un resurgir de la conciencia eclesial sobre los seglares y una mayor claridad
sobre su identidad, vocación y misión.
3.1.3. DE NUESTRO VIVIR
Al mirar la realidad espiritual de nuestras comunidades y provincias, seleccionamos los
siguientes aspectos positivos:
• • los ejemplos de numerosos Hermanos que integran
• en sus vidas el amor a Dios y al servicio generoso a
• los niños y jóvenes;
• • la experiencia de Hermanos especialmente
• sensibles al mundo de los pobres en quienes
• reconocen y sirven al Dios vivo;
• • la reorientación evangelizadora y educativa de las
• instituciones escolares y la especial sensibilidad
• por los jóvenes en dificultad;
• • la fuerte llamada a compartir con los seglares
• nuestra espiritualidad y carisma, lo cual enriquece
• nuestra propia experiencia;
• • la preocupación por encontrar caminos que
• permitan a nuestros Hermanos mayores ejercitar su
• dimensión apostólica y compartir su espiritualidad;
• • una mayor valoración de Champagnat como
• modelo espiritual de nuestra vida de consagrados.